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dios en la política 7


[Mark Lilla] El resurgimiento de las teologías políticas en el mundo político. Séptima y última entrega: La Otra Orilla.
Y estas no son buenas noticias. Durante más de dos siglos, los promotores de la modernización han dado por sentado que la ciencia, la tecnología, la urbanización y la educación finalmente ‘desencantarían' al mundo encantado de los creyentes, y que la gente, con el tiempo, abandonaría sus credos tradicionales o los transformarían en formas políticas anodinas. Destacan el caso de Europa continental, donde la creencia en Dios ha estado descendiendo durante los últimos cincuenta años, y sugieren que, con el tiempo, los musulmanes de todo el mundo sufrirán una transformación similar. Esas predicciones podrían ser correctas. Pero la rápida secularización es históricamente única y, como hemos visto, relativamente reciente. La teología política es altamente adaptable y puede presentar, incluso ante mentes educadas, una visión más convincente del futuro que la perspectiva de una modernidad secular. Hoy no hace falta mucho para que un bien formado médico arme una bomba, como tampoco cuando grandes pensadores expresaron justificaciones de inspiración bíblica de los totalitarismos fascista y comunista en la Alemania de Weimar. Cuando el impulso de conexión es fuerte, las pasiones son intensas y las fantasías son vívidas, las baratijas de nuestras vidas modernas son impotentes amuletos contra la intoxicación política.
Tomando conciencia de esto, varios pensadores musulmanes de todo el mundo han empezado a promover un islam ‘liberalizador'. Lo que quieren es un islam más adaptado a las exigencias de la vida moderna, más amable en su tratamiento de las mujeres y niños, más tolerante de otros credos, más abierto a la disensión. Estos son individuos valientes que han sufrido a menudo por sus actividades, en la cárcel o en el exilio, como hicieron sus predecesores en el siglo diecinueve, de los que había muchos. Pero ahora como entonces, sus esfuerzos han sido echados a un lado por corrientes teológicas más profundas que no pueden controlar y quizás ni siquiera entienden. La historia de la teología protestante, y de la teología liberal judía, revela el problema: mientras más recortada la fe bíblica para satisfacer las exigencias del momento, menos razón tendrán los creyentes para aferrarse a esa fe en tiempos difíciles, cuando guardianes de la pureza teológicas autoproclamados ofrecen una esperanza más radical. Todavía peor, cuando ese credo es utilizado para conceder santificación teológica a una sola forma de vida política -incluso una tan atractiva como la democracia liberal-, más se la verá como colaborando con la injusticia, cuando fracase ese sistema político. Las dinámicas de la teología política parecen dictar que cuando los reformadores liberales trataron de conformarse al presente, inspiraron un anhelo neutralizador y mucho más apasionado de redención en el futuro mesiánico. Eso es lo que pasó en la Alemania de Weimar y está ocurriendo de nuevo en el islam contemporáneo.
El complaciente liberalismo y el mesianismo revolucionario que hemos conocido no son las únicas opciones teológicas. Es posible otro tipo de transformación de los credos bíblicos, y esa es la renovación de la teología política tradicional desde dentro. Si los liberalizadores son los apólogos de la religión en la corte de la vida moderna, los renovadores están firmemente anclados en su fe y reinterpretan la teología política de modo que los creyentes puedan adaptarse sin sentirse apóstatas. Lutero y Calvino fueron renovadores en este sentido, no liberalizadores. Llamaron a los cristianos a volver a los fundamentos de la fe, pero de un modo que hacía más fácil, no más difícil, disfrutar de los frutos de la existencia temporal. Encontraron razones teológicas para rechazar la idea del celibato, y su frecuente violación por sacerdotes, y devolvieron a la clerecía a la vida de familia normal. Luego encontraron razones teológicas para rechazar el monacato ultramundano y el demasiado terrenal imperialismo de Roma, ofreciendo razones bíblicas por las que los cristianos debían ser ciudadanos leales de los estados donde viven. Y lo hicieron, no empleando el lenguaje apologético de la tolerancia y el progreso, sino rescribiendo el idioma de la teología política cristiana y exigiendo que los cristianos lo respeten.
Hoy, algunas voces están llamando a este tipo de renovación de la teología política islámica. Algunos, como Khaled Abou El Fadl, profesor de leyes en la Universidad de California, Los Ángeles, cuestionan la autoridad de los puritanos de hoy, que hacen juicios categóricos basados en una interpretación literal de versos dispersos del Corán. En opinión de Abou El Fadl, el derecho islámico tradicional se puede aplicar todavía a situaciones contemporáneas porque aporta una interpretación sutil de textos que giran sobre problemas particulares en variadas circunstancias. Otros, como el clérigo y profesor nacido en Suiza Tarip Ramadan, son figuras públicas cuyos escritos muestran a los musulmanes de Occidente que su teología política, interpretada propiamente, ofrece orientación para vivir su fe con confianza y ganando aceptación en lo que llama una "casa" extraña. Leer sus trabajos es ser recordado de lo arriesgada que es la aventura de la renovación. Invita a los creyentes a participar más completa y juiciosamente en el presente político, como finalmente hizo la Reforma Protestante; también puede fomentar los sueños de volver a una fe más primitiva, si fuera necesario mediante la violencia, como ocurrió en las Guerras de Religión.
Quizá por esta razón, Abou El Fadl y especialmente Ramadan se han convertido en objeto de intensa y a veces ruda desconfianza entre intelectuales occidentales. Nosotros preferimos hablar con liberalizadores islámicos porque ellos comparten nuestro lenguaje: aceptan las presuposiciones intelectuales de la Gran Separación y simplemente quieren el máximo de espacio para las expresiones religiosas y culturales. No practican la teología política. Pero las perspectivas de un cambio político duradero mediante la renovación son probablemente mayores que a través de la liberalización. Hablando desde dentro de la comunidad de fieles, los renovadores dan a los creyentes razones teológicas convincentes para aceptar nuevas expresiones como auténticas reinterpretaciones de la fe. Personajes como Abou El Fadl y Ramadan hablan una lengua menos extraña, incluso cuando estimulan cambios que encontramos valiosos; sus razones no son las nuestras. Pero si no podemos esperar una conversión en masa a los principios de la Gran Separación -y no podemos-, deberíamos aprender a aceptar las transformaciones de la teología política musulmana que facilitan la coexistencia. El mejor no debe ser enemigo del virtuoso.
Al final, sin embargo, lo que ocurre en la orilla de enfrente no nos incumbe. No teníamos muchas razones para esperar que sociedades controladas por una teología política fuerte nos siguieran en nuestro inusual camino, que fue abierto por una crisis única dentro de la civilización cristiana. Esto no quiere decir que esas sociedades carezcan necesariamente de los recursos para crear un orden político decente y operacional; quiere decir que tendrán que encontrar recursos teológicos dentro de sus propias tradiciones para lograrlo.
Nuestro reto es diferente. Hemos elegido por una opción que es a la vez más simple y más difícil: hemos optado por limitar nuestra política a la protección de los individuos contra los peores daños que se pueden infligir unos a otros, a garantizar las libertades fundamentales y a proporcionar su bienestar básico, mientras dejamos sus destinos espirituales en sus propias manos. Hemos apostado que es más prudente tener más cuidado con las fuerzas desatadas por la promesa mesiánica de la Biblia que tratar de explotarlas para el bien común. Hemos optado por mantener nuestra vida política sin la revelación divina. Todo lo que tenemos es nuestra propia lucidez, que debemos amaestrar en un mundo donde la fe todavía inflama la mente de los hombres.

Mark Lilla es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia. Este ensayo ha sido adaptado de su libro ‘The Stillborn God: Religion, Politics and the Modern West', que será publicado en septiembre.

1 de septiembre de 2007
19 de agosto de 2007
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dios en la política 6


[Mark Lilla] El resurgimiento de las teologías políticas en el mundo político. Sexta entrega: Milagros.
El renacimiento de la teología política en el Occidente moderno es una historia humillante. Nos recuerda que este modo de pensar no es el monopolio de ninguna cultura o religión, ni pertenece solamente al pasado. Es un hábito mental antiquísimo que lo puede adquirir cualquiera que empiece a mirar el nexo divino de Dios, los hombres y el mundo para que revele el orden político legítimo. Esta historia también nos recuerda cómo se puede adaptar la teología política a las circunstancias y reafirmarse a sí misma, incluso frente a fuerzas aparentemente irresistibles como la modernización, la secularización y la democratización. Rousseau tenía razón: parecemos criaturas teotrópicas, anhelando conectar de algún modo nuestras vidas mundanas con el más allá. Ese impulso puede ser suprimido, se pueden adquirir nuevos hábitos, pero mientras sobreviva el impulso hacia la conexión, el reto de la teología política nunca desaparecerá completamente.
Así que sólo somos los herederos de la Gran Separación si queremos serlo, si hacemos un esfuerzo consciente de separar los principios básicos de la legitimidad política de la revelación divina. Sin embargo, se necesita todavía más. Debido a que el reto de la teología política es permanente, necesitamos permanecer conscientes de su lógica y la amenaza que representa. Esto quiere decir vigilancia, pero sobre todo quiere decir auto-conciencia. No debemos olvidar nunca que no había nada históricamente inevitable en nuestra Gran Separación, que era y sigue siendo un experimento. En Europa, las ambigüedades políticas de una religión, el cristianismo, desencadenó una crisis política que pudo haber sido evitada, pero no lo fue, encendiendo las Guerras de Religión; la carnicería resultante hizo a los pensadores europeos más receptivos a las ideas heréticas de Hobbes sobre la psicología religiosa y las implicaciones políticas que se derivaban de esta; y con el tiempo esas ideas políticas se liberalizaron. Incluso entonces, fue sólo después de la Segunda Guerra Mundial que echaron raíz en Europa continental los principios de la moderna democracia liberal.
En cuanto a la experiencia americana, es absolutamente excepcional: no hay ninguna sociedad industrial completamente desarrollada con una población tan dedicada a sus credos (y algunos muy exóticos), como a la Gran Separación. Nuestra retórica política, que debe mucho a los sectarios protestantes del siglo diecisiete, vibra con energía mesiánica, y es sólo gracias a una fuerte estructura constitucional y varios golpes de suerte que la teología política nunca ha cuestionado seriamente la legitimidad básica de nuestras instituciones. Los estadounidenses tienen diferencias religiosas potencialmente explosivas sobre el aborto, rezar en la escuela, censura, eutanasia, investigación biológica e innumerables otros temas, pero las mantienen dentro de los límites de la Constitución. Es un milagro.
Y los milagros no pueden ser provocados. Pese a todo lo bueno que hizo Hobbes en cambiar nuestro centro de atención política de Dios al hombre, causó la impresión de que el reto de la teología política desaparecería una vez que se rompiera el ciclo de temor y los seres humanos afirmaran su autoridad sobre sus propios asuntos. Todavía partimos de esta creencia cuando hablamos de las ‘causas sociales' del fundamentalismo y el mesianismo político, como si el mejoramiento de las condiciones materiales o un cambio de fronteras provocara automáticamente la Gran Separación. Nada en nuestra historia o experiencia contemporánea confirma esta creencia, y sin embargo no la abandonamos. Hemos aprendido demasiado bien la lección de Hobbes, y no hemos entendido a Rousseau. Y así nos encontramos en un apuro intelectual cuando topamos con la genuina teología política de hoy: o asumimos que la modernización y la secularización finalmente acabarán con ella, o la tratamos como una incomprensible amenaza existencial, utilizando términos familiares como fascismo para describirla del mejor modo posible. Ninguna respuesta nos ayuda a acercanos a una comprensión del mundo en el que vivimos ahora.
Es un mundo en el que millones de personas, particularmente en la órbita musulmana, creen que Dios ha revelado una ley que gobierna todos los asuntos humanos. Esta creencia modela la política de importantes países musulmanes y también da forma a las opiniones de numerosos fieles que viven que países occidentales -y en democracias no-occidentales como Turquía e Indonesia- fundados sobre los principios ajenos de la Gran Separación. Estos son los puntos más importantes de fricción, a nivel internacional y nacional. Y realmente no podemos abordarlos si no reconocemos primero el abismo que hay entre nosotros: aunque es posible traducir la carta de Ahmadinejad a Bush del farsi al inglés, sus presupuestos intelectuales no pueden ser traducidos en los de la Gran Separación. Podemos tratar de aprender su idioma para diseñar políticas sensibles, pero el acuerdo sobre principios básicos no será posible. Y debemos aprender a vivir con eso.
Igualmente, de algún modo debemos encontrar un modo de aceptar el hecho de que, dadas las políticas de inmigración implementadas por países occidentales en el último medio siglo, ahora son anfitriones de millones de musulmanes que tienen enormes dificultades de adaptación en sociedades que no reconocen ninguna exigencia política basada en su revelación divina. Como la ley judía ortodoxa, la sharia musulmana debe cubrir toda la vida, no sólo una esfera privada marcada arbitrariamente, y su sistema jurídico tiene pocos recursos teológicos para establecer la independencia de la política de las órdenes divinas. Es una situación desafortunada, pero estamos en la misma situación, musulmanes y no musulmanes por igual. Los acomodos y el respeto mutuo pueden ayudar, así como normas que regulen las áreas de tensión, como la condición de las mujeres, los derechos de los padres sobre sus hijos, las expresiones ofensivas para las sensibilidades religiosas, normas de vestir en instituciones públicas y cosas parecidas. Los países occidentales han adoptado diferentes estrategias para tratar estos asuntos, algunos de ellos llegando a prohibir el uso de símbolos religiosos como el pañuelo de cabeza en las escuelas, otros permitiéndolos. Pero debemos reconocer que controlarlos es la orden del día, no la defensa de algún alto principio, y que nuestras expectativas deben seguir siendo bajas. Mientras una población considerable crea en la verdad de una teología política comprehensiva, no se podrá esperar una reconciliación completa con la democracia liberal moderna.

Mark Lilla es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia. Este ensayo ha sido adaptado de su libro ‘The Stillborn God: Religion, Politics and the Modern West', que será publicado en septiembre.

30 de agosto de 2007
19 de agosto de 2007
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dios en la política 5


[Mark Lilla] El resurgimiento de las teologías políticas en el mundo político. Quinta entrega: Cortejando al apocalipsis.
Esta era la casa que construyó la teología liberal, y durante el siglo diecinueve pareció segura. Pero no lo era y por razones en las que vale detenerse. La teología liberal había empezado con la esperanza de que las verdades morales de la fe bíblica pudiera reconciliarse intelectualmente, y no solamente adaptada a las realidades de la vida política moderna. Sin embargo, la deidad liberal resultó ser un Dios nacido muerto, incapaz de inspirar convicciones genuinas entre la generación más joven que busca la verdad última. Pues ¿qué ofrecía el nuevo protestantismo al alma que alguien que busca fundirse con su creador? Prescribía un catecismo de banalidades morales y optimismo histórico sobre la vida burguesa, sazonada con un profundo pesimismo sobre la posibilidad de cambiar esa vida. Predicaba la buena vecindad y el orgullo nacional, la prudencia económica y el largo adecuado de la barba de un caballero. Pero tenía demasiada vergüenza como para proclamar el mensaje encontrado en todas las páginas de los Evangelios: que debes cambiar tu vida. ¿Y qué le dio el nuevo judaísmo al joven judío que busca una conexión con la fe tradicional de su pueblo? Le enseñó a apreciar el mensaje ético que está en el centro de la fe bíblica e ignorada con gentil silencio del temible Dios de los profetas, su pacto con los judíos y las exigentes leyes que les dio. Sobre todo, enseñó a un joven judío que su primera obligación era buscar un terreno común con los cristianos y lograr ser aceptados en ese país, Alemania, cuyos altos ideales culturales correspondían con los del judaísmo, propiamente entendido. Frente a las preguntas fundamentales -‘¿Por qué ser cristiano?' y ‘¿Por qué ser judío?'-, la teología liberal no ofreció ninguna respuesta en absoluto.
Para el cambio del siglo 20, la casa liberal se estaba tambaleando, y después de la Primera Guerra Mundial, colapsó. No fue solamente la barbarie de la guerra de trincheras, la carnicería sin sentido, la vista de ciudades arrasadas y soldados mutilados lo que convirtió en despreciable una teología que exaltaba la ‘civilización moderna'. Muchos teólogos liberales habían apresurado la desquiciada carrera hacia la guerra, confiados en que la mano de Dios estaba guiando la historia. En agosto de 1914, Adolf von Harnack, el más respetado estudioso liberal protestante de la época, ayudó al Kaiser Wilhelm II a redactar un discurso a la nación explicando los objetivos militares alemanes. Otros firmaron una infame petición a favor de la guerra defendiendo el carácter sagrado del militarismo alemán. Sorprendentemente, incluso Hermann Cohen se unió al coro, escribiendo una carta abierta a los judíos americanos solicitándoles su respaldo, argumentando que "además de su patria, todo judío occidental debe reconocer, honrar y amar a Alemania como la madre patria de su religiosidad moderna". Jóvenes protestantes y pensadores judíos se indignaron cuando vieron lo que había hecho sus venerados profesores, y empezaron a buscar en otro lugar.
Pero no se volvieron hacia Hobbes o hacia Rousseau. Deseaban ardientemente una fe más robusta, basada en una nueva revelación que sacudiera los fundamentos de todo el orden moderno. Era una sed de redención. Desde que los teólogos liberales revivieran la idea de una política bíblica, se había preparado el escenario para este tipo de desarrollo. Cuando la fe en la redención a través de la propiedad burguesa y la integración cultural languideció después de la Gran Guerra, los pensadores más osados del día la transformaron en la esperanza de un apocalipsis mesiánico, el que nuevamente colocaría al pueblo judío, o al creyente individual cristiano, o al pueblo alemán, o el proletariado del mundo, en relación directa con lo divino.
Los jóvenes judíos de Weimar se sentían particularmente atraídos por estas corrientes mesiánicas por los escritos de Martin Buber, que más tarde se convirtió en un proponente de la comprensión ecuménica, pero que como joven sionista fomentaba un crudo nacionalismo chauvinista. En un temprano ensayo llamaba a una ‘Masada del espíritu' y proclamaba: "Si tuviera que elegir para mi pueblo entre una cómoda y poco productiva felicidad... y una bella muerte en un último intento de vida, adoptaría lo último. Pues este último intento crearía algo divino, aunque sólo fuese un instante". Palabras como estas, que acarrean para nosotros incómodos y fuertes ecos contemporáneos, se inspiraban profundamente en el pozo del mesianismo bíblico. Sin embargo, Buber era un amateur en comparación con el filósofo marxista Ernst Bloch, que utilizaba la Biblia para exaltar la utopía que entonces se estaba construyendo en la Unión Soviética. Aunque ateo, Bloch vio una relación entre la esperanza mesiánica y la violencia revolucionaria, que admiraba desde la distancia. Aclamaba a Thomas Münster, el pastor protestante del siglo dieciséis que dirigió una serie de violentas sublevaciones campesinas y fue finalmente decapitado; también alababa a los brutales líderes soviéticos, diciendo en una declaración que se hizo famosa: "Ubi Lenin, ubi Jerusalem" -donde esté Lenin, está Jerusalén.
Pero fue entre los jóvenes protestantes de Weimar que el nuevo espíritu mesiánico demostró ser más importante. Fueron dirigidos por el más grande teólogo de sus días, Karl Barth, que quería restaurar el drama de la decisión religiosa entre los cristianos y rechazaba todo acomodo de los Evangelios con las sensibilidades modernas. Cuando Hitler llegó al poder, Barth se redimió dirigiendo la resistencia contra la expropiación nazi de las iglesias protestantes antes de que fuera obligado a exiliarse en 1935. Pero otros, que empleaban la misma retórica mesiánica que Barth, optaron por los nazis. Un notorio ejemplo fue Emanuel Hirsh, un respetado teólogo luterano y traductor de Kierkegaard, que acogió el golpe nazi por colocar a Alemania en "el círculo de los pueblos dominantes blancos, al que Dios le ha confiado la responsabilidad de la historia de la humanidad". Otro fue Friedrich Gogarten, un estrecho colaborador de Barth, que se unió a los nazis en el verano de 1933 (una decisión que más tarde lamentaría). En los años veinte, Gogarten celebró el colapso de la burguesía europea, declarando que "su ocaso nos alegra, porque nadie quiere vivir entre cadáveres" y llamó a formar una nueva religión que "ataque a la cultura en tanto que cultura... que ataque a todo el mundo". Cuando los paramilitares nazis empezaron a marchar por las calles quemando libros, se cumplió su deseo. Después de que Hitler completara su toma del poder, Gogarten escribió que "justamente debido a que ahora estamos nuevamente completamente bajo control del estado, es nuevamente posible, humanamente hablando, proclamar al Cristo de la Biblia y su reino sobre nosotros".
Todo lo cual servía para confirmar la ley de hierro de Hobbes: La teología mesiánica finalmente engendra una política mesiánica. En las sociedades tocadas por la tradición bíblica, la idea de redención es una de las fuerzas más poderosas que modelan la existencia humana. Ha inspirado a pueblos a soportar sufrimientos, superar sufrimientos e infligir sufrimiento a otros. Ha ofrecido esperanza e inspiración en tiempos de oscuridad; también ha contribuido a la oscuridad proclamando expectativas poco realistas y justificando a aquellos que derraman sangre para satisfacerlas. Todas las religiones bíblicas cultivan la idea de la redención, y todos temen su poder a la hora de inflamar mentes y acallar la voz de la razón. En los escritos de estos personajes de Weimar, encontramos lo que las tradiciones ortodoxas siempre temieron: la traducción de ideas religiosas sobre el apocalipsis y la redención como una justificación del mesianismo político, ahora bajo aterradoras condiciones modernas. Fue como si nada hubiese cambiado desde el siglo diecisiete, cuando Thomas Hobbes se sentó a escribir su ‘Leviatán'.

Mark Lilla es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia. Este ensayo ha sido adaptado de su libro ‘The Stillborn God: Religion, Politics and the Modern West', que será publicado en septiembre.

28 de agosto de 2007
19 de agosto de 2007
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©traducción mQh
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murió benjamin libet


[Thomas H. Maugh II] Los estudios del cerebro lo llevaron a indagar sobre la naturaleza de la voluntad.
Davis, California, Estados Unidos. El 23 de julio murió en su casa en Davis, California, Benjamin Libet, el fisiólogo de la Universidad de California en San Francisco cuyos estudios sobre el cerebro introdujeron una nueva comprensión de la conciencia y pusieron en cuestión la autonomía de la voluntad. Tenía 91.
Libet demostró que el cerebro empieza a responder a estímulos externos antes de que la persona los reconozca conscientemente, sugiriendo que la voluntad autónoma es una racionalización producida por la mente después del hecho para explicar sus acciones.
También demostró que la mente tiene una ventana muy estrecha de oportunidades de bloquear esas acciones, un hallazgo que sugirió a algunos investigadores que la mente tiene una autonomía limitada.
Ese poder de veto no parece gran cosa, escribió en un ensayo de 1999, pero es suficiente para satisfacer normas éticas. "La mayoría de los Diez Mandamientos pertenecen a la categoría de acciones que no se harán", escribió.
Libet había estado investigando el cerebro durante casi veinte años cuando empezó una serie de experimentos con el difunto Dr. Bertram W. Feinstein, un neuro-cirujano de San Francisco. Feinstein trataba a pacientes de epilepsia implantándoles electrodos en sus cerebros y estimulando los circuitos neurales.
Libet utilizó esas operaciones midiendo cuánto tiempo tomaba una señal para provocar una respuesta y cuánto tiempo tomaba esa respuesta. Determinó que el estímulo eléctrico tenía que ser sostenido durante al menos medio segundo (quinientos milisegundos) antes de que el sujeto se diera cuenta.
En una segunda serie de experimentos, utilizó electrodos amarrados al cuero cabelludo para medir la actividad cerebral y un segundo conjunto de electrodos amarrados a los dedos para medir su movimiento. Colocando a sujetos frente a un reloj de movimiento rápido, les ordenaba pulsar un botón con el dedo o hacer alguna otra cosa y medir cuánto les tomaba darse cuenta de la decisión de hacerlo.
Observó una creciente actividad cerebral asociada con el movimiento del dedo -un fenómenos observado previamente llamado Bereitschaftspotential, o potencial premotor- trescientos milisegundos antes de que el paciente informara que él o ella habían tomado conciencia de mover el dedo y doscientos milisegundos más antes de que empezara efectivamente el movimiento.
Eso, pensó, era suficiente tiempo para permitir que el sujeto detuviera la acción.
"Estos descubrimientos tienen profundas implicaciones para la naturaleza de la voluntad, para la responsabilidad individual y la culpa", escribió.
Desde entonces científicos y filósofos han debatido sus conclusiones, pero nadie ha sido capaz de proponer una explicación alternativa satisfactoria de sus hallazgos.
Libet resumió su investigación en el libro de 2004, ‘Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness'.
El neurobiólogo, Dr. Robert W. Doty, de la Universidad de Rochester, dijo sobre el libro que "es casi la única interpretación que ha producido evidencias creíbles de cómo la conciencia es producida por el cerebro. El trabajo de Libet es único y da respuesta a preguntas que se hace toda la humanidad".

Benjamin Libet nació el 12 de abril de 1916 en Chicago, el primogénito de jóvenes inmigrantes judíos desde Ucrania. Su padre y abuelo eran ambos sastres, y en su casa no se hablaba inglés. En lugar de eso, el joven Benjamin lo aprendió en las calles del lado oeste de Chicago, que estaba poblado principalmente por inmigrantes judíos e italianos.
Poseía una potente voz natural y, de niño, cantó con el conocido cantor Josef Rosenblatt.
Libet estudió en la Universidad de Chicago con una beca y recibió su diploma doctoral en fisiología en 1939, a los 23 años. Durante la Segunda Guerra Mundial fue instructor de fisiología en la Universidad de Pensilvania y trabajó con materiales de la Fuerza Aérea en el laboratorio de ingeniería en Wright Field, Ohio.
Después de la guerra volvió a la Universidad de Chicago durante cuatro años antes de incorporarse a la Universidad de California en San Francisco en 1949. Se retiró formalmente en 1984, pero continuó trabajando.
Le sobreviven su mujer durante 68 años, Fay; dos hijos, Julian Mayer Libet, psicólogo en Charleston, Carolina del Sur, y el Dr. Ralph Arnold Libet, de Sacramento; y dos hijas, Moreen Lea Libet, antropóloga en Davis y Gayla Bea Libet, de Oakland.

thomas.maugh@latimes.com

27 de agosto de 2007
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dios en la política 4


[Mark Lilla] El resurgimiento de las teologías políticas en el mundo político. Cuarta entrega: Hijos de Rousseau.
A principio del siglo diecinueve, se habían desarrollado en Occidente dos escuelas de pensamiento sobre la religión y la política. Llamemósle los hijos de Hobbes y los hijos de Rousseau. Para los hijos de Hobbes no se podía llevar una vida política decente con la teología política cristiana, que engendraba violencia y ahogaba el desarrollo humano. El único modo de controlar las pasiones que emanan desde la religión a la política, y viceversa, fue separar completamente de ellos la vida política. Esto tenía que ocurrir dentro de las instituciones occidentales, pero primero tenía que ocurrir en las mentes occidentales. Ocurriría una reorientación, desviando la atención humana de lo eterno y transcendental hacia el aquí y ahora. El viejo hábito de pedir a Dios una orientación política tendría que ser reducido, y debían desarrollarse nuevos hábitos. Para Hobbes, el primer paso para alcanzar ese fin era poner a la gente a pensar -y a sospechar- sobre las fuentes de la fe.
Aunque existía una enorme reluctancia a adoptar los puntos de vista más radicales de Hobbes, en el mundo de habla inglesa los principios intelectuales de la Gran Separación empezaron a arraigar en el siglo dieciocho. El debate continuaría sobre dónde exactamente trazar la línea entre las instituciones políticas y religiosas, pero los argumentos sobre la legitimidad de la teocracia desaparecieron en todos excepto los rincones más remotos de la arena pública. Ya no había una controversia seria sobre las relaciones entre el orden político y el nexo divino; dejó de ser un tema. Nadie en Europa o en Estados Unidos defendía la legislatura bicameral sobre la base de una revelación divina.
Los hijos de Rousseau seguían una línea diferente de alegato. La teología política medieval era irrecuperable, pero tampoco podían los seres humanos ignorar las interrogantes relativas a la eternidad y transcendencia cuando piensan en la buena vida. Cuando especulamos sobre Dios, los hombres y el mundo de modo correcto, expresamos nuestros sentimientos morales más nobles; sin una reflexión sobre este asunto desesperaríamos y finalmente nos haríamos daño a nosotros mismos y a otros. Esa es la lección del vicario saboyano.
Tras la Revolución Francesa, el Terror y las conquistas de Napoleón, los hijos de Rousseau encontraron una audiencia receptiva en Europa continental. Las recientes guerras no tenían nada que ver con la teología política ni el fanatismo religioso de la vieja escuela; la gente pensaba que era el radical ateísmo de la Ilustración francesa que convertía en bestias a los hombres y engendraba una nueva especie de fanatismo político. Los alemanes se sentían especialmente atraídos por esta interpretación y una ola de romanticismo engendró también una gran nostalgia por el "mundo religioso que hemos perdido". Incluso conmovió a filósofos sobrios como Immanuel Kant y G.W.F. Hegel. Kant adoraba ‘Emilio', fy fue de algún modo más allá que Rouseau, no sólo aceptando la necesidad moral de una fe racional sino argumentando que la cristiandad, realizada propiamente, debería representar la "verdadera iglesia universal" y personificar la "idea" misma de religión. Hegel fue todavía más lejos, atribuyendo a la religión un poder casi vitalista para forjar ese lazo y promover el sacrificio por el bien común. La religión, y solamente la religión, es la fuente original del espíritu compartido de un pueblo, que Hegel llamada su >i>Volksgeist.
Esas ideas tuvieron un enorme impacto en el pensamiento religioso alemán en el siglo diecinueve, y a través de este en el protestantismo y el judaísmo en todo Occidente. Este fue el siglo de la ‘teología liberal', un concepto que requiere explicación. En la Gran Bretaña y Estados Unidos modernos, se asumía que la separación intelectual e institucional de la cristiandad y la política moderna había sido mutuamente beneficiosa, que el estado moderno se había beneficiado de ser exento de pronunciarse en asuntos doctrinales, y que la cristiandad se había beneficiado por haberse librado de la interferencia estatal. Ese consenso no existía en Alemania, donde se asumía que la religión debía ser fomentada públicamente, no refrenada, si debía contribuir a la sociedad. Por supuesto, sería racionalmente reformada: la Biblia sería interpretada a la luz de hallazgos históricos recientes, se abandonarían los milagros, los clérigos serían educados según modelos modernos y una doctrina adaptada a una época más sensible. Pero una vez que estas reformas tuvieran lugar, la política ilustrada y la religión ilustrada unirían sus esfuerzos.
Pronto empezaron los teólogos protestantes liberales a soñar en una tercera vía entre la ortodoxia cristiana y la Gran Separación. Tenían una fe inquebrantable en el mensaje moral de la cristiandad, por distorsionado que pueda haber sido por las fuerzas de la historia, y una fe inquebrantable en el progreso cultural y político que la cristiandad había dado al mundo. La cristiandad había dado nacimiento a valores de individualidad, universalismo moral, la razón y el progreso en los que se basa hoy la vida alemana. No habría contradicción entre la religión y el estado, ni incluso tensiones. El estado moderno sólo tenía que dar al protestantismo su parte en la vida pública, y la teología protestante reciprocaría reconociendo sus responsabilidad políticas. Si las dos partes cumplían con sus obligaciones, entonces, como dijo el filósofo F.W.J. Schelling, " el destino de la cristiandad se decidirá en Alemania".
Entre los pensadores liberales judíos existía una suerte diferente de esperanza, de ser aceptados como ciudadanos iguales. Después de la revolución francesa, empezó en Europa un incierto proceso de emancipación judía y los judíos alemanes se integraron más rápidamente que en ningún otro país en la vida cultural moderna, un fatídico desarrollo. Pues fue precisamente en ese momento que los protestantes alemanes se estaban convenciendo de que la cristiandad reformada representaba su Volksgeist nacional. Aunque los pensadores judíos liberales fueron atraídos por la fe ilustrada moderna, también eran atraídos por la apologética necesidad de justificar la contribución del judaísmo a la sociedad alemana. No podían apelar a los principios de la Gran Separación y simplemente pedir que los dejaran tranquilos. Tenían que argumentar que el judaísmo y el protestantismo eran dos formas de la misma fe moral racional y que podían compartir una teología política. El filósofo judío y reformador liberal Herman Cohen dijo una vez: "En las cuestiones intelectuales sobre la religión, pensamos y sentimos con un espíritu protestante".

Mark Lilla es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia. Este ensayo ha sido adaptado de su libro ‘The Stillborn God: Religion, Politics and the Modern West', que será publicado en septiembre.

27 de agosto de 2007
19 de agosto de 2007
©new york times
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dios en la política 3


[Mark Lilla] El resurgimiento de las teologías políticas en el mundo político. Tercera entrega.
Es una historia familiar y tiene, aparentemente, un final feliz. Pero en realidad la Gran Separación no fue nunca un fait accompli, incluso en Europa Occidental, donde se lo concibió. La teología política cristiana de viejo cuño tuvo en Occidente una vida después de la muerte, y sólo después de la Segunda Guerra Mundial dejó de ser una fuerza política. En los siglos diecinueve y veinte surgió en reto diferente a la Gran Separación, en otros lugares. Provino de un tipo completamente nuevo de teología política fuertemente en deuda con la filosofía y que se pretendía moderna y liberal. Estoy hablando del movimiento de la ‘teología liberal' que surgió en Alemania no mucho después de la Revolución Francesa, primero entre los teólogos protestantes y luego entre los reformistas judíos. Esos pensadores, que aborrecían la teocracia, se rebelaron también contra la visión de Hobbes, favoreciendo en su lugar un futuro político en el que la religión -propiamente corrgida y reformada intelectualmente- jugaría un papel absolutamente central.
Y las preguntas que planteaban eran buenas. Aunque concediendo que la ignorancia y el temor habían engendrado inútiles guerras entre sectas y países cristianos, se preguntaron: ¿Eran esas las únicas razones por las que, durante un milenio y medio, una civilización entera vio a Jesús como su salvador? ¿O por la que los desdichados judíos de la Diáspora siguieron siendo fieles a la Tora? ¿Podían la ignorancia y el temor explicar la belleza de la música litúrgica cristiana o la sublimidad de las catedrales góticas? ¿Podían explicar por qué todas las otras civilizaciones, pasadas y presentes, fundaron sus instituciones políticas en conformidad con el divino nexo de Dios, los hombres y el mundo? Ciertamente, para el hombre religioso había mucho más de lo que había soñado la filosofía de Hobbes.
Esa era claramente la visión de Jean-Jacques Rousseau, que hizo más que cualquier otro para elaborar una alternativa a Hobbes. Rousseau no escribió un tratado sobre religión, lo que fue probablemente una sabia decisión, pues cuando insertó algunas páginas sobre temas religiosos en su obra maestra ‘Emilio' (1762), provocó que el libro fuera quemado y Rousseau debiera pasar el resto de su vida huyendo. Este breve capítulo de ‘Emilio', que tituló ‘Profesión de fe del vicario saboyano', ha modelado de modo tan profundo las visiones contemporáneas de la religión que se requiere algún esfuerzo para entender por qué fue Rousseau perseguido por haberlo escrito. Es una de las defensas más bellas y convincentes del instinto religioso del hombre que haya emanado alguna vez de una pluma moderna, y eso, aparentemente, fue el problema. Rousseau habló de religión en términos de necesidades humanas, no de verdades divinas, y su vicario saboyano declara: "Creo que todas las religiones son buenas cuando en ellas se sirve a Dios". Por eso, fue perseguido por los cristianos beatos.
Rousseau también tenía un problema similar al de Hobbes: compartía las críticas del inglés contra la teocracia, el fanatismo y la clerecía, aunque era amigo de la religión. Mientras Hobbes tocaba los tambores de la ignorancia y el temor, Rousseau cantaba las virtudes de la conciencia, de la caridad, de la piedad, de la virtud, del recogimiento ante la creación divina. Los seres humanos, pensaba, poseen una bondad natural que se expresa en su religión. Ese es el tema de ‘Profesión de fe', que cuenta la parábola de un joven vicario que pierde su fe y luego su norte moral cuando descubre la hipocresía de sus correligionarios. Es capaz de restablecer su equilibrio sólo cuando encuentra un nuevo tipo de fe en Dios mirando dentro de sí, su propia ‘luz interior' (lumière intérieure). El punto de la historia de Rousseau no es tanto exhibir los crímenes de las iglesias organizadas como mostrar que el hombre anhela la religión porque es fundamentalmente una creatura moral. Hay muchas cosas que no podemos saber sobre Dios, y durante siglos la pretensión de haberlo comprendido ocasionó enormes daños a la cristiandad. Pero para Rousseau, necesitamos creer en algo sobre Él si queremos orientarnos a nosotros mismos en el mundo.
Entre los pensadores modernos, Rousseau fue el primero en declarar que no es bochornoso decir que la fe en Dios es humanamente necesaria. La religión tiene sus raíces en necesidades que son racionales y morales, incluso nobles; una vez que lo entendemos, podemos empezar a satisfacerlas racional, moral y noblemente. En lo abstracto, esta idea no contradice los principios de la Gran Separación, que proporcionó motivos para proteger el ejercicio privado de la religión. Pero plantea dudas sobre si el nuevo pensamiento político podría realmente existir sin referencia al nexo con Dios, los hombres y el mundo. Si Rousseau tenía razón sobre nuestras necesidades morales, la rígida separación entre los principios políticos y religiosos puede no ser sustentable. Cuando una pregunta es importante, queremos oír una respuesta: como observa el vicario saboyano: "La mente decide de un modo u otro, a pesar de sí misma, y prefiere equivocarse a no creer en nada". Rousseau tenía serias dudas sobre si los seres humanos podían ser felices o buenos si no entendían cómo sus acciones se relacionaban con una realidad superior. La religión simplemente está demasiado entrelazada con nuestra experiencia moral como para poder separarla de ella, y la moral es inseparable de la política.

Mark Lilla es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia. Este ensayo ha sido adaptado de su libro ‘The Stillborn God: Religion, Politics and the Modern West', que será publicado en septiembre.

23 de agosto de 2007
19 de agosto de 2007
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©traducción mQh
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[Mark Lilla] El resurgimiento de las teologías políticas en el mundo político. Segunda entrega.
¿Por que existe la teología política? La pregunta se repite a lo largo de toda la historia del pensamiento occidental, desde la antigüedad clásica en Grecia y Roma y hasta nuestros días. Se han propuesto muchas teorías, especialmente de parte de pensadores con motivos religiosos. Sin embargo, pocos reconocen la racionalidad de la teología política o aceptan su lógica. Después de todo, la teología es un conjunto de razones que se da la gente sobre el por qué son las cosas como son y cómo deberían ser. Así que tratemos de imaginar cómo esas razones pueden implicar a Dios y tener implicaciones en política.
Imaginemos a los seres humanos que primero adquirieron conciencia de sí mismos en un mundo que no era producto de sus labores. Su mundo tiene orígenes desconocidos y se comporta de manera regular, de modo que se preguntan por qué es eso así. Saben que las cosas que hacen ellos mismos se comportan de modo previsible porque las conciben y construyen con eso en mente. Tensan la cuerda del arco y la flecha se dispara; es por eso que las hacen así. Así que, por analogía, para ellos no es difícil asumir que el orden cósmico fue construido con un propósito, que debe reflejar la voluntad de su hacedor. Al seguir esta analogía, empiezan a tener ideas sobre ese hacedor, sobre sus intenciones y, por eso, sobre su personalidad.
Al dar esos pequeños pasos, la mente humana confronta una imagen, una imagen teológica en la que Dios, el hombre y el mundo forman un nexo divino. Los creyentes tienen razones para pensar que viven en este nexo, del mismo modo que tienen razones para asumir que les ofrece orientación para la vida política. Pero cómo entienden esa orientación, y si los creyentes creen que tiene autoridad, dependerá de cómo se imaginan a Dios. Si se piensa que Dios es pasivo, una fuerza silenciosa como el cielo, no ocurrirá nada en particular. Dios es una hipótesis de la que podemos pasar. Pero si tomamos en serio la idea de que Dios es una persona con intenciones, y que el orden cósmico es el resultado de esas intenciones, entonces pueden ocurrir un montón de cosas. Esta revelación se convierte entonces en la fuente de su autoridad, sobre la naturaleza y sobre nosotros, y no tenemos otra opción que obedecerle y encargarnos de que sus planes se ejecuten en la Tierra. Aquí es donde nace la teología política.
Un poderoso atractivo de la teología política, de cualquier forma, es todo lo que abarca. Ofrece un modo de pensar sobre la conducta en los asuntos humanos y relaciona esos pensamientos con otros más elevados sobre la existencia de Dios, la estructura del cosmos, la naturaleza del alma, el origen de todas las cosas y el fin del tiempo. Durante más de un milenio, el Occidente se inspiró en la imagen cristiana de una Santísima Trinidad que gobernaba un cosmos creado y guiaba a los hombres por medio de la revelación, la convicción íntima y el orden natural. Era una imagen magnífica que permitía que floreciera una civilización magnífica y poderosa. Pero la imagen fue siempre difícil se traducir teológicamente en una forma política: Dios el Padre había entregado los mandamientos; había llegado un Redentor, que los había reinterpretado para volver a marcharse; y ahora el Espíritu Santo seguía siendo una presencia divina fantasmagórica. No era claro qué lecciones políticas se podían derivar de todo esto. ¿Debían los cristianos retirarse del mundo corrompido que fue abandonado por el Redentor? ¿Debían gobernar la ciudad terrenal con la iglesia y el estado, inspirados por el Espíritu Santo? ¿O debían construir una Nueva Jerusalén que aceleraría el retorno del Mesías?
Durante la Edad Media, los cristianos debatieron sobre estos temas. La Ciudad del Hombre era contrastada con la Ciudad de Dios, la ciudadanía pública con la piedad privada, el derecho divino de los reyes con el derecho a la resistencia, la autoridad de la iglesia con el antinomianismo radical, el derecho canónico con el conocimiento místico, el inquisidor con el mártir, la espada laica con la mitra eclesiástica, el príncipe con el emperador, el emperador con el Papa, el Papa con los consejos eclesiásticos. En la Edad Media alta, la sensación de crisis era palpable, e incluso la iglesia romana reconoció que había que introducir reformas. Pero para el siglo dieciséis, gracias a Martín Lutero y a Juan Calvino, ya no había una cristiandad unificada a la que reformar, sino apenas una variedad de iglesias y sectas, la mayoría de ellas aliadas con gobernantes seculares absolutos ansiosos de reafirmar su independencia. En las Guerras de Religión que siguieron, las diferencias doctrinarias nutrieron las ambiciones políticas y viceversa, en un mortífero y vicioso ciclo que duró un siglo y medio. Los cristianos, desconcertados por sueños apocalípticos, persiguieron y mataron a otros cristianos con una maniaca furia que antes reservaban a musulmanes, judíos y herejes. Fue una locura.
El filósofo inglés Thoma Hobbes trató de encontrar una salida de este laberinto. Tradicionalmente, la teología política había interpretado un conjunto de instrucciones de origen divino y las aplicaba a la vida social. En su gran tratado ‘Leviatán' (1651), Hobbes simplemente ignoró la substancia de esos mandatos y habló en su lugar sobre cómo y por qué los seres humanos creían que habían sido revelados por Dios. Hizo lo más revolucionario que puede hacer un pensador: cambió el tema, de Dios y sus mandamientos, al hombre y sus creencias. Si hacemos eso, pensó Hobbes, podemos empezar a entender por qué las creencias religiosas a menudo conducen a conflictos políticos, y podremos entonces, quizás, encontrar un modo de contener el potencial de violencia.
La crisis de entonces en el cristianismo occidental creó una audiencia para Hobbes y sus ideas. En medio de una guerra religiosa, su visión de que la mente humana era demasiado débil y era abrumada por pasiones que imposibilitaban todo conocimiento fiable de lo divino parecía sentido común. También parecía lógico asumir que cuando los hombres hablan de Dios en realidad se están refiriendo a su propia experiencia, que es todo lo que sabe. ¿Y qué caracteriza su experiencia? De acuerdo a Hobbes, el temor. El estado natural del hombre es estar abrumado por la ansiedad, "su corazón atormentado permanentemente por el temor a la muerte, a la pobreza, y otras calamidades". El hombre "no tiene descanso, ni pausa en su ansiedad, sino en el sueño". No sorprende que los seres humanos modelaran sus dioses para protegerse a sí mismos de lo que más temen, atribuyendo poderes divinos incluso, como escribe Hobbes, a "hombres, mujeres, un pájaro, un cocodrilo, una ternera, un perro, una serpiente, una cebolla, un puerro". Patético, pero comprensible.
Y la debilitadora dinámica de la creencia no termina ahí. Pues una vez que imaginamos que un Dios todopoderoso nos protege, hay un montón de posibilidades de que empecemos a tenerle miedo. ¿Qué tal si se enfada? ¿Cómo podemos apaciguarlo? Hobbes razonaba que estos nuevos temores religiosos fueron los que crearon un mercado para sacerdotes y profetas que reclamaban entender las oscuras exigencias de Dios. En tiempos de Hobbes era un mercado estridente, con puestos de los católico-romanos, anglicanos, luteranos, calvinistas, anabaptistas, cuáqueros, ranters, muggletonianos, hombres de la quinta monarquía e innumerables otros, cada uno con su propia ruta hacia la salvación y con un modelo de la sociedad cristiana. Estaban en desacuerdo unos con otros, y debido a que sus almas mismas estaban en juego, luchaban. Y eso conducía a guerras, que provocaban más temor, que a su vez volvía más religiosa a la gente, lo que a su vez...
Con las Guerras de Religión todavía frescas en la memoria, los lectores de Hobbes sabían todo sobre el temor. Sus vidas se habían convertido, como lo dijo él, en "vidas solitarias, pobres, inmundas, brutales y breves". Y cuando anunció que una nueva filosofía política los podía liberar del temor, escucharon. Hobbes plantó una semilla: la idea de que era posible construir instituciones políticas legítimas sin anclarlas en la revelación divina. Sabía que era imposible refutar las creencias ancladas en revelaciones divinas; todo lo que podía hacer era arrojar dudas sobre los profetas que reclamaban hablar sobre política en nombre de Dios. La nueva filosofía política ya no se preocuparía de la política de Dios; se concentraría en los hombres como creyentes en Dios y trataría de impedir que se hiciesen daño unos a otros. Definiría sus objetivos por debajo de la teología política cristiana, pero asegurándose de lo que era más importante, que era la paz.
Hobbes no era ni liberal ni demócrata. Pensaba que la consolidación del poder en manos de un solo hombre era el único modo de liberar a los ciudadanos de sus temores mutuos. Pero en los siglos siguientes, los pensadores occidentales como John Locke, que adoptaron su interpretación, empezaron a imaginar un nuevo tipo de orden político en el que el poder estaría limitado, dividido y ampliamente compartido; en el que los que estaban en el poder en un momento, lo entregarían pacíficamente a otros, sin temor a represalias; en el que el derecho público regularía las relaciones entre los ciudadanos e instituciones; en el que se permitiría el florecimiento de las numerosas y diferentes religiones, sin la interferencia del estado; y en el que los individuos gozarían de derechos inalienables para protegerlos del gobierno y de sus conciudadanos. Este orden liberal-democrático es el único que en Occidente reconocemos hoy como legítimo, y se lo debemos a Hobbes. Para escapar de las pasiones destructivas de la fe mesiánica, la teología política centrada en Dios fue reemplazada por una filosofía política centrada en el hombre. Fue la Gran Separación.

Mark Lilla es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia. Este ensayo ha sido adaptado de su libro ‘The Stillborn God: Religion, Politics and the Modern West', que será publicado en septiembre.

21 de agosto de 2007
©new york times
©traducción mQh
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dios en la política


[Mark Lilla] El resurgimiento de las teologías políticas en el mundo político. Primera entrega.
El ocaso de los dioses ha sido postergado. Durante más de dos siglos, desde las revoluciones francesa y estadounidense hasta el colapso del comunismo soviético, la política mundial ha girado en torno a problemas eminentemente políticos. Guerras y revoluciones, clases y justicia de clase, raza e identidad nacional -esas eran las cuestiones que nos dividían. Hoy, hemos llegado a un punto en que nuestros problemas empiezan a parecerse nuevamente a los del siglo dieciséis, y nos encontramos enredados en conflictos sobre revelaciones contradictorias, pureza de los dogmas y deber divino. En Occidente estamos preocupados y confundidos. Aunque tenemos nuestros propios fundamentalistas, nos parece incomprensible que las ideas teológicas todavía provoquen pasiones mesiánicas, que dejan atrás sociedades en ruina. Habíamos dado por sentado que esto ya no era posible, que los seres humanos habían aprendido a separar las cuestiones religiosas de las políticas, que el fanatismo había muerto. Estábamos equivocados.
Un ejemplo: en mayo del año pasado, el presidente Mahmoud Ahmadinejad, de Irán, envió una carta abierta al presidente George W. Bush que fue traducida y publicada en diarios de todo el mundo. Su tema era la política contemporánea y su lenguaje, el de la revelación divina. Después de repetir toda una letanía de quejas contra decisiones reales o imaginarias de la política exterior norteamericana, Ahmadinejad escribió: "Si los profetas Abraham, Isaac, Jacobo, Ismael, José o Jesucristo (que la paz sea con él) vivieran hoy con nosotros, ¿cómo juzgarían nuestra conducta?" No era una pregunta retórica. "Me han dicho que Su Excelencia sigue las enseñanzas de Jesús (que la paz sea con él) y cree en la promesa divina de que los justos gobernarán la Tierra", continuaba Ahmadinejad, recordando al otro feligrés que "de acuerdo a los versos divinos, todos hemos sido llamados a adorar a un solo Dios y seguir las enseñanzas de sus sagrados profetas". Luego sigue una especie de llamado al altar, en el que el presidente estadounidense es invitado a adaptar sus acciones a esos versos. Y luego sigue una amenazadora profecía: "El liberalismo y las democracias occidentales no han sido capaces de lograr los ideales de la humanidad. Hoy, esos dos conceptos han fracasado. Aquellos que lo saben ya pueden oír el sonido de la destrucción y ocaso de la ideología de los sistemas democráticos liberales... Nos guste o no, el mundo gravita hacia la fe en el Todopoderoso y la justicia y la voluntad de Dios prevalecerán sobre todas las cosas".
Este es el lenguaje de la teología política, y durante milenios fue la única lengua que tuvieron los humanos para expresar sus ideas sobre la vida política. Es primordial, pero también contemporánea: millones de personas todavía prosiguen la búsqueda de tiempos inmemoriales para colocar la vida humana bajo la autoridad de Dios, y tienen sus razones. Para entenderlos, sólo necesitamos interpretar el lenguaje de la teología política -que es sin embargo lo que encontramos más difícil de hacer. Enmudecemos con la lectura de cartas como la de Ahmadinejad, como exploradores que descubren inscripciones antiguas escritas en jeroglíficos.
El problema es nuestro, no de él. Hace algo más de dos siglos empezamos a creer que el Occidente iba en camino hacia una democracia laica moderna y que las otras sociedades, una vez que entraran al mismo sendero, lo recorrerían inevitablemente. Aunque esto no ha ocurrido, todavía conservamos nuestra fe implícita en el proceso de modernización y culpamos de los retrasos a circunstancias atenuantes como la pobreza o el colonialismo. Este presupuesto modela el modo en que vemos la teología política, especialmente bajo su forma islámica: como un atavismo que exige un análisis psicológico o sociológico, pero no un tratamiento intelectual serio. Los islamitas, incluso si son profesionales eruditos, nos parecen fundamentalmente personas frustradas, representantes irracionales de sociedades frustradas e irracionales, nada más que eso. Vivimos, por decirlo así, en la otra orilla. Cuando observamos a los que están al otro lado, nos asombramos, ya que tenemos sólo un recuerdo distante de lo que es pensar como ellos. Todos hacemos frente a las mismas preguntas sobre la existencia política, pero su modo de responderlas se ha convertido en algo ajeno a nosotros. En una orilla, las instituciones políticas son concebidas en términos de autoridad divina y redención espiritual; peor no en la otra. Y eso, como lo habría dicho Robert Frost, es lo que hace la diferencia.
Entender esta diferencia es la tarea intelectual y política más urgente de hoy. Pero ¿dónde empezar? El caso del islam contemporáneo está en la mente de todos, pero es tan recargada con indignación e ignorancia que llega a ser paralizante. Todo lo que oímos son sonidos extraños, que motivan actos indescriptibles. Si queremos romper alguna vez la gramática y sintaxis de la teología política, tendremos que empezar por nosotros mismos. La historia de la teología política en Occidente es una historia instructiva, y no terminó con el nacimiento de la ciencia moderna, o con la Ilustración, o las revoluciones francesa y estadounidense, o cualquier otro momento histórico específico. La teología política fue una presencia en la vida intelectual de Occidente hasta bien entrado el siglo veinte, cuando para entonces se había despojado de los presupuestos de la Edad Media y hallado motivos modernos para buscar inspiración política en la Biblia. Al principio, esta teología política moderna expresaba puntos de vista aparentemente ilustrados y fue acogida incluso por partidarios de la democracia liberal. Pero tras la Primera Guerra Mundial adquirió visos apocalípticos, y los ‘hombres nuevos' ansiosos por adelantar el futuro empezaron a generar justificaciones conceptuales de las ideologías más repugnantes -e impías- de la época, como el nazismo y el comunismo.
Es una historia inquietante, que plantea profundas interrogantes sobre la fragilidad de nuestra visión moderna. Incluso las democracias más estables y exitosas, con los fieles más civilizados y nobles, han demostrado ser vulnerables al mesianismo político y su justificación teológica. Si podemos entender cómo fue eso posible en el avanzado Occidente, si podemos oír a la teología política en un lenguaje más reconocible, representado por gente en ropas familiares y con nombres familiares, quizás entonces podamos recordar cómo se ve el mundo desde su perspectiva. Este sería entonces un pequeño paso para sopesar el reto al que nos enfrentamos y decidir cómo responder.

Mark Lilla es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia. Este ensayo ha sido adaptado de su libro ‘The Stillborn God: Religion, Politics and the Modern West', que será publicado en septiembre.

19 de agosto de 2007
©new york times
©traducción mQh
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