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página roja

vigilantes llegan a los barrios


[Monte Reel] Milicias exacerban la violencia que querían apagar.
Río de Janeiro, Brasil. Un condecorado agente de policía estaba sentado detrás del volante de su camioneta Toyota aquí el mes pasado cuando un grupo de hombres rodeó el vehículo y le metieron más de cuarenta balas en el cuerpo.
Estas ejecuciones no son inusuales en una ciudad donde policías y pandilleros pelean todos los días por el control de territorios en las barriadas pobres, pero este causó conmoción en todo Río. El agente asesinado, Felix dos Santos Tostes, había estado trabajando como jefe de una milicia -uno de esos bien armados grupos que se han multiplicado en las barriadas de la ciudad en los últimos meses, complicando todavía más un conflicto urbano que ha eludido una solución durante décadas.
Las milicias se han hecho con el control de cerca de cien de las seiscientas barriadas o favelas de esta ciudad, quitándoselo a las pandillas de narcotraficantes que las mantuvieron durante largo tiempo en su poder, según dicen la policía y organizaciones no-gubernamentales. El asesinato de Tostes muestra por qué el cambio preocupa aquí a tanta gente: Aunque las milicias dicen que hacen más seguros a los barrios, es la violencia la que se apodera de ellos. Y las profundas conexiones entre algunos de los grupos y la policía y círculos de políticos hacen que su control y supervisión sean extraordinariamente difícil.
Tradicionalmente, agentes de policía y funcionarios de gobierno han defendido una postura dura contra las pandillas de narcotraficantes, pero el nuevo gobernador de Río, Sergio Cabral, está instando a sus colegas a rechazar la idea de que las milicias son el mal menor. Ha comparado el creciente auge de las milicias con la situación en Colombia, donde la participación de vigilantes paramilitares ha enturbiado todavía más la larga lucha del país contra las guerrillas marxistas. Cabral visitó Bogotá esta semana para analizar con sus contrapartes colombianos métodos de control de la violencia.
"El gobierno dice que las milicias deberían ser investigadas, pero la situación es casi cómica", dice Rodrigo Pimentel, ex agente de la policía militar que trabaja ahora como asesor de seguridad. "Un montón de gente de unidades de la inteligencia policial a cargo de su investigación están ellos mismos implicados en las milicias. Esa es la razón de por qué cuando la policía da al gobierno la lista de sospechosos de ser milicianos, en la que deberían aparecer unos 700 nombres, sólo aparecen cuarenta o cincuenta".
Los grupos milicianos que controlan los barrios no están asociados unos con otros. Algunos fueron empezados por vecinos de las favelas mismas, pero muchos son encabezados por agentes de policía jubilados o en su tiempo libre, bomberos y empleados en la seguridad privada.
El nombre de Tostes apareció en una lista de milicianos sospechosos antes este año, poco después de que hubiese sido colmado de honores por su trabajo como ayudante del jefe de la policía civil de Río, el que fue reemplazado cuando Cabral asumió su cargo en enero. El asesinato de Tostes fue un trabajo de dentro, dicen los vecinos de la favela, el resultado de una lucha por el poder dentro de una milicia. La policía está investigando la posibilidad de que uno de los líderes de la milicia rivales que ordenó el asesinato sea un parlamentario regional.
"La influencia política que están construyendo las milicias a medida que se extienden, es una de las cosas que más me preocupa", dijo Raquel Willadino, directora de derechos humanos y problemas relacionados con la violencia de Observatorio de Favelas, una organización no-gubernamental de Río.
En Rio das Pedras, los vecinos recuerdan a Tostes como a una suerte de héroe popular que hizo seguro su barrio. Los vecinos tenían el hábito de organizar los domingos fiestas de samba en la plaza principal y siempre se reservaba un sitial de importancia para Tostes. Desde su muerte, no ha emergido ningún nuevo líder de la milicia, pero el grupo continúa implementando una estricta versión de disciplina pública destinada a atemorizar a las bandas de narcotraficantes.
La presencia de la milicia es a veces sutil, a veces no. Un sábado noche hace poco estalló una reyerta en un restaurante en una de las calles que entran a la favela, dijo la camarera Khedhulya Daiane. Antes de que se diera cuenta, dijo Daiane, se aparecieron los milicianos, aparentemente de ninguna parte, para ponerle fin y castigar a los instigadores. Describió a los milicianos como los misteriosos pero siempre presentes ojos y oídos de la favela.
"Son rudos", dijo. "Si se enteran que alguien está usando drogas, lo golpean, si es que no lo matan". Levantó sus cejas y asintió lentamente: "Es verdad".
La milicia de Rio das Pedras, una de las más antiguas de la ciudad, se formó a fines de los años ochenta cuando los vecinos se unieron para expulsar a un grupo de narcotraficantes locales. A medida que la milicia fue creciendo, agentes de policía jubilados y fuera de horas de trabajo empezaron a ocupar sus posiciones de liderazgo. Algunos vecinos dicen que hoy la milicia les ayuda a llenar el vacío dejado por la indiferencia del gobierno hacia sus necesidades sociales. Por ejemplo, sus líderes nombran a mediadores independientes para resolver disputas legales entre los vecinos, que no tienen acceso al sistema jurídico del país, dijeron.
Allan Turnowski, director de las operaciones policiales especiales del estado, dijo que la milicia recluta a sus miembros en el cuerpo de policía -que paga a los agentes de la calle unos 450 dólares al mes. Muchos brasileños dan por sentado que las fuerzas policiales del país son corruptas, dijo, lo que reduce la moral de los agentes y los hace vulnerables a los reclutadores.
"Imagínelo: Un agente de policía que trabaja para el estado no recibe nunca ningún respeto, y de repente se incorpora a una milicia y ahí es adorado como el hombre que lleva la paz a la comunidad", dice Turnowski, que describió a las milicias como peligrosos substitutos de recursos del estado crónicamente ausentes en las comunidades pobres de la ciudad.
Leonardo Pontes, guardia de seguridad en un hotel en un barrio turístico de Río, estaba sentado a una mesa de plástico rojo en la terraza de un restaurante en Rio das Pedras la semana pasada, bebiendo una cerveza. Dijo que los vecinos pagan a la milicia unos 14 dólares al mes por mantener una conexión ilegal a la televisión por cable, les guste o no, y en cambio reciben un barrio libre de narcotraficantes. Dijo que pensaba que era un buen negocio.
"De todas las favelas de la ciudad, esta es considerada la mejor", dijo Pontes, 29. "Las pandillas ya ni siquiera intentan acercarse por aquí".
Pero las estadísticas oficiales no respaldan la idea de que la violencia desaparece cuando se imponen las milicias. Ana Paula Miranda, investigadora del oficial Instituto de Seguridad Pública, hizo hace poco un estudio estadístico de varias favelas conocidas por el hecho de estar bajo el control de las milicias. Ese estudio, encargado por el diario O Globo, determinó que las tasas de crímenes violentos en esas zonas eran similares a las tasas en favelas controladas por las pandillas de narcotraficantes, dijo la investigadora.
Un repasada de los diarios parece respaldar esa conclusión. La semana pasada, por ejemplo, los diarios locales informaron que milicianos de la favela de Vargem Grande eran probablemente los asesinos de un agente inmobiliario allá. Se creía que el asesinato estaba conectado con los esfuerzos de la milicia por controlar las ventas de tierras en el vecindario, según los reportajes.
Debido a la circulación de este tipo de historias, algunos líderes de barrio se muestran reticentes a admitir a las milicias. Angelo Marcio da Silva, 36, es un activista social que vive en Jardim America, un grupo de siete favelas dominadas todas por bandas de narcotraficantes. En los últimos tiempos, las luchas intestinas han debilitado a las bandas, y las milicias han tratado de explotar esa situación. El mes pasado, una milicia trató de ocupar una zona pero fue repelida por el Comando Rojo, la banda que controla el vecindario.
Marcio da Silva adopta una desapasionada opinión del fenómeno de las milicias, diciendo que es simplemente la última evolución de un conflicto causado por el crónico abandono del gobierno. En diez años, predijo, las milicias, las pandillas y la policía se dividirán y se convertirán en nuevas facciones, pero los vecinos seguirán viviendo con la misma sensación de inseguridad.
"No puedes optar por una de las partes", dijo. "Porque si lo haces, serás o bien uno de ellos, o la próxima víctima".

30 de marzo de 2007
27 de marzo de 2007
©washington post
©traducción mQh
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asesinan a dos monjas en iraq


Dos religiosas católicas caldeas de 79 y 85 años de edad fueron salvajemente asesinadas en su casa de Kirkuk, al norte de Irak. La policía todavía desconoce los motivos del crimen.
Bagdad, Iraq. Según informó la agencia Associated Press, el cadáver de la hermana Margaret Naoum apareció en el jardín de la casa con siete puñaladas. La religiosa Fawzeiyah Naoum, de mayor edad, recibió tres puñaladas mientras estaba recostada en un sofá recuperándose de la operación quirúrgica a la que fue sometida la semana pasada.
El teniente Marewan Salih de la Policía de Kirkuk explicó que las religiosas fueron atacadas por dos sujetos aún no identificados. Ambas vivían solas a poca distancia de la Catedral de la Virgen de Kirkuk y en la casa no hay signos que apunten al robo como móvil.
La Comunidad Católica Caldea es descendiente de la antigua Iglesia Apostólica de Oriente. Sus miembros todavía preservan el uso del arameo oriental como lenguaje litúrgico. Establecida en 1551, su Patriarca, Emmanuel Delly III, reside en Bagdad, y cuenta con comunidades en Siria, Turquía, Irán e Irak.
En esta jornada de violencia, dos coches bomba estallaron en mercados de la ciudad de Tal Afar, norte de Irak, causando la muerte de 50 personas.

28 de marzo de 2007
©aciprensa
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se comió a su marido policía


Brasil: Mató a su marido para luego cortarlo y freírlo. La condenaron a 19 años de prisión.
Brasil. Una mujer brasileña identificada como Rosanita Nery dos Santos, fue condenada a 19 años de prisión por matar a su esposo y tras ello, cortarlo en pequeños pedazos para luego freírlo.
La mujer de 52 años, que se desempeñaba como dueña de casa, cortó el cuerpo de su marido, el policía José Raymundo Soares dos Santos, en unos cien pedazos y luego lo frió.
En una parte del proceso judicial consta que el crimen, ocurrido en junio del 2005 está supuestamente vinculado a un ritual de 'magia negra', reportó ayer la prensa local.
La sentencia a la mujer, que llevaba casada 28 años, fue adoptada ayer a última hora por los tribunales.

24 de marzo de 2007
©estrella de valparaíso
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todavía pena asesino ejecutado


[Andrew Blankstein] Un detective arroja luces sobre un asesino largo tiempo muerto en tragedias de Los Angeles.
El 6 de marzo de 1970, Mack Ray Edwards entró a la comisaría del departamento de policía de Los Angeles en Foothill, y dijo que quería limpiar su conciencia.
El operador de maquinaria pesada de 51 años contó calmamente a un detective que había violado y asesinado a seis niños en el curso de dos décadas en todo el condado de Los Angeles.
Edwards fue arrestado, se declaró culpable de tres asesinatos y fue condenado a muerte. Antes de que fuera enviado a San Quentin, hizo una confesión incluso más asombrosa: En realidad había matado a dieciocho niños. Los detectives empezaron a investigar la confesión, pero en 1972, antes de que pudieran obtener más información, Edwards se ahorcó con un cordón de televisión en su celda en el corredor de la muerte.
Treinta y cinco años más tarde, los detectives han vuelto a investigar el caso de Edwards, reabriendo cuatro casos de niños desaparecidos hace casi cincuenta años que creen que están vinculados a él.
En los últimos seis meses la policía ha descubierto una carta de Edwards escribió confesando aparentemente el asesinato de un niño de Redondo Beach y han utilizado un radar de subsuelo para buscar cuerpos posiblemente enterrados en su antigua casa en Sylmar. Planean utilizar perros detectores de cadáveres en un tramo de ochocientos metros en una autopista de Thousand Oaks para buscar los restos de otra posible víctima.
El caso ha sumido a los detectives del Departamento de Policía de Los Angeles LAPD, la policía de Pasadena y Torrance, el departamento de Justicia del estado y el Departamento del Sheriff del condado de Los Angeles, en los amarillentos expedientes de casos de otra época. Están tratando de trazar los movimientos de un asesino en serie que murió hace más de treinta años, reabriendo las viejas heridas de familias que perdieron a seres queridos.
La policía dice que su interés fue provocado por las indagaciones del escritor de Pasadena, Weston DeWalt, que estuvo investigando la desaparición en 1957 en Arroyo Seco, de Tommy Bowman, un niño de ocho años.
Cuando revisaba diarios viejos, una fotografía llamó la atención de DeWalt. La imagen en blanco y negro, probablemente de 1970, mostraba a Edwards cuando lo llevaban esposado al tribunal.
"Miré la foto y pensé: Su cara me parece familiar, pero ¿por qué?", dijo DeWalt. "La estudié durante unos cinco minutos y me sorprendió el parecido con un dibujo que había visto en un expediente del Departamento de Policía de Pasadena".
Ese dibujo era el de un hombre que había sido visto siguiendo a Tommy antes de que el niño de cabello rubio rojizo de Redondo Beach desapareciera en un sendero de Arroyo Seco.

DeWalt, coautor de un exitoso libro sobre la tragedia de unos alpinistas en el Monte Everest, topó con la desaparición de Bowman mientras investigaba rutas de excursionistas en Arroyo Seco. Quedó fascinado con el caso y finalmente se reunió con el padre del niño y los detectives, que le dieron acceso a antiguos expedientes policiales.
"Su trabajo nos permitió volver en el tiempo y abrir un montón de nuevas ventanas", dijo el detective Vivian Flores de la unidad de casos archivados del Departamento de Policía de Los Angeles. "Hay un montón de familias que no saben qué pasó con sus hijos".
Con la ayuda de DeWalt, los detectives tuvieron las primeras evidencias sólidas que conectaban a Edwards directamente con la desaparición del niño Bowman.
Después de una entrevista con la viuda de Edwards y otros parientes en 2006, un miembro de la familia mostró a DeWalt una carta de Edwards a su esposa, Mary, escrita cuando estaba en el corredor de la muerte.
"Tenía pensado agregar uno más a la primera declaración" ante el LAPD, "y era sobre el niño Tommy Bowman que desapareció en Pasadena", escribió. "Pero pensé que lo podría estropear, así que lo dejé fuera".
El otoño pasado, el LAPD obtuvo una orden de allanamiento y confiscó la carta, así como fotos y otros artículos en casa de su viuda.
Ese golpe reavivó dolorosos recuerdos -pero también ofreció nuevas esperanzas- para el padre del niño, Eldon Bowman, ahora en sus ochenta.
Bowman recordó el viernes cómo la familia de Redondo Beach se trasladó a Pasadena para hacer un paseo y cenar allá ese día de marzo de 1957. Después de la desaparición de Tommy, el padre se negó a volver a casa y lo buscó en el cañón y en las laderas.
"Fuimos para cenar allá y nos quedamos tres semanas, buscando día y noche", recordó Bowman el viernes, agregando que incluso hoy "Tommy está siempre en mi mente".
Durante los años que siguieron, Bowman, padre de otros dos hijos, dijo que estudiaba las caras de los niños de la edad de Tommy con la esperanza de reconocer a su hijo.
Pero los detectives dicen que están lejos de resolver el caso de Tommy, aunque están empezando a aclarar tres otros casos:
- Bruce Kremen, que desapareció en julio de 1960 de un campamento de la YMCA en el Bosque Nacional de Angeles, y no fue encontrado nunca.
- Dos niñas de once años de Torrance, Karen Lynn Tompkins y Dorothy Gale Brown, que desaparecieron con un año de distancia. Tompkins desapareció para siempre, pero el cuerpo estrangulado de Brown fue encontrado por buzos recreativos el 4 de julio de 1962, frente a Marina del Rey.
Los detectives creen que los tres casos pueden estar conectados a Edwards debido a que los niños se ajustan a la descripción de las víctimas que confesó haber matado.
La hermana de Tompkins, Lori Buck, de 45 años, de Enid, Oklahoma, tenía sólo cuatro meses cuando desapareció su hermana cuando iba de casa a la escuela. Pero la desaparición sacudió a la familia.
"Yo fui protegida y no se me permitía hacer nada, especialmente cuando cumplí los once años", dijo Buck el viernes. "Mi mamá cree que Karen murió. Mi papá, que murió de cáncer, siempre esperó encontrarla".

Los detectives han tenido dificultades para reconstruir los movimientos de Edwards, un obrero de la construcción que trabajaba para Caltrans y otras agencias durante el auge de las autopistas entre los años cincuenta y sesenta.
Profundizando la investigación de DeWalt, la policía reconstruyó los pasos de Edwards al menos hasta diez casas en los alrededores de Los Angeles, la South Bay y los valles de San Gabriel y San Fernando.
Pese al nuevo ímpetu, los detectives dicen que tienen obstáculos. Los expedientes que se mantenían sobre niños desaparecidos durante esa época fueron destruidos después del dieciocho cumpleaños de los niños, lo que quiere decir que los detectives tuvieron que recabar información desde la nada en la mayoría de los casos.
De los seis asesinatos que confesó Edwards, el primero lo cometió en 1953: Stella Darlene Nolan tenía ocho años cuando fue secuestrada de un puesto de bebidas en Norwalk, donde trabajaba su madre. Días después de la confesión de Edwards, la policía encontró los restos de la niña en un contrafuerte de una autopista en Downey.
Tres años después mató a su cuñada de once años, y una amiguita de trece.
Edwards dijo a la policía que dejó de matar hasta fines de los años sesenta, cuando se mudó a Sylmar con su esposa, hijo e hija.
Hace poco los detectives desplegaron perros detectores de cadáveres y un radar de subsuelo en su antigua casa de la Ralston Avenue con la esperanza de encontrar posibles víctimas.
En diciembre de 1968 entró furtivamente en una casa de Sylmar con la intención de secuestrar a una niña de trece años, pero en lugar de eso terminó disparando contra su hermano de dieciséis, Gary Roche, según la confesión de Edwards.
También ese mes, Roger Dale Madison, de dieciséis años, amigo y compañero de curso del hijo de Edwards, desapareció de Sylmar. Edwards contó a la policía que había apuñalado repetidas veces a Madison cuando estaban en un naranjal antes de enterrarlo debajo de la autopista 23 en Thousand Oaks, que estaba entonces en construcción.
Edwards estaba trabajando en el proyecto y dijo que utilizó una excavadora para enterrar al joven. La policía planea revisar el sitio pronto con perros y un radar.
También confesó el asesinato de Donald Allen Todd, otro niño del barrio que fue encontrado muerto a balazos después de haber sido violado, en mayo de 1969.
Edwards contó a la policía que decidió entrar a la comisaría de Foothill y confesar después de cometer un error.
El 6 de marzo de 1970, Edwards y un cómplice de quince años secuestraron a tres hermanas, de entre doce y catorce años, de sus casas en Sylmar. Edwards obligó a las niñas a escribir una nota a sus padres diciéndoles que estaban escapando de casa antes de trasladarlas a una remota zona cerca de Newhall.
Las niñas eran antiguas vecinas de Edwards y lo reconocieron. Dos de ellas escaparon y la tercera fue rescatada; ninguna fue abusada. Temiendo que sería identificado, decidió contar su historia a la policía.
Más de tres décadas después, los detectives están tratando de rellenar las enormes lagunas para ofrecer alguna forma de conclusión a las familias que han pasado décadas preguntándose qué ocurrió con sus hijos.
"Dependemos de refrescar los recuerdos de la gente", dijo Flores. "Edwards dijo que él había dejado de matar. No le creímos. La pregunta es cuántas más víctimas hay y quién sabe algo sobre esos casos".

andrew.blankstein@latimes.com

22 de marzo de 2007
17 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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dos muertes en la montaña


[Tomas Alex Tizon] David Stodden recorre el sendero en el lago Pinnacle, donde su mujer Mary y su hija Susanna fueron encontradas muertas el verano pasado.
Seattle, Estados Unidos. Su mujer y su hija fueron asesinadas el verano pasado en un remoto sendero de excursionistas en el bosque, a 113 kilómetros de casa, a mitad del día, en lo mejor de sus vidas, entre las montañas que habían considerado siempre como un santuario.
David Stodden no sabe quién lo hizo ni por qué. No sabe si su mujer e hija fueron golpeadas, violadas o mutiladas; no sabe si cayeron rápidamente o si pelearon por sus vidas hasta el final. Sabe los detalles esenciales, que cada una de ellas fue matada de un tiro en la cabeza y que fueron abandonadas junto al sendero donde podría encontrarlas cualquiera. Sabe que los detectives no han hecho ninguna detención, y los excursionistas de la región están temblando. Para muchos, la naturaleza misma fue profanada.
"No sé adónde va todo esto", dice Stodden, refiriéndose al misterio que se ha cernido sobre su vida.
Tiene 58 años, es flaco y fuerte, de pelo canoso y bigote, y una cara delgada y angulosa que es a la vez abierta y reservada. Es de risa fácil. Cuando se emociona, se para en mitad de la frase y aprieta la mandíbula hasta que pasa el momento, luego retoma el hilo de la frase de la manera fácil y cordial que sus amigos describen como "es sólo David".
En este día nublado, casi ocho meses después de los asesinatos, Stodden está a punto de internarse en esas mismas montañas para acercarse todo lo posible al lugar en el sendero del Lago Pináculo [Pinnacle] donde se encontraron los cuerpos. Tiene un propósito práctico: chequear si los carteles de recompensa que colgó allí en el otoño pasado siguen todavía allí. Los había controlado cada dos semanas, hasta que el tiempo se puso frío y la nieve cubrió el sendero. Ahora espera que la nieve se haya derretido. Le da algo que hacer. Lo mantiene en movimiento. El movimiento ha sido su bálsamo.
Contratista de oficio, se ha dado libre para arreglar la modesta casa de madera en el norte de Seattle donde él y su mujer criaron a sus tres hijas durante sus 28 años de matrimonio. "Es difícil todavía", dice, refiriéndose a estar en la casa. "Me acostumbro mejor, pero todavía es muy difícil".
Stodden cruza su patio a zancadas, acarreando una ruma de carteles debajo del brazo. Los carteles muestran una foto de Mary Cooper, 56, y de Susanna Stodden, 27, en una excursión dos años antes. Están juntas bajo el sol, con camisetas, y mochilas colgando de sus espaldas, como seguramente se veían el día en que murieron. La madre, en forma y robusta, con pelo rojo rizado, es casi una cabeza más alta que su hija de pelo negro cuya juvenil cara podría hacerla pasar por una adolescente. Pero sus sonrisas son diferentes: la de Mary es exuberante, la de Susanna, tímida.
La recompensa de 26 mil dólares -para quien entregue información- fue reunida en gran parte por amigos, los que la familia tenía en abundancia.
Unas mil quinientas personas asistieron al funeral en una escuela secundaria donde una cola de oradores afirmó lo que ya sabía todo el mundo, que Mary y Susanna eran el tipo de personas que otros querían emular: amables, tranquilas, socialmente activas, generosas; la sal de la tierra, gente que llevaba vidas apacibles, pero provechosas.
Mary, bibliotecaria de una escuela básica, amaba los libros y los niños y se las arreglaba para forjarse una vida rodeada de ambos. Llorosos alumnos colocaron un letrero de cartón en la entrada principal de la escuela, que decía ‘Mary en la biblioteca era la persona más buena del universo'.
Susanna era la primogénita. Le faltaba un mes para empezar a dar clases de práctica en una escuela privada y estaba excitada con la idea de que tendría que hacer en bicicleta el trayecto entre la escuela y su apartamento. Había adoptado un estilo de vida basado en la simplicidad y nada le gustaba tanto como pasar el tiempo en la naturaleza.
Mary y Susanna no hacían enemigos, dice el amigo de la familia Steve Spickard. Eran "activamente optimistas", que buscaban lo mejor en la gente y daban a los desconocidos el beneficio de la duda.
Spickard sospecha que lo que ocurrió en ese sendero fue un encuentro casual entre la luz y la oscuridad, "entre la mejor gente imaginable, y la peor". Los detectives, que se niegan a excluir explicaciones, dicen que están estudiando la posibilidad de que fuera un acto azaroso. De todos modos, quienquiera que lo hizo, todavía está allá fuera.
Stodden coloca cuidadosamente los carteles en el asiento trasero de su Dodge Caravan morado oscuro. Sube. "La furgoneta de Mary", dice simplemente. El mismo que ella y Susanna usaron esa última mañana, el 11 de julio, un típico día de verano en el Noroeste. Empezó en general muy asoleado y terminó en gran parte nublado, muy parecido a este día.
Stodden sigue el mismo trayecto.

La furgoneta avanza hacia el norte hacia Everett, y luego gira hacia el este, hacia las Montañas de las Cascadas, y el paisaje se vuelve más verde y más escarpado con cada letrero que dejan atrás. En el arenoso y pequeño pueblo de Granite Falls, Stodden reduce la velocidad para controlar los carteles, uno por uno.

Todavía está colgando en la tienda de delicadezas de Bob & Carol, justo por encima de un letrero para noctámbulos. Todavía está en la Taberna Spar Tree. Todavía está en la Deb's Country Barbershop -‘La Mejor Barbería de Granite'.
Más al este, cuando el camino asciende, divisa un cartel que se ha doblado en las puntas. Está en una pizarra de anuncios en una tienda junto a la carretera llamado Green Gables General Store. Stodden aparca, coge un martillo y clava dos clavos nuevos para estirar las puntas. Por una décima de segundo está cara a cara con Mary y Susanna.
En la tienda, en el mesón de café, pide un americano grande a la bartendera. Mary la habría evaluado antes de pedir, recuerda. Mientras más inteligente su aspecto, más complicado el pedido. Ese recuerdo le hizo reír. Así era Mary. Una de sus actividades favoritas era pasar los domingos en la mañana bebiendo café y leyendo los diarios en la panadería de Lake Union.
"¿Trabajando?", pregunta la joven en el mesón, Lana O'Grady.
"Pegando carteles", dice Stodden. "Mi mujer y mi hija fueron asesinados el verano pasado. Quizás has oído hablar de ello".
O'Grady se detiene un momento. "Lo lamento", dice.
Claro que ha oído hablar de ello. Ha oído todo, como todo el mundo aquí. La prensa local cubrió el caso con fervor. En internet, las páginas web sobre excursiones y campings al oeste de Washington rebosaban de especulaciones que continúan hasta el día de hoy.
¿Vieron las dos mujeres algo que no deberían haber visto? ¿Tropezaron con una operación de tráfico de marihuana o de cristal? ¿Hay algún fundamentalista apocalíptico psicópata suelto en los bosques de las montañas de las Cascadas? ¿Por qué no intentó ocultar los cuerpos?

Esa mañana Mary había estado de buen humor, recuerda Stodden. Ella y Susanna eran parecidas; eran maestras de corazón, y compartían su pasión por la música y la naturaleza, pero sus horarios no les permitían salir de excursión juntas -sólo ellas dos- demasiado a menudo. La madre y la hija querían salir de excursión al menos una vez antes de que Susanna empezara con su nuevo trabajo.
El plan era hacer una excursión de un día a Mt. Pilchuck, un pico de 1.622 metros con una vista panorámica de las Cascadas, Olympics y Puget Sound.
Antes de que Stodden se marchara a su trabajo a las 7:30, le dijo a Mary que tuviera cuidado -todavía podía haber nieve en la montaña-, pero no estaba demasiado preocupado. La familia había hecho excursiones y acampanado una docena de veces en la región en los últimos años. Stodden había acarreado a Susanna a su espalda cuando era una niña, para cruzar los innumerables senderos de estas montañas.
Basándose en la hora en que Mary y Susanna se cree que empezaron su excursión, Stodden calcula que Mary dejó la casa a eso de las ocho de la mañana y recogió a Susanna en su apartamento. El viaje habría tomado unas dos horas.
Stodden dice que pasó el día trabajando en una casa en el lado oeste de Green Lake, lo que había corroborado por un colega (los detectives no quisieron hacer comentarios). Dice que empezó a preocuparse cuando volvió a casa a eso de las cinco y media y Mary no había regresado. Se suponía que ella y Susanna volverían a casa una hora antes. Quizás habían parado para un recado o hacer compras, pensó.
Tal como habían planeado, Stodden hizo un paseo en bicicleta por el Parque Stewart con un amigo -parte de su régimen de preparación para un evento ciclista de 320 kilómetros llamado STP, o de Seattle-a-Portland. Durante el ejercicio, y justo después, Stodden llamó repetidas veces a los celulares de Mary y Susanna, pero sin obtener respuesta. Le dijo a su amigo ciclista que estaba preocupado.
Poco después de volver a casa a eso de las 8:45 de la tarde, empezó a llamar a las autoridades en la región. No le dijeron nada. A eso de las diez de la noche, estaba a punto a subirse a su furgoneta cuando llegaron detectives. Stodden, aunque preparado para lo peor, no podía entender lo que le dijeron.
Los detectives dijeron que Mary y Susanna fueron encontradas muertas en un sendero que llevaba al lago Pináculo, al sudeste de Pilchuck. Todo el día, recuerda Stodden, había pensando que estaban de excursión en Pilchuck. Si hubiera salido tras ellas, habría tomado el sendero equivocado.
Los detectives le dijeron que podía haber sido un ataque de un animal: de un oso o de un puma. Las heridas no eran inmediatamente identificables.
Aparentemente, madre e hija había decidido a último minuto dirigirse a Pináculo. Dos días después de los asesinatos, un hombre que se identificó solamente como ‘Testigo', escribió una intrigante nota en nwhikers.net, un popular foro online. Aunque los detectives no quisieron hacer comentarios, la actualización ha sido aceptada como auténtica por amigos y familiares.
"Mi esposa y yo fuimos los últimos seres normales en ver vivas a Mary y Susanna", escribió el Testigo. "Ellas y nosotros llegamos al sendero al mismo tiempo [a eso de las diez de la mañana] y tuvimos una agradable conversación con ellas antes de proseguir".
El Testigo describe a la madre e hija como "excepcionalmente simpáticas".
El Testigo y su esposa siguieron entonces hacia el lago Pináculo, una pintoresca laguna de montaña anidada entre bosques alpinos, y se detuvieron para merendar antes de volver hacia el sendero. "Cuando bajábamos, llegamos a la escena" -los cuerpos de Mary y Susanna-, que dice que no tiene la libertad de describir.
"Nunca pasamos una media hora tan aterradora como nuestro regreso por ese sendero", escribió. "Teníamos un piolet con el nos preparábamos para defendernos, sin saber si seríamos atacados por el asesino todavía acechando en la zona".
El Testigo no sabía que para entonces otra pareja había descubierto los cuerpos y se había reportado ante las autoridades a eso de las dos veinte de la tarde.
De acuerdo a un boletín de prensa, esta otra pareja al principio no sabían lo que estaban viendo. Pensaron que quizás habían topado con dos personas que estaban en cuclillas o agachadas junto al sendero. Cuando se acercaron, se dieron cuenta de que estaban muertas. La pareja, por razones que no están claras, no pudo discernir el sexo de las víctimas.
Los detectives confirmaron pronto que las mujeres habían muerto por heridas de arma de fuego pero no pudieron decir cuántos balazos habían recibido, ni de qué calibre era el arma, ni en qué parte de la cabeza les habían disparado ni si les dispararon a quemarropa o desde una distancia. La oficina del sheriff del condado de Snohomish, la agencia a cargo de las pesquisas, se ha negado a revelar, o incluso confirmar, otros detalles.

En enero, Stodden se sometió, a petición del sheriff, al detector de mentiras. Trató de no tomárselo personalmente, sabiendo que las parejas son normalmente sospechosas. Justo antes de la prueba, dice Stodden, se puso de pie frente al operador e hizo sonar solemnemente un pequeño gong de metal que Susanna le había dado al volver de su viaje a Nepal cuatro años antes. Lo hizo para honrar la memoria de su hija.
El resultado no fue concluyente. La prueba, que mide respuestas fisiológicas a preguntas precisas, puede ser distorsionada por la tensión o una enfermedad, y Stodden dice que ese día él estaba resfriado. Le hicieron otro test, pero no le han informado sobre el resultado. "No tengo nada que ocultar ", dice.
Los detectives dicen que no han excluido a nadie, pero los amigos desechan la idea de que Stodden pueda tener algo que ver con los asesinatos.
"Mary era el amor de su vida", dice su amigo Spickard, que conoce a la familia desde los años ochenta. Él y Stodden son entrenadores de fútbol y todavía forman parte del mismo equipo de fútbol para mayores de 55.
"Él estaba contento con la vida que llevaban", dice Spickard. "Jardineaban juntos. David se ocupaba de la parte de las verduras, Mary de las flores. Él se sentía feliz que contar con alguien como Mary. Era la persona más inteligente que conocía".
Spickard dice que a alguna gente le preocupa la actitud de Stodden.
"Quieren ver a alguien destruido y amargado. Pero David no es así", dice. "Tiene sus momentos, pero no es un hombre que se obsesione con algo. David es un hombre de acción. Necesita seguir adelante. Si él pudiera resolver el caso dando seis vueltas al planeta, seguro que lo haría. Si le preguntas qué piensa que pasó con su mujer e hija, te dirá: ‘Prefiero no hacerlo'".
Incluso si, hipotéticamente, Stodden hubiese querido deshacerse de su esposa, piensa Spickard, ¿por qué mataría también a la hija, a la que, según todos los indicios existentes, adoraba?
Las otras hijas de Stodden -Joanna, 22, y Elisa, 24-, que han mantenido en privado su dolor, se negaron a conceder entrevistas. Dice que se sienten cada vez más frustradas por la falta de progreso en la investigación. Stodden, que al principio se reunía una vez a la semana con los detectives, ahora los ve una vez al mes o cada dos meses. Él también ha empezado a mostrar signos de impaciencia.
La especulación más optimista es que los detectives ya tienen a un sospechoso -o sospechosos-, pero todavía necesitan pruebas para conseguir una condena. Los más escépticos creen que los detectives han llegado a un callejón sin salida.
"Entiendo la frustración", dice la portavoz del sheriff Rebecca Hover. "Pero que no tenemos nuevas informaciones que dar, no significa que no estemos trabajando en el caso. Estamos en él".
Los asesinatos ocurrieron en tierras públicas, en parte del Parque Nacional Mt. Baker-Snoqualmie de siete mil kilómetros cuadrados, que se extiende desde el Mt. Rainier hasta Canadá. El Servicio Forestal patrulla la región, pero las investigaciones importantes recaen en los condados, muchos de los cuales no tienen experiencia en terrenos tan remotos. La principal razón es que los homicidios en los parques naturales no son muy comunes. Los detectives también deben haber frente a las vicisitudes del tiempo y de la accesibilidad -llevando equipos a terrenos a los que se llega solamente a pie, por ejemplo- y revisando un número infinito de rutas de escape.
Empleados veteranos recuerdan sólo dos asesinatos confirmados en tierras del Servicio Forestal en Washington: Un hombre empujó a su esposa por un acantilado en 1992 en el Parque Nacional Olympic, y tres hombres mataron a un leñador en 2004 cuando se detuvo para ayudarlos en el Parque Nacional Okanogan al este de Washington. Alan Gibbs, portavoz y veterano por 33 años en el Servicio Forestal, dice -aparte del caso del lago Pináculo-, no conocer otros homicidios en Mt. Baker-Snoqualmie, que es visitado por cinco millones de personas al año.
Antes del último verano, la violencia entre humanos apenas si era contabilizada como una preocupación entre los grupos de excursionistas locales.
Ahora, si las discusiones online ofrecen alguna indicación, más excursionistas -especialmente mujeres- están tomando precauciones, incluyendo llevar armas y viajar en grupo. Kim Brown, una mujer de Seattle que sale sola, dice que los asesinatos "son como una invasión del mal", pero agrega: "No quiero sonar histérica".

Junto a la carretera aparecen los primeros signos de nieve. A unos 26 kilómetros al este de Granite Falls, Stodden se mete con el coche en un camino no señalado del Servicio Forestal que conduce al comienzo del sendero. Un montículo de nieve de un metro 20 de alto bloquea el sendero.
Se detiene y baja. Circunda el montículo y se dirige hacia la senda, con sus zapatos aplastando la nieve, escudriñando los árboles de cicuta y cedros que se elevan a treinta metros o más en el cielo. El aire está frío. Parece estar pensando.
A los pocos minutos divisa un montón de cartuchos de bala. Señala el suelo, donde un par de docenas de cartuchos -de un arma de nueve milímetros- yacen en la nieve junto a una colilla de cigarrillo aplastada.
"Eso es lo que hacen", dice Stodden. "Disparan, y luego fuman".
Las prácticas de tiro y la caza son legales en los parques nacionales, y hay signos de disparos desparramados a lo largo de la senda. Más arriba, Stodden encuentra cartuchos de calibre 40 y 45 y vainas de escopetas de varios calibres esparcidos entre latas de cerveza vacías.
En el otoño pasado, había colgado un cartel de recompensa al principio del sendero y volvió algunas semanas después y encontró agujeros de bala en las caras de Mary y Susanna. Su foto había sido usada como blanco. Cambió el cartel.
Ahora se da cuenta de que hoy no podrá revisar ese cartel. Hay cada vez más nieve a medida que uno se interna por la senda. Al final podría haber varios metros de nieve (un guardabosques dijo más tarde que el Pináculo estaba cubierto por dos metros y medio de nieve).
Mary y Susanna no habrían sufrido nada de esto. Habían conducido durante diez kilómetros por este serpenteante sendero de gravilla hasta una elevación de 820 metros, donde el sendero hacia el lago Pináculo se abría como una cueva entre una lujuriosa vegetación. Unos trescientos metros pasada la entrada, el sendero se bifurcaba hacia la izquierda, y luego zigzagueaba por entre los árboles crujientes antes de nivelarse.
El lago brilla al final de tres kilómetros, pero Stodden no sabe si Mary y Susanna llegaron al lago y volvieron o si llegaron solamente al lugar donde fueron encontradas. El sitio, a 2.4 kilómetros, yace en un mirador natural, sobre un pequeño valle. Era un lugar natural para parar, mirar, descansar o merendar.
"Otro mes", dice Stodden, pensando ya en la próxima vez. "Otro mes y todo esto se habrá derretido".
Vuelve con dificultad por el sendero y sube a la furgoneta.
Conduciendo de vuelta por las Granite Falls, Stodden se mete por una calle lateral y aparca frente a un pequeño edificio de bloques, el Departamento de Policía de Granite Falls. Dentro, el agente Rich Michelsen trabaja en el mesón de recibo.
Stodden le entrega un cartel. "¿Ha oído algo?", pregunta.
El agente sacude su cabeza. "El condado no nos dice nada", dice Michelsen. "Pero nuestra gente está atenta. Si alguien dice algo, nos enteraremos".
"Gracias", dice Stodden con una expresión mitad sonrisa amable y mitad nada. ¿Angustia? El trayecto a casa toma más tiempo que la ida. El día nublado se ha convertido en lluvia. La furgoneta se sacude en el agua, cruzando la ciudad donde vivían Mary y Susanna, deteniéndose finalmente frente a la casa donde todavía hay tantos recuerdos.

tomas.alex.tizon@latimes.com

12 de marzo de 2007
10 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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montajes policiales sin solución


[Raúl Kollmann] Los asombrosos casos de procesados que pasan años presos por acusaciones insostenibles.
Los casos Frías, Neves y Ceviranes son apenas tres en una tendencia que no da señales de mejorar, la de armar causas para resolver casos sólo en apariencia. Por apatía, por complicidad o por lucro, policías distorsionan procedimientos y entregan ‘investigaciones' que la Justicia acepta pasivamente. Total, años después se llega a juicio...
Diego Frías, Darío Neves y Martín Ceviranes no registran antecedentes penales de ningún tipo. Frías y Neves, además, son casados, con hijos y desde hace años tienen trabajo. Sin embargo, los tres están en prisión desde hace 14 meses por su supuesta participación en el secuestro extorsivo de dos personas. El encargado de la investigación, el oficial de la Policía Bonaerense Pablo Machicote, determinó que ellos participaron del secuestro a partir de un testimonio, el de una tal Graciela, vecina del barrio. Sólo que Graciela se mudó y nunca pudo ser localizada. ¿Cómo llegó Machicote hasta Graciela? Dice él que a través de otra vecina, Elda Gamarra. El problema es que Gamarra sostiene que jamás le presentó ninguna Graciela a Machicote. A esta historia –con fortísimo olor a armado policial– le siguieron reconocimientos más que dudosos, testimonios oscuros, declaraciones de policías que se contradicen. Y lo peor es que fue convalidada por la Justicia. Frías va a iniciar mañana una huelga de hambre en la cárcel de Villa Devoto: "Ni agua ni comida, voy a seguir hasta que me muera", afirma. Esta semana, en La Plata, Pablo Rossini recuperó la libertad. Estuvo tres años preso por un homicidio. El armado policial de la causa fue tan grotesco que el fiscal de juicio directamente decidió no acusar. Un resumen de casos parecidos estremece: personas que pasan años en prisión, pierden sus trabajos, sus bienes, en muchos casos sus familias, y terminan absueltas en los tardíos juicios orales.
La investigación policial por la que están presos Frías, Neves y Ceviranes contó con el protagonismo de la fiscal federal Rita Molina, que ante una consulta hecha por este diario sobre las irregularidades del expediente respondió: "Que se defiendan en el juicio oral. Un juez y la Cámara Federal avalaron los procesamientos". Significa que los tres deberán pasar casi otro año en prisión. La misma respuesta le dio la fiscal al defensor oficial, Darío Carrara, que defiende a Frías, y a Atilio Neira, abogado de Neves, cuando insistieron en que se reabra la investigación a raíz de las numerosas contradicciones que existen en la causa. La reforma Blumberg produjo, en las investigaciones de secuestros, fenómenos como éstos.
Lo curioso del caso Frías-Neves-Ceviranes es que en los últimos meses fue detenida una persona más. Este sujeto, de frondoso prontuario, sí aparece seriamente comprometido con el secuestro ya que por ejemplo sus huellas digitales coinciden con las encontradas en el vehículo en el que estaban cautivos los dos secuestrados. Pero el individuo no tiene relación alguna con los que están presos ni la fiscal pudo encontrar vínculo de ningún tipo. Además, existen declaraciones de testigos de identidad reservada en las que se mencionan personas que habrían actuado en el secuestro. Esos sujetos también tienen un considerable prontuario y acababan de salir en libertad luego de estar detenidos por robo calificado: uno salió en libertad el 11 de noviembre de 2005 y el otro el 27 de diciembre de 2005, pocos días antes del secuestro. Uno de los secuestrados, Mauro Neschenko, testimonió que uno de los captores le dijo: "Necesitamos una moneda porque acabamos de salir de la cárcel". Lo llamativo es que los nombres de esos sujetos también son Diego y Martín, un elemento de peso ya que se usó como argumento contra Frías y Ceviranes el hecho de que los secuestradores se llamaban entre ellos Diego y Martín.

Huellas y Escuchas
Por el otro lado, las huellas digitales encontradas en el vehículo que se usó en el secuestro no coinciden con las de los tres detenidos, ninguna escucha telefónica los incrimina y nada se encontró en los allanamientos. Es más, Frías compró el 31 de diciembre un par de zapatillas en Corner Deportes, por un total de 241 pesos. Para poder solventarlas sacó un crédito de Full Cred para pagar ese importe en seis cuotas. Sería una movida más que extraña de una persona que, si tuviera relación con el secuestro, acababa de cobrar una parte del rescate de 5000 pesos unas horas antes.
Tal vez un dato explique el armado policial. Uno de los sospechados de haber participado realmente del secuestro registra tres llamadas entrantes desde la Brigada de Investigaciones de Vicente López, dos desde el Ministerio de Justicia bonaerense, una desde la Jefatura de Coordinación policial de San Isidro, una desde de la Distrital de Investigaciones ubicada en Beccar y dos desde un teléfono usado por el personal del Servicio Penitenciario en la Unidad 21 de Campana. Un testigo de identidad reservada señala a un comisario que trabajaba en Investigaciones de San Isidro como padrino de uno de los dos sujetos que habrían participado del secuestro.

Tarragona
En el expediente aparece un personaje curioso, el policía Orlando Alcides Tarragona. Es un hombre de buena suerte. Según cuenta, siendo las 22 del día del secuestro, tomó conocimiento de que habían secuestrado al hijo de un conocido suyo y que de inmediato se pone a buscar el vehículo usado por los delincuentes, con tanta fortuna que lo ubica poco más tarde. En esa circunstancia declara tres cosas distintas:

- En su primera declaración afirma que vio estacionada una camioneta Renault y que detrás de un árbol se encontraba un sujeto masculino vestido de color crema. Pide refuerzos utilizando su Nextel y, cuando se aproximaba un patrullero, el secuestrador huyó hacia la colectora de Panamericana.

- En su segunda declaración también dice que vio la camioneta y a un sujeto al lado del vehículo (ya no detrás de un árbol).

- En el momento en que se hicieron los reconocimientos, no habló de un secuestrador sino de dos. Uno parado en una esquina y otro hablando por teléfono. Además, ya no pidió refuerzos por Nextel sino que consiguió que un vecino llamara a la policía. Para redondear la contradicción, Tarragona afirma que mientras dialogaba con los vecinos, retiró la vista de la camioneta y por lo tanto no pudo ver hacia dónde huyeron los dos sujetos.

Esta última versión se contradice con la de los secuestrados, que dijeron que los dos quedaron en una camioneta, "custodiados por uno de los malhechores, mientras que los otros dos se fueron a cobrar el rescate exigido. Luego, nos percatamos de que el sujeto que nos custodiaba se había ido".
La familia de Frías le hizo llegar a Página/12 el escrito del defensor oficial en el que pide se reabra la investigación. Allí se pregunta: "¿Estuvo realmente el policía Tarragona en el lugar de los hechos?".

El Truco de la Foto
Como ocurrió en el caso de La Plata, en el que Pablo Rossini estuvo tres años preso y el fiscal ni siquiera acusó en el juicio, por lo que quedó en libertad, la prueba en la que se basa toda la investigación policial, la fiscal, el juez y la Cámara para dejar presos a Frías, Neves y Ceviranes es el reconocimiento hecho por las víctimas del secuestro y los policías. Por de pronto, hubo dos testigos calificados, Daniel Fabián Zárate y Juan Manuel Ollgar, que no pudieron reconocer a ninguno de ellos. Pero, además, a los secuestrados les mostraron fotos de los detenidos antes del reconocimiento. Esto lo dice una mujer, Paola Espinelli, que señala que a las víctimas del secuestro no les mostraron el típico álbum de fotografías de personas con prontuario –algo ya abolido– sino que personal policial, antes de pasar por la fiscalía, directamente les exhibió fotos de Frías, Neves y Ceviranes.
Pese a esta jugada, Patricio Pesolilla, uno de los secuestrados, sostiene que "respecto de la foto que se le exhibe del tal Diego, refiere que allí tiene pelo rapado y cuando lo secuestrara lo tenía más largo". La familia de Frías exhibe fotos en las que se comprueba que Diego siempre tuvo el pelo casi rapado, incluso en un cumpleaños realizado en fecha cercana a los hechos. Pero lo insólito es que en una segunda declaración, ya afirma que el secuestrador llamado Diego tenía el pelo rapadito. O sea que primero hace alusión a alguien de pelo crespo, negro, medio enrulado, para luego, en el reconocimiento, señalar que era morocho de pelo rapadito. Además, hubo una serie de reconocimientos equivocados, es decir que el otro secuestrado, Neschenko, señaló a una persona de las que ponen en la fila pero que no tiene nada que ver con ningún delito, lo mismo ocurrió con Zárate y el curioso policía Tarragona marcó a una persona que está en libertad. Frías era, según la pesquisa, el que manejaba el auto, pero Neschenko reconoce a otro como el conductor. Con Neves pasa algo similar: uno de los secuestrados dice que iba adelante en la camioneta, el otro lo reconoce como el que iba atrás. El propio juez Conrado Bergessio, que actuó como subrogante, procesó a los tres pese a incluir la siguiente frase: "Corresponde decir que no pasan inadvertidas ciertas discordancias entre los aspectos y características físicas que las víctimas se encargaron de describir al declarar".
A contrapunto de lo anterior, la defensa de Frías, por ejemplo, insiste en que se cite a declarar a una kiosquera que a la misma hora de los hechos le vendió un vino y una gaseosa al ahora detenido, así como su suegro, un hermano del suegro y una prima que estaban con Frías a esa misma hora e incluso una vecina, que sí declaró en la causa, cuenta que pasó frente a la casa de Diego y saludó a la familia desde afuera, viendo allí sentado a quien supuestamente estaba en ese momento en la operación del secuestro. O sea que la coartada fue desestimada.
Pese a este cuadro de situación, existe una férrea negativa a mirar las cosas más de cerca. En el expediente se contraponen reconocimientos muy dudosos, testigos que nunca aparecieron y policías que se contradicen con tres personas que no tienen antecedentes, resultaron negativos los allanamientos, las huellas digitales en los autos no les pertenecen, pueden decir dónde estuvieron y tampoco hay llamadas telefónicas que los incriminen.
Para evitar que pasen dos años presos, se pidió una reapertura de la investigación, pero la consigna fue "que se defiendan en el juicio", o sea dentro de un año, cuando ya hayan pasado dos en el penal de Devoto. Y eso si la huelga de hambre de Frías no termina con su muerte.

11 de marzo de 2007
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el viudo carrascosa 3


[Raúl Kollmann] Vía libre para Carrascosa. El tribunal autoriza las pruebas contra Pachelo.
Los jueces del caso Belsunce rechazaron el pedido de Pachelo para que no se admitan pruebas en su contra, aunque aclararon que en el juicio el único condenado o absuelto será el viudo.
Como era previsible, el Tribunal Oral Criminal 6 de San Isidro rechazó ayer el escrito presentado por Roberto Rivas, defensor de Nicolás Pachelo, que sostuvo que en el juicio por el caso García Belsunce se está juzgando en ausencia a Pachelo. Los jueces dicen, en resumen, que Carlos Carrascosa tiene derecho a defenderse incluyendo las pruebas que le parezcan pertinentes y que, en todo caso, serán valoradas por los magistrados en su fallo final. Si termina habiendo alguna evidencia contra Pachelo, en este juicio no se va sustanciar, porque el único que puede ser condenado o absuelto es Carrascosa. Eventualmente habrá –si cabe– otro juicio contra Pachelo y los vigiladores, en el que podrán ejercer su defensa. Con la resolución de ayer, tácitamente se adelanta que Pachelo tendrá que declarar en el juicio, ya que fue llamado como testigo, tanto por el fiscal Molina Pico como por la defensa.
Los jueces María Angélica Etcheverry, Hernán San Martín y Luis Rizzi fueron tajantes ante los planteos del abogado de Pachelo. "La simple lectura de causas judiciales que son públicas y algunas con carácter de cosa juzgada, o la recepción de dichos de testigos referidos a su persona (Pachelo), no pueden significar que el tribunal formula o se hace eco de ningún tipo de imputación, directa o indirecta, concreta o general, en contra del nombrado", señala la resolución.
"En el juicio oral –agregan los camaristas– rige la amplitud probatoria, por lo que el Tribunal no rechaza ni rechazará prueba ofrecida por las partes, sino en el caso de que se considere manifiestamente impertinente, superabundante o superflua, o legalmente inadmisible. Esto no debe ser confundido con la valoración final de las pruebas, que se hará en el veredicto. El éxito o desacierto de la estrategia de la defensa se vinculará con el único objeto procesal respecto del cual este Tribunal habrá de pronunciarse, que es Carlos Alberto Carrascosa." En un párrafo aparte, los magistrados critican "el inusual tono admonitorio" que utilizó Rivas en su escrito.
La hipótesis de que a María Marta García Belsunce la mató una banda integrada por Pachelo y un grupo de vigiladores es sustentada tanto por el abogado de Carrascosa, Alberto Cafetzoglus, como por Zulema Rivera, la letrada que representa a la mamá de María Marta. En realidad, el núcleo de la defensa que ejerce Cafetzoglus es que no hay un solo testimonio de que el matrimonio se llevara mal, no existe un antecedente de violencia entre ellos, nadie vio nunca a Carrascosa con un arma, no hay ninguna razón por la que el viudo mataría a su mujer y, por último, no estaba en el lugar del crimen.
Adicionalmente, la defensa tiene que responder a la imputación con la que más insiste el fiscal: que trató de tapar el asesinato. En este terreno se hizo la lectura de lo dicho por los médicos que hicieron la autopsia, designados por el fiscal, y que afirmaron que los disparos no se veían, que a primera vista, incluso para un profesional, parecía un golpe en la cabeza y que ellos mismos sólo se dieron cuenta de que había disparos cuando abrieron el cráneo. La defensa también sostiene que nadie que quiere tapar un crimen llama a dos ambulancias y a un estudiante de medicina para que revisen el cuerpo.
Con la resolución del Tribunal, la estrategia de la defensa y la querella se mantendrá a lo largo de todo el juicio. Probar que Carrascosa no fue y demostrar que Pachelo y los vigiladores robaban en el country, estaban en el lugar del crimen, tienen antecedentes de violencia y mintieron en forma reiterada durante la instrucción. En síntesis, que hay más elementos contra ellos que contra Carrascosa. En la sentencia final, los jueces valorarán el peso de las pruebas exhibidas.

10 de marzo de 2007
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dónde está lópez 12


[Adriana Meyer] El informe del gobierno ante el planteo del CELS en la CIDH. El caso López y los juicios. "La política de juicios a represores es imparable".
El subsecretario de Derechos Humanos, Rodolfo Mattarollo, dijo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA que "existen progresos sustanciales" para lograr el esclarecimiento del caso de Julio López. El Cels reclamó que el Estado tome recaudos para proteger a los más de 4505 testigos que serán citados en los juicios por delitos de lesa humanidad.
"Hay progresos sustanciales en la investigación del caso López, importantes informaciones, indicios y evidencias están ya en manos de la Justicia." La afirmación, sin más precisiones por el secreto judicial, fue pronunciada ayer por el subsecretario de Promoción y Protección de Derechos Humanos, Rodolfo Mattarollo, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) de la OEA. La audiencia había sido solicitada por el Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels), en el marco del proceso de seguimiento que hace la Cidh sobre la impunidad en Argentina. El enviado de esa ONG aseguró que en el país "hay avances significativos" en esta materia, pero señaló que "los casos Julio López y Luis Gerez evidencian la falta de previsión de las autoridades estatales acerca de las posibles consecuencias de la apertura de los juicios". En su informe, el funcionario del Gobierno describió que hay un total de 4505 testigos en esos procesos, de los cuales 360 son críticos, hay 35 amenazados, 5 que requieren especial protección y 19 funcionarios y magistrados que también fueron amedrentados. En diálogo con Página/12 desde Washington, Mattarollo enfatizó que aún en este escenario de intimidaciones "la política de juicios es imparable".
La jornada amaneció con siete grados bajo cero en la capital de los Estados Unidos, aunque el día fue radiante. Cerca del mediodía, los representantes del CELS y del Gobierno acudieron a la sede central de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la calle 18 y F, no muy lejos de la Casa Blanca, para participar de la sesión de seguimiento del Informe 28/92 que la CIDH emitió en octubre de 1992 y que asentó la incompatibilidad de las leyes de impunidad y los indultos con las obligaciones del Estado en materia de derechos humanos. Abrió el juego el presidente del organismo y relator para Argentina Florentín Meléndez, quien dio paso enseguida a la presentación de Chillier, director del CELS.
"En oportunidades anteriores hemos denunciado ante la Comisión los impedimentos políticos, legales y judiciales en la realización de justicia, y su contradicción con el deber del Estado argentino de investigar y sancionar los crímenes de lesa humanidad. Hoy nos encontramos ante una coyuntura diametralmente diferente y propicia para el juzgamiento y condena de los responsables", arrancó Chillier con el apoyo de sus asistentes y una computadora portátil. Lo que siguió fue una descripción cronológica del proceso de justicia: condena a la Junta Militar en 1985, leyes de impunidad e indultos (1986-1990), informe 28/92 de la CIDH, primera declaración de inconstitucionalidad de la leyes de Obediencia Debida y Punto Final en 2001, nulidad de esas normas en el Congreso en 2003 y el fallo de la Corte Suprema de inconstitucionalidad de las leyes en 2005.

Cifras de Nuevos Juicios

A partir de ese momento comenzó el proceso de reapertura de los juicios. Chillier enumeró 111 causas abiertas, 305 imputados, de los cuales 46 gozan de una falta de mérito, 44 están prófugos, 105 fallecieron, 5 fueron declarados incapaces y sólo cinco recibieron condena. La primera se produjo el año pasado y fue la del represor Julio Simón, alias el Turco Julián, a 25 años de prisión. En septiembre fue condenado a reclusión perpetua el ex director de Investigaciones de la Policía Bonaerense, ex comisario Miguel Etchecolatz, por delitos cometidos en el marco de un genocidio. Hay más de 10 causas a la espera de designación de fecha de debate, está casi en marcha el proceso contra el capellán policial Christian Von Wernich, y los próximos juicios son a Héctor Febres por los crímenes de la ESMA, a cinco imputados integrantes del Primer Cuerpo de Ejército y a los responsables de la Masacre de Fátima.

"Obstáculos y Desafíos"

Bajo este título encuadró el CELS la desaparición del testigo que contribuyó a la condena en el caso Etchecolatz, Jorge Julio López, ocurrida hace casi seis meses, como así el secuestro del testigo del caso Patti, Luis Gerez. Respecto de López, el abogado indicó que "al día de hoy no hay pistas claras sobre su paradero, y a pesar de la voluntad del Estado nacional y provincial no existe información confiable". Fue antes que el subsecretario Mattarollo expresara que sí hay pistas sobre el albañil que sobrevivió a su secuestro durante la dictadura. "La impunidad respecto de este hecho tiene un efecto intimidatorio para otros testigos, en su mayoría sobrevivientes de los centros clandestinos de detención", admitió Chillier. "No alcanza con la voluntad política, hacen falta medidas concretas", dijo a este diario.

Estabilidad en el Proceso de Justicia
La propuesta del CELS en este sentido enfatizó la necesidad de promover la coordinación entre las agencias estatales, cuya descoordinación quedó en evidencia en el primer tramo de la investigación del caso López, con la SIDE, la bonaerense y la federal superponiéndose en su accionar. Además, la ONG apuntó que "las autoridades estatales deben tener previsión respecto de las consecuencias de la apertura de los juicios, además de promover la capacitación de las fuerzas de investigación y seguridad, y de contar con información sobre el estado de las causas y los riesgos que ellas generan". También consideró imprescindible "actuar frente a la dilación en las investigaciones judiciales y la paralización en la Cámara de Casación Penal, e intervenir ante las demoras en la designación de funcionarios judiciales". Con la misma urgencia e importancia, el CELS señaló que debe existir una "política de protección de víctimas, testigos, defensores de derechos humanos y funcionarios; un mapa de riesgos para prever obstáculos y delinear respuestas efectivas; y una estrategia integral para los juicios que incluya una política de racionalización de los casos abiertos, por ejemplo por centros clandestinos, no duplicación de testimonios y mejorar el acceso a las pruebas".

El Gobierno Contesta
En un tramo de su exposición, Mattarollo pareció responder a ese rediseño solicitado cuando afirmó que "unificar las causas es algo que corresponde a la Justicia, y en algunos casos puede ser conveniente pero en otros no". El subsecretario afirmó que "las políticas de memoria, verdad y justicia son un pilar fundamental de la actual gestión de Gobierno", y recordó las palabras del presidente Néstor Kirchner en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, cuando reconoció que "aún funcionan cadenas de impunidad" y que "es evidente que hay instituciones o retirados de algunas instituciones que protegen o permiten que se hagan este tipo de operaciones". Tras describir que la secretaría de Derechos Humanos es querellante en 46 causas, explicó que "se está organizando una red nacional de atención psicológica y una fuerza especializada" para víctimas y testigos, y explicó el funcionamiento de los programas existentes. El cierre de la audiencia fueron los elogios para Argentina por parte de la CIDH, en boca de Meléndez. Pero antes de culminar, Mattarollo expuso en tono autocrítico que "aún hay déficits preocupantes" porque "subsiste la ‘impunidad de derecho' en la dilación de los procesos, para lo cual se planea una reforma procesal, y una ‘impunidad de hecho', para formar esa cadena de impunidad" que el Presidente dijo que subsiste. En ese capítulo se encuadran los casos Gerez y López.

7 de marzo de 2007
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