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américa latina

siguen matando a civiles inocentes


Ejército colombiano continúa asesinando a civiles inocentes para presentarlos como guerrilleros muertos en combate. Este año ya van más de cien víctimas de la campaña de limpieza social.
[Simón Romero] Soacha, Colombia. El 2 de marzo, Julián Oviedo, 19, obrero de la construcción en este arenoso retal de barriadas, le dijo a su madre que hablaría con un hombre sobre un trabajo. Al día siguiente, Oviedo fue asesinado por tropas del ejercito a unos 563 kilómetros en el norte del país. Fue clasificado como subversivo y contado como baja de guerra.
El gobierno colombiano, el principal aliado del gobierno de Bush en América Latina, se ha visto sacudido por los asesinatos de Oviedo y decenas de otros hombres y mujeres jóvenes y pobres cuyos casos se han empezado a conocer recién en las últimas semanas. Algunos eran vagabundos, otros vendedores ambulantes y artesanos. Pero su destino fue a menudo el mismo: catalogados como subversivos o miembros de pandillas criminales y asesinados por las fuerzas armadas.
Fiscales e investigadores de derechos humanos están investigando cientos de esas muertes y desapariciones, diciendo que las fuerzas de seguridad de Colombia están matando cada vez más a civiles, pretendiendo que murieron en combate, a menudo con armas plantadas en sus cuerpos o vistiéndolos como guerrilleros.
Con los soldados bajo intensa presión en los últimos años para producir bajas enemigas para ser ascendidos y poder acceder a beneficios como tiempo libre y paga extra, los informes sobre asesinatos de civiles están aumentando, dicen investigadores y fiscales, llamando la atención sobre una faceta de la larga guerra interna de Colombia contra los rebeldes de izquierda.
Las muertes han puesto en duda la profundidad de los recientes ataques contra las rebeldes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o FARC, y han empezado a importunar a la jerarquía militar.
El miércoles, el gobierno del presidente Álvaro Uribe anunció que había despedido a más de dos docenas de oficiales y soldados -incluyendo tres generales- en relación con las muertes de Oviedo y otros diez jóvenes de Soacha, cuyos cuerpos fueron recuperados recientemente en tumbas anónimas en una lejana zona de combate. La purga se produjo después de una reorganización inicial el viernes cuando el comando del ejército liberó de sus deberes a tres coroneles.
El miércoles en una rueda de prensa, Uribe dijo que una investigación militar interna aparentemente descubrió "crímenes en algunas regiones que tenían como objetivo el asesinato de inocentes, pretendiendo que eran criminales caídos en combate".
"Las fuerzas armadas de Colombia tienen un prestigio bien merecido", dijo Uribe. "Cuando hay violaciones de derechos humanos, ese prestigio es enturbiado".
Profesando inocencia en una entrevista telefónica el miércoles noche, el general de brigada Paulino Coronado, uno de los generales destituidos, dijo que lamentaba la manera en que fueron despedidos.
"La impresión es que queda como si yo fuera un criminal o un asesino", dijo. "Se puede creer que se cometen errores en los controles, pero tenemos que considerar los medios disponibles para dirigir a ocho mil hombres".
La ola de asesinatos también ha llamado la atención sobre la embajada norteamericana aquí, que es responsable de aprobar el historial de unidades militares colombianas en cuanto a derechos humanos antes de que puedan recibir ayuda. Un estudio de los asesinatos de civiles de Amnistía Internacional y de Fellowship of Reconciliation, ambas organizaciones de derechos humanos, constató que el 47 por ciento de los casos reportados en 2007 implicaron a unidades colombianas financiadas por Estados Unidos.
"Si la responsabilidad del ejército es protegernos, ¿por qué mataron a mi hijo así?", pregunta Blanca Monroy, 49, la madre de Oviedo, en una entrevista en su casucha de bloques de hormigón en Soacha. "La explicación oficial es absurda, él llevaba una vida normal. Lo irónico es que mi hijo soñaba con llegar a ser soldado" del gobierno.
Incluso antes de las desapariciones y asesinatos recientes, fiscales y organizaciones de derechos humanos estaban analizando el firme aumento de los informes sobre asesinatos de civiles desde 2002, cuando los comandantes intensificaron una campaña antisubversiva financiada en gran parte por los más de quinientos millones de dólares al año de ayuda norteamericana.
Pero en las últimas semanas se han dado a conocer más de cien denuncias de civiles muertos a manos de las fuerzas de seguridad en nueve regiones de Colombia. Los casos incluyen a un vagabundo, a un joven con epilepsia y a un veterano que dejó el ejército después de que sufriera la amputación de su brazo izquierdo.
En algunos casos, las familias de las víctimas han hablado de intermediarios que reclutaron a sus seres queridos y otros hombres y mujeres pobres con vagas promesas de trabajo en otros lugares, sólo para llevarlos, horas o días después, a zonas de guerra donde son asesinados a balazos por los soldados.
"Estamos presenciando un método de limpieza social en la que unidades militares renegadas operan fuera de la ley", dijo Mónica Sánchez, abogado de la Corporación Jurídica Libertad, una organización de derechos humanos de Medellín.
Dice que ha documentado más de sesenta ‘falsos positivos’ -el espeluznante término para designar casos de civiles que fueron asesinados para ser presentados como guerrilleros, con armas o uniformes- en el departamento de Antioquia o en provincia.
En un pequeño número de casos -menos de cincuenta- los investigadores también han obtenido completas descripciones de algunos asesinatos que han resultado en condenas en esta década.
Una mañana de abril de 2004, por ejemplo, un grupo de soldados se acercó a la casa de Juan de Jesús Rendón, 33, un campesino de Antioquia, y lo mataron a balazos frente a su hijo de diez años, Juan Esteban.
Los soldados plantaron un transmisor-receptor y un arma cerca del cuerpo de Rendón, según muestran documentos judiciales, y le dijeron a su hijo que sus hermanos correrían la misma suerte a menos que dijera que su padre había disparado contra los soldados.
Vilma García, 35, esposa de Rendón, dijo: "Todavía tengo miedo de que pueda ocurrir de nuevo". Los cinco soldados implicados en el caso fueron condenados recientemente por homicidio y torturas en relación con las amenazas contra su hijo.
"Los soldados creen que somos pobres y no valemos nada", dijo en una entrevista en Medellín, adonde huyeron ella y sus hijos, "así que nadie se preguntará por qué somos asesinados".
Los asesinatos han provocado crecientes críticas contra Estados Unidos porque se supone que tienen que asegurarse de que las unidades militares colombianas no han violado los derechos humanos antes de poder obtener ayuda.
"Si estamos recibiendo ayuda y la aprobación de un gobierno en Washington que autoriza la tortura, ¿qué resultados podemos esperar?", preguntó Liliana Uribe, abogado de Medellín que representa a las familias de las víctimas.
Un alto funcionario de la embajada norteamericana en Bogotá, la capital, dijo que los informes sobre asesinatos de civiles, en años pasados como en los últimos meses, preocupaban a la embajada.
"Si en algunos casos los hechos muestran que algunas unidades de las fuerzas armadas participaron en asesinatos, eso está mal y deberíamos tener mecanismos para impedir que esto ocurra y mecanismos para asegurarnos de que los hechores sean llevados a justicia", dijo el funcionario, que no estaba autorizado a tratar el tema en público.
El funcionario dijo que las unidades implicadas en algunos de los últimos asesinatos de once hombres de Soacha, no recibieron ayuda porque se había considerado previamente que no debían recibirla.
Pero el funcionario no confirmó ni negó la afirmación de que casi la mitad de los informes sobre asesinatos de civiles en 2007 implicaron a unidades que sí recibieron ayuda norteamericana. El funcionario dijo que los dos contratistas estadounidenses contratados por el Departamento de Estado para estudiar el historial de las unidades militares en cuanto a violaciones de derechos humanos no habían revisado estos episodios.
Los informes sobre asesinatos de civiles aumentaron de 287 de mediados de 2006 a mediados de 2007, tras alcanzar 267 en el mismo período un año antes, y 218 el año antepasado, declaró la Comisión Colombiana de Juristas, una organización de derechos humanos de Bogotá.
En total, la oficina del fiscal general dijo que estaba investigando los asesinatos de 1.005 civiles a manos de las fuerzas de seguridad en 558 episodios no relacionados con operaciones de combate. La fiscalía dijo que el número de nuevos casos bajo investigación subió de 122 en 2006 a 245 en 2007.
El aumento de los informes sobre asesinatos de civiles alentó al ministerio de Defensa a emitir una directriz el año pasado convirtiendo en prioridad la captura antes que la muerte de los rebeldes. En una entrevista, el general Freddy Padilla de León, comandante en jefe de las fuerzas armadas, dijo que el cambio de política, aunque destinado en gran parte a prevenir abusos de los derechos humanos, también tenía objetivos estratégicos.
"Un terrorista capturado vivo es un tesoro, mientras que un terrorista muerto es simplemente una noticia de un día", dijo el general Padilla, mencionando el ejemplo de Nelly Ávila Moreno, una comandante de las FARC que se rindió el año pasado y empezó a colaborar con sus captores. "Un terrorista convertido en informante es útil mientras está vivo", dijo el general.
Hasta la última ola de asesinatos, parecía que la nueva política estaba empezando a funcionar. El Centro de Investigación y Educación Popular, una organización dirigida por jesuitas en Bogotá que mantiene una base de datos sobre violaciones de los derechos humanos, documentó en el segundo semestre de 2007, 87 informes sobre los llamados falsos positivos en lo que es un descenso de 34 por ciento con respecto al primer semestre de ese año.
Pero casos como el de Soacha y otros lugares sugiere que el problema puede ser más sistémico de lo que se pensaba.
Algunos investigadores de derechos humanos dijeron que los asesinatos son tolerados por algunos altos oficiales del ejército colombiano que rechazan ser fiscalizados ahora que las fuerzas de seguridad están logrando golpear a las guerrillas, incluyendo el asesinato o captura de varios importantes comandantes de las FARC.
Un caso implica al comandante del ejército colombiano, el general Mario Montoya. En marzo de 2002, la Cuarta Brigada del ejército, entonces bajo su comando, asesinó a cinco personas en su vehículo para presentarlos como guerrilleros, vistiendo sus cuerpos con uniformes.
Pero el chofer, Parmenio de Jesús Usme, declaró este año que ninguno de ellos era guerrillero. De acuerdo a un informe de Cambio, una revista noticiosa, Usme, ex miembro de un grupo paramilitar que se oponía a las guerrillas, dijo que dos de las víctimas eran adolescentes, Erika Castañeda, 13, y Johana Carmona, 14, y que los llevaba a una fiesta cuando fueron detenidos por otras tres personas.
Usme dijo que les dispararon, matándolos a todos menos a él. De acuerdo al informe, el general Montoya llamó al hospital adonde habían sido trasladados los cuerpos para decirles que los cuerpos debían ser entregados sólo a alguien de confianza, después de que fueran mostrados a la prensa envueltos en uniformes guerrilleros en un edificio cercano.
Cuando se le preguntó específicamente sobre el caso, el general Padilla, comandante de las fuerzas armadas, dijo: "Hay investigaciones preliminares para verificar las diferentes declaraciones".

Jenny Carolina González contribuyó a este reportaje desde Bogotá.

30 de octubre de 2008
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esperanza para campesinos paraguayos


La elección de un presidente de izquierda da esperanza a los campesinos sin tierra paraguayos.
[Alexei Barrionuevo] San Pedro, Paraguay. En los lindes de una finca aquí, Rogelio Silva, un dirigente campesino, miró la media docena de tiendas donde sus compatriotas paraguayos estaban preparando una sopa en una fogata. Cerca del camino, dos pancartas atadas a los árboles expresaban un sentimiento común en el campo paraguayo en estos días.
"Brasileños, fuera", decía uno.
"Tierra o muerte", el otro.
Los campesinos, alentados por la elección en abril de Fernando Lugo como presidente, han estado ocupando decenas de fincas a lo largo de la frontera con Brasil. Dicen que agricultores brasileños están ocupando ilegalmente tierras paraguayas, y que funcionarios corruptos han permitido que esos extranjeros adquieran tierras aquí durante décadas.
Apenas días después de que Lugo, un ex obispo católico de izquierda, asumiera el cargo en agosto, la policía local desalojó violentamente a más de quinientos campesinos que habían ocupado una finca aquí. A los pocos días los campesinos estaban de vuelta, con más tiendas.
"Los propietarios brasileños trataron de echarnos, pero no nos vamos a marchar", dijo Silva. "Tenemos que luchar por lo que nos pertenece legítimamente, por lo que nos robaron".
El movimiento de campesinos sin tierra de Paraguay se ha inclinado por una violenta lucha armada que continúa encendiéndose peligrosamente. En un enfrentamiento este mes entre campesinos y la policía, un campesino murió y tres agentes resultaron heridos después de que las autoridades desalojaran a los campesinos que estaba ocupando una propiedad.
Tras ese enfrentamiento, el gobierno de Lugo declaró la semana pasada que haría cumplir una antigua ley que impide que los extranjeros puedan comprar tierras agrícolas a particulares.
Los campesinos sin tierra ven a Lugo, que vivió y trabajó como sacerdote aquí en San Pedro durante once años, como su mejor posibilidad en décadas para conseguir ayuda para recuperar la tierra para sus operaciones de pequeña escala. Su elección como el candidato de la Alianza Patriótica por el Cambio terminó con el control que ejerció el Partido Colorado durante 61 años, y ha prometido una amplia reforma agraria en un país que ni siquiera tiene archivos fiables de escrituras de propiedad.
El conflicto por la tierra no solamente es explosivo en Paraguay; también está creando tensiones entre el nuevo gobierno y Brasil, cuyos funcionarios dicen que están siguiendo de cerca los enfrentamientos. "Los sentimientos anti-brasileños no son para nada compartidos por la mayoría de los paraguayos", dijo António Francisco da Costa e Silva, asesor de la embajada brasileña en Asunción. "Pero es algo que nos preocupa".
Los campesinos inmigrantes brasileños están practicando una agricultura mecanizada a gran escala, dedicándose en general al cultivo de la soya; eso ofrece poco trabajo a los campesinos y está provocando una reducción de las comunidades. Los campesinos dicen que el cultivo de la soya también está contaminando sus fuentes de agua, una acusación que las organizaciones de agricultores niegan. Los campesinos exigen que el gobierno, como mínimo, implemente la ley que exige que los terratenientes preserven el veinticinco por ciento de las áreas forestales.
Lugo ha llamado a los campesinos sin tierra a poner fin a sus ocupaciones de fincas y ha pedido más tiempo para implementar una reforma agraria comprehensiva. Su ministro del Interior, Rafael Filizzola, ha jurado que el gobierno continuará con los desalojos, aunque también advirtió a los agricultores que no tomen la ley en sus manos.
Días antes del enfrentamiento este mes en el que murió un campesino, Claudia Ruser, presidenta de la Asociación de Productores de Soya, advirtió que la situación podría convertirse en letal. "Creo que el presidente de la república y su gabinete despertarán cualquier día y verán las fatalidades", dijo a la prensa paraguaya local. "Verán vidas terminadas".
Lugo ha mostrado simpatía por los campesinos, que acusan a los productores de soya -muchos de ellos brasileños- de practicar una deforestación implacable y un uso indiscriminado de pesticidas tóxicos.
"El terrorismo debe ser erradicado de la faz de la tierra", dijo el presidente en Naciones Unidas el mes pasado. Eso incluye "el terrorismo que afecta a los niños de mi país, que mueren a consecuencia de las toxinas agrícolas", dijo.
Convencidos de que Lugo está de su lado, los campesinos están cada vez más radicalizados. "Los brasileños invadieron nuestro país", dijo Elvio Benítez, un dirigente campesino de la localidad. Agregó que los brasileños "casi nos mataron a todos" en la Guerra de la Triple Alianza entre 1865 y 1870, un conflicto que devastó a Paraguay, que debió soportar años de ocupación militar brasileña.
Los enfrentamientos actuales amenazan con escalar a niveles como los de Bolivia, donde el proyecto del gobierno para redistribuir la tierra ha provocado una violenta reacción y ha creado un importante reto político para el presidente Evo Morales, dijo Riordan Roett, director del programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Johns Hopkins.
"Se teme que podría irse de las manos y entonces tendríamos violencia real en el campo por primera vez en la historia de Paraguay", dijo Roett.

En San Pedro, dirigentes campesinos y políticos locales dicen que los agricultores brasileños han contratado a milicianos armados para proteger sus propiedades.
"Están matando gente", dijo José Ledesma, gobernador de San Pedro, sobre las milicias de los agricultores brasileños. "A veces a la gente la matan simplemente porque los milicianos piensan que están robando vacas".
Da Costa e Silva, de la embajada brasileña, no negó que algunos agricultores brasileños se han armado, pero dijo que "la inmensa mayoría" no lo ha hecho.
Pedro Paulo Silva, 61, campesino de San Pedro, dijo que nunca supo por qué fue atacado en abril. Desabotonó su camisa para mostrarnos cinco heridas de bala. Silva dijo que dos milicianos le dispararon cuando salía del baño, hiriéndole en el pecho y en el brazo derecho. Los atacantes fueron detenidos por la policía, pero se han negado a decir para quién trabajan, limitándose a decir sus nombres y confirmando que son brasileños, de acuerdo a dirigentes campesinos y al gobernador Ledesma.
Las divisiones entre los campesinos y los agricultores brasileños son profundas. Muchos brasileños se niegan a integrarse, hablan solamente portugués y viven dentro de sus propias comunidades. Y la mayoría de los campesinos paraguayos no hablan español, ni portugués, sino solamente guaraní, el idioma indígena local.
En Paraguay viven trescientos mil brasileños y sus descendientes, de acuerdo a varias estimaciones, en una población de 6.8 millones de habitantes. Muchos llegaron para sembrar soya, buscando tierras más baratas e impuestos agrícolas más bajos.
"Si inviertes aquí, tendrás beneficios más rápidos", dijo Erni A. Schlindwein, agricultor campesino en el Chaco, cerca de Ciudad del Este.
Los agricultores brasileños empezaron a llegar en los años setenta, invitados por el dictador Alfredo Stroessner en el marco de un programa para aumentar la producción agrícola.
Ledesma dijo que ese programa era la causa de los problemas actuales. Cerca de dos tercios de los doce millones de hectáreas de tierra distribuidas por el gobierno paraguayo entre 1954 y 2004 fueron asignados irregularmente, de acuerdo al gobierno de Lugo.
No es probable que esa situación pueda ser revertida pronto. La ley que ha enviado al Congreso el gobierno de Lugo para hacer cumplir la prohibición de que extranjeros puedan comprar tierra paraguaya no se aplicaría a propiedades vendidas o adquiridas con la ayuda del gobierno antes de 2003.
Hoy, gran parte de la tierra agrícola de Paraguay está en manos de brasileños, que producen más de la mitad de la producción de soya de Paraguay, el cuarto productor de soya del mundo. "La contribución brasileña a la agricultura paraguaya ha sido enorme", dijo Da Costa e Silva.
Schlindwein, que llegó en 1982, dijo que brasileños como él ayudaron a construir pueblos fronterizos, como el Chaco. "Cuando yo empecé aquí", dijo, "no había nada, ni escuela, ni iglesia, ni siquiera una cancha de fútbol".
Pero reconoció que algunos brasileños se han aprovechado de una implementación poco estricta de la ley en cuanto a la adquisición de tierras por parte de extranjeros.
"Aquí la gente hace lo que quiere", dijo. "Si este gobierno invirtiera en tecnología y enseñara a sus campesinos a trabajar, el país estaría mucho mejor".
Pero el gobernador Ledesma, que produce bananas, denunció los efectos ambientales de la producción de soya a gran escala.
"Estamos talando nuestros bosques; estamos contaminando nuestras aguas y colocando en peligro nuestro ecosistema", dijo. "Aquí Fernando Lugo tiene que aplicar mano dura".

Andrea Machain contribuyó a este reportaje desde Asunción, Paraguay.

29 de octubre de 2008
14 de octubre de 2008
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quién es rodolfo mattarollo


Destacado jurista debe investigar masacre de Pando, Bolivia.
[Santiago O’Donnell] Argentina. El jurista Rodolfo Mattarollo es uno de los expertos en derechos humanos más reconocidos que tiene la Argentina. En los últimos 20 años Naciones Unidas lo mandó a El Salvador, Etiopía, Haití y Sierra Leona y él no fue una semana o un mes, sino que pasó años en cada destino. Ahora encara otra misión, tan importante como las anteriores o quizá más, porque esta vez el encargo no llega desde Naciones Unidas sino de un organismo supranacional nuevo, de la región, una institución que prácticamente estará debutando con esta misión que le está encomendando. Y de alguna manera todo esto representa la culminación de un sueño compartido que empezó en los ’70 con el escritor Haroldo Conti y los compañeros del Partido Revolucionario de los Trabajadores.
"Quisimos cambiar el mundo y conseguimos la democracia", dice en el escritorio con vista al jardín de su casa, en Boedo, a las ocho y media de la mañana. Saborea un rico café preparado por Beatriz Grosso, madre de sus tres hijos, abuela de sus cuatro nietos y compañera de la vida, justo antes de hacer las valijas para viajar a Pando, Bolivia, donde ocurrió la masacre que le han encomendado investigar.
Será su tercera visita a la escena del crimen en los últimos 40 días. La masacre ocurrió del 11 de septiembre. Ese día, un escuadrón de paramilitares abrió fuego con armas automáticas contra una caravana de indígenas que marchaba a la vera de un río en la localidad de Porvenir, camino a un consejo tribal. La emboscada causó al menos doce muertos, decenas de heridos y más de cien desaparecidos. Las víctimas provienen de distintas comunidades de Pando y Beni. Marchaban a lo que ellos llaman una "ampliada", o cumbre regional, convocada de urgencia para apoyar al gobierno de Evo Morales. En esas horas el presidente enfrentaba un intento de golpe de los prefectos y comités cívicos de la Media Luna que había llevado al país al borde de una guerra civil.
La primera visita la hizo el 16 de septiembre, cuatro días después de la masacre y 48 horas después de la reunión de urgencia que los presidentes sudamericanos sostuvieron en Santiago para analizar la crisis boliviana y apuntalar al gobierno de Morales. En esa reunión se nombró al ex canciller chileno Juan Gabriel Valdez como delegado del bloque para mediar en la crisis y, a instancias de Cristina Kirchner, a Mattarollo para investigar la masacre. Diez días más tarde los presidentes de la región formalizaron el mandato de Mattarollo en otra reunión de Unasur, esta vez en Nueva York, durante la Asamblea General de Naciones Unidas. Le encargaron tres cosas: que investigue con celeridad, que lo haga con imparcialidad y que elabore conclusiones y recomendaciones para combatir la impunidad.
La comisión que preside el jurista argentino cuenta con un equipo de apoyo de antropólogos forenses, peritos criminalistas, investigadores legales, equipos para grabar testimonios y especialistas en informática. Salvo un par de expertos legales chilenos, los demás colaboradores los aporta la Argentina y los costean el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos y la Cancillería. La Unión Europea prometió financiamiento pero todavía no se ha materializado. Hasta el gobierno de Bush, enfrentado con el de Morales, hizo público su apoyo al trabajo de la comisión.
"Esto refuerza el papel de liderazgo de la Argentina en materia de derechos humanos en la región y en el mundo, porque demuestra que el país no sólo tiene iniciativas doctrinarias, sino que las lleva a cabo en el terreno práctico, desplegando sus recursos", dice con orgullo Mattarollo, que hasta hace pocos días fue subsecretario de Derechos Humanos.
Hasta ahora la comisión se ha limitado a entrevistar a los sobrevivientes y recoger información sobre las víctimas. Pero Mattarollo asegura que su trabajo no estará terminado hasta que haya escuchado a todas la voces. "Escuchar a todas las voces no significa hablar con las distintas partes porque acá no hay partes –aclara–. Hay un gobierno constitucional y las personas que han violado la ley a través de muertes, torturas y desapariciones."
Las distintas voces que escuchará la comisión incluyen la del ahora ex prefecto Leopoldo Fernández, acusado de ser el autor intelectual de la masacre. Fernández está preso en La Paz por orden de una comisión de la Cámara de Diputados bajo la ley de estado de sitio que impera en Pando desde el día de la masacre, después de que grupos cívicos tomaran el aeropuerto y los edificios federales de Cobija, la capital.
Las voces que serán escuchadas también incluyen las de cientos de simpatizantes de Fernández que cruzaron la frontera después de la emboscada escapando a Brasil, donde reclaman status de refugiados políticos que hasta ahora les ha sido negado. Mattarollo quiere entrevistarlos en ese país.
"Hay dos tesis. O fue un enfrentamiento espontáneo entre facciones opuestas o fue una masacre –dice el jurista y no hace falta ser adivino para saber cuál le resulta más convincente–. Si fue una masacre, hay que investigar si fue una agresión dirigida desde el Estado, de grupos organizados de sicarios contra civiles desarmados o armados con armas primitivas."
Las evidencias parecen apuntar en esa dirección. Todos los muertos en el supuesto combate pertenecen al mismo bando. Y todos los que se escaparon a Brasil pertenecen al otro. "Somos una comisión orientada a las víctimas, a victims-oriented comission", explica Ma-ttarollo, usando la expresión en inglés.
"No hacemos calificaciones jurídicas de figuras delictivas, no tenemos que demostrar culpa más allá de la presunción de inocencia ni de toda duda razonable. Nuestro standard es estadístico: medimos si hay más información a favor de una versión que en contra."
El informe de la comisión constará de una narración de casos paradigmáticos, y se evaluará la conducta de los sicarios y de la policía. "Es importante saber si cada atacante actuaba por su cuenta o recibía órdenes dentro de una estructura jerárquica. Los testigos que entrevistamos hasta ahora dicen que los atacantes actuaban como una fuerza organizada –señala el experto–. Además hay que investigar por qué la policía (de la prefectura de Pando) habría tenido una actitud pasiva y no hizo nada para detener a los sicarios."
La comisión también analizará el asesinato del ingeniero Pedro Oshiro, empleado de la prefectura de Pando, que fue baleado en un corte de ruta de Porvenir poco antes de la masacre. Algunos indígenas declararon ante la comisión que el ingeniero murió en un accidente automovilístico, pero la autopsia no avala esos testimonios. "Si hubo una respuesta desproporcionada de parte del sector cívico se habría violado el Protocolo para el Uso de Armas de Fuego de Naciones Unidas, que habla de ‘necesidad y proporcionalidad’", advierte Mattarollo.
El delegado de Unasur dijo que hasta ahora no encontró pruebas de la supuesta presencia de militares venezolanos o cubanos acompañando a los indígenas atacados, ni de cadáveres enviados a Caracas, como dice una versión que suena fuerte en Santa Cruz de la Sierra. "Sí hubo médicos cubanos que atendieron a los heridos de bala", aclara, en referencia a la ayuda que prestaron en el hospital de Cobija los enviados de Operación Dignidad.
La comisión nombrará a las personas involucradas en los hechos y describirá sus comportamientos, pero no hará valoraciones al respecto. "Vamos a citar nombres y describir conductas sin atribuir responsabilidad penal. Por ejemplo, podemos hablar de un ‘autor mediato de tal cosa’, pero no decimos que ‘tal cosa’ constituye un crimen, mucho menos cuál crimen", ejemplifica.
En el informe final habrá también un capítulo dedicado a las reparaciones para las víctimas, aspecto que el jurista considera fundamental.
El trabajo será presentado a fines de diciembre a las autoridades de Unasur y a la comisión de diputados que investiga los hechos de Pando desde el Congreso boliviano. "El seguimiento del tema va a ser fundamental. Por eso es muy probable que incluyamos una recomendación para que se cree una estructura permanente de derechos humanos dentro de Unasur."
El viernes pasado Mattarollo y la comisión se habían reunido con Morales en el Palacio Quemado. "Dijo que el trabajo de la comisión es importantísimo para Bolivia y nos pidió que investiguemos con total imparcialidad. Dijo que si teníamos que criticar al gobierno, que lo hiciéramos. Y yo le dije que había que estar atento a la bandera de la amnistía que están levantando ciertos sectores, que pretenden que la reconciliación pueda realizarse a través de la amnistía, el perdón y el olvido. Pero si no hay memoria, verdad y justicia no se puede construir nada sólido."
Mattarollo no lo puede decir todavía, pero sabe que la masacre de Pando fue un crimen de lesa humanidad. Su misión es documentarlo. Destapar el manto de impunidad que oculta la verdad.
El experto en derechos humanos es también autor y traductor de poesía. Durante dos décadas hurgó en los rincones más oscuros de la condición humana por encargo y convicción propia. Pensó que ya tenía la piel curtida. Pero no. Confiesa  que los relatos que escuchó en estos días le desgarraron el corazón.
Mira el reloj y apura el final de la entrevista. Es tiempo de hacer la valija. Otra vez la valija. Parece cansado. No pudo cambiar el mundo. Para recordárselo, Pando lo espera con sus muertos y sus fantasmas.

26 de octubre de 2008
©página 12
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colombia examina su pasado


Para avanzar, Colombia mira hacia su pasado. El Grupo de Memoria Histórica, una organización colombiana independiente, espera que conocer el horrible pasado del país pueda ayudar a poner fin a décadas de guerra.
[Sibylla Brodzinsky] Trujillo, Colombia. Para los trabajadores de esta pequeña ciudad, el Padre Tiberio Fernández era una fuerza unificadora que los ayudó a luchar por sus derechos. Para los jefes paramilitares y las fuerzas del gobierno, colaboraba con los rebeldes y era un peligro.
En 1990 fue secuestrado, torturado, desmembrado y arrojado a un río como una de las 342 víctimas de lo que más tarde se conocería como la Masacre de Trujillo.
Durante años, la mayoría de las familias de las víctimas de la guerra civil colombiana, que se viene librando desde hace cuarenta años, han llorado discretamente a sus muertos y descargado entre ellos su indignación.
Ahora sus historias se han convertido en noticia nacional después de que el mes pasado se diera a conocer un informe independiente de trescientas páginas sobre la Masacre de Trujillo, el primero de muchos que deberán contar una historia más completa sobre el pasado oculto de Colombia.
De modos fragmentados, a menudo poco coordinados, las víctimas -así como ex guerrilleros de izquierda, ex paramilitares de extrema derecha, y académicos- están reconstruyendo la violenta historia de este país. Normalmente, este tipo de búsqueda de la verdad ocurre al terminar un conflicto. El miedo a las represalias es un poderoso silenciador. Pero los colombianos no pueden esperar a que llegue la paz.
"La sociedad lo está exigiendo ahora", dice Gonzalo Sánchez, un renombrado historiador que dirige el Grupo de Memoria Histórica que compiló el informe. Dice que los colombianos quieren saber la verdad y rendir homenaje a las víctimas.
Reconstruir el pasado de manera objetiva antes de que termine una guerra civil plantea retos únicos. Los procesos judiciales y la búsqueda de la verdad antes del fin del conflicto ha ocurrido en otros lugares, como Darfur y Uganda. Pero estos juicios han sido realizados por tribunales internacionales y los intentos de determinar el curso de los acontecimientos han sido mínimos.
Aquí, sin embargo, la urgencia por conocer la verdad está ganado en importancia, incluso en medio de nuevos asesinatos, desapariciones, secuestros y atentados con bomba. Más de diez mil rebeldes de izquierda siguen en pie de guerra, y muchos de los treinta mil paramilitares desmovilizados han vuelto a tomar las armas. Colombia también está juzgando a cerca de tres mil ex paramilitares y guerrilleros.
El resultado, en este ambiente cruzado por tendencias opuestas, es a menudo un asunto engorroso.
"Es muy difícil saber la verdad cuando el conflicto no ha terminado todavía", dice Ginny Bouvier, del Instituto de la Paz -de Estados Unidos-, una organización de Washington financiada por el Congreso. "Tiene un efecto silenciador sobre la población".
Sánchez reconoce que muchas de las historias que ahora victimarios y víctimas están haciendo públicas son verdades a medias. A menudo los que se han atrevido a contar la verdad han sido amenazados, asesinados u obligados a cambiar sus versiones. "La historia que se está contando, se está contando bajo amenaza", dice.
Pero Sánchez defiende la iniciativa. "Normalmente este tipo de proyecto marca la última fase de un proceso de paz para terminar con el conflicto", dice. "Pero quizás aquí pueda ser el punto de partida para un proceso de paz. ¿Por qué no?"

Más que un Monumento
En Trujillo, el primer paso hacia la búsqueda de la paz personal fue la construcción de un monumento para que las familias de las víctimas recuerden a sus seres queridos. Debajo de cada nombre, los familiares han esculpido
imágenes en bajo relieve representando a cada una de las víctimas y lo que hacían en vida.
El monumento es una iniciativa de las familias de las víctimas para mantener viva la memoria de sus seres queridos. Pero para los sobrevivientes, recordar sólo a los suyos no es suficiente.
"La construcción de memoria gira sobre el deseo de ser reconocido como víctima y entendido por la gente que te rodea", dice Louis Bickford, experto en búsquedas de la verdad para el Centro Internacional para la Justicia Transicional, de Nueva York, organización que ayuda a países a dar cuenta de las atrocidades. "También es un intento de prevenir que estos crímenes se repitan".
Es algo que Colombia no ha hecho nunca antes, incluso después del cruento período de guerra civil conocida como ‘la Violencia’, de 1948 a 1958, que se cobró cerca de doscientas mil vidas.
Cuando terminó La Violencia, Colombia pasó la página y miró hacia adelante, dejando a las familias de las víctimas amargadas e indignadas y reclamando justicia.
"Este es un país que estaba acostumbrado a terminar sus conflictos con amnistías e indultos generales", dice Sánchez. "La idea era que las víctimas apenas si existían, los muertos estaban muertos y eso era todo".
Ahora eso está cambiando. Entre 1982 y 2007 el Grupo de Memoria Histórica ha contado 2.505 masacres, en las que murieron catorce mil personas. El gobierno ha registrado más de 145 mil muertes y desapariciones, así como más de tres millones de desplazados internos.
Bajo la llamada Ley de Justicia y Paz, cientos de combatientes paramilitares desmovilizados y desertores rebeldes han confesado miles de esos crímenes a cambio de sentencias reducidas. Según los observadores, el acuerdo está funcionando como un catalizador para las víctimas, que están entregando por primera vez su versión de los hechos.
Incluso aunque el conflicto continúe, la ley presenta "nuevas oportunidades para romper el ciclo de impunidad", dice Juan Méndez, presidente del Centro Internacional para la Justicia Transicional de Nueva York.
Pero el modo en que víctimas y victimarios recuerdan la historia a menudo difiere enormemente. A veces, debido al escenario oficial de las confesiones, los antiguos combatientes reciben más reconocimiento que los que sobrevivieron sus crímenes. Eso es lo que Sánchez llama "la asimetría de la historia".

Una Víctima Enrostra a Su Atacante
En la sede bogotana del fiscal general de Colombia una mañana hace poco, Miguel Páez esperaba impaciente ver a la mujer que arruinó su vida.
Cuando Elda Neyis Mosquera – o ‘Karina’, como se la noche- fue finalmente llevada a la sala de un tribunal
rodeada de guardias, él corrió hacia ella, gritándole: "Mírame. Recuerda. Recuerda cuando me castraste".
Karina, ex comandante de una organización de extrema izquierda que se entregó en mayo, agachó la cabeza en su trayecto hacia el estrado para que continuara su confesión de los crímenes que cometió durante más de veinte años en el movimiento guerrillero. Algunas de sus víctimas se encontraban en una sala aledaña para mirar la transmisión en video en directo de los procedimientos.
Durante la vista, Karina negó haber estado presente en esa región en la época en que Páez dice que ella lo mutiló. "No es verdad. Fue ella", dijo a los otros que se encontraban observando. "Su versión es falsa", dijo Páez, apretando los dientes. "Yo conozco mi verdad, y se la contaré a cualquiera que quiera escucharla".

Batalla por la Historia
Bickford, del Centro Internacional para la Justicia Transicional, subraya la importancia del valor otorgado a las versiones de las víctimas. "Si las víctimas no cuentan sus historias, los victimarios ganarán la batalla de la historia", dice.
El uno de octubre, en un tribunal de la segunda ciudad de Colombia, Medellín, Ana Eugenia Rojas achicó los ojos y frunció la boca cuando vio en la pantalla del monitor a un ex comandante paramilitar que confesó haber ordenado el asesinato de su hijo, Edgar Quiroga. Pero lo describió como un importante comandante rebelde. "Él no era guerrillero", dijo. "Lo querían matar porque estaba ayudando a los campesinos a luchar por sus derechos. Es así como tiene que ser recordado".
Pese a las diferentes versiones de la historia, hay algunos detalles que sólo conocen los victimarios, tales como dónde están enterrados los cuerpos de sus víctimas.
Este año, las confesiones de paramilitares y combatientes de izquierda han ayudado a los investigadores del gobierno colombiano a recuperar los restos de 1.689 personas en 1.389 fosas clandestinas.
El tres de octubre, el fiscal instructor Alonso Alvear agregó siete cuerpos más al conteo.
En las mañanas, cuando las nubes todavía cuelgan entre las montañas, Alvear dirige a un equipo de expertos forenses, escoltado por decenas de agentes de policía, a través de lodosos senderos hacia el campo de la región bananera de Colombia, hacia un pueblo llamado Nueva Antioquia.

26 de octubre de 2008
17 de octubre de 2008
©christian science monitor
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uribe, aprendiz de tirano


Uribe, tirano ¿adónde irás? América, como el resto del planeta, se convulsiona y Álvaro Uribe representa en ella lo poco que queda del neoliberalismo criminal. Su estrella se apaga.
[J.M. Álvarez] Álvaro Uribe llegó a creerse omnipotente. La impunidad que le dispensó el amigo del norte, ha propiciado que violara fronteras de otros países desbaratando operaciones humanitarias y sobornara traidores que le llevaban, como prueba, el brazo amputado de un comandante guerrillero asesinado. Los cadáveres de campesinos masacrados eran insurgentes, las bombas que sicarios a sueldo explosionaban (para inculpar a las FARC) en pueblos que estaban en fiestas tenían su origen en las cloacas del Estado, incluso niños fueron utilizados con fines propagandísticos, pero... ¡cómo cambian los tiempos Uribe!
Se está forjando un nuevo escenario mundial y al régimen colombiano le salen tantas grietas que el pequeño Calígula del Palacio de Nariño, no podrá restaurarlas. Vislumbrando la situación actual del mundo- pero sin comprender su alcance- Uribe ha implantado el estado de excepción en su país, con la excusa del paro judicial, en una decisión cuestionada por la ONU. Ante la avalancha de detenciones indiscriminadas, los obreros y campesinos colombianos, pobres y hambreados, no tendrán otra alternativa que la movilización. Se avizoran protestas que irremediablemente crecerán, y con ellas crecerán, aún más, las FARC o el ELN. Colombia deberá optar por cambios similares a los realizados por los países de su entorno, rompiendo con un sistema socioeconómico acabado, del que Uribe es adalid.
La desbandada es total. México se desangra en medio de un desastre económico, su sociedad se difumina y degenera entre combates de bandas de narcotraficantes y policías corruptos. Por otra parte el peruano Alan García, siente el aliento de Ollanta Humala en el cogote, mientras la guerrilla vuelve a hacer acto de presencia. América, como el resto del planeta, se convulsiona y Álvaro Uribe representa en ella lo poco que queda del neoliberalismo criminal. Su estrella se apaga, la nueva sociedad que se está gestando no cuenta con él, porque él es como la basura maloliente que molesta en todas partes. Uribe, sencillamente sobra.
Hasta el amigo del norte empieza a considerarlo prescindible. No están los tiempos como para preocuparse por un insignificante sujeto. Estados Unidos tiene muchos frentes abiertos y su oligarquía está muy ocupada, aterrada ante la posibilidad de que pueda abrirse otro frente más: el interno. Según el congresista Brad Sherman, varios miembros del Congreso fueron amenazados con la implantación de la Ley Marcial, si no aprobaban el plan de rescate económico del presidente Bush y su camarilla. Incluso se han difundido noticias de que en el Comando Norte (NorthCom), está dispuesta una unidad del ejército, especializada en contrainsurgencia, pero no para intervenir en el extranjero, sino en el territorio nacional, si la cosa se pone fea.
Tan grande es esta inesperada debacle, que ha cogido por sorpresa a un dictador que, hoy por hoy, se encuentra prácticamente solo, pues los pocos amigos que le quedan están contra las cuerdas. Y cuando Colombia conquiste un gobierno democrático orientado hacia el socialismo- porque la otra opción es la barbarie-, ¿adónde irá el tirano? A ninguna parte que no sea rendir cuentas por sus actos.

17 de octubre de 2008
cckaos en la red
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human rights watch acusa a uribe


Director de Human Rigths Watch sostiene que Uribe desacredita a la Justicia colombiana. Vivanco ahora acusa al Presidente de Colombia.
Nueva York, Estados Unidos. El director para las Américas de Human Rigths Watch (HRW), José Miguel Vivanco, acusó este jueves al presidente Álvaro Uribe de desacreditar a la Corte Suprema de Justicia colombiana, que investiga los nexos de políticos con los paramilitares de extrema derecha.
"Hay una campaña por parte del gobierno de Uribe para desacreditar a la Corte", dijo Vivanco, al presentar en conferencia de prensa el informe anual sobre derechos humanos en Colombia, enfocado este año en los obstáculos que enfrentan esas investigaciones.
Vivanco enumeró varias acciones que consideró están dirigidas a "desprestigiar" a la Corte y en especial al magistrado de ese tribunal, César Julio Valencia, pero confió en que "la justicia va a continuar investigando estos hechos hasta el fin".
El informe de la organización internacional defensora de los derechos humanos asegura que el gobierno "obstaculiza la justicia" y "está poniendo en riesgo los intentos por investigar los delitos cometidos por los paramilitares y sus cómplices".
La justicia evalúa actualmente las confesiones de medio centenar de jefes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que se desmovilizaron junto a unos 31.000 combatientes tras negociar con el gobierno.
Igualmente investiga a más de 60 congresistas, en su mayoría oficialistas, por simpatías y vínculos con esos grupos de ultraderecha a los que se atribuyen más de 9.000 crímenes.
Vivanco no le concedió ningún mérito al proceso de desmovilización de las AUC como motor que dio inicio a esos procesos, tal como afirma Uribe.
"Una de las principales conclusiones de este informe, aparte de investigar hechos muchas veces bastante lejanos en el tiempo que han contado con una histórica impunidad (muestra que), el gobierno del presidente Uribe se ha constituido en nuestra opinión en un obstáculo para el progreso de la justicia", dijo.
Por el contrario, destacó el papel que realiza la Corte, que "ha logrado avances sin precedentes en los dos últimos años". También resaltó la labor de la Fiscalía, aunque en este caso lamentó la "lentitud" en algunos procesos.
Vivanco dijo que se debe castigar no sólo a los paramilitares sino también a "sus cómplices" en la política, las fuerzas militares y el empresariado; y pidió a Estados Unidos apoyar esas investigaciones facilitando los testimonios de 13 ex jefes de las AUC extraditados a ese país.
A las víctimas de los paramilitares los exhortó a acudir a la Corte Penal Internacional, a la que pidió vigilar esos procesos.

17 de octubre de 2008
©mercurio de valparaíso
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niñas en cárceles de brasil


En el estado brasileño de Pará. Funcionarios y reos pueden ser condenados a penas de prisión por la violación y tortura de una niña de quince que fue retenida por veintiún hombres. Los críticos culpan la insensibilidad, la corrupción y la falta de celdas para mujeres.
Abaetetuba, Brasil. Una niña de quince años arrestada por hurto fue retenida durante semanas en una cárcel, en una celda con veintiún hombres, que la violaron, torturaron y sólo le permitían comer a cambio de sexo.
Sus gritos se podían oír desde la calle. Sin embargo, la policía se negó a intervenir, y fue necesario informar a la prensa local para que la liberaran.
Diez oficiales de policía y gendarmería y dos reos podrían ser condenados a veinte años de cárcel si se les encuentra culpables. El veredicto se espera para este mes. Pero casi un año después del crimen, el elemento más espeluznante es lo normal que parecieron a muchas de las penurias de la niña en la sofocante ciudad portuaria de 78 mil habitantes, en la boca del Amazonas, donde estuvo encarcelada.
Después de que estallara el escándalo, la gobernadora del estado de Pará, Anna Julia Carepa, reconoció que las niñas eran arrestadas expresamente para proporcionar gratificación sexual a los presos, "una práctica desafortunada que lamentablemente viene ocurriendo desde hace un tiempo".
Después de estallido el escándalo, Carepa, algunos legisladores e incluso el presidente juraron atacar los problemas que originaron la agresión: una policía insensible y corrupta y un sistema carcelario con pocas celdas separadas para mujeres. La cárcel fue demolida.
Sin embargo, Pará, un estado en la selva dos veces el tamaño de Francia, todavía sólo tiene seis celdas separadas para mujeres en sus 132 cárceles.
La juez Clarice Maria de Andrade, que aprobó el encarcelamiento de la niña, fue transferida a otra jurisdicción, sin ni siquiera una reprimenda. Está lejos de estar claro si la actual pesquisa judicial, realizada a puertas cerradas debido a que la víctima era una menor de edad, resultará en condenas.
"Le pasó a esta niña, pero pudo haber sido cualquiera de las cientos de niñas de la ciudad", dijo el obispo Flavio Giovenale, que ha recibido amenazas de muerte por denunciar a la policía implicada en casos de corrupción y en el crimen organizado.
Giovenale dice que esos abusos son tan habituales en Abaetetuba que cuando la organización de defensa del niño Guardian Council contó al jefe de policía sobre la niña menor de edad que estaba encerrada en la cárcel, este se negó a dejarla en libertad.
El jefe de la policía está ahora siendo investigado y se niega a hablar en público sobre el encarcelamiento. El Guardian Council entregó la historia a la prensa local.
"Fue su tercera vez en la cárcel; la única diferencia es que esta vez alguien se dio cuenta", dijo Selma Pinheiro Serrano, una prostituta de veintitrés años que conoció a la niña.
Serrano dice que su historia se parece mucho a la de la víctima, que no podemos identificar debido a que fue víctima de agresión sexual. Las dos provienen de familias con padrastros que las violaron y obligaron a salir a la calle a vivir entre prostitutas, delincuentes y vendedores de crack.

El desempleo en Abaetetuba ronda en el setenta por ciento, y pocas escuelas van más allá del quinto grado.
La venta de drogas y la prostitución a menudo seducen a las adolescentes locales, quedando en una situación vulnerable a los abusos de la policía.
Carepa prometió entonces que trataría de pararlos. Pero aunque el estado está construyendo nuevas cárceles, en general ha transferido a las mujeres a otras cárceles, un proyecto que Amnistía Internacional dice que mejora las condiciones de detención, pero las aleja de sus seres queridos.
Abaetetuba es una importante estación de trasbordo para la cocaína proveniente de Colombia y destinada a Suriname y Guyana, en el norte. El laberinto de casas en palafitos que sale de la plaza de la ciudad está llena de puntos de venta de drogas, donde una raya de cocaína cuesta tres dólares.
"Un niño de diez vendiendo drogas puede ganar lo suficiente como para alimentar a su familia", dijo la asistente social Gorette Correia Sarges. "Si ese es el caso, no es probable que los padres interfieran".
Muchos utilizan las plantas superiores de las casas de tingladillo a lo largo de los muelles y prostíbulos.
Niñas en chancletas, shorts y topes de spandex venden sus cuerpos a los marinos de paso por apenas seis dólares.
Otras se trasladan en canoa hacia los buques anclados, donde pueden ganar hasta doce dólares.
Fue en estos ambientes que se arrestó a la víctima de quince años, por entrar en una casa que no era la suya, el 21 de octubre de 2007.
Días después de que estallara el escándalo, empezaron a aparecer en todo Brasil informes de otras mujeres encarceladas con hombres -y muy especialmente el de una mujer de veintitrés años que fue obligada a compartir celda con setenta hombres en Paraopebas, al sur de Pará.
Ninguna de las niñas entrevistadas a lo largo de los muelles de Abaetetuba dijo haber estado presa en una celda llena de hombres, aunque varias describen la cárcel donde la niña era mantenida y un corredor sin inodoro utilizado para encerrar a las mujeres.
Tampoco expresaron, ninguna de las niñas, simpatía por la víctima, porque era una ladrona -una línea que dijeron que ellas no cruzarían nunca.
Andre Franzini, coordinador de la Pastoral Juvenil de la iglesia católica, dice que no es verdad.
"Muchas de estas niñas son ladronas. El problema de la niña era que siempre la detenían", dijo.
Cuando estaba en la cárcel, nadie se daba cuenta porque sus padres eran separados y vivían en el campo, dijo Franzini.
Aparte de ser violada repetidas veces, dijo la niña, fue torturada con cigarrillos encendidos aplastados contra sus pies y dedos desnudos, de acuerdo al diario O Estado de S. Paulo. Los gendarmes le afeitaron la cabeza para disfrazarla de niño en una celda de hombres.
Después de su liberación, Franzini fue con la niña a hablar con el fiscal y más tarde al aeropuerto donde abordó el avión con destino a Brasilia, la capital del país, donde fue colocada bajo protección de un programa de protección de testigos.
"Tuvo que contar y volver a contar su historia a varios fiscales, y su versión fue siempre consistente. Contó quién la había afeitado para que pareciera un niño, quiénes la violaron y quiénes no, y quiénes quemaron con cigarrillos sus pies y dedos", dijo Franzini.
Ha oído que la víctima ha completado con éxito un programa de desintoxicación y ha vuelto a la escuela en una localidad secreta.

11 de octubre de 2008
5 de octubre de 2008
©los angeles times
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aumenta cultivo de coca en los andes


Pese a la ayuda norteamericana, aumentan los cultivos de coca en los Andes.
[Juan Forero y Joshua Partlow] Coroico, Bolivia. Benito Cocarico confiesa que algunas de las hojas de coca que cultiva para vender como infusión y como estimulante tradicional son canalizadas hacia el amplio flujo del comercio mundial de cocaína. Pero mientras recorre penosamente los embarrados senderos de su chacra, ubicada en una región donde la materia prima de la droga crece en angostas terrazas, explica lo central que es su cultivo para la supervivencia de su familia.
"Los precios de las naranjas, de las mandarinas, del café y otros productos son demasiado bajos, y no te dan para sobrevivir", dijo Cocarico, 50, agregando que piensa duplicar el tamaño de su plantación de coca. "Estamos obligados a plantar coca".
En toda la región de los Andes, el cultivo de coca ha aumentado en un dieciocho por ciento en los últimos cinco años, un período durante el cual Estados Unidos ha gastado cuatro mil millones de dólares en programas antinarcóticos. Pero ahora que los campesinos están utilizando pesticidas y sistemas de riego modernos para mejorar el rendimiento de los cultivos, la cantidad de cocaína producida en Colombia, Perú y Bolivia -países que son la fuente de prácticamente toda la oferta mundial- ronda las mil cien toneladas el año, según un informe reciente de Naciones Unidas.
Aquí en la exuberante región de Yungas al oeste de Bolivia, los campesinos pueden plantar legalmente un total de casi doce mil hectáreas de coca -hojas que son vendidas luego en el mercado nacional para hacer infusiones y para ser masticada y apagar el hambre. Pero aquí la producción excede de lejos ese umbral, y gran parte del excedente se destina al comercio de cocaína que prospera gracias, en parte, a la nueva demanda regional de la emergente clase media latinoamericana.
La oferta de cocaína andina ahora excede la cantidad producida en los años noventa cuando los legisladores norteamericanos impulsaron la ayuda antinarcóticos en la región para contrarrestar a los poderosos carteles colombianos. En 1993, cuando una unidad de policía respaldada por Estados Unidos mató al barón de la droga Pablo Escobar en su ciudad natal de Medellín, los Andes producían doscientas toneladas menos de cocaína que la producción del año pasado.
"Si estudias la época de Escobar, los nombres han cambiado, pero hay tanta o más cocaína que proviene de los Andes en general como en el punto álgido de la guerra contra las drogas en Medellín", dijo John Walsh, de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos, un laboratorio ideológico que ha criticado las políticas antinarcóticos de Estados Unidos en la región. "Estamos hablando casi veinte años después".
En lo que va de esta década, Estados Unidos ha invertido casi ocho mil millones de dólares en la guerra contra las drogas, financiando las campañas de erradicación manual en Bolivia y en el vecino Perú, y las campañas aéreas con herbicidas en Colombia, que ha cubierto más de un millón de hectáreas desde 2000.
En Colombia, donde Estados Unidos ha gastado la mayor parte de la ayuda, el cultivo de coca aumentó en un veintisiete por ciento entre 2006 y 2007, a cerca de cien mil hectáreas. Eso equivale a más del cincuenta por ciento de toda la coca producida en la región. Las plantaciones de coca en Bolivia y en Perú también aumentaron en casi un cinco por ciento en cada país. En total, Naciones Unidas informó sobre un aumento del dieciséis por ciento en la producción de coca en los Andes en 2007.
"Damos tres pasos adelante, y dos pasos atrás", dijo David Murray, científico jefe de la Oficina Nacional de Políticas de Control de Drogas [Office of National Drug Control Policy] en Washington. "Pero en realidad ha habido algún progreso, en los Andes y en Colombia".
Murray atribuyó el aumento en el cultivo de coca a un cambio en la metodología de Naciones Unidas. La ayuda antinarcóticos para Colombia ha contribuido a fortalecer al gobierno central allá, debilitando a los grupos rebeldes y paramilitares implicados en el tráfico de drogas, dijo Murray, mientras que informes de agencias policiales norteamericanas indican que se ha hecho más difícil comprar la droga.
"Están perdiendo terreno, ese es nuestra impresión, las plantaciones de coca son más pequeñas, son más remotas, tienen más trabajo intensivo y para ellos es más difícil vivir de la cocaína", dijo. "El mercado de la cocaína está declinando".
Mientras el presidente colombiano Álvaro Uribe es admirado en Washington por su dura postura contra el tráfico de cocaína, el gobierno de Bush ha tenido fuertes diferencias con el presidente boliviano Evo Morales, un ex campesino cocalero que todavía dirige la federación de productores de coca. Morales llegó al poder gracias a la fuerza de su liderazgo entre los cocaleros, que se organizaron contra lo que consideraban las dañinas campañas de erradicación de Estados Unidos.
"No hay duda de que Evo Morales ha debilitado expresamente esa campaña que ya existía cuando asumió el poder, y eso también se refleja parcialmente en el aumento de los cultivos", dice John P. Walter, encargado de la política antidrogas de la Casa Blanca.
Desde que fuera elegido presidente en diciembre de 2005, Morales ha fomentado la hoja de coca como símbolo del nacionalismo boliviano, al mismo tiempo que ha enfatizado la necesidad de luchar contra la producción de cocaína. Su gobierno continúa erradicando la coca ilegal -plantaciones con conocidos vínculos con el comercio de la droga y cultivada en parques nacionales, por ejemplo. Durante el gobierno de Morales, la cantidad de cocaína decomisada anualmente ha aumentado a casi veinte toneladas en lo que va de año, de acuerdo a cifras oficiales.

Morales también apoya una política implementada hace cuatro años que permite que los campesinos cocaleros de la región del Chapare en Bolivia, donde el cultivo de coca no era legal, siembren la planta en un tercio de cada media hectárea de tierra, llamado cato. Los críticos dicen que la política ha provocado un fuerte aumento en la producción de coca porque los campesinos cocaleros no temen ser castigados si sobrepasan ese límite. Cifras de Naciones Unidas muestran que el año pasado el cultivo de coca en Bolivia superó lo permitido por el gobierno -el límite de veinte mil hectáreas- en casi un cincuenta por ciento.
"En Bolivia lo que hemos tenido es básicamente la percepción de los cocaleros de que un cato por familia se traduce como un cato por persona", dijo Eduardo Gamarra, experto en la industria de la coca, nacido en Bolivia, que enseña estudios latinoamericanos en la Universidad Internacional de Florida en Miami. "El efecto neto ha sido un crecimiento neto".
Entre los campesinos cocaleros del Chapare, Morales es considerado un héroe. En la muralla de la sede del sindicato de cocaleros en la ciudad de Chimore en las tierras bajas, las palabras "¡Evo, Sí!" están pintadas junto a un retrato del Che Guevara, el revolucionario argentino. En la parte trasera de la sede, los empleados meten hojas de coca en sacos de veintidós kilos que luego son cargados en los buses que esperan.
"Antes, esto era una lucha tremenda. Nosotros plantábamos coca y las autoridades nos la quitaban", dijo Luis Endara, secretario general del sindicato de campesinos cocaleros de Chimore. "Ahora hay libertad. El ejército ya no nos molesta. Ahora todas las comunidades se controlan a sí mismas".
Entre 1996 y 2003, sesenta personas murieron en el Chapare en enfrentamientos entre los cocaleros y las autoridades bolivianas, y más de setecientas resultaron heridas, de acuerdo a la Red de Información Andina, un grupo de investigación con sede en Bolivia. Hoy, los enfrentamientos cada vez menos frecuentes y sólo implican el lanzamiento de piedras y gases lacrimógenos. En los últimos meses no ha muerto nadie.
"Antes, la policía nos perseguía", dijo Flora Sanabria, 33, que estaba sentada junto al camino con sus hojas de coca secas. También cultiva plátanos y naranjas, pero la coca, con sus tres o cuatro cosechas al año, le proporciona un ingreso estable para su familia. "Ahora estamos mucho mejor. Ahora tenemos un cato de coca, y antes no teníamos casi nada".
El remonte de la coca en Bolivia, combinado con el aumento de la demanda de cocaína en países latinoamericanos como Brasil, ha provocado un auge del tráfico de drogas.
El vice-ministro de defensa social de Bolivia, Felipe Cáceres, dijo que en los últimos años, el número de narcotraficantes que operan en la frontera boliviano-brasileña se ha quintuplicado a cincuenta o sesenta. "Desgraciadamente", dijo, "la demanda de la droga en Brasil ha aumentado de modo espectacular".
El consumo doméstico en Bolivia -en gran parte como infusión o como hojas para mascar- equivale al 2.5 por ciento del producto nacional bruto, cinco veces más que en Perú o Colombia. Pero los proyectos del gobierno boliviano de nacionalizar la industria de la coca -para hacer pasta de dientes, galletas, licor y otros productos para la exportación- todavía no se han concretado.
Entretanto, los laboratorios clandestinos que son usados para producir la cocaína boliviana están proliferando más allá de las principales regiones de cultivo de coca del Chapare y Yungas, de acuerdo con René Sanabria Oropeza, director de la policía antinarcóticos boliviana. Su organización ha estado desbaratando laboratorios de procesamiento de coca incluso en los barrios suburbanos pobres de La Paz y El Alto, una enorme ciudad satélite adyacente a la capital.
Un joven de La Paz, Miguel Ángel, que pidió que no revelásemos su apellido, dijo que ahora los traficantes pagan a los vecinos para procesar coca en sus casas. Hace poco su familia recibió quinientos dólares por permitir que un grupo de hombres usaran su cocina para procesar hojas de coca durante una semana.
"Nos dijeron: ‘Ahora estamos en su casa, pero no mudaremos a otra’", dijo Miguel Ángel. "Así evitan que los capturen".

5 de octubre de 2008
3 de septiembre de 2008
©washington post 
cc traducción mQh
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