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la muerte y los negocios


[Ann M. Simmons] Algunos negocios iraquíes decaen con la muerte. Sus ganancias podrían disminuir, pero los iraquíes que hacen ataúdes, o alquilan tiendas para funerales, agradecen la calma.
Bagdad, Iraq. Durante los últimos seis meses, la tienda de muebles y ferretería de Ibrahim Khalaf Abbas, ha pasado de ofrecer elementos para ceremonias fúnebres a encargarse de bodas.
En el punto más álgido de la violencia sectaria que asoló Bagdad este años, seis conjuntos de equipos de propiedad de Abbas -incluyendo cientos de tiendas de rayas azules y grises, sillas de plástico y mesas de metal plegables- estuvieron constantemente arrendadas.
Sus equipos estuvieron tan demandados para las ceremonias fúnebres musulmanas tradicionales que Abbas a menudo tuvo que alquilar él mismo elementos adicionales en otras tiendas.
Cobrando hasta doscientos dólares por un set por día, el tendero estaba sacando provechosas ganancias.
Durante los días más sombríos de la violencia en Bagdad, la muerte se convirtió para muchos empresarios como Abbas en un negocio lucrativo.
Hoy, esa tendencia parece estar cambiando.
"Antes, el ambiente en la ciudad era sólo de tristeza envuelta en sangre y funerales", dice Abbas, cuya tienda está ubicada en el barrio chií de Ciudad Sáder, en Bagdad. "Ahora tenemos bodas".
Mientras Abbas hablaba, pasó un séquito de boda, con coches tocando el claxon, vítores y risas.
En los últimos meses, desde del aumento de tropas norteamericanas en febrero, los atentados han disminuido agudamente en Bagdad. La tregua del clérigo chií Muqtada Sáder, y los grupos locales de ciudadanos que están colaborando con las fuerzas norteamericanas para combatir a los insurgentes también han contribuido a la recobrada calma.
Pese a anunciar el aumento de soldados norteamericanos como un éxito, los comandante de las Fuerzas Multinacionales en Iraq advierten que los militantes no han sido reducidos, y que la meta sigue siendo la estabilidad a largo plazo.
Una reciente ola de estallidos, incluyendo un atentado con coche bomba junto a una atiborrada tienda de jugos en un barrio en el centro de Bagdad que mató a catorce personas, subrayan la tenue naturaleza de la seguridad en la capital.
"Todavía hay un enemigo con sus propios planes", dijo hace poco el contraalmirante Gregory Smith, director de la división de comunicaciones de la Fuerza Multinacional en Iraq, a periodistas en Bagdad. "Y ellos están empecinados nada menos que en anular los progresos que hemos hecho".
Pese a los últimos atentados, desde junio el número total de atentados se ha reducido en más de la mitad, de acuerdo a las fuerzas armadas norteamericanas, y muchos iraquíes dicen que el mejoramiento de la seguridad es palpable.
El mes pasado, Abbas sólo arrendó una tienda para un funeral, y el difunto no había sido víctima de la violencia, dijo el tendero.
Hoy sus elementos son usados fundamentalmente en bodas. Hay entre diez a quince bodas por semana, en comparación con las dos a tres al mes durante los peores momentos de la violencia, dijo Abbas.
Con un precio de cerca de cincuenta dólares por algunas horas, Abbas dice que su capacidad de hacer dinero no ha desaparecido.
"Ahora me siento más feliz que antes", dijo, agregando que atender bodas era más satisfactorio que ganar dinero con la muerte.
Al otro lado de la calle de la tienda de Abbas, Hussan Jassim trabaja con su padre como carpintero. Durante el punto más álgido de los atentados, le daban comisiones por los siete a diez ataúdes que debía hacer cada dos o tres semanas. (Se dice que algunos carpinteros de sepulturas cristianas hacían hasta cincuenta ataúdes al mes).
Pero según la tradición musulmana, la gente arrienda ataúdes en una mezquita para transportar el cuerpo, que es usualmente enterrado envuelto en una mortaja de tela, al cementerio, y luego devuelto a la mezquita para que lo puedan usar otros.
Si esos individuos que le pedían hacer ataúdes, era porque las mezquitas probablemente no tenían tantos, dijo Jassim.
Pero en los últimos dos meses, Jassim no ha hecho ni un solo ataúd. Ahora se gana la vida haciendo catres, armarios y otros muebles.
Aunque sus ingresos han caído fuertemente -sus ataúdes le reportaban unos cincuenta dólares cada uno, más que cualquier otro artículo que hace-, el carpintero de veinte años dice que se siente satisfecho.
"Estoy contento porque creo que la situación de seguridad es mejor, y doy gracias a Dios por ello", dijo Jassim.
El legislador Haider Abadi, miembro del Partido Dawa, un partido islámico chií, comparte ese sentimiento. En su mezquita local, los funerales pasaron a uno a tres al día cuando la violencia estaba en lo peor. Y él asistía personalmente al menos a tres funerales a la semana de gente asesinada en su zona, dijo Abadi. El mes pasado sólo asistió a un funeral.
"Esto es bastante diferente", dijo Abadi.
Funcionarios de la morgue de Bagdad confirmaron que el número de cuerpos que llega cada día se había reducido de entre veinte y setenta a principios de años, a menos de diez al día.
Aunque no está claro cuántos de los muertos son víctimas de la violencia relacionada con la guerra, fuentes policiales confirmaron que el número de muertes que se cree son producto de la violencia sectaria es de unas cinco al día, en comparación con las veinte a treinta muertes durante el verano. Los muertos son normalmente hombres, abandonados en las calles en toda la ciudad, con las manos atadas por la espalda; sus cuerpos presentan a menudo signos de haber sido torturados.
Abadi, que es presidente de la comisión parlamentaria de inversiones, confirmó que los pequeños negocios están empezando a florecer nuevamente gracias al mejoramiento de la seguridad.
Muchas tiendas y mercados han vuelto a abrir sus puertas, y los embotellamientos en el tráfico en Bagdad es un signo de que sus habitantes se sienten más seguros para movilizarse por la ciudad, dijo Abadi.
"Es muy notorio".
Y no solamente en la zona comercial.
Hace poco algo aparentemente extraño le ocurrió al conductor de ambulancias Mohammed Jassim. Se dirigió a un barrio musulmán sunní al oeste de Bagdad, recogió a una mujer embarazada y la llevó al Hospital Kindi en una zona predominantemente chií al este de Bagdad.
Seis meses atrás una misión tan de todos los días como esta habría sido prácticamente imposible, dijo el chofer chií de 25 años. Cuando la violencia asolaba la ciudad, francotiradores y terroristas atacaban a menudo a las ambulancias. Al menos once de sus colegas murieron en horas de servicio.
La mujer embarazada habría tenido que pedir una escolta policial para llevar la ambulancia a una ubicación neutra, dijo Jassim.
Recordó los a veces cincuenta viajes al día que debía hacer para transportar a los muertos y heridos a hospitales desde lugares donde habían estallado bombas. Su trabajo también implicaba recoger partes de los cuerpos, meterlos en cajas y subirlos a la ambulancia. El trabajo normalmente dejaba sus ropas salpicadas de sangre.
"Hay muchos incidentes que no puedo olvidar", dijo Jassim.
En estos días, aunque la seguridad es todavía frágil, el chofer dijo que tenía menos miedo de ir a su trabajo.
"Gracias a Dios que las cosas han cambiado", dijo. "Ahora estamos mucho mejor que antes".

ann.simmons@latimes.com

Raheem Salman y un corresponsal especial en Bagdad contribuyeron a este reportaje.

13 de enero de 2008
15 de diciembre de 2007
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problemas con el poder judicial iraquí


[Lori Hinnant] Detenidos norteamericanos enviados a tribunales iraquíes para ser procesados hacen frente a un poder judicial atascado en el caos de la guerra.
Bagdad, Iraq. Los jueces iraquíes y sus familias viven rodeados de muros de contención antiexplosivos de 3.5 metros. Cientos de abogados se han marchado del país. Los críticos se quejan de juicios demasiado rápidos en un sistema judicial sobrecargado.
Este es la agrietada situación del sistema de justicia criminal en Iraq: el destino de muchos de los veinticinco mil detenidos que se encuentran ahora bajo custodia norteamericana, que son a menudo retenidos durante meses o años sin que se les formulen cargos.
Entre ellos se encuentra Bilal Hussein, un fotógrafo de la Associated Press que fue detenido por soldados norteamericanos el 12 de abril de 2006, en Ramadi. La primera audiencia de Hussein está programada para el domingo.
Los militares no han dado a conocer ninguna acusación específica -que en el actual sistema judicial no se exige sino en la primera audiencia-, pero han mencionado toda una gama de sospechas para vincular al fotógrafo con actividades subversivas. Entre estas aseveraciones está la de que entregó documentos de identificación falsos a un francotirador que intentaba evadir a las fuerzas norteamericanas y tomó fotografías en sincronización con atentados de los insurgentes.
La pesquisa de la Associated Press no corroboró las acusaciones contra Hussein, que fue parte del equipo de fotógrafos de la AP que ganó el Premio Pulitzer en 2005. La AP dice que no cuenta con evidencias contundentes de que Hussein fuera otra cosa que un fotógrafo cubriendo una zona de conflicto.
La primera versión clara de los cargos de las fuerzas armadas será presentada en la audiencia. No está claro si el juez instructor a cargo pedirá otra sesión o empezará a revisar las evidencias y alegatos.
El juez deberá entonces decidir si desechar el caso o iniciar la fase de juicio por una comisión de tres jueces -lo que, en algunos casos, puede ser algo más que otro examen de las evidencias presentadas antes bajo el sistema iraquí.
Iraquíes y activistas familiarizados con los tribunales iraquíes se quejan de que juicios que duran menos de una hora son seguidos casi inmediatamente por el veredicto. Algunos dice que el retraso en los tribunales se cuenta en los miles de casos, incluyendo casos criminales normales que no implica a detenidos por Estados Unidos.
De acuerdo a una hoja de datos del Destacamento 134, que dirige las operaciones de detención de Estados Unidos, el sistema judicial iraquí "continúa evolucionando".
"Hay miles de abogados que son amenazados y a los que se les ha pedido que abandonen sus casos. Los cientos de abogados que se han marchado han dejado una enorme brecha en el sistema judicial de Iraq", dijo un abogado iraquí que defiende a un hombre acusado de colocar una bomba improvisada. "Esto está retrasando los procesos judiciales y denegando a miles de personas sus derechos legales".
El abogado habló a condición de conservar el anonimato debido a que teme por su seguridad.
El subsecretario de Justicia, Busho Ibrahim, dijo: "Tenemos montones de detenidos y los jueces no pueden mantener el ritmo con la avalancha de casos".
Estados Unidos espera reducir para julio el número de detenidos en su poder en Iraq en dos tercios. Todavía no está claro cuántos detenidos serán dejados en libertad ni cuántos serán entregados a un poder judicial iraquí sobrecargado.
Antes de que empezara la campaña represiva en Bagdad a principios de año, dijo Busho, su ministerio tenía a seis mil detenidos bajo su custodia. Ahora hay más de nueve mil bajo custodia iraquí, además de los veinticinco mil en manos de las fuerzas armadas norteamericanas.
En Ginebra, el Comité Internacional de la Cruz Roja anunció el jueves que realizó en octubre su primera visita a un campo de detenidos administrado por Iraq. El CICR ha visitado varias instalaciones con detenidos desde la invasión de tropas norteamericanas en 2003, pero le tomó tres años de conversaciones con las autoridades iraquíes para obtener un acceso similar a sus prisiones, dijo la portavoz Dorothea Krimitsas.
El ministro de Defensa, Robert Gates, dijo el miércoles durante su visita a Bagdad, que los gobiernos de Estados Unidos e Iraq negociarían en los próximos meses la transferencia de campos y prisioneros a control iraquí.
De momento, sin embargo, las burocracias combinadas de los tribunales iraquíes y de las fuerzas norteamericanas han demostrado ser un enorme peso para las familias y los detenidos.
Abid Abbas, 60, dijo que soldados norteamericanos allanaron su vecindario en julio y se llevaron a sus dos hijos, así como a algunos vecinos. Todos fueron acusados de pertenecer al Ejército Mahdi, la temida milicia chií dirigida por el clérigo agitador Muqtada al-Sáder.
Abbas, que insiste en que sus hijos son inocentes, dijo que él y su esposa tenían un permiso de una hora para verlos en el Campamento Cropper, justo en las afueras de Bagdad, en octubre. Pero los hijos -Allaa, 30, y Safaa, 20- estaban en realidad en el Campamento Bucca, cerca de la frontera kuwaití, a 548 kilómetros al sur.
En la puerta de Bucca, dijo Abbas, "los norteamericanos me preguntaron a través de un intérprete si yo era chií o sunní". Respondieron que eran "chiíes", dijo, y entonces les tomaron las huellas digitales y los hicieron rellenar algunos formularios. Entonces se les dio otra fecha para visitar a sus hijos: el 27 de enero.
"Estamos esperando esta fecha con la esperanza de poder volver a verlos", dijo.

El 44 por ciento de los 5.625 detenidos por Estados Unidos que han sido procesados desde que se estableciera el poder judicial iraquí en 2003, ha sido condenado, de acuerdo a cifras militares. No se sabe cuántas sentencias de muerte se han dictado, pero se cree que son bastante comunes en delitos relacionados con la seguridad.
El poder judicial iraquí, como muchos europeos, es inquisitorial antes que contenciosa.
Los jueces asumen el papel normalmente reservado en Estados Unidos a los fiscales. Las audiencias iniciales son clave: Un juez instructor decide los hechos del caso, y considera si debería o no haber un juicio.
Es un sistema que se remonta a la época de Napoleón y es utilizado en muchos países europeos.
Los sistemas judiciales de Jordania, Egipto, Yemen y Kuwait se parecen más al sistema norteamericano. El del Líbano presenta similitudes con el sistema iraquí, pero Iraq actualmente tiene sus propias complicaciones.
El principal tribunal, la cárcel y los jueces y sus familias están protegidos dentro del nuevo Complejo Ley y Orden, un recinto rodeado por muros de contención antiexplosivos de 3.5 metros de alto en los bordes del bastión chií de Ciudad Sáder, en Bagdad.
Para septiembre, al menos 31 jueces habían sido asesinados desde la invasión norteamericana, de acuerdo al Consejo Judicial Superior iraquí, que supervisa a los tribunales. Más de ciento cincuenta abogados han sido igualmente asesinados, y muchos más han abandonado el país, de acuerdo al abogado iraquí.
"Si ganas un caso, serás atacado por el otro lado; pero si lo pierdes, tu propio cliente se encargará de tu muerte", dijo.
Dijo que su cliente de 39 años estaba parado en la puerta de su casa cuando estalló una bomba cerca de un convoy militar norteamericano en el oeste de Bagdad hace ya casi dos años.
"Compareció ante un juez iraquí por primera vez el mes pasado, y la audiencia duró quince minutos, mientras el juez controlaba sus antecedentes y leía los cargos en su contra", dijo el abogado.
Predijo que la próxima audiencia no duraría más de treinta minutos, y que su cliente sería condenado -"probablemente a tres o cinco años de cárcel".
Mark Waller, abogado de Colorado y reservista de la Fuerza Aérea que trabajó como fiscal en Iraq de marzo a julio de 2006, dijo que el sistema iraquí se basaba en el "sentido común": un sólo juez escuchaba a los dos lados. Pero los amplios poderes de investigación del juez -similares a los del gran jurado estadounidense- también permitían la corrupción y las deficiencias.
En una audiencia, Waller recordó que el relator de la corte sólo apuntaba lo que decía el juez instructor, antes que hacer una transcripción. Ese documento era usado luego como un elemento clave por los jueces.
"En Estados Unidos nuestro sistema es contencioso... La fiscalía, la defensa y el juez trabajan todos independientemente y se retan unos a otros para presentar resultados", dijo Waller. "En Iraq es sólo una persona la que hace todo eso".
Waller también se mostró crítico de las labores de policía que se imponen a soldados que deben "recoger evidencias y construir el caso para la fiscalía".
Pero las complicaciones empiezan en la colección de testimonios y versiones.
"Y el principal motivo es que los iraquíes tienen miedo. No podemos hacer que declaren, porque tienen miedo de las represalias..., que no podemos decir que nunca ocurren", dijo Waller.
También observó que el trabajo de investigación era secundario. "Mi papel como soldado era protegerme a mí mismo y a mis compañeros", dijo. "No estoy pensando necesariamente en recoger evidencias ni en el caso ante tribunales".
Miranda Sissons, subdirectora del Centro Internacional para la Justicia Transicional en Oriente Medio dijo que el caos de la guerra se había extendido hacia la sala de tribunales.
"Estamos en una situación en que todavía hay juicios de veinte minutos, basados en expedientes sin testigos ni una defensa digna de mencionar", dijo Sissons, que supervisaba las audiencias ante el Tribunal Supremo iraquí -el más alto tribunal del país.
Ziad Najdawi, un abogado jordano que ayudó a dirigir el equipo de la defensa de Saddam Hussein, describió a los tribunales iraquíes como "un sistema anárquico que confunde incluso a los jueces".
Una preocupación, de acuerdo a Negad el-Borai, director del Grupo para el Desarrollo Democrático, de El Cairo, Egipto, es que las detenciones prolongadas sin formulación de cargos y el héctico sistema de juicios podrían enquistarse en Iraq.
"Los jueces no podrán trabajar en condiciones normales", dijo en un e-mail.
El sistema jurídico iraquí permite el habeas corpus -el derecho a una revisión en tribunales sobre la legalidad de la detención-, pero no se aplica en casos relacionados con la seguridad, que es el caso de los detenidos por los militares norteamericanos. Las fuerzas armadas norteamericanas dice que revisan la situación de cada prisionero cada seis meses, pero sin la presencia de abogados de los detenidos y sin evidencias a favor de los detenidos.
Jonathan Hafetz, abogado del Centro Jurídico Brennan, de Nueva York, ha representado a dos ciudadanos norteamericanos referidos a un tribunal iraquí por los militares. Uno espera juicio; el otro, Muhammad Munaf, fue acusado de colaborar en el secuestro, en 2005, de tres periodistas rumanos en Bagdad y sentenciado a la muerte en la horca.
"Nunca tuvo nada parecido a un juicio justo... Nada de lo que vimos nos hace confiar en el sistema", dijo Hafetz.
De acuerdo a un escrito de la defensa presentado en un tribunal federal norteamericano, todo el juicio de Munaf -incluyendo la sentencia de muerte- no duró más de noventa minutos y "no se presentaron al tribunal ni testigos ni evidencias".

Sinan Salaheddin, Hamid Ahmed y Sameer N. Yacoub en Baghdad; Carley Petesch y David B. Caruso en Nueva York; y Jamal Halaby en Amán, Jordania, contribuyeron a este reportaje.

13 de enero de 2008
7 de diciembre de 2007
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la clase media iraquí


[Tina Susman y Raheem Salman] Muchos profesionales han huido, pero los que se quedaron no encuentran empleos a su altura, con salarios que les permitan vivir.
Bagdad, Iraq. Noche tras noche, hora tras hora, Hussein Ali Mohammed se la pasa sentado, solo, en la clínica que lo emplea como guardia.
No es el trabajo que se imaginaba este hombre de 26 cuando sacó su título de maestro, pero es lo mejor que puede hacer de momento en un país rebosante de gente educada y ambiciosa -pero que carece seriamente de trabajos adecuados por los que se paguen salarios razonables.
Años de caos político, de sanciones impuestas por Estados Unidos y la guerra han devastado a la fuerza de trabajo iraquí. Cientos de miles de profesionales cualificados han abandonado el país. Los negocios han cerrado. Insurgentes y ladrones atacan a profesores, médicos y hombres de negocios, asesinándoles, secuestrándoles o expulsándoles de sus trabajos y de Iraq.
Incluso en momentos en que se reduce la violencia sectaria, para los que se quedaron las opciones son limitadas.
Musulmanes chiíes, que dicen que durante el régimen de los musulmanes sunníes de Saddam Hussein se les negaban los buenos trabajos, se quejan de que la corrupción y la violencia de hoy limitan sus oportunidades. Los árabes sunníes dicen que son discriminados en represalia por el maltrato que dio Hussein a los chiíes, que ahora controlan el gobierno.
"Este trabajo no se ajusta a mi dignidad ni personalidad, esto de ser guardia en una clínica, pasando la noche entre cuatro paredes hablando con nadie", dijo Mohammed, que vive en Hillah, una ciudad a unos 96 kilómetros al sur de Bagdad. "Creo que es difícil encontrar el trabajo que quiero en Iraq en las circunstancias actuales. Quisiera irme de Iraq, pero no es fácil".
El gobierno de Iraq estima el desempleo en un 17.6 por ciento y el subempleo en un 38 por ciento, pero se cree que esas cifras son conservadoras. El problema es considerado una de las mayores amenazas para la recuperación a largo plazo del país. Para empeorar las cosas, cerca del sesenta por ciento de la población tiene menos de treinta años, y muchos jóvenes podrían ser reclutados por círculos criminales si se les ofrece dinero.
"Un montón de esa gente está estancada, con salarios muy bajos", dijo el coronel Gabe Lifschitz, de la División Región del Golfo de las fuerzas armadas norteamericanas, que comprende personal militar y civil que trabaja en proyectos de reconstrucción en Iraq. Sin gente de clase media que cree oportunidades de empleo para gente de bajos ingresos para que estas puedan ascender en la pirámide económica, dijo Lifschitz, la economía de Iraq se estancaría, creando irritación y descontento.
"La manera de hacer que las cosas cambien es tener a la gente empleada. Es menos probable que las personas empleadas se conviertan en insurgentes".
Oficiales norteamericanos están financiando programas para proporcionar adiestramiento vocacional, pero estos programas significan poco para la clase media iraquí educada, como Mohammed, que dicen que sus intentos de conseguir trabajo se ven obstruidas por el nepotismo político y la corrupción en las instituciones donde podrían trabajar ellos.
Akeel Mohsin Sharif, 29, egresó de la Universidad de Bagdad hace cuatro años con un diploma en ciencias informáticas. Hace poco, dijo, un colegio médico lo invitó a enviar su currículum para una posición como profesor asistente. "Después de tres meses de presionar y empujar y de entrevistas, seguían saliendo con excusas para no contratarme", dijo Sharif. "Al final, me pidieron cuatrocientos dólares a cambio del trabajo".
Sharif se negó.
"¿Por qué debería pagarles? Nuestras vidas se han convertido en sobornos. Todos tenemos que sobornar a alguien para que ocurran las cosas", dijo Sharif, cuyo empleo previo de mantención de ordenadores terminó debido a problemas de seguridad.
Ahora instala ordenadores para individuos o pequeñas empresas a pedido, ganando de doscientos a trescientos dólares al mes, que no es suficiente para pensar en casarse, tener hijos o comprar una casa.
Varios otros jóvenes dijeron que habían pospuesto el matrimonio y la familia debido a sus sombrías perspectivas de empleo, un signo de la destrucción de la fábrica social en un país donde se espera que hombres y mujeres se casen jóvenes y tengan hijos. Se espera que los hombres sean el sostén de la familia.
Algunos abandonan Iraq con la esperanza de encontrar algún empleo rentable, sólo para retornar con la moral todavía más debilitada.
Saad Naeem, 29, viajó al Líbano con la esperanza de obtener su maestría después de egresar de la facultad de ciencias de la Universidad de Bagdad en 2005, pero la vida allá era demasiado cara. Ahora conduce un taxi en Nayaf, una ciudad al sur del país.
"Estoy horrorizado con la realidad, pero creo que tengo que acostumbrarme a este trabajo", dijo Naeem, que no piensa casarse sino hasta que encuentre un trabajo mejor.
"Casi todos los iraquíes piensan que su país no les puede ofrecer todavía los empleos que quieren", dijo. "Soñábamos cuando éramos estudiantes, pero los sueños son una cosa, y la realidad, otra".
Sueños rotos hay en todas partes.
Tras el derrocamiento de Hussein, Ali Qittan, un aspirante a profesor de historia, se imaginaba vestido de traje y corbata y parado frente a una pizarra ante ansiosos estudiantes. En lugar de eso, Qittan, 29, carga y descarga camiones en Bagdad.
Como muchos otros aspirantes a ser funcionarios, descubrió que podía ganar más dinero trabajando a jornal que en cualquiera institución gubernamental. Y como Sharif, descubrió que para conseguir empleo como docente tenía que conocer a alguien bien colocado o pagar una considerable suma de dinero.
"Tengo que encontrar a un parlamentario o a un funcionario influyente en el ministerio de Educación. La última opción es pagar cientos de dólares", dijo Qittan.
"Creo que merezco algo más alto que este trabajo de portero", dijo. "Me siento frustrado y aburrido, pero ¿qué puedo hacer? No tengo alternativa. Tengo que ganarme la vida".
Qittan dijo que dos de sus hermanos que habían estudiado en la universidad también trabajaban de porteros.
En Hillah, Omer Nima Mosawi, 30, aspirante a mecánico que egresó con un diploma en tecnología en 2003, trabaja en la cafetería de su antigua universidad. Como prácticamente todos los entrevistados para este artículo, consiguió ese trabajo porque conocía a la persona a cargo de las contrataciones.
Hayder Nouri, 27, trabaja en una boutique de ropa femenina. El año pasado le ofreciendo un trabajo para enseñar árabe, pero le habría significado viajar desde su vecindario al occidente de Bagdad hasta el lado este de la ciudad, pasando por una zona conocida por los secuestros y asesinatos.
Lo rechazó y encontró trabajo en una fábrica de galletas hasta que un amigo alquiló una tienda de ropa y le ofreció trabajo.
"No es mi vocación, ¿pero qué puedo hacer?", dijo Nouri. "No estoy siendo exigente. Sólo quiero algo que me pague bien y estar cerca de casa".
No son sólo los jóvenes los que tienen dificultades. Trabajadores de mayor edad también están peleando. Muchos dicen que durante el régimen de Hussein fueron expulsados de buenos trabajos porque se negaron a incorporarse al gobernante Partido Baaz. Ahora, dicen, su edad conspira contra ellos.
Ahmed Mehdi, 45, tiene un diploma en finanzas y banca, pero dice que su rechazo a convertirse en baazista lo perjudicó durante años. Ha pasado por toda una gama de empleos, incluyendo el de repartidor de pizzas y usando el Toyota 1980 de la familia para un servicio de limusinas. Ahora trabaja en una tienda vendiendo electrodomésticos.
Al principio se sentía avergonzado, dice Mehdi. "Pero entonces empecé a darme cuenta de que otros hombres diplomados estaban haciendo lo mismo".
A los 41, Haqqi Ismail se encuentra en circunstancias similares. Se rió cuando le pregunté cuándo había egresado de la universidad. Fue hace diecisiete años, con un diploma en geografía. Todo lo que quería era un trabajo en un instituto oficial, donde pudiera tener una oficina, un escritorio y una silla, cobrar su salario, y poder sostener a su esposa y cinco hijos.
Eso nunca ocurrió, así que Ismail, que vive en la sureña ciudad de Basra, hizo otras cosas. Tuvo una pequeña tienda durante un tiempo. Ahora está auto-empleado, encargándose de los trámites de la gente que compra propiedades o tierra. Sus intentos de encontrar trabajo se han visto obstaculizados por su edad, dijo.
"A veces soy más viejo de lo que quieren. Otras veces quieren gente que se haya graduado después de 2000", dice Ismail, que dijo que si las cosas no cambian pronto, hará lo que han hecho tantos otros ciudadanos educados de Iraq: marcharse del país.
"Seguiré a mi hermano, que está viviendo en Alemania", dijo, esperanzado. "Creo que allá sí puedo encontrar trabajo".

tina.susman@latimes.com

Usama Redha y Wail Alhafith contribuyeron a este reportaje.

10 de enero de 2008
6 de enero de 2008
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soldado iraquí mata a militares


[Qassim Abdul-Zahra] Soldado iraquí mató a balazos a dos militares norteamericanos.
Bagdad, Iraq. Las fuerzas armadas norteamericanas informaron el sábado que un soldado iraquí mató a balazos a dos militares norteamericanos por "motivos todavía desconocidos" cuando patrullaban juntos al norte de la capital.
Otros tres soldados norteamericanos y un intérprete civil resultaron heridos en el ataque del 26 de diciembre, dijeron los militares en una declaración. El tiroteo ocurrió cuando soldados norteamericanos e iraquíes realizaban operaciones para instalar un puesto de control en la provincia de Ninevah, al norte de Iraq.
El soldado iraquí acusado de abrir fuego huyó de la escena, pero fue identificado por otros soldados iraquíes y luego capturado, informaron los militares. Dos soldados iraquíes fueron detenidos en relación con el incidente.
Las fuerzas armadas norteamericanas identificaron a los dos militares asesinados como el capitán Rowdy Inman y el sargento Benjamin Portell, asignados ambos al Tercer Escuadrón del Regimiento de Caballería Blindada Nº3.
Portell, 27, era de Bakersfield, California, e Inman, 38, de Panorama Village, Texas. Ambos estaban asignados a Fort Hood.
Investigaciones norteamericanas e iraquíes están en proceso, dijeron los militares.
Entretanto, el primer ministro Nouri al-Maliki volvió a Iraq después de una semana en Londres para lo que su oficina describió como un chequeo médico de rutina.
No se han dado detalles sobre a qué tipo de chequeos fue sometido en Londres. Pero uno de sus asesores, que habló a condición de conservar el anonimato, dijo que había viajado a Gran Bretaña después de enfermar, pero que el chequeo no reveló ningún problema.
"Estoy bien de salud. Reanudaré mi trabajo de inmediato", dijo al-Maliki a periodistas en el aeropuerto. "Continuaremos con nuestro proceso de reconstrucción".
En el momento de su partida el 29 de diciembre, un asesor de al-Maliki, Yassin Majeed, dijo que el primer ministro había retrasado un viaje previo debido a que "la situación de seguridad no lo permitía".
La seguridad ha mejorado considerablemente en todo Iraq en los pasados seis meses, aunque atentados violentos todavía se cobran decenas de vidas todas las semanas, y fuerzas norteamericanas e iraquíes continúan combatiendo contra los insurgentes y al-Qaeda en Iraq.
El sábado explotó una bomba improvisada cuando pasaba un minibús al norte de la ciudad de Muqdadiyah, que yace a unos 96 kilómetros al norte de Bagdad, matando a seis personas, informaron autoridades locales.
La bomba también dejó a otras tres personas heridas, dijo un oficial del centro conjunto de coordinación de la provincia de Diyala -que sigue siendo una de las áreas más violentas de Iraq. El oficial habló a condición de conservar el anonimato, porque no estaba autorizado a hablar con la prensa.
En Baqouba, la capital de la provincia, a 56 kilómetros al nordeste de Bagdad, otra bomba improvisada dejó a tres civiles heridos, dijo la policía. No quedó claro cuál era el objetivo.
La ciudad ha presenciado recientemente varios ataques, y el viernes se impuso una restricción de circulación vehicular de un día debido a "los violentos incidentes de la semana pasada", dijo el jefe de policía de Baqouba, Hasan al-Obaidi. La restricción también buscaba proteger a los fieles que visitan la mezquitas para las oraciones del viernes.
En Bagdad, una bomba improvisada estalló el sábado al paso de una patrulla del ejército iraquí en el barrio de Azamiyah al norte de la capital, hiriendo a cuatro civiles, según informó un agente a condición de guardar su identidad debido a que no estaba autorizado para hablar con la prensa.
Pese a la continuidad de los atentados diarios en todo el país, la violencia se ha reducido considerablemente en el país: un sesenta por ciento desde junio, según las fuerzas armadas norteamericanas.
Un indicio de las mejoras en la situación de seguridad fue la reapertura el jueves del puente de la presa de Samarra, una de las entradas a la ciudad a 96 kilómetros al norte de Bagdad, dijeron los militares norteamericanos en una declaración.
Las entradas a la ciudad estuvieron cerradas durante ocho meses debido a la violencia. "Se paralizó el comercio con y dentro de la ciudad. La reapertura del puente y otros puntos de entrada es el resultado directo de las mejoras en la situación de seguridad", dice la declaración.

Hamid Ahmed contribuyó a este reportaje.

6 de enero de 2008
5 de enero de 2008
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el pan de todos los días


[Doug Smith] La escasez de tiempos de guerra ha sido una bendición para las tiendas locales que sirven el plato nacional, el rústico pan khubz.
Bagdad, Iraq. Los negocios no podrían marchar mejor en la apretada tienda donde los tres trabajadores de Hussain Ali Rasheed se esfuerzan por satisfacer la demanda de uno de los artículos básicos bagdadíes.
Mientras se acerca la hora de almuerzo, una multitud de viejos, mujeres envueltas en túnicas negras y niños blandiendo billetes de mil dinares se desgañitan pidiendo su diario khubz.
Rasheed repartía los planos discos de pan marrón desde detrás de un mesón cubierto por una tela y metía los billetes que le entregaban en un cajón.
Detrás de él, los hornos de queroseno rechiflaban mientras los tres jóvenes se disputaban como acróbatas el pasaje de 1.20 metros. En la parte de atrás, uno de ellos amasaba la harina dándole forma de bolas del tamaño de un puño, demorándose unos cinco segundos en hacer cada una. Otro aplastaba la masa formando discos del tamaño de una pizza, que colocaba, una a la vez, sobre un pequeño cojín que se usaba para meter la masa en los hornos. Con unas tenazas, el tercero sacaba de los hornos los khubz terminados, para apilarlos encima de la mesa.
La escena se repite todos los días en miles de tiendas en todos los barrios de Bagdad.
Es uno de los pocos giros fortuitos en las prolongadas penurias causadas en Iraq por las sanciones económicas y la guerra. El colapso de la industria pesada puede haber insuflado nueva vida en un artículo de primera necesidad que es tan antiguo como Babilonia y tan básico para los iraquíes como la baguette para los franceses y la tortilla para los mexicanos. Y al menos hasta que llegue la recuperación económica tantas veces anunciada, prácticamente todo el pan que consumen los iraquíes es hecho a mano.
En ninguna parte arriba o abajo de la escala socioeconómica es una comida completa sin el khubsz o el samoon, su pariente algo más refinado, de dos puntas y en forma de hoja. Entre las clases trabajadoras, el plato básico de arroz y estofado no se puede comer sin khubz, que sirve de cuchillo, tenedor, cuchara y servilleta.
"No es algo relativo. Es algo que no puede ser de otro modo", dice Ahmed, un guardaespaldas que prefiere usar solamente su nombre de pila mientras cogía un pedazo. Lo mantuvo entre su pulgar y los dedos, utilizándolo para pellizcar un muslo de pollo y recoger arroz, salsa y okrainto en una bolsa de dos ñascos.
Algunos iraquíes dieron la espalda al khubz durante el período de occidentalización en los años setenta y ochenta cuando se hizo popular el pan industrial.
Las sanciones de Naciones Unidas en los años noventa revertió esa tendencia. La producción industrial menguó, y el programa de la canasta de alimentos mensual del entonces dictador Saddam Hussein empezó a entregar a las familias 13.5 kilos de harina por persona.
Algunas amas de casa dieron la espalda al método tradicional de hacer el khubz en un horno cilíndrico de arcilla llamado tanoor.
Los que no la usaban, daban la harina a sus amigos o las llevaban a las panaderías del barrio, las que, como la de Rasheed, surgieron en toda la ciudad para llenar el nicho.
Hoy, prácticamente todo el pan que se consume en Iraq es hecho a mano.
En las áreas rurales, las mujeres hacen el khubz fuera en tanoors alimentados con leña y construidos como parrillas protegida por una estructura de ladrillos. En las casas se usan cocinillas de gas butano, dentro o fuera, pero los altos costes del combustible y la incomodidad hacen que la panadería local sea una mejor opción para muchas familias urbanas.
El origen del khubz se pierde en la prehistoria. Los historiadores de la alimentación piensan que el tanoor, conocido entre los estudiosos como tannur, se originó en Mesopotamia y que el nombre se relaciona con la voz semítica para fuego. Un horno de arcillo similarmente cilíndrico, el tandoor, se usa para cocer pan y asar carnes en Afganistán, India y Pakistán.
Sorprendentemente, después de 42 años de presencia norteamericana en Iraq, la palabra khubz sigue siendo tan rara en el mundo anglosajón como el pan mismo.
Los soldados norteamericanos han sido los primeros en introducirlo en el léxico norteamericano con una pronunciación que lo habría ininteligible en árabe, ya que carece de la consonante gutural ‘kh' que para los norteamericanos es tan difícil de oír como de pronunciar.
"Desperté cuando oí decir: ‘Mista, mista, ¿hobus?'", escribió en su blog el marine Jake Wood sobre su experiencia cuando fue asignado a una familia iraquí. "Cuando abrí los ojos, vi a una niña con un trozo de pan hobus que su mamá había hecho para mí".
Los norteamericanos están más familiarizados con el pan pita, que se ha convertido en un producto importante en Estados Unidos. Se acerca al samoon iraquí; es un estilizado pan de bolsillo que es a menudo rellenado y comido como bocadillo. Como el pita, el samoon se parece a los demás.
En contraste, el khubz, la forma iraquí del pan plano que se produce bajo diferentes modelos en todo Oriente Medio, tiene el toque de la mano humana.
Cada pieza tiene su propio grosor, dureza, color, tamaño, sabor y textura.
Si se lo mantiene en una caja hermética, permanece blando todo el día, pero una vez colocado sobre la mesa, empieza a volverse crujiente por aquí, elástico por allá, en una transformación que es diferente en cada pieza.
Aunque no ha cambiado desde la prehistoria, el khubz no tiene su futuro garantizado una vez que Iraq se recupere gradualmente y la recuperación empiece a apartar al país de sus tradiciones.
De hecho, el khubz más rústico está estrechamente asociado a los duros tiempos que vive Bagdad.
Una pila de ramas y ramillas recogidas a mano frente a la casa de ladrillos y estuco, sin techo, es todo lo que anuncia la panadería de Fatima.
Dentro, la madre de dos niños arrojó al fuego algunas ramillas de eucalipto en el fondo del tanoor y esperó a que sus paredes se volvieran blancas. Entonces ella y su tía hicieron turnos para moldear las bolas de masa.
A diferencia de la harina turca y siria blanca de Rasheed, la suya era del grueso marrón del campo. Y a diferencia del equipo de Rasheed, usaban sus propias manos para meter las láminas de masa en el tanoor para sacar luego el pan dorado y manchado.
Juntas pueden hacer unos cien panes al día, dijo Fatima, en comparación con los 4.500 de Rasheed.
Pero la gente viene de todas partes de la ciudad por su sabor natural y supuestas ventajas medicinales del cocido tradicional, dijo Fatima.
Empezó su negocio hace un año debido a que su marido estaba desempleado. Quiere mejorar la cocina, pero no ha podido ahorrar suficiente dinero.
"¿Qué puedo hacer?", preguntó Fatima. "Me siento impotente. Si no puede hacer pan, no podré alimentar ni a mis hijos ni a mí".
Por simple curiosidad, Fatima preguntó cuál era el punto de escribir una historia sobre ella.
Le dije que podía ayudar a los norteamericanos a entender a los iraquíes. Replicó ladinamente: "Está bien que los norteamericanos nos entiendan, pero necesitamos ayuda".
Por ejemplo, dijo, ella podría usar alguna crema para aliviar sus manos deshidratadas.

doug.smith@latimes.com

Usama Redha en Baghdad y Charles Perry en Los Angeles contribuyeron a este reportaje.

1 de enero de 2008
1 de diciembre de 2007
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nueva vida con incertidumbre


[Tina Susman] Seducidos por la calma y las promesas de ayuda, miles de personas que escaparon de la violencia están volviendo desde el extranjero y el país. Pero reconstruir la confianza será más difícil que reconstruir sus casas.
Saba al Bor, Iraq. Una mujer pequeña con expresión de preocupación en su rostro se dirige hacia su casa por un camino de tierra, ignorando la multitud de soldados norteamericanos y los dignatarios extravagantemente vestidos que atascan el camino.
Están aquí para anunciar el renacimiento de esta ciudad al noroeste de Bagdad, que está presenciando el retorno de miles de vecinos, entre los cerca de 4.2 millones de iraquíes que han escapado de la violencia sectaria en los últimos años. Ahlam Kareem está aquí para ver qué queda de su casa, que vio por última vez hace catorce meses.
Funcionarios iraquíes dicen que decenas de miles de iraquíes están volviendo a sus casas, atraídos por las mejoras en la situación de seguridad y los paquetes de ayuda económica ofrecidos por un gobierno ansioso de hacer retornar a su gente.
Pero el esfuerzo, que incluye a iraquíes que retornan desde otros países y de otras regiones de Iraq mismo, está preñado de problemas -y no es el menor el fantasma de los atentados con bomba, como las tres explosiones del miércoles que mataron al menos a cuarenta y una personas al sur de Iraq.
Algunos, como Kareem, viuda, han encontrado sus casas saqueadas, incendiadas e inhabitables. Otros, como Abu Ayad, un musulmán chií que volvió con su familia al barrio de Ghazaliya -de predominancia sunní- de Bagdad, han sido nuevamente expulsados por las persistentes tensiones sectarias. En el último caso, dicen los vecinos, alguien trató de quemar su casa días después del regreso de la familia.
Muchos, como Zaher Salman, que volvió a Saba al Bor desde Siria a principios del mes pasado, retornaron porque no podían pagar los costes de vida más altos fuera de Iraq, o porque sus visados habían caducado. Salman lamenta no poder ganarse la vida, porque fue asaltado en la autopista desde Siria y perdió todo, incluyendo el coche que usaba para sus negocios.
"Me quedo porque ya no tengo más dinero", dijo. "Espero que siga siendo seguro".
Las personas que vuelven pueden solicitar cerca de un millón de dinares iraquíes -alrededor de ochocientos dólares- y un estipendio mensual de unos ciento veinte dólares durante seis meses a partir de su regreso.
Pero el país está luchando por revivir las escuelas, clínicas y otros servicios básicos que necesita una población traumatizada por el pasado y tensa sobre el futuro.
Tan delicada es la situación que la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados emitió un aviso el 23 de noviembre sobre un regreso demasiado precipitado. La organización dijo que no creía que los servicios sociales o la seguridad iraquíes estuvieran preparados para manejar el retorno a gran escala de la gente desplazada.
El portavoz del gobierno, Ali Dabbagh, desdeñó esos temores. En una rueda de prensa a fines del mes pasado, dijo que nadie estaba obligado a volver y que el gobierno estaba haciendo lo posible para proteger a los que volvían.
Es imposible determinar cuánta gente ha vuelto, y los escépticos acusan al gobierno de exagerar las cifras para hacer creer que todo marcha bien en un país todavía turbulento. Dabbagh dijo que solamente en el mes pasado habían regresado de Siria sesenta mil personas. El ministerio iraquí de Desplazamientos y Emigración dice que desde octubre diez mil familias iraquíes desplazadas dentro del país se han inscrito o se están inscribiendo para recibir los beneficios otorgados a los que retornan a sus ciudades natales.
Las cifras son una pequeña fracción de los cerca de 4.2 millones de personas que organizaciones internacionales dicen que han sido desplazadas desde el inicio de la guerra en 2003, pero son suficientes para preocupar a oficiales de alto rango.
El coronel de ejército Bill Rapp, asesor del general David H. Petraeus, comandante de la misión norteamericana en Iraq, dijo que preocupaba a los militares cómo se desarrollaría la situación si los retornados encontraban ocupadas sus casas.
"El gobierno iraquí no ha publicado instrucciones sobre qué ocurre cuando encuentras que en tu casa viven otras personas", dijo Rapp. "Quieren que la gente vuelva, pero no han ideado un mecanismo para su reasentamiento".
Dijo que las fuerzas norteamericanas habían estado "implorando" al gobierno iraquí que definiera una política de modo que las tropas norteamericanas no tuvieran que intervenir en disputas sobre propiedad.
Saba al Bor ofrece una miríada de ejemplos de los retos que implica traer a los iraquíes de vuelta a casa.
Kareem, 55, llega al final del camino, pasa frente a un pequeño huerto frutal y abre una puerta de metal rota para entrar a su patio.
La casa -que era confortable- que compartía con sus dos hijos y sus familias está en ruinas. Las ventanas no tienen cristales. Las puertas han sido arrancadas de sus bisagras. Platos, lámparas y cualquier cosa que se pueda quebrar, yacen en pequeños fragmentos desparramadas por el suelo. La pintura carbonizada se desprende de las paredes, el techo y la escalera. Sólo una nevera y una tele, destrozadas y parcialmente fundidas por el intento de quemar la casa, son evidencias de que alguna vez aquí vivió una familia.
"No queda nada. Es una pérdida total", dijo la mujer chií después de su visita a la casa el 17 de noviembre. "Ahora estoy desesperada", agregó, explicando que un millón de dinares estaban lejos de ser suficientes para que el lugar fuera nuevamente habitable.
Kareem ha vuelto a Bagdad, donde ha alojado con parientes desde que en septiembre de 2006 insurgentes sunníes empezaran a amenazar con matar a los chiíes que no se marcharan. Kareem, que huyó con el resto de su familia, volvió después de oír que Saba al Bor era nuevamente seguro. Entonces vio su casa.
Al lado este de la ciudad, donde vive la población sunní de Saba al Bor, Talib Abid Karim, que volvió el 20 de noviembre, dice que no sabía que podía pedir compensación. Mira a Usama Ali, un voluntario que ayuda a reasentarse a la gente, y le pregunta que se lo explique. Ali dice que incluso si lo solicitara el dinero, no se lo darían, porque, insiste, se les paga compensación sólo a los chiíes.
Más tarde un militar norteamericano, el capitán de ejército Brooks Yarborough, desechó las afirmaciones de Ali diciendo que eran "sólo rumores". Pero reconoció que era un signo de la persistente desconfianza que debe ser superada si Saba al Bor, que antes de la guerra era una comunidad relativamente afluente de unas 73 mil personas, debe volver a convertirse en una ciudad próspera.
La casa de Karim no tenía daños, pero está preocupada por el futuro. Su marido no tiene trabajo y su hija de doce años lleva unas espantosas cicatrices en su estómago de cuando cayó en fuego cruzado durante el año que vivieron en otro lugar. Teme que la niña no pueda casarse si no puede curar sus cicatrices.
Pero tanto sunníes como chiíes, así como soldados norteamericanos, dicen que los sunníes no cuenta con ningún lugar cercano donde puedan tratarse sus problemas médicos serios. Los hospitales más cercanos implican atravesar zonas que todavía son consideradas peligrosas para los sunníes debido a la presencia de milicias chiíes. Muchos sunníes tienen miedo incluso de ir a la clínica al otro lado de la ciudad. Ir a un hospital en una ciudad sunní requiere seguir dar un rodeo que puede tomar hasta nueve horas.
En una reciente reunión en el recién remodelado ayuntamiento de Saba al Bor, que es también una instalación militar norteamericana-iraquí, dos líderes de la ciudad trataron de definir un sistema que asegure que los retornados se queden. Podían solucionar algunos problemas, como las ventanas y puertas rotas, pero no la confianza traicionada.
Radhi Muhsin, el alcalde, y Mohammed Abdullah, un voluntario del programa de reasentamiento, concordaron en que lograr que la gente vuelva no es un problema. El problema es hacer que la ciudad vuelva a funcionar y que sunníes y chiíes vuelvan a vivir juntos.
En los últimos dos meses, dicen oficiales norteamericanos, más de veinte mil personas han vuelto a sus casas en Saba al Bor, que antes de la guerra tenía una población mixta. Ahora es fundamentalmente chií porque muchos sunníes no se atreven a volver a un lugar que es custodiado por un cuerpo de policía que es casi cien por cien chií, dijeron Abdullah y Muhsin.
Se fundó un club de fútbol mixto para reunir a la gente, pero la ciudad sigue dividida oficiosamente entre una sección sunní al este, y una chií al oeste.
"En este momento tenemos una tregua. Pero no es reconciliación. Simplemente dejaron de dispararse unos a otros", dijo el capitán de ejército Timothy Dugan, del Séptimo de Caballería, Destacamento de Combate de la Primera Brigada de la Primera División de Caballería del Ejército. La unidad está aquí desde enero y ha presenciado una disminución de la violación y un aumento de la gente que retorna, pero también ha visto lo difícil que será reconstituir Saba al Bor como un todo.
Sunníes, y algunos vecinos chiíes, así como tropas norteamericanas en Saba al Bor, dice que un importante problema son los ministerios chiíes en Bagdad, que ignoran las necesidades de los retornados sunníes.
En el lado sunní de la ciudad, por ejemplo, hay una escuela con seis aulas para quinientos alumnos. En el lado chií, hay once escuelas.
La escuela sunní es administrada por dos directores, un sunní y un chií, que son viejos amigos. Usan sus salarios para pagar a siete maestros voluntarios, porque dicen que el ministerio pospone la contratación de maestros para niños sunníes.
"No tenemos suficientes médicos ni maestros, pero si visitas el sector chií, verás la diferencia", dijo el director sunní, Ali Aziz Sultan.
"Yo soy chií, y para mí es fácil ir a la clínica", agregó su colega, Moyed Hadie. "Pero para los sunníes es muy difícil".
Funcionarios iraquíes y norteamericanos dicen que esas quejas se deben más al temor y a la desconfianza que a la situación actual. "El problema es que la gente sigue mirando hacia el pasado. Es difícil lograr que miren hacia adelante", dijo Muhsin.
Pero la mayoría está de acuerdo en que dado ese pasado, la actitud de la gente es comprensible.
"Si los chiíes hubieran matado a mi hermano, también me daría miedo ir a esa clínica al otro lado de la ciudad", dijo Ali, el sunní que acusó al gobierno de no pagar compensación a los retornados sunníes.
La gente que se quedó durante la guerra, como él, se dan cuenta de lo mucho que ha mejorado la situación, dijo Ali. "Para la gente que volvió apenas la semana pasada es más difícil ir al otro lado de la ciudad".

tina.susman@latimes.com

Peter Spiegel y Saad Khalaf en Bagdad contribuyeron a este reportaje.

29 de diciembre de 2007
13 de diciembre de 2007
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llaman a católicos a volver a casa


[Elena Becatoros] Líder de católicos iraquíes llama a emigrantes a volver a casa.
Bagdad, Iraq. El líder espiritual de los católicos de Iraq hizo el lunes un llamado de Navidad dirigido a todos aquellos que huyeron de Iraq para que vuelvan y ayuden a reconstruir su destrozado país, reconociendo que el temor todavía persiste en momentos en que Iraq disfruta de uno de sus festivos más tranquilos en años.
El cardenal Emmanuel III Delly, líder de la antigua Iglesia Caldea, dijo a la Associated Press en su recinto custodiado al oeste de Bagdad que su mensaje era de amor y caridad.
"Y para que los emigrantes vuelvan a casa a trabajar por el bien de su país y su patria a pesar de la situación en que se encuentra -esa es mi esperanza".
La violencia sectaria en el país se ha reducido en gran parte debido al aumento de las tropas norteamericanas, a la ayuda de los combatientes árabes sunníes que se han volcado contra al-Qaeda en Iraq y son ahora financiados por Estados Unidos y por el cese el fuego declarado por el clérigo chií Muqtada al-Sáder y su Ejército Mahdi.
El problema de cómo reintegrar al creciente número de árabes sunníes que se unen a las tropas voluntarias se pospone para el próximo año. Hay unos setenta mil miembros de grupos conocidos como Consejos del Despertar, y están creciendo rápidamente. El gobierno de predominancia chií está profundamente preocupado de los grupos, muchos de ellos formados por antiguos insurgentes sunníes que lucharon tanto contra las fuerzas norteamericanas como contra sus aliados chiíes.
Pero no incorporarlos en las fuerzas de seguridad de Iraq podría poner en peligro los recientes avances en la situación de seguridad, dijo el vicepresidente sunní de Iraq el lunes.
"Esta experiencia no debería estropearse debido a los desacuerdos en cómo absorber estos consejos. Esas personas, lo digo claramente, no deberían ser ignoradas por el gobierno", dijo Tareq al-Hashemi en una rueda de prensa al norte de Iraq.
"Esa gente se han ofrecido como blancos para luchar contra el terrorismo, voluntariamente. Deben contar con el apoyo del gobierno", agregó.
Una ruta podría ser el otorgamiento de poder. En Ramadi, la capital de la provincia de Anbar al oeste del país, los líderes del Consejo del Despertar, el gobernador provincial, funcionarios y políticos locales formaron un grupo asesor para ayudar a definir una política para la región.
Un documento que forman el Consejo Supremo de Anbar fue firmado por seis importantes personajes de la provincia, incluyendo a Ahmed Bizayie Abu Risha, hermano de Abdul-Satar Abu Risha, que fundó el movimiento del Despertar. Murió en un atentado con bomba en septiembre, diez después de una reunión con el presidente Bush en una base norteamericana en Anbar.
Abu Risha dijo a los periodistas que el consejo buscará representar "a la provincia en las conversaciones con el gobierno central".
De momento la temporada de festivos ha sido pacífica. El diciembre pasado murieron más de 2.300 personas en incidentes violentos relacionados con la guerra, en comparación con las 540 de este mes, de acuerdo a un conteo de la Associated Press.
Desde junio, la violencia se ha reducido en todo el país en un sesenta por ciento, de acuerdo a cifras militares norteamericanas. Pero la seguridad sigue siendo frágil y pocos iraquíes se atreven a alejarse demasiado de casa. El peligro de secuestro, atentados con coches bomba y terroristas suicidas no está nunca demasiado lejos, y los cadáveres de víctimas torturadas en secuestros todavía aparecen casi a diario a lo largo del río o en las calles.
Mientras los chiíes celebraban el fin de Eid al-Adha el lunes, uno de los festivos musulmanes más importantes del calendario, los miembros de la pequeña comunidad católica de Iraq se reunieron en iglesias para la Misa del Gallo -realizada después del mediodía debido a que poca gente se aventura en la calle después de la puesta de sol. Para los sunníes, el Eid terminó el domingo.
"Esperemos que la situación mejore", dijo Delly, mientras las luces de colores titilaban en un árbol de Navidad detrás de él. "Pero creo que sigue igual porque la gente tiene miedo de salir a la calle, por los coches bomba", dijo.
Delly, 80, se convirtió el mes pasado en el primer cardenal de Iraq.
Menos del tres por ciento de los 26 millones de iraquíes son cristianos -la mayoría de ellos caldeo-asirios y armenios, con un pequeño número de católico-romanos. Los extremistas musulmanes han atacado a menudo a los cristianos, obligando de decenas de miles de ellos a huir y aislando a los restantes que permanecieron en sus barrios protegidos por barricadas y puestos de control.
El lunes estalló una bomba en un minibús cerca de la oficina del gobernador de Bagdad, no muy lejos de la fuertemente custodiada Zona Verde que alberga al gobierno iraquí y a varias embajadas occidentales. Murieron dos personas y quedando otras seis heridas.
En el norte de Iraq un grupo de pistoleros que se cree eran miembros de Ansar al Sunnah, un grupo asociado a al-Qaeda en Iraq, atacó una unidad aduanera de la policía en la zona fronteriza con Irán, en Garmek, matando a un agente de policía e hiriendo a otros tres, dijo el brigadier de policía Hasan Noori, director del departamento de seguridad de Sulaimaniyah.

25 de diciembre de 2007
24 de diciembre de 2007
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quinto juicio en caso de violación


[Ryam Lenz] Inusual retraso en juicio de soldado que violó y mató a niña en Iraq.
Evansville, Indiana. Fueron condenados uno tras otro -los cuatro soldados norteamericanos que violaron y mataron a una niña iraquí de catorce años en una de las peores atrocidades de la guerra.
A cambio de indulgencia, cada uno de ellos accedió a declarar contra un quinto acusado, un trastornado ex soldado raso del ejército que presuntamente mató a la familia y propuso violar a la niña.
Pero el caso contra Steven D. Green ha progresado apenas en los dieciocho meses que han pasado desde que emergieran las acusaciones. Es un ritmo, observan juristas militares, que contrasta fuertemente con los rápidos juicios de casi todos los demás crímenes reportados en Iraq y Afganistán.
Green, 22, está acusado de ser el personaje central en el asesinato de la familia en Mahmoudiya, una aldea a unos treinta y dos kilómetros al sur de Bagdad. Fue acusado en un tribunal federal debido a que fue licenciado del ejército por sufrir un trastorno de personalidad antisocial antes de ser acusado.
Su juicio fue fijado el martes para el 13 de abril de 2009, en Paducah, Kentucky.
Abogados de la defensa y fiscales federales en el caso se han disputado sobre el alcance de los tribunales federales en asuntos militares, el acceso que tienen los abogados civiles a evidencias militares clasificadas y, más recientemente, sobre cuál es el tiempo necesario para preparar el juicio.
Algunos juristas dicen que los retrasos y las rencillas sugieren dificultades en el procesamiento del último capítulo de lo que muchos consideran la peor atrocidad cometida por militares norteamericanos en Iraq.
"Tienes a tipos muy inteligentes ocupados con un tipo de casos que normalmente no tocan", dijo Charles Rose, profesor de derecho en la Universidad de Stetson y ex juez militar. "Los tribunales penales federales están designados para casos civiles. No se ocupan de violaciones a las leyes de la guerra".
A diferencia de sus co-acusados, Green, 22, de Midland, Texas, es el único soldado acusado en un tribunal civil por los homicidios de marzo de 2006, donde podría ser condenado a muerte si es encontrado culpable.
En noviembre de 2006, Green se declaró inocente de los cargos de violación y asesinato.
Desde entonces cuatro soldados de la División Aerotransportada 101, de Fort Campbell, Kentucky, han sido condenados por su participación en la agresión contra la niña en un puesto de control cerca de Mahmoudiya, una aldea a unos 32 kilómetros al sur de Bagdad, y por colaborar a su violación y asesinato. Las cortes marciales los sentenciaron a penas de cinco a ciento diez años de prisión en acuerdo con la fiscalía.
Dos de los soldados declararon que ellos se turnaron para violar a la niña mientras Green mataba a balazos a su madre, padre y hermana menor. Green le disparó a la niña en la cabeza después de violarla, dijeron. Después de eso, el cuerpo de la niña fue rociado con keroseno y quemado con la intención de destruir evidencias, de acuerdo a declaraciones previas.
Lo esencial en el juicio de Green es la ley utilizada para procesarlo en un tribunal de distrito federal. La Ley de Jurisdicción Militar Extraterritorial permite a los fiscales enjuiciar a personal militar en tribunales federales si ya no pertenecen al servicio y son acusados de un delito que puede ser penado con al menos un año de prisión.
La ley ha sido rara vez usada, y nunca en un caso tan publicitado.
Pero la ley ha destruido las posibilidades de Green de recibir una sentencia comparable a las de los otros acusados en caso de ser condenado, dijeron sus abogados. Todos los soldados fueron acusados de los mismos delitos, pero los condenados por las fuerzas armadas tienen la posibilidad de salir en libertad bajo palabra en diez años, independientemente de la sentencia dictada.
Aunque los juristas dicen que estas disparidades en las sentencias no son inusuales, los abogados de Green han argumentado que es un caso fundamental de justicia que se pierde por la insistencia del gobierno en procesar a Green fuera del alcance de los militares.
Green, que fue también miembro de la división 101, fue licenciado honrosamente de las fuerzas armadas tras presentar un trastorno de personalidad antisocial cuando fue arrestado por policías norteamericanos en junio de 2006 después de asistir a las exequias militares de un amigo.
Se esperan retrasos en el caso que contempla la pena de muerte en un tribunal federal, donde los procedimientos podrían durar hasta tres años, dicen juristas. A los fiscales federales les tomó, por ejemplo, dos años para condenar a Timothy McVeigh, y sentenciarlo a muerte por el atentado con bomba en Oklahoma City en abril de 1995.
Pero Gary Solis, profesor de derecho en la Academia Militar de West Point, Nueva York, sigue desconcertado de que los homicidios en Mahmoudiya se hayan prolongado tanto cuando tantos otros crímenes en Iraq ya se encuentran cerrados.
Las acusaciones de violación y homicidio a manos de soldados norteamericanos en julio de 2006 provocaron la indignación de la comunidad internacional, incluyendo al primer ministro iraquí Nouri al-Maliki, que exigió una completa rendición de cuentas.
Las fuerzas armadas norteamericanas prometieron hacer justicia.
Solis dijo que el proceso de Green en un tribunal de distrito federal refleja sin ninguna duda las presiones políticas para asegurar un severísimo castigo para el cabecilla del grupo que cometió esos crímenes.
"La sentencia de muerte es letra muerta en las fuerzas armadas", dijo Solis. "Si los juzgaran los militares, probablemente Green no sería condenado a muerte. Y si lo sentenciaran a la pena capital, es dudoso que la sentencia se ejecute".

25 de diciembre de 2007
19 de diciembre de 2007
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