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[Michael Leahy] Los Vigilantes de Herndon están decididos a parar la inmigración ilegal. Pero ¿es lo que quiere Estados Unidos?
A mediados de diciembre de la misma mañana que entró en vigor la ordenanza en Herndon que prohíbe efectivamente la solicitación de trabajo en el 7-Eleven, se inaugura el nuevo sitio oficial del ayuntamiento en el amplio estacionamiento del edificio que albergaba antes al departamento de policía. Funcionarios del ayuntamiento -así como Project Hope y Harmony, el grupo sin fines de lucro que recibió un subsidio del condado de Fairfax para gestionar el sitio de los jornaleros- han prohibido a Taplin y sus camaradas la entrada al sitio.
Ya irritado, Taplin echa humo, porque le dijeron que no podía entrar a la recién construida acera utilizada por los jornaleros para caminar en el terreno. Funcionarios del ayuntamiento juraron, recuerda a sus amigos, que en el sitio no se gastaría ni un solo centavo de Herndon. Herndon ya ha gastado unos 12 mil dólares en una valla para impedir que los trabajadores tomen atajos a través de las subdivisiones, dice. Ahora, ¿qué estaba haciendo ahí esa acera?
Taplin oscila entre la cortesía y el desprecio hacia los trabajadores que pasean por ahí. A veces les pide a sus compañeros vigilantes que se hagan a un lado para que los jornaleros, que pasan solos o en parejas, puedan pasar. Se vuelve hacia los trabajadores, para saludar amablemente: "Buenos días, buenos días, buenos días".
"Good morning", respuesta en inglés el trabajador, mirando seriamente a Taplin con expresión de reproche.
Su nombre es Mario Rodríguez, y viene de El Salvador. "Él [Taplin] pretende ser amistoso, pero lo que quiere es estropear nuestras posibilidades aquí", dice Rodríguez en español, alejándose de Taplin. "Pero nosotros somos más que él y sus vigilantes".
Taplin ya se ha desplazado, parándose en una larga cola para el café detrás de los jornaleros. Cuando vuelve, viene con otra idea para sus colegas: "¿Sabéis que cuando contratan a alguno de estos tipos también deben contratar a un capataz que hable español?", dice. "Porque la mayoría de estos tipos no hablan ni una palabra de inglés. Estaba parado en la cola y si les hablas, todo lo que te dicen es: ‘¿Qué? ¿Qué? ¿Qué'"
Ahora es parte de una demanda para tratar de cerrar el centro de jornaleros. En las elecciones municipales de mayo apoyará a candidatos que piensen como él. Ya ha considerado qué hará si los vigilantes pierden la batalla en Herndon. "Si ocurre eso, me iré de Dodge", dice. "Mi mujer y yo dejaremos Herndon tan pronto como nuestra hija termine el octavo".
Entretanto, le enfurece que políticos locales se nieguen a admitir que la presencia de jornaleros sin papeles ha creado barriadas pobres en Herndon, con la consecuente miseria, criminalidad e inseguridad. Recorred Alabama Drive, cerca del antiguo terreno de los jornaleros, dice. "Nadie en Herndon se acercará de noche a esos apartamentos; tienen miedo... Esta es la cuestión: La gente no se atreve a cruzar el parque que hay detrás de los apartamentos, porque allá hay tráfico de drogas. ¿Dejarían que sus hijas pasen de noche por ahí?"
Las autoridades del ayuntamiento niegan que el parque esté infestado de delincuentes o que haya sido ocupado por narcotraficantes, dice. Pero está convencido de que están mintiendo por razones políticas.
¿Estás diciendo que los jornaleros latinos ilegales están implicados en el mundo de las drogas en el parque?, le preguntan.
"Oh, no he dicho que lo estén", dice. "Sólo dije: ‘¿Dejarían que...?'" No termina la frase.
¿También habría anglosajones en el parque, no?, le preguntan.
"Oh, no", responde. "Puedes estar seguro. Porque los anglos no irían a ese parque".
Entonces, ¿quién está vendiendo droga?
"Es gente de la comunidad hispana. Probablemente relacionada con las pandillas. Con la MS-13".
¿Los jornaleros están vendiendo drogas en el parque?
"No he dicho eso".

Muchos días de diciembre, contratistas y gente de la ciudad se enfrentan en el centro de trabajadores ante una decepcionante evasión. La primera pregunta que plantean muchos empleadores potenciales, mirando al contingente de unos cien o más jornaleros latinos, es si los trabajadores son ‘legales'.
"Eso no lo preguntamos, señor", responde una mañana Esther Johnson, un voluntario de Hope and Harmony.
"Así que si decido contratar a alguien, ¿algunos de ellos son ilegales?", dice otro empleador potencial. "¿Me puedo meter en problemas?"
"No sabemos si hay ilegales aquí, señor", responde Johnson.
"¿No preguntáis?"
Silencio. "Así es, señor".
A menudo hay un elaborado rodeo antes de que un empleador potencial siquiera empiece a rellenar un formulario. La posición oficial de Hope and Harmony es que nunca tiene que mentir sobre el estatus de un trabajador individual, porque la organización no pregunta nunca sobre el estatus. Ese es el único modo de conservar legalmente el sitio de los jornaleros en 2006, un reflejo de todas las lagunas y grietas del sistema de inmigración.
Un hombre llamado Brett Nun, cuyo empresa debe pintar y limpiar esta mañana un propiedad, para en el sitio e, indicando a los trabajadores, pregunta: "¿Están inoculados?"
Johnson le entrega un formulario.
"¿Qué es esto?", pregunta Nunn.
"Bueno, es un formulario que todos deben rellenar, si no le importa".
Entre otras cosas, el formulario libera a Hope and Harmony de responsabilidad en caso de que un empleador contrate a algún ilegal, colocando la responsabilidad en el empleador.
"¿Tengo que firmar esto?", pregunta Nunn. Es al llegar a este punto que algunos contratistas se echan atrás. Pero Nunn necesita a alguien. "¿Tengo que firmar esto?", pregunta de nuevo. Firma con un suspiro.
Bill Threlkeld, ex voluntario del Cuerpo de Paz que gestiona el centro de jornaleros para Project Hope and Harmony, no puede ocultar su preocupación de que su misión fracase si las tasas de contratación no mejoran substancialmente en los próximos meses. Desde que abriera el sitio, las tasas de contratación han tenido un promedio de un quince por ciento, lo que significa que todos los días más de ochenta hombres vuelven a casa sin haber conseguido un trabajo. Sabe que algunos trabajadores han empezado a trabajar por su cuenta, lo que es una violación de la nueva ordenanza. Si otros trabajadores abandonan el sitio, se considerará que el proyecto de Hope and Harmony ha fracasado. Los trabajadores volverán a deambular por la ciudad buscando trabajo; y Taplin y sus cohortes se harán con nuevas municiones.
Threlkeld no habla demasiado con Taplin, aparte de recordarle suavemente que los vigilantes deben mantener la distancia. Pero, como con vecinos difíciles cuyas caras se hacen parte del paisaje, vigilan sus movimientos. "¿Dónde está?", pregunta Threlkeld un día. Un voluntario del Project Hope and Harmony lo señala. Taplin está parado en una berma cubierta de hierba a unos 65 metros de distancia, parcialmente protegido por un enorme matorral, escudriñando los alrededores y levantando su cámara.
Aunque Threlkeld rechaza la idea de que la presencia de los vigilantes ha reducido las contrataciones en el centro, algunos trabajadores creen que las consecuencias se hacen sentir. En las últimas tres semanas, Mario Martínez sólo ha trabajado un par de días. "Pero algunos empleadores no quieren venir porque no quieren que los vigilantes les tomen fotografías... Y ahora hay que rellenar todos esos formularios. Algunos empleadores no quieren hacer eso; piensan que en el 7-Eleven era más fácil".

19 de marzo de 2006
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[Michael Leahy] Los Vigilantes de Herndon están decididos a parar la inmigración ilegal. Pero ¿es lo que quiere Estados Unidos?
George Taplin creció en Bucolic Shelter Island, un balneario de verano para los ricos, situado entre las bifurcaciones sur y norte de Long Island. Taplin lo recuerda como un lugar donde los cambios se producían gradualmente, o no se producían en absoluto. Recuerda que su familia dejaba la casa sin cerrojo y la llave del coche en el encendido del vehículo. "Te sentías seguro", dice. "La gente respetaba la ley. Podrías ir a cualquier lugar en la isla durante la mayor parte del año y ver a la misma gente y sabías a quién verías".
Su padre trabajó durante un tiempo en la marina mercante y luego como carpintero, pero el dinero era escaso. Taplin empezó a trabajar pronto, de acuerdo a su versión, lavando platos, y pelando, y encerando suelos, a los doce, en un monasterio católico. Al niño le dolía la sospecha de que alguna gente de Shelter Island despreciaba a los Taplin. "Tenía que comprar mi propia ropa, de modo que tuve que no tuve ninguna posibilidad de ahorrar dinero para la universidad", dice.
Cortó césped, trabajó en lanchas pesqueras comerciales y limpió ostiones. Fue el principio de años de duras labores que, recuerda, incluyeron cavar tumbas y cloacas. Lo que recuerda más persistentemente de su juventud es el frío. Dormía en el piso de arriba en la vieja casa de la familia, cuyo única fuente de calor provenía de un horno en el sótano con suelo de tierra. "Nos íbamos a dormir y quizás la temperatura era de menos seis grados; siempre tiritábamos", recuerda. "Sólo lo menciono porque cuando alguien dice: ‘Tú no sabes lo que es vivir así, tú no conoces la vida de los jornaleros', el hecho es que sí conozco esa vida. Sé lo que es irse a la cama con hambre y pasar frío... También se lo que se siente cuando la gente te trata sin respeto porque eres pobre... Pero ser pobre no es una excusa".
Después de la secundaria, Taplin ingresó a la marina y finalmente siguió algunos cursos universitarios cuando estaba en el mar, obtuvo los diplomas de maestría y licenciatura en el campo de la informática mientras ascendía al rango de primer contramaestre.
También estaba intensamente interesado en política. Pero descubrió un defecto en sí mismo: Tenía problemas en sus relaciones con sus colegas. "Yo aprendía todo rápidamente, menos cómo llevarme con la gente", dice. "No soportaba a los idiotas. Mi último superior me dijo: ‘Si no fueras tan bueno en tu trabajo, no llegarías a ninguna parte, porque tu conocimiento de la gente no sirve para nada". La introspección llevó a Taplin a limitar sus ambiciones: Decidió que postularse a alguna función política "no era probablemente un objetivo realista".
Más tarde encontró trabajos en tecnología y como contratista, pero lo frustraba no poder avanzar. "Estaba trabajando en algo, y esperaba ser ascendido, y yo era el más calificado, y sobresalía por encima de todos los demás", cuenta. "Eligieron a una mujer porque era negra y mujer. Era un grupo con preponderancia de mujeres".
En 1998, él y su mujer se mudaron Herndon, su ciudad natal, y se asentaron a vivir allá con su bebita. Llevaba una vida solitaria y tranquila, hasta el día que oyó la historia sobre un latino borracho que supuestamente habló con unos niños en una parada de bus.
Para entonces, los jornaleros y su presencia en el 7-Eleven también lo irritaban. "La política del ayuntamiento era aplacar a algunas personas e ignorar al resto", dice. Molesto por los informes de que el alcalde de Herndon, Michael O'Reilly propondría la creación de un sitio oficial para los jornaleros, Taplin organizó una reunión de vecinos a fines de julio. Por primera vez en su vida iba a estar en el centro de la atención.
Su cruzada se había puesto en movimiento.

19 de marzo de 2006
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encuentro con el peligro


[N.C. Aizenman] Emigrantes centroamericanos retan al destino en un arriesgado viaje.
Tecún Umán, Guatemala. Poco después del amanecer, Mario Lobo estaba en la embarrada ribera del río Suchiate mirando desalentado la turbulenta corriente lo que separaba de México.
El delgado hondureño de 22 años estaba todavía a 2400 kilómetros de la línea fronteriza con Estados Unidos. Pero para Lobos y decenas de miles de otros centroamericanos pobres que entran furtivamente a Estados Unidos todos los años, la verdadera frontera empieza aquí, en la frontera de Guatemala con México -y a todo lo largo de México-, cuando se embarcan en una sucesión de penurias de las que el peligroso trayecto a través del desierto de Arizona o Tejas no es más que el capítulo final.
Caso paso exige tomar, en fracciones de segundo, decisiones que pueden hacer la diferencia entre la vida y la muerte. ¿Deberían vadear un río torrentoso o gastar sus escasos pesos para cruzarlo en balsa? ¿Son los bandidos en un camino remoto más peligrosos que los puestos de control de inmigración a lo largo del camino principal? ¿Y brincar en un tren de carga que pasa a toda velocidad reducirá dramáticamente el tiempo de viaje, o terminará todo con un resbalón y una caída? Lobo ha oído sobre estos peligros de otros que han hecho el viaje antes. Sin embargo, mientras contemplaba las olas de color café del Suchiate, los otros peligros palidecían en comparación con el que tenía en su mente.
"Ese agua", murmuró a sus dos compañeros de viaje, "se ve muy profunda".
La mayoría de los emigrantes cruzan el río en balsas construidas con dos cámaras de aire amarradas a un par de planchas de madera. Pero los dueños de las balsas cobran diez quetzales guatemaltecos por persona -un dólar treinta. Lobo y sus amigos sólo tienen siete quetzales.
"Podemos vadear hasta el otro lado, como él", propone uno de los amigos de Lobo, Francisco Quintero, 28, apuntando a un nervudo hombre que estaba empujando su balsa contra la corriente, con una cuerda amarrada en su cintura. "Ves, el agua sólo le llega hasta el pecho".
"No", dijo Lobo, abatido. "Míralo, no está vadeando. Está nadando. Tú sabes nadar. Yo no".
Quintero dio un suspiro que traicionó su impaciencia. Veterano de viajes al norte, con grandes cicatrices en su cuerpo para probarlo, había dejado un trabajo en un sitio en construcción en Reno, Nevada, para ayudar a uno de sus sobrinos de Honduras a llegar a Estados Unidos. Lobo y su tercer amigo, Juan Vicente, 24, habían decidido acompañarlos, atraídos por la promesa de trabajos en los que se gana más de tres dólares al día.
Pero el sobrino de Quintero había cambiado de opinión en el autobús de Honduras antes de que los cuatro llegaran siquiera a la deteriorada ciudad de Tecún Umán, aterrado por las historias que venía oyendo de otros pasajeros.
Ahora parecía como si Lobo también se fuera a echarse atrás.
"Okay", dijo finalmente Quintero. "¿Qué si le ofrezco al balsero los siete quetzales para que te cruce a ti? Juan y yo podemos nadar".
Lobo asintió en silencio.
Veinte minutos más tarde el trío estaba parado en la otra ribera del río, secándose con una toalla que les había pasado una amistosa mujer mexicana. Miraba desde el umbral de la puerta de su choza de cemento mientras Vicente se ponía desodorante y Quintero se peinaba cuidadosamente. Sabían que desde este punto en adelante era crucial pasar desapercibido.
"¿Hacia dónde van?", preguntó la mujer.
"Vamos a Arriaga. Ahí nos montaremos en un tren", respondió Quintero, indiferente.
La mujer hizo chasquear su lengua. "Muy peligroso", dijo, sacudiendo su cabeza. "Hay un montón de ladrones".

El Tren Desde Arriaga
A unos 260 kilómetros más al norte, en un refugio para emigrantes dirigido por el cura local, en Arriaga, otro grupo de amigos hondureños
examinaban un mapa de México pegado a la pared.
"¡Dios mío! ¿Quieres decir que no hemos recorrido más que esto?", exclama consternado Carlos Pineda, 22, ante Rafael Valencia, 18.
Hace unos 20 días salieron para coger el tren de Arriaga -la terminal más sureña de México- desde la misma ribera a la que Lobo y sus amigos habían llegado. Las rajas en los bolsillos de los vaqueros de Valencia ofrecían un indicio de las penurias por las que había pasado el par desde entonces.
Dijeron que sus problemas empezaron cuando seis hombres enmascarados, blandiendo rifles y machetes, les tendieron una emboscada en un tranquilo tramo del camino de tierra que los dos habían escogido para eludir los puestos de control de inmigración a lo largo del camino principal. "Los bandidos nos hicieron desnudar completamente. Luego rajaron nuestras ropas con cuchillos para ver si llevábamos dinero", recordó Pineda.
Los ladrones encontraron 600 pesos mexicanos -unos 50 dólares- que Pineda y Valencia, ambos choferes de autobuses en Honduras, habían ahorrado para el viaje a través de México. Pero los bandidos no vieron los siete dólares adicionales que Pineda había metido en uno de sus calcetines. Así que todavía estaba optimista cuando unos días más tarde él y Valencia conocieron a tres mujeres salvadoreñas que hacían la misma ruta.
A la más guapa le llegaban los cabellos hasta los hombros y le dijo a Pineda que había dejado atrás a su hija de dos años, recordó. A Pineda le hizo recordar a su mujer e hija, de las que se había despedido tristemente en Honduras.
Su conversación terminó abruptamente cuando siete hombres armados con pistolas emergieron repentinamente de entre el follaje.
Una vez más los emigrantes fueron obligados a desnudarse. Esta vez los ladrones encontraron el alijo de siete dólares de Pineda, dijo. Uno de ellos también se quedó con las zapatillas de Valencia, dejándolo con un par de zapatos demasiado chicos y destrozados.
Entonces uno de los bandidos cogió a la mujer con la que había estado hablando Pineda y ordenó a Pineda y Valencia que se marcharan mientras la empujaba hacia la arboleda.
"Estaba llorando, suplicándole: ‘Por favor, no lo haga. Quédese con lo que quiera, pero no me haga esto'", cuenta Pineda en un triste susurro. "El bandido le pegó en la cara y le gritó: ‘¡Cállate, perra estúpida!'"
Para cuando una tercera banda de ladrones abordaron a Pineda, Valencia y otro hombre unos días después, contó Pineda, no llevaban nada de valor consigo. Enrabiados, los ladrones empezaron a golpear con su machete al tercer hombre mientas Pineda y Valencia se echaban a correr.
"Yo sabía que sería un viaje difícil", dice Pineda con la voz ahogada, secándose las lágrimas de sus ojos con su camiseta blanca. "Pero nunca tan difícil".
Valencia, entretanto, estaba más preocupado de un rumor que se había difundido en el refugio de que esa noche saldría un tren de carga.
Apartó a Pineda para confiarle algunos datos sobre cómo abordar el tren, que había aprendido de sus viajes al norte anteriores.
"Mira, cuando el tren empiece a moverse, no corras muy cerca de él", explicó Valencia, usando su mano derecha para simular un tren moviéndose a lo largo de la mesa del comedor y su mano izquierda para mostrar a un hombrecito corriendo hacia él a toda velocidad. "De otro modo, el aire te chupará y te meterá debajo de las ruedas".
El pequeño hombre-dedo se deslizó debajo de la mano derecha de Valencia y se derrumbó en la mesa con un plaf.
Pineda soltó una risita ahogada. Parecía como si fuera a vomitar.
Sin embargo, cuando la tarde daba paso a la noche, fue Pineda quien parecía más ansioso de salir a la zona cubierta de hierbas en torno a la estación de ferrocarriles a unas calles de distancia.
Varios cientos de emigrantes ya se habían congregado allá en el oscuro crepúsculo, esperando hacerse con un hueco en los vagones de carga que los trabajadores del ferrocarril estaban uniendo para formar el tren.
A eso de las diez de la noche engancharon el último vagón en la parte de atrás del tren con un bang que hizo eco en la oscuridad. Los emigrantes estaban ahora apretujados por todos lados en el tren.
Durante un momento hubo un silencio absoluto. Entonces la locomotora rugió y el tren empezó a avanzar dando tumbos, cada vez más rápidamente.
Pineda y Valencia gritaron desde su percha encima de un vagón cisterna. Se los podía oír chillando cuando el tren salía de la estación. "¡Dios está con nosotros! ¡Al norte!"

El Refugio de Tapachula
Alan Delgado se agarró al borde de su colchón y apretó los dientes, agónico de dolor. Su pierna derecha había sido amputada por encima de la rodilla.
Sin embargo, los nervios de su muslo continuaban hormigueando y retorciéndose como si todavía estuviera ahí. Su amigo Julio César Lambert le sonrió compasivo desde la otra cama. Lambert había perdido la pierna izquierda.
Doce días antes los dos hondureños habían abordado el tren de carga de las diez de la noche en la misma estación en Arriaga de la que Pineda y Valencia acababan de salir. Ahora eran los nuevos pupilos del Refugio de Jesús el Buen Samaritano, un refugio para emigrantes heridos en la ciudad de Tapachula, cerca de la frontera guatemalteca. La policía y los trabajadores de los hospitales envían al menos a cuarenta emigrantes mutilados al mes al refugio, una colección de cuartos de bloques de concreto pintados de blanco.
Delgado, un hombre chico de 22 años de rasgos traviesos, dijo que todavía podía recordar el alivio que sintió cuando el tren salió de Arriaga. Pero su optimismo se había temperado cuando empezó a llover y pensó en que aún les quedaban once horas de viaje.
Llevaban una hora y media de viaje, contó Delgado, cuando cuatro bandidos enmascarados y armados emergieron de un escondite en el tren y empezaron a saltar de un vagón a otro. Un emigrante aparentemente se negó a entregarles su dinero. Otros tres simplemente no tenían nada. Delgado dijo que los bandidos cogieron a los hombres por los hombros y los lanzaron fuera.
A la mañana siguiente, en la última parada del tren en Ixtepec, Delgado y Lambert dijeron que se subieron a un tren más corto con unos pocos vagones de carga. Poco después tomó una curva a tal velocidad que los vagones empezaron a moverse violentamente de un lado a otro con un escalofriante chirrido. Pensando que el tren se iba a descarrilar, Delgado saltó fuera.
Lo siguiente que recuerda es que estaba tendido en el suelo, un pedazo de un pie derecho todavía pegado en la escalera de un vagón de carga a varios metros de distancia, el resto de su pierna colgando de su muslo por una ensangrentada tira de piel.
La pierna de Lambert había sido cortada completamente. También la de una mujer salvadoreña que llegó al refugio.
En la distancia también pudieron ver el torso de un emigrante cuyo cuerpo había sido cortado por la mitad. Dos emigrantes más murieron aplastados por el vagón de carga, y se veía fluir la sangre por debajo.
Durante las siguientes tres horas y media, Delgado y el otro herido esperaron ayuda debajo de un achicharrante sol, con un dolor tan fuerte, dijo Delgado, que era "indescriptible, imposible de sacar de tu cabeza".
Delgado recuerda haber gritado una y otra vez para evitar deslizarse en la muerte.
Cuando esa tarde salió de la sala de operaciones, Delgado dijo que se preguntó por qué había resistido con tanta fuerza.
"Miré mi muñón y me dije: ‘Ahora soy una persona inútil'", recordó. "‘¿Qué voy a hacer? Mi sueño americano terminó en ese tren".
Unas camas más allá, Hanibal Rodríguez, 28, tenía otros planes. Rodríguez, un fornido hondureño que se dirigía a un trabajo de jardinería en Nueva Jersey, fue asaltado y herido de tres balazos en la pierna por policías uniformados cerca de Arriaga unas semanas antes.
Pero sus heridas están sanando bien. Podrá volver a Honduras en una semana.
"Me quedaré dos o tres meses, para recuperarme", dice Rodríguez. "Después de eso", agrega con una dentada sonrisa, "volveré al norte".

8 de julio de 2006
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vigilantes 3


[Michael Leahy] Los Vigilantes de Herndon están decididos a parar la inmigración ilegal. Pero ¿es lo que quiere Estados Unidos?
Taplin llega a la esquina de Elden Street y Alabama Drive, el terreno de 7-Eleven de Herndon, donde unos ochenta trabajadores esperan detrás de una línea azul en el estacionamiento. "Tenemos que ir allá",dice, volviéndose hacia uno de su equipo. "Joe, ¿estás listo?"
Joe se pasa una mano por su pelo canoso y respira profundamente. "Todo listo".
No está claro para qué está Joe listo, porque Joe no lo dice, dejando a Taplin la revelación de cualquier detalle específico. "Depende de quién quiera saberlo", dice Joe, que no quiere mencionar su apellido "porque quién sabe quién se puede enterar. No es nada personal. Tampoco le doy mi nombre a un montón de gente allá en la frontera. Se interesan mucho en ti si te ven con un arma".
"Okay, Joe tiene que marcharse", dice Taplin.
Taplin y el resto de su cuadrilla toman posiciones al otro lado de la calle y empiezan a tomar fotos de los contratistas que llegan y de los trabajadores, que los miran plácidamente. Cuando aparecieron por aquí los primeros vigilantes en octubre, mucho de los trabajadores ilegales pensaron lo peor: que agentes de la inmigración norteamericana en ropas de paisano habían llegado al lugar para reunir evidencias y detenerlos. Algunos trabajadores huyeron del estacionamiento y no salieron de sus apartamentos a buscar trabajo durante días, y algunos de los más asustados se marcharon de Herndon, de acuerdo a otros trabajadores. Pero los temores de los jornaleros se han disipado. Se han enterado de que ni los funcionarios federales de inmigración ni los del ayuntamiento tienen nada que ver con lo que está ocurriendo, que los desconocidos son simplemente residentes locales que tienen problemas con ellos, pero no pueden hacer nada contra ellos, excepto protestar.
Sin embargo, aunque los jornaleros desconfiados vuelven poco a poco al 7-Eleven, lo hacen preocupados de que los atemorizados empresarios ya no quieran contratarles. Esa es la estrategia de Taplin: Fotografiar a los contratistas que llegan al 7-Eleven a recoger jornaleros y, si posible, seguirlos, y a los jornaleros, hasta el lugar de trabajo. Luego, identificar a la compañía contratista y algunos de sus clientes, luego verificar el nombre de la compañía en páginas web del gobierno para determinar si el contratista tiene permiso en Virginia o en Herndon. Si no, el contratista será denunciado a las autoridades locales, y quizás al servicio de impuestos internos.
"Espera un segundo", dice Taplin. Coge su walkie-talkie y aprieta un botón: "Controlando, controlando. ¿Me recibes?"
No hay respuesta. Taplin controla el walkie-talkie y aprieta un botón nuevamente. "Controlando, controlando. ¿Me recibes? ¿Joe, me recibes?"
"Sí", dice Joe desde una calle cercana.
"Joe, hay un camión saliendo del 7-Eleven con un ilegal. ¿Lo ves? ¿Ves el nombre en el lado? Lo conozco. Definitivamente, es un reincidente. ¿Puedes seguirlo para ver adónde lleva a ese jornalero?"
"Oye, ¿podemos colocarnos las mantas del KKK ahora? ¿Por favor? ¿Por favor?", pregunta Bill Campenni, el piloto jubilado de la Guardia Nacional Aérea que trabaja ahora como consultor de ingeniería. Taplin se sobresalta ligeramente. Mientras Taplin es una presencia sombría, Campenni es el imparable bromista de los vigilantes de Herndon, un sabelotodo de 65 años apreciado en el grupo por su irreverencia y frivolidad. Campenni mismo sabe que a veces se extralimita. Con cara de elfo, y un metro 68, Campeni irradia su carácter travieso, pero como Taplin, sus ideas políticas son seriamente conservadoras. Después de conocer a George W. Bush cuando sirvieron en el mismo escuadrón de la Guardia Nacional Aérea de Tejas a principio de los años setenta, defendió públicamente al presidente durante la campaña de 2004, insistiendo en que Bush había cumplido fielmente con sus deberes en la Guardia después de que unos detractores de Bush pusieran en duda su desempeño. Hoy, frente a la prensa, se deleita evocando lo que cree que son burdos estereotipos de los vigilantes, en parte para reírse y en parte porque quiere enviar una señal a los medios de que está al tanto de sus prejuicios y que se mantendrá alerta ante cualquier mala interpretación de los periodistas. Se vuelve hacia un periodista, sonriendo. "Házme saber cuándo te conviene, y me pondré una manta", dice, alegre. "Oh, ya sé cómo puedes empezar tu reportaje: ‘Detrás de bonitas casas, en la serenidad de una bella ciudad, los racistas llegaron para reunirse'".
Taplin se aclara la garganta. "Me pregunto dónde andará Jose", dice, suave.
"Quiero ayudarte a conseguir lo que necesites", dice Campenni al periodista. "¿Quieres verme con mi camiseta con la svástica? ¿O con mi camiseta realmente grande con el texto ‘Poder Blanco'?"
"William", rezonga su esposa.
Taplin interviene. "El tipo de camisetas que en realidad querríamos son camisetas con el texto ‘Poder Herndon'", dice, volviéndose hacia el resto del grupo. "Y ya que estamos en esto, ¿estarían dispuestos a comprar gorras de ‘Vigilantes de Herndon'?"
Taplin está mirando una furgoneta blanca que está aparcando en el estacionamiento de 7-Eleven. "Es un reincidente, es un reincidente", anuncia. "Necesito tomarle una foto a ese tipo". Los trabajadores rodean la furgoneta. El conductor latino levanta dos dedos. Taplin se mueve de lado en la acera, enfocando la lente de su cámara, apretando el obturador. "Creo que es una firma de pinturas", susurra, mirando a través del visor, apretando el obturador repetidas veces. "Sonríe para mí, colega. Oh, estas van a salir buenas".
La furgoneta recoge a dos trabajadores, pasando frente a Taplin. El conductor se echa hacia adelante en su asiento, mira a Taplin y su cámara, y le muestra el dedo del corazón. Los jornaleros en el estacionamiento ríen y silban.
"Algunos han empezado a hacer cosas como esas", dice Taplin.
"Será más difícil con ese nuevo asunto", dice Campeni.
Taplin hace una mueca. El ‘nuevo asunto' es el local oficial de los jornaleros en la vieja comisaría de policía de Herndon, financiado en su primer año por un subsidio de unos 175 mil dólares del condado de Fairfax. "Los electores van a castigar al ayuntamiento por usar ese dinero y por su contemporización", hierve Taplin, pensando en la elecciones de mayo. "Los que votaron a favor de eso en el ayuntamiento, están terminados. No tienen ni idea de lo indignados que estamos..."
Su walkie-talkie empieza a chirriar. "Te estoy recibiendo, no cuelgues. Podría ser Joe, no cuelgues". Aprieta un botón, sonriendo. "Joe", dice. "¿Cómo estás? ¿Dónde estás? ¿Me recibes?"
"¿Me recibes?", responde Joe, inseguro. ¿Tendrá problemas con sus botones? "¿Me recibes, me recibes?"
"Suenas cerca", dice Taplin.
Joe dice algo, pero los chirridos el walkie-talkie lo ahogan.
"No te oí, Joe. Repítelo".
Joe lo repite.
"¿Los perdiste?"
"Sí. Doblaron por alguna parte".
"Oh, bueno. ¿Cuál es tu 20?"
Silencio.
"Joe, ¿cuál es tu 20?"
"Te oigo".
Taplin suspira. Okay, evidentemente no todo el mundo sabe qué es un 20. "Joe, ¿dónde estás?"
"Cerca de Pizza Hut".
"Okay, puedes volverte, Joe. Gracias por tratar. 10-4".
"10-4, okay".
Hay un reincidente suelto allá afuera, dice Taplin. "Están en todas partes". Se encoge de hombros, farfulla que Joe está volviendo. "Okay, no siempre sale bien", dice.
Pero a veces sí. La pequeña unidad de vigilancia de Taplin ha empezado a tener resultados, a localizar efectivamente a contratistas y sus jornaleros en lugares de trabajo en el condado de Fairfax y alrededores. Sin embargo, Taplin no está seguro de que el gobierno vaya a hacer algo con las denuncias de los vigilantes. Todo lo que los funcionarios le dicen es que están investigando sus acusaciones.
Otro día, tras terminar su vigilancia, Taplin y el equipo se encaminan al restaurante Amphora. Sentado cerca del ventanal, Taplin tiene sus cámaras a la mano, por si acaso. El grupo acaba de pedir algo para comer cuando se aparece un vehículo y aparca frente al restaurante y unos trabajadores se apresuran hacia el lado del conductor.
Taplin sale fuera y toma algunas fotos del conductor, un contratista anglosajón llamado George Griebel, el que, furioso, se enfrenta a Taplin en el restaurante. Exige una explicación, y la película que está en la cámara.
"Usted estaba contratando a un ilegal", dice Taplin. "Y yo tengo derecho a tomarle una fotografía".
Griebel le dice no tiene ese derecho.
"Por favor, márchese", dice Taplin, sonriendo, sacudiendo la cabeza.
Griebel lo insulta y se acerca a él.
El gerente del restaurante llama a la policía. Para cuando llegan, Griebel ya se ha marchado. "Yo sé quiénes son, estos vigilantes... o como quiera que se llamen", dice más tarde. "Pero ¿qué estaba haciendo yo? ¿Quiénes se creen que son? Yo he vivido durante más de 20 años en Herndon. Y estaba allí para recoger a un tipo que ha trabajado para mí en los últimos tres años, y es un buen trabajador, y no es ilegal tampoco. ¿Que no puedo contratar a un hispano legal? Yo creo que los vigilantes están tratando de dividir a este país".

19 de marzo de 2006
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[Michael Leahy] Los Vigilantes de Herndon están decididos a parar la inmigración ilegal. Pero ¿es lo que quiere Estados Unidos?
Con su camiseta blanca y chaqueta de cuero negra, Chris Simcox se viste como se hubiera vestido Fonz, si Fonz hubiera llevado un chaleco antibalas debajo de su camiseta. Está parado en una acera en una postura familiar. Es ligeramente jorobado y esquivo; sus ojos escudriñan los alrededores mientras responde las preguntas de desconocidos preguntones.
Esta mañana de diciembre se ha aparecido para dirigir una protesta en un sitio en Phoenix, en la esquina de la calle 36 con East Thomas Road, donde se reúnen los jornaleros. Es un evento que fue bastante publicitado de antemano, lo que garantizaría que la prensa, sus admiradores y enemigos, incluyendo un equipo de seguimiento de la ACLU, llegaran aquí en tropel. Entre los asistentes se encuentran varios equipos de televisión de Arizona, un equipo francés que prepara un documental y un periodista alemán, todos dispuestos a informar sobre cualquier reyerta y con la esperanza de filmar unos minutos de Simcox. Delgado, de barba canosa y ojos azul grisáceos, suficientemente telegénico como para aparecer habitualmente en el circuito de programas de entrevistas, Simcox, 45, ha alcanzado ese nivel de estrafalaria celebridad donde efusivos desconocidos lo asaltan de repente y le piden que se tome fotos con ellos.
Su vida cambió para siempre en abril pasado, cuando dirigió, de acuerdo a algunas estimaciones, a unas cien personas cada vez, algunas de las cuales se quedaron hasta treinta días, para tomar posiciones a lo largo de un tramo de la frontera norteamericana-mexicana, cerca de Naco, Arizona, con la misión de detectar a inmigrantes sin papeles y denunciarlos a la Patrulla Fronteriza norteamericana. Muchos de los jornaleros latinos que viven en Herndon conocen bien Arizona, porque la han cruzado varias veces. Simcox llegó a considerar al estado en general, y a Naco en particular, como un tamiz, y estaba decidido a parar ahí a los que cruzaban la frontera.
En su mayoría de edad mediana o viejos, sus voluntarios aparcaron sus vehículos cerca de tramos de la valla de alambre de púa y tomaron posiciones en sillas de jardín, en grupos espaciados a intervalos de 300 metros. El presidente Bush ha llamado a estos grupos "vigilantes". La Patrulla Fronteriza declaró que sus actividades no contribuían a las operaciones de la Patrulla. Los opositores de los vigilantes, entre ellos importantes organizaciones de defensa de los derechos de los latinos, enviaron representantes a la frontera para protestar contra el grupo de Simcox.
Para entonces, Simcox había empezado a hacerse acompañar por un guardaespaldas y a llevar una pistola, explicando que había recibido amenazas de muerte anónimas por teléfono. Él y sus seguidores han dado con algo bruto y enrabiado en las psiques de otros estadounidenses que piensan como ellos lejos de Arizona -aunque portavoces de la Patrulla Fronteirza comentarían secamente más tarde que la mayoría de los voluntarios no han vuelto a la frontera. Invocando el espectro de una crisis nacional que hace peligrar la seguridad de Estados Unidos, el diputado Tom Tancredo (republicano de Colorado) elogió a los vigilantes. El tema de la inmigración ilegal empezó a crear candidaturas políticas. En las votaciones por un escaño en el congreso por California durante las elecciones especiales de diciembre, James Gilchrist, un incondicional aliado de los vigilantes, terminó tercero, con un respetable 25 por ciento de los votos. Simcox dice, seguro de sí mismo: "Somos el futuro en cuanto a las políticas de inmigración, y eso es lo que asusta a los políticos".
De vuelta en Phoenix, las cámaras están listas, pero escasean el antagonismo y el drama. La mayoría de los jornaleros, que se habían reunido cerca del normalmente ajetreado sitio de enganche, se alejaron a toda prisa cuando vieron acercarse a Simcox y los otros vigilantes. Sólo quedó una docena de tranquilos trabajadores y quizás hasta veinte vigilantes, así como algunos provocadores ocasionales, que lanzan epítetos en dos idiomas. "¡Racista!", grita un anglosajón desde un enorme Chevy, añadiendo un insulto y acelerando a toda velocidad, las llantas chillando, antes de que Simcox pueda responder.
"A esa gente les digo siempre que a mi hijo, que es un mix mitad blanco y mitad afro-americano, no le gustaría oír eso", dice.
"¿Están aquí ahora, su esposa y su hijo?", pregunta alguien.
"Ya no vivo con su madre".
"¿Anda su hijo por aquí?"
"No". Su ojos escudriñan el grupo. "Está con su madre... Está bien. Hicimos un acuerdo de visitas después del divorcio".
Era su segunda esposa; el divorcio es un tema doloroso para él. De ese período de su vida, cuando vivía en Los Angeles, no le quedaron muchos recuerdos agradables. Trató de trabajar como actor. Fue maestro en una escuela básica pública, preocupado, dice, entre otras cosas, por la cantidad de niños hispanos que entraban a la escuela sin hablar inglés.
Estaba en Los Angeles cuando los terroristas atacaron en Nueva York y Washington. A fines de octubre de ese año, Kim Dunbar, que llevaba seis años divorciada de Simcox, lo llevó a tribunales y pidió la custodia de su hijo adolescente. En documentos presentados ante el Tribunal Superior de Los Angeles, Dunbar dijo que poco después del 11 de septiembre de 2001, Simcox dejó una serie de inquietantes mensajes en su buzón de correo en los que le anunciaba un inminente ataque nuclear contra Los Angeles, juraba enseñar a su hijo a usar un arma y declaraba su intención de marcharse de California del Sur para proteger la frontera norteamericana con México.
Simcox dice que hizo esas llamadas desde Arizona, donde estaba pasando las vacaciones cerca de la frontera y había visto a numerosos extranjeros ilegales cruzándola. "Después de eso supe a qué me iba a dedicar", dice. Se asentaría en la legendaria ciudad de Tombstone, a unos 45 kilómetros al norte de la frontera al este de Arizona. Allá, lavaba platos en un restaurante y tuvo brevemente un pequeño rol como actor, haciendo de pistolero en recreaciones del Salvaje Oeste. Patrullaba la frontera por la noche, pasando información sobre entradas ilegales de extranjeros a la Patrulla Fronteriza, que lo consideró demasiado viejo cuando pidió trabajo ahí como agente. En mayo de 2002, decidido a encontrar un medio para fomentar su lucha contra la inmigración ilegal, dice, utilizó los ahorros de su jubilación para comprar Tombstone Tumbleweed, un semanario.
Artículos en el Tumbleweed le ganaron partidarios y así nació su movimiento. "Las cosas transcurrieron muy rápidamente", dice. "Yo salía a patrullar con la gente y a medida que se empezó a extender la noticia sobre la manifestación de abril, un montón de gente empezó a llamar. Creo que esta causa estaba esperando nacer. La gente estaba enfadada, pero no sabía qué hacer. Sólo faltaba que alguien dijera lo que debía hacerse".
Los vigilantes dicen que sus miembros han denunciado a la Patrulla Fronteriza a más de seis mil inmigrantes sin papeles, pero dice que no tiene cómo probar que es verdad. Pero incluso esta cifra, sabe Simcox, no es más que una minúscula parte de los ocho mil a diez mil inmigrantes diarios que se dice cruzan la frontera. "Necesitamos tropas en la frontera", declara Simcox. "Alguna gente tiene miedo de enviar a nuestros soldados aquí, pero es lo que debería hacerse... Y si hay que levantar una muralla, pues levantémosla".
En 2004, los habitantes de Arizona erigieron una especie de muro, convirtiendo en ley el Proyecto 200, que prohíbe que los inmigrantes indocumentados reciban beneficios públicos.
Un coche disminuye su velocidad y un joven latino en el asiento de pasajero grita un insulto contra Simcox.
"Eso no sonó simpático, ¿no?", dice, sonriendo, tenso.
Mete la mano debajo de su camiseta, para ajustarse el relleno. Simcox, que se casó por tercera vez el año pasado, está inquieto por su seguridad en estos días. Cuenta frecuentemente a sus audiencias que le han lanzado piedras y disparado desde el otro lado de la frontera. Se estira la camiseta mirando sobre los hombros de sus oyentes.
Una pregunta de uno de sus partidarios lo hace volver al motivo de su visita a esta esquina. "Sí, estamos tratando de llamar la atención de los dueños de negocios en Phoenix que están hasta el cuello con los delitos que cometen los ilegales, y toda esa basura", dice.
Más abajo en la calle, en un signo de que al menos en Arizona el mensaje del grupo empieza a difundirse más allá de su grupo de electores conservadores, una quiropráctica llamada Melody Jafari está esperando a los vigilantes en el estacionamiento, donde se reúnen después de la manifestación para intercambiar informaciones. Aunque se describe a sí misma como "moderada y apolítica", cuidadosa de no etiquetarse como vigilante, Jafari sin embargo apoya las campañas de Simcox, en parte porque el aparcadero de su oficina es uno de los lugares de reunión de los jornaleros. "Hay tantos, y están en todas partes... y están echando a perder mi negocio", dice. "Puedo no estar de acuerdo en todo con ellos, pero los vigilantes son los únicos que han dado la cara por gente como yo".
La mañana termina cuando Simcox les dice a los vigilantes que han enviado un mensaje a los jornaleros de Phoenix y en todo el país de que tienen los días contados. Se despide dando la mano. A la hora, un grupo de jornaleros se ha reunido en la esquina de la 36 con Thomas. Primero vacilantes, luego recuperando el entusiasmo de todos los días, las contrataciones se reanudan.
"Ves, ya están volviendo", dice Jafari.
"Es fácil", dice un jornalero llamado Francisco Hernández, mexicano, que ha vivido aquí en los últimos cinco meses. "Simplemente esperas a que se marche esa gente encolerizada".

19 de marzo de 2006
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vigilantes 1


[Michael Leahy] Los Vigilantes de Herndon están decididos a parar la inmigración ilegal. Pero ¿es lo que quiere Estados Unidos?
Las profundas ojeras debajo de sus ojos le daban el aspecto de un hombre que ha pasado la adultez levantándose a horas en que el resto del mundo duerme. "Necesito un café", dice, mientras camina. Aprendió a levantarse al amanecer durante dos largos períodos en la marina, y hoy, a los 51, se levanta normalmente cuando es todavía noche, a las seis de la mañana, para empezar su día de trabajo como ingeniero de software en un edificio de Maryland, a considerable distancia de este tranquilo cul-de-sac que es Herndon.
Pero hoy, George Taplin no llegará temprano a su oficina. "Si los jornaleros se levantan temprano para llegar aquí, nuestra gente tiene que estar aquí también bastante temprano", dice. "Tan simple como eso. Ya veremos cuántos de nosotros vienen hoy".
Taplin se levantó sin meter ruido esta mañana de invierno para no despertar a su mujer. Salió temprano de casa y está dispuesto a trabajar algunas horas más en una misión voluntaria: limpiar Herndon de los trabajadores indocumentados y "hacer nuestra parte para impedir que extranjeros ilegales crucen la frontera mexicana y creen problemas en pueblos como el nuestro".
Jefe de los Vigilantes de Herndon, parte de una organización nacional dedicada a expulsar a los inmigrantes ilegales en la frontera mexicano-estadounidense y en sitios de trabajo en todo el país, Taplin es considerado en su pueblo tanto un patriota como un paria. Mientras un pequeño grupo de nacionalistas participan en sus vigilias al alba, algunos de sus conocidos han empezado a ignorarlo. Una de sus muchas actividades como voluntario en el pueblo consiste en dar a los niños clases de religión en su iglesia católica, y cuenta que un colega se acercó a él a decirle que sus actividades como vigilante eran "poco cristianas e hipócritas". En estos días, de vez en vez se vuelve a mirar de dónde viene una bocina, sólo para ver a un desconocido mostrándole el dedo del corazón.
Entra a un restaurante de Herndon llamado Amphora, el lugar secreto para la reunión de hoy, a una cuadra de donde un puñado de jornaleros latinos ya se han reunido a esperar a potenciales empleadores. "Preferimos que nadie de nuestro grupo se aparezca solo por esos sitios", dice. "Es más inteligente y seguro salir juntos, como grupo. Cambiamos de lugar de reunión para que ellos no sepan dónde nos reunimos exactamente".
Taplin pide un café y estira su cuello hacia la entrada por la que, en los próximos minutos, entrará la mitad de su brigada: Bill Campenni, piloto de guerra jubilado de la Guardia Nacional Aérea; su esposa, Kathleen, la inmigrante canadiense que es ahora ciudadana norteamericana; Diane Bonieskie, maestra de escuela jubilada; Jeff Talley, que dice que está perdiendo su trabajo de reparaciones de aviones porque lo están encargando a México; y Joe, que no quiere mencionar su apellido y dice "quién sabe quién recibe esa información".
"Hey, Joe, tómate un café", le dice George, insistente. "¿Alguien sabe cómo están las cosas en 7-Eleven?"
"Están allá", responde alguien. "Los mismos de siempre".
Taplin tiene dos grandes cámaras que cuelgan de su cuello y lo hacen parecer paparazzi. Saca un walkie-talkie del bolsillo de su chaqueta, bebe un trago de café, carraspea para sacarse la ronquera de la mañana y dice: "¿Okay, estamos listos?"
Sale y mira el callejón que empieza detrás del 7-Eleven, donde los trabajadores se han estado reuniendo durante años. Observa a una pareja de hombres mirándolo desde una furgoneta, apuntándolo. Uno de ellos levanta una cámara para fotografiar a Taplin. "Bueno, supongo que hoy no los vamos a sorprender", dice, con aire de suficiencia. "Nosotros los fotografiamos a ellos, y ellos a nosotros. Lo que harán ahora es correr al 7-Eleven y avisar a los trabajadores que estamos llegando: Vienen los vigilantes, vienen los vigilantes, vienen los vigilantes. Quizás piensan que si nos toman fotografías, nos asustarán. Pero no. No nos vamos a asustar de ninguna manera".
No todos los vigilantes de Herndon están contentos con que los vigilen. Algunos de los miembros del grupo de Taplin tienen miedo de que algunos activistas por los derechos de los inmigrantes los puedan seguir y molestar. Taplin mismo dice que él no se preocupa, pero la cautela impregna todo lo que hace. No quiere que se cuente dónde trabaja. Dice que ha sido "llevado a creer" que podría sufrir repercusiones en su trabajo si llama demasiado la atención como vigilante. Esto le hace recordar algo. Se vuelve hacia el grupo y dice: "Me tengo que marchar a mi trabajo a las nueve y media".
Los demás asienten.
"Oh, mira ese tipo, el tipo que conduce", dice bruscamente, apuntado a una furgoneta que para recoger a dos trabajadores en el callejón. En ese momento, furioso, Taplin deja en claro por qué, a pesar de la preocupación de su mujer sobre la privacidad y su preocupación sobre las reacciones de sus jefes en su trabajo, cree que debe estar aquí. "Esta es la razón por la que tenemos que parar esto. ¿Ven a ese tipo? Es un contratista; también estuvo aquí la semana pasada, contratando. Es un reincidente. Quiero tomarle una foto". Pero antes de que pueda levantar su cámara, el tipo se marcha. Taplin frunce el ceño, apunta el número de la matrícula. "Okay, lo reconozco... Se la tomaré la próxima vez".
Su brigada cuenta hoy con diez hombres. "¿Sabes qué? Era un blanco. Desde que empezamos a dejarnos caer por aquí, los contratistas latinos ya casi no vienen. ¿Qué significa eso? ¿Qué significa eso? El número de jornaleros se ha reducido, pero, si mantenemos la presión, creo que los contratistas latinos desaparecerán completamente. ¿Sabes por qué?"
Toca su walkie-talkie, juega con los botones. Crac-crac. "Porque su cultura gira sobre estar por debajo del radar y no ser detectado por las autoridades. No quieren verse expuestos, porque ellos son muchas veces ilegales, y sus negocios no tienen permisos" de Herndon y ni del estado de Virginia.
El interés de Taplin en la causa de los vigilantes empezó el año pasado, cuenta, cuando oyó que un hispano borracho había hablado crudamente sobre temas sexuales con los niños de una escuela básica en una parada de bus. Pero, si ese momento sirvió como chispa, en realidad la yesca seca se había estado acumulando en su mente desde hacía un tiempo. "Empecé a mirar el caos en que se había convertido el 7-Eleven, en una monstruosidad", recuerda. "La gente dándose vueltas porque no había trabajos, o después de haber intentado conseguir uno. Se trata de su cultura. Cuando estaba en la marina, pasé un tiempo en Río. En Río no respetan la tierra. Mean en las calles, arrojan basura, botellas... Cuando vienes aquí, haces lo mismo que hacías en tu cultura. Haces lo que sabes hacer".
El verano pasado, llamó al presidente del Cuerpo de Defensa Civil Vigilantes, Chris Simcox, que vive en Arizona y es considerado por los miembros como la fuerza seminal de la organización, un héroe para sus admiradores que lo han comparado con George Washington. Simcox le otorgó a Taplin un grupo de vigilantes. Taplin, que alguna vez soñó con postularse como candidato al congreso, dirigiría ahora a gente, tendría la función de portavoz del grupo, aparecería en radio y televisión.
Entonces, se estaban formando capítulos de los vigilantes en todas las regiones del país, desde California a Connecticut, con muchos hombres como George Taplin, ansiosos de empezar a trabajar. Para noviembre, Simcox había llamado a Taplin para expresarle su satisfacción con las acciones del nuevo capítulo. "Mira, era Chris Simcox el que llamaba", dice Taplin, y suena asombrado.

19 de marzo de 2006
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murió henry ynostroza


[Dennis McLellan] A los 82. Había sido injustamente condenado por el asesinato de ‘Laguna Somnolienta'.
Henry Ynostroza, acusado en 1942 en el infame caso del asesinato de ‘Laguna Somnolienta', en la que doce jóvenes mexicano-estadounidenses fueron injustamente condenados por el asesinato de un joven compatriota mexicano, viene de morir a los 82 años.
Ynostroza, jefe de bodega jubilado, murió de causas naturales el martes en una casa de reposo de Pasadena, dijo su hija, Marie Ruvalcava.
Ynostroza, que creció en la Calle 38 en Vernon, empezó a trabajar a los quince para mantener a su madre y dos hermanas después de que su padre fuera deportado a México. Estaba casado y era padre a los dieciocho, de una niña de un año cuando fue detenido en conexión con el caso del asesinato de ‘Laguna Somnolienta'.
El juicio al que fueron sometidos planteó problemas constitucionales y se le atribuye un rol histórico en el movimiento de los derechos civiles de los latinos.
La noche del 1 de agosto de 1942, varios jóvenes mexicano-estadounidenses de la Calle 38 del barrio de Ynostroza tuvieron un altercado con miembros de una pandilla de Downey en un embalse rural que era usado para nadar por mexicano-estadounidenses, a los que se les negaba la entrada a las segregadas piscinas públicas de la ciudad.
Tras volver a casa y reunirse con otros amigos, incluyendo a Ynostroza, volvieron al embalse, que era llamado la ‘Laguna Somnolienta' por una famosa canción.
Cuando llegaron allá, según dijo Ynostroza al Times en 2001, la zona estaba desierta. Pero al oír música que venía de una fiesta en un rancho cercano y pensando que los pandilleros de Downey se podían encontrar allá, se dirigieron hacia el rancho. Poco después de llegar, estalló una violenta pelea.
Cuando se marcharon los coches de la Calle 38, el jornalero agrícola José Díaz, que había sido apuñalado y golpeado en la cabeza por un objeto romo, fue encontrado semi-inconsciente en medio de un camino de tierra con el interior de los bolsillos hacia afuera; murió una hora y media después, en el hospital.
La policía detuvo a cientos de jóvenes, hombres y mujeres, la mayoría de ellos mexicano-estadounidenses, para ser interrogados.
El gran jurado acusó a 24 jóvenes, incluyendo a Ynostroza, de conspiración para cometer un homicidio y agresión con un arma letal.
Dos de los acusados tuvieron juicios separados, pero los cargos fueron desechados por falta de pruebas.
Los otros 22 acusados fueron juzgados en masa, en un ambiente que los críticos llamaron de hostilidad y prejuicios contra los mexicano-americanos y mexicanos.
A los acusados, que estaban detenidos en la Cárcel de Los Angeles, los fiscales no les permitieron que se cortaran el pelo o mudaran de ropa sino tres semanas después de iniciado el proceso. La defensa objetó el procedimiento argumentando que "los chicos se ven como gángsteres, como personas de mal vivir". Pero el juez Charles W. Fricke rechazó la moción.
Los acusados, en lugar de sentarse junto a sus abogados, fueron sentados en hileras de sillas a un lado de la sala del tribunal. Fricke ignoró las objeciones de los abogados defensores sobre la colocación de los acusados, que impedía que pudieran consultar con sus abogados durante el procedimiento.
"Era mucho peor cuando veías la expresión del juez Fricke", dijo al Times, en 2002, Alice Greenfield McGrath, que era la secretaria ejecutiva del Comité de Defensa de la Laguna Somnolienta. "Despreciaba a los acusados".
McGrath dijo que Fricke también "insultó" al abogado defensor George Shibley. Y, dijo, "si el fiscal hacía una moción incorrecta, Fricke la reformulaba y otorgaba".
Los jurados tuvieron acceso a una cobertura de prensa a menudo sensacionalista del caso y los reportajes incluían descripciones de los acusados como zoot suit gangsters [gángsteres con suavecito, un traje de la época], referencia a la ropa de algunos de ellos.
Por su parte, Ynostroza se tomó el juicio a la ligera.
En una entrevista con el Times en 1997, recordó que había lanzado escupes contra sus co-acusados, una interrupción que provocó la ira del juez.
"No me lo tomaba en serio", dijo Ynostroza, "aunque en realidad era muy serio".
En enero de 1943, un jurado blanco declaró a tres de los acusados culpables de homicidio en primer grado. Nueve de ellos, incluyendo a Ynostroza, fueron condenados por homicidio en segundo grado. Cinco otros acusados fueron declarados culpables de agresión, y cinco fueron absueltos.
Las tensiones entre los militares y jóvenes mexicano-americanos con trajes suavecitos terminaron en disturbios en las calles de Los Angeles durante varios meses después.
Se formó el Comité de Defensa de Laguna Somnolienta para dar publicidad a lo que consideraba que era un juicio injusto y reunir dinero para poder recurrir.
"Este caso no tiene nada que ver con la justicia", dijo McGrath al Times en 1997. "Se trataba de castigar a estos chicos por ser mexicanos y por vestirse del modo en que lo hacían. Era racismo. Sin ninguna duda".
Después de que doce de los acusados fueran condenados de homicidio en primer y segundo grados, y fueran transferidos a la Penitenciaría de San Quintín, McGrath empezó a viajar allá regularmente para preparar sus apelaciones.
"Éramos jóvenes", dijo Ynostroza en la entrevista de 1997. "Le dije: ‘Inténtelo. Si nos saca libres, perfecto".
En octubre de 1944, la Corte de Apelaciones del Segundo Distrito revirtió todas las condenas, diciendo que no había evidencias suficientes como para determinar la culpabilidad de los acusados.
(Algunos creen que Díaz había sido golpeado y robado antes de que los jóvenes de la Calle 38 llegaran al rancho).
Los jueces de la apelación reprendieron duramente a Fricke por exhibir prejuicios judiciales que afectaron el resultado del proceso y por separar a los acusados de sus abogados. Hacer eso, dijeron, "no es proceder de acuerdo al espíritu sereno de una justicia ordenada, sino proceder con la prisa de una turba".
Ynostroza, que sirvió un período en el ejército después de salir de la cárcel, tuvo un número de trabajos diversos, incluyendo los de panadero y conserje.
También volvió a la cárcel dos veces por otros delitos, dijo su hija.
En 1979 Ynostroza se unió a los otros siete sobrevivientes del caso para presentar una demanda por invasión de la intimidad contra el escritor y director Luis Valdez y otros implicados en la producción de la pieza aclamada por la crítica, ‘Zoot Suit', que se inspiró en el caso del asesinato de Laguna Somnolienta.
En un acuerdo, los ocho hombres recibieron participación económica de las funciones de la pieza y el uno por ciento de los beneficios netos de la película posterior, que sería dividido entre ellos, dijo su abogado Paul Fitzgerald en 1981.
Además de su hija, Ynostroza, dos veces casado y dos veces divorciado, deja a sus hijos Henry Jr. y Steven; otra hija, Laura Perea; dos hermanas, Lupe Salazar y Sally Jaramillo; 16 nietos; 20 bisnietos y dos tataranietos.
Sus funerales se celebrarán el lunes a las once de la mañana en el Cementerio Nacional de Riverside, 22495 Van Buren Blvd., Riverside.

dennis.mclellan@latimes.com

9 de septiembre de 2006
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frontera en aprietos


[Nicholas Riccardi] Deportados por Estados Unidos, llegan a Nogales, México, unas 500 personas por día. Los recién llegados inundan los refugios de la ciudad y ponen a prueba los servicios públicos.
Nogales, México. Ana Arredondo sabe quién le abrió el coche y le robó el estereo en una calle del centro de la ciudad la otra tarde. Está segura de que fue uno de los inmigrantes que atiborran las calles de esta bullente ciudad fronteriza.
"Mire el tipo de gente que se ve en las calles", dice Arredondo, 26, enfadada. "Casi todos ellos terminan cometiendo algún tipo de delito".
Una ciudad mexicana no parece ser el lugar probable de medidas represivas contra los inmigrantes. Pero Nogales ha estado combatiendo con los costes de la inmigración ilegal de modos que pocas ciudades estadounidenses pueden imaginar.
Hasta una docena de veces al día, un autobús blanco para al otro lado de la frontera de Nogales y descarga emigrantes que han sido capturados por la Patrulla Fronteriza de Arizona tratando de entrar ilegalmente a Estados Unidos. Los deportados inundan los refugios de la ciudad y ponen a prueba los servicios públicos mientras tratan de reunir el dinero para otro intento de entrar ilegalmente. Provienen, en cantidades cada vez más grandes, del sur de México y América Central, atraídos por rumores de una amnistía.
El mes pasado, el despliegue de la Guardia Nacional estadounidense en la frontera hizo todavía más difícil el cruce ilegal de la frontera, complicando los problemas para la ciudad. Los deportados provocan sospechas y resentimiento entre los residentes antiguos.
"Nuestra tasa de delincuencia ha estado subiendo, porque lo único que tienen es la ropa que llevan", dijo el alcalde Lorenzo de la Fuente. El coste de la inmigración ilegal "sube y sube... Ya no podemos controlarlo.
"Si cruzar se pone difícil y deportan a más gente", dijo de la Fuente, "bueno, es de eso de lo que tengo miedo".
En este tramo de la frontera, la inmigración ilegal es un problema más grande en México que en Estados Unidos. Una muralla ha impedido que los cruces no autorizados creen demasiados problemas en la ciudad tocaya de Nogales en Estados Unidos.
"La inmigración ilegal es una irritación menor en Nogales", dice Ignacio Barraza, un concejal de Nogales, Arizona (20.800 habitantes). "Causa más impacto en Nebraska e Iowa".
Diariamente llegan unas quinientas personas deportadas a Nogales, México. Funcionarios del ayuntamiento calculan que un diez por ciento abandona finalmente los intentos de entrar ilegalmente a Estados Unidos. Los deportados se convierten en parte de una ciudad en tal confusión que nadie puede incluso ponerse de acuerdo sobre su número: el censo del gobierno dice 150 mil, pero funcionarios locales y académicos dicen que esa cifra es exageradamente baja. El ayuntamiento calcula la cantidad en 300 mil.
Los inmigrantes se han apoderado de los barrios bajos que se agolpean en las colinas cubiertas de arbustos espinosos que cercan la ciudad. Mujeres y niños que han sido deportados de Estados Unidos mendigan en el centro. Los titulares de los diarios inmortalizan a veces a la última familia que ha perdido la vida tratando de entrar a hurtadillas por la frontera.
"Nogales es el resultado de decisiones erróneas tomadas por los dos gobiernos", dice Francisco Trujillo, que dirige la oficina mexicana del grupo sin fines de lucro BorderLinks, que realiza excursiones educacionales a lo largo de la frontera. "Lo podemos ver aquí mismo, porque estamos en el borde de los dos países".
Las dos Nogales fueron levantadas como ciudades ferroviarias a fines del siglo 19 en un desfiladero entre colinas cubiertas de matorrales en el desierto, a 115 kilómetros al sur de Tucson. Mientras que la ciudad estadounidense es todavía una somnolienta avanzada, su vecina mexicana se ha convertido en un centro comercial. La transformación empezó en los años sesenta, cuando se abrieron en el lugar las primeras maquiladoras.
Ensamblando piezas de teléfono, sistemas balísticos y coches, las trabajadores ganaban salarios relativamente altos para México. Las maquiladoras atrajeron a emigrantes del empobrecido interior del país. Nogales y otras ciudades fronterizas con maquiladoras empezaron a florecer, y entonces los emigrantes, buscando salarios más altos al otro lado de la frontera, empezaron a cruzar ilegalmente hacia Estados Unidos.
Cuando se ratificó el TLCAN en 1993, se obligó a las pequeñas granjas del sur de México a competir sin demasiado éxito con la agro-industria internacional. Un constante flujo de campesinos sin trabajo empezaron a viajar hacia el norte para cruzar ilegalmente.
Ese año llegaron tantos inmigrantes indocumentados a Nogales, Arizona, que el gobierno de Estados Unidos levantó una barrera entre la ciudad y México con excedentes militares de metal. Dos años después, el gobierno levantó la muralla que todavía existe hoy. La valla de metal corrugado de 4.2 metros de alto -coronada con una malla inclinada hacia el lado mexicano- corre entre las dos ciudades por cerros y a través de cañones y en barrios remotos. La muralla empujó a los inmigrantes más al oeste hacia el desierto inhabitado en un intento de cruzar ilegalmente a Estados Unidos.
En el lado estadounidense, la muralla es vacía y amenazadora. En México, el texto en español ‘Fronteras: Cicatrices de la tierra' está pintado con aerosol sobre el oscuro metal, que también está cubierto con cruces blancas marcando a los inmigrantes que han muerto en el intento.
En el centro -una rejilla de tiendas, restaurantes, clubes de striptease para turistas estadounidenses y canadienses- se arrima contra la muralla. Letreros en inglés anuncian medicinas baratas en las farmacias. A algunas calles hacia el sur, las farmacias son reemplazadas por una mezcla de taquerías, tiendas de ropa y Burger Kings. Sólo tres calles recorren la ciudad en toda su extensión, creando abrumadores embotellamientos de tráfico. Las vías férreas seccionan la ciudad y cuando los trenes de carga con repuestos de automóviles o frutas desde el sur se arrastran por la ciudad, interrumpen el tráfico por períodos de hasta una hora.

Puede ser un lugar desconcertante para los que llegan aquí sin previo aviso. Antonio Muñoez, 22, vendió su caballo y una pequeña cabaña en un pueblo en las afueras de Ciudad de México para financiar su primer intento de cruzar, con la idea de ganar más dinero en una fábrica de Georgia donde trabajaba un amigo.
"Si estuviera en mi situación", dijo, "usted haría lo mismo".
Muñoz ha hecho siete intentos de entrar ilegalmente a Estados Unidos. Lo han capturado y deportado a Nogales en todas las ocasiones.
Su último intento terminó después de que caminara durante tres días en el desierto de Arizona. Se desplomó, empezó a vomitar y fue finalmente divisado por los agentes de la Patrulla Fronteriza. Ahora trabaja en una maquiladora y vive en uno de los muchos refugios para deportados que hay en Nogales -el suyo es una colección de cuartos vacíos y blanqueados arriba de una videoteca junto a la principal arteria de la ciudad.
La mayoría de los inmigrantes deportados llegan aquí sin un centavo. Mientras viven en los refugios, dependen de alimentos proporcionados por el ayuntamiento. Si están enfermos, el ayuntamiento paga su atención médica. Atascan las salas de urgencia de los hospitales públicos. Y cuando roban los tapacubos de los coches para trocarlos por comida, la policía los detiene y los encierra en las cárceles de la ciudad.
El nuevo jefe de la policía de Nogales dice que ha destinado más recursos para impedir que los deportados roben en coches y tiendas del centro de la ciudad. Marco Antonio Guidiño dijo que los asaltos han descendido un 67 por ciento desde que empezara la operación a fines de mayo. "Esa gente llega aquí sin dinero", dijo. "Una manera de sobrevivir es delinquiendo".
El ayuntamiento contrata a algunos inmigrantes por períodos de hasta 15 días para el aseo de las calles, lo que es suficiente para comprar un billete de bus a casa, y entrega gratuitamente el billete de vuelta a menores de edad deportados sin sus familiares. Funcionarios de la ciudad se quejan de que el gobierno federal no les compensa los costes de ocuparse de los inmigrantes, sea que estén de paso o se queden. El ayuntamiento ya ni siquiera se preocupa de calcular cuánto gasta con los inmigrantes. "Si dices que cuesta tanto, lo puedes presupuestar, no es un problema", dice de la Fuente. "Pero sigue subiendo".
Los funcionarios dicen que la mayoría de los inmigrantes son trabajadores dedicados y respetuosos de la ley. Pero entre los deportados se ha capturado a violadores de niños, delincuentes sexuales y criminales profesionales.
"No hay control sobre la gente que nos envía Estados Unidos", dijo Sergio González Machi, funcionario de la oficina de empleo del gobierno del estado de Sonora, que gestiona un refugio para inmigrantes.
Raúl Carbajal, presidente de la Cámara de Comercio de Nogales, dijo que el problema económico más urgente de la ciudad era la escasez de trabajadores calificados en las maquiladoras. Algunos inmigrantes pueden encontrar trabajo fuera de las factorías, pero un 40 por ciento no es capaz de aprobar un examen del estado de aptitudes laborales básicas ni el grado de alfabetización requerido para esas posiciones. Grandes contingentes de inmigrantes hablan solamente sus lenguas nativas del sur de México.
"Aquí llega gente que no habla español y tienen costumbres diferentes", dice Carbajal. "No pueden salir a trabajar a las 7 de la mañana y salir del trabajo a las 5 de la tarde".
Los que tienen trabajos normales y contribuyen a la economía de Nogales se sienten rechazados. "Cuando vas a trabajar a la maquiladora, te miran como te miran los gringos", dice Juan Zamora, que hace partes de coches en una factoría. Pasó una década en Estados Unidos antes de que fuera arrestado por ser un inmigrante ilegal y fuera enviado a un centro de detención en Arizona. Fue deportado a Nogales en abril. "Siempre que entro a la fábrica hay gente mirándome en la calle".
Aunque dos tercios de la población de la ciudad nacieron en otros lugares de México, los vecinos de residencias más prolongadas refunfuñan sobre los cambios provocados por los inmigrantes. Arredondo, la ayudante de dentista cuyo coche fue forzado, nació en el central estado de Jalisco, pero añora la Nogales más sencilla a la que llegó cuando era adolescente. "Era más tranquila", dice frente al edificio de oficinas donde trabaja, mientras los coches se abren camino tocando el claxon. "Ahora hay mucha gente".
Marcos Arturo Vásquez, atascado en un embotellamiento de varias cuadras de largo, suspira mientras contempla el caos. Nativo de Nogales, el taxista también culpa a los recién llegados. "La mayoría de los sonorenses somos limpios y tranquilos y educados", dice.
Trujillo, el activista fronterizo, dice que esos sentimientos, aunque no son universales, muestran que la desconfianza hacia los extranjeros pobres no tiene fronteras. "La misma actitud que tienen algunas comunidades en Estados Unidos, la tenemos aquí en México contra la gente que viene del sur".
Hay gente que simpatiza con los recién llegados. "Pobre gente, han sufrido tanto", dice Rafael Vitla, 70, que descarga camiones en el remoto cruce de frontera donde son dejados los deportados. "Han perdido todo y tienen que volver a empezar".
Mientras hablaba Vitla, un grupo de 46 deportados entraron a México después de ser depositados a unos cien metros al otro lado de la frontera por un bus del ministerio de Seguridad Interior. Eran las 3:15, y los funcionarios del lado mexicano ya habían partido a casa. El paso fronterizo, en una remota cordillera, está a más de un kilómetro y medio del centro de la ciudad.
"¿No hay taxis aquí?", pregunta Manuel Corona, incrédulo. Corona, 47, del centro de México, tuvo que caminar a través de barrios industriales hacia el centro, donde esperaba reunirse con su hija de 23 años que fue deportada el día anterior.
Funcionarios mexicanos dicen que la respuesta al problema de la inmigración es crear empleos que mantenga a gente como Corona en su casa. Como solución de corto plazo, el estado empezó en abril un programa en un refugio que ofrece a los inmigrantes calificados trabajo en las maquiladoras. "Están en su propio país y están trabajando", dice Nitzia Gastelum Romero, que gestiona el refugio. "Este es un programa modelo".
México no es el hogar de Larissa Sosa, pero está agradecida por la posibilidad de trabajar aquí. Hace dos meses, la salvadoreña de 24, que lleva viviendo cuatro años ilegalmente en México, fue capturada por la Patrulla Fronteriza estadounidense cuando trataba de cruzar el desierto de Arizona. Quería hacer más dinero para pagar el tratamiento médico de su achacoso padre de 70. Un agente de la Patrulla Fronteriza ayudó a Sosa a subir al bus con los deportados, diciéndole: "Hasta pronto".
En Nogales, Sosa encontró el refugio de Gastelum, y luego trabajo en una maquiladora, y decidió quedarse. Habla con entusiasmo sobre aprender inglés e informática.
Pero cuando le preguntaron si se considera feliz de haber terminado en Nogales, empezó a sollozar. Hablando sobre Estados Unidos, dijo con nostalgia: "Hay tanto dinero allá".

18 de julio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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