católicos clandestinos
[Doug Struck] Grupos católicos rechazan autoridad del Papa.
Gananoque, Ontario, Canadá. Nueve mujeres en sotanas blancas se arrodillaron en la cubierta de un crucero el lunes en ceremonias religiosas que dicen que las convertirá en las primeras sacerdotisas y diáconos católicas ordenadas en América del Norte.
La Iglesia Católica rechazó de inmediato su pretensión. En 2002, el Vaticano excomulgó a un grupo de mujeres que participaron en una ceremonia de ordenación similar en Europa.
Las mujeres aquí dicen que esperan la misma del reacción del Vaticano, pero creen que están a la vanguardia de un cambio social que impondrá la igualdad de las mujeres en el clero católico.
"Tenemos más que suficiente del separatismo", dijo una de las mujeres, Michele Birch-Conery, 65, ex monja de Vancouver Island, British Columbia. "Es hora de que solucionemos los problemas de nuestra iglesia".
Las mujeres, ocho de las cuales son de Estados Unidos, alquilaron un crucero en la pintoresca región de las Mil Islas del río de San Lorenzo, a 160 kilómetros al sudoeste de Ottawa. Dijeron que querían celebrar las ceremonias en aguas internacionales para evitar un enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas de alguna jurisdicción.
Pero el arzobispo Anthony Meagher, de Kingston, Ontario, dijo en una declaración el lunes que las mujeres "no tenían autoridad" para realizar lo que llamó "intentos de ordenación".
"Intentar crear una ambigüedad geográfica en un esfuerzo por legitimar el fracaso de la comunión con la iglesia local, es profundamente contrario tanto al espíritu como a la letra de las leyes de la iglesia", dijo Meagher.
El monseñor Frank Maniscalco, portavoz de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, dijo por teléfono desde Washington, que "las enseñanzas de la iglesia son claras" en cuanto a que las mujeres no pueden llegar a ser sacerdotes.
En las ceremonias del lunes, cuatro de las mujeres recibieron el cálice como parte del proceso de ordenación para el sacerdocio, y cinco pasaron el ritual para ser diáconos, para ser ordenadas sacerdotisas el próximo año. Oficiando el servicio había tres mujeres, las que dijeron que habían sido ordenadas obispos por clérigos católicos en ceremonias secretas.
De acuerdo a Birch-Conery, son unas de las 21 mujeres que desde 2002 han pasado por ceremonias para convertirse en diáconos, sacerdotes u obispos. Algunas de las ceremonias fueron "ordenaciones de catacumba", realizadas en secreto para evitar las represalias de la iglesia, dijo.
La mayoría de las mujeres aquí no están tratando de formar facciones separatistas de la iglesia, pero realizarán sus ministerios sacerdotales en sus casas y darán sacramentos a los que lo soliciten.
"Estamos haciendo desobediencia eclesiástica", dijo una de las nueve mujeres que participó el lunes, una profesora de biología de 61 años, de Alaska. Dijo que usa un seudónimo, Rebecca McGuyver, para sus actividades en la iglesia "porque dos de mis hijos participan activamente en la iglesia y no quiero fastidiarlos". Sin embargo, permitió salir en una fotografía.
"Yo he estado tratando de hacer esto desde que tenía ocho años", dijo otra mujer, Kathleen Strack, 60, antigua contable que está estudiando psicología y sigue una formación como seminarista. "Lo llevo en lo más profundo de mi alma".
Varias de las mujeres que participaron en las ceremonias del lunes son divorciadas y tienen hijos.
El primer grupo de siete mujeres que proclamaron que habían sido ordenadas, lo hicieron en el río Danubio, entre Austria y Alemania en 2002. Dagmar Celeste, 63, fue una de ellas.
Todas fueron excomulgadas por "herejes" por el Vaticano.
Celeste, divorciada del ex gobernador de Ohio, Richard Celeste, y madre de seis hijos restauró una vieja casa en Cleveland como un "retiro" para administrar a los necesitados, dijo, independientemente del decreto de la iglesia.
"La iglesia terminará cambiando. Es sólo una cuestión de tiempo", dijo. Más de 400 partidarios de ese cambio se reunieron el fin de semana pasada en Ottawa para apoyar la ordenación de las mujeres y el matrimonio de los sacerdotes.
La Iglesia Episcopal y otras ramas de la iglesia anglicana ordenan a mujeres. Pero el Vaticano ha endurecido su posición con una carta apostólica del Papa Juan Pablo II de 1994, en la que declara enfáticamente que "la Iglesia no tiene ninguna autoridad para ordenar como sacerdotes a mujeres".
Muchos en la iglesia han interpretado esta declaración como si prohibiera toda discusión del asunto. "Pero, por supuesto, eso es lo único de lo que habla la gente", dijo Evelyn Hunt, ex monja y presidente de la Conferencia para la Ordenación de las Mujeres, que organizó el encuentro del fin de semana.
Robert Royal, presidente del Instituto Fe y Razón en Washington, que estudia asuntos de la iglesia, dijo que creía que el activismo de las mujeres podría ser contraproducente.
"Como golpe publicitario, tiene su encanto", dijo en una entrevista. "Pero este es el tipo de evasión que convencerá a la gente en Roma que esta gente no quiere realmente adaptarse a la iglesia. Lo que quieren es imponer sus propias opiniones, y eso no resultará".
Alan Cooperman en Washington contribuyó a este reportaje.
26 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
Gananoque, Ontario, Canadá. Nueve mujeres en sotanas blancas se arrodillaron en la cubierta de un crucero el lunes en ceremonias religiosas que dicen que las convertirá en las primeras sacerdotisas y diáconos católicas ordenadas en América del Norte.La Iglesia Católica rechazó de inmediato su pretensión. En 2002, el Vaticano excomulgó a un grupo de mujeres que participaron en una ceremonia de ordenación similar en Europa.
Las mujeres aquí dicen que esperan la misma del reacción del Vaticano, pero creen que están a la vanguardia de un cambio social que impondrá la igualdad de las mujeres en el clero católico.
"Tenemos más que suficiente del separatismo", dijo una de las mujeres, Michele Birch-Conery, 65, ex monja de Vancouver Island, British Columbia. "Es hora de que solucionemos los problemas de nuestra iglesia".
Las mujeres, ocho de las cuales son de Estados Unidos, alquilaron un crucero en la pintoresca región de las Mil Islas del río de San Lorenzo, a 160 kilómetros al sudoeste de Ottawa. Dijeron que querían celebrar las ceremonias en aguas internacionales para evitar un enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas de alguna jurisdicción.
Pero el arzobispo Anthony Meagher, de Kingston, Ontario, dijo en una declaración el lunes que las mujeres "no tenían autoridad" para realizar lo que llamó "intentos de ordenación".
"Intentar crear una ambigüedad geográfica en un esfuerzo por legitimar el fracaso de la comunión con la iglesia local, es profundamente contrario tanto al espíritu como a la letra de las leyes de la iglesia", dijo Meagher.
El monseñor Frank Maniscalco, portavoz de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, dijo por teléfono desde Washington, que "las enseñanzas de la iglesia son claras" en cuanto a que las mujeres no pueden llegar a ser sacerdotes.
En las ceremonias del lunes, cuatro de las mujeres recibieron el cálice como parte del proceso de ordenación para el sacerdocio, y cinco pasaron el ritual para ser diáconos, para ser ordenadas sacerdotisas el próximo año. Oficiando el servicio había tres mujeres, las que dijeron que habían sido ordenadas obispos por clérigos católicos en ceremonias secretas.
De acuerdo a Birch-Conery, son unas de las 21 mujeres que desde 2002 han pasado por ceremonias para convertirse en diáconos, sacerdotes u obispos. Algunas de las ceremonias fueron "ordenaciones de catacumba", realizadas en secreto para evitar las represalias de la iglesia, dijo.
La mayoría de las mujeres aquí no están tratando de formar facciones separatistas de la iglesia, pero realizarán sus ministerios sacerdotales en sus casas y darán sacramentos a los que lo soliciten.
"Estamos haciendo desobediencia eclesiástica", dijo una de las nueve mujeres que participó el lunes, una profesora de biología de 61 años, de Alaska. Dijo que usa un seudónimo, Rebecca McGuyver, para sus actividades en la iglesia "porque dos de mis hijos participan activamente en la iglesia y no quiero fastidiarlos". Sin embargo, permitió salir en una fotografía.
"Yo he estado tratando de hacer esto desde que tenía ocho años", dijo otra mujer, Kathleen Strack, 60, antigua contable que está estudiando psicología y sigue una formación como seminarista. "Lo llevo en lo más profundo de mi alma".
Varias de las mujeres que participaron en las ceremonias del lunes son divorciadas y tienen hijos.
El primer grupo de siete mujeres que proclamaron que habían sido ordenadas, lo hicieron en el río Danubio, entre Austria y Alemania en 2002. Dagmar Celeste, 63, fue una de ellas.
Todas fueron excomulgadas por "herejes" por el Vaticano.
Celeste, divorciada del ex gobernador de Ohio, Richard Celeste, y madre de seis hijos restauró una vieja casa en Cleveland como un "retiro" para administrar a los necesitados, dijo, independientemente del decreto de la iglesia.
"La iglesia terminará cambiando. Es sólo una cuestión de tiempo", dijo. Más de 400 partidarios de ese cambio se reunieron el fin de semana pasada en Ottawa para apoyar la ordenación de las mujeres y el matrimonio de los sacerdotes.
La Iglesia Episcopal y otras ramas de la iglesia anglicana ordenan a mujeres. Pero el Vaticano ha endurecido su posición con una carta apostólica del Papa Juan Pablo II de 1994, en la que declara enfáticamente que "la Iglesia no tiene ninguna autoridad para ordenar como sacerdotes a mujeres".
Muchos en la iglesia han interpretado esta declaración como si prohibiera toda discusión del asunto. "Pero, por supuesto, eso es lo único de lo que habla la gente", dijo Evelyn Hunt, ex monja y presidente de la Conferencia para la Ordenación de las Mujeres, que organizó el encuentro del fin de semana.
Robert Royal, presidente del Instituto Fe y Razón en Washington, que estudia asuntos de la iglesia, dijo que creía que el activismo de las mujeres podría ser contraproducente.
"Como golpe publicitario, tiene su encanto", dijo en una entrevista. "Pero este es el tipo de evasión que convencerá a la gente en Roma que esta gente no quiere realmente adaptarse a la iglesia. Lo que quieren es imponer sus propias opiniones, y eso no resultará".
Alan Cooperman en Washington contribuyó a este reportaje.
26 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
llevando nazis al infierno
[Matthew Brzezinski] Cuando los decretos nazis destruyeron a su familia, dejándolo solo, habría sido difícil imaginar que este desamparado niño volvería un día a Alemania para aplicar una ruda justicia propia.
Esta es la historia de un hombre que ha mirado al demonio a los ojos y ha tenido en sus manos el destino de asesinos en masa. Empieza con el picnic de una compañía, donde los niños correteaban mientras sus padres cenaban sanas ensaladas y entradas pobres en carbohidratos. De un modo general, suena apropiado, porque junto al tema de violenta y dura justicia, esta historia también tiene que ver con el sueño americano.
El escenario son los Viñedos Tarara, justo en las afueras de Leesburg, y la fecha es el verano de 2002. La vinería suburbana se ha transformado en un mini-parque de diversiones para la ocasión. Zumban los generadores portátiles, dando poder a todo tipo de diversiones, toboganes y paseos. Arriba, un globo aerostático sube y baja de su correa como un yo-yo gigante. Los niños corren en todas direcciones, perseguidos por padres atormentados, una ocasional nana y un fotógrafo profesional contratado para inmortalizar esta excursión de la empresa. Un grupo de ejecutivos se apiña cerca del buffet al aire libre. Llevan gorras de béisbol con el logo bordado de su empleador, EMP, o Emerging Markets Partnerships, una de las firmas de inversiones internacionales para grandes de Washington. Algunos beben merlot, pero en presencia de sus patrones la mayoría de los académicos reunidos han optado por los refrescos más discretos.
Arnold H. Weiss está en el centro de esta agradable agitación. Es un hombre pequeño, atractivo, ligeramente inclinado de hombros, y habla tan suavemente que los que están atrás en el grupo deben estirar sus cuellos para verlo y oírlo. Pero todos escuchan atentamente, y no sólo porque es uno de los fundadores de la empresa y, a los 78, su estadista más viejo. El tono de Weiss es distante y mesurado, casi cínico, como si estuviera detallando las estrategias de salida de un trato con una compañía de telecomunicaciones de Indonesia o tramando la compra de una línea férrea brasileña. Pero no está vendiendo nada. Está hablando de sus experiencia en el Holocausto.
Varios de sus socios mayores han oído partes de la historia antes, y entran y salen del círculo a medida que Weiss vuelve a contar sus años en un orfelinato judío ortodoxo cerca de Nuremberg, donde los nazis escribieron sus mortíferas leyes raciales. Un murmullo de sorpresa de deja oír entre los empleados más jóvenes cuando descubren que uno de los miembros de la dirección era compañero de clase de Weiss en Alemania es Henry Kissinger. Pero el silencio vuelve a imponerse cuando Weiss relata que tenía que correr por entre las manoplas de las bandas de las Juventudes Hitlerianas todo los días en su camino a la escuela, y las persecuciones a pie, las golpizas en los callejones y las cicatrices que lleva hasta el día de hoy por haber sido colgado a un poste de farol por nazis adolescentes.
De vez en vez uno de los ejecutivos en la audiencia de Weiss es llamado para atender a un crío indócil o para aliviar a un pequeño, y cuando esa persona vuelve, el relato lo ha dejado atrás. Ha empezado la Segunda Guerra Mundial, y todos en el orfelinato de Weiss han sido enviados al campo de exterminio de Auschwitz. Sin embargo, el joven Arnie está viviendo en seguridad en Estados Unidos, después de haber salido de Alemania en 1938 en uno de los llamados transportes de niños que salvaron a miles de niños judíos de las cámaras de gas. Tiene 13 cuando llega a este país, con nada más que una maleta de cartón y 5 dólares. No habla una palabra de inglés y no conoce absolutamente a nadie.
Ahora es 1945 y Weiss, 21, está de vuelta en Alemania como agente de inteligencia de las fuerzas armadas norteamericanas, adiestrado por la Oficina de Servicios Estratégicos OSS, precursora de la CIA. Los ejércitos de Hitler se baten en retirada y Weiss, recién naturalizado estadounidense, es enviado detrás de las líneas enemigas en Dachau, el campo de concentración alemán, en una intrépida misión. Al llegar a este punto de la historia, los ejecutivos apiñados en torno a Weiss vuelven a entusiasmarse.
Pero Weiss parece ansioso de apurar sus recuerdos justo hasta el momento en que termina la guerra y empieza el verdadero trabajo de su unidad de inteligencia: cazar a nazis fugitivos. Está visiblemente cansado de recontar la historia, como si se viera repentinamente abrumado por un gran peso.
Sus empleados no pueden ocultar su desilusión. Claman por más detalles. Weiss desvía las preguntas, haciendo uso de su experiencia de medio siglo, como lo haría un abogado de Washington, para construir cuidadosamente cada respuesta. Las preguntas, sin embargo, no cesan.
"Tenéis que entender", reconoce después de un tiempo, que "no estoy listo para hablar sobre lo que ocurrió".
¿Por qué?, pregunta alguien.
Durante un momento, Weiss mira silenciosamente a través de sus grandes gafas de marcos dorados. Dice finalmente: "Porque los asesinatos no prescriben".
Como la firma de Weiss adorna el cheque de pago de mi esposa, pensé que no era prudente pedir más durante ese picnic de 2002. Sin embargo, había despertado mi curiosidad y dejé claro que si alguna vez quería contar toda la historia de lo que ocurrió en las semanas y meses después de la capitulación de la Alemania nazi, yo estaría encantado de oírla.
Pasaron tres años y no volví a oír de Weiss. Lo encontraba ocasionalmente en fiestas de Navidad o en recepciones de la EMP que exigían corbata negra y la asistencia de las esposas, pero nunca tocó el tema. Entonces, hace unos meses, Weiss me dejó un recado: Si todavía estaba interesado en oír su historia, estaba preparado para contarla.
Weiss, que tiene casi 81 años ahora, jubilado oficialmente -y a regañadientes-, aunque es imposible saberlo, ya que todavía se levanta todas las mañanas, lleva un traje hecho a la medida y conduce su enorme Mercedes a las oficinas de EMP en la Avenida de Pensilvania. Es casado y tiene dos hijos adultos. El año pasado se ausentó durante tres meses de su trabajo tras recuperarse de un cuentapasos triple y una operación cardiovascular, y aunque se ve bien y sano, el sentimiento de su inevitable mortalidad le ha hecho creer que es tiempo.
El rumor en la oficina es que Weiss sobrevivirá a los internos. Sin embargo, el hecho de que haya sobrevivido a la mayoría de sus compinches de la Segunda Guerra Mundial no es para él una fuente de consuelo. Prácticamente toda vez que entra al local de la asociación de veteranos del Cuerpo de Contraespionaje del Ejército -Weiss es el miembro número 3326- en internet, se entera de la muerte de otro colega. Pronto, se preocupa Weiss, todos los testigos habrán muerto, y sólo quedarán los archivos escritos. Y esos archivos están incompletos. "Se llevaron sus secretos a la tumba", dice Weiss de sus colegas agentes decesos.
Irónicamente una consideración casi idéntica llevó hace poco a la dedicada enfermera de Adolfo Hitler, Erna Flegel, 93, a romper su silencio de 60 años sobre el deterioro mental y físico de Hitler en los días finales de la guerra. "No quiero llevar mi secreto a la muerte", dijo Flegel en mayo a un diario alemán. Todavía hay muchas piezas del puzzle de la Segunda Guerra Mundial, y cada vez que se reencuentra uno, la historia se rescribe un poco. A veces, como en el caso de la impenitente Flegel, cuya existencia se dio a conocer sólo hace algunos años cuando la CIA liberó las transcripciones de antiguos interrogatorios de los OSS, los nuevos testimonios sólo requieren escribir una nota al pie de página. Pero en otras ocasiones emergen a la superficie materiales que exigen borrar capítulos enteros de la historia oficial. Fue sólo tras el derrumbe del comunismo, por ejemplo, que el Kremlin admitió a regañadientes que fue la policía secreta soviética, no las SS alemanas, las que asesinaron a miles de prisioneros de guerra polacos durante la Segunda Guerra Mundial. En 2000, fue el turno de Polonia de reexaminar sus archivos de la guerra, y del tema más grande del anti-semitismo, cuando un investigador estadounidense descubrió evidencias de que toda la población judía de una aldea llamada Jedwabne fue el trabajo de compatriotas polacos y no de los nazis, como sostenía en la versión oficial.
La historia tiene el hábito de barrer los episodios inconvenientes debajo de la alfombra. A pesar de haber pasado más de medio siglo (para no mencionar la aprobación de leyes norteamericanas a fines de los años noventa, ordenando romper el sello de innumerables documentos de la era que la CIA había considerado sea demasiado delicados o embarazosos como para desclasificar. Como esos documentos parcialmente accesibles, partes de la historia de Weiss han también emergido lentamente en el curso de los años, y esos fragmentos del pasado a menudo contienen espeluznantes paralelos con algunas de las cosas que están pasando hoy. Pero también él ha mantenido ocultas porciones cruciales de la historia. Ahora, por primera vez, está dispuesto a contar toda la historia, desde su improbable inicio hasta la extraña y nueva relevancia de su final largo tiempo sepultado.
En el otoño de 1945 Munich era una ciudad devastada y desmoralizada. Cada semana las listas de detención emitidas desde el cuartel general del contraespionaje estadounidense en Frankfurt se hacían más largas. La máquina de teletipos junto al escritorio de Weiss escupía nombres casi las 24 horas del día: científicos balísticos, ingenieros nucleares, químicos y físicos; oficinistas del partido, contables y financistas; ayudas de cámara, choferes y cocineros. Casi todos los que estuvieron estrechamente asociados al régimen derrocado tenían que ser atrapados y detenidos. Y en una ciudad como Munich, donde las cervecerías llenas de humo habían servido para albergar las primeras reuniones de los nazis, eso significaba un montón de gente.
Weiss y dos docenas de agentes del Cuerpo de Contraespionaje del Ejército CIC trabajaban en la casa requisada del gauleiter de Munich, el jefe local del partido, que se había apropiado de la mansión de un rico industrial judío. La mansión había de algún modo sobrevivido los bombardeos aéreos aliados y estaba en un vecindario tranquilo de clase alta que sufrió, relativamente, pocos daños. Pero quizás su principal recomendación era un profundo y seco sótano que había sido convertido en celdas de detención.
Desde la Gauleiter Haus, el territorio de Weiss -IV Región de la Zona Ocupada Americana- se estiraba por el sur hacia los lagos y bosques desde Baviera hasta los pasos y reductos montañosos a lo largo de la frontera austriaca. Baviera fue la cuna del movimiento nazi, el lugar de nacimiento y hogar de muchas de sus figuras dirigentes. Y debido al terreno montañoso y al fanatismo de algunos de sus habitantes, fue el área en el Sector Americano que representaba el mayor riesgo de resistencia, el equivalente alemán del Triángulo Sunní.
En toda Alemania los aliados estaban ansiosos de restablecer los servicios básicos e instalar gobiernos locales y seguir adelante, y una de las responsabilidades de Weiss era investigar a potenciales funcionarios sobre su pasado en el Partido Nazi. Era una tarea importante y agotadora, pero se mantenía especialmente alerta para los casos de fugitivos de alto valor que habían evitado la captura. Muchos de los matones de Hitler, especialmente de las temidas SS, todavía estaban libres, junto con montañas de lingotes de oro, y si montaban una revuelta, podrían dirigirla y financiarla. Un grupo de nazis conocidos ominosamente como los Licántropos ya había realizado ataques esporádicos y habían provocado órdenes para los marines de fusilar a los insurgentes. Esto provocó un caos en la moral de los militares norteamericanos, especialmente porque muchos de los alborotadores eran chicos de 16 y 17 que habían pertenecido a las Juventudes Hitlerianas.
Más inquietante, sin embargo, eran los persistentes rumores de que Hitler todavía vivía. "Nosotros estábamos seguros de que se suicidó en el búnker", recuerda Weiss. "Pero dado que Berlín formaba parte de la zona rusa, y los soviéticos no habían entregado ni testigos ni cuerpo, muchos alemanes se negaban a creer que Hitler hubiese muerto".
Los rumores de que Hitler había sobrevivido se estaban transformando en un problema serio, para no mencionar su potencial como punto de reunión de los alemanes que se negaban a aceptar la derrota. Se hablaba de que Hitler estaba escondido en una cueva en el norte de Italia, que vivía disfrazado de pastor en los Alpes suizos, que trabajaba como croupier en Evian, Francia. Un informe de agosto de 1945 lo tenía viviendo en Innsbruck bajo el alias de Gerhardt Weithaupt. (De acuerdo al libro de 1996, The Death of Hitler', de Ada Petrova y Peter Watson, 30 agentes del CIC siguieron esa pista hasta Innsbruck. Según otro informe, Hitler se encontraba con una flota de submarinos frente a las costas españolas.
Los rusos, que sabían muy bien dónde estaba el difunto führer ya que tenían sus restos calcinados en un laboratorio secreto en Moscú, enturbiaron más el asunto. Izvestia, el diario comunista oficial, sacó una historia en primera plana afirmando que él y Eva Braun se habían instalado con burgués esplendor en un castillo (con foso y todo) en Westphalia, en la Zona Británica.
Pronto los avistamientos de Hitler cubrían todo el planeta, desde Suecia hasta Irlanda y Argentina, donde se decía que Hitler, tras sufrir una operación de cirugía plástica, se dedicaba en un escondite subterráneo al desarrollo de autómatas-bomba de largo alcance. Incluso Washington se infectó con la fiebre paranoica, y envió un cable urgente a su embajada en Buenos Aires para que siguiera la pista: "Algunas fuentes indican que hay una entrada occidental al escondite subterráneo, que consiste de una muralla de piedra operada con células fotoeléctricas activadas por señales en código con linternas corrientes". Aparentemente, el asunto fue tomado con tal seriedad, de acuerdo a un libro de 1989 sobre la CIC, America's Secret Army', de Ian Sayer y Douglas Botting, que el propio director del FBI, J. Edgar Hoover, se involucró en él. Para octubre de 1945, las especulaciones sobre el paradero de Hitler habían alcanzado tal febrilidad que, dice Weiss, se tomó una decisión "al más alto nivel" para terminar de una vez para siempre con el misterio. Los británicos -que estaban especialmente enfurecidos por la sugerencia soviética de que Hitler estaba viviendo debajo de sus narices- fueron encargados de demostrar definitivamente que Hitler estaba muerto. Los mensajes empezaron a traquetear de las máquinas de teletipo del CIC para dar la máxima prioridad a la búsqueda de testigos que pudieran haber estado en el búnker con Hitler durante sus últimos días.
"El nazi de más alta jerarquía que todavía estaba libre era Bormann", dice Weiss. Martin Bormann, la Eminencia Gris, había sido secretario del Partido Nazi y guardián de Hitler. Controlaba el acceso a Hitler. Si alguien sabía lo que había pasado con Hitler, ese era Bormann. "Yo recordaba vagamente que su ayudante era de Munich".
Weiss rastreó los archivos y descubrió que la mano derecha de Bormann, el Standartenführer, Wilhelm Zander, en realidad era de Munich y todavía andaba suelto. Zander no sólo podía saber dónde se encontraba su jefe; había una buena posibilidad de que hubiera estado en el búnker justo antes de que fuera tomado por asalto por el Ejército Rojo. Weiss cogió la guía telefónica de Munich. Obviamente, había varios Zander.
"Detuve a su madre y hermana", recuerda Weiss. Se sorprendió de lo corriente que parecían. Eso era algo a lo que Weiss terminaría acostumbrándose: cómo los monstruos provenían de familias aparentemente tan normales.
Aunque su madre y hermana se pusieron a la defensiva e insistieron en que Zander no había hecho nada malo, finalmente a una de ellas se le escapó que tenía una novia mucho más joven en Munich. Era una llamativa mujer de pelo castaño, 21, que todavía vivía con sus padres. Weiss la hizo detener. Aunque él mismo apenas tenía edad suficiente como para comprar cerveza según las normas de hoy, Weiss podía entonces acordonar manzanas enteras de la ciudad y encarcelar a cualquiera por cualquier período de tiempo. No se necesitaba una orden de detención, y no había supervisión judicial. "Teníamos el poder absoluto", dice, con una sonrisa. "Los alemanes no estaban llamando la Gestapo americana".
Weiss envió a la novia no al cuartel del CIC en la elegante Gauleiter Haus, sino a una cárcel más grande llena de delincuentes comunes en las afueras de Munich. Allá, la dejó sola en una celda durante dos días para que considerara su destino. "Quería asustarla, darle tiempo de pensar" en todas las cosas terribles que le podían ocurrir. Era un método normal de interrogatorio con personas consideradas débiles. Resolver casos difíciles exigía un enfoque completamente diferente, y Weiss, que era uno de los pocos oficiales estadounidenses que hablaba alemán, estaba adquiriendo experiencia rápidamente como un avezado interrogador.
Cuando pensó que la tenía suficientemente guisada, Weiss la hizo llevar a un cuarto de interrogatorio vacío. La hizo quedar de pie, otra pequeña táctica psicológica aparentemente efectiva. "Estaba preparada para hablar", recuerda. "Admitió inmediatamente que era la amante de Zander". Weiss le preguntó cuando lo había visto por última vez. Esperaba que dijera que habían sido años, pero la mujer dijo que seis semanas antes. "Casi se me cayeron los dientes", dice Weiss. Eso significaba que la pista todavía podía estar caliente. La mujer tenía otra sorpresa para Weiss. Zander le había revelado, imprudentemente, el alias que usaba y dónde se estaba escondiendo. Weiss envió de inmediato un comunicado en código al cuartel del CIC en Frankfurt. El servicio secreto estadounidense notificó a la inteligencia británica, que envió a su principal detective a unirse a Weiss en la cacería.
El mayor Hugh Trevor-Roper no parecía para nada un agente secreto. Alto, demacrado y miope, daba la impresión de ser un profesor universitario distraído, que de hecho lo era en su vida civil -era profesor de historia en Oxford. Weiss informó a Trevor-Roper. Zander estaba usando el nombre Paustin y se hacía pasar por peón de alguien llamado Irmgard Unterholzener en un pueblo no muy retirado de Munich, llamado Tegernsee. El par tomó apresuradas medidas para allanar el lugar, pero cuando llegaron, Zander había desaparecido. Durante las siguientes tres semanas Weiss se dedicó a seguir pistas que resultaron ser falsas. Entonces, justo antes de Navidad, Weiss recibió una llamada de la oficina de enlace del CIC en Munsingen, Alemania. Alguien llamado Paustin había pedido un permiso de residencia -los alemanes, aparentemente aun cuando están de fuga, eran muy puntillosos- en la comisaría de policía de un pequeño pueblo alemán llamado Vilshofen, cerca de la frontera checa. Weiss llamó a Trevor-Roper. "Lo encontramos", dijo Weiss, excitado. A Trevor-Roper le tomó 24 largas horas llegar a Munich, mientras Weiss se daba vueltas, impaciente.
Cuando finalmente llegó, el par cargó sus armas -Weiss tenía una 38 en su pistolera; Trevor-Roper optó por una Colt 45, más grande- y se subieron a un todoterrenos abierto para hacer el frío trayecto de 90 minutos hacia Vilshofen.
Hollywood, en palabras de Weiss, no habría imaginado nunca un par tan improbable de cazadores de nazis. En fotos, Trevor-Roper, en un uniforme demasiado grande y gafas de culo de botella de Coca-Cola, se elevaba como una delgada torre sobre Weiss, que, aunque pesaba apenas 54 kilos cuando se había alistado, había redondeado su figura gracias a la bien provista mesa del comedor de la Gauleiter Haus. Pero las apariencias pueden engañar. El aristocrático catedrático de Oxford (Trevor-Roper, que se convirtió en uno de los más importantes historiadores de la Segunda Guerra Mundial, murió como Lord Dacre) y el impetuoso refugiado judío-americano formaban un equipo formidable.
En la oficina de enlace de Munsingen, pidieron refuerzos -varios policías militares y un joven agente del CIC. Weiss no recuerda bien el nombre completo de este último; un documento del servicio secreto de las fuerzas armadas de ese período lo menciona solamente como Agente Especial Rosener.
Weiss, Rosener y Trevor-Roper encontraron la granja poco antes de las 4 de la mañana. Era una vivienda de piedra, próspera y bien mantenida, y tranquila a pesar de las inminentes festividades. (A esta altura, parece haber algunas discrepancias en cuanto a la cronología de los acontecimientos. Petrova y Watson dicen que el allanamiento ocurrió el Día de los Regalos, el 26 de diciembre. Sayer y Botting los fechan el 28 de diciembre. Pero Weiss, cuyo clave papel está apuntado en ambos libros, todavía tiene un memorándum que escribió en la época en papel del CIC que data el allanamiento para Nochebuena). Cuando los policías militares echaron abajo la puerta, se escuchó un disparo desde la casa. El primer impulso de Weiss después de buscar cobertura fue desarmar a Trevor-Roper. "Era prácticamente ciego y yo tenía miedo de ser disparado por él, más que por Zander", recuerda Weiss. Los policías militares encontraron a un asombrado Zander desnudo en la cama con una mujer (no su novia) y lo dominaron rápidamente. Weiss cogió la Beretta italiana de Zander -un recuerdo que guarda hasta el día de hoy.
Los dueños de casa bajaron corriendo, consternados ante el alboroto. Se armó un buen griterío, no poco de Zander, que exigía saber quiénes eran sus perseguidores y qué querían.
"Somos estadounidenses y hemos venido a arrestarle", dijo Weiss.
"¿Por qué?", preguntó Zander.
"¿Cómo se llama?"
"Paustin".
"¿Tiene su carné de identidad?"
Zander mostró un carné de identidad: Decía que tenía bien entrados los treinta, de casi 1 metro 83 y de complexión mediana, que era todo correcto. La foto mostraba también un buen parecido; pelo negro y fresco, los ojos claros con una arrogante mirada que aparentemente había convertido a Zander/Paustin en un galán.
"Es falso", dijo Weiss. "Usted se viene con nosotros".
Durante todo el trayecto a Munich, mientras Weiss conducía y Rosener custodiaba al prisionero esposado, Zander mantenía su inocencia. "No dejaba de gritar: ¿Para qué me quieren?'", recuerda Weiss. "Le decíamos: Te lo diremos cuando lleguemos'".
Cuando llegaron a la Gauleiter Haus, comenzaron a interrogarlo de inmediato. "Queríamos interrogarlo con el shock de la detención todavía fresco. Trevor-Roper, como el oficial superior, dirigió el interrogatorio, y Weiss hizo de intérprete la mayor parte de las veces. Lo interrogaron durante 10 horas, y Zander continuó insistiendo en que era un caso de confusión de identidades.
"Lo confrontamos con todos los hechos de su vida", recuerda Weiss. El objetivo era mostrar a Zander que el servicio secreto aliado ya sabía todo sobre él, que no tenía sentido continuar con la farsa. Las respuestas de Zander empezaron a contradecirse y Zander subió la presión.
"Tenemos a su madre y hermana", le dijo. Esto no era verdad. Weiss sólo había detenido a su novia. Pero Zander no lo sabía.
Finalmente, con gran solemnidad, dijo: "Tenéis razón. Soy el Standartenführer de las SS, Wilhelm Zander".
Lo fue particularmente dramático, pero lo habían quebrado. Ahora podía empezar el verdadero interrogatorio. ¿Cuándo vio por última vez a los jefes nazis Goebbels, Goering, Himmler? ¿Quién estaba en el búnker con el führer en sus últimas horas? ¿En qué circunstancias se vio Zander con Bormann? ¿Cómo salió del búnker del führer? ¿Qué ruta tomó? Trevor-Roper estaba especialmente interesado en los nombres de los funcionarios subalternos que pasaron con Hitler sus últimas 48 horas, personal de servicios, como Erna Flegel, cocineros, choferes, guardias, etcétera.
Una vez que Zander abandonó su identidad como Paustin, habló sin parar durante seis horas. Como si fuera una ocurrencia tardía, Weiss le preguntó por qué había salido del búnker.
"Me enviaron en una importante misión como correo", dijo Zander, flemático. "Supongo que queréis los documentos".
Absolutamente, dijo Weiss, aunque no tenía ni idea de qué le hablaba Zander. "¿Dónde están?"
Ese mismo día Zander condujo a Weiss y Trevor-Roper de vuelta a Tegernsee, donde se había escondido originalmente. Había un pozo seco en la parte de atrás de la propiedad de los Unterholzer, y apuntó hacia el fondo. Weiss sacó del fondo una maleta de vinilo. A primera vista, contenía solamente el uniforme de las SS desechado de Zander. Pero tras un examen detenido encontraron un compartimiento secreto. En él había un sobre de color crema.
Weiss lo rompió. "Oh, Dios mío", gritó, cambiando involuntariamente a su lengua materna. Tenía en sus manos el Testamento Político y Última Voluntad' de Hitler.
"Dejádme mostraros algo", dijo Weiss, interrumpiendo su relato. Me toma un segundo dar el salto desde 1945 al presente, para acostumbrarme al ambiente de la oficina. Miro el felpudo decorado de ejecutivos, esas lápidas de cristal que usan los banqueros de inversiones para conmemorar los grandes contratos, la nota enmarcada de la edición del 6 de junio de 1994 del Wall Street Journal: 1.086.460.000, se lee en grandes letras de titular, la cantidad de dinero que hicieron los seis fondos que gestionan los EMP. Hay un modelo a escala de un Boeing 757 con los colores de la compañía de una línea aérea asiáticas (una de las inversiones de la empresa) en el alféizar de la ventana, compitiendo por espacio aéreo con los aviones de verdad que cruzan sobre el Potomac en su giro final hacia el Aeropuerto Nacional Reagan.
"Aquí, lo tengo conmigo". Weiss escarba en su maleta, que definitivamente no es vinilo. Todos se visten bien en el elegante cuartel de los EMP en la Avenida de Pensilvania, pero sólo el presidente -un ex primer ministro de Pakistán y vice-presidente del Banco Mundial- es más elegante que Weiss.
"Ahí", dice Weiss, entregándome un fajo de papeles viejos.
Hay fotostatos de 1946. Sorprende la simplicidad de los documentos. Con toda la pompa que rodeaba al Tercer Reich, esas humildes hojas ni siquiera llevaban un sello oficial. Impresas en papel de escribir blanco corriente, del tipo de que se encuentra en cualquier oficina, tienen un sospechoso aspecto de humedad. Pero son reales, autentificados por el FBI en 1946, de acuerdo a America's Secret Army'
Mein privates Testament', se lee en el titular subrayado de la primera página. Está fechado el 29 de abril de 1945, a las cuatro de la mañana, y en el dorso hay cinco firmas. La primera es pequeña y apretada, como un rayo comprimido: Adolf Hitler. Las otras son más expansivas y descaradamente ambiciosas, como las de Martin Bormann y Joseph Goebbels, el ministro de propaganda que se mató a sí mismo y a su familia en el cuarto junto al de Hitler en el búnker.
Las mismas firmas agracian un segundo documento, considerablemente más largo, titulado Mein politisches Testament', en el que Hitler despotrica contra sus generales, expulsa del Partido Nazi a Himmler y Goering y nombra al gran almirante Karl Doenitz como su sucesor y nombra a todo el gabinete de 17 miembros. En el paquete que Zander tenía que entregar a Doenitz había un tercer documento -el certificado del matrimonio in extremis de Hitler con su amante de toda la vida, Eva Braun. Pero Weiss no hizo una copia de él. (Weiss recibió un fotostato de los testamentos junto con un memorándum de felicitaciones datado el 7 de enero de 1946, de un general de brigada cuya firma es ilegible. Los originales se encuentran en los Archivos Nacionales. "Los testamentos debían ser usados para rehabilitar a Hitler, cuando en el futuro los alemanes se levantaran de nuevo", escribió con su propia y firme letra manuscrita en un memorándum de 1946 que termina triunfante: "Caso cerrado". (Weiss tenía motivos para sonar exultante: Por encontrar la prueba definitiva de que Hitler estaba muerto -en su testamento, Hitler dice que prefiere terminar con su propia vida antes que se exhibido por un animal de zoológico-, Weiss recibió la Medalla de Encomio del Ejército y una recomendación para una Estrella de Bronce).
En cuanto a por qué Zander no había entregado los documentos a Doenitz, el memorándum de Weiss, ahora amarillo por el tiempo, sugiere que esa información estaba por encima de su grado. Sin embargo, Trevor-Roper tuvo acceso a otros interrogatorios con el correo caprichoso de las SS. "Un hombre educado a medias, estúpido, pero honesto", escribió en su informe final, publicado en 1947, "Zander sólo quería una muerte silenciosa para poner fin a una vida desperdiciada y expiar las ilusiones que era demasiado tarde para abandonar". Aparentemente, el leal hombre de las SS había suplicado no realizar su última misión. Como idealista, quería morir junto a su führer. Pero, de acuerdo a Trevor-Roper, Hitler rechazó su petición y le ordenó entregar los documentos de su sucesión. Cuando pensó que Hitler había muerto, Zander dejó de creer que la Alemania nazi tuviera algún futuro y simplemente arrojó los documentos a un pozo. Weiss no encontró nunca a Bormann, cuyo esqueleto fue descubierto en Berlín en 1972, provocando especulaciones de que se había suicidado poco después de salir del búnker de Hitler.
Weiss todavía se sorprende de la mezcla de ingenuidad y arrogancia de Hitler de creer que el Tercer Reich sobreviviría la derrota o de que sus órdenes pudieran ser cumplidas después de su muerte. "¿Se imagina?", dice. "Hitler estaba todavía tratando de gobernar Alemania desde la tumba". Pero asuntos más mundanos también ocuparon los últimos pensamientos de Hitler: Quería que sus pinturas fueran donadas a una galería de arte en su ciudad natal de Linz y que algunos recuerdos personales se repartiesen entre sus secretarias, especialmente Frau Winter. "Como ejecutor testamentario nombro a mi fiel compañero del Partido, Martin Bormann", escribió Hitler. "Tiene toda la autoridad legal para entregar a mis familiares... especialmente a la madre de mi esposa... todo lo necesario... para llevar el estilo de vida de la pequeña burguesía".
Sin embargo, las últimas palabras escritas por Hitler, ordenaban a los futuros líderes de Alemania a "resistir implacablemente al envenenador universal de todos los pueblos, a la judería internacional". Así, es una de esas ironías de la historia que la primera persona en leer esas palabras fuera un joven judío-alemán americano y que actuaba ahora como instrumento de la justicia.
Weiss nació como Hans Arnold Wangersheim en una familia de judíos asimilados de clase media que habían vivido pacíficamente en la Franconia alemana durante casi cuatro siglos. El padre de Weiss, Stefan, cubría las noticias deportivas para el diario Nuremburg Acht-Uhr Abenblatt, y sus columnas horteras y obstinadas sobre las victorias y fracasos de los clubes de fútbol locales le dieron un aura de celebridad menor también disfrutada por contemporáneos como Tony Kornheiser. En esos días los periodistas deportivos no tenían los contratos de producción del ESPN [Entertainment and Sports Programming Network], y los Wangersheim vivían modestamente en un barrio de clase obrera donde las nacientes fuerzas del fascismo y el comunismo competían rabiosamente, y a menudo violentamente, por el apoyo de los residentes.
Los más tempranos recuerdos de Weiss de su padre son de un hombre musculoso con un planchado uniforme de gimnasia blanco, balanceándose graciosamente en las barras paralelas. "Se veía elegante, o así lo parecía para alguien que era muy joven".
Weiss tenía 6 cuando se divorciaron sus padres en 1930.
Aparentemente, su padre prefería la sudorosa compañía de sus colegas deportistas, y las largas, lánguidas noches en las cervecerías, a cuidar de sus tres hijos. Es posible que haya una mujer en la historia, pero el tema era demasiado doloroso, y Weiss nunca lo mencionó frente a su madre. De todo punto de vista, los trámites del divorcio fueron turbios y rencorosos. La madre de Weiss, Thekla Rosenberg, un ávida atleta y jugadora de tenis, recibió la tutoría del joven Arnie y sus dos hermanas, Beate y Evelyn, pero no alimentación para Stefan, que quedó fuera de toda responsabilidad parental.
En la época, la Gran Depresión hacía estragos a ambos lados del Atlántico. En la Alemania de Weimar, el agregado peso de las reparaciones de guerra exigidas por el Tratado de Versalles a final de la Primera Guerra Mundial hacían su situación desesperada. La madre de Weiss tenía que tomar una decisión difícil. Con su salario de contable no podía criar a los tres niños. "No había suficiente dinero para que comiéramos todos", recuerda Weiss. "Las niñas necesitaban más protección, así que yo era el candidato a ser colocado en un orfelinato".
El orfelinato judío ortodoxo al que fue enviado Weiss en 1930 (o 1931 -no recuerda bien) estaba en un suburbio de Nuremberg conocido como Furth. La rutina era severa: se levantaban antes del alba para las oraciones matutinas en la sinagoga de al lado, luego se marchaban a la escuela y tres horas de clases de hebreo, seguidas de dos horas más de estudios talmúdicos antes de las oraciones de la noche. La comida era pésima; la privacidad, inexistente; y entre el acoso de los niños más grandes y la estricta disciplina de los administradores del orfelinato, las golpizas eran un rasgo corriente de su vida.
Weiss describió los detalles en un testimonio oral que dio en 1996 para el Holocaust Memorial Museum en Estados Unidos. "Era muy lúgubre", dijo en su testimonio grabado, "incluso antes de que llegaran los nazis al poder".
Interrogado por el curador si se sentía abandonado, Weiss respondió "Sí" después de una larga pausa. "Yo diría que es un comentario adecuado".
La separación de su hermana de dos años, Evelyn, fue lo más duro. "Simplemente la adoraba. Era como un juguete". Weiss todavía veía a su madre y hermanas durante unas horas cada tantos meses, pero no era lo mismo. Inevitablemente empezaron a apartarse. Pero el orfelinato estaba a corta distancia del apartamento de su abuela materna, que le daba al menos una comida decente a la semana y generosas muestras de afecto.
Sin embargo, dice, la vida en el orfelinato no era tan mala. Siempre había alguien con quien jugar, así que nunca te sentías solo. Esos escondites endurecieron la piel, y aprendías rápidamente a cuidar por ti mismo". "Vivir en comunidad, una vez te acostumbrabas, tenía todo tipo de cosas positivas, que más tarde en la vida fueron muy convenientes". Weiss atribuye su educación en el orfelinato a su comodidad en las instituciones oficiales, sean las fuerzas armadas, en las que se alistó en 1942 como artillero de bombarderos B-17 antes de ser reclutado por el servicio de inteligencia, o el ministerio de Hacienda, al que se incorporó en 1952 después de obtener su diploma en leyes, o al timón de los grandes bancos de desarrollo internacionales y bufetes de abogados donde pasó la mayor parte de su carrera en Washington.
"Una de las cosas que te enseña", dice sobre vida en el orfelinato, "es a guardarte tus sentimientos, a rodearte de murallas y, sobre todo, no mostrar nunca ni emociones ni debilidad".
Esa dureza mental era una herramienta crítica para sobrevivir en Furth, ya que Weiss tenía la desventaja adicional de ser demasiado chico para su edad. "Yo era un renacuajo", explica en las cintas del Museo del Holocausto. "No creo que llegara a más de 1 metro 65 o 1 metro 67. La raza aria se veía un poquito mejor en nuestro vecindario".
Con su kipa y rizos característicos a los lados, Weiss era un blanco natural de los matones locales, especialmente los agresivos jóvenes de las Juventudes Hitlerianas, que estaban más que contentos de practicar con los huérfanos judíos lo que predicaban los líderes adultos. "¿Trataste de defenderte?", pregunta el entrevistador del Museo del Holocausto. "Yo corrí la mayoría de las veces", replica Weiss. "Pero a veces me alcanzaban y me molían a golpes".
Fue desde ese desgraciado punto de vista que Weiss observó el crecimiento de los nazis. Hacia mediados de los años treinta, las filas del orfelinato se habían duplicado, a medida que los padres judíos empezaron a desaparecer en la creciente red de los campos de prisioneros de los nazis. Weiss recuerda vívidamente la última vez que vio a su propio padre en 1935. "Vino al orfelinato, que era raro porque yo no había oído nada de él durante más de dos años. Dimos un largo paseo junto al canal y recuerdo que hizo algo muy extraño. Puso sus manos en mi cabeza y rezó. Eso era muy inusual porque mi padre no era religioso. Es probable que no nos veamos nunca más', dijo. Voy a tratar de salir de Alemania'. Esa fue la última vez que lo vi". Stefan Wangersheim fue detenido poco después de visitar a su hijo.
Había otros malos presagios que ni siquiera un niño de 11 podía ignorar. En 1937 la comida en el orfelinato se había hecho escasa, y mientras más y más judíos escapaban, eran arrestados o les confiscaban sus negocios menos dinero había disponible para los huérfanos. "Para ganar unos marcos extras, nos alquilaban para rezar en funerales", recuerda Weiss. "A ninguno de nosotros nos gustaba hacer eso".
Al mismo tiempo, había una masiva entrada de nuevos estudiantes en la única escuela judía de Furth, a medida que los judíos eran expulsados de otras instituciones académicas. Los traslados incluyeron a Henry Kissinger y su hermano menor, que estaba en el curso de Weiss. (Muchos años más tarde, Kissinger le contó a Weiss en un banquete, que, desgraciadamente, él no se acordaba de él). En 1938, las filas del orfelinato se habían casi triplicado y la dieta de los niños se redujo principalmente a patatas. A algunos niños empezaron a perder sus dientes por malnutrición, y las encías y molares de Weiss estaban seriamente debilitadas por la deficiencia en vitaminas.
Entonces, un día de febrero de 1938, llegó la salvación. A Weiss le dieron una maleta de cartón y le dijeron que empacara. "Te vas a América", le dijeron. No sabe cómo y por qué fue escogido para ser evacuado, de entre todos los niños del orfelinato. Quizás un golpe de suerte y la buena voluntad de algún familiar distante. ¿Cómo fue que Weiss fue elegido para el pequeño lote americano incluso un mayor misterio, ya que en comparación con Gran Bretaña, Rusia y otros refugios, Estados Unidos imponía severas restricciones a los refugiados judíos.
A Weiss no le importaba el por qué ni el cómo de su rescate. Simplemente quería salirse. "Como no tenía una relación fuerte con mi madre y hermanas debido a que habíamos estado separados durante ocho años, lo vi como una gran aventura y estaba encantado de poder ir".
La sabiduría callejera que había adquirido en Furth le sirvieron mucho en Estados Unidos, donde tuvo una recepción decididamente glacial. Cuando desembarcó en Nueva York, no pudo encontrar un lugar donde vivir y lo pusieron en un tren hacia Chicago, donde había menos refugiados compitiendo por casas. "Llegamos a Chicago a las 3 de la mañana, y vi un tren saliendo hacia Milwaukee", recuerda. "Había oído decir que allí hablaban alemán, así que me subí y me encerré en los servicios". En Milwaukee vivió con los sin techo en la estación de trenes y comió en las comedores populares hasta que lo detuvo la policía. Fue enviado a un orfelinato, pero seguía escapándose. "Lustraba zapatos y recogía diarios". Finalmente una familia de tenderos lo recogió en el pequeño pueblo de Janesville, Wisconsin. Hizo la secundaria y luego a la academia de relojeros porque su padre adoptivo pensaba que todo el mundo debía tener un diploma. "Ese período fue el más feliz de mi vida", recuerda Weiss. "Tenía padres cariñosos y una vida como adolescente completamente normal, que nunca di por sentado".
El soldado que volvió a Nuremberg en 1945 con la división 45, era una persona diferente al refugiado que había salido siete años antes. Tenía un nuevo nombre, sacado en préstamo de la espalda de un jersey de una veloz estrella del fútbol de la Universidad de Wisonsin; una nueva familia, en Janesville; y una nueva nacionalidad y lengua materna, que hablaba con el monótono acento del Midwestern. Tampoco era un niño, obligado a huir de los matones nazis. Era un hombre, miembro del ejército más poderoso que había visto el mundo, y era su turno de perseguir.
Avanzando a través de una Nuremberg llena de francotiradores, Weiss apenas reconoció la ciudad en la que había crecido. Ahora sus angostas calles estaban demasiado llenas de escombros como para que pasaran los tanques estadounidenses. La manzana donde habían vivido sus padres era un casco ardiendo; su antiguo orfelinato estaba silencioso y vacío. Casi toda la gente que había conocido, había muerto: el estricto, pero bondadoso director del orfelinato, los niños con los que había compartido las literas, los amigos con los que había ido a la escuela. Sus tíos se habían matado antes que se deportados a un campo de exterminio. Y su abuela, la persona que más cerca estaba de él en el mundo, la cálida, cariñosa mujer a la que visitaba escapándose del orfelinato, había sido enviada al gueto de Theresienstadt en la República Checa, y luego a Auschwitz en Polonia para transformarse en una de los 6 millones de judíos asesinados en la guerra.
Su madre y hermanas, felizmente, habían logrado, mediante sobordos, salir de Alemania, luego a Inglaterra y Portugal y finalmente, con la ayuda de Weiss, a Estados Unidos. Pero Weiss tenía poco tiempo para la reflexión o la pena. Las unidades de avanzada del 45 habían recibido órdenes de los cuarteles del Séptimo del Ejército de avanzar hacia Dachau para liberar el campo antes de que un grupo de prisioneros altamente valiosos políticamente fueran retirados o matados. (Según recuerda Weiss, entre los VIPs se encontraban Leon Blum, el primer ministro francés; el antiguo canciller de Austria; el depuesto jefe de estado de Hungría; algunos obispos y cardenales; y un pariente alemán de la familia real británica). Lo que más recuerda de Dachau, sin embargo, era el olor. "Todavía tengo sueños sobre eso", dice. En el campo había estallado una revuelta antes de la llegada del 45 y mientras las SS controlaban partes del perímetro, los crematorios no habían funcionado durante varios días. Los cuerpos estaba apilados, o yacían descomponiéndose entre las largas hileras de barracas de madera. Donde los guardias SS todavía vigilaban desde las torres, cerca del principal terraplén de rieels, se pudría todo un tren de carga con cadáveres. "Las SS no dejaban que nadie se acercara a descargarlo. La gente encerrada en los vagones de ganado habían muerto por sofocación o de sed", dice Weiss.
Aunque el campo había sido técnicamente liberado, los prisioneros estaban tan débiles y esqueléticos que siguieron muriendo a razón de varios cientos al día. Algunos se arrastrarían con manos y pies para salir por los hoyos cortados en el alambre de púa, para morir fuera, libres. Otros estaban empecinados buscando y matando a los capos, los prisioneros carceleros con porras que, a cambio de raciones extra, eran tan brutales como los guardias SS para los que trabajaban. "Grupos de gente caían sobre ellos y los descuartizaban parte por parte".
Weiss no encontró a los prisioneros a los que debía salvar su unidad. Habían sido retirados por el ejército regular alemán en su retirada, de modo que las SS no mataran elementos potencialmente valiosos para negociar. Pero escarbando en los archivos no oficiales de las víctimas de Dachau que habían sido compilados secretamente por los prisioneros desde mediados de los años 30 y escondidos en vigas ahuecadas, Weiss encontró un nombre que reconoció de inmediato: Stefan Wangershei, su padre. (Muchos años más tarde, Weiss se enteraría de que su padre había sobrevivido y emigrado a Brasil con una nueva esposa. Murió antes de que Weiss tuviera la oportunidad de volver a verlo).
El verdadero trabajo de Weiss empezó cuando terminó la guerra. La vasta máquina de muerte que había formado Hitler tenía incalculables partes y una miríada de cómplices, y la mayoría de ellos no desaparecieron con el suicidio de Hitler. El trabajo de identificar y hacer pagar a los que tenían las manos llenas de sangre de millones de víctimas no sería ni fácil ni rápido. Weiss tenía una desalentadora lista de miles de nazis buscados. Recuerda uno en particular, un hombre que ni siquiera se había tomado la molestia de mudarse de su domicilio de preguerra o asumido otra identidad. Weiss simplemente lo miró en la guía telefónica de Munich y llamó a su puerta una mañana temprano en 1946.
Por qué no había tratado el hombre de cubrir sus huellas era un enigma. Quizás pensaba que después de tantos meses nadie lo buscaría. O quizás que se podía esconder detrás de su bajo rango. Era un soldado enlistado; había muchos más peces gordos a los que los americanos querían prender. Pero había pertenecido a las Calaveras de las SS, el infame batallón con la tarea de liquidar a los judíos de Europa, y Weiss, si estaba en sus manos, no permitiría que escapara ni el soldado de más bajo rango de esos escuadrones de asesinos.
"Ese tipo estaba libre en Munich sin ninguna preocupación mientras la mayoría de la gente a la que yo conocía había muerto", dice. "Y en esa época no podíamos todavía comprender la enormidad de lo que habían hecho".
De todas las ramas de las SS, fueron las Calaveras, y en especialmente su Einsatzgruppen y unidades de sondercomandos, que administraban los campos de exterminio y encerraban a aldeas enteras en sinagogas para quemarlos vivos. Había los que cavaban fosas comunes en las afueras de la ciudad y echaban camionadas de tierra sobre mujeres y niños que jadeaban por aire. Fueron los Calaveras las responsables de idear métodos más eficientes de asesinato. En Auschwitz, el pináculo de su dedicación, "tramitaron" a 60.000 personas al día.
El hombre había sido guardia en Auschwitz y Theresienstadt. Estaba apuntado en su ficha militar de identidad que, sorprendentemente, todavía llevaba cuando Weiss lo capturó, como si esos documentos fueran de algún modo marcas de distinción. Tampoco intentó negar quién era o dónde había trabajado, una vez que Weiss lo puso en una celda de concreto vigilado por dos policías militares.
"He interrogado a gente muy mala", recuerda Weiss, "pero había algo en este tipo, una absoluta ausencia de remordimiento. Era indiferente, como si no hubiera hecho nada".
Estaba en sus treinta, sin afeitar y pálido. Estaba borracho cuando Weiss lo capturó, pero dos días en la celda le había hecho recuperar la sobriedad lo suficiente como para empezar a darse cuenta que estaba en problemas. Estaba claro para Weiss que el hombre probablemente no había terminado la escuela primaria, y su alemán era el gutural dialecto bávaro que se habla en los rangos más bajos de la clase obrera.
Weiss dice que estuvo menos de una hora en la celda, obteniendo la información que necesitaba: nombres de los superiores, otros guardias, etcétera. "Sólo quería salir de ahí y ducharme".
"Supongo que me impresionaba su absoluta ausencia de humanidad. Para él, Auschwitz había sido simplemente un trabajo. El hecho de que se matara a más de un millón de personas no le preocupaba en absoluto. No veía como gente a los judíos".
Weiss pensó en su padre, en sus amigos en el orfelinato, en su abuela. El hombre de las SS había trabajado en los mismos dos campos donde había sido enviada. Era sólo un diente pequeño de la máquina homicida y eso significaba que tenía poco valor para los cuarteles en Frankfurt. A diferencia de Zander, nadie tenía que empujarlo en la cadena alimenticia de la inteligencia. En ese sentido, el hombre había tenido razón en no ocultarse. Nadie en el Comando Aliado estaba especialmente interesado en alguien de su jerarquía. pero si quería que su bajo rango de algún modo lo salvaría de la justicia, estaba decididamente equivocado.
"¿Cómo lo hizo?", pregunté a Weiss. "Los capos", explica, "de ellos sacamos la idea. Habíamos visto lo que los DPs hicieron a los capos, y nos dimos cuenta de que nos podían hacer un favor".
Las DP, o personas desplazadas, eran supervivientes de campos de exterminio y de prisioneros de guerra -judíos, polacos, rusos, húngaros, refugiados de prácticamente todas las nacionalidades que o no podían volver a casa o no tenía casa donde volver. En Europa eran cientos de miles y albergaban en enormes campos temporales de DPs. Varios de esos campos de refugiados, antiguas barracas del ejército alemán, estaban cerca de Munich,
"Estudiamos un poco de historia militar y no había nada en los libros que impidiera que entregáramos a los sospechosos para otros interrogatorios de los DPs", recuerda Weiss. No sabe con certeza dónde se originó la idea, o quién la puso primero en circulación, o lo extendida que estuvo. "Sinceramente no sé quién lo inventó. Tampoco creo que lo reconocieran".
Aunque era perfectamente legal bajo la ley militar entregar a los sospechosos para posteriores interrogatorios de los DPs, dice Benjamin Ferencz, que fue el fiscal jefe estadounidense en los Tribunales de Crímenes de Guerra de Nuremberg en 1945 y 1947, entregar a prisioneros a sabiendas que serían ejecutados no lo era. Y, por supuesto, los DPs no estaban interesados en extraer información.
Ferencz, que tiene 85 y vive en Nueva York, advierte contra emitir juicios morales de silla mecedora. "Alguien que no estuvo allá no entendería nunca lo irreal que era la situación", dice. "Una vez vi a un DP golpear a un hombre de las SS y luego amarrarlo a una camilla de acero de un crematorio. Lo empujaron hacia el horno, subieron la temperatura y lo sacaron. Lo volvieron a golpear y lo metieron al horno, hasta que lo quemaron vivo. Yo no hice nada para impedirlo. Supongo que pude haber mostrado mi arma o disparado en el aire, pero no tuve ganas de hacerlo. ¿Me transforma eso en cómplice de un asesinato?"
Ferencz -que hizo una distinguida carrera legal, se transformó en uno de los fundadores del Tribunal Penal Internacional y es probablemente la principal autoridad en jurisprudencia militar de la época- no puede tratar específicamente las acciones de Weiss. Pero dice que es importante recordar que las normas militares legales de la época permitían un montón de flexibilidades que hoy no serían aprobadas. "¿Sabes cómo obtuve esas declaraciones de testigos?", dice. "Iría a un pueblo donde, digamos, había caído un soldado en paracaídas y lo habían golpeado hasta matarlo, y pondría a todo el mundo contra la pared. Entonces les diría: Al primero que mienta lo voy a matar aquí mismo'. Nunca se me ocurrió que declaraciones obtenidas mediante presión pudieran ser inválidas".
Weiss dice que su unidad tenía su propia ética cuando se trataba de entregar antiguos guardias de los campos de exterminio a los DPs. "Eso no lo podía decidir tu solo", dice. "Tenías que consultar con otros agentes del CIC, y normalmente había un oficial de servicio. Nosotros no lo habríamos hecho nunca", agrega, "sin tener al menos una inclinación de cabeza de un superior".
La clave era cerciorarse de que no se trataba de casos de confusión de identidades. Los hombres de las SS tenían que reconocer su participación en los crímenes de masa de su propia voluntad, nunca como resultado de la tortura, ya que la gente tiende a confesar cualquier cosa en esas circunstancias, dice Weiss. Como respaldo, "yo escribía un relato detallado de sus antecedentes en la guerra, incluyendo bajo con quién habían servido, cuándo y bajo quién". Eso era verificado a su vez con los archivos nazis para cerciorarse de que la persona era en realidad la que ellos decían. Sólo entonces se tomaba una decisión, dice Weiss.
Weiss recuerda el pánico en los ojos de los hombres de la SS cuando finalmente se daban cuenta de dónde estaban siendo llevados. "Nunca les dijimos hacia dónde iban", dice. A la vista de las viejas barracas del ejército alemán, se daban cuenta de su destino. Algunos trataban de agarrarse al campero, pero el comité de recepción los sacaban a la fuerza. Weiss dice que nunca miró por el espejo retrovisor para ver qué ocurría después. No necesitaba hacerlo.
En total, Weiss recuerda haber participado en una docena de casos. Hubo casos similares en otras unidades del CIC, dice Weiss, pero no conoce las circunstancias de esos casos ni cuántos fueron. Weiss dice que ya no recuerda la mayoría de los nombres de los que fueron entregados a los DPs y que incluso si lo recordara no lo divulgaría porque sus descendientes podrían buscar reparación.
Sin embargo, dice que nunca tuvo reparos morales sobre sus acciones. "Nunca lo pensé después de la guerra", dice. "El punto es: ¿Qué haces con estos tipos? Los tribunales de guerra ya estaban embotellados con nazis más importantes. Las cárceles estaban llenas. Se iban a escurrir por entre las grietas".
La abrumadora mayoría de los guardias de bajo nivel de las SS escaparon efectivamente a la justicia.
Ferencz procesó a miembros de los Einsatzgruppen. "En estos escuadrones de la muerte había 3.000 miembros que no hicieron otra cosa que matar mujeres y niños durante tres años seguidos", dice. "Esos 3.000 hombres fueron responsables de casi un millón de asesinatos. ¿Sabes a cuántos logré llevar a tribunales? Veintidós. El resto no fue juzgado nunca.
"Recuerdo haber hablado con oficiales soviéticos", agrega. "Y estaban desconcertados. Sabéis que son culpables', decían. ¿Por qué no les matáis?' Después de la guerra habían muchos que pensaban así en Alemania".
Weiss, por su parte, dice que nunca fue a Alemania con la intención de vengarse. "La rabia que sentía se disipó cuando vi la devastación y destrucción de la sociedad alemana. El pueblo alemán pagó duramente por su infatuación con Hitler. Pero eran tiempos en que simplemente había que hacer justicia".
25 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
Esta es la historia de un hombre que ha mirado al demonio a los ojos y ha tenido en sus manos el destino de asesinos en masa. Empieza con el picnic de una compañía, donde los niños correteaban mientras sus padres cenaban sanas ensaladas y entradas pobres en carbohidratos. De un modo general, suena apropiado, porque junto al tema de violenta y dura justicia, esta historia también tiene que ver con el sueño americano.El escenario son los Viñedos Tarara, justo en las afueras de Leesburg, y la fecha es el verano de 2002. La vinería suburbana se ha transformado en un mini-parque de diversiones para la ocasión. Zumban los generadores portátiles, dando poder a todo tipo de diversiones, toboganes y paseos. Arriba, un globo aerostático sube y baja de su correa como un yo-yo gigante. Los niños corren en todas direcciones, perseguidos por padres atormentados, una ocasional nana y un fotógrafo profesional contratado para inmortalizar esta excursión de la empresa. Un grupo de ejecutivos se apiña cerca del buffet al aire libre. Llevan gorras de béisbol con el logo bordado de su empleador, EMP, o Emerging Markets Partnerships, una de las firmas de inversiones internacionales para grandes de Washington. Algunos beben merlot, pero en presencia de sus patrones la mayoría de los académicos reunidos han optado por los refrescos más discretos.
Arnold H. Weiss está en el centro de esta agradable agitación. Es un hombre pequeño, atractivo, ligeramente inclinado de hombros, y habla tan suavemente que los que están atrás en el grupo deben estirar sus cuellos para verlo y oírlo. Pero todos escuchan atentamente, y no sólo porque es uno de los fundadores de la empresa y, a los 78, su estadista más viejo. El tono de Weiss es distante y mesurado, casi cínico, como si estuviera detallando las estrategias de salida de un trato con una compañía de telecomunicaciones de Indonesia o tramando la compra de una línea férrea brasileña. Pero no está vendiendo nada. Está hablando de sus experiencia en el Holocausto.
Varios de sus socios mayores han oído partes de la historia antes, y entran y salen del círculo a medida que Weiss vuelve a contar sus años en un orfelinato judío ortodoxo cerca de Nuremberg, donde los nazis escribieron sus mortíferas leyes raciales. Un murmullo de sorpresa de deja oír entre los empleados más jóvenes cuando descubren que uno de los miembros de la dirección era compañero de clase de Weiss en Alemania es Henry Kissinger. Pero el silencio vuelve a imponerse cuando Weiss relata que tenía que correr por entre las manoplas de las bandas de las Juventudes Hitlerianas todo los días en su camino a la escuela, y las persecuciones a pie, las golpizas en los callejones y las cicatrices que lleva hasta el día de hoy por haber sido colgado a un poste de farol por nazis adolescentes.
De vez en vez uno de los ejecutivos en la audiencia de Weiss es llamado para atender a un crío indócil o para aliviar a un pequeño, y cuando esa persona vuelve, el relato lo ha dejado atrás. Ha empezado la Segunda Guerra Mundial, y todos en el orfelinato de Weiss han sido enviados al campo de exterminio de Auschwitz. Sin embargo, el joven Arnie está viviendo en seguridad en Estados Unidos, después de haber salido de Alemania en 1938 en uno de los llamados transportes de niños que salvaron a miles de niños judíos de las cámaras de gas. Tiene 13 cuando llega a este país, con nada más que una maleta de cartón y 5 dólares. No habla una palabra de inglés y no conoce absolutamente a nadie.
Ahora es 1945 y Weiss, 21, está de vuelta en Alemania como agente de inteligencia de las fuerzas armadas norteamericanas, adiestrado por la Oficina de Servicios Estratégicos OSS, precursora de la CIA. Los ejércitos de Hitler se baten en retirada y Weiss, recién naturalizado estadounidense, es enviado detrás de las líneas enemigas en Dachau, el campo de concentración alemán, en una intrépida misión. Al llegar a este punto de la historia, los ejecutivos apiñados en torno a Weiss vuelven a entusiasmarse.
Pero Weiss parece ansioso de apurar sus recuerdos justo hasta el momento en que termina la guerra y empieza el verdadero trabajo de su unidad de inteligencia: cazar a nazis fugitivos. Está visiblemente cansado de recontar la historia, como si se viera repentinamente abrumado por un gran peso.
Sus empleados no pueden ocultar su desilusión. Claman por más detalles. Weiss desvía las preguntas, haciendo uso de su experiencia de medio siglo, como lo haría un abogado de Washington, para construir cuidadosamente cada respuesta. Las preguntas, sin embargo, no cesan.
"Tenéis que entender", reconoce después de un tiempo, que "no estoy listo para hablar sobre lo que ocurrió".
¿Por qué?, pregunta alguien.
Durante un momento, Weiss mira silenciosamente a través de sus grandes gafas de marcos dorados. Dice finalmente: "Porque los asesinatos no prescriben".
Como la firma de Weiss adorna el cheque de pago de mi esposa, pensé que no era prudente pedir más durante ese picnic de 2002. Sin embargo, había despertado mi curiosidad y dejé claro que si alguna vez quería contar toda la historia de lo que ocurrió en las semanas y meses después de la capitulación de la Alemania nazi, yo estaría encantado de oírla.
Pasaron tres años y no volví a oír de Weiss. Lo encontraba ocasionalmente en fiestas de Navidad o en recepciones de la EMP que exigían corbata negra y la asistencia de las esposas, pero nunca tocó el tema. Entonces, hace unos meses, Weiss me dejó un recado: Si todavía estaba interesado en oír su historia, estaba preparado para contarla.
Weiss, que tiene casi 81 años ahora, jubilado oficialmente -y a regañadientes-, aunque es imposible saberlo, ya que todavía se levanta todas las mañanas, lleva un traje hecho a la medida y conduce su enorme Mercedes a las oficinas de EMP en la Avenida de Pensilvania. Es casado y tiene dos hijos adultos. El año pasado se ausentó durante tres meses de su trabajo tras recuperarse de un cuentapasos triple y una operación cardiovascular, y aunque se ve bien y sano, el sentimiento de su inevitable mortalidad le ha hecho creer que es tiempo.
El rumor en la oficina es que Weiss sobrevivirá a los internos. Sin embargo, el hecho de que haya sobrevivido a la mayoría de sus compinches de la Segunda Guerra Mundial no es para él una fuente de consuelo. Prácticamente toda vez que entra al local de la asociación de veteranos del Cuerpo de Contraespionaje del Ejército -Weiss es el miembro número 3326- en internet, se entera de la muerte de otro colega. Pronto, se preocupa Weiss, todos los testigos habrán muerto, y sólo quedarán los archivos escritos. Y esos archivos están incompletos. "Se llevaron sus secretos a la tumba", dice Weiss de sus colegas agentes decesos.
Irónicamente una consideración casi idéntica llevó hace poco a la dedicada enfermera de Adolfo Hitler, Erna Flegel, 93, a romper su silencio de 60 años sobre el deterioro mental y físico de Hitler en los días finales de la guerra. "No quiero llevar mi secreto a la muerte", dijo Flegel en mayo a un diario alemán. Todavía hay muchas piezas del puzzle de la Segunda Guerra Mundial, y cada vez que se reencuentra uno, la historia se rescribe un poco. A veces, como en el caso de la impenitente Flegel, cuya existencia se dio a conocer sólo hace algunos años cuando la CIA liberó las transcripciones de antiguos interrogatorios de los OSS, los nuevos testimonios sólo requieren escribir una nota al pie de página. Pero en otras ocasiones emergen a la superficie materiales que exigen borrar capítulos enteros de la historia oficial. Fue sólo tras el derrumbe del comunismo, por ejemplo, que el Kremlin admitió a regañadientes que fue la policía secreta soviética, no las SS alemanas, las que asesinaron a miles de prisioneros de guerra polacos durante la Segunda Guerra Mundial. En 2000, fue el turno de Polonia de reexaminar sus archivos de la guerra, y del tema más grande del anti-semitismo, cuando un investigador estadounidense descubrió evidencias de que toda la población judía de una aldea llamada Jedwabne fue el trabajo de compatriotas polacos y no de los nazis, como sostenía en la versión oficial.
La historia tiene el hábito de barrer los episodios inconvenientes debajo de la alfombra. A pesar de haber pasado más de medio siglo (para no mencionar la aprobación de leyes norteamericanas a fines de los años noventa, ordenando romper el sello de innumerables documentos de la era que la CIA había considerado sea demasiado delicados o embarazosos como para desclasificar. Como esos documentos parcialmente accesibles, partes de la historia de Weiss han también emergido lentamente en el curso de los años, y esos fragmentos del pasado a menudo contienen espeluznantes paralelos con algunas de las cosas que están pasando hoy. Pero también él ha mantenido ocultas porciones cruciales de la historia. Ahora, por primera vez, está dispuesto a contar toda la historia, desde su improbable inicio hasta la extraña y nueva relevancia de su final largo tiempo sepultado.
En el otoño de 1945 Munich era una ciudad devastada y desmoralizada. Cada semana las listas de detención emitidas desde el cuartel general del contraespionaje estadounidense en Frankfurt se hacían más largas. La máquina de teletipos junto al escritorio de Weiss escupía nombres casi las 24 horas del día: científicos balísticos, ingenieros nucleares, químicos y físicos; oficinistas del partido, contables y financistas; ayudas de cámara, choferes y cocineros. Casi todos los que estuvieron estrechamente asociados al régimen derrocado tenían que ser atrapados y detenidos. Y en una ciudad como Munich, donde las cervecerías llenas de humo habían servido para albergar las primeras reuniones de los nazis, eso significaba un montón de gente.
Weiss y dos docenas de agentes del Cuerpo de Contraespionaje del Ejército CIC trabajaban en la casa requisada del gauleiter de Munich, el jefe local del partido, que se había apropiado de la mansión de un rico industrial judío. La mansión había de algún modo sobrevivido los bombardeos aéreos aliados y estaba en un vecindario tranquilo de clase alta que sufrió, relativamente, pocos daños. Pero quizás su principal recomendación era un profundo y seco sótano que había sido convertido en celdas de detención.
Desde la Gauleiter Haus, el territorio de Weiss -IV Región de la Zona Ocupada Americana- se estiraba por el sur hacia los lagos y bosques desde Baviera hasta los pasos y reductos montañosos a lo largo de la frontera austriaca. Baviera fue la cuna del movimiento nazi, el lugar de nacimiento y hogar de muchas de sus figuras dirigentes. Y debido al terreno montañoso y al fanatismo de algunos de sus habitantes, fue el área en el Sector Americano que representaba el mayor riesgo de resistencia, el equivalente alemán del Triángulo Sunní.
En toda Alemania los aliados estaban ansiosos de restablecer los servicios básicos e instalar gobiernos locales y seguir adelante, y una de las responsabilidades de Weiss era investigar a potenciales funcionarios sobre su pasado en el Partido Nazi. Era una tarea importante y agotadora, pero se mantenía especialmente alerta para los casos de fugitivos de alto valor que habían evitado la captura. Muchos de los matones de Hitler, especialmente de las temidas SS, todavía estaban libres, junto con montañas de lingotes de oro, y si montaban una revuelta, podrían dirigirla y financiarla. Un grupo de nazis conocidos ominosamente como los Licántropos ya había realizado ataques esporádicos y habían provocado órdenes para los marines de fusilar a los insurgentes. Esto provocó un caos en la moral de los militares norteamericanos, especialmente porque muchos de los alborotadores eran chicos de 16 y 17 que habían pertenecido a las Juventudes Hitlerianas.
Más inquietante, sin embargo, eran los persistentes rumores de que Hitler todavía vivía. "Nosotros estábamos seguros de que se suicidó en el búnker", recuerda Weiss. "Pero dado que Berlín formaba parte de la zona rusa, y los soviéticos no habían entregado ni testigos ni cuerpo, muchos alemanes se negaban a creer que Hitler hubiese muerto".
Los rumores de que Hitler había sobrevivido se estaban transformando en un problema serio, para no mencionar su potencial como punto de reunión de los alemanes que se negaban a aceptar la derrota. Se hablaba de que Hitler estaba escondido en una cueva en el norte de Italia, que vivía disfrazado de pastor en los Alpes suizos, que trabajaba como croupier en Evian, Francia. Un informe de agosto de 1945 lo tenía viviendo en Innsbruck bajo el alias de Gerhardt Weithaupt. (De acuerdo al libro de 1996, The Death of Hitler', de Ada Petrova y Peter Watson, 30 agentes del CIC siguieron esa pista hasta Innsbruck. Según otro informe, Hitler se encontraba con una flota de submarinos frente a las costas españolas.
Los rusos, que sabían muy bien dónde estaba el difunto führer ya que tenían sus restos calcinados en un laboratorio secreto en Moscú, enturbiaron más el asunto. Izvestia, el diario comunista oficial, sacó una historia en primera plana afirmando que él y Eva Braun se habían instalado con burgués esplendor en un castillo (con foso y todo) en Westphalia, en la Zona Británica.
Pronto los avistamientos de Hitler cubrían todo el planeta, desde Suecia hasta Irlanda y Argentina, donde se decía que Hitler, tras sufrir una operación de cirugía plástica, se dedicaba en un escondite subterráneo al desarrollo de autómatas-bomba de largo alcance. Incluso Washington se infectó con la fiebre paranoica, y envió un cable urgente a su embajada en Buenos Aires para que siguiera la pista: "Algunas fuentes indican que hay una entrada occidental al escondite subterráneo, que consiste de una muralla de piedra operada con células fotoeléctricas activadas por señales en código con linternas corrientes". Aparentemente, el asunto fue tomado con tal seriedad, de acuerdo a un libro de 1989 sobre la CIC, America's Secret Army', de Ian Sayer y Douglas Botting, que el propio director del FBI, J. Edgar Hoover, se involucró en él. Para octubre de 1945, las especulaciones sobre el paradero de Hitler habían alcanzado tal febrilidad que, dice Weiss, se tomó una decisión "al más alto nivel" para terminar de una vez para siempre con el misterio. Los británicos -que estaban especialmente enfurecidos por la sugerencia soviética de que Hitler estaba viviendo debajo de sus narices- fueron encargados de demostrar definitivamente que Hitler estaba muerto. Los mensajes empezaron a traquetear de las máquinas de teletipo del CIC para dar la máxima prioridad a la búsqueda de testigos que pudieran haber estado en el búnker con Hitler durante sus últimos días.
"El nazi de más alta jerarquía que todavía estaba libre era Bormann", dice Weiss. Martin Bormann, la Eminencia Gris, había sido secretario del Partido Nazi y guardián de Hitler. Controlaba el acceso a Hitler. Si alguien sabía lo que había pasado con Hitler, ese era Bormann. "Yo recordaba vagamente que su ayudante era de Munich".
Weiss rastreó los archivos y descubrió que la mano derecha de Bormann, el Standartenführer, Wilhelm Zander, en realidad era de Munich y todavía andaba suelto. Zander no sólo podía saber dónde se encontraba su jefe; había una buena posibilidad de que hubiera estado en el búnker justo antes de que fuera tomado por asalto por el Ejército Rojo. Weiss cogió la guía telefónica de Munich. Obviamente, había varios Zander.
"Detuve a su madre y hermana", recuerda Weiss. Se sorprendió de lo corriente que parecían. Eso era algo a lo que Weiss terminaría acostumbrándose: cómo los monstruos provenían de familias aparentemente tan normales.
Aunque su madre y hermana se pusieron a la defensiva e insistieron en que Zander no había hecho nada malo, finalmente a una de ellas se le escapó que tenía una novia mucho más joven en Munich. Era una llamativa mujer de pelo castaño, 21, que todavía vivía con sus padres. Weiss la hizo detener. Aunque él mismo apenas tenía edad suficiente como para comprar cerveza según las normas de hoy, Weiss podía entonces acordonar manzanas enteras de la ciudad y encarcelar a cualquiera por cualquier período de tiempo. No se necesitaba una orden de detención, y no había supervisión judicial. "Teníamos el poder absoluto", dice, con una sonrisa. "Los alemanes no estaban llamando la Gestapo americana".
Weiss envió a la novia no al cuartel del CIC en la elegante Gauleiter Haus, sino a una cárcel más grande llena de delincuentes comunes en las afueras de Munich. Allá, la dejó sola en una celda durante dos días para que considerara su destino. "Quería asustarla, darle tiempo de pensar" en todas las cosas terribles que le podían ocurrir. Era un método normal de interrogatorio con personas consideradas débiles. Resolver casos difíciles exigía un enfoque completamente diferente, y Weiss, que era uno de los pocos oficiales estadounidenses que hablaba alemán, estaba adquiriendo experiencia rápidamente como un avezado interrogador.
Cuando pensó que la tenía suficientemente guisada, Weiss la hizo llevar a un cuarto de interrogatorio vacío. La hizo quedar de pie, otra pequeña táctica psicológica aparentemente efectiva. "Estaba preparada para hablar", recuerda. "Admitió inmediatamente que era la amante de Zander". Weiss le preguntó cuando lo había visto por última vez. Esperaba que dijera que habían sido años, pero la mujer dijo que seis semanas antes. "Casi se me cayeron los dientes", dice Weiss. Eso significaba que la pista todavía podía estar caliente. La mujer tenía otra sorpresa para Weiss. Zander le había revelado, imprudentemente, el alias que usaba y dónde se estaba escondiendo. Weiss envió de inmediato un comunicado en código al cuartel del CIC en Frankfurt. El servicio secreto estadounidense notificó a la inteligencia británica, que envió a su principal detective a unirse a Weiss en la cacería.
El mayor Hugh Trevor-Roper no parecía para nada un agente secreto. Alto, demacrado y miope, daba la impresión de ser un profesor universitario distraído, que de hecho lo era en su vida civil -era profesor de historia en Oxford. Weiss informó a Trevor-Roper. Zander estaba usando el nombre Paustin y se hacía pasar por peón de alguien llamado Irmgard Unterholzener en un pueblo no muy retirado de Munich, llamado Tegernsee. El par tomó apresuradas medidas para allanar el lugar, pero cuando llegaron, Zander había desaparecido. Durante las siguientes tres semanas Weiss se dedicó a seguir pistas que resultaron ser falsas. Entonces, justo antes de Navidad, Weiss recibió una llamada de la oficina de enlace del CIC en Munsingen, Alemania. Alguien llamado Paustin había pedido un permiso de residencia -los alemanes, aparentemente aun cuando están de fuga, eran muy puntillosos- en la comisaría de policía de un pequeño pueblo alemán llamado Vilshofen, cerca de la frontera checa. Weiss llamó a Trevor-Roper. "Lo encontramos", dijo Weiss, excitado. A Trevor-Roper le tomó 24 largas horas llegar a Munich, mientras Weiss se daba vueltas, impaciente.
Cuando finalmente llegó, el par cargó sus armas -Weiss tenía una 38 en su pistolera; Trevor-Roper optó por una Colt 45, más grande- y se subieron a un todoterrenos abierto para hacer el frío trayecto de 90 minutos hacia Vilshofen.
Hollywood, en palabras de Weiss, no habría imaginado nunca un par tan improbable de cazadores de nazis. En fotos, Trevor-Roper, en un uniforme demasiado grande y gafas de culo de botella de Coca-Cola, se elevaba como una delgada torre sobre Weiss, que, aunque pesaba apenas 54 kilos cuando se había alistado, había redondeado su figura gracias a la bien provista mesa del comedor de la Gauleiter Haus. Pero las apariencias pueden engañar. El aristocrático catedrático de Oxford (Trevor-Roper, que se convirtió en uno de los más importantes historiadores de la Segunda Guerra Mundial, murió como Lord Dacre) y el impetuoso refugiado judío-americano formaban un equipo formidable.
En la oficina de enlace de Munsingen, pidieron refuerzos -varios policías militares y un joven agente del CIC. Weiss no recuerda bien el nombre completo de este último; un documento del servicio secreto de las fuerzas armadas de ese período lo menciona solamente como Agente Especial Rosener.
Weiss, Rosener y Trevor-Roper encontraron la granja poco antes de las 4 de la mañana. Era una vivienda de piedra, próspera y bien mantenida, y tranquila a pesar de las inminentes festividades. (A esta altura, parece haber algunas discrepancias en cuanto a la cronología de los acontecimientos. Petrova y Watson dicen que el allanamiento ocurrió el Día de los Regalos, el 26 de diciembre. Sayer y Botting los fechan el 28 de diciembre. Pero Weiss, cuyo clave papel está apuntado en ambos libros, todavía tiene un memorándum que escribió en la época en papel del CIC que data el allanamiento para Nochebuena). Cuando los policías militares echaron abajo la puerta, se escuchó un disparo desde la casa. El primer impulso de Weiss después de buscar cobertura fue desarmar a Trevor-Roper. "Era prácticamente ciego y yo tenía miedo de ser disparado por él, más que por Zander", recuerda Weiss. Los policías militares encontraron a un asombrado Zander desnudo en la cama con una mujer (no su novia) y lo dominaron rápidamente. Weiss cogió la Beretta italiana de Zander -un recuerdo que guarda hasta el día de hoy.
Los dueños de casa bajaron corriendo, consternados ante el alboroto. Se armó un buen griterío, no poco de Zander, que exigía saber quiénes eran sus perseguidores y qué querían.
"Somos estadounidenses y hemos venido a arrestarle", dijo Weiss.
"¿Por qué?", preguntó Zander.
"¿Cómo se llama?"
"Paustin".
"¿Tiene su carné de identidad?"
Zander mostró un carné de identidad: Decía que tenía bien entrados los treinta, de casi 1 metro 83 y de complexión mediana, que era todo correcto. La foto mostraba también un buen parecido; pelo negro y fresco, los ojos claros con una arrogante mirada que aparentemente había convertido a Zander/Paustin en un galán.
"Es falso", dijo Weiss. "Usted se viene con nosotros".
Durante todo el trayecto a Munich, mientras Weiss conducía y Rosener custodiaba al prisionero esposado, Zander mantenía su inocencia. "No dejaba de gritar: ¿Para qué me quieren?'", recuerda Weiss. "Le decíamos: Te lo diremos cuando lleguemos'".
Cuando llegaron a la Gauleiter Haus, comenzaron a interrogarlo de inmediato. "Queríamos interrogarlo con el shock de la detención todavía fresco. Trevor-Roper, como el oficial superior, dirigió el interrogatorio, y Weiss hizo de intérprete la mayor parte de las veces. Lo interrogaron durante 10 horas, y Zander continuó insistiendo en que era un caso de confusión de identidades.
"Lo confrontamos con todos los hechos de su vida", recuerda Weiss. El objetivo era mostrar a Zander que el servicio secreto aliado ya sabía todo sobre él, que no tenía sentido continuar con la farsa. Las respuestas de Zander empezaron a contradecirse y Zander subió la presión.
"Tenemos a su madre y hermana", le dijo. Esto no era verdad. Weiss sólo había detenido a su novia. Pero Zander no lo sabía.
Finalmente, con gran solemnidad, dijo: "Tenéis razón. Soy el Standartenführer de las SS, Wilhelm Zander".
Lo fue particularmente dramático, pero lo habían quebrado. Ahora podía empezar el verdadero interrogatorio. ¿Cuándo vio por última vez a los jefes nazis Goebbels, Goering, Himmler? ¿Quién estaba en el búnker con el führer en sus últimas horas? ¿En qué circunstancias se vio Zander con Bormann? ¿Cómo salió del búnker del führer? ¿Qué ruta tomó? Trevor-Roper estaba especialmente interesado en los nombres de los funcionarios subalternos que pasaron con Hitler sus últimas 48 horas, personal de servicios, como Erna Flegel, cocineros, choferes, guardias, etcétera.
Una vez que Zander abandonó su identidad como Paustin, habló sin parar durante seis horas. Como si fuera una ocurrencia tardía, Weiss le preguntó por qué había salido del búnker.
"Me enviaron en una importante misión como correo", dijo Zander, flemático. "Supongo que queréis los documentos".
Absolutamente, dijo Weiss, aunque no tenía ni idea de qué le hablaba Zander. "¿Dónde están?"
Ese mismo día Zander condujo a Weiss y Trevor-Roper de vuelta a Tegernsee, donde se había escondido originalmente. Había un pozo seco en la parte de atrás de la propiedad de los Unterholzer, y apuntó hacia el fondo. Weiss sacó del fondo una maleta de vinilo. A primera vista, contenía solamente el uniforme de las SS desechado de Zander. Pero tras un examen detenido encontraron un compartimiento secreto. En él había un sobre de color crema.
Weiss lo rompió. "Oh, Dios mío", gritó, cambiando involuntariamente a su lengua materna. Tenía en sus manos el Testamento Político y Última Voluntad' de Hitler.
"Dejádme mostraros algo", dijo Weiss, interrumpiendo su relato. Me toma un segundo dar el salto desde 1945 al presente, para acostumbrarme al ambiente de la oficina. Miro el felpudo decorado de ejecutivos, esas lápidas de cristal que usan los banqueros de inversiones para conmemorar los grandes contratos, la nota enmarcada de la edición del 6 de junio de 1994 del Wall Street Journal: 1.086.460.000, se lee en grandes letras de titular, la cantidad de dinero que hicieron los seis fondos que gestionan los EMP. Hay un modelo a escala de un Boeing 757 con los colores de la compañía de una línea aérea asiáticas (una de las inversiones de la empresa) en el alféizar de la ventana, compitiendo por espacio aéreo con los aviones de verdad que cruzan sobre el Potomac en su giro final hacia el Aeropuerto Nacional Reagan.
"Aquí, lo tengo conmigo". Weiss escarba en su maleta, que definitivamente no es vinilo. Todos se visten bien en el elegante cuartel de los EMP en la Avenida de Pensilvania, pero sólo el presidente -un ex primer ministro de Pakistán y vice-presidente del Banco Mundial- es más elegante que Weiss.
"Ahí", dice Weiss, entregándome un fajo de papeles viejos.
Hay fotostatos de 1946. Sorprende la simplicidad de los documentos. Con toda la pompa que rodeaba al Tercer Reich, esas humildes hojas ni siquiera llevaban un sello oficial. Impresas en papel de escribir blanco corriente, del tipo de que se encuentra en cualquier oficina, tienen un sospechoso aspecto de humedad. Pero son reales, autentificados por el FBI en 1946, de acuerdo a America's Secret Army'
Mein privates Testament', se lee en el titular subrayado de la primera página. Está fechado el 29 de abril de 1945, a las cuatro de la mañana, y en el dorso hay cinco firmas. La primera es pequeña y apretada, como un rayo comprimido: Adolf Hitler. Las otras son más expansivas y descaradamente ambiciosas, como las de Martin Bormann y Joseph Goebbels, el ministro de propaganda que se mató a sí mismo y a su familia en el cuarto junto al de Hitler en el búnker.
Las mismas firmas agracian un segundo documento, considerablemente más largo, titulado Mein politisches Testament', en el que Hitler despotrica contra sus generales, expulsa del Partido Nazi a Himmler y Goering y nombra al gran almirante Karl Doenitz como su sucesor y nombra a todo el gabinete de 17 miembros. En el paquete que Zander tenía que entregar a Doenitz había un tercer documento -el certificado del matrimonio in extremis de Hitler con su amante de toda la vida, Eva Braun. Pero Weiss no hizo una copia de él. (Weiss recibió un fotostato de los testamentos junto con un memorándum de felicitaciones datado el 7 de enero de 1946, de un general de brigada cuya firma es ilegible. Los originales se encuentran en los Archivos Nacionales. "Los testamentos debían ser usados para rehabilitar a Hitler, cuando en el futuro los alemanes se levantaran de nuevo", escribió con su propia y firme letra manuscrita en un memorándum de 1946 que termina triunfante: "Caso cerrado". (Weiss tenía motivos para sonar exultante: Por encontrar la prueba definitiva de que Hitler estaba muerto -en su testamento, Hitler dice que prefiere terminar con su propia vida antes que se exhibido por un animal de zoológico-, Weiss recibió la Medalla de Encomio del Ejército y una recomendación para una Estrella de Bronce).
En cuanto a por qué Zander no había entregado los documentos a Doenitz, el memorándum de Weiss, ahora amarillo por el tiempo, sugiere que esa información estaba por encima de su grado. Sin embargo, Trevor-Roper tuvo acceso a otros interrogatorios con el correo caprichoso de las SS. "Un hombre educado a medias, estúpido, pero honesto", escribió en su informe final, publicado en 1947, "Zander sólo quería una muerte silenciosa para poner fin a una vida desperdiciada y expiar las ilusiones que era demasiado tarde para abandonar". Aparentemente, el leal hombre de las SS había suplicado no realizar su última misión. Como idealista, quería morir junto a su führer. Pero, de acuerdo a Trevor-Roper, Hitler rechazó su petición y le ordenó entregar los documentos de su sucesión. Cuando pensó que Hitler había muerto, Zander dejó de creer que la Alemania nazi tuviera algún futuro y simplemente arrojó los documentos a un pozo. Weiss no encontró nunca a Bormann, cuyo esqueleto fue descubierto en Berlín en 1972, provocando especulaciones de que se había suicidado poco después de salir del búnker de Hitler.
Weiss todavía se sorprende de la mezcla de ingenuidad y arrogancia de Hitler de creer que el Tercer Reich sobreviviría la derrota o de que sus órdenes pudieran ser cumplidas después de su muerte. "¿Se imagina?", dice. "Hitler estaba todavía tratando de gobernar Alemania desde la tumba". Pero asuntos más mundanos también ocuparon los últimos pensamientos de Hitler: Quería que sus pinturas fueran donadas a una galería de arte en su ciudad natal de Linz y que algunos recuerdos personales se repartiesen entre sus secretarias, especialmente Frau Winter. "Como ejecutor testamentario nombro a mi fiel compañero del Partido, Martin Bormann", escribió Hitler. "Tiene toda la autoridad legal para entregar a mis familiares... especialmente a la madre de mi esposa... todo lo necesario... para llevar el estilo de vida de la pequeña burguesía".
Sin embargo, las últimas palabras escritas por Hitler, ordenaban a los futuros líderes de Alemania a "resistir implacablemente al envenenador universal de todos los pueblos, a la judería internacional". Así, es una de esas ironías de la historia que la primera persona en leer esas palabras fuera un joven judío-alemán americano y que actuaba ahora como instrumento de la justicia.
Weiss nació como Hans Arnold Wangersheim en una familia de judíos asimilados de clase media que habían vivido pacíficamente en la Franconia alemana durante casi cuatro siglos. El padre de Weiss, Stefan, cubría las noticias deportivas para el diario Nuremburg Acht-Uhr Abenblatt, y sus columnas horteras y obstinadas sobre las victorias y fracasos de los clubes de fútbol locales le dieron un aura de celebridad menor también disfrutada por contemporáneos como Tony Kornheiser. En esos días los periodistas deportivos no tenían los contratos de producción del ESPN [Entertainment and Sports Programming Network], y los Wangersheim vivían modestamente en un barrio de clase obrera donde las nacientes fuerzas del fascismo y el comunismo competían rabiosamente, y a menudo violentamente, por el apoyo de los residentes.
Los más tempranos recuerdos de Weiss de su padre son de un hombre musculoso con un planchado uniforme de gimnasia blanco, balanceándose graciosamente en las barras paralelas. "Se veía elegante, o así lo parecía para alguien que era muy joven".
Weiss tenía 6 cuando se divorciaron sus padres en 1930.
Aparentemente, su padre prefería la sudorosa compañía de sus colegas deportistas, y las largas, lánguidas noches en las cervecerías, a cuidar de sus tres hijos. Es posible que haya una mujer en la historia, pero el tema era demasiado doloroso, y Weiss nunca lo mencionó frente a su madre. De todo punto de vista, los trámites del divorcio fueron turbios y rencorosos. La madre de Weiss, Thekla Rosenberg, un ávida atleta y jugadora de tenis, recibió la tutoría del joven Arnie y sus dos hermanas, Beate y Evelyn, pero no alimentación para Stefan, que quedó fuera de toda responsabilidad parental.
En la época, la Gran Depresión hacía estragos a ambos lados del Atlántico. En la Alemania de Weimar, el agregado peso de las reparaciones de guerra exigidas por el Tratado de Versalles a final de la Primera Guerra Mundial hacían su situación desesperada. La madre de Weiss tenía que tomar una decisión difícil. Con su salario de contable no podía criar a los tres niños. "No había suficiente dinero para que comiéramos todos", recuerda Weiss. "Las niñas necesitaban más protección, así que yo era el candidato a ser colocado en un orfelinato".
El orfelinato judío ortodoxo al que fue enviado Weiss en 1930 (o 1931 -no recuerda bien) estaba en un suburbio de Nuremberg conocido como Furth. La rutina era severa: se levantaban antes del alba para las oraciones matutinas en la sinagoga de al lado, luego se marchaban a la escuela y tres horas de clases de hebreo, seguidas de dos horas más de estudios talmúdicos antes de las oraciones de la noche. La comida era pésima; la privacidad, inexistente; y entre el acoso de los niños más grandes y la estricta disciplina de los administradores del orfelinato, las golpizas eran un rasgo corriente de su vida.
Weiss describió los detalles en un testimonio oral que dio en 1996 para el Holocaust Memorial Museum en Estados Unidos. "Era muy lúgubre", dijo en su testimonio grabado, "incluso antes de que llegaran los nazis al poder".
Interrogado por el curador si se sentía abandonado, Weiss respondió "Sí" después de una larga pausa. "Yo diría que es un comentario adecuado".
La separación de su hermana de dos años, Evelyn, fue lo más duro. "Simplemente la adoraba. Era como un juguete". Weiss todavía veía a su madre y hermanas durante unas horas cada tantos meses, pero no era lo mismo. Inevitablemente empezaron a apartarse. Pero el orfelinato estaba a corta distancia del apartamento de su abuela materna, que le daba al menos una comida decente a la semana y generosas muestras de afecto.
Sin embargo, dice, la vida en el orfelinato no era tan mala. Siempre había alguien con quien jugar, así que nunca te sentías solo. Esos escondites endurecieron la piel, y aprendías rápidamente a cuidar por ti mismo". "Vivir en comunidad, una vez te acostumbrabas, tenía todo tipo de cosas positivas, que más tarde en la vida fueron muy convenientes". Weiss atribuye su educación en el orfelinato a su comodidad en las instituciones oficiales, sean las fuerzas armadas, en las que se alistó en 1942 como artillero de bombarderos B-17 antes de ser reclutado por el servicio de inteligencia, o el ministerio de Hacienda, al que se incorporó en 1952 después de obtener su diploma en leyes, o al timón de los grandes bancos de desarrollo internacionales y bufetes de abogados donde pasó la mayor parte de su carrera en Washington.
"Una de las cosas que te enseña", dice sobre vida en el orfelinato, "es a guardarte tus sentimientos, a rodearte de murallas y, sobre todo, no mostrar nunca ni emociones ni debilidad".
Esa dureza mental era una herramienta crítica para sobrevivir en Furth, ya que Weiss tenía la desventaja adicional de ser demasiado chico para su edad. "Yo era un renacuajo", explica en las cintas del Museo del Holocausto. "No creo que llegara a más de 1 metro 65 o 1 metro 67. La raza aria se veía un poquito mejor en nuestro vecindario".
Con su kipa y rizos característicos a los lados, Weiss era un blanco natural de los matones locales, especialmente los agresivos jóvenes de las Juventudes Hitlerianas, que estaban más que contentos de practicar con los huérfanos judíos lo que predicaban los líderes adultos. "¿Trataste de defenderte?", pregunta el entrevistador del Museo del Holocausto. "Yo corrí la mayoría de las veces", replica Weiss. "Pero a veces me alcanzaban y me molían a golpes".
Fue desde ese desgraciado punto de vista que Weiss observó el crecimiento de los nazis. Hacia mediados de los años treinta, las filas del orfelinato se habían duplicado, a medida que los padres judíos empezaron a desaparecer en la creciente red de los campos de prisioneros de los nazis. Weiss recuerda vívidamente la última vez que vio a su propio padre en 1935. "Vino al orfelinato, que era raro porque yo no había oído nada de él durante más de dos años. Dimos un largo paseo junto al canal y recuerdo que hizo algo muy extraño. Puso sus manos en mi cabeza y rezó. Eso era muy inusual porque mi padre no era religioso. Es probable que no nos veamos nunca más', dijo. Voy a tratar de salir de Alemania'. Esa fue la última vez que lo vi". Stefan Wangersheim fue detenido poco después de visitar a su hijo.
Había otros malos presagios que ni siquiera un niño de 11 podía ignorar. En 1937 la comida en el orfelinato se había hecho escasa, y mientras más y más judíos escapaban, eran arrestados o les confiscaban sus negocios menos dinero había disponible para los huérfanos. "Para ganar unos marcos extras, nos alquilaban para rezar en funerales", recuerda Weiss. "A ninguno de nosotros nos gustaba hacer eso".
Al mismo tiempo, había una masiva entrada de nuevos estudiantes en la única escuela judía de Furth, a medida que los judíos eran expulsados de otras instituciones académicas. Los traslados incluyeron a Henry Kissinger y su hermano menor, que estaba en el curso de Weiss. (Muchos años más tarde, Kissinger le contó a Weiss en un banquete, que, desgraciadamente, él no se acordaba de él). En 1938, las filas del orfelinato se habían casi triplicado y la dieta de los niños se redujo principalmente a patatas. A algunos niños empezaron a perder sus dientes por malnutrición, y las encías y molares de Weiss estaban seriamente debilitadas por la deficiencia en vitaminas.
Entonces, un día de febrero de 1938, llegó la salvación. A Weiss le dieron una maleta de cartón y le dijeron que empacara. "Te vas a América", le dijeron. No sabe cómo y por qué fue escogido para ser evacuado, de entre todos los niños del orfelinato. Quizás un golpe de suerte y la buena voluntad de algún familiar distante. ¿Cómo fue que Weiss fue elegido para el pequeño lote americano incluso un mayor misterio, ya que en comparación con Gran Bretaña, Rusia y otros refugios, Estados Unidos imponía severas restricciones a los refugiados judíos.
A Weiss no le importaba el por qué ni el cómo de su rescate. Simplemente quería salirse. "Como no tenía una relación fuerte con mi madre y hermanas debido a que habíamos estado separados durante ocho años, lo vi como una gran aventura y estaba encantado de poder ir".
La sabiduría callejera que había adquirido en Furth le sirvieron mucho en Estados Unidos, donde tuvo una recepción decididamente glacial. Cuando desembarcó en Nueva York, no pudo encontrar un lugar donde vivir y lo pusieron en un tren hacia Chicago, donde había menos refugiados compitiendo por casas. "Llegamos a Chicago a las 3 de la mañana, y vi un tren saliendo hacia Milwaukee", recuerda. "Había oído decir que allí hablaban alemán, así que me subí y me encerré en los servicios". En Milwaukee vivió con los sin techo en la estación de trenes y comió en las comedores populares hasta que lo detuvo la policía. Fue enviado a un orfelinato, pero seguía escapándose. "Lustraba zapatos y recogía diarios". Finalmente una familia de tenderos lo recogió en el pequeño pueblo de Janesville, Wisconsin. Hizo la secundaria y luego a la academia de relojeros porque su padre adoptivo pensaba que todo el mundo debía tener un diploma. "Ese período fue el más feliz de mi vida", recuerda Weiss. "Tenía padres cariñosos y una vida como adolescente completamente normal, que nunca di por sentado".
El soldado que volvió a Nuremberg en 1945 con la división 45, era una persona diferente al refugiado que había salido siete años antes. Tenía un nuevo nombre, sacado en préstamo de la espalda de un jersey de una veloz estrella del fútbol de la Universidad de Wisonsin; una nueva familia, en Janesville; y una nueva nacionalidad y lengua materna, que hablaba con el monótono acento del Midwestern. Tampoco era un niño, obligado a huir de los matones nazis. Era un hombre, miembro del ejército más poderoso que había visto el mundo, y era su turno de perseguir.
Avanzando a través de una Nuremberg llena de francotiradores, Weiss apenas reconoció la ciudad en la que había crecido. Ahora sus angostas calles estaban demasiado llenas de escombros como para que pasaran los tanques estadounidenses. La manzana donde habían vivido sus padres era un casco ardiendo; su antiguo orfelinato estaba silencioso y vacío. Casi toda la gente que había conocido, había muerto: el estricto, pero bondadoso director del orfelinato, los niños con los que había compartido las literas, los amigos con los que había ido a la escuela. Sus tíos se habían matado antes que se deportados a un campo de exterminio. Y su abuela, la persona que más cerca estaba de él en el mundo, la cálida, cariñosa mujer a la que visitaba escapándose del orfelinato, había sido enviada al gueto de Theresienstadt en la República Checa, y luego a Auschwitz en Polonia para transformarse en una de los 6 millones de judíos asesinados en la guerra.
Su madre y hermanas, felizmente, habían logrado, mediante sobordos, salir de Alemania, luego a Inglaterra y Portugal y finalmente, con la ayuda de Weiss, a Estados Unidos. Pero Weiss tenía poco tiempo para la reflexión o la pena. Las unidades de avanzada del 45 habían recibido órdenes de los cuarteles del Séptimo del Ejército de avanzar hacia Dachau para liberar el campo antes de que un grupo de prisioneros altamente valiosos políticamente fueran retirados o matados. (Según recuerda Weiss, entre los VIPs se encontraban Leon Blum, el primer ministro francés; el antiguo canciller de Austria; el depuesto jefe de estado de Hungría; algunos obispos y cardenales; y un pariente alemán de la familia real británica). Lo que más recuerda de Dachau, sin embargo, era el olor. "Todavía tengo sueños sobre eso", dice. En el campo había estallado una revuelta antes de la llegada del 45 y mientras las SS controlaban partes del perímetro, los crematorios no habían funcionado durante varios días. Los cuerpos estaba apilados, o yacían descomponiéndose entre las largas hileras de barracas de madera. Donde los guardias SS todavía vigilaban desde las torres, cerca del principal terraplén de rieels, se pudría todo un tren de carga con cadáveres. "Las SS no dejaban que nadie se acercara a descargarlo. La gente encerrada en los vagones de ganado habían muerto por sofocación o de sed", dice Weiss.
Aunque el campo había sido técnicamente liberado, los prisioneros estaban tan débiles y esqueléticos que siguieron muriendo a razón de varios cientos al día. Algunos se arrastrarían con manos y pies para salir por los hoyos cortados en el alambre de púa, para morir fuera, libres. Otros estaban empecinados buscando y matando a los capos, los prisioneros carceleros con porras que, a cambio de raciones extra, eran tan brutales como los guardias SS para los que trabajaban. "Grupos de gente caían sobre ellos y los descuartizaban parte por parte".
Weiss no encontró a los prisioneros a los que debía salvar su unidad. Habían sido retirados por el ejército regular alemán en su retirada, de modo que las SS no mataran elementos potencialmente valiosos para negociar. Pero escarbando en los archivos no oficiales de las víctimas de Dachau que habían sido compilados secretamente por los prisioneros desde mediados de los años 30 y escondidos en vigas ahuecadas, Weiss encontró un nombre que reconoció de inmediato: Stefan Wangershei, su padre. (Muchos años más tarde, Weiss se enteraría de que su padre había sobrevivido y emigrado a Brasil con una nueva esposa. Murió antes de que Weiss tuviera la oportunidad de volver a verlo).
El verdadero trabajo de Weiss empezó cuando terminó la guerra. La vasta máquina de muerte que había formado Hitler tenía incalculables partes y una miríada de cómplices, y la mayoría de ellos no desaparecieron con el suicidio de Hitler. El trabajo de identificar y hacer pagar a los que tenían las manos llenas de sangre de millones de víctimas no sería ni fácil ni rápido. Weiss tenía una desalentadora lista de miles de nazis buscados. Recuerda uno en particular, un hombre que ni siquiera se había tomado la molestia de mudarse de su domicilio de preguerra o asumido otra identidad. Weiss simplemente lo miró en la guía telefónica de Munich y llamó a su puerta una mañana temprano en 1946.
Por qué no había tratado el hombre de cubrir sus huellas era un enigma. Quizás pensaba que después de tantos meses nadie lo buscaría. O quizás que se podía esconder detrás de su bajo rango. Era un soldado enlistado; había muchos más peces gordos a los que los americanos querían prender. Pero había pertenecido a las Calaveras de las SS, el infame batallón con la tarea de liquidar a los judíos de Europa, y Weiss, si estaba en sus manos, no permitiría que escapara ni el soldado de más bajo rango de esos escuadrones de asesinos.
"Ese tipo estaba libre en Munich sin ninguna preocupación mientras la mayoría de la gente a la que yo conocía había muerto", dice. "Y en esa época no podíamos todavía comprender la enormidad de lo que habían hecho".
De todas las ramas de las SS, fueron las Calaveras, y en especialmente su Einsatzgruppen y unidades de sondercomandos, que administraban los campos de exterminio y encerraban a aldeas enteras en sinagogas para quemarlos vivos. Había los que cavaban fosas comunes en las afueras de la ciudad y echaban camionadas de tierra sobre mujeres y niños que jadeaban por aire. Fueron los Calaveras las responsables de idear métodos más eficientes de asesinato. En Auschwitz, el pináculo de su dedicación, "tramitaron" a 60.000 personas al día.
El hombre había sido guardia en Auschwitz y Theresienstadt. Estaba apuntado en su ficha militar de identidad que, sorprendentemente, todavía llevaba cuando Weiss lo capturó, como si esos documentos fueran de algún modo marcas de distinción. Tampoco intentó negar quién era o dónde había trabajado, una vez que Weiss lo puso en una celda de concreto vigilado por dos policías militares.
"He interrogado a gente muy mala", recuerda Weiss, "pero había algo en este tipo, una absoluta ausencia de remordimiento. Era indiferente, como si no hubiera hecho nada".
Estaba en sus treinta, sin afeitar y pálido. Estaba borracho cuando Weiss lo capturó, pero dos días en la celda le había hecho recuperar la sobriedad lo suficiente como para empezar a darse cuenta que estaba en problemas. Estaba claro para Weiss que el hombre probablemente no había terminado la escuela primaria, y su alemán era el gutural dialecto bávaro que se habla en los rangos más bajos de la clase obrera.
Weiss dice que estuvo menos de una hora en la celda, obteniendo la información que necesitaba: nombres de los superiores, otros guardias, etcétera. "Sólo quería salir de ahí y ducharme".
"Supongo que me impresionaba su absoluta ausencia de humanidad. Para él, Auschwitz había sido simplemente un trabajo. El hecho de que se matara a más de un millón de personas no le preocupaba en absoluto. No veía como gente a los judíos".
Weiss pensó en su padre, en sus amigos en el orfelinato, en su abuela. El hombre de las SS había trabajado en los mismos dos campos donde había sido enviada. Era sólo un diente pequeño de la máquina homicida y eso significaba que tenía poco valor para los cuarteles en Frankfurt. A diferencia de Zander, nadie tenía que empujarlo en la cadena alimenticia de la inteligencia. En ese sentido, el hombre había tenido razón en no ocultarse. Nadie en el Comando Aliado estaba especialmente interesado en alguien de su jerarquía. pero si quería que su bajo rango de algún modo lo salvaría de la justicia, estaba decididamente equivocado.
"¿Cómo lo hizo?", pregunté a Weiss. "Los capos", explica, "de ellos sacamos la idea. Habíamos visto lo que los DPs hicieron a los capos, y nos dimos cuenta de que nos podían hacer un favor".
Las DP, o personas desplazadas, eran supervivientes de campos de exterminio y de prisioneros de guerra -judíos, polacos, rusos, húngaros, refugiados de prácticamente todas las nacionalidades que o no podían volver a casa o no tenía casa donde volver. En Europa eran cientos de miles y albergaban en enormes campos temporales de DPs. Varios de esos campos de refugiados, antiguas barracas del ejército alemán, estaban cerca de Munich,
"Estudiamos un poco de historia militar y no había nada en los libros que impidiera que entregáramos a los sospechosos para otros interrogatorios de los DPs", recuerda Weiss. No sabe con certeza dónde se originó la idea, o quién la puso primero en circulación, o lo extendida que estuvo. "Sinceramente no sé quién lo inventó. Tampoco creo que lo reconocieran".
Aunque era perfectamente legal bajo la ley militar entregar a los sospechosos para posteriores interrogatorios de los DPs, dice Benjamin Ferencz, que fue el fiscal jefe estadounidense en los Tribunales de Crímenes de Guerra de Nuremberg en 1945 y 1947, entregar a prisioneros a sabiendas que serían ejecutados no lo era. Y, por supuesto, los DPs no estaban interesados en extraer información.
Ferencz, que tiene 85 y vive en Nueva York, advierte contra emitir juicios morales de silla mecedora. "Alguien que no estuvo allá no entendería nunca lo irreal que era la situación", dice. "Una vez vi a un DP golpear a un hombre de las SS y luego amarrarlo a una camilla de acero de un crematorio. Lo empujaron hacia el horno, subieron la temperatura y lo sacaron. Lo volvieron a golpear y lo metieron al horno, hasta que lo quemaron vivo. Yo no hice nada para impedirlo. Supongo que pude haber mostrado mi arma o disparado en el aire, pero no tuve ganas de hacerlo. ¿Me transforma eso en cómplice de un asesinato?"
Ferencz -que hizo una distinguida carrera legal, se transformó en uno de los fundadores del Tribunal Penal Internacional y es probablemente la principal autoridad en jurisprudencia militar de la época- no puede tratar específicamente las acciones de Weiss. Pero dice que es importante recordar que las normas militares legales de la época permitían un montón de flexibilidades que hoy no serían aprobadas. "¿Sabes cómo obtuve esas declaraciones de testigos?", dice. "Iría a un pueblo donde, digamos, había caído un soldado en paracaídas y lo habían golpeado hasta matarlo, y pondría a todo el mundo contra la pared. Entonces les diría: Al primero que mienta lo voy a matar aquí mismo'. Nunca se me ocurrió que declaraciones obtenidas mediante presión pudieran ser inválidas".
Weiss dice que su unidad tenía su propia ética cuando se trataba de entregar antiguos guardias de los campos de exterminio a los DPs. "Eso no lo podía decidir tu solo", dice. "Tenías que consultar con otros agentes del CIC, y normalmente había un oficial de servicio. Nosotros no lo habríamos hecho nunca", agrega, "sin tener al menos una inclinación de cabeza de un superior".
La clave era cerciorarse de que no se trataba de casos de confusión de identidades. Los hombres de las SS tenían que reconocer su participación en los crímenes de masa de su propia voluntad, nunca como resultado de la tortura, ya que la gente tiende a confesar cualquier cosa en esas circunstancias, dice Weiss. Como respaldo, "yo escribía un relato detallado de sus antecedentes en la guerra, incluyendo bajo con quién habían servido, cuándo y bajo quién". Eso era verificado a su vez con los archivos nazis para cerciorarse de que la persona era en realidad la que ellos decían. Sólo entonces se tomaba una decisión, dice Weiss.
Weiss recuerda el pánico en los ojos de los hombres de la SS cuando finalmente se daban cuenta de dónde estaban siendo llevados. "Nunca les dijimos hacia dónde iban", dice. A la vista de las viejas barracas del ejército alemán, se daban cuenta de su destino. Algunos trataban de agarrarse al campero, pero el comité de recepción los sacaban a la fuerza. Weiss dice que nunca miró por el espejo retrovisor para ver qué ocurría después. No necesitaba hacerlo.
En total, Weiss recuerda haber participado en una docena de casos. Hubo casos similares en otras unidades del CIC, dice Weiss, pero no conoce las circunstancias de esos casos ni cuántos fueron. Weiss dice que ya no recuerda la mayoría de los nombres de los que fueron entregados a los DPs y que incluso si lo recordara no lo divulgaría porque sus descendientes podrían buscar reparación.
Sin embargo, dice que nunca tuvo reparos morales sobre sus acciones. "Nunca lo pensé después de la guerra", dice. "El punto es: ¿Qué haces con estos tipos? Los tribunales de guerra ya estaban embotellados con nazis más importantes. Las cárceles estaban llenas. Se iban a escurrir por entre las grietas".
La abrumadora mayoría de los guardias de bajo nivel de las SS escaparon efectivamente a la justicia.
Ferencz procesó a miembros de los Einsatzgruppen. "En estos escuadrones de la muerte había 3.000 miembros que no hicieron otra cosa que matar mujeres y niños durante tres años seguidos", dice. "Esos 3.000 hombres fueron responsables de casi un millón de asesinatos. ¿Sabes a cuántos logré llevar a tribunales? Veintidós. El resto no fue juzgado nunca.
"Recuerdo haber hablado con oficiales soviéticos", agrega. "Y estaban desconcertados. Sabéis que son culpables', decían. ¿Por qué no les matáis?' Después de la guerra habían muchos que pensaban así en Alemania".
Weiss, por su parte, dice que nunca fue a Alemania con la intención de vengarse. "La rabia que sentía se disipó cuando vi la devastación y destrucción de la sociedad alemana. El pueblo alemán pagó duramente por su infatuación con Hitler. Pero eran tiempos en que simplemente había que hacer justicia".
25 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
niña boxeadora 4
[Kurt Streeter] Seniesa conoce a la devastadora Durán y se prepara para enfrentarse a una dura rival. Fuera del ring aumentan los problemas. Crecer no es fácil.
"Abajo, ahora arriba, nena", le dijo su padre, que estaba parado al otro lado de las cuerdas, observando. "Rápido, rápido. Dale, trabájalo. Ahora aplícale el durán".
Seniesa brincó en sus pies, manteniendo los guantes frente a su cara y zigzagueando hacia el otro boxeador, un niño un año mayor y 4 kilos y medio más pesado. Él se retiró hacia las cuerdas. Ella lanzó un golpe. Se encorvó. Retrocedió.
El cuerpo del niño se derritió entre las cuerdas. Lanzó unos pocos débiles golpes, y luego se mantuvo a distancia.
"Durán", dijo su padre.
Ella eludió un golpe desviándose ligeramente hacia su derecha. En posición perfecta, se enroscó, con el brazo derecho doblado, y luego bajó el puño hasta su cintura. Entonces lo lanzó. Su puño salió haciendo una pequeña U, doblándose al principio, y luego corrigiéndose en el aire, antes de aterrizar -guap- en el estómago del niño.
Seniesa Estrada, 11, había cambiado su gimnasio por el Solid Rock Boxing, una vieja tienda con un solo ring, donde un antiguo chapero llamado Gil Valdez estaba ayudando a Joe Estrada, 44, su padre, a prepararla. Ella había aprendido toda una gama de golpes. Uno era llamado "el durán", un poderoso golpe de giro como el que perfeccionó el legendario campeón Roberto Durán.
Pero se necesitaría más que un durán para convertir a Seniesa en campeona. Fuera del ring, el mundo tenía sus modos de secuestrarla. Si no era su madre, que la sofocaba con su preocupación de que pudiera pasarle algo, eran sus hermanos, que mataban el tiempo en la calle donde podían matarles, o su padre, un ex drogadicto que estallaba con tal rabia que podía meterse en problemas con la policía. Seniesa misma tenía problemas. Una parte de ella quería ser la púgil de sus sueños, pero otra parte quería seguir siendo una niña. No pasaría mucho tiempo cuando debiera enfrentarse a su oponente más dura, una chica como ella en muchos sentidos. Y la niña era dura.
Más dura que este niño en el ring, cuyo nombre era Richard. Se arrastró a su esquina. Tenía sangre debajo de la nariz. Su preparador lo alumbró. "Vamos, tienes que golpearla primero, o te golpeará ella a ti. Deja de pelear como si le tuvieras miedo. ¿Qué te pasa?"
Richard escupió su protector bucal. "Es tan rápida", jadeó. "Tan rápida".
Su entrenador dejó que le dieran otra paliza. Durante un minuto, él y Seniesa intercambiaron una serie de golpes, hasta que ella lo arrinconó nuevamente contra las cuerdas.
"Durán". Guap. "Durán". Guap. "Durán".
Richard se cubrió con sus brazos y guantes. Quería que terminara. Finalmente sonó la última campana. En su rincón, apoyó su frente sobre la cuerda de arriba. Una lágrima rodaba por sus mejillas, y se frotó el lado donde habían aterrizado tantos de sus golpes. "Duele", murmuró, tocándose el estómago. "Duele".
Saniesa se sentó junto a él a una larga mesa junto al ring. Metió los guantes en su bolso negro. Evitó mis preguntas, como si pudiera arruinar la magia de saber que ella podía derrotar a cualquier niño de su tamaño en Los Angeles Este. Cuando subió la cremallera de su bolso, se encaminó hacia su padre.
Richard la miró, sonrió y sacudió su cabeza. "Pegas muy fuerte", dijo. Le causaba risa que una niña pudiera ser tan buena. Todo lo que hacía era reír. "Seniesa pega muy fuerte".
Seniesa, la amazona, era tan dura y fría como sus golpes. Por la noche, soñaba que peleaba en un ring rodeada de cámaras, luces destellantes y gente. Despertaba lanzando golpes cortos y ganchos.
En el día se imaginaba que era una púgil famosa, con dinero, suficiente para comprar una casa. Una casa, pero no en un lugar pituco, como Beverly Hills", dijo, pero tampoco en El Sereno. Una casa con piscina y un tobogán. Su padre viviría con ella. El futuro era distante, pero estaba trabajando duro para que fuera realidad.
No le preocupaba que, una vez, había superado a otra niña de tal modo que el referí debió parar la pelea durante 30 segundos para impedir un knockout. "Nadie te obliga a subir al ring", me dijo Seniesa, mirando el video de la corta pelea. "Si no estaba lista, no es mi culpa. Si no puedes, es cosa tuya".
Sin embargo, Seniesa podía ser cálida y divertida. Después de torneos fuera de Los Angeles, siempre insistía en bañarse en la piscina del hotel. Le daba la risa boba y chillaba de placer cuando saltaba una y otra vez en el agua tibia.
"¡Esto es divertido!", dijo, saliendo de la piscina y mirando a su padre. "Papi, ¿podemos alojar aquí, para nadar mañana todo el día? Papi, algún día vamos a tener una piscina como esta. Papi, ¿podemos?
"Papi, ¿cuándo seré profesional?"
Sus sueños, siempre presentes.
La Veo Cambiar
Tenías más confianza, pero también más cautelosa. Estaba creciendo.
Ahora, cuando los niños boxeadores la molestaban por ser chica o flaca, ladraba de vuelta con un destello en los ojos. Fastidió a uno por su panza, a otro por sus novias, a otro porque todavía no dominaba el inglés.
Con adultos, sin embargo, era diferente. Una vez rebosaba de preguntas y rápidas respuestas. "¿Cómo es tu esposa?", me preguntaría. "¿Dónde vives? ¿Cómo se llama tu gato? ¿Pablo? Dang, eso no es un nombre de gato. Mi gato se llama Sunny. Ese es un nombre de gato".
Ahora, sin embargo, había dejado de preguntar. Ahora repartía sus preguntas. Era menos confiada. Incluso con su padre, la brillante y resplandeciente exuberancia se desvanecía. "La veo cambiar", me dijo un día. "No dice mucho. Se debe en parte a dónde está creciendo, las cosas que ve y vive. Es loco donde vive ella. Después de un rato, dejas de ser niño. Tienes que, si quieres sobrevivir".
El 2 de septiembre de 2003, Seniesa pasó del quinto, el último de la escuela básica, al sexto, el primero de la secundaria. Medía 1 metro 52. Era más fuerte y parecía una pirámide invertida: hombros anchos, angostándose hacia sus flacos tobillos. También su cara se veía diferente. Más estrecha, la piel tensa en torno a sus ojos, quizás por los golpes. Sus pómulos se veían más prominentes.
Trataba de no llamar la atención. En el quinto, me dejaba venir a su aula. En el sexto, le daba vergüenza y le tomó meses decidir que podría visitarla. La primera vez que lo hice, dijo que estaba enferma y se quedó en casa.
En el quinto, todos sabían que boxeaba. En el sexto, se preocupaba de que la gente podría enterarse. Ahora evitaba a un niño que le había buscado problemas. "Si se enteran de que soy una boxeadora", explicó, "van a hablar un montón, y voy a tener que mostrarles que es mejor que no se metan conmigo".
Ni siquiera de lo dijo a sus maestros.
En un temprano proyecto de deberes, dejó caer que le gustaba pelear. Lupe Arellano, la maestra encargada, pensó que quería decir hacer problemas en clases y pelear en el patio.
"¿No voy a tener problemas contino, no?", le preguntó Arellano. Seniesa dijo no, pero le tomó semanas contarle a Arellano sobre el boxeo, su barrio y su vida en casa. "Tiene un montón de cosas en la cabeza", me dijo su maestra un día, hojeando los deberes de Saniesa. "Por lo que entiendo, hay cosas en su vida para las que tiene que ser fuerte y aguantar y enfrentarse a ello. Seniesa guarda sus sentimientos muy adentro".
Pero la realidad la seguía emboscando.
Una mañana temprano sonó el móvil de su padre. Su Tío Rick, que lo había llevado a la iglesia y ayudado a renunciar a las pandillas y a las drogas, estaba en la cárcel. Abatido por un matrimonio fracasado, arrinconó a su esposa y le disparó dos veces. Sobrevivió por un pelo.
Cuando Joe recogió a Seniesa el día siguiente para ir al gimnasio, le contó sobre el asunto, y trató de tranquilizarla sobre él mismo. Le dijo que estaba okey, que obviamente no era verdad.
Su cuerpo se entumeció. Quería boxear, pero parte de ella quería ocuparse de su padre. Vio el dolor que sentía. Había bolsas debajo de sus ojos, su voz era frágil, y se frotaba la parte de atrás del cuello mientras se preguntaba y preocupaba.
¿No se había dado cuenta de que su hermano la estaba pasando mal? Sabía que Rick tendría que pagar el precio, pero no estaba seguro de que Rick sobreviviera. Temía que su hermano se matara para evitar la cárcel.
Luego había un problema más práctico: la tienda. Rick era su socio. Joe construía e instalaba los letreros. Rick pagaba las cuentas, se encargaba del inventario y atendía a los nuevos clientes. ¿Podría Joe hacerse cargo de todo? No lo sabía.
El tío de Seniesa era una roca. Siempre se alegraba cuando ella llegaba a la tienda de letreros. Podía cerrar los ojos y oírlo: He, campeona, ¿cómo te va? ¿Qué haces hoy, campeona?
Pero ahora el destino de su tío estaba apabullando a su padre. Joe estaba ansioso por hablar sobre esto con la persona que mejor lo entendía: Seniesa. Quería contarle cómo se sentía. Pero, ¿estaba bien hacerlo? ¿Cuántos problemas podía aguantar una niña? Dudó.
Por supuesto, ella sabía qué le pasaba. A medida que pasaban las semanas, podía saber por el modo en que él hundía los hombros y parecía cansado e irritable. "No puedo hacer nada", me dijo una noche, sacudiendo la cabeza, incrédula y frustrada, parada frente al gimnasio, mirando pasar los coches.
Bajó la vista. "Soy una niña".
Pero había algo que podía hacer. Instintivamente, lo sabía. Tenían que boxear, juntos.
Un Caso Vitrina
Seniesa y su padre empezaron a entrenar para el VIII Campeonato Regional Guantes de Plata. Lo había estado pensando durante un año. Ahora era diciembre de 2003, y el torno empezaría en la segunda semana de enero. Era uno de los más importantes eventos regionales en el boxeo amateur, una oportunidad de mostrar al mundo que Seniesa era la mejor niña púgil del momento.
Días antes decidió invitarme a jugar un videojuego de boxeo en la televisión en su casa. Eligió a Roberto Durán. Para mí, escogió a un púgil poco conocido llamado Zab Judah. Desde el principio, su Durán tenía a mi impotente Judah contra las cuerdas. "Así será en el regional. Voy a estrenar el durán".
"¿En serio?", pregunté, frunciendo el ceño, tratando de sacar a mi pobre púgil de las cuerdas, determinado a no dejarme ganar por una niña de 11. "¿Estás segura?"
Tumbó a Judah. Cayó en la lona, knockout.
"¿Sientes la presión?", pregunté. "Toda esa gente mirando. El asunto de tu tío. Es bastante para ti y tu papá".
"Siento la presión", dijo. "Alguna gente dice que voy a ganar en un round, porque soy muy buena. Pero ¿qué pasará si no lo hago?" Hizo una pausa, mirando el suelo. Se movía nerviosamente. Cruzó los brazos.
"Creo que voy a ganar", agregó. "No, sé que voy a ganar. Pero si no, si pierdo, si he tratado de ganar y hago lo que me dice mi padre, no creo que se enfade conmigo. Espero que no se enoje. No voy a perder. Quiero decir, a veces pierdo porque no pego demasiado. Cuando voy a dar un golpe, tengo dudas. Me pongo ansiosa, no nerviosa. Ansiosa. Voy a ganar, pero nunca sabes".
De hecho, quizás no tenía el peso suficiente.
Había empezado la semana sabiendo que tenía que bajar 1 kilo 400, o sería descalificada de su categoría. Podía avanzar hacia la siguiente división, pero en esa división no había niñas con las que pelear.
Pasó hambre durante toda la semana. Para perder peso, se obligó despiadadamente. Corrió esprintes en un callejón, esquivando los coches y tomando cuidado de no meter sus zapatillas en el barro. Se ponía su grueso chandal azul y sus guantes de boxeo y daba vueltas alrededor de la manzana, cuatro, cinco, seis veces, escupiendo en la acera. Se preparaba. Se entrenaba con su enorme saco rojo, la mirada resuelta, feroz.
Nunca la vi tan determinada.
"Pompea ese corto, cariño. Dóblalo, dóblalo", dijo su padre, parado junto a una pared espejo cerca del pesado saco. "A la que pelee contigo este fin de semana, mama, le va a doler. Vamos a ganar, tesoro. Estoy seguro".
Exhalaba con cada ataque relámpago -¡gush! ¡gush! El sudor salpicaba de su camiseta rosada. El sonido de sus puños ahogaba todo lo demás. Guap-guap-guap-guap-guap. Constante, como un metrónomo. Paró, se agachó, con los guantes sobre las rodillas, aspirando. "Necesito agua", dijo. "Necesito agua".
"Nena, eso fue más de un golpe por segundo", dijo Joe, ofreciéndole un refresco. "Así se hace". Palmoteó sus hombros encorvados, resbaladiza con el sudor.
Dio unos lances mirándose al espejo, cautivada, perdida en su reflejo, en el modo en que se doblaba, cómo eludía a una oponente imaginaria con un fluido zigzagueo.
Salió del trance, se agachó y se apretó el estómago.
"No creo que vaya a perder", dijo. Pero mientras hablaba se derrumbó sobre el suelo alfombrado y se tendió exhausta. "Ahora estoy cansada, pero voy a ganar".
Haciendo Peso
Dos noches más tarde, Seniesa y su padre tomaron el coche hacia Norwalk para inscribirse y presenciar el sorteo de su oponente. Era en un enorme salón de conferencias en un centro de recreación. Como ocurría a menudo, estaba prácticamente sola en un mar de hombres y niños. Un referí le dijo que en su división había una sola niña, y era de Arizona.
"Apuesto a que es Kelly", dijo Seniesa. "Kelly de Arizona". Kelly había desaparecido misteriosamente de un match con Seniesa en Thermal, 15 meses antes. Seniesa apretó los puños, luego los estiró, apretó, estiró. Pegarle a Kelly sería dulce.
En la multitud, vio a una niña con shorts, más o menos de su tamaño. Le dio una palmadita en el hombro. "¿Tú eres Kelly?"
No, dijo la niña. Sólo estaba ahí para cuidar a su hermano.
Desalentada, Seniesa se retiró al fondo del salón. Joe estaba allí, con los brazos cruzados, apoyado contra la pared, junto a los niños boxeadores, que tenían peleas propias. El salón estaba lleno de gente, había al menos 200 personas.
Seniesa seguía apretando los puños. Todavía tenía una o dos libras de más. Mañana tenía que subirse a la balanza oficial. Si era demasiado pesada, no podría pelear.
"Vamos, vamos, vamos", dijo Gil, el preparador de su gimnasio. "Corre hasta que te diga que pares".
Trotó por un pasillo oscuro, y de vuelta. Otra vez. Tenía mal aspecto, con la mirada clavada en el suelo mientras se esforzaba. Paró sólo para agacharse en una fuente y escupir. Tengo que pelear, pensaba. He esperado tanto por este torneo. Tengo que pelear.
Corrió durante media hora, terminando justo a tiempo para oír el anuncio: "En la división femenina junior, 75 libras..." Corrió hacia la mesa. "Seniesa Estrada, Los Angeles, contra Daveena Villalva, Phoenix".
Después de todo, Kelly no era su oponente. ¿Quién era esta niña nueva? ¿Quién era Daveena?
Un referí se la mostró. Daveena era enjuta y guapa, en su negro chandal de calentamiento.
Seniesa la miró al otro lado del salón, tratando de no fijar la mirada. Daveena parecía tranquila y despreocupada, hablando con un hombre, quizás su padre.
Seniesa se sentó a su lado, hombro a hombro, sacando ventaja del hecho de que Daveena no sabía quién era ella. Seniesa pretendió estar mirando a los oficiales, pero seguía dando miradas a su oponente. Parecía estar tratando de imaginar cómo sería Daveena en el ring.
Volvió hacia Joe, preocupada. "Papa, ¿crees que peso mucho?"
"No, mija", dijo, tratando de tranquilizarla, aunque no sabía si podría pelear. "No te preocupes. Saldrá todo bien. De esto tenemos que aprender. Tú tienes que alejarte del MacDonald's".
Pesarse ocurriría recién la mañana siguiente, pero quería ir a chequearlo ella misma, en la balanza oficial. Estaba en el centro de otra sala de conferencias, en un hotel cercano. Los niños boxeadores fueron con ella. Pidió ser la primera en medirse. Necesitaba sacarse la ropa, así que los chicos se quedaron haciendo guardia en la puerta.
Métete ahí, le dijeron. Buena suerte.
A los dos minutos, salió corriendo, riendo. "Peso justo 34 kilos", dijo. "Voy a aprobar. Me van a calificar. Si no como esta noche".
Los niños estiraron sus puños derechos. Ella golpeó sus nudillos.
Mientras los chicos se pesaban a su vez, Seniesa se acercó a Laila, 19, la novia de Gil, y esbelta. Seniesa miró sus brillantes escarpines rojos. Le pidió probárselos. Eran demasiado grandes. Pasó tambaleando junto a su padre y dijo que cuando fuera más grande pensaba llevar escarpines rojos, ropa bonita y maquillaje, como Laila.
Ella y Laila se tomaron de la mano y pasearon por el vestíbulo del hotel, mirando la vitrina de una tienda de regalos. Vieron un cachorro de peluche beige con grandes orejas y ojos caídos, una chapa para el nombre y un lazo rosado en su cuello. "¡Oh, qué bonito, qué bonito es!", dijo Seniesa, saltando sobre sus pies, dando golpecitos en el cristal, apuntando a Sad Sam, el cachorro.
"Papá, ¿me lo compras?"
"No ahora", dijo Joe, pensando en el match.
Los niños boxeadores dieron vuelta sus ojos. Rara vez habían visto así a Seniesa.
Laila se volvió hacía, el mentón en alto. "Conmigo se porta como niña", dijo. "Con todo este boxeo, le hace bien".
Esa noche, Seniesa no cenó. Cumplir sus sueños no era fácil. Durmió sin Sad Sam. Crecer tampoco era fácil.
Despertó cansada, de mal humor, débil. Sentía los brazos pesados, recordaría. Le dolía el estómago. Tenía la cara pálida. Apenas podía hablar. Para pesarse, ella y otras niñas en el torneo usaban un pequeño cuarto de baño de mujeres. Entró. Una referí entró con ella para apuntar los resultados. La balanza estaba cerca de los retretes.
Se desvistió, excepto las bragas, y se subió tan cuidadosamente como pudo en las huellas de pies de la balanza. Contuvo el aliento, me dijo después, y se concentró en los números digitales. Trató de dejar de temblar.
Los números subieron: 68, 69, 74, 76, 77...
Pararon en 75.
Oh, sí, susurró.
De vuelta en el pasillo, vio a su padre, parado junto a los chicos.
"¿Quedaste?", preguntó Joe. ""Eh, cuenta. ¿Quedaste?"
Ella estiró la mano para golpear su palma.
Él la abrumó de abrazos.
"Quedé, sí", dijo. "Quedé. Quedé".
Aunque la noche anterior había pasado hambre, apenas podía comer. En un restaurante Jack in the Box, mordisqueó unas patatas con huevo. Ella y los chicos se marcharon temprano a la arena. Seniesa se sentó en una grada de cemento, junto a Laila y a mí.
"¿La viste ayer?", le preguntó Laila. "¿A la chica con la que vas a pelear?"
"Sí, la vi. Estaba aquí la otra noche. No parece fuerte".
"Así, ¿le vas a pegar o qué?"
Seniesa paró. "Bueno, no, no le voy a pegar". Apretó los labios y miró la gravilla. Luego cedió. No podía ser una guerrera todo el tiempo. "Ah, ¿recuerdas el perro de peluche de anoche? Quiero uno. Pensé en él toda la noche. Quiero tener uno. Quiero uno".
Dos Niñas Chicas
Faltaban dos horas para la primera campana.
Seniesa estaba sentada en las gradas de arriba, en shorts bombachos y un top azul suelto, con enormes letras negras: Solid Rock Boxing. Estaba sola, pálida, la piel fría. No hablaba. Se quedó mirando la puerta de entrada del gimnasio.
Entró Daveena.
"Mira", dijo Seniesa, pensativa.
Con los padres a su lado, Daveena se acercó al ring.
Seniesa la miró como una leona mirando a un ratón. No dejó de mirarla. Inconsciente de que alguien la miraba, exhaló, y volvió a aspirar profundamente, tocándose sus delgadas piernas con sus manos. "Ahí está", murmuró suavemente. "Ahí está".
El padre de Seniesa llegó para ayudarla en envolver sus puños. Estaba tratando, recordaría después, de reprimir una sensación: Algo, algo no estaba bien. Se sentía lenta, débil tras perder esos kilos tan rápido.
Maryann llegó con su novio y la madrina de Seniesa. Maryann estaba nerviosa. Quería que Seniesa ganara, pero estaba preocupada, como siempre. "Espero que el boxeo sea solamente una fase de lo que sea que está pasando", me había dicho semanas antes, en el McDonald's cerca de los almacenes Home Depot donde trabajaba todo el día antes de ir al Dodger Stadium por la noche a vender perritos calientes y palomitas. "Me preocupa. Sabes, coágulos cerebrales. No quiero que le pase eso. ¿Qué tal si se rompe la nariz? Mi niña es guapa... Todavía quiero que sea animadora".
Seniesa no quería perder esta pelea, no frente a su madre o a cualquiera de ellos. Luego, estaba su padre. Sabía lo mucho que significaba para él. No había más que mirarlo darse vueltas.
Quince minutos para la campana.
Joe frotó los hombros de Seniesa, sintiendo su nerviosismo. Cogió una pequeña cinta de velcro y sujetó su pelo trenzado. Seniesa se mordió el labio inferior. Miró el ring. Dos chicos estaban dándose de porrazos, y la multitud bramaba.
Tres minutos para la campana.
Cerca del ring, Daveena peleaba consigo misma. Llevaba pantalones cortos negros. Su cara estaba tensa y seria.
Seniesa se abrazó a sí misma. Tiritó, como si tuviera frío.
"¿Qué pasa, mija?", preguntó Joe. ¿Cuál es el problema?"
"Estoy bien. Estoy lista".
Dio unos pasos, susurrando: "Estoy lista. Estoy lista".
Un minuto para la campana.
El anunciador llamó a Seniesa. Agachó la cabeza y se dirigió hacia el ring, seguida por Joe y Gil. Se metió por entre las cuerdas. Joe estaba parado en su esquina, masticando chicle.
La multitud, casi 500 personas ahora, calló al ver a los niñitas. Entonces empezaron a aplaudir y dar vítores.
"¡Vamos, Nini", gritó la familia de Seniesa. "¡Puedes hacerlo, Nini!"
"¡Vamos, Chiqui!", respondió la familia de Daveena. "¡Eres la mejor, Chiqui!"
Ahora les tocaba a ellos.
Golpeando Realmente Fuerte
El referí, un hombre alto con un uniforme blanco nuevo, llevó a las niñas al centro del ring para recitarles las instrucciones, luego las envió de vuelta a sus esquinas.
Daveena saltaba sobre sus pues, lista para correr por el ring y atacar.
Seniesa giraba sus caderas. Tenía mal aspecto. Miró a su oponente. Este era su momento. No podía perder.
La campana sonó. Las niñas avanzaron. Daveena mantenía sus guantes levantados, frente a su cara. Seniesa mantenía los suyos justo sobre su cintura.
Daveena lanzó el primer golpe, un rápido recto que arañó el hombro de Seniesa. Daveena empezó retrotraer su mano derecha. Seniesa vio el hueco y lanzó un zurdazo al estómago de su oponente. Daveena no estaba desconcertada. Avanzó y lanzó un zurdazo que dio de lleno en la cabeza de Seniesa.
Se desarrolló un esquema: Daveena era la agresiva, lanzando la mayoría de los golpes, pero pocos eran duros; Seniesa se convirtió en la que contraatacaba, a menudo en sus talones, pegando menos veces, pero con resultados más claros.
Un intercambio casi al final del primer asalto fue típico. Seniesa se balanceaba y arrastraba los pies, para evitar ser alcanzada. Daveena brincó hacia adelante -dio un brinco, literalmente- y golpeó a Seniesa en la cara. Seniesa retrocedió y plantó un durán en el estómago de Daveena. Guap.
Daveena seguía acercándose. Le dio a Seniesa un fuerte recto en la mejilla izquierda. Seniesa retrocedió, cubriendo su cara con su hombro. Luego paró, giró las caderas, levantó su brazo derecho y soltó. Su guante cayó violentamente sobre el hígado de Daveena. El ring se sacudió. Daveena gruñó.
Grandes golpes, garrapateé en mi cuaderno de apuntes.
Con la campana, Seniesa volvió a su esquina y se dejó caer, escuchando las instrucciones de Joe mientras tragaba agua. Luego se levantó lentamente de su silla y esperó. Se veía agotada, los pies planos, los hombros encorvados, los brazos flojos colgando. Me parecía que no quería pelear.
Pero tenía que pelear.
El segundo round fue una repetición del primero. Daveena salió a buscar a Seniesa con ciega agresividad -ineficiente, pero impresionante para los jueces junto al ring. Lanzó los primeros seis golpes. Sólo uno llegó a destino, un fuerte corto izquierdo que rozó la nariz de Seniesa.
Seniesa buscó una respuesta, sacando energía de algún lugar y parando el siguiente avance de Daveena con un jab a la cara. La cabeza de Daveena se sacudió hacia atrás. Pero volvió a cargar. Los nudillos de Seniesa volvieron a impactar en su cara. Otra vez, su cabeza se dobló hacia atrás. ¿Cuánto más podía aguantar?
Sonó la campana.
De momento, la pelea parecía pareja. La multitud lo sentía. Las dos esquinas sabían que la que ganara el tercer y último asalto se iría feliz a casa.
Cuando empezó, los golpes de Daveena empujaron a Seniesa y la hacían girar.
Pero entonces Seniesa ensartó su respuesta, una serie de duros zurdazos que hicieron traquetear a Daveena hacia un lado, luego al otro. "¡Oooh!", bramaba la multitud con cada golpe. "¡Oooh!"
Daveena frunció el ceño, hizo una mueva, pero lo disminuyó. Su agresión parecía instintiva, como si estuviera peleando por su vida.
Las niñas se enzarzaban y retrocedían, luego se enfrascaban en un violento intercambio de cortos y ganchos. Me sorprendí preguntando sobre el sentido de todo esto. Estas niñas estaban causándose dolor. Dolor de verdad. Aguantaban golpes duros a la cabeza, al hígado y a los riñones. Miré a Seniesa, respirando fuerte, el sudor fluyendo, su cara roja, reuniendo sus fuerzas para un último golpe. En ese momento, los temores de Maryann parecían justificados.
Finalmente, la campana rompió el aire.
Seniesa caminó a su esquina y puso las dos manos en las cuerdas para no caerse. Dobló la cabeza. El pelo sudoroso se le pegaba al cuello.
Luego caminó hacia el centro del ring, saludando a la multitud del modo en que lo hacen los profesionales, pisoteando e inclinándose en cada dirección. Normalmente, lo hacía vigorosamente. Esta vez, se arrastró por el episodio con poco entusiasmo.
Daveena y el referí se unieron a ella. Pasaron los segundos. La expectativa llenaba el gimnasio. Finalmente, la voz del anunciador crujió en los altavoces.
"Qué tal si damos un aplauso a estas jóvenes damas. Las dos son guerreras".
Daveena cerró sus ojos.
"Y la ganadora, en la división de niñas, 75 libras..."
Seniesa miró hacia los focos.
"Por decisión, en la esquina roja... ¡Da-Vee-Na Vi-llal-va!"
Seniesa pateó la lona. Se volvió hacia su esquina y trató de alejarse. Pero el referí impidió con su mano que saliera corriendo hacia su padre y fuera del ring, enojada.
Daveena dio un salto en el aire y levantó sus brazos.
Se volvió hacia Seniesa. El boxeo amateur está lleno de emociones y rudeza, pero después de cada pelea, la tradición exige que los oponentes se den la mano. Daveena quería.
Seniesa no quiso. Apenas podía mirar a Daveena.
Con las lágrimas manando de sus ojos, se dirigió hacia su padre. "Venga, mija", dijo. Tampoco lo podía mirar a él. "Está bien. Peleaste bien. Pensé que habías ganado tú. Eso fue un robo. Quiero decir, vamos, ¿qué hay que hacer para ganar una pelea?" Sus palabras, normalmente suficientes para hacer que se sintiera bien, no le sirvieron de consuelo.
En el vestuario, se arrancó la gaza y la cinta blanca de sus manos y empezó a cambiarse ropa. Miró. Ahí estaba Daveena. Ella también quería cambiarse.
Saniesa recogió sus cosas y salió de mal humor.
Había un rayo de esperanza. Joe. Ahí estaba, erguido como un taco, esperando junto a una enorme puerta de metal para salir del gimnasio. Tenía tensos los músculos en torno a sus ojos.
Antes de echarse a correr hacia el coche de su madre, se volvió hacia su padre. Esta vez, sus ojos se encontraron en una triste mirada, una mirada que pedía perdón.
23 de julio de 2005
13 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
"Abajo, ahora arriba, nena", le dijo su padre, que estaba parado al otro lado de las cuerdas, observando. "Rápido, rápido. Dale, trabájalo. Ahora aplícale el durán".Seniesa brincó en sus pies, manteniendo los guantes frente a su cara y zigzagueando hacia el otro boxeador, un niño un año mayor y 4 kilos y medio más pesado. Él se retiró hacia las cuerdas. Ella lanzó un golpe. Se encorvó. Retrocedió.
El cuerpo del niño se derritió entre las cuerdas. Lanzó unos pocos débiles golpes, y luego se mantuvo a distancia.
"Durán", dijo su padre.
Ella eludió un golpe desviándose ligeramente hacia su derecha. En posición perfecta, se enroscó, con el brazo derecho doblado, y luego bajó el puño hasta su cintura. Entonces lo lanzó. Su puño salió haciendo una pequeña U, doblándose al principio, y luego corrigiéndose en el aire, antes de aterrizar -guap- en el estómago del niño.
Seniesa Estrada, 11, había cambiado su gimnasio por el Solid Rock Boxing, una vieja tienda con un solo ring, donde un antiguo chapero llamado Gil Valdez estaba ayudando a Joe Estrada, 44, su padre, a prepararla. Ella había aprendido toda una gama de golpes. Uno era llamado "el durán", un poderoso golpe de giro como el que perfeccionó el legendario campeón Roberto Durán.
Pero se necesitaría más que un durán para convertir a Seniesa en campeona. Fuera del ring, el mundo tenía sus modos de secuestrarla. Si no era su madre, que la sofocaba con su preocupación de que pudiera pasarle algo, eran sus hermanos, que mataban el tiempo en la calle donde podían matarles, o su padre, un ex drogadicto que estallaba con tal rabia que podía meterse en problemas con la policía. Seniesa misma tenía problemas. Una parte de ella quería ser la púgil de sus sueños, pero otra parte quería seguir siendo una niña. No pasaría mucho tiempo cuando debiera enfrentarse a su oponente más dura, una chica como ella en muchos sentidos. Y la niña era dura.
Más dura que este niño en el ring, cuyo nombre era Richard. Se arrastró a su esquina. Tenía sangre debajo de la nariz. Su preparador lo alumbró. "Vamos, tienes que golpearla primero, o te golpeará ella a ti. Deja de pelear como si le tuvieras miedo. ¿Qué te pasa?"
Richard escupió su protector bucal. "Es tan rápida", jadeó. "Tan rápida".
Su entrenador dejó que le dieran otra paliza. Durante un minuto, él y Seniesa intercambiaron una serie de golpes, hasta que ella lo arrinconó nuevamente contra las cuerdas.
"Durán". Guap. "Durán". Guap. "Durán".
Richard se cubrió con sus brazos y guantes. Quería que terminara. Finalmente sonó la última campana. En su rincón, apoyó su frente sobre la cuerda de arriba. Una lágrima rodaba por sus mejillas, y se frotó el lado donde habían aterrizado tantos de sus golpes. "Duele", murmuró, tocándose el estómago. "Duele".
Saniesa se sentó junto a él a una larga mesa junto al ring. Metió los guantes en su bolso negro. Evitó mis preguntas, como si pudiera arruinar la magia de saber que ella podía derrotar a cualquier niño de su tamaño en Los Angeles Este. Cuando subió la cremallera de su bolso, se encaminó hacia su padre.
Richard la miró, sonrió y sacudió su cabeza. "Pegas muy fuerte", dijo. Le causaba risa que una niña pudiera ser tan buena. Todo lo que hacía era reír. "Seniesa pega muy fuerte".
Seniesa, la amazona, era tan dura y fría como sus golpes. Por la noche, soñaba que peleaba en un ring rodeada de cámaras, luces destellantes y gente. Despertaba lanzando golpes cortos y ganchos.
En el día se imaginaba que era una púgil famosa, con dinero, suficiente para comprar una casa. Una casa, pero no en un lugar pituco, como Beverly Hills", dijo, pero tampoco en El Sereno. Una casa con piscina y un tobogán. Su padre viviría con ella. El futuro era distante, pero estaba trabajando duro para que fuera realidad.
No le preocupaba que, una vez, había superado a otra niña de tal modo que el referí debió parar la pelea durante 30 segundos para impedir un knockout. "Nadie te obliga a subir al ring", me dijo Seniesa, mirando el video de la corta pelea. "Si no estaba lista, no es mi culpa. Si no puedes, es cosa tuya".
Sin embargo, Seniesa podía ser cálida y divertida. Después de torneos fuera de Los Angeles, siempre insistía en bañarse en la piscina del hotel. Le daba la risa boba y chillaba de placer cuando saltaba una y otra vez en el agua tibia.
"¡Esto es divertido!", dijo, saliendo de la piscina y mirando a su padre. "Papi, ¿podemos alojar aquí, para nadar mañana todo el día? Papi, algún día vamos a tener una piscina como esta. Papi, ¿podemos?
"Papi, ¿cuándo seré profesional?"
Sus sueños, siempre presentes.
La Veo Cambiar
Tenías más confianza, pero también más cautelosa. Estaba creciendo.
Ahora, cuando los niños boxeadores la molestaban por ser chica o flaca, ladraba de vuelta con un destello en los ojos. Fastidió a uno por su panza, a otro por sus novias, a otro porque todavía no dominaba el inglés.
Con adultos, sin embargo, era diferente. Una vez rebosaba de preguntas y rápidas respuestas. "¿Cómo es tu esposa?", me preguntaría. "¿Dónde vives? ¿Cómo se llama tu gato? ¿Pablo? Dang, eso no es un nombre de gato. Mi gato se llama Sunny. Ese es un nombre de gato".
Ahora, sin embargo, había dejado de preguntar. Ahora repartía sus preguntas. Era menos confiada. Incluso con su padre, la brillante y resplandeciente exuberancia se desvanecía. "La veo cambiar", me dijo un día. "No dice mucho. Se debe en parte a dónde está creciendo, las cosas que ve y vive. Es loco donde vive ella. Después de un rato, dejas de ser niño. Tienes que, si quieres sobrevivir".
El 2 de septiembre de 2003, Seniesa pasó del quinto, el último de la escuela básica, al sexto, el primero de la secundaria. Medía 1 metro 52. Era más fuerte y parecía una pirámide invertida: hombros anchos, angostándose hacia sus flacos tobillos. También su cara se veía diferente. Más estrecha, la piel tensa en torno a sus ojos, quizás por los golpes. Sus pómulos se veían más prominentes.
Trataba de no llamar la atención. En el quinto, me dejaba venir a su aula. En el sexto, le daba vergüenza y le tomó meses decidir que podría visitarla. La primera vez que lo hice, dijo que estaba enferma y se quedó en casa.
En el quinto, todos sabían que boxeaba. En el sexto, se preocupaba de que la gente podría enterarse. Ahora evitaba a un niño que le había buscado problemas. "Si se enteran de que soy una boxeadora", explicó, "van a hablar un montón, y voy a tener que mostrarles que es mejor que no se metan conmigo".
Ni siquiera de lo dijo a sus maestros.
En un temprano proyecto de deberes, dejó caer que le gustaba pelear. Lupe Arellano, la maestra encargada, pensó que quería decir hacer problemas en clases y pelear en el patio.
"¿No voy a tener problemas contino, no?", le preguntó Arellano. Seniesa dijo no, pero le tomó semanas contarle a Arellano sobre el boxeo, su barrio y su vida en casa. "Tiene un montón de cosas en la cabeza", me dijo su maestra un día, hojeando los deberes de Saniesa. "Por lo que entiendo, hay cosas en su vida para las que tiene que ser fuerte y aguantar y enfrentarse a ello. Seniesa guarda sus sentimientos muy adentro".
Pero la realidad la seguía emboscando.
Una mañana temprano sonó el móvil de su padre. Su Tío Rick, que lo había llevado a la iglesia y ayudado a renunciar a las pandillas y a las drogas, estaba en la cárcel. Abatido por un matrimonio fracasado, arrinconó a su esposa y le disparó dos veces. Sobrevivió por un pelo.
Cuando Joe recogió a Seniesa el día siguiente para ir al gimnasio, le contó sobre el asunto, y trató de tranquilizarla sobre él mismo. Le dijo que estaba okey, que obviamente no era verdad.
Su cuerpo se entumeció. Quería boxear, pero parte de ella quería ocuparse de su padre. Vio el dolor que sentía. Había bolsas debajo de sus ojos, su voz era frágil, y se frotaba la parte de atrás del cuello mientras se preguntaba y preocupaba.
¿No se había dado cuenta de que su hermano la estaba pasando mal? Sabía que Rick tendría que pagar el precio, pero no estaba seguro de que Rick sobreviviera. Temía que su hermano se matara para evitar la cárcel.
Luego había un problema más práctico: la tienda. Rick era su socio. Joe construía e instalaba los letreros. Rick pagaba las cuentas, se encargaba del inventario y atendía a los nuevos clientes. ¿Podría Joe hacerse cargo de todo? No lo sabía.
El tío de Seniesa era una roca. Siempre se alegraba cuando ella llegaba a la tienda de letreros. Podía cerrar los ojos y oírlo: He, campeona, ¿cómo te va? ¿Qué haces hoy, campeona?
Pero ahora el destino de su tío estaba apabullando a su padre. Joe estaba ansioso por hablar sobre esto con la persona que mejor lo entendía: Seniesa. Quería contarle cómo se sentía. Pero, ¿estaba bien hacerlo? ¿Cuántos problemas podía aguantar una niña? Dudó.
Por supuesto, ella sabía qué le pasaba. A medida que pasaban las semanas, podía saber por el modo en que él hundía los hombros y parecía cansado e irritable. "No puedo hacer nada", me dijo una noche, sacudiendo la cabeza, incrédula y frustrada, parada frente al gimnasio, mirando pasar los coches.
Bajó la vista. "Soy una niña".
Pero había algo que podía hacer. Instintivamente, lo sabía. Tenían que boxear, juntos.
Un Caso Vitrina
Seniesa y su padre empezaron a entrenar para el VIII Campeonato Regional Guantes de Plata. Lo había estado pensando durante un año. Ahora era diciembre de 2003, y el torno empezaría en la segunda semana de enero. Era uno de los más importantes eventos regionales en el boxeo amateur, una oportunidad de mostrar al mundo que Seniesa era la mejor niña púgil del momento.
Días antes decidió invitarme a jugar un videojuego de boxeo en la televisión en su casa. Eligió a Roberto Durán. Para mí, escogió a un púgil poco conocido llamado Zab Judah. Desde el principio, su Durán tenía a mi impotente Judah contra las cuerdas. "Así será en el regional. Voy a estrenar el durán".
"¿En serio?", pregunté, frunciendo el ceño, tratando de sacar a mi pobre púgil de las cuerdas, determinado a no dejarme ganar por una niña de 11. "¿Estás segura?"
Tumbó a Judah. Cayó en la lona, knockout.
"¿Sientes la presión?", pregunté. "Toda esa gente mirando. El asunto de tu tío. Es bastante para ti y tu papá".
"Siento la presión", dijo. "Alguna gente dice que voy a ganar en un round, porque soy muy buena. Pero ¿qué pasará si no lo hago?" Hizo una pausa, mirando el suelo. Se movía nerviosamente. Cruzó los brazos.
"Creo que voy a ganar", agregó. "No, sé que voy a ganar. Pero si no, si pierdo, si he tratado de ganar y hago lo que me dice mi padre, no creo que se enfade conmigo. Espero que no se enoje. No voy a perder. Quiero decir, a veces pierdo porque no pego demasiado. Cuando voy a dar un golpe, tengo dudas. Me pongo ansiosa, no nerviosa. Ansiosa. Voy a ganar, pero nunca sabes".
De hecho, quizás no tenía el peso suficiente.
Había empezado la semana sabiendo que tenía que bajar 1 kilo 400, o sería descalificada de su categoría. Podía avanzar hacia la siguiente división, pero en esa división no había niñas con las que pelear.
Pasó hambre durante toda la semana. Para perder peso, se obligó despiadadamente. Corrió esprintes en un callejón, esquivando los coches y tomando cuidado de no meter sus zapatillas en el barro. Se ponía su grueso chandal azul y sus guantes de boxeo y daba vueltas alrededor de la manzana, cuatro, cinco, seis veces, escupiendo en la acera. Se preparaba. Se entrenaba con su enorme saco rojo, la mirada resuelta, feroz.
Nunca la vi tan determinada.
"Pompea ese corto, cariño. Dóblalo, dóblalo", dijo su padre, parado junto a una pared espejo cerca del pesado saco. "A la que pelee contigo este fin de semana, mama, le va a doler. Vamos a ganar, tesoro. Estoy seguro".
Exhalaba con cada ataque relámpago -¡gush! ¡gush! El sudor salpicaba de su camiseta rosada. El sonido de sus puños ahogaba todo lo demás. Guap-guap-guap-guap-guap. Constante, como un metrónomo. Paró, se agachó, con los guantes sobre las rodillas, aspirando. "Necesito agua", dijo. "Necesito agua".
"Nena, eso fue más de un golpe por segundo", dijo Joe, ofreciéndole un refresco. "Así se hace". Palmoteó sus hombros encorvados, resbaladiza con el sudor.
Dio unos lances mirándose al espejo, cautivada, perdida en su reflejo, en el modo en que se doblaba, cómo eludía a una oponente imaginaria con un fluido zigzagueo.
Salió del trance, se agachó y se apretó el estómago.
"No creo que vaya a perder", dijo. Pero mientras hablaba se derrumbó sobre el suelo alfombrado y se tendió exhausta. "Ahora estoy cansada, pero voy a ganar".
Haciendo Peso
Dos noches más tarde, Seniesa y su padre tomaron el coche hacia Norwalk para inscribirse y presenciar el sorteo de su oponente. Era en un enorme salón de conferencias en un centro de recreación. Como ocurría a menudo, estaba prácticamente sola en un mar de hombres y niños. Un referí le dijo que en su división había una sola niña, y era de Arizona.
"Apuesto a que es Kelly", dijo Seniesa. "Kelly de Arizona". Kelly había desaparecido misteriosamente de un match con Seniesa en Thermal, 15 meses antes. Seniesa apretó los puños, luego los estiró, apretó, estiró. Pegarle a Kelly sería dulce.
En la multitud, vio a una niña con shorts, más o menos de su tamaño. Le dio una palmadita en el hombro. "¿Tú eres Kelly?"
No, dijo la niña. Sólo estaba ahí para cuidar a su hermano.
Desalentada, Seniesa se retiró al fondo del salón. Joe estaba allí, con los brazos cruzados, apoyado contra la pared, junto a los niños boxeadores, que tenían peleas propias. El salón estaba lleno de gente, había al menos 200 personas.
Seniesa seguía apretando los puños. Todavía tenía una o dos libras de más. Mañana tenía que subirse a la balanza oficial. Si era demasiado pesada, no podría pelear.
"Vamos, vamos, vamos", dijo Gil, el preparador de su gimnasio. "Corre hasta que te diga que pares".
Trotó por un pasillo oscuro, y de vuelta. Otra vez. Tenía mal aspecto, con la mirada clavada en el suelo mientras se esforzaba. Paró sólo para agacharse en una fuente y escupir. Tengo que pelear, pensaba. He esperado tanto por este torneo. Tengo que pelear.
Corrió durante media hora, terminando justo a tiempo para oír el anuncio: "En la división femenina junior, 75 libras..." Corrió hacia la mesa. "Seniesa Estrada, Los Angeles, contra Daveena Villalva, Phoenix".
Después de todo, Kelly no era su oponente. ¿Quién era esta niña nueva? ¿Quién era Daveena?
Un referí se la mostró. Daveena era enjuta y guapa, en su negro chandal de calentamiento.
Seniesa la miró al otro lado del salón, tratando de no fijar la mirada. Daveena parecía tranquila y despreocupada, hablando con un hombre, quizás su padre.
Seniesa se sentó a su lado, hombro a hombro, sacando ventaja del hecho de que Daveena no sabía quién era ella. Seniesa pretendió estar mirando a los oficiales, pero seguía dando miradas a su oponente. Parecía estar tratando de imaginar cómo sería Daveena en el ring.
Volvió hacia Joe, preocupada. "Papa, ¿crees que peso mucho?"
"No, mija", dijo, tratando de tranquilizarla, aunque no sabía si podría pelear. "No te preocupes. Saldrá todo bien. De esto tenemos que aprender. Tú tienes que alejarte del MacDonald's".
Pesarse ocurriría recién la mañana siguiente, pero quería ir a chequearlo ella misma, en la balanza oficial. Estaba en el centro de otra sala de conferencias, en un hotel cercano. Los niños boxeadores fueron con ella. Pidió ser la primera en medirse. Necesitaba sacarse la ropa, así que los chicos se quedaron haciendo guardia en la puerta.
Métete ahí, le dijeron. Buena suerte.
A los dos minutos, salió corriendo, riendo. "Peso justo 34 kilos", dijo. "Voy a aprobar. Me van a calificar. Si no como esta noche".
Los niños estiraron sus puños derechos. Ella golpeó sus nudillos.
Mientras los chicos se pesaban a su vez, Seniesa se acercó a Laila, 19, la novia de Gil, y esbelta. Seniesa miró sus brillantes escarpines rojos. Le pidió probárselos. Eran demasiado grandes. Pasó tambaleando junto a su padre y dijo que cuando fuera más grande pensaba llevar escarpines rojos, ropa bonita y maquillaje, como Laila.
Ella y Laila se tomaron de la mano y pasearon por el vestíbulo del hotel, mirando la vitrina de una tienda de regalos. Vieron un cachorro de peluche beige con grandes orejas y ojos caídos, una chapa para el nombre y un lazo rosado en su cuello. "¡Oh, qué bonito, qué bonito es!", dijo Seniesa, saltando sobre sus pies, dando golpecitos en el cristal, apuntando a Sad Sam, el cachorro.
"Papá, ¿me lo compras?"
"No ahora", dijo Joe, pensando en el match.
Los niños boxeadores dieron vuelta sus ojos. Rara vez habían visto así a Seniesa.
Laila se volvió hacía, el mentón en alto. "Conmigo se porta como niña", dijo. "Con todo este boxeo, le hace bien".
Esa noche, Seniesa no cenó. Cumplir sus sueños no era fácil. Durmió sin Sad Sam. Crecer tampoco era fácil.
Despertó cansada, de mal humor, débil. Sentía los brazos pesados, recordaría. Le dolía el estómago. Tenía la cara pálida. Apenas podía hablar. Para pesarse, ella y otras niñas en el torneo usaban un pequeño cuarto de baño de mujeres. Entró. Una referí entró con ella para apuntar los resultados. La balanza estaba cerca de los retretes.
Se desvistió, excepto las bragas, y se subió tan cuidadosamente como pudo en las huellas de pies de la balanza. Contuvo el aliento, me dijo después, y se concentró en los números digitales. Trató de dejar de temblar.
Los números subieron: 68, 69, 74, 76, 77...
Pararon en 75.
Oh, sí, susurró.
De vuelta en el pasillo, vio a su padre, parado junto a los chicos.
"¿Quedaste?", preguntó Joe. ""Eh, cuenta. ¿Quedaste?"
Ella estiró la mano para golpear su palma.
Él la abrumó de abrazos.
"Quedé, sí", dijo. "Quedé. Quedé".
Aunque la noche anterior había pasado hambre, apenas podía comer. En un restaurante Jack in the Box, mordisqueó unas patatas con huevo. Ella y los chicos se marcharon temprano a la arena. Seniesa se sentó en una grada de cemento, junto a Laila y a mí.
"¿La viste ayer?", le preguntó Laila. "¿A la chica con la que vas a pelear?"
"Sí, la vi. Estaba aquí la otra noche. No parece fuerte".
"Así, ¿le vas a pegar o qué?"
Seniesa paró. "Bueno, no, no le voy a pegar". Apretó los labios y miró la gravilla. Luego cedió. No podía ser una guerrera todo el tiempo. "Ah, ¿recuerdas el perro de peluche de anoche? Quiero uno. Pensé en él toda la noche. Quiero tener uno. Quiero uno".
Dos Niñas Chicas
Faltaban dos horas para la primera campana.
Seniesa estaba sentada en las gradas de arriba, en shorts bombachos y un top azul suelto, con enormes letras negras: Solid Rock Boxing. Estaba sola, pálida, la piel fría. No hablaba. Se quedó mirando la puerta de entrada del gimnasio.
Entró Daveena.
"Mira", dijo Seniesa, pensativa.
Con los padres a su lado, Daveena se acercó al ring.
Seniesa la miró como una leona mirando a un ratón. No dejó de mirarla. Inconsciente de que alguien la miraba, exhaló, y volvió a aspirar profundamente, tocándose sus delgadas piernas con sus manos. "Ahí está", murmuró suavemente. "Ahí está".
El padre de Seniesa llegó para ayudarla en envolver sus puños. Estaba tratando, recordaría después, de reprimir una sensación: Algo, algo no estaba bien. Se sentía lenta, débil tras perder esos kilos tan rápido.
Maryann llegó con su novio y la madrina de Seniesa. Maryann estaba nerviosa. Quería que Seniesa ganara, pero estaba preocupada, como siempre. "Espero que el boxeo sea solamente una fase de lo que sea que está pasando", me había dicho semanas antes, en el McDonald's cerca de los almacenes Home Depot donde trabajaba todo el día antes de ir al Dodger Stadium por la noche a vender perritos calientes y palomitas. "Me preocupa. Sabes, coágulos cerebrales. No quiero que le pase eso. ¿Qué tal si se rompe la nariz? Mi niña es guapa... Todavía quiero que sea animadora".
Seniesa no quería perder esta pelea, no frente a su madre o a cualquiera de ellos. Luego, estaba su padre. Sabía lo mucho que significaba para él. No había más que mirarlo darse vueltas.
Quince minutos para la campana.
Joe frotó los hombros de Seniesa, sintiendo su nerviosismo. Cogió una pequeña cinta de velcro y sujetó su pelo trenzado. Seniesa se mordió el labio inferior. Miró el ring. Dos chicos estaban dándose de porrazos, y la multitud bramaba.
Tres minutos para la campana.
Cerca del ring, Daveena peleaba consigo misma. Llevaba pantalones cortos negros. Su cara estaba tensa y seria.
Seniesa se abrazó a sí misma. Tiritó, como si tuviera frío.
"¿Qué pasa, mija?", preguntó Joe. ¿Cuál es el problema?"
"Estoy bien. Estoy lista".
Dio unos pasos, susurrando: "Estoy lista. Estoy lista".
Un minuto para la campana.
El anunciador llamó a Seniesa. Agachó la cabeza y se dirigió hacia el ring, seguida por Joe y Gil. Se metió por entre las cuerdas. Joe estaba parado en su esquina, masticando chicle.
La multitud, casi 500 personas ahora, calló al ver a los niñitas. Entonces empezaron a aplaudir y dar vítores.
"¡Vamos, Nini", gritó la familia de Seniesa. "¡Puedes hacerlo, Nini!"
"¡Vamos, Chiqui!", respondió la familia de Daveena. "¡Eres la mejor, Chiqui!"
Ahora les tocaba a ellos.
Golpeando Realmente Fuerte
El referí, un hombre alto con un uniforme blanco nuevo, llevó a las niñas al centro del ring para recitarles las instrucciones, luego las envió de vuelta a sus esquinas.
Daveena saltaba sobre sus pues, lista para correr por el ring y atacar.
Seniesa giraba sus caderas. Tenía mal aspecto. Miró a su oponente. Este era su momento. No podía perder.
La campana sonó. Las niñas avanzaron. Daveena mantenía sus guantes levantados, frente a su cara. Seniesa mantenía los suyos justo sobre su cintura.
Daveena lanzó el primer golpe, un rápido recto que arañó el hombro de Seniesa. Daveena empezó retrotraer su mano derecha. Seniesa vio el hueco y lanzó un zurdazo al estómago de su oponente. Daveena no estaba desconcertada. Avanzó y lanzó un zurdazo que dio de lleno en la cabeza de Seniesa.
Se desarrolló un esquema: Daveena era la agresiva, lanzando la mayoría de los golpes, pero pocos eran duros; Seniesa se convirtió en la que contraatacaba, a menudo en sus talones, pegando menos veces, pero con resultados más claros.
Un intercambio casi al final del primer asalto fue típico. Seniesa se balanceaba y arrastraba los pies, para evitar ser alcanzada. Daveena brincó hacia adelante -dio un brinco, literalmente- y golpeó a Seniesa en la cara. Seniesa retrocedió y plantó un durán en el estómago de Daveena. Guap.
Daveena seguía acercándose. Le dio a Seniesa un fuerte recto en la mejilla izquierda. Seniesa retrocedió, cubriendo su cara con su hombro. Luego paró, giró las caderas, levantó su brazo derecho y soltó. Su guante cayó violentamente sobre el hígado de Daveena. El ring se sacudió. Daveena gruñó.
Grandes golpes, garrapateé en mi cuaderno de apuntes.
Con la campana, Seniesa volvió a su esquina y se dejó caer, escuchando las instrucciones de Joe mientras tragaba agua. Luego se levantó lentamente de su silla y esperó. Se veía agotada, los pies planos, los hombros encorvados, los brazos flojos colgando. Me parecía que no quería pelear.
Pero tenía que pelear.
El segundo round fue una repetición del primero. Daveena salió a buscar a Seniesa con ciega agresividad -ineficiente, pero impresionante para los jueces junto al ring. Lanzó los primeros seis golpes. Sólo uno llegó a destino, un fuerte corto izquierdo que rozó la nariz de Seniesa.
Seniesa buscó una respuesta, sacando energía de algún lugar y parando el siguiente avance de Daveena con un jab a la cara. La cabeza de Daveena se sacudió hacia atrás. Pero volvió a cargar. Los nudillos de Seniesa volvieron a impactar en su cara. Otra vez, su cabeza se dobló hacia atrás. ¿Cuánto más podía aguantar?
Sonó la campana.
De momento, la pelea parecía pareja. La multitud lo sentía. Las dos esquinas sabían que la que ganara el tercer y último asalto se iría feliz a casa.
Cuando empezó, los golpes de Daveena empujaron a Seniesa y la hacían girar.
Pero entonces Seniesa ensartó su respuesta, una serie de duros zurdazos que hicieron traquetear a Daveena hacia un lado, luego al otro. "¡Oooh!", bramaba la multitud con cada golpe. "¡Oooh!"
Daveena frunció el ceño, hizo una mueva, pero lo disminuyó. Su agresión parecía instintiva, como si estuviera peleando por su vida.
Las niñas se enzarzaban y retrocedían, luego se enfrascaban en un violento intercambio de cortos y ganchos. Me sorprendí preguntando sobre el sentido de todo esto. Estas niñas estaban causándose dolor. Dolor de verdad. Aguantaban golpes duros a la cabeza, al hígado y a los riñones. Miré a Seniesa, respirando fuerte, el sudor fluyendo, su cara roja, reuniendo sus fuerzas para un último golpe. En ese momento, los temores de Maryann parecían justificados.
Finalmente, la campana rompió el aire.
Seniesa caminó a su esquina y puso las dos manos en las cuerdas para no caerse. Dobló la cabeza. El pelo sudoroso se le pegaba al cuello.
Luego caminó hacia el centro del ring, saludando a la multitud del modo en que lo hacen los profesionales, pisoteando e inclinándose en cada dirección. Normalmente, lo hacía vigorosamente. Esta vez, se arrastró por el episodio con poco entusiasmo.
Daveena y el referí se unieron a ella. Pasaron los segundos. La expectativa llenaba el gimnasio. Finalmente, la voz del anunciador crujió en los altavoces.
"Qué tal si damos un aplauso a estas jóvenes damas. Las dos son guerreras".
Daveena cerró sus ojos.
"Y la ganadora, en la división de niñas, 75 libras..."
Seniesa miró hacia los focos.
"Por decisión, en la esquina roja... ¡Da-Vee-Na Vi-llal-va!"
Seniesa pateó la lona. Se volvió hacia su esquina y trató de alejarse. Pero el referí impidió con su mano que saliera corriendo hacia su padre y fuera del ring, enojada.
Daveena dio un salto en el aire y levantó sus brazos.
Se volvió hacia Seniesa. El boxeo amateur está lleno de emociones y rudeza, pero después de cada pelea, la tradición exige que los oponentes se den la mano. Daveena quería.
Seniesa no quiso. Apenas podía mirar a Daveena.
Con las lágrimas manando de sus ojos, se dirigió hacia su padre. "Venga, mija", dijo. Tampoco lo podía mirar a él. "Está bien. Peleaste bien. Pensé que habías ganado tú. Eso fue un robo. Quiero decir, vamos, ¿qué hay que hacer para ganar una pelea?" Sus palabras, normalmente suficientes para hacer que se sintiera bien, no le sirvieron de consuelo.
En el vestuario, se arrancó la gaza y la cinta blanca de sus manos y empezó a cambiarse ropa. Miró. Ahí estaba Daveena. Ella también quería cambiarse.
Saniesa recogió sus cosas y salió de mal humor.
Había un rayo de esperanza. Joe. Ahí estaba, erguido como un taco, esperando junto a una enorme puerta de metal para salir del gimnasio. Tenía tensos los músculos en torno a sus ojos.
Antes de echarse a correr hacia el coche de su madre, se volvió hacia su padre. Esta vez, sus ojos se encontraron en una triste mirada, una mirada que pedía perdón.
23 de julio de 2005
13 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
niña boxeadora 4
[Kurt Streeter] Seniesa conoce a la devastadora Durán y se prepara para enfrentarse a una dura rival. Fuera del ring aumentan los problemas. Crecer no es fácil.
"Abajo, ahora arriba, nena", le dijo su padre, que estaba parado al otro lado de las cuerdas, observando. "Rápido, rápido. Dale, trabájalo. Ahora aplícale el durán".
Seniesa brincó en sus pies, manteniendo los guantes frente a su cara y zigzagueando hacia el otro boxeador, un niño un año mayor y 4 kilos y medio más pesado. Él se retiró hacia las cuerdas. Ella lanzó un golpe. Se encorvó. Retrocedió.
El cuerpo del niño se derritió entre las cuerdas. Lanzó unos pocos débiles golpes, y luego se mantuvo a distancia.
"Durán", dijo su padre.
Ella eludió un golpe desviándose ligeramente hacia su derecha. En posición perfecta, se enroscó, con el brazo derecho doblado, y luego bajó el puño hasta su cintura. Entonces lo lanzó. Su puño salió haciendo una pequeña U, doblándose al principio, y luego corrigiéndose en el aire, antes de aterrizar -guap- en el estómago del niño.
Seniesa Estrada, 11, había cambiado su gimnasio por el Solid Rock Boxing, una vieja tienda con un solo ring, donde un antiguo chapero llamado Gil Valdez estaba ayudando a Joe Estrada, 44, su padre, a prepararla. Ella había aprendido toda una gama de golpes. Uno era llamado "el durán", un poderoso golpe de giro como el que perfeccionó el legendario campeón Roberto Durán.
Pero se necesitaría más que un durán para convertir a Seniesa en campeona. Fuera del ring, el mundo tenía sus modos de secuestrarla. Si no era su madre, que la sofocaba con su preocupación de que pudiera pasarle algo, eran sus hermanos, que mataban el tiempo en la calle donde podían matarles, o su padre, un ex drogadicto que estallaba con tal rabia que podía meterse en problemas con la policía. Seniesa misma tenía problemas. Una parte de ella quería ser la púgil de sus sueños, pero otra parte quería seguir siendo una niña. No pasaría mucho tiempo cuando debiera enfrentarse a su oponente más dura, una chica como ella en muchos sentidos. Y la niña era dura.
Más dura que este niño en el ring, cuyo nombre era Richard. Se arrastró a su esquina. Tenía sangre debajo de la nariz. Su preparador lo alumbró. "Vamos, tienes que golpearla primero, o te golpeará ella a ti. Deja de pelear como si le tuvieras miedo. ¿Qué te pasa?"
Richard escupió su protector bucal. "Es tan rápida", jadeó. "Tan rápida".
Su entrenador dejó que le dieran otra paliza. Durante un minuto, él y Seniesa intercambiaron una serie de golpes, hasta que ella lo arrinconó nuevamente contra las cuerdas.
"Durán". Guap. "Durán". Guap. "Durán".
Richard se cubrió con sus brazos y guantes. Quería que terminara. Finalmente sonó la última campana. En su rincón, apoyó su frente sobre la cuerda de arriba. Una lágrima rodaba por sus mejillas, y se frotó el lado donde habían aterrizado tantos de sus golpes. "Duele", murmuró, tocándose el estómago. "Duele".
Saniesa se sentó junto a él a una larga mesa junto al ring. Metió los guantes en su bolso negro. Evitó mis preguntas, como si pudiera arruinar la magia de saber que ella podía derrotar a cualquier niño de su tamaño en Los Angeles Este. Cuando subió la cremallera de su bolso, se encaminó hacia su padre.
Richard la miró, sonrió y sacudió su cabeza. "Pegas muy fuerte", dijo. Le causaba risa que una niña pudiera ser tan buena. Todo lo que hacía era reír. "Seniesa pega muy fuerte".
Seniesa, la amazona, era tan dura y fría como sus golpes. Por la noche, soñaba que peleaba en un ring rodeada de cámaras, luces destellantes y gente. Despertaba lanzando golpes cortos y ganchos.
En el día se imaginaba que era una púgil famosa, con dinero, suficiente para comprar una casa. Una casa, pero no en un lugar pituco, como Beverly Hills", dijo, pero tampoco en El Sereno. Una casa con piscina y un tobogán. Su padre viviría con ella. El futuro era distante, pero estaba trabajando duro para que fuera realidad.
No le preocupaba que, una vez, había superado a otra niña de tal modo que el referí debió parar la pelea durante 30 segundos para impedir un knockout. "Nadie te obliga a subir al ring", me dijo Seniesa, mirando el video de la corta pelea. "Si no estaba lista, no es mi culpa. Si no puedes, es cosa tuya".
Sin embargo, Seniesa podía ser cálida y divertida. Después de torneos fuera de Los Angeles, siempre insistía en bañarse en la piscina del hotel. Le daba la risa boba y chillaba de placer cuando saltaba una y otra vez en el agua tibia.
"¡Esto es divertido!", dijo, saliendo de la piscina y mirando a su padre. "Papi, ¿podemos alojar aquí, para nadar mañana todo el día? Papi, algún día vamos a tener una piscina como esta. Papi, ¿podemos?
"Papi, ¿cuándo seré profesional?"
Sus sueños, siempre presentes.
La Veo Cambiar
Tenías más confianza, pero también más cautelosa. Estaba creciendo.
Ahora, cuando los niños boxeadores la molestaban por ser chica o flaca, ladraba de vuelta con un destello en los ojos. Fastidió a uno por su panza, a otro por sus novias, a otro porque todavía no dominaba el inglés.
Con adultos, sin embargo, era diferente. Una vez rebosaba de preguntas y rápidas respuestas. "¿Cómo es tu esposa?", me preguntaría. "¿Dónde vives? ¿Cómo se llama tu gato? ¿Pablo? Dang, eso no es un nombre de gato. Mi gato se llama Sunny. Ese es un nombre de gato".
Ahora, sin embargo, había dejado de preguntar. Ahora repartía sus preguntas. Era menos confiada. Incluso con su padre, la brillante y resplandeciente exuberancia se desvanecía. "La veo cambiar", me dijo un día. "No dice mucho. Se debe en parte a dónde está creciendo, las cosas que ve y vive. Es loco donde vive ella. Después de un rato, dejas de ser niño. Tienes que, si quieres sobrevivir".
El 2 de septiembre de 2003, Seniesa pasó del quinto, el último de la escuela básica, al sexto, el primero de la secundaria. Medía 1 metro 52. Era más fuerte y parecía una pirámide invertida: hombros anchos, angostándose hacia sus flacos tobillos. También su cara se veía diferente. Más estrecha, la piel tensa en torno a sus ojos, quizás por los golpes. Sus pómulos se veían más prominentes.
Trataba de no llamar la atención. En el quinto, me dejaba venir a su aula. En el sexto, le daba vergüenza y le tomó meses decidir que podría visitarla. La primera vez que lo hice, dijo que estaba enferma y se quedó en casa.
En el quinto, todos sabían que boxeaba. En el sexto, se preocupaba de que la gente podría enterarse. Ahora evitaba a un niño que le había buscado problemas. "Si se enteran de que soy una boxeadora", explicó, "van a hablar un montón, y voy a tener que mostrarles que es mejor que no se metan conmigo".
Ni siquiera de lo dijo a sus maestros.
En un temprano proyecto de deberes, dejó caer que le gustaba pelear. Lupe Arellano, la maestra encargada, pensó que quería decir hacer problemas en clases y pelear en el patio.
"¿No voy a tener problemas contino, no?", le preguntó Arellano. Seniesa dijo no, pero le tomó semanas contarle a Arellano sobre el boxeo, su barrio y su vida en casa. "Tiene un montón de cosas en la cabeza", me dijo su maestra un día, hojeando los deberes de Saniesa. "Por lo que entiendo, hay cosas en su vida para las que tiene que ser fuerte y aguantar y enfrentarse a ello. Seniesa guarda sus sentimientos muy adentro".
Pero la realidad la seguía emboscando.
Una mañana temprano sonó el móvil de su padre. Su Tío Rick, que lo había llevado a la iglesia y ayudado a renunciar a las pandillas y a las drogas, estaba en la cárcel. Abatido por un matrimonio fracasado, arrinconó a su esposa y le disparó dos veces. Sobrevivió por un pelo.
Cuando Joe recogió a Seniesa el día siguiente para ir al gimnasio, le contó sobre el asunto, y trató de tranquilizarla sobre él mismo. Le dijo que estaba okey, que obviamente no era verdad.
Su cuerpo se entumeció. Quería boxear, pero parte de ella quería ocuparse de su padre. Vio el dolor que sentía. Había bolsas debajo de sus ojos, su voz era frágil, y se frotaba la parte de atrás del cuello mientras se preguntaba y preocupaba.
¿No se había dado cuenta de que su hermano la estaba pasando mal? Sabía que Rick tendría que pagar el precio, pero no estaba seguro de que Rick sobreviviera. Temía que su hermano se matara para evitar la cárcel.
Luego había un problema más práctico: la tienda. Rick era su socio. Joe construía e instalaba los letreros. Rick pagaba las cuentas, se encargaba del inventario y atendía a los nuevos clientes. ¿Podría Joe hacerse cargo de todo? No lo sabía.
El tío de Seniesa era una roca. Siempre se alegraba cuando ella llegaba a la tienda de letreros. Podía cerrar los ojos y oírlo: He, campeona, ¿cómo te va? ¿Qué haces hoy, campeona?
Pero ahora el destino de su tío estaba apabullando a su padre. Joe estaba ansioso por hablar sobre esto con la persona que mejor lo entendía: Seniesa. Quería contarle cómo se sentía. Pero, ¿estaba bien hacerlo? ¿Cuántos problemas podía aguantar una niña? Dudó.
Por supuesto, ella sabía qué le pasaba. A medida que pasaban las semanas, podía saber por el modo en que él hundía los hombros y parecía cansado e irritable. "No puedo hacer nada", me dijo una noche, sacudiendo la cabeza, incrédula y frustrada, parada frente al gimnasio, mirando pasar los coches.
Bajó la vista. "Soy una niña".
Pero había algo que podía hacer. Instintivamente, lo sabía. Tenían que boxear, juntos.
Un Caso Vitrina
Seniesa y su padre empezaron a entrenar para el VIII Campeonato Regional Guantes de Plata. Lo había estado pensando durante un año. Ahora era diciembre de 2003, y el torno empezaría en la segunda semana de enero. Era uno de los más importantes eventos regionales en el boxeo amateur, una oportunidad de mostrar al mundo que Seniesa era la mejor niña púgil del momento.
Días antes decidió invitarme a jugar un videojuego de boxeo en la televisión en su casa. Eligió a Roberto Durán. Para mí, escogió a un púgil poco conocido llamado Zab Judah. Desde el principio, su Durán tenía a mi impotente Judah contra las cuerdas. "Así será en el regional. Voy a estrenar el durán".
"¿En serio?", pregunté, frunciendo el ceño, tratando de sacar a mi pobre púgil de las cuerdas, determinado a no dejarme ganar por una niña de 11. "¿Estás segura?"
Tumbó a Judah. Cayó en la lona, knockout.
"¿Sientes la presión?", pregunté. "Toda esa gente mirando. El asunto de tu tío. Es bastante para ti y tu papá".
"Siento la presión", dijo. "Alguna gente dice que voy a ganar en un round, porque soy muy buena. Pero ¿qué pasará si no lo hago?" Hizo una pausa, mirando el suelo. Se movía nerviosamente. Cruzó los brazos.
"Creo que voy a ganar", agregó. "No, sé que voy a ganar. Pero si no, si pierdo, si he tratado de ganar y hago lo que me dice mi padre, no creo que se enfade conmigo. Espero que no se enoje. No voy a perder. Quiero decir, a veces pierdo porque no pego demasiado. Cuando voy a dar un golpe, tengo dudas. Me pongo ansiosa, no nerviosa. Ansiosa. Voy a ganar, pero nunca sabes".
De hecho, quizás no tenía el peso suficiente.
Había empezado la semana sabiendo que tenía que bajar 1 kilo 400, o sería descalificada de su categoría. Podía avanzar hacia la siguiente división, pero en esa división no había niñas con las que pelear.
Pasó hambre durante toda la semana. Para perder peso, se obligó despiadadamente. Corrió esprintes en un callejón, esquivando los coches y tomando cuidado de no meter sus zapatillas en el barro. Se ponía su grueso chandal azul y sus guantes de boxeo y daba vueltas alrededor de la manzana, cuatro, cinco, seis veces, escupiendo en la acera. Se preparaba. Se entrenaba con su enorme saco rojo, la mirada resuelta, feroz.
Nunca la vi tan determinada.
"Pompea ese corto, cariño. Dóblalo, dóblalo", dijo su padre, parado junto a una pared espejo cerca del pesado saco. "A la que pelee contigo este fin de semana, mama, le va a doler. Vamos a ganar, tesoro. Estoy seguro".
Exhalaba con cada ataque relámpago -¡gush! ¡gush! El sudor salpicaba de su camiseta rosada. El sonido de sus puños ahogaba todo lo demás. Guap-guap-guap-guap-guap. Constante, como un metrónomo. Paró, se agachó, con los guantes sobre las rodillas, aspirando. "Necesito agua", dijo. "Necesito agua".
"Nena, eso fue más de un golpe por segundo", dijo Joe, ofreciéndole un refresco. "Así se hace". Palmoteó sus hombros encorvados, resbaladiza con el sudor.
Dio unos lances mirándose al espejo, cautivada, perdida en su reflejo, en el modo en que se doblaba, cómo eludía a una oponente imaginaria con un fluido zigzagueo.
Salió del trance, se agachó y se apretó el estómago.
"No creo que vaya a perder", dijo. Pero mientras hablaba se derrumbó sobre el suelo alfombrado y se tendió exhausta. "Ahora estoy cansada, pero voy a ganar".
Haciendo Peso
Dos noches más tarde, Seniesa y su padre tomaron el coche hacia Norwalk para inscribirse y presenciar el sorteo de su oponente. Era en un enorme salón de conferencias en un centro de recreación. Como ocurría a menudo, estaba prácticamente sola en un mar de hombres y niños. Un referí le dijo que en su división había una sola niña, y era de Arizona.
"Apuesto a que es Kelly", dijo Seniesa. "Kelly de Arizona". Kelly había desaparecido misteriosamente de un match con Seniesa en Thermal, 15 meses antes. Seniesa apretó los puños, luego los estiró, apretó, estiró. Pegarle a Kelly sería dulce.
En la multitud, vio a una niña con shorts, más o menos de su tamaño. Le dio una palmadita en el hombro. "¿Tú eres Kelly?"
No, dijo la niña. Sólo estaba ahí para cuidar a su hermano.
Desalentada, Seniesa se retiró al fondo del salón. Joe estaba allí, con los brazos cruzados, apoyado contra la pared, junto a los niños boxeadores, que tenían peleas propias. El salón estaba lleno de gente, había al menos 200 personas.
Seniesa seguía apretando los puños. Todavía tenía una o dos libras de más. Mañana tenía que subirse a la balanza oficial. Si era demasiado pesada, no podría pelear.
"Vamos, vamos, vamos", dijo Gil, el preparador de su gimnasio. "Corre hasta que te diga que pares".
Trotó por un pasillo oscuro, y de vuelta. Otra vez. Tenía mal aspecto, con la mirada clavada en el suelo mientras se esforzaba. Paró sólo para agacharse en una fuente y escupir. Tengo que pelear, pensaba. He esperado tanto por este torneo. Tengo que pelear.
Corrió durante media hora, terminando justo a tiempo para oír el anuncio: "En la división femenina junior, 75 libras..." Corrió hacia la mesa. "Seniesa Estrada, Los Angeles, contra Daveena Villalva, Phoenix".
Después de todo, Kelly no era su oponente. ¿Quién era esta niña nueva? ¿Quién era Daveena?
Un referí se la mostró. Daveena era enjuta y guapa, en su negro chandal de calentamiento.
Seniesa la miró al otro lado del salón, tratando de no fijar la mirada. Daveena parecía tranquila y despreocupada, hablando con un hombre, quizás su padre.
Seniesa se sentó a su lado, hombro a hombro, sacando ventaja del hecho de que Daveena no sabía quién era ella. Seniesa pretendió estar mirando a los oficiales, pero seguía dando miradas a su oponente. Parecía estar tratando de imaginar cómo sería Daveena en el ring.
Volvió hacia Joe, preocupada. "Papa, ¿crees que peso mucho?"
"No, mija", dijo, tratando de tranquilizarla, aunque no sabía si podría pelear. "No te preocupes. Saldrá todo bien. De esto tenemos que aprender. Tú tienes que alejarte del MacDonald's".
Pesarse ocurriría recién la mañana siguiente, pero quería ir a chequearlo ella misma, en la balanza oficial. Estaba en el centro de otra sala de conferencias, en un hotel cercano. Los niños boxeadores fueron con ella. Pidió ser la primera en medirse. Necesitaba sacarse la ropa, así que los chicos se quedaron haciendo guardia en la puerta.
Métete ahí, le dijeron. Buena suerte.
A los dos minutos, salió corriendo, riendo. "Peso justo 34 kilos", dijo. "Voy a aprobar. Me van a calificar. Si no como esta noche".
Los niños estiraron sus puños derechos. Ella golpeó sus nudillos.
Mientras los chicos se pesaban a su vez, Seniesa se acercó a Laila, 19, la novia de Gil, y esbelta. Seniesa miró sus brillantes escarpines rojos. Le pidió probárselos. Eran demasiado grandes. Pasó tambaleando junto a su padre y dijo que cuando fuera más grande pensaba llevar escarpines rojos, ropa bonita y maquillaje, como Laila.
Ella y Laila se tomaron de la mano y pasearon por el vestíbulo del hotel, mirando la vitrina de una tienda de regalos. Vieron un cachorro de peluche beige con grandes orejas y ojos caídos, una chapa para el nombre y un lazo rosado en su cuello. "¡Oh, qué bonito, qué bonito es!", dijo Seniesa, saltando sobre sus pies, dando golpecitos en el cristal, apuntando a Sad Sam, el cachorro.
"Papá, ¿me lo compras?"
"No ahora", dijo Joe, pensando en el match.
Los niños boxeadores dieron vuelta sus ojos. Rara vez habían visto así a Seniesa.
Laila se volvió hacía, el mentón en alto. "Conmigo se porta como niña", dijo. "Con todo este boxeo, le hace bien".
Esa noche, Seniesa no cenó. Cumplir sus sueños no era fácil. Durmió sin Sad Sam. Crecer tampoco era fácil.
Despertó cansada, de mal humor, débil. Sentía los brazos pesados, recordaría. Le dolía el estómago. Tenía la cara pálida. Apenas podía hablar. Para pesarse, ella y otras niñas en el torneo usaban un pequeño cuarto de baño de mujeres. Entró. Una referí entró con ella para apuntar los resultados. La balanza estaba cerca de los retretes.
Se desvistió, excepto las bragas, y se subió tan cuidadosamente como pudo en las huellas de pies de la balanza. Contuvo el aliento, me dijo después, y se concentró en los números digitales. Trató de dejar de temblar.
Los números subieron: 68, 69, 74, 76, 77...
Pararon en 75.
Oh, sí, susurró.
De vuelta en el pasillo, vio a su padre, parado junto a los chicos.
"¿Quedaste?", preguntó Joe. ""Eh, cuenta. ¿Quedaste?"
Ella estiró la mano para golpear su palma.
Él la abrumó de abrazos.
"Quedé, sí", dijo. "Quedé. Quedé".
Aunque la noche anterior había pasado hambre, apenas podía comer. En un restaurante Jack in the Box, mordisqueó unas patatas con huevo. Ella y los chicos se marcharon temprano a la arena. Seniesa se sentó en una grada de cemento, junto a Laila y a mí.
"¿La viste ayer?", le preguntó Laila. "¿A la chica con la que vas a pelear?"
"Sí, la vi. Estaba aquí la otra noche. No parece fuerte".
"Así, ¿le vas a pegar o qué?"
Seniesa paró. "Bueno, no, no le voy a pegar". Apretó los labios y miró la gravilla. Luego cedió. No podía ser una guerrera todo el tiempo. "Ah, ¿recuerdas el perro de peluche de anoche? Quiero uno. Pensé en él toda la noche. Quiero tener uno. Quiero uno".
Dos Niñas Chicas
Faltaban dos horas para la primera campana.
Seniesa estaba sentada en las gradas de arriba, en shorts bombachos y un top azul suelto, con enormes letras negras: Solid Rock Boxing. Estaba sola, pálida, la piel fría. No hablaba. Se quedó mirando la puerta de entrada del gimnasio.
Entró Daveena.
"Mira", dijo Seniesa, pensativa.
Con los padres a su lado, Daveena se acercó al ring.
Seniesa la miró como una leona mirando a un ratón. No dejó de mirarla. Inconsciente de que alguien la miraba, exhaló, y volvió a aspirar profundamente, tocándose sus delgadas piernas con sus manos. "Ahí está", murmuró suavemente. "Ahí está".
El padre de Seniesa llegó para ayudarla en envolver sus puños. Estaba tratando, recordaría después, de reprimir una sensación: Algo, algo no estaba bien. Se sentía lenta, débil tras perder esos kilos tan rápido.
Maryann llegó con su novio y la madrina de Seniesa. Maryann estaba nerviosa. Quería que Seniesa ganara, pero estaba preocupada, como siempre. "Espero que el boxeo sea solamente una fase de lo que sea que está pasando", me había dicho semanas antes, en el McDonald's cerca de los almacenes Home Depot donde trabajaba todo el día antes de ir al Dodger Stadium por la noche a vender perritos calientes y palomitas. "Me preocupa. Sabes, coágulos cerebrales. No quiero que le pase eso. ¿Qué tal si se rompe la nariz? Mi niña es guapa... Todavía quiero que sea animadora".
Seniesa no quería perder esta pelea, no frente a su madre o a cualquiera de ellos. Luego, estaba su padre. Sabía lo mucho que significaba para él. No había más que mirarlo darse vueltas.
Quince minutos para la campana.
Joe frotó los hombros de Seniesa, sintiendo su nerviosismo. Cogió una pequeña cinta de velcro y sujetó su pelo trenzado. Seniesa se mordió el labio inferior. Miró el ring. Dos chicos estaban dándose de porrazos, y la multitud bramaba.
Tres minutos para la campana.
Cerca del ring, Daveena peleaba consigo misma. Llevaba pantalones cortos negros. Su cara estaba tensa y seria.
Seniesa se abrazó a sí misma. Tiritó, como si tuviera frío.
"¿Qué pasa, mija?", preguntó Joe. ¿Cuál es el problema?"
"Estoy bien. Estoy lista".
Dio unos pasos, susurrando: "Estoy lista. Estoy lista".
Un minuto para la campana.
El anunciador llamó a Seniesa. Agachó la cabeza y se dirigió hacia el ring, seguida por Joe y Gil. Se metió por entre las cuerdas. Joe estaba parado en su esquina, masticando chicle.
La multitud, casi 500 personas ahora, calló al ver a los niñitas. Entonces empezaron a aplaudir y dar vítores.
"¡Vamos, Nini", gritó la familia de Seniesa. "¡Puedes hacerlo, Nini!"
"¡Vamos, Chiqui!", respondió la familia de Daveena. "¡Eres la mejor, Chiqui!"
Ahora les tocaba a ellos.
Golpeando Realmente Fuerte
El referí, un hombre alto con un uniforme blanco nuevo, llevó a las niñas al centro del ring para recitarles las instrucciones, luego las envió de vuelta a sus esquinas.
Daveena saltaba sobre sus pues, lista para correr por el ring y atacar.
Seniesa giraba sus caderas. Tenía mal aspecto. Miró a su oponente. Este era su momento. No podía perder.
La campana sonó. Las niñas avanzaron. Daveena mantenía sus guantes levantados, frente a su cara. Seniesa mantenía los suyos justo sobre su cintura.
Daveena lanzó el primer golpe, un rápido recto que arañó el hombro de Seniesa. Daveena empezó retrotraer su mano derecha. Seniesa vio el hueco y lanzó un zurdazo al estómago de su oponente. Daveena no estaba desconcertada. Avanzó y lanzó un zurdazo que dio de lleno en la cabeza de Seniesa.
Se desarrolló un esquema: Daveena era la agresiva, lanzando la mayoría de los golpes, pero pocos eran duros; Seniesa se convirtió en la que contraatacaba, a menudo en sus talones, pegando menos veces, pero con resultados más claros.
Un intercambio casi al final del primer asalto fue típico. Seniesa se balanceaba y arrastraba los pies, para evitar ser alcanzada. Daveena brincó hacia adelante -dio un brinco, literalmente- y golpeó a Seniesa en la cara. Seniesa retrocedió y plantó un durán en el estómago de Daveena. Guap.
Daveena seguía acercándose. Le dio a Seniesa un fuerte recto en la mejilla izquierda. Seniesa retrocedió, cubriendo su cara con su hombro. Luego paró, giró las caderas, levantó su brazo derecho y soltó. Su guante cayó violentamente sobre el hígado de Daveena. El ring se sacudió. Daveena gruñó.
Grandes golpes, garrapateé en mi cuaderno de apuntes.
Con la campana, Seniesa volvió a su esquina y se dejó caer, escuchando las instrucciones de Joe mientras tragaba agua. Luego se levantó lentamente de su silla y esperó. Se veía agotada, los pies planos, los hombros encorvados, los brazos flojos colgando. Me parecía que no quería pelear.
Pero tenía que pelear.
El segundo round fue una repetición del primero. Daveena salió a buscar a Seniesa con ciega agresividad -ineficiente, pero impresionante para los jueces junto al ring. Lanzó los primeros seis golpes. Sólo uno llegó a destino, un fuerte corto izquierdo que rozó la nariz de Seniesa.
Seniesa buscó una respuesta, sacando energía de algún lugar y parando el siguiente avance de Daveena con un jab a la cara. La cabeza de Daveena se sacudió hacia atrás. Pero volvió a cargar. Los nudillos de Seniesa volvieron a impactar en su cara. Otra vez, su cabeza se dobló hacia atrás. ¿Cuánto más podía aguantar?
Sonó la campana.
De momento, la pelea parecía pareja. La multitud lo sentía. Las dos esquinas sabían que la que ganara el tercer y último asalto se iría feliz a casa.
Cuando empezó, los golpes de Daveena empujaron a Seniesa y la hacían girar.
Pero entonces Seniesa ensartó su respuesta, una serie de duros zurdazos que hicieron traquetear a Daveena hacia un lado, luego al otro. "¡Oooh!", bramaba la multitud con cada golpe. "¡Oooh!"
Daveena frunció el ceño, hizo una mueva, pero lo disminuyó. Su agresión parecía instintiva, como si estuviera peleando por su vida.
Las niñas se enzarzaban y retrocedían, luego se enfrascaban en un violento intercambio de cortos y ganchos. Me sorprendí preguntando sobre el sentido de todo esto. Estas niñas estaban causándose dolor. Dolor de verdad. Aguantaban golpes duros a la cabeza, al hígado y a los riñones. Miré a Seniesa, respirando fuerte, el sudor fluyendo, su cara roja, reuniendo sus fuerzas para un último golpe. En ese momento, los temores de Maryann parecían justificados.
Finalmente, la campana rompió el aire.
Seniesa caminó a su esquina y puso las dos manos en las cuerdas para no caerse. Dobló la cabeza. El pelo sudoroso se le pegaba al cuello.
Luego caminó hacia el centro del ring, saludando a la multitud del modo en que lo hacen los profesionales, pisoteando e inclinándose en cada dirección. Normalmente, lo hacía vigorosamente. Esta vez, se arrastró por el episodio con poco entusiasmo.
Daveena y el referí se unieron a ella. Pasaron los segundos. La expectativa llenaba el gimnasio. Finalmente, la voz del anunciador crujió en los altavoces.
"Qué tal si damos un aplauso a estas jóvenes damas. Las dos son guerreras".
Daveena cerró sus ojos.
"Y la ganadora, en la división de niñas, 75 libras..."
Seniesa miró hacia los focos.
"Por decisión, en la esquina roja... ¡Da-Vee-Na Vi-llal-va!"
Seniesa pateó la lona. Se volvió hacia su esquina y trató de alejarse. Pero el referí impidió con su mano que saliera corriendo hacia su padre y fuera del ring, enojada.
Daveena dio un salto en el aire y levantó sus brazos.
Se volvió hacia Seniesa. El boxeo amateur está lleno de emociones y rudeza, pero después de cada pelea, la tradición exige que los oponentes se den la mano. Daveena quería.
Seniesa no quiso. Apenas podía mirar a Daveena.
Con las lágrimas manando de sus ojos, se dirigió hacia su padre. "Venga, mija", dijo. Tampoco lo podía mirar a él. "Está bien. Peleaste bien. Pensé que habías ganado tú. Eso fue un robo. Quiero decir, vamos, ¿qué hay que hacer para ganar una pelea?" Sus palabras, normalmente suficientes para hacer que se sintiera bien, no le sirvieron de consuelo.
En el vestuario, se arrancó la gaza y la cinta blanca de sus manos y empezó a cambiarse ropa. Miró. Ahí estaba Daveena. Ella también quería cambiarse.
Saniesa recogió sus cosas y salió de mal humor.
Había un rayo de esperanza. Joe. Ahí estaba, erguido como un taco, esperando junto a una enorme puerta de metal para salir del gimnasio. Tenía tensos los músculos en torno a sus ojos.
Antes de echarse a correr hacia el coche de su madre, se volvió hacia su padre. Esta vez, sus ojos se encontraron en una triste mirada, una mirada que pedía perdón.
23 de julio de 2005
13 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
"Abajo, ahora arriba, nena", le dijo su padre, que estaba parado al otro lado de las cuerdas, observando. "Rápido, rápido. Dale, trabájalo. Ahora aplícale el durán".Seniesa brincó en sus pies, manteniendo los guantes frente a su cara y zigzagueando hacia el otro boxeador, un niño un año mayor y 4 kilos y medio más pesado. Él se retiró hacia las cuerdas. Ella lanzó un golpe. Se encorvó. Retrocedió.
El cuerpo del niño se derritió entre las cuerdas. Lanzó unos pocos débiles golpes, y luego se mantuvo a distancia.
"Durán", dijo su padre.
Ella eludió un golpe desviándose ligeramente hacia su derecha. En posición perfecta, se enroscó, con el brazo derecho doblado, y luego bajó el puño hasta su cintura. Entonces lo lanzó. Su puño salió haciendo una pequeña U, doblándose al principio, y luego corrigiéndose en el aire, antes de aterrizar -guap- en el estómago del niño.
Seniesa Estrada, 11, había cambiado su gimnasio por el Solid Rock Boxing, una vieja tienda con un solo ring, donde un antiguo chapero llamado Gil Valdez estaba ayudando a Joe Estrada, 44, su padre, a prepararla. Ella había aprendido toda una gama de golpes. Uno era llamado "el durán", un poderoso golpe de giro como el que perfeccionó el legendario campeón Roberto Durán.
Pero se necesitaría más que un durán para convertir a Seniesa en campeona. Fuera del ring, el mundo tenía sus modos de secuestrarla. Si no era su madre, que la sofocaba con su preocupación de que pudiera pasarle algo, eran sus hermanos, que mataban el tiempo en la calle donde podían matarles, o su padre, un ex drogadicto que estallaba con tal rabia que podía meterse en problemas con la policía. Seniesa misma tenía problemas. Una parte de ella quería ser la púgil de sus sueños, pero otra parte quería seguir siendo una niña. No pasaría mucho tiempo cuando debiera enfrentarse a su oponente más dura, una chica como ella en muchos sentidos. Y la niña era dura.
Más dura que este niño en el ring, cuyo nombre era Richard. Se arrastró a su esquina. Tenía sangre debajo de la nariz. Su preparador lo alumbró. "Vamos, tienes que golpearla primero, o te golpeará ella a ti. Deja de pelear como si le tuvieras miedo. ¿Qué te pasa?"
Richard escupió su protector bucal. "Es tan rápida", jadeó. "Tan rápida".
Su entrenador dejó que le dieran otra paliza. Durante un minuto, él y Seniesa intercambiaron una serie de golpes, hasta que ella lo arrinconó nuevamente contra las cuerdas.
"Durán". Guap. "Durán". Guap. "Durán".
Richard se cubrió con sus brazos y guantes. Quería que terminara. Finalmente sonó la última campana. En su rincón, apoyó su frente sobre la cuerda de arriba. Una lágrima rodaba por sus mejillas, y se frotó el lado donde habían aterrizado tantos de sus golpes. "Duele", murmuró, tocándose el estómago. "Duele".
Saniesa se sentó junto a él a una larga mesa junto al ring. Metió los guantes en su bolso negro. Evitó mis preguntas, como si pudiera arruinar la magia de saber que ella podía derrotar a cualquier niño de su tamaño en Los Angeles Este. Cuando subió la cremallera de su bolso, se encaminó hacia su padre.
Richard la miró, sonrió y sacudió su cabeza. "Pegas muy fuerte", dijo. Le causaba risa que una niña pudiera ser tan buena. Todo lo que hacía era reír. "Seniesa pega muy fuerte".
Seniesa, la amazona, era tan dura y fría como sus golpes. Por la noche, soñaba que peleaba en un ring rodeada de cámaras, luces destellantes y gente. Despertaba lanzando golpes cortos y ganchos.
En el día se imaginaba que era una púgil famosa, con dinero, suficiente para comprar una casa. Una casa, pero no en un lugar pituco, como Beverly Hills", dijo, pero tampoco en El Sereno. Una casa con piscina y un tobogán. Su padre viviría con ella. El futuro era distante, pero estaba trabajando duro para que fuera realidad.
No le preocupaba que, una vez, había superado a otra niña de tal modo que el referí debió parar la pelea durante 30 segundos para impedir un knockout. "Nadie te obliga a subir al ring", me dijo Seniesa, mirando el video de la corta pelea. "Si no estaba lista, no es mi culpa. Si no puedes, es cosa tuya".
Sin embargo, Seniesa podía ser cálida y divertida. Después de torneos fuera de Los Angeles, siempre insistía en bañarse en la piscina del hotel. Le daba la risa boba y chillaba de placer cuando saltaba una y otra vez en el agua tibia.
"¡Esto es divertido!", dijo, saliendo de la piscina y mirando a su padre. "Papi, ¿podemos alojar aquí, para nadar mañana todo el día? Papi, algún día vamos a tener una piscina como esta. Papi, ¿podemos?
"Papi, ¿cuándo seré profesional?"
Sus sueños, siempre presentes.
La Veo Cambiar
Tenías más confianza, pero también más cautelosa. Estaba creciendo.
Ahora, cuando los niños boxeadores la molestaban por ser chica o flaca, ladraba de vuelta con un destello en los ojos. Fastidió a uno por su panza, a otro por sus novias, a otro porque todavía no dominaba el inglés.
Con adultos, sin embargo, era diferente. Una vez rebosaba de preguntas y rápidas respuestas. "¿Cómo es tu esposa?", me preguntaría. "¿Dónde vives? ¿Cómo se llama tu gato? ¿Pablo? Dang, eso no es un nombre de gato. Mi gato se llama Sunny. Ese es un nombre de gato".
Ahora, sin embargo, había dejado de preguntar. Ahora repartía sus preguntas. Era menos confiada. Incluso con su padre, la brillante y resplandeciente exuberancia se desvanecía. "La veo cambiar", me dijo un día. "No dice mucho. Se debe en parte a dónde está creciendo, las cosas que ve y vive. Es loco donde vive ella. Después de un rato, dejas de ser niño. Tienes que, si quieres sobrevivir".
El 2 de septiembre de 2003, Seniesa pasó del quinto, el último de la escuela básica, al sexto, el primero de la secundaria. Medía 1 metro 52. Era más fuerte y parecía una pirámide invertida: hombros anchos, angostándose hacia sus flacos tobillos. También su cara se veía diferente. Más estrecha, la piel tensa en torno a sus ojos, quizás por los golpes. Sus pómulos se veían más prominentes.
Trataba de no llamar la atención. En el quinto, me dejaba venir a su aula. En el sexto, le daba vergüenza y le tomó meses decidir que podría visitarla. La primera vez que lo hice, dijo que estaba enferma y se quedó en casa.
En el quinto, todos sabían que boxeaba. En el sexto, se preocupaba de que la gente podría enterarse. Ahora evitaba a un niño que le había buscado problemas. "Si se enteran de que soy una boxeadora", explicó, "van a hablar un montón, y voy a tener que mostrarles que es mejor que no se metan conmigo".
Ni siquiera de lo dijo a sus maestros.
En un temprano proyecto de deberes, dejó caer que le gustaba pelear. Lupe Arellano, la maestra encargada, pensó que quería decir hacer problemas en clases y pelear en el patio.
"¿No voy a tener problemas contino, no?", le preguntó Arellano. Seniesa dijo no, pero le tomó semanas contarle a Arellano sobre el boxeo, su barrio y su vida en casa. "Tiene un montón de cosas en la cabeza", me dijo su maestra un día, hojeando los deberes de Saniesa. "Por lo que entiendo, hay cosas en su vida para las que tiene que ser fuerte y aguantar y enfrentarse a ello. Seniesa guarda sus sentimientos muy adentro".
Pero la realidad la seguía emboscando.
Una mañana temprano sonó el móvil de su padre. Su Tío Rick, que lo había llevado a la iglesia y ayudado a renunciar a las pandillas y a las drogas, estaba en la cárcel. Abatido por un matrimonio fracasado, arrinconó a su esposa y le disparó dos veces. Sobrevivió por un pelo.
Cuando Joe recogió a Seniesa el día siguiente para ir al gimnasio, le contó sobre el asunto, y trató de tranquilizarla sobre él mismo. Le dijo que estaba okey, que obviamente no era verdad.
Su cuerpo se entumeció. Quería boxear, pero parte de ella quería ocuparse de su padre. Vio el dolor que sentía. Había bolsas debajo de sus ojos, su voz era frágil, y se frotaba la parte de atrás del cuello mientras se preguntaba y preocupaba.
¿No se había dado cuenta de que su hermano la estaba pasando mal? Sabía que Rick tendría que pagar el precio, pero no estaba seguro de que Rick sobreviviera. Temía que su hermano se matara para evitar la cárcel.
Luego había un problema más práctico: la tienda. Rick era su socio. Joe construía e instalaba los letreros. Rick pagaba las cuentas, se encargaba del inventario y atendía a los nuevos clientes. ¿Podría Joe hacerse cargo de todo? No lo sabía.
El tío de Seniesa era una roca. Siempre se alegraba cuando ella llegaba a la tienda de letreros. Podía cerrar los ojos y oírlo: He, campeona, ¿cómo te va? ¿Qué haces hoy, campeona?
Pero ahora el destino de su tío estaba apabullando a su padre. Joe estaba ansioso por hablar sobre esto con la persona que mejor lo entendía: Seniesa. Quería contarle cómo se sentía. Pero, ¿estaba bien hacerlo? ¿Cuántos problemas podía aguantar una niña? Dudó.
Por supuesto, ella sabía qué le pasaba. A medida que pasaban las semanas, podía saber por el modo en que él hundía los hombros y parecía cansado e irritable. "No puedo hacer nada", me dijo una noche, sacudiendo la cabeza, incrédula y frustrada, parada frente al gimnasio, mirando pasar los coches.
Bajó la vista. "Soy una niña".
Pero había algo que podía hacer. Instintivamente, lo sabía. Tenían que boxear, juntos.
Un Caso Vitrina
Seniesa y su padre empezaron a entrenar para el VIII Campeonato Regional Guantes de Plata. Lo había estado pensando durante un año. Ahora era diciembre de 2003, y el torno empezaría en la segunda semana de enero. Era uno de los más importantes eventos regionales en el boxeo amateur, una oportunidad de mostrar al mundo que Seniesa era la mejor niña púgil del momento.
Días antes decidió invitarme a jugar un videojuego de boxeo en la televisión en su casa. Eligió a Roberto Durán. Para mí, escogió a un púgil poco conocido llamado Zab Judah. Desde el principio, su Durán tenía a mi impotente Judah contra las cuerdas. "Así será en el regional. Voy a estrenar el durán".
"¿En serio?", pregunté, frunciendo el ceño, tratando de sacar a mi pobre púgil de las cuerdas, determinado a no dejarme ganar por una niña de 11. "¿Estás segura?"
Tumbó a Judah. Cayó en la lona, knockout.
"¿Sientes la presión?", pregunté. "Toda esa gente mirando. El asunto de tu tío. Es bastante para ti y tu papá".
"Siento la presión", dijo. "Alguna gente dice que voy a ganar en un round, porque soy muy buena. Pero ¿qué pasará si no lo hago?" Hizo una pausa, mirando el suelo. Se movía nerviosamente. Cruzó los brazos.
"Creo que voy a ganar", agregó. "No, sé que voy a ganar. Pero si no, si pierdo, si he tratado de ganar y hago lo que me dice mi padre, no creo que se enfade conmigo. Espero que no se enoje. No voy a perder. Quiero decir, a veces pierdo porque no pego demasiado. Cuando voy a dar un golpe, tengo dudas. Me pongo ansiosa, no nerviosa. Ansiosa. Voy a ganar, pero nunca sabes".
De hecho, quizás no tenía el peso suficiente.
Había empezado la semana sabiendo que tenía que bajar 1 kilo 400, o sería descalificada de su categoría. Podía avanzar hacia la siguiente división, pero en esa división no había niñas con las que pelear.
Pasó hambre durante toda la semana. Para perder peso, se obligó despiadadamente. Corrió esprintes en un callejón, esquivando los coches y tomando cuidado de no meter sus zapatillas en el barro. Se ponía su grueso chandal azul y sus guantes de boxeo y daba vueltas alrededor de la manzana, cuatro, cinco, seis veces, escupiendo en la acera. Se preparaba. Se entrenaba con su enorme saco rojo, la mirada resuelta, feroz.
Nunca la vi tan determinada.
"Pompea ese corto, cariño. Dóblalo, dóblalo", dijo su padre, parado junto a una pared espejo cerca del pesado saco. "A la que pelee contigo este fin de semana, mama, le va a doler. Vamos a ganar, tesoro. Estoy seguro".
Exhalaba con cada ataque relámpago -¡gush! ¡gush! El sudor salpicaba de su camiseta rosada. El sonido de sus puños ahogaba todo lo demás. Guap-guap-guap-guap-guap. Constante, como un metrónomo. Paró, se agachó, con los guantes sobre las rodillas, aspirando. "Necesito agua", dijo. "Necesito agua".
"Nena, eso fue más de un golpe por segundo", dijo Joe, ofreciéndole un refresco. "Así se hace". Palmoteó sus hombros encorvados, resbaladiza con el sudor.
Dio unos lances mirándose al espejo, cautivada, perdida en su reflejo, en el modo en que se doblaba, cómo eludía a una oponente imaginaria con un fluido zigzagueo.
Salió del trance, se agachó y se apretó el estómago.
"No creo que vaya a perder", dijo. Pero mientras hablaba se derrumbó sobre el suelo alfombrado y se tendió exhausta. "Ahora estoy cansada, pero voy a ganar".
Haciendo Peso
Dos noches más tarde, Seniesa y su padre tomaron el coche hacia Norwalk para inscribirse y presenciar el sorteo de su oponente. Era en un enorme salón de conferencias en un centro de recreación. Como ocurría a menudo, estaba prácticamente sola en un mar de hombres y niños. Un referí le dijo que en su división había una sola niña, y era de Arizona.
"Apuesto a que es Kelly", dijo Seniesa. "Kelly de Arizona". Kelly había desaparecido misteriosamente de un match con Seniesa en Thermal, 15 meses antes. Seniesa apretó los puños, luego los estiró, apretó, estiró. Pegarle a Kelly sería dulce.
En la multitud, vio a una niña con shorts, más o menos de su tamaño. Le dio una palmadita en el hombro. "¿Tú eres Kelly?"
No, dijo la niña. Sólo estaba ahí para cuidar a su hermano.
Desalentada, Seniesa se retiró al fondo del salón. Joe estaba allí, con los brazos cruzados, apoyado contra la pared, junto a los niños boxeadores, que tenían peleas propias. El salón estaba lleno de gente, había al menos 200 personas.
Seniesa seguía apretando los puños. Todavía tenía una o dos libras de más. Mañana tenía que subirse a la balanza oficial. Si era demasiado pesada, no podría pelear.
"Vamos, vamos, vamos", dijo Gil, el preparador de su gimnasio. "Corre hasta que te diga que pares".
Trotó por un pasillo oscuro, y de vuelta. Otra vez. Tenía mal aspecto, con la mirada clavada en el suelo mientras se esforzaba. Paró sólo para agacharse en una fuente y escupir. Tengo que pelear, pensaba. He esperado tanto por este torneo. Tengo que pelear.
Corrió durante media hora, terminando justo a tiempo para oír el anuncio: "En la división femenina junior, 75 libras..." Corrió hacia la mesa. "Seniesa Estrada, Los Angeles, contra Daveena Villalva, Phoenix".
Después de todo, Kelly no era su oponente. ¿Quién era esta niña nueva? ¿Quién era Daveena?
Un referí se la mostró. Daveena era enjuta y guapa, en su negro chandal de calentamiento.
Seniesa la miró al otro lado del salón, tratando de no fijar la mirada. Daveena parecía tranquila y despreocupada, hablando con un hombre, quizás su padre.
Seniesa se sentó a su lado, hombro a hombro, sacando ventaja del hecho de que Daveena no sabía quién era ella. Seniesa pretendió estar mirando a los oficiales, pero seguía dando miradas a su oponente. Parecía estar tratando de imaginar cómo sería Daveena en el ring.
Volvió hacia Joe, preocupada. "Papa, ¿crees que peso mucho?"
"No, mija", dijo, tratando de tranquilizarla, aunque no sabía si podría pelear. "No te preocupes. Saldrá todo bien. De esto tenemos que aprender. Tú tienes que alejarte del MacDonald's".
Pesarse ocurriría recién la mañana siguiente, pero quería ir a chequearlo ella misma, en la balanza oficial. Estaba en el centro de otra sala de conferencias, en un hotel cercano. Los niños boxeadores fueron con ella. Pidió ser la primera en medirse. Necesitaba sacarse la ropa, así que los chicos se quedaron haciendo guardia en la puerta.
Métete ahí, le dijeron. Buena suerte.
A los dos minutos, salió corriendo, riendo. "Peso justo 34 kilos", dijo. "Voy a aprobar. Me van a calificar. Si no como esta noche".
Los niños estiraron sus puños derechos. Ella golpeó sus nudillos.
Mientras los chicos se pesaban a su vez, Seniesa se acercó a Laila, 19, la novia de Gil, y esbelta. Seniesa miró sus brillantes escarpines rojos. Le pidió probárselos. Eran demasiado grandes. Pasó tambaleando junto a su padre y dijo que cuando fuera más grande pensaba llevar escarpines rojos, ropa bonita y maquillaje, como Laila.
Ella y Laila se tomaron de la mano y pasearon por el vestíbulo del hotel, mirando la vitrina de una tienda de regalos. Vieron un cachorro de peluche beige con grandes orejas y ojos caídos, una chapa para el nombre y un lazo rosado en su cuello. "¡Oh, qué bonito, qué bonito es!", dijo Seniesa, saltando sobre sus pies, dando golpecitos en el cristal, apuntando a Sad Sam, el cachorro.
"Papá, ¿me lo compras?"
"No ahora", dijo Joe, pensando en el match.
Los niños boxeadores dieron vuelta sus ojos. Rara vez habían visto así a Seniesa.
Laila se volvió hacía, el mentón en alto. "Conmigo se porta como niña", dijo. "Con todo este boxeo, le hace bien".
Esa noche, Seniesa no cenó. Cumplir sus sueños no era fácil. Durmió sin Sad Sam. Crecer tampoco era fácil.
Despertó cansada, de mal humor, débil. Sentía los brazos pesados, recordaría. Le dolía el estómago. Tenía la cara pálida. Apenas podía hablar. Para pesarse, ella y otras niñas en el torneo usaban un pequeño cuarto de baño de mujeres. Entró. Una referí entró con ella para apuntar los resultados. La balanza estaba cerca de los retretes.
Se desvistió, excepto las bragas, y se subió tan cuidadosamente como pudo en las huellas de pies de la balanza. Contuvo el aliento, me dijo después, y se concentró en los números digitales. Trató de dejar de temblar.
Los números subieron: 68, 69, 74, 76, 77...
Pararon en 75.
Oh, sí, susurró.
De vuelta en el pasillo, vio a su padre, parado junto a los chicos.
"¿Quedaste?", preguntó Joe. ""Eh, cuenta. ¿Quedaste?"
Ella estiró la mano para golpear su palma.
Él la abrumó de abrazos.
"Quedé, sí", dijo. "Quedé. Quedé".
Aunque la noche anterior había pasado hambre, apenas podía comer. En un restaurante Jack in the Box, mordisqueó unas patatas con huevo. Ella y los chicos se marcharon temprano a la arena. Seniesa se sentó en una grada de cemento, junto a Laila y a mí.
"¿La viste ayer?", le preguntó Laila. "¿A la chica con la que vas a pelear?"
"Sí, la vi. Estaba aquí la otra noche. No parece fuerte".
"Así, ¿le vas a pegar o qué?"
Seniesa paró. "Bueno, no, no le voy a pegar". Apretó los labios y miró la gravilla. Luego cedió. No podía ser una guerrera todo el tiempo. "Ah, ¿recuerdas el perro de peluche de anoche? Quiero uno. Pensé en él toda la noche. Quiero tener uno. Quiero uno".
Dos Niñas Chicas
Faltaban dos horas para la primera campana.
Seniesa estaba sentada en las gradas de arriba, en shorts bombachos y un top azul suelto, con enormes letras negras: Solid Rock Boxing. Estaba sola, pálida, la piel fría. No hablaba. Se quedó mirando la puerta de entrada del gimnasio.
Entró Daveena.
"Mira", dijo Seniesa, pensativa.
Con los padres a su lado, Daveena se acercó al ring.
Seniesa la miró como una leona mirando a un ratón. No dejó de mirarla. Inconsciente de que alguien la miraba, exhaló, y volvió a aspirar profundamente, tocándose sus delgadas piernas con sus manos. "Ahí está", murmuró suavemente. "Ahí está".
El padre de Seniesa llegó para ayudarla en envolver sus puños. Estaba tratando, recordaría después, de reprimir una sensación: Algo, algo no estaba bien. Se sentía lenta, débil tras perder esos kilos tan rápido.
Maryann llegó con su novio y la madrina de Seniesa. Maryann estaba nerviosa. Quería que Seniesa ganara, pero estaba preocupada, como siempre. "Espero que el boxeo sea solamente una fase de lo que sea que está pasando", me había dicho semanas antes, en el McDonald's cerca de los almacenes Home Depot donde trabajaba todo el día antes de ir al Dodger Stadium por la noche a vender perritos calientes y palomitas. "Me preocupa. Sabes, coágulos cerebrales. No quiero que le pase eso. ¿Qué tal si se rompe la nariz? Mi niña es guapa... Todavía quiero que sea animadora".
Seniesa no quería perder esta pelea, no frente a su madre o a cualquiera de ellos. Luego, estaba su padre. Sabía lo mucho que significaba para él. No había más que mirarlo darse vueltas.
Quince minutos para la campana.
Joe frotó los hombros de Seniesa, sintiendo su nerviosismo. Cogió una pequeña cinta de velcro y sujetó su pelo trenzado. Seniesa se mordió el labio inferior. Miró el ring. Dos chicos estaban dándose de porrazos, y la multitud bramaba.
Tres minutos para la campana.
Cerca del ring, Daveena peleaba consigo misma. Llevaba pantalones cortos negros. Su cara estaba tensa y seria.
Seniesa se abrazó a sí misma. Tiritó, como si tuviera frío.
"¿Qué pasa, mija?", preguntó Joe. ¿Cuál es el problema?"
"Estoy bien. Estoy lista".
Dio unos pasos, susurrando: "Estoy lista. Estoy lista".
Un minuto para la campana.
El anunciador llamó a Seniesa. Agachó la cabeza y se dirigió hacia el ring, seguida por Joe y Gil. Se metió por entre las cuerdas. Joe estaba parado en su esquina, masticando chicle.
La multitud, casi 500 personas ahora, calló al ver a los niñitas. Entonces empezaron a aplaudir y dar vítores.
"¡Vamos, Nini", gritó la familia de Seniesa. "¡Puedes hacerlo, Nini!"
"¡Vamos, Chiqui!", respondió la familia de Daveena. "¡Eres la mejor, Chiqui!"
Ahora les tocaba a ellos.
Golpeando Realmente Fuerte
El referí, un hombre alto con un uniforme blanco nuevo, llevó a las niñas al centro del ring para recitarles las instrucciones, luego las envió de vuelta a sus esquinas.
Daveena saltaba sobre sus pues, lista para correr por el ring y atacar.
Seniesa giraba sus caderas. Tenía mal aspecto. Miró a su oponente. Este era su momento. No podía perder.
La campana sonó. Las niñas avanzaron. Daveena mantenía sus guantes levantados, frente a su cara. Seniesa mantenía los suyos justo sobre su cintura.
Daveena lanzó el primer golpe, un rápido recto que arañó el hombro de Seniesa. Daveena empezó retrotraer su mano derecha. Seniesa vio el hueco y lanzó un zurdazo al estómago de su oponente. Daveena no estaba desconcertada. Avanzó y lanzó un zurdazo que dio de lleno en la cabeza de Seniesa.
Se desarrolló un esquema: Daveena era la agresiva, lanzando la mayoría de los golpes, pero pocos eran duros; Seniesa se convirtió en la que contraatacaba, a menudo en sus talones, pegando menos veces, pero con resultados más claros.
Un intercambio casi al final del primer asalto fue típico. Seniesa se balanceaba y arrastraba los pies, para evitar ser alcanzada. Daveena brincó hacia adelante -dio un brinco, literalmente- y golpeó a Seniesa en la cara. Seniesa retrocedió y plantó un durán en el estómago de Daveena. Guap.
Daveena seguía acercándose. Le dio a Seniesa un fuerte recto en la mejilla izquierda. Seniesa retrocedió, cubriendo su cara con su hombro. Luego paró, giró las caderas, levantó su brazo derecho y soltó. Su guante cayó violentamente sobre el hígado de Daveena. El ring se sacudió. Daveena gruñó.
Grandes golpes, garrapateé en mi cuaderno de apuntes.
Con la campana, Seniesa volvió a su esquina y se dejó caer, escuchando las instrucciones de Joe mientras tragaba agua. Luego se levantó lentamente de su silla y esperó. Se veía agotada, los pies planos, los hombros encorvados, los brazos flojos colgando. Me parecía que no quería pelear.
Pero tenía que pelear.
El segundo round fue una repetición del primero. Daveena salió a buscar a Seniesa con ciega agresividad -ineficiente, pero impresionante para los jueces junto al ring. Lanzó los primeros seis golpes. Sólo uno llegó a destino, un fuerte corto izquierdo que rozó la nariz de Seniesa.
Seniesa buscó una respuesta, sacando energía de algún lugar y parando el siguiente avance de Daveena con un jab a la cara. La cabeza de Daveena se sacudió hacia atrás. Pero volvió a cargar. Los nudillos de Seniesa volvieron a impactar en su cara. Otra vez, su cabeza se dobló hacia atrás. ¿Cuánto más podía aguantar?
Sonó la campana.
De momento, la pelea parecía pareja. La multitud lo sentía. Las dos esquinas sabían que la que ganara el tercer y último asalto se iría feliz a casa.
Cuando empezó, los golpes de Daveena empujaron a Seniesa y la hacían girar.
Pero entonces Seniesa ensartó su respuesta, una serie de duros zurdazos que hicieron traquetear a Daveena hacia un lado, luego al otro. "¡Oooh!", bramaba la multitud con cada golpe. "¡Oooh!"
Daveena frunció el ceño, hizo una mueva, pero lo disminuyó. Su agresión parecía instintiva, como si estuviera peleando por su vida.
Las niñas se enzarzaban y retrocedían, luego se enfrascaban en un violento intercambio de cortos y ganchos. Me sorprendí preguntando sobre el sentido de todo esto. Estas niñas estaban causándose dolor. Dolor de verdad. Aguantaban golpes duros a la cabeza, al hígado y a los riñones. Miré a Seniesa, respirando fuerte, el sudor fluyendo, su cara roja, reuniendo sus fuerzas para un último golpe. En ese momento, los temores de Maryann parecían justificados.
Finalmente, la campana rompió el aire.
Seniesa caminó a su esquina y puso las dos manos en las cuerdas para no caerse. Dobló la cabeza. El pelo sudoroso se le pegaba al cuello.
Luego caminó hacia el centro del ring, saludando a la multitud del modo en que lo hacen los profesionales, pisoteando e inclinándose en cada dirección. Normalmente, lo hacía vigorosamente. Esta vez, se arrastró por el episodio con poco entusiasmo.
Daveena y el referí se unieron a ella. Pasaron los segundos. La expectativa llenaba el gimnasio. Finalmente, la voz del anunciador crujió en los altavoces.
"Qué tal si damos un aplauso a estas jóvenes damas. Las dos son guerreras".
Daveena cerró sus ojos.
"Y la ganadora, en la división de niñas, 75 libras..."
Seniesa miró hacia los focos.
"Por decisión, en la esquina roja... ¡Da-Vee-Na Vi-llal-va!"
Seniesa pateó la lona. Se volvió hacia su esquina y trató de alejarse. Pero el referí impidió con su mano que saliera corriendo hacia su padre y fuera del ring, enojada.
Daveena dio un salto en el aire y levantó sus brazos.
Se volvió hacia Seniesa. El boxeo amateur está lleno de emociones y rudeza, pero después de cada pelea, la tradición exige que los oponentes se den la mano. Daveena quería.
Seniesa no quiso. Apenas podía mirar a Daveena.
Con las lágrimas manando de sus ojos, se dirigió hacia su padre. "Venga, mija", dijo. Tampoco lo podía mirar a él. "Está bien. Peleaste bien. Pensé que habías ganado tú. Eso fue un robo. Quiero decir, vamos, ¿qué hay que hacer para ganar una pelea?" Sus palabras, normalmente suficientes para hacer que se sintiera bien, no le sirvieron de consuelo.
En el vestuario, se arrancó la gaza y la cinta blanca de sus manos y empezó a cambiarse ropa. Miró. Ahí estaba Daveena. Ella también quería cambiarse.
Saniesa recogió sus cosas y salió de mal humor.
Había un rayo de esperanza. Joe. Ahí estaba, erguido como un taco, esperando junto a una enorme puerta de metal para salir del gimnasio. Tenía tensos los músculos en torno a sus ojos.
Antes de echarse a correr hacia el coche de su madre, se volvió hacia su padre. Esta vez, sus ojos se encontraron en una triste mirada, una mirada que pedía perdón.
23 de julio de 2005
13 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
la última víctima
[Arifa Akbar y Terri Judd] Ateeque Sharifi: Sus padres fueron asesinados por los talibanes. Huyó de Afganistán buscando la seguridad de Londres. Murió en el atentado de King's Cross.
Londres, Reino Unido. Ateeque Sharifi había tenido su cuota de tragedia siendo niño en Afganistán. Sus padres fueron asesinados por los talibanes antes de que cumpliera los 20, y era el único hombre de la familia que había escapado a la muerte.
A los 21, huyó de Kabul y buscó refugio en Gran Breyaña, donde ganó su guerra por aprender inglés y se transformó en un estudiante modelo. En su tiempo libre trabajaba en un local de pizzas a domicilio, y enviaba la mayor parte de su salario a su hermana menor en Afganistán.
Pero tres años después de huir del brutal régimen de los talibanes para reconstruir su vida en su ciudad adoptiva, el joven musulmán iba a morir en un atentado suicida cometido en nombre de su fe.
Ayer, casi dos semanas después de los atentados de Londres en los que murieron 56 personas, incluyendo a los terroristas, el afgano de 24 años se convirtió en la última víctima en ser formalmente identificada.
Sharifi, 24, que vivía en Hounslow, al oeste de Londes, había estudiado en el West Thames College desde septiembre de 2002, ocho meses después de llegar al Reino Unido, donde se transformó en uno de los alumnos más populares. Mientras se iniciaba ayer una investigación de su muerte, Thalia Marriott, la directora del instituto, dijo: "La profunda ironía de este trágico suceso es que Ateeque había dejado Afganistán buscando la seguridad del Reino Unido, sólo para encontrar la muerte a manos de extremistas de aquí".
Lo describió como un "estudiante popular, inspirador" que estaba "destinado a un futuro brillante", y dijo que el personal del instituto y sus 7.000 pupilos estaban profundamente conmovidos y entristecidos por su muerte.
El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, pagó tributo ayer a Sharifi, depositando flores entre los cientos de tributos personales que se apilaban en la plaza frente a la estación de King's Cross. Dijo: "El pueblo afgano comparte el dolor de estas familias. Los que han cometido estos crímenes son enemigos de todos nosotros, en todo el mundo. En Afganistán han matado a viajeros, estudiantes, mujeres y mucha gente inocente".
Los detalles de la muerte de Sharifi emergieron a medida que continuaba la cacería de la red terrorista responsable de los atentados del 7 de julio. Un británico al que la policía quería interrogar sobre los atentados de Londres fue detenido ayer en Pakistán. En un desarrollo separado, el gobierno anunció nuevas atribuciones para deportar o expulsar de Gran Bretaña a gente que incite a otros a cometer actos terroristas.
Sharifi volvía de pasar una noche con unos amigos cuando murió en la explosión. Su tutor, Harminder Ubhie, que enseña inglés como segunda lengua en el West Thames College, se echó a llorar cuando lo describía como un "estudiante modelo". "Empezó a aprender inglés en el primer nivel, cuando llegó. Era un placer tenerlo en el grupo", dijo. "Siempre estaba presente. Estaba en la lista de mis mejores estudiantes de TI".
Ubhie dijo que era como un cómico entre sus compañeros. "Era el que hacía bromas. También ayudaba a los nuevos miembros del grupo mostrándoles el instituto, y ayudándolos con las lecciones. Era divertido y trabajador; no lo olvidaremos nunca".
Sharifi había alquilado el año pasado un apartamento a compartir con otros tres afganos en Hounslow. Para sus compañeros de piso, era un hombre sociable que se enorgullecía de su apariencia y era un entusiasta del gimnasio, con un grupo diverso de amigos, incluyendo a indios, paquistaníes e ingleses. Había llegado a Gran Bretaña sin hablar ni una sola palabra de inglés, pero hizo enormes avances en su país adoptivo. Sobresalía en clases, tenía que repetir el examen de conducción este mes -después de haber fracasado una vez- y soñaba con casarse en Gran Bretaña y eventualmente transformarse en un experto en informática.
Ocasionalmente asistía a una mezquita a las oraciones del viernes, pero era una cara más frecuente en un gimnasio en la cercana Hanwell. Sharifi había logrado ahorrar suficiente dinero para comprarse un ordenador y debía empezar en septiembre un nivel más alto de un curso de TI en el instituto.
Abdul Wahib, de la embajada afgana en Londres, dijo que aunque Sharifi tenía amigos y algunos parientes lejanos en el Reino Unido, su familia directa no estaba en el país. Agregó que su cuerpo sería retornado a Afganistán para su sepultura.
23 de julio de 2005
©independent
©traducción mQh
Londres, Reino Unido. Ateeque Sharifi había tenido su cuota de tragedia siendo niño en Afganistán. Sus padres fueron asesinados por los talibanes antes de que cumpliera los 20, y era el único hombre de la familia que había escapado a la muerte.A los 21, huyó de Kabul y buscó refugio en Gran Breyaña, donde ganó su guerra por aprender inglés y se transformó en un estudiante modelo. En su tiempo libre trabajaba en un local de pizzas a domicilio, y enviaba la mayor parte de su salario a su hermana menor en Afganistán.
Pero tres años después de huir del brutal régimen de los talibanes para reconstruir su vida en su ciudad adoptiva, el joven musulmán iba a morir en un atentado suicida cometido en nombre de su fe.
Ayer, casi dos semanas después de los atentados de Londres en los que murieron 56 personas, incluyendo a los terroristas, el afgano de 24 años se convirtió en la última víctima en ser formalmente identificada.
Sharifi, 24, que vivía en Hounslow, al oeste de Londes, había estudiado en el West Thames College desde septiembre de 2002, ocho meses después de llegar al Reino Unido, donde se transformó en uno de los alumnos más populares. Mientras se iniciaba ayer una investigación de su muerte, Thalia Marriott, la directora del instituto, dijo: "La profunda ironía de este trágico suceso es que Ateeque había dejado Afganistán buscando la seguridad del Reino Unido, sólo para encontrar la muerte a manos de extremistas de aquí".
Lo describió como un "estudiante popular, inspirador" que estaba "destinado a un futuro brillante", y dijo que el personal del instituto y sus 7.000 pupilos estaban profundamente conmovidos y entristecidos por su muerte.
El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, pagó tributo ayer a Sharifi, depositando flores entre los cientos de tributos personales que se apilaban en la plaza frente a la estación de King's Cross. Dijo: "El pueblo afgano comparte el dolor de estas familias. Los que han cometido estos crímenes son enemigos de todos nosotros, en todo el mundo. En Afganistán han matado a viajeros, estudiantes, mujeres y mucha gente inocente".
Los detalles de la muerte de Sharifi emergieron a medida que continuaba la cacería de la red terrorista responsable de los atentados del 7 de julio. Un británico al que la policía quería interrogar sobre los atentados de Londres fue detenido ayer en Pakistán. En un desarrollo separado, el gobierno anunció nuevas atribuciones para deportar o expulsar de Gran Bretaña a gente que incite a otros a cometer actos terroristas.
Sharifi volvía de pasar una noche con unos amigos cuando murió en la explosión. Su tutor, Harminder Ubhie, que enseña inglés como segunda lengua en el West Thames College, se echó a llorar cuando lo describía como un "estudiante modelo". "Empezó a aprender inglés en el primer nivel, cuando llegó. Era un placer tenerlo en el grupo", dijo. "Siempre estaba presente. Estaba en la lista de mis mejores estudiantes de TI".
Ubhie dijo que era como un cómico entre sus compañeros. "Era el que hacía bromas. También ayudaba a los nuevos miembros del grupo mostrándoles el instituto, y ayudándolos con las lecciones. Era divertido y trabajador; no lo olvidaremos nunca".
Sharifi había alquilado el año pasado un apartamento a compartir con otros tres afganos en Hounslow. Para sus compañeros de piso, era un hombre sociable que se enorgullecía de su apariencia y era un entusiasta del gimnasio, con un grupo diverso de amigos, incluyendo a indios, paquistaníes e ingleses. Había llegado a Gran Bretaña sin hablar ni una sola palabra de inglés, pero hizo enormes avances en su país adoptivo. Sobresalía en clases, tenía que repetir el examen de conducción este mes -después de haber fracasado una vez- y soñaba con casarse en Gran Bretaña y eventualmente transformarse en un experto en informática.
Ocasionalmente asistía a una mezquita a las oraciones del viernes, pero era una cara más frecuente en un gimnasio en la cercana Hanwell. Sharifi había logrado ahorrar suficiente dinero para comprarse un ordenador y debía empezar en septiembre un nivel más alto de un curso de TI en el instituto.
Abdul Wahib, de la embajada afgana en Londres, dijo que aunque Sharifi tenía amigos y algunos parientes lejanos en el Reino Unido, su familia directa no estaba en el país. Agregó que su cuerpo sería retornado a Afganistán para su sepultura.
23 de julio de 2005
©independent
©traducción mQh
juego sólo para adultos
[Alex Pham] Videojuego con escenas eróticas ocultas desatan furor.
El comité de vigilancia que propone las calificaciones de orientación parental de los videojuegos tomó el miércoles la inusual decisión de emitir la advertencia más severa a un título que es éxito de ventas cuando el fabricante admitió haber incluido escenas sexuales explícitas, interactivas en el disco.
Los compradores empezaron a sacar Grand Theft Auto: San Andreas' de las estanterías después de que la Comisión de Calificación de los Juegos de Software [Entertainment Software Ratings Board] revocara la calificación del juego como para Público Adulto' y la subiera a Sólo Adultos'. El fabricante, Take-Two Interactive Software Inc., dijo que pensaba corregir San Andras' -el videojuego más vendido de 2004- y reeditarlo más tarde este año.
La comisión de calificación es similar a la comisión de calificación de la Asociación Americana de Cinematografía MPAA. La calificación Público Adulto' es análoga a la calificación R de las películas, y Sólo Adultos' es equivalente de NC-17. La mayoría de los vendedores no vende juegos con esta calificación.
Ejecutivos de Take-Two en Nueva York han negado durante semanas que programadores de su compañía fueran responsables de las escenas de sexo explícito, a las que se puede acceder con un software ampliamente disponible en la red. Pero el miércoles reconocieron que los diseñadores del juego habían creado esas escenas, bautizadas Hot Coffee'.
"El montaje de todo juego es un proceso altamente técnico", dijo el portavoz de Take-Two, Rodney Walker. "Lo comparamos con un pintor que pinta una pintura y la vuelve a pintar en la misma tela".
La explicación de Walker no logró apaciguar a los críticos, que señalan a la serie de Grand Theft Auto' para destacar el problema de la violencia y sexualidad en los videojuegos. Los juegos celebran los asesinatos nihilistas, y Take-Two se ha deleitado en su imagen como el chico malo de una industria global del juego de 25 billones de dólares que está tratando de ganar una respetabilidad más acorde a sus ganancias.
"Parece que Take-Two Interactive engañó adrede a la comisión de calificación de la industria del videojuego y a padres en todo el país", dijo la parlamentaria de Washingtom, Mary Lou Dickerson. "San Andreas', como un juego de grandes ventas en el país, está ahora en las manos de miles de niños que pueden participar en pornografía interactiva. Debería haber consecuencias jurídicas... para que la compañía no sea la última que ríe".
"De San Andreas', que cuesta en las tiendas unos 50 dólares, se han vendido más de 12 millones de copias en todo el mundo desde su lanzamiento en octubre. Los juegos calificados como Público Adulto' son juegos para mayores de 17. Muchos vendedores guardan bajo llave esos juegos y dan instrucciones a los dependientes de controlar la identidad de los compradores.
Wal-Mart Stores Inc., que comprende el 20 por ciento de las ventas de videojuegos en Estados Unidos, empezó a retirar San Andreas' de sus estanterías el miércoles, como hizo también Best Buy Co.
"Nuestra política es no presentar títulos para adultos en nuestras estanterías", dijo la portavoz de Wal-Mart, Karen Burk, que dijo que los compradores "ciertamente pueden devolver el producto a cambio de su dinero".
Take-Two dijo que sacaría un parche que podría ser bajado de internet de modo que los usuarios puedan bloquear las escenas con sexo.
La existencia de las escenas se empezó a difundir en internet el mes pasado después de que el programador holandés Patrick Wildenbourg comenzara a distribuir un software que dijo que permitía el acceso a esas escenas.
Muchos videojuegos tienen secretos a los que los jugadores pueden acceder a medida que progresan. Pueden, por ejemplo, ganar poderes adicionales o llegar a niveles ocultos.
Hot Coffee', en contraste, es un juego sexual interactivo, con escenas de sexo oral e intercurso.
Wildenbourg, que retiró el miércoles su software de internet, se negó a hacer comentarios.
Hace dos semanas, Take-Two había insistido en que las escenas con sexo eran "el trabajo de un grupo específico de hackers que han hecho lo imposible por alterar escenas de la versión oficial del juego". Los hackers, dijo la compañía, crearon las escenas, "desarmando y combinando, remontando y alterando el código del juego".
Las escenas provocaron la indignación de críticos de juego, incluyendo a la senadora Hillary Rodham Clinton (demócrata de Nueva York), que la semana pasada pidió una investigación federal de Hot Coffee'.
La Comisión de Calificación de Juegos de Software empezó una revisión para determinar si las escenas eran parte del código original del juego y ordenó re-clasificar San Andreas', que se puede jugar con PlayStation 2, de Sony Corps., Xbox, de Microsoft Corp., y en ordenadores personales.
"Después de una exhaustiva investigación, hemos concluido que las escenas con sexo explícito aparecen completamente, en su forma no modificada en los discos finales de las tres plataformas del juego", dijo Patricia Vance, presidente de la comisión de calificación. "Claramente, la calificación original era incorrecta, y tenía que ser corregida".
Walker, de Take-Two, dijo el miércoles que las escenas con sexo no estaban destinadas al público y que solamente fueron reveladas cuando un programador independiente, llamado modder, escribió un programa de software para acceder a ellas.
"La comunidad mod raspó la pintura, dejando ver el trabajo anterior", dijo.
Analistas calcularon que modificar y recomercializar San Andreas' costará a Take-Two unos 40 millones de dólares en ventas perdidas. Las acciones de Take-Two perdieron 11 puntos en after-hours trading [transacciones comerciales después del cierre].
"Fue una decisión muy pobre, y muy costosa", dijo Michael Pachter, analista de la industria del videojuego en Wedbush Morgan Securities en Los Angeles. "Es vergonzoso para la dirección porque obviamente un programador inconforme en sus estudios decidió meter esos materiales en el juego. Sólo puedo responsabilizar a la dirección por no contar con sistemas para controlar sus juegos".
Take-Two no ha sido ajena a la controversia. Entregas previas de Grand Theft Auto' han sido adoradas por jugadores empedernidos, pero rechazadas por grupos de padres y legisladores por sus escenas de violencia y sexo.
En una, los jugadores pueden tener sexo con una prostituta y luego golpearla hasta la muerte y robarle el dinero. Ese juego fue clasificado como Público Adulto' porque los jugadores no veían sexo. En lugar de eso, veían un coche aparcado meciéndose.
Algunos legisladores criticaron a la comisión de calificación por no detectar las escenas de sexo en su evaluación final de San Andreas' el año pasado. Aunque el sistema es voluntario, la mayoría de los fabricantes de juegos recurren a la organización, que evalúa más de mil títulos al año.
"No debería haber tomado tanto tiempo", dijo el parlamentario Joe Baca (demócrata de Rialto). "Hay evidencias de que el sistema de calificación voluntario no funciona".
Ejecutivos de la industria del videojuego trataron de tranquilizar a padres que el incidente de San Andreas' era una anomalía.
La comisión de calificación "ha estado en el negocio durante 11 años y nunca ha ocurrido un incidente de este tipo", dijo Doug Lowenstein, director de la Asociación de Juegos de Software, el grupo comercial de la industria. "Se trata de la calificación de más de 10.000 juegos. Si tomas eso en cuenta, puedes decir a los padres que tienen todos los motivos para tener confianza en el sistema de calificación".
Algunos consumidores no se sintieron completamente tranquilizados.
"Como padre he perdido algo de la confianza en la capacidad de la comisión de controlar a la industria", dijo Dennis McCauley, editor de GamePOlitics.com. "Pero la comisión dio hoy un gran paso y hay que reconocerlo".
22 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
El comité de vigilancia que propone las calificaciones de orientación parental de los videojuegos tomó el miércoles la inusual decisión de emitir la advertencia más severa a un título que es éxito de ventas cuando el fabricante admitió haber incluido escenas sexuales explícitas, interactivas en el disco.Los compradores empezaron a sacar Grand Theft Auto: San Andreas' de las estanterías después de que la Comisión de Calificación de los Juegos de Software [Entertainment Software Ratings Board] revocara la calificación del juego como para Público Adulto' y la subiera a Sólo Adultos'. El fabricante, Take-Two Interactive Software Inc., dijo que pensaba corregir San Andras' -el videojuego más vendido de 2004- y reeditarlo más tarde este año.
La comisión de calificación es similar a la comisión de calificación de la Asociación Americana de Cinematografía MPAA. La calificación Público Adulto' es análoga a la calificación R de las películas, y Sólo Adultos' es equivalente de NC-17. La mayoría de los vendedores no vende juegos con esta calificación.
Ejecutivos de Take-Two en Nueva York han negado durante semanas que programadores de su compañía fueran responsables de las escenas de sexo explícito, a las que se puede acceder con un software ampliamente disponible en la red. Pero el miércoles reconocieron que los diseñadores del juego habían creado esas escenas, bautizadas Hot Coffee'.
"El montaje de todo juego es un proceso altamente técnico", dijo el portavoz de Take-Two, Rodney Walker. "Lo comparamos con un pintor que pinta una pintura y la vuelve a pintar en la misma tela".
La explicación de Walker no logró apaciguar a los críticos, que señalan a la serie de Grand Theft Auto' para destacar el problema de la violencia y sexualidad en los videojuegos. Los juegos celebran los asesinatos nihilistas, y Take-Two se ha deleitado en su imagen como el chico malo de una industria global del juego de 25 billones de dólares que está tratando de ganar una respetabilidad más acorde a sus ganancias.
"Parece que Take-Two Interactive engañó adrede a la comisión de calificación de la industria del videojuego y a padres en todo el país", dijo la parlamentaria de Washingtom, Mary Lou Dickerson. "San Andreas', como un juego de grandes ventas en el país, está ahora en las manos de miles de niños que pueden participar en pornografía interactiva. Debería haber consecuencias jurídicas... para que la compañía no sea la última que ríe".
"De San Andreas', que cuesta en las tiendas unos 50 dólares, se han vendido más de 12 millones de copias en todo el mundo desde su lanzamiento en octubre. Los juegos calificados como Público Adulto' son juegos para mayores de 17. Muchos vendedores guardan bajo llave esos juegos y dan instrucciones a los dependientes de controlar la identidad de los compradores.
Wal-Mart Stores Inc., que comprende el 20 por ciento de las ventas de videojuegos en Estados Unidos, empezó a retirar San Andreas' de sus estanterías el miércoles, como hizo también Best Buy Co.
"Nuestra política es no presentar títulos para adultos en nuestras estanterías", dijo la portavoz de Wal-Mart, Karen Burk, que dijo que los compradores "ciertamente pueden devolver el producto a cambio de su dinero".
Take-Two dijo que sacaría un parche que podría ser bajado de internet de modo que los usuarios puedan bloquear las escenas con sexo.
La existencia de las escenas se empezó a difundir en internet el mes pasado después de que el programador holandés Patrick Wildenbourg comenzara a distribuir un software que dijo que permitía el acceso a esas escenas.
Muchos videojuegos tienen secretos a los que los jugadores pueden acceder a medida que progresan. Pueden, por ejemplo, ganar poderes adicionales o llegar a niveles ocultos.
Hot Coffee', en contraste, es un juego sexual interactivo, con escenas de sexo oral e intercurso.
Wildenbourg, que retiró el miércoles su software de internet, se negó a hacer comentarios.
Hace dos semanas, Take-Two había insistido en que las escenas con sexo eran "el trabajo de un grupo específico de hackers que han hecho lo imposible por alterar escenas de la versión oficial del juego". Los hackers, dijo la compañía, crearon las escenas, "desarmando y combinando, remontando y alterando el código del juego".
Las escenas provocaron la indignación de críticos de juego, incluyendo a la senadora Hillary Rodham Clinton (demócrata de Nueva York), que la semana pasada pidió una investigación federal de Hot Coffee'.
La Comisión de Calificación de Juegos de Software empezó una revisión para determinar si las escenas eran parte del código original del juego y ordenó re-clasificar San Andreas', que se puede jugar con PlayStation 2, de Sony Corps., Xbox, de Microsoft Corp., y en ordenadores personales.
"Después de una exhaustiva investigación, hemos concluido que las escenas con sexo explícito aparecen completamente, en su forma no modificada en los discos finales de las tres plataformas del juego", dijo Patricia Vance, presidente de la comisión de calificación. "Claramente, la calificación original era incorrecta, y tenía que ser corregida".
Walker, de Take-Two, dijo el miércoles que las escenas con sexo no estaban destinadas al público y que solamente fueron reveladas cuando un programador independiente, llamado modder, escribió un programa de software para acceder a ellas.
"La comunidad mod raspó la pintura, dejando ver el trabajo anterior", dijo.
Analistas calcularon que modificar y recomercializar San Andreas' costará a Take-Two unos 40 millones de dólares en ventas perdidas. Las acciones de Take-Two perdieron 11 puntos en after-hours trading [transacciones comerciales después del cierre].
"Fue una decisión muy pobre, y muy costosa", dijo Michael Pachter, analista de la industria del videojuego en Wedbush Morgan Securities en Los Angeles. "Es vergonzoso para la dirección porque obviamente un programador inconforme en sus estudios decidió meter esos materiales en el juego. Sólo puedo responsabilizar a la dirección por no contar con sistemas para controlar sus juegos".
Take-Two no ha sido ajena a la controversia. Entregas previas de Grand Theft Auto' han sido adoradas por jugadores empedernidos, pero rechazadas por grupos de padres y legisladores por sus escenas de violencia y sexo.
En una, los jugadores pueden tener sexo con una prostituta y luego golpearla hasta la muerte y robarle el dinero. Ese juego fue clasificado como Público Adulto' porque los jugadores no veían sexo. En lugar de eso, veían un coche aparcado meciéndose.
Algunos legisladores criticaron a la comisión de calificación por no detectar las escenas de sexo en su evaluación final de San Andreas' el año pasado. Aunque el sistema es voluntario, la mayoría de los fabricantes de juegos recurren a la organización, que evalúa más de mil títulos al año.
"No debería haber tomado tanto tiempo", dijo el parlamentario Joe Baca (demócrata de Rialto). "Hay evidencias de que el sistema de calificación voluntario no funciona".
Ejecutivos de la industria del videojuego trataron de tranquilizar a padres que el incidente de San Andreas' era una anomalía.
La comisión de calificación "ha estado en el negocio durante 11 años y nunca ha ocurrido un incidente de este tipo", dijo Doug Lowenstein, director de la Asociación de Juegos de Software, el grupo comercial de la industria. "Se trata de la calificación de más de 10.000 juegos. Si tomas eso en cuenta, puedes decir a los padres que tienen todos los motivos para tener confianza en el sistema de calificación".
Algunos consumidores no se sintieron completamente tranquilizados.
"Como padre he perdido algo de la confianza en la capacidad de la comisión de controlar a la industria", dijo Dennis McCauley, editor de GamePOlitics.com. "Pero la comisión dio hoy un gran paso y hay que reconocerlo".
22 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
el otro de la familia
[Jenalia Moreno] Amos ricos encuentran otros modos de mimar a sus mascotas.
Sherry Shumaker ha mirado Dancing Queen', Wild Thing' y Doo Wah Diddy' con su pareja de baile, Heidi -un pinscher Doberman.
Heidi siguió clases para pararse en las patas traseras, caminar retrocediendo y girar, todo siguiendo la música y en sintonía con los pasos de baile de Shumaker en un estudio de Woolbridge.
Shumaker, 43, una analista de sistemas que vive en el condado de Fairfax, confiesa gastar una "cantidad ridícula de dinero en sus tres perros, a los que regala con lujos como terapia con acupuntura y comida orgánica.
"Me gustaría poder deducirlos de los impuestos del año", dijo riendo. "Valen la pena hasta el último centavo".
El año pasado, los dueños de mascotas del país gastaron un montón de centavos -34.4 billones de dólares en el cuidado de sus mascotas, más del doble de los 17 billones de dólares gastados una década antes, de acuerdo a la Asociación Americana Industrial de Productores de Mascotas, una asociación comercial de Greenwich, Connecticut. Gran parte del dinero se destinó a consultas de control en el veterinario y en alimento, pero más amos están comprando juguetes, bizcochos de gourmet y, también, pagando un bonito peinado. Los gatos superan a los perros, pero se gasta más dinero en los perros.
Como reflejo de esa tendencia, los servicios para perros se han convertido en un buen negocio en la región de Washington, donde los habitantes de los suburbios, atrapados en largos viajes e incapaces de pasar mucho tiempo con sus perros, lo compensan llevándolos a la guardería, a lecciones de baile y clases de natación.
"Los amos están tratando a sus perros como miembros de la familia", dijo Rodin Bennett, que es dueño de All About Dogs Inc., en Woolbridge. Su negocio se especializa en adiestramiento en obediencia y agilidad, incluyendo una clase de baile de estilo libre a la que Shumaker lleva a su perro.
Además de servicios especiales, la gente también derrocha en productos caros para sus mascotas. Es por eso que las compañías que antes servían solamente a humanos, ahora también consideran a sus acompañantes animales como sus clientes. Paul Mitchell, Omaka Steaks y Harley-Davidson están entre las compañías que extendieron sus marcas a las mascotas, produciendo champús, antojos y ropas, respectivamente.
Rebecca Kalch tiene ropa de mascota de marca, correas y collares en su Four Oaws Bakery Inc. en Occoquan. Por ejemplo, está la línea de ropa Ruff Wear, que incluye botines. "Es para los caninos salen a pasear", dijo Kalch, que también vende polos que hacen juego con la camisa del amo.
Su panadería, que abrió sus puertas en noviembre, hace galletas Barkday y Bark Mitzvah para ocasiones especiales. Kalch está tratando de que otras tiendas de mascotas vendan sus antojos caseros -con nombres como Pupparoni y Pnut-Butter Pudy Tat's- y comidas para mascotas que aprendió a preparar para su gato Mouse, que sufría de diabetes.
Kalch cubre sus gastos, algo que no esperaba que ocurriera sino a fines de este año. Atribuye algunas de sus ventas a parejas con pocos hijos o ninguno, junto con personas de la tercera edad que compran antojos para sus "perros abuelos" o "gatitos abuelos".
"Se dan cuenta de que eso es todo lo que tienen, así que podrían mimarlos un poco", dijo Kalch.
Shumaker dice que organiza su vida para ajustarse con sus dos pinschers Doberman rescatados, Heidi y Sable, y su cocker spaniel, Hobbes. Ella y su marido pensaron en sus perros cuando compraron su Subaru Outback, su camioneta y su casa en Fairfax con su enorme patio.
Los acupunturistas y quiroprácticos de mascotas visitan a menudo. Cuando Heidi, de cinco años, se quebró un diente, tuvo un tratamiento de canal. El más viejo Hobbes, ahora 16, exige más cuidados médicos, incluyendo su propio cardiólogo.
"Tiene más doctores que yo para mantenerme a su altura", dijo Shumaker.
Trata de reducir sus gastos en las mascotas haciendo frecuentemente su comida, agregando carnes orgánicas y otros productos a la mezcla.
Con Heidi ya convertida en bailarina, Shumaker quiere matricular a Sable en las próximas clases de estilo libre en All About Dogs. "Hay un montón de obediencia en juntar la diversión con la música", dice Shumaker. "Es como cuando nosotros estamos juntos".
Las clases las hace la técnico informático Susan Brogan, como pasatiempo. Los vecinos de Nokesville llevan a veces un traje de estilo español mientras su pastor australiano, Jazz, luce un collar que hace juego.
A fines de los años ochenta empezaron a aparecer en las costas este y oeste guarderías para perros, dijo Susan Briggs, co-propietaria de Urban Tails, de Houston, que dirige una campaña para fijar normas de operación a través de la Asociación Americana de Residencias Caninas, con sede en Colorado Springs.
Ahora hay más de 1.500 guarderías, incluyendo algunas operadas por gigantes como PetSmart y Petco, atendiendo a dueños de mascotas que buscan ejercicio y compañía para sus perros, dice Briggs.
En los últimos dos años han crecido velozmente, extendiéndose de áreas urbanas a los suburbios y cobrando al menos 25 dólares al día por el servicio.
"No me sorprende que siga creciendo, y sigue creciendo porque tienen que viajar cada vez más lejos", dice Rebecca Bisgyer, una ex gerente que abrió las guarderías Dogma Day Care for Dogs en 1998. "Yo diría que probablemente está creciendo mucho más rápido en los suburbios que en la ciudad'.
Jessica Rockx, gerente de Waggin' Tails Junction, de Manassas, dice que muchos de sus clientes son oficinistas, profesores y empleados de gobierno que tienen largos días de trabajo y de viaje y están demasiado cansados como para hacer ejercicios con sus perros o jugar al perro desobediente en las noches.
"Creo que se sienten culpables", dice Rockx, mientras boxers, perros cobradores y butllterriers daban brincos en un jardín de juego de plástico para niños, recogían pelotas de tenis y de vez en vez peleaban por un juguete al ritmo de música country.
Llamadas antiguamente residencias de Lake Jackson, donde los clientes dejan a sus mascotas cuando salen de vacaciones, ahora la compañía ofrece servicios de guardería al menos a una docena de perros al día.
El vecino de Bristow, Thomas Murphy, y su esposa, llevan allá a su cachorro Sir Duke Duncan. Murphy, 45, trabaja como ingeniero de sistemas en Alexandria; su esposa trabaja como escritora técnica en Reston.
"Yo y mi esposa pensamos que necesitaba vida social y no queríamos que estuviera en casa solo durante ocho o nueve horas", dijo Murhpy, que normalmente deja a su golden retriever en Waggin' Tails antes de subir al metro.
MaryAnn y Michael Settlemyre, que se mudaron al barrio cerca de Manassas National Battlefield Park hace más de cuatro año, llevan su Labrador color chocolate al Yappie Cuttery, un balneario de perros spa en Manassas Park.
Cuando adoptaron a Bailey, descubrieron que le "tenía un miedo atroz al agua" -incluso a los charcos, dijo MaryAnn Settlemyre, 38. Bañar al perro de tres años dejaba a la pareja más mojada que a su preciado chucho, así que lo inscribieron en las clases de natación para perros de Yappie.
"Somos los primeros a los que nos fastidian porque llevamos a nuestro perro a clases de natación", dijo MaryAnn Settlemyre, una maestra del Condado de Fairfax que no tiene hijos.
Pero la pareja no quería que Bailey pasara miedo durante vacaciones en la playa o en el lago. Como orgullosos padres, miraron desde detrás de un espejo cuando la preparadora en obediencia, Kim Sewell, engatusaba a Bailey a meterse en una piscina de 12 metros para su primera lección de natación.
La pareja también mima a su perro con juguetes, alimentos caros y clases privadas de obediencia. MaryAnn Settlemyre bromea que Bailey -que fue rescatado de un hogar donde lo maltrataban- es un "perro de rescata de mil dólares" porque gastaron casi mil dólares en una valla invisible para su patio. Las clases de natación cuestan al menos 12 dólares por lección. Ahora que Bailey ha sacado buenas otras en su evaluación de personalidad, empezará a ir a la guardería al menos una vez a la semana.
"Si vas a tener un perro y a cuidarlo apropiadamente, te va a costar", dijo MaryAnn Settlemyre. "Creo que un animal es un lejo".
En abril Peter Perretta, dueño de Yappie, convirtió su negocio de preparación en un balneario de perros, instalándolo en un elegante posada con pisos de granito en el vestíbulo. El edificio deja chico a la guardería de niños que hay al lado.
Perretta vende paquetes de balneario que incluyen una sesión de 30 minutos en una rueda de andar submarina. Suites para pasar la noche incluyen camas. Yappie ofrece fiestas de cumpleaños donde los perros pueden invitar a sus amigos caninos más cercanos. En la guardería, pueden mirar episodios de Lassie o clásicas películas de Benji en la televisión por cable.
"Hace unos años, no lo habría hecho", dijo Perretta. "En los últimos cinco años la mentalidad ha cambiado mucho y la gente está dispuesta a pagar por el servicio".
Por supuesto, sus perros lo merecen, dicen los amos.
"No hay nada mejor que volver a casa", dice MaryAnn Settlemyre. "Se alegra tanto de verte".
21 de julio de 2005
11 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
Sherry Shumaker ha mirado Dancing Queen', Wild Thing' y Doo Wah Diddy' con su pareja de baile, Heidi -un pinscher Doberman.Heidi siguió clases para pararse en las patas traseras, caminar retrocediendo y girar, todo siguiendo la música y en sintonía con los pasos de baile de Shumaker en un estudio de Woolbridge.
Shumaker, 43, una analista de sistemas que vive en el condado de Fairfax, confiesa gastar una "cantidad ridícula de dinero en sus tres perros, a los que regala con lujos como terapia con acupuntura y comida orgánica.
"Me gustaría poder deducirlos de los impuestos del año", dijo riendo. "Valen la pena hasta el último centavo".
El año pasado, los dueños de mascotas del país gastaron un montón de centavos -34.4 billones de dólares en el cuidado de sus mascotas, más del doble de los 17 billones de dólares gastados una década antes, de acuerdo a la Asociación Americana Industrial de Productores de Mascotas, una asociación comercial de Greenwich, Connecticut. Gran parte del dinero se destinó a consultas de control en el veterinario y en alimento, pero más amos están comprando juguetes, bizcochos de gourmet y, también, pagando un bonito peinado. Los gatos superan a los perros, pero se gasta más dinero en los perros.
Como reflejo de esa tendencia, los servicios para perros se han convertido en un buen negocio en la región de Washington, donde los habitantes de los suburbios, atrapados en largos viajes e incapaces de pasar mucho tiempo con sus perros, lo compensan llevándolos a la guardería, a lecciones de baile y clases de natación.
"Los amos están tratando a sus perros como miembros de la familia", dijo Rodin Bennett, que es dueño de All About Dogs Inc., en Woolbridge. Su negocio se especializa en adiestramiento en obediencia y agilidad, incluyendo una clase de baile de estilo libre a la que Shumaker lleva a su perro.
Además de servicios especiales, la gente también derrocha en productos caros para sus mascotas. Es por eso que las compañías que antes servían solamente a humanos, ahora también consideran a sus acompañantes animales como sus clientes. Paul Mitchell, Omaka Steaks y Harley-Davidson están entre las compañías que extendieron sus marcas a las mascotas, produciendo champús, antojos y ropas, respectivamente.
Rebecca Kalch tiene ropa de mascota de marca, correas y collares en su Four Oaws Bakery Inc. en Occoquan. Por ejemplo, está la línea de ropa Ruff Wear, que incluye botines. "Es para los caninos salen a pasear", dijo Kalch, que también vende polos que hacen juego con la camisa del amo.
Su panadería, que abrió sus puertas en noviembre, hace galletas Barkday y Bark Mitzvah para ocasiones especiales. Kalch está tratando de que otras tiendas de mascotas vendan sus antojos caseros -con nombres como Pupparoni y Pnut-Butter Pudy Tat's- y comidas para mascotas que aprendió a preparar para su gato Mouse, que sufría de diabetes.
Kalch cubre sus gastos, algo que no esperaba que ocurriera sino a fines de este año. Atribuye algunas de sus ventas a parejas con pocos hijos o ninguno, junto con personas de la tercera edad que compran antojos para sus "perros abuelos" o "gatitos abuelos".
"Se dan cuenta de que eso es todo lo que tienen, así que podrían mimarlos un poco", dijo Kalch.
Shumaker dice que organiza su vida para ajustarse con sus dos pinschers Doberman rescatados, Heidi y Sable, y su cocker spaniel, Hobbes. Ella y su marido pensaron en sus perros cuando compraron su Subaru Outback, su camioneta y su casa en Fairfax con su enorme patio.
Los acupunturistas y quiroprácticos de mascotas visitan a menudo. Cuando Heidi, de cinco años, se quebró un diente, tuvo un tratamiento de canal. El más viejo Hobbes, ahora 16, exige más cuidados médicos, incluyendo su propio cardiólogo.
"Tiene más doctores que yo para mantenerme a su altura", dijo Shumaker.
Trata de reducir sus gastos en las mascotas haciendo frecuentemente su comida, agregando carnes orgánicas y otros productos a la mezcla.
Con Heidi ya convertida en bailarina, Shumaker quiere matricular a Sable en las próximas clases de estilo libre en All About Dogs. "Hay un montón de obediencia en juntar la diversión con la música", dice Shumaker. "Es como cuando nosotros estamos juntos".
Las clases las hace la técnico informático Susan Brogan, como pasatiempo. Los vecinos de Nokesville llevan a veces un traje de estilo español mientras su pastor australiano, Jazz, luce un collar que hace juego.
A fines de los años ochenta empezaron a aparecer en las costas este y oeste guarderías para perros, dijo Susan Briggs, co-propietaria de Urban Tails, de Houston, que dirige una campaña para fijar normas de operación a través de la Asociación Americana de Residencias Caninas, con sede en Colorado Springs.
Ahora hay más de 1.500 guarderías, incluyendo algunas operadas por gigantes como PetSmart y Petco, atendiendo a dueños de mascotas que buscan ejercicio y compañía para sus perros, dice Briggs.
En los últimos dos años han crecido velozmente, extendiéndose de áreas urbanas a los suburbios y cobrando al menos 25 dólares al día por el servicio.
"No me sorprende que siga creciendo, y sigue creciendo porque tienen que viajar cada vez más lejos", dice Rebecca Bisgyer, una ex gerente que abrió las guarderías Dogma Day Care for Dogs en 1998. "Yo diría que probablemente está creciendo mucho más rápido en los suburbios que en la ciudad'.
Jessica Rockx, gerente de Waggin' Tails Junction, de Manassas, dice que muchos de sus clientes son oficinistas, profesores y empleados de gobierno que tienen largos días de trabajo y de viaje y están demasiado cansados como para hacer ejercicios con sus perros o jugar al perro desobediente en las noches.
"Creo que se sienten culpables", dice Rockx, mientras boxers, perros cobradores y butllterriers daban brincos en un jardín de juego de plástico para niños, recogían pelotas de tenis y de vez en vez peleaban por un juguete al ritmo de música country.
Llamadas antiguamente residencias de Lake Jackson, donde los clientes dejan a sus mascotas cuando salen de vacaciones, ahora la compañía ofrece servicios de guardería al menos a una docena de perros al día.
El vecino de Bristow, Thomas Murphy, y su esposa, llevan allá a su cachorro Sir Duke Duncan. Murphy, 45, trabaja como ingeniero de sistemas en Alexandria; su esposa trabaja como escritora técnica en Reston.
"Yo y mi esposa pensamos que necesitaba vida social y no queríamos que estuviera en casa solo durante ocho o nueve horas", dijo Murhpy, que normalmente deja a su golden retriever en Waggin' Tails antes de subir al metro.
MaryAnn y Michael Settlemyre, que se mudaron al barrio cerca de Manassas National Battlefield Park hace más de cuatro año, llevan su Labrador color chocolate al Yappie Cuttery, un balneario de perros spa en Manassas Park.
Cuando adoptaron a Bailey, descubrieron que le "tenía un miedo atroz al agua" -incluso a los charcos, dijo MaryAnn Settlemyre, 38. Bañar al perro de tres años dejaba a la pareja más mojada que a su preciado chucho, así que lo inscribieron en las clases de natación para perros de Yappie.
"Somos los primeros a los que nos fastidian porque llevamos a nuestro perro a clases de natación", dijo MaryAnn Settlemyre, una maestra del Condado de Fairfax que no tiene hijos.
Pero la pareja no quería que Bailey pasara miedo durante vacaciones en la playa o en el lago. Como orgullosos padres, miraron desde detrás de un espejo cuando la preparadora en obediencia, Kim Sewell, engatusaba a Bailey a meterse en una piscina de 12 metros para su primera lección de natación.
La pareja también mima a su perro con juguetes, alimentos caros y clases privadas de obediencia. MaryAnn Settlemyre bromea que Bailey -que fue rescatado de un hogar donde lo maltrataban- es un "perro de rescata de mil dólares" porque gastaron casi mil dólares en una valla invisible para su patio. Las clases de natación cuestan al menos 12 dólares por lección. Ahora que Bailey ha sacado buenas otras en su evaluación de personalidad, empezará a ir a la guardería al menos una vez a la semana.
"Si vas a tener un perro y a cuidarlo apropiadamente, te va a costar", dijo MaryAnn Settlemyre. "Creo que un animal es un lejo".
En abril Peter Perretta, dueño de Yappie, convirtió su negocio de preparación en un balneario de perros, instalándolo en un elegante posada con pisos de granito en el vestíbulo. El edificio deja chico a la guardería de niños que hay al lado.
Perretta vende paquetes de balneario que incluyen una sesión de 30 minutos en una rueda de andar submarina. Suites para pasar la noche incluyen camas. Yappie ofrece fiestas de cumpleaños donde los perros pueden invitar a sus amigos caninos más cercanos. En la guardería, pueden mirar episodios de Lassie o clásicas películas de Benji en la televisión por cable.
"Hace unos años, no lo habría hecho", dijo Perretta. "En los últimos cinco años la mentalidad ha cambiado mucho y la gente está dispuesta a pagar por el servicio".
Por supuesto, sus perros lo merecen, dicen los amos.
"No hay nada mejor que volver a casa", dice MaryAnn Settlemyre. "Se alegra tanto de verte".
21 de julio de 2005
11 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
viviendo en dos mundos
[Tamar Lewin] No sentirse en casa en ninguna parte. En la serie sobre las clases en Estados Unidos.
Pikeville, Kentucky, Estados Unidos. Della Mae Justice está parada ante el Tribunal del Condado de Pike, argumentando que la tierra de su cliente en Greasy Creek Hollow fue ocupada ilegalmente cuando los vecinos ampliaron su cementerio detrás de su casa.
Con su suave acento de los Apalaches, Justice no deja ninguna duda de que es una chica de aquí, inmersa en la cultura de los cementerios de las viejas familias que salpican las montañas de Kentucky Este. "Yo me crié en una cabaña, claro que sí", le dice a los jurados mientras explica el conflicto de lindes.
En realidad, Justice es un producto de la comarca de la minería del carbón en los Apalaches donde exuberantes montañas flanquean riachuelos color herrumbre, las hondonadas se elevan tan empinadamente que apenas hay espacio para una casa a cualquier lado de los riachuelos. Su familia era pobre, y vivieron durante varios años en una casa sin instalación de tuberías. Su era estaba ausente; a veces, su hermanastro mayor tenía que cazar ardillas para que comiera la familia. Su madre se volvió a casar cuando Della tenía 9 años. Pero su padrastro, camionero, estaba frecuentemente en la carretera y su madre, mentalmente enferma, a menudo dependía de los cuidados de Della.
Justice siempre quiso conocer el mundo más allá de las montañas. Inmediatamente después de la secundaria, dejó el Condado de Pike, se hizo camino en la universidad y en la facultad de derecho, pasó temporadas en Francia, Escocia e Irlanda, y empezó una prometedora carrera de derecho. En apenas unos años subió en la escala, desde la pobreza rural a los exigentes círculos de la clase media.
Ahora, a los 34, está de vuelta en casa. Pero su viaje la ha transformado de tal manera, que ya no se adapta fácilmente. Su cambio de condición hizo perder el balance a Justice, haciéndola ver el mundo desde dos puntos de vista al mismo tiempo: el de donde creció, y el de donde se encuentra ahora.
Como más gente que la que sigue en la clase social en la que nació, rodeada de algunos del mismo ambiente, Justice es sensible al significado cultural de los coches que tiene la gente, la comida que sirven en las fiestas, los lugares dónde van de vacaciones -todas pequeñas claves que señalan la clase social. Según normas convencionales, Justice está ahora sólidamente anclada en la clase media, pero todavía está tratando de sentirse como alguien de clase media. Casi siempre cuando expresa una idea, o se explica, controla si está siendo comprendida, preguntando: "¿Se entiende lo que dije?"
"Realmente", dijo hace poco, "creo que la clase lo es todo". "Cuando eres pobre y vienes de un grupo socio-económico bajo, no tienes muchas opciones en tu vida. Para mí, ser de la clase alta tiene todo que ver con la seguridad. Es saber que tienes opciones, saber que tus dictas las normas, saber que tienes conexiones".
Vínculos Rotos
En Pikeville, el sitio del pleito Hatfield-McCoy (Justice es una Hatfield), la memoria es larga y las raíces familiares significan un montón. A pesar de su éxito, Justice se preocupa de lo que recuerda de ella la gente, especialmente de la época cuando tenía 15 y su vida con su madre y padrastro se rompió violentamente, enviándola a una familia de acogida durante unos miserables nueve meses.
"Siempre estuve en el grupo socio-económico más bajo", dijo, "pero la familia de acogida la clavó todavía una muesca más abajo. Odio ese período de mi vida, cuando durante nueve meses fui una niña sin familia".
Durante su período en la familia de acogida, Justice vivió con la familia adoptiva en un lado de un remolque de doble ancho. Ella dormía junto a otro niño adoptado, que se meaba en la cama, y en la mañana elegía su ropa de una caja de segunda mano. Fue finalmente rescatada cuando su padre se enteró de su situación y llamó a su sobrino, Joe Justice.
Joe Justice le llevaba 35 años a Della, y era un exitoso abogado que vivía en el otro Pikeville, en uno de los vecindarios ricos en la precordillera. Él y su esposa, Virginia, habían construido recién una casa moderna de cuatro dormitorios, con piscina, en Cedar Gap Ridge.
Joe Justice no había visto a este primo nunca hasta que la conoció en el remolque, pero después le dijo a su esposa que era "aberrante" que un familiar cercano estuviese con una familia de acogida. Aunque la pobreza es común en Pikeville, la familia de acogida es algo mucho peor: una cercenamiento de los vínculos familiares que son tan importantes. Así que Joe y Virginia recogieron a Della Mae. Se cambió de escuela, de domicilio -de mundo, de hecho- y se mudó al dormitorio octagonal del hijo de 2 de los Justice.
"El shock de ir a vivir como rica, con Joe y Virginia, fue como Anita la Huerfanita yendo a vivir con los Rockefeller", dijo Justice. "No fue fácil. Yo era tímida y socialmente inadaptada. Por primera vez tuve ropa adecuada, pero no tenía ni idea de qué debía ponerme. No sabía nada del mundo, y estaba siempre con miedo de meter la pata. Cuando el coro hizo un viaje escolar, fuimos a un restaurante. Yo pedí un sandwich de dos pisos, pero me lo sirvieron con esos mondadientes a cada lado, y no sé cómo se come así, así que me quedé sentada mirándolo y muriéndome de hambre, y dije que no me sentía bien".
Joe y Virginia Justice estaban preocupados de la torpeza social de Della Mae y su incapacidad de comunicarse con otras jóvenes en su iglesia. Pero pronto se dieron cuenta de su inteligencia y la alentaron a asistir al Berea College, un pequeño colegio de artes liberales en Kentucky que sólo acepta estudiantes de familias de bajos ingresos. La matrícula es gratuita y todos trabajan. Para Justice, como para muchos estudiantes del Berea College, la experiencia de ser uno de entre tanta gente pobre, todos capaces de estudiar y alentados a perseguir sus sueños, era algo que alteró sus vidas.
Fue en el Berea College donde Justice conoció al hombre que se convertiría en su marido, Troy Price, hijo de un granjero tabacalero con seis años de estudio. Se casaron después de la graduación y cuando Justice ganó una beca, la pareja se trasladó a Europa para un año de viajes y estudio independientes. Cuando Justice ganó la beca de la facultad de derecho de la Universidad de Kentucky, Price fue con ella, para un posgrado en estudios de la familia.
Después de terminar quinta en la escuela de leyes, Justice trabajó como amanuense de un juez federal, y luego se unió al bufete de abogados más grande de Lexington, donde invirtió largas horas en la esperanza de que llegar a ser una asociada. Ella y su marido compraron una casa en la ciudad, hicieron viajes, y comían en restaurantes casi todas las noches, y pasaron muchos domingos en casas abiertas en los elegantes antiguos barrios de Lexington. Según las apariencias, iban por la vía rápida.
Pero Justice todavía se sentía como una extraña. Sus co-editores en la revista jurídica, sus colegas amanuenses en el tribunal y sus colegas en el bufete de abogados parecían todos tener un universo de información que se había perdido. Lo veía en los detalles y en las cosas grandes -las referencias casuales al Che Guevara o al Monte Vesubio, que no significaban nada para ella; la comida en las fiestas, que ella no comía porque le parecía que estaba cruda por dentro.
"No podía jugar Trivial Pursuit, porque no tenía un conocimiento general del mundo", dijo. "Y aunque conocía Kentucky Este, todos ellos sabían un montón sobre Massachusetts y el Nordeste. Todos sabían quién era importante, quién tenía un padre que era juez federal. Nunca dudaban de lo que tenían que decir. Nunca se preocupaban de nada".
Y sobre todo, tenían todos conexiones con una alta red de gente con poder. "De algún modo, todos se conocían", dijo.
Formando una Nueva Familia
La vida de Justice dio un abrupto giro en 1999, cuando su hermanastro, de vuelta en el Condado de Pike, apareció de la nada para decir que sus niños, Will y Anna Ratliff, que habían estado viviendo con su madre, estaban con una familia de acogida. Justice y su hermano no eran demasiado íntimos, y se había encontrado con sus hijos sólo una o dos veces, pero era imposible ignorar el llamado. Como su primo Joe años antes, le pareció intolerable pensar que gente de su propia sangre estuvieran viviendo como adoptados.
Así que al año siguiente, Della Mae Justice y su marido obtuvieron la tutoría de los dos niños y volvieron a Pikeville, a sólo 80 kilómetros pero lejos de su vida en Lexington. La mudanza era coherente en muchos sentidos. Will y Anna, ahora de 13 y 12, podían seguir en contacto con su madre y padre. Price consiguió un trabajo mejor, como director del nuevo centro de ayuda de niños maltratados de Pikeville. Justice empezó a trabajar con su primo en su bufete, donde un horario flexible le permitió cuidar de los dos niños.
Y sin embargo, volver a Pikeville había sido para Justice casi tan traumatizante como salir de la familia de acogida y mudarse al dormitorio octagonal todos esos años. En una rara visita recientemente a las hondonadas donde vivía, se echó a llorar cuando salió un vecino, la abrazó y le contó que él rezaba y se preocupaba por ella y lo feliz que estaba de que le hubiera ido tan bien. Pero la mayor parte de las veces, hace una mueca de dolor cuando recuerda su pasado.
"La semana pasada, contesté el teléfono en mi oficina", recordó, "y la mujer dijo quién era, y dijo: ¿No me recuerdas, verdad?', y yo dije: ¿También estuviste en una familia conmigo?' Eso fue una locura. ¿Por qué hice algo así? Que estuve en una familia de acogida no es algo que yo quiera publicar".
Mientras que la mayor parte de su semana laboral la dedica al derecho comercial, Justice pasa los lunes en el tribunal de familia, representando a familias con el tipo de problemas que tuvo ella. Se enfada cuando oye algo que indique prejuicio de clase o la suposición de que la gente pobre que vive en casas calentadas con keroseno o sin suficiente dormitorios no pueden ser buenos padres.
"La norma es que la gente que nace con plata, tiene plata, y la gente que no, no tiene", dijo hace poco. "Lo sé. Sé que nada más subir las tres pulgadas que he subido, que no es demasiado, me costó muchos esfuerzos. He trabajado duramente, desde niña, y no he hecho nada excepto trabajar y trabajar de mantenerme en el lugar".
La clase en la que nace una persona, dijo, es el punto de partida del continuum. "Si tu meta es ser una persona importante a escala nacional, no puedes empezar en la parte de abajo del continuum, porque tendrías que aprender demasiado para un lapso de vida. Tienes que cubrir la distancia que puedas en tu propia vida, para que tus niños puedan terminar que cubrir esa distancia en su propio lapso de vida".
Aceptando la Vida
Justice no se siente completamente cómoda con el otro Pikeville, el de los ricos, y de muchos modos ella y su marido tuvieron que empezar desde cero para hacerse un hueco. La iglesia es donde la mayoría de la gente en la ciudad encuentra amigos y construye su vida social. Pero Justice y Price tuvieron problemas en encontrar una iglesia que les conviniese; pasaron por seis congregaciones, empezando por la iglesia bautista a la que había asistido de niña y terminando en los Discípulos de Cristo, una iglesia laboral abierta, con muchos miembros afluentes. El pastor y su esposa, transplantados de Kentucky, se han convertido en sus mejores amigos. Con otros ha sido más lento.
"El problema parcialmente es que, para la clase media, somos demasiado jóvenes como para tener hijos de la edad de Will y Anna", dice Justice. "Y el hecho de que estemos criando a una sobrina y un sobrino es una especie de bandera de que no siempre fuimos de la clase media, lo mismo que decir que fuiste al Berea College significa para todos que eras pobre".
Y aunque en términos de su trabajo Justice es ahora una de las ciudadanas importantes de Pikeville, todavía la carcomen las viejas dudas e inseguridades. "Mi estómago se pone duro toda vez que tengo que ir a una fiesta, preguntándome si acaso llevo la ropa correcta, si sabré qué hacer", dijo. "Estoy siempre pensando: ¿Cómo lo saben los demás? ¿Cómo saben qué hacer? ¿Por qué parece que no les cuesta nada?"
Gasta un montón de energía en Will y Anna. Quiere que se integren en la clase media que todavía la elude. "Will y Anna saben lo que es ser pobre, y ahora queremos que sean simplemente capaces de ser niños corrientes", dijo. "Cuando era joven, siempre sabía quiénes eran los niños de la escuela con padres que les llevaban galletas, y esos eran los niños que eran elegidos para las cosas especiales, que tenían almuerzos gratuitos y pedían ropa prestada a una tía si tenían que actuar en el coro".
Debido a que a Justice la cohíben por sus dientes -"la oclusión defectuosa de Kentucky Este", dice pesarosamente-, se aseguró de que Anna se colocara un aparato de ortodoncia. Se preocupa de la ropa de los niños tanto como de la suya. "Todos parecen saber cuándo están en subasta en J.C. Penney los pantalones kaki que necesitan los chicos", dijo. "Yo nunca me entero de esas cosas".
De niña, Justice nunca tuvo los recursos para sus proyectos de deberes. Así que cuando Anna fue asignada a construir una cabaña navajo, se marcharon de compras al Wal-Mart.
"Nos damos más tiempo, de modo que se parezca a esos niños con padres preocupados", dijo Justice. "Sé que es solamente una cabaña, pero hacer un proyecto como los demás es parte de la adaptación".
Justice alentó a Will a unirse a los Boy Scouts y cuando lo invitaron a integrar el Equipo Académico de la escuela, que compite en concursos de preguntas y respuestas en televisión, insistió en que lo intentara. Cuando él le preguntó si se podría transformar en un drogadicto si tomaba las medicinas que le habían prescrito, le dijo que era una excelente pregunta y en la consulta del doctor lo animó a preguntárselo directamente al doctor. Alienta a los niños a hablar sobre lo que pasa en la escuela, a contar las historias de los libros que leen y a conversar sobre actualidades.
Es esta clase de orientación lo que distingue a los niños de clase media de los niños de familias de trabajadores y pobres, de acuerdo a los sociólogos que han estudiado cómo la clase social afecta la educación de los niños. Mientras los padres trabajadores educan a sus hijos desde temprano a hacer sin discutir lo que se les dice y a ocuparse de su propio tiempo libre, buscando actividades extra-curriculares para construir sus talentos, y alentándoles a no quedarse callados e incluso a negociar con figuras de autoridad.
Los esfuerzos de Justice están haciendo la diferencia. Will descubrió que le gustaba el Equipo Académico. Anna recibía en la noche varias llamadas de amigos. Los dos han empezado a quedarse fuera, una que otra vez. Y poco a poco, Justice está aceptando su propia vida. Para Noche Vieja, después de años en modestas casas alquiladas, ella y su marido se mudaron a una casa nueva que la hace evocar a la Familia Brady. Tiene cuatro dormitorios y una piscina. En pocos años, cuando se jubile su primo más viejo, Justice probablemente heredará el bufete, una sólida perspectiva, aunque mucho menos lucrativa, y menos glamorosa, que una participación en el bufete de Lexington.
"He trabajado duro toda mi vida -para tener una vida que no está demasiado lejos de donde empecé", dijo. "Es diferente, pero no es la vida mágica que yo pensaba que era".
19 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©new york times©traducción mQh
Pikeville, Kentucky, Estados Unidos. Della Mae Justice está parada ante el Tribunal del Condado de Pike, argumentando que la tierra de su cliente en Greasy Creek Hollow fue ocupada ilegalmente cuando los vecinos ampliaron su cementerio detrás de su casa.Con su suave acento de los Apalaches, Justice no deja ninguna duda de que es una chica de aquí, inmersa en la cultura de los cementerios de las viejas familias que salpican las montañas de Kentucky Este. "Yo me crié en una cabaña, claro que sí", le dice a los jurados mientras explica el conflicto de lindes.
En realidad, Justice es un producto de la comarca de la minería del carbón en los Apalaches donde exuberantes montañas flanquean riachuelos color herrumbre, las hondonadas se elevan tan empinadamente que apenas hay espacio para una casa a cualquier lado de los riachuelos. Su familia era pobre, y vivieron durante varios años en una casa sin instalación de tuberías. Su era estaba ausente; a veces, su hermanastro mayor tenía que cazar ardillas para que comiera la familia. Su madre se volvió a casar cuando Della tenía 9 años. Pero su padrastro, camionero, estaba frecuentemente en la carretera y su madre, mentalmente enferma, a menudo dependía de los cuidados de Della.
Justice siempre quiso conocer el mundo más allá de las montañas. Inmediatamente después de la secundaria, dejó el Condado de Pike, se hizo camino en la universidad y en la facultad de derecho, pasó temporadas en Francia, Escocia e Irlanda, y empezó una prometedora carrera de derecho. En apenas unos años subió en la escala, desde la pobreza rural a los exigentes círculos de la clase media.
Ahora, a los 34, está de vuelta en casa. Pero su viaje la ha transformado de tal manera, que ya no se adapta fácilmente. Su cambio de condición hizo perder el balance a Justice, haciéndola ver el mundo desde dos puntos de vista al mismo tiempo: el de donde creció, y el de donde se encuentra ahora.
Como más gente que la que sigue en la clase social en la que nació, rodeada de algunos del mismo ambiente, Justice es sensible al significado cultural de los coches que tiene la gente, la comida que sirven en las fiestas, los lugares dónde van de vacaciones -todas pequeñas claves que señalan la clase social. Según normas convencionales, Justice está ahora sólidamente anclada en la clase media, pero todavía está tratando de sentirse como alguien de clase media. Casi siempre cuando expresa una idea, o se explica, controla si está siendo comprendida, preguntando: "¿Se entiende lo que dije?"
"Realmente", dijo hace poco, "creo que la clase lo es todo". "Cuando eres pobre y vienes de un grupo socio-económico bajo, no tienes muchas opciones en tu vida. Para mí, ser de la clase alta tiene todo que ver con la seguridad. Es saber que tienes opciones, saber que tus dictas las normas, saber que tienes conexiones".
Vínculos Rotos
En Pikeville, el sitio del pleito Hatfield-McCoy (Justice es una Hatfield), la memoria es larga y las raíces familiares significan un montón. A pesar de su éxito, Justice se preocupa de lo que recuerda de ella la gente, especialmente de la época cuando tenía 15 y su vida con su madre y padrastro se rompió violentamente, enviándola a una familia de acogida durante unos miserables nueve meses.
"Siempre estuve en el grupo socio-económico más bajo", dijo, "pero la familia de acogida la clavó todavía una muesca más abajo. Odio ese período de mi vida, cuando durante nueve meses fui una niña sin familia".
Durante su período en la familia de acogida, Justice vivió con la familia adoptiva en un lado de un remolque de doble ancho. Ella dormía junto a otro niño adoptado, que se meaba en la cama, y en la mañana elegía su ropa de una caja de segunda mano. Fue finalmente rescatada cuando su padre se enteró de su situación y llamó a su sobrino, Joe Justice.
Joe Justice le llevaba 35 años a Della, y era un exitoso abogado que vivía en el otro Pikeville, en uno de los vecindarios ricos en la precordillera. Él y su esposa, Virginia, habían construido recién una casa moderna de cuatro dormitorios, con piscina, en Cedar Gap Ridge.
Joe Justice no había visto a este primo nunca hasta que la conoció en el remolque, pero después le dijo a su esposa que era "aberrante" que un familiar cercano estuviese con una familia de acogida. Aunque la pobreza es común en Pikeville, la familia de acogida es algo mucho peor: una cercenamiento de los vínculos familiares que son tan importantes. Así que Joe y Virginia recogieron a Della Mae. Se cambió de escuela, de domicilio -de mundo, de hecho- y se mudó al dormitorio octagonal del hijo de 2 de los Justice.
"El shock de ir a vivir como rica, con Joe y Virginia, fue como Anita la Huerfanita yendo a vivir con los Rockefeller", dijo Justice. "No fue fácil. Yo era tímida y socialmente inadaptada. Por primera vez tuve ropa adecuada, pero no tenía ni idea de qué debía ponerme. No sabía nada del mundo, y estaba siempre con miedo de meter la pata. Cuando el coro hizo un viaje escolar, fuimos a un restaurante. Yo pedí un sandwich de dos pisos, pero me lo sirvieron con esos mondadientes a cada lado, y no sé cómo se come así, así que me quedé sentada mirándolo y muriéndome de hambre, y dije que no me sentía bien".
Joe y Virginia Justice estaban preocupados de la torpeza social de Della Mae y su incapacidad de comunicarse con otras jóvenes en su iglesia. Pero pronto se dieron cuenta de su inteligencia y la alentaron a asistir al Berea College, un pequeño colegio de artes liberales en Kentucky que sólo acepta estudiantes de familias de bajos ingresos. La matrícula es gratuita y todos trabajan. Para Justice, como para muchos estudiantes del Berea College, la experiencia de ser uno de entre tanta gente pobre, todos capaces de estudiar y alentados a perseguir sus sueños, era algo que alteró sus vidas.
Fue en el Berea College donde Justice conoció al hombre que se convertiría en su marido, Troy Price, hijo de un granjero tabacalero con seis años de estudio. Se casaron después de la graduación y cuando Justice ganó una beca, la pareja se trasladó a Europa para un año de viajes y estudio independientes. Cuando Justice ganó la beca de la facultad de derecho de la Universidad de Kentucky, Price fue con ella, para un posgrado en estudios de la familia.
Después de terminar quinta en la escuela de leyes, Justice trabajó como amanuense de un juez federal, y luego se unió al bufete de abogados más grande de Lexington, donde invirtió largas horas en la esperanza de que llegar a ser una asociada. Ella y su marido compraron una casa en la ciudad, hicieron viajes, y comían en restaurantes casi todas las noches, y pasaron muchos domingos en casas abiertas en los elegantes antiguos barrios de Lexington. Según las apariencias, iban por la vía rápida.
Pero Justice todavía se sentía como una extraña. Sus co-editores en la revista jurídica, sus colegas amanuenses en el tribunal y sus colegas en el bufete de abogados parecían todos tener un universo de información que se había perdido. Lo veía en los detalles y en las cosas grandes -las referencias casuales al Che Guevara o al Monte Vesubio, que no significaban nada para ella; la comida en las fiestas, que ella no comía porque le parecía que estaba cruda por dentro.
"No podía jugar Trivial Pursuit, porque no tenía un conocimiento general del mundo", dijo. "Y aunque conocía Kentucky Este, todos ellos sabían un montón sobre Massachusetts y el Nordeste. Todos sabían quién era importante, quién tenía un padre que era juez federal. Nunca dudaban de lo que tenían que decir. Nunca se preocupaban de nada".
Y sobre todo, tenían todos conexiones con una alta red de gente con poder. "De algún modo, todos se conocían", dijo.
Formando una Nueva Familia
La vida de Justice dio un abrupto giro en 1999, cuando su hermanastro, de vuelta en el Condado de Pike, apareció de la nada para decir que sus niños, Will y Anna Ratliff, que habían estado viviendo con su madre, estaban con una familia de acogida. Justice y su hermano no eran demasiado íntimos, y se había encontrado con sus hijos sólo una o dos veces, pero era imposible ignorar el llamado. Como su primo Joe años antes, le pareció intolerable pensar que gente de su propia sangre estuvieran viviendo como adoptados.
Así que al año siguiente, Della Mae Justice y su marido obtuvieron la tutoría de los dos niños y volvieron a Pikeville, a sólo 80 kilómetros pero lejos de su vida en Lexington. La mudanza era coherente en muchos sentidos. Will y Anna, ahora de 13 y 12, podían seguir en contacto con su madre y padre. Price consiguió un trabajo mejor, como director del nuevo centro de ayuda de niños maltratados de Pikeville. Justice empezó a trabajar con su primo en su bufete, donde un horario flexible le permitió cuidar de los dos niños.
Y sin embargo, volver a Pikeville había sido para Justice casi tan traumatizante como salir de la familia de acogida y mudarse al dormitorio octagonal todos esos años. En una rara visita recientemente a las hondonadas donde vivía, se echó a llorar cuando salió un vecino, la abrazó y le contó que él rezaba y se preocupaba por ella y lo feliz que estaba de que le hubiera ido tan bien. Pero la mayor parte de las veces, hace una mueca de dolor cuando recuerda su pasado.
"La semana pasada, contesté el teléfono en mi oficina", recordó, "y la mujer dijo quién era, y dijo: ¿No me recuerdas, verdad?', y yo dije: ¿También estuviste en una familia conmigo?' Eso fue una locura. ¿Por qué hice algo así? Que estuve en una familia de acogida no es algo que yo quiera publicar".
Mientras que la mayor parte de su semana laboral la dedica al derecho comercial, Justice pasa los lunes en el tribunal de familia, representando a familias con el tipo de problemas que tuvo ella. Se enfada cuando oye algo que indique prejuicio de clase o la suposición de que la gente pobre que vive en casas calentadas con keroseno o sin suficiente dormitorios no pueden ser buenos padres.
"La norma es que la gente que nace con plata, tiene plata, y la gente que no, no tiene", dijo hace poco. "Lo sé. Sé que nada más subir las tres pulgadas que he subido, que no es demasiado, me costó muchos esfuerzos. He trabajado duramente, desde niña, y no he hecho nada excepto trabajar y trabajar de mantenerme en el lugar".
La clase en la que nace una persona, dijo, es el punto de partida del continuum. "Si tu meta es ser una persona importante a escala nacional, no puedes empezar en la parte de abajo del continuum, porque tendrías que aprender demasiado para un lapso de vida. Tienes que cubrir la distancia que puedas en tu propia vida, para que tus niños puedan terminar que cubrir esa distancia en su propio lapso de vida".
Aceptando la Vida
Justice no se siente completamente cómoda con el otro Pikeville, el de los ricos, y de muchos modos ella y su marido tuvieron que empezar desde cero para hacerse un hueco. La iglesia es donde la mayoría de la gente en la ciudad encuentra amigos y construye su vida social. Pero Justice y Price tuvieron problemas en encontrar una iglesia que les conviniese; pasaron por seis congregaciones, empezando por la iglesia bautista a la que había asistido de niña y terminando en los Discípulos de Cristo, una iglesia laboral abierta, con muchos miembros afluentes. El pastor y su esposa, transplantados de Kentucky, se han convertido en sus mejores amigos. Con otros ha sido más lento.
"El problema parcialmente es que, para la clase media, somos demasiado jóvenes como para tener hijos de la edad de Will y Anna", dice Justice. "Y el hecho de que estemos criando a una sobrina y un sobrino es una especie de bandera de que no siempre fuimos de la clase media, lo mismo que decir que fuiste al Berea College significa para todos que eras pobre".
Y aunque en términos de su trabajo Justice es ahora una de las ciudadanas importantes de Pikeville, todavía la carcomen las viejas dudas e inseguridades. "Mi estómago se pone duro toda vez que tengo que ir a una fiesta, preguntándome si acaso llevo la ropa correcta, si sabré qué hacer", dijo. "Estoy siempre pensando: ¿Cómo lo saben los demás? ¿Cómo saben qué hacer? ¿Por qué parece que no les cuesta nada?"
Gasta un montón de energía en Will y Anna. Quiere que se integren en la clase media que todavía la elude. "Will y Anna saben lo que es ser pobre, y ahora queremos que sean simplemente capaces de ser niños corrientes", dijo. "Cuando era joven, siempre sabía quiénes eran los niños de la escuela con padres que les llevaban galletas, y esos eran los niños que eran elegidos para las cosas especiales, que tenían almuerzos gratuitos y pedían ropa prestada a una tía si tenían que actuar en el coro".
Debido a que a Justice la cohíben por sus dientes -"la oclusión defectuosa de Kentucky Este", dice pesarosamente-, se aseguró de que Anna se colocara un aparato de ortodoncia. Se preocupa de la ropa de los niños tanto como de la suya. "Todos parecen saber cuándo están en subasta en J.C. Penney los pantalones kaki que necesitan los chicos", dijo. "Yo nunca me entero de esas cosas".
De niña, Justice nunca tuvo los recursos para sus proyectos de deberes. Así que cuando Anna fue asignada a construir una cabaña navajo, se marcharon de compras al Wal-Mart.
"Nos damos más tiempo, de modo que se parezca a esos niños con padres preocupados", dijo Justice. "Sé que es solamente una cabaña, pero hacer un proyecto como los demás es parte de la adaptación".
Justice alentó a Will a unirse a los Boy Scouts y cuando lo invitaron a integrar el Equipo Académico de la escuela, que compite en concursos de preguntas y respuestas en televisión, insistió en que lo intentara. Cuando él le preguntó si se podría transformar en un drogadicto si tomaba las medicinas que le habían prescrito, le dijo que era una excelente pregunta y en la consulta del doctor lo animó a preguntárselo directamente al doctor. Alienta a los niños a hablar sobre lo que pasa en la escuela, a contar las historias de los libros que leen y a conversar sobre actualidades.
Es esta clase de orientación lo que distingue a los niños de clase media de los niños de familias de trabajadores y pobres, de acuerdo a los sociólogos que han estudiado cómo la clase social afecta la educación de los niños. Mientras los padres trabajadores educan a sus hijos desde temprano a hacer sin discutir lo que se les dice y a ocuparse de su propio tiempo libre, buscando actividades extra-curriculares para construir sus talentos, y alentándoles a no quedarse callados e incluso a negociar con figuras de autoridad.
Los esfuerzos de Justice están haciendo la diferencia. Will descubrió que le gustaba el Equipo Académico. Anna recibía en la noche varias llamadas de amigos. Los dos han empezado a quedarse fuera, una que otra vez. Y poco a poco, Justice está aceptando su propia vida. Para Noche Vieja, después de años en modestas casas alquiladas, ella y su marido se mudaron a una casa nueva que la hace evocar a la Familia Brady. Tiene cuatro dormitorios y una piscina. En pocos años, cuando se jubile su primo más viejo, Justice probablemente heredará el bufete, una sólida perspectiva, aunque mucho menos lucrativa, y menos glamorosa, que una participación en el bufete de Lexington.
"He trabajado duro toda mi vida -para tener una vida que no está demasiado lejos de donde empecé", dijo. "Es diferente, pero no es la vida mágica que yo pensaba que era".
19 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©new york times©traducción mQh