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cocina

comida + ciencia = arte


[Lydia Martin] Ferran Adriá ha sido llamado el chef más importante del mundo. Y entre el personal de su cocina hay científicos diplomados.
Barcelona, España. Ferran Adriá, prestidigitador culinario, se mueve en su legendario laboratorio a un lado del héctico paseo de las Ramblas con fuego en sus ojos.
Ha sido llamado el chef más importante del mundo. La revista Time lo eligió como una de las cien personas más influyentes del mundo. Es el Beethoven, el Shakespeare, el Salvador Dalí de la alta cocina.
En un mundo donde reinan supremas las poses de prima donna, incluso sus colegas lo apoyan. El sábado fue homenajeado en el banquete del Festival de Vinos y Comidas de South Beach. Cocinaron como tributo a Adriá algunos de los personajes más importantes en la gastronomía del mundo, entre ellos Thomas Keller, Jean-Georges Vongerichten, Nobu Matsuhisa, Pierre Hermé, Emeril Lagasse, Norman Van Aken. Aunque el precio era de 600 dólares, la cena para 550 en el Loews Miami Beach se agotó con meses de antelación.
Adriá, líder de un movimiento de vanguardia culinaria que ha sido llamado de todo, desde gastronomía molecular hasta cocina de shock, se crió en un barrio obrero de Barcelona, como hijo de un pintor de brocha gorda, aunque es hoy está más que consciente de su lugar en la historia de las comidas. Cataloga todo descubrimiento y contemplación, incluyendo cada miligramo de cualquier producto -zanahoria, paté, algas- disecado y molido que adorna sus sobrenaturales y, a menudo, abstractas creaciones. No es que cree platos; crea verdaderos tratados comestibles.

Precisión en la Cocina
El personal de su cocina, entre ellos cocineros diplomados y científicos universitarios, reúnen obsesivamente datos empíricos. Apuntan la temperatura, la hora, la composición exacta.
"Se trata de saber cuándo se hace la primera espuma. La primera vez para la gel y los aires", dice Adriá, 43, que de algún modo logra no sonar pedante.
Achaparrado y de blanco almidonado, habla un español rápido e informal, y las palabras se agolpan y enciman unas en otras como si su boca no pudiera seguir el ritmo de su cerebro. Usa sus manos, se acerca, te coge el brazo para dar énfasis.
"Del mismo modo que puedes entender a Picasso y cómo progresó su arte estudiando cómo pintaba cada tela, puedes ser capaz de entender lo que pasa con el alimento. Tienes que apuntarlo", dice Adriá, que ha formulado una especie de tabla periódica de ingredientes.

Padres de las Espumas
Es conocido como el padre de las espumas, pero cuando imitadores en todo el mundo prensan toda substancia comestible imaginable a través de sifones, Adriá ha seguido hacia algo todavía más surrealista.
Los aires.
Una vez que entendió cómo convertir batiendo la esencia de un ingrediente en una efervescencia luminosa casi sin ninguna consistencia, simplemente un sabor concentrado que parece desvanecerse en la boca, estaba en camino de una nueva tangente.
"Su uso de técnicas científicas ha abierto muchas nuevas puertas y ha inspirado una nueva generación de cocineros", dice Vongerichten, que hizo conejo Kanzuri crujiente con puré de habas de soja para la cena tributo a Adriá. "Siempre será visto como la última revelación en la cocina".
Van Aken, de Florida del Sur, comió en El Bulli, el restaurante de tres estrellas de Michelin, de Adriá, en 1999, y todavía delira sobre esa cena.
"Fue una experiencia diferente dramáticamente. Me hizo pensar en un concierto de Mahavishnu de los años setenta donde no estaba moviendo mi cabeza con un ritmo que entendiera. Era más como estar parado ante una muralla de sonidos que me puso en trance. Los platos de Ferrán te pueden provocar un trance".
Adriá usa centrífugas y deshidratadores. Es un fanático del nitrógeno líquido, que echa humo y burbujea junto a la mesa mientras los camareros echan, revolviendo, líquidos tales como cachaza brasileña y lima para conjurar caipiriñas congeladas instantáneas.

Sorpresa
Le encanta el cloruro de calcio y alginato de sodio. Mezcla el alginato con, digamos, jugo de melón, coge una jeringa y estruja unas gotas en la mezcla con una solución de cloruro de calcio, y las gotas se coagulan, formando gotas que se ven, se sienten y explotan en tu boca como el caviar, pero que ha de servirse como acompañamiento psicodélico de caldo de jamón. (Jamón con melón, lo llama; le gusta introducir la confusión en las cosas que conoces).
También está su famosa versión de los ravioles, transparentes bolsas comestibles que pueden contener de todo, desde guisantes hasta calabaza. Ostras crudas servidas con brillantes perlas en su interior, que explotan en esencias marítimas. ‘Nubes' parmesanas. Paté de hígado de ave seco. Leche eléctrica, una especie de lecha descremada con hierbas y especias picantes que hacen saltar tu lengua.
"Alguna gente llama deconstrucción a lo que hago. Nosotros deconstruimos, pero también reconstruimos", dice Adriá, mientras nos muestra el lugar que llama el taller. "Puede que visualmente no entiendas un plato, puedes no tener referencias con respecto a su textura o composición, pero tienes un recuerdo de los sabores".
Su comida es conceptual. Gira tanto sobre la alimentación del cerebro como del estómago. Y, sin embargo, te hará parar si sigues haciendo preguntas sobre procesos y tecnologías.
"Eso no es siempre importante. Lo importante es la emoción", dice Adriá, que te hace mirar un corto video de una pareja sentada a una mesa de treinta platos en El Bulli, al norte de Barcelona, cerca de la ciudad costeña de Rosas.

Gama de Emociones
La cámara los enfoca mientras ellos recorren toda la gama de emociones cuando se abocan a cada plato, algunos más marcianos que otros.
"Alguna gente que viene al Bulli son expertos gastrónomos, intelectuales modernos. Y no siempre lo entienden. Y luego tienes, a veces, una pareja octogenaria que se encuentra aquí solamente porque sus hijos los enviaron para que celebraran sus bodas de oro, y puedes ver en sus ojos que la experiencia los ha emocionado", dice Adriá. "No necesitas entender la técnica, basta con la sensibilidad".
Una vez dicho esto, pega un salto y me lleva a una caja de cebollas blancas como la nieve que acaban de llegar de Segovia. Las cebollas esperan en un mesón de la impecable cocina de acero inoxidable, más tema que ingrediente.
Te puedes pasar toda la tarde en el taller y no oler nunca olores de cocina. No se oye ninguno de los ruidos típicos de las cocinas, nada de chisporroteos, nada de borboteos. Sólo tranquilos trabajadores de cara seria inclinados sobre escalas y ordenares portátiles y montículos de polvos irreconocibles.
"Todavía no sé qué voy a hacer con las cebollas. Me dicen que son las Rolls-Royce de las cebollas. Las estudiaremos", dice Adriá con un brillo casi loco en sus ojos.
Se refiere a sí mismo como el Dr. Jekyll, aunque ha estado trabajando en su parte de Mr. Hyde, dice.
En el taller, Mr. Hyde se vuelve loco. Su ambición más clara: inventar algo que nadie haya concebido antes. El Dr. Yekyll es el lado más sobrio, que se concentra en hacer dinero.
El Bulli, con cincuenta sillas, abre sólo a la cena seis meses al año. El resto del tiempo, Adriá y su equipo se esconden en el laboratorio de Barcelona, preparando creaciones para la siguiente temporada en El Bulli. Conseguir una reserva puede tomar años. Unas 500 mil personas lo intentan cada temporada; sólo ocho mil lo logran. Adriá podría cobrar mucho más que 200 dólares por persona (más el vino y el servicio), pero no lo hace.

Otros Negocios
"Puedes hacer dinero y arte al mismo tiempo", dice. "Yo soy afortunado de no tener que hacer dinero en El Bulli. Lo hago con otros negocios. Es por eso que Mr. Hyde es tan importante. Para que el Dr. Jekyll pueda hacer lo que quiera".
Adriá está preparado una cadena de comida rápida llamada Fast Good, que sirve hamburguesas de alta calidad, patatas fritas en aceite de oliva fresco y ensaladas y bocadillos para llevar. El primero abrió en Madrid el año pasado. También desarrolló su propia patatita frita para Lay's, llamadas Lay's Artesanas.
Al mismo tiempo, su mente está girando y pensando en mañana.
"A alguien se le tuvo que ocurrir romper un huevo encima de aceite hirviendo. Quién sabe quién. Pero esa persona fue la primera que hizo un huevo frito. Y el huevo frito es arte y perfección", dice Adriá.
"Ya veremos qué ocurrirá con nosotros después".

lmartin@MiamiHerald.com

©miami herald
©traducción mQh
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cocina y escritores extremos


[William Grimes] Y comiendo extremada y extravagantemente.
En 1953, Alfred A. Knopf publicó ‘Blue Trout and Black Truffles', una antología de elegantes ensayos en los que Joseph Wechsberg, un cosmopolita políglota, visitaba los restaurantes más exquisitos del mundo. Cenó. Disfrutó. Apuntó sus impresiones. Creó un clásico culinario.
¿Tendría este libro alguna posibilidad de ser publicado hoy?
Wechsberg no tuvo que remar el Irrawaddy a la búsqueda de un tritón a la parrilla. No tuvo que banquetearse con sofritos de pulmón de murciélago o de corazones de culebras. No tuvo que internarse en los montes de Carolina para encontrar al último ejemplar vivo del señor de las ardillas fritas ni conducir en autopistas azules a la búsqueda de pasteles de crema azucarada. No participó en ningún campeonato de consumo de jalapeños. De hecho, para sus viajes culinarios nunca salió de Europa.
Y ese subtítulo: ‘The Peregrinatins of an Epicure'. [Peregrinaciones de un gourmet]. En serio.
Como sus colegas en el género de viajes, los escritores gastronómicos han cruzado una frontera. El viaje en avión barato, el turismo de masas y la televisión, para no mencionar una horda de periodistas con ambiciones literarias, han achicado el planeta e impuesto absurdas exigencias a cualquiera que trate de ofrecer una experiencia exótica a los lectores. Cuando todo el mundo, sea en persona o mediante Food Network, ha probado la comida de las calles de Hanoi, ¿qué es lo que queda?
Bueno, siempre está la Copa Ala. La Copa Ala es un torneo salvajemente popular que se realiza todos los años en Filadelfia, en el que los participantes apuestan a quién puede tragarse la mayor cantidad de alas de pollo Buffalo en treinta minutos. Figura en lugar destacado en dos libros sobre campeonatos profesionales de comilones: ‘Eat This Book', de Ryan Nerz, y ‘Horsemen of the Esophagus', de Jason Fagone. El mero hecho de que existan dos libros sobre el tema dice algo sobre la literatura gastronómica del momento.
Nerz es juez de la Federación Internacional de Comilones Competitivos, la organización más grande que aprueba eventos como la Copa Ala. Fagone, escritor de una revista de Filadelfia, cubrió la Copa Ala y luego se zambulló de cabeza en la subcultura de los torneos culinarios, asistiendo a 27 competencias y gastando un montón de tiempo con ‘regurgitadores' como David Coondog O'Karma (conocido como Coondog), "campeón de equipo del torneo de salchichones de Canton, Ohio", el campeón del tiramisú, Tim Janus (Eater X) y Bill Simmons (El Wingador), un camionero de Nueva Jersey de 146 kilos y cinco veces campeón de la Copa Ala.
Ambos libros son divertidos de modos diferentes. Los dos han tratado de tomar la medida de dos competidores asiáticos que han derrotado a sus rivales. El asombrosamente delgado Takeru Kobayashi, superestrella bonafide de las comilonas competitivas, llega todos los años a las primeras planas participando en el campeonato de perritos calientes de los Famosos Nathan de Coney Island y humillando a los competidores estadounidenses. En julio de 2004 se engulló 53 ½ perritos calientes (con sus bollos) en 12 minutos. El segundo lugar llegó a 38.
En tercer lugar estaba Sonya Thomas, una menuda inmigrante coreana y ex gerente de Burger King que era presentada en los escenarios como "un cruce entre Anna Kournikova, Billie Jean y un chacal salvaje del Serengeti". Thomas es la actual titular de las comilonas de ravioles (1 kilo 800 gramos en 12 minutos), ostras (46 docenas en 10 minutos), huevos (65 huevos duros en 6 minutos y 40 segundos) y turducken, que es un pavo deshuesado relleno de pato que ha sido, a su vez, rellenado con pollo. Thomas se tragó casi ocho libras de turducken en 12 minutos. A menudo dice que después de los torneos queda con hambre.
Ni en sus campeonatos más exóticos ha intentado Thomas comer escorpiones. Eso queda para Anthony Bourdain, cuyo primer y tolerante libro ‘La cocina confidencial' [Kitchen Confidential] lo lanzó a una carrera como comilón extremo. Ningún plato es demasiado extraño, ninguna avanzada demasiado remota para el imperial apetito de Bourdain, que se sometió a una cansadora gira por el mundo en ‘A Cook's Tour: In Search of the Perfect Meal' y lo lleva algo más lejos en ‘The Nasty Bits', una colección de sus reportajes gastronómicos y otros artículos.
Los excesos y las desgracias auto-infligidas de Bourdain le han proporcionado sus mejores materiales. En Singapur, donde su reputación le precedió, descubre el lado inconveniente de la fama como comilón aventurero. "La gente quiere que pruebes sus cosas", escribe. "Y no se trata de cualquier cosa. Te quieren ver mordisquear las regiones más profundas de bestias inusuales".
Algunos de los artículos de ‘The Nasty Bits', escritos con piloto automático, podrían haberse quedado donde aparecieron por primera vez, en números antiguos de revistas británicas y australianas. Pero la mayoría son incursiones terriblemente divertidas en el ancho mundo de las comidas, no siempre en locaciones demasiado remotas. Bourdain adopta una visión asombrosamente tolerante de Las Vegas, donde comió en los restaurantes más visitados y llenos de celebridades del momento.
Reprende las divagaciones vegetarianas de Woody Harrelson, explica el lenguaje culinario experimental del influyente chef español Ferrán Adría y rinde un sentimental homenaje a un bistró de otra dimensión espacio-temporal en Manhattan, que todavía sirve descaradamente ternera estofada en salsa blanca. Con esto se aventuró probablemente en lo que es para él su terreno más exótico, la cocina casera francesa tan venerada por los gourmets en peregrinación.
Nada de eso le sirve a Stefan Gates, que presenta recetas de carne humana y explica cómo dorar un gusanito Cheeto en ‘Gastronaut', su surrealista respuesta al tradicional libro de cocina. Gates, que es británico, se describe a sí mismo como un gourmet desesperado, y en realidad hay algo de desesperación en su determinación de probar las posibilidades culinarias de la cera y las uñas. Fue apartando durante semanas sus uñas cortadas en una caja de cerillas y luego, utilizando mano y mortero las molió y convirtió en un crujiente polvo que metió en un pastel.
¿Los resultados? No muy alentadores. "Tuve un asomo de asco al morder algunos de los pedazos de uñas más grandes y el vago sabor de un pastel de hadas, pero aparte eso, el experimento fue una completa pérdida de tiempo", escribe. "Os recomiendo que no lo intentéis". Y parecer ser válido para gran parte de su libro.
Mucho más atractiva es la quijotesca búsqueda de Steven Rinella en ‘The Scavenger's Guide to Haute Cuisine'. Rinella, un ávido cazador y pescador, de algún modo se hizo con la ‘Guía de cocina' [Guide Culinaire] de Escoffier y se quedó encantado con la amplia variedad de pescado y gamo utilizados en la cocina francesa durante el cambio del último siglo. Con caña y escopeta se larga a la búsqueda de los ingredientes que necesita para organizar un banquete de cinco días con 45 de los platos de Escoffier. Y lo logra, incluso hasta la carpe à l'ancienne. No es lo mismo que ‘La fiesta de Babette', pero Babette no tuvo que rellenar una vejiga de antílope con pato.
Rinella viajó extensamente, sólo para ser superado por Jane y Michael Stern, los que durante 30 años recorrieron los caminos secundarios de Estados Unidos, buscando restaurantes, mesones de mamá y papá y cafeterías todavía no contaminadas por las fuerzas homogenizadoras de la comida rápida. Sus hallazgos, publicados en libros como ‘Roadfood' y en su columna mensual en Gourmet, constituyen un inventario de platos estadounidenses caseros y peculiaridades regionales, la mayoría de ellos en rápida desaparición.
En ‘Two for the Road', los Sterns miran en el espejo retrovisor, recordando la serie de accidentes que los hizo empezar, los métodos de investigación que formularon en sus libros y artículos y los 72.427 platos que han degustado en sus viajes.
Siempre he sido ambivalente sobre los Stern. ¿Es la comida misma, o la idea de la comida, lo que les gusta? ¿Es la ensalada verde Jell-O rellena con pedacitos de galletas saladas en una ensaladera de mal gusto o la ensalada misma? ¿Son sinceros o condescendientes? De acuerdo a la evidencia en ‘Two for the Road', son bastante sinceros, aunque los dos estudiaron en una escuela de bellas artes, lo que implica un irónico desequilibrio en el ADN. Estas son personas que insisten en parar en cárceles para comprar en las tiendas de regalos.
Los Stern tiene algunas buenas historias que contar en ‘Two for the Road' y al menos un secreto escandaloso que ocultar: A la señora Stern no le apetece el pescado y no le gustan la mayoría de los condimentos. Estos sería un serio obstáculo profesional, pero aparentemente no lo es.
Cualquiera que envidie sus despreocupadas vidas en la carretera debería considerar cuidadosamente el esquema de trabajo: "Conducir, conducir, conducir; comer, comer, comer; seguir conduciendo; comer algo más; volver a comer".
Gael Greene debe ser la crítico gastronómica que ha comido más comidas que los Stern. Tras ser rescatada del anonimato por el editor Clay Felker en 1968 e instalado como crítico de restaurantes de la revista New York, Greene se sentó a la mesa y se alimentó vorazmente mientras una revolución culinaria transformaba los restaurantes estadounidenses y convertía a Nueva York en la más excitante ciudad gastronómica del mundo. Sus memorias ‘Insatiable' dejan claro que tuvo una increíble suerte en estar en la ciudad indicada en el momento oportuno. Pero también era la escritora indicada para la revista para la que trabajaba.
La mayoría de las críticas de restaurantes era convencional, quisquillosa y estirada, y se expresaba con la voz omnisciente del connoisseur masculino. Greene contribuyó a cambiar eso. Una mujer del Oeste Medio que adoraba a periodistas de cine descarados como Rosalind Russell, desarrolló un impertinente estilo literario escribiendo para Cosmopolitan y The New York Post. Introdujo a la mesa un perspicaz ojo femenino, junto con su paladar y la habilidad de interpretar los comedores como si se tratara de un texto social. La prosa, trabajada y casi erótica, hacía creer que fuera lo que fuera que Meg Ryan tenía en el plato en ‘Cuando Harry conoció a Sally', estaba comiendo todo el tiempo.
‘Insatiable' sirve como un recordatorio de lo refrescante e inteligente que podía ser Greene. Y también desvergonzada. Un romance de una noche con Elvis en 1956, define el tono de tórridos encuentros por venir con gente como Clint Eastwood, Burt Reynolds y un actor pornográfico de nombre realmente desagradable con el que Greene se enredó en los años setenta. En ese momento, menos podía ser más. ¿Volvamos a las comidas?
Pero la comida y el sexo, como lo implica el título del libro, fueron siempre difíciles de separar, a veces complicando bastante el trabajo de la escritora. "Me sentía ansiosa por reseñar al chef con el que me estaba acostando", escribe Greene en un pasaje, recordando su aventura con Gilbert Le Coze, de Le Bernardin. Sí, eso podía ser un problema.
En ‘The Omnivore's Dilemma', Michael Pollan demuestra convincentemente que la comida más rara se puede encontrar justo a la vuelta de la esquina en tu McDonald's local. Siguiendo metódicamente la cadena alimentaria, analiza cuatro comidas que representan cuatro tipos de relaciones con sus materias primas: el festín de los cazadores-recolectores, el alimento orgánico tanto industrial como artesanal y la comida basura.
La comida rápida es la más compleja, y le proporciona a Pollan sus mejores materiales, cuando anatomiza brillantemente la dieta basada en el maíz que emergió después de la posguerra y las infernales manipulaciones que ha producido la ciencia, sin desdeñar el nivel molecular.
Además, trata la ética de comer carne, las contradicciones implicadas en la agricultura orgánica, las catastróficas consecuencias de la producción industrial de alimentos y un montón de otros temas que deberían ser importantes para los que levantan el tenedor y el cuchillo. Sin darse cuenta, los estadounidenses han creado la dieta más extravagante del planeta, y la tienen debajo de sus propias narices. Eso sí que es un extremo.

Libros reseñados:
Ryan Nerz
Eat This Book
St. Martin's Griffin
308 páginas
edición de bolsillo
$14.95

Stefan Gates
Gastronaut
Harcourt
257 páginas
edición de bolsillo
$14

Jason Fagone
Horsemen of the Esophagus
Crown Publishers
302 pp.
$24

Gael Greene
Insatiable
Warner Books
368 pp.
$25.95

Anthony Bourdain
The Nastsy Bits
Bloomsbury
288 pp.
$24.95

Michael Pollan
The Omnivore's Dilemma
Penguin Press
450 pp.
$26.95

Steven Rinella
The Scavenger's Guide To Haute Cuisine
Miramax
319 palabras
$23.95

Jane and Michael Stern
Two for the Road
Houghton Mifflin
292 pp.
$24

12 de mayo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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comiendo como hombres


[Candy Sagon] En la promoción de nuevos productos, las cadenas de restaurantes apuestan a la carta del sexo.
¡Nunca más comida de chicas! ¡Olvidemos el quiche y el tofu! Y, ya que estamos, quememos esos calzoncillos y rompamos las furgonetas. Se hombre, man. ¡Come carne!
Ese es el mensaje de un nuevo e irónico reclame del gigantesco bocadillo Texas Double Whopper de Burger King. Es apenas uno de varias nuevas campañas publicitarias de restaurantes que adoptan (dependiendo de su punto de vista) un punto de vista humorísticamente realista o fastidiosamente sexista de un viejo debate: comida masculina versus comida femenina.
Friday's y Hardee's se han unido al carro de que la carne es cosa de machos: Friday's con su reclame Meat Fanatics [Fanáticos de la Carne] en el que un tipo que pide un surtido de verduras es arrasado por sus amiguetes que piden bifes, hasta que le agrega algo de salsa, y Hardee's con su Monster-Thickburger [Hamburguesa Monstruosamente Gruesa] de 1.400 calorías, un bocadillo que el director ejecutivo de Hardee's, Andrew Puzder, ha llamado "no una hamburguesa, sino una triburguesa".
El reclame de 60 segundos de Burger King -una parodia del feminismo de los años sesenta-, muestra a unos hombres marchando por una calle, quemando sus calzoncillos, desplegando pancartas que dicen ‘Coma Esta Carne', insultando el quiche y cantando su nuevo himno, al ritmo del éxito de Helen Reddy, de 1972, ‘I Am Woman': "I am man, I am incorrigible, and I'm way too hungry to settle for chick food" [Soy un hombre, soy incorregible, y tengo demasiado hambre como para conformarme con comida para chicas].
El reclame culmina con una furgoneta volcada sobre un puente y un mensaje con voz en off: "Come como hombre, man".
El crítico Bob Garfield, que escribe para Advertising Age, llama el comercial de BK "auto-despectivo y divertido" y cree que "apunta a una verdad humana: los hombres necesitan cantidades gigantescas de comida".
Garfield considera esta tendencia de comida para tíos como prueba de que la sociedad ha superado la corrección política. Ahora somos libres de criticar lo obvio sin miedo a ser calificado de sexistas o retrógrados", dice.
Bueno, no tanto. La crítica Barbara Lippert, que escribe para Advertising Week, piensa que los nuevos reclames masculinos son sexistas y retrógrados. "El mensaje es que ‘los hombres de verdad no comen quiche'. Es un retorno a los años setenta", dice.
Al menos una cadena de restaurantes está de acuerdo. McDonald's ha adoptado el punto de vista opuesto en su reclame artístico de su nueva Asian Salad [Ensalada Asiática].
La ensalada -con pollo a la parrilla, mandarinas, habas de soya, almendras, guisantes, verduras y un aliño poco graso- está diseñada especialmente para mujeres. En los reclames, la ensalada se despliega como una colorida flor, adoptando formas de caleidoscopio y luego introduciéndose en un cuenco. Una delgada y joven mujer está mordisqueando un guisante delicadamente.
Es femenino, y efectivo. "McDonald's ha dado grandes pasos para vender ensaladas a mujeres. Las ensaladas han dado vuelta su negocio", dice Garfield.
Los anuncios dirigidos solamente a hombres -o mujeres- no son nuevos. Para los hombres, pensad en los platos congelados ‘Hungry Man' [Hambriento] de Swanson, o en la cerveza Bud Light. Para las mujeres, la lista incluye casi de todo, desde yogur hasta desodorante.
Los reclames de hoy pueden ser más directos, observa Garfield, pero todo depende de la estrategia de la compañía.
"McDonald's quiere cultivar un nuevo segmento que no ha estado consumiendo sus productos: mujeres", observa. "La estrategia de Burger King es aumentar su segmento más grande, los adultos jóvenes, porque son los que compran la mayoría de sus hamburguesas. No van a gastar dinero en preparar menús grandes para mujeres neoyorquinas de cincuenta años".

6 de junio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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cuisine en las calles de nueva york


[Patricia Harris y David Lyon] Premios para los mejores puestos callejeros de comida rápida en Nueva York.
Nueva York, Estados Unidos. Hay quince mil cocinerías en la Ciudad Desnuda, y este artículo no gira sobre ninguna de ellas. Por culpa del dinero, el corazón y el alma de la cocina de Nueva York no están en los restaurantes de barrio, en las pizzerías de la esquina y ni siquiera en los elegantes salones de comedor que están surgiendo en el barrio del Matadero. La comida del alma de Manhattan se encuentra en las esquinas de la calle a mediodía, cuestan unos centavos y a menudo se la devora con el clásico estirón neoyorquino.
Los chefs de los restaurantes elegantes han tenido sus Premios James Beard durante años, y ahora la gente que sirve a la gente está recibiendo el reconocimiento de los suyos: la Vendy Award para la cocina de carritos. Después de cocinarlo, en noviembre pasado, en el garaje de NoHo donde los vendedores callejeros guardan sus carritos, Rolf Babiel, de Hallo Berlin, eligió a los tres mejores finalistas para que se llevaran a casa el primer Vendy, otorgado por el Proyecto Vendedor Callejero del Centro Jurídico Urbano.
Así empezamos nuestro movido festín hasta el tope de la cadena alimentaria.
Incluso antes de mediodía, los parroquianos de HalloBerlin hacían una ordenada y educada cola que se estiraba por la calle 54 hasta la Quinta Avenida a medida que Babiel convocaba por turnos a los futuros comensales. "Somos alemanes", dijo en un inglés teñido con un acento prusiano. "Si hacemos algo, lo hacemos bien o no lo hacemos".
Babiel domina bien el arte de la publicidad. En el costado de su carrito, grandes fotos de Dwight Eisenhower y José Stalin alaban los especiales Democracia y Dictador, respectivamente. Los dos vienen con patatas fritas y repollo rojo. Con el Especial Dictador, "tienes que aceptar lo que yo te sirva", dice Babiel, pasándonos una vienesa y un salchichón. Si pides el Especial Democracia, tendrás un surtido de salchichas. El Especial Democracia cuesta, dicho sea de paso, un tercio más. (Pero también incluye dos albóndigas de Bavaria).
A pesar de las bromas de Babiel sobre la cocina totalitaria, desde que emigrara de la antigua Alemania del Este en 1975 y ocupara esta ajetreada esquina, ha sido uno de los más exitosos capitalistas callejeros de Nueva York. Babiel puede ser extravagantemente divertido, lo que hace que el lento servicio sea casi un placer, pero su clientela no está construida sobre su encanto. Los clientes vuelven por la comida. Tiene tres abastecedores alemanes, y las salchichas, con sus tripas apretadas y crujientes y de sabrosos contenidos, son más que auténticas -son realmente buenas. Y las patatas alemanas y el repollo rojo cocido al vapor tampoco están mal.
Los otros dos finalistas de Vendy sirvan a la gente del centro, así que nos trasladamos a la Avenida Madison con la calle 62, donde Tony ‘el Dragón' Dragonas y su pollo a la parrilla de carbón ha sido parte del mobiliario desde hace 20 años. Las torres de oficinas acababan de expulsar sus hordas de la hora de almuerzo, así que la espátula de Dragonas no cesa de moverse. Siguiendo el consejo de un parroquiano leal, le pedimos que agregara hojas de albahaca a nuestro bocadillo de pollo, lechuga y salsa blanca en un pan pita. Dragonas se sorprendió y nos miró atentamente: "¿Ustedes no vienen a menudo, no?"
"No todavía", contestamos antes de cruzar hacia el Central Park para ocupar una banca y comer a nuestro gusto.
Desgraciadamente nos perdimos al tercer finalista de la zona centro, el equipo de Best Halal que trabaja por las noches (de las ocho de la tarde a las cinco de la mañana) en la esquina de la calle 53 y de la Sexta Avenida. Los nominadores han elogiado sus legendarios platos de pollo o cordero con arroz, diciendo que la gente venía hasta desde Jersey para probar la salsa secreta. Ya estamos organizando una expedición para la siguiente vez que debamos pasar la noche en Manhattan.
El cuarto finalista, Thiru Kumar, está instalado en un sitio en la Washington Square en el Village. El ‘Dosa Man' viene de Sri Lanka y ha estado sirviendo sus platos vegetarianos callejeros al final de la calle de Sullivan durante más de cuatro años. Dice que es el único carrito vegetariano en Estados Unidos y Canadá; ciertamente es la única esquina llena de estudiantes de la multi-étnica Nueva York.
Divya Anantharaman , una estudiante de India del Sur, de Columbia, que estudia un día a la semana en la Universidad de Nueva York, nunca se pierde la oportunidad de comer en el puesto de Kumar. "Cocina mejor que mi mamá", admite. "Me viene como caído del cielo".
El plato más popular de Kumar es el Special Pondicherry Masala, un panqueque de lentejas y harina de arroz relleno de patatas y verduras. Mientras charlábamos (y degustábamos), varios estudiantes pararon para pedir sus muslos con soya. Los rollos de verdura fritos son especialmente adictivos cuando se los unta en una salsa de coco y se bajan con una pungente cerveza de jengibre de Sri Lanka.
El agridulce final fue la conclusión perfecta de nuestro recorrido. La cuenta no llegó a los 20 dólares -nada de mal para una comida de primera clase.

Hallo Berlin East 54th Street between 5th and 6th avenues

Tony Dragonas East 62d Street at corner of Madison Avenue

Best Halal West 53 d Street at 6th Avenue

Thiru Kumar, a.k.a. ``Dosa Man" Washington Square South at Sullivan Street

www.streetvendor.org

harris.lyon@verizon.net

1 de junio de 2006
©boston globe
©traducción mQh
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santa caballa


[Marian Burros] Santa caballa y otros peces libres de culpa en Nueva York. Puede servir de orientación en otros lugares.
En los años cincuenta, cuando había montones de peces en los océanos y ríos, los estadounidenses -a excepción de los católicos los viernes- se interesan muy poco en ellos. Pero ahora que hemos descubierto las delicias y beneficios de comer pescado, muchas especies están casi extintas y muchas han sido contaminadas por la polución industrial.
Las informaciones proporcionadas por organizaciones de seguridad alimentaria y ambientales pintan un desalentador y a veces confuso panorama sobre los alimentos marinos que podemos comer. Mencionan docenas de especies cuyo supervivencia está amenazado por la sobreexplotación; peces cuya captura amenaza a otras especies que son accidentales cogidas y desechadas; y peces que contienen peligrosos niveles de mercurio, PCB y pesticidas. Alguna gente simplemente ignora las advertencias.
Pero, ¿qué pasa con el pescado que sí comemos sin preocuparnos?
Como el niño tímido en el baile cuyos encantos no son todavía inmediatamente perceptibles, la impopularidad ha mantenido circulando a algunas especies, que esperan ser descubiertas. La caballa atlántica acarrea su reputación como un protector de bolsillos y gafas de carey, pero un poco de atención revela su lado encantador. Cuando un vegetariano que conozco volvió a comer pescado, y luego habló maravillas de la caballa, supe que era tiempo de darle una oportunidad.
El mero chileno hace las delicias de todo el mundo, pero tanta predilección lo está matando y necesita que sus fans lo dejen descansar. El halibut del Pacífico, el bacalao negro y el mahi-mahi son excelentes substitutos del mero chileno.
Las sardinas se han convertido en dignos preferidos de los restaurantes italianos y con una rápida fritura los eperlanos de mi juventud huelen tan bien como hoy.
Las agotadas especies silvestres cuentan a menudo, como alternativa, con versiones criadas. Pero algunas de ellas plantean problemas ambientales y de sanidad (como el salmón) o simplemente no son muy sabrosas (como la tilapia). Por otro lado, la trucha arco iris y el bagre son deliciosos, incluso apenas fritos a la sartén con un poco de harina de maíz. Y para los que prefieren los mariscos y moluscos, hay pocas restricciones.
Entre estas opciones, hay algunas que son altas en ácidos grasos omega 3 que pueden reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares: salmón silvestre, incluyendo el enlatado; la caballa atlántica; el arenque; las sardinas; el bacalao negro; las anchoas; y las ostras de criaderos.
Nuestra lista se compone de peces que no son un problema ambiental: se pueden comer una vez o más a la semana. La hemos hecho en base a Oceans Alive, un sitio en la red de Environmental Defense, un grupo ecologista. La lista se centra en riesgos para los humanos debido a los contaminantes y daños a los peces de parte de las pescas industriales.
Environmental Defense proporcionó informaciones adicionales al New York Times sobre pescados disponibles en los mercados de Nueva York que no están en su lista oficial. El Acuario de la Bahía de Monterrey, que tiene un sitio en la red sobre problemas ambientales (mbayaq.org/cr/seafoodwatch.asp), colabora estrechamente con Environmental Defense.
El sitio de Oceans Alive Web (oceansalive.org/eat.cfm) tiene información sobre casi 200 especies de peces de aleta, mariscos y moluscos. Muchos llevan un sello indicando su situación ecológica y el impacto que tiene la pesca sobre la población de la especie. Otras tiene un sello de sanidad, y el sitio sugiere cuántas veces al mes se pueden consumir esas especies por hombres, mujeres, niños hasta los seis años y niños de seis a doce años. Las raciones deben ser de ocho onzas (226 gramos) para los hombres, seis (170 gramos) para las mujeres, cuatro y medias (128 gramos) para los niños mayores y tres (85 gramos) para los niños menores.
Si Oceans Alive no puede encontrar suficientes datos sobre los contaminantes en una especie, recomienda no comerla más de una vez a la semana.
Al compilar nuestra lista, los alimentos de mar considerados en peor situación, como el mero chileno, no fueron incluidos, exista o no un problema sanitario. Al mismo tiempo, algunas especies, como la lubina rayada silvestre, son considerados en una buena situación ambiental debido a las estrictas regulaciones pesqueras, pero Oceans Alive dijo que no deben ser consumidas debido a los altos niveles de contaminantes. Así que no las incluimos.
(La lubina rayada de vivero puede consumirse una vez a la semana, de acuerdo a la organización, pero el sabor no es muy bueno).
No todo el mundo cree que estos contaminantes creen un problema de salud. La industria del atún, por ejemplo, cree que los niveles de mercurio en su especie son suficiente bajos como para que los beneficios del consumo de atún superen los riesgos. Otros dicen que los niveles de PCB y pesticidas han descendido considerablemente en los últimos veinte años y ya no son peligrosos.
Comprar pescados en la lista sin problemas puede ser engañoso. Los pescaderos son rácanos con la información, y sus letreros pueden ser falsos. El año pasado el Times constató que gran parte del salmón etiquetado como silvestre en las pescaderías de Nueva York en la temporada baja era en realidad de viveros. De acuerdo a la ley, las etiquetas de los pescados deben mostrar su país de origen, pero las pescaderías ofrecen muy pocos datos.
Buena suerte cuando quiera descubrir si el halibut es del Pacífico o del Atlántico. El primero es altamente recomendado, el último ha sido sobre-explotado y puede estar contaminado con mercurio. Pero mientras más importunen los clientes a los pescaderos con preguntas, más probable es que se vean obligados a responder. Los pescaderos deberían saber si el pescado es de vivero o silvestre.
No todos van a gustar de los pescados de la lista sin problemas. Pero el lenguado y el halibut, las sardinas y el mahi-mahi, para no decir nada de los mariscos, deben estar muy arriba en la mayoría de los listados. Luego está el salmón silvestre, mi debilidad en la estación e incluso en invierno. Cuando ha sido congelado correctamente, es delicioso, mucho mejor que el fresco de viveros.

Guía de Pescados, Mariscos y Moluscos Permitidos
Estos pescados se pueden comer una vez a la semana, los adultos, de acuerdo a un estudio de los niveles de contaminantes del Environmental Defense. Los marcados con un asterisco pueden ser degustados con más frecuencia.

Silvestres
* Anchoas
Salvelino
*Palometa moteada del Atlántico
*Bacalao negro
*Lubina del Mar Negro -los niños, no más de cuatro veces al mes.
*Abadejo eglefino
*Merluza (blanca, plateada y roja)
Merluza (chilena, del Cabo y argentina)
*Halibut (sólo del Pacífico) -niños mayores, tres veces al mes; los menores, dos veces.
*Arenque
*Caballa (sólo del Atlántico o de Boston)
Mahi-mahi -niños menores, tres veces al mes.
*Bacalao del Pacífico
*Lenguadina del Pacífico (limanda)
*Pescadilla del Pacífico
*Platija
Pargos
*Salmón (del Pacífico)
*Sardinas
*Sábalo
Eperlano
*Lenguado (gris, petrale, rojo, de aleta amarilla)
Lenguado (de Dover; inglés o limón -niños mayores, tres veces al mes, niños menores dos.
Pescado blanco

Viveros
Carpa
Bagre (doméstico)
Lubina rayada (perro del norte)
*Tilapia
*Trucha (arco iris); trucha (cabeza de acero)

Mariscos
*Almejas (mercenarias norteñas)
Almejas (lisa del Atlántico, mantequilla, Manila, quahog del océano, geoduck del Pacífico, pequeño cuello del Pacífico y almeja del vapor)
*Cangrejo (buey del Pacífico, de las nieves). Dungeness: niños menores una vez a la semana.
Cangrejo (de roca de Florida, de mar, rey)
*Cangrejo de río (Estados Unidos)
*Langosta (americana) -niños de dos a cuatro veces al mes.
*Mejillones (azules viveros, azules silvestres -niños dos a tres veces al mes.
Mejillones (verdes de Nueva Zelanda, mediterráneos)
Ostras (de viveros Eastern y Pacífico)
*Vieiras (de la bahía; nordeste, mar canadiense)
*Ostiones (de la bahía; del nordeste, mar canadiense)
*Gambas (americanas rosadas silvestres, blancas, marrones)
Gambas (langostinos de mancha blanca y gambas norteñas)
*Calamar
*Langosta espinosa (Caribe, Estados Unidos y Australia)

31 de mayo de 2006
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ruta de la hamburguesa


[Frank Bruni] Por un momento, dudé de mis ojos. ¿Lo había creado con mi mente? ¿Estaba soñando?
Luego, al acercarme, confirmé que las rayas en el horizonte -las que se elevaban por encima de una hilera de restaurantes de comida rápida de McDonalds y logos de Taco Bell- eran en realidad naranjas y blancas. Formaban una decidora consonante cerca del final del alfabeto.
Después de cuatro días, diez estados y veinte comidas en coche, tenía frente a mí la brillante W de un Whataburger.
"¡Allá!", apunté. "¡Mira!"
"No veo...", se quejó mi acompañante, aturdida por el pollo frito de Popeyes, el pescado frito de Captain D's Seafood y las otras cosas fritas que comimos en las otras freidurías que visitamos ese día.
Sus protestas se fueron apagando, porque entonces vio. ¿Cómo -preguntó- pude ver ese letrero tan lejos?
Ah, no lo sé. Pero esa noche en Shreveport, Louisiana, había adquirido el extravagante don de detectar hamburguesas de res y bollos de semillas de sésamo en lugares donde no era evidente que hubiera. Me había convertido en una vara adivinatoria de restaurantes de comida rápida, especialmente de los desconocidos.
Y Whataburger, ausente de largos tramos de la autopista al este de Mississippi, estaba un poco más adelante.
"Cena", dije, y apreté el acelerador.
Hace unas semanas me embarqué en una glotona odisea, con un reparto cambiente de cómplices, a lo largo de este país de la comida rápida, de Nueva York a California, de mar a mar. Fue un atracón ambulante, tan perverso como una película de carretera.
Pero mi objetivo no era subir de peso. Era evaluar y elegir a los mejores establecimientos de comida rápida, analizando conocidas cadenas nacionales, cadenas regionales poco conocidas y pequeñas cadenas locales que no había visto nunca. Entrar por la ruta culinaria menos transitada, al menos por mí.
Soy un comensal mimado, mi dieta es más rica en pichones, y más pobre en perritos calientes, que la de la mayoría de los americanos. Como crítico de restaurante, normalmente mis comidas duran tres horas en mesas bellamente dispuestas. En este viaje tuve comidas de tres minutos sentado detrás del volante o en el asiento de pasajero, con el salpicadero como aparador, un altar automotriz sobre el cual se ordenaron hamburguesas Quarter Pounders y frijoles y burritos de queso, tan meritorios de ser evaluados como mollejas de ternera y paté de hígado de pato.
Hasta que llegué al In-N-Out Burger, de Torrance, California, al octavo día de mi recorrido, todas mis comidas rápidas las disfruté, como es a menudo el caso con las comidas rápidas, en el coche, que olía cada vez peor a medida que seguía el viaje. El aroma de una hamburguesa de White Castle se queda colgando como un invitado pesado o como juez de la Corte Suprema.
Finalmente, mi período de prueba se extendió por nueve días, quince estados, 5.870 kilómetros y 42 visitas a 35 restaurantes diferentes (algunos más de una vez). Obtuve importantes conocimientos. Aprendí invalorables lecciones.
Aprendí que en Pensilvania abundan las trampas de velocidad, en Virginia del Oeste los animales atropellados y Tejas los tacos, que se pueden encontrar en Taco Cabana y Taco Bueno, Taco Villa y Taco Casa. ¿Somos un país homogéneo? No, no el nuestro. Las franquicias del pollo de Mrs. Winner, de Georgia, dio el paso a los concesionarios de Carl's Jr. en Arizona, el decorado y fuente de carbohidratos en constante cambio.
Me enteré de que Culver's, una cadena de Wisconsin, sirve blandas hamburguesas en bollos de pan untados generosamente con mantequilla, y de que Sawyer's ofrece Buffalo fingers [fritos de res], que se untan en una ácida salsa de tomates, acompañados por una salsa de queso azul, en dos locales, en Knoxville, Tennessee.
Aprendí la transcendente utilidad de las Wet Naps [toallitas húmedas] -para las manos, boca y volante. Aprendí que el arte de comer con la bandeja en el regazo se acompaña mejor de ropas oscuras, y que sería mejor todavía si se acompañara de un uniforme de personal de emergencias porque el ketchup, la mostaza y la salsa de barbacoa dentro y fuera de los bocadillos tienden a descarrilarse.
Unas bolsas de pasta roja de un Chick-fil-A de Birmingham, Alabama, deben considerarse como el Exxon Valdez de los derrames de condimentos, y mi Ford Taurus de alquiler, como el Príncipe William Sound, sólo se recuperó lentamente.
Esta aventura requiere algunos ajustes.
"¿Qué me recomiendas?", preguntaba a veces, por costumbre, cuando hablaba con otro conductor a través de la ventanilla del coche, ansioso de probar lo mejor que podía ofrecer una cadena.
Usualmente la pregunta producía respuestas de una sola sílaba: "¿Eh?" Así que empecé a preguntar qué bocadillos y agregados eran los más populares.
Hice amigos, como Elizabeth Stephens, 69, cuya furgoneta Buick de paneles estaba aparcada cerca de mi Taurus frente al Varsity en el centro de Atlanta.
El Varsity data de 1928 y tiene seis locales en Georgia, siendo el del centro de Atlanta el más conocido. Junto con el Culver's que visité en Rockwall, Tejas, fue mi parada favorita, pero pudo no haberlo sido si la señora Stephens no se hubiese dado cuenta de que mi amiga Alessandra y yo éramos neófitos y decidiera intervenir.
Nos propuso que pidiéramos el perrito caliente con chile y ensalada, una inspirada creación que incluye capas de ensalada [de repollo, zanahoria, cebolla y mayonesa] encima del chile, a su vez encima de un carnoso y humeante perrito, produciendo un escándalo de texturas y sensaciones frías y calientes que estoy decidido a probar otra vez más en mi vida.
Ella, sabiamente, colocó los anillos de cebollas, verdaderas lonchas de una resbaladiza cebolla, entre de las crujientes y aceitosas capas del bollo de pan. E insistió en agregar un apéndice a nuestro pedido cuando se dio cuenta de que estábamos planeando dejar de lado el postre.
"¿No pediste el pastel de melocotón?", dijo.
"No", respondí. "¿Deberíamos?"
"Cariño", dijo. "Estás en Georgia. Deberías probar el pastel de melocotón".
Pedimos un pastel de melocotón. Era similar en forma y contenido a un pastel de manzana del McDonald's, y podríamos vivir sin él.
Entré a un McDonald's tres veces, en tres estados, porque no quería ser injusto con los gigantes. Pero el universo de la comida rápida es infinito, así que tenía que poner límites.
Nada de pizzas. Ni de bocadillo en pan de barra. Ni de Long John Silver's, al menos no después de Captain D's, donde las gambas en mantequilla deberían llamarse gambas apolilladas y el presunto puré de cangrejos me apartó por un tiempo de la comida marítima.
Nada, tampoco, de Chipotle ni Fuddruckers ni de restaurantes que no tuvieran una ventanilla para recoger la comida en coche o, al menos, la intención de una, excepto la de Baja Fresh, en Ontario, California, de cuya imposibilidad me di cuenta después de pagar casi 20 dólares y de esperar 15 minutos por un almuerzo para dos. La quesadilla de cerdo y queso era sensacional, y podría haber ingresado a mi listado de mis diez platos favoritos, pero no era comida rápida.
Hice comparaciones. Las patatas fritas de Hardee's son mejores -más crujientes, más substanciosas y más sabrosas- que las de McDonald's, Wendy's, Burger King y Jack in the Box.
Pero las patatitas de Sonic, una cadena conocida en el Sur, fueron las sultanas de las patatas. Como todas estas patatas varían en cuanto al crujido exterior, no al tubérculo interior, el tipo patatitas, con más crestas y dobleces, ganó el día.
En segundo lugar, por las mismas razones, estuvieron las patatas doradas de McDonald's, esculpidas por invisibles Michelangelos de la comida rápida de lo que es esencialmente una rectangular y riquísima patata gigante
No fue sino hasta que llegamos a Tucson, el octavo día, que probé el brillante pastel de patatas (un artículo que merece dos toallitas húmedas) junto con un ligeramente pasado Egg McMuffin [madalena], del que disfruté menos que del bocadillo de ciabatta de desayuno en un Jack in the Box en Forth Worth.
Las grandes cadenas adoran utilizar palabras extranjeras, como ciabatta y frescata, que es el nombre de una selección de insípidos bocadillos de tiendas de delicatessen en Wendy's, donde la mejor apuesta sigue siendo el barato y saludable chile con carne.
O declaran descaradamente que el artículo es étnico, ipso graso. McDonald's coloca lonjas de carne blanca, guisantes en su vaina y trozos de mandarinas encima de una camita de lechuga americana y la llama ensalada asiática de pollo, que después de unos ñascos hicieron que Alessandra, una rubia de ojos azule, exclamara, correctamente: "Es tan asiática como yo".
Yo dije, para poner por caso, que sabía un poco a salsa rusa, y que la parte oriental de Rusia caía en Asia.
"Okay", dijo. "Entonces es una ensalada euroasiática de pollo".
Me acompañó en los tramos medios de mi ruta, la parte sur inclinada al pollo frito y a los jalapeños. Mi amigo Kerry me acompañó durante el primer tramo, es decir, durante los mediocres bocadillos de roastbeef en un local de una cadena mediana del Oeste Medio, llamada Rax, y en Gold Star Chili, el peor artículo del viaje de reconocimiento.
Era un pegajoso montón de delgados fideos, que estaban cubiertos por un acuoso chili, que a su vez venía cubierto por un correoso confeti naranja que se parecía ligeramente al queso. Varias horas después de este almidonado insulto, mientras avanzábamos por el sur hacia Knoxville, Kerry gimió: "Eeewww".
Me pilló de sorpresa. Lo miré intrigado.
"Recuerdos del pasado", explicó. "Gold Star".
Mi amiga Barbara me acompañó en el trayecto final del viaje, una ruta sudoccidental de burritos y más burritos: con o sin arroz, con o sin crema ácida, burritos planeados y burritos descubiertos de casualidad.
Salimos de la carretera cerca de Odessa, Tejas, para buscar un Taco Villa y, al otro lado de la calle, espiamos un local llamado JumBurrito, una cadena tejana todavía más chica. El burrito de pollo asado de Taco Villa tenía un montón de pollo que sabía en realidad a pollo asado, mientras que la combinación de burrito de JumBurrito redimía la sosa carne de res con un vibrante aguacate.
Ninguno se acercó a la majestuosidad del burrito que más me gustó, y que comí en Dallas, en un local de Taco Cabana. Un gran burrito es un acto de equilibrio, y las proporciones de carne de res molida, frijoles, crema ácida y tomates cortados del abundante y gordo Burrito Último (tres toallitas calientes), de Dallas, eran formidables.
El Taco Villa y el JumBurrito que visité compartían un tramo de la calle con Bush's Chicken, un proveedor de fritos de pollo (tan hinchados de agua como peluda es una chinchilla) en el área de Odessa-Midland. En todo el país, descubrí y probé más de lo que esperaba de estos pequeños participantes de la comida rápida.
Cerca de Allentown, Pensilvania, hay un Yocco's que se autoproclama el ‘rey de los perritos calientes', probablemente porque nadie que haya tenido la desgracia de comer ahí, lo haría. En Louisiana central hay un Raising Cane's que sirve, fiel y competentemente fritos de pollo, necesita residentes de ese estado y de los estados aledaños.
Y en El Paso, donde Barbara y yo paramos después de Odessa, había un Chico's Taco. Visitamos el Chico's más cercano a la autopista, justo al otro lado de la calle de un local de ‘controle las plagas usted mismo' llamado Bug-a-Boo. Barbara devoró su burrito de estofado. Yo me vengué con flautas de res, islotes de extrañas formas en una sazonada sopa de tomates y pimientos picantes. Me sorprendió que me hayan gustado tanto.
A menudo me sorprendí a mí mismo, incluso el primer día, cuando di excitadamente un mordisco a esa mini-hamburguesa y me di cuenta de lo traicioneros que son los recuerdos de la comida rápida. Si alguna vez disfruté de las min-hamburguesas -y recuerdo que sí lo hice-, debe haber sido cuando estaba borracho. O con resaca.
Tres horas y media y doscientos kilómetros más tarde, probé cautelosamente un trozo de pollo de Original Recipe [Receta Original] en un Kentucky Fried Chicken. Y ya no dudé más en los mordiscos subsiguientes. La piel rebozada no estaba demasiado picante, un pecado frecuente en los pollos fritos que vendrían. La carne estaba definitivamente jugosa. Y el Coronel, en mi opinión, merece ser ascendido a comandante en jefe.
Yo esperaba que el Chick-fil-A fuera bueno. No me decepcionó. Su bocadillo de pollo corriente, un filete de pechuga ligeramente rebozado con pocos adornos, era carnoso y tierno, y la camita del bollo no podía ser más suave. Necesitamos más Chick-fil-A en Nueva York. (Hay sólo un local de la cadena, en la Universidad de Nueva York). Lo necesitamos con urgencia.
Y necesitamos todavía más un Dairy Queen. Entre todas las encarnaciones de crema de helado con incrustaciones de caramelo que probé, incluyendo la McFlurry, el Frosty y el Sonic Blast, el Blizzard es definitivamente la mejor. Es la que tenía más caramelo y estaba completamente integrada en una suntuosa cunita congelada.
Este helado era el Georgia Mud Fudge Blizzard. De los Brownie Batter Blizzard. En un año o dos escribiré sobre los otros Blizzards; pasad a verme entonces. Si mi obituario dijera: "murió por un Blizzard", sabréis que morí feliz.
Probé, sobre todo, hamburguesas. Llegué a varias conclusiones.
La llama, o al menos una sugerencia de parrilla o plancha, importa. Es la principal razón por la que un Whopper supera a un Big Mac, hecho a la plancha. Es por eso que la hamburguesa de 150 gramos de Thickburgers hechos al carbón en Hardee's, sabían mejor que las mini-hamburguesas al vapor de Krystal, un análogo de White Castle en el Sur.
Los bollos importan. El bollo de pan amasado grande del Whataburger clásico tenía bastante espacio para tres rodajas de tomate y una sensación de solidez que se sentía bien en las manos, y sabroso en la boca. Los bollos tostados, crujientes, y generosamente untados con mantequilla, de las hamburguesas de Culver's, llamadas butterburgers [hamburguesas de mantequilla] en honor de estos bollos, exaltaban cualquier cosa que llevaran dentro, lo que incluía carne molida asada con más bordes chamuscados y, como resultado, más sabor.
Los productos importan, y el tamaño de la hamburguesa también importa, lo que nos lleva al In-N-Out. Esta cadena de California inspira veneración, y entiendo por qué. Las hamburguesas eran más frescas que la mayoría -aunque, como aparentemente todas las hamburguesas de locales de comida rápida, son hechas a una temperatura por encima del tipo media y las verduras encima sabían incluso más frescas. El jugoso tomate y las cebollas cocidas de la hamburguesa de queso ‘estilo animal' fueron revelaciones.
Pero opacaban a la pequeña hamburguesa de la que eran presuntamente los accesorios. Una hamburguesa de queso doble puso remedio a este defecto, aunque no completamente. En su caso, el producto -una hoja entera de lechuga, así como un tomate- era tan poderoso como la carne. Me gustó In-N-Out, aunque tuve algunos problemas.
O quizás para entonces estaba demasiado satisfecho. En camino hacia allá, conduciendo solo a través de Santa Mónica, California, me encontré repentinamente desviándome hacia la derecha, para aparcar y pedir otro. La vara adivinatoria estaba trabajando, y me indicó el camino hacia Tommy's, otra cadena de California.
Tommy's vierte un chili pastoso, desdeñable, sobre casi todo. Anidado detrás del volante, mordisqueé un perrito caliente anegado con chili y una hamburguesa de queso doble cubierto de chili y luego recogí una última ración de una voluminosa y fétida porquería. ¿Qué eran esos garabatos pastosos de color naranja? Gold Star, la indigestión permanente.
Casi había terminado. Estaba, en general, contento. En el camino correcto, con la compañía adecuada, puede haber tanta satisfacción en el lado cutre de la hostelería como en el lado elegante. Los dos ofrecen recompensas.
Al día siguiente, y último de mi aventura, pasé zumbando frente a un Farburger, en camino a un Wienerschnitzel. Buscando a El Pollo Loco, pasé por alto a Del Taco. Los visitaré en otra ocasión. Con el estómago más vacío. Con el coche más limpio.

24 de mayo de 2006
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rococó francés en la cocina


[Russ Parsons] ‘La bonne cuisine de Madame E. Saint-Ange' es el libro de cocina francesa que inspiró a Julia Child y Alice Waters.
Hace casi cuarenta años, Paul Aratow, un licenciado de la Universidad de California en Berkeley, entró a una librería en París con la vaga intención de aprender a cocinar. Cogió el libro más grueso que pudo encontrar y se lo llevó a casa. Aprendió a cocinar leyéndolo, y eso abrió para él un nuevo y sublime mundo.
Finalmente utilizó lo que había aprendido para empezar un nuevo restaurante al volver a casa, que llamó Chez Panisse.
Este año, devolvió el favor. La recién publicada traducción de Aratow de ‘La bonne cuisine de Madame E. Saint-Ange' ofrece a los lectores de habla inglesa, por primera vez, un libro que ha sido llamado a menudo ‘la Alegría de Cocinar' francesa.
Es una obra fascinante, una enciclopedia de técnicas básicas de cocina a la vez que una instantánea de la cocina francesa tal como existía a principios del siglo 20. No es la cocina más ligera y más cerebral de los palacios de tres estrellas de hoy, sino la tradicional cocina burguesa -platos como el blanquette de veau, salsifí au gratin, huevos a la nieve.
Es el tipo de comida que las mamaítas de los grandes cocineros sin duda les cocinaron cuando eran niños (y que los chefs todavía preparan para sí mismos en casa). Y Madame explica cosas que todo buen cocinero de comida francesa debe saber, por ejemplo cómo batir las claras del huevo, cómo dorar a punto los champiñones, cómo hacer un roux.
Los sabores son ricos y complejos. Para Madame Saint-Ange emborrizar con bacon una gallina cebada, y cocerla en caldo de ternera, espesar la salsa con harina y mantequilla y luego enriquecerla con un montón de crema, son naderías.
Este es precisamente el plato que está preparando Aratow en la cocina de su casa de Studio City en las colinas del Laurel Canyon. Empieza colocando tiras de bacon sobre la pechuga de la gallina y luego atándolas con bramante. Entonces las cuece en el caldo de ternera que hizo ayer.
Aratow, un extraordinario joven de 68, consulta constantemente el libro y luego informa, como si hubiese hablado con la señora misma: "Madame dice que cuando cueces algo, no debes simplemente echarlo en el líquido hirviendo. Tienes que empezar tibio", dice. "El líquido hirviendo cambia la textura de la carne".
Parece obvio, por el constante ir y venir, que su trabajo como traductor no incluyó el chequeo de las recetas, lo que reconoce alegremente.
"No vi la necesidad", dice. "He estado cocinando con el libro desde 1966 y nunca me ha traicionado. Y viene siendo publicado desde 1927 sin que haya sido revisado ni una sola vez. Creo que eso lo dice todo sobre la solidez de las recetas".

Inspiración de Julia Child
En realidad, Aratow dictó su traducción a una grabadora digital y la envió a una mecanógrafa para que la transcribiera. Luego volvió a revisar el material. Trabajando de esta manera, traducir el manuscrito de tres mil páginas le tomó más de dos años.
Pagado a lo largo de tres años, su adelanto de diez mil dólares apenas cubrió los costes de un ordenador nuevo y una grabadora digital, pero Aratow dice que mira su trabajo como una inversión a largo plazo.
"Creo que el libro se venderá bien y continuará vendiéndose y ganaré dinero con los derechos", dice. "Las palabras más bonitas que puede oír un autor son: ‘Este es un libro de catálogo', y eso fue lo que me dijo mi editor".
Se sabe poco sobre Madame Saint-Ange, excepto que no era su verdadero nombre. La autora, cuyo nombre de soltera es desconocido, se casó con Saint-Ange Ebrard, adoptando el nombre de Madame E. Saint-Ange como su nombre de pluma.
Con su marido, escribió y editó una publicación mensual llamada Le Pot-au-Feu: Journal de Cuisine Pratique et d'Économie Domestique, gran parte de la cual ha sido incorporada en el libro.
Publicado por primera vez en 1927, el libro se convirtió en el texto standard para las amas de casa francesas durante la mayor parte del siglo 20 y, de hecho, sigue publicándose.
Una de las que aprendió del libro es Julia Child, a la que el biógrafo Noël Riley le atribuye la frase: "Era una de mis biblias".
En realidad, una de las más preciadas posesiones de Aratow es una edición de Madame Saint-Ange que Child le regaló a su futuro editor, Abis DeVoto, con la frase: "Este es el mejor libro de cocina francés que conozco", fechado en 1956.
"¿Sabes lo que significa?", pregunta, con un guiño de complicidad en sus ojos. "Mira, no escribió: ‘Avis, feliz cumpleaños'. No, sino: ‘Avis, este es un libro que podemos usar'".
Aunque Child ciertamente se inspiró en el libro, agregó su propio sello a las recetas. Lo que es más importante, las organizó de manera práctica.
Tratar de cocinar con las recetas de Madame Saint-Ange puede ser exasperante. Un plato puede necesitar un caldo descrito en un capítulo, un método de espesamiento en otro, y la terminación en otro más.
Está claro que Madame quería que fuera un libro de instrucción antes que un libro que podría consultar un cocinero para preparar la cena.
Y eso, indudablemente, es como se acercaría a él un buen estudiante como Aratow.
Viviendo en París cuando su mujer de entonces estudiaba con una beca Fulbright (habían pasado el año anterior en Italia, con su propia beca), se dedicó a la cocina como un modo de descansar de sus estudios de literatura comparada.

Chez Panisse
Cuando volvieron a Berkeley al año siguiente, la pareja empezó a organizar banquetes. Uno de sus huéspedes frecuente era un aficionado al cine llamado Tom Luddy, que terminó preguntándole a Aratow si le gustaría ayudar a su novia, una candidata a hostelera llamada Alice Waters. (Hay un fuerte vínculo entre el cine y Chez Panisse -el nombre del restaurante se deriva de un personaje de una película de Marcel Pagnol).
"Habían encontrado a unos patrocinadores para un restaurante, y él dijo que Alice podía cocinar, pero no podía llevar por sí misma una cocina comercial; necesitaba ayuda", recuerda Aratow.
Mientras se cuece la gallina, empieza a preparar la salsa, pesando porciones iguales de mantequilla y harina en una antigua balanza francesa y luego batiéndolas juntas en una cacerola.
La mezcla de mantequilla y harina es un poco espesa, así que agrega más mantequilla para hacer una pasta más suave. Luego la aparta para enfriar. Madame recomienda combinar el caldo y el roux cuando están ambos tibios.
Aratow dice que se unió a Waters en Chez Panisse a condición de que contrataran a cocineros para cocinar mientras él se encargaba de la supervisión, cerciorándose de que los platos se prepararan de acuerdo a Madame Saint-Ange.
"La idea era abrir un restaurante francés, con una buena y sólida comida de campo", dice. "Queríamos servir cosas que entonces no estaban en el menú de nadie -boeuf bourguignong, poulet au blanc, cassoulet-, cosas que la mayoría de la gente ni siquiera conocía. Pero que estaban todas en Madame Saint-Ange".
Luego, cuando una pareja de cocineros renunció, como co-propietario tuvo que intervenir.
"Sinceramente, pensé que me iba a morir, la tensión era salvaje", dice Aratow. "Estábamos en bancarrota. Estaba tratando de imaginar cómo iba a pagar los salarios y entré a la cocina y pisé una poza de agua fétida que salía de debajo de la nevera y me dio pánico pensar en cuánta comida habíamos perdido y cuánta podíamos utilizar todavía".

Nada de Grumos
La gallina está lista, así que la retira de la cacerola, cuela el líquido de la cocción, lo reduce a la mitad y lo pone a enfriar. Después de unos minutos, bate el líquido enfriado con el roux frío y los calienta. Poco a poco se convierte en una salsa espesa y fluida.
"¿Lo ves? Nada de grumos", dice Aratow. "Tal como dice Madame". Habiendo incorporado el caldo, empieza a batir la crema y la salsa.
Casi al mismo tiempo que Aratow se estaba desilusionando del mundo de la hostelería, Hollywood le hacía señas. Vendió la mitad de su restaurante por nueve mil dólares y se marchó al sur con un amigo, a hacer películas.
Había trabajado en cine en la Bay Area, haciendo lo que describe como "cortos abstractos y cosas realmente artísticas, y tímidamente".
También ha hecho documentales, incluyendo uno titulado ‘Weed', sobre el uso de la marihuana en Asia. Otro proyecto de documental resultó en su primer libro. Quería hacer una historia de las películas pornográficas, así que puso un anuncio llamando a coleccionistas. No encontró ninguna película, pero descubrió una montaña de viejas fotos, que convirtió en ‘100 Years of Erotica', publicado en 1971.
Finalmente, Aratow produjo dos películas: ‘Sheena', de 1984, la historia de la famosa reina de la jungla, que recibió múltiples nominaciones para los Premios Razzie -el reverso de los Oscars-, y ‘My Man Adam', que fue lanzada en 1985.
Aratow corta laboriosamente la gallina en trozos, remueve la piel y luego ordena la carne en una bandeja. La salsa es de colo marfil pálido, espesa y rica. Empieza a derramarla sobre la gallina directamente del cazo, luego se detiene y comienza a servirla cuidadosamente con un cucharón.
"¿Qué diría Madame?", se pregunta.
Empezó el proyecto de Madame Saint-Ange del mismo modo que produciría una película. Había negociado un contrato con Larousse, el editor francés, por los derechos en Estados Unidos, y luego empezó una larga campaña para convencer a un amigo en Ten Speed Press para que lo financiara.
"Estuve hablando con Ten Speed durante diez o quince años, diciéndoiles que era el mejor libro de cocina del mundo", dice. Finalmente me llamaron y me dijeron que se lo habían preguntado a Madeleine Kamman (autora de ‘When French Women Cook') y ella opinaba lo mismo, así que lo iban a publicar". Kamman escribió la introducción.
Aratow dispone los champiñones cocidos en los bordes del plato y la poularde à l'ivoire está lista. La gallina está jugosa, perfectamente cocida, con un sabor profundo y puro. La salsa es suave y sutil, y sabe a crema con, en el fondo, un misterioso dejo al sabroso caldo. Es el tipo de cosa que ya no estamos acostumbrados a probar, el equivalente culinario de una silla Luis XIV.
"Guau", dice Aratow. "¿No te sabe francés?"

Datos de Madame
-Cuando se saltean verduras sancochadas, meterlas en una sartén caliente seca y agregar la mantequilla solamente después de que se ha evaporado la humedad de su superficie. De este modo, la mantequilla revestirá las verduras antes que formar un charco en el fondo.
-La ensalada de patatas puede disfrutarse fría o caliente, pero debe ser condimentada cuando está caliente, para que los sabores las penetren.
-Cuando se preparan duxelles (champiñones finamente cortados, cocidos con chalotes), colocar las rodajitas de champiñones en una toalla y estrújarlas bien para extraer tanta agua como sea posible antes de empezar a cocinar.
-La grasa obtenida de los riñones de vacuno es sin duda la mejor para freír. Puede soportar altas temperaturas sin quemarse, y las cosas fritas en él permanecerán crujientes durante más tiempo.
-Para estofar usar una cacerola que sea lo suficientemente grande para acomodar la carne. Si la cacerola es muy pequeña, la carne se chamuscará; si es demasiado grande, la salsa se diluirá.
-El frío es enemigo de la mayonesa; todos los ingredientes y utensilios deben estar a temperatura ambiente.
-Usar solamente aceite o mantequilla para cubrir los asados, nunca líquidos, que impedirán que se doren. Por este motivo, no cubra con la grasa del fondo de la cacerola, porque es muy difícil de sacar con cuchara una grasa que ya no tiene jugos para cocer.
-Antes de pelar las manzanas, descorazónelas. La piel ayuda a sujetar la pulpa e impide que estalle cuando la esté abriendo para llegar al corazón.
-Para saber cuándo está listo el pescado, inserte una brocheta de metal en la parte más gruesa y presiones con la parte de atrás de su mano. Si el pescado está bien, la brocheta se pondrá muy caliente.
-Cueza siempre los champiñones antes de agregarlos a un plato compuesto; si los incorpora crudos, se pondrán correosos y duros.
-Cuando haga puré de patatas, cueza las patatas hasta que estén casi cocidas. Si las cuece demasiado, las patatas absorberán demasiado agua y se desmenuzarán. Además, agregue la leche solamente después de haber batido la mantequilla.
-Es más fácil desplumar a un pollo fresco que no ha sido congelado.

Gallina cebada al marfil (poularde à l'ivoire)
Tiempo total: 2 horas, 25 minutos
Raciones: 4 a 6
Nota: Adaptado de ‘La bonne cuisine de Madame E. Saint-Ange'.

Ingredientes

1 gallina (de 1.8 a 2.4 kilos), incluyendo menudillos
1 limón, cortado por la mitad
4 lonchas de bacon, más ¼ de bacon cortado en dados, dividido
6 cucharadas de mantequilla, dividida
2½ zanahorias, cortadas finas
1 cebolla pequeña, cortada en cuatro
1 rama de apio, cortado
8 ramos de perejil
6½ tazas de caldo tibio de ternera o pollo
1¼ taza de vino blanco
225 gramos de champiñones, sin tallos, reservado
1 diente de ajo
sal
5 cucharadas de harina
1¼ taza de crema gruesa

Preparación
1. Frote la gallina con el limón. Coloque las lonchas de bacon sobre la pechuga, cubriendo. Amarre la gallina con bramante.
2. Esparza dos cucharadas de mantequilla y el bacon cortado en dados en el fondo de un cacerola grande, resistente al fuego, con tapa. Agregue la zanahoria, la cebolla, el apio, el perejil y los menudillos de gallina. Tape y cocine a fuego lento hasta que queden tiernos, sin que se doren las verduras, unos 30 minutos. Si fuera necesario, agregue de vez en vez una cucharada de agua. Una vez que las verduras ablanden, agregue el agua suficiente para cubrirlas.
3. Coloque la pechuga de lado sobre las verduras. Agregue el caldo y suficiente vino para cubrir al ave por una media pulgada. Lleve a ebullición a fuego lento moderado. Use una cuchara para quitar la espuma que sube a la superficie cuando el líquido empieza a hervir. Agregue los tallos cortados y cualquier resto de los champiñones, el ajo y dos cucharaditas de sal.
4. Tape la cacerola dejando la tapa ligeramente entreabierta para que salga el vapor. A partir de este punto, el líquido no debería hervir, sino simplemente borbotear, de modo que la gallina se cueza por estofado durante 45 a 55 minutos. Compruebe la gallina clavando la carne en el muslo, que es la parte que más demora en cocerse. Los jugos extraídos deben ser completamente blancos.
5. Mientra se cocina la gallina, prepare la guarnición de champiñones. Coloque los sombreros de champiñones en una pequeña cacerola con media taza de agua, una pizca de sal, el juego del limón restante y 2 cucharadas de mantequilla. Tape, lleve a ebullición y cocine durante 4 a 5 minutos, sacudiendo la cacerola de vez en vez. Retire del fuego, pero deje tapada para conservar el calor. Cuele el agua antes de servir.
6. Cuele la gallina echando el agua de la cocción en un cuenco. Deje la gallina en la cacerola tapada para mantenerla caliente mientras prepara la salsa.
7. Mida 3 tazas del agua de la cocción y cueza rápidamente en una sartén hasta reducirla hasta la mitad, a cerca de 1¼ taza. Enfríe el caldo en un cuenco el caldo reducido.
8. En la misma cacerola derrita, a fuego lento, 2 cucharadas de mantequilla, agregue revolviendo la harina para hacer una pasta suave y cueza durante 2 minutos. Retire la cacerola del fuego y deje que el roux enfríe durante 1 o 2 minutos.
9. Bata el agua de la cocción reducido poco a poco, batiendo continuamente. Cuando haya agregado todo el caldo, vuelva la cacerola a la cocinilla a fuego alto y cueza durante un par de minutos.
10. Revuelva continuamente, agregue poco a poco la crema, en 4 o 5 veces, agregando la nueva cantidad cuando la salsa haya empezado a hervir de nuevo; esto toma algunos minutos. La salsa debería quedar perfectamente fluida y justo lo suficientemente espesa con un bello tinte blanco mate, para justificar su nombre. Se puede mantener caliente a baño maría hasta que pueda servir.
11. Para servir: Este plato debe trincharse siempre en la cocina porque la piel debe ser removida de los trozos. Quite las tiras de bacon. Separe los muslos. Separe las alas al mismo tiempo que corta la pechuga. Retire la piel de las patas y pechuga y deseche. Divida cada ala en 2 trozos. Debe quedar con seis trozos.
12. Ordene la gallina en un plato redondo caliente y reparta los champiñones en los bordes. Cubra cada trozo de gallina con unas pocas cucharadas de salsa y sirva el resto en una salsera.

Cada ración: 705 calorías; 45 gramos de proteína; 17 gramos de carbohidratos; 1 gramos de fibra; 47 gramos de grasa; 24 gramos de grasa saturada; 220 mg. de colesterol; 1,281 mg. de sodio.

1 de febrero de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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príncipe entre los jamones


[R.W. Apple Jr.] En Seattle, recreando el jamón perfecto.
Seattle, Estados Unidos. Cuelgan inconspicuamente detrás de los ventanales justo detrás de la puerta principal de Salumi, un local apenas visible en el destartalado barrio de Pioneer Square en el centro de Seattle. Pedazos de carne de color rubicundo un poco más pequeños que balones de fútbol, enrollados en gruesas roscas, son fáciles de pasar por alto entre los acostumbrados prosciuttos, salames y queso ahumado provolone.
Pero los pasas por alto por cuenta propia, pues son los príncipes entre los productos porcinos, conocidos en el norte de Italia como las superestrellas de la bandeja de antipasto, y codiciados por generaciones de grandes comilones de Emilia-Romagna, que alberga a más gente de esta especie que cualquiera otra región italiana. Más dulces, más blandos y más delicados en sabor que el prosciutto, con una textura asombrosamente suave y cremosa, estos super jamones, llamados culatelli, han alcanzado algo parecido a la condición de míticos entre los pocos americanos que han tenido la fortuna de haberlos probado en su tierra natal en las neblinosas vegas del río Po, cerca de Parma.
Hasta hace poco, ese era casi el único lugar donde se podía probar el producto auténtico -sea en la mesa de la cocina de una hospitalaria granja o en una salumeria tradicional, como la Giusti, en Modena, que tiene 400 años, o en La Buca, in Zibello, el epicentro del mundo del culatello.
Cortado del grosor de la tela en un cortador circular eléctrico, la carne se ve "tan fina como pergamino de color rosado", exclama Burton Anderson en ‘Treasures of the Italian Table' (William Morrow, 1994). Sabe incluso mejor. Cuando se lo hace de acuerdo a las recetas tradicionales, antes que con los nuevos métodos industriales, dicen los residentes, es un caviar y el resto no es más que huevas de pescado.
Ahora ha llegado al fin propiamente curado a Estados Unidos, gentileza de un jovial artesano llamado Armandino Batali, propietario de Salumi, donde lo hace, vende y sirve, aparte de otras exquisiteces porcinas como el salame aromatizado con hinojo y la ahumada soppressara.
Batali, 68, aprendió el arte de curar el cerdo en Italia después de jubilarse de Boeing, donde trabajó como ingeniero químico. Entre sus mejores clientes se encuentra su hijo Mario, el exuberante propietario de Babbo, Lupa, Esca y otros caravansarie de Manhattan.
Toma cerca de un año hacer un culatello y eso lo hace caro. En Salumi, que consiste de un largo mesón de servicio y unas pocas sillas y mesas, con viejas fotos familiares en blanco y negro en las paredes y una planta procesadora ultramoderna en la parte de atrás, la mayoría de los salames cuestan 15 dólares la libra; el culatello cuesta 35 dólares la libra, y los vale hasta el último centavo.
Con su largo pelo plateado metido dentro de una gorra negra de béisbol, los ojos danzando de buen humor detrás de gafas de marcos oscuros, Batali nos dio la bienvenida en su pequeño dominio un día hace poco con el alegre comentario: "La grasa es bella. La grasa es nuestra amiga".
Nos dirigió a sus escondites privados, un pequeño comedor amoblado con sillas anodinas y una larga mesa cubierta con hule, se sentó a un extremo y nos sirvió vasos colmados de lambrusco enfriado -no el popular y empalagoso vino peleón con la cruz de San Mateo en los años setenta sino un biodinámico y seco La Luna, de 2004, de la Cantine Ceci, en una bonita botella cuyo corcho era mantenido en su lugar por un ‘bozal' de cordel.
De color granate casi negro, espumó cuando se lo vertió en los vasos, para luego bajar dejando un anillo de espuma rosada. Juran por el lambrusco seco en las trattorias de Emilia, donde se lo hace, bebiéndolo con casi todo. Pero va especialmente bien con las carnes curadas y los quesos, y su afrutada acidez corta la grasa, en palabras de David Lynch, el director de vinos de Babbo, "como una sierra la madera".
Ciertamente irrigó nuestra tardío almuerzo a la perfección. Nancy Leson, la culta crítico de restaurante del Seattle Times; Dan Barber, el chef de Blue Hill en Greenwich Village, y Blue Hill en Stone Barns, en Pocantico Hills, en el condado de Westchester, al norte de Nueva York; mi esposa, Betsey; y yo, nos hicimos camino alegremente entre los plazos de picante salchichón de jabalí, coppa (un grueso salchichón hecho del cogote del cerdo), prosciutto de cordero (que no es mi favorito), salchichón cotechino con las excepcionales lentejas del estado de Washington y una casera sopa de frijoles blancos y escarola digna de los dioses.
Pero el propósito de la excursión era, por supuesto, probar el culatello, que esperaba preciosamente en una bandeja blanca, junto a otra fuente cargada de hinchados daditos de crujiente masa de pan fritos conocidos como gnocchi fritti.
Batali es el hombre menos fanfarrón que pisa la tierra, pero me dijo: "Creo que mi culatello es tan bueno como cualquier cosa del Po". Comparados con los originales italianos, sus jamones son un poco más pequeños, más redondos y menos aperados, y la cinta de fría grasa blanca que los bordea es mucho más amplia.

Hace unos treinta culatelli al mes, dijo, de un total de 2.500 libras de carne curada. Después de empezar con carne en Oregon, ahora utiliza carne de cerdos Berkshire, de pezuñas blancas, criados por Doug Metzger, un granjero de tercera generación, en un terreno de 600 hectáreas cerca de Seneca, Kansas. Se crían y mueven en libertad y se alimentan de alfalfa y carne de habas de soya sin hormonas ni aditivos. Naturalmente, la carne está libre de las sucias inyecciones de agua que usan las organizaciones industriales.
Igualmente importante para Batali es que los puercos de Metzger tienen una cantidad inusual de grasa intramuscular, lo que aumenta su humedad en el producto terminado, y las patas traseras de sus puercos son las más grandes disponibles, con 35 a 40 libras de peso, produciendo jamones frescos de 10 a 12 libras y culatelli terminados de hasta nueve libras.
"Para apreciarlo, tienes que tocarlo", dijo Batali, manoseando una pata trasera de puerco que acababa de llegar después de cuatro días de viaje en camión desde el Oeste Medio.
Uno de los secretos de un culatello envejecido artesanalmente es la enorme humedad a lo largo del Po, una pantanosa área conocida como Bassa Parmense. Especialmente durante los meses de invierno los apacibles pueblos y villorrios de allá, como Zibello y Busseto, el pueblo natal de Giuseppe Verdi, son envueltos por una neblina tan densa que a veces las autopistas de la región deben ser cerradas al tráfico. El clima de Seattle es también famosamente húmedo, lo que le ha ayudado a crear "una nueva tradición no muy apartada de la antigua", dijo Batali.
Tradicionalmente los culatelli italianos son envejecidos en mohosas bodegas y mugrientos áticos. Pero como observó Edward Behr en un ensayo sobre Emilia en su revista trimestral Arte of Eating hace unos años, la pasión nacional por la ‘modernización' -la producción en factorías en lugar de granjas, la uniformidad, la limpieza- ha barrido la región, afectando no sólo a los jamones sino también a otros tesoros gastronómicos locales, como el queso parmesano y el vinagra balsámico.
"El gobierno italiano y la Unión Europea", como informó Behr con desilusión, "amenazan con normas todavía más exigentes, usualmente bajo la excusa de una mejor sanitación, y aunque los costes de los cambios no son prohibitivos, los nuevos métodos tienden a eliminar las cualidades mismas que hacen que los productos tradicionales sean superiores".
Batali también ha debido pelear con las autoridades. Para obtener la certificación del ministerio de Agricultura de Estados Unidos, su planta procesadora debía cumplir con normas estrictas y estas no tienen nada de rústico ni pintoresco. Como corresponde a algo diseñado por un ingeniero convertido en carnicero de cerdos, combina el arte con la tecnología en varios cuartos de temperatura controlada repletas de relucientes equipos de acero inoxidable. Escrupulosamente limpia, la planta luce letreros que dice "cálcese fundas al entrar".
El primer paso para hacer culatello es deshuesando y removiendo la mayor parte de los muslos de la pierna de jamón fresco, dejando las redondas nalgas (‘culo' se dice en las calles italianas). Curadas durante varias semanas en una mezcla de sal, azúcar y pequeñas cantidades de nitrato de sodio (también llamado salitre), un conservante y con varios masajes, la carne es pimentada con pimienta negra, metida apretadamente en una vejiga de cerdo para conservar su suculencia ("la cremosidad es divina", dice Batali), amarrada en su forma característica y colgada para un largo y lento envejecimiento.
Este proceso dura de ocho a catorce meses, y el sabor se hace más complejo durante el período. Batali mide el progreso de los jamones a la manera antigua, metiendo una gugia, una larga sonda hecha de un largo hueso de caballo en cada uno de ellos, retirándolo y oliéndolo. Mientras más maduro el jamón, más pronunciado es el delicioso aroma que se pega a la sonda.
En Babbo, Mario Batali sirve a veces el culatello con peras y virutas de parmesano, salpicados con aceite de oliva y jugo de limón, una deliciosa combinación. Pero para mí, el culatello es un fruto que no requiere que se dore. Así que cuando Armandino Batali me lo envió por correo a casa, lo servimos en su forma prístina.
Mi amigo Todd Gray, el chef y propietario de Equinox, uno de los mejores restaurantes de la capital, lo cortó en lonjas para mí. Como el prosciutto debe ser cortado en una máquina de cortar giratoria para conseguir las delgadísimas, casi transparentes lonjas tradicionales; un cuchillo no serviría. Con el rosado y pálido jamón, sólo servimos grissini, las delgadas barras de pan italiano, y la dulce mantequilla orgánica más suave que conozco, de la Straus Family Creamery, en el condado de Marin, en California.
Los invitados reunidos en torno a la mesa de mi hijastra y yerno, Catherine y Grant Collins, comentaron al unísono la fabulosa fragancia que emanaba del jamón, y parecían estar tan aturdidos por el sabor como yo hace muchos años cuando probé mi primer ñasco en Cantarelli, la famosa tienda de ultramarinos con bar anexo cerca de Busseto.
"Este tiene un sabor mucho más refinado que todos los prosciutto y otros jamones que he probado en mi vida", proclamó Bill Plante, corresponsal en la Casa Blanca para la CBS News.
"Lo que tiene", dijo esposa Robin Smith, la productora de documentales, "es que lo dulce y lo ácido se combinan en tu lengua. Y el resabio con gusto a pimienta".
El mayor elogio, supongo, provino de Bob Long, el productor de vinos del Valle del Napa, un fan de la comida italiana que estaba en la ciudad por un viaje de negocios. "No se te ocurriría nunca envolver con este jamón un higo o un trozo de melón cantalupo", dijo.

17 de mayo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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