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saqueos y venganzas en libia


Rebeldes de Misurata, que sufrieron enormemente durante la rebelión contra Moamar Gadafi, han saqueado y destruido casas en la ciudad natal del ex líder libio.
[Ruth Sherlock] Abu Hadi, Libia. Las fuerzas leales a los líderes del gobierno de transición de Libia saquearon e incendiaron el miércoles casas de civiles en el pueblo recientemente ocupado de Abu Hadi, cerca de la sitiada Sirte, la tierra natal tribal del derrocado líder Moamar Gadafi.
El humo se elevó en el cielo formando espirales mientras los combatientes, la mayoría de ellos de la ciudad de Misurata al occidente del país, arrojaban bombas y granadas en casas abandonadas en el pueblo, un centro de la tribu de Gadafi, los Gadafa.
Gritando y blandiendo armas, los combatientes de Misurata extrajeron un Ford Mustang de un garaje. Otros combatientes subieron un Chevrolet a un camión.
El nuevo gobierno de transición de Libia ha instado a los combatientes a no saquear ni efectuar ataques en venganza. Pero Misurata sufrió mucho durante la guerra, y los oficiales han admitido que controlar a sus feroces y vengativos soldados ha sido difícil.
"Las brigadas de Misurata se están vengando de lo que los soldados de ese pueblo les hicieron a ellos", dijo Fatih Shobash, 22, combatiente de un brigada oriental que también estaba tomando parte en la ofensiva contra Sirte. "Están quemando las casas, robando el oro y matando a los animales."
La toma de Abu Hadi, un descampado en el desierto a unos veinte kilómetros al sur de Sirte que fue ocupado en los últimos días después de feroces combates, ha sido una victoria simbólica para las fuerzas del gobierno transicional. Se trata del pueblo donde se supone que nació Gadafi en una tienda beduina en 1942, aunque Sirte es mencionada a menudo como su lugar de nacimiento.
Algunos combatientes dijeron que andaban buscando armas.
Un paramédico que trabajaba con los rebeldes volvió a su casa en Abu Hadi para encontrarla saqueada y su padre, un ex oficial del ejército libio, desaparecido, posiblemente detenido por las fuerzas anti-Gadafi. El paramédico, que se negó a decir su nombre por temor a represalias, dijo que había visitado centro de detención tras centro de detención buscando a su padre, sin encontrarlo todavía.
Dijo que llegó a la zona recién "liberada" y encontró su casa convertida en un caos. "Este es mi dormitorio", dijo, señalando un catre volcado. El televisor estaba roto, y entre la ropa apilada en el suelo estaba, roto, el álbum familiar.
Decenas de casas fueron saqueadas. Los saqueadores arrojaron posesiones personales al suelo.
Un grupo de hombres de edad esperaban en un garaje, protegiendo sus casas en la cercanía.
"Rebeldes de Misurata llegaron a vigilar las casas, cogieron las armas y se robaron mi coche y el de mi vecino", dijo Muftah Gaddadfa, 60. "Vinieron tres veces en un solo día, dejaron las paredes de nuestras casas agujereadas por impactos de bala y rompieron el armario. Lo hicieron frente a nuestras mujeres y niños."
Más de mil cien personas de Misurata murieron en combate durante la rebelión contra Gadafi, dicen funcionarios del ayuntamiento. La muerte de sus compañeros y parientes están todavía frescas en la memoria de los rebeldes que hicieron retroceder de Misurata a las tropas de Gadafi.
Con una estructura de comando dispersa, los líderes de algunas brigadas de Misurata han sido incapaces de controlar a sus hombres. Algunos dijeron que temían represalias mayores a medida que avanzaban las milicias de Misurata.
"Este es el coste de la revolución", dijo el coronel Bashir Budafira, comandante de la brigada Mártires de Ajdabiya, con sede en el este de Libia.
[Sherlock es un corresponsal especial.]
[Patrick J. McDonnell en Beirut contribuyó al reportaje.]
11 de octubre de 2011
6 de octubre de 2011
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

inmigrantes abandonan libia


Nigeria sufre el impacto de los desplazamientos en Libia. Decenas de libios cruzan la frontera hacia Nigeria.
[Adam Nossiter] Niamey, Nigeria. Para decenas de miles de nigerianos, la caída del coronel Muamar al Gadafi ha sido una catástrofe económica, zambulléndolos repentinamente en el precario universo de su país natal, uno de los más pobres y más dependientes del planeta -después de vivir en el mundo de los buenos salarios en Libia.
De acuerdo al gobierno nigeriano, desde marzo, más de doscientos mil nigerianos han huido del conflicto, atravesando penosamente el desierto libio, país donde estaban ganando salarios asombrosos impensables en Nigeria, como sastres, guardias de seguridad, cocineros y choferes.
La mayor parte de los que huyeron se encuentran ahora en la indigencia, hambrientos y, junto con miles de familias que dependen de remesas desde Libia, sin perspectivas. Funcionarios en Nigeria calculan que al menos doscientas personas siguen llegando diariamente, y probablemente lo hacen cruzando los porosos cruces fronterizos. El gobierno admite que no tiene recursos para ayudarlos y está suplicando ayuda a donantes extranjeros, como hizo cuando un puñado de gadafistas cruzaron la frontera.
Para junio, el desplazamiento forzado había hecho un hoyo de ochenta millones de dólares en la economía nigeriana, declaró aquí el gobierno. Esa cifra ha crecido desde entonces, y es desastroso en un país sobre el que el Banco Mundial dice que más del sesenta por ciento de sus habitantes viven en pobreza extrema, donde el hambre acecha cuando no llegan las lluvias y donde la mitad del presupuesto nacional ha provenido en años anteriores de donantes.
Repentinamente, los emigrantes que habían proporcionado fuerza de trabajo a Libia -y, en el camino, entrado al mundo de las vacaciones pagadas, horas extras y coche de la compañía-, terminaron viviendo en un mundo en el que los vagabundos mutilados se reúnen en los cruces de calles y se puede comprar comida en rudimentarias chozas con techos de hojalata. La transición, después de un extenuante y a veces mortal viaje de un mes a través del hirviente Sahara, ha sido difícil.
Para tener la posibilidad de ganar salarios diez veces más altos que en Nigeria, valía la pena aguantar la persecución y los prejuicios en un país dominado por los árabes donde los africanos eran tratados como ciudadanos de segunda clase.
"Esa vida es algo que no puedes tener en Nigeria", dijo Abubakar Hassan, que trabajaba como cocinero para una multinacional en Trípoli antes de huir del conflicto en Libia y emprender el peligroso viaje por el desierto. "En realidad, fue excelente."
Dos hombres murieron en el camión, repleto hasta los topes de bolsas y pasajeros, que sacó de Libia a Hassan y otros y siguió su ruta a través de las ardientes arenas. "Treinta días de sufrimiento", dijo, recordando la sed, el hambre, el calor y la indigencia.
Llevaba un camisa blanca de buena hechura con la palabra Armani bordada. Como decenas de otros en un centro de ayuda a orillas de Niamey, la capital de adobe de Nigeria, lleva más de cinco meses sin trabajo. En el centro, la desesperación domina los ánimos.
"Tener trabajo es el sueño de todo el mundo aquí", dijo, mirando alrededor en la sofocante habitación en la que los hombres se habían hacinado para recibir asesoría.
Adamou Hamani, un ex funcionario de seguridad ambiental, de veintinueve años, que trabajaba haciendo inspecciones de sitios en obras en Libia con una paga de unos seiscientos dólares al mes, dijo que había dejado sin ningún resultado su currículum en seis diferentes compañías en Nigeria. Como la seguridad laboral no es una prioridad en este mísero país, "ni siquiera entienden lo que hago", dijo. "Estoy empantanado. No tengo planes. No tengo idea de lo que voy a hacer."
Otros hablaron de comidas saltadas, aunque nunca pasaron hambre en Libia. "Es muy difícil encontrar comida suficiente para comer", dijo Mamadou Issa, que trabajaba como tapicero en Trípoli, pero está sin trabajo desde hace seis meses. "Ojalá encuentre usted algo para comer antes de dormir", dijo.
El sastre Hassan Jibo, que tuvo que vender su ropa para llegar a Nigeria, dijo: "Es difícil. A veces tenemos suficiente para comer, a veces no."
Fuera de la capital, en el arruinado campo, la repentina interrupción de las remesas de Libia ha sido todavía más doloroso. Gran parte de la población sobrevive en la agricultura de subsistencia. En el periodo previo a la cosecha, lo que los nigerianos llaman "la brecha", el dinero de Libia es crítico.
"Ahora estamos en la brecha, y no hay nada", dijo Abibatou Wane, director de la oficina en Nigeria de la Organización Internacional para las Migraciones. "Es un problema que no ha sido resuelto. ¿Cómo lo vamos a solucionar?"
Un asociado de la OIM que viaja entre las aldeas habló de la desesperación de la gente. "Tan pronto como llegas en coche, la gente se reúne alrededor de ti porque piensan que traes ayuda", dijo el asociado, Boubacar Seybou, desde la ciudad de Abala. "Las transferencias monetarias de esos emigrantes son el recurso económico de esas familias."
Durante la entrevista, el funcionario de gobierno que la supervisaba, suplicó por ayuda del exterior.
"Esta es una situación que clama a la conciencia: necesitamos sesenta millones de dólares", dijo Abdelkader Agaly, jefe de gabinete del primer ministro. "Los dos millones de dólares que hemos distribuido no representan absolutamente nada."
Se han distribuido algunos sacos gratuitos de granos -varios en el centro de ayuda de Niamey se quejaron de que los sacos se habían acabado para cuando llegaron ellos- y se han fijado los precios de los artículos básicos. Pero Agaly sugirió que eso era mínimo. "Es verdad, lo que hemos hecho es muy poco."
La presión sobre la frágil economía de Nigeria es "muy fuerte", dijo.
"En términos económicos, esto es un desastre. Está causando una recesión económica. Todo un sector de nuestra economía se está derrumbando."
En el centro de ayuda, los hombres expresaron indignación por lo que dijeron que era la falta de ayuda del gobierno.
"Pensábamos que el gobierno nos ayudaría", dijo Hassan, el cocinero. "Hasta el momento, no ha hecho nada."
Hassan Salah, ex guardia de seguridad en una compañía de perfumes en Trípoli, dijo: "El gobierno no ha hecho nada, nada. Desde que volví no he trabajado ni un solo día."
Agaly hizo una advertencia a Occidente: los miles de jóvenes desesperados que ahora inundan su país, podrían representar un seductor objetivo de reclutamiento en una región donde hay presencia, según dijo, de "fuerzas malignas" -las sucursales norteafricanas de al Qaeda ya han hecho incursiones aquí.
"No es fácil", dijo Ali Jibo, otro sastre que huyó de Libia. "Me fui para tener una vida mejor. Libia es un país rico. Aquí hay pobreza. La gente sufre. Los jóvenes sufren."
[Issa Ousseini contribuyó al reportaje.]
29 de septiembre de 2011
27 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer
 

acusados de luchar por gadafi


Los vecinos de una ciudad sufren las represalias. Personas desplazadas de Tawerga, una ciudad al oeste de Libia, buscan refugio en una academia naval abandonada en Trípoli.
[Kareem Fahim] Sirte, Libia. Al borde de esta ciudad donde continúa la guerra de Libia, varios hombres de la ciudad de Tawerga se hallaban sentados en el patio de una mezquita, después de haber huido de sus casas y cambiado una zona de guerra por otra. Los proyectiles caían cerca, pero la guerra era uno solo de sus problemas. Hombres armados, sus antiguos vecinos de la ciudad de Misurata, les perseguían, acusándolos de traición.
Tawerga fue usada para montar el sangriento asalto del coronel Muamar al Gadafi contra Misurata, donde murieron más de mil personas. Los combatientes de Misurata que resistieron el sitio se han convertido en leyendas en Libia, una condición que les ha facilitado afirmar su autoridad en el nuevo régimen. Dicen que los hombres de Tawerga hicieron más que hospedar a un ejército. Lucharon como parte de las fuerzas de Gadafi, dicen los combatientes y vecinos de Misurata, y cometieron atrocidades, incluyendo la violación.
Hace más de un mes, cuando las fuerzas de Gadafi se retiraron de la ciudad, prácticamente todos los habitantes de Tawerga, unos trescientos mil, huyeron de ella por miedo a sus vecinos, abandonando incluso sus ropas, sus pasaportes y sus álbumes familiares. Desde entonces, algunos vecinos de Misurata han convertido en misión la venganza, los incendios o saqueos de tiendas y casas vacías. Vecinos de Tawerga se han refugiado en otras ciudades, incluyendo Sirte y Trípoli, y dicen que los combatientes de Misurata los están persiguiendo y capturando a sus hombres.
En la mezquita de Sirte esta semana, un combatiente de Misurata apuntó con un dedo a un hombre de Tawerga cuyos niños jugaban en la cercanía: "No eran dos de ustedes. No eran tres. No eran cuatro. Eran miles", gritó. "¡Todos ustedes apoyaban a Gadafi!"
La disputa se está resolviendo en toda Libia occidental, uno de los numerosos ajustes de cuentas que se están convirtiendo en uno de los tempranos retos que deben superar los nuevos gobernantes del país. La raza ha transformado este conflicto en algo especialmente tóxico. Los vecinos de Tawerga dicen que Misurata ha ignorado traiciones de sus otros vecinos, concentrándose en los tawerganos, porque la mayoría de los habitantes son negros. Unas pintadas en sus casas vacías intensifica su convicción: "Esclavos de Misurata", se lee en muchas murallas. Combatientes de Misurata dicen que la raza no tiene nada que ver. Los crímenes de los tawerganos son imperdonables, dicen, y en lo que concernía a ellos, la ciudad había dejado de existir. El jueves, un portavoz del gobierno transicional dijo que Misurata había oficialmente atenuado su posición y permitiría que los vecinos de Tawerga sin sangre en sus manos volvieran a casa.
Los tawerganos están buscando seguridad en otras partes, y no la han encontrado. Hace dos semanas, 85 hombres de Tawerga fueron detenidos en Trípoli por paramilitares de Misurata, y desde entonces no se ha sabido nada de ellos, dicen sus familiares. En los últimos días, el alcalde de una ciudad en un oasis al sur del país le dijo a mil tawerganos que debían marcharse antes del anochecer, de acuerdo a varias personas que dijeron que habían sido expulsadas.
Muchos tawerganos reconocen que hombres de su ciudad colaboraron con el ejército de Gadafi, pero dijo que la respuesta equivalía a un castigo colectivo. "Treinta y cinco mil personas no violaron a sus mujeres", dijo Hussein Salah, que encontró refugio en un campamento en Trípoli. Ex milicianos rebeldes de Bengazi y Zintan los están protegiendo contra los paramilitares de Misurata, dijeron.
El campamento, una antigua academia naval, no tiene agua corriente. El miércoles por la noche, las mujeres recogían leña entre los arbustos y cocinaban sus comidas en fogatas al aire libre. Un grupo de hombres dejó las hacinadas habitaciones a sus familias y durmieron sobre cartones junto a una pared de cemento. Dijeron que desde el 11 de agosto, cuando dejaron Tawerga, han estado moviéndose con sus familias de ciudad en ciudad, de campamento en campamento.
Hace dos semanas, en otro campamento en el barrio de Abu Salim, en Trípoli, los combatientes de Misurata dieron con ellos, dijeron varios testigos. Ocho de las distintivas camionetas negras empleadas por las brigadas de Misurata llegaron al campamento y arrestaron a 85 hombres, metiendo a algunos de ellos en el maletero de sus propios coches para marcharse enseguida. Abdullah Abdulsalem dijo que no estaba en el campamento cuando llegaron los hombres y arrestaron a su hermano Mohammed Abdulsalem, 25. La mujer de Hussein Salah, Umm Ishnaf, dijo que vio a los paramilitares de Misurata arrestar a tres de sus hijos. Haytham, Bassam y Essam Salah. Como los otros familiares, no sabe adónde fueron llevados.
Algunos hombres dijeron que sus problemas con Misurata eran nuevos. Durante años, los tawerganos habían trabajado y asentado en la ciudad más grande y más rica del norte, sin problemas. Otros dijeron que había una larga historia de tensiones y recriminaciones. Los misuratanos estaban indignados con los intentos del coronel Gadafi de favorecer a los tawerganos, visitándolos frecuentemente, construyendo nuevas casas y haciendo planes para remodelar la ciudad.
Los tawerganos resintieron su tratamiento como trabajadores en Misurata, diciendo que eran relegados a los trabajos meniales y sometidos a comentarios raciales. "El problema es que somos negros", dijo Salah. "Lo ocultaban en el corazón. Se les salió después del 17 de febrero", dijo, refiriéndose a los primeros días de la rebelión libia.
En otra parte de la academia naval, Salah Aqeel Zaid, 51, maestro, dijo que acababa de llegar de la ciudad oasis de Hun después de un viaje de doce horas. Dijo que un funcionario local había ordenado marcharse a más de mil vecinos de Tawerga que se habían quedado, dándoles tiempo hasta el anochecer.
Interrogado sobre el apoyo de los tawerganos a las tropas del coronel Gadafi, se mostró implacable. "Incluso si fue así, ¿cuál es el problema? Somos libres", dijo.
Evidencias de la época de las tropas de Gadafi en Tawerga se hallan dispersas por toda la ciudad abandonada. Dejaron atrás sus uniformes, sus cajas de municiones y los enormes contenedores que usaron como refugios contra las bombas, cubiertos por montículos de tierra.
Las ovejas deambulaban por las calles vacías de todo excepto unos coches quemados. Los armarios estaban llenos de ropa y los platos todavía mostraban alimentos. Banderas verdes ondeaban todavía entre muchas casas, un signo de apoyo ofrecido o coaccionado. En el vestíbulo de una escuela, alguien escribió: "Oh, Tawerga, ciudad de agentes y cabras." En la pared de un departamento ocupado por jóvenes paramilitares de Misurata, alguien había garrapateado: "No compres esclavos sin un látigo."
Un día la semana pasada, cuatro edificios fueron incendiados. Un grupo de combatientes de Misurata que escoltaban a periodistas por las calles de Tawerga, responsabilizaron de los incendios a las minas terrestres dejadas por las tropas de Gadafi, o el verano. Uno de los combatientes empezó a decir más, pero sus compañeros lo hicieron callar.
En un viaje comercial en Tawerga, Salem Hussein Kanemo, funcionario de Misurata, supervisaba la carga de varios camiones con harina y muebles con destino a Misurata. La harina pertenecía a las tropas de Gadafi, dijo, y los muebles eran robados, de Misurata. Dijo que hubo discusiones sobre comprar las casas a sus antiguos dueños en Tawerga. "No pueden ser nuestros vecinos", dijo.
28 de septiembre de 2011
23 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

menos bajas que las esperadas


Hay menos bajas que las declaradas por los bandos en conflicto en Libia, incluyendo las víctimas de los bombardeos aéreos de la OTAN, las de ejecuciones gubernamentales y las de los asesinatos de negros subsaharianos cometidos por paramilitares libios.
[Rod Nordland] Libia. Oficialmente, de acuerdo a los nuevos gobernantes libios, sus mártires de la lucha contra el gobierno del coronel Muamar al-Gadafi deberían rondar los treinta mil o cincuenta mil, sin contar las bajas enemigas.
Sin embargo, en las morgues del país, las víctimas de la guerra registradas para los dos lados en cada área se cuentan de momento en cientos, no en miles. Y aquellas que todavía están desaparecidas no sobrepasan las mil, de acuerdo al Comité Internacional de la Cruz Roja. Esas cifras pueden ser incompletas, pero incluso si las personas desaparecidas fueran tres veces más, y estuvieran todas muertas, la cuenta total sería mucho más baja que el total de bajas según el nuevo gobierno.
El viernes, los combatientes anti-Gadafi atacaron los dos últimos bastiones de las fuerzas gubernamentales en la ciudad portuaria de Surt y en Bani Walid, una ciudad en el desierto. Aunque ambos asaltos fueron repelidos por la tenaz resistencia de las fuerzas gadafistas, no cabe duda de que la guerra está en sus fases finales. Y mientras remite, la pregunta sobre cuántas víctimas se cobró la guerra adquiere mayor significación.
Desde que empezara la rebelión libia, el número de muertos es indiscutiblemente pavoroso, incluso si no corresponde con la representación de los ex rebeldes en cuanto a que se trató de una lucha del tipo de David contra Goliat contra un régimen sanguinario que, afirman, asesinó a decenas de miles de personas indefensas e inocentes. También se ha convertido en un tema delicado y algunos funcionarios de gobierno se niegan a entregar cifras reales sobre las bajas y las organizaciones de derechos humanos se muestran cautas a la hora de adoptar una posición definitiva.
Las nuevas autoridades dicen que el número de muertos confirmados aumentará con el hallazgo de fosas comunes donde el gobierno de Gadafi ocultaba a sus víctimas, tanto durante los últimos meses como cuando se derrumbó y abandonó Trípoli y otros centros de población.
Es efectivo que se han encontrado sitios con enterramientos masivos recientes -trece de estos fueron confirmados por la Cruz Roja, y "cerca de veinte" fueron hallados por el gobierno, de acuerdo al coordinador humanitario del Consejo Nacional de Transición, Muattez Aneizi. Se encuentran más "casi todos los días", dijo Aneizi.
Sin embargo, que se trata de fosas comunes masivas es algo engañoso, porque en realidad la fosa común más grande encontrada hasta el momento, en las montañas de Nafusah, al occidente de Libia, tenía treinta y cuatro cuerpos. En muchas de las otras, las víctimas se cuentan con dígitos simples. Muchos sitios ni siquiera son fosas, sino más bien contenedores o edificios donde las víctimas
fueron ejecutadas y sus cuerpos abandonados.
La Cruz Roja contó sólo 125 muertos en los trece sitios confirmados, 53 de los cuales fueron hallados en un hangar cerca del aeropuerto de Trípoli. Aunque los rebeldes probablemente no murieron en las cantidades que reclaman, no hay duda de que muchos fueron asesinados, a veces de manera horrorosa, después de haber sido tomados prisioneros. Cuando colapsó el gobierno de Gadafi y sus intransigentes huyeron de Trípoli y otros bastiones, esos crímenes de guerra ocurrieron en muchos casos bien documentados. Simplemente, a juzgar por las evidencias disponibles, no se trató de miles de casos.
No existe ninguna explicación que de cuenta ni de las cifras del consejo -de 30 mil a 50 mil víctimas- ni de las cifras preferidas por el ministro de Salud del nuevo gobierno, Naji Barakat: de 25 mil a 30 mil víctimas.
En el ministerio de Salud, Mohammed al-Ghazwi, que encabeza la recién formada Comisión de Bajas, encargado de confirmar el número de muertes en el conflicto, se mostró reticente a ofrecer cifras. "Encontramos fosas nuevas todos los días, así que no puedo darle cifras específicas", dijo Ghazwi. "Pero se trata de 25 mil a 30 mil bajas, como dijo el ministro de Salud."
Interrogado sobre cuántas de esas bajas se basaban en casos documentados de muertos encontrados hasta el momento, dijo que eran muchos menos, pero que no podía entregar cifras. "Es muy difícil saber el número real [de bajas] porque durante el gobierno de Gadafi a los muertos los escondían", dijo Ghazwi.
En Trípoli hay dos morgues, pero la mayoría de las víctimas que murieron violentamente se hallan en una de ellas: en el Hospital Central de Trípoli. Allá, de acuerdo a Ali al-Kerdasi, miembro de la comisión prensa del hospital, el total de muertos desde el 25 de agosto es de setecientos. Kerdasi dijo que había seiscientas denuncias por personas desaparecidas, cuyos familiares habían llegado al hospital buscándolas. En las paredes del pabellón de emergencia del hospital cuelgan las fotos de 113 personas desaparecidas.
La cifra de setecientos muertos puede no incluir a los que murieron en los primeros días de la batalla final por la ciudad, desde el 20 de agosto, cuando los principales hospitales estaban en manos de las fuerzas de gobierno durante los primeros días, y los familiares pueden haber sepultado a algunos de sus muertos sin llevarlos a la morgue como exige la ley.
En la otra morgue -en el Centro Médico de Trípoli-, el doctor Hossam Algedar, director del equipo de personas desaparecidas del centro, dijo que no estaba autorizado para dar información sobre las cifras de muertos y desaparecidos. En las paredes de ese hospital, los volantes muestran al menos a 127 personas desaparecidas.
Los cuerpos de las personas que todavía no son identificadas se pueden mirar, con sus fotos, en la página de Facebook del equipo; son 52 en total. Algedar dijo que esa era una lista parcial.
Algedar no trepida en confirmar la cifra ampliamente citada sobre los muertos y desaparecidos. "De treinta mil a cincuenta mil es una cifra creíble", dijo. "El destino de los desaparecidos es un misterio."
Su opinión es compartida por el doctor Othman el-Zentani, un patólogo forense que está a cargo del Consejo Nacional de los Desaparecidos, que agrupa a varios ministerios y organizaciones internacionales como la Cruz Roja en un intento de racionalizar los listados de desaparecidos.
El comité todavía tiene que realizar su primera reunión, pero Zentani predijo con seguridad que los muertos o desaparecidos debían sobrepasar los veinte mil. "¿Por qué no?", dijo. "Es una lucha que lleva siete meses, en todas partes y con todo tipo de armas, así que eso no lo pongo en duda."
Todos están de acuerdo con el número de bajas, cualquiera que fuese, habría sido mucho más alto si las fuerzas del coronel Gadafi hubiesen resistido en Trípoli tanto tiempo como la gente temía que ocurriera. Pero en lugar de eso, la mayoría de las víctimas en la ciudad murieron entre el 20 y el 26 de agosto. "Trípoli cayó en cuestión de días; no fue como en Beirut ni como en Gaza", dijo Carole Pittet, de la Cruz Roja.
El cálculo de mil desaparecidos que hizo la Cruz Roja incluye a muchos trabajadores inmigrantes, dijo Pittet, y se basa en los informes de las oficinas locales en Trípoli; Misurata, escenario de los peores combates, y Bengasi, donde empezó la revolución.
Incluso en Bengasi, donde la lucha se libró durante semanas antes de que interviniera la OTAN para cambiar la marea contra las fuerzas del gobierno el número de bajas no puede haber sido mucho más alto que en Trípoli. De acuerdo a Omar Babdous, director de rastreo de la sede de la Sociedad del Creciente Rojo en Trípoli, hay confirmación de la muerte de 850 personas durante la guerra en Bengasi y alrededores, mientras que 1.350 figuran como desaparecidas.
En Misurata, una ciudad mucho más pequeña que Trípoli o Bengasi, el número de muertos fue peor que en cualquier otra parte de Libia. Las autoridades de Misurata han identificado a 1.083 víctimas de todos los lados, de acuerdo a Abu Bakr Triebe, director de la Oficina Médica de Misurata, y se cree que dos mil siguen desaparecidas.
El total de desaparecidos en esas tres grandes ciudades es mucho mayor que la cifra de la Cruz Roja para todo el país, a la que supera en 3.500 víctimas, incluso aunque los equipos de la Cruz Roja también estaban reuniendo datos en esas ciudades. Pero sin un sistema centralizado de control de los informes sobre desaparecidos, no es posible saber cuánta duplicación hay ni cuántos fueron denunciados originalmente como desaparecidos y ya han sido encontrados. Y muchos libios pueden no haber denunciado sus desaparecidos a la Cruz Roja.
Sidney Kwiram, representante de Human Rights Watch que ha estado en Libia durante gran parte del conflicto, dijo que era demasiado pronto como para sacar conclusiones sobre el número de muertos y desaparecidos. Algunos de los desaparecidos pueden haber sido retenidos por fuerzas gadafistas en Surt, donde hay un centro de detención de la policía militar. Muchos rebeldes fueron enterrados por familiares y amigos para evitar contactos peligrosos con las autoridades. "En Trípoli la gente incluso dejó de llevar a sus seres queridos al hospital, por miedo", dijo Kwiram.
Gran parte de la cifra oficial de muertes se basa en la teoría de que había treinta mil prisioneros antes de la caída del gobierno de Gadafi, pero cuando las prisiones fueron abiertas, sólo encontraron a nueve mil reos vivos. El problema es que nadie sabe realmente cuántos prisioneros había, y nadie en realidad contó cuántos recobraron su libertad.
"Las cifras que se ventilan en la prensa son básicamente suposiciones", dijo Stefan Schmitt, antropólogo forense de Médicos por los Derechos Humanos que estuvo en Libia hace poco para asesorar a las autoridades sobre cómo manejar las fosas comunes masivas. "Realmente, es demasiado pronto para saber."
[Kareem Fahim contribuyó al reportaje desde las afueras de Bani Walid, Libia.]
19 de septiembre de 2011
16 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

presencia islámica en libia


Creciente influjo islamita plantea interrogantes sobre Libia.
[Rod Nordland y David D. Kirkpatrick] Trípoli, Libia. En la Libia de después de Gadafi, el político que se percibe con más influencia es Ali Sallabi, que, aunque no posee ningún título formal, concita un amplio respeto como ulema y orador populista que fue indispensable en el levantamiento popular.
Ahora el jefe militar más poderoso es Abdel Hakim Belhaj, ex líder de un grupo extremista que, según se cree, estuvo aliado con al Qaeda en el pasado.
La creciente influencia de los islamitas en Libia plantea graves inquietudes sobre el carácter último del gobierno y sociedad que surgirán para reemplazar la autocracia del coronel Muamar al-Gadafi. Estados Unidos y los nuevos gobernantes de Libia dicen que los islamitas, un grupo bien organizado en un país generalmente moderado, han dado a conocer que han optado por el pluralismo democrático. Dicen que no hay motivos para dudar de la sinceridad de los islamitas.
Pero como en Egipto y Túnez, la más reciente rebelión de la Primavera Árabe depuso a un dictador que había reprimido a los fundamentalistas islámicos, y existen preocupantes indicios en cuanto al tipo de gobierno que le sucederá. No está para nada claro dónde terminará Libia en el espectro de posibilidades que van desde el modelo turco, con pluralismo democrático, y el embrollo egipcio hasta, en el peor de los casos, la teocracia chií de Irán o los modelos sunníes del Talibán e incluso al Qaeda.
Las milicias islámicas en Libia reciben armas y financiamiento directamente de benefactores extranjeros como Qatar; un personaje de la Hermandad Musulmana, Abel al-Rajazk Abu Hajar, preside el Consejo Municipal de Trípoli, donde, según se dice, los islamitas conforman la mayoría; al este de Libia todavía no se aclara el asesinato, en julio, del jefe militar de los rebeldes, el general Abdul Fattah Younes, que se sospecha que fue ultimado por los fundamentalistas.
Belhaj ha afianzado tan firmemente su posición últimamente que quiere apartar a Mahmoud Jibril, el economista educado en Estados Unidos que es nominalmente el primer ministro del gobierno interino, después de que criticara oblicuamente a los islamitas.
Para una rebelión que ofrecía al mundo una imagen liberal occidentalizada, el creciente influjo de los islamitas -activistas con opiniones fundamentalistas, que quieren una sociedad regida por principios islámicos- está siendo estudiado estrechamente por Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.
"Creo que es algo que está observando todo el mundo", dijo Jeffrey D. Feltman, subsecretario de estado para asuntos del Próximo Oriente, que estuvo de visita el miércoles. "Los primeros que están hablando sobre esto, son los libios mismos". El más alto oficial estadounidense que visita Libia desde la caída del coronel Gadafi, Feltman se mostró optimista de que Libia siga una ruta moderada.
"Sobre la base de nuestras conversaciones con los libios", dijo, "no nos preocupa que un grupo sea capaz de dominar el país después de lo que ha sido una lucha común del pueblo libio."
En una entrevista, Sallabi dejó en claro que él y sus seguidores quieren construir un partido político basado en principios islamistas que aspira al poder mediante elecciones democráticas. Si para ello el partido no logra conseguir un apoyo amplio en las elecciones, dijo, que así sea.
"Esta es la revolución del pueblo, y toda la gente es musulmana, islamita", dijo Sallabi. Los laicos "son nuestros hermanos. Y son libios."
"Tienen derecho a presentar sus propuestas y programas", dijo, "y si el pueblo libio los elige a ellos, yo no tendré ningún problema. Creemos en la democracia y el traspaso pacífico del poder."
Muchos libios dicen que no están inquietos. "Los islamitas están organizados y por eso parecen tener más influencia de la que tienen", dijo Usama Endar, consultor de administración que es uno de los multimillonarios libios que ayudaron a financiar la revolución. "No cuenta con un apoyo amplio, y cuando la situación se estabilice, sólo ganarán los que tengan un apoyo masivo, sin las limitaciones de los islamitas."
Sin embargo, una manifestación anti-fundamentalista, anti-Sallabi, en la Plaza de los Mártires el miércoles sólo atrajo a algunas decenas de manifestantes.
Muchos, como Aref Nayed, coordinador del equipo de estabilización del Consejo Nacional de Transición y prominente ulema, dice que la revolución había demostrado que los libios no aceptarán nada que no sea una sociedad democrática y que los islamitas tendrán que adaptarse a ella.
"Habrá intentos de hacerse con el poder, pero ninguno tendrá éxito, porque la gente joven saldrá a las calles y los derrumbará", dijo Nayed.
Algunos están preocupados de que los islamitas ya estén ejerciendo demasiado poder, particularmente en relación con su apoyo en la sociedad libia, donde la mayoría de la gente, aunque devota, practica una forma moderada del islam, en la que se respetan las libertades personales.
Sallabi desestimó esos temores, diciendo que los islamitas no impondrían a otros sus opiniones tradicionalistas. "Si la gente vota por una mujer como presidente, nosotros no tenemos problemas con eso. Las mujeres se pueden vestir del modo que quieran; son libres."
Adel al-Hadi al-Mishrogi, importante hombre de negocios que empezó a recaudar dinero para los insurgentes anti-Gadafi al principio de la revolución, no está convencido de las declaraciones de los islamitas en cuanto a su fidelidad a principios democráticos. Se refirió a una conocida organización paraguas, Etilaf, que dijo que había sacado del camino a grupos más laicos.
"La mayoría de los libios no son intensamente islámicos, pero estos están muy bien organizados, y ese es el problema", dijo Mishrogi. "Nuestras reuniones duran horas y no llegamos a tomar decisiones. Sus reuniones son disciplinadas y van directamente al grano. No son muy populares, pero están organizados."
Se queja de que Etilaf y Sallabi son los están realmente controlando las cosas en Libia. Otros dicen que el panorama es mucho más diverso y caótico de lo que sugiere Mishrogi, aunque es verdad que Etilaf, sin dirección fija y aparentemente todavía actuando en la clandestinidad, sigue emitiendo decretos de todo tipo, como si fuera algún tipo de guía revolucionario.
"Las oficinas deben asegurarse de que sean dirigidas por una persona aceptable dentro de siete días a partir de esta notificación", dice una hoja pegada a las puertas de las oficinas del Hospital Central de Trípoli, fechada al 3 de septiembre y firmada, simplemente, Etilaf.
"Están controlando todo", dijo Mishrogi.
Youssef M. Sherif, conocido escritor e intelectual libio, dijo que "los islamitas se hacen cada día más fuerte. Cuando haya parlamento, los fundamentalistas serán la mayoría."
"Abdel Hakim Belhaj es el verdadero gobernador de Trípoli simplemente porque fue elegido por la milicia islamita", dijo Sherif. Repitiendo los debates en Egipto Sherif sugirió prolongar el periodo para convocar a elecciones que los previstos ocho meses, para dar a los liberales una mejor oportunidad para organizarse.
La creciente influencia de los islamitas se refleja en su mayor disposición a desempeñar una función política. Hasta hace poco, los islamitas mantenían un bajo perfil, e incluso muchos funcionarios libios laicos se han mostrado reticentes a criticarlos, diciendo que deberían concentrarse en el enemigo común mientras Gadafi sigue prófugo.
Eso parece estar cambiando. Después de que el primer ministro en funciones del gobierno interino, Jibril, apareció hace poco en Trípoli y criticó indirectamente el politiqueo de los islamitas como prematuro -considerando que la guerra todavía se está librando-, Belhaj y Sallabi empezaron a exigir su reemplazo.
"Jibril se irá pronto", dijo un ayudante de Belhaj.
Y Sallabi dijo que Jibril, junto con el ministro que se educó en Estados Unidos y el ministro del petróleo, Ali Tarhouni, estaban introduciendo una "nueva época de tiranía y dictadura", informó Al Yazira.
Durante los 42 años que duró el gobierno del coronel Gadafi, organizaciones clandestinas como el Grupo de Combate Islámico Libio, de Belhaj, y la Hermandad Musulmana, eran la única oposición. Aunque prohibidas y perseguidas, tenían una red en las mezquitas que los opositores laicos del gobierno no podían emular.
Eso también les ha dado ahora una ventaja en cuanto a organizarse políticamente, y no parecen que estén perdiendo el tiempo.
"Habrá intentos de controlar todo, y eso es natural", dijo un alto funcionario del Consejo Nacional de Transición, que habló a condición de conservar su identidad para no irritar a los islamitas. "Definitivamente, Etilaf está tratando de acrecentar su influencia. Y estamos oyendo mucho más de los fundamentalistas en los medios porque están mucho mejor organizados y son mucho más articulados."
Nayed concedió que eso podía ser verdad, pero no le preocupaba. "Mi respuesta a cualquiera que se queje por eso es: Tienes que ser tan articulado como ellos y tan organizados como ellos", dijo. "Y creo que estamos empezando a ver eso en varias organizaciones juveniles."
Fathi Ben Issa, ex miembro de Etilaf que se convirtió en un temprano representante en el consejo de Trípoli, dijo que renunció a su cargo después de enterarse de que los miembros de la Hermandad Musulmana que dominan ese organismo querían prohibir el teatro, el cine y artes como la escultura de la anatomía humana. "Eran como el Talibán", dijo. "No nos deshicimos de Gadafi para reemplazarlo por ese tipo de gente." La gota que colmó el vaso, dijo, fue cuando Etilaf empezó a difundir una proposición de decreto (fatwa) para prohibir que las mujeres puedan conducir.
La mayoría de los libios se erizan rápidamente ante la sugerencia de que sus propios islamitas podrían un día seguir el ejemplo de Irán, donde después de la caída del sha Mohamed Reza Pahlavi, el ayatola Ruhollah Khomeini aplastó a un breve gobierno liberal denunciando la democracia como no islámica.
Sallabi dijo que esperaba que los libios pudieran encontrar un líder parecido a George Washington, sobre el que había estado leyendo últimamente. "Después de pelear, volvió a su granja pese a que el pueblo estadounidense lo quería como presidente", dijo Sallabi. "Era un gran hombre."
Refiriéndose a Sallabi, Ben Issa, que dijo que ha recibido amenazas de muerte desde que rompiera con los islamitas, replicó: "Simplemente está ocultando sus intenciones. Dice una cosa a la BBC y otra a Al Yazira. Si le crees, es que no conoces a los Hermanos Musulmanes."
16 de septiembre de 2011
15 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

xenofobia en egipto


Enfrentados a crecientes dificultades y nuevos disturbios, el gobierno interino egipcio ha recurrido a una vieja táctica: echarle la culpa a los extranjeros.
[Leila Fadel y Ernesto Londono] El Cairo, Egipto. En las últimas semanas, jefes militares han acusado que los manifestantes que exigen reformas y una transición rápida a la democracia están trabajando a instancias de agentes extranjeros que intentan provocar divisiones dentro de la sociedad egipcia.
Las fuerzas de seguridad han detenido a varios extranjeros -incluyendo al menos a cinco estadounidenses-, acusándolos de espiar para Israel u Occidente. Los generales en el gobierno egipcio también han criticado ofertas recientes de ayuda extranjera y denunciado lo que llaman intentos de Estados Unidos y otros países de inmiscuirse en la naciente democracia de Egipto.
"Es el tipo de retórica que resuena muy fuertemente en Egipto", dijo Heba Morayef, investigador de Human Rights Watch en El Cairo. "Los egipcios están muy orgullosos de ser egipcios."
Los funcionarios de inteligencia del derrocado presidente Hosni Mubarak recurrieron a menudo a la retórica xenófoba para desviar las críticas domésticas, dijo Morayef. Las recientes tácticas son más persuasivas y rotundas.
Activistas egipcios dicen que los intentos de exacerbar la xenofobia pueden ser un pretexto para aplastar a los grupos que se han hecho cada vez más críticos del gobernante Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.
"El consejo militar está creando deliberadamente un clima de profundas sospechas y hostilidad hacia cualquiera que se atreva a criticar su desempeño", dijo Hossam Bahgat, director de la Iniciativa Egipcia por los Derechos Personales.
Jefes militares en particular han tratado de desacreditar el movimiento 6 de Abril, uno de los más activos en el mosaico de organizaciones que derrocaron a Mubarak en febrero. Oficiales del ejército han dicho que los miembros de la organización recibieron adiestramiento militar en Serbia y son financiados por Estados Unidos -acusaciones que la organización rechaza y los militares no han demostrado públicamente.
Toda organización que pida ayuda a Estados Unidos, corre el riesgo de ser tratada como sospechosa.
"Hay seiscientas organizaciones que han pedido ayuda en la embajada estadounidense aquí en Egipto", dijo en una reciente entrevista por televisión el general Hassan Roweini, miembro del consejo militar. "Todo ha sido documentado por el aparato de seguridad del estado, con nombres y fechas y para qué se están adiestrando y el dinero que reciben del extranjero."
El fin de semana pasado, cuando miles de críticos del consejo militar intentaron marchar desde la Plaza Tharir hasta el ministerio de Defensa, estallaron violentos enfrentamientos entre manifestantes y partidarios del gobierno militar.
El activista Amr Gharbeia, miembro de la organización Bahgat, fue detenido por un equipo de militantes pro-militares que lo golpearon, lo pasearon por la calle exhibiéndolo como espía y trataron de entregarlo a personal de la inteligencia militar, dijo Bahgat. Los militares no hicieron nada para liberarlo de manos de sus captores.
Otra manifestante, la guía turístico egipcio, Yasmin Abdul Razik, dijo que fue detenida por agentes de la policía militar.
Soldados y policías de paisano la golpearon, la arrastraron jalándola por el cabello, la torturaron aplicándole descargas eléctricas en sus brazos y espalda y revisaron furiosamente su bolso. En su interior encontraron doce dólares. Los soldados se subieron al techo del vehículo a mostrar que habían encontrado dólares estadounidenses en su poder, contó. La interrogaron durante cinco horas sobre el dinero, y la fotografiaron con los billetes en la mano, acusándola de utilizar dinero extranjero para pagarle a los manifestantes.
"El liderazgo militar está muerto", dijo Razik, 26, cuyos moretones son todavía visibles. "Están usando las mismas tácticas, llamándonos agentes extranjeros porque no entienden que estamos protestando porque queremos a nuestro país."
Funcionarios de la seguridad egipcia también han detenido a varios extranjeros, acusándolos de espionaje.
Cuatro de los cinco estadounidenses detenidos en las últimas semanas fueron liberados el 11 de julio, después de días de interrogatorio, informó en una declaración la embajada de Estados Unidos.
Ilan Grapel, 27, estudiante de derecho que tiene la doble nacionalidad israelí y estadounidense, sigue detenido. Funcionarios egipcios han dicho que Israel lo envió a El Cairo a provocar tensiones religiosas y para incitar a los egipcios contra el consejo militar -acusaciones que su familia y el gobierno israelí han rechazado como ridículas.
Diplomáticos occidentales dijeron que están alarmados por la creciente xenofobia, que dicen que podría potencialmente poner en peligro los fondos extranjeros que llegan a Egipto. El consejo militar vetó hace poco un préstamo negociado de tres mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional que podría haber aliviado las necesidades más urgentes del país, diciendo que Egipto podía vivir sin ayuda extranjera.
Los generales también se han quejado de que Wasghington está tratando de inmiscuirse en la política egipcia financiando y formando candidatos y espías. Funcionarios estadounidenses dicen que sus actividades son imparciales.
Irónicamente, un diplomático occidental dijo que ninguna institución egipcia ha sido más dependiente de la ayuda internacional que las fuerzas armadas, que han recibido durante largo tiempo el grueso de los casi dos mil millones de dólares anuales de ayuda estadounidense.
"Creo que nunca anticiparon que serían considerados responsables de todo lo que pasara", dijo el diplomático en El Cairo, hablando a condición de conservar el anonimato, mencionado el protocolo diplomático. "Es mucho más fácil tener a alguien a quien echarle la culpa."
24 de agosto de 2011
30 de julio de 2011
©washington post
cc traducción c. lísperguer

los juicios por genocidio en ruanda


Se pensaba que la justicia comunitaria (gacaca) era el  modo más práctico de superar la división entre hutus y tutsis. Pero no resultó.
[Christopher Goffard] Kigali, Ruanda. Issa Munyangaju está dispuesto a contar su historia, pero pide una cerveza a cambio. Bebe a sorbos una Primus en un oscuro bar de cemento y habla sobre el criado que mató durante el genocidio.
Eran amigos, dice, hasta que llegaron a un puesto de control de milicianos hutu. Le dieron a Munyangaju, que es hutu, un fusil. Le dijeron que si no ejecutaba a su amigo, cuyo grupo étnico, tutsi, había sido condenado al exterminio, lo matarían a él.
"Obedecí sus órdenes", dice Munyangaju, 44. Le disparó al joven en el estómago, y pudo oír el balazo que terminó con su vida.
Cuando estaba en prisión, funcionarios de gobierno lo visitaron para explicarle las ventajas de la confesión en un tipo de juicio conocido como gacaca, un radical experimento en justicia comunitaria. Gacaca se traduce del idioma kinyarwanda como "justicia sobre la hierba", debido a que muchos juicios se realizan en canchas, en colinas y a la sombra de árboles. No tenían abogados, y en lugar de jueces profesionales fue una comisión de notables la que distribuyó condenas y absoluciones.
Munyangaju dice que su confesión en su juicio gacaca redujo su pena de prisión de treinta a diez años y le ayudó a aliviar el peso de su culpa. "Ahora puedo ir al cielo", dice.
En 1994, las masacres étnicas se cobraron la vida de más de ochocientos mil tutsis y las personas que fueron vistas como sus aliados. Cuando empezaron los juicios ocho años después, el gobierno de Ruanda argumentó que el proceso gacaca impediría no solamente que las cárceles se atiborraran de acusados del genocidio, sino que además aceleraría casos que podrían tomar décadas si fueran llevados por tribunales tradicionales, víctimas también de la masacre de funcionarios judiciales.
Los sobrevivientes sabrán finalmente quiénes mataron a sus familiares y dónde encontrar sus cuerpos. Los asesinos confesos recibirán sentencias reducidas y la posibilidad de reinserción social. Finalmente, se esperaba que hubiera reconciliación.
Pero mientras los tribunales ven los últimos de más de un millón de casos, el legado de los juicios es fuertemente disputado. En un informe reciente titulado ‘Justicia comprometida’, la organización de derechos humanos Human Rights Watch dice que el proceso ha sido utilizado para arreglar cuitas personales, así como para silenciar a periodistas, activistas y funcionarios.
El informe dice que los tribunales han ignorado los asesinatos masivos atribuidos al Frente Patriótico de Ruanda, el partido que puso fin al genocidio y ahora dirige al país.
El informe también menciona la falta de "derechos justos" para los acusados durante los juicios, tales como acceso a abogados, y denuncian a los jueces voluntarios de escasa formación, indiferentes ante las reglas que hacen a las evidencias, que a veces juzgan sobre la base de rumores.
Munyangaju dice que tras ser liberado de la cárcel, descubrió que su esposa estaba embarazada de otro hombre, y en venganza implicó al hombre en ataques relacionados con el genocidio. Más tarde, dijo, confesó que había mentido.
Ahora se sienta en una silla de plástico junto al camino a remendar zapatos; gana apenas lo suficiente para alimentar a su mujer y sus dos hijos. Su casa se está desmoronando. Trató de criar cabras, pero se las mataron, y ahora sospecha que fueron sus vecinos. Quizás lo hizo algún familiar de un sobreviviente. No está seguro.
"No sé quién mató a mis cabras", dice. "Esa persona puede venir a matarme a mí. Creo que pudieron haber sido todos."

2
El genocidio empezó en abril de 1994, cuando extremistas hutu aprovecharon el asesinato del presidente de Ruanda para azuzar a soldados, milicianos y ciudadanos hutu contra la minoría tutsi.
Las radios bramaban con órdenes de exterminar a los tutsi como si fueran cucarachas. Se calcula que más del 75 por ciento de la población tutsi fue masacrada. Sin embargo, han sido hutus, el grupo étnico mayoritario del país, el que a menudo juzga a otros hutus en los tribunales gacaca.
"Al principio era muy difícil entender cómo un hutu podía juzgar a otro hutu", dijo Naphtal Ahishakiye, 37, que trabaja para un grupo de sobrevivientes. Perdió a sus dos padres y cuatro hermanos, y escapó de las milicias ocultándose en un río, debajo de las raíces de un árbol, sumergiendo el cuerpo durante semanas, hasta que su piel se volvió blanca y se le empezó a caer de los brazos. Cuando se recuperaba, ansiaba vengarse.
"Justo después del genocidio, los sobrevivientes pensábamos que a los asesinos había que matarlos", dijo. "Era difícil pensar en otro tipo de castigo."
Dijo que llegó a apreciar el proceso gacaca cuando confrontó a algunos de los asesinos de su familia, que eran sus vecinos y, antes del genocidio, sus amigos. Unos siguen en prisión; otros están cumpliendo sus penas en proyectos de servicios públicos.
"No hay pueblos para sobrevivientes y pueblos para hutus", dijo. "Vivimos juntos y no hay nada que hacer. No te puedes vengar."
Debido a las sentencias relativamente ligeras que muchos reciben en los juicios gacaca, incluso algunos partidarios del proceso no dudan en definirlo como "media amnistía."
Entre ellos se encuentra Reverien Interayamahanga, 39, investigador en el Instituto de Investigación y Diálogo por la Paz [Institute of Research and Dialogue for Peace] en Kigali, que escapó a duras penas de la muerte cuando era estudiante en 1994.
"Pero con el fin de la reconciliación, creo que la opción se justifica", dijo Interayamahanga. "¿Cómo puedes meter a un quinto o un décimo en la población a la cárcel y esperar que sus familiares coexistan con los sobrevivientes?"
Propuso una historia común: un huérfano de genocidio ve libres a los asesinos de sus padres.
"Desde la perspectiva de la justicia clásica, no es justo", dijo. "Pero, para mí, el tribunal gacaca era la opción menos mala."
En contraste con la asombrosa cantidad de casos tratados por los tribunales ruandeses, el tribunal de Naciones Unidas en Arusha, Tanzania -levantado para tratar de juzgar a los organizadores del genocidio de Ruanda- ha avanzado lentamente, llevando apenas unas decenas de casos.
Phil Clark, profesor de política internacional en la Universidad de Londres que ha estudiado los tribunales gacaca, dijo que el proceso se ha concentrado no solamente en el castigo, sino en promover las conversaciones directas entre culpables y sobrevivientes.
"Creo que las organizaciones de derechos humanos no han tomado eso en cuenta", dijo. "Nunca me ha quedado en claro qué alternativa proponen para los tribunales gacaca."
El sistema "está inclinado hacia la indulgencia", con el objetivo de reintegrar a los asesinos en la sociedad, aunque otra explicación es que los jueces hutu simpaticen con los acusados hutu, dijo Clark.
"El sistema de acuerdos es bastante generoso", dijo. "La inmensa mayoría de los que han sido declarados culpables en el sistema gacaca no han vuelto a la cárcel."
En un caso estudiado por él, un comerciante encarcelado que confesó múltiples asesinatos obtuvo la libertad con un acuerdo declaratorio. Indignados sobrevivientes bombardearon su casa con piedras. Encontró casa junto a una mujer a cuyos tres hijos había asesinado, y trabajaban el mismo maizal.
"Es una situación habitual", dijo Clark. "Existe una suerte de tensa coexistencia, y del pragmatismo que lo justifica."

3
Uno de los últimos tribunales gacaca se realizó hace poco en Kigali, donde el acusado, Frederic Bazimaziki, asistió a la audiencia con el uniforme rosado de los reos en una oscura dependencia del gobierno.
Estuvo preso durante un año, después de haber sido juzgado y condenado en ausencia. Dice que nunca recibió ninguna citación. Ahora está recurriendo su la sentencia a diecinueve años de cárcel.
"Tengo miedo", dijo, "porque son muchos años."
Sin embargo, Bazimaziki, 44 años y padre de siete hijos, no confesaría para obtener clemencia.
Un vecino, un carpintero llamado Charles Ngirunkunda, estaba haciendo declaraciones que lo incriminaban.
En realidad, el denunciante nunca vio a Bazimaziki matar a nadie. Pero insistió en que lo había visto armado de un garrote, que formaba parte de una milicia y usaba el uniforme de la Coalición para la Defensa de la República, conocida como CRD, un partido extremista hutu.
Solo ante seis jueces voluntarios, Bazimaziki negó todas las acusaciones y dijo que estas obedecían a rencores: Él era un funcionario de gobierno con una buena posición, y el denunciante un simple carpintero que le había robado algunos muebles.
Cerca de cincuenta personas se reunieron en el lugar. Después de dos horas de testimonios, los jueces deliberaron brevemente y volvieron con el veredicto: no culpable.
El local guardó silencio. Los jueces removieron sus fajas, las doblaron cuidadosamente y las metieron en una caja de madera. No era un delito portar un garrote ni pertenecer a una organización extremista hutu, dijo un juez después. Nadie vio al acusado matar a nadie, y no había víctimas específicas.
Otro acusado que se marchará a casa.
"Decir que eres de la CDR es echarte una pesada carga encima", dijo Bazimaziki después, rodeado de familiares. "Él decía eso, pero no era verdad."
El juez presidente en este caso, Eric Mushimire, es un electricista de 44 años que dice que perdió a sus dos padres y ocho hermanos en el genocidio.
Como sobreviviente, asistió a un juicio gacaca para ver confesar y pedir perdón a los asesinos de su familia, lo que, dijo, le permitiría perdonarles. Como juez, había presidido más de mil casos semejantes. El gobierno no le paga, ni siquiera una botella de agua, dijo.
Interrogado sobre si el proceso estaba ayudando a sanar al país, replicó: "Lo está, empezando por mí mismo."
21 de agosto de 2011
20 de agosto de 2011
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

prevención del genocidio es colectiva


Isabell Kempf, consejera de Naciones Unidas en Derechos Humanos para la Región de los Grandes Lagos. La experta alemana afirma que en África se tomó conciencia de que la forma de solucionar los conflictos es con la ayuda de los vecinos.
[Luciana Bertoia] África. África lleva décadas desangrándose por los conflictos. La región de los Grandes Lagos, donde se encuentran Ruanda, Burundi y el Congo, ha sido el epicentro del genocidio, explican los especialistas. Algunos estiman que en sólo cien días en 1994 murieron cerca de un millón de tutsis en Ruanda. Sin el interés del mundo occidental, los países de una de las zonas más pobres del continente se dieron cuenta hace años de que deben evitar conjuntamente nuevas matanzas y que deben desandar el camino de la justicia.
Isabell Kempf es consejera de las Naciones Unidas en Derechos Humanos para la región de los Grandes Lagos. También, la economista alemana trabaja para la Conferencia Internacional para los Grandes Lagos, que es una iniciativa de 11 países para la paz y el desarrollo, surgida en 2004 en respuesta al genocidio en Ruanda y a las dos guerras en el Congo. "Se agruparon para discutir las causas profundas de los conflictos en la región y para encontrar una respuesta colectiva, porque muchos de los problemas afectan a toda la región. Es por eso que crearon el año pasado también un Comité de Prevención del Genocidio, que es regional y que tiene como objetivo trabajar en políticas educativas y leyes para la lucha contra la impunidad en la región", explicó a Página/12 la funcionaria que viajó desde Burundi a Buenos Aires para participar del Tercer Encuentro Internacional sobre Genocidio, organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref). Sin dejar de mencionar los avances argentinos en materia de verdad y justicia, Kempf espera que se juzgue a quienes cometieron crímenes aberrantes en el Este africano.

¿Cómo están trabajando los países en la prevención del genocidio?
Ruanda tiene más experiencia, porque cuenta con una comisión nacional de prevención del genocidio y un sistema jurídico para poder penalizar a los perpetradores del genocidio. Kenia, después de la violencia electoral en 2008, hizo una nueva Constitución muy progresista, que reconoce los derechos sociales, culturales y a la tierra, y que intenta integrar a los diferentes grupos étnicos en una sociedad más inclusiva.

¿Cuáles fueron las consecuencias sociales que imprimieron las matanzas en esa zona de África?
En primer lugar, creo que la gente está cansada de los conflictos. La gente quiere crear relaciones más positivas entre los países y quiere reconstruir la región, que es muy bella, con muchos recursos naturales y humanos. Por eso, la iniciativa regional propone trabajar juntos para que los recursos naturales no sean utilizados para retroalimentar los conflictos, para luchar contra la violencia sexual y para terminar con los desplazados internos, que cuando comenzamos había casi 10 millones de desplazados en el lugar. Hay una conciencia de que se necesita del vecino para la propia estabilidad.

¿Esta coordinación regional se presenta como un modelo alternativo a lo que puede ser una intervención de la comunidad internacional, liderada por los países occidentales?
Sí, porque justamente lo que se espera es trabajar en la prevención del genocidio y en los crímenes masivos. Para hacerlo, hay que monitorear la situación de los derechos humanos, porque un genocidio comienza con una exclusión permanente de un grupo en la sociedad. Por ejemplo, el año pasado hubo elecciones en Burundi y gran violencia política. Entonces, se movilizaron los embajadores y los cancilleres de los países vecinos para explicarles a las autoridades que no iban a permitir que resurja la violencia en Burundi y que no iban a dar refugio a personas –del gobierno o de la oposición– que hayan cometido crímenes.

¿Por qué no intervino la comunidad internacional cuando se produjo el genocidio ruandés?
Los estadounidenses venían de una experiencia en Somalia, donde el mantenimiento de la paz había sido un fracaso. Ellos no querían intervenir en un país donde no tenían intereses geopolíticos ni económicos. Entonces hicieron de todo para que no se hablara del genocidio. Porque probar que se trataba de un genocidio implicaba la obligación de intervenir para la comunidad internacional.

¿Hay posibilidades de que se lleve a la Justicia a quienes cometieron crímenes durante los conflictos étnicos en la región, más allá de lo que ya se hizo en Ruanda?
En Burundi, por ejemplo, se está estableciendo la Comisión de Verdad y Reconciliación y se espera que empiece a funcionar para comienzos del año próximo. Pero la sociedad civil no se siente representada allí. Hay una discusión muy fuerte en este momento.

¿Están organizadas las víctimas en Burundi?
Sí, hay organizaciones de viudas, de familiares y de víctimas en general. Los distintos grupos se reúnen cada dos semanas para discutir cómo quieren que sea el proceso: cómo tiene que ser la protección de los testigos, cómo hay que escribir la historia, si quieren reparaciones individuales o colectivas.

Pero una Comisión de Verdad y Reconciliación no implica una revisión judicial. ¿Qué pasará con los perpetradores?
Por el momento, hay impunidad. Incluso el presidente actual fue condenado por un tribunal nacional por crímenes contra la humanidad pero las penas nunca se aplicaron. Porque después de los acuerdos de paz, hubo una amnistía provisoria hasta que se cree un tribunal mixto con expertos nacionales e internacionales.

¿Por qué está tan presente la idea de la reconciliación?
Allí es muy importante porque una parte del conflicto fue creado por intereses exteriores de la colonización. El conflicto étnico es artificial porque todos los burundeses tienen la misma lengua, la misma cultura, y siempre vivieron juntos en las colinas. Para ellos es importante tener esta reconciliación porque se sienten como un mismo pueblo. Ellos hablan mucho del perdón porque es una sociedad muy católica. El presidente, que pertenece a una iglesia evangélica, pidió disculpas en la televisión cuando comenzó su mandato. Se disculpó porque había matado a varias personas. A mí me parece muy peligroso porque uno puede pedir perdón, pero tiene una responsabilidad jurídica. Yo creo que en este momento la mayoría de la población quiere justicia, pero muchos de los criminales están en el gobierno. Creo que va a ser más fácil tener un tribunal mixto, donde haya extranjeros y nacionales. Eso podría garantizar la seguridad de los jueces y de los testigos.
28 de julio de 2011
27 de julio de 2011
©página 12