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opinión

esa peligrosa manera de prevenir


El único que disparó fue el metropolitano.
[Horacio Cecchi] Argentina. Una de las pistolas que supuestamente utilizaban los presuntos delincuentes en el asalto al colectivo 79 no tenía balas y la otra tenía un solo proyectil y no se podía disparar. Los datos fueron obtenidos por fuentes de la investigación y difundidos por el Cels en un comunicado. La causa pasó del juzgado de instrucción 24, de Juan Ramos Padilla, a la Justicia bonaerense, porque los disparos tuvieron lugar del otro lado del Riachuelo, en Valentín Alsina.
El hecho ocurrió en el interno 77 de la línea 79 de la empresa San Vicente que se dirigía hacia la Ciudad de Buenos Aires. A la altura del supermercado Makro, en Valentín Alsina, Avellaneda, y a dos cuadras de cruzar el puente Victorino de la Plaza, subieron cinco jóvenes, tres de ellos aparentemente de entre 10 y 12 años según los testigos, un cuarto de 16 años, Rodrigo Romero, y otro de 23, Jesuán Marchioni. En el colectivo viajaban unos 10 pasajeros, y David Alejandro Barrios, agente de la Metropolitana. Estaba armado, sin uniforme y se dirigía a su puesto, en la Comuna 12 de Saavedra.
Según los testimonios el policía, sentado en los asientos del fondo, detectó el asalto y disparó antes de que los supuestos ladrones reaccionaran. A uno lo mató de dos disparos y al otro lo remató, según testimonió uno de los pasajeros a la prensa. Su declaración, si bien no es válida legalmente, tiene su soporte de verosimilitud, ya que no cuestionó la actuación del policía sino mas bien la elogió.
El agente quedó detenido en la comisaría 30ª de la Federal porque el colectivero recién se detuvo al cruzar el puente en un retén de la Prefectura. Horas después de que trascendiera el hecho, el ministro de Justicia y Seguridad porteño, Guillermo Montenegro, y el jefe de la Metropolitana, Eugenio Burzaco, elogiaron la actuación del policía. Burzaco sostuvo su "valentía y profesionalidad". En ningún momento se mencionó la gravedad de lo ocurrido: el policía sólo controla, si es que controla, su arma. Pero según las fuentes policiales, había al menos otras dos que sí le resultan incontrolables. En el colectivo, además de los supuestos ladrones (que la Justicia deberá determinar si lo eran), viajaban un chofer y otros diez pasajeros.
18 de agosto de 2011
17 de agosto de 2011
©horacio cecchi

el reto de un maníaco


Los atentados en Noruega demuestran una vez más el peligro que representa la propaganda que fomenta el odio.
[Tim Rutten] Hace dieciséis años fui uno de los periodistas encargados por el Times de cubrir el atentado de Oklahoma City. Fue una de esas historias espeluznantes que resaltan en una memoria que ahora se remonta a más de cuatro décadas, en parte debido a que mi misión era escribir todos los días sobre los niños masacrados en la guardería debajo de la cual Timothy McVeigh hizo explotar su potente coche bomba.
Una de las cosas que recuerdo con particular claridad es la paralizante conciencia de que, al llegar el fin de semana, simplemente no tenía más adjetivos para usar en la descripción de esos pequeños cuerpos. La otra fue el horror que sentimos varios de nosotros en la sala de prensa cuando nos dimos cuenta de que conocíamos la fuente de inspiración de la atrocidad de McVeigh. Poco antes del atentado, habíamos intercambiado impresiones sobre una repugnante y popular novela sobre la extrema derecha y dentro del movimiento miliciano que florecía entonces. Se titulaba ‘The Turner Diaries’ y había sido escrita por el líder de una de esas organizaciones de nacionalistas blancos que provenían de la fragmentación del movimiento neo-nazi estadounidense.
Es una historia sobre cómo unos guerrilleros racistas derrocan al gobierno y desencadenan una guerra racial en la que exterminan a todos los negros y judíos, junto con la "raza de traidores" que son colgados de las farolas del alumbrado público durante "el día de la cuerda." Uno de los acontecimientos clave en esa guerra imaginaria es el exitoso ataque del protagonista contra la sede del FBI con un coche bomba lleno de fertilizantes de exactamente el mismo tipo que había preparado McVeigh. La novela contiene detalladas instrucciones para construir una bomba de ese tipo, y en el coche del terrorista se encontraron fragmentos fotocopiados del libro cuando fue detenido. Más tarde nos enteramos de que McVeigh dormía con un ejemplar de ‘The Turner Diaries’ debajo de la almohada.
Todo esto se viene poderosamente a la mente cuando pensamos en el atentado con bomba y la masacre cometida por Anders Behring Breivik, un ultraderechista noruego obsesionado con su odio hacia los inmigrantes musulmanes. Su bomba, el ataque contra edificios oficiales y el asesinato de aquellos que Breivik consideraba traidores a la pureza de la identidad noruega podría haber sido arrancada de ‘The Turner Diaries’, que ahora está disponible en la red.
Sabemos por su propio manifiesto -con párrafos enteros plagiados del Unabomber- que Breivik leía y admiraba las páginas web anti-musulmanas de los estadounidenses Robert Spencer y Pamela Geller. Se inspiró en sitios europeos que fomentan la llamada teoría de la conspiración euro-árabe, que pretende revelar un acuerdo secreto entre burócratas europeos y musulmanes para entregar Europa al mahometismo a cambio de petróleo.
Si se lee con un poco más de atención los desvaríos de Breivik, se descubren ecos de discursos odiosos todavía más antiguos, entre ellos el libro del neo-fascista estadounidense Francis Parker Yockey, cuya ‘Proclamación de Londres’ de 1949 anticipa gran parte de la retórica anti-musulmana de hoy. Sus obras están disponibles en la red
A esta altura debería estar claro que la difusión de teorías de odio representan un reto particular para las sociedades abiertas en esta nueva época, cuando su contagio se puede expandir con nada más que un click de ratón. Esta porquería se agudiza en las regiones más profundas de la red, una constante atracción para los descontentos y los engañados. Como muestra el ejemplo de Breivik, todos podemos sufrir un incidente megalómano: en Oslo como en Oklahoma City.
La censura -el equivalente intelectual de la detención preventiva- es una tentación constante, pero debe ser rechazada. No tiene sentido quemar la sociedad abierta con el fin de salvarla.
Pero está claro que nuestras ideas corrientes de tolerancia son peligrosamente flácidas. Ya no será suficiente, como señaló una vez Isaac Berlin, con encogernos de hombros y decir: yo creo en la bondad y tú crees en los campos de concentración, dejémoslo ahí. Eso no es tolerancia; eso es un tipo de indiferencia en la que el respeto por la libertad de expresión es más un alibi que un valor.
Si la libertad de expresión es suficientemente importante como para protegerla, tenemos que tomarla en serio, especialmente cuando es odiosa. Meterse en esta basura es como nadar en el alcantarillado y casi siempre terriblemente tedioso. Oslo, sin embargo, nos recuerda que esta propaganda no puede ser ignorada. Debe ser identificada, refutada y denunciada. Los que intentan introducir estas ideas en nuestros intercambios cívicos para su propio beneficio, deben ser confrontados directamente.
Ahora más que nunca, la sociedad abierta debe ser una sociedad vigilante.
10 de agosto de 2011
27 de julio de 2011
©los angeles times
cc traducción mQh

terrorismo de derechas


Los atentados en Noruega ofrecen una oportunidad para meditar a aquellos que atacan a los musulmanes. Editorial de Los Angeles Times.
Con la noticia de que el hombre acusado de masacrar a 76 personas el viernes en Noruega era un extremista de derechas cuyo manifiesto está lleno de citas de blogueros anti-musulmanes estadounidenses, ideólogos conservadores se volvieron a poner a la defensiva. Decimos "se volvieron a poner" porque es una situación que ya vivimos hace seis meses cuando los conservadores del ‘tea party’ fueron acusados de inspirar el intento de asesinato de la representante demócrata Gabrielle Giffords en Tucson, por popularizar opiniones contra el gobierno.
Era erróneo entonces, y lo sigue siendo ahora, atacar a los defensores de opiniones políticas legítimas, aunque extremistas, por los actos violentos de individuos trastornados. Sin embargo, aunque defendemos enérgicamente el derecho a expresarse a sí mismos, incluso de los intolerantes, creemos que los horrendos actos de terrorismo cometidos por Anders Behring Breivik en Noruega el lunes proporcionan una buena oportunidad de introspección para los que denigran a los musulmanes.
Bajo el fuego particularmente violento de los críticos se encuentra Robert Spencer, administrador del sitio web anti-musulmán Jihad Watch, que fue citado 64 veces en el mamotreto de Breivik. Después de recibir llamadas de periodistas, Spencer se quejó en su blog de que sentía como se deben haber sentido los Beatles cuando Charles Manson dijo que se había inspirado en la canción ‘Helter Skelter’ para cometer asesinatos. He aquí como distingue Spencer sus escritos de los de musulmanes: "Los textos y enseñanzas islámicas, y con frecuencia los propios imanes exhortan a sus seguidores a cometer actos de violencia directamente. Yo no hago eso."
Lo que Spencer no tocó es el hecho de que su sitio, y otros citados por Breivik, tales como The Gates of Vienna, tienen el hábito de responsabilizar a todos los musulmanes por los actos de una minoría de violentos yihadistas. Como ejemplo del pensamiento de Spencer está que en noviembre escribió que la Administración de Seguridad en el Transporte debería describir y dar mayor atención a la vigilancia de hombres musulmanes en los aeropuertos, debido a que este es el grupo que es más probable que cometa actos de terrorismo. Uno podría argumentar fácilmente que se debería prestar especial atención a los hombres blancos. Tras el atentado en Oklahoma City, el reinado del terror del Unabomber, el atentado en Tucson y ahora las masacres en Noruega, este grupo de la población también parece inclinado a la violencia terrorista.
Ideólogos conservadores están recibiendo parte su propia medicina y se encuentran ahora siendo injustamente acusados de ser responsables de los actos de aquellos que comparten su ideología, pero la llevan a extremos violentos. ¿Les inspirará esto a tratar a los musulmanes con más justicia? Un defensivo comentario de Pamela Geller, que lleva el blog anti-musulmán Atlas Shrugs (también citado por Breivik), ofrece una respuesta. Incapaz de reconocer ni un ápice de responsabilidad por difundir desconfianza hacia los musulmanes, incluyendo a los moderados, responsabiliza a "la prensa que se inclina ante la sharia" por los ataques contra ella y su sitio. Una oportunidad perdida.
8 de agosto de 2011
26 de julio de 2011
©los angeles times
cc traducción mQh

un monstruo de extrema derecha


Los conservadores a ambos lados del Atlántico tienen la obligación de reconocer que Anders Behring Breivik es un monstruo de derechas.
[Ross Douthat] Durante muchos años, circuló en páginas web conservadoras un quiz titulado ‘Al Gore o el Unabomber?’ El quiz yuxtaponía pasajes del manifiesto ecológico del ex vicepresidente, ‘La Tierra en juego’ [Earth in the Balance], con citas de las críticas de Theodore Kaczynski a la civilización industrial y preguntaba al lector cuáles pertenecían a qué escritor.
¿Pertenecía al barbudo ermitaño la cita que predicaba la formación de "bolsones aislados de combatientes de la resistencia" para luchar con el "asalto contra la Tierra" de la sociedad moderna? No, la había escrito el ex presidente. ¿Era de Kaczynski, el matemático y doctor en filosofía convertido en un terrorista loco que se quejaba del "impacto destructivo" de traer a un niño a "un modo de vida terriblemente consumista tan común en el mundo industrial"? No, nuevamente era de Gore.
Emprendedores blogueros de izquierda ya han empezado a jugar un juego similar con Anders Behring Breivik, el noruego que, aparentemente, justificó el asesinato en masa de indefensos adolescentes en un campamento juvenil con un ‘compendio’ de mil quinientas páginas llamando a una revolución derechista contra la clase dominante europea. A juzgar por el contenido del manifiesto, Breivik tenía en general la misma relación con la derecha cultural que Kaczynski con ciertas tendencias del ecologismo. Los aspectos más tenebrosos de su ideología pertenecen estrictamente al entorno neo-fascista. Pero muchas de sus creencias y argumentos evocan la retórica de los conservadores culturales tradicionales, tanto en Europa como en Estados Unidos.
Pese a lo que han sugerido las autoridades noruegas durante el fin de semana, esas creencias probablemente no pertenecen al acerbo cristiano fundamentalista. Los escritos de Breivik no se parecen en nada a la teología de Jerry Falwell o de Oral Roberts, y su cristianismo nominal ("Supongo que no soy un hombre excesivamente religioso", escribe en su diario) parece más una expresión de una política de identidad europea y del chauvinismo anti-musulmán que de un auténtico fervor religioso.
Sin embargo, calificar a Breivik como ultraderechista es correcto. Como lo dijo John Podhoretz, editor de Commentary Magazine, el asesino noruego corresponde tan bien con "el tipo de ideólogo psicópata de derechas que muchos en este país asumieron que Jared Loughner, el esquizofrénico que disparó contra la representante Gabrielle Giffords" lo era. Su compendio cita abundantemente a escritores conservadores de ambos lados del Atlántico, y está lleno de descripciones de objetivos familiares de la extrema derecha: el laicismo y la corrección política; la Unión Europea y la revolución sexual; el radicalismo musulmán y la izquierda académica.
En realidad, sacadas de contexto, algunas de sus críticas contra el multiculturalismo y la inmigración parecen argumentos que han sido defendidos no sólo por partidos de extrema derecha de Europa, sino también por líderes conservadores corrientes, como David Cameron en Gran Bretaña, Angela Merkel en Alemania y Nicolás Sarkozy en Francia.
Esto significa que la tragedia del mes pasado es también una oportunidad política para los políticos de centro-izquierda europeos, si deciden responder a la masacre de Breivik del modo como respondió el presidente Bill Clinton a los atentados en Oklahoma City en 1995.
Los vínculos de Timothy McVeigh con la política republicana no eran demasiado evidentes, pero Clinton logró asociar al terrorista nativo con charlas radiofónicas y la paralización del gobierno, implicando que el crimen de McVeigh formaba parte de una trama más amplia de un conservadurismo antigubernamental descontrolado. A juzgar por el manifiesto de Breivik, los partidos de izquierda del continente no tendrán que esforzarse tanto para relacionar el acto de terrorismo del noruego con la derecha europea en general.
¿Cómo van a reaccionar los conservadores europeos? No con la pretensión de que no hay ninguna relación entre el extremismo de Breivik y la derecha continental más amplia. Sus crímenes deberían ser denunciados y repudiados, y su pedigrí ideológico tiene que ser reconocido.
Pero esto no quiere decir que los conservadores deban renunciar a sus convicciones. El horror en Noruega no desprestigia las opiniones de Merkel sobre la asimilación musulmana, del mismo modo que las de Ted Kaczynski no desautorizan las opiniones de Al Gore sobre el lado oscuro de la industrialización. En el panorama general, los conservadores culturales de Europa tienen razón: la inmigración en masa ha dividido más que enriquecido al continente, el islam y la democracia liberal no son todavía un matrimonio bien avenido y el sueño de una Unión Europea post-nacional y post-patriótica gobernada por un elite gobernante benévola parece cada vez más disparatado.
Durante décadas, las clases gobernantes de Europa insistieron en que sólo los racistas se preocupaban por la inmigración, sólo los intolerantes dudaban del éxito del multiculturalismo y sólo los fascistas se interesaban en la identidad nacional. Ahora que un extremista de la verdadera extrema derecha ha perpetrado una terrible atrocidad, será fácil volver a esas ilusiones reconfortantes.
Pero los extremistas se hacen fuertes cuando el sistema político pretende que el problema no existe. Los conservadores a ambos lados del Atlántico tienen la obligación de reconocer que Anders Behring Breivik es una especie de monstruo distintivamente derechista. Pero también tienen la obligación de tratar con las realidades que los espantosos crímenes de este monstruo amenazan con ocultar.
5 de agosto de 2011
24 de julio de 2011
©new york times
cc traducción mQh

terror desde dentro


"¿No es tenebroso que un solo hombre haya podido causar todo este horror?", dijo Timothy J. McVeigh sobre el atentado en Oklahoma City, que mató a 168 personas. Lo es.
[Russell Jacoby] Armas automáticas y potentes bombas permiten que desquiciados y resentidos masacren a decenas de inocentes en cuestión de segundos. Testigos de los asesinatos en la Universidad de Texas en 1966 (catorce víctimas), la Escuela Secundaria Columbine en 1999 (trece asesinados), la Virginia Tech en 2007 (32 muertos), o, para aquellos que saben de historia, el desastre de la Bath School en 1927, cuando un enfadado miembro del directorio de la escuela hizo volar por los aires a 38 niños y seis adultos en Michigan. La reciente masacre de Noruega encaja en este vil esquema, aunque en cantidad de víctimas esta eclipsa todas las anteriores, excepto la de Oklahoma City.
No es solamente la potencia de fuego de que disponen los trastornados lo que da miedo. Nuestra incapacidad de aceptar una simple pero no reconocida verdad es igualmente inquietante. La mayoría de los peligros y agresiones violentas tiende a provenir desde dentro de la sociedad, no desde fuera. John F. Kennedy, Anwar el-Sadat y Yitzhak Rabin fueron todos asesinados por compatriotas suyos. Ciudadanos cautelosos pueden exigir mejor iluminación callejera, pero deben temer más de sus esposas, ex esposas, amigos o colegas que de un extraño en la calle.
Sin embargo, preferimos imaginar peligros que emanan de extraños y extranjeros. Curiosamente, hablar de "choque de civilizaciones", aunque es impreciso, tranquiliza, porque sugiere que los enemigos provienen de fuera y pueden ser fácilmente identificados. Tanto en Oklahoma City como en Oslo, las autoridades asumieron inicialmente que los autores de los atentados eran extremistas o yihadistas. Este reflejo continúa enturbiando tanto el pensamiento popular como el académico. Aquellos que odian al presidente Obama no pueden aceptar que sea nacido y criado como estadounidense; a sus ojos, tiene que ser extranjero. En su libro ‘Orientalism’, de 1978, Edward W. Said engendró una pequeña industria de estudiosos que documentan cómo percibimos al extranjero o al "otro."
Pero tanto en Oklahoma City como en Oslo los actores son ciudadanos nativos. Cada vez más, las guerras y conflictos civiles se han hecho más comunes y más letales que las guerras entre estados, que son cada vez menos frecuentes. El ejército sirio dispara contra sirios, y como muchos orientalistas, las autoridades atribuyen a extranjeros las protestas que agitan la región.
"Siria es el blanco de una conspiración extranjera", acusó el presidente Bashar al-Assad.
Guerras civiles brutales no son exclusivas ni de África ni del Oriente Medio. Se perdieron más vidas estadounidenses en la Guerra Civil -cuando la población de Estados Unidos era la décima parte de lo que es hoy- que en cualquier otro conflicto. En el siglo veinte, las guerras civiles en Rusia, China y España provocaron, en conjunto, millones de muertes.
La situación no cambia si a la ecuación se agrega el genocidio. Con algunas excepciones, el genocidio implica a grupos relacionados estrechamente, no a extranjeros. Véase los casos de Ruanda o Camboya -o incluso Europa, donde se originó el término genocidio. Los judíos de Alemania se habían asimilado extraordinariamente, como en general todos los judíos de Europa.
Lejos de llamar la atención como bichos raros, sobresalían en todos los oficios y profesiones alemanas tradicionales. No por nada el historiador de Princeton, Jan T. Gross, tituló su libro sobre el exterminio de los judíos en un pueblo polaco, ‘Neighbors.’
Pese al mandamiento que impone querer a tu vecino, frecuentemente lo odiamos. Ciertamente la proximidad es una de las razones. Los ladridos del perro del vecino o la música a todo volumen provocan más ira que el peligro imaginado de un extranjero invisible. Probablemente los evolucionistas destacarían la competencia por recursos limitados. Los extranjeros podrían poner en peligro nuestra supervivencia de una manera abstracta, pero los compatriotas lo hacen directamente. Tanto en la mitología como en la realidad, son los hermanos los que compiten por el patrimonio, se trate de una vaca o de un castillo. Las cosas pueden ponerse violentas fácilmente.
Sin embargo, quizás algo más importante empieza a actuar, lo que el difamado maestro Freud llamaba "el narcicismo de las pequeñas diferencias." Con frecuencia las pequeñas variaciones provocan más cólera que las más grandes, porque ponen en peligro nuestra identidad.
Desafían nuestra identidad y nuestra autoestima. Nos gusta creer que los grandes conflictos requieren grandes causas, pero ignoramos que, de hecho, son las pequeñas diferencias las que más habitualmente desatan el odio. El primer acto de violencia en la literatura judeo-cristiana es un fratricidio. Caín se indignó porque sus ofrendas eran menos apreciadas que las de Abel, pero la furia de Caín desconcertó incluso a Dios. La violencia fratricida abre el libro de historia y reaparece constantemente. Las similitudes no dan origen a la armonía sino al antagonismo.
Esto pareciera llevarnos lejos de la matanza en Noruega. Sin embargo, si Anders Behring Breivik es culpable y ha actuado solo, su acto ilustra la incómoda verdad de que el rencor se origina muy a menudo entre familiares y amigos, no entre extraños, y se ataca a otros ciudadanos. Un ciudadano noruego con padres noruegos masacró a 76 de sus compatriotas.
"Es uno de nosotros", dijo un académico noruego sobre Breivik. Eso hace que la tragedia sea a la vez terrible y familiar.
[El autor es historiador y está asociado a la Universidad de California, Los Angeles. Es autor de ‘Bloodlust: On the Roots of Violence From Cain and Abel to the Present.’]
2 de agosto de 2011
25 de julio de 2011
©new york times
cc traducción mQh

quiénes crearon a breivik


Breivik tiene muchos compañeros de ruta a ambos lados del Atlántico. Ellos crearon el veneno en el cual Breivik refinó su criminal resentimiento. Los habilitadores incluyen a Geert Wilders, en Holanda, que comparó el Corán con ‘Mi lucha’, de Hitler.
[Roger Cohen] En cierto nivel, Anders Behring Breivik, el noruego responsable de la más grande masacre cometida por un solo individuo en tiempos modernos, es solamente un psicópata aislado particularmente mortífero: un hijo de mamá de 32 años, sin contacto con su padre, obsesionado con los videojuegos (Dragon Age II), sexualmente inactivo, que se jacta de sí mismo ("Hoy en el restaurante había una chica relativamente guapa mirándome") y dedica su tiempo al cultivo del odio y al ensamblaje de una bomba de fertilizantes y aspirinas molidas.
Sin ninguna duda, así es como los islamófobos de extrema derecha de Europa y Estados Unidos que comparten sus creencias, mas no sus métodos, querrán ver retratado a Breivik.
Conocemos la película. Cuando Jared Loughner disparó contra la representante Gabrielle Giffords este año en Tuscon, Arizona -después de que Sarah Palin colocara en la mira al electorado de Giffords y Giffords misma predijera que eso "tendría consecuencias"-, la derecha se esmeró frenéticamente en retratar a Loughner como un tipo solitario y esquizofrénico cuyo trastornado universo no debía nada a los que ventilan odio bajo el lema ‘Recuperemos Estados Unidos’. (Eso querría decir recuperar a Estados Unidos de manos de los musulmanes y de liberales como la judía Giffords.)
Breivik no surgió de la nada. Su violencia germinó en un ambiente europeo preciso que comparte características con el ambiente estadounidense específico en el que surgió Loughner: una relativa recesión económica, una recuperación sin empleos, una clase media con crisis de ansiedad y altos niveles de inmigración que sirvieron como telón de fondo para la islamofobia racista y el uso de una falsa amenaza -la de la "invasión musulmana"- como un problema político para canalizar frustraciones derechistas.
En una entrada del 11 de junio en su manifiesto online de mil quinientas páginas, Breivik escribió: "Hoy recé por primera vez durante mucho tiempo. Le expliqué a Dios que a menos que Él deseara una alianza entre marxistas y musulmanes y la ocupación islámica de Europa para aniquilar completamente a la cristiandad europea dentro de los próximos cien años, debía asegurarse de que los guerreros que combaten por la preservación de la cristiandad europea logren la victoria."
Dos días después, probó su bomba casera: "BOOM! La explosión resultó bien."
En este contexto, la cristiandad europea es una imagen calcada del idealizado califato de Osama bin Laden. Es un mundo paralelo de fantasía mediante el cual se debía reclutar a las masas para una guerra apocalíptica contra los herejes enemigos que presuntamente amenazan el territorio, la moral y la cultura de una comunidad imaginaria de devotos creyentes.
Esta particular Europa cristiana -el continente es abrumadoramente laico por razones que no tienen nada que ver con la creciente presencia musulmana- es tan fantasiosa como el dominio restaurado del califato del siglo siete. Bin Laden arremetía contra los "cruzados". En 2002 Breivik asistió a un encuentro para refundar los Caballeros Templarios, la orden militar cruzada. Esa es la materia prima de los videojuegos, excepto que mata de verdad a adolescentes de carne y hueso de todos los credos.
Lo que ha quedado claro en Oslo y en la Isla de Utoya es que el delirante odio derechista antimusulmán dirigido contra los liberales "multiculturales" puede ser tan peligroso como el veneno contra los herejes de al Qaeda: Breivik solo mató a mucho más gente que los cuatro terroristas islámicos suicidas en el atentado del 7 de julio de 2005 en Londres.
Breivik tiene muchos compañeros de ruta a ambos lados del Atlántico. Ellos crearon el veneno en el cual Breivik refinó su criminal resentimiento. Los habilitadores incluyen a Geert Wilders, en Holanda, que comparó el Corán con ‘Mi lucha’ durante la campaña que le proporcionó el 15.5 por ciento de los votos en las elecciones de 2010; el avance de Marine Le Pen en Francia, que utiliza analogías con los nazis para denigrar a los fieles musulmanes; los partidos derechistas en Suecia y Dinamarca e Inglaterra que atribuyen todos los problemas a la inmigración musulmana; los republicanos como el ex vocero de la Cámara de Representantes Newt Gingrich y el representante Peter King, que decidieron que era políticamente oportuno atacar a la "sigilosa sharia en Estados Unidos" en momentos en que tenemos un presidente cuyo segundo nombre es Hussein; los pastores de las iglesias protestantes estadounidenses que utilizan los púlpitos semana tras semana para repetir que Estados Unidos es un país cristiano bajo la inminente amenaza del islam.
Durante los últimos diez años los musulmanes no han hecho lo suficiente para denunciar a los que deforman su religión en nombre del crimen yihadista. ¿Denunciarán los europeos y estadounidenses antimusulmanes islamófobos lo que ha hecho Breivik bajo sus banderas ideológicas? Lo dudo. Se dedicarán a enfatizar lo aislado que estaba.
En las últimas décadas la inmigración musulmana en Europa ha estado acompañada de enormes problemas sociales, mucho más grandes que en Estados Unidos. Hay un montón de cuentas por rendir. A menudo los inmigrantes han debido soportar el racismo y la exclusión. Los valores del islam sobre las mujeres, el matrimonio y la homosexualidad, así como la misma vitalidad de su religión, han crispado a la Europa secular. El panorama no es parejo -porque también existe la integración exitosa-, pero es inquietante.
Sin embargo, nada puede servir de excusa para la aceptación del racismo antimusulmán que en el pasado se reservaba para los judíos de Europa. No durante el fin de semana cuando murió Amy Winehouse, una chica judía de East London cuyo talento, en el pasado, habría sido desechado como basura cosmopolita degenerada por la derecha europea, racista y criminal. Una buena manera de recordarla es luchar contra la última versión de la criminal intolerancia europea.
1 de agosto de 2011
26 de julio de 2011
©new york times
cc traducción mQh

la buena memoria


Algo tan artístico como una creación audiovisual ha levantado críticas destempladas, presiones indebidas, actos de clara censura ideológica, que en el fondo buscan imponer el olvido.
[Romy Schmidt] Tuve la oportunidad de asistir al lanzamiento de la serie Los Archivos del Cardenal que exhibió TVN el jueves 21 de julio y, junto a cientos de personas, reviví con emoción y dolor parte de nuestra memoria, narrada en una ficción tan realista que me volvió rápidamente a conectar con los sentimientos que más a flor de piel tuve en mi juventud, durante la dictadura: el miedo y la impotencia ante la injusticia.
Sin embargo, algo tan artístico como una creación audiovisual ha levantado críticas destempladas, presiones indebidas, actos de clara censura ideológica, que en el fondo buscan imponer el olvido. "¿Para qué tener memoria, para qué recordar, si al país la va bien? Miremos hacia el futuro y olvidemos el pasado reciente", nos dicen algunos.
No obstante, el olvido, la "desmemoria", es una opción errada que coloca al país en un callejón sin salida. Según la RAE, una acepción de memoria es: "retórica del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado". Recordar es pasar de nuevo por el corazón, y la autora Josefina Cuesta nos acerca al sentido de esta acción: "Por qué recuerdo: recuerdo para no olvidar, para no volver a sufrir lo vivido, para sentirme parte de una sociedad devastada".
La memoria es personal, dice relación con los relatos y vivencias de cada uno, pero al enfrentarse con la memoria de otros vamos construyendo una memoria colectiva, que a su vez forma identidad: los derechos humanos son, y deben ser, parte de la identidad de la sociedad chilena.
Cuando hablamos de cifras, por ejemplo de las 3.195 personas detenidas desaparecidas o ejecutadas que hasta ahora nos arroja el Informe de la Comisión Rettig, no es lo mismo que cuando conocemos los rostros y las historias de vida de algunas de ellas, cuando sabemos del sufrimiento que su pérdida han causado a sus seres queridos, cuando nos cuentan sobre lo que ellos hacían cotidianamente o cuando nos imaginamos qué historia se hubiese contado si siguieran vivos y hubiesen seguido desarrollando su destino con normalidad. ¿Dónde habrían llegado ellos o sus hijos? ¿Qué habrían hecho por Chile? ¿A quién habrían amado? Ya lo dijo Norbert Lechner en su texto "Las Sombras del Mañana": "La verdad de la memoria no radica en la exactitud de los hechos como en el relato y la interpretación de ellos". Por esto, la serie Los archivos del Cardenal, siendo arte y ficción, también es memoria, buena memoria.
Ahora bien, ¿de qué forma el Estado de Chile ha preservado la memoria de las violaciones a los derechos humanos ocurridas entre 1973 y 1990? Lo ha hecho con la trilogía de Verdad, Justicia y Reparación.
Verdad: con los Informes de Verdad que dan cuenta en detalle de las violaciones a los derechos humanos sufridas por miles de  niños, mujeres, hombres, jóvenes y ancianos.
Justicia: por los cientos de procesos judiciales que se han llevado y siguen llevando adelante en el país, con un fuerte impulso vivido este año con la presentación de oficio de 726 nuevas querellas, que buscan establecer la verdad judicial y la individualización y castigo de los victimarios.
Reparación: con políticas de reparación como pensiones, bonos, beneficios de educación, salud, vivienda u otros (financiamiento de memoriales; asesoría jurídica, el Instituto de los DDHH y el Museo de la Memoria y los DDHH).
Así como los esfuerzos mencionados, la serie de televisión busca crear una reflexión valórica para que nunca más se repitan actos que afecten la dignidad de ningún ser humano, lo que sin duda fortalece nuestra democracia.
Esto no es una victimización de nadie, es nuestra historia, es nuestra memoria y por eso me quedo con las palabras del ministro Felipe Bulnes que, viniendo de un político de derecha, a mi juicio tiene aún más valor al interpretar el real sentido que la memoria tiene: "...afortunadamente hoy día estamos en un país donde los derechos humanos no le pertenecen a ningún sector, no es una bandera que esté en un lado, sino que una bandera que está instalada como parte de la democracia". Las organizaciones de derechos humanos, las víctimas, los creadores, han entregado una contribución vital a que esta historia pueda ser sentida como parte de la vida de todos.
[La autora fue Ministra de Bienes Nacionales.]
30 de julio de 2011
25 de julio de 2011
©la nación

tapando el sol con un pito


El frío comportamiento de los canales ante la marihuana. Los problemas de las figuras con las drogas no son una situación nueva en la televisión. Carolina Arregui, una actriz de larga trayectoria, desapareció largas temporadas por su adicción a la cocaína.
[Juan Costeau] Santiago, Chile. Apenas se consignó en los medios: Erick Monsalvo, Lelo, uno de los personajes más reconocidos del programa ‘Yingo’ fue despedido el jueves último luego de volver hace menos de 7 días al espacio juvenil.
El muchacho de pelo azul cargaba con una pesada cruz: en mayo de 2010, lo detuvieron por estar fumando marihuana en la calle y con siete gramos del alucinógeno en su poder.
El truco de los ejecutivos de Chilevisión es burdo. No quieren tener nada que ver con nadie que arrastre algún problema con la marihuana. Para ello, despiden y no justifican sus acciones. Desde que el 7 de julio, Félix Soumastre y Camilo Huerta, dos de las caras más populares de ‘Yingo’, fueron encarcelados y ajusticiados por la opinión pública por tener cultivo indoor y vender hierba, los canales han entrado en pánico.
Más aún, cuando una semana después, Arturo Prat, un personaje habitué de los realities, cayó por un motivo similar: poseer diez plantas de distintos tamaños en su departamento y portar 720 gramos de la droga.
Todos se sienten en la mira. Creen que el enemigo está en sus estudios, sus oficinas y en sus reuniones de pauta.
Los problemas de las figuras con las drogas no son una situación nueva en la televisión. Y hace unos años, en TVN, el asunto también pareció escapárseles de las manos.
Una conocida actriz y un conductor también sufrieron los rigores de la adicción. Sin embargo, la estación se portó como correspondía: pagó los tratamientos respectivos y las personas se sanaron. Por supuesto, en los medios de comunicación nadie escribió una línea -aunque esos problemas eran vox populi-.
El caso de fondo es que Chile, como en tantas áreas, no avanza como corresponde a los tiempos. Mientras en Argentina se despenalizó el cultivo de la marihuana y en Uruguay se aprobó una ley que permite la plantación, cultivo y cosecha de hasta ocho plantas por hogar, en nuestro país –un lugar que tiene los más altos índices de consumo de cannabis en la región- se sigue intentando tapar el sol con un dedo. Y lo peor, criminalizando a unas personas por tener plantas en su casa.
Cuesta entender que las policías intervienen teléfonos y gastan dinero de todos los chilenos durante 4  meses para detener un microtráfico. Y más aún, cuesta entender que demonicen esta situación. Quizás porque estos muchachos atraen luces y flashes, su castigo es sinónimo de severidad para la población.
Es otro error mayúsculo. La pelea tiene que estar en otra parte: en los barrios marginales donde la cocaína y la pasta base, drogas comprobadamente degradantes para el ser humano, hacen nata en la juventud.
O en empresas como La Polar, donde sus ejecutivos estafan a personas modestas y ni siquiera piden perdón –y menos van a la cárcel-. La culpa, entonces, no es del chancho. Ni tampoco de estos muchachos que han sido señalados con el dedo por una situación –tener plantas- que, estoy seguro, más de la mitad de los chilenos estaría dispuesta a legalizar.
30 de julio de 2011
27 de julio de 2011
©la nación