victoria de las elecciones en café
[Anthony Shadid] En la intersección del nuevo y del viejo Iraq, lo que importa es la votación misma.
Bagdad, Iraq. En Shahbandar, un célebre café de Bagdad cuyo nombre evoca un tiempo (el pasado) y un ambiente (el intelectual), tres hombres se sentaron a fumar cigarrillos y a matar el tiempo bebiendo un azucarado té el jueves y debatieron sobre lo que significan las elecciones venideras para un país golpeado por tres décadas de tiranía, guerra y amargas desilusiones.
"Ir a votar es una victoria para el pueblo iraquí", dijo Ali Danif, 45, escritor.
"Las elecciones son más importantes que los candidatos", insistió Jamal Karim, su locuaz amigo.
Para no quedarse atrás, un sonriente Suheil Yassin intervino diciendo: "Mi deseo es morir en la puerta de uno de los locales de votación", una expresión que era deliberadamente dramática. "Quiero ser el mártir de las urnas".
Las primeras elecciones competitivas de Iraq en décadas son un asunto torpemente contenido. La violencia acecha ominosamente el proceso, que terminará con la elección de un nuevo parlamento el 30 de enero. Los nombres de los candidatos no han sido publicados, por temor a que sean asesinados. Las manifestaciones son pocas, los carteles son a menudo despegados y casi nadie conoce algún programa electoral, mucho menos sus candidatos.
Pero en Shahbandar, un café de más un siglo que ha sido durante largo tiempo el corazón intelectual de esta fatigada ciudad, donde hombres con desgastadas chaquetas de traje y jerseyes se reúnen a debatir en pequeños círculos, hay un marcado optimismo sobre lo que significan las elecciones para la gente que anhela un cambio decisivo después de casi dos años de ocupación. Para muchos de los hombres reunidos aquí, sentados debajo de retratos de la historia de Bagdad, las elecciones son más importantes que los candidatos.
"Sin elecciones, habrá tiranía", dijo Kadhim Hassan, 37, escritor.
La luz al fin de la mañana bañaba el atiborrado café con un suave brillo y Hassan estaba sentado en una angosta banca de madera. Calificó la votación de "momento histórico", luego su cara adquirió una expresión adusta. "La guerra y los desastres", dijo, sacudiendo la cabeza -para eso son buenos los iraquíes.
"Ahora la mayoría de la gente cree que están viviendo en la oscuridad", dijo Hassan. "Es hora de salir a la luz".
Shahbandar, con su tejado abovedado y sus paredes de ladrillos, es un artefacto de lo que alguien podría llamar una época más civilizada de Bagdad, antes de que las conversaciones giraran sobre los secuestros que se han transformado en una epidemia, antes de las frustraciones con la electricidad que aún no mejora, antes de las quejas sobre las colas en las gasolineras que se extienden por kilómetros y duran ya más de un mes.
Viejas pipas de agua están ordenadas en hileras, junto con samovares y jarras de bronce acumulando polvo. Afuera está la conejera de librerías a lo largo de la calle de Mutanabi, llamada según un sabio del siglo 10, cuyas palabras todavía son recitadas de memoria por casi todos los árabes. En la esquina está la Qushla, la sede en Bagdad del gobierno otomano, que cayó en la Primera Guerra Mundial. Fue en esa época que el café fue renovado y llamado oficialmente con el nombre de sus antiguos dueños, quienes comenzaron a atraer a los hombres de letras de la ciudad.
Shahbandar no tiene mesas de backgammon, naipes ni dominós, el equipaje de la mayoría de los cafés árabes. En su lugar hay conversaciones -un buen montón-, especialmente al mediodía, cuando el espacio en los sofás es limitado y las colillas de cigarrillos se apilan en el suelo.
"No me convencen las elecciones", declara Abdel-Rahman Abbas, 60, ex empleado municipal con un cuidado mostacho y una chaqueta deportiva azul. "Los americanos pueden hacer lo que quieran, y ya tomaron una decisión".
Abbas estaba preocupado. Compartía el cinismo de muchos sobre los más importantes partidos políticos iraquíes, la mayoría de los cuales operaban en el exilio durante el régimen de Saddam Hussein. Dijo que pensaba que las elecciones sólo intensificarían las divisiones sectarias que, a pesar de las provocaciones, todavía no habían estallado. Y expresó una nostalgia evocada a menudo: En su mente, la monarquía que cayó en 1958 sería un gobierno tan bueno como cualquiera.
"No es más que un juego", dijo.
Pero Abbas es una voz solitaria. No es que los otros pensaran que las elecciones serán pacíficas; pocos son los que no predicen la violencia. Pero muchos de los escritores, críticos literarios e intelectuales parecían estar diciendo que el precio valía la pena de pagar.
Para los más entusiastas en Shahbandar, el ambiente recordaba otros momentos críticos en Bagdad desde la invasión norteamericana de marzo de 2003: El optimismo aumentaba en cada momento decisivo, anunciado como un nuevo comienzo, incluso si resultaba ser de corta duración.
"Si hubieran hecho las elecciones primero, no tendríamos la situación que tenemos ahora", dijo Heidar Mohammed, 37, vendedor de libros. "Si hubiera habido elecciones, la gente habría aceptado al gobierno desde el principio".
Un barbudo con una abultada mochila distribuyó octavillas entre los parroquianos. Una decía: "Hacia un Iraq democrático, unido y justo". Detrás de él había un vendedor de diarios pregonando sus mercaderías: "¡Lea el diario! ¡150 dinares!" Uno de los titulares anunciaba los daños causados el miércoles por la explosión de tres coches-bomba en Mosul, la tercera ciudad del país.
"Un país no progresa sin hacer sacrificios", dijo Mohammed.
Mencionó la guerra de Irán-Iraq y la batalla de 1988 para recuperar la península de Faw en el Golfo Pérsico. Murieron miles, dijo, "en nombre de la locura de Saddam. Si perdemos 100 o 200 personas como mártires de las elecciones, el sacrificio valdrá la pena".
"Es el precio que tenemos que pagar", agregó Mohammed Thamer, poeta. "No tenemos alternativa, no hay solución".
Junto a la puerta del café, chocan el pasado y el futuro de Iraq. En las paredes adentro hay fotografías de la historia de Iraq: el equipo de lucha con los torsos desnudos de 1936, la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial, el funeral del Rey Ghazi en 1939. Afuera, los carteles de la campaña electoral con promesas como: "Elecciones son seguridad y estabilidad". "Iraq primero", dice otro.
Danif, Karim y Yassin, amigos que se reúnen todos los jueves en el café, sonrieron cuando hablaron sobre la votación. Como otros, saben poco de los candidatos, los partidos o sus programas. Pero celebran lo que significan las elecciones.
"En política no confío en nadie", dijo Karim, 48. "Sólo confío en el pueblo iraquí".
Yassin sorbió de su té, luego habló
"Con las elecciones", dijo, "se pasarán las páginas del régimen totalitario y nunca volverán a ser abiertas".
La embajada norteamericana ha hecho esfuerzos por limitar su participación pública en las elecciones, y los militares norteamericanos, que desplegarán sus 150.000 tropas durante las elecciones, se mantendrán alejados de los colegios electorales. Dado el nivel de descontento y escepticismo sobre Estados Unidos en Iraq, puede ser la mejor manera de asegurar la legitimidad de las elecciones.
"A veces cuando los norteamericanos dicen Buenos días', nos ponemos desconfiados", dijo Yassin, crítico literario.
Pero no había nada de la furiosa indignación sobre la ocupación mostrada a menudo en lugares como Ciudad Sáder, leal al clérigo militante chií, o en barrios predominantemente sunníes, como Adhamiyah. En lugar de eso, los tres hombres dijeron que esperarían.
"Terminará, tarde o temprano", dijo Yassin. "Lo dice la historia".
En las paredes hay fotografías de una ocupación anterior: la entrada en Bagdad en 1917 del general de división británico Stanley Maude a la cabeza del ejército que había derrotado a los otomanos, el pontón que construyó en el Tigris, un puesto militar británico de 1923. Maude murió en la guerra; Iraq no alcanzó la independencia sino en 1932.
"Los norteamericanos se marcharán", dijo Karim. "Se marcharán como otros que ocuparon Iraq, tarde o temprano".
Entretanto, los tres hombres dijeron que tenían esperanzas.
"Tengo optimismo, mil por ciento", exclamó Danif.
Karim asintió. "Yo soy dos veces más optimista", dijo.
Yassin sonrió. "Soy optimista, pero sé que habría obstáculos y dificultades". Asintió con los otros y dijo: "Es sólo el principio".
16 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
"Ir a votar es una victoria para el pueblo iraquí", dijo Ali Danif, 45, escritor.
"Las elecciones son más importantes que los candidatos", insistió Jamal Karim, su locuaz amigo.
Para no quedarse atrás, un sonriente Suheil Yassin intervino diciendo: "Mi deseo es morir en la puerta de uno de los locales de votación", una expresión que era deliberadamente dramática. "Quiero ser el mártir de las urnas".
Las primeras elecciones competitivas de Iraq en décadas son un asunto torpemente contenido. La violencia acecha ominosamente el proceso, que terminará con la elección de un nuevo parlamento el 30 de enero. Los nombres de los candidatos no han sido publicados, por temor a que sean asesinados. Las manifestaciones son pocas, los carteles son a menudo despegados y casi nadie conoce algún programa electoral, mucho menos sus candidatos.
Pero en Shahbandar, un café de más un siglo que ha sido durante largo tiempo el corazón intelectual de esta fatigada ciudad, donde hombres con desgastadas chaquetas de traje y jerseyes se reúnen a debatir en pequeños círculos, hay un marcado optimismo sobre lo que significan las elecciones para la gente que anhela un cambio decisivo después de casi dos años de ocupación. Para muchos de los hombres reunidos aquí, sentados debajo de retratos de la historia de Bagdad, las elecciones son más importantes que los candidatos.
"Sin elecciones, habrá tiranía", dijo Kadhim Hassan, 37, escritor.
La luz al fin de la mañana bañaba el atiborrado café con un suave brillo y Hassan estaba sentado en una angosta banca de madera. Calificó la votación de "momento histórico", luego su cara adquirió una expresión adusta. "La guerra y los desastres", dijo, sacudiendo la cabeza -para eso son buenos los iraquíes.
"Ahora la mayoría de la gente cree que están viviendo en la oscuridad", dijo Hassan. "Es hora de salir a la luz".
Shahbandar, con su tejado abovedado y sus paredes de ladrillos, es un artefacto de lo que alguien podría llamar una época más civilizada de Bagdad, antes de que las conversaciones giraran sobre los secuestros que se han transformado en una epidemia, antes de las frustraciones con la electricidad que aún no mejora, antes de las quejas sobre las colas en las gasolineras que se extienden por kilómetros y duran ya más de un mes.
Viejas pipas de agua están ordenadas en hileras, junto con samovares y jarras de bronce acumulando polvo. Afuera está la conejera de librerías a lo largo de la calle de Mutanabi, llamada según un sabio del siglo 10, cuyas palabras todavía son recitadas de memoria por casi todos los árabes. En la esquina está la Qushla, la sede en Bagdad del gobierno otomano, que cayó en la Primera Guerra Mundial. Fue en esa época que el café fue renovado y llamado oficialmente con el nombre de sus antiguos dueños, quienes comenzaron a atraer a los hombres de letras de la ciudad.
Shahbandar no tiene mesas de backgammon, naipes ni dominós, el equipaje de la mayoría de los cafés árabes. En su lugar hay conversaciones -un buen montón-, especialmente al mediodía, cuando el espacio en los sofás es limitado y las colillas de cigarrillos se apilan en el suelo.
"No me convencen las elecciones", declara Abdel-Rahman Abbas, 60, ex empleado municipal con un cuidado mostacho y una chaqueta deportiva azul. "Los americanos pueden hacer lo que quieran, y ya tomaron una decisión".
Abbas estaba preocupado. Compartía el cinismo de muchos sobre los más importantes partidos políticos iraquíes, la mayoría de los cuales operaban en el exilio durante el régimen de Saddam Hussein. Dijo que pensaba que las elecciones sólo intensificarían las divisiones sectarias que, a pesar de las provocaciones, todavía no habían estallado. Y expresó una nostalgia evocada a menudo: En su mente, la monarquía que cayó en 1958 sería un gobierno tan bueno como cualquiera.
"No es más que un juego", dijo.
Pero Abbas es una voz solitaria. No es que los otros pensaran que las elecciones serán pacíficas; pocos son los que no predicen la violencia. Pero muchos de los escritores, críticos literarios e intelectuales parecían estar diciendo que el precio valía la pena de pagar.
Para los más entusiastas en Shahbandar, el ambiente recordaba otros momentos críticos en Bagdad desde la invasión norteamericana de marzo de 2003: El optimismo aumentaba en cada momento decisivo, anunciado como un nuevo comienzo, incluso si resultaba ser de corta duración.
"Si hubieran hecho las elecciones primero, no tendríamos la situación que tenemos ahora", dijo Heidar Mohammed, 37, vendedor de libros. "Si hubiera habido elecciones, la gente habría aceptado al gobierno desde el principio".
Un barbudo con una abultada mochila distribuyó octavillas entre los parroquianos. Una decía: "Hacia un Iraq democrático, unido y justo". Detrás de él había un vendedor de diarios pregonando sus mercaderías: "¡Lea el diario! ¡150 dinares!" Uno de los titulares anunciaba los daños causados el miércoles por la explosión de tres coches-bomba en Mosul, la tercera ciudad del país.
"Un país no progresa sin hacer sacrificios", dijo Mohammed.
Mencionó la guerra de Irán-Iraq y la batalla de 1988 para recuperar la península de Faw en el Golfo Pérsico. Murieron miles, dijo, "en nombre de la locura de Saddam. Si perdemos 100 o 200 personas como mártires de las elecciones, el sacrificio valdrá la pena".
"Es el precio que tenemos que pagar", agregó Mohammed Thamer, poeta. "No tenemos alternativa, no hay solución".
Junto a la puerta del café, chocan el pasado y el futuro de Iraq. En las paredes adentro hay fotografías de la historia de Iraq: el equipo de lucha con los torsos desnudos de 1936, la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial, el funeral del Rey Ghazi en 1939. Afuera, los carteles de la campaña electoral con promesas como: "Elecciones son seguridad y estabilidad". "Iraq primero", dice otro.
Danif, Karim y Yassin, amigos que se reúnen todos los jueves en el café, sonrieron cuando hablaron sobre la votación. Como otros, saben poco de los candidatos, los partidos o sus programas. Pero celebran lo que significan las elecciones.
"En política no confío en nadie", dijo Karim, 48. "Sólo confío en el pueblo iraquí".
Yassin sorbió de su té, luego habló
"Con las elecciones", dijo, "se pasarán las páginas del régimen totalitario y nunca volverán a ser abiertas".
La embajada norteamericana ha hecho esfuerzos por limitar su participación pública en las elecciones, y los militares norteamericanos, que desplegarán sus 150.000 tropas durante las elecciones, se mantendrán alejados de los colegios electorales. Dado el nivel de descontento y escepticismo sobre Estados Unidos en Iraq, puede ser la mejor manera de asegurar la legitimidad de las elecciones.
"A veces cuando los norteamericanos dicen Buenos días', nos ponemos desconfiados", dijo Yassin, crítico literario.
Pero no había nada de la furiosa indignación sobre la ocupación mostrada a menudo en lugares como Ciudad Sáder, leal al clérigo militante chií, o en barrios predominantemente sunníes, como Adhamiyah. En lugar de eso, los tres hombres dijeron que esperarían.
"Terminará, tarde o temprano", dijo Yassin. "Lo dice la historia".
En las paredes hay fotografías de una ocupación anterior: la entrada en Bagdad en 1917 del general de división británico Stanley Maude a la cabeza del ejército que había derrotado a los otomanos, el pontón que construyó en el Tigris, un puesto militar británico de 1923. Maude murió en la guerra; Iraq no alcanzó la independencia sino en 1932.
"Los norteamericanos se marcharán", dijo Karim. "Se marcharán como otros que ocuparon Iraq, tarde o temprano".
Entretanto, los tres hombres dijeron que tenían esperanzas.
"Tengo optimismo, mil por ciento", exclamó Danif.
Karim asintió. "Yo soy dos veces más optimista", dijo.
Yassin sonrió. "Soy optimista, pero sé que habría obstáculos y dificultades". Asintió con los otros y dijo: "Es sólo el principio".
16 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
don quijote habla con el lector
Obra fundadora de la literatura moderna, Don Quijote, de cuya primera publicación se cumplen 400 años el 16 de enero, es un clásico entre los clásicos porque su universalidad hace que siga siendo una obra actual, que siga dialogando con el lector del siglo XXI.
París, Francia. Los especialistas son unánimes: si se excluye la Biblia, no hay libro que tenga más presencia en la vida de todos los días.
Para todo el mundo, en todos los idiomas, "el Quijote evoca algo y se recuerda alguno de sus episodios, como el de los molinos de viento". Y todo el mundo entiende lo que significa comportarse de manera quijotesca o ser un Sancho Panza o la Dulcinea de alguien, dice en entrevista con la AFP Agustín Redondo, catedrático emérito de la Universidad de París y presidente de la asociación internacional de hispanistas.
Aún más ¿Quién tiene una estatuilla con la imagen de Edipo, un cenicero con la de Orlando el Furioso o una jabonera con la de Lady Macbeth? ¿Alguien ha visto a Ana Karenina en azulejos de baño, o sujetapapeles con los hermanos Karamazov?
"¿Cuántas de estas figuras de la literatura reconoceríamos a primera vista sin que nos dijeran de quién se trata?", plantea José Manuel Martín Morán, profesor de la Universidad de Piamonte en Milán, que participó esta semana en París en un coloquio sobre la obra de Miguel de Cervantes.
A Don Quijote se lo puede ver en todo tipo de objetos y se lo identifica inmediatamente.
¿Cómo se explica esa universalidad, esa presencia en la imaginería popular y el hecho de que El Quijote sigue siendo uno de los libros más leídos del mundo?
"El Quijote es hoy un texto con el cual todos podemos dialogar. Un texto escrito en el siglo XVII, pero que contesta a una serie de preocupaciones de la época actual, que se amolda a los códigos culturales que nosotros tenemos", responde Redondo.
Están en él problemas de total actualidad, como "la lectura y la censura, lo que significa el buen gobierno y la justicia y la cuestión de la alteridad y la convivencia", problema candente en nuestros países de fuerte inmigración.
Don Quijote es la primera novela moderna "porque rompe con todos los cánones y es al mismo tiempo un crisol en el que todos los géneros anteriores vienen a remodelarse, es un proceso muy complejo de intertextualidad", explica Redondo.
En la literatura actual, su influencia sigue siendo grande. En toda la literatura latinoamericana, de Gabriel García Márquez a Carlos Fuentes, pasando por Augusto Roa Bastos. En la literatura española, basta citar a Francisco Ayala. "Son casos llamativos de compenetración con la obra de Cervantes", dice Redondo.
Pero no sólo en el mundo hispánico.
"En la literatura francesa, alguien que ha hecho una lectura muy profunda del Quijote es Gustave Flauvert ¿Qué es Madame Bovary? Es una especie de Quijote femenino, vive, transporta a la realidad, lo que los libros le proporcionan. Claro que no lucha de la misma manera pero, como en la obra de Cervantes, se trata de la proyección de la literatura en la vida, y eso es lo que le da la fuerza vital para poder ir más allá", sostiene.
Y es que El Quijote abre nuevas perspectivas literarias, el problema de autoría y las relaciones entre literatura y vida se plantean en él de otra manera. Hay además una autonomía de los personajes que se salen de su propio marco para juzgar sus propias aventuras.
"Es un texto en el cual se mezclan la literatura y la vida, y que permite ir más alla de lo que son nuestras contigencias habituales cotidianas, lanzando la imaginación hacia otros dominios y liberándonos de todo lo que nos impone la vida real. Permite soñar. Soñar con otra vida, con otras posibilidades, con otros mundos, ver la realidad de otra manera, plantearse un sinfín de problemas: ¿Qué es lo que nos empuja, lo que nos hace ir adelante, cómo se pueden compaginar la libertad, la justicia, lo que llamamos los ideales?", explica el cervantista francés.
Don Quijote y Sancho Panza constituyen un complejo mítico que va mucho más allá de España y de Europa, que es universal y atemporal.
Sus imágenes remiten a la esencia humana. Cada uno de nosotros tiene algo de Sancho Panza, práctico y prosaico, pero también cada uno de nosotros proyecta en la imagen del Ingenioso Hidalgo esa parte de imaginación, de ideal, de utopía o de sueño, sin la cual la vida sería imposible.
15 de enero de 2005
©mi punto
París, Francia. Los especialistas son unánimes: si se excluye la Biblia, no hay libro que tenga más presencia en la vida de todos los días. Para todo el mundo, en todos los idiomas, "el Quijote evoca algo y se recuerda alguno de sus episodios, como el de los molinos de viento". Y todo el mundo entiende lo que significa comportarse de manera quijotesca o ser un Sancho Panza o la Dulcinea de alguien, dice en entrevista con la AFP Agustín Redondo, catedrático emérito de la Universidad de París y presidente de la asociación internacional de hispanistas.
Aún más ¿Quién tiene una estatuilla con la imagen de Edipo, un cenicero con la de Orlando el Furioso o una jabonera con la de Lady Macbeth? ¿Alguien ha visto a Ana Karenina en azulejos de baño, o sujetapapeles con los hermanos Karamazov?
"¿Cuántas de estas figuras de la literatura reconoceríamos a primera vista sin que nos dijeran de quién se trata?", plantea José Manuel Martín Morán, profesor de la Universidad de Piamonte en Milán, que participó esta semana en París en un coloquio sobre la obra de Miguel de Cervantes.
A Don Quijote se lo puede ver en todo tipo de objetos y se lo identifica inmediatamente.
¿Cómo se explica esa universalidad, esa presencia en la imaginería popular y el hecho de que El Quijote sigue siendo uno de los libros más leídos del mundo?
"El Quijote es hoy un texto con el cual todos podemos dialogar. Un texto escrito en el siglo XVII, pero que contesta a una serie de preocupaciones de la época actual, que se amolda a los códigos culturales que nosotros tenemos", responde Redondo.
Están en él problemas de total actualidad, como "la lectura y la censura, lo que significa el buen gobierno y la justicia y la cuestión de la alteridad y la convivencia", problema candente en nuestros países de fuerte inmigración.
Don Quijote es la primera novela moderna "porque rompe con todos los cánones y es al mismo tiempo un crisol en el que todos los géneros anteriores vienen a remodelarse, es un proceso muy complejo de intertextualidad", explica Redondo.
En la literatura actual, su influencia sigue siendo grande. En toda la literatura latinoamericana, de Gabriel García Márquez a Carlos Fuentes, pasando por Augusto Roa Bastos. En la literatura española, basta citar a Francisco Ayala. "Son casos llamativos de compenetración con la obra de Cervantes", dice Redondo.
Pero no sólo en el mundo hispánico.
"En la literatura francesa, alguien que ha hecho una lectura muy profunda del Quijote es Gustave Flauvert ¿Qué es Madame Bovary? Es una especie de Quijote femenino, vive, transporta a la realidad, lo que los libros le proporcionan. Claro que no lucha de la misma manera pero, como en la obra de Cervantes, se trata de la proyección de la literatura en la vida, y eso es lo que le da la fuerza vital para poder ir más allá", sostiene.
Y es que El Quijote abre nuevas perspectivas literarias, el problema de autoría y las relaciones entre literatura y vida se plantean en él de otra manera. Hay además una autonomía de los personajes que se salen de su propio marco para juzgar sus propias aventuras.
"Es un texto en el cual se mezclan la literatura y la vida, y que permite ir más alla de lo que son nuestras contigencias habituales cotidianas, lanzando la imaginación hacia otros dominios y liberándonos de todo lo que nos impone la vida real. Permite soñar. Soñar con otra vida, con otras posibilidades, con otros mundos, ver la realidad de otra manera, plantearse un sinfín de problemas: ¿Qué es lo que nos empuja, lo que nos hace ir adelante, cómo se pueden compaginar la libertad, la justicia, lo que llamamos los ideales?", explica el cervantista francés.
Don Quijote y Sancho Panza constituyen un complejo mítico que va mucho más allá de España y de Europa, que es universal y atemporal.
Sus imágenes remiten a la esencia humana. Cada uno de nosotros tiene algo de Sancho Panza, práctico y prosaico, pero también cada uno de nosotros proyecta en la imagen del Ingenioso Hidalgo esa parte de imaginación, de ideal, de utopía o de sueño, sin la cual la vida sería imposible.
15 de enero de 2005
©mi punto
inspectores de onu visitarán base de irán
[George Jahn] Irán ha accedido a permitir que los inspectores de la ONU visiten una extensa base militar que los Estados Unidos consideran está vinculada a un programa secreto de armas nucleares, dijo el miércoles el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica.
Viena, Austria. En una entrevista concedida a The Associated Press, Mohammed ElBaradei indicó que sus expertos visitarán la base de Parchin "en un plazo de días o semanas".
La agencia ha presionado a Teherán desde hace varios meses para que le permita enviar inspectores al complejo militar de Parchin, utilizado por los iraníes para investigar, desarrollar y producir municiones, cohetes y explosivos.
En informes filtrados a la prensa el año pasado, funcionarios de inteligencia de Estados Unidos dijeron que un sitio especialmente asegurado de Parchin, a unos 30 kilómetros al sureste de Teherán, podría ser utilizado para investigaciones sobre armas nucleares, en particular para la elaboración de componentes explosivos para su uso en tales armas.
La AIEA no ha hallado prueba fehaciente alguna para refutar las afirmaciones iraníes de que sus fuerzas armadas no desarrollan actividades nucleares.
Pero un comunicado de la agencia, emitido en octubre, expresó preocupación ante ciertos informes de inteligencia y de prensa acerca del uso, por parte de Irán, de "equipos y materiales que tienen aplicación... en el terreno nuclear militar".
Fuentes diplomáticas dijeron que la frase era una alusión a Parchin.
5 de enero de 2005
©miami herald
Viena, Austria. En una entrevista concedida a The Associated Press, Mohammed ElBaradei indicó que sus expertos visitarán la base de Parchin "en un plazo de días o semanas".La agencia ha presionado a Teherán desde hace varios meses para que le permita enviar inspectores al complejo militar de Parchin, utilizado por los iraníes para investigar, desarrollar y producir municiones, cohetes y explosivos.
En informes filtrados a la prensa el año pasado, funcionarios de inteligencia de Estados Unidos dijeron que un sitio especialmente asegurado de Parchin, a unos 30 kilómetros al sureste de Teherán, podría ser utilizado para investigaciones sobre armas nucleares, en particular para la elaboración de componentes explosivos para su uso en tales armas.
La AIEA no ha hallado prueba fehaciente alguna para refutar las afirmaciones iraníes de que sus fuerzas armadas no desarrollan actividades nucleares.
Pero un comunicado de la agencia, emitido en octubre, expresó preocupación ante ciertos informes de inteligencia y de prensa acerca del uso, por parte de Irán, de "equipos y materiales que tienen aplicación... en el terreno nuclear militar".
Fuentes diplomáticas dijeron que la frase era una alusión a Parchin.
5 de enero de 2005
©miami herald
el síndrome saudí
Preocupa a la opinión liberal estadounidense el financiamiento saudí del wahhabismo, la versión más intolerante del islam.
La próxima vez que piense en comprar el coche familiar que ajuste satisfactoriamente el peso con un kilometraje infinitesimal por galón, quizás querrá saber dónde termina finalmente ese dinero de la gasolina. Parte del precio por cada galón ayuda, aunque indirectamente, a financiar las mezquitas y escuelas religiosas en todo el mundo que difunden una variante fanática del islam que legitima los atentados terroristas. Este financiamiento, que llega a billones de dólares al año, proviene del gobierno y de organizaciones benéficas privadas de Arabia Saudí, un país que recibe ahora gruesamente unos 80 billones de dólares al año por sus exportaciones de petróleo.
Arabia Saudí es la fuente de sólo un 15 por ciento del petróleo importado por Estados Unidos. Pero debido a que el petróleo es una mercadería intercambiable en los mercados mundiales, cada barril que importa Estados Unidos, provenga de Venezuela, Nigeria o México, contribuye a subir los precios que obtiene Arabia Saudí, el más grande exportador de petróleo del mundo. Estados Unidos importa ahora más de la mitad del petróleo que consume, y más de la mitad del consumo estadounidenses consiste en combustible de vehículos. Gracias a los consumidores estadounidenses de gasolina, a las bullentes fábricas chinas y a otros países sedientos de consumo, este año ha sido extremadamente beneficioso para los países exportadores de petróleo. La demanda global alcanzó niveles récords, y la producción de la OPEC llegó a su nivel más alto desde 1979. Incluso con el último bajón en los precios del petróleo, los bajos costes de producción de Arabia Saudí le permiten cosechar un alto margen por cada barril vendido.
El gobierno saudí, él mismo atacado por Al Qaeda, no participa directamente en el financiamiento del terrorismo, y desde el 11 de septiembre de 2001 ha respondido a la presión estadounidense para controlar el flujo de fondos benéficos hacia los grupos terroristas. Pero lo que todavía paga, y lo que las organizaciones benéficas obligan a sus ciudadanos a pagar, es una red mundial de mezquitas, escuelas y centros islámicos que difunden la beligerante e intolerante versión wahhabi del islam, que es dominada por Arabia Saudí. Como resultado de su generosidad financiada por el petróleo, las enseñanzas de líderes musulmanes más tolerantes y más humanos pierden terreno en países como Indonesia o Pakistán. Las mezquitas wahhabi que glorifican la guerra santa armada también hacen alarmantes avances entre las poblaciones musulmanas de Europa y Estados Unidos.
Durante años, el dinero del petróleo de Arabia Saudí financió al régimen talibán de Afganistán y proporcionó apoyo financiero al gobierno de Pakistán. Fue la ayuda saudí la que permitió a Pakistán desafiar las sanciones internacionales impuestas por sus pruebas con bombas atómicas. Sin el dinero saudí habría sido dudoso que el crónicamente pobre Pakistán hubiera sido incluso capaz de desarrollar armas nucleares y las tecnologías cruciales relacionadas con las armas nucleares que sus científicos pasaron a Irán, Libia, Corea del Norte y probablemente otros países.
No hay una siniestra conspiración saudí en esto. Es simplemente lo que cualquiera puede esperar que ocurra cuando las exorbitantes sumas del dinero del petróleo fluyen en una monarquía absoluta que basa su legitimidad en un islam militantemente puritano y no ofrece ninguna pretensión de responsabilidad política o contabilidad transparente. Mientras más copiosamente fluye el dinero del petróleo, menos presión siente una familia real saudí dividida para emprender el tipo de dificultades políticas y reformas económicas que podrían en teoría romper el vínculo entre el petróleo y el terror.
El síndrome saudí no es la única razón por la que los estadounidenses necesitarán ponerse mucho más serios en lo que se refiere a la conservación de la energía. Pero es una razón muy convincente.
1 de enero de 2005
3 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh
La próxima vez que piense en comprar el coche familiar que ajuste satisfactoriamente el peso con un kilometraje infinitesimal por galón, quizás querrá saber dónde termina finalmente ese dinero de la gasolina. Parte del precio por cada galón ayuda, aunque indirectamente, a financiar las mezquitas y escuelas religiosas en todo el mundo que difunden una variante fanática del islam que legitima los atentados terroristas. Este financiamiento, que llega a billones de dólares al año, proviene del gobierno y de organizaciones benéficas privadas de Arabia Saudí, un país que recibe ahora gruesamente unos 80 billones de dólares al año por sus exportaciones de petróleo.Arabia Saudí es la fuente de sólo un 15 por ciento del petróleo importado por Estados Unidos. Pero debido a que el petróleo es una mercadería intercambiable en los mercados mundiales, cada barril que importa Estados Unidos, provenga de Venezuela, Nigeria o México, contribuye a subir los precios que obtiene Arabia Saudí, el más grande exportador de petróleo del mundo. Estados Unidos importa ahora más de la mitad del petróleo que consume, y más de la mitad del consumo estadounidenses consiste en combustible de vehículos. Gracias a los consumidores estadounidenses de gasolina, a las bullentes fábricas chinas y a otros países sedientos de consumo, este año ha sido extremadamente beneficioso para los países exportadores de petróleo. La demanda global alcanzó niveles récords, y la producción de la OPEC llegó a su nivel más alto desde 1979. Incluso con el último bajón en los precios del petróleo, los bajos costes de producción de Arabia Saudí le permiten cosechar un alto margen por cada barril vendido.
El gobierno saudí, él mismo atacado por Al Qaeda, no participa directamente en el financiamiento del terrorismo, y desde el 11 de septiembre de 2001 ha respondido a la presión estadounidense para controlar el flujo de fondos benéficos hacia los grupos terroristas. Pero lo que todavía paga, y lo que las organizaciones benéficas obligan a sus ciudadanos a pagar, es una red mundial de mezquitas, escuelas y centros islámicos que difunden la beligerante e intolerante versión wahhabi del islam, que es dominada por Arabia Saudí. Como resultado de su generosidad financiada por el petróleo, las enseñanzas de líderes musulmanes más tolerantes y más humanos pierden terreno en países como Indonesia o Pakistán. Las mezquitas wahhabi que glorifican la guerra santa armada también hacen alarmantes avances entre las poblaciones musulmanas de Europa y Estados Unidos.
Durante años, el dinero del petróleo de Arabia Saudí financió al régimen talibán de Afganistán y proporcionó apoyo financiero al gobierno de Pakistán. Fue la ayuda saudí la que permitió a Pakistán desafiar las sanciones internacionales impuestas por sus pruebas con bombas atómicas. Sin el dinero saudí habría sido dudoso que el crónicamente pobre Pakistán hubiera sido incluso capaz de desarrollar armas nucleares y las tecnologías cruciales relacionadas con las armas nucleares que sus científicos pasaron a Irán, Libia, Corea del Norte y probablemente otros países.
No hay una siniestra conspiración saudí en esto. Es simplemente lo que cualquiera puede esperar que ocurra cuando las exorbitantes sumas del dinero del petróleo fluyen en una monarquía absoluta que basa su legitimidad en un islam militantemente puritano y no ofrece ninguna pretensión de responsabilidad política o contabilidad transparente. Mientras más copiosamente fluye el dinero del petróleo, menos presión siente una familia real saudí dividida para emprender el tipo de dificultades políticas y reformas económicas que podrían en teoría romper el vínculo entre el petróleo y el terror.
El síndrome saudí no es la única razón por la que los estadounidenses necesitarán ponerse mucho más serios en lo que se refiere a la conservación de la energía. Pero es una razón muy convincente.
1 de enero de 2005
3 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh
¿CUMPLIRÁ IRÁN SUS COMPROMISOS?
¿Respetará Irán sus compromisos de no construir armas nucleares? Europa debe ponerse más firme, dice el New York Times.
Nadie sabe si Irán está realmente dispuesto a renunciar a sus ambiciones de poseer armas nucleares, pero su compromiso del lunes a congelar sus operaciones de enriquecimiento de uranio e invitar de vuelta a inspectores internacionales es un paso adelante hacia el buen sentido nuclear.
La crucial concesión fue lograda por el Reino Unido, Francia y Alemania con la ayuda de la amenaza de la fecha límite antes de referir las actividades nucleares de Irán al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Irán no estará completamente libre de la amenaza hasta que no se comprometa a acuerdos de más larga duración, incluyendo el término definitivo de enriquecimiento de uranio y la ratificación de un acuerdo que permitirá a los inspectores internacionales pagar visitas de inspección sin aviso previo. Sólo entonces proporcionará Europa algunos alicientes económicos como parte de un acuerdo final. Si Teherán no cumple con el acuerdo, como lo hizo con el anterior, Europa debería estar dispuesta a imponer severas medidas económicas, incluyendo posiblemente la prohibición de invertir en la industria petrolífera iraní.
La preocupación nuclear más inmediata es el plan piloto de Irán para el enriquecimiento del uranio en Natanz. Las centrífugas que hay allí pueden ser usadas tanto para producir uranio enriquecido para bombas atómicas como para fabricar combustible para reactores. Cualquier país que construya y opere esas plantas ha iniciado la fase más importante en el camino hacia la fabricación de armas nucleares.
Irán ahora ha accedido a detener provisionalmente el enriquecimiento, a congelar todas las obras en la planta de Natanz y a renunciar a los planes para convertir uranio sólido en gas, con que suministrar a las centrífugas para el enriquecimiento. También ha aceptado renunciar, de momento, al otro conocido método para fabricar combustible para bombas, en el que se usa plutonio en lugar de uranio. Y ha acordado respectar métodos de inspección más rigurosos, que su Parlamento aún no ha ratificado.
A cambio, Europa se ha comprometido -también provisionalmente- a no presentar el asunto ante el Consejo de Seguridad, y si Irán cumple su parte, a reiniciar negociaciones sobre un tratado de comercio preferente.
El hecho de que Irán haya aceptado estos términos tras varios días de duda sugiere fuertemente que incluso los partidarios de la línea dura, que ahora dominan Teherán, son susceptibles a los argumentos económicos. Algunos de ellos entienden claramente que sin un incremento del comercio internacional y de la inversión para generar más empleos para una fuerza laboral en rápido crecimiento, el control de los mullahs se puede ver debilitado.
Desafortunadamente, este acuerdo hace poco más que reinstalar, y apenas ampliado, el congelamiento al que Irán se había comprometido el año pasado. Por eso el mundo necesita un acuerdo permanente, vinculante y verificable en el que Irán se comprometa a abandonar el enriquecimiento de combustible nuclear y su reprocesamiento.
De momento, no hay ninguna garantía de que Irán no continúe en secreto sus experimentos de enriquecimiento de uranio en alguna instalación secreta, como asegura ahora un grupo de la resistencia. La Agencia Internacional de Energía Atómica dejó en claro esta semana que no puede descartar esta posibilidad. Pero con una Europa todavía reticente a presentar el problema iraní al Consejo de Seguridad, y Rusia y China que probablemente vetarán cualquier intento de imponer sanciones una vez que se trate el tema, el nuevo acuerdo parecer ser la mejor opción disponible.
Seguir por este imperfecto camino no debe significar que Irán mantenga a los diplomáticos europeos en ascuas indefinidamente mientras se prepara secretamente para construir armas nucleares. Irán tiene una larga historia de eludir los compromisos del tratado de no proliferación nuclear, y Europa tiene una larga historia negándose a fijar límites. En los meses que vienen, ambos necesitan demostrar mayor sabiduría.
17 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Nadie sabe si Irán está realmente dispuesto a renunciar a sus ambiciones de poseer armas nucleares, pero su compromiso del lunes a congelar sus operaciones de enriquecimiento de uranio e invitar de vuelta a inspectores internacionales es un paso adelante hacia el buen sentido nuclear.La crucial concesión fue lograda por el Reino Unido, Francia y Alemania con la ayuda de la amenaza de la fecha límite antes de referir las actividades nucleares de Irán al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Irán no estará completamente libre de la amenaza hasta que no se comprometa a acuerdos de más larga duración, incluyendo el término definitivo de enriquecimiento de uranio y la ratificación de un acuerdo que permitirá a los inspectores internacionales pagar visitas de inspección sin aviso previo. Sólo entonces proporcionará Europa algunos alicientes económicos como parte de un acuerdo final. Si Teherán no cumple con el acuerdo, como lo hizo con el anterior, Europa debería estar dispuesta a imponer severas medidas económicas, incluyendo posiblemente la prohibición de invertir en la industria petrolífera iraní.
La preocupación nuclear más inmediata es el plan piloto de Irán para el enriquecimiento del uranio en Natanz. Las centrífugas que hay allí pueden ser usadas tanto para producir uranio enriquecido para bombas atómicas como para fabricar combustible para reactores. Cualquier país que construya y opere esas plantas ha iniciado la fase más importante en el camino hacia la fabricación de armas nucleares.
Irán ahora ha accedido a detener provisionalmente el enriquecimiento, a congelar todas las obras en la planta de Natanz y a renunciar a los planes para convertir uranio sólido en gas, con que suministrar a las centrífugas para el enriquecimiento. También ha aceptado renunciar, de momento, al otro conocido método para fabricar combustible para bombas, en el que se usa plutonio en lugar de uranio. Y ha acordado respectar métodos de inspección más rigurosos, que su Parlamento aún no ha ratificado.
A cambio, Europa se ha comprometido -también provisionalmente- a no presentar el asunto ante el Consejo de Seguridad, y si Irán cumple su parte, a reiniciar negociaciones sobre un tratado de comercio preferente.
El hecho de que Irán haya aceptado estos términos tras varios días de duda sugiere fuertemente que incluso los partidarios de la línea dura, que ahora dominan Teherán, son susceptibles a los argumentos económicos. Algunos de ellos entienden claramente que sin un incremento del comercio internacional y de la inversión para generar más empleos para una fuerza laboral en rápido crecimiento, el control de los mullahs se puede ver debilitado.
Desafortunadamente, este acuerdo hace poco más que reinstalar, y apenas ampliado, el congelamiento al que Irán se había comprometido el año pasado. Por eso el mundo necesita un acuerdo permanente, vinculante y verificable en el que Irán se comprometa a abandonar el enriquecimiento de combustible nuclear y su reprocesamiento.
De momento, no hay ninguna garantía de que Irán no continúe en secreto sus experimentos de enriquecimiento de uranio en alguna instalación secreta, como asegura ahora un grupo de la resistencia. La Agencia Internacional de Energía Atómica dejó en claro esta semana que no puede descartar esta posibilidad. Pero con una Europa todavía reticente a presentar el problema iraní al Consejo de Seguridad, y Rusia y China que probablemente vetarán cualquier intento de imponer sanciones una vez que se trate el tema, el nuevo acuerdo parecer ser la mejor opción disponible.
Seguir por este imperfecto camino no debe significar que Irán mantenga a los diplomáticos europeos en ascuas indefinidamente mientras se prepara secretamente para construir armas nucleares. Irán tiene una larga historia de eludir los compromisos del tratado de no proliferación nuclear, y Europa tiene una larga historia negándose a fijar límites. En los meses que vienen, ambos necesitan demostrar mayor sabiduría.
17 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh
ORIENTE MEDIO ESPERA
Ninguno de los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos ha abierto la boca sobre el grave y crucial conflicto palestino-israelí. Sin embargo, nada es tan importante como su solución.
Probablemente, el estancamiento cada vez más sangriento entre israelíes y palestinos se hará camino en el programa del próximo presidente de Estados Unidos. Esto debería ser evidente, si se atiende al creciente número de víctimas inocentes en los dos lados y la rabia y la desesperación que se extienden en una región ya inflamada. Sin embargo, a apenas dos semanas de las elecciones, el presidente Bush y el senador John Kerry han ignorado este importante tema, y ninguno de los dos ha propuesto algún plan serio para romper el estancamiento.
En lugar de eso, han coincidido en ofrecer al primer ministro israelí, Ariel Sharon, un respaldo prácticamente incondicional para cualquier operación militar o de expansión de los asentamientos que quiera emprender. Tras pronunciar anatemas contra el desacreditado Yaser Arafat, se han dedicado a hacer tiempo a la espera de un nuevo y menos comprometido liderazgo palestino que debería surgir de algún modo milagroso para reemplazarlo. Esto no es lo que se llama una política exterior. Es una abdicación de autoridad que cuesta vidas israelíes y palestinas, profundiza la desconfianza y hace una paz eventual mucho más difícil de alcanzar. Washington no se puede permitir continuar con esa política destructiva. Debe esforzarse por reconstruir su influencia como una fuerza pacificadora en Oriente Medio.
Aunque Estados Unidos ha sido durante largo tiempo un estrecho aliado de Israel y se ha comprometido firmemente con su seguridad, Washington, ya antes del gobierno de Bush, también había logrado convencer a los palestinos de su buena fe como fuerza conciliadora. En los últimos tres años y medio, esa confianza ha sido innecesaria e imprudentemente perdida. Este gobierno se ha permitido a sí mismo transformarse en un peón de las intrigas de Sharon. Que esto es así se desprende claramente de una reciente entrevista en un diario israelí en la que el jefe del estado mayor del primer ministro se jactaba de que Sharon se había asegurado del respaldo estadounidense para posponer toda discusión seria del estado palestino hasta el futuro distante.
Para re-establecer la credibilidad de Estados Unidos como un negociador por la paz, el próximo presidente debe mostrar que Estados Unidos sigue comprometido con la solución de dos estados justa y viable que Bush endorsó hace dos años y que se opondrá enérgicamente a toda acción del lado que sea que socave ese plan. Es de vital importancia que Washington condene toda connivencia oficial del terrorismo de parte de los palestinos. Pero debe también aprender de nuevo a levantar la voz contra la expansión de los asentamientos y las provocadoras operaciones militares de los israelíes.
La necesidad suprema de Israel es la seguridad de sus ciudadanos en sus vidas cotidianas, y en esto merece el completo apoyo de Estados Unidos. La valla que está levantando el gobierno de Sharon puede ser un factor positivo en detener la infiltración de terroristas kamikaze y otros desde Cisjordania y la Franja de Gaza, pero sólo si la construye a lo largo de las fronteras de Israel de antes de 1967. La valla no es por sí sola una respuesta. Debe ser complementada por un efectivo desmantelamiento palestino de las células terroristas. Eso requerirá la reconstrucción de algunas de las instituciones políticas y policiales palestinas que Israel ha estado debilitando sistemáticamente.
Washington debería apoyar activamente esa reconstrucción ejerciendo presión para nuevas elecciones democráticas en todos los niveles de la sociedad palestina, desde alcaldes de pueblos hasta los comités de la más alta autoridad palestina. Promover la democracia en el mundo árabe es ahora la posición oficial de Estados Unidos, y el principio que la anima es igual de válido para los palestinos como para los iraquíes y afganos. Dado de Bush y Kerry afirman ambos que Arafat se ha desacreditado definitivamente como un interlocutor válido para las conversaciones de paz, deberían estar ansiosos por estimular la emergencia de una nueva generación de líderes palestinos a través de elecciones democráticas. Otro modo en que Washington puede ayudar a revertir el actual declive palestino hacia el caos, el terror y la desesperación es volviendo a la tradicional posición estadounidense de exigir un completo congelamiento de la expansión de los asentamientos israelíes. Eso daría credibilidad a la imparcialidad estadounidense, daría nueva vida a las decaídas esperanzas palestinas de un futuro y viable estado propio y daría más peso a los palestinos moderados.
Washington no puede imponer la paz entre Israel y los palestinos; esa paz debe crecer en casa. Pero eso no libera al presidente estadounidense de la responsabilidad de hacer todo lo que esté en su poder para animar a los dos lados a abandonar sus actuales políticas destructivas y a que se comprometan a trabajar hacia una eventual paz negociada.
18 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh
Probablemente, el estancamiento cada vez más sangriento entre israelíes y palestinos se hará camino en el programa del próximo presidente de Estados Unidos. Esto debería ser evidente, si se atiende al creciente número de víctimas inocentes en los dos lados y la rabia y la desesperación que se extienden en una región ya inflamada. Sin embargo, a apenas dos semanas de las elecciones, el presidente Bush y el senador John Kerry han ignorado este importante tema, y ninguno de los dos ha propuesto algún plan serio para romper el estancamiento.En lugar de eso, han coincidido en ofrecer al primer ministro israelí, Ariel Sharon, un respaldo prácticamente incondicional para cualquier operación militar o de expansión de los asentamientos que quiera emprender. Tras pronunciar anatemas contra el desacreditado Yaser Arafat, se han dedicado a hacer tiempo a la espera de un nuevo y menos comprometido liderazgo palestino que debería surgir de algún modo milagroso para reemplazarlo. Esto no es lo que se llama una política exterior. Es una abdicación de autoridad que cuesta vidas israelíes y palestinas, profundiza la desconfianza y hace una paz eventual mucho más difícil de alcanzar. Washington no se puede permitir continuar con esa política destructiva. Debe esforzarse por reconstruir su influencia como una fuerza pacificadora en Oriente Medio.
Aunque Estados Unidos ha sido durante largo tiempo un estrecho aliado de Israel y se ha comprometido firmemente con su seguridad, Washington, ya antes del gobierno de Bush, también había logrado convencer a los palestinos de su buena fe como fuerza conciliadora. En los últimos tres años y medio, esa confianza ha sido innecesaria e imprudentemente perdida. Este gobierno se ha permitido a sí mismo transformarse en un peón de las intrigas de Sharon. Que esto es así se desprende claramente de una reciente entrevista en un diario israelí en la que el jefe del estado mayor del primer ministro se jactaba de que Sharon se había asegurado del respaldo estadounidense para posponer toda discusión seria del estado palestino hasta el futuro distante.
Para re-establecer la credibilidad de Estados Unidos como un negociador por la paz, el próximo presidente debe mostrar que Estados Unidos sigue comprometido con la solución de dos estados justa y viable que Bush endorsó hace dos años y que se opondrá enérgicamente a toda acción del lado que sea que socave ese plan. Es de vital importancia que Washington condene toda connivencia oficial del terrorismo de parte de los palestinos. Pero debe también aprender de nuevo a levantar la voz contra la expansión de los asentamientos y las provocadoras operaciones militares de los israelíes.
La necesidad suprema de Israel es la seguridad de sus ciudadanos en sus vidas cotidianas, y en esto merece el completo apoyo de Estados Unidos. La valla que está levantando el gobierno de Sharon puede ser un factor positivo en detener la infiltración de terroristas kamikaze y otros desde Cisjordania y la Franja de Gaza, pero sólo si la construye a lo largo de las fronteras de Israel de antes de 1967. La valla no es por sí sola una respuesta. Debe ser complementada por un efectivo desmantelamiento palestino de las células terroristas. Eso requerirá la reconstrucción de algunas de las instituciones políticas y policiales palestinas que Israel ha estado debilitando sistemáticamente.
Washington debería apoyar activamente esa reconstrucción ejerciendo presión para nuevas elecciones democráticas en todos los niveles de la sociedad palestina, desde alcaldes de pueblos hasta los comités de la más alta autoridad palestina. Promover la democracia en el mundo árabe es ahora la posición oficial de Estados Unidos, y el principio que la anima es igual de válido para los palestinos como para los iraquíes y afganos. Dado de Bush y Kerry afirman ambos que Arafat se ha desacreditado definitivamente como un interlocutor válido para las conversaciones de paz, deberían estar ansiosos por estimular la emergencia de una nueva generación de líderes palestinos a través de elecciones democráticas. Otro modo en que Washington puede ayudar a revertir el actual declive palestino hacia el caos, el terror y la desesperación es volviendo a la tradicional posición estadounidense de exigir un completo congelamiento de la expansión de los asentamientos israelíes. Eso daría credibilidad a la imparcialidad estadounidense, daría nueva vida a las decaídas esperanzas palestinas de un futuro y viable estado propio y daría más peso a los palestinos moderados.
Washington no puede imponer la paz entre Israel y los palestinos; esa paz debe crecer en casa. Pero eso no libera al presidente estadounidense de la responsabilidad de hacer todo lo que esté en su poder para animar a los dos lados a abandonar sus actuales políticas destructivas y a que se comprometan a trabajar hacia una eventual paz negociada.
18 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh
¿QUIÉN QUIERE A LOS SAUDÍES? - max rodenbeck
En Occidente, y en el resto del mundo, se tiene una en general mala impresión de los saudíes, sea como codiciosos emires del petróleo, recalcitrantes e incoherentes fanáticos religiosos o corruptos y perversos príncipes. Los tres personajes son, además, inmensamente ricos. Costará trabajo cambiar su percepción.
A fines del año 1818, el pueblo de Constantinopla presenció la ejecución de un bandido que había sido capturado en los áridos desiertos de Arabia. Enjuiciado y condenado por herejía y bandidaje por el más alto tribunal sharia' del Imperio Otomano, el rebelde fue arrastrado hasta las puertas del palacio del sultán. La decapitación misma fue rápida, pero su cabeza separada fue colocada en un mortero de gigantescas proporciones y ceremoniosamente molida hasta transformarla en una masa; su cuerpo fue clavado en un alto poste y exhibido, con un puñal clavado en su pecho con un cartel de la sentencia de irtidad' (excomunión).
El desafortunado capitán árabe era Al Saud1, un ancestro directo de los actuales gobernantes de Arabia Saudí, el lugar que quizás más rápidamente asociado con la práctica de la decapitación en el mundo moderno (al menos hasta que los equipos de secuestradores de los terroristas empezaran en otros lugares a filmar su sórdida parodia de la justicia divina en videos borrosos). De hecho, el hombre condenado era Abdallah ibn Saud ibn Abdul Aziz ibn Muhammad ibn Saud, el emir saudí reinante de la época y biznieto del fundador del primer estado saudí.2
Los Al Saudíes eran insignificantes jefes de unos remotos territorios particularmente pobres de Arabia central cerca de la moderna ciudad de Riyad cuando, hacia 1740, tuvieron la suerte de aliarse a un predicador evangelista llamado Muhammad ibn Abdul Wahhab. La fusión de la espada saudí y del fervor wahhabí, todavía celebrada en la bandera del reino, elevó las ambiciones de los Al Saudí de meras redadas tribales a una guerra santa a toda escala. Dentro de dos generaciones lograron conquistar la mayor parte de la península arábica, uniendo el territorio por primera vez desde la expansión inicial del islam unos mil años antes.
Pero los primeros saudíes llegaron demasiado lejos. En 1801 saquearon la ciudad santa chií de Karbala, en Iraq, destruyendo sus santuarios con cúpulas de oro, asesinando a miles de sus habitantes y llevándose a sus esposas, hijas y posesiones. Ese botín les pertenecía en propiedad, ya que el extremista sunnismo wahhabí enseña que los chií no pueden reclamar que son verdaderos musulmanes. Su veneración de las tumbas era considerada como una forma de idolatría, un pecado que se castiga con la muerte. Así, cuando en 1806 los saudíes asaltaron los cuarteles otomanos de la Meca y Medina, ciudades santas sunníes y chiíes, destruyeron toda tumba que encontraron, aplicando por la fuerza sus normas más estrictas, y dieron latigazos, robaron y asesinaron a los peregrinos que desobedecían.
Por último, en 1811, el sultán otomano respondió ordenando al poderoso wali de Egipto, Muhammad Ali Pasha, a deshacerse de esa molestia.3 Su bien equipado ejército reconquistó rápidamente Hijaz, la región de las ciudades santas. Pero la campaña en el árido corazón de Arabia fue agotadora. Una feroz resistencia saudí llevó a los invasores a aplicar la táctica de la tierra quemada. Para cuando se rindió el emir Abdallad, la mitad de los pueblos de Arabia habían sido arrasados, sus pozos envenenados, sus palmas arrancadas de la tierra y sus rebaños, dispersados. Unos cuatrocientos saudíes fueron embarcados al Cairo como rehenes, un acto de piedad si se considera que los egipcios amarraron a muchos emires menores y a clérigos wahhabíes a la boca de cañones y los convirtieron en pedazos. El comandante egipcio obligó al más reverenciado estudioso de entre los descendientes de Muhammad ibn Abdul Wahhab a escuchar durante un rato melodías tocadas en un violín de dos cuerdas (música que estaba prohibida por los wahhabíes) y luego lo mató a balazos.
1
A juzgar por el tenor de lo que se ha dicho sobre Arabia Saudí desde el 11 de septiembre de 2001, no poca gente piensa que debería hacerse algo similar con los saudíes de hoy. En el Congreso, en la televisión estadounidense, y en la prensa, el país ha sido retratado como una especie de aceitosa barbarie, el manantial de un sistema de valores sombrío y hostil que es la antítesis misma del nuestro. La alianza de setenta años de Estados Unidos con el reino ha sido reconsiderada como un espantoso error, una renuncia a nuestra alma, un coqueteo con la muerte adicta a la gasolina.
Para Dore Gold, el antiguo representante de Israel ante Naciones Unidas, Arabia Saudí es el Reino del Odio', la principal fuente de dinero y demencia que nutre al terrorismo musulmán en todo el planeta. Robert Baer, un antiguo agente de la CIA que se presenta a sí mismo como un gallardo enemigo del yihadismo internacional, ahorra su vehemencia más para prescripciones que para descripciones. Los Al Saudíes, propone, deberían copiar el brutal modelo sirio y exterminar así a sus propios extremistas con un enorme ejército4, o soportar que los norteamericanos ocupen sus campos de petróleo, la división del reino y el establecimiento de un estado chií títere en su Provincia Oriental, rica en petróleo y donde predomina la secta minoritaria. El periodista Craig Unger prefiere ganar puntos más cerca de casa. Propone que la "relación secreta" entre Bush y las dinastías saudíes "ayudaron a gatillar la Edad del Terror', que es la época en la que aparentemente vivimos hoy. Su conclusión: los Bush han ensillado a Estados Unidos en "una potencia extranjera que alberga y apoya a nuestros enemigos mortales".
No toda la literatura reciente sobre el reino es tan categóricamente alarmista. La concisa, informativa e inteligente Complete Idiot's Guide to Understanding Saudi Arabia', de Colin Wells, es un excelente punto de partida para aquellos que no saben nada del reino. Thomas Lippman, del Washington Post, un sagaz observador y frecuente visitante, ha escrito una muy necesaria historia de las relaciones estadounidense-saudíes que es objetiva, comprensiva de los dos lados y llena de anécdotas. Aunque algo anticuado, Saudi Arabia and the Politics of Dissent', de Mamoun Fandy, ofrece un perceptivo análisis de las diferentes ramas del islamismo saudí. El reciente informe del Grupo de Crisis Internacional ICG, Can Saudi Arabia Reform Itself?', proporciona un examen sobrio y bien informado del estado actual y perspectivas de Arabia Saudí.5
A pesar de su crispado título, Hatred's Kingdom', de Dore Gold, está bien documentado, especialmente en lo que concierne a las raíces e influencia de la intolerancia wahhabí. La debilidad es que mientras Gold, conocido en la televisión como portavoz de la política exterior israelí, destaca alegremente cosas tales como el antisemitismo y la xenofobia saudí, obscurece el importante papel de Israel y Estados Unidos en nutrirlos. La pasión por Palestina entre los saudíes y en el mundo árabe y musulmán más amplio puede ser exagerada y a veces interesada, pero es sin embargo real.6 (Gold es también poco sincero cuando desdeña las tentativas saudíes de paz con Israel como insinceras. Los Al Saudíes arriesgaron mucho de su prestigio para unir tras de sí a otros árabes en el plan de paz que presentaron en la primavera de 2002, sólo para ser rechazados por el sepulcral silencio de Jerusalén).
Robert Baer también tiende a sostener la visión de que si los saudíes "nos odian", es solamente por lo que son más que por lo que hacemos. Sin embargo, en medio de tales posturas e insinuaciones, y a pesar del ocasional aullido,7 su libro contiene algunos análisis agudos, así como amenos chismes de las cafeterías de Langley. Por ejemplo, revela la autoritaria y oculta influencia de la esposa del Rey Fahd, Jawhara al Ibrahim, desde que el Rey quedara incapacitado por un infarto en 1995. Su control del acceso al ahora inválido anciano de 83 años, aparentemente ayudó al clan al-Ibrahim a aumentar considerablemente su fortuna. Esas historias son de conocimiento público entre los saudíes, por supuesto, pero nos ayuda a recordar que las mujeres saudíes no están tan desprovistas de recursos.
2
Como muestra el ejemplo otomano, la tunda saudí anticipa de lejos la revelación de que tres cuartos de los secuestradores del 11 de septiembre, así como sus jefes, eran nacionales saudíes. Incluso si los estadounidenses se entretuvieron alguna vez con las ideas teñidas por el National Geographic con los nobles beduinos cambiando camellos por Camaros, han pasado treinta años desde que fueran remplazadas -tan pronto como el precio de la gasolina llegó a un dólar el galón durante la crisis del petróleo de 1973- por la imagen de codiciosos Ali Babás cobrando rescates a Occidente. Tampoco es sólo en Occidente que los saudíes no son populares. Otros corteses árabes han durante largo tiempo ridiculizado a sus primos del desierto como una mezcla tartúficamente hipócrita entre nuevos ricos y puritanos fanáticos. Para los millones de inmigrantes asiáticos que se ocupan de los trabajos meniales, que han soportado la condición de obrero-siervo en las cocinas y en los sitios de construcción del reino, la experiencia saudí es recordada como algo parecido a los sufrimientos de los hebreos en Egipto, una mezcla de antros de perdición, capricho y crueldad. Y, por supuesto, la particularmente rígida versión oficial del islam de Arabia Saudí, con sus decapitaciones, su demonización de otras creencias y su vendar y engrillar de sus mujeres con velos y mezquinas restricciones legales, es vista como odiosa por casi todo el mundo, incluyendo a una parte considerable de los musulmanes.
En resumen, los saudíes presentan un objetivo especialmente voluminoso, y que se mueve en cámara lenta. Lo peor es que su riqueza no les ayuda mucho. La importancia de Arabia Saudí como una fuente de petróleo, como un mercado de artículos caros y como un terreno estratégico de la propiedad inmobiliaria ha ciertamente ejercido un enmudecedor efecto sobre los gobiernos extranjeros que compiten por sus favores. Sin embargo, para la opinión pública occidental, la fabulosa riqueza de los saudíes ha tendido a pintar a los raros defensores del reino como mercenarios y gente que acepta dinero manchado de sangre, etc.
Como con las obscenas historias sobre la perversidad saudí, la influencia de los millones de los saudíes tiende a ser exagerada más allá de toda proporción. Por ejemplo, el reino gasta un montón de dinero para mejorar su imagen en el extranjero: desde el 11 de septiembre de 2001, 17.6 millones de dólares en cabilderos solamente en Estados Unidos, según el ministerio de Justicia. Pero entonces, los despabilados extranjeros a menudo encuentran valioso participar en la política estadounidense al modo americano. La diminuta Latvia, por ejemplo, contrató hace poco a una firma de Washington para promover su intención de ser anfitriona de la cumbre de la OTAN de 2006. Además, los gastos recientes de los saudíes, casi todos en reclames publicitarios, constituyen una pequeña contribución al abrevadero de los cabilderos. Si dejamos de lado Washington, veremos que los cabilderos estadounidenses locales ingresaron en 2003 unos 890 millones de dólares solamente para influir en los gobiernos de los estados.
Y mientras es verdad que el dinero saudí asegura una influencia más amplia a través de contratos e inversiones colocadas cuidadosamente, las cifras que se les lanza acusadoramente a menudo no concuerdan. Craig Unger, por ejemplo, monta una gran fanfarria por el hecho de que los saudíes han pasado cerca de 1.5 billones de dólares a lo que describe como "individuos e instituciones con estrechos vínculos con la Casa de los Bush". Una inspección más detenida revela que un 85 por ciento de ese dinero fue destinado a contratos de defensa y pagado a firmas de propiedad del Grupo Carlyle, un sociedad de cartera cuya gorda planilla de antiguos funcionarios republicanos la hace, por lo menos de acuerdo a Unger, una operación afiliada a Bush.
Unger deja de lado indicar que los saudíes eran los patrocinadores de estas empresas mucho antes de que Carlyle las comprara, y ha continuado haciéndolo desde que las vendió en 1998. El más grande de los más grandes ítemes durante los años noventa, un contrato de mil millones de dólares con la Vinnell Corporation, que fue brevemente propiedad de Carlyle, simplemente extendió la misma ininterrumpida secuencia de contratos para adiestrar a la Guardia Nacional saudí que se remonta a 1975. En otro contrato separado, la Halliburton de Dick Cheney se embolsó otros 180 millones de dinero saudí. Pero cuando consideramos que Halliburton es la compañía de servicios de campos petrolíferos más importante del mundo, es difícilmente un gasto sospechoso para el productor de petróleo más grande del mundo. Esto deja un goteo de sumas mucho más pequeñas, tales como la donación saudí de 1 millón de dólares para la biblioteca presidencial de George H.W. Bush. Como admite Unger mismo, sin embargo, los saudíes han entregado dinero a todas y cada una de las bibliotecas presidenciales construidas en los últimos treinta años.
Todavía más engañosos son las muy distorsionadas cifras que atribuyen a los saudíes una ilimitada influencia en los salones de juntas del reino. Unger dice que el país tiene 860 millones de dólares en acciones estadounidenses. Robert Baer calcula el tesoro con mucha autoridad en 1 trillón de dólares, además de otro trillón depositado en bancos estadounidenses.
Para comenzar, los saudíes no son tan estúpidos como para dejar un trillón de dólares inútilmente en las cámaras de un banco. En segundo lugar, lo más que Arabia Saudí ha logrado ganar con sus ventas de petróleo en un año es 101 billones de dólares (en 1981, cuando el precio del petróleo alcanzó su máximo de todos los tiempos -e incluso así esa suma apenas sobrepasa lo que los estadounidenses gastan en cigarrillos). Para llegar a acumular un trillón de dólares, los saudíes deberían haber ahorrado cada uno de los céntimos que han ganado. Con todo, el gobierno saudí ha ajustado su presupuesto sólo dos veces en las dos últimas dos décadas, para no decir nada sobre supuestos altos excedentes. Todos los activos acumulados en el extranjero, privados y públicos, de todos los productores árabes de petróleo puestos juntos no llegarían a 1.5 trillones de dólares, y gran parte de estos han sido invertidos en propiedad inmobiliaria en Europa. Eso es más o menos lo que gasta el ministerio de Defensa estadounidense en tres años.
Gold, Unger y Baer mencionan que los saudíes han gastado 100 billones de dólares en armas compradas a los americanos desde los años setenta como prueba de que Washington ha sido embaucado y armado a un enemigo potencial. Pero como señala Lippman, sólo una quinta parte de este desembolso se invirtió en "equipos letales". El resto se gastó en adiestramiento, repuestos e infraestructura militar que ha demostrado ser extremadamente útil para las propias tropas estadounidenses en varias ocasiones. Turbias como muchos de estos contratos seguramente son, el objetivo de defender al más grande almacén de energía del mundo es difícilmente poco razonable.
Unger es un fino escritor, y tiene razón en que la dinastía Bush ha forjado sospechosamente convenientes vínculos con la industria petrolífera en general y con varias monarquías árabes petrolíferas en particular. Tiene toda la razón en exigir saber cosas tales como por ejemplo quién autorizó la precipitada repatriación de unos ricos saudíes inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y por qué. También tendría razón en plantear otras preguntas, tales como qué planes tenían los funcionarios saudíes que ayudaron a financiar la estadía en San Diego de dos de los futuros secuestradores, y por qué el gobierno de Bush ha tratado de ocultar este episodio.8 Sin embargo, con tanto humo en el aire, y a pesar de alarmantes signos de meteduras de pata, duplicidad o peor en Washington, una cosa que Unger y otros no han logrado demostrar convincentemente es que el dinero saudí haya de algún modo influido en la política exterior de Bush en mayor grado que lo hizo sobre otros gobiernos, y que haya así perjudicado intereses estadounidenses.
La estridencia de la hipérbole sugiere que hay factores involucrados que tienen poco que ver con la general antipatía hacia de los saudíes. Uno de ellos es la ignorancia. Varios de los autores mencionados arriba no han estado nunca en el reino. Pocos de sus libros proporcionan suficiente información de fondo para explicar los imperativos históricos que están detrás de la búsqueda por parte de Estados Unidos de lazos más estrechos con los Al Saudíes (muy beneficioso, en general, para las dos partes), o detrás del crecimiento, más tarde, de sentimientos anti-americanos dentro del reino (ciertamente un error de ambas partes), o detrás del generoso patrocinio de Al Saudíes del islamismo wahhabí (una aventura, para decir lo menos, muchos menos exitosa). En realidad, estos desarrollos son caracterizados como ejemplos de perfidia y traición.
Un factor corolario que lleva a exagerar la supuesta amenaza saudí es el temor. El reino, se nos recuerda constantemente, controla un cuarto de las reservas mundiales de petróleo. En 1970, Estados Unidos se transformó en un importador neto de la materia prima que hace posible su supervivencia. Cruzó otro umbral de dependencia en 2000 cuando las importaciones fueron por primera vez equivalentes a más de la mitad del consumo. La tendencia es clara. La demanda global continúa creciendo, más dramáticamente en China (que proyecta terminar hacia 2015 un sistema de carreteras más extenso que la red de carreteras interestatales de Estados Unidos ). Como las reservas fácilmente explotables que se encuentran fuera del Golfo Pérsico se agotarán dentro de unas décadas, el alijo del reino, que se calcula que durará otros trescientos años, sólo crecerá en importancia.
Peor aun, dicen los entendidos, el gobierno corrupto y feudal de los Al Saudíes está condenado a desaparecer. Tan frágil es que estamos en peligro de que "nuestro" petróleos sea secuestrado por fanáticos o por príncipes cobardes dispuestos a apaciguarlos. El país, advierte Robert Baer, es un barril de pólvora. Un atentado terrorista coordinado contra el reino, desencadenaría un colapso económico global y un "nivel de desesperación personal no vista desde los días de la Gran Depresión".
Nunca está demás considerar las peores alternativas. Pero le gusta decir al ministro saudí del petróleo, Ali Naimi, el petróleo es un artículo intercambiable'. Si no lo puedes obtener en un lugar, siempre lo puedes obtener en otro. Esto significa que quien quiera que sea el que gobierne el reino, tendrá cuidado de no elevar demasiado el precio del petróleo. Cuando lo hicieron los saudíes en los años setenta, los importadores de petróleo redujeron drásticamente su consumo, y las compañías petrolíferas buscaron reservas más difíciles de explotar en lugares como el Mar del Norte y la Vertiente Norte de Alaska. Los saudíes son muy conscientes de esto, y el resultado ha sido que el país todavía tiene que volver a ganar su parte del mercado global de que disfrutaba hace treinta años.
Una repentina alza del precio del petróleo causaría ciertamente conmoción, pero también haría económicamente viable la explotación de, por ejemplo, las vastas y convenientemente ubicadas reservas de Canadá. Los estadounidenses podrían en realidad dejar de utilizar sus sedientos todoterrenos e incluso aprobar impuestos más altos sobre la gasolina como los que aplican ya los europeos y japoneses para que la materia prima se use más moderación.
Además, es un hecho histórico que Arabia Saudí ha normalmente ejercido su poder en los mercados mundiales de petróleo para satisfacer los intereses estadounidenses. Una obvia excepción fue durante el boycot de la OPEC, provocado por su inclinación por Israel durante la guerra de octubre de 1973. Pero entonces el reino era solamente uno de los trece exportadores de petróleo que suspendió brevemente sus ventas, y esta fisura en la alianza saudí-estadounidense subsanó rápidamente. Durante el gobierno de Reagan, Arabia Saudí se transformó efectivamente en un arma en el ataque general contra el comunismo. De la generosidad no se beneficiaron solamente, como sabemos tan fatídicamente, los mujahedines afganos, sino también otros mercenarios de Estados Unidos en otros frentes de la Guerra Fría, desde Angola hasta América Central y el Cabo de África. Menos dramáticamente, pero quizás más crucialmente, el reino también desangró a la Unión Soviética durante los años ochenta manteniendo bajos los precios del petróleo, justo cuando los rusos necesitaban urgentemente vender su energía para mantener el ritmo de las enormes subidas en el gasto militar de Estados Unidos. En períodos de escasez durante los últimos diez años, como durante las guerras de Iraq y la huelga de Venezuela en 2002, los saudíes han elevado la producción para mantener estables los precios.
En cualquier caso, no importa quién gobierne, Arabia Saudí todavía necesita bombear un buen montón de petróleo. Sus habitantes son tan dependientes de él como el resto del mundo depende de ellos -quizás todavía más. Sin aire acondicionado y plantas de desalación, el reino se vería pronto como Darfur. Ni siquiera los fanáticos religiosos están dispuestos a volver a los sudorosos negocios de criar cabras y cosechar dátiles.
3
Sin embargo, nada de esto significa que los saudíes o el resto del mundo debería mostrar complacencia. Los signos de que algo ha marchado fundamentalmente mal son múltiples, desde la implicación saudí en la exportación de la guerra santa, la reciente racha de sangrientos atentados terroristas dentro del reino, las crecientes tasas de pobreza y de desempleo, hasta simples impresiones, como la silenciosa y sombría expresión de los pasajeros -ciudadanos que retornan y trabajadores extranjeros- que hacen la cola como convictos ante el control de pasaportes del grandioso pero débilmente iluminado aeropuerto de Riyad.
Cuando se habla con saudíes interesados en política, describen espontáneamente su situación como un malestar, una enfermedad. Difieren en la identificación de los síntomas y en la prescripción de una cura. Los conservadores lo ven como un asalta secular concertado contra su apreciado sistema inmunológico musulmán; los liberales, como la extensión del oscurantismo religioso, como una sigilosa ceguera, o, en las palabras de uno de los príncipes gobernantes, como un "cáncer"que debe ser extirpado.
Pero la mayoría de los saudíes no se ajustan fácilmente en los moldes liberales o conservadores. Su fuerte fe es una materia de orgullo e instinto más que de convicción política. Un sondeo auspiciado por el gobierno realizado el año pasado constató que una gran mayoría de los saudíes ven el desempleo como el principal problema del país, no el extremismo religioso. También reveló que mientras la mitad de los saudíes respetan el mensaje político de Osama bin Laden, sólo uno de veinte respeta su liderazgo político. Este muy presente chovinismo no significa necesariamente que están cerrados frente al mundo moderno, a sus retos y placeres. Incluso fuera de las elites mundanas de Yedda y Riyad, los saudíes es probable que gasten su tiempo mirando partidos de fútbol en la televisión o leyendo revistas de moda que en la mezquita.
La mezquita, sin embargo, es inevitable. Casi la mitad del tiempo de transmisión de la televisión estatal saudí se dedica a temas religiosos, y estos temas constituyen casi la mitad del currículum de las escuelas estatales.9 Nueve de diez títulos publicados en el reino tratan temas religiosos, y la mayoría de los doctorados en las universidades que lo ofrecen versan sobre estudios islámicos. Sin embargo, incluso sin la saturación wahhabí, los saudíes son profundamente conscientes de que su legado les impone responsabilidades específicas. Es, después de todo, el lugar de nacimiento de Mahoma y de la lengua árabe, el centro de las ciudades santas musulmanas, la raíz de los árboles genealógicos tribales árabes y también, históricamente, el último reducto contra las incursiones extranjeras en Arabia y las tierras musulmanas. El reino es en muchos modos un experimento único. Es el único estado musulmán moderno que fue creado por la yihad,10 el único que considera al Corán como su Constitución, y uno de los cuatro países musulmanes que han escapado al imperialismo europeo. De los otros, Irán es chií, Turquía optó por sí misma por el laicismo, y Afganistán es una ruina.
Es cuando aparece el fanatismo que ese carácter único se empieza a sentir como una amenaza y cuando se presiente que el sueño saudí de una utopía musulmana se está desvaneciendo. Lo que une a los conservadores del reino -y se aparecen bajo muchas guisas, desde yihadistas suicidas que quieren re-instaurar un califato global musulmán a puritanos pacifistas y los estudiosos wahhabíes realistas que atiborran los sistemas educacional y judicial- es la determinación a mantener la ilusión. Y a pesar de la naturaleza desagradablemente coercitiva de la práctica del islam en el reino (pocos de los 1.2 billones de musulmanes del mundo piensan que prohibir que las mujeres conduzcan un coche sea otra cosa que un absurdo), un sorprendente número de saudíes de a pies, incluyendo a mujeres, soportan el fastidio, porque ellos también comparten la ilusión.
La mayoría de los saudíes siguen apoyando a la familia gobernante, aunque ya no con tanto entusiasmo. Sus miembros más importantes, incluyendo al Rey, el Príncipe Heredero y los hermanos primero, segundo, tercero y cuarto en la línea de sucesión, son igualmente viejos y sin contacto con el mundo. El abrumador número de príncipes menores -algo así como siete mil-, combinado con su convicción de sus derechos a botines feudales, se trate de puestos claves de gobierno, concesiones comerciales o propiedad inmobiliaria, los ha enajenado de los ciudadanos de a pie, que también esperan una parte justa de la riqueza natural del país. Las principescas familias, con su amplio círculo de criados y favoritos, las alianzas matrimoniales y las asociaciones comerciales, ya no son vistas por la gente corriente como vehículos potenciales de movilidad social, sino como obstáculos. Para los desilusionados fanáticos religiosos, los Al Saudíes son simplemente "hipócritas", un término cargado de escrituras musulmanas que designa a aquellos que fingen piedad mientras sirven a los enemigos de la fe.
Con todo, muchos saudíes también aceptan la necesidad de que los Al Saudíes cumplan con su rol tradicional de conciliadores entre los intereses de las tribus, regiones, clases urbanas, potencias extranjeras y diferentes credos. Los críticos de la familia a menudo fallan en apreciar la importancia de esta función balanceadora, que ha ayudado a asegurar, la mayor parte del tiempo pacíficamente, una de las transformaciones más severas y rápidas que cualquier sociedad haya vivido.11 La creciente polarización de la sociedad saudí en los últimos años, entre los que exigen reformas progresistas y los que insisten en un retiro dentro de un capullo religioso puede incluso haber reforzado la dependencia de los saudíes de la familia real. Hasta que los tiempos permitan la construcción de un nuevo orden constitucional, es la única institución puente del reino.
Si sus súbditos encuentran difícil imaginar un país que sobreviva sin los Al Saudíes, hay sin embargo un extendido sentimiento de confusión y de ansiedad sobre el futuro. Al transformarse en un substituto del liderazgo, la función conciliadora de los Al Saudíes misma se ha convertido en una fuente de inseguridad. Conciliar' el poner coto a los predicadores de la violencia con el poner coto a los partidarios de una reforma constitucional, como ha ocurrido en meses recientes, da una impresión de rigidez y de ir a la deriva más que de sabiduría y firmeza. Algunos han concluido que esas contradicciones reflejan no una sensata equivocación sino una ominosa división ideológica entre facciones realistas.12
Cualquiera sea la causa, hay pocas dudas de que la carencia de un liderazgo resuelto ha empeorado los problemas del reino. Enfrentado a fines de los setenta al reto del creciente radicalismo musulmán, los Al Saudíes optaron por el aplacamiento. Se reforzó el control conservador de las escuelas y tribunales. Incluso cuando miles de saudíes perfeccionaron su educación en universidades americanas auspiciadas por los saudíes, miles más se marcharon a campos de adiestramiento financiados por los saudíes en las colinas de Afganistán. Picados de nuevo en los años noventa por la indignación local contra la invitación del Rey Fahd a que Estados Unidos atacara a Iraq desde la tierra santa' saudí, los Al Saudíes nuevamente aplacaron a los críticos encontrando escapes fuera del país para el radicalismo criado en casa en lugares tales como Chechenia y Bosnia. Las contradicciones llegaron a un trágico fin cuando Osama bin Laden, de unas de las familias saudíes plebeyas más ricas, y héroe de la guerra de Afganistán, rompió con sus antiguos patrones de la realeza y apuntó sus armas contra su viejo aliado, Estados Unidos.
Obviamente, les ha tomado a los Al Saudíes demasiado tiempo sopesar la importancia de este desarrollo. Los atentados terroristas en el reino en 1995, que se cobraron la vida de 24 estadounidenses, y una serie de atentados más pequeños contra individuos extranjeros en los años subsecuentes, fueron todos minimizados como el trabajo de agentes extranjeros o de bandas criminales. Un año después del 11 de septiembre de 201, el Príncipe Nayef, el ministro del Interior, todavía negaba que hubiera saudíes implicados. Un año después de eso, negó que Al Qaeda tuviese alguna presencia significativa en el reino. La opacidad del gobierno saudí hace fácil a los críticos atribuir semejantes titubeos al deseo de encubrir una complicidad de alto nivel en esos asuntos, pero es probable que la verdad sea más mundana. De manera patriarcal y típicamente obtusa, los Al Saudíes querían solucionar sus problemas del modo habitual, "dentro de la familia saudí".
Su fracaso es ahora más que evidente. Aparte de los estragos que ha causado en otros lugares, la violencia de Al Qaeda al interior del reino ha costado casi doscientas vidas el año pasado. Miles de jóvenes saudíes, muchos de ellos sin trabajo y aburridos, son atraídos por el romance de la guerra santa. Iraq, con sus brigadas internacionales islamitas evocadoras de las brigadas de la guerra civil española, se ha transformado en el destino de algunos. Muchos se quedan en casa, soñando con la posibilidad de lapidar los demonios imaginarios de la hipocresía realista y la agresión de los infieles.
Contener y re-dirigir esas pasiones tomará paciencia, determinación y enormes recursos. Hay buenas razones para dudar de que los Al Sauds, al menos bajo su actual y confundido liderazgo, pueden hacerse de esos tres factores, y sostenerlos. Pero por lo menos, al fin, están empezando a tratar de hacerlo. Los nuevos controles han disminuido drásticamente el apoyo económico privado a los grupos yihadistas. Cientos de predicadores extremistas han sido excluidos de los púlpitos de las mezquitas. Decenas de los más radicales están tras las rejas. El clérigo oficial ahora da sermones ad nauseam sobre el peligro de la exageración' en la religión, y se ha retirado13 gran parte de las incitaciones religiosas en los libros de texto saudíes. En lo que se refiere a la seguridad, los saudíes han mejorado enormemente sus controles fronterizos y detenido a cientos de sospechosos de Al Qaeda. Quizás lo más importante es que los sangrientos e indiscriminados actos de los terroristas locales han alarmado seriamente al público general. Su visión política se ha revelado muy poco atractiva.
El resto del mundo tiende a compartir la impaciencia de los liberales saudíes a los que les gustaría ver acciones más fuertes, así como reformas más rápidas y profundas. La preferencia de los Al Saudíes por el consenso, sin embargo, mantendrá lento el ritmo. Esto augura más frustración. Las mujeres, obviamente, tienen mucho interés en ser liberadas de la sofocante protección' de las leyes que relegan a muchas a vidas de tedio, dependencia y aislamiento. El estancamiento es también peligrosamente irritante para una juventud ya inquieta que forma parte de una larga proporción de la población del país. En vistas de su poco práctica educación, la escasez de trabajo y los costos cada vez más prohibitivos del matrimonio, millones de saudíes que están madurando se enfrentan a un difícil futuro.
"Lo lamento por mis estudiantes", dice un profesor de la Universidad de Imam Saud, en Riyad, un lugar donde se ha licenciado un número desproporcionado de reclutas de Al Qaeda. "No saben a quién creer. No tienen modelos ejemplares".
Como muchos otros saudíes, el profesor opina que es demasiado temprano para una democracia. La mejor solución a corto término sería un rey fuerte y resuelto. Sólo una figura así, dice, sería capaz tanto de refrenar a los "estrambóticos" príncipes y de impulsar reformas sociales, económicas y políticas. Su solución a largo término es más polémica. "Ya no hay un lenguaje común entre los realistas que entienden el mundo y son sofisticados, y los académicos religiosos que son atrasados. El conflicto es inevitable. Lo que necesitamos es reducir la relación entre el estado y la religión".
Más y más saudíes parecen estar llegando a esta conclusión, aunque tomará probablemente décadas antes de que haya suficientes de ellos para que hagan la diferencia. Pero si se corta el vínculo con el wahhabismo, ¿qué será saudí de Arabia?
Notas
[1] En este artículo, Al Saudí se refiere a la familia real saudí.
[2] Ha habido tres estados saudíes: desde 1744a 1818 (destruido por el ejército egipcio), de 1843 a 1891 (debilitado por luchas de sucesión y desmantelado por el clan rival Al Rashid) y desde 1902 hasta hoy. El título de reino' data sólo de 1932.
[3] Los turcos otomanos dominaron desde 1517 la mayor parte del este árabe, incluyendo la Meca y Medina, donde derrotaron el sultanato de Manluk, en Egipto. La administración prácticas de las ciudades santas fue dejada en gran parte en manos de sus gobernadores en Egipto, un país cuyos gobernantes conservaron este privilegio desde el siglo diez. El interior de Arabia tenían tan poco valor que los otomanes, como los imperios musulmanes antes de ellos, nunca se molestaron en conquistarlo.
[4] El ejemplo al que se refiere es el bombardeo en 1982 por el ejército sirio de la antigua ciudad de Hama, en la época un santuario de la Hermandad Musulmana y otros grupos musulmanes. Se dice que murieron unos 20.000 sirios.
[5] Publicado el 14 de julio de 2004 en www.icg.org. Véase también un informe posterior del Grupo Internacional de Crisis, Saudi Arabia: Who Are the Islamists', publicado el 21 de septiembre de 2004.
[6] Gold debe de saber que el terrorismo puede ser combatido más efectivamente reconociendo que la línea que separa la idea de una persona de un inexplicable barbarismo de la noción de otro de resistencia legítima puede ser a veces muy tenue. Al Qaeda y el grupo palestino Hamas son lo mismo para los israelíes, pero sus objetivos y consecuencias se traslapan sólo parcialmente. Los mismos saudíes que firman cheques para financiar lo que ellos consideran, justa o injustamente como una guerra de liberación contra la ocupación israelí pueden al mismo tiempo indignarse y quedar perplejos por el reclamo de Al Qaeda de que los atentados contra los trenes de cercanías en Madrid son actos de resistencia', porque se dirigen contra la cruzada global norteamericana contra el islam.
[7] La Hermandad Musulmana no fue responsable de la masacre de 1997 de turistas en Luxor, ni es correcto llamar a sus adherentes "asesinos de masas" o "los más hábiles terroristas de todos ellos". La organización, fundada en 1928, es en realidad un predecesor de grupos más extremistas, pero renunció a la violencia años antes de la emergencia de la militancia yihadista a fines de los años setenta.
[8] Este hecho, revelado primero la investigación del 11 de septiembre por los comités conjuntos para la inteligencia de la Cámara y el Senado, pero más tarde considerado clasificado' por el gobierno, está en el núcleo de las preocupaciones sobre Arabia Saudí que expresó Bob Graham, el retirado presidente del comité del Senado, en su nuevo libro Intelligence Matters' (Random House, 2004). Graham revela que un agente saudí sospechoso "ayudó" a los dos inmigrantes saudíes a establecerse en San Diego con regalos que pueden haber llegado a 40.000 dólares. Igual de inquietante es que muestra que uno de los dos compartió alojamiento con un informante pagado del FBI, que aparentemente nunca observó nada sospechoso. (El FBI se negó rotundamente a permitir que los diputados interrogaran a su informante). Sin embargo, el libro de Graham propone más preguntas que respuestas. Prueba del financiamiento directo de los saudíes de los terroristas sería claramente explosiva, pero no está claro que los saudíes supieran mejor que el FBI qué estaban planeando los beneficiarios de su generosidad. Asumiendo que el servicio secreto saudí estaba consciente de que este dinero llegaría a manos de dos de los futuros secuestradores, es posible que hayan creído que estaban reclutándolos como infiltrados para desmantelar la célula de Al Qaeda. (Los saudíes, después de todo, después de mucho insistir, dejaron que el FBI interrogara a su agente en San Diego, pero los agentes no han dicho que fue lo que les contó). Al final, las revelaciones del senador Graham son, como las de Unger, irrefutables con respecto a la incompetencia del gobierno estadounidense y el temor a ser descubierto, pero no son concluyentes con respecto a las intenciones malignas del gobierno saudí.
[9] Según un estimado de un maestro de Riyad, los estudios musulmanes constituyen un 30 por ciento del currículum actual. Pero otro 20 por ciento se introduce en los libros de texto de historia, ciencias, árabe, etc. En contraste, un conteo no oficial de todo el programa de estudios para doce años de enseñanza saudí contiene un total de exactamente 38 páginas sobre historia, literatura y culturas del mundo no musulmán.
[10] Abdul Aziz ibn Saud, padre del actual rey, conquistó el territorio entre 1902 y 1926, en gran parte utilizando a fanáticos guerreros wahhabí conocidos como los ikhwan'. El historiador R. Bayly Winder comenta: "Las numerosas y sorprendentes similitudes entre el wahhabismo y el islam mismo, incluyendo temas tales como el énfasis local y doctrinal, el énfasis en los éxitos militares, el carácter árabe, la iconoclastia y puritanismo, son tan marcados que uno se inclina a ver al wahhabismo como una especie de segundo resurgimiento' de Arabia". Véase Saudi Arabia in the Nineteenth Century (St. Martin's, 1965).
[11] No solo la extensiva urbanización y el enorme mejoramiento de las condiciones de vida, sino también la superación de una feroz resistencia religiosa a innovaciones tales como el papel moneda (1951), la abolición de la esclavitud (1962), la educación femenina (1964) y la televisión (1965).
[12] VéaseMichael Scott Doran, The Saudi Paradox', Foreign Affairs, enero-febrero de 2004.
[13] Cambiar libros es solo el comienzo. Un maestro de Riyad describe que fue castigado por su rector después de que un alumno de ocho años lo delatara por decir en la clase que la música no era necesariamente pecaminosa. En contraste, un maestro de la misma escuela recibió una recomendación por ordenar a sus alumnos que corrigieran libros de texto distribuidos por el gobierno recientemente, alterando un pasaje que describía a una niña y niño como "amigos", de modo que los dos personajes fueron masculinos. Incluso en los libros para niños, aparentemente, "mezclar" los sexos sigue siendo un tabú.
Libros reseñados
Unloved in Arabia
Max Rodenbeck
House of Bush, House of Saud: The Secret Relationship Between the World's Two Most Powerful Dynasties
Craig Unger
Scribner, 356 pp., $26.00
Saudi Arabia and the Politics of Dissent
Mamoun Fandy
Palgrave, 288 pp., $26.95
Hatred's Kingdom: How Saudi Arabia Supports the New Global Terrorism
Dore Gold
Regnery, 331 pp., $18.95 (papel)
Inside the Mirage: America's Fragile Partnership with Saudi Arabia
Thomas Lippman
Westview, 354 pp., $27.50
Sleeping with the Devil: How Washington Sold Our Soul for Saudi Crude
Robert Baer
Three Rivers, 272 pp., $13.95 (papel)
The Complete Idiot's Guide to Understanding Saudi Arabia
Colin Wells
Alpha, 356 pp., $18.95 (papel)
Can Saudi Arabia Reform Itself?
International Crisis Group
14 de julio de 2004, 35 pp.
17 de octubre de 2004
©new york reveiw of books
©traducción mQh"
A fines del año 1818, el pueblo de Constantinopla presenció la ejecución de un bandido que había sido capturado en los áridos desiertos de Arabia. Enjuiciado y condenado por herejía y bandidaje por el más alto tribunal sharia' del Imperio Otomano, el rebelde fue arrastrado hasta las puertas del palacio del sultán. La decapitación misma fue rápida, pero su cabeza separada fue colocada en un mortero de gigantescas proporciones y ceremoniosamente molida hasta transformarla en una masa; su cuerpo fue clavado en un alto poste y exhibido, con un puñal clavado en su pecho con un cartel de la sentencia de irtidad' (excomunión).El desafortunado capitán árabe era Al Saud1, un ancestro directo de los actuales gobernantes de Arabia Saudí, el lugar que quizás más rápidamente asociado con la práctica de la decapitación en el mundo moderno (al menos hasta que los equipos de secuestradores de los terroristas empezaran en otros lugares a filmar su sórdida parodia de la justicia divina en videos borrosos). De hecho, el hombre condenado era Abdallah ibn Saud ibn Abdul Aziz ibn Muhammad ibn Saud, el emir saudí reinante de la época y biznieto del fundador del primer estado saudí.2
Los Al Saudíes eran insignificantes jefes de unos remotos territorios particularmente pobres de Arabia central cerca de la moderna ciudad de Riyad cuando, hacia 1740, tuvieron la suerte de aliarse a un predicador evangelista llamado Muhammad ibn Abdul Wahhab. La fusión de la espada saudí y del fervor wahhabí, todavía celebrada en la bandera del reino, elevó las ambiciones de los Al Saudí de meras redadas tribales a una guerra santa a toda escala. Dentro de dos generaciones lograron conquistar la mayor parte de la península arábica, uniendo el territorio por primera vez desde la expansión inicial del islam unos mil años antes.
Pero los primeros saudíes llegaron demasiado lejos. En 1801 saquearon la ciudad santa chií de Karbala, en Iraq, destruyendo sus santuarios con cúpulas de oro, asesinando a miles de sus habitantes y llevándose a sus esposas, hijas y posesiones. Ese botín les pertenecía en propiedad, ya que el extremista sunnismo wahhabí enseña que los chií no pueden reclamar que son verdaderos musulmanes. Su veneración de las tumbas era considerada como una forma de idolatría, un pecado que se castiga con la muerte. Así, cuando en 1806 los saudíes asaltaron los cuarteles otomanos de la Meca y Medina, ciudades santas sunníes y chiíes, destruyeron toda tumba que encontraron, aplicando por la fuerza sus normas más estrictas, y dieron latigazos, robaron y asesinaron a los peregrinos que desobedecían.
Por último, en 1811, el sultán otomano respondió ordenando al poderoso wali de Egipto, Muhammad Ali Pasha, a deshacerse de esa molestia.3 Su bien equipado ejército reconquistó rápidamente Hijaz, la región de las ciudades santas. Pero la campaña en el árido corazón de Arabia fue agotadora. Una feroz resistencia saudí llevó a los invasores a aplicar la táctica de la tierra quemada. Para cuando se rindió el emir Abdallad, la mitad de los pueblos de Arabia habían sido arrasados, sus pozos envenenados, sus palmas arrancadas de la tierra y sus rebaños, dispersados. Unos cuatrocientos saudíes fueron embarcados al Cairo como rehenes, un acto de piedad si se considera que los egipcios amarraron a muchos emires menores y a clérigos wahhabíes a la boca de cañones y los convirtieron en pedazos. El comandante egipcio obligó al más reverenciado estudioso de entre los descendientes de Muhammad ibn Abdul Wahhab a escuchar durante un rato melodías tocadas en un violín de dos cuerdas (música que estaba prohibida por los wahhabíes) y luego lo mató a balazos.
1
A juzgar por el tenor de lo que se ha dicho sobre Arabia Saudí desde el 11 de septiembre de 2001, no poca gente piensa que debería hacerse algo similar con los saudíes de hoy. En el Congreso, en la televisión estadounidense, y en la prensa, el país ha sido retratado como una especie de aceitosa barbarie, el manantial de un sistema de valores sombrío y hostil que es la antítesis misma del nuestro. La alianza de setenta años de Estados Unidos con el reino ha sido reconsiderada como un espantoso error, una renuncia a nuestra alma, un coqueteo con la muerte adicta a la gasolina.
Para Dore Gold, el antiguo representante de Israel ante Naciones Unidas, Arabia Saudí es el Reino del Odio', la principal fuente de dinero y demencia que nutre al terrorismo musulmán en todo el planeta. Robert Baer, un antiguo agente de la CIA que se presenta a sí mismo como un gallardo enemigo del yihadismo internacional, ahorra su vehemencia más para prescripciones que para descripciones. Los Al Saudíes, propone, deberían copiar el brutal modelo sirio y exterminar así a sus propios extremistas con un enorme ejército4, o soportar que los norteamericanos ocupen sus campos de petróleo, la división del reino y el establecimiento de un estado chií títere en su Provincia Oriental, rica en petróleo y donde predomina la secta minoritaria. El periodista Craig Unger prefiere ganar puntos más cerca de casa. Propone que la "relación secreta" entre Bush y las dinastías saudíes "ayudaron a gatillar la Edad del Terror', que es la época en la que aparentemente vivimos hoy. Su conclusión: los Bush han ensillado a Estados Unidos en "una potencia extranjera que alberga y apoya a nuestros enemigos mortales".
No toda la literatura reciente sobre el reino es tan categóricamente alarmista. La concisa, informativa e inteligente Complete Idiot's Guide to Understanding Saudi Arabia', de Colin Wells, es un excelente punto de partida para aquellos que no saben nada del reino. Thomas Lippman, del Washington Post, un sagaz observador y frecuente visitante, ha escrito una muy necesaria historia de las relaciones estadounidense-saudíes que es objetiva, comprensiva de los dos lados y llena de anécdotas. Aunque algo anticuado, Saudi Arabia and the Politics of Dissent', de Mamoun Fandy, ofrece un perceptivo análisis de las diferentes ramas del islamismo saudí. El reciente informe del Grupo de Crisis Internacional ICG, Can Saudi Arabia Reform Itself?', proporciona un examen sobrio y bien informado del estado actual y perspectivas de Arabia Saudí.5
A pesar de su crispado título, Hatred's Kingdom', de Dore Gold, está bien documentado, especialmente en lo que concierne a las raíces e influencia de la intolerancia wahhabí. La debilidad es que mientras Gold, conocido en la televisión como portavoz de la política exterior israelí, destaca alegremente cosas tales como el antisemitismo y la xenofobia saudí, obscurece el importante papel de Israel y Estados Unidos en nutrirlos. La pasión por Palestina entre los saudíes y en el mundo árabe y musulmán más amplio puede ser exagerada y a veces interesada, pero es sin embargo real.6 (Gold es también poco sincero cuando desdeña las tentativas saudíes de paz con Israel como insinceras. Los Al Saudíes arriesgaron mucho de su prestigio para unir tras de sí a otros árabes en el plan de paz que presentaron en la primavera de 2002, sólo para ser rechazados por el sepulcral silencio de Jerusalén).
Robert Baer también tiende a sostener la visión de que si los saudíes "nos odian", es solamente por lo que son más que por lo que hacemos. Sin embargo, en medio de tales posturas e insinuaciones, y a pesar del ocasional aullido,7 su libro contiene algunos análisis agudos, así como amenos chismes de las cafeterías de Langley. Por ejemplo, revela la autoritaria y oculta influencia de la esposa del Rey Fahd, Jawhara al Ibrahim, desde que el Rey quedara incapacitado por un infarto en 1995. Su control del acceso al ahora inválido anciano de 83 años, aparentemente ayudó al clan al-Ibrahim a aumentar considerablemente su fortuna. Esas historias son de conocimiento público entre los saudíes, por supuesto, pero nos ayuda a recordar que las mujeres saudíes no están tan desprovistas de recursos.
2
Como muestra el ejemplo otomano, la tunda saudí anticipa de lejos la revelación de que tres cuartos de los secuestradores del 11 de septiembre, así como sus jefes, eran nacionales saudíes. Incluso si los estadounidenses se entretuvieron alguna vez con las ideas teñidas por el National Geographic con los nobles beduinos cambiando camellos por Camaros, han pasado treinta años desde que fueran remplazadas -tan pronto como el precio de la gasolina llegó a un dólar el galón durante la crisis del petróleo de 1973- por la imagen de codiciosos Ali Babás cobrando rescates a Occidente. Tampoco es sólo en Occidente que los saudíes no son populares. Otros corteses árabes han durante largo tiempo ridiculizado a sus primos del desierto como una mezcla tartúficamente hipócrita entre nuevos ricos y puritanos fanáticos. Para los millones de inmigrantes asiáticos que se ocupan de los trabajos meniales, que han soportado la condición de obrero-siervo en las cocinas y en los sitios de construcción del reino, la experiencia saudí es recordada como algo parecido a los sufrimientos de los hebreos en Egipto, una mezcla de antros de perdición, capricho y crueldad. Y, por supuesto, la particularmente rígida versión oficial del islam de Arabia Saudí, con sus decapitaciones, su demonización de otras creencias y su vendar y engrillar de sus mujeres con velos y mezquinas restricciones legales, es vista como odiosa por casi todo el mundo, incluyendo a una parte considerable de los musulmanes.
En resumen, los saudíes presentan un objetivo especialmente voluminoso, y que se mueve en cámara lenta. Lo peor es que su riqueza no les ayuda mucho. La importancia de Arabia Saudí como una fuente de petróleo, como un mercado de artículos caros y como un terreno estratégico de la propiedad inmobiliaria ha ciertamente ejercido un enmudecedor efecto sobre los gobiernos extranjeros que compiten por sus favores. Sin embargo, para la opinión pública occidental, la fabulosa riqueza de los saudíes ha tendido a pintar a los raros defensores del reino como mercenarios y gente que acepta dinero manchado de sangre, etc.
Como con las obscenas historias sobre la perversidad saudí, la influencia de los millones de los saudíes tiende a ser exagerada más allá de toda proporción. Por ejemplo, el reino gasta un montón de dinero para mejorar su imagen en el extranjero: desde el 11 de septiembre de 2001, 17.6 millones de dólares en cabilderos solamente en Estados Unidos, según el ministerio de Justicia. Pero entonces, los despabilados extranjeros a menudo encuentran valioso participar en la política estadounidense al modo americano. La diminuta Latvia, por ejemplo, contrató hace poco a una firma de Washington para promover su intención de ser anfitriona de la cumbre de la OTAN de 2006. Además, los gastos recientes de los saudíes, casi todos en reclames publicitarios, constituyen una pequeña contribución al abrevadero de los cabilderos. Si dejamos de lado Washington, veremos que los cabilderos estadounidenses locales ingresaron en 2003 unos 890 millones de dólares solamente para influir en los gobiernos de los estados.
Y mientras es verdad que el dinero saudí asegura una influencia más amplia a través de contratos e inversiones colocadas cuidadosamente, las cifras que se les lanza acusadoramente a menudo no concuerdan. Craig Unger, por ejemplo, monta una gran fanfarria por el hecho de que los saudíes han pasado cerca de 1.5 billones de dólares a lo que describe como "individuos e instituciones con estrechos vínculos con la Casa de los Bush". Una inspección más detenida revela que un 85 por ciento de ese dinero fue destinado a contratos de defensa y pagado a firmas de propiedad del Grupo Carlyle, un sociedad de cartera cuya gorda planilla de antiguos funcionarios republicanos la hace, por lo menos de acuerdo a Unger, una operación afiliada a Bush.
Unger deja de lado indicar que los saudíes eran los patrocinadores de estas empresas mucho antes de que Carlyle las comprara, y ha continuado haciéndolo desde que las vendió en 1998. El más grande de los más grandes ítemes durante los años noventa, un contrato de mil millones de dólares con la Vinnell Corporation, que fue brevemente propiedad de Carlyle, simplemente extendió la misma ininterrumpida secuencia de contratos para adiestrar a la Guardia Nacional saudí que se remonta a 1975. En otro contrato separado, la Halliburton de Dick Cheney se embolsó otros 180 millones de dinero saudí. Pero cuando consideramos que Halliburton es la compañía de servicios de campos petrolíferos más importante del mundo, es difícilmente un gasto sospechoso para el productor de petróleo más grande del mundo. Esto deja un goteo de sumas mucho más pequeñas, tales como la donación saudí de 1 millón de dólares para la biblioteca presidencial de George H.W. Bush. Como admite Unger mismo, sin embargo, los saudíes han entregado dinero a todas y cada una de las bibliotecas presidenciales construidas en los últimos treinta años.
Todavía más engañosos son las muy distorsionadas cifras que atribuyen a los saudíes una ilimitada influencia en los salones de juntas del reino. Unger dice que el país tiene 860 millones de dólares en acciones estadounidenses. Robert Baer calcula el tesoro con mucha autoridad en 1 trillón de dólares, además de otro trillón depositado en bancos estadounidenses.
Para comenzar, los saudíes no son tan estúpidos como para dejar un trillón de dólares inútilmente en las cámaras de un banco. En segundo lugar, lo más que Arabia Saudí ha logrado ganar con sus ventas de petróleo en un año es 101 billones de dólares (en 1981, cuando el precio del petróleo alcanzó su máximo de todos los tiempos -e incluso así esa suma apenas sobrepasa lo que los estadounidenses gastan en cigarrillos). Para llegar a acumular un trillón de dólares, los saudíes deberían haber ahorrado cada uno de los céntimos que han ganado. Con todo, el gobierno saudí ha ajustado su presupuesto sólo dos veces en las dos últimas dos décadas, para no decir nada sobre supuestos altos excedentes. Todos los activos acumulados en el extranjero, privados y públicos, de todos los productores árabes de petróleo puestos juntos no llegarían a 1.5 trillones de dólares, y gran parte de estos han sido invertidos en propiedad inmobiliaria en Europa. Eso es más o menos lo que gasta el ministerio de Defensa estadounidense en tres años.
Gold, Unger y Baer mencionan que los saudíes han gastado 100 billones de dólares en armas compradas a los americanos desde los años setenta como prueba de que Washington ha sido embaucado y armado a un enemigo potencial. Pero como señala Lippman, sólo una quinta parte de este desembolso se invirtió en "equipos letales". El resto se gastó en adiestramiento, repuestos e infraestructura militar que ha demostrado ser extremadamente útil para las propias tropas estadounidenses en varias ocasiones. Turbias como muchos de estos contratos seguramente son, el objetivo de defender al más grande almacén de energía del mundo es difícilmente poco razonable.
Unger es un fino escritor, y tiene razón en que la dinastía Bush ha forjado sospechosamente convenientes vínculos con la industria petrolífera en general y con varias monarquías árabes petrolíferas en particular. Tiene toda la razón en exigir saber cosas tales como por ejemplo quién autorizó la precipitada repatriación de unos ricos saudíes inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y por qué. También tendría razón en plantear otras preguntas, tales como qué planes tenían los funcionarios saudíes que ayudaron a financiar la estadía en San Diego de dos de los futuros secuestradores, y por qué el gobierno de Bush ha tratado de ocultar este episodio.8 Sin embargo, con tanto humo en el aire, y a pesar de alarmantes signos de meteduras de pata, duplicidad o peor en Washington, una cosa que Unger y otros no han logrado demostrar convincentemente es que el dinero saudí haya de algún modo influido en la política exterior de Bush en mayor grado que lo hizo sobre otros gobiernos, y que haya así perjudicado intereses estadounidenses.
La estridencia de la hipérbole sugiere que hay factores involucrados que tienen poco que ver con la general antipatía hacia de los saudíes. Uno de ellos es la ignorancia. Varios de los autores mencionados arriba no han estado nunca en el reino. Pocos de sus libros proporcionan suficiente información de fondo para explicar los imperativos históricos que están detrás de la búsqueda por parte de Estados Unidos de lazos más estrechos con los Al Saudíes (muy beneficioso, en general, para las dos partes), o detrás del crecimiento, más tarde, de sentimientos anti-americanos dentro del reino (ciertamente un error de ambas partes), o detrás del generoso patrocinio de Al Saudíes del islamismo wahhabí (una aventura, para decir lo menos, muchos menos exitosa). En realidad, estos desarrollos son caracterizados como ejemplos de perfidia y traición.
Un factor corolario que lleva a exagerar la supuesta amenaza saudí es el temor. El reino, se nos recuerda constantemente, controla un cuarto de las reservas mundiales de petróleo. En 1970, Estados Unidos se transformó en un importador neto de la materia prima que hace posible su supervivencia. Cruzó otro umbral de dependencia en 2000 cuando las importaciones fueron por primera vez equivalentes a más de la mitad del consumo. La tendencia es clara. La demanda global continúa creciendo, más dramáticamente en China (que proyecta terminar hacia 2015 un sistema de carreteras más extenso que la red de carreteras interestatales de Estados Unidos ). Como las reservas fácilmente explotables que se encuentran fuera del Golfo Pérsico se agotarán dentro de unas décadas, el alijo del reino, que se calcula que durará otros trescientos años, sólo crecerá en importancia.
Peor aun, dicen los entendidos, el gobierno corrupto y feudal de los Al Saudíes está condenado a desaparecer. Tan frágil es que estamos en peligro de que "nuestro" petróleos sea secuestrado por fanáticos o por príncipes cobardes dispuestos a apaciguarlos. El país, advierte Robert Baer, es un barril de pólvora. Un atentado terrorista coordinado contra el reino, desencadenaría un colapso económico global y un "nivel de desesperación personal no vista desde los días de la Gran Depresión".
Nunca está demás considerar las peores alternativas. Pero le gusta decir al ministro saudí del petróleo, Ali Naimi, el petróleo es un artículo intercambiable'. Si no lo puedes obtener en un lugar, siempre lo puedes obtener en otro. Esto significa que quien quiera que sea el que gobierne el reino, tendrá cuidado de no elevar demasiado el precio del petróleo. Cuando lo hicieron los saudíes en los años setenta, los importadores de petróleo redujeron drásticamente su consumo, y las compañías petrolíferas buscaron reservas más difíciles de explotar en lugares como el Mar del Norte y la Vertiente Norte de Alaska. Los saudíes son muy conscientes de esto, y el resultado ha sido que el país todavía tiene que volver a ganar su parte del mercado global de que disfrutaba hace treinta años.
Una repentina alza del precio del petróleo causaría ciertamente conmoción, pero también haría económicamente viable la explotación de, por ejemplo, las vastas y convenientemente ubicadas reservas de Canadá. Los estadounidenses podrían en realidad dejar de utilizar sus sedientos todoterrenos e incluso aprobar impuestos más altos sobre la gasolina como los que aplican ya los europeos y japoneses para que la materia prima se use más moderación.
Además, es un hecho histórico que Arabia Saudí ha normalmente ejercido su poder en los mercados mundiales de petróleo para satisfacer los intereses estadounidenses. Una obvia excepción fue durante el boycot de la OPEC, provocado por su inclinación por Israel durante la guerra de octubre de 1973. Pero entonces el reino era solamente uno de los trece exportadores de petróleo que suspendió brevemente sus ventas, y esta fisura en la alianza saudí-estadounidense subsanó rápidamente. Durante el gobierno de Reagan, Arabia Saudí se transformó efectivamente en un arma en el ataque general contra el comunismo. De la generosidad no se beneficiaron solamente, como sabemos tan fatídicamente, los mujahedines afganos, sino también otros mercenarios de Estados Unidos en otros frentes de la Guerra Fría, desde Angola hasta América Central y el Cabo de África. Menos dramáticamente, pero quizás más crucialmente, el reino también desangró a la Unión Soviética durante los años ochenta manteniendo bajos los precios del petróleo, justo cuando los rusos necesitaban urgentemente vender su energía para mantener el ritmo de las enormes subidas en el gasto militar de Estados Unidos. En períodos de escasez durante los últimos diez años, como durante las guerras de Iraq y la huelga de Venezuela en 2002, los saudíes han elevado la producción para mantener estables los precios.
En cualquier caso, no importa quién gobierne, Arabia Saudí todavía necesita bombear un buen montón de petróleo. Sus habitantes son tan dependientes de él como el resto del mundo depende de ellos -quizás todavía más. Sin aire acondicionado y plantas de desalación, el reino se vería pronto como Darfur. Ni siquiera los fanáticos religiosos están dispuestos a volver a los sudorosos negocios de criar cabras y cosechar dátiles.
3
Sin embargo, nada de esto significa que los saudíes o el resto del mundo debería mostrar complacencia. Los signos de que algo ha marchado fundamentalmente mal son múltiples, desde la implicación saudí en la exportación de la guerra santa, la reciente racha de sangrientos atentados terroristas dentro del reino, las crecientes tasas de pobreza y de desempleo, hasta simples impresiones, como la silenciosa y sombría expresión de los pasajeros -ciudadanos que retornan y trabajadores extranjeros- que hacen la cola como convictos ante el control de pasaportes del grandioso pero débilmente iluminado aeropuerto de Riyad.
Cuando se habla con saudíes interesados en política, describen espontáneamente su situación como un malestar, una enfermedad. Difieren en la identificación de los síntomas y en la prescripción de una cura. Los conservadores lo ven como un asalta secular concertado contra su apreciado sistema inmunológico musulmán; los liberales, como la extensión del oscurantismo religioso, como una sigilosa ceguera, o, en las palabras de uno de los príncipes gobernantes, como un "cáncer"que debe ser extirpado.
Pero la mayoría de los saudíes no se ajustan fácilmente en los moldes liberales o conservadores. Su fuerte fe es una materia de orgullo e instinto más que de convicción política. Un sondeo auspiciado por el gobierno realizado el año pasado constató que una gran mayoría de los saudíes ven el desempleo como el principal problema del país, no el extremismo religioso. También reveló que mientras la mitad de los saudíes respetan el mensaje político de Osama bin Laden, sólo uno de veinte respeta su liderazgo político. Este muy presente chovinismo no significa necesariamente que están cerrados frente al mundo moderno, a sus retos y placeres. Incluso fuera de las elites mundanas de Yedda y Riyad, los saudíes es probable que gasten su tiempo mirando partidos de fútbol en la televisión o leyendo revistas de moda que en la mezquita.
La mezquita, sin embargo, es inevitable. Casi la mitad del tiempo de transmisión de la televisión estatal saudí se dedica a temas religiosos, y estos temas constituyen casi la mitad del currículum de las escuelas estatales.9 Nueve de diez títulos publicados en el reino tratan temas religiosos, y la mayoría de los doctorados en las universidades que lo ofrecen versan sobre estudios islámicos. Sin embargo, incluso sin la saturación wahhabí, los saudíes son profundamente conscientes de que su legado les impone responsabilidades específicas. Es, después de todo, el lugar de nacimiento de Mahoma y de la lengua árabe, el centro de las ciudades santas musulmanas, la raíz de los árboles genealógicos tribales árabes y también, históricamente, el último reducto contra las incursiones extranjeras en Arabia y las tierras musulmanas. El reino es en muchos modos un experimento único. Es el único estado musulmán moderno que fue creado por la yihad,10 el único que considera al Corán como su Constitución, y uno de los cuatro países musulmanes que han escapado al imperialismo europeo. De los otros, Irán es chií, Turquía optó por sí misma por el laicismo, y Afganistán es una ruina.
Es cuando aparece el fanatismo que ese carácter único se empieza a sentir como una amenaza y cuando se presiente que el sueño saudí de una utopía musulmana se está desvaneciendo. Lo que une a los conservadores del reino -y se aparecen bajo muchas guisas, desde yihadistas suicidas que quieren re-instaurar un califato global musulmán a puritanos pacifistas y los estudiosos wahhabíes realistas que atiborran los sistemas educacional y judicial- es la determinación a mantener la ilusión. Y a pesar de la naturaleza desagradablemente coercitiva de la práctica del islam en el reino (pocos de los 1.2 billones de musulmanes del mundo piensan que prohibir que las mujeres conduzcan un coche sea otra cosa que un absurdo), un sorprendente número de saudíes de a pies, incluyendo a mujeres, soportan el fastidio, porque ellos también comparten la ilusión.
La mayoría de los saudíes siguen apoyando a la familia gobernante, aunque ya no con tanto entusiasmo. Sus miembros más importantes, incluyendo al Rey, el Príncipe Heredero y los hermanos primero, segundo, tercero y cuarto en la línea de sucesión, son igualmente viejos y sin contacto con el mundo. El abrumador número de príncipes menores -algo así como siete mil-, combinado con su convicción de sus derechos a botines feudales, se trate de puestos claves de gobierno, concesiones comerciales o propiedad inmobiliaria, los ha enajenado de los ciudadanos de a pie, que también esperan una parte justa de la riqueza natural del país. Las principescas familias, con su amplio círculo de criados y favoritos, las alianzas matrimoniales y las asociaciones comerciales, ya no son vistas por la gente corriente como vehículos potenciales de movilidad social, sino como obstáculos. Para los desilusionados fanáticos religiosos, los Al Saudíes son simplemente "hipócritas", un término cargado de escrituras musulmanas que designa a aquellos que fingen piedad mientras sirven a los enemigos de la fe.
Con todo, muchos saudíes también aceptan la necesidad de que los Al Saudíes cumplan con su rol tradicional de conciliadores entre los intereses de las tribus, regiones, clases urbanas, potencias extranjeras y diferentes credos. Los críticos de la familia a menudo fallan en apreciar la importancia de esta función balanceadora, que ha ayudado a asegurar, la mayor parte del tiempo pacíficamente, una de las transformaciones más severas y rápidas que cualquier sociedad haya vivido.11 La creciente polarización de la sociedad saudí en los últimos años, entre los que exigen reformas progresistas y los que insisten en un retiro dentro de un capullo religioso puede incluso haber reforzado la dependencia de los saudíes de la familia real. Hasta que los tiempos permitan la construcción de un nuevo orden constitucional, es la única institución puente del reino.
Si sus súbditos encuentran difícil imaginar un país que sobreviva sin los Al Saudíes, hay sin embargo un extendido sentimiento de confusión y de ansiedad sobre el futuro. Al transformarse en un substituto del liderazgo, la función conciliadora de los Al Saudíes misma se ha convertido en una fuente de inseguridad. Conciliar' el poner coto a los predicadores de la violencia con el poner coto a los partidarios de una reforma constitucional, como ha ocurrido en meses recientes, da una impresión de rigidez y de ir a la deriva más que de sabiduría y firmeza. Algunos han concluido que esas contradicciones reflejan no una sensata equivocación sino una ominosa división ideológica entre facciones realistas.12
Cualquiera sea la causa, hay pocas dudas de que la carencia de un liderazgo resuelto ha empeorado los problemas del reino. Enfrentado a fines de los setenta al reto del creciente radicalismo musulmán, los Al Saudíes optaron por el aplacamiento. Se reforzó el control conservador de las escuelas y tribunales. Incluso cuando miles de saudíes perfeccionaron su educación en universidades americanas auspiciadas por los saudíes, miles más se marcharon a campos de adiestramiento financiados por los saudíes en las colinas de Afganistán. Picados de nuevo en los años noventa por la indignación local contra la invitación del Rey Fahd a que Estados Unidos atacara a Iraq desde la tierra santa' saudí, los Al Saudíes nuevamente aplacaron a los críticos encontrando escapes fuera del país para el radicalismo criado en casa en lugares tales como Chechenia y Bosnia. Las contradicciones llegaron a un trágico fin cuando Osama bin Laden, de unas de las familias saudíes plebeyas más ricas, y héroe de la guerra de Afganistán, rompió con sus antiguos patrones de la realeza y apuntó sus armas contra su viejo aliado, Estados Unidos.
Obviamente, les ha tomado a los Al Saudíes demasiado tiempo sopesar la importancia de este desarrollo. Los atentados terroristas en el reino en 1995, que se cobraron la vida de 24 estadounidenses, y una serie de atentados más pequeños contra individuos extranjeros en los años subsecuentes, fueron todos minimizados como el trabajo de agentes extranjeros o de bandas criminales. Un año después del 11 de septiembre de 201, el Príncipe Nayef, el ministro del Interior, todavía negaba que hubiera saudíes implicados. Un año después de eso, negó que Al Qaeda tuviese alguna presencia significativa en el reino. La opacidad del gobierno saudí hace fácil a los críticos atribuir semejantes titubeos al deseo de encubrir una complicidad de alto nivel en esos asuntos, pero es probable que la verdad sea más mundana. De manera patriarcal y típicamente obtusa, los Al Saudíes querían solucionar sus problemas del modo habitual, "dentro de la familia saudí".
Su fracaso es ahora más que evidente. Aparte de los estragos que ha causado en otros lugares, la violencia de Al Qaeda al interior del reino ha costado casi doscientas vidas el año pasado. Miles de jóvenes saudíes, muchos de ellos sin trabajo y aburridos, son atraídos por el romance de la guerra santa. Iraq, con sus brigadas internacionales islamitas evocadoras de las brigadas de la guerra civil española, se ha transformado en el destino de algunos. Muchos se quedan en casa, soñando con la posibilidad de lapidar los demonios imaginarios de la hipocresía realista y la agresión de los infieles.
Contener y re-dirigir esas pasiones tomará paciencia, determinación y enormes recursos. Hay buenas razones para dudar de que los Al Sauds, al menos bajo su actual y confundido liderazgo, pueden hacerse de esos tres factores, y sostenerlos. Pero por lo menos, al fin, están empezando a tratar de hacerlo. Los nuevos controles han disminuido drásticamente el apoyo económico privado a los grupos yihadistas. Cientos de predicadores extremistas han sido excluidos de los púlpitos de las mezquitas. Decenas de los más radicales están tras las rejas. El clérigo oficial ahora da sermones ad nauseam sobre el peligro de la exageración' en la religión, y se ha retirado13 gran parte de las incitaciones religiosas en los libros de texto saudíes. En lo que se refiere a la seguridad, los saudíes han mejorado enormemente sus controles fronterizos y detenido a cientos de sospechosos de Al Qaeda. Quizás lo más importante es que los sangrientos e indiscriminados actos de los terroristas locales han alarmado seriamente al público general. Su visión política se ha revelado muy poco atractiva.
El resto del mundo tiende a compartir la impaciencia de los liberales saudíes a los que les gustaría ver acciones más fuertes, así como reformas más rápidas y profundas. La preferencia de los Al Saudíes por el consenso, sin embargo, mantendrá lento el ritmo. Esto augura más frustración. Las mujeres, obviamente, tienen mucho interés en ser liberadas de la sofocante protección' de las leyes que relegan a muchas a vidas de tedio, dependencia y aislamiento. El estancamiento es también peligrosamente irritante para una juventud ya inquieta que forma parte de una larga proporción de la población del país. En vistas de su poco práctica educación, la escasez de trabajo y los costos cada vez más prohibitivos del matrimonio, millones de saudíes que están madurando se enfrentan a un difícil futuro.
"Lo lamento por mis estudiantes", dice un profesor de la Universidad de Imam Saud, en Riyad, un lugar donde se ha licenciado un número desproporcionado de reclutas de Al Qaeda. "No saben a quién creer. No tienen modelos ejemplares".
Como muchos otros saudíes, el profesor opina que es demasiado temprano para una democracia. La mejor solución a corto término sería un rey fuerte y resuelto. Sólo una figura así, dice, sería capaz tanto de refrenar a los "estrambóticos" príncipes y de impulsar reformas sociales, económicas y políticas. Su solución a largo término es más polémica. "Ya no hay un lenguaje común entre los realistas que entienden el mundo y son sofisticados, y los académicos religiosos que son atrasados. El conflicto es inevitable. Lo que necesitamos es reducir la relación entre el estado y la religión".
Más y más saudíes parecen estar llegando a esta conclusión, aunque tomará probablemente décadas antes de que haya suficientes de ellos para que hagan la diferencia. Pero si se corta el vínculo con el wahhabismo, ¿qué será saudí de Arabia?
Notas
[1] En este artículo, Al Saudí se refiere a la familia real saudí.
[2] Ha habido tres estados saudíes: desde 1744a 1818 (destruido por el ejército egipcio), de 1843 a 1891 (debilitado por luchas de sucesión y desmantelado por el clan rival Al Rashid) y desde 1902 hasta hoy. El título de reino' data sólo de 1932.
[3] Los turcos otomanos dominaron desde 1517 la mayor parte del este árabe, incluyendo la Meca y Medina, donde derrotaron el sultanato de Manluk, en Egipto. La administración prácticas de las ciudades santas fue dejada en gran parte en manos de sus gobernadores en Egipto, un país cuyos gobernantes conservaron este privilegio desde el siglo diez. El interior de Arabia tenían tan poco valor que los otomanes, como los imperios musulmanes antes de ellos, nunca se molestaron en conquistarlo.
[4] El ejemplo al que se refiere es el bombardeo en 1982 por el ejército sirio de la antigua ciudad de Hama, en la época un santuario de la Hermandad Musulmana y otros grupos musulmanes. Se dice que murieron unos 20.000 sirios.
[5] Publicado el 14 de julio de 2004 en www.icg.org. Véase también un informe posterior del Grupo Internacional de Crisis, Saudi Arabia: Who Are the Islamists', publicado el 21 de septiembre de 2004.
[6] Gold debe de saber que el terrorismo puede ser combatido más efectivamente reconociendo que la línea que separa la idea de una persona de un inexplicable barbarismo de la noción de otro de resistencia legítima puede ser a veces muy tenue. Al Qaeda y el grupo palestino Hamas son lo mismo para los israelíes, pero sus objetivos y consecuencias se traslapan sólo parcialmente. Los mismos saudíes que firman cheques para financiar lo que ellos consideran, justa o injustamente como una guerra de liberación contra la ocupación israelí pueden al mismo tiempo indignarse y quedar perplejos por el reclamo de Al Qaeda de que los atentados contra los trenes de cercanías en Madrid son actos de resistencia', porque se dirigen contra la cruzada global norteamericana contra el islam.
[7] La Hermandad Musulmana no fue responsable de la masacre de 1997 de turistas en Luxor, ni es correcto llamar a sus adherentes "asesinos de masas" o "los más hábiles terroristas de todos ellos". La organización, fundada en 1928, es en realidad un predecesor de grupos más extremistas, pero renunció a la violencia años antes de la emergencia de la militancia yihadista a fines de los años setenta.
[8] Este hecho, revelado primero la investigación del 11 de septiembre por los comités conjuntos para la inteligencia de la Cámara y el Senado, pero más tarde considerado clasificado' por el gobierno, está en el núcleo de las preocupaciones sobre Arabia Saudí que expresó Bob Graham, el retirado presidente del comité del Senado, en su nuevo libro Intelligence Matters' (Random House, 2004). Graham revela que un agente saudí sospechoso "ayudó" a los dos inmigrantes saudíes a establecerse en San Diego con regalos que pueden haber llegado a 40.000 dólares. Igual de inquietante es que muestra que uno de los dos compartió alojamiento con un informante pagado del FBI, que aparentemente nunca observó nada sospechoso. (El FBI se negó rotundamente a permitir que los diputados interrogaran a su informante). Sin embargo, el libro de Graham propone más preguntas que respuestas. Prueba del financiamiento directo de los saudíes de los terroristas sería claramente explosiva, pero no está claro que los saudíes supieran mejor que el FBI qué estaban planeando los beneficiarios de su generosidad. Asumiendo que el servicio secreto saudí estaba consciente de que este dinero llegaría a manos de dos de los futuros secuestradores, es posible que hayan creído que estaban reclutándolos como infiltrados para desmantelar la célula de Al Qaeda. (Los saudíes, después de todo, después de mucho insistir, dejaron que el FBI interrogara a su agente en San Diego, pero los agentes no han dicho que fue lo que les contó). Al final, las revelaciones del senador Graham son, como las de Unger, irrefutables con respecto a la incompetencia del gobierno estadounidense y el temor a ser descubierto, pero no son concluyentes con respecto a las intenciones malignas del gobierno saudí.
[9] Según un estimado de un maestro de Riyad, los estudios musulmanes constituyen un 30 por ciento del currículum actual. Pero otro 20 por ciento se introduce en los libros de texto de historia, ciencias, árabe, etc. En contraste, un conteo no oficial de todo el programa de estudios para doce años de enseñanza saudí contiene un total de exactamente 38 páginas sobre historia, literatura y culturas del mundo no musulmán.
[10] Abdul Aziz ibn Saud, padre del actual rey, conquistó el territorio entre 1902 y 1926, en gran parte utilizando a fanáticos guerreros wahhabí conocidos como los ikhwan'. El historiador R. Bayly Winder comenta: "Las numerosas y sorprendentes similitudes entre el wahhabismo y el islam mismo, incluyendo temas tales como el énfasis local y doctrinal, el énfasis en los éxitos militares, el carácter árabe, la iconoclastia y puritanismo, son tan marcados que uno se inclina a ver al wahhabismo como una especie de segundo resurgimiento' de Arabia". Véase Saudi Arabia in the Nineteenth Century (St. Martin's, 1965).
[11] No solo la extensiva urbanización y el enorme mejoramiento de las condiciones de vida, sino también la superación de una feroz resistencia religiosa a innovaciones tales como el papel moneda (1951), la abolición de la esclavitud (1962), la educación femenina (1964) y la televisión (1965).
[12] VéaseMichael Scott Doran, The Saudi Paradox', Foreign Affairs, enero-febrero de 2004.
[13] Cambiar libros es solo el comienzo. Un maestro de Riyad describe que fue castigado por su rector después de que un alumno de ocho años lo delatara por decir en la clase que la música no era necesariamente pecaminosa. En contraste, un maestro de la misma escuela recibió una recomendación por ordenar a sus alumnos que corrigieran libros de texto distribuidos por el gobierno recientemente, alterando un pasaje que describía a una niña y niño como "amigos", de modo que los dos personajes fueron masculinos. Incluso en los libros para niños, aparentemente, "mezclar" los sexos sigue siendo un tabú.
Libros reseñados
Unloved in Arabia
Max Rodenbeck
House of Bush, House of Saud: The Secret Relationship Between the World's Two Most Powerful Dynasties
Craig Unger
Scribner, 356 pp., $26.00
Saudi Arabia and the Politics of Dissent
Mamoun Fandy
Palgrave, 288 pp., $26.95
Hatred's Kingdom: How Saudi Arabia Supports the New Global Terrorism
Dore Gold
Regnery, 331 pp., $18.95 (papel)
Inside the Mirage: America's Fragile Partnership with Saudi Arabia
Thomas Lippman
Westview, 354 pp., $27.50
Sleeping with the Devil: How Washington Sold Our Soul for Saudi Crude
Robert Baer
Three Rivers, 272 pp., $13.95 (papel)
The Complete Idiot's Guide to Understanding Saudi Arabia
Colin Wells
Alpha, 356 pp., $18.95 (papel)
Can Saudi Arabia Reform Itself?
International Crisis Group
14 de julio de 2004, 35 pp.
17 de octubre de 2004
©new york reveiw of books
©traducción mQh"
UE PONE FIN A 12 AÑOS DE SANCIONES CONTRA LIBIA - robert wielaard
Este lunes la Unión Europea puso fin a doce años de sanciones contra Libia y levantó el embargo de armas para recompensar al país norteafricano por renunciar a su programa de construcción de armas de destrucción masiva.
Luxemburgo. La decisión de los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea UE puso al bloque de 25 países en línea con una decisión de Naciones Unidas el año pasado y refleja un significativo mejoramiento de las relaciones en meses recientes.
"Es un vuelco en las relaciones con Libia", dijo el ministro de Asuntos Europeos, Claudie Haignere.
Las sanciones de Naciones Unidas fueron impuestas en 1992 para obligar a Trípoli a entregar a dos libios acusados del atentado en 1988 contra un avión de pasajeros estadounidense sobre el pueblo de Lockerbie. Un año más tarde, las sanciones se ampliaron e incluyeron el congelamiento de activos libios en bancos extranjeros y la prohibición de adquirir tecnologías para la industria petrolífera.
El Consejo de Seguridad suspendió las sanciones después de que los dos sospechosos del atentado de Lockerbie fueran entregados para ser juzgados en 1999 y los abolió el año pasado después de que Libia acordara compensar a las familias de las víctimas de Lockerbie, así como a aquellas del atentado contra un avión de pasajeros francés en Nigeria.
La UE, como Estados Unidos, quiere mejorar las relaciones con Libia ahora que Trípoli ha puesto fin a su programa de producción de armas de destrucción masiva.
El Reino Unido busca una completa normalización de las relaciones entre el bloque europeo de 25 países y Libia y levantar completamente el embargo de armas separado, de acuerdo a un alto personero inglés en Londres.
Pero todavía siguen las fricciones por la sentencia de un tribunal libio de cinco enfermeras búlgaras y un doctor palestino acusados de contagiar deliberadamente a más de 400 niños libios con el virus del sida. Fueron condenados a muerte en mayo después de que supuestamente infectaran a los niños como parte de un experimento para encontrar una cura al sida.
Grupos de derechos humanos dicen que Libia fabricó la historia del experimento para ocultar prácticas arriesgadas en hospitales y clínicas. Bulgaria mantiene estrechas relaciones con la UE y será miembro pleno de la Unión en 2007.
"Estamos muy preocupados acerca de la situación de los ciudadanos búlgaros", dijo el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Dijo que la UE busca revocar la sentencia del tribunal.
Los europeos se muestran ansiosos por invertir en las substanciales reservas de petróleo de Libia y ganar su colaboración para frenar el flujo de inmigrantes ilegales en Europa.
Separadamente los ministros de Asuntos Exteriores aprobaron una petición italiana para aliviar su propio embargo de armas, impuesto a Libia en 1986. Eso permitirá a Libia comprar equipos de alta tecnología para impedir el tráfico ilegal de inmigrantes africanos a Europa a través de Libia.
Un misión técnica' de la UE visitará probablemente Libia en noviembre para evaluar las necesidades de Libia en lo que se refiere al control de la inmigración ilegal.
Italia quiere vender a Libia tecnologías tales como binoculares infrarrojos y helicópteros, pero no le ha sido posible hacerlo debido al embargo de armas.
Estados Unidos levantó la mayor parte de sus sanciones comerciales en abril después de que el líder libio Moammar Gadhafi abandonara sus proyectos de armas ilegales.
Como un signo del mejoramiento de las relaciones. Gadhafi visitó en abril la sede de la Unión en Bruselas en su primer viaje fuera de Oriente Medio o de África en los últimos 15 años.
El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, visitó Libia varias veces para reunirse con Gadhafi y discutir la manera en que Libia podría recibir ayuda de la UE y ser parte del tratado comercial actualmente en vigor con África del Norte y países de Oriente Medio.
Para acceder a ese tratado, Libia tendrá que firmar una declaración renunciando al terrorismo así como comprometerse a implementar reformas democráticas y respetar los derechos humanos.
El lunes Gadhafi recibió a una delegación de judíos italianos para hablar sobre una posible compensación a los judíos libios expulsados después de la guerra en Oriente Medio en 1967, dijo un portavoz de uno de los hijos de Gadhafi.
Se cree que es la primera reunión en Libia con representantes de los 6.000 judíos libios que huyeron del país después de un contragolpe anti-judío tras la victoria de Israel.
Saadi Gadhafi, un jugador de fútbol profesional en Italia, ha jugado un papel clave en organizar la reunión, de acuerdo a Nicola Ravarini, de una firma de relaciones públicas de Milán que representa al hijo de Gadhafi. En Libia no hubo comentarios oficiales.
Hace tres semanas, el mayor de los Gadhafi habló por primera vez de la posibilidad de pagar compensaciones. "Tenemos que distinguir entre los judíos y el sionismo; por eso, los judíos que vivían en Libia y cuyas propiedades fueron injustamente confiscadas deberían recibir indemnizaciones..., pero aquellos judíos que requisaron propiedades de palestinos en Israel no merecen compensación", dijo.
11 de octubre de 2004
13 de octubre de 2004
©los angeles times
©traducción mQh
Luxemburgo. La decisión de los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea UE puso al bloque de 25 países en línea con una decisión de Naciones Unidas el año pasado y refleja un significativo mejoramiento de las relaciones en meses recientes."Es un vuelco en las relaciones con Libia", dijo el ministro de Asuntos Europeos, Claudie Haignere.
Las sanciones de Naciones Unidas fueron impuestas en 1992 para obligar a Trípoli a entregar a dos libios acusados del atentado en 1988 contra un avión de pasajeros estadounidense sobre el pueblo de Lockerbie. Un año más tarde, las sanciones se ampliaron e incluyeron el congelamiento de activos libios en bancos extranjeros y la prohibición de adquirir tecnologías para la industria petrolífera.
El Consejo de Seguridad suspendió las sanciones después de que los dos sospechosos del atentado de Lockerbie fueran entregados para ser juzgados en 1999 y los abolió el año pasado después de que Libia acordara compensar a las familias de las víctimas de Lockerbie, así como a aquellas del atentado contra un avión de pasajeros francés en Nigeria.
La UE, como Estados Unidos, quiere mejorar las relaciones con Libia ahora que Trípoli ha puesto fin a su programa de producción de armas de destrucción masiva.
El Reino Unido busca una completa normalización de las relaciones entre el bloque europeo de 25 países y Libia y levantar completamente el embargo de armas separado, de acuerdo a un alto personero inglés en Londres.
Pero todavía siguen las fricciones por la sentencia de un tribunal libio de cinco enfermeras búlgaras y un doctor palestino acusados de contagiar deliberadamente a más de 400 niños libios con el virus del sida. Fueron condenados a muerte en mayo después de que supuestamente infectaran a los niños como parte de un experimento para encontrar una cura al sida.
Grupos de derechos humanos dicen que Libia fabricó la historia del experimento para ocultar prácticas arriesgadas en hospitales y clínicas. Bulgaria mantiene estrechas relaciones con la UE y será miembro pleno de la Unión en 2007.
"Estamos muy preocupados acerca de la situación de los ciudadanos búlgaros", dijo el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Dijo que la UE busca revocar la sentencia del tribunal.
Los europeos se muestran ansiosos por invertir en las substanciales reservas de petróleo de Libia y ganar su colaboración para frenar el flujo de inmigrantes ilegales en Europa.
Separadamente los ministros de Asuntos Exteriores aprobaron una petición italiana para aliviar su propio embargo de armas, impuesto a Libia en 1986. Eso permitirá a Libia comprar equipos de alta tecnología para impedir el tráfico ilegal de inmigrantes africanos a Europa a través de Libia.
Un misión técnica' de la UE visitará probablemente Libia en noviembre para evaluar las necesidades de Libia en lo que se refiere al control de la inmigración ilegal.
Italia quiere vender a Libia tecnologías tales como binoculares infrarrojos y helicópteros, pero no le ha sido posible hacerlo debido al embargo de armas.
Estados Unidos levantó la mayor parte de sus sanciones comerciales en abril después de que el líder libio Moammar Gadhafi abandonara sus proyectos de armas ilegales.
Como un signo del mejoramiento de las relaciones. Gadhafi visitó en abril la sede de la Unión en Bruselas en su primer viaje fuera de Oriente Medio o de África en los últimos 15 años.
El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, visitó Libia varias veces para reunirse con Gadhafi y discutir la manera en que Libia podría recibir ayuda de la UE y ser parte del tratado comercial actualmente en vigor con África del Norte y países de Oriente Medio.
Para acceder a ese tratado, Libia tendrá que firmar una declaración renunciando al terrorismo así como comprometerse a implementar reformas democráticas y respetar los derechos humanos.
El lunes Gadhafi recibió a una delegación de judíos italianos para hablar sobre una posible compensación a los judíos libios expulsados después de la guerra en Oriente Medio en 1967, dijo un portavoz de uno de los hijos de Gadhafi.
Se cree que es la primera reunión en Libia con representantes de los 6.000 judíos libios que huyeron del país después de un contragolpe anti-judío tras la victoria de Israel.
Saadi Gadhafi, un jugador de fútbol profesional en Italia, ha jugado un papel clave en organizar la reunión, de acuerdo a Nicola Ravarini, de una firma de relaciones públicas de Milán que representa al hijo de Gadhafi. En Libia no hubo comentarios oficiales.
Hace tres semanas, el mayor de los Gadhafi habló por primera vez de la posibilidad de pagar compensaciones. "Tenemos que distinguir entre los judíos y el sionismo; por eso, los judíos que vivían en Libia y cuyas propiedades fueron injustamente confiscadas deberían recibir indemnizaciones..., pero aquellos judíos que requisaron propiedades de palestinos en Israel no merecen compensación", dijo.
11 de octubre de 2004
13 de octubre de 2004
©los angeles times
©traducción mQh