prepárense para lo peor
De algún modo, después de cuatro años, el debate sobre Iraq está todavía animado por quimeras. La Casa Blanca habla como si una adición de 20 mil tropas más fuera a parar la guerra civil. Los demócratas argumentan que cuando Estados Unidos retire sus tropas, los iraquíes finalmente aceptarán ser responsables de su propio destino. Pero todos necesitamos enfrentarnos a la posibilidad de que este asunto pueda no tener un final feliz.Ese era el mensaje subyacente del Estimado Nacional de Inteligencia sobre Iraq, dado a conocer la semana pasada. Advertía al gobierno que si el conflicto religioso continuaba, casi ciertamente "creemos que la situación general de seguridad continuará deteriorándose". El conflicto actual no es simplemente una guerra civil, observan los analistas; es peor que eso: las bandas criminales, los terroristas de al-Qaeda y las guerras internecinas aumentan el estado de caos del país.
Y para los críticos de la guerra que prefieren una rápida retirada estadounidense, los analistas destinaron esta dura advertencia: "Si las fuerzas de la coalición se retiraran rápidamente durante [los próximos doce a dieciocho meses], creemos que esto ciertamente conducirá a un aumento significativo en la escala y alcance del conflicto religioso en Iraq". Una vez idas las tropas norteamericanas, predicen los analistas, el ejército iraquí se derrumbá y aumentarán los atentados de al-Qaeda dentro y fuera de Iraq. "Habrá bajas civiles masivas y es probable que ocurran desplazamientos forzados de población".
En esta sombría situación -donde, como repite todo el mundo todo el rato, "no hay buenas opciones"-, ¿cuál es la mejor dirección para la política exterior norteamericana? Una estrategia útil podría ser comenzar a prepararse no para lo mejor, sino para lo peor. El congreso y el gobierno deberían empezar a pensar en catástrofes potenciales en Iraq -y sobre cómo proteger intereses básicos de Estados Unidos y sus aliados.
Pensando en los resultados catastróficos, me he orientado por un artículo que fue hecho circular la semana pasada en círculos privados por Robert Jervis, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Columbia. Empieza con esta idea: "En algún momento, Estados Unidos retirará sus tropas de Iraq, y cuando lo haga, si no antes, la situación empezará a deteriorarse feamente. Esos podrían ser tiempos realmente espantosos -como un maremoto que inundara toda la región".
¿Cómo proteger intereses norteamericanos vitales en este maremoto de violencia? Voy a presentar varios preceptos básicos, sacados de conversaciones con expertos dentro y fuera del gobierno:
-Contener la violencia religiosa. Estados Unidos no puede parar la guerra civil entre sunníes y chiíes, pero puede tratar de mantener este conflicto dentro de las fronteras iraquíes. En esto reside el mayor peligro para la nueva estrategia de ‘redespliegue' que esbozó la ministro de asuntos exteriores Condoleezza Rice en una entrevista conmigo el mes pasado. Al tratar de reunir a los árabes sunníes moderados para combatir contra Irán y sus aliados, Estados Unidos corre el riesgo de extender el conflicto sunní-chií de Iraq a toda la región.
Este es un curso peligroso. Los riesgos fueron resumidos por Amr Moussa, presidente de la Liga Árabe. La guerra en Iraq "abrió las puertas del infierno", me dijo, y si el conflicto se extiende a los chiíes respaldados por Irán y a los árabes sunníes, "entraremos en el infierno mismo". Estados Unidos no debería alentar este descenso al infierno.
-Proteger el petróleo. Estados Unidos debería empezar a planificar con sus aliados cómo proteger el suministro de petróleo de la región. Lo hemos hecho antes: Las exportaciones de petróleo en el Golfo Pérsico continuaron durante los ocho cruentos años de la guerra Irán-Iraq, gracias en parte a las escoltas navales norteamericanas y al reembanderamiento de los petroleros. Estados Unidos debería ayudar a preparar ahora una iniciativa internacional similar, incluyendo nuevos oleoductos que simplemente eviten el Golfo.
-Proteger a la población iraquí. Estados Unidos no ha sido capaz de parar la guerra civil, pero las tropas estadounidenses pueden reducir la carnicería y ayudar a entregar ayuda humanitaria para lo que es probable que se convierta en una creciente ola de refugiados escapando de las zonas de combate.
-Hablar con los vecinos. Asesando la perspectiva de un resultado catastrófico en Iraq, Estados Unidos debería iniciar un diálogo con los estados de la región, incluyendo a Siria e Irán. Estados Unidos no debería inicialmente ofrecer ningún acuerdo, mucho menos ‘precios de subasta', pero sí debería hablar sobre intereses de seguridad mutuos y explorar los terrenos en los que convergen.
-Estimular la paz árabe-israelí. En lo que todo el mundo en la región parece estar de acuerdo -desde Israel hasta Arabia Saudí- es en la necesidad de un estado palestino. Los palestinos mismos no pueden ofrecer a Israel ahora un acuerdo de paz significativo -son demasiado débiles, y están demasiado indignados y desorganizados. Pero los árabes, conducidos por el rey saudí Abdullah, pueden. Este es la solución que debería buscar Rice.
Estas medidas en el control de la crisis no impedirán la catástrofe que se está desarrollando en Iraq, pero podrían mitigar sus efectos, que puede ser casi todo lo que podemos aspirar. Y el beneficio del escenario del peor de los casos es que las cosas, a veces, funcionan mejor de lo que se espera.
davidignatius@washpost.com
8 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
Una vez más, Chile postergó la ratificación de su adhesión al Tribunal Penal Internacional (TPI). El Gobierno debió aplazar el voto por la oposición de los parlamentarios de la Alianza. Los partidos de derecha señalan que la ratificación causará fricciones con Estados Unidos. En efecto, Washington sanciona a los países que no son sus aliados directos como los europeos miembros de OTAN. O le firman una cláusula que exime a todo ciudadano norteamericano de ser acusado ante el TPI o se suspenden ciertas ayudas y franquicias en el campo de la defensa. Aceptar este condicionamiento constituye ya una severa erosión de la soberanía nacional.
Poco después del Día de Acción de Gracias, cené en California con Lou Cannon, el mejor biógrafo de Ronald Reagan. Como muchos historiadores en estos días, hablamos sobre si George W. Bush es probablemente el peor presidente que ha tenido Estados Unidos. Cannon se erizó con la idea.
Saddam Hussein no se merece la compasión de nadie. Pero cualquiera que haya visto el gráfico video de teléfono celular de su ahorcamiento, su ejecución se parece muy poco a la administración de una justicia desapasionada. El condenado dictador parece haber sido dejado, después de estar bajo custodia militar norteamericana, en manos de una turba chií de linchamiento.
El debate sobre Iraq ya ha dejado atrás la pregunta de si fue un error (todos sabemos que sí lo fue) y pasado a la pregunta más apremiante de si es posible evitar el desastre total. Todo analista de relaciones internacionales que se respete a sí mismo tiene su propio plan para Iraq. El problema es que estos planes son inevitablemente poco convincentes, excepto cuando dicen que todos los otros planes han fracasado. Todo esto es terriblemente desalentador.
Cuando al principio de esta semana el primer ministro iraquí, Nuri al-Maliki, indicó que quería reorganizar su gabinete -que, para empezar, no fue elegido por él-, estaba solamente confirmando que la hoja de ruta política de Estados Unidos para Iraq había fracasado. La promesa de la reconciliación se está evaporando a pasos acelerados y el gobierno de unidad nacional ya no es un ancla verosímil como estrategia norteamericana para estabilizar Iraq. Es hora de buscar una nueva estrategia. Una opción mencionada a menudo es el federalismo: una blanda separación de las comunidades étnicas y religiosas en conflicto en Iraq que fuera preferible a la alternativa de la guerra civil o de la disolución de Iraq.
Se elimina toda clase de rutinas. El prisionero debe someterse a una iluminación artificial uniforme y de baja intensidad. Debe despojarse de su propia vestimenta. Nada ha de recordarle sus coordenadas espaciales y temporales. La exposición a situaciones extremas de calor y frío, de sobreabundancia alimentaria y de hambre, de luz y oscuridad es preferible que su simple debilitamiento corporal a través de golpizas, privación de agua y comida, y quebrantamiento fisiológico general. La desorientación, la pérdida de identidad y la regresión de la víctima a un estado psicótico: éstos son los objetivos de las técnicas de interrogación científica. El suplicio físico con instrumentos mecánicos o eléctricos, la paralización duradera del cuerpo en posiciones corporales que generen un dolor extremo, las contusiones y quemaduras se administran de tal manera que la víctima no pueda encontrar en ellas una última forma de defensa y autoafirmación en su sufrimiento. La inmersión duradera en estanques de agua, con el cuerpo fijado a cilindros que imposibilitan las impresiones externas, cubiertos con máscaras que sólo permiten la respiración e impiden cualquier percepción visual, conducen invariablemente a estados paranoides de pánico, alucinaciones y delirios. Amenazas de un horror vago y desconocido aumentan su tensión e inducen una regresión psíquica aguda. La sugestión y la hipnosis, junto a la administración subrepticia de drogas como la heroína o el sodium pentotal profundizan su descomposición interna. "Cuando su regresión llega lo bastante lejos para que su deseo de resignar comience a prevalecer sobre su resistencia, el interrogador debe ofrecer al interrogado una racionalización que le permita salvar la cara". El tratado de tortura de la CIA ofrece estas recomendaciones con una conclusión final para sus verdugos: la tortura debe coronarse con la ‘conversión' de su víctima.
Una de nuestras leyes contemporáneas más infames es la diferencia 100-1 en las sentencias sobre el tráfico de cocaína crack y cocaína en polvo. Según las leyes federales antidrogas, las sentencias de prisión están habitualmente ligadas a la cantidad de drogas que los procesados tenían consigo. Por ejemplo, vender 500 gramos de cocaína en polvo (más o menos un maletín lleno) significa una sentencia de diez años de cárcel, la misma sentencia por vender sólo 50 gramos de cocaína crack (más o menos una barra de chocolate).