tribunal para darfur
[Anthony Deutsch] Corte inicia juicio de criminales de guerra de Darfur.
La Haya, Holanda. La Corte Penal Internacional declaró ayer que había comenzado a investigar los supuestos crímenes de guerra en la región de Darfur en Sudán, donde desde el inicio del conflicto en 2003 han muerto unas 180.000 personas y 2 millones han sido desplazadas de sus hogares.
La corte tiene una lista de 51 potenciales sospechosos nombrados por una comisión instructora especial de Naciones Unida, que concluyó en enero que en Darfur se habían cometido crímenes contra la humanidad.
El gobierno en Kartum, acusado de tratar de intimidar a los socorristas internacionales, indicó que no cooperará con el primer tribunal permanente para crímenes de guerra ni permitirá que sus ciudadanos sean enviados al extranjero para ser sometidos a juicio.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas pidió a la corte que considerara la situación de Darfur hace dos meses, en lo que será el primer caso en ser investigado contra la voluntad del país en el que ocurrieron esos crímenes. La corte está también investigando crímenes de guerra en el Congo y Uganda.
La negativa de Kartum a colaborar con la corte resultará en sanciones económicas, dijeron grupos de derechos humanos.
La pesquisa es hasta el momento la más difícil y peligrosa que ha iniciado la corte en los vastos desiertos del occidente de Sudán.
Los fiscales dijeron que su trabajo será "imparcial e independiente, concentrándose en los individuos que cargan con la mayor responsabilidad criminal de los crímenes cometidos en Darfur". Se han realizado pesquisas iniciales con decenas de expertos, que han resultado en miles de páginas de materiales de caso, dijeron.
El fiscal jefe Luis Moreno-Ocampo también llamó a "todos los participantes a proporcionar a este despacho la información, pruebas y apoyo práctico necesario para cumplir con su cometido".
La crisis de Darfur estalló cuando los rebeldes tomaron las armas por lo que consideraban años de abandono y discriminación de los sudaneses de origen africano por parte del gobierno. El gobierno está acusado de responder con una campaña contra-insurgente en la que la milicia étnica árabe conocida como Janjaweed ha cometido abusos a gran escala de los africanos étnicos.
Una Comisión Internacional Especial de Naciones Unidas sobre Darfur concluyó en enero que en Darfur se cometieron crímenes contra la humanidad, aunque dijo que los asesinatos en masa no constituían genocidio. Recomendó la comisión que el caso fuera tratado por la corte de La Haya.
La lista de 51 sospechosos potenciales no se ha hecho pública, pero incluye aparentemente a funcionarios del gobierno sudanés, rebeldes antigubernamentales y milicianos janjaweed. Los fiscales determinarán qué sospechosos acusar.
Sin embargo, no está claro cómo serán detenidos ni por quién, ya que la corte no cuenta con un brazo policial. Se supone que la corte sólo interviene cuando los países mismos son incapaces o no están dispuestos a tomar medidas contra los crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio cometidos en su territorio.
Sudán ha dicho que instalará su propio tribunal para juzgar esos crímenes, y que la corte internacional no tiene necesidad de intervenir.
7 de junio de 2005
©boston globe
©traducción mQh
La Haya, Holanda. La Corte Penal Internacional declaró ayer que había comenzado a investigar los supuestos crímenes de guerra en la región de Darfur en Sudán, donde desde el inicio del conflicto en 2003 han muerto unas 180.000 personas y 2 millones han sido desplazadas de sus hogares.La corte tiene una lista de 51 potenciales sospechosos nombrados por una comisión instructora especial de Naciones Unida, que concluyó en enero que en Darfur se habían cometido crímenes contra la humanidad.
El gobierno en Kartum, acusado de tratar de intimidar a los socorristas internacionales, indicó que no cooperará con el primer tribunal permanente para crímenes de guerra ni permitirá que sus ciudadanos sean enviados al extranjero para ser sometidos a juicio.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas pidió a la corte que considerara la situación de Darfur hace dos meses, en lo que será el primer caso en ser investigado contra la voluntad del país en el que ocurrieron esos crímenes. La corte está también investigando crímenes de guerra en el Congo y Uganda.
La negativa de Kartum a colaborar con la corte resultará en sanciones económicas, dijeron grupos de derechos humanos.
La pesquisa es hasta el momento la más difícil y peligrosa que ha iniciado la corte en los vastos desiertos del occidente de Sudán.
Los fiscales dijeron que su trabajo será "imparcial e independiente, concentrándose en los individuos que cargan con la mayor responsabilidad criminal de los crímenes cometidos en Darfur". Se han realizado pesquisas iniciales con decenas de expertos, que han resultado en miles de páginas de materiales de caso, dijeron.
El fiscal jefe Luis Moreno-Ocampo también llamó a "todos los participantes a proporcionar a este despacho la información, pruebas y apoyo práctico necesario para cumplir con su cometido".
La crisis de Darfur estalló cuando los rebeldes tomaron las armas por lo que consideraban años de abandono y discriminación de los sudaneses de origen africano por parte del gobierno. El gobierno está acusado de responder con una campaña contra-insurgente en la que la milicia étnica árabe conocida como Janjaweed ha cometido abusos a gran escala de los africanos étnicos.
Una Comisión Internacional Especial de Naciones Unidas sobre Darfur concluyó en enero que en Darfur se cometieron crímenes contra la humanidad, aunque dijo que los asesinatos en masa no constituían genocidio. Recomendó la comisión que el caso fuera tratado por la corte de La Haya.
La lista de 51 sospechosos potenciales no se ha hecho pública, pero incluye aparentemente a funcionarios del gobierno sudanés, rebeldes antigubernamentales y milicianos janjaweed. Los fiscales determinarán qué sospechosos acusar.
Sin embargo, no está claro cómo serán detenidos ni por quién, ya que la corte no cuenta con un brazo policial. Se supone que la corte sólo interviene cuando los países mismos son incapaces o no están dispuestos a tomar medidas contra los crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio cometidos en su territorio.
Sudán ha dicho que instalará su propio tribunal para juzgar esos crímenes, y que la corte internacional no tiene necesidad de intervenir.
7 de junio de 2005
©boston globe
©traducción mQh
bushmen hacia la extinción
[Craig Timberg] Desaparece una cultura. Bushmen resisten reubicación en Botsuana.
Malapo, Botsuana. En el desierto de Kalahari, donde el paisaje se estira en extensiones marrones y polvorientas en todas direcciones, el agua es poder. Así que cuando los camiones con hombres del gobierno arremetieron hace tres años contra esta antigua aldea bushmen, descubrieron los tambores de acero que contenían las valiosas reservas de la comunidad. Entonces, dijeron los aldeanos, los hombres volcaron los tambores, derramando el agua en la arena.
Mongwegi Thabogwelo, una mujer flaca y trabajadora que parecía estar en sus cuarenta, recuerda sus crueles palabras ese día: "Es el agua', dijeron, lo que les impide que se reubiquen'".
La expulsión de los bushmen fue la culminación de que el gobierno de Botsuana dijo que eran años de esfuerzos para llevar progreso al pueblo más tradicional del sur de África. Los bushmen han resistido cada vez, ignorando las restricciones de caza, negándose a abandonar sus aldeas y batallando contra el gobierno en un pleito en tribunales que esperan que revierta medidas que, dice, los han empujado al borde de la extinción.
En el centro del caso en el tribunal ha estado el testimonio sobre la destrucción de aldeas, como Malapo, que se llevó a cabo con una eficiencia que los bushmen encontraron espeluznante. Los hombres del gobierno desmantelaron docenas de chozas hechas de ramas y arbustos, dijeron los aldeanos. Luego ordenaron a los bushmen -descendientes de la gente que ha sobrevivido las duras condiciones del Kalahari durante decenas de miles de años- abordar los camiones para un arduo trayecto de seis horas hacia el campamento del gobierno que debía ser su nuevo hogar.
Era un terreno de tierra cubierto de malezas lejos de sus fuentes tradicionales de gamo y plantas ricas en agua y, todavía peor, lejos de las tumbas de sus ancestros, que rodean Malapo. El descontento de los ancestros, que los bushmen creen que dan guía y protección, no se dejó esperar, dijo Thabogwelo. "Nos habéis dejado', le dijeron sus tatarabuelos en sueños recurrentes, dijo. "¿Por qué no estáis con nosotros?'"
En un pasado los bushmen recorrían la mayor parte del sur de África como cazadores-recolectores, vistiéndose con pieles animales y sobreviviendo de la abundante fauna y plantas comestibles en toda la región. Pero en los últimos siglos su territorio y demografía se ha reducido firmemente. Primero llegaron al sur los granjeros africanos bantú; luego los colonos blancos se extendieron hacia el norte, desde el Ciudad del Cabo.
Históricamente los dos grupos miraban con desdén a los bushmen, tratándoles de manera inhumana y empujándolos hacia rincones cada vez más pequeños y menos acogedores de la región. Las masacres de bushmen fueron comunes alguna vez.
Más recientemente, la asimilación ha socavado a los bushmen como un grupo culturalmente distinto, con gente en la veintena y treintena cada vez más numerosos que optan por vivir y trabajar fuera del parque nacional, donde se dispone de suministro constante de agua y otros servicios del gobierno.
Para cuando el gobierno empezó los re-asentamientos forzados con la demolición de la aldea de Xade en 1997, sólo unos 2.000 bushmen permanecieron en el corazón del Kalahari, en un parque nacional más grande que Suiza. Los residentes de Xade fueron forzados a vivir fuera de la frontera occidental de la reserva en un asentamiento que el gobierno había llamado Nueva Xade. Pero muchos bushmen lo vieron como un lugar lúgubre y aterrador donde estaban alejados de sus ancestros y por tanto sujetos a enfermedades misteriosas e incluso la muerte.
El segundo ataque se produjo en 2002, cuando Malapo y otras aldeas restantes fueron destruidas y sus habitantes, como Thabogwelo, fueron transportados en camión a Nueva Xade. Muchos de ellos no habían subido nunca a un camión y no tenían ni idea de adónde eran llevados.
"Teníamos realmente miedo de que ese día íbamos a morir", dijo en una entrevista hace poco Gabolowe Rathotato, una mujer delgada y animada, de unos 70 años. "Ni siquiera nos dieron la posibilidad de decidir si queríamos mudarnos o no. Fue realmente doloroso".
Los bushmen dicen que siguen sin comprender los re-asentamientos, aunque muchos sospechan que el gobierno tener facilitar su acceso a las ricas vetas de diamante en la parte este del parque nacional.
Funcionarios contrarrestan que la minería de diamantes en la reserva no es viable comercialmente y que la protección de la fauna es una prioridad nacional. Sydney Pilane, el abogado jefe del gobierno, dijo que a medida que los bushmen se mudaban gradualmente hacia aldeas permanentes, empezaban a tener animales domésticos, a cultivar la tierra y a cazar con escopeta la abundante fauna. Sin control, dijo, habrían transformado el prístino parque nacional en una serie de aldeas y ciudades.
También dijo que la mayoría de los bushmen preferían vivir fuera del parque nacional y que el gobierno estaba ansioso de proveerles de los servicios que se encuentran en la mayor parte de Botsuana, uno de los países más prósperos y estables de África, con 1.6 millones de habitantes. Se estima que hay unos 48.000 bushmen y dos veces esta cifra en el sur de África en general, aunque todavía viven algunos en aldeas tradicionales como Malapo.
Líderes de los bushmen trazan sus problemas a los años ochenta, cuando el gobierno empezó a limitar fuertemente la caza, que no sólo privó a los aldeanos de una fuente de proteína sino además también socavó los rituales que son cruciales para el pasaje de los niños a la adultez. Los jóvenes bushmen debían asistir a escuelas del gobierno fuera del parque nacional, donde se les enseñaba inglés y setsuana antes que sus lenguas nativas.
Durante esos años, el gobierno empezó a proporcionar agua regularmente a los bushmen. Aunque agradecieron la ayuda, las entregas socavaron siglos de conocimiento sobre cómo sobrevivir extrayendo la humedad de melones, bayas y raíces fibrosas entre las plantas que bushmen aprenden tradicionalmente a reconocer.
"Si no nos traían agua, no nos habríamos acostumbrado", dijo el jefe de la aldea de Malapo, Molathwe Mokalaka, que parecía estar en sus setenta y es el suegro de Thabogwelo.
Las entregas de agua terminaron en 2002 el día de las re-ubicaciones. Y las restricciones de caza se transformaron en prohibiciones explícitas, incluso de caza menor como conejos. Los bushmen reconocen que ellos ocasionalmente violan la ley en su búsqueda de alimento, a pesar de que las penas pueden incluir la prisión.
Entretanto Nueva Xade se había transformado de campo de re-asentamiento en ciudad, con una escuela, una clínica médica y un popular bar. También hay grifos públicos de agua y una modesta pensión del gobierno para los viejos y los indigentes. Pero los residentes se quejan de que no saben qué plantas se pueden comer sin peligro y que hay poco trabajo. Muchos bushmen han caído en el alcoholismo, la inactividad y la desesperación.
Otros, como Thabogwelo, han vuelto a casa.
En esos primeros días después de la reubicación, ella y su marido decidieron que viajarían cuanto antes, dijeron en entrevistas hace poco. Reunieron los ahorros de toda la vida de la familia para comprar un camión Toyota usado, luego viajaron los 193 kilómetros hacia Malapo, conduciendo cautelosamente en los blandos y movedizas huellas en la arena. Otros viajaron a pie o en burro.
Cuando Thabogwelo vio por primera vez Malapo seis meses después de Nueva Xade, dijo que era como salir de la cárcel. "Era como si hubiera estado en la oscuridad y la luz cayera sobre mí", dijo.
Ahora ella se pasa los días recogiendo raíces con otras aldeanas y cocinando. Corta grandes melones verdes en trozos que, sobre un fuego, sueltan un dulce jugo en una cacerola de hierro. Thabogwelo visita las tumbas de sus ancestros toda vez que puede.
"He vuelto", le dijo a sus tatarabuelos en sus sepulturas sin marcas. "Me tenéis que perdonar".
Pero la mayoría de los bushmen de Kalahari no han querido retornar, al menos no mientras no se resuelva el caso en tribunales.
A pesar de quejas sobre Nueva Xade, esta ejerce una persistente atracción sobre los bushmen debido a su suministro permanente de agua, pagas del gobierno y otros servicios. Según la mayoría de los cálculos, hay 10 veces más bushmen viviendo en Nueva Xade que en el parque nacional.
El desequilibrio es más pronunciado entre los bushmen más jóvenes, desde niños en edad escolar hasta adultos en sus veintes y treintas. Incluso el hijo único de Thabogwelo, de 6, asiste a la escuela del gobierno en Nueva Xade.
Pero Thabogwelo no tiene planes de volver, incluso si el gobierno gana el caso en la corte, incluso si los hombres vuelven con sus camiones. "Me sentaré aquí", dijo. "Si me quieren matar, que me maten".
4 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh
"
Malapo, Botsuana. En el desierto de Kalahari, donde el paisaje se estira en extensiones marrones y polvorientas en todas direcciones, el agua es poder. Así que cuando los camiones con hombres del gobierno arremetieron hace tres años contra esta antigua aldea bushmen, descubrieron los tambores de acero que contenían las valiosas reservas de la comunidad. Entonces, dijeron los aldeanos, los hombres volcaron los tambores, derramando el agua en la arena.Mongwegi Thabogwelo, una mujer flaca y trabajadora que parecía estar en sus cuarenta, recuerda sus crueles palabras ese día: "Es el agua', dijeron, lo que les impide que se reubiquen'".
La expulsión de los bushmen fue la culminación de que el gobierno de Botsuana dijo que eran años de esfuerzos para llevar progreso al pueblo más tradicional del sur de África. Los bushmen han resistido cada vez, ignorando las restricciones de caza, negándose a abandonar sus aldeas y batallando contra el gobierno en un pleito en tribunales que esperan que revierta medidas que, dice, los han empujado al borde de la extinción.
En el centro del caso en el tribunal ha estado el testimonio sobre la destrucción de aldeas, como Malapo, que se llevó a cabo con una eficiencia que los bushmen encontraron espeluznante. Los hombres del gobierno desmantelaron docenas de chozas hechas de ramas y arbustos, dijeron los aldeanos. Luego ordenaron a los bushmen -descendientes de la gente que ha sobrevivido las duras condiciones del Kalahari durante decenas de miles de años- abordar los camiones para un arduo trayecto de seis horas hacia el campamento del gobierno que debía ser su nuevo hogar.
Era un terreno de tierra cubierto de malezas lejos de sus fuentes tradicionales de gamo y plantas ricas en agua y, todavía peor, lejos de las tumbas de sus ancestros, que rodean Malapo. El descontento de los ancestros, que los bushmen creen que dan guía y protección, no se dejó esperar, dijo Thabogwelo. "Nos habéis dejado', le dijeron sus tatarabuelos en sueños recurrentes, dijo. "¿Por qué no estáis con nosotros?'"
En un pasado los bushmen recorrían la mayor parte del sur de África como cazadores-recolectores, vistiéndose con pieles animales y sobreviviendo de la abundante fauna y plantas comestibles en toda la región. Pero en los últimos siglos su territorio y demografía se ha reducido firmemente. Primero llegaron al sur los granjeros africanos bantú; luego los colonos blancos se extendieron hacia el norte, desde el Ciudad del Cabo.
Históricamente los dos grupos miraban con desdén a los bushmen, tratándoles de manera inhumana y empujándolos hacia rincones cada vez más pequeños y menos acogedores de la región. Las masacres de bushmen fueron comunes alguna vez.
Más recientemente, la asimilación ha socavado a los bushmen como un grupo culturalmente distinto, con gente en la veintena y treintena cada vez más numerosos que optan por vivir y trabajar fuera del parque nacional, donde se dispone de suministro constante de agua y otros servicios del gobierno.
Para cuando el gobierno empezó los re-asentamientos forzados con la demolición de la aldea de Xade en 1997, sólo unos 2.000 bushmen permanecieron en el corazón del Kalahari, en un parque nacional más grande que Suiza. Los residentes de Xade fueron forzados a vivir fuera de la frontera occidental de la reserva en un asentamiento que el gobierno había llamado Nueva Xade. Pero muchos bushmen lo vieron como un lugar lúgubre y aterrador donde estaban alejados de sus ancestros y por tanto sujetos a enfermedades misteriosas e incluso la muerte.
El segundo ataque se produjo en 2002, cuando Malapo y otras aldeas restantes fueron destruidas y sus habitantes, como Thabogwelo, fueron transportados en camión a Nueva Xade. Muchos de ellos no habían subido nunca a un camión y no tenían ni idea de adónde eran llevados.
"Teníamos realmente miedo de que ese día íbamos a morir", dijo en una entrevista hace poco Gabolowe Rathotato, una mujer delgada y animada, de unos 70 años. "Ni siquiera nos dieron la posibilidad de decidir si queríamos mudarnos o no. Fue realmente doloroso".
Los bushmen dicen que siguen sin comprender los re-asentamientos, aunque muchos sospechan que el gobierno tener facilitar su acceso a las ricas vetas de diamante en la parte este del parque nacional.
Funcionarios contrarrestan que la minería de diamantes en la reserva no es viable comercialmente y que la protección de la fauna es una prioridad nacional. Sydney Pilane, el abogado jefe del gobierno, dijo que a medida que los bushmen se mudaban gradualmente hacia aldeas permanentes, empezaban a tener animales domésticos, a cultivar la tierra y a cazar con escopeta la abundante fauna. Sin control, dijo, habrían transformado el prístino parque nacional en una serie de aldeas y ciudades.
También dijo que la mayoría de los bushmen preferían vivir fuera del parque nacional y que el gobierno estaba ansioso de proveerles de los servicios que se encuentran en la mayor parte de Botsuana, uno de los países más prósperos y estables de África, con 1.6 millones de habitantes. Se estima que hay unos 48.000 bushmen y dos veces esta cifra en el sur de África en general, aunque todavía viven algunos en aldeas tradicionales como Malapo.
Líderes de los bushmen trazan sus problemas a los años ochenta, cuando el gobierno empezó a limitar fuertemente la caza, que no sólo privó a los aldeanos de una fuente de proteína sino además también socavó los rituales que son cruciales para el pasaje de los niños a la adultez. Los jóvenes bushmen debían asistir a escuelas del gobierno fuera del parque nacional, donde se les enseñaba inglés y setsuana antes que sus lenguas nativas.
Durante esos años, el gobierno empezó a proporcionar agua regularmente a los bushmen. Aunque agradecieron la ayuda, las entregas socavaron siglos de conocimiento sobre cómo sobrevivir extrayendo la humedad de melones, bayas y raíces fibrosas entre las plantas que bushmen aprenden tradicionalmente a reconocer.
"Si no nos traían agua, no nos habríamos acostumbrado", dijo el jefe de la aldea de Malapo, Molathwe Mokalaka, que parecía estar en sus setenta y es el suegro de Thabogwelo.
Las entregas de agua terminaron en 2002 el día de las re-ubicaciones. Y las restricciones de caza se transformaron en prohibiciones explícitas, incluso de caza menor como conejos. Los bushmen reconocen que ellos ocasionalmente violan la ley en su búsqueda de alimento, a pesar de que las penas pueden incluir la prisión.
Entretanto Nueva Xade se había transformado de campo de re-asentamiento en ciudad, con una escuela, una clínica médica y un popular bar. También hay grifos públicos de agua y una modesta pensión del gobierno para los viejos y los indigentes. Pero los residentes se quejan de que no saben qué plantas se pueden comer sin peligro y que hay poco trabajo. Muchos bushmen han caído en el alcoholismo, la inactividad y la desesperación.
Otros, como Thabogwelo, han vuelto a casa.
En esos primeros días después de la reubicación, ella y su marido decidieron que viajarían cuanto antes, dijeron en entrevistas hace poco. Reunieron los ahorros de toda la vida de la familia para comprar un camión Toyota usado, luego viajaron los 193 kilómetros hacia Malapo, conduciendo cautelosamente en los blandos y movedizas huellas en la arena. Otros viajaron a pie o en burro.
Cuando Thabogwelo vio por primera vez Malapo seis meses después de Nueva Xade, dijo que era como salir de la cárcel. "Era como si hubiera estado en la oscuridad y la luz cayera sobre mí", dijo.
Ahora ella se pasa los días recogiendo raíces con otras aldeanas y cocinando. Corta grandes melones verdes en trozos que, sobre un fuego, sueltan un dulce jugo en una cacerola de hierro. Thabogwelo visita las tumbas de sus ancestros toda vez que puede.
"He vuelto", le dijo a sus tatarabuelos en sus sepulturas sin marcas. "Me tenéis que perdonar".
Pero la mayoría de los bushmen de Kalahari no han querido retornar, al menos no mientras no se resuelva el caso en tribunales.
A pesar de quejas sobre Nueva Xade, esta ejerce una persistente atracción sobre los bushmen debido a su suministro permanente de agua, pagas del gobierno y otros servicios. Según la mayoría de los cálculos, hay 10 veces más bushmen viviendo en Nueva Xade que en el parque nacional.
El desequilibrio es más pronunciado entre los bushmen más jóvenes, desde niños en edad escolar hasta adultos en sus veintes y treintas. Incluso el hijo único de Thabogwelo, de 6, asiste a la escuela del gobierno en Nueva Xade.
Pero Thabogwelo no tiene planes de volver, incluso si el gobierno gana el caso en la corte, incluso si los hombres vuelven con sus camiones. "Me sentaré aquí", dijo. "Si me quieren matar, que me maten".
4 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh
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zimbabue ataca a sus pobres
[Robin Dixon] Tropas del régimen obligaron a vecinos a demoler sus propias casas. Algunos lo llaman venganza post-electoral.
Johanesburgo, Sudáfrica. En la capital de Zimbabue, fuerzas de seguridad y policiales obligaron el viernes a miles de habitantes de villas miseria a demoler sus casas después de que el gobierno declarara que sus chozas eran ilegales. Algunos de los nuevos sin-casa se apiñaban entre los escombros con las pocas pertenencias que pudieron rescatar.
Funcionarios del partido gobernante ZANU-PF del presidente Robert Mugabe apodaron la campaña Operación Restauración del Orden, describiéndola como una limpieza de la ciudad tras las elecciones recientes, que fueron condenadas como fraudulentas por la comunidad internacional. Pero otros dijeron que era una venganza contra los pobres de la ciudad, que votaron abrumadoramente por la oposición del Movimiento por el Cambio Democrático MCD.
"La gente estaba cansada y desorientada", dijo Trudy Stevenson, una funcionaria del MCD en el norte de Harare. "Pasaron toda la noche destruyendo sus propias casas a punta de pistola.
"Se preguntaban dónde pasarían la noche. Muchos decían: ‘Ahora vemos lo cruel que es el gobierno’. Había niños parados entre sus cosas, confundidos".
Las demoliciones empezaron el jueves por la noche, cuando más de 3.000 agentes de policía se desplegaron para expulsar a la gente de sus chozas. Se planean otras operaciones en los próximos días. La gente desplazada sería llevada a nuevas ubicaciones en las afueras de Harere, pero el viernes muchos pasaron la segunda noche a la intemperie, mientras el invierno debe comenzar en algunas semanas.
El activista del MCD Tonderai Ndira, 28, del suburbio Mabvuku, de Harare, dijo que vio a docenas de personas que fueron golpeadas por la policía cuando se resistieron a demoler sus chozas en el distrito de Kudzawana.
La policía "estaba quemando las casas", dijo Ndira. "La gente estaba indignada. Se estaban resistiendo y arrojando piedras a la policía. Les negaron la posibilidad de desocupar sus casas, los obligaron a demolerlas".
Pero en otras áreas testigos informaron que los asustados residentes habían obedecido mansamente la orden de destruir sus casas.
Las demoliciones se producen una semana después de la represión en Harare del bullente mercado negro. La policía rodeó a los vendedores callejeros, quemó o demolió sus puestos, destruyó sus mercaderías y detuvo a miles.
La crisis económica y los altos niveles de desempleo de Zimbabue han obligado a muchos pobres urbanos a convertirse en vendedores ilegales. La represión se produce en medio de una aguda escasez de alimentos y gasolina en todo el país después del fracaso casi total de las cosechas de este año debido a la sequía y a medidas agrícolas polémicas.
Stevenson, la funcionaria del MCD, dijo que la gente expulsada del área de Hatcliffe Extension, parte de su electorado, eran residentes legales que habían pasado 300.000 dólares zimbabuenses por el derecho a ocupar sus terrenos como parte de un proyecto conjunto del Banco Mundial y del gobierno zimbabuense hace algunos años.
El valor actual de 300.000 dólares zimbabuenses es de sólo 33 dólares norteamericanos a la tasa oficial de cambio, ya que la galopante inflación ha reducido la moneda del país a menos de un décimo de su valor de hace dos años.
"La gente va a pasar en la calle su segunda noche. No tienen refugios. No tienen comida. Hace frío. Esta crueldad es extrema", dijo Stevenson. "Es una venganza, en mi opinión, porque la ciudad votó al MCD y el gobierno quiere simplemente acabar con nosotros".
Stevenson calculó el número de gente sin-casa en la Hatcliffe Extension en 6.000 a 7.000 personas.
El viernes el diario Herald, de Harare, informó que el comisario de policía Augustine Chihuri había advertido que sus tropas tratarían con dureza a cualquiera que se opusiera a la Operación Restauración del Orden.
Chihuri hijo que "codiciosos" comerciantes y "vagos" habían transformado las ciudades de Harare y Bulawayo en "sucias barriadas de chozas", dijo el diario.
Agregó que el gobierno había "aumentado sus esfuerzos contra empresarios beligerantes e inescrupulosos cuya mala dirección e insaciable deseo de corrupción han impregnado toda la fábrica económica de nuestro adorado país".
John Robertson, un economista independiente de Harare, dijo que la represión de los comerciantes había dejado sin medios de vida a miles de familias, que pasarían ahora hambre.
"El gobierno ataca los síntomas de un problema mucho más grande, que es que el gobierno ha provocado tal caos con sus políticas de inversión que nadie tiene trabajo. No hay mucha gente que pueda hacer otra cosa de comprar y vender. Cuando la gente está desesperada, se vuelve muy inventiva".
Dijo que el gobierno puede estar aplicando medidas más duras para impedir las revueltas que pueden surgir cuando empeore la escasez de alimentos en los próximos meses. Las autoridades "puede temer revueltas más grandes en el futuro si no demuestran ahora su determinación", dijo Robertson.
1 de junio de 2005
28 de mayo de 2005
©los angeles times
cc traducción mQh
Johanesburgo, Sudáfrica. En la capital de Zimbabue, fuerzas de seguridad y policiales obligaron el viernes a miles de habitantes de villas miseria a demoler sus casas después de que el gobierno declarara que sus chozas eran ilegales. Algunos de los nuevos sin-casa se apiñaban entre los escombros con las pocas pertenencias que pudieron rescatar.Funcionarios del partido gobernante ZANU-PF del presidente Robert Mugabe apodaron la campaña Operación Restauración del Orden, describiéndola como una limpieza de la ciudad tras las elecciones recientes, que fueron condenadas como fraudulentas por la comunidad internacional. Pero otros dijeron que era una venganza contra los pobres de la ciudad, que votaron abrumadoramente por la oposición del Movimiento por el Cambio Democrático MCD.
"La gente estaba cansada y desorientada", dijo Trudy Stevenson, una funcionaria del MCD en el norte de Harare. "Pasaron toda la noche destruyendo sus propias casas a punta de pistola.
"Se preguntaban dónde pasarían la noche. Muchos decían: ‘Ahora vemos lo cruel que es el gobierno’. Había niños parados entre sus cosas, confundidos".
Las demoliciones empezaron el jueves por la noche, cuando más de 3.000 agentes de policía se desplegaron para expulsar a la gente de sus chozas. Se planean otras operaciones en los próximos días. La gente desplazada sería llevada a nuevas ubicaciones en las afueras de Harere, pero el viernes muchos pasaron la segunda noche a la intemperie, mientras el invierno debe comenzar en algunas semanas.
El activista del MCD Tonderai Ndira, 28, del suburbio Mabvuku, de Harare, dijo que vio a docenas de personas que fueron golpeadas por la policía cuando se resistieron a demoler sus chozas en el distrito de Kudzawana.
La policía "estaba quemando las casas", dijo Ndira. "La gente estaba indignada. Se estaban resistiendo y arrojando piedras a la policía. Les negaron la posibilidad de desocupar sus casas, los obligaron a demolerlas".
Pero en otras áreas testigos informaron que los asustados residentes habían obedecido mansamente la orden de destruir sus casas.
Las demoliciones se producen una semana después de la represión en Harare del bullente mercado negro. La policía rodeó a los vendedores callejeros, quemó o demolió sus puestos, destruyó sus mercaderías y detuvo a miles.
La crisis económica y los altos niveles de desempleo de Zimbabue han obligado a muchos pobres urbanos a convertirse en vendedores ilegales. La represión se produce en medio de una aguda escasez de alimentos y gasolina en todo el país después del fracaso casi total de las cosechas de este año debido a la sequía y a medidas agrícolas polémicas.
Stevenson, la funcionaria del MCD, dijo que la gente expulsada del área de Hatcliffe Extension, parte de su electorado, eran residentes legales que habían pasado 300.000 dólares zimbabuenses por el derecho a ocupar sus terrenos como parte de un proyecto conjunto del Banco Mundial y del gobierno zimbabuense hace algunos años.
El valor actual de 300.000 dólares zimbabuenses es de sólo 33 dólares norteamericanos a la tasa oficial de cambio, ya que la galopante inflación ha reducido la moneda del país a menos de un décimo de su valor de hace dos años.
"La gente va a pasar en la calle su segunda noche. No tienen refugios. No tienen comida. Hace frío. Esta crueldad es extrema", dijo Stevenson. "Es una venganza, en mi opinión, porque la ciudad votó al MCD y el gobierno quiere simplemente acabar con nosotros".
Stevenson calculó el número de gente sin-casa en la Hatcliffe Extension en 6.000 a 7.000 personas.
El viernes el diario Herald, de Harare, informó que el comisario de policía Augustine Chihuri había advertido que sus tropas tratarían con dureza a cualquiera que se opusiera a la Operación Restauración del Orden.
Chihuri hijo que "codiciosos" comerciantes y "vagos" habían transformado las ciudades de Harare y Bulawayo en "sucias barriadas de chozas", dijo el diario.
Agregó que el gobierno había "aumentado sus esfuerzos contra empresarios beligerantes e inescrupulosos cuya mala dirección e insaciable deseo de corrupción han impregnado toda la fábrica económica de nuestro adorado país".
John Robertson, un economista independiente de Harare, dijo que la represión de los comerciantes había dejado sin medios de vida a miles de familias, que pasarían ahora hambre.
"El gobierno ataca los síntomas de un problema mucho más grande, que es que el gobierno ha provocado tal caos con sus políticas de inversión que nadie tiene trabajo. No hay mucha gente que pueda hacer otra cosa de comprar y vender. Cuando la gente está desesperada, se vuelve muy inventiva".
Dijo que el gobierno puede estar aplicando medidas más duras para impedir las revueltas que pueden surgir cuando empeore la escasez de alimentos en los próximos meses. Las autoridades "puede temer revueltas más grandes en el futuro si no demuestran ahora su determinación", dijo Robertson.
1 de junio de 2005
28 de mayo de 2005
©los angeles times
cc traducción mQh
donde sida significa muerte
[Craig Timberg] En el Zimbabue rural. La política y la pobreza dejan a muchos sin ayuda en África.
Zhulube, Zimbabue. Para Gladys Mataruse, en estos días nada es fácil. Caminar la cansa. Hablar duele. Y en las largas e insomnes noches y ataques de tos, tampoco cuenta con su marido, que la declaró "inútil" y se marchó. Pero nada, explicó con un ronco susurro, es más doloroso que su temor de que pronto morirá de una enfermedad misteriosa, dejando huérfanos a sus hijas en edad escolar.
Mataruse, 29, tiene los brazos flacos, la piel floja y una mirada de abatimiento de alguien muy enfermo. Dijo que había oído hablar del SIDA. Sin embargo, todo lo que sabe sobre la enfermedad es que causa a menudo los síntomas que padece -pérdida de peso, diarrea, tos, fiebre- y que aquí, en el campo de Zimbabue, eso es inevitablemente fatal.
"Me gustaría estar sana de nuevo, pero ahora no creo que ocurra", dijo Mataruse, con la mirada clavada en el suelo mientras su hija menor, Florence, de 6, estaba sentada junto a ella, con expresión seria y un vestido blanco.
En la mayor parte del mundo, el SIDA no es ya una ineluctable sentencia de muerte. Incluso en gran parte de África, billones de dólares en ayuda lo han convertido en una enfermedad crónica controlable para un pequeño pero cada vez más grande grupo de pacientes con acceso a la medicina antirretroviral. Pero esta ayuda llega de una manera profundamente diferente, y divide al continente en áreas donde se puede sobrevivir el SIDA y áreas donde no se puede.
A este respecto, Mataruse no podría vivir en un peor lugar. Zhulube es una remota región del sur de Zimbabue, un país cuyo sistema de salud pública ha sido diezmado por el colapso económico y el aislamiento internacional. En el sur de África, el epicentro de la pandemia global, ningún país va tan atrás en su tratamiento del SIDA como Zimbabue, según las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud OMS.
Se estima en 1.8 millones los zimbabuenses que sufren de VIH, el virus que causa el SIDA. De ese grupo, 295.000 necesitan tratamiento antirretroviral de inmediato, y sólo 8.000 -menos del 3 por ciento- lo reciben, de acuerdo a un informe de diciembre de la OMS. La necesidad de tratamiento crece más rápidamente que la capacidad de proporcionarlo, muestra el informe.
La clínica local de Mataruse, una ardua caminata de 4.8 kilómetros desde su casa, carece no solamente de medicina antirretroviral, sino también de los botiquines que se necesitan para el análisis de VIH. Incluso elementos básicos de los sistemas de salud modernos -jeringas, fluido intravenoso, antibióticos y vendas elásticas- son frecuentemente ausentes, dijo una enfermera de la clínica.
Allá no hay doctores. Las enfermeras que han llevado la crónica del decaimiento de Mataruse no mencionaron nunca ni el VIH ni el SIDA, dijo, y ninguno de los dos términos aparecen en el maltratado folleto de papel de archivos médicos que conserva.
El aumento en la ayuda internacional que está comenzando a prolongar la vida de africanos con SIDA han pasado a Zimbabue casi enteramente por alto. Naciones Unidas, el Banco Mundial y el proyecto SIDA del presidente Bush se concentran en otros países, en gran parte debido a la reputación del presidente Robert G. Mugabe como uno de los menos democráticos y anti-occidentales presidentes de África Occidental ha mantenido alejados de Zimbabue a los donantes.
"Hay tensión entre la comunidad internacional y el gobierno de Zimbabue", dijo James Elder, un portavoz de UNICED en Harare, la capital. Pero agregó: "No hay que descargarse con los niños. Pongamos más atención en la gente y menos en la política".
La suma promedio de la ayuda internacional anual en el sur de África es de 74 dólares por persona infectada con VIH, de acuerdo a la UNICEF. En Zimbabue esa cifra es de 4 dólares.
La discrepancia es incluso más dramática cuando se la compara con las sumas recibidas al otro lado de la frontera en Zambia, donde los donantes internacionales proporcionan 187 dólares por persona infectada. Y aunque Zimbabue es candidato para un préstamo de 14 millones de dólares del Fondo Global de la Lucha contra el SIDA, Tuberculosis y Malaria, la misma agencia rechazó una solicitud en diciembre de más de 250 millones de dólares, citando defectos técnicos en la propuesta.
Los resultados se pueden ver en la relativa disponibilidad de medicina. En Zambia, las medicinas antirretovirales llegan al 13 por ciento de los que las necesitan, de acuerdo a estadísticas de la OMS. El vecino del sudoeste de Zimbabue, Botsuana, que tiene un ingreso per cápita mucho más alto y recibe una substancial ayuda sanitaria de la Fundación Bill y Melinda Gates, recibe antirretrovirales para un 50 por ciento de los que los necesitan.
Incluso en África del Sur, que han sido ampliamente criticado por su lenta respuesta ante el SIDA, los antirretovirales llegan al 7 por ciento de los que necesitan las medicinas. En las principales ciudades sudafricanas, como Johanesburgo y Ciudad del Cabo, la lista de espera para las medicinas para el SIDA subvencionadas por el gobierno ha prácticamente desaparecido, dijeron doctores de aquí.
Mientras los gobiernos de la mayoría de los países más fuertemente impactados por el SIDA han colaborado con los donantes internacionales, el gobierno de Mugabe se ha tornado crecientemente beligerante hacia el Occidente, especialmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, a los que ataca regularmente con una cáustica retórica.
Mugabe se ha ganado el elogio internacional por su disposición a discutir el SIDA públicamente, en contraste con el presidente sudafricano, Thabo Mbeki. El año pasado reveló en un discurso que miembros de su familia habían contraído la enfermedad, y el gobierno impuso un impuesto con el propósito manifiesto de generar recursos para la lucha contra el SIDA.
Pero muchos zimbabuenses expresan dudas de que el dinero recaudado con el impuesto haya sido destinado para el tratamiento o prevención del SIDA. Hay pocos mensajes de salud pública sobre el VIH en el país, aparte un puñado de vallas publicitarias vagamente redactadas que fomentan el uso del condón.
La reputación de Mugabe y su partido gobernante de desviar fondos públicos para beneficio particular, entretanto, ha provocado que los principales donantes internacionales se muestren reluctantes a tener que ver con él. Y el parlamento aprobó una ley el año pasado para colocar a los grupos de ayuda independientes, que podrían proporcionar una alternativa para la entrega de la ayuda sanitaria internacional bajo control del gobierno.
Las víctimas de este enfrentamiento entre Mugabe y los donantes occidentales son los zimbabuenses con SIDA, dijeron activistas aquí.
"No se puede ganar esta batalla combatiendo al gobierno, porque ellos controlan los recursos", dijo Lynde Francis, una activista anti SIDA en la cercana Bulawayo. "No importa lo que gimotees y chilles sobre el gobierno. Retirar la ayuda no te lleva a ninguna parte".
Uno de los pocos donantes internacionales que han hecho un compromiso significativo para luchar contra el SIDA en Zimbabue es el grupo médico francés estudiosamente imparcial Médicos sin Fronteras, que ha logrado que Bulawayo sea la única ciudad de Zimbabue donde los antirretrovirales son ampliamente disponibles. También una compañía zimbabuense está comenzando a producir una versión genérica de una popular combinación de medicinas antirretrovirales, que puede mejorar el acceso.
Pero aquí en Zhulube, un pueblo polvoriento y mísero en una región de minas de oro, el sistema de salud pública tiene incluso problemas manejando enfermedades relativamente simples, como la neumonía y las heridas infectadas.
Mataruse ha ido caminando a la clínica casi todos los meses en los últimos dos años, quejándose de tos, dolores de cabeza, fiebre, diarrea y sudor nocturno. Sus historiales sanitarios muestran que no se le dio normalmente más que analgésicos.
El retroceso en la salud de Mataruse ha sido acompañado por otros problemas. La pérdida de peso es un síntoma de que incluso gente con poca educación en el sur de África se ha aprendido el anuncio. Mientras su peso caía de 61 a 45 kilos, Mataruse dijo que su marido decidió buscarse otra esposa porque ella ya no podía asear la casa o acarrear agua sobre su cabeza.
La familia de su marido, que se ocupó a regañadientes de ella, ha insistido en que use sus propios platos y mantas en la errónea creencia de que compartirlos con ella podría contagiarles el virus. El mes pasado, le dijeron que también debía prepararse sus propias comidas, una tarea cada vez más difícil ahora que su estado empeora.
Una vez, hace algunos meses, pensó en mudarse a la casa de sus padres en un pueblo cercano. Pero se arrepintió, dijo, después de que su marido hiciera objeciones.
"¿Para qué vas allá?", le dijo. "Tú has muerto ya".
26 de mayo de 2005
20 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
Mataruse, 29, tiene los brazos flacos, la piel floja y una mirada de abatimiento de alguien muy enfermo. Dijo que había oído hablar del SIDA. Sin embargo, todo lo que sabe sobre la enfermedad es que causa a menudo los síntomas que padece -pérdida de peso, diarrea, tos, fiebre- y que aquí, en el campo de Zimbabue, eso es inevitablemente fatal.
"Me gustaría estar sana de nuevo, pero ahora no creo que ocurra", dijo Mataruse, con la mirada clavada en el suelo mientras su hija menor, Florence, de 6, estaba sentada junto a ella, con expresión seria y un vestido blanco.
En la mayor parte del mundo, el SIDA no es ya una ineluctable sentencia de muerte. Incluso en gran parte de África, billones de dólares en ayuda lo han convertido en una enfermedad crónica controlable para un pequeño pero cada vez más grande grupo de pacientes con acceso a la medicina antirretroviral. Pero esta ayuda llega de una manera profundamente diferente, y divide al continente en áreas donde se puede sobrevivir el SIDA y áreas donde no se puede.
A este respecto, Mataruse no podría vivir en un peor lugar. Zhulube es una remota región del sur de Zimbabue, un país cuyo sistema de salud pública ha sido diezmado por el colapso económico y el aislamiento internacional. En el sur de África, el epicentro de la pandemia global, ningún país va tan atrás en su tratamiento del SIDA como Zimbabue, según las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud OMS.
Se estima en 1.8 millones los zimbabuenses que sufren de VIH, el virus que causa el SIDA. De ese grupo, 295.000 necesitan tratamiento antirretroviral de inmediato, y sólo 8.000 -menos del 3 por ciento- lo reciben, de acuerdo a un informe de diciembre de la OMS. La necesidad de tratamiento crece más rápidamente que la capacidad de proporcionarlo, muestra el informe.
La clínica local de Mataruse, una ardua caminata de 4.8 kilómetros desde su casa, carece no solamente de medicina antirretroviral, sino también de los botiquines que se necesitan para el análisis de VIH. Incluso elementos básicos de los sistemas de salud modernos -jeringas, fluido intravenoso, antibióticos y vendas elásticas- son frecuentemente ausentes, dijo una enfermera de la clínica.
Allá no hay doctores. Las enfermeras que han llevado la crónica del decaimiento de Mataruse no mencionaron nunca ni el VIH ni el SIDA, dijo, y ninguno de los dos términos aparecen en el maltratado folleto de papel de archivos médicos que conserva.
El aumento en la ayuda internacional que está comenzando a prolongar la vida de africanos con SIDA han pasado a Zimbabue casi enteramente por alto. Naciones Unidas, el Banco Mundial y el proyecto SIDA del presidente Bush se concentran en otros países, en gran parte debido a la reputación del presidente Robert G. Mugabe como uno de los menos democráticos y anti-occidentales presidentes de África Occidental ha mantenido alejados de Zimbabue a los donantes.
"Hay tensión entre la comunidad internacional y el gobierno de Zimbabue", dijo James Elder, un portavoz de UNICED en Harare, la capital. Pero agregó: "No hay que descargarse con los niños. Pongamos más atención en la gente y menos en la política".
La suma promedio de la ayuda internacional anual en el sur de África es de 74 dólares por persona infectada con VIH, de acuerdo a la UNICEF. En Zimbabue esa cifra es de 4 dólares.
La discrepancia es incluso más dramática cuando se la compara con las sumas recibidas al otro lado de la frontera en Zambia, donde los donantes internacionales proporcionan 187 dólares por persona infectada. Y aunque Zimbabue es candidato para un préstamo de 14 millones de dólares del Fondo Global de la Lucha contra el SIDA, Tuberculosis y Malaria, la misma agencia rechazó una solicitud en diciembre de más de 250 millones de dólares, citando defectos técnicos en la propuesta.
Los resultados se pueden ver en la relativa disponibilidad de medicina. En Zambia, las medicinas antirretovirales llegan al 13 por ciento de los que las necesitan, de acuerdo a estadísticas de la OMS. El vecino del sudoeste de Zimbabue, Botsuana, que tiene un ingreso per cápita mucho más alto y recibe una substancial ayuda sanitaria de la Fundación Bill y Melinda Gates, recibe antirretrovirales para un 50 por ciento de los que los necesitan.
Incluso en África del Sur, que han sido ampliamente criticado por su lenta respuesta ante el SIDA, los antirretovirales llegan al 7 por ciento de los que necesitan las medicinas. En las principales ciudades sudafricanas, como Johanesburgo y Ciudad del Cabo, la lista de espera para las medicinas para el SIDA subvencionadas por el gobierno ha prácticamente desaparecido, dijeron doctores de aquí.
Mientras los gobiernos de la mayoría de los países más fuertemente impactados por el SIDA han colaborado con los donantes internacionales, el gobierno de Mugabe se ha tornado crecientemente beligerante hacia el Occidente, especialmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, a los que ataca regularmente con una cáustica retórica.
Mugabe se ha ganado el elogio internacional por su disposición a discutir el SIDA públicamente, en contraste con el presidente sudafricano, Thabo Mbeki. El año pasado reveló en un discurso que miembros de su familia habían contraído la enfermedad, y el gobierno impuso un impuesto con el propósito manifiesto de generar recursos para la lucha contra el SIDA.
Pero muchos zimbabuenses expresan dudas de que el dinero recaudado con el impuesto haya sido destinado para el tratamiento o prevención del SIDA. Hay pocos mensajes de salud pública sobre el VIH en el país, aparte un puñado de vallas publicitarias vagamente redactadas que fomentan el uso del condón.
La reputación de Mugabe y su partido gobernante de desviar fondos públicos para beneficio particular, entretanto, ha provocado que los principales donantes internacionales se muestren reluctantes a tener que ver con él. Y el parlamento aprobó una ley el año pasado para colocar a los grupos de ayuda independientes, que podrían proporcionar una alternativa para la entrega de la ayuda sanitaria internacional bajo control del gobierno.
Las víctimas de este enfrentamiento entre Mugabe y los donantes occidentales son los zimbabuenses con SIDA, dijeron activistas aquí.
"No se puede ganar esta batalla combatiendo al gobierno, porque ellos controlan los recursos", dijo Lynde Francis, una activista anti SIDA en la cercana Bulawayo. "No importa lo que gimotees y chilles sobre el gobierno. Retirar la ayuda no te lleva a ninguna parte".
Uno de los pocos donantes internacionales que han hecho un compromiso significativo para luchar contra el SIDA en Zimbabue es el grupo médico francés estudiosamente imparcial Médicos sin Fronteras, que ha logrado que Bulawayo sea la única ciudad de Zimbabue donde los antirretrovirales son ampliamente disponibles. También una compañía zimbabuense está comenzando a producir una versión genérica de una popular combinación de medicinas antirretrovirales, que puede mejorar el acceso.
Pero aquí en Zhulube, un pueblo polvoriento y mísero en una región de minas de oro, el sistema de salud pública tiene incluso problemas manejando enfermedades relativamente simples, como la neumonía y las heridas infectadas.
Mataruse ha ido caminando a la clínica casi todos los meses en los últimos dos años, quejándose de tos, dolores de cabeza, fiebre, diarrea y sudor nocturno. Sus historiales sanitarios muestran que no se le dio normalmente más que analgésicos.
El retroceso en la salud de Mataruse ha sido acompañado por otros problemas. La pérdida de peso es un síntoma de que incluso gente con poca educación en el sur de África se ha aprendido el anuncio. Mientras su peso caía de 61 a 45 kilos, Mataruse dijo que su marido decidió buscarse otra esposa porque ella ya no podía asear la casa o acarrear agua sobre su cabeza.
La familia de su marido, que se ocupó a regañadientes de ella, ha insistido en que use sus propios platos y mantas en la errónea creencia de que compartirlos con ella podría contagiarles el virus. El mes pasado, le dijeron que también debía prepararse sus propias comidas, una tarea cada vez más difícil ahora que su estado empeora.
Una vez, hace algunos meses, pensó en mudarse a la casa de sus padres en un pueblo cercano. Pero se arrepintió, dijo, después de que su marido hiciera objeciones.
"¿Para qué vas allá?", le dijo. "Tú has muerto ya".
26 de mayo de 2005
20 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
zimbabue corre hacia la ruina
[Michael Wines] La inflación es tan grande que las operaciones de contabilidad no se pueden realizar por falta de espacio para los ceros.
Bulawayo, Zimbabue. En las semanas previas a las elecciones parlamentarias de marzo, los líderes de este gastado país abrieron la despensa nacional, cortejando a los votantes con existencias de productos normalmente escasos, como la gasolina y el maíz, y una avalancha de dinero recién impreso.
Puede haber ayudado que el partido gobernante, el ZANU-PF del presidente Robert G. Mugabe, fuera confirmado en el poder por otros cinco años. Pero la prosperidad potemkinesca de Zimbabue se ha evaporado desde las elecciones, y ha sido remplazada por escasez y crecientes señales de colapso económico.
Aquí en la segunda ciudad del país, las colas de coches se extienden por medio kilómetro y más frente a las gasolineras sedientas de combustible, y los conductores pasan la noche en los asientos traseros de sus coches para no perder su lugar en la cola. La leche, el aceite de cocina y, sobre todo, el maíz, la comida típica nacional, son recuerdos lejanos en la mayoría de las tiendas. En una tienda de comestibles en el centro, tubos de la elogiada pasta dental norteamericana son guardados en una caja con cerrojo.
La moneda de Zimbabue, que en abril de 2002 se cambiaba en el mercado negro a 120 por dólar, subió a 6.200 por dólar en diciembre último, 12.000 el 1 de abril y 17.000 a principios de mayo. Hacia mediados de mayo un solo dólares americano correspondía a 25.000 dólares zimbabuenses, aunque la tasa de cambio se ha estabilizado en unos 20.000 dólares de ese país.
[El gobierno de Zimbabue mantuvo firmemente la tasa oficial de cambio de 6.100 dólares de Zimbabue por 1 dólar americano hasta el martes, cuando el banco central del país anunció una devaluación. Pero los gerentes comerciales aquí dicen que la nueva tasa oficial -9.000 por un dólar americano- no tendrá probablemente más que un breve impacto en la economía].
"No lo podemos controlar", dijo en una entrevista un fabricante de Bulawayo. "Cuando uno va cuesta abajo, uno puede pegar y pegar parches en las llantas, pero al final la llanta va a estallar de todos modos".
Ejecutivos empresariales entrevistados para este artículo rechazaron casi uniformemente ser identificados, por temor a que sus críticas de las medidas económicas puedan estropear sus escasas posibilidades de recibir asistencia oficial.
John Robertson, un crítico persistente y ex economista del gobierno, dijo que el gobierno parecía haber agotado sus reservas de la campaña de buena voluntad de antes de las elecciones parlamentarias y estaba ahora pagando la cuenta.
Durante años la economía de Zimbabue ha sido un asunto de chicles y fardos, con un 70 por ciento de desempleo, inflación de tres dígitos y una moneda que no es aceptada por ningún acreedor extranjero. La prosperidad ha estado retrocediendo desde fines de los años noventa, cuando los ataques del gobierno contra acreedores internacionales y su expropiación de granjas comerciales desencadenó una avalancha de reveses económicos.
Los descalabros económicos pasados han provocado revueltas por el precio de los alimentos, protestas por las colas de la gasolina y represiones oficiales. Esta vez el gobierno envió a la policía a sofocar los disturbios frente a tiendas y gasolineras, y empezó a detener a vendedores callejeros que venden abiertamente productos del mercado negro y monedas extranjeras a tasas ilegales.
Sin embargo algunos dicen que la actual crisis, quizás la peor desde que empezara a fundirse la economía, puede ser un punto de no retorno. Los principales problemas económicos de Zimbabue -la fuga de capitales, una terrible escasez de divisas extranjeras con las que pagar las importaciones y una galopante inflación- son ahora tan severos que están erosionando lo que queda de la infraestructura industrial y agrícola.
Las manufacturas se han reducido a un goteo, incapacitadas por la escasez de combustible y componentes importados. Los comercios se han visto obligados a hacer trueques y a participar en el mercado negro, lo que aumenta la inflación. Los llamados a la ayuda del gobierno han sido en su mayoría infructíferos. El gobierno está en quiebra.
"La escasez está ahora afectando a los industriales que no pueden entregar suficientes mercaderías para rellenar las estanterías de las tiendas", dijo Robertson en una entrevista en Harare, la capital.
Inicialmente el problema era que las fábricas no podían reunir suficientes materias primas para fabricar sus productos. "Ahora que hay escaseces más críticas, como el combustible", dijo, "que consigan los materiales es una cuestión académica, porque ahora tampoco pueden distribuir los productos. El resultado final de la escasez es que los precios suben".
En Harare, en la segunda semana de mayo, los rumores de que había llegado un embarque de azúcar originó una cola de un kilómetro de largo en un supermercado suburbano. Sin embargo, Robertson dijo que el problema no era tanto la escasez de azúcar como la de bolsas de polietileno para empaquetarlas.
La Coca-Cola está siendo racionada porque el gas usado para carbonatar es escaso y la embotelladora local no tiene divisas extranjeras para pagar el almíbar importado. Prácticamente todo lo que incluye acero es difícil de encontrar, debido a que la mayor parte del acero rolado es importando desde Sudáfrica, y los altos hornos sudafricanos imponen mayores precios a los clientes zimbabuenses.
"Es lo que llamo una economía de cadena", dijo un fabricante de productos básicos de acero de Bulawayo. "La Compañía A fabrica partes para la Compañía B, y la Compañía B fabrica una parte de la Compañía C, y así, hasta que la Compañía F elaborar el producto final. Lo que está pasando es que los eslabones se están rompiendo".
Ese industrial ofrece una línea de 25 productos. Sólo cuatro de ellos están siendo producidos, porque no puede encontrar pintura, abrasivos y abrazaderas para hacer los otros. "Son todos importados", dijo sobre las materias primas, "y si no hay divisas extranjeras, mi abastecedor no puede comprarlas para vendérmelas".
El problema inmediato de Zimbabue es que se le acabaron las divisas extranjeras. Pero eso es sólo una pieza de dominó en una larga cadena que amenaza con enterrar a la economía.
Las exportaciones agrícolas eran el principal soporte económico. Pero en los últimos cinco años la repartición de unas 5.000 granjas comerciales entre gente sin tierra y campesinos han provocado el colapso de la agricultura comercial. Eso ha destruido los negocios que la sostenían, desde ventas de tractores -el país necesita 50.000 y tiene menos de 400 en buen estado- hasta elementos de irrigación.
Eso sólo profundizó la caída en picado de las exportaciones: la producción de tabaco en Zimbabue, por ejemplo, se ha reducido en dos tercios en cinco años, y la calidad, renombrada en el pasado en el mundo, es tan pobre que los compradores son escasos.
La caída de las exportaciones hicieron más caras las monedas extranjeras, provocando una subida exorbitante de las tasas de cambio. Pero el gobierno en general ha preferido imprimir más moneda en lugar de reajustar el valor de su moneda; el suministro de moneda de Zimbabue subió un 226 por ciento en 2004.
El resultado ha sido una hiperinflación y un floreciente mercado negro de monedas y artículos. A su vez, la hiperinflación y las tasas de cambio artificiales han desbaratado la producción de oro, la más importante industria de exportación del país. La producción cayó en un 18 por ciento en el primer trimestre de 2005.
[La última devaluación del gobierno del dólar de Zimbabue impuso tasas de cambio especiales, más altas, para las exportaciones de oro y algodón, las dos importantes industrias a punto de derrumbarse con la crisis actual. La pérdida de cualquiera de las dos disminuiría todavía más los ingresos de moneda extranjera; el derrumbe de la industria del algodón hundiría a la industria textil de Zimbabue.
[Las tasas de cambio más altas son en realidad subsidios, que cuestan al gobierno el equivalente de cientos de millones de dólares americanos. Interrogado sobre cómo obtuvo el gobierno el dinero para subsidiar esas dos industrias, el economista Robertson dijo: "Mi impresión es que lo imprimen".
[El gobierno declaró el viernes que destinaría más dinero para la importación de trigo, esperando evitar lo que algunos expertos dicen que es una hambruna en ciernes cuando la cosecha que termina en mayo -y, según todos los informes, un deprimente fracaso- haya sido consumida.
[Zimbabue necesita 1.6 millones de toneladas de trigo al año, y los funcionarios dicen que tienen la intención de comprar 1.2 millones de toneladas. Pero las importaciones de maíz de África del Sur, el único abastecedor de importancia de Zimbabue, totalizaron apenas 37.500 toneladas el mes pasado, todavía muy lejos de la demanda. No está claro dónde encontrará el gobierno las divisas extranjeras que necesita para comprar granos en el extranjero].
Desesperado por las divisas extranjeras que necesita para importar suministros cruciales, ahora el gobierno exige que todos los negocios cambien un 25 por ciento de sus ingresos en moneda extranjera a la tasa de cambio oficial. La medida golpea a las empresas con un doble maleficio: tienen menos moneda extranjera con la que comprar materias primas importadas, y deben subir los precios para compensar sus pérdidas actuales.
Esa parece ser una fórmula para crear más escasez y más inflación, y pocos empresarios estarían en desacuerdo.
Tony Rowland, presidente de Zimplow, de Balawayo, emplea a 400 personas para fabricar arados animales de acero rolado en una de las pocas funciones de Zimbabue. Para cubrir los precios constantemente al alza del acero nacional, reinvierte sus beneficios en algo que aumenta con la inflación: pernos y tuercas.
"Me he transformado en un vendedor de acero", dijo. "Tuve que ampliar mi empresa a cosas que están más allá de mi rama para mantenerme a flote". Si fuera obligado a vender y comprar a la tasa de cambio oficial, dijo, "moriría antes de nacer".
Rowland y otros dicen que incluso devaluaciones parciales de la moneda por el gobierno no revivirán la economía ni salvarán a las empresas, y que un reajuste económico que reflejara la realidad impondría penurias inaceptables sobre los ciudadanos corrientes que ya han soportado demasiadas.
"Algo tendrá que ceder", dijo otro industrial de Bulawayo, un importante exportador. "El problema es que las decisiones que hay que tomar son tan drásticas, y afectarían de tal manera a la gente corriente, que no serán tomadas nunca. No en el ambiente actual de todos modos".
Los zimbabuenses están tratando de sobrevivir. En Harare, el presidente de una importante compañía de productos de consumo dijo hace poco que había guardado entre los trastos su software de contabilidad hasta que los programadores puedan adaptar a sus exigencias una versión turca. El problema: las hojas de cálculos no admiten el torrente de cerros que requieren transacciones que ahora suman billones, incluso trillones, de dólares zimbabuenses.
"Se nos acabaron los ceros", dijo.
21 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Bulawayo, Zimbabue. En las semanas previas a las elecciones parlamentarias de marzo, los líderes de este gastado país abrieron la despensa nacional, cortejando a los votantes con existencias de productos normalmente escasos, como la gasolina y el maíz, y una avalancha de dinero recién impreso.Puede haber ayudado que el partido gobernante, el ZANU-PF del presidente Robert G. Mugabe, fuera confirmado en el poder por otros cinco años. Pero la prosperidad potemkinesca de Zimbabue se ha evaporado desde las elecciones, y ha sido remplazada por escasez y crecientes señales de colapso económico.
Aquí en la segunda ciudad del país, las colas de coches se extienden por medio kilómetro y más frente a las gasolineras sedientas de combustible, y los conductores pasan la noche en los asientos traseros de sus coches para no perder su lugar en la cola. La leche, el aceite de cocina y, sobre todo, el maíz, la comida típica nacional, son recuerdos lejanos en la mayoría de las tiendas. En una tienda de comestibles en el centro, tubos de la elogiada pasta dental norteamericana son guardados en una caja con cerrojo.
La moneda de Zimbabue, que en abril de 2002 se cambiaba en el mercado negro a 120 por dólar, subió a 6.200 por dólar en diciembre último, 12.000 el 1 de abril y 17.000 a principios de mayo. Hacia mediados de mayo un solo dólares americano correspondía a 25.000 dólares zimbabuenses, aunque la tasa de cambio se ha estabilizado en unos 20.000 dólares de ese país.
[El gobierno de Zimbabue mantuvo firmemente la tasa oficial de cambio de 6.100 dólares de Zimbabue por 1 dólar americano hasta el martes, cuando el banco central del país anunció una devaluación. Pero los gerentes comerciales aquí dicen que la nueva tasa oficial -9.000 por un dólar americano- no tendrá probablemente más que un breve impacto en la economía].
"No lo podemos controlar", dijo en una entrevista un fabricante de Bulawayo. "Cuando uno va cuesta abajo, uno puede pegar y pegar parches en las llantas, pero al final la llanta va a estallar de todos modos".
Ejecutivos empresariales entrevistados para este artículo rechazaron casi uniformemente ser identificados, por temor a que sus críticas de las medidas económicas puedan estropear sus escasas posibilidades de recibir asistencia oficial.
John Robertson, un crítico persistente y ex economista del gobierno, dijo que el gobierno parecía haber agotado sus reservas de la campaña de buena voluntad de antes de las elecciones parlamentarias y estaba ahora pagando la cuenta.
Durante años la economía de Zimbabue ha sido un asunto de chicles y fardos, con un 70 por ciento de desempleo, inflación de tres dígitos y una moneda que no es aceptada por ningún acreedor extranjero. La prosperidad ha estado retrocediendo desde fines de los años noventa, cuando los ataques del gobierno contra acreedores internacionales y su expropiación de granjas comerciales desencadenó una avalancha de reveses económicos.
Los descalabros económicos pasados han provocado revueltas por el precio de los alimentos, protestas por las colas de la gasolina y represiones oficiales. Esta vez el gobierno envió a la policía a sofocar los disturbios frente a tiendas y gasolineras, y empezó a detener a vendedores callejeros que venden abiertamente productos del mercado negro y monedas extranjeras a tasas ilegales.
Sin embargo algunos dicen que la actual crisis, quizás la peor desde que empezara a fundirse la economía, puede ser un punto de no retorno. Los principales problemas económicos de Zimbabue -la fuga de capitales, una terrible escasez de divisas extranjeras con las que pagar las importaciones y una galopante inflación- son ahora tan severos que están erosionando lo que queda de la infraestructura industrial y agrícola.
Las manufacturas se han reducido a un goteo, incapacitadas por la escasez de combustible y componentes importados. Los comercios se han visto obligados a hacer trueques y a participar en el mercado negro, lo que aumenta la inflación. Los llamados a la ayuda del gobierno han sido en su mayoría infructíferos. El gobierno está en quiebra.
"La escasez está ahora afectando a los industriales que no pueden entregar suficientes mercaderías para rellenar las estanterías de las tiendas", dijo Robertson en una entrevista en Harare, la capital.
Inicialmente el problema era que las fábricas no podían reunir suficientes materias primas para fabricar sus productos. "Ahora que hay escaseces más críticas, como el combustible", dijo, "que consigan los materiales es una cuestión académica, porque ahora tampoco pueden distribuir los productos. El resultado final de la escasez es que los precios suben".
En Harare, en la segunda semana de mayo, los rumores de que había llegado un embarque de azúcar originó una cola de un kilómetro de largo en un supermercado suburbano. Sin embargo, Robertson dijo que el problema no era tanto la escasez de azúcar como la de bolsas de polietileno para empaquetarlas.
La Coca-Cola está siendo racionada porque el gas usado para carbonatar es escaso y la embotelladora local no tiene divisas extranjeras para pagar el almíbar importado. Prácticamente todo lo que incluye acero es difícil de encontrar, debido a que la mayor parte del acero rolado es importando desde Sudáfrica, y los altos hornos sudafricanos imponen mayores precios a los clientes zimbabuenses.
"Es lo que llamo una economía de cadena", dijo un fabricante de productos básicos de acero de Bulawayo. "La Compañía A fabrica partes para la Compañía B, y la Compañía B fabrica una parte de la Compañía C, y así, hasta que la Compañía F elaborar el producto final. Lo que está pasando es que los eslabones se están rompiendo".
Ese industrial ofrece una línea de 25 productos. Sólo cuatro de ellos están siendo producidos, porque no puede encontrar pintura, abrasivos y abrazaderas para hacer los otros. "Son todos importados", dijo sobre las materias primas, "y si no hay divisas extranjeras, mi abastecedor no puede comprarlas para vendérmelas".
El problema inmediato de Zimbabue es que se le acabaron las divisas extranjeras. Pero eso es sólo una pieza de dominó en una larga cadena que amenaza con enterrar a la economía.
Las exportaciones agrícolas eran el principal soporte económico. Pero en los últimos cinco años la repartición de unas 5.000 granjas comerciales entre gente sin tierra y campesinos han provocado el colapso de la agricultura comercial. Eso ha destruido los negocios que la sostenían, desde ventas de tractores -el país necesita 50.000 y tiene menos de 400 en buen estado- hasta elementos de irrigación.
Eso sólo profundizó la caída en picado de las exportaciones: la producción de tabaco en Zimbabue, por ejemplo, se ha reducido en dos tercios en cinco años, y la calidad, renombrada en el pasado en el mundo, es tan pobre que los compradores son escasos.
La caída de las exportaciones hicieron más caras las monedas extranjeras, provocando una subida exorbitante de las tasas de cambio. Pero el gobierno en general ha preferido imprimir más moneda en lugar de reajustar el valor de su moneda; el suministro de moneda de Zimbabue subió un 226 por ciento en 2004.
El resultado ha sido una hiperinflación y un floreciente mercado negro de monedas y artículos. A su vez, la hiperinflación y las tasas de cambio artificiales han desbaratado la producción de oro, la más importante industria de exportación del país. La producción cayó en un 18 por ciento en el primer trimestre de 2005.
[La última devaluación del gobierno del dólar de Zimbabue impuso tasas de cambio especiales, más altas, para las exportaciones de oro y algodón, las dos importantes industrias a punto de derrumbarse con la crisis actual. La pérdida de cualquiera de las dos disminuiría todavía más los ingresos de moneda extranjera; el derrumbe de la industria del algodón hundiría a la industria textil de Zimbabue.
[Las tasas de cambio más altas son en realidad subsidios, que cuestan al gobierno el equivalente de cientos de millones de dólares americanos. Interrogado sobre cómo obtuvo el gobierno el dinero para subsidiar esas dos industrias, el economista Robertson dijo: "Mi impresión es que lo imprimen".
[El gobierno declaró el viernes que destinaría más dinero para la importación de trigo, esperando evitar lo que algunos expertos dicen que es una hambruna en ciernes cuando la cosecha que termina en mayo -y, según todos los informes, un deprimente fracaso- haya sido consumida.
[Zimbabue necesita 1.6 millones de toneladas de trigo al año, y los funcionarios dicen que tienen la intención de comprar 1.2 millones de toneladas. Pero las importaciones de maíz de África del Sur, el único abastecedor de importancia de Zimbabue, totalizaron apenas 37.500 toneladas el mes pasado, todavía muy lejos de la demanda. No está claro dónde encontrará el gobierno las divisas extranjeras que necesita para comprar granos en el extranjero].
Desesperado por las divisas extranjeras que necesita para importar suministros cruciales, ahora el gobierno exige que todos los negocios cambien un 25 por ciento de sus ingresos en moneda extranjera a la tasa de cambio oficial. La medida golpea a las empresas con un doble maleficio: tienen menos moneda extranjera con la que comprar materias primas importadas, y deben subir los precios para compensar sus pérdidas actuales.
Esa parece ser una fórmula para crear más escasez y más inflación, y pocos empresarios estarían en desacuerdo.
Tony Rowland, presidente de Zimplow, de Balawayo, emplea a 400 personas para fabricar arados animales de acero rolado en una de las pocas funciones de Zimbabue. Para cubrir los precios constantemente al alza del acero nacional, reinvierte sus beneficios en algo que aumenta con la inflación: pernos y tuercas.
"Me he transformado en un vendedor de acero", dijo. "Tuve que ampliar mi empresa a cosas que están más allá de mi rama para mantenerme a flote". Si fuera obligado a vender y comprar a la tasa de cambio oficial, dijo, "moriría antes de nacer".
Rowland y otros dicen que incluso devaluaciones parciales de la moneda por el gobierno no revivirán la economía ni salvarán a las empresas, y que un reajuste económico que reflejara la realidad impondría penurias inaceptables sobre los ciudadanos corrientes que ya han soportado demasiadas.
"Algo tendrá que ceder", dijo otro industrial de Bulawayo, un importante exportador. "El problema es que las decisiones que hay que tomar son tan drásticas, y afectarían de tal manera a la gente corriente, que no serán tomadas nunca. No en el ambiente actual de todos modos".
Los zimbabuenses están tratando de sobrevivir. En Harare, el presidente de una importante compañía de productos de consumo dijo hace poco que había guardado entre los trastos su software de contabilidad hasta que los programadores puedan adaptar a sus exigencias una versión turca. El problema: las hojas de cálculos no admiten el torrente de cerros que requieren transacciones que ahora suman billones, incluso trillones, de dólares zimbabuenses.
"Se nos acabaron los ceros", dijo.
21 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
inquebrantable círculo sudanés
[Emily Wax] Cerrada red de descarados líderes resiste crítica internacional.
Kartum, Sudán. Los hombres que controlan el país más grande de África -arquitectos claves del conflicto en Darfur- son de dos pequeñas y entrelazadas tribus árabes. Muchos de ellos se criaron juntos y estudiaron en la Universidad de Kartum. A menudo se les ve juntos en los cafés junto al Nilo, riñéndose sobre política y religión con innumerables tazas de té dulce.
Asisten a las bodas de los hijos e hijas de unos y otros, que se casan frecuentemente entre las dos tribus. Son vecinos y rivales, sobrinos y primos. En Sudán la política a menudo es un asunto de familia, y como en toda familia, a veces hay rencillas.
Hassan Turabi, por ejemplo, un profesor universitario y clérigo islamita radical, organizó en 1989 un golpe militar contra su cuñado Sadiq Madhi, el presidente elegido popularmente. Los principales partidarios del golpe eran protegidos de Turabi, Omar Hassan Bashir y Ali Uthman Muhammad Taha, ahora presidente y vice-presidente de Sudán. Sin embargo no mucho antes de eso, Madhi había presidido la ceremonia de matrimonio de Taha y su novia, la prima de Turabi.
"En Sudán decimos: En las bodas se encuentran los enemigos'", dijo el hijo de Turabi, Issam, 39, cuyo padre ha estado encarcelado o bajo arresto domiciliario durante casi cinco años después de un amargo desacuerdo con Bashir y Taha. "La política de Kartum es un grupo de familias peleándose, tratando de conservar el poder".
Es la clase dominante de Sudán: insular y enigmática, cerrada e indócil. Es un arreglo inusual para un continente más habituado al gobierno de patriarcales Caudillos [Big Men], como Roberto Mugabe de Zimbabue y Mobutu Sese Seko, de Zaire, con una sola personalidad dominando la psique nacional.
A pesar de la tendencia al fraccionamiento, los ministros y funcionarios de seguridad en el círculo interno forman una cerrada red de poder que combina elementos tribales, religiosos y militares. Su nombre formal es Frente Islámico Nacional, pero es conocido en Kartum como la "camarilla de seguridad".
La cohesión de este club ha permitido al gobierno aguantar el grito de condena del mundo durante años -primero en los años noventa por refugiar a terroristas como Osama bin Laden y haciendo una guerra por encargo contra rebeldes africanos en el sur, y ahora por realizar una segunda campaña bélica en la región occidental de Darfur.
Aunque tanto el gobierno de Bush como Naciones Unidas se han pronunciado sobre la situación en Darfur, y funcionarios estadounidenses la han calificado incluso de genocidio, el gobierno de Kartum sigue atrincherado. Y Taha, considerado ampliamente como el principal arquitecto de la guerra de Darfur, se ha re-empaquetado a sí mismo de voz de la reconciliación, encabezando conversaciones con los grupos rebeldes.
"Cuando llegó este gobierno, tenían sus propios proyectos" de construir un país islámico, dijo Mahjoub Mohamed Saleh, editor de Al Ayam, diario independiente de aquí. "Pero finalmente se transformó en política de supervivencia -seguir en el poder cueste lo que cueste".
"Si eso significa dejar caer el programa islámico y expulsar a bin Laden, lo harán", dijo. "Si eso significa hacer la paz en el sur, lo harán. Si eso significa retractarse por Darfur públicamente, lo harán. Mientras sigan en el poder estarán dispuestos a apaciguar a la comunidad internacional y hacer lo necesario para mantener el control".
Surge un Nuevo Poder
Durante los años sesenta, la Hermandad Musulmana de Sudán nació en el campus de la Universidad de Kartum, que fue en el pasado una de las instituciones más prestigiosas de África. El carismático y cortés Turabi enseñaba derecho aquí, llevando corbata con tanta facilidad como turbante, deslizándose fácilmente entre el árabe y el inglés, y recibiendo a los visitantes occidentales con una cálida hospitalidad.
Sin embargo Turabi era también un jefe religioso que inculcaba a sus discípulos una misión que incluía difundir la arabización de África y encabezar el surgimiento del islam como una forma de gobierno en los países laicos. En 1985 la Hermandad Musulmana fue rebautizada Frente Islámico Nacional, y en 1989 se hizo con el poder.
Después del golpe Turabi fue considerado ampliamente como la eminencia detrás del trono mientras gobernaba el popular Bashir como presidente y Taha, un astuto intelectual y antiguo juez, actuaba como ayuda de campo de Turabi, su mentor espiritual.
Taha y un grupo de ministros veteranos formaron el soporte principal de lo que los funcionarios llaman la revolución islámica de Sudán. Implantaron la estricta ley islámica, sharia, y lanzaron una campaña para convertir a las poblaciones cristianas y animistas de las montañas de Nuba al islam, de acuerdo a informes de funcionarios de Naciones Unidas y de grupos de defensa de derechos humanos.
Durante el gobierno de Turabi, Sudán ofreció hospitalidad de todo árabe o musulmán. Esta política permitió a bin Laden establecer residencia en Kartum, junto con Imad Mughniyah, el hombre que se cree es responsable del atentado suicida de 1983 en Beirut, que mató a 241 marines norteamericanos, e Illich Ramírez Sánchez, el barón de la droga venezolano conocido como Carlos el Chacal' que se convirtió al islam y juró lealtad a bin Laden.
Como resultado de esas acciones, en 1993 Estados Unidos designó a Sudán como estado terrorista. Sin embargo, bajo presión de Washington y Arabia Saudí, el gobierno de Kartum expulsó a bin Laden en 1996. Entretanto, las autoridades sudanesas entregaron a Ramírez Sánchez a agentes franceses. Fue llevado a París para ser juzgado. Mughniyah abandonó Sudán y se libró estrechamente de ser arrestado por agentes norteamericanos en Arabia Saudí.
Todavía aislado por Occidente e incapaz de acceder a los mercados petroleros norteamericanos, el gobierno de Kartum empezó a fomentar los vínculos con China. Una vez que empezó la producción de petróleo en 1999, el gobierno comenzó de recolectar 500 millones de dólares al año en beneficios. Con esto pagaron tanques, armas y aviones chinos utilizados para combatir a los rebeldes en el sur, informó Human Rights Watch. El presupuesto militar de Kartum se duplicó y el ministerio de Asuntos Exteriores lo describió como el país más rico de África.
Entretanto, Turabi tuvo una dura riña con Bashir y Taha y dejó el gobierno en 1999. Desde entonces, Bashir y Taha han operado como un equipo de dos.
Bashir, 61, un popular oficial del ejército, ha concentrado su atención en los militares. Todavía vive en cuarteles del ejército y hace poco asumió el título de mariscal de campo. Durante el conflicto entre el norte y el sur, se casó con la viuda de un oficial que murió en combate.
Taha, cuatro años menos y más refinado, es descrito por diplomático y otros observadores como el hombre que controla el país en el día a día. Él y Bashir hablan diariamente.
Después del 11 de septiembre de 2001, los atentados de Nueva York y el Pentágono, el gobierno de Bashir-Taha accedió a colaborar con Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo. Funcionarios repartieron documentos sobre sospechosos terroristas, aligeraron la sharia y se distanciaron del programa islámico de Turabi. El gobierno también apoyó las conversaciones de paz respaldadas por Estados Unidos con los grupos rebeldes del sur, y ambos firmaron un histórico acuerdo de compartición del poder antes este año.
Hace poco el jefe de seguridad nacional de Sudán, Salah Abdala Gosh, visitó Washington, invitado por el gobierno de Bush como parte de un programa anti-terrorista. Gosh es uno de los funcionarios de los que se dice que están directamente involucrados en la campaña militar de Darfur.
"El actual gobierno tiene ahora un política de estado muy pragmática", dijo Ghazi Suleiman, un abogado de derechos humanos de aquí. "Taha es muy listo, y también... muy maquiavélico. Nada vale".
Crisis en Darfur
El gobierno de Sudán estaba emergiendo del aislamiento internacional cuando estalló la rebelión en Darfur a principios de 2003. Dos grupos de guerrillas acusaron al gobierno y a la camarilla árabe de ignorar y excluir del poder a las tribus africanas. Este problema étnico estaba relacionado con uno económico: el duradero problema de los pastores árabes que ocupan las tierras de pastoreo tradicionales africanas.
Sin aviso previo los rebeldes atacaron el aeropuerto de El Fasher y varios puestos militares con una violencia que consternó a Kartum. En esa época, Taha estaba en Kenia, absorbidos en las semanas finales de las negociaciones de paz con los rebeldes del sur. Pero con el ejército de Bashir debilitado y Taha a cargo de la seguridad nacional, el vice-presidente asumió rápidamente un papel clave, de acuerdo a un informe del departamento de estado.
Hace poco en una entrevista Taha, un hombre delgado que lleva frescas tenidas de safari y mocasines, dijo que empezó a recibir llamadas desesperadas de importantes funcionarios, entre ellos Bashir, sobre cómo combatir la insurgencia en Darfur. Dijo que decidió retirarse de las negociaciones de paz en Kenia para poder dirigir una campaña militar en casa.
"Lancé mi visión de cómo se puede controlar la situación", dijo en su despacho en el Palacio Nacional, su entrada con un arco de gigantescos colmillos de elefante es custodiada por dos ametralladoras de cinco cañones.
Taha dijo que el gobierno no tenía alternativa al uso de la fuerza, armando a las Fuerzas de Defensa Popular y reservas del ejército para hacer frente a los rebeldes. Pero Naciones Unidas y grupos de derechos humanos también informaron que el gobierno había bombardeado cientos de pueblos y armado y financiado a milicias árabes conocidas como janjaweed, que luego atacaron y quemaron muchas aldeas, desplazando a casi 2 millones de personas, la mayoría de ellas africanas, de sus tierras.
En la época el gobierno negó que hubiera problemas serios y rechazó las críticas internacionales. Sin embargo, hace poco Taha ha adoptado un tono más moderado y conciliador.
"Nadie dirá que hemos estado brillantes en manejar la situación en Darfur", dijo en la entrevista. "En la guerra, ocurren cosas que no son normales... En una situación tan compleja, siempre habrá brechas y deficiencias. Uno quisiera que este capítulo de la historia de Sudán no hubiera ocurrido nunca".
Diplomáticos y otros analistas dijeron que el emergente papel de Taha como hombre de estado ha demostrado una vez más la flexibilidad del gobierno de Kartum para sobrevivir. Otro punto fuerte, dijeron, es su capacidad de acceder al estrecho círculos de talentosos realistas durante crisis.
"Nadie esperaba que este gobierno durara más de un año", dijo Gill Lusk, analista de Africa Confidential, un grupo de investigación con sede en Londres. "Son muy listos en política. Sus estrategias funcionaron bien al principio, en Darfur. Taha dirige un equipo unido, todos con talentos que él sabe cómo usar".
Por ejemplo, el gobierno envía a menudo al ministro de Asuntos Exteriores Mustafa Osman Ismail a reunirse con funcionarios extranjeros y hacer giras con los medios de comunicación. Ismail es conocido entre diplomáticos extranjeros y socorristas como el señor Sonrisa' por su habilidad para presentar situaciones espantosas como buenas.
En otoño pasado cuando Jan Pronk, el enviado especial de Naciones Unidas a Sudán visitaba Darfur, Ismail caminó con él por un campamento quemado, que un metraje de película mostraba que había sido destruido por soldados del gobierno. Ismail, parado entre los escombros carbonizados, se volvió hacia Pronk y le preguntó: ¿Y, dónde están las pruebas?'"
Para entonces el gobierno también declaró que se había organizado un golpe, una acusación que los diplomáticos consideran una farsa. Funcionarios dieron ruedas de prensa advirtiendo que si Naciones Unidas impone sanciones a Sudán, podría provocar un caos, transformándose en un estado fracasado e incluso una amenaza para la guerra contra el terrorismo.
"Taha ha perfeccionado el arte de dividir para gobernar", dijo John Prendergast, analista del Grupo de Crisis Internacional con sede en Bruselas. "Era conciliador en el sur y al mismo tiempo el organizador de la estrategia anti-insurgente en Darfur. Ahora ha intentado de hacerse indispensable para Occidente en el proceso de paz y la lucha contra el terrorismo".
Los partidarios del gobierno afirman que ha evolucionado con las necesidades del país y no puede ser acusado de defenderse a sí mismo en Darfur. Pero otros observadores, dicen observadores, los funcionarios sudaneses se han burlado consistentemente de los líderes internacionales, al mismo tiempo que aplastan la oposición política en casa.
Fue el gobierno de Bashir-Taga el que "introdujo la tortura, las ejecuciones y ataques deliberados contra civiles para seguir en el poder y alcanzar sus objetivos militares", dijo el analista Ted Dagne del Servicio de Investigación del Congreso, hablando desde Washington. "Son una clase política que llegó para quedarse".
4 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
"
Kartum, Sudán. Los hombres que controlan el país más grande de África -arquitectos claves del conflicto en Darfur- son de dos pequeñas y entrelazadas tribus árabes. Muchos de ellos se criaron juntos y estudiaron en la Universidad de Kartum. A menudo se les ve juntos en los cafés junto al Nilo, riñéndose sobre política y religión con innumerables tazas de té dulce.Asisten a las bodas de los hijos e hijas de unos y otros, que se casan frecuentemente entre las dos tribus. Son vecinos y rivales, sobrinos y primos. En Sudán la política a menudo es un asunto de familia, y como en toda familia, a veces hay rencillas.
Hassan Turabi, por ejemplo, un profesor universitario y clérigo islamita radical, organizó en 1989 un golpe militar contra su cuñado Sadiq Madhi, el presidente elegido popularmente. Los principales partidarios del golpe eran protegidos de Turabi, Omar Hassan Bashir y Ali Uthman Muhammad Taha, ahora presidente y vice-presidente de Sudán. Sin embargo no mucho antes de eso, Madhi había presidido la ceremonia de matrimonio de Taha y su novia, la prima de Turabi.
"En Sudán decimos: En las bodas se encuentran los enemigos'", dijo el hijo de Turabi, Issam, 39, cuyo padre ha estado encarcelado o bajo arresto domiciliario durante casi cinco años después de un amargo desacuerdo con Bashir y Taha. "La política de Kartum es un grupo de familias peleándose, tratando de conservar el poder".
Es la clase dominante de Sudán: insular y enigmática, cerrada e indócil. Es un arreglo inusual para un continente más habituado al gobierno de patriarcales Caudillos [Big Men], como Roberto Mugabe de Zimbabue y Mobutu Sese Seko, de Zaire, con una sola personalidad dominando la psique nacional.
A pesar de la tendencia al fraccionamiento, los ministros y funcionarios de seguridad en el círculo interno forman una cerrada red de poder que combina elementos tribales, religiosos y militares. Su nombre formal es Frente Islámico Nacional, pero es conocido en Kartum como la "camarilla de seguridad".
La cohesión de este club ha permitido al gobierno aguantar el grito de condena del mundo durante años -primero en los años noventa por refugiar a terroristas como Osama bin Laden y haciendo una guerra por encargo contra rebeldes africanos en el sur, y ahora por realizar una segunda campaña bélica en la región occidental de Darfur.
Aunque tanto el gobierno de Bush como Naciones Unidas se han pronunciado sobre la situación en Darfur, y funcionarios estadounidenses la han calificado incluso de genocidio, el gobierno de Kartum sigue atrincherado. Y Taha, considerado ampliamente como el principal arquitecto de la guerra de Darfur, se ha re-empaquetado a sí mismo de voz de la reconciliación, encabezando conversaciones con los grupos rebeldes.
"Cuando llegó este gobierno, tenían sus propios proyectos" de construir un país islámico, dijo Mahjoub Mohamed Saleh, editor de Al Ayam, diario independiente de aquí. "Pero finalmente se transformó en política de supervivencia -seguir en el poder cueste lo que cueste".
"Si eso significa dejar caer el programa islámico y expulsar a bin Laden, lo harán", dijo. "Si eso significa hacer la paz en el sur, lo harán. Si eso significa retractarse por Darfur públicamente, lo harán. Mientras sigan en el poder estarán dispuestos a apaciguar a la comunidad internacional y hacer lo necesario para mantener el control".
Surge un Nuevo Poder
Durante los años sesenta, la Hermandad Musulmana de Sudán nació en el campus de la Universidad de Kartum, que fue en el pasado una de las instituciones más prestigiosas de África. El carismático y cortés Turabi enseñaba derecho aquí, llevando corbata con tanta facilidad como turbante, deslizándose fácilmente entre el árabe y el inglés, y recibiendo a los visitantes occidentales con una cálida hospitalidad.
Sin embargo Turabi era también un jefe religioso que inculcaba a sus discípulos una misión que incluía difundir la arabización de África y encabezar el surgimiento del islam como una forma de gobierno en los países laicos. En 1985 la Hermandad Musulmana fue rebautizada Frente Islámico Nacional, y en 1989 se hizo con el poder.
Después del golpe Turabi fue considerado ampliamente como la eminencia detrás del trono mientras gobernaba el popular Bashir como presidente y Taha, un astuto intelectual y antiguo juez, actuaba como ayuda de campo de Turabi, su mentor espiritual.
Taha y un grupo de ministros veteranos formaron el soporte principal de lo que los funcionarios llaman la revolución islámica de Sudán. Implantaron la estricta ley islámica, sharia, y lanzaron una campaña para convertir a las poblaciones cristianas y animistas de las montañas de Nuba al islam, de acuerdo a informes de funcionarios de Naciones Unidas y de grupos de defensa de derechos humanos.
Durante el gobierno de Turabi, Sudán ofreció hospitalidad de todo árabe o musulmán. Esta política permitió a bin Laden establecer residencia en Kartum, junto con Imad Mughniyah, el hombre que se cree es responsable del atentado suicida de 1983 en Beirut, que mató a 241 marines norteamericanos, e Illich Ramírez Sánchez, el barón de la droga venezolano conocido como Carlos el Chacal' que se convirtió al islam y juró lealtad a bin Laden.
Como resultado de esas acciones, en 1993 Estados Unidos designó a Sudán como estado terrorista. Sin embargo, bajo presión de Washington y Arabia Saudí, el gobierno de Kartum expulsó a bin Laden en 1996. Entretanto, las autoridades sudanesas entregaron a Ramírez Sánchez a agentes franceses. Fue llevado a París para ser juzgado. Mughniyah abandonó Sudán y se libró estrechamente de ser arrestado por agentes norteamericanos en Arabia Saudí.
Todavía aislado por Occidente e incapaz de acceder a los mercados petroleros norteamericanos, el gobierno de Kartum empezó a fomentar los vínculos con China. Una vez que empezó la producción de petróleo en 1999, el gobierno comenzó de recolectar 500 millones de dólares al año en beneficios. Con esto pagaron tanques, armas y aviones chinos utilizados para combatir a los rebeldes en el sur, informó Human Rights Watch. El presupuesto militar de Kartum se duplicó y el ministerio de Asuntos Exteriores lo describió como el país más rico de África.
Entretanto, Turabi tuvo una dura riña con Bashir y Taha y dejó el gobierno en 1999. Desde entonces, Bashir y Taha han operado como un equipo de dos.
Bashir, 61, un popular oficial del ejército, ha concentrado su atención en los militares. Todavía vive en cuarteles del ejército y hace poco asumió el título de mariscal de campo. Durante el conflicto entre el norte y el sur, se casó con la viuda de un oficial que murió en combate.
Taha, cuatro años menos y más refinado, es descrito por diplomático y otros observadores como el hombre que controla el país en el día a día. Él y Bashir hablan diariamente.
Después del 11 de septiembre de 2001, los atentados de Nueva York y el Pentágono, el gobierno de Bashir-Taha accedió a colaborar con Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo. Funcionarios repartieron documentos sobre sospechosos terroristas, aligeraron la sharia y se distanciaron del programa islámico de Turabi. El gobierno también apoyó las conversaciones de paz respaldadas por Estados Unidos con los grupos rebeldes del sur, y ambos firmaron un histórico acuerdo de compartición del poder antes este año.
Hace poco el jefe de seguridad nacional de Sudán, Salah Abdala Gosh, visitó Washington, invitado por el gobierno de Bush como parte de un programa anti-terrorista. Gosh es uno de los funcionarios de los que se dice que están directamente involucrados en la campaña militar de Darfur.
"El actual gobierno tiene ahora un política de estado muy pragmática", dijo Ghazi Suleiman, un abogado de derechos humanos de aquí. "Taha es muy listo, y también... muy maquiavélico. Nada vale".
Crisis en Darfur
El gobierno de Sudán estaba emergiendo del aislamiento internacional cuando estalló la rebelión en Darfur a principios de 2003. Dos grupos de guerrillas acusaron al gobierno y a la camarilla árabe de ignorar y excluir del poder a las tribus africanas. Este problema étnico estaba relacionado con uno económico: el duradero problema de los pastores árabes que ocupan las tierras de pastoreo tradicionales africanas.
Sin aviso previo los rebeldes atacaron el aeropuerto de El Fasher y varios puestos militares con una violencia que consternó a Kartum. En esa época, Taha estaba en Kenia, absorbidos en las semanas finales de las negociaciones de paz con los rebeldes del sur. Pero con el ejército de Bashir debilitado y Taha a cargo de la seguridad nacional, el vice-presidente asumió rápidamente un papel clave, de acuerdo a un informe del departamento de estado.
Hace poco en una entrevista Taha, un hombre delgado que lleva frescas tenidas de safari y mocasines, dijo que empezó a recibir llamadas desesperadas de importantes funcionarios, entre ellos Bashir, sobre cómo combatir la insurgencia en Darfur. Dijo que decidió retirarse de las negociaciones de paz en Kenia para poder dirigir una campaña militar en casa.
"Lancé mi visión de cómo se puede controlar la situación", dijo en su despacho en el Palacio Nacional, su entrada con un arco de gigantescos colmillos de elefante es custodiada por dos ametralladoras de cinco cañones.
Taha dijo que el gobierno no tenía alternativa al uso de la fuerza, armando a las Fuerzas de Defensa Popular y reservas del ejército para hacer frente a los rebeldes. Pero Naciones Unidas y grupos de derechos humanos también informaron que el gobierno había bombardeado cientos de pueblos y armado y financiado a milicias árabes conocidas como janjaweed, que luego atacaron y quemaron muchas aldeas, desplazando a casi 2 millones de personas, la mayoría de ellas africanas, de sus tierras.
En la época el gobierno negó que hubiera problemas serios y rechazó las críticas internacionales. Sin embargo, hace poco Taha ha adoptado un tono más moderado y conciliador.
"Nadie dirá que hemos estado brillantes en manejar la situación en Darfur", dijo en la entrevista. "En la guerra, ocurren cosas que no son normales... En una situación tan compleja, siempre habrá brechas y deficiencias. Uno quisiera que este capítulo de la historia de Sudán no hubiera ocurrido nunca".
Diplomáticos y otros analistas dijeron que el emergente papel de Taha como hombre de estado ha demostrado una vez más la flexibilidad del gobierno de Kartum para sobrevivir. Otro punto fuerte, dijeron, es su capacidad de acceder al estrecho círculos de talentosos realistas durante crisis.
"Nadie esperaba que este gobierno durara más de un año", dijo Gill Lusk, analista de Africa Confidential, un grupo de investigación con sede en Londres. "Son muy listos en política. Sus estrategias funcionaron bien al principio, en Darfur. Taha dirige un equipo unido, todos con talentos que él sabe cómo usar".
Por ejemplo, el gobierno envía a menudo al ministro de Asuntos Exteriores Mustafa Osman Ismail a reunirse con funcionarios extranjeros y hacer giras con los medios de comunicación. Ismail es conocido entre diplomáticos extranjeros y socorristas como el señor Sonrisa' por su habilidad para presentar situaciones espantosas como buenas.
En otoño pasado cuando Jan Pronk, el enviado especial de Naciones Unidas a Sudán visitaba Darfur, Ismail caminó con él por un campamento quemado, que un metraje de película mostraba que había sido destruido por soldados del gobierno. Ismail, parado entre los escombros carbonizados, se volvió hacia Pronk y le preguntó: ¿Y, dónde están las pruebas?'"
Para entonces el gobierno también declaró que se había organizado un golpe, una acusación que los diplomáticos consideran una farsa. Funcionarios dieron ruedas de prensa advirtiendo que si Naciones Unidas impone sanciones a Sudán, podría provocar un caos, transformándose en un estado fracasado e incluso una amenaza para la guerra contra el terrorismo.
"Taha ha perfeccionado el arte de dividir para gobernar", dijo John Prendergast, analista del Grupo de Crisis Internacional con sede en Bruselas. "Era conciliador en el sur y al mismo tiempo el organizador de la estrategia anti-insurgente en Darfur. Ahora ha intentado de hacerse indispensable para Occidente en el proceso de paz y la lucha contra el terrorismo".
Los partidarios del gobierno afirman que ha evolucionado con las necesidades del país y no puede ser acusado de defenderse a sí mismo en Darfur. Pero otros observadores, dicen observadores, los funcionarios sudaneses se han burlado consistentemente de los líderes internacionales, al mismo tiempo que aplastan la oposición política en casa.
Fue el gobierno de Bashir-Taga el que "introdujo la tortura, las ejecuciones y ataques deliberados contra civiles para seguir en el poder y alcanzar sus objetivos militares", dijo el analista Ted Dagne del Servicio de Investigación del Congreso, hablando desde Washington. "Son una clase política que llegó para quedarse".
4 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
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yo quiero ser piloto
[Michael Wines] Un aspirante a piloto sufre turbulencias en el suelo.
Masjaing, Sudáfrica. En una parte del mundo donde tantos jóvenes no despegan nunca, el joven de 17, James Mokoena quiere ser piloto.
Pilotará un avión de guerra, pero no sólo para hacer batallas aéreas. África está llena de gente hambrienta y gente enferma de malaria, dijo. Muchos de ellos necesitan a gente como James Mokoena para el transporte de alimentos y medicina.
"No he estado en un avión", dijo, pero desdeñosamente. "Quiero pilotar uno durante cuatro o cinco años, y saber que yo estoy en el avión -yo. Ese yo, James, es el piloto".
Está parado frente a su casa de cemento estucado, una caja de cuatro cuartos en un camino de tierra en esta comuna de 30.000 habitantes en la frontera con Lesoto. Dentro hay una sola cama para él, tres hermanos y una hermana. Su madre está enferma. Su padre nunca pasó el sexto. Todo aquí grita que el sueño de James es un disparate.
Excepto James mismo. Hace dos años, después de terminar sus años básicos en la escuela primaria del municipio, hizo el kilómetro y medio de Masjaing a Fouriesburg, la ciudad mucho más próspera al otro lado de la autopista. Allá anunció que quería la mejor educación que pudiera tener en la aburrida escuela secundaria de la localidad, en la que sólo algunos estudiantes terminan sus estudios, y que quería matricularse para el octavo.
"Le pregunté si se daba cuenta de que tenía que pagar la matrícula, y él me dijo que su padre la pagaría", dijo Irina Grice, la directora de la Escuela Intermedia de Fouriesburg. "Su padre vino, pero, eh, sus ropas eran harapos, y era muy, muy pobre.
"Pero el padre dijo: El niño eligió, y quiere estudiar en esta escuela'".
Uno de cada tres de los 37 millones de negros de Sudáfrica viven en municipios como Masjaing, barriadas construidas para mantenerlos alejados de la gente blanca cuando no estaban trabajando en las minas de carbón de los blancos o limpiando las casas de los blancos. De los residentes de esos municipios de más de 15 años, más de la mitad son desempleados. De los que tienen empleo, uno de seis gana menos de 250 dólares al mes. Los municipios son hoyos económicos y sociales, trampas de pobreza en un país donde la brecha entre ricos y pobres es la más grande del planeta.
Jeremane Mokoena -se llama a sí mismo James, dijo, porque no le gusta su primer nombre- quiere marcharse de Masjaing. Quiere escapar de la clase baja que creó el apartheid hacia el mundo de oportunidades que el fin del apartheid abrió para jóvenes con más suerte.
Aquí pocos de sus amigos -niños haraganeando en la polvorienta cancha de fútbol y reunidos en las esquinas de calles de gravilla, sin tener ni idea de cómo la inminente madurez les cerrará su ruta de escape- tienen el valor para hacer el viaje que James ansía. Para los que lo intenta, el éxito es raro. El fracaso, y el confinamiento a una vida en el sótano de la sociedad es aplastante.
Listo, con una amplia si tímida sonrisa y la manía de mirar hacia otro lado mientras habla, James se parece a cualquier cosa, menos a un pionero. Pero no hay que subestimar sus agallas.
"Mi padre trabaja", dijo James. "Siempre me dice que la vida es fuerte, como una roca. Tú tienes que empujarla. Tienes que valerte por ti mismo, y no esperar hasta que aparezca alguien y te diga: James, vamos'".
Su padre, Petrus Mokoena, 44, es la improbable inspiración de James. Un demacrado hombre en mono azul raído y una chaqueta roja fluorescente, trabaja en una cuadrilla del departamento sanitario de Masjaing, recogiendo basura en el amanecer, durmiendo un rato para volver a recoger más basura en la tarde.
Por esto Mokoena gana menos de 300 dólares al mes. La Escuela Intermedia de Fouriesburg cobra 40 dólares por la matrícula. Mokoena la pagó. El apartheid, dijo, lo mantuvo a él adeudado y fue toda su juventud un ignorante trabajador en una granja blanca.
"Quiero que James se de cuenta que no ir a la escuela es malo", dijo Mokoena, hablando en sotho, su única lengua. "Quiero que hable inglés y escriba inglés".
Cuarenta dólares no es un sacrificio pequeño. Grice dijo que una vez le preguntó a James porqué le iba mal en una asignatura. "Dijo: No alcanzo a terminar antes de que oscurezca, porque no tenemos electricidad'", dijo.
"Así que le dije: Es posible leer con una vela'. Y él me dijo: No tenemos velas'".
Es James, la esperanza de la familia, el que se ha transformado en su centro de gravedad.
Petrus Mokoena pasa muchas tardes bebiendo cerveza Lesotho. Su esposa MaDibeo, silenciosa y con la mirada perdida en su misteriosa enfermedad, ha dejado un hueco en la casa y un mordiente temor en el estómago de los niños. El pequeño Mampho, 7, y su hermano mayor, 9, Thabiso, exigen ahora la atención de James. También la limpieza y la cocina.
El guapo hermano mayor de James, Dibeo, 19, estuvo cuatro años seguidos hasta el noveno en la Escuela Secundaria de Ypokaleng, la escuela de donde escapó James.
Joseph, de 13, tan carismático y listo como tranquilo y meditativo es James, es quizás el amigo más cercano de su hermano.
Están las niñas, por supuesto, y James dijo que tenía algún interés. Pero "si tuviera una novia, no podría pensar muy bien", dijo. "No tengo una novia, así que me puedo concentrar".
En realidad, James tiene pocos amigos íntimos. Torpe y tímido, está a horcajadas entre dos mundos, y no se siente a gusto en ninguno de los dos.
Algunas tardes Mokoena se queja sobre los costes de la educación de su hijo y cómo James, ahora el miembro más educado de la familia, se está alejando de su tosco padre.
"Mi padre me dijo que desde que estaba en esta escuela, había perdido mi cultura", dijo James. "Que me estoy transformando en un blanco. Que no como con la mano, sino con un tenedor".
Pero todas las noches de la semana de los últimos dos años, cuando Mokoena sale de casa para ir a recoger basura, cogió un bolígrafo para marcar sus entradas en su plantilla de trabajo. Y cuando volvía hacia las seis de la mañana, justo cuando James empezaba a despertar en su hacinada cama, le daba el bolígrafo a su hijo para que lo usara ese día en la escuela.
Entonces James se ponía su uniforme de la escuela de Fouriesburg y caminaba el kilómetro y medio hacia ese otro mundo.
Rígidamente afrikaner y exclusivamente blanca durante el apartheid hace una década, la escuela de Fouriesburg se ha transformado en casi completamente negra. La mayoría de los estudiantes atiborraron las escuelas secundarias cuando terminó el apartheid; los actuales alumnos son en su mayoría negros acomodados y los pocos blancos que no pueden pagar una escuela privada.
James no era ninguno de los dos. "Estaba en la peor situación, porque los niños lo menosprecian y lo ven como realmente pobre", dijo Mick Andrew, 67, el profesor de literatura inglesa y lo más cercano a un mentor que tiene James.
James hizo un intento de terminar con el ostracismo. "La mayor parte de las veces, en la escuela, yo no hago cosas porque sí", dijo. "Vengo, hago lo que tengo que hacer y vuelvo a casa".
En casa, estudiaba. Cuando vino por primera vez a la escuela, en enero de 2003, sus notas eran abismales, en parte debido a su pobre inglés. En su primer término falló en cinco asignaturas. En el segundo, sólo inglés.
Las clases en Fouriesburg terminan en el noveno. Cuando se aproximaba el fin del semestre en diciembre, James concibió elaborados planes para matricularse en el décimo en una escuela privada en Tweeling, a 120 kilómetros al norte. James dijo que su padre pagaría la matrícula. Él podría ayudar, dijo, vendiendo caramelos y refrescos.
"Elegí esta escuela porque quiero marcharme lejos", dijo. "Este lugar está lejos, pero no demasiado. Tweeling está lejos".
Pero su sueño excedía sus posibilidades: lo que James realmente necesitaba era una beca, y sus notas no se lo permiten. Cuando empezó el nuevo semestre en enero, James asistió a la Escuela Secundaria Breda, a unos 16 kilómetros de Fouriesburg. Fue la única escuela que podía permitirse admitir a James.
"Muy a menudo, los chicos más inteligentes encuentran un modo de salir", dijo Andrew. "Alguien verá que tiene futuro. James no ha progresado muy bien en la escuela, y eso se lo pone más difícil".
Ismail, otro joven de Masjaing en noveno que fue el mejor amigo de James en la escuela de Fouriesburg, estuvo de acuerdo. "Le dije", dijo: "Si quieres ser piloto, tienes que estudiar más'".
1 de mayo de 2005
©traducción mQh
©new york times
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Masjaing, Sudáfrica. En una parte del mundo donde tantos jóvenes no despegan nunca, el joven de 17, James Mokoena quiere ser piloto.Pilotará un avión de guerra, pero no sólo para hacer batallas aéreas. África está llena de gente hambrienta y gente enferma de malaria, dijo. Muchos de ellos necesitan a gente como James Mokoena para el transporte de alimentos y medicina.
"No he estado en un avión", dijo, pero desdeñosamente. "Quiero pilotar uno durante cuatro o cinco años, y saber que yo estoy en el avión -yo. Ese yo, James, es el piloto".
Está parado frente a su casa de cemento estucado, una caja de cuatro cuartos en un camino de tierra en esta comuna de 30.000 habitantes en la frontera con Lesoto. Dentro hay una sola cama para él, tres hermanos y una hermana. Su madre está enferma. Su padre nunca pasó el sexto. Todo aquí grita que el sueño de James es un disparate.
Excepto James mismo. Hace dos años, después de terminar sus años básicos en la escuela primaria del municipio, hizo el kilómetro y medio de Masjaing a Fouriesburg, la ciudad mucho más próspera al otro lado de la autopista. Allá anunció que quería la mejor educación que pudiera tener en la aburrida escuela secundaria de la localidad, en la que sólo algunos estudiantes terminan sus estudios, y que quería matricularse para el octavo.
"Le pregunté si se daba cuenta de que tenía que pagar la matrícula, y él me dijo que su padre la pagaría", dijo Irina Grice, la directora de la Escuela Intermedia de Fouriesburg. "Su padre vino, pero, eh, sus ropas eran harapos, y era muy, muy pobre.
"Pero el padre dijo: El niño eligió, y quiere estudiar en esta escuela'".
Uno de cada tres de los 37 millones de negros de Sudáfrica viven en municipios como Masjaing, barriadas construidas para mantenerlos alejados de la gente blanca cuando no estaban trabajando en las minas de carbón de los blancos o limpiando las casas de los blancos. De los residentes de esos municipios de más de 15 años, más de la mitad son desempleados. De los que tienen empleo, uno de seis gana menos de 250 dólares al mes. Los municipios son hoyos económicos y sociales, trampas de pobreza en un país donde la brecha entre ricos y pobres es la más grande del planeta.
Jeremane Mokoena -se llama a sí mismo James, dijo, porque no le gusta su primer nombre- quiere marcharse de Masjaing. Quiere escapar de la clase baja que creó el apartheid hacia el mundo de oportunidades que el fin del apartheid abrió para jóvenes con más suerte.
Aquí pocos de sus amigos -niños haraganeando en la polvorienta cancha de fútbol y reunidos en las esquinas de calles de gravilla, sin tener ni idea de cómo la inminente madurez les cerrará su ruta de escape- tienen el valor para hacer el viaje que James ansía. Para los que lo intenta, el éxito es raro. El fracaso, y el confinamiento a una vida en el sótano de la sociedad es aplastante.
Listo, con una amplia si tímida sonrisa y la manía de mirar hacia otro lado mientras habla, James se parece a cualquier cosa, menos a un pionero. Pero no hay que subestimar sus agallas.
"Mi padre trabaja", dijo James. "Siempre me dice que la vida es fuerte, como una roca. Tú tienes que empujarla. Tienes que valerte por ti mismo, y no esperar hasta que aparezca alguien y te diga: James, vamos'".
Su padre, Petrus Mokoena, 44, es la improbable inspiración de James. Un demacrado hombre en mono azul raído y una chaqueta roja fluorescente, trabaja en una cuadrilla del departamento sanitario de Masjaing, recogiendo basura en el amanecer, durmiendo un rato para volver a recoger más basura en la tarde.
Por esto Mokoena gana menos de 300 dólares al mes. La Escuela Intermedia de Fouriesburg cobra 40 dólares por la matrícula. Mokoena la pagó. El apartheid, dijo, lo mantuvo a él adeudado y fue toda su juventud un ignorante trabajador en una granja blanca.
"Quiero que James se de cuenta que no ir a la escuela es malo", dijo Mokoena, hablando en sotho, su única lengua. "Quiero que hable inglés y escriba inglés".
Cuarenta dólares no es un sacrificio pequeño. Grice dijo que una vez le preguntó a James porqué le iba mal en una asignatura. "Dijo: No alcanzo a terminar antes de que oscurezca, porque no tenemos electricidad'", dijo.
"Así que le dije: Es posible leer con una vela'. Y él me dijo: No tenemos velas'".
Es James, la esperanza de la familia, el que se ha transformado en su centro de gravedad.
Petrus Mokoena pasa muchas tardes bebiendo cerveza Lesotho. Su esposa MaDibeo, silenciosa y con la mirada perdida en su misteriosa enfermedad, ha dejado un hueco en la casa y un mordiente temor en el estómago de los niños. El pequeño Mampho, 7, y su hermano mayor, 9, Thabiso, exigen ahora la atención de James. También la limpieza y la cocina.
El guapo hermano mayor de James, Dibeo, 19, estuvo cuatro años seguidos hasta el noveno en la Escuela Secundaria de Ypokaleng, la escuela de donde escapó James.
Joseph, de 13, tan carismático y listo como tranquilo y meditativo es James, es quizás el amigo más cercano de su hermano.
Están las niñas, por supuesto, y James dijo que tenía algún interés. Pero "si tuviera una novia, no podría pensar muy bien", dijo. "No tengo una novia, así que me puedo concentrar".
En realidad, James tiene pocos amigos íntimos. Torpe y tímido, está a horcajadas entre dos mundos, y no se siente a gusto en ninguno de los dos.
Algunas tardes Mokoena se queja sobre los costes de la educación de su hijo y cómo James, ahora el miembro más educado de la familia, se está alejando de su tosco padre.
"Mi padre me dijo que desde que estaba en esta escuela, había perdido mi cultura", dijo James. "Que me estoy transformando en un blanco. Que no como con la mano, sino con un tenedor".
Pero todas las noches de la semana de los últimos dos años, cuando Mokoena sale de casa para ir a recoger basura, cogió un bolígrafo para marcar sus entradas en su plantilla de trabajo. Y cuando volvía hacia las seis de la mañana, justo cuando James empezaba a despertar en su hacinada cama, le daba el bolígrafo a su hijo para que lo usara ese día en la escuela.
Entonces James se ponía su uniforme de la escuela de Fouriesburg y caminaba el kilómetro y medio hacia ese otro mundo.
Rígidamente afrikaner y exclusivamente blanca durante el apartheid hace una década, la escuela de Fouriesburg se ha transformado en casi completamente negra. La mayoría de los estudiantes atiborraron las escuelas secundarias cuando terminó el apartheid; los actuales alumnos son en su mayoría negros acomodados y los pocos blancos que no pueden pagar una escuela privada.
James no era ninguno de los dos. "Estaba en la peor situación, porque los niños lo menosprecian y lo ven como realmente pobre", dijo Mick Andrew, 67, el profesor de literatura inglesa y lo más cercano a un mentor que tiene James.
James hizo un intento de terminar con el ostracismo. "La mayor parte de las veces, en la escuela, yo no hago cosas porque sí", dijo. "Vengo, hago lo que tengo que hacer y vuelvo a casa".
En casa, estudiaba. Cuando vino por primera vez a la escuela, en enero de 2003, sus notas eran abismales, en parte debido a su pobre inglés. En su primer término falló en cinco asignaturas. En el segundo, sólo inglés.
Las clases en Fouriesburg terminan en el noveno. Cuando se aproximaba el fin del semestre en diciembre, James concibió elaborados planes para matricularse en el décimo en una escuela privada en Tweeling, a 120 kilómetros al norte. James dijo que su padre pagaría la matrícula. Él podría ayudar, dijo, vendiendo caramelos y refrescos.
"Elegí esta escuela porque quiero marcharme lejos", dijo. "Este lugar está lejos, pero no demasiado. Tweeling está lejos".
Pero su sueño excedía sus posibilidades: lo que James realmente necesitaba era una beca, y sus notas no se lo permiten. Cuando empezó el nuevo semestre en enero, James asistió a la Escuela Secundaria Breda, a unos 16 kilómetros de Fouriesburg. Fue la única escuela que podía permitirse admitir a James.
"Muy a menudo, los chicos más inteligentes encuentran un modo de salir", dijo Andrew. "Alguien verá que tiene futuro. James no ha progresado muy bien en la escuela, y eso se lo pone más difícil".
Ismail, otro joven de Masjaing en noveno que fue el mejor amigo de James en la escuela de Fouriesburg, estuvo de acuerdo. "Le dije", dijo: "Si quieres ser piloto, tienes que estudiar más'".
1 de mayo de 2005
©traducción mQh
©new york times
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