te estamos vigilando
[Mary Jordan] En un vecindario de Londres. Inmigrantes dicen que ha aumentado el acoso policial.

Londres, Reino Unido. Albert Siriboe es un hombre negro en la veintena que vive al sur del río Támesis, que dijo que significa que es probable que la policía lo pare en cualquier parte sin razón alguna. "La actitud de la policía es que si un negro es terrorista, entonces todos los negros son terroristas", dijo Siriboe, 26, dependiente de ventas que dijo que la policía a menudo lo aborda cuando camina o conduce su coche.
La queja de Siriboe es frecuente en Stockwel, el vecindario del sur de Londres donde viven muchos residentes de África y el Caribe. Mucha gente en Stockwell dijeron que se habían apenado, pero no sorprendido, cuando la policía mató a balazos en la estación de metro de Stockwell a Jean Charles de Menezes, un electricista brasileño, al que la policía dijo haber confundido cuando perseguían a un sospechoso de los atentados del mes pasado en el sistema de transporte de Londres.
El asesinato de Menezes y las quejas sobre los prejuicios de la policía hacia las comunidades minoritarias están concentrándose en Scotland Yard, que ha estado luchando por deshacerse de su reputación de ser "institucionalmente racista", según la definió un histórico informe independiente en 1999. Ese informe llevó al Servicio de Policía Metropolitana, el nombre oficial de Scotland Yard, a iniciar una importante campaña de reclutamiento para dar forma a una fuerza más diversa. El porcentaje de agentes negros o de minorías de la fuerza de 31.500 miembros, ha subido de 3.4 por ciento en 1999 a 7.2 por ciento, según estadísticas oficiales.
Stockwell y la cercana Brixton están entre los vecindarios más mezclados racialmente en Londres, donde asiáticos y negros constituyen cerca de un cuarto de una población de 7 millones de habitantes, de acuerdo a estadísticas del gobierno. Las tensiones raciales han estallado repetidas veces al sur del río, especialmente durante los disturbios de Brixton en los años ochenta y noventa, y mucha gente mira con profunda desconfianza a la policía.
Siriboe dijo que la situación había empeorado el mes pasado después del atentado del 7 de julio en los vagones del metro, que mataron a 56 personas, incluyendo a cuatro supuestos terroristas, y al atentado fracasado del 21 de julio. Los cuatro terroristas y cinco personas acusadas del intento fallido, eran jóvenes inmigrantes de piel oscura o hijos de inmigrantes de África y Asia.
"Las relaciones no fueron nunca buenas, y lo que está pasando ahora no ayuda en nada", dijo Siriboe, que se mudó a Gran Bretaña desde Gana hace unos 15 años, sobre su experiencia con los cacheos policiales. "Me paran por lo que soy. Es frustrante. Trato de ponerme en su situación, pero entiendo por qué las minorías se sienten indignadas".
En la peluquería Shapes 2 en Stockwell, que atiende a clientes negros, la gente que escuchaba las quejas de Siriboe asintió mostrando su acuerdo. Grupos de derechos humanos y de ciudadanos que vigilan las actividades de la policía informan de evidencias de una política de cacheos mucho más agresiva desde los atentados, y dijeron que la gente de color era la que era molestada más a menudo por los agentes.
La policía ofreció disculpas por el asesinato de Menezes -siete balazos en la cabeza- diciendo que el asesinato del 22 de julio fue un error debido a los tensos días después de los atentados en el metro y en un autobús. Desde entonces los vecinos han depositado flores y notas en un altar improvisado en su honor a la entrada del metro, con muchos escritos que atacan a la policía, incluyendo uno que dice: "Una vida inocente destruida por un poli racista ansioso de apretar el gatillo".
La policía británica ha gozado siempre de amplias atribuciones para detener y chequear a ciudadanos en la calle. Esos poderes fueron ampliados bajo las leyes anti-terroristas impuestas después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Desde los atentados del mes pasado, la policía londinense ha transformado en rutina parar, interrogar y a veces cachear a alguien si lo consideran sospechoso. Los agentes que hacen los chequeos deben proporcionar un formulario y el número de la chapa, que pueden ser usados si los que son checados quieren presentar una queja.
Scotland Yard dice que no discrimina racialmente. El comisionado de la policía, Ian Blair, dijo en una rueda de prensa este mes que la política de parar y registrar se basa estrictamente en "consideraciones de inteligencia". "Si dijéramos que las únicas personas a las que vamos a registrar son hombres de apariencia africana, caribeña, asiático o norteafricana, le haríamos el juego a los terroristas, y cambiarían de inmediato de tácticas", dijo Blair. "Por otro lado, los agentes determinan quién les parece sospechoso y actúan en conformidad".
Pero Ian Johnston, el jefe de policía de la Policía de Tráfico británica, una agencia diferente, fue más franco en una reciente entrevista en el diario, cuando dijo que él y sus agentes no "perdemos tiempo registrando a abuelitas blancas".
Las estadísticas de la policía del tráfico muestran que en julio se registró a siete veces más personas que en junio, y que casi el doble de ese porcentaje eran asiáticos que fueron parados después de los atentados.
El agresivo trabajo policial del mes pasado ha sido un alivio para muchos londinenses. Los partidarios de la policía miden el éxito por los resultados: Cinco hombres acusados de colocar las bombas del 21 de julio están ahora en la cárcel, junto con muchos otros acusados de ayudarles o de obstaculizar la investigación policial.
"La mayoría de la gente está extasiada", dijo Kate Hoey, parlamentaria que representa el área que incluye a Stockwell. Dijo que los vecinos más antiguos estaban especialmente contentos sobre la presencia policial y creían que les ayudaba directamente, actuando como disuasivo de robos y otros delitos.
En los últimos años, dijo, la policía ha hecho esfuerzos concertados para llegar a sus electores. "Los chicos blancos también están hasta la tusa" con las paradas y cacheos, dijo, y a medida que los agentes conocen mejor los vecindarios, esas cifras podrían disminuir. Los negros y otras minorías constituyen el 15 por ciento de las clases de reclutamiento de Scotland Yard, de acuerdo a cifras de la policía. Una portavoz de la policía dijo que los funcionarios quieren que la fuerza policial de Londres se corresponda con la composición étnica de la ciudad.
Pero el racismo en el cuerpo de policía es todavía un problema serio, de acuerdo a Helen Shaw, co-directora de Inquest, un grupo sin fines de lucro que proporciona ayuda jurídica a las familias de los que han muerto bajo custodia policial. "Si eres un joven negro en Londres, es probable que la policía te pare en la calle", dijo. "La gente esta escandalizada y cansada de esto".
En entrevistas al azar de gente negra y de minorías hace poco en Stockwell, casi todos dijeron haber sido parados por la policía, muchos de ellos más de una vez, algunos una docena de veces. Dijeron que las razones típicas que ofrecía la policía era que llevaban un chandal similar al de un sospechoso o para recordarles que llevaban los focos apagados, incluso cuando no había empezado el atardecer.
Reza Moghaddam, 16, dijo que ha sido parado por la policía al menos 10 veces este año, a menudo cuando iba en su bicicleta. Dijo que no quería perder tiempo esperando el formulario que se supone que debe entregar la policía después de un cacheo. "Te da la impresión de que lo que quieren hacer es intimidarte", dijo, sentado en la muralla del parque de patinetes de Stockwell. Unas docenas de jóvenes practicaban en sus bicicletas y tablas subiendo y bajando un área pavimentada con forma de cráter de la luna. "No me gusta la policía", dijo Moghaddam, que dijo que había nacido en Gran Bretaña y que su padre era de Irán.
Un hombre, entrevistado cuando salía de la mezquita de Stockwell, un dilapidado edificio de dos pisos frente a la comisaría de policía, dijo que pensaba que los musulmanes en particular eran los que estaban siendo vigilados. "Así es la vida ahora", dijo, negándose a dar su nombre. Dijo que había sido parado muchas veces y que ser amable y mirar a los agentes a los ojos hacía las cosas más expeditas y fáciles.
Damian Brown, 19, estaba más alterado; dijo que se sentía acosado por ser musulmán y negro. Hablando con amigos en el bar de jugos Mother's Touch, el estudiante dijo que había sido parado siete veces. A veces, dijo, si está con otros jóvenes, "la policía sólo quiere intimidar". Otras, dijo, "te paran diciéndote: Tú correspondes con la descripción de alguien que andamos buscando', y yo digo: No me diga. ¿De quién?'"
26 de agosto de 2005
©washington post
©traducción mQh

Londres, Reino Unido. Albert Siriboe es un hombre negro en la veintena que vive al sur del río Támesis, que dijo que significa que es probable que la policía lo pare en cualquier parte sin razón alguna. "La actitud de la policía es que si un negro es terrorista, entonces todos los negros son terroristas", dijo Siriboe, 26, dependiente de ventas que dijo que la policía a menudo lo aborda cuando camina o conduce su coche.
La queja de Siriboe es frecuente en Stockwel, el vecindario del sur de Londres donde viven muchos residentes de África y el Caribe. Mucha gente en Stockwell dijeron que se habían apenado, pero no sorprendido, cuando la policía mató a balazos en la estación de metro de Stockwell a Jean Charles de Menezes, un electricista brasileño, al que la policía dijo haber confundido cuando perseguían a un sospechoso de los atentados del mes pasado en el sistema de transporte de Londres.
El asesinato de Menezes y las quejas sobre los prejuicios de la policía hacia las comunidades minoritarias están concentrándose en Scotland Yard, que ha estado luchando por deshacerse de su reputación de ser "institucionalmente racista", según la definió un histórico informe independiente en 1999. Ese informe llevó al Servicio de Policía Metropolitana, el nombre oficial de Scotland Yard, a iniciar una importante campaña de reclutamiento para dar forma a una fuerza más diversa. El porcentaje de agentes negros o de minorías de la fuerza de 31.500 miembros, ha subido de 3.4 por ciento en 1999 a 7.2 por ciento, según estadísticas oficiales.
Stockwell y la cercana Brixton están entre los vecindarios más mezclados racialmente en Londres, donde asiáticos y negros constituyen cerca de un cuarto de una población de 7 millones de habitantes, de acuerdo a estadísticas del gobierno. Las tensiones raciales han estallado repetidas veces al sur del río, especialmente durante los disturbios de Brixton en los años ochenta y noventa, y mucha gente mira con profunda desconfianza a la policía.
Siriboe dijo que la situación había empeorado el mes pasado después del atentado del 7 de julio en los vagones del metro, que mataron a 56 personas, incluyendo a cuatro supuestos terroristas, y al atentado fracasado del 21 de julio. Los cuatro terroristas y cinco personas acusadas del intento fallido, eran jóvenes inmigrantes de piel oscura o hijos de inmigrantes de África y Asia.
"Las relaciones no fueron nunca buenas, y lo que está pasando ahora no ayuda en nada", dijo Siriboe, que se mudó a Gran Bretaña desde Gana hace unos 15 años, sobre su experiencia con los cacheos policiales. "Me paran por lo que soy. Es frustrante. Trato de ponerme en su situación, pero entiendo por qué las minorías se sienten indignadas".
En la peluquería Shapes 2 en Stockwell, que atiende a clientes negros, la gente que escuchaba las quejas de Siriboe asintió mostrando su acuerdo. Grupos de derechos humanos y de ciudadanos que vigilan las actividades de la policía informan de evidencias de una política de cacheos mucho más agresiva desde los atentados, y dijeron que la gente de color era la que era molestada más a menudo por los agentes.
La policía ofreció disculpas por el asesinato de Menezes -siete balazos en la cabeza- diciendo que el asesinato del 22 de julio fue un error debido a los tensos días después de los atentados en el metro y en un autobús. Desde entonces los vecinos han depositado flores y notas en un altar improvisado en su honor a la entrada del metro, con muchos escritos que atacan a la policía, incluyendo uno que dice: "Una vida inocente destruida por un poli racista ansioso de apretar el gatillo".
La policía británica ha gozado siempre de amplias atribuciones para detener y chequear a ciudadanos en la calle. Esos poderes fueron ampliados bajo las leyes anti-terroristas impuestas después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Desde los atentados del mes pasado, la policía londinense ha transformado en rutina parar, interrogar y a veces cachear a alguien si lo consideran sospechoso. Los agentes que hacen los chequeos deben proporcionar un formulario y el número de la chapa, que pueden ser usados si los que son checados quieren presentar una queja.
Scotland Yard dice que no discrimina racialmente. El comisionado de la policía, Ian Blair, dijo en una rueda de prensa este mes que la política de parar y registrar se basa estrictamente en "consideraciones de inteligencia". "Si dijéramos que las únicas personas a las que vamos a registrar son hombres de apariencia africana, caribeña, asiático o norteafricana, le haríamos el juego a los terroristas, y cambiarían de inmediato de tácticas", dijo Blair. "Por otro lado, los agentes determinan quién les parece sospechoso y actúan en conformidad".
Pero Ian Johnston, el jefe de policía de la Policía de Tráfico británica, una agencia diferente, fue más franco en una reciente entrevista en el diario, cuando dijo que él y sus agentes no "perdemos tiempo registrando a abuelitas blancas".
Las estadísticas de la policía del tráfico muestran que en julio se registró a siete veces más personas que en junio, y que casi el doble de ese porcentaje eran asiáticos que fueron parados después de los atentados.
El agresivo trabajo policial del mes pasado ha sido un alivio para muchos londinenses. Los partidarios de la policía miden el éxito por los resultados: Cinco hombres acusados de colocar las bombas del 21 de julio están ahora en la cárcel, junto con muchos otros acusados de ayudarles o de obstaculizar la investigación policial.
"La mayoría de la gente está extasiada", dijo Kate Hoey, parlamentaria que representa el área que incluye a Stockwell. Dijo que los vecinos más antiguos estaban especialmente contentos sobre la presencia policial y creían que les ayudaba directamente, actuando como disuasivo de robos y otros delitos.
En los últimos años, dijo, la policía ha hecho esfuerzos concertados para llegar a sus electores. "Los chicos blancos también están hasta la tusa" con las paradas y cacheos, dijo, y a medida que los agentes conocen mejor los vecindarios, esas cifras podrían disminuir. Los negros y otras minorías constituyen el 15 por ciento de las clases de reclutamiento de Scotland Yard, de acuerdo a cifras de la policía. Una portavoz de la policía dijo que los funcionarios quieren que la fuerza policial de Londres se corresponda con la composición étnica de la ciudad.
Pero el racismo en el cuerpo de policía es todavía un problema serio, de acuerdo a Helen Shaw, co-directora de Inquest, un grupo sin fines de lucro que proporciona ayuda jurídica a las familias de los que han muerto bajo custodia policial. "Si eres un joven negro en Londres, es probable que la policía te pare en la calle", dijo. "La gente esta escandalizada y cansada de esto".
En entrevistas al azar de gente negra y de minorías hace poco en Stockwell, casi todos dijeron haber sido parados por la policía, muchos de ellos más de una vez, algunos una docena de veces. Dijeron que las razones típicas que ofrecía la policía era que llevaban un chandal similar al de un sospechoso o para recordarles que llevaban los focos apagados, incluso cuando no había empezado el atardecer.
Reza Moghaddam, 16, dijo que ha sido parado por la policía al menos 10 veces este año, a menudo cuando iba en su bicicleta. Dijo que no quería perder tiempo esperando el formulario que se supone que debe entregar la policía después de un cacheo. "Te da la impresión de que lo que quieren hacer es intimidarte", dijo, sentado en la muralla del parque de patinetes de Stockwell. Unas docenas de jóvenes practicaban en sus bicicletas y tablas subiendo y bajando un área pavimentada con forma de cráter de la luna. "No me gusta la policía", dijo Moghaddam, que dijo que había nacido en Gran Bretaña y que su padre era de Irán.
Un hombre, entrevistado cuando salía de la mezquita de Stockwell, un dilapidado edificio de dos pisos frente a la comisaría de policía, dijo que pensaba que los musulmanes en particular eran los que estaban siendo vigilados. "Así es la vida ahora", dijo, negándose a dar su nombre. Dijo que había sido parado muchas veces y que ser amable y mirar a los agentes a los ojos hacía las cosas más expeditas y fáciles.
Damian Brown, 19, estaba más alterado; dijo que se sentía acosado por ser musulmán y negro. Hablando con amigos en el bar de jugos Mother's Touch, el estudiante dijo que había sido parado siete veces. A veces, dijo, si está con otros jóvenes, "la policía sólo quiere intimidar". Otras, dijo, "te paran diciéndote: Tú correspondes con la descripción de alguien que andamos buscando', y yo digo: No me diga. ¿De quién?'"
26 de agosto de 2005
©washington post
©traducción mQh
inseguridad en la frontera
[Brian MacQuarrie] No hay espacio de detención; los que cruzan los liberados.
Harlingen, Tejas, Estados Unidos. En el tribunal del agobiante Valle del Río Grande, junto a una "academia de belleza" y al otro lado de una somnolienta cafetería, el juez de inmigración norteamericano, David Ayala, es un caso de una eficiencia sin esfuerzos. Saca carpetas azules una por una de una enorme pila, anuncia el nombre de un inmigrante indocumentado capturado cruzando la frontera de Estados Unidos, y ordena que el acusado sea deportado.
No hay gritos de protesta. Los acusados no están en ninguna parte. Aparte el sonoro golpe de un sello y la voz del juez, el único otro sonido en la diminuta sala del tribunal es el tranquilo zumbido del aire acondicionado, mientras Ayala repite los trámites ante un fiscal del ministerio de Seguridad Interior, y un periodista.
A diferencia de los mexicanos indocumentados, la mayoría de los cuales son retornados rápidamente a su país después de ser detenidos, casi todos los no-mexicanos son acusados y liberados en Estados Unidos si no tienen antecedentes penales y no son considerados una amenaza a la seguridad. Pero como hoy, pocos inmigrantes se aparecen para oír los cargos de que han entrado ilegalmente al país.
Cuando se llaman sus nombres, 98 por ciento de los extranjeros indocumentados con citaciones para presentarse al Tribunal de Inmigración de Harlingen, no responden. Ya llevan semanas viviendo sus nuevas vidas en todos los rincones de Estados Unidos.
La tasa de no-presentación, la más alta de todas las 53 cortes de inmigración en el país, se ha deteriorado a medida que los inmigrantes indocumentados no-mexicanos cruzan la frontera en cantidades cada vez mayores, muchos de semilleros terroristas como Pakistán. Funcionarios de alto nivel, entre ellos el almirante James Loy, de la Guardia Costera, que fue secretario adjunto de Seguridad Interior hasta marzo, han advertido al congreso que los terroristas pueden utilizar la porosa frontera con México para entrar a Estados Unidos, donde pueden echar su suerte con los funcionarios de inmigración que a menudo no tienen otra opción que dejar en libertad a los no-mexicanos.
Esas infiltraciones "nos preocupan", dijo Roy Cervantes, portavoz de la Patrulla Fronteriza norteamericana en Harlingen.
En todo el país, el número de no-mexicanos que entran ilegalmente al país está subiendo en picado, de acuerdo al ministerio de Seguridad Interior. Hasta el 9 de agosto durante los 10 primeros meses del año fiscal 2005, se detuvo a un total de 1.02 millones de inmigrantes indocumentados. En todo el año fiscal 2004, el número de no-mexicanos fue de 75.392; en el año fiscal 2003, la cifra fue de 49.545.
La gente llega de todas partes del mundo, por medio de traficantes en México y Estados Unidos que los transportan a cruces de río y los guían a través de peligrosos senderos en el desierto en su búsqueda de una vida mejor. La incapacidad de la Patrulla Fronteriza para parar la ola ha provocado un fiero debate sobre la política de inmigración y las prioridades de seguridad. Los gobernadores de Nuevo México, Bill Richardson, y la de Arizona, Janet Napolitano, ambos demócratas, han declarado el estado de emergencia a lo largo de sus fronteras en el sur este mes.
Los intereses de grandes empresas están preocupados de que una represión federal agresiva de la inmigración podría afectar a los 10 millones de trabajadores indocumentados en Estados Unidos, y que proporcionan una constante fuente de fuerza de trabajo barata.
Pero muchos legisladores de los estados fronterizos y otros, como los Vigilantes [Minutemen] voluntarios que vigilan las fronteras, están haciendo sonar la alarma.
"Hoy las fronteras están peor que nunca", dijo el representante John Culberon, un republicano de Houston que ha presentado un proyecto de ley para crear una milicia voluntaria armada que sería supervisada por los gobernadores de los estados fronterizos. "Lo que hay ahora es una invasión".
Otros observadores, como el presidente de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos, Brent Wilkes, sugiere que la indignación en torno al creciente flujo de inmigrantes no-mexicanos, muchos de ellos de América Central y del Sur, se deriva de prejuicios raciales.
"Estamos preocupados de que el problema de la seguridad está siendo usado como una excusa para reprimir a los inmigrantes hispanos que son refugiados económicos", dijo Wilkes. "Hay un montón de gente que está utilizando la amenaza de que hay terroristas que están cruzando la frontera mexicana".
Funcionarios de inmigración están haciendo lo que pueden con lo que tienen. Pero si no dejan en libertad a la mayoría de los inmigrantes no-mexicanos, dicen funcionarios federales, la alternativa es detener a decenas de miles de ellos en un proceso de deportación lento, cuyas dificultades se ven agravadas por una escasez de espacio de detención. Con las 19.500 camas del país ocupadas, el resultado "nos obliga a tomar decisiones muy diferentes", dice Dean Boyd, portavoz de la Oficina de Inmigración y Aduanas del ministerio de Seguridad Interior.
En ninguna otra parte son esas decisiones más evidentes que en Harlingen. En los primeros nueve meses del año fiscal 2005, que termina el 30 de septiembre, no se presentaron al tribunal 16,376 inmigrantes indocumentados. Sólo 214 de ellos eran mexicanos. En el año fiscal 2004, no se presentaron 9.166, un 88 por ciento. En el año fiscal 2003, el número de no-presentaciones fue de 4.868, nuevamente un récord nacional con un 88 por ciento.
En el extenso sector de Río Grande, que incluye a Herlingen y cubre 515 kilómetros de río, este año fiscal se detuvo a 68.438 inmigrantes no-mexicanos de 65 países, dijo Cervantes. Ese número es mucho más que el doble de los 26.437 inmigrantes no-mexicanos que cruzaron ilegalmente a este lado durante todo el año fiscal 2004.
En la ciudad fronteriza de Browsville, a 40 kilómetros río abajo de Harlingen, el jefe de la Patrulla Fronteriza, Ernesto Castillo, dijo que 202 agentes de su atareada comisaría son insuficientes para hacer el trabajo. Los agentes de Brownsville hacen 60 detenciones al día, dijo Castillo, incluyendo a tres que vio detener hace poco en una patrulla a lo largo del Río Grande.
Dos de los inmigrantes, una pareja mexicana que no hablaba inglés, se abrazaban uno al otro mientras los agentes atendían una profunda, sangrienta herida que había sufrido la mujer de 24 años al caer en una acequia. Los dos fueron devueltos a México más tarde ese día.
A nivel nacional, la tasa de no-presentación del año fiscal 2005 estaba en un 36 por ciento el 30 de junio, o 68.634 de los inmigrantes indocumentados que habían sido arrestados.
En el año fiscal 2004, entre los 54.261 sospechosos que no se presentaron al tribunal se incluía a 530 de Pakistán, 206 de Irán, 164 de Jordania, 93 de Iraq, 80 de Yemen, y 29 de Afganistán, de acuerdo a cifras del ministerio de Justicia.
Boyd dijo que los extranjeros indocumentados de un país de "interés especial", un término que utiliza el gobierno para describir una base potencial de terroristas, son sometidos a un cuidadoso chequeo y no son liberados sino hasta que los detectives tienen la certeza de que no representan una amenaza para la seguridad nacional. "Porque que alguien venga de Pakistán, no significa nada", dijo Boyd. "Podría ser una familia con niños".
Sin embargo, la cantidad de inmigrantes ilegales de esos países está haciendo surgir preguntas sobre la adecuación y consistencia de la protección de las fronteras norteamericanas. "Creo que hay una falta de urgencia en Casa Blanca y en el congreso", dijo Mark Krikorian, presidente del Centro de Estudios de la Inmigración, un laboratorio ideológico independiente de Washington. "Esto tiene el potencial de ser un gran tema, y los costes políticos serán altos".
Culberson, el republicano de Houston, fue más allá. "A partir de hoy, cualquier día podemos enfrentarnos a masivas explosiones de camiones-bomba en nuestras ciudades y catastróficas pérdidas de vidas causadas por terroristas de Oriente Medio que se reirán de nosotros porque simplemente cruzaron la frontera y nosotros los dejamos", dijo.
Con el plan de Culberson, que cuenta con 50 votos en la Cámara Baja, voluntarios de cualquier país podrían incorporarse a un Cuerpo de Protección de Fronteras y "usar para impedir la inmigración ilegal cualquier medio y cualquier fuerza autorizada por las leyes del estado". Los miembros del Cuerpo serán sometidos a chequeos de antecedentes penales y de enfermedad mental, dijo.
Wilkes, de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos, acusó amargamente la propuesta. "Si le das a esta gente los medios necesarios para hacer detenciones, cuando el delito que cometen los inmigrantes es un delito menor, es escandaloso, es enfermizo", dijo Wilkes.
Entretanto, funcionarios de la Patrulla Fronteriza, mencionaron un programa implementado recientemente, llamado "deportación acelerada", como una experiencia exitosa. Tras empezar en 2004 en Tucson y en Laredo, Tejas, el programa se extendió en julio para atacarse a un fuerte aumento de brasileños indocumentados que cruzaban el Valle de Río Grande. Como resultado, dijo Cervantes, el flujo de brasileños, que se han transformado en el grupo más grande de no-mexicanos que entran en el área, se ha reducido considerablemente.
Para que se aplique la "deportación acelerada", un inmigrante indocumentado no debe tener antecedentes, no debe ser un delincuente juvenil, no debe ser un refugiado, y debe haber sido arrestado dentro de 160 kilómetros de la frontera y 14 días desde que ha cruzado la frontera, de acuerdo a Salvador Zamora, de la Protección de Fronteras y Aduanas, una dependencia del ministerio de Seguridad Interior.
Desde julio, se ha vuelto a su país a expensas de Estados Unidos a 757 brasileños, según la Patrulla Fronteriza. Zamora agregó que espera eventualmente extender la "deportación acelerada" a lo largo de toda la frontera sudoeste.
Entretanto, la marea de la batalla sobre la inmigración es evidente en la comisaría de la Patrulla Fronteriza aquí, donde la mayor parte de los indocumentados, los extranjeros no-mexicanos son dejados en libertad después de ser interrogados y recibir una citación judicial.
Una vez fuera de la comisaría con una cerca alambrada, muchos de los inmigrantes abordan un vehículo enviado desde la terminal de buses de Harlingen, de donde salen a destinos en todo el país, dijo Cervantes.
"Han estado aquí constantemente", dijo José Degollado, que trabaja en la terminal de buses.
En Brownsville, Castillo sacudió su cabeza cuando se le preguntó si le frustraba la tasa de no-presentación al tribunal. "Nuestro trabajo", dijo, "es aplicar la ley".
22 de agosto de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Harlingen, Tejas, Estados Unidos. En el tribunal del agobiante Valle del Río Grande, junto a una "academia de belleza" y al otro lado de una somnolienta cafetería, el juez de inmigración norteamericano, David Ayala, es un caso de una eficiencia sin esfuerzos. Saca carpetas azules una por una de una enorme pila, anuncia el nombre de un inmigrante indocumentado capturado cruzando la frontera de Estados Unidos, y ordena que el acusado sea deportado.No hay gritos de protesta. Los acusados no están en ninguna parte. Aparte el sonoro golpe de un sello y la voz del juez, el único otro sonido en la diminuta sala del tribunal es el tranquilo zumbido del aire acondicionado, mientras Ayala repite los trámites ante un fiscal del ministerio de Seguridad Interior, y un periodista.
A diferencia de los mexicanos indocumentados, la mayoría de los cuales son retornados rápidamente a su país después de ser detenidos, casi todos los no-mexicanos son acusados y liberados en Estados Unidos si no tienen antecedentes penales y no son considerados una amenaza a la seguridad. Pero como hoy, pocos inmigrantes se aparecen para oír los cargos de que han entrado ilegalmente al país.
Cuando se llaman sus nombres, 98 por ciento de los extranjeros indocumentados con citaciones para presentarse al Tribunal de Inmigración de Harlingen, no responden. Ya llevan semanas viviendo sus nuevas vidas en todos los rincones de Estados Unidos.
La tasa de no-presentación, la más alta de todas las 53 cortes de inmigración en el país, se ha deteriorado a medida que los inmigrantes indocumentados no-mexicanos cruzan la frontera en cantidades cada vez mayores, muchos de semilleros terroristas como Pakistán. Funcionarios de alto nivel, entre ellos el almirante James Loy, de la Guardia Costera, que fue secretario adjunto de Seguridad Interior hasta marzo, han advertido al congreso que los terroristas pueden utilizar la porosa frontera con México para entrar a Estados Unidos, donde pueden echar su suerte con los funcionarios de inmigración que a menudo no tienen otra opción que dejar en libertad a los no-mexicanos.
Esas infiltraciones "nos preocupan", dijo Roy Cervantes, portavoz de la Patrulla Fronteriza norteamericana en Harlingen.
En todo el país, el número de no-mexicanos que entran ilegalmente al país está subiendo en picado, de acuerdo al ministerio de Seguridad Interior. Hasta el 9 de agosto durante los 10 primeros meses del año fiscal 2005, se detuvo a un total de 1.02 millones de inmigrantes indocumentados. En todo el año fiscal 2004, el número de no-mexicanos fue de 75.392; en el año fiscal 2003, la cifra fue de 49.545.
La gente llega de todas partes del mundo, por medio de traficantes en México y Estados Unidos que los transportan a cruces de río y los guían a través de peligrosos senderos en el desierto en su búsqueda de una vida mejor. La incapacidad de la Patrulla Fronteriza para parar la ola ha provocado un fiero debate sobre la política de inmigración y las prioridades de seguridad. Los gobernadores de Nuevo México, Bill Richardson, y la de Arizona, Janet Napolitano, ambos demócratas, han declarado el estado de emergencia a lo largo de sus fronteras en el sur este mes.
Los intereses de grandes empresas están preocupados de que una represión federal agresiva de la inmigración podría afectar a los 10 millones de trabajadores indocumentados en Estados Unidos, y que proporcionan una constante fuente de fuerza de trabajo barata.
Pero muchos legisladores de los estados fronterizos y otros, como los Vigilantes [Minutemen] voluntarios que vigilan las fronteras, están haciendo sonar la alarma.
"Hoy las fronteras están peor que nunca", dijo el representante John Culberon, un republicano de Houston que ha presentado un proyecto de ley para crear una milicia voluntaria armada que sería supervisada por los gobernadores de los estados fronterizos. "Lo que hay ahora es una invasión".
Otros observadores, como el presidente de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos, Brent Wilkes, sugiere que la indignación en torno al creciente flujo de inmigrantes no-mexicanos, muchos de ellos de América Central y del Sur, se deriva de prejuicios raciales.
"Estamos preocupados de que el problema de la seguridad está siendo usado como una excusa para reprimir a los inmigrantes hispanos que son refugiados económicos", dijo Wilkes. "Hay un montón de gente que está utilizando la amenaza de que hay terroristas que están cruzando la frontera mexicana".
Funcionarios de inmigración están haciendo lo que pueden con lo que tienen. Pero si no dejan en libertad a la mayoría de los inmigrantes no-mexicanos, dicen funcionarios federales, la alternativa es detener a decenas de miles de ellos en un proceso de deportación lento, cuyas dificultades se ven agravadas por una escasez de espacio de detención. Con las 19.500 camas del país ocupadas, el resultado "nos obliga a tomar decisiones muy diferentes", dice Dean Boyd, portavoz de la Oficina de Inmigración y Aduanas del ministerio de Seguridad Interior.
En ninguna otra parte son esas decisiones más evidentes que en Harlingen. En los primeros nueve meses del año fiscal 2005, que termina el 30 de septiembre, no se presentaron al tribunal 16,376 inmigrantes indocumentados. Sólo 214 de ellos eran mexicanos. En el año fiscal 2004, no se presentaron 9.166, un 88 por ciento. En el año fiscal 2003, el número de no-presentaciones fue de 4.868, nuevamente un récord nacional con un 88 por ciento.
En el extenso sector de Río Grande, que incluye a Herlingen y cubre 515 kilómetros de río, este año fiscal se detuvo a 68.438 inmigrantes no-mexicanos de 65 países, dijo Cervantes. Ese número es mucho más que el doble de los 26.437 inmigrantes no-mexicanos que cruzaron ilegalmente a este lado durante todo el año fiscal 2004.
En la ciudad fronteriza de Browsville, a 40 kilómetros río abajo de Harlingen, el jefe de la Patrulla Fronteriza, Ernesto Castillo, dijo que 202 agentes de su atareada comisaría son insuficientes para hacer el trabajo. Los agentes de Brownsville hacen 60 detenciones al día, dijo Castillo, incluyendo a tres que vio detener hace poco en una patrulla a lo largo del Río Grande.
Dos de los inmigrantes, una pareja mexicana que no hablaba inglés, se abrazaban uno al otro mientras los agentes atendían una profunda, sangrienta herida que había sufrido la mujer de 24 años al caer en una acequia. Los dos fueron devueltos a México más tarde ese día.
A nivel nacional, la tasa de no-presentación del año fiscal 2005 estaba en un 36 por ciento el 30 de junio, o 68.634 de los inmigrantes indocumentados que habían sido arrestados.
En el año fiscal 2004, entre los 54.261 sospechosos que no se presentaron al tribunal se incluía a 530 de Pakistán, 206 de Irán, 164 de Jordania, 93 de Iraq, 80 de Yemen, y 29 de Afganistán, de acuerdo a cifras del ministerio de Justicia.
Boyd dijo que los extranjeros indocumentados de un país de "interés especial", un término que utiliza el gobierno para describir una base potencial de terroristas, son sometidos a un cuidadoso chequeo y no son liberados sino hasta que los detectives tienen la certeza de que no representan una amenaza para la seguridad nacional. "Porque que alguien venga de Pakistán, no significa nada", dijo Boyd. "Podría ser una familia con niños".
Sin embargo, la cantidad de inmigrantes ilegales de esos países está haciendo surgir preguntas sobre la adecuación y consistencia de la protección de las fronteras norteamericanas. "Creo que hay una falta de urgencia en Casa Blanca y en el congreso", dijo Mark Krikorian, presidente del Centro de Estudios de la Inmigración, un laboratorio ideológico independiente de Washington. "Esto tiene el potencial de ser un gran tema, y los costes políticos serán altos".
Culberson, el republicano de Houston, fue más allá. "A partir de hoy, cualquier día podemos enfrentarnos a masivas explosiones de camiones-bomba en nuestras ciudades y catastróficas pérdidas de vidas causadas por terroristas de Oriente Medio que se reirán de nosotros porque simplemente cruzaron la frontera y nosotros los dejamos", dijo.
Con el plan de Culberson, que cuenta con 50 votos en la Cámara Baja, voluntarios de cualquier país podrían incorporarse a un Cuerpo de Protección de Fronteras y "usar para impedir la inmigración ilegal cualquier medio y cualquier fuerza autorizada por las leyes del estado". Los miembros del Cuerpo serán sometidos a chequeos de antecedentes penales y de enfermedad mental, dijo.
Wilkes, de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos, acusó amargamente la propuesta. "Si le das a esta gente los medios necesarios para hacer detenciones, cuando el delito que cometen los inmigrantes es un delito menor, es escandaloso, es enfermizo", dijo Wilkes.
Entretanto, funcionarios de la Patrulla Fronteriza, mencionaron un programa implementado recientemente, llamado "deportación acelerada", como una experiencia exitosa. Tras empezar en 2004 en Tucson y en Laredo, Tejas, el programa se extendió en julio para atacarse a un fuerte aumento de brasileños indocumentados que cruzaban el Valle de Río Grande. Como resultado, dijo Cervantes, el flujo de brasileños, que se han transformado en el grupo más grande de no-mexicanos que entran en el área, se ha reducido considerablemente.
Para que se aplique la "deportación acelerada", un inmigrante indocumentado no debe tener antecedentes, no debe ser un delincuente juvenil, no debe ser un refugiado, y debe haber sido arrestado dentro de 160 kilómetros de la frontera y 14 días desde que ha cruzado la frontera, de acuerdo a Salvador Zamora, de la Protección de Fronteras y Aduanas, una dependencia del ministerio de Seguridad Interior.
Desde julio, se ha vuelto a su país a expensas de Estados Unidos a 757 brasileños, según la Patrulla Fronteriza. Zamora agregó que espera eventualmente extender la "deportación acelerada" a lo largo de toda la frontera sudoeste.
Entretanto, la marea de la batalla sobre la inmigración es evidente en la comisaría de la Patrulla Fronteriza aquí, donde la mayor parte de los indocumentados, los extranjeros no-mexicanos son dejados en libertad después de ser interrogados y recibir una citación judicial.
Una vez fuera de la comisaría con una cerca alambrada, muchos de los inmigrantes abordan un vehículo enviado desde la terminal de buses de Harlingen, de donde salen a destinos en todo el país, dijo Cervantes.
"Han estado aquí constantemente", dijo José Degollado, que trabaja en la terminal de buses.
En Brownsville, Castillo sacudió su cabeza cuando se le preguntó si le frustraba la tasa de no-presentación al tribunal. "Nuestro trabajo", dijo, "es aplicar la ley".
22 de agosto de 2005
©boston globe
©traducción mQh
fronteras en emergencia
[Stephen Franklin y Hugh Dellios] Arizona y Nuevo México declaran emergencia frente a violencia relacionada con las drogas.
Nogales, Arizona, Estado Unidos. Diciendo que sus estados se están tambaleando debido al creciente tráfico de drogas y la inmigración ilegal, los gobernadores de Arizona y Nuevo México han declarado el estado de emergencia a lo largo de sus fronteras con México.
La gobernadora de Arizona, Janet Napolitano, ha destinado 1.5 millones de dólares de los fondos de emergencia para ayudar a las agencias estatales y condados fronterizos, mientras el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, defendió su reciente decisión de declarar el estado de emergencia, diciendo que los estados deben ocuparse de su propia seguridad debido a que el gobierno federal no ha solucionado los problemas.
En respuesta, funcionarios mexicanos han calificado las declaraciones del gobernador de exageraciones. Rechazaron la idea de que sólo México puede resolver los problemas y llamaron a la colaboración entre los dos países para calmar la zona fronteriza.
"Mi llamado a Estados Unidos, se trate de los gobiernos estatales o del gobierno del presidente Bush, en que en lugar de pronunciamientos, hagamos propuestas; en lugar de que cada uno trabaje por su lado, trabajemos juntos. Sólo de esa manera seremos capaces de ganar [a los delincuentes]", dijo el martes el presidente mexicano Vicente Fox.
La violencia, alimentada por las guerras entre los carteles de la droga, ha plagado las ciudades fronterizas mexicanas, causando más de 300 muertes, incluyendo 110 en Nuevo Laredo, una ciudad de 350.000 habitantes al otro del Río Grande frente a Laredo, Tejas.
En Nogales, Arizona, el sheriff del condado de Cochise, Tony Estrada, dijo que "esto se está convirtiendo en algo increíble", refiriéndose a los problemas asociados al tráfico de drogas y a la inmigración ilegal.
"Tengo una cárcel que construida hace 31 años para 52 reclusos, y hoy tengo 110 reclusos y 50 por ciento de ellos son nacionales mexicanos acusados de delitos en el estado", dijo Estrada.
Portavoces en Washington defendieron los esfuerzos de Estados Unidos y México para reprimir la violencia y el tráfico de drogas. Y el martes noche, el embajador norteamericano en México, Tony Garza, dice en un discurso que será leído en Denver, que la reforma de la inmigración es "fundamental para los intereses nacionales de los dos países".
En su declaración del estado de emergencia el lunes, Napolitano criticó al gobierno federal por su "lentitud" en asegurar las fronteras. Su despacho dijo que la seguridad es una responsabilidad federal, y el gobierno federal no lo está haciendo.
La gobernadora tomó la decisión días después de que Richardson, de Nuevo México, demócrata, emitiera una declaración similar de emergencia en cuatro condados sureños: Grant, Hidalgo, Luna y Dona Ana.
Richardson se quejó de que el gobierno federal no ha contenido la violencia asociada al contrabando y dijo que gastará 1.75 millones de dólares para mejorar la seguridad en Nuevo México. Incluso propuso echar abajo una conocida ciudad mexicana fronteriza que es popular entre traficantes de personas y drogas. Richardson es el único gobernador hispano del país.
El millón y medio de dólares de Arizona será distribuido por la División de Control de Emergencias del estado, y será asignado a agencias del estado y cuatro condados fronterizos: Yuma, Pima, Santa Cruz y Cochise. El dinero proviene de los 4 millones de dólares que se reservan anualmente para desastres, y esta es la primera vez que Napolitano usa estos fondos para problemas en la frontera.
A pocos kilómetros del centro de Nogales, que está separada de su ciudad mexicana hermana por una remendada valla de metal, los empleados de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos estaban procesando a los últimos inmigrantes capturados al cruzar la frontera. Unos 1.000 inmigrantes al día pasan por el centro de Nogales, dijeron funcionarios.
Embudos Para Cruzar
En realidad, la frontera de Arizona-México de 560 kilómetros de largo, gran parte de la cual sólo cuenta con unos pocos ramales con alambre de púas, se ha transformado en un punte de cruce para los inmigrantes ilegales, empujados hasta acá por las altas murallas y protecciones reforzadas en otros lugares. Y a medida que aumenta la ola, también aumentan las muertes de inmigrantes. Las últimas cifras de la Patrulla Fronteriza muestra para este año 176 muertes de inmigrantes, comparadas con las 119 del mismo período del año pasado.
Además, agentes de la Patrulla Fronteriza en Arizona han requisado en lo que va de año 2 toneladas de drogas ilegales, de los 180.000 kilos del mismo período del año pasado, dijeron funcionarios.
Las medidas del gobernador para reformar la inmigración parece encontrarse en un punto de ebullición, con diferentes soluciones presentadas por la Casa Blanca al congreso y a grupos de activistas de defensa de los inmigrantes.
El senador de Arizona, Jon Kyl, está por ejemplo respaldando un proyecto de ley que aumenta en 10.000 los agentes de la Patrulla Fronteriza y obliga a millones de individuos sin documentación a volver a sus países natales después de cinco años.
En comparación, su colega republicano de Arizona, el senador John McCain, está llamando a votar una ley que permite que los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos puedan quedarse en el país si pagan una multa y participan en un programa de trabajadores invitados.
Con grupos de Vigilantes ]Minutemen] que juran volver a las fronteras para protestar contra el flujo de inmigrantes ilegales, y sus enemigos prometiendo hacerles frente, se espera que la inmigración será un tema clave en las elecciones del próximo año, tanto a nivel nacional como de estados.
Es también un problema al lado mexicano de la frontera, donde gran parte de la violencia es causada por una guerra entre dos poderosos carteles de narcotraficantes que luchan por el control de las rutas de contrabando, dijeron funcionarios.
Fox ha enviado soldados y policías federales a varias ciudades fronterizas como parte de un programa que llama México Seguro, pero la efectividad de éste ha sido criticada debido a la continuada violencia.
En las últimas semanas, Fox ha lanzado la segunda fase del programa de seguridad después de que Estados Unidos cerrara temporalmente su oficina consular en Nuevo Laredo debido a la violencia.
Funcionarios Mexicanos Desvían Acusación
Funcionarios mexicanos desvían normalmente el problema de vuelta hacia Estados Unidos, diciendo que no sería tan grave si Estados Unidos adoptara las reformas en inmigración que exigen los mexicanos. Esos cambios fueron considerados por el presidente Bush, pero el tema fue dejado de lado después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.
En el vasto desierto de Sonora, que se extiende desde Arizona hasta entrado México, se encuentran objetos en todas partes el martes que recuerdan que el área es una ajetreada autopista para los inmigrantes que se dirigen hacia el norte, a pesar de los riesgos.
Botellas de agua vacías y envoltorios de comida estaban dispersos en sitios donde los inmigrantes a menudo se encuentran con los contrabandistas, y en un camino abandonado, una vieja furgoneta, según las apariencias fuertemente cargada, arrancó apresuradamente cuando se acercaron visitantes.
Volviendo de un largo trayecto en el desierto para rellenar bidones de agua para los inmigrantes, el reverendo Robin Hoover, que encabeza un grupo llamado Humane Borders [Fronteras Humanas] reaccionó ante la declaración del gobernador de Arizona, diciendo: "Hace mucho tiempo que tenemos aquí un estado de emergencia no declarado... Es simplemente una confirmación más de que la frontera está resquebrajada y el estado debe remendar".
Se puede escribir a los autores a: sfranklin@tribune.com y
hdellios@tribune.com
18 de agosto de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
Nogales, Arizona, Estado Unidos. Diciendo que sus estados se están tambaleando debido al creciente tráfico de drogas y la inmigración ilegal, los gobernadores de Arizona y Nuevo México han declarado el estado de emergencia a lo largo de sus fronteras con México.La gobernadora de Arizona, Janet Napolitano, ha destinado 1.5 millones de dólares de los fondos de emergencia para ayudar a las agencias estatales y condados fronterizos, mientras el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, defendió su reciente decisión de declarar el estado de emergencia, diciendo que los estados deben ocuparse de su propia seguridad debido a que el gobierno federal no ha solucionado los problemas.
En respuesta, funcionarios mexicanos han calificado las declaraciones del gobernador de exageraciones. Rechazaron la idea de que sólo México puede resolver los problemas y llamaron a la colaboración entre los dos países para calmar la zona fronteriza.
"Mi llamado a Estados Unidos, se trate de los gobiernos estatales o del gobierno del presidente Bush, en que en lugar de pronunciamientos, hagamos propuestas; en lugar de que cada uno trabaje por su lado, trabajemos juntos. Sólo de esa manera seremos capaces de ganar [a los delincuentes]", dijo el martes el presidente mexicano Vicente Fox.
La violencia, alimentada por las guerras entre los carteles de la droga, ha plagado las ciudades fronterizas mexicanas, causando más de 300 muertes, incluyendo 110 en Nuevo Laredo, una ciudad de 350.000 habitantes al otro del Río Grande frente a Laredo, Tejas.
En Nogales, Arizona, el sheriff del condado de Cochise, Tony Estrada, dijo que "esto se está convirtiendo en algo increíble", refiriéndose a los problemas asociados al tráfico de drogas y a la inmigración ilegal.
"Tengo una cárcel que construida hace 31 años para 52 reclusos, y hoy tengo 110 reclusos y 50 por ciento de ellos son nacionales mexicanos acusados de delitos en el estado", dijo Estrada.
Portavoces en Washington defendieron los esfuerzos de Estados Unidos y México para reprimir la violencia y el tráfico de drogas. Y el martes noche, el embajador norteamericano en México, Tony Garza, dice en un discurso que será leído en Denver, que la reforma de la inmigración es "fundamental para los intereses nacionales de los dos países".
En su declaración del estado de emergencia el lunes, Napolitano criticó al gobierno federal por su "lentitud" en asegurar las fronteras. Su despacho dijo que la seguridad es una responsabilidad federal, y el gobierno federal no lo está haciendo.
La gobernadora tomó la decisión días después de que Richardson, de Nuevo México, demócrata, emitiera una declaración similar de emergencia en cuatro condados sureños: Grant, Hidalgo, Luna y Dona Ana.
Richardson se quejó de que el gobierno federal no ha contenido la violencia asociada al contrabando y dijo que gastará 1.75 millones de dólares para mejorar la seguridad en Nuevo México. Incluso propuso echar abajo una conocida ciudad mexicana fronteriza que es popular entre traficantes de personas y drogas. Richardson es el único gobernador hispano del país.
El millón y medio de dólares de Arizona será distribuido por la División de Control de Emergencias del estado, y será asignado a agencias del estado y cuatro condados fronterizos: Yuma, Pima, Santa Cruz y Cochise. El dinero proviene de los 4 millones de dólares que se reservan anualmente para desastres, y esta es la primera vez que Napolitano usa estos fondos para problemas en la frontera.
A pocos kilómetros del centro de Nogales, que está separada de su ciudad mexicana hermana por una remendada valla de metal, los empleados de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos estaban procesando a los últimos inmigrantes capturados al cruzar la frontera. Unos 1.000 inmigrantes al día pasan por el centro de Nogales, dijeron funcionarios.
Embudos Para Cruzar
En realidad, la frontera de Arizona-México de 560 kilómetros de largo, gran parte de la cual sólo cuenta con unos pocos ramales con alambre de púas, se ha transformado en un punte de cruce para los inmigrantes ilegales, empujados hasta acá por las altas murallas y protecciones reforzadas en otros lugares. Y a medida que aumenta la ola, también aumentan las muertes de inmigrantes. Las últimas cifras de la Patrulla Fronteriza muestra para este año 176 muertes de inmigrantes, comparadas con las 119 del mismo período del año pasado.
Además, agentes de la Patrulla Fronteriza en Arizona han requisado en lo que va de año 2 toneladas de drogas ilegales, de los 180.000 kilos del mismo período del año pasado, dijeron funcionarios.
Las medidas del gobernador para reformar la inmigración parece encontrarse en un punto de ebullición, con diferentes soluciones presentadas por la Casa Blanca al congreso y a grupos de activistas de defensa de los inmigrantes.
El senador de Arizona, Jon Kyl, está por ejemplo respaldando un proyecto de ley que aumenta en 10.000 los agentes de la Patrulla Fronteriza y obliga a millones de individuos sin documentación a volver a sus países natales después de cinco años.
En comparación, su colega republicano de Arizona, el senador John McCain, está llamando a votar una ley que permite que los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos puedan quedarse en el país si pagan una multa y participan en un programa de trabajadores invitados.
Con grupos de Vigilantes ]Minutemen] que juran volver a las fronteras para protestar contra el flujo de inmigrantes ilegales, y sus enemigos prometiendo hacerles frente, se espera que la inmigración será un tema clave en las elecciones del próximo año, tanto a nivel nacional como de estados.
Es también un problema al lado mexicano de la frontera, donde gran parte de la violencia es causada por una guerra entre dos poderosos carteles de narcotraficantes que luchan por el control de las rutas de contrabando, dijeron funcionarios.
Fox ha enviado soldados y policías federales a varias ciudades fronterizas como parte de un programa que llama México Seguro, pero la efectividad de éste ha sido criticada debido a la continuada violencia.
En las últimas semanas, Fox ha lanzado la segunda fase del programa de seguridad después de que Estados Unidos cerrara temporalmente su oficina consular en Nuevo Laredo debido a la violencia.
Funcionarios Mexicanos Desvían Acusación
Funcionarios mexicanos desvían normalmente el problema de vuelta hacia Estados Unidos, diciendo que no sería tan grave si Estados Unidos adoptara las reformas en inmigración que exigen los mexicanos. Esos cambios fueron considerados por el presidente Bush, pero el tema fue dejado de lado después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.
En el vasto desierto de Sonora, que se extiende desde Arizona hasta entrado México, se encuentran objetos en todas partes el martes que recuerdan que el área es una ajetreada autopista para los inmigrantes que se dirigen hacia el norte, a pesar de los riesgos.
Botellas de agua vacías y envoltorios de comida estaban dispersos en sitios donde los inmigrantes a menudo se encuentran con los contrabandistas, y en un camino abandonado, una vieja furgoneta, según las apariencias fuertemente cargada, arrancó apresuradamente cuando se acercaron visitantes.
Volviendo de un largo trayecto en el desierto para rellenar bidones de agua para los inmigrantes, el reverendo Robin Hoover, que encabeza un grupo llamado Humane Borders [Fronteras Humanas] reaccionó ante la declaración del gobernador de Arizona, diciendo: "Hace mucho tiempo que tenemos aquí un estado de emergencia no declarado... Es simplemente una confirmación más de que la frontera está resquebrajada y el estado debe remendar".
Se puede escribir a los autores a: sfranklin@tribune.com y
hdellios@tribune.com
18 de agosto de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
¿poder latino?
[Roberto Suro] Tomará tiempo antes de que el auge de población se traduzca en política.
Los políticos y los medios de comunicación parecen encantados con los votos latinos. Los presidentes de los dos partidos nacionales se dirigieron a la convención anual de la Asociación Nacional de Funcionarios Latinos Electos, que cerró ayer su congreso en Puerto Rico. Antes este mes el presidente Bush había aparecido en los Desayunos Nacionales Hispanos de Oración [National Hispanic Prayer Breakfast], y parte del revuelo sobre la siguiente nominación para la Corte Suprema y si debería nombrarse a alguien con o sin cuerdas vocales.
Entretanto, la Comisión Nacional Demócrata produjo un anuncio de radio de 60 segundos, en español, tratando de movilizar a los votantes latinos contra los cambios propuestos por Bush a la seguridad social. Por su parte, la Casa Blanca ha enviado a Ana Escobedo Cabral, una estadounidense-mexicana que es la tesorera de Estados Unidos, para promover las ideas del gobierno sobre la seguridad social.
Todo este cortejo público, y una buena parte de las estrategias ocultas, se derivan de este simple hecho: En las últimas elecciones de noviembre pasado el número de votos latinos saltó al 23 por ciento por sobre los votos en las urnas de 2000. Fue más de dos veces que la tasa de crecimiento de los blancos no-hispanos, aunque la elección estuvo marcada por una participación más alta que lo normal en un polarizado electorado blanco. Además, todas las tendencia señalan a un sostenido crecimiento de la población latina en el futuro.
Normalmente, en un artículo de este tipo, este sería el lugar para desplegar la metáfora del "gigante dormido", aclamando el surgimiento de un nuevo y poderoso grupo de votantes que está cambiando el paisaje político de Estados Unidos. Pero la población latina no es un cliché; no puede caracterizarse con tanta facilidad. El rápido aumento de su tamaño no ha producido un crecimiento equivalente en su influencia política.
Considerad estos fragmentos contrastados de información. El censo que llegó a primera plana hace algunas semanas mostraba que los hispanos (es el término oficial usado por el Buró de Censos) dieron cuenta de la mitad de todo el crecimiento demográfico de Estados Unidos en los últimos cuatro años. Pero otro documento del censo, menos celebrado, mostró que los hispanos dan cuenta de sólo un décimo del aumento total de votos en 2004 en comparación con las elecciones de 2000. El crecimiento de la población latina es gigante, si se la considera como un todo, pero sólo uno de cada cuatro latinos que se incorporaron a la población estadounidense es un nuevo votante.
Eso ocurre porque en elecciones estrechas los políticos tienden a concentrar su ardor en los socios tradicionales -sindicatos, iglesias, grupos étnicos- que han demostrado que pueden efectivamente conducir a la gente hacia las urnas. Cultivar un electorado latino sólido requerirá un largo cortejo.
Es verdad que los latinos han hecho avances en cuanto a cargos electos, pero han sido relativamente modestos. El año pasado se eligieron dos senadores hispanos, y el número de hispanos en la Cámara llegó a 27.
Pero los latinos que ganan importancia a nivel nacional todavía tienden a ser los que la han recibido de padrinos políticos blancos, como el fiscal general del presidente Bush, Alberto González, o los funcionarios del gabinete del presidente Bill Clinton, Henry Cisneros y Bill Richardson.
Hay dos razones por las que el crecimiento de la población latina no se ha traducido directamente en influencia política, de acuerdo a un nuevo informe del Centro Hispano Pew, el centro de investigación independiente donde trabajo.
Primero, un montón de latinos no son ciudadanos estadounidenses. Un tercio del aumento de la población latina entre 2000 y 2004 pertenecen a un flujo de inmigrantes adultos que no pueden votar aquí. Bajo la ley actual, la mayoría de ellos no lo hará nunca. Casi dos tercios de los recién llegados son ilegales. El resto, que son inmigrantes legales, hacen frente a retrasos en la tramitación, que ha aminorado el ritmo de las naturalizaciones desde el 11 de septiembre de 2001.
La otra importante fuente de crecimiento demográfico de los latinos son los nacimientos. Casi un tercio del crecimiento demográfico hispano desde 2000 lo componen personas que no pueden votar porque tienen menos de 18 años. La inmensa mayoría de estas personas son ciudadanos estadounidenses nacidos aquí, pero pasará mucho tiempo antes de que alcancen la mayoría de edad. Cerca de un 80 por ciento de ellos serán todavía demasiado jóvenes en 2008.
El impacto de estos dos factores demográficos se hace evidente cuando se compara cómo se traducen las cifras de población negra e hispana en números de votantes. En 2004, los hispanos superaron demográficamente a los negros por casi 5 millones, pero los negros tenían casi 7.5 millones más de votantes. Para decirlo de otro modo, los votantes sumaban un 39 por ciento de la población, en comparación con el 64 por ciento de los negros.
Este cálculo demográfico merece algunas reservas cuando se evalúa el impacto de la población latina en la política estadounidense. El mes pasado, cuando Antonio Villaraigosa fue elegido el primer alcalde latino de Los Angeles desde 1872, los comentaristas se apresuraron a proclamar el advenimiento de una nueva era. "Poder latino", decía el titular de primera plana del reportaje principal de Newsweek del 30 de mayo, completa con una metáfora sobre el gigante dormido. A Villaraigosa se le atribuye generar una participación extraordinaria de latinos, pero considerando el bajo punto de referencia, eso no era difícil. Cuando se trata de contar a la gente en casi cualquier categoría, los latinos rompen sus propios récords todos los días.
La victoria de Villaraigosa no es ninguna señal de llegada un nuevo coloso étnico dando zancadas a través del espectro político. Más bien, fue una medida del amplio descontento popular con el titular, James K. Hahn, y de la habilidad de Villaraigosa de conquistar votos de una variedad de electorados no-hispanos. Los latinos constituyeron un cuarto de los votos, de acuerdo a la encuesta a la salida de los colegios, de Los Angeles Times. Es verdad que fue un récord y al ganarse el 84 por ciento de esos votos, Villaraigosa se aseguró un triunfo electoral aplastante. Así, incluso si un latino popular postula al cargo en una ciudad donde los hispanos estén bien organizados y hayan elegido a muchos otros representantes para otras funciones, el bajo porcentaje de votantes reduce el poder latino a la mitad.
La demografía no es el único factor que diluye la presencia hispana en los comicios. El año pasado, aunque los dos principales partidos políticos, sindicatos y grupos independientes apuntaron hacia los latinos con campañas de inscripción electoral, los hispanos no lograron realizar su potencial de participación política.
Incluso entre los votantes, sólo el 58 por ciento de los latinos estaban registrados al año pasado y eso era significativamente menor que los blancos (75 por ciento) y negros (68 por ciento). La participación real en la elección presidencial de 2004 fue igualmente menor entre los hispanos que en otros grupos, aunque por un margen menor. Si los latinos se hubiesen inscrito y votado con el mismo nivel de participación que los blancos de la misma edad, habrían agregado 2.7 millones más a las urnas, aumentado su participación de 7.6 millones de votos en un 36 por ciento.
De modo que parte de la razón de por qué la metáfora de que el gigante latino no es un participante más importante en la vida política, es porque está todavía semidormido.
Es por eso que los temores entre algunos estadounidenses de que los latinos van a "dominar" son exagerados. La presencia latina es más y más visible en nuestras calles y en nuestros vecindarios, pero menos visibles en el proceso político. Casi la mitad de los blancos, incluso contando a los niños y a los inmigrantes, votaron en noviembre pasado, lo que quiere decir que se necesitaron dos residentes blancos para generar un votante. Pero debido a una combinación de falta de ciudadanía, una enorme población juvenil y votantes apáticos, sólo un quinto de los hispanos votó en las elecciones de 2004. En otras palabras, se necesitaron cinco residentes latinos por cada votante.
Un efecto secundario de esto es que el votante latino promedio no tiene el mismo perfil -los mismos intereses y preocupaciones- que el residente latino promedio.
Como con todos los grupos raciales y étnicos, entre los hispanos las tasas de inscripción y votación aumentan con la edad, la educación y el ingreso. Pero hay otro factor exclusivo de los hispanos; una parte más alta de los votantes nacieron aquí, más que en la población latina como un todo. Eso significa que los votantes y no-votantes hispanos no hablan necesariamente el mismo lenguaje. En la población hispana en general, el porcentaje de familias donde se habla solamente español es tres veces más alta que entre los votantes hispanos.
Así no sería sorprendente que cuando se trata de cuestiones de decisiones -sobre inmigración, comercio o educación bilingüe- los votantes latinos tienen un punto de partida diferente que los no-votantes latinos.
Dos recientes problemas sacaron a luz esta divergencia. A pesar del intenso cabildeo de los gobiernos de varios países, que han contribuido con millones de personas a la población inmigrante latina de Estados Unidos, el Comité Hispano del Congreso votó abrumadoramente en mayo contra el Acuerdo de Libre Comercio con América Central. El comité, formado por demócratas hispanos, optaron por la lealtad al partido y supuestos beneficios económicos para los votantes latinos mayoritariamente de clase trabajadora que los pusieron en el cargo en virtud de lazos étnicos con otros países.
Igualmente, cuando el presidente mexicano Vicente Fox hizo comentarios ampliamente considerados como menospreciativos hacia los negros hace algunas semanas, una de las primeras condenas provino del Consejo Nacional de La Raza. La principal organización de derechos civiles latina del país se conformó con principios fundamentales y alianzas de larga data con grupos negros más que servir de pantalla para el jefe de estado de un país que es de lejos la fuente más importante de nuevos inmigrantes.
Hay signos de la política hispana está echando raíces aquí. El poder político latino está creciendo, aunque no tan rápido como justificarían las cifras demográficas. Además, a medida que los latinos devienen una presencia política más prominente, lo que nos digan puede no ser lo que la gente espera.
Al autor se puede escribir a: info@pewhispanic.org
Roberto Suro es director Centro Hispano Pew Hispanic Center, un centro de investigación independiente auspiciado por Pew Charitable Trusts.
26 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh
Los políticos y los medios de comunicación parecen encantados con los votos latinos. Los presidentes de los dos partidos nacionales se dirigieron a la convención anual de la Asociación Nacional de Funcionarios Latinos Electos, que cerró ayer su congreso en Puerto Rico. Antes este mes el presidente Bush había aparecido en los Desayunos Nacionales Hispanos de Oración [National Hispanic Prayer Breakfast], y parte del revuelo sobre la siguiente nominación para la Corte Suprema y si debería nombrarse a alguien con o sin cuerdas vocales.Entretanto, la Comisión Nacional Demócrata produjo un anuncio de radio de 60 segundos, en español, tratando de movilizar a los votantes latinos contra los cambios propuestos por Bush a la seguridad social. Por su parte, la Casa Blanca ha enviado a Ana Escobedo Cabral, una estadounidense-mexicana que es la tesorera de Estados Unidos, para promover las ideas del gobierno sobre la seguridad social.
Todo este cortejo público, y una buena parte de las estrategias ocultas, se derivan de este simple hecho: En las últimas elecciones de noviembre pasado el número de votos latinos saltó al 23 por ciento por sobre los votos en las urnas de 2000. Fue más de dos veces que la tasa de crecimiento de los blancos no-hispanos, aunque la elección estuvo marcada por una participación más alta que lo normal en un polarizado electorado blanco. Además, todas las tendencia señalan a un sostenido crecimiento de la población latina en el futuro.
Normalmente, en un artículo de este tipo, este sería el lugar para desplegar la metáfora del "gigante dormido", aclamando el surgimiento de un nuevo y poderoso grupo de votantes que está cambiando el paisaje político de Estados Unidos. Pero la población latina no es un cliché; no puede caracterizarse con tanta facilidad. El rápido aumento de su tamaño no ha producido un crecimiento equivalente en su influencia política.
Considerad estos fragmentos contrastados de información. El censo que llegó a primera plana hace algunas semanas mostraba que los hispanos (es el término oficial usado por el Buró de Censos) dieron cuenta de la mitad de todo el crecimiento demográfico de Estados Unidos en los últimos cuatro años. Pero otro documento del censo, menos celebrado, mostró que los hispanos dan cuenta de sólo un décimo del aumento total de votos en 2004 en comparación con las elecciones de 2000. El crecimiento de la población latina es gigante, si se la considera como un todo, pero sólo uno de cada cuatro latinos que se incorporaron a la población estadounidense es un nuevo votante.
Eso ocurre porque en elecciones estrechas los políticos tienden a concentrar su ardor en los socios tradicionales -sindicatos, iglesias, grupos étnicos- que han demostrado que pueden efectivamente conducir a la gente hacia las urnas. Cultivar un electorado latino sólido requerirá un largo cortejo.
Es verdad que los latinos han hecho avances en cuanto a cargos electos, pero han sido relativamente modestos. El año pasado se eligieron dos senadores hispanos, y el número de hispanos en la Cámara llegó a 27.
Pero los latinos que ganan importancia a nivel nacional todavía tienden a ser los que la han recibido de padrinos políticos blancos, como el fiscal general del presidente Bush, Alberto González, o los funcionarios del gabinete del presidente Bill Clinton, Henry Cisneros y Bill Richardson.
Hay dos razones por las que el crecimiento de la población latina no se ha traducido directamente en influencia política, de acuerdo a un nuevo informe del Centro Hispano Pew, el centro de investigación independiente donde trabajo.
Primero, un montón de latinos no son ciudadanos estadounidenses. Un tercio del aumento de la población latina entre 2000 y 2004 pertenecen a un flujo de inmigrantes adultos que no pueden votar aquí. Bajo la ley actual, la mayoría de ellos no lo hará nunca. Casi dos tercios de los recién llegados son ilegales. El resto, que son inmigrantes legales, hacen frente a retrasos en la tramitación, que ha aminorado el ritmo de las naturalizaciones desde el 11 de septiembre de 2001.
La otra importante fuente de crecimiento demográfico de los latinos son los nacimientos. Casi un tercio del crecimiento demográfico hispano desde 2000 lo componen personas que no pueden votar porque tienen menos de 18 años. La inmensa mayoría de estas personas son ciudadanos estadounidenses nacidos aquí, pero pasará mucho tiempo antes de que alcancen la mayoría de edad. Cerca de un 80 por ciento de ellos serán todavía demasiado jóvenes en 2008.
El impacto de estos dos factores demográficos se hace evidente cuando se compara cómo se traducen las cifras de población negra e hispana en números de votantes. En 2004, los hispanos superaron demográficamente a los negros por casi 5 millones, pero los negros tenían casi 7.5 millones más de votantes. Para decirlo de otro modo, los votantes sumaban un 39 por ciento de la población, en comparación con el 64 por ciento de los negros.
Este cálculo demográfico merece algunas reservas cuando se evalúa el impacto de la población latina en la política estadounidense. El mes pasado, cuando Antonio Villaraigosa fue elegido el primer alcalde latino de Los Angeles desde 1872, los comentaristas se apresuraron a proclamar el advenimiento de una nueva era. "Poder latino", decía el titular de primera plana del reportaje principal de Newsweek del 30 de mayo, completa con una metáfora sobre el gigante dormido. A Villaraigosa se le atribuye generar una participación extraordinaria de latinos, pero considerando el bajo punto de referencia, eso no era difícil. Cuando se trata de contar a la gente en casi cualquier categoría, los latinos rompen sus propios récords todos los días.
La victoria de Villaraigosa no es ninguna señal de llegada un nuevo coloso étnico dando zancadas a través del espectro político. Más bien, fue una medida del amplio descontento popular con el titular, James K. Hahn, y de la habilidad de Villaraigosa de conquistar votos de una variedad de electorados no-hispanos. Los latinos constituyeron un cuarto de los votos, de acuerdo a la encuesta a la salida de los colegios, de Los Angeles Times. Es verdad que fue un récord y al ganarse el 84 por ciento de esos votos, Villaraigosa se aseguró un triunfo electoral aplastante. Así, incluso si un latino popular postula al cargo en una ciudad donde los hispanos estén bien organizados y hayan elegido a muchos otros representantes para otras funciones, el bajo porcentaje de votantes reduce el poder latino a la mitad.
La demografía no es el único factor que diluye la presencia hispana en los comicios. El año pasado, aunque los dos principales partidos políticos, sindicatos y grupos independientes apuntaron hacia los latinos con campañas de inscripción electoral, los hispanos no lograron realizar su potencial de participación política.
Incluso entre los votantes, sólo el 58 por ciento de los latinos estaban registrados al año pasado y eso era significativamente menor que los blancos (75 por ciento) y negros (68 por ciento). La participación real en la elección presidencial de 2004 fue igualmente menor entre los hispanos que en otros grupos, aunque por un margen menor. Si los latinos se hubiesen inscrito y votado con el mismo nivel de participación que los blancos de la misma edad, habrían agregado 2.7 millones más a las urnas, aumentado su participación de 7.6 millones de votos en un 36 por ciento.
De modo que parte de la razón de por qué la metáfora de que el gigante latino no es un participante más importante en la vida política, es porque está todavía semidormido.
Es por eso que los temores entre algunos estadounidenses de que los latinos van a "dominar" son exagerados. La presencia latina es más y más visible en nuestras calles y en nuestros vecindarios, pero menos visibles en el proceso político. Casi la mitad de los blancos, incluso contando a los niños y a los inmigrantes, votaron en noviembre pasado, lo que quiere decir que se necesitaron dos residentes blancos para generar un votante. Pero debido a una combinación de falta de ciudadanía, una enorme población juvenil y votantes apáticos, sólo un quinto de los hispanos votó en las elecciones de 2004. En otras palabras, se necesitaron cinco residentes latinos por cada votante.
Un efecto secundario de esto es que el votante latino promedio no tiene el mismo perfil -los mismos intereses y preocupaciones- que el residente latino promedio.
Como con todos los grupos raciales y étnicos, entre los hispanos las tasas de inscripción y votación aumentan con la edad, la educación y el ingreso. Pero hay otro factor exclusivo de los hispanos; una parte más alta de los votantes nacieron aquí, más que en la población latina como un todo. Eso significa que los votantes y no-votantes hispanos no hablan necesariamente el mismo lenguaje. En la población hispana en general, el porcentaje de familias donde se habla solamente español es tres veces más alta que entre los votantes hispanos.
Así no sería sorprendente que cuando se trata de cuestiones de decisiones -sobre inmigración, comercio o educación bilingüe- los votantes latinos tienen un punto de partida diferente que los no-votantes latinos.
Dos recientes problemas sacaron a luz esta divergencia. A pesar del intenso cabildeo de los gobiernos de varios países, que han contribuido con millones de personas a la población inmigrante latina de Estados Unidos, el Comité Hispano del Congreso votó abrumadoramente en mayo contra el Acuerdo de Libre Comercio con América Central. El comité, formado por demócratas hispanos, optaron por la lealtad al partido y supuestos beneficios económicos para los votantes latinos mayoritariamente de clase trabajadora que los pusieron en el cargo en virtud de lazos étnicos con otros países.
Igualmente, cuando el presidente mexicano Vicente Fox hizo comentarios ampliamente considerados como menospreciativos hacia los negros hace algunas semanas, una de las primeras condenas provino del Consejo Nacional de La Raza. La principal organización de derechos civiles latina del país se conformó con principios fundamentales y alianzas de larga data con grupos negros más que servir de pantalla para el jefe de estado de un país que es de lejos la fuente más importante de nuevos inmigrantes.
Hay signos de la política hispana está echando raíces aquí. El poder político latino está creciendo, aunque no tan rápido como justificarían las cifras demográficas. Además, a medida que los latinos devienen una presencia política más prominente, lo que nos digan puede no ser lo que la gente espera.
Al autor se puede escribir a: info@pewhispanic.org
Roberto Suro es director Centro Hispano Pew Hispanic Center, un centro de investigación independiente auspiciado por Pew Charitable Trusts.
26 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh
valor de los inmigrantes
[Joan Vennochi] ¿Quieres provocar un tumulto? Habla sobre la inmigración.
Ian Bowles, que encabeza el laboratorio ideológico bipartidista MassINC estuvo ayer en la mañana en un programa de radio para discutir los hallazgos de un nuevo estudio sobre Massachusetts. El estudio muestra que la participación de los inmigrantes en la fuerza de trabajo se ha casi duplicado, desde un 9 por ciento en 1980 al 17 por ciento en 2004. Sin inmigrantes, Massachusetts estaría perdiendo población.
Después, el anfitrión y el ex parlamentario Peter Blute elogiaron brevemente a los inmigrantes que entienden la ética del trabajo y los "valores americanos". Luego Blute se concentró en los aspectos negativos: los inmigrantes ilegales que "nos cuestan dinero" y "esparcen enfermedades y delitos". Esa opinión va por la vida como moderada, incluso reflexiva, en momentos en que el país presume de un grupo de ciudadanos armados determinados a impedir que los mexicanos crucen ilegalmente la frontera de Estados Unidos. Hoy, los varios tipos de inmigrantes que fueron recibidos estupendamente por la poetisa Emma Lazarus, cuyos versos fueron grabados en una placa dentro del pedestal sobre el que reposa la Estatua de la Libertad -"Dadme a vuestros exhaustos, a vuestros pobres; a vuestras masas aglomeradas, afanosas de respirar libremente", serían probablemente recibidos con sospechas y hostilidad.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 explican parte de la actitud, que ahora amenaza con dominar voces razonables, como el republicano John McCain, de Arizona. Durante una entrevista en el programa Meet the Press', de la NBC, McCain calificó la reforma de la inmigración como "un problema urgente. Estamos obligando a los empresarios norteamericanos a participar en actividades ilegales. Nuestro sistema está roto. Tenemos que repararlo..." Él y el senador Edward M. Kennedy están co-auspiciando un proyecto de ley que proporciona un visado temporal a los trabajadores extranjeros para un período inicial de 3 años, con una posible extensión de ese período.
"Los extremos" -así describió McCain a los que quieren amnistía y a los que quieren cerrar las fronteras- rechazan la propuesta. Pero como señaló: "Mientras haya demanda de trabajadores, los trabajadores seguirán llegando a Estados Unidos de Norteamérica".
Hoy, 907.000 habitantes de Bay State, uno de siete, nacieron en otro país. El estudio, realizado por el MassINC y el Centro de Estudios del Mercado Laboral de la Universidad de Northeastern, estima que la población sin documentos de Massachusetts es de "entre 100.000y 175.000 personas". Basándose en evidencias previas, los inmigrantes ilegales son "probablemente jóvenes, con educación limitada y escaso dominio del inglés". Eso causa que su habilidad de acceder a empleos, educación, salud y servicios de desarrollo laboral sea limitada. "Estos ya no son sólo problemas de los estados fronterizos", observa el estudio.
Un reciente reportaje en primera plana contaba la dramática historia de un brillante alumno, que es un inmigrante sin papeles. El estudiante, Juliano Foleiss, está volviendo a Brasil porque no puede pagar la universidad en Estados Unidos. Como no-ciudadano, no tiene derecho a las tasas estatales de matrícula universitaria y sin un número válido de la seguridad social, no tiene derecho ni a becas ni a préstamos. La legislatura del estado está reconsiderando un proyecto que permitiría que los hijos de inmigrantes ilegales tengan acceso a esas matrículas estatales.
Los autores dicen que en general el flujo de inmigrantes es importante para la salud económica de Massachusetts. "Los inmigrantes llegan como llovidos del cielo para nuestra economía y deberíamos verlo de esa manera", dijo Bowles. Sin ellos, la población del estado estaría en declive, una tendencia que se atribuye en parte a los altos costes de vida aquí. "Si no tenemos una fuerza de trabajo robusta y dinámica,
nuestro potencial económico se paralizaría. Punto", dijo Bowles.
Sin embargo hay una necesidad concurrente de mayor educación y programas de formación para ayudar a los inmigrantes a mejorar su potencial y contribuir a la economía del estado. Un creciente número de inmigrantes en Massachusetts, incluyendo a los que residen legalmente, tienen un limitado dominio del inglés; y el estudio traza una correlación directa entre el dominio del inglés y ser contratado en trabajos mejor pagados. Eso refleja una mayor tensión entre ciudadanos e inmigrantes, ya que el ciudadano-contribuyente paga la cuenta de los servicios que necesitan los inmigrantes -y teme que el inmigrante ocupe los mejores trabajos a expensas del ciudadano.
Para Bowles recibir a los recién llegados y ayudarles a asimilarse es parte de la tradición americana. "Aquí la gente ha estado llegando desde siempre" para avanzar en la vida, dice. Los que rechazan la inmigración "no se dan cuenta de la necesidad que tenemos que una población inmigrante".
Este país de inmigrantes olvida a menudo sus raíces. Ola tras ola, generación tras generación, el resentimiento llega lejos.
A Joan Vennochi se le puede escribir a: vennochi@globe.com.
21 de junio de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Ian Bowles, que encabeza el laboratorio ideológico bipartidista MassINC estuvo ayer en la mañana en un programa de radio para discutir los hallazgos de un nuevo estudio sobre Massachusetts. El estudio muestra que la participación de los inmigrantes en la fuerza de trabajo se ha casi duplicado, desde un 9 por ciento en 1980 al 17 por ciento en 2004. Sin inmigrantes, Massachusetts estaría perdiendo población.Después, el anfitrión y el ex parlamentario Peter Blute elogiaron brevemente a los inmigrantes que entienden la ética del trabajo y los "valores americanos". Luego Blute se concentró en los aspectos negativos: los inmigrantes ilegales que "nos cuestan dinero" y "esparcen enfermedades y delitos". Esa opinión va por la vida como moderada, incluso reflexiva, en momentos en que el país presume de un grupo de ciudadanos armados determinados a impedir que los mexicanos crucen ilegalmente la frontera de Estados Unidos. Hoy, los varios tipos de inmigrantes que fueron recibidos estupendamente por la poetisa Emma Lazarus, cuyos versos fueron grabados en una placa dentro del pedestal sobre el que reposa la Estatua de la Libertad -"Dadme a vuestros exhaustos, a vuestros pobres; a vuestras masas aglomeradas, afanosas de respirar libremente", serían probablemente recibidos con sospechas y hostilidad.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 explican parte de la actitud, que ahora amenaza con dominar voces razonables, como el republicano John McCain, de Arizona. Durante una entrevista en el programa Meet the Press', de la NBC, McCain calificó la reforma de la inmigración como "un problema urgente. Estamos obligando a los empresarios norteamericanos a participar en actividades ilegales. Nuestro sistema está roto. Tenemos que repararlo..." Él y el senador Edward M. Kennedy están co-auspiciando un proyecto de ley que proporciona un visado temporal a los trabajadores extranjeros para un período inicial de 3 años, con una posible extensión de ese período.
"Los extremos" -así describió McCain a los que quieren amnistía y a los que quieren cerrar las fronteras- rechazan la propuesta. Pero como señaló: "Mientras haya demanda de trabajadores, los trabajadores seguirán llegando a Estados Unidos de Norteamérica".
Hoy, 907.000 habitantes de Bay State, uno de siete, nacieron en otro país. El estudio, realizado por el MassINC y el Centro de Estudios del Mercado Laboral de la Universidad de Northeastern, estima que la población sin documentos de Massachusetts es de "entre 100.000y 175.000 personas". Basándose en evidencias previas, los inmigrantes ilegales son "probablemente jóvenes, con educación limitada y escaso dominio del inglés". Eso causa que su habilidad de acceder a empleos, educación, salud y servicios de desarrollo laboral sea limitada. "Estos ya no son sólo problemas de los estados fronterizos", observa el estudio.
Un reciente reportaje en primera plana contaba la dramática historia de un brillante alumno, que es un inmigrante sin papeles. El estudiante, Juliano Foleiss, está volviendo a Brasil porque no puede pagar la universidad en Estados Unidos. Como no-ciudadano, no tiene derecho a las tasas estatales de matrícula universitaria y sin un número válido de la seguridad social, no tiene derecho ni a becas ni a préstamos. La legislatura del estado está reconsiderando un proyecto que permitiría que los hijos de inmigrantes ilegales tengan acceso a esas matrículas estatales.
Los autores dicen que en general el flujo de inmigrantes es importante para la salud económica de Massachusetts. "Los inmigrantes llegan como llovidos del cielo para nuestra economía y deberíamos verlo de esa manera", dijo Bowles. Sin ellos, la población del estado estaría en declive, una tendencia que se atribuye en parte a los altos costes de vida aquí. "Si no tenemos una fuerza de trabajo robusta y dinámica,
nuestro potencial económico se paralizaría. Punto", dijo Bowles.
Sin embargo hay una necesidad concurrente de mayor educación y programas de formación para ayudar a los inmigrantes a mejorar su potencial y contribuir a la economía del estado. Un creciente número de inmigrantes en Massachusetts, incluyendo a los que residen legalmente, tienen un limitado dominio del inglés; y el estudio traza una correlación directa entre el dominio del inglés y ser contratado en trabajos mejor pagados. Eso refleja una mayor tensión entre ciudadanos e inmigrantes, ya que el ciudadano-contribuyente paga la cuenta de los servicios que necesitan los inmigrantes -y teme que el inmigrante ocupe los mejores trabajos a expensas del ciudadano.
Para Bowles recibir a los recién llegados y ayudarles a asimilarse es parte de la tradición americana. "Aquí la gente ha estado llegando desde siempre" para avanzar en la vida, dice. Los que rechazan la inmigración "no se dan cuenta de la necesidad que tenemos que una población inmigrante".
Este país de inmigrantes olvida a menudo sus raíces. Ola tras ola, generación tras generación, el resentimiento llega lejos.
A Joan Vennochi se le puede escribir a: vennochi@globe.com.
21 de junio de 2005
©boston globe
©traducción mQh
se arrienda seguridad social
[Eduardo Porter] Algunos inmigrantes alquilan sus números de la seguridad social.
Tlalchapa, México. Gerardo Luviano anda buscando a alguien para prestar su número de la Seguridad Social.
Luviano, 39, obtuvo su residencia legal en Estados Unidos hace casi 20 años. Pero en estos días, de vuelta en México, enseñando apicultura en la escuela secundaria local de esta calurosa y polvorienta ciudad en la parte sudoccidental del país, Luviano no está usando su número de la Seguridad Social. Así que anda buscando a un inmigrante ilegal en Estados Unidos para que lo use -a cambio de algo de dinero.
"Estuve a punto de dejarle mi número a alguien", dijo Luviano. "Mi hermano en California tiene un amigo que tiene cosechas y conoce gente que necesita un número".
La pendiente transacción de Luviano no es más que un eco en un misterioso aunque excitante mercado clandestino. Prácticamente sin ser detectado por las autoridades americanas, operando de costa a costa debajo del radar en comunidades de inmigrantes, ha emergido un mercado secundario en identidades a horcajadas entre los dos lados de la frontera entre México y Estados Unidos.
"Se lo ve como una cosa normal", dijo Luis Magaña, un activista de derechos de los inmigrantes que ayuda a los campesinos en el rico valle de San Joaquín en California.
Es imposible determinar con precisión la cantidad de gente que participa en los tratos ilegales. Pero es claramente significativo, y florece a pesar de las campañas para combatir el fraude de identidades.
Cientos de miles de inmigrantes que cruzan cada año ilegalmente la frontera de México necesitan hacerse con una identidad legal que les permita trabajar en Estados Unidos. Muchos inmigrantes legales, que viven en Estados Unidos o de vuelta en México, se sienten dichosos de proporcionárselos: mientras inflan sus ganancias dejando entrar a inmigrantes ilegales para que trabajen con su nombre y número, también acumulan sus propias pagas de desempleo y pensiones. Y a veces cobran por el favor.
Martín Mora, un antiguo inmigrante en Estados Unidos que en estos días es un político local preparándose para la candidatura a un escaño en la legislatura del estado en las elecciones del próximo octubre, dijo que en nada más un pueblo en la municipalidad de Tlalchapa "de unos mil que arreglaron sus papeles en Estados Unidos, unos 50 están aquí y han prestado sus números".
La demanda de identidades estadounidenses ha florecido en las grietas entre las cada vez menos cordiales leyes de inmigración del país y la incesante demanda de las empresas de mano de obra barata.
En 1986, cuando la Ley de Reforma y Control de la Inmigración empezó a penalizar a los empleadores que contrataran a sabiendas a inmigrantes ilegales, la mayoría de los empleadores empezaron a exigir que los inmigrantes presentaran documentos -entre ellos el número de la Seguridad Social- para demostrar que tenían permiso de trabajo.
La nueva ley no detuvo el trabajo inmigrante no autorizado. Hoy viven unos diez millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos, de 4 millones antes de que la ley entrara en vigor. Pero creó un floreciente mercado de documentos falsos.
En estos días, la mayoría de los inmigrantes que trabajan ilegalmente compran un paquete de documentos por 100 a 200 dólares, que incluye un permiso de residencia falso y una tarjeta falsa de la Seguridad Social con un número de nueve dígitos puestos al buen tuntún. "En el mercado persa te lo hacen ahí mismo", dijo David Blanco, un inmigrante ilegal de Costa Rica que trabaja como mecánico de coches en Stockton, California.
Este proceso tiene sin embargo una gran desventaja. Todos los años la Seguridad Social recibe millones de declaraciones fiscales con nombres y números que no corresponden con sus archivos. En 2002 se detectaron 9 millones, muchos de ellos simplemente errores. En respuesta la agencia envía cientos de miles de cartas pidiendo a los empleadores que corrijan la información. Estas cartas pueden provocar el despido del trabajador pillado en infracción.
Trabajar con un nombre asociado a un número reconocido por la Seguridad Social -incluso si ha sido prestado o arrendado- evita esas dificultades. "Es el modo más seguro", dijo Mario Ávalos, un contable de Stockton que rellena todos los años las declaraciones de la renta de docenas de inmigrantes ilegales. "Si vas a trabajar en una compañía con normas estrictas, sabes que no te admitirán sin los papeles correctos".
Mientras que el arriendo de números de la Seguridad Social constituye una pequeña porción del uso general de documentos falsos, gente con vínculos con comunidades de inmigrantes dicen que es cada vez más extendido. "Ocurría que la gente ofrecía su número a otro para que pudiera trabajar", dijo Mora, en Tlalchapa. "Ahora la gente está preguntando a la gente de aquí si pueden usar sus números".
Ya que los residentes americanos legales pueden perder sus permisos de residencia si permanecen demasiado tiempo fuera del país, para los que han vuelto a México es útil contar con alguien que trabaje con su identidad al norte de la frontera.
"Hay gente que viven en México que reciben 4.000 a 5.000 dólares en desempleo en la temporada baja", dijo Jorge Eguiliz, un contratista laboral que trabaja en las plantaciones de los alrededores de Stockton, California. "Sólo prestan su número durante la temporada".
Los tratos también generan dinero de otras maneras. La mayoría de los prestadores de identidad son miembros de la familia extensa o son otros inmigrantes del mismo pueblo natal. Pero es todavía una transacción cabezona. Los trabajadores inmigrantes ilegales ganan normalmente tan poco que reciben una devolución a fines de año. El trabajador inmigrante "que trabaja con el número" pagará normalmente al verdadero titular repartiendo la devolución.
"A veces a los que tienen trabajo no les importa entregar toda la devolución, sólo quieren trabajar", dijo Fernando Rosales, que gestiona un local que ayuda a rellenar el formulario de impuestos a la renta en el enclave de inmigrantes de Huntington Park, California. "Pero a otros no, y a veces hay peleas por eso. Pasa todo el tiempo. Es el tema del barrio durante la temporada de impuestos".
Hechas con habilidad, las transacciones clandestinas son prácticamente imposibles de detectar. No despiertan la alarma de la Administración de Seguridad Social. Tampoco de Hacienda mientras la persona que tiene el número prestado mantenga las planillas y rellene correctamente los formularios de impuestos.
En una respuesta por escrito a preguntas, el inspector general de la auditoría de la Seguridad Social reconoció que "mientras el nombre y el número de la seguridad social en una plantilla de salario corresponda con el archivo de la Administración de la Seguridad Social", la agencia no detectará ninguna irregularidad.
La respuesta observó que la agencia no tenía estadísticas sobre el uso que hacen inmigrantes ilegales de números de la Seguridad Social. No siquiera saben cuántas de las declaraciones de ingresos que recibe cada año provienen de inmigrantes ilegales, aunque expertos en inmigración creen que la mayoría lo saben.
Entretanto, con el ministerio de Seguridad Interior concentrado en la amenaza terrorista, prácticamente ha dejado de vigilar los lugares de trabajo para detectar infracciones laborales corrientes. El departamento de Inmigración y Aduanas arrestó a sólo 450 inmigrantes en lugares de trabajo en 2003, de 14.000 en 1998.
"Tenemos un fraude de identidad", dijo John Torres, subdirector de investigaciones. Pero "no he oído nada sobre el alquiler de identidades".
Los inmigrantes de los dos lados de las transacciones se muestran comprensiblemente reluctantes a hablar sobre su participación.
Una inmigrante ilegal de 49 años de Michoacán que gana 8.16 dólares por hora en una fábrica de panqueques en Torrance, California, dijo que había estado usando un número de la Seguridad Social que le había prestado un amigo en México desde que cruzara ilegalmente a Estados Unidos hace 15 años. "No ha vuelto en todo ese tiempo", dijo la mujer.
Hay riesgos involucrados en prestar tu identidad a otro, aunque, como Luviano, el instructor de apicultura, aprendieron por experiencia.
Luviano consiguió su permiso de residencia por una combinación de suerte y astucia. Dice que hacía un corto viaje para visitar a su hermano en California cuando entró en vigor en Estados Unidos la ley de inmigración de 1986 que otorgaba amnistía a millones de trabajadores ilegales.
Tres millones de trabajadores ilegales, 2.3 millones de ellos de México, recibieron finalmente documentos de residencia. Luviano, que pudo acogerse a la ley cuando un granjero escribió una carta confesando que él había trabajado durante meses en sus terrenos, era uno de ellos. Una vez que tuvo sus papeles, sin embargo, se volvió a Tlalcapa.
Desde entonces ha entrado varias veces a Estados Unidos, la mayor parte de las veces para renovar su permiso de residencia. Pero a principios de los años noventa, preocupado de que las largas ausencia pusieran en peligro su permiso de residencia y espoleado por la posibilidad de hacer un dinero extra, prestó su número de la Seguridad Social al amigo de su hermano. "Yo me quedaba toda la devolución de Hacienda", dijo Luviano.
Sin embargo, Luviano terminó el acuerdo cuando empezaron a llegar cuentas a su nombre por cosas que no había comprado a la dirección de su hermano. "Prestas de buena fe tu número de la seguridad social y te metes en problemas", dijo.
Pero Luviano está ansioso de hacerlo otra vez. Sabe que la Seguridad Social le puede otorgar una pensión de vejez. Y está siempre la devolución anual.
"A esos papeles no les he sacado todo el jugo que se puede", dijo pesaroso.
7 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Tlalchapa, México. Gerardo Luviano anda buscando a alguien para prestar su número de la Seguridad Social.Luviano, 39, obtuvo su residencia legal en Estados Unidos hace casi 20 años. Pero en estos días, de vuelta en México, enseñando apicultura en la escuela secundaria local de esta calurosa y polvorienta ciudad en la parte sudoccidental del país, Luviano no está usando su número de la Seguridad Social. Así que anda buscando a un inmigrante ilegal en Estados Unidos para que lo use -a cambio de algo de dinero.
"Estuve a punto de dejarle mi número a alguien", dijo Luviano. "Mi hermano en California tiene un amigo que tiene cosechas y conoce gente que necesita un número".
La pendiente transacción de Luviano no es más que un eco en un misterioso aunque excitante mercado clandestino. Prácticamente sin ser detectado por las autoridades americanas, operando de costa a costa debajo del radar en comunidades de inmigrantes, ha emergido un mercado secundario en identidades a horcajadas entre los dos lados de la frontera entre México y Estados Unidos.
"Se lo ve como una cosa normal", dijo Luis Magaña, un activista de derechos de los inmigrantes que ayuda a los campesinos en el rico valle de San Joaquín en California.
Es imposible determinar con precisión la cantidad de gente que participa en los tratos ilegales. Pero es claramente significativo, y florece a pesar de las campañas para combatir el fraude de identidades.
Cientos de miles de inmigrantes que cruzan cada año ilegalmente la frontera de México necesitan hacerse con una identidad legal que les permita trabajar en Estados Unidos. Muchos inmigrantes legales, que viven en Estados Unidos o de vuelta en México, se sienten dichosos de proporcionárselos: mientras inflan sus ganancias dejando entrar a inmigrantes ilegales para que trabajen con su nombre y número, también acumulan sus propias pagas de desempleo y pensiones. Y a veces cobran por el favor.
Martín Mora, un antiguo inmigrante en Estados Unidos que en estos días es un político local preparándose para la candidatura a un escaño en la legislatura del estado en las elecciones del próximo octubre, dijo que en nada más un pueblo en la municipalidad de Tlalchapa "de unos mil que arreglaron sus papeles en Estados Unidos, unos 50 están aquí y han prestado sus números".
La demanda de identidades estadounidenses ha florecido en las grietas entre las cada vez menos cordiales leyes de inmigración del país y la incesante demanda de las empresas de mano de obra barata.
En 1986, cuando la Ley de Reforma y Control de la Inmigración empezó a penalizar a los empleadores que contrataran a sabiendas a inmigrantes ilegales, la mayoría de los empleadores empezaron a exigir que los inmigrantes presentaran documentos -entre ellos el número de la Seguridad Social- para demostrar que tenían permiso de trabajo.
La nueva ley no detuvo el trabajo inmigrante no autorizado. Hoy viven unos diez millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos, de 4 millones antes de que la ley entrara en vigor. Pero creó un floreciente mercado de documentos falsos.
En estos días, la mayoría de los inmigrantes que trabajan ilegalmente compran un paquete de documentos por 100 a 200 dólares, que incluye un permiso de residencia falso y una tarjeta falsa de la Seguridad Social con un número de nueve dígitos puestos al buen tuntún. "En el mercado persa te lo hacen ahí mismo", dijo David Blanco, un inmigrante ilegal de Costa Rica que trabaja como mecánico de coches en Stockton, California.
Este proceso tiene sin embargo una gran desventaja. Todos los años la Seguridad Social recibe millones de declaraciones fiscales con nombres y números que no corresponden con sus archivos. En 2002 se detectaron 9 millones, muchos de ellos simplemente errores. En respuesta la agencia envía cientos de miles de cartas pidiendo a los empleadores que corrijan la información. Estas cartas pueden provocar el despido del trabajador pillado en infracción.
Trabajar con un nombre asociado a un número reconocido por la Seguridad Social -incluso si ha sido prestado o arrendado- evita esas dificultades. "Es el modo más seguro", dijo Mario Ávalos, un contable de Stockton que rellena todos los años las declaraciones de la renta de docenas de inmigrantes ilegales. "Si vas a trabajar en una compañía con normas estrictas, sabes que no te admitirán sin los papeles correctos".
Mientras que el arriendo de números de la Seguridad Social constituye una pequeña porción del uso general de documentos falsos, gente con vínculos con comunidades de inmigrantes dicen que es cada vez más extendido. "Ocurría que la gente ofrecía su número a otro para que pudiera trabajar", dijo Mora, en Tlalchapa. "Ahora la gente está preguntando a la gente de aquí si pueden usar sus números".
Ya que los residentes americanos legales pueden perder sus permisos de residencia si permanecen demasiado tiempo fuera del país, para los que han vuelto a México es útil contar con alguien que trabaje con su identidad al norte de la frontera.
"Hay gente que viven en México que reciben 4.000 a 5.000 dólares en desempleo en la temporada baja", dijo Jorge Eguiliz, un contratista laboral que trabaja en las plantaciones de los alrededores de Stockton, California. "Sólo prestan su número durante la temporada".
Los tratos también generan dinero de otras maneras. La mayoría de los prestadores de identidad son miembros de la familia extensa o son otros inmigrantes del mismo pueblo natal. Pero es todavía una transacción cabezona. Los trabajadores inmigrantes ilegales ganan normalmente tan poco que reciben una devolución a fines de año. El trabajador inmigrante "que trabaja con el número" pagará normalmente al verdadero titular repartiendo la devolución.
"A veces a los que tienen trabajo no les importa entregar toda la devolución, sólo quieren trabajar", dijo Fernando Rosales, que gestiona un local que ayuda a rellenar el formulario de impuestos a la renta en el enclave de inmigrantes de Huntington Park, California. "Pero a otros no, y a veces hay peleas por eso. Pasa todo el tiempo. Es el tema del barrio durante la temporada de impuestos".
Hechas con habilidad, las transacciones clandestinas son prácticamente imposibles de detectar. No despiertan la alarma de la Administración de Seguridad Social. Tampoco de Hacienda mientras la persona que tiene el número prestado mantenga las planillas y rellene correctamente los formularios de impuestos.
En una respuesta por escrito a preguntas, el inspector general de la auditoría de la Seguridad Social reconoció que "mientras el nombre y el número de la seguridad social en una plantilla de salario corresponda con el archivo de la Administración de la Seguridad Social", la agencia no detectará ninguna irregularidad.
La respuesta observó que la agencia no tenía estadísticas sobre el uso que hacen inmigrantes ilegales de números de la Seguridad Social. No siquiera saben cuántas de las declaraciones de ingresos que recibe cada año provienen de inmigrantes ilegales, aunque expertos en inmigración creen que la mayoría lo saben.
Entretanto, con el ministerio de Seguridad Interior concentrado en la amenaza terrorista, prácticamente ha dejado de vigilar los lugares de trabajo para detectar infracciones laborales corrientes. El departamento de Inmigración y Aduanas arrestó a sólo 450 inmigrantes en lugares de trabajo en 2003, de 14.000 en 1998.
"Tenemos un fraude de identidad", dijo John Torres, subdirector de investigaciones. Pero "no he oído nada sobre el alquiler de identidades".
Los inmigrantes de los dos lados de las transacciones se muestran comprensiblemente reluctantes a hablar sobre su participación.
Una inmigrante ilegal de 49 años de Michoacán que gana 8.16 dólares por hora en una fábrica de panqueques en Torrance, California, dijo que había estado usando un número de la Seguridad Social que le había prestado un amigo en México desde que cruzara ilegalmente a Estados Unidos hace 15 años. "No ha vuelto en todo ese tiempo", dijo la mujer.
Hay riesgos involucrados en prestar tu identidad a otro, aunque, como Luviano, el instructor de apicultura, aprendieron por experiencia.
Luviano consiguió su permiso de residencia por una combinación de suerte y astucia. Dice que hacía un corto viaje para visitar a su hermano en California cuando entró en vigor en Estados Unidos la ley de inmigración de 1986 que otorgaba amnistía a millones de trabajadores ilegales.
Tres millones de trabajadores ilegales, 2.3 millones de ellos de México, recibieron finalmente documentos de residencia. Luviano, que pudo acogerse a la ley cuando un granjero escribió una carta confesando que él había trabajado durante meses en sus terrenos, era uno de ellos. Una vez que tuvo sus papeles, sin embargo, se volvió a Tlalcapa.
Desde entonces ha entrado varias veces a Estados Unidos, la mayor parte de las veces para renovar su permiso de residencia. Pero a principios de los años noventa, preocupado de que las largas ausencia pusieran en peligro su permiso de residencia y espoleado por la posibilidad de hacer un dinero extra, prestó su número de la Seguridad Social al amigo de su hermano. "Yo me quedaba toda la devolución de Hacienda", dijo Luviano.
Sin embargo, Luviano terminó el acuerdo cuando empezaron a llegar cuentas a su nombre por cosas que no había comprado a la dirección de su hermano. "Prestas de buena fe tu número de la seguridad social y te metes en problemas", dijo.
Pero Luviano está ansioso de hacerlo otra vez. Sabe que la Seguridad Social le puede otorgar una pensión de vejez. Y está siempre la devolución anual.
"A esos papeles no les he sacado todo el jugo que se puede", dijo pesaroso.
7 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
refugiados en el limbo
[Jodi Wilgoren] Expulsados de Estados Unidos, y sin tener adónde ir.
Stillwater, Minnesota, Estados Unidos. En 1999, Keyse G. Jama, un refugiado somalí, cometió lo que llama su error más grave: meterse borracho en una pelea con cuchillos que lo envió a la cárcel con una sentencia de un año. Casi seis años después, todavía está ahí.
Deportado en mayo de 2001 debido a su delito, Jama se defendió hasta ante la Corte Suprema, que resolvió en enero que podía en realidad ser retornado a su violento y caótico país natal a pesar de carecer de un gobierno en funciones. Así que el servicio de inmigración alquiló un avión y pagó a una compañía de seguridad privada para repatriarlo en abril. Pero cuando llegó al aeropuerto somalí, funcionarios locales rechazaron sus documentos y lo enviaron de vuelta.
Ahora, después de un costoso viaje de 29.000 kilómetros, Jama, 26, está de vuelta en esta suburbio de Minneapolis, en la cárcel donde empezó, un hombre sin patria, anhelando volver a casa -sea a sus parientes en Minnesota, o a extraños en Somalia.
"No me importa dónde vaya", dijo en una entrevista en la cárcel, salpicada de sarcasmo y algunos sollozos. "No tengo país. No tengo nada. Sólo quiero salir de la cárcel. Me podríais dejar en Iraq ahora mismo. Quiero estar libre".
La lucha de Jama contra el sistema, aunque extraordinaria, refleja uno de los dilemas políticos y morales más difíciles del servicio de inmigración: qué hacer con la gente que no tiene bases jurídicas para quedarse, ni modo de volver a partir. Aunque es uno de un puñado de somalíes que están encarcelados mientras esperan su expulsión, unos 4.000 de sus compatriotas hacen también frente a una inminente deportación -la mayoría de ellos porque sus peticiones de asilo fueron rechazadas- cuando el gobierno pueda enviarlos a casa.
Y el problema no se limita a los somalíes. La Red Católica de Inmigración Legal, usando datos del ministerio de Seguridad Interior, contó en marzo 1.225 inmigrantes en más de 100 países que se encuentran detenidos por largos períodos, como Jama. Miles más que fueron deportados viven bajo una régimen parecido al de libertad condicional, y pueden ser expulsados en cualquier momento.
"Les llamamos perpetuos'", dijo David Leopold, un abogado de Cleveland y miembro del directorio de la Asociación Americana de Abogados de Inmigración. "Es un problema serio porque no hay dónde enviarlos, y si no hay dónde enviarlos, se quedan flotando en un limbo".
Mientras algunos provienen de zonas en guerra como Somalia o Sudán, donde no hay autoridades que emitan pasaportes, la mayoría provienen de países como Cuba, Irán, Libia y Corea del Norte, que no tienen relaciones diplomáticas completas con Estados Unidos. Otros son ciudadanos de Vietnam, Laos o China, cuyo retorno ha sido rechazado por razones desconocidas. Hay problemas más particulares -un europeo apátrida nacido en un campamento para personas desplazadas, un etíope cuyo territorio pertenece ahora a Eritrea- y hay palestinos sin un país.
"Puede ser muy difícil llevar a la gente a esos países", dijo Manny Van Pelt, portavoz de la Oficina de Inmigración y Aduanas. "La opinión pública estadounidense piensa que se trata de poner a una persona en un avión y dejarla partir".
Laura Lichter, abogado en Denver que representa a somalíes, camboyanos y otros en situación similar, dijo que el fracaso del gobierno en expulsar a Jama sólo reforzaba el argumento de que él y otros como él no deben ser enviados a casa hasta que la situación sea más estable.
"Es como si mandarás un paquete por cobre revertido a algún lugar: alguien debe firmarlo al otro lado", dijo Lichter. "Una cosa es que el gobierno diga: Mire, usted no es de aquí y ha sido un invitado violento, vuélvase a casa'. Pero el punto es que tú simplemente no puedes poner a la gente en la calle. Y no creo que haya nadie que haya propuesto alguna solución".
Indignado por la chapuza de expulsión de Jama, un juez federal de Minneapolis, John R. Tunheim, ordenó el mes pasado que fuera dejado en libertad el 23 de mayo. El juez Tunheim instó al gobierno a "reducir su precipitación, y tomarse el tiempo para planear cuidadosa y exhaustivamente la deportación legal y segura de todos los nacionales somalíes sujetos a deportación".
Pero una corte de apelaciones paralizó la liberación de Jama después de que el gobierno argumentara en documentos judiciales que se corría el riesgo de que se fugara, "porque no tiene nada que perder", y dijo que las autoridades estaban "a punto" de expulsarlo.
Los abogados de Jama se preguntan cómo un segundo intento de deportación diferiría del primero, y dicen que retenerlo todo este tiempo o enviarlo a Somalia sin garantizar su seguridad son ambas cosas equivalentes a pisotear sus derechos humanos. Entretanto, su cliente lucha por dormir en su celda, preguntándose si el amanecer será el primer día del resto de su vida u otras 24 horas encerrado a costas de los 81.11 dólares del contribuyente que cuesta su detención.
"Este juego, ¿terminará alguna vez?", dijo. "Parecía que había terminado, pero no".
Nacido en Mogadishu, Jama pasó varios años en campos de refugiados en Kenia antes de llegar a Estados Unidos, legalmente, en 1996, como parte de una ola que ha inflado la población somalí del país a 90.000, casi la mitad de los cuales viven aquí en Minnesota.
Sus problemas, dice, comenzaron inmediatamente en una botella de cerveza. Se distanció de su estricta familia musulmana. Dejó la escuela, donde de todos modos no entendía las clases en inglés. Consiguió, y perdió, un trabajo en el aeropuerto surtiendo aviones. Y fue detenido varias veces por robo o desórdenes.
En las primeras horas del 15 de junio de 1999, una riña con un compañero de piso se convirtió en una pelea violenta frente a un bar de Waseca, Minnesota, a unos 120 kilómetros al sur de Twin Cities, y Jama acuchilló a tres personas, de acuerdo a informes de la policía. Se declaró culpable de un cargo de agresión y fue dejado en libertad, pero violó pronto su libertad condicional y volvió a custodia carcelaria el 21 de octubre. Desde entonces está ahí.
"No debería estar aquí de ninguna manera", dijo, ahora en un inglés casi fluido. "Yo viene a este país refugiado. Ya debería tener la nacionalidad. El error que cometí es el alcohol".
La condena puso en marcha los trámites de deportación, pero Jama resistió, recusando por su propia cuenta antes de obtener la ayuda de Defensores de los Derechos Humanos, Minnesota, y de Briggs & Morgan, un bufete de abogados que ha donado más de 5.000 horas a su caso. Luego, hace cinco meses, la Corte Suprema resolvió, por 5-4, que la aplicación de la ley de deportación no requería el consentimiento del país receptor.
Así empezó la segunda batalla: encontrar un hogar para Jama.
Hubo una disputa sobre dónde en Somalia enviarlo, y el servicio de inmigración aceptó finalmente su elección: Puntland, una región al nordeste del país controlada por su clan, Darood.
También estaba el asunto del pasaporte. Jama nunca tuvo uno, y Somalia no tiene un gobierno central que emita pasaportes. Daallo Airlines, la única opción comercial, exige uno, así que los abogados discutieron sobre si ellos podían (o debían) obtener uno de un grupo casi-gubernamental, y decidieron finalmente no hacerlo.
El 20 de abril a las 9 de la mañana funcionarios de inmigración llegaron a la cárcel aquí "y me dijeron que recogiera mis cosas", dijo Jama en una declaración jurada.
Entrevistas y otros documentos del tribunal muestran que fue llevado, con los tobillos o muñecas esposadas, en un avión privado desde Minneapolis a Nairobi, con paradas de reaprovisionamiento en Reykjavik y Roma. Funcionarios americanos no viajan a Somalia -ni tienen tratos con las autoridades locales de Puntland-, así que no entregaron en Nairobi a RMI Security, un complejo keniano que, bajo contrato con el gobierno norteamericano, se suponía que debía negociar su aceptación.
Él y sus guardias viajaron como habían planeado hacia la pista de Puntland, pero pronto volvieron a abordar el avión con un documento escrito a mano de un funcionario no identificado que decía: "No teniendo los documentos legales necesarios, hemos rechazado exceptarlo". Estaba firmado: "Gracias".
Ahora la lucha legal se libra sobre un precedente separado de la Corte Suprema que prohíbe la detención por más de seis meses a menos que la deportación sea inminente o haya un peligro específico asociado a su liberación. El servicio de inmigración, al pedir a la corte de apelaciones que bloqueara la liberación de Jama, dijo que el período de seis meses debía empezar el 12 de enero, el día de la resolución de la Corte Suprema sobre su demanda.
"Este caso implica a un extranjero que ha impedido su expulsión", escribieron los abogados del gobierno, atribuyendo la extensión de la detención de Jama a su rechazo original de la deportación, su elección de destino y su negativa a obtener un pasaporte.
En documentos judiciales el gobierno dijo que ahora planea expulsar a Jama para el 8 de junio. Tim Counts, portavoz de la oficina del servicio de inmigración en Bloomington, Minnesota, dijo en una entrevista que "está muy claro que tenemos la autoridad para retenerlo", pero se negó a comentar el próximo intento de deportación. "Simplemente no hablamos sobre los detalles de ninguna expulsión -cómo, cuándo, todo eso", dijo.
Así que Jama sigue en la cárcel, donde tiene un diploma por ganar un campeonato de lanzamiento en balonmano y otro por completar un tratamiento químico contra la dependencia. Acostumbraba a jugar dominó y naipes, pero ahora pasa más tiempo leyendo sobre Martin Luther King Jr. y Malcolm X.
"Cuando mi caso fue a la Corte Suprema, empecé a leer un montón de libros de historia", dijo. "Y sobre cómo sufría la gente. No soy sólo yo".
Jama dijo que había estado rezando cinco veces al día -no por su libertad, sino para pedir el perdón de Dios. La comunidad somalí local ha reunido dinero para ayudarlo a empezar de nuevo.
Si lo dejan en libertad aquí, dijo Jama, tiene un trabajo de tiempo parcial en un restaurante somalí y en una tienda de abarrotes, y tiene dónde alojar, con una tía en un suburbio, lejos de sus viejos amigotes bebedores. Si termina en Somalia, espera poder usar su inglés para trabajar con Naciones Unidas -o, dijo, para ayudar al restablecimiento de los 4.000 somalíes que serán deportados después de él.
4 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Stillwater, Minnesota, Estados Unidos. En 1999, Keyse G. Jama, un refugiado somalí, cometió lo que llama su error más grave: meterse borracho en una pelea con cuchillos que lo envió a la cárcel con una sentencia de un año. Casi seis años después, todavía está ahí.Deportado en mayo de 2001 debido a su delito, Jama se defendió hasta ante la Corte Suprema, que resolvió en enero que podía en realidad ser retornado a su violento y caótico país natal a pesar de carecer de un gobierno en funciones. Así que el servicio de inmigración alquiló un avión y pagó a una compañía de seguridad privada para repatriarlo en abril. Pero cuando llegó al aeropuerto somalí, funcionarios locales rechazaron sus documentos y lo enviaron de vuelta.
Ahora, después de un costoso viaje de 29.000 kilómetros, Jama, 26, está de vuelta en esta suburbio de Minneapolis, en la cárcel donde empezó, un hombre sin patria, anhelando volver a casa -sea a sus parientes en Minnesota, o a extraños en Somalia.
"No me importa dónde vaya", dijo en una entrevista en la cárcel, salpicada de sarcasmo y algunos sollozos. "No tengo país. No tengo nada. Sólo quiero salir de la cárcel. Me podríais dejar en Iraq ahora mismo. Quiero estar libre".
La lucha de Jama contra el sistema, aunque extraordinaria, refleja uno de los dilemas políticos y morales más difíciles del servicio de inmigración: qué hacer con la gente que no tiene bases jurídicas para quedarse, ni modo de volver a partir. Aunque es uno de un puñado de somalíes que están encarcelados mientras esperan su expulsión, unos 4.000 de sus compatriotas hacen también frente a una inminente deportación -la mayoría de ellos porque sus peticiones de asilo fueron rechazadas- cuando el gobierno pueda enviarlos a casa.
Y el problema no se limita a los somalíes. La Red Católica de Inmigración Legal, usando datos del ministerio de Seguridad Interior, contó en marzo 1.225 inmigrantes en más de 100 países que se encuentran detenidos por largos períodos, como Jama. Miles más que fueron deportados viven bajo una régimen parecido al de libertad condicional, y pueden ser expulsados en cualquier momento.
"Les llamamos perpetuos'", dijo David Leopold, un abogado de Cleveland y miembro del directorio de la Asociación Americana de Abogados de Inmigración. "Es un problema serio porque no hay dónde enviarlos, y si no hay dónde enviarlos, se quedan flotando en un limbo".
Mientras algunos provienen de zonas en guerra como Somalia o Sudán, donde no hay autoridades que emitan pasaportes, la mayoría provienen de países como Cuba, Irán, Libia y Corea del Norte, que no tienen relaciones diplomáticas completas con Estados Unidos. Otros son ciudadanos de Vietnam, Laos o China, cuyo retorno ha sido rechazado por razones desconocidas. Hay problemas más particulares -un europeo apátrida nacido en un campamento para personas desplazadas, un etíope cuyo territorio pertenece ahora a Eritrea- y hay palestinos sin un país.
"Puede ser muy difícil llevar a la gente a esos países", dijo Manny Van Pelt, portavoz de la Oficina de Inmigración y Aduanas. "La opinión pública estadounidense piensa que se trata de poner a una persona en un avión y dejarla partir".
Laura Lichter, abogado en Denver que representa a somalíes, camboyanos y otros en situación similar, dijo que el fracaso del gobierno en expulsar a Jama sólo reforzaba el argumento de que él y otros como él no deben ser enviados a casa hasta que la situación sea más estable.
"Es como si mandarás un paquete por cobre revertido a algún lugar: alguien debe firmarlo al otro lado", dijo Lichter. "Una cosa es que el gobierno diga: Mire, usted no es de aquí y ha sido un invitado violento, vuélvase a casa'. Pero el punto es que tú simplemente no puedes poner a la gente en la calle. Y no creo que haya nadie que haya propuesto alguna solución".
Indignado por la chapuza de expulsión de Jama, un juez federal de Minneapolis, John R. Tunheim, ordenó el mes pasado que fuera dejado en libertad el 23 de mayo. El juez Tunheim instó al gobierno a "reducir su precipitación, y tomarse el tiempo para planear cuidadosa y exhaustivamente la deportación legal y segura de todos los nacionales somalíes sujetos a deportación".
Pero una corte de apelaciones paralizó la liberación de Jama después de que el gobierno argumentara en documentos judiciales que se corría el riesgo de que se fugara, "porque no tiene nada que perder", y dijo que las autoridades estaban "a punto" de expulsarlo.
Los abogados de Jama se preguntan cómo un segundo intento de deportación diferiría del primero, y dicen que retenerlo todo este tiempo o enviarlo a Somalia sin garantizar su seguridad son ambas cosas equivalentes a pisotear sus derechos humanos. Entretanto, su cliente lucha por dormir en su celda, preguntándose si el amanecer será el primer día del resto de su vida u otras 24 horas encerrado a costas de los 81.11 dólares del contribuyente que cuesta su detención.
"Este juego, ¿terminará alguna vez?", dijo. "Parecía que había terminado, pero no".
Nacido en Mogadishu, Jama pasó varios años en campos de refugiados en Kenia antes de llegar a Estados Unidos, legalmente, en 1996, como parte de una ola que ha inflado la población somalí del país a 90.000, casi la mitad de los cuales viven aquí en Minnesota.
Sus problemas, dice, comenzaron inmediatamente en una botella de cerveza. Se distanció de su estricta familia musulmana. Dejó la escuela, donde de todos modos no entendía las clases en inglés. Consiguió, y perdió, un trabajo en el aeropuerto surtiendo aviones. Y fue detenido varias veces por robo o desórdenes.
En las primeras horas del 15 de junio de 1999, una riña con un compañero de piso se convirtió en una pelea violenta frente a un bar de Waseca, Minnesota, a unos 120 kilómetros al sur de Twin Cities, y Jama acuchilló a tres personas, de acuerdo a informes de la policía. Se declaró culpable de un cargo de agresión y fue dejado en libertad, pero violó pronto su libertad condicional y volvió a custodia carcelaria el 21 de octubre. Desde entonces está ahí.
"No debería estar aquí de ninguna manera", dijo, ahora en un inglés casi fluido. "Yo viene a este país refugiado. Ya debería tener la nacionalidad. El error que cometí es el alcohol".
La condena puso en marcha los trámites de deportación, pero Jama resistió, recusando por su propia cuenta antes de obtener la ayuda de Defensores de los Derechos Humanos, Minnesota, y de Briggs & Morgan, un bufete de abogados que ha donado más de 5.000 horas a su caso. Luego, hace cinco meses, la Corte Suprema resolvió, por 5-4, que la aplicación de la ley de deportación no requería el consentimiento del país receptor.
Así empezó la segunda batalla: encontrar un hogar para Jama.
Hubo una disputa sobre dónde en Somalia enviarlo, y el servicio de inmigración aceptó finalmente su elección: Puntland, una región al nordeste del país controlada por su clan, Darood.
También estaba el asunto del pasaporte. Jama nunca tuvo uno, y Somalia no tiene un gobierno central que emita pasaportes. Daallo Airlines, la única opción comercial, exige uno, así que los abogados discutieron sobre si ellos podían (o debían) obtener uno de un grupo casi-gubernamental, y decidieron finalmente no hacerlo.
El 20 de abril a las 9 de la mañana funcionarios de inmigración llegaron a la cárcel aquí "y me dijeron que recogiera mis cosas", dijo Jama en una declaración jurada.
Entrevistas y otros documentos del tribunal muestran que fue llevado, con los tobillos o muñecas esposadas, en un avión privado desde Minneapolis a Nairobi, con paradas de reaprovisionamiento en Reykjavik y Roma. Funcionarios americanos no viajan a Somalia -ni tienen tratos con las autoridades locales de Puntland-, así que no entregaron en Nairobi a RMI Security, un complejo keniano que, bajo contrato con el gobierno norteamericano, se suponía que debía negociar su aceptación.
Él y sus guardias viajaron como habían planeado hacia la pista de Puntland, pero pronto volvieron a abordar el avión con un documento escrito a mano de un funcionario no identificado que decía: "No teniendo los documentos legales necesarios, hemos rechazado exceptarlo". Estaba firmado: "Gracias".
Ahora la lucha legal se libra sobre un precedente separado de la Corte Suprema que prohíbe la detención por más de seis meses a menos que la deportación sea inminente o haya un peligro específico asociado a su liberación. El servicio de inmigración, al pedir a la corte de apelaciones que bloqueara la liberación de Jama, dijo que el período de seis meses debía empezar el 12 de enero, el día de la resolución de la Corte Suprema sobre su demanda.
"Este caso implica a un extranjero que ha impedido su expulsión", escribieron los abogados del gobierno, atribuyendo la extensión de la detención de Jama a su rechazo original de la deportación, su elección de destino y su negativa a obtener un pasaporte.
En documentos judiciales el gobierno dijo que ahora planea expulsar a Jama para el 8 de junio. Tim Counts, portavoz de la oficina del servicio de inmigración en Bloomington, Minnesota, dijo en una entrevista que "está muy claro que tenemos la autoridad para retenerlo", pero se negó a comentar el próximo intento de deportación. "Simplemente no hablamos sobre los detalles de ninguna expulsión -cómo, cuándo, todo eso", dijo.
Así que Jama sigue en la cárcel, donde tiene un diploma por ganar un campeonato de lanzamiento en balonmano y otro por completar un tratamiento químico contra la dependencia. Acostumbraba a jugar dominó y naipes, pero ahora pasa más tiempo leyendo sobre Martin Luther King Jr. y Malcolm X.
"Cuando mi caso fue a la Corte Suprema, empecé a leer un montón de libros de historia", dijo. "Y sobre cómo sufría la gente. No soy sólo yo".
Jama dijo que había estado rezando cinco veces al día -no por su libertad, sino para pedir el perdón de Dios. La comunidad somalí local ha reunido dinero para ayudarlo a empezar de nuevo.
Si lo dejan en libertad aquí, dijo Jama, tiene un trabajo de tiempo parcial en un restaurante somalí y en una tienda de abarrotes, y tiene dónde alojar, con una tía en un suburbio, lejos de sus viejos amigotes bebedores. Si termina en Somalia, espera poder usar su inglés para trabajar con Naciones Unidas -o, dijo, para ayudar al restablecimiento de los 4.000 somalíes que serán deportados después de él.
4 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
en el peldaño de abajo
[Anthony DePalma] En Estados Unidos ahora es más difícil que un inmigrante ascienda a la clase media.
En la oscuridad que precede al amanecer, cuando la Avenida Madison está desierta y sus caras boutiques están todavía cerradas, varios mexicanos se deslizaron silenciosamente en el 3 Guys, un restaurante que la guía Zagat llamó una vez "la cafetería más cara de Nueva York".
Durante las siguientes 10 horas freirán huevos, asarán hamburguesas, servirán café y fregarán platos para un mar de clientes del Upper East Side de Manhattan. A las 7:35 de la mañana, Eliot Spitzer, fiscal general de Nueva York, estaba disfrutando de un poderoso desayuno cerca del mostrador de granito pulido. En la misma cabina burdeos, pero unas horas después, Michael A. Wiener, co-fundador del multimillonario Infinity Broadcasting, comía un bocado con su esposa Zena. Justo el día anterior, Uma Thurman se dejó caer para un tranquilo almuerzo con sus hijos, pero los fotógrafos la descubrieron y se marchó.
Más mexicanos entraron para empezar sus turnos matutinos, y para cuando John Zannikos, uno de los tres propietarios griegos del restaurante, llegó en coche desde los suburbios de Jersey del Norte para ocuparse de los comensales, la Avenida Madison estaba ajetreadísima. Lo mismo 3 Guys.
"Tienes que esperar un rato", dijo Zannikos a una leonada de elegantes mujeres que habían pasado la mañana en el Museo Whitney de Arte Americano, al otro lado de la Avenida Madison en la calle 75. Para un inmigrante analfabeto que llegó a Nueva York hace años con nada más que 100 dólares en el bolsillo y su disposición a trabajar grabada en su corazón, ¿se puede decir algo más halgüeño?
Con sus clientes ricos, propietarios de clase media y trabajadores de bajos ingresos, 3 Guys es una plantilla de las divisiones de clase en Estados Unidos. Pero es también el marco de dos historias completamente diferentes sobre cómo se agrietan esas divisiones.
La historia más familiar es la de Zannikos. Para él, el restaurante -no te atrevas a llamarlo mesón- con sus 20 ensaladas y elegante decorado representa la promesa americana de la movilidad ascendente, de la que han disfrutado innumerables veces generaciones de trabajadores inmigrantes.
Pero para Juan Manuel Peralta, 34, el inmigrante ilegal que trabajó aquí durante cinco años antes de ser despedido a fines de mayo, y para muchos de los otros inmigrantes mexicanos ilegales en la parte de atrás, el trabajo en restaurantes hoy en día es como un callejón sin salida. Están descubriendo que el sueño americano de escalar es mucho más elusivo de lo que fue para Zannikos. A pesar de sus esfuerzos por ayudarles, corren el riesgo de estancarse en una subclase permanente entre los pobres, los no-calificados y los sin educación.
Esto no quiere decir que los casi cinco millones de mexicanos que, como Peralta, están viviendo en Estados Unidos ilegalmente no saldrán nunca de la sombra. Muchos lo han logrado, y sin duda muchos más lo harán. Pero el mero tamaño del flujo -más de 400.000 en un año- crea un problema por sí mismo. Quiere decir que hay un siempre creciente fondo común de trabajadores intercambiables, muchos de ellos maniobrando de un trabajo mal pagado a otro. Si alguien avanza, otro -o quizás dos o tres- ocuparán su lugar.
Aunque Peralta llegó a Nueva York casi 40 años después que Zannikos, los dos comparten inicios extraordinariamente similares. Llegaron a la misma edad a la misma sección de la ciudad de Nueva York, sin documentos legales y sin hablar más que unas palabras de inglés. Los dos soñaban con una vida mejor. Pero enormes cambios en la economía y en las actitudes hacia los inmigrantes hacen menos probable que Peralta y sus hijos pasen por la misma movilidad ascendente que Zannikos y su familia.
Por supuesto, existe la posibilidad de que Peralta pueda sin embargo hacerse un hueco entre los mexicanos-estadounidenses que se han asentado con éxito aquí. Se da cuenta de que probablemente no le irá tan bien como los que han avanzado hacia cargos públicos o los que han sido capaces de comprar los viñedos donde sus padres recogían uvas. Pero todavía sueña con que sus hijos se unan a los millones de inmigrantes que han perdido sus acentos, disfrutado de una buena educación y alcanzado firmemente el sueño americano.
Los politólogos están divididos en cuanto a si los 25 millones de personas con ancestros mexicanos en Estados Unidos representan o no una excepción a la clásica historia de triunfo del inmigrante. Algunos, como John H. Mollenkopf, de la Universidad del Ayuntamiento de Nueva York, están convencidos de que los mexicanos finalmente se integrarán tan bien como los griegos, italianos y otros europeos del siglo pasado que se asimilaron bien después de dos o tres generaciones. Otros, incluyendo a mexicano-estadounidenses como Rodolfo O. de la Garza, profesor de Columbia, han realizado estudios que muestran que los mexicano-estadounidenses hacen frente a tantos obstáculos que incluso la cuarta generación va a la cola de otros americanos en educación, casa propia e ingreso familiar.
La situación es incluso peor para los millones más que han entrado a Estados Unidos ilegalmente desde 1990. Encuentran montones de trabajo, pero de ascenso difícil, repartidos en cientos de ciudades mucho más allá del sudoeste. El presidente Fox, de México, se vio obligado a pedir disculpas este mes por declarar públicamente lo que muchos mexicanos dicen que sienten, que los inmigrantes ilegales "están haciendo el trabajo que en Estados Unidos no quieren hacer ni siquiera los negros". El resentimiento y la raza bloquean sutilmente el camino, como lo hace el persistente vínculo con México, que es tan estrecho que muchos inmigrantes no echan aquí raíces profundas. Dicen que piensan quedarse lo suficiente como para ahorrar dinero y marcharse de vuelta a casa. Pero pocos vuelven.
Pero el mayor obstáculo es su posición legal. Con pocas rutas abiertas para convertirse en legales, siguen, como Peralta, sin derechos, sin seguridad y sin un camino claro hacia un futuro mejor.
"Es preocupante", dijo Richard Alba, sociólogo en la Universidad del Estado de Nueva York, Albany, que estudia la asimilación y la movilidad de clase de los inmigrantes contemporáneos, "y no tengo motivos para creer que cambie".
Ha cambiado poco para Peralta, un cocinero que ha hecho trabajos meniales durante los últimos 15 años en Estados Unidos. Aunque gana más de lo que soñaba en México, todavía está lejos de la clase media y los reveses son rutina. Sin embargo, no ha perdido las esperanzas. Querer es poder, dice a veces: Si quieres realmente algo, lo conseguirás.
Pero el deseo puede no ser ya suficiente. Eso es lo que preocupa a Arturo Sarukhan, el cónsul general de México en Nueva York. Sarukhan recibió una llamada urgente del jefe de policía de Nueva York, que quería informarle sobre un aumento de la actividad de las bandas entre jóvenes mexicanos, un signo de que se estaban moviendo en la parte de abajo de la sociedad en Estados Unidos. Los funcionarios dicen que de todos los inmigrantes, los mexicanos son los más pobres, los de menor educación y los que es menos probable que hablen inglés.
El fracaso o éxito de esta generación de mexicanos en Estados Unidos determinará el lugar que los mexicanos ocuparán aquí en los años venideros, dijo Sarukhan, y las perspectivas no son alentadoras.
"Estarán mejor lo que estarían en México", dijo, "pero no creo que eso sea suficiente para impedir que se transformen en una subclase en Nueva York".
Resultados Diferentes
A mediodía hay una pausa en 3 Guys, después de que se marchan las limusinas y antes de que salgan las escuelas privadas. Eso fue cuando Zannikos le pidió al cocinero mexicano que remplazaba a Peralta que le preparara un almuerzo. Luego Zannikos llevó la pechuga de pollo con agave a la última mesa del restaurante.
"La historia de mi vida es una buena historia, con un montón de éxitos", dijo, con un pesado acento. Era un adolescente cuando dejó la isla griega de Chios, a unos kilómetros de la costa de Turquía. La Segunda Guerra Mundial acababa de terminar, y Grecia estaba en la ruina. "Sólo había ricos y pobres, eso era todo", dijo Zannikos. "Como existía una clase media como la que hay aquí". Tiene 70 años, el pelo cano y corto y ojos suaves que se pueden llenar de lágrimas a la mera mención del pasado.
Debido a la guerra, dijo, nunca terminó el segundo año básico, nunca aprendió a leer o escribir. Se alistó como marino mercante y en 1953, cuando tenía 19, su barco atracó en Norfolk, Virginia. Desembarcó un sábado con la intención de no volver nunca más a Grecia. Dejó todo atrás, incluyendo sus documentos de viaje. Todo lo que tenía en el bolsillo eran 100 dólares y la dirección de un primo de su madre en la sección de Jackson Heights-Corona, de Queens.
Casi cuatro décadas después, Peralta sufrió un rito de pasaje similar en México. Había terminado su octavo básico en el pobre estado sureño de Guerrero y no veía otro futuro allá que parchar llantas. Su padre, Inocencio, soñaba con marcharse a Estados Unidos, pero nunca tuvo el dinero. En 1990, pidió dinero prestado para darle una posibilidad a su primogénito.
Peralta tenía 10 cuando se subió a un humeante bus que lo llevó a través de las desiertas montañas de Guerrero y siguió hasta la frontera de México. Con otros ocho mexicanos que no conocía, se arrastró por un túnel del alcantarillado que empezaba en Tijuana y terminaba al otro lado de la frontera, en lo que los mexicanos llaman
el Norte".
No llevaba documentos, ni fotos ni dinero, excepto lo que le dio su padre para pagar a su evasivo guía y comprar un billete de avión hacia Nueva York. En el fondo de su bolsillo estaba la dirección de un tío que vivía en la misma sección de Queens donde había empezado Zannikos. Hacia 1990, el área había pasado de ser preponderantemente griega, a preponderantemente latina.
Empezando en el mismo vecindario de clase trabajadora, Peralta y Zannikos se dieron cuenta pronto de que Nueva York está llena de oportunidades y obstáculos, a menudo en la misma medida.
En su primer día aquí, Zannikos, asustado y sintiéndose perdido, encontró el edificio que andaba buscando, pero el primo de su madre se había mudado. No tenía idea de qué hacer hasta que pasó un griego. Le dijo que caminara cinco manzanas más, hasta el Deluxe Diner. Lo hizo. El mesón estaba lleno de pintores de brocha gorda griegos, entre ellos uno que conocía al padre de Zannikos. Ahí mismo le ofrecieron un trabajo pintando armarios, donde sus errores podían pasar desapercibidos. Pintó hasta que llegó el invierno. Otro griego lo contrató como lavaplatos en su cafetería en el Bronx.
No era fácil, pero Zannikos se fue haciendo camino hacia arriba hasta llegar a cocinero de comidas rápidas, y aprendió inglés, de paso. En 1956 funcionarios de inmigración allanaron la cafetería. Fue deportado, pero después de un breve período logró infiltrarse de nuevo en el país. Tres años más tarde se casaba con una portorriqueña del Bronx. El matrimonio sólo duró un año, pero lo puso en el camino de la ciudadanía. Ahora podía comprar su propio restaurante, un grasiento tugurio en el South Bronx que atendía tarde por la noche a una clientela de prostitutas y agentes de policía encubiertos.
Desde entonces ha comprado y vendido más de una docena de restaurantes en Nueva York, pero ninguno ha tenido más éxito que el original 3 Guys, que abrió sus puertas en 1978. Él y sus socios poseen otros dos restaurantes con el mismo nombre más arriba de la Avenida Madison, pero no han repetido nunca el elegante atractivo del original.
"Cuando entran los empleados, les digo: Oye, este es un vecindario diferente'", dijo Zannikos. Lo que puede ser normal en otros restaurantes, aquí no se admite. No hay banderas griegas y carteles turísticos. No hay televisión ni una torre giratoria de pasteles con copetes de crema. Los camareros no pueden mascar chicle. A ningún cliente se le llama nunca corazón'".
"Ellos conocen su sitio y yo el mío", dijo Zannikos sobre sus clientes. "Tan simple como eso".
Su lugar en la sociedad ahora es un eco distante de sus días en el Bronx. Él y su segunda esposa, June, viven en Wyckoff, un suburbio de Nueva Jersey donde cuida higueras y se ocupa religiosamente de un comedero de pájaros con forma de Partenón. Son dueños de un condominio en Florida. Sus tres hijos pasaron todos su segundo básico, y terminaron la secundaria o estudian en la universidad.
A todos les ha ido bien, como a Zannikos, que dice que gana unos 130.000 dólares al año. Dice que no es sensible a las distinciones de clase, pero confiesa que le molestó que algunos lo confundieran con el encargado en los banquetes de recaudación de fondos de la iglesia griega local que ayudó a construir.
En conclusión, cree que los inmigrantes hoy tienen mejores posibilidades de subir en la escala social que él hace 50 años.
"En esa época, ningún banco nos daría dinero, pero hoy te envían la tarjeta de crédito por correo", dijo. "Nueva York todavía te da más oportunidades que cualquier otro lugar. Si quieres hacer algo, puedes hacerlo".
Dice que la vida le ha sonreído, y está contento con su posición en la vida. "Estoy en el medio, y estoy feliz".
Un Tema Conflictivo
Peralta no sabría a qué clase pertenece Zannikos. Pero está seguro de que ahora es más difícil avanzar para un inmigrante que hace 50 años. Y no tiene dudas sobre su propia clase.
"La pobreza", dice. "La pobreza".
No era lo que esperaba cuando se subió a ese bus hacia la frontera, pero no le tomó mucho tiempo darse cuenta de que el éxito en Estados Unidos requería más que trabajar duro. "Un montón tiene que ver con la suerte", dijo durante una pausa de almuerzo en un pórtico a la vuelta de la esquina del mesón de Queens donde empezó a trabajar después de 3 Guys.
"La gente viene aquí y en uno o dos años ya pueden comprar su propia casa y un coche", dijo Peralta. "Yo he estado aquí 15 años y si me muriera mañana, no habría suficiente dinero para pagar mi entierro".
En 1990 Peralta estaba en la vanguardia de inmigrantes mexicanos que evitaron los barrios tradicionales en los estados fronterizos para trabajar en ciudades distantes, como Denver y Nueva York. El censo de 2000 contaba 186.872 mexicanos en Nueva York, el doble del censo de 1990, y hoy hay indudablemente muchos más. El consulado mexicano, que atiende a la región metropolitana, ha emitido más de 500.000 de carnés de identidad solamente desde 2001.
Hace 15 años, la inmigración ilegal era un problema menor. Ahora es un divisivo problema nacional, enfrentando a los que acogen la llegada de trabajadores baratos contra los que se preocupan por la seguridad de las fronteras y el coste de los servicios sociales. Aunque los mexicanos recién llegados trabajan a menudo en industrias que dependen del trabajo barato, como los restaurantes y la construcción, rara vez se organizan. La mayoría trata desesperadamente de pasar inadvertidos.
Peralta se conectó con su tío la mañana que llegó a Nueva York. No trabajó durante semanas hasta que la panadería donde trabajaba el tío tuvo un hueco, un trabajo de media jornada haciendo bollos. Lo aceptó, aunque no distinguía un bollo de un bizcocho de migas. Cuando se dio cuenta de que no ganaría lo suficiente para pagar a su padre, tomó un segundo trabajo haciendo entregas nocturnas para un restaurante de Manhattan. Al final de su primer día estaba tan extraviado que gastó todo el dinero de las propinas en un taxi de vuelta a casa.
Dejó el restaurante, pero trabajar allí aunque brevemente le abrió los ojos sobre lo fácil que era hacer dinero en Nueva York. Había restaurantes en todas partes, y trabajo para hacer entregas, lavar platos y limpiar mesas. En seis meses, Peralta había pagado a su padre el dinero que le prestó. Rebotó de un trabajo en otro y en 1995, ansioso de lucir su nuevo éxito, volvió a México con los bolsillos llenos de dinero y se casó. Entonces tenía 25 años, la misma edad que cuando se casó Zannikos. Pero las similitudes terminan ahí.
Cuando Zannikos abordó el barco, dejó Grecia para siempre. Aunque no tenía documentos, los compatriotas que encontró en sus primeros días estaban aquí legalmente, como la mayoría de los otros inmigrantes, y pudieron ayudarle. Los griegos no han llegado nunca en grandes números a Estados Unidos -el censo de 2000 contó 29.805 neoyorquinos nacidos en Grecia -pero tendieron a asentarse en unas pocas áreas, como la sección de Astoria, de Queens, que se transformaron en comunidades unidas dispuestas a ayudar a los recién llegados.
Peralta, como muchos otros mexicanos, está tratando de surgir por sí solo y nunca cortó los lazos emocionales o económicos con su casa. Después de cinco años en la comunidad latina de Nueva York, hablaba poco inglés y no poseía más que la ropa que llevaba a la espalda. Decidió volver a Huamuxtitlán, el polvoriento pueblo debajo de la chata montaña donde nació.
"La gente pensaba que como estaba volviendo del Norte, yo sería tan rico que gastaría mi dinero repartiéndolo", dijo. Sin embargo, se sentía privilegiado: sus salarios en Nueva York dejaban chicos los 1.000 dólares al año que habría ganado en México.
Conoció a una guapa y tímida chica llamada Matilde, en Huamuxtitlán, se casó con ella y volvió con ella a Nueva York, otra vez ilegalmente, en cuestión de semanas. Su primer hijo nació en 1996. Peralta descubrió que mantener a una familia hacía más difícil ahorrar dinero. Entonces, en 1999, consiguió un trabajo en 3 Guys.
"Barba Yanni me enseñó a preparar las cosas como le gustan a los clientes", dijo Peralta, refiriéndose a Zannikos con el título de cortesía griego que significa Tío Juan.
El restaurante se transformó en su escuela. Aprendió a saltear el pescado de modo que parecía una obra de arte. Sus tres socios le prestaron dinero y dijeron que le ayudarían con los papeles de inmigración. La paga era buena.
Pero había tensiones con los otros trabajadores. En lugar de colgar los pedidos en una percha, los camareros los gritaban, en griego, en español y en una especie de roto inglés. A veces, Peralta no entendía, y peleaban. Como se dio a conocer como un arrebatado.
Sin embargo, trabajaba duro y volvía cada noche a su creciente familia. Matilde, ahora de 27, limpió casas hasta su segundo hijo, Heidi, que nació hace tres años. Ahora trata de vender productos de Mary Kay a otras madres en la Escuela Pública 12, a la que asiste su hijo de ocho, Anthony.
Normalmente, Peralta puede ganar hasta 600 dólares por semana. En el curso de un año sus ingresos pueden superar los 30.000 dólares, suficientes para acercarse a la clase media baja. Pero la vida que lleva está lejos de eso y la incertidumbre se cierne sobre toda su vida, empezando por el sueldo.
Para ganar 600 dólares tiene que trabajar 10 horas al día, seis días a la semana, y eso no ocurre todas las semanas. A veces le pagan horas extras, a veces no. Y, como descubrió en mayo, puede ser despedido en cualquier momento y quedarse sin nada, ni siquiera el desempleo, hasta que encuentre otro trabajo. En 2004 ganó unos 24.000 dólares.
Debido a que está aquí ilegalmente, Peralta puede ser explotado fácilmente. No puede presentar una denuncia contra su casero por cobrarle 500 dólares al mes por un cuarto de 2.7 por 2.7 metros en un apartamento de Queens que comparte con otros nueve mexicanos de tres familias que pagan los restantes 2.000 dólares de alquiler al mes. Los 13 comparten un cuarto de baño, y en la establecida jerarquía eso significa que los Peralta rara vez usan la cocina. Comer fuera puede ser caro.
Debido a que nacieron en Nueva York, los hijos de Peralta son ciudadanos estadounidenses, y su seguro médico lo proporciona Medicaid. Pero tiene que pagar de su bolsillo toda vez que él o su mujer consultan a un médico. Para no mencionar al dentista.
Como muchos otros mexicanos, envía dinero a casa y le cuesta 7 dólares por cada 100. Cuando su tío, sobrino y hermana le pidieron dinero, todos esperaban que les prestara. Pero nadie le ha pagado de vuelta. Tiene accesorios de clase media, como un móvil y un reproductor DVD, pero no tiene licencia de conducir ni tarjeta de la Seguridad Social.
Es el primero en admitir que tiene vicios que le han impedido avanzar: nada delictivo, pero tiende a perder los estribos y hay noches en las que le gustaría tomarse un trago o dos. Su debilidad más grande son los billetes de lotería, lo que llama "arañazos", y confiesa tímidamente que puede desperdiciar en eso unos 75 dólares a la semana. Es un modo de conservar la esperanza, dijo. Una vez ganó 100 dólares. Compró una batidora.
Hace años él y Matilde tenían tanta confianza de que lo lograrían en Estados Unidos que cuando nació su hijo prefirieron un nombre en inglés, Anthony, pensando que le ayudaría a hacerse camino en la sociedad. Pero incluso ese intento fracasó.
"Mire", dijo su esposa una tarde, sentada en el suelo del cuarto cerca de una imagen de la Virgen de Guadalupe. Peralta se sentó en una pequeña silla de plástico en el pasillo, escuchando. Su colchón estaba empujado contra la pared. Un rollo de papel higiénico estaba escondido cerca, porque no se atrevían a dejarlo en el cuarto de baño compartido por temor a que lo usaran otros.
Ella extrajo su billetera y sacó una carpeta de plástico transparente con el certificado de nacimiento de su hijo, en el que el nombre aparece escrito con H. Pero cuando desenrolló el certificado, la H' faltaba.
"Los maestros no le enseñarán a pronunciar su nombre correctamente si el certificado no es cambiado legalmente", dijo ella. "¿Pero cómo lo vamos a hacer si somos ilegales?"
Progreso, Pero sin Éxito
Un metro elevado pasó tronando por arriba, haciendo que la luz vespertina de la Avenida Roosevelt parpadeara como un tubo fluorescente en mal estado. Pero la hija e hijo de Peralta cogieron sus gruesas manos mientras hacían las compras. Había terminado recién su turno de 10 horas, con sólo unos huevos estrellados y una hamburguesa de queso desde las 5 de la mañana. Había sido especialmente difícil aguantar la monotonía de ese día. Se entretuvo pensando en lo que pasaba en México, donde era el día festivo de Nuestra Señora del Rosario. Y, ah, qué fiesta era aquella: caramelos y tamales hechos a mano, un desfile, incluso una corrida de toros. Por la noche, los fuegos artificiales estallaban estrepitosa y brillantemente contra el trasfondo de los verdes pliegues de las montañas. Pagada en parte por el dinero que envía a casa. Unas manzanas más allá, una tienda de comestibles coreana vende tortillas La Maizteca, que se hacen en Nueva York.
La espiral de inmigrantes en el barrio de Peralta es parte de la fábrica de Nueva York, tal como era en 1953, cuando llegó Zannikos. Pero la mayoría de los inmigrantes eran entonces europeos y aunque hablaban diferentes lenguas, sus rasgos caucasianos les ayudaron a fundirse con la clase media neoyorquina.
Los expertos siguen divididos sobre si los mexicanos pueden seguir la misma ruta. Samuel P. Huntington, profesor de administración en Harvard, adopta la visión extrema de que los mexicanos no se están asimilando y que las culturas separadas que están surgiendo amenazan a Estados Unidos.
La mayoría de los demás creen que los inmigrantes mexicanos recientes finalmente se harán un hueco en la sociedad, y quizás algún día puedan tener una influencia conmensurable con sus números, aunque obstáculos importantes están retrasando el proceso. Francisco Rivera-Batiz, profesor de económicas de la Universidad de Columbia, dice que los prejuicios siguen siendo un problema, que los trabajos en las fábricas han desaparecido, y que existe una creciente brecha entre las demandas educacionales de la economía y la limitada escolaridad de los mexicanos recién llegados.
Pero el problema más grande hasta el momento, y un problema que separa a los mexicanos recién llegados de los griegos, italianos y la mayoría de los otros inmigrantes -incluyendo a generaciones previas de mexicanos-, es su condición legal. El profesor Rivera-Batiz estudió lo que ocurrió con los inmigrantes mexicanos ilegales cuando se hicieron legales con la última amnistía nacional de 1986. Dentro de pocos años, sus ingresos subieron en un 20 por ciento y su inglés mejoró considerablemente.
"La legalización", dijo, "les ayudó enormemente".
Aunque el gobierno de Bush está hablando de nuevo de legalizar a algunos mexicanos con un programa de trabajadores invitados, hay oposición a otra amnistía, y el número de mexicanos que viven ilegalmente en Estados Unidos sigue subiendo. Desesperados por obtener documentos a todo precio, muchos de ellos se acercan a sospechosos bufetes de ayuda jurídica. Como Peralta, firman documentos ilusorios que les cuestan cientos de dólares y no terminan casi nunca con la entrega de los prometidos permisos de residencia.
Hasta los años ochenta, la inmigración mexicana fue en gran parte estacional y se limitaba por lo general a los trabajadores agrícolas. Pero entonces el caos económico en México envió hacia el norte una corriente de inmigrantes, la mayoría de ellos campesinos de baja educación del empobrecido campo mexicano. Las medidas de seguridad más severas en la frontera hicieron más difícil que los mexicanos se desplazaran entrando y saliendo al modo tradicional, de modo que tendieron a quedarse, buscando trabajos no calificados mal pagados y concentrándose en los barrios donde el español, constantemente reabastecido, no pierde nunca su validez.
"¡Cuidado!", gritó Peralta cuando Antony quiso cruzar la Avenida Roosevelt sin mirar. Aunque al niño se le enseña inglés en la escuela, en casa rara vez se habla otro idioma que el español.
Incluso ahora, 15 años después en Nueva York, Peralta habla poco inglés. Trató una vez de seguir clases, pero su cabeza no aceptaba los nuevos sonidos. Así que lo abandonó, y se ha aferrado al español que, concede, "es el idioma de los ayudantes de camarero" en Nueva York. Pero mientras siga viviendo en su vecindario, es todo lo que necesita.
Era tarde cuando Peralta y sus hijos se encaminaron hacia casa. La dilapidada casa, la habitación recalentada, el colchón aplastado contra la pared y el rollo de papel higiénico puesto a resguardo -todo le recuerda lo mucho que le falta para alcanzar el éxito de Zannikos.
Sin embargo, dice, le ha ido mucho mejor de lo que le hubiera ido alguna vez en México. Se da cuenta de que el dinero que envía a su familia allá no es suficiente para satisfacer a su padre, que está construyendo una escalera hacia el segundo piso de su casa de bloques de hormigón en Huamuxtitlán, aunque todavía no hay un segundo piso. Cree que Manuel es un gran hombre en Nueva York y está esperando el dinero de Estados Unidos para terminar la escalera.
Manuel no le ha contado nunca la verdad sobre su vida en el norte. Dijo que las imágenes que tenía su padre de Estados Unidos eran de otra época. El viejo no sabe lo difícil que es para un inmigrante mexicano vivir en Estados Unidos ahora, más difícil de lo que admitiría cualquier joven que haya dejado Huamuxtitlán. Todo lo que se levantó en 15 años aquí se puede derrumbar tan fácilmente como una casa de adobe en un terremoto. Y entonces hay que empezar todo de nuevo.
Surge un Conflicto
Era el fin de otro ajetreado día en 3 Guys a fines de la primavera de 2003. Peralta se preparó un bocadillo de pavo y se sentó en una mesa de atrás. Los bartenderos, lavaplatos y ayudantes de camarero mexicanos también empezaban su pausa, mientras los camareros griegos se encargaban de los últimos comensales.
No está claro cómo empezó la discusión, pero hubo un intercambio de palabras entre un camarero griego y un ayudante mexicano. Se dieron gritos. El camarero lanzó un golpe contra el ayudante, dándole por detrás de la oreja. Peralta se paralizó. También los otros mexicanos.
Incluso desde el frente del restaurante, donde se encargaba de la caja, Zannikos se dio cuenta de que pasaba algo malo y se apresuró a intervenir. "Yo estaba entre ellos, sujetando a uno y empujando al otro", dijo. "Les dije: Aquí no haces esto. Aquí no se hace esto nunca".
Zannikos dijo que no le importaba quién hubiera empezado. Ordenó al ayudante y al camarero, el sobrino del socio, que se marcharan.
Pero varios mexicanos, entre ellos Peralta, dijeron que vieron a Zannikos coger al ayudante por la cabeza y creen que le habría golpeado si no se hubiera interpuesto otro mexicano entre ellos. Eso le enfureció porque creyeron que él estaba tomando partido por el griego sin saber quién tenía la culpa.
Zannikos dijo que eso no era verdad, pero que a fin de cuentas tampoco importaba. El relajado ambiente del restaurante cambió. "Todos nos enfriamos", recordó Zannikos.
Lo que no sabía entonces era que los mexicanos habían recurrido al Restaurant Opportunities Center, un grupo de derechos laborales. Finalmente seis de ellos, incluyendo a Peralta, colaboraron con el grupo. Él hizo a regañadientes, dijo, porque tenía miedo de que si los patrones lo descubrían, ya no le ayudarían a sacar sus papeles de inmigración. El grupo laboral prometió que los patrones no se enterarían nunca.
Los patrones vieron en esto un intento de sacarles dinero, pero para los mexicanos se transformó en una lucha de clases que oponía a trabajadores impotentes contra patrones endurecidos.
Sus quejas iban más allá que la riña. Se quejaron de que en 3 Guys, con una sola excepción, sólo contrataban a camareros griegos. Retaron al único camarero mexicano, Salomón Paniagua, un ex oficial del ejército mexicano que, según todos, parecía griego, a apoyarles.
Pero el día en que el grupo laboral montó un piquete en el restaurante, Paniagua se negó a guardar su libreta de pedidos. Un puñado de manifestantes se pasearon con pancartas por la Avenida Madison durante un rato antes de que Zannikos y sus socios aceptaran negociar reluctantemente.
Zannikos dijo que se sentía traicionado. "Cuando veo a esos tipos, me veo a mí mismo cuando empecé, y siempre trato de ayudarlos", dijo. "No he hecho nada malo".
Al ayudante y el mexicano que intervinieron les pagaron varios miles de dólares y los propietarios prometieron elevar a otro mexicano empleado ahí a camarero dentro de un mes. Pero eso no puso fin a la conmoción.
Temiendo que los otros mexicanos trataran de vengarse, Paniagua decidió establecerse por sí mismo. Después de pedir consejo a Zannikos, compró un tercio de un restaurante griego en Jamaica, Queens. Dijo que había puesto el nombre de su padre porque el viejo se había convertido en un residente legal tras la amnistía de 1986.
Después de que Paniagua se marchara, 3 Guys estuvo sin camarero mexicano durante 10 meses, a pesar de los términos del acuerdo. En marzo, un ansioso ayudante de camarero mexicano con un pesado acento que había trabajado ahí durante cuatro años tuvo la oportunidad de ponerse una pajarita de camarero.
Peralta tuvo que dejar 3 Guys casi en la misma época que Paniagua. Los socios de Zannikos sospechaban que se había unido al grupo laboral, dijo, y empezaron a criticar injustamente su trabajo. Luego redujeron su horario de trabajo de una semana a cinco días. Después de que dañara un tobillo jugando fútbol, le dijeron que se marchara a casa hasta que estuviera mejor. Cuando Peralta volvió al trabajo dos semanas más tarde, lo despidieron.
Zannikos confirma en parte esta versión pero dice que el despido no tenía nada que ver con la riña o la disputa que siguió. "Créame, si fuera bueno, no lo despediría", dijo sobre Peralta.
Peralta se encogió de hombros cuando se enteró de lo que había dicho Zannikos. "Sé hacer mi trabajo y sé lo que puedo hacer", dijo. "En Nueva York hay un montón de restaurantes, y un montón de trabajadores".
Cuando 3 Guys despidió a Peralta, lo remplazó otro mexicano, del mismo modo que Peralta remplazó a un mexicano en el restaurante griego en Queens donde obtuvo su siguiente trabajo.
Esta vez, sin embargo, no era en la Avenida Madison, no había una carta elaborada con mejillones de Nueva Zelanda o champiñones de diseño. En el mesón de Queens un plato de sopa con un bollo con mantequilla cuesta 2 dólares, todo el día. Si friera hamburguesas y retirara la grasa de la parrilla durante 10 horas al día, seis días a la semana, ganaría tanto como en la Avenida Madison, al menos por una semana.
Su horario de trabajo siguió cambiando. A veces trabajaba en los turnos de almuerzo y cena, y al final del día estaba agotado, especialmente porque a menudo discutía con el patrón griego. Pero no quería volver a casa. Así, después de que el encargado de noche bajara la cortina de seguridad, Peralda se echaba a recorrer las calles.
En una de esas noches se metió a una cabina telefónica en la Avenida Roosevelt para llamar a su madre. "Todo está bien", le dijo. Le preguntó cómo había gastado los últimos 100 dólares que había enviado, y si acaso necesitaba algo más. En Huamuxtitlán se necesita siempre algo.
Todavía inquieto, se marchó al Scorpion, una cantina que abre hasta las 4 de la mañana. Se sentó a la larga barra y pidió un vodka con zumo de arándano, mientras miraba un partido de fútbol en la tele y al robusto bartendero brasileño que sólo hablaba un poco de español. Cuando eran casi las 11 de la noche, dio por terminado el día.
De vuelta en casa abrió silenciosamente la puerta de su cuarto. Las luces estaban apagadas, la televisión murmuraba. Su familia dormía en la litera que la tienda había amenazado con recuperar. Antony estaba acurrucado arriba, Matilde y Heidi dormían abrazadas abajo. Peralta apartó la silla de plástico y echó el colchón al suelo.
Los niños no se movieron. Su mujer lo miró, pero no dijo nada. Peralta cuidaba de su familia, de su casa.
"Esto es", dijo, "mi vida en Nueva York".
No la vida que había imaginado, pero su vida sin embargo. A principios de marzo, justo después del tercer cumpleaños de Heidi, dejó su trabajo en el mesón de Queens después de otra acalorada discusión con el patrón. En su opinión, conservar la dignidad es una de las pocas libertades de que goza.
"Me conseguiré otro trabajo", dijo, mientras días después cuidaba en casa de Heidi. El alquiler estaba pagado hasta fin de mes y tenía amigos, dijo. La gente lo conocía. Para él, los trabajos son intercambiables -lo mismo que él en los trabajos. Si no puede encontrar trabajo como parrillero, atenderá las mesas. O lavará platos. Si no en un restaurante, en otro.
"Son todos lo mismo", dijo.
Le tomó casi tres semanas, pero Peralta encontró trabajo como parrillero en otro restaurante griego en otra zona de Nueva York. Su salario es más o menos el mismo, el menú es más o menos el mismo (con un nuevo ítem, naturalmente: burritos griegos) y ve sus posibilidades de un futuro mejor como más o menos las mismas que cuando llegó a Estados Unidos.
Fin de un Largo Día
Oscurecía nuevamente en la calle del restaurante 3 Guys. A las 9 de la noche, Zannikos pidió a su cocinero mexicano un pequeño bistec de salmón, poco hecho. Había sido otro ajetreado día de 10 horas para él, pero bueno. Con los pedidos de la mañana tenía más que suficiente para pagar el alquiler del día -23.000 dólares al mes.
Terminó su salmón rápidamente, dejó instrucciones finales para el solitario camarero griego todavía de turno y dio las buenas noches a todos los demás. Se puso su chaqueta de pana marrón claro y la gorra de béisbol que compró en Florida.
"Buenas noches", dijo a la solitaria mesa de comensales.
Fuera, mientras Zannikos caminaba lentamente por la Avenida Madison, un hombre hecho a sí mismo que se sentía cómodo con su éxito tan duramente alcanzado, las puertas de mampara de 3 Guys se abrieron con un ruido metálico. De abajo llegaron voces apagadas, en español. Un joven mexicano que había comenzado su turno 10 horas antes emergió con una bolsa de basura y la depositó en la acera. Eran conchas de mejillones de Nueva Zelanda. Trozos de champiñones portobello. El fino polvo de un café descafeinado.
Frente al 3 Guys de Avenida Madison una bolsa de basura tras otra formaron una enorme pila de desechos.
"¡Date prisa!", gritó el joven a los otros mexicanos. "Yo también me quiero marchar a casa".
28 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
En la oscuridad que precede al amanecer, cuando la Avenida Madison está desierta y sus caras boutiques están todavía cerradas, varios mexicanos se deslizaron silenciosamente en el 3 Guys, un restaurante que la guía Zagat llamó una vez "la cafetería más cara de Nueva York".Durante las siguientes 10 horas freirán huevos, asarán hamburguesas, servirán café y fregarán platos para un mar de clientes del Upper East Side de Manhattan. A las 7:35 de la mañana, Eliot Spitzer, fiscal general de Nueva York, estaba disfrutando de un poderoso desayuno cerca del mostrador de granito pulido. En la misma cabina burdeos, pero unas horas después, Michael A. Wiener, co-fundador del multimillonario Infinity Broadcasting, comía un bocado con su esposa Zena. Justo el día anterior, Uma Thurman se dejó caer para un tranquilo almuerzo con sus hijos, pero los fotógrafos la descubrieron y se marchó.
Más mexicanos entraron para empezar sus turnos matutinos, y para cuando John Zannikos, uno de los tres propietarios griegos del restaurante, llegó en coche desde los suburbios de Jersey del Norte para ocuparse de los comensales, la Avenida Madison estaba ajetreadísima. Lo mismo 3 Guys.
"Tienes que esperar un rato", dijo Zannikos a una leonada de elegantes mujeres que habían pasado la mañana en el Museo Whitney de Arte Americano, al otro lado de la Avenida Madison en la calle 75. Para un inmigrante analfabeto que llegó a Nueva York hace años con nada más que 100 dólares en el bolsillo y su disposición a trabajar grabada en su corazón, ¿se puede decir algo más halgüeño?
Con sus clientes ricos, propietarios de clase media y trabajadores de bajos ingresos, 3 Guys es una plantilla de las divisiones de clase en Estados Unidos. Pero es también el marco de dos historias completamente diferentes sobre cómo se agrietan esas divisiones.
La historia más familiar es la de Zannikos. Para él, el restaurante -no te atrevas a llamarlo mesón- con sus 20 ensaladas y elegante decorado representa la promesa americana de la movilidad ascendente, de la que han disfrutado innumerables veces generaciones de trabajadores inmigrantes.
Pero para Juan Manuel Peralta, 34, el inmigrante ilegal que trabajó aquí durante cinco años antes de ser despedido a fines de mayo, y para muchos de los otros inmigrantes mexicanos ilegales en la parte de atrás, el trabajo en restaurantes hoy en día es como un callejón sin salida. Están descubriendo que el sueño americano de escalar es mucho más elusivo de lo que fue para Zannikos. A pesar de sus esfuerzos por ayudarles, corren el riesgo de estancarse en una subclase permanente entre los pobres, los no-calificados y los sin educación.
Esto no quiere decir que los casi cinco millones de mexicanos que, como Peralta, están viviendo en Estados Unidos ilegalmente no saldrán nunca de la sombra. Muchos lo han logrado, y sin duda muchos más lo harán. Pero el mero tamaño del flujo -más de 400.000 en un año- crea un problema por sí mismo. Quiere decir que hay un siempre creciente fondo común de trabajadores intercambiables, muchos de ellos maniobrando de un trabajo mal pagado a otro. Si alguien avanza, otro -o quizás dos o tres- ocuparán su lugar.
Aunque Peralta llegó a Nueva York casi 40 años después que Zannikos, los dos comparten inicios extraordinariamente similares. Llegaron a la misma edad a la misma sección de la ciudad de Nueva York, sin documentos legales y sin hablar más que unas palabras de inglés. Los dos soñaban con una vida mejor. Pero enormes cambios en la economía y en las actitudes hacia los inmigrantes hacen menos probable que Peralta y sus hijos pasen por la misma movilidad ascendente que Zannikos y su familia.
Por supuesto, existe la posibilidad de que Peralta pueda sin embargo hacerse un hueco entre los mexicanos-estadounidenses que se han asentado con éxito aquí. Se da cuenta de que probablemente no le irá tan bien como los que han avanzado hacia cargos públicos o los que han sido capaces de comprar los viñedos donde sus padres recogían uvas. Pero todavía sueña con que sus hijos se unan a los millones de inmigrantes que han perdido sus acentos, disfrutado de una buena educación y alcanzado firmemente el sueño americano.
Los politólogos están divididos en cuanto a si los 25 millones de personas con ancestros mexicanos en Estados Unidos representan o no una excepción a la clásica historia de triunfo del inmigrante. Algunos, como John H. Mollenkopf, de la Universidad del Ayuntamiento de Nueva York, están convencidos de que los mexicanos finalmente se integrarán tan bien como los griegos, italianos y otros europeos del siglo pasado que se asimilaron bien después de dos o tres generaciones. Otros, incluyendo a mexicano-estadounidenses como Rodolfo O. de la Garza, profesor de Columbia, han realizado estudios que muestran que los mexicano-estadounidenses hacen frente a tantos obstáculos que incluso la cuarta generación va a la cola de otros americanos en educación, casa propia e ingreso familiar.
La situación es incluso peor para los millones más que han entrado a Estados Unidos ilegalmente desde 1990. Encuentran montones de trabajo, pero de ascenso difícil, repartidos en cientos de ciudades mucho más allá del sudoeste. El presidente Fox, de México, se vio obligado a pedir disculpas este mes por declarar públicamente lo que muchos mexicanos dicen que sienten, que los inmigrantes ilegales "están haciendo el trabajo que en Estados Unidos no quieren hacer ni siquiera los negros". El resentimiento y la raza bloquean sutilmente el camino, como lo hace el persistente vínculo con México, que es tan estrecho que muchos inmigrantes no echan aquí raíces profundas. Dicen que piensan quedarse lo suficiente como para ahorrar dinero y marcharse de vuelta a casa. Pero pocos vuelven.
Pero el mayor obstáculo es su posición legal. Con pocas rutas abiertas para convertirse en legales, siguen, como Peralta, sin derechos, sin seguridad y sin un camino claro hacia un futuro mejor.
"Es preocupante", dijo Richard Alba, sociólogo en la Universidad del Estado de Nueva York, Albany, que estudia la asimilación y la movilidad de clase de los inmigrantes contemporáneos, "y no tengo motivos para creer que cambie".
Ha cambiado poco para Peralta, un cocinero que ha hecho trabajos meniales durante los últimos 15 años en Estados Unidos. Aunque gana más de lo que soñaba en México, todavía está lejos de la clase media y los reveses son rutina. Sin embargo, no ha perdido las esperanzas. Querer es poder, dice a veces: Si quieres realmente algo, lo conseguirás.
Pero el deseo puede no ser ya suficiente. Eso es lo que preocupa a Arturo Sarukhan, el cónsul general de México en Nueva York. Sarukhan recibió una llamada urgente del jefe de policía de Nueva York, que quería informarle sobre un aumento de la actividad de las bandas entre jóvenes mexicanos, un signo de que se estaban moviendo en la parte de abajo de la sociedad en Estados Unidos. Los funcionarios dicen que de todos los inmigrantes, los mexicanos son los más pobres, los de menor educación y los que es menos probable que hablen inglés.
El fracaso o éxito de esta generación de mexicanos en Estados Unidos determinará el lugar que los mexicanos ocuparán aquí en los años venideros, dijo Sarukhan, y las perspectivas no son alentadoras.
"Estarán mejor lo que estarían en México", dijo, "pero no creo que eso sea suficiente para impedir que se transformen en una subclase en Nueva York".
Resultados Diferentes
A mediodía hay una pausa en 3 Guys, después de que se marchan las limusinas y antes de que salgan las escuelas privadas. Eso fue cuando Zannikos le pidió al cocinero mexicano que remplazaba a Peralta que le preparara un almuerzo. Luego Zannikos llevó la pechuga de pollo con agave a la última mesa del restaurante.
"La historia de mi vida es una buena historia, con un montón de éxitos", dijo, con un pesado acento. Era un adolescente cuando dejó la isla griega de Chios, a unos kilómetros de la costa de Turquía. La Segunda Guerra Mundial acababa de terminar, y Grecia estaba en la ruina. "Sólo había ricos y pobres, eso era todo", dijo Zannikos. "Como existía una clase media como la que hay aquí". Tiene 70 años, el pelo cano y corto y ojos suaves que se pueden llenar de lágrimas a la mera mención del pasado.
Debido a la guerra, dijo, nunca terminó el segundo año básico, nunca aprendió a leer o escribir. Se alistó como marino mercante y en 1953, cuando tenía 19, su barco atracó en Norfolk, Virginia. Desembarcó un sábado con la intención de no volver nunca más a Grecia. Dejó todo atrás, incluyendo sus documentos de viaje. Todo lo que tenía en el bolsillo eran 100 dólares y la dirección de un primo de su madre en la sección de Jackson Heights-Corona, de Queens.
Casi cuatro décadas después, Peralta sufrió un rito de pasaje similar en México. Había terminado su octavo básico en el pobre estado sureño de Guerrero y no veía otro futuro allá que parchar llantas. Su padre, Inocencio, soñaba con marcharse a Estados Unidos, pero nunca tuvo el dinero. En 1990, pidió dinero prestado para darle una posibilidad a su primogénito.
Peralta tenía 10 cuando se subió a un humeante bus que lo llevó a través de las desiertas montañas de Guerrero y siguió hasta la frontera de México. Con otros ocho mexicanos que no conocía, se arrastró por un túnel del alcantarillado que empezaba en Tijuana y terminaba al otro lado de la frontera, en lo que los mexicanos llaman
el Norte".
No llevaba documentos, ni fotos ni dinero, excepto lo que le dio su padre para pagar a su evasivo guía y comprar un billete de avión hacia Nueva York. En el fondo de su bolsillo estaba la dirección de un tío que vivía en la misma sección de Queens donde había empezado Zannikos. Hacia 1990, el área había pasado de ser preponderantemente griega, a preponderantemente latina.
Empezando en el mismo vecindario de clase trabajadora, Peralta y Zannikos se dieron cuenta pronto de que Nueva York está llena de oportunidades y obstáculos, a menudo en la misma medida.
En su primer día aquí, Zannikos, asustado y sintiéndose perdido, encontró el edificio que andaba buscando, pero el primo de su madre se había mudado. No tenía idea de qué hacer hasta que pasó un griego. Le dijo que caminara cinco manzanas más, hasta el Deluxe Diner. Lo hizo. El mesón estaba lleno de pintores de brocha gorda griegos, entre ellos uno que conocía al padre de Zannikos. Ahí mismo le ofrecieron un trabajo pintando armarios, donde sus errores podían pasar desapercibidos. Pintó hasta que llegó el invierno. Otro griego lo contrató como lavaplatos en su cafetería en el Bronx.
No era fácil, pero Zannikos se fue haciendo camino hacia arriba hasta llegar a cocinero de comidas rápidas, y aprendió inglés, de paso. En 1956 funcionarios de inmigración allanaron la cafetería. Fue deportado, pero después de un breve período logró infiltrarse de nuevo en el país. Tres años más tarde se casaba con una portorriqueña del Bronx. El matrimonio sólo duró un año, pero lo puso en el camino de la ciudadanía. Ahora podía comprar su propio restaurante, un grasiento tugurio en el South Bronx que atendía tarde por la noche a una clientela de prostitutas y agentes de policía encubiertos.
Desde entonces ha comprado y vendido más de una docena de restaurantes en Nueva York, pero ninguno ha tenido más éxito que el original 3 Guys, que abrió sus puertas en 1978. Él y sus socios poseen otros dos restaurantes con el mismo nombre más arriba de la Avenida Madison, pero no han repetido nunca el elegante atractivo del original.
"Cuando entran los empleados, les digo: Oye, este es un vecindario diferente'", dijo Zannikos. Lo que puede ser normal en otros restaurantes, aquí no se admite. No hay banderas griegas y carteles turísticos. No hay televisión ni una torre giratoria de pasteles con copetes de crema. Los camareros no pueden mascar chicle. A ningún cliente se le llama nunca corazón'".
"Ellos conocen su sitio y yo el mío", dijo Zannikos sobre sus clientes. "Tan simple como eso".
Su lugar en la sociedad ahora es un eco distante de sus días en el Bronx. Él y su segunda esposa, June, viven en Wyckoff, un suburbio de Nueva Jersey donde cuida higueras y se ocupa religiosamente de un comedero de pájaros con forma de Partenón. Son dueños de un condominio en Florida. Sus tres hijos pasaron todos su segundo básico, y terminaron la secundaria o estudian en la universidad.
A todos les ha ido bien, como a Zannikos, que dice que gana unos 130.000 dólares al año. Dice que no es sensible a las distinciones de clase, pero confiesa que le molestó que algunos lo confundieran con el encargado en los banquetes de recaudación de fondos de la iglesia griega local que ayudó a construir.
En conclusión, cree que los inmigrantes hoy tienen mejores posibilidades de subir en la escala social que él hace 50 años.
"En esa época, ningún banco nos daría dinero, pero hoy te envían la tarjeta de crédito por correo", dijo. "Nueva York todavía te da más oportunidades que cualquier otro lugar. Si quieres hacer algo, puedes hacerlo".
Dice que la vida le ha sonreído, y está contento con su posición en la vida. "Estoy en el medio, y estoy feliz".
Un Tema Conflictivo
Peralta no sabría a qué clase pertenece Zannikos. Pero está seguro de que ahora es más difícil avanzar para un inmigrante que hace 50 años. Y no tiene dudas sobre su propia clase.
"La pobreza", dice. "La pobreza".
No era lo que esperaba cuando se subió a ese bus hacia la frontera, pero no le tomó mucho tiempo darse cuenta de que el éxito en Estados Unidos requería más que trabajar duro. "Un montón tiene que ver con la suerte", dijo durante una pausa de almuerzo en un pórtico a la vuelta de la esquina del mesón de Queens donde empezó a trabajar después de 3 Guys.
"La gente viene aquí y en uno o dos años ya pueden comprar su propia casa y un coche", dijo Peralta. "Yo he estado aquí 15 años y si me muriera mañana, no habría suficiente dinero para pagar mi entierro".
En 1990 Peralta estaba en la vanguardia de inmigrantes mexicanos que evitaron los barrios tradicionales en los estados fronterizos para trabajar en ciudades distantes, como Denver y Nueva York. El censo de 2000 contaba 186.872 mexicanos en Nueva York, el doble del censo de 1990, y hoy hay indudablemente muchos más. El consulado mexicano, que atiende a la región metropolitana, ha emitido más de 500.000 de carnés de identidad solamente desde 2001.
Hace 15 años, la inmigración ilegal era un problema menor. Ahora es un divisivo problema nacional, enfrentando a los que acogen la llegada de trabajadores baratos contra los que se preocupan por la seguridad de las fronteras y el coste de los servicios sociales. Aunque los mexicanos recién llegados trabajan a menudo en industrias que dependen del trabajo barato, como los restaurantes y la construcción, rara vez se organizan. La mayoría trata desesperadamente de pasar inadvertidos.
Peralta se conectó con su tío la mañana que llegó a Nueva York. No trabajó durante semanas hasta que la panadería donde trabajaba el tío tuvo un hueco, un trabajo de media jornada haciendo bollos. Lo aceptó, aunque no distinguía un bollo de un bizcocho de migas. Cuando se dio cuenta de que no ganaría lo suficiente para pagar a su padre, tomó un segundo trabajo haciendo entregas nocturnas para un restaurante de Manhattan. Al final de su primer día estaba tan extraviado que gastó todo el dinero de las propinas en un taxi de vuelta a casa.
Dejó el restaurante, pero trabajar allí aunque brevemente le abrió los ojos sobre lo fácil que era hacer dinero en Nueva York. Había restaurantes en todas partes, y trabajo para hacer entregas, lavar platos y limpiar mesas. En seis meses, Peralta había pagado a su padre el dinero que le prestó. Rebotó de un trabajo en otro y en 1995, ansioso de lucir su nuevo éxito, volvió a México con los bolsillos llenos de dinero y se casó. Entonces tenía 25 años, la misma edad que cuando se casó Zannikos. Pero las similitudes terminan ahí.
Cuando Zannikos abordó el barco, dejó Grecia para siempre. Aunque no tenía documentos, los compatriotas que encontró en sus primeros días estaban aquí legalmente, como la mayoría de los otros inmigrantes, y pudieron ayudarle. Los griegos no han llegado nunca en grandes números a Estados Unidos -el censo de 2000 contó 29.805 neoyorquinos nacidos en Grecia -pero tendieron a asentarse en unas pocas áreas, como la sección de Astoria, de Queens, que se transformaron en comunidades unidas dispuestas a ayudar a los recién llegados.
Peralta, como muchos otros mexicanos, está tratando de surgir por sí solo y nunca cortó los lazos emocionales o económicos con su casa. Después de cinco años en la comunidad latina de Nueva York, hablaba poco inglés y no poseía más que la ropa que llevaba a la espalda. Decidió volver a Huamuxtitlán, el polvoriento pueblo debajo de la chata montaña donde nació.
"La gente pensaba que como estaba volviendo del Norte, yo sería tan rico que gastaría mi dinero repartiéndolo", dijo. Sin embargo, se sentía privilegiado: sus salarios en Nueva York dejaban chicos los 1.000 dólares al año que habría ganado en México.
Conoció a una guapa y tímida chica llamada Matilde, en Huamuxtitlán, se casó con ella y volvió con ella a Nueva York, otra vez ilegalmente, en cuestión de semanas. Su primer hijo nació en 1996. Peralta descubrió que mantener a una familia hacía más difícil ahorrar dinero. Entonces, en 1999, consiguió un trabajo en 3 Guys.
"Barba Yanni me enseñó a preparar las cosas como le gustan a los clientes", dijo Peralta, refiriéndose a Zannikos con el título de cortesía griego que significa Tío Juan.
El restaurante se transformó en su escuela. Aprendió a saltear el pescado de modo que parecía una obra de arte. Sus tres socios le prestaron dinero y dijeron que le ayudarían con los papeles de inmigración. La paga era buena.
Pero había tensiones con los otros trabajadores. En lugar de colgar los pedidos en una percha, los camareros los gritaban, en griego, en español y en una especie de roto inglés. A veces, Peralta no entendía, y peleaban. Como se dio a conocer como un arrebatado.
Sin embargo, trabajaba duro y volvía cada noche a su creciente familia. Matilde, ahora de 27, limpió casas hasta su segundo hijo, Heidi, que nació hace tres años. Ahora trata de vender productos de Mary Kay a otras madres en la Escuela Pública 12, a la que asiste su hijo de ocho, Anthony.
Normalmente, Peralta puede ganar hasta 600 dólares por semana. En el curso de un año sus ingresos pueden superar los 30.000 dólares, suficientes para acercarse a la clase media baja. Pero la vida que lleva está lejos de eso y la incertidumbre se cierne sobre toda su vida, empezando por el sueldo.
Para ganar 600 dólares tiene que trabajar 10 horas al día, seis días a la semana, y eso no ocurre todas las semanas. A veces le pagan horas extras, a veces no. Y, como descubrió en mayo, puede ser despedido en cualquier momento y quedarse sin nada, ni siquiera el desempleo, hasta que encuentre otro trabajo. En 2004 ganó unos 24.000 dólares.
Debido a que está aquí ilegalmente, Peralta puede ser explotado fácilmente. No puede presentar una denuncia contra su casero por cobrarle 500 dólares al mes por un cuarto de 2.7 por 2.7 metros en un apartamento de Queens que comparte con otros nueve mexicanos de tres familias que pagan los restantes 2.000 dólares de alquiler al mes. Los 13 comparten un cuarto de baño, y en la establecida jerarquía eso significa que los Peralta rara vez usan la cocina. Comer fuera puede ser caro.
Debido a que nacieron en Nueva York, los hijos de Peralta son ciudadanos estadounidenses, y su seguro médico lo proporciona Medicaid. Pero tiene que pagar de su bolsillo toda vez que él o su mujer consultan a un médico. Para no mencionar al dentista.
Como muchos otros mexicanos, envía dinero a casa y le cuesta 7 dólares por cada 100. Cuando su tío, sobrino y hermana le pidieron dinero, todos esperaban que les prestara. Pero nadie le ha pagado de vuelta. Tiene accesorios de clase media, como un móvil y un reproductor DVD, pero no tiene licencia de conducir ni tarjeta de la Seguridad Social.
Es el primero en admitir que tiene vicios que le han impedido avanzar: nada delictivo, pero tiende a perder los estribos y hay noches en las que le gustaría tomarse un trago o dos. Su debilidad más grande son los billetes de lotería, lo que llama "arañazos", y confiesa tímidamente que puede desperdiciar en eso unos 75 dólares a la semana. Es un modo de conservar la esperanza, dijo. Una vez ganó 100 dólares. Compró una batidora.
Hace años él y Matilde tenían tanta confianza de que lo lograrían en Estados Unidos que cuando nació su hijo prefirieron un nombre en inglés, Anthony, pensando que le ayudaría a hacerse camino en la sociedad. Pero incluso ese intento fracasó.
"Mire", dijo su esposa una tarde, sentada en el suelo del cuarto cerca de una imagen de la Virgen de Guadalupe. Peralta se sentó en una pequeña silla de plástico en el pasillo, escuchando. Su colchón estaba empujado contra la pared. Un rollo de papel higiénico estaba escondido cerca, porque no se atrevían a dejarlo en el cuarto de baño compartido por temor a que lo usaran otros.
Ella extrajo su billetera y sacó una carpeta de plástico transparente con el certificado de nacimiento de su hijo, en el que el nombre aparece escrito con H. Pero cuando desenrolló el certificado, la H' faltaba.
"Los maestros no le enseñarán a pronunciar su nombre correctamente si el certificado no es cambiado legalmente", dijo ella. "¿Pero cómo lo vamos a hacer si somos ilegales?"
Progreso, Pero sin Éxito
Un metro elevado pasó tronando por arriba, haciendo que la luz vespertina de la Avenida Roosevelt parpadeara como un tubo fluorescente en mal estado. Pero la hija e hijo de Peralta cogieron sus gruesas manos mientras hacían las compras. Había terminado recién su turno de 10 horas, con sólo unos huevos estrellados y una hamburguesa de queso desde las 5 de la mañana. Había sido especialmente difícil aguantar la monotonía de ese día. Se entretuvo pensando en lo que pasaba en México, donde era el día festivo de Nuestra Señora del Rosario. Y, ah, qué fiesta era aquella: caramelos y tamales hechos a mano, un desfile, incluso una corrida de toros. Por la noche, los fuegos artificiales estallaban estrepitosa y brillantemente contra el trasfondo de los verdes pliegues de las montañas. Pagada en parte por el dinero que envía a casa. Unas manzanas más allá, una tienda de comestibles coreana vende tortillas La Maizteca, que se hacen en Nueva York.
La espiral de inmigrantes en el barrio de Peralta es parte de la fábrica de Nueva York, tal como era en 1953, cuando llegó Zannikos. Pero la mayoría de los inmigrantes eran entonces europeos y aunque hablaban diferentes lenguas, sus rasgos caucasianos les ayudaron a fundirse con la clase media neoyorquina.
Los expertos siguen divididos sobre si los mexicanos pueden seguir la misma ruta. Samuel P. Huntington, profesor de administración en Harvard, adopta la visión extrema de que los mexicanos no se están asimilando y que las culturas separadas que están surgiendo amenazan a Estados Unidos.
La mayoría de los demás creen que los inmigrantes mexicanos recientes finalmente se harán un hueco en la sociedad, y quizás algún día puedan tener una influencia conmensurable con sus números, aunque obstáculos importantes están retrasando el proceso. Francisco Rivera-Batiz, profesor de económicas de la Universidad de Columbia, dice que los prejuicios siguen siendo un problema, que los trabajos en las fábricas han desaparecido, y que existe una creciente brecha entre las demandas educacionales de la economía y la limitada escolaridad de los mexicanos recién llegados.
Pero el problema más grande hasta el momento, y un problema que separa a los mexicanos recién llegados de los griegos, italianos y la mayoría de los otros inmigrantes -incluyendo a generaciones previas de mexicanos-, es su condición legal. El profesor Rivera-Batiz estudió lo que ocurrió con los inmigrantes mexicanos ilegales cuando se hicieron legales con la última amnistía nacional de 1986. Dentro de pocos años, sus ingresos subieron en un 20 por ciento y su inglés mejoró considerablemente.
"La legalización", dijo, "les ayudó enormemente".
Aunque el gobierno de Bush está hablando de nuevo de legalizar a algunos mexicanos con un programa de trabajadores invitados, hay oposición a otra amnistía, y el número de mexicanos que viven ilegalmente en Estados Unidos sigue subiendo. Desesperados por obtener documentos a todo precio, muchos de ellos se acercan a sospechosos bufetes de ayuda jurídica. Como Peralta, firman documentos ilusorios que les cuestan cientos de dólares y no terminan casi nunca con la entrega de los prometidos permisos de residencia.
Hasta los años ochenta, la inmigración mexicana fue en gran parte estacional y se limitaba por lo general a los trabajadores agrícolas. Pero entonces el caos económico en México envió hacia el norte una corriente de inmigrantes, la mayoría de ellos campesinos de baja educación del empobrecido campo mexicano. Las medidas de seguridad más severas en la frontera hicieron más difícil que los mexicanos se desplazaran entrando y saliendo al modo tradicional, de modo que tendieron a quedarse, buscando trabajos no calificados mal pagados y concentrándose en los barrios donde el español, constantemente reabastecido, no pierde nunca su validez.
"¡Cuidado!", gritó Peralta cuando Antony quiso cruzar la Avenida Roosevelt sin mirar. Aunque al niño se le enseña inglés en la escuela, en casa rara vez se habla otro idioma que el español.
Incluso ahora, 15 años después en Nueva York, Peralta habla poco inglés. Trató una vez de seguir clases, pero su cabeza no aceptaba los nuevos sonidos. Así que lo abandonó, y se ha aferrado al español que, concede, "es el idioma de los ayudantes de camarero" en Nueva York. Pero mientras siga viviendo en su vecindario, es todo lo que necesita.
Era tarde cuando Peralta y sus hijos se encaminaron hacia casa. La dilapidada casa, la habitación recalentada, el colchón aplastado contra la pared y el rollo de papel higiénico puesto a resguardo -todo le recuerda lo mucho que le falta para alcanzar el éxito de Zannikos.
Sin embargo, dice, le ha ido mucho mejor de lo que le hubiera ido alguna vez en México. Se da cuenta de que el dinero que envía a su familia allá no es suficiente para satisfacer a su padre, que está construyendo una escalera hacia el segundo piso de su casa de bloques de hormigón en Huamuxtitlán, aunque todavía no hay un segundo piso. Cree que Manuel es un gran hombre en Nueva York y está esperando el dinero de Estados Unidos para terminar la escalera.
Manuel no le ha contado nunca la verdad sobre su vida en el norte. Dijo que las imágenes que tenía su padre de Estados Unidos eran de otra época. El viejo no sabe lo difícil que es para un inmigrante mexicano vivir en Estados Unidos ahora, más difícil de lo que admitiría cualquier joven que haya dejado Huamuxtitlán. Todo lo que se levantó en 15 años aquí se puede derrumbar tan fácilmente como una casa de adobe en un terremoto. Y entonces hay que empezar todo de nuevo.
Surge un Conflicto
Era el fin de otro ajetreado día en 3 Guys a fines de la primavera de 2003. Peralta se preparó un bocadillo de pavo y se sentó en una mesa de atrás. Los bartenderos, lavaplatos y ayudantes de camarero mexicanos también empezaban su pausa, mientras los camareros griegos se encargaban de los últimos comensales.
No está claro cómo empezó la discusión, pero hubo un intercambio de palabras entre un camarero griego y un ayudante mexicano. Se dieron gritos. El camarero lanzó un golpe contra el ayudante, dándole por detrás de la oreja. Peralta se paralizó. También los otros mexicanos.
Incluso desde el frente del restaurante, donde se encargaba de la caja, Zannikos se dio cuenta de que pasaba algo malo y se apresuró a intervenir. "Yo estaba entre ellos, sujetando a uno y empujando al otro", dijo. "Les dije: Aquí no haces esto. Aquí no se hace esto nunca".
Zannikos dijo que no le importaba quién hubiera empezado. Ordenó al ayudante y al camarero, el sobrino del socio, que se marcharan.
Pero varios mexicanos, entre ellos Peralta, dijeron que vieron a Zannikos coger al ayudante por la cabeza y creen que le habría golpeado si no se hubiera interpuesto otro mexicano entre ellos. Eso le enfureció porque creyeron que él estaba tomando partido por el griego sin saber quién tenía la culpa.
Zannikos dijo que eso no era verdad, pero que a fin de cuentas tampoco importaba. El relajado ambiente del restaurante cambió. "Todos nos enfriamos", recordó Zannikos.
Lo que no sabía entonces era que los mexicanos habían recurrido al Restaurant Opportunities Center, un grupo de derechos laborales. Finalmente seis de ellos, incluyendo a Peralta, colaboraron con el grupo. Él hizo a regañadientes, dijo, porque tenía miedo de que si los patrones lo descubrían, ya no le ayudarían a sacar sus papeles de inmigración. El grupo laboral prometió que los patrones no se enterarían nunca.
Los patrones vieron en esto un intento de sacarles dinero, pero para los mexicanos se transformó en una lucha de clases que oponía a trabajadores impotentes contra patrones endurecidos.
Sus quejas iban más allá que la riña. Se quejaron de que en 3 Guys, con una sola excepción, sólo contrataban a camareros griegos. Retaron al único camarero mexicano, Salomón Paniagua, un ex oficial del ejército mexicano que, según todos, parecía griego, a apoyarles.
Pero el día en que el grupo laboral montó un piquete en el restaurante, Paniagua se negó a guardar su libreta de pedidos. Un puñado de manifestantes se pasearon con pancartas por la Avenida Madison durante un rato antes de que Zannikos y sus socios aceptaran negociar reluctantemente.
Zannikos dijo que se sentía traicionado. "Cuando veo a esos tipos, me veo a mí mismo cuando empecé, y siempre trato de ayudarlos", dijo. "No he hecho nada malo".
Al ayudante y el mexicano que intervinieron les pagaron varios miles de dólares y los propietarios prometieron elevar a otro mexicano empleado ahí a camarero dentro de un mes. Pero eso no puso fin a la conmoción.
Temiendo que los otros mexicanos trataran de vengarse, Paniagua decidió establecerse por sí mismo. Después de pedir consejo a Zannikos, compró un tercio de un restaurante griego en Jamaica, Queens. Dijo que había puesto el nombre de su padre porque el viejo se había convertido en un residente legal tras la amnistía de 1986.
Después de que Paniagua se marchara, 3 Guys estuvo sin camarero mexicano durante 10 meses, a pesar de los términos del acuerdo. En marzo, un ansioso ayudante de camarero mexicano con un pesado acento que había trabajado ahí durante cuatro años tuvo la oportunidad de ponerse una pajarita de camarero.
Peralta tuvo que dejar 3 Guys casi en la misma época que Paniagua. Los socios de Zannikos sospechaban que se había unido al grupo laboral, dijo, y empezaron a criticar injustamente su trabajo. Luego redujeron su horario de trabajo de una semana a cinco días. Después de que dañara un tobillo jugando fútbol, le dijeron que se marchara a casa hasta que estuviera mejor. Cuando Peralta volvió al trabajo dos semanas más tarde, lo despidieron.
Zannikos confirma en parte esta versión pero dice que el despido no tenía nada que ver con la riña o la disputa que siguió. "Créame, si fuera bueno, no lo despediría", dijo sobre Peralta.
Peralta se encogió de hombros cuando se enteró de lo que había dicho Zannikos. "Sé hacer mi trabajo y sé lo que puedo hacer", dijo. "En Nueva York hay un montón de restaurantes, y un montón de trabajadores".
Cuando 3 Guys despidió a Peralta, lo remplazó otro mexicano, del mismo modo que Peralta remplazó a un mexicano en el restaurante griego en Queens donde obtuvo su siguiente trabajo.
Esta vez, sin embargo, no era en la Avenida Madison, no había una carta elaborada con mejillones de Nueva Zelanda o champiñones de diseño. En el mesón de Queens un plato de sopa con un bollo con mantequilla cuesta 2 dólares, todo el día. Si friera hamburguesas y retirara la grasa de la parrilla durante 10 horas al día, seis días a la semana, ganaría tanto como en la Avenida Madison, al menos por una semana.
Su horario de trabajo siguió cambiando. A veces trabajaba en los turnos de almuerzo y cena, y al final del día estaba agotado, especialmente porque a menudo discutía con el patrón griego. Pero no quería volver a casa. Así, después de que el encargado de noche bajara la cortina de seguridad, Peralda se echaba a recorrer las calles.
En una de esas noches se metió a una cabina telefónica en la Avenida Roosevelt para llamar a su madre. "Todo está bien", le dijo. Le preguntó cómo había gastado los últimos 100 dólares que había enviado, y si acaso necesitaba algo más. En Huamuxtitlán se necesita siempre algo.
Todavía inquieto, se marchó al Scorpion, una cantina que abre hasta las 4 de la mañana. Se sentó a la larga barra y pidió un vodka con zumo de arándano, mientras miraba un partido de fútbol en la tele y al robusto bartendero brasileño que sólo hablaba un poco de español. Cuando eran casi las 11 de la noche, dio por terminado el día.
De vuelta en casa abrió silenciosamente la puerta de su cuarto. Las luces estaban apagadas, la televisión murmuraba. Su familia dormía en la litera que la tienda había amenazado con recuperar. Antony estaba acurrucado arriba, Matilde y Heidi dormían abrazadas abajo. Peralta apartó la silla de plástico y echó el colchón al suelo.
Los niños no se movieron. Su mujer lo miró, pero no dijo nada. Peralta cuidaba de su familia, de su casa.
"Esto es", dijo, "mi vida en Nueva York".
No la vida que había imaginado, pero su vida sin embargo. A principios de marzo, justo después del tercer cumpleaños de Heidi, dejó su trabajo en el mesón de Queens después de otra acalorada discusión con el patrón. En su opinión, conservar la dignidad es una de las pocas libertades de que goza.
"Me conseguiré otro trabajo", dijo, mientras días después cuidaba en casa de Heidi. El alquiler estaba pagado hasta fin de mes y tenía amigos, dijo. La gente lo conocía. Para él, los trabajos son intercambiables -lo mismo que él en los trabajos. Si no puede encontrar trabajo como parrillero, atenderá las mesas. O lavará platos. Si no en un restaurante, en otro.
"Son todos lo mismo", dijo.
Le tomó casi tres semanas, pero Peralta encontró trabajo como parrillero en otro restaurante griego en otra zona de Nueva York. Su salario es más o menos el mismo, el menú es más o menos el mismo (con un nuevo ítem, naturalmente: burritos griegos) y ve sus posibilidades de un futuro mejor como más o menos las mismas que cuando llegó a Estados Unidos.
Fin de un Largo Día
Oscurecía nuevamente en la calle del restaurante 3 Guys. A las 9 de la noche, Zannikos pidió a su cocinero mexicano un pequeño bistec de salmón, poco hecho. Había sido otro ajetreado día de 10 horas para él, pero bueno. Con los pedidos de la mañana tenía más que suficiente para pagar el alquiler del día -23.000 dólares al mes.
Terminó su salmón rápidamente, dejó instrucciones finales para el solitario camarero griego todavía de turno y dio las buenas noches a todos los demás. Se puso su chaqueta de pana marrón claro y la gorra de béisbol que compró en Florida.
"Buenas noches", dijo a la solitaria mesa de comensales.
Fuera, mientras Zannikos caminaba lentamente por la Avenida Madison, un hombre hecho a sí mismo que se sentía cómodo con su éxito tan duramente alcanzado, las puertas de mampara de 3 Guys se abrieron con un ruido metálico. De abajo llegaron voces apagadas, en español. Un joven mexicano que había comenzado su turno 10 horas antes emergió con una bolsa de basura y la depositó en la acera. Eran conchas de mejillones de Nueva Zelanda. Trozos de champiñones portobello. El fino polvo de un café descafeinado.
Frente al 3 Guys de Avenida Madison una bolsa de basura tras otra formaron una enorme pila de desechos.
"¡Date prisa!", gritó el joven a los otros mexicanos. "Yo también me quiero marchar a casa".
28 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh