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opinión

de los votos a la cadena perpetua


En Argentina, lucha por los derechos humanos está lejos de haber terminado.

[Mario Wainfeld] Fue el represor que mejor libó las mieles de la democracia. Llegó a ser gobernador merced al voto popular. Ningún otro Señor de la Guerra orbitó tan alto. Aldo Rico y Luis Patti estuvieron muy a su zaga tanto en tiempos del terrorismo de Estado cuanto en las urnas. Esa afrenta a la dignidad colectiva (un genocida elegido por el pueblo) será cada vez más exótica: el paso del tiempo es inexorable, la revelación de la verdad tiene un peso inapelable. La condena a cadena perpetua, el consenso potente que le da contexto, conforman un cambio que va más allá de la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad. Antonio Domingo Bussi acaba de entrar en el pasado.

La condena, en yunta con Luciano Benjamín Menéndez, agrega a la nómina de convictos a otra figura central del plan de exterminio. Las primeras sentencias recayeron sobre actores de reparto, no sobre oficiales de primer rango que infamaron su uniforme. Ese comienzo, que inspiraba el lógico recelo de que la Justicia rigiera sólo para la periferia de los genocidas, se va rectificando: el peso de la ley recae también sobre los más empinados. La ex plana mayor de la Armada viene zafando, de momento.

Tras tantas idas y vueltas en la lucha por los derechos humanos, a veces es difícil registrar cuánto se ha avanzado por un camino que fue de todo menos sencillo y lineal. Nunca será bastante pero es mucho, si se lo compara con el pasado reciente o con la experiencia de otros países, en especial los vecinos.

Ahora funcionan muchos tribunales diseminados en toda la geografía nacional, el número de procesos y de sanciones crece en progresión geométrica. Se corresponde a esa tendencia que ayer Bussi haya recibido parte de lo que le corresponde: la máxima sanción legal posible, acompañada del masivo desprecio social. Hace quince años, hace diez o hace siete ese escenario parecía imposible.

El tribunal no terminó de darle sentido ejemplar a la sentencia. El mantenimiento de la prisión domiciliaria es injusto. El instituto, de clara raigambre garantista, podría llegar a ser admisible si fueran muy extremas las condiciones de salud del ex gobernador tucumano. Pero lo que ni aún en ese caso sería tolerable es que el genocida se estableciera en un country. Tamaña permisividad alienta la bronca de las víctimas sobrevivientes, de los familiares y de cualquier persona con apego a la ley.


La magnitud de la segunda condena contra Menéndez y la primera contra Bussi es igualmente enorme, aun sin contar que les caerán bastantes más. Muchos otros juicios los esperan. Claro que esa multiplicidad debería (pre)ocupar a la Corte Suprema. Las causas están excesivamente dispersas. Es una dificultad creciente que la cabeza del Poder Judicial debería encarar de una buena vez: genera disfunciones, sobrecarga y expone demasiado a los testigos, ralenta los trámites.

Son avatares de un avance formidable, que se corresponde a una amplia victoria cultural. La perorata que vienen repitiendo los genocidas desde 1983 ("ganamos la guerra, los derrotados nos vencieron luego") tiene una formulación falaz. Los criminales hablan de lo que no conocen: la opinión pública en una sociedad abierta. No yerran cuando registran la caída de su reputación al desprecio pero no saben percatarse de lo que realmente sucedió.

La necesidad de verdad y justicia, una consigna levantada por una vanguardia incomparable en términos históricos, los organismos de derechos humanos, se fue transformando en sentido común extendido. Lo que hace años predicaba un conjunto de personas nobles convenció a vastas capas sociales. La derogación de las leyes de la impunidad no llegó por un hecho aislado del príncipe, fue derivación de una seguidilla de luchas culturales y políticas internalizadas por millones de personas del común.

Ese clima distinto, construido con herramientas democráticas y pacíficas, se ve alterado en los últimos meses por una sensación térmica digna de atención. El conflicto con "el campo" produjo escenas asombrosas. En algunos casos se trata de regresiones, de evocaciones reaccionarias, de tentativas de volver atrás: las cada vez más agresivas incursiones de Cecilia Pando son un ejemplo.

El cronista observa fenómenos aún más llamativos: su memoria no registra que, de 60 años para acá por lo menos, algún dirigente de partidos mayoritarios haya ganado consensos amplios asistiendo a la Sociedad Rural como Julio Cobos. El peso simbólico de esa ONG producía retracción, cuando no rechazo. La adhesión fervorosa a la dirigencia "del campo", los actos masivos en pleno Barrio Norte depararon escenas inéditas, quizá no ponderadas aún en su real magnitud: jamás entre los argentinos la riqueza fue un imán proselitista. No hacía falta ser de izquierda o populista, el ideario de clase media imaginaba un límite con la riqueza, marcaba distancia con los bienes adquiridos por la pura herencia, hacía un culto de la movilidad social y de la educación como correa hacia el progreso.

Un imaginario edificado durante décadas fue sobresaltado en los meses recientes. Al tiempo, la corrección política ganada en los medios masivos abrió grietas inmensas al racismo y al clasismo explícitos, signos de intolerancia emitidos para un público de clase media por periodistas de clase media.

El lector preguntará cómo salda el cronista la tensión entre ese clima de avance cultural logrado en años de lucha y esa sensación térmica derechosa de este año. No se aventura a hacerlo, ni a anticipar desenlaces. Sólo sugiere que, aun con mucho terreno ganado, la lid continúa. Son datos que vale la pena analizar tras una jornada que, más allá de la inconsecuencia parcial del tribunal, quedará en la mejor historia de los argentinos.

29 de agosto de 2008
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retrato del nazi sudaca


El nazi sudaca, un personaje grotesco que sin embargo aflora junto con otros racismos.
[Rodolfo Omar Serio] Figurita repetida en el álbum del realismo mágico, el nazi sudaca es el arquetipo de la barbarie que pide a gritos "civilización" y escupe un poco. La historia del nazismo en Sudamérica es corta: en las épocas en que Hitler gobernaba Alemania, el nacionalsocialismo no suscitaba grandes simpatías en nuestra región, a excepción de los ejércitos, su institución por excelencia. Durante los largos años ’40, la Argentina se debatía entre declararse a favor del Eje (posición sostenida por la mayoría de los generales) o continuar con la exportación de carne a Inglaterra, tal como lo requerían los terratenientes. En parte, gracias al ingenio y la influencia de Roberto Noble –estanciero, político y fundador del Gran Diario– la situación se resolvió en la neutralidad hasta casi finales de la guerra, posición que no terminó de convencer a nadie. Desde entonces, el nazismo ha abandonado la impostura de elite y se ha diseminado, atomizado, con adaptaciones locales tan particulares como absurdas.
El nazi sudaca es digno del Manual de Zonceras de Jauretche. Desconoce los principios básicos de la ideología que se supone sustenta sus pensamientos: la revancha de lo particular contra lo universal, de lo nacional contra lo internacional. Por el contrario, no se le puede atribuir con mucho acierto el adjetivo nacionalista: históricamente se ha sentido identificado con los países del Primer Mundo más que con su propia nación. Su definición de lo propio lleva la impronta del deseo de ser lo otro; es ultranacionalista, pero de países que no son el suyo.
A partir de entonces, las contradicciones y los delirios de su componente sudaca comienzan a aflorar: si el nacionalsocialismo surge como un numeroso movimiento de masas antiburgués, el nazi sudaca ve al número y a la masa como el origen de su frustración, al tiempo que es burgués o anhela serlo. Si, como sostiene el historiador Furet, el fascismo surge como la revancha del pueblo contra la clase, el nazi sudaca tiene aspiraciones de clase aunque provenga del pueblo. Suma a su escuela del horror su admiración incondicional por los EE.UU. y su política exterior: gran condimento para la cocina del ridículo, si se tiene en cuenta que su aporte fue determinante para destruir al régimen.
El nazi alemán sustenta su particularidad en una idea fundante: la raza. Admira la raza aria, a la cual pertenece. Al nazi sudaca le alcanza con comprarse un ovejero alemán para su quinta. Los ojos profundamente azules de su gato siamés lo miran con asombro: en el mejor de los casos, proviene de las "familias patricias", invento local para renombrar a los viejos contrabandistas que comerciaban con Inglaterra a escondidas durante el Virreinato.
En ojos europeos, el nazi sudaca es un subproducto de sus desechos migratorios, apenas un sucedáneo, una destilación exótica de sus lacras sociales. No proviene de un gran imperio, no ha asolado continentes enteros en su vieja historia, ni siquiera posee un idioma propio. En palabras de Hegel, es reflejo de vida ajena. Su canciller Bismarck es Roca, y su Tercer Reich, el menemismo (y sus equivalentes a lo largo de la región).
El nazi alemán se une a las SS, sale y mata. El nazi sudaca pide ayuda: picanas locales o CIA, lo mismo da. El nazi alemán cita, orgulloso, a Goethe. El nazi sudaca siempre responde "Borges" cuando le preguntan qué lee, aunque no lea. El nacionalsocialismo alemán ha contado en sus filas con pensadores de la talla de Martin Heidegger, rector de la Universidad de Friburgo durante el régimen. El nazi sudaca funda su escuela ideológica en el taxi. Su Leni Riefenstahl es Cecilia Pando.

Negros de Alma
El nazi alemán centra su odio en el judío, y en forma secundaria, el negro, a quien considera con inferioridad intelectual, pero admira por la pureza de su raza. El nazi sudaca "tiene amigos judíos" y se jacta en afirmar que no tiene nada en contra de los negros "de raza". De aquí que, en ausencia de negros "de raza" –que "felizmente las continuas guerras han exterminado", como afirma Sarmiento en su ‘Facundo’–, se las arregle para inventar una nueva categoría sociológica: el negro "de alma".
La idea original que insufla fundamentos al nazismo es sustituida por un ingenio casi goebbeliano: si para los nazis la impureza de raza era una cuestión genética, biológica y objetiva, para el nazi sudaca el negro "de alma" es sartreano: producto y sujeto de sus elecciones, es así porque quiere, elige con cada acto su barbarie.
La veneración nacionalista de un Otro extranjero y un odio copiado a su Otro local lo constituyen. Lo ridículo de su patetismo es el único elemento que aglutina la legión de nazis sudacas. Eterno generador de déficit económico y simbólico, el nazi sudaca toma prestado hasta su odio. Tristemente, aún no ha entendido que si Hitler tuviera la oportunidad, no dudaría en matarlo.
Mientras tanto, desairado hasta por Mengele, el nazi sudaca tiene problemas para comprender que tal como está planteada la ideología que embandera, se es de la raza superior o no se es. No se puede ser nazi por opción, y menos, fuera de Europa. Sólo quedan entradas para el concierto del resentimiento: las de Wagner se agotaron.

26 de agosto de 2008
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cómo murió mónica benaroyo


A la ciudadana uruguaya la mataron enterrándola viva en un hoyo en el desierto y golpeándole la cabeza hasta decapitarla. Pertinente pregunta: ¿Podemos reconciliarnos con las hienas que la asesinaron?
[Eduardo Contreras] Un dato relevante de la cuenta pública rendida la semana pasada por la Jefatura Nacional de delitos contra Derechos Humanos de la Policía de Investigaciones que dirige el prefecto José Cabión, es que del total de detenciones practicadas por esa unidad cumpliendo órdenes judiciales, entre enero del 2007 a julio del 2008, el 37%, es decir la gran mayoría, corresponde a casos de secuestros y otros vinculados a delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar.
Ello da cuenta que el paso del tiempo no ha inhibido el desarrollo de los procesos judiciales que, con fuerza decisiva, se reiniciaron a partir de la primera querella formal contra Pinochet y sus cómplices, la del Partido Comunista de enero del 98. Así se consigna en el propio informe, que destaca esa querella como un hecho esencial que desató cientos de denuncias posteriores en las que la entonces Brigada Investigadora de Asuntos Especiales y de Derechos Humanos, más conocida como "el departamento quinto", cumplió un destacado papel. De sus acciones, sólo a manera de ejemplo, debe recordarse las detenciones de Manuel Contreras, de Paul Schaefer y de Raúl Iturriaga Neumann.
De este modo el camino de los tribunales, a pesar de sus contradicciones y de la presencia en ellos de pinochetistas declarados como Alfredo Pfeiffer, sigue siendo el conducto idóneo para avanzar en verdad y justicia. Ni las presiones de las FFAA ni las debilidades de los Gobiernos de la Concertación han sido capaces de frenar estos avances, cuyos principales protagonistas siguen siendo las agrupaciones de derechos humanos y especialmente las de familiares de las víctimas.
Un ejemplo de lo que afirmamos son las buenas noticias que recibimos la semana pasada desde tribunales. El martes 29 de julio la Corte Suprema ratificó el fallo de la Corte de Santiago que señala las irregularidades en la investigación relativa al asesinato del recordado compañero René Largo Farías y ordena reabrir ese sumario. Como se sabe, René, ícono de la cultura popular y padre fundador de ‘Chile ríe y canta’ fue asesinado por Carabineros en 1992. La investigación de los propios funcionarios obviamente ocultó sus culpas. Hoy se abre una posibilidad cierta para que se conozca la verdad.
La otra buena nueva llegó de España con la detención del abogado y ex fiscal militar Alfonso Podlech, culpable de varias muertes y entre otras la de un ex sacerdote italiano. Podlech será extraditado a Italia donde el fiscal Gian Carlo Capaldo le juzgará por su responsabilidad en los crímenes. A Podlech le conozco desde que a comienzos de los 70 defendía a latifundistas que asesinaron campesinos en Frutillar, a cuyos familiares presté asesoría jurídica por encargo del gobierno de la Unidad Popular. El sujeto era uno de los jefes reconocidos de la gavilla fascista Patria y Libertad, sus clientes fueron procesados por la Corte, pero Pinochet los salvó poco después de golpe cuando Podlech apareció vestido de militar.
A mediados de la misma semana fueron descubiertos en Arica los restos de la compañera uruguaya Mónica Cristina Benaroyo, asesinada por los militares. Por más que resulte estremecedor, es conveniente relatar los detalles de su muerte porque retrata de cuerpo entero a los hombres de Pinochet: la compañera fue enterrada viva en la arena cerca del mar dejando afuera su cabeza la que los uniformados patearon hasta decapitarla. ¿Con estos salvajes alguien quiere que haya ‘reconciliación’?
Todas las noticias invitan a seguir con más fuerza en defensa de los derechos humanos porque no se trata sólo del pasado sino del presente como lo demuestran los llamados de empresarios de ultraderecha a imitar la gestión del narcotraficante Uribe, presidente de Colombia, para militarizar "la seguridad y el orden público". Son los casos de Piñera en Chile y Berlusconi en Italia. Es decir, hablamos de temas que son más que nada del futuro.

16 de agosto de 2008
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pinochetistas en el ppd


Los miembros de la comisión nacional de DDHH del PPD acordaron también felicitar al senador Eduardo Frei Ruiz-Tagle y a la senadora Soledad Alvear, de la Democracia Cristiana.
[Mario H. Concha Vergara] Profundo malestar causó en las filas de la comisión nacional de Derechos Humanos del PPD que dos de sus parlamentarios, los senadores Roberto Muñoz Barra (ex miembro de Investigaciones) y Guido Girardi, se hayan sumado a los votos de quienes querían llevar a la Corte Suprema al retrógrado juez Alfredo Pfeiffer, que tiene un triste récord como protector de los violadores de los derechos humanos registrados durante la dictadura de Augusto Pinochet. Pero eso no es todo. Hubo malestar, también, por la posición asumida en la votación del Senado de parte del presidente del Partido Socialista, Camilo Escalona, y del senador de ese mismo partido Juan Pablo Letelier, cuyas abstenciones podrían haber convalidado el desaguisado de haber nombrado a Pfeiffer, quien entre otras perlas manifestó que no reconocía los tratados internacionales contra crímenes de lesa humanidad así como a los tribunales internacionales que juzgan este tipo de delitos, como los ocurridos en Chile. Pfeiffer, como se recordará, en 1978, en pleno apogeo de la dictadura y en medio de los grandes asesinatos cometidos por ella, fue designado como el mejor juez de la república. Es más, dicho magistrado aplicó de manera arbitraria la Ley de Amnistía de la dictadura que favorecía a los violadores de los derechos humanos, que hasta hoy son buscados por los tribunales internacionales. Los miembros de la comisión nacional de DDHH del PPD acordaron también felicitar al senador Eduardo Frei Ruiz-Tagle y a la senadora Soledad Alvear, de la Democracia Cristiana, que con su posición lograron parar el nombramiento del juez preferido de la dictadura. Los pepedeístas, defensores de los derechos humanos, reconocieron que esos parlamentarios que votaron en favor del pinochetismo nunca vivieron los rigores de la dictadura ni perdieron seres queridos o fueron, ellos mismos, encarcelados y torturados; es más, un dirigente los consideró "pinochetistas facciosos dentro del partido". Para la comisión nacional de DDHH del PPD aquí se planteó un problema ético de gran gravedad, porque los concertacionistas que votaron en favor de un cómplice en las violaciones de los derechos humanos, entre quienes estaban también José Antonio Gómez y Guillermo Vásquez del Partido Radical Socialista Democrático, y Hosaín Sabag, de la Democracia Cristiana, no entendieron que la ética no está en votar por cumplir un compromiso contraído con la derecha. Lo ético es buscar el bien común y en este caso ese bien está en el enjuiciamiento de los cientos o tal vez miles de violadores de los DDHH que se pasean por la impunidad, gracias a personas inescrupulosas y poco éticas que llegan a altas posiciones políticas y judiciales sin importarle el dolor de las víctimas.

conchamh@gmail.com

12 de agosto de 2008
©la nación
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la aterradora maldad humana


Los crímenes del pasado, de hoy y de siempre.
[Jack Fuchs] Dos noticias relacionadas con la ex Yugoslavia aparecidas la semana pasada en los medios me impulsan a la reflexión, quizá recurrente pero siempre vigente, sobre las guerras como tragedias humanas inevitables. Murió en Zagreb Dinko Sakic, jefe del campo de concentración nazi más importante de Croacia durante la Segunda Guerra Mundial, detenido en 1998 en Argentina, donde vivió en libertad durante cincuenta años. Con apenas horas de diferencia, fue detenido cerca de Belgrado Radovan Karadzic, quien vivía haciéndose pasar por médico especializado en medicinas alternativas –llevaba el pelo largo, barba y anteojos para ocultar su rostro–. Karadzic era el hombre más buscado por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) por su implicación en el cerco de Sarajevo y en la atroz matanza de Srebrenica durante la guerra civil que se extendió entre 1992 y 1995.
Sakic dirigió el campo de exterminio de Jasenovac, donde murieron cerca de 100.000 personas entre 1942 y 1944, en su mayoría serbios y judíos ejecutados bajo el régimen ustasha, un gobierno croata títere del régimen nazi. En total, las pérdidas humanas relacionadas con masacres y hechos bélicos durante la Segunda Guerra Mundial se elevaron a cerca de 1.000.000 para el conjunto de Yugoslavia. Los padecimientos de la población de la región no fueron únicamente consecuencia de la invasión nazi. Muchas matanzas se originaron en conflictos internos –justificados por diferencias religiosas o étnicas, a lo que se sumaron razones geopolíticas (excusas que nunca pueden faltar)–, no muy distintos a los que "explican" aquellas ocurridas en los años noventa, cincuenta años después.
Atrocidades cometidas con medio siglo de diferencia y mucho en común.
Srebrenica fue la masacre más grande acontecida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El conflicto en la región de los Balcanes, que se extendió por casi cuatro años, entre 1992 y 1995, les costó la vida a alrededor de 100.000 personas y provocó cerca de dos millones de refugiados y desplazados, musulmanes y serbios en su mayoría. En julio de 1995, Karadzic fue acusado por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) de autorizar el asesinato de civiles durante el sitio de Sarajevo, y cuatro meses más tarde fue acusado de orquestar la matanza de Srebrenica, que dejó en una semana 8000 hombres y niños muertos.
La ex Yugoslavia constituye un claro ejemplo de la realidad de nuestro planeta. Las terribles consecuencias de la Segunda Guerra Mundial no sirvieron de advertencia. Los años noventa mostraron que la trágica historia se repitió en la misma geografía, tan castigada cincuenta años antes. Un período de convivencia pacífica que duró medio siglo se quebró de un día para otro, y el país fue un campo de masacres y exterminios entre 1992 y 1995.
La historia pone en evidencia una vez más la condición humana. Terminada la Primera Guerra Mundial, Europa había quedado tapada de imágenes de espanto. Sin embargo, 20 años después, se volvió a cubrir de cadáveres. A Auschwitz e Hiroshima le siguieron, durante el siglo XX, Corea, Argelia, Vietnam, la amenaza constante de catástrofe nuclear, la guerra entre Irán e Irak, el Golfo, la guerra de los Balcanes. En este siglo XXI, no encontramos tregua alguna: la violencia en Medio Oriente, la invasión a Irak, los atroces crímenes diarios en Afganistán, la terrible situación en Darfur. El derramamiento de sangre ha sido una constante para el género humano. Las explicaciones y causas que encuentran tanto historiadores como politólogos sólo confirman que se trata de excusas. Las guerras existen para que en el marco de ellas todo esté permitido y todo se pueda justificar.
Las imágenes atroces se vuelven naturales y parte de nuestra vida cotidiana. En estos días, releyendo Ante el dolor de los demás de Susan Sontag, rescato las siguientes palabras: "Quizá se atribuya demasiado valor a la memoria y no el suficiente a la reflexión. ... La historia ofrece señales contradictorias acerca del valor de la memoria en el curso mucho más largo de la historia colectiva. Y es que simplemente hay demasiada injusticia en el mundo. Y recordar demasiado nos amarga".
No puedo escapar a mi condición de testigo de la Segunda Guerra Mundial y sobreviviente de la Shoá –Holocausto– cuando me vuelvo a preguntar una y otra vez cuál es el objetivo de la memoria. Las atrocidades que tuvieron lugar en la ex Yugoslavia en los años noventa sucedieron en Europa, sí, en Europa, ante la indiferencia de muchos. ¿Quién se hubiera imaginado que miles de civiles serían masacrados y arrojados a fosas comunes cincuenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, en una región que había sufrido en carne propia la atrocidad de la guerra?
Nuevamente la realidad nos muestra cuán frágil es nuestra memoria y cómo, equivocadamente, buscamos explicaciones y a veces peligrosas justificaciones, frente a la aterradora irracionalidad humana.

1 de agosto de 2008
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pena mínima por homicidio


Se anuncia una esperada reforma del código penal. La Estrella de Arica le dedicó su editorial de hoy.
Arica, Chile. En momentos en que el debate sobre delincuencia se intensifica y resurgen voces que exigen respuestas más enérgicas a las autoridades, el ministro de Justicia anunció que en 2009 se enviará al Congreso un proyecto de ley para elevar la pena mínima por homicidio. En la actualidad, ella está fijada en cinco años y un día, la misma con que se castiga el tráfico de drogas y el robo con violencia. Estudios empíricos realizados por la Fundación Paz Ciudadana muestran que los tribunales -pre y post reforma procesal penal- tienden a fallar en los mínimos de los rangos legales, por lo que, en la práctica, cinco años y un día es la sanción más frecuente para ese delito. Es difícil juzgar en abstracto si eso es mucho o poco, y el análisis se hace más complejo al considerar otros elementos, como la probabilidad de que el autor del delito efectivamente sea condenado -la que disuade es la pena realmente esperada, no la legal- o la aplicación de beneficios intrapenitenciarios, que reducen de modo importante las sanciones que cumplen los sentenciados.
Con todo, es manifiesto que en el Código Penal chileno hoy existe una desproporción entre las penas para los delitos contra las personas y contra la propiedad, y la valoración social relativa de los bienes que amenazan unos y otros (la vida o los bienes). Un aumento en la pena para el homicidio permitiría equilibrar eso en parte, y por esa razón la iniciativa resulta acertada, pero no por ello deja de ser un ajuste parcial e insuficiente.
El Código Penal ha perdido coherencia interna precisamente como resultado de los múltiples ajustes parciales, y ya es tiempo de emprender una reforma de envergadura, que sistematice y modernice nuestro derecho en esa área. El problema delictivo se agrava, y requiere de las mejores herramientas para enfrentarlo -entre otras, de una legislación penal sustantiva acorde con la realidad social y criminal del siglo XXI.
En esto trabajó por casi un quinquenio un grupo de académicos especialistas, convocados por el Ejecutivo en 2000 para elaborar un anteproyecto de nuevo Código Penal -el actual data de 1874-. En noviembre de 2005 entregaron al ministro de Justicia de la época una propuesta completa, que incluía, entre múltiples otros cambios, un aumento en la pena mínima por homicidio. Lamentablemente, ese texto no ha recibido hasta ahora mayor atención ni ha sido perceptible una real voluntad gubernamental de emprender la ineludible reforma penal. Ésta podría ser la ocasión: el cuerpo básico completo existe, y el plazo que se ha dado el ministro de Justicia -enviar el proyecto dentro del próximo año- parece más que suficiente.

8 de julio de 2008
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hora de despenalizar la marihuana


Este es Estados Unidos contra las drogas. Sólo polis y narcos se han beneficiado de los 2.5 trillones de dólares gastados en la lucha contra el narcotráfico.
[David W. Fleming y James P. Gray] La llamada guerra contra las drogas en Estados Unidos nos hace evocar el viejo dicho de que si te encuentras atrapado en un hoyo profundo, lo mejor es dejar de cavar. Sin embargo, la semana pasada el Senado aprobó un paquete de ayudas para combatir el narcotráfico en México y América Central, con un récord de 400 millones de dólares para México y 65 millones para América Central.
Estados Unidos viene gastando 69 billones de dólares al año en todo el mundo durante al menos los últimos cuarenta años, por un total de 2.5 trillones de dólares, en la implementación de su prohibición de las drogas -sin que se vean grandes resultados. ¿Hay alguien que se esté beneficiando con esta guerra? Se nos ocurren seis grupos.
El primero son los señores de la droga en países como Colombia, Afganistán y México, así como en Estados Unidos. Están ganando billones de dólares al año -y sin pagar impuestos.
El segundo grupo son las pandillas callejeras que infestan muchas de nuestras ciudades y vecindarios, cuya principal fuente de ingresos en la venta de drogas prohibidas.
El tercero son esos funcionarios a los que el gobierno paga bien para que luchen contra los dos primeros. Sus poderes y feudos burocráticos crecen con cada dólar que se gasta en el financiamiento de este programa que ha demostrado que no sirve para nada.
El cuarto son los políticos que son elegidos una y otra vez por adoptar posiciones duras -no inteligentes, apenas rudas- sobre las drogas y la delincuencia. Pero mientras más duros nos ponemos en la persecución de delitos por drogas no violentos, más blandos nos ponemos en la persecución de otras formas de delincuencia debido a los limitados recursos que se destinan para financiar el sistema de justicia criminal.
El quinto grupo son la gente que hace dinero con el aumento de la delincuencia. Este incluye a los que construyen prisiones y a los que proporcionan el personal para administrarlas. El sindicato de guardias de prisiones es uno de los grupos de presión más fuertes de California hoy en día, y sus filas siguen creciendo.
Y finalmente están los grupos terroristas en todo el mundo que se financian principalmente con la venta de drogas prohibidas.
¿Quiénes son los perdedores en esta guerra? Prácticamente todo el resto del mundo, y especialmente nuestros hijos.
Hoy hay más drogas en nuestras calles y a precios más baratos que nunca antes. En Estados Unidos hay más de 1.2 millones de personas tras las rejas y un gran porcentaje de ellas por el consumo no violento de drogas. Con nuestra fracasada política antidrogas, para la gente joven es más fácil obtener drogas prohibidas que comprar un six-pack de cerveza. ¿Por qué?
Porque los vendedores de drogas prohibidas no piden a los chicos su carné de identidad. Tan pronto como ponemos fuera de la ley alguna substancia, perdemos nuestra capacidad de regular y controlar el mercado de esta.
Cuando recuperamos la cordura y revocamos la prohibición del alcohol, los homicidios descendieron en un sesenta por ciento y continuó bajando hasta la Segunda Guerra Mundial. La tasa de homicidios de hoy probablemente caería en picado si dejáramos de prohibir las drogas.
¿Así que cuál es la respuesta? Empecemos por despenalizar la marihuana, tal como hicimos con el alcohol. Si lo hiciéramos, según cifras de la contraloría del estado, California ahorraría más de un billón de dólares al año, que ahora gastamos en inútiles intentos de erradicar la marihuana y encarcelar a usuarios no violentos. ¿Sorprende realmente que la marihuana se haya convertido en el cultivo comercial más importante de California?
Podríamos generar billones de dólares gravando el producto, tal como hacemos ahora con el tabaco y el alcohol.
También podríamos reclasificar la mayoría de las drogas de la Tabla I (fármacos que según el gobierno federal no poseen valor medicinal, incluyendo la marihuana y la heroína) como drogas de Tabla II (que requieren una receta), para que el gobierno regule su producción, supervise su potencia, controle su distribución y permita su prescripción por profesionales autorizados (médicos, psiquiatras, psicólogos y otros). Este curso de acción reconocería que algunos problemas médicos, como la drogadicción, es mejor dejarlos en manos de médicos antes que en las de agentes de policía.
La misión del sistema de justicia criminal debería ser siempre protegernos de otros y no de nosotros mismos. Eso quiere decir que los usuarios de drogas que conducen un vehículo motorizado o cometen otros delitos cuando se encuentran bajo la influencia de esas drogas deben ser considerados criminalmente responsables de sus actos, con severas penas. Dicho eso, el sistema no debería ser utilizado para protegernos de nosotros mismos.
Poner fin a la prohibición de las drogas, gravar y regular las drogas y gastar los dólares de los contribuyentes para tratar la adicción y la dependencia son las estrategias que vienen adoptando muchos de los países industrializados del mundo. Esas son las estrategias que funcionan.

David W. Fleming, abogado, es presidente de la Federación Comercial del Condado de Los Angeles [Los Angeles County Business Federation] y ex presidente de la Cámara de Comercio del Área de Los Angeles [Los Angeles Area Chamber of Commerce]. James P. Gray es un juez del Tribunal Superior del Condado de Orange.

6 de julio de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
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allende


Una interesante reflexión sobre el presidente Salvador Allende de la pluma de un columnista de El Mercurio.
[Carlos Peña] Visto a la distancia, el Chile de los sesenta resulta inverosímil. Para advertirlo basta un dato: cuatro de cada diez jóvenes chilenos lograban ingresar entonces al liceo y apenas un puñado de ellos conseguía terminar el ciclo de la enseñanza secundaria. De éstos, por su parte, un ínfimo puñado logra hacerse de un cupo en la universidad: menos de cinco por cada cien. Los pingüinos -los escolares como multitud- entonces no se conocían. Casi ninguno había alcanzado siquiera a pisar un colegio.
Y eso que sucedía en educación, ocurría también en salud y en vivienda.
En una palabra, la desigualdad de la que hoy día -con razón- nos quejamos no existía. Había algo aún peor: exclusión. Grandes sectores de la sociedad puestos al margen del sistema productivo, de la industria cultural, del sistema escolar.
En suma, la estructura productiva era incapaz de incorporar a amplios sectores.
Al lado de ella, sin embargo, según sugirió alguna vez Aníbal Pinto, había un sistema político incluyente y amplio que estimulaba las expectativas de todos.
Es lo que salta a la vista cuando uno se detiene a mirar los rastros y las huellas de esa época. Multitudes cuya pobreza parece entrar en contradicción con el carácter de sujetos colectivos, que, al mismo tiempo, son capaces de exhibir. Como si en el Chile de los setenta el reino de la necesidad fuera a parejas con el de la libertad. Como si el programa de Hegel -la masa convertida en sujeto- se hubiera cumplido de una vez por todas.
Esa es la escena a principios de la segunda mitad del siglo pasado. Una estructura productiva que dejaba al margen a grandes mayorías, y un sistema político, que, en cambio, las incluía y les permitía expresar sus demandas. Una estructura de producción que rehusaba a muchos incluso la condición de explotados, pero que concedía a todos la condición de sujetos partícipes de un destino común.
Es en medio de esa escena -esa contradicción- que se forja la figura final de Salvador Allende.
Él pensó que era posible modificar de manera radical esa estructura productiva sin sacrificar un ápice las rutinas, demasiado expansivas, del proceso político. Hacer cambios, que en otras partes se habían logrado a sangre y fuego, a punta de votos. En una palabra, transitar al socialismo, la igualdad en su máxima expresión, con las armas de la democracia. Todo un desafío: hacer algo que los clásicos del marxismo -fieles a una teoría violenta de la historia- habían rechazado una y otra vez. Fue la revolución de las empanadas y del vino tinto.

Al perseguir ese objetivo en apariencia insensato, Allende mostraba las características de un político de excepción, capaz de adherir, con el mismo énfasis y pareja sinceridad, a objetivos en apariencia inconsistentes: el logro de la igualdad en su máximo nivel y, a la vez, el respeto por la diferencia que exige la democracia. Él representó -mirado a la distancia no es poco- una radical voluntad de cambio con una insobornable voluntad democrática. Se apegó a las rutinas, a los modales y a las costumbres de la democracia con el mismo entusiasmo con que abrazó el deseo de igualdad para las mayorías entonces excluidas.
Un político capaz de dejarse llevar por esas ideas, que sabemos opuestas, y usarlas para seducir a otros, es una muestra de voluntad excepcional, una voluntad que sólo tienen los santos y los héroes. Una voluntad que hoy -cuando la política o se confunde con el narcisismo o con un trabajo alimenticio- parece una rareza.
Allende quemó así los últimos cartuchos del estado de compromiso que rigió los destinos de Chile entre el año 1932 y 1973: un arreglo social en el que las capas medias se hacían del Estado y arbitraban, mediante múltiples mecanismos -que iban desde el cabildeo en los pasillos del Congreso a la negociación en La Moneda- los conflictos sociales.
Allende fue, al mismo tiempo, la culminación de ese estado de compromiso y la entrada en el umbral de su fracaso. Como él dijo, con la lucidez de los condenados a muerte, se trataba de un tránsito histórico.
Y enfrentado a él pagó con su vida.
Hay varias formas de empalidecer la figura de Allende y se han ensayado casi todas. A su preocupación por la igualdad, se opone su frivolidad de burgués insustancial; a su riguroso apego a la democracia, su apoyo a los movimientos insurreccionales; a la expansión del consumo que alcanzó su gobierno, la escasez dramática que padeció el tercer año; a la valentía de sus horas finales, la amargura del suicidio; a la conciencia histórica que exhibió, el narcisismo de sus relaciones privadas.
Todos esos intentos son pueriles -no hay un gran hombre que a la mirada del burgués no parezca un amasijo de contradicciones- y ninguno de ellos logrará hacer olvidar que Allende dejó la valla a una altura que ninguno de sus contemporáneos, ni nadie hoy día, alcanza.
Ni de lejos.

30 de junio de 2008
©el mercurio
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