no hay que aplazar las elecciones en iraq
Las elecciones en Iraq dividen a la prensa estadounidense. Los Angeles Times opina que una postergación de las elecciones no haría más que envalentonar a los insurgentes.
En estos días, cada atentado suicida en Iraq produce nuevos llamados a posponer las elecciones nacionales convocadas para el 30 de enero, a menos de cuatro semanas. Los que piden un aplazamiento son normalmente musulmanes sunníes -que han perdido el poder de que gozaron durante el régimen de Saddam Hussein. Pero las voces también incluyen a otros bien intencionados fuera del país que se preocupan de que unas elecciones boicoteadas por una comunidad del 20 por ciento de la población podría derrengar de manera permanente a un gobierno representativo. Eso no tiene por qué ocurrir.
Postergar las votaciones para la asamblea nacional interina de 275 miembros que redactarán una Constitución interina y luego formarán una legislatura permanente en otra ronda de elecciones más tarde en el año, daría a los terroristas el poder de decidir si y cuándo se realizarán las elecciones. Postergarlas no garantizará un aumento de la seguridad; podría incluso empeorar. Tampoco aseguraría que los políticos sunníes finalmente participen en ellas; simplemente podría animarles a exigir más postergaciones. Y un aplazamiento permitiría que los insurgentes continúen atacando a un gobierno nombrado por Washington.
Un retraso también traicionaría a los musulmanes chiíes, que constituyen el 60 por ciento de la población iraquí y que sufrieron enormemente durante Hussein. Fueron en gran parte privados de sus derechos civiles desde que el país se formó con los restos del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial. Los actuales gobernantes de Bagdad fueron instalados por Estados Unidos en junio; su falta de legitimidad agrega combustible a la resistencia. Una razón por la que en su último mensaje Osama bin Laden insta a los sunníes a boicotear las elecciones es que no quiere ver a un gobierno en Bagdad que pueda llamarse legítimo.
Gran parte de los que participan en el debate en Estados Unidos sobre las elecciones de enero se apresura a desdeñar el hecho de que las elecciones fueron prometidas al pueblo iraquí, y que verían en cualquier cambio motivos siniestros de parte de Washington. El gran ayatollah Ali Sistani, el líder religioso chií, cuenta con que las elecciones tengan lugar, y ha emitido un edicto religioso instruyendo a sus seguidores a ir a las urnas. La principal lista chií de candidatos incluye a políticos sunníes y kurdos étnicos, pero la mayoría de sus candidatos son chiíes, de los que se espera que ganen la mayoría de los escaños en cualquier elección, honestas o distorsionadas.
El gobierno de Bush y el primer ministro interino, Iyad Allawi, se muestran firmes en su determinación de que las elecciones tengan lugar el 30 de enero y de animar a los sunníes a participar en ellas, a pesar de los peligros. Hacer campaña cuando los insurgentes están tratando de matarte va de lo difícil a lo suicida; las elecciones no serán el reflejo de una democracia jeffersoniana. Es probable que se ataque los locales de votación. Incluso bajo las mejores condiciones, los sunníes estarán probablemente subrepresentados cuando se cuenten los votos.
Claramente preocupados, el presidente Bush y Allawi están lanzando la idea de fijar una cuota para los sunníes si la participación de los electores de la minoría es demasiado baja. Quizás se puede reservar en la asamblea de transición un 20 o 25 por ciento de los escaños para los sunníes. No tiene por qué ser una solución permanente, pero reconocería el carácter excepcional de estas elecciones.
El nuevo gobierno iraquí tendrá que tratar los derechos de las minorías sunní y kurda si quiere tener éxito, y debería exhortar a más iraquíes a alistarse en el ejército y las fuerzas policiales, de modo que las tropas estadounidenses puedan empezar a retirarse.
El gobierno de Bush tiene a la democracia iraquí como un faro para las naciones árabes de Oriente Medio. Es un objetivo loable, pero la necesidad imperativa a corto plazo es al menos establecer un gobierno en Bagdad que pueda reclamar alguna legitimidad desde Mosul a Basra, y eso hará que la mayoría de los iraquíes sientan que han reconquistado su soberanía.
5 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
En estos días, cada atentado suicida en Iraq produce nuevos llamados a posponer las elecciones nacionales convocadas para el 30 de enero, a menos de cuatro semanas. Los que piden un aplazamiento son normalmente musulmanes sunníes -que han perdido el poder de que gozaron durante el régimen de Saddam Hussein. Pero las voces también incluyen a otros bien intencionados fuera del país que se preocupan de que unas elecciones boicoteadas por una comunidad del 20 por ciento de la población podría derrengar de manera permanente a un gobierno representativo. Eso no tiene por qué ocurrir.Postergar las votaciones para la asamblea nacional interina de 275 miembros que redactarán una Constitución interina y luego formarán una legislatura permanente en otra ronda de elecciones más tarde en el año, daría a los terroristas el poder de decidir si y cuándo se realizarán las elecciones. Postergarlas no garantizará un aumento de la seguridad; podría incluso empeorar. Tampoco aseguraría que los políticos sunníes finalmente participen en ellas; simplemente podría animarles a exigir más postergaciones. Y un aplazamiento permitiría que los insurgentes continúen atacando a un gobierno nombrado por Washington.
Un retraso también traicionaría a los musulmanes chiíes, que constituyen el 60 por ciento de la población iraquí y que sufrieron enormemente durante Hussein. Fueron en gran parte privados de sus derechos civiles desde que el país se formó con los restos del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial. Los actuales gobernantes de Bagdad fueron instalados por Estados Unidos en junio; su falta de legitimidad agrega combustible a la resistencia. Una razón por la que en su último mensaje Osama bin Laden insta a los sunníes a boicotear las elecciones es que no quiere ver a un gobierno en Bagdad que pueda llamarse legítimo.
Gran parte de los que participan en el debate en Estados Unidos sobre las elecciones de enero se apresura a desdeñar el hecho de que las elecciones fueron prometidas al pueblo iraquí, y que verían en cualquier cambio motivos siniestros de parte de Washington. El gran ayatollah Ali Sistani, el líder religioso chií, cuenta con que las elecciones tengan lugar, y ha emitido un edicto religioso instruyendo a sus seguidores a ir a las urnas. La principal lista chií de candidatos incluye a políticos sunníes y kurdos étnicos, pero la mayoría de sus candidatos son chiíes, de los que se espera que ganen la mayoría de los escaños en cualquier elección, honestas o distorsionadas.
El gobierno de Bush y el primer ministro interino, Iyad Allawi, se muestran firmes en su determinación de que las elecciones tengan lugar el 30 de enero y de animar a los sunníes a participar en ellas, a pesar de los peligros. Hacer campaña cuando los insurgentes están tratando de matarte va de lo difícil a lo suicida; las elecciones no serán el reflejo de una democracia jeffersoniana. Es probable que se ataque los locales de votación. Incluso bajo las mejores condiciones, los sunníes estarán probablemente subrepresentados cuando se cuenten los votos.
Claramente preocupados, el presidente Bush y Allawi están lanzando la idea de fijar una cuota para los sunníes si la participación de los electores de la minoría es demasiado baja. Quizás se puede reservar en la asamblea de transición un 20 o 25 por ciento de los escaños para los sunníes. No tiene por qué ser una solución permanente, pero reconocería el carácter excepcional de estas elecciones.
El nuevo gobierno iraquí tendrá que tratar los derechos de las minorías sunní y kurda si quiere tener éxito, y debería exhortar a más iraquíes a alistarse en el ejército y las fuerzas policiales, de modo que las tropas estadounidenses puedan empezar a retirarse.
El gobierno de Bush tiene a la democracia iraquí como un faro para las naciones árabes de Oriente Medio. Es un objetivo loable, pero la necesidad imperativa a corto plazo es al menos establecer un gobierno en Bagdad que pueda reclamar alguna legitimidad desde Mosul a Basra, y eso hará que la mayoría de los iraquíes sientan que han reconquistado su soberanía.
5 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
el que rompe, paga - naomi klein
El que lo rompe, lo paga. Pero Estados Unidos, en su intento de pagarlo, provoca todavía más destrozos y parece empecinado en crear las condiciones que exigen una permanencia prolongada de sus tropas en Iraq.
Al parecer, Pottery Barn tiene una norma que dice: "Si usted rompe un objeto, lo paga". En abril del 2004, Leigh Oshirak, director de relaciones públicas de la firma, dijo al periódico The St. Petersburg Times: "En las raras instancias en que algo se rompe en el negocio, se lo considera una pérdida". Aun así, las inexistentes normas de un negocio que vende toda clase de objetos para el hogar continúa teniendo más influencia en EE.UU. que la convención de Ginebra y las leyes de guerra del ejército.
Tal como señaló Bob Woodward, periodista de The Washington Post, en su libro Plan of Attack' (Simon and Schuster, 2004), el secretario de Estado Colin Powell invocó la norma Pottery Barn antes de la invasión, en tanto el candidato presidencial demócrata John Kerry prometió su acato a esa regla durante el primer debate con George W. Bush. Y la ficticia norma es todavía el instrumento favorito con el cual se golpea a cualquiera que sugiere retirar las tropas de Iraq. Por cierto, la guerra es un desastre, muchos arguyen. Pero no podemos cesar ahora. El que rompe, paga.
Comencemos con la peregrina idea de que EE.UU. está ayudando a proporcionar seguridad. Lo que ocurre es exactamente lo contrario: la presencia de soldados estadounidenses está provocando violencia de manera cotidiana. Mientras los soldados norteamericanos permanezcan en Iraq, todo el aparato de seguridad del país, tanto las fuerzas de ocupación como los soldados y policías iraquíes, tendrán que dedicarse exclusivamente a rechazar ataques de la resistencia. Y eso dejará un vacío de seguridad cuando se trate de proteger a los ciudadanos iraquíes. Si los soldados norteamericanos se van de Iraq, los iraquíes podrían enfrentar una situación de inseguridad, pero al menos estarán en condiciones de dedicar sus recursos locales a recuperar el control de sus ciudades y urbanizaciones.
Cuando el periodista Kristof escribe en The New York Times que las tropas norteamericanas deben permanecer en Iraq para salvar a cientos de miles de niños del hambre, es difícil imaginar qué pasa por su cabeza. El hambre en Iraq es el directo resultado de la decisión de Estados Unidos de imponer una brutal terapia de choque en un país que ya había sido debilitado por trece años de sanciones.
El primer acto de L. Paul Bremer, ex administrador de la ahora desaparecida Autoridad Provisional de la Coalición, fue despedir a cerca de 500.000 iraquíes, y su principal logro -por el cual recibió en fecha reciente la medalla presidencial a la libertad- fue supervisar un proceso de reconstrucción que robó empleos a los iraquíes de manera sistemática y se los entregó a firmas extranjeras, elevando la tasa de desempleo a cerca del 50%.
Y los peores shocks están aún por venir. El 21 de noviembre, el grupo de 19 países industrializados conocido como el Club de París finalmente reveló su plan para reducir la impagable deuda externa de Iraq en casi 39.000 millones de dólares. En lugar de cancelarla de inmediato, el Club de París diseñó un plan trienal para eliminar un 80% de la deuda. Pero eso depende de que los futuros gobiernos de Iraq acaten el programa del Fondo Monetario Internacional. Según los primeros borradores del plan, el programa incluye "reestructurar las empresas estatales". Eso significa privatizar, un plan que, según ha pronosticado el Ministerio de Industria de Iraq, obligará a echar a otros 145.000 trabajadores.
En nombre de unas reformas de mercado, el FMI también desea eliminar el programa que proporciona a cada familia iraquí una canasta de alimentos, la única barrera para impedir la hambruna de millones de ciudadanos. Existe también una presión adicional para eliminar las raciones de alimentos provenientes de la Organización Mundial de Comercio, que, a solicitud de Washington, está analizando la aceptación de Iraq como miembro. Siempre y cuando acepte ciertas reformas.
Que quede bien claro: EE.UU., tras haber roto Iraq, no está en el proceso de arreglarlo. Lo que hace es continuar rompiendo el país por otros medios, usando no sólo cazas F-16 y tanques Bradley, sino también las armas de la OMC y el FMI, así como unas elecciones diseñadas para transferir a los iraquíes el menor poder posible.
Pero si permanecer en Iraq no es la solución, tampoco lo es retirar las tropas y gastar el dinero en escuelas y en hospitales de EE.UU. Sí, las tropas deben abandonar Iraq, pero ésa es sólo una tabla de una moralizadora plataforma pacifista. ¿Qué ocurre con las escuelas y hospitales en Iraq, que debían reconstruirse y en general no se ha hecho? Con mucha frecuencia los sectores pacifistas se han negado a comentar lo que EE.UU. adeuda a Iraq. En escasas ocasiones se menciona la palabra compensación, o la más cargada de significado reparación.
Las fuerzas pacifistas tampoco han ofrecido un respaldo concreto a las demandas políticas que provienen de Iraq. Por ejemplo, cuando la Asamblea Nacional de Iraq criticó el acuerdo del Club de París por obligar al pueblo iraquí a pagar las odiosas deudas de Saddam y robarles su soberanía económica, el movimiento pacifista estuvo virtualmente silencioso, excepto el acosado Jubileo de Iraq. Y aunque los soldados iraquíes no están protegiendo a los iraquíes de la hambruna, las raciones de alimentos lo están haciendo. Por lo tanto, ¿por qué proteger ese programa tan necesario no se convierte en una de nuestras demandas centrales?
El fracaso en desarrollar una plataforma creíble más allá del saquen a los soldados podría ser una de las razones de que el movimiento pacifista permanezca estancado, aun cuando la oposición a la guerra se profundice. Pues los gobernantes de Pottery Barn tienen una justificación: romper un país tiene que traer consecuencias a quienes causaron la destrucción.
Poseer el país no debe ser una de esas reglas, pero sí pagar las reparaciones.
N. Klein es la autora de ´No Logo´.
4 de enero de 2005
©la vanguardia
©periodista digital
Al parecer, Pottery Barn tiene una norma que dice: "Si usted rompe un objeto, lo paga". En abril del 2004, Leigh Oshirak, director de relaciones públicas de la firma, dijo al periódico The St. Petersburg Times: "En las raras instancias en que algo se rompe en el negocio, se lo considera una pérdida". Aun así, las inexistentes normas de un negocio que vende toda clase de objetos para el hogar continúa teniendo más influencia en EE.UU. que la convención de Ginebra y las leyes de guerra del ejército. Tal como señaló Bob Woodward, periodista de The Washington Post, en su libro Plan of Attack' (Simon and Schuster, 2004), el secretario de Estado Colin Powell invocó la norma Pottery Barn antes de la invasión, en tanto el candidato presidencial demócrata John Kerry prometió su acato a esa regla durante el primer debate con George W. Bush. Y la ficticia norma es todavía el instrumento favorito con el cual se golpea a cualquiera que sugiere retirar las tropas de Iraq. Por cierto, la guerra es un desastre, muchos arguyen. Pero no podemos cesar ahora. El que rompe, paga.
Comencemos con la peregrina idea de que EE.UU. está ayudando a proporcionar seguridad. Lo que ocurre es exactamente lo contrario: la presencia de soldados estadounidenses está provocando violencia de manera cotidiana. Mientras los soldados norteamericanos permanezcan en Iraq, todo el aparato de seguridad del país, tanto las fuerzas de ocupación como los soldados y policías iraquíes, tendrán que dedicarse exclusivamente a rechazar ataques de la resistencia. Y eso dejará un vacío de seguridad cuando se trate de proteger a los ciudadanos iraquíes. Si los soldados norteamericanos se van de Iraq, los iraquíes podrían enfrentar una situación de inseguridad, pero al menos estarán en condiciones de dedicar sus recursos locales a recuperar el control de sus ciudades y urbanizaciones.
Cuando el periodista Kristof escribe en The New York Times que las tropas norteamericanas deben permanecer en Iraq para salvar a cientos de miles de niños del hambre, es difícil imaginar qué pasa por su cabeza. El hambre en Iraq es el directo resultado de la decisión de Estados Unidos de imponer una brutal terapia de choque en un país que ya había sido debilitado por trece años de sanciones.
El primer acto de L. Paul Bremer, ex administrador de la ahora desaparecida Autoridad Provisional de la Coalición, fue despedir a cerca de 500.000 iraquíes, y su principal logro -por el cual recibió en fecha reciente la medalla presidencial a la libertad- fue supervisar un proceso de reconstrucción que robó empleos a los iraquíes de manera sistemática y se los entregó a firmas extranjeras, elevando la tasa de desempleo a cerca del 50%.
Y los peores shocks están aún por venir. El 21 de noviembre, el grupo de 19 países industrializados conocido como el Club de París finalmente reveló su plan para reducir la impagable deuda externa de Iraq en casi 39.000 millones de dólares. En lugar de cancelarla de inmediato, el Club de París diseñó un plan trienal para eliminar un 80% de la deuda. Pero eso depende de que los futuros gobiernos de Iraq acaten el programa del Fondo Monetario Internacional. Según los primeros borradores del plan, el programa incluye "reestructurar las empresas estatales". Eso significa privatizar, un plan que, según ha pronosticado el Ministerio de Industria de Iraq, obligará a echar a otros 145.000 trabajadores.
En nombre de unas reformas de mercado, el FMI también desea eliminar el programa que proporciona a cada familia iraquí una canasta de alimentos, la única barrera para impedir la hambruna de millones de ciudadanos. Existe también una presión adicional para eliminar las raciones de alimentos provenientes de la Organización Mundial de Comercio, que, a solicitud de Washington, está analizando la aceptación de Iraq como miembro. Siempre y cuando acepte ciertas reformas.
Que quede bien claro: EE.UU., tras haber roto Iraq, no está en el proceso de arreglarlo. Lo que hace es continuar rompiendo el país por otros medios, usando no sólo cazas F-16 y tanques Bradley, sino también las armas de la OMC y el FMI, así como unas elecciones diseñadas para transferir a los iraquíes el menor poder posible.
Pero si permanecer en Iraq no es la solución, tampoco lo es retirar las tropas y gastar el dinero en escuelas y en hospitales de EE.UU. Sí, las tropas deben abandonar Iraq, pero ésa es sólo una tabla de una moralizadora plataforma pacifista. ¿Qué ocurre con las escuelas y hospitales en Iraq, que debían reconstruirse y en general no se ha hecho? Con mucha frecuencia los sectores pacifistas se han negado a comentar lo que EE.UU. adeuda a Iraq. En escasas ocasiones se menciona la palabra compensación, o la más cargada de significado reparación.
Las fuerzas pacifistas tampoco han ofrecido un respaldo concreto a las demandas políticas que provienen de Iraq. Por ejemplo, cuando la Asamblea Nacional de Iraq criticó el acuerdo del Club de París por obligar al pueblo iraquí a pagar las odiosas deudas de Saddam y robarles su soberanía económica, el movimiento pacifista estuvo virtualmente silencioso, excepto el acosado Jubileo de Iraq. Y aunque los soldados iraquíes no están protegiendo a los iraquíes de la hambruna, las raciones de alimentos lo están haciendo. Por lo tanto, ¿por qué proteger ese programa tan necesario no se convierte en una de nuestras demandas centrales?
El fracaso en desarrollar una plataforma creíble más allá del saquen a los soldados podría ser una de las razones de que el movimiento pacifista permanezca estancado, aun cuando la oposición a la guerra se profundice. Pues los gobernantes de Pottery Barn tienen una justificación: romper un país tiene que traer consecuencias a quienes causaron la destrucción.
Poseer el país no debe ser una de esas reglas, pero sí pagar las reparaciones.
N. Klein es la autora de ´No Logo´.
4 de enero de 2005
©la vanguardia
©periodista digital
asesinado gobernador de bagdad
Otros 10 muertos en un atentado en la capital.
Bagdad, Iraq. El gobernador de Bagdad, Ali al-Haidri, ha sido asesinado a tiros por unos desconocidos en la capital iraquí. En otra mañana sangrienta en Bagdad, al menos otras diez personas han muerto al explotar un camión cisterna cargado con explosivos cerca de un centro de reclutamiento de la policía.
A primera hora de la mañana, un grupo de hombres armados cortó una de las carreteras del barrio Al Adel, al oeste de Bagdad, y ametralló el convoy en el que el responsable municipal se dirigía a su puesto de trabajo.
Al-Haidri, de confesión chií, resultó herido de gravedad y fue trasladado a uno de los hospitales de la zona, donde falleció poco después, explicaron las fuentes. En el tiroteo también fallecieron seis de sus escoltas.
"El gobernador viajaba en su BMW blindado y teníamos otros dos vehículos", afirmó el mayor Mazen, contactado a través del teléfono móvil de Al-Haidri. "Nuestro convoy se desplazaba por Hurriya, cuando aparecieron desde diferentes puntos y abrieron fuego contra nosotros", añadió.
El gobernador, que había escapado con vida a un anterior intento de asesinato, es el responsable iraquí de más alto rango asesinado por los insurgentes desde que en mayo de 2004 perdiera la vida el presidente del Consejo de Gobierno, Ezedin Salim, a causa de un atentado con bomba.
Mientras, la capital iraquí ha vuelto a vivir una jornada sangrienta. Al menos 10 personas han muerto, y otras 56 han resultado heridas, al explotar un camión bomba en el centro de Bagdad.
Fuentes del hospital Yarmuk informaron de que veinte de los heridos sufren lesiones graves y que algunos se encuentran en estado crítico, por lo que no se descarta que se incremente el número de víctimas mortales.
"La mayoría de los cadáveres son de agentes de policía, aunque también hay varios civiles", agregó la fuente.
Según relataron testigos en el lugar de los hechos, un camión cisterna, al parecer conducido por un suicida, detonó frente a un puesto de control de la Guardia Nacional iraquí en la zona Hatriyia, en el oeste de la capital.
En el área del atentado está ubicado uno de los principales centros de reclutamiento de voluntarios interesados en unirse a las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes.
En los últimos días, los grupos de insurgentes han intensificado su campaña de intimidación y terror contra el Gobierno interino y las fuerzas de Seguridad iraquíes con la intención de mantener la inseguridad y evitar que se celebren los comicios anunciados para el próximo 30 de enero.
El lunes, más de una quincena de personas, en su mayoría guardias nacionales y policías iraquíes, perdieron la vida en Irak, en varios atentados con coche bomba y artefactos de fabricación casera en diferentes zonas del país.
Uno de ellos hizo explosión a escasos metros de la sede del partido que lidera el primer ministro interino iraquí, Iyad Alaui.
4 de enero de 2005
©el mundo
Bagdad, Iraq. El gobernador de Bagdad, Ali al-Haidri, ha sido asesinado a tiros por unos desconocidos en la capital iraquí. En otra mañana sangrienta en Bagdad, al menos otras diez personas han muerto al explotar un camión cisterna cargado con explosivos cerca de un centro de reclutamiento de la policía. A primera hora de la mañana, un grupo de hombres armados cortó una de las carreteras del barrio Al Adel, al oeste de Bagdad, y ametralló el convoy en el que el responsable municipal se dirigía a su puesto de trabajo.
Al-Haidri, de confesión chií, resultó herido de gravedad y fue trasladado a uno de los hospitales de la zona, donde falleció poco después, explicaron las fuentes. En el tiroteo también fallecieron seis de sus escoltas.
"El gobernador viajaba en su BMW blindado y teníamos otros dos vehículos", afirmó el mayor Mazen, contactado a través del teléfono móvil de Al-Haidri. "Nuestro convoy se desplazaba por Hurriya, cuando aparecieron desde diferentes puntos y abrieron fuego contra nosotros", añadió.
El gobernador, que había escapado con vida a un anterior intento de asesinato, es el responsable iraquí de más alto rango asesinado por los insurgentes desde que en mayo de 2004 perdiera la vida el presidente del Consejo de Gobierno, Ezedin Salim, a causa de un atentado con bomba.
Mientras, la capital iraquí ha vuelto a vivir una jornada sangrienta. Al menos 10 personas han muerto, y otras 56 han resultado heridas, al explotar un camión bomba en el centro de Bagdad.
Fuentes del hospital Yarmuk informaron de que veinte de los heridos sufren lesiones graves y que algunos se encuentran en estado crítico, por lo que no se descarta que se incremente el número de víctimas mortales.
"La mayoría de los cadáveres son de agentes de policía, aunque también hay varios civiles", agregó la fuente.
Según relataron testigos en el lugar de los hechos, un camión cisterna, al parecer conducido por un suicida, detonó frente a un puesto de control de la Guardia Nacional iraquí en la zona Hatriyia, en el oeste de la capital.
En el área del atentado está ubicado uno de los principales centros de reclutamiento de voluntarios interesados en unirse a las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes.
En los últimos días, los grupos de insurgentes han intensificado su campaña de intimidación y terror contra el Gobierno interino y las fuerzas de Seguridad iraquíes con la intención de mantener la inseguridad y evitar que se celebren los comicios anunciados para el próximo 30 de enero.
El lunes, más de una quincena de personas, en su mayoría guardias nacionales y policías iraquíes, perdieron la vida en Irak, en varios atentados con coche bomba y artefactos de fabricación casera en diferentes zonas del país.
Uno de ellos hizo explosión a escasos metros de la sede del partido que lidera el primer ministro interino iraquí, Iyad Alaui.
4 de enero de 2005
©el mundo
más rebeldes que soldados en iraq
Jefe de inteligencia ve oscuro panorama. La rebelión iraquí puede contar con más de 200 mil combatientes y simpatizantes, según las estimaciones del jefe de inteligencia iraquí, que describe un panorama sombrío de la situación de seguridad en el país a menos de un mes de las elecciones generales.
Bagdad, Iraq. "Creo que el número de miembros de la resistencia es superior al de los militares en Irak. Creo que la resistencia tiene más de 200 mil personas", declaró el director del servicio de inteligencia iraquí, general Mohamed Abdalá Chahwain, en una entrevista con la Agencia Francesa de Noticias (AFP).
Unas 40 mil personas forman el núcleo duro de combatientes. Los otros son militantes a "tiempo parcial" o simpatizantes que suministran información, apoyo logístico y refugio a los rebeldes, según este especialista.
El número es superior a los cálculos del ejército norteamericano en Iraq, que intenta reducir la rebelión desde el derrocamiento de Saddam Hussein en abril de 2003. En total, 150 mil soldados estadounidenses están movilizados en el país.
Un alto funcionario militar estadounidense, que requirió el anonimato, se negó a confirmar o desmentir las cifras del general Chahwani, señalando que el ejército "no tiene estimaciones precisas sobre el número de insurgentes".
Revisan Datos
El ejército norteamericano ha revisado sus estimaciones al alza en octubre, estableciendo la cifra de 20 mil rebeldes contra 5 mil en la previsión anterior.
Según expertos militares, es imposible precisar el número de insurgentes. Sin embargo estiman "valedera" la cifra del general Chahwani, en todo caso más creíble que los cálculos norteamericanos.
"Puesto que él incluye a los activistas, los partidarios, así como los rebeldes a tiempo parcial y a tiempo completo, esta cifra parece estar cerca de la verdad", afirma el analista Bruce Hoffman, ex consejero del ejército estadounidense en Iraq.
El analista Anthony Cordesman, especialista de Irak en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington, indica por su parte que las cifras del general Chahwani "reconocen el amplio apoyo del que se beneficia la rebelión en las regiones sunitas, mientras que las de los norteamericanos minimizan ese hecho hasta negarlo".
Fuera De Bagdad
Este apoyo se concentra sobre todo en las provincias de Bagdad, Babel, Salah Eddin, Diyala, Nínive y Taamim, hogar de los sunitas, marginados del proceso político desde la invasión estadounidense.
Los vínculos tribales y las estrechas relaciones con el antiguo ejército (de 400 mil hombres) disuelto por los estadounidenses en mayo de 2003, han reforzado la rebelión.
"Los iraquíes están cansados de la inseguridad, de la falta de electricidad. Ellos sienten la necesidad de actuar. Es de esperar que algunos de los veteranos del ejército y sus familiares se unan a la rebelión", afirma el general Chahwani.
Debido a la rebelión, muchas ciudades del centro de Irak y algunos barrios de Bagdad son tierras sin ley, agrega el militar, quien relativiza asimismo el éxito del asalto estadounidense contra la ciudad rebelde de Faluya, en noviembre, presentado como una gran victoria sobre la insurrección.
"La mayoría de los insurgentes (de Faluya) todavía están libres. Se dirigieron a Mosul, Bagdad u otras regiones", aseguró.
4 de enero de 2005
©univisión
Bagdad, Iraq. "Creo que el número de miembros de la resistencia es superior al de los militares en Irak. Creo que la resistencia tiene más de 200 mil personas", declaró el director del servicio de inteligencia iraquí, general Mohamed Abdalá Chahwain, en una entrevista con la Agencia Francesa de Noticias (AFP).Unas 40 mil personas forman el núcleo duro de combatientes. Los otros son militantes a "tiempo parcial" o simpatizantes que suministran información, apoyo logístico y refugio a los rebeldes, según este especialista.
El número es superior a los cálculos del ejército norteamericano en Iraq, que intenta reducir la rebelión desde el derrocamiento de Saddam Hussein en abril de 2003. En total, 150 mil soldados estadounidenses están movilizados en el país.
Un alto funcionario militar estadounidense, que requirió el anonimato, se negó a confirmar o desmentir las cifras del general Chahwani, señalando que el ejército "no tiene estimaciones precisas sobre el número de insurgentes".
Revisan Datos
El ejército norteamericano ha revisado sus estimaciones al alza en octubre, estableciendo la cifra de 20 mil rebeldes contra 5 mil en la previsión anterior.
Según expertos militares, es imposible precisar el número de insurgentes. Sin embargo estiman "valedera" la cifra del general Chahwani, en todo caso más creíble que los cálculos norteamericanos.
"Puesto que él incluye a los activistas, los partidarios, así como los rebeldes a tiempo parcial y a tiempo completo, esta cifra parece estar cerca de la verdad", afirma el analista Bruce Hoffman, ex consejero del ejército estadounidense en Iraq.
El analista Anthony Cordesman, especialista de Irak en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington, indica por su parte que las cifras del general Chahwani "reconocen el amplio apoyo del que se beneficia la rebelión en las regiones sunitas, mientras que las de los norteamericanos minimizan ese hecho hasta negarlo".
Fuera De Bagdad
Este apoyo se concentra sobre todo en las provincias de Bagdad, Babel, Salah Eddin, Diyala, Nínive y Taamim, hogar de los sunitas, marginados del proceso político desde la invasión estadounidense.
Los vínculos tribales y las estrechas relaciones con el antiguo ejército (de 400 mil hombres) disuelto por los estadounidenses en mayo de 2003, han reforzado la rebelión.
"Los iraquíes están cansados de la inseguridad, de la falta de electricidad. Ellos sienten la necesidad de actuar. Es de esperar que algunos de los veteranos del ejército y sus familiares se unan a la rebelión", afirma el general Chahwani.
Debido a la rebelión, muchas ciudades del centro de Irak y algunos barrios de Bagdad son tierras sin ley, agrega el militar, quien relativiza asimismo el éxito del asalto estadounidense contra la ciudad rebelde de Faluya, en noviembre, presentado como una gran victoria sobre la insurrección.
"La mayoría de los insurgentes (de Faluya) todavía están libres. Se dirigieron a Mosul, Bagdad u otras regiones", aseguró.
4 de enero de 2005
©univisión
marcharse de iraq - william raspberry
¿Es hora de que Estados Unidos abandone Iraq? Se pregunta un editorialista del Washington Post.
No es una pregunta retórica, sino una que toca profundamente nuestras nociones de quiénes somos y cómo queremos ser vistos -militar, diplomática, política y moralmente.
Escribí hace poco (y desaprobatoriamente) sobre las ideas de Yaron Brook, presidente del Ayn Rand Institute, que piensa que el problema de Estados Unidos en Iraq lo provoca la abundancia de escrúpulos -una cobardía moral que nos impide dar caza a los insurgentes y a los iraquíes (incluyendo a familiares) que les dan protección.
En esa columna escribí:
"Incluso aquellos de nosotros que pensamos que el presidente Bush cometió un horroroso desatino moral y militar al lanzar la guerra estamos en gran parte satisfechos con la manera en que está conduciéndose con las secuelas -no porque sea particularmente exitoso, sino porque no se nos ocurre nada mejor".
Bueno, varias personas que examinan los escombros de nuestra política exterior en Iraq piensan que la mejor opción es simplemente abandonar el país.
Una de las expresiones más coherentes de ese punto de vista es un artículo de Naomi Klein en el número del 10 de enero de la revista Nation. Su punto de partida es la llamada regla de Tú lo rompes, tú lo pagas' invocada por el ministro de Asuntos Exteriores, Colin Powell, en su consejo de preguerra al presidente Bush.
Klein reconoce que hemos destruido Iraq, pero argumenta que nuestra continuada presencia allá no arregla nada, y sólo hace peor las cosas. No necesitamos "poseer" el país, dice, sólo reconocer los daños, pagar y marcharnos.
Simplemente marcharnos. Suena tan simple -tan evocativo del consejo que el senador de Vermont, George Aiken, ofreció a otro presidente que ejerció el cargo durante el cenagal de Vietnam: Declaremos la victoria y márchemosnos a casa.
¿Por qué no? Políticamente hablando, requeriría una concesión -¿confesión?- de que todo este asunto fue un error. El presidente Bush parece incapaz de llegar a articular una conclusión semejante -a menos que sea obligado a hacerlo por una indignación pública reminiscente de la era de Vietnam y una capacidad cada vez más limitada de atraer a los jóvenes hacia las fuerzas armadas. En esta guerra han muerto más de 1.300 soldados norteamericanos. ¿Qué significaría para sus familias y la moral militar abandonar la guerra?
¿Qué diríamos a los británicos, a los australianos y otros en la coalición que han sufrido daños políticos y perdido vidas apoyándonos en nuestra guerra? ¿Qué amigo o enemigo tomaría nuevamente en serio a Estados Unidos? Incluso Israel podría empezar a dudar de nuestra fiabilidad.
¿Qué de las consideraciones morales? Dejar la guerra, con o sin una declaración de victoria, sería una sentencia de muerte para aquellos iraquíes que colaboraron con nosotros para adelantar nuestra misión declarada de llevar la democracia a Iraq.
¿Y qué, finalmente, del imperativo tú lo rompes, tú lo pagas'?
Podemos discutir todo el día que Saddam Hussein era un tirano cuya derrota y humillación no debería despertar simpatía en nosotros. Pero él tenía un país que funcionaba. Había un gobierno. La gente iba a sus trabajos y a los mercados y a la escuela con relativa seguridad. ¿Puede creer alguien realmente que la anarquía engendrada por Estados Unidos ha mejorado la vida de los iraquíes? Nosotros destruimos ese país. ¿Tenemos el derecho moral de abandonarlo, y dejar los escombros en el suelo?
¿Cancelan esos escombros el argumento para abandonar el país?
Klein no lo piensa así. La continuación de nuestra presencia, argumenta, es un imán de violencia contra los iraquíes y nuestros planes parecen haber sido calculados para encender "la guerra civil que se necesita para justificar la presencia prolongada de tropas norteamericanas".
Nuestra posición de "mantener el curso" no repara lo que rompimos, sino más bien continuando acentuando los destrozos.
¿Es tiempo de marcharnos?
Un sorprendente número de lectores de esta columna piensa que sí lo es. Y dos han propuesto independientemente el pretexto para hacerlo de inmediato. Walter Gordon, de Delaware, y Christina Warren, de California, proponen enviar todas, o una nuestra substancial de nuestras tropas estacionadas en Iraq y otros recursos a las regiones devastadas por el maremoto en el Océano Índico.
Nos sacaría de Iraq y, debido a que el área afectada en gran parte musulmana, podría ayudarnos a vencer la noción de que estamos contra el islam.
Se puede escribir al autor a: willrasp@washpost.com
3 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
No es una pregunta retórica, sino una que toca profundamente nuestras nociones de quiénes somos y cómo queremos ser vistos -militar, diplomática, política y moralmente.Escribí hace poco (y desaprobatoriamente) sobre las ideas de Yaron Brook, presidente del Ayn Rand Institute, que piensa que el problema de Estados Unidos en Iraq lo provoca la abundancia de escrúpulos -una cobardía moral que nos impide dar caza a los insurgentes y a los iraquíes (incluyendo a familiares) que les dan protección.
En esa columna escribí:
"Incluso aquellos de nosotros que pensamos que el presidente Bush cometió un horroroso desatino moral y militar al lanzar la guerra estamos en gran parte satisfechos con la manera en que está conduciéndose con las secuelas -no porque sea particularmente exitoso, sino porque no se nos ocurre nada mejor".
Bueno, varias personas que examinan los escombros de nuestra política exterior en Iraq piensan que la mejor opción es simplemente abandonar el país.
Una de las expresiones más coherentes de ese punto de vista es un artículo de Naomi Klein en el número del 10 de enero de la revista Nation. Su punto de partida es la llamada regla de Tú lo rompes, tú lo pagas' invocada por el ministro de Asuntos Exteriores, Colin Powell, en su consejo de preguerra al presidente Bush.
Klein reconoce que hemos destruido Iraq, pero argumenta que nuestra continuada presencia allá no arregla nada, y sólo hace peor las cosas. No necesitamos "poseer" el país, dice, sólo reconocer los daños, pagar y marcharnos.
Simplemente marcharnos. Suena tan simple -tan evocativo del consejo que el senador de Vermont, George Aiken, ofreció a otro presidente que ejerció el cargo durante el cenagal de Vietnam: Declaremos la victoria y márchemosnos a casa.
¿Por qué no? Políticamente hablando, requeriría una concesión -¿confesión?- de que todo este asunto fue un error. El presidente Bush parece incapaz de llegar a articular una conclusión semejante -a menos que sea obligado a hacerlo por una indignación pública reminiscente de la era de Vietnam y una capacidad cada vez más limitada de atraer a los jóvenes hacia las fuerzas armadas. En esta guerra han muerto más de 1.300 soldados norteamericanos. ¿Qué significaría para sus familias y la moral militar abandonar la guerra?
¿Qué diríamos a los británicos, a los australianos y otros en la coalición que han sufrido daños políticos y perdido vidas apoyándonos en nuestra guerra? ¿Qué amigo o enemigo tomaría nuevamente en serio a Estados Unidos? Incluso Israel podría empezar a dudar de nuestra fiabilidad.
¿Qué de las consideraciones morales? Dejar la guerra, con o sin una declaración de victoria, sería una sentencia de muerte para aquellos iraquíes que colaboraron con nosotros para adelantar nuestra misión declarada de llevar la democracia a Iraq.
¿Y qué, finalmente, del imperativo tú lo rompes, tú lo pagas'?
Podemos discutir todo el día que Saddam Hussein era un tirano cuya derrota y humillación no debería despertar simpatía en nosotros. Pero él tenía un país que funcionaba. Había un gobierno. La gente iba a sus trabajos y a los mercados y a la escuela con relativa seguridad. ¿Puede creer alguien realmente que la anarquía engendrada por Estados Unidos ha mejorado la vida de los iraquíes? Nosotros destruimos ese país. ¿Tenemos el derecho moral de abandonarlo, y dejar los escombros en el suelo?
¿Cancelan esos escombros el argumento para abandonar el país?
Klein no lo piensa así. La continuación de nuestra presencia, argumenta, es un imán de violencia contra los iraquíes y nuestros planes parecen haber sido calculados para encender "la guerra civil que se necesita para justificar la presencia prolongada de tropas norteamericanas".
Nuestra posición de "mantener el curso" no repara lo que rompimos, sino más bien continuando acentuando los destrozos.
¿Es tiempo de marcharnos?
Un sorprendente número de lectores de esta columna piensa que sí lo es. Y dos han propuesto independientemente el pretexto para hacerlo de inmediato. Walter Gordon, de Delaware, y Christina Warren, de California, proponen enviar todas, o una nuestra substancial de nuestras tropas estacionadas en Iraq y otros recursos a las regiones devastadas por el maremoto en el Océano Índico.
Nos sacaría de Iraq y, debido a que el área afectada en gran parte musulmana, podría ayudarnos a vencer la noción de que estamos contra el islam.
Se puede escribir al autor a: willrasp@washpost.com
3 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
campaña distorsiona logística de elecciones en iraq - ashraf khalil
Trabajadores de la comisión electoral y candidatos arriesgan sus vidas y limitan su visibilidad. Locales de votación siguen siendo secretos.
Bagdad, Iraq. Los partidos se han inscrito, se han formado alianzas y los llamados a postergar las elecciones han disminuido. Pasada la primera frenética fase de la histórica saga electoral en Iraq, los planificadores hacen frente a los problemas prácticos de montar unas elecciones creíbles de aquí a cuatro semanas.
Hasta ahora, la campaña fue casi un concepto teórico. La mayor parte del trabajo se realizó dentro de la fortaleza de la Zona Verde, y las remotas oficinas locales de la Comisión Electoral Independiente han tratado de pasar desapercibidas. La mayoría de los estimados 14 millones de votantes han sido inscritos automáticamente sin necesidad de que salgan de sus casas.
Ahora la planificación de la campaña se hará inevitablemente más visible -y también será un blanco más visible. Miles de empleadores temporales están siendo reclutados tan discretamente como posible. Trabajarán bajo la constante amenaza de atentados y tienen que ofrecer de alguna manera suficientes oportunidades de votación en el territorio sunní dominando por la resistencia, para alcanzar un resultado que sea aceptable para esa vital minoría.
Los organizadores también deben supervisar el transporte de 8.5 millones de urnas. Pero no se ha dado a conocer dónde estarán esas urnas el día de las elecciones.
La falta de seguridad en muchas carreteras hace que el transporte de esos elementos sea muy arriesgado. El domingo, un todoterrenos con dos terroristas kamikaze explotó junto a un autobús con tropas iraquíes en una carretera cerca de Balad, al noroeste de la capital, causando la muerte de 18 soldados. Así que los organizadores recurrirán a lo que un experto electoral llamó "una de las operaciones de puente aéreo más grandes en la región desde la primera Guerra del Golfo".
Será una perspectiva inquietante, incluso si los organizadores tienen todo en orden un mes antes de las elecciones. Pero los planificadores están preocupados de que los insurgentes simplemente ataquen los edificios, como en noviembre, cuando un edificio lleno de formularios de inscripción fue incendiado en Mosul.
¿Cuál es la solución? Están esperando órdenes para entregar los equipos durante los últimos diez días antes del 30 de enero.
"Todo se remite a la situación de seguridad", dijo el experto electoral, que tiene experiencia en Iraq. "Se puede ver en un montón de situaciones diferentes".
El equipo internacional que asesora a la comisión electoral es un grupo probado en el combate, con experiencia de países que suenan como un documental de zonas de conflicto: Indonesia, Kosovo, Camboya, Liberia y otros.
Pero el experto, que habló a condición de conservar el anonimato, dijo que las restricciones a sus movimientos en Iraq "no son comparables con ningún otro país". Viajar para supervisar los preparativos no es una alternativa y algunos organizadores son acompañados por guardias armados incluso dentro de la Zona Verde.
La posibilidad de un asesinato es algo que muchos empleadores electorales y candidatos dicen que han llegado a aceptar como una realidad de todos los días.
El grupo más vulnerable serán los 250.000 trabajadores temporales que están siendo contratados y adiestrados para la votación. Las actividades están siendo manejadas tan discretamente que incluso algunos partidos y candidatos no han oído más que rumores sobre ellas.
"Hemos oído que están contratando a personas", dijo Sharif Ali bin Hussein, director del Movimiento Monarquía Constitucional. "Hay claramente secretos sobre la gente que trabajará para la comisión electoral, debido a preocupaciones de seguridad".
El silencio se ha transformado en un dolor de cabeza para algunos partidos, que no obtienen respuesta a preguntas básicas. Bin Hussein dijo que oyó que los candidatos se quejan de que en la sureña provincia de Basra, la oficina local de la comisión electoral es casi imposible de encontrar.
"Uno puede entender las preocupaciones con la seguridad, pero eso no hace las cosas más fáciles para las más de 100 listas de candidatos que quieren saber exactamente dónde estarán los locales de votación", dijo. "No queremos suponer dónde estarán".
Sin embargo, los organizadores saben no pueden mantener secretas las identidades de los empleados o la ubicación de los locales de votación durante demasiado tiempo. Una vez que se publique esa información, será sólo una cuestión de tiempo antes de que los insurgentes ataquen. La dura realidad es que algunos candidatos y trabajadores de la comisión electoral no sobrevivirán las elecciones.
La amenaza quedó clara el mes pasado cuando tres empleados de la oficina de la comisión en Bagdad fueron emboscados y matados en la calle de Haifa, un notorio tramo del centro de Bagdad dominado por los insurgentes.
El experto electoral dijo que los asesinatos mismos no eran tan impresionantes como sus brutales detalles. Los empleados viajaban con guardias armados, pero fueron dominados por un enorme pelotón de pistoleros, sacados de sus coches y ejecutados frente a los conductores que pasaban a una hora pique. Los cuerpos quedaron en la calle durante horas, ya que los residentes ni siquiera los cubrieron por temor a ser atacados ellos mismos. Sin embargo, dijo, del personal de la comisión de Bagdad no ha renunciado ni un solo miembro.
Los candidatos tienen que vérselas con sus propios problemas logísticos cargados de violencia. Estos giran en torno a cómo dar a conocer sus nombres y mensajes en un ambiente donde las preocupaciones por la seguridad hacen casi imposible dirigirse al público.
"Somos blancos móviles en las calles", dijo Ahmad Shyaa Barak, antiguo miembro del difunto Consejo de Gobierno Iraquí y ahora candidato del Movimiento por una Sociedad Democrática.
Barak, economista y abogado, dijo que la práctica normal de una campaña de reunirse y saludar al público se ha visto severamente limitada en grandes partes de Iraq. No puede realizar reuniones públicas y la mayor parte de las veces se reúne con grupos invitados y chequeados de profesores universitarios, activistas y líderes cívicos.
La semana pasada, la sede bagdadí de un importante partido religioso chií, el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq, fue impactada por un coche-bomba que mató a nueve personas.
Saad Jawad, presidente de la oficina política del partido, reconoció que el temor a los atentados es "un gran obstáculo para la campaña, y para las elecciones mismas". El partido ha colgado carteles y banderas en vecindarios y ciudades tranquilas, pero Jawad señaló que la capacidad de hacer campaña puerta a puerta o realizar grandes mítines era no existente en algunas áreas.
Sin embargo, otros partidos fanfarronean de su capacidad para operar más ampliamente. Bin Hussein, un sunní cuyo título de sharif' lo denota como descendiente del profeta Maoma, dijo que él hace campaña en áreas que otros candidatos evitan.
En un viaje reciente por Basra, un provincia en gran parte chií, Bin Hussein dijo que había realizado mítines en Zubayr, un enclave sunní, a pesar de las advertencias de la policía local.
"Todo salió muy bien", dijo. "No permitimos que nadie limite nuestros movimientos".
Bin Hussein, primo del último rey de Iraq, Faisal II, que fue depuesto y ejecutado en 1958, reclama ser una de las últimas voces de lo que llama las "provincias centrales": el Triángulo Sunní, donde la hostilidad hacia la presencia norteamericana y el gobierno interino es más intensa.
La reciente retirada del Partido Islámico Iraquí en protesta por el rechazo a postergar las elecciones, sólo aumentó su atractivo como la voz de los sunníes, dijo Bin Hussein. La inmunidad comparativa de la que parece gozar se deriva de un par de factores: no está contaminado por el gobierno debido al rechazo de su partido de formar parte del Consejo de Gobierno y a lo que llama "una posición blanda sobre la resistencia".
"La solución militar no ha dado resultados en un año y medio", dijo. "El único camino es, como siempre, un diálogo de negociación".
Pero la inmunidad de Bin Hussein también tiene límites. Reconoce que debido a los riesgos, sus mítines públicos son "más cercanos a lo que los estadounidenses considerarían mítines locales, de 100 a 500 personas".
"Hay un montón de locos sueltos, y debemos tener cuidado", dijo. "Si alguien quiere forrarse con TNT... no hay nadie que pueda impedirlo".
Robin Fields contribuyó a este reportaje.
3 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. Los partidos se han inscrito, se han formado alianzas y los llamados a postergar las elecciones han disminuido. Pasada la primera frenética fase de la histórica saga electoral en Iraq, los planificadores hacen frente a los problemas prácticos de montar unas elecciones creíbles de aquí a cuatro semanas.Hasta ahora, la campaña fue casi un concepto teórico. La mayor parte del trabajo se realizó dentro de la fortaleza de la Zona Verde, y las remotas oficinas locales de la Comisión Electoral Independiente han tratado de pasar desapercibidas. La mayoría de los estimados 14 millones de votantes han sido inscritos automáticamente sin necesidad de que salgan de sus casas.
Ahora la planificación de la campaña se hará inevitablemente más visible -y también será un blanco más visible. Miles de empleadores temporales están siendo reclutados tan discretamente como posible. Trabajarán bajo la constante amenaza de atentados y tienen que ofrecer de alguna manera suficientes oportunidades de votación en el territorio sunní dominando por la resistencia, para alcanzar un resultado que sea aceptable para esa vital minoría.
Los organizadores también deben supervisar el transporte de 8.5 millones de urnas. Pero no se ha dado a conocer dónde estarán esas urnas el día de las elecciones.
La falta de seguridad en muchas carreteras hace que el transporte de esos elementos sea muy arriesgado. El domingo, un todoterrenos con dos terroristas kamikaze explotó junto a un autobús con tropas iraquíes en una carretera cerca de Balad, al noroeste de la capital, causando la muerte de 18 soldados. Así que los organizadores recurrirán a lo que un experto electoral llamó "una de las operaciones de puente aéreo más grandes en la región desde la primera Guerra del Golfo".
Será una perspectiva inquietante, incluso si los organizadores tienen todo en orden un mes antes de las elecciones. Pero los planificadores están preocupados de que los insurgentes simplemente ataquen los edificios, como en noviembre, cuando un edificio lleno de formularios de inscripción fue incendiado en Mosul.
¿Cuál es la solución? Están esperando órdenes para entregar los equipos durante los últimos diez días antes del 30 de enero.
"Todo se remite a la situación de seguridad", dijo el experto electoral, que tiene experiencia en Iraq. "Se puede ver en un montón de situaciones diferentes".
El equipo internacional que asesora a la comisión electoral es un grupo probado en el combate, con experiencia de países que suenan como un documental de zonas de conflicto: Indonesia, Kosovo, Camboya, Liberia y otros.
Pero el experto, que habló a condición de conservar el anonimato, dijo que las restricciones a sus movimientos en Iraq "no son comparables con ningún otro país". Viajar para supervisar los preparativos no es una alternativa y algunos organizadores son acompañados por guardias armados incluso dentro de la Zona Verde.
La posibilidad de un asesinato es algo que muchos empleadores electorales y candidatos dicen que han llegado a aceptar como una realidad de todos los días.
El grupo más vulnerable serán los 250.000 trabajadores temporales que están siendo contratados y adiestrados para la votación. Las actividades están siendo manejadas tan discretamente que incluso algunos partidos y candidatos no han oído más que rumores sobre ellas.
"Hemos oído que están contratando a personas", dijo Sharif Ali bin Hussein, director del Movimiento Monarquía Constitucional. "Hay claramente secretos sobre la gente que trabajará para la comisión electoral, debido a preocupaciones de seguridad".
El silencio se ha transformado en un dolor de cabeza para algunos partidos, que no obtienen respuesta a preguntas básicas. Bin Hussein dijo que oyó que los candidatos se quejan de que en la sureña provincia de Basra, la oficina local de la comisión electoral es casi imposible de encontrar.
"Uno puede entender las preocupaciones con la seguridad, pero eso no hace las cosas más fáciles para las más de 100 listas de candidatos que quieren saber exactamente dónde estarán los locales de votación", dijo. "No queremos suponer dónde estarán".
Sin embargo, los organizadores saben no pueden mantener secretas las identidades de los empleados o la ubicación de los locales de votación durante demasiado tiempo. Una vez que se publique esa información, será sólo una cuestión de tiempo antes de que los insurgentes ataquen. La dura realidad es que algunos candidatos y trabajadores de la comisión electoral no sobrevivirán las elecciones.
La amenaza quedó clara el mes pasado cuando tres empleados de la oficina de la comisión en Bagdad fueron emboscados y matados en la calle de Haifa, un notorio tramo del centro de Bagdad dominado por los insurgentes.
El experto electoral dijo que los asesinatos mismos no eran tan impresionantes como sus brutales detalles. Los empleados viajaban con guardias armados, pero fueron dominados por un enorme pelotón de pistoleros, sacados de sus coches y ejecutados frente a los conductores que pasaban a una hora pique. Los cuerpos quedaron en la calle durante horas, ya que los residentes ni siquiera los cubrieron por temor a ser atacados ellos mismos. Sin embargo, dijo, del personal de la comisión de Bagdad no ha renunciado ni un solo miembro.
Los candidatos tienen que vérselas con sus propios problemas logísticos cargados de violencia. Estos giran en torno a cómo dar a conocer sus nombres y mensajes en un ambiente donde las preocupaciones por la seguridad hacen casi imposible dirigirse al público.
"Somos blancos móviles en las calles", dijo Ahmad Shyaa Barak, antiguo miembro del difunto Consejo de Gobierno Iraquí y ahora candidato del Movimiento por una Sociedad Democrática.
Barak, economista y abogado, dijo que la práctica normal de una campaña de reunirse y saludar al público se ha visto severamente limitada en grandes partes de Iraq. No puede realizar reuniones públicas y la mayor parte de las veces se reúne con grupos invitados y chequeados de profesores universitarios, activistas y líderes cívicos.
La semana pasada, la sede bagdadí de un importante partido religioso chií, el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq, fue impactada por un coche-bomba que mató a nueve personas.
Saad Jawad, presidente de la oficina política del partido, reconoció que el temor a los atentados es "un gran obstáculo para la campaña, y para las elecciones mismas". El partido ha colgado carteles y banderas en vecindarios y ciudades tranquilas, pero Jawad señaló que la capacidad de hacer campaña puerta a puerta o realizar grandes mítines era no existente en algunas áreas.
Sin embargo, otros partidos fanfarronean de su capacidad para operar más ampliamente. Bin Hussein, un sunní cuyo título de sharif' lo denota como descendiente del profeta Maoma, dijo que él hace campaña en áreas que otros candidatos evitan.
En un viaje reciente por Basra, un provincia en gran parte chií, Bin Hussein dijo que había realizado mítines en Zubayr, un enclave sunní, a pesar de las advertencias de la policía local.
"Todo salió muy bien", dijo. "No permitimos que nadie limite nuestros movimientos".
Bin Hussein, primo del último rey de Iraq, Faisal II, que fue depuesto y ejecutado en 1958, reclama ser una de las últimas voces de lo que llama las "provincias centrales": el Triángulo Sunní, donde la hostilidad hacia la presencia norteamericana y el gobierno interino es más intensa.
La reciente retirada del Partido Islámico Iraquí en protesta por el rechazo a postergar las elecciones, sólo aumentó su atractivo como la voz de los sunníes, dijo Bin Hussein. La inmunidad comparativa de la que parece gozar se deriva de un par de factores: no está contaminado por el gobierno debido al rechazo de su partido de formar parte del Consejo de Gobierno y a lo que llama "una posición blanda sobre la resistencia".
"La solución militar no ha dado resultados en un año y medio", dijo. "El único camino es, como siempre, un diálogo de negociación".
Pero la inmunidad de Bin Hussein también tiene límites. Reconoce que debido a los riesgos, sus mítines públicos son "más cercanos a lo que los estadounidenses considerarían mítines locales, de 100 a 500 personas".
"Hay un montón de locos sueltos, y debemos tener cuidado", dijo. "Si alguien quiere forrarse con TNT... no hay nadie que pueda impedirlo".
Robin Fields contribuyó a este reportaje.
3 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
AUMENTA APOYO A RESISTENCIA EN IRAQ - bradley graham
La serie de importantes ofensivas militares de los últimos meses, que culminó con el asalto de Faluya, ha proporcionado a comandantes estadounidenses aquí el sentimiento de haber ganado terreno contra la violenta resistencia iraquí, aunque no pronostican una victoria fácil y siguen preocupados sobre la creciente campaña de intimidación. Se cree que la resistencia adoptará nuevas tácticas.
Bagdad, Iraq. En realidad, oficiales de alto rango dicen que los militantes están bien armados y financiados, y probablemente evitarán concentrarse en algún lugar tras la pérdida de su más importante santuario en Faluya. Los oficiales dicen que creen que los insurgentes realizarán operaciones y ataques esporádicos de manera más descentralizada al tiempo que incrementan las amenazas y la violencia contra los iraquíes que trabajan en el gobierno o en las fuerzas de seguridad, o que de otro modo colaboran con los norteamericanos.
"Creemos que van a cambiar sus tácticas", dijo el general de brigada del Ejército John DeFreitas III, el más importante oficial de la inteligencia estadounidense en Iraq. "Probablemente no volverán a concentrarse. Lucharán en pequeños equipos. Creemos que están adoptando tácticas de guerrilla -pequeños comandos, ataques sorpresivos".
El domingo los insurgentes mataron a 17 civiles iraquíes cuando se presentaban a trabajar en unas instalaciones del Ejército estadounidense cerca de la ciudad de Tikrit, dijeron los militares. Cuatro soldados y guardias nacionales iraquíes murieron en otros dos ataques en el centro-norte de Iraq.
La dispersión y las tácticas de guerrilla de los militantes, dicen oficiales estadounidenses, obligarán a las tropas norteamericanas a llevar a cabo operaciones más clásicas de contra-insurgencia, como batidas focalizadas, similares a las recientes barridas en la región norte de la provincia de Babil realizadas por los marines estadounidenses. Esas operaciones intensivas en las que participan grandes cantidades de soldados, son la razón detrás de la decisión anunciada la semana pasada de incrementar las fuerzas norteamericanas en Iraq a 150.000 efectivos.
Pero mientras los militares norteamericanos tienen planes de acosar a los militantes cuando intenten re-agruparse, los comandantes parecen frustrados por su incapacidad de terminar con las intimidaciones. Una evaluación interna de la estrategia norteamericana en Iraq, preparada por el general del Ejército George W. Casey Jr., el comandante norteamericano de mayor jerarquía en Iraq, concluyó la semana pasada que no existían "balas de plata" para solucionar este problema.
Se responsabiliza a la campaña de intimidación de socavar el desarrollo de las fuerzas de seguridad iraquíes efectivas, especialmente de la policía local, así como de coartar al gobierno interino iraquí, restringir el desarrollo económico y crear situaciones de inseguridad.
Baazistas Despiertan Sospechas
Un total de 338 iraquíes asociados con las nuevas estructuras de gobierno o con los estadounidenses han sido asesinados desde el 1 de octubre según cifras militares norteamericanas. Estas incluyen a 35 jefes de policía, alcaldes y funcionarios de nivel medio. Oficiales norteamericanos sospechan en Mosul, donde se encontraron el pasado mes 136 cadáveres, que la campaña especialmente violenta y masiva contra miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes ha sido realizada por combatientes del antiguo partido dominante pan-arabista.
"Después de fracasar en su plan de decapitar' al gobierno interino iraquí, la resistencia parece concentrarse en ahuecarla'", se lee en el informe de Casey.
Datos de un sondeo recabados por los militares estadounidenses muestran que la confianza del público sigue siendo frágil y que muchos iraquíes deben todavía aceptar resueltamente la legitimidad del gobierno, de acuerdo a oficiales familiares con los sondeos.
Sin embargo, comandantes norteamericanos de alta jerarquía aquí siguen convencidos de que sus estrategias militares y políticas para Iraq son las adecuadas, de acuerdo a entrevistas con más de una docena de generales en los últimos días.
Los oficiales dijeron que se sienten estimulados por las evidencias de una mayor seguridad y estabilidad en el sur de Iraq, las provincias chiíes, desde el asalto a Nayaf en agosto contra las milicias del clérigo radical Moqtada Sáder. También dicen que las elecciones del próximo mes están en general en buen camino, con más de 200 organizaciones políticas inscritas y con las inscripciones de votantes en la mayor parte del país. Las notables excepciones son las provincias sunníes de Anbar, que incluyen a Faluya y Ramadi, y Nineveh, que abarca a Mosul.
"Esta es una guerra, y en las guerras hay días buenos y malos", dijo Casey en una entrevista. "Pero el éxito no se mide día por día. Es un proceso constante de ir hacia adelante y al mismo tiempo controlando lo que sale mal".
Como un síntoma del daño causado a la resistencia por la operación de Faluya, los oficiales norteamericanos indican un fuerte descenso en el número de ataques en el país, de más de 130 al día al comienzo de la ofensiva a principios de noviembre hasta cerca de 60 ahora. Pero oficiales de la inteligencia estadounidense creen que el número de ataques remontará nuevamente antes de las elecciones nacionales del 30 de enero.
Los planes de intensificar la persecución de los insurgentes por medio de ataques dirigidos aumentarán la necesidad de datos de inteligencia oportunos sobre sus escondites, dijeron oficiales.
"No queremos que nos falte gente para las operaciones nocturnas", dijo el general de brigada Carter Ham, que dirige la fuerza especial responsable del área de Mosul al norte de Iraq. "El reto es tener esos datos".
Pero los oficiales observaron que factores lingüísticos y culturales limitan la capacidad de las tropas estadounidenses de comunicarse con los iraquíes y obtener datos de inteligencia operacionales.
"Estos datos los vamos a obtener de los iraquíes", dijo Casey. "Se conocen a sí mismos, y tenemos que hacer uso de eso".
Otros oficiales, sin embargo, dijeron que el reconstituido servicio de inteligencia iraquí está pobremente organizado y sin recursos. Sus capacidades son inmaduras y tomará tiempo desarrollarlas, dijeron los oficiales.
Uno de los aspectos claves de la resistencia que los comandantes estadounidenses vigilan estrechamente es el alcance de la cooperación entre antiguos miembros del Partido Baaz y combatientes musulmanes radicales. Los baazistas son el principal grupo de oposición, de acuerdo a analistas militares, pero los signos de que están cerrando alianzas tácticas sueltas con elementos más radicales se han hecho evidentes en los últimos meses.
Se sospecha que esas alianzas explican al menos algunos de los recientes ataques en Mosul, la tercera ciudad de Iraq, donde la fuerza policial colapsó durante un ataque el mes pasado. Algunos oficiales norteamericanos están preocupados de que Mosul, o parte de esta, se transformen posiblemente en un nuevo bastión insurgente, aunque el tamaño más grande de la ciudad y su prosperidad la hace menos vulnerable que Faluya.
En algunas otras áreas sunníes, los analistas de inteligencia estadounidenses han visto indicaciones últimamente de baazistas que reconsideran sus alianzas con los elementos musulmanes radicales.
"Están re-evaluando sus opciones", dijo DeFreitas.
La resistencia baazista se centra en algunos líderes claves, dicen oficiales norteamericanos, y todavía no alcanza las dimensiones de una resistencia popular sunní. Pero los oficiales advirtieron que una creciente distanciamiento político podría conducir a un crecimiento de la resistencia.
Especialistas en inteligencia estadounidenses sospechan que los baazistas están aplicando una estrategia global para las elecciones. Si no pueden impedir la votación a través de ataques e intimidación, tratarán de socavar los resultados infiltrando los partidos políticos con sus propios candidatos, dicen los analistas.
Apelando A Los Sunníes
La mejor manera de derrotar a la resistencia, dijeron varios oficiales de alta jerarquía, no reside en la fuerza militar.
"Creo que el gobierno, como resultado de la operación de Faluya, tiene más tiempo para negociar", dijo DeFreitas. "Si el gobierno fracasa en incorporar a más sunníes en el proceso político, el continuado descontento aumentará el apoyo de la resistencia".
La capacidad del gobierno iraquí de contribuir con su parte a la seguridad y a los proyectos de reconstrucción sigue siendo cuestionable. Mientras que hay algunos ministros y funcionarios capaces, dijeron los oficiales, el funcionamiento de los ministerios ha sido desigual y el poder sigue estando concentrado en la oficina del primer ministro Ayad Allawi.
La reconstrucción de la destrozada ciudad de Faluya plantea ahora uno de los mayores retos a la capacidad del gobierno de Bagdad de proporcionar gente y recursos. Pero la semana pasada, oficiales de la Marina estadounidense que supervisan la reconstrucción expresaron en privado su frustración por la ausencia de funcionarios de Bagdad y de técnicos de obras públicas para ayudar a restaurar la electricidad y el agua potable, ayudar en la distribución de combustible y alimentos e instalar una nueva fuerza policial.
Oficiales norteamericanos destacan Nayaf como un modelo para reconstruir las ciudades que han sido blanco de ofensivas militares estadounidenses contra los insurgentes. Desde la batalla para erradicar a las fuerzas de Sáder, la ciudad ha permanecido tranquila y ha mostrado el surgimiento de un liderazgo político y de desarrollo económico.
"De eso se trata con el plan de campaña, de concentrarse en los todos los elementos del poder", dijo el general de división Steve Sergeant, el estratega jefe y planificador del comando militar.
Pero Faluya sufrió considerablemente más daños que Nayaf y carece de una estructura de gobierno local para intervenir y hacerse cargo de la reconstrucción.
"En Faluya será más difícil que en Nayaf", dijo William Taylor, el funcionario de la embajada norteamericana a cargo de los proyectos de reconstrucción.
Las actividades de reconstrucción en Iraq se han duplicado de 469 proyectos, con un valor total de 1.3 billones dólares en agosto, a 1.034 proyectos evaluados en 3 billones de dólares. Una serie de nuevos proyectos está en camino en las ciudades y vecindarios que fueron blanco de ataques norteamericanos en los últimos meses: Nayaf tiene 207 proyectos por un valor total de 30 millones de dólares, Samarra tiene 75 por un valor de 10 millones de dólares, y Ciudad Sáder, de Bagdad, tiene 152 proyectos, de un valor de 209 millones de dólares.
Pero muchos de los proyectos marchan muy lentamente, obstaculizados por la violencia insurgente y trabas burocráticas. Comandantes norteamericanos han expresado en privado su preocupación sobre la falta de progresos visibles y advirtieron que esto estaba alimentando el descontento general y echando combustible a la resistencia. Han propuesto un total de 2.25 billones de dólares para proyectos locales de pequeña escala que aumentarían rápidamente el empleo.
Proyectos Grandes Y De Pequeña Escala
Casey dijo que apoyaba las peticiones y que ha buscado más fondos del gobierno iraquí. Pero también está tratando de garantizar la compleción de algunos importantes proyectos de infraestructura -centrales eléctricas, instalaciones de tratamiento de aguas servidas, plantas de purificación de agua- que eran parte del plan de reconstrucción original.
"No se trata de elegir entre una cosa y otra", dijo. "Hay que hacer las dos. Necesitamos proyectos grandes para orientar el desarrollo a más largo plazo, y necesitamos proyectos de pequeña escala para ayudar a la comunidad y poner a trabajar a la gente".
Uno de los datos del sondeo que varios oficiales citaron como fuente de un mayor optimismo es que la mayoría de los iraquíes cree que este próximo año las cosas marcharán mejor. Pero otros sondeos indican que muchos iraquíes no se sienten comprometidos con el proyecto de un nuevo gobierno democrático. La confianza del público en el gobierno interino aumentó el verano pasado.
En Bagdad, el apoyo sunní a la "oposición nacional armada" era de un 40 por ciento en una encuesta en noviembre, realizada por los militares norteamericanos, después de llegar a 35 por ciento en septiembre. Más iraquíes expresaron a los insurgentes que confianza en el gobierno iraquí, que sólo obtuvo un 35 por ciento de apoyo en noviembre. El apoyo de los ataques contra fuerzas norteamericanas aumentó también de 46 por ciento en septiembre a 51 por ciento en noviembre.
Bajo las circunstancias actuales, una evaluación interna hecha por Casey recomendó cambiar uno de los objetivos militares originales de Estados Unidos, que era suscitar una percepción más "positiva" de las tropas estadounidenses. Retrospectivamente, ese objetivo parece ahora demasiado ambicioso, concluyó la evaluación, agregando que una "tolerancia popular" sería un "objetivo más realista".
"No se trata de ganar los corazones y la mente", dijo Casey. "Se trata de dar a los iraquíes una oportunidad a la que puedan aferrarse".
6 de diciembre de 2004
8 de diciembre de 2004
©washington post
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Bagdad, Iraq. En realidad, oficiales de alto rango dicen que los militantes están bien armados y financiados, y probablemente evitarán concentrarse en algún lugar tras la pérdida de su más importante santuario en Faluya. Los oficiales dicen que creen que los insurgentes realizarán operaciones y ataques esporádicos de manera más descentralizada al tiempo que incrementan las amenazas y la violencia contra los iraquíes que trabajan en el gobierno o en las fuerzas de seguridad, o que de otro modo colaboran con los norteamericanos."Creemos que van a cambiar sus tácticas", dijo el general de brigada del Ejército John DeFreitas III, el más importante oficial de la inteligencia estadounidense en Iraq. "Probablemente no volverán a concentrarse. Lucharán en pequeños equipos. Creemos que están adoptando tácticas de guerrilla -pequeños comandos, ataques sorpresivos".
El domingo los insurgentes mataron a 17 civiles iraquíes cuando se presentaban a trabajar en unas instalaciones del Ejército estadounidense cerca de la ciudad de Tikrit, dijeron los militares. Cuatro soldados y guardias nacionales iraquíes murieron en otros dos ataques en el centro-norte de Iraq.
La dispersión y las tácticas de guerrilla de los militantes, dicen oficiales estadounidenses, obligarán a las tropas norteamericanas a llevar a cabo operaciones más clásicas de contra-insurgencia, como batidas focalizadas, similares a las recientes barridas en la región norte de la provincia de Babil realizadas por los marines estadounidenses. Esas operaciones intensivas en las que participan grandes cantidades de soldados, son la razón detrás de la decisión anunciada la semana pasada de incrementar las fuerzas norteamericanas en Iraq a 150.000 efectivos.
Pero mientras los militares norteamericanos tienen planes de acosar a los militantes cuando intenten re-agruparse, los comandantes parecen frustrados por su incapacidad de terminar con las intimidaciones. Una evaluación interna de la estrategia norteamericana en Iraq, preparada por el general del Ejército George W. Casey Jr., el comandante norteamericano de mayor jerarquía en Iraq, concluyó la semana pasada que no existían "balas de plata" para solucionar este problema.
Se responsabiliza a la campaña de intimidación de socavar el desarrollo de las fuerzas de seguridad iraquíes efectivas, especialmente de la policía local, así como de coartar al gobierno interino iraquí, restringir el desarrollo económico y crear situaciones de inseguridad.
Baazistas Despiertan Sospechas
Un total de 338 iraquíes asociados con las nuevas estructuras de gobierno o con los estadounidenses han sido asesinados desde el 1 de octubre según cifras militares norteamericanas. Estas incluyen a 35 jefes de policía, alcaldes y funcionarios de nivel medio. Oficiales norteamericanos sospechan en Mosul, donde se encontraron el pasado mes 136 cadáveres, que la campaña especialmente violenta y masiva contra miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes ha sido realizada por combatientes del antiguo partido dominante pan-arabista.
"Después de fracasar en su plan de decapitar' al gobierno interino iraquí, la resistencia parece concentrarse en ahuecarla'", se lee en el informe de Casey.
Datos de un sondeo recabados por los militares estadounidenses muestran que la confianza del público sigue siendo frágil y que muchos iraquíes deben todavía aceptar resueltamente la legitimidad del gobierno, de acuerdo a oficiales familiares con los sondeos.
Sin embargo, comandantes norteamericanos de alta jerarquía aquí siguen convencidos de que sus estrategias militares y políticas para Iraq son las adecuadas, de acuerdo a entrevistas con más de una docena de generales en los últimos días.
Los oficiales dijeron que se sienten estimulados por las evidencias de una mayor seguridad y estabilidad en el sur de Iraq, las provincias chiíes, desde el asalto a Nayaf en agosto contra las milicias del clérigo radical Moqtada Sáder. También dicen que las elecciones del próximo mes están en general en buen camino, con más de 200 organizaciones políticas inscritas y con las inscripciones de votantes en la mayor parte del país. Las notables excepciones son las provincias sunníes de Anbar, que incluyen a Faluya y Ramadi, y Nineveh, que abarca a Mosul.
"Esta es una guerra, y en las guerras hay días buenos y malos", dijo Casey en una entrevista. "Pero el éxito no se mide día por día. Es un proceso constante de ir hacia adelante y al mismo tiempo controlando lo que sale mal".
Como un síntoma del daño causado a la resistencia por la operación de Faluya, los oficiales norteamericanos indican un fuerte descenso en el número de ataques en el país, de más de 130 al día al comienzo de la ofensiva a principios de noviembre hasta cerca de 60 ahora. Pero oficiales de la inteligencia estadounidense creen que el número de ataques remontará nuevamente antes de las elecciones nacionales del 30 de enero.
Los planes de intensificar la persecución de los insurgentes por medio de ataques dirigidos aumentarán la necesidad de datos de inteligencia oportunos sobre sus escondites, dijeron oficiales.
"No queremos que nos falte gente para las operaciones nocturnas", dijo el general de brigada Carter Ham, que dirige la fuerza especial responsable del área de Mosul al norte de Iraq. "El reto es tener esos datos".
Pero los oficiales observaron que factores lingüísticos y culturales limitan la capacidad de las tropas estadounidenses de comunicarse con los iraquíes y obtener datos de inteligencia operacionales.
"Estos datos los vamos a obtener de los iraquíes", dijo Casey. "Se conocen a sí mismos, y tenemos que hacer uso de eso".
Otros oficiales, sin embargo, dijeron que el reconstituido servicio de inteligencia iraquí está pobremente organizado y sin recursos. Sus capacidades son inmaduras y tomará tiempo desarrollarlas, dijeron los oficiales.
Uno de los aspectos claves de la resistencia que los comandantes estadounidenses vigilan estrechamente es el alcance de la cooperación entre antiguos miembros del Partido Baaz y combatientes musulmanes radicales. Los baazistas son el principal grupo de oposición, de acuerdo a analistas militares, pero los signos de que están cerrando alianzas tácticas sueltas con elementos más radicales se han hecho evidentes en los últimos meses.
Se sospecha que esas alianzas explican al menos algunos de los recientes ataques en Mosul, la tercera ciudad de Iraq, donde la fuerza policial colapsó durante un ataque el mes pasado. Algunos oficiales norteamericanos están preocupados de que Mosul, o parte de esta, se transformen posiblemente en un nuevo bastión insurgente, aunque el tamaño más grande de la ciudad y su prosperidad la hace menos vulnerable que Faluya.
En algunas otras áreas sunníes, los analistas de inteligencia estadounidenses han visto indicaciones últimamente de baazistas que reconsideran sus alianzas con los elementos musulmanes radicales.
"Están re-evaluando sus opciones", dijo DeFreitas.
La resistencia baazista se centra en algunos líderes claves, dicen oficiales norteamericanos, y todavía no alcanza las dimensiones de una resistencia popular sunní. Pero los oficiales advirtieron que una creciente distanciamiento político podría conducir a un crecimiento de la resistencia.
Especialistas en inteligencia estadounidenses sospechan que los baazistas están aplicando una estrategia global para las elecciones. Si no pueden impedir la votación a través de ataques e intimidación, tratarán de socavar los resultados infiltrando los partidos políticos con sus propios candidatos, dicen los analistas.
Apelando A Los Sunníes
La mejor manera de derrotar a la resistencia, dijeron varios oficiales de alta jerarquía, no reside en la fuerza militar.
"Creo que el gobierno, como resultado de la operación de Faluya, tiene más tiempo para negociar", dijo DeFreitas. "Si el gobierno fracasa en incorporar a más sunníes en el proceso político, el continuado descontento aumentará el apoyo de la resistencia".
La capacidad del gobierno iraquí de contribuir con su parte a la seguridad y a los proyectos de reconstrucción sigue siendo cuestionable. Mientras que hay algunos ministros y funcionarios capaces, dijeron los oficiales, el funcionamiento de los ministerios ha sido desigual y el poder sigue estando concentrado en la oficina del primer ministro Ayad Allawi.
La reconstrucción de la destrozada ciudad de Faluya plantea ahora uno de los mayores retos a la capacidad del gobierno de Bagdad de proporcionar gente y recursos. Pero la semana pasada, oficiales de la Marina estadounidense que supervisan la reconstrucción expresaron en privado su frustración por la ausencia de funcionarios de Bagdad y de técnicos de obras públicas para ayudar a restaurar la electricidad y el agua potable, ayudar en la distribución de combustible y alimentos e instalar una nueva fuerza policial.
Oficiales norteamericanos destacan Nayaf como un modelo para reconstruir las ciudades que han sido blanco de ofensivas militares estadounidenses contra los insurgentes. Desde la batalla para erradicar a las fuerzas de Sáder, la ciudad ha permanecido tranquila y ha mostrado el surgimiento de un liderazgo político y de desarrollo económico.
"De eso se trata con el plan de campaña, de concentrarse en los todos los elementos del poder", dijo el general de división Steve Sergeant, el estratega jefe y planificador del comando militar.
Pero Faluya sufrió considerablemente más daños que Nayaf y carece de una estructura de gobierno local para intervenir y hacerse cargo de la reconstrucción.
"En Faluya será más difícil que en Nayaf", dijo William Taylor, el funcionario de la embajada norteamericana a cargo de los proyectos de reconstrucción.
Las actividades de reconstrucción en Iraq se han duplicado de 469 proyectos, con un valor total de 1.3 billones dólares en agosto, a 1.034 proyectos evaluados en 3 billones de dólares. Una serie de nuevos proyectos está en camino en las ciudades y vecindarios que fueron blanco de ataques norteamericanos en los últimos meses: Nayaf tiene 207 proyectos por un valor total de 30 millones de dólares, Samarra tiene 75 por un valor de 10 millones de dólares, y Ciudad Sáder, de Bagdad, tiene 152 proyectos, de un valor de 209 millones de dólares.
Pero muchos de los proyectos marchan muy lentamente, obstaculizados por la violencia insurgente y trabas burocráticas. Comandantes norteamericanos han expresado en privado su preocupación sobre la falta de progresos visibles y advirtieron que esto estaba alimentando el descontento general y echando combustible a la resistencia. Han propuesto un total de 2.25 billones de dólares para proyectos locales de pequeña escala que aumentarían rápidamente el empleo.
Proyectos Grandes Y De Pequeña Escala
Casey dijo que apoyaba las peticiones y que ha buscado más fondos del gobierno iraquí. Pero también está tratando de garantizar la compleción de algunos importantes proyectos de infraestructura -centrales eléctricas, instalaciones de tratamiento de aguas servidas, plantas de purificación de agua- que eran parte del plan de reconstrucción original.
"No se trata de elegir entre una cosa y otra", dijo. "Hay que hacer las dos. Necesitamos proyectos grandes para orientar el desarrollo a más largo plazo, y necesitamos proyectos de pequeña escala para ayudar a la comunidad y poner a trabajar a la gente".
Uno de los datos del sondeo que varios oficiales citaron como fuente de un mayor optimismo es que la mayoría de los iraquíes cree que este próximo año las cosas marcharán mejor. Pero otros sondeos indican que muchos iraquíes no se sienten comprometidos con el proyecto de un nuevo gobierno democrático. La confianza del público en el gobierno interino aumentó el verano pasado.
En Bagdad, el apoyo sunní a la "oposición nacional armada" era de un 40 por ciento en una encuesta en noviembre, realizada por los militares norteamericanos, después de llegar a 35 por ciento en septiembre. Más iraquíes expresaron a los insurgentes que confianza en el gobierno iraquí, que sólo obtuvo un 35 por ciento de apoyo en noviembre. El apoyo de los ataques contra fuerzas norteamericanas aumentó también de 46 por ciento en septiembre a 51 por ciento en noviembre.
Bajo las circunstancias actuales, una evaluación interna hecha por Casey recomendó cambiar uno de los objetivos militares originales de Estados Unidos, que era suscitar una percepción más "positiva" de las tropas estadounidenses. Retrospectivamente, ese objetivo parece ahora demasiado ambicioso, concluyó la evaluación, agregando que una "tolerancia popular" sería un "objetivo más realista".
"No se trata de ganar los corazones y la mente", dijo Casey. "Se trata de dar a los iraquíes una oportunidad a la que puedan aferrarse".
6 de diciembre de 2004
8 de diciembre de 2004
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LA PRÓXIMA GUERRA IRAQUÍ. SEGUNDA PARTE - george packer
La solución del problema kurdo determinará el futuro, y la forma de sociedad del nuevo Iraq.
Semanas después de la liberación de Kirkuk, en abril de 2003, Jordan Becker, un teniente de 20 años de la Brigada Aerotransportada Nº173, fue enviado por el comandante de su compañía a solucionar un problema en Arrapha, el vecindario donde vive Luna Dawood. Entre los miles de deportados kurdos que habían vuelto a Kirkuk a reclamar sus casas y tierras -en algunos casos expulsando a sus ocupantes árabes; en otros, los ocupantes ya habían huido- había 67 familias que ocuparon las elegantes casas que habían sido abandonadas por importantes funcionarios baazistas. Estos kurdos habían estado viviendo durante años en campamentos de refugiados en las colinas de los alrededores de Suleimaniya, una de las capitales regionales de Kurdistán. Becker, que tenía toda una estantería llena de libros sobre el idioma kurdo e historia de Oriente Medio en su tienda de campaña en la base norteamericana, tenía la misión de decirles a los kurdos que tenían que desalojar esas casas. En la primera casa que visitó, la esposa juró que si los norteamericanos la obligaban a abandonar la casa, se prendería fuego.
Becker volvió a la base y se reunió con su capitán. Decidieron que lo intentara de nuevo, pero esta vez Becker, un californiano del sur de ojos azules con el cuerpo de un jugador de fútbol americano, dejó su chaleco antibalas en la base; bajo su nueva apariencia menos amenazante, estuvo hablando con la familia durante dos horas. "Lo que aprendí con esa gente es que tienen un sentido de la historia, y paciencia histórica", dijo. "Han pensado en lo que es mejor para su comunidad, y cuando les convences de que lo que están haciendo va a crear una cuña entre su comunidad y los árabes, y entre su comunidad y los norteamericanos, se dan cuenta de que no era eso lo que querían hacer". El argumento que presentó Becker a los kurdos era abstracto: "Si tienes una casa en un país que es inestable y violento, todo lo que tienes es una casa. Pero si tienes una casa en un país que es estable y que vive bajo la ley, entonces tienes mucho más que una casa". Luego presentó su interpretación de manera más concreta. "Nada más que porque has ganado la guerra no te da derecho a hacer lo que quieres. Si prefieres apoyar la ley en lugar de la ley de los vencedores, estarás invirtiendo en el futuro de Iraq". Becker sonrió. "Y me dijeron: Eso está bien'".
Los okupas kurdos dejaron Arrapha. Eso ocurrió en las primeras semanas, cuando los kurdos consideraban a los norteamericanos como salvadores y estaban dispuestos a postergar sus reivindicaciones un poco más. Durante mi visita a Kirkuk este verano, la paciencia histórica de los kurdos se estaba agotando. En su discurso a la familia en Arrapha, el teniente Becker había formulado una política de gobierno de la ocupación mejor que cualquiera de los oficiales superiores: las viejas disputas deben ser resueltas en litigios legales, no por la fuerza; mientras no haya leyes nuevas en vigor, debe mantenerse el status quo. Sin embargo, a más de un año del derrocamiento de Saddam, apenas si un mecanismo jurídico para resolver disputas sobre derechos de propiedad particulares se ha puesto en funcionamiento. En lo que se refiere a un solución política mayor sobre la posición de Kirkuk, el gobierno de la ocupación ha evitado por completo el tema, y la Constitución interina firmada en marzo por el antiguo Consejo de Gobierno declaró que el futuro de Kirkuk no se resolverá mientras no haya una Constitución permanente. Entretanto, las tropas norteamericanas en la ciudad funcionan, como me dijo un soldado, "como un portero metido en medio de una viciosa pelea de bar". Kirkuk sigue peligrosamente en una situación de impasse, mientras los hechos que podrían forzar un resultado drástico se acumulan sólidamente en la zona.
Desde la invasión, más y más árabes han sido desalojados de sus casas. Un informe de la organización de refugiados Global IDP calcula el número total de árabes desplazados en el norte en unos 100.000, aunque la ausencia de organizaciones internacionales en Iraq hace imposible tener cálculos precisos. Dentro de las barracas y hangares de helicópteros bombardeados de la base de la Fuerza Aérea iraquí al noroeste de Kirkuk, cerca de la base norteamericana, encontré a un grupo de okupas árabes. Dos viejos que hablaron a nombre de las 52 familias allí dijeron que milicianos kurdos los habían expulsado de Amshaw, la pequeña aldea que yo acababa de visitar.
"Tenemos gente joven que creen que Amshaw les pertenece", dijo uno de los árabes, Ali Aday. "Yo les digo: Hijos, ellos dicen que pertenece a los kurdos'. Ellos dicen: ¿Y cómo? Nosotros nacimos y nos criamos en esas casas'". El viejo señaló que la cantidad de familias kurdas que se habían instalado en Amshaw era apenas la mitad de los árabes que habían huido -había suficientes casas en Amshaw para que 25 familias árabes volvieran y vivieran junto a los kurdos. "Simplemente queremos saber quién nos dará nuestros derechos", dijo Ali Aday. Los soldados norteamericanos en la región habían dado a los refugiados árabes mantas y comida, y les dijeron que se quedaran donde estaban hasta que el problema se solucionara de acuerdo a la ley. "¿Dónde está el gobierno que respetará nuestros derechos? ¿Es el gobierno norteamericano? ¿El gobierno iraquí? No lo sabemos. No es posible simplemente dejarnos aquí sin derechos".
A un kilómetro y medio de allí, un desolado campamento de 17 tiendas se erige junto a un fortín norteamericano. Una raída bandera turquesa con una medialuna blanca y una estrella -el símbolo del militante Frente Turcomano Iraquí- colgaba lánguidamente en el calor. El campamento también es simbólico -las tiendas estaban vacías-, pero un puñado de hombres hacía la guardia. Eran turcomanos que habían sido expulsados de Bilawa en 1980, un asentamiento cercano. Me mostraron copias de actas de propiedad de 1938, imágenes en negativo de documentos británicos; también tenían actas de la época de los otomanos, dijeron. Parte de su propiedad había sido tomada por la base de la Fuerza Aérea, y otra estaba ocupada por un árabe rico, que se negaba a abandonarla. Los turcomanos también reclamaban la tierra donde los refugiados árabes alojaban en los hangares de helicópteros. Era difícil imaginar una solución para todo esto.
"La solución es que la gente se vuelva a sus lugares de origen", dijo un turcomano. "¿Dónde vivían todos estos árabes antes de Saddam? Esa es la solución. Queremos que las cosas vuelvan a estar como antes de Saddam".
Al otro lado de la ciudad, cientos de familias kurdas se han instalado en los túneles y debajo de las tribunas del estadio de fútbol de Kirkuk, que fue construido en un barrio kurdo demolido. En un polvoriento campo junto al estadio, cientos de otras familias viven en tiendas. El director de una organización de refugiados kurdos calculó que 9.000 familias han retornado a Kirkuk. La mayoría de ellas fueron expulsadas de Kirkuk hace más de una década o más -llevadas en camiones del gobierno hacia la frontera provincial y abandonadas a lo largo del camino- y han vivido desde entonces en campamentos de refugiados. Otros como ellos vuelven a Kirkuk día tras días -en agosto, según un informe, 500 personas al día- incluso aunque las condiciones de vida son miserables y los norteamericanos, los grupos de ayuda internacionales y el gobierno local no les han ofrecido ningún tipo de ayuda. Un kurdo llamado Farhad Muhammad se hizo eco de lo que los árabes desplazados me habían dicho. "No sé quién nos dará una casa, porque hay muchos gobiernos en Iraq", dijo. "Esperamos que el nuevo gobierno no sea como el de Saddam".
A pesar de la escasez de viviendas en Kirkuk, los partidos políticos kurdos han empezado a acelerar el retorno de los kurdos en previsión del censo y las elecciones iraquíes. Los empleados del gobierno kurdos en Suleimaniya han recibido la orden de volver a Kirkuk, y se les ha prometido que se les continuará pagando sus salarios hasta que encuentren nuevos trabajos. En Erbil, en junio, 40 familias kurdas originarias de Kirkuk fueron obligadas a desalojar el edificio donde habían vivido como refugiados durante 40 años y que un hombre de negocios bien conectado políticamente quiere transformar en un supermercado; les dieron tres mil dólares por familia y enviados de vuelta a su pueblo natal. En julio, encontré a varios de ellos viviendo en Kirkuk, construyendo ilegalmente casas en los viejos vecindarios kurdos de Azadi y Rahimawa. Algunos líderes árabes alegan que los kurdos, incluyendo algunos que nunca han vivido en Kirkuk, se están trasladando a la ciudad en un intento de inclinar la balanza étnica. Uno de ellos llamó a la campaña un intento de "kurdización".
Entretanto, los beneficiarios árabes están abandonando la ciudad. Sabiha Hamood, la mujer que llegó con su familia desde Bagdad en los años ochenta, vendió su casa la primavera pasada, aprovechando los inflados precios que los kurdos ricos están dispuestos a pagar por casas cómodas. En Qadisiya, un barrio al sur de la ciudad que fue construido durante la arabización, encontré a unos árabes asistiendo a un funeral. Me llevaron a una sucia casa de bloques en la que se hacinaban tres familias que habían sido desalojadas de sus casas. En el vecindario adyacente, dijeron, unas cien familias árabes habían vendido sus casas a kurdos y abandonado la ciudad. Los hombres eran chiíes, antiguos agentes de policía y soldados, ahora en el paro y llenos de quejas. Riyadh Shayoob, que llegó a Kirkuk desde Basra en 1986 cuando tenía cinco años, había sido sacado de su casa en un área kurda y no le habían aceptado en la nueva fuerza policial iraquí. Vivía pobremente vendiendo chucherías en el zoco, donde los kurdos lo despreciaban y amenazaban. Algunos de ellos, contó, vendían, mofándose, discos compactos con imágenes de prisioneros árabes torturados en la prisión de Abu Ghraib. "Me dijeron: Vuelve a tu tierra. No te quedes en Kirkuk'", dijo Shayoob con una sonrisa melancólica, "Antes, yo tenía amigos kurdos, pero ahora no me ayudan. Se han puesto contra mí".
Me dijeron que los trabajos en el gobierno se los daban casi exclusivamente a kurdos. El nuevo gobernador y el jefe de la policía son kurdos, y todos los canales de televisión son kurdos; los árabes están siendo sacados de la ciudad, y no cuentan con nadie con poder que los defienda -la larga lista de quejas árabes se parecen sorprendentemente a los predicamentos de los kurdos en Kirkuk durante el régimen de Saddam. Para esos hombres, los kurdos eran ahora los beneficiarios. "Hay más injusticia ahora que bajo Saddam", insistía un hombre barbudo de aspecto agresivo, llamado Ethir Muhammad. "Incluso si Saddam hizo todas esas cosas, ¿es culpa nuestra? Nosotros no les hicimos nada".
En Kirkuk, el conflicto árabe-kurdo ha sido intensificado por la resistencia contra el gobierno iraquí, que ha empeorado en los últimos tiempos: en las últimas semanas, dos atentados con coches-bomba en Kirkuk causaron la muerte de al menos 40 personas. Los kurdos son a menudo considerados colaboracionistas de los norteamericanos, mientras muchos de los árabes importados simpatizan con las fuerzas de la resistencia sunní o chií. Moqtada al-Sáder, el radical clérigo chií, ha dicho que los kurdos son musulmanes apóstatas y serán condenados; en el verano, varios cientos de kurdos llegaron a Kirkuk huyendo desde Samarra y otras ciudades árabes después de haber sido denunciados en las mezquitas sunníes como traidores. Los árabes en la casa de bloque eran partidarios del representante de Sáder en Kirkuk, cuya mezquita fue allanada en mayo por soldados norteamericanos. (Descubrieron un alijo de armas y arrestaron a 30 personas). Todos prometieron quedarse en la ciudad. "Kirkuk se ha transformado en una jungla", dijo Ethir Muhammad. "Si alguien me quisiera obligar a marcharme, lo mataría yo a él o él a mí. Es la ley de la selva".
Entre los árabes importados escuché varias historias de conspiraciones -que las fosas comunes del régimen de Saddam son de hecho sitios arqueológicos de miles de años de antigüedad, que las armas químicas con que se bombardeó Halabja eran en realidad sacos de yeso. (Esta teoría la propuso un bombero empleado por la compañía refinadora, cuya casa en Arrapha da directamente a un terreno de la antigua mansión de Ali Hassan al-Majid -conocido, desde que dirigió el bombardeó con gases contra los kurdos, como el Químico Ali). Una mujer árabe, maestra jubilada de la sureña ciudad de Kut, dijo: "Iraq forma parte de una nación árabe, no de la nación kurda. Los kurdos son invitados en Iraq - ¿y ellos quieren echar a los árabes ahora?" Pocas veces oí un reconocimiento de los crímenes que cometieron los árabes contra los kurdos en Kirkuk, o ninguna expresión de vergüenza de haber sido beneficiarios. Esto sólo profundiza la convicción entre los kurdos, especialmente entre los deportados que han retornado, de que no es posible vivir con los árabes importados de Kirkuk.
El plan kurdo para Kirkuk es absolutamente claro. Todos los árabes importados deben marcharse -incluso aquellos que nacieron en la ciudad. El gobierno debería pagarles compensaciones, y quizás darles tierra y trabajo en sus provincias de origen, pero permitir que sigan en Kirkuk sería justificar la injusticia de la arabización. Una vez que los deportados kurdos se hayan reasentado y el balance demográfico original de la provincia haya sido restaurado, la región de Kirkuk será censada. (El censo de 1957 mostró que casi un 50 por ciento de la población era kurda). El resultado de este censo por hacer tiene para los kurdos una conclusión anticipada: ellos serán la mayoría de la provincia. Igualmente previsible es el resultado del referéndum que se hará seguidamente: la provincia de Kirkuk votará para unirse a la región de Kurdistán, y la ciudad estará incluida.
Nada de esto aparece en la Constitución interina de Iraq. El artículo 58, que especifica los Pasos para reparar injusticias', es adrede vago sobre el futuro de Kirkuk. Pide que "la injusticia causada por los métodos del antiguo régimen al alterar el carácter demográfico de ciertas regiones, incluyendo Kirkuk", sea reparada. Afirma que "los individuos introducidos recientemente en regiones y territorios específicos... pueden ser reasentados, recibir compensación del estado, nuevas tierras del estado cerca de sus lugares de residencia en las gobernaciones de donde provenían, o pueden recibir compensación por los costes de trasladarse hacia esas áreas". (No dice "deben"). La condición de ciudades disputadas como Kirkuk será aplazada hasta después del censo y una Constitución permanente, "consistente con el principio de justicia, tomando en cuenta la voluntad de los habitantes de esos territorios". Este lenguaje insulso plantea más preguntas que respuestas. ¿Requiere la justicia sólo que se restaure la propiedad confiscada, o también requiere que se restaure la demografía de Kirkuk al período anterior a la arabización? ¿Obligar a los árabes a volver a las ciudades "de donde provenían" no crea nuevas injusticias y perpetúa el ciclo de venganzas?
Aunque no ha habido nada parecido al baño de sangre colectivo y apocalíptico que algunos predijeron, varias manifestaciones en Kirkuk se han tornado violentas, y los líderes de Kirkuk han sido víctimas de una campaña de asesinatos. La mayoría de los oficiales asesinados eran kurdos, aunque uno era un concejal provincial árabe; hace una semana, un jeque árabe que había ocupado unas tierras en litigio en los alrededores de Amshaw fue emboscado y matado. En estos casos rara vez se hacen detenciones. Los kurdos de Kirkuk sospechan de agentes de inteligencia turcos; el gobierno turco ha dicho repetidas veces que un intento de apoderarse del poder por parte de los kurdos en Kirkuk sería considerado como el preludio de un estado independiente y por eso una amenaza para Turquía, que tiene su propia minoría de kurdos rebeldes. En julio, el ministro de Exteriores turco, Abdullah Gul, comparó Kirkuk con Bosnia e hizo una advertencia velada: "Todos saben que este es el problema que se puede transformar en el más grande dolor de cabeza para Iraq".
Hasib Rozbayani es el vice-gobernador para el re-asentamiento y compensación, el funcionario responsable de los refugiados retornados. Rozbayani es el principal portavoz de las emergentes políticas para revertir la limpieza étnica. Pasó años enseñando ciencias sociales y estadística en el exilio de Suecia, y, con una indócil cabeza de cabellos rizados, gafas y el hábito de mascullar las preguntas a medida que habla, tiene un apacible aire de profesor. Cuando hablamos en la salita de su casa, estaba descalzo y llevaba pantalones deportivos y la camisa fuera de los pantalones, y se la pasó cogiendo distraídamente la pistola automática que yacía en el sofá junto a él, sobresaltándose y poniéndola de nuevo en el sofá. Apoyado contra su equipo estéreo había un Kalashnikov.
Rozbayani no dejó dudas sobre el futuro de los árabes importados. Su partida de Kirkuk es necesaria por varias razones, dijo, incluyendo razones psico-sociales: los árabes sufren de un complejo de culpa, ya que la mayoría de ellos son criminales y antiguos baazistas, lo que les dificulta la idea de quedarse; saben que no pertenecen a la ciudad y no tienen amigos entre los otros grupos; su continuada presencia sería una provocación para los kurdos, y provocaría a conflictos sociales. Además, el desempleo es ya bastante alto en Kirkuk.
Los beneficiarios que no hayan dejado Kirkuk antes del censo y el referéndum no podrán votar allá, dijo Rozbayani. No cree que para entonces vivan muchos árabes en Kirkuk. "Tienen que marcharse", dijo. Árabes importados tienen que marcharse incluso si nadie reclama sus casas o tierras, porque su falta es colectiva. Después del censo y del referéndum sobre el estatuto de Kirkuk, me dijo, los árabes podrán volver a la región -de visita.
Le conté a Rozbayani sobre una pareja que había conocido: el marido llegó desde el centro de Iraq en los años sesenta; la esposa es una "árabe originaria" cuya familia ha vivido en Kirkuk durante generaciones. Sus hijos se han criado con niños de una familia kurdo-turcomana vecina. ¿Qué pasará con esa pareja?
"Tienen que marcharse", dijo.
"La esposa es nativa de Kirkuk".
"Puede marcharse con él".
Mis preguntas le parecieron a Rozbayani un humanitarismo equivocado, y me lo devolvió. "Por supuesto, yo acepto la idea de fraternidad y amistad", me aseguró. "Pero sabemos que los árabes se han apoderado de tierras, ocupado tierras, han ido casa por casa investigando a la gente, ejecutando a la gente, llevándose sus hijos, sus hijas -¿y tú me dirías: Bienvenido, Iraq es de todos? Es divertido".
Gran parte del descontento de Rozbayani y otros kurdos se dirige contra la coalición encabezada por los norteamericanos. Esperaban algo más estudiado que la imparcialidad de Estados Unidos. Un peshmerga que ahora vive en una casa abandonada en Amshaw me preguntó: ¿Por qué nos tratan igual que a otros iraquíes, incluyendo a los de la Guardia Republicana, mientras que somos vuestros amigos?'"
La primera representante de la Autoridad Provisional de la Coalición APC en Kirkuk y partidaria de Paul Bremer, el jefe de la APC, más influyente de la ciudad era Emma Sky, una delgada inglesa de ojos marrones, de 36 años. Sky habla algo de árabe y trabajó en el pasado en Cisjordania, con palestinos; aunque se opuso a la invasión de Iraq, se ofreció de voluntaria para unirse al gobierno de la ocupación. Al llegar a Kirkuk, se dio cuenta de que la tarea más urgente era asegurar a los enajenados árabes y turcomanos que la actitud triunfalista de sus vecinos kurdos no significaba que no hubiera futuro para ellos. A medida que recorría la provincia, su prestigio entre los árabes subió enormemente. Ismail Hadidi, el vice-gobernador y árabe originario, la elogió de la manera más honrosa: "Tratamos con ella como si fuera un hombre, no una mujer".
Sky cree apasionadamente que Kirkuk puede ser un modelo para un Iraq étnicamente diverso. "La gente tiene que abandonar este modo de pensar en términos de suma cero", me dijo en Bagdad. "Kirkuk es un punto de confluencia. Todo confluye aquí. Sí, se puede tener un país con regiones separadas, donde la gente no tenga que ver con otros grupos. ¿Pero se puede tener un país donde la gente esté contenta unos con otros, donde la gente se sienta cómoda? Creo que Kirkuk te dirá qué tipo de país será Iraq". Comparado con los problemas de Israel y Palestina, dijo Sky, los de Kirkuk pueden ser resueltos con relativa facilidad. "En Kirkuk puedes ganar. Kirkuk no tiene diferencias irreconciliables, todavía".
Con el paso del tiempo, muchos kurdos empezaron a ver a Emma Sky y la APC como inclinados hacia los árabes. Cuando se reunió con el líder kurdo Jalal Talabani en Suleimaniya, él le dijo bruscamente: "Te llaman Emma Bell". Se refería a Gertrude Bell, la funcionaria colonial británica que vivió y, se dice, se suicidó en Bagdad. Bell, que hablaba árabe con fluidez y amaba la cultura, era admirada por muchos árabes. Después de la Primera Guerra Mundial delimitó los límites del Iraq moderno, en el que los árabes sunníes se transformaron en los detentadores del poder y los kurdos vieron evaporarse sus sueños de un país propio.
Tampoco ayudó a la causa de la Coalición sus planes para desenmarañar y solucionar los problemas en Kirkuk -la Comisión de Reclamos de Propiedad Iraquí, que Sky ayudó a formar- no empezó a procesar los reclamos sino hasta abril y aún no ha tomado una primera decisión. Azad Shekhany, un kurdo que presidió la comisión en el pasado, concluyó que todo este asunto era una elaborada táctica para mantener la paz, y culpó a la Coalición. "Entiendo que no quieran hacer volver a los árabes a sus lugares de origen, pero tampoco quieren que los kurdos se sienten descontentos, así que se limitan a postergar todo burocráticamente", dijo Shekhany.
La comisión ha recibido hasta el momento mucho menos reclamaciones que las que se esperaban -1.658 exactamente la mañana de julio cuando visité sus oficinas, que estaban bien equipadas y casi vacías. Dos mujeres kurdas en holgadas túnicas negras -Jamila Safar y su madre, Khadija Namikh- estaban sentadas a un escritorio presentando un reclamo. En marzo de 1991, durante la insurrección en Kirkuk y el norte que siguió a l Guerra del Golfo, me dijo Safar, murió su padre. El día de su funeral, el 13 de marzo, ella y su madre volvieron desde el cementerio y encontraron su casa rodeada por soldados, miembros del Partido Baaz y hombres enmascarados que trabajaban para el Químico Ali'. "¿Son ustedes kurdos o árabes?", preguntaron los hombres. Todos los vecinos estaban en la calle -kurdos, árabes y turcomanos, agrupados por etnia. Unos tanques bloqueaban las calles y los helicópteros sobrevolaban el lugar mientras los hombres kurdos, incluyendo al hermano mayor de Safar, eran atados y retirados en buses. Safar y Namikh, junto con otras mujeres y niños kurdos, fueron subidos a otros buses y trasladados a las montañas, donde fueron abandonados. Les dijeron que siguieran caminando hacia el norte. Cuando las dos mujeres se pusieron en camino, fueron bombardeadas por aviones; varias vecinas murieron ante sus ojos. Safar y su madre se quedaron en la frontera iraní durante tres meses. Cuando volvieron a Kirkuk, su casa -junto a dos mil otras en su barrio- había sido demolida.
"Gracias a Dios que sólo encontramos polvo", dijo Safar. "Gracias a Dios, por nuestra seguridad".
Un abogado de la oficina estaba rellenando un extenso formulario por ellas. "¿La casa era de ladrillos o de barro?"
"De ladrillos", dijo la madre de Safar. "Dése prisa, por favor. Estoy enferma, no puedo esperar".
"¿Quiere la tierra, o quiere una compensación?", preguntó el abogado.
"Queremos la tierra", dijo Safar.
El abogado lo apuntó, y también que necesitaban dinero para construir una nueva casa. "¿Por qué no recurrió a la comisión para gente con casas derruidas en 1991?"
"Sí lo hice", dijo la madre. "Me dieron un formulario, pero nada más".
Ayob Shaker, un árabe bien entrados en los treinta, se acercó y saludó a las dos mujeres con una reservada timidez. Había sido su vecino. El día de la deportación había ayudado a otros kurdos en el área a cargar muebles en los buses. También fue soldado de la Guardia Republicana, y cuando volvió a Kirkuk, desde Bagdad, después de que los americanos hubieran depuesto a Saddam, encontró que un grupo de peshmerga, incluyendo a otro antiguo vecino, habían ocupado su casa. En todo Kirkuk el reglamento para reclamos de propiedad fue modificado recientemente para permitir que los árabes desplazados después de la guerra puedan también hacer sus reclamos. Shaker dijo que sus hijos habían sido amenazados por los peshmerga y él tuvo miedo de pedir compensación.
"Creéme, nadie sabe lo sabe con certeza, pero en general son los kurdos los que están gobernando esta ciudad", dijo. "Para mí, como árabe, si pido un trabajo tengo que presentar un documento de un partido kurdo certificando que no soy un delincuente". La casualidad lo había acercado a esta oficina el mismo día que las dos mujeres a las que acostumbraba saludar todos los días cuando partía a su trabajo. Pensó que la injusticia que él había visto que se cometía con esas mujeres, le estaba ocurriendo a él. "Es lo mismo", dijo. "El gobierno les hizo eso a ellas. Los peshmerga nos lo hicieron a nosotros".
Las mujeres asintieron. Hubo un momento de acercamiento entre los viejos vecinos.
"Sólo Dios y Estados Unidos pueden resolver el problema", dijo el árabe.
¿Y el nuevo gobierno iraquí?, le pregunté.
"No lo sé", dijo la madre. "¿Hay ahora un gobierno?"
El abogado de la oficina terminó de rellenar el formulario. La hija sonrió y dijo: "Creo que se nos hará justicia y nuestro caso será solucionado".
Le pregunté al árabe si habría justicia en Kirkuk. Titubeó. "No creo", dijo. "Es muy difícil. Los que están ahora en la ciudad no se entienden unos con otros. Yo soy hijo de Kirkuk" -un árabe originario- "y durante 35 años nadie nos pudo hacer nada. Ahora me siento indignado, por mi casa".
Le pregunté a las mujeres si los kurdos harían a los árabes lo que estos habían hecho a los kurdos. "No, no lo harán", dijo la hija. "Creéme, juro por Dios que no lo harán".
"Han hecho cosas peores que los árabes", dijo Shaker.
La hija se puso rígida y miró fríamente a su antiguo vecino. "¿Cómo así?", le preguntó.
"Conozco a una persona que expulsó a la mitad de una tribu de sus casas en la ciudad", respondió él.
La cordialidad había desaparecido. La hija señaló que Shaker se había olvidado de lo que había pasado con los kurdos en Kirkuk. Se excusó abruptamente y ayudó a su madre a salir de las oficinas de la Comisión de Reclamos de Propiedad Iraquí.
Debido a que Kirkuk no es todavía escenario de una guerra abierta, la ciudad sigue siendo una falla oculta en el accidentado paisaje iraquí. Pero lo que es ahora una disputa entre vecinos será pronto uno de los obstáculos más grandes para hacer de Iraq un país democrático, y para conservarlo entero. En el verano de 2003, tuve una conversación con Barham Salih, que era entonces el primer ministro del gobierno regional de Suleimaniya. Un decidido partidario de la invasión americana y de la participación kurda en un Iraq democrático y federal, también estaba consciente de las arraigadas sospechas de su electorado hacia Bagdad y de su anhelo por la independencia. Durante 12 años, Suleimaniya fue una de las dos capitales del Kurdistán iraquí, un estado de hecho independiente bajo la protección de una zona aliada prohibida. Toda una generación de kurdos creció hablando árabe y desvinculada de Iraq -y la idea de unirse a un país que no hace mucho tiempo sometió a los kurdos el genocidio y la limpieza étnica es, comprensiblemente, difícil de aceptar.
"Quiero asegurarme de que mis hijos y las nuevas generaciones que el nuevo Iraq será completamente diferente", dijo Salih. "Si los árabes de Iraq no tienen el coraje de ajustar cuentas con el terrible pasado que tenemos y enderezar las terribles injusticias que se cometieron contra mi pueblo, me será extremadamente difícil convencer a los que dudan en el bazar de Suleimaniya de que Iraq es nuestro futuro".
Fui a ver a Salih nuevamente en junio pasado en Bagdad, en su primer día como vice-primer ministro del nuevo gobierno interino iraquí soberano. Después de un año de ocupación y resistencia, su ánimo era sombrío y su interpretación de la Constitución interina de Kirkuk intransigente. "El pueblo nativo de Kirkuk, las comunidades originales de Kirkuk, deben ser las que decidan el destino de Kirkuk -no aquellos que fueron traídos por Saddam u otras potencias foráneas", dijo. También los árabes importados fueron víctimas, "herramientas de una política ruin, ya que Saddam quería crear un ambiente para justificar una guerra civil permanente entre kurdos y árabes". Pero, agregó Salih: "Kirkuk no es Bosnia, y de hecho los líderes kurdos ha mostrado una gran moderación en el modo en que han tratado el asunto de Kirkuk. En Bosnia hubo una guerra civil".
Le pregunté a Rowsch Shaways, un kurdo y uno de los dos vice-presidentes del gobierno interino, qué pasaría si los árabes importados se negaban a abandonar Kirkuk. ¿Serían subidos a camiones y trasladados hacia el sur, hacia Basra y Kut?
"Bueno, habría una campaña permanente para convencerles", dijo.
¿Provocarían los intentos de sacar a los árabes de Kirkuk represalias contra los kurdos que viven en regiones árabes de Iraq? "No, es una situación diferente", dijo. "Los kurdos que viven en el sur se están trasladando hacia acá muy normalmente, y por una campaña de etnicidades cambiantes". Después de los efectos de la limpieza étnica de Saddam hayan sido anulados, "todo el mundo podrá vivir donde quiera", dijo Shaways. "Pero antes tienes que revertir esa política injusta que se aplicó para fortalecer al Partido Baaz y modificar la composición étnica de algunas regiones". Los americanos han esperado demasiado tiempo para resolver el problema de Kirkuk, dijo, y agregó: "Esta es mi opinión: Kirkuk hace parte de Kurdistán".
De los funcionarios kurdos más importantes, pensé que la persona que se sentiría más humillada con la pregunta sobre Kirkuk sería Bakhtiar Amin. Se crió en Imam Qasim, un bello barrio kurdo cerca de la ciudadela en el pasado, donde se ha dejado que las casas con columnas otomanas acaracoladas decayeran hasta el punto de derrumbarse. Amin y su familia fueron expulsados de Kirkuk durante la arabización; sus familiares fueron encarcelados y torturados. Amin, 46, vivió durante años en el exilio, trabajando como un activista de derechos humanos en Europa, donde fundó la Alianza Internacional por la Justicia. Ahora es el primer ministro de derechos humanos del gobierno iraquí soberano. Pero, cuando nos sentamos en su espaciosa oficina en Bagdad para hablar sobre justicia en Kirkuk, Amin me dejó claro que hablaba como kurdo.
Después de relatar la historia de la opresión de Kirkuk con gran detalle, el ministro me advirtió que la situación en Kirkuk se estaba haciendo explosiva. Los americanos estaban sobrecargados por el cotidiano caos de Bagdad, Faluya y Nayaf, y "quieren mantener la paz aquí -la calma de un cementerio". Amin agregó: "Es importante no ser ingenuo con sus enemigos y maquiavélico con sus amigos. La paciencia tiene límites, también la de las víctimas". La única solución, insistió, era volver a la demografía de Kirkuk de antes de la arabización, y ayudar a los árabes a re-asentarse en el sur.
Le pregunté cómo respondería a un joven árabe que dijera: "Ministro de Derechos Humanos, Kirkuk es mi casa. No tengo otra. ¿Por qué debo irme?" Amin dijo que presentaría al joven árabe a un joven kurdo que ha perdido su casa y crecido en una tienda de campaña, y cuyo hermana o hermano ha muerto de hambre o de frío. Dijo que le diría al joven árabe: "Tu padre, tu madre, vienen de otra región y llegaron y se apoderaron de la casa de esta gente y eso es lo que hicieron a esos niños. Y yo te ayudaré a que tengas una vida decente en el lugar de donde provenían tus padres".
Antes este año los líderes kurdos tuvieron considerable éxito en influir en el lenguaje de la Constitución interina de Iraq, que salvaguarda los derechos de los grupos minoritarios y propone una república federal con significante autonomía regional. En los últimos meses, sin embargo, muchos kurdos han perdido confianza en los esfuerzos por construir un nuevo Iraq. Se están alejando cada vez más de sus aliados norteamericanos, que parecen siempre más dispuestos a tranquilizar a los recalcitrantes árabes antes que a los fieles kurdos. Varios políticos kurdos me dijeron que una repetición de 1975, cuando Estados Unidos retiró su apoyo a los kurdos y los dejó en manos del régimen baazista parecía ahora enteramente posible. En mayo, Estados Unidos causaron esas sospechas cuando cedió ante una demanda del gran ayatollah Ali al-Sistani y dejaron fuera de la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que consagraba la restaurada soberanía iraquí, toda mención de su Constitución interina. Cuando se hizo claro que los kurdos no obtendrían ni la presidencia ni la posición de primer ministro, los políticos kurdos, incluyendo a Barham Salih, estaban tan encolerizados que se retiraron brevemente de Bagdad hacia el norte. El 1 de junio, los dos líderes kurdos, Masoud Barzani y Jalal Talabani enviaron un cri de coeur al presidente Bush, que fue publicado posteriormente. "Desde la liberación hemos detectado un prejuicio contra Kurdistán de parte de las autoridades americanas por razones que no podemos comprender", escribieron, y advirtieron que si la Constitución interina "es revocada, el Gobierno Regional de Kusdistán no tendrá otra opción que abstenerse de participar en el gobierno central y sus instituciones, de no tomar parte en las elecciones nacionales, y de expulsar de Kurdistán a los representantes del gobierno central".
El episodio parecía una reacción extrema nacida de una experiencia extrema, una especie de neurosis histórica en la que tanto los kurdos como los árabes de Iraq se encuentran atrapados. Samir Shakir Sumaidaie, un antiguo miembro del Consejo de Gobierno que fue nombrado recientemente embajador de Iraq ante Naciones Unidas, dijo que entendía por qué habían reaccionado los kurdos con tanta indignación. "No puedo culpar a un kurdo por sentir rabia", dijo. "Pero sí pedirle que contenga su rabia, porque la gente enfurecida a menudo hace cosas estúpidas y termina perjudicándose a sí misma. Los árabes, por otro lado, deben reconocer la injusticia que se ha hecho a los kurdos. Reconociendo la injusticia se saca el veneno del sistema. Les he dicho a los árabes en Kirkuk: tenemos que admitir lo que se hizo a los kurdos en nombre del nacionalismo árabe, y de eso vosotros habéis sido quizás los instrumentos inconscientes". La rabia de los kurdos, dijo, se enfriará cuando vean que se hace justicia -"especialmente con las familias que más sufrieron en Kirkuk". Cuando Sumaidaie presenta estos argumentos a sus colegas árabes iraquíes, me dijo, la respuesta es rencorosa. "El nacionalismo engendra nacionalismo", dijo Sumaidaie. "Creo que deberíamos abandonar el nacionalismo y adoptar el humanismo".
El 9 de septiembre, Masoud Barzani intensificó su retórica nuevamente, diciendo: "Kirkuk es el corazón de Kurdistán, y estamos dispuestos a ir a la guerra para preservar su identidad". Un iraquí que se define como liberal, que es funcionario del gobierno interino, me dijo que más y más líderes están reaccionando ante las amenazas kurdas con una actitud de "alivio". Mantener contentos a los kurdos, piensan, quizás no vale la pena. "La verdad es que los árabes de este país -80 por ciento de la población- se están cansando de estas amenazas de secesión", dijo. "Y cualquier día la respuesta será: Sepárense'".
Sin embargo, durante varias visitas a Kirkuk, encontré a menudo a gente de todas las etnias que todavía querían vivir juntos y estaban dispuestos a renunciar a parte de sus propias reivindicaciones históricas en la ciudad para vivir pacíficamente con otros grupos. Me di cuenta de que la idea de una ciudad multi-étnica no es un argumento desesperado de optimistas funcionarios de relaciones públicas americanos y británicos.
Este verano me reuní con Muhammad Abbas, un árabe en sus veinte, cuya familia se había trasladado a Kirkuk cuando él tenía seis años; su padre fue enviado a la ciudad a cumplir su servicio militar. Abbas describió el dolor de perder sus amigos kurdos después de la guerra. "No quiero irme, porque estoy acostumbrado a este lugar, al modo de vivir aquí", dijo. Hace poco fue detenido toda una noche por agentes de policía kurdos por no tener un carné de identidad. "Si esto me hubiera pasado en la época de Saddam, habría estado detenido varios días", dijo. "Y un kurdo podría haber sido hasta torturado". Abbas dijo que pensaba que árabes y kurdos podían vivir juntos en Kirkuk si los políticos los dejaban. "Somos seres humanos y ellos son seres humanos también", dijo. "En mi opinión, la ciudad de Kirkuk es de los kurdos. Ellos tienen más derechos en Kirkuk y merecen Kirkuk. Pero, con todo, no podemos simplemente marcharnos y abandonar la casa. ¿Dónde viviríamos?"
Al otro lado de la ciudad, en el barrio de Imam Qasim, conocí a un joven ingeniero kurdo llamado Sardar Muhammad. Él y su mujer e hijos viven en una pequeña casa con sus dos hermanos y sus familias. "Si no hubiera habido guerra, en quince años aquí en Kirkuk no quedaría ningún kurdo", dijo. Cuando la invasión americana pareció inminente, Muhammad bajo al sótano y cortó un pedazo de la pared de yeso, detrás de la cual había un cuarto oculto. Pensaba esconderse ahí si los baazistas empezaban a detener a los jóvenes kurdos, como habían hecho en 1991. En lugar de eso, los baazistas huyeron de la ciudad. Desde el derrocamiento de Saddam, la familia de Muhammad ha construido una edificación anexa y ampliaron la cocina, y la llenaron con electrodomésticos. "No era falta de dinero", dijo Muhammad. "Pero no estaba seguro de que pudiera conservar la casa. No sabía si necesitaría el dinero en el futuro para comprar alimentos". Hace unos años su mujer dejó los estudios porque no había ninguna posibilidad de que una mujer kurda que no corrigiera su nacionalidad encontrara trabajo. Después de la liberación, se volvió a matricular y sacó su diploma. "Antes, no sabíamos cuándo seríamos detenidos o expulsados", dijo Muhammad. "Ahora tenemos nuestras esperanzas puestas en el futuro".
Sobre los árabes que alguna vez tuvieron los derechos y privilegios que se negaron a su familia, Muhammad se mostró ambivalente. Sería más fácil para todos si se marcharan. "Pero sus hijos, porque nacieron aquí, tienen una especie de relación con la tierra, y no es culpa de ellos que amen el lugar donde nacieron", dijo. "No es justo que ellos deban marcharse". La única razón por la que Kirkuk debe unirse a Kurdistán, dijo, es que los árabes no trataron bien a los kurdos. Si el nuevo gobierno en Bagdad pudiera garantizar que todos los ciudadanos iraquíes serán tratados de la misma manera, él viviría contento bajo esa bandera, en lugar de la de Kurdistán.
Kirkuk ha sufrido inmoderadamente de mala ideas, y las más viejas han engendrado algunas nuevas: la idea de que el reloj histórico puede ser retrocedido en cuarenta años, o que Iraq puede ser repartido entre sunníes, chiíes y kurdos sin un gigantesco derramamiento de sangre e incontables tragedias personales. La idea más débil en Iraq puede ser la idea de Iraq mismo. Como me dijo Barham Salih: "No hay una identidad iraquí hacia la que pueda llevar a mi pueblo. Me gustaría tener una identidad iraquí, pero no existe". Samir Shakir dijo: "Olvidar lo que hizo Saddam, cuando la identidad étnica era lo más importante, y acercarnos a una sociedad donde lo más importante sea la ciudadanía -esa transición no será fácil. Pero tenemos que hacerlo".
La obsesión con la identidad étnica puede ser el último legado del régimen de Saddam, su diabólica venganza de sus compatriotas. En ningún lugar como en Kirkuk se siente esto con tanta intensidad. "Saddam desapareció, pero todavía no hemos terminado con él", dijo un árabe. "Incluso aunque no esté, dejó problemas plantados para el futuro".
En mi última noche en Kirkuk fui a visitar la ciudadela con Luna Dawood. Ella llevaba sandalias de taco alto; aunque llevaba la cabeza descubierta, se había recogido el pelo como un gesto de respeto. Había estado en la ciudadela sólo una vez antes, en 1988; después de los residentes fueran expulsados y sus casas destruidas, le tomó aversión al lugar.
A la puesta de sol nos abrimos camino hacia el zoco, pasando frente a tiendas kurdas que vendían pan, yogures, y unas herramientas de aspecto antiguo, y luego entramos a un callejón que nos llevó a la cima de la meseta. La ciudadela se extendía ante nosotros, un terreno enorme y prácticamente vacío lleno de basura y pasto seco, piedras quebradas y monumentos dispersos. Una jauría de perros salvajes vagaban amenazantes y los únicos habitantes humanos eran un viejo turcomano y su familia. Vivían ilegalmente en la casa de mármol de un imán muerto hace mucho tiempo. El turcomano nos dijo que había vivido en una casa a unos pocos metros. Trajo a su familia de vuelta después de la liberación de Iraq, y logró que se le dejara vivir ahí. "Aquí nací", dijo. "Soy un hombre pobre. No tengo adónde ir. ¿Dónde puede vivir un hombre pobre?"
Cruzamos el terreno, hacia una torre octogonal dorada y azul, construida por un pasha otomano para su hija muerta, y el antiguo minarete de barro de la Tumba de los Profetas. Dawood, que caminaba con un pasmado silencio, dijo de pronto sobre sus compatriotas de Kirkus. "Son estúpidos. Han destruido su historia". Al otro extremo de la ciudadela, encaramada sobre el lecho seco del río, estaba la casa abandonada de la mujer turcomana que vendía zapatos y bolsos en el zoco. Detrás de este, se hundía entonces la bola naranja del sol. En una de las paredes de la casa, alguien había escrito: "Vivan los turcomanos -son la corona en la cabeza de los kurdos". En otras paredes también había pintadas: "Kirkuk es el corazón del Kurdistán"; "La ciudadela de Kirkuk es el símbolo de los kurdos"; y "La ciudadela de Kirkuk es testigo del carácter nacional turcomano, cualquiera las condiciones". En la pared de un patio de otra cosa semi arruinada, alguien había pintado: "El pueblo turcomano es hermano del pueblo kurdo", pero alguien había rayado "pueblo kurdo".
"Aquí hay fantasmas", murmuró Dawood. "Los puedo oír por la noche. Mi madre nos decía, cuando éramos niños, que hay un camino de Kirkuk a Bagdad que es subterráneo. La puerta está en algún lugar, para la gente que quería escapar de Kirkuk".
Su inquietud se hacía mayor a medida que nos acercábamos a la Tumba de los Profetas. "Esta no es la ciudadela que conozco. Te dije, he estado aquí antes. Pero antes había un camino, y gente. Ahora no sé dónde está ese camino". Dijo que había venido con tres amigos, uno de ellos un musulmán, después de que hubiera soñado con el profeta Daniel.
Nos paramos frente a la puerta de la supuesta tumba de Daniel y Ezra. Abajo, en la ciudad, los almuecines llamaban a la oración de la tarde. Entré a la cámara vacía y esperé a que Dawood me siguiera, pero en la puerta retrocedió con un grito mudo. Me acerqué a ella.
"Era oro", exclamó. Cuando ella visitó el santuario después de su sueño, las tumbas y paredes estaban cubiertas de láminas de oro; lo habían retirado todo. "Ahora me siento deprimida", dijo Dawood. "Ahora veo la diferencia entre entonces y ahora. No puedo sentir el carácter sagrado del santuario. Me da miedo entrar".
Estaba obscureciendo y emprendimos el regreso. Dawood caminaba en silencio nuevamente. Justo antes de entrar al sendero que descendía hacia el zoco, había un hoyo rectangular en el suelo. Se detuvo. "Recuerdo el pozo que vimos. Recuerdo que había árboles. Ahora estoy recordando: yo vine aquí cuando era niña".
La noche caía sobre el zoco. Los tenderetes del mercado empezaban a cerrarse entre los llamados de las últimas ofertas, y los barrenderos sacaban la basura del día. Dawood habló tan suavemente que parecía haberse transformado ella misma en un fantasma. "¿Qué valor tiene un ser humano, si te despojan de un sitio como este? En este instante, ser un ser humano no significa nada para mí. Lamento que me hayas traído a este lugar. No debí haber venido".
4 de octubre de 2004
28 de noviembre de 2004
©new yorker
©traducción mQh
"
Semanas después de la liberación de Kirkuk, en abril de 2003, Jordan Becker, un teniente de 20 años de la Brigada Aerotransportada Nº173, fue enviado por el comandante de su compañía a solucionar un problema en Arrapha, el vecindario donde vive Luna Dawood. Entre los miles de deportados kurdos que habían vuelto a Kirkuk a reclamar sus casas y tierras -en algunos casos expulsando a sus ocupantes árabes; en otros, los ocupantes ya habían huido- había 67 familias que ocuparon las elegantes casas que habían sido abandonadas por importantes funcionarios baazistas. Estos kurdos habían estado viviendo durante años en campamentos de refugiados en las colinas de los alrededores de Suleimaniya, una de las capitales regionales de Kurdistán. Becker, que tenía toda una estantería llena de libros sobre el idioma kurdo e historia de Oriente Medio en su tienda de campaña en la base norteamericana, tenía la misión de decirles a los kurdos que tenían que desalojar esas casas. En la primera casa que visitó, la esposa juró que si los norteamericanos la obligaban a abandonar la casa, se prendería fuego.Becker volvió a la base y se reunió con su capitán. Decidieron que lo intentara de nuevo, pero esta vez Becker, un californiano del sur de ojos azules con el cuerpo de un jugador de fútbol americano, dejó su chaleco antibalas en la base; bajo su nueva apariencia menos amenazante, estuvo hablando con la familia durante dos horas. "Lo que aprendí con esa gente es que tienen un sentido de la historia, y paciencia histórica", dijo. "Han pensado en lo que es mejor para su comunidad, y cuando les convences de que lo que están haciendo va a crear una cuña entre su comunidad y los árabes, y entre su comunidad y los norteamericanos, se dan cuenta de que no era eso lo que querían hacer". El argumento que presentó Becker a los kurdos era abstracto: "Si tienes una casa en un país que es inestable y violento, todo lo que tienes es una casa. Pero si tienes una casa en un país que es estable y que vive bajo la ley, entonces tienes mucho más que una casa". Luego presentó su interpretación de manera más concreta. "Nada más que porque has ganado la guerra no te da derecho a hacer lo que quieres. Si prefieres apoyar la ley en lugar de la ley de los vencedores, estarás invirtiendo en el futuro de Iraq". Becker sonrió. "Y me dijeron: Eso está bien'".
Los okupas kurdos dejaron Arrapha. Eso ocurrió en las primeras semanas, cuando los kurdos consideraban a los norteamericanos como salvadores y estaban dispuestos a postergar sus reivindicaciones un poco más. Durante mi visita a Kirkuk este verano, la paciencia histórica de los kurdos se estaba agotando. En su discurso a la familia en Arrapha, el teniente Becker había formulado una política de gobierno de la ocupación mejor que cualquiera de los oficiales superiores: las viejas disputas deben ser resueltas en litigios legales, no por la fuerza; mientras no haya leyes nuevas en vigor, debe mantenerse el status quo. Sin embargo, a más de un año del derrocamiento de Saddam, apenas si un mecanismo jurídico para resolver disputas sobre derechos de propiedad particulares se ha puesto en funcionamiento. En lo que se refiere a un solución política mayor sobre la posición de Kirkuk, el gobierno de la ocupación ha evitado por completo el tema, y la Constitución interina firmada en marzo por el antiguo Consejo de Gobierno declaró que el futuro de Kirkuk no se resolverá mientras no haya una Constitución permanente. Entretanto, las tropas norteamericanas en la ciudad funcionan, como me dijo un soldado, "como un portero metido en medio de una viciosa pelea de bar". Kirkuk sigue peligrosamente en una situación de impasse, mientras los hechos que podrían forzar un resultado drástico se acumulan sólidamente en la zona.
Desde la invasión, más y más árabes han sido desalojados de sus casas. Un informe de la organización de refugiados Global IDP calcula el número total de árabes desplazados en el norte en unos 100.000, aunque la ausencia de organizaciones internacionales en Iraq hace imposible tener cálculos precisos. Dentro de las barracas y hangares de helicópteros bombardeados de la base de la Fuerza Aérea iraquí al noroeste de Kirkuk, cerca de la base norteamericana, encontré a un grupo de okupas árabes. Dos viejos que hablaron a nombre de las 52 familias allí dijeron que milicianos kurdos los habían expulsado de Amshaw, la pequeña aldea que yo acababa de visitar.
"Tenemos gente joven que creen que Amshaw les pertenece", dijo uno de los árabes, Ali Aday. "Yo les digo: Hijos, ellos dicen que pertenece a los kurdos'. Ellos dicen: ¿Y cómo? Nosotros nacimos y nos criamos en esas casas'". El viejo señaló que la cantidad de familias kurdas que se habían instalado en Amshaw era apenas la mitad de los árabes que habían huido -había suficientes casas en Amshaw para que 25 familias árabes volvieran y vivieran junto a los kurdos. "Simplemente queremos saber quién nos dará nuestros derechos", dijo Ali Aday. Los soldados norteamericanos en la región habían dado a los refugiados árabes mantas y comida, y les dijeron que se quedaran donde estaban hasta que el problema se solucionara de acuerdo a la ley. "¿Dónde está el gobierno que respetará nuestros derechos? ¿Es el gobierno norteamericano? ¿El gobierno iraquí? No lo sabemos. No es posible simplemente dejarnos aquí sin derechos".
A un kilómetro y medio de allí, un desolado campamento de 17 tiendas se erige junto a un fortín norteamericano. Una raída bandera turquesa con una medialuna blanca y una estrella -el símbolo del militante Frente Turcomano Iraquí- colgaba lánguidamente en el calor. El campamento también es simbólico -las tiendas estaban vacías-, pero un puñado de hombres hacía la guardia. Eran turcomanos que habían sido expulsados de Bilawa en 1980, un asentamiento cercano. Me mostraron copias de actas de propiedad de 1938, imágenes en negativo de documentos británicos; también tenían actas de la época de los otomanos, dijeron. Parte de su propiedad había sido tomada por la base de la Fuerza Aérea, y otra estaba ocupada por un árabe rico, que se negaba a abandonarla. Los turcomanos también reclamaban la tierra donde los refugiados árabes alojaban en los hangares de helicópteros. Era difícil imaginar una solución para todo esto.
"La solución es que la gente se vuelva a sus lugares de origen", dijo un turcomano. "¿Dónde vivían todos estos árabes antes de Saddam? Esa es la solución. Queremos que las cosas vuelvan a estar como antes de Saddam".
Al otro lado de la ciudad, cientos de familias kurdas se han instalado en los túneles y debajo de las tribunas del estadio de fútbol de Kirkuk, que fue construido en un barrio kurdo demolido. En un polvoriento campo junto al estadio, cientos de otras familias viven en tiendas. El director de una organización de refugiados kurdos calculó que 9.000 familias han retornado a Kirkuk. La mayoría de ellas fueron expulsadas de Kirkuk hace más de una década o más -llevadas en camiones del gobierno hacia la frontera provincial y abandonadas a lo largo del camino- y han vivido desde entonces en campamentos de refugiados. Otros como ellos vuelven a Kirkuk día tras días -en agosto, según un informe, 500 personas al día- incluso aunque las condiciones de vida son miserables y los norteamericanos, los grupos de ayuda internacionales y el gobierno local no les han ofrecido ningún tipo de ayuda. Un kurdo llamado Farhad Muhammad se hizo eco de lo que los árabes desplazados me habían dicho. "No sé quién nos dará una casa, porque hay muchos gobiernos en Iraq", dijo. "Esperamos que el nuevo gobierno no sea como el de Saddam".
A pesar de la escasez de viviendas en Kirkuk, los partidos políticos kurdos han empezado a acelerar el retorno de los kurdos en previsión del censo y las elecciones iraquíes. Los empleados del gobierno kurdos en Suleimaniya han recibido la orden de volver a Kirkuk, y se les ha prometido que se les continuará pagando sus salarios hasta que encuentren nuevos trabajos. En Erbil, en junio, 40 familias kurdas originarias de Kirkuk fueron obligadas a desalojar el edificio donde habían vivido como refugiados durante 40 años y que un hombre de negocios bien conectado políticamente quiere transformar en un supermercado; les dieron tres mil dólares por familia y enviados de vuelta a su pueblo natal. En julio, encontré a varios de ellos viviendo en Kirkuk, construyendo ilegalmente casas en los viejos vecindarios kurdos de Azadi y Rahimawa. Algunos líderes árabes alegan que los kurdos, incluyendo algunos que nunca han vivido en Kirkuk, se están trasladando a la ciudad en un intento de inclinar la balanza étnica. Uno de ellos llamó a la campaña un intento de "kurdización".
Entretanto, los beneficiarios árabes están abandonando la ciudad. Sabiha Hamood, la mujer que llegó con su familia desde Bagdad en los años ochenta, vendió su casa la primavera pasada, aprovechando los inflados precios que los kurdos ricos están dispuestos a pagar por casas cómodas. En Qadisiya, un barrio al sur de la ciudad que fue construido durante la arabización, encontré a unos árabes asistiendo a un funeral. Me llevaron a una sucia casa de bloques en la que se hacinaban tres familias que habían sido desalojadas de sus casas. En el vecindario adyacente, dijeron, unas cien familias árabes habían vendido sus casas a kurdos y abandonado la ciudad. Los hombres eran chiíes, antiguos agentes de policía y soldados, ahora en el paro y llenos de quejas. Riyadh Shayoob, que llegó a Kirkuk desde Basra en 1986 cuando tenía cinco años, había sido sacado de su casa en un área kurda y no le habían aceptado en la nueva fuerza policial iraquí. Vivía pobremente vendiendo chucherías en el zoco, donde los kurdos lo despreciaban y amenazaban. Algunos de ellos, contó, vendían, mofándose, discos compactos con imágenes de prisioneros árabes torturados en la prisión de Abu Ghraib. "Me dijeron: Vuelve a tu tierra. No te quedes en Kirkuk'", dijo Shayoob con una sonrisa melancólica, "Antes, yo tenía amigos kurdos, pero ahora no me ayudan. Se han puesto contra mí".
Me dijeron que los trabajos en el gobierno se los daban casi exclusivamente a kurdos. El nuevo gobernador y el jefe de la policía son kurdos, y todos los canales de televisión son kurdos; los árabes están siendo sacados de la ciudad, y no cuentan con nadie con poder que los defienda -la larga lista de quejas árabes se parecen sorprendentemente a los predicamentos de los kurdos en Kirkuk durante el régimen de Saddam. Para esos hombres, los kurdos eran ahora los beneficiarios. "Hay más injusticia ahora que bajo Saddam", insistía un hombre barbudo de aspecto agresivo, llamado Ethir Muhammad. "Incluso si Saddam hizo todas esas cosas, ¿es culpa nuestra? Nosotros no les hicimos nada".
En Kirkuk, el conflicto árabe-kurdo ha sido intensificado por la resistencia contra el gobierno iraquí, que ha empeorado en los últimos tiempos: en las últimas semanas, dos atentados con coches-bomba en Kirkuk causaron la muerte de al menos 40 personas. Los kurdos son a menudo considerados colaboracionistas de los norteamericanos, mientras muchos de los árabes importados simpatizan con las fuerzas de la resistencia sunní o chií. Moqtada al-Sáder, el radical clérigo chií, ha dicho que los kurdos son musulmanes apóstatas y serán condenados; en el verano, varios cientos de kurdos llegaron a Kirkuk huyendo desde Samarra y otras ciudades árabes después de haber sido denunciados en las mezquitas sunníes como traidores. Los árabes en la casa de bloque eran partidarios del representante de Sáder en Kirkuk, cuya mezquita fue allanada en mayo por soldados norteamericanos. (Descubrieron un alijo de armas y arrestaron a 30 personas). Todos prometieron quedarse en la ciudad. "Kirkuk se ha transformado en una jungla", dijo Ethir Muhammad. "Si alguien me quisiera obligar a marcharme, lo mataría yo a él o él a mí. Es la ley de la selva".
Entre los árabes importados escuché varias historias de conspiraciones -que las fosas comunes del régimen de Saddam son de hecho sitios arqueológicos de miles de años de antigüedad, que las armas químicas con que se bombardeó Halabja eran en realidad sacos de yeso. (Esta teoría la propuso un bombero empleado por la compañía refinadora, cuya casa en Arrapha da directamente a un terreno de la antigua mansión de Ali Hassan al-Majid -conocido, desde que dirigió el bombardeó con gases contra los kurdos, como el Químico Ali). Una mujer árabe, maestra jubilada de la sureña ciudad de Kut, dijo: "Iraq forma parte de una nación árabe, no de la nación kurda. Los kurdos son invitados en Iraq - ¿y ellos quieren echar a los árabes ahora?" Pocas veces oí un reconocimiento de los crímenes que cometieron los árabes contra los kurdos en Kirkuk, o ninguna expresión de vergüenza de haber sido beneficiarios. Esto sólo profundiza la convicción entre los kurdos, especialmente entre los deportados que han retornado, de que no es posible vivir con los árabes importados de Kirkuk.
El plan kurdo para Kirkuk es absolutamente claro. Todos los árabes importados deben marcharse -incluso aquellos que nacieron en la ciudad. El gobierno debería pagarles compensaciones, y quizás darles tierra y trabajo en sus provincias de origen, pero permitir que sigan en Kirkuk sería justificar la injusticia de la arabización. Una vez que los deportados kurdos se hayan reasentado y el balance demográfico original de la provincia haya sido restaurado, la región de Kirkuk será censada. (El censo de 1957 mostró que casi un 50 por ciento de la población era kurda). El resultado de este censo por hacer tiene para los kurdos una conclusión anticipada: ellos serán la mayoría de la provincia. Igualmente previsible es el resultado del referéndum que se hará seguidamente: la provincia de Kirkuk votará para unirse a la región de Kurdistán, y la ciudad estará incluida.
Nada de esto aparece en la Constitución interina de Iraq. El artículo 58, que especifica los Pasos para reparar injusticias', es adrede vago sobre el futuro de Kirkuk. Pide que "la injusticia causada por los métodos del antiguo régimen al alterar el carácter demográfico de ciertas regiones, incluyendo Kirkuk", sea reparada. Afirma que "los individuos introducidos recientemente en regiones y territorios específicos... pueden ser reasentados, recibir compensación del estado, nuevas tierras del estado cerca de sus lugares de residencia en las gobernaciones de donde provenían, o pueden recibir compensación por los costes de trasladarse hacia esas áreas". (No dice "deben"). La condición de ciudades disputadas como Kirkuk será aplazada hasta después del censo y una Constitución permanente, "consistente con el principio de justicia, tomando en cuenta la voluntad de los habitantes de esos territorios". Este lenguaje insulso plantea más preguntas que respuestas. ¿Requiere la justicia sólo que se restaure la propiedad confiscada, o también requiere que se restaure la demografía de Kirkuk al período anterior a la arabización? ¿Obligar a los árabes a volver a las ciudades "de donde provenían" no crea nuevas injusticias y perpetúa el ciclo de venganzas?
Aunque no ha habido nada parecido al baño de sangre colectivo y apocalíptico que algunos predijeron, varias manifestaciones en Kirkuk se han tornado violentas, y los líderes de Kirkuk han sido víctimas de una campaña de asesinatos. La mayoría de los oficiales asesinados eran kurdos, aunque uno era un concejal provincial árabe; hace una semana, un jeque árabe que había ocupado unas tierras en litigio en los alrededores de Amshaw fue emboscado y matado. En estos casos rara vez se hacen detenciones. Los kurdos de Kirkuk sospechan de agentes de inteligencia turcos; el gobierno turco ha dicho repetidas veces que un intento de apoderarse del poder por parte de los kurdos en Kirkuk sería considerado como el preludio de un estado independiente y por eso una amenaza para Turquía, que tiene su propia minoría de kurdos rebeldes. En julio, el ministro de Exteriores turco, Abdullah Gul, comparó Kirkuk con Bosnia e hizo una advertencia velada: "Todos saben que este es el problema que se puede transformar en el más grande dolor de cabeza para Iraq".
Hasib Rozbayani es el vice-gobernador para el re-asentamiento y compensación, el funcionario responsable de los refugiados retornados. Rozbayani es el principal portavoz de las emergentes políticas para revertir la limpieza étnica. Pasó años enseñando ciencias sociales y estadística en el exilio de Suecia, y, con una indócil cabeza de cabellos rizados, gafas y el hábito de mascullar las preguntas a medida que habla, tiene un apacible aire de profesor. Cuando hablamos en la salita de su casa, estaba descalzo y llevaba pantalones deportivos y la camisa fuera de los pantalones, y se la pasó cogiendo distraídamente la pistola automática que yacía en el sofá junto a él, sobresaltándose y poniéndola de nuevo en el sofá. Apoyado contra su equipo estéreo había un Kalashnikov.
Rozbayani no dejó dudas sobre el futuro de los árabes importados. Su partida de Kirkuk es necesaria por varias razones, dijo, incluyendo razones psico-sociales: los árabes sufren de un complejo de culpa, ya que la mayoría de ellos son criminales y antiguos baazistas, lo que les dificulta la idea de quedarse; saben que no pertenecen a la ciudad y no tienen amigos entre los otros grupos; su continuada presencia sería una provocación para los kurdos, y provocaría a conflictos sociales. Además, el desempleo es ya bastante alto en Kirkuk.
Los beneficiarios que no hayan dejado Kirkuk antes del censo y el referéndum no podrán votar allá, dijo Rozbayani. No cree que para entonces vivan muchos árabes en Kirkuk. "Tienen que marcharse", dijo. Árabes importados tienen que marcharse incluso si nadie reclama sus casas o tierras, porque su falta es colectiva. Después del censo y del referéndum sobre el estatuto de Kirkuk, me dijo, los árabes podrán volver a la región -de visita.
Le conté a Rozbayani sobre una pareja que había conocido: el marido llegó desde el centro de Iraq en los años sesenta; la esposa es una "árabe originaria" cuya familia ha vivido en Kirkuk durante generaciones. Sus hijos se han criado con niños de una familia kurdo-turcomana vecina. ¿Qué pasará con esa pareja?
"Tienen que marcharse", dijo.
"La esposa es nativa de Kirkuk".
"Puede marcharse con él".
Mis preguntas le parecieron a Rozbayani un humanitarismo equivocado, y me lo devolvió. "Por supuesto, yo acepto la idea de fraternidad y amistad", me aseguró. "Pero sabemos que los árabes se han apoderado de tierras, ocupado tierras, han ido casa por casa investigando a la gente, ejecutando a la gente, llevándose sus hijos, sus hijas -¿y tú me dirías: Bienvenido, Iraq es de todos? Es divertido".
Gran parte del descontento de Rozbayani y otros kurdos se dirige contra la coalición encabezada por los norteamericanos. Esperaban algo más estudiado que la imparcialidad de Estados Unidos. Un peshmerga que ahora vive en una casa abandonada en Amshaw me preguntó: ¿Por qué nos tratan igual que a otros iraquíes, incluyendo a los de la Guardia Republicana, mientras que somos vuestros amigos?'"
La primera representante de la Autoridad Provisional de la Coalición APC en Kirkuk y partidaria de Paul Bremer, el jefe de la APC, más influyente de la ciudad era Emma Sky, una delgada inglesa de ojos marrones, de 36 años. Sky habla algo de árabe y trabajó en el pasado en Cisjordania, con palestinos; aunque se opuso a la invasión de Iraq, se ofreció de voluntaria para unirse al gobierno de la ocupación. Al llegar a Kirkuk, se dio cuenta de que la tarea más urgente era asegurar a los enajenados árabes y turcomanos que la actitud triunfalista de sus vecinos kurdos no significaba que no hubiera futuro para ellos. A medida que recorría la provincia, su prestigio entre los árabes subió enormemente. Ismail Hadidi, el vice-gobernador y árabe originario, la elogió de la manera más honrosa: "Tratamos con ella como si fuera un hombre, no una mujer".
Sky cree apasionadamente que Kirkuk puede ser un modelo para un Iraq étnicamente diverso. "La gente tiene que abandonar este modo de pensar en términos de suma cero", me dijo en Bagdad. "Kirkuk es un punto de confluencia. Todo confluye aquí. Sí, se puede tener un país con regiones separadas, donde la gente no tenga que ver con otros grupos. ¿Pero se puede tener un país donde la gente esté contenta unos con otros, donde la gente se sienta cómoda? Creo que Kirkuk te dirá qué tipo de país será Iraq". Comparado con los problemas de Israel y Palestina, dijo Sky, los de Kirkuk pueden ser resueltos con relativa facilidad. "En Kirkuk puedes ganar. Kirkuk no tiene diferencias irreconciliables, todavía".
Con el paso del tiempo, muchos kurdos empezaron a ver a Emma Sky y la APC como inclinados hacia los árabes. Cuando se reunió con el líder kurdo Jalal Talabani en Suleimaniya, él le dijo bruscamente: "Te llaman Emma Bell". Se refería a Gertrude Bell, la funcionaria colonial británica que vivió y, se dice, se suicidó en Bagdad. Bell, que hablaba árabe con fluidez y amaba la cultura, era admirada por muchos árabes. Después de la Primera Guerra Mundial delimitó los límites del Iraq moderno, en el que los árabes sunníes se transformaron en los detentadores del poder y los kurdos vieron evaporarse sus sueños de un país propio.
Tampoco ayudó a la causa de la Coalición sus planes para desenmarañar y solucionar los problemas en Kirkuk -la Comisión de Reclamos de Propiedad Iraquí, que Sky ayudó a formar- no empezó a procesar los reclamos sino hasta abril y aún no ha tomado una primera decisión. Azad Shekhany, un kurdo que presidió la comisión en el pasado, concluyó que todo este asunto era una elaborada táctica para mantener la paz, y culpó a la Coalición. "Entiendo que no quieran hacer volver a los árabes a sus lugares de origen, pero tampoco quieren que los kurdos se sienten descontentos, así que se limitan a postergar todo burocráticamente", dijo Shekhany.
La comisión ha recibido hasta el momento mucho menos reclamaciones que las que se esperaban -1.658 exactamente la mañana de julio cuando visité sus oficinas, que estaban bien equipadas y casi vacías. Dos mujeres kurdas en holgadas túnicas negras -Jamila Safar y su madre, Khadija Namikh- estaban sentadas a un escritorio presentando un reclamo. En marzo de 1991, durante la insurrección en Kirkuk y el norte que siguió a l Guerra del Golfo, me dijo Safar, murió su padre. El día de su funeral, el 13 de marzo, ella y su madre volvieron desde el cementerio y encontraron su casa rodeada por soldados, miembros del Partido Baaz y hombres enmascarados que trabajaban para el Químico Ali'. "¿Son ustedes kurdos o árabes?", preguntaron los hombres. Todos los vecinos estaban en la calle -kurdos, árabes y turcomanos, agrupados por etnia. Unos tanques bloqueaban las calles y los helicópteros sobrevolaban el lugar mientras los hombres kurdos, incluyendo al hermano mayor de Safar, eran atados y retirados en buses. Safar y Namikh, junto con otras mujeres y niños kurdos, fueron subidos a otros buses y trasladados a las montañas, donde fueron abandonados. Les dijeron que siguieran caminando hacia el norte. Cuando las dos mujeres se pusieron en camino, fueron bombardeadas por aviones; varias vecinas murieron ante sus ojos. Safar y su madre se quedaron en la frontera iraní durante tres meses. Cuando volvieron a Kirkuk, su casa -junto a dos mil otras en su barrio- había sido demolida.
"Gracias a Dios que sólo encontramos polvo", dijo Safar. "Gracias a Dios, por nuestra seguridad".
Un abogado de la oficina estaba rellenando un extenso formulario por ellas. "¿La casa era de ladrillos o de barro?"
"De ladrillos", dijo la madre de Safar. "Dése prisa, por favor. Estoy enferma, no puedo esperar".
"¿Quiere la tierra, o quiere una compensación?", preguntó el abogado.
"Queremos la tierra", dijo Safar.
El abogado lo apuntó, y también que necesitaban dinero para construir una nueva casa. "¿Por qué no recurrió a la comisión para gente con casas derruidas en 1991?"
"Sí lo hice", dijo la madre. "Me dieron un formulario, pero nada más".
Ayob Shaker, un árabe bien entrados en los treinta, se acercó y saludó a las dos mujeres con una reservada timidez. Había sido su vecino. El día de la deportación había ayudado a otros kurdos en el área a cargar muebles en los buses. También fue soldado de la Guardia Republicana, y cuando volvió a Kirkuk, desde Bagdad, después de que los americanos hubieran depuesto a Saddam, encontró que un grupo de peshmerga, incluyendo a otro antiguo vecino, habían ocupado su casa. En todo Kirkuk el reglamento para reclamos de propiedad fue modificado recientemente para permitir que los árabes desplazados después de la guerra puedan también hacer sus reclamos. Shaker dijo que sus hijos habían sido amenazados por los peshmerga y él tuvo miedo de pedir compensación.
"Creéme, nadie sabe lo sabe con certeza, pero en general son los kurdos los que están gobernando esta ciudad", dijo. "Para mí, como árabe, si pido un trabajo tengo que presentar un documento de un partido kurdo certificando que no soy un delincuente". La casualidad lo había acercado a esta oficina el mismo día que las dos mujeres a las que acostumbraba saludar todos los días cuando partía a su trabajo. Pensó que la injusticia que él había visto que se cometía con esas mujeres, le estaba ocurriendo a él. "Es lo mismo", dijo. "El gobierno les hizo eso a ellas. Los peshmerga nos lo hicieron a nosotros".
Las mujeres asintieron. Hubo un momento de acercamiento entre los viejos vecinos.
"Sólo Dios y Estados Unidos pueden resolver el problema", dijo el árabe.
¿Y el nuevo gobierno iraquí?, le pregunté.
"No lo sé", dijo la madre. "¿Hay ahora un gobierno?"
El abogado de la oficina terminó de rellenar el formulario. La hija sonrió y dijo: "Creo que se nos hará justicia y nuestro caso será solucionado".
Le pregunté al árabe si habría justicia en Kirkuk. Titubeó. "No creo", dijo. "Es muy difícil. Los que están ahora en la ciudad no se entienden unos con otros. Yo soy hijo de Kirkuk" -un árabe originario- "y durante 35 años nadie nos pudo hacer nada. Ahora me siento indignado, por mi casa".
Le pregunté a las mujeres si los kurdos harían a los árabes lo que estos habían hecho a los kurdos. "No, no lo harán", dijo la hija. "Creéme, juro por Dios que no lo harán".
"Han hecho cosas peores que los árabes", dijo Shaker.
La hija se puso rígida y miró fríamente a su antiguo vecino. "¿Cómo así?", le preguntó.
"Conozco a una persona que expulsó a la mitad de una tribu de sus casas en la ciudad", respondió él.
La cordialidad había desaparecido. La hija señaló que Shaker se había olvidado de lo que había pasado con los kurdos en Kirkuk. Se excusó abruptamente y ayudó a su madre a salir de las oficinas de la Comisión de Reclamos de Propiedad Iraquí.
Debido a que Kirkuk no es todavía escenario de una guerra abierta, la ciudad sigue siendo una falla oculta en el accidentado paisaje iraquí. Pero lo que es ahora una disputa entre vecinos será pronto uno de los obstáculos más grandes para hacer de Iraq un país democrático, y para conservarlo entero. En el verano de 2003, tuve una conversación con Barham Salih, que era entonces el primer ministro del gobierno regional de Suleimaniya. Un decidido partidario de la invasión americana y de la participación kurda en un Iraq democrático y federal, también estaba consciente de las arraigadas sospechas de su electorado hacia Bagdad y de su anhelo por la independencia. Durante 12 años, Suleimaniya fue una de las dos capitales del Kurdistán iraquí, un estado de hecho independiente bajo la protección de una zona aliada prohibida. Toda una generación de kurdos creció hablando árabe y desvinculada de Iraq -y la idea de unirse a un país que no hace mucho tiempo sometió a los kurdos el genocidio y la limpieza étnica es, comprensiblemente, difícil de aceptar.
"Quiero asegurarme de que mis hijos y las nuevas generaciones que el nuevo Iraq será completamente diferente", dijo Salih. "Si los árabes de Iraq no tienen el coraje de ajustar cuentas con el terrible pasado que tenemos y enderezar las terribles injusticias que se cometieron contra mi pueblo, me será extremadamente difícil convencer a los que dudan en el bazar de Suleimaniya de que Iraq es nuestro futuro".
Fui a ver a Salih nuevamente en junio pasado en Bagdad, en su primer día como vice-primer ministro del nuevo gobierno interino iraquí soberano. Después de un año de ocupación y resistencia, su ánimo era sombrío y su interpretación de la Constitución interina de Kirkuk intransigente. "El pueblo nativo de Kirkuk, las comunidades originales de Kirkuk, deben ser las que decidan el destino de Kirkuk -no aquellos que fueron traídos por Saddam u otras potencias foráneas", dijo. También los árabes importados fueron víctimas, "herramientas de una política ruin, ya que Saddam quería crear un ambiente para justificar una guerra civil permanente entre kurdos y árabes". Pero, agregó Salih: "Kirkuk no es Bosnia, y de hecho los líderes kurdos ha mostrado una gran moderación en el modo en que han tratado el asunto de Kirkuk. En Bosnia hubo una guerra civil".
Le pregunté a Rowsch Shaways, un kurdo y uno de los dos vice-presidentes del gobierno interino, qué pasaría si los árabes importados se negaban a abandonar Kirkuk. ¿Serían subidos a camiones y trasladados hacia el sur, hacia Basra y Kut?
"Bueno, habría una campaña permanente para convencerles", dijo.
¿Provocarían los intentos de sacar a los árabes de Kirkuk represalias contra los kurdos que viven en regiones árabes de Iraq? "No, es una situación diferente", dijo. "Los kurdos que viven en el sur se están trasladando hacia acá muy normalmente, y por una campaña de etnicidades cambiantes". Después de los efectos de la limpieza étnica de Saddam hayan sido anulados, "todo el mundo podrá vivir donde quiera", dijo Shaways. "Pero antes tienes que revertir esa política injusta que se aplicó para fortalecer al Partido Baaz y modificar la composición étnica de algunas regiones". Los americanos han esperado demasiado tiempo para resolver el problema de Kirkuk, dijo, y agregó: "Esta es mi opinión: Kirkuk hace parte de Kurdistán".
De los funcionarios kurdos más importantes, pensé que la persona que se sentiría más humillada con la pregunta sobre Kirkuk sería Bakhtiar Amin. Se crió en Imam Qasim, un bello barrio kurdo cerca de la ciudadela en el pasado, donde se ha dejado que las casas con columnas otomanas acaracoladas decayeran hasta el punto de derrumbarse. Amin y su familia fueron expulsados de Kirkuk durante la arabización; sus familiares fueron encarcelados y torturados. Amin, 46, vivió durante años en el exilio, trabajando como un activista de derechos humanos en Europa, donde fundó la Alianza Internacional por la Justicia. Ahora es el primer ministro de derechos humanos del gobierno iraquí soberano. Pero, cuando nos sentamos en su espaciosa oficina en Bagdad para hablar sobre justicia en Kirkuk, Amin me dejó claro que hablaba como kurdo.
Después de relatar la historia de la opresión de Kirkuk con gran detalle, el ministro me advirtió que la situación en Kirkuk se estaba haciendo explosiva. Los americanos estaban sobrecargados por el cotidiano caos de Bagdad, Faluya y Nayaf, y "quieren mantener la paz aquí -la calma de un cementerio". Amin agregó: "Es importante no ser ingenuo con sus enemigos y maquiavélico con sus amigos. La paciencia tiene límites, también la de las víctimas". La única solución, insistió, era volver a la demografía de Kirkuk de antes de la arabización, y ayudar a los árabes a re-asentarse en el sur.
Le pregunté cómo respondería a un joven árabe que dijera: "Ministro de Derechos Humanos, Kirkuk es mi casa. No tengo otra. ¿Por qué debo irme?" Amin dijo que presentaría al joven árabe a un joven kurdo que ha perdido su casa y crecido en una tienda de campaña, y cuyo hermana o hermano ha muerto de hambre o de frío. Dijo que le diría al joven árabe: "Tu padre, tu madre, vienen de otra región y llegaron y se apoderaron de la casa de esta gente y eso es lo que hicieron a esos niños. Y yo te ayudaré a que tengas una vida decente en el lugar de donde provenían tus padres".
Antes este año los líderes kurdos tuvieron considerable éxito en influir en el lenguaje de la Constitución interina de Iraq, que salvaguarda los derechos de los grupos minoritarios y propone una república federal con significante autonomía regional. En los últimos meses, sin embargo, muchos kurdos han perdido confianza en los esfuerzos por construir un nuevo Iraq. Se están alejando cada vez más de sus aliados norteamericanos, que parecen siempre más dispuestos a tranquilizar a los recalcitrantes árabes antes que a los fieles kurdos. Varios políticos kurdos me dijeron que una repetición de 1975, cuando Estados Unidos retiró su apoyo a los kurdos y los dejó en manos del régimen baazista parecía ahora enteramente posible. En mayo, Estados Unidos causaron esas sospechas cuando cedió ante una demanda del gran ayatollah Ali al-Sistani y dejaron fuera de la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que consagraba la restaurada soberanía iraquí, toda mención de su Constitución interina. Cuando se hizo claro que los kurdos no obtendrían ni la presidencia ni la posición de primer ministro, los políticos kurdos, incluyendo a Barham Salih, estaban tan encolerizados que se retiraron brevemente de Bagdad hacia el norte. El 1 de junio, los dos líderes kurdos, Masoud Barzani y Jalal Talabani enviaron un cri de coeur al presidente Bush, que fue publicado posteriormente. "Desde la liberación hemos detectado un prejuicio contra Kurdistán de parte de las autoridades americanas por razones que no podemos comprender", escribieron, y advirtieron que si la Constitución interina "es revocada, el Gobierno Regional de Kusdistán no tendrá otra opción que abstenerse de participar en el gobierno central y sus instituciones, de no tomar parte en las elecciones nacionales, y de expulsar de Kurdistán a los representantes del gobierno central".
El episodio parecía una reacción extrema nacida de una experiencia extrema, una especie de neurosis histórica en la que tanto los kurdos como los árabes de Iraq se encuentran atrapados. Samir Shakir Sumaidaie, un antiguo miembro del Consejo de Gobierno que fue nombrado recientemente embajador de Iraq ante Naciones Unidas, dijo que entendía por qué habían reaccionado los kurdos con tanta indignación. "No puedo culpar a un kurdo por sentir rabia", dijo. "Pero sí pedirle que contenga su rabia, porque la gente enfurecida a menudo hace cosas estúpidas y termina perjudicándose a sí misma. Los árabes, por otro lado, deben reconocer la injusticia que se ha hecho a los kurdos. Reconociendo la injusticia se saca el veneno del sistema. Les he dicho a los árabes en Kirkuk: tenemos que admitir lo que se hizo a los kurdos en nombre del nacionalismo árabe, y de eso vosotros habéis sido quizás los instrumentos inconscientes". La rabia de los kurdos, dijo, se enfriará cuando vean que se hace justicia -"especialmente con las familias que más sufrieron en Kirkuk". Cuando Sumaidaie presenta estos argumentos a sus colegas árabes iraquíes, me dijo, la respuesta es rencorosa. "El nacionalismo engendra nacionalismo", dijo Sumaidaie. "Creo que deberíamos abandonar el nacionalismo y adoptar el humanismo".
El 9 de septiembre, Masoud Barzani intensificó su retórica nuevamente, diciendo: "Kirkuk es el corazón de Kurdistán, y estamos dispuestos a ir a la guerra para preservar su identidad". Un iraquí que se define como liberal, que es funcionario del gobierno interino, me dijo que más y más líderes están reaccionando ante las amenazas kurdas con una actitud de "alivio". Mantener contentos a los kurdos, piensan, quizás no vale la pena. "La verdad es que los árabes de este país -80 por ciento de la población- se están cansando de estas amenazas de secesión", dijo. "Y cualquier día la respuesta será: Sepárense'".
Sin embargo, durante varias visitas a Kirkuk, encontré a menudo a gente de todas las etnias que todavía querían vivir juntos y estaban dispuestos a renunciar a parte de sus propias reivindicaciones históricas en la ciudad para vivir pacíficamente con otros grupos. Me di cuenta de que la idea de una ciudad multi-étnica no es un argumento desesperado de optimistas funcionarios de relaciones públicas americanos y británicos.
Este verano me reuní con Muhammad Abbas, un árabe en sus veinte, cuya familia se había trasladado a Kirkuk cuando él tenía seis años; su padre fue enviado a la ciudad a cumplir su servicio militar. Abbas describió el dolor de perder sus amigos kurdos después de la guerra. "No quiero irme, porque estoy acostumbrado a este lugar, al modo de vivir aquí", dijo. Hace poco fue detenido toda una noche por agentes de policía kurdos por no tener un carné de identidad. "Si esto me hubiera pasado en la época de Saddam, habría estado detenido varios días", dijo. "Y un kurdo podría haber sido hasta torturado". Abbas dijo que pensaba que árabes y kurdos podían vivir juntos en Kirkuk si los políticos los dejaban. "Somos seres humanos y ellos son seres humanos también", dijo. "En mi opinión, la ciudad de Kirkuk es de los kurdos. Ellos tienen más derechos en Kirkuk y merecen Kirkuk. Pero, con todo, no podemos simplemente marcharnos y abandonar la casa. ¿Dónde viviríamos?"
Al otro lado de la ciudad, en el barrio de Imam Qasim, conocí a un joven ingeniero kurdo llamado Sardar Muhammad. Él y su mujer e hijos viven en una pequeña casa con sus dos hermanos y sus familias. "Si no hubiera habido guerra, en quince años aquí en Kirkuk no quedaría ningún kurdo", dijo. Cuando la invasión americana pareció inminente, Muhammad bajo al sótano y cortó un pedazo de la pared de yeso, detrás de la cual había un cuarto oculto. Pensaba esconderse ahí si los baazistas empezaban a detener a los jóvenes kurdos, como habían hecho en 1991. En lugar de eso, los baazistas huyeron de la ciudad. Desde el derrocamiento de Saddam, la familia de Muhammad ha construido una edificación anexa y ampliaron la cocina, y la llenaron con electrodomésticos. "No era falta de dinero", dijo Muhammad. "Pero no estaba seguro de que pudiera conservar la casa. No sabía si necesitaría el dinero en el futuro para comprar alimentos". Hace unos años su mujer dejó los estudios porque no había ninguna posibilidad de que una mujer kurda que no corrigiera su nacionalidad encontrara trabajo. Después de la liberación, se volvió a matricular y sacó su diploma. "Antes, no sabíamos cuándo seríamos detenidos o expulsados", dijo Muhammad. "Ahora tenemos nuestras esperanzas puestas en el futuro".
Sobre los árabes que alguna vez tuvieron los derechos y privilegios que se negaron a su familia, Muhammad se mostró ambivalente. Sería más fácil para todos si se marcharan. "Pero sus hijos, porque nacieron aquí, tienen una especie de relación con la tierra, y no es culpa de ellos que amen el lugar donde nacieron", dijo. "No es justo que ellos deban marcharse". La única razón por la que Kirkuk debe unirse a Kurdistán, dijo, es que los árabes no trataron bien a los kurdos. Si el nuevo gobierno en Bagdad pudiera garantizar que todos los ciudadanos iraquíes serán tratados de la misma manera, él viviría contento bajo esa bandera, en lugar de la de Kurdistán.
Kirkuk ha sufrido inmoderadamente de mala ideas, y las más viejas han engendrado algunas nuevas: la idea de que el reloj histórico puede ser retrocedido en cuarenta años, o que Iraq puede ser repartido entre sunníes, chiíes y kurdos sin un gigantesco derramamiento de sangre e incontables tragedias personales. La idea más débil en Iraq puede ser la idea de Iraq mismo. Como me dijo Barham Salih: "No hay una identidad iraquí hacia la que pueda llevar a mi pueblo. Me gustaría tener una identidad iraquí, pero no existe". Samir Shakir dijo: "Olvidar lo que hizo Saddam, cuando la identidad étnica era lo más importante, y acercarnos a una sociedad donde lo más importante sea la ciudadanía -esa transición no será fácil. Pero tenemos que hacerlo".
La obsesión con la identidad étnica puede ser el último legado del régimen de Saddam, su diabólica venganza de sus compatriotas. En ningún lugar como en Kirkuk se siente esto con tanta intensidad. "Saddam desapareció, pero todavía no hemos terminado con él", dijo un árabe. "Incluso aunque no esté, dejó problemas plantados para el futuro".
En mi última noche en Kirkuk fui a visitar la ciudadela con Luna Dawood. Ella llevaba sandalias de taco alto; aunque llevaba la cabeza descubierta, se había recogido el pelo como un gesto de respeto. Había estado en la ciudadela sólo una vez antes, en 1988; después de los residentes fueran expulsados y sus casas destruidas, le tomó aversión al lugar.
A la puesta de sol nos abrimos camino hacia el zoco, pasando frente a tiendas kurdas que vendían pan, yogures, y unas herramientas de aspecto antiguo, y luego entramos a un callejón que nos llevó a la cima de la meseta. La ciudadela se extendía ante nosotros, un terreno enorme y prácticamente vacío lleno de basura y pasto seco, piedras quebradas y monumentos dispersos. Una jauría de perros salvajes vagaban amenazantes y los únicos habitantes humanos eran un viejo turcomano y su familia. Vivían ilegalmente en la casa de mármol de un imán muerto hace mucho tiempo. El turcomano nos dijo que había vivido en una casa a unos pocos metros. Trajo a su familia de vuelta después de la liberación de Iraq, y logró que se le dejara vivir ahí. "Aquí nací", dijo. "Soy un hombre pobre. No tengo adónde ir. ¿Dónde puede vivir un hombre pobre?"
Cruzamos el terreno, hacia una torre octogonal dorada y azul, construida por un pasha otomano para su hija muerta, y el antiguo minarete de barro de la Tumba de los Profetas. Dawood, que caminaba con un pasmado silencio, dijo de pronto sobre sus compatriotas de Kirkus. "Son estúpidos. Han destruido su historia". Al otro extremo de la ciudadela, encaramada sobre el lecho seco del río, estaba la casa abandonada de la mujer turcomana que vendía zapatos y bolsos en el zoco. Detrás de este, se hundía entonces la bola naranja del sol. En una de las paredes de la casa, alguien había escrito: "Vivan los turcomanos -son la corona en la cabeza de los kurdos". En otras paredes también había pintadas: "Kirkuk es el corazón del Kurdistán"; "La ciudadela de Kirkuk es el símbolo de los kurdos"; y "La ciudadela de Kirkuk es testigo del carácter nacional turcomano, cualquiera las condiciones". En la pared de un patio de otra cosa semi arruinada, alguien había pintado: "El pueblo turcomano es hermano del pueblo kurdo", pero alguien había rayado "pueblo kurdo".
"Aquí hay fantasmas", murmuró Dawood. "Los puedo oír por la noche. Mi madre nos decía, cuando éramos niños, que hay un camino de Kirkuk a Bagdad que es subterráneo. La puerta está en algún lugar, para la gente que quería escapar de Kirkuk".
Su inquietud se hacía mayor a medida que nos acercábamos a la Tumba de los Profetas. "Esta no es la ciudadela que conozco. Te dije, he estado aquí antes. Pero antes había un camino, y gente. Ahora no sé dónde está ese camino". Dijo que había venido con tres amigos, uno de ellos un musulmán, después de que hubiera soñado con el profeta Daniel.
Nos paramos frente a la puerta de la supuesta tumba de Daniel y Ezra. Abajo, en la ciudad, los almuecines llamaban a la oración de la tarde. Entré a la cámara vacía y esperé a que Dawood me siguiera, pero en la puerta retrocedió con un grito mudo. Me acerqué a ella.
"Era oro", exclamó. Cuando ella visitó el santuario después de su sueño, las tumbas y paredes estaban cubiertas de láminas de oro; lo habían retirado todo. "Ahora me siento deprimida", dijo Dawood. "Ahora veo la diferencia entre entonces y ahora. No puedo sentir el carácter sagrado del santuario. Me da miedo entrar".
Estaba obscureciendo y emprendimos el regreso. Dawood caminaba en silencio nuevamente. Justo antes de entrar al sendero que descendía hacia el zoco, había un hoyo rectangular en el suelo. Se detuvo. "Recuerdo el pozo que vimos. Recuerdo que había árboles. Ahora estoy recordando: yo vine aquí cuando era niña".
La noche caía sobre el zoco. Los tenderetes del mercado empezaban a cerrarse entre los llamados de las últimas ofertas, y los barrenderos sacaban la basura del día. Dawood habló tan suavemente que parecía haberse transformado ella misma en un fantasma. "¿Qué valor tiene un ser humano, si te despojan de un sitio como este? En este instante, ser un ser humano no significa nada para mí. Lamento que me hayas traído a este lugar. No debí haber venido".
4 de octubre de 2004
28 de noviembre de 2004
©new yorker
©traducción mQh
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