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opinión

prepárense para lo peor


[David Ignatius] En la guerra de Iraq, el gobierno de Bush debe prepararse para lo peor.
De algún modo, después de cuatro años, el debate sobre Iraq está todavía animado por quimeras. La Casa Blanca habla como si una adición de 20 mil tropas más fuera a parar la guerra civil. Los demócratas argumentan que cuando Estados Unidos retire sus tropas, los iraquíes finalmente aceptarán ser responsables de su propio destino. Pero todos necesitamos enfrentarnos a la posibilidad de que este asunto pueda no tener un final feliz.
Ese era el mensaje subyacente del Estimado Nacional de Inteligencia sobre Iraq, dado a conocer la semana pasada. Advertía al gobierno que si el conflicto religioso continuaba, casi ciertamente "creemos que la situación general de seguridad continuará deteriorándose". El conflicto actual no es simplemente una guerra civil, observan los analistas; es peor que eso: las bandas criminales, los terroristas de al-Qaeda y las guerras internecinas aumentan el estado de caos del país.
Y para los críticos de la guerra que prefieren una rápida retirada estadounidense, los analistas destinaron esta dura advertencia: "Si las fuerzas de la coalición se retiraran rápidamente durante [los próximos doce a dieciocho meses], creemos que esto ciertamente conducirá a un aumento significativo en la escala y alcance del conflicto religioso en Iraq". Una vez idas las tropas norteamericanas, predicen los analistas, el ejército iraquí se derrumbá y aumentarán los atentados de al-Qaeda dentro y fuera de Iraq. "Habrá bajas civiles masivas y es probable que ocurran desplazamientos forzados de población".
En esta sombría situación -donde, como repite todo el mundo todo el rato, "no hay buenas opciones"-, ¿cuál es la mejor dirección para la política exterior norteamericana? Una estrategia útil podría ser comenzar a prepararse no para lo mejor, sino para lo peor. El congreso y el gobierno deberían empezar a pensar en catástrofes potenciales en Iraq -y sobre cómo proteger intereses básicos de Estados Unidos y sus aliados.
Pensando en los resultados catastróficos, me he orientado por un artículo que fue hecho circular la semana pasada en círculos privados por Robert Jervis, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Columbia. Empieza con esta idea: "En algún momento, Estados Unidos retirará sus tropas de Iraq, y cuando lo haga, si no antes, la situación empezará a deteriorarse feamente. Esos podrían ser tiempos realmente espantosos -como un maremoto que inundara toda la región".
¿Cómo proteger intereses norteamericanos vitales en este maremoto de violencia? Voy a presentar varios preceptos básicos, sacados de conversaciones con expertos dentro y fuera del gobierno:

-Contener la violencia religiosa. Estados Unidos no puede parar la guerra civil entre sunníes y chiíes, pero puede tratar de mantener este conflicto dentro de las fronteras iraquíes. En esto reside el mayor peligro para la nueva estrategia de ‘redespliegue' que esbozó la ministro de asuntos exteriores Condoleezza Rice en una entrevista conmigo el mes pasado. Al tratar de reunir a los árabes sunníes moderados para combatir contra Irán y sus aliados, Estados Unidos corre el riesgo de extender el conflicto sunní-chií de Iraq a toda la región.
Este es un curso peligroso. Los riesgos fueron resumidos por Amr Moussa, presidente de la Liga Árabe. La guerra en Iraq "abrió las puertas del infierno", me dijo, y si el conflicto se extiende a los chiíes respaldados por Irán y a los árabes sunníes, "entraremos en el infierno mismo". Estados Unidos no debería alentar este descenso al infierno.

-Proteger el petróleo. Estados Unidos debería empezar a planificar con sus aliados cómo proteger el suministro de petróleo de la región. Lo hemos hecho antes: Las exportaciones de petróleo en el Golfo Pérsico continuaron durante los ocho cruentos años de la guerra Irán-Iraq, gracias en parte a las escoltas navales norteamericanas y al reembanderamiento de los petroleros. Estados Unidos debería ayudar a preparar ahora una iniciativa internacional similar, incluyendo nuevos oleoductos que simplemente eviten el Golfo.

-Proteger a la población iraquí. Estados Unidos no ha sido capaz de parar la guerra civil, pero las tropas estadounidenses pueden reducir la carnicería y ayudar a entregar ayuda humanitaria para lo que es probable que se convierta en una creciente ola de refugiados escapando de las zonas de combate.

-Hablar con los vecinos. Asesando la perspectiva de un resultado catastrófico en Iraq, Estados Unidos debería iniciar un diálogo con los estados de la región, incluyendo a Siria e Irán. Estados Unidos no debería inicialmente ofrecer ningún acuerdo, mucho menos ‘precios de subasta', pero sí debería hablar sobre intereses de seguridad mutuos y explorar los terrenos en los que convergen.

-Estimular la paz árabe-israelí. En lo que todo el mundo en la región parece estar de acuerdo -desde Israel hasta Arabia Saudí- es en la necesidad de un estado palestino. Los palestinos mismos no pueden ofrecer a Israel ahora un acuerdo de paz significativo -son demasiado débiles, y están demasiado indignados y desorganizados. Pero los árabes, conducidos por el rey saudí Abdullah, pueden. Este es la solución que debería buscar Rice.
Estas medidas en el control de la crisis no impedirán la catástrofe que se está desarrollando en Iraq, pero podrían mitigar sus efectos, que puede ser casi todo lo que podemos aspirar. Y el beneficio del escenario del peor de los casos es que las cosas, a veces, funcionan mejor de lo que se espera.

davidignatius@washpost.com

8 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
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chile se humilla ante el mundo


[Raúl Sohr] Al no ratificar el tribunal penal internacional, Chile hace el ridículo y se humilla ante el mundo.
Una vez más, Chile postergó la ratificación de su adhesión al Tribunal Penal Internacional (TPI). El Gobierno debió aplazar el voto por la oposición de los parlamentarios de la Alianza. Los partidos de derecha señalan que la ratificación causará fricciones con Estados Unidos. En efecto, Washington sanciona a los países que no son sus aliados directos como los europeos miembros de OTAN. O le firman una cláusula que exime a todo ciudadano norteamericano de ser acusado ante el TPI o se suspenden ciertas ayudas y franquicias en el campo de la defensa. Aceptar este condicionamiento constituye ya una severa erosión de la soberanía nacional.
Es desconcertante que quienes mantienen un discurso "patriótico" y, a menudo, destemplado frente a países vecinos, aquellos que en forma permanente claman por la "mano dura" se muestren tan sumisos ante una situación de principios. Es claro que Estados Unidos no podrá mantener su política por mucho tiempo pues le resulta cada vez onerosa. A la larga es la Casa Blanca el que más se perjudica pues pierde influencias. Pero aún si persistiera Chile, al igual que más de un centenar de países, debería asumir los costos de su independencia política. Eso es lo que hace el ancho y la profundidad de una nación. El respeto no proviene de la anuencia y las genuflexiones sino que es otorgado a quienes actúan de acuerdo a sus convicciones.
El mundo observó con repugnancia el linchamiento de Sadam Hussein. Era obvio que en Irak no había condiciones para brindarle un debido proceso. Incluso un dictador, acusado de tantos crímenes, merece un juicio que brinde garantías de imparcialidad. Ello no podía lograrse en un país que está en medio de una guerra civil. Ya se sabe de todas las irregularidades que plagaron su juzgamiento y que culminaron con las odiosas escenas de su colgamiento. Antes, Slobodan Milosevic fue enviado a La Haya a un tribunal especial para los crímenes cometidos en la ex Yugoslavia, donde pasó varios años sin recibir condena y falleció de muerte natural.
La globalización exige un tribunal capaz de juzgar a los responsables de genocidio y crímenes contra la humanidad. Lo óptimo es que los perpetradores enfrenten la justicia en sus propios países. Pero, se sabe, a veces ello no es posible. Para esos casos la comunidad internacional debe contar con el TPI.
Es el interés de todos los países pero en especial de los pequeños, como Chile, fortalecer el derecho y la jurisprudencia internacional. Los países latinoamericanos no pueden tomar la justicia en sus manos y tampoco les conviene que lo hagan otros. La existencia del campo de prisioneros norteamericano de Guantánamo es una afrenta para toda la humanidad. Allí se degrada a las personas y los principios más elementales de justicia. No basta con decir que Washington libra una "guerra contra el terrorismo". Como lo plantea la Cruz Roja, "incluso las guerras tienen límites". Todo el mundo civilizado gana con el respeto de las normas humanitarias. A fin de cuentas ello, también, es parte de la guerra contra el terrorismo y los fundamentalismos que lo alimentan.
Es una mezquindad y un cálculo cortoplacista, típico de un interés nacional mal entendido, aquel que ha llevado a frenar la plena e irrestricta adhesión al TPI. Los responsables de esta situación hacen evidente la vulnerabilidad del país ante las menores presiones externas. Cabe recordar la fortaleza mostrada por el Presidente Ricardo Lagos cuando fue conminado a respaldar la invasión a Irak. Entonces los riesgos de represalias eran mayores a las que expone la firma del TPI. Chile no solo impuso su criterio frente a una guerra, desencadenada sobre premisas falsas, sino que salió fortalecido. Su estatura internacional creció y hoy, en defensa de su soberanía y por una justicia que sancione a los genocidas, debe adherir al TPI.

20 de enero de 2007
©la nación
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hazte a un lado, hoover


Todavía peor que el presidente Hoover, atacó al país equivocado sin razón alguna.
Poco después del Día de Acción de Gracias, cené en California con Lou Cannon, el mejor biógrafo de Ronald Reagan. Como muchos historiadores en estos días, hablamos sobre si George W. Bush es probablemente el peor presidente que ha tenido Estados Unidos. Cannon se erizó con la idea.
A Bush le quedan todavía dos años más para dejar su huella, dijo. ¿Qué pasaría si un avance del telediario nos informa que las Fuerzas Especiales norteamericanas han matado a Osama bin Laden, o que Corea del Norte ha renunciado a su programa nuclear? ¿Qué pasaría si en una década más Iraq se convierte en una democracia y se levanta una estatua de Bush en la Plaza de Firdaus, donde estuvo alguna vez la estatua de Saddam Hussein que se hizo famosa tras su derrumbamiento?
Hay mucho de sabiduría en la prudencia de Cannon. Ciertamente, es peligroso que los historiadores esgriman la etiqueta de ‘peor presidente' como un hacha sedienta de cuero cabelludo simplemente porque se oponen a las acciones de Bush. Pero vivimos en tiempos acelerados y, a decir verdad, después de seis años en el poder y a menos que ocurran algunos milagros, se puede apostar con seguridad a que Bush será encadenado eternamente a los escalones más bajos de la escala presidencial. La razón es Iraq.
Algunos presidentes, como Bill Clinton y John F. Kennedy, son marinos políticos: navegan con el viento, alcanzando difíciles objetivos políticos mediante maniobras y consultas bipartidistas. Franklin D. Roosevelt, por ejemplo, era considerado un ‘camaleón con cuadros escoceses", porque cambiaba de colores regularmente, para controlar el clima del momento. Otros presidentes son submarinistas: se niegan a zigzaguear en aguas bravas y prefieren ir del Punto A al Punto B sin titubeos direccionales. Harry S. Truman y Reagan son ejemplos de este modus operandi, y son los dos presidentes a los que Bush ha tratado de emular.
El problema con Bush es que la certidumbre es una virtud solamente si las medidas tomadas demuestran ser correctas. La mayoría de los estadounidenses aplauden que Truman haya arrojado las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, porque lograron el efecto que se perseguía: Japón se rindió. El celo anticomunista de Reagan -incluyendo el aumento de los presupuestos de defensa y la Guerra de las Estrellas- es percibido sólo ahora como positivo debido a que la Unión Soviética empezó a desintegrarse durante su mandato.
Nadie ha acusado a Bush de acobardarse. Después del 11 de septiembre de 2001, decidió sortear a Naciones Unidas y declarar la guerra a Iraq. El principal pretexto fue que, supuestamente, Bagdad estaba acumulando armas de destrucción masiva. Desde el inicio, la guerra de Iraq fue una decisión arbitraria. Llamémosla la Guerra de Bush. Como un jugador que apuesta con todos los comodines en una mano, se jugó la credibilidad de Estados Unidos con la idea de que sunníes y chiíes querían democracia, tal como los polacos y los checos durante la Guerra Fría.
Bush no estaba operando en una burbuja histórica. Otros presidentes han hecho guerras arbitrarias, y las han ganado. James K. Polk, por ejemplo, rogó al general Zachary Taylor que empezara una guerra fronteriza con México a lo largo del Río Grande. Como el ardiente expansionista que era, quería anexar el territorio de lo que hoy es Arizona, California y Nuevo México. En 1846, casi la mitad de la población estadounidense lo denunció, incluyendo a Henry David Thoreau, que se negó a pagar impuestos para una guerra injusta. Sin embargo, en el corto plazo, Polk logró su objetivo de anexar esas tierras con una serie de asombrosos éxitos militares. La Guerra de Polk fue un éxito, incluso si el pretexto era inmoral. En prácticamente todos los sondeos presidenciales, Polk ha sido considerado un presidente ‘casi excelente".
Medio siglo después, William McKinley también lanzó una guerra arbitraria basándose en la falsa noticia de que el USS Maine, anclado en Cuba, había sufrido un sabotaje de parte de España. El Maine, en realidad, fue paralizado por la explosión de una caldera. McKinley, un imperialista, usó el Maine como pretexto para declarar la guerra a España en el Caribe y en las Filipinas. Un grupo de anti-imperialistas dirigido por Mark Twain y William James, entre otros, se opusieron vehementemente, acusando justificadamente a McKinley de belicismo. Pero McKinley tuvo la última palabra en lo que su ministro de relaciones exteriores, John Hay, consideró "una espléndida guerrita". En sólo seis meses, McKinley alcanzó sus objetivos. La historia apunta la Guerra de McKinley como una victoria norteamericana, y él también aparece favorablemente en las encuestas como un presidente ‘casi excelente'.
La Guerra de Bush, en contraste, ha sido un desastre. Cuando no obtienes una victoria instantánea en un guerra por opción, entonces te quedas empantanado en un atolladero. Desde ya, Estados Unidos ha estado más tiempo en la guerra de Iraq que en la Segunda Guerra Mundial. A medida que continúa aumentando el número de bajas, más y más estadounidenses se oponen a la guerra. La victoria de los demócratas en el congreso es sólo una manifestación más de la creciente oposición a Bush.
Al principio, se pueden comparar los apuros del Iraq de Bush con los de Lyndon B. Johnson durante la Guerra de Vietnam. Pero LBJ tuvo importantes logros domésticos sobre los que fanfarronear cuando tuvo que dejar la Casa Blanca, como la Ley de Derechos Civiles y el seguro médico. Bush no tiene prácticamente ninguno. Veamos cómo encaró la crisis interna más grande de su mandato después del 11 de septiembre de 2001. No mostró ninguna urgencia en asistir a la región del Golfo después del paso del huracán Katrina, porque el país estaba sobreextendido en Iraq y tenía un grave déficit presupuestario. Los conservadores de Texas dicen siempre que el mayor error de LBJ fue pensar que podía financiar tanto la Gran Sociedad como Vietnam. Creen que tenía que elegir o uno u otro. Dicen que Johnson era fiscalmente irresponsable. Bush aprendió esta lección: Optó por Iraq en detrimento de Nueva Orleans.
Así que el legado de Bush depende de Iraq, lo que es un desastre absoluto. En lugar de perdonarlo, como a Polk y McKinley, por su falso pretexto para hacer la guerra (las armas de destrucción masiva y los agentes de al-Qaede en Bagdad), será demolido por futuros estudiosos. Los que alguna vez fueron sus dos mejores lemas -"Se busca, vivo o muerto" y "Misión cumplida"-, serán usados como porras para destrozar su legado toda vez que alguien trate de revisarlo. La izquierda continuará atacándolo por belicista, mientras que la derecha recordará indignada que no envió suficientes batallones de Iraq.
No es mucho lo que puede hacer Bush ahora para salvar su reputación. Algún día su biblioteca presidencial se ordenará en torno a dos logros: que después del 11 de septiembre de 2001 el país no volvió a ser atacado por terroristas (y hay que golpear madera) y que ganó dos elecciones presidenciales, lo que le permitió nombrar a conservadores en posiciones claves en el poder judicial. También creo que es un hombre honesto y que su gobierno no conoce casos de corrupción extendida. Eso lo ayudará a que no lo retraten como a un delincuente.
Esto último es de vital importancia. Aunque Bush pueda ser considerado un hazmerreír, no tendrá los factores de integridad cero que han mantenido a Nixon y Harding en los escalones más bajos de la lista presidencial. Curiosamente, el presidente al que Bush más me hace recordar es Herbert Hoover, cuyo nombre es sinónimo de desastre en cuanto a su respuesta a la Gran Depresión. Cuando colapsó la bolsa, Hoover, por razones ideológicas, no hizo casi nada. Cuando el 11 de septiembre de 2001, Bush hizo demasiado, atacó al país equivocado en el momento equivocado y por razones equivocadas. Se ha unido al club de Hoover como es un estudio de caso de cómo no ser presidente.

dbrinkl@tulane.edu
Douglas Brinkley es director del Centro Roosevelt de la Universidad de Tulane.

3 de diciembre de 2006
©washington post
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la horrible muerte de saddam hussein


La deliberada crueldad en su asesinato le sobrevivirá.
Saddam Hussein no se merece la compasión de nadie. Pero cualquiera que haya visto el gráfico video de teléfono celular de su ahorcamiento, su ejecución se parece muy poco a la administración de una justicia desapasionada. El condenado dictador parece haber sido dejado, después de estar bajo custodia militar norteamericana, en manos de una turba chií de linchamiento.
Para el gobierno de Bush, que insistió en declarar la guerra a Iraq para implantar la democracia y la justicia, esas imágenes emitidas en todo el mundo fueron vergonzosas. Desgraciadamente, se culpará a todos los norteamericanos, mientras es probable que el pueblo iraquí sufra todavía más. Lo que debió haber sido el fin simbólico del período más siniestro de Iraq, nutrirá una lúgubre nueva era de creciente violencia religiosa.
El horrible episodio muestra por qué el primer ministro Nuri Kamal al-Maliki no formará probablemente nunca el gobierno de unidad nacional que Washington pide y que Iraq necesita tan desesperadamente.
Maliki está ahora tratando de librarse de un desastre de relaciones públicas. Ayer, su despacho anunció la detención del guardia que presuntamente hizo el video no autorizado. Pero la culpa fundamental es de Maliki, que orquestó personalmente la oportunidad y circunstancias de la ejecución del sábado.
Maliki ignoró las peticiones de Washington de retrasar la ejecución y las finuras legales de la Constitución iraquí. Se apresuró en entregar a Hussein a la muerte como un regalo de vacaciones para su electorado chií conservador, especialmente los seguidores del clérigo radical y jefe de la milicia, Moqtada al-Sáder, a los que se les permitió que insultaran al dictador condenado mientras se encontraba en el patíbulo con la cuerda alrededor de su cuello.
Los porristas habituales de Maliki, el presidente Bush y el primer ministro británico, Tony Blair, se han distanciado de este repugnante espectáculo. Sin embargo, el gobierno de Bush descubrió nuevamente que goza de muy poca credibilidad como para dar lecciones sobre el trato digno básico que se debe dar a los detenidos. Ayer el Washington Post informó sobre una investigación interna del FBI que revela un esquema de burlas deliberadas en torno a las creencias religiosas de los prisioneros musulmanes en Guantánamo.
Mientras Bush prepara su último plan para Iraq, debe hacer frente a sombrías realidades. Estamos en enero de 2007 e Iraq todavía carece de un ejército capaz de pararse sobre sus pies. Carece de una estructura judicial capaz de poner la ley por sobre la conveniencia política. Y su fuerza policial está dominada por milicias de fanáticos y matones. Más crucialmente, carece de un gobierno dedicado a la protección de los derechos y la seguridad personal de todos los iraquíes.
La mayoría de los norteamericanos, cualquiera sea su opinión sobre la guerra, entienden que régimen de Saddam Hussein significó para el pueblo iraquí un azote homicida e indecibles sufrimientos. Ahora Hussein está en su tumba. Pero la escandalosa manera con que se le dio muerte, imitando deliberadamente sus propios y depravados métodos, confirma que su crueldad le sobrevivirá.

5 de enero de 2007
©new york times
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queremos que vuelva saddam


[Jonathan Chait] Reinstalar al dictador daría a los iraquíes la autoridad que necesitan. ¿Tienes una solución mejor?
El debate sobre Iraq ya ha dejado atrás la pregunta de si fue un error (todos sabemos que sí lo fue) y pasado a la pregunta más apremiante de si es posible evitar el desastre total. Todo analista de relaciones internacionales que se respete a sí mismo tiene su propio plan para Iraq. El problema es que estos planes son inevitablemente poco convincentes, excepto cuando dicen que todos los otros planes han fracasado. Todo esto es terriblemente desalentador.
Así que permitidme que proponga lo impensable. Quizás, quizás nuestra mejor opción es reinstalar a Saddam Hussein en el poder.
Sí, lo sé, Hussein es un genocida psicótico. Durante su gobierno, los iraquíes eran matados, torturados y vivían en constante temor. Traer de vuelta al dictador sería cruel, si no fuera porque todas esas cosas también están pasando ahora, aunque probablemente a una escala todavía mayor.
Al principio de la guerra, yo no tenía muchas esperanzas en una democracia iraquí, pero no presté atención a la posibilidad de que los iraquíes terminaran con un gobierno todavía peor que el que tenían. Sin embargo, resultó que hay algo todavía peor que el totalitarismo, y eso es el caos y la guerra civil indefinidos.
Nadie parece prever la posibilidad de restaurar el orden en Iraq. Este es el dilema básico: El gobierno es dirigido por chiíes, y las agencias de seguridad han sido dominadas por las milicias y los escuadrones de la muerte. El gobierno es suficientemente fuerte como para aterrorizar a los sunníes y provocarlos para que se rebelen, pero no lo suficientemente fuerte como para aplastar su rebelión.
Entretanto, hemos dirigido nuestros esfuerzos admirablemente hacia el adiestramiento de una fuerza de policía iraquí profesional y no vinculada a sectas religiosas y alentando la reconciliación entre sunníes y chiíes. Pero no hemos tenido éxito. Somos suficientemente fuertes como para impedir una guerra civil a toda escala o el genocidio, pero no somos lo suficientemente fuertes como para frenar el caos.
Sin embargo, Hussein tiene buenos antecedentes en ese departamento. Es posible reconstituir el ejército iraquí y la burocracia de estado que disolvimos, y si es así, esa puede ser la única fuerza capaz de imponer el orden en Iraq.
El caos y el orden tienen ambos una poderosa lógica sobre la que se sustentan. Cuando la gente percibe la ausencia de orden, actúan de modo tal que el desorden se hace todavía peor. Si un sunní cree que corre el riesgo de ser asesinado por chiíes, apoyará a los rebeldes sunníes, a los que ve como la única fuerza capaz de protegerlo. Los insurgentes sunníes, a su vez, intimidarán a los chiíes para que apoyen a sus propias milicias anti-sunníes.
Y no son sólo los iraquíes los que se comportan así. Se puede encontrar una versión de escala más pequeña de esta dinámica en las insurrecciones urbanas aquí en Estados Unidos. Pero cuando hay orden, la gente actúa de manera civilizada.
Restaurar el orden en Iraq tomará algún tipo de shock psicológico de alguna escala. Se esperaba que las elecciones iraquíes serían ese shock, pero no lo fueron. El retorno de Saddam Hussein -un hombre conocido por todos los iraquíes, y al que muchos temen- podría lograrlo.
Las desventajas de reinstalar a Hussein son obvias, pero consideremos algunos aspectos positivos. Él no permitiría que el país fuera controlado por Irán, que es el principal enemigo regional de Estados Unidos, un patrocinador del terrorismo e instigador de la guerra entre el Líbano e Israel. Antes de la guerra era extremadamente difícil tratar con Hussein, en gran parte debido a que creía, aparentemente, que podía derrotar cualquiera invasión norteamericana, si llegara a ocurrir. Ahora sabe que no puede. Y probablemente estaría dispuesto a volver, considerando que la otra alternativa es la muerte en la horca.
Sé que reinstalar en el poder a un tirano brutal es una mala idea. Pero alguien tiene que explicarme por qué sería él peor que los otros.

26 de noviembre de 2006
©los angeles times
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el problema es la resistencia


[Vali Nasr] Para que no se confunda la retirada con la derrota, Estados Unidos debe acercarse a los vecinos de Iraq para ayudar a su estabilización.
Cuando al principio de esta semana el primer ministro iraquí, Nuri al-Maliki, indicó que quería reorganizar su gabinete -que, para empezar, no fue elegido por él-, estaba solamente confirmando que la hoja de ruta política de Estados Unidos para Iraq había fracasado. La promesa de la reconciliación se está evaporando a pasos acelerados y el gobierno de unidad nacional ya no es un ancla verosímil como estrategia norteamericana para estabilizar Iraq. Es hora de buscar una nueva estrategia. Una opción mencionada a menudo es el federalismo: una blanda separación de las comunidades étnicas y religiosas en conflicto en Iraq que fuera preferible a la alternativa de la guerra civil o de la disolución de Iraq.
Convertir a chiíes, sunníes y kurdos en dueños y señores de sus propios territorios, pondría fin a las sospechas que tienen unos de otros. Junto a unas fronteras internas más seguras, como las que separan hoy a los kurdos en el norte de los árabes en el sur, reduciría la violencia. Sin un botín por el que pelear, todo lo que tendrían que decidir es cómo repartirse los ingresos por el petróleo.
El federalismo hace frente a muchos obstáculos. El más inmediato es que casi todos los sunníes y muchos chiíes se oponen a él. No es fácil decidir qué quedará para Bagdad o qué para Mosul, o cómo se podrían repartir los recursos. En un país en el que más de la mitad de la población vive en cuatro ciudades mixtas, los intercambios demográficos ciertamente provocarán una miríada de problemas humanitarios y de seguridad. Lejos de contener la violencia, el federalismo tendrá probablemente el resultado opuesto -al menos en el corto plazo- y puede incluso conducir a la guerra civil que quiere evitar. Si la reciente declaración de la resistencia sobre la fundación de un estado islámico sirve como indicio, el federalismo también corre el peligro de ceder el territorio sunní a al-Qaeda -tal como se cederá el sur de Iraq a la hegemonía iraní. Si el federalismo no es una estrategia de salida viable, entonces tenemos que lograr que funcione un Iraq unido. Este objetivo requiere una nueva hoja de ruta política que pueda reunir a chiíes, sunníes y kurdos en torno a un nuevo pacto nacional. Contener la violencia es importante para su éxito, pero no suficiente. El principal problema que enfrenta hoy Iraq es todavía el mismo al que se enfrentó Estados Unidos desde el principio mismo de la intervención: la resistencia. La resistencia tiene como objetivo tanto terminar con la ocupación norteamericana como con la ascensión al poder de los chiíes. Durante los tres primeros años de la ocupación, las fuerzas norteamericanas lucharon solas contra los rebeldes sunníes cuando estos atacaban blancos norteamericanos y chiíes. Mientras Estados Unidos se ocupaba de la guerra, los chiíes pudieron ser espectadores. Pero entonces, a fines de 2005, Estados Unidos cambió de estrategia; decidió que no se podía derrotar a la resistencia sin aproximarse a los líderes sunníes. El resultado fue el gobierno de unidad nacional del primer ministro Maliki, que Washington esperaba que debilitaría a la resistencia. Pero la resistencia vio los cambios como prueba de que estaba ganando. Los oficiales norteamericanos y británicos que se reunieron con líderes insurgentes en ese momento fueron a menudo sorprendidos por la confianza con que los combatientes rechazaban los compromisos y exigían la restauración sunní. La resistencia intensificó su campaña justo cuando Estados Unidos volcaba su atención en la seguridad en Bagdad. La resistencia se fue haciendo más fuerte y finalmente logró provocar un conflicto sectario.
También los chiíes interpretaron el cambio en la estrategia norteamericana como un signo de debilidad en la determinación de Estados Unidos, y después de que una fuerte bomba destruyera un importante santuario chií en Samarrah, en febrero de 2006, se volcaron hacia sus milicias. La guerra entre los insurgentes y Estados Unidos se convirtió en una guerra entre los insurgentes, Estados Unidos y las milicias chiíes. Era todavía la misma guerra, pero como más participantes. Que los militares norteamericanos se encontraran al mismo lado que las milicias chiíes en la guerra más amplia contra la resistencia sunní, pero entonces hubieran de preocuparse de reprimir a esas milicias, confundió el objetivo de su misión para ventaja de la resistencia.
Después de cuatro años de guerra, una cosa es segura: la resistencia no ha sido derrotada ni por Estados Unidos ni por las milicias chiíes. La violencia religiosa llena la mayor parte de los titulares de hoy, pero es la insurgencia la que continúa infligiendo los mayores daños a las tropas norteamericanas -que constituyen el ochenta por ciento de las bajas. La ferocidad de su campaña y la audacia de su retórica muestran que la insurgencia cree que puede ganar. Los sunníes en Bagdad o Mosul pueden temer a las milicias chiíes y el vacío que dejaría una retirada apresurada de Estados Unidos. Pero esos sentimientos son raros en territorio sunní, al oeste de Iraq, donde la resistencia tiene sus bastiones. Allá no es el temor a las milicias chiíes, sino la confianza en la victoria la que da forma a las actitudes. En momentos en que la resistencia sunní gana terreno, la violencia sectaria no hace más que escalar y los líderes religiosos se opondrán al desmantelamiento de sus milicias. Para Estados Unidos, las implicaciones se extienden más allá de Iraq: una resistencia fuerte hará aparecer toda estrategia de retirada de Estados Unidos como una derrota, y eso a su vez nutrirá al extremismo islámico en todas partes.
Para derrotar a la resistencia se necesita una nueva estrategia política. Eso significa abandonar el fallido gobierno de unidad nacional a favor de cambios constitucionales que liberen al gobierno de la necesidad de construir coaliciones amplias y hagan espacio para los partidos políticos que gobernarán. Eso facilitará la guerra contra las milicias y la entrega de los servicios públicos que necesitan los iraquíes. El éxito también necesitará un consenso regional que pueda convencer a los vecinos de Iraq de que cierren sus fronteras al flujo de fondos, armas y combatientes, y, lo que es más importante, aislar políticamente a la resistencia. La resistencia ha operado en la creencia de que disfruta del apoyo material, moral y político del mundo árabe sunní más amplio -que tiene una profundidad estratégica que va más allá de Iraq. Sólo los vecinos de Iraq pueden cambiar esa idea. Estados Unidos debe involucrar a todos los vecinos de Iraq -aliados de Estados Unidos y rivales por igual- y finalmente convocar a un foro regional para desarrollar una nueva hoja de ruta política con un apoyo más amplio. Hoy, Iraq es una fuente de inestabilidad en la región, no sólo debido a la violencia y al extremismo que se está gestando en sus fronteras, sino debido a que la incertidumbre sobre el resultado en Iraq amenaza los intereses vitales de sus vecinos. Es sólo incluyendo a los vecinos de Iraq en la determinación de su futuro que Estados Unidos pueden cambiar su postura hacia Iraq para aislar y debilitar a la resistencia. Estados Unidos necesita la ayuda de la región para empujar a Iraq en la dirección correcta, y para lograrlo debe abordar a sus vecinos.

Vali Nasr es profesor en la Escuela Naval de Posgrado y está asociado al Consejo de Relaciones Exteriores. Es autor de ‘The Shia Revival: How Conflicts within Islam will Shape the Future'.

21 de noviembre de 2006
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tortura y el nuevo orden orwelliano


[Eduardo Subirats] La militarización de los conflictos sociales se corona con la legitimación de la tortura.

Se elimina toda clase de rutinas. El prisionero debe someterse a una iluminación artificial uniforme y de baja intensidad. Debe despojarse de su propia vestimenta. Nada ha de recordarle sus coordenadas espaciales y temporales. La exposición a situaciones extremas de calor y frío, de sobreabundancia alimentaria y de hambre, de luz y oscuridad es preferible que su simple debilitamiento corporal a través de golpizas, privación de agua y comida, y quebrantamiento fisiológico general. La desorientación, la pérdida de identidad y la regresión de la víctima a un estado psicótico: éstos son los objetivos de las técnicas de interrogación científica. El suplicio físico con instrumentos mecánicos o eléctricos, la paralización duradera del cuerpo en posiciones corporales que generen un dolor extremo, las contusiones y quemaduras se administran de tal manera que la víctima no pueda encontrar en ellas una última forma de defensa y autoafirmación en su sufrimiento. La inmersión duradera en estanques de agua, con el cuerpo fijado a cilindros que imposibilitan las impresiones externas, cubiertos con máscaras que sólo permiten la respiración e impiden cualquier percepción visual, conducen invariablemente a estados paranoides de pánico, alucinaciones y delirios. Amenazas de un horror vago y desconocido aumentan su tensión e inducen una regresión psíquica aguda. La sugestión y la hipnosis, junto a la administración subrepticia de drogas como la heroína o el sodium pentotal profundizan su descomposición interna. "Cuando su regresión llega lo bastante lejos para que su deseo de resignar comience a prevalecer sobre su resistencia, el interrogador debe ofrecer al interrogado una racionalización que le permita salvar la cara". El tratado de tortura de la CIA ofrece estas recomendaciones con una conclusión final para sus verdugos: la tortura debe coronarse con la ‘conversión' de su víctima.
Conocido como el Kubark Manual, este documento de 1963 representa un modelo ideal de dominación posthumana. Su objetivo no es legitimar el sadismo de los verdugos de la Guerra fría en América latina, a la que estaba también destinado. Ni las prácticas criminales en boga que se cometen impunemente en la guerra sucia de Colombia. Ni el espectáculo fascista de Guantánamo. Ni las estrategias genocidas de la guerra de Chechenia. Ni las prácticas de violación de mujeres normalizadas en la guerra política contra manifestaciones civiles pacíficas de México. El clásico tratado de tortura de la CIA es ideal porque se presenta limpiamente como una tecnología destinada a obtener información de sujetos criminales. En su práctica efectiva, estos métodos fungen sin embargo como real sistema de terror y sumisión que comprende a partisanos y guerrilleros, activistas políticos, sindicalistas y ciudadanos corrientes, incluyendo sus familiares e incluyendo niñas y niños. Es ideal porque no señala qué drogas se administran científicamente a los prisioneros de la guerra sucia o de la guerra global, ni los instrumentos de tormento que efectivamente utiliza, ni los procesos de destrucción física y psíquica irreversible que infligen. Y sobre todo es ideal y abstracto porque su lema: "La amenaza de coerción debilita o destruye la resistencia con mayor eficacia que la coerción misma" no se aplica solamente, ni en primer lugar, a individuos, sino a comunidades, pueblos y naciones, y, en definitiva, a la humanidad entera.
La tortura ha sido y es la expresión moral y política de todo orden autoritario. Se basa en la pretensión del estado de disponer absolutamente sobre los cuerpos, la conciencia y la voluntad de sus súbditos, al margen de toda ley, de toda norma social y de todo principio ético. Su pretexto es la obtención de información de aquellas personas declaradas como antagónicas del Estado. Pero la tortura nunca ha significado solamente una estrategia secreta administrada a individuos concretos. El terror que inflige en sus víctimas se ha exhibido siempre, lo mismo en los Autos de la Inquisición que en las imágenes mediáticas de Abu Ghraib, con el objeto de amedrentar a la población dominada, destruir sus vínculos de solidaridad, aniquilar sus normas de vida y someterlas a un poder total. En última instancia la tortura implanta la violencia de un poder que no se detiene ante los límites más íntimos del cuerpo, de los sentimientos y de la conciencia humanos. Su organización institucional, los instrumentos y técnicas a los que recurre, y los múltiples mecanismos de legitimación mediática y jurídica que la sostienen ponen de manifiesto la inhumanidad y destructividad última del sistema de dominación política, militar, económica y mediática que hoy la ampara.
La aprobación por parte del Congreso y el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica de una ley, la Military Commissions Act of 2006, que justifica y propicia la práctica de la tortura, los interrogatorios coercitivos y la detención arbitraria de prisioneros de guerra bajo condiciones de extrema violencia, agrava hoy esta situación. La agrava para el Tercer Mundo en general, a la que esta legislación está destinada, y para América latina en particular. Las políticas neoliberales han destruido sus tejidos sociales, han creado una pobreza masiva, han cancelado brutalmente la posibilidad de integrar auténticas sociedades nacionales en la región. La corrupción política en la que se amparan sus políticas de extorsión, la manipulación mediática de las instituciones políticas, la degradación autoritaria de los sistemas democráticos, y una creciente militarización de los conflictos sociales que esta situación genera se coronan hoy con la legitimación de la tortura.

Eduardo Subirats es profesor de Teoría de la Cultura en la New York University. Autor, entre otras obras, de ‘El continente vacío' y ‘Memoria y exilio'.

20 de noviembre de 2006
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sobre las leyes contra la cocaína


[Eric E. Sterling] Las leyes antidrogas introdujeron una incorrecta distinción entre crack y cocaína en polvo que adquirió ribetes racistas.

Una de nuestras leyes contemporáneas más infames es la diferencia 100-1 en las sentencias sobre el tráfico de cocaína crack y cocaína en polvo. Según las leyes federales antidrogas, las sentencias de prisión están habitualmente ligadas a la cantidad de drogas que los procesados tenían consigo. Por ejemplo, vender 500 gramos de cocaína en polvo (más o menos un maletín lleno) significa una sentencia de diez años de cárcel, la misma sentencia por vender sólo 50 gramos de cocaína crack (más o menos una barra de chocolate).
Cuando trabajaba para el Comité Judicial de la Cámara en 1986, escribí el proyecto de ley fue la base de esa ley. Cometimos errores terribles.
Esos errores, agravados por el mal uso que hace el ministerio de Jusiticia de esas sentencias, han sido desastrosos. El sentido común dice que la razón 100-1 debe ser revocada. Pero es una solución inadecuada.
El martes, la Comisión de Sentencias -la agencia independiente que proporciona directrices sobre sentencias a los jueces federales y asesora al Congreso- realizará una audiencia sobre el tema. Si vence la lógica, en el próximo Congreso asistiremos al fin de una de las leyes más injustas aprobadas en los últimos tiempos. Y eso podría corregir el error más grande que he cometido en mi vida profesional.
Todavía nos aferramos a ideas de hace veinte años de que el crack es de algún modo especialmente perjudicial: Es un adictivo instantáneo; te hace particularmente violento; lleva a las mujeres a abandonar a sus hijos; los bebés de adictos al crack serán casos perdidos. Nada de esto es verdad.
También, debido a que el crack ya no es una gran noticia, la gente cree erróneamente que nuestras políticas anti-cocaína han funcionado. Tampoco es verdad. No hay escasez de cocaína. Desde 1986 el precio de la cocaína ha bajado y la calidad es mejor. Las muertes por cocaína han aumentado. El número de usuarios de crak sigue básicamente igual.
Las sentencias por drogas están nuevamente en la agenda nacional debido a que los activistas de derechos civiles están justificadamente indignados de que casi todos los procesos federales por crack implican a gente de color. Y en realidad, durante años ningún blanco ha sido perseguido por delitos relacionados con el crack en muchos tribunales federales, incluyendo los de Los Angeles, Chicago, Miami, Denver, Dallas o Boston.
Debido a ello, se difundió el mito de que el Congreso quería castigar a los negros -que se cree que son usuarios de crack- con sentencias largas y dejar que los esnifadores de la cocaína en polvo de Hollywood y Wall Street la libren con sentencias más ligeras. El Congreso estaba tratando de poner remedio a un problema que creía que afligía a la comunidad negra.
Un segundo mito es que el Congreso escogió la razón 100-1 debido a que determinó que el crack era cien veces peor que la cocaína en polvo. Pero las medidas elegidas (5 y 50 gramos, contra 500 y 5.000 gramos) no se basan en la comparación de las dos drogas. El Congreso no entendía claramente el tráfico de drogas -ni el sistema métrico- y pensaba que esas medidas indicaban una actividad de tráfico importante. De hecho, toneladas (millones de gramos) de cocaína son transportados hacia Estados Unidos por los líderes, organizadores y financistas del comercio internacional de drogas.
La ley era imperfecta, pero el ministerio de Justicia todavía podía haberla usado para atacar a grandes traficantes. Pero investigaciones de la Comisión de Sentencias muestran que tres cuartos de los acusados por tráfico de cocaína -en polvo y crack- en tribunales federales son apenas dealers de barrio o camellos.
El Congreso debió haber tratado de hacerlo en 1986 -de hacer que el ministerio de Justicia se concentrara exclusivamente en los casos significativos, porque las agencias policiales del estado y locales no pueden hacerlo. Hay tres elementos para solucionar el problema: Elevar la cantidad de iniciadores de toda droga a niveles realistas para grandes traficantes, a cincuenta o cien kilos de cocaína, y terminar con el desequilibrio crack/cocaína en polvo; Exigir que el fiscal general apruebe el procesamiento de todo caso que implique menos de cincuenta kilos de cocaína; Analizar los casos federales de drogas distrito por distrito para identificar a los agentes y fiscales que pierden su tiempo y nuestro dinero. Si los federales persiguieran a los grandes traficantes, nadie se quejaría sobre la raza de los acusados.
Un signo prometedor es que hace unos meses, el senador Jeff Sessions (republicano, Alabama), ex fiscal, introdujo un proyecto de ley para solucionar el problema. Es improbable que ocurra algo con su proyecto antes del receso del Congreso, pero tenía el respaldo de los dos partidos, lo que es un buen signo de que una solución política es viable.
El error de hace 20 años sobre los iniciadores de pequeñas cantidades ha distraído tanto al ministerio de Justicia de dedicarse a casos propios como a los reformadores de las soluciones adecuadas.
Para toda una generación, la política antidroga se construyó sobre errores de hecho y una retórica de apariencia dura.
El pueblo norteamericano simplemente necesita una política efectiva. En realidad, eso sería suficientemente duro.

Eric E. Sterling, presidente de la organización sin fines de lucro Criminal Justice Policy Foundation, de Silver Spring, Maryland, fue asesor del Comité Judicial del Congreso, responsable principalmente de las leyes antidrogas.

13 de noviembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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