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novios de la muerte en bolivia


[Manuel Salazar Salvo] Crimen organizado en Bolivia.
Criminales de guerra nazis, mercenarios provenientes de África, neofascistas italianos que habían trabajado para la dictadura de Augusto Pinochet, veteranos de la Legión Extranjera y ultraderechistas de diversas procedencias se congregaron en Bolivia a fines de la década de 1970 para apoyar un golpe de Estado que instalaría en el poder a los principales productores de cocaína del mundo.
En los comienzos del siglo XX, Bolivia era el principal productor de estaño del mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial contribuyó a la causa aliada vendiendo su mineral a un precio diez veces más bajo que el bajo precio de siempre. Los salarios obreros se redujeron a la nada, hubo huelga y las ametralladoras escupieron fuego. Simón Patiño, dueño del negocio junto a las familias Aramayo y Hochschild, pagaba 50 dólares anuales de impuesto a la renta. En las minas, en tanto, los obreros indígenas morían como moscas con sus pulmones destrozados por el polvo de silicio. En 1952, una revolución nacionalizó el poco estaño que quedaba, pero esas minas y otras, más algunos cultivos básicos, siguieron siendo el principal sustento del país.
La considerable población indígena mascaba hojas de coca como lo habían hecho sus antepasados desde hacía siglos. En 1960 existían 3.030 hectáreas sembradas, las que producían anualmente 3.368 toneladas de hojas de coca, cifra que se mantuvo estable durante toda esa década.
Diversos investigadores bolivianos coinciden en afirmar que numerosos pilotos estadounidenses dedicados al contrabando entre las costas de Florida y América del Sur fueron los primeros en tratar de convencer a los grandes agricultores de que el tráfico de cocaína era la fórmula para enriquecerse de manera fácil y rápida.
Aquellos aventureros sugirieron a los hacendados interesados que para tener éxito debían contar con el apoyo de los militares y así garantizar la seguridad de los cocales y el tráfico expedito de las avionetas rumbo a Colombia, Brasil y Venezuela.
Uno de los contactados para ello fue el general de aviación René Barrientos, quien dio un golpe de Estado en 1964 y dos años más tarde fue elegido Presidente. Su primera iniciativa fue alentar la recuperación del litoral perdido en la Guerra del Pacífico. Anunció que un barco boliviano navegaría por los mares bajo los colores rojo, amarillo y verde del emblema patrio, símbolo del pronto retorno a las riberas del Pacífico.
Barrientos creó la empresa estatal Transmarítima Boliviana y puso al frente de ella a un amigo personal: el alemán nacionalizado boliviano Klaus Altmann, falsa identidad que ocultaba al criminal de guerra nazi Klaus Barbie, quien asumió también como asesor del Departamento IV del Ejército, encargado de contrainsurgencia.
En América Latina soplaban vientos de revolución. Cuba, China y Vietnam inspiraban a miles de jóvenes para tomar las armas en busca de cambios sociales más profundos. La Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA) contactó a Barbie casi al mismo tiempo que Ernesto Che Guevara ingresaba a Bolivia, a comienzos de 1967, para crear un foco guerrillero en las selvas de Ñancahuazú. El Che no logró sus propósitos, pero concentró todos los esfuerzos de Washington y sus aliados en el continente para impedir que cundieran iniciativas similares. En los años siguientes, los regímenes militares y la Doctrina de Seguridad Nacional inundaron América del Sur.

Las Bases de la Industria
En abril de 1969, Barrientos murió al estrellarse su helicóptero en un extraño accidente, y tras una sucesión de gobiernos efímeros, en 1971 llegó al Palacio Quemado el coronel Hugo Bánzer, un descendiente de alemanes que mantenía estrechos vínculos con oscuros personajes de Estados Unidos, Brasil, Argentina y Paraguay. En los meses siguientes se nombró general y, con la entusiasta colaboración de Barbie, empezó a organizar grupos paramilitares que protegieran la naciente industria cocalera.
Los grandes hacendados de Santa Cruz de la Sierra y del Beni abandonaron los recursos forestales, el petróleo y el azúcar, y optaron por las plantaciones de coca, alentados por el explosivo incremento de los precios de la cocaína en Estados Unidos.
A fines de 1975 se crearon varias comisiones secretas para organizar la producción y el tráfico de cocaína, desde la disponibilidad de tierras hasta la instalación de laboratorios y las rutas de comercialización hacia las naciones del norte. La superficie de coca sembrada ya se había duplicado y la producción de hojas triplicado con respecto a 1965.
Inicialmente, los bolivianos intentaron introducir por sí mismos la cocaína al mercado norteamericano, pero carecían de experiencia, así que optaron por trabajar con los colombianos (ver LND del 15 de abril de 2007).
Al promediar 1977, las presiones estadounidenses para el retorno de la democracia en Bolivia obligaron a Bánzer a convocar a elecciones. La situación política y social era cada vez más explosiva y los gobiernos se sucedieron sin lograr estabilizarse en el poder.
El 1 de noviembre de 1979, el coronel Alberto Natusch Busch, ex ministro de Bánzer, dio un nuevo golpe, pero el Congreso resistió la asonada y el oficial retornó con sus tropas a los cuarteles, luego de conseguir que asumiera el Gobierno la presidenta de la Cámara de Diputados, Lidia Gueiler.
Ésta convocó a elecciones para el 29 de junio de 1980. Tres semanas antes, su primo, el general Luis García Meza, la intimó –a nombre de la Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas– para que suspendiera los comicios. En los primeros días de junio, el vocero de la Casa Blanca, Hodding Carter, había dicho en Washington que "en Bolivia se está gestando un golpe de Estado para impedir las elecciones, porque los militares temen que un Presidente civil ponga al descubierto el gigantesco tráfico de cocaína al que muchos de ellos están directamente vinculados".
Las elecciones se realizaron el 29 de junio y el 11 de julio se anunciaron los resultados provisionales, que dieron como estrecho ganador a Hernán Siles Suazo. Pero el 17 de julio de 1980, un cruento golpe de Estado abortó el retorno a la democracia y la Junta de Comandantes nombró a García Meza como el enésimo Presidente de facto. Nueve días después, el embajador de Estados Unidos abandonó el país y las relaciones con la Casa Blanca quedaron rotas. Los barones del narcotráfico habían llegado al poder.

Amigos, Primos y Hermanos
García Meza era amigo íntimo del principal productor de cocaína de Bolivia, el empresario Roberto Suárez Gómez, descendiente directo de Nicolás Suárez –uno de los pioneros de la industrialización de la goma– y quien encabezaba una entidad conocida como La Cooperación, la que cobijaba a los principales capos del narcotráfico.
El militar fue convencido de dar un golpe en una reunión que se celebró en Santa Cruz, en casa de Sonia Atala, donde los grandes traficantes ofrecieron un financiamiento de cuatro millones de dólares. En esa cita participaron José Paz, prominente figura de la mafia; Edwin Gasser, dueño del mayor ingenio azucarero del país y dirigente de la Liga Anticomunista Mundial (WALC), y Pedro Bleyer, presidente de la Cámara Industrial de Santa Cruz.
Una de las condiciones para financiar el golpe fue la designación del coronel Arce Gómez, primo hermano de Suárez, como ministro del Interior. Éste había propuesto proteger la impunidad de sus operaciones a cambio de un pago quincenal de 75 mil dólares por grupo, y un impuesto de 40 dólares por tambor de hoja de coca vendido a los traficantes por los campesinos de las zonas productoras.
Arce también prohibió la venta directa de coca a los traficantes, con lo que el Ministerio del Interior pasó a ser intermediario obligatorio. Por ese tiempo, la tonelada métrica de hoja de coca acondicionada en barriles se vendía a tres mil dólares. Años después se sabría que aquella asonada recibió el apoyo logístico de la CIA –pese a la oposición de la DEA– y de los militares argentinos, que deseaban completar el mapa de las fronteras ideológicas en América del Sur.
Un mes antes del golpe había llegado a Santa Cruz el neofascista italiano Stefano delle Chiae, para coordinar junto a Barbie a los paramilitares que después del levantamiento de García Meza sumieron a Bolivia en un baño de sangre, persiguiendo, torturando y asesinando a cientos de opositores.
El italiano había estado radicado en Buenos Aires bajo la falsa identidad de Vincenzo Modugno, luego de trabajar varios años para la policía secreta de Augusto Pinochet, la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). En la capital transandina había establecido relaciones con militares argentinos y bolivianos que lo convencieron para viajar a la nación altiplánica, desde donde, le aseguraron, impedirían la extensión del comunismo hacia el resto del continente.
En Santa Cruz, mientras, ya estaba instalada una organización semisecreta que se hacía llamar Los Novios de la Muerte y que dirigía Joachim Fiebelkorn, un alemán ex miembro de la Legión Extranjera española y que procedía de Paraguay, donde había dado muerte a un ex oficial de la SS nazi. El grupo lo componía una variopinta muestra de la ultraderecha internacional: Herbert Kopplin, ex SS, experto en armas cortas; Hans Jurgen, perito en explosivos; Manfred Kuhlman, mercenario procedente de Rhodesia; Kay Gevinaer, chileno alemán, técnico en electrónica, y Hans Stellfeld, instructor militar, veterano de la Gestapo, entre otros "especialistas" en guerra sucia.

Un Dulce para la CIA
‘Los Novios de la Muerte' trabajaban para Roberto Suárez en la protección de los cargamentos de droga que salían hacia el norte y cuidaban que los colombianos no se arrancaran sin pagar. Muchos lugareños los conocían como Las Águilas Negras, pues las 30 avionetas de Suárez tenían dibujadas en sus alas imágenes de esas aves depredadoras.
Los mercenarios pasaban gran parte de su tiempo en el Restaurante Bavaria, bebiendo en compañía de prostitutas llegadas de Alemania y de los países vecinos, mirando películas pornográficas y escuchando marchas nazis y franquistas que les recordaban pasadas épocas de esplendor. Todo ello pagado por los padrinos del narcotráfico.
Delle Chiae estuvo con ellos, pero se instaló finalmente en La Paz, requerido como asesor por el Servicio Especial de Seguridad (SES), que dirigía Barbie y que dependía del ministro Arce Gómez. Junto al italiano estaba otra pequeña jauría de ‘lobos grises': el francés Jean Lecler, un torturador de la Legión Extranjera; los neofascistas Pierluigi Pagliai, Sandro Saccucci y Carmine Palladito; el mercenario africano Olivier Danet; los argentinos Alberto Vilanova, Carlos Martínez y Roberto Correa, y el ex carabinero italiano Marco Marino Diodato, vinculado a la mafia.
En los meses que siguieron al golpe, García Meza y Arce Gómez convirtieron a Bolivia en el portaaviones de la cocaína. Miles de campesinos fueron obligados a extender sus cultivos de coca para abastecer las necesidades de La Cooperación, y los que se negaron fueron diezmados sin piedad.
Cuando estas actividades escandalizaron a la DEA y al Congreso de Estados Unidos, los narcotraficantes entregaron a la CIA una fábrica clandestina de cocaína en la zona de Huanchaca, en la selva del Beni, cuya explotación le serviría para financiar sus operaciones encubiertas en América Central. En esa tarea, la CIA se vinculó estrechamente a un emprendedor traficante, Jorge Rocas, más conocido como ‘Techo de Paja', quien trataba de expandir la producción de pasta base, construir laboratorios propios y anular el poderío de su tío Roberto Suárez.
Una de las primeras medidas de Arce Gómez fue incluir a los paramilitares en las planillas de pago del Ministerio del Interior. Después reunió a las cinco principales familias del narcotráfico y les ofreció completa libertad a cambio del pago quincenal de 75 mil dólares cada una. Paralelamente, estableció un "impuesto" de 40 dólares por cada tambor de hoja de coca vendido a los traficantes e implantó el control total de las transacciones desde el mismo ministerio.
Los grupos de Fiebelkorn y Delle Chiae dirigieron a cerca de 800 paramilitares que se transformaron en la guardia pretoriana del "régimen de los cocadólares".

Reagan Se Ruboriza
En febrero de 1981, dos semanas después de la asunción de Ronald Reagan en la Presidencia de Estados Unidos, el Departamento de Estado puso tres condiciones para restablecer relaciones diplomáticas con Bolivia: un programa de democratización del país, el recambio de los ministros vinculados al narcotráfico y el control efectivo de la mafia de la droga. En agosto, García Meza fue reemplazado por una junta militar que integraron los generales Celso Torrelio, Waldo Bernal y Óscar Pammo. Pese al aparente arreglo diplomático, en Estados Unidos, Europa y algunos países latinoamericanos se inició una activa campaña de prensa para revelar lo que estaba ocurriendo en Bolivia.
"Traficando personalmente o proporcionando protección a los traficantes, algunos oficiales han recibido millones de dólares", informó The New York Times el 31 de agosto. Según el diario, los datos habían sido proporcionados por fuentes diplomáticas y agentes antinarcóticos, pero más tarde se supo que las fuentes tenían domicilio en la Casa Blanca.
Los principales acusados eran Hugo Bánzer Suárez, ex Presidente de la República; Luis García Meza; Waldo Bernal, comandante en jefe de la Aviación; Óscar Pammo, comandante de la Armada; Hugo Echeverría, delegado ante la Junta Interamericana de Defensa, y media docena de coroneles.
La elaboración y embarque de la cocaína en Bolivia estaba a cargo de cuatro grandes grupos, concentrados en Santa Cruz de la Sierra, en la frontera con Brasil. El grupo más antiguo era dirigido por Bánzer y su zona de operaciones estaba en las pequeñas poblaciones de San Javier y Río Grande. Sólo en 1980 había facturado 480 millones de dólares por la venta de 20 mil kilos de clorhidrato de cocaína, con una pureza del 99%.
El segundo grupo era dirigido por Arce Gómez y operaba en Okinawa, Monte Verde y Perseverancia. Su producción de 1980 alcanzó a los 30 mil kilos de cocaína y sus ingresos llegaron a los 640 millones de dólares.
Otro de los grandes traficantes de drogas era el comandante en jefe de la Aviación, general Waldo Bernal, que había recibido pagos de hasta 100 mil dólares por cada avión cargado de coca que salía hacia el exterior desde los aeropuertos bolivianos. Sólo en el aeropuerto de San Cruz, ciudad de 300 mil habitantes, operaban 25 compañías aéreas con un total de más de 160 aviones de distinto tipo.
Pero la organización más poderosa era la de García Meza, el único que no tenía producción propia. Su método consistía en confiscar la droga a los pequeños traficantes independientes y proteger a las otras organizaciones asegurándoles impunidad a cambio de elevadas cantidades de dólares.
En 1985, los observadores internacionales coincidían en que el problema de la droga en Bolivia se resumía en tres razones principales: el poder de los narcotraficantes y sus aliados, entre ellos importantes empresarios bolivianos; el carácter altamente organizado de los campesinos y su determinación de defender el derecho a cultivar coca, y la necesidad de obtener "cocadólares" para mantener a flote la economía boliviana.
De las 3.030 hectáreas de coca sembradas en 1960 en Bolivia, en 1986 se había pasado a 59 mil, y de 3.368 toneladas de coca originadas en 1960 a una producción superior a las 132 mil. La gran mayoría de los bolivianos, sin embargo, seguían sumidos en la más absoluta pobreza.

22 de abril de 2007
©la nación
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crimen, corrupción e impunidad


[Manuel Roig-Franzia] En Guatemala. Asesinatos exponen cultura de la corrupción y la impunidad.
Ciudad de Guatemala, Guatemala. Empezó con cuatro cuerpos carbonizados en un camino de tierra.
Las víctimas habían sido secuestradas, concluyeron los detectives, y dos de ellas fueron quemadas vivas. Los hombres encontrados ese día de febrero en un rancho en las afueras de Ciudad de Guatemala resultaron ser tres políticos salvadoreños y su chofer. Entre ellos se encontraba Eduardo D'Aubuisson, hijo de Roberto D'Aubuisson, el difunto fundador del partido gobernante de El Salvador y arquitecto de los escuadrones de la muerte en la guerra civil salvadoreña.
Tres días después, cuatro policías guatemaltecos fueron acusados de los asesinatos y arrestados. Y tres días después, mientras la atención internacional se concentraba sobre este país, los agentes fueron degollados y matados a balazos en sus celdas. Sus asesinatos en la cárcel aún no han sido resueltos.
Los homicidios seguidos -todos escalofriantemente profesionales y osados- están dejando al descubierto la profundidad de la corrupción y la impunidad en un país que todavía está tratando de enderezarse después de once años tras el término de tres décadas de guerra civil. "Se ha abierto una caja de Pandora", dijo el jefe de la policía salvadoreña, Rodrigo Ávila.
En las últimas semanas algunos de los personajes políticos más poderosos de Guatemala se han visto obligados a reconocer que su gobierno y sistema de justicia criminal están profundamente infiltrados por el crimen organizado. Activistas de derechos humanos han respondido acusando la corrupta influencia de los narcotraficantes, que acumulan fortunas enviando hasta trescientas toneladas métricas de cocaína a Estados Unidos al año.
"Es el paraíso del crimen organizado", dijo en una entrevista Anders Kompass, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Guatemala. "El aparato de estado es débil. La tasa de impunidad es muy alta. Esto ha demostrado que el crimen organizado ha penetrado en un nivel mucho más alto de lo que pensábamos".
Guatemala tiene una de las tasas de homicidio más altas de América Latina, con treinta asesinatos por cada cien mil habitantes en 2005, de acuerdo al Observatorio de la Violencia y la Delincuencia iniciado por Naciones Unidas en Honduras. Pocos de los cinco mil homicidios al año son resueltos, y apenas si existe esperanza de que se conozca en alguna fecha previsible toda la verdad sobre los asesinatos del mes pasado. La pregunta ahora es: ¿En quién puede confiar la opinión pública?
El martes, el congreso guatemalteco aprobó abrumadoramente una moción de censura contra el ministro del Interior, Carlos Vielmann, cuyas atribuciones incluyen las cárceles. Ahora el presidente Óscar Berger debe decidir si remover de su cargo a Vielmann o lanzarse en una batalla contra el congreso vetando la decisión.
Entretanto, el congreso ha puesto trabas a una propuesta de Naciones Unidas para crear una comisión independiente que investigue la corrupción en Guatemala. Vielmann, un rico empresario que está luchando por un trabajo y un salario que dice que no necesita, dijo en una entrevista que él apoya la propuesta de Naciones Unidas.
Las especulaciones sobre los asesinatos del mes pasado ha provocado el clamor público que exige respuestas aquí y en el vecino El Salvador, así como varias teorías conspirativas.
"La gente no quiere creer que la realidad es más simple, más irónica y más estúpida", dijo en una entrevista el jefe de la policía nacional de Guatemala, Erwin Sperisen, un aliado de Vielmann. "No fue una gran conspiración. Fue una serie de coincidencias. Pero la gente no quiere creer eso. Quieren un culebrón, un drama de espionaje, una película de James Bond".
En las semanas que han pasado tras los asesinatos, funcionarios de gobierno han explicado su versión de los acontecimientos: Los políticos fueron secuestrados el 19 de febrero cuando iban en camino a un reunión del Parlamento Centroamericano en Ciudad de Guatemala, un organismo de planificación regional, del que eran miembros elegidos. Los policías guatemaltecos los mataron pero fueron capturados pronto, en parte porque un sistema global de posicionamiento en su coche los ubicaba en la escena del crimen, a unos 32 kilómetros de Ciudad de Guatemala, de acuerdo a esta versión.
Los agentes de policía pueden haber sido asesinos a sueldo engañados, a quienes hicieron creer que los políticos salvadoreños eran narcotraficantes colombianos haciéndose pasar por representantes del parlamento, dijo Sperisen. Tampoco se podía excluir algún motivo político en El Salvador, ni algún vínculo entre los salvadoreños y los narcotraficantes, dijo. Cuatro sospechosos más con presuntos vínculos con el tráfico de drogas fueron detenidos el martes y acusados de haber ordenado los asesinatos.
Sperisen y Ávila, el jefe de la policía salvadoreña, dijo que los agentes guatemaltecos asesinado habían confesado, aunque Sperisen observó que "no pueden repetir sus declaraciones". Las supuestas confesiones han sido ampliamente comentadas en la prensa, pero los abogados de los cuatro agentes ofrecieron una versión diferente.
"Ellos dijeron que eran inocentes", dijo Carlos Pocón sobre sus clientes, los agentes asesinados José Korki López Arreafa, José Adolfo Gutiérrez y Marwin Langen Escobar Méndez.
Alfredo Vásquez, el abogado de Luis Arturo Herrera López, llamó a los agentes "chivos emisarios", que habían sido asesinados para encubrir la identidad de los verdaderos asesinos.
"El ambiente aquí hace ver a mis clientes como si fueran responsables, como si fueran demonios", dijo Vásquez. "Pero ellos no confesaron, y eso me alarma".
Los otros asesinatos -los cometidos por los agentes- están todavía envueltos en informes contradictorios. Fueron trasladados de una cárcel en Ciudad de Guatemala a la prisión de máxima seguridad El Boquerón, a unos 65 kilómetros al este de la ciudad, sin que sus abogados fueran notificados, dijo Vásquez. Algunos testigos han dicho que hombres armados entraron al Boquerón confundiéndose con las visitas y mataron a los agentes. Pero Sperisen dijo que cree que los asesinos son de la prisión misma. Es improbable, dijo, que los asesinos hayan podido pasar, o incluso corromper, los tres círculos de seguridad -el ejército, la policía y los gendarmes de la prisión.
Tras los asesinatos estalló un motín y el alcaide de la prisión y varios gendarmes fueron hechos rehenes, dijo Sperisen. El alcaide, así como más de veinte hombres más, la mayoría gendarmes, han sido detenidos, pero ninguno ha sido acusado de los asesinatos, dijo Sperisen.
Este mes, uno de los ayudantes de Sperisen, Javier Figueroa, renunció y abandonó Guatemala con su familia en dirección a Costa Rica. Figueroa, que era ginecólogo antes de asumir el alto cargo policial, jugó un papel importante en la detención de los cuatro agentes y ahora teme por su vida, dijo Sperisen. Pero con tantos interrogantes en el aire, la abrupta partida de Figueroa ha generado especulaciones de que tenía algo que ocultar.
"Es una cuestión de percepción", dijo Kompass, el funcionario de Naciones Unidas.
El caso se ha enmarañado además con la política presidencial meses antes de las elecciones convocadas para septiembre. Otto Pérez Molina, un candidato que sirvió como general durante la devastadora guerra civil, presentó una demanda contra Vielmann por permitir que dos escuadrones de la muerte oficialmente sancionados operen dentro de las fuerzas de seguridad del país.
"Sabía lo que estaba pasando y no hizo nada", dijo Pérez Molina en una entrevista.
Pérez Molina -del que Vielmann dice que está "haciendo política"- acusa a la División de Investigaciones Criminales de operar como escuadrón de la muerte en una campaña de "limpieza social", matando a narcotraficantes de poca monta para eliminar la competencia de narcotraficantes más importantes. El fiscal general independiente de derechos humanos de Guatemala, la iglesia católica y la Universidad de San Carlos de Guatemala exigieron este mes que la división fuera desbandada.
Sperisen, de 1.89 metros, 126 kilos, y ex funcionario de Ciudad de Guatemala con un mechón de brillante pelo naranja, no niega que haya corrupción en sus fuerzas. Estimó que él podría fácilmente despedir al diez por ciento de sus 19.500 agentes si la ley guatemalteca no exigiera un prolongado proceso de apelación. Vielmann estima que se podría despedir al 40 por ciento de la policía. A medida que aumentan los llamados a la renuncia, los dos hombres se están presentando como reformadores.
Vielmann, que reconoce que la policía ha sido contratada para asesinatos al estilo de la mafia, dijo que la "batalla contra la corrupción es titánica". En los últimos dos años y medio se ha despedido a más de mil agentes de policía, dijo, y 250 se encuentran en prisión. Sin embargo, dijo Sperisen, "es casi imposible purgar la fuerza".
Hablando a condición de conservar el anonimato, un policía guatemalteco describió un sistema de control y pagos altamente estructurado. Los agentes de policía intimidan a los empresarios para recibir sobornos, dijo, y estos son divididos con sus superiores, que retienen los ascensos de los agentes de base si no colaboran.
Los narcotraficantes pagan a veces hasta cuatro mil a cinco mil dólares al mes para asegurarse de que los transportes ocurran sin problemas, dijo el agente.
"Corrompen a la gente", agregó. "Hay agentes que son diez por ciento corruptos que se convierten en cien por cien corruptos".
Helen Mack, activista salvadoreña de derechos humanos, dijo que en Guatemala existía una "impunidad total".
La hermana de Mack, una antropóloga, fue asesinada el 11 de septiembre de 1990 poco después de publicar un estudio en el que acusaba a las fuerzas gubernamentales de masacrar a los indios maya durante la guerra civil. Un miembro de la guardia presidencial de Guatemala fue condenado por apuñalar 27 veces a Myrna Mack frente a su oficina al mediodía.
A Helen Mack le tomó más de trece años convencer a la corte suprema de Guatemala para que condenara al coronel de ejército Juan Valencia Osorio por ordenar el asesinato. Pero en enero de 2004, días después de que se restableciera su sentencia de treinta años, Valencia huyó. Mack dice que fue ayudado por una unidad militar. Sigue fugitivo.
Sin embargo, dijo, se supo la verdad, y en Guatemala eso significa algo.
Vásquez, el fiscal, no espera respuestas a los asesinatos de los políticos salvadoreños y los policías guatemaltecos.
"Quizás sepamos la verdad", dijo Vasquez, "de aquí a veinte años".

21 de abril de 2007
23 de marzo de 2007
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paramilitares usaban casa de uribe


[Juan Forero] Escuadrones de la muerte se reunían en hacienda del presidente Uribe.
Bogotá, Colombia. Un legislador de oposición dijo el martes que escuadrones de la muerte paramilitares se reunieron a fines de los años ochenta en la hacienda del presidente Álvaro Uribe para preparar el asesinato de opositores -una explosiva acusación en un escándalo cada vez mayor que ha desenterrado los lazos entre las milicias ilegales y dos docenas de congresistas.
Basando sus acusaciones en documentos oficiales y declaraciones de ex miembros de los paramilitares y de oficiales, el senador Gustavo Petro dijo que los milicianos se reunieron en la hacienda Guacharacas, de Uribe, así como en otros ranchos de propiedad de su hermano Santiago Uribe, y un estrecho colaborador, Luis Alberto Villegas.
"Desde allá, salían por la noche a matar gente", dijo Petro, refiriéndose a la extensa hacienda de Álvaro Uribe, que fue senador de 1986 a 1994.
Las acusaciones, expresadas en una audiencia del congreso sobre el escándalo de la ‘parapolítica', fueron enérgicamente rechazadas por el gobierno. En una refutación, el ministro del Interior, Carlos Holguín, dijo que existen muchos rumores sobre la hacienda de Uribe.
Holguín dijo que Petro había hecho "mal uso" de su posición en su uso selectivo de documentos judiciales para solventar sus argumentos y estaba tratando de mostrar a Colombia "como un país de asesinos, un país de paramilitares". Y se preguntó en voz alta por qué no se mostraba Petro igualmente agresivo a la hora de desenterrar lazos entre políticos y guerrillas izquierdistas, observando que Petro fue, hasta su elección al congreso en 1991, miembro del movimiento rebelde M-19.
La audiencia, pedida por un senador miembro del partido Polo Democrático, de centro-izquierda, se produjo en medio de un escándalo que ha resultado en la detención de ocho miembros del congreso y el jefe de la policía secreta, supuestamente por haber trabajado con comandantes paramilitares para reforzar su control por medio de amenazas y violencia en el norte de Colombia.
La Corte Suprema y el despacho del fiscal general están investigando a unos veinte antiguos y actuales miembros del congreso, la mayoría de ellos aliados del presidente. Y la corte está recabando evidencias y entrevistando a testigos para determinar si el primo del presidente, el senador Mario Uribe, se reunió con jefes paramilitares para tramar usurpaciones de tierras; en una entrevista reciente, el senador negó toda participación.
Funcionarios de gobierno dicen que la revelación de vínculos entre las milicias y la clase política están ocurriendo porque el gobierno de Uribe inició negociaciones con grupos paramilitares que permitieron el desarme de miles de paramilitares. Eso ha creado un clima más seguro para este tipo de denuncias, dicen.
"Nosotros queremos saber toda la verdad", dijo el lunes en Washinton ante un pequeño grupo de periodistas el vicepresidente Francisco Santos.
No quedó claro qué impacto tendrán las acusaciones en Uribe. El aliado más estrecho del gobierno de Bush en América Latina, el gobierno de Uribe ha recibido más de cuatro millones de dólares principalmente en ayuda militar para combatir a las guerrillas marxistas y fumigar gran parte de las dilatadas plantaciones de coca del país. Las cifras oficiales muestran que la violencia ha descendido dramáticamente y que la economía se ha disparado.
Pero Uribe, desde que se postulara candidato por primera vez, se ha visto perseguido por el hecho de que los grupos paramilitares aumentaron dramáticamente durante su mandato como gobernador del estado de Antioquía, al noroeste del país, de 1995 a 1997. Durante esa época, ayudó a crear Convivir -grupos legales de vigilantes. Algunos de estos fueron acusados más tarde por haberse convertido en escuadrones de la muerte paramilitares o por servir como fachadas de señores de la guerra paramilitares.
En una presentación de dos horas en la que se hicieron públicos informes de la inteligencia militar y declaraciones juradas de oficiales de nivel medio, Petro entregó un detallado bosquejo del temible movimiento paramilitar de Colombia, desde sus primeros contactos con los barones de la cocaína, incluyendo a Pablo Escobar, el uso de masacres para infundir terror y la eliminación del izquierdista partido Unión Patriótica.
Habló de cómo las compañías bananeras, incluyendo firmas extranjeras, financiaron a escuadrones de la muerte y ayudaron a grupos paramilitares en el tráfico de cocaína. Y leyó una declaración del gobierno que fue facilitada por un capitán del ejército que estuvo presente en un encuentro entre el ex general Rito Alejo del Río, y los jefes paramilitares. El presidente Uribe ha estado siempre muy cerca de Del Río, que fue acusado en 2001 de tener vínculos con los paramilitares. Las acusaciones fueron más tarde retiradas.
El senador dijo que, pese a lo que se cree habitualmente, el movimiento paramilitar, que duró una generación, no surgió debido a la ausencia de presencia del estado. "Los paramilitares fueron fundados con la ayuda de algunos sectores del estado", dijo.
En la audiencia, Petro destinó gran parte de su tiempo a los vigilantes de Convivir y cómo los funcionarios que los protegían estaban al tanto de que algunos de estos grupos eran controlados por señores de la guerra paramilitares. Los grupos de vigilantes fueron finalmente prohibidos, después de ser acusados de violaciones de los derechos humanos.
"Si este tipo de gente formaba y dirigía los grupos de vigilantes, ¿cómo se habría podido garantizar la seguridad y tranquilidad de la gente?", preguntó Petro.
En una entrevista hace poco, un desertor paramilitar que está entregando a los investigadores evidencias de los lazos entre grupos paramilitares y políticos, dijo que el presidente Uribe tenía un fuerte apoyo entre los jefes paramilitares, que lo preferían por su dura postura contra las guerrillas. Sin embargo, dijo que no había oído nunca nada sobre lazos directos entre el presidente y los grupos paramilitares.
"Todos admirábamos al presidente", dijo el ex paramilitar Jairo Castillo, que huyó de Colombia y vive ahora en Canadá. "Era un tipo que apoyaba a los vigilantes y dio más poder a los vigilantes. Pero decir que estaba ayudando a los paramilitares, o que tenía vínculos con ellos... mentiría si dijera que los tenía".

Jason Ukman en Washington contribuyó a este reportaje.

18 de abril de 2007
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la muerte llega temprano


[Monte Reel] En Río, los jóvenes son a menudo víctimas de las pandillas. La policía lucha por el control de los suburbios.
Río de Janeiro, Brasil. El crepitante sonido de las explosiones entró por la ventana sin cristales de la casa de Maiza Madera, una chabola de ladrillos huecos metida profundamente entre los retorcidos callejones de uno de los barrios más grandes de los cerros.
Levantó la barbilla reconociendo el sonido, hizo una pausa, y luego desechó el sonido tan rápidamente como había llegado: "Fuegos artificiales", dijo.
Cada vez que oye ruidos de fuego rápido como el que oímos, dijo, la pausa que sigue marca el instante en que hace un rápido inventario de sus hijos. Tiene tres, y cree que su misión es guiarlos durante la infancia. Pero viven en una favela -un barrio de chabolas que hace las veces de campo de batalla, por el que se pelean las pandillas de narcotraficantes del barrio, la policía y, en algunos casos, las milicias de vigilantes- y la seguridad no está garantizada.
En este vecindario, llamado Rocinha, casi todo el mundo tiene una historia sobre cómo se vieron envueltos en un hecho de violencia. Muchas de las historias, como la de Madeira, tienen a niños como personajes principales, sea como víctimas de crímenes o como hechores.
Estadísticamente, las favelas son los sectores más violentos de Río, una ciudad donde el número de muertes de menores atribuidas a la violencia excede de lejos el de muchas zonas en guerra. De 2002 a 2006, murieron como resultado de hechos violentos en Israel y los territorios ocupados, 729 menores israelíes y palestinos, de acuerdo a B'Tselem, un grupo israelí de derechos humanos. Durante el mismo período en Río de Janeiro, murieron asesinados 1.857 menores, de acuerdo al Instituto de Seguridad Pública, un centro de investigación del estado.
En los últimos tres meses, varios crímenes llamativos han vuelto a encender el debate sobre los niños y la violencia. El congreso brasileño está considerando aplicar sentencias más severas para crímenes que impliquen a niños, y posiblemente reducir la edad mínima imputable para perseguir a los delincuentes juveniles, que ahora es de dieciocho.
Los vecinos de aquí dicen que conocen montones de historias implicando a sus niños.
Madeira dijo que tenía tres años cuando aprendió a identificar el sonido de los fuegos artificiales con tanta precisión. Durante la primera noche de la celebración del carnaval anual en Río, dijo, su hijo de dieciséis había salido con sus amigos al salón de baile de la favela. Los fuegos artificiales habían estado estallando toda la noche, pero una explosión en particular hizo que Madeira se sentara en la cama.
"¿Qué fue eso?", le preguntó a su marido.
"Solo fuegos artificiales", le dijo.
Durmió mal hasta que otro sonido -alguien que golpeaba insistentemente la puerta de aluminio de su casa- la despertó a las cuatro de la mañana. Uno de sus cuatro hijos había sido herido mortalmente por una unidad de asalto de la policía militar.

Del Horror a la Acción
En febrero, dos ladrones de coches armados trataron de sacar a una mujer y su hijo de seis años, de su vehículo en Río. La mujer escapó, pero el pie del niño quedó enganchado en el cinturón de seguridad. Murió desmembrado mientras lo arrastraban junto al coche en una carrera de más de seis kilómetros y medio.
Hubo indignación nacional, en parte por la muerte del niño, pero también porque uno de los ladrones tenía diecisiete y no era imputable.
Desde de esa muerte, el congreso ha adoptado medidas preliminares que aumenten las penas para los adultos que impliquen a niños en sus delitos, y ha debatido sobre reducir la edad de imputabilidad penal a dieciséis años. De momento, sin embargo, la policía dice que se sienten obstaculizados por la ley.
"Algunos de los tipos contra los que estamos peleando tienen diez o doce años", dijo Rodrigo Oliveira, un comandante de policía civil que encabeza una unidad de operaciones especiales que lucha contra las pandillas dentro de las favelas. "Yo puedo saber que este niño está cometiendo un delito, pero no según la ley, no puedo considerarlo como delincuente. Hoy en día, las pandillas están usando a niños de menos de dieciocho para cometer sus peores crímenes, porque saben que no irán a la cárcel".
En lugar de eso, son enviados centros de justicia juvenil donde pasan un máximo de 45 días antes de ser inscritos en un programa estatal destinado a educarlos y rehabilitarlos. La sentencia máxima para menores es tres años en esos programas, pero esta sentencia es rara. La mayoría de los delincuentes pasan los días de la semana en un programa de rehabilitación de varios meses y pueden elegir libremente pasar el fin de semana en casa.
En el Centro de Detención Juvenil Padre Severino de Río, unos 185 niños se hacinan en diez calabozos de cemento todos los días. Los reclusos son asignados a celdas no por la edad -tienen todos entre doce y dieciocho-, sino de acuerdo a las pandillas que controlan las favelas.
El otro día, Marcos, un anguloso chico de diecisiete de risa fácil. Dijo que era narcotraficante, ladrón y asesino, y que había sido enviado a Padre Severino cinco veces desde que se incorporara al Comando Rojo, la banda de narcotraficantes más grande de Río, a los doce. En febrero, la policía allanó su casa mientras dormía y hallaron armas sin permiso.
Marcos ha conocido toda la vida a pandilleros en Cantagalo, una favela que da al famoso balneario de Ipanema. Dijo que cuando tenía once, trató de entrar a la banda, pero fue rechazado por ser demasiado joven. Así que empezó una ofensiva de seducción, robando collares a mujeres en Ipanema y llevándolos a la favela para mostrar lo que era capaz de hacer. A los doce, dijo, lo contrataron como recadero. A veces lleva comida para ellos, a veces drogas. Lleva siempre su pistola calibre 38.
"Me fui de casa a los trece, y la pandilla se convirtió en mi familia", dijo Marcos, cuyo apellido no puede darse a conocer debido al reglamento del centro de detención. "Si quería bailar, íbamos a bailar. Si íbamos a la playa, íbamos juntos. Si decidíamos robar a alguien, lo hacíamos juntos".
Se convirtió rápidamente en dealer, metiéndose al bolsillo unos 125 dólares a la semana, dijo. Hace poco se convirtió en un encargado de controlar todas las ventas de drogas en una sección específica de la favela. Sus ingresos se triplicaron. En lugar de llevar una pistola, empezó a cargar una metralleta con balas de 7.62 milímetros.
Marcos dijo que tenía catorce cuando mató a alguien por primera vez. Un tipo de la favela había dejado embarazada a una virgen y uno de los jefes de la banda ordenó a Marcos administrar un castigo capital. Dijo que desde entonces ha matado a vendedores que han robado a la banda, y a otros que han tratado de delatarlos a la policía. No siempre le gusta hacer lo que hace, dijo, especialmente cuando la víctima es alguien al que considera amigo. Pero todos conocen las reglas, dijo, y habían aceptado ceñirse por ellas.
"No le tengo miedo a la muerte", dijo Marcos, sonriendo suavemente. "Me divierte. Moriré cuando sea mi hora de morir".

Fuego Cruzado
Joel Ferreira Silvestre, 17, se sentó en un peldaño de concreto fuera de su casa, a la vuelta de la esquina de un pequeño grupo de hombres que martillaban la acera con picos. Estaban instalando una nueva extensión de la tubería para llevar agua a una de las casas. Así es como funcionan las cosas en la favela -la gente no llama a una dependencia pública cuando quieren que se haga un trabajo de ese tipo, porque los servicios públicos no los atienden. Tampoco lo hace la policía, lo que significa que el joven sentado en otro peldaño algunos metros más allá de Joel podía agacharse hacia la izquierda y encender un porro con la colilla del cigarrillo de su amigo, seguro de que nadie trataría de impedírselo.
La única vez que la policía entra a este vecindario es cuando lo hacen en un vehículo blindado, con rifles de asalto, en un allanamiento. Joel ha tratado de distanciarse todo lo posible del conflicto, pero es fácil quedarse atrapado en el fuego cruzado. Eso es lo que ha ocurrido, dijo, con su primo de dieciséis, que había sido visto en un nutrido grupo de adolescentes en 2004 cuando la policía realizaba un allanamiento. Fue mortalmente herido.
Como Marcos, Joel odia a la policía. Pero dijo que nunca ha tratado de entrar a una banda. En lugar de eso, espera que el servicio militar lo saque de la línea de fuego.
"Quiero que mi papá se enorgullezca de mí", dijo Joel, que espera graduarse de la secundaria en 2009, si no le llaman antes para el servicio militar. "Mi papá dice que en el ejército te enseñan cosas que no aprendes en la calle, y eso sería bueno para mi futuro, para toda mi vida".
Si alguien eligiera al azar a cien adolescentes en este barrio, Joel supone que treinta de ellos serían probablemente pandilleros. Es más alto que los cálculos de académicos y asistentes sociales, pero significaría que Joel es mucho más representativo de las favelas que Marcos.
El Observatorio de Favelas, una organización sin fines de lucro que implementa programas sociales en varias barriadas de Río, dio a conocer a fines del año pasado una encuesta de 230 adolescentes que habían sido pandilleros; 46 de ellos murieron durante el período de investigación de dos años, 32 de ellos matados por la policía.
De acuerdo al Instituto de Seguridad Pública, un promedio de 371 menores han sido asesinados al año en Río de 2002 a 2006. Debido a que algunas personas creen que las cifras oficiales sobre homicidios en Río, una página web -http://www.riobodycount.com.br-- empezó este año a compilar su propia cuenta recogiendo boletines de prensa sobre muertes violentas. En total, desde el 1 de febrero contó en Río 675 homicidios.
"Para la gente joven, eso es genocidio", dijo Raquel Willadino, directora de temas relacionados con la violencia y de derechos humanos para el Observatorio de Favelas. "Y no lo digo metafóricamente. En realidad es un genocidio".
El presidente Luiz Inacio Lula da Silva, preocupado por el crimen en Río, se reunió el viernes con sus asesores militares para estudiar la posibilidad de desplegar tropas en la ciudad para ayudar a contener la violencia.
Pero Willadino y otros muchos asistentes sociales en la favelas rechazan ideas como dictar sentencias más largas en delitos relacionados con niños o bajar la edad de imputabilidad. La cárcel y los sistemas de detención están ya estirados más allá de su capacidad, y la policía no goza de buena reputación en cuanto a distinguir a chicos malos de buenos en las favelas, dijo. Tenía en su escritorio una copia de la primera plana de un diario hace poco, con una foto de un agente de policía rebuscando en un bolsón de un niño de la escuela primaria -una buena ilustración, dijo, del enfoque indiscriminado en la policía de los residentes de las favelas.
Entretanto, muchos policías expresan su exasperación cuando ven cosas como esas. Allan Turnowski, director de operaciones especiales de la policía, dijo que ese tipo de fotografías en la prensa dejan fuera una parte importante de la historia. Justo antes de que los agentes revisaran la mochila del niño de la foto, dijo, habían encontrado un arma en la mochila de otro niño. Los criminales obligan a la policía a ser cautos, dijo.
"La prensa no muestra las cosas buenas que hacemos -sólo les interesa el sensacionalismo", dijo. "Muestran al criminal héroe, y nosotros perdemos autoridad en la opinión de la gente joven. Entonces ven a la policía como a los tipos malos".
Joel, ciertamente. Dijo que a menudo se ha sentido como el blanco de una guerra entre la policía y las pandillas, incluso aunque ha tratado de eludirlo. Joel dijo que el mes pasado fue detenido por un policía cuando circulaba en una moto que le había prestado un amigo. El agente le dijo que tenía que darle su dinero, dijo Joel, o de otro modo lo arrestaría y encerraría por andar en una moto que no era la suya.
Le dio el dinero, dijo, y contó otra historia para explicar por qué quiere que el ejército lo llame.
"Me gustaría vivir en otro lugar", dijo. "En algún lugar más tranquilo, donde pudiera respirar más fácilmente".

Fred Alves contribuyó a este reportaje.

16 de abril de 2007
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criminales de guerra en eua


[Spencer S. Hsu y Nick Miroff] Criminales de guerra argentinos viven en Estados Unidos.
Ernesto Guillermo Barreiro parecía integrarse bien con sus vecinos, en esta plácida comarca de Virginia. El tranquilo y amable argentino abrió una tienda de arte y antigüedades después de mudarse aquí el año pasado a un cortijo en The Plains.
Desde la tienda FB Art Gallery & Antiques aledaña a su casa, hasta una tienda de artesanías llamada Pampa's Corner en la cercana Calle Principal, Barreiro no se dejó ver, dedicándose a vender, con su esposa, artesanías y artículos de cuero importados.
Esa vida sin pretensiones se hizo añicos el domingo por la mañana, cuando agentes de inmigración norteamericanos metieron al mayor en retiro del ejército argentino en una furgoneta, para ser acusado oficialmente de hacer fraude para obtener el visado y ser eventualmente deportado a su país de origen, donde está acusado de haber sido el interrogador jefe en un centro de torturas clandestino conocido como La Perla, durante la Guerra Sucia argentina en los años setenta y ochenta.
Barreiro es uno de los tres ex oficiales militares sudamericanos sospechosos de crímenes de guerra cuyas detenciones fueron anunciadas ayer por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, que ha renovado sus esfuerzos para dar caza a violadores de derechos humanos que viven como fugitivos en Estados Unidos.
Los otros arrestados incluyen a Telmo Ricardo Hurtado, ex mayor del ejército peruano que dirigió un ataque en el que murieron sesenta y nueve campesinos, muchos de los cuales fueron torturados y violados, en el pueblo de Accomarca en el altiplano peruano el 14 de agosto de 1985, durante la guerra de los militares contra el movimiento de guerrillas Sendero Luminoso. Hurtado fue detenido el viernes, en Miami.
Otro soldado que ahora vive en Gaithersburg, Juan Manuel Rivera-Rondón, fue detenido en Baltimore y podría ser deportado a Perú, donde, según funcionarios norteamericanos, él y Hurtado serán entregados a las autoridades locales para ser procesados por su papel en las matanzas de 1985.
Funcionarios estadounidenses y activistas de derechos humanos dijeron que los tres estaban entre los más importantes sospechosos capturados desde que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas activara una unidad de derechos humanos a principio del año pasado. Problemas diplomáticos y los lentos esfuerzos del gobierno han provocado la repetida incomodidad de Estados Unidos cuando notorios violadores de derechos humanos de todo el planeta, aparen en el país llevando vidas por lo demás muy normales.
"Esta agencia ha dado un paso importante", dijo José Miguel Vivanco, director ejecutivo de la sección Estados Unidos de Human Rights Watch. "Hay tantos individuos como estos que han logrado empezar una segunda vida en Estados Unidos... sin temor a ningún tipo de enjuiciamiento eventual o de ser detenidos o de tener problemas legales en Estados Unidos, mucho menos en sus países de origen".
En diciembre, las autoridades norteamericanas acusaron al hijo del ex presidente liberiano, Charles Taylor, en relación con la tortura de un aliado de los rivales políticos de su padre. Conocido como Chuckie Taylor, pero rebautizado legalmente como Roy Belfast Jr., el hijo de Taylor está encerrado sin posibilidad de fianza en una cárcel de Florida.
En enero, Estados Unidos acusó a Luis Posada Carriles, 78 años, un exiliado cubano anticastrista retenido por agentes de inmigración que lo acusan de fraude con documentos de inmigración. Posada, un ex operativo de la CIA implicado en la fallida invasión de Bahía Cochinos, fue acusado de conspirar para atentar con bomba contra un avión de pasajeros cubano en Venezuela. Emmanuel ‘Toto' Constant, condenado en ausencia por un tribunal haitiano por su participación en una masacre en 1994, fue detenido el año pasado por cargos de fraude hipotecario en Queens, después de que las autoridades de inmigración se negaran a deportarlo.
La detención de Barreiro produjo alarma en The Plains, un rústico caserío en las onduladas colinas del condado de Fauquier, donde Barreiro y su mujer, Ana Delia Magi de Barrerio, trasladaron su tienda el año pasado. Una suave tarde de abril, unos vecinos recordaron a la pareja siempre pulcramente vestida, a la que el agente inmobiliario Keith Nelsen Stroud llamó "muy tranquilos, muy cariñosos, muy refinados", y a su caniche, Lulú.
"Estoy anonadado", dijo James Wiley, que arrienda la tienda Pampa's Corner, y que lucía un cinturón de cuero argentino que había comprado al señor que llamaba Ernesto. "Estoy liquidada", dijo la mujer de Wiley, Lynn, que vendió a los Barreiro su casa y galería de arte. "Nunca hubiera imaginado que este apacible y bondadoso viejito podía ser culpable de andar matando gente".
Ayer, Barreiro compareció ante un tribunal de distrito en Alexandria, donde el juez T. Rawles Jones Jr., lo dejó encerrado sin fianza hasta su proceso.
De 1976 a 1979, se había detenido a más de 2.200 personas en La Perla, un centro de detención cerca de Córdoba, donde se torturaba y mataba a los críticos de la dictadura militar argentina, según ‘Nunca Más', un informe oficial compilado con el testimonio de miles de testigos.
De acuerdo a una agencia de noticias argentina, Barreiro viajó en 2004 al Aeropuerto Internacional de Dulles poco antes de que un juez ordenara su procesamiento por presunto rol en la desaparición de Diego Hunziker, un estudiante de diecisiete años fue secuestrado, torturado y asesinado en 1977.
"La detención de Barreiro tiene mucha importancia para nosotros, porque él es la única persona en el caso de Hunziker que ha escapado de la justicia", dijo al diario bonaerense Página 12 Graciela López, una fiscal a cargo del caso.
Inspectores norteamericanos se enteraron de que Argentina había emitido una orden judicial, a través de Interpol, para la detención de Barreiro, por cargos de homicidio y torturas, cuando quisiera renovar su visado de turista. Su visa fue prorrogada hasta el 28 de marzo, dijeron funcionarios. No está claro por qué la prórroga fue aprobada cuando el gobierno sabía de los cargos pendientes que se le formulaban en Argentina.
Los peruanos Hurtado y Rivera dirigieron una de las masacres más brutales cometidas por los militares peruanos durante su guerra de veinte años contra el grupo maoísta Sendero Luminoso.
Hurtado formaba parte de un grupo de soldados que en 1986 fue juzgado por la masacre. En 1992, sólo Hurtado fue declarado culpable -no de asesinato, pero sí de abuso de autoridad- por una corte marcial antes de que se hiciera responsable por las acciones de la patrulla.
Hurtado, un graduado de la Academia Militar de las Américas norteamericana, fue sentenciado a seis años de cárcel, aunque no está claro si ya ha cumplido parte de la pena, de acuerdo a actas judiciales y boletines de prensa norteamericanas y peruanas. Incluso después de su condena, siguió en el ejército peruano y fue ascendido de teniente, primero al rango de capitán y después a mayor.
Hurtado escapó a Estados Unidos a través de Colombia en diciembre de 2002, cuando las autoridades peruanas reabrieron la investigación de las matanzas, poco antes de que una Comisión de Verdad y Reconciliación publicara un informe detallando la violencia política que se cobró 69.280 víctimas en Perú entre 1980 y 2000.
"Recién en 1999 nos enteramos de que Hurtado estaba todavía en el ejército y el gobierno, por primera vez, reaccionó y ordenó su remoción", dijo Susanna Villarán, del Instituto de Defensa Legal, un grupo de derechos humanos, y ex ministro de gabinete. "Este hombre fue capaz de eludir la justicia tras cometer un crimen que ha sido meticulosamente documentado".
En Perú, Lorenzo Gómez es uno de los que celebraron las detenciones. Su padre, Pastor Gómez de la Cruz, era uno de los asesinados.
"Recuerdo todo de ese día y cómo mataron a mi padre y otros familiares y luego enterraron los cuerpos", dijo Gómez, 65, que vive en Lima pero viaja frecuentemente a Accomarca para supervisar las granjas familiares. "Han pasado 22 años, pero la memoria no me falla".
El caso podría ser una prueba para el presidente Alan García, que fue reelegido el año pasado. Había sido recién jurado en el cargo para su primer mandato en 1985 cuando ocurrió la masacre. Despidió a los comandantes militares, pero su partido político, el APRA, fue más tarde acusado de encubrir los ataques contra testigos en este y otros casos de derechos humanos.
"Nadie allá quiere un juicio, porque nadie quiere saber quién realmente dio la orden de masacrar a mi pueblo", dijo Gómez. "No creo que el presidente García quiera ver a Hurtado o Rivera de retorno en el Perú, porque podrían decir la verdad".

Monte Reel en Buenos Aires, Lucien Chauvin en Lima, y Jerry Markon, Clarence Williams y Martin Weil y Julie Tate y Meg Smith en Washington contribuyeron a este reportaje.

5 de abril de 2007
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cura guerrillero en libertad


Cura Camilo, acusado de integrar FARC, está en libertad en Brasil.
Brasilia, Brasil. El colombiano Francisco Antonio Cadena Collazos, conocido como ‘Cura Camilo', acusado en Colombia de integrar la guerrilla de las FARC, fue puesto este viernes en libertad en Brasil y piensa mantenerse alejado del conflicto en su país, afirmó su abogado, Ulisses Borges.
"El primer día que el padre Medina (como se le conoce en Brasil) está libre es hoy", dijo el abogado en entrevista a la AFP.
El ex sacerdote ha garantizado que se mantendrá "fuera del conflicto en Colombia" y que pretende "dedicarse a su familia" en Brasil, añadió el abogado.
Cadena Collazos pasó los últimos siete meses bajo arresto domiciliario en Brasilia, y antes 11 meses en la cárcel, desde que fue detenido en un terminal de autobuses de Sao Paulo, en agosto de 2005, a pedido de las autoridades de su país.
El Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil decidió el miércoles negar la extradición de Cadena Collazos y ordenó su libertad, después de que el Comité Nacional para los Refugiados (Conare) de Brasil le concedió en julio del año pasado estatuto de refugiado.
Para obtener ese estatuto, el ex sacerdote se comprometió a "mantenerse fuera del conflicto en su país", por carta entregada por el abogado al Conare, según explicó este.
"El es muy firme en sus convicciones, no renuncia a sus ideas o convicciones", dijo el abogado, pero sí tiene el compromiso de "estar fuera del conflicto", porque "lo que quiere es dedicarse a su familia".
Cadena Collazos lleva 10 años en Brasil, donde ingresó en 1997, y donde consiguió residencia permanente y permiso de trabajo tras casarse con una brasileña. El Cura Camilo, que dejó el sacerdocio, tiene actualmente una hija de nacionalidad brasileña, de 4 años.
El ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia solicitó en julio del año pasado al gobierno brasileño que revise ese estatuto de refugiado y reiteró el pedido de extradición presentado el 15 de setiembre de 2005.
Las autoridades de Colombia lo reclaman "para responder por la presunta comisión de los delitos de homicidio con fines terroristas, secuestro extorsivo y terrorismo", según un comunicado del gobierno colombiano divulgado por la embajada cuando fue reiterado el pedido de extradición.

24 de marzo de 2007
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bolivianas reconstruyen su país


[Monte Reel] Para las nuevas jefas de familia, la transición puede verse muy difícil.
El Alto, Bolivia. Las mujeres que asisten a las reuniones comunitarias de Esperanza Mitta se mudaron hasta acá desde pequeños villorrios en la montaña y destartalados pueblos mineros, y ahora están dando nueva forma a una moderna metrópolis con todo lo que encuentran a la mano.
Tiras de papel higiénico hacen las veces de banderas decorativas en las paredes de su salón de reuniones. Un rocoso sitio eriazo, rodeado por varios árboles sin hojas, sirve como su "plaza central". Una portería de fútbol cercana, usada hace poco por los vigilantes del barrio para colgar a un ladrón, es considerada como una herramienta policial.
Han cambiado de muchas maneras esta ciudad. Pero también han alterado mucho más sus propias vidas.
"No tenemos educación, así que nos reunimos y hablamos sobre cómo podemos aprender entre nosotras", dice Mitta, 51. "Un montón de mujeres tienen que superar algunos de los temores que tienen sobre la vida en la ciudad, y todas los superan, poco a poco".
Por primera vez en la historia del mundo, el próximo año vivirá más gente en las ciudades que en áreas rurales, según expertos en población de Naciones Unidas. Las mujeres encabezan este movimiento, dejando el campo a tasas más altas que los hombres, seducidas en gran parte por los trabajos en el servicio doméstico. Tienden a gravitar hacia lugares como este: enormes expansiones en un país en desarrollo que lucha por hacerse con una infraestructura básica.
Debido a gente como Mitta, este antiguo villorrio es ahora más grande que la vecina ciudad de La Paz. El Alto tenía una población de unos once mil habitantes en 1950, creció salvajemente a 400 mil personas en los años noventa y sobrepasará el millón de personas este próximo año, de acuerdo a funcionarios del ayuntamiento. La mayoría de las casas carece de tuberías internas y alcantarillado. La recaudación de los impuestos locales para pagar los servicios es difícil debido a que un setenta por ciento de la economía pertenece al sector informal.
Fue en estas condiciones que Mitta empezó a organizar reuniones de mujeres hace algunos años. Un treinta por ciento de sus vecinas asiste a las reuniones, muchas de ellas luciendo los mismos chales y faldas con pliegues que usaban en las comunidades indígenas donde nacieron. Las recién llegadas son a menudo tímidas; el cambio en estilo de vida que están viviendo puede ser tan abrumador que no saben por dónde empezar. A diferencia de algunos de los hombres, que tenían trabajos que los exponían a sistemas sociales más amplios, muchas de las mujeres rara vez se habían alejado de la familia y vecinos inmediatos antes de mudarse aquí.
"Las mujeres tienen que hacer muchos más cambios que los hombres cuando se mudan a una ciudad como esta", reconoce David Apaza, cuya familia forma parte de la emigración hacia El Alto. "En el campo han vivido de la misma manera durante cientos de años, pero aquí todo es diferente".
El proceso de cambio puede transformar de manera vertiginosa las relaciones personales de las mujeres, pero también puede otorgarles oportunidades colectivas como nunca antes. Una de las cosas más importantes que han descubierto en estas calles de tierra, dicen muchas, es algo inimaginable en el campo: tienen voz.

Transformación Social
El Alto se extiende por una meseta a más de 2.100 metros sobre el nivel del mar. En la tarde, las miradas son atraídas por la distancia hacia los picos cubiertos de nieve, las parpadeantes luces de La Paz en el valle con forma de cuenco abajo. Los alrededores inmediatos son menos acogedores: una imprecisa cuadrícula de calles de tierra, bloques y bloques de casas de ladrillo y adobe bajas, llantas abandonadas, perros callejeros revolviendo la basura apilada en las calles.
El barrio de Mitta es conocido como Villa Mercedes G, y ella vive allí con otras diez mil personas. Viaja todos los días en una serie de minibuses a su trabajo como empleada en La Paz. El viaje -una hora y media cada vez- consume casi un tercio de su salario mensual de unos cincuenta dólares.
Una noche hace poco llegó a su sencilla casa de ladrillos de dos dormitorios cuando el sol desaparecía detrás de las montañas. Bajo la bombilla de la cocina, su marido Celadonio estaba parado ante la cocinilla extendiendo la masa para hacer buñuelos para la cena. Sus manos bronceadas por el sol estaban cubiertas de harina blanca. En su mano izquierda faltaba un dedo, que había perdido en un accidente cuando trabajaba en una mina de cobre.
"Cocina", dijo Mitta, y detrás del marco de sus gafas sus cejas se arquearon con picardía. "También lava la ropa. Hacemos las cosas juntos porque los dos tenemos mucho trabajo".
Los tiempos han cambiado desde que Mitta se convirtiera en una de las pioneras urbanas de El Alto, buscando una oportunidad después de que la mina donde trabajaba Celadonio cerrara sus puertas a mediados de los años ochenta. Su evolución -repetidas miles de veces entre las multitudes que han seguido el mismo camino- empezó tan pronto como llegó al punto de entrada de El Alto y principal arteria comercial, La Ceja.
Entonces, como ahora, era un motín de sensaciones: Minibuses cargados más allá de su capacidad empujándose con los parachoques y luchando por un hueco. Vendedores ambulantes vendiendo té, relojes, camisetas, pollos y casi todo lo que te puedas imaginar. De noche, hombre y mujeres invaden las discotecas, los tacos hundiéndose en el oscuro lodo de las calles. Observar una pelea callejera espontánea es la regla, no la excepción.
Es una embriagadora entrada para los recién llegados de las minas o de las granjas de subsistencia que no han tenido nunca un centavo en los bolsillos. La transición hacia la sociedad monetaria -que normalmente ocurrió durante varias generaciones en los países desarrollados- ocurre aquí en un instante.
"Cuando una mujer llega aquí, no puede ser una ama de casa y ocuparse de su familia como acostumbraba: tiene que trabajar para sobrevivir", dice Mitta.
Al principio, Celadonio no pudo encontrar trabajo. Pero Mitta accedió a limpiar las oficinas de una organización no-gubernamental a cambio de un cuarto donde la pareja y sus cuatro hijos pudieran dormir y algo de comida. Trabajó de cinco de la mañana a diez de la noche siete días a la semana durante tres años. Finalmente, Celadonio encontró trabajo en un terminal de minibuses y Mitta terminó trabajando como empleada en La Paz.
"De primeras, los hombres no quieren que las mujeres trabajen", dice Mitta. "Hay un montón de machismo, y a menudo tratan muy mal a las mujeres. He visto muchas separaciones. Yo casi rompí con mi marido -dos veces. Los que sufren son siempre los niños, porque se quedan solos durante mucho tiempo. No estoy hablando solamente de mi familia -la mayoría de las familias pasamos por esto".
Las mujeres de su grupo se reúnen dos veces a la semana. Tocan una amplia variedad de tópicos: la nutrición, cocinar los diferentes tipos de alimentos disponibles en la ciudad, los retos de criar a los niños en un ambiente urbano. Dicen que la delincuencia es un problema. Algunas dice que la culpa la tienen las horas que pasan ellas fuera de casa, trabajando.
Conversaciones como las suyas podrían ocurrir probablemente en cualquier ciudad del mundo, porque las mujeres aquí se corresponden cada vez más con prototipos urbanos universales. Sus transformaciones personales -especialmente el cambio que implica no dedicarse completamente a la familia- se han hecho visibles en las estadísticas nacionales. La tasa de fertilidad boliviana, por ejemplo, ha caído de casi 6.5 hijos por mujer a casi 3.9 en los últimos treinta años. En ese mismo período, la población del país ha pasado de ser casi completamente rural a casi un 65 por ciento de población urbana.
Mitta dice que los barómetros de cambio más visibles en su vecindario es la aparición de las guarderías infantiles.
A unas seis cuadras de su casa, dos hombres acarrean un pesado poste de madera hacia un lado de una calle de tierra. Estaban ayudando a una mujer a instalar electricidad en una guardería -sin ninguna ayuda del ayuntamiento ni de funcionarios de servicios.

Creciente Influencia
La decano del grupo de Mitta es Bertha Vargas, que ha vivido en el barrio durante casi treinta años y dice que conoce a todo el mundo. Si se le pregunta, dirá que en El Alto hay cinco mujeres por cada hombre. Según Mitta, tres por uno. Según el marido de Mitta, seis por uno.
Las cifras del censo dicen que la elación es casi igual, que es una de las razones por las que muchas aquí no dan demasiado credibilidad a las cifras del censo.
"Parece que siempre que hay una reunión pública -no importa del tipo que sea-, siempre hay más mujeres que hombres", dice Mitta. "No estoy segura, pero así es".
Las mujeres del grupo dicen que se reúnen simplemente por el deseo de compartir las cargas de cada una. Enfrentadas a cambios tan importantes en sus vidas personales, la gente busca naturalmente el respaldo de su comunidad, dice Vargas.
"Si tienes un grupo de mujeres en un lugar, siempre se reunirán y harán planes", dice.
Esos planes se vuelven cada más políticos a medida que las mujeres amplían sus conexiones. El día antes de una reunión del grupo hace poco, Mitta y varias otras mujeres pasaron la mañana sentadas en una barricada fuera de su barrio en una protesta contra el gobernador local.
Aunque La Paz es la sede del gobierno de Bolivia, El Alto es la capital de sus activistas políticos. El descontento entre los habitantes de El Alto -más del ochenta por ciento de los residentes se describe como indígena- ha conducido a masivas protestas y huelgas que han provocado las renuncias de sucesivos presidentes en 2003 y 2005.
La emigración de familias rurales a El Alto han provocado el descontento, dice el alcalde Fanor Nava Santiesteban. Miles se vienen aquí desde el campo con poco más que altas expectativas.
"Vienen directamente de zonas rurales, y cuando llegan aquí, tienen un montón de necesidades y demandas", dice Santiesteban, que se mudó a la ciudad hace 23 años desde una comunidad minera de Llallagua. "Llegan, se reúnen, forman grupos y dan a conocer sus exigencias".
Las mujeres han sido parte de ese movimiento, siendo en muchos casos mucho más activas en la vida cívica que si hubiesen estado en el campo. En los últimos años, el número de mujeres que colaboran en la dirección de los centros vecinales, que hacen las veces de entradas al activismo cívico, ha aumentado a casi un veinte por ciento del total.
Puede no sonar a mucho, pero Mitta y las otras mujeres han definitivamente notado el cambio.
"Parece que estamos empezando a tener algo de poder", dijo. "Eso es algo nuevo".

9 de marzo de 2007
6 de marzo de 2007
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ecos del genocidio guatemalteco


[James C. McKinley Jr.] Asesinato de agentes y diputados evoca período de la guerra civil y el genocidio.
Ciudad de Guatemala, Guatemala. Después de que el mes pasado tres parlamentarios salvadoreños fueran emboscados y asesinados en una carretera en Guatemala, no les tomó a las autoridades demasiado tiempo para descubrir a los culpables: eran agentes de policía guatemalteca, y su coche policial sin matrícula llevaba un aparato de localización que demostraba que habían estado en el lugar.
Confesaron rápidamente, diciendo que pensaban que las víctimas eran traficantes de drogas, y fueron enviados a una cárcel de máxima seguridad.
Es una indicación de la debilidad del estado guatemalteco, plagado por la delincuencia, que lo que ocurrió apenas cuatro días después siga siendo un misterio: aparte del hecho indiscutible de que los cuatro que habían confesado terminaron muertos.
La policía y el ministro del Interior dicen que pandilleros que se habían amotinado en la prisión, les dispararon y apuñalaron. Pero otros reclusos y sus visitantes ese día dicen que un grupo de hombres fuertemente armados y luciendo uniforme militar y pasamontañas cruzaron las siete puertas cerradas y los ejecutaron, sin que los gendarmes interfirieran, eliminando toda posibilidad de que pudieran identificar a los otros conspiradores.
Los dos asesinatos desencadenaron un fuerte conflicto diplomático entre Guatemala y El Salvador -agravado por boletines de prensa que sugieren que los parlamentarios eran en realidad narcotraficantes- y provocaron un escándalo político aquí. Arrojó luces sobre la corrupción en la Policía Nacional, y planteó interrogantes sobre los vínculos entre narcotraficantes y agentes de policía de alto rango, así como si el gobierno puede contener el tráfico de drogas sin ayuda internacional.
Un comisario de policía ha sido obligado a renunciar y otro ha sido suspendido. El jueves el ministro del Interior y altos funcionarios policiales comparecieron ante el congreso, donde fueron interrogados sin piedad no sólo sobre la existencia de escuadrones de la muerte al interior de la policía, sino por qué el estado había fracasado a la hora de proteger a los cuatro agentes.
Quizás más importante, todo este episodio ha dejado al descubierto ante el mundo la desatada corrupción policial, la precariedad del estado de derecho y el narcotráfico que asuela gran parte de América Central, y Guatemala en particular.
Este pequeño país de 12.3 millones de habitantes tiene más de cinco mil homicidios al año, muchos de ellos cometidos por escuadrones de la muerte o comités de vigilantes o por pandilleros, dicen activistas de derechos humanos. Sólo en un dos por ciento de los casos se ha logrado detener a alguien.
El narcotráfico provoca violencia, y funcionarios norteamericanos dicen que la represión contra los barones de la droga en Guatemala deja mucho que desear. Al menos dos tercios de la cocaína consumida en ciudades norteamericanas -gran parte de ella elaborada con coca cultivada en Colombia y Venezuela- pasan por Guatemala, según funcionarios norteamericanos, y varios ex oficiales han sido acusados de narcotráfico.
El presidente Óscar Berger y su ministro del Interior dicen que se están ocupando del problema y señalan que fueron agentes de la policía guatemalteca los que capturaron a los agentes corruptos en primer lugar. Berger también ha respaldado una propuesta para crear una comisión internacional que investige las violaciones a los derechos humanos cometidas por la policía.
Desde 1993 Estados Unidos ha colaborado dos veces en montar fuerzas antinarcóticos especiales aquí, sólo para ver cómo sus comandantes mismos terminaban implicados en el comercio de estupefacientes. El presidente Bush visitará el país la próxima semana, y diplomáticos norteamericanos dicen que la falta de seguridad aquí está muy arriba en el programa.
Activistas de derechos humanos y políticos de la oposición han interpretado los dos asesinatos como prueba de que las bandas criminales han corrompido a la policía nacional de Guatemala y que grupos de agentes operan como sindicatos de la droga, robando y matando a los rivales.
Los escuadrones de agentes corruptos, dicen expertos en derechos humanos y otros, son en cierto sentido una prolongación del largo conflicto interno guatemalteco. Algunos ex oficiales militares que crecieron durante las sangrientas operaciones contra los rebeldes en los años ochenta son ahora miembros de los nuevos escuadrones de delincuentes, de acuerdo a expertos en derechos humanos y políticos de la oposición. Dicen que los otros miembros son más jóvenes, pero han adoptado las viejas prácticas del asesinato y el terrorismo para combatir la delincuencia y, a veces, para llenar sus propios bolsillos.
"Creo que la verdad es que el problema proviene del conflicto armado, cuando el estado trató de protegerse de los rebeldes", dice el editor del diario La Hora, Óscar Clemente Marroquín. "Cuando terminó la guerra, el aparato siguió funcionando de la misma manera, pero ahora no protege a los militares. Ahora protege al crimen organizado".

Un alto funcionario de Naciones Unidas aquí, que pidió permanecer en el anonimato para proteger su neutralidad diplomática, dijo que creía que el ministerio del Interior y la Policía Nacional formaron escuadrones de la muerte en los últimos tres años, para combatir la ola de crímenes violentos cometidos por la notoria pandilla de los mara salvatrucha, un grupo que empezó en Los Angeles con los hijos de los refugiados de las guerra civiles centroamericanas en los años ochenta.
Los agentes en esos escuadrones pertenecen a iglesias evangélicas, dijo el funcionario, y ven los asesinatos extrajudiciales de pandilleros, llamados aquí de ‘limpieza social', como una labor sagrada. Pero también cometen crímenes en su propio beneficio. "Se escapó de sus manos", dice el funcionario. "Crearon un Frankenstein".
Otto Pérez Molina, presidente del Partido Patriótico y candidato a la presidencia, también ha denunciado que hay al menos dos grupos diferentes de agentes corruptos dentro de la Policía Nacional, cada uno controlado por un comisario.
Erwin Sperisen, jefe de la policía nacional, niega que el cuerpo albergue a escuadrones de la muerte, aunque reconoce que su departamento está plagado de agentes corruptos que, a veces, cometen delitos. Debido a las severas leyes laborales y pobres procedimientos de control, dijo, no ha sido capaz de purgar la fuerza policial de 19 mil miembros, formada por los agentes que eran miembros de las dos principales fuerzas policiales que controlaban el país durante la guerra civil y fueron preparados para torturar y matar.
"Hay que terminar con ese tipo de formación", dijo.
Al principio, el asesinato de los parlamentarios salvadoreños pareció estar motivado políticamente. Uno de los tres asesinados era Eduardo José D'Aubuisson, hijo de Roberto D'Aubuisson, el difunto cabecilla de la extrema derecha salvadoreña y fundador del actual partido gobernante. Pero ahora muchos dicen que Eduardo y los otros, junto a su chofer, fueron víctimas de agentes corruptos descontrolados. Los tres se encontraban en la región para asistir a una sesión del Parlamento Centroamericano, un organismo regional.
A eso de las diez treinta del 19 de febrero, Luis Arturo Herrera, un agente condecorado que era jefe de la unidad de crimen organizado de la Policía Nacional de Guatemala, y otros tres agentes utilizaron su sedán sin matrícula para detener, frente a un centro comercial en las afueras de Ciudad de Guatemala, al lujoso coche de tracción trasera de los diputados.
Obligaron al chofer y a D'Aubuisson a subir al sedán, dejando a los otros diputados en su coche, y volvieron con los dos vehículos a la autopista hacia El Salvador, donde fueron captados por una cámara de tráfico, de acuerdo al fiscal a cargo de las pesquisas, Álvaro Matus.
Poco después, según dijeron testigos a los fiscales, también pararon en una gasolinera, donde fueron alcanzados por otros dos agentes de policía y dos hombres de paisano.
Los dos coches continuaron luego hacia un tramo desierto de la carretera cerca del pueblo de Santa Elena Barilla, donde, de acuerdo a las declaraciones de los cuatro agentes, revisaron el coche y golpearon a las víctimas, dijo el jefe Sperisen. Más tarde ese día, a eso de las cuatro y media, pasaron por un camino de tierra hacia una granja llamada Las Conchas. Ahí ejecutaron a balazos a los cuatro hombres, para quemar luego el coche y los hombres. Unos vecinos de los alrededores encontraron luego los restos, dijeron los fiscales.
Los agentes que confesaron dijeron que les habían dicho que los diputados eran narcotraficantes colombianos que transportaban dinero, de acuerdo al jefe Sperisen. Todo el episodio parece haber sido un robo que resultó mal debido a informaciones erróneas, dijo.
El jefe de la policía nacional de El Salvador, Rodrigo Ávila, cree también que los agentes intentaron probablemente robar al grupo y que les dio pánico cuando se enteraron de quiénes eran las víctimas. "Cuando se dieron cuenta de que eran realmente diputados, tomaron la decisión de eliminarlos", dijo.
Ávila dijo que su gobierno no ha descartado la posibilidad de que los agentes de policía hayan sido engañados. "Pueden haber sido manipulados para que atacaran a los diputados, pero no lo sabemos", dijo.
El presidente salvadoreño, Elías Antonio Saca, y altos funcionarios de seguridad han acusado a las autoridades guatemaltecas de permitir que los cuatro agentes confesos fueran asesinados en un intento de encubrimiento. Los salvadoreños también han rechazado indignados la teoría avanzada por detectives guatemaltecos de que los diputados pueden haber estado transportado drogas o dinero ilícito.
Matus, el fiscal, dice que todavía no ha determinado por qué los tres diputados fueron asesinados.
Tampoco han hecho los fiscales demasiados progresos en cuanto a descubrir qué ocurrió en la cárcel de El Boquerón el 25 de febrero.
El alcaide de El Boquerón y más de veinte gendarmes han sido arrestados, pero eso no ha arrojado nuevas luces sobre el asunto. La policía ha descubierto pistolas ocultas en celdas de los reclusos que pueden haber sido usadas en los asesinatos, aunque algunos de los cartuchos recuperados en la cárcel provenían de rifles de asalto.
Por su parte, los reclusos sostienen que ellos se amotinaron sólo después de los asesinatos, porque temían que serían usados como chivos expiatorios. Tomaron rehenes y obligaron al gobierno a enviar a un equipo del telediario y al ombudsman de derechos humanos del país para oír su versión de los acontecimientos.
Familiares de los reclusos, entretanto, dijeron a periodistas locales que los habían sacado de la cárcel horas antes de que el horario de visita hubiera terminado, lo que interpretan como que los gendarmes sabían lo que se estaba preparando.
El fiscal jefe del país, Juan Luis Florido, ha prometido llegar al fondo de ambos crímenes, incluso si se encuentran implicados importantes funcionarios de la policía o del gobierno.
Pero en círculos de activistas de derechos humanos reina el escepticismo. El despacho del fiscal general no tiene los recursos, ni la independencia ni la voluntad para investigar a la Policía Nacional, aseguran.
"No iría tan lejos como para llamarlo un estado fracasado, pero es muy disfuncional", declaró Dan Wilkinson, de Human Rights Watch. "Lo principal son las drogas y la corrupción. Se juega una gran cantidad de dinero. Y las instituciones son extremadamente débiles, incapaces de hacer frente a esos grupos del crimen organizado".

Eugene Palumbo contribuyó al reportaje desde El Salvador.

6 de marzo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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