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china contra mi marido


[Yuan Weijin] Infortunios de un disidente.
Dongshigu, China. El 20 de agosto, el Tribunal Popular de la comuna de Yinan, en la provincia de Shandong, sentenció a mi marido, Chen Guangcheng, a cuatro años y tres meses de prisión tras acusarlo de ‘destrucción intencionada de propiedad' y de ‘reunir a una turba para interrumpir el tráfico'.
Los funcionarios locales castigaron a mi marido porque daba consejos jurídicos y sobre derechos humanos a las mujeres del pueblo que habían sido obligadas a abortar. Los funcionarios a cargo del control de la natalidad tenían miedo de ser castigados como resultado de las actividades pacíficas de mi marido.
No lo veo desde marzo, cuando fue detenido después de que los dos hubiésemos estado bajo arresto domiciliario y vigilancia residencial durante seis meses. Los funcionarios locales me prohibieron visitarlo, primero en el centro de detención y ahora en la cárcel. Nunca recibí una notificación sobre la fecha y lugar de las vistas en tribunales. Cuando finalmente me enteré por un vecino, naturalmente quise asistir. Pero los funcionarios locales impidieron físicamente que pudiera asistir.
En lugar de asistir a su juicio, estuve detenida en la comisaría de policía local. Los agentes me amenazaron, diciendo que a menos que dejara de hablar sobre el caso, me acusarían y procesarían por la destrucción intencionada de propiedad y por reunir una turba con el fin de interrumpir el tráfico.
No recibí ningún documento legal del tribunal de Yinan sino cuando un mes después el tribunal anunció el veredicto en el caso de mi marido. Cuando tuve la oportunidad de leer el veredicto, que me fue enviado por e-mail por alguien que se dio el trabajo de leerlo cuidadosamente, me dominó la indignación y la tristeza. Pero me contuve, porque tengo que cuidar a nuestros dos pequeños hijos y a mi suegra, que ha enfermado por el temor que le causaron las amenazas de los funcionarios. Dejé la casa y me sumergí en las labores agrícolas. Guardias de seguridad contratados por los funcionarios locales me seguían y vigilaban en el campo a apenas unos metros de distancia.
Tres vecinos que habían sido detenidos y acusados de los mismos cargos que mi marido, fueron dejados en libertad el 20 de agosto. Fueron sentenciados cada uno a siete meses, que deberán cumplir en diferido de aquí a un año. Les pregunté qué les había ocurrido. Se sentían avergonzados, pero me dijeron que ellos sencillamente no pudieron soportar la tortura durante los interrogatorios. Y repitieron lo que las autoridades querían que dijeran, y esas declaraciones fueron más tarde utilizadas como evidencias contra mi marido.
La policía los amenazó de muerte si no declaraban contra él. Dijeron que los agentes de policía les habían amarrado las manos a la espalda durante tres días. No les dejaron dormir durante quince días. Los agentes les jalaban del cabello y les golpeaban y pateaban toda vez que se quedaba dormidos. Uno de ellos me dijo: "Tenía mucho miedo de que me mataran. Mi niño es muy pequeño". Les rogué que declararan a favor de la inocencia de Chen en la apelación. Se negaron a hacerlo. Me dijeron: "Nos dejaron en libertad porque hicimos y dijimos algo contra nuestra voluntad y conciencia. Es el precio que tuvimos que pagar por nuestra libertad. No nos atrevemos a hacer nada que tenga que ver con Chen Guangcheng ahora. Nuestras familias tienen que sobrevivir".
Simpatizo con estos aldeanos y entiendo sus temores. Sólo lamento la miserable situación en que se encuentran mis compañeros campesinos de China.
Antes de casarme con Chen Guangcheng, yo era maestra de inglés. Mis padres desaprobaron nuestro matrimonio porque Chen es ciego. Ahora quieren que vuelva con ellos, pero lo rechacé. Sin embargo, desde que estoy bajo arresto domiciliario no tengo otra opción que dejarles que se ocupen de uno de mis hijos, que puede entonces seguir yendo a la escuela. No estoy arrepentida de haber escogido a Chen Guangcheng como mi marido.
En septiembre de 2005, el gobierno local colocó un guardia frente a mi antejardín para vigilar mis actividades diarias. Desde que la policía se llevó a Chen al centro de detención en marzo, los guardias han estado observándome y siguiéndome todo el día.
Quiero enviar un mensaje a mi marido: Algún día se conocerá la verdad. Aunque te metan en la cárcel, simplemente no pueden encarcelar tus ideas y tu espíritu. Tienes que cuidarte a ti mismo, de modo que puedas continuar con tu trabajo.

http://www.washingtonpost.com

15 de octubre de 2006
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puño de hierro de china


[Fred Hiatt] Pekín acosa a disidentes, incluso en Estados Unidos.
No es un secreto que en los últimos años, China ha intensificado su represión de las libertades políticas, religiosas y de prensa, y que sólo ha recibido tímidas objeciones del mundo exterior.
Menos sabido es que China se siente tan atrevida que también está persiguiendo descaradamente a sus disidentes en los suburbios de Washington, D.C.
Preguntadle a Rebiya Kadeer, que ahora vive en el condado de Fairfax. En abril, el nieto de Kadeer observó a cuatro hombres filmando con cámaras de video y tomando fotografías del apartamento de planta baja de la familia desde un coche aparcado fuera. Llamó a su madre, que apuntó el número de la matrícula. Kadder se lo pasó al diputado Frank Wolf (republicano de Virginia), que acudió al FBI, que a su vez determinó que tres de los cuatro hombres en el coche alquilado eran agentes chinos.
Por supuesto, la vigilancia y la intimidación son lo menos que el régimen chino ha hecho a Kadeer. Fue víctima de un misterioso accidente en enero, cuando el agresor huyó; sus hijos que están en China han sido golpeados y encarcelados; ella misma pasó casi seis años en la cárcel.
Lo que nos lleva a esta pregunta: ¿Por qué despertaría esta abuela de sesenta años y chispeante sonrisa, semejante miedo y odio entre los poderosos gobernantes comunistas de Pekín? ¿Y qué nos dice eso sobre la naturaleza del régimen que albergará las Olimpíadas de aquí a dos años?
Estas preguntas se han reactualizado porque Rebiya Kadeer ha sido nominada para el Premio Nobel de la Paz, cuyo galardonado será anunciado esta semana. Por supuesto, decenas de personas son nominadas todos los años, pero la mera mención ha enfurecido tanto a los funcionarios chinos que incluso han amenazado a funcionarios noruegos con graves consecuencias si Kadeer llegara a ganarlo.
¿Quién es ella? Es una ex lavandera, mujer de negocios autodidacta, madre de once hijos, miembro de la minoría turca conocida como uighures que viven en el remoto occidente de China. En los años noventa, el régimen chino la instaló en el parlamento nacional, donde ella se comportó como si las virtuosas leyes chinas sobre derechos étnicos y autonomía debiesen ser implementadas.
Descubrió todo lo contrario, y en 1999 fue encarcelada por entregar ‘secretos de estado' a extranjeros. Los ‘secretos' eran recortes de diarios. Fue dejada en libertad anticipadamente de su condena a ocho años de cárcel el año pasado y exiliada en Estados Unidos, a condición de que se mantuviera callada.
"Yo asentí, por temor a que me dejaran salir", me dijo cuando la entrevisté la semana pasada. "No tenía alternativa. Pero cuando salí, no pude callar en defensa de mi pueblo".
Su pueblo consiste de unos nueve millones de uighures y dos millones en otros lugares, la mayor parte en Asia Central. Como los tibetanos, han sido sometidos durante décadas a una fuerte represión que los ha dejado, como grupo, "casi en estado comatoso", dijo Kadeer. Abortos forzados; niños separados de sus familias para ser educados en lo que ella llama "China continental"; la historia falsificada; la lengua nativa desfavorecida; trabajos y recursos naturales entregados a los chinos étnicos -la historia suena familiar.
La represión se intensificó en 1997, dice Kadeer, cuando el gobierno chino decidió que su creciente poderío le permitía incluso dejar de hablar sobre la pretensión de autonomía. Empeoró después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los uighres son musulmanes, y entre ellos hay unos pocos separatistas violentos; los chinos se aprovecharon de la ‘guerra contra el terrorismo' para encarcelar como terroristas a pacíficos uighures.
Ahora Kadeer ha sido llamada terrorista, aunque un despacho oficial en junio delató la verdadera objeción de los chinos. Kadeer "prometió no participar en ninguna actividad que pusiera en peligro la seguridad de la República Popular de China", se quejaba la nota, pero "inmediatamente después de llegar al extranjero, abandonó la pretensión" y se unió activamente a las fuerzas pro-democracia. Kadeer, en otras palabras, es una amenaza porque es una efectiva y convincente portavoz de su causa.
Hace diez años, cuando Kadeer todavía creía en el sistema chino, los funcionarios estadounidenses también creían: las relaciones, el comercio y la creciente prosperidad conducirían a la apertura y a la libertad política, decía la teoría.
En lugar de eso, como se observaba en una rara carta abierta al presidente Hu Jintao, firmada por 54 expertos en China de todo el mundo el 29 de septiembre, ha habido un "agudo aumento de las represalias oficiales" contra defensores de los derechos humanos y sus familias "mediante persistentes acosos, relegaciones, detenciones, arrestos y encarcelamientos".
Incluso en el condado de Fairfax.

fredhiatt@washpost.com

9 de octubre de 2006
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el test del genocidio


¿Cree China en las descaradas mentiras de Sudán?
En los próximos días veremos si China está dispuesta a dejar sin castigo el genocidio de la dictadura de Sudán. Una serie de reuniones en Naciones Unidas en Nueva York ofrece la mejor y posiblemente última oportunidad de persuadir a los sudaneses de que permitan que los cascos azules de Naciones Unidas entren a Darfur. El despliegue es exigido por la resolución del Consejo de Seguridad el mes pasado. Lo apoyan casi todas las principales fuerzas e incluso facciones del gobierno sudanés. Pero hasta el momento China se ha negado a insistir ante los aislados líderes sudaneses para que abandonen su oposición a la presencia de un contingente de Naciones Unidas, aunque sus extensas inversiones en Sudán le dan el poder de hacerlo. Si quiere ser considerada como una potencia responsable, China debe usar su influencia.
Consideremos los argumentos para no intervenir, tal como fueron presentados por portavoces de Sudán. Ayer el embajador de Sudán ante Naciones Unidas dijo que acusar a su gobierno de los cientos de miles de muertos en su país no era justo. "Los verdaderos culpables son los grupos armados en Darfur", afirmó. Pero los líderes chinos deben de saber que esto es absurdo: Los principales asesinos en Darfur son los milicianos de Janjaweed, que han sido armados por el gobierno sudanés. Entretanto, ayer, en reuniones del Fondo Monetario Internacional del Banco Mundial, el ministro de finanzas de Sudán dijo que "lo que necesita Darfur no son cascos azules... Lo que necesita Darfur urgentemente son recursos para el agua, recursos para escuelas, para hospitales".
Pero la fuerza aérea de Sudán ha bombardeado los hospitales y escuelas de Darfur, y sus aliados de la milicia Janjaweed ha solucionado el problema de la escasez de agua en la región envenenando con cadáveres los pozos existentes.
El presidente de Sudán dice que "las fuerzas de Naciones Unidas tienen un programa secreto en Sudán, porque ellos no vienen acá para traer paz a Darfir. Su objetivo es volver a colonizar Sudán". Sus matones han indicado que, en lugar de cascos azules de Naciones Unidas, lo que estarían dispuestos a aceptar es prolongar el mandato de la fuerza de la Unión Africana, que debe marcharse a fin de mes. Antes de que China acepte esta escandalosa descripción de Naciones Unidas y acoja la supuesta concesión de una renovación del mandato de la Unión Africana, debería leer los informes recientes de periodistas en el interior de Darfur. Craig Timberg, del Washington Post, informa que el gobierno de Sudán ha requisado el combustible del avión de la Unión Africana y lo ha usado en sus propios aviones de guerra; en realidad, la pista de aterrizaje utilizada por la Unión Africana en Darfur del Norte es controlada en la noche por fuerzas del gobierno sudanés, se modo que el combustible es robado sobre bases regulares. Entretanto, los milicianos de Janjaweed demostraron hace poco su desprecio de las fuerzas de la Unión Africana asaltando a los civiles que se habían aproximado para hablar con los soldados.
En resumen, el gobierno de Sudán presenta la prolongación del mandato de la Unión Africana como una concesión, incluso en momentos en que está destruyendo la capacidad operativa de esa organización. La presencia de la Unión Africana no impide que el gobierno bombardee a civiles con una frecuencia que no se veía desde el genocidio de 2003; tampoco está impidiendo la obstrucción de los esfuerzos humanitarios en Darfur del Norte, donde más de 300 mil personas han sido privadas de ayuda alimentaria. La Unión Africana se ha convertido en un factor prácticamente irrelevante, y ningún gobierno responsable puede aceptar la extensión de su mandato como una alternativa a una fuerza de paz verdadera.
¿Tiene China un gobierno responsable?

19 de septiembre de 2006
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china encarcela a periodista


[Chris Buckley] Investigador del New York Times encarcelado tras ser acusado de estafa.
Pekín, China. Un tribunal de Pekín desechó los cargos de que un investigador chino del New York Times había filtrado ilegalmente secretos de estado, pero lo sentenció a tres años por estafa, poniendo fin a semanas de enfrentamientos sobre los derechos legales de los ciudadanos.
Zhao Yan, 44, fue acusado a contar al diario estadounidense detalles sobre la rivalidad entre el presidente chino Hu Jintao y su predecesor, Jiang Zemin, sobre nombramientos militares en 2004.
El diario informó en septiembre de ese año que era probable que Jiang dejase de ser el jefe militar de China, entregando la única función que le quedaba a Hu -un pronóstico que se convirtió en realidad.
Pero el viernes, en un giro inesperado, el tribunal dijo que no había "pruebas suficientes" del cargo de filtrar secretos de estado, que convirtieron a Zhao en pivote de la presión de Estados Unidos pidiendo a China que respetara los derechos humanos.
"Mantenemos que Zhao Yan es inocente, pero me sorprendió. Él también parecía sorprendido", dijo el abogado de la defensa, Guan Anping.
Sin embargo, el tribunal declaró a Zhao culpable de estafa, diciendo que en 2001 recibió 20 mil yuan (dos mil quinientos dólares) de un funcionario de su pueblo natal por la promesa incumplida de ayudarle a evitar la ‘reeducación laboral' -una forma de cárcel.
Si Zhao hubiese sido condenado por el cargo mucho más grave de filtración de secretos de estado, habría sido condenado a diez o más años en una cárcel de alta seguridad, dijo Guan.
"El caso quedará como un raro ejemplo en que se permite que un tribunal chino dicte una sentencia absolutoria en una acusación extremadamente sensible", escribió Jerome Cohen, experto estadounidense en derecho chino que asesoró al New York Times en el caso, en un e-mail a Reuters.
Los abogados de Zhao dijeron que ahora tiene diez días para decidir si recurrir la sentencia. Dado los dos años que ya ha cumplido en detención, la sentencia lo mantendrá en la cárcel hasta septiembre de 2007. Guan dijo que parecía que no había un procedimiento que permitiera a las autoridades volver a formular la acusación en torno a los secretos de estado.
Zhao porfía en que es inocente del cargo de estafa y dijo que era probable que apele, dijo su hermana Zhao Kun.
"Siempre ha defendido a la gente común. ¿Cómo se haría con su dinero?", dijo.

Derechos en Juicio
Zhao Yan, un ex agente de policía con el ronco gangueo de un nativo del nordeste de China, se unió a la oficina de Pekín del New York Times en 2004, después de trabajar como periodista investigativo para publicaciones chinas, mezclando denuncias de corrupción y las penurias en el campo con la defensa de los derechos.
En las últimas semanas, China ha tomado medidas drásticas contra los ‘defensores de derechos' -la creciente red de abogados y activistas que tratan de expandir las libertades mediante litigios y campañas en internet.
El activista ciego Chen Guangcheng fue condenado a cuatro años de cárcel en la provincia de Shandong, al este del país, este jueves. La semana pasada la policía de Pekín detuvo al declarado abogado de derechos humanos, Gao Zhisheng, que ha defendido al proscrito grupo espiritual Falun Gong.
Un tribunal de Shandong declaró que Chen había causado daños a la propiedad e interrumpido el tráfico en una protesta. La familia y abogados de Chen dijeron que los cargos fueron inventados después de que Chen causara la furia de funcionarios locales tras revelar que habían ordenado abortos tardíos en una campaña de control de natalidad.
El tortuoso curso del caso de Zhao subrayó los caprichos del poder judicial chino, en momentos en que los gobernantes del país prometen respetar el ‘estado de derecho'. La acusación de filtrar secretos de estado se basa en un trozo de papel retirado de las oficinas del New York Times en Pekín sin contar con una orden de allanamiento.
Las autoridades retiraron parte de la acusación en marzo, haciendo elevar las esperanzas de que Zhao pudiera ser liberado. Pero volvieron a formular las acusaciones en un juicio en junio.
Bill Keller, el editor ejecutivo estadounidense del diario, acogió la revocación del tribunal del cargo de filtración de secretos.
"Hemos dicho siempre que según lo que sabemos, lo único que hizo Zhao Yan fue trabajar como periodista", dijo Keller en una declaración que leyó un periodista en voz alta en Pekín.
El gobierno del Partido Comunista chino rechaza la idea de la independencia del poder judicial y los observadores de los derechos humanos y civiles dijeron que el veredicto contra Zhao fue el último golpe en la represión china de los partidarios de esos derechos.
"Usan la ley por conveniencia política", dijo a Reuters, Nicholas Bequelin, de Human Rights Watch en Hong Kong.
"Refleja más los cínicos cálculos políticos del gobierno chino, que lo quiere castigar y silenciar, pero no a expensas de abollar seriamente la imagen de China en el exterior".

Benjamin Kang Lim en Pekíb y John Ruwitch en Hong Kong contribuyeron al reportaje de este artículo.

25 de agosto de 2006
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activista chino condenado a 4 años


[Maureen Fan] Partidarios ven la sentencia como castigo por denunciar los abortos y esterilizaciones forzadas.
Pekín, China. Un activista rural chino que llamó la atención internacional al exponer los abortos y esterilizaciones forzadas en el este de China fue sentenciado a cuatro años y tres meses de cárcel tras ser acusado de haber causado daños a la propiedad e interrumpido el tráfico, informaron medios de prensa del estado el jueves tarde.
Partidarios del activista, Chen Guangcheng denunciaron inmediatamente el veredicto, que se dictó menos de una semana después de celebrado un juicio a puertas cerradas en el fue le fue negada la asistencia de su equipo de defensores.
Originalmente, Chen, 34, corría el riesgo de ser sentenciado a cinco años de cárcel por esas acusaciones, que se derivan de un incidente en su pueblo en febrero. Recibió una sentencia mucho más severa que los otros acusados en conexión con el caso, dijeron su esposa y abogados.
"No esperaba que lo castigaran tan severamente", dijo la esposa de Chen, Yuan Weijing, la que, como los abogados de Chen, se enteró del veredicto por las noticias en la prensa. "Toda esta operación apesta, es ilegal y fue realizada en secreto".
"No sé qué hacer ahora", dijo, con la voz rota. "Me gustaría visitarlo, pero no creo que me dejen".
Uno de los abogados de Chen, Xu Zhiyong, prometió recurrir la sentencia. Él y los otros abogados de Chen fueron acusados de robo y detenidos por la policía la noche previa al juicio; Xu fue dejado en libertad una hora después de concluido el juicio. Chen fue representado, a pesar de sus protestas, por abogados nombrados por el tribunal a los que no había visto nunca.
Sus partidarios dicen que los cargos fueron inventados para vengarse por preparar una demanda colectiva que puso en aprietos a los funcionarios de la planificación familiar el año pasado. Recogió testimonios de miles de vecinos que dijeron que los funcionarios habían allanado las casas de familias con dos hijos y exigido que al menos uno de los padres fuera esterilizado. También dijeron que las autoridades habían obligado a la mujeres embarazadas de un tercer hijo, a abortar.
Chen ha estado bajo arresto domiciliario o en la cárcel durante un año. Su juicio provocó la condena internacional del poder judicial chino y galvanizó a los abogados de derechos humanos, que dicen que están viviendo un agudo repunte de las presiones oficiales.
"Las autoridades siempre controlan a los abogados de derechos humanos, pero en los últimos dos meses se han puesto más estrictas", dijo Teng Biao, un partidario de Chen y docente en la Universidad China de Ciencias Políticas y Derecho.
Luo Gan, el miembro del politburó responsable de la seguridad interior de China, advirtió este verano contra la influencia desestabilizadora de los abogados y activistas de derechos humanos.
En un número de un diario del Partido Comunista, Luo llamó a la adopción de "medidas duras que prevengan efectivamente a fuerzas hostiles y gente con otros motivos de explotar los conflictos". Dijo que algunos chinos habían cometido sabotaje bajo "la pretensión de la protección de los derechos".
La semana pasada, Gao Zhisheng, un conocido abogado de derechos humanos que ha estado presionando por la libertad de Chen, fue abruptamente secuestrado en casa de su hermana por un grupo de hombres sin identificación, sin orden de detención y sin documentos legales. Gao, 42, ha sido detenido por "actividades criminales" no especificadas, informó más tarde la agencia de noticias Nueva China.
Hu Jia, activista y amigo de Gao que también está bajo arresto domiciliario, dijo que se había enterado de los detalles del incidente por la hermana de Gao.
"Más de diez personas irrumpieron en casa de la hermana de Gao y le pusieron a Gao una capucha negra en la cabeza. Había tantos hombres rodeándolo que sólo vi sus zapatillas" dijo Hu.
"Los hombres que empujaron en el sofá y me cubrieron la boca con las manos. Me quitaron mi celular y la llave del coche de mi hermano. Todo pasó en cuestión de minutos. No dijeron ni una palabra", dijo la hermana de Gao, de acuerdo a Hu. "Al día siguiente la policía llegó a mi casa, me devolvieron mi celular y me dijeron dos cosas. Una, que el grupo de gente que llegó a mi casa ayer eran de Pekín y, dos, que no le contara a nadie lo que había ocurrido, que pretendiera que no había visto nada".
Hu dijo que el partido había empezado una "guerra psicológica" para atemorizar a los abogados y defensores y obligarlos a "comportarse".
El jueves, abogados de derechos humanos extranjeros condenaron el veredicto en el caso de Chen.
"El Partido Comunista ha decidido burlarse del mundo permitiendo esta conclusión flagrantemente injusta, y Chen se convertirá en el chico del cartel para publicitarlo", dijo Jerome Cohen, profesor de derecho chino contratado por el New York Times para ayudar en la defensa de Zhao Yan, un investigador del diario en Pekín que ha sido acusado de filtrar secretos de estado. El viernes Zhao fue sentenciado a tres años, incluyendo los dos años que ya que ha cumplido en su casa, de modo que será liberado de aquí a un año. El tribunal dijo a la prensa extranjera que lo acusaban de filtrar secretos de estado, pero en realidad declaró a Zhao culpable de fraude por aceptar dos mil quinientos dólares de un hombre de la provincia de Jilin, en el norte de China. Los abogados de Zhao, sin embargo, piensan recurrir la sentencia, diciendo que es inocente de todos los cargos.
"Este es un punto decisivo en la severa represión de los abogados y otros defensores de derechos humanos y civiles", dijo Sharon Hom, directora ejecutiva de Derechos Humanos en China, con sede en Nueva York. "Empuja a los defensores de los derechos al ‘campo enemigo' de los activistas de Falun Gong, de los activistas tibetanos y de los activistas por la democracia".

Jin Ling y Jiang Fei contribuyeron a este reportaje.

25 de agosto de 2006
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vida de un comelibros 3


[John Pomfret] La transformación de Zhou Lianchun, de brutal Guardia Rojo en empresario exitoso, resume la historia de la nueva China. Última entrega
Zhou mantuvo su trabajo como docente, que le brindaba una red de seguridad de algún tipo: un apartamento y seguro médico. Durante algunos días a la semana, enseñaba marxismo, leninismo y maoísmo y despotricaba contra la explotación de la clase capitalista. El resto del tiempo lo pasaba como un incipiente hombre de negocios, empleando a decenas de trabajadores con salarios bajísimos, aprovechándose del sistema para enriquecerse a sí mismo, sus socios y su familia. En 1991, Zhou fue aceptado en un programa de la Universidad de Pekín diseñado para poner al día a los profesores de historia y ciencias políticas sobre las últimas tendencias en la enseñanza del marxismo. Pero Zhou se pasaba la mayor parte del tiempo montando las plantas de extracción de orina. Consiguió dos contratos con el ayuntamiento de Pekín para recoger orina en mil urinarios públicos. Aprendió a conocer al detalle todos los urinarios mientras pedaleaba por los barrios de Pekín mostrando a los trabajadores la ubicación de los sitios de recolección.
Ninguno de sus trabajadores había estado antes en Pekín. Zhou no pudo encontrar a pequineses dispuestos a hacer el trabajo sucio. La mayoría de sus trabajadores eran de provincias, campesinos de cuerpos fuertes y dispuestos a cualquier cosa para dejar el campo. La planta procesadora de Zhou -una fábrica estatal en bancarrota que alquiló de un jefe de partido local- estaba al sur del centro de Pekín, a seis kilómetros del urinario más cercano. Los trabajadores hacían al menos nueve viajes al día, los siete días de la semana, y ganaban el equivalente de cincuenta dólares al mes.
Un día en enero de 1992, Zhou descubrió que el sistema de alcantarillado de la planta se había bloqueado, y lo había dejado sin saber dónde depositar varias cubas del líquido. A Zhou le habían contado que los residuos, en gran parte amoníaco, no dañarían ni a gente ni a animales, así que los descargó en estanques de una piscifactoría local. Zhou pasó las vacaciones del Festival de Primavera dragando miles de peces muertos de los estanques, impregnando el hedor durante varios meses sus manos y ropa. Tuvo que reembolsar a los dueños el equivalente de dos mil dólares -una pequeña fortuna.

El negocio de Zhou se estaba hundiendo. Aunque el mercado de las enzimas era bueno, tenía tan poco dinero que tuvo que reducir su brigada de dieciocho recolectores a un grupo de cinco.
Zhou pedía periódicamente a su socio en Dongtai por su parte de los beneficios de la firma. Pero su socio se los negaba siempre, diciéndole que el negocio atravesaba tiempos difíciles. Entonces, en un viaje que hizo a Guangzhou, Zhou preguntó a un representante de la compañía farmacéutica de Guangzhou qué pensaba de la marcha de los negocios. "No está mal", dijo el representante. "Habremos ganado varios cientos de miles". Excepto migajas ocasionales para cubrir los costes, hacía seis años que Zhou no había recibido nada de su socio en Dongtai.
Su experiencia es típica para muchos empresarios chinos. Los hombres de negocios se roban unos a otros con una alucinante regularidad. La ausencia de un compás moral en el país sólo hace que las cosas empeoren. Una vez Zhou almacenó 55 kilos de enzimas en la bodega refrigerada de un amigo. El amigo la vendió y se negó a entregarle el dinero. Zhou no la había pedido que firmaran un contrato, porque hacerlo equivalía a un insulto. Los negocios se sellan con un apretón de manos. Pero en China, los apretones de mano no valen nada.
Finalmente Zhou viajó a Dongtai y acusó a su socio, exigiéndole que le entregara su parte del negocio de Pekín. El socio accedió. A fines de 1994, Zhou era el único propietario del negocio de la extracción de orina en la capital.
Entretanto, Zhou estaba hastiado de su trabajo enseñando marxismo en el Instituto Anhui, y se mostraba cada vez más reticente a defender la línea ideológica del partido. Cada año, un puñado de estudiantes, usualmente los que solicitaban su ingreso al partido, expresaban dudas sobre la lealtad de Zhou al partido y a China. Un estudiante incluso preparó un informe con cifras sobre la cantidad de veces que Zhou había criticado al estado.
En 2002, el secretario del partido en el instituto llamó a Zhou a su despacho. "O cambia usted su modo de dar clases, o dejará de enseñar maoísmo", le advirtió el secretario.
Zhou le dijo que él no pensaba que fuera particularmente anti-partido o anti-Mao. No lo convenció. Le informó a Zhou que dejaría de enseñar maoísmo: en adelante debería enseñar gestión comercial.

En abril pasado, Zhou el Comelibros volvió a su aldea ancestral con los aires de un héroe conquistador. Llevaba una corbata y conducía su recién lavado y brillante Volkswagen Bora blanco. Era el Festival de Qingming -durante el cual los chinos tradicionalmente rinden homenaje a sus ancestros- y Zhou planeaba ocuparse de las tumbas de sus padres y abuelos.
Con las reformas económicas, la Cocina Comunal de Shen había sido disuelta, y la vieja brigada de producción de Zhou había sido rebautizada como la Cocina del Pueblo de Li; no estaba demasiado mal tratándose de un pueblo atrasado de campo. En todos los patios había una motocicleta. Muchos de los hombres y mujeres del pueblo trabajaban en fábricas, antes que en el campo. Zhou señaló a gente, se fijó en una mujer marchita que parecía estar en sus sesenta, pero que en realidad tenía la edad de Zhou -cincuenta. "Esa era una niña que me gustaba cuando era niño", dijo. "Era la hija de un tipo del partido... Terminó casándose con un campesino de aquí. Es un borracho, y la golpea".
Zhou saludó a los ancianos padres del primer hombre que murió en la aldea durante la Revolución Cultural. Una banda de Guardias Rojos lo asesinaron porque pintaba retratos de santos budistas. Zhou saludó a la madre del secretario del partido que había tratado de engatusarlo para que se casara con su amante hacía tres décadas. El secretario del partido había muerto joven. "Hola, profesor Zhou", le dijo la vieja mujer, que, a los 89, estaba tan doblada que apenas sobrepasaba el metro veinte. "Dile a mi nieto que vuelva a casa, por favor".
"Yo contraté a su nieto", explicó Zhou. "Contraté al hijo del hombre que trató de atarme al campo".
Zhou caminó por los senderos de tierra de la Cocina de Li, sonriendo a los campesinos de caras curtidas por el sol que lo saludaban con una mezcla de curiosidad, envidia y respeto. Se merecía todas esas reacciones. Tras coquetear con la bancarrota a mediados de los años noventa, había logrado sacar a flote su negocio y, el año pasado, estaba ganando más de 60 mil dólares al año. Se había comprado un enorme condominio en Nanjing, se había divorciado de su primera esposa y se había casado con una mujer que era 22 años menor que él.
Pero su éxito no ha suavizado su visión del Partido Comunista. "Miremos a China desde una perspectiva marxista", dice Zhou. "Demos al gobierno chino el beneficio de la duda. ¿Por qué derrocó la sociedad esclavista la sociedad primitiva? Porque su economía era más avanzada y más rica. Lo mismo es verdad cuando nos preguntamos por qué la sociedad feudal derrocó a la sociedad esclavista y por qué la sociedad capitalista reemplazó a la feudal. Pero entonces llegamos a Mao. ¿Quién era Mao? ¿A quién representaba?
"¿Representaba Mao a fuerzas económicas más fuertes que el capitalismo? No. ¿Representaba algo progresista? No. Él representaba a las fuerzas más atrasadas de China. Ni siquiera representaba a la clase obrera. Representaba al lumpen. La suya no fue una revolución comunista. Fue la revolución de los matones. Esa es nuestra verdadera historia".

Este artículo de John Pomfret es una adaptación de su libro ‘Chinese Lessons: Five Classmates and the Story of the New China', que será publicado el mes que viene por Henry Holt and Co.

6 de julio de 2006
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vida de un comelibros 2


[John Pomfret] La transformación de Zhou Lianchun, de brutal Guardia Rojo en empresario exitoso, resume la historia de la nueva China.
No fue sino hasta 1970 que el caos de la revolución cultural finalmente amainó. Al año siguiente, las escuelas de la comuna de Zheo volvieron a abrir sus puertas después de una interrupción de cinco años, y Zhou pudo terminar la secundaria. Como no tenía contactos para continuar su educación, lo destinaron a trabajar en el campo.
De 1971 a 1976, Zhou y los otros hombres de su aldea dragaron lechos de río, cavaron zanjas y repararon el sistema de regadío de la comuna. En el verano, Zhou trabajaba descalzo. En el invierno, el hielo del lecho del río San Cang perforaba sus zapatos de paja y hería sus pies. Zhou se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana y, con breves pausas para comer, trabajaba hasta las nueve de la noche. Por la noche volvía tropezando a su casa. Zhou se sentía como zombi. Frecuentemente los hombres de su brigada se desmayaban de fatiga y desnutrición.
La dieta de Zhou consistía principalmente de granos, zanahorias y batatas, nunca carne. Hasta hoy, hasta el olor de esas verduras le provoca náuseas. Aunque era todavía un niño, Zhou gozaba de una buena reputación como trabajador y trabajaba al mismo ritmo que los hombres de su brigada. Pero quería dejar de cavar zanjas. Para hacerlo, necesitaba a alguien con influencia dentro del partido.
Un día en el otoño de 1972, el jefe local del partido se acercó a Zhou, entonces de 17 años, para hacerle una propuesta. Quería introducirlo a una joven mujer. Los jefes de partido a menudo hacían las veces de casamenteros.
El jefe del partido le dijo a Zhou que si accedía a cortejar a la joven, lo recomendaría para una posición que lo sacaría del campo.
Era una propuesta extraordinaria. Pero Zhou finalmente se enteró de los motivos: El jefe del partido y la joven eran amantes. El jefe del partido era casado, y le había prometido un marido a la mujer para encubrir su infidelidad.
Zhou retrocedió. Le gustaba la literatura y había devorado todas las novelas que pudo encontrar de Balzac, Tolstoy, Flaubert. Le gustaban los tipos de aventura sobre las que había leído, no un trato con el jefe del partido. Zhou le dijo que no se casaría con la mujer. El jefe se puso furioso.
"Pequeño Zhou", le dijo, moviendo el dedo amenazadoramente. "Has estado leyendo demasiado, y has olvidado cómo tomar decisiones. Deberías saber cuándo actuar, pero te has convertido en un comelibros".
El apodo Comelibros se le quedó.

En octubre de 1977, los altavoces de la Cocina Comunal Shen crujieron con un informe desde la capital: Los exámenes de admisión a la universidad, que habían sido suspendidos desde 1966, serían reintroducidos.
Zhou estaba decidido a aprobar el examen de admisión a la universidad, que abarcaba las asignaturas de historia, geografía, matemáticas y chino. Estudió durante dos meses antes de rendir el examen en diciembre de 1977. Aunque obtuvo buenos resultados en casi todas las asignaturas, en matemáticas sólo sacó cinco de los cien puntos. Y fracasó.
La próxima fecha para el examen era julio de 1978. Decidió no repetirlo. Pero su hermana mayor tenía otros planes. Una noche ese año lo visitó y lo encontró leyendo la traducción de una novela rusa bajo la temblorosa luz de una lámpara de aceite.
"¿Por qué no estás estudiando?", le preguntó.
"No quiero", respondió Zhou.
Su hermana había llegado con una maleta. En su interior estaban los libros de texto de su secundaria, todos para Zhou. "Nunca los quemé", le dijo, con una sonrisa.
Bajo la mirada vigilante de su hermana, Zhou comenzó nuevamente a empollar el examen. Esta vez, lo aprobó completamente. Su puntaje fue el más alto de la comuna.
La carta de admisión de Zhou, de la Universidad de Nanjing, llegó el 10 de octubre de 1978.
Empacó su ropa en un pequeño bolso de lona, incluyendo un traje Mao que había lavado tantas veces que se había desteñido completamente, y una chaqueta acolchada de algodón que tenía desde hacía cinco años. A los 23, finalmente se marchaba del campo.

De todas las ciencias sociales, la enseñanza de historia era la más estrictamente controlada y politizada. Los comunistas impusieron una burda y monolítica interpretación de tres mil años de historia escrita de China, recontándola como un cuento de hadas marxista de interminable lucha de clases y agresión imperialista.
No había espacio para estudiantes librepensadores de historia china como Zhou. Pero en privado Zhou se confesaba con sus amigos íntimos. Este país y este sistema están podridos, decía, y todos asentían. En una reunión de los miembros y candidatos del Partido Comunista en el departamento de historia, dejó que su frustración surgiera públicamente. El secretario abrió la reunión diciendo que el partido quería que la elite de China se incorporara al partido. Uno por uno los estudiantes asintieron, diciéndole lo ansiosos que estaban por entrar al partido. Le llegó el turno a Zhou. Zhou era un excelente estudiante y había sido identificado como un posible candidato.
"Yo adoraba a los miembros del partido", recuerda Zhou que dijo con su voz clara y hueca. "Pero durante la Revolución Cultural me di cuenta de que la gente que entraba al partido eran todos parientes de gente importante. Y dejé de adorarlos. Dejé de tener ganas de entrar al partido". Todos guardaron silencio en la habitación.
El secretario se defendió y con un argumento perfectamente torcido, ofreció a los estudiantes una lección envuelta en evasiones y amenazas. "Es normal que tengáis dudas", recuerda Zhou que empezó a decir. "Pero eso no significa que dejéis de creer en el marxismo".
El argumento del secretario del partido era simple y perverso. Examinad lo que le ha hecho a China el Partido Comunista: mató a 30 millones de personas durante el Gran Paso Adelante, arruinó la vida de muchos millones más durante la Revolución Cultural. A pesar de estos desastrosos fracasos, sigue en el poder. Y eso prueba, dijo, la superioridad del partido.
Zhou recordaría siempre este argumento. No importara qué hiciera el partido, sin importar cuántas vidas destruía, sería siempre lo suficientemente fuerte como para aniquilar cualquier oposición. El Partido Comunista estaría siempre en el poder porque haría cualquier cosa para seguir en el poder. Ese es un argumento en el que Zhou cree hasta el día de hoy.

Durante su último año en la Universidad de Nanjing, Zhou el Comelibros finalmente entró al Partido Comunista, tragándose su antipatía, con la esperanza de que su militancia en el partido le significara un mejor empleo. Pero no fue así.
Para evitar que lo enviaran de vuelta al campo donde había crecido, se alistó en el Ejército Popular de Liberación. Entró como teniente un mes después de graduarse de la universidad en julio de 1982. Despertó al día siguiente sabiendo que había cometido un error. "Esto va a ser una tragedia", escribió en su diario de vida. "Tengo que empezar a pelear para librarme de esto".
Le tomó cuatro años de maniobras para que le dieran permiso para dejar el ejército. Después de eso consiguió un trabajo mal pagado como docente en el Instituto de Finanzas y Comercio Anhui en la pequeña y sucia ciudad de Bengbu, justo al oeste de la provincia de Jiangsu. Su materia: marxismo. "Durante varios años, mi salario era lo mismo que nada", escribiría más tarde Zhou. Para entonces, se había casado, y tenía dos hijas gemelas. Una de las niñas había nacido con el síndrome de Down. "Mi magro salario tenía que mantener a mis padres y a mi familia. Mi hija necesitaba medicinas y alimentación". Necesitaba más dinero.
Zhou empezó a pensar en algo impensable: hacer negocios. Educado en la visión convencional de los comerciantes, que estaban muy por debajo de funcionarios de gobierno y académicos, Zhou también había absorbido la propaganda comunista que describía a los empresarios como "parásitos capitalistas". Pero el gobernante de facto de China, Deng Xiaoping, estaba cambiando la economía -y cambiando la actitud mental del país.
En apenas unos años, China se deshizo del igualitarismo de la pobreza para favorecer una búsqueda nacional de la riqueza.
Deng ideó un nuevo modo de describir la economía china llamándola "socialismo con características chinas". Desde entonces, todas las reformas capitalistas de la economía fueron justificadas como si formaran parte de esta categoría general, deliberadamente vaga. Los funcionarios se sentían ahora libres para echar por la borda la absurda teoría económica marxista, provisto que no desecharan la única cosa a la que el partido se seguía aferrando: su dominación permanente.
Los colegas y amigos de Zhou zumbaban de entusiasmo con las nuevas posibilidades. Varios de sus compañeros de la Universidad de Nanjing ya habían "izado velas", como dicen los chinos cuando inician algún negocio. Un estudiante graduado, que había sido expulsado de la universidad por tener mujeriego, abrió una cafetería; otro compraba y vendía minerales ferrosos; otro cultivaba champiñones en el sótano de su edificio de apartamentos.
En 1987, un compañero de la escuela secundario de Dongtai se puso en contacto con Zhou y le hizo una proposición. El compañero conocía un laboratorio farmacéutico en Guangzhou que quería comprar enzimas que se encontraban, sorprendentemente, en la orina humana. Necesitaba una fuente. El amigo de Zhou había oído que la Universidad de Nanjing tenía la tecnología que permitía aislar las enzimas y que el profesor de química a cargo del proceso también era de Dongtai.
El antiguo compañero de estudios pidió a Zhou que se pusiera en contacto con el hombre y le propusiera un trato. El profesor accedió a compartir la tecnología. Zhou, su compañero de Dongtai y un tercer hombre, Sheng Hongyuan, formaron entonces una empresa para abrir plantas en las que extraer esas enzimas. Zhou era el único que no tenía capital, así que accedió a fundar y gestionar esas plantas a cambio de una parte de los beneficios.
"Se ajustaba perfectamente", dijo, riendo, Zhou el Comelibros. "De niño, me había ganado unos dinerillos recogiendo zurullos. Ahora estaba haciendo más o menos lo mismo".
Dentro de unos meses, Zhou y su socio Sheng se habían hecho con contratos para recoger orina en Bengbu y otras ciudades. A cambio de una cuota, los departamentos sanitarios locales les permitieron acceso a los urinarios públicos. Zhou y Sheng organizaron entonces brigadas de trabajadores. A diario recogían en triciclo unas enormes tinajas con orina. Por cada tonelada de orina extraían sesenta gramos de materia prima que la compañía farmacéutica utilizaba para preparar medicinas anti-coagulantes para el corazón y cien gramos de materia prima para una medicina que ayuda a disolver los cálculos biliares. Zhou transportaba las enzimas en autobús una vez al mes a Guangzhou. Zhou el Comelibros había izado las velas... en un mar de orina.

16 de julio de 2006
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vida de un comelibros 1


[John Pomfret] La transformación de Zhou Lianchun, de brutal Guardia Rojo en empresario exitoso, resume la historia de la nueva China.
Un horroroso día del verano de 1966, en el campo de la provincia de Jiangsu al norte de China, cien campesinos formaron fila en la trilla de la Brigada de Producción Número 7 en la Cocina Comunal Shen. La trilla hacía las veces de plaza del pueblo, donde pollos y cerdos deambulaban libremente. Zhou Lianchun, un desgarbado niño de once años, de cabeza rapada y andrajosas alpargatas, era el número doce en la fila.
Paf. Paf La cola avanzó. Paf. Paf. Volvió a avanzar otro poco. Zhou llegó al primer lugar. Una mujer de edad mediana, con la sangre escurriendo de su nariz y oídos, estaba frente a él, de rodillas. Echó su mano derecha hacia atrás y, como habían hecho los otros antes que él, abofeteó la mejilla izquierda de la mujer -paf-, y luego la volvió a abofetear con su mano izquierda. Paf. El sudor de sus mejillas se pegó a su piel.
Zhou y sus vecinos estaban aplicando una campaña del partido. Antes esa primavera, el 16 de mayo de 1966, el Comité Central del Partido Comunista ordenó una purga de las influencias indeseables del extranjero y del pasado de China: el capitalismo de Occidente, el revisionismo comunista de la Unión Soviética, y lo que el Presidente Mao Tse-Tung llamaba ‘el feudalismo' de la antigua China.
Mao precipitó la que sería conocida como la Revolución Cultural como un modo de reconquistar el poder tras el desastroso Gran Paso Adelante, su programa económico de fines de los años cincuenta y principio de los sesenta, que había colocado a China al borde del derrumbe. En la región de Zhou Lianchun, las familias fueron concentradas en granjas comunales, donde todos eran obligados a comer juntos en un enorme comedor. Las granjas particulares, el elemento más productivo de la agricultura de la región, fueron prohibidas. En un frenético intento de aumentar la producción de acero, el partido exigió que todos los miembros de la comuna entregaran sus sartenes y carretillas para ser fundidas en hornos en los patios.
Uno de los sobrinos de Zhou murió de hambre; otro sobrino fue abandonado al nacer, envuelto en pañales, en el umbral de la puerta de una oficina del comité del partido. Nunca lo volvieron a ver. Durante el Gran Paso Adelante, en todo el país murieron de hambre más de treinta millones de personas. Zhou y su familia sobrevivieron alimentándose de hierbas, semillas y las acuosas gachas de la cantina comunal. Toda vez que se sentaban a comer, recuerda Zhou, se ponía a llorar a la vista de la raquítica comida que tenía enfrente.
Nacido en 1955 en un pueblo cercano a la ciudad de Dongtai, no muy lejos de la costa del Mar Amarillo, Zhou es el hijo de un campesino y de una mujer a la que los chinos llaman un ‘vientre prestado'. El padre de Zhou la había llevado a su casa a instancias de su esposa, después de que esta descubriera que no podía tener hijos. Zhou llamaba Mamita a su madre biológica, y Mama a la mujer de su padre. Mama llevaba los pies ceñidos y adoraba al niño, colmándolo de libros y otros regalos.
Yo soy el primer extranjero que Zhou Lianchun conoció. De 1980 a 1982, fuimos compañeros en la Universidad de Nanjing, donde yo fui el primero de los estudiantes estadounidenses a los que se permitió estudiar en China tras la muerte del Presidente Mao y la apertura de China hacia el Occidente. Años más tarde, renovamos nuestra amistad cuando yo era corresponsal del Washington Post en China de 1998 a 2004. Esta es su historia, tal como él me la contó.

Ya de niño exhibía Zhou su lado de hombre de negocios, cuando, a los ocho años, vendía rábanos y cangrejos de arena, que los chinos consideran una delicia. El único fertilizante disponible en la región de Zhou era el excremento humano. Su recolección era un popular trabajo de vacaciones entre los niños, similar a la ruta del papel en Estados Unidos. En un relato escrito de su vida, Zhou recuerda su meticulosa búsqueda de excrementos: "Allá va un niño con una pala y una cesta escudriñando los callejones del pueblo. Considerando su concentración, pensarías que se ha levantado al despuntar el día para salir a buscar una cartera perdida. En realidad, está buscando pilas de excremento. Y cuando encuentra una vaporosa montaña de mierda, la expresión de su cara es la de alguien que se ha ganado la lotería".
Zhou tenía once años cuando Mao organizó a los estudiantes del país como Guardias Rojos y los soltó en las calles. Zhou y su unidad de Guardias Rojos marcharon de pueblo en pueblo, golpeando a los que pertenecían a algunos de las cinco castas más despreciadas de la China comunista: los ex terratenientes, los campesinos ricos, los contrarrevolucionarios, los malos elementos y los derechistas.
La mujer de edad mediana atacada tan ferozmente en la trilla del pueblo era una de ellas. Hacía algunos días había parado una pelea entre su hijo y otro niño de la granja, abofeteándolos a ambos. Según la lógica de la Revolución Cultural, estaba automáticamente equivocada, porque su familia había sido clasificada como de ‘campesinos ricos', mientras que el rival de su hijo venía de una familia de ‘campesinos pobres'. El comité de Guardias Rojos de Zhou decidió darle una lección. Movilizaron a toda la brigada de producción, unas cien personas, para darle una prueba de su propia medicina: cientos de bofetadas arrodillada en la plaza del pueblo. Tras la golpiza, la mujer se negó a admitir que había hecho algo malo.
"Cómanse su mierda", gritó a sus agresores.
Entonces Zhou fue enviado a unas letrinas cercanas a recoger excremento en un cubo de madera y diluirlo con agua. El jefe de los Guardias Rojos cogió un cucharón de madera y vertió el acuoso mejunje por la garganta de la mujer. Después de eso, la mujer se quedó callada.
Durante las semanas y meses siguientes, Zhou y su pandilla destruyeron templos budistas, obligaron a los monjes a caminar con rocas en sus espaldas y tachos de basura en sus cabezas, y destruyeron murales con dioses budistas, cubriéndolos con una capa de pintura roja. Cuando se secaban, mandaban a un artista a pintar retratos de Mao encima.
En su búsqueda de contrabando contrarrevolucionario -libros, fotografías, joyas, chucherías, cualquier cosa que representara las ‘Cuatro Males' de Mao (viejas costumbres, vieja cultura, viejos hábitos y viejas ideas)-, la brigada de Zhou volcó colchones, miró en el interior de chimeneas y hurgó en cubas de verduras en conserva. Zhou recuerda que le impresionaban particularmente las hogueras de libros. Pero él no destruyó ninguno de los que tenía en casa. Eso debieron hacerlo su hermana mayor y un primo, los que en un intento de demostrar el celo revolucionario de la familia, saquearon la casa, formaron pilas con los viejos tomos empastados y encendieron ellos mismos las piras. Zhou escondió diez novelas al celo familiar, envolviéndolas en una bolsa de lino que metió en una cripta subterránea, donde su familia almacenaba batatas para el invierno.
Zhou se sentía inmensamente orgulloso de ser un Guardia Rojo y de formar parte, como pensaba entonces, del grupo de niños grandes. "Yo hacía lo que me decían que hiciera, y, a los once, me gustaba", dice. Da igual, por supuesto, que hubiera demostrado una conducta contrarrevolucionaria al ocultar esos libros. Como todos los jóvenes chinos, la primera frase que había aprendido en la escuela era "¡Larga vida al Presidente Mao!" Ejecutar las órdenes del presidente le otorgaba al precoz niño una poderosa sensación de propósito y autoestima. "Mientras más despiadados seamos con los enemigos, más amamos al pueblo", cantaba la brigada.
En septiembre de 1966, su pandilla de Guardias Rojos golpeó despiadadamente a un viejo acusado de haber sido terrateniente. Ese mismo día, temiendo que lo torturasen más, se suicidó. Pero los guardias no habían terminado. Entregaron el cuerpo a sus tres hijos, exigiéndoles que recorrieran el pueblo con su cadáver. Ordenaron a los hijos cortar el cuerpo en tres pedazos y colocarlos en una pocilga. Si alguno de ellos se hubiese negado a hacerlo, habrían sido llamados "prole maldita de la clase feudal" y procesados judicialmente.
Un objetivo importante de la Revolución Cultural era la familia, el último bastión de la cultura confuciana tradicional. Durante siglos, la moral en China había estado enraizada en la veneración de los ancianos y del árbol genealógico. La gente no se desgraciaba a sí misma a los ojos de Dios, sino a los ojos de sus ancestros. Pero Mao estaba determinado a crear una nueva moral. Durante la Revolución Cultural, los hermanos fueron azuzados contra sus hermanas, los hijos contra sus padres, las esposas contra sus maridos. Se esperaba que la gente espiara a sus seres queridos, porque eran ellos los que conocían sus sentimientos más íntimos. China fue convertida en una sociedad de chivatos. El soplón se convirtió en héroe de la revolución.
Zhou recuerda sus años en la Guardia Roja durante un almuerzo de fideos con carne en una moderna cafetería de Nanjing llamada Magazine -una estructura de dos pisos de cristal y mármol falso, con sofás y camareras con gorras de béisbol. Zhou admite no tener remordimientos por lo que hizo. "En China", dice, "nadie admite haber torturado, y todos dicen que fueron víctimas. Pero saca la cuenta. Si tenemos tantas víctimas, es porque también tenemos muchos torturadores".
A los quince, a Zhou le entregaron un grupo de once personas a las que dirigir él solo en ‘trabajo ideológico', un eufemismo para torturas y humillaciones. Una de las que estaba en la lista era su Mama, la que, aunque no era su madre biológica, era la mujer que lo había criado como hijo.
Zhou se encargó de la tarea de denunciar a su madre sin el menor titubeo. Bajo el ojo vigilante de sus mayores revolucionarios, Zhou la obligó a recitar un catecismo maoísta que ninguno de los dos comprendía. "El partido tiene siempre la razón. Larga vida a la dictadura del proletariado. Larga vida al Presidente Mao".
Esto duró varios días en la trilla pública. Después de cada sesión, Zhou y su madre volvían juntos a casa. Ella preparaba entonces la cena para él y el resto de su familia, sin mencionar nunca lo que ocurría durante su diaria humillación pública. Zhou nunca golpeó a su Mama ni la hizo arrodillarse sobre cristales rotos o guijarros. No tenía que hacerlo. Había aprendido a hacerla temblar de miedo con métodos más simples: enseñándole los dientes, mirándola con una mirada demente.
Años más tarde, mucho después de su desilusión con el Partido Comunista, Zhou volvió a su pueblo e hizo algo inusual y osado. Hizo un estudio de la devastación que llevó su brigada de Guardias Rojos a su pueblo de 2.500 habitantes. De acuerdo a su estudio, su brigada quemó dos toneladas de libros, saqueó y destruyó cinco templos budistas y cuatro santuarios taoístas, y cortó en pedazos cientos de viejos grabados -dragones, fénices, elfos y pájaros- de los aleros de los patios de viejas casonas. Decenas de sus víctimas fueron agredidas seriamente. Tras las golpizas, se suicidaron diez personas.
Y todavía se asombra: "¿Cómo crees tú que puede sanar una sociedad que justificaba -no, no justificaba, ordenaba- ese tipo de conducta? ¿Tú crees que se puede?"

16 de julio de 2006
©washington post
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