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trabajo infantil y superviviencia


[Emily Wax] Las familias campesinas de Etiopía luchan por la supervivencia, y eso significa a menudo el trabajo infantil.
Lebasjie, Etiopía. Asmara Chanie saca a pastar al ganado al amanecer y los lleva de vuelta a la granja con la puesta del sol. Le pagan con sacos de cebada, con los que sobreviven los seis miembros de su familia.
Himnat Yenealem friega pisos, lava ropa y tuesta granos de café para el desayuno de su patrón. A cambio, recibe alimentación, alojamiento y ropa.
Sus trabajos son la norma en África, donde el trabajo manual es la forma más común de empleo. Pero sus edades sorprenderían a muchos extranjeros.
Asmara tiene 12 años, y es un niño flacuchento y amistoso que dejó la escuela y que hace poco cambió su mochila por el bastón de pastora cuando la cosecha de su padre fracasó. Himnat es un pequeñita de 13, de rizos color de chocolate y un temperamento solemne cuyos padres murieron hace cuatro años de enfermedades relacionadas con el SIDA, dejándola sola y en la calle.
"Tenía un dilema terrible, así que tenía que trabajar", dijo Himnat, tranquila, pellizcando sus manos callosas. "Tenía miedo. Pero de este modo al menos no estoy en la calle y puedo tratar de superarme a mí misma".
De acuerdo a un estudio de Naciones Unidas, en todo el sub-Sahara africano un tercio de los niños menores de 14 trabaja todos los días, saltándose abruptamente la infancia y asumiendo responsabilidades en las que sus compañeros de edad en Occidente no tienen que pensar sino muchos años más tarde.
Hay tantos niños trabajando en el continente que los ministerios de educación señalan el trabajo como la principal razón por la que los niños abandonan la escuela básica, seguida por la pérdida de los padres a manos del SIDA/HIV y la incapacidad de pagar la matrícula escolar. Muchos son empleados en el sector informal, en las casas de los vecinos o en los campos, y pagados con alimentos o suministros; sólo los que trabajan en grandes fábricas ganan salarios en dinero.
"Desafortunadamente, el trabajo infantil es una realidad en África", dijo Afewerk Ketema, coordinador de Focus on Children at Risk [Niños en Peligro de Exclusión], un grupo de ayuda etiope. Ha reclutado a 300 niños trabajadores, incluyendo Himnat, para un proyecto en esta ciudad norteña en el que pueden asistir a clases vespertinas o en la tarde.
"La verdad es que el trabajo infantil no es visto como algo malo en el campo africano. De hecho, es una fuente de supervivencia", dijo Ketema. "Los niños viven la pobreza y las cosechas pobres más que todos los demás. Y ahora con el SIDA, los padres están a menudo enfermos, mueren o están sobrecargados criando a los huérfanos de otros... Hay muchos casos de niños que encuentran empleo como sirvientes".

Obligados a Trabajar
Etiopía tiene una de las tasas más altas del mundo en trabajo infantil, de acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo de Naciones Unidas y a la Red Africana de Prevención y Protección de los Niños contra el Abuso y Abandono [African Network for the Prevention of and Protection Against Child Abuse and Neglect]. Nueve millones de niños de entre 5 y 17 años están empleados, 90 por ciento de ellos en el sector agrícola, informaron las agencias.
Los factores que empujan a los niños a los campos incluyen las antiguas técnicas agrícolas en un campo exhausto, la epidemia del SIDA y un creciente población de 74 millones de habitantes.
Esta es una sociedad profundamente religiosa donde las familias a menudo tienen ocho o diez hijos. Es una sociedad donde el SIDA y otros males han dejado sin padres a 4.6 millones de niños -el número de huérfanos más grande del mundo, según un estudio conjunto de 2004 de agencias de Naciones Unidas y del ministerio etiope del Trabajo y Asuntos Sociales.
Es también una sociedad rural pobre donde el 85 por ciento de la población trabaja parcelas de menos de una hectárea, demasiado pequeñas para rendir beneficios, y casi todas trabajadas hasta su agotamiento. Estudios han mostrado que las culturas dependientes de la agricultura de subsistencia tienen también las tasas más altas de trabajo infantil.
"El actual sistema agrícola no ha cambiado en los últimos dos mil años, y eso afecta todo", dijo Stuart Williams, un keniata que trabaja en un proyecto conjunto sobre medio-ambiente y desarrollo de Naciones Unidas y del ministerio etiope de Agricultura. "Cuando fracasan las cosechas debido a la sobreexplotación de la tierra, los campesinos venden los animales. La familia entonces se queda despojada de sus recursos. El campesino pierde todo. Lo único que le queda es enviar a sus hijos a trabajar para otros".
La familia de Asmara fue víctima de una cadena de acontecimientos semejante. El año pasado, cuando el rocoso suelo marrón de su granja se erosionó demasiado como para poder ararlo, su desconsolado padre, Bisat Chanie, vendió de mala gana su último buey. Primero envió a trabajar a su hijo mayor, de 16, a una fábrica de sésamo cerca de la frontera con Sudán. Luego subió penosamente un empinado cerro hasta el mercado más cercano para hablar con un intermediario para que encontrara trabajo para Asmara.
"No teníamos nada. No teníamos qué comer", dijo el padre, 50, un hombre alto con una barba canosa, un turbante blanco y amables maneras. "Lloré cuando tuve que enviarlos a trabajar. Todavía lloro. Pero también estoy orgulloso de que mis hijos nos estén ayudando. ¿Qué otras opciones teníamos?"

Sequía y Subdesarrollo
En las últimas décadas, la naturaleza y la política han conspirado para mantener a Etiopía como uno de los países menos desarrollados del planeta. Algunos regiones son proclives a ciclos de sequía y hambruna, y las parcelas dependen fuertemente de las lluvias. En los años ochenta, el gobernante comunista, el teniente coronel Mengistu Haile Mariam, desdeñó a las regiones pobres que no apoyaban su gobierno, paralizando su desarrollo y exacerbando los efectos de la hambruna de 1984 en la que se estima que murió un millón de personas.
Mengistu fue derrocado en 1991 y reemplazado por un gobierno reformista, pero siete años después estaba en una guerra por fronteras con Eritrea, que costó a ambos bandos más o menos un millón de dólares al día. Muchos donantes extranjeros se retiraron de los proyectos de desarrollo, incluyendo planes para construir sistemas modernos de irrigación.
Las tensiones entre los dos países han vuelto recientemente a aumentar y han retornado a Etiopía los problemas políticos. Después de que las disputadas elecciones desencadenaran en protestas en el otoño pasado, numerosos líderes de la oposición fueron encarcelados y siguen tras las rejas. Como resultado, es probable que los donantes occidentales retiren los 375 millones de dólares prometidos en ayudas.
Algunos de esos opositores estaban pidiendo reformar el actual sistema de tenencia de la tierra, en la que el gobierno alquila pequeños terrenos a los campesinos y les impide formar cooperativas. Pero los funcionarios dicen que la industrialización, y no la reforma agraria, es la clave para un mejor futuro económico para los niños de Etiopía.
"La situación que enfrentan estos niños, inclusive por algunas semanas, es una desgracia que durará toda la vida", dijo en una entrevista reciente en la capital Addis Abeba el primer ministro Meles Zenawi. "Hemos hecho algunos progresos colocando advertencias para detectar la escasez de alimentos. Pero quizás hemos hecho muy poco, y demasiado tarde".
El gobierno de Meles ha sido elogiado por sus esfuerzos para combatir el SIDA, predicando la planificación familiar, anticipando la sequía y atrayendo algunas grandes fábricas. Pero hasta que las reformas lleguen a las resecas regiones rurales, niños como Asmara y Himnat tendrán pocas alternativas.
Himnat, una niña delgada de cara redonda, habló suavemente sobre cómo sus padres, que vendían cerveza hecha en casa a los campesinos, murieron en su aldea a 65 kilómetros al noroeste del país, debido a complicaciones relacionadas con el SIDA. No tenían tierras y se quedó sin lugar donde vivir. Su única tía ya estaba sobrecargada con tres hijos propios.
Sin embargo, se consideraba afortunada debido a que había encontrado trabajo como criada para una mujer que era "buena conmigo y nunca me golpea por mis errores. Inclusive me deja asistir a la escuela. Me siento tan feliz por eso que ahora trabajo mucho más para ella".

Exigencia de Educación
Ahora, con el proyecto vespertino de Ketema, también puede estudiar. Los maestros de su escuela dijeron que es una alumna brillante, pero que a veces replica en las clases. Himnat está entusiasmada porque una vez que aprenda a leer y escribir, el proyecto le enseñará algún oficio útil, como la reparación de bicicletas, costura, peluquería o carpintería. Los partidarios de los derechos de los niños están pidiendo un sistema escolar nacional de medio día de modo que más niños puedan avanzar más allá de la agricultura.
Garet Mengistie, la patrona de Himnat, dijo que la habían elogiado por ocuparse de una huérfana, pero sabe "que trabajar toda la vida para mí no es su futuro".
"Es una buena chica y merece ir a la escuela", dijo Mengistie.
Bisat Chanie no puede enviar a la escuela a Asmara, ni siquiera media jornada, porque el dueño del ganado que contrató al niño necesita que se ocupe de los animales todo el día. Pero las dos hermanas de Asmara han mostrado tener aptitudes para los estudios, y Chanie dijo que estaba decidido a mantenerlas en la escuela, inclusive si eso significaba destinar todo el dinero que le envía su hijo mayor desde la fábrica de sésamo -aunque signifique que tenga que salir a recoger leña para venderla, lo que aquí se considera que es trabajo de mujeres.
"En al época de mi padre teníamos muchas tierras. Y ganábamos dinero con la agricultura", dijo Chanie, sentado frente a su choza, el ceño fruncido de preocupación mientras miraba su rocosa tierra. "Nunca fuimos a la escuela. Pero tampoco salíamos de casa. Ahora los jóvenes tienen mucho optimismo sobre el país, y tienen razón".
Quizás algún, dijo Chanie, sus hijas encuentren trabajos como secretarias o funcionarias. Entonces podría finalmente enviar a Asmara a la escuela.

3 de enero de 2006

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corriendo para escapar


[Emily Wax] Niñas etiopes corren en búsqueda de una vida mejor.
Addis Abeba, Etiopía. Prácticamente la única manera para Tesdale Mesele, 13, de eludir el matrimonio y convertirse en una mujer dedicada a las labores domésticas y a la crianza de los hijos, era escapar.
Así que eso fue lo que hizo la valiente chica con piernas como alambres y cola de caballo. Se echó a los caminos de tierra llenos de baches de las tierras altas de Etiopía, descalza o con desgastadas zapatillas, tratando de mejorar su resistencia. Subió corriendo los resquebrajados escalones de la Plaza de Meskel en la capital, mientras a su alrededor se pasean cabras y nubes de polución daban al aire un tinte carbón.
Y una vez que sintió que era suficientemente rápida, Tesdale corrió por la única pista del país, un accidentado círculo de goma, parchado y desgastado en el Estadio de Addis Abeba, con la ilusión de que fuera descubierta por algún club de atletismo y ganara una pequeña beca conocida como "dinero para las calorías".
El atletismo profesional en Etiopía estuvo dominado durante largo tiempo por los hombres, y el país ha producido algunos de los mejores corredores masculinos de larga distancia. El legendario Haile Gebrselassie, 33, ha roto 17 récords mundiales y ganó dos medallas olímpicas de oro. Pero en la última década, corredoras femeninas como Meseret Defar, 22, también han empezado a ganar medallas olímpicas, campeonatos mundiales de atletismo y maratones. Hoy en día, según una revista deportiva etíope, siete de los 10 mejores atletas de Etiopía son mujeres.
Inspirada por estas nuevas heroínas nacionales, Tesdale y miles de otras chicas han dejado sus aldeas y llegado a la capital para vivir con parientes en míseros vecindarios, con la ilusión de llegar a competir.
Pero también hay otras razones más prácticas por las que las chicas quieren estar en forma y ser rápidas.
"Corro para que los chicos sepan que soy fuerte y no me molesten", dijo Tesdale una tarde, jadeando después de su carrera de la escuela a la casa con unas andrajosas camiseta y zapatillas. "También corro porque quiero dar prioridad a mi educación. Si corro bien, la escuela querrá que me quede y no me quedaré en casa a lavar la ropa y hacer injera", el esponjoso pan que es el alimento básico de la dieta etiope.
Tesdale vive en una casa de paredes de barro con otras tres chicas cuyas hermanas mayores las han sacado de sus granjas familiares y traído aquí para que se preparen como atletas. Pero su principal ambición es simplemente seguir en la escuela.
En Etiopía, tener educación es una verdadera maratón: La matrícula femenina es una de las más bajas del mundo, y es más probable que mujeres y niñas mueran durante el parto que llegar al sexto básico, de acuerdo a la UNICEF.
"He puesto todas mis esperanzas en ella", dice la hermana de Tesdale, Alamas, 18. "Cuando yo tenía su edad, mis padres querían que me casara con un hombre de 30. Estaban indignados cuando me escapé a la ciudad y dejaron de hablarme durante años. Pero ahora con la ilusión de mi hermana de convertirse en atleta, ella ha adquirido valor para ellos. La respetan. Ya no tiene que dedicarse a parir bebés, porque eso estropearía su carrera. Se dan cuenta ahora de que yo tenía razón en venirme a la ciudad, y la comprenden a ella".
En Etiopía niñas de apenas 12 años pueden ser cedidas por sus padres, que llevados por la desesperación las venden por la dote de la novia.
El país tiene la tasa más alta de fístulas vaginales de África, un desgarramiento de la vagina que afecta a menudo a adolescentes durante el parto y exige una dolorosa reconstrucción quirúrgica.
Etiopía, un país pobre de 73 millones de habitantes, tiene también una de las más grandes poblaciones son SIDA del mundo, obligando a muchas chicas a abandonar la escuela y cuidar de los enfermos o de parientes que han enviudado. Debido a que pocas casas tienen agua corriente o electricidad, la cocina y la limpieza les ocupan la mayor parte del día.
También hay tabúes culturales que desalientan que las chicas caminen largas distancias a través de paisajes desolados hasta la escuela. Los padres temen que sean violadas o secuestradas, lo que a menudo ocurre como un modo de obligar a las chicas a casarse.
"Las chicas adolescentes en África son la población más vulnerable del mundo", dice Alessandro Conticini, que dirige las oficinas de protección a la infancia y SIDA/HIV de la UNICEF aquí. "Trabajan más que sus hermanos. Es más probable que las obliguen a dejar la escuela y a dedicarse a las labores domésticas... con bodas forzadas y prostitución".
Conticini dijo que las condiciones en Etiopía estaban mejorando lentamente, "pero en última instancia las muchachas necesitan una buena razón para convencer a los padres de que debería dejárseles asistir a la escuela y postergar el trabajo y el matrimonio".
De momento, correr ha demostrado ser un poderoso incentivo. Incluso en los enclaves rurales más tradicionales, los padres ven los beneficios de permitir que las chicas se entrenen, lo que significa que deben ir a la escuela porque son los entrenadores los que eligen a las niñas que correrán.
Aquí se espera que los niños ayuden a sus padres en la vejez, y las niñas que corren son a menudo exitosas económicamente debido a que llevan vidas más disciplinadas, dijo ElShadai Negash, editor de Endurance, una revista deportiva de Addis Abeba.
"Para una niña, ser capaz de correr es una verdadera afirmación de libertad que en realidad se convierte en poder", dijo Negash. "Las corredoras son ídolos en parte debido a su éxito económico. Si la chica se puede convertir en una trabajadora respetable, ¿por qué no postergar el matrimonio? Después de todo, las niñas son vistas como una inversión".
Muchas chicas etiopes desarrollan fuerzas a temprana edad dedicándose a las labores hogareñas, caminando cuatro o cinco kilómetros al día para recoger agua e ir a la escuela, y cargando leña sobre sus cabezas.
Mientras los chicos pasan el tiempo con sus padres, haciendo encargos o matando el tiempo, las niñas son responsables de ayudar a sus madres en tareas exigentes, desde moler la fruta para hacer jugos hasta lavar a mano las alfombras.
Meseret Defar, que ganó una medalla olímpica de oro en 2004 en los 5 mil metros y una de plata en los torneos mundiales de 2005, dijo que había pasado su infancia acarreando leña tan pesada que ya tenía fuertes músculos a los diez años.
"También acarreaba potes de barro llenos de agua durante tres kilómetros cada día", contó Defar en una cafetería aquí. "Yo lloraba porque todo lo que quería hacer era entrenar y correr, pero tenía que dedicarme a las tareas domésticas".
Aunque apenas de 1 metro con 52, demostró ser una corredora sorprendentemente rápida y finalmente llamó la atención de su padre y de los entrenadores de la escuela. Sin embargo, incluso entonces tenía que tomar de prestado a hurtadillas las zapatillas de su hermano.
"Siempre corría a pie desnudo", dijo, mirando la marca de las zapatillas que ahora le pagan por llevar. "En esa época, a las chicas no se les compraba zapatillas de verdad porque eran demasiado caras. Así que para entrenar empecé a usar los zapatos de mi hermano, y me levantaba muy temprano para usarlos y volver a tiempo antes de que se marchara a la escuela".
Defar ha ganado tanto dinero con las carreras que ha pagado la matrícula escolar de sus dos hermanos; uno está estudiando informática, y el otro producción de videos.
Quizás lo más importante es que ser una corredora tan exitosa le da otorgado más control sobre su vida. Pudo postergar el tener hijos y eligió a su novio, un atractivo jugador de fútbol que tiene su edad e intereses similares.
Hace poco Defar habló con jóvenes madres hospitalizadas con fístula vaginal. Dijo que las había alentado a ayudar a sus propias hijas para que siguieran en la escuela, desarrollaran sus talentos, postergaran el matrimonio y encontraran valor en sus vidas. En el barrio donde vive Tesdale, las niñas adoran a Defar y cuelgan su retrato en las paredes.
"Correr da a las niñas muchas más oportunidades que antes y hace que nuestros cuerpos nos pertenezcan", dijo Defar. "E incluso si no todas lo logran, el entrenamiento brinda nuevas ideas... como enseñar, convertirse en coach, hacer siempre lo mejor que puedes".
Gebrselassie, el corredor estrella, dijo que estaba hablando en escuelas de niñas y gestionando clubes, y también haciendo donaciones de zapatillas para su entrenamiento.
"Es fantástico que haya más niñas corriendo en Etiopía", dijo en una conferencia telefónica aquí esta semana. "Quiero apoyar a nuestras niñas atletas no sólo materialmente sino también moralmente... Las niñas son unas fantásticas corredoras. Creo que envía el fabuloso mensaje de que las niñas pueden hacer todo lo que hacen los niños".
Una mañana hace poco, Tesdale y su mejor amiga, Sercalem Tesefay, 14, se levantaron a las cinco y media y trotaron durante una hora para llegar a la Plaza de Meskel.
Corriendo a ocho minutos por kilómetro y medio, pasaron junto a mujeres encorvadas bajo cargas de leña y a hombres al volante de taxis enredados en el tráfico.
En la Plaza de Meskel niñas y niños estaban subiendo las escaleras mientras eran observados por los reclutadores. Ni Tesdale ni Sercalem se había inscrito en un grupo, pero las dos esperaban mejorar sus tiempos para el año siguiente.
Hacia las ocho de la mañana, las dos amigas salieron de la escuela básica, a otra media hora de distancia.
Después de las clases a la una de la tarde, dieron de comer a las cabras, caminaron otro kilómetro y medio para recoger agua y finalmente se instalaron en su casa para asistir a la tradicional ceremonia del café.
Sorbiendo tazas de café del tamaño de casa de muñeca, las hermanas mayores dijeron que se sentían felices de que las dos se hubieran convertido en chicas modernas: estudiantes y atletas con el cabello trenzado y esmalte en las uñas.
"En el campo falta de todo. Si nos quedamos, no sabemos si podremos llevar la vida que queremos", dijo la hermana de Sercalem, Muluwork, 20, una obrera de la construcción de 22 años. Su destino "obvio", dijo, sería "casarse joven y tener hijos, además de muchos años de tareas domésticas".
Sercalem sonrió y se volvió hacia Muluwork.
"Cuando sueño", dijo, "me veo corriendo tan rápido que puedo ayudar a vivir mejor a todo el mundo y comprar zapatillas para todas las niñas de Etiopía".
29 de diciembre de 2005

©http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2005/12/28/AR2005122801369.html
©traducción mQh

ley islámica en nigeria


[Craig Timberg] Implantan ley religiosa en el estado de Kano, ordenando la segregación sexual en el transporte público.
Kano, Nigeria. Para las mujeres, hacer el trayecto diario al trabajo en esta antigua ciudad musulmana ha sido tan fácil como subirse a un minibús o montar en un taxi-bicicleta. Los dos métodos son baratos y abundantes. Incluso aunque algunas pasajeras encuentran incómodo estar tan cerca de hombres desconocidos, que pueden hacer comentarios obscenos o acercarse demasiado, ese era el precio de un transporte eficiente.
Pero estos son los últimos los días de viaje despreocupado para las mujeres de Kano, un ajetreado centro comercial de 500.000 habitantes en el norte de Nigeria. Funcionarios de gobierno, determinados a poner fin a lo que ven como un deterioro de la moral pública, están prohibiendo a las mujeres abordar casi todos los taxi-bicicletas y exigiéndoles que se sienten en la parte de atrás de los minibuses públicos.
Es el paso lógico, dicen los funcionarios, en su intento de implantar el estricto código penal islámico, o sharia, en Kano, que es uno de los 12 estados del norte de Nigeria donde se han implantado diferentes medidas de ley islámica. Los restantes 24 estados, y la capital federal, tienen una mezcla de religiones y son gobernados por leyes seculares.
Desde 2000, las autoridades en el norte de Nigeria han tratado de restablecer las reglas islámicas tradicionales interrumpidas en el siglo 20 por el colonialismo británico y las luchas políticas post-coloniales, incluyendo los azotes por beber alcohol, amputaciones de manos por robar y la muerte por lapidación en casos de adulterio. El más severo de los castigos se ha aplicado rara vez, pero ha empezado una campaña más amplia para regular la conducta -especialmente en las relaciones entre hombres y mujeres.
En la base del movimiento hacia la implantación de la sharia se encuentra la creciente preocupación de que la vida está cambiando demasiado rápidamente en Kano. Los vendedores pregonan DVDs de películas de Hollywood a menudo obscenas. Los residentes pueden subscribirse a la televisión por satélite y hartarse de mirar a bailarinas ligeras de ropa. Y algunos mujeres jóvenes ya no llevan el tradicional pañuelo de cabeza o las largas y holgadas túnicas que prefieren los viejos.
La nueva estrategia en el transporte, para la que el gobierno ha comprado una pequeña flota de vehículos con restricción de género, fue recibida inicialmente con una gran aprobación. Los hombres dicen que creen que la virtud de las mujeres está mejor protegida cuando hombres y mujeres viajan separados. Las mujeres dicen que los nuevos minibuses son cómodos y privados. Sentarse atrás, dicen, las libera de miradas potencialmente lascivas de los hombres.
Zabbaatu Auwal, una mujer con un niño pequeño, abordó uno de los minibuses nuevos en un ajetreado y neblinoso depósito. El vehículo estaba adornado con las palabras ‘A Daidaita Sahu' o ‘Se Ordenado', en hausa, uno de los cuatro idiomas locales más frecuentemente usados, además de inglés. Sentada en un asiento de la fila de atrás, elogió el nuevo sistema.
"No tengo que mezclarme con hombres, que es una fuente de incomodidad para nosotras", explicó Auwal, 27, mientras sostenía a su hijo de 2 años.
Sin embargo, una segunda fase de la nueva política de transporte, que incluirá la prohibición de que las mujeres aborden taxi-bicicletas, corre el riesgo de ser menos popular. En las próximas semanas, la policía empezará a multar a los taxi-bicicletas que sean sorprendidos transportando a mujeres que no sean sus familiares. Los permisos de taxi también pueden ser suspendidos. Y las restricciones de género se extenderán a todos los minibuses comerciales, incluso aquellos que son particulares.
Eso dejará a las mujeres con mucho menos opciones para llegar al trabajo o a la escuela o para ir de compras. Si los asientos reservados para las mujeres son todos ocupados, tendrán que esperar el próximo bus o los nuevos vehículos de un solo sexo. El gobierno ha comprado 176 motocicletas y 500 vehículos de tres ruedas con áreas de asientos recubiertos que están físicamente separados del chofer. Juntos, sin embargo, representan una fracción de las decenas de miles de vehículos del transporte público que recorren las calles de Kano.
Esta es una ciudad densa y rápida, con un casco histórico de siglos de antigüedad cuyas estrechas calles son inaccesibles para los minibuses. Aisha Lawal, 19, estudiante, dijo que ella tendrá dificultades en hacer sus dos visitas semanales a sus abuelos si se prohíbe que la gran mayoría de los taxi-bicicletas transporten a mujeres. Predijo que las mujeres se opondrían.
En una acera a unas manzanas más allá, Miriam Muhammed, 24, se preparaba para subirse a un taxi-bicicleta. "No lo queremos", dijo sobre el nuevo sistema. "Dios mío, eso me causará disgustos".
Muchos hombres dicen que las nuevas reglas fueron provocadas por el caótico tráfico de Kano. Los taxi-bicicletas, que son ruidosos y escupen torrentes de gases azulosos, entran y salen a toda velocidad entre los pequeños bolsones de coches en movimiento.
La palabra hausa para taxi-bicicleta es achaba, que quiere decir "cometer un error idiota". Las lesiones graves entre conductores se han hecho tan comunes en los últimos años que el hospital público más grande de la ciudad es conocido como "el pabellón de los achaba".
Pero es el contacto entre un hombre y una mujer -no hay modo de viajar en una achaba sin tocar piernas y torsos- lo que los transforma en particularmente alarmantes para esta tradicional comunidad. La poligamia es común aquí, pero la conducta sexual fuera del matrimonio, o incluso rumores, puede generar una inmensa vergüenza y condena, no sólo para una mujer, sino para toda su familia.
Sule Yau Sule, portavoz de gobierno en Kano, dijo que los conductores de motocicletas recogen a mujeres por la excitación de tenerlas sentadas cerca.
Para evitar esos problemas en el futuro, dijo, vale la pena la inversión, incluso en un lugar con una economía decreciente y un sistema de carreteras peligrosamente sobrecargado. De momento, el gobierno ha gastado cerca de 2.1 millones de dólares en los vehículos con restricción de género, que son alquilados a conductores particulares, y piensa adquirir muchos más.
"Es la voluntad de la gente", dijo Sule. "Es parte de la sharia".
La implementación de la sharia se ha encontrado con problemas prácticos antes, y en todo el norte se han aplicado pocos de los castigos más serios. Ninguna mujer ha sido lapidada a muerte por adulterio. Una avalancha inicial de amputaciones por robo fue parada después de tres mutilaciones, y ahora la mayoría de los casos criminales son dirigidos hacia los tribunales penales del estado.
Los tribunales islámicos tienen que ver con asuntos maritales, disputas civiles y ebriedad en público, un delito que es castigado normalmente con latigazos, que tienen la intención de provocar más vergüenza que dolor físico.
El eslogan ‘Se Ordenado' que se encuentra en los nuevos buses hace parte de una campaña más amplia del gobernador de Kano, Mallam Ibrahi, Shekarau. Advirtió en el sitio en internet que "las reglas de conducta, civilidad y decencia, por las que el pueblo de Kano fue tan renombrado, están en decadencia".
Algunos hombres en atiborrados minibuses parecen dispuestos a hacer proposiciones que hace unos años no se habrían atrevido a hacer, dijeron pasajeras.
"Te puedes sentar al lado de un hombre que no se puede controlar", dijo Fatima Abdulkadir, 45. "Te dicen cosas, o ves a los hombres acercándose hacia ti, tratando de rozarse contra ti, y eso no está permitido".
Los nuevos buses y vehículos de tres ruedas eliminarán poco a poco ese problema, pero no las nuevas motocicletas. Aunque están restringidos a transportar solamente mujeres, los conductores siguen siendo hombres, y sus pasajeras continuarán teniendo un grado de contacto físico considerado aquí ampliamente como inapropiado.
Una solución obvia -contratar a mujeres conductoras- choca con otro tema delicado. Todos los buses, todas las motocicletas y la gran mayoría de los coches particulares en Kano son conducidos por hombres. Nadie espera que eso vaya a cambiar.
"El tráfico es loco", dijo Ahmad Kofar-Naisa, 47, chofer de bus, desechando la idea de las mujeres conductoras. "Las mujeres apenas pueden con él. Es difícil incluso para un hombre".

23 de agosto de 2005
©washington post
©traducción mQh


retorno a las ruinas


[Craig Timberg] En Zimbabue, los desplazados vuelven a casa y encuentran escombros.
Porta Farm, Zimbabue. El gobierno la llamó Operación Murambatsvina -literalmente, ‘Sacando la Basura'. Pero para cientos de miles de personas como Gertrude Musaruro, el programa de erradicación de las villas miseria tiene otro nombre: el tsunami.
Durante 14 años, Porta Farm fue, en un país cruel, el modesto santuario de Musaruro. La comunidad, a unos 32 kilómetros al oeste de Harare, la capital, tenía una escuela para sus hijos y, más tarde, para sus nietos. El cercano río de Manyame entregaba la pesca suficiente cada año para sostener a una población de más de 10.000 personas.
Pero el 28 de junio observó impotente cuando las excavadoras del gobierno aplastaron su casa de tres habitaciones y una cabaña de madera que albergada a su familia de nueve. Luego la policía trasladó en camión a ella y a la mayoría de los otros residentes a un desolado campamento de re-asentamiento a kilómetros de distancia. De acuerdo a los boletines de prensa, el asalto con maquinaria pasada dejó cuatro muertos.
"Estoy aquí como una mariposa o un pájaro en un árbol. Sin casa, sin en qué sentarme", dice Musaruro, 45, que dejó el campamento e hizo el largo viaje de dos horas para volver a su casa que encontró tan convertida en ruinas que prefirió dormir fuera, entre los escombros.
La agresiva campaña del presidente Robert Mugabe para "limpiar" las viviendas y mercados ilegales de Zimbabue ha dejado sin casa a más de 700.000 personas durante el mes más frío del año, de acuerdo a Naciones Unidas, y ha creado la crisis más seria en este país del sur de África en cinco años de empinado decline.
Un agudo informe crítico de Naciones Unidas, dado a conocer el viernes, llamaba a Mugabe a terminar con la destrucción de las villas miseria. En el controvertido programa se han enviado a policías armados a barrios pobres en todo el país, echando abajo edificios e incluso obligando a sus residentes a destruir sus propias casas.
Hace poco en Porta Farm, donde han retornado de propia voluntad varios cientos de familias, los niños jugaban entre pilas de ladrillos rotos, fragmentos de paneles de asbesto y alambre de púa oxidado. Los hombres se sentaban en los agrietados restos de concreto de un bar, bebiendo una cerveza africana llamada Scud, de alto octanaje, mientras las mujeres trabajaban entre los bajos refugios que muchas han montado cerca de sus viejas viviendas.
Mientra hablaba sobre sus penurias, Musaruro de vez en vez reía y se encogía de hombros. Pero cuando la conversación giró hacia el gobierno de Mugabe, que ha gobernado desde la independencia en 1980, hizo un puño con su mano derecha y lo alzó como si fuera a pegar un puñetazo.
Su rabia no es nueva. En octubre de 1991 la policía destruyó con una excavadora su anterior casa, en una de las varias, densamente pobladas poblaciones en los alrededores de Harare, justo antes de una reunión de la Commonwealth Británica que incluía una rara visita de la Reina Isabel.
Ese día, dijo Masaruro, se les aseguró a los residentes que les esperaban casas nuevas y mejores, gracias al gobierno. Pero después de un largo viaje en camión, fueron arrojados en Porta Farm, que entonces no era más que terreno vacío con unos pocos árboles entre la hierba seca.
Pero había exuberantes montañas hacia el sur y un lago artificial más allá. Una corta caminata hacia el oeste está el río de Manyanne, donde los pescadores, en las turbias y rápidas aguas pueden capturar el feroz pero sabroso pez tigre. Un pez tigre de 4 kilos y medio puede alimentar a una familia durante varios días o rendir un buen dinero en los mercados de Harare.
Aunque se suponía que Porta Farm era un campamento de re-asentamiento provisional, se transformó poco a poco en algo más -en una comunidad con una escuela, una iglesia, una mezquita y miles de casas de ladrillos, paja y asbestos. Docenas de casas con pequeñas tiendas ofrecían pan, refrescos y otros productos básicos.
En un país donde la tasa de desempleo se calcula en un 70 por ciento o más, la mayor parte de los hombres de Porta Farm podían trabajar en la pesca, y la mayoría de sus mujeres vendían artículos, aquí o en Harare.
La familia de Musaruro también creció. Junto a sus cuatro hijos, pronto había tres nietos, atiborrando todavía más su pequeña casa de ladrillos. Cuando un grupo de ayuda cristiano ofreció construirle una cabaña a unos metros de distancia, Musaruro estaba encantada.
Para pagar las cuentas, compró pescado de los pescadores locales y los volvió a vender en Harare por un pequeño beneficio. Con el salario de su marido como guardia de seguridad, ganaban juntos unos 75 dólares al mes, dijo.
Porta Farm era llamado a menudo una villa miseria, y carecía de los planes de edificación adecuados y permisos para asegurarse una existencia legal. Pero para los residentes, era su hogar.
"Yo era feliz", dijo Musaruro, "porque yo empecé a construir una vida nueva".
El 19 de mayo empezó la operación Murambatsvina, siete semanas después de que el partido de Mugabe ganara por una mayoría aplastante las elecciones parlamentarias que muchos países occidentales y grupos de derechos humanos dijeron que fueron amañadas. Al defender la destrucción de mercados y casas, Mugabe denunció el crecimiento descontrolado de áreas urbanas densamente pobladas en una economía que se había reducido en un tercio desde 2000.
"Nuestras ciudades y pueblos se han deteriorado a un nivel que son una verdadera causa de preocupación", dijo Mugabe según un diario de gobierno la semana después. "Nuestras ciudades y pueblos... se han convertido en refugios de prácticas y actividades ilícitas y criminales que no se podía permitir que siguieran".
Después de demoler decenas de miles de estructuras supuestamente ilegales en y en los alrededores de Harare, la policía avanzó hacia los suburbios e incluso algunas áreas rurales. La semana pasada, haciendo frente a duras críticas internacionales, el gobierno anunció un cese temporal de la campaña, aunque líderes de oposición dijeron que se reiniciaría una vez que no se le prestara atención.
Pero ya se ha hecho un enorme daño. Las familias de Porta Farm deben dividirse entre las ruinas de la comunidad, el campo de re-asentamiento del gobierno y sus casas ancestrales en áreas rurales remotas.
Los hijos y nietos de Musaruro están todavía en el campo de re-asentamiento, donde dijo que su nieto de 15, Rangarirai, llevaba tres semanas sin asistir a la escuela y había desarrollado una preocupante tos. Entretanto, ella y su marido reunieron su dinero para tomar el bus de vuelta a Porta Farm, para unirse al flujo de retornados que ahora se ha inflado con miles más.
Primero dormían afuera entre los escombros, tratando de protegerse con pequeñas fogatas, de las gélidas noches. Luego empezaron las penetrantes lluvias. Después de una noche que la dejó empapada y tiritando, Musaruro se construyó un pequeño refugio con restos de ladrillos. Le puso encima un pedazo de hojalata corrugada. Luego entró gateando y se tendió en la tierra, junto a su marido.
Durante los días siguientes, empezaron a emerger estructuras de todo tipo de diseños. Pedazos de techos de paja y oxidados pedazos de láminas de metal fueron transformados en casitas diminutas. Una niña de 15 cosía bolsas de plástico lima para hacer una tienda amarrada a una estructura de ramas.
Hacia la tercera semana, poca gente dormía todavía a la intemperie, pero la Operación Murambatsvina había logrado transformar una sólida comunidad en un peligroso batiburrillo. Los residentes dijeron que no se atrevían a levantar casas nuevas de tamaño normal por miedo a que volviera la policía.
Sin embargo, Musaruro ya está soñando en cómo reconstruir su vida. Si otros vecinos empiezan a construir, dice, ella también lo hará. Su marido es incapaz de levantar cosas pesadas porque sufre de una vieja herida en el hombro, pero dice a ella le encantaría ocuparse del trabajo de albañilería.
"Yo, yo lo hago", dice. "Yo misma la construiré".
Sin embargo, lo que más quiere es ver reunida a su familia. Su plan es comprar un solo pez tigre, coger el bus hacia Harare, venderlo por dos o tres dólares, y luego usar el dinero para coger el bus hacia el campo de re-asentamiento y volver con al menos un hijo o un nieto. Dice que lo hará todos los días hasta que esté todo el mundo de vuelta de Porta Farm.
Pero primero, dijo, está esperando para cerciorarse de que no vuelva a ocurrir otro tsunami.
"Quizás vuelva. Quizás no", dijo. "No sé".

23 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh


congo surge del caos


[John Donnelly] Arrasado por la guerra, avanza hacia la estabilidad.
Kindu, República Democrática del Congo. Justo fuera de esta ciudad en el corazón del Congo, la selva empezó a engullir el camino. Se redujo de dos vías a una, luego a la mitad de una, y finalmente a un surcado sendero forestal interrumpido de vez en vez por una serie de manantiales.
Cazadores descalzos caminaban penosamente junto al sendero, acarreando monos muertos colgando de varas. Los campesinos balancean sus cosechas de piñas en cestas encima de sus cabezas. Una caravana de motos truenan al cruzar el rudimentario puente de troncos flojamente amarrados mientras miles de mariposas naranjas, amarillas y púrpuras se apartan del camino.
Conocido simplemente como el camino de Kasongo, es un extrañamente apacible corredor de 240 kilómetros -extraño porque la paz rara vez se aparece por aquí. Hasta hace poco, milicias de todo tipo asesinaban, violaban y robaban a cualquiera que se cruzaran en la ruta desde Kindu, la capital regional, a la ciudad de Kasongo. La región está aislada del mundo.
Ahora, con su firme flujo de caminantes y el comercio, es lo que pasa aquí por esperanza, un indicio del cambio de fortuna en el Congo, el país más violento del mundo en los últimos 60 años.
Tan grande como la mitad oriental de Estados Unidos, el Congo ha sido durante largo tiempo una herida en medio del continente, bendecida por sus ricos depósitos de oro, diamantes y otros minerales preciosos, y arruinada por los que la han explotado -y llevado la guerra con ellos. Grupos de derechos humanos calculan que más de 3.5 millones de civiles murieron en la continuada guerra que empezó en 1996, sea directamente como consecuencia de la guerra o por enfermedades y malnutrición mientras trataban de escapar -más muertes que en cualquier conflicto desde la Segunda Guerra Mundial.
Ahora, acicateado por otros gobiernos, la República Democrática del Congo tiene una posibilidad -pequeña- de reveritr la devastación causada por generaciones de guerra y gobernantes tiránicos y empezar a vivir de acuerdo a su nombre.
El mes pasado el gobierno de transición en Kinshasa -una tensa coalición dirigida por el presidente Joseph Kabila, 33, aprobó una nueva constitución que sostiene valores democráticos. Más importante, el gobierno está empezando a inscribir a votantes en Kinshasa -los primeros pasos hacia las elecciones nacionales en el curso del año próximo.
Y, después de dos años de gobierno de transición y tregua oficial, varias regiones del Congo se han estabilizado, incluyendo al área en torno a la central Kindu -una ciudad de unas 50.000 personas a unos 965 kilómetros al este de Kinshasa, la capital. La guerra se limita en gran parte a la todavía peligrosa región de Ituri, al nordeste.
Hay insinuaciones de progreso -pero sólo insinuaciones. Es difícil imaginar un lugar más peligroso para construir un gobierno que funcione o que convoque a elecciones. En un viaje de dos semanas a través del país encontré situaciones desesperadas en todas partes, desde los caóticos mercados y el remolino de las intrigas políticas en Kinshasa, al extremo aislamiento y abandono del centro del país, y a las fortificadas ciudades del este, Bukavu y Goma, donde los soldados de la misión de paz de Naciones Unidas controlan algunos terrenos pero no se atreven a aventurarse demasiado lejos.

Difícil Tarea a Futuro
Es un devastador trayecto de dos días en moto y coche desde el sur de Kindu a Kasongo, la ciudad de 30.000 habitantes por la que se llama el camino.
Allá, la lánguida belleza del corazón del Congo envuelve al visitante. Las flores de buganvillas agregan toques de rosado, naranja y fucsia a lo largo de los estrechos senderos, entre chozas de adobe. Grandes y arqueados tallos de banana surgen del suelo color chocolate negro. El camino está lleno de niños que van a la escuela y hombres en bicicletas en dirección a sus trabajos -en la ciudad hay menos de una docena de coches.
Pero esta apacible escena encubre lo inexpresablemente dura que ha sido la vida aquí -y lo difícil que será reconstruir las estructuras sociales aquí. Las guerras han destruido casi todo; la gente de la localidad llevaba una vida casi silvestre, recolectando bayas y raíces, cuando volvieron por primera vez de la selva a su asolada comunidad.
Justo al lado del camino, Tutu Al Kaponda Marmot, un ex director de escuela, entró a una casa, grandiosa en el pasado, de una familia belga que hasta hace dos años estuvo ocupada por varias grupos rebeldes. Ahora es un armatoste, cubierto de pintadas y sin cristales en las ventanas. Una pintada dice: "¿Por qué vivís en esta casa, rebeldes? Sólo queréis matar".
El trabajo de Marmot ahora es realizar elecciones en Kasongo y las áreas rurales circundantes, un territorio de cientos de kilómetros cuadrados y medio millón de personas. La derruida casa es su cuartel general. Dijo que no tenía dinero, ni muebles ni instrucciones de Kinshasa. Todas las mañanas, su equipo de ocho voluntarios trae sillas y escritorios de sus casas a la sede de las elecciones. Todas las noches arrastran los muebles de vuelta a casa.
"¿Se puede imaginar lo que significa traer democracia a un país como el nuestro? ¡Ni siquiera tenemos carné de identidad!", dijo Marmot, riendo pesarosamente.
Sus tareas incluyen realizar la primera inscripción electoral en 45 años de su distrito, instruir a la gente sobre la democracia y sus derechos, y luego ingeniárselas para transportar una máquina de votación y un generador (82 kilos en total) a cada pueblo de la selva en un radio de 80 kilómetros. Sólo senderos conectan a las aldeas. Dijo que había sólo una manera de hacerlo: "Los tendrá que traer Naciones Unidas, en avión".
Y eso, de hecho, es lo que Naciones Unidas quiere hacer. Es un experimento sin precedentes en la construcción de un país. El Congo tiene unos 28 millones de votantes, tres veces más que en las recientes elecciones afganas.
El progreso se ha detenido en Kasongo, y en cientos de lugares parecidos, después de que el Congo obtuviera su independencia de Bélgica hace exactamente 45 años. En los primeros turbulentos cinco años de independencia, el primer ministro elegido democráticamente Patrice Lumumba que derrocado y luego asesinado. Entonces Mobutu Sese Seko asumió el poder y empezó un corrupto y dictatorial reinado que duró 32 años.
Mientras él se hacía rico, el país empobrecía. Y desde su derrocamiento hace ocho años, la caída se ha hecho más rápida y más empinada.
Más allá en el camino desde el local electoral del distrito, en una rectoría, el Padre Simon Ngongo, 59, recuerda la transición del dominio belga a la independencia.
"La vida era mejor en 1962", dijo el Padre Ngongo. "Teníamos todo lo necesario para vivir. Teníamos infraestructura -agua, caminos, el tren que llegaba a menudo, todo eso quedó del período de colonización. Durante 45 años no teníamos más que cosas buenas".
Los soldados de la misión de paz de Naciones Unidas dejaron Kasongo hace más de un año, cuando las tropas fueron trasladadas hacia el más volátil este.
Los únicos extranjeros que permanecen son dos organizaciones de beneficencia, CARE y Concern, un grupo irlandés. Ellos, junto con la iglesia, proporcionan los únicos servicios disponibles aquí, y pagan las medicinas, la educación, la formación laboral y quizás unos 100 puestos de trabajo.
Con la ayuda de esas contribuciones relativamente pequeñas muchos residentes han vuelto a reconstruir sus vidas. Los alimentos son de alguna manera más abundantes a medida que mucha gente de la localidad cultiva huertos, y otros pescan en el vecino Río Congo. Y el tren empezó a funcionar otra vez el año pasado, desde la sureña ciudad de Lubumbashi a Kindu, atrayendo a multitudes de gente de la localidad a vitorearlo con cada nueva aparición. Pero pasa apenas una vez al mes, trayendo un tentador goteo de artículos del mundo exterior, cambiando la vida aunque sea un poco. Una botella de cerveza que costaba 5 dólares antes de que el tren volviera a funcionar, ha bajado ahora a 4 dólares.
"Las condiciones para vivir aquí han sido destruidas", dijo el sacerdote. "No esperamos nada del gobierno. El gobierno, en realidad, es temido por la población. La mentalidad de los jefes en el gobierno es la de sacar el dinero y metérselo en sus bolsillos. Tenemos que cambiar esta inmoralidad".

Corrupción Galopante
Los corruptos en el Congo se dividen en dos amplias categorías. Están los intermediarios que buscan los cientos, miles o cientos de miles de dólares de las corporaciones multinacionales o visitantes extranjeros, dependiendo de la oportunidad. Y luego están los que operan a una escala más pequeña, como los policías del tráfico que emiten citaciones por una variedad de infracciones imaginarias y luego se meten al bolsillo las multas para complementar sus salarios mensuales de 10 dólares.
La práctica lo invade todo. Cuando hace poco dos periodistas llegaron al diminuto aeropuerto de Kindu, un hombre requisó los documentos de viaje emitidos por el gobierno en Kinshasa -los documentos fueron considerados inútiles en el reino no oficial de Kindu, un país dentro de un país. Interrogado sobre por qué se llevaba los documentos, el hombre dio vuelta los ojos y gritó: "¡Yo soy el funcionario jefe de inmigración!" Cuando se calmó, dijo que los visitantes podrían recuperar sus documentos después de que se reunieran con el gobernador -quizás en algunos días.
Los directores locales de CARE y dos organizaciones de Naciones Unidas intervinieron, y se dirigieron a la residencia del gobernador en la noche de ese fin de semana. El gobernador Kosolo Sumaili farfulló -e hizo tiempo. Llamó a su jefe local de inmigración por el citófono y le dijo que tramitara el nuevo documento.
"¿Cuánto debo cobrar?", preguntó el jefe de inmigración.
"No demasiado", murmuró el gobernador.
"Deberíamos cobrar 700 dólares por estos papeles", gritó el director de inmigración. Una hora más tarde pidió 120 dólares por los documentos, sonriendo agriamente cuando el dinero cambiaba de manos.
Al alejarse, el director de CARE en Kindu, Dieudonne Cirhigiri, dijo: "Ya ves con las cosas que tenemos que vivir".
El contralor jefe del país, educado en Bélgica, Mabi Mulumba, 64, dijo que la corrupción es galopante debido a que en el país no se impone la ley. "Mientras no haya un sistema judicial, la gente seguirá robando", dijo Mulumba en una entrevista en su despacho de Kinshasa. "La impunidad es lo que corrompe a la gente aquí".
Para CARE, que tiene sus mayores operaciones en el Congo en Kindu y en la región circundante, la provincia de Maniema, este período de gobierno transicional en Kinshasa representa nuevos riesgos. Un gobierno depredador, temen funcionarios de la agencia, está remplazando a las milicias predadoras.
"El gobierno aquí significa que gente que está en el poder, robando", dijo Brian Larson, director de país de CARE, en una entrevista en Kinshasa.
Se ha enterado directamente. Antes este año, Sumaili, acompañado de 15 hombres armados, confiscó dos vehículos, uno de CARE y otro de Concern, de acuerdo a funcionarios de los dos grupos. Los devolvió a los 5 días después de que las organizaciones se quejaran en el despacho del presidente Kabila. Y no hace mucho tiempo un agente de policía golpeó al ex director de CARE supuestamente por no pagar a tiempo a los empleados de CARE. Cuando un locutor de radio informó sobre la paliza, los soldados también lo golpearon, de acuerdo a funcionarios de CARE.
El agente de policía, de acuerdo a la oficina de Sumaili, huyó a Kinshasa, donde vive fugitivo.

Tenemos Hambre
Entretanto, en la capital, existe una simple lógica de vida: Sobrevivir cueste lo que cueste.
La policía patrulla para coger a rateros, no a infractores de la ley. Los niños salen a recoger agua por sus madres, en lugar de ir a la escuela. Los maestros venden sandalias en el mercado porque ganan más dinero que enseñando.
Y todas las mañanas en el centro de Kinshasa, cientos de trabajadores se presentan a sus trabajos en la Oficina de Correos y Telecomunicaciones, que supervisa el sistema postal que no funciona y las 10.000 líneas telefónicas fijas del país de 60 millones de habitantes. En contraste, el país tiene casi 2 millones de usuarios de móviles -todos de los últimos cinco años.
En la cavernosa oficina de correos reina el silencio, y no hay clientes; la única gente aquí son los empleados detrás de sus mostradores, o en unas pocas oficinas en el segundo piso. ¿Por qué abrir si no hay clientes? Un empleado susurra una respuesta: Los empleados llegan a trabajar con la esperanza de que les paguen algún día.
Les deben 62 meses de trabajo -los salarios de más de cinco años.
"Cuando derrocaron a Mobutu, pensábamos que las cosas se pondrían mejor", dijo un veterano agente de correos, su voz haciendo eco en los corredores. Pidió no ser nombrado por temor a perder su trabajo. "Pero después de unos años nos dimos cuenta de que estábamos equivocados. Esos presidentes nuestros son asesinos, saqueadores, criminales mafiosos. Hicieron la guerra para enriquecerse".
En ausencia de un estado que funcione, los residentes de Kinshasa se han hecho expertos en aprovechar toda ventaja, por pequeña que sea. Han creado lo que es sin duda una de las economías informales más sofisticadas del mundo.
El estado provee de agua a sólo un tercio de los residentes de la ciudad, así que unas empresas venden cientos de miles de enormes bidones, y otras envían cientos de carros tirados por burros con los bidones llenos de agua para venderlos. La gente que viaja del este del Congo a Kinshasa a menudo llevan cargas de fresas frescas, que venden entonces en los mercados.
"¿Quién es responsable de ayudar a la gente pobre? Nadie", dijo Mariam Manzuleu, 49, madre de nueve hijos que vende pescado salado junto a un mercado del centro. "Así que tenemos que hacernos nosotros mismos responsables. No tenemos dinero para las matrículas, no tenemos acceso a la salud, tenemos hambre".
Rozándose los hombros, la gente entra y sale del mercado, pasando frente a la pequeña mesa de Manzuleu con el pescado. Dijo que su marido había perdido su trabajo como administrador universitario, así que se puso a vender pescado, y gana 3 dólares al día. Al final de la conversación, pidió a un visitante 100 dólares por compartir sus opiniones. Un agente de policía que escuchó, intervino, diciendo que quería 10 dólares "por la protección".
Ambos fueron gentilmente rechazados

Soldados y Violación
Incluso con esas dificultades, la relativa estabilidad de Kinshasa es la envidia de los que viven en el nordeste del Congo -un área casi dos veces más grande que Nueva Inglaterra.
En Bukavu, a 1.300 kilómetros al este de Kinshasa, el destacamento de soldados en misión de paz de Naciones Unidas más grande del planeta -casi 17.000 soldados- lucha por pacificar la región. Se quejan de que no tienen suficientes soldados para hacer el trabajo, así que escogen cuidadosamente sus enfrentamientos.
Bukavu, un centro económico regional al otro lado del Lago Kivu de Ruanda, era la opción obvia de la intervención: El año pasado un grupo de oficiales tránsfugas, posiblemente respaldado por el gobierno ruandés, capturó la ciudad y asesinó, violó y saqueó durante dos meses. Los rebeldes fueron finalmente desalojados de la ciudad y desde entonces las tropas de paz paquistaníes han empezado la difícil labor de adiestrar a soldados de la localidad en un nuevo ejército nacional y ganar la confianza de los residentes.
Al comienzo del adiestramiento, "los congoleños eran patéticos", dijo el capitán paquistaní Faisal Azher Rana, mientras patrullaba la ciudad hace poco. "Y todavía les falta. Pero aquí había un ejército con nada de comer, nada que ponerse, y casi sin adiestramiento. Ahora están mejor".
Faisal paró junto a un grupo de 12 soldados paquistaníes de guardia en una plaza de la ciudad. Estaban dispersos en formación V, con los rifles contra el pecho. "Cuando llegué hace cinco meses", dijo, "me sorprendió que Ruanda y Burundi, dos países tan chicos, atacaran al Congo, un país tan grande... Ahora lo entiendo. No tenían un ejército adecuado".
Pero los soldados necesitan que se les pague junto con el adiestramiento, dijeron oficiales paquistaníes. "¡Reciben 10 dólares al mes!", dijo el mayor Nasrullah Khan, que se había unido a Faisal en la patrulla. "Cuando están con nosotros no causan problemas, pero los hemos visto instalando puestos de control y recaudar ‘impuestos' a punta de pistola. Trataron de violar a una niña hace unas noches, apenas a 100 metros de nuestras tropas. Felizmente, nuestros soldados la salvaron".
De acuerdo a varios grupos de derechos humanos, la violación se ha usado como arma en una guerra de alcances sin precedentes en el Congo.
En Kibombo, una aldea a mitad de camino entre Kindu y Kasongo, varias mujeres que habían sido violadas durante la guerra, dijeron que seguían sufriendo.
Anjelane -que como las otras mujeres se negó a dar su nombre completo- dijo que estaba dispuesta a perdonar a los rebeldes que la violaron repetidas veces hace dos años. Pero la treintañera, madre de ocho niños, se preocupa de que haya más violadores al acecho en la selva.
"Me da miedo ir a la selva. Cuando escucho un sonido, me pongo a temblar", dijo.
Y Julienne, justo 19, dijeron que después de que los rebeldes la violaron una noche en la selva, sus pretendientes en matrimonio se negaron a dar a su familia la dote entera, que es siete cabras para la familia de su padre y cinco para la de su madre. Cada cabra cuesta unos 25 dólares. "No fue mi culpa que haya ocurrido", dijo Julienne, con los ojos desbordados de lágrimas. "Ahora estos chicos nos quieren dar menos cabras. No me casaré".

Tenemos Esperanzas
Mientras el Congo lucha por la estabilidad, la supervivencia significa superar enfermedades en una sociedad con un sistema de salud que apenas funciona. En muchos lugares, como en el corredor central de Kindu a Kasongo, las organizaciones de beneficencia son el único soporte de clínicas y hospitales.
En la clínica médica de Kasongo, CARE provee las medicinas y forma a trabajadores de la salud, pero las condiciones son espantosas. En la parte de atrás de clínica, el enfermero Lyondo hizo un rápido examen de una mujer embarazada que gemía suavemente. Cuando Lyondo entró a una oscura, sofocante sala de partos, dos murciélagos pasaron batiendo sus alas por sobre su cabeza. Ni se inmutó.
"Este no es un lugar donde dar a luz", dijo, enfadado. "Mire esta mesa de metal... Está quebrada. Aquí no se ve nada".
En el hospital de la ciudad, a un kilómetro y medio, las condiciones eran mejores, aunque sólo ligeramente.
En una mesa de metal una tarde, una niña de 4 años yacía desnuda, con los ojos cerrados, completamente expuesta, y sola. Victorina Kalonda había llegado con fiebre alta, el cuello tieso y fuerte dolor de cabeza, señales de meningitis, a menudo mortal.
Una enfermera había realizado una punción lumbar, pero ahora estaba atareadísima rellenando las fichas de los otros pacientes. El doctor John Descemet Kaozi, 30, entró al cuarto, pero sólo miró a la chiquilla. Interrogado sobre ella, el doctor dijo que tendría los resultados de Victoria en uno o dos días. Cuando se le preguntó el por qué tanto tiempo, el doctor se encogió de hombros. "Nuestro laboratorio tiene retraso".
Pero ese mismo día más tarde, el doctor había presionado al laboratorio para que entregara resultados rápidos, que confirmaron que tenía meningitis; le prescribió antibióticos. A la mañana siguiente, la niña estaba en una cama en el hospital, vestida y respirando normalmente. La madre de Victorina sonrió a su hija. "Está mucho mejor", dijo la madre. "Tenemos esperanza".
Era una niña en una aldea aislada en una nación de miles de aldeas aisladas, pero su recuperación había animado a todos los que estaban a su alrededor. El doctor Kaozi sonrió. "La recibimos a tiempo", dijo.

Al autor se le puede escribir a: donnelly@globe.com

15 de julio de 2005
10 de julio de 2005
©boston globe
©traducción mQh


cicatrices de srebrenica


[Alissa J. Rubin] Sus cicatrices pueden no cerrar nunca. Las divisiones religiosas y étnicas de Bosnia son tan profundas como en 1995. Serbios continúan apoyando a partidos fascistas.
Osmace, Bosnia-Herzegovina. Tarde en la noche, las tres mujeres descansan sobre una andrajosa manta, cansadas de sus ocupaciones diarias que ahora son sólo de ellas en esta aldea sin hombres.
Son sobrevivientes de la masacre de Srebrenica que empezó el 11 de julio de 1995, cuando tropas serbo-bosnias dominaron la ‘zona segura' declarada por Naciones Unidas y se llevaron a sus maridos y padres, hermanos e hijos. En los siguientes ocho días, en las colinas, los serbios asesinaron a 8.000 hombres y niños musulmanes, la peor masacre en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
"Podríamos perdonar que nos hubiesen robado, si no se hubiesen llevado a nuestros jóvenes, nuestros hombres, nuestras vidas", dijo Hasrija Krdzic, 66, que perdió en la masacre y otros incidentes violentos de la guerra, a su marido, dos hermanos y varios sobrinos. Volvió hace dos años a Osmace, su aldea natal, a una media hora de Srebrenica.
Hoy, los únicos hombres de la aldea son un puñado de adolescentes y una pareja de veinteañeros que eran niños cuando ocurrió la carnicería. Así que son en general mujeres las que acarrean leña y la cortan para encender el fuego, trabajan en los huertos y cuidan del ganado.
Sólo unos pocos musulmanes han vuelto a la ciudad de Srebrenica misma, aunque muchos de los serbios que se habían apropiado de casas de musulmanes han sido obligados a desalojarlas por el gobierno. Las dos comunidades tienen panaderías separadas, y cafeterías separadas; los serbios posee la mayoría de las tiendas de alimentación. En resumen, es un lugar arruinado donde la poca gente se mueve como sombra, y musulmanes y serbios viven vidas separadas.
Casi 10 años después del fin de la guerra, Bosnia-Herzegovina sigue siendo un lugar profundamente afligido: dividido étnicamente, dependiente de la ayuda internacional para su supervivencia económica y gobernado por un intendente europeo que puede decretar leyes y despedir a funcionarios bosnios si no logran integrar a las poblaciones croata, serbia y musulmana.
Los retos que enfrenta aquí la comunidad internacional son importantes lecciones para los diplomáticos norteamericanos y británicos en Iraq que se enfrentan ahora a una tarea similar remendando la sociedad civil y superando las fisuras étnicas y religiosas. La principal lección de Bosnia, una década después del violento conflicto personificado por Srebrenica, es que los odios étnicos y religiosos, una vez violentamente desatados, son difíciles de enterrar.
Hay similitudes en las circunstancias de los dos países. Los dos deben encontrar un modo de compartir el poder entre los tres grupos étnicos. En Bosnia, musulmanes, croatas y serbios compiten por el poder; en Iraq, la lucha es entre kurdos, árabes sunníes musulmanes y chiíes musulmanes.
En ambos existen animosidades étnicas y religiosas que habían sido mantenidas bajo control por el ex presidente de Iraq, Saddam Hussein, que fue mucho más brutal que su contraparte yugoslavo, Josip Broz Tito. Los dos países han sufrido intervenciones militares y en ambos las potencias occidentales han empezado a reconstruir el país y mantener la paz.
Pero también hay diferencias. En Bosnia, para cuando la OTAN envió tropas, ya habían muerto 200.000 personas en una guerra civil con tres participantes. En Iraq, el conflicto étnico y religioso estalló después de la invasión de la coalición norteamericana.
Otra llamativa diferencia es la ausencia de violencia en Bosnia desde el fin de la guerra en diciembre de 1995. Desde entonces no ha muerto ni un solo soldado de las fuerzas internacionales como resultado de acciones hostiles, y los asesinatos motivados étnicamente han terminado poco a poco.
Los comandantes militares internacionales en Bosnia entraron "con una fuerza literalmente aplastante", dijo el alto representante Paddy Ashdown, y el resultado es que "los asuntos de seguridad rara vez llegan a mi escritorio... Estamos en la fase de construcción del estado".
Los comandantes de la OTAN han destacado 60.000 tropas en Bosnia, un país con una población de apenas más de 3.5 millones de personas. Para una fuerza comparable en Iraq, deberían haberse estacionado más de 360.000 tropas en mayo de 2003, cuando el presidente Bush declaró que la guerra había terminado. En lugar de eso, algo más de un tercio de esas tropas estaban en el país. Y aunque Estados Unidos ha agregado tropas, los niveles siguen siendo todavía proporcionalmente mucho menores que en Bosnia.
El gran logro de Bosnia, al menos aparentemente, ha sido el esfuerzo para revertir los desplazamientos de casi 2 millones de personas en campañas de ‘limpieza étnica'. "Lograr que volvieran a sus casas habría sido imposible sin seguridad, que para la mayoría de la gente quería decir la seguridad de que no habría más asesinatos.
En docenas de entrevistas con serbios y musulmanes, nadie dijo que temiera la violencia de sus vecinos, pero una mirada más detenida reveló una imagen menos optimista.
En general son personas mayores las que han retornado a sus casas; la gente más joven sólo volvió a reconstruir sus casas y venderlas luego a cualquiera que perteneciera al grupo étnico mayoritario de la localidad. La escasez de gente joven en las aldeas de Bosnia significa que cuando muera la generación de residentes más viejos, también se acabará con ellos la diversidad étnica del área.
"Manifiestamente hay menos multi-etnicidad que antes de la guerra. ¿Falta mucho todavía? Sí, pero lo que ya ha ocurrido es bastante extraordinario", dijo Ashdown, indicando que las estadísticas de Naciones Unidas dicen que 1 millón de personas desplazadas han vuelto a sus casas, aunque la cifra no dice cuántos se han quedado.
No es así como lo ven los bosnios. Aunque musulmanes, serbios y croatas a veces viven lado a lado en las grandes ciudades o en villorrios vecinos en el campo, dicen que viven en mundos diferentes. Los matrimonios inter-étnicos e inter-confesionales que antes de la guerra era algo frecuente han desaparecido casi por completo.
Los musulmanes han desarrollado "una conciencia de su identidad como nación y conciencia de su religión", dijo el columnista liberal Gojko Beric, un serbo-bosnio que vive en un vecindario mixto de Sarajevo, la capital predominantemente musulmana.
Antes de la guerra, la mayoría de los bosnios musulmanes, especialmente los de Sarajevo, rara vez asistían a las oraciones, excepto durante la mayoría de los festivos religiosos del año, y tenían amigos de diferentes grupos. Pocas mujeres llevaban el pañuelo de cabeza.
Hoy, el llamado musulmán a las oraciones resuena en los altavoces de todas las mezquitas cinco veces al día -un recordatorio de que el grupo más grande del país sigue un credo diferente al de la minoría serbia, que son cristianos ortodoxos, y croatas, que son católicos.
Beric, que defendió fervientemente a los musulmanes durante la guerra, escribiendo columnas sobre los ataques contra Sarajevo por las que fue puesto en la picota por sus compatriotas serbios, describió cómo sus vecinos musulmanes piensan ahora que tienen más en común con otros musulmanes que han llegado recientemente a su edificio de apartamentos, que con él.
"Nadie me necesita", dijo Beric, triste.
"Los musulmanes no me necesitan -en la guerra me necesitaron para verificar lo que estaba pasando en Sarajevo. Los serbios piensan que soy un traidor, y no les agrado tampoco a los croatas. Mi identidad es nadie y nada".
Los sentimientos nacionalistas se han fortalecido en Bosnia en los últimos cinco años, y los tres partidos más nacionalistas dominan la escena política. Todos se definen como los más capaces en defender los derechos de "su gente". Los partidos más moderados e inter-étnicos, apoyados por la comunidad internacional, lo lograron ganar el voto popular.
Los bosnios liberales, tanto serbios como musulmanes, dicen que 10 años después de la guerra, ha habido pocos intentos de reconciliación.
"Nadie en Sarajevo o Banja Luka ha ofrecido la mano de la reconciliación", dijo Branko Todorovic, que dirige el Comité Helsinki de Derechos Humanos en la República de Srpska, la parte dominada por los serbios en Bosnia. Banja Luka es la capital. "La generación más joven es más nacionalista, más extrema en términos religiosos y étnicos que la generación que participó en la guerra. Mi generación fue criada en una tradición de tolerancia, con un montón de matrimonios mixtos, y sin embargo participó en una violenta guerra".
La mayoría de la gente joven en la República de Srpska han crecido sin haber conocido nunca a un musulmán. Sarajevo para ellos es lo mismo que un país extranjero. El hijo de 12 de Todorovic, y los amigos de su hijo, animan a los equipos de fútbol de las vecinas Serbia y Montenegro, y no de Bosnia.
La mejor esperanza de estabilidad en Bosnia puede ser el inicio de un proceso de admisión a la Unión Europea, de modo que la gente se vea a sí misma como europea antes que como croatas, musulmanes o serbios. "Lo que mantiene unida a esta región es la esperanza de integrarse a Europa... Si eso fracasa, esta región volverá a su estado natural de confrontación y conflicto", dijo Ashdown.
Pero con los países de la Unión Europea crecientemente divididos sobre la admisión de nuevos miembros, no está claro que Bosnia obtenga luz verde.
Srebrenica mismo es un ejemplo en alienación y acechantes odios. La población del pueblo se ha reducido dramáticamente, apenas hay fábricas o trabajos en el área y la mayoría de la gente joven quiere marcharse del lugar.
Los serbios en Srebrenica dicen que en la guerra los dos lados cometieron atrocidades. Creen que sufrieron tanto como los musulmanes.
"Todos aceptamos la culpa, pero ellos sólo culpan a un lado, a los serbios, mientras que los lados cometieron crímenes", dijo Rajko Misatovic, 64, que se ganaba la vida como taxista. "También hubo genocidio de los serbios".
Misatovic, como otros serbios de Srebrenica, vive con una magra pensión en un destartalado edificio de apartamentos con un techo que gotea. Interrogado sobre su nacionalidad, uno de los colegas pensionistas de Misatovic respondió meditativamente antes de que Misatovic pudiera responder: "Nunca bosnio". Misatovic asintió, agregando: "Somos serbo-bosnios".
En los años de después de la guerra, los serbios ocuparon las casas de los musulmanes de Srebrenica y de aldeas cercanas como Osmace. Pero en los últimos cinco años, Naciones Unidas y la policía local comenzaron un intenso intento por desalojarlos para cumplir con el requerimiento de que las propiedades fuesen devueltas a sus propietarios legítimos. Los serbios a menudo incendiaron y bombardearon las casas que dejaban para que los musulmanes tuvieran que reconstruirlas.
Las mujeres de Osmace miraron intrigadas cuando se les preguntó sobre la reconciliación con los serbo-bosnios. Comparando la vida de antes y después de la guerra, Krdzic, 66, se esforzó por expresar la enormidad de la diferencia.
"Yo tenía 100 ovejas y dos vacas y ahora...", su voz se apagó y apartó la vista, embarazada.
"Ahora tengo una cordero y una oveja, y no tengo con qué esquilarlos. Y, y, en la aldea faltan 100 hombres".
La municipalidad de Srebrenica, que incluye las aldeas circundantes, tenía una población de 38.000 habitantes. Hussein Hadzic, 72, presidente de la comunidad musulmana, calcula que la población ha disminuido en un 80 por ciento.
Él volvió a Srebrenica hace tres años; reconstruyó su casa con la ayuda de sus hijos, y volvió a plantar su huerto.
"Hoy no hay nadie a quien darle los ‘buenos días'; nadie a quien decirle ‘buenas tardes'", dijo Hadzic, que había huido a otra ciudad para cuando la masacre de 1995. "Srebrenica no tiene futuro. Han reconstruido la clínica, la comisaría de policía, pero la gente no vuelve".

11 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh


limpieza de pobres


[Michael Wines] ‘Limpieza' en Zimbabue causa terribles sufrimientos.
Harare, Zimbabue. El gobierno empezó abruptamente a demoler villas miseria y mercadillos callejeros aquí hace tres semanas, expulsando a miles de personas y demoliendo sus casas con excavadoras o quemándolas en lo que funcionarios llaman una limpieza de barriadas ilegales y vendedores del mercado negro.
Pero a medida que la campaña, dirigida contra un 1.5 millones de personas de la enorme clase subproletaria de Zimbabue, se extiende fuera de Harare, se está transformando en una amplia remodelación de la sociedad, un desarraigo forzado de los vecinos más pobres de la ciudad, que se han convertido en los más enconados opositores del presidente Robert G. Mugabe.
Dispersándolos hacia áreas rurales, Mugabe, reelegido para otro término de cinco años en 2002, parece determinado a deshacerse de la mayor amenaza a sus autocráticos 25 años de gobierno ahora que la pobreza y el desempleo alcanzan niveles nunca vistos y la hambruna masiva y el potencial de intranquilidad acecha en el horizonte.
Naciones Unidas calcula que la campaña Operación Murambatsvina, usando una palabra shona que significa "sacar la basura", ha dejado hasta el momento a 200.000 personas sin casa y a 30.000 vendedores callejeros sin empleo. Activistas de derechos humanos y civiles dicen que esas cifras podrían ser varias veces más altas, un panorama que pareció posible durante una visita de 4 días a Harare y Bulawayo, la segunda ciudad del país, y otras paradas entre ellas.
Independientemente de las cifras precisas, la campaña es claramente una de las medidas más agresivas tomadas contra la población de Zimbabue por un gobierno que en los últimos años debe hacer frente a una creciente condena internacional por reprimir a la oposición.
En el camino de Bulawayo a Harare, camionetas y desvencijados carretones crujen bajo las pertenencias de las familias recién expulsadas, y las llamas de los mercadillos parpadean en el crepúsculo. La policía ha levantado barricadas y atraviesa en camiones las villas miseria sembradas de casas aplastadas por excavadoras buscando alguna resistencia ante la continuada purga, pero no hay ninguna.
En los demolidos suburbios de Harare como Mbare y Mabvuku, una barriada de unas 100.000 personas a 16 kilómetros de Harare, la gente sin casa se sienta junto a sus muebles y ropas rescatadas de la destrucción. Allí y en otros lugares duermen a la intemperie, en granjas y en calles, en las gélidas noches del invierno de Zimbabue.
La policía saqueó y quemó manzanas enteras de puestos de vendedores esta semana y en Bulawayo, y la semana pasada en las Cataratas Victoria arrasó con campos de pobladores ilegales, villas miseria y mercadillos callejeros. La campaña se ha extendido a áreas rurales como Rimuka, un suburbio a 137 kilómetros al sudoeste de Harare, donde agentes de policía equipados con armamento anti-disturbios destruyeron el martes casas y puestos.
"A algunos no les dejaron sacar sus cosas", dijo Ignatius Magonese, 62, vecino de Rimuku que estaba jalando las posesiones familiares, amontonadas encima de un remolque soldado con láminas de metal, en la carretera de Harare-Bulawayo. "Echaron abajo las casas con ellos dentro. Luego les dijeron que recogieran sus cosas y se marcharan. Algunos viejos estaban llorando, diciéndose: ‘Este es el fin de mi vida. ¿Dónde dejaré mis cosas? ¿Adónde iré?'"
Mugabe dice que la campaña era una medida retrasada para librar a Zimbabue de lo que dijo el jueves al Parlamento era "un estado de cosas caótico" en las ciudades y pueblos de la nación. Los vendedores callejeros expulsados trabajan en el mercado negro y no pagan impuestos, dijo, y las chozas que están siendo demolidas fueron construidas ilegalmente en lotes de tierra ya ocupados por casas registradas que no han sido demolidas.
"Nuestras ciudades y pueblos se han deteriorado a niveles que eran una causa real de preocupación", dijo Mugabe en un discurso el 27 de mayo. Más allá de sus calles llenas de baches y servicios sobrevaluados, dijo que las áreas urbanas "se habían transformado en refugios de prácticas ilícitas y criminales y actividades que simplemente no se podía permitir que continuaran".
Pero atacando a los residentes de villas miseria y los llamados vendedores del sector informal, cuyos negocios en el mercado negro han suplantado gran parte de la economía oficial dominada por el estado, el gobierno también espera recuperar el control de las divisas extranjeras que la economía oficial necesita desesperadamente.
Eso consolidaría la autoridad de Mugabe en una época en que la crisis económica y humana de Zimbabue parece haberla erosionado. Un analista político de Harare que se negó a ser identificado por temor a represalias, dijo: "Creo que saben lo que va a pasar en el país en unos meses, y quieren limpiar las ciudades y sacar a esta gente de aquí. Es una estrategia del gobierno, sin ninguna duda".
Sin embargo, cualquiera sean los beneficios políticos, testigos y expertos dicen que el impacto sobre los blancos de la campaña ya es catastrófica.
Sin ingresos y sin casas, muchas familias están huyendo hacia el campo, donde la pobreza y la hambruna son todavía peores que en las ciudades, y no hay trabajo. Sin un mercado negro que ofrezca los productos básicos que la economía oficial no ha podido, la escasez de alimentos y gasolina seguramente empeorará.
El gobierno ha detenido a los nuevos sin casa y trasladado a granjas, diciéndoles que se les ofrecerán viviendas legales más adelante. Pero eso es improbable; solamente en Harare, una ciudad de 1.9 millones de habitantes, la lista oficial de espera para una vivienda ya excede las 600.000 familias, dijo Kingsley Kanyuchi, presidente del centro de vecinos en un suburbio de Harare, Glen Norah.
Entretanto, los expulsados están hacinando todavía más atestadas casas de parientes y vecinos, o durmiendo a la intemperie. Abundan las historias de sufrimiento y muerte.
Kanyuchi contó que la semana pasada había topado con una procesión funeral de dos niños que habían muerto de exposición después de ser desalojados. También están aumentando los suicidios debido a las "violentas" expulsiones, dijo el informador especial sobre vivienda adecuada de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Miloon Kothari.
"Es una burda violación de los derechos humanos en términos de las obligaciones internacionales de Zimbabue", dijo el viernes Kothari en una entrevista telefónica desde Ginebra. "La gente está desesperada. Simplemente no tienen dónde ir".
Entrevistas esta semana con víctimas de la campaña sólo han subrayado ese punto. Conversación tras conversación, estaba claro que las demoliciones afectaban a muchos más que solamente a los vecinos y vendedores que eran los objetivos principales.
En Bulawayo, la policía quemó los puestos de cientos de vendedores en el centro de la ciudad, muchos de ellos con permisos municipales, que cargaron en carretillas sus enseres. Destruyendo sus negocios, dijo una mujer de 41 que había vendido ropa traída de la cercana Botsuana., la policía había terminado no sólo con sus posibilidades de alimentar a sus tres hijos, sino también a sus seis parientes en Solusi, a 48 kilómetros al este por un camino de tierra.
La mujer, que tuvo miedo de ser nombrada, dijo que le habían prestado 18 millones de dólares zimbabuenses, unos 720 dólares, a la actual tasa de cambio en el mercado negro, para abrir un puesto y sacar la licencia. "Esta semana debo pagar al banco 2 millones", dijo. "No sé de dónde sacarlos".
En Mabvuku y la vecina Tafara, los suburbios de Harare levantados hace 35 años para alojar a la servidumbre de los ciudadanos blancos, el presidente del centro de vecinos local dijo que la mayoría de las chozas que estaban siendo demolidas habían proporcionado ingresos por concepto de alquiler a los dueños de los lotes, la mayoría de ellos jubilados de la época de la fundación de la zona.
"Cada puesto ha acumulado de tres a cinco familias" viviendo en las extensiones que fueron demolidas, dijo el presidente del centro Joseph Rose. "Había más inquilinos que dueños de estas propiedades. Este área fue levantada para gente de bajos ingresos, y cuando jubilaron, no les pagaron sus pensiones. Así es como vivían -de sus inquilinos".
Los inquilinos se han ido ahora, obligados por la policía a destruir sus propias casas. "Cuando llegué del trabajo el lunes, había un ambiente de locos", dijo Errison Mapani, 26, guardia de seguridad que había alquilado un agregado en los últimos años. "Tuve que dejar mis cosas en la casa de un amigo". Mapani todavía tiene que encontrar un lugar donde vivir. Espera renunciar a su trabajo y mudarse a Mutare, una avanzada rural en la frontera con Mozambique.
Unas 300 personas que se quedaron sin casa cuando las chozas de los campesinos en Ruwa, a 16 kilómetros al este de Harare, fueron arrasadas, dijo Matsakira Nona. Nona dijo que la mitad de los expulsados fueron obligados a marcharse. El resto, incluyendo a sus 10 hijos, han acampado en la esquina de granja durante dos semanas. Antes mantenía a sus hijos vendiendo tomates. La policía se lo ha impedido, dijo.
El plan del gobierno no tiene visas de disminuir. La policía y las excavadoras tienen que llegar todavía a Glen Norah, un enorme suburbio de 35 años a unos 24 kilómetros al sur de Harare. Pero desde una ladera aquí se podía ver humo el miércoles elevándose ensortijado desde los puestos quemados en Glen View, a un kilómetro al otro lado de un valle.
La policía anti-disturbios arrasó varias tiendas de Glen Norah la semana pasada como un ejemplo para los vecinos de lo que les estaba esperando.
"Mire a su alrededor. La gente están desmantelando sus tejados y edificios", dijo el miércoles sobre sus vecinos Kanyuchi, el presidente del centro de vecinos de Glen Norah. "De cada 5 vehículos, dos están cargados de cosas" de familias y vendedores que huyen.

Kanyuchi recorrió el suburbio en un intento de calcular el impacto de la inminente destrucción. Supuso que tres de cada cuatro de las 92.000 familias del área, tenían familias viviendo en los agregados marcados para ser demolidos, y que la mayoría de esas familias -también inquilinos de los jubilados- tenían hijos en las escuelas de la localidad y se verían obligados a dejar los estudios.
Muchos terminarán en lugares como Brunapeg, una aldea en la mitad de ninguna parte a casi 160 kilómetros al sudoeste de Bulawayo, donde los refugiados ya han empezado a aparecer en el hospital de la misión a la búsqueda de comida y ayuda médica.
Brunapeg, el epicentro de una masacre en los años ochenta en la que el ejército de Mugabe asesinó a unos 20.0000 nedebeles étnicos, es ahora el epicentro de una sequía. Mucha gente se está quedando sin harina de maíz, el alimento básico, y sin trigo, el alimento alternativo. Algunos están excavando cacahuetes y recogiendo plantas silvestres para comer, dijo en una entrevista en Bulawayo, Pedro Porrino, un médico español que trabaja allá.
"La situación en las áreas rurales era muy mala", dijo Porrino. "Pero en estos días, con la situación en las ciudades, se está poniendo peor. Estamos recibiendo a más gente, y no tenemos nada que ofrecerles -porque no teníamos nada que ofrecer a la gente que ya estaba aquí".

13 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh


el mal existe


[Leroy Sievers] Un productor de noticias de televisión pensaba que en Kosovo, Somalia y otros infiernos había visto lo peor de la humanidad, pero lo que vio en Ruanda era inexpresable. Hasta ahora.
Estoy sentado frente al teatro en el tercer paseo peatonal de Santa Monica, marcando el mismo número una y otra vez en mi celular. "Tienes que venir conmigo", le digo a mi amigo y antiguo colega de Nightline, Rick Wilkinson. Exijo. Luego ruego. "Por favor, no puedo hacerlo solo". Estamos hablando sobre ir a ver una película. ‘Hotel Ruanda'.
Me pregunto si podré soportarla. Me pregunto si empezaré a llorar del mismo modo que en esos malditos campos de África hace más de diez años. Me pregunto si comenzarán nuevamente las pesadillas. Pero Rick, que estuvo conmigo en Ruanda, se niega a ver la película. Ni siquiera duda. El horror de ese lugar todavía le persigue. Y es inflexible.
Estoy sentado allí, en medio de gente comprando y turistas, músicos callejeros y gente de la calle, durante más de una hora, tratando de hacerme de coraje para entrar al teatro. Después de todo, no es más que una película. Pero es una película que ha tenido un gran impacto, quizás más grande que la cobertura periodística de los sucesos reales. Es divertido que la gente no cree que algo sea real mientras no lo ve en televisión. Ver ‘Salvar al soldado Ryan' les deja vivir el grito de terror de la guerra. Ver ‘Hotel Ruanda' les deja vivir la experiencia del horror del genocidio. Y luego vuelven a casa.
Como profesor visitante de la Facultad de Comunicaciones Annenberg de la USC, hablé con varios estudiantes de periodismo recién después de ver la película y hervían de indignación, preguntando por qué no se había hecho nada. ¿Por qué guardó silencio el mundo mientras los criminales terminaban su trabajo? ¿Por qué no se lo cubrió en la prensa? ¿Por qué no se lo mencionó en los telediarios? En realidad, lo fue. Les mostré los videos de los programas que entonces hizo mi equipo de Nightline. Y cuando terminaron, había un consternado silencio.
Esta noche en Santa Monica entraré solo al cine. Cuando la película termina y empiezan a pasar los créditos, percibo el mismo silencio. Y entonces, uno a la vez, la gente empieza a hablar. "Dios mío". "¿Cómo pudo ocurrir una cosa así?" "¿Por qué no hizo nada nadie?" Para la gente en el teatro, como para mis estudiantes, la película es su primer contacto con la pesadilla de Ruanda. Yo tengo una reacción muy diferente.
Me devuelvo para unirme a la multitud nocturna. Creo que es una buena película. Pero no se parece. Y siento que soy diferente a toda esa gente que disfruta de una noche de primavera en Santa Monica. Porque recuerdo.

Fue en 1994 y yo era productor de un equipo de Nightline en la frontera de Ruanda y Zaire. Nos estábamos internando en el Campo Cólera. Al menos, así es como lo llamaban los periodistas. No era un campo. Eran simplemente miles de personas (50.000, 100.000, nunca lo supimos) que yacían por todos lados en un campo de lava. Eran rocas de lava grandes y afiladas. Alguna gente tenía esteras de paja para dormir. Otros, delgadas mantas. Pero la mayoría estaban simplemente echados sobre las rocas. La parte del cólera era verdad. La enfermedad estaba causando estragos entre la gente. Muchos de ellos ya estaban muertos. El resto estaba muriendo. No había camino ni senderos para llegar al centro del ‘campo'. Simplemente había que pasar por encima de la gente. No soy especialmente delicado, pero estaba tratando de no tropezar con nadie, de no molestar. No quería hacer peor los últimos momentos de los que estaban vivos. No quería interrumpir la paz de los muertos. Los campos de refugiados tienen todos un sonido particular. Es una especie de sordo rugido de miseria humana. Sonaba lo mismo en Ruanda que en Kosovo y Somalia. Y el hedor. Eso es lo que no se puede transmitir por televisión. El hedor de la muerte. Te sobrecoge.
Yo estaba literalmente a horcajadas sobre una mujer, esperando que los otros avanzaran. No tenía el coraje en ese momento de mirar hacia abajo y ver si estaba muerta o viva. Luego sentí algo en mi pie. Miré y vi a un niño. Parecía de cinco años, que quería decir que tenía probablemente diez. La desnutrición hace eso. Estaba de espalda y había puesto su brazo sobre su cabeza. Sus dedos se habían quedado atascados en los cordones de mis botas. Cuando lo miré a los ojos, vi que se iba su brillo. Y murió. La cara de un desconocido, mi cara, fue lo último que vio. Y todo lo que yo pude hacer fue sacudir mi pie para soltar mis cordones de sus dedos, y seguir caminando para alcanzar a mi equipo.Pasaron cinco años antes de que pudiera contar la historia. Habíamos ido a Ruanda pensando que podíamos hacer frente a todo. En ese momento de mi carrera, había estado en una docena de guerras, catástrofes naturales y otras calamidades. Todos pensábamos que éramos todo lo fuerte que se puede ser. Estábamos equivocados. Creo que todos nos quebramos el primer día. Haríamos traer alimentos. Finalmente les dijimos que mandaran solamente cerveza y vino. Les daríamos la cerveza a las tropas de la Legión de Honor, a cambio de sus raciones. Pero después de uno o dos días, yo dejé de comer completamente. En lugar de eso, me sentaba por la noche frente a mi tienda y bebía una botella de vino. Esperaba que el alcohol mataría el dolor. Lo mismo podría haber bebido agua.
Estábamos cubriendo el final de la carnicería que involucró a los dos principales grupos étnicos del país. Los rebeldes hutu habían sido sistemáticamente exterminados por los tutsi. Esta no fue una guerra de bombas inteligentes. Fue una guerra de machetes y palos y cuchillos. Murió por mano casi un millón de personas. Fue un genocidio a la antigua. Cuando finalmente los asesinos hutu fueron expulsados del país, su propia gente se vio obligada a partir con ellos. Así que en los campos también había asesinos. Algunos llevaban restos de uniformes militares. Otros que tenían el aire de ser hombres que habían matado y les gustaba lo que hacían. Se les veía en los ojos. Nos mantuvimos apartados de ellos.
Hubo una fuerza de pacificación de Naciones Unidas en Ruanda. El comandante, Romeo Dallaire, un canadiense, había pedido tropas suficientes para parar el genocidio. Pero nadie le escuchó. Nadie se quiso involucrar. Ruanda no hacía parte de los intereses nacionales de nadie. Le dijeron que siguiera neutral. Que no tomara partido. Dallaire, el personaje del documental ‘Luces de rebeldía', quedó destruido por sus experiencias. Lo encontraron seis años más tarde en un banco de una plaza de Canadá, borracho como tuba, pidiendo a gritos que lo mataran. Sé por qué. Sé cómo son sus pesadillas.
Todas las noches, cuando me tiendo en mi gran cama en mi bonita casa en los suburbios y cierro los ojos para dormir, se me aparece ese niño y tira de los cordones de mi zapato. Y todas las noches me pregunta por qué dejamos que ocurriera, y no tengo nada que decirle. Y todas las noches ruego que sea la última vez que venga a verme.
Pero no ocurrirá.

El mal está en el mundo. Lo he visto de cerca. Pero nada, nada se compara con Ruanda. Cuando comenzó la historia en el verano de 1994, ninguno de nosotros sabía demasiado sobre este país del este de África. Sabíamos que estaba pasando algo malo, pero la mayoría de los periodistas habían sido expulsados, o habían con toda razón huido, y era difícil tener información e imágenes. En esa época, parecía simplemente otra aventura. Todos repetíamos las bromas que se contaban. Éramos estúpidos. Nos enorgullecíamos de ir a un lugar al que nadie iría. Y así fuimos. Éramos cinco, incluyendo al corresponsal Jim Wooten, que escribiría allá sus mejores trabajos; Rick Wilkinson, uno de mis mejores amigos y socio; el camarógrafo Fletcher Johnson, un gigante con un gran corazón; y el sonidista Trevor Barker, al que no conocíamos. Barker venía porque nadie más quería.
Volamos a Nairobi, donde compramos provisiones y tomamos un vuelto fletado que pasaba por el aeropuerto de la ciudad de Goma, Zaire, en la frontera. La historia se había mudado, con los asesinos, al Zaire. Cientos de miles de refugiados huyeron con ellos a la ciudad de Goma. Realmente un lugar maldito.
Una avioneta nos llevó a Goma. Desde el aire se veía bonita, todo el área dominada por un enorme volcán. Pero la vista en la tierra era diferente. Hacía calor. Era polvorienta. Seca. Anárquica. Había un terminal, pero había quedado tan sucio por la masa de humanidad que pasaba por el área que realmente no se podía entrar al edificio.
El aeropuerto era custodiado por soldados de la Legión de Honor francesa. Pero en general nos ignoraron. Habíamos traído tiendas y nuestros equipos. Una multitud de hombres nos rodeó, ansiosos de cargar nuestro equipaje. No llevábamos equipaje ligero, así que había trabajo para un montón de ellos. Cargando el equipaje, nos dirigimos a un enorme campo de tierra entre el terminal y la calle. Había alambres de púa por todos lados.
Los hombres que nos estaban ayudando con el equipaje parecían desesperados, y era trabajo duro. No recuerdo cuánto pagué a todo el grupo, pero era más de lo que yo hubiera pagado normalmente. Pensé que necesitaban más el dinero que el ABC. Y nunca olvidaré que un periodista de otra red se enfadó por lo que pagué. Recuerdo que dijo: "Pagas demasiado. Nos vas a arruinar. Ahora nos harán pagar lo mismo". En ese momento lo desprecié.Pusimos nuestras tiendas, cajas, todo, en el suelo, y finalmente nos dimos cuenta de dónde estábamos. En el camino a unos 45 metros al otro lado de los alambres de púa, había una larga corriente de gente internándose en el Zaire. Casi directamente hacia la muerte. Cuando llegamos allá, una mujer puso a su diminuta hija en la tierra, al lado del camino justo frente a nosotros. La niña estaba muerta. Quién sabe cuánto tiempo estuvo la madre cargando el cuerpo de su hija, quizás paralizada, o incapaz de reconocer lo que había pasado, antes de que la carga se hiciera demasiado pesada. Puso el cuerpo en el suelo, se paró, y se fundió de vuelta en la ola de miseria. Fue una bienvenida aleccionadora. Estábamos equivocados. No estábamos preparados.
Fue como si mi campo de visión se abriera poco a poco. Cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que había cuerpos a lo largo de todo el camino. Alguno estaban envueltos en esteras para dormir de paja, que era lo más cercano a un ataúd que tenían. Otros yacían simplemente en la tierra. Algunos habían sido dejados ahí por familiares o amigos. Algunos, incapaces de seguir, se tendían a morir. Y la emigración continuaba. La gente simplemente pasaba caminando, en fila india la mayoría de ellos, a los dos lados del camino. Ese fue el primer día que lloré.
No había infraestructura. La mayor parte del tiempo estamos acostumbrados a trabajar desde hoteles, con teléfonos, restaurantes, fontaneros, todas las comodidades que podíamos necesitar para relajarnos después del trabajo. En Goma, había tierra. Montamos nuestras tiendas con nuestros equipos, y luego tuvimos que buscar coches y choferes. Ignoramos lo obvio. Los coches habían sido traídos de Ruanda. Era muy posible, probable incluso, que sus dueños originales hubiesen sido asesinados. Posiblemente por la gente que estábamos contratando. Mejor no preguntar.

Así comenzamos a trabajar. Pasamos en coche, paramos y filmamos cuando vimos... bueno, no estoy realmente seguro porqué paramos. ¿Quizás algún grupo que se veía especialmente desesperado? No, todos estaban desesperados. Pienso que fue simple azar. Los niños. Nos llamaron la atención. A veces estaban junto al cuerpo de un familiar muerto. Para ellos era una sentencia de muerte, pues nadie se ocuparía de ellos. Especialmente los bebés. Los bebés lloraban, sentados en la tierra, sin tener idea de qué estaba pasando o por qué sus padres ya no se movían. No pasaría mucho tiempo antes de que también ellos yacieron junto al camino.
Atravesar hasta el centro de los campos era realmente un descenso en el infierno. Un infierno medieval. Bíblico. Literalmente, la gente se caía a nuestro lado. Apenas se podía distinguir a muertos de vivos. "Muérete". Puedes oír a los niños decir esto casi en todos los patios. Pero es diferente cuando pasa de verdad. La gente cae muerta. Como el proverbial saco de patatas. La primera vez que lo vi fue una mujer parada a mi lado derecho. Más que verla, la sentí caer, justo un manchón por el rabillo de mi ojo. Estaba allí, luego estaba en el suelo. Recuerdo que ella tropezó con un ruido sordo. Y luego no se volvió a mover. Y la gente simplemente pasó por encima de ella y siguió caminando. Como nosotros.
Enviábamos nuestras historias. Filmábamos todo el día, Jim escribiría los guiones, y yo creo honestamente que era el único que podía hacer sentido de lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Luego, sentado junto a nuestras tiendas, junto al camino donde estaba muriendo la gente, editaríamos nuestros reportajes y los transmitiríamos por satélite. No era raro ver a periodistas simplemente sentados y llorando calladamente. Sé que lloré casi todos los días. Dimos agua a la gente, al azar. Eso parecía una paga suficiente por tomar fotos de sus últimos momentos. Pero en mis momentos más sombríos, pensaba que lo hacíamos sólo para sentirnos mejor con nosotros mismos. En el mejor de los casos, les estábamos dando apenas unos minutos más de vida. Eso era todo lo que podía hacer un trago de agua. Un día encontramos un grupo de niños, todos huérfanos, que se habían unido como suelen hacer los niños. Algunos de ellos apenas empezaban a andar. Todos estaban muriendo. Un par de ellos estaban en muy malas condiciones. Vi a Fletcher, filmándolos. Cuando esa noche fuimos a cortar esas tomas, no las pude encontrar. Descubrimos que había rebobinado la cinta en la cámara y filmado encima. No podía soportar la idea de que esas tomas fueran vistas.
Llegaron las excavadoras, o grupos de hombres con palas, que cavaron enormes pozos. Los que estaban envueltos en esteras de dormir, las esteras enrolladas que contenían cuerpos, fueron arrojados por centenas en los pozos. Por miles. Decenas de miles. Nos dimos cuenta de que incluso si hacíamos lo mejor que podíamos, todavía no era suficiente para decir lo que estaba pasando. Era incluso demasiado la televisión. No se podía comunicar la inmensidad de todo esto. El mero aplastante peso de tanta muerte.
Ciertamente, nadie en casa lo entendía. Normalmente puedes llamar con los celulares y hablar con un ser querido. Esas conversaciones se hicieron más breves, y más espaciadas. ¿Cómo responder a la pregunta cómo estás?"
Ted Koppel nos entrevistó para una entrega de Nightline. Estábamos nerviosos. Nunca me ha gustado salir en la tele. Pero no creo que fuera eso. Creo que todos teníamos miedo de que no podríamos transmitir, comunicar lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Tenía miedo de echarlo a perder. Yo fui el primero.
Estaba hablando por teléfono con uno de los productores en Washington cuando salió mi cara. Sus primeras palabras fueron: "Dios mío". Le pregunté si pasaba algo malo, temiendo que hubiera algún problema con la señal. Nosotros éramos el problema. Todos los que vieron esas entrevistas pensaron que nuestras caras lo decían todo de haber visto demasiado. Pero todos allá se veían como nosotros.

Las provisiones empezaron a llegar poco a poco, llevados por americanos en limpios uniformes de camuflaje. Una tarde, para alejarme un poco de ese camino, caminé hacia la pista donde había aterrizado un enorme avión de transporte. Uno de los primeros. A bordo había varios equipos de noticias locales de la ciudad de partida del avión. Encontré a un equipo afiliado del ABC y empecé a informarle sobre lo que estaba pasando. Es una antigua costumbre, los primeros cuentan a los segundos, etcétera. Los equipos estaban filmando febrilmente el desembarco de las provisiones. Recuerdo que el periodista dijo algo así como: "Bueno, la historia de verdad está apenas a unos metros. Vamos, te mostraré lo que está pasando". No quiso. Ninguno quiso. Filmaron hasta las últimas cajas de provisiones desembarcadas, y luego volvieron a subir y volaron de vuelta a casa. Nunca vieron la historia de verdad, pero estoy seguro que esos reportajes fueron presentados como "nuestro corresponsal recién llegado de Ruanda".
Creo que duramos una semana, no mucho más. Y entonces tuvimos que largarnos. Yo tenía que marcharme. Otro equipo de Nightline estaba esperando en Nairobi. Nos encontramos para cenar en el Carnivore, restaurante famoso por servir todo tipo de carnes en un festín sin fin. El ruido, la comida, la risa, todo eso fue abrumador después de lo que habíamos dejado atrás. Bebimos hasta atontarnos, y tratamos de contar al nuevo equipo qué les esperaba. Salió torpemente, pero creo que repetí una y otra vez: No lo creerás.
Ruanda era la única historia que me dio alguna vez pesadillas. Duraron años. Esa historia ocurrió en un momento seminal de mi vida profesional. Ninguna otra, ni antes ni después, tuvo un efecto tan profundo sobre mí. ¿Por qué lo hicimos? No lo sé. La respuesta inmediata es que entonces me pareció una buena idea. ¿Era una historia que tenía que ser contada? Absolutamente. ¿Oyó el mundo? No lo sé. Temo que la gente simplemente cambió de canal, que las imágenes eran demasiado dolorosas. Durante muchos años, si me preguntabas por qué hice lo que hice, te daría todo tipo de respuestas. Para informar al público. Por la aventura. Es lo que hago. Es lo que soy.
Años más tarde, Elie Wiesel vino a hablar con el personal de Nightline. No recuerdo nada de lo que dijo, excepto una frase. Dijo que el papel del periodista es hablar por los que no tiene voz. Eso era. Eso era lo que estábamos tratando de hacer. Eso era lo que teníamos que hacer. Allá, y después de Ruanda -porque había una línea divisoria, antes y después de Ruanda-, en cualquier lugar del mundo donde el hombre estaba haciendo lo peor de lo que es capaz.
Cuando volvimos a casa, la gente nos felicitó por el trabajo, pero nos trataron de manera diferente, como si estuviéramos lisiados. Años más tarde, cuando me diagnosticaron cáncer de colon, reconocí la misma actitud. La gente sabía que estábamos heridos, pero no tenían un marco de referencia. Hasta hoy, hay cosas sobre esa historia que sólo hablaré con los que estuvieron allá. ¿Necesitábamos terapia? Probablemente. Casi un año después, estábamos en Oklahoma cubriendo el atentado contra un edificio federal. Llevaron a psicólogos para ayudar. Estaba hablando con uno de ellos sobre lo que él esperaba hacer por los bomberos que estaban excavado en medio de los escombros. Dijo que los periodistas también podrían sacar beneficios de su ayuda. Me preguntó qué tipo de experiencias había tenido. Le conté algunas, y entonces dijo que yo había estado en Ruanda. Sacudió la cabeza y dijo: "No puedo ayudarte".
Años más tarde, el volcán estalló y destruyó gran parte de Goma y esos campos de lava circundantes donde había muerto tantos. ¿Justicia divina? Un lugar como ese, que ha sufrido tanto, tenía que ser eliminado. Pero al final creo que la lava simplemente cubre el mal. Pero está todavía ahí.Tras escribir esto, pararon las visitas nocturnas de ese niño de ojos acusadores y esa espantosa pregunta. ¿Por qué no hizo el mundo más? Todavía no le puedo dar una respuesta. Y ahora tengo miedo que haya perdido la paciencia conmigo.
Espero que no.

Leroy Sievers fue un productor ejecutivo de Nightline.

11 de junio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh