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los ricos viven más


[Janny Scott] En la cima se vive no solamente mejor: se vive más.
El ataque al corazón de Jean G. Miele ocurrió en una acera del centro de Manhatan en mayo pasado. Volvía con dos colegas a su trabajo por la Tercera Avenida después de un almuerzo de sushi de varios cientos de dólares. Oyó el ruido sordo del ardor de estómago, el ominoso hormigueo de la transpiración. Entonces Miele, arquitecto, se derrumbó en un tiesto de plantas, sudando frío.
A Will L. Wilson el ataque al corazón lo había sorprendido cuatro días antes en el dormitorio de su casa de piedra rojiza en Bedford-Stuyvesant en Brooklyn. Había estado contándole a su novia los detalles de una cena come-todo-lo-que-puedas que estaba comenzando a lamentar. Wilson, un oficinista de Consolidated Edison, se sentía un poco hinchado. Se dejó caer en la cama. Luego tuvo una sensación de ardor, como si hubiera una plancha en lo más profundo de su pecho.
Los primeros síntomas de problemas los tuvo Ewa Rynczak Gora en su cuarto alquilado en el Brooklyn-Queens Expressway. Era el 4 de julio. Gora, una criada nacida en Polonia, estaba jugando bridge. Se puso a sudar repentinamente, reprimiendo una arcada. Le dijo a su marido que no llamara a la ambulancia; les costaría demasiado. En lugar de eso, trató de recuperarse con un remedio casero: salmuera, una doble dosis de píldoras para la hipertensión y un vaso de vodka.
Arquitecto, empleado de servicios y criada: el ataque al corazón es el gran nivelador, y en esos primeros y terribles momentos, tres neoyorquinos con poco en común hicieron frente a la misma amenaza. Pero en los meses que siguieron, sus experiencias divergieron. La clase social -esa elusiva combinación de ingreso, educación, ocupación y riqueza- jugaron un importante papel en la lucha por recuperarse de Miele, Wilson y Gora.
La clase imbuye todo, desde las circunstancias de sus ataques al corazón a los cuidados de emergencia que recibieron, las casas a las que volvieron y los trabajos que esperaban reiniciar. Modeló su comprensión de su enfermedad, el apoyo que recibieron de sus familias, las relaciones con los médicos. Ayudó a definir su capacidad de cambiar sus vidas y modeló sus posibilidades de mejorar.
La clase es una potente fuerza para la salud y la longevidad en Estados Unidos. Mientras más educación e ingresos tenga la gente, menos probable es que sufran y mueran de enfermedades al corazón, derrame cerebral, diabetes y muchos tipos de cáncer. Los norteamericanos de clase media alta viven más tiempo y en mejores condiciones de salud que los norteamericanos de clase media, que viven más y mejor que los que están abajo en la escala social. Y las brechas se están haciendo cada vez más grandes, dice gente que ha estudiado los factores sociales en la salud.
A medida que los avances en la medicina y en la prevención de enfermedades han aumentado la esperanza de vida en Estados Unidos, los beneficios han sido disfrutados de manera desproporcionada por la gente que tiene educación, dinero, buenos trabajos y conexiones. Están casi siempre en la mejor posición para enterarse de las nuevas informaciones, modificar sus hábitos, sacar ventaja de los últimos tratamientos y tener los costes cubiertos por un seguro.
Muchos de los factores de riesgo de enfermedades crónicas son ahora mucho más comunes entre los menos educados que entre los mejor educados. Fumar ha descendido fuertemente entre los mejor educados, pero no entre los menos educados. La inactividad física es dos veces mayor entre jóvenes que abandonaron los estudios que entre estudiantes universitarios. Es más probable que las mujeres de ingresos bajos tengan sobrepeso, aunque entre los hombres el esquema parece ser el opuesto.
También hay diferencias más sutiles. Algunos investigadores creen ahora que la estrés implicada en trabajos exigentes y poco control más abajo en la escala ocupacional es más perjudicial que la estrés de trabajos profesionales que requieren mayor autonomía y control. Otros están estudiando el impacto de la salud en la inseguridad laboral, la falta de apoyo en el trabajo, y los empleos que hacen difícil obtener un equilibrio entre el trabajo y las obligaciones familiares.
Luego está el tema de las redes sociales y el apoyo, la diferencia en conocimiento, el tiempo y la atención que la familia y amigos de una persona pueden ofrecer. ¿Cuál es el efecto del aislamiento social? También se han estudiado las diferencias entre barrios: ¿Cuán estresante es un barrio? ¿Hay lugares seguros para hacer ejercicios? ¿Cuáles son los efectos de la discriminación en la salud?
El ataque al corazón es una ventana sobre los efectos de la clase en la salud. Los factores de riesgo -fumar, dieta pobre, inactividad, obesidad, hipertensión, alto colesterol y estrés- son todos más comunes entre los menos educados y los menos ricos, el mismo grupo que las investigaciones han demostrado que es menos probable que reciba resucitación cardiopulmonar, cuidados intensivos o que adhiera a cambios de modo de vida después de un ataque cardíaco.
"En los últimos 20 años ha habido enormes avances en el rescate de pacientes con ataque al corazón y en el conocimiento de cómo prevenir un ataque", dijo Ichiro Kawachi, profesor de epidemiología social de la Facultad de Salud Pública de Harvard.
"Es como la difusión de innovaciones: toda vez que se produce una innovación, los ricos son los primeros en adoptarla. En la parte de abajo de la escala, las desventajas las sufren sobre todo los pobres. La dieta ha empeorado. Hay mucho más estrés laboral. La gente pobre tiene menos tiempo para dedicarse a conservar la salud cuando deben hacer malabarismos entre dos trabajos. Las tasas de mortalidad están disminuyendo incluso entre los pobres, pero no va tan rápido como entre los ricos. La brecha se ha hecho más grande".
Bruce G. Link, profesor de epidemiología y ciencias sociomédicas de la Universidad de Columbia, dijo sobre las consecuencias de doble filo del progreso: "Estamos creando diferencias. Es como si estuviéramos transformando la salud, que era como el destino, en una mercadería. Como la distribución de BMW, o del queso de cabra".

El Mejor de los Cuidados
La ventaja de Miele empezó con las dos personas con las que estaba ese 6 de mayo, cuando el revestimiento de su arteria coronaria derecha se rompió, bloqueando la circulación de la sangre hacia su corazón de 66 años. Sus dos colegas sabían lo suficiente como para desechar su petición de llamar a un taxi y pidieron una ambulancia.
Y debido a que estaba en Midtown Manhattan, tenía tres centros médicos importantes cercanos, todos con licencia para proporcionar el mejor cuidado cardíaco. El técnico médico de urgencias en la ambulancia le pidió a Miele que eligiera. Optó por Hospital Tisch, parte del Centro Médico de la Universidad de Nueva York, un centro universitario con pacientes relativamente acomodados, y pasó al Bellevue, un hospital del ayuntamiento que tiene uno de los cuidados intensivos más ocupados de Nueva York.
En minutos Miele estaba en una camilla del laboratorio de caterización a la espera de una angioplastia para desatascar su arteria -un método que muchos cardiólogos dicen que se transformado en la regla de oro en el tratamiento de ataques al corazón. Cuando desarrolló una fibrilación ventricular, una anormalidad del ritmo cardíaco que puede ser fatal en minutos, su problema fue rápidamente solucionado.
Luego, el doctor James N. Slater, 54, un cardiólogo con 25.000 caterizaciones a la espalda, enhebró un catéter a través de una pequeña incisión encima del muslo derecho de Miele y lo dirigió hacia su corazón. Miele yacía en la mesa de operaciones, pensando que iba a morir. Hacia las 3:52 de la tarde, menos de dos horas después de los primeros síntomas de Miele, con la arteria reabierta y Slater implantó una cánula para mantenerla así.
El tiempo es fuerza, dicen los cardiólogos. El daño al corazón de Miele era mínimo. Miele estuvo apenas dos días en el hospital. Su suegra, una cirujano, propuso algunos especialistas. El hermano de Miele, Joel, presidente del directorio de otro hospital, pidió al director del hospital que llamara a la Universidad de Nueva York. "Cortesía profesional", explicó Joel a Miele más tarde. "La idea fundamental es que alguien de la gerencia llame a vigilancia intensiva y diga: ‘Mire, quería cerciorarme de que todo marcha bien'".
Las cosas fueron menos fluidas para Wilson, 53, coordinador de transportes para Con Ed. Pensó fugazmente que tenía indigestión, aunque había tenido antes un ataque al corazón. Su novia insistió en pedir una ambulancia. Otra vez, el técnico médico de urgencias le pidió que eligiera entre dos hospitales -ninguno de los cuales tenía permiso del estado para hacer una angioplastia, el procedimiento aplicado a Miele.
Wilson escogió el Centro Médico Brooklyin por sobre el Hospital Woodhull y Centro de Salud Mental, el hospital del ayuntamiento que atiende a tres de los barrios más pobres de Brooklyn. En el Hospital Brooklyn le dieron una medicina para romper el coágulo que bloqueaba la arteria hacia su corazón. Al principio funcionó, dijo Narinder P. Bhalla, el cardiólogo jefe del hospital, pero el coágulo se volvió a formar.
Así que Bhalla pidió que trasladaran a Wilson al Centro Weill Cornell, del Hospital Presbiteriano de Nueva York, Manhattan, a la mañana siguiente. Allá, Bhalla realizó una angioplastia e implantó una cánula. Interrogado más tarde sobre si Wilson había sido atendido mejor si el ataque le hubiera dado en otro lugar, Bhalla dijo que lo más importante de un caso de ataque al corazón es llevar al paciente lo más rápidamente posible a un hospital.
Pero agregó: "En este caso, sí; habría estado mucho mejor si hubiera sido llevado a un hospital donde hicieran angioplastias".
Wilson pasó cinco días en el hospital antes de volver a casa con las mismas y carísimas medicinas que estaría ingiriendo Miele y con instrucciones similares de cambiar su dieta y hacer ejercicios regularmente. Tras su primer ataque en 2000, dejó de fumar; pero cuando se empezó a sentir mejor, dejó de tomar varias de las medicinas, volvió a comer carnes rojas y alimentos fritos y dejó de lado los ejercicios.
Esta vez sería diferente, juró: "No creo que sobreviva otro ataque".

La experiencia de Gora fue la más complicada. Primero, ella dudó antes de permitir que su marido llamara una ambulancia; tenía la esperanza de que los síntomas desaparecieran. Él insistió; pero cuando llegó la ambulancia, el técnico médico la tuvo que convencer de que se subiera. No le preguntaron a qué hospital quería ir; simplemente la llevaron al Woodhull, el hospital del ayuntamiento que Wilson había rechazado.
Había mucho ajetreo en el Woodhull cuando llegó Gora, hacia las 10:30 de la noche. Una enfermera selectiva la clasificó como de condición estable y le dio "alta prioridad". Dos horas más tarde, un doctor asistente y el doctor a cargo la examinaron nuevamente y ella se quejó de dolor en el pecho, respiración corta y palpitaciones de corazón. En las siguientes horas, los análisis confirmaron que estaba sufriendo un ataque al corazón.
Le dieron medicinas para prevenir que se le coagulara la sangre y controlaron su presión sanguínea, un tratamiento que funcionarios de Woodhull dicen que es el procedimiento normal para el tipo de ataque al corazón que estaba sufriendo ella. El ataque al corazón pasó. Al día siguiente Gora fue trasladada al Bellevue, el hospital que Miele había rechazado, para un angioplastia para evaluar el riesgo de un segundo ataque al corazón.
Pero Gora, que tenía 59 años en ese entonces, llegó al Bellevue con fiebre y la angioplastia tuvo que ser cancelada. Permaneció en el Bellevue durante dos semanas, y debió ser tratada por una infección. Finalmente la enviaron a casa. Nunca le hicieron una angioplastia.

Comodidades y Riesgos
Miele es miembro de la clase media alta de Nueva York. Hijo de un arquitecto y de una artista, se hizo camino hasta la universidad conduciendo un camión de helados y tapizando butacas de teatro. Pasó dos años en las fuerzas armadas y luego se unió a la firma de su padre, donde construyó una práctica no sólo como arquitecto sino también como arbitrador y perito judicial, con propiedades inmobiliarias como actividad secundaria.
Miele es el tipo de personas que logra que las cosas ocurran. Compró una casa por 21.000 dólares en la sección de Park Slope de Brooklyn, la vendió en 285.000 dólares 15 años después y usó el dinero para construir su actual casa en el terreno aledaño, por un valor de 2 millones de dólares. En Brookhaven, en Long Island, compró una casa abandonada en un sitio de 0.40 hectáreas, anexó varios lotes adyacentes y creó lo que es ahora un terreno de 1.60 hectáreas y tres casas con una entrada serpenteante y un invernadero de 600 metros cuadrados que usa como almacén para su colección de Jaguares clásicos.
Los socios arquitectos de Miele bromeaban de vez en cuando que él no estaba en el oficio por el dinero, lo que es en cierto sentido verdad. Ya sabía cómo transformarse en millonario, decía, incluso antes de que lo fuera. En los últimos 20 años había trabajado semanas de cuatro días, pasaba largos fines de semana con su familia, navegando o haciendo vela en Bellport Bay y rearmando coches.
Miele nunca pensó que le daría un ataque al corazón -incluso aunque sus dos padres murieron de enfermedades cardíacas; incluso aunque su hermano debió despejar sus arterias; incluso aunque él mismo tomaba medicinas para la hipertensión, sus niveles de colesterol eran muy altos y su doctor le había sugerido que perdiera peso.
Era un chef apasionado que otorgaba gran importancia a la calidad de los ingredientes frescos del huerto de Miele o de los verduleros de Park Slope. Sus desayunos pueden haber sido una pesadilla para los cardiólogos -huevos, salchicha, tocino, cabellos de ángel con un huevo escalfado-, pero él consideraba que su salsa marinara era la perfección hecha salud: solamente ajo, aceite, tomates, sal y pimienta.
Pero pensaba que había algo más que actuaba a su favor: era feliz. Adoraba a su segunda esposa, Lori, 23 años más joven, y su hija de 6, Emma. Vivía a dos calles de sus dos hermanas y de dos de sus tres hijos adultos de su primer matrimonio. La casa estaba regularmente inundada de invitados, incluyendo a la ex esposa de Miele y su marido. Parecía conocer a la mitad de la gente de Park Slope.
"Camino por la calle y me siento bien todos los días", dijo Miele, un personaje gregario con parpadeantes ojos azules y una predilección por las camisetas y vaqueros usados, sobre su vecindario. "Y sí, me da un sentimiento de bienestar".
Su idea de su salud era utilitaria. Cuando se rompen partes del cuerpo, las reparas para poder seguir haciendo lo que te gusta. Así que se operó de una hernia, del manguito rotatorio, y por un problema del túnel carpiano. Pero ocasionalmente también se mostró negligente. En marzo de 2004, su doctor le sugirió que se sometiera a una prueba de estrés después de que Miele se quejara de que le faltaba al aire. El 6 de mayo la receta todavía estaba colgando de la puerta de la despensa de la cocina.
Un importante vínculo en la red de seguridad que recogió a Miele era su esposa, ex ejecutiva de una fábrica de suéteres que había dejado de trabajar para criar a Emma, pero también administraba las propiedades inmobiliarias. Cuando Miele todavía estaba en el hospital, ella estaba en internet, buscando ‘cánula' en Google.
Ella llevaba sus citas médicas. Ella recogía las prescripciones. Una tarde que salió de casa, pegó la tarjeta de visita de su cardiólogo en el sillón donde estaba sentado él. "Llama al doctor Hayes y dile que has estado tosiendo", le dijo, colocándole los dedos en sus hombros. Treinta minutos más tarde llamó a casa para chequear.
Lo apoyaba gentilmente, redujo su consumo semanal de huevos a dos, de siete. Encontró pasta de trigo fresca entera y la cocinó con salchicha de pavo y brécol. Sabía leer las etiquetas de nutrición.
La señora Miele se ocupó de los contactos con el hospital y las compañías de seguro. Acompañaba a Miele a las citas con su doctor, y memorizaba las dosis farmacéuticas.
"Puedo marcharme y dejar que ella responda todas las preguntas", dijo Miele a su cardiólogo un día, el doctor Richard M. Hayes.
"Está bien, ¿por qué no se marcha?", respondió Hayes. "¿También le puede examinar?"
Con el apoyo de su esposa, Mieler se propuso bajar 15 kilos. Su consumo de pasta bajó en picado a un plato a la semana, en lugar de dos al día. No era difícil comer sano en las cocinas de los Miele. Incluso el ‘automático de comida basura' de Park Slope estaba atiborrado de cosas como chips de banana y almendras grapiñadas. Los almuerzos en Brookhaven iban directamente de la huerta a la mesa: tomates con albahaca, berenjena, maíz, tempura de flores de calabaza.
A instancias de Hayes, Miele se inscribió en un programa de ejercicios supervisados de tres meses, llamado rehabilitación cardíaca, que ha reducido en un 20 por ciento la tasa de mortalidad entre pacientes cardíacos. El seguro de Miele cubría los costes. Incluso se las arregló para minimizar las inconveniencias, y encontró un curso a 10 minutos de su casa de campo.
Gozaba del lujo de no tener que correr al trabajo. A principios de junio había decidido que se tomaría el verano libre, y quizás reduciría su jornada semanal cuando volviera a la firma.
"Sabes, mientras más lo pienso, menos ganas tengo de volver al trabajo", dijo. "No veo la ventaja. Quiero decir, está el asunto del dinero. Pero en esto tienes que dejar de pensar en el dinero".
Así que puso una nueva capota en su Corvair 1964. Presidió una extensa reunión familiar, remplazó el cambiador de calor de su velero y convirtió su desvencijado invernadero en un completo taller. Su peso bajó de 96 a 85 kilos. Dobló la intensidad de sus ejercicios. Su presión sanguínea era más baja que nunca.
Miele vio a Hayes sólo dos veces en seis meses, para chequeos rutinarios. Se sabía que se marchaba del consultorio del doctor si este no se aparecía en 20 minutos, pero Hayes no lo hacía esperar. Los Miele eran llevados a la sala de diagnósticos a la hora indicada. Alentados por la evidente recuperación de Miele, salían a almorzar en el centro de Manhattan. Esas tardes tenían el aire de citas espontáneas.
"Mi esposa me dice que estoy haciendo días de 14 horas", meditó Miele una tarde, cortando un pollo frío en rebanadas y poniendo encima tomates frescos. "Me dijo: ‘Estás mejor que hace 10 años'. Yo le dije: ‘Hace una semana que no tenemos sexo'. Y me dijo: ‘¿Qué esperas?'"
Pero pasó algo desagradable. Los socios de Miele le informaron a fines de julio que querían que se retirara. Lo pilló con la guardia baja, y le dolió. Dijo que él estaba oficialmente incapacitado y por eso debían pagarle hasta el 5 de mayo de 2005. "Quiero decir, un tipo tiene un ataque al corazón", dijo más tarde, "¿y lo despides cuando está enfermo?"

Tibios Esfuerzos de Reforma
Will Wilson corresponde precisamente con la clase media de la ciudad. Sus padres eran aparceros, se habían mudado hacia el norte y se habían transformado él en maquinista, ella en enfermera. Él creció en Bedford-Stuyvesant y había pasado 34 años con Con Ed. Su salario anual era de 73.000 dólares, tenía 5 semanas de vacaciones, seguro médico, una casa de 450.000 dólares y planes de jubilar a los 55 en Carolina del Norte.
Wilson había soñado con estudiar arquitectura. Pero no había dinero para la matrícula universitaria, así que encontró un trabajo como empleado. A los 22 tenía dos niños. Él consideró volver a los estudios y, con ayuda de la compañía, estudiar ingeniería. Pero con los turnos de trabajo, y los hijos pequeños, nunca tuvo tiempo.
Durante años fue un empalmador de cables de alto voltaje, un trabajo que le encantaba porque había que trabajar fuera y tenía un montón de autonomía y horas extra. Pero una noche de nieve a principios de los años ochenta, un coche derrapó contra un poste, que cayó sobre su espalda. Un doctor sugirió que Wilson aprendiera a vivir con el dolor en lugar de someterse a una intervención de hernia, como había hecho Miele.
Así que Wilson se transformó en un técnico de laboratorio, luego en coordinador de transporte, y trabajaba en un local en un edificio bajo de Astoria, Queens, supervisando las entregas de combustible para la flota de la compañía. Alguna gente puede pensar que su trabajo era aburrido, dijo Wilson, "pero te mantiene ocupado".
"A veces piensas en tus experiencias pasadas y te das cuenta de que si hubieras hecho las cosas de otro modo, estarías en otra parte", dijo. "No lo pienso demasiado porque no tengo una posición negativa. Pero sí te dices: ‘Bueno, joder, debería haber hecho esto o eso'".
La salud de Wilson no era mala, pero estaba lejos de ser perfecta. Había dejado de beber y de fumar, pero tenía el colesterol alto, hipertensión y diabetes. Era delgado, de 1.80m de estatura y justo por debajo de los 77 kilos. Cree que su primer ataque al corazón tenía que ver con el cigarrillo, la dieta y la estrés de un divorcio difícil.
Sus primeros intentos de reformar sus hábitos de alimentación fueron desganados. Cuando se sentía mejor, dejaba de tomar las medicinas para el colesterol y la hipertensión. Cuando su cardiólogo se mudó y refirió a Wilson a otro doctor, se molestó con lo que consideraba la rudeza del personal. En lugar de exigir un buen trato o de buscar a otro especialista, Wilson dejó de ir.
Para cuando Bhalla atendió a Wilson en el Hospital Brooklyn, había daños en las tres principales áreas del corazón. Bhalla le prescribió media docena de medicinas para reducir el colesterol de Wilson, impedir la coagulación y controlar su presión sanguínea.
"Tiene que portarse bien", dijo Bhalla. "Tiene que prestar más atención a la medicación. Realmente tiene que empezar una dieta, de cereales, sin carnes rojas, sin grasa. Nada de grasa".
Wilson creció comiendo lo que preparaba su madre: pollo frito, chuletas de cerdo y macarrones y queso. Se encontraba con esos alimentos en las fiestas de vacaciones y para las grandes ocasiones. Había tiendas de rosquillas y de pollo frito en su vecindario; pero la novia de Wilson, Melvina Murrell Green, encontró que era difícil encontrar productos frescos y pescados.
"La gente de mi círculo no mira los alimentos como, sabes, si tuvieran grasa", dijo Wilson. "No creo que eso vaya a cambiar. Es la costumbre".
En el restaurante Red Lobster [Langosta Roja], Green pediría pollo y Wilson tendría salmón -más un segundo de gambas fritas. "Todavía tiene problemas con los mariscos fritos", dijo la señora Green, compasiva.
Los cereales seguían siendo misteriosos. "Tenemos que trabajar en eso", dijo. "Bueno, hace poco compramos una bolsa de granos de algo. Yo no estoy acostumbrada a eso. Lo pusimos encima de los cereales. Sabe bien".
En agosto la presión sanguínea de Green subió fuertemente. El culpable resultó ser una receta de pavo picante que ella y Wilson habían descubierto: todos los ingredientes, excepto el pavo, eran enlatados. Se quedó choqueada cuando su doctor le señaló el contenido en sal. La cantina de Con Ed también era problemática. Así que Wilson empezó a conducir todos los días al Best Yet Market [El Mejor Hasta Ahora], en Astoria, para almorzar pescando en el bar de ensaladas.
Bhalla había propuesto que Wilson hiciera ejercicios de caminatas. Había un pequeño espacio abierto en el vecindario, así que Wilson y Green a menudo conducían hasta ahí a dar un paseo. A mediados de octubre él empezó un programa de rehabilitación como el de Miele, sólo que menos conveniente. Tenía que conducir hasta Manhattan después del trabajo, durante el pique de la tarde, tres veces a la semana. Luego un desconocido amenazó con abollar el coche de Wilson en una riña por un lugar libre, y Wilson se pasó al metro.
Durante un tiempo pensó en solicitar la incapacidad permanente. Pero Con Ed le permitía volver al trabajo "con restricciones", así que decidió volver, con planes para jubilarse en un año y medio. La semana antes de volver, él y Green hicieron un cruce de siete días a Nassau. Fue toda una revelación.
"Eso me ayudó a darme cuenta que todavía hay un montón de cosas más que hacer en la vida", dijo. "Creo que un montón de gente se niega a sí misma algunas cosas en la vida, postergando algunas diciendo que lo harás más tarde. Ese ‘más tarde' no llega nunca".

Ignorando los Riesgos
Gora pertenece a la clase trabajadora. Hija de un chofer de autobús, llegó desde Cracovia a Nueva York a comienzo de los años noventa, dejando en su país a un hijo adulto. Trabajaba como criada en una residencia para ancianos de Manhattan, haciendo las camas y aseando los servicios. Dijo que su ingreso anual era de 21.000 a 23.000 al año, con un seguro de salud a través de su sindicato.
Pagaba 365 dólares por una habitación en el apartamento de una amiga en Brooklyn, en una calle de hileras de casas recubiertas de latón y banderas estadounidenses. Usaba el baño y cocina de su amiga. Llevaba siete años en la lista de espera para un apartamento subvencionado de un dormitorio en el vecino vecindario de Williamsburg. Entretanto, se había hecho con un compañero de piso: Edward Gora, un obrero de eliminación de asbesto, recién llegado de Polonia y 10 años más joven que ella, con el que se casó en 2003.
Como Miele, Gora nunca pensó que corría el riesgo de sufrir un ataque al corazón, aunque tenía sobrepeso, hipertensión y llevaba fumando 30 años, y que su padre y su madre habían muerto de ataques al corazón. Tenía numerosos problemas de salud, los que trataba selectivamente, tratándose de dolor de espalda, úlceras, etcétera, hasta que el tratamiento resultaba demasiado caro o inconveniente, o su seguro médico se negaba a pagar.
"Mi doctora dijo: ‘Ewa, ten cuidado con el colesterol'", dijo Gora, cuyo rudimentario sentido de propiedad traído del Viejo Mundo, la hacía ponerse tacos altos y maquillaje toda vez que tenía que ir al Hospital Bellevue. "Cuando ella dijo eso, no pensé nada; no me interesa. Porque no creo que me pase a mí. O pienso que lo dijo porque, como doctora, lo tiene que decir. Como los cigarrillos: la doctora me decía siempre que dejara de fumar. Y cuando salía de la consulta, encendía uno".
Gora tenía debilidad por el tope de la pirámide alimenticia. Creció comiendo las chuletas de cerdo fritas de su madre, costillar y albóndigas -todas cocinadas con manteca de cerdo- y en Estados Unidos se transformó en una aficionada de las pizzas, las hamburguesas y las patatas fritas. La comida rápida era no sólo sabrosa, sino además pagable. "Yo como terrible", dijo alegremente desde su cama en el Bellevue. "Me gusta la comida con grasa y la comida rápida. Y los cigarrillos".
Le encantaba la sensación de tener un cigarrillo entre sus dedos, el rítmico sube y baja al llevárselo a los labios. Con ayuda de su ordenador, descubrió cómo comprar Marlboros online a sólo 2.49 dólares la cajetilla. Su marido fumaba, sus amigos fumaban. Todos sus conocidos adoraban el tabaco y el bistec.
Su vida era físicamente exigente. Debía levantarse a las 6 de la mañana para coger el bus hacia el metro, transbordar tres veces y llegar al trabajo a las ocho. Hacía 25 a 30 camas, pasaba la aspiradora, sacaba la basura. Sin embargo, dice que le encantaba su vida. "Creo que Estados Unidos es El Dorado", dijo. "Porque en Polonia ahora es terrible; muy poco dinero. Aquí, no tengo mucho, pero vivo normal. Tengo suficiente, no para vivir como rico, pero sí para una vida normal".
La naturaleza precisa de la afección de Gora estaba lejos de ser clara incluso después de dos visitas al Bellevue. En sus primeras semanas en casa, seguía sin convencerse de que había tenido un ataque al corazón. Llegó a la clínica de cardiología de Bellevue para su primer control pensando que seguiría cualquier tratamiento adecuado, que se desbloquearía lo que estuviera bloqueado, y que volvería a trabajar.
Jad Swingle, un médico que completa su especialidad en cardiología, guió a Gora a través de una atiborrada sala de espera hacia una de reconocimiento médico. Apretaba en la mano un papelito con las palabras que había traducido del polaco usando su diccionario de bolsillo: "mareada", "ingle", "transpiración". El doctor Swingle les hizo algunas preguntas, hablando lentamente. ¿Siente malestar en el pecho? ¿Le falta el aire cuando camina?
Finalmente ella lo interrumpió: "Doctor, no sé lo que tengo, por eso estoy en el hospital. ¿Qué es esto de un ataque al corazón? No sé porque me dio eso. ¿Qué tengo que hacer para que no me vuelva a pasar?"
Nadie le había explicado esas cosas, pensaba Gora. ¿O, se preguntaba, no había entendido bien? Se sentó en la camilla con los tobillos cruzados, reducida por el ambiente a una obediente y grande niña. Swingle la examinó, luego dijo que respondería sus preguntas "de un modo que pueda entender". Empezó a explicarle lo que era un ataque al corazón: cómo se encogía la arteria, la obstrucción, la muerte parcial del miocardio.
Gora miró sobresaltada.
"¿Mi músculo está muerto?", preguntó.
Swingle asintió.
¿Qué con el tratamiento que no se hizo nunca?
"No estoy seguro de que un angiograma le ayude", dijo. Tenía que dejar de fumar, tomar las medicinas, caminar, y volver en un mes.
"¿Sigue muerto mi miocardio?", preguntó de nuevo, incrédula.
"Una vez que muere, muere", dijo Swingle. "No hay modo de volverlo a la vida".
Fuera, Gora caminó tambaleando hacia el metro, 14 manzanas más allá, en sus sandalias de taco alto rosadas con un ángulo de 89 grados. "Me siento decaída", dijo, inusitadamente abatida. "Ahora me preocupo. Es como tener una mano sin dedos".
Si los encuentros de Miele con la profesión médica en los primeros meses después de su ataque fueron ocasionales y eficientes, los de Gora fueron todo lo contrario. Mientras el primero vio a su cardiólogo sólo dos veces, Gora, abrumada por las complicaciones, vio al suyo una docena de veces. Entretanto, su ataque parecía haber desencadenado toda una serie de otros problemas.
En un escáner CAT en el Bellevue se detectó un crecimiento de glándula adrenal, provocando una visita al endocrinólogo. Un viejo problema en la rodilla volvió a revivir; un ortopedista recomendó operar. Una alarmante erupción púrpura apareció en su pierna la llevó a ver al dermatólogo. Debido a su ataque, se había suspendido la terapia de remplazo de hormonas y sudaba constantemente. Se rompió un dedo gordo al tropezar en un bache y hubo de ponerle puntos.
Sin dinero ni conexiones, tareas moderadas consumían días enteros. Una cita con el cardiólogo coincidió con un aguacero que paralizó la ciudad. Gora debía estar en el laboratorio del hospital a las 8 de la mañana para sacarse sangre y volver a la clínica a la 1 de la tarde. Entretanto, quería reunirse con su patrón para hablar sobre sus pagos por incapacidad. A las 4 de la tarde tenía una cita en Brooklyn para ver su rodilla.
Así, a las 7 de la mañana se arrastró por la lluvia hasta el bus y el metro y otro hasta el Hospital Bellevue. Estaba esperando fuera cuando el laboratorio abrió sus puertas. Luego cogió un autobús hacia el centro y un tráfico congestionado, transbordó, descendió hasta el metro del Grand Central Terminal, llegó a Times Square, se enteró de que el servicio estaba suspendido por inundación, subió la escalinata hasta la Calle 42, se hizo camino entre enfadadas multitudes peleando por los buses y entró a otra línea del metro.
Llegó a su trabajo una hora y media después de salir del Bellevue; si hubiera tenido dinero, habría hecho el trayecto en taxi, en 20 minutos. Su patrón no estaba. Así que volvió al Bellevue y esperó hasta las 2:35, para su cita de 1 de la tarde. Como siempre, le pidió a Swingle que la dejara volver al trabajo. Cuando él insistió en que debía hacerse primero un análisis de estrés, una recepcionista le fijó la primera cita disponible siete semanas después.
Entretando, Gora estaba tratando de dejar de fumar. Tuvo que dejarlo en el hospital, y luego volvió a casa donde su marido y la vecina eran los dos fumadores. Para ayudarlo, el señor Gora fumaba en la cocina que compartían en el cuarto de al lado. Estaba fuera la mayor parte del día, porque trabajaba dos turnos. Sola y aburrida, Gora empezó a fumar de nuevo, luego llamó al programa del Bellevue para dejar de fumar y se inscribió.
Durante los siguientes meses iba regularmente a su "departamento de fumadores" en el Bellevue. Un asistente le daba parches de nicotina y asesoría, que para ella no era siempre fácil llevar a cabo: no se quede en casa, ocúpese en algo, evite la estrés, satisfaga la ansiedad con, digamos, caramelos. El asistente le sugirió un grupo de apoyo, pero Gora se avergonzaba demasiado de su inglés. Incluso así, con el tiempo su ansiedad por el tabaco empezó a disminuir.
Pero había una pega: Gora estaba subiendo de peso.
Para dejar de fumar, estaba comiendo. Su trabajo habían sido sus ejercicios y ahora no podía trabajar. Swingle propuso una rehabilitación cardíaca, dejando a Gora la tarea de encontrar un programa y encargarse de seguirlo. Gora lo dejó pasar. En cuanto a la dieta, había jurado limitarse al pollo, pavo, lechuga, tomates y requesones poco grasos. Pero se cansó de eso. Empezó a comer galletas a escondidas.
Hacía comidas aparte para el señor Gora, que no estaba inclinado a cambiar sus hábitos alimenticios. Le preparaba albóndigas con salsa, hígado, sopa de costillar de cerdo. Un día a mediados de octubre se sirvió una de las chuletas de cerdo fritas de él y pronto estaba comiendo lo mismo que él. Como alternativa a comer bizcochos mientras miraba televisión, empezó a comer frutos secos, a razón de medio kilo por sesión.
Recorriendo la tienda 99 Cent Wonder [Milagros a 99 Centavos], donde los congeladores están llenos de productos como el Menú Económico de Rigatoni con Salsa de Crema, sacó un pequeño paquete de fruta seca: 2 porciones y media, 13 gramos grasa por porción. "Me puedo comer hasta cinco de esos", confesó, pasando por alto la etiqueta de nutrición. No cinco porciones, sino cinco bolsas.
Volviendo a casa después de una pesada tarde en la oficina de un complejo de apartamentos en Williamsburg, donde el tan largamente esperado apartamento parecía eternamente fuera de su alcance, Gora entró a una panadería y salió con un donut, el primero desde su ataque al corazón. Encontró una banca en el parque donde antes de sentaba a leer y fumar. Mientras comía el donut, con el azúcar cayendo como copos nieve sorbe su pecho, dijo con pesar: "Echo de menos mis cigarrillos".
Quería volver a trabajo. Se sentía incómoda dependiendo del señor Gora para el dinero. Estaba preocupada de que volverse indolente y perder su inglés. Sus pagas por incapacidad, para las que necesitaba una carta del doctor todos los meses, llegaban justo a la mitad de sus 331 dólares semanales. Una vez gastó horas buscando a la persona correcta en el Bellevue sólo para entregarle la carta y le dijeran que volviera dos días después.
Las devoluciones por sus recetas llegaban a 80 dólares al mes. Empezaron a llegar impresiones del farmacéutico: "Beneficio máximo superado". Se pasó al seguro de salud de su marido. Dos veces el Bellevue le envió cuentas por montos de dinero imposibles de pagar por servicios que se suponía que cubría su seguro. Las dos veces gastó horas viajando a Manhattan a las oficinas del hospital para preguntar por qué le enviaban esa cuenta. Las dos veces al atendió una recepcionista, hizo una llamada, dijo que la factura era un error y le dijo que lo ignorara.
Cuando finalmente hizo el test de estrés, Swingle dijo que los resultados demostraban que no estaba suficientemente bien como para volver a trabajar jornada completa. Le dio permiso para que trabajara a tiempo parcial, pero su patrón le dijo que ni lo pensara. Para noviembre, su peso había subido de 83 en julio a 89 kilos. Sus niveles de colesterol eran tenazmente altos y su presión estaba alta, a pesar de la medicación.
Desesperada, Gora se embarcó en una curiosa y poco sana dieta recortada de un diario en polaco. Primer día: dos huevos duros, un bistec, un tomate, espinaca, lechuga con limón y aceite de oliva. Otro día: café, zanahorias ralladas, requesón y tres vaso de yogur. Y otro más: sólo bistec. Gora decidió no contárselo a Swingle. "Tengo miedo de que me diga que no, no pierdo peso", dijo.

Recuperaciones Desiguales
Para la primavera, el ataque al corazón de Miele, extraordinariamente, lo había dejado mejor. Había perdido 15 kilos y hacía ejercicios cinco veces a la semana y subía las escaleras del metro de dos peldaños cada vez. Se había jubilado de la firma en los términos que quería. Estaba trabajando en casa, facturando 225 dólares por hora. Más dinero en menos tiempo, dijo. Su presión sanguínea y colesterol estaban bajos. "Lo está haciendo muy bien", dijo el doctor Hayes. "Lo está haciendo mejor que el 99 por ciento de mis pacientes".
El ataque de Wilson había sido un retroceso. Su función cardíaca siguió dañada, aunque mejoró algo desde mayo. En un chequeo reciente, su presión sanguínea y su peso habían subido un poco. Todavía comía gambas fritas, a veces, pero se tomaba diligentemente sus medicinas. Terminó su rehabilitación con planes de unirse a un club de salud con una piscina. Y estaba ansioso de jubilarse.
La vida y salud de Gora se hicieron cada vez más complejas. Con la reluctante aprobación de Swingle, volvió a trabajar en noviembre. Se mudó al apartamento en Williamsburg, donde tuvo cocina y baño propio por primera vez en siete años. Pero empezó a recibir llamadas telefónicas amenazadoras de una agencia de cobros judiciales para que pagara una vieja cuenta que su seguro se negó a cubrir. Su marido, con neumonía doble, estuvo sin trabajo durante semanas.
Se operó de la rodilla en enero. Pero la operación la dejó imposibilitada de caminar. Su peso llegó a 91 kilos. Cuando la dieta falló, pensó en seguir otra que consistía en gran parte en frutas y verduras salpicadas con hierbas en polvo. Su presión y colesterol seguían terriblemente altos. Le habían advertido que ahora estaba a punto de convertirse en una diabética.
"Te estás transformando en una paciente de tiempo completo, ¿no?", dijo el doctor Swingle.

16 de mayo de 2005
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la revuelta de uzbekistán


[C.J. Chivers] Supervivientes y chapas de identificación ofrecen claves sobre la insurrección de Uzbekistán.
Karadariya, Kirguistán. Desde el 13 de mayo, cuando las tropas uzbekas dispararon ráfagas de disparos para aplastar una fuga en una cárcel y una manifestación en la ciudad de Andijon al este del país, el presidente Islam A. Karimov, de Uzbekistán, ha insistido en que las tropas estaban luchando contra militantes islámicos, y que las bajas civiles cayeron por accidente o por las balas de los militantes.
Pero extensas entrevistas con más de 30 supervivientes que huyeron a Kirguistán, junto con versiones recogidas por trabajadores de la oposición y grupos de derechos humanos, indican consistentemente que lo que pasó no fue lo que afirma la versión oficial.
Más bien, parece que una revuelta armada pobremente organizada contra el gobierno central de Karimov desencadenó una revuelta popular local que terminó en horror cuando las autoridades uzbekas reprimieron a una multitud formada por reclusos escapados de la prisión y manifestantes, utilizando fuego de ametralladoras y rifles.
Las pocas horas de desafío culminaron, dicen los supervivientes, en una desesperada huida de cientos y quizás miles de ciudadanos uzbekos, marchando y cayendo ante los soldados que disparaban, algunos gritando "libertad" mientras la gente caía abatida.
Mucho de lo que pasó en Andijon, una ciudad de 300.000 habitantes en el principal cinturón textil del país, sigue siendo desconocido. Uzbekistán ha impedido el desplazamiento libre de los diplomáticos, activistas de derechos humanos y periodistas que buscan entrar a la ciudad.
El número de muertes ha sido vigorosamente debatido. Karimov dijo que habían muerto 32 tropas uzbekas y otras 137 personas. Un partido de la oposición dijo que al menos 745 civiles habían muerto en Andijon y Pakhtaabad, una ciudad fronteriza, al día siguiente. La Federación Helsinki Internacional de Derechos Humanos, de Viena, dice que tropas uzbekas pueden haber matado a 1.000 personas desarmadas.
Una visita espontánea a Andijon de un fotógrafo del New York Times encontró indicios de que el número de bajas fue mucho más grande de lo que dijo Karimov. Cuerpos perforados de balas fueron devueltos a sus familias con tarjetas de morgue numeradas y certificadas, contaron familias al fotógrafo y su traductor. Los números en las etiquetas de morgue, dijeron, iban de decenas y centenas.
Y aunque el gobierno haya tratado desde entonces de retirar los certificados, dijeron, dos familias los conservaron y mostraron al fotógrafo. Una era el Número 284. El otro, que acompañaba los restos de Rakhmatula Nadirov, 30, era 378. El mismo número estaba escrito en una pierna del muerto, dijo su madre.
La insurrección empezó, dijo Rashid Kadyrov, el fiscal general de Uzbekistán, en una rueda de prensa el viernes en Tashkent, que el viernes justo antes de medianoche, cuando uzbekos armados ocuparon una comisaría de policía, mataron a cuatro policías y retiraron armas de fuego, granadas y municiones. Luego, dijo, atacaron un puesto militar, mataron a dos soldados e hicieron un rehén, cogieron más armas y un camión.
Esa versión no pudo ser verificada. Pero supervivientes y Kadyrov están de acuerdo en que la violencia estalló en un centro de detención regional, donde, entre cientos de reclusos, se encontraban 23 hombres de negocios musulmanes acusados de ser extremistas islámicos, separatismo y otros cargos.
Sus juicios, que empezaron en invierno, fueron una fuente del descontento en Andijon; la pobreza, la corrupción y la represión política fueron las otras. Las familias de los 23 y gente a la que empleaban -en fábricas de muebles, panaderías, tiendas de telas, desguaces y otras empresas- dicen que las acusaciones fueron fabricadas, otro ejemplo de lo que gobiernos occidentales y grupos de derechos humanos han documentado como abusos del poder del estado para aplastar la disensión política.
Karimov, en particular, ha dejado claro que desconfía del islam; su gobierno ha encarcelado a miles de uzbekos que practican el islam fuera de las mezquitas autorizadas por el estado.
Su antipatía tiene raíces personales. En 1991, cuando se derrumbaba la autoridad soviética, grupos vigilantes musulmanes proporcionaban la seguridad y servicios sociales tan urgentemente necesitados en el Valle de Fergana. Después de que un grupo, Adolat, ocupara edificios en una ciudad, Karimov fue a negociar con ellos -y lo humillaron cuando un joven líder religioso lo obligó a rezar en público. Los dirigentes de Adolat formaron el Movimiento Islámico de Uzbekistán, un grupo terrorista aliado con Al Qaeda.
Algunos supervivientes también dijeron que los 23 acusados de Andijon fueron castigados porque no pagaron los sobornos exigidos por el gobierno.
El ataque contra el centro de detención empezó, dijo Kadyrov, cuando hombres armados echaron abajo una puerta con un camión robado y mataron a tres guardias. Uno de los acusados, Shamshudin Atamatov, 29, dijo que había despertado al oír disparos y en pocos minutos fue liberado por gente que abría las puertas de las celdas con unas barras de metal. Kadyrov dijo que 526 de los 734 reclusos fueron liberados; estimaciones previas habían sugerido la fuga de 2.000 reclusos.
Se sabe poco de los hombres que atacaron la cárcel. El gobierno dice que fueron organizados y equipados fuera de Uzbekistán; los supervivientes dicen que eran residentes locales, pero no saben mucho más.
Un recluso, que sólo dio su nombre de pila, Abushakhir, calculó que eran entre 50 y 100, y dijo que no era gente particularmente religiosa ni eran rebeldes, sino ciudadanos corrientes hartos del régimen autoritario.
Kadyrov dijo que los atacantes habían ofrecido armas a los reclusos que liberaban y los invitaron a unirse a la revuelta, y unos 200 hombres empezaron entonces a atacar los edificios oficiales. Entre sus objetivos estaba el cuartel general de la SNB, el equivalente uzbeko de la KGB. Los atacantes, dijo, tomaron unos 50 rehenes, y a la salida del sol habían ocupado el edificio administrativo regional en la Plaza de Babur, donde estuvo en el pasado una estatua de Lenin.
Los prisioneros liberados dijeron que no se les había entregado armas, aunque ellos y manifestantes reconocieron que los hombres armados -cuyo número calculan generalmente entre 6 y 20- habían tomado unos 15 rehenes, incluyendo a agentes de policía, soldados, bomberos y un fiscal; algunos rehenes, dijeron, eran funcionarios de gobierno a los que capturaron cuando llegaban al trabajo.
A medida que la noticia de la fuga en la cárcel se extendía, en gran parte boca a boca, dijeron los supervivientes, miles de personas se hicieron camino hacia la plaza y empezó una manifestación.
La noche de violencia había inspirado aparentemente una indignación espontánea más amplia. Con un pequeño sistema de altavoces que llevaron a la paza, y orador tras orador, dijeron los supervivientes, se quejaron de la pobreza en Uzbekistán, del abuso policial, de la corrupción y represión de las libertades personales. Describieron una sensación de júbilo cuando comenzaron repentinamente a hablar abiertamente.
"Me gustaron esos discursos, porque yo siento el mismo dolor", dijo Rakhmat Zakhidov, 38, carpintero, que llegó a las 6 de la mañana.
La multitud aumentó rápidamente en varios miles, dijeron supervivientes. Pero el alboroto se había extendido. Un teatro cercano y otro más alejado empezaron a arder, actos por los que el gobierno y los manifestantes se acusan mutuamente. Un superviviente, Khassan Shakirov, 27, dijo que vio a seis uzbekos llevando rifles a la plaza.
En el cuartel general, Abduldzhon Parpier, un residente de la localidad que había cumplido una pena de prisión por cargos religiosos y es ahora uno de los líderes de la insurrección, negoció por teléfono con el ministro del Interior de Uzbekistán, dijo Shakirov, que dijo que estaba en la habitación y pudo oír lo que decía Parpiev, y que Parpiev le informaba ocasionalmente durante el curso de varias horas de conversación.
Parpiev, dijo, hizo tres peticiones: que el gobierno liberara a los presos políticos, que garantizara los derechos humanos y las libertades políticas, y enviara a un funcionario importante para que se dirigiera a los manifestantes. El ministro del Interior rechazó las demandas, dijo Shakirov. El gobierno dice que negoció durante 12 horas.
El enfrentamiento final se acercaba. Shakirov dijo que los hombres que estaban en el edificio prepararon cócteles Molotov.
Tres o cuatro veces en algunas horas, dijeron los supervivientes, camiones militares pasaron rápidamente a lo largo de la muchedumbre, disparando contra los manifestantes -en un caso después de que manifestantes arrojaran piedras contra un camión, de acuerdo a una versión de un periodista de la Associated Press que estaba allá. La mayoría de los testigos también dijeron que se les disparó desde vehículos blindados.
Los manifestantes se reagruparon cada vez, dijeron, sacando a los heridos y muertos. Pero en la tarde, dijeron los supervivientes, empezaron a llegar más tropas del gobierno.
Los supervivientes que llegaron a Kirguistán dijeron que se dirigieron hacia el norte en la Vista de Chulpon, una calle comercial. Describieron un grupo de quizás 1.500 a 2.000 personas impulsadas por el temor y usando a rehenes del gobierno como escudos humanos.
Insistieron en que no había rebeldes armados entre ellos, aunque su afirmación no pudo ser confirmada. Después de andar unos 30 metros, dijo, tres buses aparcados bloqueaban el paso, y ellos empujaron e hicieron una abertura y continuaron.
Poco después de eso, dijeron los supervivientes, las tropas abrieron el fuego.
Bajo el fuego de francotiradores y otros tiradores desde edificios de apartamentos atacando a la multitud desde la izquierda, y el fuego automático disparado de frente por los soldados y personal armado de los vehículos blindados, dijeron los supervivientes, la Vista de Chulpon se transformó en una pesadilla de balas impactando contra edificios, farolas, gente y árboles. Los chillidos perforaron el aire, dijeron. Balas trazadoras rojas pasaban zumbando.
Las primeras hileras de la multitud desaparecieron después de los primeros estallidos, dijeron, sea por haber sido heridos o por dejarse caer al suelo, exponiendo a las hileras de atrás. "Yo estaba en la retaguardia de nuestra columna, pero de repente me encontré en la vanguardia", dijo Khursanoi Jorayeva, de 66 años.
En toda la columna, dijeron los supervivientes, se arrastraron o tropezaron buscando protección. La Vista de Chulpon empezó a teñirse de rojo. Varios hombres dijeron que empezaron a gritar ozodlik, la palabra uzbeka para libertad.
Gateando y corriendo, los supervivientes finalmente llegaron a un callejón, dijeron, doblaron hacia el este y echaron a correr.
Se volvieron a reunir, alejándose de la plaza. Estaban aterrados y muchos no volvieron a sus casas; más de 500 de ellos hicieron de noche los 24 kilómetros que hay hasta la frontera con Kirguistán. Allá, dijeron, fueron atacados y sufrieron 8 bajas antes de que un funcionario local les dijera que podían cruzar por el puente del río Karadariya y salir del país.
Encabezados por dos hombres con banderas blancas, la columna se puso en pie de nuevo, pasaron frente a un último, silencioso vehículo blindado y entraron a Kirguistán.
Elementos de la versión oficial de la insurrección siguen planteando problemas.
Karimov, por ejemplo, dijo que los guardias kirguiz habían encontrado 73 rifles entre los refugiados, sugiriendo que los rebeldes eran más numerosos y se habían ocultado entre los que escapaban. Pero cuatro de los guardias kirguiz que revisaron a los refugiados y Absadir Eredzhepov, subdirector del servicio fronterizo de Kirguistán, dijeron que todos llegaron desarmados.
"No encontramos ni un solo arma de fuego", dijo Eredzhepov. "Ni siquiera un cuchillo".
Karimov también dijo que lo lamentaba. Pero en Uzbekistán, donde su control es casi absoluto, había pocos signos de eso.
En un hospital regional a 40 kilómetros de Andijon, el médico jefe, Alkhan Doblotov, pudo haber ayudado a los heridos. Tenía cuatro cirujanos, tres ambulancias y amplios equipos médicos.
Pero Doblotov, miembro del partido, dijo que él no tenía interés. "No recibimos ninguna instrucción", dijo, ofreciendo té a los visitantes e indicando hacia la ventana. "Como ve, estamos plantando flores".

C. J. Chivers informó desde Karasu, Uzbekistan, y Karadariya para este reportaje. Ethan Wilensky-Lanford contribuyó desde Karadariya, y Yola Monakhov desde Andijon.

23 de mayo de 2005
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matrimonios desiguales


[Tamar Lewin] El dinero no es la única diferencia.
Northfield, Massachusetts, Estados Unidos. Cuando Dan Croteau conoció a Cate Woolner hace seis años, él estaba vendiendo coches en el lote de Mitsubihsi, en Keene, Nueva Hampshire, y ella pretendía ser una cliente, haciendo una prueba de carretera de un Montero negro mientras ella y su hijo de 11 años, Jonah, esperaba que le pasaran el coche.
La prueba de carretera duró una hora y media. Jonah pudo ver cómo funcionaba el vehículo en las pozas de lodo fuera del camino. Y Croteau y Woolner se cayeron tan bien que ella le envió más tarde una carta en la que le sugería que si no estaba comprometido con alguien, no era republicano ni venía del espacio sideral, quizás podían tomar café juntos. Croteau meditó sobre la propiedad de citarse con una cliente, pero cuando finalmente respondió, hablaron por teléfono desde las 10 de la noche hasta las 5 de la mañana.
Tenían un montón de cosas en común. Los dos venían de matrimonios fracasados y tenían dos hijos. A los dos les gustaba bailar, las motos, Bob Dylan, los juegos de palabras malos, la política liberal y la Radio Pública Nacional.
Pero cuando empezaron a salir, descubrieron diferencias. La diferencia religiosa -ella es católica, él judío- no planteaba problemas. La brecha verdadera entre ellos, dicen ambos, es más sutil: Croteau es de una familia obrera, Woolner de una familia con dinero.
Croteau, que llegará a los 50 en junio, creció en Keene, un viejo pueblo aserradero en el sur de Nueva Hampshire. Su padre era un obrero cuya educación terminó en el octavo; su madre también trabajaba a veces en una fábrica. Croteau tuvo una infancia difícil y abandonó la escuela a los 16. Dejó su casa, se alistó en la Marina y estuvo a la deriva en una larga serie de trabajos sin encontrar su verdadera vocación. Se casó con su novia embarazada, de 19 años, y para cuando él tenía 24 tenían dos hijas: Lael y Maggie.
"Me crié en una familia donde mi abuela vivía en la casa de al lado, mis tíos unas calles más allá, los hermanos de mi padre eran además vecinos, y mis amigos de juegos eran mis primos", dijo. "Lo máximo que se podía esperar de la vida era obtener un buen trabajo en una fábrica. Mi madre trataba de alentarme. Me decía: ‘Dan es listo; pregúntale algo'. Pero si decía que quería estudiar en la universidad, era como decir que quería plantar branquias y respirar en el agua".
Siempre creyó que la gente rica de la ciudad, "los que tienen sus nombres en los edificios", como dijo, vivían en otro mundo.
Woolner, 54, viene de ese otro mundo. Hija de un médico y una bailarina, creció en un confortable hogar de Hartsdale, Nueva York, con campamentos de verano, vacaciones y educación universitaria que las ricas familias del condado de Westchster dan por sentado. Siempre se sintió incómoda con el dinero; cuando recibió una modesta herencia a los 21, ignoró el saldo de su cuenta durante varios años hasta que aprendió a canalizar su inquietud hacia causas de filantropía social. Estaba en la treintena y casada con un psicoterapeuta cuando nacieron Isaac y Jonah.
"El padre de mi madre tenía un Rolls-Royce y un mayordomo y una segunda casa en Florida", dijo Woolner, "y por lo que puedo recordar, siempre tuve conciencia de que yo tenía más dinero que los otros, y me sentía incómoda porque no parecía ser justo. Cuando era niña me obsesionaba la idea con mis amigas de que yo tenía más pijamas que ellas. Así que cuando voy a una fiesta de cumpleaños y me quedo a dormir, siempre llevo un par de pijamas de regalo".
Los matrimonios que cruzan las fronteras de clase no presentan un conjunto claro de retos como el que presentan los que cruzan las líneas de raza o nacionalidad. Pero de un modo silencioso la gente que se casa cruzando líneas de clase también se desplaza hacia fuera de sus zonas de comodidad, hacia el territorio desconocido de parejas con un nivel diferente de riqueza y educación y a menudo un conjunto diferente de presupuestos sobre cosas como las maneras, el alimento, la crianza de los niños, los regalos y cómo pasar las vacaciones. En los matrimonios de clases cruzadas, uno de la pareja tendrá usualmente más dinero, más opciones y, casi inevitablemente, más poder en la relación.
No es posible decir cuántos matrimonios de este tipo hay en el país. Pero en la medida en que la educación sirva como ejemplo de la clase, parecen estar descendiendo. Incluso más que la gente que se casa cruzando líneas raciales y religiosas, a menudo con parejas con las que se avienen fuertemente en otros aspectos, cada vez menos escogen pareja de un nivel diferente de educación. Aunque la mayoría de estos matrimonios normalmente involucraban a hombres casándose con mujeres de menos educación, estudios han concluido últimamente que esa pauta ha revertido, de modo que para 2000 la mayoría involucraba a mujeres, como Woolner, casándose con hombres con menos escolaridad -una combinación que probablemente termina en divorcio.
"Es definitivamente más complicado, dadas las pautas culturales con las que crecimos", dijo Woolner, que tiene un diploma de psicología e irradia una solícita sinceridad. "A todos nos enseñaron que es el hombre el que tiene el dinero y el prestigio y el poder".

Prejuicios de Dos Lados
Cuando conoció a Woolner, Croteau había dejado recientemente de beber y estaba tratando de enmendar su vida. Pero cuando ella le dijo, poco después de que empezaran a salir, que ella tenía dinero, la noticia no cayó en buena tierra.
"Me habría gustado que se esperara un poco más", dijo Croteau. "Cuando me lo dijo, mi primera idea fue, uh, eh, esto es complicado. A partir de ese momento empecé a cuestionar mis motivos. No andas buscando sentirte como un cazafortunas. Tienes que decirte a ti mismo, esa es la persona a la que amo, y eso es lo que viene con el paquete. Cate es muy generosa, y reflexiona un montón sobre lo que es justo y trabaja duro para poner las cosas al mismo nivel, pero también tiene un montón de bagaje en torno a esa cualidad. Tiene un montón de opciones que yo no tengo. Y ella se lleva la parte del león a la hora de tomar decisiones".
Antes de introducir Woolner a su familia, Croteau les advirtió sobre su origen. "Les dije: ‘Mamá, quiero que sepas que Cate y su familia son ricos'", dijo. "Y ella me dijo: ‘Bueno, no la culpes por ello; de todos modos, probablemente es muy simpática'. Pensé que era asombroso".
También había prejuicios al otro lado. El verano pasado, dijo Croteau, cuando estaban en casa de la madre de Woolner, en la Viña de Marta, su suegra le confesó que ella se había sentido inicialmente incómoda con que él fuera un vendedor de coches y estaba preocupada de que su hija lo estuviera adoptando como una especie de proyecto de caridad.
Sin embargo, la relación avanzó rápidamente. Croteau conoció a Woolner en el otoño de 1998 y se mudó al cómodo hogar de ella en Northfield en la primavera siguiente, después de satisfacer con su condición de que él vendiera su pistola.
Incluso antes de que Croteau se mudara, Woolner le dio dinero para comprar un nuevo coche y pagar algunas dudas. "Yo le quise dar ese dinero", dijo. "Yo no me lo había ganado con el sudor de mi frente. Le dije que era un dinero que me había llegado por haber nacido en una clase, mientras él había nacido en otra". Y cuando él perdió su trabajo poco después, Woolner empezó a pagarle un estipendio mensual -él se refiere a eso como el dinero de bolsillo- que continuó, a un nivel más discreto, hasta noviembre pasado, cuando ella dejó su trabajo en la agencia local contra la pobreza. Ella accedió a pagar un curso de informática que lo ayudó a prepararse para su trabajo actual como analista de software en el Centro Médico de Cheshire, en Keene. Desde el principio, el balance de poder en la relación fue un tema lo suficientemente delicado como para que a instancias de Woolner, unos meses antes de su boda en 2001, participaran en una serie de talleres sobre relaciones entre personas de clases diferentes.
"Yo sentía terror ante la idea de hablar en un grupo", dijo Croteau, que es franco e intelectualmente inquieto. "Ciertamente es un lujo de clase alta pagarle a alguien para contarle tus problemas, y con todos los problemas que hay en el mundo uno se siente extraño de sentarse a hablar de tu relación. Pero fue útil. Fue un alivio escuchar a gente hablando sobre el mismo tipo de problemas que teníamos nosotros, sobre gente que tiene el poder en la relación y cómo lo usan. Creo que lo habríamos hecho de todos modos, pero, sin el grupo, habríamos pasado tiempos más difíciles".
Todavía se acepta como verdad en la familia que la condición social de Woolner le ha dado poder de decisión en el matrimonio. Croteau no parpadeó cuando, cenando una noche, su hijo Isaac dijo brutalmente: "Siempre pienso de mi mamá como la que tiene el poder en la relación". Es plenamente consciente de que en esta relación, la suya es cuya la vida que ha cambiado más.

Perturbadoras Diferencias
La residencia de la familia Woolner-Croteau está justo al subir la colina desde los cuidados campos de la escuela primaria de Northfield Mount Hermon -un constante recordatorio local para Croteau de lo diferente que se educaron los hijos de su esposa y sus propias hijas. Jonah cursa allá el último año. Isaac, que también asistió a esa escuela, está ahora de vuelta en el Lewis & Clark College, Oregon, después de desplazar algunos semestres para estudiar en India y asistir a la academia de masaje mientras trabajaba en una tienda de exquisiteces cerca de casa.
En contraste, las hijas adultas de Croteau -que no han vivido nunca con la pareja- se hicieron camino a través de las escuelas públicas de Keene.
"A veces pienso que Jonah e Isaac necesitan una dosis de realidad, que un par de años en una escuela pública les habría mostrado algo diferente", dijo Croteau. "Por otro lado, a veces pienso que me habría gustado poder dar a Maggie y Lael lo que tuvieron ellos. Mis niños no tuvieron el mismo tipo de privilegios ni fueron al mismo tipo de escuelas. No tuvieron maestros preocupados del desarrollo de sus tiernos egos. Era un sálvese quién pueda para todos, y eso todavía se ve en la personalidad que tienen".
Croteau tuvo también otra experiencia en Northfield Mount Hermon. Tuvo brevemente un trabajo ahí como gerente de comunicaciones, pero no se pudo adaptar a su cultura.
"Había gente universitaria", dijo. "Yo no entendía sus matices, y no me hice con ningún amigo allá. En la vida de la clase obrera, la gente te dice las cosas directamente, no son sutiles. En NMH nunca supe cómo hacían las cosas. Cuando un vendedor no cumplía con la fecha cierre, lo llamaba y le decía: ‘¿Dónde está el trabajo?' Cuando me decía: ‘Te quitamos del puesto, lo tendremos la próxima semana', yo decía: ‘¿Qué quieres decir, la próxima semana? Tenemos un acuerdo, no puedes hacer negocios así'. Yo volvía a mi supervisor, que me decía: ‘Nosotros no gritamos a los vendedores'. La idea era que las fechas cierre no existen, sino solamente recomendaciones".
Croteau dice que se siente mucho más cómodo en el hospital. "Yo tengo que trabajar con las enfermeras y otros faáticos de la informática y vienen del mismo mundo que yo, así que sabemos cómo comunicarnos", dijo.
Pero tratando con la familia de Woolner, especialmente durante las visitas anuales a la Viña de Marta, dijo Croteau, a veces vuelve a sentir ese desconcierto de clase, sintiendo que no entiende los matices. "Son increíblemente simpáticos conmigo, muy educados y muy amables", dijo. "Tanto, que es difícil saber si es verdad, si realmente les caen bien o no".
Croteau todavía está impresionada con la familia de su esposa, y de estar "entre los que tienen sus apellidos en los edificios". Él es quien muestra al visitante la fotografía de la vieja Destilería Woolner, en Peoria, Illinois, y, al describir las fotos en la pared, menciona que su suegra estudió en Yale y que conocía a Gerald Ford.

Divisiones Familiares
Croteau y Woolner no son los únicos que están conscientes de la división de clases dentro de la familia; también lo están los hijos.
Para Lael Croteau, 27, que estudió administración civil en la Universidad de Vermont, el dinero es siempre difícil, y Maggie, 25, tiene tres trabajos mientras cursa su segundo año en la facultad de leyes de la Universidad Americana. En los restaurantes piden que les envuelvan los restos de la comida para llevárselos a casa.
Ninguna de ellas soñaría con suspender un semestre para meterse a una escuela de masaje, como hizo Isaac. Son cuidadosa con sus maneras, planes, ropas.
"Quién tiene dinero, quién no, eso va a estar siempre en mi cabeza", dijo Maggie. "Así que me pongo la coraza. Tengo la bolsa. La blusa. Sé que la gente no puede saber mi origen sólo con mirarme".
Las hijas de Croteau son las únicas de entre 12 primos que llegaron a la universidad. La mayoría de los otros se casaron y tuvieron hijos inmediatamente después de la secundaria.
"Nos ven como si fuéramos diferentes, y a veces eso duele", dijo Maggie.
Las hijas transitan por una delgada línea. Están profundamente atadas a su madre, que se ocupó de criarlas, pero también se sienten atraídas por el mundo de Woolner y sus posibilidades. Con vacaciones y visitas a la Viña, se han acercado a sus hermanastros, sino también a los hijos de las hermanas de Woolner, cuyas fotografías cuelgan de una pared en casa de Lael en Vermont. Y miran de cerca lo diferente que fueron sus infancias.
""Jonah y Isaac no tiene que preocuparse de cómo se visten, o de si tendrán dinero para terminar la universidad o cualquier cosa", dijo Lael. "Eso es un lujo. Y cuando uno de los niños pregunta: ‘¿Por qué estornuda la gente?', su mamá les dice: ‘No sé; esa sí es una pregunta. Vamos al museo a chequearlo'. Mi mamá es muy lista y ciertamente es atractiva en muchos niveles, pero cuando se le hace una pregunta difícil, responde: ‘Porque yo lo digo'".
Las vidas de las hijas han cambiado no sólo debido a la cálida y estable presencia de Woolner, sino también por sus regalos de dinero para comprar llantas para la nieve o libros, las vacaciones de la familia que paga ella y sus conexiones. Una de las primas de Wooler, una abogado de Washington, emplea a Maggie tanto en su bufete como para cuidar su csa.
Para los hijos de Woolner, la llegada de Croteau no marcó una gran diferencia. Por lo general ignoran a la familia extendida de Croteau y apenas si se han encontrado con los primos de las Croteau, que son cercanos en edad y viven cerca, pero llevan vidas muy diferentes. En realidad, a principios de febrero, mientras Isaac, de Woolner, se readaptaba a la vida universitaria, el sobrino de Croteau, otro Isaac, de 20 años, que se había alistado con los marines apenas terminada la escuela secundaria, recibió un balazo en la cara en Faluya, Iraq, y fue enviado al Centro Médico de Bethesda, en Maryland. Isaac y Jonah son dos despreocupados jóvenes y ninguno tiene una idea clara de lo que quiere en la vida. "He estado tratando de encontrar mi vocación", dijo Jonah. "Pero sin demasiada pasión".
Isaac sueña con abrir una cervecería con espacio para actos, viajar por Sudamérica o gestionar un crucero de masajes en el Caribe. Sabe que tiene una posición tan sólida que se puede permitir cualquier fantasía.
"Tengo la red de seguridad más sorprendente que puede tener una persona", dijo. "Son unos padres increíbles, cariñosos, comprometidos y ricos".
En las raras ocasiones en que están todos juntos, las hijas se llevan bien con los hijos, aunque hay ocasionalmente tensiones. A Maggie le gustará trabajar un verano con algún grupo de derechos humanos y cuando termine de estudiar, con más de 100.000 dólares de deudas, necesitará un trabajo pagado, no uno voluntario. Así que cuando un día Isaac la fastidió diciéndole que estaba en subasta, ella le recordó que era mucho más fácil vivir de acuerdo con los ideales si no necesitabas hacer dinero para pagar por ellos.
Y hay momentos en que las desigualdades en la familia son dolorosamente obvias.
"Me siento incómoda ayudando a Isaac a comprar un noche mientras que no las ayudo a ellas a comprarse uno", dijo Woolner sobre las hijas. "Hemos hablado sobre eso. Pero también tengo que estar al quite de no extralimitarme. La casa de su madre se quemó, lo que fue terrible para ellos y yo realmente quería ayudarles. Miré mi chequera y no sabía qué era lo apropiado. Al final firmé un cheque de 1.500 dólares. Emily Post [escritora sobre protocolo, etiqueta y maneras] no tiene que enfrentarse a esas situaciones".
Ella y Croteau siguen consciente de las diferencias de clase entre ellos, y de los modos en que sus vidas han sido modeladas por diferentes experiencias.
En una visita a Nueva York, donde pasa los inviernos la madre de Woolner, Woolner extravió su tarjeta de crédito y se preocupó de quedarse desconectada, aunque fuera brevemente, de su dinero.
Para Croteau fue un momento raro. "Estaba realmente inquieta, aunque estábamos a la vuelta de la esquina de su madre, y tenía suficiente dinero como para hacer cualquier cosa que se nos ocurriera, que no fuera comprar un coche o un diamante", dijo. "Así que no entendía su problema. Yo sé cómo sobrevivir sin una red de seguridad. Lo he hecho toda mi vida".
Tanto él como su esposa se mostraron orgullosos de que su matrimonio haya soportado sus problemas y tensiones específicas.
"Creo que estamos siempre sorprendidos de que lo estemos logrando", dijo Woolner.
Pero casi desde el principio estuvieron de acuerdo en cómo abordarían su relación, e inscribieron el lema en el interior de sus alianzas: "Pulse No Me Importa".

22 de mayo de 2005
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masacre arbitraria


[N.C. Aizenman] En medio de las mortíferas protestas en Uzbekistán, un sorprendido empresario.
Suzak, Kirguistán. Cuando la noche del viernes se abrió la puerta de su celda en la cárcel, Odil Maksataliev dio un brinco de sorpresa. Ocho hombres armados entraron a la celda.
Maksataliev no los había visto nunca antes, pero ellos parecieron reconocerlo inmediatamente. "Sabemos que es uno de los hombres de negocios que fueron detenidos sin motivo, y hemos venido a liberarle", dijo uno de ellos, según recordó.

Luego lo sacaron fuera en las primeras horas de la mañana, y pasaron junto a los cuerpos ensangrentados de dos guardias de la prisión tendidos en el suelo. Los esperaba una flota de coches.
Así ocurrió la fuga en la ciudad de Andijon, que provocó revueltas en varias otras ciudades de Uzbekistán, el país de Asia Central que ha sido gobernado por Islam Karimov desde que ganara su independencia en 1991, con el colapso de la Unión Soviética.
Veintitrés hombres de negocios locales acusados de formar una célula terrorista fueron liberados por los pistoleros, junto a otros 2.000 reclusos.
En pocas horas los hombres de negocios aparecieron como invitados en la plataforma de oradores en una manifestación sin precedentes contra el régimen autocrático de Karimov en la plaza mayor de la ciudad. Pero la manifestación terminó en un baño de sangre cuando las fuerzas de seguridad de Uzbekistán lanzaron ráfagas de balas contra los manifestantes.
El miércoles Maksataliev estaba parado en un campamento de tiendas en una ladera cubierta de hierba cerca de la ciudad de Suzek en la vecina Kirguistán, con varios colegas empresarios y unas 500 personas que habían huido de Uzbekistán.
Llevando sólo un chándal y apretando una pequeña hoja de papel documentando su petición de asilo político en Kirguistán, Maksataliev no se distinguía de los otros desaliñados escapados.
Pero su historia gira sobre la continuada controversia sobre quién está detrás de la revuelta en el país preponderantemente musulmán, que alberga una base aérea norteamericana utilizada para la guerra en el vecino Afganistán.
El miércoles las autoridades norteamericanas y británicas exigieron una investigación internacional imparcial de la violencia. Entretanto Karimov ha reclamado que los empresarios, los hombres que los liberaron y la mayoría de los manifestantes eran musulmanes radicales violentos que quieren transformar al país en una teocracia extremista.
Una queja común en el país se dirige contra la restricciones de culto. La Comisión norteamericana sobre Libertad Religiosa Internacional, un grupo bipartidista creado por el Congreso, informó este mes "graves violaciones de la libertad religiosa" en el país.
Las autoridades de Uzbequistán "reprimen despiadadamente a individuos y grupos musulmanes y mezquitas que no adoptan las prácticas prescritas por el gobierno o que el gobierno dice que están asociados con programas políticos extremistas", dice un informe. "Esto ha resultado en la prisión de varios miles de personas en los últimos años".
Pero Maksataliev, y otros en el campamento, dijo que él y sus 22 colegas acusados tenían poco interés en la religión o en la política. Según su versión, eran simplemente hombres de negocios exitosos que fueron perseguidos por un gobierno paranoico que considera una amenaza a toda persona con prestigio. La mayoría de la gente en la plaza era pacífica, ciudadanos de a pie, dijeron los hombres.
"No eran terroristas", dijo Maksataliev, 45. "Era simplemente gente que estaba harta".
Maksataliev es un hombre fuerte con una blanquinegra, incipiente barba y aspecto de boxeador. Pero cuando habló de su fundición que empezó hace 5 años, su voz se espesó con la emoción de quien habla de un hijo extraviado.
"Teníamos 54 trabajadores", dijo, melancólico. "Era realmente algo profesional. Todos llevaban uniformes, tenían almuerzo gratuito y dinero para el transporte".
En 2003 su compañía y las que pertenecían a muchos de los otros 22 empresarios recibieron los mayores honores en una exposición que mostraba las empresas de Andijon. Retrospectivamente, Maksataliev se pregunta si no habrá sido ese el momento en que despertó las sospechas de las autoridades.
"Quizás Karimov nos tenía miedo porque estábamos creciente muy fuertemente y nos conocíamos unos a otros y nos ayudábamos como si fuéramos una red", dijo Maksataliev. "Creo que piensa que eso puede significar que algún día lo saquen del poder".
A veces, agregó Maksataliev, pensaba en la necesidad de mayor democracia -"especialmente cuando veo la televisión rusa y miro a Vladimir Zhirinovsky decir que la gente de Uzbekistán son como los corderos, que se dejan conducir por una persona". Zhirinovsky es un político ruso ultra-nacionalista ruso.
Pero Maksataliev dijo que estaba demasiado ocupado con sus negocios como para entretenerse con esas ideas. Se quedó completamente transtornado, dijo, cuando una mañana de junio pasado funcionarios de Uzbekistán atiborrados en dos coches lo sacaron del camino en su trayecto hacia el trabajo y lo llevaron bruscamente al centro de interrogatorios de la ciudad.
Fue mantenido allá durante más de un mes sin que se le acusara de nada, dijo.
Luego fue transferido a una celda de 1.80m por 4m en la cárcel principal de Andijon, que debió compartir con otros cinco reclusos. Uno de ellos era un ladrón, dijo; otro, un traficante de drogas.
Grupos de derechos humanos dicen que el gobierno de Uzbekistán ha aplicado formas extremas de tortura y ejecuciones en las que un prisionero fue hervido vivo. Pero Maksataliev dijo que él no fue maltratado físicamente y se permitió que su familia lo visitara frecuentemente.
Pero dijo que había sufrido la tortura mental de ver su empresa hundirse mientras las autoridades pasaban varios meses registrando sus archivos a la búsqueda de evidencias de mala conducta.
Entretanto, las autoridades continuaron arrestando a más empresarios prominentes.
Luego un día le informaron que lo acusarían de formar una red terrorista islámica con los otros 22 empresarios y de ser un seguidor de Akram Yuldashev, un escritor uzbeco encarcelado por el gobierno en 1999.
"Nunca había oído hablar de Akram", dijo Maksataliev.
Maksataliev es musulmán, pero dijo que no era particularmente observante. "Ni siquiera rezo cinco veces al día", observó, refiriéndose al principal principio del islam. "He dado empleo a montones de rusos no musulmanes en mi empresa, muchos de los cuales beben alcohol. ¿Habría hecho eso si fuera fundamentalista?"
El juicio duró tres meses y fue una farsa, dijo Maksataliev. Cientos de testigos fueron llevados al estrado e interrogados sobre si Maksataliev era un terrorista; sólo dos testigos dijeron que sí; el uno era una persona mentalmente inestable, dijo Maksataliev, y el otro un antiguo empleado descontento al que había despedido.
El fiscal pidió al juez que condene a Maksataliev a tres años de prisión. La decisión del juez estaba todavía pendiente cuando los hombres lo sacaron de la cárcel.
Maksataliev dijo que una vez en la calle accedió a ir a la manifestación por gratitud hacia sus rescatadores y con la esperanza de que Karimov se aparecería por allá, oiría las preocupaciones de la gente y aceptaría liberar a los prisioneros.
Vio brevemente a su familia en la manifestación, pero les dijo que se marcharan a casa cuando la policía empezó a disparar.
Ahora, dijo, se preocupa de haber tomado la decisión equivocada. "Yo estoy aquí", dijo. "Pero ellos están seguramente siendo seguidos por el gobierno. El gobierno podría incluso matarlos".
El miércoles, con una creciente condena internacional de las muertes, el gobierno uzbeco permitió que diplomáticos extranjeros visitaran Andijon, pero sólo bajo estrecha vigilancia. No se les permitió visitar la principal escena de la violencia.
Funcionarios norteamericanos, de Naciones Unidas y británico pidieron una investigación independiente, que debe ser dirigida o respaldada por organizaciones internacionales.
Informaciones obtenidas por Estados Unidos muestran una "imagen muy perturbadora" y muertes de "grandes cantidades" de civiles debido "al uso indiscriminado de la fuerza" por las fuerzas de seguridad de Uzbequistán, dijo a periodistas ayer el portavoz del departamento de Estado, Richard A. Boucher.
La crisis exige que "investigación creíble", agregó. Funcionarios americanos han dicho en privado que creen que en la represión murieron unas 300 personas.
En un discurso en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Jack Straw, pidió a Karimov que permitiera inmediatamente el acceso pleno a Andijon de los grupos humanitarios y diplomáticos extranjeros y diera pasos para tratar las causas del descontento introduciendo una "sociedad más abierta y pluralista".

Robin Wright en Washington contribuyó a este reportaje.

19 de mayo de 2005
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masacre en uzbekistán


El mundo exterior debe todavía saber mucho más sobre los sangrientos sucesos que, desde el viernes, toman lugar en la ciudad de Andijon, Uzbekistán, y alrededores.
Pero lo que se sabe sugiere que el presidente Islam Karimov respondió a la importante rebelión en la que participaron tanto militantes armados como miles de ciudadanos de a pie, con un asalto militar en que las tropas dispararon indiscriminadamente contra cientos de personas. Si es así, el asalto se corresponde con la antigua práctica de Karimov de responder a la amenaza islámica extremista, aunque limitada, reprimiendo brutalmente toda oposición y negándose a tomar medidas hacia la liberalización económica o política. Debería plantear la pregunta de por qué Estados Unidos continúa apoyando políticas criminales y contraproducentes asociándose con los militares que llevaron a cabo el ataque.
El primer paso del gobierno y otros gobiernos occidentales debe ser exigir, como lo hizo el gobierno de Bush y el británico ayer, que Karimov no solamente permita el acceso a la sitiada ciudad sino también que acepte una investigación internacional para determinar qué pasó. Lo que se sabe hasta el momento es que la violencia fue precedida, y probablemente provocada por el procesamiento por el gobierno de 23 hombres de Andijon, muchos de ellos prósperos hombres de negocios, por acusaciones de que apoyaban a un oscuro grupo islámico extremista. Durante semanas se organizaron manifestaciones pacíficas frente al tribunal; cuando el juicio se acercaba a su fin la semana pasada, se reunieron miles de personas. El jueves por la noche, militantes armados irrumpieron en las cárceles donde están retenidos los acusados y los liberaron, junto a otros 2.000 reclusos, incluyendo a algunos extremistas. También ocuparon el edificio de gobierno y al día siguiente una multitud de varios miles de personas se reunieron frente a él. De acuerdo a periodistas de Uzbek en el lugar, la mayoría de ellos protestaban por las condiciones políticas y económicas.
Según sus propias palabras, Karimov viajó el viernes a la ciudad y supervisó las improvisadas negociaciones con los militantes en el edificio de gobierno. Cuando fracasaron esas conversaciones, envió unidades militares a la plaza, donde -según informes de testigos presenciales- abrieron fuego contra la multitud desde carros blindados. En una escuela cercana, donde se habían refugiado algunos militantes, las tropas abrieron fuego contra otra multitud. La Associated Press mencionó a un "respetado médico de la localidad" diciendo que en la escuela se habían dejado 500 cadáveres el domingo. Según se sabe otros civiles fueron matados a balazos cuando trataban de cruzar la frontera con Kirguistán.
En una rueda de prensa el fin de semana, Karimov previsiblemente dijo que todos los manifestantes eran militantes islámicos, agregando que "los intentos de desarrollar una democracia" sólo favorecían a los extremistas. Ayer la ministro de Relaciones Exteriores, Condoleezza Ricve señaló correctamente que el problema de Uzbekistán es justo lo contrario: Es la falta de "válvulas de presión que acompañan a los sistemas políticos más abiertos". Normalmente Karimov ignora esas sugerencias del ministerio de Relaciones Exteriores, y comprensiblemente, ya que cuenta con el apoyo incondicional del Pentágono de una "asociación estratégica" que permite a Estados Unidos operar una base área en las afueras de Tashkent. El verano pasado el presidente del Mando Conjunto del Estado Mayor, el general Richard B. Myers, criticó públicamente recortes en la ayuda norteamericana a Uzbekistán. Si el presidente Bush quiere realmente influir en Karimov, deberá forjar una política exterior que vincule las relaciones militares con las políticas internas del dictador -y ordene a los oficiales norteamericanos uniformados que la acaten.

17 de mayo de 2005
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la hija de carlos marx


[Andrés Gómez Bravo] Una novela recién publicada en Chile recupera la historia de la menor de la tribu del autor de El Capital. Fue la heredera intelectual del fundador del comunismo, una chica brillante y luchadora, que trabajó por propagar las ideas de su padre y los derechos de la mujer en la Inglaterra victoriana. Pero el amor selló su infortunio. El patriarca prohibió su primer romance y, tras la muerte de aquél, se enredó en una relación cruzada por la infidelidad y el abuso, que la llevó a la autodestrucción.
En el muelle de Nueva York se han reunido más de 20 mil personas. Es el verano de 1886, poco después de la tragedia del 1 de mayo en Chicago, que inspirará el Día Internacional del Trabajo. Eleanor Marx, la hija menor del coautor del Manifiesto Comunista, visita Estados Unidos junto a su pareja, Edward Aveling. Con aplomo y convicción, Eleanor se planta ante la multitud y declara: "Vamos a lanzar tres bombas a las masas: inquietud, educación, organización".
La gira por Estados Unidos es un éxito, pero es empañada por las acusaciones contra Edward Aveling por incurrir en gastos exorbitantes a costa del Partido Socialista de los Trabajadores. "Difundir el socialismo parece un buen negocio", titula un diario.
Pero Eleanor pone las manos al fuego por él. Doce años más tarde, la más brillante descendiente de Karl Marx, gran activista del sindicalismo y los derechos femeninos, una liberal que apuesta por vivir sin casarse en la Inglaterra victoriana, se derrumba al descubrir que Edward Aveling se ha casado con otra.
Ella ha soportado sus anteriores engaños, que se perdiera durante las noches, que no le dirigera la palabra, que viviera a expensas suyas, pero esto... "Mi última palabra para ti es la misma que te dije durante todos estos largos, tristes años -amor", escribe la mañana del 31 de marzo de 1898, minutos antes de beber una dosis de cianuro. Años más tarde, su hermana Laura también se quitaría la vida.

Tragedia Griega
Eleanor Marx fue la heredera intelectual del autor de El Capital y una de las figuras más trágicas del clan. Crecida bajo la sombra protectora y opresiva de su padre, su figura es rescatada en una novela recién publicada en Chile por el sello Lom.
Eleanor Marx, Hija de Karl, de la brasileña María José Silveira, relata su último año de vida, alternando con recuerdos de su infancia y juventud, sobre todo del primer amor, prohibido por su padre.
El libro se basa en la biografía de Eleanor escrita por la británica Ivonne Kapp y echa mano a la correspondencia íntima para recrear sus emociones. Si bien no se trata de una gran novela -no está, de hecho, a la altura del personaje retratado-, tiene el mérito de rescatar la historia de una de las precursoras de los derechos de la mujer, así como de indagar en uno de los aspectos menos conocidos -entre tragedia griega, novela dickensiana y teleserie- de la leyenda de los Marx.

El Entusiasmo
Nacida en 1855 en Londres, Eleanor es la sexta y última hija del matrimonio de Marx y Jenny von Westphalen. La pareja había sufrido la muerte de sus dos últimos hijos -Heinrich y Franziska- cuando recién alcanzaban el año de edad, y Eleanor se convierte en la regalona de papá.
Karl es una figura totalizadora en la familia. El grupo vive para que él pueda desarrollar tranquilamente su obra, aun a costa de grandes sacrificios que ni la ayuda de Friedrich Engels -el otro redactor del Manifiesto- logra aliviar. Eleanor se transforma en la más joven discípula del padre. A los 12 años ya sabe cuáles son los motores de su vida: la política y el teatro.
Cuando cumple 16, en París estalla la revolución de La Comuna: un gobierno de los trabajadores. Marx, entusiasmado, toma a su familia y se instala en la capital francesa. Pero la revuelta es aplastada y sus partidarios perseguidos. La familia debe regresar a Londres. Allí Eleanor conoce a un exiliado de La Comuna, el periodista Olivier Lissagaray, su primer y gran amor.

Cariño Malo
Lissagaray es un admirador de Marx y frecuenta su casa. Escribe una Historia de La Comuna, que es celebrada por el padre del socialismo científico y deslumbra a Eleanor. Ella tiene 17 años y está encandilada por el periodista francés, quien le dobla la edad.
Y pese a que el Moro, como llaman al viejo Karl, respeta a Lissagaray, no acepta el noviazgo con su hija. Lo considera individualista y provocador y ha oído de su fama de duelista. "Yo a él no le pido nada", escribe el patriarca a su socio Engels, "sólo pruebas, y no palabras, de que él es mejor de lo que dice su reputación".
Marx prohíbe el romance y Eleanor, quien traduce el libro de su enamorado al inglés, abandona la casa paterna. Pero sufre una crisis nerviosa y debe regresar. Durante nueve años, y frente a la cerrada actitud paterna, se verán a escondidas. En 1882 la relación se apaga y, poco antes de la muerte del viejo teórico, conoce al doctor y periodista Edward Aveling.
Aveling tiene pésimo cartel: es mujeriego y despilfarrador. Y está casado. Pero comparte su pasión por el socialismo y el teatro. El le asegura que su mujer no quiere darle el divorcio y ella le dice no importa, vivamos juntos.
Y aunque trabajan por la misma causa, pronto Edward hace gala de su fama: ella debe correr con las cuentas, él se distancia cada vez más, al mismo tiempo que sus deudas crecen y lleva prácticamente una vida paralela. Entre tanto la esposa de Edward muere, pero éste no dice nada y se casa en secreto con una actriz. Y necesita más dinero. Y se lo exige a Eleanor. O se marcha.
Sin comprender lo que ocurre y con con los nervios destrozados, ella abre una carta dirigida a Edward. Es de su nueva esposa. Y entonces comprende. Y a los 43 años, todo su mundo de ideales y lucha se viene abajo.

Eleanor Marx, Activista Social
Nace en Londres en 1855. Es la menor de la familia Marx, integrada además por sus hermanos Jenny, Laura, Edgar, Heinrich y Franziska. Estos tres últimos mueren siendo niños.
Crece en un ambiente de gran estímulo intelectual. De niña define los intereses de su vida: la política y el teatro. Acompaña a Marx en sus conferencias y se convierte en su secretaria.
A la muerte de su padre, en 1883, trabaja en sus manuscritos, prepara la edición inglesa de El Capital y difunde sus ideas. Además de trabajar en la creación de sindicatos para mujeres y en el Congreso Internacional Socialista de París, publica El Infierno de la Fábrica, La Pregunta de la Mujer y Los Movimientos Obreros en Inglaterra, entre otros libros. Traduce a Ibsen y Flaubert.
Se suicida en 1898 en Londres. Trece años después, su hermana Laura también se quita la vida con su marido.

16 de mayo de 2005
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millones en esclavitud


Los gobiernos deben aprobar leyes claras y precisas contra la práctica de los trabajos forzados para ayudar a más de 12 millones de personas de todo el mundo que viven en virtual esclavitud, dijola Organización Internacional del Trabajo (OIT).
La gran mayoría de los trabajos forzados -casi 10 millones- ocurren en Asia y la región del Pacífico, donde el tráfico de personas con fines sexuales va en aumento, dijo la OIT, un organismo de las Naciones Unidas, en un informe de 87 páginas.
"El trabajo forzado representa la otra cara de la globalización y niega a las personas su dignidad y derechos básicos", dijo el director general de la OIT Juan Somavia. "La OIT pide una alianza global contra los trabajos forzados en la que participen gobiernos, organizaciones patronales y sindicales".
Unas 9.8 millones de personas en todo el mundo son explotadas por empresas privadas, mientras que 2.5 millones son obligadas a trabajar por los estados o por grupos militares rebeldes, según la OIT. Un quinto del total es sometido al tráfico de personas de un país a otro.
El organismo laboral destacó a Mianmar como ejemplo del problema, pero se negó a dar el número total de personas obligadas a ejercer trabajos forzados ni siquiera en un solo país.
La OIT ha criticado desde hace tiempo los trabajos forzados en Mianmar (antigua Birmania) -un "destacado caso contemporáneo"- y en el 2000 dio el paso sin precedente de pedir a sus miembros la imposición de sanciones contra los gobiernos militares.
Posteriormente retiró sus pedidos de sanciones, pero el año pasado, la OIT dijo que Mianmar no ha logrado esos avances y sugirió que a menos que la junta adopte medidas urgentes, el pedido de sanciones será reactivado.
"Es imposible lograr un avance efectivo contra los trabajos forzados cuando existe un clima de impunidad y represión", indicó el informe. "Si los lugareños se niegan a cumplir las órdenes, pueden ser amenazados, encarcelados y físicamente maltratados.
"El azote del tráfico humano ha llamado ahora la atención del mundo", dijo el informe. "Ha colocado las preocupaciones de los trabajos forzados a los pies de los países industrializados".

12 de mayo de 2005
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en la mente de un pedófilo


[Jean Guccione] Un ex sacerdote que sirvió durante Mahony en la diócesis de Stockton describe sus trucos.
En un relato escalofriantemente franco un ex sacerdote católico, ordenado hace 20 años por Roger M. Mahony, describió recientemente su carrera de décadas como pedófilo, incluyendo sus gustos sexuales y cómo seducía a sus jóvenes víctimas para abusar de ellas.
En una declaración filmada en marzo en video de 15 horas Oliver O'Grady describió cómo su corazón se aceleró cuando uno de los esbeltos y traviesos niños que prefería se secaba con la toalla después de nadar. Dijo que también le gustaba levantarle la falda a las niñas y mirar sus bragas.
Cuando le pidieron que demostrara cómo atraería a una de sus 25 víctimas a sus brazos, el ex sacerdote nacido en Irlanda de 59 años suavizó su voz, exhibió una paternal sonrisa y miró directamente a la cámara de video.
"Hola, Sally", improvisó O'Grady. "¿Cómo estás? Ven acá. Te quiero dar un achuchón. Eres un encanto. Ya lo sabes. Eres muy especial para mí. Me gustas mucho".
Si el achuchón no era resistido, dijo O'Grady, consideraría la complacencia del niño como "permiso" para tocarlo.
La declaración fue hecha en conexión con una denuncia presentada contra la diócesis de Stockton sobre supuestos abusos del clero. Mahony, que fue obispo de Stockton de 1980 a 1985 antes de dirigir la arquidiócesis de Los Angeles, heredó a O'Grady, que había confesado años antes haber abusado de una niña de 11 años. En 1984 la policía investigó el informe de un psicólogo de que O'Grady había toqueteado a un niño.
Después de que la policía declinara presentar cargos, Mahony transfirió a O'Grady a una parroquia rural y más tarde lo ascendió a párroco de ahí, donde supuestamente abusó de tres víctimas más, incluyendo a una bebita que sufrió desgarro vaginal, de acuerdo a los abogados del demandante. Mahony dijo que no conocía los informes. Las víctimas adicionales fueron abusadas después de que dejara la diócesis.
"El cardenal actuó basándose en la información de que disponía, lo mismo que el detective de la policía", dijo el abogado de la iglesia, Don Woods.
El abogado del demandante, en Costa-Mesa, John C. Manly tomó la declaración en Irlanda. El sacerdote ahora expulsado de la orden, ciudadano irlandés y nativo de Limerick, fue deportado de Estados Unidos en 2001, después de pasar siete años en una prisión del estado de California por abusar sexualmente de dos hermanos. Vive en Thurles, Irlanda.
Una transcripción de la declaración fue presentada el martes al tribunal del condado de Alameda, donde la diócesis de Stockton está defendiéndose de cuatro demandas acusando a la iglesia de no haber protegido a los feligreses. Manly presentó la transcripción para oponerse a una moción de la iglesia de desechar una de las denuncias.
En el video O'Grady preguntó por qué los funcionarios de la iglesia no lo habían removido del ministerio después de que cometiera los abusos.
"Creo que habría sido probablemente mejor si, en 1984, hubieran dicho: ‘Mire, tenemos que poner fin a esto. Tenemos que despedirte'", dijeron abogados de O'Grady durante el interrogatorio. "Pero según entiendo una situación como la de 1984 fue manejada de la mejor manera posible en esa época".
Woods dijo el martes que O'Grady "no estaba tratando de decir lo que debía haberse hecho. Está diciendo que le gustaría que hubiese sido hecho de manera diferente.
"Es un lamento retrospectivo", dijo.
Abogado de la diócesis de Stockton, Paul Balestracci se negó a hacer comentarios, diciendo que los juicios por los delitos de O'Grady aún estaban en curso.
La declaración de O'Grady ofrece una profunda y a menudo inquietante mirada en la mente de un pedófilo condenado. Sin embargo, varias veces durante la maratónica sesión de preguntas y respuestas fue muchos menos ingenuo.
Se negó a nombrar a alguna de sus 25 víctimas, invocando el derecho del 5ª Enmienda contra la auto inculpación. Al principio negó haber abusado de la niña, y al día siguiente admitió que había mentido y que había abusado de ella. Dijo que su abuso terminó a mediados de los ochenta, pero en su caso se había declarado culpable de acoso recién en 1991.Aunque O'Grady expresó remordimiento por sus abusos, a menudo parecía disfrutar de su video. En un momento guiñó a la cámara.
O'Grady declaró que él había sido abusado de niño por dos sacerdotes en la sacristía de su iglesia. La primera vez cuando tenía 10 años y era monaguillo, dijo.
El sacerdote "empezaba la conversación preguntando cómo estaba, qué haría en el día, y recuerdo que era -me llamaba y comenzada a achucharme, sabes, cariñosamente, en primer lugar.
"Luego me daba vuelta... que quiere decir que yo quedaba con mi espalda hacia él, y entonces bajaba las manos y que tocaba aquí y seguía yendo más abajo".
Cuando estaba creciendo, declaró, estuvo implicado en abusos en su propia familia, tanto como perpetrador que víctima. Y cuando era adolescente, agregó, un sacerdote le hizo toqueteos sexuales.
"En ocasiones, no era una experiencia muy agradable pero era algo normal. Nadie hablaba de esto", dijo. "Yo no lo consideraba como un asunto criminal muy grave".
O'Grady declaró que su propia inclinación sexual por los niños empezó antes de que fuera ordenado sacerdote en 1971.
"Tal como yo entendía la religión en esa época era que todo... lo que tenía que ver con la sexualidad era pecaminoso y es ahí donde empezaron mis conflictos", declaró.
Su primer destino como sacerdote fue la diócesis de Stockton en 1971. Cinco años más tarde, según testificó O'Grady en una declaración anterior, acarició a una niña de 11 años que había conocido en un campo de verano y la invitó a dormir en la rectoría.
"Recuerdo haberme metido a su cama y tratar de acariciarla y tocarla, y sentí que ella se resistía, de manera no verbal, y me quedé un rato más y entonces decidí no seguir adelante. Así me marché a mi propia cama", dijo a los abogados en una declaración de marzo, estimando que no había pasado más de 20 minutos en la cama de la niña.
Los padres de la niña se quejaron al entonces obispo Marlin Guilfoyle, que precedió a Mahony en Stockton. O'Grady declaró que el obispo, ahora muerto, lo enfrentó y él confesó.
O'Grady escribió a la familia una carta de excusas, provocando la ira de Guilfoyle, dijo O'Grady. La carta estaba en el historial personal de O'Grady cuando Mahony asumió el obispado, de acuerdo a documentos judiciales.
O'Grady dijo que no había sufrido repercusiones por su falta.
"La vida simplemente continuó", declaró.
Documentos judiciales muestran que en 1984, cuatro años después de que Mahony fuera nombrado obispo de Stockton, O'Grady dijo a su psicólogo que había acariciado a un niño de 9 años. El psicólogo alertó a funcionarios de bienestar y la policía abrió una investigación.
O'Grady se protegió en la 5ª Enmienda cuando se le preguntó durante la declaración qué había contado al terapeuta. Pero declaró que Mahony estaba fuera de la ciudad en esa época, así que se lo había contado al mano derecha del obispo. Dijo que el funcionario lo envió a hablar con el abogado de la diócesis.
El niño, que estaba durmiendo durante los toqueteos, dijo que no recordaba ningún abuso, y la policía desechó presentar cargos. Sin embargo, documentos judiciales muestran que la policía dijo que un abogado de la diócesis había prometido que O'Grady sería trasladado a otro puesto donde no tendría contacto con niños, y que sería enviado a seguir una terapia.
O'Grady declaró que Mahony lo envió a un psiquiatra para una evaluación, que el cardenal reconoció que era el procedimiento normal de la iglesia en esa época para los casos de sacerdotes pedófilos. Casi inmediatamente después, dijo O'Grady, Mahony lo transfirió a una parroquia en San Andreas, casi a una hora de Stockton. Más tarde Mahony lo nombró párroco.
No había escuela en el nuevo nombramiento, pero O'Grady declaró que había supervisado a cientos de alumnos de catequesis los fines de semanas y después de la escuela.
Mahony declaró en la corte que nunca vio la carta de apología que escribió O'Grady a la familia de su víctima femenina. También dijo que él no conocía los detalles de lo que O'Grady le había contado a su terapeuta y que una vez que la policía desechó hacer cargos en conexión con un niño de 9 años, no vio razones para seguir investigando.
O'Grady "estaba en terapia en esa época", dijo Woods, "y la segunda opinión que pidió la diócesis decía que la terapia era satisfactoria y que debería continuarla.
La segunda opinión no recomendó que fuera removido de su ministerio, ni presentó ningún diagnóstico de pedofilia".Después de años de terapia, dijo O'Grady, se siente acongojado y avergonzado de su inclinación sexual por los niños.
Pero cuando se le preguntó cuál era su "tipo", dio una animada respuesta. "Generalmente un niño que fuera espontáneo, cariñoso, normalmente de 10, 11 años, y que necesitara que alguien lo cuidara. No estoy diciendo que tuviera necesariamente problemas en la familia, pero sí que fuera alguien que creyera que podía confiar en mí, que podía hablar conmigo, que estaba dispuesto a ocuparme de él".
El sacerdote revisaba su congregación a la búsqueda de niños sumisos. "Si demostraban afecto, por los achuchones y ese tipo de cosas, despertaba en mí el impulso de mostrarle cariño", declaró O'Grady.
"Si me sentía bien haciendo eso y él se sentía cómodo abrazándome, y si quería ir más lejos, en esa época habría explorado esa posibilidad", dijo.
"Tendría que trazar algunos planes... asegurarme de que el niño estaba ahí, asegurarme de que estaba solo, y que él no tenía prisa".
O'Grady declaró que tuvo relaciones sexuales con las madres de dos niños de los que había abusado. También dijo que a veces usaba lencería femenina que encontraba entre las ropas donadas a la iglesia.
"Quizás estaba tratando de usar elementos externos para excitarme", dijo.
En 1998, un jurado en Stockton otorgó a una de las víctima de O'Grady 30 millones de dólares, que fueron reducidos más tarde a 7 millones de dólares. Los miembros del jurado dijeron al Times que pensaban que Mahony no era de confiar como testigo y que él había permitido que los abusos de O'Grady continuaran.
Mahony dijo que pensaba que los jurados se equivocaban y que él tomó medidas extraordinarias para proteger a los niños.
Con los años, dijo O'Grady, trató de entender y posiblemente de refrenar su inclinación por los niños -leyendo libros sobre su desviación, visitando un centro residencial de tratamiento para sacerdotes pedófilos y finalmente abriendo su parroquia para las reuniones secretas Sexo-Adictos Anónimos, de modo de poder asistir a ellas.
Tras la libertad de O'Grady y volvió a Irlanda, la diócesis de Stockton le pagó tres años de tratamiento externo, dijo, y también accedió a pagarle 800 dólares al mes durante 10 años a partir de su cumpleaños 65.
"Me gustaría haber tenido a alguien en la diócesis o alguien que hubiera intervenido antes para ayudarme a salir de esta situación tan, tan grave", dijo, "y que me hubiera ayudado a informarme sobre la seriedad del problema que tenía y los que estaba causando".
Cada vez que tocaba los pantalones de un niño, dijo O'Grady, sabía que su conducta era mala, "definitivamente un pecado". Pero había "otra parte de mí diciéndome: ‘No puedo controlar estos deseos, pensamientos, sentimientos'".
Después de abusar de un niño, declaró O'Grady, siempre buscaba a un sacerdote para confesar su pecado.

12 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh