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opinión

guerra interminable


Guerra de Bush es un desastre. La guerra contra el terrorismo no tiene fin.
No importa lo mal que se vea la guerra de Iraq. El presidente Bush ha estado pavoneándose como si fuera un general victorioso porque intimidó a una tambaleante coalición de demócratas para que abandonaran su intento de imponer un límite de tiempo a su desastrosa desaventura.
Para este fin de semana, Bush estaba comportándose como si ese matoneo parlamentario le hubiera otorgado la libertad no solamente de ignorar a los demócratas sino también a la inmensa mayoría de los estadounidenses, que quieren que deje de perseguir la ilusión de victoria y se concentre en cómo detener el sacrificio de jóvenes estadounidenses.
Y, siempre fiel a sus ilusiones, Bush ha insistido en que él es la única persona que entiende al verdadero enemigo.
Hablando a los graduados de la Academia de la Guardia Costera, Bush declaró que al Qaeda es el "enemigo público número uno" en Iraq y que "el objetivo de los terroristas en Iraq es volver a encender la violencia sectaria y acabar con el apoyo a la guerra en casa". Al día siguiente, en el Jardín de Rosas, Bush cargó a un periodista que tuvo la temeridad de preguntar sobre la menguante credibilidad de Bush ante el público, declarando que al Qaeda es "una amenaza para sus hijos" y acusándolo de ser un ingenuo que ignoraba el peligro.
Es inquietante pensar que Bush cree que la desenfrenada violencia sectaria en Iraq está esperando que se la provoque, o que no reconoce que el apoyo que dieron los estadounidenses a la guerra se derrumbó hace muchos sangrientos meses. Pero nos hemos habituado a la desconexión del presidente con la realidad y su hábito de arremeter contra hombres de paja, como los estadounidenses a los que no preocupa el terrorismo porque cuestionan su mala conducción de la guerra o no se preocupan de lo que pase después de la retirada de Estados Unidos, como deberían.
Lo realmente inquietante de los comentarios de Bush es su retrato de la guerra en Iraq como una lucha clara-para-todo-el-mundo-menos-para-los-testarudos entre Estados Unidos y la joven democracia iraquí, por un lado, y al Qaeda, al otro. Eso no reconoce que el gobierno iraquí dominado por los chiíes no es una democracia y que está en guerra con muchos de su propio pueblo. Y termina con toda presión sobre la dirigencia iraquí -y Bush- para detener la guerra sectaria y crear una verdadera democracia.
No hay duda de que el terrorismo islámico organizado -llámese al Qaeda o de otro modo- es una seria amenaza. Tampoco hay dudas de que los terroristas entraron a Iraq mayormente después del inicio de la guerra.
También nosotros creímos que Iraq debía estar en una situación tan estable como posible antes de que Estados Unidos pudiera retirar sus tropas sin hacer más profundo el caos y la destrucción. Pero no lo está haciendo y su versión de la realidad lo hace todavía más improbable. La única solución la tienen los líderes de Iraq, que deben poner fin a su sangriento conflicto sectario y hacer un verdadero intento de formar un gobierno unido. Esa es su mejor posibilidad de estabilizar al país, permitir la retirada de Estados Unidos y, sí, perseguir a al Qaeda.
Los demócratas que pidieron imponer criterios para medir el progreso político de los iraquíes, junto con la fijación de una fecha de retirada de los soldados estadounidenses, estaban tratando de iniciar ese proceso. Es una vergüenza que no pudieran reunir la voluntad y disciplina necesarias para seguir adelante, pero esperamos que no se hayan rendido. Por inconexos que se hayan mostrado los demócratas, su análisis tiene más sentido que la negación de Bush de la guerra civil en Iraq y su guerra sin fin contra el terrorismo.

27 de mayo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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carta blanca para un asesino


[Eugene Robinson] El gobierno no se atreve a llamar terrorista a un cubano confeso del asesinato de 74 personas.
El gobierno de Bush dice que su política de tolerancia cero con el terrorismo se aplica a todos los sospechosos de este tipo de delitos, y no solamente a los malhechores musulmanes, y que su política de tolerancia cero hacia Cuba es una cuestión de principios, y no solamente un ejercicio para complacer a los implacables exiliados cubanos de Miami. De las dos cosas, las evidencias sugieren otra cosa.
El hecho es que Luis Posada Carriles, acusado de terrorismo que entró ilegalmente a Estados Unidos y fue luego detenido, no está en confinamiento solitario y no lo sacan de la celda para un ocasional simulacro de asfixia por inmersión. En estos momentos, es un hombre libre.
De Posada, 79, se sospecha desde hace tiempo que es uno de los que se oponen con violencia al régimen de Castro. Está acusado de haber preparado el atentado con bomba contra un avión de pasajeros cubano en pleno vuelo en 1976, que mató a 73 personas. También se le sospecha de participar en una serie de atentados con bomba contra hoteles y discotecas de La Habana en 1997; en los atentados murió un turista italiano y dejaron varios heridos.
El terrorismo, nos recuerda constantemente nuestro gobierno, es el azote de nuestra época. Así que ¿por qué un hombre que ha sido descrito por nuestro gobierno como un "criminal impenitente y que ha confesado haber preparado atentados terroristas y ataques contra lugares turísticos" va a ser recibido como héroe en Miami, por sus camaradas de la vieja Bahía Cochinos?
Posada ingresó furtivamente al país en 2005 y tuvo la osadía de anunciar su presencia convocando a una rueda de prensa. Después de algunas vacilaciones, fue detenido por funcionarios de Seguridad Interior. En febrero fue acusado por cargos federales de fraude de inmigración, argumentando que había mentido para entrar a Estados Unidos.
El martes en El Paso -donde estuvo retenido Posada-, la juez de distrito Kathleen Cardone desechó la acusación contra Posada diciendo que el gobierno había recurrido a un truco inconstitucional en la recolección de las pruebas contra él. Fue la orden de desestimación de Cardone la que dejó en libertad a Posada.
Cardone determinó que en la entrevista formal de inmigración de Posada después de que agentes federales lo detuvieran en 2005, el gobierno había proporcionado una traducción correcta de las preguntas y respuestas. Lo que el gobierno afirmaba que eran mentiras de Posada, le parecían más bien malentendidos.
Vale la pena señalar que esta no es la primera vez que Posada ha utilizado como excusa su supuesto mal manejo del inglés. Dice que no entendía lo que dijo hace algunos años cuando fanfarroneó sobre su participación en los atentados de La Habana.
¿Así que la juez fue acorralada para que dejara libre a un empedernido terrorista sobre la base de un tecnicismo? No realmente. La verdad es que la juez aceptó participar en la farsa.
El punto de vista de Cardone es que si el gobierno quisiera realmente mantener a Posada tras las rejas debido a sus acciones como terrorista, los fiscales debieron haberlo procesado por terrorismo. Luego, en menos tiempo que decir ‘Ley Patriota', las autoridades lo podrían haber hecho desaparecer en el tenebroso mundo de la detención indefinida, donde se mantiene a los sospechosos de terrorismo que se llamen Muhammad.
Apuesto a que las pruebas contra Posada, que yo encuentro convincentes, son más sólidas que las pruebas secretas contra la mayoría de los detenidos de Guantánamo. Pero los supuestos crímenes de Posada fueron cometidos contra el régimen de Castro. La posición de George W. Bush hacia Cuba ha sido todavía más testaruda y contraproducente que las políticas de sus predecesores. Este gobierno ha intensificado la prohibición de viajar, aumentado la presión económica y ofrecido el espectáculo de estar planeando una Cuba post-Castro.
Entretanto, Castro (aparentemente recuperándose lentamente de una operación al intestino) y su hermano Raúl, están en el poder más firmes que nunca. Las tácticas duras del gobierno no han logrado absolutamente nada, al menos no en Cuba.
La política de tolerancia cero hacia el gobierno de Castro ha sido popular, sin embargo, entre los exiliados más estridentes de Florida: los viejos que saludarán a Posada cuando vuelva a casa en Miami para iniciar una cómoda jubilación.
Un gran jurado de Nueva Jersey está, se dice, investigando la pretendida supuesta de Posada en los atentados con bomba contra hoteles de La Habana y es posible que deba algún día defenderse de otra acusación. Entretanto, nuestro gobierno ha dado a Castro otra causa célebre para vallas publicitarias y manifestaciones.
El gobierno está a punto de aumentar el financiamiento de las transmisiones en Cuba, aunque son vistas y oídas por pocos cubanos, porque los agentes de Castro han adquirido mucha pericia a la hora de interferirlas. El mensaje es que Estados Unidos se opone al régimen de Castro, pero ofrece una mano de amistad al pueblo cubano.
Esa es una idea difícil de vender cuando nuestro gobierno no se atreve a llamar terrorista a un terrorista -y cuando se le permite vivir en libertad a un viejo amargado que mató probablemente a decenas de civiles cubanos.

eugenerobinson@washpost.com

19 de mayo de 2007
11 de mayo de 2007
©washington post
©traducción mQh
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por qué tolerar el terrorismo


[Rosa Brooks] El torpe manejo del gobierno del caso de Luis Posada Carriles dice un montón sobre la llamada guerra contra el terrorismo de Bush.
Como los piratas, se supone que los terroristas son hostis humani generis, los ‘enemigos de toda la humanidad'. Así que ¿por qué permite el gobierno de Bush que uno de los terroristas más infames del mundo se pasee libremente por Estados Unidos?
Estoy hablando del hombre que fue -hasta el 11 de septiembre de 2001- quizás el terrorista más efectivo de todo el hemisferio occidental. Se cree que fue el cerebro de un atentado con bomba contra un avión de pasajeros en 1976, en el que murieron 73 personas, incluyendo a los miembros adolescentes del equipo nacional cubano de esgrima. Ha confesado haber llevado a cabo en 1977 una serie de atentados con bomba dirigidos contra hoteles turísticos y discotecas. Hoy, vive ilegalmente en Estados Unidos, pero altos personeros del gobierno de Bush -los mismos que declararon la guerra contra el terrorismo hace algunos años- no parecen estar terriblemente preocupados.
Estoy hablando de Luis Posada Carriles. La mayoría de los ciudadanos estadounidenses no saben quién es, pero para muchos en América Latina, Posada es tan odiado como Osama bin Laden en Estados Unidos.
Posada, nacido en Cuba, fue adiestrado por la CIA en la Escuela de las Américas en 1961. Desde Venezuela, organizó más tarde el exitoso atentado contra un avión de pasajeros cubano (aparentemente con la connivencia de la CIA). Fue detenido por ese crimen, pero escapó de una cárcel venezolana antes de ser sometido a juicio.
Posada participó más tarde en los intentos ilegales de Ollie North de hacer llegar armas a los contras venezolanos, trató repetidas veces de asesinar a Fidel Castro y fue el cerebro de una serie de atentados en 1997 contra varios hoteles de La Habana. Documentos del gobierno norteamericano desclasificados hace poco sugieren que, durante la mayor parte de su carrera, Posada mantuvo un estrecho contacto con la CIA.
Posada entró ilegalmente a Estados Unidos en 2005. Grupos de derechos humanos y los gobiernos de Cuba y Venezuela exigieron que fuera procesado o extraditado por sus actividades terroristas, pero durante varios meses el gobierno de Bush negó que Posada estuviera en Estados Unidos.
El 17 de mayo de 2005, el Miami Herald obligó al gobierno a tomar medidas tras publicar en primera plana una entrevista con Posada (que sorbía un jugo de melocotón en su balcón de Florida, describiendo el placer que le daba leer y comentó alegremente que al principio "pensé que el gobierno [norteamericano] me andaba buscando", pero finalmente se dio cuenta de que los funcionarios estadounidenses no tenían interés en encontrarlo). Sólo entonces detuvo el gobierno a Posada -pero acusándolo por violar leyes de inmigración, no por sus actividades terroristas.
Desde 2005, el gobierno parece haber hecho todo lo que estaba en su poder para estropear los cargos de Inmigración contra Posada, manejándolo con tal torpeza que el miércoles un exasperado juez federal se declaró "dejada sin otra opción" que desechar la acusación. Aunque otro juez había resuelto previamente la deportación de Posada, Posada no puede ser extraditado a Venezuela porque el tribunal concluyó que podría ser torturado en ese país.
Así que de momento, Posada es un hombre libre -incluso aunque el gobierno tiene suficientes pruebas como para arrestarlo por su participación sea en el atentado contra el avión de pasajeros en 1976 o los atentados en La Habana en 1997. En cuanto a eso, Posada podría ser fácilmente detenido de acuerdo al Artículo 412 de la Ley Patriota, que impone la detención obligatoria de extranjeros sospechosos de estar implicados en actividades terroristas.
El manejo del gobierno de Posada contrasta discordantemente con su tratamiento de los sospechosos de ser terroristas de al Qaeda. Con los últimos, el gobierno no pierde tiempo en finuras jurídicas. Varios ciudadanos extranjeros han sido ‘entregados' ilegalmente a países donde han sido torturados, interrogados en cárceles clandestinas de la CIA y enviados a pudrirse en Guantánamo, a veces basándose en evidencias terriblemente frágiles. Incluso ciudadanos estadounidenses sospechosos de actividades terroristas han sido clasificados como "combatientes enemigos ilegales" y privados de sus derechos constitucionales. Así que ¿por qué posterga el gobierno el deber de arrestar y procesar a Posada?
No es que las evidencias contra Posada estén en disputa. En 1998, por ejemplo, "admitió orgullosamente ser el autor de los atentados con bomba contra los hoteles" ante el New York Times, "describiendo los atentados como actos de guerra cuyo objetivo era dañar a un régimen totalitario privándolo del turismo y las inversiones extranjeras". Desdeñó las bajas civiles como "tristes", pero aseguró al periodista que "duermo como bebé". (Cuando el Miami Herald le preguntó sobre esta confesión en 2005, dijo modestamente: "Dejemos eso a la historia").
Si todo esto suena espantosamente familiar, es porque así debe ser. Hemos oído las mismas insensibles justificaciones del terrorismo en boca de bin Laden y de Khalid Shaikh Mohammed.
La reluctancia del gobierno a hacer esfuerzos serios para procesar a Posada es hipócrita pero políticamente expediente. Un juicio podría exponer las fechorías pasadas de la CIA y podría enajenarse el apoyo de los exiliados cubanos extremistas de Florida, un bloque electoral que el gobierno ha mantenido durante largo tiempo.
Después del 11 de septiembre, la frase ‘el terrorista de unos es el combatiente por la libertad de otros' dejó de estar de moda. Pero aunque nadie lo quiera admitir abiertamente, la idea todavía parece tener validez para el gobierno de Bush.

rbrooks@latimescolumnists.com

13 de mayo de 2007
11 de mayo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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fmi y banco mundial, irrelevantes


[Marcela Sánchez] FMI y Banco Mundial en riesgo de hacerse irrelevantes. América Latina encuentra alternativas propias para desarrollarse.
El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no gozan de gran popularidad por estos días en América Latina. El presidente venezolano Hugo Chávez quiere cortar todos sus lazos con las dos principales instituciones financieras internacionales con sede en Washington, afirmando que son "mecanismos del imperialismo" estadounidense. El presidente ecuatoriano Rafael Correa ha expulsado al representante del Banco Mundial de su país y lo ha declarado persona non grata, asegurando que los préstamos del banco equivalen a un chantaje.
Dado el frecuente antagonismo de Chávez y Correa frente a Washington, sus acciones parecerían ser las esperadas. Pero el hecho es que otros gobiernos a lo largo de la región, conservadores y liberales por igual, están distanciándose de dichas instituciones por una variedad de causas.
Una nada insignificante tiene que ver con el mercado. En este período de elevada fluidez, prestamistas privados están ofreciendo términos mucho más favorables y sin las estrictas condiciones atadas a los préstamos del Banco Mundial y el IMF. Dichos prestamistas, atraídos por la creciente riqueza de la región, tampoco llevan el lastre que aflige a las instituciones multilaterales especialmente debido a su papel en el colapso económico de Argentina en 2001 y el actual escándalo que rodea al presidente del Banco, Paul Wolfowitz.
Durante los últimos dos años, Argentina, Bolivia, Brasil, Nicaragua y Venezuela han pagado sus préstamos al FMI o dejado vencer sus acuerdos con la institución. Los países de América Latina han adquirido préstamos que van de una cuarta a una media parte de lo que adquirieron del Banco Mundial en 1999. El mes entrante, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay y Venezuela planean abrir el Banco del Sur para que sirva como un banco regional alternativo de desarrollo.
La mayoría de los líderes de la región no desea echarse precipicio abajo con Correa y Chávez -- en cambio quisieran ver todavía vivas y reformadas a las instituciones con 63 años de existencia. En una reunión con editores y reporteros del Washington Post la semana pasada, el presidente colombiano Álvaro Uribe dijo que "estas instituciones debieran ajustarse ... Creemos en mejoras permanentes, no en cerrarlas". El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva ha equiparado desde hace tiempo las mejoras a organismos multilaterales, con el propósito de defender instituciones democráticas.
Desafortunadamente, hay pocas evidencias de que el Banco y el FMI estén escuchando. Si mucho, la buena salud de la economía mundial actual parece estar alimentando una "actitud de complacencia", de acuerdo con Liliana Rojas Suarez, ex funcionaria del fondo y actualmente del Center for Global Development con sede en Washington. Mientras "buenos tiempos son los mejores tiempos para planear" respuestas a las crisis, el FMI está "aplazando decisiones muy importantes, a pesar del hecho de que (está) perdiendo relevancia".
Los críticos afirman que las instituciones multilaterales podrían recuperar buena parte de su credibilidad si le otorgan a países con economías emergentes mayor representación dentro de sus juntas directivas. Durante las reuniones de primavera el mes pasado, el Grupo de 24 países en desarrollo, incluidos ocho latinoamericanos, insistió en que aumentar su voz en el fondo y el banco "continúa siendo de suma importancia para la legitimidad y efectividad" de dichas instituciones.
Además de reformas estructurales, el FMI necesita cambios estratégicos significativos. El Comité Latino Americano de Asuntos Financieros, un grupo de ex ministros de finanzas y economía de América Latina presidido por Rojas Suárez, ofreció varias ideas el mes pasado incluida una mejor preparación ante crisis financieras internacionales que, según advirtió el Comité, podrían ser particularmente devastadoras en América Latina. En ese sentido, cree que el FMI debiera enfocarse exclusivamente en asuntos financieros y prepararse creando concretamente un nuevo instrumento que pudiera servir para acceder rápidamente a una línea de crédito en caso de que otra crisis internacional ocurra.
En el Banco Mundial las reformas tal vez estén ocurriendo a pesar de sí mismo. De hecho, algunos creen que la competencia es la mejor fuerza detrás del cambio. "Creo que el mercado lo está logrando", afirmó Chris Humphrey, consultor del Banco Mundial que trabaja en Bolivia, Ecuador, Perú y Venezuela. "Estamos desesperados por conseguir clientes" y listos a adaptarnos si con eso los aseguramos y mantenemos. "Los países de medianos ingresos saben como usarnos", agregó. "Ya no podemos ir con la receta del mes que supuestamente llevará al desarrollo (porque) ellos están definiendo sus propios caminos al desarrollo".
Precisamente. Los días de las reformas promovidas por Washington, conocidas como el ‘Consenso de Washington', han terminado. Hoy tal vez el único consenso, particularmente en Sudamérica, es "una aspiración común por la autonomía", dijo el embajador brasileño Antonio de Aguiar Patriota en una entrevista. "El nuevo espíritu es que bajo nuestros términos estamos produciendo el tipo de resultados correcto".
Y al menos que las instituciones financieras con sede en Washington reciban el mensaje, la región toda les dará la espalda.

dese@washpost.com

14 de mayo de 2007
11 de mayo de 2007
©washington post
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sobre la reforma de la educación


[Rafael Luis Gumucio Rivas] Algunos nacen con estrella y otros estrellados.
Los resultados de la prueba SIMCE, dados a conocer recientemente, son una verdadera repetición de las evaluaciones de años anteriores. En 17 años de reformas educacionales de la Concertación la enseñanza básica y media no ha mejorado; es como si Chile se hubiera estancado desde el inicio de los gobiernos de la coalición. Usted puede leer un diario de cualquier época y tendrá los mismos comentarios de funcionarios y tecnócratas de la educación. Es cierto que en esta ocasión el ministerio introdujo, en la evaluación de la prueba, indicadores de logros. Dejaré de lado, por ahora, la crítica a este tipo de prueba, más orientada a lo cuantitativo, que a lo cualitativo. Si aceptamos los distintos niveles en los indicadores de resultado podemos comprobar que son bastante benévolos: el nivel avanzado supone que el alumno es capaz de comprender un texto y puede relacionar e integrar contenidos, es decir, desarrolla objetivos pedagógicos de más alto nivel; el intermedio da por sentado que el estudiante comprende un texto, pero sólo es capaz de extraer inferencias explícitas, es decir, en buen castellano, únicamente entiende lo que el autor dice textualmente; el tercer nivel- inicial - considera que el educando apenas comprende frases cortas y lo logra asociar ideas contenidas en un párrafo, menos en un capítulo o en un libro completo, lo cual significa que no saben leer ni escribir.
Me atrevo a hablar sobre este tema que entristece mi corazón por el hecho de haber trabajado, un tiempo, en la Escuela de Pedagogía de la Universidad Eduardo Mondlane, en Maputo, Mozambique, país donde el 92% de la población (por los años ochenta), era analfabeto y en condiciones de pobreza extrema, pero se esforzaban para superar la herencia colonial. En las universidades chilenas en donde he ejercido la cátedra de historia universal y de Chile, he podido constatar la enorme dificultad, en la mayoría de los alumnos, para asociar, comparar, sintetizar y analizar críticamente; aún prefieren la nemotecnia a la creatividad. Lo mismo ocurre con los cursos de formación de profesores de enseñanza básica, donde predomina lo tradicional sobre una educación liberadora.
Carlos Marx odiaba las grandes frases que expresaban motivos loables, como aquella de que ‘todos los hombres son hermanos', lema de la I Internacional; es que la ideología es una conciencia invertida que esconde la realidad de la lucha de clases. La historia de la educación está llena de estas ideas y deseos píos, por ejemplo, el ministerio del ramo habla de calidad y equidad de la educación: por qué no reconocer que nuestro sistema no sólo reproduce la inequidad, sino que la acrecienta; otros hablan de la educación como reflejo de la sociedad, sin percatarse de que la imagen que se ve es tan miserable como la de la bruja de La Cenicienta; para otros, la educación es el único medio para lograr la movilidad social: se habla de la mundialización, de la sociedad de la información, de la pedagogía crítica y de otras tantas lindezas, pero nuestra escuela sigue siendo monstruosamente mala e inequitativa.
Vuelvo a leer a los críticos educacionales del centenario de la república (1910), (Enrique Molina, Alejandro Venegas, Francisco Antonio Encina y, posteriormente, Darío Salas y Luis Galdames), y, guardando las proporciones de época, el drama siempre fue el mismo: la educación media y universitaria estaba destinada a la reproducción de la casta, y la primaria pública a la ‘civilización' de los huachos, según Domingo Faustino Sarmiento. Es indudable el esfuerzo del estado docente para mejorar las metodologías destinadas a los alumnos de la escuela primaria: quién puede negar el legado de Claudio Matte Pérez, creador del famoso silabario analítico sintético, llamado ‘El Ojo', libro con el cual nunca aprendió a leer el suscrito; las escuelas normales, fomentadas por Abelardo Núñez y el esfuerzo en educación popular de Fermín Vivaceta, y de tan otros. Sin embargo, los colegios y los liceos ‘emblemáticos' estaban destinados, exclusivamente, para ‘los señoritos' de la oligarquía, es decir, para aquellos que ‘nacen con estrella'. Para los pechoños, los Sagrados Corazones y el Colegio San Ignacio; para los laicos, masones y agnósticos, el Instituto Nacional. Según Valdés Cange, en ‘Sinceridad, Chile íntimo', 1910, en esa institución republicana se practicaba la segregación entre los internos y medio pupilos, donde los mejores profesores eran destinados a los internos; no es raro que este establecimiento haya producido la mayoría de los diputados y presidentes de la república. Hoy ocurre lo mismo, salvo que hay muchos más colegios privados de carácter internacional.
Pero volvamos a ‘los estrellados', los que no tienen ‘la suerte' de haber nacido en cuna de oro y de pertenecer a la casta: según la calificación del ministerio en el último informe del SIMCE, el ingreso familiar del nivel bajo asciende a $109.000, es decir, aproximadamente 200 dólares, tres dólares por día; un nivel apenas superior a los países africanos, cuyo presupuesto es un dólar diario; el 60% de los alumnos perteneciente a este estrato logró el nivel inicial, es decir, casi analfabeto y, el 29%, el nivel intermedio; sólo el 11% alcanzó el nivel avanzado. ¿De qué modernidad, sociedad de la información o pedagogía crítica me están hablando, entonces? Estamos en pleno Mozambique. Algo parecido ocurre con el estrato medio bajo que logran, apenas, ganar $158.000 mensuales, lo que equivale a cinco dólares al día; el 85% está entre el nivel básico y el intermedio que, en su mayoría pertenecen a colegios municipales y particulares subvencionados. Ante tan catastrófica situación, recuerdo el libro del educador Darío Salas, El problema nacional, que en 1917 denunciaba la existencia de más de un 50% de analfabetos; el impacto de este libro provocó la aprobación de la ley de Instrucción Primaria Obligatoria y Gratuita, en 1920.
Chile ha sido el país de las grandes reformas educacionales: la de la Escuela Nueva, en 1928; los Liceos Experimentales, como el Manuel de Salas; las Escuelas Consolidadas, (1945); los planes Arica y San Carlos; ‘gobernar es educar', de Pedro Aguirre Cerda, (1938); la Reforma Educacional, de Eduardo Frei Montalva (1968), la abortada ENU, de Salvador Allende y, a partir de los gobiernos de la Concertación, Las 900 Escuelas –P-900; la jornada escolar completa, los MECE Básico, Rural, Medio y Superior. Hemos tratado de imitar, en muy mala forma, las experiencias educacionales de otros países: a comienzos del siglo XIX, Francia y, en la segunda mitad, Prusia, país al que se le atribuía el triunfo sobre el país galo (1871), por la calidad de sus escuelas primarias; Valentín Letelier, Abelardo Núñez y Claudio Matte trataron de amoldar a Chile al modelo germano, y nuestro primer instituto pedagógico fue regentado por alemanes. Cabe hacerse la pregunta ¿qué ha pasado después de tanto esfuerzo pedagógico, si a los doscientos años de la independencia aún nos encontramos casi en el mismo estado que en el centenario?
Ante esta situación nadie puede quedar impasible: es imprescindible una revolución educacional ahora, que la cambie de raíz, terminar con la municipalización, completamente ineficaz en un país en extremo centralizado y de castas. Ningún gobierno de la Concertación ha emprendido una verdadera regionalización; es muy torpe confundir la elección de consejeros regionales con la regionalización; no es lo mismo deslocalizar industrias, que descentralizar, por consiguiente, mientras no haya un cambio radical en este plano, la municipalización educacional fracasará. Sería el ideal aumentar, al máximo, los canales participativos, entregando la dirección de las escuelas a co-gobiernos entre directores, profesores, alumnos y apoderados. Por ahora, el estado es el único capaz de hacerse cargo de la educación, pues al menos tiene recursos humanos y materiales; no se trata de volver a la burocracia del estado docente del pasado, sino de encabezar una verdadera revolución educacional basada en la promoción de una democracia participativa y una educación liberadora que, superando las enajenaciones neoliberales, permita una educación de calidad para todos.
Chile cuenta con aportes insustituibles, en el plano de una pedagogía concientizadora y liberadora, ubicada en la mundialización –que no es lo mismo que la globalización neoliberal - : a diez años de su muerte, el legado de Paulo Freire sigue tan vigente como cuando vivió entre nosotros. No creo que medidas a medias, como cursos remediales, programas focalizados en la pobreza, como el P-900, la destinación de profesores a pasantías de tres meses o las mejorías académicas en las escuelas pedagógicas, contribuyan a superar la grave situación de nuestra educación. Se precisa de un cambio profundo, que no es sólo material: no bastaría con duplicar o triplicar el gasto educacional respecto al PIB, es necesario un esfuerzo nacional, basado en una pedagogía crítica y liberadora, que genere un vuelco copernicano en nuestra educación.

11 de mayo de 2007
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blando prejuicio sobre iraq


Si Bush sigue oponiéndose a la retirada de las tropas de Iraq, el congreso deberá buscar nuevas maneras para obligarlo a obedecer.
Sea por ciega lealtad o ciego rechazo, la mayoría de los republicanos en el congreso están preparados para respaldad el veto del presidente Bush al proyecto de ley sobre el presupuesto para Iraq. Ahora es esencial que la versión revisada no impida exigir al primer ministro de Iraq, Nuri Kamal al-Maliki, que tome finalmente las cruciales medidas de reconciliación nacional que se ha pasado esquivando el último año. Y debe quedar claro que el apoyo norteamericano a sus fracasos -y los de Bush- está menguando a pasos acelerados.
Que Maliki debe frenar el derramamiento de sangre en Iraq no es un misterio para nade. Las fuerzas de seguridad iraquíes deben terminar con su apoyo de las milicias chiíes. Los ingresos por el petróleo iraquí deben ser distribuidos equitativamente. Las leyes antibaazistas que están siendo utilizadas para negar empleo y oportunidades políticas a los árabes sunníes deben ser reformuladas para atacar solamente a los responsables de crímenes cometidos durante la era de Saddam Hussein.
Sin estos pasos, Maliki y sus aliados no pueden ni siquiera mínimamente reclamar que constituyen un verdadero gobierno nacional. Tomándolos, existe al menos una posibilidad de que los iraquíes puedan reunir suficiente fuerza para contener el caos cuando, como es inevitable, las fuerzas norteamericanas empiecen a marcharse. Bush reconoce que estos parámetros son importantes. Sin embargo, rechaza insistir, o dejar que el congreso insista ante Bagdad que debe alcanzarlos o hacer frente a las consecuencias. Toda vez que Bagdad fracasa en una prueba, Bush reduce las exigencias y pospone las fechas de su cumplimiento, en un tipo de destructiva negación de lo que Bush llamó, en otro contexto, el blando prejuicio de las bajas expectativas.
Consideremos la campaña de seguridad en Bagdad. La semana pasada, el Washington Post informó que la oficina de Maliki había contribuido a instigar el despido de altos funcionarios de la seguridad iraquí por haberse opuesto agresivamente a una poderosa milicia chií. Después de apostar tantas vidas americanas, la disponibilidad de combate del ejército norteamericano y lo que queda de su propia credibilidad en esta sangrienta campaña para controlar la capital, es incomprensible que Bush permita el que el líder iraquí la socave.
Luego está el interminable culebrón que se supone que debe producir algún día una distribución justa de los ingresos por el petróleo. El gobierno de Bush destapó prematuramente las botellas de champaña en febrero cuando el gabinete de Maliki accedió con un borrador preliminar. Ahora, en mayo, no hay distribución, no hay legislación e incluso el acuerdo preliminar está empezando a desmoronarse. El partido árabe sunní dominante en el gabinete de Maliki amenaza ahora con retirar a sus ministros, declarando que ha "perdido la esperanza" de que el líder iraquí se ocupe seriamente de las preocupaciones sunníes.
Bush, en contraste, que ve "signos de esperanza" en la situación de la seguridad bagdadí, insta a los norteamericanos a dar más tiempo a sus decepcionantes políticas y parece ofenderse de que el congreso quiera exigir responsabilidades a Bagdad y la Casa Blanca.
La versión final del proyecto de presupuesto de la guerra debería incluir parámetros explícitos y un calendario para los iraquíes, incluso si Bush no permite que el congreso los refuerce con un calendario claro de la retirada norteamericana. Si Maliki y Bush todavía no lo entienden, el congreso tendrá que buscar nuevas maneras para implementarlos, y reforzarlas con una mayoría a prueba de vetos.

8 de mayo de 2007
7 de mayo de 2007
©new york times
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quién pondrá fin a la guerra


[David S. Broder] La gente. O el futuro presidente demócrata.
La brecha entre la opinión pública y la realidad de Washington ha sido rara vez tan grande como en el tema de la guerra de Iraq. De momento un claro mandato nacional está siendo bloqueado por limitaciones que sólo tienen sentido en el cálculo a corto plazo de los políticos de la ciudad capital.
El veredicto público sobre la guerra es claro. La gran mayoría cree que fue un error ir a Iraq, y una mayoría igualmente grande quiere que se empiece con el proceso de retirada. Eso es lo que dicen las encuestas; ese es el mensaje que lleva el correo al Capitolio; y eso es lo que los votantes han indicado que quieren cuando volvieron a entregar a los demócratas el control del congreso en noviembre.
Pero no es lo que ocurrirá, al menos no ahora. La incapacidad de la Cámara la semana pasada de anular el veto del presidente Bush del proyecto de financiamiento de la guerra de Iraq que incluía un calendario de retirada, se aseguró de que eso es lo que ocurrirá. La dirigencia demócrata ya ha indicado su disponibilidad a dejar de lado el calendario, y es probable que hagan más concesiones en el curso de las negociaciones con la Casa Blanca.
La pregunta que surge espontáneamente es por qué un juicio expresado tan fuertemente por la opinión pública -respondiendo a las noticias de crecientes bajas norteamericanas en una guerra sectaria aparentemente intratable- no puede ser traducido en acción en Washington.
Parte de la respuesta reside en la constitución. Esta convierte al presidente en comandante en jefe de las fuerzas armadas, el único funcionario elegido cuyas órdenes deben ser obedecidas por generales y soldados rasos por igual.
Según la constitución, el congreso comparte los poderes de guerra pero puede ejercerlo solamente mediante su control del dinero que necesita el presidente para financiar cualquier operación militar.
En este momento, el comandante en jefe tiene un plan claro: aplicar más fuerza militar en Bagdad y alrededores con la esperanza de erradicar la violencia sectaria y crear un espacio para que los políticos iraquíes se reúnan en un gobierno que funcione.
Es una estrategia de alto riesgo sin garantía de éxito. Pero es una estrategia clara.
El congreso dominado por los demócratas, por otro lado, no está de acuerdo en ningún plan de ningún tipo. La mayoría de los demócratas no están dispuestos a ejercer sus derechos cortando los fondos para la guerra en Iraq, por temor a ser acusados de abandonar a las tropas en medio de la batalla.
Careciendo de la voluntad de hacer eso, están obligados a una opción incómoda. Están proponiendo continuar el financiamiento de una guerra a la que se oponen la mayoría de ellos, exigiendo condiciones sobre la conducción de la guerra que el presidente dice que reducirán las posibilidades de éxito de su estrategia.
Esa afirmación, cualquiera sean sus méritos, coloca a los demócratas a la defensiva. No es una posición cómoda, pero es dónde se han colocado ellos mismos, de momento.
Pero es sólo de momento. Este septiembre, cuando según el general David Petraeus, el comandante en Iraq, pueda juzgar si las nuevas tácticas y los casi tres mil soldados adicionales han revertido la ola en su intento de reducir la carnicería en Bagdad, prevalecerán otras fuerzas políticas.
Si tiene éxito y si los iraquíes empiezan el proceso de ajustes políticos que son necesarios para formar un gobierno estable, el presidente estará en una posición mucho mejor para concitar el apoyo doméstico para su causa. Si no, habrá muchos representantes republicanos uniéndose a los demócratas en su demanda de un Plan B que conduzca probablemente a una salida temprana de una parte substancial de las tropas americanas.
De uno u otro modo, en última instancia la opinión pública tendrá que ser escuchada en cuanto a la guerra de Iraq. Es difícil imaginar que los republicanos vayan a las elecciones presidenciales de 2008 con 150 mil soldados norteamericanos que sufren todavía fuertes bajas en Iraq.
Pero si ese fuera el caso, aumentará la probabilidad de que los demócratas ocupen pronto la Casa Blanca, y será su presidente el que ponga fin a la guerra.
Las guerras terminan cuando el pueblo dice que deben terminar. Dwight Eisenhower fue elegido presidente en 1952 con la promesa de poner fin a la Guerra de Corea. En 1968 Richard Nixon fue elegido presidente con la promesa de poner fin a la Guerra de Vietnam. Y si George Bush no lo hace, en 2008 las elecciones las ganará un demócrata con la promesa de que pondrá fin a la Guerra de Iraq.

davidbroder@washpost.com

7 de mayo de 2007
5 de mayo de 2007
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retirada, pero cuándo


[Stuart Gottlieb] Una retirada precipitada en estos momentos espolonearía a una guerra civil sin cuartel.
¿Recuerda Ruanda? Los libros de historia no han tratado con deferencia la pasividad de Estados Unidos cuando más de 800 mil tutsi fueron masacrados por sus compatriotas hutu en la primavera de 1994, después de que un accidente aéreo costara la vida a los presidentes de Ruanda y Burundi.
Ahora, piense en un guión en el que las decisiones y acciones de Estados Unidos fueran las principales razones del hundimiento del país en el caos y la violencia religiosa, y que, sin embargo, en lugar de hacer todo lo posible para evitar una catástrofe humanitaria, Estados Unidos prefiriera alejarse. ¿Qué dirían los libros de historia sobre eso?
Lo sabremos si los líderes demócratas en el congreso lograr hacer aprobar una apresurada retirada de las tropas norteamericanas de Iraq.
La presidente de la Cámara, Nancy Pelosi, y el Líder de la Mayoría del senado, se refirieron a la creciente violencia sectaria entre chiíes y sunníes como la principal justificación para retirar las tropas norteamericanas de Iraq. En una carta conjunta al presidente Bush el mes pasado, instándole a no vetar un proyecto de ley que incluye un calendario de retirada, Pelosi y Reid dijeron que han llegado a la "ineludible conclusión de que las fuerzas norteamericanas no deberían tratar de impedir la guerra civil en Iraq" y que "debería empezar el redespliegue gradual de las fuerzas norteamericanas".
Los demócratas tratan de suavizar este mensaje diciendo que una fecha de retirada fija obligaría al primer ministro iraquí Nouri al-Maliki, como dicen Pelosi y Reid en esa declaración de enero, "a encontrar la solución política que se necesita para estabilizar el país".
Pero estos argumentos son tan falsamente optimistas como la creencia de la Casa Blanca hace cuatro años, de que nuestras tropas serían acogidas como libertadoras. De acuerdo al Grupo bipartidista de Estudio de Iraq, "una retirada norteamericana prematura produciría casi ciertamente mayor violencia sectaria y continuaría el deterioro de la situación". Y el Estimado de Inteligencia Nacional dado a conocer en enero advertía que una retirada inmediata de Estados Unidos probablemente provocaría el colapso de las fuerzas de seguridad iraquíes, junto con "masivas bajas civiles y desplazamientos forzados de población".
Los norteamericanos se sienten comprensiblemente frustrados con la mala conducción de la guerra de parte del gobierno. Y estabilizar Iraq ha resultado ser un reto temible. Pero los demócratas elegidos en noviembre por la promesa de que pondrían fin a la guerra, deberían tener cautela.
La historia observará que los mismos demócratas que apoyaron las intervenciones de Estados Unidos para terminar con las guerras civiles en Bosnia Y Kosovo en los años noventa, ahora proclaman una política de retirada de Iraq, retirada que es probable que cause sufrimientos humanos todavía mayores. Aunque las bajas han sido tremendas -desde que empezara la guerra en marzo de 2003, al menos 75 mil civiles han perdido la vida, según estimaciones de la Brookings Institution-, esta cifra se podría multiplicar por diez o más si estallara una guerra sin cuartel. Ese desarrollo marcaría el toque de defunción del legado de gran parte de la política de relaciones exteriores de los demócratas en los años noventa: "Ruanda, Nunca Más".
La historia también apuntará que aunque el principal culpable sea la Casa Blanca, en octubre de 2002 una abrumadora mayoría bipartidista en la Cámara y en el Senado votaron autorizando esta guerra. Que haya un creciente consenso en ambos partidos en cuanto a que la guerra era un error, no libera a Estados Unidos de su responsabilidad por la actual situación de vacío de poder en Iraq. Retirarse a la cara de una catástrofe humanitaria casi segura, dejaría una mancha negra en la reputación de Estados Unidos y disminuiría durante generaciones su papel en el mundo.
Aquellos que piden una retirada rápida dicen que la guerra ha durado demasiado tiempo y ha costado demasiada sangre y dinero norteamericanos. Pero esas consideraciones deben ser ponderadas en el contexto de todos nuestros intereses en la región.
Más allá de las razones humanitarias para encontrar una estrategia de retirada viable, entre las preocupaciones estratégicas vitales se encuentra prevenir el surgimiento de un estado frustrado en el corazón de Oriente Medio, la creación de un santuario de al Qaeda al occidente de Iraq y refrenar los precios del petróleo, que ha superado los cien dólares por barril.
¿Quiere decir esto que Estados Unidos debería tolerar un interminable sacrificio por lo que muchos ya tienen como una causa perdida? Por supuesto que no. Pero los demócratas no deben simplificar las perspectivas de una retirada indolora como cuando la Casa Blanca exageró las perspectivas de una victoria fácil. Simplemente, lo que se juega tiene demasiado valor.
Este momento exige un liderazgo parlamentario unido para llevar estabilidad a Iraq. Como mínimo, la nueva estrategia contra la resistencia del presidente debe tratar de imponerse, aunque sólo sea para permitir una discusión más deliberativa de las alternativas de una retirada.
En 1998, el presidente Bill Clinton ofreció disculpas a la gente de Ruanda por la incapacidad de Estados Unidos de actuar para impedir la masacre que ocurrió durante su guardia.
Si Iraq es engullido por una guerra civil sin cuartel, habrá muchas más razones por las que pedir perdón en las décadas por venir.

El escritor fue asesor en política exterior demócrata y escritor de discursos en el senado de 1999 a 2003. Dirige el programa de estudios de política exterior en la Universidad de Yale.

16 de abril de 2007
15 de abril de 2007
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