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familia con pasión por los perros 2


[Eli Saslow] Con una pasión que lo abarca todo, esta familia de Pensilvania es una raza aparte.
Homer City, Pensilvania, Estados Unidos. Un poco antes de las diez de la noche de un jueves, Amanda y Curt se encaminaron hacia su camión con aspecto de mineros del carbón. Curt llevaba vaqueros, botas de montaña y un casco rojo adornado con una luz delantera. Amanda se colgó una linterna en el cinturón y se echó otra sobre la espalda. La pareja planeaba pasar las siguientes tres horas aislados, caminando y trepando por las montañas cerca de su casa en la oscuridad de la medianoche.
Normalmente hacían esta rutina al menos cuatro noches cada semana, porque los jueces preferían a los perros que mantenían en alto los orígenes de la raza. Normalmente los coonhounds persiguen a los mapaches en los árboles, arrinconándolos para que sus dueños les disparen y maten. Con la caza, desarrollaron fuertes músculos de las patas traseras y robustos lomos, y Curt y Amanda querían perros que se vieran como cazadores de mapaches, aunque la pareja rara vez disparaba contra ellos.
Curt metió a dos perros en la parte trasera de la camioneta. Pasó frente a la gasolinera Sheetz, la guarida de los adolescentes del pueblo los viernes noche, y frente a unas tiendas abandonadas y pequeños ranchos rodeados por hectáreas de pastizales. Unos minutos después, habían salido de Homer City, un pueblo que todavía debe recuperarse del cierre de la mina local hace más de una década. Cinco kilómetros después en un ondulado camino vecinal, Curt se detuvo y amarró una luz fluorescente y un dispositivo de rastreo al collar de cada uno de los perros. Entonces, contra todo instinto natural de un dueño de perros, los soltó en el bosque.
Curt, un tipo ameno y ocurrente, de Hickory, Carolina del Norte, conoció a Amanda hace cuatro años. En aquella época tenía a algunos perros compitiendo en el segmento de caza del circuito de coonhounds, que consiste en unos ciento cincuenta concursos organizados sea por el Club Canino de Estados Unidos [American Kennel Club] o el Club Canino Unido [United Kennel Club]. Los concursos y cacerías caninas se realizan a menudo en los mismos lugares y Curt había observado a Amanda. Curt finalmente la invitó a cenar y, algunos años más tarde, se mudó a Homer City para vivir con ella y ayudarla a cuidar de los perros. Todavía participó en algunos concursos de caza más con los sabuesos de Amanda.
Mientras los dos perros chapoteaban en los arroyos y corrían por los maizales en la húmeda noche, Curt se quedó junto a la camioneta, sacudiéndose las luciérnagas y escuchando el avance de los perros. Ahora, a casi un kilómetro y medio de distancia, se comunicaron con Curt por medio de una serie de ladridos específicos. Emitían alaridos agudos cuando captaban el olor de un mapache, y aullaban con creciente frecuencia cuando perseguían al animal y acortaban distancia. Cuando el asustado mapache finalmente se trepó a un árbol a eso de una hora más tarde, los perros se pararon en sus patas traseras y arañaron la corteza mientras aullaban. Habían sido adiestrados para girar en torno al árbol, ladrando, hasta que Curt los encontrara. A veces, eso tomaba varias horas.
Curt alumbró con su linterna y caminó en dirección a los ladridos, sin saber a ciencia cierta qué encontraría. La adrenalina le compelía siempre a seguir a sus perros -a pesar de la oscuridad, la densidad del bosque y los animales que moraban en este.
Los sabuesos de los Alexander cazaban a veces a zarigüeyas, venados, gatos monteses y osos. Otras veces, cansados como atletas, Curt ordenaba a los perros que abandonaran la cacería y ladraran al pie de un árbol cualquiera, de modo de poner fin a la caza y volver a casa. En las peores noches, los sabuesos se herían a sí mismos cuando corrían por el bosque a veinticinco kilómetros por hora. Una vez un perro emergió del bosque con una púa de puercoespín clavada el centro del globo del ojo -una herida que curó, por recomendación de un veterinario, con Krazy Blue. Otro perro tropezó y se dislocó un hueso, y hubo que hacer doce visitas a un especialista en Columbus, Ohio.
"Creo que atraparon a un mapache esta noche", dijo Curt. "Suena como si lo estuvieran persiguiendo". "No están en forma", dijo Amanda, una línea de sudor formándose en su gorra de béisbol gris. "Podrían estar engañándonos"".
Después de diez minutos de abrirse camino por el bosque, Curt y Amanda encontraron a sus perros dando brincos de un metro al pie de un árbol de doce metros. Los perros movían sus rabos y alzaban sus cabezas hacia arriba, como si buscasen entre las ramas al mapache. Curt apartó a los perros y apuntó al árbol con su linterna, esperando encontrar al mapache. Pesadas hojas y la oscuridad envolvían las ramas, y Curt no encontró nada.
"Estoy seguro de que ahí hay uno", dijo Curt. "Solo que no lo podemos ver".
Amanda puso correa a los perros y la pareja volvió a la camioneta.
Mapache o no, esta noche no importaba. Era poco más de medianoche y empezaba a lloviznar, y esta expedición de cacería ya había sido considerada un éxito. Los coonhounds emergieron del bosque unos pasos más cerca de la condición que les permitiría inscribirse en un concurso canino. Los músculos de sus patas traseras sobresalían. Sus lomos parecían fuertes. Probablemente habían perdido medio kilo de grasa cada uno, dijo Amanda. Por primera vez, los cansados perros volvieron en silencio a sus casetas.

La primera mañana de un torneo canino un fin de semana el mes pasado, Amanda y Curt se levantaron a las cuatro de la mañana y usaron sus linternas para subir a cuatro plott coonhounds en la parte de atrás de una caravana. Condujeron durante dos horas al sudoeste de Homer City y salieron de la autopista en Waynesburg, cerca de la frontera con West Virginia. Al romper el día, Curt y Amanda aparcaron su caravana en el aparcadero de una polvorienta pista de carrera de trotones en los Greene County Fairgrounds. Los rodeaban más de mil perros y cien caravanas.
Para Amanda se veía igual que cualquier otro concurso del American Kennel Club en cualquier otra ciudad en cualquier fin de semana. Los vendedores se habían instalado debajo de las tribunas, y uno de ellos vendía bollitos de manzanas fritas y helado de vainilla como desayuno. Cientos de metros en cualquier dirección, los perros descansaban en el sol o estiraban sus músculos antes del concurso. Los animales se pavoneaban como superestrellas, y los dueños ajetreaban en torno a ellos como sus séquitos.
Algunos días antes en su peluquería canina, Amanda había pasado noventa minutos poniendo en forma a sus cuatro plott coonhounds. Había recortado y limado sus uñas, recortado el pelo del bajo vientre y frotado con bastoncillos de algodón la parte interior de sus orejas. Pero cuando emergió de su caravana y echó un vistazo por el terreno, Amanda se preguntó si acaso se había preparado lo suficiente. A su alrededor, los cuidadores rociaban a sus perros con color de cabellos, sombreaban sus ojos con rímel, blanqueaban sus uñas con tiza y alisaban su pelaje con planchas.
Hasta hace poco, Amanda había competido casi exclusivamente en el United Kennel Club, una organización menos prestigiosa, y menos formal, popular entre los dueños de coonhounds. Contó que en los eventos del United Kennel Club, las feces de perros cubrían el suelo y los dueños de perros escupían tabaco en la pista del concurso. En los eventos del American Kennel Club, incluyendo el renombrado concurso canino del Westminster Kennel Club, los manejadores profesionales lucían trajes de tres piezas en la pista del concurso.
Amanda había decidido convertirse en uno de los primeros dueños en llevar a coonhounds al AKC debido a que creía que la organización se ajustaba mejor a su naturaleza competitiva. Aunque antes se contentaba con ganar una cinta, ahora desdeñaba cualquier cosa que no fuera el primer lugar. Reconocía imperfecciones de sus perros que nunca antes había observado: un ojo izquierdo flácido, o la piel suelta debajo de su cuello, o patas demasiado grandes.
"Me gustaría volver a ser feliz con cualquier cosa", dijo Amanda.
De momento estaba satisfecha con que Storm ganara el concurso de plotts de la mañana. Veinte minutos antes del concurso general de sabuesos de la tarde, Amanda salió de la caravana con una chaqueta verde, pantalones caqui y una blusa morada. Puso la correa a Storm y se encaminó hacia una cuadra en un extremo de los terrenos de la feria. Allá, Amanda y Storm entraron a una pequeña pista y se instalaron junto a otros diecisiete sabuesos con sus dueños.
Mientras otros dueños colocaban a sus perros en posición ofreciéndoles toda una serie de delicias, Amanda había practicado con Storm tan a menudo que el perro la obedecía instintivamente. Amanda utilizaba sólo una palabra con sus perros, variando los decibeles y el tono cuando necesario. Mientras colocaba en línea las patas de Storm para que correspondieran con sus caderas y levantara el rabo, Amanda le susurró al perro en su oreja.
"Woe", dijo Amanda. "¡Woe! Wooooee. ¡Woe! Eso es. Woe. Buena chica".
Un juez se acercó a Storm y la examinó. Chequeó sus dientes, apretó los músculos de sus muslos y las patas. El perro se quedó inmóvil, como una escultura, hasta que el juez les ordenó que corrieran describiendo un círculo en la pista. Dieron una rápida vuelta y volvieron hacia el juez, que volvió a examinar a Storm y luego despidió al perro. Diez minutos después el juez nombró a los cuatro hounds ganadores. Storm no era uno de ellos.
De regreso en su caravana cinco minutos después, Amanda llamó a su papá y le contó la mala noticia, acariciando a a Storm en la frente con su mano derecha. Los hombros de Amanda se hundieron, y se apoyó contra la caravana, exhausta. Pensaba conducir las dos horas de regreso a Homer City para ocuparse de sus otros perros esa noche. Luego, después de algunas horas de sueño, despertaría a las cuatro de la mañana para conducir a Waynesburg, para otro concurso a la mañana siguiente. Curt se acercó y puso una mano en los hombros de Amanda.
"¿Estás bien?", le dijo.
"Estoy un poco decepcionada", dijo Amanada. "Lo hicimos bien. Storm estuvo perfecto. No sé por qué no le gustamos".
"Quizás les gustemos mañana", dijo Curt.
Metió su mano al bolsillo y sacó las dos pequeñas cintas que Storm había ganado en el torneo de la mañana.
"Hey", dijo Curt, sosteniendo las cintas. "Al menos no nos vamos con las manos vacías".

16 de julio de 2007
7 de julio de 2007
©washington post
©traducción mQh
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familia con pasión por los perros 1


[Eli Saslow] Con una pasión que lo abarca todo, esta familia de Pensilvania es una raza aparte.
Homer City, Pensilvania, Estados Unidos. Cuando el chirrido de las garras contra las vallas de metal se hacía insoportable, cuando ya no podían aguantar la cacofonía de aullidos y gañidos que retumbaban en las calles de este pueblo dedicado antiguamente a la minería del carbón, los vecinos de Bob Alexander se acercaban a su entrada de gravilla, pasando frente a sus setenta perros de caza y sus lujosos caniles, para llamar dando fuertes golpes a la puerta.
Alexander, un imponente patriarca de familia de un metro 95 de estatura y 158 kilos de peso, se levantaba de su sillón de cuero y cruzaba la salita arrastrando los pies, ligeramente encorvado debido a su lumbago. Se apoyaba en el marco de la puerta y escuchaba a sus vecinos durante cerca de un minuto, pasándose sus callosas manos por su pelo cano. Entonces los interrumpía con el estentóreo y grave barítono en que descansa a menudo para hacerse oír entre los ladridos de sus perros.
"Bueno, ¿cuánto dinero quiere por su casa?", preguntaba Bob, 62. "Porque nuestros perros se quedan". Bob ya ha comprado tres casas a vecinos descontentos -"para hacerlos callar", dice- y cree que nunca ha gastado tan bien su dinero. Bob y su hija Amanda rechazan toda intervención de algo o alguien en sus esfuerzos por criar coonhounds de competencia, los perros de caza con los ojos suplicantes y orejas gachas de los beagle, pero las patas larguiruchas de un lebrel.
Amanda, 27, excepto dos, pasa todos los fines de semana del año llevando a sus perros a concursos en lugares como Brazil, Indiana, y Saluda, Carolina del Norte. Bob ha gastado más de cuatrocientos mil dólares comprando perros para luego prodigarles de cosas reservadas generalmente a los atletas de elite: camionadas de alimentos anabolizantes, choferes personales para llevar a los perros a consultas distantes con veterinarios de renombre nacional.
A cambio, los bulliciosos perros han ganado 11 torneos internacionales. Los Alexander son reconocidos por fans y aparecen en las portadas de revistas en una comunidad de amantes de los coonhounds que se concentra en el campo de Estados Unidos. Cuando participan en concursos con sus perros, los Alexander se pavonean con un fulgor que maravilla a sus pares: ¿Han alcanzado la plena realización? ¿O son simplemente adictos al éxito efímero, persiguiéndolo de un torneo canino en otro?
Un jueves tarde el mes pasado, Amanda se derrumbó en un sillón de escritorio en su peluquería de mascotas, el único negocio que hay en su calle, en Rural Route 119 en Homer City, a una hora al este de Pittsburgh. Se sacudió los pelos de perro de sus brazos y una hoja de hierba de su frente. Su jornada de trabajo en la tienda estaba por terminar, pero su jornada de trabajo con los perros recién había empezado. Con vaqueros, zapatillas de tenis y un camisa morada con cremallera, Amanda se sentó en lo que fue alguna vez la sala de espera de la tienda. Ahora hacía las veces de santuario.
En el suelo había más de quinientos trofeos, formando un océano de roble y metal que cubría todo el cuarto, excepto un pedazo de baldosas jaspeadas de un metro 2 de ancho en el centro. Los trofeos variaban en tamaño de seis pulgadas a un metro 80, y todos llevaban los nombres de los concursos realizados en los últimos ocho años. Decoraban las paredes más de trescientas cintas, placas y certificados. Un año antes, Amanda había contratado a un equipo de limpieza para desempolvar y sacar brillo a cada uno de los trofeos.
Amanda adoraba los galardones, pero también los veía como reliquias de su propia transformación. Cada trofeo ganado había reforzado su confianza. En la escuela secundaria era demasiado tímida como para atreverse a hablar frente a su clase, y ahora se paseaba tranquila y frecuentemente en las pistas de concursos caninos con audiencias de hasta mil personas. Debido a sus perros de campeonato, se había convertido en una participante segura de sí misma y en una decidida empresaria.
"Es como si ahora fuese una persona diferente", dijo Amanda. "Antes era tímida, tenía miedo de hablar con alguien. Ahora le digo a la gente qué deben hacer".
Amanda cerró su peluquería de mascotas justo después de las cinco de la tarde y condujo durante medio kilómetro, cruzando el pueblo en dirección a la propiedad de su familia. Pasó por sus tres caniles climatizados y visitó decenas de coonhounds. Controló la temperatura del agua de la piscina. Sacó a un perro, Excalibur, y lo levantó para llevarlo a una banca de torneo para practicar su pose. Sacó a Sissy, Faith, Babe y Storm para soltarlos en un terreno vallado de cuatro acres para treinta minutos de ejercicios supervisados.
Finalmente, justo antes de las ocho de la tarde, Amanda se encaminó a casa de su padre y madre, Ema. Amanda es vecina de su novio, Curt Willis, pero pasa aquí gran parte de su tiempo libre. Un óleo de Shoogs, un famoso coonhound de la familia, cuelga en el centro de la pared de la sala de estar. En la base de una lámpara había cuatro revistas con reportajes sobre Amanda. Cuando Amanda se apoyó en la mesa de la cocina, los dos pequeños poodles de su madre le oliscaron los pies y se subieron arañando a su regazo.
"Aquí no te puedes escapar de los perros", dijo Amanda. "Pero supongo que tampoco queremos eso".

Bob no admitió perros en casa hasta fines de los años noventa, cuando Amanda terminó la secundaria y abrió su tienda. Amanda tenía arañas y ratas como mascotas y le dijo a su padre que quería tener perros, tanto en la casa como en el trabajo; Bob, que una vez le regaló un Hummer para Navidad y al año después un Cadillac DeVille para su cumpleaños, cedió.
En 1999 Bob compró cuatro coonhouds del tipo treeing walker [cazador, trepador inglés], escogiendo esa raza debido a que quería perros que él pudiera llevar consigo a la caza de mapaches en los bosques vecinos. Un año después, por un antojo, Amanda decidió mostrar uno de los chuchos en un concurso canino local. Perdió desastrosamente. Pero observando desde las graderías de madera en un parque de atracciones en el condado, Bob vio a su pequeña y única hija instar a un perro a adoptar una pose tiesa -su mentón hacia arriba, la espalda derecha y el rabo apuntando hacia el cielo- y decidió que Amanda tenía talento.
Desde entonces, Bob ha armado una colección de perros con la misma ambición sin límites que utilizó para dar formar a su empresa de transporte, su firma de préstamo de maquinarias y su negocio de recolección de basura con cuarenta empleados. Bob y Amanda querían tener los mejores perros de todas las seis razas de coonhounds. Bob, estorbado por su lumbago y un implacable horario de trabajo, asistía rara vez a torneos. A los certámenes caninos enviaba, con cheques en blanco, a Amanda, Curt y de vez en vez a Erma, y Amanda se encargaba de ofrecer por los perros lo que quisiese.
Al principio Amanda apuntaba sus compras -un black and tan que ganó un título nacional; un redbone; una pareja de blueticks; tres plotts sureños- pero finalmente lo dejó de hacer. A veces compraban perros por docenas y nunca vendieron ninguno. Amanda y Bob juraron tratar a todos los chuchos de la misma manera. Perros con enfermedades a la piel, perros sin pelo, perros viejos, perros enfermos, perros gordos: eran todos igual de consentidos que el coonhound que era campeón mundial unas jaulas más allá.
En casa de los Alexander, los perros eran menos mascotas y mucho más miembros de la familia, cada uno con su personalidad. Shoogs no dormía a menos que estuviera repanchigada en el diván. Storm babeaba cuando se sentía ansioso. A Monday le gustaba quedarse en su jaula cuando salían de viaje. Cuando iban en dirección a algún concurso, Hawk sólo comía comida de restaurante: bocadillos de pollo de McDonalds, preferentemente.
A veces Bob estropeaba a los perros mucho más que Amanda misma o sus dos hijos mayores, que viven en las cercanías. Se fanfarroneaba en el trabajo de los últimos logros de sus perros y se marchaba temprano a casa, a las tres de la tarde, para alimentarlos. En los años ochenta, los chicos habían suplicado a Bob que construyera una piscina, pero en vano. En 2005, Amanda sugirió que a los perros, nadar les podría convenir. A las dos semanas Bob había contratado a un equipo de contratistas de Nueva Jersey para construir una piscina en mitad del invierno.
"No me interesa lo que cueste", dijo Bob a Amanda. "Hagámosla de inmediato".
Económicamente, su inversión en perros ha sido una pérdida casi absoluta. Los concursos caninos reportan premios en dinero desdeñables y los Alexander casi nunca crían cachorros para venderlos. Pero tanto Bob como Amanda creen que su recompensa no tiene precio. Cada vez que ganan, sus perros reciben admiración, respeto y envidia.
Y también ellos.
Una tarde del mes pasado, Bob condujo desde su oficina cerca de Indiana, Pensilvania, y se instaló en la sala de estar de la familia. Se desabotonó su camisa y se hundió en su sillón favorito. Acababa de sintonizar las noticias y oyó al locutor hablar de Hillary Clinton -Dios, esa mujer va a arruinar este país, pensó- cuando un lobuno aullido invadió la sala desde los caniles. Al menos setenta perros recorrían el patio esa tarde, y desde donde estaba Bob no podía ver a ninguno de ellos. Pero Bob conocía ese ladrido; en realidad, conocía todos los ladridos. Treinta segundos después, Bob se volvió hacia la ventana.
"¡Cállate, Hank!", gritó."No me dejas oír la tele con tus ladridos".

15 de julio de 2007
7 de julio de 2007
©washington post
©traducción mQh
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pobres con mascotas


[Erik Eckholm] Para las familias pobres, demasiadas mascotas son una carga.
Selmer, Tennessee, Estados Unidos. Phillip Swetman es el dueño accidental de trece perros. La mayoría de ellos, dijo Swetman, llegaron tras ser abandonados por sus dueños.
"Oyen ladrar a un perro y arrojan el suyo en la zanja", dijo. "Para nosotros no queda otra cosa que dejarlos morir de hambre o atropellados por un coche, o recogerlos".
Deshacerse a medianoche de perros no deseados es común aquí en el sur de las Montañas Apalaches, donde mucha gente pobre posee múltiples mascotas pero no pueden pagar los costes de su esterilización o vacunas, y donde arruinados ayuntamientos no cuentan con refugios animales, exigen el pago de permisos e implementan las vacunas antirrábicas.
La combinación de mascotas y pobreza, dicen veterinarios, produce resultados similares en muchas áreas rurales: condiciones insalubres para enormes poblaciones animales, pese a los esfuerzos de ayuda de individuos a menudo abrumados y una permanente amenaza a la salud humana.
El doctor Bob Sumrall, veterinario en Henderson, en el condado de Chester, calcula que más del 75 por ciento de los miles de perros solamente en el condado no han sido vacunados contra la rabia. "Esto representa definitivamente un riesgo para la salud", dijo.
Los animales sobrantes, abandonados en caminos oscuros que serpentean entre bosques de robles y pinos y plantaciones de maíz, tienden a terminar al cuidado de gente que tiene más grande el corazón que la cuenta bancaria. Gente como Swetman y su mujer, Alicia, que se ven en apuros para pagar su propia hipoteca y la cuenta de la bencina con lo que gana Swetman como maquinista en una fábrica de bañeras, pero que sin embargo han terminado con un extenso zoológico, conformado en gran parte por animales abandonados y una fertilidad no controlada.
Los Swetman viven en una zona despoblada cerca de Finger. Tiene dos perros en su desordenada casa de concreto, dos más amarrados a árboles y el resto en tres rediles de alambre. De algún modo reúnen los 26 dólares a la semana que necesitan para comprar dos sacos de 22.5 kilos de alimento para perros.
"Preferiría pasar hambre yo antes que mis perros", dijo la señora Swetman. Pero dicen, con algo de desesperación, que la atención veterinaria, que puede llegar en vacunas a los cien dólares al año por perro, y a cien dólares más por esterilizaciones y castraciones, está simplemente fuera de su alcance.
"Aquí un montón de gente pobre termina con montones de perros y con la sensación de impotencia, de no saber qué hacer", dijo Sherrye McKinney, que trabaja en grupos de rescate de mascotas en la región.
Así que los Swetman estaban agradecidos de conseguir una consulta gratuita en una clínica temporal para ver a sus dos últimos cachorros, aunque no hubiera espacio en el agotado programa de cinco días para sus ocho hembras más viejas y no esterilizadas.
La clínica fue instalada a mediados de junio en el arsenal de la Guardia Nacional de Selmer por los Servicios Veterinarios de Áreas Rurales, un proyecto de la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos que envía veterinarios y estudiantes voluntarios a los Apalaches, las reservas indias y otras áreas para esterilizar y tratar a mascotas cuyos dueños viven en la pobreza.
"Hacemos una diferencia cada vez que impedimos que un animal tenga crías", dijo Tammy Rouse, coordinadora en las Apalaches del servicio de voluntarios. En el vestíbulo, tres veterinarios y 28 estudiantes de medicina veterinaria pasan quince horas al día esterilizando hasta cincuenta perros y gatos al día y colocando inyecciones, sacando gusanos y otros tratamientos.
Pero el servicio voluntario hace frente a una tarea de Sísifo, dijo Rouse.
"Es como una curita en un arteria abierta", dijo. "La esterilización y la castración tienen que ir de la mano con la educación y las leyes".
Tina Churchwell, directora de la sociedad protectora en el condado de McNairy, al que pertenecen Finger y Selmer, tiene doce perros y ha instalado un refugio improvisado en su casa, con rediles que albergan a otros 22 perros que espera que sean adoptados. La sociedad está recaudando dinero para construir un refugio adecuado en terrenos ofrecidos por el condado, pero falta el apoyo de la comunidad, dijo Churchwell.
A falta de dinero para los equipos normales del cuidado de mascotas, la gente improvisa. James Cotner, 64, y su mujer viven con ingresos de nueve mil dólares al año en una casa con calefacción de leña y tejado de hojalata. En su propiedad deambulan quince gatos y los Cotner tienen además tres perros, el último recogido en la carretera después de que lo abandonaran. "He tratado de darlo, pero nadie quiere un perro grande porque comen demasiado", dijo Cotner.
Comprar alimentos en el Wal-Mart ha estirado su presupuesto, dijo, y estaba agradecido por la clínica gratuita, que esterilizó a los perros y les puso la inyección antirrábica. "Tenía miedo de que mordieran a alguien y me demandaran", dijo.
Para combatir pulgas y garrapatas, usa remedios caseros. Mascador de tabaco, ahorra el jugo y lo rocía en el jardín.
Janet Stanford Brown, 28, en el arsenal adoptó dos gatos y uno de los cuatro perros de su familia. Punkin, un mestizo marrón, tenía una herida infectada en el hombro, probablemente por una mordida, temía Brown, de un joven pit bull que habían recogido hacía poco.
"Lo habríamos llevado al veterinario si tuviésemos dinero", dijo Brown mientras la doctora Lydia Love, veterinaria jefe de la clínica libre, examinaba la sucia herida y hacía arreglos para su tratamiento. "Punkin es el perro de mi hijo y si fuera necesario pediría dinero prestado para tratarlo".
Su marido, un aprendiz de electricista, no gana demasiado dinero. Sus animales se alimentan de sobras de la mesa y cazan por su comida, persiguiendo a conejos y otros animales.
Todas las tardes en la clínica, cuando el personal termina largas horas de cirugía y reconforta a los animales que se recuperan mareados de la anestesia, los dueños, muchos de ellos caminando de arriba para abajo con la ansiedad con que se espera a familiares en un hospital humano, esperan para retirar a sus mascotas.
Alicia Swetman se veía especialmente acongojada porque se enteró de que uno de sus cachorros, el de un ojo azul y otro castaño, tenía problemas de salud que hacían muy peligrosa una intervención quirúrgica. Para alivio de Swetman, cuando le llevaron los cachorros, moviendo furiosamente sus rabos por el reencuentro, Love dijo que se trataba probablemente de una infección curable de gusanos.
"Sería feliz si estos dos fuesen adoptados por una buena familia, donde sean queridos", dijo Swetman, sin sonar enteramente convencida, mientras abrazaba al cachorro enfermo.

1 de julio de 2007
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crisis de mascotas abandonadas


[Ann M. Simmons] Persiste crisis tras Katrina. Activistas tratan de ayudar a mascotas cuyos amos ya no pueden cuidar de ellos, y a los cachorros y mininos perdidos durante el huracán.
Nueva Orleans, Estados Unidos. Hank, un robusto golden retriever de pura sangre, es una mascota típica de la segunda ola de mascotas con problemas en los veintiún meses que han pasado desde el huracán Katrina.
La primera crisis fue la de las mascotas perdidas, abandonadas o que murieron en la tormenta e inmediatamente después.
Ahora hay mascotas como Hank, que siguieron con sus dueños de New Orleans East durante los primeros diez meses después de Katrina, que inundó su casa con dos metros de agua.
Tras mudarse varias veces y luchar por reconstruir sus vidas, los dueños de Hank llegaron a la conclusión de que ya no pueden ocuparse del perro. Así que entregaron a Hank a Rescate Animal de Nueva Orleans [Animal Rescue New Orleans], o ARNO, un grupo de base que se encarga de los animales que quedaron atrás o que fueron separados de sus dueños.
El perro brincó de alegría cuanto el coordinador del refugio de ARNO, Robin Beaulieu, entró a su jaula una tarde hace poco. Hank se echó de espaldas para que le dieran un cariñito en su barriga.
"Le encanta que lo acaricien y peinen", dijo Beaulieu.
El perro ha vivido en ARNO durante los últimos ocho meses mientras espera que le encuentren una nueva casa.
Protectores de los animales dicen que muchos dueños de mascotas que están viviendo en caravanas y andan cortos de dinero mientras reconstruyen sus casas inundadas, optan por entregar a sus animales porque no tienen espacio o ya no pueden mantenerlos.
"Así que mucha gente aquí necesita ayuda con sus mascotas", dijo Charlotte Bass Lilly, presidente de ARNO.
Beaulieu calculó que el número de familias que entrega a sus mascotas en refugios ha crecido en un 45 a 60 por ciento desde el huracán. ARNO fue fundada poco después de la tormenta.
Laura K. Maloney, presidente de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales de Louisiana [SPCA], dijo que aunque algunos de los animales que están siendo ofrecidos en adopción por su organización podrían ser en estos días cachorros de los animales que fueron separados de sus familias por la tormenta, la mayoría eran mascotas que habían sido entregados por sus dueños.
De acuerdo a estadísticas de la sociedad para la prevención de la crueldad, había 259.400 familias con mascotas en la parroquia de Orleans antes de la tormenta. Unas 104 mil fueron abandonadas después del huracán; 150 mil fueron oficialmente rescatadas. Se calcula que unas tres mil han reencontrado a sus familias, y al menos 88.700 mascotas se supone que han muerto, agregó.
ARNO y otros grupos de defensa de los animales creen que muchas de las mascotas extraviadas que viven en la calle son ‘mascotas de Katrina' y sus proles de cuarta y quinta generación. Y la mayoría de ellas no han sido ni castradas ni esterilizadas.
Bass Lilly dijo que conteos no científicos de los voluntarios de ARNO que llevan los tres mil puestos de alimentación del grupo en las parroquias de Orleans, Plaquemines y St. Bernard, indican que podría haber en las calles unos 40 mil gatos y cinco ml perros.
"Todavía hay perros con collar en las calles", dijo Bass Lilly. Agregó que aunque la presencia de animales extraviados o abandonados no era algo exclusivo de Nueva Orleans, "la diferencia es que estos animales no tienen casa, no tienen comida, ni agua ni sacos de basura donde buscar comida. Atraviesan básicamente por una situación de emergencia".
Investigadores de la Universidad de Pensilvania estudió seis áreas de las parroquias de Orleans y St. Bernard por encargo de la SPCA, seis meses después del huracán y constató que había "relativamente pocos" animales sin casa.
Maloney dijo que los puestos de alimentación no eran "lo mejor" para los animales extraviados y convertía su captura en un reto más urgente.
"Estamos recogiendo a los animales que fueron dejados aquí y los estamos manteniendo", agregó. "Pero eso en realidad no resuelve nuestro problema. Estamos ayudando a crear más meninos y chuchos sin casa, y eso lo tenemos que parar".
Los puestos de alimentación de ARNO cubren un radio de 1774 kilómetros cuadrados, dijo Baeulieu. Tramperos voluntarios tratan de capturar a los animales para esterilizarlos. Los gatos asilvestrados son capturados, castrados y liberados.
Bass Lilly dijo que en los últimos nueve meses, su grupo encontró nuevos hogares de adopción para un promedio de doscientos animales por mes. Y desde Katrina, los voluntarios han ayudado a reunir con sus familias originales a 50 a 70 mascotas, dijo Bass Lilly.
Las reunificaciones son todavía muy importantes, pese a que han pasado dos años después del huracán, dijeron activistas.
"Aparecen animales todos los días", dijo Laura Bergerol, una voluntaria con un grupo de base online llamado Katrina Animal Reunion Team.
Los animales son comentados en anuncios de periódicos, en sitios donde se anuncian mascotas extraviadas e incluso en páginas web con clasificados, como Craig's List, dijo Bergerol, que trabaja desde Palo Alto.
Hay unos doscientos animales viviendo en el refugio de ARNO, albergados en una bodega en la parroquia de Jefferson. Bass Lilly dijo que el grupo no aplicaba la eutanasia.
ARNO funciona sobre la base de donaciones de voluntarios, fuentes privadas y otros grupos sin fines de lucro.
La semana pasada, una cacofonía de ladridos se fundía con ocasionales ronroneos cuando Beaulieu mostraba al voluntario Ray Forrester cómo atrapar a cinco meninos que ha divisado en su barrio de Kenner.
"Rellena la jaula con papel de diario y pon comida encima", dijo Beaulieu. "Lo mejor es usar sardinas. Y el pollo frito de Popeye también funciona perfectamente bien".
Los gatos son normalmente atrapados en jaulas, los perros con un lazo. Puede tomar varios meses ganarse la confianza de un animales que han sido capturados.
Con la población de Nueva Orleans reducida ahora a la mitad y miles de personas en Louisiana viviendo en caravanas atiborradas, hay pocas familias adoptivas locales para las mascotas de Katrina. Así que el grupo está trabajando con colegas en todo el país para encontrar hogares de adopción para los animales.

ann.simmons@latimes.com

12 de junio de 2007
29 de mayo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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vivía con ciento veinte ratas


[Francisco Vara-Orta] Vivía con más de cien animales.
Agentes del departamento de control animal de Los Angeles encontraron a una mujer de 81 años del área de Wilmingtonviviendo con más de cien ratas y otros 35 animales que mantenía como mascotas, dijeron hoy funcionarios del ayuntamiento.
Wanda Langstom fue trasladada al hospital debido a que sus brazos estaban cubiertos de heridas abiertas causadas por sus mascotas, dijo Annette Ramírez, una agente del Departamento de Servicios Animales.
Los agentes también incautaron a los animales, entre los que se incluyen unas 120 ratas, la mayoría en jaulas -aunque algunas sueltas-, y 25 conejos, un perro, seis periquitos, una codorniz y una cacatúa.
"Langstom se sintió abrumada cuando vio lo rápido que se reproducían las ratas. Dijo que había empezado con dos, pero que las cosas se le escaparon de las manos", dijo Ramírez. "Acumular mascotas es algo común en Los Angeles, así que en realidad no es un caso tan raro".
Los miembros de la Unidad contra la Crueldad, del Departamento de Servicios Animales del ayuntamiento, visitaron el lunes la casa de Langstom en el número 1100 de Laguna Avenue para investigar las "condiciones deplorables" en que vivía después de recibir un dato de alguien que había visitado la casa de Langstom después de leer un anuncio por un conejo en un diario local temprano el mismo día.
"Una vez dentro, la persona vio las jaulas y lo mala que estaba la situación tanto para los animales como para la mujer", dijo Ramírez.
La mayoría de los animales estaban sanos, dijo Ramírez, pero dos conejos necesitaban atención médica. Un veterinario está tratando los animales incautados, que pueden ser adoptados en el Centro de Cuidados Veterinarios [Harbor Animal Care Center] en San Pedro.

francisco.varaorta@latimes.com

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para estar a la altura


[Christine Haughney] Los dueños de mascotas lo tienen cada vez más difícil a la hora de encontrar apartamentos que admitan mascotas.
Bogie, un shih tzu de cinco kilos y medio es un experimentado navegador de los muchos aros por los que humanos y mascotas deben saltar para ser aceptados en un edificio de apartamentos de Manhattan.
Hace unos años, aprobó un examen de admisión en un lujoso edificio de alquiler en la esquina del 222 East con la Calle 34: una entrevista de media hora con el administrador del edificio, un ayudante de oficina y un abogado. Bogie enamoró a sus examinadores con su porte acomodaticio y su método de comunicarse por medio de resoplidos y haciendo tintinear su collar de perro Burberry.
"Estaba bastante constipado", dijo su amo, John Comas. "Simplemente se sentó e hizo lo que sabe hacer, que es estar sentado por ahí".
Pero el señor Comas, 34, asesor financiero de clientes ricos, sabe que incluso Bogie tiene sus limitaciones. Se pone a temblar cuando oye el sonido de los camiones de bomberos o cuando no está siendo acariciado, así que era improbable que atravesara con éxito todas las entrevistas.
El 7 de mayo, Comas y su novia, Mónica Rivituso, se mudaron a un apartamento de dos dormitorios de siete mil dólares en el 300 East con la Calle 55, que, en cuanto a los perros, es un edificio menos estricto que otros edificios comparables.
Su nuevo casero exige no solamente que Comas incluya la edad, raza y peso de Bogie en el contrato de arrendamiento. Aunque Comas encontró apartamentos más baratos que no permitían mascotas en absoluto o sólo mascotas por debajo de cierto peso, dijo que valía la pena pagar cuatrocientos o quinientos dólares más de alquiler al mes para dar a Bogie una casa cómoda.
"Si todo lo demás sigue igual, pagaré más por el edificio que acepta a mascotas", dijo mientras Bogie chupaba tranquilo una oreja de cerdo entre las cajas de la mudanza en la salita.
Comas forma parte del universo de arrendatarios y compradores que están pagando más dinero para encontrar edificios que acepten a perros. Debido a las fuertes ventas de mercado en Manhattan, las directivas de condominios y edificios cooperativos se han mostrado más exigentes en todos los sentidos, exigiendo a los compradores ingresos más altos y, a los perros, mejores maneras.
Los arrendatarios están pasando por momentos difíciles porque se enfrentan a uno de los momentos más duros del mercado en los últimos siete años, y los administradores de edificios se están volviendo más estrictos en cuanto a las mascotas, especialmente perros.
Mientras que la firma de tasación Miller Samiel calcula que el 93 por ciento de los apartamentos ofrecidos a la venta en Manhattan dicen que permiten mascotas, los corredores dicen que los edificios que aceptan a mascotas imponen reglas más estrictas. Se limitan cada vez más las razas de perros, su peso y personalidad. También hacen de la ‘entrevista con el perro' un requisito de aceptación.
Eso significa que los vendedores, si pueden elegir, optarán por clientes sin mascotas, porque no quieren ver fracasar sus ventas. "Hace cinco o seis años, nadie entrevistaba a tu perro", dijo Michelle Kleier, presidente de Gumley Haft Kleier, una agencia inmobiliaria de Manhattan y propietaria de tres perros malteses, llamados Lola, Roxy y Dolly. "¿También van a empezar a entrevistar a los bebés para ver si chillan? La gente pagará más dinero por edificios que admitan a mascotas".
Kleier dijo que en los últimos años había gastado más tiempo investigando qué quieren decir realmente las administraciones cuando dicen que aceptan a mascotas y preparando a los clientes para las entrevistas con las mascotas. Aleja a los clientes con perros salchichas de un pequeño edificio cooperativo en el Upper East Side que rechaza a esa raza en particular, dijo, e informa a los compradores en un edificio en Central Park West que tendrán que presentar sus perros a la directiva del edificio para confirmar que si tienen "nombres de perros chicos", como Fifi o Gigi, sean, de hecho, perros chicos.
Dijo que en un edificio cooperativo en Lexington Avenue a la altura del 80 se somete a los perros a prueba, dejándolos en un apartamento y observando cómo reacciona ante el timbre de la puerta y los teléfonos.
En una de las entrevistas más exhaustivas, dijo, un edificio cooperativo en la Quinta Avenida a la altura del 90 hace una prueba similar. El perro de los compradores potenciales es dejado en un cuarto con otros perros que ya viven en el edificio. Los miembros de la directiva observan entonces cómo reacciona el nuevo perro cuando se coloca un cuenco de comida frente al grupo y cómo juega con los otros perros cuando se le arroja una pelota.
"No es que quieran excluir a los perros", dice Kleier. "Simplemente quieren que los perros congenien y se quieren asegurar de que tengan la personalidad adecuada".
Como el corredor que puede aconsejar a un comprador que no utilice tranquilizantes antes de una entrevista con la directiva de un edificio cooperativo, Kleier aconseja a sus clientes a contratar a un adiestrador antes que medicar por su cuenta a sus perros para el día de la entrevista. Indica que incluso si un perro con tranquilizantes sobrevive la entrevista, al dueño le pueden pedir que se deshaga de él si ladra incesantemente o si es abiertamente agresivo después de mudarse. "El tranquilizante da una impresión artificial", dice.

Los corredores dicen que la mayoría de los compradores no renuncian a sus mascotas por un apartamento. Barbara Fox, presidente del Grupo Residencial Fox en Manhattan, pasó dos años tratando de vender un ático de lujo en la Quinta Avenida en un edificio que no admite mascotas.
El apartamento recibió una oferta a las seis semanas de anunciarse en el mercado a principios de la primavera de 2004 por una suma cercana al precio pedido de 9.975 millones de dólares. Pero el comprador tenía un perro y la directiva del edificio no quiso hacer una excepción. El ático se vendió finalmente en noviembre de 2006 por 7.5 millones de dólares después de dos rebajas, de acuerdo a datos de StreetEasy.com.
Basándose en sus experiencia con ventas como esta y sus propias experiencias de compra como dueña de perros, Fox fue recientemente contratada como asesora para otro edificio de la Quinta Avenida, un edificio cooperativo que no quiso nombrar, que quería saber cómo aumentar los precios de sus apartamentos. Ella les aconsejó que el edificio tenía que ser más amable con los dueños de mascotas.
"No les digan que tienen que deshacerse de sus perros", le dijo a la directiva. "Es como decirles que se deshagan de sus hijos".
Así es como Jessica Cohen siente sobre sus "niñas", una golden retriever llamada Hailey y otra, también golden retriever, llamada Meagan. En febrero, Cohen, 29, agente inmobiliaria de Prudential Douglas Elliman, compró un apartamento de un dormitorio en un edificio cooperativo que ahora está renovando completamente. Dijo que hizo la oferta sobre la marcha porque estaba desesperada por encontrar una casa para sus perros.
"Habría negociado si no tuviera perros", dijo, pero ser dueño de perros le quita poder al comprador.
"Estaba dispuesta a pagar cincuenta mil más por un apartamento de 650 mil dólares", dijo.
En 1999, Cohen compró un estudio en un edificio cooperativo de 93 mil dólares. Para asegurarse de que los perros fueran considerados vecinos, gastó más de cinco mil dólares en adiestradores y quinientos dólares al mes en una dieta pobre en sodio -salmón, pollo al vapor, y verduras- para que los perros estuviesen más tranquilos. En 2001 recibió una carta en la que la directiva le pedía que no usara las máquinas de lavar del edificio ni las secadoras porque los pelos de perro podían adherirse al lavado de los otros residentes.
Tras buscar durante casi dos años, Cohen pensó que había encontrado un edificio más tolerante de las mascotas en Central Park West y firmó un contrato por un estudio de 300 mil dólares. Cuando presentó su situación a la directiva, el vendedor le pidió que dijera que sólo tenía un perro y que introdujera al otro a hurtadillas después de que la directiva la hubiera aceptado. Cohen no se atrevió a cerrar la compra porque temía que la directiva no admitiera a su segundo perro. "Le dije que no estaba dispuesta a mentir sobre mi situación ni quería correr riesgos", dijo.
El vendedor, convencido de que la directiva no la aceptaría con dos perros, le devolvió el depósito de treinta mil dólares y continuó buscando otro comprador.
Más tarde en 2003, Cohen compró un condominio en Upper West Side, esperando que los residentes fueran más tolerantes. Pero un año después de que comprara el estudio de 350 mil dólares, el edificio impuso la norma de ‘un perro por apartamento'. La administración del edificio le dijo a Cohen que a ella le permitirían conservar sus dos perros porque vivían con ella antes de la introducción de la nueva regla.
Cuando ella recogió temporalmente un chucho de la calle y a un gatito enfermo de medio kilo, la directiva de su condominio le envió dos cartas quejándose sobre el perro y un miembro de la directiva la visitó personalmente para decirle que necesitaba permiso para tener un gatito. El gatito murió a las dos semanas, y Cohen encontró un hogar para el chucho callejero a los cuatro meses.
En 2005, se mudó del condominio a un apartamento de alquiler que permitía perros. Vendió el condominio y empezó a buscar un edificio con una política más tolerante hacia las mascotas.
"Me sentía muy estresada", dice. "Me sentía como si no tuviera ningún derecho a vivir mi vida como quería".
Mientras Cohen continuaba su búsqueda, tuvo un cliente que no tenía mascotas que superó a unos dueños de perros en una compra aunque había ofrecido cuarenta mil dólares menos que la oferta más alta por un apartamento de dos dormitorios en el Upper West Side.
Mientras la directiva del edificio tenía una política que no admitía perros, los compradores y sus agentes esperaban que el pequeño edificio hiciera una excepción. Así que un comprador con un golden retriever y un terrier Yorkshire ofreció 1.6 millones de dólares y un comprador con un golden retriever ofreció el precio demandado de 1.56 millón de dólares.
Pero al final, el vendedor aceptó la oferta del cliente de Cohen por 1.56 millones de dólares. Los vendedores no querían correr el riesgo de que la directiva rechazara al comprador; la venta se cerró el 11 de abril.
"No querían nada dudoso", dijo Philip Altland, el corredor de Prudential Douglas Elliman que representaba a los vendedores.
Incluso edificios que admiten perros pueden ser problemáticos para los compradores. Hace unos dieciocho meses, Todd y Toni Finger ofrecieron 875 mil dólares por un apartamento de dos dormitorios y dos baños en un edificio cooperativo en el 115 East de la Calle Nueve. El vendedor aceptó la oferta, pero quería una cláusula en el contrato que decía que la pareja tendría que cerrar la compra incluso si la directiva rechazaba su beagle de catorce kilos, Buster.
Los Finger ofrecieron diez mil dólares más, pero el vendedor no cedió. Unas semanas más tarde, una mujer ofreció 875 mil dólares y fue aceptaba por la directiva, de acuerdo al agente del vendedor, Gayle Booth, de Halstead Property.
Desde entonces, los Finger han estado visitando condominios, que tienden a ser más tolerantes con los compradores con mascotas. Esa tolerancia tiene un precio: los condominios pueden costar de veinte a treinta por ciento más que los edificios cooperativos.
Pero hasta que el mercado se ablande y los guardianes devengan más tolerantes, la gente con mascotas menos que perfectas deben habituarse a usar el tiempo sabiamente.
En diciembre, Joseph Olshefski, un agente de Bellmarc Realty, ayudó a un cliente a encontrar un estudio para él y su dogo faldero de doce kilos, PorkChop, cuya circunferencia lo hace parecer un poco como un bebé de foca. El arrendatario había sido rechazado en veinticinco edificios, principalmente en el Upper West Side, que decían que admitían mascotas.
Lo eran, pero con reservas. Permitían gatos, pero no perros, o aceptaban que los dueños pudieran tener perros, pero no los arrendatarios, o aceptaban perros que pesaban menos de nueve kilos o menos.
Después de una búsqueda de seis semanas, el cliente alquiló un apartamento más al norte, y PorkChop empezó una dieta. Olshefski dijo que la experiencia había sido buena para la salud de PorkChop, y mejoraría sus vacaciones, porque hacía poco había sido excluido de una cabina de pasajeros en un vuelo de Boston a Nueva York.
"Pon tus mascotas a dieta", dijo. "El mejor amigo del hombre es una mascota sana".

1 de junio de 2007
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perro chico tuvo su día


[Mark Derr] Un polémico artículo sobre el tamaño de los perros, especialmente de los perros enanos.
Miami, Estados Unidos. Hace algunas semanas se apareció en el parque del barrio un liliputiense terrier australiano. Llevaba una pelota de tenis tan grande como su cabeza y encaraba a perros que eran diez veces más grande que él. No era más que el último en llegar de una mini invasión de perros chicos, que pesan menos de nueve kilos, siendo los Cavalier King Charles spaniels, los chihuahuas, lo galgos italianos y los terriers que caben en un bolsillo, los más destacados.
No es que nuestro parque sea único. En 2006, el diminuto terrier Yorkshire sacó del segundo lugar al golden retriever de la lista de las razas más populares del Club Canino Americano, detrás del Labrador retriever. Los perros grandes todavía ganan por un amplio margen, pero con las razas diminutas a la cabeza, los perros todavía más chicos están ganando terreno. Los perros medianos, de trece a veintisiete kilos, como un English springer spaniel o un vizsla, están siendo dejados de lado, igual que la clase media en Estados Unidos.
Yo sabía que se trataba de algo más que de una moda pasajera cuando una amiga, una persona inclinada hacia los perros grandes, confesó tímidamente que su próximo perro provendría más bien del lado de los chicos. Pero, me aseguró, lo criaría y trataría como a un perro, no como a un muñequito frágil que se puede derrumbar con el primer asomo de brisa.
Mi amiga me miró con cara de consternación cuando me oyó decir, a mí de entre todos sus amigos: "Excelente. Pero búscate un criador reputado".
Por haber declarado mi cariño por los perros medianos y grandes, y criticado las prácticas de crianza que han producido mutantes enfermizos, especialmente entre los perros diminutos, he sido elogiado y vilipendiado. Los dueños de perros grandes me consideran un aliado en la guerra contra los enanos -criaturas frívolas, vestidas y acicaladas, que tiemblan y ladran hasta por los codos. Pero para los partidarios de los perros chicos -una agresiva raza de humanos que defienden a sus preferidos contra todo desaire, real o imaginado-, soy un ‘racista canino'.
Sin embargo, yo saludo a la cambiante demografía de los perros. Presentan una valiosa oportunidad para sepultar viejos estereotipos y reponer a los perros chicos en su justo lugar en la historia canina. Aunque la popularidad atrae usualmente a criadores comerciales que producen en masa perros de mala calidad, me gustaría que los compradores sólo hicieran negocios con criadores responsables que producen perros sanos y sin defectos.
Un importante estímulo de este esfuerzo ha provenido de un reciente artículo en la revista Science, escrito por un equipo de científicos que dicen que sólo una diminuta parte del ADN que anula el gene del ‘factor 1 de crecimiento' es responsable de la pequeñez de los perros. (De hecho, el gene determina también el tamaño del cuerpo en muchas, sino todas, las especies de mamíferos, pero esa es otra historia). Esta sola variación es suficientemente antigua como para apoyar la teoría en la que he creído durante mucho tiempo, de que la primera segmentación en el mundo de los perros fue entre perros chicos y grandes.
El hallazgo parece contradecir las teorías de que el tamaño en los perros es el producto de complejos procesos biológicos que suponen múltiples genes. También parece socavar la creencia popular de que el perro, especialmente el enano, es un derivado debilitado o neotenous del lobo, reducido en tamaño, y disminuido en físico y en capacidad mental.
En realidad, parece como si temprano en la historia de los perros -hace unos quince mil años-, los humanos capturaron mediante la crianza una particular variación del código para que un solo gene produjese perros chicos que conservaran las conductas y características esenciales de los perros.
Los primeros humanos preferían a los perros chicos no porque comieran menos o fueran más fáciles de llevar o transportar, sino porque eran útiles y por eso, probablemente, los comerciaban, esparciendo en el proceso la variación genética. Los perros chicos han demostrado su valor en la historia, haciendo girar molinos y asadores; persiguiendo a las presas hasta sus escondites; destruyendo a las ratas y contribuyendo con ello a la salud pública; sirviendo como calentador de pies; y guardando nuestra casa y hogar, tal como el perro grande patrulla por el patio.
Y, por supuesto, han sido buena compañía, como los antiguos perros de manga chinos. A fines del siglo diecinueve, los ricos trataron de producir razas todavía más chicas, más dóciles y más como muñecos de perro. Caros, difíciles de criar y mantener debido a su tamaño, a menudo raros en apariencia, vestidos con ropas humanas, ‘casados' y consentidos, eran una de las mercaderías que Thorstein Veblen tenía en mente cuando acuñó la frase ‘objetos de consumo conspicuo'.
Como si fuera otra especie, estas pequeñas criaturas de compañía se hicieron conocidas como ‘mascotas de mujeres', en contraste con los ‘perros de hombres' -terriers trabajadores, perros de caza, perros deportistas, gran daneses y otras razas grandes. Es ese estigma el que me gustaría disipar.
Las razas de perro todavía están sometidos a los caprichos de la moda, pero mucha gente está optando por los perros chicos porque viven en ciudades atestadas, y porque quieren una mascota que puedan subir a un avión. También quieren un perro energético y activo.
Mientras sigan libres de debilitantes taras genéticas, los perros chicos conservan el espíritu y la conducta de, bueno, perros. Recogen el palo, pelean, muerden, corren, cazan y juegan dentro de sus capacidades físicas y psicológicas.
No todos terminan como perros de detección de narcóticos, como Midge, un chihuahua y terrier ratonero de 2.7 kilos en el condado de Geauga, Ohio. Pero todos sorprenderán. Incluso un yorkie puede aprender a coger un pequeño disco.

Mark Derr es el autor de ‘A Dog's History of America: How Our Best Friend Explored, Conquered and Settled a Continent'.

28 de mayo de 2007
5 de mayo de 2007
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escuincles se roban película


[Traci Carl] Perros lampiños se roban el escenario en Exposición Mundial Canina.
Ciudad de México, México. La estrella de la Exposición Mundial Canina no es el tierno labrador, el bulldog de personalidad testaruda ni tampoco el maníaco chihuahua. Este año los lampiños xoloitzcuintles se están robando la película en México, su país de origen.
Lustroso, con orejas como de murciélago, esta rara raza parece más un personaje de cómic que un can. Pero su historia se remonta a los aztecas, y tiene especial encanto para los asmáticos o para los que no les gusta barrer después de recortarle el pelo al perro.
Apodados xolos por los criadores y conocidos en México como itzcuintles, la raza todavía tiene que demostrarse. Pero los perros se están haciendo populares en todo el mundo. Pueden alcanzar precios de hasta dos mil quinientos dólares, y amos del pasado incluyen a los artistas mexicanos Diego Rivera y Frida Kahlo.
Los criadores dicen que los xolos estaban al borde de la extinción en los años cuarenta cuando un grupo de mexicanos empezó a buscar a los perros en remotos pueblos de la montaña y en olvidados puestos fronterizos en el desierto, desarrollando una raza que llega hoy en día a los cinco mil en todo el mundo.
Patty Hoover, una criadora de Selah, Washington, contó que empezó a criar xolos hace veinte años porque se casó "con un hombre al que no le gustaba ver pelo de perro en el suelo".
Cuando ella empezó no había muchos amos de xolos, pero eso está cambiando.
"Están empezando a ser reconocidos", dijo, filmando a los xolos que hacían cabriolas en el centro de conferencias en Ciudad de México. "Los criadores están trabajando mucho para promoverlos".
Stephanie Mazzarella, una asmática de 44 años, de Loxahatchee, Florida, empezó a criarlos después de que su doctor le dijera que no podría tener nunca una mascota, a menos que esta no tuviera pelos. Ahora, pasa su tiempo libre tratando de interesar a otros en sus perros.
"Los pongo en un cochecito de perro y los llevo al mall a ver si puedo interesar al público", contó, mientras su cachorro de nueve meses, Chabella, miraba a sus competidores.
En la época de la conquista española, los xolos estaban extendidos por todo México. Eran considerados sagrados por los aztecas, que a veces comían su carne como una cura para todo tipo de enfermedades y enterraban a los perros con sus amos para que ayudaran a guiar a las almas humanas en el más allá. Todavía creen muchos que los perros poseen cualidades curativas.
Brenda Armstrong, que tiene cuatro xolos en su casa en Vancouver, British Columbia, dijo que tenía una amiga cuyo xolo había sido adiestrado para que la despertara si el nivel de azúcar en la sangre de su marido diabético caía durante la noche.
"Las mujeres mayas todavía aprietan a los perros contra sus estómagos para curar los retortijones", dijo, jugando con la correa del xolo de su amiga en la exposición.
Unos setenta xolos están compitiendo este fin de semana en la Exposición Mundial Canina. Todavía está por verse si los xolos seleccionados como mejor raza puede hacerse valer entre los más de cinco mil perros de trescientas razas que competirán el domingo para ser declarada la mejor raza de la exposición.
Incluso si no ganan, los xolos se han colocado en el centro del escenario en un mar de perros gran danés, pastores alemanes y peludos perros falderos.
Los perros han sido siempre populares en las exposiciones de perros raros, y se los puede encontrar haciendo de mascotas en todo el mundo. Los rusos los visten con abrigos, mientras que los mexicanos untan a los claros xolos en bronceador.
Los perros tienen una piel suave y tibia, y mantienen su piel aceitosa con unas glándulas que se encuentran entre sus dedos del pie.
Algunos tienen un hirsuto mechón encima de la cabeza, y un 25 por ciento nace en realidad con una gruesa capa de pelo, una peculiaridad genética.
En peso, los xolos van desde los cuatro kilos y medio, hasta los de veintidós kilos, y los hay de tres tamaños: mini, que es un poco más grande que un chihuahua; medianos, del tamaño de un beagle; y normales, más o menos como un labrador.
Armstrong dice que la raza es fuerte, ya que ha sobrevivido durante miles de años en México. Una vez, su perro se engulló dos biznagas.
"Pensé: ‘Oh, esto va a salir caro'", dijo. "Pero no tenía ninguna espina en su hocico, y una hora más tarde escupió todas las espinas y no tuvo ningún problema en digerir el cactus".

25 de mayo de 2007
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