afganistán
niños raptados por talibanes
[Daniel Cooney] Desesperados por nuevos reclutas, milicias talibanes obligan a familias a entregar a sus hijos.
Kabul, Afganistán. Los violentos enfrentamientos que en los últimos meses han devastado las filas de los talibanes, ha llevado a los rebeldes a reclutar niños y obligar a familias a entregar un hijo para que luche con ellos, dijo ayer un jefe militar estadounidense.
La guerra ha fracturado la estructura de mando de los talibanes, impidiendo el reagrupamiento de los militantes, aunque ha habido un recrudecimiento de la violencia, dijo en una entrevista el general de división Jason Kamiya, del comando operacional de los militares americanos.
A pesar del revés -desde marzo han muerto más de 500 rebeldes-, es probable que los militantes aumenten los ataques en las preliminares de las elecciones legislativas del 18 de septiembre, dijo.
"Los talibanes y Al Qaeda creen que esta es su última posibilidad para impedir que Afganistán progrese en su camino... para transformarse en una nación", dijoKamiya. "Nos desafiarán hasta el 18 de septiembre mismo".
Dijo que los rebeldes estaban tratando desesperadamente de reclutar combatientes para remplazar a los que han muerto recientemente y han obligado a familias de algunas áreas "a dar un hijo para pelear".
"Han sido golpeados tan duramente, que tienen que reclutar a más combatientes. Están reclutando a niños cada vez más chicos: de 14, 15 y 16 años", dijo Kamiya. "El enemigo tiene dificultades para mantener sus tasas de reclutamiento".
Se ha pensado durante largo tiempo que los rebeldes tienen a niños en sus filas, pero han habido pocos informes de reclutamiento infantil a gran escala por los talibanes, especialmente de los más chicos.
Los comentarios de Kamiya fueron hechos dos días después de que Naciones Unidas dijera que la mayoría de los estimados 8.000 niños soldados en Afganistán -la mayor parte en las filas de las milicias privadas ahora aliadas al gobierno- serían desmovilizados e incorporados a programas de educación para fines de este año.
La iniciativa se ha concentrado especialmente en áreas en los alrededores de las regiones sur y este del país, donde los talibanes son fuertes.
Funcionaros afganos han dicho repetidas veces que muchos de los combatientes talibanes provienen de internados religiosos, o madrassas, de Pakistán. Pero Kamiya dijo que los talibanes están recogiendo a la mayoría de sus reclutas dentro de Afganistán.
Dijo que parte de la razón por la que los rebeldes han sufrido bajas sin precedentes, era que desde abril han sido sorprendidos tres veces en grandes grupos y machacados por ataques aéreos y de fuerzas en el terreno. En una batalla que duró una semana en junio en un escondite de los militantes en las montañas, murieron 170 insurgentes.
"No hay una cadena de mando organizacional de los rebeldes... porque hemos logrado interrumpir sus medios para reagruparse y conducir ataques coordinados", dijo Kamiya. "Ya no se pueden movilizar con impunidad".
Sin embargo, el mes pasado fuerzas estadounidenses sufrieron sus más mortíferas pérdidas desde el derrocamiento de los talibanes en 2001, cuando militantes emboscaron a un equipo de SEALs de la Marina, matando a tres comandos y horas después derribando a un helicóptero de las fuerzas especiales causando la muerte a las 16 tropas a bordo. Desde marzo, cuando los rebeldes aumentaron sus ataques, han muerto 45 soldados americanos.
También han muerto cientos de afganos en los últimos meses en emboscadas casi diarias, atentados y ejecuciones. El aumento de la violencia ha llevado a políticos locales y observadores internacionales a advertir que los tres años de progreso hacia la paz estaban amenazados.
En el último incidente violento, los rebeldes mataron ayer a un juez de distrito en la sureña provincia de Kandahar, un día después de que militantes mataran a un administrador local en el mismo área.
Dos empleados electorales afganos fueron secuestrados por asaltantes no identificados en la provincia de Nuristán al nordeste del país el viernes, pero fueron liberados ilesos al día siguiente, dijeron funcionarios.
La violencia ha llevado a los militares estadounidenses a desplegar 700 soldados adicionales en Afganistán para reforzar la coalición norteamericana de 20.000 hombres.
Una fuerza separada de la OTAN de 8.000 soldados aumentará en 3.000 sus tropas para reforzar la seguridad en previsión de las elecciones de septiembre.
27 de julio de 2005
24 de julio de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Kabul, Afganistán. Los violentos enfrentamientos que en los últimos meses han devastado las filas de los talibanes, ha llevado a los rebeldes a reclutar niños y obligar a familias a entregar un hijo para que luche con ellos, dijo ayer un jefe militar estadounidense.La guerra ha fracturado la estructura de mando de los talibanes, impidiendo el reagrupamiento de los militantes, aunque ha habido un recrudecimiento de la violencia, dijo en una entrevista el general de división Jason Kamiya, del comando operacional de los militares americanos.
A pesar del revés -desde marzo han muerto más de 500 rebeldes-, es probable que los militantes aumenten los ataques en las preliminares de las elecciones legislativas del 18 de septiembre, dijo.
"Los talibanes y Al Qaeda creen que esta es su última posibilidad para impedir que Afganistán progrese en su camino... para transformarse en una nación", dijoKamiya. "Nos desafiarán hasta el 18 de septiembre mismo".
Dijo que los rebeldes estaban tratando desesperadamente de reclutar combatientes para remplazar a los que han muerto recientemente y han obligado a familias de algunas áreas "a dar un hijo para pelear".
"Han sido golpeados tan duramente, que tienen que reclutar a más combatientes. Están reclutando a niños cada vez más chicos: de 14, 15 y 16 años", dijo Kamiya. "El enemigo tiene dificultades para mantener sus tasas de reclutamiento".
Se ha pensado durante largo tiempo que los rebeldes tienen a niños en sus filas, pero han habido pocos informes de reclutamiento infantil a gran escala por los talibanes, especialmente de los más chicos.
Los comentarios de Kamiya fueron hechos dos días después de que Naciones Unidas dijera que la mayoría de los estimados 8.000 niños soldados en Afganistán -la mayor parte en las filas de las milicias privadas ahora aliadas al gobierno- serían desmovilizados e incorporados a programas de educación para fines de este año.
La iniciativa se ha concentrado especialmente en áreas en los alrededores de las regiones sur y este del país, donde los talibanes son fuertes.
Funcionaros afganos han dicho repetidas veces que muchos de los combatientes talibanes provienen de internados religiosos, o madrassas, de Pakistán. Pero Kamiya dijo que los talibanes están recogiendo a la mayoría de sus reclutas dentro de Afganistán.
Dijo que parte de la razón por la que los rebeldes han sufrido bajas sin precedentes, era que desde abril han sido sorprendidos tres veces en grandes grupos y machacados por ataques aéreos y de fuerzas en el terreno. En una batalla que duró una semana en junio en un escondite de los militantes en las montañas, murieron 170 insurgentes.
"No hay una cadena de mando organizacional de los rebeldes... porque hemos logrado interrumpir sus medios para reagruparse y conducir ataques coordinados", dijo Kamiya. "Ya no se pueden movilizar con impunidad".
Sin embargo, el mes pasado fuerzas estadounidenses sufrieron sus más mortíferas pérdidas desde el derrocamiento de los talibanes en 2001, cuando militantes emboscaron a un equipo de SEALs de la Marina, matando a tres comandos y horas después derribando a un helicóptero de las fuerzas especiales causando la muerte a las 16 tropas a bordo. Desde marzo, cuando los rebeldes aumentaron sus ataques, han muerto 45 soldados americanos.
También han muerto cientos de afganos en los últimos meses en emboscadas casi diarias, atentados y ejecuciones. El aumento de la violencia ha llevado a políticos locales y observadores internacionales a advertir que los tres años de progreso hacia la paz estaban amenazados.
En el último incidente violento, los rebeldes mataron ayer a un juez de distrito en la sureña provincia de Kandahar, un día después de que militantes mataran a un administrador local en el mismo área.
Dos empleados electorales afganos fueron secuestrados por asaltantes no identificados en la provincia de Nuristán al nordeste del país el viernes, pero fueron liberados ilesos al día siguiente, dijeron funcionarios.
La violencia ha llevado a los militares estadounidenses a desplegar 700 soldados adicionales en Afganistán para reforzar la coalición norteamericana de 20.000 hombres.
Una fuerza separada de la OTAN de 8.000 soldados aumentará en 3.000 sus tropas para reforzar la seguridad en previsión de las elecciones de septiembre.
27 de julio de 2005
24 de julio de 2005
©boston globe
©traducción mQh
kabul, ciudad en ruinas
[Carlotta Gall] Saliendo de los escombros.
Kabul, Afganistán. En el pasado Kabul era una ciudad legendaria con jardines y huertos frutales, adorada por el emperador mogol Babur y cantada por poetas persas, pero poco de su glorioso pasado es evidente hoy. Barrios enteros siguen entre las ruinas que causaron las guerras de los años noventa, y el auge de la construcción que empezó hace tres años con la llegada de la ayuda occidental, y el regreso de millones de refugiados, han convertido a la ciudad en una mezcolanza de edificaciones caóticas y abarrotadas.
De acuerdo al gobierno afgano, en la ciudad fueron destruidas 63.000 casas y un 63 por ciento de las calles fueron dañadas en las dos décadas de guerra. La infraestructura ha estado tan desdeñada que la ciudad ha retrocedido en términos de servicios e instalaciones. Entretanto, la población ha subido en picado de menos de 1 millón durante el período talibán, que terminó con su derrocamiento a fines de 2001, a 3 o 4 millones hoy -nadie lo sabe con certeza-, convirtiéndola en la ciudad de más rápido crecimiento en esta parte de Asia.
¿Qué se puede hacer con una ciudad destruida por la guerra? El ministro de desarrollo urbano del país, Muhammed Yousuf Pashtun, meditaba hace poco mientras cenaba. ¿Demolerla y crear una ciudad nueva de edificios altos como Beirut o Dubai, como propuso un arquitecto hace poco? ¿Tratar de revivir la antigua ciudad, aunque la gente y su modo de vida hayan cambiado? Se supone que es el trabajo de Pashtun decidir sobre esos asuntos, y lo están jalando de todos lados.
"El estilo afgano tradicional puede no ser suficiente para el siglo 21, pero deberíamos definitivamente conservar su ambiente", dijo hace poco a un grupo de estudiantes de arquitectura de la Universidad de Columbia que le presentaron ideas para la carretera hacia el aeropuerto de Kabul. "No quiero una Nueva York, pero sí que funcione como Nueva York".
De hecho, el ministro parece tener poco control sobre lo que le está pasando a la capital, e incluso menos sobre las ciudades provinciales de Afganistán.
En Kabul, los donantes extranjeros están financiando una docena de programas para mejorar el suministro de agua y electricidad y la recogida de basura, pero los residentes apenan notan un mejoramiento.
"La ciudad es una vergüenza", dijo Nasir Saberi, un ex subministro del Desarrollo Urbano, que dirige ahora su propia consultora de arquitectura en Kabul.
"Hoy la ciudad se distingue por el caos, la anarquía y la corrupción", concedió Pashtun en una presentación reciente. No sólo están las estructuras en ruinas, sino además el sistema social ha sido fragmentado por la guerra civil y los desplazamientos, que también obstaculizan los esfuerzos de reconstrucción, dijo.
Una de las áreas más amenazadas de Kabul es la vieja ciudad, un laberinto de antiguos santuarios y mezquitas, anidada a los pies de la famosa fortaleza de Bala Hissar. Ya en los años cincuenta, los viejos barrios se habían transformado en barrios bajos. El área quedó todavía más dañada por los bombardeos de guerras intestinas en los años noventa, y fue abandonada por las familias que huyeron. Algunos vecinos han retornado, pero muchos aún no lo hacen, incapaces de reconstruir sus propias casas. Ahora han llegado los urbanistas comerciales, que amenazan con demoler el casco histórico de la ciudad.
Pashtun, y algunos fans del viejo Kabul, obtuvo un aplazamiento de la ejecución en 2002, cuando el presidente Hamid Karzai ordenó paralizar todas las nuevas edificaciones en la ciudad vieja hasta que se completara un plan de desarrollo.
El despacho del alcalde, presionado y cortejado por los urbanistas, es sin embargo partidario de la modernización. "El ministerio lleva tres años trabajando en este plan", dijo el alcalde Ghulam Sakhi Noorzad. "Se conservarán algunas cosas, y luego el resto puede ser moderno, con edificios de cinco o seis pisos, o incluso más si la gente puede pagarlo".
Zahra Breshna, una retornada afgana de Alemania con un diploma de arquitectura y ahora asesora en el ministerio de Desarrollo Urbano, están trabajando en ese plan de desarrollo. Su idea es salvar lo que queda y recrear una comunidad que pueda construir y utilizar sus entornos para prosperar por medio del turismo y las artes y oficios tradicionales. "La gente quiere quedarse a vivir aquí", dijo. "Si urbanizamos, perderán todo".
"No es solamente un ideal estético; se trata de preservar el modo de vida de la gente, que representa su religión, su clima y su historia", dijo, parada en el patio del santuario más venerado de Kabul, del siglo 7, Ashukhan-o-Arufan -literalmente, el santuario "de los amantes e intelectuales".
"Si sólo tuviéramos las ruinas, nadie creería que Kabul tuvo lugares bellos en el pasado", dijo Breshna, cuya tesis doctoral giraba sobre las bellezas de la vieja Kabul.
Sin embargo, Breshna y el ministerio de Desarrollo Urbano puede estar perdiendo la carrera para salvar el casco histórico. Propietarios y urbanistas están esquivando las reglamentaciones y comprando casas en ruinas y convirtiéndolas en locales comerciales.
El Fondo para la Cultura aga Khan, dirigida por el multimillonario líder de la secta musulmana ismaelita, está financiando la reparación y restauración de los edificios más valiosos de la vieja ciudad, esperando salvar lo que pueda.
Así muchas ciudades de la región han sido pobremente urbanizadas o deficientemente gestionadas, y perder el legado urbano de Afganistán (que era una parte importante de la Ruta de la Seda) sería una gran pérdida histórica para el mundo, dijo Jolyon Leslie, arquitecto y manager del fondo Aga Khan en Kabul.
"Si salvamos esas islas de tejido histórico, entonces el resto se desarrollará de modo apropiado", dijo. En algunos de los barrios más destartalados de la vieja ciudad, los carpinteros y contratistas están trabajando en el proyecto de Aga Khan, reparando minuciosamente las viejas mezquitas, santuarios y casas con patios, reproduciendo los intrincados grabados en madera de estilo mogol de los balcones y cortinas interiores, y pavimentando e instalando sistemas de drenaje en las estrechas calles.
Nasir, 24, contratista y vecino que estaba hace poco cubriendo con barro una vieja casa con patio como parte de un proyecto, lo dijo así: "Es nuestra tradición y es bueno mantenerla así".
27 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Kabul, Afganistán. En el pasado Kabul era una ciudad legendaria con jardines y huertos frutales, adorada por el emperador mogol Babur y cantada por poetas persas, pero poco de su glorioso pasado es evidente hoy. Barrios enteros siguen entre las ruinas que causaron las guerras de los años noventa, y el auge de la construcción que empezó hace tres años con la llegada de la ayuda occidental, y el regreso de millones de refugiados, han convertido a la ciudad en una mezcolanza de edificaciones caóticas y abarrotadas. De acuerdo al gobierno afgano, en la ciudad fueron destruidas 63.000 casas y un 63 por ciento de las calles fueron dañadas en las dos décadas de guerra. La infraestructura ha estado tan desdeñada que la ciudad ha retrocedido en términos de servicios e instalaciones. Entretanto, la población ha subido en picado de menos de 1 millón durante el período talibán, que terminó con su derrocamiento a fines de 2001, a 3 o 4 millones hoy -nadie lo sabe con certeza-, convirtiéndola en la ciudad de más rápido crecimiento en esta parte de Asia.
¿Qué se puede hacer con una ciudad destruida por la guerra? El ministro de desarrollo urbano del país, Muhammed Yousuf Pashtun, meditaba hace poco mientras cenaba. ¿Demolerla y crear una ciudad nueva de edificios altos como Beirut o Dubai, como propuso un arquitecto hace poco? ¿Tratar de revivir la antigua ciudad, aunque la gente y su modo de vida hayan cambiado? Se supone que es el trabajo de Pashtun decidir sobre esos asuntos, y lo están jalando de todos lados.
"El estilo afgano tradicional puede no ser suficiente para el siglo 21, pero deberíamos definitivamente conservar su ambiente", dijo hace poco a un grupo de estudiantes de arquitectura de la Universidad de Columbia que le presentaron ideas para la carretera hacia el aeropuerto de Kabul. "No quiero una Nueva York, pero sí que funcione como Nueva York".
De hecho, el ministro parece tener poco control sobre lo que le está pasando a la capital, e incluso menos sobre las ciudades provinciales de Afganistán.
En Kabul, los donantes extranjeros están financiando una docena de programas para mejorar el suministro de agua y electricidad y la recogida de basura, pero los residentes apenan notan un mejoramiento.
"La ciudad es una vergüenza", dijo Nasir Saberi, un ex subministro del Desarrollo Urbano, que dirige ahora su propia consultora de arquitectura en Kabul.
"Hoy la ciudad se distingue por el caos, la anarquía y la corrupción", concedió Pashtun en una presentación reciente. No sólo están las estructuras en ruinas, sino además el sistema social ha sido fragmentado por la guerra civil y los desplazamientos, que también obstaculizan los esfuerzos de reconstrucción, dijo.
Una de las áreas más amenazadas de Kabul es la vieja ciudad, un laberinto de antiguos santuarios y mezquitas, anidada a los pies de la famosa fortaleza de Bala Hissar. Ya en los años cincuenta, los viejos barrios se habían transformado en barrios bajos. El área quedó todavía más dañada por los bombardeos de guerras intestinas en los años noventa, y fue abandonada por las familias que huyeron. Algunos vecinos han retornado, pero muchos aún no lo hacen, incapaces de reconstruir sus propias casas. Ahora han llegado los urbanistas comerciales, que amenazan con demoler el casco histórico de la ciudad.
Pashtun, y algunos fans del viejo Kabul, obtuvo un aplazamiento de la ejecución en 2002, cuando el presidente Hamid Karzai ordenó paralizar todas las nuevas edificaciones en la ciudad vieja hasta que se completara un plan de desarrollo.
El despacho del alcalde, presionado y cortejado por los urbanistas, es sin embargo partidario de la modernización. "El ministerio lleva tres años trabajando en este plan", dijo el alcalde Ghulam Sakhi Noorzad. "Se conservarán algunas cosas, y luego el resto puede ser moderno, con edificios de cinco o seis pisos, o incluso más si la gente puede pagarlo".
Zahra Breshna, una retornada afgana de Alemania con un diploma de arquitectura y ahora asesora en el ministerio de Desarrollo Urbano, están trabajando en ese plan de desarrollo. Su idea es salvar lo que queda y recrear una comunidad que pueda construir y utilizar sus entornos para prosperar por medio del turismo y las artes y oficios tradicionales. "La gente quiere quedarse a vivir aquí", dijo. "Si urbanizamos, perderán todo".
"No es solamente un ideal estético; se trata de preservar el modo de vida de la gente, que representa su religión, su clima y su historia", dijo, parada en el patio del santuario más venerado de Kabul, del siglo 7, Ashukhan-o-Arufan -literalmente, el santuario "de los amantes e intelectuales".
"Si sólo tuviéramos las ruinas, nadie creería que Kabul tuvo lugares bellos en el pasado", dijo Breshna, cuya tesis doctoral giraba sobre las bellezas de la vieja Kabul.
Sin embargo, Breshna y el ministerio de Desarrollo Urbano puede estar perdiendo la carrera para salvar el casco histórico. Propietarios y urbanistas están esquivando las reglamentaciones y comprando casas en ruinas y convirtiéndolas en locales comerciales.
El Fondo para la Cultura aga Khan, dirigida por el multimillonario líder de la secta musulmana ismaelita, está financiando la reparación y restauración de los edificios más valiosos de la vieja ciudad, esperando salvar lo que pueda.
Así muchas ciudades de la región han sido pobremente urbanizadas o deficientemente gestionadas, y perder el legado urbano de Afganistán (que era una parte importante de la Ruta de la Seda) sería una gran pérdida histórica para el mundo, dijo Jolyon Leslie, arquitecto y manager del fondo Aga Khan en Kabul.
"Si salvamos esas islas de tejido histórico, entonces el resto se desarrollará de modo apropiado", dijo. En algunos de los barrios más destartalados de la vieja ciudad, los carpinteros y contratistas están trabajando en el proyecto de Aga Khan, reparando minuciosamente las viejas mezquitas, santuarios y casas con patios, reproduciendo los intrincados grabados en madera de estilo mogol de los balcones y cortinas interiores, y pavimentando e instalando sistemas de drenaje en las estrechas calles.
Nasir, 24, contratista y vecino que estaba hace poco cubriendo con barro una vieja casa con patio como parte de un proyecto, lo dijo así: "Es nuestra tradición y es bueno mantenerla así".
27 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
talibanes no han muerto
[Carlotta Gall] A pesar de años de presión norteamericana, los talibanes continúan peleando en las escarpadas montañas.
Gazek Kula, Afganistán. Durante semanas se han reportado avistamientos de milicianos talibanes en todas las escarpadas montañas de aquí. Pero cuando el sargento Patrick Brannan y su equipo de scouts condujeron hacia una aldea cercana para investigar la denuncia de una golpiza, no tenían idea de que habían tropezado con la más importante batalla de sus vidas.
El 3 de mayo, acompañados por 10 agentes de policía locales y un intérprete, los exploradores toparon con una especie de congreso talibán -entre 60 y 80 combatientes- y fueron recibidos con proyectiles y disparos. El sargento pidió refuerzos y le dijeron que resistiera el fuego talibán hasta que llegaran. "Sólo tengo seis hombres", dijo.
Durante las siguientes dos horas y media, él y su pequeño escuadrón, que tenían un año de experiencia en Iraq, cortaron la ruta de escape de los talibanes. Murieron 40 talibanes y un policía afgano. "No era lo que estábamos esperando", dijo el capitán Mike Adamski, un agente del batallón de inteligencia. "Es la peor batalla que he visto, incluso después de Iraq".
Durante los últimos seis meses funcionarios norteamericanos y afganos han pronosticado el colapso de los talibanes, los islamitas recalcitrantes sacados del poder por tropas estadounidenses en 2001, mencionando su fracaso en interrumpir las elecciones presidenciales de octubre pasado y la ausencia de operaciones en el invierno pasado.
Pero la intensidad del combate aquí en la provincia de Zabul, y en parte de las provincias adyacentes de Kandahar y Uruzgan -unos 260 kilómetros cuadrados de valles montañosos-, revela que los talibanes todavía constituyen una vibrante fuerza militar abastecida de dinero, hombres y armas.
La batalla del 3 de mayo fue parte de una guerra casi olvidada en uno de los rincones más remotos de Afganistán, una campaña extraña y peligrosa que es parte del juego del gato y el ratón contra las fuerzas talibanes y parte una guerra de relaciones públicas para ganarse el apoyo de los desconfiados aldeanos todavía en gran parte partidarios de los talibanes.
Un informante afgano, que no quiso usar su nombre por temor a represalias, ha dicho a las fuerzas americanas que las filas de los talibanes han sido rápidamente recompuestas con reclutas que cruzan desde Pakistán. Los talibanes matados el 3 mayo, a juzgar por su informe, han sido todos remplazados.
Con una fuente constante de hombres, y aparentemente contando con una abundancia de armas, los talibanes no son todavía capaces de defender posiciones, pero pueden continuar indefinidamente la resistencia y transformar a la provincia en ingobernable, atacando al novato gobierno afgano y asustando a los grupos de socorristas, dicen algunos funcionarios afganos y norteamericanos.
Sin embargo, el ex comandante de las fuerzas de Estados Unidos en Afganistán, el teniente general David Barno, dijo en una entrevista del 26 de abril que la insurgencia estaba desapareciendo y predijo que la oferta de amnistía del gobierno dividiría irremisiblemente a los talibanes en los meses por venir.
En abril y mayo, en un nuevo intento por extirpar y terminar con la insurgencia, fuerzas norteamericanas han empezado a atacar los últimos bastiones bajo control talibán en este implacable paisaje. En los últimos tres años han logrado provocar algunos de los combates más pesados de Afganistán, matando a más de 60 combatientes talibanes en abril y mayo, según un informe militar norteamericano.
Después de la calma del invierno, el Segundo Batallón del Regimiento de Infantería Blindada 503, que llegó a la base de Lagman en Zabul, desde su base en Vicenza, Italia, encontró su nuevo destino vibrando de actividad, dijo el capitán Jonathan Hopkins, el ayudante del batallón, y otros.
Combatientes talibanes incendiaron la sede del distrito en Khak-e-Iran a mediados de marzo. Un pelotón norteamericano fue emboscado en el distrito de Deychopan. Fuerzas Especiales de Estados Unidos participaron el 18 de abril en una fuerte enfrentamiento en el distrito de Argandab, matando a 8 sospechosos y capturando a un comandante de nivel medio. Dos comandantes talibanes dirigieron el 21 y 22 de abril los ataques con la comisaría de policía de Saigaz, la sede del distrito de Arganbab.
"Hay tres o cuatro células activas, con 30 a 60 combatientes cada una; eso es, 120 a 140 personas", dijo el capitán Adamski, calculando que el total de fuerzas talibanes en el área, aunque informes de vecinos indicaron cifras más altas.
En la batalla del 3 de mayo, los 60 a 80 combatientes talibanes que hicieron frente al sargento Brannan y sus hombres estaban bien armados y bien adiestrados, con alijos de armas y trincheras salpicando el huerto donde el combate fue más crudo. Los talibanes pelearon a 150 metros de las posiciones americanas y uno de sus proyectiles impactaron contra uno de los dos Humvees blindados, que lo envolvió en llamas, dijo el sargento Brannan. El especialista Joseph Leatham, en la torrecilla, siguió disparando mientras se quemaba el vehículo, permitiendo que sus compañeros pudieran salir vivos.
Cuando llegó el primer helicóptero americano de los refuerzos, fue atacado y obligado a retirarse. "Me quedaba un cargador", dijo el sargento Brannan. "Me quedaban balas para 15 o 20 minutos".
En total, la batalla duró siete horas. Diez combatientes talibanes fueron capturados, quedando heridos cinco agentes de policía afganos y seis soldados norteamericanos. El informante afgano, que caminó tres horas para reunirse con las tropas americanas cuando oyó a fines de mayo que estaban en Gazek Kula, dijo que un comandante talibán local, el ulema Abdullah, había dirigido a los talibanes en la batalla. El ulema escapó con su lugarteniente, Sangaryar, zambulléndose en el río y dejándose llevar por la corriente, dijo el informante.
Después de la batalla, los talibanes ordenaron a los vecinos que ayudaran a enterrar a los muertos. El ulema Abdullah y su lugarteniente estuvieron presentes cuando se enterraron 19 cadáveres, 14 de ellos toda su unidad de combate.
Pero las noticias del enfrentamiento viajaron rápido y decenas de combatientes más cruzaron desde Pakistán para apuntalar las filas de los talibanes, dijo el informante. El ulema Abdullah tenía ahora una nueva unidad de 40 hombres. Otros tres comandantes talibanes en la provincia -los ulemas Muhammad Alam, Ahmadullah y Hedayatullah- contaban con más de 200 combatientes, con más reservistas en Pakistán, dijo.
El informante dijo que conocía bien al ulema Abdullah y que el ulema había estado en su casa. Pero a fines de abril el ulema y sus hombres lo detuvieron, acusándolo de espiar para los estadounidenses. Requisaron su celular y rifle y amenazaron con matarlo, pero lo dejaron marchar debido a que compartían vínculos tribales.
El sargento Kyle Shuttlesworth, 45, un soldado veterano que está contando los días que le faltan para jubilarse, dijo que las fuerzas americanas aquí habían detectado a muchos hombres infiltrándose desde Pakistán, pero debido a que cruzaron sin armas, los americanos no vieron motivo para detenerlos. "Estamos tratando de saber de dónde sacan sus armas", dijo.
Algunos en el área acusaron a Pakistán de apoyar a la insurgencia. Aunque ostensiblemente un aliado americano, Pakistán es mirado con sospechas aquí por algunos militares norteamericanos y funcionarios afganos por su fracaso en frenar el flujo de reclutas talibanes.
"Los talibanes se acabarán cuando termine la interferencia extranjera", dijo el ulema Zafar Khan, el jefe del distrito de Deychopan. Acusó a los ulemas y otros en Pakistán de convencer a los jóvenes para unirse a la guerra. "Pakistán les está dando informaciones erróneas y diciéndoles que se unan a la guerra santa", dijo. El gobernador de la provincia, Delbar Jan Arman, dijo que la solución era unir a la tribus locales y fortalecer al gobierno, ya que los talibanes se aprovechaban del vacío de poder. "La razón no es que los talibanes sean fuertes", dijo. "Es que el gobierno no es tan fuerte en esas áreas".
El sargento Shuttlesworth dijo que parte de la estrategia norteamericana era hacer participar a los residentes locales. La distribución de ayuda y de trabajo en proyectos de reconstrucción estaba dando resultados en el distrito vecino, dijo, y mucha gente se acercaba con informaciones sobre los talibanes.
Los soldados han aprendido a pasar de la agresión a la amistad, dijo, "como cuando se enciende un interruptor de luz". Es un trabajo lento y delicado. En Gazek Kula, las fuerzas americanas encontraron al principio una población desconfiada y silenciosa que se encerraba en casa y apagaba la luz.
Después de dormir en una granja abandonada, el sargento Shuttlesworth y el comandante de la unidad, el sargento primero Joshua Hyland, todavía pálido por su reciente trabajo de escritorio, conversó durante horas con los aldeanos al día siguiente, en el pequeño bazar, intercambiando bromas con los niños, que al principio ni siquiera aceptaban las galletas.
"Aquí no hay talibanes, así que no habrá guerra", dijo a los aldeanos el sargento Shuttlesworth. "Estamos aquí para hablar con la gente, ver si tienen suficiente comida, si los niños son sanos. Estamos aquí por unos días, no para molestar a la gente".
Los aldeanos dijeron que los talibanes pasaban de vez en cuando a pedir alimento. "Los talibanes sólo se aparecen una noche", dijo Wali Muhammad, 33, un vendedor de trigo. "No constituyen un problema para la seguridad".
Otros se quejaron de que los talibanes los habían reunido en el mercado y advertido no ir a la escuela, apoyar al gobierno o aceptar ayuda extranjera. Los niños dijeron que los talibanes les habían advertido que la escuela los transformaría en infieles.
"Hace 20 días había aquí en esta habitación 10 talibanes", dijo Abdul Matin, 40, un ex agente de policía, a los americanos que estaban sentado en el piso bebiendo té en su casa.
Llegó un grupo de 100, dijo, y se dispersaron por la aldea. Tenían celulares y montones de dinero, ofreciendo a un hombre 2.000 dólares para que trabajara como informante. Se fueron antes del alba y no han retornado, dijo Matin.
"La gente apoya a los talibanes porque ellos no saquean y respetan a las mujeres", dijo. Pero agregó: "Todo el distrito quiere la ayuda de los norteamericanos, porque el país está destruido".
El lugarteniente Hyland instó a los aldeanos a participar en las elecciones parlamentarias convocadas para el 18 de septiembre y elegir a gente honesta. "La democracia hace que el poder llegue al pueblo", dijo. "Tiene que empezar con la fuerza de la gente, incluso si es peligroso para ti".
Unidades americanas han topado con talibanes cada tantos días desde la batalla del 3 de mayo, dijo el sargento Shuttlesworth. El batallón sufrió su primera baja el 21 de mayo, cuando el soldado Steven C. Tucker, 19, de Grapevine, Texas, murió en el sur tras la explosión de una bomba improvisada. Es allá donde los insurgentes cruzan desde Pakistán para unirse a los talibanes en las montañas.
[El viernes murieron dos soldados norteamericanos y uno quedó herido en un atentado con bomba al sudeste de Afganistán, dijeron el sábado militares norteamericanos, informó Reuters. Estaban en un convoy en la provincia de Paktika, cerca de la frontera paquistaní cuando el vehículo fue impactado].
Las fuerzas americanas siguen sondeando, esperando sacar a los talibanes de los escarpados pasos de montaña. En una reciente excursión de cinco horas, el sargento Shuttlesworth llevó a sus hombres, junto a 10 agentes de policía locales, hacia el río de un valle cerca de aquí, tratando de atraer a los talibanes.
"Somos la carnada", le dijo al jefe de policía de la localidad. "¿Estáis dispuestos a pelear?"
4 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Gazek Kula, Afganistán. Durante semanas se han reportado avistamientos de milicianos talibanes en todas las escarpadas montañas de aquí. Pero cuando el sargento Patrick Brannan y su equipo de scouts condujeron hacia una aldea cercana para investigar la denuncia de una golpiza, no tenían idea de que habían tropezado con la más importante batalla de sus vidas.El 3 de mayo, acompañados por 10 agentes de policía locales y un intérprete, los exploradores toparon con una especie de congreso talibán -entre 60 y 80 combatientes- y fueron recibidos con proyectiles y disparos. El sargento pidió refuerzos y le dijeron que resistiera el fuego talibán hasta que llegaran. "Sólo tengo seis hombres", dijo.
Durante las siguientes dos horas y media, él y su pequeño escuadrón, que tenían un año de experiencia en Iraq, cortaron la ruta de escape de los talibanes. Murieron 40 talibanes y un policía afgano. "No era lo que estábamos esperando", dijo el capitán Mike Adamski, un agente del batallón de inteligencia. "Es la peor batalla que he visto, incluso después de Iraq".
Durante los últimos seis meses funcionarios norteamericanos y afganos han pronosticado el colapso de los talibanes, los islamitas recalcitrantes sacados del poder por tropas estadounidenses en 2001, mencionando su fracaso en interrumpir las elecciones presidenciales de octubre pasado y la ausencia de operaciones en el invierno pasado.
Pero la intensidad del combate aquí en la provincia de Zabul, y en parte de las provincias adyacentes de Kandahar y Uruzgan -unos 260 kilómetros cuadrados de valles montañosos-, revela que los talibanes todavía constituyen una vibrante fuerza militar abastecida de dinero, hombres y armas.
La batalla del 3 de mayo fue parte de una guerra casi olvidada en uno de los rincones más remotos de Afganistán, una campaña extraña y peligrosa que es parte del juego del gato y el ratón contra las fuerzas talibanes y parte una guerra de relaciones públicas para ganarse el apoyo de los desconfiados aldeanos todavía en gran parte partidarios de los talibanes.
Un informante afgano, que no quiso usar su nombre por temor a represalias, ha dicho a las fuerzas americanas que las filas de los talibanes han sido rápidamente recompuestas con reclutas que cruzan desde Pakistán. Los talibanes matados el 3 mayo, a juzgar por su informe, han sido todos remplazados.
Con una fuente constante de hombres, y aparentemente contando con una abundancia de armas, los talibanes no son todavía capaces de defender posiciones, pero pueden continuar indefinidamente la resistencia y transformar a la provincia en ingobernable, atacando al novato gobierno afgano y asustando a los grupos de socorristas, dicen algunos funcionarios afganos y norteamericanos.
Sin embargo, el ex comandante de las fuerzas de Estados Unidos en Afganistán, el teniente general David Barno, dijo en una entrevista del 26 de abril que la insurgencia estaba desapareciendo y predijo que la oferta de amnistía del gobierno dividiría irremisiblemente a los talibanes en los meses por venir.
En abril y mayo, en un nuevo intento por extirpar y terminar con la insurgencia, fuerzas norteamericanas han empezado a atacar los últimos bastiones bajo control talibán en este implacable paisaje. En los últimos tres años han logrado provocar algunos de los combates más pesados de Afganistán, matando a más de 60 combatientes talibanes en abril y mayo, según un informe militar norteamericano.
Después de la calma del invierno, el Segundo Batallón del Regimiento de Infantería Blindada 503, que llegó a la base de Lagman en Zabul, desde su base en Vicenza, Italia, encontró su nuevo destino vibrando de actividad, dijo el capitán Jonathan Hopkins, el ayudante del batallón, y otros.
Combatientes talibanes incendiaron la sede del distrito en Khak-e-Iran a mediados de marzo. Un pelotón norteamericano fue emboscado en el distrito de Deychopan. Fuerzas Especiales de Estados Unidos participaron el 18 de abril en una fuerte enfrentamiento en el distrito de Argandab, matando a 8 sospechosos y capturando a un comandante de nivel medio. Dos comandantes talibanes dirigieron el 21 y 22 de abril los ataques con la comisaría de policía de Saigaz, la sede del distrito de Arganbab.
"Hay tres o cuatro células activas, con 30 a 60 combatientes cada una; eso es, 120 a 140 personas", dijo el capitán Adamski, calculando que el total de fuerzas talibanes en el área, aunque informes de vecinos indicaron cifras más altas.
En la batalla del 3 de mayo, los 60 a 80 combatientes talibanes que hicieron frente al sargento Brannan y sus hombres estaban bien armados y bien adiestrados, con alijos de armas y trincheras salpicando el huerto donde el combate fue más crudo. Los talibanes pelearon a 150 metros de las posiciones americanas y uno de sus proyectiles impactaron contra uno de los dos Humvees blindados, que lo envolvió en llamas, dijo el sargento Brannan. El especialista Joseph Leatham, en la torrecilla, siguió disparando mientras se quemaba el vehículo, permitiendo que sus compañeros pudieran salir vivos.
Cuando llegó el primer helicóptero americano de los refuerzos, fue atacado y obligado a retirarse. "Me quedaba un cargador", dijo el sargento Brannan. "Me quedaban balas para 15 o 20 minutos".
En total, la batalla duró siete horas. Diez combatientes talibanes fueron capturados, quedando heridos cinco agentes de policía afganos y seis soldados norteamericanos. El informante afgano, que caminó tres horas para reunirse con las tropas americanas cuando oyó a fines de mayo que estaban en Gazek Kula, dijo que un comandante talibán local, el ulema Abdullah, había dirigido a los talibanes en la batalla. El ulema escapó con su lugarteniente, Sangaryar, zambulléndose en el río y dejándose llevar por la corriente, dijo el informante.
Después de la batalla, los talibanes ordenaron a los vecinos que ayudaran a enterrar a los muertos. El ulema Abdullah y su lugarteniente estuvieron presentes cuando se enterraron 19 cadáveres, 14 de ellos toda su unidad de combate.
Pero las noticias del enfrentamiento viajaron rápido y decenas de combatientes más cruzaron desde Pakistán para apuntalar las filas de los talibanes, dijo el informante. El ulema Abdullah tenía ahora una nueva unidad de 40 hombres. Otros tres comandantes talibanes en la provincia -los ulemas Muhammad Alam, Ahmadullah y Hedayatullah- contaban con más de 200 combatientes, con más reservistas en Pakistán, dijo.
El informante dijo que conocía bien al ulema Abdullah y que el ulema había estado en su casa. Pero a fines de abril el ulema y sus hombres lo detuvieron, acusándolo de espiar para los estadounidenses. Requisaron su celular y rifle y amenazaron con matarlo, pero lo dejaron marchar debido a que compartían vínculos tribales.
El sargento Kyle Shuttlesworth, 45, un soldado veterano que está contando los días que le faltan para jubilarse, dijo que las fuerzas americanas aquí habían detectado a muchos hombres infiltrándose desde Pakistán, pero debido a que cruzaron sin armas, los americanos no vieron motivo para detenerlos. "Estamos tratando de saber de dónde sacan sus armas", dijo.
Algunos en el área acusaron a Pakistán de apoyar a la insurgencia. Aunque ostensiblemente un aliado americano, Pakistán es mirado con sospechas aquí por algunos militares norteamericanos y funcionarios afganos por su fracaso en frenar el flujo de reclutas talibanes.
"Los talibanes se acabarán cuando termine la interferencia extranjera", dijo el ulema Zafar Khan, el jefe del distrito de Deychopan. Acusó a los ulemas y otros en Pakistán de convencer a los jóvenes para unirse a la guerra. "Pakistán les está dando informaciones erróneas y diciéndoles que se unan a la guerra santa", dijo. El gobernador de la provincia, Delbar Jan Arman, dijo que la solución era unir a la tribus locales y fortalecer al gobierno, ya que los talibanes se aprovechaban del vacío de poder. "La razón no es que los talibanes sean fuertes", dijo. "Es que el gobierno no es tan fuerte en esas áreas".
El sargento Shuttlesworth dijo que parte de la estrategia norteamericana era hacer participar a los residentes locales. La distribución de ayuda y de trabajo en proyectos de reconstrucción estaba dando resultados en el distrito vecino, dijo, y mucha gente se acercaba con informaciones sobre los talibanes.
Los soldados han aprendido a pasar de la agresión a la amistad, dijo, "como cuando se enciende un interruptor de luz". Es un trabajo lento y delicado. En Gazek Kula, las fuerzas americanas encontraron al principio una población desconfiada y silenciosa que se encerraba en casa y apagaba la luz.
Después de dormir en una granja abandonada, el sargento Shuttlesworth y el comandante de la unidad, el sargento primero Joshua Hyland, todavía pálido por su reciente trabajo de escritorio, conversó durante horas con los aldeanos al día siguiente, en el pequeño bazar, intercambiando bromas con los niños, que al principio ni siquiera aceptaban las galletas.
"Aquí no hay talibanes, así que no habrá guerra", dijo a los aldeanos el sargento Shuttlesworth. "Estamos aquí para hablar con la gente, ver si tienen suficiente comida, si los niños son sanos. Estamos aquí por unos días, no para molestar a la gente".
Los aldeanos dijeron que los talibanes pasaban de vez en cuando a pedir alimento. "Los talibanes sólo se aparecen una noche", dijo Wali Muhammad, 33, un vendedor de trigo. "No constituyen un problema para la seguridad".
Otros se quejaron de que los talibanes los habían reunido en el mercado y advertido no ir a la escuela, apoyar al gobierno o aceptar ayuda extranjera. Los niños dijeron que los talibanes les habían advertido que la escuela los transformaría en infieles.
"Hace 20 días había aquí en esta habitación 10 talibanes", dijo Abdul Matin, 40, un ex agente de policía, a los americanos que estaban sentado en el piso bebiendo té en su casa.
Llegó un grupo de 100, dijo, y se dispersaron por la aldea. Tenían celulares y montones de dinero, ofreciendo a un hombre 2.000 dólares para que trabajara como informante. Se fueron antes del alba y no han retornado, dijo Matin.
"La gente apoya a los talibanes porque ellos no saquean y respetan a las mujeres", dijo. Pero agregó: "Todo el distrito quiere la ayuda de los norteamericanos, porque el país está destruido".
El lugarteniente Hyland instó a los aldeanos a participar en las elecciones parlamentarias convocadas para el 18 de septiembre y elegir a gente honesta. "La democracia hace que el poder llegue al pueblo", dijo. "Tiene que empezar con la fuerza de la gente, incluso si es peligroso para ti".
Unidades americanas han topado con talibanes cada tantos días desde la batalla del 3 de mayo, dijo el sargento Shuttlesworth. El batallón sufrió su primera baja el 21 de mayo, cuando el soldado Steven C. Tucker, 19, de Grapevine, Texas, murió en el sur tras la explosión de una bomba improvisada. Es allá donde los insurgentes cruzan desde Pakistán para unirse a los talibanes en las montañas.
[El viernes murieron dos soldados norteamericanos y uno quedó herido en un atentado con bomba al sudeste de Afganistán, dijeron el sábado militares norteamericanos, informó Reuters. Estaban en un convoy en la provincia de Paktika, cerca de la frontera paquistaní cuando el vehículo fue impactado].
Las fuerzas americanas siguen sondeando, esperando sacar a los talibanes de los escarpados pasos de montaña. En una reciente excursión de cinco horas, el sargento Shuttlesworth llevó a sus hombres, junto a 10 agentes de policía locales, hacia el río de un valle cerca de aquí, tratando de atraer a los talibanes.
"Somos la carnada", le dijo al jefe de policía de la localidad. "¿Estáis dispuestos a pelear?"
4 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
tortura y muerte en afganistán
[Tim Golden] Un informe estadounidense detalla la brutal muerte de dos presos afganos.
Incluso aunque el joven afgano se estaba muriendo ante ellos, sus carceleros americanos continuaron torturándolo.
El prisionero, un flaco taxista de 22 años conocido solamente como Dilawar, fue sacado de su celda en el centro de detención de Bagram, Afganistán, hacia las 2 de la mañana, para ser interrogado sobre un ataque con proyectiles contra una base americana. Cuando llegó al cuarto de interrogatorios, dijo un intérprete que estaba presente allí, sus piernas temblaban descontroladamente en su silla de plástico y tenía las manos entumecidas. Había estado encadenado por las muñecas al techo de su celda durante la mayor parte de los cuatro días previos.
Dilawar pidió agua, y uno de sus interrogadores, el especialista Joshua R. Claus, 21, le pasó una enorme botella de plástico. Pero antes le hizo un hoyo en el fondo, dijo el intérprete, así que cuando el recluso se enredaba torpemente con la tapa, el agua se escurrió sobre su uniforme naranja. Entonces el soldado agarró de vuelta la botella y empezó a derramar el agua violentamente sobre la cara de Dilawar.
"¡Vamos, bebe!", gritó el especialista Claus, según el intérprete, mientras el prisionero se atoraba con la rociada. "¡Bebe!"
A petición de los interrogadores, un guardia trató de obligar al joven a que se pusiera de rodillas. Pero sus piernas, que habían sido aporreadas por los guardias durante varios días, ya no podían doblarse. Cuando finalmente lo enviaron de vuelta a su celda, los guardias fueron instruidos de que encadenaran al prisionero nuevamente al techo.
"Déjenlo colgado", dijo Claus, según uno de los guardias.
Pasaron varias horas antes de un médico de la sala de urgencias finalmente viera a Dilawar. Para entonces ya había muerto, y su cuerpo había empezado a ponerse tieso. Pasarían muchos meses antes de que los investigadores del ejército descubrieran un horroroso detalle: La mayoría de los interrogadores creían que Dilawar era inocente y que simplemente había pasado con su taxi frente a la base norteamericana en el momento equivocado.
La historia de la brutal muerte de Dilawar en el Punto de Reunión de Bagram -y la de otro detenido, Habibullah, que murió seis días antes a principios de diciembre de 2002- se lee en un documento confidencial de casi 2.000 páginas de la investigación criminal del ejército, una copia del cual fue obtenida por el New York Times.
Como una contraparte literaria de las imágenes digitales de Abu Ghraib, el documento de Bagram muestra una imagen de soldados jóvenes y pobremente adiestrados en repetidos incidentes de maltratos. El severo tratamiento, que ha conducido a cargos criminales contra siete soldados, fue más allá de los dos asesinatos.
En algunos casos, según muestran los testimonios, fue ordenado o llevado a cabo por interrogadores. En otros, fueron castigos impuestos por los guardias de la policía militar. A veces, los tormentos parecen haber sido provocados por apenas algo más que aburrimiento o crueldad, o ambas cosas.
En declaraciones juradas ante investigadores del ejército, los soldados contaron cómo una interrogadora a la que le gustaba humillar a los detenidos, se paró encima del cuello de un detenido que yacía en el suelo y le dio patadas en los testículos a otro. Contaron sobre un prisionero encadenado que fue obligado a rodar de un lado a otro por el suelo de la celda, besando las botas de sus dos interrogadores. Y otro prisionero fue obligado a recoger tapas de botellas de plástico en un barril de agua mezclada con excrementos como parte de una estrategia para ablandarlo antes del interrogatorio.
Times obtuvo una copia del documento de manos de una persona implicada en la investigación que deplora los métodos usados en Bagram y la respuesta militar ante las muertes.
Aunque incidentes con maltratos a prisioneros en Bagram en 2002, incluyendo algunos detalles sobre la muerte de los dos hombres, se habían dado a conocer previamente, funcionarios norteamericanos las han caracterizado como problemas aislados que fueron exhaustivamente investigados. Y muchos de los oficiales y soldados interrogados en la investigación de Dilawar dijeron que la mayoría de los detenidos en Bagram eran dóciles y eran tratados razonablemente bien.
"De lo que nos hemos enterado en el curso de todas estas investigaciones es que hubo gente que claramente violó las normas corrientes de trato humano", dijo el portavoz jefe del Pentágono, Larry Di Rita. "Estamos descubriendo que algunos casos no fueron justificados".
Sin embargo, el documento de Bagram incluye extensos testimonios de que el tratamiento severo de algunos interrogadores era rutinario y los guardias podían golpear a los presos encadenados prácticamente con absoluta impunidad. Los prisioneros considerados importantes o problemáticos eran también esposados y encadenados a los techos y puertas de sus celdas, a veces durante largos períodos, una acción que los fiscales del ejército clasificaron recientemente como agresión criminal.
Algunos de los maltratos eran bastante obvios, sugiere el documento. Oficiales superiores inspeccionaban frecuentemente el centro de detención, y varios de ellos reconocieron haber visto a prisioneros encadenados por castigo o privados de sueño. Poco antes de las dos muertes, observadores del Comité Internacional de la Cruz Roja se quejaron específicamente ante las autoridades militares de Bagram sobre la práctica de obligar a prisioneros encadenados a mantener "posiciones fijas", dice el informe.
Aunque los investigadores militares se enteraron poco después de la muerte de Dilawar de que había sido maltratado por al menos dos interrogadores, la pesquisa criminal del ejército continuó lentamente. Entretanto, muchos de los interrogadores de Bagram, dirigidos por el mismo oficial de operaciones, la capitán Carolyn A. Wood, fueron trasladados a Iraq y en julio de 2003 se hicieron cargo de los interrogatorios en la prisión de Abu Ghraib. De acuerdo a una pesquisa de alto nivel del ejército el año pasado, la capitán Wood aplicaba técnicas que eran "extraordinariamente similares" a las usadas en Bagram.
En octubre pasado, el Comando de Investigaciones Criminales del Ejército concluyó que había probablemente motivos para acusar a 27 oficiales y personal alistado de cargos criminales en el caso de Dilawar, que van de abandono de deberes hasta mutilación y homicidio involuntario. Quince de esos soldados fueron también citados por su probable responsabilidad criminal en el caso de Habibullah.
Hasta el momento, sólo siete de los soldados han sido acusados, entre ellos cuatro la semana pasada. Ninguno ha sido condenado por la muerte de ninguno de los dos. También fueron reprendidos dos interrogadores del ejército, dijo un portavoz militar norteamericano. La mayoría de los que deben todavía hacer frente a acciones legales, ha negado toda responsabilidad, sea en declaraciones ante interrogadores o en comentarios a periodistas.
"Toda esta situación es injusta", dijo en una entrevista telefónica la sargento Selena M. Salcedo, una ex interrogadora de Bagram que fue acusada de agredir a Dilawar, abandono de deberes y de mentir a los investigadores. "Todo quedará claro cuando termine el proceso".
Con la mayoría de las acciones legales todavía pendientes, la historia de los maltratos en Bagram sigue sin estar completa. Pero documentos y entrevistas revelan una sorprendente disparidad entre los hallazgos de los investigadores del ejército y lo que dijeron funcionarios militares después de las muertes.
Portavoces militares sostuvieron que los dos hombres habían muerto por causas naturales, incluso después de que pesquisidores militares determinaran que las muertes eran homicidios. Dos meses después de esas autopsias, el comandante americano en Afganistán, el entonces teniente general Daniel K. McNeill, dijo que no tenía indicios de que los maltratos de los soldados hubieran contribuido a esas dos muertes. Los métodos usados en Bagram, dijo, estaban "en conformidad con técnicas de interrogatorio generalmente aceptadas".
Los Interrogadores
En el verano de 2002, el centro de detención militar de Bagram, a unos 65 kilómetros al norte de Kabul, era un pesado recordatorio del improvisado poder norteamericano en Afganistán.
Construido por los soviéticos como un taller de maquinaria de la aviación para la base de operaciones que establecieron poco después de su intervención en el país en 1979, el edificio sobrevivió las guerras subsiguientes como una abollada reliquia -un edificio de hormigón largo y achaparrado con oxidadas láminas de metal donde antes hubo ventanas.
Actualizado con cinco enormes corrales de alambre y una media docena de celdas de aislamiento de madera terciada, el edificio se transformó en el Punto de Reunión de Bagram, un centro de interrogatorios de prisioneros capturados en Afganistán y otros lugares. El BCP, como lo llaman los soldados, mantenía normalmente entre 40 y 80 detenidos mientras eran interrogados e investigados para su posible traslado al centro de detención de términos más prolongados del Pentágono en Bahía Guantánamo, Cuba.
La nueva unidad de interrogatorios que llegó en julio de 2002 también había sido improvisada. La capitán Wood, entonces una teniente de 32 años, llegó a Fort Bragg, Carolina del Norte, con 13 soldados de la Brigada de Inteligencia Militar 525; seis reservistas que hablaban árabe de la Guardia Nacional de Utah fueron incluidos en el grupo.
Parte del nuevo grupo, que fue integrado a la Compañía A del Batallón de Inteligencia Militar 519, fue formado con especialistas en contraespionaje sin formación en interrogatorios. Sólo dos de los soldados habían alguna vez interrogado a prisioneros.
La formación especializada que recibía la unidad se hacía durante el trabajo, en sesiones con dos interrogadores que habían trabajado en la prisión algunos meses. "No había nada que nos preparara para dirigir una operación de interrogatorio" como la de Bagram, dijo más tarde a los investigadores el oficial trasladado a cargo de los interrogatorios, el sargento Steven W. Loring.
Las reglas de combate no eran muy claras. El pelotón tenía el manual normal de interrogatorios, el Manual de Terreno 34-52 del Ejército, y una orden del ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld, de tratar a los prisioneros "humanamente" y, cuando fuera posible, en conformidad con las Convenciones de Ginebra. Pero con la decisión final del presidente Bush en febrero de 2002 de que las Convenciones no se aplican en el conflicto con Al Qaeda y que los milicianos talibanes no recibirán los derechos de los prisioneros de guerra, los interrogadores creyeron que se "podían desviar ligeramente de las reglas", dijo uno de los reservistas de Utah, el sargento James A. Leahy.
"Había las Convenciones de Ginebra para los enemigos prisioneros de guerra, pero nada para los terroristas", dijo a los investigadores del ejército el sargento Leahy. Y los detenidos, dijeron oficiales de inteligencia, debían ser considerados terroristas hasta que se demostrara lo contrario.
Las desviaciones incluían el uso de "posturas de seguridad" o "posiciones estresantes" que harían sentirse incómodos a los detenidos sin necesariamente herirlos -arrodillarse en el suelo, por ejemplo, o sentarse en la posición silla' contra una pared. El nuevo pelotón que también conocía técnicas de privación del sueño, que la unidad anterior había limitado generalmente a 24 horas o menos, insistiendo en que el interrogador permanezca despierto junto al prisionero para no ignorar los límites de un tratamiento humano.
Pero cuando los interrogadores del 519 empezaron a trabajar, redefinieron sus propios métodos de privación de sueño. Decidieron que de 32 a 36 horas era el tiempo óptimo para mantener despiertos a los prisioneros y eliminaron la práctica de permanecer despiertos ellos mismos, dijo en una entrevista un ex interrogador, Eric LaHammer.
Los interrogadores trabajaban con un listado de técnicas básicas para obtener la colaboración de un prisionero, desde el enfoque "amistoso", las rutinas del poli malo-poli bueno y la amenaza de un encarcelamiento indefinido. Pero interrogadores con menos experiencia descansaban en el método conocido entre los militares como Pégales un Susto', o lo que un soldado llamó "la técnica del grito".
El sargento Loring, entonces de 27, trató sin demasiado éxito de impedir que los interrogadores usaran esa técnica, que implica normalmente gritar y arrojar sillas. Leahy dijo que el sargento "ponía freno cuando algunos métodos se escapaban de las manos". Pero también podía desechar tácticas que consideraba demasiado suaves, dijeron varios soldados, y daban a algunos de los interrogadores más agresivos mucha libertad de acción. (Los intentos de localizar a Loring, que dejó el ejército, fueron infructuosos).
"A veces desarrollábamos algún tipo de relación con los detenidos, y el sargento Loring se sentaba con nosotros y nos recordaba que esa gente era mala y hablaba del 11 de septiembre y decía que no eran nuestros amigos y que no debíamos confiar en ellos", dijo Leahy.
El especialista Damien M. Corsetti, un interrogador alto y barbudo llamado a veces el Monstruo' -se había tatuado su apodo en italiano en su estómago, dijeron otros soldados- era a menudo elegido para intimidar a los nuevos prisioneros. El especialista Corsetti, dijeron, se enfurecía y gritaba a los recién llegados que estaban encadenados a una viga del techo o yacían boca abajo en el piso del cuarto de retención. (Una unidad militar K-9 a menudo llegaba con perros gruñendo a pasearse entre los detenidos para obtener un efecto similar, revelan los documentos).
"Los otros interrogadores usaban su reputación", dijo uno de los interrogadores, el especialista Eric H. Barclais. "Le decían al detenido: Si no colaboras, traeremos al Monstruo y eso no será agradable para ti'". Otro soldado contó a los investigadores que el sargento Loring se refería despreocupadamente al especialista Corsetti, entonces de 23, como el Rey de la Tortura'.
Un detenido saudí que fue entrevistado por interrogadores del ejército en junio pasado en Guantánamo dijo que el especialista Corsetti había sacado su pene durante un interrogatorio en Bagram, lo había mantenido frente a la cara del prisionero y lo amenazó con violarlo, según muestran fragmentos de la declaración.
En otoño pasado, los investigadores dijeron que había motivos suficientes para acusar al especialista Corsetti de asalto, agresión a un prisionero y actos indecentes; pero no ha sido acusado formalmente. Un portavoz de Fort Bragg dijo que el especialista Corsetti no quería hacer comentarios.
A fines de agosto de 2002, los interrogadores de Bagram recibieron a una nueva unidad de la policía militar que fue asignada a la custodia de los detenidos. Los soldados, en su mayor parte reservistas de la Compañía de Policía Militar 377, de Cincinnati y Bloomington, Indiana, carecían igualmente de preparación para la misión, dijeron miembros de la unidad.
La compañía recibió lecciones básicas de tratamiento de prisioneros en Fort Dix, Nueva Jersey, y algunos policías y funcionarios de prisiones entre sus rangos proveyeron más adiestramiento. Esas instrucciones incluían una revisión de "tácticas de control de la presión" y especialmente el "golpe en el peroné" -un fuerte golpe paralizante al lado de la pierna, justo arriba de la rodilla.
Los policías militares dijeron que nunca les dijeron que los golpes en el peroné no formaban parte de la doctrina militar. Y la mayoría de ellos no oyeron a uno de los anteriores agentes de policía que dijo a otro soldado durante el adiestramiento que no debía nunca usar esos golpes porque "destrozaría" las piernas del detenido.
Pero una vez en Afganistán, los miembros de la 377 descubrieron que las reglas normales no se aplicaban. El golpe en el peroné se transformó rápidamente en el arma básica en el arsenal de la policía militar. "Era algo aceptado; podías darles un rodillazo en las piernas", dijo a los investigadores el ex sargento Thomas V. Curtis.
Tras unas semanas de gira con la compañía, el especialista Jeremy M. Callaway oyó a otros guardia fanfarronearse de haber golpeado a un detenido que lo había escupido. El especialista Callaway también dijo a los investigadores que otros soldados habían felicitado al guardia por no "aguantar nada" de un detenido.
Un capitán apodó a los miembros del Tercer Pelotón, la Banda de la Testosterona'. Varios de ellos eran dedicados culturistas. Tras llegar a Afganistán, un grupo de soldados decoraron su tienda con una bandera confederada, dijo un soldado.
Algunos de los mismos policías militares mostraron un particular interés en un detenido afgano perturbado que era conocido porque se comía sus excrementos y se mutilaba a sí mismo con alambres de púas. Los soldados le dieron repetidos rodillazos en las piernas hasta que, en un momento, lo encadenaron con los brazos en el aire, dijo el especialista Callaway a los investigadores. También lo apodaron Timmy', por un niño incapacitado de la serie de dibujos animados de televisión South Park'. Uno de los guardias que golpeó al prisionero también le enseñó a chillar como el personaje de la serie, dijo el especialista Callaway.
Finalmente el hombre fue enviado a casa.
Detenido Rebelde
El detenido conocido como Persona Bajo Control º412 era un afgano corpulento y bien arreglado llamado Habibullah. Algunos funcionarios americanos lo identificaban con el ulema' Habibullah, hermano del antiguo comandante talibán de la provincia de Oruzgan, al sur de Afganistán.
Se destacaba entre los desaseados guerrilleros y aldeanos que los interrogadores acostumbraban a ver. "Tenía una mirada penetrante y mucha confianza en sí mismo", dijo el jefe de la policía militar, el mayor Bobby R. Atwell.
Documentos de la investigación sugieren que Habibullah fue capturado por un señor de la guerra afgano el 28 de noviembre de 2002, y entregado a operativos de la CIA dos días después. Su estado en ese momento es objeto de disputa. El médico que lo examinó al llegar a Bagram lo declaró en buena salud. Pero el jefe de operaciones de inteligencia, el teniente coronel John W. Loffert Jr., dijo más tarde a los interrogadores que "ya se encontraba mal al llegar".
Lo que sí está claro es que Habibullah fue clasificado en Bagram como prisionero importante y especialmente listo y rebelde.
Uno de los sargentos del Tercer Pelotón de la 377, Alan J. Driver Jr., dijo a los investigadores que Habibullah se levantó después de un análisis rectal y le dio un rodillazo en la ingle. El guardia dijo que él agarró al prisionero por la cabeza y le gritó en la cara. Habibullah se puso "combativo", dijo el sargento Driver, y tuvo que ser dominado por tres guardias, que se lo llevaron con una llave de brazos.
Entonces fue recluido en una de las celdas de aislamiento de 2.70 por 2.10 metros, que el comandante de la policía militar, el capitán Christopher M. Beiring describió más tarde como un procedimiento normal. "La política era que los detenidos debían ser encapuchados, encadenados y aislados al menos las primeras 24 horas, a veces las primeras 72 horas de cautiverio", dijo a los investigadores.
Aunque los guardias mantenían despiertos a algunos prisioneros gritándoles o pinchándolos o golpeando la puerta de sus celdas, Habibullah fue encadenado por las muñecas al techo de cables de su celda, dijeron los soldados.
Al segundo día, el 1 de diciembre, el prisionero se mostró nuevamente "poco cooperativo", esta vez con el especialista Willie V. Brand. El guardia, que ha sido desde entonces acusado de agresión y otros delitos, dijo a los investigadores que le había dado tres golpes en el peroné como respuesta. Al día siguiente, dijo el especialista Brand, tuvo que dar de rodillazos nuevamente al prisionero. Más otros golpes.
Un abogado del especialista Brand, John P. Galligan, dijo que su cliente no había tenido intenciones criminales al agredir a prisioneros. "En la época, mi cliente se comportaba según las normas operacionales normales que estaban en vigor en el centro de detención de Bagram.
La comunicación entre Habibullah y sus carceleros parece haber sido casi exclusivamente física. A pesar de repetidas peticiones, los policías militares no tenían intérpretes propios. En lugar de eso, tomaban de prestado a los intérpretes de los interrogadores toda vez que podían y dependían de prisioneros que hablaban un poco de inglés para que les tradujeran.
Cuando los detenidos eran golpeados o pateados por "rebeldía", uno de los intérpretes, Ali M. Baryalai, dijo que ocurría a menudo "porque no tenían ni idea de lo que decían los policías militares".
La mañana del 2 de diciembre, testigos dijeron a los investigadores que Habibullah estaba tosiendo y quejándose de dolor de pecho. Entró cojeando y con grilletes al cuarto de interrogatorios, con la pierna derecha tiesa y su pie derecho hinchado. El interrogador a cargo, el sargento Leahy, lo dejó sentarse en el suelo porque no podía doblar las rodillas y sentarse en una silla.
El intérprete que estaba a mano, Ebrahim Baerde, dijo que los interrogadores habían mantenido su distancia ese día "porque estaba escupiendo un montón de flema".
"Se estaban riendo y burlándose de él, diciendo que era vulgar' y sucio'", dijo Baerde.
Aunque golpeado, Habibullah no había sido sometido.
"Una vez le preguntaron si quería pasarse esposado el resto de su vida", dijo Baerde. "Su respuesta fue: Sí, ¿no ves lo bien que me cuidan aquí?'"
El 3 de diciembre la reputación de la rebeldía de Habibullah lo transformó en un blanco predilecto. Un policía militar dijo que le había propinado cinco golpes en el peroné por "rebelarse y resistir". Otro le dio tres o cuatro golpes más por lo mismo. Algunos guardias dijeron más tarde que se había herido al tratar de escapar.
Cuando el sargento James P. Boland vio a Habibullah el 3 de diciembre, estaba en una celda de aislamiento, amarrado al techo por esposas y una cadena en la cintura. Su cuerpo estaba desplomado hacia adelante, mantenido así por las cadenas.
El sargento Boland dijo a los investigadores que había entrado a la celda con otros dos guardias, los especialistas Anthony M. Morden y Brian E. Cammack. (Los tres han sido acusados de agresión y otros delitos). Uno de ellos le sacó la capucha. Tenía la cabeza caída hacia un lado, con la lengua fuera. El especialista Cammack dijo que había puesto algo de pan en la lengua de Habibullah. Otro soldado puso una manzana en la mano del prisionero; cayó al suelo.
Cuando el especialista Cammack se volvió hacia el prisionero, dijo en una declaración, Habibullah le escupió en el pecho. Más tarde, el especialista Cammack reconoció: "No estoy seguro de que me haya escupido". Pero en ese momento explotó, gritándole: "¡No me vuelvas a escupir nunca más!" y dándole un fuerte rodillazo en la pierna, "quizás varias veces". El cuerpo desplomado de Habibullah balanceándose de las cadenas.
Cuando el sargento Boland volvió a la celda unos 20 minutos más tarde, dijo, Habibullah no se movía y no tenía pulso. Finalmente el prisionero fue sacado de sus cadenas y dejado en el piso de su celda.
El guardia que el especialista Cammack dijo que había aconsejado en Nueva Jersey sobre los peligros de los golpes en el peroné, lo encontró en el cuarto donde yacía el cuerpo ya frío de Habibullah.
"El especialista Cammack parecía muy abatido", dijo el especialista William Bohl a un investigador. El soldado "daba vueltas en el cuarto, histérico".
Un policía militar fue enviado a despertar a uno de los médicos.
"¿Para qué quieres que me levante?", respondió el médico, el especialista Robert S. Melone, diciéndole que llamara a una ambulancia.
Cuando finalmente llegó otro médico, encontró a Habibullah en el suelo, con los brazos extendidos, los ojos y la boca abierta.
"Daba la impresión de que llevaba muerto un bien tiempo y a nadie parecía preocuparle", dijo el médico, el sargento Rodney D. Glass.
No todos los guardias eran indiferentes, según se desprende de sus declaraciones. Pero si la muerte de Habibullah consternó a algunos de ellos, eso no produjo cambios importantes en la gestión del centro de detención.
Se asignaron guardias de la policía militar para estar presentes durante los interrogatorios para prevenir los maltratos. El mayor Atwell dijo a los investigadores que ya había instruido al comandante de la compañía de la policía militar, el capitán Beiring, que dejara de colgar a los prisioneros al techo. Otros dijeron que nunca recibieron esa orden.
Oficiales dijeron más tarde a los investigadores que no estaban consciente de ningún abuso serio en el BCP. Pero el sargento primero de la 377, Betty J. Jones, contó a los investigadores que el uso de posturas estresantes, privación del sueño y golpes al peroné eran ya evidentes.
"Todos los que tienen algo de autoridad visitaron el centro de detención en algún momento", dijo.
El mayor Atwell dijo que la muerte "no causó demasiada preocupación porque parecía natural".
De hecho, la autopsia de Habibullah, completada el 8 de diciembre, mostraba moretones y raspaduras en su pecho, brazos y cabeza. Había profundas contusiones en sus pantorrillas, rodillas y muslos. Su pantorrilla izquierda tenía una marca aparentemente causada por una suela de zapato.
Su muerte fue atribuida a un coágulo de sangre, causado probablemente por las graves heridas en sus piernas, que se trasladó hacia su corazón e impidió que llegara sangre a sus pulmones.
El Detenido Tímido
El 5 de diciembre, un día después de la muerte de Habibullah, Dilawar llegó a Bagram.
Cuatro días antes, en vísperas del festivo musulmán de Id al-Fitr, Dilawar salió de su pequeña aldea de Yakubi con su apreciada nueva posesión, un sedán Toyota de segunda mano que su familia le había comprado semanas antes para que lo trabajara como taxi.
Dilawar no era un aventurero. Rara vez se alejaba de su casa de piedra que compartía con su esposa, joven hija y otros familiares. Nunca fue a la escuela, dijeron sus familiares, y sólo tenía un amigo, Bacha Khel, con el que se sentaba a platicar en los trigales que rodean la aldea.
"Era un hombre tímido, muy sencillo", dijo su hermano mayor, Shahpoor, en una entrevista.
El día que desapareció, la madre de Dilawar le había pedido que reuniera a sus tres hermanas en aldeas vecinas y las llevara a casa para las vacaciones. Pero él necesitaba dinero para la gasolina y decidió conducir hasta la capital provincial, Khost, a unos 45 minutos, a ver si encontraba clientes.
En una parada de taxis allá, recogió a tres hombres que iban a Yakubi. En el camino pasaron frente a una base de las tropas americanas, Campo Salerno, que había sido blanco de un ataque con proyectiles esa mañana.
Milicianos leales al comandante de la guerrilla que custodiaba la base, Jan Baz Khan, paró al Toyota en un puesto de control. Confiscaron el walkie-talkie roto de uno de los pasajeros de Dilawar. En el maletero encontraron un estabilizador eléctrico utilizado para regular la corriente de los generadores. (La familia de Dilawar dijo que el estabilizador no era de ellos; en la época, dijeron, no tenían electricidad).
Los cuatro hombres fueron detenidos y entregados a los soldados norteamericanos en la base como sospechosos de haber participado en el ataque. Dilawar y sus pasajeros pasaron su primera noche allí encadenados a una valla, de modo que no pudieron dormir. Cuando un médico los examinó a la mañana siguiente, dijo más tarde, pensó que Dilawar estaba cansado y sufría de dolores de cabeza, pero se encontraba bien.
Los tres pasajeros de Dilawar fueron finalmente trasladados a Guantánamo y encerrados allá durante más de un año antes de ser enviados a casa sin cargos. En entrevistas después de su liberación, los hombres describieron su tratamiento en Bagram como mucho peor que en Guantánamo. Aunque todos dijeron haber sido golpeados, se quejaron amargamente de haber sido desnudados frente a soldados mujeres en las duchas y exámenes médicos, que dijeron que incluían varios dolorosos y humillantes exámenes rectales.
"Me hicieron montones de cosas malas", dijo Abdur Rahim, un panadero de 26 años de Khost. "Yo gritaba y lloraba, y nadie escuchaba. Cuando yo gritaba, los soldados me golpeaban la cabeza contra el escritorio".
Para Dilawar, dijeron los otros prisioneros, lo más difícil era la capucha de tela negra en la cabeza. "No podía respirar", dijo un hombre llamado Parkhudin, que había sido uno de los pasajeros de Dilawar.
Dilawar era un hombre frágil, de 1.80m de estatura y de 55 kilos. Pero en Bagram fue rápidamente clasificado como "rebelde".
Cuando el especialista Corey E. Jones, del Primer Pelotón de la Policía Militar, fue enviado a la celda de Dilawar a darle algo de agua, dijo que el prisionero le escupió en la cara y empezó a darle de patadas. El especialista Jones respondió, dijo, dándole unos rodillazos en la pierna al detenido encadenado.
"Gritó: ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!' y mi primera reacción fue que estaba pidiendo ayuda a su Dios", dijo el especialista Jones a los investigadores. "Todos lo oyeron llorar y pensaban que era divertido".
Más tarde otros miembros del Tercer Pelotón de la Policía Militar se acercaron por el centro de detención y pararon en las celdas de aislamiento para verlo con sus propios ojos, dijo el especialista Jones.
"Se transformó en una especie de chiste permanente y los soldados llegaban para darle al detenido al golpe al peroné solamente para oírlo gritar: "Alá'", dijo. "Continuó durante un período de 24 horas y creo que puede haber recibido unos 100 golpes".
En una declaración posterior, el especialista Jones fue vago sobre la identidad de los que habían participado en los golpes. Sus estimaciones no fueron nunca confirmadas, pero finalmente otros guardias confesaron haber golpeado a Dilawar repetidas veces.
Muchos policías militares terminaron negando que estuviesen al tanto de las lesiones de Dilawar, explicando que nunca vieron sus piernas debajo del chándal. Pero el especialista Jones recordó que la cuerda de los pantalones del uniforme naranja de prisionero de Dilawar se cayó varias veces cuando estaba encadenado.
"Vi el rosetón porque se le cayeron los pantalones cuando estaba en una posición estresante", dijo el soldado a los investigadores. "Al cabo de un tiempo me di cuenta de que era del tamaño de un puño".
Dilawar empezó a desesperarse, gritando que lo dejaran en libertad. Pero incluso sus intérpretes tenían dificultades en comprender su dialecto pashto; los asombrados guardias sólo oían ruidos.
"Gritaba constantemente: ¡Déjadme en libertad; no quiero estar aquí!" y cosas como esas", dijo un lingüista que podía descifrar su malestar, Abdul Ahad Wardak.
Wardak.
El Interrogatorio
El 8 de diciembre Dilawar fue llevado a su cuarto interrogatorio. Se tornó pronto en hostil.
El interrogador de 21 años, el especialista Glendale C. Walls II, dijo más tarde que Dilawar era evasivo. "Había unas lagunas, y queríamos que nos respondiera la verdad", dijo. El otro interrogador, la sargento Salcedo, se quejó que el prisionero se reía, no respondía las preguntas y se negaba a estar arrodillado en el suelo o sentarse contra la pared.
El intérprete presente, Ahmad Ahmadzai, recordó otra cosa.
Ahmadzai dijo que los interrogadores acusaron a Dilawar de lanzar los proyectiles que habían impactado en la base americana. Él lo negó. Mientras estaba arrodillado en el suelo, era incapaz de mantener las manos esposadas por encima de la cabeza, llevando a la sargento Salcedo a golpearlo cada vez que empezaba a bajarlas.
"Selena le regañaba por ser débil y cuestionaba que fuera un hombre, lo que era muy humillante, dado su legado cultural",dijo Admadzai.
Cuando Dilawar no pudo sentarse en la posición de la silla contra la pared debido a sus piernas golpeadas, los dos interrogadores lo agarraron de la camisa y lo golpearon repetidas veces contra la pared.
"Duró unos 10 a 15 minutos", dijo el intérprete. "Él estaba tan cansado que no se podía mantener de pie".
"Lo levantaron y en un momento Selena se paró con sus botas encima de sus pies desnudos y lo agarró por la barba y lo empujó hacia ella", continuó. "Selena le dio una patada en la ingle, en sus partes privadas, con su pie izquierdo. Estaba a alguna distancia de él, y se echó hacia atrás y le dio una patada.
"En los primeros diez minutos lo interrogaron, creo, pero después sólo fueron empujones, patadas, gritos", dijo Ahmadzai. "Eso no era un interrogatorio".
La sesión terminó cuando la sargento Salcedo instruyó a los policías militares que mantuvieran a Dilawar encadenado al techo hasta el turno siguiente.
A la mañana siguiente Dilawar empezó a gritar nuevamente. Hacia el mediodía los policías militares llamaron a uno de los intérpretes, Baerde, para que tratara de calmar a Dilawar.
"Le dije: Por favor, mira, si quieres sentarte y que te quiten los grilletes, tienes que estar tranquilo una hora más'".
"Me dijo que si seguía con los grilletes una hora más, moriría".
Media hora más tarde Baerde volvió a la celda. Las manos de Dilawar colgaban libres de esposas, y su cabeza, cubierta por una capucha negra, estaba desplomada hacia adelante.
"Quería un doctor, y dijo que necesitaba una inyección'", recordó Baerde. "Dijo que no se sentía bien. Dijo que le dolían las piernas".
Baerde tradujo la petición de Dilawar a uno de los guardias. El soldado cogió la mano del prisionero y la apretó con las uñas para comprobar su circulación.
"Está bien", dijo el policía militar, según Baerde. "Está tratando de liberarse de los grilletes".
Para cuando Dilawar fue llevado a su último interrogatorio a las primeras horas del día siguiente, el 10 de diciembre, se veía exhausto y estaba balbuceando que su esposa había muerto. También le dijo a los interrogadores que los guardias lo habían golpeado.
"Pero eso no se investigó", dijo Baryalai, el intérprete.
El especialista Walls era nuevamente el interrogador jefe. Pero su colega más agresivo, el especialista Claus, se hizo rápidamente cargo, dijo Baryalai.
"Josh tenía una regla y era que el detenido tenía que mirarlo a él, no a mí", dijo el intérprete a los investigadores. "Le dio tres posibilidades y entonces lo agarró por la camiseta y lo empujó hacia él, sobre la mesa, golpeándole el pecho contra la mesa".
Cuando Dilawar fue incapaz de arrodillarse, dijo el intérprete, los interrogadores lo pusieron sobre los pies y lo empujaron contra la pared. Le dijeron que asumiera una postura difícil, y el prisionero se reclinó contra la pared y empezó a quedarse dormido.
"Me parecía que Dilawar estaba tratando de colaborar, pero que físicamente no podía hacer lo que le pedían", dijo Baryalai.
Finalmente el especialista Walls agarró al prisionero y "lo sacudió violentamente", dijo el intérprete, diciéndole que si no cooperaba, lo embarcarían hacia Estados Unidos, donde sería "tratado como una mujer por los otros hombres" y tendría que hacer frente a criminales que "estarían muy indignados con cualquiera que hubiera participado en los atentados del 11 de septiembre". (El especialista Walls fue acusado de agresión, maltratos y desacato; el especialista Clas fue acusado de agresión, maltratos y por mentir ante los investigadores. Los soldados se negaron a hacer comentarios).
Un tercer especialista de la inteligencia militar que hablaba algo de pashto, el sargento W. Christopger Yonushonis, había interrogado a Dilawar antes y había arreglado que el especialista Claus tomara su trabajo cuando él terminara. En lugar de eso, el sargento llegó al cuarto de interrogatorios para encontrar una poza de agua en el piso, una mancha mojada en la camisa de Dilawar y el especialista Claus parado encima del detenido, retorciendo la capucha que cubría la cabeza del prisionero.
"Tenía la impresión de que Josh en realidad estaba manteniendo de pie al detenido tirándolo por la capucha", dijo. "Yo estaba furioso en ese momento porque había visto a Josh apretar la capucha de otro detenido la semana anterior. Esa conducta me parecía completamente gratuita y sin relación alguna con el recabamiento de inteligencia".
"¿Qué significa todo ese agua?", preguntó el sargento Yonushonis.
"Queríamos asegurarnos de que no se deshidrate", respondió el especialista Claus.
A la mañana siguiente el sargento Yonushonis se dirigió hacia el oficial a cargo de los interrogadores, el sargento Loring, para informarle sobre el incidente. Sin embargo, Dilawar ya había muerto.
Post-Mortem
Los hallazgos de la autopsia de Dilawar son sucintos. Tenía problemas con una arteria coronaria, informó el médico forense, pero lo que causó su deficiencia cardíaca fueron "lesiones a las extremidades inferiores". Lesiones similares contribuyeron a la muerte de Habibullah.
Uno de los pesquisidores tradujo más tarde la evaluación en una audiencia preliminar del especialista Brand, diciendo que el tejido de las piernas del joven "había sido en lo fundamental, machacado".
"He visto heridas similares en personas atropelladas por un bus", dijo la teniente coronel Elizabeth Rouse, la forense, y, en esa época, mayor.
Después de la segunda muerte, varios interrogadores del Batallón 519 fue suspendidos temporalmente de sus puestos. Un médico fue asignado al centro de detención para trabajar en los turnos nocturnos. Por órdenes del jefe de inteligencia de Bagram, se prohibió que los interrogadores tuvieran algún contacto físico con los detenidos. También se prohibió encadenar a los prisioneros a algún objeto fijo y se puso límites al uso de la estrés.
En febrero, un funcionario militar norteamericano reveló que el comandante de la guerrilla afgana cuyos hombres habían detenido a Dilawar y sus pasajeros había sido detenido a su vez. El comandante, Jan Baz Khan, era sospechado de haber atacado él mismo la base y de entregar luego a sospechosos' inocentes a los norteamericanos para ganarse su confianza, dijo el funcionario militar.
Los tres pasajeros en el taxi de Dilawar fueron enviados a casa desde Guantánamo en marzo de 2004, 14 meses después de su captura, con cartas que dicen que no representaban una "amenaza" para las tropas americanas.
Fueron visitados más tarde por los padres de Dilawar, que le imploraron que les contaran qué había pasado con su hijo. Pero los hombres dijeron que no se atrevieron a contar los detalles.
"Les dije que tenía una cama", dijo Parkhudin. "Les dije que los americanos eran muy amables, porque él tenía problemas con el corazón".
A fines de agosto del año pasado, poco antes de que el ejército completara su pesquisa sobre las muertes, el sargento Yonushonis, estacionado en Alemania, se acercó de propia iniciativa a un agente del Comando de Investigaciones Criminales. Hasta entonces, nunca se le había entrevistado.
"Esperaba que tomarían contacto conmigo en algún momento por los investigadores del caso", dijo. "Yo estaba viviendo a unas puertas del cuarto de interrogatorios y había sido uno de los últimos en ver vivo al prisionero".
El sargento Yonushonis describió lo que había presenciado como el último interrogatorio del prisionero. "Yo estaba tan enojado que no podía hablar", dijo.
También agregó un detalle que había sido pasado por alto en el documento de la pesquisa. Para cuando Dilawar fue llevado a su interrogatorio final, dijo, "la mayoría de nosotros estábamos convencidos de que el detenido era inocente".
Ruhallah Khapalwak, Carlotta Gall y David Rohde contribuyeron a este reportaje, y Alain Delaqueriere colaboró en la investigación.
22 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Incluso aunque el joven afgano se estaba muriendo ante ellos, sus carceleros americanos continuaron torturándolo.El prisionero, un flaco taxista de 22 años conocido solamente como Dilawar, fue sacado de su celda en el centro de detención de Bagram, Afganistán, hacia las 2 de la mañana, para ser interrogado sobre un ataque con proyectiles contra una base americana. Cuando llegó al cuarto de interrogatorios, dijo un intérprete que estaba presente allí, sus piernas temblaban descontroladamente en su silla de plástico y tenía las manos entumecidas. Había estado encadenado por las muñecas al techo de su celda durante la mayor parte de los cuatro días previos.
Dilawar pidió agua, y uno de sus interrogadores, el especialista Joshua R. Claus, 21, le pasó una enorme botella de plástico. Pero antes le hizo un hoyo en el fondo, dijo el intérprete, así que cuando el recluso se enredaba torpemente con la tapa, el agua se escurrió sobre su uniforme naranja. Entonces el soldado agarró de vuelta la botella y empezó a derramar el agua violentamente sobre la cara de Dilawar.
"¡Vamos, bebe!", gritó el especialista Claus, según el intérprete, mientras el prisionero se atoraba con la rociada. "¡Bebe!"
A petición de los interrogadores, un guardia trató de obligar al joven a que se pusiera de rodillas. Pero sus piernas, que habían sido aporreadas por los guardias durante varios días, ya no podían doblarse. Cuando finalmente lo enviaron de vuelta a su celda, los guardias fueron instruidos de que encadenaran al prisionero nuevamente al techo.
"Déjenlo colgado", dijo Claus, según uno de los guardias.
Pasaron varias horas antes de un médico de la sala de urgencias finalmente viera a Dilawar. Para entonces ya había muerto, y su cuerpo había empezado a ponerse tieso. Pasarían muchos meses antes de que los investigadores del ejército descubrieran un horroroso detalle: La mayoría de los interrogadores creían que Dilawar era inocente y que simplemente había pasado con su taxi frente a la base norteamericana en el momento equivocado.
La historia de la brutal muerte de Dilawar en el Punto de Reunión de Bagram -y la de otro detenido, Habibullah, que murió seis días antes a principios de diciembre de 2002- se lee en un documento confidencial de casi 2.000 páginas de la investigación criminal del ejército, una copia del cual fue obtenida por el New York Times.
Como una contraparte literaria de las imágenes digitales de Abu Ghraib, el documento de Bagram muestra una imagen de soldados jóvenes y pobremente adiestrados en repetidos incidentes de maltratos. El severo tratamiento, que ha conducido a cargos criminales contra siete soldados, fue más allá de los dos asesinatos.
En algunos casos, según muestran los testimonios, fue ordenado o llevado a cabo por interrogadores. En otros, fueron castigos impuestos por los guardias de la policía militar. A veces, los tormentos parecen haber sido provocados por apenas algo más que aburrimiento o crueldad, o ambas cosas.
En declaraciones juradas ante investigadores del ejército, los soldados contaron cómo una interrogadora a la que le gustaba humillar a los detenidos, se paró encima del cuello de un detenido que yacía en el suelo y le dio patadas en los testículos a otro. Contaron sobre un prisionero encadenado que fue obligado a rodar de un lado a otro por el suelo de la celda, besando las botas de sus dos interrogadores. Y otro prisionero fue obligado a recoger tapas de botellas de plástico en un barril de agua mezclada con excrementos como parte de una estrategia para ablandarlo antes del interrogatorio.
Times obtuvo una copia del documento de manos de una persona implicada en la investigación que deplora los métodos usados en Bagram y la respuesta militar ante las muertes.
Aunque incidentes con maltratos a prisioneros en Bagram en 2002, incluyendo algunos detalles sobre la muerte de los dos hombres, se habían dado a conocer previamente, funcionarios norteamericanos las han caracterizado como problemas aislados que fueron exhaustivamente investigados. Y muchos de los oficiales y soldados interrogados en la investigación de Dilawar dijeron que la mayoría de los detenidos en Bagram eran dóciles y eran tratados razonablemente bien.
"De lo que nos hemos enterado en el curso de todas estas investigaciones es que hubo gente que claramente violó las normas corrientes de trato humano", dijo el portavoz jefe del Pentágono, Larry Di Rita. "Estamos descubriendo que algunos casos no fueron justificados".
Sin embargo, el documento de Bagram incluye extensos testimonios de que el tratamiento severo de algunos interrogadores era rutinario y los guardias podían golpear a los presos encadenados prácticamente con absoluta impunidad. Los prisioneros considerados importantes o problemáticos eran también esposados y encadenados a los techos y puertas de sus celdas, a veces durante largos períodos, una acción que los fiscales del ejército clasificaron recientemente como agresión criminal.
Algunos de los maltratos eran bastante obvios, sugiere el documento. Oficiales superiores inspeccionaban frecuentemente el centro de detención, y varios de ellos reconocieron haber visto a prisioneros encadenados por castigo o privados de sueño. Poco antes de las dos muertes, observadores del Comité Internacional de la Cruz Roja se quejaron específicamente ante las autoridades militares de Bagram sobre la práctica de obligar a prisioneros encadenados a mantener "posiciones fijas", dice el informe.
Aunque los investigadores militares se enteraron poco después de la muerte de Dilawar de que había sido maltratado por al menos dos interrogadores, la pesquisa criminal del ejército continuó lentamente. Entretanto, muchos de los interrogadores de Bagram, dirigidos por el mismo oficial de operaciones, la capitán Carolyn A. Wood, fueron trasladados a Iraq y en julio de 2003 se hicieron cargo de los interrogatorios en la prisión de Abu Ghraib. De acuerdo a una pesquisa de alto nivel del ejército el año pasado, la capitán Wood aplicaba técnicas que eran "extraordinariamente similares" a las usadas en Bagram.
En octubre pasado, el Comando de Investigaciones Criminales del Ejército concluyó que había probablemente motivos para acusar a 27 oficiales y personal alistado de cargos criminales en el caso de Dilawar, que van de abandono de deberes hasta mutilación y homicidio involuntario. Quince de esos soldados fueron también citados por su probable responsabilidad criminal en el caso de Habibullah.
Hasta el momento, sólo siete de los soldados han sido acusados, entre ellos cuatro la semana pasada. Ninguno ha sido condenado por la muerte de ninguno de los dos. También fueron reprendidos dos interrogadores del ejército, dijo un portavoz militar norteamericano. La mayoría de los que deben todavía hacer frente a acciones legales, ha negado toda responsabilidad, sea en declaraciones ante interrogadores o en comentarios a periodistas.
"Toda esta situación es injusta", dijo en una entrevista telefónica la sargento Selena M. Salcedo, una ex interrogadora de Bagram que fue acusada de agredir a Dilawar, abandono de deberes y de mentir a los investigadores. "Todo quedará claro cuando termine el proceso".
Con la mayoría de las acciones legales todavía pendientes, la historia de los maltratos en Bagram sigue sin estar completa. Pero documentos y entrevistas revelan una sorprendente disparidad entre los hallazgos de los investigadores del ejército y lo que dijeron funcionarios militares después de las muertes.
Portavoces militares sostuvieron que los dos hombres habían muerto por causas naturales, incluso después de que pesquisidores militares determinaran que las muertes eran homicidios. Dos meses después de esas autopsias, el comandante americano en Afganistán, el entonces teniente general Daniel K. McNeill, dijo que no tenía indicios de que los maltratos de los soldados hubieran contribuido a esas dos muertes. Los métodos usados en Bagram, dijo, estaban "en conformidad con técnicas de interrogatorio generalmente aceptadas".
Los Interrogadores
En el verano de 2002, el centro de detención militar de Bagram, a unos 65 kilómetros al norte de Kabul, era un pesado recordatorio del improvisado poder norteamericano en Afganistán.
Construido por los soviéticos como un taller de maquinaria de la aviación para la base de operaciones que establecieron poco después de su intervención en el país en 1979, el edificio sobrevivió las guerras subsiguientes como una abollada reliquia -un edificio de hormigón largo y achaparrado con oxidadas láminas de metal donde antes hubo ventanas.
Actualizado con cinco enormes corrales de alambre y una media docena de celdas de aislamiento de madera terciada, el edificio se transformó en el Punto de Reunión de Bagram, un centro de interrogatorios de prisioneros capturados en Afganistán y otros lugares. El BCP, como lo llaman los soldados, mantenía normalmente entre 40 y 80 detenidos mientras eran interrogados e investigados para su posible traslado al centro de detención de términos más prolongados del Pentágono en Bahía Guantánamo, Cuba.
La nueva unidad de interrogatorios que llegó en julio de 2002 también había sido improvisada. La capitán Wood, entonces una teniente de 32 años, llegó a Fort Bragg, Carolina del Norte, con 13 soldados de la Brigada de Inteligencia Militar 525; seis reservistas que hablaban árabe de la Guardia Nacional de Utah fueron incluidos en el grupo.
Parte del nuevo grupo, que fue integrado a la Compañía A del Batallón de Inteligencia Militar 519, fue formado con especialistas en contraespionaje sin formación en interrogatorios. Sólo dos de los soldados habían alguna vez interrogado a prisioneros.
La formación especializada que recibía la unidad se hacía durante el trabajo, en sesiones con dos interrogadores que habían trabajado en la prisión algunos meses. "No había nada que nos preparara para dirigir una operación de interrogatorio" como la de Bagram, dijo más tarde a los investigadores el oficial trasladado a cargo de los interrogatorios, el sargento Steven W. Loring.
Las reglas de combate no eran muy claras. El pelotón tenía el manual normal de interrogatorios, el Manual de Terreno 34-52 del Ejército, y una orden del ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld, de tratar a los prisioneros "humanamente" y, cuando fuera posible, en conformidad con las Convenciones de Ginebra. Pero con la decisión final del presidente Bush en febrero de 2002 de que las Convenciones no se aplican en el conflicto con Al Qaeda y que los milicianos talibanes no recibirán los derechos de los prisioneros de guerra, los interrogadores creyeron que se "podían desviar ligeramente de las reglas", dijo uno de los reservistas de Utah, el sargento James A. Leahy.
"Había las Convenciones de Ginebra para los enemigos prisioneros de guerra, pero nada para los terroristas", dijo a los investigadores del ejército el sargento Leahy. Y los detenidos, dijeron oficiales de inteligencia, debían ser considerados terroristas hasta que se demostrara lo contrario.
Las desviaciones incluían el uso de "posturas de seguridad" o "posiciones estresantes" que harían sentirse incómodos a los detenidos sin necesariamente herirlos -arrodillarse en el suelo, por ejemplo, o sentarse en la posición silla' contra una pared. El nuevo pelotón que también conocía técnicas de privación del sueño, que la unidad anterior había limitado generalmente a 24 horas o menos, insistiendo en que el interrogador permanezca despierto junto al prisionero para no ignorar los límites de un tratamiento humano.
Pero cuando los interrogadores del 519 empezaron a trabajar, redefinieron sus propios métodos de privación de sueño. Decidieron que de 32 a 36 horas era el tiempo óptimo para mantener despiertos a los prisioneros y eliminaron la práctica de permanecer despiertos ellos mismos, dijo en una entrevista un ex interrogador, Eric LaHammer.
Los interrogadores trabajaban con un listado de técnicas básicas para obtener la colaboración de un prisionero, desde el enfoque "amistoso", las rutinas del poli malo-poli bueno y la amenaza de un encarcelamiento indefinido. Pero interrogadores con menos experiencia descansaban en el método conocido entre los militares como Pégales un Susto', o lo que un soldado llamó "la técnica del grito".
El sargento Loring, entonces de 27, trató sin demasiado éxito de impedir que los interrogadores usaran esa técnica, que implica normalmente gritar y arrojar sillas. Leahy dijo que el sargento "ponía freno cuando algunos métodos se escapaban de las manos". Pero también podía desechar tácticas que consideraba demasiado suaves, dijeron varios soldados, y daban a algunos de los interrogadores más agresivos mucha libertad de acción. (Los intentos de localizar a Loring, que dejó el ejército, fueron infructuosos).
"A veces desarrollábamos algún tipo de relación con los detenidos, y el sargento Loring se sentaba con nosotros y nos recordaba que esa gente era mala y hablaba del 11 de septiembre y decía que no eran nuestros amigos y que no debíamos confiar en ellos", dijo Leahy.
El especialista Damien M. Corsetti, un interrogador alto y barbudo llamado a veces el Monstruo' -se había tatuado su apodo en italiano en su estómago, dijeron otros soldados- era a menudo elegido para intimidar a los nuevos prisioneros. El especialista Corsetti, dijeron, se enfurecía y gritaba a los recién llegados que estaban encadenados a una viga del techo o yacían boca abajo en el piso del cuarto de retención. (Una unidad militar K-9 a menudo llegaba con perros gruñendo a pasearse entre los detenidos para obtener un efecto similar, revelan los documentos).
"Los otros interrogadores usaban su reputación", dijo uno de los interrogadores, el especialista Eric H. Barclais. "Le decían al detenido: Si no colaboras, traeremos al Monstruo y eso no será agradable para ti'". Otro soldado contó a los investigadores que el sargento Loring se refería despreocupadamente al especialista Corsetti, entonces de 23, como el Rey de la Tortura'.
Un detenido saudí que fue entrevistado por interrogadores del ejército en junio pasado en Guantánamo dijo que el especialista Corsetti había sacado su pene durante un interrogatorio en Bagram, lo había mantenido frente a la cara del prisionero y lo amenazó con violarlo, según muestran fragmentos de la declaración.
En otoño pasado, los investigadores dijeron que había motivos suficientes para acusar al especialista Corsetti de asalto, agresión a un prisionero y actos indecentes; pero no ha sido acusado formalmente. Un portavoz de Fort Bragg dijo que el especialista Corsetti no quería hacer comentarios.
A fines de agosto de 2002, los interrogadores de Bagram recibieron a una nueva unidad de la policía militar que fue asignada a la custodia de los detenidos. Los soldados, en su mayor parte reservistas de la Compañía de Policía Militar 377, de Cincinnati y Bloomington, Indiana, carecían igualmente de preparación para la misión, dijeron miembros de la unidad.
La compañía recibió lecciones básicas de tratamiento de prisioneros en Fort Dix, Nueva Jersey, y algunos policías y funcionarios de prisiones entre sus rangos proveyeron más adiestramiento. Esas instrucciones incluían una revisión de "tácticas de control de la presión" y especialmente el "golpe en el peroné" -un fuerte golpe paralizante al lado de la pierna, justo arriba de la rodilla.
Los policías militares dijeron que nunca les dijeron que los golpes en el peroné no formaban parte de la doctrina militar. Y la mayoría de ellos no oyeron a uno de los anteriores agentes de policía que dijo a otro soldado durante el adiestramiento que no debía nunca usar esos golpes porque "destrozaría" las piernas del detenido.
Pero una vez en Afganistán, los miembros de la 377 descubrieron que las reglas normales no se aplicaban. El golpe en el peroné se transformó rápidamente en el arma básica en el arsenal de la policía militar. "Era algo aceptado; podías darles un rodillazo en las piernas", dijo a los investigadores el ex sargento Thomas V. Curtis.
Tras unas semanas de gira con la compañía, el especialista Jeremy M. Callaway oyó a otros guardia fanfarronearse de haber golpeado a un detenido que lo había escupido. El especialista Callaway también dijo a los investigadores que otros soldados habían felicitado al guardia por no "aguantar nada" de un detenido.
Un capitán apodó a los miembros del Tercer Pelotón, la Banda de la Testosterona'. Varios de ellos eran dedicados culturistas. Tras llegar a Afganistán, un grupo de soldados decoraron su tienda con una bandera confederada, dijo un soldado.
Algunos de los mismos policías militares mostraron un particular interés en un detenido afgano perturbado que era conocido porque se comía sus excrementos y se mutilaba a sí mismo con alambres de púas. Los soldados le dieron repetidos rodillazos en las piernas hasta que, en un momento, lo encadenaron con los brazos en el aire, dijo el especialista Callaway a los investigadores. También lo apodaron Timmy', por un niño incapacitado de la serie de dibujos animados de televisión South Park'. Uno de los guardias que golpeó al prisionero también le enseñó a chillar como el personaje de la serie, dijo el especialista Callaway.
Finalmente el hombre fue enviado a casa.
Detenido Rebelde
El detenido conocido como Persona Bajo Control º412 era un afgano corpulento y bien arreglado llamado Habibullah. Algunos funcionarios americanos lo identificaban con el ulema' Habibullah, hermano del antiguo comandante talibán de la provincia de Oruzgan, al sur de Afganistán.
Se destacaba entre los desaseados guerrilleros y aldeanos que los interrogadores acostumbraban a ver. "Tenía una mirada penetrante y mucha confianza en sí mismo", dijo el jefe de la policía militar, el mayor Bobby R. Atwell.
Documentos de la investigación sugieren que Habibullah fue capturado por un señor de la guerra afgano el 28 de noviembre de 2002, y entregado a operativos de la CIA dos días después. Su estado en ese momento es objeto de disputa. El médico que lo examinó al llegar a Bagram lo declaró en buena salud. Pero el jefe de operaciones de inteligencia, el teniente coronel John W. Loffert Jr., dijo más tarde a los interrogadores que "ya se encontraba mal al llegar".
Lo que sí está claro es que Habibullah fue clasificado en Bagram como prisionero importante y especialmente listo y rebelde.
Uno de los sargentos del Tercer Pelotón de la 377, Alan J. Driver Jr., dijo a los investigadores que Habibullah se levantó después de un análisis rectal y le dio un rodillazo en la ingle. El guardia dijo que él agarró al prisionero por la cabeza y le gritó en la cara. Habibullah se puso "combativo", dijo el sargento Driver, y tuvo que ser dominado por tres guardias, que se lo llevaron con una llave de brazos.
Entonces fue recluido en una de las celdas de aislamiento de 2.70 por 2.10 metros, que el comandante de la policía militar, el capitán Christopher M. Beiring describió más tarde como un procedimiento normal. "La política era que los detenidos debían ser encapuchados, encadenados y aislados al menos las primeras 24 horas, a veces las primeras 72 horas de cautiverio", dijo a los investigadores.
Aunque los guardias mantenían despiertos a algunos prisioneros gritándoles o pinchándolos o golpeando la puerta de sus celdas, Habibullah fue encadenado por las muñecas al techo de cables de su celda, dijeron los soldados.
Al segundo día, el 1 de diciembre, el prisionero se mostró nuevamente "poco cooperativo", esta vez con el especialista Willie V. Brand. El guardia, que ha sido desde entonces acusado de agresión y otros delitos, dijo a los investigadores que le había dado tres golpes en el peroné como respuesta. Al día siguiente, dijo el especialista Brand, tuvo que dar de rodillazos nuevamente al prisionero. Más otros golpes.
Un abogado del especialista Brand, John P. Galligan, dijo que su cliente no había tenido intenciones criminales al agredir a prisioneros. "En la época, mi cliente se comportaba según las normas operacionales normales que estaban en vigor en el centro de detención de Bagram.
La comunicación entre Habibullah y sus carceleros parece haber sido casi exclusivamente física. A pesar de repetidas peticiones, los policías militares no tenían intérpretes propios. En lugar de eso, tomaban de prestado a los intérpretes de los interrogadores toda vez que podían y dependían de prisioneros que hablaban un poco de inglés para que les tradujeran.
Cuando los detenidos eran golpeados o pateados por "rebeldía", uno de los intérpretes, Ali M. Baryalai, dijo que ocurría a menudo "porque no tenían ni idea de lo que decían los policías militares".
La mañana del 2 de diciembre, testigos dijeron a los investigadores que Habibullah estaba tosiendo y quejándose de dolor de pecho. Entró cojeando y con grilletes al cuarto de interrogatorios, con la pierna derecha tiesa y su pie derecho hinchado. El interrogador a cargo, el sargento Leahy, lo dejó sentarse en el suelo porque no podía doblar las rodillas y sentarse en una silla.
El intérprete que estaba a mano, Ebrahim Baerde, dijo que los interrogadores habían mantenido su distancia ese día "porque estaba escupiendo un montón de flema".
"Se estaban riendo y burlándose de él, diciendo que era vulgar' y sucio'", dijo Baerde.
Aunque golpeado, Habibullah no había sido sometido.
"Una vez le preguntaron si quería pasarse esposado el resto de su vida", dijo Baerde. "Su respuesta fue: Sí, ¿no ves lo bien que me cuidan aquí?'"
El 3 de diciembre la reputación de la rebeldía de Habibullah lo transformó en un blanco predilecto. Un policía militar dijo que le había propinado cinco golpes en el peroné por "rebelarse y resistir". Otro le dio tres o cuatro golpes más por lo mismo. Algunos guardias dijeron más tarde que se había herido al tratar de escapar.
Cuando el sargento James P. Boland vio a Habibullah el 3 de diciembre, estaba en una celda de aislamiento, amarrado al techo por esposas y una cadena en la cintura. Su cuerpo estaba desplomado hacia adelante, mantenido así por las cadenas.
El sargento Boland dijo a los investigadores que había entrado a la celda con otros dos guardias, los especialistas Anthony M. Morden y Brian E. Cammack. (Los tres han sido acusados de agresión y otros delitos). Uno de ellos le sacó la capucha. Tenía la cabeza caída hacia un lado, con la lengua fuera. El especialista Cammack dijo que había puesto algo de pan en la lengua de Habibullah. Otro soldado puso una manzana en la mano del prisionero; cayó al suelo.
Cuando el especialista Cammack se volvió hacia el prisionero, dijo en una declaración, Habibullah le escupió en el pecho. Más tarde, el especialista Cammack reconoció: "No estoy seguro de que me haya escupido". Pero en ese momento explotó, gritándole: "¡No me vuelvas a escupir nunca más!" y dándole un fuerte rodillazo en la pierna, "quizás varias veces". El cuerpo desplomado de Habibullah balanceándose de las cadenas.
Cuando el sargento Boland volvió a la celda unos 20 minutos más tarde, dijo, Habibullah no se movía y no tenía pulso. Finalmente el prisionero fue sacado de sus cadenas y dejado en el piso de su celda.
El guardia que el especialista Cammack dijo que había aconsejado en Nueva Jersey sobre los peligros de los golpes en el peroné, lo encontró en el cuarto donde yacía el cuerpo ya frío de Habibullah.
"El especialista Cammack parecía muy abatido", dijo el especialista William Bohl a un investigador. El soldado "daba vueltas en el cuarto, histérico".
Un policía militar fue enviado a despertar a uno de los médicos.
"¿Para qué quieres que me levante?", respondió el médico, el especialista Robert S. Melone, diciéndole que llamara a una ambulancia.
Cuando finalmente llegó otro médico, encontró a Habibullah en el suelo, con los brazos extendidos, los ojos y la boca abierta.
"Daba la impresión de que llevaba muerto un bien tiempo y a nadie parecía preocuparle", dijo el médico, el sargento Rodney D. Glass.
No todos los guardias eran indiferentes, según se desprende de sus declaraciones. Pero si la muerte de Habibullah consternó a algunos de ellos, eso no produjo cambios importantes en la gestión del centro de detención.
Se asignaron guardias de la policía militar para estar presentes durante los interrogatorios para prevenir los maltratos. El mayor Atwell dijo a los investigadores que ya había instruido al comandante de la compañía de la policía militar, el capitán Beiring, que dejara de colgar a los prisioneros al techo. Otros dijeron que nunca recibieron esa orden.
Oficiales dijeron más tarde a los investigadores que no estaban consciente de ningún abuso serio en el BCP. Pero el sargento primero de la 377, Betty J. Jones, contó a los investigadores que el uso de posturas estresantes, privación del sueño y golpes al peroné eran ya evidentes.
"Todos los que tienen algo de autoridad visitaron el centro de detención en algún momento", dijo.
El mayor Atwell dijo que la muerte "no causó demasiada preocupación porque parecía natural".
De hecho, la autopsia de Habibullah, completada el 8 de diciembre, mostraba moretones y raspaduras en su pecho, brazos y cabeza. Había profundas contusiones en sus pantorrillas, rodillas y muslos. Su pantorrilla izquierda tenía una marca aparentemente causada por una suela de zapato.
Su muerte fue atribuida a un coágulo de sangre, causado probablemente por las graves heridas en sus piernas, que se trasladó hacia su corazón e impidió que llegara sangre a sus pulmones.
El Detenido Tímido
El 5 de diciembre, un día después de la muerte de Habibullah, Dilawar llegó a Bagram.
Cuatro días antes, en vísperas del festivo musulmán de Id al-Fitr, Dilawar salió de su pequeña aldea de Yakubi con su apreciada nueva posesión, un sedán Toyota de segunda mano que su familia le había comprado semanas antes para que lo trabajara como taxi.
Dilawar no era un aventurero. Rara vez se alejaba de su casa de piedra que compartía con su esposa, joven hija y otros familiares. Nunca fue a la escuela, dijeron sus familiares, y sólo tenía un amigo, Bacha Khel, con el que se sentaba a platicar en los trigales que rodean la aldea.
"Era un hombre tímido, muy sencillo", dijo su hermano mayor, Shahpoor, en una entrevista.
El día que desapareció, la madre de Dilawar le había pedido que reuniera a sus tres hermanas en aldeas vecinas y las llevara a casa para las vacaciones. Pero él necesitaba dinero para la gasolina y decidió conducir hasta la capital provincial, Khost, a unos 45 minutos, a ver si encontraba clientes.
En una parada de taxis allá, recogió a tres hombres que iban a Yakubi. En el camino pasaron frente a una base de las tropas americanas, Campo Salerno, que había sido blanco de un ataque con proyectiles esa mañana.
Milicianos leales al comandante de la guerrilla que custodiaba la base, Jan Baz Khan, paró al Toyota en un puesto de control. Confiscaron el walkie-talkie roto de uno de los pasajeros de Dilawar. En el maletero encontraron un estabilizador eléctrico utilizado para regular la corriente de los generadores. (La familia de Dilawar dijo que el estabilizador no era de ellos; en la época, dijeron, no tenían electricidad).
Los cuatro hombres fueron detenidos y entregados a los soldados norteamericanos en la base como sospechosos de haber participado en el ataque. Dilawar y sus pasajeros pasaron su primera noche allí encadenados a una valla, de modo que no pudieron dormir. Cuando un médico los examinó a la mañana siguiente, dijo más tarde, pensó que Dilawar estaba cansado y sufría de dolores de cabeza, pero se encontraba bien.
Los tres pasajeros de Dilawar fueron finalmente trasladados a Guantánamo y encerrados allá durante más de un año antes de ser enviados a casa sin cargos. En entrevistas después de su liberación, los hombres describieron su tratamiento en Bagram como mucho peor que en Guantánamo. Aunque todos dijeron haber sido golpeados, se quejaron amargamente de haber sido desnudados frente a soldados mujeres en las duchas y exámenes médicos, que dijeron que incluían varios dolorosos y humillantes exámenes rectales.
"Me hicieron montones de cosas malas", dijo Abdur Rahim, un panadero de 26 años de Khost. "Yo gritaba y lloraba, y nadie escuchaba. Cuando yo gritaba, los soldados me golpeaban la cabeza contra el escritorio".
Para Dilawar, dijeron los otros prisioneros, lo más difícil era la capucha de tela negra en la cabeza. "No podía respirar", dijo un hombre llamado Parkhudin, que había sido uno de los pasajeros de Dilawar.
Dilawar era un hombre frágil, de 1.80m de estatura y de 55 kilos. Pero en Bagram fue rápidamente clasificado como "rebelde".
Cuando el especialista Corey E. Jones, del Primer Pelotón de la Policía Militar, fue enviado a la celda de Dilawar a darle algo de agua, dijo que el prisionero le escupió en la cara y empezó a darle de patadas. El especialista Jones respondió, dijo, dándole unos rodillazos en la pierna al detenido encadenado.
"Gritó: ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!' y mi primera reacción fue que estaba pidiendo ayuda a su Dios", dijo el especialista Jones a los investigadores. "Todos lo oyeron llorar y pensaban que era divertido".
Más tarde otros miembros del Tercer Pelotón de la Policía Militar se acercaron por el centro de detención y pararon en las celdas de aislamiento para verlo con sus propios ojos, dijo el especialista Jones.
"Se transformó en una especie de chiste permanente y los soldados llegaban para darle al detenido al golpe al peroné solamente para oírlo gritar: "Alá'", dijo. "Continuó durante un período de 24 horas y creo que puede haber recibido unos 100 golpes".
En una declaración posterior, el especialista Jones fue vago sobre la identidad de los que habían participado en los golpes. Sus estimaciones no fueron nunca confirmadas, pero finalmente otros guardias confesaron haber golpeado a Dilawar repetidas veces.
Muchos policías militares terminaron negando que estuviesen al tanto de las lesiones de Dilawar, explicando que nunca vieron sus piernas debajo del chándal. Pero el especialista Jones recordó que la cuerda de los pantalones del uniforme naranja de prisionero de Dilawar se cayó varias veces cuando estaba encadenado.
"Vi el rosetón porque se le cayeron los pantalones cuando estaba en una posición estresante", dijo el soldado a los investigadores. "Al cabo de un tiempo me di cuenta de que era del tamaño de un puño".
Dilawar empezó a desesperarse, gritando que lo dejaran en libertad. Pero incluso sus intérpretes tenían dificultades en comprender su dialecto pashto; los asombrados guardias sólo oían ruidos.
"Gritaba constantemente: ¡Déjadme en libertad; no quiero estar aquí!" y cosas como esas", dijo un lingüista que podía descifrar su malestar, Abdul Ahad Wardak.
Wardak.
El Interrogatorio
El 8 de diciembre Dilawar fue llevado a su cuarto interrogatorio. Se tornó pronto en hostil.
El interrogador de 21 años, el especialista Glendale C. Walls II, dijo más tarde que Dilawar era evasivo. "Había unas lagunas, y queríamos que nos respondiera la verdad", dijo. El otro interrogador, la sargento Salcedo, se quejó que el prisionero se reía, no respondía las preguntas y se negaba a estar arrodillado en el suelo o sentarse contra la pared.
El intérprete presente, Ahmad Ahmadzai, recordó otra cosa.
Ahmadzai dijo que los interrogadores acusaron a Dilawar de lanzar los proyectiles que habían impactado en la base americana. Él lo negó. Mientras estaba arrodillado en el suelo, era incapaz de mantener las manos esposadas por encima de la cabeza, llevando a la sargento Salcedo a golpearlo cada vez que empezaba a bajarlas.
"Selena le regañaba por ser débil y cuestionaba que fuera un hombre, lo que era muy humillante, dado su legado cultural",dijo Admadzai.
Cuando Dilawar no pudo sentarse en la posición de la silla contra la pared debido a sus piernas golpeadas, los dos interrogadores lo agarraron de la camisa y lo golpearon repetidas veces contra la pared.
"Duró unos 10 a 15 minutos", dijo el intérprete. "Él estaba tan cansado que no se podía mantener de pie".
"Lo levantaron y en un momento Selena se paró con sus botas encima de sus pies desnudos y lo agarró por la barba y lo empujó hacia ella", continuó. "Selena le dio una patada en la ingle, en sus partes privadas, con su pie izquierdo. Estaba a alguna distancia de él, y se echó hacia atrás y le dio una patada.
"En los primeros diez minutos lo interrogaron, creo, pero después sólo fueron empujones, patadas, gritos", dijo Ahmadzai. "Eso no era un interrogatorio".
La sesión terminó cuando la sargento Salcedo instruyó a los policías militares que mantuvieran a Dilawar encadenado al techo hasta el turno siguiente.
A la mañana siguiente Dilawar empezó a gritar nuevamente. Hacia el mediodía los policías militares llamaron a uno de los intérpretes, Baerde, para que tratara de calmar a Dilawar.
"Le dije: Por favor, mira, si quieres sentarte y que te quiten los grilletes, tienes que estar tranquilo una hora más'".
"Me dijo que si seguía con los grilletes una hora más, moriría".
Media hora más tarde Baerde volvió a la celda. Las manos de Dilawar colgaban libres de esposas, y su cabeza, cubierta por una capucha negra, estaba desplomada hacia adelante.
"Quería un doctor, y dijo que necesitaba una inyección'", recordó Baerde. "Dijo que no se sentía bien. Dijo que le dolían las piernas".
Baerde tradujo la petición de Dilawar a uno de los guardias. El soldado cogió la mano del prisionero y la apretó con las uñas para comprobar su circulación.
"Está bien", dijo el policía militar, según Baerde. "Está tratando de liberarse de los grilletes".
Para cuando Dilawar fue llevado a su último interrogatorio a las primeras horas del día siguiente, el 10 de diciembre, se veía exhausto y estaba balbuceando que su esposa había muerto. También le dijo a los interrogadores que los guardias lo habían golpeado.
"Pero eso no se investigó", dijo Baryalai, el intérprete.
El especialista Walls era nuevamente el interrogador jefe. Pero su colega más agresivo, el especialista Claus, se hizo rápidamente cargo, dijo Baryalai.
"Josh tenía una regla y era que el detenido tenía que mirarlo a él, no a mí", dijo el intérprete a los investigadores. "Le dio tres posibilidades y entonces lo agarró por la camiseta y lo empujó hacia él, sobre la mesa, golpeándole el pecho contra la mesa".
Cuando Dilawar fue incapaz de arrodillarse, dijo el intérprete, los interrogadores lo pusieron sobre los pies y lo empujaron contra la pared. Le dijeron que asumiera una postura difícil, y el prisionero se reclinó contra la pared y empezó a quedarse dormido.
"Me parecía que Dilawar estaba tratando de colaborar, pero que físicamente no podía hacer lo que le pedían", dijo Baryalai.
Finalmente el especialista Walls agarró al prisionero y "lo sacudió violentamente", dijo el intérprete, diciéndole que si no cooperaba, lo embarcarían hacia Estados Unidos, donde sería "tratado como una mujer por los otros hombres" y tendría que hacer frente a criminales que "estarían muy indignados con cualquiera que hubiera participado en los atentados del 11 de septiembre". (El especialista Walls fue acusado de agresión, maltratos y desacato; el especialista Clas fue acusado de agresión, maltratos y por mentir ante los investigadores. Los soldados se negaron a hacer comentarios).
Un tercer especialista de la inteligencia militar que hablaba algo de pashto, el sargento W. Christopger Yonushonis, había interrogado a Dilawar antes y había arreglado que el especialista Claus tomara su trabajo cuando él terminara. En lugar de eso, el sargento llegó al cuarto de interrogatorios para encontrar una poza de agua en el piso, una mancha mojada en la camisa de Dilawar y el especialista Claus parado encima del detenido, retorciendo la capucha que cubría la cabeza del prisionero.
"Tenía la impresión de que Josh en realidad estaba manteniendo de pie al detenido tirándolo por la capucha", dijo. "Yo estaba furioso en ese momento porque había visto a Josh apretar la capucha de otro detenido la semana anterior. Esa conducta me parecía completamente gratuita y sin relación alguna con el recabamiento de inteligencia".
"¿Qué significa todo ese agua?", preguntó el sargento Yonushonis.
"Queríamos asegurarnos de que no se deshidrate", respondió el especialista Claus.
A la mañana siguiente el sargento Yonushonis se dirigió hacia el oficial a cargo de los interrogadores, el sargento Loring, para informarle sobre el incidente. Sin embargo, Dilawar ya había muerto.
Post-Mortem
Los hallazgos de la autopsia de Dilawar son sucintos. Tenía problemas con una arteria coronaria, informó el médico forense, pero lo que causó su deficiencia cardíaca fueron "lesiones a las extremidades inferiores". Lesiones similares contribuyeron a la muerte de Habibullah.
Uno de los pesquisidores tradujo más tarde la evaluación en una audiencia preliminar del especialista Brand, diciendo que el tejido de las piernas del joven "había sido en lo fundamental, machacado".
"He visto heridas similares en personas atropelladas por un bus", dijo la teniente coronel Elizabeth Rouse, la forense, y, en esa época, mayor.
Después de la segunda muerte, varios interrogadores del Batallón 519 fue suspendidos temporalmente de sus puestos. Un médico fue asignado al centro de detención para trabajar en los turnos nocturnos. Por órdenes del jefe de inteligencia de Bagram, se prohibió que los interrogadores tuvieran algún contacto físico con los detenidos. También se prohibió encadenar a los prisioneros a algún objeto fijo y se puso límites al uso de la estrés.
En febrero, un funcionario militar norteamericano reveló que el comandante de la guerrilla afgana cuyos hombres habían detenido a Dilawar y sus pasajeros había sido detenido a su vez. El comandante, Jan Baz Khan, era sospechado de haber atacado él mismo la base y de entregar luego a sospechosos' inocentes a los norteamericanos para ganarse su confianza, dijo el funcionario militar.
Los tres pasajeros en el taxi de Dilawar fueron enviados a casa desde Guantánamo en marzo de 2004, 14 meses después de su captura, con cartas que dicen que no representaban una "amenaza" para las tropas americanas.
Fueron visitados más tarde por los padres de Dilawar, que le imploraron que les contaran qué había pasado con su hijo. Pero los hombres dijeron que no se atrevieron a contar los detalles.
"Les dije que tenía una cama", dijo Parkhudin. "Les dije que los americanos eran muy amables, porque él tenía problemas con el corazón".
A fines de agosto del año pasado, poco antes de que el ejército completara su pesquisa sobre las muertes, el sargento Yonushonis, estacionado en Alemania, se acercó de propia iniciativa a un agente del Comando de Investigaciones Criminales. Hasta entonces, nunca se le había entrevistado.
"Esperaba que tomarían contacto conmigo en algún momento por los investigadores del caso", dijo. "Yo estaba viviendo a unas puertas del cuarto de interrogatorios y había sido uno de los últimos en ver vivo al prisionero".
El sargento Yonushonis describió lo que había presenciado como el último interrogatorio del prisionero. "Yo estaba tan enojado que no podía hablar", dijo.
También agregó un detalle que había sido pasado por alto en el documento de la pesquisa. Para cuando Dilawar fue llevado a su interrogatorio final, dijo, "la mayoría de nosotros estábamos convencidos de que el detenido era inocente".
Ruhallah Khapalwak, Carlotta Gall y David Rohde contribuyeron a este reportaje, y Alain Delaqueriere colaboró en la investigación.
22 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
matan a presentadora
[Daniel Cooney] Matan en Kabul a presentadora de televisión.
Kabul, Afganistán. Una innovadora presentadora de la televisión afgana cuyo estilo occidental le ganaba el aprecio de sus jóvenes fans y la condena de los clérigos musulmanes fue asesinada probablemente con la participación de sus propios hermanos, dijo la policía el viernes.
Shaima Rezayee, 24, que echó a un lado la burqa y se transformó en presentadora de un programa musical al estilo de MTV, sabía que su vida corría peligro, de acuerdo a una entrevista por radio que concedió el miércoles poco antes de ser matada de un balazo en la cabeza en su casa de Kabul.
Su asesinato subraya la lucha entre los jóvenes urbanos y sus padres conservadores por el futuro de Afganistán y sus valores islámicos. Estaciones de radio y televisión como la que representaba Rezayee -que a menudo importan música y modas de otros países- han sido líderes en probar los límites de la aceptabilidad.
A Rezayee, como otras jóvenes afganas, se le prohibió asistir a la escuela y fue obligada a llevar el burqa en público hasta que el régimen talibán fuera derrocado por la invasión norteamericana de fines de 2001. Los talibanes también prohibieron la música -incluso prohibieron tararear en la calle.
Desde entonces, varias estaciones privadas de radio y televisión han empezado a transmitir. Muchas operan con estrictas normas de seguridad, consciente de las críticas de líderes religiosos que se oponen a que las mujeres lleven ropas occidentales, trabajen o canten en público.
La estación que presentaba Rezayee, Tolo TV, había llamado la atención. En marzo, el consejo de clérigos musulmanes del país criticaron a Tolo y otras estaciones por transmitir "programas opuestos al islam y los valores nacionales".
Los ejecutivos de Tolo TV despidieron ese mismo mes a Rezayee tras recibir presiones de clérigos conservadores.
Su programa de una hora, Hop', mostraba videos de cantantes occidentales, como Madonna, así como estrellas pop turcas e iraquíes. Las conversaciones casuales entre anunciadores de ambos sexos en el programa de Rezayee también provocó críticas. En Afganistán los matrimonios son todavía convenidos y algunos consideran sospechosas las conversaciones entre hombres y mujeres no relacionados por el parentesco.
Poco después de ser despedida, Rezayee dijo en una entrevista por radio que había oído rumores de que alguien quería matarla, posiblemente a causa del programa.
Tolo TV era la creación de un afgano que volvió a su país desde Australia después de la caída de los talibanes y abrió primero Radio Arman, una estación enormemente popular.
Rezayee es la primera periodista que es asesinada en Afganistán desde el fin de la invasión norteamericana en 2001, que derrocó al régimen talibán, de acuerdo a Reporteros sin Fronteras.
"Este horrible asesinato demuestra que la libertad de prensa como se puede considerar como algo garantizado en Afganistán", dijo el grupo con sede en París, exigiendo una completa investigación y medidas concretas del presidente Hamid Karzai para apoyar la libertad de expresión.
Jamil Khan, director del departamento de investigaciones criminales de la policía de Kabul, se negó a comentar sobre el posible motivo del asesinato, pero dijo que la policía interrogará a los dos hermanos de Rezayee después del funeral que concluye a principios de la próxima semana.
"Sospechamos que sus familiares están implicados en el asesinato", dijo.
21 de mayo de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
Kabul, Afganistán. Una innovadora presentadora de la televisión afgana cuyo estilo occidental le ganaba el aprecio de sus jóvenes fans y la condena de los clérigos musulmanes fue asesinada probablemente con la participación de sus propios hermanos, dijo la policía el viernes. Shaima Rezayee, 24, que echó a un lado la burqa y se transformó en presentadora de un programa musical al estilo de MTV, sabía que su vida corría peligro, de acuerdo a una entrevista por radio que concedió el miércoles poco antes de ser matada de un balazo en la cabeza en su casa de Kabul.
Su asesinato subraya la lucha entre los jóvenes urbanos y sus padres conservadores por el futuro de Afganistán y sus valores islámicos. Estaciones de radio y televisión como la que representaba Rezayee -que a menudo importan música y modas de otros países- han sido líderes en probar los límites de la aceptabilidad.
A Rezayee, como otras jóvenes afganas, se le prohibió asistir a la escuela y fue obligada a llevar el burqa en público hasta que el régimen talibán fuera derrocado por la invasión norteamericana de fines de 2001. Los talibanes también prohibieron la música -incluso prohibieron tararear en la calle.
Desde entonces, varias estaciones privadas de radio y televisión han empezado a transmitir. Muchas operan con estrictas normas de seguridad, consciente de las críticas de líderes religiosos que se oponen a que las mujeres lleven ropas occidentales, trabajen o canten en público.
La estación que presentaba Rezayee, Tolo TV, había llamado la atención. En marzo, el consejo de clérigos musulmanes del país criticaron a Tolo y otras estaciones por transmitir "programas opuestos al islam y los valores nacionales".
Los ejecutivos de Tolo TV despidieron ese mismo mes a Rezayee tras recibir presiones de clérigos conservadores.
Su programa de una hora, Hop', mostraba videos de cantantes occidentales, como Madonna, así como estrellas pop turcas e iraquíes. Las conversaciones casuales entre anunciadores de ambos sexos en el programa de Rezayee también provocó críticas. En Afganistán los matrimonios son todavía convenidos y algunos consideran sospechosas las conversaciones entre hombres y mujeres no relacionados por el parentesco.
Poco después de ser despedida, Rezayee dijo en una entrevista por radio que había oído rumores de que alguien quería matarla, posiblemente a causa del programa.
Tolo TV era la creación de un afgano que volvió a su país desde Australia después de la caída de los talibanes y abrió primero Radio Arman, una estación enormemente popular.
Rezayee es la primera periodista que es asesinada en Afganistán desde el fin de la invasión norteamericana en 2001, que derrocó al régimen talibán, de acuerdo a Reporteros sin Fronteras.
"Este horrible asesinato demuestra que la libertad de prensa como se puede considerar como algo garantizado en Afganistán", dijo el grupo con sede en París, exigiendo una completa investigación y medidas concretas del presidente Hamid Karzai para apoyar la libertad de expresión.
Jamil Khan, director del departamento de investigaciones criminales de la policía de Kabul, se negó a comentar sobre el posible motivo del asesinato, pero dijo que la policía interrogará a los dos hermanos de Rezayee después del funeral que concluye a principios de la próxima semana.
"Sospechamos que sus familiares están implicados en el asesinato", dijo.
21 de mayo de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
asesinada por la tradición
[N.C. Aizenman] Un caso de adulterio en Afganistán refleja la aplicación de leyes modernas a tierras tribales.
Gazon, Afganistán. Begum Nessa recordó haber despertado con un sobresalto.
Alguien estaba llamando a la puerta de madera de su casa.
Se sentó en la oscuridad mientras su marido, Mohammed Aslam, corría hacia fuera.
"¿Dónde está su hija mayor?", se oyó una voz preguntando. Era el jefe de la aldea.
"Está dentro, durmiendo con el resto de la familia", respondió Aslam, un hombre chico de mirada amable y una tupida barba negra. Es dueño de ganado y varios campos de trigo y es una figura respetada en este diminuto villorrio de ladrillos de adobe en el fondo de un remoto valle en el norte de Afganistán.
Pero la voz del hombre adoptó un tono de mofa: "¿De verdad? Pues tráela". Nessa recordó haberse sentido repentinamente mareada. Cogió la lámpara de propano en el dormitorio donde dormían los nueve miembros de su familia cada noche, en el suelo. La encendió justo cuando irrumpía Aslam.
Se quedaron boquiabiertos cuando vieron el colchón vacío de Amina.
En una hora toda la aldea se enteraría de que la mujer, 25 y casada, había sido atrapada en una oscura choza cercana con su amante.
Dos días después Amina estaba muerta -asesinada el 20 de abril por sus vecinos después de que los hombres de la comunidad decretaran que había violado la ley islámica que prohíbe las aventuras con los vecinos.
El destino de Amina subraya la magnitud del reto que debe superar el gobierno central de Afganistán en sus intentos de extender el imperio de las leyes modernas y procesos democráticos más allá de la capital del país, más de tres años después de la derrota del represivo y fundamentalista gobierno islámico talibán.
Pero la atención que ha concitado el asesinato de Amina sobre un olvidado rincón de la provincia de Badakhshan también cuenta la historia de una región en proceso de cambios -atrapada entre siglos de tradición y la esperanza de un naciente estado moderno.
Descubrimiento
El día empezó cuando una partida de mensajeros entró a Gazon por el largo y pedregoso sendero desde Faizabad, la capital provincial, llevando importantes noticias. El marido de Amina, Sharafatullah, había finalmente regresado de Irán después de una ausencia de cuatro años y llegaría pronto a Gazon.
En este pintoresco valle donde la tierra arable es escasa y muchas familias sólo cenan arroz, es normal que los hombres busquen trabajo fuera. Pero Sharafatullah no había escrito ni una palabra a casa, ni enviado dinero, desde que se marchara.
"¿Cuánto tiempo se supone que tengo que vivir así?", se quejaba a menudo Amina, según su padre.
Sin embargo, dos años después de su matrimonio concertado la partida de Sharafatullah había permitido a Amina inusuales libertades. En lugar de tener que vivir -o esperar- con sus parientes políticos en la aldea vecina, volvió a la choza de dos cuartos de sus padres en Gazon. Allá, con numerosos hermanos pero sin hijos propios que cuidar, tuvo tiempo de coserse coloridos vestidos o hacer largas caminatas junto al río que pasa por el villorrio, dijeron sus padres.
Esa mañana, cuando le hablaron sobre el inminente regreso de su marido, Amina no mostró ninguna emoción, dijeron parientes.
Pero después de medianoche salió sigilosamente de la casa de sus padres y se encaminó hacia una choza cercana. El dueño, Ashur Mohammad, la descubrió allí, cerró la puerta con candado y corrió a dar la alarma.
Pronto el padre de Amina, los viejos y una multitud de vecinos se reunieron fuera. Mohammad sacó la cadena y abrió la puerta. En el fondo del cuarto estaba su hijo, Karim, sentado en un cojín.
Junto a él estaba Amina. Tenía nuevamente la expresión vacía, dijo Aslam.
Aslam se enfureció.
"Grité: ¿Qué está haciendo ella aquí? ¡Dejénmela! ¡La voy a matar!", recordó la semana pasada. "Estaba consternado, y mi dignidad islámica había sido ofendida".
Pero los otros aldeanos lo calmaron, dijeron Aslam y otros testigos.
"Le dijimos: ¡No, no! Esto lo debe arreglar la sharia'", dijo su hermano Hashem, refiriéndose al código penal musulmán.
"Está bien, la someteremos a la sharia", dijo entonces Aslam. "Haremos lo que diga la sharia".
Amina estaba llorando suavemente cuando el jefe de la aldea y varios hombres más la llevaron a la casa de su tío abuelo Mohammad Assan, a apenas unos pasos de la choza de sus padres. "Vígilala'", le dijo el jefe, según Assan.
Assan hizo entrar a Amina en una enorme y vacía bodega. Incluso para normas de Gazon, era lúgubre -ninguna alfombra cubría el suelo de lodo, no había ninguna tela que ocultara el techo de barro, ni tenía ventanas, excepto una ranura arriba en una de las paredes.
Assan dijo que había llevado una alfombra y la había desenrollado para que Amina se sentara.
"¿Lo hiciste? ¿Es verdad?", le preguntó.
Amina se volvió sin decir una palabra, recordó Assan.
"Bueno, trata de dormir algo", le dijo.
Juicio
La mezquita de Gazon es un edificio de ladrillos de adobe, rectangular, ubicada en la ribera del río y rodeada por un enorme pedregoso patio.
A media mañana el día después de que Amina fuera atrapada con Karim, estaba llena a tope con cientos de hombres, no solamente de Gazon sino de cinco aldeas vecinas. El rumor sobre el adulterio se había extendido a través del valle como si la noticia la hubiera contado el viento.
Los hombres estaban acuclillados en el patio o sentados en la baja tapia que rodea la mezquita, toqueteando las cuentas del rosario y tratando de conversar sobre el ruido del río mientras esperaban la llegada del más importante miembro de su comunidad.
Maulvi Yousaf llegó en la tarde.
Yousaf es un hombre encorvado en la cincuentena, de turbante gris marengo, hinchadas mejillas y una blanca barba que le da un aspecto de abuelo bondadoso. Pero cuando habla sobre los temas que lo irritan, tales como el abandono en que tiene el gobierno central a Badakhshan, su voz deviene fuerte y áspera.
En momentos como esos es posible imaginarlo como el líder miliciano que fue alguna vez, dirigiendo a cientos de soldados en la lucha primero contra las tropas soviéticas y más tarde contra las fuerzas de los talibanes, que nunca lograron ocupar el valle.
Yousaf dijo que tras la derrota de los talibanes en 2001 había desarmado a sus hombres, entregado las armas y retirado a su casa de campo en Faizabad, dedicándose a trabajar como maulvi, un clérigo musulmán. Sin embargo cuando llegó un mensajero a contarle el escándalo que había estallado en el pueblo la noche anterior, Yousaf no alertó al jefe de la policía provincial, el tribunal de distrito ni a ninguna autoridad de gobierno. En lugar de eso, se dirigió rápidamente a Gazon, como si todavía fuera responsable de su administración.
"Estaba preocupado de que Sharafatullah llegara al pueblo y peleara con los padres de Amina, lo que podía originar una pelea colectiva", explicó Yousaf. "Estaba tratando de impedir una guerra tribal en la que podían morir miles de personas".
De hecho, Sharafatullah se marchó a su propia aldea en las cercanías y fue "suficientemente cuerdo" para quedarse ahí mientras se desenvolvían los acontecimientos, dijo Yousaf.
Poco después de llegar a Gazon, Yousaf y varios otros líderes comunitarios se dirigieron a casa de Assan para interrogar a Amina en privado, dijeron él y otros testigos.
Según la sharia, el castigo por adulterio es la muerte por lapidación. Pero el código exige que haya pruebas irrefutables del delito -por ejemplo, testigos del acto sexual mismo, una confesión, u otros signos, como un embarazo inexplicable.
Yousaf dijo que su esperanza era exonerar a Amina, no extraer de ella una confesión.
"Cuando entré a la habitación yo estaba riendo", dijo. "Le dije: Mira, yo sé que no ha pasado nada. Es simplemente una acusación. La gente no te hará nada si no ha pasado nada'".
Yousaf dijo que interrogó a Amina solamente sobre la noche anterior.
Pero en lugar de seguir la sugerencia, dijo, confesó voluntariamente que había tenido una aventura con Karim durante dos años. Dijo que quería divorciarse de su marido y casarse con Karim.
"Parecía muy tranquila", dijo Yousaf. "Como si pensara que su plan resultaría".
Karim, que era retenido en otra choza, contó una historia similar, dijo Yousaf, excepto que Karim dijo que la relación duraba solamente un año.
De acuerdo a Yousaf y otros testigos, Yousaf retornó entonces a la mezquita y aconsejó a la muchedumbre no tomar la justicia en sus propias manos.
"Les dije: Sí, este es el caso y está mal. Pero el tiempo de la yihad cuando hacíamos los juicios en el campo ya pasó. Ahora tenemos un gobierno y leyes'", dijo.
La gente dijo que siempre habían solucionado sus disputas en los consejos locales, o shura, y dijeron que estaban preocupados de que el tribunal provincial fuera demasiado ineficiente o corrupto para castigar a Amina, dijo Yousaf. Algunos incluso sabían que la nueva constitución afgana disponía que ninguna ley podía ser contraria a la sharia, y sugirieron que si la aplicaban en este caso seguirían operando dentro del sistema.
Yousaf dijo que no insistió.
Durante el resto del día y gran parte de la mañana siguiente, los vecinos discutieron el destino de Amina y Karim.
Los relatos varían sobre cuál fue exactamente la decisión final y cómo se llegó a ella.
Algunos dicen que un pequeño grupo, entre ellos Yousaf y unos pocos miembros educados de la comunidad, se reunieron en la mezquita, y luego emergieron con una orden escrita para aprobación de la turba y para que la firmara con una impresión del pulgar el padre de Amina.
Otros dicen que los algo así como 400 miembros de la shura tomaron la decisión por consenso, pero que su opinión era solamente una recomendación para Aslam cuando Amina volviera con él. Dijeron que él era libre de hacer con ella lo que quisiera.
Pero no todos los involucrados dicen que los aldeanos fueron unánimes en su opinión de que de acuerdo a los dictados del islam, la solución adecuada del caso era que Karim, soltero, fuera azotado, y Amina, como mujer casada, lapidada hasta la muerte.
Esa tarde temprano uno de los ulemas salió a por un palo con el que azotar a Karim, Yousaf se despidió de los vecinos.
Luego miraron cómo el turbante de Yousaf desapareció poco a poco por el sendero de la montaña, y con ello también la última esperanza de Amina.
Castigo
Hay dos informes contradictorios sobre la muerte de Amina.
De acuerdo a su tío abuelo Assan, después de que la shura alcanzara su veredicto, un grupo de aldeanos volvió a la oscura bodega y se la llevaron para lapidarla.
"Ella sabía lo que le iba a pasar", dijo Assan quedamente. "Estaba gritando y llorando".
El tío paterno de Amina, Mohammad Azim, dijo que él había mirado cómo los aldeanos obligaban a Amina a meterse por un sendero hacia un tramo de tierra blanda en la ribera, rodeado de rocas, a pocos metros del borde del pueblo.
Era un bello lugar, a la sombra de un enorme árbol y con una encantadora vista de la aldea colgada de la ladera.
También era un lugar ideal para lapidar a alguien.
"Hicieron un hoyo en la tierra aquí mismo", dijo Azim, mostrando un lugar en el claro hace seis días. "Entonces enterraron a Amina hasta la cintura, con los brazos amarrados".
Azim dijo que el pelo de Amina estaba cubierto por un pañuelo y que estaba llorando de terror a medida que cientos de hombres se reunían formando un círculo a su alrededor y empezaban a lanzarle piedras pequeñas a la cabeza.
"No pude mirar durante más que unos minutos", dijo Azim. En lugar de eso, dijo, caminó hasta la casa de los padres de Amina y esperó con ellos en silencio durante las dos horas que tomó matarla.
Varios aldeanos y la madre de Amina dijeron que ellos también creen que fue lapidada. Y unos pocos dijeron que habían visto el hoyo ensangrentado después de que la sacaran de él.
Pero nadie más admitió haber presenciado la lapidación misma, mucho menos haber participado en ella. Y el suelo donde Amina fue supuestamente enterrada hasta la cintura mostraba pocos signos de alteraciones seis días después de su muerte -posiblemente porque, como dice Azim y otros vecinos, rellenaron el hoyo y luego el río lo inundó o posiblemente porque la lapidación nunca ocurrió.
Otros aldeanos, incluyendo al tío de Amina, Hashem, cuentan una historia muy diferente.
Hashem dijo que los vecinos entregaron a Amina a sus tíos, incluyéndose él mismo y Azim. Su intención original era ahorcarla, dijo Hashem. Pero cuando la llevaban, se fueron indignando cada vez más y empezaron a golpearla con sus puños.
"Estaba oscuro", dijo. "Todos le estábamos pegando, y cuando se desmayó la vimos en el suelo y no estaba respirando. Quizás sufrió un ataque cardiaco".
Cualquiera los medios con que se la mató, los padres de Amina dijeron que su cuerpo magullado les fue entregado entre las oraciones de la tarde y vespertinas de ese día. Nessa, la madre de Amina, dijo que no había llorado.
"Mi hija era una criminal y una pecadora que deshonró mi nombre", dijo Nessa vehementemente algunos días después. "Y yo debería ser acusada de su muerte, no los demás, porque yo les dije que la podían matar. Les perdono por haber derramado su sangre".
Cerca de los 40, Nessa tiene la piel curtida, pero el mismo pelo negro azabache y pómulos sobresalientes de Amina.
Si le hubiera permitido vivir, agregó Nessa, la deshonra la habría obligado a abandonar la única casa que había conocido y el valle en que su familia había vivido durante generaciones.
"Pero ahora puedo ir a cualquier parte del pueblo con la cabeza en alto... Estoy contenta. Muy, muy contenta", gritó. El tono de su voz no delataba alegría. Entonces Nessa se cubrió la cara con sus manos.
Temprano en la mañana después de la muerte de Amina, su familia y otros vecinos la enterraron en el cementerio de Gazon. Pero no pudieron enterrar lo que le habían hecho.
La Pena Reemplaza a la Rabia
Anis Akhgar, representante del ministerio afgano de Asuntos de la Mujer en Faizabad, se levantó de su escritorio para saludar al jefe de la policía provincial de Badakhshan.
"Así, pues", dijo Akhgar mientras el jefe de policía tomaba asiento. "Según los informes de la prensa parece que este caso en Gazon es bastante serio. Pero han pasado cinco días y no hemos oído nada del gobierno. ¿Qué hará usted sobre este asunto?"
El general Shah Jahan Noori se arremolinó levemente en su asiento. El periodista estaba sentado en otra silla junto a él.
"He enviado algunos agentes hoy para que me traigan a los familiares, para interrogarlos", respondió rápidamente. "Pronto sabremos más".
Badakhshan es uno de los rincones más inaccesibles de Afganistán. Enormes secciones del lugar quedan normalmente aisladas por la nieve durante el invierno. En Gazon, los vecinos calculan que al año mueren unas ocho mujeres en el parto porque no pueden alcanzar por el sendero al doctor más próximo en Faizabad. E incluso Faizabad está conectada al resto de Afganistán sólo por un estrecho camino de tierra.
Sin embargo la reunión entre Akhgar y Noori ofreció una indicación de lo mucho que ha cambiado todo, incluso aquí.
Además de Akhgar, hay un representante local de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán en Faizabad y varios periodistas afganos -que rápidamente difundieron la noticia cuando surgieron los primeros rumores sobre el asesinato de Amina. En pocos días el capítulo londinense de Amnistía Internacional había emitido un comunicado de prensa instando al gobierno afgano a investigar.
El jefe de policía de Badakhshan había sido transferido a su puesto de otra provincia; sin raíces locales, era más susceptible a las influencias externas que pedían intervención. A pesar de la respuesta de Noori inicialmente lenta ante los informes sobre el asesinato de Amina, a una semana del suceso había arrestado a varios de sus familiares y enviado agentes a Gazon a detener a varios más.
Sin embargo Aslam, el padre de Amina, fue dejado en libertad en Faizabad después de una noche de interrogatorio, sobre la base de que no era directamente responsable.
Justo antes de iniciar la larga caminata hacia Gazon, se sentó en una silla de metal en un cuarto de la comisaría de policía, pensando en todo lo que había ocurrido en los últimos días.
A diferencia de los sentimientos de su esposa Nessa, la rabia de Aslam hacia Amina se había transformado en pesar.
"Lo siento tanto por ella. Era tan joven", dijo, con los ojos llenos de lágrimas. "Realmente la echo de menos... Extrañaré su voz, y nuestras conversaciones en las tardes".
Había muchas cosas que le gustaría hacer retroceder y cambiar. "Si me hubiera dicho que no quería volver con su marido", dijo. "Yo podría haber hecho algo sobre ello. La habría aconsejado".
Pero dijo que no tenía dudas de que merecía morir después de haber cometido adulterio.
"No había alternativa. Eso es lo que nos ordena el islam".
Su único pesar es haber entregado a Amina a otra aldea en lugar de matarla él mismo.
6 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
Gazon, Afganistán. Begum Nessa recordó haber despertado con un sobresalto.Alguien estaba llamando a la puerta de madera de su casa.
Se sentó en la oscuridad mientras su marido, Mohammed Aslam, corría hacia fuera.
"¿Dónde está su hija mayor?", se oyó una voz preguntando. Era el jefe de la aldea.
"Está dentro, durmiendo con el resto de la familia", respondió Aslam, un hombre chico de mirada amable y una tupida barba negra. Es dueño de ganado y varios campos de trigo y es una figura respetada en este diminuto villorrio de ladrillos de adobe en el fondo de un remoto valle en el norte de Afganistán.
Pero la voz del hombre adoptó un tono de mofa: "¿De verdad? Pues tráela". Nessa recordó haberse sentido repentinamente mareada. Cogió la lámpara de propano en el dormitorio donde dormían los nueve miembros de su familia cada noche, en el suelo. La encendió justo cuando irrumpía Aslam.
Se quedaron boquiabiertos cuando vieron el colchón vacío de Amina.
En una hora toda la aldea se enteraría de que la mujer, 25 y casada, había sido atrapada en una oscura choza cercana con su amante.
Dos días después Amina estaba muerta -asesinada el 20 de abril por sus vecinos después de que los hombres de la comunidad decretaran que había violado la ley islámica que prohíbe las aventuras con los vecinos.
El destino de Amina subraya la magnitud del reto que debe superar el gobierno central de Afganistán en sus intentos de extender el imperio de las leyes modernas y procesos democráticos más allá de la capital del país, más de tres años después de la derrota del represivo y fundamentalista gobierno islámico talibán.
Pero la atención que ha concitado el asesinato de Amina sobre un olvidado rincón de la provincia de Badakhshan también cuenta la historia de una región en proceso de cambios -atrapada entre siglos de tradición y la esperanza de un naciente estado moderno.
Descubrimiento
El día empezó cuando una partida de mensajeros entró a Gazon por el largo y pedregoso sendero desde Faizabad, la capital provincial, llevando importantes noticias. El marido de Amina, Sharafatullah, había finalmente regresado de Irán después de una ausencia de cuatro años y llegaría pronto a Gazon.
En este pintoresco valle donde la tierra arable es escasa y muchas familias sólo cenan arroz, es normal que los hombres busquen trabajo fuera. Pero Sharafatullah no había escrito ni una palabra a casa, ni enviado dinero, desde que se marchara.
"¿Cuánto tiempo se supone que tengo que vivir así?", se quejaba a menudo Amina, según su padre.
Sin embargo, dos años después de su matrimonio concertado la partida de Sharafatullah había permitido a Amina inusuales libertades. En lugar de tener que vivir -o esperar- con sus parientes políticos en la aldea vecina, volvió a la choza de dos cuartos de sus padres en Gazon. Allá, con numerosos hermanos pero sin hijos propios que cuidar, tuvo tiempo de coserse coloridos vestidos o hacer largas caminatas junto al río que pasa por el villorrio, dijeron sus padres.
Esa mañana, cuando le hablaron sobre el inminente regreso de su marido, Amina no mostró ninguna emoción, dijeron parientes.
Pero después de medianoche salió sigilosamente de la casa de sus padres y se encaminó hacia una choza cercana. El dueño, Ashur Mohammad, la descubrió allí, cerró la puerta con candado y corrió a dar la alarma.
Pronto el padre de Amina, los viejos y una multitud de vecinos se reunieron fuera. Mohammad sacó la cadena y abrió la puerta. En el fondo del cuarto estaba su hijo, Karim, sentado en un cojín.
Junto a él estaba Amina. Tenía nuevamente la expresión vacía, dijo Aslam.
Aslam se enfureció.
"Grité: ¿Qué está haciendo ella aquí? ¡Dejénmela! ¡La voy a matar!", recordó la semana pasada. "Estaba consternado, y mi dignidad islámica había sido ofendida".
Pero los otros aldeanos lo calmaron, dijeron Aslam y otros testigos.
"Le dijimos: ¡No, no! Esto lo debe arreglar la sharia'", dijo su hermano Hashem, refiriéndose al código penal musulmán.
"Está bien, la someteremos a la sharia", dijo entonces Aslam. "Haremos lo que diga la sharia".
Amina estaba llorando suavemente cuando el jefe de la aldea y varios hombres más la llevaron a la casa de su tío abuelo Mohammad Assan, a apenas unos pasos de la choza de sus padres. "Vígilala'", le dijo el jefe, según Assan.
Assan hizo entrar a Amina en una enorme y vacía bodega. Incluso para normas de Gazon, era lúgubre -ninguna alfombra cubría el suelo de lodo, no había ninguna tela que ocultara el techo de barro, ni tenía ventanas, excepto una ranura arriba en una de las paredes.
Assan dijo que había llevado una alfombra y la había desenrollado para que Amina se sentara.
"¿Lo hiciste? ¿Es verdad?", le preguntó.
Amina se volvió sin decir una palabra, recordó Assan.
"Bueno, trata de dormir algo", le dijo.
Juicio
La mezquita de Gazon es un edificio de ladrillos de adobe, rectangular, ubicada en la ribera del río y rodeada por un enorme pedregoso patio.
A media mañana el día después de que Amina fuera atrapada con Karim, estaba llena a tope con cientos de hombres, no solamente de Gazon sino de cinco aldeas vecinas. El rumor sobre el adulterio se había extendido a través del valle como si la noticia la hubiera contado el viento.
Los hombres estaban acuclillados en el patio o sentados en la baja tapia que rodea la mezquita, toqueteando las cuentas del rosario y tratando de conversar sobre el ruido del río mientras esperaban la llegada del más importante miembro de su comunidad.
Maulvi Yousaf llegó en la tarde.
Yousaf es un hombre encorvado en la cincuentena, de turbante gris marengo, hinchadas mejillas y una blanca barba que le da un aspecto de abuelo bondadoso. Pero cuando habla sobre los temas que lo irritan, tales como el abandono en que tiene el gobierno central a Badakhshan, su voz deviene fuerte y áspera.
En momentos como esos es posible imaginarlo como el líder miliciano que fue alguna vez, dirigiendo a cientos de soldados en la lucha primero contra las tropas soviéticas y más tarde contra las fuerzas de los talibanes, que nunca lograron ocupar el valle.
Yousaf dijo que tras la derrota de los talibanes en 2001 había desarmado a sus hombres, entregado las armas y retirado a su casa de campo en Faizabad, dedicándose a trabajar como maulvi, un clérigo musulmán. Sin embargo cuando llegó un mensajero a contarle el escándalo que había estallado en el pueblo la noche anterior, Yousaf no alertó al jefe de la policía provincial, el tribunal de distrito ni a ninguna autoridad de gobierno. En lugar de eso, se dirigió rápidamente a Gazon, como si todavía fuera responsable de su administración.
"Estaba preocupado de que Sharafatullah llegara al pueblo y peleara con los padres de Amina, lo que podía originar una pelea colectiva", explicó Yousaf. "Estaba tratando de impedir una guerra tribal en la que podían morir miles de personas".
De hecho, Sharafatullah se marchó a su propia aldea en las cercanías y fue "suficientemente cuerdo" para quedarse ahí mientras se desenvolvían los acontecimientos, dijo Yousaf.
Poco después de llegar a Gazon, Yousaf y varios otros líderes comunitarios se dirigieron a casa de Assan para interrogar a Amina en privado, dijeron él y otros testigos.
Según la sharia, el castigo por adulterio es la muerte por lapidación. Pero el código exige que haya pruebas irrefutables del delito -por ejemplo, testigos del acto sexual mismo, una confesión, u otros signos, como un embarazo inexplicable.
Yousaf dijo que su esperanza era exonerar a Amina, no extraer de ella una confesión.
"Cuando entré a la habitación yo estaba riendo", dijo. "Le dije: Mira, yo sé que no ha pasado nada. Es simplemente una acusación. La gente no te hará nada si no ha pasado nada'".
Yousaf dijo que interrogó a Amina solamente sobre la noche anterior.
Pero en lugar de seguir la sugerencia, dijo, confesó voluntariamente que había tenido una aventura con Karim durante dos años. Dijo que quería divorciarse de su marido y casarse con Karim.
"Parecía muy tranquila", dijo Yousaf. "Como si pensara que su plan resultaría".
Karim, que era retenido en otra choza, contó una historia similar, dijo Yousaf, excepto que Karim dijo que la relación duraba solamente un año.
De acuerdo a Yousaf y otros testigos, Yousaf retornó entonces a la mezquita y aconsejó a la muchedumbre no tomar la justicia en sus propias manos.
"Les dije: Sí, este es el caso y está mal. Pero el tiempo de la yihad cuando hacíamos los juicios en el campo ya pasó. Ahora tenemos un gobierno y leyes'", dijo.
La gente dijo que siempre habían solucionado sus disputas en los consejos locales, o shura, y dijeron que estaban preocupados de que el tribunal provincial fuera demasiado ineficiente o corrupto para castigar a Amina, dijo Yousaf. Algunos incluso sabían que la nueva constitución afgana disponía que ninguna ley podía ser contraria a la sharia, y sugirieron que si la aplicaban en este caso seguirían operando dentro del sistema.
Yousaf dijo que no insistió.
Durante el resto del día y gran parte de la mañana siguiente, los vecinos discutieron el destino de Amina y Karim.
Los relatos varían sobre cuál fue exactamente la decisión final y cómo se llegó a ella.
Algunos dicen que un pequeño grupo, entre ellos Yousaf y unos pocos miembros educados de la comunidad, se reunieron en la mezquita, y luego emergieron con una orden escrita para aprobación de la turba y para que la firmara con una impresión del pulgar el padre de Amina.
Otros dicen que los algo así como 400 miembros de la shura tomaron la decisión por consenso, pero que su opinión era solamente una recomendación para Aslam cuando Amina volviera con él. Dijeron que él era libre de hacer con ella lo que quisiera.
Pero no todos los involucrados dicen que los aldeanos fueron unánimes en su opinión de que de acuerdo a los dictados del islam, la solución adecuada del caso era que Karim, soltero, fuera azotado, y Amina, como mujer casada, lapidada hasta la muerte.
Esa tarde temprano uno de los ulemas salió a por un palo con el que azotar a Karim, Yousaf se despidió de los vecinos.
Luego miraron cómo el turbante de Yousaf desapareció poco a poco por el sendero de la montaña, y con ello también la última esperanza de Amina.
Castigo
Hay dos informes contradictorios sobre la muerte de Amina.
De acuerdo a su tío abuelo Assan, después de que la shura alcanzara su veredicto, un grupo de aldeanos volvió a la oscura bodega y se la llevaron para lapidarla.
"Ella sabía lo que le iba a pasar", dijo Assan quedamente. "Estaba gritando y llorando".
El tío paterno de Amina, Mohammad Azim, dijo que él había mirado cómo los aldeanos obligaban a Amina a meterse por un sendero hacia un tramo de tierra blanda en la ribera, rodeado de rocas, a pocos metros del borde del pueblo.
Era un bello lugar, a la sombra de un enorme árbol y con una encantadora vista de la aldea colgada de la ladera.
También era un lugar ideal para lapidar a alguien.
"Hicieron un hoyo en la tierra aquí mismo", dijo Azim, mostrando un lugar en el claro hace seis días. "Entonces enterraron a Amina hasta la cintura, con los brazos amarrados".
Azim dijo que el pelo de Amina estaba cubierto por un pañuelo y que estaba llorando de terror a medida que cientos de hombres se reunían formando un círculo a su alrededor y empezaban a lanzarle piedras pequeñas a la cabeza.
"No pude mirar durante más que unos minutos", dijo Azim. En lugar de eso, dijo, caminó hasta la casa de los padres de Amina y esperó con ellos en silencio durante las dos horas que tomó matarla.
Varios aldeanos y la madre de Amina dijeron que ellos también creen que fue lapidada. Y unos pocos dijeron que habían visto el hoyo ensangrentado después de que la sacaran de él.
Pero nadie más admitió haber presenciado la lapidación misma, mucho menos haber participado en ella. Y el suelo donde Amina fue supuestamente enterrada hasta la cintura mostraba pocos signos de alteraciones seis días después de su muerte -posiblemente porque, como dice Azim y otros vecinos, rellenaron el hoyo y luego el río lo inundó o posiblemente porque la lapidación nunca ocurrió.
Otros aldeanos, incluyendo al tío de Amina, Hashem, cuentan una historia muy diferente.
Hashem dijo que los vecinos entregaron a Amina a sus tíos, incluyéndose él mismo y Azim. Su intención original era ahorcarla, dijo Hashem. Pero cuando la llevaban, se fueron indignando cada vez más y empezaron a golpearla con sus puños.
"Estaba oscuro", dijo. "Todos le estábamos pegando, y cuando se desmayó la vimos en el suelo y no estaba respirando. Quizás sufrió un ataque cardiaco".
Cualquiera los medios con que se la mató, los padres de Amina dijeron que su cuerpo magullado les fue entregado entre las oraciones de la tarde y vespertinas de ese día. Nessa, la madre de Amina, dijo que no había llorado.
"Mi hija era una criminal y una pecadora que deshonró mi nombre", dijo Nessa vehementemente algunos días después. "Y yo debería ser acusada de su muerte, no los demás, porque yo les dije que la podían matar. Les perdono por haber derramado su sangre".
Cerca de los 40, Nessa tiene la piel curtida, pero el mismo pelo negro azabache y pómulos sobresalientes de Amina.
Si le hubiera permitido vivir, agregó Nessa, la deshonra la habría obligado a abandonar la única casa que había conocido y el valle en que su familia había vivido durante generaciones.
"Pero ahora puedo ir a cualquier parte del pueblo con la cabeza en alto... Estoy contenta. Muy, muy contenta", gritó. El tono de su voz no delataba alegría. Entonces Nessa se cubrió la cara con sus manos.
Temprano en la mañana después de la muerte de Amina, su familia y otros vecinos la enterraron en el cementerio de Gazon. Pero no pudieron enterrar lo que le habían hecho.
La Pena Reemplaza a la Rabia
Anis Akhgar, representante del ministerio afgano de Asuntos de la Mujer en Faizabad, se levantó de su escritorio para saludar al jefe de la policía provincial de Badakhshan.
"Así, pues", dijo Akhgar mientras el jefe de policía tomaba asiento. "Según los informes de la prensa parece que este caso en Gazon es bastante serio. Pero han pasado cinco días y no hemos oído nada del gobierno. ¿Qué hará usted sobre este asunto?"
El general Shah Jahan Noori se arremolinó levemente en su asiento. El periodista estaba sentado en otra silla junto a él.
"He enviado algunos agentes hoy para que me traigan a los familiares, para interrogarlos", respondió rápidamente. "Pronto sabremos más".
Badakhshan es uno de los rincones más inaccesibles de Afganistán. Enormes secciones del lugar quedan normalmente aisladas por la nieve durante el invierno. En Gazon, los vecinos calculan que al año mueren unas ocho mujeres en el parto porque no pueden alcanzar por el sendero al doctor más próximo en Faizabad. E incluso Faizabad está conectada al resto de Afganistán sólo por un estrecho camino de tierra.
Sin embargo la reunión entre Akhgar y Noori ofreció una indicación de lo mucho que ha cambiado todo, incluso aquí.
Además de Akhgar, hay un representante local de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán en Faizabad y varios periodistas afganos -que rápidamente difundieron la noticia cuando surgieron los primeros rumores sobre el asesinato de Amina. En pocos días el capítulo londinense de Amnistía Internacional había emitido un comunicado de prensa instando al gobierno afgano a investigar.
El jefe de policía de Badakhshan había sido transferido a su puesto de otra provincia; sin raíces locales, era más susceptible a las influencias externas que pedían intervención. A pesar de la respuesta de Noori inicialmente lenta ante los informes sobre el asesinato de Amina, a una semana del suceso había arrestado a varios de sus familiares y enviado agentes a Gazon a detener a varios más.
Sin embargo Aslam, el padre de Amina, fue dejado en libertad en Faizabad después de una noche de interrogatorio, sobre la base de que no era directamente responsable.
Justo antes de iniciar la larga caminata hacia Gazon, se sentó en una silla de metal en un cuarto de la comisaría de policía, pensando en todo lo que había ocurrido en los últimos días.
A diferencia de los sentimientos de su esposa Nessa, la rabia de Aslam hacia Amina se había transformado en pesar.
"Lo siento tanto por ella. Era tan joven", dijo, con los ojos llenos de lágrimas. "Realmente la echo de menos... Extrañaré su voz, y nuestras conversaciones en las tardes".
Había muchas cosas que le gustaría hacer retroceder y cambiar. "Si me hubiera dicho que no quería volver con su marido", dijo. "Yo podría haber hecho algo sobre ello. La habría aconsejado".
Pero dijo que no tenía dudas de que merecía morir después de haber cometido adulterio.
"No había alternativa. Eso es lo que nos ordena el islam".
Su único pesar es haber entregado a Amina a otra aldea en lugar de matarla él mismo.
6 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh