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opinión

el gran enemistador


Bush ha utilizado siempre la política del temor, del odio y de la división.
Mientras el presidente Bush se lanza a los últimos días de una campaña electoral particularmente sucia, ha convertido en hábito un conjunto de conductas desagradables. Como no puede defender el mundo real creado por sus políticas y decisiones, Bush se ha inventado un mundo de fantasía en el que hacer campaña sobre temas falsos contra enemigos inventados.
En el mundo de Bush, Estados Unidos está haciendo progresos reales en Iraq. En el mundo real, como informó ayer Michael Gordon en el Times, el índice que usan los generales para estudiar los desarrollos muestra un inexorable deslizamiento hacia el caos. En el mundo de Bush, su gobierno marcha hombro con hombro con los funcionarios iraquíes dedicados a la democracia y a evitar la guerra civil. En el mundo real, el primer ministro de Iraq ordenó el retiro de los puestos de control estadounidenses en Bagdad y ampara a las milicias religiosas que están cercenando y repartiéndose el país.
En el mundo de Bush hay sólo dos tipos de norteamericanos: los que están contra el terrorismo, y los que de algún modo lo aprueban. Algunos estadounidenses quieren ganar en Iraq, y otros no. Hay estadounidenses que apoyan a las tropas y estadounidenses que no apoyan a las tropas. Y en el origen de esta visión del mundo se encuentra una fantasía espantosamente perniciosa de que hay un abismo entre los americanos que aman a su país y los otros que cuestionan a su presidente.
Bush ha estado machacando sobre estos temas divisivos en todo el país, defendiendo el otro día la ridícula idea de que si los demócratas se hacen con el control de incluso una cámara en el parlamento, Estados Unidos perderá y los terroristas ganarán. Pero tocó tierra repugnantemente cuando decidió distorsionar una sosa broma que hizo el senador John Kerry de Massachusetts. Kerry advirtió a los estudiantes universitarios que el castigo por no aprender las lecciones sería "quedarse estancados en Iraq". En el contexto, obviamente era un intento de ridiculizar la inteligencia de Bush. Es poco político y poco elegante, pero no es tan feo como la respuesta de Bush. Sabiendo perfectamente qué quería decir Kerry, el presidente y su equipo pusieron el grito en el cielo afirmando que el senador estaba despreciando a las tropas. Fue una deprimente repetición del modo en que la campaña de Bush de 2004 llevó a creer a los americanos que Kerry, que sí fue a la guerra, era un cobarde y que Bush, que se quedó en casa, era un héroe.
No sorprende en absoluto que Bush se ponga de este modo agresivo en camino, tratando de conservar el control del congreso por su partido y, por extensión, sus dos últimos años en el cargo. Y no somos suficientemente ingenuos como para creer que los dos partidos han estado haciendo campañas positivas concentrados en los problemas.
Pero cuando los candidatos para funciones menos importantes acusan a sus rivales de ser amigos de Osama bin Laden, o tratan de convertir una metida de patas sin importancia en un delito grave, es simplemente deprimente. Cuando el presidente de Estados Unidos se baña alegremente en el estiércol para dividir a los estadounidenses entre los que aman a su país y los que no, es destructivo para la cohesión del país que se supone que debe dirigir.
No es la primera vez que Bush ha utilizado la política del temor, del odio y de la división; si ha perdido una oportunidad de ondear la ensangrentada bandera del 11 de septiembre de 2001, no lo recordamos. Pero las últimas pataletas del presidente Bush van más allá de eso. Nos dejan preguntándonos si acaso el presidente está dispuesto o si es capaz de hacer espacio para el bipartidismo, el compromiso y el arte de gobernar en los dos años que le quedan.

2 de noviembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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cómo parar a corea del norte


[Charles Krauthammer] Con Corea del Norte ya se pasó la etapa de la disuasión.
"La posición de este país es que todo misil nuclear lanzado desde Cuba contra cualquier otro país en el hemisferio occidental será considerado como un ataque de la Unión Soviética contra Estados Unidos, y será respondido con un ataque total contra la Unión Soviética". [Presidente John F. Kennedy, 22 de octubre de 1962]
Eso se llama disuasión.
Kennedy estaba prometiendo que si se lanzaban armas nucleares desde Cuba, Estados Unidos ni siquiera se molestaría en tomar represalias contra Cuba, sino que atacaría directamente a la fuente y provocaría el apocalipsis en Rusia con un ataque nuclear masivo.
Lo extraordinario de este tipo de amenazas es que en 1962 era muy verosímil. En realidad, la verosimilitud mantuvo la paz durante el medio siglo que duró la Guerra Fría.
La disuasión es lo que haces cuando no tienes otro modo de desarmar a tu enemigo. No lo puedes despojar de sus armas, pero puedes impedir que las use. Hace tiempo que llegamos a esa fase con Corea del Norte.
Todo el mundo ha tratado de idear una estrategia para desarmar a Corea del Norte. No lo hará voluntariamente. Kim Jong Il no renunciará a sus armas nucleares. El único modo de desarmar al régimen es destruyéndolo. China lo podría hacer con las sanciones, pero no lo hará. Estados Unidos tampoco quiere tener una segunda Guerra de Corea.
Así que no nos queda otra cosa que la disuasión. De ahí que la ruda entrada de Corea del Norte en el club nuclear esta semana nos evoque la crisis de los misiles cubanos. Estados Unidos tuvo que definir inmediatamente sus umbrales de disuasión. El presidente Bush definió dos.
Uno, para impedir un ataque directo contra nuestros aliados en la región, fue franco, aunque blando: "He reafirmado a nuestros aliados en la región, incluyendo a Corea del Sur y Japón", dijo el presidente en una declaración por televisión nacional, "que Estados Unidos cumplirá con todos sus compromisos de seguridad y disuasión". Se entiende que las décadas de paraguas nuclear norteamericano en la costa del Pacífico nos obliga a atacar a Corea del Norte -presumiblemente con una represalia nuclear del mismo tipo- si este país atacara primero a nuestros aliados.
Son asuntos espeluznantes, pero normales en la era nuclear. Lo duro es el segundo umbral que trató de definir Bush: la disuasión de la proliferación.
Estamos en una época mucho más complicada que la de Kennedy, porque su gran crisis ocurrió antes de la era del terrorismo. El mundo de 1962 todavía era tecnológica e ideológicamente primitivo: El arsenal nuclear en miniatura no se había inventado todavía, ni tampoco el terrorismo internacional moderno. Yasser Arafat y la Organización para la Liberación de Palestina dio ese regalo al mundo una década después, con su perfeccionamiento de los secuestros de aviones de pasajeros.
Desde entonces el terrorismo ha ganado popularidad, ambiciones y peligro. Sus practicantes están en el mercado de armas nucleares. Corea del Norte no tiene mucho que vender.
De ahí el intento de Bush de definir una segunda forma de disuasión: "La transferencia de armas o materiales nucleares de parte de Corea del Norte a otros estados o entidades no estatales será considerada como una grave amenaza para Estados Unidos, y Corea del Norte será la única responsable de las consecuencias de un acto de ese tipo".
Es un primer borrador, y no está mal, pero podría usar algo de la claridad de Kennedy. La frase "la única responsable" no inspira temor exactamente, ya que ha sido utilizada abundantemente por varios gobiernos en advertencias tanto a terroristas como a estados parias -después de lo cual no hicimos absolutamente nada. Una mejor formulación podría ser la siguiente:
Dado que no existe ninguna otra potencia tan flagrantemente en violación de sus obligaciones nucleares, sería asunto de este país considerar cualquier detonación de explosivos en territorio de Estados Unidos o de sus aliados como un ataque de Corea del Norte contra Estados Unidos, que desencadenaría una respuesta total en represalia contra Corea del Norte.
Así es como se impide que Kim Jong Il se dedique a la proliferación. Hay que hacerle entender que su supervivencia será un rehén de las acciones de cualquier grupo terrorista al que haya vendido sus armas. Toda explosión terrorista será considerada con domicilio conocido. Estados Unidos podría entonces devolver la encomienda. La automaticidad de este tipo concentra la mente.
Sin embargo, esta postura tiene una pega. Sólo funciona en un mundo donde no hay más que un solo estado paria. Una vez que ese club sea integrado por dos, la posición se evapora, porque un atentado nuclear terrorista no tendría automáticamente una única dirección adonde devolverlo.
Y esta es otra de las razones por las que es tan importante impedir que Irán adquiera armas nucleares. Con Corea del Norte no hay vuelta atrás. Pero Irán no llega todavía a ese punto. Un país paria es tolerable porque se le puede llamar a rendir cuentas. Dos estados parias hacen caducar la disuasión y con ello convierten en inevitable el terrorismo nuclear.

letters@charleskrauthammer.com
13 de octubre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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hora clave para chile


[Patricia Verdugo] ¿Habrá otro conejo en el sombrero para salvar la amnistía con que Pinochet se perdonó a sí mismo? Los defensores de derechos humanos nos declaramos en estado de alerta máxima.
Las familias de las víctimas pusimos la esperanza en una pequeña frase del programa de la Concertación que, en 1989, prometía derogar o anular la amnistía. Ni siquiera reparamos en que esa duda -derogar o anular- anunciaba la mentira. Porque lo cierto es que quienes negociaron la transición con la dictadura sabían que sería una promesa incumplida. Que la "justicia en la medida de lo posible" -frase de Aylwin- no incluía siquiera discutir el decreto dictado por Pinochet para encubrir sus crímenes.
Nos dijeron los parlamentarios de la Concertación -durante los gobiernos de Aylwin y de Frei- que no presentaban un proyecto porque iban perdidos. No tenían mayoría en el senado por causa de los senadores designados. Era cierto. Pedimos que el proyecto se aprobara en la Cámara de Diputados –donde sí tenían mayoría- y se obligara al pinochetismo a enfrentar el tema en el senado. Argumentaron entonces que no tenía sentido hacer actos "testimoniales" condenados al fracaso.
La verdad ‘dura' era que Pinochet seguía siendo el jefe del ejército, que retuvo una alta cuota de poder hasta marzo de 1998 y que negociaba con la pistola sobre la mesa. Dos veces amenazó con golpe de estado. Hasta el presidente Frei se vio obligado por ‘razones de Estado' a retirar la acusación del Consejo de Defensa del Estado cuando pillamos in fraganti a Pinochet con sus ‘pinocheques' millonarios. Firmaba el padre en favor del hijo por la compra de armas. Olvidar el episodio fue la orden de la transición consensuada. Y eso fue lo de menos. En una democracia, Pinochet no habría podido reírse de nuestros muertos -aparecidos en el Patio 29 del cementerio- diciendo que fue muy ‘económico' enterrar clandestinamente de a tres o cuatro por tumba. En una democracia eso le cuesta el puesto en dos segundos. Pero hasta el general director de Carabineros se dio el lujo de desafiar al Presidente Frei, negándose a abandonar su puesto cuando un juez lo acusó como cómplice encubridor del bárbaro degüello de tres comunistas.
La verdad ‘dura' es que la transición necesitaba que todos sonrieran, olvidaran el pasado y bailaran felices el vals del consenso. Clima apropiado para que Pinochet se sacara el uniforme y se vistiera con las galas de senador vitalicio. Días antes, el ministro de Defensa le colgó al cuello una medalla, agradeciéndole su acción a favor de la democracia (¡!) y el ejército lo designó "padre benemérito de la patria". Si no es por obra y gracia de la justicia española, habríamos tenido a Pinochet en el senado hasta marzo de 2006. O, peor aún, hasta ahora. Porque si él hubiese estado entre los senadores vitalicios, quizás la derecha no acepta terminar con designados y vitalicios en la cámara alta. ¡Qué afrenta para el ‘tata'!
Uno de los episodios más dolorosos del espurio pacto ocurrió a fines de marzo de 2000. Acababa de regresar Pinochet de su arresto en Londres. Los parlamentarios se reunieron de emergencia -un día sábado- y aprobaron una ley que protegía con fuero y ‘dieta' a los ex presidentes de la República. Adujeron, en privado, que Aylwin necesitaba un sueldo de por vida. Todos sabíamos que el objetivo era Pinochet.
Chile se había comprometido ante el mundo a juzgarlo. Las pruebas, en el caso Caravana de la Muerte, eran de tal peso que el ex dictador no tenía salida. Sería desaforado, sometido a juicio y condenado. La solución estuvo en su supuesta frágil salud. Pinochet fue al Hospital Militar varias veces para acentuar el cuadro de máxima emergencia, hasta conseguir la impunidad por la vía de la ‘demencia sub-cortical'. El episodio culminó con Pinochet renunciando al Senado para acogerse al nuevo estatuto de ex presidentes con fuero y dieta extra de por vida. Hubo un plus para mitigar el herido orgullo del ex dictador. El día que lo declararon demente, lo fue a visitar el presidente del Senado -Andrés Zaldívar- y a la salida comunicó al país que había tenido una conversación lucida con Pinochet. Fue como echar jugo de limón sobre nuestra herida abierta… peor que el episodio en que se levantó muy orondo de su silla de ruedas en la pista del aeropuerto.
Y todo habría seguido así, realismo trágico de Chile, si no fuera por el Senado de Estados Unidos. Los congresistas descubrieron las cuentas secretas de Pinochet y emitieron un sólido informe en julio de 2004. El ‘demente' tenía una hábil cordura para traspasar millones de dólares de un banco a otro y abrir nuevas cuentas con nombres falsos, utilizando a toda su familia. Inolvidable el día de su declaración pública en 2005: "Asumo toda la responsabilidad (…) y niego toda participación que en ellos pueda corresponder a mi cónyuge, mis hijos y mis colaboradores más próximos" y "si a alguien quieren encarcelar, enjuiciando a una parte de la historia de Chile, que sea a mí y no a personas inocentes".
Más claro, echarle agua. Estaba cuerdo. Y las cortes comenzaron a aprobar los nuevos desafueros y los jueces, a realizar los primeros interrogatorios. A octubre de 2006, sólo en un caso ha sido sometido a proceso por catorce víctimas de la Operación Colombo que cobró más de un centenar de vidas. Ningún juez se ha atrevido hasta ahora a dictar acusaciones y menos a condenarlo. Y ningún parlamentario enarboló antes la bandera de "anular o derogar la amnistía", pese a contar la Concertación con mayoría en ambas cámaras desde el 11 de marzo de 2006.
Pero la memoria es porfiada y nuestros fantasmas, perseverantes. Ahora fue un profesor de la ciudad de Rancagua, comunista, asesinado por carabineros en 1973, quien se encargó de abrirnos otra puerta. El caso de Luis Almonacid tuvo en la Corte Interamericana de Derechos Humanos un fallo muy claro: "no puede amnistiarse conforme a las reglas básicas del derecho internacional, porque es un crimen de lesa humanidad". Y la presidenta Bachelet se comprometió a acatar el fallo.
Se ha desatado un invisible vendaval que bate puertas y ventanas en La Moneda, en las fuerzas armadas, en los partidos de la derecha y entre los poderosos empresarios. ¿Habrá otro conejo en el sombrero para salvar la amnistía con que Pinochet se perdonó a sí mismo? Los defensores de derechos humanos nos declaramos en estado de alerta máxima. Yo pondría frente al Palacio de los Tribunales de Chile un gran lienzo con la frase del libertador Simón Bolívar: "La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos. Sin fuerza no hay virtud. Y sin virtud perece la República'".

23 de octubre de 2006
©la nación
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peligroso nuevo orden


Estados Unidos se desliza hacia una peligrosa forma de tiranía moderna.
Firmada por el presidente Bush la nueva ley sobre los tribunales militares, funcionarios de gobierno y líderes republicanos en el congreso no han perdido el tiempo para dar a probar a los estadounidenses una dosis del nuevo orden creado por esta ley inconstitucional.
En cuestión de horas, los abogados del ministerio de Justicia notificaron a los tribunales federales que ya no tenían autoridad para oír demandas pendientes presentadas por los abogados a nombre de los reclusos de la colonia penal de Bahía Guantánamo. Citaron pasajes de la ley que suspenden el fundamental principio de habeas corpus, convirtiendo a Bush en el primer presidente desde la Guerra Civil en dar ese paso contra la democracia.
No satisfecho con ganar la votación, Dennis Hastert, el presidente de la cámara, emitió rápidamente una declaración acusando a los demócratas que se opusieron a la Ley de Comisiones Militares de 2006 de "preferir su programa liberal por encima de la seguridad de Estados Unidos". Dijo que los demócratas "miman a los terroristas que quieren acabar con la vida de estadounidenses inocentes" y quieren crear "nuevos derechos para los terroristas".
Este sin sentido es parte de la estrategia de los republicanos de asustar a los norteamericanos en época de elecciones. Ningún demócrata está mimando a los terroristas ni dándoles nuevos derechos. Las enmiendas de los demócratas al proyecto de ley buscan proteger el derecho de todo el mundo a un juicio justo, al mismo tiempo que proporciona medios jurídicos para perseguir a los terroristas.
Los norteamericanos no enteraremos de más cosas antes de las elecciones. También nos enteraremos de que Bush tiene finalmente el poder de llevar a justicia al puñado de hombres que son responsables de los atentados del 11 de septiembre de 2001. La verdad es que Bush podría haber hecho eso hace mucho tiempo, pero prefirió encerrarlos ilegalmente en campos secretos de la CIA para extraerles información. Los envió a Guantánamo sólo para empujar al congreso a aprobar precipitadamente la nueva ley.
Los alrededor de sesenta hombres en Guantánamo que serán procesados por los tribunales -de un total de unos 450 reclusos- pudieron haber sido juzgados hace años si Bush no hubiese rechazado los esfuerzos del congreso de instituir tribunales adecuados. Impuso un sistema de tribunales ilegales que dicen más sobre sus crecientes poderes que sobre la guerra contra el terrorismo.
Mientras los republicanos pretenden que esta ley hará más seguro a Estados Unidos, seamos claros sobre los verdaderos peligros. Instala un sistema de justicia separado para todos los extranjeros que Bush decida llamar ‘combatiente enemigo ilegal'. Instala obstáculos insuperables para los prisioneros que quieran impugnar sus detenciones. No exige que el gobierno libere a los prisioneros que no están siendo acusados, ni a prisioneros que han sido exonerados por los tribunales.
La ley no se aplica a ciudadanos norteamericanos, pero sí se aplica a otros residentes legales en Estados Unidos. Y astilla los fundamentos del poder judicial de modos que los norteamericanos encuentran amenazadores. Aumenta el daño a la reputación del país y, al rechazar las fundamentales garantías de las Convenciones de Ginebra, aumenta innecesariamente el peligro para todo soldado norteamericano capturado en combate.
En el corto plazo, los votantes verán a través de la neblina creada por la campaña republicana. Serán los tribunales lo que deberán reparar el daño que ha causado esta ley a la constitución.

19 de octubre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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rumores de golpe en iraq


[David Ignatius] Una solución para Iraq se puede encontrar en un acuerdo para una serie de problemas regionales en Oriente Medio.

Mientras durante el mes pasado se deterioraba la situación de la seguridad en Bagdad, se escucharon frecuentes rumores, entre políticos, sobre un ‘gobierno de salvación nacional' -un golpe, de hecho- que impondría la ley marcial en todo el país. Estos rumores son probablemente poco realistas, pero ilustran la creciente desesperación entre los iraquíes a medida que el país se desliza más profundamente hacia una guerra civil.
Los rumores de golpe provienen de varias direcciones. Oficiales norteamericanos han recibido informes de que un prominente político sunní, Saleh al-Mutlak, visitó capitales árabes durante el verano y fomentó la idea de un gobierno de salvación nacional, sugiriendo, erróneamente, que contaría con el apoyo norteamericano. Entretanto, altos funcionarios del servicio de inteligencia iraquí han discutido un plan según el cual el primer ministro Nouri al-Maliki renunciaría a favor de una comisión gobernante de cinco hombres que desbandaría el parlamento, declararía la ley marcial y reintegraría a algunos oficiales del viejo ejército iraquí.
La frustración con el gobierno del chií al-Maliki es más intensa entre la minoría sunní de Iraq, que era el grupo dominante durante el viejo régimen de Saddam Hussein. Pero a medida que arrecia la violencia religiosa, la desilusión también se ha extendido entre importantes políticos chiíes y kurdos. Se dice que algunos respaldan la formación de una comisión tipo junta de gobierno, que representaría a las principales facciones del país e incluiría al ex primer ministro interino Ayad Allawi -todavía visto por algunos iraquíes como un potencial ‘hombre fuerte' que impediría que el país se deslice hacia el abismo.
La situación se está deteriorando tan rápidamente que se dice que incluso los jefes de las milicias radicales se quejan de la anarquía. Moqtada al-Sáder, un provocador chií que encabeza la milicia conocida como el Ejército Mahdi, dijo hace poco a altos funcionarios del servicio de inteligencia iraquí que "un creciente número de escuadrones de la muerte chiíes, que operan bajo el nombre de su Ejército Mahdi, son pasdaran [guardias revolucionarios] iraníes, y personal y combatientes de Hezbolla, que están realizando operaciones de las que no está consciente ni puede controlar", de acuerdo a una fuente estadounidense.
Funcionarios del gobierno de Bush se rompen la cabeza pensando en por qué se han extendido esos rumores en Bagdad. Una razón es que los iraquíes recuerdan la historia de los golpes en el país, incluyendo el golpe de 1958 que derrocó a la monarquía y el que en 1968 llevó al Partido Baaz al poder. Otra explicación es la creciente frustración norteamericana con Maliki y la percepción en Iraq de que se la fijado una fecha límite para terminar con las milicias. Finalmente, los rumores pueden reflejar los actuales intentos de Estados Unidos se acercarse a los antiguos líderes baazistas e insurgentes para estabilizar el país.
La idea en Bagdad, como en Washington, es que Iraq se está acercando a un punto de ruptura y que algo tiene que ceder. ¿Pero qué? Cuando dejas a un lado la retórica de ‘mantener el curso', las mejores esperanzas del gobierno de Bush se centran aparentemente en una solución federal para Iraq en la que el gobierno central devuelve el poder a las regiones kurdas, chiíes y sunníes; los ingresos por el petróleo se reparten equitativamente; el ejército iraquí mantiene el orden en zonas conflictivas, como Bagdad; y las fuerzas norteamericanas se retiran gradualmente.
El mayor problema con esa estrategia es que dejaría al Triángulo Sunní como una zona anárquica desde la que los terroristas podrían operar libremente. Oficiales norteamericanos se sintieron esperanzados por una cumbre de líderes tribales sunníes en Bagdad el fin de semana pasado que podrían contener a las fuerzas de al-Qaeda en la región. Pero esas estrategias tribales han fracasado en el pasado.
En los próximos meses habrá dos oportunidades para una diplomacia creativa que podría empezar el proceso de una ordenada retirada norteamericana. La primera es la fecha cierre de diciembre para la renovación legal del mandato de Naciones Unidas para las fuerzas de la coalición en Iraq. Maliki ha estado presionando para obtener la aprobación parlamentaria iraquí para continuar la ocupación, sabiendo que en la situación actual eso puede ser explosivo. Pero paradójicamente el tema proporciona una valiosa posibilidad para una negociación estadounidense-iraquí para un calendario gradual de reducción de las fuerzas estadounidenses y para cerrar algunas bases norteamericanas. Esa discusión conviene a todo el mundo.
La segunda oportunidad es la misión cuasi oficial del ex secretario de estado James A. Baker III, que co-preside el Grupo de Estudio de Iraq formado por el Instituto de la Paz estadounidense. Baker cree en el diálogo con todo el mundo, y su equipo se reunió hace poco con el ministro de relaciones exteriores de Siria, Walid al-Moaulem, y con el embajador iraní ante Naciones Unidas, Javad Zarif, para discutir ideas para estabilizar Iraq. Aunque los rumores en los pasillos en Washington tienen a Baker recomendando alguna forma de ‘federalismo' para Iraq, sospecho que él se moverá en otra dirección. Como arquitecto de la conferencia de paz de Madrid en 1991, entiende que la mejor posibilidad de una solución para estabilizar Iraq es que sea parte de un acuerdo más amplio a problemas de Oriente Medio. Esa es una estrategia de retirada ambiciosa, pero puede ser la más realista.

isdavidignatius@washpost.com

13 de octubre de 2006
©washington post
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las falsas opciones de bush


No importa cuántas veces lo diga, "pelear allá" no impide los ataques aquí.
En su rueda de prensa el miércoles, el presidente Bush expresó no una, sino tres veces su creencia de que si Estados Unidos no derrota a los terroristas "allá" en Iraq, tendrá que luchar contra ellos aquí en Estados Unidos. Esta cruda formulación es fastidiosa e insultante para la inteligencia de los estadounidenses.
"Creo firmemente que el pueblo norteamericano entiende que esta es una guerra diferente a otras porque en esta guerra, si nos retiramos prematuramente, antes de terminar el trabajo, el enemigo nos seguirá hasta aquí", dijo Bush. Esto conjura inverosímiles imágenes de escuadrones de la muerte chiíes e insurgentes sunníes metiendo en sus mochilas manuales terroristas para hacer bombas y reservando vuelos al Aeropuerto Internacional de Los Angeles mientras las tropas estadounidenses abandonan Bagdad.
Hay buenas razones para no retirarse de Iraq apresuradamente. Pero la afirmación de Bush de que el ataque es la mejor defensa socava su propia credibilidad.
Con el gobierno de ‘unidad' de Iraq peligrosamente fragmentado, el riesgo de que el país se vea pronto engullido en una guerra declarada entre grupos sunníes, chiíes y kurdos sigue siendo alto, incluso si se quedan las tropas norteamericanas. Si se marchan demasiado pronto, dejando atrás un gobierno inestable incapaz de mantener la paz siquiera en Bagdad, se desataría una cruenta guerra religiosa por el territorio, el petróleo y el poder. Irán, Turquía y otros vecinos se verían enredados en una conflagración encima de la cuarta reserva de petróleo del mundo.
El día que Estados Unidos anuncie su retirada, perderá gran parte de su influencia para tratar de vincular a los vecinos de Iraq en un acuerdo de seguridad que podría contribuir a evitar ese resultado. Washington necesitará todas sus averiadas tretas diplomáticas para escabullirse de tal modo que no se exacerbe el derramamiento de sangre y la inestabilidad. Es una pena, a este respecto, que el ex ministro de relaciones exteriores y consejero familiar de Bush, James A. Baker III, declarara que no hará públicas las recomendaciones de su Grupo de Estudio de Iraq sino después de las elecciones de noviembre.
Bush tiene razón al decir que al Qaeda alardearía sobre la ‘derrota' norteamericana en Iraq. En realidad, seguramente los elementos antinorteamericanos en todo el mundo se alegrarían enormemente con una humillación de Estados Unidos. Pero su ecuación de retirada con derrota, de dejar a los iraquíes entregados a sus propios asuntos con entregar la victoria a los terroristas, es extremadamente simplista. Tarde o temprano, los militares norteamericanos dejarán Iraq. Un debate nacional sobrio y reflexivo podría iluminar cómo hacerlo mejor.
La deliberada repetición de un bulo descarado justo antes de una elección no contribuye a este debate reflexivo. En realidad, la formulación de Bush podría conducir a un falso sentimiento de complacencia. Luchar contra los terroristas ‘allá' no nos hace necesariamente más seguros ‘acá'. Esto no quiere decir que no haya ninguna relación entre el destino de Iraq y la amenaza del terrorismo contra Estados Unidos. Pero la relación no es tan simplista como la describe el presidente. Pretender que estos dos temas son parte del mismo problema los trivializa a ambos.

12 de octubre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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traición y propaganda enemiga


[Eugene Volokh] Acusar al estadounidense Adam Gadahn por conspirar con al Qaeda puede ser una tarea difícil para los agentes federales.
Un ciudadano estadounidense transmite propaganda para el enemigo, con la intención de ayudar a la derrota de Estados Unidos. El gobierno acusa al ciudadano de traición. Esa es la historia sobre Adam Gadahn que venía en los diarios del jueves -pero es también la historia de Tokyo Rose, Axis Sally y otros estadounidenses después de la Segunda Guerra Mundial.
Gadahn, que se crió en el condado de Orange, se ha convertido en un portavoz de al Qaeda, haciendo videos donde se llama a los soldados estadounidenses a desertar y se alienta a otros a unirse a al Qaeda. Del mismo modo, hace sesenta años, varios ciudadanos norteamericanos ayudaron a Axis a producir programas radiales con el fin de minar la moral de los soldados estadounidenses. Fueron procesados por traición y condenados.
El más famoso, que estuvo asociado a las transmisiones de Tokyo Rose, fue más tarde exonerado y finalmente indultado, pero el principio legal establecido en esos casos se mantuvo. En palabras de un tribunal, "colaborar con el enemigo en la realización de un programa de guerra psicológica diseñado... para socavar la capacidad bélica de Estados Unidos" -incluso si el programa es un fracaso- puede ser considerado traición.
El caso contra Gadahn parece sólido. La constitución define la traición estrechamente, como "librar una Guerra contra Estados Unidos, o adherir a sus Enemigos, proporcionándoles Ayuda y Auxilio"; los tribunales dejaron en claro que "adherir" al enemigo significa colaborar conscientemente con la causa del enemigo. Pero Gadahn satisface esta definición estrecha. Debido a que la propaganda ha sido durante largo tiempo una herramienta bélica, conspirar con el enemigo para ayudarlo a reclutar o desmoralizar es igual de punible que ayudarlo a construir una bomba.
Además, este principio se aplica a la guerra contra al Qaeda tanto como a la guerra contra el Eje. Las leyes norteamericanas han reconocido hace mucho tiempo que la guerra puede no ser solamente una guerra de unas naciones contra otras, sino conflictos entre grupos armados, tales como rebeldes internos o tribus indias. La guerra con una organización terrorista transnacional -especialmente una que también colabora con los restos de los antiguos regímenes afgano e iraquí- también es una guerra.
La traición puede ocurrir incluso en guerras que no son declaradas oficialmente (como en la Guerra Civil o en la Guerra de Corea) y, de cualquier modo, la Autorización para el Uso de Fuerza Militar que el congreso aprobó después del 11 de septiembre de 2001, cuenta como declaración de guerra, como ha afirmado el senador Joseph R. Biden Jr. (demócrata de Delaware), que redactó la autorización.
Algunos han argumentado que la Primera Enmienda protege incluso la propaganda a favor del enemigo, y es verdad que la constitución en general protege las expresiones de hostilidad hacia Estados Unidos -incluso las destinadas a bajar la moral y a ayudar a nuestros enemigos. Sólo la apología que tiene como fin y es probable que cause inminentemente una conducta ilícita -no solamente la deserción o la traición en el futuro- es por lo general punible.
Pero Gadahn, como los propagandistas de los años cuarenta, no está solamente siendo procesado por expresar sus opiniones personales. Está acusado de haber participado en una conspiración con nuestros enemigos, una conspiración en la que el enemigo trata de matar a estadounidenses y Gadahn actúa como una herramienta del enemigo. Como lo dijo un tribunal de después de la Segunda Guerra Mundial, "Relacionarse con el enemigo" -en el sentido de estrecha colaboración, antes que solamente la expresión autónoma de simpatía- "cae completamente fuera de la protección de la Primera Enmienda".
Sin embargo, el gobierno puede tener dificultades de procedimiento con este caso. Es difícil probar la traición para la constitución: "Ninguna Persona será condenada por Traición a menos que se cuente con el Testimonio de dos Testigos del mismo Acto, o de una Confesión en un Tribunal abierto". Para condenar a Gadahn, el gobierno debe aprehender no solamente a él sino a dos testigos que puedan confirmar su participación en los videos, a menos que lo puedan convencer a él de que confiese ante un tribunal abierto. Con solo introducir los videos no será probablemente suficiente, porque la constitución exige testigos, no solamente evidencias tangibles o la declaración de personas que hayan visto videos suyos haciendo mensajes propagandísticos después del hecho.
Quizás un tribunal pueda concluir que, del mismo modo que las referencias de la constitución a "discurso" y "prensa" han sido interpretadas para incluir películas e internet, y del mismo modo que la autorización del documento de "Ejércitos" y "Marina" ha sido interpretada incluyendo a la fuerza aérea, la exigencia de "Testigos" debería adaptarse a la luz de los cambios tecnológicos para incluir a gente que haya visto el delito en video. Adaptar el texto constitucional a la luz de los cambios tecnológicos -en contraste con cambios sociales o ideológicos- es una técnica ampliamente aceptada, incluso entre jueces que normalmente se concentran en la significación original de la constitución.
Sin embargo, la facilidad con que los videos pueden ser adulterados, aconseja interpretar "Testigos" de modo estricto, y si se interpreta de este modo el término, el procesamiento de la traición exigirá testigos que hayan visto personalmente a Gadhan trabajando en la campaña propagandística.
Incluso si el gobierno no puede producir dos testigos, Gadhan todavía puede ser procesado por otro cargo: proporcionar apoyo material a los terroristas. Probar esta segunda acusación requiere solamente la prueba normal que resista la prueba de que esté más allá de toda duda razonable, sin necesidad de testigos directos. Pero los redactores de la constitución hicieron que la acusación de traición fuera deliberadamente difícil de probar, que debe ser la razón por la que nadie ha sido acusado de este delito en los últimos cincuenta años.

Eugene Volokh es profesor de derecho constitucional en la UCLA.

14 de octubre de 2006

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manifiesto contra los extremos


[Cathy Young] Manifiesto liberal para los que rechazan las posiciones extremistas.
El ambiente político de hoy no es un lugar amistoso para la gente que no ve el mundo en rígidas categorías en blanco y negro -gente que, por ejemplo, condena fuertemente las violaciones a los derechos humanos de los sospechosos de terrorismo bajo custodia norteamericana, pero que también rechaza enérgicamente la mentalidad que tiene a Estados Unidos como el principal perpetrador de abusos a los derechos humanos hoy en el mundo. Ahora, algunos de esos sin-techo políticos están construyendo una casa propia, conocida como el Manifiesto de Euston.
El manifiesto, que se puede consultar en eustonmanifest.org fue redactado por un grupo de universitarios, periodistas y activistas británicos encabezados por Norman Geras, profesor emérito de ciencias políticas de la Universidad de Manchester. En septiembre, un grupo de partidarios estadounidenses del manifiesto sacaron su propia declaración, ‘El liberalismo estadounidense y el manifiesto de Euston'.
Los firmantes son verdaderamente un grupo variado. Unos pocos, como el académico Michael Leeden, del American Enterprise Institute, podrían ser descritos como conservadores. Otros, especialmente Martin Peretz, editor jefe de The New Republic, son conocidos ‘halcones liberales' y tienen la reputación de ser demócratas del ala derecha. Muchos otros son liberales; el profesor emérito y sociólogo de Harvard, Daniel Bell; el presidente del Progressive Policy Institute, Will Marshall, fundador del Democratic Leadership Council; el reputado psiquiatra Walter Reich; la profesora de derecho y feminista y profesora de la Universidad de Nueva York, Cynthia Fuchs Epstein.
Los firmantes del Manifiesto de Euston, estadounidenses y de otras nacionalidades, enfatizan que en algunos temas claves de política exterior, como la intervención militar en Iraq, no existe consenso entre ellos. Lo que los reúne es el compromiso con los valores liberales en el sentido más amplio de la palabra -y la convicción de que estos valores deben ser defendidos de la grave amenaza que representa el terrorismo de los extremistas musulmanes.
La declaración estadounidense compara explícitamente la situación de hoy con la Guerra Fría. Entonces, como hoy, muchos de la izquierda consideraban el uso del poder norteamericano como inmoral y veían a los dos lados del conflicto global como moralmente equivalentes, rechazando la idea de que las democracias occidentales estaban luchando contra el mal.
Liberales de la Guerra Fría, como Harry Truman, observa la declaración, lucharon exitosamente contra el totalitarismo tanto de izquierdas como de derechas, lo que condujo finalmente a la derrota del nazismo y del comunismo: "El reto moral y político clave en las relaciones internacionales de nuestra época proviene del islam radical y de los terroristas yihadistas que ha desatado".
Los firmantes estadounidenses critican duramente al gobierno de Bush, observando que "el presidente Bush no aprovechó el momento después del 11 de septiembre de 2001 para reducir el cisma político. Antes que gobernar desde el centro, ha gobernado desde la derecha en cuanto a impuestos, política energética, calentamiento global, seguridad social, el rol de la religión y problemas relacionados con la guerra de las culturas".
También deploran la conducción de la guerra contra el terrorismo: "Reconocemos que en la conducción de la guerra, el gobierno de Bush ha errado escandalosamente -en Abu Ghraib, en Guantánamo y otros lugares- y ha socavado los valores mismos por los que se libró y ganó esta guerra. La tolerancia de la tortura o la ambigüedad sobre la aplicación de las Convenciones de Ginebra es a la vez errónea y contraproducente".
Sin embargo, la declaración también contiene duras palabras para los liberales que "siguen concentrándose más en las fechorías y errores de nuestro propio gobierno en Iraq que en las atrocidades de los extremistas musulmanes". Y argumenta muy convincentemente que "la indignación con el gobierno de Bush, por justificada que sea, no debería disminuir la oposición total al yihadismo". El manifiesto original, aunque critica los abusos norteamericanos, también condena "el antinorteamericanismo que ahora infecta gran parte del liberalismo de izquierdas (y a parte del conservadurismo). La declaración estadounidense hace lo mismo, deplorando la postura antinorteamericana como un "prejuicio bajo y viciada".
Indudablemente, tanto conservadores como liberales no podrían estar de acuerdo con todo el manifiesto y la declaración estadounidense. Como conservadora y libertaria, en temas como los impuestos y la seguridad social estoy más cerca de Bush que de los firmantes de Euston, y no respaldo la propuesta de la declaración estadounidense de imponer un impuesto nacional a la gasolina. Pero esos son temas sobre los cuales la gente honorable e inteligente puede estar en desacuerdo.
¿Tendrá una declaración de un grupo de académicos y periodistas impacto político?
Sólo el tiempo lo dirá. Muchos movimientos influyentes han empezado siendo pequeños. En el discurso político de hoy se necesita urgentemente un liberalismo que defienda los valores fundamentales de la civilización occidental, y que los reconozca como merecedores de ser defendidos. Sería bueno ver un movimiento similar en la derecha: por un conservadurismo que defienda el mercado libre, la separación de iglesia y estado, y un gobierno limitado que sea a la vez fuerte en defensa nacional y en derechos civiles.

9 de octubre de 2006
©boston globe
©traducción mQh
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