de los votos a la cadena perpetua
29 de agosto de 2008
[Mario Wainfeld] Fue el represor que mejor libó las mieles de la democracia. Llegó a ser gobernador merced al voto popular. Ningún otro Señor de la Guerra orbitó tan alto. Aldo Rico y Luis Patti estuvieron muy a su zaga tanto en tiempos del terrorismo de Estado cuanto en las urnas. Esa afrenta a la dignidad colectiva (un genocida elegido por el pueblo) será cada vez más exótica: el paso del tiempo es inexorable, la revelación de la verdad tiene un peso inapelable. La condena a cadena perpetua, el consenso potente que le da contexto, conforman un cambio que va más allá de la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad. Antonio Domingo Bussi acaba de entrar en el pasado.
La condena, en yunta con Luciano Benjamín Menéndez, agrega a la nómina de convictos a otra figura central del plan de exterminio. Las primeras sentencias recayeron sobre actores de reparto, no sobre oficiales de primer rango que infamaron su uniforme. Ese comienzo, que inspiraba el lógico recelo de que la Justicia rigiera sólo para la periferia de los genocidas, se va rectificando: el peso de la ley recae también sobre los más empinados. La ex plana mayor de la Armada viene zafando, de momento.
Tras tantas idas y vueltas en la lucha por los derechos humanos, a veces es difícil registrar cuánto se ha avanzado por un camino que fue de todo menos sencillo y lineal. Nunca será bastante pero es mucho, si se lo compara con el pasado reciente o con la experiencia de otros países, en especial los vecinos.
Ahora funcionan muchos tribunales diseminados en toda la geografía nacional, el número de procesos y de sanciones crece en progresión geométrica. Se corresponde a esa tendencia que ayer Bussi haya recibido parte de lo que le corresponde: la máxima sanción legal posible, acompañada del masivo desprecio social. Hace quince años, hace diez o hace siete ese escenario parecía imposible.
El tribunal no terminó de darle sentido ejemplar a la sentencia. El mantenimiento de la prisión domiciliaria es injusto. El instituto, de clara raigambre garantista, podría llegar a ser admisible si fueran muy extremas las condiciones de salud del ex gobernador tucumano. Pero lo que ni aún en ese caso sería tolerable es que el genocida se estableciera en un country. Tamaña permisividad alienta la bronca de las víctimas sobrevivientes, de los familiares y de cualquier persona con apego a la ley.
La magnitud de la segunda condena contra Menéndez y la primera contra Bussi es igualmente enorme, aun sin contar que les caerán bastantes más. Muchos otros juicios los esperan. Claro que esa multiplicidad debería (pre)ocupar a la Corte Suprema. Las causas están excesivamente dispersas. Es una dificultad creciente que la cabeza del Poder Judicial debería encarar de una buena vez: genera disfunciones, sobrecarga y expone demasiado a los testigos, ralenta los trámites.
Son avatares de un avance formidable, que se corresponde a una amplia victoria cultural. La perorata que vienen repitiendo los genocidas desde 1983 ("ganamos la guerra, los derrotados nos vencieron luego") tiene una formulación falaz. Los criminales hablan de lo que no conocen: la opinión pública en una sociedad abierta. No yerran cuando registran la caída de su reputación al desprecio pero no saben percatarse de lo que realmente sucedió.
La necesidad de verdad y justicia, una consigna levantada por una vanguardia incomparable en términos históricos, los organismos de derechos humanos, se fue transformando en sentido común extendido. Lo que hace años predicaba un conjunto de personas nobles convenció a vastas capas sociales. La derogación de las leyes de la impunidad no llegó por un hecho aislado del príncipe, fue derivación de una seguidilla de luchas culturales y políticas internalizadas por millones de personas del común.
Ese clima distinto, construido con herramientas democráticas y pacíficas, se ve alterado en los últimos meses por una sensación térmica digna de atención. El conflicto con "el campo" produjo escenas asombrosas. En algunos casos se trata de regresiones, de evocaciones reaccionarias, de tentativas de volver atrás: las cada vez más agresivas incursiones de Cecilia Pando son un ejemplo.
El cronista observa fenómenos aún más llamativos: su memoria no registra que, de 60 años para acá por lo menos, algún dirigente de partidos mayoritarios haya ganado consensos amplios asistiendo a la Sociedad Rural como Julio Cobos. El peso simbólico de esa ONG producía retracción, cuando no rechazo. La adhesión fervorosa a la dirigencia "del campo", los actos masivos en pleno Barrio Norte depararon escenas inéditas, quizá no ponderadas aún en su real magnitud: jamás entre los argentinos la riqueza fue un imán proselitista. No hacía falta ser de izquierda o populista, el ideario de clase media imaginaba un límite con la riqueza, marcaba distancia con los bienes adquiridos por la pura herencia, hacía un culto de la movilidad social y de la educación como correa hacia el progreso.
Un imaginario edificado durante décadas fue sobresaltado en los meses recientes. Al tiempo, la corrección política ganada en los medios masivos abrió grietas inmensas al racismo y al clasismo explícitos, signos de intolerancia emitidos para un público de clase media por periodistas de clase media.
El lector preguntará cómo salda el cronista la tensión entre ese clima de avance cultural logrado en años de lucha y esa sensación térmica derechosa de este año. No se aventura a hacerlo, ni a anticipar desenlaces. Sólo sugiere que, aun con mucho terreno ganado, la lid continúa. Son datos que vale la pena analizar tras una jornada que, más allá de la inconsecuencia parcial del tribunal, quedará en la mejor historia de los argentinos.
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[Rodolfo Omar Serio] Figurita repetida en el álbum del realismo mágico, el nazi sudaca es el arquetipo de la barbarie que pide a gritos "civilización" y escupe un poco. La historia del nazismo en Sudamérica es corta: en las épocas en que Hitler gobernaba Alemania, el nacionalsocialismo no suscitaba grandes simpatías en nuestra región, a excepción de los ejércitos, su institución por excelencia. Durante los largos años ’40, la Argentina se debatía entre declararse a favor del Eje (posición sostenida por la mayoría de los generales) o continuar con la exportación de carne a Inglaterra, tal como lo requerían los terratenientes. En parte, gracias al ingenio y la influencia de Roberto Noble –estanciero, político y fundador del Gran Diario– la situación se resolvió en la neutralidad hasta casi finales de la guerra, posición que no terminó de convencer a nadie. Desde entonces, el nazismo ha abandonado la impostura de elite y se ha diseminado, atomizado, con adaptaciones locales tan particulares como absurdas.
[Eduardo Contreras] Un dato relevante de la cuenta pública rendida la semana pasada por la Jefatura Nacional de delitos contra Derechos Humanos de la Policía de Investigaciones que dirige el prefecto José Cabión, es que del total de detenciones practicadas por esa unidad cumpliendo órdenes judiciales, entre enero del 2007 a julio del 2008, el 37%, es decir la gran mayoría, corresponde a casos de secuestros y otros vinculados a delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar.
[Mario H. Concha Vergara] Profundo malestar causó en las filas de la comisión nacional de Derechos Humanos del PPD que dos de sus parlamentarios, los senadores Roberto Muñoz Barra (ex miembro de Investigaciones) y Guido Girardi, se hayan sumado a los votos de quienes querían llevar a la Corte Suprema al retrógrado juez Alfredo Pfeiffer, que tiene un triste récord como protector de los violadores de los derechos humanos registrados durante la dictadura de Augusto Pinochet. Pero eso no es todo. Hubo malestar, también, por la posición asumida en la votación del Senado de parte del presidente del Partido Socialista, Camilo Escalona, y del senador de ese mismo partido Juan Pablo Letelier, cuyas abstenciones podrían haber convalidado el desaguisado de haber nombrado a Pfeiffer, quien entre otras perlas manifestó que no reconocía los tratados internacionales contra crímenes de lesa humanidad así como a los tribunales internacionales que juzgan este tipo de delitos, como los ocurridos en Chile. Pfeiffer, como se recordará, en 1978, en pleno apogeo de la dictadura y en medio de los grandes asesinatos cometidos por ella, fue designado como el mejor juez de la república. Es más, dicho magistrado aplicó de manera arbitraria la Ley de Amnistía de la dictadura que favorecía a los violadores de los derechos humanos, que hasta hoy son buscados por los tribunales internacionales. Los miembros de la comisión nacional de DDHH del PPD acordaron también felicitar al senador Eduardo Frei Ruiz-Tagle y a la senadora Soledad Alvear, de la Democracia Cristiana, que con su posición lograron parar el nombramiento del juez preferido de la dictadura. Los pepedeístas, defensores de los derechos humanos, reconocieron que esos parlamentarios que votaron en favor del pinochetismo nunca vivieron los rigores de la dictadura ni perdieron seres queridos o fueron, ellos mismos, encarcelados y torturados; es más, un dirigente los consideró "pinochetistas facciosos dentro del partido". Para la comisión nacional de DDHH del PPD aquí se planteó un problema ético de gran gravedad, porque los concertacionistas que votaron en favor de un cómplice en las violaciones de los derechos humanos, entre quienes estaban también José Antonio Gómez y Guillermo Vásquez del Partido Radical Socialista Democrático, y Hosaín Sabag, de la Democracia Cristiana, no entendieron que la ética no está en votar por cumplir un compromiso contraído con la derecha. Lo ético es buscar el bien común y en este caso ese bien está en el enjuiciamiento de los cientos o tal vez miles de violadores de los DDHH que se pasean por la impunidad, gracias a personas inescrupulosas y poco éticas que llegan a altas posiciones políticas y judiciales sin importarle el dolor de las víctimas.
[Jack Fuchs] Dos noticias relacionadas con la ex Yugoslavia aparecidas la semana pasada en los medios me impulsan a la reflexión, quizá recurrente pero siempre vigente, sobre las guerras como tragedias humanas inevitables. Murió en Zagreb Dinko Sakic, jefe del campo de concentración nazi más importante de Croacia durante la Segunda Guerra Mundial, detenido en 1998 en Argentina, donde vivió en libertad durante cincuenta años. Con apenas horas de diferencia, fue detenido cerca de Belgrado Radovan Karadzic, quien vivía haciéndose pasar por médico especializado en medicinas alternativas –llevaba el pelo largo, barba y anteojos para ocultar su rostro–. Karadzic era el hombre más buscado por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) por su implicación en el cerco de Sarajevo y en la atroz matanza de Srebrenica durante la guerra civil que se extendió entre 1992 y 1995.
Arica, Chile. En momentos en que el debate sobre delincuencia se intensifica y resurgen voces que exigen respuestas más enérgicas a las autoridades, el ministro de Justicia anunció que en 2009 se enviará al Congreso un proyecto de ley para elevar la pena mínima por homicidio. En la actualidad, ella está fijada en cinco años y un día, la misma con que se castiga el tráfico de drogas y el robo con violencia. Estudios empíricos realizados por la Fundación Paz Ciudadana muestran que los tribunales -pre y post reforma procesal penal- tienden a fallar en los mínimos de los rangos legales, por lo que, en la práctica, cinco años y un día es la sanción más frecuente para ese delito. Es difícil juzgar en abstracto si eso es mucho o poco, y el análisis se hace más complejo al considerar otros elementos, como la probabilidad de que el autor del delito efectivamente sea condenado -la que disuade es la pena realmente esperada, no la legal- o la aplicación de beneficios intrapenitenciarios, que reducen de modo importante las sanciones que cumplen los sentenciados.
[David W. Fleming y James P. Gray] La llamada guerra contra las drogas en Estados Unidos nos hace evocar el viejo dicho de que si te encuentras atrapado en un hoyo profundo, lo mejor es dejar de cavar. Sin embargo, la semana pasada el Senado aprobó un paquete de ayudas para combatir el narcotráfico en México y América Central, con un récord de 400 millones de dólares para México y 65 millones para América Central.
[Carlos Peña] Visto a la distancia, el Chile de los sesenta resulta inverosímil. Para advertirlo basta un dato: cuatro de cada diez jóvenes chilenos lograban ingresar entonces al liceo y apenas un puñado de ellos conseguía terminar el ciclo de la enseñanza secundaria. De éstos, por su parte, un ínfimo puñado logra hacerse de un cupo en la universidad: menos de cinco por cada cien. Los pingüinos -los escolares como multitud- entonces no se conocían. Casi ninguno había alcanzado siquiera a pisar un colegio.