EN IRAK HAY UNA BATALLA MÁS IMPORTANTE
Es cada vez más improbable que los sunníes participen en las elecciones de enero. El país podría caer en una guerra civil sin vuelta atrás.
Abriéndose camino a balazos por las estrechas calles de los barrios de Faluya no aparece en el libro de texto de las operaciones contra-insurgentes, en las que ganar los corazones y la lealtad de la gente es más importante que recuperar el control de los territorios en disputa. Los comandantes norteamericanos lo habían comprendido, y durante meses pensaron que se evitaría un ataque como el comenzado hace una semana. Desde entonces, el avance militar ha sido implacable, mientras que la reacción política de la comunidad árabe sunní ha sido muy negativa. Si la hostilidad sunní continúa profundizándose, Faluya se podría transformar en una victoria muy cara.
Muchos de los insurgentes armados de Faluya simplemente se trasladaron a otras ciudades sunníes tan pronto como comenzaron los combates, y el primer reto es impedir que retornen a la ciudad una vez que terminen los enfrentamientos. Eso es lo que pasó en Samarra, después de que las tropas norteamericanas e iraquíes expulsaran a los rebeldes a comienzos de octubre. Los insurgentes ahora han incrementado sus ataques en Ramadi, a 50 kilómetros al oeste de Faluya, y han establecido una nueva base de operaciones en la norteña metrópolis de Mosul. Es crucial impedir que estos combatientes armados interrumpan las elecciones convocadas para enero.
Una tarea más importante es impedir el boicot a gran escala de esas elecciones por votantes sunníes. Para lograrlo, Bagdad y Washington tendrán que mostrar al menos que están preparados para prestar oídos a las quejas de la minoría sunní de Iraq. Algunos grupos de sunníes moderados todavía se oponen a un boicot de las elecciones, pidiendo, en cambio, al gobierno del primer ministro Ayad Allawi que trate seriamente a las preocupaciones sunníes. Sus aproximaciones merecen una respuesta más acogedora de la que han recibido hasta ahora.
Faluya es normalmente el hogar de más de un cuarto de millón de habitantes. Se ha dicho que al menos cuatro quintos de ellos huyeron antes del asalto. Pero una vez que cesen los combates, retornarán a una ciudad donde los bombardeos aéreos y el fuego de morteros han dañado y destruido muchos edificios, donde el agua está contaminada con aguas servidas y donde el tendido eléctrico está estropeado. Washington ha destinado millones de dólares para reparaciones, pero como hemos visto en otras partes de Iraq, las asignaciones por sí solas no garantizan una reconstrucción rápida. Para convencer a los habitantes de Faluya de que el nuevo Iraq les ofrece algo más que una continuada humillación, su ciudad debe ser rápidamente reconstruida.
Tampoco hay tiempo que perder en realizar lo que fue el objetivo más ostensible del ataque, permitiendo elecciones significativas en enero en Faluya y otras ciudades del intranquilo Triángulo Sunní al norte y oeste de Bagdad. Los sunníes, un 20 por ciento de la población total, no pueden esperar ser el grupo dominante en un Iraq nuevo y democrático, como lo fueron durante la dictadura de Saddam Hussein. Pero sí tienen derecho a esperar que los nacionalistas sunníes representativos estén honestamente incluidos en la asamblea que redactará la constitución y que será elegida en enero.
Los votantes sunníes prospectivos se muestran razonablemente escépticos hacia un sistema político que hasta el momento ha favorecido en todo momento a los partidos chiíes y kurdos que se originaron en el exilio y todavía parece más interesado en conservar el poder y privilegios de estos partidos que acercarse a los sunníes decepcionados e independientes. Esa impresión ha sido fuertemente reforzada por la reciente decisión, contra el urgente consejo de Estados Unidos y de Naciones Unidas, de inscribir en las nóminas de inscripción a los casi cuatro millones de iraquíes que viven en el extranjero, en Irán y otros países. La mayoría de estos emigrantes son chiíes. Además de las enormes dificultades a la hora de asegurar la corrección de los votos de estos emigrantes, esta decisión amenaza seriamente con distorsionar los resultados a favor de los partidos chiíes del exilio.
Los funcionarios electorales iraquíes deberían anular esta decisión y no permitir el voto de los emigrantes. Junto a esto, el gobierno del primer ministro Allawi debería acercarse a los grupos sunníes que están dispuestos a dar pasos que haría posible para ellos pedir a sus seguidores a que participen en las elecciones.
Durante los últimos 18 meses, las nacionalistas sunníes moderados han sido sistemáticamente marginados. Al comienzo de la ocupación, el Ejército iraquí dominado por los sunníes fue disuelto e incluso los funcionarios de nivel medio del Partido Baaz, predominantemente sunní, fueron despedidos de sus cargos y han sido excluidos todos estos meses de ocupar funciones públicas. Los sunníes calificaron al antiguo Consejo de Gobierno y al actual gobierno interino instalados por los norteamericanos de no ser representativos. Quizás el Triángulo Sunní habría surgido como el centro de la resistencia armada de todos modos, pero esos innecesarios errores han ayudado a proporcionarle un ilimitado flujo de nuevos reclutas.
Iniciar medidas más inclusivas hacia los sunníes de Iraq no es solamente un asunto de honestidad. Una nueva constitución escrita sin una participación sunní creíble se podría transformar en una invitación abierta a la guerra civil, que se podría convertir en una guerra regional si Iraq comenzara a fragmentarse en segmentos religiosos y étnicos. El boicot no es inevitable. Pero evitarlo requerirá que los líderes en Washington y Bagdad luchen por una plena participación política sunní de manera tan implacable como sus soldados en las calles de Faluya.
15 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Abriéndose camino a balazos por las estrechas calles de los barrios de Faluya no aparece en el libro de texto de las operaciones contra-insurgentes, en las que ganar los corazones y la lealtad de la gente es más importante que recuperar el control de los territorios en disputa. Los comandantes norteamericanos lo habían comprendido, y durante meses pensaron que se evitaría un ataque como el comenzado hace una semana. Desde entonces, el avance militar ha sido implacable, mientras que la reacción política de la comunidad árabe sunní ha sido muy negativa. Si la hostilidad sunní continúa profundizándose, Faluya se podría transformar en una victoria muy cara.Muchos de los insurgentes armados de Faluya simplemente se trasladaron a otras ciudades sunníes tan pronto como comenzaron los combates, y el primer reto es impedir que retornen a la ciudad una vez que terminen los enfrentamientos. Eso es lo que pasó en Samarra, después de que las tropas norteamericanas e iraquíes expulsaran a los rebeldes a comienzos de octubre. Los insurgentes ahora han incrementado sus ataques en Ramadi, a 50 kilómetros al oeste de Faluya, y han establecido una nueva base de operaciones en la norteña metrópolis de Mosul. Es crucial impedir que estos combatientes armados interrumpan las elecciones convocadas para enero.
Una tarea más importante es impedir el boicot a gran escala de esas elecciones por votantes sunníes. Para lograrlo, Bagdad y Washington tendrán que mostrar al menos que están preparados para prestar oídos a las quejas de la minoría sunní de Iraq. Algunos grupos de sunníes moderados todavía se oponen a un boicot de las elecciones, pidiendo, en cambio, al gobierno del primer ministro Ayad Allawi que trate seriamente a las preocupaciones sunníes. Sus aproximaciones merecen una respuesta más acogedora de la que han recibido hasta ahora.
Faluya es normalmente el hogar de más de un cuarto de millón de habitantes. Se ha dicho que al menos cuatro quintos de ellos huyeron antes del asalto. Pero una vez que cesen los combates, retornarán a una ciudad donde los bombardeos aéreos y el fuego de morteros han dañado y destruido muchos edificios, donde el agua está contaminada con aguas servidas y donde el tendido eléctrico está estropeado. Washington ha destinado millones de dólares para reparaciones, pero como hemos visto en otras partes de Iraq, las asignaciones por sí solas no garantizan una reconstrucción rápida. Para convencer a los habitantes de Faluya de que el nuevo Iraq les ofrece algo más que una continuada humillación, su ciudad debe ser rápidamente reconstruida.
Tampoco hay tiempo que perder en realizar lo que fue el objetivo más ostensible del ataque, permitiendo elecciones significativas en enero en Faluya y otras ciudades del intranquilo Triángulo Sunní al norte y oeste de Bagdad. Los sunníes, un 20 por ciento de la población total, no pueden esperar ser el grupo dominante en un Iraq nuevo y democrático, como lo fueron durante la dictadura de Saddam Hussein. Pero sí tienen derecho a esperar que los nacionalistas sunníes representativos estén honestamente incluidos en la asamblea que redactará la constitución y que será elegida en enero.
Los votantes sunníes prospectivos se muestran razonablemente escépticos hacia un sistema político que hasta el momento ha favorecido en todo momento a los partidos chiíes y kurdos que se originaron en el exilio y todavía parece más interesado en conservar el poder y privilegios de estos partidos que acercarse a los sunníes decepcionados e independientes. Esa impresión ha sido fuertemente reforzada por la reciente decisión, contra el urgente consejo de Estados Unidos y de Naciones Unidas, de inscribir en las nóminas de inscripción a los casi cuatro millones de iraquíes que viven en el extranjero, en Irán y otros países. La mayoría de estos emigrantes son chiíes. Además de las enormes dificultades a la hora de asegurar la corrección de los votos de estos emigrantes, esta decisión amenaza seriamente con distorsionar los resultados a favor de los partidos chiíes del exilio.
Los funcionarios electorales iraquíes deberían anular esta decisión y no permitir el voto de los emigrantes. Junto a esto, el gobierno del primer ministro Allawi debería acercarse a los grupos sunníes que están dispuestos a dar pasos que haría posible para ellos pedir a sus seguidores a que participen en las elecciones.
Durante los últimos 18 meses, las nacionalistas sunníes moderados han sido sistemáticamente marginados. Al comienzo de la ocupación, el Ejército iraquí dominado por los sunníes fue disuelto e incluso los funcionarios de nivel medio del Partido Baaz, predominantemente sunní, fueron despedidos de sus cargos y han sido excluidos todos estos meses de ocupar funciones públicas. Los sunníes calificaron al antiguo Consejo de Gobierno y al actual gobierno interino instalados por los norteamericanos de no ser representativos. Quizás el Triángulo Sunní habría surgido como el centro de la resistencia armada de todos modos, pero esos innecesarios errores han ayudado a proporcionarle un ilimitado flujo de nuevos reclutas.
Iniciar medidas más inclusivas hacia los sunníes de Iraq no es solamente un asunto de honestidad. Una nueva constitución escrita sin una participación sunní creíble se podría transformar en una invitación abierta a la guerra civil, que se podría convertir en una guerra regional si Iraq comenzara a fragmentarse en segmentos religiosos y étnicos. El boicot no es inevitable. Pero evitarlo requerirá que los líderes en Washington y Bagdad luchen por una plena participación política sunní de manera tan implacable como sus soldados en las calles de Faluya.
15 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
EN FALUYA SE ALCANZÓ UN OBJETIVO. ¿CUÁL SERÁ EL PRÓXIMO? - eric schmitt
Tomar una ciudad militarmente es más fácil que mantenerla una vez que se la ha recuperado. Comandantes norteamericanos pedirán más tropas.
Washington, Estados Unidos. Comandantes norteamericanos dicen que con el asalto que duró una semana y que ha quitado a la resistencia el control de Faluya, se han logrado casi todos sus objetivos antes de tiempo y con menos escollos que los previstos.
Pero, ¿hacia dónde se dirigirán ahora Estados Unidos y el gobierno interino del primer ministro Ayad Allawi?
En las próximas semanas, los dos aliados deberán todavía hacer frente a una peligrosa y fuerte resistencia que está activa en la mayor parte de Iraq, apresurarse con un enorme esfuerzo de reconstrucción económica y sentar las bases para las elecciones convocadas para enero.
Una meta de la ofensiva contra Faluya era eliminar un importante refugio de los insurgentes en Iraq, un centro para cometer asesinatos, atentados con coches-bomba y emboscadas entre Ramadi y Bagdad, y más allá. Otra era permitir que los 250.000 habitantes de la ciudad participen en las elecciones.
Las inscripciones ya están en marcha en otras partes de Iraq, de modo que los comandantes deberán enfrentar más presiones para controlar otras áreas y hacer posible que los empleados de la junta electoral iraquí hagan su trabajo. Jefes militares y diplomáticos norteamericanos en Iraq esperan que una vez libre de insurgentes, las ciudades del territorio sunní al norte y oeste de Bagdad se integren al proceso político, a pesar de los llamados de algunos grupos sunníes la semana pasada a boicotear las elecciones.
Pero todavía hay enormes obstáculos para alcanzar esos objetivos militares, económicos y políticos. "La operación de Faluya será un éxito militar, pero si se transforma en la clave del éxito político es algo que está por verse", dijo el senador Jack Reed, el demócrata de Rhode Island en el Comité de las Fuerzas Armadas que visitó Iraq el viernes y sábado, por conferencia telefónica. "Los insurgentes están haciendo lo posible por estropear este proceso, y los comandantes creen que habrá una amplia violencia en las semanas previas a las elecciones de enero".
Los jefes militares destacan varios logros en Faluya. Se ha eliminado a un bastión de la resistencia, con menos bajas de civiles iraquíes y de soldados norteamericanos que las esperadas. Algunos oficiales de alto rango dicen que se ha matado a 1.600 insurgentes y cientos más han sido capturados, más de la mitad de los que calculaban que se encontraban en la ciudad desde que comenzara la campaña.
La ofensiva también cerró lo que los oficiales veían como un arma propagandística de los militantes: el Hospital General de Faluya, con su torrente de informes sobre bajas civiles. Pero los oficiales norteamericanos e iraquíes todavía enfrentan gigantescas tareas en la secuela de la toma de la ciudad.
"Faluya claramente requerirá un montón de esfuerzos aún después de que el último reducto de insurgentes haya sido eliminado", dijo el domingo, en un mensaje por correo electrónico, un general norteamericano. "Hay un montón de retos, en la infraestructura, en las necesidades básicas de los retornados, en las fuerzas de seguridad, y en la administración, para no mencionar las elecciones. Y hay que dar por sentado que los insurgentes tratarán de hacernos la vida más difícil todavía".
La resistencia continúa furiosamente en otros lugares, entre informes de inteligencia de que la batalla se ha transformado en una plataforma para el reclutamiento de grandes cantidades de jóvenes árabes en mezquitas desde Siria a Arabia Saudí. Los jefes militares norteamericanos reconocen que cientos de combatientes y sus comandantes, incluyendo a Abu Musab al-Zarqawi, el militante jordano cuya red ha llevado a cabo muchos de los secuestros, decapitaciones y atentados con bomba, salió de la ciudad antes de la ofensiva.
Los comandantes norteamericanos dicen que pensaban que la batalla por Faluya, que coincide con el fin del mes sagrado de ramadán, significaría un incremento de la violencia en todo el país. Pero el alcance y dimensión de los ataques en Mosul el jueves pasado sorprendió a los oficiales norteamericanos que estaban luchando el domingo por recuperar la iniciativa.
"Nuestra experiencia es que, después de las batallas en que sufren muchas bajas, los insurgentes gastan algunos días en reagruparse, curar a los heridos y formular un plan sobre qué hacer luego", dijo el domingo en un mensaje por correo electrónico el general de brigada Carter Ham, encargado del control del norte de Iraq. "Nuestro trabajo es no dejarles descansar ni permitirles que tengan tiempo de reagruparse".
En Bagdad, donde los ataques estaban aumentando aún antes de la ofensiva de Faluya, los soldados del Ejército dijeron que los insurgentes, en al menos una parte de la ciudad, habían modificado sus tácticas, reuniéndose en números limitados en sus ataques contra los norteamericanos, en lugar de dispararles desde las sombras y tejados, o emboscándoles con bombas en las calles.
"Sí, en todas partes las fuerzas anti-iraquíes han estado más agresivas, o más estúpidas, dependiendo de tu punto de vista", dijo el domingo en un mensaje por correo electrónico el sargento Rowe Stayton, un jefe de un comando de fuego de infantería en el norte de Bagdad. Dijo que sus tropas habían matado a 15 insurgentes y herido a otros 6, sin sufrir ni una sola baja.
Pero los comandantes dicen que están desconcertados sobre cómo combatir la efectiva campaña de intimidación que están haciendo los insurgentes contra los iraquíes, desde líderes políticos y jefes de policía hasta las mujeres que se ocupan de la lavandería de las tropas en las bases norteamericanas.
"La gente está se ve afectada todos los días por la criminalidad", dijo el senador Reed, un antiguo oficial de la División Aerotransportada Nº82. "La situación no ha cambiado, ni está cambiando". Oficiales norteamericanos fanfarronean que han adiestrado y equipado a 100.000 fuerzas de seguridad iraquíes, y muchos están luchando codo a codo con los norteamericanos, incluyendo a 2.500 en Faluya. Pero muchas de esas tropas sólo tienen un adiestramiento básico y carecen todavía de equipos cruciales, como chalecos antibala, radios y vehículos.
"La buena noticia es que números importantes de las fuerzas de seguridad iraquíes están manteniéndose firmes y luchando en todo el centro-norte de Iraq", dijo el sábado en un mensaje por correo electrónico el general de división John Batiste, comandante de la Primera División de Infantería, en Tikrit.
Pero no en todas partes. La semana pasada cientos de agentes de policía de Mosul abandonaron sus comisarías durante los ataques, permitiendo que los militantes saquearan una media docena de comisarías y robaran vehículos policiales, uniformes y armas.
Mientras la mayoría de las organizaciones de ayuda internacionales se han retirado de Iraq por las condiciones [en que deben trabajar] y muchos contratistas temerosos de enviar a sus trabajadores a áreas todavía vulnerables a ataques de los insurgentes, se necesitarán más tropas norteamericanas para proporcionar seguridad y permitir que las obras de reconstrucción sigan adelante.
El Pentágono ha extendido los servicios de unos 6.500 soldados para ayudar en labores de seguridad y comandantes de alta jerarquía están diciendo que se necesitan más de las 140.000 tropas norteamericanas que tiene Estados Unidos en Iraq. Pero ¿para qué serían necesarias? La experiencia en Faluya de las semanas por venir pueden ser instructivas.
"La lección operacional es que "tomar" una ciudad es comparativamente fácil, pero "conservalas" es mucho más difícil y lo más decisivo", dijo un oficial del Ejército de vuelta recientemente de un turno de servicio cerca de Faluya. "Y esa batalla la deben ganar los iraquíes, no los norteamericanos".
15 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Washington, Estados Unidos. Comandantes norteamericanos dicen que con el asalto que duró una semana y que ha quitado a la resistencia el control de Faluya, se han logrado casi todos sus objetivos antes de tiempo y con menos escollos que los previstos.Pero, ¿hacia dónde se dirigirán ahora Estados Unidos y el gobierno interino del primer ministro Ayad Allawi?
En las próximas semanas, los dos aliados deberán todavía hacer frente a una peligrosa y fuerte resistencia que está activa en la mayor parte de Iraq, apresurarse con un enorme esfuerzo de reconstrucción económica y sentar las bases para las elecciones convocadas para enero.
Una meta de la ofensiva contra Faluya era eliminar un importante refugio de los insurgentes en Iraq, un centro para cometer asesinatos, atentados con coches-bomba y emboscadas entre Ramadi y Bagdad, y más allá. Otra era permitir que los 250.000 habitantes de la ciudad participen en las elecciones.
Las inscripciones ya están en marcha en otras partes de Iraq, de modo que los comandantes deberán enfrentar más presiones para controlar otras áreas y hacer posible que los empleados de la junta electoral iraquí hagan su trabajo. Jefes militares y diplomáticos norteamericanos en Iraq esperan que una vez libre de insurgentes, las ciudades del territorio sunní al norte y oeste de Bagdad se integren al proceso político, a pesar de los llamados de algunos grupos sunníes la semana pasada a boicotear las elecciones.
Pero todavía hay enormes obstáculos para alcanzar esos objetivos militares, económicos y políticos. "La operación de Faluya será un éxito militar, pero si se transforma en la clave del éxito político es algo que está por verse", dijo el senador Jack Reed, el demócrata de Rhode Island en el Comité de las Fuerzas Armadas que visitó Iraq el viernes y sábado, por conferencia telefónica. "Los insurgentes están haciendo lo posible por estropear este proceso, y los comandantes creen que habrá una amplia violencia en las semanas previas a las elecciones de enero".
Los jefes militares destacan varios logros en Faluya. Se ha eliminado a un bastión de la resistencia, con menos bajas de civiles iraquíes y de soldados norteamericanos que las esperadas. Algunos oficiales de alto rango dicen que se ha matado a 1.600 insurgentes y cientos más han sido capturados, más de la mitad de los que calculaban que se encontraban en la ciudad desde que comenzara la campaña.
La ofensiva también cerró lo que los oficiales veían como un arma propagandística de los militantes: el Hospital General de Faluya, con su torrente de informes sobre bajas civiles. Pero los oficiales norteamericanos e iraquíes todavía enfrentan gigantescas tareas en la secuela de la toma de la ciudad.
"Faluya claramente requerirá un montón de esfuerzos aún después de que el último reducto de insurgentes haya sido eliminado", dijo el domingo, en un mensaje por correo electrónico, un general norteamericano. "Hay un montón de retos, en la infraestructura, en las necesidades básicas de los retornados, en las fuerzas de seguridad, y en la administración, para no mencionar las elecciones. Y hay que dar por sentado que los insurgentes tratarán de hacernos la vida más difícil todavía".
La resistencia continúa furiosamente en otros lugares, entre informes de inteligencia de que la batalla se ha transformado en una plataforma para el reclutamiento de grandes cantidades de jóvenes árabes en mezquitas desde Siria a Arabia Saudí. Los jefes militares norteamericanos reconocen que cientos de combatientes y sus comandantes, incluyendo a Abu Musab al-Zarqawi, el militante jordano cuya red ha llevado a cabo muchos de los secuestros, decapitaciones y atentados con bomba, salió de la ciudad antes de la ofensiva.
Los comandantes norteamericanos dicen que pensaban que la batalla por Faluya, que coincide con el fin del mes sagrado de ramadán, significaría un incremento de la violencia en todo el país. Pero el alcance y dimensión de los ataques en Mosul el jueves pasado sorprendió a los oficiales norteamericanos que estaban luchando el domingo por recuperar la iniciativa.
"Nuestra experiencia es que, después de las batallas en que sufren muchas bajas, los insurgentes gastan algunos días en reagruparse, curar a los heridos y formular un plan sobre qué hacer luego", dijo el domingo en un mensaje por correo electrónico el general de brigada Carter Ham, encargado del control del norte de Iraq. "Nuestro trabajo es no dejarles descansar ni permitirles que tengan tiempo de reagruparse".
En Bagdad, donde los ataques estaban aumentando aún antes de la ofensiva de Faluya, los soldados del Ejército dijeron que los insurgentes, en al menos una parte de la ciudad, habían modificado sus tácticas, reuniéndose en números limitados en sus ataques contra los norteamericanos, en lugar de dispararles desde las sombras y tejados, o emboscándoles con bombas en las calles.
"Sí, en todas partes las fuerzas anti-iraquíes han estado más agresivas, o más estúpidas, dependiendo de tu punto de vista", dijo el domingo en un mensaje por correo electrónico el sargento Rowe Stayton, un jefe de un comando de fuego de infantería en el norte de Bagdad. Dijo que sus tropas habían matado a 15 insurgentes y herido a otros 6, sin sufrir ni una sola baja.
Pero los comandantes dicen que están desconcertados sobre cómo combatir la efectiva campaña de intimidación que están haciendo los insurgentes contra los iraquíes, desde líderes políticos y jefes de policía hasta las mujeres que se ocupan de la lavandería de las tropas en las bases norteamericanas.
"La gente está se ve afectada todos los días por la criminalidad", dijo el senador Reed, un antiguo oficial de la División Aerotransportada Nº82. "La situación no ha cambiado, ni está cambiando". Oficiales norteamericanos fanfarronean que han adiestrado y equipado a 100.000 fuerzas de seguridad iraquíes, y muchos están luchando codo a codo con los norteamericanos, incluyendo a 2.500 en Faluya. Pero muchas de esas tropas sólo tienen un adiestramiento básico y carecen todavía de equipos cruciales, como chalecos antibala, radios y vehículos.
"La buena noticia es que números importantes de las fuerzas de seguridad iraquíes están manteniéndose firmes y luchando en todo el centro-norte de Iraq", dijo el sábado en un mensaje por correo electrónico el general de división John Batiste, comandante de la Primera División de Infantería, en Tikrit.
Pero no en todas partes. La semana pasada cientos de agentes de policía de Mosul abandonaron sus comisarías durante los ataques, permitiendo que los militantes saquearan una media docena de comisarías y robaran vehículos policiales, uniformes y armas.
Mientras la mayoría de las organizaciones de ayuda internacionales se han retirado de Iraq por las condiciones [en que deben trabajar] y muchos contratistas temerosos de enviar a sus trabajadores a áreas todavía vulnerables a ataques de los insurgentes, se necesitarán más tropas norteamericanas para proporcionar seguridad y permitir que las obras de reconstrucción sigan adelante.
El Pentágono ha extendido los servicios de unos 6.500 soldados para ayudar en labores de seguridad y comandantes de alta jerarquía están diciendo que se necesitan más de las 140.000 tropas norteamericanas que tiene Estados Unidos en Iraq. Pero ¿para qué serían necesarias? La experiencia en Faluya de las semanas por venir pueden ser instructivas.
"La lección operacional es que "tomar" una ciudad es comparativamente fácil, pero "conservalas" es mucho más difícil y lo más decisivo", dijo un oficial del Ejército de vuelta recientemente de un turno de servicio cerca de Faluya. "Y esa batalla la deben ganar los iraquíes, no los norteamericanos".
15 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
DÍA DE PERROS EN IRAK - thomas l. friedman
El columnista del New York Times se pregunta, entre otras cosas, si acaso el presidente querrá posar para una foto de grupo con los políticos musulmanes que serán probablemente elegidos en las elecciones, si las hay.
Eché una mirada breve al ministro de Defensa, Ronald Rumsfled, durante su rueda de prensa del lunes, cuando empezó la batalla de Faluya. No pude evitar restregarme los ojos por un buen rato, preguntándome en voz alta si acaso me había transportado atrás en el tiempo, a unos 20 meses, cuando recién había empezado la guerra de Iraq. Mirando la CNN vi al mismo Rummy haciendo bromas con el cuerpo de prensa del Pentágono, los mismos garrapateados boletines de noticias de los "reporteros enquistados", los mismos metrajes de generales norteamericanos repitiendo a los soldados que se preparaban para la batalla de la liberación de Iraq.
Había una sola diferencia, y nadie parecía querer mencionarla. No era hace 20 meses. Era ahora. Iraq no había sido liberado completamente. De hecho, como muestra el combate por Faluya, tampoco ha sido ocupado completamente.
Observando la escena, tuve sentimientos encontrados: una ferviente esperanza de que la victoria en Faluya incline a Iraq en la dirección correcta, y un terrible desdén por el hecho de que estamos ahora, otra vez, metidos en una guerra a todo trapo en el centro de Iraq, sin una onza de auto-reflexión de parte de un gobierno que declaró hace tiempo que la "misión estaba cumplida". Pero, no nos preocupemos. Rummy tiene todo bajo control. No ha cometido ningún error. Todo está saliendo de acuerdo a los planes. El plan fue siempre hacer guerras callejeras en Faluya, a 20 meses de la caída de Saddam.
Así, déjate que quejas. Cállate. Mira Fox. Ondea una bandera. Visita un estado rojo. No preguntes cómo fue que nos metimos en este lío. Déjate de joder. Mira Fox...
Desafortunadamente, hago parte de esa menguada minoría que cree que un resultado decente en Iraq es terriblemente importante, y todavía posible. Pero el sentimiento de déjà vu con la batalla de Faluya sólo me hace recordar que todavía tengo las mismas preguntas que tenía antes de que comenzara la guerra de Iraq. Un consejo gratis: mientras no tengas respuesta para las siguientes seis preguntas, no creas nada de lo bien que están las cosas en Iraq, que te diga alguien del equipo de Bush.
Pregunta 1: ¿Realmente terminó la guerra de Iraq? Con eso quiero decir, ¿es seguro para los iraquíes y trabajadores de la reconstrucción viajar entre el aeropuerto de Bagdad y el centro de la ciudad, y pueden los políticos iraquíes hacer reuniones públicas de campaña y tener un diálogo nacional sobre el futuro del país?
Pregunta 2: ¿Tenemos suficientes soldados en Iraq como para garantizar un mínimo de seguridad? Hasta ahora, el presidente Bush ha aplicado lo que yo llamo la Doctrina Rumsfeld en Iraq: tenemos justo las tropas suficientes para protegernos a nosotros mismos, pero no a los iraquíes, y tenemos justo las tropa suficientes como para ser acusados de todo lo que marcha mal en Iraq, pero no las suficientes para que las cosas marchen bien.
Eh, Friedman, ¿qué sabes tú de niveles tropas? En realidad, no mucho. Nunca disparé un arma. Pero tampoco soy un chef, y reconozco una buena comida cuando me sirven una. Sé que hay caos cuando lo veo, y mi suposición es que nos faltan al menos dos divisiones más en Iraq.
Pregunta 3: ¿Pueden los iraquíes ponerse de acuerdo para compartir constitucionalmente el poder? ¿Hay una entidad política llamada Iraq? ¿O sólo hay un montón de tribus y comunidades étnicas y religiosas disparatadas? ¿Es Iraq como es debido a Saddam, o era Saddam como era debido a que los iraquíes son como son -congénitamente divididos? Todavía no sabemos la respuesta a esa pregunta porque todavía no hay seguridad suficiente como para que los iraquíes puedan dialogar entre iguales.
Pregunta 4: Si los iraquíes son capaces de saltar desde el despotismo de Saddam Hussein a elecciones libres y un gobierno representativo, ¿podemos convivir con cualquiera que sea elegido -que serán en su mayor parte políticos de partidos musulmanes? Yo tengo una visión amplia de este asunto, ya que a Europa le tomó varios cientos de años elaborar la cultura, los hábitos e instituciones de una vida política constitucional. Lo que estamos viendo en Iraq hoy son los primeros pasos necesarios. Si Iraq elige a políticos musulmanes, sea. Pero ¿está nuestro presidente preparado para hacerse una foto de grupo con ellos?
Pregunta 5: ¿Podemos hacer un esfuerzo serio para lograr comunicarnos con los iraquíes y el resto del mundo árabe? A este respecto, la diplomacia norteamericana ha sido patética. "Es triste decirlo, pero después de 18 meses Estados Unidos aún no logra convencer a los iraquíes de que tiene buenas intenciones", dijo Yitzhak Nakash, el experto en Iraq de la Universidad de Brandeis. "Nunca hemos sido capaces de convencer a los iraquíes de que no hemos venido por el petróleo. Todavía no hay una base para la confianza mutua".
Pregunta 6: ¿Puede el equipo de Bush hacer las paces con Irán y crear un entendimiento con Arabia Saudí y Siria para controlar el flujo de militantes sunníes en Iraq, de modo que la situación se pueda estabilizar y los yihadistas matados en Faluya no sean remplazados por otros nuevos?
Esta vez, no dejemos que nadie clame victoria, o derrota, en Iraq hasta no tener respuestas para estas seis preguntas.
11 de noviembre de 2004
13 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Eché una mirada breve al ministro de Defensa, Ronald Rumsfled, durante su rueda de prensa del lunes, cuando empezó la batalla de Faluya. No pude evitar restregarme los ojos por un buen rato, preguntándome en voz alta si acaso me había transportado atrás en el tiempo, a unos 20 meses, cuando recién había empezado la guerra de Iraq. Mirando la CNN vi al mismo Rummy haciendo bromas con el cuerpo de prensa del Pentágono, los mismos garrapateados boletines de noticias de los "reporteros enquistados", los mismos metrajes de generales norteamericanos repitiendo a los soldados que se preparaban para la batalla de la liberación de Iraq.Había una sola diferencia, y nadie parecía querer mencionarla. No era hace 20 meses. Era ahora. Iraq no había sido liberado completamente. De hecho, como muestra el combate por Faluya, tampoco ha sido ocupado completamente.
Observando la escena, tuve sentimientos encontrados: una ferviente esperanza de que la victoria en Faluya incline a Iraq en la dirección correcta, y un terrible desdén por el hecho de que estamos ahora, otra vez, metidos en una guerra a todo trapo en el centro de Iraq, sin una onza de auto-reflexión de parte de un gobierno que declaró hace tiempo que la "misión estaba cumplida". Pero, no nos preocupemos. Rummy tiene todo bajo control. No ha cometido ningún error. Todo está saliendo de acuerdo a los planes. El plan fue siempre hacer guerras callejeras en Faluya, a 20 meses de la caída de Saddam.
Así, déjate que quejas. Cállate. Mira Fox. Ondea una bandera. Visita un estado rojo. No preguntes cómo fue que nos metimos en este lío. Déjate de joder. Mira Fox...
Desafortunadamente, hago parte de esa menguada minoría que cree que un resultado decente en Iraq es terriblemente importante, y todavía posible. Pero el sentimiento de déjà vu con la batalla de Faluya sólo me hace recordar que todavía tengo las mismas preguntas que tenía antes de que comenzara la guerra de Iraq. Un consejo gratis: mientras no tengas respuesta para las siguientes seis preguntas, no creas nada de lo bien que están las cosas en Iraq, que te diga alguien del equipo de Bush.
Pregunta 1: ¿Realmente terminó la guerra de Iraq? Con eso quiero decir, ¿es seguro para los iraquíes y trabajadores de la reconstrucción viajar entre el aeropuerto de Bagdad y el centro de la ciudad, y pueden los políticos iraquíes hacer reuniones públicas de campaña y tener un diálogo nacional sobre el futuro del país?
Pregunta 2: ¿Tenemos suficientes soldados en Iraq como para garantizar un mínimo de seguridad? Hasta ahora, el presidente Bush ha aplicado lo que yo llamo la Doctrina Rumsfeld en Iraq: tenemos justo las tropas suficientes para protegernos a nosotros mismos, pero no a los iraquíes, y tenemos justo las tropa suficientes como para ser acusados de todo lo que marcha mal en Iraq, pero no las suficientes para que las cosas marchen bien.
Eh, Friedman, ¿qué sabes tú de niveles tropas? En realidad, no mucho. Nunca disparé un arma. Pero tampoco soy un chef, y reconozco una buena comida cuando me sirven una. Sé que hay caos cuando lo veo, y mi suposición es que nos faltan al menos dos divisiones más en Iraq.
Pregunta 3: ¿Pueden los iraquíes ponerse de acuerdo para compartir constitucionalmente el poder? ¿Hay una entidad política llamada Iraq? ¿O sólo hay un montón de tribus y comunidades étnicas y religiosas disparatadas? ¿Es Iraq como es debido a Saddam, o era Saddam como era debido a que los iraquíes son como son -congénitamente divididos? Todavía no sabemos la respuesta a esa pregunta porque todavía no hay seguridad suficiente como para que los iraquíes puedan dialogar entre iguales.
Pregunta 4: Si los iraquíes son capaces de saltar desde el despotismo de Saddam Hussein a elecciones libres y un gobierno representativo, ¿podemos convivir con cualquiera que sea elegido -que serán en su mayor parte políticos de partidos musulmanes? Yo tengo una visión amplia de este asunto, ya que a Europa le tomó varios cientos de años elaborar la cultura, los hábitos e instituciones de una vida política constitucional. Lo que estamos viendo en Iraq hoy son los primeros pasos necesarios. Si Iraq elige a políticos musulmanes, sea. Pero ¿está nuestro presidente preparado para hacerse una foto de grupo con ellos?
Pregunta 5: ¿Podemos hacer un esfuerzo serio para lograr comunicarnos con los iraquíes y el resto del mundo árabe? A este respecto, la diplomacia norteamericana ha sido patética. "Es triste decirlo, pero después de 18 meses Estados Unidos aún no logra convencer a los iraquíes de que tiene buenas intenciones", dijo Yitzhak Nakash, el experto en Iraq de la Universidad de Brandeis. "Nunca hemos sido capaces de convencer a los iraquíes de que no hemos venido por el petróleo. Todavía no hay una base para la confianza mutua".
Pregunta 6: ¿Puede el equipo de Bush hacer las paces con Irán y crear un entendimiento con Arabia Saudí y Siria para controlar el flujo de militantes sunníes en Iraq, de modo que la situación se pueda estabilizar y los yihadistas matados en Faluya no sean remplazados por otros nuevos?
Esta vez, no dejemos que nadie clame victoria, o derrota, en Iraq hasta no tener respuestas para estas seis preguntas.
11 de noviembre de 2004
13 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
MILICIANOS ABANDONAN FALUYA - edward wong y eric schmitt
Según informes, los principales líderes de la resistencia abandonaron la ciudad para continuarla en otras ciudades. Insurrección puede extenderse hacia zonas chiíes en el sur.
Bagdad, Iraq. Los líderes insurgentes en Faluya probablemente abandonaron la ciudad antes de la ofensiva y pueden estar coordinando los atentados en Iraq de los últimos días, que han causado cientos de muertos, dijeron aquí oficiales norteamericanos.
Se da casi por descontado que Abu Musab al-Zarqawi, el militante jordano que es el hombre más buscado de Iraq, ha salido de la ciudad, dijeron oficiales. Los norteamericanos dicen que su grupo es responsable de las emboscadas, atentados con bomba y decapitaciones que han terminado con la vida de cientos de personas en más de un año.
Antes de que empezara la ofensiva algunos oficiales dijeron que Zarqawi podía estar operando fuera de Faluya, pero desconocían su paradero.
"Creo, personalmente, que algunos de los líderes más importantes han huido", dijo el teniente general Thomas F. Metz, comandante de las fuerzas multinacionales en Iraq, en una video-conferencia con periodistas el martes.
"Espero que no", agregó, "pero asumo que ese tipo de jefes conocen el poder de fuego que tenemos".
Los ataques de los insurgentes continuaron este martes cobrándose un pesado número de bajas en todo Iraq. Dos soldados norteamericanos murieron tras un ataque con morteros en Mosul, donde el control del gobierno parece estar derrumbándose.
Unos pistoleros asesinaron en Samarra a un importante funcionario de gobierno. Milicianos lanzaron morteros contra comisarías de policías en el centro de Bagdad mientras cientos de milicianos se reunieron en el centro de la capital provincial de Ramadi, unos 50 kilómetros al oeste de Faluya.
Un sospechoso atentado con coche-bomba en las afueras de la base de la Guardia Nacional Iraquí en Kirkuk mató a tres personas y dejó heridas a otras dos, informó Reuters. Los atentados del martes continuaron una ola de sangrientos ataques el fin de semana, tanto en Bagdad como en el Triángulo Sunní.
Los militares norteamericanos informaron 130 ataques el martes, muy por arriba del promedio de 80 por día durante la mayor parte del verano.
Militares norteamericanos dijeron el martes que seis personas fueron matadas por un atentado con coche-bomba el lunes por la noche en las afueras del Hospital de Yarmouk en Bagdad. Cinco de ellas eran agentes de policía iraquíes, y la sexta un civil, dijeron los militares. En los dos atentados con bomba contra iglesias esa misma noche, murió un iraquí y varios quedaron heridos; uno de los perpetradores iba disfrazado de agente de policía iraquí, de acuerdo a un informe de un contratista privado occidental.
Este estallido de lo que parecen ser ataques coordinados, así como la dispersión de los más importantes líderes insurgentes, sugiere que la ofensiva de Faluya por sí sola no aplastará la resistencia, que empieza a tomar nuevos bríos. Y hace posible que los insurgentes traten de reagruparse e infiltrar nuevamente Faluya una vez que termine el asalto, como hicieron antes en Samarra.
Oficiales norteamericanos dijeron que habían previsto un resurgimiento de la violencia en relación con la invasión de Faluya y el ramadán, el mes musulmán de ayuno que es supuestamente favorable al martirio. Dicen que no tienen la ilusión de que el ataque contra Faluya rompa la espina dorsal de la resistencia, o de que la captura de Zarqawi sea un objetivo realista. Los objetivos de la ofensiva son privar de un refugio a los insurgentes, reafirmar la presencia del gobierno iraquí en la ciudad y asegurarse de que los habitantes se sientan seguros para votar libremente en las elecciones próximas, dijo el general Metz.
"La idea importante es considerar que esta no es una operación contra Zarqawi o su red", dijo un oficial de alta jerarquía en Washington, que ha estado supervisando la batalla. "Es solo uno más de los muchos pasos que son necesarios que deben ser dados para derrotar a una resistencia compleja y diversa, de la que la red de Zarqawi no es sino un elemento".
Pero otros oficiales en Bagdad y Washington expresaron su preocupación de que la operación pueda transformarse en un desastre de las relaciones públicas y en un revés estratégico si algunos líderes importantes no son capturados.
"Esto está provocando preocupación porque si Faluya resulta ser una madriguera vacía' después de todas estas operaciones, tendremos que dar una explicación", dijo un oficial en Bagdad. "Si esto pasa, tendremos un problema. Si no logramos detener a algún miembro importante de la dirigencia, puede causarnos algún tropiezo".
Un insurgente que dijo que su nombre de guerra era Abu Khalid y que se identificó a sí mismo como un comandante de nivel medio dijo en una conferencia telefónica que los líderes habían decidido abandonar la ciudad dos días antes de la ofensiva y dejaron sólo a la mitad de los insurgentes detrás para defenderla.
"Desde un punto de vista militar, si una ciudad está sitiada y es bombardeada, el resultado de la batalla se sabe de antemano", dijo Abu Khalid, un mayor del antiguo ejército iraquí. "No es una batalla equilibrada. Así que dijimos a la mitad de nuestros combatientes que abandonaran la ciudad, y a la otra mitad que permanecieran para defenderla".
El general Metz dijo que la ausencia de líderes insurgentes podría explicar por qué la defensa de Faluya parecía carecer de cohesión militar. Aunque algunas tropas fueron atacadas en furiosos combates de casa en casa, varios comandantes de la Marina en el terreno dijeron que les había sorprendido la relativa falta de resistencia de los guerrilleros. En la mañana del miércoles, unidades de la Marina y del Ejército que se infiltraron a través de las barricadas del norte de la ciudad al inicio del asalto habían avanzado hasta la principal carretera este-oeste.
Los asaltos que llevaron al primer ministro Ayad Allawi a declarar el estado de emergencia parecen haber formado parte de un contraataque flojamente coordinado ante la ofensiva norteamericana, dijeron oficiales de alta jerarquía. Los guerrilleros han mostrado que pueden atacar con gran facilidad en las afueras de Faluya, e incluso cuando la ciudad está sitiada.
Desde el último sábado, cientos de iraquíes, muchos de ellos agentes de seguridad han muertos en ataques que van desde bombas y morteros lanzados contra comisarías de policía en Samarra, a atentados con coche-bombas kamikaze contra iglesias cristianas en Bagdad. Al menos seis soldados norteamericanos y un británico han muerto en enfrentamientos en las afueras de Faluya.
Otros agentes de alto rango tanto enWashington como en Bagdad dijeron que un número desconocido de los estimados 2.000 a 3.000 insurgentes en Faluya, han escapado, pero no necesariamente todos sus líderes. Los militares norteamericanos no sellaron Faluya completamente sino el domingo por la noche, cuando los soldados tomaron por asalto un hospital y dos puentes en los bordes occidentales de la ciudad.
Comandantes norteamericanos en el terreno en Iraq dicen que hasta un 90 por ciento de los habitantes de la ciudad han huido durante la preparación de la ofensiva, y los guerrilleros pueden haberse escabullido con ellos.
Abu Kahlid, el miliciano, dijo que los líderes de la resistencia debatieron sobre cuántos hombres dejar en la ciudad.
"Tenían opiniones diferentes sobre ese punto", dijo. "Hablaron de porcentajes como dejar un 20 por ciento en la ciudad y un 80 por ciento en las afueras, para salvar la mayor cantidad posible de hombres para operaciones futuras. Al final, quedaron en un 50-50".
"Dijimos a los combatientes que aquellos que quisieran seguir vivos y pelear, debían dejar la ciudad, y a los que querían transformarse en mártires en esta batalla, que se quedaran", dijo.
Abu Khalid sostuvo que incluso si los norteamericanos toman la ciudad, a largo plazo perderán porque "los norteamericanos allanarán casas y arrestarán a un montón de gente, y esto incrementará el resentimiento y el odio y dará a la resistencia más apoyo en la ciudad".
Los astutos insurgentes rara vez se presentan de frente a pelear y a menudo sacan ventaja de su capacidad para fundirse con los civiles y desaparecer. Y para ellos la campaña de propaganda es tan importante, si no más, que la estrictamente militar.
En la mañana del lunes cuando las fuerzas norteamericanas e iraquíes atacaron Faluya desde el norte, los insurgentes retrocedieron.
Incluso en los laberintos de callejones en el barrio de Jolan al oeste, el escenario de algunos de los enfrentamientos más violentos en abril, cuando los marines intentaron una primera y fatídica invasión, los comandantes norteamericanos dijeron que habían encontrado menos resistencia de la que habían esperado.
En la reciente ofensiva contra Samarra, las fuerzas norteamericanas atravesaron territorio rebelde, pero la insurgencia volvió poco después.
El sábado, cuando se hacían las preparaciones finales para el asalto de Faluya, los insurgentes en el área de Samarra montaron ataques coordinados con coches-bomba y morteros que causaron al menos 30 muertos, muchos de ellos agentes de policía.
Ahora los insurgentes están presentando Samarra, así como otras ciudades dominadas por la violencia en todo Iraq, como un modelo de su propia tenacidad.
""Los norteamericanos se equivocan si creen que van a terminar con la resistencia con la ocupación de Faluya", dijo Abu Khalid. ¿Qué harán con Samarra? ¿Baquba? ¿Tal Afar? Y quizás otras ciudades en el futuro, y en el sur. La resistencia no se limita a Faluya".
Edward Wong informó desde Baghdad; Eric Schmitt desde Washington. Thom Shanker contribuyó dese Washington, y James Glanz y un empleado iraquí del New York Times desde Baghdad.
10 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. Los líderes insurgentes en Faluya probablemente abandonaron la ciudad antes de la ofensiva y pueden estar coordinando los atentados en Iraq de los últimos días, que han causado cientos de muertos, dijeron aquí oficiales norteamericanos.Se da casi por descontado que Abu Musab al-Zarqawi, el militante jordano que es el hombre más buscado de Iraq, ha salido de la ciudad, dijeron oficiales. Los norteamericanos dicen que su grupo es responsable de las emboscadas, atentados con bomba y decapitaciones que han terminado con la vida de cientos de personas en más de un año.
Antes de que empezara la ofensiva algunos oficiales dijeron que Zarqawi podía estar operando fuera de Faluya, pero desconocían su paradero.
"Creo, personalmente, que algunos de los líderes más importantes han huido", dijo el teniente general Thomas F. Metz, comandante de las fuerzas multinacionales en Iraq, en una video-conferencia con periodistas el martes.
"Espero que no", agregó, "pero asumo que ese tipo de jefes conocen el poder de fuego que tenemos".
Los ataques de los insurgentes continuaron este martes cobrándose un pesado número de bajas en todo Iraq. Dos soldados norteamericanos murieron tras un ataque con morteros en Mosul, donde el control del gobierno parece estar derrumbándose.
Unos pistoleros asesinaron en Samarra a un importante funcionario de gobierno. Milicianos lanzaron morteros contra comisarías de policías en el centro de Bagdad mientras cientos de milicianos se reunieron en el centro de la capital provincial de Ramadi, unos 50 kilómetros al oeste de Faluya.
Un sospechoso atentado con coche-bomba en las afueras de la base de la Guardia Nacional Iraquí en Kirkuk mató a tres personas y dejó heridas a otras dos, informó Reuters. Los atentados del martes continuaron una ola de sangrientos ataques el fin de semana, tanto en Bagdad como en el Triángulo Sunní.
Los militares norteamericanos informaron 130 ataques el martes, muy por arriba del promedio de 80 por día durante la mayor parte del verano.
Militares norteamericanos dijeron el martes que seis personas fueron matadas por un atentado con coche-bomba el lunes por la noche en las afueras del Hospital de Yarmouk en Bagdad. Cinco de ellas eran agentes de policía iraquíes, y la sexta un civil, dijeron los militares. En los dos atentados con bomba contra iglesias esa misma noche, murió un iraquí y varios quedaron heridos; uno de los perpetradores iba disfrazado de agente de policía iraquí, de acuerdo a un informe de un contratista privado occidental.
Este estallido de lo que parecen ser ataques coordinados, así como la dispersión de los más importantes líderes insurgentes, sugiere que la ofensiva de Faluya por sí sola no aplastará la resistencia, que empieza a tomar nuevos bríos. Y hace posible que los insurgentes traten de reagruparse e infiltrar nuevamente Faluya una vez que termine el asalto, como hicieron antes en Samarra.
Oficiales norteamericanos dijeron que habían previsto un resurgimiento de la violencia en relación con la invasión de Faluya y el ramadán, el mes musulmán de ayuno que es supuestamente favorable al martirio. Dicen que no tienen la ilusión de que el ataque contra Faluya rompa la espina dorsal de la resistencia, o de que la captura de Zarqawi sea un objetivo realista. Los objetivos de la ofensiva son privar de un refugio a los insurgentes, reafirmar la presencia del gobierno iraquí en la ciudad y asegurarse de que los habitantes se sientan seguros para votar libremente en las elecciones próximas, dijo el general Metz.
"La idea importante es considerar que esta no es una operación contra Zarqawi o su red", dijo un oficial de alta jerarquía en Washington, que ha estado supervisando la batalla. "Es solo uno más de los muchos pasos que son necesarios que deben ser dados para derrotar a una resistencia compleja y diversa, de la que la red de Zarqawi no es sino un elemento".
Pero otros oficiales en Bagdad y Washington expresaron su preocupación de que la operación pueda transformarse en un desastre de las relaciones públicas y en un revés estratégico si algunos líderes importantes no son capturados.
"Esto está provocando preocupación porque si Faluya resulta ser una madriguera vacía' después de todas estas operaciones, tendremos que dar una explicación", dijo un oficial en Bagdad. "Si esto pasa, tendremos un problema. Si no logramos detener a algún miembro importante de la dirigencia, puede causarnos algún tropiezo".
Un insurgente que dijo que su nombre de guerra era Abu Khalid y que se identificó a sí mismo como un comandante de nivel medio dijo en una conferencia telefónica que los líderes habían decidido abandonar la ciudad dos días antes de la ofensiva y dejaron sólo a la mitad de los insurgentes detrás para defenderla.
"Desde un punto de vista militar, si una ciudad está sitiada y es bombardeada, el resultado de la batalla se sabe de antemano", dijo Abu Khalid, un mayor del antiguo ejército iraquí. "No es una batalla equilibrada. Así que dijimos a la mitad de nuestros combatientes que abandonaran la ciudad, y a la otra mitad que permanecieran para defenderla".
El general Metz dijo que la ausencia de líderes insurgentes podría explicar por qué la defensa de Faluya parecía carecer de cohesión militar. Aunque algunas tropas fueron atacadas en furiosos combates de casa en casa, varios comandantes de la Marina en el terreno dijeron que les había sorprendido la relativa falta de resistencia de los guerrilleros. En la mañana del miércoles, unidades de la Marina y del Ejército que se infiltraron a través de las barricadas del norte de la ciudad al inicio del asalto habían avanzado hasta la principal carretera este-oeste.
Los asaltos que llevaron al primer ministro Ayad Allawi a declarar el estado de emergencia parecen haber formado parte de un contraataque flojamente coordinado ante la ofensiva norteamericana, dijeron oficiales de alta jerarquía. Los guerrilleros han mostrado que pueden atacar con gran facilidad en las afueras de Faluya, e incluso cuando la ciudad está sitiada.
Desde el último sábado, cientos de iraquíes, muchos de ellos agentes de seguridad han muertos en ataques que van desde bombas y morteros lanzados contra comisarías de policía en Samarra, a atentados con coche-bombas kamikaze contra iglesias cristianas en Bagdad. Al menos seis soldados norteamericanos y un británico han muerto en enfrentamientos en las afueras de Faluya.
Otros agentes de alto rango tanto enWashington como en Bagdad dijeron que un número desconocido de los estimados 2.000 a 3.000 insurgentes en Faluya, han escapado, pero no necesariamente todos sus líderes. Los militares norteamericanos no sellaron Faluya completamente sino el domingo por la noche, cuando los soldados tomaron por asalto un hospital y dos puentes en los bordes occidentales de la ciudad.
Comandantes norteamericanos en el terreno en Iraq dicen que hasta un 90 por ciento de los habitantes de la ciudad han huido durante la preparación de la ofensiva, y los guerrilleros pueden haberse escabullido con ellos.
Abu Kahlid, el miliciano, dijo que los líderes de la resistencia debatieron sobre cuántos hombres dejar en la ciudad.
"Tenían opiniones diferentes sobre ese punto", dijo. "Hablaron de porcentajes como dejar un 20 por ciento en la ciudad y un 80 por ciento en las afueras, para salvar la mayor cantidad posible de hombres para operaciones futuras. Al final, quedaron en un 50-50".
"Dijimos a los combatientes que aquellos que quisieran seguir vivos y pelear, debían dejar la ciudad, y a los que querían transformarse en mártires en esta batalla, que se quedaran", dijo.
Abu Khalid sostuvo que incluso si los norteamericanos toman la ciudad, a largo plazo perderán porque "los norteamericanos allanarán casas y arrestarán a un montón de gente, y esto incrementará el resentimiento y el odio y dará a la resistencia más apoyo en la ciudad".
Los astutos insurgentes rara vez se presentan de frente a pelear y a menudo sacan ventaja de su capacidad para fundirse con los civiles y desaparecer. Y para ellos la campaña de propaganda es tan importante, si no más, que la estrictamente militar.
En la mañana del lunes cuando las fuerzas norteamericanas e iraquíes atacaron Faluya desde el norte, los insurgentes retrocedieron.
Incluso en los laberintos de callejones en el barrio de Jolan al oeste, el escenario de algunos de los enfrentamientos más violentos en abril, cuando los marines intentaron una primera y fatídica invasión, los comandantes norteamericanos dijeron que habían encontrado menos resistencia de la que habían esperado.
En la reciente ofensiva contra Samarra, las fuerzas norteamericanas atravesaron territorio rebelde, pero la insurgencia volvió poco después.
El sábado, cuando se hacían las preparaciones finales para el asalto de Faluya, los insurgentes en el área de Samarra montaron ataques coordinados con coches-bomba y morteros que causaron al menos 30 muertos, muchos de ellos agentes de policía.
Ahora los insurgentes están presentando Samarra, así como otras ciudades dominadas por la violencia en todo Iraq, como un modelo de su propia tenacidad.
""Los norteamericanos se equivocan si creen que van a terminar con la resistencia con la ocupación de Faluya", dijo Abu Khalid. ¿Qué harán con Samarra? ¿Baquba? ¿Tal Afar? Y quizás otras ciudades en el futuro, y en el sur. La resistencia no se limita a Faluya".
Edward Wong informó desde Baghdad; Eric Schmitt desde Washington. Thom Shanker contribuyó dese Washington, y James Glanz y un empleado iraquí del New York Times desde Baghdad.
10 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
TRAS ASALTO DE FALUYA PARTIDO SUNNÍ ABANDONA GOBIERNO - edward wong
Las secuelas del asalto de Faluya: sunníes boicotearán elecciones de enero. Partido sunní se retira del gobierno iraquí. Guerrillas chiíes se unen a protestas contra el asalto.
Bagdad, Iraq. En lo que es el primer importante revés político del asalto de Faluya, el más importante partido político sunní del país declaró el martes que se retiraba del gobierno interino iraquí, al mismo tiempo que el más prominente grupo de clérigos sunníes llamó a los iraquíes a boicotear las elecciones nacionales convocadas para principios del próximo año.
La decisión parece augurar que la protesta popular contra el ataque de la ciudad -habitada predominantemente por musulmanes sunníes- encabezado por los norteamericanos, se incrementará en los próximos días.
Un extendido boicot sunní de las elecciones de enero, de realizarse, amenazaría la legitimidad del resultado. También socavaría el principal motivo del ataque contra Faluya: sacar a los insurgentes de la ciudad de modo que sus habitantes puedan tomar parte libremente en las elecciones.
Los árabes sunníes, que constituyen el 20 por ciento de la población, fueron sacados del poder con el derrocamiento de Saddam Hussein. Se han mostrado ambivalentes sobre su participación en las elecciones, aunque funcionarios norteamericanos e iraquíes dicen que ella es crucial para el proceso democrático, y para derrotar a la resistencia.
Los desarrollos del martes seguramente desalentar la participación de los electores, pero es difícil precisar hasta qué punto.
"Los clérigos llaman a todos los iraquíes de bien a boicotear las elecciones convocadas que se realizarán sobre los cuerpos de los muertos y la sangre de los heridos en ciudades como Faluya", dijo Harith al-Dhari, director de la Asociación de Académicos Musulmanes, un grupo de clérigos sunníes que dice representar a 3.000 mezquitas.
Horas antes, el grupo emitió un edicto religioso ordenando a las fuerzas de seguridad iraquíes no participar en el sitio de la ciudad. Por supuesto, existe siempre la posibilidad de que los clérigos revoquen su llamado al boicot, pero hasta ahora el grupo se ha mostrado inflexibles en sus tratos con los norteamericanos y el gobierno interino iraquí.
Igual de inquietante es la retirada del Partido Musulmán Iraquí del gobierno interino. El partido era miembro del Consejo de Gobierno Iraquí instalado por los norteamericanos durante la ocupación y era considerado por funcionarios norteamericanos e iraquíes como un modelo de la participación sunní en el futuro político del país. En las últimas semanas, su presidente, Mohsen Abdul Hameed, ha dicho que tiene que la intención de participar en las elecciones.
"Después del ataque contra Faluya, hemos decidido retirarnos del gobierno porque nuestra presencia en él será juzgada por la historia", dijo Abdul Hameed, miembro de la Asamblea Nacionales interina, este martes en una conferencia telefónica.
La decisión alarmó tanto al primer ministro Ayad Allawi que se reunió horas después en privado con el licenciado Abdul Hameed. Pero el partido mantuvo su posición, y un asesor dijo más tarde que no estaba claro ahora si el partido participaría en las elecciones.
"No hemos decidido no participar en las elecciones; todavía seguimos en el proceso", dijo el asesor, Ayad al-Samarrai. "Pero todo dependerá de la situación general en Iraq".
Juan Cole, un historiador de Oriente Medio de la Universidad de Michigan, escribió en su bitácora web que la decisión de Abdul Hameed "plantea la interrogante de si un boicot sunní masivo de las elecciones está en perspectiva, lo que debilitaría mortalmente la legitimidad del cualquier nuevo gobierno".
Han incrementado la tensión las declaraciones de Moqtada al-Sáder, el popular clérigo musulmán chií que ha encabezado dos insurrecciones contra los norteamericanos, que dijo, a través de un portavoz, que el ataque contra Faluya "es un ataque contra todo el pueblo iraquí", y que los iraquíes no deben colaborar con las tropas norteamericanas.
En abril pasado, cuando los marines intentaron el primer y fracasado intento de tomar Faluya, Sáder encabezó una sangrienta insurrección en el sur contra los norteamericanos y proclamó su apoyo del pueblo de Faluya. Los líderes de Faluya, a su vez, apoyaron la insurrección de Sáder. Ese raro momento de cooperación entre las guerrillas sunníes y chiíes provocaron una de las primeras crisis serias de la ocupación.
Funcionarios norteamericanos e iraquíes aprobaron la última ofensiva contra Faluya en la conciencia de que podía provocar problemas políticos.
En abril, polémicos informes sobre bajas civiles en Faluya provocaron protestas en todo Oriente Medio y transformaron el sitio de la ciudad en un símbolo de los males de la ocupación.
A los pocos días, tres prominentes políticos sunníes -Hajim al-Hassani, un representante del Partido Musulmán Iraquí; el jeque Ghazi al-Yawar, ahora el presidente iraquí; y Adam Pachachi, un antiguo exiliado- amenazaron con renunciar al Consejo de Gobierno, una decisión que ayudó a presionar al gobierno de Bush a detener el asalto al cabo de cuatro días.
Hassani, un economista que se desempeña ahora como ministro de Industria, dijo en una entrevista el martes que había renunciado al Partido Musulmán Iraquí antes que participar de la decisión del grupo de retirarse del gobierno.
"Nadie está a favor de la usar la fuerza, pero el problema es que necesitas soberanía sobre todo el territorio iraquí", dijo. "No he oído a ningún partido que presente una sugerencia para resolver los problemas en esos lugares sin el uso de la fuerza".
Pero Hassani reconoció que el sitio de Faluya, si provoca indignación pública y más protestas políticas como las del martes, podría poner en peligro la participación sunní y desbaratar las elecciones.
"Tenemos que esperar y ver qué pasa", dijo. "Si podemos resolver el problema de Faluya rápidamente y sin problemas en otras áreas, podría resultar. Pero no sé qué pasará".
Pachachi, un sunní secular, en una entrevista con Al Arabiya, una red de televisión árabe, dijo que creía que la invasión de Faluya podría tener "serias consecuencias", pero también dijo que el gobierno interino había fallado en lograr una solución pacífica.
"Tenía esperanzas de que las negociaciones continuarían, y no sé si los métodos pacíficos fueron completamente agotados", dijo.
Al mismo tiempo, dijo Pachachi, restaurar en Faluya el control del gobierno ayudaría a los habitantes de ese área a participar en las elecciones. Dijo que su partido relativamente pequeño, el Movimiento de los Demócratas Iraquíes Independientes, participaría en las elecciones, y dijo que los grupos políticos "deben saber que los que boicoteen las elecciones, son los que las perderán".
Las tensiones sobre las elecciones estallaron también en el corazón chií al sur del país. Agentes de policía de la ciudad santa de Karbala dijeron que habían detenido a siete asesores de Mahmoud al-Hassani, un clérigo chií radical anti-norteamericano próximo a Sáder, que ha emitido un edicto llamando a boicotear las elecciones. La policía dijo que allanó las oficinas de Hassani con la esperanza de capturarlo, pero este escapó.
Un empleado iraquí del New York Times en Karbala contribuyó a este artículo.
10 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. En lo que es el primer importante revés político del asalto de Faluya, el más importante partido político sunní del país declaró el martes que se retiraba del gobierno interino iraquí, al mismo tiempo que el más prominente grupo de clérigos sunníes llamó a los iraquíes a boicotear las elecciones nacionales convocadas para principios del próximo año.La decisión parece augurar que la protesta popular contra el ataque de la ciudad -habitada predominantemente por musulmanes sunníes- encabezado por los norteamericanos, se incrementará en los próximos días.
Un extendido boicot sunní de las elecciones de enero, de realizarse, amenazaría la legitimidad del resultado. También socavaría el principal motivo del ataque contra Faluya: sacar a los insurgentes de la ciudad de modo que sus habitantes puedan tomar parte libremente en las elecciones.
Los árabes sunníes, que constituyen el 20 por ciento de la población, fueron sacados del poder con el derrocamiento de Saddam Hussein. Se han mostrado ambivalentes sobre su participación en las elecciones, aunque funcionarios norteamericanos e iraquíes dicen que ella es crucial para el proceso democrático, y para derrotar a la resistencia.
Los desarrollos del martes seguramente desalentar la participación de los electores, pero es difícil precisar hasta qué punto.
"Los clérigos llaman a todos los iraquíes de bien a boicotear las elecciones convocadas que se realizarán sobre los cuerpos de los muertos y la sangre de los heridos en ciudades como Faluya", dijo Harith al-Dhari, director de la Asociación de Académicos Musulmanes, un grupo de clérigos sunníes que dice representar a 3.000 mezquitas.
Horas antes, el grupo emitió un edicto religioso ordenando a las fuerzas de seguridad iraquíes no participar en el sitio de la ciudad. Por supuesto, existe siempre la posibilidad de que los clérigos revoquen su llamado al boicot, pero hasta ahora el grupo se ha mostrado inflexibles en sus tratos con los norteamericanos y el gobierno interino iraquí.
Igual de inquietante es la retirada del Partido Musulmán Iraquí del gobierno interino. El partido era miembro del Consejo de Gobierno Iraquí instalado por los norteamericanos durante la ocupación y era considerado por funcionarios norteamericanos e iraquíes como un modelo de la participación sunní en el futuro político del país. En las últimas semanas, su presidente, Mohsen Abdul Hameed, ha dicho que tiene que la intención de participar en las elecciones.
"Después del ataque contra Faluya, hemos decidido retirarnos del gobierno porque nuestra presencia en él será juzgada por la historia", dijo Abdul Hameed, miembro de la Asamblea Nacionales interina, este martes en una conferencia telefónica.
La decisión alarmó tanto al primer ministro Ayad Allawi que se reunió horas después en privado con el licenciado Abdul Hameed. Pero el partido mantuvo su posición, y un asesor dijo más tarde que no estaba claro ahora si el partido participaría en las elecciones.
"No hemos decidido no participar en las elecciones; todavía seguimos en el proceso", dijo el asesor, Ayad al-Samarrai. "Pero todo dependerá de la situación general en Iraq".
Juan Cole, un historiador de Oriente Medio de la Universidad de Michigan, escribió en su bitácora web que la decisión de Abdul Hameed "plantea la interrogante de si un boicot sunní masivo de las elecciones está en perspectiva, lo que debilitaría mortalmente la legitimidad del cualquier nuevo gobierno".
Han incrementado la tensión las declaraciones de Moqtada al-Sáder, el popular clérigo musulmán chií que ha encabezado dos insurrecciones contra los norteamericanos, que dijo, a través de un portavoz, que el ataque contra Faluya "es un ataque contra todo el pueblo iraquí", y que los iraquíes no deben colaborar con las tropas norteamericanas.
En abril pasado, cuando los marines intentaron el primer y fracasado intento de tomar Faluya, Sáder encabezó una sangrienta insurrección en el sur contra los norteamericanos y proclamó su apoyo del pueblo de Faluya. Los líderes de Faluya, a su vez, apoyaron la insurrección de Sáder. Ese raro momento de cooperación entre las guerrillas sunníes y chiíes provocaron una de las primeras crisis serias de la ocupación.
Funcionarios norteamericanos e iraquíes aprobaron la última ofensiva contra Faluya en la conciencia de que podía provocar problemas políticos.
En abril, polémicos informes sobre bajas civiles en Faluya provocaron protestas en todo Oriente Medio y transformaron el sitio de la ciudad en un símbolo de los males de la ocupación.
A los pocos días, tres prominentes políticos sunníes -Hajim al-Hassani, un representante del Partido Musulmán Iraquí; el jeque Ghazi al-Yawar, ahora el presidente iraquí; y Adam Pachachi, un antiguo exiliado- amenazaron con renunciar al Consejo de Gobierno, una decisión que ayudó a presionar al gobierno de Bush a detener el asalto al cabo de cuatro días.
Hassani, un economista que se desempeña ahora como ministro de Industria, dijo en una entrevista el martes que había renunciado al Partido Musulmán Iraquí antes que participar de la decisión del grupo de retirarse del gobierno.
"Nadie está a favor de la usar la fuerza, pero el problema es que necesitas soberanía sobre todo el territorio iraquí", dijo. "No he oído a ningún partido que presente una sugerencia para resolver los problemas en esos lugares sin el uso de la fuerza".
Pero Hassani reconoció que el sitio de Faluya, si provoca indignación pública y más protestas políticas como las del martes, podría poner en peligro la participación sunní y desbaratar las elecciones.
"Tenemos que esperar y ver qué pasa", dijo. "Si podemos resolver el problema de Faluya rápidamente y sin problemas en otras áreas, podría resultar. Pero no sé qué pasará".
Pachachi, un sunní secular, en una entrevista con Al Arabiya, una red de televisión árabe, dijo que creía que la invasión de Faluya podría tener "serias consecuencias", pero también dijo que el gobierno interino había fallado en lograr una solución pacífica.
"Tenía esperanzas de que las negociaciones continuarían, y no sé si los métodos pacíficos fueron completamente agotados", dijo.
Al mismo tiempo, dijo Pachachi, restaurar en Faluya el control del gobierno ayudaría a los habitantes de ese área a participar en las elecciones. Dijo que su partido relativamente pequeño, el Movimiento de los Demócratas Iraquíes Independientes, participaría en las elecciones, y dijo que los grupos políticos "deben saber que los que boicoteen las elecciones, son los que las perderán".
Las tensiones sobre las elecciones estallaron también en el corazón chií al sur del país. Agentes de policía de la ciudad santa de Karbala dijeron que habían detenido a siete asesores de Mahmoud al-Hassani, un clérigo chií radical anti-norteamericano próximo a Sáder, que ha emitido un edicto llamando a boicotear las elecciones. La policía dijo que allanó las oficinas de Hassani con la esperanza de capturarlo, pero este escapó.
Un empleado iraquí del New York Times en Karbala contribuyó a este artículo.
10 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
IRAQUÍES CONTIENDEN POR CONSTRUIR COALICIONES ELECTORALES - edward wong
Los partidos chiíes tradicionales se disputan sobre sus cuotas de poder en la futura asamblea iraquí. Chalabi, todavía activo en Iraq, trata de formar una coalición con el clérigo Sáder. Y es probable que los partidos sunníes boicoteen las elecciones.
Bagdad, Iraq. A tres meses de las primeras elecciones democráticas de Iraq, las disputas entre los partidos chiíes tradicionales y los poderosos partidos recién formados han llevado a los más importantes clérigos chiíes a tratar de conciliar intereses para asegurarse de que dominen claramente en un nuevo gobierno elegido.
El clérigo, el gran ayatollah Ali al-Sistani, está resuelto a lograr un balance político antes de las elecciones e impedir que las rivalidades debiliten la posición de los chiíes.
Los principales partidos religiosos chiíes en el gobierno interino iraquí han hecho causa común. Pero se enfrentan al formidable reto a su poder que representaría una improbable alianza anti-norteamericana que se está forjando entre Ahmad Chalabi, el antiguo exiliado y protegido del Pentágono, y Moqtada al-Sáder, el incendiario clérigo que encabezó dos mortíferas insurrecciones contra los norteamericanos y el gobierno interino.
Después de perder el favor de los norteamericanos la primavera pasada, Chalabi se ha redefinido como un beato chií y está tratando de formar una coalición con Sáder, que cuenta con fieles partidarios. Una plataforma norteamericana gozaría de amplio apoyo.
Los árabes chiíes, que son la mayoría, ansían el poder que se les negó durante tanto tiempo, y más recientemente durante la era de Saddam Hussein. Constituyen un 60 por ciento de la población y podrían dominar fácilmente las elecciones, marginando a los árabes sunníes, que han gobernado el país desde la época del Imperio Otomano.
Pero las fisiones internas podrían permitir que otros partidos, incluyendo al partido secular del primer ministro Ayad Allawi, ganen votantes que de otro modo apoyarían a los chiíes religiosos.
Lo que está en juego es importante, especialmente dada la resistencia cada vez más mortífera encabezada por los sunníes, que el sábado atacaron con bombas y morteros matando al menos a 30 personas en los alrededores de Samarra, una región que el gobierno de Allawi y las tropas norteamericanas pensaban que tenían bajo control.
El ayatollah Sistani ha estado pidiendo durante meses que todos los partidos chiíes formen una sola coalición dominada por los partidos religiosos. El más grande obstáculo para presentar una sola lista de candidatos es que la ley electoral que exige que los grupos determinen de antemano cómo se repartirá el poder después de las elecciones.
Si no logran ponerse de acuerdo, los principales elementos chiíes podrían dividirse. Ansiosos de unirlos, el ayatollah Sistani ha formado una comisión para negociar un acuerdo, interviniendo una vez más selectivamente en la vida política post-invasión.
"Quizás el diálogo resulte en una lista unificada", dijo Adam Ali, un representante del Partido Musulmán Dawa, un importante partido religioso chií. "Tenemos la intención de colaborar en una lista de ese tipo".
Se hace claro que las elecciones, que se realizarían a fines de enero, correrán a lo largo de líneas étnicas y religiosas tradicionales, aunque los norteamericanos esperan que una asamblea nacional suficientemente unida permita que el gobierno pueda enfrentar los serios retos que esperan al país.
Gran parte del éxito de las elecciones dependerá también de si las tropas norteamericanas e iraquíes logran terminar con la resistencia en Faluya, una ciudad sunní. Funcionarios dicen que deben terminar con la resistencia para que la gente se siente suficientemente segura como para votar, pero deben hacerlo sin provocar la indignación sunní. Si los sunníes boicotean las elecciones, la guerra de guerrillas podría intensificarse o incluso transformarse en una guerra civil declarada con la clase dominante chií.
Los iraquíes deben elegir a fines de enero a los 275 miembros de la asamblea nacional, la que nombrará entonces un gobierno ejecutivo y redactará una constitución. Se programan elecciones para elegir un gobierno de mandato completo para fines de 2005.
En la contienda política, los dos principales partidos religiosos chiíes han acordado formar una coalición para presentarse a las elecciones y son los que gozan del apoyo del ayatollah Sistani, dicen funcionarios de los dos grupos, el Partido Musulmán Dawa y el Consejo Supremo de la Revolución Islámica de Iraq, mejor conocido como Sciri. Los dos partidos quieren que la comisión del ayatollah apoye a los partidos como el principal órgano de una lista chií unificada.
Pero si lo hace, Chalabi, que encabeza una facción rival llamada Consejo Chií, que incluye a 42 partidos más pequeños, incluyendo a su Congreso Nacional Iraquí. Chalabi compite por el apoyo de la comisión y quiere tener la garantía de que se le otorgará una parte importante de los escaños de una asamblea dominada por los chiíes, a expensas de los partidos tradicionales.
Considerado por muchos iraquíes como un político oportunista, Chalabi está tratando de atraer al popular Sáder a la coalición para fortalecer su credibilidad. Funcionarios de alto rango de los partidos de los dos líderes han discutido cómo se distribuirán los escaños de la asamblea si se presentaran juntos en las elecciones. Un organizador del Consejo Chií, Ali Faisal al-Lami, viajó recientemente a Mosul con Ali Smesim, un importante asesor de Sáder, para hablar con líderes tribales sunníes sobre su posible incorporación a la coalición dominada por los chiíes encabezada por Sáder o Chalabi, o ambos.
"No se trata de que los partidos compitan y se repartan el botín", dijo Chalabi sobre las conversaciones chiíes. "En estos momentos, no hay un botín que repartir, sólo desastres".
El ayatollah Sistani prefiere una lista chií unificada que incluya no solamente a los dos partidos más importantes, sino también a políticos independientes, la mayor parte de ellos del sur. El objetivo es minimizar las fricciones entre los chiíes y mostrar al mundo que los chiíes religiosos están lo suficientemente organizados como para gobernar.
Mientras los chiíes se disputan, los principales partidos kurdos, el Partido Democrático del Kurdistán y la Unión Patriótica del Kurdistán, ambos participantes en el gobierno interino, se han puesto de acuerdo para presentar una lista nacional unificada de candidatos. "El núcleo estará conformado por elementos kurdos", dijo Hoshyar Zebari, el ministro de Asuntos Exteriores e importante personero del Partido Democrático del Kurdistán. "La facción chií tiene planes similares".
Los árabes sunníes están incluso divididos sobre si participar o no en las elecciones. Algunos grupos, como el Partido Musulmán Iraquí, que formaba parte del Consejo de Gobierno Iraquí y del gobierno interino, dicen que presentarán candidatos. Otros grupos poderosos, como la Asociación de Académicos Musulmanes, un grupo de clérigos sunníes que dicen representar a 3.000 mezquitas, han dicho que no participarán en las elecciones y han amenazado con llamar a boicotear Faluya tras el asalto norteamericano de Faluya.
Si los políticos enfatizan las diferencias étnicas y religiosas durante la campaña, o insisten en que sus grupos tienen derecho a una cierta cantidad de escaños, las tensiones podrían incrementarse. Al menos, la nueva asamblea sería demasiado débil como para solucionar los enormes problemas del país. En el peor de los casos, se produciría una disolución del país al estilo de Yugoslavia.
Un diplomático occidental dijo que los funcionarios norteamericanos han observado divisiones y han aconsejado a los partidos que formen coaliciones más amplias. De otro modo, las divisiones políticas "podrían crear asperezas", dijo. "Y no nos hace falta".
Pero algunos estudiosos tienen más esperanzas, y dicen que es natural que los partidos se agrupen a lo largo de líneas religiosas y étnicas. Una vez elegidos, los partidos podrían tapar sus diferencias. "El sectarismo es ahora el principio unificador de la política iraquí", dijo Yitzhak Nakash, profesor de estudios sobre Oriente Medio de la Universidad de Brandeis y autor del libro The Shi'is of Iraq' (Princeton University Press, 2003). "En este momento, las campañas políticas a lo largo de líneas sectarias es algo natural".
Para el gobierno norteamericano, el mejor resultado sería que los partidos que "apoyan la democracia" ganaran escaños en la asamblea, dijo un diplomático norteamericano, y que la asamblea fuera lo suficientemente incluyente de modo que otros grupos se convenzan de que la participación les conviene.
Se cree que el Partido del Acuerdo Nacional Iraquí del doctor Allawi, un chií, participará en las elecciones de enero, pero ahora corre riesgos políticos. Es un partido secular con muchos sunníes del antiguo partido gobernante Baaz y se encuentra así al margen de los principales bloques de la política iraquí. El apoyo del gobierno interino ha caído en picado, y lo que quede del capital político de Allawi puede desaparecer con la invasión de Faluya. Así, el partido puede necesitar un socio más fuerte para participar en las elecciones. De momento, no lo tiene.
Otra sombría perspectiva para los norteamericanos es la posibilidad de que la floja alianza de Chalabi, al que los norteamericanos acusan de entregar secretos a Irán, y Sáder, el joven clérigo que encabeza una milicia de más de mil miembros, podría cuajar y emerger como la coalición chií dominante. "Sobre él pende una orden de detención, y no creo que nos veas dándonos la mano en el futuro cercano", dijo un diplomático sobre Sáder.
Sáder se puede sentir más atraído hacia Chalabi que hacia el partido Dawa o Sciri debido a las antiguas disputas entre la importante familia religiosa de Sáder y la de Abdul Aziz al-Hakim, un líder de Sciri. Ambos se encuentran entre los más populares políticos iraquíes, de acuerdo a un reciente sondeo auspiciado por los norteamericanos y realizado por el Instituto Republicano Internacional. "Tenemos algunas reservas y problemas sobre presentarnos en una sola lista con ellos", dijo sobre los partidos Dawa y Sciri, Smesim, el principal asesor de Sáder.
Sobre el Consejo Chií de Chalabi, Smesim dijo: "Tenemos una muy buena relación con ellos. No nos importaría si se incorporan a nuestra lista nacional".
Los partidos están formando coaliciones para presentar listas ampliadas con las que atraer a una mayor cantidad de votantes. Se necesitan unos 30.000 votos para obtener un escaño en la asamblea. Si todos los partidos chiíes participan en las elecciones en una sola lista dominada por los principales partidos chiíes, los votantes chiíes votarán mayoritariamente por esa lista, permitiendo que los chiíes religiosos se hagan con una mayoría de los 275 escaños.
Si los partidos chiíes presentan candidatos separados, los votantes chiíes pueden dividir su voto, privando posiblemente de la mayoría a los partidos religiosos apoyados por el ayatollah Sistani, dijo el profesor Juan Cole, un experto sobre el islam chií de la Universidad de Michigan. "Mientras más listas de partidos haya", dijo, "más probable será de que votos chiíes se dividan".
De hecho, el diplomático occidental dijo que los principales partidos kurdos ya han comenzado a abrir pequeños despachos en el corazón del sur chií para hacer su campaña electoral allá.
6 de noviembre de 2004
10 de noviembre de 2004©
©traducción mQh
new york times
Bagdad, Iraq. A tres meses de las primeras elecciones democráticas de Iraq, las disputas entre los partidos chiíes tradicionales y los poderosos partidos recién formados han llevado a los más importantes clérigos chiíes a tratar de conciliar intereses para asegurarse de que dominen claramente en un nuevo gobierno elegido.El clérigo, el gran ayatollah Ali al-Sistani, está resuelto a lograr un balance político antes de las elecciones e impedir que las rivalidades debiliten la posición de los chiíes.
Los principales partidos religiosos chiíes en el gobierno interino iraquí han hecho causa común. Pero se enfrentan al formidable reto a su poder que representaría una improbable alianza anti-norteamericana que se está forjando entre Ahmad Chalabi, el antiguo exiliado y protegido del Pentágono, y Moqtada al-Sáder, el incendiario clérigo que encabezó dos mortíferas insurrecciones contra los norteamericanos y el gobierno interino.
Después de perder el favor de los norteamericanos la primavera pasada, Chalabi se ha redefinido como un beato chií y está tratando de formar una coalición con Sáder, que cuenta con fieles partidarios. Una plataforma norteamericana gozaría de amplio apoyo.
Los árabes chiíes, que son la mayoría, ansían el poder que se les negó durante tanto tiempo, y más recientemente durante la era de Saddam Hussein. Constituyen un 60 por ciento de la población y podrían dominar fácilmente las elecciones, marginando a los árabes sunníes, que han gobernado el país desde la época del Imperio Otomano.
Pero las fisiones internas podrían permitir que otros partidos, incluyendo al partido secular del primer ministro Ayad Allawi, ganen votantes que de otro modo apoyarían a los chiíes religiosos.
Lo que está en juego es importante, especialmente dada la resistencia cada vez más mortífera encabezada por los sunníes, que el sábado atacaron con bombas y morteros matando al menos a 30 personas en los alrededores de Samarra, una región que el gobierno de Allawi y las tropas norteamericanas pensaban que tenían bajo control.
El ayatollah Sistani ha estado pidiendo durante meses que todos los partidos chiíes formen una sola coalición dominada por los partidos religiosos. El más grande obstáculo para presentar una sola lista de candidatos es que la ley electoral que exige que los grupos determinen de antemano cómo se repartirá el poder después de las elecciones.
Si no logran ponerse de acuerdo, los principales elementos chiíes podrían dividirse. Ansiosos de unirlos, el ayatollah Sistani ha formado una comisión para negociar un acuerdo, interviniendo una vez más selectivamente en la vida política post-invasión.
"Quizás el diálogo resulte en una lista unificada", dijo Adam Ali, un representante del Partido Musulmán Dawa, un importante partido religioso chií. "Tenemos la intención de colaborar en una lista de ese tipo".
Se hace claro que las elecciones, que se realizarían a fines de enero, correrán a lo largo de líneas étnicas y religiosas tradicionales, aunque los norteamericanos esperan que una asamblea nacional suficientemente unida permita que el gobierno pueda enfrentar los serios retos que esperan al país.
Gran parte del éxito de las elecciones dependerá también de si las tropas norteamericanas e iraquíes logran terminar con la resistencia en Faluya, una ciudad sunní. Funcionarios dicen que deben terminar con la resistencia para que la gente se siente suficientemente segura como para votar, pero deben hacerlo sin provocar la indignación sunní. Si los sunníes boicotean las elecciones, la guerra de guerrillas podría intensificarse o incluso transformarse en una guerra civil declarada con la clase dominante chií.
Los iraquíes deben elegir a fines de enero a los 275 miembros de la asamblea nacional, la que nombrará entonces un gobierno ejecutivo y redactará una constitución. Se programan elecciones para elegir un gobierno de mandato completo para fines de 2005.
En la contienda política, los dos principales partidos religiosos chiíes han acordado formar una coalición para presentarse a las elecciones y son los que gozan del apoyo del ayatollah Sistani, dicen funcionarios de los dos grupos, el Partido Musulmán Dawa y el Consejo Supremo de la Revolución Islámica de Iraq, mejor conocido como Sciri. Los dos partidos quieren que la comisión del ayatollah apoye a los partidos como el principal órgano de una lista chií unificada.
Pero si lo hace, Chalabi, que encabeza una facción rival llamada Consejo Chií, que incluye a 42 partidos más pequeños, incluyendo a su Congreso Nacional Iraquí. Chalabi compite por el apoyo de la comisión y quiere tener la garantía de que se le otorgará una parte importante de los escaños de una asamblea dominada por los chiíes, a expensas de los partidos tradicionales.
Considerado por muchos iraquíes como un político oportunista, Chalabi está tratando de atraer al popular Sáder a la coalición para fortalecer su credibilidad. Funcionarios de alto rango de los partidos de los dos líderes han discutido cómo se distribuirán los escaños de la asamblea si se presentaran juntos en las elecciones. Un organizador del Consejo Chií, Ali Faisal al-Lami, viajó recientemente a Mosul con Ali Smesim, un importante asesor de Sáder, para hablar con líderes tribales sunníes sobre su posible incorporación a la coalición dominada por los chiíes encabezada por Sáder o Chalabi, o ambos.
"No se trata de que los partidos compitan y se repartan el botín", dijo Chalabi sobre las conversaciones chiíes. "En estos momentos, no hay un botín que repartir, sólo desastres".
El ayatollah Sistani prefiere una lista chií unificada que incluya no solamente a los dos partidos más importantes, sino también a políticos independientes, la mayor parte de ellos del sur. El objetivo es minimizar las fricciones entre los chiíes y mostrar al mundo que los chiíes religiosos están lo suficientemente organizados como para gobernar.
Mientras los chiíes se disputan, los principales partidos kurdos, el Partido Democrático del Kurdistán y la Unión Patriótica del Kurdistán, ambos participantes en el gobierno interino, se han puesto de acuerdo para presentar una lista nacional unificada de candidatos. "El núcleo estará conformado por elementos kurdos", dijo Hoshyar Zebari, el ministro de Asuntos Exteriores e importante personero del Partido Democrático del Kurdistán. "La facción chií tiene planes similares".
Los árabes sunníes están incluso divididos sobre si participar o no en las elecciones. Algunos grupos, como el Partido Musulmán Iraquí, que formaba parte del Consejo de Gobierno Iraquí y del gobierno interino, dicen que presentarán candidatos. Otros grupos poderosos, como la Asociación de Académicos Musulmanes, un grupo de clérigos sunníes que dicen representar a 3.000 mezquitas, han dicho que no participarán en las elecciones y han amenazado con llamar a boicotear Faluya tras el asalto norteamericano de Faluya.
Si los políticos enfatizan las diferencias étnicas y religiosas durante la campaña, o insisten en que sus grupos tienen derecho a una cierta cantidad de escaños, las tensiones podrían incrementarse. Al menos, la nueva asamblea sería demasiado débil como para solucionar los enormes problemas del país. En el peor de los casos, se produciría una disolución del país al estilo de Yugoslavia.
Un diplomático occidental dijo que los funcionarios norteamericanos han observado divisiones y han aconsejado a los partidos que formen coaliciones más amplias. De otro modo, las divisiones políticas "podrían crear asperezas", dijo. "Y no nos hace falta".
Pero algunos estudiosos tienen más esperanzas, y dicen que es natural que los partidos se agrupen a lo largo de líneas religiosas y étnicas. Una vez elegidos, los partidos podrían tapar sus diferencias. "El sectarismo es ahora el principio unificador de la política iraquí", dijo Yitzhak Nakash, profesor de estudios sobre Oriente Medio de la Universidad de Brandeis y autor del libro The Shi'is of Iraq' (Princeton University Press, 2003). "En este momento, las campañas políticas a lo largo de líneas sectarias es algo natural".
Para el gobierno norteamericano, el mejor resultado sería que los partidos que "apoyan la democracia" ganaran escaños en la asamblea, dijo un diplomático norteamericano, y que la asamblea fuera lo suficientemente incluyente de modo que otros grupos se convenzan de que la participación les conviene.
Se cree que el Partido del Acuerdo Nacional Iraquí del doctor Allawi, un chií, participará en las elecciones de enero, pero ahora corre riesgos políticos. Es un partido secular con muchos sunníes del antiguo partido gobernante Baaz y se encuentra así al margen de los principales bloques de la política iraquí. El apoyo del gobierno interino ha caído en picado, y lo que quede del capital político de Allawi puede desaparecer con la invasión de Faluya. Así, el partido puede necesitar un socio más fuerte para participar en las elecciones. De momento, no lo tiene.
Otra sombría perspectiva para los norteamericanos es la posibilidad de que la floja alianza de Chalabi, al que los norteamericanos acusan de entregar secretos a Irán, y Sáder, el joven clérigo que encabeza una milicia de más de mil miembros, podría cuajar y emerger como la coalición chií dominante. "Sobre él pende una orden de detención, y no creo que nos veas dándonos la mano en el futuro cercano", dijo un diplomático sobre Sáder.
Sáder se puede sentir más atraído hacia Chalabi que hacia el partido Dawa o Sciri debido a las antiguas disputas entre la importante familia religiosa de Sáder y la de Abdul Aziz al-Hakim, un líder de Sciri. Ambos se encuentran entre los más populares políticos iraquíes, de acuerdo a un reciente sondeo auspiciado por los norteamericanos y realizado por el Instituto Republicano Internacional. "Tenemos algunas reservas y problemas sobre presentarnos en una sola lista con ellos", dijo sobre los partidos Dawa y Sciri, Smesim, el principal asesor de Sáder.
Sobre el Consejo Chií de Chalabi, Smesim dijo: "Tenemos una muy buena relación con ellos. No nos importaría si se incorporan a nuestra lista nacional".
Los partidos están formando coaliciones para presentar listas ampliadas con las que atraer a una mayor cantidad de votantes. Se necesitan unos 30.000 votos para obtener un escaño en la asamblea. Si todos los partidos chiíes participan en las elecciones en una sola lista dominada por los principales partidos chiíes, los votantes chiíes votarán mayoritariamente por esa lista, permitiendo que los chiíes religiosos se hagan con una mayoría de los 275 escaños.
Si los partidos chiíes presentan candidatos separados, los votantes chiíes pueden dividir su voto, privando posiblemente de la mayoría a los partidos religiosos apoyados por el ayatollah Sistani, dijo el profesor Juan Cole, un experto sobre el islam chií de la Universidad de Michigan. "Mientras más listas de partidos haya", dijo, "más probable será de que votos chiíes se dividan".
De hecho, el diplomático occidental dijo que los principales partidos kurdos ya han comenzado a abrir pequeños despachos en el corazón del sur chií para hacer su campaña electoral allá.
6 de noviembre de 2004
10 de noviembre de 2004©
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new york times
LA ESTRATEGIA PARA CONTROLAR IRAK NO PREVEÍA UNA SEGUNDA GUERRA - michael r. gordon
El ministro Rumsfeld y el Pentágono hicieron caso omiso de las advertencias de los generales que debía invadir Iraq. La ausencia de tropas internacionales debilitó la presencia norteamericana.
El 16 de abril de 2003 el general Tommy R. Franks descendió de un avión C-130 en el aeropuerto de Bagdad y golpeó el aire con su puño. Las tropas norteamericanas habían entrado a la capital de un Iraq liberado poco más de una semana antes, y era la primera visita del comandante a la ciudad.
La mayor parte del Triángulo Sunní no se patrullaba casi nunca, y Bagdad todavía estaba convulsionada tras el pillaje. Cuando el general Franks se dirigió al Palacio Norte de Abu Ghraib, un retiro de Saddam Hussein que servía ahora de cuartel general de los militares, helicópteros de guerra Apache controlaban el cielo.
Apiñado en un salón con sus comandantes de mayor jerarquía, el general Franks les dijo que era tiempo de hacer planes para retirarse. Si todo marchaba de acuerdo a los planes, dijo, las tropas de combate debían estar preparadas para comenzar a retirarse dentro de 60 días. Hacia septiembre, de las más de 140.000 tropas que había en Iraq no deberían quedar más que una división, unos 30.000 hombres.
Para ayudar a estabilizar el país y permitir la retirada de los norteamericanos, el presidente Bush había estudiado el día anterior un plan que preveía que cuatro divisiones extranjeras -incluyendo tropas árabes y de la OTAN- se ocuparan de funciones de mantenimiento de la paz.
Cuando la reunión se acercaba a su fin en Bagdad, el presidente, a través de internet, felicitó a los comandantes por el buen trabajo hecho. Después, posaron para unas fotos y fumaron unos puros para celebrar la victoria.
Con todo, en pocos meses las optimistas proyecciones del gobierno de Bush se habían derrumbado. Muchas de las tropas extranjeras no llegaron nunca. Las instituciones iraquíes con las que se contaba para dirigir el país, se derrumbaron. El adversario, que se suponía que estaría apabullado por la sorpresa y el pavor se estaba reorganizando más allá del alcance de las estiradas tropas norteamericanas.
En el debate sobre la guerra y sus secuelas, el gobierno de Bush ha retratado a la insurgencia que todavía está fastidiando en Iraq hoy como un desafortunado e inevitable accidente de la historia, un enemigo que emergió sólo después de haberse derretido durante el rápido avance norteamericano hacia Bagdad. El único error que ha reconocido Bush en la guerra es no haber previsto lo que llamó un "éxito catastrófico".
Pero muchos oficiales y funcionarios que prestaron servicio en Iraq en la primavera y verano de 2003 dicen que los errores de cálculo del gobierno le costaron a Estados Unidos un valioso tiempo -y permitieron que la insurgencia, que estaba en sus primeras fases, se intensificara y extendiera.
"Creo que fueron los sunníes baazistas los que se propusieron resistir a todo coste, pero perdimos la oportunidad y eso llevó a más de ellos a la resistencia", dijo en una entrevista Jay Garner, el primer administrador civil de Iraq y teniente general en retiro del Ejército, refiriéndose al Partido Baaz de Hussein y a sus partidarios musulmanes sunníes. "Las cosas se han complicado mucho más de lo que debían. No custodiamos las fronteras porque no teníamos suficientes tropas para hacerlo, y eso nos trajo terroristas".
Un oficial de alta jerarquía que prestó servicio en Iraq, pero que no quiere ser identificado debido a lo delicado de su posición, dijo: "La verdadera pregunta es: ¿Tenía que haber una insurgencia? ¿Ayudamos a que surgiera la insurgencia por desaprovechar la oportunidad que tuvimos en el período justo después de que Saddam fuera derrocado?"
Examinando retrospectivamente ese crucial período, esos oficiales, funcionarios de la administración y otros han proporcionado relatos informados y detallados sobre cómo se torció la situación de posguerra. Los administradores civiles de la ocupación de Iraq mostraron preocupación sobre los planes de reducir las tropas norteamericanas; los servicios de inteligencia dejaron a las fuerzas norteamericanas poco preparadas para las enconadas batallas en las que tuvieron que participar en el sur de Iraq y no enfatizaron los riesgos de una insurgencia en la posguerra. Y generales y civiles de alta jerarquía no se pusieron de acuerdo sobre los planes de construir un nuevo ejército iraquí, que era necesario para mantener el orden.
Al Principio
En agosto de 2002, importantes funcionarios de la administración hicieron circular un documento altamente secreto con el insulso título de Iraq: Metas, Objetivos y Estrategias'. Todavía quedaban meses de altercados en Naciones Unidas, pero funcionarios de alto rango estaban redactando los principios que guiarían la invasión si el presidente daba orden de atacar.
Las metas en Iraq eran de largo alcance. El objetivo no era solamente derrocar a un dictador, sino construir un sistema democrático. Estados Unidos conservaría, pero reformadas, a las burocracias que hacían el trabajo del día a día de administrar el país. También había metas no formuladas. Los asesores esperaban instalar un gobierno pro-estadounidense que ejercería presión sobre Siria para que dejara de apoyar a los grupos terroristas y sobre Irán para que paralizara su programa de armas nucleares.
Pero los grandes objetivos no significaban un mayor número de tropas. Desde el principio, el plan del Pentágono para invadir Iraq contrastaba fuertemente con la doctrina para usar el poder bélico que había desarrollado Colin L. Powell cuando era presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor Conjunto. En lugar de reunir en seis meses una gigantesca fuerza invasora, como se hizo para la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, el gobierno intentó atacar con una fuerza mucho menor, ya que los refuerzos todavía estaban en camino desde Oriente Medio.
La estrategia era consistente con el proyecto del ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld de transformar las fuerzas armadas de modo que dependieran menos pesadamente de las tropas de tierra y más de la tecnología, el servicio secreto y de las fuerzas de operaciones especiales.
Rumsfeld había hacía tiempo mostrado su impaciencia con lo que pensaba que era un modo de hacer la guerra que era lento, reacio a tomar riesgos y demasiado caro. Los estrategas del Comando Central del general Franks pensaban que se necesitaba un nuevo enfoque por otras razones: tomar a los iraquíes por sorpresa y evitar los planes de sabotaje de los yacimientos petrolíferos o de fortalecer las defensas de Bagdad.
"Casi todos estaban preocupados sobre lo que podría pasar en la guerra si esta se prolongaba", dijo en una entrevista el subsecretario de Defensa Douglas J. Feith. "Esto subrayó la importancia de la velocidad y de la sorpresa. Era un modo poco habitual y creativo de comenzar una guerra, con menos tropas de las que esperaba Saddam y contaba con que el flujo [de tropas] continuaría después de empezar la guerra".
Si el ejército iraquí ofrecía mayor resistencia de la que se esperaba, dijo Feith, el Pentágono podía seguir enviando tropas. Si la resistencia era ligera, como esperaban que fuera muchos asesores civiles, Washington podía detener el flujo de tropas. En la jerga del Pentágono, habría una "vía de salida".
Lograr las ambiciones de la administración significaba acabar con cualquier problema que surgiera después del colapso del gobierno de Hussein y sus represivos servicios de seguridad. Los funcionarios de la administración asumieron que las tropas norteamericanas y multinacionales ayudarían a estabilizar a Iraq, pero también creían que los iraquíes recién liberados compartirían la carga.
"La idea era que nosotros derrotaríamos al enemigo, pero que las instituciones seguirían funcionando, desde ministerios hasta fuerzas policiales", dijo en una entrevista Condoleezza Rice, la asesora de seguridad nacional del presidente. "Ellos instalarían un nuevo gobierno, y nosotros lo mantendríamos en su lugar".
Primeros Avisos
Sin embargo, algunos militares estaban preocupados de que el gobierno se quedara corto. El general Hugh Shelton, que fue presidente de los Jefes del Estado Mayor Conjunto durante los primeros nueve meses del gobierno de Bush, era uno de ellos.
El general Shelton tenía contactos en Oriente Medio que habían advertido que Iraq se podía transformar en un caos después del derrocamiento de Hussein.
En una reunión en el Pentágono a principios de 2003 con los antiguos presidentes de los Jefes del Estado Mayor Conjunto, antiguos vice-presidentes y sus sucesores, expresó su preocupación de que Estados Unidos no tuviera suficientes tropas inmediatamente después del derrocamiento del dictador. Previno que era importante tener tropas suficientes para hacer frente a lo inesperado.
En la Casa Blanca, los funcionarios estaban tratando de determinar cuántos tropas se necesitarían.
Los asesores militares en el Consejo de Seguridad Nacional prepararon una sesión informativa confidencial para Rice y su subdirector Stephen J. Hadley, en la que examinarían lo que se había necesitado en ejemplos previos de reconstrucción de posguerra.
La revisión, llamada Fuerzas de seguridad en siete recientes operaciones de estabilidad', observó que no había una regla general que se pudiera aplicar en todos los casos. Pero enfatizó un principio básico bien conocido entre estrategas militares: Independientemente de las tropas requeridas para derrotar a un enemigo, la mantención de la seguridad posterior es determinada por un conjunto enteramente diferente de consideraciones, incluyendo la población, la naturaleza del terreno y las tareas necesarias.
Si Estados Unidos y sus aliados querían mantener la misma razón de tropas de pacificación y población como en Kosovo, se dijo en la sesión, tendrían que estacionar en Iraq 480.000 tropas. Si se tomaba Bosnia como punto de referencia, se necesitarían 364.000 tropas. Si se tomaba a Afganistán como modelo, sólo se requerirían 13.900 hombres. Las cifras más altas eran consistentes con las proyecciones proporcionadas más tarde al Congreso por el general Eric K. Shinseki, entonces jefe del estado mayor del Ejército, que se necesitarían varios cientos de miles de tropas en Iraq. Pero Rumsfeld desechó esos cálculos como exagerados.
En general se requieren más tropas si los países a controlar cuentan con grandes centros urbanos. La sesión informativa indicó que tres cuartos de la población iraquí vivía en zonas urbanas. En Bosnia y en Kosovo, los habitantes de las ciudades constituían la mitad de la población. En Afganistán sólo un 18 por ciento.
Sin embargo, ni el ministerio de Defensa ni la Casa Blanca consideraron que los Balcanes debían ser el modelo a seguir. En un discurso del 14 de febrero de 2003, titulado Más allá de la reconstrucción del país', que Rumsfeld leyó en Nueva York, dijo que el gran número de tropas extranjeras para mantener la paz en Kosovo había conducido a una "cultura de la dependencia" que desalentaba a los habitantes a hacerse responsables de sí mismos.
El ministro de Defensa dijo que pensaba que había mucho que aprender de Afganistán, donde Estados Unidos no estacionó una fuerza de seguridad a nivel nacional sino descansó en un nuevo ejército afgano y tropas de otros países para ayudar a mantener la paz.
James F. Dobbins, que era el enviado especial del gobierno para Afganistán y también había prestado servicio como embajador extraordinario en Kosovo, Bosnia, Somalia y Haití, pensaba que el gobierno estaba adoptando el modelo equivocado. La antigua Yugoslavia -con sus divisiones étnicas, renqueante economía y un pasado de gobierno totalitario- tenía más paralelos con Iraq de lo que los funcionarios del gobierno estaban dispuestos a reconocer, pensó Dobbins. La anomalía era Afganistán.
"Ellos preferían encontrar un modelo para una reconstrucción exitosa de un país que no fuera asociada al gobierno previo", dijo Dobbins en una entrevista. "Y Afganistán ofrecía una respuesta mucho más agradable en términos de lo que se necesitaría en lo que se refiere a recursos, incluyendo tropas".
Cuando se aproximaba la guerra de Iraq, Dobbins supervisaba un estudio de la RAND Corporation sobre reconstrucción. Mientras más grandes las fuerzas de seguridad, menos bajas sufrirían las tropas de la alianza, concluía el estudio. Cuando L. Paul Bremer III fue nombrado administrador jefe de Iraq en mayo de 2003, Dobbins le hizo llegar una copia.
Para fines de 2002, los militares se preparaban apresuradamente. El plan de despliegue de tropas había sido diseñado de tal manera que el Pentágono pudiera regular el flujo y enviar sólo las fuerzas que fueran necesarias. A través del proceso, Rumsfeld supervisaba las peticiones de tropas. Funcionarios de Defensa dijeron que había querido asegurarse de que los despliegues no dejaran atrás a la diplomacia de Naciones Unidas y agregaron que las peticiones para Iraq debían ser estudiadas porque Estados Unidos debía hacer frente a otras crisis potenciales.
Preocupaciones En El Terreno
Pero algunos oficiales estaban preocupados acerca de lo que percibían como críticas encubiertas del Pentágono, y se quejaron por los retrasos. Por ejemplo, una importante petición de tropas hecha a fines de noviembre no fue aprobada sino un mes más tarde.
El tema llamó la atención de Newt Gingrich, el antiguo diputado republicano y miembro del Comité de Política Exterior del ministerio de Defensa [Defense Policy Board] que asesoró a Rumsfeld durante una reunión a comienzos de febrero de 2003 con oficiales norteamericanos en Kuwait. Dijo que volvería y pediría al ministro que dejara de meterse en decisiones de nivel táctico, de acuerdo de unos apuntes de la sesión de los participantes. "Lo peor que pueden hacer es quitarme el estacionamiento", dijo.
Poco antes de la guerra, Bush preguntó a sus comandantes de mayor jerarquía si tenían suficientes tropas, especificando si eran suficientes para proteger las vulnerables líneas de aprovisionamiento. "No puedo decirte cuántas veces preguntó: ¿Tienen todo lo que necesitan?'", dijo Rice. "La respuesta fue que esos eran los niveles de tropas que necesitaban".
Oficiales de alto rango reconocieron que no presionaron al presidente para que proporcionara más tropas. Pero algunos dijeron que se sentirían más cómodos con una reserva más grande. Y algunos oficiales dicen que la idea de comenzar la invasión mientras los refuerzos aún estaban en camino no les parecía una práctica muy inteligente.
El 18 de marzo, un día antes de que comenzara el conflicto, el staff de los Jefes del Estado Mayor se reunió para discutir los planes de retirar las tropas americanas una vez que hubieran triunfado. Los asesores del general Franks protestaron que la reunión era prematura.
Cuando las tropas norteamericanas avanzaron hacia Bagdad en los primeros días de la guerra, se dieron cuenta de que la batalla era diferente de lo que habían esperado. En lugar de un choque entre ejércitos, por más desiguales que fueran, las tropas norteamericanas debieron luchar contra fuerzas paramilitares e incluso con soldados kamikaze. Miles de tropas paramilitares de los Feyadines de Saddam habían infestado las ciudades del sur de Iraq, que estaban siendo utilizadas como bases para atacar las líneas de aprovisionamiento de los norteamericanos.
Pero varios días después de duros combates, los norteamericanos reanudaron su marcha hacia el norte y empezaron a prepararse para lo que pensaba que sería una confrontación final con la Guardia Republicana. Con aparentemente pocas dudas del triunfo de los norteamericanos, pronto recomenzaron las conversaciones sobre una retirada.
A mediados de abril, Lawrence di Rita, uno de los más estrechos asesores de Rumsfeld, llegó a Kuwait para unirse al equipo reunido por el general Garner, el administrador civil, que debía supervisar el Iraq post-Hussein. Bush había aceptado en enero que el ministerio de Defensa asumiera la autoridad sobre el Iraq de posguerra. Era la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que el ministerio de Asuntos Exteriores no se encargaría de una situación post-conflicto.
Dirigiéndose a los asesores de Garner en su sede en un hotel de Kuwait, Di Rita describió la visión del Pentágono, la que parecía hacerse eco de los temas tocados por Rumsfeld en su discurso del 14 de febrero. Según el coronel Paul Hughes, del Ejército, que estuvo presente en esa reunión, Di Rita dijo que el Pentágono estaba determinado a evitar compromisos militares abiertos como los de Bosnia y Kosovo, y a retirar en tres o cuatro meses a la gran mayoría de las tropas norteamericanas.
"El principal tema era que el ministerio de Defensa estaría a cargo, y esto sería totalmente diferente que en el pasado", dijo Tom Gross, un coronel del Ejército en retiro y asesor de Garner, que también estaba en la reunión. "Saldríamos de ahí muy rápidamente. Nosotros estábamos desconcertados, porque no lo veíamos como un proceso de corto plazo".
Di Rita dijo en una entrevista que él no tenía la responsabilidad de los niveles de tropas, pero agregó que los comandantes querían que el nivel de tropas de posguerra fuera lo más bajo posible.
Thomas E. White, entonces el secretario del Ejército, dijo que había recibido instrucciones similares del despacho de Rumsfeld. "Nuestras suposiciones de presupuesto eran que 90 días después de terminar la operación, retiraríamos 50.000 hombres y luego, cada 30 días, 50.000 más hasta que todo el mundo estuviera de regreso", recordó. "La idea era que fuera lo que fuera que dejáramos en Iraq, debía ser mínimo".
Las Tropas No Eran Suficientes
Incluso si el gobierno de Hussein estaba perdiendo la batalla para mantenerse en el poder, algunos informes preliminares sugerían que Iraq podía seguir siendo un campo de batalla.
El Consejo Nacional de Inteligencia había advertido en un informe de enero de 2003 que los iraquíes se sentirían ofendidos por sus liberadores, a menos que el gobierno de la ocupación encabezada por los norteamericanos procediera rápidamente a reanudar los servicios esenciales y entregase el control político a líderes iraquíes. Pero esos esfuerzos fueron exasperantemente lentos.
Mientras una gran parte del país se hundía en el caos y la anarquía, los generales norteamericanos todavía no sabían a qué tipo de insurgencia se estaban enfrentando. El limitado número de tropas norteamericanas, sin embargo, planteaba problemas para controlar las porosas fronteras de Iraq, establecer una presencia significativa en el resistente Triángulo Sunní e imponer el orden en la capital.
"Mi posición es que perdimos la oportunidad y que la insurgencia no era inevitable", dijo James A. (Araña) Marks, un general de división del Ejército, jubilado, que prestó servicio como jefe de inteligencia del comando de guerra terrestre. "Teníamos ventaja cuando entramos y pusimos a correr a las tropas de Saddam. Pero no teníamos suficientes tropas", continuó. "Primero, no teníamos suficientes tropas como para dirigir patrullas de combate en números suficientes como para obtener inteligencia sólida y hacernos una buena idea del enemigo en el terreno. En segundo lugar, necesitábamos más tropas para actuar sobre los datos que recibíamos. Ellos sacaron ventaja de nuestras limitaciones de tropas".
En Bagdad, algunos vecindarios eran particularmente peligrosos y las tropas norteamericanas no pudieron realizar patrullas. La Tercera División de Infantería, la primera gran unidad que se aventuró en la ciudad, tenía unas 17.000 tropas. Pero era una división motorizada, y sólo una parte de ella podía realizar patrullas a pie. La tripulación de los tanques tuvo que esperar a que llegaran las armaduras personales.
Los insurgentes encontraron refugio al norte y oeste de Bagdad, en las volátiles ciudades del Triángulo Sunní, mientras tramaban nuevos ataques.
En Faluya, que se transformaría en un hervidero de la insurgencia, las tropas no llegaron sino el 24 de abril, dos semanas después de que entraran las tropas norteamericanas en Bagdad. Los primeros en llegar fueron los soldados de la División Aerotransportada Nº82. Pero debido a las constantes rotaciones de tropas y a su número limitado, la responsabilidad de la ciudad cambiaba repetidas veces. Las crónicas rotaciones hacían difícil para los norteamericanos cultivar lazos con los residentes y recabar datos de inteligencia útiles. Hoy, la ciudad es una zona prohibida y está rodeada por marines norteamericanos.
El teniente coronel Joseph Apodaca, un agente de inteligencia de la Marina ahora jubilado, dijo que hubo indicios tempranos en el sur dominado por los musulmanes chiíes, de que las fuerzas paramilitares a las que estaban haciendo frente las tropas norteamericanas podían señalar una insurgencia más amplia. Pero dar caza a rebeldes potenciales no era la misión asignada a los marines, y ellos no tenían tropas suficientes para la tarea, dijo.
"El plan general era atrapar a Saddam Husein", recordó el coronel Apodaca. "El punto de partida era que cuando la gente se diera cuenta de que ya no estaba, eso pondría a la población de nuestro lado y facilitaría la transición hacia la reconstrucción. Nosotros no teníamos que agarrar a esos tipos cuando manejaran las ciudades más pequeñas. No teníamos realmente los niveles de tropas como para reprimir la insurgencia".
La Esperanza Multinacional
Sin embargo, en Washington, funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono pensaron que lo más difícil ya había pasado. El objetivo de ganar rápidamente el apoyo de los iraquíes se frustró cuando los policías abandonaron sus puestos y las unidades militares iraquíes no se rindieron en masa. Pero el gobierno pensó que gran parte de la carga podía ser traspasada a las fuerzas multinacionales.
El 15 de abril de 2003, Bush reunió a su Consejo Nacional de Seguridad y discutió la idea de pedir fuerzas de mantenimiento de la paz a otros países de modo que Estados Unidos pudiera comenzar a retirar sus tropas. Incluso aunque había una amplia oposición a la invasión, los funcionarios del gobierno pensaron que algunos gobiernos pondrían de lado sus objeciones una vez que la victoria estuviera a la mano y los iraquíes comenzaran a formar un nuevo gobierno.
Los funcionarios del Pentágono informaron al presidente sobre un plan para formar cuatro divisiones: una con tropas de la OTAN; otra con el Consejo de Cooperación del Golfo, una asociación de países del Golfo Pérsico; una comandada por Polonia; y otra por el Reino Unido. La idea era que Estados Unidos no tuviera en Iraq más que una o dos divisiones.
Al día siguiente, el general Franks viajó a Bagdad e instruyó a sus comandantes para que diseñaran planes de retirada. En una reunión en ese palacio con sus comandantes, observó que era posible que Estados Unidos agotara la actitud positiva de los iraquíes y tuviera que mantener demasiadas tropas durante demasiado tiempo en Iraq. Dijo que se esperaba que hubiera un gobierno iraquí interino funcionando dentro de 30 a 60 días. Dijo a sus comandantes que se prepararan para correr riesgos mientras llegaran las tropas.
Después de esa reunión, el general y sus oficiales participaron en una video-conferencia con Bush. El presidente preguntó sobre la integración de tropas extranjeras en las fuerzas de seguridad. Al observar que el ministro de Asuntos Exteriores y Rumsfeld solicitarían tropas a otros países, el general dijo que pensaba hablar con sus oficiales en los Emiratos Árabes Unidos sobre una división árabe.
La notificación del general Franks de que se prepararan para correr riesgos alarmó al general Garner, el administrador civil. Temiendo que una reducción de tropas prematura amenazara la misión de construir un nuevo Iraq, el general Garner transmitió su preocupación al teniente general David McKiernan, el comandante en jefe aliado de las fuerzas de tierra.
"No había duda de que ganaríamos la guerra", recordó el general que dijo al general McKiernan, "pero sí las había sobre si ganaríamos la paz".
Poco después, el Pentágono empezó a cerrar el grifo de tropas hacia Iraq.
Rumsfeld había comenzado a preguntarse si los militares todavía necesitaban a la Primera División de Caballería del Ejército, una fuerza de 17.500 miembros que estaba programada para que siguiera a la principal fuerza de invasión de Iraq. Él y el general Franks discutieron repetidas veces sobre el tema.
"Rumsfeld aburrió a Franks", dijo White, el antiguo secretario del Ejército que fue despedido después de disputas con Rumsfeld. "Si fastidias a los militares por un tiempo suficientemente largo, te dirán finalmente: Está bien, haré lo mejor que pueda con la gente que tengo'. El carácter de Rumsfeld es que te cansas discutiendo con él".
Un Despliegue Cancelado
El general Franks insistió en que él no había sido consultado sobre el tema de la Primera Caballería. "Esa fue una idea de Rumsfeld", dijo, refiriéndose a la cancelación del despliegue.
"Rumsfeld no me obligó obedecer. Al principio, yo no quería detener el flujo de tropas, pero como parecía que habría una mayor participación internacional, concluí que estaba bien parar los traslados".
El general Franks también dijo que aceptó la sugerencia sólo después de que comandantes de operaciones decidieran que la división no era necesaria. Pero un antiguo oficial del staff del general McKiernan dijo que el comandante de guerra terrestre había querido que la unidad fuera desplegada y estaba decepcionado de tener que seguir adelante sin esa división adicional. El despliegue de la división fue cancelado el 21 de abril.
No pasó mucho tiempo antes de que las charlas optimistas sobre una retirada rápida de las tropas norteamericanas fueran dejadas de lado. Ni la OTAN ni los países del Golfo Pérsico querían enviar tropas a Iraq. Un general norteamericano fue enviado a Nueva Dheli a hablar con los indios, pero las esperanzas de conseguir tropas de ese país se desvanecieron pronto. Más tarde Turquía ofreció tropas de mantenimiento de la paz, pero los iraquíes no lo aceptaron. Sólo se hicieron realidad las divisiones polacas y británicas.
En mayo, poco después de llegar, Bremer, que remplazó antes de lo esperado al general Garner como el principal funcionario de la ocupación, comenzó a preocuparse de que las tropas norteamericanas se estaban estirando demasiado. A fines de junio, John Sawers, el funcionario británico de mayor jerarquía en Iraq, envió un informe confidencial a su gobierno donde hacía la crónica de las preocupaciones de Bremer.
"Una Semana Difícil En Iraq"
"Ha sido una semana difícil en Iraq", escribió Sawers. "La nueva amenaza es un bien coordinado sabotaje de la infraestructura. Un ataque contra el tendido eléctrico el fin de semana pasada causó una serie de repercusiones que han reducido a la mitad la capacidad de generación de electricidad en Bagdad y muchas otras partes del país".
"El petróleo y el gas son otros objetivos, con cinco ataques exitosos esta semana contra los oleoductos", continuó. "También estamos presenciando los primeros indicios de intimidación de los iraquíes que trabajan para la coalición".
"La principal preocupación de Bremer es que debemos mantener una capacidad militar suficiente en el país para asegurar la seguridad en todo el país", informó Sawers. "Ha dicho dos veces al presidente Bush que está preocupado de que la reducción de tropas norteamericanas y británicas ha ido demasiado lejos y ahora no podemos permitirnos mayores reducciones".
Bremer también cuestionó si las fuerzas multinacionales "serán lo suficientemente fuertes cuando sea necesario actuar", informó Sawers.
De acuerdo a funcionarios norteamericanos, Bremer expuso el problema de las tropas en una video-conferencia del 18 de junio. Bremer dijo que Estados Unidos debía tener cuidado de no retirar demasiadas tropas. El presidente dijo que el plan ahora era rotar las tropas, no retirarlas, y estuvo de acuerdo con que Washington debía mantener niveles adecuados de tropas.
Sin embargo, las fuerzas norteamericanas se redujeron de unas 150.000 en julio de 2003 a 108.000 en febrero de 2004, antes de volver a aumentar cuando la violencia se incrementó fuertemente a principios de este año. Algunas de las reducciones de tropas fueron contrarrestadas por la llegada de la división comandada por los polacos en agosto de 2003.
El general Franks dijo que había tratado de cerciorarse con Bremer si tendría tropas suficientes a fines de mayo. Mientras Bremer decía que no podía lograr que la economía iraquí volviera a funcionar sino hasta que los militares norteamericanos aseguraran la tranquilidad del país, el general Franks afirmaba que el lento ritmo de la reconstrucción estaba minando su seguridad.
"Alguna gente dice que no puede haber una reconstrucción económica en un país si no hay seguridad", recordó el general Franks refiriéndose a Bremer y otros en la Autoridad Provisional de la Coalición APC. "Cuando hablaba con Jerry Bremer, le decía: Mira, Jerry, tú quieres hablar de la seguridad en términos de tropas. Yo hablo sobre la APC y cuántos civiles -grumos, los llamo yo- tienen en esas 18 provincias para que manejen el dinero, lo destinen en proyectos de trabajo civiles y saquen a la gente enfadada de la calles de modo que necesitemos menos tropas".
Este debate entre Bremer, que no quiso hacer comentarios para este artículo, y oficiales de alta jerarquía en Iraq se transformaría en una cantinela conocida.
¿Qué Salió Mal?
Para algunos de los que prestaron servicio en Iraq, el verano de 2003 fue una temporada de oportunidades perdidas. Ahora hay un apasionado debate sobre qué salió mal.
"El combate es una serie de operaciones y la parte más crítica de una operación es la transición del combate a la estabilidad y las operaciones de apoyo", dijo un general. "Cuando no tienes suficiente poder de combate, terminas entregándole al enemigo una oportunidad de atacar tus puntos vulnerables".
Por su parte, el general Franks dijo que Estados Unidos tenía suficientes tropas de combate en Iraq, pero no suficiente gente para asuntos civiles, policía militar y otras unidades cuyo propósito es establecer el orden una vez que los enfrentamientos bélicos han pasado. El problema, dijo, no es el nivel de fuerzas sino su composición.
Diciendo que no estaba criticando a Rumsfeld, el general Franks sugirió que eso fue en parte el resultado de dificultades a la hora de aprobar las peticiones de tropas del Comando Central en el Pentágono. También dijo que los retrasos en la obtención de fondos del Congreso para los proyectos de reconstrucción y la decisión de muchos gobiernos extranjeros de no enviar tropas había contribuido a una prolongaba intranquilidad en Iraq.
Rice responsabilizó fundamentalmente a los insurgentes del hecho de que muchas tropas iraquíes huyeron durante la marcha norteamericana sobre Bagdad, sólo para luchar al día siguiente. También dijo que la población sunní minoritaria, que fue dominante en el gobierno de Hussein, se sentía desplazada, y eso contribuyó a una "atmósfera permisiva".
"Todo gran cambio histórico es turbulento", dijo. "Hubo un montón de planificación basada en presuposiciones, en datos de inteligencia. Pero cuando el plan se lleva a la práctica lo que se transforma en problema es lo que no fue previsto. Así la pregunta real es si puedes ajustar el plan y hacer los cambios necesarios".
El general Garner dijo que los errores del gobierno habían hecho más fácil que la resistencia lograra establecerse.
"John Abizaid fue el único que pensó en la posguerra", dijo el general Garner, refiriéndose al general que prestó servicio como lugarteniente del general Franks y finalmente su sucesor. "El gobierno de Bush no pensó en ello. Condi Rice no pensó en ello. Tampoco Doug Feith. Tú podías informarles, pero nunca vimos nunca iniciativa que emanara de esas sesiones. Asentían a todo, eso era todo. Así pasa con las cosas que terminan en tragedias".
19 de octubre de 2004
29 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh
©http://www.nytimes.com/2004/10/19/international/19war.html
El 16 de abril de 2003 el general Tommy R. Franks descendió de un avión C-130 en el aeropuerto de Bagdad y golpeó el aire con su puño. Las tropas norteamericanas habían entrado a la capital de un Iraq liberado poco más de una semana antes, y era la primera visita del comandante a la ciudad.La mayor parte del Triángulo Sunní no se patrullaba casi nunca, y Bagdad todavía estaba convulsionada tras el pillaje. Cuando el general Franks se dirigió al Palacio Norte de Abu Ghraib, un retiro de Saddam Hussein que servía ahora de cuartel general de los militares, helicópteros de guerra Apache controlaban el cielo.
Apiñado en un salón con sus comandantes de mayor jerarquía, el general Franks les dijo que era tiempo de hacer planes para retirarse. Si todo marchaba de acuerdo a los planes, dijo, las tropas de combate debían estar preparadas para comenzar a retirarse dentro de 60 días. Hacia septiembre, de las más de 140.000 tropas que había en Iraq no deberían quedar más que una división, unos 30.000 hombres.
Para ayudar a estabilizar el país y permitir la retirada de los norteamericanos, el presidente Bush había estudiado el día anterior un plan que preveía que cuatro divisiones extranjeras -incluyendo tropas árabes y de la OTAN- se ocuparan de funciones de mantenimiento de la paz.
Cuando la reunión se acercaba a su fin en Bagdad, el presidente, a través de internet, felicitó a los comandantes por el buen trabajo hecho. Después, posaron para unas fotos y fumaron unos puros para celebrar la victoria.
Con todo, en pocos meses las optimistas proyecciones del gobierno de Bush se habían derrumbado. Muchas de las tropas extranjeras no llegaron nunca. Las instituciones iraquíes con las que se contaba para dirigir el país, se derrumbaron. El adversario, que se suponía que estaría apabullado por la sorpresa y el pavor se estaba reorganizando más allá del alcance de las estiradas tropas norteamericanas.
En el debate sobre la guerra y sus secuelas, el gobierno de Bush ha retratado a la insurgencia que todavía está fastidiando en Iraq hoy como un desafortunado e inevitable accidente de la historia, un enemigo que emergió sólo después de haberse derretido durante el rápido avance norteamericano hacia Bagdad. El único error que ha reconocido Bush en la guerra es no haber previsto lo que llamó un "éxito catastrófico".
Pero muchos oficiales y funcionarios que prestaron servicio en Iraq en la primavera y verano de 2003 dicen que los errores de cálculo del gobierno le costaron a Estados Unidos un valioso tiempo -y permitieron que la insurgencia, que estaba en sus primeras fases, se intensificara y extendiera.
"Creo que fueron los sunníes baazistas los que se propusieron resistir a todo coste, pero perdimos la oportunidad y eso llevó a más de ellos a la resistencia", dijo en una entrevista Jay Garner, el primer administrador civil de Iraq y teniente general en retiro del Ejército, refiriéndose al Partido Baaz de Hussein y a sus partidarios musulmanes sunníes. "Las cosas se han complicado mucho más de lo que debían. No custodiamos las fronteras porque no teníamos suficientes tropas para hacerlo, y eso nos trajo terroristas".
Un oficial de alta jerarquía que prestó servicio en Iraq, pero que no quiere ser identificado debido a lo delicado de su posición, dijo: "La verdadera pregunta es: ¿Tenía que haber una insurgencia? ¿Ayudamos a que surgiera la insurgencia por desaprovechar la oportunidad que tuvimos en el período justo después de que Saddam fuera derrocado?"
Examinando retrospectivamente ese crucial período, esos oficiales, funcionarios de la administración y otros han proporcionado relatos informados y detallados sobre cómo se torció la situación de posguerra. Los administradores civiles de la ocupación de Iraq mostraron preocupación sobre los planes de reducir las tropas norteamericanas; los servicios de inteligencia dejaron a las fuerzas norteamericanas poco preparadas para las enconadas batallas en las que tuvieron que participar en el sur de Iraq y no enfatizaron los riesgos de una insurgencia en la posguerra. Y generales y civiles de alta jerarquía no se pusieron de acuerdo sobre los planes de construir un nuevo ejército iraquí, que era necesario para mantener el orden.
Al Principio
En agosto de 2002, importantes funcionarios de la administración hicieron circular un documento altamente secreto con el insulso título de Iraq: Metas, Objetivos y Estrategias'. Todavía quedaban meses de altercados en Naciones Unidas, pero funcionarios de alto rango estaban redactando los principios que guiarían la invasión si el presidente daba orden de atacar.
Las metas en Iraq eran de largo alcance. El objetivo no era solamente derrocar a un dictador, sino construir un sistema democrático. Estados Unidos conservaría, pero reformadas, a las burocracias que hacían el trabajo del día a día de administrar el país. También había metas no formuladas. Los asesores esperaban instalar un gobierno pro-estadounidense que ejercería presión sobre Siria para que dejara de apoyar a los grupos terroristas y sobre Irán para que paralizara su programa de armas nucleares.
Pero los grandes objetivos no significaban un mayor número de tropas. Desde el principio, el plan del Pentágono para invadir Iraq contrastaba fuertemente con la doctrina para usar el poder bélico que había desarrollado Colin L. Powell cuando era presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor Conjunto. En lugar de reunir en seis meses una gigantesca fuerza invasora, como se hizo para la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, el gobierno intentó atacar con una fuerza mucho menor, ya que los refuerzos todavía estaban en camino desde Oriente Medio.
La estrategia era consistente con el proyecto del ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld de transformar las fuerzas armadas de modo que dependieran menos pesadamente de las tropas de tierra y más de la tecnología, el servicio secreto y de las fuerzas de operaciones especiales.
Rumsfeld había hacía tiempo mostrado su impaciencia con lo que pensaba que era un modo de hacer la guerra que era lento, reacio a tomar riesgos y demasiado caro. Los estrategas del Comando Central del general Franks pensaban que se necesitaba un nuevo enfoque por otras razones: tomar a los iraquíes por sorpresa y evitar los planes de sabotaje de los yacimientos petrolíferos o de fortalecer las defensas de Bagdad.
"Casi todos estaban preocupados sobre lo que podría pasar en la guerra si esta se prolongaba", dijo en una entrevista el subsecretario de Defensa Douglas J. Feith. "Esto subrayó la importancia de la velocidad y de la sorpresa. Era un modo poco habitual y creativo de comenzar una guerra, con menos tropas de las que esperaba Saddam y contaba con que el flujo [de tropas] continuaría después de empezar la guerra".
Si el ejército iraquí ofrecía mayor resistencia de la que se esperaba, dijo Feith, el Pentágono podía seguir enviando tropas. Si la resistencia era ligera, como esperaban que fuera muchos asesores civiles, Washington podía detener el flujo de tropas. En la jerga del Pentágono, habría una "vía de salida".
Lograr las ambiciones de la administración significaba acabar con cualquier problema que surgiera después del colapso del gobierno de Hussein y sus represivos servicios de seguridad. Los funcionarios de la administración asumieron que las tropas norteamericanas y multinacionales ayudarían a estabilizar a Iraq, pero también creían que los iraquíes recién liberados compartirían la carga.
"La idea era que nosotros derrotaríamos al enemigo, pero que las instituciones seguirían funcionando, desde ministerios hasta fuerzas policiales", dijo en una entrevista Condoleezza Rice, la asesora de seguridad nacional del presidente. "Ellos instalarían un nuevo gobierno, y nosotros lo mantendríamos en su lugar".
Primeros Avisos
Sin embargo, algunos militares estaban preocupados de que el gobierno se quedara corto. El general Hugh Shelton, que fue presidente de los Jefes del Estado Mayor Conjunto durante los primeros nueve meses del gobierno de Bush, era uno de ellos.
El general Shelton tenía contactos en Oriente Medio que habían advertido que Iraq se podía transformar en un caos después del derrocamiento de Hussein.
En una reunión en el Pentágono a principios de 2003 con los antiguos presidentes de los Jefes del Estado Mayor Conjunto, antiguos vice-presidentes y sus sucesores, expresó su preocupación de que Estados Unidos no tuviera suficientes tropas inmediatamente después del derrocamiento del dictador. Previno que era importante tener tropas suficientes para hacer frente a lo inesperado.
En la Casa Blanca, los funcionarios estaban tratando de determinar cuántos tropas se necesitarían.
Los asesores militares en el Consejo de Seguridad Nacional prepararon una sesión informativa confidencial para Rice y su subdirector Stephen J. Hadley, en la que examinarían lo que se había necesitado en ejemplos previos de reconstrucción de posguerra.
La revisión, llamada Fuerzas de seguridad en siete recientes operaciones de estabilidad', observó que no había una regla general que se pudiera aplicar en todos los casos. Pero enfatizó un principio básico bien conocido entre estrategas militares: Independientemente de las tropas requeridas para derrotar a un enemigo, la mantención de la seguridad posterior es determinada por un conjunto enteramente diferente de consideraciones, incluyendo la población, la naturaleza del terreno y las tareas necesarias.
Si Estados Unidos y sus aliados querían mantener la misma razón de tropas de pacificación y población como en Kosovo, se dijo en la sesión, tendrían que estacionar en Iraq 480.000 tropas. Si se tomaba Bosnia como punto de referencia, se necesitarían 364.000 tropas. Si se tomaba a Afganistán como modelo, sólo se requerirían 13.900 hombres. Las cifras más altas eran consistentes con las proyecciones proporcionadas más tarde al Congreso por el general Eric K. Shinseki, entonces jefe del estado mayor del Ejército, que se necesitarían varios cientos de miles de tropas en Iraq. Pero Rumsfeld desechó esos cálculos como exagerados.
En general se requieren más tropas si los países a controlar cuentan con grandes centros urbanos. La sesión informativa indicó que tres cuartos de la población iraquí vivía en zonas urbanas. En Bosnia y en Kosovo, los habitantes de las ciudades constituían la mitad de la población. En Afganistán sólo un 18 por ciento.
Sin embargo, ni el ministerio de Defensa ni la Casa Blanca consideraron que los Balcanes debían ser el modelo a seguir. En un discurso del 14 de febrero de 2003, titulado Más allá de la reconstrucción del país', que Rumsfeld leyó en Nueva York, dijo que el gran número de tropas extranjeras para mantener la paz en Kosovo había conducido a una "cultura de la dependencia" que desalentaba a los habitantes a hacerse responsables de sí mismos.
El ministro de Defensa dijo que pensaba que había mucho que aprender de Afganistán, donde Estados Unidos no estacionó una fuerza de seguridad a nivel nacional sino descansó en un nuevo ejército afgano y tropas de otros países para ayudar a mantener la paz.
James F. Dobbins, que era el enviado especial del gobierno para Afganistán y también había prestado servicio como embajador extraordinario en Kosovo, Bosnia, Somalia y Haití, pensaba que el gobierno estaba adoptando el modelo equivocado. La antigua Yugoslavia -con sus divisiones étnicas, renqueante economía y un pasado de gobierno totalitario- tenía más paralelos con Iraq de lo que los funcionarios del gobierno estaban dispuestos a reconocer, pensó Dobbins. La anomalía era Afganistán.
"Ellos preferían encontrar un modelo para una reconstrucción exitosa de un país que no fuera asociada al gobierno previo", dijo Dobbins en una entrevista. "Y Afganistán ofrecía una respuesta mucho más agradable en términos de lo que se necesitaría en lo que se refiere a recursos, incluyendo tropas".
Cuando se aproximaba la guerra de Iraq, Dobbins supervisaba un estudio de la RAND Corporation sobre reconstrucción. Mientras más grandes las fuerzas de seguridad, menos bajas sufrirían las tropas de la alianza, concluía el estudio. Cuando L. Paul Bremer III fue nombrado administrador jefe de Iraq en mayo de 2003, Dobbins le hizo llegar una copia.
Para fines de 2002, los militares se preparaban apresuradamente. El plan de despliegue de tropas había sido diseñado de tal manera que el Pentágono pudiera regular el flujo y enviar sólo las fuerzas que fueran necesarias. A través del proceso, Rumsfeld supervisaba las peticiones de tropas. Funcionarios de Defensa dijeron que había querido asegurarse de que los despliegues no dejaran atrás a la diplomacia de Naciones Unidas y agregaron que las peticiones para Iraq debían ser estudiadas porque Estados Unidos debía hacer frente a otras crisis potenciales.
Preocupaciones En El Terreno
Pero algunos oficiales estaban preocupados acerca de lo que percibían como críticas encubiertas del Pentágono, y se quejaron por los retrasos. Por ejemplo, una importante petición de tropas hecha a fines de noviembre no fue aprobada sino un mes más tarde.
El tema llamó la atención de Newt Gingrich, el antiguo diputado republicano y miembro del Comité de Política Exterior del ministerio de Defensa [Defense Policy Board] que asesoró a Rumsfeld durante una reunión a comienzos de febrero de 2003 con oficiales norteamericanos en Kuwait. Dijo que volvería y pediría al ministro que dejara de meterse en decisiones de nivel táctico, de acuerdo de unos apuntes de la sesión de los participantes. "Lo peor que pueden hacer es quitarme el estacionamiento", dijo.
Poco antes de la guerra, Bush preguntó a sus comandantes de mayor jerarquía si tenían suficientes tropas, especificando si eran suficientes para proteger las vulnerables líneas de aprovisionamiento. "No puedo decirte cuántas veces preguntó: ¿Tienen todo lo que necesitan?'", dijo Rice. "La respuesta fue que esos eran los niveles de tropas que necesitaban".
Oficiales de alto rango reconocieron que no presionaron al presidente para que proporcionara más tropas. Pero algunos dijeron que se sentirían más cómodos con una reserva más grande. Y algunos oficiales dicen que la idea de comenzar la invasión mientras los refuerzos aún estaban en camino no les parecía una práctica muy inteligente.
El 18 de marzo, un día antes de que comenzara el conflicto, el staff de los Jefes del Estado Mayor se reunió para discutir los planes de retirar las tropas americanas una vez que hubieran triunfado. Los asesores del general Franks protestaron que la reunión era prematura.
Cuando las tropas norteamericanas avanzaron hacia Bagdad en los primeros días de la guerra, se dieron cuenta de que la batalla era diferente de lo que habían esperado. En lugar de un choque entre ejércitos, por más desiguales que fueran, las tropas norteamericanas debieron luchar contra fuerzas paramilitares e incluso con soldados kamikaze. Miles de tropas paramilitares de los Feyadines de Saddam habían infestado las ciudades del sur de Iraq, que estaban siendo utilizadas como bases para atacar las líneas de aprovisionamiento de los norteamericanos.
Pero varios días después de duros combates, los norteamericanos reanudaron su marcha hacia el norte y empezaron a prepararse para lo que pensaba que sería una confrontación final con la Guardia Republicana. Con aparentemente pocas dudas del triunfo de los norteamericanos, pronto recomenzaron las conversaciones sobre una retirada.
A mediados de abril, Lawrence di Rita, uno de los más estrechos asesores de Rumsfeld, llegó a Kuwait para unirse al equipo reunido por el general Garner, el administrador civil, que debía supervisar el Iraq post-Hussein. Bush había aceptado en enero que el ministerio de Defensa asumiera la autoridad sobre el Iraq de posguerra. Era la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que el ministerio de Asuntos Exteriores no se encargaría de una situación post-conflicto.
Dirigiéndose a los asesores de Garner en su sede en un hotel de Kuwait, Di Rita describió la visión del Pentágono, la que parecía hacerse eco de los temas tocados por Rumsfeld en su discurso del 14 de febrero. Según el coronel Paul Hughes, del Ejército, que estuvo presente en esa reunión, Di Rita dijo que el Pentágono estaba determinado a evitar compromisos militares abiertos como los de Bosnia y Kosovo, y a retirar en tres o cuatro meses a la gran mayoría de las tropas norteamericanas.
"El principal tema era que el ministerio de Defensa estaría a cargo, y esto sería totalmente diferente que en el pasado", dijo Tom Gross, un coronel del Ejército en retiro y asesor de Garner, que también estaba en la reunión. "Saldríamos de ahí muy rápidamente. Nosotros estábamos desconcertados, porque no lo veíamos como un proceso de corto plazo".
Di Rita dijo en una entrevista que él no tenía la responsabilidad de los niveles de tropas, pero agregó que los comandantes querían que el nivel de tropas de posguerra fuera lo más bajo posible.
Thomas E. White, entonces el secretario del Ejército, dijo que había recibido instrucciones similares del despacho de Rumsfeld. "Nuestras suposiciones de presupuesto eran que 90 días después de terminar la operación, retiraríamos 50.000 hombres y luego, cada 30 días, 50.000 más hasta que todo el mundo estuviera de regreso", recordó. "La idea era que fuera lo que fuera que dejáramos en Iraq, debía ser mínimo".
Las Tropas No Eran Suficientes
Incluso si el gobierno de Hussein estaba perdiendo la batalla para mantenerse en el poder, algunos informes preliminares sugerían que Iraq podía seguir siendo un campo de batalla.
El Consejo Nacional de Inteligencia había advertido en un informe de enero de 2003 que los iraquíes se sentirían ofendidos por sus liberadores, a menos que el gobierno de la ocupación encabezada por los norteamericanos procediera rápidamente a reanudar los servicios esenciales y entregase el control político a líderes iraquíes. Pero esos esfuerzos fueron exasperantemente lentos.
Mientras una gran parte del país se hundía en el caos y la anarquía, los generales norteamericanos todavía no sabían a qué tipo de insurgencia se estaban enfrentando. El limitado número de tropas norteamericanas, sin embargo, planteaba problemas para controlar las porosas fronteras de Iraq, establecer una presencia significativa en el resistente Triángulo Sunní e imponer el orden en la capital.
"Mi posición es que perdimos la oportunidad y que la insurgencia no era inevitable", dijo James A. (Araña) Marks, un general de división del Ejército, jubilado, que prestó servicio como jefe de inteligencia del comando de guerra terrestre. "Teníamos ventaja cuando entramos y pusimos a correr a las tropas de Saddam. Pero no teníamos suficientes tropas", continuó. "Primero, no teníamos suficientes tropas como para dirigir patrullas de combate en números suficientes como para obtener inteligencia sólida y hacernos una buena idea del enemigo en el terreno. En segundo lugar, necesitábamos más tropas para actuar sobre los datos que recibíamos. Ellos sacaron ventaja de nuestras limitaciones de tropas".
En Bagdad, algunos vecindarios eran particularmente peligrosos y las tropas norteamericanas no pudieron realizar patrullas. La Tercera División de Infantería, la primera gran unidad que se aventuró en la ciudad, tenía unas 17.000 tropas. Pero era una división motorizada, y sólo una parte de ella podía realizar patrullas a pie. La tripulación de los tanques tuvo que esperar a que llegaran las armaduras personales.
Los insurgentes encontraron refugio al norte y oeste de Bagdad, en las volátiles ciudades del Triángulo Sunní, mientras tramaban nuevos ataques.
En Faluya, que se transformaría en un hervidero de la insurgencia, las tropas no llegaron sino el 24 de abril, dos semanas después de que entraran las tropas norteamericanas en Bagdad. Los primeros en llegar fueron los soldados de la División Aerotransportada Nº82. Pero debido a las constantes rotaciones de tropas y a su número limitado, la responsabilidad de la ciudad cambiaba repetidas veces. Las crónicas rotaciones hacían difícil para los norteamericanos cultivar lazos con los residentes y recabar datos de inteligencia útiles. Hoy, la ciudad es una zona prohibida y está rodeada por marines norteamericanos.
El teniente coronel Joseph Apodaca, un agente de inteligencia de la Marina ahora jubilado, dijo que hubo indicios tempranos en el sur dominado por los musulmanes chiíes, de que las fuerzas paramilitares a las que estaban haciendo frente las tropas norteamericanas podían señalar una insurgencia más amplia. Pero dar caza a rebeldes potenciales no era la misión asignada a los marines, y ellos no tenían tropas suficientes para la tarea, dijo.
"El plan general era atrapar a Saddam Husein", recordó el coronel Apodaca. "El punto de partida era que cuando la gente se diera cuenta de que ya no estaba, eso pondría a la población de nuestro lado y facilitaría la transición hacia la reconstrucción. Nosotros no teníamos que agarrar a esos tipos cuando manejaran las ciudades más pequeñas. No teníamos realmente los niveles de tropas como para reprimir la insurgencia".
La Esperanza Multinacional
Sin embargo, en Washington, funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono pensaron que lo más difícil ya había pasado. El objetivo de ganar rápidamente el apoyo de los iraquíes se frustró cuando los policías abandonaron sus puestos y las unidades militares iraquíes no se rindieron en masa. Pero el gobierno pensó que gran parte de la carga podía ser traspasada a las fuerzas multinacionales.
El 15 de abril de 2003, Bush reunió a su Consejo Nacional de Seguridad y discutió la idea de pedir fuerzas de mantenimiento de la paz a otros países de modo que Estados Unidos pudiera comenzar a retirar sus tropas. Incluso aunque había una amplia oposición a la invasión, los funcionarios del gobierno pensaron que algunos gobiernos pondrían de lado sus objeciones una vez que la victoria estuviera a la mano y los iraquíes comenzaran a formar un nuevo gobierno.
Los funcionarios del Pentágono informaron al presidente sobre un plan para formar cuatro divisiones: una con tropas de la OTAN; otra con el Consejo de Cooperación del Golfo, una asociación de países del Golfo Pérsico; una comandada por Polonia; y otra por el Reino Unido. La idea era que Estados Unidos no tuviera en Iraq más que una o dos divisiones.
Al día siguiente, el general Franks viajó a Bagdad e instruyó a sus comandantes para que diseñaran planes de retirada. En una reunión en ese palacio con sus comandantes, observó que era posible que Estados Unidos agotara la actitud positiva de los iraquíes y tuviera que mantener demasiadas tropas durante demasiado tiempo en Iraq. Dijo que se esperaba que hubiera un gobierno iraquí interino funcionando dentro de 30 a 60 días. Dijo a sus comandantes que se prepararan para correr riesgos mientras llegaran las tropas.
Después de esa reunión, el general y sus oficiales participaron en una video-conferencia con Bush. El presidente preguntó sobre la integración de tropas extranjeras en las fuerzas de seguridad. Al observar que el ministro de Asuntos Exteriores y Rumsfeld solicitarían tropas a otros países, el general dijo que pensaba hablar con sus oficiales en los Emiratos Árabes Unidos sobre una división árabe.
La notificación del general Franks de que se prepararan para correr riesgos alarmó al general Garner, el administrador civil. Temiendo que una reducción de tropas prematura amenazara la misión de construir un nuevo Iraq, el general Garner transmitió su preocupación al teniente general David McKiernan, el comandante en jefe aliado de las fuerzas de tierra.
"No había duda de que ganaríamos la guerra", recordó el general que dijo al general McKiernan, "pero sí las había sobre si ganaríamos la paz".
Poco después, el Pentágono empezó a cerrar el grifo de tropas hacia Iraq.
Rumsfeld había comenzado a preguntarse si los militares todavía necesitaban a la Primera División de Caballería del Ejército, una fuerza de 17.500 miembros que estaba programada para que siguiera a la principal fuerza de invasión de Iraq. Él y el general Franks discutieron repetidas veces sobre el tema.
"Rumsfeld aburrió a Franks", dijo White, el antiguo secretario del Ejército que fue despedido después de disputas con Rumsfeld. "Si fastidias a los militares por un tiempo suficientemente largo, te dirán finalmente: Está bien, haré lo mejor que pueda con la gente que tengo'. El carácter de Rumsfeld es que te cansas discutiendo con él".
Un Despliegue Cancelado
El general Franks insistió en que él no había sido consultado sobre el tema de la Primera Caballería. "Esa fue una idea de Rumsfeld", dijo, refiriéndose a la cancelación del despliegue.
"Rumsfeld no me obligó obedecer. Al principio, yo no quería detener el flujo de tropas, pero como parecía que habría una mayor participación internacional, concluí que estaba bien parar los traslados".
El general Franks también dijo que aceptó la sugerencia sólo después de que comandantes de operaciones decidieran que la división no era necesaria. Pero un antiguo oficial del staff del general McKiernan dijo que el comandante de guerra terrestre había querido que la unidad fuera desplegada y estaba decepcionado de tener que seguir adelante sin esa división adicional. El despliegue de la división fue cancelado el 21 de abril.
No pasó mucho tiempo antes de que las charlas optimistas sobre una retirada rápida de las tropas norteamericanas fueran dejadas de lado. Ni la OTAN ni los países del Golfo Pérsico querían enviar tropas a Iraq. Un general norteamericano fue enviado a Nueva Dheli a hablar con los indios, pero las esperanzas de conseguir tropas de ese país se desvanecieron pronto. Más tarde Turquía ofreció tropas de mantenimiento de la paz, pero los iraquíes no lo aceptaron. Sólo se hicieron realidad las divisiones polacas y británicas.
En mayo, poco después de llegar, Bremer, que remplazó antes de lo esperado al general Garner como el principal funcionario de la ocupación, comenzó a preocuparse de que las tropas norteamericanas se estaban estirando demasiado. A fines de junio, John Sawers, el funcionario británico de mayor jerarquía en Iraq, envió un informe confidencial a su gobierno donde hacía la crónica de las preocupaciones de Bremer.
"Una Semana Difícil En Iraq"
"Ha sido una semana difícil en Iraq", escribió Sawers. "La nueva amenaza es un bien coordinado sabotaje de la infraestructura. Un ataque contra el tendido eléctrico el fin de semana pasada causó una serie de repercusiones que han reducido a la mitad la capacidad de generación de electricidad en Bagdad y muchas otras partes del país".
"El petróleo y el gas son otros objetivos, con cinco ataques exitosos esta semana contra los oleoductos", continuó. "También estamos presenciando los primeros indicios de intimidación de los iraquíes que trabajan para la coalición".
"La principal preocupación de Bremer es que debemos mantener una capacidad militar suficiente en el país para asegurar la seguridad en todo el país", informó Sawers. "Ha dicho dos veces al presidente Bush que está preocupado de que la reducción de tropas norteamericanas y británicas ha ido demasiado lejos y ahora no podemos permitirnos mayores reducciones".
Bremer también cuestionó si las fuerzas multinacionales "serán lo suficientemente fuertes cuando sea necesario actuar", informó Sawers.
De acuerdo a funcionarios norteamericanos, Bremer expuso el problema de las tropas en una video-conferencia del 18 de junio. Bremer dijo que Estados Unidos debía tener cuidado de no retirar demasiadas tropas. El presidente dijo que el plan ahora era rotar las tropas, no retirarlas, y estuvo de acuerdo con que Washington debía mantener niveles adecuados de tropas.
Sin embargo, las fuerzas norteamericanas se redujeron de unas 150.000 en julio de 2003 a 108.000 en febrero de 2004, antes de volver a aumentar cuando la violencia se incrementó fuertemente a principios de este año. Algunas de las reducciones de tropas fueron contrarrestadas por la llegada de la división comandada por los polacos en agosto de 2003.
El general Franks dijo que había tratado de cerciorarse con Bremer si tendría tropas suficientes a fines de mayo. Mientras Bremer decía que no podía lograr que la economía iraquí volviera a funcionar sino hasta que los militares norteamericanos aseguraran la tranquilidad del país, el general Franks afirmaba que el lento ritmo de la reconstrucción estaba minando su seguridad.
"Alguna gente dice que no puede haber una reconstrucción económica en un país si no hay seguridad", recordó el general Franks refiriéndose a Bremer y otros en la Autoridad Provisional de la Coalición APC. "Cuando hablaba con Jerry Bremer, le decía: Mira, Jerry, tú quieres hablar de la seguridad en términos de tropas. Yo hablo sobre la APC y cuántos civiles -grumos, los llamo yo- tienen en esas 18 provincias para que manejen el dinero, lo destinen en proyectos de trabajo civiles y saquen a la gente enfadada de la calles de modo que necesitemos menos tropas".
Este debate entre Bremer, que no quiso hacer comentarios para este artículo, y oficiales de alta jerarquía en Iraq se transformaría en una cantinela conocida.
¿Qué Salió Mal?
Para algunos de los que prestaron servicio en Iraq, el verano de 2003 fue una temporada de oportunidades perdidas. Ahora hay un apasionado debate sobre qué salió mal.
"El combate es una serie de operaciones y la parte más crítica de una operación es la transición del combate a la estabilidad y las operaciones de apoyo", dijo un general. "Cuando no tienes suficiente poder de combate, terminas entregándole al enemigo una oportunidad de atacar tus puntos vulnerables".
Por su parte, el general Franks dijo que Estados Unidos tenía suficientes tropas de combate en Iraq, pero no suficiente gente para asuntos civiles, policía militar y otras unidades cuyo propósito es establecer el orden una vez que los enfrentamientos bélicos han pasado. El problema, dijo, no es el nivel de fuerzas sino su composición.
Diciendo que no estaba criticando a Rumsfeld, el general Franks sugirió que eso fue en parte el resultado de dificultades a la hora de aprobar las peticiones de tropas del Comando Central en el Pentágono. También dijo que los retrasos en la obtención de fondos del Congreso para los proyectos de reconstrucción y la decisión de muchos gobiernos extranjeros de no enviar tropas había contribuido a una prolongaba intranquilidad en Iraq.
Rice responsabilizó fundamentalmente a los insurgentes del hecho de que muchas tropas iraquíes huyeron durante la marcha norteamericana sobre Bagdad, sólo para luchar al día siguiente. También dijo que la población sunní minoritaria, que fue dominante en el gobierno de Hussein, se sentía desplazada, y eso contribuyó a una "atmósfera permisiva".
"Todo gran cambio histórico es turbulento", dijo. "Hubo un montón de planificación basada en presuposiciones, en datos de inteligencia. Pero cuando el plan se lleva a la práctica lo que se transforma en problema es lo que no fue previsto. Así la pregunta real es si puedes ajustar el plan y hacer los cambios necesarios".
El general Garner dijo que los errores del gobierno habían hecho más fácil que la resistencia lograra establecerse.
"John Abizaid fue el único que pensó en la posguerra", dijo el general Garner, refiriéndose al general que prestó servicio como lugarteniente del general Franks y finalmente su sucesor. "El gobierno de Bush no pensó en ello. Condi Rice no pensó en ello. Tampoco Doug Feith. Tú podías informarles, pero nunca vimos nunca iniciativa que emanara de esas sesiones. Asentían a todo, eso era todo. Así pasa con las cosas que terminan en tragedias".
19 de octubre de 2004
29 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh
©http://www.nytimes.com/2004/10/19/international/19war.html
PIDEN INVESTIGAR A HALLUBURTON POR CONTRATOS FUERA DE LICITACIÓN Y SOBREFACTURACIONES - erik eckholm
La compañía del vice-presidente norteamericano Dick Cheney, activa en Iraq y los Balcanes, ha recibido millonarios contratos fuera de licitación. Ahora está acusada de sobre-facturar al gobierno. Cheney fue uno de los más ardientes partidarios de la guerra contra Iraq.
Una funcionaria civil de alto rango encargada de las contrataciones para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército acusa al Ejército de otorgar a la Halliburton Company importantes contratos de trabajo en Iraq y en los Balcanes sin respetar las reglas que aseguran una competencia honesta y precios justos para el gobierno. Ha pedido que se realice una investigación de alto nivel de lo que describe como amenazas a la "integridad del programa federal de contrataciones".
La funcionaria, Bunnatine H. Greenhouse, dijo que en al menos un caso ella fue testigo de que oficiales del Ejército permitieron inapropiadamente que representantes de Halliburton participaran en una reunión en la que se discutían los términos de un contrato que la compañía aún no había recibido.
Sus acusaciones constituyen el primer informe extenso de discusiones que han enturbiado a la burocracia militar a raíz de contratos con esa compañía.
En una carta del 21 de octubre al secretario del Ejército interino, Greenhouse dijo que tras sus repetidas preguntas sobre los contratos con Halliburton, fue excluida de decisiones importantes para asignar fondos y se puso en cuestión su función laboral. En respuesta, oficiales del Ejército han referido sus acusaciones a la oficina de investigaciones del Pentágono y prometieron de momento conservarla en su posición.
Greenhouse, 62, es una veterana en el aprovisionamiento de los militares y sirve en el Cuerpo de Ingenieros como la principal asistente responsable de los contratos -la funcionaria de la mayor jerarquía que supervisa los contratos de la agencia. También es la principal encargada de revisar el respeto de las reglas del Pentágono que tienen por objetivo protegerlo de influencias externas y fomentar la competencia.
Los contratos otorgados a Halliburton, un conglomerado con sede en Houston y encabezado por Dick Chener antes de que fuera nombrado vice-presidente, han provocado controversias y acusaciones de favoritismo debido que algunos contratos le fueron otorgados fuera de licitación. Las operaciones de la compañía en Iraq, por trabajos de un valor superior de 10 billones de dólares, también han estado acosadas por acusaciones de sobre-facturación y despilfarro y han sido un tema de la campaña presidencial.
El Pentágono ha afirmado que cuando empezó la invasión de Iraq, Halliburton era la única compañía capaz de proveer servicios con la rapidez y confidencialidad requeridas. Pero auditores del Pentágono cuestionaron más tarde las prácticas de facturación de la compañía y encontraron ejemplos de gastos imprudentes y facturas injustificadas.
Halliburton ha negado repetidas veces las acusaciones, diciendo que se ha desempeñado bien en una zona de guerra y que muchos de sus críticos tienen motivaciones políticas.
Los abogados de Greenhouse enviaron la carta en su nombre al secretario interino del Ejército, Les Brownlee, pidiendo una investigación de alto nivel de lo que la carta describe como amenazas para la "integridad del programa federal de contrataciones".
Enviaron copias a varios comités del Congreso, y un miembro del staff del Congreso hizo llegar una copia al Times. Partes de la carta fueron citadas el domingo en un suplemento del Times.
En una respuesta datada el 22 de octubre, Robert Fano, abogado del departamento del Ejército, dijo que el secretario interino había referido su carta al inspector general del Pentágono "para su revisión y acción apropiadas" y que había instruido al Cuerpo de Ingenieros del Ejército "suspender toda medida laboral adversa" contra Greenhouse.
Algunos de los contratos que Greenhouse dice que ella cuestionó, incluyendo un acuerdo fuera de licitación con la subsidiaria de Halliburton, Kellog Brown & Root KBR a principios de 2003 para reparaciones en la industria del petróleo en Iraq que fue inicialmente tasada en 7 billones de dólares en cinco años, ya han provocado debates en el Congreso y en los medios de comunicación. En la tormenta que se provocó, el contrato fue más tarde reducido a un año y se llamó a licitación, como había recomendado Greenhouse al principio.
Otra decisión, tomada esta primavera para extender por 11 meses adiciones sin licitación un contrato con KBR para proporcionar servicios logísticos en los Balcanes, ha recibido menos atención. En este caso, dijo Greenhouse, donde las operaciones han durado ya cuatro años, los alegatos de emergencia o de que KBR era el único proveedor disponible, no son sostenibles. Con la extensión, la compañía se asegurará 165 millones de dólares.
Kohn dijo que Greenhouse "no buscaba de ningún modo" indemnizaciones económicas a través de la ley federal de denuncias, que ofrece substanciales sumas de dinero a funcionarios que denuncian casos de fraude. Debido a la posición de su cargo ejecutivo, tampoco puede ser despedida fácilmente, aunque sí puede ser transferida a un cargo de menos responsabilidad.
"El proceso de contrataciones del Cuerpo de Ingenieros del Ejército se ha quebrantado y ella cree que no puede continuar su trabajo en esas condiciones", dijo en una conferencia telefónica Michael D. Khon, un socio de Kohn, Kohn & Colapinto, que representan a Greenhouse y firmaron la carta del 21 de octubre.
Greenhouse dijo que ella no cederá entrevistas sin permiso de su empleador, por temor a represalias, dijo Kohn.
"Empleados del gobierno de Estados Unidos han tomado decisiones impropias que favorecieron los intereses de KBR", dijo en la carta, y Greenhouse "tuvo que soportar repetidas veces interferencias en su trabajo" como supervisora jefe.
En el caso del contrato petrolero de 2003, a KBR se le otorgó un contrato secreto meses antes de que se diseñaran planes para reparar instalaciones petrolíferas. Una vez que comenzó la invasión, se relata en la carta, se consideró a la empresa como la única compañía que estaba en posición de llevar a cabo el plan.
Greenhouse dice que ella argumentó hasta el cansancio que los contratos fuera de licitación no podían otorgarse por períodos superiores a un año. En lugar de eso, a la compañía se le otorgó un contrato de cinco años por un valor de 7 billones de dólares.
Cuando elaboraban el contrato final, dice Greenhouse, oficiales del Ejército se reunieron el 26 de febrero de 2003 para discutir las tareas y costes, y se invitó a participar en la reunión a representantes de KBR. "Finalmente las discusiones giraron sobre asuntos que estaban fuera del rango de información a la que podía tener acceso una compañía como KBR" antes de que el contrato hubiera sido redactado completamente, concluyó Greenhouse en la carta.
Tras protestar los funcionarios de la compañía abandonaron la reunión, pero "la línea entre funcionarios de gobierno y la KBR se había enturbiado tanto que originó un conflicto de intereses", dice la carta.
La compañía obtuvo 2.4 billones por ese contrato durante el primer año, antes de que el Pentágono lo redujera y llamara a licitación para el proyecto. La compañía ganó una parte del proyecto en esa licitación.
En otro caso, a fines de 2003, cuando los auditores del Pentágono descubrieron que Halliburton había sobre-facturado al gobierno por un valor de 61 millones de dólares en concepto de combustibles, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército emitió una inusual renuncia [de derechos] calificando de razonable el precio. Greenhouse dice en la carta que los oficiales la excluyeron deliberadamente de la decisión y obligaron a uno de sus subordinados a firmar el documento.
25 de octubre de 2004
29 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Una funcionaria civil de alto rango encargada de las contrataciones para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército acusa al Ejército de otorgar a la Halliburton Company importantes contratos de trabajo en Iraq y en los Balcanes sin respetar las reglas que aseguran una competencia honesta y precios justos para el gobierno. Ha pedido que se realice una investigación de alto nivel de lo que describe como amenazas a la "integridad del programa federal de contrataciones".La funcionaria, Bunnatine H. Greenhouse, dijo que en al menos un caso ella fue testigo de que oficiales del Ejército permitieron inapropiadamente que representantes de Halliburton participaran en una reunión en la que se discutían los términos de un contrato que la compañía aún no había recibido.
Sus acusaciones constituyen el primer informe extenso de discusiones que han enturbiado a la burocracia militar a raíz de contratos con esa compañía.
En una carta del 21 de octubre al secretario del Ejército interino, Greenhouse dijo que tras sus repetidas preguntas sobre los contratos con Halliburton, fue excluida de decisiones importantes para asignar fondos y se puso en cuestión su función laboral. En respuesta, oficiales del Ejército han referido sus acusaciones a la oficina de investigaciones del Pentágono y prometieron de momento conservarla en su posición.
Greenhouse, 62, es una veterana en el aprovisionamiento de los militares y sirve en el Cuerpo de Ingenieros como la principal asistente responsable de los contratos -la funcionaria de la mayor jerarquía que supervisa los contratos de la agencia. También es la principal encargada de revisar el respeto de las reglas del Pentágono que tienen por objetivo protegerlo de influencias externas y fomentar la competencia.
Los contratos otorgados a Halliburton, un conglomerado con sede en Houston y encabezado por Dick Chener antes de que fuera nombrado vice-presidente, han provocado controversias y acusaciones de favoritismo debido que algunos contratos le fueron otorgados fuera de licitación. Las operaciones de la compañía en Iraq, por trabajos de un valor superior de 10 billones de dólares, también han estado acosadas por acusaciones de sobre-facturación y despilfarro y han sido un tema de la campaña presidencial.
El Pentágono ha afirmado que cuando empezó la invasión de Iraq, Halliburton era la única compañía capaz de proveer servicios con la rapidez y confidencialidad requeridas. Pero auditores del Pentágono cuestionaron más tarde las prácticas de facturación de la compañía y encontraron ejemplos de gastos imprudentes y facturas injustificadas.
Halliburton ha negado repetidas veces las acusaciones, diciendo que se ha desempeñado bien en una zona de guerra y que muchos de sus críticos tienen motivaciones políticas.
Los abogados de Greenhouse enviaron la carta en su nombre al secretario interino del Ejército, Les Brownlee, pidiendo una investigación de alto nivel de lo que la carta describe como amenazas para la "integridad del programa federal de contrataciones".
Enviaron copias a varios comités del Congreso, y un miembro del staff del Congreso hizo llegar una copia al Times. Partes de la carta fueron citadas el domingo en un suplemento del Times.
En una respuesta datada el 22 de octubre, Robert Fano, abogado del departamento del Ejército, dijo que el secretario interino había referido su carta al inspector general del Pentágono "para su revisión y acción apropiadas" y que había instruido al Cuerpo de Ingenieros del Ejército "suspender toda medida laboral adversa" contra Greenhouse.
Algunos de los contratos que Greenhouse dice que ella cuestionó, incluyendo un acuerdo fuera de licitación con la subsidiaria de Halliburton, Kellog Brown & Root KBR a principios de 2003 para reparaciones en la industria del petróleo en Iraq que fue inicialmente tasada en 7 billones de dólares en cinco años, ya han provocado debates en el Congreso y en los medios de comunicación. En la tormenta que se provocó, el contrato fue más tarde reducido a un año y se llamó a licitación, como había recomendado Greenhouse al principio.
Otra decisión, tomada esta primavera para extender por 11 meses adiciones sin licitación un contrato con KBR para proporcionar servicios logísticos en los Balcanes, ha recibido menos atención. En este caso, dijo Greenhouse, donde las operaciones han durado ya cuatro años, los alegatos de emergencia o de que KBR era el único proveedor disponible, no son sostenibles. Con la extensión, la compañía se asegurará 165 millones de dólares.
Kohn dijo que Greenhouse "no buscaba de ningún modo" indemnizaciones económicas a través de la ley federal de denuncias, que ofrece substanciales sumas de dinero a funcionarios que denuncian casos de fraude. Debido a la posición de su cargo ejecutivo, tampoco puede ser despedida fácilmente, aunque sí puede ser transferida a un cargo de menos responsabilidad.
"El proceso de contrataciones del Cuerpo de Ingenieros del Ejército se ha quebrantado y ella cree que no puede continuar su trabajo en esas condiciones", dijo en una conferencia telefónica Michael D. Khon, un socio de Kohn, Kohn & Colapinto, que representan a Greenhouse y firmaron la carta del 21 de octubre.
Greenhouse dijo que ella no cederá entrevistas sin permiso de su empleador, por temor a represalias, dijo Kohn.
"Empleados del gobierno de Estados Unidos han tomado decisiones impropias que favorecieron los intereses de KBR", dijo en la carta, y Greenhouse "tuvo que soportar repetidas veces interferencias en su trabajo" como supervisora jefe.
En el caso del contrato petrolero de 2003, a KBR se le otorgó un contrato secreto meses antes de que se diseñaran planes para reparar instalaciones petrolíferas. Una vez que comenzó la invasión, se relata en la carta, se consideró a la empresa como la única compañía que estaba en posición de llevar a cabo el plan.
Greenhouse dice que ella argumentó hasta el cansancio que los contratos fuera de licitación no podían otorgarse por períodos superiores a un año. En lugar de eso, a la compañía se le otorgó un contrato de cinco años por un valor de 7 billones de dólares.
Cuando elaboraban el contrato final, dice Greenhouse, oficiales del Ejército se reunieron el 26 de febrero de 2003 para discutir las tareas y costes, y se invitó a participar en la reunión a representantes de KBR. "Finalmente las discusiones giraron sobre asuntos que estaban fuera del rango de información a la que podía tener acceso una compañía como KBR" antes de que el contrato hubiera sido redactado completamente, concluyó Greenhouse en la carta.
Tras protestar los funcionarios de la compañía abandonaron la reunión, pero "la línea entre funcionarios de gobierno y la KBR se había enturbiado tanto que originó un conflicto de intereses", dice la carta.
La compañía obtuvo 2.4 billones por ese contrato durante el primer año, antes de que el Pentágono lo redujera y llamara a licitación para el proyecto. La compañía ganó una parte del proyecto en esa licitación.
En otro caso, a fines de 2003, cuando los auditores del Pentágono descubrieron que Halliburton había sobre-facturado al gobierno por un valor de 61 millones de dólares en concepto de combustibles, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército emitió una inusual renuncia [de derechos] calificando de razonable el precio. Greenhouse dice en la carta que los oficiales la excluyeron deliberadamente de la decisión y obligaron a uno de sus subordinados a firmar el documento.
25 de octubre de 2004
29 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh