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SE DUPLICA DESNUTRICIÓN DE NIÑOS EN IRAK


La invasión norteamericana no sólo ha terminado con la vida de más de 15.000 civiles. También amenaza a los niños.
Estocolmo, Suecia. La desnutrición de los niños iraquíes se ha casi duplicado desde la invasión norteamericana de Iraq, a pesar de los esfuerzos de Naciones Unidas por proporcionar alimentos a este país consumido por la guerra, dijo el lunes un grupo de investigación noruego.
Desde la invasión de marzo de 2003, la desnutrición entre los niños de entre 6 meses y 5 años ha crecido de un 4 por ciento a un 7.7 por ciento, dijo Jon Pedersen, director general adjunto del Instituto FAFO para las Ciencias Sociales Aplicadas, con sede en Oslo, que llevó a cabo el sondeo.
El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de Naciones Unidas UNDP y la Oficina Central de Estadísticas y Tecnología de la Información de Iraq también participaron en la prospección.
"Es el mismo nivel que algunos países africanos"", dijo Pedersen. "Por supuesto, ningún niño debiese sufrir de desnutrición, pero cuando estamos llegando a niveles de 7 a 8 por ciento y eso es preocupante".
El último estudio de 22.000 hogares iraquíes en abril y mayo sugiere que cerca de 400.000 niños sufren de desnutrición. Los resultados fueron confirmados por funcionarios del gobierno interino iraquí involucrados en el estudio, aunque las cifras oficiales contenidas en un informe del UNDP no han sido todavía publicadas.
La coalición norteamericana hace frente a una fuerte resistencia, que ha originado problemas con el aprovisionamiento de alimentos en las áreas musulmanas sunníes al norte y oeste de Bagdad.
En septiembre, el Programa de World Food de la UN PWF informó que cerca de 6.5 millones de los 25 millones de habitantes de Iraq dependían de raciones de alimento, su único medio de sustento que se encuentra amenazado por la falta de seguridad. Este mes, la agencia de Naciones Unidas dijo que completó la distribución de 1.6 millones de toneladas de alimentos pero detectó algunas escaseces, sin especificar de qué ni dónde.
Pedersen dijo que los niveles de desnutrición variaban en Iraq. Son más altos en el sudoeste, mientras que las regiones del norte, controladas por los kurdos étnicos, los índices de desnutrición son bajos.

24 de noviembre de 2004
©los angeles times
©traducción mQh

PRESIONES SOBRE GOBIERNO IRAQUÍ PARA QUE INCLUYA A OPOSICIÓN - robin wright


Se teme que los sunníes boicoteen las elecciones.
Sharm el-sheikh, Egipto. En una conferencia internacional aquí este martes sobre el futuro de Iraq, el gobierno interino en Bagdad ha estado bajo presión para esforzarse más en convencer a la oposición para que participe en las primeras elecciones democráticas del país como un paso crucial hacia la reconciliación nacional.
La presión refleja una creciente preocupación entre los vecinos de Iraq y el mundo árabe más amplio de que la importante minoría musulmana sunní boicotee las elecciones, fijadas para el 30 de enero, dijeron funcionarios de los países participantes. La indignación y hostilidad sunníes han aumentado últimamente debido a los ataques norteamericanos contra bastiones sunníes, así como los ataques contra sitios musulmanes.
El gobierno interino del primer ministro Ayad Allawi intentará atraer a los sectores que rechacen la violencia y el terrorismo, dijo el ministro iraquí de Asuntos Exteriores Hoshyar Zebari en una rueda de prensa. "Por supuesto, las elecciones deben incluir a todos, y de todas las áreas, o no excluir a ningún sector, ni provincia ni grupo étnico", dijo.
Pero el mundo árabe, donde la mayoría de los países son dominados por los sunníes, dejaron claro que están dispuestos a intervenir para lograr que Iraq, que tiene mayoría musulmana chií, puede involucrar a los sunníes en el proceso electoral.
Bahrain ofreció organizar un reunión de iraquíes que quieren incorporarse al proceso político, dijo Zebari a periodistas. Dijo que el gobierno de Allawi no se opone a la propuesta, pero no ha tomado una decisión definitiva.
"Sobre este problema, creemos que el mejor lugar para celebrar esta conferencia de reconciliación nacional es Bagdad", dijo.
En un comunicado final firmado por 20 países y cuatro organizaciones internacionales, todos los vecinos de Iraq, incluyendo a Irán y Siria, se condenó la insurgencia y se llamó a terminar con la intervención de combatientes extranjeros, armas y fondos que han alimentado a la resistencia en los últimos 19 meses. Los signatarios incluyeron a Estados Unidos, China, Japón, y países europeos, árabes y de Oriente Medio.
La participación de Siria e Irán fueron una de las principales razones por la que se celebró esta conferencia, ya ambos tienen largas y porosas fronteras con Iraq que han sido utilizadas por opositores implicados en la resistencia contra el gobierno interino y las tropas internacionales encabezadas por Estados Unidos. El comunicado final llama a los seis vecinos de Iraq -Irán, Siria, Arabia Saudí, Kuwait, Jordania y Turquía- a "ayudarnos genuinamente y de buena fe" a mejorar la seguridad, controlar las fronteras y ayudar a Iraq a crear una "atmósfera constructiva" para las elecciones, dijo Zebari.
La conferencia, a la que asistió el ministro de Asuntos Exteriores, Colin L. Powell en su último viaje como miembro del gabinete del presidente Bush, será seguida por una reunión en Irán este 30 de noviembre de los ministros del Interior de Iraq y sus vecinos y más tarde por ministros extranjeros que se reunirán en Jordania. Estados Unidos espera que los vecinos elaboren un mecanismo regular de comunicación, especialmente sobre temas de seguridad, dijeron participantes en la conferencia.

24 de noviembre de 2004
©washington post
©traducción mQh

RESISTENCIA EN IRAK CONTROLA GRANDES ÁREAS DEL PAÍS - alissa j. rubin y tyler marshall


La resistencia usa efectivas armas de intimidación en áreas del país, como el asesinato selectivo de funcionarios de gobierno y sus familias y la desacración de los cadáveres de los enemigos. Elecciones en enero parecen improbables.
Bagdad, Iraq. Los insurgentes iraquíes han extendido sus operaciones sobre grandes áreas del país, incluyendo secciones de la capital, haciendo poco probable que Estados Unidos pueda crear la estabilidad necesaria para unas elecciones fiables en enero, incluso después de que sus tropas hayan controlado Faluya, dijeron analistas militares y políticos.
Hay pocas dudas de que las fuerzas norteamericanas volverán a controlar Faluya en pocos días, dijeron los analistas. Pero los funcionarios norteamericanos que están planeado las elecciones enfrentan otro problema: el vacío de ley y poder en muchas áreas musulmanas sunníes donde no hay tropas norteamericanas ni iraquíes y donde los insurgentes operan con impunidad.
Hombres armados encapuchados patrullan en esos lugares, especialmente por la noche, asesinando a funcionarios de gobierno secuestrando e intimidando a la gente.
"Hay grandes áreas en el campo que son controladas 24 horas al día por los muyahedines, donde la gente no ve a las tropas norteamericanas", dijo Charles Hyeman, un analista de defensa de la revista Jane's Defence Weekly, de Londres.
Con la votación programada para menos de tres meses, todavía no se observa una reducción de los ataques de los insurgentes ni señales de que el gobierno pueda frenarlos.
"Tendrías que ser capaz de usar la misma densidad de tropas que hay ahora en Faluya en al menos el Triángulo Sunní, y en Bagdad, y no tenemos suficientes soldados para hacer eso. Y es inútil pretender que los iraquíes puedan hacerlo", dijo Heyman.
Funcionarios del Pentágono negaron el miércoles que haya surgido un vacío de seguridad en algunas áreas, aseverando que las fuerzas de seguridad iraquíes se han hecho más fuertes y que las tropas norteamericanas llevan a cabo patrullas sobre bases rutinarias en todo el Triángulo Sunní -las áreas sunníes densamente pobladas en el centro de Iraq al norte y oeste de Bagdad donde los ataques de la guerrilla han sido más frecuentes.
"Cada día ganamos algo más de control en la región del Triángulo Sunní, y la operación de Faluya es un ejemplo de eso", dijo un oficial de alta jerarquía que se negó a dar su identidad.
El presidente Bush dijo esta semana que atendería cualquiera petición de tropas adicionales, pero que los jefes militares norteamericanos "todavía tienen que decirme si necesitan un número substantivo de tropas".
Sin embargo, los insurgentes continúan sembrando el temor con sus ataques. En los ataques más recientes, los insurgentes asesinaron a agentes de policía y dejaron sus cadáveres en la calle; han colgado uniformes vacíos de guardias nacionales iraquíes muertos como si fueran espantapájaros para atemorizar a los que piensen en unirse a las fuerzas de seguridad; han montado puestos de control donde roban y amenazan a la gente. Han atacado con morteros y proyectiles para desaparecer luego en callejones y caminos secundarios. Están demostrando cada vez más capacidad para interrumpir la administración en muchas áreas urbanas.
Los insurgentes, de los que se cree que son sobre todo sunníes, se oponen a las elecciones porque que el poder que perdieron con el derrocamiento de Saddam será confirmado por el voto popular. La batalla por Faluya ha provocado que importantes clérigos sunníes llamaran a boicotear las elecciones y es probable que fortalezca la resistencia sunní a la votación.
Con la mayoría de los musulmanes chiíes insistiendo en las elecciones -y es probable que organicen protestas masivas si no se convocan-, el primer ministro interino iraquí Ayad Allawi está ejerciendo presión para dominar a la resistencia.
Hasta el momento, los insurgentes parecen estar ganando en muchos frentes.
Las autoridades civiles han desaparecido de algunas áreas. En Haditha y Haqlaniya, ciudades vecinas a 220 kilómetros al oeste de Bagdad, la gente dice que tiene miedo de salir a la calle. Los insurgentes enviaron una fuerte advertencia hace unos meses después de que militares norteamericanos pusieran a un líder tribal en control. Los militantes lo mataron a él y a sus hijos. Un segundo grupo de líderes, incluyendo a un jefe de policía, fueron también depuestos.
El actual presidente del ayuntamiento, Khaled Hussein, que cuenta con la aprobación de los insurgentes, describió una pálida imagen de la vida en la ciudad. Mencionó ataques este fin de semana contra dos comisarías de policía en las ciudades, en los que murieron 22 agentes de policía. Algunos de ellos fueron esposados y ejecutados.
"Ahora la policía iraquí se niega a ir al trabajo. Las tiendas están cerradas, las calles vacías y muy poca gente sale a la calle", dijo Hussein.
La misma imagen se repite en otras áreas.
En Mahmoudiya, una comunidad mixta de sunníes y chiíes al sur de Bagdad, las calles estaban casi vacías el miércoles incluso aunque faltaban pocos días para la ‘eid', una de los festivos más importantes del calendario musulmán, cuando la gente sale a comprar ropa nueva y regalos.
Pequeños grupos de gente recogían hojas impresas con declaraciones bajadas de internet de antiguos agentes de policía iraquíes y guardias nacionales que juraban sobre el Corán que habían abandonado sus trabajos.
Unas pintadas frescas proclamaban: "Oh, musulmanes, declarad la guerra santa", "Muerte a Allawi y su gobierno títere" y "Larga vida a Faluya".
En una de las pocas tiendas con clientes, el propietario miraba desconfiadamente a un cliente que preguntaba por qué había tan pocas tiendas abiertas.
"La gente se queda en la casa porque tienen miedo de los hombres armados", dijo.
La situación es similar en el sur de Bagdad. Un ataque con morteros esta semana en un edificio municipal en construcción, que alojaba a un puesto de policía, alejó a la pequeña unidad que acampaba ahí. Los vecinos dicen que ni siquiera hay un puesto de control. En la noche, las únicas patrullas son las de los insurgentes con kaffiyehs que ocultan sus rostros.
Mustafa Alani, presidente de la sección de Estudios de Defensa y Terrorismo del Centro de Investigaciones del Golfo en Dubai dijo que Bagdad sería probablemente el principal objetivo de la resistencia. Es el centro neurálgico del país, y con al menos 6 millones de habitantes distribuidos en una amplia área, será difícil de estabilizar para las tropas norteamericanas e iraquíes.
"Ahora Bagdad es el verdadero campo de batalla", dijo Alani. "Es la ciudad más grandes, es imposible que las tropas norteamericanas la puedan controlar. Realmente no pueden ocupar Bagdad; sus tropas están muy dispersas".
La capital se ha transformado en un sitio preferido para una de las tácticas más efectivas de la guerrilla: el asesinato. Los ataques diarios contra funcionarios de nivel medio y bajo de gobierno no se mencionan a menudo. Un contable de Allawi y su hijo fueron matados a balazos hace dos semanas; la misma suerte corrió uno de sus secretarios. Un subdirector general del ministerio del Petróleo fue matado hace una semana, junto con un funcionario del ministerio de Defensa.
Los funcionarios de gobierno se amontonan pidiendo viviendas en la Zona Verde de la capital controlada por los norteamericanos para escapar de los pistoleros en sus barrios.
Expertos dijeron que piensan que los insurgentes se fundirán con la población civil cuando las tropas norteamericanas reúnan fuerzas -como en Faluya- y volverán a dejarse ver cuando los norteamericanos reduzcan sus números.
"Los insurgentes han leído el manual: Deja entrar a los soldados bien adiestrados y bien armados; deja que tomen posiciones, que se distribuyan; luego cércalos", dijo Heyman, de la revista Jane's Defence Weekly.
En Samarra, que los insurgentes abandonaron después de intensas batallas con tropas norteamericanas e iraquíes a principios de octubre, las guerrillas han comenzado a reafirmar su presencia. Dos atentados con coches-bomba coordinados y varios ataques con morteros mataron a más de 30 personas, el sábado. Esta semana los insurgentes mataron al dueño de una tienda, del que sospechaban que espiaba para los norteamericanos. Su cuerpo fue dejado en la calle, como advertencia.
En el norte, en Mosul, que fue presentado por los militares norteamericanos como un modelo de estabilidad, está ahora controlado en su mayor parte por los insurgentes. Dos soldados norteamericanos murieron en ataques con mortero esta semana. Los insurgentes mataron a cuatro choferes de camiones turcos el miércoles y guerrilleros armados con ametralladoras y lanzagranadas se enfrentaron con tropas norteamericanas durante varias horas. Atacaron dos convoyes norteamericanos, matando a cuatro personas, según informaron periodistas en el lugar.
Un portavoz norteamericano confirmó los ataques pero dijo que sólo un contratista extranjero había muerto en el ataque. También murieron tres agentes de policía iraquíes, dijo un portavoz del hospital. El jueves, la ciudad fue sacudida por fuego de armas automáticas en balaceras que duraron horas. En las calles no había policías ni guardias nacionales iraquíes, dijeron los vecinos.
En un barrio los insurgentes fanfarronearon que habían matado a un guardia nacional iraquí y mostraron a periodistas el cuerpo de un teniente, con su identificación en el pecho y la cabeza agujereada de balas.
Un combatiente dijo: "Es un traidor que trabajaba con la guardia nacional y ayudó a los norteamericanos a matar a sus hermanos iraquíes".
Otro combatiente, que se negó a identificarse, dijo: "Lo que está pasando en Mosul es en venganza por nuestros hermanos de Faluya, Nada podrá detenernos".

Rubin informó desde Baghdad y Marshall desde Washington. Mark Mazzetti en Washington, Paul Richter en Washington, Maggie Farley en Naciones Unidas, Raheem Salman en Baghdad y Ahmed Izzi en Samarra contribuyeron a este reportaje.

17 de noviembre de 2004
©los angeles times
©traducción mQh

REBELDES ATACAN EN EL CENTRO Y NORTE DE IRAK - edward wong y james glanz


Antes aún de que Faluya cayera en poder de los norteamericanos, la resistencia comenzó una fuerte contraofensiva en otras ciudades. Los ataques también han dañado las exportaciones de petróleo.
Bagdad, Iraq. Este lunes una contraofensiva rebelde se extendió en todo el centro y norte de Iraq mientra tropas norteamericanas intentaban sacar de sus escondites a los últimos insurgentes de las calles llenas de escombros de Faluya.
Milicianos en Baquba, Mosul, Kirkuk y Suwaira asaltaron comisarías de policías, prendieron fuego a pozos de petróleo y atacaron convoyes militares norteamericanos con coches-bomba kamikaze, causando la desbandada de las fuerzas de seguridad iraquíes con varios asaltos coordinados y dañando seriamente partes de la infraestructura económica petrolera del país.
El lunes en la mañana estalló en las secciones más al sur de Faluya una batalla que se prolongó durante cinco horas, un día después de que tanques y otros vehículos blindados se hicieran camino en el área y aplastaran aparentemente lo que quedaba de la resistencia después de la ofensiva que ha durado ya una semana. Pero algunos rebeldes se habían escondido en el derruido paisaje del distrito y emergieron a combatir al amanecer, matando al menos a dos marines.
"Claramente, están luchando hasta el último hombre", dijo el teniente coronel Gareth Brandl, comandante del Primer Batallón del Regimiento Nº8 de la Primera Fuerza Expedicionaria de la Infantería de Marina.
La ola de ataques a través del territorio musulmán sunní sugiere que los guerrilleros están dispuestos a continuar la batalla a pesar de la pérdida de su refugio en Faluya. Los enfrentamientos más intensos tomaron lugar en Baquba, en la mañana, al nordeste de la capital. Los insurgentes tendieron una emboscada a las tropas norteamericanas en las cercanías de la comisaría de policía en el centro de la ciudad y sitiaron otra comisaría en un barrio del sur.
Mientras los norteamericanos combatían cerca de la primera comisaría, más insurgentes comenzaron a dispararles desde una mezquita cercana, dijo el capitán Bill Coppernoll, portavoz de la Primera División de Infantería del Ejército. El combate fue tan intenso que aviones norteamericanos arrojaron bombas de 250 kilos sobre los insurgentes, matando a 20 milicianos, dijo.
Durante la noche, los insurgentes atacaron un tanque de almacenamiento de petróleo en el norte y prendieron fuego a cuatro pozos de petróleo. En Mosul, desgarrada por una atrevida revuelta que empezó la semana pasada, los milicianos trataron de aplastar a una patrulla norteamericana y un puesto de control con coches-bomba kamikaze, hiriendo al menos a cinco soldados. El ministro del Interior interino, Falah al-Naqib, dijo que pensaba que los rebeldes montarían ataques todavía más ambiciosos.
"Hoy ha estado más tranquilo en Mosul, pero esperamos un aumento de los ataques en los próximos dos días", dijo en una rueda de prensa en Bagdad.
El domingo, dijo, los insurgentes sacaron a un agente de policía herido de su cama en el hospital, lo mataron y mutilaron y colgaron su cuerpo en un área pública.
Desde el principio de la invasión de Iraq encabezada por los norteamericanos hace 19 meses, los insurgentes han dado muestras de una impresionante capacidad de adaptación frente a la enorme superioridad de fuego de los norteamericanos. Los comandantes norteamericanos reconocen que los líderes rebeldes huyeron de Faluya en los días previos a la invasión y están probablemente organizando la actual contraofensiva.
El lunes por la tarde, en una grabación de audio atribuida al más buscado de los líderes militantes del país, Abu Musab al-Zarqawi exhortó a los combatientes en Bagdad y en el Triángulo Sunní a continuar la guerra contra los norteamericanos.
"Cuando terminen en Faluya, les atacarán a ustedes", dijo Zarqawi. "No hay que dejarles que se salgan con la suya".
"La guerra será muy larga y debéis pensar siempre que esto es sólo el comienzo", dijo. "Y haced que el enemigo piense siempre que ayer fue mejor que hoy".
El lunes, en una declaración escrita el primer ministro Ayad Allawi dijo que se había detenido al líder de un grupo militante llamado el Ejército de Maoma. Dijo que el detenido era Moayed Ahmed Yassin.
Se cree que el Ejército de Maoma es responsable de la decapitación de varios rehenes iraquíes y extranjeros y es el brazo armado de un grupo creado por Saddam Hussein para luchar por el retorno de su Partido Baaz, dijo Allawi.
El despacho del primer ministro confirmó el lunes que dos mujeres de la familia de Allawai habían sido liberadas por sus captores. El martes pasado los insurgentes capturaron al primo de Allawi, Ghazi Majeed Allawi, 75, a la esposa de su primo y a su nuera. Al día siguiente, un grupo llamado Ansar al Jihad puso un mensaje en internet diciendo que los tres serían decapitados a menos que Allawi suspendiera el sitio de Faluya y liberara a todos los presos en Iraq.
Las dos mujeres han sido liberadas, pero se desconoce el destino del primo, Ghazi Allawi.
Pistoleros llevaron a cabo ataques casi simultáneos contra una comisaría de policía y una comisaría de la Guardia Nacional Iraquí en la ciudad de Suwaira, a 40 kilómetros al sur de la capital, informó la Associated Press. Cinco guardias y dos agentes de policía fueron matados, entre ellos al mayor Hadi Refeidi, jefe de la comisaría de policía de Suwaira.
En una entrevista telefónica con periodistas en el Pentágono, el coronel Michael Regner, el oficial de operaciones de la Primera Fuerza Expedicionaria de la Infantería de la Marina, dijo el lunes que las tropas norteamericanas tenían bajo control toda la ciudad de Faluya, pero estaban todavía combatiendo contra bandas de insurgentes recalcitrantes en los derruidos edificios y serpenteantes callejones.
"La ciudad está totalmente controlada", dijo el coronel Regner, agregando que las tropas norteamericanas e iraquíes "pueden entrar a todas partes en cualquier momento en toda la ciudad".
Pero incluso después de la batalla el fuego de francotiradores, este lunes en Shuhada, el barrio del sur que era el último bastión de la resistencia, detuvo esporádicamente a las tropas y se pudieron oír balaceras.
El coronel Regner se negó a proporcionar cifras sobre las bajas de los insurgentes, diciendo: "No es la imagen verdadera del éxito que hemos tenido en esta batalla".
Comandantes en Iraq deben informar sobre las estimaciones del número de bajas de los combatientes que han causado sus tropas, pero se trata a menudo de cifras inexactas. Algunos cálculos se derivan de conteos de cadáveres, pero otros calculando cuántos combatientes había en un edificio antes de que fuera pulverizado por una bomba o ante de sus restos fueran retirados para ser rápidamente enterrados, como requiere la tradición musulmana.
Pero el coronel Regner dijo que el lunes en la tarde se había capturado a 1.052 insurgentes, todos ellos iraquíes, excepto una o dos docenas. Los otros eran milicianos extranjeros que no identificó.
Dijo que en la operación de Faluya habían muerto 38 soldados norteamericanos, y 320 resultaron heridos. De los heridos, 134 retornaron a sus deberes. Dijo que había 6 soldados iraquíes muertos en acción y 28 heridos; dos de ellos habían retornado a sus deberes.
Ahora el peligro para las tropas, dijo, provenía de pequeños grupos de combatientes, que forman grupos de hasta una docena, que emergen de "madrigueras" y disparan a las tropas norteamericanas en la espalda o piernas. "Están peleando hasta la muerte", dijo.
El coronel Regner afirmó que la ayuda de primeros auxilios estaba comenzando a entrar a Faluya y que los ingenieros estaban ahora en la ciudad, estudiando cómo reiniciar la electricidad. Los programas militares para proporcionar ayuda y reparar la infraestructura se han atascado en otras ciudades, como Nayaf, donde los asaltos norteamericanos causaron enormes daños.
Incluso mientras se reducían los enfrentamientos en Faluya, la violencia en la cercana Ramadi había aumentado, dijo el coronel. Dijo que "desde hace una semana en Ramadi se ha puesto más difícil" que antes de que comenzara la ofensiva en Faluya.
Dijo que se había enviado un segundo batallón de marines a Ramadi para reformar al batallón estacionado allá y que las tropas norteamericanas estaban matando o capturando a un número indeterminado de insurgentes, algunos de los cuales habían huido de Faluya, y requisando armas en toda la ciudad.
La batalla en Baquba, a 56 kilómetros al nordeste de Bagdad, comenzó a las 7 de la mañana cuando insurgentes con rifles Kalashnikov y lanzagranadas atacaron a las tropas norteamericanas en una rotonda en el centro de la ciudad y una comisaría de policía. Los guerrilleros también dispararon contra los norteamericanos desde una mezquita, dijo el capitán Coppernoll.
Una vez que las tropas norteamericanas y iraquíes mataron o desbandaron a los insurgentes, dijo, revisaron el área en torno a la mezquita y encontraron tres lanzagranadas, 29 rondas de granadas, 2 artefactos de mortero, 10 rondas de morteros y cientos de balas.
Al mismo tiempo, los insurgentes atacaron una comisaría de policía en el barrio del sur de Buhriz, que ha sido durante mucho tiempo una sección problemática, y quemaron cuatro coches de policía.
A las 7:50 de la tarde, en Baquba Vieja, al menos 15 insurgentes descendieron de un bus y tomaron posiciones en un tejado, dijo el capitán Coppernoll. Colocaron bombas impidiendo el paso de los vehículos hacia el oeste. Cuando se produjo una balacera, los norteamericanos pidieron la ayuda de un avión de guerra que bombardeó la sección con bombas de 250 kilos sobre los combatientes reunidos en un área abierta, dijo el capitán.
Al menos 20 insurgentes murieron en el bombardeo y cuatro soldados norteamericanos quedaron heridos, dijo. Un médico en el Hospital de Baquba dijo a Reuters que habían recibido a ocho muertos en los enfrentamientos.
Más al norte, los guerrilleros prendieron fuego a cuatro pozos de petróleo cerca de los campos de Kirkuk. También hicieron estallar un oleoducto que se conecta con la refinería de Bayji, la más grande de Iraq. Otros milicianos atacaron un tanque de almacenamiento de petróleo junto al oleoducto de exportación que va de Kirkuk al puerto turco de Ceyhan.
El atentado contra el tanque de almacenamiento tomó lugar al sudoeste de Mosul, donde fuerzas norteamericanas e iraquíes tratan de recuperarse de una revuelta que comenzó el jueves, cuando los insurgentes arrasaron con una media docena de comisarías de policía y se hicieron con armas, chalecos antibala y coches patrulleros. Cientos de policías huyeron. Al menos 7 policías y 30 milicianos han muerto en los últimos enfrentamientos, dijo Naqib, el ministro del Interior.
Insurgentes que conducían dos coches-bomba kamikaze atacaron una patrulla norteamericana en el camino a Tal Afar, un bastión de la guerrilla al oeste de Mosul, dijo el teniente coronel Paul Hastings, un portavoz de la Task Force Olympia, las unidades encargadas de controlar el norte de Iraq. El primer coche-bomba erró en su ataque contra un vehículo Stryker de blindado ligero y explotó, hiriendo a cinco soldados. El segundo fue destruido a tiros.
Los guerrilleros han utilizado recientemente coches-bomba en tándem, dijo el coronel Hastings. El número de coches-bomba en Mosul se ha al menos duplicado durante el mes de ayuno de ramadán, que terminó el martes, dijo el coronel Hastings.
Se produjeron otros enfrentamientos en los alrededores de Mosul. Una bomba estalló debajo de un coche de policía en la comisaría de policía de Zahoor, una de las comisarías saqueadas y quemadas por los rebeldes el jueves. Pero desde entonces la violencia ha amainado, y se pudo ver a niños jugando en algunos parques.
En un jardín Amin Muhammad, 10, y sus amigos corrían con armas de plástico. "Nos dividimos en dos equipos", dijo. "Los muyahedines contra las tropas norteamericanas".
Y en sus batallas, dijo, los muyahedines siempre ganan.

Dexter Filkins contribuyó desde Falluja a este artículo, Eric Schmitt desde Washington y un empleado iraquí del New York Times desde Mosul.
15 de noviembre de 2004
17 de noviembre de 2004
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POR PRIMERA VEZ DESDE VIETNAM, EL EJÉRCITO PUBLICA MANUAL ANTI-INSURGENTES - douglas jehl y thom shanker


Nuevo manual distribuido entre los soldados en Iraq puede indicar propósitos de una permanencia más prolongada de las tropas.
Washington, Estados Unidos. Por primera vez en décadas, el Ejército ha editado un manual de campo sobre tácticas anti-insurgentes, un reconocimiento de que el tipo de lucha que se desarrolla en Iraq se puede transformar en algo más común en los próximos años.
El manual de campo sobre operaciones anti-insurgentes del Ejército es el primero desde principios de la era de Vietnam, y el primero para unidades regulares del Ejército ahora enzarzadas en combates en Iraq, en contraste con las fuerzas de Operaciones Especiales que han tomado la delantera en guerras contra-insurgentes en campañas anteriores.
Desde que fuera ordenado en febrero, el manual fue preparado aceleradamente por el Centro Combinado de Armamento de Fort Leavenworth, Kansas, y distribuido a todos los oficiales, en Iraq y otros lugares, a principios del mes pasado. La introducción dice que las "secuelas de inestabilidad" en Iraq que siguieron al derrocamiento del régimen de Saddam Hussein enfatizaban la necesidad de una guía actualizada sobre guerra de guerrillas para el Ejército.
Hasta ahora, la doctrina oficial militar norteamericana para combatir las guerrillas se ha limitado a que muchos marines fueran enviados a Iraq con copias del ‘Manual de guerras a pequeña escala' del Cuerpo de Infantería de la Marina, publicado en 1940. Los manuales del Ejército más recientes sobre la materia, escritos principalmente para los comandos suicidas, fueron redactados en 1963 y 1965 en las primeras fases de la guerra de Vietnam. Como el Ejército, el Cuerpo de Marines también está poniendo su manual al día.
La nueva guía del Ejército contiene instrucciones sobre temas como revisar un coche de familia e instalar rápidamente un puesto de control. Otras secciones tratan la participación de "insurgentes transnacionales", como los combatientes extranjeros en Iraq, y enfatizan el papel del servicio secreto, más que las misiones de busca y destrucción de insurgentes de la era de Vietnam.
El manual también incluye duras advertencias sobre los peligros de operaciones de contra-insurgencia prolongadas, diciendo que mientras más tiempo lleven la iniciativa las tropas norteamericanas, más grande será el resentimiento que surgirá entre la población del país anfitrión.
"Un papel de combate de largo plazo para Estados Unidos puede minar la legitimidad del gobierno del P.A. y se corre el riesgo de convertir el conflicto en una guerra norteamericana", dice el manual, usando la abreviatura PA para ‘país anfitrión'. "Ese rol de combate puede enajenar todavía más a las culturas que son hostiles a Estados Unidos".
De algún modo, dijeron oficiales del Ejército, la guía sólo refleja las tácticas, técnicas y métodos que las tropas ya utilizan en Iraq y Afganistán, tales como vehículos blindados contra explosivos improvisados.
Pero para una organización jerárquica como el Ejército, la distribución del manual es un signo de la importancia que se otorga al tema.
Oficiales del Ejército que han retornado de un período de servicio de un año en Iraq saludaron la guía, pero dijeron que sus métodos no contaban nada nuevo a los comandantes de operaciones, que las han estado empleado y refinando durante meses. La guía se distribuyó en octubre, casi 18 meses después de que comenzara la resistencia iraquí en mayo de 2003, después de que el presidente Bush declarara el fin de las operaciones de combate. Oficiales del Ejército han reconocido que el Ejército estaba mal preparado para combatir en las nuevas condiciones.
"El punto importante aquí es que el Ejército, aunque algo tarde, ha reconocido la importancia de la resistencia y está trabajando para mejorar su capacidad de combate y ganar en conflictos de baja intensidad", dijo un oficial del Ejército que retornó hace poco de Iraq y pidió conservar el anonimato debido a la naturaleza delicada del asunto.
El documento no está clasificado, pero el Ejército ha limitado su distribución al personal del ministerio de Defensa, "para mantener la seguridad de las operaciones", dice el documento. Una copia del documento, datado de octubre de 2004, fue publicado el jueves en una página en la red gestionada por la Federación de Científicos Americanos.
Oficialmente el documento es un "manual de campo interno", una nueva designación que permite que el Ejército acelere su procedimiento normal en la preparación de manuales. El principal autor del manual es el teniente coronel Jan Horvath, del Ejército, que dijo en una entrevista telefónica que fue redactada en apenas cinco meses; el Ejército insiste normalmente en el desarrollo de nuevas doctrinas en períodos de tres años.
"La sorprendente victoria sobre el ejército de Saddam Hussein en 2003 validó la fuerza convencional T.T.M. de Estados Unidos", dice el documento, usando la abreviatura TTM para tácticas, técnicas y métodos. "Pero la inestabilidad que se originó después ha provocado una revisión de las enseñanzas de la experiencia histórica del Ejército y de otros servicios y de socios multinacionales".
De acuerdo al manual de campo, conocido como F.M.I. 3-07.22, el ímpetu para su creación "fue la resistencia iraquí y darnos cuenta de que en la guerra global contra el terrorismo se usarán probablemente procedimientos contra-insurgentes TTP". Dice que su propósito es revisar "lo que sabemos acerca del ambiente de contra-insurgencia".
Incluso antes de que el documento fuera publicado, oficiales del Ejército dijeron que los principales centros de adiestramiento en Fort Polk, Louisiana, y Fort Irwin, en California, han comenzado a considerar las enseñanzas y comentarios de soldados que han participado en operaciones de contra-insurgencia en Iraq.
Otro propósito del manual, dijo el coronel Horvath, era actualizar su lenguaje y conceptos arcaicos. El ‘Manual de guerras a pequeña escala', que muchos marines llevaron a Iraq, incluye secciones sobre el "manejo de animales", como mulas, y afirmaciones como que las sociedades racialmente mixtas son "siempre difíciles de gobernar, si no ingobernables, debido a la ausencia de un carácter fijo".
El Ejército publicó un manual en 1990, el F.M. 3-20, sobre el tema de las operaciones militares en conflictos de baja intensidad, y ese documento incluía una sección sobre contra-insurgencia. Pero el coronel Horvath dijo que sus comandantes, incluyendo al teniente general William Wallace, un comandante de alta jerarquía del Ejército, lo encontraban inadecuado.
Oficiales de alto rango del Ejército dijeron que los acontecimientos en el terreno en Iraq y Afganistán dejaron claro hace meses que el servicio tenía que modernizar su doctrina de lucha anti-insurgente.
"Necesitamos actualizar la doctrina contra-insurgente", dijo el general Wallace en una entrevista el verano pasado, cuando los autores del documento le estaban dando los retoques finales. "No había sido revisado desde la época de la guerra en Vietnam".
El general Wallace, que comandó el Quinto Cuerpo del Ejército durante la guerra iraquí, dijo que los autores del Ejército trabajaron estrechamente con el Cuerpo de Marines y con los militares británicos, que tienen una extensa experiencia en contra-insurgencia en lugares como Irlanda del Norte. Pero el general Wallace advirtió que tácticas contra-insurgentes exitosas requerían calibrar el grado correcto de fuerza con desarrollo económico e instituciones políticas.
"Tenemos que lograr el balance adecuado", dijo el general Wallace. "Tiene que haber seguridad para que funcionen la economía y el gobierno. Pero tener una economía y un gobierno es algo esencial para la seguridad".

Eric Schmitt contribuyó para este artículo.

12 de noviembre de 2004
17 de noviembre de 2004
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BAAZISTAS EN LA CALLE - jon lee anderson


El programa de des-baazificación ha inflamado la resistencia en Iraq. ¿Es demasiado tarde como para rectificar curso?
El 19 de abril de 2003, días diez después de la caída de Bagdad, un grupo de asalto de avanzada de los norteamericanos comandado por el teniente general jubilado Jay Garner, fue transportado a la ciudad para encargarse de la ocupación de Iraq. Uno de los primeros en llegar fue Stepehn Browning, cuyo puesto previo había sido el de director de programas en la Costa Oeste para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército norteamericano. Dos meses antes, Browning había sido llamado a Washington para que se incorporara a un grupo de expertos encargado de la planificación del Iraq de posguerra. A uno o dos días de su llegada a Bagdad, a Browning se le dio el trabajo de re-organizar el ministerio de Salud.
Los hospitales de Bagdad estaban en un estado calamitoso. Muchos habían sido saqueados; los doctores y las enfermeras habían huido. En el barrio chií de Saddam (ahora Sáder), el hogar de dos millones de habitantes, clérigos y vigilantes armados leales al chií radical Moqtada al-Sáder habían tomado control de las instalaciones sanitarias. "Cuando fui al ministerio de Salud, no había un jefe claro, nadie estaba dispuesto a decir: ‘Yo represento a los iraquíes en el ministerio de Salud'", recordó Browning. "Entonces el doctor Ali Shinan dio un paso adelante. Nos dijo que era miembro del partido Baaz. Y, bueno, el hecho es que no había nadie más a quien recurrir. Le pregunté algunas cosas, lo investigué, y casi todas las personas con las que hablé lo consideraban una figura respetable, aunque era baazista. Y, después de conocerlo mejor, empecé a creer que era un hombre con coraje y admirable".
Browning decidió muy temprano que para hacer las cosas que había que hacer tenía que trabajar con miembros del Partido Baaz. El partido era prácticamente sinónimo del régimen de Saddam Hussein; era el instrumento que había utilizado Hussein para brutalizar a los iraquíes. Al mismo tiempo, sus miembros ocupaban posiciones en todos los niveles de la sociedad y se habían anclado en la clase media. Browning dice que Shinan, por propia iniciativa, se ofreció a firmar una carta renunciando al Partido Baaz. Lo hizo, y Garner lo nombró ministro de Salud interino. "Empezamos a trabajar juntos", dijo Browning. "Avanzamos un montón, y en muy poco tiempo".
Semanas más tarde, Browning y Shinan dieron una rueda de prensa. Un periodista de la BBC le preguntó a Shinan si era baazista. "Él dijo que lo había sido, que había firmado su carta de renuncia", me contó Browning. "El tipo de la BBC insistió: ‘¿Usted denunciaría al Partido Baaz ahora, delante de nosotros?' La respuesta de Ali fue: ‘Este no es el tema ahora. Tenemos que hacer frente a las emergencias que tenemos'. Y luego dijo: ‘Yo hacía mi trabajo'.
"Desde el momento en que dijo eso -sonó muy parecido a lo que decían en su defensa los partidarios de los nazis después de la Segunda Guerra Mundial- supe cómo le sonaría a la prensa fuera de Iraq, en Occidente, y supe de inmediato que la carrera política de Ali había terminado", dijo Browning. "Salí de la conferencia con él, tomado de la mano, y a le dije a la mañana siguiente lo que teníamos que hacer. A Ali no le importó; todo lo que pidió fue que se le dejara seguir trabajando como optometrista. Yo acepté. Ali me dijo: ‘Tú eres mi hermano'. Los dos teníamos lágrimas en los ojos".

Con todo, Browning se quedó pensando en la negativa de Shinan a acusar al Partido Baaz, y le preguntó por qué no lo había hecho. "Me dijo que si lo hubiera hecho en público, la venganza habría sido catastrófica para su familia. Y eso es probablemente verdad. En ese momento, nadie tenía escrúpulos, y nuestras tropas no ofrecían ninguna protección".
Browning le pidió a Shinan que siguiera ayudándolo, y él aceptó. Pero desapareció pocos días después. Browning se enteró más tarde que Shinan y su familia habían abandonado Bagdad. Para entonces, había comenzado una campaña de asesinatos de antiguos baazistas que estaban colaborando con la ocupación, y también contra algunos que no estaban colaborando. Las víctimas de la campaña, que todavía sigue, incluyen a médicos, ingenieros y profesores, y ha provocado un éxodo de profesionales iraquíes hacia otros países.
Poco después, Garner mismo fue despedido, y el presidente Bush nombró a L. Paul Premer III como jefe de lo que sería conocido como la Autoridad Provisional de la Coalición APC. El 16 de mayo de 2003, Bremer decretó una exclusición general para todo el Partido Baaz: todos los miembros de alto nivel del partido fueron excluidos de la vida pública; también se prohibió a miembros de niveles más bajos, pero algunos pudieron apelar. De hecho, Bremer despidió a todos los empleados públicos. Los orígenes del decreto no se han aclarado nunca, pero funcionarios de la APC con los que hablé dijeron que creían que Bremer estaba siguiendo órdenes emanadas de la Casa Blanca. Una semana más tarde, Bremer envió a casa al Ejército iraquí.
Browning recordó una reunión que él y otros oficiales tuvieron con Bremer antes del anuncio. "Bremer entró y anunció su orden de desbaazificación. Yo dije que habíamos establecido una buena relación de trabajo con los técnicos -gente que no ocupaba cargos de importancia antes- del Partido Baaz, y dije que pensaba que esta medida podía transformarse en un bumerang. Bremer dijo que la decisión no sería discutida, que era lo que se iba a hacer y esperaba que la lleváramos a cabo. La reunión fue breve".
La orden tuvo un efecto inmediato sobre el trabajo de Browning. "Teníamos un montón de directores generales de hospitales que eran muy buenos, y con la desbaazificación los perdimos y con ellos todo el conocimiento profesional que teníamos", me dijo. El ministerio de Transporte y Comunicaciones, que era otra de sus responsabilidades, "era un desastre... Nadie sabía nada".
Un oficial de las fuerzas especiales norteamericanas estacionadas en Bagdad me dijo en esa época que se quedó sorprendido con los dos decretos de Bremen. Después de la disolución del Ejército, dijo, "mi gente se acercó a decirme: ‘¿Se da cuenta Bremer que hay cuatrocientos mil de esos tipos y que todos tienen armas?' Todos tienen familias que alimentar". Prosiguió: "El problema con la exclusión total es que te deshaces de la infraestructura; quiero decir, después de todo estos tipos manejaban el país, y tú los transformas en enemigos. ¿Contribuyeron estas decisiones a la resistencia? Sí, sin ninguna duda. Y tenemos que preguntarnos: ¿Sabíamos cómo administrar Iraq? En absoluto".
El oficial recordó que después de los decretos de Bremer, el saqueo de la ciudad "se hizo cada vez más profesional y organizado, y no fue solamente saqueo, sino sabotaje, y yo creo que un montón de estas cosas tuvieron que ver con las decisiones de poner a esos tipos en la calle". En Bagdad vio pasar a un camión cargado con proyectiles de artillería, robados aparentemente de un arsenal. De esos arsenales había muchos en Iraq, como Al-Qaqaa, donde desaparecieron 380 toneladas de potentes explosivos. "Una vez que los tipos se dieron cuenta de que estaban licenciados, simplemente fueron a recogerlos", dijo.

Desde el principio el problema para la coalición norteamericano-británica fue cómo construir un Iraq seguro, estable y democrático al mismo tiempo que se había creado un vacío de poder con el derrocamiento de Saddam. El Partido Baaz, que mantenía secretos sus archivos, tenía según se calculaba entre uno y dos millones y medio de miembros, la mayoría de ellos sunníes, como Saddam. Para la tradicionalmente excluida y oprimida mayoría chií y para la minoría kurda, la desbaazificación era un objetivo urgente. Pero la Coalición también necesitaba despejar los temores de los recientemente desplazados sunníes y, a un nivel básico, mantener funcionando al país. Dadas las dificultades del proyecto, las medidas adoptadas por la coalición carecieron marcadamente de pragmatismo.
Durante el primer verano, una gama de líderes tribales y religiosos, baazistas y antiguos agentes de inteligencia sunníes se movían abiertamente en Bagdad, negociando con los norteamericanos. Sentían que estaban siendo tratados injustamente, y muchos de ellos sugirieron que participarían en la creciente resistencia si no se les daba un lugar en el "nuevo Iraq".
"A Bremer sólo le interesa la desbaazificación", dijo el doctor Baher Sami Raphael Butti, un psiquiatra iraquí con el que me reuní en julio de 2003. "Y esto es un problema, porque hay muchos baazistas que podrían ayudar, pero han sido rechazados. Muchos están luchando porque no han recibido sus salarios, y porque se sienten amenazados por los chiíes fundamentalistas. Dicho sea de paso, yo soy baazista, pero no soy dogmático. La mayoría de los iraquíes, incluyendo a los baazistas, odiaban a Saddam. Ahora están asustados de las perspectivas de una guerra civil". Prosiguió: "Necesitamos saber qué va a pasar. No hay transparencia sobre el papel de los norteamericanos en Iraq, y eso hace surgir rumores. Necesitamos saber más".
En cierto sentido, la "resistencia" empezó antes de que cayera Bagdad. Los yihadistas religiosos -que provienen de otros países árabes a convertirse en mártires- han sido reclutados por el gobierno de Saddam para llevar a cabo "operaciones suicidas" contra los norteamericanos. Muchos de ellos son jóvenes con barbas largas, vestidos con atuendos tradicionales. En Bagdad, donde la mayoría de los hombres iraquíes iban relativamente lampiños y llevaban ropas occidentales, los yihadistas parecían extranjeros y eran claramente visibles hasta unas pocas horas antes de la llegada de los marines; muchos de ellos alojaban en los mismos hoteles que los periodistas occidentales. La mañana en que cayó Bagdad, yo vi a unos sesenta de ellos salir del hotel. La evidencia sugiere que se reagruparon clandestinamente bajo la dirección de reclutadores baazistas y contribuyeron a montar la resistencia. La mayoría de los baazistas con los que hablé reconocieron que habían sellado una alianza táctica entre su propia resistencia y los militantes islamitas extranjeros.
En agosto de 2003, hablé con Bremer en su despacho en uno de los antiguos palacios de Saddam en la Zona Verde de Bagdad, donde la Coalición había instalado su sede. En el lado norteamericano nadie usaba aun el término ‘resistencia' para definir los ataques cada vez más crecientes contra las tropas norteamericanas en Bagdad y en ciudades como Faluya, en el llamado Triángulo Sunní. "Nos estamos enfrentando con los restos del régimen de Saddam, extremistas y algunos terroristas", me dijo Bremer. "Su principal objetivo es el pueblo iraquí".
El despacho de Bremer se parecía al campamento de un comandante de operaciones, con atavíos militares que parecían viejos en las estanterías. "Para la mayoría de los norteamericanos no es fácil comprender que ser un poder ocupante no es cómodo, y el caso es que cuando eres un poder ocupante tienes no solamente responsabilidades, sino que cuando ejercitas esas responsabilidades, seguro que habrá fricciones", dijo Bremer. "Ocurre. Muere más gente de Nueva York cada noche que en Bagdad. El hecho de la vida es que nunca habrá una seguridad absoluta -eso no existe".
Cuando hablé con Bremer, habían muerto menos de 300 soldados norteamericanos. La semana pasada, más de 1.100 habían perdido la vida, y la resistencia había ganado fuerza. Le pregunté a Richard Haass, el director del Consejo de Relaciones Exteriores y antiguo funcionario del ministerio de Relaciones Exteriores, cómo podía la re-elección de Bush cambiar esta dinámica. "La prioridad en seguridad es hacer que los iraquíes asuman la parte del león de la tarea", dijo. "Eso significa que hay adiestrar rápidamente tantas fuerzas de seguridad y de policía como sea posible. También significa poner el máximo de presión sobre la gente de Zarqawi como posible -matar a tantos de ellos como se pueda". Se refería a Abu Musab al-Zarqawi, el terrorista jordano de cuyo grupo militante se cree que es responsable de una serie de decapitaciones y atentados con coches-bomba.
Pero Haass agregó que el gobierno todavía tenía que aceptar la ecuación étnica iraquí: "Sobre las elecciones, no se trata solamente de seguir adelante con ellas, sino convencer a los sunníes de que participen. Y, en el aspecto militar, la cuestión es si el gobierno puede dar cuenta de los que están usando la violencia, que están interrumpiendo la vida del día a día, de un modo que no provoque todavía más oposición nacionalista sunní".

Este verano visité la Comisión Suprema Nacional para de la Desbaazificacón, que ocupaba dos pisos de un edificio de oficinas en la Zona Verde. Un cartel en una de las paredes llevaba el simple mensaje "Baazistas=Nazis". El director de la comisión, Mithal al-Alusi es un hombre delgado, alto, 53, que habla inglés con un acento meloso y que lleva una pistola metida en su cinturón incluso cuando en su despacho. Alusi es un protegido de Ahmad Chalabi, el líder del Congreso Nacional Iraquí, el grupo de exiliados apadrinado por el Pentágono antes de la guerra. Chalabi había sido nombrado presidente de la comisión en septiembre de 2003. Desde entonces ha perdido gran parte de su influencia, debido en parte a que informaciones sobre las armas de destrucción masiva, que él proporcionó, resultaron carecer de fundamento. En junio, cuando se transfirió la soberanía a Iyad Allawi, un rival de Chalabi con lazos con la CIA, ningún miembro del CNI recibió un puesto en el nuevo gobierno. Pero el acceso de Chalabi a la comisión de desbaazificación -y a los historiales de miles de baazistas- le da un continuo poder. (Cuando vi a Chalabi en Iraq este verano, sacó una carpeta sobre un importante miembro del gobierno de Allawi y tradujo lo decía que eran informaciones comprometedoras sobre él).
La comisión empezó sus labores en enero, y Alusi me dijo que había hecho bastante: "Hemos despedido a 35.000 miembros del Partido Baaz". Alusi dijo que la comisión estaba solamente interesada en baazistas de los cuatro niveles más altos del partido, unas 65.000 personas. El nivel superior consistía de no más de 50 o 60 personas. "El segundo nivel lo constituyen algunos cientos de miembros, el tercer nivel unos miles, y en el cuarto nivel hay unas decenas de miles", dijo. Los baazistas del cuarto nivel pudieron recurrir la expulsión y, hasta el momento, la comisión había aceptado cerca de la mitad de esas apelaciones. Alusi dijo que la comisión no era inflexible, y describió un caso en que 70 doctores habían podido volver a sus cargos.
"Apresuramos sus casos", dijo. "Queríamos asegurarnos de que no eran asesinos".
Alusi me dijo que él mismo había sido baazista, y había trabajado en la academia secreta del partido para los cuadros políticos. Había caído en desgracia con el régimen en los años setenta y vivió más de veinte años en el exilio, la mayor parte del tiempo en Alemania. En agosto de 2002, Alusi y algunos seguidores ocuparon brevemente la embajada de Iraq en Berlín, por lo que fueron detenidos, pasando 13 meses en prisión. Cuando fue dejado en libertad en septiembre de 2003, volvió a Iraq, quebrantando su libertad condicional.
Le pregunté a Alusi qué había significado el baazismo para él durante su juventud. "Era como magia", dijo. "El Partido Baaz nos dio la oportunidad de hacer algo importante". Uno de los privilegios de que gozaban los jóvenes baazistas era el acceso al poder. Durante el régimen de Saddam, el partido se había fundido con la policía secreta y la organización encargada del espionaje estatal. Para muchas posiciones de gobierno se requería ser miembro del partido, y se exigía de los baazistas que informaran sobre sus vecinos, sus colegas y unos a otros. Durante una de las características purgas de Saddam en 1979, se entregaron armas a varios ministros y se les ordenó matar a los colegas a los que Saddam acababa de declarar "traidores".
Una de las exigencias en los procesos de apelación de los antiguos baazistas era asistir a un curso de desbaazificación de treinta días, y le pregunté a Alusi qué modelo se había usado para el cursillo. "Estudié la desnazificación de Alemania", dijo. "Y he escrito por correo electrónico a organizaciones judías del Holocausto, aunque sólo una de ellas me ha respondido. Hemos leído un montón de libros".
Pocos días después, asistí a una ceremonia de graduación en el aula de un seminario en la Universidad de Bagdad, donde unas cien personas, hombres y mujeres de edad media, la mayoría de ellos profesores y doctores, esperaban ansiosos. Alusi entró con media docena de guardaespaldas. Tomó el micrófono, sonrió y comenzó a hablar incoherentemente sobre cómo Estados Unidos había liberado a los iraquíes, cómo la Coalición estaba en pie de igualdad de la alianza contra Hitler, y cómo ahora Iraq dependía de la buena voluntad de Estados Unidos.
Hombres del despacho de Alusi empezaron a pegar carteles en las paredes detrás del escenario. Los carteles mostraban cuerpos en descomposición y esqueletos apilados en fosas comunes excavadas y provocaron sordas exclamaciones de la audiencia. Un hombre levantó la mano: "¿Por qué están colgando esos carteles?", preguntó. "Todos los que estamos aquí fuimos obligados a entrar al Partido Baaz. No tenemos nada que ver con esos crímenes".
"Esos cadáveres son de iraquíes", dijo Alusi. "¿Por qué no habríamos de mirarlos?" Un hombre dijo: "Señor Alusi, me da miedo mirar esas fotografías. Mucha gente no distingue entre los criminales que hicieron esas cosas y gente inocente como nosotros".
"Los iraquíes no somos idiotas", replicó Alusi. "Sé que hay buenos ciudadanos entre ustedes, pero no podemos cerrar los archivos porque los archivos están llenos de crímenes. El problema es para los que cometieron esos crímenes. ¿Qué haré, sacar los carteles y omitir la verdad? No, no podemos, porque si omitimos esto, omitimos nuestra historia".
El hombre sonrió educadamente, pero no dijo nada. Alusi se puso de pie y la gente en la sala se acercó a los funcionarios que, en sus mesas, estaban entregando sus certificados de desbaazificación.
Más tarde, Alusi me contó que él había querido provocarlos. "En los baazistas hay una dualidad", dijo. "Puedes encontrar a un baazista que es un asesino, pero en casa, con su familia, es completamente normal. Ellos rompen el día en dos bloques de doce horas. Cuando la gente dice sobre alguien del que sé que es un criminal baazista, que es un buen vecino, les creo. El Partido Baaz es como el Partido Nazi, o como la mafia. Si los conoces, son simpáticos. Y es por eso que es difícil para nosotros hacer este trabajo, que es en realidad cambiar, y cambiar de verdad, la sociedad iraquí".
Alusi no fue el único en trazar analogías con el proceso de desnazificación en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Pero la comparación es menos útil de lo que parece. La desnazificación estuvo marcada por ambigüedades, excepciones y compromisos. Y, en la medida en que funcionó, fue porque los nazis habían fracasado catastróficamente. Alemania fue completamente derrotada; murieron millones de personas, y sus ciudades estaban en ruinas. El país fue reconstruido y transformado con el Plan Marshall gestionado por Estados Unidos.
En la guerra de 2003, el Ejército iraquí no fue derrotado militarmente porque, en gran medida, no combatió. Sus tropas se dispersaron. Desde entonces, la Coalición no ha logrado dar seguridad al país. La ocupación norteamericana ha galvanizado una resistencia nacional y uno de sus efectos fue que para muchos iraquíes la historia de Iraq es irrelevante. Mientras haya tropas norteamericanas en Iraq, muchos iraquíes seguirán viéndose a sí mismos como víctimas.

En las semanas previas y posteriores a la invasión norteamericana, pasé un buen tiempo con un baazista importante, un funcionario del ministerio de Asuntos Exteriores llamado Samir Khairi, al que había conocido a través de un amigo mutuo. Khairi, un hombre alto y amable en sus cincuenta, tenía ojos marrones de párpados caídos y un gran pico a modo de nariz, la que parecía todavía más destacada por un recortado bigote estilo Dalí. Hablaba francés e inglés, bebía whisky, y reía montones, con un sonoro graznido. A diferencia de la mayoría de los funcionarios iraquíes que entrevisté, no mostraba rabia ante la perspectiva de una invasión norteamericana. Khairi me invitó a cenar a su casa -una casa de estuco marrón en el elegante barrio de Mansour. La casa tenía un ambiente agradable, con pilas de papeles y ropa por todas partes.
Khairi me dijo que se había hecho baazista en 1973, cuando era estudiante en la Universidad de Bagdad. Aparte el oportunismo, el partido ofrecía una ideología nacionalista que lo atrajo. El Partido Baaz -‘baaz' significa ‘renacimiento' en árabe- se fundó en Siria, en 1947, como un instrumento político para propagar el pan-arabismo. En los años cincuenta, exiliados sirios y estudiantes iraquíes introdujeron el baazismo en Iraq, que entonces era gobernado por un gobierno militar. Los baazistas llegaron al poder en 1963, con un golpe de estado que fue seguido de una carnicería durante la cual los baazistas fueron arrestados, torturados y asesinados por sus rivales. En 1968, en otra asonada, la facción de Saddam Hussein del Partido Baaz tomó el control del país, y en 1979 Saddam se auto-proclamó presidente.
En 1981, Khairi, que estaba terminando su doctorado en leyes y había empezado a publicar un diario baazista, fue llamado para reunirse con el hermanastro de Saddam, Barzan al-Tikriti. Barzan era entonces director de la Mukhabarat, la policía secreta iraquí. Le propuso que se hiciera editor jefe de una revista en árabe publicada en París y, dijo Khairi, le aseguró que no tendría que hacer trabajos de espionaje, aunque su revista, ‘Kul al-Arab' (Todos los Árabes), sería financiada por la Mukhabarat.
Cuando Khairi habla de sus años en París -y lo hace a menudo, con mucha nostalgia- se refiere a sí mismo como periodista. Pero, por supuesto, su revista era principalmente un arma de propaganda del régimen de Saddam. Su cargo coincidió con la Guerra de Irán-Iraq, que Saddam empezó en 1980. Este fue el período en que Saddam tenía armas de destrucción masiva, y las usó en el campo de batalla contra los iraníes y luego en la campaña de genocidio contra los ciudadanos kurdos de su propio país. Khairi me contó que Barzan estuvo personalmente implicado en la tortura y ejecución de cientos de iraquíes -crímenes por los cuales será enjuiciado pronto.
Después de que comenzara la Guerra del Golfo, en 1991, las autoridades francesas cerraron Kul al-Arab, arrestaron a Khairi como espía y lo deportaron. (Khairi insiste en que las acusaciones eran falsas). Cuando volvió a Bagdad, continuó trabajando para la Mukhabarat, en Instituto Presidencial de Investigaciones. Finalmente, terminó disgustándose con Barzan y, en 1999, fue puesto en prisión por un corto tiempo. Siguió en el instituto de investigación hasta fines de 2002, cuando lo nombraron director de prensa del ministerio de Asuntos Exteriores. Dijo que le había aliviado liberarse del trabajo de inteligencia y que, antes de la guerra, tenía la esperanza de que lo nombraran embajador.
Un día, en casa de Khairi, miramos un boletín de noticias que contenía metraje de una fosa común que acababa de ser descubierta en el centro-sur de Iraq. Le pregunté a Khairi por qué no había huido del país, como habían hecho otros muchos iraquíes, en lugar de seguir trabajando para Saddam. "Ah, no tenía alternativa", dijo. "Tenía miedo por mi familia. Si me marchaba, les atacarían a ellos. Y si me quedaba y no hacía mi trabajo, me podían matar en cualquier momento. Mataron a mucha gente".
Le pregunté a cuánta gente pensaba que había matado Saddam. ¿Medio millón?
"No, no tantos", dijo "Cien mil, quizás 120.000, seguro". Lo dijo fríamente, sin mostrar que se sintiese comprometido por los crímenes del régimen. (Pero las cifras de Khairi son incorrectas: 250.000 es una cantidad más probable de víctimas, y hay estimaciones que la ponen mucho más alta).
Khairi me dijo que creía que los ideales del baazismo habían sido traicionados durante el régimen de Saddam Hussein, que el partido había sido usurpado y que la familia de Saddam tenía el único poder real. Pero Khairi era parte del aparato de Saddam y, según su propia confesión, estaba orgulloso de su trabajo. Me dijo una vez: "Hice un buen trabajo en planificación estratégica para el presidente, y a él le gustó: tres veces, después de leer mis artículos, me envió medio millón de dinares como presente".
Este tipo de pensamiento disociado -y una cierta falta de remordimientos- era, creo, común entre los baazistas, y especialmente entre sunníes como Khairi. La mayoría se hace eco de las justificaciones de Saddam de que las víctimas, que eran en su mayoría kurdos y chiíes, habían traicionado al país uniéndose a Irán, que eran ladrones y saqueadores, que no eran realmente musulmanes y que habían cometido supuestamente un montón de otros crímenes.
Esa primavera visité frecuentemente a Khairi. En su casa había siempre otros invitados -todos hombres, que pasaban a cenar, mirar Al Yazira y CNN y comentar las noticias. A Khairi le habían autorizado para tener una antena parabólica, un privilegio reservado para los baazistas importantes, y era un anfitrión generoso. Sus amigos se quejarían sobre el saqueo, o sobre antiguos exiliados como Chalabi, pero en general estaban optimistas sobre el futuro. La mayoría de ellos eran, como Khairi, funcionarios baazistas o antiguos oficiales del ejército, y todos parecían haber aceptado la caída de Saddam del poder como un fait accompli. La mayoría parecía creer que recibirían en cualquier momento una citación de la APC para que volviesen a sus funciones.
Sin embargo, después de los decretos de Bremer, el optimismo de Khairi se esfumó. Cuando lo visité después lo encontré a menudo dando vueltas en su casa, cambiando canales en su televisión. Le habían dicho que no volvería a su trabajo, ni recibiría una jubilación, y estaba desanimado.
En julio de 2003, Khairi fue arrestado por soldados norteamericanos. La casa en Mansour fue destrozada y saqueada; cuando llegué, no quedaban ni siquiera las puertas del garaje. Nadie sabía adónde se lo habían llevado, y aunque pregunté a los funcionarios de la Coalición, no pude volver a encontrarle.

Casi un año después me enteré de que Khairi había sido dejado en libertad, y que estaba viviendo en Amán, Jordania. Quedamos de encontrarnos allá en un hotel. Cuando entré quedé choqueado por su aspecto. Estaba bien vestido, con los pantalones bien planchados, pero su cara era mucho más delgada y sus ojos tenían círculos negros en rededor.
La noche del 19 de julio de 2003, dijo Khairi, soldados norteamericanos entraron a su casa abriendo la puerta patadas, lo arrastraron a la calle en su pijama y lo arrojaron al suelo mientras sus vecinos miraban. Cuando le preguntó a un soldado porqué lo detenían, el soldado le golpeó repetidas veces con su rifle. Le quebró varias costillas.
Khairi fue enviado a un centro de detención del Ejército y estuvo 24 horas sin comer, aunque sí le dieron algo de agua. Luego fue transportado, con otros prisioneros, a una instalación en Kadhimiya, el antiguo cuartel general del servicio de inteligencia de Saddam. "Nos pusieron en una celda, sin retrete", dijo Khairi. "Teníamos que usar el piso, como perros".
Khairi fue interrogado por una soldado norteamericana que tenía papeles que habían sido extraídos de su casa, incluyendo una copia de un artículo que había escrito yo para esta revista, en la que aparece Khairi expresando su lealtad al Partido Baaz. Khairi le contó sobre los porrazos que le había dado el soldado y le pidió un doctor. "Ella dijo: ‘¿En serio?'", dijo Khairi, levantando las cejas en una imitación de su expresión escéptica. Pocas horas después Khairi fue trasladado a un centro de detención en el aeropuerto de Bagdad, un enorme campamento al aire libre con tiendas de campaña, cercado con alambre de púa. Se durmió en el suelo a las cuatro de la mañana. "Me sentía muy mal", recordó. "Estaba muy sucio. No teníamos agua para asearnos".
En la mañana, los otros prisioneros en su tienda eligieron a Khairi para que los representara en una reunión con la Cruz Roja, ya que él hablaba francés e inglés, pero durante la reunión, Khairi se desmayó. Cuando volvió en sí lo trasladaron a una tienda médica, donde un doctor le puso suero en cada brazo y comenzó a alimentarlo. Khairi me repitió esta historia varias veces, enfatizando lo amable que se había mostrado el médico.
Pocos días después, Khairi fue nuevamente interrogado. "Ese fue mi interrogatorio más importante, y duró tres horas". Dijo que un norteamericano vestido de civil le dijo: "Si no me dices la verdad, te mataré". Khairi prosiguió: "Me preguntó si cuando estaba en París había tenido relaciones con Al Qaeda".
Al llegar a este punto, Khairi rió: "¿Te puedes imaginar? ¡Al Qaeda! Le recordé que yo había vuelto de París en 1991, cuando no existía Al Qaeda. Eso no le gustó, y dijo: ‘Bien, si no con Al Qaeda, ¿tuvo relaciones con algún otro grupo terrorista?' Yo le pregunté: ‘¿A qué grupo terrorista se refiere?' Y se enfadó y se puso a repetirme que respondiera a sus preguntas o sino me mataría".
Khairi fue entonces llevado a un centro de detención en Bukka, en el desierto al sur de Basra. Cinco días después de llegar, tuvo un ataque al corazón. Fue tratado en un hospital en Basra, y luego llevado nuevamente a Bukka. Allá, después de permanecer detenido varios días en una tienda de campaña, Khairi fue interrogado por otro oficial. "Esa fue la primera vez que estuve con alguien inteligente. Cuando se enteró de que me habían golpeado, preguntó el nombre de la unidad responsable y me dijo que yo tenía el derecho a quejarme. Le pregunté si tenían pruebas contra mí. Me dijo que no".
A fines de agosto, a Khairi le permitieron ser visitado por su esposa. Ella le contó que su padre había muerto tras enterarse de su detención. Esa tarde, Khairi tuvo un segundo ataque cardíaco. Permaneció en Bukka dos meses más y entonces, el 4 de noviembre, fue enviado a Abu Ghraib.
Cuando Khairi y otros prisioneros llegaron a Abu Ghraib, dijo, "los guardias agarraron todo lo que habíamos traído de Bukka -todas nuestras ropas, todo. Nos dejaron en pijamas. Un soldado norteamericano -un tipo grande, gordo- me sacó las gafas para leer que me había traído mi esposa y los rompió con sus zapatos. El intérprete nos dijo: ‘Esto no es Bukka. Ese era un hotel de cinco estrellas. Esto es Abu Ghraib'. Me retiraron las medicinas. Hacía frío, y dormimos en una tienda, en el suelo".
Los problemas cardíacos de Khairi empeoraron, y fue evacuado dos veces fuera del campamento. Khairi dijo que aunque muchos de los norteamericanos que había conocido en las clínicas donde fue tratado fueron amables, algunos policías militares con pastores alemanes irrumpían y dejaban que los perros aterrorizaran a los pacientes. (Él se enteró después, de las torturas y humillaciones sexuales de los prisioneros de Abu Ghraib). Una vez vio a un prisionero encapuchado, semi-desnudo, que estaba siendo empujado por soldados norteamericanos hacia un remolque de madera, y lo vi salir después de un rato, cojeando con muestras de dolor. Pero, dijo, "no sé qué le hicieron".
Khairi estaba perplejo por el tratamiento humillante de los prisioneros iraquíes. "Los jóvenes que había en mi tienda me dijeron que estaban esperando el día que los dejaran marcharse, para pelear", dijo. "En los primeros días en Bukka, los prisioneros chiíes no tenían nada contra los norteamericanos, pero después de algunos meses cambiaron de opinión. Yo diría que el 95 por ciento de los chiíes que conocí querían vengarse".
Casi todos días había ataques de mortero, recordó Khairi. "Nos dimos cuenta de que sólo atacaban las posiciones norteamericanas dentro de la prisión, no donde estaban los prisioneros. Los iraquíes se alegraban cuando había ataques. Algunos de ellos gritaban: ‘¡Allahu Akbar!', y decían: ‘Así castiga Dios a los norteamericanos por sus malos tratos'. Cuando los ataques se hicieron más frecuentes, comenzaron a ponernos capuchas toda vez que nos trasladaban, porque los prisioneros contaban a familiares que los visitaban dónde estaban las posiciones norteamericanas".
Khairi estuvo detenido en Abu Ghraib tres meses y medio sin ver a su familia; luego se enteró que habían tratado de verlo muchas veces, y que les habían dicho que él no se encontraba ahí. Fue finalmente dejado en libertad, en febrero, con un camisón de hospital.

En abril pasado, dos meses antes de que la APC fuera disuelta y en medio de un dramático incremento de la violencia en Iraq, Paul Bremer anunció medidas que aliviaban su decreto original contra los baazistas. Dijo que aunque "la política de desbaazificación era y es correcta", había sido "pobremente implementada". Observó lo importante que era que los maestros y docentes volvieran a sus puestos de trabajo.
El anuncio de Bremer fue ampliamente interpretado como una movida para dar a Allawi, el primer ministro entrante, más espacio para combatir a los insurgentes poniendo a baazistas en el gobierno. En mayo, después de que el sitio de Faluya por los marines fuera suspendido -se calcula que durante el asedio murieron entre 600 a 800 iraquíes y 40 norteamericanos-, la Coalición nombró a una llamada Brigada de Faluya, dirigida por antiguos baazistas, para negociar la paz. La iniciativa fracasó, sin embargo, cuando muchos de los brigadistas se unieron a la resistencia.
Desde que asumiera su cargo, a fines de junio, Allawi ha nombrado a varios baazistas en posiciones importantes -sobre todo en las fuerzas armadas y en el aparato de inteligencia. También tomó medidas para debilitar a Chalabi. En octubre, después de una visita privada de Mithal al-Alusi, el aliado de Chalabi en la comisión de desbaazificación, a Israel, un juez iraquí firmó una orden de detención contra Alusi, apoyándose en una ley de la era baazista que prohibía los viajes al estado de Israel. Alusi me telefoneó desde Bagdad para decirme que estaba dispuesto a hacer frente a las acusaciones. Agregó que el gobierno de Allawi había anulado todas las credenciales, excepto 50, de los 200 miembros de la comisión de desbaazificación, cancelado su financiamiento, y echado a sus miembros de sus despachos.
Dan Senor, el antiguo portavoz jefe de la Coalición, está ahora en Washington, donde se comunica regularmente con Bremer. A fines de agosto, le pregunté a Senor cómo veía ahora Bremer sus decretos. Después de consultarlo con Bremer, Senor dijo: "¿Era lo correcto? Sí. Teníamos un problema con las milicias en Iraq, pero habría sido peor si no hubiésemos abordado este problema. Por ejemplo, los chiíes se podrían haber transformado en un enorme obstáculo para la Coalición si no hubiesen colaborado, y sin embargo tuvimos clérigos que en sus mezquitas le decían a la gente que renunciara a la violencia. Y eso fue un tremendo apoyo para la Coalición. Si hubiésemos desistido de la desbaazificación, algunos habrían dicho que la resistencia sunní no habría sido tan fuerte, pero, en general, el hecho crucial fue que el programa fue bien acogido por los chiíes".
Cuando hablamos, los marines estaban metidos en sangrientas batallas contra la milicia chií de Moqtada al-Sáder, en Nayaf. Pero los funcionarios de la Coalición con los que hablé dijeron que Nayaf era, con el estímulo de la prensa, una distracción de la amenaza mayor que representaba Zarqawi. Sin embargo, además del grupo de Zarqawi, hay muchas células guerrilleras sunníes que también operan en Faluya, así como en otras ciudades como Ramadi, Samarra, Baquba y Mosul. Esas células están compuestas en su mayor parte por iraquíes y, de acuerdo a baazistas y oficiales norteamericanos con los que hablé, al menos algunas de ellas son financiadas y organizadas por antiguos baazistas.
Senor dijo: "Los problemas que tenemos hoy con la resistencia sunní no se deben solamente a la desbaazificación. Esta no es gente que está peleando simplemente porque se quedaron sin trabajo. Hemos tenido siempre la impresión de que la violencia fue organizada por gente diametralmente opuesta a nuestra visión de Iraq. Era gente a la que no podíamos convencer".
Este un punto de debate entre baazistas y no baazistas. En Amán hablé con Mudher Khairbit, un rico empresario iraquí que es un importante jeque de los dulaimi, una tribu sunní fuertemente involucrada en actividades de guerrilla en los alrededores de Faluya y Ramadi. Me dijo que aunque él no era un baazista, creía que la exclusión de los baazistas había sido un error. Khairbit dijo: "Al prohibir al Partido Baaz, los norteamericanos lo hicieron más poderoso, más popular".
En Bagdad, asistí a las oraciones del viernes en la mezquita dirigida por el imán Abdul Salaam Daud al-Qubeisi, un prominente clérigo sunní. Leyó un sermón contra los "ocupantes" norteamericanos y elogiando a los "heroicos combatientes de la resistencia" en Faluya y Ramadi. Pocos días después visité a Qubeisi en su casa. Definió la resistencia como una insurrección espontánea de iraquíes corrientes. "Antes, los iraquíes no pensaban que fueran capaces de enfrentarse a las tropas norteamericanas, pero el odio que sienten los animó a mostrar que estaban resistiendo", dijo. "Lo que empeora las cosas es que Bremer gobierna Iraq como si fuera Afganistán. Ese es un gran error. Los miembros de Al Qaeda estaban combatiendo fuera de sus propios países; los soldados iraquíes, no. Están en su propia patria. Ningún iraquí participó en los atentados en Nueva York".
Le pregunté a Qubeisi si él defendía que se matara a los soldados norteamericanos. Su respuesta fue ambigua: "Tenemos un código: Aquellos que no luchan no pueden juzgar a los que sí lo hacen. Quizás está defendiendo su familia o su honor".

Cuando me reuní con Khairi en junio, en Amán, estaba viviendo en un cuarto alquilado con dinero que le había prestado su hermano, y estaba buscando trabajo. Dijo que se había marchado de Iraq después de enterarse de que un grupo chií había puesto su nombre en una lista de muerte. De momento, era parte del creciente éxodo de profesionales iraquíes. "Los que pueden marcharse lo están haciendo", dijo. "Toda la gente de bien".
Mucho de la oposición baazista fue montada, dijo Khairi, por los nuevos exiliados. Predijo que cuando los norteamericanos entregaran las ciudades de Iraq a las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes, más tarde ese mes, el Partido Baaz "volvería y atacaría a esos policías". (Desde entonces, cientos de agentes de policía iraquí, guardias nacionales y reclutas han muerto en ataques casi diarios). Agregó: "Los norteamericanos deben superar sus problemas con el Partido Baaz. No podemos cambiar de nombre sólo para complacerles a ellos". Habló acerca del estallido de una guerra civil si los norteamericanos continuaban favoreciendo a los chiíes por sobre los sunníes.
Khairi me ayudó a concertar un encuentro con Samir Sheikhly, un antiguo alcalde de Bagdad, el que, según me dijeron, fue una de las personas clave en la dirigencia clandestina del Partido Baaz. Sheikhly fue un importante personero del régimen hasta 1991, cuando cayó en desgracia con Saddam y fue puesto en arresto domiciliario. Sheikhly fue detenido por los norteamericanos en junio de 2003 y pasó cuatro meses y medio en prisión.
Cuando nos encontramos, Sheikhly me dijo: "Muchos baazistas saludaron la llegada de los norteamericanos. No tenían miedo de los norteamericanos cuando estos llegaron. Si lo hubieran tenido, habrían resistido, y habría sido muy difícil tomar Bagdad. Pero entonces los norteamericanos comenzaron a detener a los baazistas". Prosiguió: "Los norteamericanos están haciendo tratos con gente que vino de fuera del país y que no tienen una base política en Iraq. Así no podrán conseguir nada". Sheikhly desdeñó las propuestas de Allawi hacia los miembros del Partido Baaz y dijo que sólos los "colaboracionistas" estaban haciendo tratos con él. "Si los norteamericanos colaboran y dejan que vuelva el Partido Baaz, podrían asegurar sus intereses en Iraq a un precio muy barato", dijo. (Varios baazistas con los que hablé afirmaron que en las últimas semanas han habido conversaciones tentativas con oficiales norteamericanos). Sheikhly no trató la oposición de los chiíes y kurdos a los baazistas. Como otros muchos baazistas con los que hablé, también se negó a reconocer que reinstalar así no más al Partido Baaz sería moralmente o políticamente inaceptable para las víctimas de Saddam y para la comunidad internacional -que un régimen que fuera poco más que ‘Saddam Lite' no sería suficiente.
Un antiguo funcionario de alto rango del ministerio de Asuntos Exteriores de Saddam me dijo: "El problema no se puede resolver con la reincorporación de unos cuantos baazistas de alto nivel. Es un problema de reconciliación nacional. Los norteamericanos cometieron un grave error al iniciar el proceso de desbaazificación; fue anti-democrático e inhumano; y no tomó en cuenta quiénes eran los baazistas. Después de 35 años en el poder, el Partido Baaz se había transformado en parte del tejido de la sociedad iraquí, una pirámide compleja e interrelacionada de vínculos económicos, políticos, religiosos y tribales, con el presidente, sí, arriba de todo... Pero desmantelar el Partido, el Ejército y otras estructuras del estado no hizo más que remplazarlos por el caos".
La resistencia claramente ha ido más allá de los baazistas; ahora es mucho más lo que está en juego. La semana pasada, una ofensiva a gran escala contra Faluya parecía inminente, y las tropas norteamericanas estaban ocupando posiciones. [La toma de Faluya acaba de terminar]. El oficial de las fuerzas especiales norteamericanas me dijo que él y otros esperaban que ahora que habían pasado las elecciones, la Casa Blanca apoyaría resueltamente una batalla decisiva: "El ataque será difícil, sangriento e impopular, pero terminará con los terroristas y creará un espacio para ganar. Mientras más esperemos, más difícil, sangriento y costoso será".
El mes pasado, le pregunté a Stephen Browning cómo veía la situación en Iraq. Dijo: "Hablé con un doctor iraquí amigo la semana pasada y le pregunté lo mismo. Me dijo: ‘Este país se está muriendo de a poco'. Antes, él se había mostrado siempre optimista, así que oírlo decir eso me deprimió. Yo mismo no veo nada bueno o positivo. Perdimos muchas oportunidades en los primeros días. Ahora la resistencia se ha hecho muy fuerte, y no veo cómo podamos pararla".

8 de noviembre de 2004
16 de noviembre de 2004
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POCOS EXTRANJEROS ENTRE LOS INSURGENTES EN FALUYA - john hendren


A juzgar por los combatientes capturados en Faluya, sólo un cinco por ciento son extranjeros, dijeron oficiales norteamericanos.
ampamento Faluya, Iraq. La batalla por la ciudad de Faluya está proporcionando a los comandantes norteamericanos una imagen de la resistencia de este país como una insurrección hecha en casa, dominada por los iraquíes, no por combatientes extranjeros.
De los más de mil hombres de edades entre los 15 y 55 años que han sido capturados en intensos combates en el centro de la resistencia la semana pasada, sólo quince son combatientes extranjeros confirmados, dijo el lunes el general George W. Casey, el más importante comandante de operaciones en Iraq.
Se tenía evidencias de que había una fuerza organizada de combatientes extranjeros. Un guerrillero muerto tenía una tarjeta de identidad siria. Varios insurgentes de los que se cree que son extranjeros llevaban "uniformes" negros, con chalecos antibala negros, ropa tejida y armas superiores a las de sus aliados iraquíes.
Pero a pesar de la intensa concentración de funcionarios norteamericanos e iraquíes en la red del militante jordano Abu Musab Zarqawi, los que han insistido en que la mayoría de los iraquíes apoyan al gobierno interino del país, los comandantes norteamericanos dijeron que según sus mejores cálculos la proporción de extranjeros entre los combatientes no supera el cinco por ciento.
La gran mayoría de los insurgentes, dijeron varios comandantes, está compuesta por las decenas de miles de antiguos funcionarios iraquíes que simpatizaban con el derrocado régimen de Saddam Hussein -"delincuentes" desempleados que encontraron trabajo plantando bombas en las calles a razón de 500 dólares cada una y extremistas religiosos iraquíes.
"Ahora sabemos que la amenaza son los elementos del antiguo régimen", dijo el general Richard B. Myers, presidente del Comando Conjunto de Jefes del Estado Mayor, que acompañaron a Casey durante una visita a bases en Bagdad y en las afueras de Faluya antes de reunirse con el primer ministro interino iraquí, Iyad Allawi.
Antes de la batalla, funcionarios norteamericanos enfatizaron la participación de los combatientes extranjeros en Faluya. La semana pasada, cuando comenzaba el asalto, Myers dijo a periodistas que la ciudad era "un importante refugio de elementos del antiguo régimen y combatientes extranjeros, en particular Zarqawi y sus partidarios".
No está claro cuántos combatientes extranjeros pueden haber salido de Faluya antes de que los militares norteamericanos comenzaran su asalto de la ciudad la semana pasada ni cuántos pueden estar todavía combatiendo en los barrios del sur, donde continúan los enfrentamientos.
Una floja coalición de combatientes extranjeros y nacionales ha mostrado pocos signos de que cuenten con un comando centralizado, dijeron funcionarios norteamericanos del ministerio de Defensa. El gobierno iraquí y los militares norteamericanos anunciaron la ofensiva de Faluya con llamados a los civiles a que abandonaran el bastión de la guerrilla. Pero a pesar de esos llamados, los insurgentes no lograron interrumpir las rutas de aprovisionamiento militar y llevar refuerzos a los combatientes aislados, dijo Myers.
"No había nadie a cargo", dijo Casey. "Hay colaboración entre los extremistas musulmanes, entre los combatientes extranjeros y entre elementos del antiguo régimen. Y es un matrimonio de conveniencia".
Las tropas norteamericanas han encontrado importantes alijos de armas en Faluya con una amplia variedad de ellas, incluyendo bombas improvisadas listas para ser colocadas, talleres de bombas y armas pesadas, dispersos entre las casas, negocios y otros edificios.
Los comandantes advirtieron que identificar a los militantes extranjeros no es una ciencia exacta. De los tres mil combatientes que según algunos oficiales estaban atrincherados en la ciudad en vísperas del asalto, al menos 1.600 han muerto, de acuerdo a cálculos norteamericanos. Sin embargo, estimaciones del número de bajas entre los insurgentes varían ampliamente; muchos cadáveres siguen ocultos entre los escombros o no han sido todavía retirados de las calles.
La mayoría de los insurgentes de "limpiaron", dijeron oficiales, destruyendo sus identificaciones y otras claves que delataran su nacionalidad.
"Es difícil identificarlos", dijo Casey. Tropas norteamericanas, iraquíes y británicas "recurren a examinar sus libros del Corán en sus bolsillos para saber dónde fueron publicados y determinar así su nacionalidad".
Allawi reconoció en una entrevista el lunes que los insurgentes eran en gran parte sus propios compatriotas, pero dijo de todos modos que a menudo los combatientes extranjeros son los responsables de los atentados con coches-bomba y otros ataques espectaculares que, dijo, tenían por objeto descarrilar las elecciones convocadas para enero.
"No tenemos cifras exactas, pero los elementos extranjeros, los terroristas, son siempre usados para otras cosas" que para las tareas asignadas a los insurgentes iraquíes, dijo Allawi, refiriéndose en particular a los atentados con coches-bomba. "Los terroristas están tratando de debilitar a las fuerzas multinacionales y a nosotros, de golpear a la policía, al ejército, a la guardia nacional". Calificó esos ataques como una "campaña nacional de intimidación".
Allawi tiene informaciones de primera mano sobre esa campaña. Tres miembros de su familia fueron secuestrados hace poco por los insurgentes. Dos mujeres de su familia fueron liberadas el domingo, confirmaron funcionarios iraqués, aunque un primo del primer ministro continúa en poder de los insurgentes.
"Los insurgentes secuestrarán a familiares, asesinarán a funcionarios de gobierno, asesinarán a policías. Están matando a algunos de los líderes más efectivos de la guardia nacional y de la policía", dijo el general de división Richard F. Natonski, comandante de la Primera División de Infantería de Marina. "Creo que lo que estamos viendo ahora es la última acción de la línea dura".
El objetivo de los insurgentes, agregó Casey, es impedir que la minoría de musulmanes sunníes -muchos de los cuales simpatizaban con Saddam Hussein, el antiguo presidente sunní- participe en el proceso electoral de enero, para socavar su legitimidad.
"Tuvieron que recurrir a la intimidación para impedir que los sunníes participen en el proceso político, porque están perdiendo", dijo Casey.
Estrategas norteamericanos e iraquíes piensan responder complementando la policía iraquí con guardias nacionales y tropas del Ejército, posiblemente apoyadas por tropas norteamericanas.
Los combatientes extranjeros que se han incorporado a la resistencia parecen haber entrado por la frontera siria, dijeron oficiales norteamericanos. Se capturó a un pequeño número de sirios, junto con dos marroquíes, la primera noche de la ofensiva la semana pasada. La campaña de intimidación ha logrado que los guardias fronterizos iraquíes abandonen sus puestos, dijeron funcionarios norteamericanos.
El gobierno iraquí y las autoridades norteamericanas por igual responsabilizan al gobierno sirio.
"Es difícil creer que Siria no sepa lo que está pasando", dijo Myers.
"Que los estén apoyando o no, es otra cosa. Dicho eso, si Siria quisiera impedirlo, lo impediría, al menos parcialmente".
A instancias de las tropas norteamericanas, el gobierno iraquí cerró los cruces de frontera con Siria en la occidental ciudad iraquí de Qusaybah y sólo permite que vehículos comerciales atraviesen la frontera siria y la frontera jordana, dijo Natonski. No se permite entrar a los hombres en edad de combatir, agregó.

16 de noviembre de 2004
©los angeles times
©traducción mQh

FALUYA: DESTRUIR UNA CIUDAD PARA RECONSTRUIRLA - edward wong


No es probable que la destrucción de Faluya convenza a Iraq de que es la manera de persuadir a los sunníes a que participen en las elecciones convocadas para enero.
Bagdad, Iraq. Neutralizar la amenaza que provenía de la mezquita de cúpula verde no costó nada. En los polvorientos laberintos de Faluya, los marines fueron atacados desde uno de sus minaretes gemelos. Pidieron apoyo aéreo. Una bomba de 250 kilos reventó en la torre de azulejos azules, borrando del mapa un rasgo típico de la mezquita de Khulafa Al Rashid, el templo más conocido de la ciudad.
Como en un sueño afiebrado, esas y otras escenas de destrucción tuvieron lugar la semana pasada en Faluya ante los ojos de tropas norteamericanas, habitantes y periodistas. El sábado por la mañana, marines y soldados se habían introducido en la ciudad y arrinconado a los insurgentes en el sur, dejando una secuela de edificios bombardeados, coches agujereados de balas y cuerpos pudriéndose.
Probaba una cosa: Los norteamericanos son muy buenos a la hora de destruir. Es qué hacer después de la batalla el verdadero problema durante los 19 meses que llevan en Iraq.
Los comandantes dicen que sus objetivos ahora en Faluya son instalar un gobierno viable y una fuerza de seguridad iraquíes, reconstruir la ciudad y reconquistar la confianza de los habitantes, y convencer a los árabes sunníes, que constituyeron la base de apoyo de Saddam Hussein y fueron sacados del poder junto con él, a que depongan las armas y participen en un proceso político legítimo.
Difícil como parece, el último objetivo -persuadir a los sunníes que se transformen en un minoría leal en una democracia- puede ser el más improbable de lograr después de tomar Faluya por asalto.
Funcionarios norteamericanos dicen que si se logra, Faluya, que se ha transformado en un símbolo mítico en todo el mundo árabe por su resistencia, podría servir como un modelo para el resto de Iraq, e Iraq como un modelo para el resto de Oriente Medio.
Pero dados los antecedentes de los norteamericanos y sus aliados, dicen analistas militares, los objetivos inmediatos en Faluya son ingenuos, si no absolutamente inconsecuentes, si se considera la creciente resistencia en las regiones dominadas por los sunníes de Iraq, casi con completa certeza de que está siendo organizada por los mismos líderes que abandonaron Faluya antes de la ofensiva.
"Iraq es un problema complejo", dijo Charles Pena, director de estudios de política exterior en el Instituto Cato, un grupo de investigación libertario con sede en Washington. "Nuestro problema es que seguimos haciendo creer a la gente que hay soluciones simples".
"Nuestras operaciones militares crean otros problemas que nuestros militares no pueden resolver", dijo. "Y no hemos logrado reparar bien lo que hemos roto en Iraq".
Los comandantes norteamericanos dijeron que no tenían ilusiones de que con la ofensiva de Faluya capturarían al militante jordano Abu Musab al-Zarqawi, el hombre más buscado de Iraq, ni romper la espina dorsal de la resistencia.
Lo que no reconocen es que la toma de Faluya no les acerca mucho a la solución de los problemas más difíciles de la ocupación: cómo superar los sentimientos de que están siendo desplazados de los árabes sunníes y hacerles aceptar el papel de minoría en un estado iraquí democrático.
Los árabes sunníes constituyen sólo un quinto de la población iraquí; tres quintos son árabes chiíes y el quinto restante son en su mayoría kurdos sunníes. Pero los sunníes dominan la mayor parte de Oriente Medio y han gobernado la región ahora llamada Iraq desde la época del Imperio Otomano. Hay pocos indicios de que estén dispuestos a aceptar un rol subordinado en el nuevo gobierno.
Al anunciar la democracia, los norteamericanos han indicado cada vez que prevén que el poder fluya hacia la mayoría chií, y las elecciones convocadas para enero son un modo de llevar a cabo algo que, en cierto modo, parece legítimo. Se supone que la destrucción de Faluya obligará a los sunníes insurgentes a darse cuenta de la inutilidad de un conflicto armado, y los llevará a participar en las elecciones.
Pero no es fácil convencer a gente que no tiene gran aprecio por los derechos de las minorías de que les conviene una democracia al estilo occidental. Para que los sunníes acepten este nuevo estilo de gobierno tendrán que ser convencidos de que sus derechos serán respetados por una clase gobernante chií respaldada por los norteamericanos, y que tendrán algún grado de poder y de autonomía -preocupaciones que tienen incluso, en cierta medida, incluso los kurdos, quizás los más fieles partidarios de la presencia norteamericana aquí.
Los comandantes norteamericanos aquí consideran sus operaciones recientes en las áreas chiíes de Karbala, Nayaf y Ciudad Sáder como modelos de cómo un poderío bélico avasallador obligó a los rebeldes a participar en un sistema político legítimo. Faluya no será diferente, dicen. Pero Moqtada al-Sáder, el incendiario clérigo que condujo la resistencia chií, tiene todo que ganar y nada que perder si participa en esas elecciones. Puede estar seguro de que su organización inmensamente popular ganará muchos escaños en la asamblea nacional y se transformará en parte de la clase política chií.
Los sunníes no tienen esa esperanza, que es lo que explica porqué el importante grupo de clérigos sunníes, la Asociación de Académicos Musulmanes, llamó la semana pasada a boicotear las elecciones. El grupo dice que representa a 3.000 mezquitas en todo el país y ha sido beligerantemente anti-norteamericana desde el principio de la guerra. Sin embargo, algunos sunníes seculares, como el antiguo exiliado Adnan Pachacho, han sido más acogedores de la presencia norteamericana y dicen que tienen la intención de participar en las elecciones.
Instalar un gobierno iraquí y una fuerza policial efectivas en Faluya es una meta menos ambiciosa, pero también será difícil de lograr para los norteamericanos. En la ofensiva, la mayor parte de las tropas iraquíes no han participado en los combates directos. Entran a la ciudad después de que los norteamericanos han limpiado las calles de insurgentes y se les asigna la tarea de revisar los edificios.
Algunos parecen desorientados, parados en ese paisaje sembrado de escombros, con sus uniformes intachables. No ha cambiado mucho desde mayo, cuando la Primera División Blindada sitió Karbala, y las fuerzas de seguridad iraquíes se limitaron a retirar las armas de las mezquitas.
El jueves, los agentes de policía de Mosul se echaron a correr, en una media docena de comisarías, tan pronto como los insurgentes empezaron a lanzar sus granadas y a disparar con rifles Kalashnikov. Hace dos semanas, atentados con bombas y ataques de mortero causaron al menos 30 muertos en Samarra, sólo un mes después de que las tropas americanas ocuparan la ciudad y anunciaran una aplastante victoria. Un oficial norteamericano de alta jerarquía en Bagdad admitió que después de que se retiraran los norteamericanos, los insurgentes barrieron con la pobremente adiestrada policía iraquí.
En Samarra, los guerrilleros abandonaron la ciudad antes de que los blindados norteamericanos invadieran la ciudad, y luego aguardaron el momento oportuno, que es la gran ventaja que tiene la resistencia, porque las fuerzas de ocupación tienen que retirarse en algún momento. Los insurgentes no necesitan un refugio como en Faluya para funcionar el día entero. "De hecho, las tácticas maoístas desaconsejarían tratar de instalarse en una ciudad y tratar en esta fase de montar una resistencia débil, y de usar a la población como un mar en el que nadar", dijo Anthony H. Cordesman, un analista de Oriente Medio en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.
Es absurdo, agrega Cordesman, creer que destruir Faluya y luego reconstruirla se convertirá en apoyo para los norteamericanos y el gobierno interino. El militar norteamericano dijo que se han destinado 100 millones de dólares para la reconstrucción de la asolada ciudad. Pero eso no resuelve el problema mucho mayor del desempleo, ahora, a nivel nacional, en un 60 por ciento. Ese es uno de los factores que impulsa a los jóvenes a unirse a la resistencia.
"¿Cuánto dinero y ayuda se necesita realmente", dijo Cordesman, "para darle un empujón a la economía, y cuánto para dar seguridad social a Faluya?"

Dexter Filkins contribuyó desde Falluja a este artículo.

14 de noviembre de 2004
15 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh