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última aria de tony soprano


[Bill Carter] La serie ‘Los Soprano’ llega a su fin, después de todavía otra temporada. ¿Cómo saber por qué esta historia de gángsteres se convirtió en la serie más famosa de la historia de la televisión?
Alto en la pared de un salón de conferencias de otro modo anodino en las oficinas de producción de ‘Los Soprano’, cuelga una pequeña fotografía enmarcada de un hombre cuya cara se ve ensombrecida por un sombrero de fieltro.
Pasando por ahí con su lenta manera de andar, retrasado por una ligera cojera debido a una lesión reciente de su pierna, James Gandolfini se paró a mirar la foto. "¿Quién es ese?", preguntó.
"Fellini", dijo David Chase.
Federico Fellini puede parecer una extraña opción para regir la sala donde se planifica una serie para la televisión americana, pero ¿por qué no? Ha habido alguna vez algo más rico, más denso con las complejidades de vida familiar -con todas sus connotaciones- y, sí, en una palabra, más atmosféricamente italiano (y, en este caso, ítalo-americano) que ‘Los Soprano’? "Ha sido un gran proceso de descubrimiento", dice Chase, el creador y productor ejecutivo de la serie, resumiendo cómo se ha desarrollado. "En realidad, creo que Fellini dijo que hacer una película es como viajar".
El viaje de ‘Los Soprano’ es una de las series más celebradas de la historia de la televisión. La serie, la más popular en la historia de la televisión por cable, es una fuerza a tener en cuenta en todo el paisaje del medio, e incluso en la cultura más general. No han habido dos personas más instrumentales en guiar ese viaje que Chase, cuya mano se ha visto en todos los episodios de los siete años que lleva la serie, y Gandolfini, tres veces ganador del Emmy para Mejor Actor, que ha traído a la vida, con intensidad y vísceras, al personaje central de Chase, Tony Soprano.
En una entrevista conjunta en los Silvercup Studios en Queens, donde se filman los interiores de ‘Los Soprano’, los dos hombres reflexionaron el fascinante y volátil hombre, profundamente conflictivo, que han creado juntos.
Gandolfini, tan lacónico en persona como voluble en la serie, replicó: "Odio decirlo, pero en estos momentos lo veo un poco borroso".
Chase intervino: "Sabes, lo que es interesante es que tú mismo eres algo borroso".
Una cosa que los dos saben ahora con certeza es que el viaje de ‘Los Soprano’ está por terminar. Después de siete años de especulación, Chase y los ejecutivos de HBO llegaron a un acuerdo y la última temporada de doce episodios, que empieza el 12 de marzo, será la última de la serie -y entonces renegociaron y agregaron una mini temporada de ocho episodios más que serán filmados en los próximos meses a partir de enero.
Gandolfini calificó los episodios adicionales de "aplazamiento", permitiéndole retrasar por un rato pensar en lo que el fin de la serie significará para él.
Chase admitió que sabe cómo terminará la serie en general "en un par de años a partir de ahora".
Gandolfini dijo: "Me dijo otra cosa. Pero creo que ahora es diferente".
Aunque no parecen estar especialmente cerca, e incluso estando sentados en el salón de conferencias a varias sillas de distancia, los dos se sienten claramente cómodos juntos, bromeando sobre momentos de los pasados siete años de esfuerzo creativo conjunto. El trabajo ha sido siempre de colaboración, aunque no del tipo del que se oye a menudo en televisión, donde las estrellas empiezan a dictar tramas y personajes. Gandolfini no es ese tipo de actor -y Chase no es ese tipo de productor. "Algunos actores sugieren cosas y no saben por qué lo hacen", dijo Gandolfini. "Si yo empezara a imponer mis propias ideas, sería el más completo caos".
Chase, a pesar de su preferencia por el cine y una antipatía personal por la televisión -en una entrevista anterior confesó: "Lamento cada minuto que paso en la televisión"- trabajó la mayor parte de su carrera anterior a ‘Los Soprano’ en series de cable, así que habló con mucha experiencia cuando dijo: "Los actores dirían: ‘Mi personaje no diría eso’. ¿Quién dijo que era tu personaje?" Mientras Gandolfini reía, Chase agregó: "Dicho sea de paso, Jim nunca dijo eso".
Gandolfini, sin embargo, ha hecho importantes contribuciones -en particular, observó Chase, la sensación de profundidad emocional detrás de la ominosa presencia física de Tony, que dice tanto como sus ojos.
Gandolfini se apresuró a mencionar a los otros actores del reparto, incluyendo a Edie Falco y Michael Imperioli, diciendo: "Todos ellos conllevan esa profundidad -es por eso que todo este asunto es más que calidad de superficie".

Pero como dijo Chase, la serie "ha sido montada" en torno al punto de vista de Tony. Nada ilustró mejor, y ayudó a diferenciar más la serie de todas las sagas de gángsteres precedentes, dijo, que las escenas entre Tony y su terapeuta, Melfi (Lorraine Bracco). "Abrieron todo ese lado femenino de Tony", dijo Chase. "El asunto con su madre, y la relación con su jíbaro. Antes todo giraba sobre los hombres. Aquí se descubría otro aspecto de él".
Gandolfini calificó sus últimas escenas con Melfi como "un coro griego". Dijo: "Tú vas al terapeuta y él explica lo que le está pasando. Y tú ves cómo lo afecta a él. No estoy seguro de que la serie hubiera tenido tanto éxito sin esa parte".
Gandolfini y su imponente presencia física influyó en la interpretación de Chase del personaje desde los primeros días del rodaje. Chase recuerda que en el guión piloto, escrito originalmente a fines de los años noventa para el canal Fox (uno de los grandes errores en la historia de la televisión), había concebido una escena en la que el sobrino de Tony, Christopher, revela que está pensando en vender su historia a Hollywood. En el guión, Tony responde dándole un golpe a Christopher detrás de la oreja.
Después de que HBO finalmente accediera a rodar el guión, ese momento quedó en el guión piloto. Cuando llegaron a la escena, Chase, que estaba dirigiendo, gritó "¡Acción!" y en lugar de esa cariñosa palmadita, recordó: "Jim coge al tipo, lo levanta y simplemente lo arroja al suelo. Todavía puedo ver a Michael Imperioli. Simplemente estaba sentado con una botella de cerveza en la mano y lo que pasa después es que hay una imagen borrosa y la botella de cerveza está rodando por el suelo y Michael está colgando en el aire". Chase rió, recordando la impresión que le causó la movida de Gandolfini. "Por supuesto, así es cómo se dirige a la gente", dijo.
Ese gesto cambió la serie. "Iba a ser siempre un tipo rudo, una persona difícil de querer para la mayoría de la gente", dijo Chase. "Pero eso es lo que es un gángster".
Gandolfini no se enorgullece demasiado por su aporte. "Era simplemente lógico", dice. "Yo era más joven", dice, "y era todavía más volátil en esa época".
Otro momento de cambio se produjo cuando Fox pasó. "Retrospectivamente", dijo Chase, "la razón por la que creo que la serie no fue tomada por Fox es que no había ningún asesinato". Al menos, no uno que fuera cometido por Tony. "Y me di cuenta después, de que nadie querría una película de la mafia en que no hubiera ningún muerto".
Por supuesto, Tony sí mataba gente. En uno de los episodios más famosos de la serie, el cuarto después del piloto, suspende su recorrido, con su hija Meadow, de universidades prestigiosas en Maine, para matar a golpes a un ex gángster convertido en informante. Cuando vio el episodio, Chris Albrecht, el presidente de HBO, estaba impresionado. "Chris dijo: ‘Has inventado uno de los mejores protagonistas de televisión de los últimos 20 años, y lo vas a destruir’", dijo Chase. "Yo dije, en ese momento: ‘Ese tipo es un soplón. Tony es un capo de la mafia. Si no lo mata, vas a perder más público que el que vas a perder si lo hace’".
Fue también en esa época que la serie recibió un inesperado respaldo. Chase dijo que la serie, a veces, ha "oído indirectamente" cosas de mafiosos de carne y hueso. "Después de cuatro episodios", dijo Chase, "oímos que estábamos haciéndolo bien, con una advertencia: ‘Nos enteramos sobre esas escenas del asado a la parrilla en las que Jim aparece en pantalones cortos. Un padrino no lleva pantalones cortos’".
"Por supuesto, él anda todo el rato en calzoncillos", dice Gandolfini.
Otro punto de la trama que Chase concedió que no resistiría una comparación con la vida real es la decisión de Tony, después de la primera temporada, de permitir que su Tío Junior (Dominic Chianese) viva después de que Junior tratara de matar a Tony. Chase dijo que le gustaban demasiado las escenas con los dos personajes como para hacer eso. Pero Gandolfini lo encontró compensible. "Creo que hay un lugar que Tony sabe que si vas allá, no vas a volver, y ese es el lugar", dijo Gandolfini. "Si empiezas a matar a miembros de la familia, ¿a quién vas a matar después?"
Tony finalmente mató a un miembro de la familia, a su primo, pero sólo para que no sufriera un destino peor a manos de sus enemigos. De ese y otros modos, Tony se ha desviado de las convenciones de las películas de gángsteres. Siente claramente curiosidad sobre el mundo. Lo menos que hace es gastar tiempo mirando History Channel.
Pero otro factor significativo en el desarrollo -o percepción- del personaje de Tony fue su puesta en marcha inusualmente lenta. Entre las temporadas de ‘Los Soprano’, el reparto y el equipo han tomado largas pausas, algo que no se ha hecho en otras series. La pausa actual -no se han emitido episodios nuevos desde junio de 2004- ha sido la más larga. "Honestamente, la última pausa me afectó negativamente", admitió Gandolfini. "Fue demasiado larga. Creo que tu cabeza empieza a pensar en otras cosas. No creo que me haya afectado muy terriblemente, espero que no. Pero fue muy larga".

Retrospectivamente, tanto él como Chase confesaron estar algo asombrados de haber forjado un trabajo tan memorable, tan indeleble. "Recuerdo haber estado sentado en la escena del asado", dijo Gandolfini, recordando el escepticismo que había en la época, "mirando a todo el mundo y pensando: esta es una colección de gente como no ha habido nunca en una serie de televisión. Mirad este grupo. Estaba pensando: está bien, quizás miren la serie algunas personas de Jersey".
Chase -que, como Gandolfini, proviene de una familia italiana de New Jersey-, dijo: "Fue extraño. Recuerdo haber pensado que he estado en esos asados en North Caldwell, comiendo salchichas, cuando tenía 17. Y aquí estoy otra vez, pero ¿para qué? ¿Cómo fue que terminamos haciendo esto? Tenía la misma sensación que Jim: ¿Quiénes son todos estos tipos? Ciertamente no son de Hollywood; esta es gente de verdad".
Chase reconoció que han pensado en lo que significará cuando finalmente se acerque el final. Chase dijo que creía que "echaría de menos hacerla, en un 75 por ciento; y no la echaría de menos en un 25 por ciento". Gandolfini, que había dicho que la extrañaría a" la mitad", decidió que la ecuación de Chase sonaba mejor.
Interrogado sobre si le preocupaba tener que empezar algo nuevo después de haber hecho un personaje tan icónico, se rió por lo bajo. "De ninguna manera", dijo. "Pregúntale al equipo si soy un personaje icónico". Luego los elogió: "No son como un equipo de cine. Están realmente involucrados. Hacen contribuciones reales". Muchos están ahí desde que empezara la serie. El fin de la serie también será un gran cambio para ellos.
Así, ¿se acercan ‘Los Soprano’ al final? Chase no quiso decir nada, por supuesto, aparte de reiterar que "este es el fin absoluto". Pero agregó: "No puedo prometer que no volveremos con una película. Puede ser que de aquí a tres o cuatro años tenga alguna idea para hacer una película con ‘Los Soprano. No creo que ocurra. Pero algún día alguien se va a despertar y va a decir que se puede hacer una buena película con ‘Los Soprano’. No descarto que ocurra eso".
Gandolfini sólo tiene planes tentativos para sus primeros trabajos post-Soprano. Dice que actuará en una película sobre Ernest Hemingway.
Chase dijo que todavía no tiene planes para proyectos futuros. En el pasado se ha sentido escocido por las demandas de producir más episodios en condiciones de intenso escrutinio, incluyendo las protestas de un grupo ítalo-americano, con los reparos cada vez más exigente de algunos admiradores.
Ahora que todo eso está detrás de él, abrumado por la excelencia de lo que él, Gandolfini y los otros participantes de la serie han puesto en película desde 1999. Para Chase, el inminente fin de lo que, por donde se lo mire, es un logro clásico, definitivo, parece haber finalmente eliminado la ambivalencia que siempre sintió a la hora de expresarse a sí mismo en televisión, una forma de arte que, como dice él, "he tratado siempre de evitar". Ahora será conocido para siempre como el creador de una de las series más grandes de la televisión, y parece apreciar plenamente ese reconocimiento.
"Creo que ha sido parte de algo extraordinario", dice Chase. "Fue algo sorprendente. Esto no es coquetería. Trabajamos realmente duro. No puedo decir que no hemos trabajado. Pero tienes que creer que en algún nivel tuvimos suerte. Todavía tratamos de trabajar en lo que nos gusta. Pero, sabes, ocurrieron un montón de cosas. Por alguna razón, había un espíritu de la época, que permitió que la serie se conectara con algo que estaba pasando allá fuera. ¿Quién sabe por qué ocurre eso?"

<26 de febrero de 2006
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almodóvar vuelve a la comedia


[Emilio Leighton] El cineasta español presentó ayer en Madrid el esperado filme ‘Volver’, protagonizado por Penélope Cruz y Carmen Maura. "'Volver' me trajo a la memoria a mi padre y a mi madre, y con ello una fragilidad que pensé había superado", dijo el realizador.
Tras la emotiva y exitosa presentación de ‘Volver’ este viernes en Puertollano (Ciudad Real) -la localidad manchega donde nació-, Pedro Almodóvar se debía enfrentar a los críticos de la capital española. Dos años habían pasado desde su última película y la prensa acudió en masa con la intención de saber cuál era la próxima ‘criatura’ que había generado la mente prodigio de uno de los más célebres directores del país.
Y Almodóvar no decepcionó. Definitivamente con ‘Volver’, el cineasta abandonó la oscuridad que entregó con ‘La mala educación’ (2004) y recobró la alegría al abordar con gracia a mujeres sencillas que deben hacer frente a las adversidades de los tiempos.
Sobre el rodaje en su natal región de La Mancha, Almodóvar afirmó: "No había previsto que la filmación de la película me iba a producir tantas emociones y sensaciones de mi juventud. Volver me trajo a la memoria, además de todo el vecindario, a mi padre y a mi madre, y con ello una fragilidad que pensé que había superado", afirmó.

Penélope Estilo Italiano
La historia de Volver es también su retorno a la comedia tras 13 años de dramas como ‘Todo sobre mi madre’ o ‘Carne trémula’. Su último trabajo en este registro fue ‘Kika’ (1993), deudor de la estética kitsch ochentera de ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ (1988). Precisamente la protagonista de aquella cinta, Carmen Maura, vuelve a trabajar bajo las órdenes de Almodóvar en el rol del fantasma de Irene, la madre de Raimunda (Penélope Cruz).
Esta última es una madre joven, emprendedora y muy atractiva, con un marido sin trabajo y una hija en plena adolescencia. Su monótona vida empezará a cambiar cuando le sucedan varios sucesos dramáticos presentados por Almodóvar con su particular humor negro. Entre estos están la muerte de sus padres en uno de aquellos frecuentes incendios manchegos a causa del calor.
No fue fácil para el célebre realizador tratar un tema tan escabroso como la muerte. "No he hecho esta película para afrontar la muerte, porque reconozco que me cuesta afrontarla", afirmó.
La caracterización de Raimunda, por parte de Penélope Cruz, es uno de los puntos fuertes del filme. "Para ella, pensé en las mayoratas italianas, ya que, las ’marujas’ -amas de casa- españolas no son muy atractivas y, por ello, no quise afectar la belleza de Penélope. Por lo tanto, intenté hacerla mas parecida a la Sofía Loren más popular, como cuando interpretaba a una napolitana que vende pescado", sostuvo el director.
Penélope también ensalzó el trabajo de Almodóvar con sus actores y le dejó caer unos cuantos elogios. "Pedro es un mundo aparte, no lo puedo comparar con el resto de los directores. Lo que consigue Pedro con sus actores nadie se lo regala, lo logra gracias a un trabajo duro de tres meses dedicados a ensayos, de seis horas diarias".

13 de marzo de 2006
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¿por qué hay películas como ‘terciopelo azul'?


[Terrence Rafferty] ¿Por qué hay directores como David Lynch?
Una de las muy, muy pocas reglas en el arte que puedes aplicar es que el escándalo envejece mal. Pero ‘Terciopelo azul’ [Blue Velvet], de David Lynch, soltado contra un público en gran parte inocente hace veinte años, está, me alegre decirlo, rompiendo esa regla tan despreocupada y decisivamente como, una vez, rompió la mayoría de las otras. Incluso después de dos décadas de excentricidades y trastornos sensuales de Lynch -años, además, en que el umbral para provocar serios escándalos en la cultura popular se ha elevado a alturas inalcanzables-, ‘Terciopelo azul’ se ve tan rara y bella como siempre, y sigue causando impacto.
Film Forum, en Manhattan, está celebrando su aniversario con un festival de dos semanas que empezó en febrero. Es una nueva copia, pero la misma vieja ‘Terciopelo azul’, porque Lynch no revisa nunca trabajos ya hechos; para él, ese proceso sería tan carente de sentido como tratar de rellenar las lagunas de un sueño, después de soñarlo. Lo que las audiencias ven, entonces, es exactamente la misma pesadilla que vieron los cinéfilos de 1986, con toda su escabrosa y lírica, testaruda e irracional gloria, y el contexto hace tan poca diferencia como la que hace la experiencia de un sueño potente: cuando despiertas, puedes tomar un minuto recordar donde estás.
La frase que define a ‘Terciopelo azul’, dicha primero por su héroe, el detective amateur Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), es "Es un mundo raro" -una frase que los espectadores de los años ochenta saludaron complacientes, y a la que los críticos se aferraron agradecidamente como a la única declaración irrefutable que se podía hacer sobre la película. ‘Terciopelo azul’ es una historia de misterio -Lynch ama los misterios- pero no precisamente de búsqueda del culpable: seguir la hebra simple, inevitable, que otorgará sentido a un desconcertante conjunto de claves claramente no es el punto aquí. A pesar del denso portento de la silenciosa, ávidamente y acechante atmósfera, la trama, de hecho, es extremadamente simple, tan brutalmente funcional como los trazos del dibujo de un niño.
Desde la universidad, Jeffrey vuelve a casa a su nativa Lumberton, una pequeña ciudad donde su padre posee una ferretería; pero el señor Beaumont, tras desmayarse en la entrada, está en el hospital, conectado a una espantosa máquina, y Jeffrey se encarga del negocio de la familia. Un día, atravesando un campo, se encuentra una oreja humana, mohosa y llena de insectos, e informa diligentemente a la policía, que se lo agradece pero no dicen nada sobre la pesquisa. La hija del detective, Sandy (Laura Dern), sin embargo, se encarga de contarle a Jeffrey lo que oyó decir a su padre sobre el caso, y poco después el pulcro estudiante universitario se está escondiendo en el armario de una demacrada cantante local llamada Dorothy Vallens (Isabella Rossellini). Allá mira fascinado -y quizás con menos horror del que esperarías- como Dorothy es insultada, golpeada y finalmente violada por un violento matón al que ella llama Frank (Dennis Hopper), un traficante de drogas que, aparentemente, ha secuestrado a su marido e hijo.
Eso es, y no se desvía para nada de un misterio convencional: la solución queda clara en el primer tercio de la película. Pero a medida que ‘Terciopelo azul’ avanza más profundamente en la nocturna suciedad y diurna incomodidad de Lumberton, se hace claro (si acaso) que los aparejos de historia de detectives de la película eran nada más que los medios de otro fin: la estratagema del director para seducir a una pareja de gente atractiva, y normal, como Sandy y Jeffrey, al enfermizo y extraño mundo de un hombre llamado Frank. La idea de Lynch es no establecer nuevas conexiones como harían los detectives, sino cortar todo lo posible muchas de las antiguas.
Eso es lo que hacen los surrealistas. Y una de las razones, creo yo, por las que ‘Terciopelo azul’ pareció tan sorprendentemente fresca en esa época es que no había, para decirlo generosamente, una tradición surrealista fuerte en el cine comercial estadounidense.

Casi los únicos precedentes del método deliberadamente desorientador de su película se pueden encontrar en algunas de las películas posteriores de Alfred Hitchcock: en ‘Vértigo’ (1958), ‘Los pájaros’ (1963) y especialmente ‘Marnie, la ladrona’ (1964), que comparte con ‘Terciopelo azul’ un peculiar, torpe formalismo de tono y galopante trasfondo de anormalidad psico-sexual, y que no fue recibido calurosamente por la audiencia habitualmente leal de Hitchcock. Lynch había hecho tres largometrajes previos, sólo una de los cuales -su brillante debut, la fantasía de horror doméstico en blanco y negro, ‘Cabeza borradora’ (1977)- fue surrealismo lyncheano del más puro. En los otros, el delicadamente grotesco ‘El hombre elefante’ (1980) y la desgarbada épica de ciencia ficción ‘Dunas’, sus fantasías más extravagantes fueron mantenidas, al menos en parte, a raya.
Así, para la mayoría de los miembros de la audiencia, ‘Terciopelo azul’ era un tipo de experiencia cinematográfica completamente nueva. Su sórdido tema desconcertaba a la gente menos, creo, que sus modos extraños, y por tanto vagamente amenazadores. Después de todo, la mayoría de los cinéfilos habían visto muchas más escenas de violencia explícita que cualquier cosa en ‘Terciopelo azul’, habían oído muchas más obscenidades en películas prestigiosas, como por ejemplo ‘Toro salvaje’ y habían probablemente visto, con algún interés y quizás con algo de placer, uno o dos cuerpos desnudos. (Aunque rara vez, hay que decirlo, de manera tan cruda y expuestos de manera tan poco elegante como se muestra aquí a Rossellini). Lo que es difícil de tratar, especialmente si no estás acostumbrado, es la volatilidad del tono de la película: las abruptas y poco marcadas alternancias entre la ternura de una película para niños y el abyecto horror, entre la inocencia y las experiencias más extremas.
Y finalmente es la inocencia la que hace de ‘Terciopelo azul’ genuina y extraordinariamente chocante. Mel Brooks, cuya compañía produjo ‘El hombre elefante’, describió una vez a Lynch como ‘el Jimmy Stewart de Marte"; y hay algo de incredulidad y de saludable y de completamente americano en Lynch, que es real y, me parece, la improbable y última fuente de su capacidad para perturbar y horrorizar.
La pregunta central en ‘Terciopelo azul’, expresada con encantadora brusquedad por Jeffrey, es: "¿Por qué hay gente como Frank?" Frank, representado con insano entusiasmo por Hopper, es un monstruo de obscenidad tan único en su género, que la pregunta te podría hacer reír. Pero es una pregunta sincera, porque en la imaginación de Lynch sí existen. Frank es, cuando te paras a pensarlo, la visión que tiene un niño de los adultos, la personificación en caricatura de todas las cosas que un niño curioso puede imaginar que hacen los adultos cuando están solos y fuera de la vista: usan drogas, dicen tacos, tienen fiestas con amigos incomprensibles (como en esta película el indeleblemente raro Ben, representado por Dean Stockwell como el epítome de la suavidad), y, cuando se presenta la oportunidad, tienen sexo rápido, ruidoso y feo.
Se necesita un ojo inocente para ver al mundo de esa manera: de una manera que, aunque genera monstruos, mantiene la vida cotidiana interesante, sorprendente y eternamente extraña. De eso se trata en las películas de Lynch, y por qué tienen, a su modo demente, esa especie de calidad de Peter Pan: están hechas por alguien que ha decidido no salir del carácter inmediato ni de las locas arbitrariedades de las percepciones de un niño, y aceptar los asuntos realmente espantosos tal como se acepta la realidad menos espantosa.
El país-de-nunca-jamás de Lynch, se llame Lumberton o Twin Peaks o Mulholland Drive, es aposta eterno, fundamentalmente impertérrito a las perspectivas de los adultos y nos deja a la mayoría de nosotros asimilar nuestras experiencias como algo parecido a una historia de detectives tradicional: una historia que explica el pasado y nos permite seguir adelante, aunque sea aburrido. El mundo que crea ‘Terciopelo azul’ es estático, una imaginativa ciudad de la simultaneidad en la que todo, malo o bueno, está presente al mismo tiempo.
Por supuesto, eso es chocante. ‘Terciopelo azul’, que en 1986 deleitó a muchos y repelió a otros tantos, es probable que provoque hoy en general la misma mezcla de reacciones, y las mismas que provocará en 20 años más. No se puede asimilar su visión, no se pueden explicar sus misterios, no existe un término cómodo para clasificarlo: no está de moda, no tiene filo. ¿Por qué hay películas como ‘Terciopelo azul’? Porque el mundo es misterioso, y el misterio no desaparecerá nunca.

26 de febrero de 2006

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el horror y el amor no correspondido en el cine


[Kenneth Turan] La capacidad de Lon Chaney para causar terror es eterna. Preguntadle a Kenneth Turan, que se lo toma muy personalmente.
Como actor y como persona, en la pantalla y fuera de ella, Lon Chaney, el célebre Hombre de las Mil Caras, domina mis sueños, disturba mi reposo y atormenta mis períodos de lucidez.
Todos conocen su cara más famosa: el horriblemente desfigurado Erik, el torturado y desdichado Fantasma de la Ópera de París. Es una cara más allá de las pesadillas, más allá de lo imaginable, una de las imágenes más terribles llevadas alguna vez al cine, reconocible instantáneamente en cualquier cosa, desde carteles de conciertos de rock hasta sellos postales. Es una cara que expresa furia y desesperación, súplica y cólera, que irradia emociones para las que no tenemos nombre y que en realidad no queremos saber siquiera que existen.
Pero conocer esa cara es saber todo y nada. Pues Lon Chaney era también un hombre de mil paradojas, "la estrella que vivía como oficinista", de acuerdo al director Tod Browning, un solitario empedernido, dijo de él una vez su colega en el estrellato, Jackie Coogan, que "hizo verse a Howard Hughes como Pia Zadora". Como corresponde a un especialista, no en monstruos con caras humanas sino en humanos con caras monstruosas, casi todo sobre él era un misterio, una contradicción o ambas cosas a la vez.
Chaney fue un estrella importante, la más atrayente que produjo el cine mudo. En 1928 y 1929, los dueños de teatro del país lo votaron como la atracción masculina número 1 de la taquilla. Su ‘El jorobado de Notre Dame" fue la película que produjo tantos beneficios para la Universal en 1923 como el papel que lo lanzó a la fama en ‘El milagro’ [The Miracle Man] para la Paramount en 1919. Cuando la MGM anunció la seriedad de su letal enfermedad en agosto de 1930, llamó tanta gente para donar sangre que el estudio tuvo que contratar a telefonistas extras. Cuando murió pocos días después, a los 47, todos los estudios de Hollywood suspendieron el trabajo durante cinco minutos, a modo de homenaje.
También era profundamente respetado por sus colegas. Burt Lancaster recordó uno de los momentos de Chaney como "la escena más emocionalmente convincente que he visto en un actor". Joan Crawford, que tenía 23 cuando actuó con Chaney en ‘Garras humanas’ [The Unknown], lo consideraba "el individuo más intenso y excitante que he conocido, un hombre hipnotizado por su papel". Cuando actuaba, "era como si estuvieras trabajando con Dios, tenía una profunda concentración".
Y sin embargo una de las grandes paradojas de Chaney es que aunque su trabajo es parte del léxico de todo actor ("Quieres que llegues a ser alguien -tan alguien como Lon Chaney", le dijo Stanley Kubrick a Vincent D’Onofrio durante el rodaje de ‘La chaqueta metálica’ [Full Metal Jacket], como actor es único, sin descendientes, una estrella que no se parecía en nada a ninguna otra, ni antes ni después.
Parte de la explicación de esto es que Chaney alcanzó el estrellato haciendo papeles que son demasiado extraños de caracterizar o incluso difíciles de comentar, menos aún imaginar hoy a alguien intentando hacerse con una reputación más allá del cult o marginal, y lográndolo. No era una estrella del horror -el género en realidad no existió realmente sino hasta que ‘El fantasma de la Ópera’ ayudó a crearlo-, sino más bien un actor de carácter excepcional que convirtió en hábito la representación de individuos particularmente estrafalarios. No fue una fanfarronada cuando, para ‘Los antros del crimen’ [The Big City], dijo que "nadie en la pantalla puede hoy igualar a Lon Chaney por el misterio de lo inusual". Era un hecho, y todavía lo es.
Incluso dejando de lado la muerte del fantasma y el deforme jorobado, las opciones de Chaney dan que pensar. Suficientemente versátil como para hacer dos papeles en la misma película (en ‘Fuera de la ley’ [Outside the Law] uno de sus personajes mata al otro), el actor era alguien que solía cambiar de aspecto, era capaz de matar salvajemente a su propia hija o hacer de su propia y dulce abuela con la misma brillantez. Fue un hombre de un solo brazo en ‘Garras humanas’, y un doble amputado en ‘El hombre sin piernas’ [The Penalty]. Difícil de ignorar era su predisposición a representar a gente grotesca, aparentemente malvada, que eran lisiados, mutilados y tenían cicatrices, y su especialidad eran los que estaban paralizados de maneras estrambóticas. No es una sorpresa que una de las frase de moda de la época era: "No pises esa araña, puede ser Lon Chaney".
Debido a que no había precedentes de este tipo de actuación, las actuaciones de Chaney aterrorizaban a sus audiencias. Los cinéfilos se desmayaban frecuentemente y ahogaban sus gritos, y un carpintero de Londres vio a Chaney como vampiro en ‘La casa del horror’ [London After Midnight] justo antes de asesinar a una criada y luego intentar cortarse su propia garganta, dijo en el tribunal, convincentemente, que una alucinación del actor lo había vuelto loco.
Palabras como ‘vil’, ‘grotesco’, ‘macabro’ y ‘ bizarro’ aparecen una y otra vez en las reseñas de las películas de Chaney. Un crítico dijo que su trabajo en ‘El jorobado de Notre Dame’ creó "un Quasimodo que sólo puede ser imaginado bajo el estrés de una pesadilla especialmente vengativa"; Variety lo llamó "asesino, espantoso y repulsivo". Los reseñadores no estaban seguros de si era algo bueno, pero nadie dudaba de la efectividad del actor, entonces y ahora.
Así que ¿de dónde venía su talento? ¿Por qué tocó en su día una cuerda tan popular, y que sin embargo no dejó huella en el cine contemporáneo? Esto a pesar del hecho de que Chaney sigue siendo una de las presencias cinematográficas más espantosas, alguien cuyas películas me dejan tan aturdido que verlas después de la puesta de sol es correr el riesgo, como le pasó a la enamorada Cristine en ‘El fantasma de la Ópera’, "de pasar una noche de vagos horrores, y torturados sueños".

Es difícil encontrar respuesta a cualquiera de las preguntas de Chaney. Para comenzar, no tenemos acceso a todas sus películas, y probablemente no lo tendremos nunca. El biógrafo Michael Blake, que sabe sobre él más que nadie, dice que de las 158 películas que hizo Chaney (desde su debut de un carrete, ‘Poor Jake’s Demise’ en 1913 hasta su única película sonora, ‘El trío fantástico’ [The Unholy Tree] en 1930), sobreviven sólo 47 o 48 completa o parcialmente. Además, Chaney era un hombre que evitaba la luz del día, que insistía que "entre una película y otra no existe Lon Chaney".
Era una celebridad que rara vez cedía entrevistas, que desdeñaba los autógrafos, las apariciones personales y responder las cartas de los admiradores (hacía una excepción con los presos) y que incluso se hizo famoso cuando dio la espalda a la cámara en un noticiario de 1925 mostrando a las estrellas de MGM. No asistía a los estrenos, no socializaba con sus colegas de Hollywood y se burlaba las peticiones de publicidad de los estudios que le pedían detalles personales, comentando irónicamente: "No podría oírles decir: ‘Coma los cereales favoritos de Lon Chaney y véase como el Jorobado de Notre Dame’".
Parte de esta reticencia se puede atribuir al astuto talento para el espectáculo de un actor que era suficientemente inteligente como para darse cuenta que revelar demasiado de sí mismo era "como quitarle la barba a Santa Claus". Pero mientras más sabe uno sobre la historia de Chaney, más llegamos a creer que esto es sólo parte de la historia. Pues es un actor que una vez se jactó de que "se las arreglaría para que nadie pueda escribir mi biografía después de mi muerte". Incluso el lugar donde pasaba las vacaciones se ajusta a esa idea: una cabaña de piedra (diseñada para él por el célebre arquitecto de Los Angeles, Paul Williams) en una zona sin caminos del Parque Nacional Inyo, tan remoto que el único modo de llegar es a pie, siguiendo una huella animal.
Ya que la vida privada de Chaney era justamente privada, sus raros encuentros personales con sus contemporáneos son venerados por sus admiradores como si fueran astillas de la cruz de Cristo. Los biógrafos discuten sobre si había alguna oscuridad escondida en Chaney, y utilizan palabras como "retirado", "secreto", "poco comunicativo" y "hosco". Sin embargo, como siempre, hay considerables evidencias de lo contrario. Aunque probablemente era, como dijo Charles Van Enger, el director de ‘El fantasma de la Ópera’, "una persona que no te gustaría ver enfadada", también era algo así como un socialista instintivo, que una vez se negó a trabajar horas extras porque habría privado de un día de paga a los figurantes. Las jóvenes actrices con las que trabajó, como Patsy Ruth Miller, en ‘El jorobado de Notre Dame’, lo recuerdan invariablemente como "extremadamente amable, considerado y protector".
Lo que emerge, a este nivel, es la imagen de un profesional completo que tenía poca paciencia con las idioteces de los estudios. Cuando respondió a una pregunta sobre la co-estrella de ‘El cazador de tigres’ [Where East Is East], Lupe Vélez, con un seco: "Se está portando bien", cuando escribe a Universal Studios que "no voy a tolerar ninguna de sus tonterías", parece que uno está oyendo la genuina e irascible voz del hombre mismo.
Sin embargo, a otro nivel es imposible no ver que Chaney es un hombre que aprendió, en el transcurso de una vida difícil, a ocultar tanto su identidad como sus emociones cuando no estaba en la pantalla. Es una clásica estrategia de auto-protección, pero también puede haber ayudado -incluso forzado- a canalizar más efectivamente sus sentimientos cuando estaba frente a la cámara.

Leonidas Chaney fue un actor prácticamente desde su nacimiento el 1 de abril de 1883, en Colorado Springs, Colorado. Sus dos padres eran sordos, y en cuarto año dejó la escuela para cuidar durante tres años de su madre enferma, convirtiéndose en su vínculo con el mundo exterior y en el proceso perfeccionando su impecables habilidades de mimo. Se dice incluso que tenía eso que los mudos llaman ‘cara de mudo’ -"con la que comunicas todo", dice su biógrafo Blake, "porque no tienes la capacidad ni de hablar ni de oír".
Chaney se sintió atraído por las tablas cuando era adolescente, y pasó casi una década recorriendo el Oeste de gira en una serie de míseras compañías de comedias musicales. Conoció y se casó con la cantante Cleva Creighton, de 16 años, y tuvieron un hijo, Creighton Chaney (el futuro Lon Jr.), pero pronto la familia retomó las giras. Fueron tiempos difíciles, miserables, sobre los que Chaney prefería no hablar, excepto para decir que "las giras en ferias por el campo me ha provocado repugnancia por el lado de la actuación de mi profesión". Su hijo fue más comunicativo, recordando que "Papá, como último recurso, podía ponerse a bailar en cualquier momento en cualquier bar y reunir suficientes monedas para comprar comida".
El matrimonio tuvo problemas, pero nadie esperaba lo que pasó después. El 30 de abril de 1913, durante una actuación de Chaney en el Majestic Theater en el centro de Los Angeles, Cleva intentó suicidarse tras los bastidores, tragándose un frasco de bicloruro de mercurio. Sobrevivió, pero nunca pudo volver a cantar.
En un ataque de furia, Chaney sacó a Cleva de su vida. Hizo más que divorciarse de ella: nunca la volvió a ver ni a hablar, le dejó un dólar en su testamento y le contó a su hijo que Cleva no había sobrevivido al veneno. (Lon Jr. no se enteró de la verdad sino hasta después de la muerte de su padre). El actor entonces se casó con una corista llamada Hazel Hastings, ella misma divorciada de un hombre sin piernas que tenía una tabaquería en San Francisco, y eventualmente dejó creer que era la madre de Lon Jr. En el aislado mundo del teatro itinerante, sin embargo, Cleva causó suficiente escándalo como para que a su ex marido le costara encontrar empleo, que probablemente llevó a Chaney a tratar de hacer algo en el cine.
Después de años de rutina, consiguió un rol estelar en 1919 en ‘El milagro’, en la que hizo de timador llamado la Rana, famoso por su capacidad de hacer contorsiones con su cuerpo y adoptar tremendas posturas. De la película sobreviven unos pocos minutos, pero ver a Chaney arrastrarse doblado por el dolor hacia un curandero llamado el Patriarca es todavía tan impresionante como cuando la Exhibitors Trade Review se asombraba de esta "horrorosa y deforme masa de carne torcida para despertar piedad".
Hay que decir que Chaney estaba pintado para su época y era una especie de genio que surgió y prosperó en una sociedad que podía apreciar lo que hacía. Era una época en que las aberraciones físicas estaban más presentes que ahora, antes de que los avances en la tecnología médica y los cambios en las actitudes públicas alteraran el paisaje natural y psicológico. También era la época de después de la Gran Guerra, y al menos un crítico sugirió que los personajes de Chaney eran un modo en que se podían tratar en la pantalla "los efectos y consecuencias de la Primera Guerra Mundial: la mutilación de los cuerpos y el retorno de esos hombres a la sociedad".
Mano a mano con esta realidad había un tipo de desvergonzado sentimiento, una disposición a entregarse a las sensaciones, que fue característico del cine mudo. Las audiencias eran especialmente susceptibles al talento de Chaney para representar la desilusión amorosa y el horror, el pathos y la amenaza. Conectaba cosas que las audiencias habían perdido la costumbre de vincular -lo grotesco y lo amoroso, si quieres- y sus admiradores lo amaban por eso.

Que Chaney todavía nos seduzca y horrorice habla de la amplitud y profundidad de su talento. Un hombre de considerable fuerza física, podía ser sutil y cortés, era conocido por su audiencia por sus delicados movimientos de dedos y manos. También dominaba Chaney cabalmente el arte del maquillaje. Con una simple caja de aparejos de un pescador, ahora en la colección del Museo de Historia Natural de Los Angeles, Chaney se convirtió en tan gran maestro ("Es un arte", dijo. "No magia") que escribió la introducción a la materia para la 14a edición de la Enciclopedia Británica. Nadie pudo imaginar cómo creó su nublado ojo sin vista en ‘El tuerto de Mandalay’ [The Road to Mandalay], hasta que Michael Blake descubrió que el actor tenía un óptico local que le hizo una versión de las entonces desconocidas lentes de contacto, que cubrían completamente su ojo real.
Nada podía estar en el camino de los efectos deseados, incluyendo lo que su hijo llamó sus "agonías". "A veces sangraba que era un espanto", dijo el director Charles Van Enger, refiriéndose a los cables que torcieron la nariz de Chaney para su maquillaje en ‘El fantasma de la Ópera’. "Nunca dejamos de rodar. Él soportaba el dolor".
Haciendo del cerebro criminal Bizzard, "ese mutilado del infierno", en ‘El hombre sin piernas’, Chaney fue todavía más lejos. Para retratar convincentemente a un hombre al que un cirujano negligente le amputó las dos piernas, Chaney se amarró las dos suyas hacia atrás, con los tobillos cerca de sus muslos, y se amarró unos muñones de cuero, agregando a la ilusión el inteligente uso de ropa grande. El dolor era tan intenso que Chaney no podía llevar los muñones por más de 10 o 20 minutos. Sin embargo, fue tan absolutamente convincente que terminaba con una escena final, ahora perdida, de Chaney caminando con sus dos piernas para mostrar a la audiencia que era un actor de verdad, y no un lisiado de verdad.
Mientras que la completa magnitud del dolor que soportaba Chaney es todavía debatible, la realidad con que imbuyó esos personajes es innegable. Creada no por el maquillaje ni las contorsiones físicas, su intensidad viene de un lugar muy profundo, sacada de profundidades desconocidas cuya existencia se negó a reconocer.
El actor insistió siempre, como a su colega Miller en ‘El jorobado de Notre Dame’, que "no tienes que vivir el rol, sino simplemente hacerlo. El punto no es que te eches a llorar; el punto es que hagas llorar a la audiencia". Pero no es posible ver a Chaney en el mejor de sus papeles sin creer que, a su modo, los vivía. Quizás contra su voluntad y quizás incluso sin su conocimiento, Chaney era un actor del Método antes de que existiera el término, alguien que tenía una conexión íntima con los anhelos de sus monstruosos personajes. "Te podía decir: ‘Virg, me quiero ver amenazador y repulsivo, pero al mismo tiempo quiero que el público me quiera’", dijo el director Virgil Miller al historiador del cine Scott MacQueen. "Quería ser amado". Esa es la razón por la que su trabajo no admite convertirse en anticuado, aunque otros aspectos de sus películas sí envejecen.
Mirar a Chaney puede ser una especie de exorcismo personal. Poco interesado en ser nada más que espantoso, el actor colapsa la distancia entre el público y la pantalla, entre nosotros y ellos, insistiendo en que tenemos empatía con el horror haciéndonos sus cómplices. Nadie ha descrito la compleja red de emociones que crea este hombre mejor que el admirador de toda la vida de Chaney, Ray Bradbury, entrevistado en el comprehensivo documental de Kevin Brownlow, ‘Lon Chaney: A Thousand Faces’: "Era alguien que representaba nuestra psique", explica Bradbury."De algún modo se metía en las sombras que llevamos dentro; era capaz de meterse en nuestros temores más ocultos y ponerlos en la pantalla". Verdaderamente, "la historia de Lon Chaney es la historia del amor no correspondido. Saca a la superficie esa parte de ti, porque temes que no te amen, temes que nunca serás amado, temes que hay algo en ti que te hace grotesco y que el mundo te dará la espalda".
Las palabras de Bradbury me recuerdan que Chaney me seduce, me asusta del modo en que lo hace, en parte porque yo tomo el horror personalmente. Soy susceptible a la oscuridad del género, me siento abrumado por su poder, incapaz de verlo, como otros muchos lo hacen, como un modo de disipar el tedio de un mundo soso. Para mí el mundo está lejos de ser soso, y el horror no se queda en la superficie de mi mente. Se mete dentro.
Debido a que Chaney también parece conectarse con sus materiales a un nivel más profundo y no formulado, me empuja a su mundo. Cuando está en la pantalla me siento, paradójicamente, como la persona asustada al mismo tiempo que como la que asusta -y es una combinación espantosa. Como dice Bradbury, ver a Chaney es sentir que uno todavía se puede convertir en una persona de la que todo el mundo huirá en horror y temor.
Sobreviviendo incluso a Greta Garbo, Chaney resistió el cine sonoro, pero resultó ser tan bueno en ‘El trío fantástico’, su primera película sonora, que juró ante notario que todas las cinco voces utilizadas por sus personajes eran suyas. La última paradoja de Chaney fue su muerte de cáncer a los bronquios a los 47, antes de que pudiera hacer una segunda. ‘El Hombre de las Mil Caras", decía un titular a toda página en los obituarios de Los Angeles Times, "Sólo Se Lleva una a la Tumba". Lon Chaney está sepultado en una cripta en Forest Lawn, en Glendale. No tiene lápida.

www.cinema.ucla.edu

Kenneth Turan es el autor de ‘Never Coming to a Theater Near You’. Está escribiendo una biografía de Lon Chaney.

19 de febrero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh
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vampiros rusos en el metro


[Wesley Morris] Vampiros de después de la Guerra Fría, paranoicos y sucios.
‘Guardianes de la noche’ [Night Watch] es la primera entrega de una saga de tres partes inspirada en una serie de populares novelas rusas de ciencia ficción, y en los últimos dos años, la película ha conquistado su patria, superando en taquilla a ‘El hombre-araña 2’ [Spider-Man 2] y ‘El Señor de los Anillos’. Naturalmente, ahora busca imponerse en Estados Unidos, lo que parece inimaginable, ya que la película es un resonante cocido de sagas lucrativas del pasado: un poco de ‘La guerra de las galaxias’ y un poco de ‘Matrix’, con una pizca de esas películas ‘Underworld’ y más de un tufillo del catastrófico estilo de Jean-Pierre Jeunet en ‘Delicatessen’ y ‘Alien: Resurrección’.
‘Guardianes de la noche’, sin embargo, es única, independientemente de lo familiar que suene la historia.
La trilogía promete un enfrentamiento entre unas Tinieblas y Luz literales. (Nada figurativo lo es durante mucho tiempo en esta película). ‘Guardianes de la noche’ empieza en un moderno Moscú eones después de que los dos lados han acordado una tregua. Basándose en la tenebrosa falta de luz diurna en esta película, creo que ganan las Tinieblas, aunque dedica la mayor parte del tiempo a la Luz.
En el preámbulo de la película se nos dice que el metro de Moscú rebosa de vampiros, seres que cambian de forma, y unos brujos llamados Otros. La película explica cómo uno de esos vampiros, Anton (Konstanin Khabensky) termina trabajando para la Guardia Nocturna, una firma de seguridad del metro que se dedica a proteger a los humanos de los chupasangres del lado tenebroso.
El director Timur Bekmambetov empieza la historia con un montón de promesas, colocando en la pantalla una regular secuencia de guerra medieval.
Pero cuando nos encontramos realmente con Anton en la segunda escena, es un desdichado e insípido hombre de visita en casa de una vieja hechicera a la que le pide que le eche una maldición a su novia infiel, que está embarazada del bebé de otro hombre. Su hechizo produce una de las secuencias visuales más escandalosas de la película. La vieja hechicera prepara rápidamente un cóctel de sangre y vodka, y se pone a trabajar en la chavala traidora. El equipo de la Guardia Nocturna llega justo a tiempo para parar la maldición del aborto. El bebé nace, y la película avanza 12 años, que es cuando empieza la acción.
Este niño no es cualquier niño. Es el Más Grande. Así que de acuerdo al narrador omnisapiente de la película, es la figura que puede inclinar la balanza en la guerra entre las Tinieblas y la Luz. Sólo tiene que elegir un lado. Los dos lados lo quieren, por supuesto, y se pasan la película entera tratando de conquistarlo, aunque la grandeza que queda debajo del corte de pelo de un Príncipe Valiente todavía tiene que verse. (Por supuesto, los americanos saben que él tiene al menos buen gusto, porque lo vemos viendo la película ‘Buffy, la cazavampiros’ [Buffy the Vampire Slayer]).
‘Guardianes de la noche’ prolonga la búsqueda y eventual enfrentamiento introduciendo a un puñado de personajes, para luego abandonarlos e introducir más. Mi huérfano favorito del guión es el Tenebroso, que termina cantando en un estadio agotado, se retira del escenario y empieza de inmediato a ayudar en la captura del Más Grande. Parte de la estrategia consiste en asomar una jarra de sangre por la ventana de su coche para atraer a mísera vampiro Larisa (Anna Dubrovskaya), que ha estado llamando al niño telepáticamente.
La historia llega en copos y bloques, lo que es estresante. Surge el temor de que te has perdido algo, cuando en realidad es probablemente un detalle que no tiene sentido. Viejas historias vuelven al presente y vuelven a marcharse, casi siempre acompañadas por un piano que centellea cursi en la banda sonora. Estoy seguro de que ya se han formado grupos de apoyo de ‘Guardianes de la noche’ para explicar lo que yo no entiendo. Todo parece de un espectacular arbitrario, de cualquier modo, como un elaborado carraspeo por la continuación, que me intriga.
Detalles aparte, Bekmambetov ofrece bastante que se puede conservar. ‘Guardianes de la noche’ es de un zarrapastroso chic, con guiños al gran cine ruso mudo del pasado. Una de las mejores creaciones de la película es un lugar como Matrix donde los Otros pueden ir a buscar a otros Otros. Atrevidamente, se llama la Melancolía. Mientras que en ‘Matrix’ sería un paisaje ilimitado e inmaculado, la Melancolía se ve como un callejón sin salida, sucio y lleno de mosquitos, y las escenas que se desarrollan ahí serían magníficas sin sonido. El trabajo de cámara zumba como un moscardón, y aterriza durante nanosegundos en tapas, pomos, linternas, narices, planos del metro, y carne cruda.
Las películas de ‘Matrix’ estaban compulsivamente controladas hasta el punto de que el menor rayo de humor echaría a abajo toda la seria empresa panteística. ‘Guardianes de la noche’, en comparación, es una pocilga sin dios.
También es una franquicia del primer apocalipsis que se ha ganado su ánimo pesimista. La acción, para empezar, es post-Guerra Fría, post-Chernobyl, y post-perestroika. Las Tinieblas son una parte tan característica de la mentalidad rusa que debe ser simpático ver una película local estirando una mano hacia la Luz.

24 de febrero de 2006

©boston globe
©traducción mQh

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quince minutos más para edie sedgwick


[Christian Moerk] Primer largometraje con la turbulenta vida de una de las estrellas de Andy Warhol: Edie Sedgwick.

En vida, cuando provocó las declaraciones de prensa de la Princesa Di, que la llamó la personificación del terremoto juvenil de mediados de los años sesenta, estilo Nueva York, Edie Sedgwick tenía todos los requisitos para el estrellato de los tabloides. Llegó por el dinero, pero parecía no importarle; era tan guapa que hacía que la gente se olvidara de su saludable doble Audrey Hepburn y, todavía más importante, nadie sabía realmente quién era la conocidísima señorita de sociedad convertida en chica de Warhol, aunque muchos pensaban que sí lo sabían.
Todavía persisten las incertidumbres mientras el primer largometraje sobre su embriagadora vida, ‘Factory Girl’, dirigida por George Hickenlooper, está terminando sus escenas en locación en Shreveport, Louisiana. Gigantes de la industria cinematográfica como Warren Beatty y Mike Nichols han estado rondando la historia de Sedwick durante más de una década, pero los directores de ‘Factory’, que será distribuida por la Weinstein Company, han optado por contar la historia en gran parte volviendo a trazar sus pasos e ignorando los libros sobre su vida y su mundo. En el proceso, se enteraron de que su fascinación tenía mucho que ver con tratar de responder a la pregunta de por qué era ella una estrella.
"¿Para qué hacer la película?", preguntó retóricamente Hickenlooper, por teléfono desde la locación. Cuando recibió el año pasado el manuscrito escrito por Captain Mauzner, el co-guionista de ‘Wonderland’ (sobre el actor pornográfico John Holmes), lo último que quería hacer era una película biográfica.
Entonces empezó a leer. "Entendí a Edie", dijo Hickenlooper, que dirigió previamente ‘El alcalde de Sunset Strip’ [Mayor of the Sunset Strip] sobre el empresario iconoclasta de rock, Rodney Bingenheimer. "En mi opinión, ella era una metáfora, la definición por excelencia de lo que es ser famoso durante 15 minutos. Yo podía conectarme con ella a un nivel visceral".
En el guión técnico, la vida de Sedgwick -un retoño de la clase alta de Massachusetts que disfrutó de un momento extraordinariamente breve como la reina de las fiestas de Manhattan y estrella del cine underground- no es retratada de modo lineal, de la juventud hasta la muerte. (Sedgwick murió por una sobredosis de barbitúricos en 1971, a los 28). Más bien, la película se concentra en un breve período hacia 1965, cuando hizo furiosamente la crónica del dueto con Andy Warhol que la llevó a la fama y a un rápido enfriamiento.
Es presentada, dice Hickenlooper, como "la chica joven y dulce que quería ser amada y que llegó a Nueva York, conoció al tipo equivocado, que la comió y escupió". En toda la película, la Edie de la historia (la actriz británica Sienna Miller) es incapaz de contener la marea de la fama que la coge, la eleva y luego deja caer en el olvido. Warhol (el actor australiano Guy Pearce) juega pasiva y agresivamente con ella antes de perder interés.
Con la historia oral ‘Edie: An American Biography’, de Jean Stein, de 1982, extremadamente popular amenazando el proyecto, los directores decidieron entrevistar a cuantos viejos amigos de Sedwick pudieron encontrar, y construir la historia con lo que encontraran. El guión está poblado por una miríada de personajes compuestos, más particularmente uno que es una amalgama de Bob Dylan y Mick Jagger. La película promete ser una interpretación, no una entrega literal.
Holly Wiersma -que produce la película con los directores del Instituto de Tecnología del Cine de Louisiana, J. Malcolm Petal y Kimberly C. Anderson- dio con la historia de Edie por accidente hace un par de años. "Para ser honesto, estaba sentada en mi peluquería leyendo ‘Beverly Hills 213’", dijo, refiriéndose a una revista gratuita dedicada a los ricos y famosos. Lo que le llamó la atención fue un artículo escrito por un par de columnistas de sociedad, Richard y Robert Dupont, sobre otra warholiana, Brigid Berlin. Como Sedgwick, Berlin era una bohemia descarriada, un tipo de gente que gustaba mucho a Warhol.
Berlin, el tema del a menudo horroroso documental del 2000, ‘Pie in the Sky: The Brigid Berlin Story’, fue uno de los ocupantes más integrales de la creativa Factory de Warhol, y Wiersma decidió investigar la vida de Sedgwick a través de la de Berlin. Pronto, Wiersma, los Duponts y Mauzner estaban conversando con Berlin y su hermana Richie, así como con otros íntimos de la Factory, como Gerard Malanga.
Mauzner empezó a escribir el primer borrador del guión. Wiersma dijo que fue entonces que empezaron los problemas. Un titular de los derechos de ‘Ciao, Manhattan’ -la película de 1972 en la que actúa Sedgwick en el papel de una starlet condenada al fracaso, un docudrama escasamente velado de la época que ella había entonces dejado- la contactó y le dijo que quería ser incluido en la nueva producción. Wiersma lo rechazó.
(Antes este mes, la unidad de espectáculos de Sony Pictures presentó una demanda contra Wiersma y la producción, reclamando que Sony había firmado un acuerdo según el cual la unidad sería la distribuidora de la película. En un declaración en un e-mail, su publicista dice que Wiersma dijo que ella no era responsable de elegir a los distribuidores de la película, pero agregó: "Esperaba tener un distribuidor que creyera en la película tanto como yo y Harvey Weinstein es esa persona").
Temiendo obstáculos legales adicionales si se acercaba a los materiales del libro de Jean Stein, Wiersma, junto con Mauzner y Hickenlooper, penetraron en el mundo de Edie exclusivamente a través de conversaciones con viejos amigos y conocidos. Pero entre la gente que sobrevivió los años sesenta, la época más medicada de la historia de Estados Unidos, los hechos claros -inclusive para la gente que conoció a Sedgwick- son difíciles de conseguir.
Mauzner no respondió a la mística de Edie hasta que vio ‘Desayuno en Tiffany’s’ [Breakfast at Tiffany’s] y empezó a ver a Sedgwick, en sus palabras, como "Audrey Hepburn de dentro para fuera".
Como Hickenlooper, Mauzner ha estado sopesando la idea de hacer una película sobre alguien que era famosa, pero esencialmente desconocida. "Estamos viviendo en la época de la chica ‘It’, y hoy, debido a la tecnología, se deshacen de ellas mucho más rápidamente", dijo.
Alguien que recuerda inequívoca quién era la Sedwick de verdad -y sabe por qué continua hipnotizando hoy- es Michael Post, su marido cuando ella murió. Alcanzado por teléfono en la oficina de producción de ‘Factory Girl’, donde es consultor (tiene un pequeño rol en la película), Post, un empleado de Correos de 55 años, lo pensó un buen rato antes de responder.
"He pasado unos cinco años aconsejando a tipos con problemas de alcohol y drogas", dijo Post, que conoció a su esposa en Santa Bárbara, California, durante un período de rehabilitación en 1969. "Tenían esa mirada desesperada, pidiéndome que les diera alguna esperanza. Yo vi algo así en los ojos de Edie cuando ella murió".
Después de mirar a Miller en el plató, Post dijo que no tenía ninguna duda de que su actuación ayudaría al público a superar cualquier falta de conocimiento sobre Sedgwick. Hace poco, estaba entre bastidores escuchando una escena de Miller, y pensó que era una grabación de Edie. "Con los ojos cerrados no podía darme cuenta de la diferencia", dice. "Era como oír a Edie yéndose al trabajo".

19 de febrero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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una mártir antinazi


[Stephen Holden] Película sobre una heroína antinazi, decente y profundamente religiosa, basada en un caso real.
‘Sophie Scholl: Los últimos días’ muestra lo que debe haber sido ser joven, idealista y disidente en la Alemania nazi, donde no se toleraba la disensión. Esta fascinante historia real, dirigida con un frío estilo de documental por el director alemán Marc Rothemund a partir de un guión de Fred Breinersdorfer, te reta a calibrar tu propio valor y entereza si te encontraras en circunstancias similares. ¿Arriesgarías tu vida como Sophie Scholl (Julia Jentsch) y un pequeño grupo de compañeros de la Universidad de Munich para repartir panfletos contra el gobierno? ¿Cómo te comportarías durante el tipo de implacable interrogatorio que aguanta Sophie? ¿Si te condenaran a muerte por tus actividades, pensarías todavía que tu resistencia valía la pena?
En un clima de debate nacional en Estados Unidos sobre la supresión de ciertas libertades civiles para combatir el terrorismo, la película mira hacia atrás hacia el peor escenario posible en el que esas libertades son anuladas. Plantea una pregunta no formulada: ¿Podría ocurrir aquí?
Scholl, cuya historia ha sido contada en al menos dos películas alemanas anteriores (en ‘La rosa blanca’, de Michael Verhoeven y ‘Los cinco últimos días’, de Percy Adlon), es considerada hoy en Alemania una heroína nacional. Gran parte de la película, que fue nominada al Oscar este año como mejor película extranjera, se basa en documentos y transcripciones judiciales que permanecieron ocultos en archivos de Alemania del Este hasta 1990.
La película sigue exactamente los últimos seis días de la vida de Sophie, después de que ella y su hermano Hans (Fabian Hinrichs) son arrestados en la Universidad de Munich en febrero de 1943 por imprimir y repartir folletos antinazis. Sus detenciones toman lugar en un clima político de pánico y negación tras la derrota alemana en Stalingrado. Las noticias de la derrota habían empezado a circular, pero los poderes fácticos se mantuvieron en sus trece.
Los hermanos Scholl pertenecen a la Rosa Blanca, un pequeño movimiento de resistencia en la Universidad de Munich. El panfleto que reparten en los vacíos pasillos de la universidad, durante las clases, declara que no se puede ganar la guerra y llama a Alemania a pedir la paz. Esperan ingenuamente encender una rebelión estudiantil espontánea.
Pero la posición de los nazis hacia el final de la fortuna de Alemania en el campo de batalla es una de furiosa negación. Las chillonas acusaciones contra Sophie y dos de los otros acusados en el cuarto de interrogatorios y ante el tribunal, de boca del fulminante juez el doctor Roland Freisler (André Hennick) tienen un tono de desesperada e histérica furia.
‘Sophie Scholl: Los últimos días’ se aleja intencionadamente del melodrama y sensiblería innecesarias para ofrecer una crujiente cronología de los hechos contada enteramente desde la perspectiva de Sophie, con un mínimo de retrospectivas. Mientras los hermanos corren para repartir los panfletos, la película se niega a subrayar su inherente suspense. Aprehendidos por un alerta conserje justo cuando se están confundiendo en una pululante multitud de estudiantes, son llevados a los cuarteles de la Gestapo e interrogados separadamente.
Mientras Sophie sufre las primeras agotadoras horas de un preciso interrogatorio cruzado a cargo de Robert Mohr (Alexander Held), un frío, arrogante criminalista con una inteligencia que envidiaría Columbo, mantiene una extraordinaria compostura, insistiendo en que es apolítica y relatando una complicada tapadera en la que aparece el transporte de la ropa sucia en la maleta en que llevaban los folletos.
Sophie gana la primera ronda de jugar al gato y al ratón y está a punto de ser dejada en libertad cuando los detectives que revisan su apartamento encuentran más evidencias incriminatorias. Incluso después del derrumbe de su historia, Mohr, que tiene un hijo más o menos de la edad de Sophie, no es completamente indiferente a sus argumentos, y casi al final de su reclusión, le ofrece un trato inaceptable para que salve su propia vida. En cada momento decisivo, Sophie, que es profundamente religiosa, reza pidiendo la ayuda de Dios.
Al enterarse de que Hans ha confesado, finalmente admite su complicidad, aunque continúa tratando de proteger a los otros miembros del grupo, especialmente a Christoph Probst (Florian Stetter), que es casado y tiene hijos. Pero finalmente también él es detenido.
Conocemos a la encantadora compañera de celda de Sophie, Else Gebel (Johanna Gastdorf), una comunista declarada, y los comprensivos padres de Sophie, que la animan en una desgarradora despedida. El retrato de Jentsch, de Sophie, es todavía más impresionante por su absoluta ausencia de histriónica. Sí, Sophie es una heroína, pero no una dada al dramatismo de Juana de Arco. Una estudiante optimista y amante de la vida, con un novio y un rico futuro por delante, es el tipo de persona decente y de principios que quisiéramos ser.

Sophie Scholl: Los últimos días
Dirección
Marc Rothemund Guión Fred Breinersdorfer Fotografía Martin Langer Montaje Hans Funck Música Johnny Klimek y Reinhold Heil Producción Christoph Mueller, Sven Burgemeister, Mr. Breinersdorfer y Mr. Rothemund Distribución Zeitgeist Films.

Duración: 117 minutos.

Reparto Julia Jentsch (Sophie Scholl), Alexander Held (Robert Mohr), Fabian Hinrichs (Hans Scholl), Johanna Gastdorf (Else Gebel), André Hennicke (Dr. Roland Freisler) y Florian Stetter (Christoph Probst).

17 de febrero de 2006

©new york times
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traducción mQh

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los americanos como antihéroes


[Sebnem Arsu] Taquillera película turca muestra a estadounidenses como viciosos y crueles antihéroes.
Estambul, Turquía. La muchedumbre aclamó, aplaudió y silbó cuando el agente turco hundió su cuchillo en el pecho del comandante enemigo.
‘Valle de los Lobos, Iraq’, que se estrenó la semana pasada en los teatros de Turquía, Austria y Alemania, es una historia de acción del tipo Rambo en la que unos pistoleros rusos buscan vengarse de un tiránico ejército invasor.
En esta versión, sin embargo, con diez millones de dólares la película más cara hecha nunca en Turquía, el enemigo no es una dictadura del tercer mundo. El nombre del comandante es Sam -como el tío Sam- y los enemigos son los americanos, que están siendo castigados por sus ofensas contra el orgullo y el honor turcos e iraquíes.
El comandante, Sam William Marshall (el actor estadounidense Billy Zane), es un sociópata, que mata sin pensarlo un segundo y protesta que está haciendo la voluntad de Dios. Aunque de ficción, parte de la película se basa en acontecimientos reales, y muchas de las escenas provocan cómplices miradas en la audiencia. La secuencia de apertura representa un incidente que llegó a las primeras planas aquí en 2003, cuando un grupo de soldados de las fuerzas especiales turcas fue detenido por marines estadounidenses. Los turcos, que fueron confundidos por rebeldes, fueron esposados con capuchas en la cabeza, lo que indignó a muchos turcos.
Otras escenas muestras a crueles marines americanos matando a iraquíes y soldados torturando a los reclusos de la prisión de Abu Ghraib, así como a un cirujano judío-americano (Gary Busey) que retira de los cuerpos de los reclusos lo que parecen ser riñones que son enviados a Nueva York, Londres e Israel -cosas todas, según el guionista Bahadir Ozdener, inspiradas en acontecimientos reales.
"Estos fueron sólo unos pocos casos de todas las violaciones de los derechos humanos cometidas por Estados Unidos en Iraq, que fueron cubiertas por la prensa y que estudiamos", dijo Ozdener. "No queremos insultar al pueblo americano ni sus valores, sino sólo hacer un retrato de la verdadera tragedia allá".
La trama se centra en el incidente de las capuchas y sus secuelas. El comandante de los soldados turcos vuelve humillado a casa, creyendo que su honra ha quedado tan manchada que no tiene otra opción que matarse a sí mismo. Pero deja una nota al héroe, un agente del espionaje turco llamado Polat Alemdar, rogándole que defienda el honor del país al que ha deshonrado. Así que Alemdar dirige a un pequeño grupo de soldados de operaciones especiales en el norte de Iraq, donde se quedan pasmados e indignados por las cosas que ven.
"Andaban buscando al hombre que insultó a los soldados turcos, pero no podían creer lo que estaba pasando allá", se lee en la página web de la película. "Los valores, personalidad e historia del pueblo de Iraq eran despreciados. El nuevo orden estaba imponiendo un cambio inaceptable en las personas. El responsable de estos indeseables crímenes contra la humanidad es un comandante de las Fuerzas Especiales llamado Sam William Marschall".
Marshall, más tarde, ordena atacar una boda, donde los marines de gatillo rápido se asustan y matan a decenas de civiles. Todo como parte de su plan de pacificar a la gente por medio de la intimidación y la violencia, todo de acuerdo a la voluntad divina y por su propio bien. Hasta que, finalmente, Alemdar le da alcance.
Zane, que empezó su carrera en ‘Regreso al futuro’ [Back to the Future] y tiene a su favor una gran cantidad de películas de serie B desde entonces, dijo que no le molestaba el tono anti-norteamericano de la película, agregando que se debía denunciar los horrores de la guerra. "Participé en esta película porque soy pacifista", dijo en una conferencia telefónica. "Estoy contra todas las guerras".
Cualquiera sus méritos artísticos, la película -que ha roto los récords de taquilla en Turquía- ha destacado la creciente hostilidad en cómo es visto Estados Unidos en Turquía.
Oficialmente, los dos gobiernos han estado disfrutando de un gran mejoramiento de las relaciones después del punto bajo de 2003, cuando Turquía se negó a permitir que tropas americanas operaran desde su territorio para invadir Iraq. En la calle, sin embargo, la percepción pública de Estados Unidos ha descendido firmemente desde la invasión y las revelaciones sobre los maltratos en Abu Ghraib y las ‘entregas de prisioneros’ y las torturas de sospechosos de Al Qaeda en cárceles secretas.
Hacia afuera, los dos países son aliados en la lucha contra el terrorismo. Pero Turquía ha estado peleando contra los separatistas kurdos que luchan por la independencia desde los años ochenta, y Estados Unidos, junto con la Unión Europea, ha clasificado al Partido de los Trabajadores Kurdos PKK como una organización terrorista.
Sin embargo, con la invasión de Iraq, los militares norteamericanos se han mostrado reluctantes a actuar contra el PKK, permitiéndoles operar libremente en el norte de Iraq, lo que ha causado la ansiedad de muchos turcos. "Sin importar lo buenas que sean nuestras relaciones a nivel oficial, el problema del PKK es una muralla contra la cual chocan todos nuestras relaciones bilaterales", dijo Egemen Bagis, asesor de relaciones exteriores de Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro turco. "La captura de los rebeldes por las fuerzas americanas en Iraq demolería esta muralla de la noche a la mañana, y provocaría un aumento de la popularidad de Estados Unidos".
Para empeorar las cosas, desde el punto de vista turco, Washington ha tolerado un estado kurdo de facto en el norte de Iraq. "La gente cree que Estados Unidos apoya un estado kurdo independiente en el norte de Iraq y por eso amenaza la unidad de Turquía", dijo Nilufer Narli, profesor de sociología de la Universidad de Bahcesehir aquí
Como resultado, la opinión popular sobre Estados Unidos ha sido crecientemente negativa. Las novelas anti-norteamericanas, como la que describe una guerra entre Estados Unidos y Turquía, se han vendido excelentemente y, el año pasado, ‘Mi lucha’, de Hitler, fue un bestseller.
A pesar de su popularidad, la película no ha desencadenado violencias anti-norteamericanas ni ha espoloneado ninguna manifestación callejera.
"No muestra nada que no supiéramos ya", dijo Fahri Kaya, 22, guardia de seguridad. "Es más como una terapia de grupo en la que la gente tiene la posibilidad de soltar sus sentimientos negativos por lo que está ocurriendo en Iraq, y pueden gritar, aplaudir y llorar".
A pesar del éxito de la película, Bagis dijo que se necesitaba más que eso para estropear las buenas relaciones entre los dos países.
"Nuestra alianza con Estados Unidos tiene raíces fuertes", dijo. "Una película o un libro no la van a destruir",

14 de febrero de 2006

©new york times

©traducción mQh

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