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eeuu ataca ciudad sáder


[Ned Parker] Se ahonda brecha entre partidos chiíes y Estados Unidos.

Bagdad, Iraq. Aviones norteamericanos abrieron hoy el fuego contra Ciudad Sáder temprano en la mañana, y los militares dijeron más tarde que habían matado a treinta miembros de un grupo separado del Ejército Mahdi del clérigo chií Muqtada Sáder, y detenido a otros doce implicados en el contrabando de armas y bombas.
Un agente de la policía iraquí que habló a condición de guardar el anonimato, dijo que sólo nueve personas murieron, y al menos dos de ellas eran mujeres.
Pero una declaración militar norteamericana insistió en que los muertos eran miembros de los llamados Grupos Especiales Iraquíes, un grupo armado que según dicen oficiales norteamericanos es respaldado por Irán y responsable de los atentados con bombas que perforan el blindaje que han causado bajas entre las tropas norteamericanas.
El ataque de la mañana estaba dirigido contra una red que, según los militares, es responsable del contrabando desde Irán de armas y bombas penetradoras. Acusan al grupo de llevar combatientes para ser adiestrados en Irán. En la operación fueron detenidos doce hombres, dice la declaración.
Los militares dijeron que fuerzas norteamericanas e iraquíes fueron atacadas con armas de fuego cuando allanaban un edificio y detenían a sospechosos. Cuando empezaron a llegar refuerzos de los milicianos, dice la declaración, pidieron un ataque aéreo.
Las fuerzas armadas norteamericanas dijeron que el allanamiento era el último de una serie empezada en junio, que se concentró en los Grupos Especiales. El principal objetivo del allanamiento de hoy era un sospechoso que presuntamente hacía de enlace entre la milicia y la Fuerza Qud de Irán, la rama internacional de elite de los Guardias Revolucionarios de Irán.
La redada se produce en momentos en que el primer ministro Nouri Maliki realizaba una visita a Teherán para tratar la seguridad de Iraq y los lazos económicos con funcionarios iraníes. Funcionarios del gobierno iraquí, incluyendo algunos cercanos al primer ministro, piensan que Irán ha estado proporcionando armas a los grupos armados afiliados a Sáder. El ataque también se produce después del primer encuentro de un comité norteamericano, iraní e iraquí que debe proponer medidas para estabilizar a Iraq.
Entretanto, Bagdad declaró un toque de queda vehicular en anticipación de la ceremonia anual del jueves en el santuario del Imán Musa Kadhim, una figura religiosa sagrada para los musulmanes chiíes. El año pasado, francotiradores dispararon contra peregrinos en camino al santuario al oeste de Bagdad, matando a unas veinte personas. En 2005 un estallido de pánico en una muchedumbre de decenas de miles de fieles provocó una estampida que se cobró la vida de casi mil personas.

ned.parker@latimes.com

Zeena Karim contribuyó a este reportaje.

8 de agosto de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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justicia detrás de barricadas


[Michael R. Gordon] Jueces y acusados viven recluidos en una nueva zona verde judicial en Bagdad.

Bagdad, Iraq. En una ciudad plagada de terroristas suicidas y milicianos renegados, los norteamericanos y el gobierno iraquí han recurrido a una inusual medida para ayudar a implantar el imperio de la ley: han erigido una Zona Verde judicial, un recinto pesadamente fortificado para albergar a jueces y sus familias y garantizar los juicios de algunos de los acusados más peligrosos.
El Complejo Imperio de la Ley, como se conoce al recinto, está en el barrio Rusafa, de Bagdad, y celebró su primer juicio el mes pasado.
Para los funcionarios iraquíes, trabajar en el recinto conlleva tantos riesgos que a menudo exige separarse, con sus familias, del mundo de más allá de los portones del recinto.
"Nuestro trabajo es realmente un reto", dijo un juez que vive en el complejo, con su mujer e hijos y cuya identidad está protegida por procedimientos de seguridad del tribunal. "Hace tres meses que no veo Bagdad".
El primer acusado del tribunal fue un militante sirio, Ramsi Ahmed Ismael Muhammed, conocido por su nombre de guerra Abu Qatada. Juzgado por cargos de secuestro, homicidio de sus rehenes y de cometer otros actos violentos, fue condenado y sentenciado a muerte en el juzgado fuertemente custodiado del recinto.
La utilidad del recinto fortificado, sin embargo, depende de más que de un solo caso famoso. En última instancia, dependerá de la capacidad de los iraquíes de ampliar su capacidad de realizar juicios en el recinto y de su conducta en la aplicación de una justicia imparcial a chiíes y sunníes por igual.
La idea de ayudar a los iraquíes a fundar un enclave legalmente protegido es un elemento importante del plan de campaña americano preparado por el general David H. Petraeus y Rydan C. Crocker, el embajador estadounidense en Iraq. La idea es que se establezca una red de complejos legales en otras partes de Iraq, empezando con Ramadi, la capital de la provincia de Anbar, donde se espera que las obras empiecen en los próximos meses.
El recinto de Rusafa, al otro lado del Río Tigris al este de la Zona Verde del gobierno en Bagdad, está todavía en pañales. Desde que el tribunal empezara a ver casos en junio, ha procesado a cuarenta y tres acusados, a razón de un acusado por día.
Estados Unidos proporciona investigadores criminales, abogados y personal paralegal para adiestrar a los iraquíes a manejar el complejo, que también incluye instalaciones para testigos, investigadores, el Colegio de Policía de Bagdad y un creciente número de detenidos. El equipo norteamericano de 55 miembros incluye a personal del ministerio de Justicia y militar así como contratistas, y sólo hay cuatro investigadores iraquíes.
Pero otros veintiséis investigadores adicionales están siendo adiestradas por el FBI, de acuerdo a Michael F. Walther, un alto funcionario del ministerio de Justicia de Estados Unidos que dirige el Destacamento Ley y Orden de las fuerzas armadas estadounidenses. Y para marzo próximo, la pequeña sala del tribunal donde fue juzgado Abu Qatada será reemplazada por una sala de once millones de dólares con fondos de reconstrucción norteamericanos.
El Juzgado Central de lo Penal de Bagdad debe realizar unos cinco mil juicios al año. El coronel Mark S. Martins, juez militar bajo el mando del general Petraeus, estima que una vez que el nuevo tribunal de Rusafa esté terminado, el recinto será capaz de procesar un tercio de los casos. El gobierno iraquí se ocupará de los costes de protección y administración del complejo el mes siguiente y ha aprobado 49 millones de dólares para estos.
Pese a su condición de área protegida por juzgar a los terroristas y militantes más infames de Iraq, el Complejo Ley y Orden no está inmune ante muchos de los problemas que enturbian la estructura jurídica iraquí. Entre estos la aglomeración de detenidos que se ha creado con el aumento de las operaciones militares norteamericanas e iraquíes. Para tratar de reducir la acumulación de casos, detenidos en cárceles hacinadas en Kadhimiya y otros lugares han sido transportados a Rusafa, donde se toman sus huellas digitales y se hacen escáneres de sus retinas.
La capacidad de la prisión de Rusafa, que empezó con 2.500, se ampliará en más de cinco mil para fines del verano. El principal centro de detención de Rusafa es más limpio y menos maloliente que muchas cárceles iraquíes, pero con quince detenidos en cada celda las condiciones han alcanzado una capacidad máxima para normas internacionales.
Cuando el periodista fue escoltado por al alcaide de la prisión a través de una de las nuevas cárceles cubiertas por tiendas a poca distancia del lugar, un detenido que dijo que se llamaba Dawood Yousef, 46, se hizo camino hacia los barrotes y gritó que había sido detenido en una redada en Abu Ghraib y que había pasado varios meses en diferentes cárceles, incluyendo un mes en Rusafa, sin que nadie le dijera por qué había sido detenido o cuándo se vería su caso. El coronel Martins apuntó los detalles.
Un investigador iraquí en el complejo Rusafa planteó otro temor: los programas sectarios del ministerio del Interior. El investigador, que no puede ser identificado bajo las normas de seguridad del complejo, dijo que funcionarios del ministerio lo habían investigado cuando expresó su intención de casarse con una mujer sunní. "¿Qué tipo de investigación es esa?", dijo con un no disimulado desprecio.
Según las normas iraquíes, la fase principal para registrar evidencia ocurre antes del juicio cuando un juez instructor interroga a los testigos y prepara un informe que será revisado por la comisión de jueces. Los juicios mismos parecen relativamente breves para observadores familiarizados con el sistema americano, Con la estricta seguridad de Rusafa, para los iraquíes no es fácil asistir a los juicios, así que se hacen cintas de video de las vistas.
En un sistema jurídico que ha dependido fuertemente de confesiones y menos de investigaciones forenses en la escena del crimen, hay a menudo acusaciones de tortura. En un juicio el 3 de julio en el juzgado de Rusafa, los jueces absolvieron a cuatro acusados de asesinato y violación sobre la base de que sus confesiones parecían haber sido hechas bajo coerción. Los informes médicos determinaron que habían sido probablemente torturados, y no había evidencias físicas. Los asombrados acusados recibieron el veredicto con enorme alivio, de acuerdo a un video del juicio.
Los norteamericanos dicen que han sido estimulados por la tenacidad con que los investigadores persiguieron especialmente a Abu Qatada. "Lo llamábamos el lobo", dijo un juez involucrado en la investigación del caso. "No fue fácil hacerlo hablar".
Los investigadores dependían fuertemente de testigos, que eran llevados a través de una entrada especial en las oficinas del juzgado de modo que pudieran ser entrevistados confidencialmente. Sus declaraciones eran incorporadas en un expediente que sólo los jueces podían leer. Las evidencias en el expediente fueron suficientes para convencer a la comisión de tres jueces -uno sunní y dos chiíes- de condenar a Abu Qatada por los cargos de posesión de armas como parte de un grupo armado que se opone al estado, que implicaba una sentencia de treinta años, y delitos terroristas, que fueron considerados crímenes capitales. Su condena y sentencia han sido recurridos.
Una prueba más exigente de imparcialidad del sistema tendrá lugar pronto cuando un policía nacional chií comparezca a juicio. Identificado solamente como el teniente coronel A, es acusado de haber agredido y torturado a decenas de prisioneros sunníes bajo su custodia, por encargo de una milicia chií.

8 de agosto de 2007
26 de julio de 2007
©new york times
©traducción mQh
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alianza con los militantes sunníes


[Molly Hennessy-Fiske] Militantes extienden su influencia, con ayuda norteamericana. Un grupo sunní, socio en la lucha contra al Qaeda en Iraq, es cada día más ambicioso. Algunos temen que no son de fiar.
Bagdad, Iraq. El líder de los Revolucionarios de Amiriya está en su cuartel en una escuela abandonada de aquí, explicando la última misión del grupo: patrullar y reconstruir los barrios musulmanes sunníes.
"Tenemos que reponer los servicios en los barrios. Al Qaeda destruyó las calles, las escuelas, la electricidad, incluso las torres de telefonía móvil", dijo el hombre, conocido como Abu Abed, o Saif. "Aquí la gente está desesperada".
Desde que en mayo se uniera a las fuerzas estadounidenses para luchar contra al Qaeda en Iraq en el amurallado barrio de clase media de Amiriya, en Bagdad, el grupo militante sunní ha ampliado su influencia encargándose del funcionamiento de los servicios públicos. Y está impulsando ambiciosos planes para patrullar otros barrios sunníes, contra el deseo del gobierno y del ejército iraquíes, algunos líderes sunníes y soldados norteamericanos que dicen que los militantes no son de fiar.
Jefes militares norteamericanos, que han usado la misma táctica en la provincia de Al Anbar, dicen que su objetivo es convertir a los combatientes en policías iraquíes en zonas donde no se confía en las fuerzas de seguridad predominantemente chiíes y donde no pueden entrar.
Los jefes militares reconocen que se corre el riesgo de que los combatientes sunníes que están tratando de cooptar, les traicionen o nutran la guerra civil en el país entregando sus armas a milicias chiíes como el Ejército Al Mahdi y la Organización Báder. Pero los estrategas norteamericanos están apostando a que dar a los grupos árabes sunníes un interés en un Iraq estable, y pagándoles un salario mensual, sofocará la violencia y ayudará a las fuerzas norteamericanas a repeler a al Qaeda en Iraq, uno de los varios notorios grupos árabes sunníes en la resistencia contra fuerzas norteamericanas e iraquíes.
"Si los haces depender de ti por un salario, les tomas sus biométricas; tienes sus nombres, sabes qué hacen todos los días porque trabajan para ti", dijo un diplomático norteamericano sobre el experimento.
"Debemos contar con comandantes que los controlen. Esto es mucho mejor a que estos tipos anden por el desierto atacándote".
Los analistas dicen que el experimento es, en el mejor de los casos, arriesgado.
"Pueden estar infiltrados por los insurgentes fanáticos como al Qaeda en Iraq y usar el conocimiento obtenido sobre fuerzas y posiciones americanas para apoyar ataques contra nuestras tropas", dijo Bruce Riedel, investigador en estudios de política exterior en la Brookings Institution en Washington. "Lo principal es que su lealtad al gobierno central es, en el mejor de los casos, cuestionable, así que estamos creando todavía más señores de la guerra y milicias en una situación de por sí confusa y volátil".
Los comandantes norteamericanos ya han empezado a controlar a sus aliados.
"Puedes controlar tus propios barrios, pero no el barrio de otros", comentó el general de ejército, David H. Petraeus, comandante de las fuerzas norteamericanas en Iraq, que ha dicho a los líderes tribales en el área de Taji al norte de la capital, donde las milicias sunníes han sido enroladas para labores policiales.
Saif, el comandante de los Revolucionarios de Amiriya, se está convirtiendo en una suerte de cabildero entre las fuerzas norteamericanas y los grupos sunníes ansiosos de asumir nuevos roles en Khadra, el paso de Shurta, la Calle de Haifa y Bakriya, y en barrios más mixtos, como Adhamiya, Bab al Muadam y Fadil.
"Todo lo que tengo que hacer es pedir la protección de Estados Unidos para mí y mis hombres", dijo. "Nosotros aplicamos la ley".

En la Clandestinidad
El mes pasado, los militantes ataviados de camisetas de manga corta y portando abiertamente sus rifles de asalto AK-47, saludaron a los soldados norteamericanos que visitaba la sede del grupo en una antigua escuela secundaria.
Saif, 35, se veía más como un detective de policía que como militante, y pantalones planchados y una camisa escocesa abrochada, una chapa iraquí dorada en su solapa y una pistola negra encinchada en su cadera derecha.
El capitán Dustin Mitchell, 30, que es el enlace con el grupo, dijo que estaba impresionado por su habilidad para encontrar alijos de armas, bombas callejeras y a los líderes de al Qaeda en Iraq.
"Es como trabajar como agente encubierto en la policía, de paisano. Y ese es el tipo de cosas que nosotros, los blancos del ejército norteamericano, no podemos hacer", dijo Mitchell. "Es simplemente una mina de oro de información que no vas a encontrar en ningún otro lugar".
Saif, ex miembro de las fuerzas armadas durante el régimen de Hussein, dijo que muchos en su grupo habían sido miembros de la Brigada Revolución 1920 y del Ejército Islámico, grupos que han peleado contra las tropas norteamericanas, al Qaeda en Iraq y las milicias chiíes.
Interrogado sobre si sus hombres habían peleado contra tropas norteamericanas, Saif, resistiendo a las miradas de los soldados, sonrió.
"SI alguien me echa abajo la puerta y mi familia está dentro, me voy a defender, voy a defender a mi familia", dijo. "Pero entonces descubrí que es mi amigo, que vino de un país lejano a traerme libertad".
Saif reclama haber matado a 22 operativos de al Qaeda en Iraq durante los dos meses de colaboración con las fuerzas norteamericanas.
"Somos los hijos de este barrio, de estas calles", dijo Saif. Los vecinos confían en ellos "porque conocen nuestros principios morales".
Los comentarios de los soldados norteamericanos que han trabajado con los Revolucionarios de Amiriya son mezclados.
El sargento Joe Frye, 31, de Ciudad de Panamá, Panamá, los ha observado en allanamientos de casas, atravesar con destreza las calles cargados de bombas improvisadas con una velocidad y un sigilo que los convoyes blindados norteamericanos no pueden superar.
"En las semanas que llevamos trabajando con estos tipos hemos logrado más resultados que en los nueve meses que llevamos aquí", dijo Frye.
Pero el teniente Brenden Griswold, 24, dice que ha visto a miembros del grupo, que a menudo patrullan con pasamontañas negros, confiscar coches sin motivo, una queja común entre los vecinos de Amiriya. Otros soldados informan haber visto a los militantes golpear a sospechosos con la culata de sus rifles durante allanamientos.
"No me gusta salir con ellos. No confío en ellos", dijo Griswold durante una patrulla en Amiriya. "Están descontrolados".

El Plan Da Resultados
El teniente coronel del ejército norteamericano, Dale Kuehl, un graduado de West Point cuyo 1er Batallón, 5o. Regimiento de Caballería, ha proporcionado a los militantes suministros, municiones y otros pertrechos, dijo que la asociación estaba dando resultados. Las bajas norteamericanas e iraquíes, las explosiones y los ataques con armas de fuego en Amiriya han descendido en los últimos tres meses, según muestran archivos militares, y las tropas norteamericanas e iraquíes han detenido a más sospechosos, han desactivado más bombas y requisado más armas.
"Incluso con el aumento del nivel tropas, no podemos colocar a un soldado en todas las esquinas", dijo. "Es por eso que son valiosos".
Kuehl está tratando de convencer a los jefes militares iraquíes de que apoyen al grupo, pero los comandantes siguen desconfiando de los combatientes.
"Llevamos cuatro años en el gobierno y no vamos a entregar armas a cualquier recién llegado", dijo Mohammed Askari, portavoz del ministerio de Defensa. "Si no controlamos a esa gente, usarán las armas contra nosotros".
Kuehl reconoce que a medida que crezcan los Revolucionarios de Amiriya, el grupo podría abandonar los planes de incorporarse a la policía iraquí y convertirse en un contrapunto sunní a las milicias chiíes contra las que han peleado durante un largo tiempo.
"El reto será mantenerlos bajo control", dijo Kuehl sobre el grupo. "No queremos que se conviertan en otra milicia religiosa".
Las fuerzas armadas norteamericanas recogen las identidades de los miembros, incluyendo huellas digitales y escáneres de retina, pero los combatientes no son verificados ni supervisados.
"No sabemos si podremos confiar en ellos en los próximos meses", dijo el sargento David Alexander, 24, de Amarillo, Tejas, asignado a un búnker seriamente dañado cerca de la sede del grupo. "Ahora están con nosotros porque tenemos un objetivo común. ¿Pero qué va a pasar cuando matemos a todos los tipos de al Qaeda?... Si se echan a la calle a capturar a alguien para vengarse, nadie les va a impedir que lo hagan".
Saif parece confirmar esos temores, diciendo que aunque sus hombres se conviertan en policías iraquíes, seguirán persiguiendo a los milicianos chiíes para vengar a sus compañeros muertos, incluyendo a sus hermanos.
"Es parte de nuestra identidad como iraquíes", dijo. "Somos vengativos".

molly.hennessy-fiske@latimes.com

Wail Alhafith, Saif Rasheed y Saif Hameed contribuyeron a este reportaje.

7 de agosto de 2007
4 de agosto de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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alianzas dan que hablar


[Sudarsan Raghava] En Iraq, peligrosa alianza con ex enemigos.
Base de Operaciones de Iskan, Iraq. En un cuarto brillantemente iluminado, las paredes adornadas con homenajes a 23 soldados estadounidenses muertos, el teniente coronel Robert Balcavage miró a los tres líderes tribales sunníes a los que quería reclutar.
Sus combatientes habían peleado contra las tropas norteamericanas. Balcavage sospechaba que podrían haber atacado a sus propios hombres. Los tres acusaron a otro jeque se tener vínculos con el grupo subversivo sunní al Qaeda en Iraq. Cuatro días antes, ese jeque había prometido a los militares norteamericanos luchar contra al Qaeda en Iraq y proteger una estratégica ruta.
"¿En quién confiar? ¿En quién confiar?", dijo Balcavage, comandante del 1er Batallón del Regimiento de Paracaidistas No. 505 de la División Aerotransportada No. 82, su voz apenas audible.
Una hora después, hizo firmar a otros nuevos aliados de Estados Unidos.
Los jefes militares estadounidenses están ofreciendo grandes sumas de dinero para enlistar, a un ritmo vertiginoso, a sus antiguos enemigos, otorgándoles amplias atribuciones en tareas de seguridad en un arriesgado esfuerzo por someter a esta conflictiva área al sur de Bagdad en la provincia de Babil y, literalmente, comprando tiempo para facilitar la reconciliación nacional.
Los generales norteamericanos insisten en que no están creando milicias. En contactos con los militares estadounidenses, los jeques son llamados ‘contratistas de seguridad'. Cada uno de sus ‘guardias' recibirán el setenta por ciento del salario de un agente de policía iraquí. Los comandantes norteamericanos los llaman ‘ciudadanos preocupados', evocando los grupos de vigilantes de los barrios suburbanos.
Pero entrevistas con comandantes en el terreno y líderes tribales abren una ventana hacia cómo Estados Unidos está financiando una nueva constelación de grupos armados predominantemente sunníes con turbias lealtades y obscuros pasados.
La iniciativa de hace dos semanas, inspirada en esfuerzos similares en curso en Bagdad y en las provincias de Anbar y Diyalam, ha reducido aquí a más de la mitad los ataques contra tropas estadounidenses, de diecinueve a siete al día, dijeron comandantes norteamericanos. Pero en un país de divisiones sectarias y cambiantes lealtades tribales, la estrategia hace surgir temores sobre las implicaciones a largo plazo de la idea de dar poder a grupos que se oponen tan firmemente al gobierno dirigido por chiíes.
Líderes chiíes temen que Estados Unidos esté financiando milicias altamente adiestradas y bien armadas que podrían socavar al gobierno después de la retirada de las tropas norteamericanas. Los chiíes temen que esos grupos puedan debilitar la autoridad central y rechazar las instituciones democráticas que muchos quisieran que echaran raíces aquí.
Los generales estadounidenses dijeron que controlaban los antecedentes de todos los reclutas, pero comandantes en el terreno aquí dijeron que esa es una tarea imposible.
"Oficialmente, no hacemos tratos con los que tienen sangre americana en sus manos", dijo Balcavage, 42. "¿Pero cómo saberlo? No lo puedes saber. Hay siempre un grado de riesgo. Un montón es instinto visceral. Eso es lo que hago yo. Y no me lo enseñaron en West Point".

Policías de Alquiler
En esta fértil región, dividida por el río Eúfrates y desgarrada por la violencia, los soldados norteamericanos están agobiados y las tropas iraquíes son escasas. Las aisladas regiones tribales sunníes han proporcionado a los extremistas refugios inalcanzables para las patrullas norteamericanas y las fuerzas de seguridad preponderantemente chiíes de Iraq.
"No tenemos nada en este área, porque no podíamos entrar", dijo el coronel Michael Garrett, comandante del Equipo de Combate de la 4a Brigada Aerotransportada de la División de Infantería No. 25, agregando que la estrategia tribal les reportará "tiempo y acceso".
A los jeques les han prometido proyectos de reconstrucción en sus territorios y trabajo en las fuerzas de seguridad de Iraq para sus combatientes. A cambio, deben jurar que patrullarán sus territorios, combatirán contra al Qaeda y desmantelarán bombas de calle improvisadas, la principal causa de muerte de los soldados norteamericanos.
Los jeques se comprometen a custodiar los oleoductos y las rutas de aprovisionamiento militar de los norteamericanos, encargándose de algunas de las tareas del ejército y policía iraquíes. Los combatientes reciben chapas, cinturones reflectantes de color amarillo y autoridad para efectuar detenciones.
"Es como alquilar polis", dijo el mayor Rick Williams, un nativo de Tulsa que es el enlace con los líderes tribales de la región.
El objetivo es imitar los éxitos que hemos tenido en el corazón del territorio sunní, en Anbar, donde los jeques respaldados por Estados Unidos han luchado durante meses contra al Qaeda. Allá, los ataques de los insurgentes se han reducido dramáticamente.
Pero en este tramo al norte de la provincia de Babil, cubierto de matices verdes y entrecruzado por canales de regadío, ciénagas y viveros, el paisaje tribal y religioso es más complejo que en Anbar, que es homogéneamente sunní. En Babil las líneas de batalla se enturbian fácilmente.
Cientos de sunníes tribales locales se han unido a al Qaeda en Iraq o a otros grupos insurgentes como el Ejército Islámico. Las tribus chiíes son débiles porque la lealtad hacia los clérigos es más fuerte que la lealtad hacia los jeques.

Se Llevaron Todo
La mayoría de los nuevos reclutas aclaman a los Jenabi, la tribu más numerosa e influyente. Durante el régimen de Saddam Hussein, los Jenabi eran considerados una ‘tribu dorada', y llenaban las filas del ejército y del grupo de elite de la Guardia Revolucionaria. Después de la invasión norteamericana en 2003, los Jenabi, como otras muchas tribus sunníes, se unieron a la resistencia.
Ahmed Rasheed Khadr, 38, era uno de ellos. Él y sus combatientes lucharon contra las fuerzas norteamericanas para vengarse, dijo. Pero hacia 2005 Khadr hacía frente a una nueva amenaza. Los extremistas asociados a al Qaeda en Iraq ocuparon Howija, donde su familia poseía 284 hectáreas, e impusieron una estricta interpretación de las leyes islámicas. Y como los talibanes de Afganistán, prohibieron los cigarrillos, la televisión e incluso los celulares con cámaras de video, dijo Khadr.
Los Jenabi se dividieron. Algunos se unieron a al Qaeda en Iraq, pero por temor. Otros se unieron porque querían aislarse de las milicias chiíes de la región. Los que se negaron a tomar posición, fueron atacados, a menudo por sus propias tribus.
"El problema que tiene la tribu Jenabi es que ellos son al Qaeda", dijo Balcavage.
Galib Youssef Fahad, primo de Khadr, no puede olvidar el 12 de noviembre de 2005.
"Al Qaeda atacó nuestra zona de Howija. Mataron a quince de nuestros hombres, algunos nuestros hijos, tíos y hermanos", dijo Fahad, sus ojos embotados por el pesar. "Después de la masacre, quemaron nuestras casas y robaron nuestros coches. Se llevaron todo".
Él y su tribu huyeron a Hay al_Askari, donde viven hoy.
Presintiendo una oportunidad, tanto Fahad como Khadr dicen que ahora quieren pelear contra al Qaeda en Iraq. Después de años de sentirse desplazados, ahora buscan legitimidad. Quieren recuperar sus tierras y quieren dinero para reforzar su control de su tribu. Esperan recibir poder político y una posición más fuerte después de la retirada de los norteamericanos.
Pero la principal razón por la que visitaron la base militar norteamericana la semana pasada fue que habían oído que otro líder tribal Jenabi, conocido como el jeque Sabah, estaba trabajando con los estadounidenses.


Oferta para Jeques
Eran las cinco y veinte de la tarde, un día de la semana pasada. El sargento primero James McGann le dijo a Balcavage que había unos jeques de Howija en la puerta de la base. Querían verlo.
"Quizás son de al Qaeda", bromeó Balcavage. Su expresión devino seria.
"¿Son enemigos?", preguntó, recordando los ataques contra los norteamericanos en Howija. MaGann se encogió de hombros.
Media hora más tarde, después de que los visitantes fueran registrados y despojados de sus armas, fueron llevados al Salón Bastogne, llamado así en homenaje a una ciudad belga donde una generación anterior del Regimiento de Paracaidistas 505 luchó durante la Segunda Guerra Mundial.
En la parte exterior del salón de conferencias cuelgan cuatro fotos, en elegantes marcos de madera, de compañeros muertos en combate. Cerca hay toda una pared cubierta de fotos de armas, bombas y otros recuerdos de los peligros que hay afuera.
Balcavage miró en torno al salón. Fahad, Khadr y el tercer líder Jenabi, Falah Khadr Muhammad, estaban sentados a un lado junto a otros tres miembros de la tribu. Más allá había un barbudo civil norteamericano y ex soldado de Fuerzas Especiales.
Y junto a Balcavage: Fadhil Youssef, un ex rebelde sunní que pasó seis meses en un centro de detención norteamericano. Él era el conducto de Balcavage en el arcano mundo de las tribus de Iraq. Balcavage dijo que confiaba en él.
Hablando a través de un intérprete, el comandante hizo su oferta a los jeques. Cada uno de sus hombres recibirá unos 350 dólares al mes. Esa paga crearía un incentivo para incorporarse a la policía iraquí, cuyo salario es gruesamente de unos quinientos dólares, cuando sea posible, dijo. Los militares también pagarán a los jueces cien dólares por cada bomba retirada de las calles.
Tendrán que firmar un contrato de prueba, y si custodian adecuadamente la zona, se les pagará en treinta días. El dinero, dijo, será pagado a los jeques, de modo que ellos lo distribuyan como quieran.
Les encareció que permanecieran unidos.
"Si vamos a trabajar con los Jenabi, tendremos que trabajar con todas las tribus Jenabi", dijo Balcavage.

Les Apoyaremos
Ahora debían hablar los jeques.
Lo primero que hicieron fue acusar al jeque Sabah de tener vínculos con al Qaeda en Iraq y de haber participado en su expulsión de sus tierras.
"El jeque Sabah representa a los líderes de al Qaeda que cometieron los asesinatos", dijo Fahad.
Balcavage preguntó si Sabah pertenecía al Ejército Islámico, que está peleando contra al Qaeda en Iraq, o a al Qaeda en Iraq mismo.
"Al Qaeda", replicó Fahad. Sabah, dijo, reclamaba ahora ser leal al Ejército Islámico para congraciarse con los norteamericanos.
Perplejo, Balcavage miró a Youssef. No habían pasado ni dos semanas, y en el grupo de ‘ciudadanos preocupados' ya habían surgido facciones rivales. Sabah había formado un grupo llamado Consejo VIP. El de Youssef era llamado Consejo de Rescate de Iraq.
Más tarde, Youssef contó a Balcavage que Sabah había estado tratando de obligar a los otros jeques a unirse a su grupo. "Alzan sus armas y ondean la bandera americana en el aire", dijo Youssef. "Nadie puede decir no".
Entretanto, Fahad hablaba con el ex soldado de las Fuerzas Especiales, conocido como JR. Por razones de seguridad, los comandantes norteamericanos aquí se negaron a proporcionar la identidad u organización de JR.
"Tenemos un montón de gente. Queremos pelear contra al Qaeda y expulsarlos del área", dijo Fahad. "Estamos listos".
"Quieren volver a casa y quieren controlar el área", dijo JR. "Así que, si les ayudamos, ¿volverán con su gente a vivir en esta región?"
Fahad y los otros jeques asintieron. Le dijeron que tenían unos noventa combatientes.
JR, asumiendo el control, se inclinó un mapa de la zona.
"Será un honor recuperar las tierras usurpadas por al Qaeda, y os apoyaremos", dijo.
Balcavage pidió a Youssef que empezara a preparar un contrato con los jeques, que entonces debieron dejar sus huellas digitales y fotos en el salón de conferencias. Sus retinas fueron escaneadas y sus armas, apuntadas.

Hago Mejor el Trabajo
Khadr dijo que pensaba utilizar el dinero norteamericano para comprar más armas en el mercado negro. "Tenemos algunas armas de protección personal, pero si realmente queremos pelear contra al Qaeda y destruirlos, necesitamos más armas", dijo Khadr, con una débil sonrisa.
Pero no cree que los hombres de su tribu sean permitidos en el ejército o policía iraquíes, que están dominadas por los chiíes. De momento, él y otros líderes tribales han enviado a sus hombres en tres misiones de reclutamiento militar separadas. En cada una de ellas, el gobierno se negó a admitirles en el ejército, dijeron líderes tribales y jefes militares norteamericanos.
El gobierno, dijo Khadr, es ineficiente. Los funcionarios "no han logrado atraer la gente hacia ellos. Han fracasado en la lucha contra las milicias y los insurgentes. Han fracasado en la conducción del país", dijo.
El general de división Rick Lynch, el más alto jefe militar norteamericano en Babil y otras áreas al sur de Bagdad, dijo el mes pasado: "Si esos ‘ciudadanos preocupados' no tienen la sensación de que el gobierno de Iraq los aceptará y permitirá su legalidad, todo esto no valdrá nada".
Pero en algunos casos, los jeques están firmando para reemplazar al gobierno iraquí en sus áreas. Williams, el enlace tribal, recordó que un hombre llamado jeque Adbullah se acercó a él un día y le dijo que los líderes sunníes de la zona no querían que el ejército iraquí controlara un oleoducto que pasaba por sus tierras.
"Yo puedo proteger mejor ese oleoducto", le dijo a Williams, prometiendo enviar a trescientos combatientes si los americanos retiraban a los soldados iraquíes y les recompensaban con un contrato de seguridad.
Williams dijo que Abdullah recibiría pronto su contrato.

Puedo Estar Terriblemente Equivocado
Después de la reunión, Balcavage comentó con otro comandante si dar a los jeques armas para ayudarles a recuperar sus tierras en Howija. Decidieron rápidamente no hacerlo.
Balcavage dijo que no sabía si Youssef y otros jeques estaban tratando de envenenar la relación de los militares con Sabah. El 23 de julio Sabah firmó un contrato inicial para proporcionar trescientos hombres y custodiar una ruta de aprovisionamiento clave de Faluya a Bagdad.
"Lo único que conozco es mi experiencia con Fadhil", dijo Balcavage, refiriéndose a Youssef. "Confío en mi instinto. Podría estar terriblemente equivocado".
¿Y qué sobre Sabah? ¿Estaba Balcavage preocupado por las acusaciones sobre al Qaeda en Iraq?
"Tendré que embobinarlo", dijo Balcavage. "Mantener cerca a tu enemigo. Sentirlo. Quiero saber cuántos contactos, cuánta información puedo sacarle. Voy a traer a toda su tribu, aunque no sea más que para asegurarme de que todos firmen los acuerdos".
El jueves, un grupo de importantes jeques tomaron contacto con los comandantes norteamericanos para convertirse en ‘ciudadanos preocupados'.
Sabah es su representante.

6 de agosto de 2007
3 de agosto de 2007
©washington post
©traducción mQh
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marine condenado a 110 años


En caso de violación de niña y asesinato de sus padres y hermana.
Ft. Campbell, Kentucky, Estados Unidos. Un soldado condenado por la violación y asesinato de una adolescente iraquí y los homicidios de sus familiares, fue sentenciado el sábado a 110 años de prisión.
La sentencia forma parte de un convenio entre los abogados del soldado del ejército Jesse Spielman y los fiscales que determinaron los años que debía cumplir en prisión, independientemente de la recomendación de un jurado. Podría salir en libertad condicional después de diez años.
Spielman fue condenado el viernes tarde de violación, conspiración para violar, invasión de morada con la intención de violar y cuatro cargos por homicidio en primer grado. El jurado había recomendado presidio perpetuo no calificado, que es una sentencia en la que tendría que esperar más tiempo para solicitar la libertad anticipada.
Los fiscales militares no dijeron si Spielman participó en la violación o asesinatos, pero sí que fue a la casa conociendo las intenciones de los otros y les cubrió las espaldas.
Spielman suplicó a los jurados que tuviesen misericordia a la hora de sentenciarlo.
"Realmente no culpo a mi cadena de comando. No culpo a nadie", dijo, tranquilo. "Lo podría haber impedido. Asumo la responsabilidad de mis acciones".
Spielman, 23, de Chambersburg, Pensilvania, recibió la sentencia más larga de todos los soldados condenados en el caso. El especialista James Barker, el sargento E. Cortez y el soldado Bryan L. Howard se declararon culpables en un convenio con los fiscales y recibieron sentencias de cinco a cien años.
Los abogados de la defensa se marcharon inmediatamente de oír el veredicto y no pudieron ser localizados para sus comentarios.
El lunes, Spielman se había declarado culpable de los cargos menores de conspiración para obstruir a la justicia, extorsión, tocaciones indecentes de un cadáver y ebriedad.
El caso se deriva de la violación y asesinato de Abeer Kassem Hamza Janabi, 14, y el asesinato de sus padres y una hermana menor en Mahmoudiya, al sur de Bagdad.
Los fiscales defendieron su caso el jueves en medio de riñas para revocar la retractación de un soldado de una versión que implicaba a Spielman como vigía.
Barker declaró antes que había dejado que los investigadores le sacaran declaraciones juradas que implicaban a Spielman.
Barker declaró el miércoles que varias partes del documento eran falsos, incluyendo las referencias al papel de Spielman en la conspiración para atacar a la familia y su conocimiento de los planes para violar a la niña. Pero Cortez declaró que Spielman hizo de vigía.
Steven D. Green, un soldado que había sido licenciado del ejército antes de que se le presentaran cargos, hace frente a una posible sentencia de muerte cuando sea juzgado por un tribunal federal en Kentucky. Se ha declarado inocente de cargos que incluyen homicidio y agresión sexual.
Barker y Cortez hicieron declaraciones contradictorias ante los investigadores sobre si Spielman estaba al tanto del plan para violar a la niña y si estaba presente cuando lo discutieron bebiendo ginebra y whisky, de acuerdo a declaraciones.
Durante su corte marcial, Barker y Cortez declararon que violaron a la niña por turnos y que Green la mató a ella y a sus padres y hermana. Después de violarla, Green le disparó a Abeer en la cabeza. Su cuerpo fue rociado con keroseno y quemado para destruir las pruebas, de acuerdo a declaraciones previas.

6 de agosto de 2007
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marine condenado a quince años


[Tony Perry] El sargento Lawrence Hutchins dirigía un pelotón que sacó de su cama a un hombre de edad mediana y lo ejecutó.
Camp Pendleton, Iraq. El jefe de un grupo de marines para secuestrar y asesinar a un iraquí en Hamandiya el año pasado, fue licenciado deshonrosamente el viernes y sentenciado a quince años de prisión, la sentencia más severa de los ocho hombres condenados en el caso.
Los fiscales de la corte marcial del sargento Lawrence G. Hutchins III, había pedido treinta años de cárcel y licenciamiento deshonroso.
Hutchins, líder de pelotón, fue declarado culpable de conspiración para cometer un asesinato y un homicidio no premeditado. Fue absuelto de homicidio con premeditación, qye le habría significado una sentencia a cadena perpetua.
La sentencia de Hutchins se produce apenas horas después de que un jurado degradara a soldado raso al cabo Marshall Magincalda, sentenciándole a 448 días de prisión.
Debido a que Magincalda había estado en prisión mientras esperaba el juicio, fue dejado en libertad.
Magincalda es el segundo marine que es liberado después de ser sentenciado. El cabo Trent D. Thomas, encontrado culpable hace dos semanas de secuestro y conspiración para cometer un homicidio, fue licenciado por mala conducta, pero sin pena de prisión adicional.
Los tres jurados estuvieron compuestos con veteranos de Iraq, la mayoría de ellos de los batallones de infantería.
El abogado de Hutchins, J. Richardson Brannon, dijo que pensaba pedir al teniente general James N. Mattis, comandante general del Comando Central de las Fuerzas de Marines, reunirse con los padres de Hutchins para enterarse del dolor que les había causado la fiscalía al perseguir a su hijo. Mattis, como la parte convocante, puede revocar o reducir sentencias de culpabilidad.
Brannon dijo que esperaba que, si Mattis mantenía la sentencia de quince años, Hutchins tendría su primera vista de su libertad condicional en tres años.
El capitán Nicholas Gannon, uno de los fiscales, dijo que Hutchins había destruido a su pelotón al convencer a sus otros siete compañeros de cometer un acto ilegal.
"Nuestro cuerpo ha sido víctima del sargento Hutchins", dijo Gannon a los jurados. "Le confiamos a esos jóvenes marines".
Mientras se leía el veredicto, Hutchins, 23, de Plymouth, Massachusetts, puso su cabeza sobre la mesa y sus familiares, incluyendo a su mujer, Reyna, empezaron a sollozar.
El caso incluyó una trama para secuestrar y matar a un iraquí en abril de 2006 para enviar un mensaje a los subversivos de que dejaran de atacar a los marines en la zona de Hamandiya, al oeste de Bagdad. Un hombre de edad mediana fue sacado de su cama y arrastrado a unos cien metros. Recibió once impactos de bala. Los marines dijeron entonces a sus superiores que había muerto en una balacera.
Magincalda, 24, de Manteca, California, fue condenado por conspiración para cometer un homicidio e invasión de morada, pero no de homicidio con premeditación.
Después de salir libre, dijo a periodistas que esperaba volver a enlistarse y volver a Iraq para un cuarto período de servicio. "Si mi país me llama, iré encantado".
Dijo que la investigación, juicio y catorce meses tras las rejas "en realidad me ha acercado al Cuerpo de Marines".
Los ocho miembros del pelotón de Hutchins fueron acusados de homicidio. Cuatro marines y un soldado sanitario de la Armada, se declararon culpables a cargos reducidos y recibieron sentencias de diez meses a ocho años.
Magincalda dijo que estaba agradecido de que hubiera veteranos de la guerra en el jurado. "Creo que saben realmente bien de lo que hablan, saben de qué se trata allá", dijo.
La corte marcial reveló frustración entre los marines enlistados en cuanto a su misión en Iraq, especialmente las llamadas reglas de combate que regulan cuándo pueden los marines ejercer fuerza letal.
En el caso de Hutchins, el recluta Robert Pennington, 23, cuyo convenio con la fiscalía le significó una sentencia de ocho años, declaró: "Estábamos hartos de sus reglas y decidimos escribir nuestras propias reglas para protegernos a nosotros mismos".
Después de ser dejado en libertad hace dos semanas, Thomas, 25, dijo a periodistas que creía que la muerte de ese hombre en Hamandija había disuadido los atentados rebeldes contra los marines.

tony.perry@latimes.com

4 de agosto de 2007
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la tumba de hussein


[John F. Burns] La formación de una leyenda.
Awja, Iraq. El sepulcro tiene un aire abandonado, incluso desordenado. Hay inscripciones en filigrana donde es saludado como mártir y héroe de la resistencia y como "el águila de los árabes", su mote. Pero junto a estas, también están las curiosidades de su vida -un águila de madera colgada con las cuentas de su rosario personal y una galería de fotografías informales, una de ellas mostrándolo con un cigarro.
El sepulcro de Saddam Hussein, en su aldea natal en las riberas del Tigris, debe ser el único espacio público en Iraq donde el ex gobernante, ahorcado en diciembre a los 69 años, es abiertamente ensalzado. Según un decreto que data de la ocupación norteamericana de 2003, todavía en vigor bajo el nuevo gobierno iraquí, todos los retratos, fotografías y estatuas de Hussein están prohibidas, así como manifestaciones públicas de su lealtad. Al menos en términos de hagiografía, sigue siendo, en el resto de Iraq, un innombrable.
Pero en Awja, la leyenda de Hussein sigue viva, aunque sólo como un pálido reflejo de lo que fue. El viejo centro de recepción donde yace -rebautizado ‘Pabellón de los Mártires' por los miembros de la familia que lo administran- no tiene nada de la grandeza de los palacios que construyó durante su gobierno de 24 años. El goteo de visitantes baja en algunos días a dos o tres personas, y rara vez alcanza cifras superiores a diez, no alcanza a hacer de Awja una ruta de peregrinación con la magnitud de un santuario religioso en Iraq.
Parte del problema es el peligro -en la muerte como en la vida- que rodea todo lo que tiene que ver con Hussein. Desde su funeral, ningún periodista occidental ha llegado al sitio, aunque está a menos de cinco kilómetros del centro de Tikrit, una estratégica ciudad largo tiempo controlada por tropas norteamericanas que está ahora bajo el control del ejército y policía iraquíes. Llegar aquí exigía una garantía de salvo conducto del jeque de la tribu de Hussein, Albu Nasir, y de otra gente en Awja con vínculos con la "resistencia nacional", los insurgentes sunníes que controlan muchas de las aldeas de las riberas y ciudades en los alrededores de Tikrit, la capital de la provincia de Salahuddin.
El sitio mismo se presta a impresiones diversas. En la agrietada tierra frente al vestíbulo, detrás de una hilera de girasoles marchitos, la familia Hussein ha sepultado a otros seis familiares, incluyendo a dos hijos mayores, Uday y Qusay, cuya brutalidad y codicia, sin el filtro de la propaganda que convirtió a Hussein en una figura mítica, los transformó en las personas más odiadas de Iraq. Otros tres que yacen sepultados cerca de él, son sus compañeros que fueron enjuiciados con él y fueron ahorcados en la misma y húmeda celda de la cárcel en Bagdad a semanas de su ejecución al alba del 30 de diciembre.
El ralo flujo de visitantes también refleja el caos que ha ocupado el lugar de la tiranía impuesta por Hussein. Awja, a 160 kilómetros al norte de Bagdad, está en el centro de una zona de guerra furiosamente librada donde las tropas norteamericanas que pasan por la principal autopista norte-sur de Iraq son frecuentemente emboscadas y atacadas por los insurgentes. Junto a eso, está la permanente furia de los seguidores de Hussein por su derrocamiento, juicio y ejecución, un estado de ánimo que impregna tan fuertemente a Awja que los extraños -en realidad, todos excepto los seguidores de Hussein- generalmente se mantienen alejados.
El sepulcro, humilde como es, refleja algo más que una determinación de pueblo chico de honrar a un hijo caído, algo que parece irreducible en la política de Iraq -la incapacidad de la minoría sunní, que gobernó Iraq durante siglos hasta el derrocamiento de Hussein, de aceptar que la mayoría chií ha ganado las elecciones apadrinadas por la autoridad de la ocupación norteamericana.
Hussein estaba lejos de ser la figura idolatrada que describían sus propagandistas, incluso entre la gente de su región natal. Sin adentrarse demasiado en alguna conversación, aquí se termina hablando sobre los atroces asesinatos que caracterizaron su régimen, de los sunníes así como de sus principales víctimas, chiíes y kurdos.
Y señalan un complejo palaciego de 128 edificios que Hussein hizo construir sobre una pendiente sobre el Tigris en Tikrit. Durante tres años el complejo fue ocupado por un comando militar norteamericano. Ahora en gran parte abandonado, el recinto es citado por residentes locales como una prueba de cómo utilizó Hussein la riqueza de Iraq para enriquecerse a sí mismo, su familia y un corrillo de seguidores, y no la gente de a pie de Awja, o Tikrit.
"Saddam Hussein llevó a este país a su destrucción, y al hacerlo, se destruyó a sí mismo, a su familia, y nos metió en el caos de hoy", dijo Abdullah Hussein Ejbarah, 50, el vice-gobernador de la provincia de Salahuddin. Como muchos altos funcionarios aquí, Ejbara es un ex miembro de alto rango del Partido Baaz de Hussein, y fue un oficial de rápido ascenso en la Guardia Republicana Especial, una unidad militar de elite, hasta que miembros de la tribu Jabouri, de Ejbarah, trataron de asesinar a Hussein en 1993. Ejbarah tuvo suerte y logró escabullir la purga que siguió.
Ahora, avanza por un sendero difícil como intermediario entre el comando militar estadounidense, con enormes cuarteles regionales para el norte de Iraq en Campo Speicher, a ocho kilómetros al noroeste de Salahuddin, y la tenebrosa oligarquía que controla gran parte del verdadero poder de Salahuddin: los poderosos jeques tribales y, en silenciosa armonía con ellos, los insurgentes conocidos por los estadounidenses como "viejos elementos del régimen": hombres que fueron altos funcionarios del Partido Baaz, oficiales militares de la época de Hussein y agentes de la policía secreta, que ahora dirigen muchos de los ataques contra las tropas norteamericanas.
Fue Ejbarah, junto con el gobernador de Tikrit y líder de la tribu de Hussein, que llegó en un helicóptero norteamericano a Bagdad el día de la ejecución en la horca de Hussein y discutió hasta bien entrada la noche contra los planes del nuevo gobierno iraquí de sepultar a Hussein en una tumba secreta y anónima.
Cuando llegó primero desde Bagdad en la madrugada del 31 de diciembre, el cuerpo fue enterrado rápidamente, en medio de airadas protestas, en el patio interior de una mezquita, y luego, a las horas, trasladado a un salón de recepción de dos pisos construido por Hussein como un tributo a la aldea. Allá, el cuerpo yace en una superficial tumba debajo de la rotonda del edificio, bajo un altísimo candelabro. Lo cubren dos banderas iraquíes de la versión usada durante el régimen de Hussein, con las palabras ‘Dios es grande', por su propia letra.
Fuera, por un sendero de adoquines de concreto rotos, yacen los restos de los otros elegidos por la familia Hussein para ser sepultados aquí, todos ellos, como Hussein, con su cabeza orientada hacia la Meca. Sus dos hijos, muertos en una balacera con tropas norteamericanas en Mosul en 2003, y vueltos a enterrar aquí después de la ejecución de Hussein, yacen en la parte de atrás; junto a ellos está el hijo de Qusay, Mustafa, que tenía quince cuando murió en la balacera con su padre.
Los otros tres en la primera hilera, que fueron todos colgados, son el hermanastro de Hussein, Barza, Ibrahim al-Tikriti, ex director de la policía secreta; Awad al-Bandar, ex juez del Tribunal Revolucionario; y Taha Yassin Ramadan, un ex vicepresidente. Un libro de visitas con quizás mil quinientas firmas muestra que la mayoría de los visitantes provienen de territorios sunníes, especialmente de las provincias de Salahuddin, Anbar, Bagdad, Diyala y Nineveh, todos bastiones rebeldes.
En una pared trasera cuelga otro recuerdo de la resistencia, una pancarta negra inscrita con un mensaje en hilos dorados: ‘Donación de los muyahedines de Adhamiya', un barrio sunní conservador en Bagdad donde nació el Partido Baaz de Iraq.
Las condolencias están repletas de referencias a Hussein como mártir, con oraciones que Dios le transmite rápidamente para recompensarle en el cielo. Pero muchos, también, repiten los temas de Hussein acosado en el tribunal en sus arengas en los últimos quince meses de su vida -condenando a los invasores norteamericanos, a Irán como el patrocinador de los partidos religiosos chiíes que ahora gobiernan e Israel.
"Que Dios bendiga al Camarada Saddam Hussein, y se apiade de su alma", escribió un visitante del Partido Baaz en mayo que escribió que su nombre era Camarada Abu Qaysar. Agregó: "Por voluntad de Dios, la victoria será pronto nuestra y liberaremos a nuestro amado Iraq de las garras de los sionistas y sus seguidores".

4 de agosto de 2007
©new york times
©traducción mQh
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irak vive catástrofe humanitaria


[Pere Rusiñol] Un tercio de la poblacion necesita ayuda de emergencia para sobrevivir. Al cuadro de violencia intersectaria y retirada lejana se le agregan los peores indicadores.
Todo empeoró desde la invasión angloamericana en marzo de 2003. A la muerte diaria de civiles se le suma el peor retrato social: ocho millones de iraquíes necesitan ayuda urgente, cuatro millones dependen de la ayuda para alimentarse, el 54 por ciento vive por debajo de la línea de pobreza y el desempleo roza el 50 por ciento.
Cuando Kasra Mofarah cruza la frontera iraquí y entra en Jordania, y lo hace a menudo, respira aliviado: sigue vivo. Pero no llega a sonreír: lo que deja atrás es un país que empeora día a día, donde sobrevivir se ha convertido casi en un milagro no sólo por las bombas sino también por la miseria. Mofarah es uno de los autores de un devastador informe firmado por más de 200 ONG que dibujan una situación atroz: un tercio de iraquíes necesita ayuda de emergencia y casi todos los indicadores sociales han empeorado desde que EE.UU. invadió el país, en 2003.
"Todo ha ido empeorando; estamos ya en el punto en el que algunos enfermos no pueden ir al hospital porque el que les toca está ubicado en una zona donde su comunidad es minoría y no se atreven", explica Mofarah en conversación telefónica desde Amman (Jordania), donde tiene su cuartel general el Comité de Coordinación de las ONG en Irak (NCCI, en inglés). Si el enfermo vence el miedo y se atreve, tampoco es garantía de nada: el 92% de los 180 hospitales del país carece de los más elementales instrumentos para funcionar.
El centro de referencia para las ONG sobre Irak está en Amman, y no en Bagdad, por razones obvias: el miedo a la violencia desbocada. En tres años han muerto en el país 100 cooperantes –la gran mayoría iraquíes–, cuando en un polvorín como el de Afganistán han fallecido 30 en tres décadas. Pese a ello, sigue habiendo cerca de 40 ONG extranjeras dentro del país, pero la gran mayoría ha levantado la base en Amman y desde allí alimenta a las pequeñas ONG locales.
El ruido de las bombas es tan ensordecedor que no deja oír los gritos que demandan ayuda humanitaria básica. El NCCI difundió ayer un exhaustivo informe, elaborado con información recogida sobre el terreno y también procedente del gobierno y de Naciones Unidas, que retrata la catástrofe humanitaria que vive el país: ocho millones –un tercio de la población total– necesita con urgencia ayuda de emergencia, cuatro millones depende de la ayuda para alimentarse, el 54% vive por debajo del umbral de la pobreza y el desempleo roza el 50% de la población.
Lo peor, sin embargo, es la evolución: "La situación actual es peor que nunca, la gente está desesperada", subraya Mofarah. Todos los datos avalan su pesimismo: salvo por el hecho de que hubo elecciones, todos los demás indicadores han empeorado desde la invasión. Los ciudadanos sin acceso adecuado a agua han pasado de representar el 50% del total al 70%; la desnutrición infantil ha subido del 19% al 28%; el país ha perdido 12.000 de los 34.000 médicos –la gran mayoría se han exiliado–, casi el 12% de los niños nace con peso inferior al normal, cuando en 2003 era sólo el 4%, los desplazados internos crecen sin parar –800.000, el 40% del total, lo son desde el año pasado– y así sin fin. Las ONG admiten que la erradicación de la violencia es un requisito previo para que la vida cotidiana mejore y puedan trabajar directamente en el país. Pero en su informe sugieren algunas medidas inmediatas, que contribuirían a aliviar la penuria, como la descentralización. "Es contraproducente que tanto la recepción de la ayuda como las decisiones en cualquier ámbito la centralice exclusivamente Bagdad", sostiene Irene Milleiro, de Intermón Oxfam, una de las ONG del comité que ha participado en la elaboración del informe. Oxfam, una de las mayores redes internacionales de ONG, sopesa desde 2004 la posibilidad de trabajar directamente en el país, pero no acaba de decidirse porque es demasiado arriesgado para los cooperantes.
Las ONG apuntan entre líneas otro elemento clave que podría mejorarse aun en estas condiciones extremas: la parálisis del gobierno explica parte del deterioro humanitario. En 2006, el Ejecutivo iraquí dejó de gastar 19.000 millones de euros por su incapacidad. Tenía el dinero, pero no sabía cómo gastarlo. El informe trimestral del inspector general de EE.UU. para Irak divulgado ayer llega a la misma conclusión: en 2006, subraya, el Gobierno sólo gastó el 22% del presupuesto asignado a proyectos de reconstrucción.
Lo único que avanza, además de la violencia, es la corrupción: aunque Saddam Hussein había puesto el listón muy alto, la nueva administración es todavía peor, según Transparencia Internacional. En 2003, esta ONG occidental situaba al país árabe en el puesto 115 sobre los 133 analizados en su índice de corrupción. Ahora ha descendido hasta el 160 sobre un total de 163.

31 de julio de 2007
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