Blogia
mQh

opinión

guerra empeoró amenaza terrorista


[Daniel Benjamin y Steven Simon] La invasión y ocupación de Iraq confirmó a ojos de los musulmanes la idea de que Estados Unidos quiere destruir su civilización.
Las conclusiones desclasificadas del Estimado Nacional de Inteligencia sobre el terrorismo causaron conmoción en el mundo político esta semana, pero para la mayoría -suponemos que casi todos- de los estudiosos del terrorismo yihadista son en gran parte poco polémicos. La guerra de Iraq, la ausencia de reformas en el mundo musulmán y la cólera por su endémica corrupción e injusticias, la difusión de sentimientos anti-occidentales -todos estos factores han sido identificados hace mucho tiempo como importantes facilitadores del terrorismo radical islámico.
Lo que es sorprendente, en realidad, es que alguien pueda todavía estar en desacuerdo con su evaluación del papel de Iraq, como han hecho el presidente Bush y comentaristas como Robert Kagan. Es una vergüenza que no se entreguen al público más partes del documento, porque no se incluyó ninguna de las evidencias o argumentos en apoyo de la afirmación de que Iraq ha agregado leña a la fogata yihadista. Y no hay una buena razón para no hacer público la mayor parte o todo el documento.
Sin embargo, de hecho, no necesitamos un Estimado Nacional de Inteligencia para demostrar la conclusión más controvertida: que la guerra de Iraq ha hecho peor la amenaza terrorista. La coordinada evaluación oficial de la seguridad interior británica y servicios de inteligencia extranjeros observaron que "la guerra en Iraq ha exacerbado la amenaza del terrorismo internacional y continuará causando impacto a largo plazo". Esta conclusión es repetida en ministerios del interior, agencias policiales y servicios de inteligencia en todo el mundo.
Desde que Estados Unidos invadiera Iraq ha habido un importante aumento de personas que han adoptado la causa yihadista. Por supuesto, no existe un torniquete que lleve la cuenta de los individuos que se suben al tren yihadista, como concede un fragmento del estimado. Las exigencias de una precisión inalcanzable no son realistas.
Aunque la actividad yihadista está floreciendo en todo el mundo, muchos de los nuevos reclutas pueden agruparse en tres categorías. La primera es la de los terroristas ‘domésticos', que tiene poca conexión con al-Qaeda u otros grupos existentes pero que han sido seducidos por las ideas de Osama bin Laden y sus seguidores. Los emprendedores han aparecido no solamente en Madrid, Leeds y Londres, sino también en Canadá, el Magreb, Oriente Medio y Pakistán.
Algunos cuestionan que esta gente haya sido en realidad provocada por Iraq. Del mismo modo que el presidente Bush ha insistido en que debemos tomar en serio a los terroristas en cuanto a su deseo de instalar un nuevo califato, también los tomamos en serio en cuanto a su motivación: Iraq ha sido crucial. Los terroristas de Madrid fueron explícitos sobre su deseo de castigar a España por su respaldo a Estados Unidos en Iraq; amigos y vecinos cuentan que los que colocaron las bombas en el metro de Londres estaban obsesionados con Iraq. Y una y otra vez los investigadores han descubierto que estos nuevos reclutas bajaban videos de internet llenos de escenas de violencia en Iraq -parte de una historia de heroico desafío que es profundamente atractivo para algunos jóvenes musulmanes.
Las otras dos categorías de reclutas se centran en Iraq mismo. Una consiste de combatientes extranjeros que, según se ve, no son los restos de al-Qaeda que creía el gobierno de llegarían a Iraq en tropel a buscar su destino. De acuerdo a estudiosos saudíes e israelíes que han estudiado las biografías de combatientes extranjeros muertos en Iraq, pocos tenían experiencias previas con el radicalismo musulmán. Fueron atraídos hacia su ideología por su percepción de que hay que luchar contra la indignidad de la ocupación de Iraq.
La categoría final son los yihadistas iraquíes. Antes de la invasión, en Iraq no había prácticamente ninguno. Ahora las organizaciones de rebeldes sunníes que han adoptado el yihadismo están dominadas por los iraquíes, que suman varios miles. Como sugieren las conclusiones del Estimado Nacional de Inteligencia, es probable que esos grupos, que ya han realizado atentados con bomba en Jordania, busquen nuevos blancos fuera de Iraq.
Los terroristas están aumentando en números y están aumentando su capacidad de destrucción. Como han observado informes del gobierno filtrados y análisis de expertos, los yihadistas han sido capaces de mejorar sus técnicas de producción de bombas y sus habilidades en la guerrilla urbana en Iraq de un modo que no pudieron en Afganistán. Un informe de inteligencia de la marina indicaba el mes pasado que también se han hecho con un santuario en la provincia de Anbar que Estados Unidos probablemente no podrá destruir.
Los defensores de la guerra de Iraq, como el vice-presidente Cheney, dicen que ya que Estados Unidos no ha sido atacado desde el 11 de septiembre de 2001, la amenaza no puede estar creciendo. De hecho, los terroristas entienden que de momento es más fácil matar estadounidenses en Iraq que en Estados Unidos, y en esto han tenido éxito. Después de la conspiración de Heathrow para hacer explotar aviones de pasajeros con destino a Estados Unidos y la detención de una célula doméstica en Canadá, sugerir que el peligro está disminuyendo delata inconsciencia o negación.
Luego está la afirmación de que Iraq no ha tenido un efecto catalítico porque los terroristas ya nos habían elegido como blanco, un argumento que el presidente repitió el jueves. "No estábamos en Iraq cuando nos atacaron el 11 de septiembre de 2001... Nos estábamos en Iraq cuando nos atacaron por primera vez en el Wolrd Trade Center en 1993".
Sin duda, Estados Unidos habría tenido una seria lucha contra el islam radical después del 11 de septiembre bajo cualquier circunstancia. Pero la ocupación de Iraq, al confirmar aparentemente los argumentos de bin Laden sobre la antipatía de Estados Unidos hacia el mundo musulmán, ha tenido un efecto incendiario y empeorado las cosas de modo dramático.
La invasión de Iraq fue la respuesta equivocada a la amenaza terrorista, por la que pagaremos un alto precio en los años venideros. La persistente necesidad de defender esa decisión por parte del gobierno y sus partidarios está impidiendo que el país desarrolle la estrategia necesaria para hacer frente a la amenaza terrorista y hacer más seguros a los estadounidenses. Las pruebas están a la mano.

Daniel Benjamin es investigador del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. Steven Simon trabaja para el Consejo de Relaciones Exteriores. Ambos fueron miembros del personal del Consejo de Seguridad Nacional de 1994 a 1999.

29 de septiembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
rss

queremos más filtraciones


[Robert Kagan] Cuestionando el informe de inteligencia sobre Iraq.
Está muy mal que no podamos leer completamente el Estimado Nacional de Inteligencia sobre ‘Tendencias del Terrorismo Global' que fue selectivamente filtrado hacia el Washington Post y el New York Times la semana pasada. El titular del Times decía ‘Agencias de Espionaje Afirman Que Guerra de Iraq Empeora Amenaza Terrorista'. Pero no había citas del estimado mismo, de modo que todo lo que tenemos son descripciones de los periodistas de comentarios anónimos hechos por funcionarios de gobierno cuyos motivos y fiabilidad no podemos juzgar, sobre evaluaciones de inteligencia cuya lógica y argumentación, así como bases factuales, no tenemos modo de conocer ni de calibrar. Basándonos solamente en la cobertura de prensa, las conclusiones del Estimado Nacional de Inteligencia parecen impresionistas e imprecisos. Sobre un tópico de semejante importancia, sería conveniente tener las respuestas a algunas preguntas.
Por ejemplo, ¿qué quiere decir exactamente que la guerra de Iraq ha hecho peor la ‘amenaza terrorista'? Presuntamente, los autores del Estimado Nacional de Inteligencia admitirán que esta es una especulación antes que una declaración de hecho, ya que los hechos sugieren otra cosa. Antes de la guerra de Iraq, Estados Unidos sufrió una serie de atentados terroristas: el atentado con bomba y destrucción de dos embajadas norteamericanas en África del Este en 1998, el atentado terrorista contra el USS Cole en 200, y los atentados del 11 de septiembre de 2001. Desde que empezó la guerra de Iraq, no han habido atentados exitosos contra Estados Unidos. Eso no quiere decir que la amenaza se haya reducido debido a la guerra de Iraq, pero sí coloca el peso de la prueba en aquellos que argumentan que la ha incrementado.
Probablemente lo que los autores del Estimado Nacional de Inteligencia quieren decir no es que la guerra de Iraq haya aumentado la amenaza real. De acuerdo al Times, el informe no dice nada sobre si otro atentado terrorista es más o menos probable. Más bien, sus autores dicen que la guerra ha aumentado el número de terroristas potenciales. Lamentablemente, ni el Post ni el Times entregan cifras en apoyo de estas afirmaciones. ¿Lo hace el Estimado Nacional de Inteligencia? ¿O simplemente asumen sus autores que debido a que los musulmanes se sienten agraviados por la guerra, algunos de ellos deben de estar incorporándose a las filas de los terroristas?
Como pobre substituto de cifras reales, el Post observa que, de acuerdo al Estimado Nacional de Inteligencia, los miembros de células terroristas colocan mensajes en sus páginas web describiendo la guerra de Iraq como "un intento de Occidente de conquistar el islam". Sin duda que lo hacen. Pero llegar de esa observación a la conclusión de que la guerra de Iraq ha reforzado la amenaza terrorista exige responder algunas preguntas adicionales. ¿Cuántos terroristas hay ahora? ¿Cuántos de los nuevos terroristas fueron motivados por la lectura de esos mensajes en páginas web? ¿Y de esos, cuántos fueron motivados por la guerra de Iraq y no, digamos, por la guerra en Afganistán, or por las caricaturas danesas, o el conflicto palestino-israelí, o su rechazo de la familia real saudí o de Hosni Mubarak o, más recientemente, por los comentarios del Papa? Quizás nuestras agencias de inteligencia han descubierto un modo de examinar, medir y clasificar los motivos que empujan a la gente a convertirse en terroristas, aunque lo dudo. Pero cualquiera evaluación seria y útil de los efectos de la guerra de Iraq exigen como mínimo que se trate de separar el efecto de la guerra de todo lo demás que ha estimulado y sigue estimulando la cólera musulmana. ¿Intentó el Estimado Nacional de Inteligencia hacer ese cálculo?
Esa evaluación también requeriría algunas estimaciones de cómo se vería la amenaza terrorista hoy si no hubiese habido guerra. Por ejemplo, ¿calcularon los autores del estimado los efectos de los atentados del 11 de septiembre sobre el reclutamiento de terroristas o los efectos de los atentados de Madrid y Londres? Ciertamente es posible que estos acontecimientos produjeran un aumento de candidatos a terroristas, mostrando la posibilidad de éxitos sensacionales. Así que si hay un aumento general, ¿qué parte de este es el resultado de la guerra de Iraq o de las caricaturas danesas o de otras supuestas ofensas de Occidente contra el islam, y qué parte es la respuesta permanente de los propios logros terroristas de al-Qaeda de antes y después del 11 de septiembre de 2001?
Finalmente, una evaluación seria de los efectos de la guerra de Iraq debería tratar el argumento del gobierno de Bush de que es mejor luchar contra los reclutas terroristas en Iraq que en Estados Unidos. Puede ser verdad o no, aunque nuevamente pareciera que, de momento, el gobierno tiene a su favor el argumento más convincente. Pero un estudio serio tendría que calcular la cantidad de terroristas que están participando en la guerra de Iraq, y la cantidad de terroristas que pueden haber sido eliminados en Iraq, con cualquier aumento en el número de terroristas activos fuera de Iraq como resultado de la guerra. ¿Hizo el Estimado Nacional de Inteligencia ese cálculo?
Además, está la cuestión del contexto. ¿Qué deberíamos hacer si creyéramos que ciertas acciones pueden inspirar a algunas personas a convertirse potencialmente en terroristas? ¿Deberíamos refrenarnos siempre de emprender esas acciones, o hay casos en los que deberíamos actuar de todos modos? Tenemos buenas razones para creer, por ejemplo, que la guerra del Golfo Pérsico en 1991, y la continuada presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí después de la guerra, fueron factores de gran importancia en la evolución de Osama bin Laden y al-Qaeda. Estamos bastante seguros de que el apoyo estadounidense s los muyahedines afganos contra la ocupación de las fuerzas soviéticas a fines de los años setenta y principio de los ochenta, también contribuyó al crecimiento del terrorismo musulmán.
Sabiendo esto, ¿diríamos ahora que cometimos un error en todos esos casos? ¿Diría el Estimado Nacional de Inteligencia que estaríamos más seguros hoy si no hubiésemos ayudado a expulsar a los soviéticos de Afganistán o a Saddam Hussein de Kuwait? En ambos casos el argumento sería tan sólido como el argumento sobre la más reciente guerra de Iraq.
De hecho, la cuestión de qué acciones nos hacen más seguros no se puede responder simplemente contando el número de nuevos reclutas terroristas que puedan haber inspirado esas acciones, incluso si estuviésemos en condiciones de hacer ese cálculo de manera fiable. Me preocuparía si la política exterior norteamericana estuviese solamente impulsada por el temor a que nuestras acciones pudieran inspirar indignación, radicalismo y violencia en otros. Como en el pasado, ese debería ser sólo un factor de nuestras conclusiones sobre lo que nos hace, y lo que no nos hace, a nosotros y al mundo, más seguros.

Robert Kagan, investigador del Carnegie Endowment for International Peace y colaborador del German Marshall Fund, escribe una columna mensual para el Post. Su libro ‘Dangerous Nation', una historia de la política exterior norteamericana, será publicado el mes que viene.

26 de septiembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
rss

lagos, nuestro hombre en santiago


columna de mérici
Hace algún tiempo -quizás un mes-, el antiguo director de la policía política de Pinochet, el general Contreras, declaró en una entrevista en la cárcel, donde cumple varias condenas de prisión en relación con procesos de violación de derechos humanos, que en época de la dictadura el ex presidente Lagos, y otros funcionarios de la oposición de entonces, como el que fuera luego ministro de Lagos, el señor Arrate, eran agentes de la CIA. Estos políticos, y otros más cuyos nombres no recuerdo ahora, se habrían introducido e incrustado en la oposición a la dictadura por orden del servicio de inteligencia norteamericano. Al menos, así entiende uno que sean agentes de la CIA. Quizás eran activistas de izquierda y al mismo tiempo agentes, una combinación que todavía es posible de creer en el convulso período de la dictadura.
Como quiera que sea, creo que nunca una noticia de este tamaño disfrutó tanto de la casi absoluta indiferencia de la prensa. De hecho, creo que desde entonces no se ha vuelto a hablar del asunto, a pesar de que el general anunciaba entonces que entregaría a la prensa los documentos que demostrarían sus acusaciones. Esos documentos, según dijo, son cartas que él requisó o sustrajo de la embajada norteamericana cuando era jefe de la policía del régimen. De esas cartas o documentos tampoco se ha vuelto a hablar en la prensa. Tampoco he visto ni oído ni leído reacciones de otros políticos. Menos aun de los acusados.
Y es sorprendente. ¿Por qué será que estas acusaciones no inquietan a nadie? ¿Son irrelevantes? ¿Inverosímiles? ¿Y de dónde viene esta sorprendente indiferencia de los periodistas? Son asuntos difíciles de entender, pero creo que dicen mucho sobre la cultura política chilena. Supongo que se creerá esas declaraciones inverosímiles. Pero para declararlas inverosímiles, habría primero que estudiar e investigar los documentos a los que se refiere el general. ¿Son cartas consulares en las que queda evidente que Lagos era agente de la CIA? ¿Son cables con instrucciones para el ex presidente? ¿Son giros bancarios? Sin el examen de esos documentos, y de más entrevistas con el general, no se podría rechazar la acusación. De modo que, desde este punto de vista, no se puede concluir que la acusación sea inverosímil.
Es más probable que sean irrelevantes. ¿A quién le podría interesar si en tiempos de Pinochet, Lagos era o no de la CIA? Yo creo que interesaría a muchos. Entre ellos, a los historiadores. Significaría que Chile ha sido gobernado por una potencia extranjera casi ininterrumpidamente durante tres décadas: los diecisiete años de Pinochet más los diez de Lagos. Otra cosa es que esto sea o no considerado grave. Significaría simplemente que Estados Unidos ha aplicado con Chile la política de sacar un clavo con otro, según un dicho habitual en el país. Quizás nadie quiera indagar demasiado. Bastante han tenido los chilenos con los militares como para seguir escarbando. Quizás descubrir la verdad podría ser traumático. ¿Qué pasaría si se descubriera que Lagos sí fue agente de la CIA? ¿Habría que procesarlo por traición? Pinochet, aunque recibió pagos de Estados Unidos para cuando el golpe de estado, no ha sido acusado nunca de traición. No digo que no deje de llamar la atención. Si él no fue acusado de traición, a pesar de haber actuado por encargo de un país extranjero y a pesar de haber aceptado dinero por ese encargo, ¿por qué se habría de acusar a Lagos? Por lo demás, mientras que la traición de Pinochet destruyó el régimen democrático del país y asesinó a más de tres mil ciudadanos, se podría decir que la de Lagos ayudó a consolidar la transición a la democracia. O sea, que su traición la habría cometido por el bien de la patria. ¿Por qué -pensarán algunos- habría entonces que procesar a Lagos?
Imagino que muchos piensan que los dichos y acusaciones de Contreras no han de ser creídos. ¿Por qué no? La misma izquierda del país creyó a Contreras cuando este acusó a Pinochet de tráfico de cocaína y denunció que Pinochet había utilizado los laboratorios del ejército para procesarla. Esas acusaciones fueran más tarde corroboradas por el ex director del servicio de inteligencia del ejército en tiempos de Pinochet. Y las acusaciones se sostienen, por lo demás, por otras investigaciones anteriores que dejaron en claro que muchas operaciones bancarias que fueron descubiertas en los años ochenta y noventa se hicieron para encubrir el tráfico de drogas del clan Pinochet. Si entonces las acusaciones y revelaciones de Contreras demostraron ser correctas, ¿por qué no lo serían ahora sus acusaciones contra Lagos?
A otro nivel, deberíamos pensar si acaso podemos creer que haya algo en la conducta o ideas de Lagos que permita creer que ser agente de la CIA es algo posible en él. La respuesta puede ser positiva. Hay muchas acciones sospechosas del ex presidente. Hay terrenos muy turbios en su vida política y en muchas de sus decisiones en relación con la dictadura. Es sospechoso, por ejemplo, el decreto con el que impidió que se conozca en Chile, durante los próximos cincuenta años, la identidad de los militares y otros que violaron los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet. Es sospechoso también el inopinado y sorprendente indulto del asesino confeso del dirigente sindical Tucapel Jiménez, que murió degollado. Ese indulto no había sido solicitado y Lagos ejerció sus atribuciones mandarinas para dejar en libertad a un criminal que todo indica que sigue siendo un peligro público. Es sospechosa -siempre lo fue- su renuencia a recibir a las madres de los desaparecidos. Es sospechoso que haya sido uno de los artífices de la defensa del dictador cuando fue este detenido en Londres, favoreciendo el insólito argumento de la soberanía chilena. Hay muchas cosas más que son sospechosas en Lagos, pero ¿se explican porque era agente de la CIA? ¿Y en qué podrían haber servido los episodios que menciono arriba, por ejemplo, los intereses de Estados Unidos?
Entiendo que puede haber un entendimiento estratégico entre Lagos y Estados Unidos y entre la Concertación y Estados Unidos. Lo sospechoso es que ese entendimiento pueda incluir provisiones de protección de los criminales que fueron responsables de la dictadura y sus peores crímenes. Pero es posible. Es posible que ese entendimiento, de existir, exija la protección no exactamente de Pinochet pero sí de sus subalternos menores, porque el gobierno de Lagos fue siempre partidario de la macabra ficción de que los subalternos no son responsables.
Entonces, ¿es posible que Lagos haya sido agente de la CIA? A mí me gustaría ver las pruebas.
©mérici

el toro por las astas


Para imaginar alguna solución en Iraq, hay que empezar reconociendo algunas verdades en el terreno
Mientras Iraq es un tema central en la campaña electoral de este año, no está nada de claro qué hay que hacer, más allá de recomendaciones generales sobre mantener el curso o de definir calendarios de retirada a de largo plazo. Se debe a que los políticos que son candidatos en estas elecciones quieren entregar buenas noticias, y no hay nada en cuanto a Iraq -incluyendo los planes de retirada- que no sea ominoso.
En el Iraq real, los partidos chiíes y kurdos armados se han repartido los dos tercios del este del país, dejando que los rebeldes sunníes y los marines norteamericanos peleen por el resto. El primer ministro Nuri Kamal al-Maliki y su ‘gabinete de unidad nacional' estiran sus brazos hacia aliados ideológicos como Irán o Hezbollah, pero apenas si levantan un dedo para frenar a las milicias religiosas y los escuadrones de la muerte que siembran el terror en Bagdad y en el sur chií.
El número de bajas civiles ahora es de unas cien por día, y muchas de las víctimas son espantosamente torturadas con herramientas eléctricas y ácido. En el verano hubo más civiles iraquíes muertos violentamente al mes que el total de estadounidenses caídos el 11 de septiembre de 2001. Entretanto, el país sigue sin electricidad, la producción de petróleo se ha hundido, el desempleo es omnipresente y los servicios básicos brillan por su ausencia.
Hoy Ira es un país en ruinas y destrozado por la guerra. Aparte el nordeste kurdo relativamente estable, prácticamente todas las familias -sunníes o chiíes, ricas o pobres, poderosas o humildes- deben lidiar con el miedo y la inseguridad física casi todos los días. Los tribunales, donde todavía funcionan, están sometidos a interferencias políticas; la justicia callejera está llenando el vacío. Los tribunales religiosos están ganando terreno en la vida familiar. Los derechos de las mujeres están en retirada.
La creciente violencia, no la creciente democracia, es el rasgo dominante de la vida iraquí. Todo iraquí lo sabe. Los estadounidenses también deben saberlo.
Más allá de la futilidad de mantener simplemente el curso, yace la imposibilidad de mantener al grueso de las fuerzas terrestres estadounidenses estacionadas indefinidamente en Iraq. Ya llevan allá 42 meses, más tiempo del que le tomó a Estados Unidos derrotar a Hitler. El esfuerzo está socavando la solidez a largo plazo del ejército y de la marina, amenazando con desviar a la Guardia Nacional de sus tareas en la seguridad interior y envalentonando a Irán y Corea del Norte. Considerando la situación militar cada vez más deteriorada, el Pentágono tiene que abandonar la idea de toda retirada significativa este año, o, en realidad, durante cualquier período del futuro previsible.
Si todavía hubiese un modo constructivo de salir de este desastre, tendría que empezar con decir la verdad. Los políticos no exigirán soluciones serias si sus electores no están preparados para entender las opciones reales. Los republicanos no hablarán sobre alternativas genuinas mientras sus seguidores se apeguen a la ilusión de que la victoria es posible. Pocos demócratas apoyarán desarrollos que terminen con transferir a ellos la responsabilidad de este terrible caos.
Reconocer las duras verdades del Iraq de hoy debe ser más que un punto político a tratar por los opositores del presidente. Es el único inicio posible de una discusión nacional seria sobre el tipo de política exterior estadounidense que tenga las mejores posibilidades de rescatar lo que quiera que sea posible rescatar en Iraq y minimizar el daño a los intereses norteamericanos más amplios.

24 de septiembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
rss

nuestro torturador en jefe


[Rosa Brooks] Hasta que Bush asumió la presidencia, Estados Unidos no tenía problemas en definir lo cruel y lo inhumano.
El presidente Bush ha dicho repetidas veces que nosotros no torturamos a los prisioneros: simplemente hacemos uso de ‘procedimientos alternativos' legales para interrogar.
Pero si todo lo que hacemos es legal, ¿por qué está tratando la Casa Blanca, tan repentina y desesperadamente, de llegar a un acuerdo con el congreso que ‘aclararía' el Artículo Común 3 de la Convención de Ginebra y reformaría la Ley de Crímenes de Guerra, que penaliza la violación del artículo?
De acuerdo a Bush, el problema es que el Artículo Común 3, que prohíbe los "tratos degradantes", "crueles" y "humillantes" y las "ofensas a la dignidad personal", es vago. Dice que no entrega una guía "clara" sobre lo permitido y lo no permitido durante los interrogatorios.
Sin embargo, en realidad eso no es lo que preocupa ahora a Bush. Su verdadero problema es exactamente lo contrario: el Artículo Común 3 y la Ley de Crímenes de Guerra no son suficientemente vagos. Si se pidiera determinar si acaso las técnicas ‘alternativas' del gobierno violan el Artículo Comun 3 -y por tanto la Ley de Crímenes de Guerra-, prácticamente cualquier tribunal del país resolvería que sí lo hacen.
Nuestra constitución prohíbe los "castigos crueles e inusuales". Eso también es vago, pero nuestros tribunales han logrado definirlos siempre. Como dijo la Corte Suprema en 2002, en el caso de Hope vs. Pelzer, el argumento de que la normativa es vaga y que no es suficientemente clara a la hora de determinar qué está prohibido, simplemente no se sostiene. Algunas prácticas son llanamente "contrarias a la dignidad humana" y se caracterizan por una "obvia" e "inherente" crueldad.
Es verdad, la degradación de un hombre puede ser la idea de otro sobre pasar un buen rato. Pero a menos que el gobierno sostenga que los detenidos por Estados Unidos están agradecidos por la oportunidad de llevar collares de perro y ser arrastrados con una correa, el "trato degradante", en la práctica, no es un concepto terriblemente vago. Y hay gente -aparte los psicópatas- que honestamente no pueden imaginar que ahogar repetidas veces a un prisionero echándole agua por la boca y nariz no sea cruel o inhumano.
En caso de dudas recomiendo analizar cualquiera de los métodos ‘alternativos' que Bush quiere usar contra prisioneros de Estados Unidos e imaginar que alguien utiliza esos métodos para tratar a nuestros hijos o hijas. Si los tipos malos capturaran a tu hijo y lo arrojaran, desnudo, en una celda mantenida a una temperatura ligeramente superior al promedio de una nevera, y luego lo empararan repetidas veces con agua fría para provocarle hipotermia, ¿estaría bien? ¿Qué si lo sujetaran con grilletes a una pared durante días de modo que no pudiera ni sentarse ni tenderse sin depositar todo el peso de su cuerpo en sus brazos? ¿Qué si lo amenazaran con violar y matar a su mujer, o simular que lo están enterrando vivo? ¿Qué si le hicieran todas estas cosas por turnos? ¿Tendríais problemas a la hora de determinar si esos métodos son o no crueles?
Detrás de palabras antisépticas como ‘alternativas', ‘,modificaciones dietéticas' y ‘posiciones estresantes', se esconden métodos diseñados para romper el cuerpo y la mente de otros seres humanos. Legal y moralmente, muchos de los métodos alternativos de interrogatorio propuestos por nuestro presidente son tortura, llana y simplemente. Y no hay ninguna duda en absoluto de que son crueles, inhumanos y degradantes.
Eso es lo que tiene tan preocupado al presidente. Sabe demasiado bien que las prácticas que autorizó u ordenó violan el Artículo Común 3 de la Convención de Ginebra. La reciente resolución de la Corte Suprema en el caso de Hamdan vs. Rumsfeld lo hizo explícito, pero la decisión de la Corte no debería ser una sorpresa. Sólo confirmó lo que la mayoría de los juristas (y abogados militares) le han estado diciendo a la Casa Blanca durante años.
Después de todo, el Artículo Común 3 no es exactamente una innovación reciente en el derecho internacional. Ha estado en vigor y con la misma formulación desde 1949 y Estados Unidos nunca tuvo problemas con él. Firmamos y ratificamos la Convención de Ginebra en 1949; de hecho, diplomáticos norteamericanos ayudaron en su redacción. Y la Ley de Crímenes de Guerra fue aprobada abrumadoramente por un congreso republicano en 1996. No hay nada inesperado o vago en cuanto a esto. Sabemos que el artículo prohíbe la tortura, incluyendo las torturas que propugna la Casa Blanca.
En 2002, el entonces abogado de la Casa Blanca, Alberto Gonzales, advirtió a Bush que algunas de sus medidas planteaban "el riesgo de procesos criminales nacionales". Pero los extremistas que han secuestrado a la Casa Blanca ignoraron medio siglo de legislación estadounidense y los consejos de la jefatura de los militares del país. En lugar de eso, Bush siguió adelante y autorizó prácticas que hasta Gonzales predijo que podrían acarrear "acusaciones futuras" como violaciones de la Ley de Crímenes de Guerra.
Bush no es estúpido. Entiende que es demasiado tarde para él dejar un legado que no cause la vergüenza de generaciones futuras. Así que quiere una segunda opción: una tarjeta del congreso para ‘salir de la cárcel'.

rbrooks@latimescolumnists.com

22 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
rss

la cabeza en la arena


[Sam Harris] Los extremistas musulmanes son un peligro para la civilización occidental.
Hace dos años publiqué un libro muy crítico de las religiones, ‘The End of Faith'. Ahí argumento que las principales religiones del mundo son en realidad incompatibles, que causan inevitablemente conflictos y ahora impiden la emergencia de una civilización global viable. En respuesta, he recibido miles de cartas y mensajes por correo electrónico de sacerdotes, periodistas, científicos, políticos, soldados, rabíes, actores, socorristas, estudiantes -jóvenes y viejos que ocupan todos los puntos del espectro de creencias e incredulidad.
Esto me ha ofrecido la especial oportunidad de ver cómo gente de todos los credos y convicciones políticas reaccionan cuando se critica a la religión. Quiero informar que liberales y conservadores reaccionan de maneras muy diferentes a la idea de que la religión puede ser una causa directa de los conflictos humanos.
Esta diferencia no presagia nada bueno para el futuro del liberalismo.
Quizás deba establecer mis credenciales liberales desde el principio. Me gustaría que se subieran los impuestos a los ricos, que se despenalizaran las drogas y que los homosexuales pudieran casarse. También creo que el gobierno de Bush merece la mayor parte de las críticas que ha recibido en los últimos seis años, especialmente con respecto a su conducción de la guerra en Iraq, su rechazo de la ciencia y su irresponsabilidad fiscal.
Pero mi correspondencia con liberales me ha convencido de que el liberalismo se ha alejado peligrosamente de las realidades de nuestro mundo -específicamente de lo que los fieles musulmanes realmente creen sobre Occidente, sobre el paraíso y sobre la predominancia final de su fe.
En cuestiones de seguridad nacional, desconfío tanto de mis colegas liberales como de los demagogos religiosos de la derecha cristiana.
Esto puede parecer el franco reconocimiento de la acusación de que los ‘liberales son blandos con el terrorismo'. Lo es . Son blandos con el terrorismo.
En el mundo musulmán se está desarrollando un culto de la muerte -por razones que son perfectamente explicables en términos de las doctrinas musulmanas sobre el martirologio y la guerra santa islamita. La verdad es que no estamos haciendo una ‘guerra contra el terrorismo'. Estamos peleando contra una teología pestilente y la nostalgia del paraíso.
Esto no quiere decir que estemos en guerra con todos los musulmanes. Pero estamos definitivamente en guerra con los que creen que la muerte en defensa de la fe es la mayor virtud imaginable, que los dibujantes deben ser matados por hacer caricaturas del profeta y que haya que matar a los musulmanes que abandonan su fe por apóstatas.
Lamentablemente, el extremismo religioso no es un fenómeno marginal. Numerosos estudios han constatado que los musulmanes más radicales tienen un nivel de educación superior al promedio y mayores oportunidades económicas.
Dado el grado en que las ideas religiosas son todavía protegidas de las críticas en todas las sociedades, es en realidad posible que una persona reúna los recursos económicos e intelectuales para construir una bomba atómica y creer que en el paraíso será recibido por 72 vírgenes. Y sin embargo, a pesar de abundantes evidencias de lo contrario, los liberales continúan pensando que el terrorismo musulmán surge de la desesperación económica, de la falta de educación y del militarismo norteamericano.
En sus versiones más extremas, la negación liberal ha encontrado expresión en una creciente subcultura de teóricos paranoicos que creen que las atrocidades del 11 de septiembre de 2001 fueron orquestadas por nuestro propio gobierno. Una encuesta nacional realizada por el Scripps Survey Research Center de la Universidad de Ohio determinó que más de un tercio de los estadounidenses sospecha que el gobierno federal "contribuyó a los atentados terroristas o no hizo nada para impedirlos de modo que Estados Unidos pudiera hacer la guerra en Oriente Medio"; el 16 por ciento cree que las torres gemelas se derrumbaron no debido a que los aviones de pasajeros cargados de combustible chocaran contra ellas sino porque agentes del gobierno de Bush los habían manipulado en secreto para que explotaran.
Semejante asombrosa erupción de absurdos masoquistas podrían marcar el ocaso del liberalismo, sino la decadencia misma de la civilización occidental. Existen libros, películas y conferencias organizadas sobre esta fantasmagoría y ofrecen una visión inusualmente clara del debilitante dogma que acecha en el corazón del liberalismo: El poder occidental es completamente malévolo, y los desposeídos de la Tierra acogerán la razón y la tolerancia si se les dan oportunidades económicas suficientes.
No sé cuántos ingenieros y arquitectos más deban hacerse explotar a sí mismos, pilotar aviones contra edificios o cercenar las cabezas de periodistas antes de que se disipe esta fantasía. La verdad es que tenemos razón en creer que un número espantoso de los musulmanes del mundo ven ahora todas las cuestiones políticas y morales en términos de su relación con el islam. Esto los lleva a unirse en la causa con otros musulmanes, sin importar la patología social de su conducta. Esta tétrica solidaridad religiosa puede ser el mayor problema al que hace frente la civilización, y sin embargo es normalmente mal interpretada, ignorada y obscurecida por los liberales.
Dada la mendacidad y escandalosa incompetencia del gobierno de Bush -especialmente su mala conducción de la guerra de Iraq-, los liberales encuentran montones de cosas que lamentar en el enfoque conservador de la guerra contra el terrorismo.
Lamentablemente, los liberales odian con tanta furia al gobierno actual que no logran reconocer lo peligrosos y depravados que son nuestros enemigos en el mundo musulmán.
Recientes condenas del uso por el gobierno de Bush del concepto ‘fascismo musulmán' es un ejemplo. No hay duda de que la descripción es imprecisa -los musulmanes, técnicamente, no son fascistas, y el concepto ignora las divisiones que existen incluso entre musulmanes-, pero no es de ninguna manera un ejemplo de propaganda de tiempos de guerra, como ha sido argumentado repetidas veces por los liberales.
En sus análisis de la política exterior de Estados Unidos e Israel, los liberales por lo general pasan por alto las distinciones morales más elementales. Por ejemplo, ignoran el hecho de que los musulmanes matan adrede a no-combatientes, mientras que nosotros y los israelíes (como norma) tratamos de evitar la muerte de civiles. Los musulmanes usan rutinariamente escudos humanos, y esto explica gran parte de los daños colaterales que causamos nosotros y los israelíes; el discurso político en gran parte del mundo musulmán, especialmente con respecto a Israel, propugna explícita y descaradamente el genocidio.
Dadas estas distinciones, no hay ninguna duda de que ahora los israelíes tienen la moral de su parte en su conflicto con Hamas y Hezbollah. Y sin embargo, los liberales en Estados Unidos y Europa hablan a menudo como si la verdad fuera otra.
Estamos entrando en una edad de incontrolada proliferación nuclear y, probablemente, de terrorismo nuclear. Por eso no hay un futuro en que los aspirantes a mártires puedan ser buenos vecinos nuestros. Si los liberales no se dan cuenta de que hay decenas de millones de personas en el mundo musulmán que son mucho más espeluznantes que Dick Cheney, no serán capaces de proteger a la civilización de sus verdaderos enemigos.
Los estadounidenses creen cada vez más que los únicos que son suficientemente testarudos como para pelear contra los lunáticos religiosos del mundo musulmán son los lunáticos religiosos de Occidente. En realidad, es revelador que las personas que hablan con la mayor claridad moral sobre las guerras actuales en Oriente Medio sean miembros de la derecha cristiana, cuya infatuación con las profecías bíblicas es casi tan problemática como la ideología de nuestros enemigos. El dogmatismo religioso está ahora en los dos lados del tablero de un juego muy peligroso.
Mientras que deberían ser los liberales los que enseñen el camino para salir de esta Edad de Hierro de la locura, se están convirtiendo cada vez más en irrelevantes. Siendo en general razonables y tolerantes de la diversidad, los liberales deberían ser especialmente sensibles a los peligros del realismo religioso. Pero no lo son.
El mismo fracaso del liberalismo es evidente en Europa Occidental, donde el dogma del multiculturalismo ha dejado a una Europa secular extremadamente lenta a la hora de tratar el inminente problema del extremismo religioso entre sus inmigrantes. La gente que habla con más sentido sobre la amenaza que representa el islam para Europa son en realidad los fascistas.
Decir que esto no presagia nada bueno para el liberalismo es un subentendido: En realidad, no presagia nada bueno para el futuro de la civilización.

Sam Harris es el autor de ‘The End of Faith: Religion, Terror and the Future of Reason'. Su próximo libro, ‘Letter to a Christian Nation', será publicado esta semana por Knopf.

samharris.org

18 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
rss

se sigue llamando tortura


[Eugene Robinson] Programa de Bush deshonra a los estadounidenses.
Me gustaría escribir sobre asuntos más alegres, pero no puedo ignorar este tema de la tortura: el hecho de que George W. Bush, el presidente de Estados Unidos de América persista en exigir al congreso que le otorgue el derecho a torturar a cualquiera que considere un terrorista de ‘alto valor'. El presidente de Estados Unidos. Interrogatorios con tortura. No puede ser verdad.
Ya pasó la época en que uno debía hablar con rodeos. El Decididor, o quizás deberíamos llamarle el Inquisidor, se aferra a eufemismos anodinos. Habla de técnicas de interrogatorio ‘alternativas', y su término general para todo el arsenal de horrores es "el programa". Por supuesto, no entregará todos los detalles de los métodos que fueron usados en las cárceles secretas de la CIA -y quién sabe dónde más-, pero varias fuentes han dicho que incluían no solamente la infame ‘asfixia simulada por inmersión', de la que el gobierno ha abjurado aparentemente a regañadientes, sino también la privación de sueño, exposición al frío, bombardeos con sonidos estridentes y otras agresiones que no solamente constituyen apremios mentales, sino además causan dolores físicos. Eso es tortura, y llamarla de otro modo es simplemente una mentira.
No es posible que nuestros representantes electos participen de ningún modo honroso en un ‘debate' sobre la tortura. Bush dice que está librando una "guerra por la civilización", pero las naciones civilizadas no debaten sobre la esclavitud o el genocidio, y no debaten tampoco sobre la tortura. Este espectáculo ofende y deshonra a todos los estadounidenses.
Hay un rayo de aliento: la cristalina evidencia de que los hombres y mujeres de nuestras fuerzas armadas no quieren participar en la tortura de nadie. Los miembros de la resistencia republicana -los senadores John Warner, de Virginia, John McCain, de Arizona, y Lindsey Graham, de Carolina del Sur- tienen impecables conexiones con el Pentágono y no están moviéndose en el vacío. Bush admitió en su rueda de prensa el viernes que había hablado con "los profesionales" y que ellos no implementarían "el programa", a menos que el congreso les dijera específicamente que lo hicieran.
En apoyo del proyecto de ley de la tortura, todo lo que la Casa Blanca pudo hacer fue estrujar de los cinco abogados del Pentágono una carta de no-objeción de cuatro frases que tenía todo el entusiasmo de un casete de secuestrado.
El rechazo de la tortura, formulado en enérgicos términos por Colin Powell, debería haber avergonzado y escarmentado a la Casa Blaca, pero este es un presidente que se niega a escuchar a los críticos de su ‘guerra contra el terrorismo' -incluso a los críticos que lo ayudaron a diseñarla y conducirla.
No debería ser necesario detallar todas las razones prácticas que existen contra la tortura, pero, que conste, son miles. Como han sostenido Powell y otros, si Estados Unidos reinterpreta unilateralmente el Artículo Común 3 de las Convenciones de Ginebra para permitir la tortura, adversarios potenciales en conflictos futuros tendrán una justificación para hacer lo mismo. ¿Quiere el presidente que algunos pilotos capturados sean sometidos a las mismas torturas que se aplican en las cárceles de la CIA?
Y, como ha sido señalado por expertos, la tortura rinde frutos, demasiado bien. Las víctimas de tortura te dirán lo que saben, y cuando su conocimiento se agote, también dirán a los torturadores lo que estos quieran escuchar, incluso si para ello deban inventar conspiraciones. El presidente dice que la tortura de cabecillas de al-Qaeda desbarató serias tramas contra Estados Unidos, ¿pero cómo sabemos si esas conspiraciones eran reales?
¿Cómo podemos estar seguros de que algunos de los detenidos de Guantánamo no son tenderos o taxistas que fueron secuestrados porque a Khalid Sheik Mohammed se le acabaron los terroristas de verdad y empezó a mencionar a sus conocidos para evitar que lo volvieran a sumergir en el agua?
Pero no deberíamos estar hablando sobre los aspectos prácticos de la tortura, porque la verdadera pregunta es moral: ¿Qué tipo de país somos? ¿Qué tipo de gente somos?
La visión del mundo de Bush se basa en la idea del carácter excepcional de Estados Unidos: que este país es único, que sus ideas y valores no son solamente valiosos o admirables, sino superiores a todos los demás. Esta actitud fastidia terriblemente al resto del mundo -un montón de otros países también piensan que son bastante especiales-, pero aceptan de momento que el sistema estadounidense sea de hecho el mejor sistema y que el gran experimento que empezó con los Padres Fundadores fue un suceso importante en la historia de la humanidad. Acepte, si quiere, la visión de Bush de que Estados Unidos ha sido firmemente bendecido por un Dios compasivo.
¿Se puede imaginar lo que piensa Dios sobre la tortura, señor presidente?

19 de septiembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
rss

basta de excusas


[Anne Applebaum] Si los musulmanes van a provocar incidentes violentos cada vez que se diga algo sobre ellos, deberíamos uniros y dejar de ofrecer excusas.
Iracundos militantes palestinos han asaltado siete iglesias en Gaza y Cisjordania, destruyendo dos de ellas. En Somalia, hombres armados mataron a balazos a una monja italiana de edad. Desde Qatar a Quom clérigos radicales han llamado, de diversas maneras, a un ‘día de ira', incitando a los fieles a ‘cazar' al Papa y a sus seguidores. Desde Turquía a Malasia, políticos musulmanes han condenado al Papa y declarado que sus excusas son ‘insuficientes'. Y todo esto porque Benedicto XVI, en una charla en la Universidad de Regensburg, citó a un emperador bizantino que, hace más de seiscientos años, llamó al islam una fe "difundida por la espada". Por supuesto, esto ya lo hemos vivido antes. Protestas similares estallaron este invierno pasado por las caricaturas de Mahoma en la prensa danesa. Se ofrecieron disculpas similares, aunque las de Benedicto son mucho más asombrosas que las del gobierno danés. Nadie, aparentemente, puede recordar a algún Papa, ni siquiera al amistoso Juan Pablo II, ofreciendo excusas por algo en términos tan específicos: ni por la Inquisición, ni por la persecución de Galileo y ciertamente no por un comentario aislado hecho ante una audiencia de académicos en una ciudad alemana sin importancia.
Pero las reacciones occidentales a los ‘días de ira' musulmanes han seguido, también, un patrón similar. En el invierno pasado, algunos diarios occidentales defendieron a sus colegas daneses, yendo hasta el extremo de volver a publicar las caricaturas, pero otros, incluyendo al Vaticano, atacaron a los daneses por ofender al islam. Algunos importantes católicos han ahora defendido al Papa -pero otros, sin duda algunos daneses, se han quejado de que sus palabras debieron haber sido censuradas o no pronunciadas nunca. Esto no es sorprendente: Por definición, el Occidente no es monolítico. Los periodistas de izquierdas no se identifican con sus colegas de derecha (o con sus colegas católicos con inclinaciones derechistas), y vice versa. No todos los cristianos, ni mucho menos todos los católicos -ni siquiera todos los católicos alemanes- se identifican con el Papa, y ciertamente no tienen la intención de defender todas sus citas académicas.
Lamentablemente estas sutiles distinciones dejan indiferentes a los fanáticos que incendian embajadas e iglesias. Y también pueden impedirnos a todos nosotros encontrar una respuesta útil a las oleadas de cólera y violencia contra los occidentales que estallan periódicamente en partes del mundo musulmán. Claramente, un puñado de excusas y algún debate público aleatorio -debería el Papa haber dicho esto o lo otro, debería el primer ministro danés haber hecho esto o lo otro- son poco efectivos e irrelevantes: Ninguno de los clérigos radicales acepta excusas de Occidente, y ninguno de sus seguidores radicales lee la prensa occidental. En lugar de eso, los políticos, escritores, pensadores y oradores occidentales deberían dejar de ofrecer excusas y empezar a unirse.
Con esto, no quiero decir que debamos apresurarnos a defender o analizar este sermón en particular; dejo eso a los expertos en teología bizantina. Pero podemos unirnos en nuestra defensa de la libertad de expresión -ciertamente el Papa tiene derecho a citar textos medievales- y de prensa. Y también podemos unirnos, ruidosamente, en nuestra condena de ataques violentos y no provocados contra iglesias, embajadas y monjas. Con ‘nosotros' quiero decir aquí la Casa Blanca, el Vaticano, los verdes alemanes, el ministerio francés de relaciones exteriores, la OTAN, Greenpeace, Le Monde y Fox News -instituciones occidentales de izquierda, de derecha y de todo lo que hay entre ellas. En realidad, estos principios suenan bastante básicos -"somos partidarios de la libertad de expresión y estamos contra la violencia gratuita"-, pero en estos días después del sermón del Papa, no creo haber oído a nadie que los defendiera. Se ha gastado mucho más tiempo en analizar lo que quiso decir el pontífice, o lo que debería haber dicho, o habría dicho si hubiese sido mejor asesorado.
Todo esto simplemente es irrelevante, ya que nada de lo que el Papa haya dicho alguna vez se acerca ni en lo más mínimo a la mala sangre, al extremismo y al odio que mana todos los días de las bocas de los imanes radicales y clérigos fanáticos, en toda Europa y el mundo musulmán, que no provocan nunca ninguna respuesta de Occidente. Y quizás es hora de que el Occidente responda: Cuando, por ejemplo, Arabia Saudí publica libros de texto instruyendo a los buenos musulmanes wahhabíes a ‘odiar' a cristianos, judíos y musulmanes no-wahhabíes, ¿no debería el Vaticano, los bautistas del Sur, el rabí de Gran Bretaña y el Consejo de Relaciones Americano-Islámicas, condenar, simultáneamente, a Arabia Saudí?
Quizás es una quimera: El día en que la Casa Blanca y Greenpeace firmen una declaración conjunta es seguramente un hecho lejano. Pero si los comentarios perdidos de los líderes occidentales -para no mencionar las películas, libros, caricaturas, tradiciones y valores occidentales- van a inspirar incidentes violentos regularmente, no creo que sea demasiado pedir que Occidente deje de decir lo lamento y se una, de vez en vez, en su propia defensa. Los fanáticos que atacan al Papa ya limitan la libertad de expresión a sus propios seguidores. No veo por qué debamos permitirles que limiten nuestro derecho a la libertad de expresión.

applebaumanne@yahoo.com

18 de septiembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
rss