Blogia
mQh

opinión

archivo con historias


[Anne Applebaum] Esta semana debiese abrirse al público y a los investigadores el importante archivo de los horrores del nazismo, Bad Arolsen.
Cualquiera que haya tenido alguna vez la fortuna de trabajar en archivos viejos sabe las sorpresas que guarda. Una carpeta gorda y poco atractiva puede, con paciencia, entregar todo un tesoro de interesantes detalles; una pila de papeles amarillentos puede contener la solución de un viejo enigma. Hace poco, un archivista aficionado tropezó con cartas de Otto Frank, el padre de Ana Frank, en una colección de documentos que habían estado acumulando polvo en el Instituto de Investigación Judía YIVO durante treinta años -demostrando que allá había todavía más que aprender sobre una de las víctimas más famosas del Holocausto, incluso en el centro de la Ciudad de Nueva York.
Por increíble que parezca, podría haber todavía muchas más sorpresas por descubrir si se considera que el más grande, definitivo y de lejos más inaccesible de los archivos del Holocausto todavía tiene que abrir sus puertas a los investigadores y al público en general. Conocido oficialmente como el Servicio Internacional de Búsquedas, este archivo contiene carpetas sobre más de diecisiete millones de personas que pasaron por los campos de concentración y campos de trabajos forzados del Tercer Reich, incluyendo Dachau y Buchenwald, así como en los campos de personas desplazadas que surgieron en toda Europa después de la guerra. En 1955, las potencias aliadas depositaron estos archivos en Bad Arolsen, Alemania. Legalmente, fueron mantenidos bajo la protección de un tratado firmado por once países. En la práctica, estuvieron bajo la gestión día a día del Comité Internacional de la Cruz Roja CICR.
Y allá se quedaron, casi enteramente bajo llave. Los investigadores externos no eran admitidos en los archivos Bad Arolsen. Las víctimas que pedían documentos eran inscritas en listas de espera que duraban décadas. Durante muchos años el director de los archivos -un empleado suizo del CICR cuyos motivos siguen siendo misteriosos- lograron bloquear todos los esfuerzos internacionales para abrir un poco más el archivo. Contó con la colaboración de los gobiernos alemán e italiano, probablemente porque son los que más temían que esos documentos produjesen una nueva marejada de reclamos de compensación. También lo ayudó el hecho de que es difícil que una comisión de once país haga demasiado en cualquier sentido, especialmente si se trata de una comisión que sólo se reúne una vez al año.
Pero las cosas cambiaron este verano pasado: La comisión finalmente decidió modificar el tratado y hacer copias digitales de los documentos para ponerlos a disposición de los países miembros. Bajo una considerable presión internacional, el gobierno alemán cambió de opinión. La digitalización ya está en camino. Y sin embargo, aunque los miembros de la comisión se reúnen esta semana en Holanda, supuestamente para afinar los detalles finales, todavía no sabemos si terminarán pronto este proceso.
¿Cómo puede ocurrir algo así sesenta y dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial? ¿A quién le podía interesar mantener inaccesibles los archivos del Holocausto? Es solamente justo decir que algunos de los problemas son puramente técnicos: Aunque Estados Unidos, Israel, Polonia y Luxemburgo han ratificado los cambios necesarios en el tratado, Francia, por ejemplo, ha tenido problemas en ratificar el tratado en un año de elecciones. Otras preocupaciones pueden ser más substantivas: Algunos sospechan que los italianos lo están retrasando porque temen que los archivos revelen cuántos nazis escaparon cruzando Italia después de la guerra. Sin embargo, otros -incluyendo posiblemente a los alemanes- sencillamente, en palabras de Arthur Berger, del Museo Memorial del Holocausto, en Washington, "no entienden la urgencia" del tema.
Y "urgencia" es la palabra correcta: Cientos de miles de personas están todavía esperando consultar esos documentos, y están muriendo todos los días. Si las discusiones terminan bien esta semana, las copias digitales de los documentos estarán disponibles para que algunos las puedan consultar, en sus propios países, más tarde este año. Si no, quizás no los consulten nunca.
Inesperadamente, la urgencia es también política. Vivimos en un mundo en el que el presidente de Irán puede atraer a Teherán a un montón de prominentes que niegan el Holocausto, y un mundo en el que algunos de esos personajes apuntan al continuado cierre del archivo Bad Arolsen como prueba de que los Aliados quieren ocultar al mundo la "verdad" sobre el Holocausto. Aunque es tentador, como he escrito antes, tratar los acontecimientos de hace 62 años como historia trillada, eso sería un error.
De hecho, es precisamente debido a que muchos de los protagonistas ya han muerto, precisamente debido a que todo el mundo asume que ya se ha escrito todo y precisamente debido a que el Holocausto se ha convertido en algo tan completamente institucionalizado, que este archivo debe abrirse. Los países europeos que se reúnen esta semana deben abrir el archivo para asegurarse de que una nueva generación, y todas las futuras generaciones, sean capaces de redescubrir los hechos por sí mismos.

applebaumanne@yahoo.com

9 de marzo de 2007
6 de marzo de 2007
©washington post
©traducción mQh
rss

en torno a la marihuana


columna de mérici
En las últimas semanas se ha informado en la prensa sobre varios incidentes en los cuales la marihuana, así como la estupidez de la policía y la hipocresía de la clase política, han sido actores claves.
Primero fue la detención de dos organizadores de eventos, hijo uno y sobrino el otro de una notoria diputada de extrema derecha, por un presunto tráfico de drogas, vale decir marihuana. Cantidad recaudada: unos cuarenta pitos de marihuana y tres pastillas de éxtasis.
Luego vino la recaudación de varias plantas de marihuana -ciento setenta, según la prensa- en la casa de un joven de Viña del Mar, que quedó en libertad tras la audiencia de control de detención.
Y finalmente el allanamiento, la recaudación de doce gramos de marihuana y algunas pipas y otros implementos para su uso, y dos porretes, y el posterior despido de la directora del Servicio Nacional del Menor [SENAME] de Aysén.
Los tres casos demuestran la mala leche o franca estupidez con que ha actuado la policía. Independientemente de la legislación antidrogas -un verdadero barómetro de la memez de la clase política chilena-, creo que es simplemente idiota o mala intención calificar de traficantes a dos personas con cuarenta pitos y tres pastillas de éxtasis. Un usuario corriente consumiría esos veinte pitos en menos de una semana.
El caso de la ex directora del SENAME Aysén es todavía más escandaloso, pues han allanado su domicilio y la han detenido como si fuera una delincuente habitual, mientras que sus doce gramos evidentemente la descartan como traficante. El caso del chico de Viña es algo más complicado, porque tenía más plantas que las que se pueden justificar como para el propio consumo. Pero estas son consideraciones subjetivas. Él mismo asegura no haberlas cultivado para su comercialización.
La prensa y la televisión han cubierto ampliamente estos casos insignificantes. Hemos visto en la pantalla chica a un par de fiscales que destilaban mala leche y odiosidad, tratando de explicarnos, entre mocos y babas, que la posesión de unos porretes de marihuana es un delito grave. Pero menos grave que las torturas o los secuestros y asesinatos, aparentemente, pues muchos militares todavía se pasean libremente después de haber cometido, durante la dictadura, esos crímenes sin nombre.

Debe recordarse que la legislación antidrogas es de todo punto de vista ilegítimo, pues se aprobó contra la voluntad mayoritaria de los chilenos. A pesar de las numerosas encuestas de opinión y de los extensos debates públicos, de los que se desprendió que más del ochenta por ciento de la población estaba contra la legislación antidrogas y favorecía, en todo caso, la despenalización de la marihuana, la clase política conspiró para hacer aprobar esas leyes estúpidas. Es natural, por esto, que los chilenos resistan la implementación de esta ley y se opongan a las autoridades, carentes de legitimidad a ojos vistas, en cuanto a esta legislación.
No ha de extrañarse la clase en el poder si sectores de la ciudadanía les ajusten cuentas de vez en vez y reaccionen de manera violenta cuando se ven injustamente agredidos en sus casas y vecindarios.

Chile debe enmendar su legislación antidrogas o abolirla derechamente. Francamente, el espectáculo que brinda la represión de la comercialización y consumo de drogas es un asco. La venta y consumo de drogas debiesen ser libres, completamente admitidos, legalizados y considerados como lo que son: consumir o no drogas es algo que pertenece al ámbito íntimo de las personas y no pueden ni deben las autoridades inmiscuirse en esto.
Si acaso podría admitirse la prohibición de su consumo en lugares públicos, pero prohibir y perseguir activamente el consumo en casa (como el caso de la directora en Aysén y del chico en Viña) es una aberración y un acto tan cruel y necio como injustificado e inmoral. La ciudadanía se opone a que las autoridades se arroguen el derecho a interrumpirnos e inmiscuirse en nuestras vidas privadas cuando no han sido llamados para ello.
En Chile se ha de recordar siempre que cuando los ciudadanos pedimos a la clase política y al poder judicial que nos protegiesen de la violencia, cobardía e inhumanidad de los militares, los políticos, esos que chillan en favor de la prohibición de las drogas, hicieron la vista gorda. Digo, estas son las inmundicias que todavía, a pesar del fin de la dictadura, gobiernan al país con sus leyes arbitrarias y brutas.
Es hora, pues, de que los políticos chilenos, en todo caso los políticos de verdad, que no las escorias derechistas, meten manos en el asunto y deroguen esas leyes insensatas y contraproducentes. Ahora que lo que se llama la izquierda chilena domina el parlamento, es la ocasión, quizás, de formar una plataforma para su urgentísima derogación.

9 de marzo de 2007
mérici

música de las esferas


[Charles Krauthammer] Una misión a la Luna vale la pena.
Puede que usted no lo haya notado, pero rompimos otro récord espacial norteamericano el mes pasado cuando el astronauta Michael López-Alegría registró 67 horas de paseo espacial. Si lo considera usted como el equivalente del récord de Guiness de rebotar en zancos (37 kilómetros en 12 horas y 27 minutos) -impresionante pero sin sentido-, lo entiendo. No hay nada tan bello como una estación espacial y el transbordador que la utiliza, y al mismo tiempo nada tan inútil.
Ahora, eso se puede decir de muchas cosas: sobre apearse de un balancín, sobre un soneto de Shakespeare, sobre un problema de ajedrez de Nabokov. Pero ninguna es financiada por los contribuyentes, y nadie reivindica su utilidad. Algunas tienen razones estéticas, y quizás de diversión.
No se puede justificar un presupuesto para la NASA de 17 billones de dólares, o de 6 billones de dólares para una exploración tripulada con argumentos semejantes. Tiene que haber algo más, y el transbordador nunca lo tuvo. Será recordado como uno de los desvíos más elegantes y más espurios en la historia de la tecnología. Fue nuestro Spruce Goose, el gigantesco avión de ocho motores de Howard Hughes, que sólo despegó una vez.
Pero el Spruce Goose no costó cuatro billones de dólares de los contribuyentes, que es la razón de por qué el inminente retiro del transbordador es tan bienvenido. Incluso más bienvenida fue la decisión del gobierno de Bush de redirigir todo el proyecto de la exploración espacial tripulada hacia la instalación de una base en la Luna.
Pero no hasta 2020, medio siglo después de que llegamos por primera vez a la Luna. Las futuras generaciones encontrarán difícil entender esta interrupción. Pero para dos grupos de críticos -la izquierda ludita y los puristas de la ciencia-, cincuenta años no es suficientemente largo. Ellos no construirían ninguna base en la Luna.
Los luditas se han opuesto siempre a la exploración tripulada por considerarla un mal uso de los recursos en momentos en que, dice el mantra, tenemos tantos problemas en la Tierra.
Creo que esta objeción es incomprensible. ¿Cuándo dejaremos de tener problemas en la Tierra? En un mundo lleno de interminables problemas, eso no nos impide destinar recursos a proyectos que encontramos bellos, excitantes o trascendentales -la ópera, el ski alpino, los largometrajes- y que, sin embargo, no resuelven ningún problema social.
Además, la base en la Luna no es un absurdo. Los transbordadores viajaban eternamente hacia ninguna parte circulando por la órbita terrestre. La Luna es un destino. Esta vez la idea no es ir allá a plantar una bandera, hacer un tiro de golf y marcharse, sino quedarnos y fundar una colonia humana extraterrestre real y auto-sostenida.
Cierto, Marte sería mejor. Mantiene abierta la posibilidad de la vida e incluso puede tener agua en su superficie. Pero lo mejor no es enemigo de lo bueno. Marte está simplemente demasiado lejos, es demasiado peligroso, demasiado difícil y demasiado caro. Pasarán cientos de años antes de que podamos ir allá.
Tampoco es verdad que no haya nada útil ni de interés en la Luna. Hay allá todo tipo de materiales que deben ser explotados, observaciones del cosmos que deben ser hechas y conocimientos que deben ser adquiridos sobre cómo vivir en una tierra tan alejada del planeta.
Hace un siglo la Antártica tampoco nos parecía gran cosa. Fuimos allá por primera vez llevados por el ánimo de la aventura, y luego del descubrimiento. Los resultados científicos concretos que ha entregado la Antártica (en relación con los cambios climáticos y la capa de ozono, por ejemplo) han sido igual de importantes que inesperados.
Una crítica más seria contra el retorno a la Luna proviene no de los luditas sino de los puristas. Ellos quieren ciencia, y tienen razón en que la exploración con robots es un modo más barato de hacerlo. Los conocimientos científicos obtenidos por los vehículos no tripulados, tales como los pasados y futuros sondeos de la superficie de hielo de Europa y los lagos de hidrocarbono de Titán, son en realidad impresionantes. Y en términos monetarios, la exploración tripulada nos reporta menos ciencia que los robots.
Pero, sin embargo, vuelven con nuevos hallazgos. Los humanos podemos descubrir cosas por medio de la intuición y reconocimiento de regularidades que las máquinas que piensan en algoritmos no pueden hacer. Imagine las posibilidades científicas que tendríamos si hoy estuviésemos patrullando Marte en lugar de los carritos de golf brillantemente programados que ahora recorren su superficie.
Y además está la gloria. Si usted encuentra algún valor, alguna elevación del espíritu en una bella prueba matemática, en un elegante giro de ballet, en cualquiera de las miríadas de esfuerzos humanos que no tienen utilidad pero que son de una impresionante belleza, entonces usted debería sentir algo cuando nuestra pequeña especie logre establecer nueva vida en un vacío que ha sido desde la eternidad la provincia exclusiva de los dioses. Si no siente nada, usted -y no se lo tome personalmente- no tiene oídos para la música de nuestra época.

letters@charleskrauthammer.com

7 de marzo de 2007
2 de marzo de 2007
©washington post
©traducción mQh
rss

el klan sigue muerto


[David J. Garrow] Tanto el KKK como sus adversarios exageran la fuerza del Klan, pero las evidencias son magras.
Titulares recientes en la prensa anunciaron el renacimiento del Ku Klux Klan. El Christian Science Monitor advirtió que "parece que el KKK está resurgiendo después de años de irrelevancia". La Associated Press informó que los supremacistas blancos están "significativamente más activos" y se "concentran en azuzar los sentimientos contra los inmigrantes", especialmente contra los mexicanos y otros latinos.
La fuente de estas historias es un informe de 13 páginas de la Liga contra la Difamación [LCD], una organización judía que ha luchado durante largo tiempo contra toda forma de intolerancia. La LCD dice que el Klan "experimentó un resurgimiento en 2006", con "un notable aumento de las actividades de los capítulos del Klan en todo el país". En total, la LCD estima que podría haber unos cinco mil miembros y asociados al KKK distribuidos en todo el país.
¿Debemos preocuparnos? ¿Tiene razón la LCD en advertirnos sobre el peligroso resurgimiento de la temida y ampliamente odiada organización que cometió numerosos actos de terror contra los afro-americanos durante la Reconstrucción y la era de los derechos civiles?
No está tan claro. El documento de la LCD identifica a varios grupos del Klan como especialmente activos en 2005 y 2006. Uno de ellos es la Hermandad de Klanes [Brotherhood of Klans], con sede en Henderson, Tennessee, que organizó varios eventos públicos durante ese período -pero cuyo líder, Dale Fox, murió en noviembre de un ataque al corazón.
Otro es el Caballeros del Mundo [World Knights of the Ku Klux Klan], con sede en Sharpsburg, Maryland, que en septiembre sólo logró reunir a apenas unos treinta miembros en el campo de batalla de la Guerra Civil cerca de Gettysburg, Pensilvania. El líder de Caballeros del Mundo, Gordon Young, "utilizó la demostración para denunciar los matrimonios mixtos y la inmigración", informa la LCD. Dos meses más tarde, sin embargo, los Caballeros del Mundo, inesperadamente, se desbandaron, y en enero, Young fue detenido y acusado de múltiples cargos por abuso sexual de un menor. Sigue en la cárcel con una fianza de 350 mil dólares y puede ser condenado a 25 años de prisión si es declarado culpable.
Incluso la LCD reconoce que "muchos grupos individuales del Klan normalmente no duran mucho antes de disolverse o dividirse" y admite que a nivel nacional el KKK está "extremadamente fragmentado" con "poco" apoyo económico.
Sin embargo, el informe parece determinado a hacer que las cosas suenen tan malas como sea posible. Por ejemplo, llama la atención sobre los Caballeros del Imperio [Empire Knights of the Ku Klux Klan], un grupo formado en 2005, cuya página web dice que tiene ‘reinos' en veinte estados, desde Massachusetts hasta California.
El énfasis de la LCD en los Caballeros del Imperio no impresionó al St. St. Petersburg Times, de Florida, el diario más importante y cercano a la sede de los Caballeros de Estados Unidos. "La Liga contra la Difamación dice que existe una rama Homosassa del Ku Klux Klan, que está ayudando a dirigir un resurgimiento del Klan a nivel nacional", empieza un artículo del Times. "Para la oficina del sheriff del condado de Citrus fue toda una noticia", dice el diario. Los detectives del sheriff allá "no han visto ninguna actividad reciente" del Homosassa Klan, informó el diario.
El director regional de la LCD de Florida, Andrew Rosenkranz, continúa el Times, "dijo que coincide con las observaciones de los agentes de la policía local".
Francamente, la asistencia de apenas 20 miembros del Klan a una manifestación contra la inmigración, organizada por los Caballeros del Imperio en Amarillo, Texas, en agosto, puede ser un indicio de la debilidad de los Cabalelros. La LCD enfatiza que la página web de los Caballeros presenta "una emisora radial en internet... que transmite música del poder blanco", así como enlaces a otros veintes "reinos" -pero la evidencia disponible sugiere que el ‘Imperio' puede ser un pueblo de Potemkin.
Si tratas de entrar al reino de Florida, no llegas más que a una conexión muerta. Georgia, como Texas, "está en construcción". El reino de California tiene un texto de cinco párrafos anunciando que "somos una Provincia e Imperio Klandestino", pero las secciones sobre "creencias", "historia" y "eventos" están "en construcción". En una categoría llamada "foro", hay una receta para una "sartenada de carne con verduras" y en "miembros" hay una lista de 24 individuos inscritos.
Quizás la mayoría de los miembros del Klan simplemente no usan internet, pero si los Caballeros del Imperio están en realidad creciendo de manera significativa, se necesitan otras evidencias aparte de esta diminuta banda de miembros de la página web o las veinte personas que se aparecieron por Amarillo.
No hay ninguna duda de los miembros del Klan dispersos en todo Estados Unidos expresan una odiosa hostilidad hacia los inmigrantes latinos. No me hago ilusiones en cuanto a lo peligrosos que pueden ser los miembros del Klan, y no tengo ninguna duda de que a los líderes de las varias organizaciones del Klan les gustaría utilizar la creciente hostilidad para resucitar su desprestigiada ideología y reconstruir su debilitada y fragmentada estructura.
En Carolina del Norte, el Charlotte Observer, reaccionado ante un informe de la LCD, contactó al ‘brujo imperial' Virgil Griffin, de Mount Holly. "Los inmigrantes ilegales se están apoderando de este país", dijo Griffin, y como resultado, dijo, los miembros del Klan están creciendo más rápidamente que nunca desde los años sesenta.
Pero es difícil encontrar evidencias públicas de actos violentos o terroristas cometidos por las supuestamente infladas filas de los miembros del Klan. (La quema de una cruz en el patio de una familia salvadoreña en Kentucky, así como la agresión contra un adolescente latino en Houston cometida por tipos que gritaban "poder blanco", aparecen arriba en la lista de 2006, pero los hechores todavía no han sido identificados).
Puede ser peligroso y contraproducente exagerar el peligro de los grupos de odio racistas. Los sentimientos contra los inmigrantes son una parte innegable del mundo de hoy, y los problemas de la inmigración sin duda merecen la atención de la prensa. Pero basándonos en las evidencias disponibles, los esfuerzos tanto de los miembros del KKK como de sus adversarios en publicitar la supuesta importancia del Klan debería ser denunciados antes que aceptados.

David J. Garrow es docente de la Universidad de Cambridge, y el autor de ‘Bearing the Cross', la biografía del Reverendo Martin Luther King Jr., con la que ganó el Premio Pulitzer.

28 de febrero de 2007
27 de febrero de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
rss

iraq, la parte dura


El gobierno norteamericano debe vincular la presencia militar al logro por el gobierno iraquí de tres objetivos: desarmar a las milicias, repartir las ganancias del petróleo y terminar con la discriminación de los sunníes.
El presidente Bush perdió hace mucho tiempo el contacto con la realidad iraquí. También lo perdió con la angustia y la incredulidad que provocan su mala conducción de la guerra. Así que saludamos el intento largo tiempo esperado del Congreso de infundir algo de sentido común en Bush con una resolución que se opone a su decisión de enviar otras veinte mil tropas de combate para luchar esta desastrosa guerra sin un plan para ponerle fin.
Sin embargo, la votación de ayer, en la que 17 republicanos se unieron a los demócratas para producir un margen de 246 a 182, fue la parte más fácil. No se necesita gran coraje o creatividad para que un político exprese su permanente apoyo a las tropas y se oponga a una escalada militar enormemente impopular y poco promisoria. Incluso si el Senado logra superar su cojera metodológica y aprueba una resolución similar, la guerra y la mala conducción continuarán.
Los próximos pasos necesarios exigirán pensar mejor e imponer opciones más duras. El Congreso necesita hacer lo que Bush se niega a hacer: vincular el financiamiento de la guerra al desempeño del gobierno chií de Iraq, que no está haciendo ningún esfuerzo para rescatar a su país de la guerra civil.
El Congreso debe imponer parámetros claros y horarios rigurosos, insistiendo en que el gobierno iraquí ponga fin a sus subterfugios y empiece a desarmar a las milicias sectarias, adopte una fórmula para compartir las ganancias del petróleo y termine con la discriminación laboral de los árabes sunníes. El Congreso debe estar preparado para suspender la ayuda económica si los iraquíes se niegan a implementar esos pasos necesarios.
Tememos que las ingeniosas maniobras, como la propuesta por el representante John Murtha, según se dice con el respaldo de la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, de disfrazar una reducción del nivel de tropas como una medida de ‘apoyo a las tropas', no ayudarán a contener la guerra ni a la seguridad de las tropas estadounidenses. Murtha debe vincular el financiamiento de la guerra este año, a la adopción por el Pentágono de nuevas reglas de intervención, incluyendo períodos más largos de descanso para las tropas que vuelven del campo de batalla, adiestramiento más especializado y mejores equipos de defensa. Eso posibilitaría que los representantes votaran con seguridad política para financiar la guerra, al mismo tiempo que obligan al Pentágono a reducir gradualmente el número de tropas en servicio activo disponibles para servir en Iraq.
Aquí hemos defendido muchas reformas similares, pero no como una manera de reducir subrepticiamente los niveles de tropas en Iraq. El objetivo primordial del Congreso ha de ser encontrar el modo más responsable posible de sacar a las tropas norteamericanas de una guerra que se está convirtiendo cada vez más en una guerra imposible de ganar, al mismo tiempo que trata de contener el sufrimiento, minimizando los daños a los intereses norteamericanos en la región.
En lugar de reducciones camufladas del nivel de tropas, el Congreso debe abordar directamente el problema y hacer lo que el gobierno no quiere hacer. Debe imponer requisitos y fechas de cierre severas al gobierno iraquí, y vincular el futuro de todas las tropas americanas en Iraq al logro oportuno de esos objetivos.

17 de febrero de 2007
©new york times
©traducción mQh
rss

qué pasa con la pena de muerte


[Dahlia Lithwick] Jueces de la Corte Suprema se muestran todavía reticentes a abandonar la pena de muerte.
En una curiosa aplicación de la física newtoniana, el respaldo público y del estado a la pena capital se reduce firmemente en Estados Unidos al mismo tiempo que la decisión de mantener la pena de muerte parece endurecerse en una arena donde las opiniones sobre pena de muerte parecía que estaba destinada a cambiar: la Corte Suprema.
La tendencia es clara. De acuerdo al Centro de Información sobre la Pena de Muerte, que compila estadísticas sobre la pena capital, dos estados han decretado moratorias formales sobre la pena de muerte; las ejecuciones en Nueva York fueron suspendidas después de que en 2004 la ley del estado sobre la pena de muerte fuera declarada inconstitucional; once estados (incluyendo, más recientemente, a Florida y Tennessee) han erradicado efectivamente la práctica debido a preocupaciones sobre la inyección letal; y once estados más están considerando decretar una moratoria o nuevas apelaciones.
Las cifras absolutas de las ejecuciones y sentencias a muerte en Estados Unidos han caído en picado: las estadísticas del Centro de Información muestran que en 1999 ejecutamos a 98 personas, y en 2006 esa cifra bajó a su punto más bajo en diez años: 53. Mientras que Estados Unidos condenó a unos 300 reclusos al año durante los años noventa, esa cifra se ha reducido en más de la mitad y alcanzó apenas 114 en 2006. El apoyo público también parece estar declinando. Un sondeo de Gallup del año pasado mostró que dos tercios del país todavía apoya la pena capital para asesinos, pero cuando pueden elegir entre la pena de muerte y la prisión perpetua a firme, más gente prefiere la condena a perpetua (48 por ciento) a la pena capital (47 por ciento) -por primera vez en veinte años.
La nueva incertidumbre sobre el castigo capital oscila entre la incomodidad con los métodos de ejecución hasta la preocupación de que estemos ejecutando a inocentes. La inyección letal, el método de ejecución preferido en 39 de los 40 estados que permiten la pena capital, está particularmente fraguada de problemas.
En diciembre, el entonces gobernador Jeb Bush, de Florida, puso fin a las ejecuciones después de una ejecución en la que el recluso tardó 34 minutos en morir y en el proceso sufrió quemaduras químicas. Estudios recientes, incluyendo el informe de una revista médica británica, indica que el cóctel de inyección letal puede simplemente enmascarar el dolor antes de la muerte. Y los tribunales estatales están cada vez más preocupados sobre el papel que corresponde a los médicos -a menudo obligados por ley a supervisar el proceso de la inyección letal, a pesar de las objeciones de asociaciones médicas y juntas éticas.
Hay numerosas otras razones de nuestras crecientes dudas sobre la pena de muerte. En un discurso de 2005, el juez John Paul Stevens indicó varias, incluyendo evidencias de ADN que han determinado que "un número substancial de sentencias de muerte han sido dictadas erróneamente", el hecho de que los jueces elegidos hacen frente a presiones desproporcionadas para que dicten sentencias de muerte y el problema de los jurados que aprueban la pena de muerte (los que se oponen a la pena capital son excluidos de los jurados en los que se puede dictar la pena de muerte). Por estas y otras razones, muchos estadounidenses han empezado a preocuparse de que la pena de muerte en este país no está reservada para ‘la escoria', sino para los más pobres de entre los pobres y para aquellos cuyos abogados se durmieron durante sus juicios.
El Proyecto Inocencia, una clínica jurídica sin fines de lucro asociada a la Facultad de Leyes Benjamin N. Cardozo de la Universidad Yeshiva en Nueva York, dice que han habido 194 exoneraciones por ADN. Un estudio sobre ejecuciones injustas, de Hugo Bedau y Michael Radelet, contiende que de 1900 a 1991, 416 personas claramente inocentes fueron sentenciadas a muerte. Y los estudios sobre el racismo que contamina todo el sistema son inequívocos.
En los últimos años, la Corte Suprema también ha mostrado preocupación sobre la pena de muerte. En un artículo publicado el año pasado, el profesor Erwin Chemerinsky, de la Universidad de Duke, observó que en los últimos años de la Corte con William H. Rehnquist, los jueces mostraron una marcada tendencia a revocar sentencias de muerte. Chemerinsky especula que "la mayoría de la Corte estaba (y continúa estando) profundamente preocupada sobre la administración de la pena de muerte en Estados Unidos" y que, como resultado de las revelaciones de varios investigadores, "la realidad de gente inocente que ha sido condenada a muerte, ha tenido un profundo efecto sobre los jueces".
Así, en los primeros años del nuevo siglo, la corte dictó sorprendentes decisiones convirtiendo en ilegal la ejecución de retardados mentales y de los que eran menores de edad cuando cometieron sus crímenes, y refinando las pruebas sobre la efectividad de los abogados. Varios jueces han expresado su preocupación fuera de los tribunales: Stevens, Ruth Bader Ginsburg y Sandra Day O'Connor han hablado pública y apasionadamente sobre las fallas del sistema capital.
Pero, en gran parte como consecuencia de cambios en la composición de la corte, esa tendencia puede estar terminando. Sólo unos pocos estados están expandiendo desafiantemente su uso de la pena de muerte. Y hay algo de razón para temer que algunos jueces no comparten la creciente sensación de que la maquinaria de la pena de muerte en este país ha sido quebrada. Uno de ellos es el nuevo juez presidente, John G. Roberts Jr. Cuando trabajaba en la Casa Blanca de Reagan, escribió un memorando sugiriendo que el tribunal superior redujera su número de casos "renunciando al papel abogado del diablo en casos de pena de muerte".
Un caso implicaba a un hombre condenado por violación y asesinato que, más tarde, entregó evidencias de ADN que arrojaban serias dudas sobre que él fuera el culpable. La corte resolvió por cinco a tres que esta nueva evidencia justificaba una nueva audiencia. Pero Roberts dirigió a los opositores, que pensaban que no había suficientes evidencias como para arrojar dudas sobre la condena del acusado; para autorizar una nueva audiencia, la evidencia tenía que demostrar que él "era en realidad inocente".
En otro caso de pena de muerte de 2005, el entonces juez O'Connor concordó, con los liberales de la corte, en que el abogado durante el juicio había sido inefectivo. Esa decisión revertió la opinión de Samuel A. Alito Jr., entonces juez de la Corte de Apelaciones para el Tercer Circuito, que habría rechazado un nuevo juicio. Las señales son todavía mezcladas. En otro caso, toda la corte permitió que reclusos en el corredor de la muerte presentaran una demanda contra la inyección letal.
Pero también en el último período, el juez Antonin Scalia escribió una opinión separada en un caso de pena de muerte con el único propósito de vilipendiar al juez David H. Souter, que había escrito una opinión disidente sobre los inocentes exonerados. La opinión de Scalia fue un completo ataque contra la idea de que los exonerados fueran inocentes y que "fueran mostrados por varios profesores", y alegaba de hecho que incluso si los exonerados no eran suficientemente culpables como para merecer la pena de muerte, de todos modos estaban lejos de ser "inocentes". (Por qué eso los hacía candidatos a la pena de muerte es algo que no explicó).
Este período también ha revelado un sutil endurecimiento de parte de algunos de los conservadores de la corte. En un caso, Roberts cuestionó la necesidad de un juez para guiar a los jurados en el tratamiento de evidencias atenuantes.
De algún modo, justo cuando los norteamericanos empiezan a considerar las graves injusticias que impregnan el sistema de la pena capital, varios jueces parecen estar defendiendo posiciones fuertemente personales en este frente de la guerra cultural.
En su artículo, Chemerinsky sugiere que los jueces que cambian de curso sobre la pena de muerte, a menudo lo hacen sólo después de pasar décadas en tribunales. Eso podría sugerir que los dos jueces nuevos sólo se ablandarán sobre la pena capital en el futuro lejano. Estos jueces también insistirían en que si pena capital necesita reparaciones en este país, son las legislaturas estatales las que deberían hacerlo, un proceso que ya ha empezado a ocurrir. Pero si para la mayoría de los estadounidense la época de la testaruda certeza sobre la pena de muerte, al menos según se practica actualmente, parece haber terminado, una corte que está más segura que nunca de su fundamental equidad se ve penosamente desfasada con la opinión pública norteamericana dispuesta a reconocer los peligros, los errores y las dudas de la injusticia.

dahlia.lithwick@hotmail.com

Dahlia Lithwick cubre los asuntos jurídicos para Slate, la revista online en www.slate.com

11 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
rss

redefinición o derrota inminente


[William E. Odom] La misión no se puede cumplir: es hora de formular una nueva estrategia.
El nuevo Estimado Nacional de Inteligencia [ENI] sobre Iraq esboza francamente la brecha que separa las ilusiones del presidente Bush de las realidades de la guerra. La victoria, tal como la ve el presidente, exige una democracia liberal estable y pro-norteamericana en Iraq. El ENI describe una guerra que no tiene ninguna probabilidad de terminar de esa manera. En este crítico aspecto, el ENI, la conclusión de consenso de todas las agencias de inteligencia de Estados Unidos, es una declaración de derrota.
Sus pesimistas implicaciones -envueltas, como prefieren las agencias de inteligencia, en un lenguaje correoso que, sin embargo, no suaviza su impacto- colocan a la comunidad de inteligencia en la misma página que la opinión pública norteamericana. La opinión pública descubrió el año pasado la realidad del fracaso en Iraq y sacó a los republicanos del congreso, para despertarlos fuera. Pero la mayoría de sus miembros siguen dormidos, o sólo apenas conscientes de que su nuevo cometido es terminar la guerra pronto.
Quizás esto ya no sorprende. A los norteamericanos no les gusta la derrota o el fracaso, y nuestros políticos son famosos por su reluctancia a admitir su propia parte de responsabilidad en cualquier cosa que se parezca a esos resultados poco norteamericanos. Así que se van por las ramas, se retuercen las manos y debaten sobre ‘resoluciones no vinculantes' que se oponen al plan del presidente de aumentar el número de tropas norteamericanas en Iraq.
De momento, la colisión entre la claridad de la opinión pública, la implacable búsqueda de la derrota por parte del presidente y la ansiedad del congreso nos ha paralizado. Podemos estar condenados a dos años más de perseguir el milagro de la democracia en Iraq y posiblemente extendiendo la guerra hacia Irán. Pero no es inevitable. Un congreso, o un presidente, preparado para abandonar el juego del ‘a quién le echamos la culpa', podría empezar a modificar la estrategia estadounidense de manera que mejore substancialmente las perspectivas de un Oriente Medio más estable.
Nada es tan importante como el bienestar de Estados Unidos. Hacemos frente a grandes peligros en esa problemática región y mejorar nuestras perspectivas será difícil. Antes que nada, exigirá, de parte del congreso al menos, el reconocimiento público de que la estrategia del presidente se basa en ilusiones, no en realidades. Nunca hubo una invasión y transformación correctas de Iraq. La mayoría de los norteamericanos no necesitan ser convencidos, pero dos verdades deberían poner este asunto fuera de toda discusión:
Primero, la aserción de que Estados Unidos podría crear una democracia constitucional y liberal en Iraq pone en cuestión todo lo que han aprendido los estudiantes profesionales sobre el tópico. De las más de cuarenta democracias creadas después de la Segunda Guerra Mundial, menos de diez pueden ser consideradas verdaderamente ‘constitucionales' -lo que quiere decir que su orden interno es protegido por un estado de derecho ampliamente aceptado y que ha sobrevivido al menos durante una generación. Ningunas de esas democracias es un país con culturas políticas árabe o musulmana. Ninguno tiene fisuras religiosas y étnicas tan profundas como Iraq.
Curiosamente, los politólogos norteamericanos cuyo oficio es saber de estas cosas se han mantenido irresponsablemente silenciosos. En los preliminares de la invasión de 2003, agitadores neo-conservadores gritaron insultos a todos los que se atrevieron a mencionar los numerosos hallazgos de investigaciones académicas sobre cómo se forman las democracias. También ignoraron nuestras propias luchas durante dos siglos para instaurar la democracia de la que gozan los norteamericanos hoy. De algún modo, se espera que los iraquíes creen un orden constitucional en un país que no tiene ninguna condición que favorezca su implantación.
Esto no equivale a decir que los árabes no pueden convertirse en demócratas liberales. Cuando emigran a Estados Unidos, muchos se convierten rápidamente. Pero sí equivale a decir que en los países árabes, así como la gran mayoría de esos países, crear una democracia constitucional estable está más allá de sus capacidades.
Segundo, esperar que algún líder iraquí mantenga unido a su país y sea a la vez pro-norteamericano, o que comparta las metas estadounidenses, es abandonar el sentido común. A Estados Unidos le costó más de un siglo superar su hostilidad hacia la ocupación británica. (En 1914, la mayoría del público favorecía a Alemania contra Gran Bretaña). En las encuestas, desde que empezó la ocupación se mide una animosidad cada vez mayor hacia Estados Unidos. Incluso los partidarios de la presencia militar estadounidense dicen que es aceptable temporalmente y sólo para impedir que alguno de los dos lados en Iraq, gane. Hoy, el gobierno iraquí sobrevive gracias a que sus líderes y sus familias viven en la fuertemente custodiada Zona Verde, que alberga también a la embajada norteamericana y al comando militar.
A medida que el congreso toma conciencia de estas realidades -y algunos miembros las han señalado-, ¿actuará en concordancia? No necesariamente. Demasiados legisladores han creído en los mitos que se invocan para tratar de justificar los nuevos objetivos de la guerra del presidente. Repasemos los más nocivos:

1) Debemos continuar la guerra para impedir las terribles consecuencias que implicaría una retirada apresurada de nuestras tropas. Hay que pensar en la incoherencia de esta formulación. ¡Estamos peleando ahora para impedir lo que nuestra invasión convirtió en inevitable! Indudablemente, dejaremos atrás un desastre -el desastre que hemos creado, que es cada año peor. Los legisladores proclaman solemnemente su oposición a la guerra, para en el mismo aliento expresar su temor a que abandonar Iraq equivaldría a provocar un baño de sangre, una guerra civil, un santuario terrorista, un ‘estado fracasado', o algún otro horror.

2) Debemos continuar la guerra para impedir que la influencia de Irán siga creciendo en Iraq. Esta es otra idea absurda. Uno de los objetivos iniciales de la guerra del presidente, la creación de una democracia en Iraq, garantizaba una creciente influencia iraní, tanto en Iraq como en el resto de la región. Previsiblemente, la democracia electoral llevaría a partidos chiíes al poder -grupos apoyados por Irán, ya que Saddam Hussein los había reprimido en 1991. ¿Por qué hay tantos miembros del congreso que se tragan esa opinión, de que ahora prolongar la guerra debe impedir precisamente lo que iniciar la guerra causaría previsible e inexorablemente? El miedo a que el congreso trate esta contradicción, ayuda a explicar la vehemencia del gobierno y de los neoconservadores en cuanto a prolongar la guerra en Iraq.
Aquí vemos las sombras de la estrategia de Nixon y Kissinger en Vietnam: extender la guerra a Camboya y Laos. Sólo que esta vez las consecuencias adversas que tememos son mucho más graves. La capacidad de Irán para atacar a fuerzas norteamericanas en Iraq no son nimias. Y la reacción antinorteamericana en la región serías de mayor duración y de consecuencias más duraderas.

3) Tenemos que impedir la emergencia de un nuevo santuario para al-Qaeda en Iraq. Pero fue la invasión norteamericana la que abrió a al-Qaeda las puertas de Iraq. Mientras más tiempo permanecen las tropas norteamericanas allá, más fuerte se hace al-Qaeda. Sin embargo, su influencia dentro de las zonas kurdas y chiíes es desdeñable. Tras la retirada de Estados Unidos, continuará probablemente desempeñando un papel de colaboración con los grupos sunníes en su lucha contra kurdos y chiíes. Si esos elementos extranjeros permanecen o prosperan en Iraq después de la resolución de la guerra civil, es una pregunta abierta. Entretanto, continuar la guerra no erradicará a al-Qaeda de Iraq. Al contrario, la presencia americana es la cola que mantiene firme a al-Qaeda ahora.

4) Debemos seguir peleando para "apoyar a las tropas". Este argumento paraliza efectivamente a casi todos los miembros del congreso. Los legisladores proclaman en graves tonos una letanía de problemas en Iraq, que son suficientes para justificar una rápida retirada. Pero luego rechazan esa conclusión lógica, insistiendo en que no podemos retirarnos porque debemos apoyar a las tropas. ¿Alguien se lo ha preguntado a los soldados?
Durante su primer período de servicio, la mayor parte de ellos pueden haber preferido ‘mantener el curso', signifique lo que signifique -pero en el segundo, tercero o cuarto, muchos están cambiando de opinión. Vemos evidencias de eso en muchos telediarios sobre desafortunados soldados que son enviados nuevamente a Iraq. Los grupos de veteranos están empezando a defender en público su regreso a casa. Soldados y oficiales en Iraq están expresándose críticamente ante periodistas en el terreno.
Pero el aspecto más extraño de esta racionale para continuar la guerra, es la implicación de que los soldados son de algún modo responsables de la continuación de la estrategia del presidente. Esa responsabilidad política y moral es del presidente, no de las tropas. ¿No dejó el presidente Harry S. Truman en claro que el ‘pasarse la pelota' termina en el Despacho Oval? Si el presidente insiste en esquivarla, ¿dónde parará? ¿En el congreso?
Aceptar estos cuatro mitos no le brinda al congreso una excusa para no ejercer su poder de buscar el fin de la guerra y abrir el camino para una estrategia que en realidad podría reportar beneficios.

El primer paso, y el más crítico, es reconocer que continuar la guerra ahora significa simplemente prolongar nuestras pérdidas y obstaculiza el camino de una nueva estrategia. Salir de Iraq es la pre-condición para crear nuevas opciones estratégicas. La retirada destruirá las condiciones que permiten que nuestros enemigos en la región disfruten de nuestro dolor. Hará tomar conciencia a esos estados europeos reticentes a colaborar con nosotros en Iraq y en la región.

Segundo, debemos reconocer que Estados Unidos solo no puede estabilizar Oriente Medio.

Tercero, debemos reconocer que la mayor parte de nuestras políticas en realidad están desestabilizando la región. Expandir la democracia, usar palos para tratar de impedir la proliferación nuclear, amenazar con ‘cambios de régimen', utilizar la histérica retórica de la ‘guerra global contra el terrorismo' -todos estos socavan la estabilidad que necesitamos tan desesperadamente en Oriente Medio.

Cuarto, debemos redefinir nuestro objetivo. Debe de ser la creación de una región estable, no de un Iraq democrático. Podemos suspender la guerra como un ‘empate táctico' y hacer de la ‘estabilidad regional' nuestra medida de ‘victoria'. Ese simple paso reordenaría dramáticamente las fuerzas rivales en la región, donde la mayoría de los países quieren estabilidad. Incluso muchos de las airadas turbas de jóvenes árabes gritando insultos contra Estados Unidos quieren, seguramente, paz, aunque con mejores condiciones sociales y económicas que ahora.
Reordenar nuestras capacidades diplomáticas y militares para alcanzar el orden reducirá enormemente a nuestros enemigos y ganaremos nuevo e importantes aliados. Sin embargo, esto no podría ocurrir sino hasta que nuestras tropas estuvieran fuera de Iraq. ¿Por qué negociaría Irán para mitigar nuestras pérdidas, si ellos entretanto expanden su influencia gracias a nosotros? La retirada alertará a la mayoría de los líderes de la región sobre sus propias necesidades de una diplomacia norteamericana para estabilizar el vecindario.
Si quisiera realmente rescatar algo de su legado histórico, debería tomar la iniciativa para implementar este tipo de estrategia. Pasaría a la historia como un líder capaz de cambiar de dirección, convirtiendo una trágica e inminente derrota, en una recuperación estratégica.
Si continúa el curso actual, dejará al congreso la oportunidad de quedarse con los créditos por semejante cambio. Ya es demasiado tarde para esperar que alguno de los candidatos presidenciales de 2008 salve la situación. Si el congreso no interviene, también vivirá en la infamia.

diane@hudson.org

William E. Odom, teniente del ejército, en retiro, fue director de la inteligencia del ejército y director de la Agencia de Seguridad Nacional con Ronald Reagan. Sirvió en el Consejo de Seguridad Nacional con Jimmy Carter. Licenciado de West Point con un doctorado de Columbia, ahora enseña en Yale y es investigador del Hudson Institute.

11 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
rss


marcharse de iraq, ahora


[Tom Vilsack] Hay que parar la guerra de Iraq.
Piense sobre la última vez que estuvo en un lugar público con mil personas -un evento deportivo, la parada del Cuatro de Julio, un concierto.
Ahora imagine que esas mil personas mueren.
Si el número de bajas mortales militares estadounidenses en Iraq en los últimos años sirve de referencia, esos son los norteamericanos que morirán en ese país el próximo año si el congreso no actúa de inmediato para retirar nuestras tropas de los peligros de la guerra civil en Iraq.
Ahora, imagine que cinco mil más norteamericanos serán probablemente heridos o quedarán mutilados si el congreso no cumple con su deber de sacar a nuestros hombres y mujeres de la zona de guerra de Iraq.
Durante los tres últimos años han muerto más de 820 soldados estadounidenses cada año. Dada la creciente violencia este año, Estados Unidos está en camino de perder mil soldados más en Iraq. Desde que empezara la guerra han caído 23 mil soldados estadounidenses heridos, casi seis mil por año. Es hora de que digamos claramente que nuestras tropas deben volver a casa ahora.
Los jefes militares en Iraq, el Grupo de Estudio de Iraq y el pueblo norteamericano han dicho todos que el status quo está mal. Además, los asesores de inteligencia y militares más cercanos al presidente dicen en el último Estimado Nacional de Inteligencia que Iraq está en medio de una guerra civil y que la capacidad de las tropas norteamericanas de influir en el resultado está severamente limitada. Esta guerra sólo terminará con una solución política -no militar.
Los miembros del congreso tienen la obligación constitucional y moral de ejercer su autoridad para dejar de financiar la fracasada estrategia del presidente Bush en Iraq. No eventualmente sino de inmediato.
La guerra en Iraq y el mal manejo que hace el presidente de nuestros recursos militares han puesto imprudentemente en peligro nuestra seguridad nacional y mermado nuestras fuerzas armadas y unidades de la Guardia Nacional en todo Estados Unidos. Según todos los criterios, la seguridad interna de nuestro país se ha visto debilitada y comprometida por las políticas del presidente y la falta de supervisión parlamentaria.
Se ha dicho que todas nuestras opciones en Iraq son malas, pero algunas son peores que otras. Dejar a las tropas americanas correr riesgos mientras reconocemos que, en el peor de los casos, tienen poco que hacer. El congreso tiene la facultad para sacar a nuestras brigadas de combate de las zonas más violentas, mantener una presencia militar estratégica en el norte de Iraq y traer a casa a nuestras tropas ahora.
Hace casi un año, fui a Iraq para enterarme de primera mano de nuestras tropas y jefes militares norteamericanos e iraquíes.
Esto es lo que oí de nuestros jefes militares: Si el gobierno iraquí no es capaz de proporcionar mejor seguridad a su gente de aquí a seis meses, las tropas norteamericanas en el sur y centro de Iraq deberían marcharse. Ya pasó ese plazo, de modo que nuestros militares están innecesariamente expuestos al peligro.
Desgraciadamente, el gobierno se niega a escuchar a nuestros jefes militares y a nuestros ciudadanos. Así que la pregunta que se impone es: ¿Qué hará el congreso?
El congreso tiene la facultad constitucional y la responsabilidad moral de aprobar leyes que terminen con el financiamiento del status quo.
Ningún soldado debería carecer de municiones o chalecos antibala.
Un número modesto de tropas de paz debería permanecer provisionalmente en el norte de Iraq para proteger a los civiles de la violencia religiosa, desalentar a Irán de efectuar incursiones fronterizas y ayudar a mantener la estabilidad regional -sin poner imprudentemente en peligro vidas norteamericanas.
Como gobernador, llamé a 43 familias de Iowa después de que sus hijos murieran en Iraq o Afganistán. Esos soldados y sus familias hicieron un tremendo sacrificio para proteger nuestra libertad y ayudar a mantener seguro a Estados Unidos. Pero no se equivoquen, nuestros soldados han hecho el trabajo que les pedimos que hicieran y los han hecho bien. Pero demasiados de esos patriotas han pagado el precio último.
Apoyar un tope de nuestras tropas en realidad significa seguir apoyando una política fracasada. Una resolución parlamentaria inefectiva es un absurdo. Y un retraso en una acción del congreso es una garantía de que morirán más soldados norteamericanos.
Aquellos que votaron por la guerra, aquellos que votaron para seguir apoyando la guerra y aquellos que votaron para continuar financiando la guerra pueden ciertamente votar para parar la guerra y hacer lo correcto para nuestro país y nuestros militares.
No en 2008 o 2009, sino ahora.

El escritor, ex gobernador de Iowa, es un candidato demócrata a la presidencia.

10 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
rss