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opinión

qué pasa con cuba


[Charles B. Rangel y Jeff Flake] Es hora de que Estados Unidos sea relevante para Cuba.
Varios meses después de que el líder revolucionario cubano enfermara y desapareciera de la vista del público, La Habana ha entrado claramente en la era post-Fidel Castro. Si Washington hará lo mismo, es un asunto enteramente diferente.
Hace poco el gobierno de Bush mostró nuevas flexibilidades en política exterior. Consideren: un acuerdo nuclear con Corea del Norte y conversaciones destinadas a la normalización de relaciones, contactos con Siria e Irán, y un empuje más fuerte a las negociaciones palestino-israelíes.
¿Qué pasa con Cuba?
Raúl Castro, presidente interino de Cuba y su sucesor designado, ha llamado dos veces a iniciar negociaciones entre Cuba y Estados Unidos. Este ofrecimiento merece tener una respuesta positiva. Potencialmente, podríamos sacar provecho negociando sobre una mayor cooperación en el control de drogas y en la política de inmigración, el retorno de los fugitivos norteamericanos que viven en Cuba, y las protecciones al medio ambiente ahora que Cuba explora buscando petróleo en aguas cercanas a las nuestras.
Pero más que acuerdos con Cuba, lo que necesitamos es un nuevo acuerdo con nosotros mismos en cuanto a la política sobre Cuba.
Durante demasiado tiempo, nuestra estrategia ha estado guiada por consideraciones electorales. Con sanciones cada vez más restrictivas, tanto republicanos como demócratas han ganado votos en Florida. Pero estas sanciones no han hecho nada para fomentar el cambio en Cuba, y han dejado derechamente al margen los puntos fuertes de los norteamericanos: la diplomacia y el contacto con la sociedad norteamericana.
Hoy, Cuba puede estar en la cúspide de un cambio, y tenemos que enfocarlo de una manera más novedosa. Raúl Castro, 75, es un socialista convencido. Ha condenado a algunos activistas pro-democracia, ha dejado en libertad a otros y ha continuado el acoso de los disidentes. También ha permitido un debate sobre las represiones en el pasado.
Reconoce que su papel es de transición, un puente hacia la siguiente generación de Cuba, y su mayor interés es preparar las condiciones para una supervivencia a largo plazo del socialismo.
Es una buena suposición que tratará de alcanzar ese objetivo por medio de reformas económicas. Sus antecedentes reformistas se remontan a los años ochenta, y tiene ocupados a los economistas cubanos escribiendo sobre opciones de gestión. El disidente Vladimiro Roca lo llama el "reformista número uno" de Cuba.
Ha provocado expectativas de que se abocará a la solución de problemas crónicos: excesiva centralización, empresas estatales arruinadas que engañan a los consumidores y engendran corrupción; bajos rendimientos agrícolas; graves desigualdades en los ingresos; y una generación de gente joven que no conoce otra cosa que escasez y sacrificio.
Una apertura económica redundaría en apoyo político para el gobierno del sucesor. Y es la única manera de generar crecimiento, trabajos y mejores ingresos que puedan dar esperanza a los jóvenes cubanos y salarios justos para los maestros, médicos y otros dejados atrás en la economía post-soviética de Cuba.
¿Cómo debemos responder a esas posibilidades?
El gobierno debería empezar poniendo fin a su insistencia de que responderá solamente cuando Cuba complete su conversión a la democracia y el libre mercado. Los cubanos seguramente acogerán las reformas incrementales que mejoren los niveles de vida, para no decir nada de las libertades económica y política. La postura de todo o nada del gobierno está divorciada de la realidad en la que se basan nuestros análisis de Corea del Norte, China, Vietnam y otros países comunistas. Es una fórmula para la irrelevancia.
Y el Congreso debería aumentar la influencia americana construyendo puentes, antes que barreras para Cuba.
El gobierno ha cortado todos los contactos, excepto los individuales, con Cuba. Los intercambios académicos, las visitas familiares, los programas religiosos y humanitarios, y el viaje son imposibles, sino ilegales, para el visitante norteamericano promedio.
La teoría del presidente Bush es que esa reducción de viajes limita los beneficios en moneda fuerte para Cuba y ayuda a "acelerar el fin de la dictadura de Castro". Pero sus agencias de inteligencia certifican que la dictadura se muestra indiferente: la economía cubana creció en un 7.5 por ciento el año pasado.
Deberíamos unirnos en torno al principio que demócratas y republicanos han hecho suyo hace tiempo, un principio que contribuyó al triunfo de Occidente en la Guerra Fría: La apertura norteamericana es una fuente de fortaleza, no una concesión a las dictaduras.
Es hora de permitir la libertad de viaje con Cuba, como se provee en la ley que hemos presentado. El viaje libre crearía un ‘flujo libre de ideas' que ‘fomentaría la democratización', como escribió el disidente Óscar Espinosa Chepe poco después de su salida de prisión en 2004. También significaría beneficios humanitarios para los cubanos, porque aumentarían los viajes de visita y los turistas darían un empujón al pequeño pero enérgico sector privado.
Las políticas electorales no deberían impedirnos buscar un acercamiento con once millones de vecinos que han vivido bajo el comunismo durante largos 48 años.

El representante Charles B. Rangel (demócrata de Nueva York), preside el Comité de Medios y Arbitrios.
El representante Jeff Flake (republicano de Arizona) encabeza una delegación de diez miembros de la Cámara para visitar Cuba en diciembre.

15 de abril de 2007
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primeros frutos de la campaña


[Charles Krauthammer] ¿Por qué cambiar de curso ahora que la campaña de seguridad comienza a dar sus frutos?
Cada día que pasa, el debate en casa sobre Iraq se desconecta cada vez más de las realidades de la guerra en el terreno. Los demócratas en el congreso están tan consumidos por la negociación entre sus grupos sobre el artilugio lingüístico más inteligente para asegurar en la legislatura el fracaso de la actual estrategia militar del gobierno -mientras no parezca que lo hace- que ni siquiera hablan sobre los primeros resultados visibles de esa estrategia.
Y los resultados preliminares son visibles. El paisaje está cambiando en los dos frentes de la actual campaña: la provincia de Anbar y Bagdad.
Las noticias desde Anbar son las más prometedoras. Sólo este otoño pasado, el más alto oficial de la inteligencia de los marines allá concluyó que Estados Unidos había, en lo esencial, perdido la guerra contra al Qaeda. Sin embargo, precisamente esta semana el comandante de los marines, el general James Conway, volvió a la provincia en una visita de cuatro días e informó que "hemos pasado la página".
¿Por qué? Porque, como ha escrito el teniente coronel David Kilcullen, el asesor australiano en contrainsurgencia del general David Petraeus, catorce de los dieciocho líderes tribales de Anbar se han tornado contra al Qaeda. Como consecuencia de ello, miles de reclutas sunníes se están presentando en comisarías de policía donde antes no se les veía. Por primera vez, antiguos bastiones insurgentes como Ramadi tienen una fuerza de policía sunní luchando esencialmente a nuestro lado.
El general en retiro Barry McCarffrey, un importante crítico de la estrategia de guerra de Bush, informa que en Anbar, al Qaeda hace frente "a una real y creciente oleada de oposición de los sunníes tribales". Y que "este es un combate crucial, y las cosas se están dando, de momento, de nuestro lado".
La situación en Bagdad es más incierta. El puente de ayer y los atentados en la Zona Verde demuestran la capacidad de los insurgentes de hacer volar sitios sensibles. Por otro lado, la pacificación sigue adelante. "No hay lugares seguros para los occidentales", informó el 3 de abril, Terry McCarthy, del ABC. "Pero la semana pasada visitamos cinco barrios diferentes donde los vecinos nos dijeron que la vida está volviendo a la normalidad". Informó desde Jadriyah, Karrada, Zayouna, el parque Zawra Park y la notoria Calle de Haifa, conocida anteriormente como el ‘callejón de los francotiradores'. Vio que "los niños habían vuelto a salir a jugar. Y los clientes están de nuevo en los mercados" y concluyó que "nadie sabe si está pequeña zona se ampliará o si será engullida de nuevo por la violencia. De momento, sin embargo, la gente aquí está contenta de poder disfrutar de una vida que parece casi normal".
Similarmente, Fouad Ajami, recién regresado de su séptimo viaje a Iraq, se muestra discretamente optimista y explica el cambio de esta manera: Fundamentalmente, los sunníes han perdido la guerra de Bagdad. La iniciaron con una campaña de terror indiscriminado que asumieron que acobardaría a los chiíes, a los que miran con desdén como tipos congénitamente ociosos y de clase baja. Se enteraron de otra cosa después de que el atentado de Samarra en febrero de 2006 encendiera la furia chií -que resultó en una despiadada campaña de las milicias secuestrando, matando indiscriminadamente y haciendo limpiezas étnicas que han convertido a Bagdad en una ciudad predominantemente chií.
Ahora Petraeus está tratando de completar la derrota de los rebeldes sunníes en Bagdad -pero sin el salvajismo de las milicias chiíes, a las que sus tropas están simultáneamente persiguiendo y erradicando.
¿Cómo llegados a este punto -con sólo la mitad de las tropas adicionales desplegadas- pueden los demócratas tratar de obligar a Estados Unidos a desistir? Los demócratas dicen que ellos están obedeciendo el mandato electoral de las elecciones de noviembre. Pero ganar una mayoría en el senado por un solo voto como resultado de una victoria mínima en Montana y Virginia es difícilmente una victoria arrolladora.
Segundo, si el electorado estaba enviando un mensaje cristalino sobre la retirada, ¿cómo pudo el senador Joe Lieberman, un incondicional partidario de la guerra, ganar fácilmente en uno de los estados más liberales del país?
Y tercero, ¿dónde está el mandato de la retirada? Casi ningún candidato demócrata basó su campaña en eso. Hicieron campaña para cambiar el curso de la administración en noviembre pasado.
Lo que el presidente ha hecho. Ha cambiado el directorado civil en el departamento de Defensa, remplazado al jefe del Comando Central y, más críticamente, remplazado al comandante de Iraq por Petraeus -aprobado unánimemente por el senado demócrata- para poner en práctica una nueva estrategia contrainsurgente.
John McCain no se hace ilusiones sobre las dificultades de esta guerra. Tampoco las tiene ahora. En su franco y valiente discurso en el Instituto Militar de Virginia defendiendo la guerra, describió los avances en Iraq al mismo tiempo que reconocía las enormes dificultades que se debían superar. Insistiendo en que el éxito en Iraq es tanto posible como necesario, McCain dejó en claro que está dispuesto a poner en la balanza sus ambiciones presidenciales, en realidad toda su carrera política, por una estrategia de guerra que es impopular pero que cree que debe ser adoptada por el bien del país. ¿Cuántos otros candidatos presidenciales -empezando por, digamos, Hillary Clinton- crees que actúan en el mismo espíritu?

letters@charleskrauthammer.com

14 de abril de 2007
13 de abril de 2007
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kirchner, justicia y dictadura


[Rafael Luis Gumucio Rivas] La dictadura militar argentina ostenta el triste récord de 30 mil desaparecidos. La guerra de las Malvinas generó su derrumbe. Sólo queda el mal recuerdo del borracho Leopoldo Galtieri.
Participé en la marcha, en la Plaza de Mayo, en conmemoración del trigésimo primer aniversario del golpe de Estado, dirigido por el pechoño, criminal y reaccionario Jorge Rafael Videla.
Da gusto constatar la claridad del lenguaje que emplea el Presidente Néstor Kirchner para atacar a los genocidas militares argentinos; nada más diferente al alambicado vocabulario de nuestros líderes concertacionistas en el trato a los verdugos sempiternos, que marchan incólumes por las calles. Kirchner llama al pan, pan y al vino, vino: en el acto de recordación, realizado en el 'campo de concentración' La Perla, en Córdoba, dijo que Luciano Benjamín Menéndez es "un asesino que debiera estar en la cárcel" -cómo me hubiera gustado escuchar estas mismas frases respecto del finado Augusto Pinochet y sus secuaces-; después, Kirchner la emprendió contra la Cámara de Casación, (Corte de Apelaciones): "¿Cuál es el compromiso de algunos integrantes de la justicia con los derechos humanos? ¿Dónde están parados, durante años, juicios que debieran estar en marcha? Los jueces del Tribunal de Casación se hacen los lesos". Para rematar, el ministro del Interior, Fernández, termina por la invitación a presentar su renuncia a los magistrados que amparan a los genocidas.
A los jueces se les designa con nombre y apellido, son los miembros de la sexta sala del Tribunal de Casación: Gustavo Hormos, Amelia Berraz y Amelia Cepolupo, quienes tienen a su cargo 193 casos de crímenes de lesa humanidad en trámite, durante dos años; los pocos condenados argentinos pagan su pena en prisión domiciliaria, pretextando su avanzada edad.
El presidente de la Corte de Casación, Alfredo Bisordi, se vale del lenguaje democrático para acusar al Presidente de querer acumular todos los poderes e inmiscuirse en la judicatura, olvidando la colaboración de los tribunales argentinos con la dictadura, "en todas partes se cuecen habas". Jorge Julio López, que estaba dispuesto a acusar a los asesinos, ha sido secuestrado por las fuerzas oscuras de la reacción del vecino país.
En la mayoría de las transiciones a la democracia, los tribunales que colaboraron con la dictadura han pasado incólumes. En Argentina, si no hubiera sido por las madres y abuelas de la Plaza de Mayo y los abogados de derechos humanos, los asesinos militares continuarían gozando de la más perfecta impunidad. Estoy de acuerdo con un famoso jurista mexicano, que plantea para su país que la justicia debe emanar de la soberanía popular, como ocurre con el resto de los poderes. En el caso de los derechos humanos en Argentina se ha probado, hasta la saciedad, la connivencia entre jueces y represores.
La historia del país vecino estuvo plagada de golpes militares. Gobiernos civiles como los de Arturo Frondizi y Arturo Illia fueron derrocados por cruentos golpes militares. Radicales, peronistas y militares, (estos últimos actuaron como partido político), se han repartido el poder. Isabel Martínez de Perón y Fernando de la Rúa tuvieron que huir de la Casa Rosada en helicóptero, después de haber provocado el caos. El radical Raúl Alfonsín no alcanzó a terminar su período, producto de una crisis económica; el justicialista Carlos Menem duró dos períodos, llevando al país a la cesación de pagos e imponiendo las criminales leyes de "punto final y obediencia debida".
La jerarquía eclesiástica argentina, que apoyó los crímenes de la dictadura militar, sólo puede ser comparada con los obispos españoles durante la Guerra Civil (1936-1939). Hasta hoy, algunos jueces argentinos asisten a misas celebradas por obispos castrenses. La dictadura militar católica, conservadora y neoliberal argentina ostenta el triste récord a su haber de 30 mil desaparecidos. La guerra de las Malvinas generó su derrumbe. Sólo queda el mal recuerdo del borracho Leopoldo Galtieri.
Me alegra que el Presidente Kirchner haya tenido el valor de derogar las leyes de "obediencia debida y de punto final", de consagrar la Escuela de Mecánica de la Armada a un Museo de la Memoria y, hoy, enfrentar a una justicia con resabios dictatoriales, que deniega el derecho del pueblo a la verdad, la justicia y al castigo a los culpables.

4de abril de 2007
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el nuevo eje del mal


[Zbigniew Brzezinski] Un mantra de tres palabras ha socavado a Estados Unidos.
La ‘guerra contra el terrorismo' ha creado toda una cultura del miedo en Estados Unidos. La elevación de estas tres palabras, por el gobierno de Bush, a la categoría de mantra nacional desde los horrorosos sucesos del 11 de septiembre de 2001, ha tenido un efecto pernicioso sobre la democracia americana, sobre la psique de Estados Unidos y sobre la posición del país en el mundo. De hecho, la utilización de esta frase ha socavado nuestra capacidad para superar de modo efectivo los desafíos reales a los que debemos enfrentarnos ante fanáticos que podrían recurrir al terrorismo para atacarnos.
El daño que han causado estas tres palabras -una clásica herida autoinfligida- es infinitamente más grande que cualquier fantasía salvaje que hayan tenido los fanáticos perpetradores de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando estaban planeando atacarnos en las distantes cavernas afganas. La frase misma no tiene sentido. No define ni un contexto geográfico ni a nuestros presuntos enemigos. El terrorismo no es un enemigo, sino una técnica de guerra -la intimidación política mediante el asesinato de no-combatientes desarmados.
Pero aquí el pequeño secreto puede estar en que la vaguedad de la frase fue calculada deliberadamente (o instintivamente) por sus patrocinadores. La constante referencia a la ‘ guerra contra el terrorismo' logró un importante objetivo: Estimuló la emergencia de una cultura del temor. El miedo nubla la razón, intensifica las emociones y facilita que los políticos demagogos movilicen a la opinión pública en favor de las medidas que quieren implementar. La guerra por elección en Iraq no habría obtenido nunca el apoyo del congreso sin el vínculo psicológico entre la conmoción de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la pretendida existencia de armas iraquíes de destrucción masiva. El apoyo al presidente Bush en las elecciones de 2004 fue en parte movilizado por la idea de que ‘un país en guerra' no cambia a su comandante en jefe a mitad de camino. La sensación de un peligro omnipresente, pero impreciso, fue canalizado en una dirección políticamente expediente por el enérgico llamamiento de que estábamos ‘en guerra'.
Para justificar la ‘guerra contra el terrorismo', el gobierno ha redactado en los últimos tiempos una narrativa histórica falsa que se podría convertir en un delirio premonitorio. Al reivindicar que su guerra es similar a conflictos previos de Estados Unidos contra el nazismo y luego contra el estalinismo (al mismo tiempo que se ignora que tanto la Alemania nazi como la Rusia soviética eran potencias militares de primer orden, una condición que al-Qaeda ni tiene ni podrá alcanzar nunca), el gobierno podría estar preparando una justificación de una guerra contra Irán. Esta guerra empujaría a Estados Unidos a un prolongado conflicto que incluiría a Iraq, Irán, Afganistán y quizás también Pakistán.
La cultura del miedo es como un genio que se ha escapado de su botella. Adquiere vida propia -y puede ser desmoralizador. Estados Unidos hoy no es el país confiado y resuelto que respondió al ataque contra Pearl Harbor; ni es ese Estados Unidos que oyó pronunciar a su presidente, en otro momento de crisis, las enérgicas palabras de que "lo único a lo que debemos temer es el temor mismo"; ni es ese Estados Unidos sereno que libró la Guerra Fría con tranquila persistencia pese al conocimiento de que una guerra de verdad podría iniciarse abruptamente en cuestión de minutos y provocar la muerte de cien millones de estadounidenses en apenas unas horas. Ahora estamos divididos, inseguros y potencialmente muy susceptibles al pánico en el caso de que se produjese otro atentado terrorista en territorio norteamericano.
Este es el resultado de cinco años de un lavado de cerebro nacional continuado sobre el tema del terror, muy diferente a las reacciones más apagadas de otros países (Gran Bretaña, España, Italia, Alemania, Japón, para mencionar sólo algunos) que también han sufrido dolorosos actos terroristas. En su última justificación de su guerra contra Iraq, el presidente Bush ha llegado a reivindicar absurdamente que tiene que continuar haciéndola para impedir que al-Qaeda cruce el Atlántico para lanzar una guerra terrorista aquí en Estados Unidos.
Sembrar el pánico, reforzado por los empresarios de la seguridad, los medios de comunicación de masas y la industria del espectáculo, genera su propia dinámica. Los empresarios del terror, normalmente descritos como expertos en terrorismo, compiten y actúan necesariamente para justificar su existencia. De ahí que su tarea sea convencer a la opinión pública de que hay siempre nuevas amenazas. Eso coloca una prima a la presentación de escenarios verosímiles de actos de violencia todavía más horrorosos, a veces incluso con un anteproyecto de su implementación.
Que Estados Unidos se ha convertido en inseguro y más paranoico está casi fuera de discusión. Un estudio reciente informó que en 2003 el congreso identificó 160 sitios como blancos nacionales potencialmente importantes para candidatos a terroristas. Con la participación de los cabilderos, a fines de ese año la lista había crecido a 1.849; a fines de 2004, a 28.360; para 2005, a 77.769. La base de datos nacional de blancos posibles ahora incluye 300 mil ítemes, incluyendo la Torre Sears de Chicago y el Festival de Cerdo con Manzana de Illinois.
La semana pasada en Washington, en camino a visitar una oficina de prensa, tuve que pasar por uno de esos absurdos ‘controles de seguridad' que han proliferado en casi todos los edificios de oficinas privados en esta capital -y en la Ciudad de Nueva York. Un guardia uniformado me pidió que rellenara un formulario, le mostrara una identificación y en este caso que explicara por escrito el propósito de mi visita. ¿Indicaría un terrorista de visita, por escrito, que el propósito de esta es hacer volar el edificio? ¿Sería capaz el guardia de detener a un terrorista suicida confeso? Para hacer las cosas todavía más absurdas, algunos grandes almacenes, con sus multitudes de clientes, no tienen procedimientos comparables. Tampoco las salas de conciertos ni los teatros. Sin embargo, esos procedimientos de ‘seguridad' se han convertido en algo rutinario, derrochando cientos de millones de dólares y contribuyendo todavía más a la idea de que estamos sitiados.
El gobierno ha estimulado esta paranoia en todos los niveles. Consideremos, por ejemplo, las carteleras electrónicas en las autopistas interestatales instando a los conductores a ‘Informar sobre actividades sospechosas' (¿como choferes con turbantes?). Algunos medios de comunicación han hecho sus propias contribuciones. Los canales de televisión por cable y algunos órganos de prensa escrita han encontrado horrendos escenarios para atraer a las audiencias, mientras que ‘expertos' en terrorismo y ‘consultores' proporcionan autenticidad a las visiones apocalípticas con que bombardean a la opinión pública norteamericana. De ahí la proliferación de programas con ‘terroristas' barbudos como los principales canallas. El efecto general es reforzar la sensación de que nos acechan peligros desconocidos que amenazan la vida de todos los norteamericanos.
La industria del espectáculo también se ha lanzado a la pista. De ahí la proliferación de series y películas de televisión en las que los personajes malos tienen rasgos árabes reconocibles, a veces realzados con gestos religiosos, que explotan el temor de la opinión pública y fomentan el odio del islam. A veces los estereotipos faciales árabes, especialmente en caricaturas de periódicos, se han hecho tristemente reminiscentes de las campañas antisemitas de los nazis. Últimamente, incluso algunas organizaciones de estudiantes universitarios han participado en estas acciones, aparentemente indiferentes ante la amenazadora conexión entre el fomento del odio racial y religioso y el desencadenamiento de los crímenes sin precedentes del Holocausto.
El ambiente generado por la ‘guerra contra el terrorismo' ha alentado el acoso legal y político de los americanos de origen árabe (que son, generalmente, leales estadounidenses) por conductas que no son exclusivas. Un caso es el acoso del Consejo de Relaciones Islámicas-Americanas [CRIA] por su intento de emular, no con demasiado éxito, el Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos [CAIAP]. Algunos representantes republicanos describieron recientemente a los miembros de CRIA como "apólogos del terrorismo" a los que no debería permitirse que usaran una sala de reuniones del Capitolio para reunirse como comisión.
La discriminación social, de los pasajeros aéreos musulmanes, por ejemplo, también ha sido uno de sus efectos secundarios no intencionados. No es sorprendente que la hostilidad hacia Estados Unidos de musulmanes de otro modo no especialmente interesados en Oriente Medio se haya intensificado, mientras que la reputación de Estados Unidos como líder en el fomento de relaciones interraciales e interreligiosas constructivas ha sufrido terriblemente.
Este historial es todavía más preocupante en el área general de los derechos civiles. La cultura del temor ha generado intolerancia, desconfianza de los extranjeros y la adopción de medidas legales que lesionan nuestras nociones generales de justicia. El principio de ‘inocente hasta que se pruebe la culpabilidad' se ha diluido, si no eliminado, y algunos -incluso algunos ciudadanos norteamericanos- han sido encarcelados por largos períodos de tiempo sin un proceso debido efectivo y rápido. No hay evidencias de que semejantes excesos hayan prevenido actos de terrorismo y las condenas de los candidatos a terroristas de cualquier tipo han sido pocas y alejadas. Algún día los norteamericanos se avergonzarán de este historial como ahora se avergüenzan de otros ejemplos de pánico en la historia de Estados Unidos que han provocado períodos de intolerancia.
Entretanto, la ‘guerra contra el terrorismo' ha dañado gravemente a Estados Unidos en el plano internacional. Para los musulmanes, la similitud entre el rudo tratamiento que dan los militares norteamericanos a los ciudadanos iraquíes, y los israelíes a los palestinos, ha provocado una extendida sensación de hostilidad hacia Estados Unidos en general. No es la ‘guerra contra el terrorismo' lo que indigna a los musulmanes que miran las noticias en la televisión: es la victimización de los civiles árabes. Y el resentimiento no se limita a los musulmanes. Un reciente sondeo de la BBC de 28 mil personas en 27 países que pedía a los encuestados hacer una evaluación del papel de los estados en asuntos internacionales constató que Israel, Irán y Estados Unidos (en ese orden) fueron clasificados como estados "con la mayor influencia negativa en el mundo". Desgraciadamente, para algunos Estados Unidos es el nuevo eje del mal.
Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 han resultado en una verdadera solidaridad global contra el extremismo y el terrorismo. Una alianza global de moderados, incluyendo a musulmanes, comprometida en una resuelta campaña para erradicar redes terroristas específicas y poner fin a los conflictos políticos que engendran terrorismo ha sido más productiva que la ‘guerra contra el terrorismo' y contra el ‘fascismo islamita' norteamericana, que ha sido proclamada demagógicamente y en solitario. Sólo un Estados Unidos determinado y razonable puede fomentar una genuina seguridad internacional que no deje espacio político para el terrorismo.
¿Dónde está el presidente de Estados Unidos dispuesto a decir hoy: "Ya hemos tenido bastante de esta histeria, pongamos fin a la paranoia?" Incluso frente a la posibilidad de futuros atentados terroristas, la probabilidad de los cuales no puede ser ignorada, mostremos algo de sentido común. Seamos fieles a nuestras tradiciones.

Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, viene de publicar su libro ‘Second Chance: Three Presidents and the Crisis of American Superpower' (Basic Books).

26 de marzo de 2007
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¿por qué nos odiáis tanto?


[Larry Kramer] Un achacoso homosexual de 72 años no tiene esperanzas sobre el futuro.

Estimados heterosexuales, ¿por qué odiáis tanto a los homosexuales?
Los homosexuales somos odiados. Díganme si no es verdad. Vuestro principal general nos llamó inmorales. El general de los marines, Peter Pace, presidente del Estado Mayor Conjunto, está al mando de unas 65 mil tropas homosexuales y lesbianas, algunas luchando por nuestro país en Iraq. Una comentarista política de extrema derecha, Ann Coulter, puede llamar impunemente marica a un candidato presidencial que es heterosexual. Incluso Garrison Keillor, el menos pensado, hace en su columna bromas realmente horteras sobre los padres homosexuales. Esto, supongo, no se puede clasificar como odio, pero sí es desagradable y tonto, y a menudo un primer paso hacia el odio. Hillary Rodham Clinton y Barack Obama trataron de eludir las preguntas que surgieron gracias a la intolerancia de Pace, confirmando lo que los homosexuales ya sabemos: que no hay en ninguna parte ningún candidato que se atreva a dar la cara, e inequívocamente diga cosas decentes, alentadoras, sobre nosotros.
Los homosexuales no deberíamos votar por ninguno de ellos. No hay ningún candidato o figura pública importante que no esté dispuesta a mandarnos río abajo. Lo hemos visto una y otra vez, inclusive de políticos supuestamente progresistas, como el presidente Clinton con su política de "no preguntéis, no lo divulguéis" sobre los homosexuales en las fuerzas armadas y su apoyo de la odiosa Ley de Defensa del Matrimonio. Por supuesto, es posible que ser rechazado por los homosexuales haga todavía más populares a los políticos, pero al menos recuperaremos nuestra dignidad. Votar por ellos es coludirse con ellos en el desprecio en que nos tienen.
¿No os preguntáis acaso por qué los heterosexuales tratan tan brutalmente a los homosexuales, año tras año tras año, cuando nos despojan de nuestra masculinidad, de nuestra feminidad, de nuestro ser como personas? ¿Por qué ni muertos nos dejan tranquilos? Lo que podemos dejar a nuestras parejas es sometido a un régimen de impuestos mucho más punitivo que lo que dejáis a vuestras parejas legales. ¿Por qué hacéis esto? Mi pareja no podrá seguir viviendo en la casa que construimos juntos durante la vida que vivimos juntos. Esto no os ocurre a vosotros. Los impuestos sin representación es lo que condujo a la Guerra Revolucionaria. Los homosexuales han pagado todos los impuestos que habéis pagado vosotros. Pero vosotros gozáis de igualdad, y nosotros no.
No hay ningún indicio de que esto vaya a cambiar pronto. El presidente nos dejará un legado de odio que tomará décadas limpiar. Ha puesto prácticamente en todos los tribunales y en todas las posiciones en la administración pública del país a gente que nos odia. Así que incluso con un nuevo presidente tolerante, los homosexuales no podremos librarnos de este yugo de odio. Los tribunales resuelven contra los homosexuales con odiosa regularidad. Y, por supuesto, la Corte Suprema no reconocerá nuestra igualdad y, al final, es la Corte Suprema la que debe otorgárnosla. Si esto no es odio, no sé qué lo sería.
Nuestro débil movimiento gay limita la mayoría de sus exigencias al matrimonio. Pero los candidatos políticos no están diciendo nada -y nosotros no estamos exigiendo que lo hagan- sobre la igualdad. Mi amante y yo no queremos casarnos todavía, pero ciertamente queremos ser iguales.
Debéis saber que a los homosexuales nos golpean todo el tiempo, en todo el mundo. Si alguien os aporrea por lo que sois -por vuestra raza u origen étnico-, eso es considerado un crimen de odio. Pero en la mayoría de los estados los homosexuales no estamos incluidos en las medidas contra los crímenes de odio, y el congreso se ha negado a incluirnos en la ley federal.
La homosexualidad es un delito punible en un montón de países, como lo es todo tipo de activismo en su defensa. Que sea punible quiere decir cárcel. Quiere decir muerte. El gobierno norteamericano ha rechazado nuestras peticiones de que protestara por el ahorcamiento de adolescentes homosexuales en Irán, pero sí protesta por otras muchas crueldades en el extranjero. ¿A quién le interesa si matan a un marica? Parte de la Iglesia Evangélica de Estados Unidos se está uniendo al arzobispo nigeriano, que cree que los homosexuales deberían ser encarcelados. ¡Evangélicos! ¿Quién pensó que tendríamos que preocuparnos de los evangélicos?
Bueno, ¿quién hubiera pensado que tendríamos problemas en Florida? Hace poco un joven homosexual fue asesinado en Florida debido a su orientación sexual. Todas las semanas recibo informes de asesinatos de homosexuales en nuestro país. Pocos de ellos llegan a primera plana. Pocos son juzgados. ¿Consideráis aceptable que 20 mil jóvenes cristianos participen en una peregrinación anual a San Francisco para rezar por las almas de los homosexuales? Esto no es libertad de expresión, sino otra versión del odio. Es el mundo que odia a los homosexuales. Siempre nos odió.
Los homosexuales no se dan cuenta de que mientras más visibles nos hacemos, mientras más de nosotros salimos del clóset, más nos odian. ¿No es así que algunos de vosotros, heterosexuales, que reclamáis que no nos odiáis, tenéis la responsabilidad de denunciar el odio? ¿Por qué es socialmente aceptable hacer bromas sobre los ‘hombres afeminados' y discriminarnos legalmente con una enmienda ‘constitucional' que prohíbe el matrimonio homosexual? Debido a que no podemos casarnos, sólo podemos legar una parte de nuestros bienes, no tenemos derechos parentales iguales y no podemos vivir con un extranjero al que amamos que no tenga permiso del gobierno para vivir en este país. ¿Esas son las garantías de igualdad que proclama para todos nosotros la Declaración de Derechos?
¿Por qué nos odiáis tanto que no nos permitís que nos amemos legalmente? Tengo casi 72 años y he sido odiado durante toda mi vida, y no veo que vayan a ocurrir cambios.
Creo que vuestro odio es demoníaco.
¿Qué es lo que hacemos que es tan horrible para vosotros? ¿Por qué os sentís obligados a perseguirnos con ese vigor tan espantoso? ¿Os sentís con ello más seguros y más legítimos? ¿Qué mal os podría causar que nos casáramos, o que pagáremos impuestos como vosotros, o que estuviéramos protegidos contra agresiones por leyes que dicen que es moralmente erróneo agredir a otros por odio? Las razones que se ofrecen son siempre religiosas, pero ciertamente no se basan en el amor que proclaman las religiones.
E incluso si vuestras objeciones contra los homosexuales son religiosas, ¿por qué tenéis que legislar de manera tan odiosa? No os equivoquéis: Prohibir que los homosexuales amen o se casen se basa en el odio, puro y simple.
Podéis decir que no nos odiáis, pero la gente por la que votáis sí nos odia, así que ¿cuál es la diferencia? Nuestro propio proceso democrático nos declara iguales. Lo que significa, en una democracia, que nuestro enemigos sois vosotros. Nos tratáis como migajas. Nos odiáis. Y, desgraciadamente, os dejamos hacerlo.

Larry Kramer es el fundador del grupo de protesta ACT UP y el autor del libro ‘The Tragedy of Today's Gays'.

23 de marzo de 2007
20 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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el ejército, después de iraq


El congreso debe asegurarse de no volver a dejar en manos de un presidente caprichoso e impulsivo el control del poder de guerra.
En estos días, no hay que esforzarse mucho para ver los graves daños que ha causado al ejército norteamericano la mala conducción de la guerra en Iraq por el gobierno de Bush. Pensemos en las dispensas morales para criminales violentos, para alcanzar los objetivos de reclutamiento. O la rápida rotación con la que vuelven al campo de batalla unidades exhaustas. O la escandalosa escasez de armaduras protectoras. O las advertencias de parte de generales, de que no hay suficientes tropas disponibles para mantener un aumento en el nivel de tropas durante más de algunos meses.
Agregando siete mil soldados al año, como propone el presidente Bush, llevará el contingente total del ejército a 547.000 soldados para el 2012. Eso ayudará, pero no demasiado, y en Iraq, de ninguna manera. El plan de unas fuerzas armadas profesionales voluntarias de Estados Unidos no fue diseñado para un despliegue de tropas del tipo que hemos visto en los últimos años: unilateralmente, indefinidamente y a todo dar en medio de una violenta guerra civil.
Retirar las tropas norteamericanas de Iraq, dejando intactas la credibilidad y los intereses regionales, es ahora, comprensiblemente, la preocupación más inmediata del país. Pero en el proceso, es necesario absorber lecciones cruciales de esta guerra innecesaria, terriblemente chafada y ahora imposible de ganar.
La primera lección es la permanente importancia de los soldados de tierra en un mundo que los estrategas militares habían predicho que estaría completamente dominado por los aviones de guerra furtivos, la Guerra de las Estrellas, satélites y fuerzas de Operaciones Especiales enviadas a misiones de corta duración. Ahora sabemos que los enemigos escondidos en cuevas y en barriadas urbanas pueden ser tan peligrosos como los enemigos metidos en los búnkeres de los ministerios de defensa -y que la reconstrucción de países derrotados es crucial para una seguridad duradera.
Más allá de Iraq, el ejército necesita salir del modo de crisis permanente -con casi todas las divisiones desplegadas, recién retornadas o preparándose para ser nuevamente embarcadas. Necesita una fuerza suficientemente grande para dedicar tiempo y recursos para desarrollar capacidades ahora crónicamente ausentes, y es seguro que también necesitará en el futuro después de Iraq, soldados e intérpretes que hablen fluidamente árabe y otras lenguas; equipos militares que puedan trabajar con la población local en proyectos de reconstrucción cívica, salud y educación; sargentos y oficiales que puedan ayudar a gobiernos amistosos a formar sus propios ejércitos para encargarse de la seguridad, sin necesidad de depender de grandes contingentes de tropas norteamericanas.
Estados Unidos necesita invertir en tecnología militar. Pero necesita dejar de engañar a los soldados corrientes. Los soldados no pueden competir con el poder de cabildeo de los contratistas de defensa de alta tecnología, pero nuestra seguridad depende de ellos. El congreso debe aprender la lección de Walter Reed, de la escasez de armaduras y otros escándalos y tomar decisiones presupuestarias más inteligentes.
Las fuerzas armadas voluntarias no se pueden expandir a voluntad. Tampoco es necesario que lo hagan. Cuando no se las maltrata como en los últimos cuatro años -pero no en los treinta años anteriores-, proporcionan tropas de calidad superior y mejor moral, y eso es más consistente con los valores de opciones libres de la sociedad de mercado norteamericana.
Mientras haya tropas de Estados Unidos en Iraq, alcanzar las cuotas de reclutamiento de una fuerza acrecida será difícil. Los múltiples períodos de despliegue, los heridos almacenados, la situación de seguridad en Iraq cada vez peor son un montón de cosas por superar.
Una vez que hayamos salida de esta situación, el ejército podrá ser aumentado substancialmente, y debería serlo, provisto que el congreso pueda asegurar al país que nunca más volverá a delegar sus poderes de guerra de manera tan descuidada e imprudente como hizo en 2002. Y mientras el próximo presidente entienda que el punto de tener un ejército grande es fortalecer la diplomacia americana, no lanzar guerras impulsivas e innecesarias.
Simplemente aprobando leyes para tener un ejército más grande no será suficiente. El gobierno y el congreso deben ofrecer algo mejor -mejor adiestramiento, mejores equipos de protección y mejor apoyo familiar- a los hombres y mujeres que el ejército necesita reclutar. Y tienen que ofrecer a los soldados un compromiso claro: si se pide a las fuerzas armadas que peleen, será sólo como último recurso, después de un debate pleno e informado en el congreso, y nunca por el capricho de un presidente.

19 de marzo de 2007
18 de marzo de 2007
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©traducción mQh
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rusia se hunde en el autoritarismo


[Fred Hiatt] ¿Quién tiene la culpa?
¿Quién perdió a Rusia? Mientras el país más grande del mundo se hunde cada vez más rápidamente en el autoritarismo, la respuesta que se oye más a menudo es: Estados Unidos.
Curiosamente, se oye tanto en boca de rusos, que al mismo tiempo niegan que haya pasado algo malo y culpan a Estados Unidos por ello; y en boca de norteamericanos, que asumen que unos pellizcos en política exterior habrían logrado que todo fuera diferente en Moscú.
Una versión acusa a Estados Unidos de respaldar a Boris Yeltsin, que presidió imperfectamente la transición rusa hacia la democracia en los años noventa y, según la historia, avinagró para los rusos la idea misma de libertad. Otra versión responsabiliza a Estados Unidos por permitir que los antiguos satélites soviéticos se unieran a la OTAN, lastimando los sentimientos rusos y fomentando una reacción nacionalista.
Como interpretaciones de historia, estas teorías mezclan elementos de verdad y grandes pegotes de absurdos. Es verdad que los rusos soportaron difíciles momentos después del derrumbe del comunismo. Subieron los precios, desaparecieron las pensiones e indeseables personajes se convirtieron en millonarios.
Pero lo mismo se puede decir de Estonia, Ucrania, Polonia y muchos otros países. La democratización no fue igual de bonita en todas partes. La pregunta es por qué esos países se las arreglaron para capear la transición y salir de ella, con varios grados de éxito, mientras que Rusia se quedó buscando chivos emisarios.
En cuanto a la OTAN: Por un lado tenemos, digamos, Estonia, una democracia con 1.3 millones de habitantes, que se unió libremente a una alianza de democracias similares en 2004. Por otro, tenemos a Vladimir Putin, eliminando las elecciones locales y provinciales, amordazando a la prensa y encarcelando a sus enemigos políticos. Si no ves la conexión, es que no hay ninguna.
Una Rusia que estuviera desarrollándose de manera sana estaría feliz de ver democratizarse a sus vecinos más pequeños, mejorar sus vínculos con Occidente y prosperar, todo lo cual redundaría en beneficios para Rusia. Los líderes rusos saben perfectamente bien que Estonia no representa una amenaza militar y no lo será nunca. Pero debido a que continúan definiendo la grandeza en términos de propiedad y control del estado, prefieren un Belarús pobre y dependiente a una Polonia próspera y autónoma.
¿Cómo se explica el desmantelamiento de la democracia en Rusia? Los rusos culpan a menudo a su propia mentalidad de ‘siervos', una tradición cultural explicada por siglos de autocracia que los dejó supuestamente incapacitados para gobernarse por sí mismos. Una versión más refinada señala que el comunismo duró una generación más en Rusia que en Europa Central, que emergió al menos con pálidos recuerdos de una sociedad civil de entre las guerras.
Luego está la desgracia rusa de ser rica en petróleo, gas natural, diamantes y otros recursos. Latvia y Eslovenia entendieron que necesitaban leyes estables y respeto por la propiedad privada para atraer a la inversión extranjera; Rusia sabía que las multinacionales del petróleo se acercarían adulando a un régimen que recurría a las expropiaciones cuando le convenía. Estonia veía un papel para el gobierno en la capacitación de sus ciudadanos para crear riqueza; los rusos utilizaron al gobierno para hacerse con la riqueza que había proporcionado la naturaleza.
Estar en el centro de un imperio también puede ser una desgracia. Otros países podrían acusar a Rusia por sus décadas perdidas; Rusia, que no tiene a quién culpar, no podría enfrentarse a su historia. Y dado que incluso una disminuida Rusia post-soviética incluía países no-rusos, desde Chechenia en el sur hasta Tartaristán en el centro y Yakutiya en Siberia, la nueva Rusia no podía construirse a sí misma sobre la base del nacionalismo étnico ruso y tuvo problemas en encontrar otras fuentes de identidad nacional.
Todos estos factores pueden desempeñar algún papel. Pero Michael McFaul, un experto en democratización de la Universidad Stanford y la Hoover Institution, advierte que "las explicaciones estructurales -cultura, historia del comunismo, petróleo y gas- pueden ser fácilmente exageradas, mientras que las decisiones reales y los errores de líderes individuales puede ser olvidados o perdonados".
Eso también es verdad de los errores norteamericanos. Estados Unidos no determina el destino ruso, pero tiene influencia en los márgenes. Podría hablar derechamente con los líderes rusos y buscar áreas de interés común, mientras defiende los derechos de los vecinos de Rusia a la hora de determinar su propio destino y el de los ciudadanos rusos a vivir en libertad.
En lugar de eso, los funcionarios norteamericanos tratan a Rusia a menudo como si fuese un adolescente delicado que no debería ser provocado. La semana pasada el representante Tom Lantos (demócrata de California), presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara, se quejó de que por cuarto año consecutivo el gobierno propuso "devastadoras reducciones" en los programas de ayuda a grupos democráticos y de la sociedad civil en Rusia.
Eso es algo por lo que Estados Unidos debería ser acusado. O, como dice Lantos: "En una época en que los partidarios de las reformas democráticas, el estado de derecho, y los derechos humanos están siendo asesinados o enviados a los archipiélagos de Siberia, nosotros no deberíamos privar a esos grupos de este vital apoyo".

fredhiatt@washpost.com

13 de marzo de 2007
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el último vals de slobodan milosevic


[Ruth Wedgwood] La reciente resolución de la Corte Internacional de Justicia es de hecho una absolución de Slobodan Milosevic. Una infamia.
Incluso desde la tumba, Slobodan Milosevic enturbia las relaciones internacionales. Cuando estaba vivo, su violencia en los Balcanes significó que la OTAN debió intervenir dos veces. Se pavoneó en el escenario de las negociaciones de paz de Dayton. E incluso después de que fuera enviado a un tribunal de Naciones Unidas acusado de genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, Milosevic trató de convertir su defensa en diatribas políticas que eran transmitidas en la noche por la televisión serbia. El juicio se arrastró durante cuatro años, y tanto el juez presidente como Milosevic murieron antes de que se pudiera dictar un veredicto final.
Ahora el vals del esqueleto ha vuelto una vez más a la pista de baile. Esta ronda nos ofrece la resolución del Tribunal Internacional de Justicia, en una demanda civil que no se entabló pensando que los resultados serían tan magros.
En 1993, Bosnia demandó a Serbia ante el Tribunal Internacional de Justicia, conocido también como el Tribunal Mundial o Corte Mundial, por planificar, instigar y cometer genocidio en la guerra de Bosnia. Bosnia alegó que los ataques de francotiradores y el bombardeo de enclaves civiles, la tortura y asesinato de prisioneros y, finalmente, la masacre de más de siete mil hombres y niños de Srebrenica por milicias serbias, constituían genocidio.
El mes pasado, el tribunal desechó casi todas las acusaciones de Bosnia. Los jueces reunidos en el palacio de la paz Andrew Carnegie en La Haya sostuvieron que la campaña de violencia y limpieza étnica de los serbios contra los musulmanes bosnios no constituían genocidio. El único caso demandable de genocidio, dijo el tribunal, era la ejecución masiva de prisioneros en Srebrenica en 1995 y que incluso allá Serbia no estaba realmente implicada en la comisión de los crímenes.
Es un resultado extraordinario. Es verdad que Srebrenica despertó a Occidente de su estupor y llevó a la OTAN a emprender acciones militares. Pero el conflicto étnico se extendía ya por tres años, con innumerable actos de violencia nacionalista que tenían como fin expulsar a los musulmanes del norte, sur y este de Bosnia. Sin embargo, la Corte Internacional de Justicia no se atreve a reconocerlo y no explica por qué la masacre de civiles en la ciudad ribereña de Brcko en 1992, o la tortura y ejecución de civiles musulmanes en Foca, eran jurídicamente diferentes de las masacres de Srebrenica.
El tribunal sí culpa a Belgrado por no tomar las medidas necesarias para "impedir' el genocidio de Srebrenica. Por esto, dice el tribunal, no se deben compensaciones. Pero esa falta pasiva no da cuenta del abultado programa de Belgrado para financiar, equipar y apoyar a las milicias criminales, como los Tigres de Arkan o los Lobos Grises, así como las fuerzas que se especializaban en la destrucción de los pueblos musulmanes.
La resolución del tribunal tiene amplias implicaciones. Es un absolución póstuma del genocidio cometido por Milosevic en Bosnia. Aunque él intentaba dividir el país en dos, en un programa ideada con el presidente croata, Franjo Tudjman, y fue el autor de la estrategia de violentas limpiezas étnicas, la corte concluyó que esto no se puede definir como una campaña para destruir al grupo étnico de los musulmanes de Bosnia, todos o en parte, porque él estaba simplemente empujándolos hacia otra parte. Como seguramente lo sabe un estudiante de derecho, tomará años entender cómo es posible que estos crímenes no constituyan genocidio.
Todavía peor, al decir que sólo la masacre de Srebrenica fue genocidio, el Tribunal Internacional de Justicia limita las acusaciones que se pueden formular efectivamente contra los líderes serbo-bosnios Radovan Karadzic y Ratko Mladic, si Belgrado permitiese finalmente su detención.
Es difícil entender por qué la corte no consideró estas graves consecuencias. Pero en su veredicto hay dos errores técnicos y trampas políticas.
Primero, la Corte Mundial rechazó la norma de responsabilidad indirecta utilizada en el tribunal penal de Naciones Unidas para la antigua Yugoslavia. Al aplicar las Convenciones de Ginebra a la guerra en Bosnia, el tribunal internacional concluyó tempranamente que el apoyo de Belgrado era suficiente para convertir partes importantes del conflicto en una guerra internacional.
Pero la Corte Internacional de Justicia reprende al tribunal penal de Naciones Unidas por presentar una opinión sobre un tema de derecho internacional ‘general', como la responsabilidad del estado, y, pese a más de diez años de implementación estable de las leyes internacionales, rechaza la conclusión del tribunal penal. Esta rivalidad entre hermanos entre tribunales internacionales ha sido llamado gentilmente ‘fragmentación'. No augura nada bueno para una jurisprudencia coherente.
La Corte Mundial también insiste en que a menos que Belgrado diera "órdenes directas" para operaciones específicas o que los serbo-bosnios fueran "completamente dependientes" de Belgrado, no hay ninguna responsabilidad en absoluto. Esto sorprenderá a los estudiosos del derecho de daños normal, que están acostumbrados a suponer que la responsabilidad en un delito puede ser compartida.
Aunque la corte dice que actúa sobre la base de una decisión de 1986 en un caso que opuso a Naciones Unidas contra Nicaragua, desde entonces la ley ha avanzado. En realidad, la displicente norma del tribunal se contradice con la Resolución 1373 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobada tras el 11 de septiembre de 2001, que dice que ningún estado tiene derecho a proporcionar datos de inteligencia, ni logística ni financiamiento a actividades terroristas.
Segundo, la Corte Internacional de Justicia aplica las demandas de prueba criminal en un caso civil. Los jueces insisten en que incluso en casos de responsabilidad civil, las pruebas contra Belgrado han de ser "completamente concluyentes" e "incontrovertibles", con un grado de certidumbre "más allá de toda duda". Esta norma es bien conocida cuando se puede cerrar la puerta de un calabozo, pero excede las demandas de responsabilidad civil. Y al tratar de complacer esta norma, el tribunal rehúsa sacar las inferencias adversas contra Belgrado, incluso aunque los documentos que este entregó al tribunal estaban fuertemente intervenidos.
Tercero, la Corte Internacional de Justicia tiene un pequeño problema de jurisdicción. Después de la intervención militar de la OTAN en el Kosovo, Serbia se dirigió al fiscal de crímenes de guerra de Naciones Unidas para quejarse sobre los métodos bélicos de la OTAN. El fiscal concluyó que no existían bases para una investigación criminal de la OTAN. Serbia entonces demandó a varios países de la OTAN ante la Corte Internacional de Justicia. Estas demandas fueron desechadas sobre la base de que Yugoslavia ya no era miembro de Naciones Unidas y por tanto no tenía derecho a acceder al tribunal como demandante.
Pero las razones tienen doble filo, alegó Belgrado, y la descalificación como demandante también podría proteger a Serbia como demandada en la acción civil de Bosnia. Dudas persistentes sobre la jurisdicción han reducido la voluntad del tribunal para producir fallos más rigurosos de responsabilidad en el caso del genocidio en Bosnia.
Cierto, la Corte Internacional de Justicia ha sostenido que la Convención sobre el Genocidio exige que Serbia entregue a acusados como Karadzic y el general Mladic, que son buscados por el tribunal de crímenes de guerra de Naciones Unidas. Pero este es un fallo redundante, pues la autoridad legal del Consejo de Seguridad ya exigía esas entregas. No es un substituto de claridad sobre el papel de Serbia.
Es positivo que Serbia pueda integrarse pronto a Europa. Pero que trate de ocultar lo que ocurrió en el pasado no facilita esa integración.

Ruth Wedgwood es profesora de derecho internacional en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad John Hopkins.

12 de marzo de 2007
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