matrimonios desiguales
[Tamar Lewin] El dinero no es la única diferencia.
Northfield, Massachusetts, Estados Unidos. Cuando Dan Croteau conoció a Cate Woolner hace seis años, él estaba vendiendo coches en el lote de Mitsubihsi, en Keene, Nueva Hampshire, y ella pretendía ser una cliente, haciendo una prueba de carretera de un Montero negro mientras ella y su hijo de 11 años, Jonah, esperaba que le pasaran el coche.
La prueba de carretera duró una hora y media. Jonah pudo ver cómo funcionaba el vehículo en las pozas de lodo fuera del camino. Y Croteau y Woolner se cayeron tan bien que ella le envió más tarde una carta en la que le sugería que si no estaba comprometido con alguien, no era republicano ni venía del espacio sideral, quizás podían tomar café juntos. Croteau meditó sobre la propiedad de citarse con una cliente, pero cuando finalmente respondió, hablaron por teléfono desde las 10 de la noche hasta las 5 de la mañana.
Tenían un montón de cosas en común. Los dos venían de matrimonios fracasados y tenían dos hijos. A los dos les gustaba bailar, las motos, Bob Dylan, los juegos de palabras malos, la política liberal y la Radio Pública Nacional.
Pero cuando empezaron a salir, descubrieron diferencias. La diferencia religiosa -ella es católica, él judío- no planteaba problemas. La brecha verdadera entre ellos, dicen ambos, es más sutil: Croteau es de una familia obrera, Woolner de una familia con dinero.
Croteau, que llegará a los 50 en junio, creció en Keene, un viejo pueblo aserradero en el sur de Nueva Hampshire. Su padre era un obrero cuya educación terminó en el octavo; su madre también trabajaba a veces en una fábrica. Croteau tuvo una infancia difícil y abandonó la escuela a los 16. Dejó su casa, se alistó en la Marina y estuvo a la deriva en una larga serie de trabajos sin encontrar su verdadera vocación. Se casó con su novia embarazada, de 19 años, y para cuando él tenía 24 tenían dos hijas: Lael y Maggie.
"Me crié en una familia donde mi abuela vivía en la casa de al lado, mis tíos unas calles más allá, los hermanos de mi padre eran además vecinos, y mis amigos de juegos eran mis primos", dijo. "Lo máximo que se podía esperar de la vida era obtener un buen trabajo en una fábrica. Mi madre trataba de alentarme. Me decía: Dan es listo; pregúntale algo'. Pero si decía que quería estudiar en la universidad, era como decir que quería plantar branquias y respirar en el agua".
Siempre creyó que la gente rica de la ciudad, "los que tienen sus nombres en los edificios", como dijo, vivían en otro mundo.
Woolner, 54, viene de ese otro mundo. Hija de un médico y una bailarina, creció en un confortable hogar de Hartsdale, Nueva York, con campamentos de verano, vacaciones y educación universitaria que las ricas familias del condado de Westchster dan por sentado. Siempre se sintió incómoda con el dinero; cuando recibió una modesta herencia a los 21, ignoró el saldo de su cuenta durante varios años hasta que aprendió a canalizar su inquietud hacia causas de filantropía social. Estaba en la treintena y casada con un psicoterapeuta cuando nacieron Isaac y Jonah.
"El padre de mi madre tenía un Rolls-Royce y un mayordomo y una segunda casa en Florida", dijo Woolner, "y por lo que puedo recordar, siempre tuve conciencia de que yo tenía más dinero que los otros, y me sentía incómoda porque no parecía ser justo. Cuando era niña me obsesionaba la idea con mis amigas de que yo tenía más pijamas que ellas. Así que cuando voy a una fiesta de cumpleaños y me quedo a dormir, siempre llevo un par de pijamas de regalo".
Los matrimonios que cruzan las fronteras de clase no presentan un conjunto claro de retos como el que presentan los que cruzan las líneas de raza o nacionalidad. Pero de un modo silencioso la gente que se casa cruzando líneas de clase también se desplaza hacia fuera de sus zonas de comodidad, hacia el territorio desconocido de parejas con un nivel diferente de riqueza y educación y a menudo un conjunto diferente de presupuestos sobre cosas como las maneras, el alimento, la crianza de los niños, los regalos y cómo pasar las vacaciones. En los matrimonios de clases cruzadas, uno de la pareja tendrá usualmente más dinero, más opciones y, casi inevitablemente, más poder en la relación.
No es posible decir cuántos matrimonios de este tipo hay en el país. Pero en la medida en que la educación sirva como ejemplo de la clase, parecen estar descendiendo. Incluso más que la gente que se casa cruzando líneas raciales y religiosas, a menudo con parejas con las que se avienen fuertemente en otros aspectos, cada vez menos escogen pareja de un nivel diferente de educación. Aunque la mayoría de estos matrimonios normalmente involucraban a hombres casándose con mujeres de menos educación, estudios han concluido últimamente que esa pauta ha revertido, de modo que para 2000 la mayoría involucraba a mujeres, como Woolner, casándose con hombres con menos escolaridad -una combinación que probablemente termina en divorcio.
"Es definitivamente más complicado, dadas las pautas culturales con las que crecimos", dijo Woolner, que tiene un diploma de psicología e irradia una solícita sinceridad. "A todos nos enseñaron que es el hombre el que tiene el dinero y el prestigio y el poder".
Prejuicios de Dos Lados
Cuando conoció a Woolner, Croteau había dejado recientemente de beber y estaba tratando de enmendar su vida. Pero cuando ella le dijo, poco después de que empezaran a salir, que ella tenía dinero, la noticia no cayó en buena tierra.
"Me habría gustado que se esperara un poco más", dijo Croteau. "Cuando me lo dijo, mi primera idea fue, uh, eh, esto es complicado. A partir de ese momento empecé a cuestionar mis motivos. No andas buscando sentirte como un cazafortunas. Tienes que decirte a ti mismo, esa es la persona a la que amo, y eso es lo que viene con el paquete. Cate es muy generosa, y reflexiona un montón sobre lo que es justo y trabaja duro para poner las cosas al mismo nivel, pero también tiene un montón de bagaje en torno a esa cualidad. Tiene un montón de opciones que yo no tengo. Y ella se lleva la parte del león a la hora de tomar decisiones".
Antes de introducir Woolner a su familia, Croteau les advirtió sobre su origen. "Les dije: Mamá, quiero que sepas que Cate y su familia son ricos'", dijo. "Y ella me dijo: Bueno, no la culpes por ello; de todos modos, probablemente es muy simpática'. Pensé que era asombroso".
También había prejuicios al otro lado. El verano pasado, dijo Croteau, cuando estaban en casa de la madre de Woolner, en la Viña de Marta, su suegra le confesó que ella se había sentido inicialmente incómoda con que él fuera un vendedor de coches y estaba preocupada de que su hija lo estuviera adoptando como una especie de proyecto de caridad.
Sin embargo, la relación avanzó rápidamente. Croteau conoció a Woolner en el otoño de 1998 y se mudó al cómodo hogar de ella en Northfield en la primavera siguiente, después de satisfacer con su condición de que él vendiera su pistola.
Incluso antes de que Croteau se mudara, Woolner le dio dinero para comprar un nuevo coche y pagar algunas dudas. "Yo le quise dar ese dinero", dijo. "Yo no me lo había ganado con el sudor de mi frente. Le dije que era un dinero que me había llegado por haber nacido en una clase, mientras él había nacido en otra". Y cuando él perdió su trabajo poco después, Woolner empezó a pagarle un estipendio mensual -él se refiere a eso como el dinero de bolsillo- que continuó, a un nivel más discreto, hasta noviembre pasado, cuando ella dejó su trabajo en la agencia local contra la pobreza. Ella accedió a pagar un curso de informática que lo ayudó a prepararse para su trabajo actual como analista de software en el Centro Médico de Cheshire, en Keene. Desde el principio, el balance de poder en la relación fue un tema lo suficientemente delicado como para que a instancias de Woolner, unos meses antes de su boda en 2001, participaran en una serie de talleres sobre relaciones entre personas de clases diferentes.
"Yo sentía terror ante la idea de hablar en un grupo", dijo Croteau, que es franco e intelectualmente inquieto. "Ciertamente es un lujo de clase alta pagarle a alguien para contarle tus problemas, y con todos los problemas que hay en el mundo uno se siente extraño de sentarse a hablar de tu relación. Pero fue útil. Fue un alivio escuchar a gente hablando sobre el mismo tipo de problemas que teníamos nosotros, sobre gente que tiene el poder en la relación y cómo lo usan. Creo que lo habríamos hecho de todos modos, pero, sin el grupo, habríamos pasado tiempos más difíciles".
Todavía se acepta como verdad en la familia que la condición social de Woolner le ha dado poder de decisión en el matrimonio. Croteau no parpadeó cuando, cenando una noche, su hijo Isaac dijo brutalmente: "Siempre pienso de mi mamá como la que tiene el poder en la relación". Es plenamente consciente de que en esta relación, la suya es cuya la vida que ha cambiado más.
Perturbadoras Diferencias
La residencia de la familia Woolner-Croteau está justo al subir la colina desde los cuidados campos de la escuela primaria de Northfield Mount Hermon -un constante recordatorio local para Croteau de lo diferente que se educaron los hijos de su esposa y sus propias hijas. Jonah cursa allá el último año. Isaac, que también asistió a esa escuela, está ahora de vuelta en el Lewis & Clark College, Oregon, después de desplazar algunos semestres para estudiar en India y asistir a la academia de masaje mientras trabajaba en una tienda de exquisiteces cerca de casa.
En contraste, las hijas adultas de Croteau -que no han vivido nunca con la pareja- se hicieron camino a través de las escuelas públicas de Keene.
"A veces pienso que Jonah e Isaac necesitan una dosis de realidad, que un par de años en una escuela pública les habría mostrado algo diferente", dijo Croteau. "Por otro lado, a veces pienso que me habría gustado poder dar a Maggie y Lael lo que tuvieron ellos. Mis niños no tuvieron el mismo tipo de privilegios ni fueron al mismo tipo de escuelas. No tuvieron maestros preocupados del desarrollo de sus tiernos egos. Era un sálvese quién pueda para todos, y eso todavía se ve en la personalidad que tienen".
Croteau tuvo también otra experiencia en Northfield Mount Hermon. Tuvo brevemente un trabajo ahí como gerente de comunicaciones, pero no se pudo adaptar a su cultura.
"Había gente universitaria", dijo. "Yo no entendía sus matices, y no me hice con ningún amigo allá. En la vida de la clase obrera, la gente te dice las cosas directamente, no son sutiles. En NMH nunca supe cómo hacían las cosas. Cuando un vendedor no cumplía con la fecha cierre, lo llamaba y le decía: ¿Dónde está el trabajo?' Cuando me decía: Te quitamos del puesto, lo tendremos la próxima semana', yo decía: ¿Qué quieres decir, la próxima semana? Tenemos un acuerdo, no puedes hacer negocios así'. Yo volvía a mi supervisor, que me decía: Nosotros no gritamos a los vendedores'. La idea era que las fechas cierre no existen, sino solamente recomendaciones".
Croteau dice que se siente mucho más cómodo en el hospital. "Yo tengo que trabajar con las enfermeras y otros faáticos de la informática y vienen del mismo mundo que yo, así que sabemos cómo comunicarnos", dijo.
Pero tratando con la familia de Woolner, especialmente durante las visitas anuales a la Viña de Marta, dijo Croteau, a veces vuelve a sentir ese desconcierto de clase, sintiendo que no entiende los matices. "Son increíblemente simpáticos conmigo, muy educados y muy amables", dijo. "Tanto, que es difícil saber si es verdad, si realmente les caen bien o no".
Croteau todavía está impresionada con la familia de su esposa, y de estar "entre los que tienen sus apellidos en los edificios". Él es quien muestra al visitante la fotografía de la vieja Destilería Woolner, en Peoria, Illinois, y, al describir las fotos en la pared, menciona que su suegra estudió en Yale y que conocía a Gerald Ford.
Divisiones Familiares
Croteau y Woolner no son los únicos que están conscientes de la división de clases dentro de la familia; también lo están los hijos.
Para Lael Croteau, 27, que estudió administración civil en la Universidad de Vermont, el dinero es siempre difícil, y Maggie, 25, tiene tres trabajos mientras cursa su segundo año en la facultad de leyes de la Universidad Americana. En los restaurantes piden que les envuelvan los restos de la comida para llevárselos a casa.
Ninguna de ellas soñaría con suspender un semestre para meterse a una escuela de masaje, como hizo Isaac. Son cuidadosa con sus maneras, planes, ropas.
"Quién tiene dinero, quién no, eso va a estar siempre en mi cabeza", dijo Maggie. "Así que me pongo la coraza. Tengo la bolsa. La blusa. Sé que la gente no puede saber mi origen sólo con mirarme".
Las hijas de Croteau son las únicas de entre 12 primos que llegaron a la universidad. La mayoría de los otros se casaron y tuvieron hijos inmediatamente después de la secundaria.
"Nos ven como si fuéramos diferentes, y a veces eso duele", dijo Maggie.
Las hijas transitan por una delgada línea. Están profundamente atadas a su madre, que se ocupó de criarlas, pero también se sienten atraídas por el mundo de Woolner y sus posibilidades. Con vacaciones y visitas a la Viña, se han acercado a sus hermanastros, sino también a los hijos de las hermanas de Woolner, cuyas fotografías cuelgan de una pared en casa de Lael en Vermont. Y miran de cerca lo diferente que fueron sus infancias.
""Jonah y Isaac no tiene que preocuparse de cómo se visten, o de si tendrán dinero para terminar la universidad o cualquier cosa", dijo Lael. "Eso es un lujo. Y cuando uno de los niños pregunta: ¿Por qué estornuda la gente?', su mamá les dice: No sé; esa sí es una pregunta. Vamos al museo a chequearlo'. Mi mamá es muy lista y ciertamente es atractiva en muchos niveles, pero cuando se le hace una pregunta difícil, responde: Porque yo lo digo'".
Las vidas de las hijas han cambiado no sólo debido a la cálida y estable presencia de Woolner, sino también por sus regalos de dinero para comprar llantas para la nieve o libros, las vacaciones de la familia que paga ella y sus conexiones. Una de las primas de Wooler, una abogado de Washington, emplea a Maggie tanto en su bufete como para cuidar su csa.
Para los hijos de Woolner, la llegada de Croteau no marcó una gran diferencia. Por lo general ignoran a la familia extendida de Croteau y apenas si se han encontrado con los primos de las Croteau, que son cercanos en edad y viven cerca, pero llevan vidas muy diferentes. En realidad, a principios de febrero, mientras Isaac, de Woolner, se readaptaba a la vida universitaria, el sobrino de Croteau, otro Isaac, de 20 años, que se había alistado con los marines apenas terminada la escuela secundaria, recibió un balazo en la cara en Faluya, Iraq, y fue enviado al Centro Médico de Bethesda, en Maryland. Isaac y Jonah son dos despreocupados jóvenes y ninguno tiene una idea clara de lo que quiere en la vida. "He estado tratando de encontrar mi vocación", dijo Jonah. "Pero sin demasiada pasión".
Isaac sueña con abrir una cervecería con espacio para actos, viajar por Sudamérica o gestionar un crucero de masajes en el Caribe. Sabe que tiene una posición tan sólida que se puede permitir cualquier fantasía.
"Tengo la red de seguridad más sorprendente que puede tener una persona", dijo. "Son unos padres increíbles, cariñosos, comprometidos y ricos".
En las raras ocasiones en que están todos juntos, las hijas se llevan bien con los hijos, aunque hay ocasionalmente tensiones. A Maggie le gustará trabajar un verano con algún grupo de derechos humanos y cuando termine de estudiar, con más de 100.000 dólares de deudas, necesitará un trabajo pagado, no uno voluntario. Así que cuando un día Isaac la fastidió diciéndole que estaba en subasta, ella le recordó que era mucho más fácil vivir de acuerdo con los ideales si no necesitabas hacer dinero para pagar por ellos.
Y hay momentos en que las desigualdades en la familia son dolorosamente obvias.
"Me siento incómoda ayudando a Isaac a comprar un noche mientras que no las ayudo a ellas a comprarse uno", dijo Woolner sobre las hijas. "Hemos hablado sobre eso. Pero también tengo que estar al quite de no extralimitarme. La casa de su madre se quemó, lo que fue terrible para ellos y yo realmente quería ayudarles. Miré mi chequera y no sabía qué era lo apropiado. Al final firmé un cheque de 1.500 dólares. Emily Post [escritora sobre protocolo, etiqueta y maneras] no tiene que enfrentarse a esas situaciones".
Ella y Croteau siguen consciente de las diferencias de clase entre ellos, y de los modos en que sus vidas han sido modeladas por diferentes experiencias.
En una visita a Nueva York, donde pasa los inviernos la madre de Woolner, Woolner extravió su tarjeta de crédito y se preocupó de quedarse desconectada, aunque fuera brevemente, de su dinero.
Para Croteau fue un momento raro. "Estaba realmente inquieta, aunque estábamos a la vuelta de la esquina de su madre, y tenía suficiente dinero como para hacer cualquier cosa que se nos ocurriera, que no fuera comprar un coche o un diamante", dijo. "Así que no entendía su problema. Yo sé cómo sobrevivir sin una red de seguridad. Lo he hecho toda mi vida".
Tanto él como su esposa se mostraron orgullosos de que su matrimonio haya soportado sus problemas y tensiones específicas.
"Creo que estamos siempre sorprendidos de que lo estemos logrando", dijo Woolner.
Pero casi desde el principio estuvieron de acuerdo en cómo abordarían su relación, e inscribieron el lema en el interior de sus alianzas: "Pulse No Me Importa".
22 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Northfield, Massachusetts, Estados Unidos. Cuando Dan Croteau conoció a Cate Woolner hace seis años, él estaba vendiendo coches en el lote de Mitsubihsi, en Keene, Nueva Hampshire, y ella pretendía ser una cliente, haciendo una prueba de carretera de un Montero negro mientras ella y su hijo de 11 años, Jonah, esperaba que le pasaran el coche.La prueba de carretera duró una hora y media. Jonah pudo ver cómo funcionaba el vehículo en las pozas de lodo fuera del camino. Y Croteau y Woolner se cayeron tan bien que ella le envió más tarde una carta en la que le sugería que si no estaba comprometido con alguien, no era republicano ni venía del espacio sideral, quizás podían tomar café juntos. Croteau meditó sobre la propiedad de citarse con una cliente, pero cuando finalmente respondió, hablaron por teléfono desde las 10 de la noche hasta las 5 de la mañana.
Tenían un montón de cosas en común. Los dos venían de matrimonios fracasados y tenían dos hijos. A los dos les gustaba bailar, las motos, Bob Dylan, los juegos de palabras malos, la política liberal y la Radio Pública Nacional.
Pero cuando empezaron a salir, descubrieron diferencias. La diferencia religiosa -ella es católica, él judío- no planteaba problemas. La brecha verdadera entre ellos, dicen ambos, es más sutil: Croteau es de una familia obrera, Woolner de una familia con dinero.
Croteau, que llegará a los 50 en junio, creció en Keene, un viejo pueblo aserradero en el sur de Nueva Hampshire. Su padre era un obrero cuya educación terminó en el octavo; su madre también trabajaba a veces en una fábrica. Croteau tuvo una infancia difícil y abandonó la escuela a los 16. Dejó su casa, se alistó en la Marina y estuvo a la deriva en una larga serie de trabajos sin encontrar su verdadera vocación. Se casó con su novia embarazada, de 19 años, y para cuando él tenía 24 tenían dos hijas: Lael y Maggie.
"Me crié en una familia donde mi abuela vivía en la casa de al lado, mis tíos unas calles más allá, los hermanos de mi padre eran además vecinos, y mis amigos de juegos eran mis primos", dijo. "Lo máximo que se podía esperar de la vida era obtener un buen trabajo en una fábrica. Mi madre trataba de alentarme. Me decía: Dan es listo; pregúntale algo'. Pero si decía que quería estudiar en la universidad, era como decir que quería plantar branquias y respirar en el agua".
Siempre creyó que la gente rica de la ciudad, "los que tienen sus nombres en los edificios", como dijo, vivían en otro mundo.
Woolner, 54, viene de ese otro mundo. Hija de un médico y una bailarina, creció en un confortable hogar de Hartsdale, Nueva York, con campamentos de verano, vacaciones y educación universitaria que las ricas familias del condado de Westchster dan por sentado. Siempre se sintió incómoda con el dinero; cuando recibió una modesta herencia a los 21, ignoró el saldo de su cuenta durante varios años hasta que aprendió a canalizar su inquietud hacia causas de filantropía social. Estaba en la treintena y casada con un psicoterapeuta cuando nacieron Isaac y Jonah.
"El padre de mi madre tenía un Rolls-Royce y un mayordomo y una segunda casa en Florida", dijo Woolner, "y por lo que puedo recordar, siempre tuve conciencia de que yo tenía más dinero que los otros, y me sentía incómoda porque no parecía ser justo. Cuando era niña me obsesionaba la idea con mis amigas de que yo tenía más pijamas que ellas. Así que cuando voy a una fiesta de cumpleaños y me quedo a dormir, siempre llevo un par de pijamas de regalo".
Los matrimonios que cruzan las fronteras de clase no presentan un conjunto claro de retos como el que presentan los que cruzan las líneas de raza o nacionalidad. Pero de un modo silencioso la gente que se casa cruzando líneas de clase también se desplaza hacia fuera de sus zonas de comodidad, hacia el territorio desconocido de parejas con un nivel diferente de riqueza y educación y a menudo un conjunto diferente de presupuestos sobre cosas como las maneras, el alimento, la crianza de los niños, los regalos y cómo pasar las vacaciones. En los matrimonios de clases cruzadas, uno de la pareja tendrá usualmente más dinero, más opciones y, casi inevitablemente, más poder en la relación.
No es posible decir cuántos matrimonios de este tipo hay en el país. Pero en la medida en que la educación sirva como ejemplo de la clase, parecen estar descendiendo. Incluso más que la gente que se casa cruzando líneas raciales y religiosas, a menudo con parejas con las que se avienen fuertemente en otros aspectos, cada vez menos escogen pareja de un nivel diferente de educación. Aunque la mayoría de estos matrimonios normalmente involucraban a hombres casándose con mujeres de menos educación, estudios han concluido últimamente que esa pauta ha revertido, de modo que para 2000 la mayoría involucraba a mujeres, como Woolner, casándose con hombres con menos escolaridad -una combinación que probablemente termina en divorcio.
"Es definitivamente más complicado, dadas las pautas culturales con las que crecimos", dijo Woolner, que tiene un diploma de psicología e irradia una solícita sinceridad. "A todos nos enseñaron que es el hombre el que tiene el dinero y el prestigio y el poder".
Prejuicios de Dos Lados
Cuando conoció a Woolner, Croteau había dejado recientemente de beber y estaba tratando de enmendar su vida. Pero cuando ella le dijo, poco después de que empezaran a salir, que ella tenía dinero, la noticia no cayó en buena tierra.
"Me habría gustado que se esperara un poco más", dijo Croteau. "Cuando me lo dijo, mi primera idea fue, uh, eh, esto es complicado. A partir de ese momento empecé a cuestionar mis motivos. No andas buscando sentirte como un cazafortunas. Tienes que decirte a ti mismo, esa es la persona a la que amo, y eso es lo que viene con el paquete. Cate es muy generosa, y reflexiona un montón sobre lo que es justo y trabaja duro para poner las cosas al mismo nivel, pero también tiene un montón de bagaje en torno a esa cualidad. Tiene un montón de opciones que yo no tengo. Y ella se lleva la parte del león a la hora de tomar decisiones".
Antes de introducir Woolner a su familia, Croteau les advirtió sobre su origen. "Les dije: Mamá, quiero que sepas que Cate y su familia son ricos'", dijo. "Y ella me dijo: Bueno, no la culpes por ello; de todos modos, probablemente es muy simpática'. Pensé que era asombroso".
También había prejuicios al otro lado. El verano pasado, dijo Croteau, cuando estaban en casa de la madre de Woolner, en la Viña de Marta, su suegra le confesó que ella se había sentido inicialmente incómoda con que él fuera un vendedor de coches y estaba preocupada de que su hija lo estuviera adoptando como una especie de proyecto de caridad.
Sin embargo, la relación avanzó rápidamente. Croteau conoció a Woolner en el otoño de 1998 y se mudó al cómodo hogar de ella en Northfield en la primavera siguiente, después de satisfacer con su condición de que él vendiera su pistola.
Incluso antes de que Croteau se mudara, Woolner le dio dinero para comprar un nuevo coche y pagar algunas dudas. "Yo le quise dar ese dinero", dijo. "Yo no me lo había ganado con el sudor de mi frente. Le dije que era un dinero que me había llegado por haber nacido en una clase, mientras él había nacido en otra". Y cuando él perdió su trabajo poco después, Woolner empezó a pagarle un estipendio mensual -él se refiere a eso como el dinero de bolsillo- que continuó, a un nivel más discreto, hasta noviembre pasado, cuando ella dejó su trabajo en la agencia local contra la pobreza. Ella accedió a pagar un curso de informática que lo ayudó a prepararse para su trabajo actual como analista de software en el Centro Médico de Cheshire, en Keene. Desde el principio, el balance de poder en la relación fue un tema lo suficientemente delicado como para que a instancias de Woolner, unos meses antes de su boda en 2001, participaran en una serie de talleres sobre relaciones entre personas de clases diferentes.
"Yo sentía terror ante la idea de hablar en un grupo", dijo Croteau, que es franco e intelectualmente inquieto. "Ciertamente es un lujo de clase alta pagarle a alguien para contarle tus problemas, y con todos los problemas que hay en el mundo uno se siente extraño de sentarse a hablar de tu relación. Pero fue útil. Fue un alivio escuchar a gente hablando sobre el mismo tipo de problemas que teníamos nosotros, sobre gente que tiene el poder en la relación y cómo lo usan. Creo que lo habríamos hecho de todos modos, pero, sin el grupo, habríamos pasado tiempos más difíciles".
Todavía se acepta como verdad en la familia que la condición social de Woolner le ha dado poder de decisión en el matrimonio. Croteau no parpadeó cuando, cenando una noche, su hijo Isaac dijo brutalmente: "Siempre pienso de mi mamá como la que tiene el poder en la relación". Es plenamente consciente de que en esta relación, la suya es cuya la vida que ha cambiado más.
Perturbadoras Diferencias
La residencia de la familia Woolner-Croteau está justo al subir la colina desde los cuidados campos de la escuela primaria de Northfield Mount Hermon -un constante recordatorio local para Croteau de lo diferente que se educaron los hijos de su esposa y sus propias hijas. Jonah cursa allá el último año. Isaac, que también asistió a esa escuela, está ahora de vuelta en el Lewis & Clark College, Oregon, después de desplazar algunos semestres para estudiar en India y asistir a la academia de masaje mientras trabajaba en una tienda de exquisiteces cerca de casa.
En contraste, las hijas adultas de Croteau -que no han vivido nunca con la pareja- se hicieron camino a través de las escuelas públicas de Keene.
"A veces pienso que Jonah e Isaac necesitan una dosis de realidad, que un par de años en una escuela pública les habría mostrado algo diferente", dijo Croteau. "Por otro lado, a veces pienso que me habría gustado poder dar a Maggie y Lael lo que tuvieron ellos. Mis niños no tuvieron el mismo tipo de privilegios ni fueron al mismo tipo de escuelas. No tuvieron maestros preocupados del desarrollo de sus tiernos egos. Era un sálvese quién pueda para todos, y eso todavía se ve en la personalidad que tienen".
Croteau tuvo también otra experiencia en Northfield Mount Hermon. Tuvo brevemente un trabajo ahí como gerente de comunicaciones, pero no se pudo adaptar a su cultura.
"Había gente universitaria", dijo. "Yo no entendía sus matices, y no me hice con ningún amigo allá. En la vida de la clase obrera, la gente te dice las cosas directamente, no son sutiles. En NMH nunca supe cómo hacían las cosas. Cuando un vendedor no cumplía con la fecha cierre, lo llamaba y le decía: ¿Dónde está el trabajo?' Cuando me decía: Te quitamos del puesto, lo tendremos la próxima semana', yo decía: ¿Qué quieres decir, la próxima semana? Tenemos un acuerdo, no puedes hacer negocios así'. Yo volvía a mi supervisor, que me decía: Nosotros no gritamos a los vendedores'. La idea era que las fechas cierre no existen, sino solamente recomendaciones".
Croteau dice que se siente mucho más cómodo en el hospital. "Yo tengo que trabajar con las enfermeras y otros faáticos de la informática y vienen del mismo mundo que yo, así que sabemos cómo comunicarnos", dijo.
Pero tratando con la familia de Woolner, especialmente durante las visitas anuales a la Viña de Marta, dijo Croteau, a veces vuelve a sentir ese desconcierto de clase, sintiendo que no entiende los matices. "Son increíblemente simpáticos conmigo, muy educados y muy amables", dijo. "Tanto, que es difícil saber si es verdad, si realmente les caen bien o no".
Croteau todavía está impresionada con la familia de su esposa, y de estar "entre los que tienen sus apellidos en los edificios". Él es quien muestra al visitante la fotografía de la vieja Destilería Woolner, en Peoria, Illinois, y, al describir las fotos en la pared, menciona que su suegra estudió en Yale y que conocía a Gerald Ford.
Divisiones Familiares
Croteau y Woolner no son los únicos que están conscientes de la división de clases dentro de la familia; también lo están los hijos.
Para Lael Croteau, 27, que estudió administración civil en la Universidad de Vermont, el dinero es siempre difícil, y Maggie, 25, tiene tres trabajos mientras cursa su segundo año en la facultad de leyes de la Universidad Americana. En los restaurantes piden que les envuelvan los restos de la comida para llevárselos a casa.
Ninguna de ellas soñaría con suspender un semestre para meterse a una escuela de masaje, como hizo Isaac. Son cuidadosa con sus maneras, planes, ropas.
"Quién tiene dinero, quién no, eso va a estar siempre en mi cabeza", dijo Maggie. "Así que me pongo la coraza. Tengo la bolsa. La blusa. Sé que la gente no puede saber mi origen sólo con mirarme".
Las hijas de Croteau son las únicas de entre 12 primos que llegaron a la universidad. La mayoría de los otros se casaron y tuvieron hijos inmediatamente después de la secundaria.
"Nos ven como si fuéramos diferentes, y a veces eso duele", dijo Maggie.
Las hijas transitan por una delgada línea. Están profundamente atadas a su madre, que se ocupó de criarlas, pero también se sienten atraídas por el mundo de Woolner y sus posibilidades. Con vacaciones y visitas a la Viña, se han acercado a sus hermanastros, sino también a los hijos de las hermanas de Woolner, cuyas fotografías cuelgan de una pared en casa de Lael en Vermont. Y miran de cerca lo diferente que fueron sus infancias.
""Jonah y Isaac no tiene que preocuparse de cómo se visten, o de si tendrán dinero para terminar la universidad o cualquier cosa", dijo Lael. "Eso es un lujo. Y cuando uno de los niños pregunta: ¿Por qué estornuda la gente?', su mamá les dice: No sé; esa sí es una pregunta. Vamos al museo a chequearlo'. Mi mamá es muy lista y ciertamente es atractiva en muchos niveles, pero cuando se le hace una pregunta difícil, responde: Porque yo lo digo'".
Las vidas de las hijas han cambiado no sólo debido a la cálida y estable presencia de Woolner, sino también por sus regalos de dinero para comprar llantas para la nieve o libros, las vacaciones de la familia que paga ella y sus conexiones. Una de las primas de Wooler, una abogado de Washington, emplea a Maggie tanto en su bufete como para cuidar su csa.
Para los hijos de Woolner, la llegada de Croteau no marcó una gran diferencia. Por lo general ignoran a la familia extendida de Croteau y apenas si se han encontrado con los primos de las Croteau, que son cercanos en edad y viven cerca, pero llevan vidas muy diferentes. En realidad, a principios de febrero, mientras Isaac, de Woolner, se readaptaba a la vida universitaria, el sobrino de Croteau, otro Isaac, de 20 años, que se había alistado con los marines apenas terminada la escuela secundaria, recibió un balazo en la cara en Faluya, Iraq, y fue enviado al Centro Médico de Bethesda, en Maryland. Isaac y Jonah son dos despreocupados jóvenes y ninguno tiene una idea clara de lo que quiere en la vida. "He estado tratando de encontrar mi vocación", dijo Jonah. "Pero sin demasiada pasión".
Isaac sueña con abrir una cervecería con espacio para actos, viajar por Sudamérica o gestionar un crucero de masajes en el Caribe. Sabe que tiene una posición tan sólida que se puede permitir cualquier fantasía.
"Tengo la red de seguridad más sorprendente que puede tener una persona", dijo. "Son unos padres increíbles, cariñosos, comprometidos y ricos".
En las raras ocasiones en que están todos juntos, las hijas se llevan bien con los hijos, aunque hay ocasionalmente tensiones. A Maggie le gustará trabajar un verano con algún grupo de derechos humanos y cuando termine de estudiar, con más de 100.000 dólares de deudas, necesitará un trabajo pagado, no uno voluntario. Así que cuando un día Isaac la fastidió diciéndole que estaba en subasta, ella le recordó que era mucho más fácil vivir de acuerdo con los ideales si no necesitabas hacer dinero para pagar por ellos.
Y hay momentos en que las desigualdades en la familia son dolorosamente obvias.
"Me siento incómoda ayudando a Isaac a comprar un noche mientras que no las ayudo a ellas a comprarse uno", dijo Woolner sobre las hijas. "Hemos hablado sobre eso. Pero también tengo que estar al quite de no extralimitarme. La casa de su madre se quemó, lo que fue terrible para ellos y yo realmente quería ayudarles. Miré mi chequera y no sabía qué era lo apropiado. Al final firmé un cheque de 1.500 dólares. Emily Post [escritora sobre protocolo, etiqueta y maneras] no tiene que enfrentarse a esas situaciones".
Ella y Croteau siguen consciente de las diferencias de clase entre ellos, y de los modos en que sus vidas han sido modeladas por diferentes experiencias.
En una visita a Nueva York, donde pasa los inviernos la madre de Woolner, Woolner extravió su tarjeta de crédito y se preocupó de quedarse desconectada, aunque fuera brevemente, de su dinero.
Para Croteau fue un momento raro. "Estaba realmente inquieta, aunque estábamos a la vuelta de la esquina de su madre, y tenía suficiente dinero como para hacer cualquier cosa que se nos ocurriera, que no fuera comprar un coche o un diamante", dijo. "Así que no entendía su problema. Yo sé cómo sobrevivir sin una red de seguridad. Lo he hecho toda mi vida".
Tanto él como su esposa se mostraron orgullosos de que su matrimonio haya soportado sus problemas y tensiones específicas.
"Creo que estamos siempre sorprendidos de que lo estemos logrando", dijo Woolner.
Pero casi desde el principio estuvieron de acuerdo en cómo abordarían su relación, e inscribieron el lema en el interior de sus alianzas: "Pulse No Me Importa".
22 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
corte con problemas
[Theo Koelé] El tribunal europeo de derechos humanos corre el peligro de sucumbir ante su propio éxito. Más de 70.000 denuncias de ciudadanos esperan todavía ser tratadas por el tribunal en Estrasburgo, y esa cifra aumenta en miles cada mes. Durante una cumbre del Consejo de Europa el lunes en Varsovia se dio la alarma sobre el impresionante ritmo de trabajo.
Varsovia, Polonia. El Consejo de Europa, que vela por los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho, ha visto aumentar el número de países miembros de 20 a 46 desde la caída del Muro de Berlín. El crecimiento se refleja en la cantidad de denuncias que llegan al tribunal, el principal instrumento del Consejo. Todo ciudadano puede quejarse ante el tribunal una vez agotados los recursos jurídicos en su propio país.
"Es inaceptable que no se destinen fondos extras para el tribunal, que realiza una labor fantástica", dijo el parlamentario de la Cámara Baja, René der Linden (CDA), presidente de la asamblea parlamentaria del Consejo de Europa. Holanda y la mayoría de los otros países piensan que la organización debe buscar dinero en el propio presupuesto. Pero según Van der Linden esos recursos son escasos.
Según Van der Linden, la Unión Europea debe contribuir con medios financieros, pero el premier de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, no dijo palabra el lunes, como presidente de la Unión, sobre medios adicionales. Juncker reconoció que la corte europea "necesita aire". Según la Unión la carga de trabajo puede disminuir considerablemente si se "filtran" mejor las denuncias.
Los diplomáticos constatan que los jueces de Estrasburgo tienen la tendencia a concentrarse en los casos más llamativos. Hace poco se criticó duramente el proceso judicial en Turquía contra el líder kurdo radical Öcalan. En los nuevos países miembros con sistemas judiciales deficientes numerosos nuevos ciudadanos ansían por resoluciones judiciales sopesadas. Según un diplomático, no se podría exagerar el valor del tribunal: "Es impresionante que incluso Rusia acata las decisiones de la corte". Croacia, que busca ansiosamente su integración en la Unión, declaró el lunes que las resoluciones de la corte de derechos humanos serán elaboradas en la legislación nacional.
La cumbre de dos días en Varsovia tiene sobre todo la intención de confirmar el derecho a la existencia del Consejo de Europa. Ahora que la Unión Europea ha crecido sobre todo entre países de Europa Central y del Este, el más grande Consejo de Europea debe evitar una división del continente.
22 de mayo de 2005
©volkskrant
©traducción mQh
Varsovia, Polonia. El Consejo de Europa, que vela por los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho, ha visto aumentar el número de países miembros de 20 a 46 desde la caída del Muro de Berlín. El crecimiento se refleja en la cantidad de denuncias que llegan al tribunal, el principal instrumento del Consejo. Todo ciudadano puede quejarse ante el tribunal una vez agotados los recursos jurídicos en su propio país."Es inaceptable que no se destinen fondos extras para el tribunal, que realiza una labor fantástica", dijo el parlamentario de la Cámara Baja, René der Linden (CDA), presidente de la asamblea parlamentaria del Consejo de Europa. Holanda y la mayoría de los otros países piensan que la organización debe buscar dinero en el propio presupuesto. Pero según Van der Linden esos recursos son escasos.
Según Van der Linden, la Unión Europea debe contribuir con medios financieros, pero el premier de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, no dijo palabra el lunes, como presidente de la Unión, sobre medios adicionales. Juncker reconoció que la corte europea "necesita aire". Según la Unión la carga de trabajo puede disminuir considerablemente si se "filtran" mejor las denuncias.
Los diplomáticos constatan que los jueces de Estrasburgo tienen la tendencia a concentrarse en los casos más llamativos. Hace poco se criticó duramente el proceso judicial en Turquía contra el líder kurdo radical Öcalan. En los nuevos países miembros con sistemas judiciales deficientes numerosos nuevos ciudadanos ansían por resoluciones judiciales sopesadas. Según un diplomático, no se podría exagerar el valor del tribunal: "Es impresionante que incluso Rusia acata las decisiones de la corte". Croacia, que busca ansiosamente su integración en la Unión, declaró el lunes que las resoluciones de la corte de derechos humanos serán elaboradas en la legislación nacional.
La cumbre de dos días en Varsovia tiene sobre todo la intención de confirmar el derecho a la existencia del Consejo de Europa. Ahora que la Unión Europea ha crecido sobre todo entre países de Europa Central y del Este, el más grande Consejo de Europea debe evitar una división del continente.
22 de mayo de 2005
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tortura y muerte en afganistán
[Tim Golden] Un informe estadounidense detalla la brutal muerte de dos presos afganos.
Incluso aunque el joven afgano se estaba muriendo ante ellos, sus carceleros americanos continuaron torturándolo.
El prisionero, un flaco taxista de 22 años conocido solamente como Dilawar, fue sacado de su celda en el centro de detención de Bagram, Afganistán, hacia las 2 de la mañana, para ser interrogado sobre un ataque con proyectiles contra una base americana. Cuando llegó al cuarto de interrogatorios, dijo un intérprete que estaba presente allí, sus piernas temblaban descontroladamente en su silla de plástico y tenía las manos entumecidas. Había estado encadenado por las muñecas al techo de su celda durante la mayor parte de los cuatro días previos.
Dilawar pidió agua, y uno de sus interrogadores, el especialista Joshua R. Claus, 21, le pasó una enorme botella de plástico. Pero antes le hizo un hoyo en el fondo, dijo el intérprete, así que cuando el recluso se enredaba torpemente con la tapa, el agua se escurrió sobre su uniforme naranja. Entonces el soldado agarró de vuelta la botella y empezó a derramar el agua violentamente sobre la cara de Dilawar.
"¡Vamos, bebe!", gritó el especialista Claus, según el intérprete, mientras el prisionero se atoraba con la rociada. "¡Bebe!"
A petición de los interrogadores, un guardia trató de obligar al joven a que se pusiera de rodillas. Pero sus piernas, que habían sido aporreadas por los guardias durante varios días, ya no podían doblarse. Cuando finalmente lo enviaron de vuelta a su celda, los guardias fueron instruidos de que encadenaran al prisionero nuevamente al techo.
"Déjenlo colgado", dijo Claus, según uno de los guardias.
Pasaron varias horas antes de un médico de la sala de urgencias finalmente viera a Dilawar. Para entonces ya había muerto, y su cuerpo había empezado a ponerse tieso. Pasarían muchos meses antes de que los investigadores del ejército descubrieran un horroroso detalle: La mayoría de los interrogadores creían que Dilawar era inocente y que simplemente había pasado con su taxi frente a la base norteamericana en el momento equivocado.
La historia de la brutal muerte de Dilawar en el Punto de Reunión de Bagram -y la de otro detenido, Habibullah, que murió seis días antes a principios de diciembre de 2002- se lee en un documento confidencial de casi 2.000 páginas de la investigación criminal del ejército, una copia del cual fue obtenida por el New York Times.
Como una contraparte literaria de las imágenes digitales de Abu Ghraib, el documento de Bagram muestra una imagen de soldados jóvenes y pobremente adiestrados en repetidos incidentes de maltratos. El severo tratamiento, que ha conducido a cargos criminales contra siete soldados, fue más allá de los dos asesinatos.
En algunos casos, según muestran los testimonios, fue ordenado o llevado a cabo por interrogadores. En otros, fueron castigos impuestos por los guardias de la policía militar. A veces, los tormentos parecen haber sido provocados por apenas algo más que aburrimiento o crueldad, o ambas cosas.
En declaraciones juradas ante investigadores del ejército, los soldados contaron cómo una interrogadora a la que le gustaba humillar a los detenidos, se paró encima del cuello de un detenido que yacía en el suelo y le dio patadas en los testículos a otro. Contaron sobre un prisionero encadenado que fue obligado a rodar de un lado a otro por el suelo de la celda, besando las botas de sus dos interrogadores. Y otro prisionero fue obligado a recoger tapas de botellas de plástico en un barril de agua mezclada con excrementos como parte de una estrategia para ablandarlo antes del interrogatorio.
Times obtuvo una copia del documento de manos de una persona implicada en la investigación que deplora los métodos usados en Bagram y la respuesta militar ante las muertes.
Aunque incidentes con maltratos a prisioneros en Bagram en 2002, incluyendo algunos detalles sobre la muerte de los dos hombres, se habían dado a conocer previamente, funcionarios norteamericanos las han caracterizado como problemas aislados que fueron exhaustivamente investigados. Y muchos de los oficiales y soldados interrogados en la investigación de Dilawar dijeron que la mayoría de los detenidos en Bagram eran dóciles y eran tratados razonablemente bien.
"De lo que nos hemos enterado en el curso de todas estas investigaciones es que hubo gente que claramente violó las normas corrientes de trato humano", dijo el portavoz jefe del Pentágono, Larry Di Rita. "Estamos descubriendo que algunos casos no fueron justificados".
Sin embargo, el documento de Bagram incluye extensos testimonios de que el tratamiento severo de algunos interrogadores era rutinario y los guardias podían golpear a los presos encadenados prácticamente con absoluta impunidad. Los prisioneros considerados importantes o problemáticos eran también esposados y encadenados a los techos y puertas de sus celdas, a veces durante largos períodos, una acción que los fiscales del ejército clasificaron recientemente como agresión criminal.
Algunos de los maltratos eran bastante obvios, sugiere el documento. Oficiales superiores inspeccionaban frecuentemente el centro de detención, y varios de ellos reconocieron haber visto a prisioneros encadenados por castigo o privados de sueño. Poco antes de las dos muertes, observadores del Comité Internacional de la Cruz Roja se quejaron específicamente ante las autoridades militares de Bagram sobre la práctica de obligar a prisioneros encadenados a mantener "posiciones fijas", dice el informe.
Aunque los investigadores militares se enteraron poco después de la muerte de Dilawar de que había sido maltratado por al menos dos interrogadores, la pesquisa criminal del ejército continuó lentamente. Entretanto, muchos de los interrogadores de Bagram, dirigidos por el mismo oficial de operaciones, la capitán Carolyn A. Wood, fueron trasladados a Iraq y en julio de 2003 se hicieron cargo de los interrogatorios en la prisión de Abu Ghraib. De acuerdo a una pesquisa de alto nivel del ejército el año pasado, la capitán Wood aplicaba técnicas que eran "extraordinariamente similares" a las usadas en Bagram.
En octubre pasado, el Comando de Investigaciones Criminales del Ejército concluyó que había probablemente motivos para acusar a 27 oficiales y personal alistado de cargos criminales en el caso de Dilawar, que van de abandono de deberes hasta mutilación y homicidio involuntario. Quince de esos soldados fueron también citados por su probable responsabilidad criminal en el caso de Habibullah.
Hasta el momento, sólo siete de los soldados han sido acusados, entre ellos cuatro la semana pasada. Ninguno ha sido condenado por la muerte de ninguno de los dos. También fueron reprendidos dos interrogadores del ejército, dijo un portavoz militar norteamericano. La mayoría de los que deben todavía hacer frente a acciones legales, ha negado toda responsabilidad, sea en declaraciones ante interrogadores o en comentarios a periodistas.
"Toda esta situación es injusta", dijo en una entrevista telefónica la sargento Selena M. Salcedo, una ex interrogadora de Bagram que fue acusada de agredir a Dilawar, abandono de deberes y de mentir a los investigadores. "Todo quedará claro cuando termine el proceso".
Con la mayoría de las acciones legales todavía pendientes, la historia de los maltratos en Bagram sigue sin estar completa. Pero documentos y entrevistas revelan una sorprendente disparidad entre los hallazgos de los investigadores del ejército y lo que dijeron funcionarios militares después de las muertes.
Portavoces militares sostuvieron que los dos hombres habían muerto por causas naturales, incluso después de que pesquisidores militares determinaran que las muertes eran homicidios. Dos meses después de esas autopsias, el comandante americano en Afganistán, el entonces teniente general Daniel K. McNeill, dijo que no tenía indicios de que los maltratos de los soldados hubieran contribuido a esas dos muertes. Los métodos usados en Bagram, dijo, estaban "en conformidad con técnicas de interrogatorio generalmente aceptadas".
Los Interrogadores
En el verano de 2002, el centro de detención militar de Bagram, a unos 65 kilómetros al norte de Kabul, era un pesado recordatorio del improvisado poder norteamericano en Afganistán.
Construido por los soviéticos como un taller de maquinaria de la aviación para la base de operaciones que establecieron poco después de su intervención en el país en 1979, el edificio sobrevivió las guerras subsiguientes como una abollada reliquia -un edificio de hormigón largo y achaparrado con oxidadas láminas de metal donde antes hubo ventanas.
Actualizado con cinco enormes corrales de alambre y una media docena de celdas de aislamiento de madera terciada, el edificio se transformó en el Punto de Reunión de Bagram, un centro de interrogatorios de prisioneros capturados en Afganistán y otros lugares. El BCP, como lo llaman los soldados, mantenía normalmente entre 40 y 80 detenidos mientras eran interrogados e investigados para su posible traslado al centro de detención de términos más prolongados del Pentágono en Bahía Guantánamo, Cuba.
La nueva unidad de interrogatorios que llegó en julio de 2002 también había sido improvisada. La capitán Wood, entonces una teniente de 32 años, llegó a Fort Bragg, Carolina del Norte, con 13 soldados de la Brigada de Inteligencia Militar 525; seis reservistas que hablaban árabe de la Guardia Nacional de Utah fueron incluidos en el grupo.
Parte del nuevo grupo, que fue integrado a la Compañía A del Batallón de Inteligencia Militar 519, fue formado con especialistas en contraespionaje sin formación en interrogatorios. Sólo dos de los soldados habían alguna vez interrogado a prisioneros.
La formación especializada que recibía la unidad se hacía durante el trabajo, en sesiones con dos interrogadores que habían trabajado en la prisión algunos meses. "No había nada que nos preparara para dirigir una operación de interrogatorio" como la de Bagram, dijo más tarde a los investigadores el oficial trasladado a cargo de los interrogatorios, el sargento Steven W. Loring.
Las reglas de combate no eran muy claras. El pelotón tenía el manual normal de interrogatorios, el Manual de Terreno 34-52 del Ejército, y una orden del ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld, de tratar a los prisioneros "humanamente" y, cuando fuera posible, en conformidad con las Convenciones de Ginebra. Pero con la decisión final del presidente Bush en febrero de 2002 de que las Convenciones no se aplican en el conflicto con Al Qaeda y que los milicianos talibanes no recibirán los derechos de los prisioneros de guerra, los interrogadores creyeron que se "podían desviar ligeramente de las reglas", dijo uno de los reservistas de Utah, el sargento James A. Leahy.
"Había las Convenciones de Ginebra para los enemigos prisioneros de guerra, pero nada para los terroristas", dijo a los investigadores del ejército el sargento Leahy. Y los detenidos, dijeron oficiales de inteligencia, debían ser considerados terroristas hasta que se demostrara lo contrario.
Las desviaciones incluían el uso de "posturas de seguridad" o "posiciones estresantes" que harían sentirse incómodos a los detenidos sin necesariamente herirlos -arrodillarse en el suelo, por ejemplo, o sentarse en la posición silla' contra una pared. El nuevo pelotón que también conocía técnicas de privación del sueño, que la unidad anterior había limitado generalmente a 24 horas o menos, insistiendo en que el interrogador permanezca despierto junto al prisionero para no ignorar los límites de un tratamiento humano.
Pero cuando los interrogadores del 519 empezaron a trabajar, redefinieron sus propios métodos de privación de sueño. Decidieron que de 32 a 36 horas era el tiempo óptimo para mantener despiertos a los prisioneros y eliminaron la práctica de permanecer despiertos ellos mismos, dijo en una entrevista un ex interrogador, Eric LaHammer.
Los interrogadores trabajaban con un listado de técnicas básicas para obtener la colaboración de un prisionero, desde el enfoque "amistoso", las rutinas del poli malo-poli bueno y la amenaza de un encarcelamiento indefinido. Pero interrogadores con menos experiencia descansaban en el método conocido entre los militares como Pégales un Susto', o lo que un soldado llamó "la técnica del grito".
El sargento Loring, entonces de 27, trató sin demasiado éxito de impedir que los interrogadores usaran esa técnica, que implica normalmente gritar y arrojar sillas. Leahy dijo que el sargento "ponía freno cuando algunos métodos se escapaban de las manos". Pero también podía desechar tácticas que consideraba demasiado suaves, dijeron varios soldados, y daban a algunos de los interrogadores más agresivos mucha libertad de acción. (Los intentos de localizar a Loring, que dejó el ejército, fueron infructuosos).
"A veces desarrollábamos algún tipo de relación con los detenidos, y el sargento Loring se sentaba con nosotros y nos recordaba que esa gente era mala y hablaba del 11 de septiembre y decía que no eran nuestros amigos y que no debíamos confiar en ellos", dijo Leahy.
El especialista Damien M. Corsetti, un interrogador alto y barbudo llamado a veces el Monstruo' -se había tatuado su apodo en italiano en su estómago, dijeron otros soldados- era a menudo elegido para intimidar a los nuevos prisioneros. El especialista Corsetti, dijeron, se enfurecía y gritaba a los recién llegados que estaban encadenados a una viga del techo o yacían boca abajo en el piso del cuarto de retención. (Una unidad militar K-9 a menudo llegaba con perros gruñendo a pasearse entre los detenidos para obtener un efecto similar, revelan los documentos).
"Los otros interrogadores usaban su reputación", dijo uno de los interrogadores, el especialista Eric H. Barclais. "Le decían al detenido: Si no colaboras, traeremos al Monstruo y eso no será agradable para ti'". Otro soldado contó a los investigadores que el sargento Loring se refería despreocupadamente al especialista Corsetti, entonces de 23, como el Rey de la Tortura'.
Un detenido saudí que fue entrevistado por interrogadores del ejército en junio pasado en Guantánamo dijo que el especialista Corsetti había sacado su pene durante un interrogatorio en Bagram, lo había mantenido frente a la cara del prisionero y lo amenazó con violarlo, según muestran fragmentos de la declaración.
En otoño pasado, los investigadores dijeron que había motivos suficientes para acusar al especialista Corsetti de asalto, agresión a un prisionero y actos indecentes; pero no ha sido acusado formalmente. Un portavoz de Fort Bragg dijo que el especialista Corsetti no quería hacer comentarios.
A fines de agosto de 2002, los interrogadores de Bagram recibieron a una nueva unidad de la policía militar que fue asignada a la custodia de los detenidos. Los soldados, en su mayor parte reservistas de la Compañía de Policía Militar 377, de Cincinnati y Bloomington, Indiana, carecían igualmente de preparación para la misión, dijeron miembros de la unidad.
La compañía recibió lecciones básicas de tratamiento de prisioneros en Fort Dix, Nueva Jersey, y algunos policías y funcionarios de prisiones entre sus rangos proveyeron más adiestramiento. Esas instrucciones incluían una revisión de "tácticas de control de la presión" y especialmente el "golpe en el peroné" -un fuerte golpe paralizante al lado de la pierna, justo arriba de la rodilla.
Los policías militares dijeron que nunca les dijeron que los golpes en el peroné no formaban parte de la doctrina militar. Y la mayoría de ellos no oyeron a uno de los anteriores agentes de policía que dijo a otro soldado durante el adiestramiento que no debía nunca usar esos golpes porque "destrozaría" las piernas del detenido.
Pero una vez en Afganistán, los miembros de la 377 descubrieron que las reglas normales no se aplicaban. El golpe en el peroné se transformó rápidamente en el arma básica en el arsenal de la policía militar. "Era algo aceptado; podías darles un rodillazo en las piernas", dijo a los investigadores el ex sargento Thomas V. Curtis.
Tras unas semanas de gira con la compañía, el especialista Jeremy M. Callaway oyó a otros guardia fanfarronearse de haber golpeado a un detenido que lo había escupido. El especialista Callaway también dijo a los investigadores que otros soldados habían felicitado al guardia por no "aguantar nada" de un detenido.
Un capitán apodó a los miembros del Tercer Pelotón, la Banda de la Testosterona'. Varios de ellos eran dedicados culturistas. Tras llegar a Afganistán, un grupo de soldados decoraron su tienda con una bandera confederada, dijo un soldado.
Algunos de los mismos policías militares mostraron un particular interés en un detenido afgano perturbado que era conocido porque se comía sus excrementos y se mutilaba a sí mismo con alambres de púas. Los soldados le dieron repetidos rodillazos en las piernas hasta que, en un momento, lo encadenaron con los brazos en el aire, dijo el especialista Callaway a los investigadores. También lo apodaron Timmy', por un niño incapacitado de la serie de dibujos animados de televisión South Park'. Uno de los guardias que golpeó al prisionero también le enseñó a chillar como el personaje de la serie, dijo el especialista Callaway.
Finalmente el hombre fue enviado a casa.
Detenido Rebelde
El detenido conocido como Persona Bajo Control º412 era un afgano corpulento y bien arreglado llamado Habibullah. Algunos funcionarios americanos lo identificaban con el ulema' Habibullah, hermano del antiguo comandante talibán de la provincia de Oruzgan, al sur de Afganistán.
Se destacaba entre los desaseados guerrilleros y aldeanos que los interrogadores acostumbraban a ver. "Tenía una mirada penetrante y mucha confianza en sí mismo", dijo el jefe de la policía militar, el mayor Bobby R. Atwell.
Documentos de la investigación sugieren que Habibullah fue capturado por un señor de la guerra afgano el 28 de noviembre de 2002, y entregado a operativos de la CIA dos días después. Su estado en ese momento es objeto de disputa. El médico que lo examinó al llegar a Bagram lo declaró en buena salud. Pero el jefe de operaciones de inteligencia, el teniente coronel John W. Loffert Jr., dijo más tarde a los interrogadores que "ya se encontraba mal al llegar".
Lo que sí está claro es que Habibullah fue clasificado en Bagram como prisionero importante y especialmente listo y rebelde.
Uno de los sargentos del Tercer Pelotón de la 377, Alan J. Driver Jr., dijo a los investigadores que Habibullah se levantó después de un análisis rectal y le dio un rodillazo en la ingle. El guardia dijo que él agarró al prisionero por la cabeza y le gritó en la cara. Habibullah se puso "combativo", dijo el sargento Driver, y tuvo que ser dominado por tres guardias, que se lo llevaron con una llave de brazos.
Entonces fue recluido en una de las celdas de aislamiento de 2.70 por 2.10 metros, que el comandante de la policía militar, el capitán Christopher M. Beiring describió más tarde como un procedimiento normal. "La política era que los detenidos debían ser encapuchados, encadenados y aislados al menos las primeras 24 horas, a veces las primeras 72 horas de cautiverio", dijo a los investigadores.
Aunque los guardias mantenían despiertos a algunos prisioneros gritándoles o pinchándolos o golpeando la puerta de sus celdas, Habibullah fue encadenado por las muñecas al techo de cables de su celda, dijeron los soldados.
Al segundo día, el 1 de diciembre, el prisionero se mostró nuevamente "poco cooperativo", esta vez con el especialista Willie V. Brand. El guardia, que ha sido desde entonces acusado de agresión y otros delitos, dijo a los investigadores que le había dado tres golpes en el peroné como respuesta. Al día siguiente, dijo el especialista Brand, tuvo que dar de rodillazos nuevamente al prisionero. Más otros golpes.
Un abogado del especialista Brand, John P. Galligan, dijo que su cliente no había tenido intenciones criminales al agredir a prisioneros. "En la época, mi cliente se comportaba según las normas operacionales normales que estaban en vigor en el centro de detención de Bagram.
La comunicación entre Habibullah y sus carceleros parece haber sido casi exclusivamente física. A pesar de repetidas peticiones, los policías militares no tenían intérpretes propios. En lugar de eso, tomaban de prestado a los intérpretes de los interrogadores toda vez que podían y dependían de prisioneros que hablaban un poco de inglés para que les tradujeran.
Cuando los detenidos eran golpeados o pateados por "rebeldía", uno de los intérpretes, Ali M. Baryalai, dijo que ocurría a menudo "porque no tenían ni idea de lo que decían los policías militares".
La mañana del 2 de diciembre, testigos dijeron a los investigadores que Habibullah estaba tosiendo y quejándose de dolor de pecho. Entró cojeando y con grilletes al cuarto de interrogatorios, con la pierna derecha tiesa y su pie derecho hinchado. El interrogador a cargo, el sargento Leahy, lo dejó sentarse en el suelo porque no podía doblar las rodillas y sentarse en una silla.
El intérprete que estaba a mano, Ebrahim Baerde, dijo que los interrogadores habían mantenido su distancia ese día "porque estaba escupiendo un montón de flema".
"Se estaban riendo y burlándose de él, diciendo que era vulgar' y sucio'", dijo Baerde.
Aunque golpeado, Habibullah no había sido sometido.
"Una vez le preguntaron si quería pasarse esposado el resto de su vida", dijo Baerde. "Su respuesta fue: Sí, ¿no ves lo bien que me cuidan aquí?'"
El 3 de diciembre la reputación de la rebeldía de Habibullah lo transformó en un blanco predilecto. Un policía militar dijo que le había propinado cinco golpes en el peroné por "rebelarse y resistir". Otro le dio tres o cuatro golpes más por lo mismo. Algunos guardias dijeron más tarde que se había herido al tratar de escapar.
Cuando el sargento James P. Boland vio a Habibullah el 3 de diciembre, estaba en una celda de aislamiento, amarrado al techo por esposas y una cadena en la cintura. Su cuerpo estaba desplomado hacia adelante, mantenido así por las cadenas.
El sargento Boland dijo a los investigadores que había entrado a la celda con otros dos guardias, los especialistas Anthony M. Morden y Brian E. Cammack. (Los tres han sido acusados de agresión y otros delitos). Uno de ellos le sacó la capucha. Tenía la cabeza caída hacia un lado, con la lengua fuera. El especialista Cammack dijo que había puesto algo de pan en la lengua de Habibullah. Otro soldado puso una manzana en la mano del prisionero; cayó al suelo.
Cuando el especialista Cammack se volvió hacia el prisionero, dijo en una declaración, Habibullah le escupió en el pecho. Más tarde, el especialista Cammack reconoció: "No estoy seguro de que me haya escupido". Pero en ese momento explotó, gritándole: "¡No me vuelvas a escupir nunca más!" y dándole un fuerte rodillazo en la pierna, "quizás varias veces". El cuerpo desplomado de Habibullah balanceándose de las cadenas.
Cuando el sargento Boland volvió a la celda unos 20 minutos más tarde, dijo, Habibullah no se movía y no tenía pulso. Finalmente el prisionero fue sacado de sus cadenas y dejado en el piso de su celda.
El guardia que el especialista Cammack dijo que había aconsejado en Nueva Jersey sobre los peligros de los golpes en el peroné, lo encontró en el cuarto donde yacía el cuerpo ya frío de Habibullah.
"El especialista Cammack parecía muy abatido", dijo el especialista William Bohl a un investigador. El soldado "daba vueltas en el cuarto, histérico".
Un policía militar fue enviado a despertar a uno de los médicos.
"¿Para qué quieres que me levante?", respondió el médico, el especialista Robert S. Melone, diciéndole que llamara a una ambulancia.
Cuando finalmente llegó otro médico, encontró a Habibullah en el suelo, con los brazos extendidos, los ojos y la boca abierta.
"Daba la impresión de que llevaba muerto un bien tiempo y a nadie parecía preocuparle", dijo el médico, el sargento Rodney D. Glass.
No todos los guardias eran indiferentes, según se desprende de sus declaraciones. Pero si la muerte de Habibullah consternó a algunos de ellos, eso no produjo cambios importantes en la gestión del centro de detención.
Se asignaron guardias de la policía militar para estar presentes durante los interrogatorios para prevenir los maltratos. El mayor Atwell dijo a los investigadores que ya había instruido al comandante de la compañía de la policía militar, el capitán Beiring, que dejara de colgar a los prisioneros al techo. Otros dijeron que nunca recibieron esa orden.
Oficiales dijeron más tarde a los investigadores que no estaban consciente de ningún abuso serio en el BCP. Pero el sargento primero de la 377, Betty J. Jones, contó a los investigadores que el uso de posturas estresantes, privación del sueño y golpes al peroné eran ya evidentes.
"Todos los que tienen algo de autoridad visitaron el centro de detención en algún momento", dijo.
El mayor Atwell dijo que la muerte "no causó demasiada preocupación porque parecía natural".
De hecho, la autopsia de Habibullah, completada el 8 de diciembre, mostraba moretones y raspaduras en su pecho, brazos y cabeza. Había profundas contusiones en sus pantorrillas, rodillas y muslos. Su pantorrilla izquierda tenía una marca aparentemente causada por una suela de zapato.
Su muerte fue atribuida a un coágulo de sangre, causado probablemente por las graves heridas en sus piernas, que se trasladó hacia su corazón e impidió que llegara sangre a sus pulmones.
El Detenido Tímido
El 5 de diciembre, un día después de la muerte de Habibullah, Dilawar llegó a Bagram.
Cuatro días antes, en vísperas del festivo musulmán de Id al-Fitr, Dilawar salió de su pequeña aldea de Yakubi con su apreciada nueva posesión, un sedán Toyota de segunda mano que su familia le había comprado semanas antes para que lo trabajara como taxi.
Dilawar no era un aventurero. Rara vez se alejaba de su casa de piedra que compartía con su esposa, joven hija y otros familiares. Nunca fue a la escuela, dijeron sus familiares, y sólo tenía un amigo, Bacha Khel, con el que se sentaba a platicar en los trigales que rodean la aldea.
"Era un hombre tímido, muy sencillo", dijo su hermano mayor, Shahpoor, en una entrevista.
El día que desapareció, la madre de Dilawar le había pedido que reuniera a sus tres hermanas en aldeas vecinas y las llevara a casa para las vacaciones. Pero él necesitaba dinero para la gasolina y decidió conducir hasta la capital provincial, Khost, a unos 45 minutos, a ver si encontraba clientes.
En una parada de taxis allá, recogió a tres hombres que iban a Yakubi. En el camino pasaron frente a una base de las tropas americanas, Campo Salerno, que había sido blanco de un ataque con proyectiles esa mañana.
Milicianos leales al comandante de la guerrilla que custodiaba la base, Jan Baz Khan, paró al Toyota en un puesto de control. Confiscaron el walkie-talkie roto de uno de los pasajeros de Dilawar. En el maletero encontraron un estabilizador eléctrico utilizado para regular la corriente de los generadores. (La familia de Dilawar dijo que el estabilizador no era de ellos; en la época, dijeron, no tenían electricidad).
Los cuatro hombres fueron detenidos y entregados a los soldados norteamericanos en la base como sospechosos de haber participado en el ataque. Dilawar y sus pasajeros pasaron su primera noche allí encadenados a una valla, de modo que no pudieron dormir. Cuando un médico los examinó a la mañana siguiente, dijo más tarde, pensó que Dilawar estaba cansado y sufría de dolores de cabeza, pero se encontraba bien.
Los tres pasajeros de Dilawar fueron finalmente trasladados a Guantánamo y encerrados allá durante más de un año antes de ser enviados a casa sin cargos. En entrevistas después de su liberación, los hombres describieron su tratamiento en Bagram como mucho peor que en Guantánamo. Aunque todos dijeron haber sido golpeados, se quejaron amargamente de haber sido desnudados frente a soldados mujeres en las duchas y exámenes médicos, que dijeron que incluían varios dolorosos y humillantes exámenes rectales.
"Me hicieron montones de cosas malas", dijo Abdur Rahim, un panadero de 26 años de Khost. "Yo gritaba y lloraba, y nadie escuchaba. Cuando yo gritaba, los soldados me golpeaban la cabeza contra el escritorio".
Para Dilawar, dijeron los otros prisioneros, lo más difícil era la capucha de tela negra en la cabeza. "No podía respirar", dijo un hombre llamado Parkhudin, que había sido uno de los pasajeros de Dilawar.
Dilawar era un hombre frágil, de 1.80m de estatura y de 55 kilos. Pero en Bagram fue rápidamente clasificado como "rebelde".
Cuando el especialista Corey E. Jones, del Primer Pelotón de la Policía Militar, fue enviado a la celda de Dilawar a darle algo de agua, dijo que el prisionero le escupió en la cara y empezó a darle de patadas. El especialista Jones respondió, dijo, dándole unos rodillazos en la pierna al detenido encadenado.
"Gritó: ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!' y mi primera reacción fue que estaba pidiendo ayuda a su Dios", dijo el especialista Jones a los investigadores. "Todos lo oyeron llorar y pensaban que era divertido".
Más tarde otros miembros del Tercer Pelotón de la Policía Militar se acercaron por el centro de detención y pararon en las celdas de aislamiento para verlo con sus propios ojos, dijo el especialista Jones.
"Se transformó en una especie de chiste permanente y los soldados llegaban para darle al detenido al golpe al peroné solamente para oírlo gritar: "Alá'", dijo. "Continuó durante un período de 24 horas y creo que puede haber recibido unos 100 golpes".
En una declaración posterior, el especialista Jones fue vago sobre la identidad de los que habían participado en los golpes. Sus estimaciones no fueron nunca confirmadas, pero finalmente otros guardias confesaron haber golpeado a Dilawar repetidas veces.
Muchos policías militares terminaron negando que estuviesen al tanto de las lesiones de Dilawar, explicando que nunca vieron sus piernas debajo del chándal. Pero el especialista Jones recordó que la cuerda de los pantalones del uniforme naranja de prisionero de Dilawar se cayó varias veces cuando estaba encadenado.
"Vi el rosetón porque se le cayeron los pantalones cuando estaba en una posición estresante", dijo el soldado a los investigadores. "Al cabo de un tiempo me di cuenta de que era del tamaño de un puño".
Dilawar empezó a desesperarse, gritando que lo dejaran en libertad. Pero incluso sus intérpretes tenían dificultades en comprender su dialecto pashto; los asombrados guardias sólo oían ruidos.
"Gritaba constantemente: ¡Déjadme en libertad; no quiero estar aquí!" y cosas como esas", dijo un lingüista que podía descifrar su malestar, Abdul Ahad Wardak.
Wardak.
El Interrogatorio
El 8 de diciembre Dilawar fue llevado a su cuarto interrogatorio. Se tornó pronto en hostil.
El interrogador de 21 años, el especialista Glendale C. Walls II, dijo más tarde que Dilawar era evasivo. "Había unas lagunas, y queríamos que nos respondiera la verdad", dijo. El otro interrogador, la sargento Salcedo, se quejó que el prisionero se reía, no respondía las preguntas y se negaba a estar arrodillado en el suelo o sentarse contra la pared.
El intérprete presente, Ahmad Ahmadzai, recordó otra cosa.
Ahmadzai dijo que los interrogadores acusaron a Dilawar de lanzar los proyectiles que habían impactado en la base americana. Él lo negó. Mientras estaba arrodillado en el suelo, era incapaz de mantener las manos esposadas por encima de la cabeza, llevando a la sargento Salcedo a golpearlo cada vez que empezaba a bajarlas.
"Selena le regañaba por ser débil y cuestionaba que fuera un hombre, lo que era muy humillante, dado su legado cultural",dijo Admadzai.
Cuando Dilawar no pudo sentarse en la posición de la silla contra la pared debido a sus piernas golpeadas, los dos interrogadores lo agarraron de la camisa y lo golpearon repetidas veces contra la pared.
"Duró unos 10 a 15 minutos", dijo el intérprete. "Él estaba tan cansado que no se podía mantener de pie".
"Lo levantaron y en un momento Selena se paró con sus botas encima de sus pies desnudos y lo agarró por la barba y lo empujó hacia ella", continuó. "Selena le dio una patada en la ingle, en sus partes privadas, con su pie izquierdo. Estaba a alguna distancia de él, y se echó hacia atrás y le dio una patada.
"En los primeros diez minutos lo interrogaron, creo, pero después sólo fueron empujones, patadas, gritos", dijo Ahmadzai. "Eso no era un interrogatorio".
La sesión terminó cuando la sargento Salcedo instruyó a los policías militares que mantuvieran a Dilawar encadenado al techo hasta el turno siguiente.
A la mañana siguiente Dilawar empezó a gritar nuevamente. Hacia el mediodía los policías militares llamaron a uno de los intérpretes, Baerde, para que tratara de calmar a Dilawar.
"Le dije: Por favor, mira, si quieres sentarte y que te quiten los grilletes, tienes que estar tranquilo una hora más'".
"Me dijo que si seguía con los grilletes una hora más, moriría".
Media hora más tarde Baerde volvió a la celda. Las manos de Dilawar colgaban libres de esposas, y su cabeza, cubierta por una capucha negra, estaba desplomada hacia adelante.
"Quería un doctor, y dijo que necesitaba una inyección'", recordó Baerde. "Dijo que no se sentía bien. Dijo que le dolían las piernas".
Baerde tradujo la petición de Dilawar a uno de los guardias. El soldado cogió la mano del prisionero y la apretó con las uñas para comprobar su circulación.
"Está bien", dijo el policía militar, según Baerde. "Está tratando de liberarse de los grilletes".
Para cuando Dilawar fue llevado a su último interrogatorio a las primeras horas del día siguiente, el 10 de diciembre, se veía exhausto y estaba balbuceando que su esposa había muerto. También le dijo a los interrogadores que los guardias lo habían golpeado.
"Pero eso no se investigó", dijo Baryalai, el intérprete.
El especialista Walls era nuevamente el interrogador jefe. Pero su colega más agresivo, el especialista Claus, se hizo rápidamente cargo, dijo Baryalai.
"Josh tenía una regla y era que el detenido tenía que mirarlo a él, no a mí", dijo el intérprete a los investigadores. "Le dio tres posibilidades y entonces lo agarró por la camiseta y lo empujó hacia él, sobre la mesa, golpeándole el pecho contra la mesa".
Cuando Dilawar fue incapaz de arrodillarse, dijo el intérprete, los interrogadores lo pusieron sobre los pies y lo empujaron contra la pared. Le dijeron que asumiera una postura difícil, y el prisionero se reclinó contra la pared y empezó a quedarse dormido.
"Me parecía que Dilawar estaba tratando de colaborar, pero que físicamente no podía hacer lo que le pedían", dijo Baryalai.
Finalmente el especialista Walls agarró al prisionero y "lo sacudió violentamente", dijo el intérprete, diciéndole que si no cooperaba, lo embarcarían hacia Estados Unidos, donde sería "tratado como una mujer por los otros hombres" y tendría que hacer frente a criminales que "estarían muy indignados con cualquiera que hubiera participado en los atentados del 11 de septiembre". (El especialista Walls fue acusado de agresión, maltratos y desacato; el especialista Clas fue acusado de agresión, maltratos y por mentir ante los investigadores. Los soldados se negaron a hacer comentarios).
Un tercer especialista de la inteligencia militar que hablaba algo de pashto, el sargento W. Christopger Yonushonis, había interrogado a Dilawar antes y había arreglado que el especialista Claus tomara su trabajo cuando él terminara. En lugar de eso, el sargento llegó al cuarto de interrogatorios para encontrar una poza de agua en el piso, una mancha mojada en la camisa de Dilawar y el especialista Claus parado encima del detenido, retorciendo la capucha que cubría la cabeza del prisionero.
"Tenía la impresión de que Josh en realidad estaba manteniendo de pie al detenido tirándolo por la capucha", dijo. "Yo estaba furioso en ese momento porque había visto a Josh apretar la capucha de otro detenido la semana anterior. Esa conducta me parecía completamente gratuita y sin relación alguna con el recabamiento de inteligencia".
"¿Qué significa todo ese agua?", preguntó el sargento Yonushonis.
"Queríamos asegurarnos de que no se deshidrate", respondió el especialista Claus.
A la mañana siguiente el sargento Yonushonis se dirigió hacia el oficial a cargo de los interrogadores, el sargento Loring, para informarle sobre el incidente. Sin embargo, Dilawar ya había muerto.
Post-Mortem
Los hallazgos de la autopsia de Dilawar son sucintos. Tenía problemas con una arteria coronaria, informó el médico forense, pero lo que causó su deficiencia cardíaca fueron "lesiones a las extremidades inferiores". Lesiones similares contribuyeron a la muerte de Habibullah.
Uno de los pesquisidores tradujo más tarde la evaluación en una audiencia preliminar del especialista Brand, diciendo que el tejido de las piernas del joven "había sido en lo fundamental, machacado".
"He visto heridas similares en personas atropelladas por un bus", dijo la teniente coronel Elizabeth Rouse, la forense, y, en esa época, mayor.
Después de la segunda muerte, varios interrogadores del Batallón 519 fue suspendidos temporalmente de sus puestos. Un médico fue asignado al centro de detención para trabajar en los turnos nocturnos. Por órdenes del jefe de inteligencia de Bagram, se prohibió que los interrogadores tuvieran algún contacto físico con los detenidos. También se prohibió encadenar a los prisioneros a algún objeto fijo y se puso límites al uso de la estrés.
En febrero, un funcionario militar norteamericano reveló que el comandante de la guerrilla afgana cuyos hombres habían detenido a Dilawar y sus pasajeros había sido detenido a su vez. El comandante, Jan Baz Khan, era sospechado de haber atacado él mismo la base y de entregar luego a sospechosos' inocentes a los norteamericanos para ganarse su confianza, dijo el funcionario militar.
Los tres pasajeros en el taxi de Dilawar fueron enviados a casa desde Guantánamo en marzo de 2004, 14 meses después de su captura, con cartas que dicen que no representaban una "amenaza" para las tropas americanas.
Fueron visitados más tarde por los padres de Dilawar, que le imploraron que les contaran qué había pasado con su hijo. Pero los hombres dijeron que no se atrevieron a contar los detalles.
"Les dije que tenía una cama", dijo Parkhudin. "Les dije que los americanos eran muy amables, porque él tenía problemas con el corazón".
A fines de agosto del año pasado, poco antes de que el ejército completara su pesquisa sobre las muertes, el sargento Yonushonis, estacionado en Alemania, se acercó de propia iniciativa a un agente del Comando de Investigaciones Criminales. Hasta entonces, nunca se le había entrevistado.
"Esperaba que tomarían contacto conmigo en algún momento por los investigadores del caso", dijo. "Yo estaba viviendo a unas puertas del cuarto de interrogatorios y había sido uno de los últimos en ver vivo al prisionero".
El sargento Yonushonis describió lo que había presenciado como el último interrogatorio del prisionero. "Yo estaba tan enojado que no podía hablar", dijo.
También agregó un detalle que había sido pasado por alto en el documento de la pesquisa. Para cuando Dilawar fue llevado a su interrogatorio final, dijo, "la mayoría de nosotros estábamos convencidos de que el detenido era inocente".
Ruhallah Khapalwak, Carlotta Gall y David Rohde contribuyeron a este reportaje, y Alain Delaqueriere colaboró en la investigación.
22 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Incluso aunque el joven afgano se estaba muriendo ante ellos, sus carceleros americanos continuaron torturándolo.El prisionero, un flaco taxista de 22 años conocido solamente como Dilawar, fue sacado de su celda en el centro de detención de Bagram, Afganistán, hacia las 2 de la mañana, para ser interrogado sobre un ataque con proyectiles contra una base americana. Cuando llegó al cuarto de interrogatorios, dijo un intérprete que estaba presente allí, sus piernas temblaban descontroladamente en su silla de plástico y tenía las manos entumecidas. Había estado encadenado por las muñecas al techo de su celda durante la mayor parte de los cuatro días previos.
Dilawar pidió agua, y uno de sus interrogadores, el especialista Joshua R. Claus, 21, le pasó una enorme botella de plástico. Pero antes le hizo un hoyo en el fondo, dijo el intérprete, así que cuando el recluso se enredaba torpemente con la tapa, el agua se escurrió sobre su uniforme naranja. Entonces el soldado agarró de vuelta la botella y empezó a derramar el agua violentamente sobre la cara de Dilawar.
"¡Vamos, bebe!", gritó el especialista Claus, según el intérprete, mientras el prisionero se atoraba con la rociada. "¡Bebe!"
A petición de los interrogadores, un guardia trató de obligar al joven a que se pusiera de rodillas. Pero sus piernas, que habían sido aporreadas por los guardias durante varios días, ya no podían doblarse. Cuando finalmente lo enviaron de vuelta a su celda, los guardias fueron instruidos de que encadenaran al prisionero nuevamente al techo.
"Déjenlo colgado", dijo Claus, según uno de los guardias.
Pasaron varias horas antes de un médico de la sala de urgencias finalmente viera a Dilawar. Para entonces ya había muerto, y su cuerpo había empezado a ponerse tieso. Pasarían muchos meses antes de que los investigadores del ejército descubrieran un horroroso detalle: La mayoría de los interrogadores creían que Dilawar era inocente y que simplemente había pasado con su taxi frente a la base norteamericana en el momento equivocado.
La historia de la brutal muerte de Dilawar en el Punto de Reunión de Bagram -y la de otro detenido, Habibullah, que murió seis días antes a principios de diciembre de 2002- se lee en un documento confidencial de casi 2.000 páginas de la investigación criminal del ejército, una copia del cual fue obtenida por el New York Times.
Como una contraparte literaria de las imágenes digitales de Abu Ghraib, el documento de Bagram muestra una imagen de soldados jóvenes y pobremente adiestrados en repetidos incidentes de maltratos. El severo tratamiento, que ha conducido a cargos criminales contra siete soldados, fue más allá de los dos asesinatos.
En algunos casos, según muestran los testimonios, fue ordenado o llevado a cabo por interrogadores. En otros, fueron castigos impuestos por los guardias de la policía militar. A veces, los tormentos parecen haber sido provocados por apenas algo más que aburrimiento o crueldad, o ambas cosas.
En declaraciones juradas ante investigadores del ejército, los soldados contaron cómo una interrogadora a la que le gustaba humillar a los detenidos, se paró encima del cuello de un detenido que yacía en el suelo y le dio patadas en los testículos a otro. Contaron sobre un prisionero encadenado que fue obligado a rodar de un lado a otro por el suelo de la celda, besando las botas de sus dos interrogadores. Y otro prisionero fue obligado a recoger tapas de botellas de plástico en un barril de agua mezclada con excrementos como parte de una estrategia para ablandarlo antes del interrogatorio.
Times obtuvo una copia del documento de manos de una persona implicada en la investigación que deplora los métodos usados en Bagram y la respuesta militar ante las muertes.
Aunque incidentes con maltratos a prisioneros en Bagram en 2002, incluyendo algunos detalles sobre la muerte de los dos hombres, se habían dado a conocer previamente, funcionarios norteamericanos las han caracterizado como problemas aislados que fueron exhaustivamente investigados. Y muchos de los oficiales y soldados interrogados en la investigación de Dilawar dijeron que la mayoría de los detenidos en Bagram eran dóciles y eran tratados razonablemente bien.
"De lo que nos hemos enterado en el curso de todas estas investigaciones es que hubo gente que claramente violó las normas corrientes de trato humano", dijo el portavoz jefe del Pentágono, Larry Di Rita. "Estamos descubriendo que algunos casos no fueron justificados".
Sin embargo, el documento de Bagram incluye extensos testimonios de que el tratamiento severo de algunos interrogadores era rutinario y los guardias podían golpear a los presos encadenados prácticamente con absoluta impunidad. Los prisioneros considerados importantes o problemáticos eran también esposados y encadenados a los techos y puertas de sus celdas, a veces durante largos períodos, una acción que los fiscales del ejército clasificaron recientemente como agresión criminal.
Algunos de los maltratos eran bastante obvios, sugiere el documento. Oficiales superiores inspeccionaban frecuentemente el centro de detención, y varios de ellos reconocieron haber visto a prisioneros encadenados por castigo o privados de sueño. Poco antes de las dos muertes, observadores del Comité Internacional de la Cruz Roja se quejaron específicamente ante las autoridades militares de Bagram sobre la práctica de obligar a prisioneros encadenados a mantener "posiciones fijas", dice el informe.
Aunque los investigadores militares se enteraron poco después de la muerte de Dilawar de que había sido maltratado por al menos dos interrogadores, la pesquisa criminal del ejército continuó lentamente. Entretanto, muchos de los interrogadores de Bagram, dirigidos por el mismo oficial de operaciones, la capitán Carolyn A. Wood, fueron trasladados a Iraq y en julio de 2003 se hicieron cargo de los interrogatorios en la prisión de Abu Ghraib. De acuerdo a una pesquisa de alto nivel del ejército el año pasado, la capitán Wood aplicaba técnicas que eran "extraordinariamente similares" a las usadas en Bagram.
En octubre pasado, el Comando de Investigaciones Criminales del Ejército concluyó que había probablemente motivos para acusar a 27 oficiales y personal alistado de cargos criminales en el caso de Dilawar, que van de abandono de deberes hasta mutilación y homicidio involuntario. Quince de esos soldados fueron también citados por su probable responsabilidad criminal en el caso de Habibullah.
Hasta el momento, sólo siete de los soldados han sido acusados, entre ellos cuatro la semana pasada. Ninguno ha sido condenado por la muerte de ninguno de los dos. También fueron reprendidos dos interrogadores del ejército, dijo un portavoz militar norteamericano. La mayoría de los que deben todavía hacer frente a acciones legales, ha negado toda responsabilidad, sea en declaraciones ante interrogadores o en comentarios a periodistas.
"Toda esta situación es injusta", dijo en una entrevista telefónica la sargento Selena M. Salcedo, una ex interrogadora de Bagram que fue acusada de agredir a Dilawar, abandono de deberes y de mentir a los investigadores. "Todo quedará claro cuando termine el proceso".
Con la mayoría de las acciones legales todavía pendientes, la historia de los maltratos en Bagram sigue sin estar completa. Pero documentos y entrevistas revelan una sorprendente disparidad entre los hallazgos de los investigadores del ejército y lo que dijeron funcionarios militares después de las muertes.
Portavoces militares sostuvieron que los dos hombres habían muerto por causas naturales, incluso después de que pesquisidores militares determinaran que las muertes eran homicidios. Dos meses después de esas autopsias, el comandante americano en Afganistán, el entonces teniente general Daniel K. McNeill, dijo que no tenía indicios de que los maltratos de los soldados hubieran contribuido a esas dos muertes. Los métodos usados en Bagram, dijo, estaban "en conformidad con técnicas de interrogatorio generalmente aceptadas".
Los Interrogadores
En el verano de 2002, el centro de detención militar de Bagram, a unos 65 kilómetros al norte de Kabul, era un pesado recordatorio del improvisado poder norteamericano en Afganistán.
Construido por los soviéticos como un taller de maquinaria de la aviación para la base de operaciones que establecieron poco después de su intervención en el país en 1979, el edificio sobrevivió las guerras subsiguientes como una abollada reliquia -un edificio de hormigón largo y achaparrado con oxidadas láminas de metal donde antes hubo ventanas.
Actualizado con cinco enormes corrales de alambre y una media docena de celdas de aislamiento de madera terciada, el edificio se transformó en el Punto de Reunión de Bagram, un centro de interrogatorios de prisioneros capturados en Afganistán y otros lugares. El BCP, como lo llaman los soldados, mantenía normalmente entre 40 y 80 detenidos mientras eran interrogados e investigados para su posible traslado al centro de detención de términos más prolongados del Pentágono en Bahía Guantánamo, Cuba.
La nueva unidad de interrogatorios que llegó en julio de 2002 también había sido improvisada. La capitán Wood, entonces una teniente de 32 años, llegó a Fort Bragg, Carolina del Norte, con 13 soldados de la Brigada de Inteligencia Militar 525; seis reservistas que hablaban árabe de la Guardia Nacional de Utah fueron incluidos en el grupo.
Parte del nuevo grupo, que fue integrado a la Compañía A del Batallón de Inteligencia Militar 519, fue formado con especialistas en contraespionaje sin formación en interrogatorios. Sólo dos de los soldados habían alguna vez interrogado a prisioneros.
La formación especializada que recibía la unidad se hacía durante el trabajo, en sesiones con dos interrogadores que habían trabajado en la prisión algunos meses. "No había nada que nos preparara para dirigir una operación de interrogatorio" como la de Bagram, dijo más tarde a los investigadores el oficial trasladado a cargo de los interrogatorios, el sargento Steven W. Loring.
Las reglas de combate no eran muy claras. El pelotón tenía el manual normal de interrogatorios, el Manual de Terreno 34-52 del Ejército, y una orden del ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld, de tratar a los prisioneros "humanamente" y, cuando fuera posible, en conformidad con las Convenciones de Ginebra. Pero con la decisión final del presidente Bush en febrero de 2002 de que las Convenciones no se aplican en el conflicto con Al Qaeda y que los milicianos talibanes no recibirán los derechos de los prisioneros de guerra, los interrogadores creyeron que se "podían desviar ligeramente de las reglas", dijo uno de los reservistas de Utah, el sargento James A. Leahy.
"Había las Convenciones de Ginebra para los enemigos prisioneros de guerra, pero nada para los terroristas", dijo a los investigadores del ejército el sargento Leahy. Y los detenidos, dijeron oficiales de inteligencia, debían ser considerados terroristas hasta que se demostrara lo contrario.
Las desviaciones incluían el uso de "posturas de seguridad" o "posiciones estresantes" que harían sentirse incómodos a los detenidos sin necesariamente herirlos -arrodillarse en el suelo, por ejemplo, o sentarse en la posición silla' contra una pared. El nuevo pelotón que también conocía técnicas de privación del sueño, que la unidad anterior había limitado generalmente a 24 horas o menos, insistiendo en que el interrogador permanezca despierto junto al prisionero para no ignorar los límites de un tratamiento humano.
Pero cuando los interrogadores del 519 empezaron a trabajar, redefinieron sus propios métodos de privación de sueño. Decidieron que de 32 a 36 horas era el tiempo óptimo para mantener despiertos a los prisioneros y eliminaron la práctica de permanecer despiertos ellos mismos, dijo en una entrevista un ex interrogador, Eric LaHammer.
Los interrogadores trabajaban con un listado de técnicas básicas para obtener la colaboración de un prisionero, desde el enfoque "amistoso", las rutinas del poli malo-poli bueno y la amenaza de un encarcelamiento indefinido. Pero interrogadores con menos experiencia descansaban en el método conocido entre los militares como Pégales un Susto', o lo que un soldado llamó "la técnica del grito".
El sargento Loring, entonces de 27, trató sin demasiado éxito de impedir que los interrogadores usaran esa técnica, que implica normalmente gritar y arrojar sillas. Leahy dijo que el sargento "ponía freno cuando algunos métodos se escapaban de las manos". Pero también podía desechar tácticas que consideraba demasiado suaves, dijeron varios soldados, y daban a algunos de los interrogadores más agresivos mucha libertad de acción. (Los intentos de localizar a Loring, que dejó el ejército, fueron infructuosos).
"A veces desarrollábamos algún tipo de relación con los detenidos, y el sargento Loring se sentaba con nosotros y nos recordaba que esa gente era mala y hablaba del 11 de septiembre y decía que no eran nuestros amigos y que no debíamos confiar en ellos", dijo Leahy.
El especialista Damien M. Corsetti, un interrogador alto y barbudo llamado a veces el Monstruo' -se había tatuado su apodo en italiano en su estómago, dijeron otros soldados- era a menudo elegido para intimidar a los nuevos prisioneros. El especialista Corsetti, dijeron, se enfurecía y gritaba a los recién llegados que estaban encadenados a una viga del techo o yacían boca abajo en el piso del cuarto de retención. (Una unidad militar K-9 a menudo llegaba con perros gruñendo a pasearse entre los detenidos para obtener un efecto similar, revelan los documentos).
"Los otros interrogadores usaban su reputación", dijo uno de los interrogadores, el especialista Eric H. Barclais. "Le decían al detenido: Si no colaboras, traeremos al Monstruo y eso no será agradable para ti'". Otro soldado contó a los investigadores que el sargento Loring se refería despreocupadamente al especialista Corsetti, entonces de 23, como el Rey de la Tortura'.
Un detenido saudí que fue entrevistado por interrogadores del ejército en junio pasado en Guantánamo dijo que el especialista Corsetti había sacado su pene durante un interrogatorio en Bagram, lo había mantenido frente a la cara del prisionero y lo amenazó con violarlo, según muestran fragmentos de la declaración.
En otoño pasado, los investigadores dijeron que había motivos suficientes para acusar al especialista Corsetti de asalto, agresión a un prisionero y actos indecentes; pero no ha sido acusado formalmente. Un portavoz de Fort Bragg dijo que el especialista Corsetti no quería hacer comentarios.
A fines de agosto de 2002, los interrogadores de Bagram recibieron a una nueva unidad de la policía militar que fue asignada a la custodia de los detenidos. Los soldados, en su mayor parte reservistas de la Compañía de Policía Militar 377, de Cincinnati y Bloomington, Indiana, carecían igualmente de preparación para la misión, dijeron miembros de la unidad.
La compañía recibió lecciones básicas de tratamiento de prisioneros en Fort Dix, Nueva Jersey, y algunos policías y funcionarios de prisiones entre sus rangos proveyeron más adiestramiento. Esas instrucciones incluían una revisión de "tácticas de control de la presión" y especialmente el "golpe en el peroné" -un fuerte golpe paralizante al lado de la pierna, justo arriba de la rodilla.
Los policías militares dijeron que nunca les dijeron que los golpes en el peroné no formaban parte de la doctrina militar. Y la mayoría de ellos no oyeron a uno de los anteriores agentes de policía que dijo a otro soldado durante el adiestramiento que no debía nunca usar esos golpes porque "destrozaría" las piernas del detenido.
Pero una vez en Afganistán, los miembros de la 377 descubrieron que las reglas normales no se aplicaban. El golpe en el peroné se transformó rápidamente en el arma básica en el arsenal de la policía militar. "Era algo aceptado; podías darles un rodillazo en las piernas", dijo a los investigadores el ex sargento Thomas V. Curtis.
Tras unas semanas de gira con la compañía, el especialista Jeremy M. Callaway oyó a otros guardia fanfarronearse de haber golpeado a un detenido que lo había escupido. El especialista Callaway también dijo a los investigadores que otros soldados habían felicitado al guardia por no "aguantar nada" de un detenido.
Un capitán apodó a los miembros del Tercer Pelotón, la Banda de la Testosterona'. Varios de ellos eran dedicados culturistas. Tras llegar a Afganistán, un grupo de soldados decoraron su tienda con una bandera confederada, dijo un soldado.
Algunos de los mismos policías militares mostraron un particular interés en un detenido afgano perturbado que era conocido porque se comía sus excrementos y se mutilaba a sí mismo con alambres de púas. Los soldados le dieron repetidos rodillazos en las piernas hasta que, en un momento, lo encadenaron con los brazos en el aire, dijo el especialista Callaway a los investigadores. También lo apodaron Timmy', por un niño incapacitado de la serie de dibujos animados de televisión South Park'. Uno de los guardias que golpeó al prisionero también le enseñó a chillar como el personaje de la serie, dijo el especialista Callaway.
Finalmente el hombre fue enviado a casa.
Detenido Rebelde
El detenido conocido como Persona Bajo Control º412 era un afgano corpulento y bien arreglado llamado Habibullah. Algunos funcionarios americanos lo identificaban con el ulema' Habibullah, hermano del antiguo comandante talibán de la provincia de Oruzgan, al sur de Afganistán.
Se destacaba entre los desaseados guerrilleros y aldeanos que los interrogadores acostumbraban a ver. "Tenía una mirada penetrante y mucha confianza en sí mismo", dijo el jefe de la policía militar, el mayor Bobby R. Atwell.
Documentos de la investigación sugieren que Habibullah fue capturado por un señor de la guerra afgano el 28 de noviembre de 2002, y entregado a operativos de la CIA dos días después. Su estado en ese momento es objeto de disputa. El médico que lo examinó al llegar a Bagram lo declaró en buena salud. Pero el jefe de operaciones de inteligencia, el teniente coronel John W. Loffert Jr., dijo más tarde a los interrogadores que "ya se encontraba mal al llegar".
Lo que sí está claro es que Habibullah fue clasificado en Bagram como prisionero importante y especialmente listo y rebelde.
Uno de los sargentos del Tercer Pelotón de la 377, Alan J. Driver Jr., dijo a los investigadores que Habibullah se levantó después de un análisis rectal y le dio un rodillazo en la ingle. El guardia dijo que él agarró al prisionero por la cabeza y le gritó en la cara. Habibullah se puso "combativo", dijo el sargento Driver, y tuvo que ser dominado por tres guardias, que se lo llevaron con una llave de brazos.
Entonces fue recluido en una de las celdas de aislamiento de 2.70 por 2.10 metros, que el comandante de la policía militar, el capitán Christopher M. Beiring describió más tarde como un procedimiento normal. "La política era que los detenidos debían ser encapuchados, encadenados y aislados al menos las primeras 24 horas, a veces las primeras 72 horas de cautiverio", dijo a los investigadores.
Aunque los guardias mantenían despiertos a algunos prisioneros gritándoles o pinchándolos o golpeando la puerta de sus celdas, Habibullah fue encadenado por las muñecas al techo de cables de su celda, dijeron los soldados.
Al segundo día, el 1 de diciembre, el prisionero se mostró nuevamente "poco cooperativo", esta vez con el especialista Willie V. Brand. El guardia, que ha sido desde entonces acusado de agresión y otros delitos, dijo a los investigadores que le había dado tres golpes en el peroné como respuesta. Al día siguiente, dijo el especialista Brand, tuvo que dar de rodillazos nuevamente al prisionero. Más otros golpes.
Un abogado del especialista Brand, John P. Galligan, dijo que su cliente no había tenido intenciones criminales al agredir a prisioneros. "En la época, mi cliente se comportaba según las normas operacionales normales que estaban en vigor en el centro de detención de Bagram.
La comunicación entre Habibullah y sus carceleros parece haber sido casi exclusivamente física. A pesar de repetidas peticiones, los policías militares no tenían intérpretes propios. En lugar de eso, tomaban de prestado a los intérpretes de los interrogadores toda vez que podían y dependían de prisioneros que hablaban un poco de inglés para que les tradujeran.
Cuando los detenidos eran golpeados o pateados por "rebeldía", uno de los intérpretes, Ali M. Baryalai, dijo que ocurría a menudo "porque no tenían ni idea de lo que decían los policías militares".
La mañana del 2 de diciembre, testigos dijeron a los investigadores que Habibullah estaba tosiendo y quejándose de dolor de pecho. Entró cojeando y con grilletes al cuarto de interrogatorios, con la pierna derecha tiesa y su pie derecho hinchado. El interrogador a cargo, el sargento Leahy, lo dejó sentarse en el suelo porque no podía doblar las rodillas y sentarse en una silla.
El intérprete que estaba a mano, Ebrahim Baerde, dijo que los interrogadores habían mantenido su distancia ese día "porque estaba escupiendo un montón de flema".
"Se estaban riendo y burlándose de él, diciendo que era vulgar' y sucio'", dijo Baerde.
Aunque golpeado, Habibullah no había sido sometido.
"Una vez le preguntaron si quería pasarse esposado el resto de su vida", dijo Baerde. "Su respuesta fue: Sí, ¿no ves lo bien que me cuidan aquí?'"
El 3 de diciembre la reputación de la rebeldía de Habibullah lo transformó en un blanco predilecto. Un policía militar dijo que le había propinado cinco golpes en el peroné por "rebelarse y resistir". Otro le dio tres o cuatro golpes más por lo mismo. Algunos guardias dijeron más tarde que se había herido al tratar de escapar.
Cuando el sargento James P. Boland vio a Habibullah el 3 de diciembre, estaba en una celda de aislamiento, amarrado al techo por esposas y una cadena en la cintura. Su cuerpo estaba desplomado hacia adelante, mantenido así por las cadenas.
El sargento Boland dijo a los investigadores que había entrado a la celda con otros dos guardias, los especialistas Anthony M. Morden y Brian E. Cammack. (Los tres han sido acusados de agresión y otros delitos). Uno de ellos le sacó la capucha. Tenía la cabeza caída hacia un lado, con la lengua fuera. El especialista Cammack dijo que había puesto algo de pan en la lengua de Habibullah. Otro soldado puso una manzana en la mano del prisionero; cayó al suelo.
Cuando el especialista Cammack se volvió hacia el prisionero, dijo en una declaración, Habibullah le escupió en el pecho. Más tarde, el especialista Cammack reconoció: "No estoy seguro de que me haya escupido". Pero en ese momento explotó, gritándole: "¡No me vuelvas a escupir nunca más!" y dándole un fuerte rodillazo en la pierna, "quizás varias veces". El cuerpo desplomado de Habibullah balanceándose de las cadenas.
Cuando el sargento Boland volvió a la celda unos 20 minutos más tarde, dijo, Habibullah no se movía y no tenía pulso. Finalmente el prisionero fue sacado de sus cadenas y dejado en el piso de su celda.
El guardia que el especialista Cammack dijo que había aconsejado en Nueva Jersey sobre los peligros de los golpes en el peroné, lo encontró en el cuarto donde yacía el cuerpo ya frío de Habibullah.
"El especialista Cammack parecía muy abatido", dijo el especialista William Bohl a un investigador. El soldado "daba vueltas en el cuarto, histérico".
Un policía militar fue enviado a despertar a uno de los médicos.
"¿Para qué quieres que me levante?", respondió el médico, el especialista Robert S. Melone, diciéndole que llamara a una ambulancia.
Cuando finalmente llegó otro médico, encontró a Habibullah en el suelo, con los brazos extendidos, los ojos y la boca abierta.
"Daba la impresión de que llevaba muerto un bien tiempo y a nadie parecía preocuparle", dijo el médico, el sargento Rodney D. Glass.
No todos los guardias eran indiferentes, según se desprende de sus declaraciones. Pero si la muerte de Habibullah consternó a algunos de ellos, eso no produjo cambios importantes en la gestión del centro de detención.
Se asignaron guardias de la policía militar para estar presentes durante los interrogatorios para prevenir los maltratos. El mayor Atwell dijo a los investigadores que ya había instruido al comandante de la compañía de la policía militar, el capitán Beiring, que dejara de colgar a los prisioneros al techo. Otros dijeron que nunca recibieron esa orden.
Oficiales dijeron más tarde a los investigadores que no estaban consciente de ningún abuso serio en el BCP. Pero el sargento primero de la 377, Betty J. Jones, contó a los investigadores que el uso de posturas estresantes, privación del sueño y golpes al peroné eran ya evidentes.
"Todos los que tienen algo de autoridad visitaron el centro de detención en algún momento", dijo.
El mayor Atwell dijo que la muerte "no causó demasiada preocupación porque parecía natural".
De hecho, la autopsia de Habibullah, completada el 8 de diciembre, mostraba moretones y raspaduras en su pecho, brazos y cabeza. Había profundas contusiones en sus pantorrillas, rodillas y muslos. Su pantorrilla izquierda tenía una marca aparentemente causada por una suela de zapato.
Su muerte fue atribuida a un coágulo de sangre, causado probablemente por las graves heridas en sus piernas, que se trasladó hacia su corazón e impidió que llegara sangre a sus pulmones.
El Detenido Tímido
El 5 de diciembre, un día después de la muerte de Habibullah, Dilawar llegó a Bagram.
Cuatro días antes, en vísperas del festivo musulmán de Id al-Fitr, Dilawar salió de su pequeña aldea de Yakubi con su apreciada nueva posesión, un sedán Toyota de segunda mano que su familia le había comprado semanas antes para que lo trabajara como taxi.
Dilawar no era un aventurero. Rara vez se alejaba de su casa de piedra que compartía con su esposa, joven hija y otros familiares. Nunca fue a la escuela, dijeron sus familiares, y sólo tenía un amigo, Bacha Khel, con el que se sentaba a platicar en los trigales que rodean la aldea.
"Era un hombre tímido, muy sencillo", dijo su hermano mayor, Shahpoor, en una entrevista.
El día que desapareció, la madre de Dilawar le había pedido que reuniera a sus tres hermanas en aldeas vecinas y las llevara a casa para las vacaciones. Pero él necesitaba dinero para la gasolina y decidió conducir hasta la capital provincial, Khost, a unos 45 minutos, a ver si encontraba clientes.
En una parada de taxis allá, recogió a tres hombres que iban a Yakubi. En el camino pasaron frente a una base de las tropas americanas, Campo Salerno, que había sido blanco de un ataque con proyectiles esa mañana.
Milicianos leales al comandante de la guerrilla que custodiaba la base, Jan Baz Khan, paró al Toyota en un puesto de control. Confiscaron el walkie-talkie roto de uno de los pasajeros de Dilawar. En el maletero encontraron un estabilizador eléctrico utilizado para regular la corriente de los generadores. (La familia de Dilawar dijo que el estabilizador no era de ellos; en la época, dijeron, no tenían electricidad).
Los cuatro hombres fueron detenidos y entregados a los soldados norteamericanos en la base como sospechosos de haber participado en el ataque. Dilawar y sus pasajeros pasaron su primera noche allí encadenados a una valla, de modo que no pudieron dormir. Cuando un médico los examinó a la mañana siguiente, dijo más tarde, pensó que Dilawar estaba cansado y sufría de dolores de cabeza, pero se encontraba bien.
Los tres pasajeros de Dilawar fueron finalmente trasladados a Guantánamo y encerrados allá durante más de un año antes de ser enviados a casa sin cargos. En entrevistas después de su liberación, los hombres describieron su tratamiento en Bagram como mucho peor que en Guantánamo. Aunque todos dijeron haber sido golpeados, se quejaron amargamente de haber sido desnudados frente a soldados mujeres en las duchas y exámenes médicos, que dijeron que incluían varios dolorosos y humillantes exámenes rectales.
"Me hicieron montones de cosas malas", dijo Abdur Rahim, un panadero de 26 años de Khost. "Yo gritaba y lloraba, y nadie escuchaba. Cuando yo gritaba, los soldados me golpeaban la cabeza contra el escritorio".
Para Dilawar, dijeron los otros prisioneros, lo más difícil era la capucha de tela negra en la cabeza. "No podía respirar", dijo un hombre llamado Parkhudin, que había sido uno de los pasajeros de Dilawar.
Dilawar era un hombre frágil, de 1.80m de estatura y de 55 kilos. Pero en Bagram fue rápidamente clasificado como "rebelde".
Cuando el especialista Corey E. Jones, del Primer Pelotón de la Policía Militar, fue enviado a la celda de Dilawar a darle algo de agua, dijo que el prisionero le escupió en la cara y empezó a darle de patadas. El especialista Jones respondió, dijo, dándole unos rodillazos en la pierna al detenido encadenado.
"Gritó: ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!' y mi primera reacción fue que estaba pidiendo ayuda a su Dios", dijo el especialista Jones a los investigadores. "Todos lo oyeron llorar y pensaban que era divertido".
Más tarde otros miembros del Tercer Pelotón de la Policía Militar se acercaron por el centro de detención y pararon en las celdas de aislamiento para verlo con sus propios ojos, dijo el especialista Jones.
"Se transformó en una especie de chiste permanente y los soldados llegaban para darle al detenido al golpe al peroné solamente para oírlo gritar: "Alá'", dijo. "Continuó durante un período de 24 horas y creo que puede haber recibido unos 100 golpes".
En una declaración posterior, el especialista Jones fue vago sobre la identidad de los que habían participado en los golpes. Sus estimaciones no fueron nunca confirmadas, pero finalmente otros guardias confesaron haber golpeado a Dilawar repetidas veces.
Muchos policías militares terminaron negando que estuviesen al tanto de las lesiones de Dilawar, explicando que nunca vieron sus piernas debajo del chándal. Pero el especialista Jones recordó que la cuerda de los pantalones del uniforme naranja de prisionero de Dilawar se cayó varias veces cuando estaba encadenado.
"Vi el rosetón porque se le cayeron los pantalones cuando estaba en una posición estresante", dijo el soldado a los investigadores. "Al cabo de un tiempo me di cuenta de que era del tamaño de un puño".
Dilawar empezó a desesperarse, gritando que lo dejaran en libertad. Pero incluso sus intérpretes tenían dificultades en comprender su dialecto pashto; los asombrados guardias sólo oían ruidos.
"Gritaba constantemente: ¡Déjadme en libertad; no quiero estar aquí!" y cosas como esas", dijo un lingüista que podía descifrar su malestar, Abdul Ahad Wardak.
Wardak.
El Interrogatorio
El 8 de diciembre Dilawar fue llevado a su cuarto interrogatorio. Se tornó pronto en hostil.
El interrogador de 21 años, el especialista Glendale C. Walls II, dijo más tarde que Dilawar era evasivo. "Había unas lagunas, y queríamos que nos respondiera la verdad", dijo. El otro interrogador, la sargento Salcedo, se quejó que el prisionero se reía, no respondía las preguntas y se negaba a estar arrodillado en el suelo o sentarse contra la pared.
El intérprete presente, Ahmad Ahmadzai, recordó otra cosa.
Ahmadzai dijo que los interrogadores acusaron a Dilawar de lanzar los proyectiles que habían impactado en la base americana. Él lo negó. Mientras estaba arrodillado en el suelo, era incapaz de mantener las manos esposadas por encima de la cabeza, llevando a la sargento Salcedo a golpearlo cada vez que empezaba a bajarlas.
"Selena le regañaba por ser débil y cuestionaba que fuera un hombre, lo que era muy humillante, dado su legado cultural",dijo Admadzai.
Cuando Dilawar no pudo sentarse en la posición de la silla contra la pared debido a sus piernas golpeadas, los dos interrogadores lo agarraron de la camisa y lo golpearon repetidas veces contra la pared.
"Duró unos 10 a 15 minutos", dijo el intérprete. "Él estaba tan cansado que no se podía mantener de pie".
"Lo levantaron y en un momento Selena se paró con sus botas encima de sus pies desnudos y lo agarró por la barba y lo empujó hacia ella", continuó. "Selena le dio una patada en la ingle, en sus partes privadas, con su pie izquierdo. Estaba a alguna distancia de él, y se echó hacia atrás y le dio una patada.
"En los primeros diez minutos lo interrogaron, creo, pero después sólo fueron empujones, patadas, gritos", dijo Ahmadzai. "Eso no era un interrogatorio".
La sesión terminó cuando la sargento Salcedo instruyó a los policías militares que mantuvieran a Dilawar encadenado al techo hasta el turno siguiente.
A la mañana siguiente Dilawar empezó a gritar nuevamente. Hacia el mediodía los policías militares llamaron a uno de los intérpretes, Baerde, para que tratara de calmar a Dilawar.
"Le dije: Por favor, mira, si quieres sentarte y que te quiten los grilletes, tienes que estar tranquilo una hora más'".
"Me dijo que si seguía con los grilletes una hora más, moriría".
Media hora más tarde Baerde volvió a la celda. Las manos de Dilawar colgaban libres de esposas, y su cabeza, cubierta por una capucha negra, estaba desplomada hacia adelante.
"Quería un doctor, y dijo que necesitaba una inyección'", recordó Baerde. "Dijo que no se sentía bien. Dijo que le dolían las piernas".
Baerde tradujo la petición de Dilawar a uno de los guardias. El soldado cogió la mano del prisionero y la apretó con las uñas para comprobar su circulación.
"Está bien", dijo el policía militar, según Baerde. "Está tratando de liberarse de los grilletes".
Para cuando Dilawar fue llevado a su último interrogatorio a las primeras horas del día siguiente, el 10 de diciembre, se veía exhausto y estaba balbuceando que su esposa había muerto. También le dijo a los interrogadores que los guardias lo habían golpeado.
"Pero eso no se investigó", dijo Baryalai, el intérprete.
El especialista Walls era nuevamente el interrogador jefe. Pero su colega más agresivo, el especialista Claus, se hizo rápidamente cargo, dijo Baryalai.
"Josh tenía una regla y era que el detenido tenía que mirarlo a él, no a mí", dijo el intérprete a los investigadores. "Le dio tres posibilidades y entonces lo agarró por la camiseta y lo empujó hacia él, sobre la mesa, golpeándole el pecho contra la mesa".
Cuando Dilawar fue incapaz de arrodillarse, dijo el intérprete, los interrogadores lo pusieron sobre los pies y lo empujaron contra la pared. Le dijeron que asumiera una postura difícil, y el prisionero se reclinó contra la pared y empezó a quedarse dormido.
"Me parecía que Dilawar estaba tratando de colaborar, pero que físicamente no podía hacer lo que le pedían", dijo Baryalai.
Finalmente el especialista Walls agarró al prisionero y "lo sacudió violentamente", dijo el intérprete, diciéndole que si no cooperaba, lo embarcarían hacia Estados Unidos, donde sería "tratado como una mujer por los otros hombres" y tendría que hacer frente a criminales que "estarían muy indignados con cualquiera que hubiera participado en los atentados del 11 de septiembre". (El especialista Walls fue acusado de agresión, maltratos y desacato; el especialista Clas fue acusado de agresión, maltratos y por mentir ante los investigadores. Los soldados se negaron a hacer comentarios).
Un tercer especialista de la inteligencia militar que hablaba algo de pashto, el sargento W. Christopger Yonushonis, había interrogado a Dilawar antes y había arreglado que el especialista Claus tomara su trabajo cuando él terminara. En lugar de eso, el sargento llegó al cuarto de interrogatorios para encontrar una poza de agua en el piso, una mancha mojada en la camisa de Dilawar y el especialista Claus parado encima del detenido, retorciendo la capucha que cubría la cabeza del prisionero.
"Tenía la impresión de que Josh en realidad estaba manteniendo de pie al detenido tirándolo por la capucha", dijo. "Yo estaba furioso en ese momento porque había visto a Josh apretar la capucha de otro detenido la semana anterior. Esa conducta me parecía completamente gratuita y sin relación alguna con el recabamiento de inteligencia".
"¿Qué significa todo ese agua?", preguntó el sargento Yonushonis.
"Queríamos asegurarnos de que no se deshidrate", respondió el especialista Claus.
A la mañana siguiente el sargento Yonushonis se dirigió hacia el oficial a cargo de los interrogadores, el sargento Loring, para informarle sobre el incidente. Sin embargo, Dilawar ya había muerto.
Post-Mortem
Los hallazgos de la autopsia de Dilawar son sucintos. Tenía problemas con una arteria coronaria, informó el médico forense, pero lo que causó su deficiencia cardíaca fueron "lesiones a las extremidades inferiores". Lesiones similares contribuyeron a la muerte de Habibullah.
Uno de los pesquisidores tradujo más tarde la evaluación en una audiencia preliminar del especialista Brand, diciendo que el tejido de las piernas del joven "había sido en lo fundamental, machacado".
"He visto heridas similares en personas atropelladas por un bus", dijo la teniente coronel Elizabeth Rouse, la forense, y, en esa época, mayor.
Después de la segunda muerte, varios interrogadores del Batallón 519 fue suspendidos temporalmente de sus puestos. Un médico fue asignado al centro de detención para trabajar en los turnos nocturnos. Por órdenes del jefe de inteligencia de Bagram, se prohibió que los interrogadores tuvieran algún contacto físico con los detenidos. También se prohibió encadenar a los prisioneros a algún objeto fijo y se puso límites al uso de la estrés.
En febrero, un funcionario militar norteamericano reveló que el comandante de la guerrilla afgana cuyos hombres habían detenido a Dilawar y sus pasajeros había sido detenido a su vez. El comandante, Jan Baz Khan, era sospechado de haber atacado él mismo la base y de entregar luego a sospechosos' inocentes a los norteamericanos para ganarse su confianza, dijo el funcionario militar.
Los tres pasajeros en el taxi de Dilawar fueron enviados a casa desde Guantánamo en marzo de 2004, 14 meses después de su captura, con cartas que dicen que no representaban una "amenaza" para las tropas americanas.
Fueron visitados más tarde por los padres de Dilawar, que le imploraron que les contaran qué había pasado con su hijo. Pero los hombres dijeron que no se atrevieron a contar los detalles.
"Les dije que tenía una cama", dijo Parkhudin. "Les dije que los americanos eran muy amables, porque él tenía problemas con el corazón".
A fines de agosto del año pasado, poco antes de que el ejército completara su pesquisa sobre las muertes, el sargento Yonushonis, estacionado en Alemania, se acercó de propia iniciativa a un agente del Comando de Investigaciones Criminales. Hasta entonces, nunca se le había entrevistado.
"Esperaba que tomarían contacto conmigo en algún momento por los investigadores del caso", dijo. "Yo estaba viviendo a unas puertas del cuarto de interrogatorios y había sido uno de los últimos en ver vivo al prisionero".
El sargento Yonushonis describió lo que había presenciado como el último interrogatorio del prisionero. "Yo estaba tan enojado que no podía hablar", dijo.
También agregó un detalle que había sido pasado por alto en el documento de la pesquisa. Para cuando Dilawar fue llevado a su interrogatorio final, dijo, "la mayoría de nosotros estábamos convencidos de que el detenido era inocente".
Ruhallah Khapalwak, Carlotta Gall y David Rohde contribuyeron a este reportaje, y Alain Delaqueriere colaboró en la investigación.
22 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
matrimonios desiguales
[Tamar Lewin] El dinero no es la única diferencia.
Northfield, Massachusetts, Estados Unidos. Cuando Dan Croteau conoció a Cate Woolner hace seis años, él estaba vendiendo coches en el lote de Mitsubihsi, en Keene, Nueva Hampshire, y ella pretendía ser una cliente, haciendo una prueba de carretera de un Montero negro mientras ella y su hijo de 11 años, Jonah, esperaba que le pasaran el coche.
La prueba de carretera duró una hora y media. Jonah pudo ver cómo funcionaba el vehículo en las pozas de lodo fuera del camino. Y Croteau y Woolner se cayeron tan bien que ella le envió más tarde una carta en la que le sugería que si no estaba comprometido con alguien, no era republicano ni venía del espacio sideral, quizás podían tomar café juntos. Croteau meditó sobre la propiedad de citarse con una cliente, pero cuando finalmente respondió, hablaron por teléfono desde las 10 de la noche hasta las 5 de la mañana.
Tenían un montón de cosas en común. Los dos venían de matrimonios fracasados y tenían dos hijos. A los dos les gustaba bailar, las motos, Bob Dylan, los juegos de palabras malos, la política liberal y la Radio Pública Nacional.
Pero cuando empezaron a salir, descubrieron diferencias. La diferencia religiosa -ella es católica, él judío- no planteaba problemas. La brecha verdadera entre ellos, dicen ambos, es más sutil: Croteau es de una familia obrera, Woolner de una familia con dinero.
Croteau, que llegará a los 50 en junio, creció en Keene, un viejo pueblo aserradero en el sur de Nueva Hampshire. Su padre era un obrero cuya educación terminó en el octavo; su madre también trabajaba a veces en una fábrica. Croteau tuvo una infancia difícil y abandonó la escuela a los 16. Dejó su casa, se alistó en la Marina y estuvo a la deriva en una larga serie de trabajos sin encontrar su verdadera vocación. Se casó con su novia embarazada, de 19 años, y para cuando él tenía 24 tenían dos hijas: Lael y Maggie.
"Me crié en una familia donde mi abuela vivía en la casa de al lado, mis tíos unas calles más allá, los hermanos de mi padre eran además vecinos, y mis amigos de juegos eran mis primos", dijo. "Lo máximo que se podía esperar de la vida era obtener un buen trabajo en una fábrica. Mi madre trataba de alentarme. Me decía: Dan es listo; pregúntale algo'. Pero si decía que quería estudiar en la universidad, era como decir que quería plantar branquias y respirar en el agua".
Siempre creyó que la gente rica de la ciudad, "los que tienen sus nombres en los edificios", como dijo, vivían en otro mundo.
Woolner, 54, viene de ese otro mundo. Hija de un médico y una bailarina, creció en un confortable hogar de Hartsdale, Nueva York, con campamentos de verano, vacaciones y educación universitaria que las ricas familias del condado de Westchster dan por sentado. Siempre se sintió incómoda con el dinero; cuando recibió una modesta herencia a los 21, ignoró el saldo de su cuenta durante varios años hasta que aprendió a canalizar su inquietud hacia causas de filantropía social. Estaba en la treintena y casada con un psicoterapeuta cuando nacieron Isaac y Jonah.
"El padre de mi madre tenía un Rolls-Royce y un mayordomo y una segunda casa en Florida", dijo Woolner, "y por lo que puedo recordar, siempre tuve conciencia de que yo tenía más dinero que los otros, y me sentía incómoda porque no parecía ser justo. Cuando era niña me obsesionaba la idea con mis amigas de que yo tenía más pijamas que ellas. Así que cuando voy a una fiesta de cumpleaños y me quedo a dormir, siempre llevo un par de pijamas de regalo".
Los matrimonios que cruzan las fronteras de clase no presentan un conjunto claro de retos como el que presentan los que cruzan las líneas de raza o nacionalidad. Pero de un modo silencioso la gente que se casa cruzando líneas de clase también se desplaza hacia fuera de sus zonas de comodidad, hacia el territorio desconocido de parejas con un nivel diferente de riqueza y educación y a menudo un conjunto diferente de presupuestos sobre cosas como las maneras, el alimento, la crianza de los niños, los regalos y cómo pasar las vacaciones. En los matrimonios de clases cruzadas, uno de la pareja tendrá usualmente más dinero, más opciones y, casi inevitablemente, más poder en la relación.
No es posible decir cuántos matrimonios de este tipo hay en el país. Pero en la medida en que la educación sirva como ejemplo de la clase, parecen estar descendiendo. Incluso más que la gente que se casa cruzando líneas raciales y religiosas, a menudo con parejas con las que se avienen fuertemente en otros aspectos, cada vez menos escogen pareja de un nivel diferente de educación. Aunque la mayoría de estos matrimonios normalmente involucraban a hombres casándose con mujeres de menos educación, estudios han concluido últimamente que esa pauta ha revertido, de modo que para 2000 la mayoría involucraba a mujeres, como Woolner, casándose con hombres con menos escolaridad -una combinación que probablemente termina en divorcio.
"Es definitivamente más complicado, dadas las pautas culturales con las que crecimos", dijo Woolner, que tiene un diploma de psicología e irradia una solícita sinceridad. "A todos nos enseñaron que es el hombre el que tiene el dinero y el prestigio y el poder".
Prejuicios de Dos Lados
Cuando conoció a Woolner, Croteau había dejado recientemente de beber y estaba tratando de enmendar su vida. Pero cuando ella le dijo, poco después de que empezaran a salir, que ella tenía dinero, la noticia no cayó en buena tierra.
"Me habría gustado que se esperara un poco más", dijo Croteau. "Cuando me lo dijo, mi primera idea fue, uh, eh, esto es complicado. A partir de ese momento empecé a cuestionar mis motivos. No andas buscando sentirte como un cazafortunas. Tienes que decirte a ti mismo, esa es la persona a la que amo, y eso es lo que viene con el paquete. Cate es muy generosa, y reflexiona un montón sobre lo que es justo y trabaja duro para poner las cosas al mismo nivel, pero también tiene un montón de bagaje en torno a esa cualidad. Tiene un montón de opciones que yo no tengo. Y ella se lleva la parte del león a la hora de tomar decisiones".
Antes de introducir Woolner a su familia, Croteau les advirtió sobre su origen. "Les dije: Mamá, quiero que sepas que Cate y su familia son ricos'", dijo. "Y ella me dijo: Bueno, no la culpes por ello; de todos modos, probablemente es muy simpática'. Pensé que era asombroso".
También había prejuicios al otro lado. El verano pasado, dijo Croteau, cuando estaban en casa de la madre de Woolner, en la Viña de Marta, su suegra le confesó que ella se había sentido inicialmente incómoda con que él fuera un vendedor de coches y estaba preocupada de que su hija lo estuviera adoptando como una especie de proyecto de caridad.
Sin embargo, la relación avanzó rápidamente. Croteau conoció a Woolner en el otoño de 1998 y se mudó al cómodo hogar de ella en Northfield en la primavera siguiente, después de satisfacer con su condición de que él vendiera su pistola.
Incluso antes de que Croteau se mudara, Woolner le dio dinero para comprar un nuevo coche y pagar algunas dudas. "Yo le quise dar ese dinero", dijo. "Yo no me lo había ganado con el sudor de mi frente. Le dije que era un dinero que me había llegado por haber nacido en una clase, mientras él había nacido en otra". Y cuando él perdió su trabajo poco después, Woolner empezó a pagarle un estipendio mensual -él se refiere a eso como el dinero de bolsillo- que continuó, a un nivel más discreto, hasta noviembre pasado, cuando ella dejó su trabajo en la agencia local contra la pobreza. Ella accedió a pagar un curso de informática que lo ayudó a prepararse para su trabajo actual como analista de software en el Centro Médico de Cheshire, en Keene. Desde el principio, el balance de poder en la relación fue un tema lo suficientemente delicado como para que a instancias de Woolner, unos meses antes de su boda en 2001, participaran en una serie de talleres sobre relaciones entre personas de clases diferentes.
"Yo sentía terror ante la idea de hablar en un grupo", dijo Croteau, que es franco e intelectualmente inquieto. "Ciertamente es un lujo de clase alta pagarle a alguien para contarle tus problemas, y con todos los problemas que hay en el mundo uno se siente extraño de sentarse a hablar de tu relación. Pero fue útil. Fue un alivio escuchar a gente hablando sobre el mismo tipo de problemas que teníamos nosotros, sobre gente que tiene el poder en la relación y cómo lo usan. Creo que lo habríamos hecho de todos modos, pero, sin el grupo, habríamos pasado tiempos más difíciles".
Todavía se acepta como verdad en la familia que la condición social de Woolner le ha dado poder de decisión en el matrimonio. Croteau no parpadeó cuando, cenando una noche, su hijo Isaac dijo brutalmente: "Siempre pienso de mi mamá como la que tiene el poder en la relación". Es plenamente consciente de que en esta relación, la suya es cuya la vida que ha cambiado más.
Perturbadoras Diferencias
La residencia de la familia Woolner-Croteau está justo al subir la colina desde los cuidados campos de la escuela primaria de Northfield Mount Hermon -un constante recordatorio local para Croteau de lo diferente que se educaron los hijos de su esposa y sus propias hijas. Jonah cursa allá el último año. Isaac, que también asistió a esa escuela, está ahora de vuelta en el Lewis & Clark College, Oregon, después de desplazar algunos semestres para estudiar en India y asistir a la academia de masaje mientras trabajaba en una tienda de exquisiteces cerca de casa.
En contraste, las hijas adultas de Croteau -que no han vivido nunca con la pareja- se hicieron camino a través de las escuelas públicas de Keene.
"A veces pienso que Jonah e Isaac necesitan una dosis de realidad, que un par de años en una escuela pública les habría mostrado algo diferente", dijo Croteau. "Por otro lado, a veces pienso que me habría gustado poder dar a Maggie y Lael lo que tuvieron ellos. Mis niños no tuvieron el mismo tipo de privilegios ni fueron al mismo tipo de escuelas. No tuvieron maestros preocupados del desarrollo de sus tiernos egos. Era un sálvese quién pueda para todos, y eso todavía se ve en la personalidad que tienen".
Croteau tuvo también otra experiencia en Northfield Mount Hermon. Tuvo brevemente un trabajo ahí como gerente de comunicaciones, pero no se pudo adaptar a su cultura.
"Había gente universitaria", dijo. "Yo no entendía sus matices, y no me hice con ningún amigo allá. En la vida de la clase obrera, la gente te dice las cosas directamente, no son sutiles. En NMH nunca supe cómo hacían las cosas. Cuando un vendedor no cumplía con la fecha cierre, lo llamaba y le decía: ¿Dónde está el trabajo?' Cuando me decía: Te quitamos del puesto, lo tendremos la próxima semana', yo decía: ¿Qué quieres decir, la próxima semana? Tenemos un acuerdo, no puedes hacer negocios así'. Yo volvía a mi supervisor, que me decía: Nosotros no gritamos a los vendedores'. La idea era que las fechas cierre no existen, sino solamente recomendaciones".
Croteau dice que se siente mucho más cómodo en el hospital. "Yo tengo que trabajar con las enfermeras y otros faáticos de la informática y vienen del mismo mundo que yo, así que sabemos cómo comunicarnos", dijo.
Pero tratando con la familia de Woolner, especialmente durante las visitas anuales a la Viña de Marta, dijo Croteau, a veces vuelve a sentir ese desconcierto de clase, sintiendo que no entiende los matices. "Son increíblemente simpáticos conmigo, muy educados y muy amables", dijo. "Tanto, que es difícil saber si es verdad, si realmente les caen bien o no".
Croteau todavía está impresionada con la familia de su esposa, y de estar "entre los que tienen sus apellidos en los edificios". Él es quien muestra al visitante la fotografía de la vieja Destilería Woolner, en Peoria, Illinois, y, al describir las fotos en la pared, menciona que su suegra estudió en Yale y que conocía a Gerald Ford.
Divisiones Familiares
Croteau y Woolner no son los únicos que están conscientes de la división de clases dentro de la familia; también lo están los hijos.
Para Lael Croteau, 27, que estudió administración civil en la Universidad de Vermont, el dinero es siempre difícil, y Maggie, 25, tiene tres trabajos mientras cursa su segundo año en la facultad de leyes de la Universidad Americana. En los restaurantes piden que les envuelvan los restos de la comida para llevárselos a casa.
Ninguna de ellas soñaría con suspender un semestre para meterse a una escuela de masaje, como hizo Isaac. Son cuidadosa con sus maneras, planes, ropas.
"Quién tiene dinero, quién no, eso va a estar siempre en mi cabeza", dijo Maggie. "Así que me pongo la coraza. Tengo la bolsa. La blusa. Sé que la gente no puede saber mi origen sólo con mirarme".
Las hijas de Croteau son las únicas de entre 12 primos que llegaron a la universidad. La mayoría de los otros se casaron y tuvieron hijos inmediatamente después de la secundaria.
"Nos ven como si fuéramos diferentes, y a veces eso duele", dijo Maggie.
Las hijas transitan por una delgada línea. Están profundamente atadas a su madre, que se ocupó de criarlas, pero también se sienten atraídas por el mundo de Woolner y sus posibilidades. Con vacaciones y visitas a la Viña, se han acercado a sus hermanastros, sino también a los hijos de las hermanas de Woolner, cuyas fotografías cuelgan de una pared en casa de Lael en Vermont. Y miran de cerca lo diferente que fueron sus infancias.
""Jonah y Isaac no tiene que preocuparse de cómo se visten, o de si tendrán dinero para terminar la universidad o cualquier cosa", dijo Lael. "Eso es un lujo. Y cuando uno de los niños pregunta: ¿Por qué estornuda la gente?', su mamá les dice: No sé; esa sí es una pregunta. Vamos al museo a chequearlo'. Mi mamá es muy lista y ciertamente es atractiva en muchos niveles, pero cuando se le hace una pregunta difícil, responde: Porque yo lo digo'".
Las vidas de las hijas han cambiado no sólo debido a la cálida y estable presencia de Woolner, sino también por sus regalos de dinero para comprar llantas para la nieve o libros, las vacaciones de la familia que paga ella y sus conexiones. Una de las primas de Wooler, una abogado de Washington, emplea a Maggie tanto en su bufete como para cuidar su csa.
Para los hijos de Woolner, la llegada de Croteau no marcó una gran diferencia. Por lo general ignoran a la familia extendida de Croteau y apenas si se han encontrado con los primos de las Croteau, que son cercanos en edad y viven cerca, pero llevan vidas muy diferentes. En realidad, a principios de febrero, mientras Isaac, de Woolner, se readaptaba a la vida universitaria, el sobrino de Croteau, otro Isaac, de 20 años, que se había alistado con los marines apenas terminada la escuela secundaria, recibió un balazo en la cara en Faluya, Iraq, y fue enviado al Centro Médico de Bethesda, en Maryland. Isaac y Jonah son dos despreocupados jóvenes y ninguno tiene una idea clara de lo que quiere en la vida. "He estado tratando de encontrar mi vocación", dijo Jonah. "Pero sin demasiada pasión".
Isaac sueña con abrir una cervecería con espacio para actos, viajar por Sudamérica o gestionar un crucero de masajes en el Caribe. Sabe que tiene una posición tan sólida que se puede permitir cualquier fantasía.
"Tengo la red de seguridad más sorprendente que puede tener una persona", dijo. "Son unos padres increíbles, cariñosos, comprometidos y ricos".
En las raras ocasiones en que están todos juntos, las hijas se llevan bien con los hijos, aunque hay ocasionalmente tensiones. A Maggie le gustará trabajar un verano con algún grupo de derechos humanos y cuando termine de estudiar, con más de 100.000 dólares de deudas, necesitará un trabajo pagado, no uno voluntario. Así que cuando un día Isaac la fastidió diciéndole que estaba en subasta, ella le recordó que era mucho más fácil vivir de acuerdo con los ideales si no necesitabas hacer dinero para pagar por ellos.
Y hay momentos en que las desigualdades en la familia son dolorosamente obvias.
"Me siento incómoda ayudando a Isaac a comprar un noche mientras que no las ayudo a ellas a comprarse uno", dijo Woolner sobre las hijas. "Hemos hablado sobre eso. Pero también tengo que estar al quite de no extralimitarme. La casa de su madre se quemó, lo que fue terrible para ellos y yo realmente quería ayudarles. Miré mi chequera y no sabía qué era lo apropiado. Al final firmé un cheque de 1.500 dólares. Emily Post [escritora sobre protocolo, etiqueta y maneras] no tiene que enfrentarse a esas situaciones".
Ella y Croteau siguen consciente de las diferencias de clase entre ellos, y de los modos en que sus vidas han sido modeladas por diferentes experiencias.
En una visita a Nueva York, donde pasa los inviernos la madre de Woolner, Woolner extravió su tarjeta de crédito y se preocupó de quedarse desconectada, aunque fuera brevemente, de su dinero.
Para Croteau fue un momento raro. "Estaba realmente inquieta, aunque estábamos a la vuelta de la esquina de su madre, y tenía suficiente dinero como para hacer cualquier cosa que se nos ocurriera, que no fuera comprar un coche o un diamante", dijo. "Así que no entendía su problema. Yo sé cómo sobrevivir sin una red de seguridad. Lo he hecho toda mi vida".
Tanto él como su esposa se mostraron orgullosos de que su matrimonio haya soportado sus problemas y tensiones específicas.
"Creo que estamos siempre sorprendidos de que lo estemos logrando", dijo Woolner.
Pero casi desde el principio estuvieron de acuerdo en cómo abordarían su relación, e inscribieron el lema en el interior de sus alianzas: "Pulse No Me Importa".
22 de mayo de 2005
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©traducción mQh
Northfield, Massachusetts, Estados Unidos. Cuando Dan Croteau conoció a Cate Woolner hace seis años, él estaba vendiendo coches en el lote de Mitsubihsi, en Keene, Nueva Hampshire, y ella pretendía ser una cliente, haciendo una prueba de carretera de un Montero negro mientras ella y su hijo de 11 años, Jonah, esperaba que le pasaran el coche.La prueba de carretera duró una hora y media. Jonah pudo ver cómo funcionaba el vehículo en las pozas de lodo fuera del camino. Y Croteau y Woolner se cayeron tan bien que ella le envió más tarde una carta en la que le sugería que si no estaba comprometido con alguien, no era republicano ni venía del espacio sideral, quizás podían tomar café juntos. Croteau meditó sobre la propiedad de citarse con una cliente, pero cuando finalmente respondió, hablaron por teléfono desde las 10 de la noche hasta las 5 de la mañana.
Tenían un montón de cosas en común. Los dos venían de matrimonios fracasados y tenían dos hijos. A los dos les gustaba bailar, las motos, Bob Dylan, los juegos de palabras malos, la política liberal y la Radio Pública Nacional.
Pero cuando empezaron a salir, descubrieron diferencias. La diferencia religiosa -ella es católica, él judío- no planteaba problemas. La brecha verdadera entre ellos, dicen ambos, es más sutil: Croteau es de una familia obrera, Woolner de una familia con dinero.
Croteau, que llegará a los 50 en junio, creció en Keene, un viejo pueblo aserradero en el sur de Nueva Hampshire. Su padre era un obrero cuya educación terminó en el octavo; su madre también trabajaba a veces en una fábrica. Croteau tuvo una infancia difícil y abandonó la escuela a los 16. Dejó su casa, se alistó en la Marina y estuvo a la deriva en una larga serie de trabajos sin encontrar su verdadera vocación. Se casó con su novia embarazada, de 19 años, y para cuando él tenía 24 tenían dos hijas: Lael y Maggie.
"Me crié en una familia donde mi abuela vivía en la casa de al lado, mis tíos unas calles más allá, los hermanos de mi padre eran además vecinos, y mis amigos de juegos eran mis primos", dijo. "Lo máximo que se podía esperar de la vida era obtener un buen trabajo en una fábrica. Mi madre trataba de alentarme. Me decía: Dan es listo; pregúntale algo'. Pero si decía que quería estudiar en la universidad, era como decir que quería plantar branquias y respirar en el agua".
Siempre creyó que la gente rica de la ciudad, "los que tienen sus nombres en los edificios", como dijo, vivían en otro mundo.
Woolner, 54, viene de ese otro mundo. Hija de un médico y una bailarina, creció en un confortable hogar de Hartsdale, Nueva York, con campamentos de verano, vacaciones y educación universitaria que las ricas familias del condado de Westchster dan por sentado. Siempre se sintió incómoda con el dinero; cuando recibió una modesta herencia a los 21, ignoró el saldo de su cuenta durante varios años hasta que aprendió a canalizar su inquietud hacia causas de filantropía social. Estaba en la treintena y casada con un psicoterapeuta cuando nacieron Isaac y Jonah.
"El padre de mi madre tenía un Rolls-Royce y un mayordomo y una segunda casa en Florida", dijo Woolner, "y por lo que puedo recordar, siempre tuve conciencia de que yo tenía más dinero que los otros, y me sentía incómoda porque no parecía ser justo. Cuando era niña me obsesionaba la idea con mis amigas de que yo tenía más pijamas que ellas. Así que cuando voy a una fiesta de cumpleaños y me quedo a dormir, siempre llevo un par de pijamas de regalo".
Los matrimonios que cruzan las fronteras de clase no presentan un conjunto claro de retos como el que presentan los que cruzan las líneas de raza o nacionalidad. Pero de un modo silencioso la gente que se casa cruzando líneas de clase también se desplaza hacia fuera de sus zonas de comodidad, hacia el territorio desconocido de parejas con un nivel diferente de riqueza y educación y a menudo un conjunto diferente de presupuestos sobre cosas como las maneras, el alimento, la crianza de los niños, los regalos y cómo pasar las vacaciones. En los matrimonios de clases cruzadas, uno de la pareja tendrá usualmente más dinero, más opciones y, casi inevitablemente, más poder en la relación.
No es posible decir cuántos matrimonios de este tipo hay en el país. Pero en la medida en que la educación sirva como ejemplo de la clase, parecen estar descendiendo. Incluso más que la gente que se casa cruzando líneas raciales y religiosas, a menudo con parejas con las que se avienen fuertemente en otros aspectos, cada vez menos escogen pareja de un nivel diferente de educación. Aunque la mayoría de estos matrimonios normalmente involucraban a hombres casándose con mujeres de menos educación, estudios han concluido últimamente que esa pauta ha revertido, de modo que para 2000 la mayoría involucraba a mujeres, como Woolner, casándose con hombres con menos escolaridad -una combinación que probablemente termina en divorcio.
"Es definitivamente más complicado, dadas las pautas culturales con las que crecimos", dijo Woolner, que tiene un diploma de psicología e irradia una solícita sinceridad. "A todos nos enseñaron que es el hombre el que tiene el dinero y el prestigio y el poder".
Prejuicios de Dos Lados
Cuando conoció a Woolner, Croteau había dejado recientemente de beber y estaba tratando de enmendar su vida. Pero cuando ella le dijo, poco después de que empezaran a salir, que ella tenía dinero, la noticia no cayó en buena tierra.
"Me habría gustado que se esperara un poco más", dijo Croteau. "Cuando me lo dijo, mi primera idea fue, uh, eh, esto es complicado. A partir de ese momento empecé a cuestionar mis motivos. No andas buscando sentirte como un cazafortunas. Tienes que decirte a ti mismo, esa es la persona a la que amo, y eso es lo que viene con el paquete. Cate es muy generosa, y reflexiona un montón sobre lo que es justo y trabaja duro para poner las cosas al mismo nivel, pero también tiene un montón de bagaje en torno a esa cualidad. Tiene un montón de opciones que yo no tengo. Y ella se lleva la parte del león a la hora de tomar decisiones".
Antes de introducir Woolner a su familia, Croteau les advirtió sobre su origen. "Les dije: Mamá, quiero que sepas que Cate y su familia son ricos'", dijo. "Y ella me dijo: Bueno, no la culpes por ello; de todos modos, probablemente es muy simpática'. Pensé que era asombroso".
También había prejuicios al otro lado. El verano pasado, dijo Croteau, cuando estaban en casa de la madre de Woolner, en la Viña de Marta, su suegra le confesó que ella se había sentido inicialmente incómoda con que él fuera un vendedor de coches y estaba preocupada de que su hija lo estuviera adoptando como una especie de proyecto de caridad.
Sin embargo, la relación avanzó rápidamente. Croteau conoció a Woolner en el otoño de 1998 y se mudó al cómodo hogar de ella en Northfield en la primavera siguiente, después de satisfacer con su condición de que él vendiera su pistola.
Incluso antes de que Croteau se mudara, Woolner le dio dinero para comprar un nuevo coche y pagar algunas dudas. "Yo le quise dar ese dinero", dijo. "Yo no me lo había ganado con el sudor de mi frente. Le dije que era un dinero que me había llegado por haber nacido en una clase, mientras él había nacido en otra". Y cuando él perdió su trabajo poco después, Woolner empezó a pagarle un estipendio mensual -él se refiere a eso como el dinero de bolsillo- que continuó, a un nivel más discreto, hasta noviembre pasado, cuando ella dejó su trabajo en la agencia local contra la pobreza. Ella accedió a pagar un curso de informática que lo ayudó a prepararse para su trabajo actual como analista de software en el Centro Médico de Cheshire, en Keene. Desde el principio, el balance de poder en la relación fue un tema lo suficientemente delicado como para que a instancias de Woolner, unos meses antes de su boda en 2001, participaran en una serie de talleres sobre relaciones entre personas de clases diferentes.
"Yo sentía terror ante la idea de hablar en un grupo", dijo Croteau, que es franco e intelectualmente inquieto. "Ciertamente es un lujo de clase alta pagarle a alguien para contarle tus problemas, y con todos los problemas que hay en el mundo uno se siente extraño de sentarse a hablar de tu relación. Pero fue útil. Fue un alivio escuchar a gente hablando sobre el mismo tipo de problemas que teníamos nosotros, sobre gente que tiene el poder en la relación y cómo lo usan. Creo que lo habríamos hecho de todos modos, pero, sin el grupo, habríamos pasado tiempos más difíciles".
Todavía se acepta como verdad en la familia que la condición social de Woolner le ha dado poder de decisión en el matrimonio. Croteau no parpadeó cuando, cenando una noche, su hijo Isaac dijo brutalmente: "Siempre pienso de mi mamá como la que tiene el poder en la relación". Es plenamente consciente de que en esta relación, la suya es cuya la vida que ha cambiado más.
Perturbadoras Diferencias
La residencia de la familia Woolner-Croteau está justo al subir la colina desde los cuidados campos de la escuela primaria de Northfield Mount Hermon -un constante recordatorio local para Croteau de lo diferente que se educaron los hijos de su esposa y sus propias hijas. Jonah cursa allá el último año. Isaac, que también asistió a esa escuela, está ahora de vuelta en el Lewis & Clark College, Oregon, después de desplazar algunos semestres para estudiar en India y asistir a la academia de masaje mientras trabajaba en una tienda de exquisiteces cerca de casa.
En contraste, las hijas adultas de Croteau -que no han vivido nunca con la pareja- se hicieron camino a través de las escuelas públicas de Keene.
"A veces pienso que Jonah e Isaac necesitan una dosis de realidad, que un par de años en una escuela pública les habría mostrado algo diferente", dijo Croteau. "Por otro lado, a veces pienso que me habría gustado poder dar a Maggie y Lael lo que tuvieron ellos. Mis niños no tuvieron el mismo tipo de privilegios ni fueron al mismo tipo de escuelas. No tuvieron maestros preocupados del desarrollo de sus tiernos egos. Era un sálvese quién pueda para todos, y eso todavía se ve en la personalidad que tienen".
Croteau tuvo también otra experiencia en Northfield Mount Hermon. Tuvo brevemente un trabajo ahí como gerente de comunicaciones, pero no se pudo adaptar a su cultura.
"Había gente universitaria", dijo. "Yo no entendía sus matices, y no me hice con ningún amigo allá. En la vida de la clase obrera, la gente te dice las cosas directamente, no son sutiles. En NMH nunca supe cómo hacían las cosas. Cuando un vendedor no cumplía con la fecha cierre, lo llamaba y le decía: ¿Dónde está el trabajo?' Cuando me decía: Te quitamos del puesto, lo tendremos la próxima semana', yo decía: ¿Qué quieres decir, la próxima semana? Tenemos un acuerdo, no puedes hacer negocios así'. Yo volvía a mi supervisor, que me decía: Nosotros no gritamos a los vendedores'. La idea era que las fechas cierre no existen, sino solamente recomendaciones".
Croteau dice que se siente mucho más cómodo en el hospital. "Yo tengo que trabajar con las enfermeras y otros faáticos de la informática y vienen del mismo mundo que yo, así que sabemos cómo comunicarnos", dijo.
Pero tratando con la familia de Woolner, especialmente durante las visitas anuales a la Viña de Marta, dijo Croteau, a veces vuelve a sentir ese desconcierto de clase, sintiendo que no entiende los matices. "Son increíblemente simpáticos conmigo, muy educados y muy amables", dijo. "Tanto, que es difícil saber si es verdad, si realmente les caen bien o no".
Croteau todavía está impresionada con la familia de su esposa, y de estar "entre los que tienen sus apellidos en los edificios". Él es quien muestra al visitante la fotografía de la vieja Destilería Woolner, en Peoria, Illinois, y, al describir las fotos en la pared, menciona que su suegra estudió en Yale y que conocía a Gerald Ford.
Divisiones Familiares
Croteau y Woolner no son los únicos que están conscientes de la división de clases dentro de la familia; también lo están los hijos.
Para Lael Croteau, 27, que estudió administración civil en la Universidad de Vermont, el dinero es siempre difícil, y Maggie, 25, tiene tres trabajos mientras cursa su segundo año en la facultad de leyes de la Universidad Americana. En los restaurantes piden que les envuelvan los restos de la comida para llevárselos a casa.
Ninguna de ellas soñaría con suspender un semestre para meterse a una escuela de masaje, como hizo Isaac. Son cuidadosa con sus maneras, planes, ropas.
"Quién tiene dinero, quién no, eso va a estar siempre en mi cabeza", dijo Maggie. "Así que me pongo la coraza. Tengo la bolsa. La blusa. Sé que la gente no puede saber mi origen sólo con mirarme".
Las hijas de Croteau son las únicas de entre 12 primos que llegaron a la universidad. La mayoría de los otros se casaron y tuvieron hijos inmediatamente después de la secundaria.
"Nos ven como si fuéramos diferentes, y a veces eso duele", dijo Maggie.
Las hijas transitan por una delgada línea. Están profundamente atadas a su madre, que se ocupó de criarlas, pero también se sienten atraídas por el mundo de Woolner y sus posibilidades. Con vacaciones y visitas a la Viña, se han acercado a sus hermanastros, sino también a los hijos de las hermanas de Woolner, cuyas fotografías cuelgan de una pared en casa de Lael en Vermont. Y miran de cerca lo diferente que fueron sus infancias.
""Jonah y Isaac no tiene que preocuparse de cómo se visten, o de si tendrán dinero para terminar la universidad o cualquier cosa", dijo Lael. "Eso es un lujo. Y cuando uno de los niños pregunta: ¿Por qué estornuda la gente?', su mamá les dice: No sé; esa sí es una pregunta. Vamos al museo a chequearlo'. Mi mamá es muy lista y ciertamente es atractiva en muchos niveles, pero cuando se le hace una pregunta difícil, responde: Porque yo lo digo'".
Las vidas de las hijas han cambiado no sólo debido a la cálida y estable presencia de Woolner, sino también por sus regalos de dinero para comprar llantas para la nieve o libros, las vacaciones de la familia que paga ella y sus conexiones. Una de las primas de Wooler, una abogado de Washington, emplea a Maggie tanto en su bufete como para cuidar su csa.
Para los hijos de Woolner, la llegada de Croteau no marcó una gran diferencia. Por lo general ignoran a la familia extendida de Croteau y apenas si se han encontrado con los primos de las Croteau, que son cercanos en edad y viven cerca, pero llevan vidas muy diferentes. En realidad, a principios de febrero, mientras Isaac, de Woolner, se readaptaba a la vida universitaria, el sobrino de Croteau, otro Isaac, de 20 años, que se había alistado con los marines apenas terminada la escuela secundaria, recibió un balazo en la cara en Faluya, Iraq, y fue enviado al Centro Médico de Bethesda, en Maryland. Isaac y Jonah son dos despreocupados jóvenes y ninguno tiene una idea clara de lo que quiere en la vida. "He estado tratando de encontrar mi vocación", dijo Jonah. "Pero sin demasiada pasión".
Isaac sueña con abrir una cervecería con espacio para actos, viajar por Sudamérica o gestionar un crucero de masajes en el Caribe. Sabe que tiene una posición tan sólida que se puede permitir cualquier fantasía.
"Tengo la red de seguridad más sorprendente que puede tener una persona", dijo. "Son unos padres increíbles, cariñosos, comprometidos y ricos".
En las raras ocasiones en que están todos juntos, las hijas se llevan bien con los hijos, aunque hay ocasionalmente tensiones. A Maggie le gustará trabajar un verano con algún grupo de derechos humanos y cuando termine de estudiar, con más de 100.000 dólares de deudas, necesitará un trabajo pagado, no uno voluntario. Así que cuando un día Isaac la fastidió diciéndole que estaba en subasta, ella le recordó que era mucho más fácil vivir de acuerdo con los ideales si no necesitabas hacer dinero para pagar por ellos.
Y hay momentos en que las desigualdades en la familia son dolorosamente obvias.
"Me siento incómoda ayudando a Isaac a comprar un noche mientras que no las ayudo a ellas a comprarse uno", dijo Woolner sobre las hijas. "Hemos hablado sobre eso. Pero también tengo que estar al quite de no extralimitarme. La casa de su madre se quemó, lo que fue terrible para ellos y yo realmente quería ayudarles. Miré mi chequera y no sabía qué era lo apropiado. Al final firmé un cheque de 1.500 dólares. Emily Post [escritora sobre protocolo, etiqueta y maneras] no tiene que enfrentarse a esas situaciones".
Ella y Croteau siguen consciente de las diferencias de clase entre ellos, y de los modos en que sus vidas han sido modeladas por diferentes experiencias.
En una visita a Nueva York, donde pasa los inviernos la madre de Woolner, Woolner extravió su tarjeta de crédito y se preocupó de quedarse desconectada, aunque fuera brevemente, de su dinero.
Para Croteau fue un momento raro. "Estaba realmente inquieta, aunque estábamos a la vuelta de la esquina de su madre, y tenía suficiente dinero como para hacer cualquier cosa que se nos ocurriera, que no fuera comprar un coche o un diamante", dijo. "Así que no entendía su problema. Yo sé cómo sobrevivir sin una red de seguridad. Lo he hecho toda mi vida".
Tanto él como su esposa se mostraron orgullosos de que su matrimonio haya soportado sus problemas y tensiones específicas.
"Creo que estamos siempre sorprendidos de que lo estemos logrando", dijo Woolner.
Pero casi desde el principio estuvieron de acuerdo en cómo abordarían su relación, e inscribieron el lema en el interior de sus alianzas: "Pulse No Me Importa".
22 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
opresión en uzbekistán
[Anna Dolgov] Gobierno teme revolución islámica, pero protestas fueron espontáneas.
Moscú, Rusia. Entre la antigua gran ruta de la seda de Asia a Europa, y en la moderna ruta del tráfico de drogas, Uzbekistán se ha visto devastado por la violencia religiosa, la pobreza y la persecución política desde que obtuviera su independencia en 1991 tras el colapso de la Unión Soviética.
Los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del gobierno al este de Uzbekistán han causado desde el viernes cientos de muertos. Los testigos entrevistados por las agencias de prensa acusaron al gobierno de abrir el fuego contra los manifestantes. Islam Karimov, que se hizo presidente de la república soviética en 1990 y se ha mantenido en el poder desde entonces, responsabilizó de los enfrentamientos a extremistas islámicos.
Uzbekistán mantiene una posición estratégicamente valiosa en la frontera con Afganistán, y ha permitido desde poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 que Estados Unidos opere una base militar en Khanabad cerca de la frontera, transformándose en un importante aliado de Estados Unidos en Asia Central durante la guerra contra el terrorismo. Pero activistas de derechos humanos han acusado a las autoridades de Uzbekistán de utilizar su colaboración con Occidente para obtener tolerancia ante sus violaciones de los derechos humanos en Uzbekistán.
Uzbekistán también comparte frontera con Kirguistán, otra antigua república soviética donde las protestas callejeras derrcaron esta primavera al gobierno y obligaron a huir del país al presidente. Las protestas en Kirguistán dieron lugar a una serie de saqueos que dejaron atrás vitrinas y tiendas destrozadas.
Como en Kirguistán, la oposición en Uzbekistán no tiene un solo dirigente ni una causa común, mientras que los antecedentes de Uzbekistán en derechos humanos son peores que los de su vecina, y su historia post-soviética mucho más violenta. Naciones Unidas ha acusado al gobierno de Karimov de torturar sistemáticamente a sus opositores políticos. Toda la prensa de Uzbekistán es controlada por el estado, y el país prácticamente no cuenta con una oposición política permitida.
La vida política en Uzbekistán ha sido "quemada y eliminada" por la represión gubernamental, dijo ayer a la emisora rusa Radio Rossii el analista ruso Maxim Shevchenko. Describió la intranquilidad de Uzbekistán como una revuelta espontánea, que puede ser difícil de dirigir o contener.
Las protestas en Uzbekistán fueron provocadas por el encarcelamiento de un grupo de hombres de negocios acusados de extremismo islámico, pero a los que los manifestantes describieron como opositores pacíficos del gobierno. La manifestación fue también una expresión del descontento público sobre la extrema pobreza y los problemas sociales.
Uzbekistán es uno de los países más pobres de las 15 antiguas repúblicas soviéticas, de acuerdo al Banco Mundial, y el desempleo es galopante. El país es famoso por sus majestuosas mezquitas en las antiguas ciudades de Bukhara y Samarkand, que prosperaron cuando un ajetreado comercio pasaba por Uzbekistán a lo largo de la Gran Ruta de la Seda. Ahora, las drogas afganas pasan por Uzbekistán en ruta hacia Rusia y Europa occidental.
Los otros gobiernos de Asia Central también temen un surgimiento del extremismo islámico, una preocupación que Karimov ha mencionado como el motivo de sus violaciones de los derechos humanos.
Atentados en Uzbekistán mataron a más de una docena de personas en 1999, y varias docenas más el año pasado. El gobierno responsabilizó de los atentados a grupos islámicos radicales. Rebeldes que quieren instaurar un estado musulmán en Asia Central chocaron con tropas del gobierno en los años noventa en el Valle de Fergana, donde Uzbekistán comparte fronteras con Kirguistán y Tayikistán. El Movimiento Islámico de Uzbekistán, que opera en gran parte desde el exilio, ha sido declarado grupo terrorista por el departamento de estado de Estados Unidos y ha sido acusado de llevar a cabo en la región numerosos atentados en el pasado.
Otros grupos musulmanes en Uzbekistán dicen que quieren lograr cambios a través de protestas no violentas, pero son reprimidos con la misma energía que usa el gobierno de Karimov contra los extremistas violentos.
Bajo el gobierno laico de Karimov, las detenciones de activistas islámicos se han hecho cosa de todos los días en este país predominantemente musulmán. El resentimiento popular sobre las detenciones han alimentado las protestas recientes.
"Esta no fue una revuelta extremista, sino simplemente una revuelta de musulmanes desesperados, que querían sobre todo la libertad de sus familiares en prisión", dijo la comentarista política rusa Yulia Latynina en la emisora radial Ekho Moskvy.
17 de mayo de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Moscú, Rusia. Entre la antigua gran ruta de la seda de Asia a Europa, y en la moderna ruta del tráfico de drogas, Uzbekistán se ha visto devastado por la violencia religiosa, la pobreza y la persecución política desde que obtuviera su independencia en 1991 tras el colapso de la Unión Soviética. Los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del gobierno al este de Uzbekistán han causado desde el viernes cientos de muertos. Los testigos entrevistados por las agencias de prensa acusaron al gobierno de abrir el fuego contra los manifestantes. Islam Karimov, que se hizo presidente de la república soviética en 1990 y se ha mantenido en el poder desde entonces, responsabilizó de los enfrentamientos a extremistas islámicos.
Uzbekistán mantiene una posición estratégicamente valiosa en la frontera con Afganistán, y ha permitido desde poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 que Estados Unidos opere una base militar en Khanabad cerca de la frontera, transformándose en un importante aliado de Estados Unidos en Asia Central durante la guerra contra el terrorismo. Pero activistas de derechos humanos han acusado a las autoridades de Uzbekistán de utilizar su colaboración con Occidente para obtener tolerancia ante sus violaciones de los derechos humanos en Uzbekistán.
Uzbekistán también comparte frontera con Kirguistán, otra antigua república soviética donde las protestas callejeras derrcaron esta primavera al gobierno y obligaron a huir del país al presidente. Las protestas en Kirguistán dieron lugar a una serie de saqueos que dejaron atrás vitrinas y tiendas destrozadas.
Como en Kirguistán, la oposición en Uzbekistán no tiene un solo dirigente ni una causa común, mientras que los antecedentes de Uzbekistán en derechos humanos son peores que los de su vecina, y su historia post-soviética mucho más violenta. Naciones Unidas ha acusado al gobierno de Karimov de torturar sistemáticamente a sus opositores políticos. Toda la prensa de Uzbekistán es controlada por el estado, y el país prácticamente no cuenta con una oposición política permitida.
La vida política en Uzbekistán ha sido "quemada y eliminada" por la represión gubernamental, dijo ayer a la emisora rusa Radio Rossii el analista ruso Maxim Shevchenko. Describió la intranquilidad de Uzbekistán como una revuelta espontánea, que puede ser difícil de dirigir o contener.
Las protestas en Uzbekistán fueron provocadas por el encarcelamiento de un grupo de hombres de negocios acusados de extremismo islámico, pero a los que los manifestantes describieron como opositores pacíficos del gobierno. La manifestación fue también una expresión del descontento público sobre la extrema pobreza y los problemas sociales.
Uzbekistán es uno de los países más pobres de las 15 antiguas repúblicas soviéticas, de acuerdo al Banco Mundial, y el desempleo es galopante. El país es famoso por sus majestuosas mezquitas en las antiguas ciudades de Bukhara y Samarkand, que prosperaron cuando un ajetreado comercio pasaba por Uzbekistán a lo largo de la Gran Ruta de la Seda. Ahora, las drogas afganas pasan por Uzbekistán en ruta hacia Rusia y Europa occidental.
Los otros gobiernos de Asia Central también temen un surgimiento del extremismo islámico, una preocupación que Karimov ha mencionado como el motivo de sus violaciones de los derechos humanos.
Atentados en Uzbekistán mataron a más de una docena de personas en 1999, y varias docenas más el año pasado. El gobierno responsabilizó de los atentados a grupos islámicos radicales. Rebeldes que quieren instaurar un estado musulmán en Asia Central chocaron con tropas del gobierno en los años noventa en el Valle de Fergana, donde Uzbekistán comparte fronteras con Kirguistán y Tayikistán. El Movimiento Islámico de Uzbekistán, que opera en gran parte desde el exilio, ha sido declarado grupo terrorista por el departamento de estado de Estados Unidos y ha sido acusado de llevar a cabo en la región numerosos atentados en el pasado.
Otros grupos musulmanes en Uzbekistán dicen que quieren lograr cambios a través de protestas no violentas, pero son reprimidos con la misma energía que usa el gobierno de Karimov contra los extremistas violentos.
Bajo el gobierno laico de Karimov, las detenciones de activistas islámicos se han hecho cosa de todos los días en este país predominantemente musulmán. El resentimiento popular sobre las detenciones han alimentado las protestas recientes.
"Esta no fue una revuelta extremista, sino simplemente una revuelta de musulmanes desesperados, que querían sobre todo la libertad de sus familiares en prisión", dijo la comentarista política rusa Yulia Latynina en la emisora radial Ekho Moskvy.
17 de mayo de 2005
©boston globe
©traducción mQh
torturadores por encargo
[Don Van Natta Jr.] Estados Unidos envía a sospechosos de terrorismo a Uzbekistán para su interrogatorio. Antecedentes en derechos humanos en Tashkent son espantosos. En 2002 un prisionero fue cocido vivo.
Siete meses antes del 11 de septiembre de 2001 el ministerio de Asuntos Exteriores emitió un informe sobre Uzbekistán. Fue una letanía de horrores. La policía torturaba repetidamente a los prisioneros, escribieron funcionarios del ministerio de Asuntos Exteriores, observando que las técnicas más comunes eran "golpizas, a menudo con armas romas, y asfixia con máscaras de gas".
Separadamente grupos internacionales de derechos humanos habían informado que las torturas en las cárceles de Uzbek incluían cocer partes del cuerpo, aplicar descargas eléctricas en los genitales y arrancar con un alicate las uñas de pies y manos. Dos prisioneros fueron hervidos hasta la muerte, informaron los grupos. El informe del ministerio de Asuntos Exteriores afirmó francamente: "Uzbekistán es un estado autoritario con derechos civiles limitados".
Sin embargo, inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 el gobierno de Bush se volvió hacia Uzbekistán como socio en la lucha global contra el terrorismo. El país, una antigua república soviética en Asia Central, garantizó a Estados Unidos el uso de una base militar para luchar contra los talibanes a lo largo de la frontera con Afganistán. El presidente Bush recibió en la Casa Blanca al presidente de Uzbekistán, el presidente Islam Karimov, y Estados Unidos ha dado a Uzbekistán más de 500 millones de dólares para el control de las fronteras y otras medidas de seguridad.
Ahora hay cada vez más evidencias de que Estados Unidos ha enviado a sospechosos de terrorismo a Uzbekistán para su detención e interrogatorio, aunque el tratamiento que da Uzbekistán a sus propios presos continúa causando críticas en todo el mundo, incluyendo al ministerio de Asuntos Exteriores.
El llamado programa de entrega, bajo el cual la CIA transfiere a sospechosos a países extranjeros para ser detenido e interrogado, ha vinculado a Estados Unidos con países con pobres historiales en derechos humanos. Pero el cambio de las relaciones con Uzbekistán es particularmente brusco. Antes del 11 de septiembre de 2001, había poco contacto a alto nivel entre Washington y Tashkent, la capital de Uzbek, más allá de las críticas de Estados Unidos.
El papel de Uzbekistán como un carcelero sucedáneo de Estados Unidos fue confirmado por una media docena de actuales y antiguos agentes de inteligencia que trabajan en Europa, Oriente Medio y Estados Unidos. La CIA se negó a hacer comentarios sobre el programa de transferencia de prisioneros, pero un funcionario de inteligencia calculó que el número de sospechosos de terrorismo enviados por Estados Unidos a Tashkent andaba en varias docenas.
Hay más evidencia de la dependencia de Estados Unidos de Uzbekistán en el programa. El 21 de septiembre de 2003, dos aviones norteamericanos -un avión a reacción Gulfstream y un Boeing 737- aterrizaron en el aeropuerto internacional de Tashkent, de acuerdo a las bitácoras de vuelo obtenidas por el New York Times.
Aunque se desconoce el propósito preciso de esos vuelos, en un lapso de tres años, de fines de 2001 a principios de este año, la CIA usó esos aviones para trasladar a sospechosos bajo custodia norteamericana a países en todo el mundo para ser interrogados, de acuerdo a entrevistas con antiguos y actuales funcionarios de inteligencia y bitácoras de vuelo que muestran la ruta de los aviones. El día que los aviones aterrizaron en Tashkent, el Gulfstream había despegado desde Bagdad, mientras el 737 había salido de la República Checa, según las bitácoras.
Las bitácoras muestran que al menos siete vuelos fueron hechos hacia Uzbekistán en esos aviones desde principios de 2002 a fines de 2003, pero las bitácoras están incompletas.
En los últimos meses han emergido detalles del programa de la CIA para la transferencia de prisioneros dados a conocer por un puñado de antiguos detenidos que han sido dejados en libertad, especialmente de cárceles en Egipto y Afganistán, y en algunos casos han declarado que fueron golpeados y torturados cuando estaban en detención.
El programa fue creado a mediados de los años ochenta como un modo para la CIA de transferir a sospechosos en el extranjero a sus países de origen. Después del 11 de septiembre, la CIA lo usó para enviar a prisioneros sospechosos de ser dirigentes de Al Qaeda a una media docena de países para su detención. Funcionarios de inteligencia americanos estiman que Estados Unidos ha transferido de 100 a 150 sospechosos a Egipto, Jordania, Siria, Marruecos, Arabia Saudí, Pakistán y Uzbekistán.
Un veterano funcionario de la CIA, que habló a condición de conservar el anonimato, dijo que no hablaría sobre si Estados Unidos ha enviado prisioneros a Uzbekistán u otras partes del mundo. Pero dijo: "Estados Unidos no utiliza ni aprueba la tortura. No envía a gente a otros lugares para que sean torturadas. Y no recibe conscientemente informaciones que se deriven de torturas".
Ilkhom Zakirov, portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores de Uzbekistán en Tashkent, tampoco aceptó comentar si Uzbekistán aceptaba a sospechosos de terrorismo de Estados Unidos. Se negó a tratar las acusaciones de grupos de derechos humanos. Pero activistas de derechos humanos dicen que debido a que el historial de Uzbekistán es bien conocido, plantea preguntas sobre por qué la CIA envía a los prisioneros allí.
"Con cualquiera que hables allá, todo el mundo sabe que utilizan la tortura -lo saben incluso los delincuentes comunes", dijo Allison Gill, investigadora de Human Rights Watch que trabaja en Uzbekistán. "Cualquier que en Estados Unidos o Europa pretenda que no conoce el alcance del problema de las torturas en Uzbekistán está siendo deliberadamente ignorante".
Craig Murray, ex embajador británico en Uzbekistán, dijo que durante su misión em Tashkent se había enterado de que la CIA utilizaba Uzbekistán como un lugar para mantener a sospechosos extranjeros de terrorismo. Durante 2003 y principios de 2004, dijo Murray en una entrevista, "los vuelos de la CIA llegaban a menudo a Tashkent, usualmente dos veces a la semana".
En julio de 2004 Murray escribió un memorándum confidencial al ministerio de Asuntos Exteriores británico acusando a la CIA de violar la Prohibición de la Tortura de Naciones Unidas. Instó a sus colegas a dejar de utilizar informaciones obtenidas de sospechosos en Uzbekistán debido a que se obtenían bajo tortura y otros medios coercitivos. Murray dijo que sabía de las prácticas a través de sus propias investigaciones y entrevistas con decenas de personas que denunciaron haber sido golpeadas brutalmente en las cárceles de Uzbekistán.
"Deberíamos cesar toda colaboración con los servicios de seguridad de Uzbekistán -es inaceptable", escribió Murray en su memorándum, que fue obtenido por Times.
Murray, que previamente se ha referido públicamente a la transferencia de prisioneros a Uzbekistán, dijo que sus superiores en Londres se enfurecieron por sus preguntas, y le dijeron que la inteligencia obtenida en Uzbekistán todavía podía ser usada por funcionarios británicos, incluso si era conseguida con torturas, provisto que los maltratos no fueran responsabilidad de interrogadores británicos. "Me causó asombro", dijo Murray en una entrevista. "Fue como si se hubiese cambiado de objetivos. Su perspectiva cambió a partir del 11 de septiembre".
Un portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores se negó a tratar las acusaciones de Murray. El año pasado Murray renunció al ministerio de Asuntos Exteriores, que investigó acusaciones de mala gestión en la embajada en Tashkent. La pesquisa de esas acusaciones fueron cerradas sin que se tomara ninguna acción disciplinaria en su contra.
La relación entre Washington y Tashkent fueron formalizadas en una reunión en marzo de 2002 en el Despacho Oval entre el presidente Bush y el presidente Karimov. Muhammad Salih, el líder del Partido Democrático, de Uzbekistán, que vive en el exilio en Alemania, dijo que la relación había fortalecido la posición de Karimov.
"Fue una gran oportunidad para Karimov", dijo Salih. "Pero el presidente Bush también debe pensar en los derechos humanos y en la democracia. Si quiere tener una colaboración en asuntos de terrorismo, no debería cerrar los ojos a otras cosas que ocurren en Uzbekistán, como la tortura".
En una rueda de prensa el mes pasado el presidente Bush le preguntaron qué podía hacer Uzbekistán en el interrogatorio de un prisionero que Estados Unidos no podía hacer.
"Queremos garantías de que nadie sea torturado cuando devolvemos a alguien a su país natal", dijo Bush.
El departamento de estado y grupos de derechos humanos han continuado informante sobre violaciones de derechos en las cárceles de Uzbekistán.
El último informe del departamento de estado sobre derechos humanos en Uzbekistán, dado a conocer en febrero, decía: "La tortura fue común en las cárceles, en centros de detención y en recintos de la policía local y del servicio secreto". Además, el informe del departamento de estado observó que en 2003 el Informador Especial sobre Torturas de Naciones Unidas "concluyó que la tortura o similares abusos eran sistemáticos".
Amnistía Internacional y otros grupos han documentado casos específicos. En el verano de 2002, Amnistía Internacional informó que Fatima Mukgadirova, una tendera de 62 años de Tashkent, fue sentenciada a seis años de trabajos forzados tras denunciar al gobierno por la muerte de su hijo, Muzafar Avozov, en una cárcel de Tashkent.
Un análisis independiente de las fotografías del cuerpo, realizado por la Universidad de Glasgow, mostraba que Avozov murió después de ser inmerso en agua hirviendo, informaron grupos de derechos humanos. El examen de su cabeza decía que había sido golpeado y sus uñas habían sido arrancadas.
Activistas de derechos humanos exigieron la liberación de Mukhadirova. Fue liberada poco después de una visita programada del ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld en febrero de 2004. Activistas de derechos humanos dicen que Estados Unidos tiene dificultades para mantener en equilibrio sus relaciones con Uzbekistán.
"La relación entre Estados Unidos y Uzbekistán es problemática", dijo Gill, de Human Rights Watch. "Puede ser útil que Estados Unidos sea suficientemente fuerte como para lograr ciertas concesiones. Eso dicho, Estados Unidos no debería decir que Karimov es un socio, un aliado o un amigo. Estados Unidos debería dejar claro que Uzbekistán no puede ser un buen aliado de Estados Unidos a menos que respete los derechos humanos en casa".
El delicado balance diplomático establecido a principios de la primavera de 2004, después de una serie de atentados suicidas en Tashkent que mataron a 47 personas, muchos de ellos agentes de policía de Tashkent. El gobierno reprimió sobre cargos religiosos, provocando una condena internacional.
Tres meses después, a pesar de insistencia del ministro de Asuntos Exteriores de Uzbek, Sodik Safoyev, el ministerio de Asuntos Exteriores dijo que recortaría los 18 millones de dólares de ayuda militar y económica a Uzbekistán debido a su fracaso en mejorar la situación de los derechos humanos.
Pero al mes siguiente, el 12 de agosto de 2004, el general Richard B. Myers, presidente del Mando Conjunto del Estado Mayor, visitó Tashkent. Se reunió con el presidente Karimov y otros funcionarios, y anunció que el Pentágono proporcionaría 21 millones de dólares adicionales para ayudar a Uzbekistán en su campaña para destruir sus arsenales de armas biológicas.
El general Myers dijo que Estados Unidos había "ganado enormemente de nuestra asociación y relación estratégica con Uzbekistán".
Aunque observó que había preocupación genuina sobre la situación de los derechos humanos en Uzbekistán, el general Myers dijo: "En mi opinión, no deberíamos dejar que un solo tema determine las relaciones con cualquier país. No me parece que sea una buena política".
Souad Mekhennet contribuyó al reportaje desde Frankfurt, y Stephen Grey desde Londres.
11 de mayo de 2005
1 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Siete meses antes del 11 de septiembre de 2001 el ministerio de Asuntos Exteriores emitió un informe sobre Uzbekistán. Fue una letanía de horrores. La policía torturaba repetidamente a los prisioneros, escribieron funcionarios del ministerio de Asuntos Exteriores, observando que las técnicas más comunes eran "golpizas, a menudo con armas romas, y asfixia con máscaras de gas".Separadamente grupos internacionales de derechos humanos habían informado que las torturas en las cárceles de Uzbek incluían cocer partes del cuerpo, aplicar descargas eléctricas en los genitales y arrancar con un alicate las uñas de pies y manos. Dos prisioneros fueron hervidos hasta la muerte, informaron los grupos. El informe del ministerio de Asuntos Exteriores afirmó francamente: "Uzbekistán es un estado autoritario con derechos civiles limitados".
Sin embargo, inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 el gobierno de Bush se volvió hacia Uzbekistán como socio en la lucha global contra el terrorismo. El país, una antigua república soviética en Asia Central, garantizó a Estados Unidos el uso de una base militar para luchar contra los talibanes a lo largo de la frontera con Afganistán. El presidente Bush recibió en la Casa Blanca al presidente de Uzbekistán, el presidente Islam Karimov, y Estados Unidos ha dado a Uzbekistán más de 500 millones de dólares para el control de las fronteras y otras medidas de seguridad.
Ahora hay cada vez más evidencias de que Estados Unidos ha enviado a sospechosos de terrorismo a Uzbekistán para su detención e interrogatorio, aunque el tratamiento que da Uzbekistán a sus propios presos continúa causando críticas en todo el mundo, incluyendo al ministerio de Asuntos Exteriores.
El llamado programa de entrega, bajo el cual la CIA transfiere a sospechosos a países extranjeros para ser detenido e interrogado, ha vinculado a Estados Unidos con países con pobres historiales en derechos humanos. Pero el cambio de las relaciones con Uzbekistán es particularmente brusco. Antes del 11 de septiembre de 2001, había poco contacto a alto nivel entre Washington y Tashkent, la capital de Uzbek, más allá de las críticas de Estados Unidos.
El papel de Uzbekistán como un carcelero sucedáneo de Estados Unidos fue confirmado por una media docena de actuales y antiguos agentes de inteligencia que trabajan en Europa, Oriente Medio y Estados Unidos. La CIA se negó a hacer comentarios sobre el programa de transferencia de prisioneros, pero un funcionario de inteligencia calculó que el número de sospechosos de terrorismo enviados por Estados Unidos a Tashkent andaba en varias docenas.
Hay más evidencia de la dependencia de Estados Unidos de Uzbekistán en el programa. El 21 de septiembre de 2003, dos aviones norteamericanos -un avión a reacción Gulfstream y un Boeing 737- aterrizaron en el aeropuerto internacional de Tashkent, de acuerdo a las bitácoras de vuelo obtenidas por el New York Times.
Aunque se desconoce el propósito preciso de esos vuelos, en un lapso de tres años, de fines de 2001 a principios de este año, la CIA usó esos aviones para trasladar a sospechosos bajo custodia norteamericana a países en todo el mundo para ser interrogados, de acuerdo a entrevistas con antiguos y actuales funcionarios de inteligencia y bitácoras de vuelo que muestran la ruta de los aviones. El día que los aviones aterrizaron en Tashkent, el Gulfstream había despegado desde Bagdad, mientras el 737 había salido de la República Checa, según las bitácoras.
Las bitácoras muestran que al menos siete vuelos fueron hechos hacia Uzbekistán en esos aviones desde principios de 2002 a fines de 2003, pero las bitácoras están incompletas.
En los últimos meses han emergido detalles del programa de la CIA para la transferencia de prisioneros dados a conocer por un puñado de antiguos detenidos que han sido dejados en libertad, especialmente de cárceles en Egipto y Afganistán, y en algunos casos han declarado que fueron golpeados y torturados cuando estaban en detención.
El programa fue creado a mediados de los años ochenta como un modo para la CIA de transferir a sospechosos en el extranjero a sus países de origen. Después del 11 de septiembre, la CIA lo usó para enviar a prisioneros sospechosos de ser dirigentes de Al Qaeda a una media docena de países para su detención. Funcionarios de inteligencia americanos estiman que Estados Unidos ha transferido de 100 a 150 sospechosos a Egipto, Jordania, Siria, Marruecos, Arabia Saudí, Pakistán y Uzbekistán.
Un veterano funcionario de la CIA, que habló a condición de conservar el anonimato, dijo que no hablaría sobre si Estados Unidos ha enviado prisioneros a Uzbekistán u otras partes del mundo. Pero dijo: "Estados Unidos no utiliza ni aprueba la tortura. No envía a gente a otros lugares para que sean torturadas. Y no recibe conscientemente informaciones que se deriven de torturas".
Ilkhom Zakirov, portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores de Uzbekistán en Tashkent, tampoco aceptó comentar si Uzbekistán aceptaba a sospechosos de terrorismo de Estados Unidos. Se negó a tratar las acusaciones de grupos de derechos humanos. Pero activistas de derechos humanos dicen que debido a que el historial de Uzbekistán es bien conocido, plantea preguntas sobre por qué la CIA envía a los prisioneros allí.
"Con cualquiera que hables allá, todo el mundo sabe que utilizan la tortura -lo saben incluso los delincuentes comunes", dijo Allison Gill, investigadora de Human Rights Watch que trabaja en Uzbekistán. "Cualquier que en Estados Unidos o Europa pretenda que no conoce el alcance del problema de las torturas en Uzbekistán está siendo deliberadamente ignorante".
Craig Murray, ex embajador británico en Uzbekistán, dijo que durante su misión em Tashkent se había enterado de que la CIA utilizaba Uzbekistán como un lugar para mantener a sospechosos extranjeros de terrorismo. Durante 2003 y principios de 2004, dijo Murray en una entrevista, "los vuelos de la CIA llegaban a menudo a Tashkent, usualmente dos veces a la semana".
En julio de 2004 Murray escribió un memorándum confidencial al ministerio de Asuntos Exteriores británico acusando a la CIA de violar la Prohibición de la Tortura de Naciones Unidas. Instó a sus colegas a dejar de utilizar informaciones obtenidas de sospechosos en Uzbekistán debido a que se obtenían bajo tortura y otros medios coercitivos. Murray dijo que sabía de las prácticas a través de sus propias investigaciones y entrevistas con decenas de personas que denunciaron haber sido golpeadas brutalmente en las cárceles de Uzbekistán.
"Deberíamos cesar toda colaboración con los servicios de seguridad de Uzbekistán -es inaceptable", escribió Murray en su memorándum, que fue obtenido por Times.
Murray, que previamente se ha referido públicamente a la transferencia de prisioneros a Uzbekistán, dijo que sus superiores en Londres se enfurecieron por sus preguntas, y le dijeron que la inteligencia obtenida en Uzbekistán todavía podía ser usada por funcionarios británicos, incluso si era conseguida con torturas, provisto que los maltratos no fueran responsabilidad de interrogadores británicos. "Me causó asombro", dijo Murray en una entrevista. "Fue como si se hubiese cambiado de objetivos. Su perspectiva cambió a partir del 11 de septiembre".
Un portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores se negó a tratar las acusaciones de Murray. El año pasado Murray renunció al ministerio de Asuntos Exteriores, que investigó acusaciones de mala gestión en la embajada en Tashkent. La pesquisa de esas acusaciones fueron cerradas sin que se tomara ninguna acción disciplinaria en su contra.
La relación entre Washington y Tashkent fueron formalizadas en una reunión en marzo de 2002 en el Despacho Oval entre el presidente Bush y el presidente Karimov. Muhammad Salih, el líder del Partido Democrático, de Uzbekistán, que vive en el exilio en Alemania, dijo que la relación había fortalecido la posición de Karimov.
"Fue una gran oportunidad para Karimov", dijo Salih. "Pero el presidente Bush también debe pensar en los derechos humanos y en la democracia. Si quiere tener una colaboración en asuntos de terrorismo, no debería cerrar los ojos a otras cosas que ocurren en Uzbekistán, como la tortura".
En una rueda de prensa el mes pasado el presidente Bush le preguntaron qué podía hacer Uzbekistán en el interrogatorio de un prisionero que Estados Unidos no podía hacer.
"Queremos garantías de que nadie sea torturado cuando devolvemos a alguien a su país natal", dijo Bush.
El departamento de estado y grupos de derechos humanos han continuado informante sobre violaciones de derechos en las cárceles de Uzbekistán.
El último informe del departamento de estado sobre derechos humanos en Uzbekistán, dado a conocer en febrero, decía: "La tortura fue común en las cárceles, en centros de detención y en recintos de la policía local y del servicio secreto". Además, el informe del departamento de estado observó que en 2003 el Informador Especial sobre Torturas de Naciones Unidas "concluyó que la tortura o similares abusos eran sistemáticos".
Amnistía Internacional y otros grupos han documentado casos específicos. En el verano de 2002, Amnistía Internacional informó que Fatima Mukgadirova, una tendera de 62 años de Tashkent, fue sentenciada a seis años de trabajos forzados tras denunciar al gobierno por la muerte de su hijo, Muzafar Avozov, en una cárcel de Tashkent.
Un análisis independiente de las fotografías del cuerpo, realizado por la Universidad de Glasgow, mostraba que Avozov murió después de ser inmerso en agua hirviendo, informaron grupos de derechos humanos. El examen de su cabeza decía que había sido golpeado y sus uñas habían sido arrancadas.
Activistas de derechos humanos exigieron la liberación de Mukhadirova. Fue liberada poco después de una visita programada del ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld en febrero de 2004. Activistas de derechos humanos dicen que Estados Unidos tiene dificultades para mantener en equilibrio sus relaciones con Uzbekistán.
"La relación entre Estados Unidos y Uzbekistán es problemática", dijo Gill, de Human Rights Watch. "Puede ser útil que Estados Unidos sea suficientemente fuerte como para lograr ciertas concesiones. Eso dicho, Estados Unidos no debería decir que Karimov es un socio, un aliado o un amigo. Estados Unidos debería dejar claro que Uzbekistán no puede ser un buen aliado de Estados Unidos a menos que respete los derechos humanos en casa".
El delicado balance diplomático establecido a principios de la primavera de 2004, después de una serie de atentados suicidas en Tashkent que mataron a 47 personas, muchos de ellos agentes de policía de Tashkent. El gobierno reprimió sobre cargos religiosos, provocando una condena internacional.
Tres meses después, a pesar de insistencia del ministro de Asuntos Exteriores de Uzbek, Sodik Safoyev, el ministerio de Asuntos Exteriores dijo que recortaría los 18 millones de dólares de ayuda militar y económica a Uzbekistán debido a su fracaso en mejorar la situación de los derechos humanos.
Pero al mes siguiente, el 12 de agosto de 2004, el general Richard B. Myers, presidente del Mando Conjunto del Estado Mayor, visitó Tashkent. Se reunió con el presidente Karimov y otros funcionarios, y anunció que el Pentágono proporcionaría 21 millones de dólares adicionales para ayudar a Uzbekistán en su campaña para destruir sus arsenales de armas biológicas.
El general Myers dijo que Estados Unidos había "ganado enormemente de nuestra asociación y relación estratégica con Uzbekistán".
Aunque observó que había preocupación genuina sobre la situación de los derechos humanos en Uzbekistán, el general Myers dijo: "En mi opinión, no deberíamos dejar que un solo tema determine las relaciones con cualquier país. No me parece que sea una buena política".
Souad Mekhennet contribuyó al reportaje desde Frankfurt, y Stephen Grey desde Londres.
11 de mayo de 2005
1 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
el legado de pinochet
[Monte Reel] El legado de Pinochet se enturbia bajo una nube de pesquisas por corrupción y violaciones de derechos humanos.
Santiago, Chile. La Llama Eterna de la Libertad, instaurada por el general Augusto Pinochet en 1975, era uno de los monumentos más visibles de su dictadura. Hace poco, se extinguió sin fanfarria durante obras frente al palacio presidencial, y el gobierno no tiene intenciones de volverla a encender.
Hoy, muy poco de las cosas asociadas al régimen de 17 años de Pinochet están demostrando ser eternas.
El achacoso general retirado, 89, es el blanco de múltiples investigaciones judiciales en acusaciones de homicidio, tortura y mantención de cuentas secretas en bancos extranjeros llenas de dinero robado.
Este mes, los legisladores propusieron un proyecto para borrar su firma de la constitución del país. La Fundación Pinochet, una organización en Santiago que promueve su legado, vio recientemente congeladas sus cuentas bancarias como parte de las investigaciones sobre las operaciones financieras de Pinochet. A fines de enero, el general Manuel Contreras, el retirado jefe de la policía secreta de Pinochet, fue encarcelado mientras manifestantes le lanzaban huevos.
"Definitivamente hay sentimientos fuertes contra Pinochet", dijo Sebastián Brett, investigador de Human Rights Watch en Santiago. "Incluso si los realistas dicen que es improbable que sea realmente puesto tras las rejas, su círculo íntimo -como Contreras- se está derrumbando y eso parece como casi lo mejor".
Sin embargo, Pinochet es elogiado por algunos chilenos que creen que sus reformas de libre mercado ayudó a su economía a transformarse en uno de los países más fuertes de América Latina. Y en meses recientes, algunos han comenzado a preguntarse si continuar con las acusaciones penales contra Pinochet y sus jefes militares no se ha estirado demasiado.
"Todo lo que hizo Pinochet sigue intacto", dijo Christian Labbé, ex coronel del ejército y uno de los más cercanos colaboradores de Pinochet. "Nadie va a pelear para cambiar la economía de libre mercado que construimos, ni los socialistas. Tenemos que reconocer los méritos de la persona que hizo todo esto".
Hace tres semanas la Corte Suprema ordenó que los cargos en más de 350 juicios pendientes contra el gobierno militar de Pinochet sean terminadas antes de seis meses. La medida pretende acelerar los casos que han estado prolongándose en la fase instructiva durante años, dejando a los acusados en un limbo legal. Pero grupos de derechos humanos argumentan que la fecha cierre podría significar que se pasen por alto casos válidos y que las violaciones no sean castigadas.
"Es totalmente ilegal, y los casos se perderán", dijo Patricia Silva Soto, presidente de un grupo de derechos llamado Familiares de Víctimas de Ejecuciones Políticas. "Esos son crímenes contra la humanidad, y no debería imponérseles ningún tipo de limitación".
Muchos en el gobierno dijeron que interpretar el plazo de seis meses como una fecha cierre estricta era un error, y el ministro del Interior, José Miguel Insulza, dijo que los casos valiosas obtendrán prórrogas de los tribunales.
"Hemos estado en esto durante demasiado tiempo, que sería tonto ponerle un fin artificial", dijo Insulza. "Pero alguna vez hay que presentar cargos formales contra las personas".
La orden llegó una semana después de Germán Barriga Muñoz, un ex general del ejército acusado de la desaparición de nueve dirigentes del Partido Comunista de Chile en 1976, se lanzara a su muerte desde un edificio de apartamentos de Santiago. Su carta de despedida sugería que se sentía acosado por las investigaciones en el caso y por manifestaciones frente a su casa.
Personal militar en retiro se unieron en torno al tema y dijeron que era hora de que terminara lo que consideran una persecución inhumana. Dijeron que las reparaciones monetarias, aprobadas por el gobierno después de la publicación en noviembre detallando las torturas y encarcelamiento de más de 27.000 chilenos, debería permitir que el país se librara de su pasado.
"Después de la carta de despedida saliera en los diarios, finalmente se prestó atención a un tema sobre el que hemos estado discutiendo los últimos 20 años", dijo Labbé. "Tenemos que ponerle fin. No es necesario destruir el pasado para construir el futuro".
Hace dos semanas, Labbé publicó un libro titulado Pinochet en persona', un elogioso retrato del antiguo dictador. Dijo que el escándalo sobre el Banco Riggs de Washington, ha sido especialmente perjudicial para la reputación de Chile, donde muchos de sus partidarios justificaron las violaciones a los derechos humanos como medidas necesarias en la guerra contra los terroristas comunistas en los años setenta.
Debido a que sus partidarios han alabado la disciplina fiscal y moral de Pinochet, las acusaciones bancarias son "quizás las más difíciles de responder", dijo Labbé.
En diciembre Pinochet fue declarado mentalmente sano para seguir el juicio por el asesinato de una persona y la desaparición de otros nueve relacionada con la Operación Cóndor, con la que algunos gobiernos militares sudamericanos trataron de asesinar a prominentes disidentes de izquierda en los años setenta. Fue acusado y en enero colocado en régimen de arresto domiciliario.
En un juicio aparte, perdió su inmunidad en un caso que involucraba el asesinato del general Carlos Prats, que era comandante en jefe del ejército chileno antes de que Pinochet derrocara al gobierno de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Prats y su esposa murieron en un atentado con coche-bomba en Buenos Aires, en 1974.
Pinochet está también siendo investigado por posible evasión de impuestos al depositar secretamente 8 millones de dólares en el Banco Rigg. Este mes, el Banco de Chile dijo que cerraría las cuentas de Pinochet en Miami y Nueva York después de que funcionarios norteamericanos dijeran que el banco había ocultado las cuentas de Pinochet.
Hasta el momento, la defensa de Pinochet se ha concentrado en alegatos de que está demasiado frágil y mentalmente débil como para poder enjuiciarlo. Labbé, que visita a menudo a Pinochet, dijo que el ex general se levanta a las 9 de la mañana, da un paseo y gasta un montón de tiempo en su escritorio mirando libros.
A menudo, dijo, se sientan en silencio, cada hojeando un libro diferente. Labbé dijo que Pinochet ha aceptado que morirá probablemente como un paria en su propio país.
"Sabe muy bien que estas cosas suelen pasarle a los grandes hombres", dijo Labbé. "Los grandes hombres deben esperar el veredicto de la historia, no de la justicia actual".
Esa posición causa la indignación de los que han denunciado las atroces violaciones de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet.
"Es una dinámica increíble... Los militares están tratando de mostrarse como víctimas antes que como victimarios", dijo Peter Kornbluh, director del proyecto Chile del privado Archivo de Seguridad Nacional, de Washington.
Kornbluh dijo que a pesar de los reciente esfuerzos por resucitar la imagen de Pinochet, evidencias reunidas en muchos casos legales han puesto un nudo en torno a su legado. Dijo que la desaparición de la Llama Eterna de la Libertad, y una declaración pública de que un funeral de estado con honores es "impensable" para Pinochet, han dado al antiguo dictador una mirada en cómo lo juzgará la historia.
24 de febrero de 2004
1 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
Santiago, Chile. La Llama Eterna de la Libertad, instaurada por el general Augusto Pinochet en 1975, era uno de los monumentos más visibles de su dictadura. Hace poco, se extinguió sin fanfarria durante obras frente al palacio presidencial, y el gobierno no tiene intenciones de volverla a encender. Hoy, muy poco de las cosas asociadas al régimen de 17 años de Pinochet están demostrando ser eternas.
El achacoso general retirado, 89, es el blanco de múltiples investigaciones judiciales en acusaciones de homicidio, tortura y mantención de cuentas secretas en bancos extranjeros llenas de dinero robado.
Este mes, los legisladores propusieron un proyecto para borrar su firma de la constitución del país. La Fundación Pinochet, una organización en Santiago que promueve su legado, vio recientemente congeladas sus cuentas bancarias como parte de las investigaciones sobre las operaciones financieras de Pinochet. A fines de enero, el general Manuel Contreras, el retirado jefe de la policía secreta de Pinochet, fue encarcelado mientras manifestantes le lanzaban huevos.
"Definitivamente hay sentimientos fuertes contra Pinochet", dijo Sebastián Brett, investigador de Human Rights Watch en Santiago. "Incluso si los realistas dicen que es improbable que sea realmente puesto tras las rejas, su círculo íntimo -como Contreras- se está derrumbando y eso parece como casi lo mejor".
Sin embargo, Pinochet es elogiado por algunos chilenos que creen que sus reformas de libre mercado ayudó a su economía a transformarse en uno de los países más fuertes de América Latina. Y en meses recientes, algunos han comenzado a preguntarse si continuar con las acusaciones penales contra Pinochet y sus jefes militares no se ha estirado demasiado.
"Todo lo que hizo Pinochet sigue intacto", dijo Christian Labbé, ex coronel del ejército y uno de los más cercanos colaboradores de Pinochet. "Nadie va a pelear para cambiar la economía de libre mercado que construimos, ni los socialistas. Tenemos que reconocer los méritos de la persona que hizo todo esto".
Hace tres semanas la Corte Suprema ordenó que los cargos en más de 350 juicios pendientes contra el gobierno militar de Pinochet sean terminadas antes de seis meses. La medida pretende acelerar los casos que han estado prolongándose en la fase instructiva durante años, dejando a los acusados en un limbo legal. Pero grupos de derechos humanos argumentan que la fecha cierre podría significar que se pasen por alto casos válidos y que las violaciones no sean castigadas.
"Es totalmente ilegal, y los casos se perderán", dijo Patricia Silva Soto, presidente de un grupo de derechos llamado Familiares de Víctimas de Ejecuciones Políticas. "Esos son crímenes contra la humanidad, y no debería imponérseles ningún tipo de limitación".
Muchos en el gobierno dijeron que interpretar el plazo de seis meses como una fecha cierre estricta era un error, y el ministro del Interior, José Miguel Insulza, dijo que los casos valiosas obtendrán prórrogas de los tribunales.
"Hemos estado en esto durante demasiado tiempo, que sería tonto ponerle un fin artificial", dijo Insulza. "Pero alguna vez hay que presentar cargos formales contra las personas".
La orden llegó una semana después de Germán Barriga Muñoz, un ex general del ejército acusado de la desaparición de nueve dirigentes del Partido Comunista de Chile en 1976, se lanzara a su muerte desde un edificio de apartamentos de Santiago. Su carta de despedida sugería que se sentía acosado por las investigaciones en el caso y por manifestaciones frente a su casa.
Personal militar en retiro se unieron en torno al tema y dijeron que era hora de que terminara lo que consideran una persecución inhumana. Dijeron que las reparaciones monetarias, aprobadas por el gobierno después de la publicación en noviembre detallando las torturas y encarcelamiento de más de 27.000 chilenos, debería permitir que el país se librara de su pasado.
"Después de la carta de despedida saliera en los diarios, finalmente se prestó atención a un tema sobre el que hemos estado discutiendo los últimos 20 años", dijo Labbé. "Tenemos que ponerle fin. No es necesario destruir el pasado para construir el futuro".
Hace dos semanas, Labbé publicó un libro titulado Pinochet en persona', un elogioso retrato del antiguo dictador. Dijo que el escándalo sobre el Banco Riggs de Washington, ha sido especialmente perjudicial para la reputación de Chile, donde muchos de sus partidarios justificaron las violaciones a los derechos humanos como medidas necesarias en la guerra contra los terroristas comunistas en los años setenta.
Debido a que sus partidarios han alabado la disciplina fiscal y moral de Pinochet, las acusaciones bancarias son "quizás las más difíciles de responder", dijo Labbé.
En diciembre Pinochet fue declarado mentalmente sano para seguir el juicio por el asesinato de una persona y la desaparición de otros nueve relacionada con la Operación Cóndor, con la que algunos gobiernos militares sudamericanos trataron de asesinar a prominentes disidentes de izquierda en los años setenta. Fue acusado y en enero colocado en régimen de arresto domiciliario.
En un juicio aparte, perdió su inmunidad en un caso que involucraba el asesinato del general Carlos Prats, que era comandante en jefe del ejército chileno antes de que Pinochet derrocara al gobierno de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Prats y su esposa murieron en un atentado con coche-bomba en Buenos Aires, en 1974.
Pinochet está también siendo investigado por posible evasión de impuestos al depositar secretamente 8 millones de dólares en el Banco Rigg. Este mes, el Banco de Chile dijo que cerraría las cuentas de Pinochet en Miami y Nueva York después de que funcionarios norteamericanos dijeran que el banco había ocultado las cuentas de Pinochet.
Hasta el momento, la defensa de Pinochet se ha concentrado en alegatos de que está demasiado frágil y mentalmente débil como para poder enjuiciarlo. Labbé, que visita a menudo a Pinochet, dijo que el ex general se levanta a las 9 de la mañana, da un paseo y gasta un montón de tiempo en su escritorio mirando libros.
A menudo, dijo, se sientan en silencio, cada hojeando un libro diferente. Labbé dijo que Pinochet ha aceptado que morirá probablemente como un paria en su propio país.
"Sabe muy bien que estas cosas suelen pasarle a los grandes hombres", dijo Labbé. "Los grandes hombres deben esperar el veredicto de la historia, no de la justicia actual".
Esa posición causa la indignación de los que han denunciado las atroces violaciones de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet.
"Es una dinámica increíble... Los militares están tratando de mostrarse como víctimas antes que como victimarios", dijo Peter Kornbluh, director del proyecto Chile del privado Archivo de Seguridad Nacional, de Washington.
Kornbluh dijo que a pesar de los reciente esfuerzos por resucitar la imagen de Pinochet, evidencias reunidas en muchos casos legales han puesto un nudo en torno a su legado. Dijo que la desaparición de la Llama Eterna de la Libertad, y una declaración pública de que un funeral de estado con honores es "impensable" para Pinochet, han dado al antiguo dictador una mirada en cómo lo juzgará la historia.
24 de febrero de 2004
1 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh