dos años de guerra
[Anthony Shadid] Haciendo el balance.
Bagdad, Iraq. Un hombre robusto, con una exuberancia a la par de su circunsferencia, Mohammed Hayawi miró por sobre un hombro, luego sobre el otro. Miró los libreros de ocho estanterías y los polvorientos estantes desparramados en su librería.
Había libros de poetas comunistas y clérigos martirizados, traducciones de Shakespeare, una edición de 44 tomos de un reverenciado ayatollah y cuentos de Gertrude Bell, una arqueóloga y aventurera británica. Junto a la ventana había libros sobre el pasado más reciente de Iraq: What Happened in Baghdad' [Qué Pasó en Bagdad], The Secret Life of Saddam' [Vida Secreta de Saddam] y The American Empire and the Invasion of Iraq' [El Imperio Norteamericano y la Invasión de Bagdad].
Hayawi sacudió su cabeza. Encogió sus gordos hombros. Ninguno de ellos describe su país, ni su época.
"Ni uno solo", dijo Hayawi. Entrecerró los ojos con un aire de sospecha, templado por una sonrisa mercurial.
Hay una frase significativa que repitió Hayawi a menudo sobre los últimos dos años. Dijo que a veces los tiempos eran malos y buenos, caóticos y, más raramente, dominados: "Desafío a cualquiera que me diga qué ha pasado, qué está pasando ahora y qué pasará mañana".
En entrevistas cada tantos meses, que empezaron antes de la invasión norteamericana en marzo de 2003, Hayawi, ahora 41, ha observado el destino de su país avanzar con un temor que se transformó en rabia, y con un resentimiento que se fundió en resignación, unidos por una elasticidad que es quizás el rasgo definitorio de este país. La elasticidad puede significar muchas cosas: fatalismo, su capacidad de resistencia, la esperanza persistente y la habilidad de transformar lo inusual en normal.
La historia de Hayawi no es ni conmovedora ni trágica, sino simplemente más tranquila -las contradictorias reflexiones de una hombre, un conocido vendedor de libros en Bagdad en un viaje a través de tiempos convulsos en un país que, como sus conciudadanos, lucha ahora por entender.
Hayawi es un iraquí que resiente la ocupación norteamericana, pero votó en las elecciones respaldadas por Estados Unidos. Es un musulmán devoto, pero teme el avance de la religión en la política. Es un sunní que se niega a identificarse a sí mismo como tal, incluso si se ve obligado cada vez más a hacerlo. Y desde detrás de su escritorio, con tazas de un té excesivamente dulce, cigarrillos que nunca dejan de arder y una pipa de agua que le llevan todos los días después de almuerzo, observa transformarse la complejidad misma de su país -en libros, en conversaciones y en política, a veces del modo más humilde. Iraq cambia, incluso cuando el ritmo de su vida sigue siendo el mismo.
En las calles más destartaladas que nunca, hay algo de inspiración: carteles de votantes con sus dedos manchados de tinta, un testamento a su coraje al desafiar las amenazas de los insurgentes de interrumpir las elecciones. Y aquí está lo desalentador: escombros causados por las bombas de la invasión norteamericana que se mezclan con los nidos de barras de acero, bloques de cemento y vigas torcidas que dejan los más recientes atentados con bomba.
Frente a la librería de Hayawi se ven las perdurables cicatrices del saqueo que siguió a la caída de Saddam Hussein en 2003. Dentro, celebra un inventario en el que "lo prohibido está permitido". Señala celebradas libertades a las que los iraquíes probablemente no renunciarán nunca. Y en el mismo aliento, pregunta abatido a cualquier cliente que le quiera escuchar: "¿Pueden los iraquíes vivir solo de libertad?"
La Librería Renacimiento está en la calle de Mutanabi, un tramo de librerías y papelerías que es tan famosa como estrecha. Durante una generación o más, la calle, con el nombre de uno de los poetas árabes más grandes del mundo, hizo las veces de bodega intelectual de la capital. Durante las sanciones internacionales impuestas después de que Iraq invadiera Kuwait en 1990, con Hussein todavía en el poder, personificó las penurias de la capital.
Su tienda estaba llena de libros de texto de otra generación, y de tomos religiosos cubiertos de polvo que parecían estar ahí más por las apariencias que a la venta. (Expuesta afuera en la librería de Hayawi había una copia del Business Week del 29 de junio de 1987. En la portada se leía: "¿Quién Le Teme a la IBM?"). A menudo la calle no era más que un lúgubre mercado de pulgas de libros usados. Los vendedores vendían sus colecciones privadas en un intento desesperado de sobrevivir, mientras la débil economía de Iraq desciende todavía más en la miseria.
Octubre de 2002
Fue cinco meses antes de la invasión norteamericana. Hayawi sonrió, pero estaba cansado y sin afeitarse, el tinte de las gruesas bolsas debajo de sus ojos haciéndose más oscuro a medida que avanzaba el día.
"La invasión de Kuwait fue un error", dijo valientemente -era una idea blasfema para la dominante teología de Hussein.
Como árabe, dijo, se sentía avergonzado por la idea de que un país árabe atacara a otro país árabe. Como musulmán, se avergonzaba de una guerra que colocaba a unos creyentes contra otros. Y, en palabras extraordinariamente valerosas, declaró que estaba indignado con Hussein por haberlo hecho. Mirando retrospectivamente, no entendería nunca la justificación para la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, cuando tropas norteamericanas atacaron a Iraq en respuesta a la invasión.
¿Pero ahora?, preguntó.
Pasó revista a posibles justificaciones de la guerra, para desecharlas luego. ¿Debido a las armas de destrucción masiva? No tenemos. Si las hubiésemos tenido, declaró, las habríamos disparado contra Israel. ¿Debido a nuestro presidente? ¿Qué tiene que ver con nosotros?, preguntó.
Bagdad estaba entonces atrapada por un temor de la guerra tan profundo que parecía acelerar el tiempo... En esos días, a veces se oía decir que la capital estaba maldecida, que estaba pagando por todos los crímenes de Hussein. Era un corolario del fatalismo: No podemos evitar lo que merecemos.
¿Por qué una crisis detrás de otra?", preguntó Hayawi. Y sacudió la cabeza, impotente.
Verano de 2003
Después de la guerra la calle de Mutanabi contaba otra historia. Antes era una historia de aislamiento, sanciones y dictadura, un país sin futuro. Ahora, era una exposición de las medias verdades de la ocupación y la liberación.
En todas partes se veían escenas de saqueo: ventanas arqueadas destruidas y paredes de ladrillo amarillo quemadas. Antes de la guerra, el mercado abría hasta las 10 de la noche, a veces hasta las 11. Ahora la calle cierra a las 3 de la tarde, a menudo más temprano.
El otrora limitado catálogo de libros, ha explotado. Había títulos del ayatollah Mohammed Baqir Sádr, un brillante teólogo que murió, según la historia, cuando los verdugos de Hussein le clavaron unas agujas en su frente en 1980. La largamente reprimida iconografía de un renacimiento chií estaba en todas partes: ilustraciones de ayatollahs vivos compitiendo por el espacio con retratos brillantes de santos del siglo 7 marchando hacia sus muertes. Cerca había nuevos números de FHM y Maxim, sus portadas adornadas con mujeres apenas cubiertas.
Nunca fue fácil definir la liberación; la ocupación fue diferente a todas las otras.
"Si los norteamericanos tienen buenas intenciones, tienen que ganarse la confianza de la gente" dijo Hayawi entonces. "Hasta ahora, no hay nada. Queremos ver algo malmus, o tangible. Rafahiya, dijo Hayawi. Es una palabra que se oye a menudo en esos días. Quiere decir prosperidad, y era lo que Hayawi y la mayoría de los iraquíes pensaban que habían prometido los norteamericanos después de la caída de Hussein. Esas promesas, dijo con pesar, eran como el agua que se escurre por entre tus dedos cuando la tienes en las manos.
Se pasó la mano por sus mejillas gordas y sudorosas. "¿Es esta la cara de alguien de 39 años?"
En los meses posteriores a la invasión, los estadounidenses y los iraquíes rara vez medían el progreso material de la misma manera, sus percepciones abarcando la sima de la cultura, la lengua y la experiencia. Para Estados Unidos, el punto de referencia empezaba el día después de la caída de Hussein. Para los iraquíes, se remontaba una generación, a los años setenta, cuando las condiciones de vida de Iraq eran las de los países más pobres de Europa.
"Eso ha cambiado definitivamente", dijo Hayawi. "Ha cambiado para mejor. Pero nos gustaría que fuera mejor todavía".
Primavera de 2004
Un año después de la invasión, cuando la invasión norteamericana se llamaba todavía ocupación, Hayawi todavía no lo entendía. Él y sus cuatro hermanos con los que llevaba la librería -iniciada por su padre en 1954- estaban ganado el doble de lo que ganaban antes de la invasión norteamericana. Viajaban libremente al Líbano a comprar libros. Sus estanterías estallaban con nuevos títulos, algunos comprados por empleados del gobierno cuyos florecientes salarios habían creado toda una clase consumidora.
Pero vivir bajo la ocupación había herido el orgullo de Hayawi. Contó una historia que le gustaba repetir.
Se dirigía a Siria en su Chevrolet Caprice en un viaje de negocios cuando fue parado en un puesto de control norteamericano manejado por dos todoterrenos blindados. A través de un intérprete uno de los oficiales -con uniforme de camuflaje y empolvado por el viento del desierto- empezó a hacer las preguntas rutinarias.
"¿Qué estás haciendo aquí?', preguntó. Yo dije: ¿Qué estás haciendo tú aquí? Tú eres mi invitado. ¿Qué estás haciendo tú en Iraq? Yo debería preguntarse, no tú a mí'". El intérprete dijo al oficial norteamericano lo que había dicho Hayawi.
"Se rió, y me toqueteó la espalda", dijo Hayawi. "Eso pasó de verdad".
Invierno de 2005
Las primeras elecciones libres de Iraq en medio siglo, el 30 de enero, representaron un difícil dilema para Hayawi. Pensaba, equivocadamente, que "las calles se llenarían hasta nuestra frente de sangre". Él era sunní, parte de una comunidad que boicoteó en gran parte las elecciones, por temor o principio. No estuvo seguro sobre la votación sino hasta el día mismo, cuando Bagdad estalló en una alegría que no se veía desde la caída de Hussein.
La elección "fue como si alguien me invitara a almorzar. No puedo decir no", dijo, algo mansamente. "Si dices no, es falta de respeto".
Hayawi estaba sentado a su atestado escritorio días después del voto, encima de un piso de azulejos crema limpios, pero manchados por el tiempo.
"Yo sabía que el papel que puse en la urna de votación era para Estados Unidos. Sé que estaba siendo hipócrita. Pero no había alternativa", dijo, moviendo el cigarrillo entre sus dedos. "El futuro de Iraq es una línea que pasa por la ocupación. Si me preguntara por qué estaba votando, es porque quería encontrar algo que me sacara del lodo".
Miró por la ventana, adornada con la bandera iraquí. "Quizás esta es la soga que nos salvará".
Dos años después, sus quejas eran las mismas: colas para la gasolina en un país con las segunda reservas de petróleo más grandes del mundo; menos electricidad que hace un año; sus sospechas de que los extranjeros estaban llevándose beneficios por el petróleo, cuya producción se había estacionado en niveles de preguerra.
Pero nada era concluyente, ni en el pasado ni para el futuro.
Hoy
Cada día en camino a su trabajo, Hayawi pasa frente a una muralla, justo antes del puente de Sarafiya.
Un lema que celebraba al derrocado presidente iraquí se ha descolorido, dejando ver sólo su nombre. Un folleto de los seguidores del joven clérigo militante, Moqtada Sádr, proclama: "Sed un enemigo del opresor". Otra leyenda parcialmente borrada declara: "Muerte a los lacayos". Todavía cuelgan carteles de las elecciones prometiendo "revivir lo que fue destruido por el régimen criminal de los baazistas". Cerca de ahí hay un montón de latas, bolsas de plástico, mojadas cáscaras de naranja, debajo de un llamado a mantener limpia la ciudad.
Sus opiniones sobre lo que les esperaba era como la muralla misma. Chocaban y coincidían, se contradecían y estaban de acuerdo.
Aprobaba los ataques contra los soldados norteamericanos -como la mayoría de los sunníes, consideraba esa parte de la insurgencia como resistencia legítima. Pero retrocedía ante los atentados con coches-bomba y ataques suicidas contra policías y civiles iraquíes, cuyas muertes eran mucho más numerosas.
"¿Un coche-bomba frente a una escuela, frente a los niños?", preguntó. "¿Se le puede llamar resistencia?"
Se preocupaba por las crecientes tensiones sectarias y étnicas en el país, quizás el legado más duradero del proceso político en Iraq, impulsado por los norteamericanos. Era sunní, pero no se identificaba como tal. Para Hayawi, el foco sectario era precursor de una lucha como la guerra civil que consumió al Líbano de 1975 a 1990. "Iraq resiste al sectarismo, pero no puede impedirlo", dijo.
En su librería, títulos alguna vez prohibidos se vendían bien. La mayoría eran importaciones de Irán, por clérigos chiíes. También eran populares títulos de sunníes radicales: Mohammed ibn Abd Wahhab, el padrino del siglo 18 de la estricta rama del islam de Arabia Saudí; el austero pensador medieval Ibn Taimiya; y Sayyid Qutb, el autor egipcio del seminal tratado militante, Signposts on the Road' [Letreros en el Camino], que fue ejecutado en 1966.
Incluso más solicitados eran los libros en otros idiomas -inglés, francés, turco y farsi- que Hayawi llamaba pasaportes al resto del mundo. Los más vendidos: libros sobre astrología de escritores libaneses hechos famosos por la televisión.
"La gente quiere saber cuál es su destino", dijo, sonriendo.
Ritmos de la Vida
Todas las mañanas, Hajji Sadiq, el cambista, se deja caer por la Librería Renacimiento.
"¿A cómo está el cambio?", brama Hayawi.
"No te lo diré a menos que compres", le dice Hajji Sadiq, arrastrando sus palabras a través de los huecos en su dentadura.
Recomienzan los negocios del día, con innumerables bandejas de té -cada taza unos 10 centavos- que son llevadas a la puerta.
"¡Habibi!", grita Hayawi a los clientes, saludándoles con el término árabe de cariño. Una vieja vagabunda cubierta de negro se aparece a la entrada, como todos los días. "Dios tenga piedad de sus padres", murmulla. "¿Puede ayudarme?"
El tema es la lluvia que ha inundado Bagdad en marzo, y Hayawi cuenta una historia sobre Hajjaj, un gobernante medieval de Bagdad conocido por su crueldad. En la leyenda, le pregunta a un súbdito: "¿Quién me trajo? ¿Me trajo Dios, me traje yo mismo o me trajiste tú?" La primero respondió que Hajjaj vino por sí mismo. Error, dijo Hajjaj, y lo hizo decapitar. El segundo respondió Dios, y también fue decapitado. El tercero dijo que respondería sólo si se le garantizaba la vida. Hajjaj accedió.
"Nuestros males causaron que tú nos gobernaras", dijo el súbdito.
Otros en la librería asintieron. "Quizás Dios está enfadado con nosotros", dijo Hayawi.
Dos vendedores kurdos entraron, llevando un regalo de miel de Sulaymaniyah del norte. Saludaron a Hayawi en kurdo, luego la conversación continuó en árabe.
"Si nos haces una buena oferta, es trato hecho", dijo Hayawi. "Si no, todos dependeremos de Dios".
Se cortó entonces la luz, una ocurrencia tan rutinaria que nadie pareció darse cuenta. Hayawi examina un billete de 25.000 dinares, sospechoso de que sea falso. Sus hermanos piden más té.
Hajji Sadiq vuelve una hora más tarde, mencionando cambios apenas perceptibles en la tasa de cambio. Hayawi susurra bromeando que el cambista lleva consigo 10.000 dólares. "Ten cuidado en la calle", le grita Hayawi antes de volverse hacia su hermano. "Llegará el día en que robe a Hajji Sadiq", bromea.
Hacia la 1 de la tarde, la electricidad vuelve, y 10 minutos más tarde llega unapipa de agua. El aroma dulce y amanzanado llena el local.
"La vida sigue", dice Hayawi. "Estamos en medio de una guerra y todavía fumamos la pipa de agua".
20 de marzo de 2005
3 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
Había libros de poetas comunistas y clérigos martirizados, traducciones de Shakespeare, una edición de 44 tomos de un reverenciado ayatollah y cuentos de Gertrude Bell, una arqueóloga y aventurera británica. Junto a la ventana había libros sobre el pasado más reciente de Iraq: What Happened in Baghdad' [Qué Pasó en Bagdad], The Secret Life of Saddam' [Vida Secreta de Saddam] y The American Empire and the Invasion of Iraq' [El Imperio Norteamericano y la Invasión de Bagdad].
Hayawi sacudió su cabeza. Encogió sus gordos hombros. Ninguno de ellos describe su país, ni su época.
"Ni uno solo", dijo Hayawi. Entrecerró los ojos con un aire de sospecha, templado por una sonrisa mercurial.
Hay una frase significativa que repitió Hayawi a menudo sobre los últimos dos años. Dijo que a veces los tiempos eran malos y buenos, caóticos y, más raramente, dominados: "Desafío a cualquiera que me diga qué ha pasado, qué está pasando ahora y qué pasará mañana".
En entrevistas cada tantos meses, que empezaron antes de la invasión norteamericana en marzo de 2003, Hayawi, ahora 41, ha observado el destino de su país avanzar con un temor que se transformó en rabia, y con un resentimiento que se fundió en resignación, unidos por una elasticidad que es quizás el rasgo definitorio de este país. La elasticidad puede significar muchas cosas: fatalismo, su capacidad de resistencia, la esperanza persistente y la habilidad de transformar lo inusual en normal.
La historia de Hayawi no es ni conmovedora ni trágica, sino simplemente más tranquila -las contradictorias reflexiones de una hombre, un conocido vendedor de libros en Bagdad en un viaje a través de tiempos convulsos en un país que, como sus conciudadanos, lucha ahora por entender.
Hayawi es un iraquí que resiente la ocupación norteamericana, pero votó en las elecciones respaldadas por Estados Unidos. Es un musulmán devoto, pero teme el avance de la religión en la política. Es un sunní que se niega a identificarse a sí mismo como tal, incluso si se ve obligado cada vez más a hacerlo. Y desde detrás de su escritorio, con tazas de un té excesivamente dulce, cigarrillos que nunca dejan de arder y una pipa de agua que le llevan todos los días después de almuerzo, observa transformarse la complejidad misma de su país -en libros, en conversaciones y en política, a veces del modo más humilde. Iraq cambia, incluso cuando el ritmo de su vida sigue siendo el mismo.
En las calles más destartaladas que nunca, hay algo de inspiración: carteles de votantes con sus dedos manchados de tinta, un testamento a su coraje al desafiar las amenazas de los insurgentes de interrumpir las elecciones. Y aquí está lo desalentador: escombros causados por las bombas de la invasión norteamericana que se mezclan con los nidos de barras de acero, bloques de cemento y vigas torcidas que dejan los más recientes atentados con bomba.
Frente a la librería de Hayawi se ven las perdurables cicatrices del saqueo que siguió a la caída de Saddam Hussein en 2003. Dentro, celebra un inventario en el que "lo prohibido está permitido". Señala celebradas libertades a las que los iraquíes probablemente no renunciarán nunca. Y en el mismo aliento, pregunta abatido a cualquier cliente que le quiera escuchar: "¿Pueden los iraquíes vivir solo de libertad?"
La Librería Renacimiento está en la calle de Mutanabi, un tramo de librerías y papelerías que es tan famosa como estrecha. Durante una generación o más, la calle, con el nombre de uno de los poetas árabes más grandes del mundo, hizo las veces de bodega intelectual de la capital. Durante las sanciones internacionales impuestas después de que Iraq invadiera Kuwait en 1990, con Hussein todavía en el poder, personificó las penurias de la capital.
Su tienda estaba llena de libros de texto de otra generación, y de tomos religiosos cubiertos de polvo que parecían estar ahí más por las apariencias que a la venta. (Expuesta afuera en la librería de Hayawi había una copia del Business Week del 29 de junio de 1987. En la portada se leía: "¿Quién Le Teme a la IBM?"). A menudo la calle no era más que un lúgubre mercado de pulgas de libros usados. Los vendedores vendían sus colecciones privadas en un intento desesperado de sobrevivir, mientras la débil economía de Iraq desciende todavía más en la miseria.
Octubre de 2002
Fue cinco meses antes de la invasión norteamericana. Hayawi sonrió, pero estaba cansado y sin afeitarse, el tinte de las gruesas bolsas debajo de sus ojos haciéndose más oscuro a medida que avanzaba el día.
"La invasión de Kuwait fue un error", dijo valientemente -era una idea blasfema para la dominante teología de Hussein.
Como árabe, dijo, se sentía avergonzado por la idea de que un país árabe atacara a otro país árabe. Como musulmán, se avergonzaba de una guerra que colocaba a unos creyentes contra otros. Y, en palabras extraordinariamente valerosas, declaró que estaba indignado con Hussein por haberlo hecho. Mirando retrospectivamente, no entendería nunca la justificación para la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, cuando tropas norteamericanas atacaron a Iraq en respuesta a la invasión.
¿Pero ahora?, preguntó.
Pasó revista a posibles justificaciones de la guerra, para desecharlas luego. ¿Debido a las armas de destrucción masiva? No tenemos. Si las hubiésemos tenido, declaró, las habríamos disparado contra Israel. ¿Debido a nuestro presidente? ¿Qué tiene que ver con nosotros?, preguntó.
Bagdad estaba entonces atrapada por un temor de la guerra tan profundo que parecía acelerar el tiempo... En esos días, a veces se oía decir que la capital estaba maldecida, que estaba pagando por todos los crímenes de Hussein. Era un corolario del fatalismo: No podemos evitar lo que merecemos.
¿Por qué una crisis detrás de otra?", preguntó Hayawi. Y sacudió la cabeza, impotente.
Verano de 2003
Después de la guerra la calle de Mutanabi contaba otra historia. Antes era una historia de aislamiento, sanciones y dictadura, un país sin futuro. Ahora, era una exposición de las medias verdades de la ocupación y la liberación.
En todas partes se veían escenas de saqueo: ventanas arqueadas destruidas y paredes de ladrillo amarillo quemadas. Antes de la guerra, el mercado abría hasta las 10 de la noche, a veces hasta las 11. Ahora la calle cierra a las 3 de la tarde, a menudo más temprano.
El otrora limitado catálogo de libros, ha explotado. Había títulos del ayatollah Mohammed Baqir Sádr, un brillante teólogo que murió, según la historia, cuando los verdugos de Hussein le clavaron unas agujas en su frente en 1980. La largamente reprimida iconografía de un renacimiento chií estaba en todas partes: ilustraciones de ayatollahs vivos compitiendo por el espacio con retratos brillantes de santos del siglo 7 marchando hacia sus muertes. Cerca había nuevos números de FHM y Maxim, sus portadas adornadas con mujeres apenas cubiertas.
Nunca fue fácil definir la liberación; la ocupación fue diferente a todas las otras.
"Si los norteamericanos tienen buenas intenciones, tienen que ganarse la confianza de la gente" dijo Hayawi entonces. "Hasta ahora, no hay nada. Queremos ver algo malmus, o tangible. Rafahiya, dijo Hayawi. Es una palabra que se oye a menudo en esos días. Quiere decir prosperidad, y era lo que Hayawi y la mayoría de los iraquíes pensaban que habían prometido los norteamericanos después de la caída de Hussein. Esas promesas, dijo con pesar, eran como el agua que se escurre por entre tus dedos cuando la tienes en las manos.
Se pasó la mano por sus mejillas gordas y sudorosas. "¿Es esta la cara de alguien de 39 años?"
En los meses posteriores a la invasión, los estadounidenses y los iraquíes rara vez medían el progreso material de la misma manera, sus percepciones abarcando la sima de la cultura, la lengua y la experiencia. Para Estados Unidos, el punto de referencia empezaba el día después de la caída de Hussein. Para los iraquíes, se remontaba una generación, a los años setenta, cuando las condiciones de vida de Iraq eran las de los países más pobres de Europa.
"Eso ha cambiado definitivamente", dijo Hayawi. "Ha cambiado para mejor. Pero nos gustaría que fuera mejor todavía".
Primavera de 2004
Un año después de la invasión, cuando la invasión norteamericana se llamaba todavía ocupación, Hayawi todavía no lo entendía. Él y sus cuatro hermanos con los que llevaba la librería -iniciada por su padre en 1954- estaban ganado el doble de lo que ganaban antes de la invasión norteamericana. Viajaban libremente al Líbano a comprar libros. Sus estanterías estallaban con nuevos títulos, algunos comprados por empleados del gobierno cuyos florecientes salarios habían creado toda una clase consumidora.
Pero vivir bajo la ocupación había herido el orgullo de Hayawi. Contó una historia que le gustaba repetir.
Se dirigía a Siria en su Chevrolet Caprice en un viaje de negocios cuando fue parado en un puesto de control norteamericano manejado por dos todoterrenos blindados. A través de un intérprete uno de los oficiales -con uniforme de camuflaje y empolvado por el viento del desierto- empezó a hacer las preguntas rutinarias.
"¿Qué estás haciendo aquí?', preguntó. Yo dije: ¿Qué estás haciendo tú aquí? Tú eres mi invitado. ¿Qué estás haciendo tú en Iraq? Yo debería preguntarse, no tú a mí'". El intérprete dijo al oficial norteamericano lo que había dicho Hayawi.
"Se rió, y me toqueteó la espalda", dijo Hayawi. "Eso pasó de verdad".
Invierno de 2005
Las primeras elecciones libres de Iraq en medio siglo, el 30 de enero, representaron un difícil dilema para Hayawi. Pensaba, equivocadamente, que "las calles se llenarían hasta nuestra frente de sangre". Él era sunní, parte de una comunidad que boicoteó en gran parte las elecciones, por temor o principio. No estuvo seguro sobre la votación sino hasta el día mismo, cuando Bagdad estalló en una alegría que no se veía desde la caída de Hussein.
La elección "fue como si alguien me invitara a almorzar. No puedo decir no", dijo, algo mansamente. "Si dices no, es falta de respeto".
Hayawi estaba sentado a su atestado escritorio días después del voto, encima de un piso de azulejos crema limpios, pero manchados por el tiempo.
"Yo sabía que el papel que puse en la urna de votación era para Estados Unidos. Sé que estaba siendo hipócrita. Pero no había alternativa", dijo, moviendo el cigarrillo entre sus dedos. "El futuro de Iraq es una línea que pasa por la ocupación. Si me preguntara por qué estaba votando, es porque quería encontrar algo que me sacara del lodo".
Miró por la ventana, adornada con la bandera iraquí. "Quizás esta es la soga que nos salvará".
Dos años después, sus quejas eran las mismas: colas para la gasolina en un país con las segunda reservas de petróleo más grandes del mundo; menos electricidad que hace un año; sus sospechas de que los extranjeros estaban llevándose beneficios por el petróleo, cuya producción se había estacionado en niveles de preguerra.
Pero nada era concluyente, ni en el pasado ni para el futuro.
Hoy
Cada día en camino a su trabajo, Hayawi pasa frente a una muralla, justo antes del puente de Sarafiya.
Un lema que celebraba al derrocado presidente iraquí se ha descolorido, dejando ver sólo su nombre. Un folleto de los seguidores del joven clérigo militante, Moqtada Sádr, proclama: "Sed un enemigo del opresor". Otra leyenda parcialmente borrada declara: "Muerte a los lacayos". Todavía cuelgan carteles de las elecciones prometiendo "revivir lo que fue destruido por el régimen criminal de los baazistas". Cerca de ahí hay un montón de latas, bolsas de plástico, mojadas cáscaras de naranja, debajo de un llamado a mantener limpia la ciudad.
Sus opiniones sobre lo que les esperaba era como la muralla misma. Chocaban y coincidían, se contradecían y estaban de acuerdo.
Aprobaba los ataques contra los soldados norteamericanos -como la mayoría de los sunníes, consideraba esa parte de la insurgencia como resistencia legítima. Pero retrocedía ante los atentados con coches-bomba y ataques suicidas contra policías y civiles iraquíes, cuyas muertes eran mucho más numerosas.
"¿Un coche-bomba frente a una escuela, frente a los niños?", preguntó. "¿Se le puede llamar resistencia?"
Se preocupaba por las crecientes tensiones sectarias y étnicas en el país, quizás el legado más duradero del proceso político en Iraq, impulsado por los norteamericanos. Era sunní, pero no se identificaba como tal. Para Hayawi, el foco sectario era precursor de una lucha como la guerra civil que consumió al Líbano de 1975 a 1990. "Iraq resiste al sectarismo, pero no puede impedirlo", dijo.
En su librería, títulos alguna vez prohibidos se vendían bien. La mayoría eran importaciones de Irán, por clérigos chiíes. También eran populares títulos de sunníes radicales: Mohammed ibn Abd Wahhab, el padrino del siglo 18 de la estricta rama del islam de Arabia Saudí; el austero pensador medieval Ibn Taimiya; y Sayyid Qutb, el autor egipcio del seminal tratado militante, Signposts on the Road' [Letreros en el Camino], que fue ejecutado en 1966.
Incluso más solicitados eran los libros en otros idiomas -inglés, francés, turco y farsi- que Hayawi llamaba pasaportes al resto del mundo. Los más vendidos: libros sobre astrología de escritores libaneses hechos famosos por la televisión.
"La gente quiere saber cuál es su destino", dijo, sonriendo.
Ritmos de la Vida
Todas las mañanas, Hajji Sadiq, el cambista, se deja caer por la Librería Renacimiento.
"¿A cómo está el cambio?", brama Hayawi.
"No te lo diré a menos que compres", le dice Hajji Sadiq, arrastrando sus palabras a través de los huecos en su dentadura.
Recomienzan los negocios del día, con innumerables bandejas de té -cada taza unos 10 centavos- que son llevadas a la puerta.
"¡Habibi!", grita Hayawi a los clientes, saludándoles con el término árabe de cariño. Una vieja vagabunda cubierta de negro se aparece a la entrada, como todos los días. "Dios tenga piedad de sus padres", murmulla. "¿Puede ayudarme?"
El tema es la lluvia que ha inundado Bagdad en marzo, y Hayawi cuenta una historia sobre Hajjaj, un gobernante medieval de Bagdad conocido por su crueldad. En la leyenda, le pregunta a un súbdito: "¿Quién me trajo? ¿Me trajo Dios, me traje yo mismo o me trajiste tú?" La primero respondió que Hajjaj vino por sí mismo. Error, dijo Hajjaj, y lo hizo decapitar. El segundo respondió Dios, y también fue decapitado. El tercero dijo que respondería sólo si se le garantizaba la vida. Hajjaj accedió.
"Nuestros males causaron que tú nos gobernaras", dijo el súbdito.
Otros en la librería asintieron. "Quizás Dios está enfadado con nosotros", dijo Hayawi.
Dos vendedores kurdos entraron, llevando un regalo de miel de Sulaymaniyah del norte. Saludaron a Hayawi en kurdo, luego la conversación continuó en árabe.
"Si nos haces una buena oferta, es trato hecho", dijo Hayawi. "Si no, todos dependeremos de Dios".
Se cortó entonces la luz, una ocurrencia tan rutinaria que nadie pareció darse cuenta. Hayawi examina un billete de 25.000 dinares, sospechoso de que sea falso. Sus hermanos piden más té.
Hajji Sadiq vuelve una hora más tarde, mencionando cambios apenas perceptibles en la tasa de cambio. Hayawi susurra bromeando que el cambista lleva consigo 10.000 dólares. "Ten cuidado en la calle", le grita Hayawi antes de volverse hacia su hermano. "Llegará el día en que robe a Hajji Sadiq", bromea.
Hacia la 1 de la tarde, la electricidad vuelve, y 10 minutos más tarde llega unapipa de agua. El aroma dulce y amanzanado llena el local.
"La vida sigue", dice Hayawi. "Estamos en medio de una guerra y todavía fumamos la pipa de agua".
20 de marzo de 2005
3 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
nuestro hombre en bagdad
[Greg Miller y Bob Drogin] Informe dice que un solo desertor iraquí corrompió los cálculos de preguerra.
Washington, Estados Unidos. Las acusaciones de preguerra de Estados Unidos de que Iraq estaba produciendo armas biológicas se basaron casi enteramente en informes de un desertor que fue descrito como "loco" por sus contactos en inteligencia y como un "mentiroso congénito" por sus amigos.
El desertor, de nombre en clave Curveball' [Bola con efecto], habló con alarmante especificidad sobre los supuestos programas de armas biológicas y una flota de laboratorios móviles. Pero investigaciones de posguerra mostraron que a veces ni siquiera había estado en el país cuando dijo que había participado en operaciones con armas ilegales.
A pesar de persistentes dudas sobre su credibilidad, las aseveraciones de Curveball fueron incluidas entre los motivos del gobierno de Bush para declarar la guerra sin salvedades. Y cuando los analistas de la CIA propusieron después de la guerra que la agencia tenía que reconocer que había sido engañada, fueron obligados a dejar sus trabajos.
Las revelaciones sobre Curveball y el importante papel que desempeñó en corromper las evaluaciones de inteligencia sobre Iraq, fueron incluidas en un devastador informe dado a conocer el jueves por un comisión nombrada por el presidente Bush para evaluar la inteligencia estadounidense sobre las armas de destrucción masiva.
El documento de 601 páginas es un extenso análisis de los errores de la inteligencia norteamericana que identifica errores en docenas de casos sobre varios países y organizaciones terroristas.
Pero de muchos modos la historia de Curveball es el tema principal del informe, una historia ejemplar contada con doloroso detalle para destacar los errores que plagaron a las agencias de espionaje de Estados Unidos en casi todos los pasos del proceso de inteligencia, desde la recolección hasta el análisis y la presentación ante funcionarios políticos.
La dependencia de la inteligencia de las agencias norteamericanas de Curveball y la negligencia a la hora de controlar sus afirmaciones, son descritas en el informe como la "razón fundamental" de que la CIA y otras agencias de espionaje "en lo esencial juzgaron mal la importancia de los programas [de armas biológicas] de Iraq". Ningún otro episodio es explorado con tanto detalle, o contado con tanta evidente consternación.
"Lo peor de no contar con recursos humanos", dijo la comisión, "es ser seducido por una fuente humana que cuenta mentiras".
Curveball incluso influyó en evaluaciones de áreas sobre las que no contaba con información desde dentro, dijo la comisión. Un analista contó a la comisión que las descripciones de Curveball de actividades con armas biológicas en Iraq "empujaron" a los expertos en armas químicas a ser más agresivos en sus juicios.
La identidad de Curveball no sido nunca revelada públicamente. Su nombre en clave y el papel que jugó en guiar a las agencias de espionaje norteamericanas en su evaluación de que Iraq poseía armas biológicas, fue descrito por primera vez en un artículo de Los Angeles Times en marzo de 2004. El informe de la comisión describe a Curveball como un ingeniero químico iraquí que había desertado cuando agencias de espionaje de Estados Unidos y otras estaban buscando desesperadamente fuentes nuevas sobre los programas de armamento de Iraq, después de que los inspectores de la ONU dejaran el país en 1998. La CIA nunca tuvo acceso a Curveball. En lugar de eso, lo controlaba el servicio de inteligencia alemán, que pasaba la información que recogía a Estados Unidos a través de la Agencia de Inteligencia de Defensa DIA, una agencia de espionaje del Pentágono que manejaba la información de desertores iraquíes.
Entre enero de 2000 y septiembre de 2001, dijo el informe, la CIA difundió "casi 100 informes" de Curveball, que era visto como una nueva fuente valiosa. Entre sus aseveraciones más alarmantes estaba que Iraq había reunido una flota de laboratorios móviles para fabricar armas biológicas y eludir ser detectados.
Los informes desencadenaron un lluvia de evaluaciones de inteligencia norteamericana sobre Iraq cada vez más alarmantes, incluso aunque la DIA "ni siquiera intentó comprobar la veracidad de Curveball", de acuerdo al informe. Las afirmaciones de Curveball ganaron más crédito después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando el gobierno de Bush adoptó una política para prevenir las amenazas internacionales y volcó su atención a Iraq.
Las afirmaciones de Curveball fueron cruciales para la guerra. Un Informe Nacional de Inteligencia de octubre de 2002 que concluía que Iraq "poseía" armas biológicas "se basaba casi enteramente en informaciones obtenidas" de Curveball, de acuerdo al informe.
Cuatro meses más tarde, el entonces ministro de Asuntos Exteriores Colin L. Powell hizo una presentación ante Naciones Unidas y mostró ilustraciones de supuestos laboratorios bioquímicos de Iraq y describió un accidente en el que habían muerto 12 iraquíes que manipulaban uno de esos vehículos. Curveball era la principal fuente para ambas aseveraciones. Las preocupaciones sobre la credibilidad de Curveball no fueron nunca transmitidas a Powell u otros funcionarios del gobierno, concluyó la comisión.
Pero hubo problemas con las informaciones de Curveball en un período temprano. Algunos oficiales de la CIA observaron que la memoria de Curveball mostró importantes "progresos" sobre un caso de inmigración europeo pesquisado, que se deterioró cuando fue concedido.
En mayo de 2000, un funcionario del ministerio de Defensa asignado a la CIA pudo encontrarse con Curveball, aparentemente para examinar a la fuente físicamente para ver si tenía huellas de haber sobrevivido un accidente con armas biológicas o había sido vacunado para protegerlo de esos agentes.
La evaluación "no fue concluyente", según la comisión. Pero el funcionario expresó preocupación de que Curveball estuviera con "resaca" en la reunión y "podría ser un alcohólico". Además, el funcionario se sorprendió de que Curveball hablara excelente inglés, porque los alemanes le habían dicho que no lo hablaba.
A comienzos de 2001, la CIA estaba recibiendo mensajes de la inteligencia alemana de que Curveball estaba "fuera de control" y no podía ser localizado. Algunas informaciones de Curveball era desmentida por otras. Su descripción de un depósito de laboratorios de armas no se ajustaba a las imágenes de vigilancia, que mostraba una pared por donde Curveball decía que entraban y salían los vehículos.
Cuando se aproximaba la guerra, emergieron nuevos problemas. Antes de la presentación de Powell, la CIA presionó para poder hablar directamente con Curveball. El director de una de las divisiones de la agencia organizó un almuerzo con un funcionario de la inteligencia alemana.
El funcionario alemán desalentó la idea, diciendo: "No te gustará conocerlo, porque está loco", de acuerdo al informe de la comisión. El alemán sugirió además que Curveball había sufrido una crisis de nervios, que hablar con él sería "una pérdida de tiempo" y que podría ser un "embustero".
Funcionarios de la agencia discuten sobre lo que ocurrió después, según la comisión. Varios agentes del servicio secreto de la CIA describieron reuniones y conversaciones en las que advertieron a funcionarios de la agencia sobre los problemas de credibilidad de Curveball.
Una agente dijo que el entonces subdirector de Operaciones, James L. Pavitt, le había dicho que los juicios sobre Curveball "deberían ser hechos por analistas". Otro recordó haber advertido a John McLaughlin, entonces subdirector de la CIA, que Curveball podía ser un embustero, y que McLaughlin dijo: "¡Dios mío, espero que no sea verdad!"
Finalmente, hacia la medianoche en vísperas de la presentación de Powell ante Naciones Unidas, un agente de la agencia describió una conversación por teléfono con el entonces director de la CIA, George J. Tenet, en la que el agente le previene no creer en Curveball. "Tenet replicó: Ya, ya, ya', y que estaba exhausto'", dice el informe de la comisión.
Pavitt dijo a la comisión que estaba consciente de los "problemas de manejo" con Curveball pero no sabía que Curveball era la fuente dominante de las evaluaciones sobre las armas biológicas. McLaughlin y Tenet dijeron a la comisión que ellos no recordaban esas advertencias sobre Curveball.
Tenet, McLaughlin y Pavitt dejaron la CIA el año pasado.
El informe de la comisión reveló detalles sobre problemas con otros prominentes alegatos de preguerra. La CIA dijo que Iraq estaba importando tubos de aluminio para ser usados como centrífugas en un programa de armas nucleares, aunque desde entonces las autoridades concluyeron que eran para proyectiles convencionales.
La acusación de que Iraq estaba tratando de comprar uranio en Nigeria se basaba en "documentos claramente falsificados" que pretendían mostrar un contrato entre los países, concluyó la comisión. Había "errores en el membrete, firmas falsas, palabras mal escritas, títulos incorrectos de individuos y entidades oficiales", dice el informe.El documento del contrato también mencionaba una supuesta reunión "que tomó lugar el miércoles 7 de julio de 2000', aunque el 7 era viernes", dice el informe.
Todas estas aserciones probaron ser falsas, pero ninguna causó más incomodidad que la acusación construida sobre la base de los informes de Curveball.
Después de la invasión, funcionarios de inteligencia ubicaron a unos iraquíes que Curveball había dicho que eran sus colegas en el programa de armas biológicas. Todos negaron que hubiera un programa de armas biológicas móviles, y ninguno "sabía quién era Curveball", concluyó la comisión.
Curvenall dijo que el programa empezó en 1995, pero familiares y colegas dijeron que había sido despedido ese año, y que estuvo fuera del país la mayor parte de los cuatro años siguientes.
Aunque Curveball hubiera dicho que el fatal accidente que presenció había tomado lugar en 1998, él "ni siquiera estaba en Iraq en esa época, de acuerdo a informaciones proporcionadas por familiares y más tarde confirmadas por documentos de viaje", concluyó la comisión.
Cuando los agentes de la CIA finalmente tuvieron acceso directo a Curveball en mayo de 2004, no estaba "dispuesto o no podía" explicar las discrepancias de su informe, y todas las preguntas sobre su falta de credibilidad "se renovaron", dice la comisión.
La comisión rechazó una persistente sospecha sobre Curveball: que su engaño fuera el resultado de instrucciones del Congreso Nacional Iraquí CNI, una organización dirigida por Ahmad Chalabi, que había pasado años tratando de derrocar a Saddam Hussein. La comisión concluyó que al menos dos desertores del congreso nacional eran embusteros, pero dijo que no fue "capaz de encontrar ninguna prueba de que el CNI o cualquier otra organización estuviesen dirigiendo a Curveball".
Tiempo después de la invasión, la CIA se resistió a reconocer que Curveball era un engaño y que sus afirmaciones de preguerra sobre los programas de armamentos de Iraq estaban equivocadas, dijo la comisión. A un analista que había argumentado a fines de 2003 que Curveball había mentido, le dijo su director que leyera "la ley de disturbios", lo acusó de "hacer problemas" y finalmente lo echó de la oficina.
A otro analista que instó a que la agencia emitiera una re-evaluación del programa de armas químicas de Iraq "le dijeron que se marchara".
En mayo de 2004, la agencia anuló todos los informes de inteligencia basados en Curveball.
3 de abril de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
El desertor, de nombre en clave Curveball' [Bola con efecto], habló con alarmante especificidad sobre los supuestos programas de armas biológicas y una flota de laboratorios móviles. Pero investigaciones de posguerra mostraron que a veces ni siquiera había estado en el país cuando dijo que había participado en operaciones con armas ilegales.
A pesar de persistentes dudas sobre su credibilidad, las aseveraciones de Curveball fueron incluidas entre los motivos del gobierno de Bush para declarar la guerra sin salvedades. Y cuando los analistas de la CIA propusieron después de la guerra que la agencia tenía que reconocer que había sido engañada, fueron obligados a dejar sus trabajos.
Las revelaciones sobre Curveball y el importante papel que desempeñó en corromper las evaluaciones de inteligencia sobre Iraq, fueron incluidas en un devastador informe dado a conocer el jueves por un comisión nombrada por el presidente Bush para evaluar la inteligencia estadounidense sobre las armas de destrucción masiva.
El documento de 601 páginas es un extenso análisis de los errores de la inteligencia norteamericana que identifica errores en docenas de casos sobre varios países y organizaciones terroristas.
Pero de muchos modos la historia de Curveball es el tema principal del informe, una historia ejemplar contada con doloroso detalle para destacar los errores que plagaron a las agencias de espionaje de Estados Unidos en casi todos los pasos del proceso de inteligencia, desde la recolección hasta el análisis y la presentación ante funcionarios políticos.
La dependencia de la inteligencia de las agencias norteamericanas de Curveball y la negligencia a la hora de controlar sus afirmaciones, son descritas en el informe como la "razón fundamental" de que la CIA y otras agencias de espionaje "en lo esencial juzgaron mal la importancia de los programas [de armas biológicas] de Iraq". Ningún otro episodio es explorado con tanto detalle, o contado con tanta evidente consternación.
"Lo peor de no contar con recursos humanos", dijo la comisión, "es ser seducido por una fuente humana que cuenta mentiras".
Curveball incluso influyó en evaluaciones de áreas sobre las que no contaba con información desde dentro, dijo la comisión. Un analista contó a la comisión que las descripciones de Curveball de actividades con armas biológicas en Iraq "empujaron" a los expertos en armas químicas a ser más agresivos en sus juicios.
La identidad de Curveball no sido nunca revelada públicamente. Su nombre en clave y el papel que jugó en guiar a las agencias de espionaje norteamericanas en su evaluación de que Iraq poseía armas biológicas, fue descrito por primera vez en un artículo de Los Angeles Times en marzo de 2004. El informe de la comisión describe a Curveball como un ingeniero químico iraquí que había desertado cuando agencias de espionaje de Estados Unidos y otras estaban buscando desesperadamente fuentes nuevas sobre los programas de armamento de Iraq, después de que los inspectores de la ONU dejaran el país en 1998. La CIA nunca tuvo acceso a Curveball. En lugar de eso, lo controlaba el servicio de inteligencia alemán, que pasaba la información que recogía a Estados Unidos a través de la Agencia de Inteligencia de Defensa DIA, una agencia de espionaje del Pentágono que manejaba la información de desertores iraquíes.
Entre enero de 2000 y septiembre de 2001, dijo el informe, la CIA difundió "casi 100 informes" de Curveball, que era visto como una nueva fuente valiosa. Entre sus aseveraciones más alarmantes estaba que Iraq había reunido una flota de laboratorios móviles para fabricar armas biológicas y eludir ser detectados.
Los informes desencadenaron un lluvia de evaluaciones de inteligencia norteamericana sobre Iraq cada vez más alarmantes, incluso aunque la DIA "ni siquiera intentó comprobar la veracidad de Curveball", de acuerdo al informe. Las afirmaciones de Curveball ganaron más crédito después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando el gobierno de Bush adoptó una política para prevenir las amenazas internacionales y volcó su atención a Iraq.
Las afirmaciones de Curveball fueron cruciales para la guerra. Un Informe Nacional de Inteligencia de octubre de 2002 que concluía que Iraq "poseía" armas biológicas "se basaba casi enteramente en informaciones obtenidas" de Curveball, de acuerdo al informe.
Cuatro meses más tarde, el entonces ministro de Asuntos Exteriores Colin L. Powell hizo una presentación ante Naciones Unidas y mostró ilustraciones de supuestos laboratorios bioquímicos de Iraq y describió un accidente en el que habían muerto 12 iraquíes que manipulaban uno de esos vehículos. Curveball era la principal fuente para ambas aseveraciones. Las preocupaciones sobre la credibilidad de Curveball no fueron nunca transmitidas a Powell u otros funcionarios del gobierno, concluyó la comisión.
Pero hubo problemas con las informaciones de Curveball en un período temprano. Algunos oficiales de la CIA observaron que la memoria de Curveball mostró importantes "progresos" sobre un caso de inmigración europeo pesquisado, que se deterioró cuando fue concedido.
En mayo de 2000, un funcionario del ministerio de Defensa asignado a la CIA pudo encontrarse con Curveball, aparentemente para examinar a la fuente físicamente para ver si tenía huellas de haber sobrevivido un accidente con armas biológicas o había sido vacunado para protegerlo de esos agentes.
La evaluación "no fue concluyente", según la comisión. Pero el funcionario expresó preocupación de que Curveball estuviera con "resaca" en la reunión y "podría ser un alcohólico". Además, el funcionario se sorprendió de que Curveball hablara excelente inglés, porque los alemanes le habían dicho que no lo hablaba.
A comienzos de 2001, la CIA estaba recibiendo mensajes de la inteligencia alemana de que Curveball estaba "fuera de control" y no podía ser localizado. Algunas informaciones de Curveball era desmentida por otras. Su descripción de un depósito de laboratorios de armas no se ajustaba a las imágenes de vigilancia, que mostraba una pared por donde Curveball decía que entraban y salían los vehículos.
Cuando se aproximaba la guerra, emergieron nuevos problemas. Antes de la presentación de Powell, la CIA presionó para poder hablar directamente con Curveball. El director de una de las divisiones de la agencia organizó un almuerzo con un funcionario de la inteligencia alemana.
El funcionario alemán desalentó la idea, diciendo: "No te gustará conocerlo, porque está loco", de acuerdo al informe de la comisión. El alemán sugirió además que Curveball había sufrido una crisis de nervios, que hablar con él sería "una pérdida de tiempo" y que podría ser un "embustero".
Funcionarios de la agencia discuten sobre lo que ocurrió después, según la comisión. Varios agentes del servicio secreto de la CIA describieron reuniones y conversaciones en las que advertieron a funcionarios de la agencia sobre los problemas de credibilidad de Curveball.
Una agente dijo que el entonces subdirector de Operaciones, James L. Pavitt, le había dicho que los juicios sobre Curveball "deberían ser hechos por analistas". Otro recordó haber advertido a John McLaughlin, entonces subdirector de la CIA, que Curveball podía ser un embustero, y que McLaughlin dijo: "¡Dios mío, espero que no sea verdad!"
Finalmente, hacia la medianoche en vísperas de la presentación de Powell ante Naciones Unidas, un agente de la agencia describió una conversación por teléfono con el entonces director de la CIA, George J. Tenet, en la que el agente le previene no creer en Curveball. "Tenet replicó: Ya, ya, ya', y que estaba exhausto'", dice el informe de la comisión.
Pavitt dijo a la comisión que estaba consciente de los "problemas de manejo" con Curveball pero no sabía que Curveball era la fuente dominante de las evaluaciones sobre las armas biológicas. McLaughlin y Tenet dijeron a la comisión que ellos no recordaban esas advertencias sobre Curveball.
Tenet, McLaughlin y Pavitt dejaron la CIA el año pasado.
El informe de la comisión reveló detalles sobre problemas con otros prominentes alegatos de preguerra. La CIA dijo que Iraq estaba importando tubos de aluminio para ser usados como centrífugas en un programa de armas nucleares, aunque desde entonces las autoridades concluyeron que eran para proyectiles convencionales.
La acusación de que Iraq estaba tratando de comprar uranio en Nigeria se basaba en "documentos claramente falsificados" que pretendían mostrar un contrato entre los países, concluyó la comisión. Había "errores en el membrete, firmas falsas, palabras mal escritas, títulos incorrectos de individuos y entidades oficiales", dice el informe.El documento del contrato también mencionaba una supuesta reunión "que tomó lugar el miércoles 7 de julio de 2000', aunque el 7 era viernes", dice el informe.
Todas estas aserciones probaron ser falsas, pero ninguna causó más incomodidad que la acusación construida sobre la base de los informes de Curveball.
Después de la invasión, funcionarios de inteligencia ubicaron a unos iraquíes que Curveball había dicho que eran sus colegas en el programa de armas biológicas. Todos negaron que hubiera un programa de armas biológicas móviles, y ninguno "sabía quién era Curveball", concluyó la comisión.
Curvenall dijo que el programa empezó en 1995, pero familiares y colegas dijeron que había sido despedido ese año, y que estuvo fuera del país la mayor parte de los cuatro años siguientes.
Aunque Curveball hubiera dicho que el fatal accidente que presenció había tomado lugar en 1998, él "ni siquiera estaba en Iraq en esa época, de acuerdo a informaciones proporcionadas por familiares y más tarde confirmadas por documentos de viaje", concluyó la comisión.
Cuando los agentes de la CIA finalmente tuvieron acceso directo a Curveball en mayo de 2004, no estaba "dispuesto o no podía" explicar las discrepancias de su informe, y todas las preguntas sobre su falta de credibilidad "se renovaron", dice la comisión.
La comisión rechazó una persistente sospecha sobre Curveball: que su engaño fuera el resultado de instrucciones del Congreso Nacional Iraquí CNI, una organización dirigida por Ahmad Chalabi, que había pasado años tratando de derrocar a Saddam Hussein. La comisión concluyó que al menos dos desertores del congreso nacional eran embusteros, pero dijo que no fue "capaz de encontrar ninguna prueba de que el CNI o cualquier otra organización estuviesen dirigiendo a Curveball".
Tiempo después de la invasión, la CIA se resistió a reconocer que Curveball era un engaño y que sus afirmaciones de preguerra sobre los programas de armamentos de Iraq estaban equivocadas, dijo la comisión. A un analista que había argumentado a fines de 2003 que Curveball había mentido, le dijo su director que leyera "la ley de disturbios", lo acusó de "hacer problemas" y finalmente lo echó de la oficina.
A otro analista que instó a que la agencia emitiera una re-evaluación del programa de armas químicas de Iraq "le dijeron que se marchara".
En mayo de 2004, la agencia anuló todos los informes de inteligencia basados en Curveball.
3 de abril de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
se buscan sunníes
[Ellen Knickmeyer] Clérigos llaman a sunníes a integrarse a las fuerzas armadas. Edicto termina con antigua posición; ayatollah chií hace llamado similar.
Bagdad, Iraq. Decenas de influyentes clérigos sunníes rompieron el viernes con el antiguo boicot y exhortaron a sus seguidores a unirse a las nacientes fuerzas armadas iraquíes.
El edicto, firmado por 64 clérigos y profesionales sunníes, declaró que era necesario unirse a las fuerzas de seguridad para impedir que el país cayera en "las manos de los que han causado el caos y la destrucción y han violado los santuarios".
Fue anunciado por Ahmed Abdul Ghafour Samarrae, un predicador sunní y miembro de la Asociación de Clérigos Musulmanes, que se opuso estridentemente a la presencia militar norteamericana en Iraq y llamó a los sunníes a no colaborar con los ocupantes extranjeros o instituciones iraquíes aliadas a ellos.
El líder espiritual de los mucho más numerosos y unidos chiíes de Iraq, el gran ayatollah Ali Sistani, también llamó el viernes a cooperar con las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes, calificándolo de "deber religioso".
Entretanto, en la norteña ciudad de Samarra, explosivos dañaron un minarete en espiral que era una de las pocas reliquias de las glorias de Iraq del siglo 19 que se libraran de ser destruidas por las hordas mongolas medievales. No está claro qué causó las explosiones, pero testigos dijeron que alguien había colocado una bomba.
El llamado de reclutamiento de los clérigos sunníes -que tiene la autoridad de un edicto religioso, o fatwa- marcó su más abierta colaboración con los líderes de Iraq y sus benefactores extranjeros desde la caída del régimen dominado por los sunníes de Saddam Hussein en abril de 2003. El bloque clerical sunní había rechazado el gobierno post-Hussein como irredimiblemente manchado por sus vínculos con el gobierno y los militares norteamericanos.
Muchos iraquíes saludaron la fatwa como un avance que podría acelerar los esfuerzos por construir fuerzas de seguridad capaces de asumir la responsabilidad de la seguridad del país. Sabah Kadim, portavoz del ministerio del Interior, dijo que el nuevo edicto indica que los sunníes han comprendido "que las fuerzas de seguridad están actuando en defensa de la gente, y no de los norteamericanos".
Sin embargo, otros expresaron su preocupación de que la nueva posición sunní sobre las fuerzas armadas sugiriera que los clérigos buscan menos una alianza con sus rivales chiíes y kurdos y más contrarrestar la posición dominante que tienen esos grupos en las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes.
"Esto refleja... un intento de su parte... de tener influencia en este creciente poder militar, que de hecho delata una falta de fe en la democracia", dijo Wamidh Nadhmi, un declarado sunní que ha estado promoviendo una amplia coalición con el gobierno.
Agregó: "Este proceso debería haber sido precedido de negociaciones para hacer parte del gobierno, para tener algún tipo de diálogo, que no se dio en absoluto".
Hacer de las fuerzas armadas el principal medio para superar las divisiones recuerda los días del régimen militar y "la era de los golpes de estado", dijo Nadhmi.
La fatwa autoriza a los iraquíes a unirse a los militares y a la policía provisto que estas se comprometan a servir al pueblo y "no sean un ojo de los ocupantes", refiriéndose a las fuerzas norteamericanas y extranjeras, dijo Samarrae, el predicador que anunció el edicto durante las oraciones del viernes en Bagdad.
Samarrae es un moderado de la Asociación de Clérigos Musulmanes, pero no quedó claro si el edicto contaba con el respaldo del grupo mismo. El vicepresidente del grupo, Omar Ghalib, se negó a hacer comentarios, diciendo que la asociación sacaría una declaración el sábado.
El grupo de clérigos fue una de las varias organizaciones sunníes que llamó a boicotear las elecciones nacionales del 30 de enero. Mientras que millones de entusiastas chiíes y kurdos participaron en ellas para hacerse con el control del parlamento de 270 escaños, los sunníes en gran parte se quedaron fuera y sólo obtuvieron 17 escaños.
Los políticos dicen que el grupo de clérigos sunníes está ahora participando al menos indirectamente en conversaciones sobre la formación de lo que chiíes y kurdos prometen que será un gobierno de unidad nacional. Pero algunos dirigentes sunníes han dicho que se unirán plenamente al proceso político sólo después de que Estados Unidos anuncie cuándo retirará sus tropas.
El llamado de los clérigos el viernes no sólo a no atacar a las fuerzas iraquíes sino unirse a ella "parece ser una nueva posición", dijo Nadhmi.
"Quieren que se vayan los ejércitos extranjeros -todos queremos lo mismo", dijo Kadim, el portavoz del ministerio del Interior. Los sunníes que se oponen a la presencia norteamericana, agregó, se dan cada vez más cuenta de que "no ayuda ser terrorista. Realmente, está dañando a los iraquíes".
En la ciudad sagrada chií de Najaf, el despacho de Sistani emitió una fatwa el viernes declarando que "la cooperación con las fuerzas de orden es un deber religioso", informó la agencia de noticias France-Presse. La declaración dejó en el aire qué considera Sistani que son las "fuerzas de orden".
La explosión en la histórica mezquita de Samarra se produjo un día después de disturbios en la ciudad. El viernes en la mañana un hombre entró a la mezquita con un bolsón y salió corriendo minutos más tarde, de acuerdo a un testigo, Hareth Ahmed Mohammed.
La policía dijo que la explosión subsecuente destruyó un gran pedazo del minarete de 51 metros de alto. La gente en la calle dijo que sólo veían pequeños agujeros.
Construida en 852 en la cúspide del Imperio Abbasid, la mezquita era uno de los pocos sitios que sobrevivieron repetidos ataques de los mongoles a comienzos del siglo 13, que arrasaron con Bagdad y otras ciudades.
Francotiradores estadounidenses han tomado, a veces, posiciones en el minarete. Rehenes capturados por el grupo rebelde dirigido por Abu Musab Zarqawi han descrito haber visto a los milicianos decapitar a otros cautivos en el tejado de la mezquita.
"Lo vi en el telediario... y casi me volví loco", dijo el viernes Ahmed Jasim, propietario de una tienda de bocadillos, después de la explosión. "No puedo imaginar Samarra sin el minarete".
En la norteña ciudad de Kirkuk, el viernes, una bomba colocada en una acera de un campus universitario causó la muerte de una persona e hirió a otras tres, declaró la policía.
Bassam Sebti en Baghdad y Salih Saif Aldeen en Samarra contribuyeron a este reportaje.
2 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
El edicto, firmado por 64 clérigos y profesionales sunníes, declaró que era necesario unirse a las fuerzas de seguridad para impedir que el país cayera en "las manos de los que han causado el caos y la destrucción y han violado los santuarios".
Fue anunciado por Ahmed Abdul Ghafour Samarrae, un predicador sunní y miembro de la Asociación de Clérigos Musulmanes, que se opuso estridentemente a la presencia militar norteamericana en Iraq y llamó a los sunníes a no colaborar con los ocupantes extranjeros o instituciones iraquíes aliadas a ellos.
El líder espiritual de los mucho más numerosos y unidos chiíes de Iraq, el gran ayatollah Ali Sistani, también llamó el viernes a cooperar con las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes, calificándolo de "deber religioso".
Entretanto, en la norteña ciudad de Samarra, explosivos dañaron un minarete en espiral que era una de las pocas reliquias de las glorias de Iraq del siglo 19 que se libraran de ser destruidas por las hordas mongolas medievales. No está claro qué causó las explosiones, pero testigos dijeron que alguien había colocado una bomba.
El llamado de reclutamiento de los clérigos sunníes -que tiene la autoridad de un edicto religioso, o fatwa- marcó su más abierta colaboración con los líderes de Iraq y sus benefactores extranjeros desde la caída del régimen dominado por los sunníes de Saddam Hussein en abril de 2003. El bloque clerical sunní había rechazado el gobierno post-Hussein como irredimiblemente manchado por sus vínculos con el gobierno y los militares norteamericanos.
Muchos iraquíes saludaron la fatwa como un avance que podría acelerar los esfuerzos por construir fuerzas de seguridad capaces de asumir la responsabilidad de la seguridad del país. Sabah Kadim, portavoz del ministerio del Interior, dijo que el nuevo edicto indica que los sunníes han comprendido "que las fuerzas de seguridad están actuando en defensa de la gente, y no de los norteamericanos".
Sin embargo, otros expresaron su preocupación de que la nueva posición sunní sobre las fuerzas armadas sugiriera que los clérigos buscan menos una alianza con sus rivales chiíes y kurdos y más contrarrestar la posición dominante que tienen esos grupos en las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes.
"Esto refleja... un intento de su parte... de tener influencia en este creciente poder militar, que de hecho delata una falta de fe en la democracia", dijo Wamidh Nadhmi, un declarado sunní que ha estado promoviendo una amplia coalición con el gobierno.
Agregó: "Este proceso debería haber sido precedido de negociaciones para hacer parte del gobierno, para tener algún tipo de diálogo, que no se dio en absoluto".
Hacer de las fuerzas armadas el principal medio para superar las divisiones recuerda los días del régimen militar y "la era de los golpes de estado", dijo Nadhmi.
La fatwa autoriza a los iraquíes a unirse a los militares y a la policía provisto que estas se comprometan a servir al pueblo y "no sean un ojo de los ocupantes", refiriéndose a las fuerzas norteamericanas y extranjeras, dijo Samarrae, el predicador que anunció el edicto durante las oraciones del viernes en Bagdad.
Samarrae es un moderado de la Asociación de Clérigos Musulmanes, pero no quedó claro si el edicto contaba con el respaldo del grupo mismo. El vicepresidente del grupo, Omar Ghalib, se negó a hacer comentarios, diciendo que la asociación sacaría una declaración el sábado.
El grupo de clérigos fue una de las varias organizaciones sunníes que llamó a boicotear las elecciones nacionales del 30 de enero. Mientras que millones de entusiastas chiíes y kurdos participaron en ellas para hacerse con el control del parlamento de 270 escaños, los sunníes en gran parte se quedaron fuera y sólo obtuvieron 17 escaños.
Los políticos dicen que el grupo de clérigos sunníes está ahora participando al menos indirectamente en conversaciones sobre la formación de lo que chiíes y kurdos prometen que será un gobierno de unidad nacional. Pero algunos dirigentes sunníes han dicho que se unirán plenamente al proceso político sólo después de que Estados Unidos anuncie cuándo retirará sus tropas.
El llamado de los clérigos el viernes no sólo a no atacar a las fuerzas iraquíes sino unirse a ella "parece ser una nueva posición", dijo Nadhmi.
"Quieren que se vayan los ejércitos extranjeros -todos queremos lo mismo", dijo Kadim, el portavoz del ministerio del Interior. Los sunníes que se oponen a la presencia norteamericana, agregó, se dan cada vez más cuenta de que "no ayuda ser terrorista. Realmente, está dañando a los iraquíes".
En la ciudad sagrada chií de Najaf, el despacho de Sistani emitió una fatwa el viernes declarando que "la cooperación con las fuerzas de orden es un deber religioso", informó la agencia de noticias France-Presse. La declaración dejó en el aire qué considera Sistani que son las "fuerzas de orden".
La explosión en la histórica mezquita de Samarra se produjo un día después de disturbios en la ciudad. El viernes en la mañana un hombre entró a la mezquita con un bolsón y salió corriendo minutos más tarde, de acuerdo a un testigo, Hareth Ahmed Mohammed.
La policía dijo que la explosión subsecuente destruyó un gran pedazo del minarete de 51 metros de alto. La gente en la calle dijo que sólo veían pequeños agujeros.
Construida en 852 en la cúspide del Imperio Abbasid, la mezquita era uno de los pocos sitios que sobrevivieron repetidos ataques de los mongoles a comienzos del siglo 13, que arrasaron con Bagdad y otras ciudades.
Francotiradores estadounidenses han tomado, a veces, posiciones en el minarete. Rehenes capturados por el grupo rebelde dirigido por Abu Musab Zarqawi han descrito haber visto a los milicianos decapitar a otros cautivos en el tejado de la mezquita.
"Lo vi en el telediario... y casi me volví loco", dijo el viernes Ahmed Jasim, propietario de una tienda de bocadillos, después de la explosión. "No puedo imaginar Samarra sin el minarete".
En la norteña ciudad de Kirkuk, el viernes, una bomba colocada en una acera de un campus universitario causó la muerte de una persona e hirió a otras tres, declaró la policía.
Bassam Sebti en Baghdad y Salih Saif Aldeen en Samarra contribuyeron a este reportaje.
2 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
contrabando y drogas en iraq
[Edward Wong] Botes, vacas, deliciosos corderos: Iraq lucha contra el contrabando.
Zower Chum, frontera Irán-Iraq. Con un rifle Kalashnikov colgando de un hombro, Kadhum Mahmoud dio unos bruscos pasos en la tierra cubierta de hielo y cruzó de Iraq a Irán.
El sendero en la montaña serpenteaba a través de grupos de árboles de granada despojados de sus frutos y campos minados hacia un villorrio de casas de adobe aferradas a una ladera. Los guardias iraníes habían abandonado el miradero para almorzar. Fue cerca de este valle, dijo Mahmoud, un nervudo guardia fronterizo kurdo vestido con un uniforme de faena norteamericano, donde hace poco detuvo a un hombre que se dirigía a Irán con 60 piezas de antigüedades -máscaras, bandejas y bustos de piedra o de arcilla de mujeres, entre otras cosas.
"Todos los diarios locales escribieron sobre el asunto", dijo, con más que una pizca de orgullo.
Así es la vida en estos días a lo largo de la frontera de 3.649 kilómetros que separa a Iraq de sus seis vecinos. Guardias recién acuñados están deteniendo a contrabandistas de camellos, vacas, coches, ordenadores, cartones de cigarrillos, e incluso botes a lo largo de las vías fluviales del sur. En 2004, la policía de fronteras requisó 13.039 ovejas, la mayoría de ellas llevadas ilegalmente a través del desierto occidental hacia Siria, donde las ovejas iraquíes tienen la reputación de ser "las más sabrosas de la región", dijo el general de división Hussein Mustafa Abdul-Kareem, jefe de la policía fronteriza de Iraq.
El gobierno interino iraquí está luchando para frenar el acentuado aumento del contrabando dos años después de que la invasión norteamericana dejara abiertas las fronteras, incluso cuando se enfrenta al problema más conocido de la frontera: el movimiento de dinero y combatientes que contribuye a sostener la guerra de guerrillas. La lista de artículos requisados por la policía de fronteras parece un catálogo de las riquezas de la región: 3.350 piezas de antigüedades, 2.200 toneladas de petróleo y combustibles y 23 toneladas de minerales, para no mencionar 112 vacas y búfalos.
Pero el flujo de entrada y salida a lo largo de los olvidados márgenes de Iraq también refleja una sensación de vida renovada en la era post-Saddam. Ha habido días, por ejemplo, en que miles de peregrinos chiíes -algunos de tan lejos como las áridas tierras altas de Afganistán- han pasado desde Irán para rezar en los santuarios sagrados del sur, algo prohibido bajo en antiguo gobierno.
"Algunos vienen con sus hijos, con sus familias", dijo el general Abdul-Kareem. "Algunos vienen incluso a buscar trabajo".
Aquí en las dentadas montañas Suren al norte, milicianos como Mahmoud, que peleó durante 15 años contra las fuerzas de Hussein, están siendo empleados para dar caza a contrabandistas y agentes. Mahmoud tiene a 34 hombres bajo su mando en la aldea de Tuwella. Trabajan en dos turnos de cinco días cada uno, duermen en literas en un apretado cuarto con un aparato de televisión.
"Los kurdos en estas aldeas van y vuelvan de la frontera todo el tiempo para hacer negocios", dijo Mahmoud, 33. "Buscamos a gente que contrabandea armas o hachís. Tres veces hemos detenido gente con antigüedades". Hacia el oeste, a lo largo de la yerma y plana expansión de la frontera siria de 595 kilómetros, el ministerio del Interior ha desplegado un batallón iraquí llamado los Lobos del Desierto para ayudar a mantener la guardia. La situación de seguridad "con los países vecinos y en las fronteras está ahora más o menos paralizada, y tenemos que repararlo rápidamente", dijo en una entrevista Ibrahim al-Jaafari, el candidato chií a la posición de primer ministro.
La fuerza policial de fronteras ha crecido a 22.000 miembros desde la invasión, pero la cifra es todavía insuficiente para que puedan proporcionar seguridad, dijo el general Abdul-Kareem. Hay abiertos nueve puestos policiales fronterizos, y hay otros 59 en construcción. Idealmente, el país debería tener muchos más, y al menos 180 solamente a lo largo de la frontera iraní de 1.456 kilómetros, de lejos la más larga del país, dijo.
Para descubrir a los agentes y contrabandistas, cada puesto necesita ser equipado de vehículos, aparatos de comunicación y equipos de visión nocturna, agregó el general.
Funcionarios kurdos y estadounidenses están especialmente cautelosos de los yihadistas que cruzan desde Irán hacia este verde valle, porque este área fue una vez la base de Ansar al-Islam, un grupo militante de guerrilleros kurdos en su mayor parte, que fue desbandada durante la invasión. Las células de Ansar han buscado refugio en ciudades iraníes justo al otro lado de la frontera, y soldados kurdos detuvieron a un combatiente de Ansar apenas hace unos meses en la ruta hacia la capital provincial de Sulaimaniya, dijo Anwar Hajji Osman, el director regional de seguridad.
"La verdad es que son muy peligrosos", dijo, "pero nosotros tenemos gente buena, tenemos gente inteligente y tomamos nuestro trabajo en la frontera muy seriamente".
Mahmoud dijo que él y sus guardias kurdos capturaron recientemente a un barbudo paquistaní tratando de entrar a Iraq con nada más que un Corán y un sudario blanco.
"Eso demostraba que estaba dispuesto a morir", dijo Mahmoud. "Lo enviamos a nuestra oficina de seguridad, y ellos lo trajeron de vuelta y lo enviamos de vuelta a Irán".
Los tres principales centros de detención norteamericanos en Iraq retienen a un total de 325 prisioneros, dijo el teniente coronel Barry Johnson, portavoz del sistema penitenciario. La cifra ha subido fuertemente desde septiembre, cuando el sistema tenía 133. El coronel Johson dijo que los prisioneros provenían de 16 países, pero se negó a especificar cuáles.
El flujo de peregrinos chiíes en Iraq ha hecho más difícil determinar quién entra al país, dijo el general Abdul-Kareem. En febrero, para la época del festival sagrado chií de Ashura, las fuerzas fronterizas iraquíes capturaron a 1.541 personas que entraban al país ilegalmente, la mayor parte a través de la frontera iraní. Fue la cifra más alta desde la invasión, dijo el general.
Aparte de los combatientes extranjeros, lo que más preocupa a los funcionarios iraquíes es el tráfico de drogas. El año pasado, según muestran estadísticas del gobierno, la policía de fronteras requisó 146 kilos de drogas, la mayor parte hachís y opio desde Irán. El tráfico de drogas fue rara vez un problema durante el régimen de Hussein, porque el gobierno ejecutaba a los traficantes.
Las drogas son transportadas generalmente por traficantes desde Irán hacia otros países árabes, dijo el general Abdul-Kareem. Pero como cualquier país que sirve de corredor de drogas, dijo, existe una creciente preocupación de que la adicción eche raíces en Iraq.
Desde el puesto fronterizo de Tuwella, Mahmoud puede observar todos los vehículos que pasan por un viejo y serpenteante camino de tierra que lleva hasta el cruce oficial hacia Irán. Allá, soldados iraníes en uniformes verdes hacen guardia junto a un amplio portal rodeado de alambres de púas. Mahmoud dijo que él y sus hombres revisaban minuciosamente todos los camiones que entraban y salían y apuntaban datos sobre todos los que cruzaban la frontera. Soldados estadounidenses paran ocasionalmente en el puesto de Tuwella, y se quedan varios días de una vez.
Mahmoud invitó al reportero y a un fotógrafo a una patrulla. Una media docena de guardias fronterizos kurdos en una furgoneta roja y un vehículo deportivo se puso en marcha por un estrecho y fangoso sendero sobre Tuwella, luego se arrastró durante 20 minutos hacia la frontera invisible de Irán en Zower. Nieve fresca y un profundo silencio envolvía al valle y los picos circundantes; un hombre talaba un árbol para hacer leña junto a un arroyo.
"Los kurdos iraníes vienen a veces buscando trabajo", dijo Mahmoud. "Sus pueblos son como parientes de Tuwella".
La escena es muy diferente en los páramos del occidente de Iraq, donde los marines estadounidenses patrullan regularmente la frontera con Siria. El teniente general John F. Sattler, el jefe militar de los marines en Iraq, dijo que en las últimas semanas el ministerio del Interior había asignado 450 soldados iraquíes de los Lobos del Desierto, una unidad adiestrada en Jordania, para ayudar con las patrullas. Fuerzas estadounidenses e iraquíes han agudizado la vigilancia de la frontera, dijo, pero algunas armas y combatientes extranjeros están todavía llegando desde Siria, y continúan las actividades de contrabando a lo largo de las viejas rutas comerciales.
"Tendría que ser ingenuo para decir que ha cesado completamente, pero se lo hemos hecho bastante difícil y arriesgado para ellos", dijo el general Sattler.
El general Abdul-Kareem, el jefe de la seguridad de fronteras, dijo que en febrero sus tropas detuvieron cinco coches llenos de rebeldes que habían asediado durante una hora una comisaría de policía en el occidente. El líder del grupo, un sirio, fue matado en el combate. Había varios saudíes entre los atacantes, dijo el general.
"Durante la época de Saddam, las fronteras eran controladas estrechamente", dijo. "Pero tenemos una historia de miles de años de ley, que se remontan al Código de Hammurabi, y vamos a restablecer nuevamente el orden".
Eric Schmitt contribuyó a este reportaje desde Washington.
1 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
Zower Chum, frontera Irán-Iraq. Con un rifle Kalashnikov colgando de un hombro, Kadhum Mahmoud dio unos bruscos pasos en la tierra cubierta de hielo y cruzó de Iraq a Irán.El sendero en la montaña serpenteaba a través de grupos de árboles de granada despojados de sus frutos y campos minados hacia un villorrio de casas de adobe aferradas a una ladera. Los guardias iraníes habían abandonado el miradero para almorzar. Fue cerca de este valle, dijo Mahmoud, un nervudo guardia fronterizo kurdo vestido con un uniforme de faena norteamericano, donde hace poco detuvo a un hombre que se dirigía a Irán con 60 piezas de antigüedades -máscaras, bandejas y bustos de piedra o de arcilla de mujeres, entre otras cosas.
"Todos los diarios locales escribieron sobre el asunto", dijo, con más que una pizca de orgullo.
Así es la vida en estos días a lo largo de la frontera de 3.649 kilómetros que separa a Iraq de sus seis vecinos. Guardias recién acuñados están deteniendo a contrabandistas de camellos, vacas, coches, ordenadores, cartones de cigarrillos, e incluso botes a lo largo de las vías fluviales del sur. En 2004, la policía de fronteras requisó 13.039 ovejas, la mayoría de ellas llevadas ilegalmente a través del desierto occidental hacia Siria, donde las ovejas iraquíes tienen la reputación de ser "las más sabrosas de la región", dijo el general de división Hussein Mustafa Abdul-Kareem, jefe de la policía fronteriza de Iraq.
El gobierno interino iraquí está luchando para frenar el acentuado aumento del contrabando dos años después de que la invasión norteamericana dejara abiertas las fronteras, incluso cuando se enfrenta al problema más conocido de la frontera: el movimiento de dinero y combatientes que contribuye a sostener la guerra de guerrillas. La lista de artículos requisados por la policía de fronteras parece un catálogo de las riquezas de la región: 3.350 piezas de antigüedades, 2.200 toneladas de petróleo y combustibles y 23 toneladas de minerales, para no mencionar 112 vacas y búfalos.
Pero el flujo de entrada y salida a lo largo de los olvidados márgenes de Iraq también refleja una sensación de vida renovada en la era post-Saddam. Ha habido días, por ejemplo, en que miles de peregrinos chiíes -algunos de tan lejos como las áridas tierras altas de Afganistán- han pasado desde Irán para rezar en los santuarios sagrados del sur, algo prohibido bajo en antiguo gobierno.
"Algunos vienen con sus hijos, con sus familias", dijo el general Abdul-Kareem. "Algunos vienen incluso a buscar trabajo".
Aquí en las dentadas montañas Suren al norte, milicianos como Mahmoud, que peleó durante 15 años contra las fuerzas de Hussein, están siendo empleados para dar caza a contrabandistas y agentes. Mahmoud tiene a 34 hombres bajo su mando en la aldea de Tuwella. Trabajan en dos turnos de cinco días cada uno, duermen en literas en un apretado cuarto con un aparato de televisión.
"Los kurdos en estas aldeas van y vuelvan de la frontera todo el tiempo para hacer negocios", dijo Mahmoud, 33. "Buscamos a gente que contrabandea armas o hachís. Tres veces hemos detenido gente con antigüedades". Hacia el oeste, a lo largo de la yerma y plana expansión de la frontera siria de 595 kilómetros, el ministerio del Interior ha desplegado un batallón iraquí llamado los Lobos del Desierto para ayudar a mantener la guardia. La situación de seguridad "con los países vecinos y en las fronteras está ahora más o menos paralizada, y tenemos que repararlo rápidamente", dijo en una entrevista Ibrahim al-Jaafari, el candidato chií a la posición de primer ministro.
La fuerza policial de fronteras ha crecido a 22.000 miembros desde la invasión, pero la cifra es todavía insuficiente para que puedan proporcionar seguridad, dijo el general Abdul-Kareem. Hay abiertos nueve puestos policiales fronterizos, y hay otros 59 en construcción. Idealmente, el país debería tener muchos más, y al menos 180 solamente a lo largo de la frontera iraní de 1.456 kilómetros, de lejos la más larga del país, dijo.
Para descubrir a los agentes y contrabandistas, cada puesto necesita ser equipado de vehículos, aparatos de comunicación y equipos de visión nocturna, agregó el general.
Funcionarios kurdos y estadounidenses están especialmente cautelosos de los yihadistas que cruzan desde Irán hacia este verde valle, porque este área fue una vez la base de Ansar al-Islam, un grupo militante de guerrilleros kurdos en su mayor parte, que fue desbandada durante la invasión. Las células de Ansar han buscado refugio en ciudades iraníes justo al otro lado de la frontera, y soldados kurdos detuvieron a un combatiente de Ansar apenas hace unos meses en la ruta hacia la capital provincial de Sulaimaniya, dijo Anwar Hajji Osman, el director regional de seguridad.
"La verdad es que son muy peligrosos", dijo, "pero nosotros tenemos gente buena, tenemos gente inteligente y tomamos nuestro trabajo en la frontera muy seriamente".
Mahmoud dijo que él y sus guardias kurdos capturaron recientemente a un barbudo paquistaní tratando de entrar a Iraq con nada más que un Corán y un sudario blanco.
"Eso demostraba que estaba dispuesto a morir", dijo Mahmoud. "Lo enviamos a nuestra oficina de seguridad, y ellos lo trajeron de vuelta y lo enviamos de vuelta a Irán".
Los tres principales centros de detención norteamericanos en Iraq retienen a un total de 325 prisioneros, dijo el teniente coronel Barry Johnson, portavoz del sistema penitenciario. La cifra ha subido fuertemente desde septiembre, cuando el sistema tenía 133. El coronel Johson dijo que los prisioneros provenían de 16 países, pero se negó a especificar cuáles.
El flujo de peregrinos chiíes en Iraq ha hecho más difícil determinar quién entra al país, dijo el general Abdul-Kareem. En febrero, para la época del festival sagrado chií de Ashura, las fuerzas fronterizas iraquíes capturaron a 1.541 personas que entraban al país ilegalmente, la mayor parte a través de la frontera iraní. Fue la cifra más alta desde la invasión, dijo el general.
Aparte de los combatientes extranjeros, lo que más preocupa a los funcionarios iraquíes es el tráfico de drogas. El año pasado, según muestran estadísticas del gobierno, la policía de fronteras requisó 146 kilos de drogas, la mayor parte hachís y opio desde Irán. El tráfico de drogas fue rara vez un problema durante el régimen de Hussein, porque el gobierno ejecutaba a los traficantes.
Las drogas son transportadas generalmente por traficantes desde Irán hacia otros países árabes, dijo el general Abdul-Kareem. Pero como cualquier país que sirve de corredor de drogas, dijo, existe una creciente preocupación de que la adicción eche raíces en Iraq.
Desde el puesto fronterizo de Tuwella, Mahmoud puede observar todos los vehículos que pasan por un viejo y serpenteante camino de tierra que lleva hasta el cruce oficial hacia Irán. Allá, soldados iraníes en uniformes verdes hacen guardia junto a un amplio portal rodeado de alambres de púas. Mahmoud dijo que él y sus hombres revisaban minuciosamente todos los camiones que entraban y salían y apuntaban datos sobre todos los que cruzaban la frontera. Soldados estadounidenses paran ocasionalmente en el puesto de Tuwella, y se quedan varios días de una vez.
Mahmoud invitó al reportero y a un fotógrafo a una patrulla. Una media docena de guardias fronterizos kurdos en una furgoneta roja y un vehículo deportivo se puso en marcha por un estrecho y fangoso sendero sobre Tuwella, luego se arrastró durante 20 minutos hacia la frontera invisible de Irán en Zower. Nieve fresca y un profundo silencio envolvía al valle y los picos circundantes; un hombre talaba un árbol para hacer leña junto a un arroyo.
"Los kurdos iraníes vienen a veces buscando trabajo", dijo Mahmoud. "Sus pueblos son como parientes de Tuwella".
La escena es muy diferente en los páramos del occidente de Iraq, donde los marines estadounidenses patrullan regularmente la frontera con Siria. El teniente general John F. Sattler, el jefe militar de los marines en Iraq, dijo que en las últimas semanas el ministerio del Interior había asignado 450 soldados iraquíes de los Lobos del Desierto, una unidad adiestrada en Jordania, para ayudar con las patrullas. Fuerzas estadounidenses e iraquíes han agudizado la vigilancia de la frontera, dijo, pero algunas armas y combatientes extranjeros están todavía llegando desde Siria, y continúan las actividades de contrabando a lo largo de las viejas rutas comerciales.
"Tendría que ser ingenuo para decir que ha cesado completamente, pero se lo hemos hecho bastante difícil y arriesgado para ellos", dijo el general Sattler.
El general Abdul-Kareem, el jefe de la seguridad de fronteras, dijo que en febrero sus tropas detuvieron cinco coches llenos de rebeldes que habían asediado durante una hora una comisaría de policía en el occidente. El líder del grupo, un sirio, fue matado en el combate. Había varios saudíes entre los atacantes, dijo el general.
"Durante la época de Saddam, las fronteras eran controladas estrechamente", dijo. "Pero tenemos una historia de miles de años de ley, que se remontan al Código de Hammurabi, y vamos a restablecer nuevamente el orden".
Eric Schmitt contribuyó a este reportaje desde Washington.
1 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
asesinatos de policía iraquí
[Anne Barnard] Muertes provocan llamados a depurar policía iraquí.
Bagdad, Iraq. La admisión sin precedentes del gobierno iraquí de que su policía torturó y mató a tres milicianos chiíes cuando estaban detenidos ha originado indignadas quejas de los recién elegidos legisladores chiíes, comprometidos ahora en una lucha política por el control de la policía.
Líderes chiíes han mostrado horribles imágenes de los tres hombres muertos en el plató de la televisión iraquí, exhibiendo su cuerpos magullados y quemados como un argumento para purgar radicalmente a la fuerza policial, que es crucial en la lucha contra la sangrienta insurgencia.
En una serie de pasos rara vez vistos en Iraq, el gobierno del primer ministro respaldado por Estados Unidos, Ayad Allawi, ha reconocido que los hombres "murieron mientras eran torturados por la policía", detenido a seis agentes de policía implicados en el caso, lanzado una investigación de alto nivel y pagado a las familias de los hombres unos 2.000 dólares cada una, más un estipendio mensual de 500 dólares.
Sin embargo, el debate sobre las muertes del último mes está solo comenzando. Funcionarios de gobierno insisten en que los asesinatos son un caso aislado. Pero los líderes del poderoso bloque musulmán chií que obtuvo más de la mitad de los escaños de la nueva Asamblea Nacional dicen que el caso revela errores en el modo en que Allawi y sus asesores estadounidenses han reclutado y adiestrado a la policía iraquí. Esos líderes chiíes dicen que la fuerza es un refugio de baazistas, que maltrataron a los iraquíes, especialmente chiíes, durante el régimen de Saddam Hussein.
"Iraquíes están siendo torturados por iraquíes, por grupos de seguridad que son responsables de su seguridad", dijo Hadi al-Ameri, presidente de la Organización Badr, una milicia adiestrada por los iraníes fundada en los años ochenta como el brazo armado del partido islámico que ahora es el más grande de la coalición chií.
"Durante Saddam estábamos acostumbrados a que los detenidos fueran torturados hasta la muerte", dijo. "Pero lo extraño es que después de Saddam, vuelva a ocurrir lo mismo".
Como la facción más grande en la asamblea, el bloque chií tendrá la mayor participación en designar al nuevo gabinete que remplazará al de Allawi, y algunos de sus líderes quieren nombrar a Ameri como ministro del Interior, que manejará los asuntos policiales.
El asesinato de los tres hombres -todos miembros de Badr- agregó un explosivo elemento al debate. Sus familias dicen que deliberadamente atacados por policías que se oponen al surgimiento del poder chií.
El modo en que se perciba el caso puede contribuir a decidir si el nuevo gobierno reforma las fuerzas de seguridad iraquíes creadas en los dos últimos años o construye sobre la actual estructura, como han instado funcionarios estadounidenses y Allawi.
También podría influir sobre si la mayoría chií de Iraq está dispuesta a correr el riesgo de otorgar un papel más importantes a los miembros de milicias islámicas como Badr, que patrulla informalmente en muchos barrios de Bagdad y en ciudades del sur.
El cuerpo policial de 85.000 miembros es una combinación de reclutas ligeramente adiestrados y veteranos de los servicios de seguridad de Hussein que tienen más experiencia pero han sido contaminados por los abusos del régimen. Allawi insiste en que los veteranos han sido cuidadosamente investigados, pero el bloque chií quiere purgar a muchos más.
Los líderes chiíes han dado publicidad a los asesinatos para exigir un cambio.
Los imanes han alabado a los tres como mártires. Un video de ocho minutos de sus cuerpos ensangrentados ha sido pasado al menos diez veces en el canal de televisión Al Furat, que pertenece al grupo dominante de Badr, calificándolos de mártires de los matones de Hussein.
Pero Sabah Kadhim, un portavoz del ministerio del Interior, dijo que los tres fueron matados por un agente que reaccionó exageradamente después de haberlos detenido por error durante un tiroteo con rebeldes sunníes, cuando, dijo Kadhim, "hervía la sangre de todo el mundo".
"No me preocuparía por este caso", dijo. "Debe entender el temperamento iraquí. Hay violencia, en todo iraquí hay un elemento de violencia".
Los partidos chiíes están más que enfatizando el caso, dijo, porque "quieren quedarse con ese ministerio".
Dos informes recientes, el uno emitido en enero por Human Rights Watch y el otro por el ministerio de Asuntos Exteriores norteamericano el mes pasado, mencionan cientos de informes de tortura y detenciones arbitrarias realizadas por policías y soldados iraquíes. El año pasado, dice el informe norteamericano, la policía ejecutó a 12 supuestos secuestradores en Bagdad y participaron en los asesinatos por venganza de 10 baazistas en Basra.
Pero el caso Badr se destaca porque los funcionarios iraquíes reconocen que los hombres fueron torturados, y los historiales médicos incluyen detalles de las brutales golpizas que recibieron.
La historia encuentra eco en los ciudadanos iraquíes, que quieren desesperadamente mejorar la seguridad de su primer gobierno elegido, pero también exigen nuevas responsabilidades de la policía.
El caso abre una rara ventana sobre el funcionamiento del gobierno iraquí, cuyos impulsos contradictorios oscilan entre aumentar la transparencia y aferrarse a la impunidad de la era de Hussein.
Majbal Adnan Latif al-Alawi, 39, su hermano Ali Adnan Latif al-Alawi, 35, y su amigo Aidi Mahaissen Lefteh, 30, volvieron del exilio en Irán después de la invasión norteamericana hace dos años.
Como muchos hombres de sus familias, llevaban carnés de pertenencia a Badr, una chapa que inspira el respeto de algunos iraquíes y el temor de otros. Especialmente los sunníes recuerdan que las Brigadas Badr se pusieron del lado de Irán en la guerra contra Iraq. Ahora el grupo se llama a sí mismo Organización Badr y dice que es un grupo civil que opera en el marco de la ley iraquí.
Las tres víctimas, dicen sus familias, tenían trabajos de escritorio en Badr y esperaban que les encontraran trabajo en el gobierno.
El 12 de febrero fueron detenidos en Zafaraniya al este de Bagdad. Abd Ali al-Alawi, el tío de los hermanos, dijo que se dirigían a alquilar un apartamento y chocaron accidentalmente contra un puesto de control militar, donde fueron detenidos después de mostrar sus chapas de Badr.
Kadhim, el portavoz del ministerio del Interior contó una historia diferente, diciendo que los hombres cayeron en una balacera en la que los rebeldes sunníes habían matado a varios policías. La policía pensó que los tres dispararon contra ellos, dijo Kadhim, pero ahora piensa que los miembros de Badr participaron en el combate del lado de la policía.
El tío, Alawi, dijo que fue dos días seguidos a la comisaría de policía donde se retenía a los hombres, pero no le permitieron verlos, ni a ellos ni al oficial encargado, el brigadier Amer Sajid al-Dami. Al tercer día, dijo un mayor de la policía accedió a ocuparse del caso.
"Cuando volvió, estaba temblando", recordó Alawi, cuyo dedo gordo muestra una cicatriz que dijo que se la causaron los torturadores de Hussein cuando le arrancaron la uña hace diez años.
"Nos dijo: Por favor, no me haga intervenir en este caso. Temo por mi familia'".
Para entonces, los tres hombres habían muerto. El teniente primero Haider Abdul-Wahab, que trabaja en otra comisaría, dijo en una entrevista que encontró los cuerpos con la vista vendada, uno con esposas, a un lado de un camino el 13 de febrero, el día posterior a su detención.
Fueron trasladados a la morgue central de Bagdad. Los informes de la autopsia revisados por Globe apuntan que los tres tenían magulladuras en sus caras, brazos, espaldas y piernas, aparentemente por ser golpeados con un palo o un objeto largo.
Todos murieron de lesiones causadas por objetos contundentes y hemorragias, dicen los informes. La uña del dedo gordo izquierdo de Majbal había sido arrancada. El ministerio del Interior inició inmediatamente una investigación, dijo Kadhim.
Pero cuando Alawi se enteró de que sus sobrinos y su amigo estaban muertos -dejando huérfanos a 15 niños-, temió que no se haría justicia sin intervención de la política. Se dirigió a la oficina central del bloque chií. Enfadado y excitado, amenazó con vengarse -los códigos tribales permiten los asesinatos por venganza- si no le ayudaban.
El partido transformó el caso en una cause célèbre, repartiendo carteles que mostraban los cuerpos. Al Furat emitió un video hecho en la morgue, en la que el narrados indica las zonas magulladas y las quemaduras que dice que son el resultado de descargas eléctricas.
El primer ministro Allawi sacó una declaración a la semana, en la que calificaba los asesinatos de un "acto criminal y de barbarie cometido por elementos que excedieron los límites de sus atribuciones". Juró que se ocuparía personalmente del caso y exigió el "castigo máximo".
Las familias reciben ahora un estipendio mayor que la paga de la mayoría de los funcionarios de gobierno, pero dicen que sólo quieren justicia. Si no se castiga severamente a los asesinos, "nos vengaremos según la ley tribal", dijo el hermano de Aidi, Farhan Mahaissen Lefteh, 37. "Eso quiere decir que vivimos en la jungla".
A la autora se le puede escribir a: abarnard@globe.com.
1 de abril de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. La admisión sin precedentes del gobierno iraquí de que su policía torturó y mató a tres milicianos chiíes cuando estaban detenidos ha originado indignadas quejas de los recién elegidos legisladores chiíes, comprometidos ahora en una lucha política por el control de la policía.Líderes chiíes han mostrado horribles imágenes de los tres hombres muertos en el plató de la televisión iraquí, exhibiendo su cuerpos magullados y quemados como un argumento para purgar radicalmente a la fuerza policial, que es crucial en la lucha contra la sangrienta insurgencia.
En una serie de pasos rara vez vistos en Iraq, el gobierno del primer ministro respaldado por Estados Unidos, Ayad Allawi, ha reconocido que los hombres "murieron mientras eran torturados por la policía", detenido a seis agentes de policía implicados en el caso, lanzado una investigación de alto nivel y pagado a las familias de los hombres unos 2.000 dólares cada una, más un estipendio mensual de 500 dólares.
Sin embargo, el debate sobre las muertes del último mes está solo comenzando. Funcionarios de gobierno insisten en que los asesinatos son un caso aislado. Pero los líderes del poderoso bloque musulmán chií que obtuvo más de la mitad de los escaños de la nueva Asamblea Nacional dicen que el caso revela errores en el modo en que Allawi y sus asesores estadounidenses han reclutado y adiestrado a la policía iraquí. Esos líderes chiíes dicen que la fuerza es un refugio de baazistas, que maltrataron a los iraquíes, especialmente chiíes, durante el régimen de Saddam Hussein.
"Iraquíes están siendo torturados por iraquíes, por grupos de seguridad que son responsables de su seguridad", dijo Hadi al-Ameri, presidente de la Organización Badr, una milicia adiestrada por los iraníes fundada en los años ochenta como el brazo armado del partido islámico que ahora es el más grande de la coalición chií.
"Durante Saddam estábamos acostumbrados a que los detenidos fueran torturados hasta la muerte", dijo. "Pero lo extraño es que después de Saddam, vuelva a ocurrir lo mismo".
Como la facción más grande en la asamblea, el bloque chií tendrá la mayor participación en designar al nuevo gabinete que remplazará al de Allawi, y algunos de sus líderes quieren nombrar a Ameri como ministro del Interior, que manejará los asuntos policiales.
El asesinato de los tres hombres -todos miembros de Badr- agregó un explosivo elemento al debate. Sus familias dicen que deliberadamente atacados por policías que se oponen al surgimiento del poder chií.
El modo en que se perciba el caso puede contribuir a decidir si el nuevo gobierno reforma las fuerzas de seguridad iraquíes creadas en los dos últimos años o construye sobre la actual estructura, como han instado funcionarios estadounidenses y Allawi.
También podría influir sobre si la mayoría chií de Iraq está dispuesta a correr el riesgo de otorgar un papel más importantes a los miembros de milicias islámicas como Badr, que patrulla informalmente en muchos barrios de Bagdad y en ciudades del sur.
El cuerpo policial de 85.000 miembros es una combinación de reclutas ligeramente adiestrados y veteranos de los servicios de seguridad de Hussein que tienen más experiencia pero han sido contaminados por los abusos del régimen. Allawi insiste en que los veteranos han sido cuidadosamente investigados, pero el bloque chií quiere purgar a muchos más.
Los líderes chiíes han dado publicidad a los asesinatos para exigir un cambio.
Los imanes han alabado a los tres como mártires. Un video de ocho minutos de sus cuerpos ensangrentados ha sido pasado al menos diez veces en el canal de televisión Al Furat, que pertenece al grupo dominante de Badr, calificándolos de mártires de los matones de Hussein.
Pero Sabah Kadhim, un portavoz del ministerio del Interior, dijo que los tres fueron matados por un agente que reaccionó exageradamente después de haberlos detenido por error durante un tiroteo con rebeldes sunníes, cuando, dijo Kadhim, "hervía la sangre de todo el mundo".
"No me preocuparía por este caso", dijo. "Debe entender el temperamento iraquí. Hay violencia, en todo iraquí hay un elemento de violencia".
Los partidos chiíes están más que enfatizando el caso, dijo, porque "quieren quedarse con ese ministerio".
Dos informes recientes, el uno emitido en enero por Human Rights Watch y el otro por el ministerio de Asuntos Exteriores norteamericano el mes pasado, mencionan cientos de informes de tortura y detenciones arbitrarias realizadas por policías y soldados iraquíes. El año pasado, dice el informe norteamericano, la policía ejecutó a 12 supuestos secuestradores en Bagdad y participaron en los asesinatos por venganza de 10 baazistas en Basra.
Pero el caso Badr se destaca porque los funcionarios iraquíes reconocen que los hombres fueron torturados, y los historiales médicos incluyen detalles de las brutales golpizas que recibieron.
La historia encuentra eco en los ciudadanos iraquíes, que quieren desesperadamente mejorar la seguridad de su primer gobierno elegido, pero también exigen nuevas responsabilidades de la policía.
El caso abre una rara ventana sobre el funcionamiento del gobierno iraquí, cuyos impulsos contradictorios oscilan entre aumentar la transparencia y aferrarse a la impunidad de la era de Hussein.
Majbal Adnan Latif al-Alawi, 39, su hermano Ali Adnan Latif al-Alawi, 35, y su amigo Aidi Mahaissen Lefteh, 30, volvieron del exilio en Irán después de la invasión norteamericana hace dos años.
Como muchos hombres de sus familias, llevaban carnés de pertenencia a Badr, una chapa que inspira el respeto de algunos iraquíes y el temor de otros. Especialmente los sunníes recuerdan que las Brigadas Badr se pusieron del lado de Irán en la guerra contra Iraq. Ahora el grupo se llama a sí mismo Organización Badr y dice que es un grupo civil que opera en el marco de la ley iraquí.
Las tres víctimas, dicen sus familias, tenían trabajos de escritorio en Badr y esperaban que les encontraran trabajo en el gobierno.
El 12 de febrero fueron detenidos en Zafaraniya al este de Bagdad. Abd Ali al-Alawi, el tío de los hermanos, dijo que se dirigían a alquilar un apartamento y chocaron accidentalmente contra un puesto de control militar, donde fueron detenidos después de mostrar sus chapas de Badr.
Kadhim, el portavoz del ministerio del Interior contó una historia diferente, diciendo que los hombres cayeron en una balacera en la que los rebeldes sunníes habían matado a varios policías. La policía pensó que los tres dispararon contra ellos, dijo Kadhim, pero ahora piensa que los miembros de Badr participaron en el combate del lado de la policía.
El tío, Alawi, dijo que fue dos días seguidos a la comisaría de policía donde se retenía a los hombres, pero no le permitieron verlos, ni a ellos ni al oficial encargado, el brigadier Amer Sajid al-Dami. Al tercer día, dijo un mayor de la policía accedió a ocuparse del caso.
"Cuando volvió, estaba temblando", recordó Alawi, cuyo dedo gordo muestra una cicatriz que dijo que se la causaron los torturadores de Hussein cuando le arrancaron la uña hace diez años.
"Nos dijo: Por favor, no me haga intervenir en este caso. Temo por mi familia'".
Para entonces, los tres hombres habían muerto. El teniente primero Haider Abdul-Wahab, que trabaja en otra comisaría, dijo en una entrevista que encontró los cuerpos con la vista vendada, uno con esposas, a un lado de un camino el 13 de febrero, el día posterior a su detención.
Fueron trasladados a la morgue central de Bagdad. Los informes de la autopsia revisados por Globe apuntan que los tres tenían magulladuras en sus caras, brazos, espaldas y piernas, aparentemente por ser golpeados con un palo o un objeto largo.
Todos murieron de lesiones causadas por objetos contundentes y hemorragias, dicen los informes. La uña del dedo gordo izquierdo de Majbal había sido arrancada. El ministerio del Interior inició inmediatamente una investigación, dijo Kadhim.
Pero cuando Alawi se enteró de que sus sobrinos y su amigo estaban muertos -dejando huérfanos a 15 niños-, temió que no se haría justicia sin intervención de la política. Se dirigió a la oficina central del bloque chií. Enfadado y excitado, amenazó con vengarse -los códigos tribales permiten los asesinatos por venganza- si no le ayudaban.
El partido transformó el caso en una cause célèbre, repartiendo carteles que mostraban los cuerpos. Al Furat emitió un video hecho en la morgue, en la que el narrados indica las zonas magulladas y las quemaduras que dice que son el resultado de descargas eléctricas.
El primer ministro Allawi sacó una declaración a la semana, en la que calificaba los asesinatos de un "acto criminal y de barbarie cometido por elementos que excedieron los límites de sus atribuciones". Juró que se ocuparía personalmente del caso y exigió el "castigo máximo".
Las familias reciben ahora un estipendio mayor que la paga de la mayoría de los funcionarios de gobierno, pero dicen que sólo quieren justicia. Si no se castiga severamente a los asesinos, "nos vengaremos según la ley tribal", dijo el hermano de Aidi, Farhan Mahaissen Lefteh, 37. "Eso quiere decir que vivimos en la jungla".
A la autora se le puede escribir a: abarnard@globe.com.
1 de abril de 2005
©boston globe
©traducción mQh
líder sunní apoya resistencia
[Robert F. Worth] Líderes sunníes disputan sobre participación en proceso político.
Bagdad, Iraq. Durante varias semanas, los políticos más poderosos de Iraq y diplomáticos extranjeros han estado corriendo como ansiosos peregrinos hacia Bagdad Este, hacia la enorme cúpula azul y dorada de la mezquita de la Madre de Todas las Batallas, que fue construida por Saddam Hussein.
Van allá a visitar al jeque Harith al-Dari, un clérigo de 64 años y jefe tribal que se ha transformado en un importante portavoz de los marginados árabes sunníes de Iraq.
Dari, un hombre taciturno con un aire de fría autoridad, saluda a sus invitados en una oscura oficina en el vestíbulo principal de la mezquita, que está rodeada por un foso y altos minaretes diseñados para parecer rifles Kalashnikov. Luego los invitados van al grano. ¿Estará Dari dispuesto a ayudar a integrar a los sunníes a la vida política?
Muchas cosas dependen de la respuesta. Ningún nuevo gobierno será visto como legítimo sin la participación de los sunníes, que boicotearon en gran escala las elecciones de enero y dominan la violenta resistencia aquí.
Pero en una rara entrevista, realizada el lunes a través de un intérprete en su oficina en la mezquita, Dari dejó claro que continuaría considerando la resistencia armada como legítima hasta que los militares norteamericanos presentaran un calendario claro sobre su retirada -una condición que difícilmente será aceptada.
"Pedimos a todos los hombres sabios en Estados Unidos que pidan al gobierno que abandone esta guerra", dijo. "Salvaría muchas vidas y sufrimiento de los iraquíes y de los estadounidenses".
El cortejo de Dari hace parte de un amplio esfuerzo para integrar a los sunníes, que constituyen un quinto de la población de Iraq y que fueron la clase dominante durante el régimen de Saddam Hussein. Los líderes chiíes y kurdos que dominan la nueva asamblea nacional y están ahora luchando para formar una coalición de gobierno, dicen que parte del retraso ha sido causado por las negociaciones sobre qué ministerios debían ser entregados a los sunníes.
Ganarse la amistad de las fracciones sunníes no ha sido fácil.
Hay decenas de partidos y grupos políticos sunníes, partidarios de una amplia gama de posiciones. Los sunníes no se han unido tradicionalmente en torno a una sola figura, como el gran ayatolah chií Ali al-Sistani, cuya coalición política obtuvo una gran mayoría de los votos chiíes en las elecciones de enero.
Muchos sunníes se resisten a organizarse a lo largo de líneas sectarias. Mientras los chiíes y kurdos, que fueron brutalmente reprimidos por el gobierno laico de Hussein, descansaron en sus lealtades comunitarias, los sunníes nunca tuvieron que hacerlo, y sólo ahora empiezan a verse como una minoría distinta.
La organización que encabeza Dari, la Asociación de Clérigos Musulmanes, dice representar a 3.000 mezquitas. Se ha integrado a una iniciativa para asegurarse de que se asigne la jefatura de al menos dos de los seis ministerios más importantes en el nuevo gobierno, incluyendo el de Interior o Defensa.
Pero el nuevo gobierno es mucho menos importante para la mayoría de los líderes sunníes que la redacción de la constitución y la próxima ronda de elecciones, ambos programados para más tarde este año.
Y mientras algunas figuras laicas dicen que muchos sunníes ahora lamentan no haber participado en las elecciones y están ansiosos de contribuir a redactar la nueva constitución de Iraq, otros siguen profundamente reticentes. Ganar el apoyo de los jeques y clérigos más fanáticos, dicen funcionarios iraquíes y norteamericanos, podría ser crucial para formar un gobierno estable y aliviar la violencia.
El imperativo fue revestido repentinamente de una nueva prominencia para Dari.
Con el turbante y túnica de un jefe tribal, Dari es una presencia amenazador. Sonríe rara vez, y habla suavemente, en frase cortas y firmes.
Resistir la ocupación extranjera le corre por la sangre. Su abuelo, el jeque Dari al-Mahmoud, provocó según se dice la fase sunní de la rebelión contra los británicos en 1920 al matar a un oficial británico cerca de Faluya. Se unió a la rebelión, que habían comenzado los chiíes en el sur, y luchó hasta que fue capturado y encarcelado en 1927.
Harith al-Dari ha sido visto como un hombre peligroso por los militares norteamericanos en Iraq. Durante el último año, oficiales dijeron que sospechaban que Dari estaba implicado en fomentar la resistencia contra las tropas estadounidenses en Faluya e incluso los secuestros de occidentales. Su casa en Khan Dari, un pueblo al oeste de Bagdad, ha sido allanado repetidas veces por equipos militares norteamericanos.
El teniente general John F. Sattler, que fue hasta hace poco el principal comandante de Marina en Iraq, dijo sobre Dari: "Hasta ahora ha sido contraproductivo". Pero agregó que el jeque parecía estar reconsiderando su posición y moderando sus opiniones más extremistas.
Dari niega vehementemente que haya tenido que ver con los secuestros, excepto pedir que se liberara a los rehenes. Interrogado sobre su papel en Faluya, Dari dio fríamente una respuesta ambigua.
"Los estadounidenses dicen que tuvimos un papel de incitación en esta situación", dijo Dari. "Otros dicen que hemos hecho un buen papel y ayudamos a calmar las cosas. De todos modos, hemos actuado según nuestro deber nacional y religioso".
La autoridad de Dari se deriva en parte de su familia. En su casa ancestral, Khan Dari, miembros de su familia han sido los jefes tribales durante al menos un siglo. También enseñó derecho musulmán en la Universidad de Bagdad durante muchos años antes de abandonar Iraq en 1997 para enseñar en los Emiratos Árabes Unidos hasta la caída de Hussein en 2003. Fue solo entonces que se unió a la Asociación de Clérigos Musulmanes y alcanzó su posición actual.
Otros líderes sunníes se han irritado claramente con la repentina prominencia de Dari. "Se está comportando como si fuera el Sistani sunní", dijo Adnan Pachachi, el viejo estadista sunní de 81 años, refiriéndose al poder casi absoluto del gran ayatolah sobre la vida religiosa y política de muchos chiíes. "Pero, por supuesto, no lo es".
Pero Pachacho, un personaje laico y liberal que ha hecho esfuerzos por organizar a los dirigentes políticos sunníes de Iraq en las últimas semanas, reconocieron que la palabra de Dari tiene una enorme infuencia.
Gran parte de ese poder se deriva claramente de su reputación como un hombre que es respetado por muchos combatientes de la resistencia. "Esa percepción de él es una de las razones por la que muchos lo tienen por una persona importante", dijo Ashraf Qazi, el enviado de Naciones Unidas en Iraq, que se ha reunido varias veces con Dari.
Hay indicios de que Dari puede estar aflojando su posición. En febrero, la Asociación de Clérigos Musulmanes emitió una serie de condiciones que debían ser satisfechas antes de que aprobara la redacción de una constitución y la ronda siguiente de elecciones, especialmente la retirada norteamericana y la liberación de todos los detenidos en prisiones militares estadounidenses.
El lunes sugirió que estará contento con un calendario de la retirada norteamericana. Otros líderes sunníes de la línea dura han hecho gestos similares.
"No insistimos en que los norteamericanos se retiren de una vez, mientras se queden en sus bases y dejen de marginarnos de la vida política", dijo Ali al-Mahadani, clérigo de la mezquita de Ubn Tamymiyya en Bagdad. Algunos líderes políticos dicen incluso que los sunníes, después de mucho discutir, están empezando a dar señales de un interés común.
"Yo creo que los sunníes han empezado a unirse, como los chiíes y kurdos", dijo Sharif Ali bin Hussein, un antiguo financista y primo del último rey de iraq. "Los que tenemos más experiencia en la arena política estamos tratando de educar a los que tienen un punto de vista más militante. Lo que decimos es que no pueden continuar boicoteando el proceso político; es necesario que haya participación".
Ese punto de vista lejos de ser unánime. En una reciente conferencia en Bagdad convocada por Sherif Hussein, todos los aplausos fueron para alabar la resistencia. Algunos líderes tribales trataron de hacer callar a los que hablaban a favor de integrarse al nuevo gobierno.
En cuanto a Dari, dice que no está seguro de cómo reaccionaría la resistencia si sus exigencias de una retirada estadounidense fueran cumplidas. Pero aventuró una hipótesis.
"Creo que los líderes iraquíes podrían hablar y apelar a la resistencia", dijo. "Podrían decirles: Si queréis liberar el país, la liberación no debe producirse a cualquier precio. Así que debéis ahorrar vuestra sangre y dinero'".
Mona Mahmoud y Zaineb Obeid contribuyeron a este reportaje desde Bagdad, y Eric Schmitt desde Washington.
30 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. Durante varias semanas, los políticos más poderosos de Iraq y diplomáticos extranjeros han estado corriendo como ansiosos peregrinos hacia Bagdad Este, hacia la enorme cúpula azul y dorada de la mezquita de la Madre de Todas las Batallas, que fue construida por Saddam Hussein.Van allá a visitar al jeque Harith al-Dari, un clérigo de 64 años y jefe tribal que se ha transformado en un importante portavoz de los marginados árabes sunníes de Iraq.
Dari, un hombre taciturno con un aire de fría autoridad, saluda a sus invitados en una oscura oficina en el vestíbulo principal de la mezquita, que está rodeada por un foso y altos minaretes diseñados para parecer rifles Kalashnikov. Luego los invitados van al grano. ¿Estará Dari dispuesto a ayudar a integrar a los sunníes a la vida política?
Muchas cosas dependen de la respuesta. Ningún nuevo gobierno será visto como legítimo sin la participación de los sunníes, que boicotearon en gran escala las elecciones de enero y dominan la violenta resistencia aquí.
Pero en una rara entrevista, realizada el lunes a través de un intérprete en su oficina en la mezquita, Dari dejó claro que continuaría considerando la resistencia armada como legítima hasta que los militares norteamericanos presentaran un calendario claro sobre su retirada -una condición que difícilmente será aceptada.
"Pedimos a todos los hombres sabios en Estados Unidos que pidan al gobierno que abandone esta guerra", dijo. "Salvaría muchas vidas y sufrimiento de los iraquíes y de los estadounidenses".
El cortejo de Dari hace parte de un amplio esfuerzo para integrar a los sunníes, que constituyen un quinto de la población de Iraq y que fueron la clase dominante durante el régimen de Saddam Hussein. Los líderes chiíes y kurdos que dominan la nueva asamblea nacional y están ahora luchando para formar una coalición de gobierno, dicen que parte del retraso ha sido causado por las negociaciones sobre qué ministerios debían ser entregados a los sunníes.
Ganarse la amistad de las fracciones sunníes no ha sido fácil.
Hay decenas de partidos y grupos políticos sunníes, partidarios de una amplia gama de posiciones. Los sunníes no se han unido tradicionalmente en torno a una sola figura, como el gran ayatolah chií Ali al-Sistani, cuya coalición política obtuvo una gran mayoría de los votos chiíes en las elecciones de enero.
Muchos sunníes se resisten a organizarse a lo largo de líneas sectarias. Mientras los chiíes y kurdos, que fueron brutalmente reprimidos por el gobierno laico de Hussein, descansaron en sus lealtades comunitarias, los sunníes nunca tuvieron que hacerlo, y sólo ahora empiezan a verse como una minoría distinta.
La organización que encabeza Dari, la Asociación de Clérigos Musulmanes, dice representar a 3.000 mezquitas. Se ha integrado a una iniciativa para asegurarse de que se asigne la jefatura de al menos dos de los seis ministerios más importantes en el nuevo gobierno, incluyendo el de Interior o Defensa.
Pero el nuevo gobierno es mucho menos importante para la mayoría de los líderes sunníes que la redacción de la constitución y la próxima ronda de elecciones, ambos programados para más tarde este año.
Y mientras algunas figuras laicas dicen que muchos sunníes ahora lamentan no haber participado en las elecciones y están ansiosos de contribuir a redactar la nueva constitución de Iraq, otros siguen profundamente reticentes. Ganar el apoyo de los jeques y clérigos más fanáticos, dicen funcionarios iraquíes y norteamericanos, podría ser crucial para formar un gobierno estable y aliviar la violencia.
El imperativo fue revestido repentinamente de una nueva prominencia para Dari.
Con el turbante y túnica de un jefe tribal, Dari es una presencia amenazador. Sonríe rara vez, y habla suavemente, en frase cortas y firmes.
Resistir la ocupación extranjera le corre por la sangre. Su abuelo, el jeque Dari al-Mahmoud, provocó según se dice la fase sunní de la rebelión contra los británicos en 1920 al matar a un oficial británico cerca de Faluya. Se unió a la rebelión, que habían comenzado los chiíes en el sur, y luchó hasta que fue capturado y encarcelado en 1927.
Harith al-Dari ha sido visto como un hombre peligroso por los militares norteamericanos en Iraq. Durante el último año, oficiales dijeron que sospechaban que Dari estaba implicado en fomentar la resistencia contra las tropas estadounidenses en Faluya e incluso los secuestros de occidentales. Su casa en Khan Dari, un pueblo al oeste de Bagdad, ha sido allanado repetidas veces por equipos militares norteamericanos.
El teniente general John F. Sattler, que fue hasta hace poco el principal comandante de Marina en Iraq, dijo sobre Dari: "Hasta ahora ha sido contraproductivo". Pero agregó que el jeque parecía estar reconsiderando su posición y moderando sus opiniones más extremistas.
Dari niega vehementemente que haya tenido que ver con los secuestros, excepto pedir que se liberara a los rehenes. Interrogado sobre su papel en Faluya, Dari dio fríamente una respuesta ambigua.
"Los estadounidenses dicen que tuvimos un papel de incitación en esta situación", dijo Dari. "Otros dicen que hemos hecho un buen papel y ayudamos a calmar las cosas. De todos modos, hemos actuado según nuestro deber nacional y religioso".
La autoridad de Dari se deriva en parte de su familia. En su casa ancestral, Khan Dari, miembros de su familia han sido los jefes tribales durante al menos un siglo. También enseñó derecho musulmán en la Universidad de Bagdad durante muchos años antes de abandonar Iraq en 1997 para enseñar en los Emiratos Árabes Unidos hasta la caída de Hussein en 2003. Fue solo entonces que se unió a la Asociación de Clérigos Musulmanes y alcanzó su posición actual.
Otros líderes sunníes se han irritado claramente con la repentina prominencia de Dari. "Se está comportando como si fuera el Sistani sunní", dijo Adnan Pachachi, el viejo estadista sunní de 81 años, refiriéndose al poder casi absoluto del gran ayatolah sobre la vida religiosa y política de muchos chiíes. "Pero, por supuesto, no lo es".
Pero Pachacho, un personaje laico y liberal que ha hecho esfuerzos por organizar a los dirigentes políticos sunníes de Iraq en las últimas semanas, reconocieron que la palabra de Dari tiene una enorme infuencia.
Gran parte de ese poder se deriva claramente de su reputación como un hombre que es respetado por muchos combatientes de la resistencia. "Esa percepción de él es una de las razones por la que muchos lo tienen por una persona importante", dijo Ashraf Qazi, el enviado de Naciones Unidas en Iraq, que se ha reunido varias veces con Dari.
Hay indicios de que Dari puede estar aflojando su posición. En febrero, la Asociación de Clérigos Musulmanes emitió una serie de condiciones que debían ser satisfechas antes de que aprobara la redacción de una constitución y la ronda siguiente de elecciones, especialmente la retirada norteamericana y la liberación de todos los detenidos en prisiones militares estadounidenses.
El lunes sugirió que estará contento con un calendario de la retirada norteamericana. Otros líderes sunníes de la línea dura han hecho gestos similares.
"No insistimos en que los norteamericanos se retiren de una vez, mientras se queden en sus bases y dejen de marginarnos de la vida política", dijo Ali al-Mahadani, clérigo de la mezquita de Ubn Tamymiyya en Bagdad. Algunos líderes políticos dicen incluso que los sunníes, después de mucho discutir, están empezando a dar señales de un interés común.
"Yo creo que los sunníes han empezado a unirse, como los chiíes y kurdos", dijo Sharif Ali bin Hussein, un antiguo financista y primo del último rey de iraq. "Los que tenemos más experiencia en la arena política estamos tratando de educar a los que tienen un punto de vista más militante. Lo que decimos es que no pueden continuar boicoteando el proceso político; es necesario que haya participación".
Ese punto de vista lejos de ser unánime. En una reciente conferencia en Bagdad convocada por Sherif Hussein, todos los aplausos fueron para alabar la resistencia. Algunos líderes tribales trataron de hacer callar a los que hablaban a favor de integrarse al nuevo gobierno.
En cuanto a Dari, dice que no está seguro de cómo reaccionaría la resistencia si sus exigencias de una retirada estadounidense fueran cumplidas. Pero aventuró una hipótesis.
"Creo que los líderes iraquíes podrían hablar y apelar a la resistencia", dijo. "Podrían decirles: Si queréis liberar el país, la liberación no debe producirse a cualquier precio. Así que debéis ahorrar vuestra sangre y dinero'".
Mona Mahmoud y Zaineb Obeid contribuyeron a este reportaje desde Bagdad, y Eric Schmitt desde Washington.
30 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh
usa obstruye justicia global
[Jonathan F. Fanton] Por el infundado temor de que sus soldados puedan ser juzgados por crímenes contra la humanidad, Estados Unidos se opone a la corte criminal internacional.
Cuando una comisión de investigación de Naciones Unidas recomendó este año que las flagrantes violaciones a los derechos humanos en Darfur fueran referidas a la nueva Corte Criminal Internacional CCI, Pierre-Richard Prosper, el embajador viajero norteamericano para asuntos de crímenes de guerra, hizo primera plana al rechazar la idea. "No queremos legitimar la CCI", dijo.
¿Por qué no? Noventa y nueve países han firmado el Tratado de Roma, que creó la corte a la que Estados Unidos se opone. El presidente Clinton también firmó el tratado, en los últimos días de su mandato, pero el gobierno de Bush dijo rápidamente que no tenía intención de ratificarlo.
La CCI, que ya está funcionando en La Haya, tiene jurisdicción sobre crímenes de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra cometidos después del 1 de julio de 2002, si y cuando el sistema judicial de un país signatario no esté dispuesto o sea incapaz de actuar. Lo que está pasando en Darfur parece exactamente diseñado para la corte, pero Estados Unidos ha dicho que preferiría procesar a los que han cometido atrocidades en Darfur creando un tribunal separado en Arusha, Tanzania -incluso aunque organizar esos tribunales ad hoc sea lento y caro. "No queremos estar en una situación en que veamos que la justicia africana sea exportada, o encargada a La Haya", dijo Prosper, en un claro intento de poner al hemisferio sur contra el norte.
Pero la opinión africana es mucho más compleja que eso. La realidad es que la CCI ya ha ganado amplio apoyo entre los africanos y de gente que se acerca a ella buscando ayuda y esperanza.
Hoy, 27 de los 98 países que firmaron el Tratado de Roma son de África. Cuatro países africanos han invitado a la corte a investigar atrocidades cometidas dentro de sus fronteras: Uganda, la República Democrática del Congo, la República Central Africana y Costa de Marfil. Todos ellos han pedido asistencia a la corte donde sus propios sistemas judiciales han fallado o no pueden hacerlo.
Como la primera corte criminal permanente con una jurisdicción potencialmente mundial, la CCI tiene por fin impedir futuros Pol Pots y Pinochets. El año de 2005 será crucial para la historia de la CCI. Sus primeras dos investigaciones, una en Uganda y otra en el Congo, están haciendo progresos. A pesar de la oposición norteamericana, hay un fuerte apoyo en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para referir la situación de Darfur a la corte. Una fuerte discusión esta semana determinará el resultado.
La primera tanda de acusaciones de la corte se harán en Uganda contra importantes líderes del Ejército de Resistencia del Señor, que ha hecho una guerra contra el gobierno atacando a civiles en el norte. Más de 20.000 niños han sido secuestrados y unos 1.6 millones de civiles han sido desplazados. Decenas de miles más han sido matados o heridos.
La investigación de la CCI ya ha elevado la presión sobre las dos partes para terminar el conflicto allá y ha concentrado la atención internacional sobre los abusos. Si las acusaciones se producen y si la CCI procesa a los dirigentes del Ejército de Resistencia del Señor, no impedirá que otros perpetradores sean juzgados en los tribunales normales, ni el trabajo de los mecanismo de reconciliación como las comisiones de la verdad.
El gobierno de Bush se opone fuertemente a la CCI aparentemente por preocupaciones de que la corte pudiera participar en juicios políticos de soldados y ciudadanos norteamericanos. Esos temores son injustificados: Sólo los países cuyos sistemas legales no puedan o no quieran fallar en casos que impliquen genocidio, crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad están dentro del alcance de la corte.
Las manipulaciones del tipo que temen algunos funcionarios norteamericanos son prácticamente imposibles. Un sólido sistema de chequeos y balances impide que los procedimientos de la CCI sean mal usados. Por ejemplo, el fiscal debe contar con el permiso de una sala preliminar de jueces antes de poder iniciar investigaciones o presentar acusaciones. Los estados pueden apelar esas decisiones si creen que sus propios tribunales han fallado apropiadamente. Debido a que Estados Unidos tiene un sistema de justicia criminal que funciona y es capaz de tratar acusaciones de abusos, los ciudadanos norteamericanos no tienen nada que temer de la Corte Criminal Internacional. Quienes si deben temerla, son los dictadores, ejércitos corruptos y grupos armados.
La CCI y un sólido sistema judicial internacional desbaratará la cultura de la impunidad que a menudo protege a los arquitectos de masivas violaciones de los derechos humanos e impedirá que otros cometan esos crímenes.
Durante la mayor parte de su historia, Estados Unidos estuvo a la vanguardia del establecimiento de normas democráticas y humanitarias. La gente con la que hablé durante un viaje reciente a Nigeria se lo tomaron a pecho cuando mencioné una encuesta nacional realizada por el Consejo de Relaciones Exteriores de Chicago: 69 por ciento de los estadounidenses apoya a la CCI. El gobierno de Bush debería ponerse a todo con el pueblo norteamericano, que entiende que nuestro incapacidad de unirnos a la corte nos pone en el lado equivocado de la historia.
Es hora de que Estados Unidos revierta su posición, apoye a la Corte Criminal Internacional y respalde el llamado a referir a La Haya las flagrantes violaciones de los derechos humanos en Darfur.
Jonathan F. Fanton es presidente de la Fundación John D. & Catherine T. MacArthur.
30 de marzo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Cuando una comisión de investigación de Naciones Unidas recomendó este año que las flagrantes violaciones a los derechos humanos en Darfur fueran referidas a la nueva Corte Criminal Internacional CCI, Pierre-Richard Prosper, el embajador viajero norteamericano para asuntos de crímenes de guerra, hizo primera plana al rechazar la idea. "No queremos legitimar la CCI", dijo.¿Por qué no? Noventa y nueve países han firmado el Tratado de Roma, que creó la corte a la que Estados Unidos se opone. El presidente Clinton también firmó el tratado, en los últimos días de su mandato, pero el gobierno de Bush dijo rápidamente que no tenía intención de ratificarlo.
La CCI, que ya está funcionando en La Haya, tiene jurisdicción sobre crímenes de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra cometidos después del 1 de julio de 2002, si y cuando el sistema judicial de un país signatario no esté dispuesto o sea incapaz de actuar. Lo que está pasando en Darfur parece exactamente diseñado para la corte, pero Estados Unidos ha dicho que preferiría procesar a los que han cometido atrocidades en Darfur creando un tribunal separado en Arusha, Tanzania -incluso aunque organizar esos tribunales ad hoc sea lento y caro. "No queremos estar en una situación en que veamos que la justicia africana sea exportada, o encargada a La Haya", dijo Prosper, en un claro intento de poner al hemisferio sur contra el norte.
Pero la opinión africana es mucho más compleja que eso. La realidad es que la CCI ya ha ganado amplio apoyo entre los africanos y de gente que se acerca a ella buscando ayuda y esperanza.
Hoy, 27 de los 98 países que firmaron el Tratado de Roma son de África. Cuatro países africanos han invitado a la corte a investigar atrocidades cometidas dentro de sus fronteras: Uganda, la República Democrática del Congo, la República Central Africana y Costa de Marfil. Todos ellos han pedido asistencia a la corte donde sus propios sistemas judiciales han fallado o no pueden hacerlo.
Como la primera corte criminal permanente con una jurisdicción potencialmente mundial, la CCI tiene por fin impedir futuros Pol Pots y Pinochets. El año de 2005 será crucial para la historia de la CCI. Sus primeras dos investigaciones, una en Uganda y otra en el Congo, están haciendo progresos. A pesar de la oposición norteamericana, hay un fuerte apoyo en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para referir la situación de Darfur a la corte. Una fuerte discusión esta semana determinará el resultado.
La primera tanda de acusaciones de la corte se harán en Uganda contra importantes líderes del Ejército de Resistencia del Señor, que ha hecho una guerra contra el gobierno atacando a civiles en el norte. Más de 20.000 niños han sido secuestrados y unos 1.6 millones de civiles han sido desplazados. Decenas de miles más han sido matados o heridos.
La investigación de la CCI ya ha elevado la presión sobre las dos partes para terminar el conflicto allá y ha concentrado la atención internacional sobre los abusos. Si las acusaciones se producen y si la CCI procesa a los dirigentes del Ejército de Resistencia del Señor, no impedirá que otros perpetradores sean juzgados en los tribunales normales, ni el trabajo de los mecanismo de reconciliación como las comisiones de la verdad.
El gobierno de Bush se opone fuertemente a la CCI aparentemente por preocupaciones de que la corte pudiera participar en juicios políticos de soldados y ciudadanos norteamericanos. Esos temores son injustificados: Sólo los países cuyos sistemas legales no puedan o no quieran fallar en casos que impliquen genocidio, crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad están dentro del alcance de la corte.
Las manipulaciones del tipo que temen algunos funcionarios norteamericanos son prácticamente imposibles. Un sólido sistema de chequeos y balances impide que los procedimientos de la CCI sean mal usados. Por ejemplo, el fiscal debe contar con el permiso de una sala preliminar de jueces antes de poder iniciar investigaciones o presentar acusaciones. Los estados pueden apelar esas decisiones si creen que sus propios tribunales han fallado apropiadamente. Debido a que Estados Unidos tiene un sistema de justicia criminal que funciona y es capaz de tratar acusaciones de abusos, los ciudadanos norteamericanos no tienen nada que temer de la Corte Criminal Internacional. Quienes si deben temerla, son los dictadores, ejércitos corruptos y grupos armados.
La CCI y un sólido sistema judicial internacional desbaratará la cultura de la impunidad que a menudo protege a los arquitectos de masivas violaciones de los derechos humanos e impedirá que otros cometan esos crímenes.
Durante la mayor parte de su historia, Estados Unidos estuvo a la vanguardia del establecimiento de normas democráticas y humanitarias. La gente con la que hablé durante un viaje reciente a Nigeria se lo tomaron a pecho cuando mencioné una encuesta nacional realizada por el Consejo de Relaciones Exteriores de Chicago: 69 por ciento de los estadounidenses apoya a la CCI. El gobierno de Bush debería ponerse a todo con el pueblo norteamericano, que entiende que nuestro incapacidad de unirnos a la corte nos pone en el lado equivocado de la historia.
Es hora de que Estados Unidos revierta su posición, apoye a la Corte Criminal Internacional y respalde el llamado a referir a La Haya las flagrantes violaciones de los derechos humanos en Darfur.
Jonathan F. Fanton es presidente de la Fundación John D. & Catherine T. MacArthur.
30 de marzo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
líder sunní apoya resistencia
[Robert F. Worth] Líderes sunníes disputan sobre participación en proceso político.
Bagdad, Iraq. Durante varias semanas, los políticos más poderosos de Iraq y diplomáticos extranjeros han estado corriendo como ansiosos peregrinos hacia Bagdad Este, hacia la enorme cúpula azul y dorada de la mezquita de la Madre de Todas las Batallas, que fue construida por Saddam Hussein.
Van allá a visitar al jeque Harith al-Dari, un clérigo de 64 años y jefe tribal que se ha transformado en un importante portavoz de los marginados árabes sunníes de Iraq.
Dari, un hombre taciturno con un aire de fría autoridad, saluda a sus invitados en una oscura oficina en el vestíbulo principal de la mezquita, que está rodeada por un foso y altos minaretes diseñados para parecer rifles Kalashnikov. Luego los invitados van al grano. ¿Estará Dari dispuesto a ayudar a integrar a los sunníes a la vida política?
Muchas cosas dependen de la respuesta. Ningún nuevo gobierno será visto como legítimo sin la participación de los sunníes, que boicotearon en gran escala las elecciones de enero y dominan la violenta resistencia aquí.
Pero en una rara entrevista, realizada el lunes a través de un intérprete en su oficina en la mezquita, Dari dejó claro que continuaría considerando la resistencia armada como legítima hasta que los militares norteamericanos presentaran un calendario claro sobre su retirada -una condición que difícilmente será aceptada.
"Pedimos a todos los hombres sabios en Estados Unidos que pidan al gobierno que abandone esta guerra", dijo. "Salvaría muchas vidas y sufrimiento de los iraquíes y de los estadounidenses".
El cortejo de Dari hace parte de un amplio esfuerzo para integrar a los sunníes, que constituyen un quinto de la población de Iraq y que fueron la clase dominante durante el régimen de Saddam Hussein. Los líderes chiíes y kurdos que dominan la nueva asamblea nacional y están ahora luchando para formar una coalición de gobierno, dicen que parte del retraso ha sido causado por las negociaciones sobre qué ministerios debían ser entregados a los sunníes.
Ganarse la amistad de las fracciones sunníes no ha sido fácil.
Hay decenas de partidos y grupos políticos sunníes, partidarios de una amplia gama de posiciones. Los sunníes no se han unido tradicionalmente en torno a una sola figura, como el gran ayatolah chií Ali al-Sistani, cuya coalición política obtuvo una gran mayoría de los votos chiíes en las elecciones de enero.
Muchos sunníes se resisten a organizarse a lo largo de líneas sectarias. Mientras los chiíes y kurdos, que fueron brutalmente reprimidos por el gobierno laico de Hussein, descansaron en sus lealtades comunitarias, los sunníes nunca tuvieron que hacerlo, y sólo ahora empiezan a verse como una minoría distinta.
La organización que encabeza Dari, la Asociación de Clérigos Musulmanes, dice representar a 3.000 mezquitas. Se ha integrado a una iniciativa para asegurarse de que se asigne la jefatura de al menos dos de los seis ministerios más importantes en el nuevo gobierno, incluyendo el de Interior o Defensa.
Pero el nuevo gobierno es mucho menos importante para la mayoría de los líderes sunníes que la redacción de la constitución y la próxima ronda de elecciones, ambos programados para más tarde este año.
Y mientras algunas figuras laicas dicen que muchos sunníes ahora lamentan no haber participado en las elecciones y están ansiosos de contribuir a redactar la nueva constitución de Iraq, otros siguen profundamente reticentes. Ganar el apoyo de los jeques y clérigos más fanáticos, dicen funcionarios iraquíes y norteamericanos, podría ser crucial para formar un gobierno estable y aliviar la violencia.
El imperativo fue revestido repentinamente de una nueva prominencia para Dari.
Con el turbante y túnica de un jefe tribal, Dari es una presencia amenazador. Sonríe rara vez, y habla suavemente, en frase cortas y firmes.
Resistir la ocupación extranjera le corre por la sangre. Su abuelo, el jeque Dari al-Mahmoud, provocó según se dice la fase sunní de la rebelión contra los británicos en 1920 al matar a un oficial británico cerca de Faluya. Se unió a la rebelión, que habían comenzado los chiíes en el sur, y luchó hasta que fue capturado y encarcelado en 1927.
Harith al-Dari ha sido visto como un hombre peligroso por los militares norteamericanos en Iraq. Durante el último año, oficiales dijeron que sospechaban que Dari estaba implicado en fomentar la resistencia contra las tropas estadounidenses en Faluya e incluso los secuestros de occidentales. Su casa en Khan Dari, un pueblo al oeste de Bagdad, ha sido allanado repetidas veces por equipos militares norteamericanos.
El teniente general John F. Sattler, que fue hasta hace poco el principal comandante de Marina en Iraq, dijo sobre Dari: "Hasta ahora ha sido contraproductivo". Pero agregó que el jeque parecía estar reconsiderando su posición y moderando sus opiniones más extremistas.
Dari niega vehementemente que haya tenido que ver con los secuestros, excepto pedir que se liberara a los rehenes. Interrogado sobre su papel en Faluya, Dari dio fríamente una respuesta ambigua.
"Los estadounidenses dicen que tuvimos un papel de incitación en esta situación", dijo Dari. "Otros dicen que hemos hecho un buen papel y ayudamos a calmar las cosas. De todos modos, hemos actuado según nuestro deber nacional y religioso".
La autoridad de Dari se deriva en parte de su familia. En su casa ancestral, Khan Dari, miembros de su familia han sido los jefes tribales durante al menos un siglo. También enseñó derecho musulmán en la Universidad de Bagdad durante muchos años antes de abandonar Iraq en 1997 para enseñar en los Emiratos Árabes Unidos hasta la caída de Hussein en 2003. Fue solo entonces que se unió a la Asociación de Clérigos Musulmanes y alcanzó su posición actual.
Otros líderes sunníes se han irritado claramente con la repentina prominencia de Dari. "Se está comportando como si fuera el Sistani sunní", dijo Adnan Pachachi, el viejo estadista sunní de 81 años, refiriéndose al poder casi absoluto del gran ayatolah sobre la vida religiosa y política de muchos chiíes. "Pero, por supuesto, no lo es".
Pero Pachacho, un personaje laico y liberal que ha hecho esfuerzos por organizar a los dirigentes políticos sunníes de Iraq en las últimas semanas, reconocieron que la palabra de Dari tiene una enorme infuencia.
Gran parte de ese poder se deriva claramente de su reputación como un hombre que es respetado por muchos combatientes de la resistencia. "Esa percepción de él es una de las razones por la que muchos lo tienen por una persona importante", dijo Ashraf Qazi, el enviado de Naciones Unidas en Iraq, que se ha reunido varias veces con Dari.
Hay indicios de que Dari puede estar aflojando su posición. En febrero, la Asociación de Clérigos Musulmanes emitió una serie de condiciones que debían ser satisfechas antes de que aprobara la redacción de una constitución y la ronda siguiente de elecciones, especialmente la retirada norteamericana y la liberación de todos los detenidos en prisiones militares estadounidenses.
El lunes sugirió que estará contento con un calendario de la retirada norteamericana. Otros líderes sunníes de la línea dura han hecho gestos similares.
"No insistimos en que los norteamericanos se retiren de una vez, mientras se queden en sus bases y dejen de marginarnos de la vida política", dijo Ali al-Mahadani, clérigo de la mezquita de Ubn Tamymiyya en Bagdad. Algunos líderes políticos dicen incluso que los sunníes, después de mucho discutir, están empezando a dar señales de un interés común.
"Yo creo que los sunníes han empezado a unirse, como los chiíes y kurdos", dijo Sharif Ali bin Hussein, un antiguo financista y primo del último rey de iraq. "Los que tenemos más experiencia en la arena política estamos tratando de educar a los que tienen un punto de vista más militante. Lo que decimos es que no pueden continuar boicoteando el proceso político; es necesario que haya participación".
Ese punto de vista lejos de ser unánime. En una reciente conferencia en Bagdad convocada por Sherif Hussein, todos los aplausos fueron para alabar la resistencia. Algunos líderes tribales trataron de hacer callar a los que hablaban a favor de integrarse al nuevo gobierno.
En cuanto a Dari, dice que no está seguro de cómo reaccionaría la resistencia si sus exigencias de una retirada estadounidense fueran cumplidas. Pero aventuró una hipótesis.
"Creo que los líderes iraquíes podrían hablar y apelar a la resistencia", dijo. "Podrían decirles: Si queréis liberar el país, la liberación no debe producirse a cualquier precio. Así que debéis ahorrar vuestra sangre y dinero'".
Mona Mahmoud y Zaineb Obeid contribuyeron a este reportaje desde Bagdad, y Eric Schmitt desde Washington.
30 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. Durante varias semanas, los políticos más poderosos de Iraq y diplomáticos extranjeros han estado corriendo como ansiosos peregrinos hacia Bagdad Este, hacia la enorme cúpula azul y dorada de la mezquita de la Madre de Todas las Batallas, que fue construida por Saddam Hussein.Van allá a visitar al jeque Harith al-Dari, un clérigo de 64 años y jefe tribal que se ha transformado en un importante portavoz de los marginados árabes sunníes de Iraq.
Dari, un hombre taciturno con un aire de fría autoridad, saluda a sus invitados en una oscura oficina en el vestíbulo principal de la mezquita, que está rodeada por un foso y altos minaretes diseñados para parecer rifles Kalashnikov. Luego los invitados van al grano. ¿Estará Dari dispuesto a ayudar a integrar a los sunníes a la vida política?
Muchas cosas dependen de la respuesta. Ningún nuevo gobierno será visto como legítimo sin la participación de los sunníes, que boicotearon en gran escala las elecciones de enero y dominan la violenta resistencia aquí.
Pero en una rara entrevista, realizada el lunes a través de un intérprete en su oficina en la mezquita, Dari dejó claro que continuaría considerando la resistencia armada como legítima hasta que los militares norteamericanos presentaran un calendario claro sobre su retirada -una condición que difícilmente será aceptada.
"Pedimos a todos los hombres sabios en Estados Unidos que pidan al gobierno que abandone esta guerra", dijo. "Salvaría muchas vidas y sufrimiento de los iraquíes y de los estadounidenses".
El cortejo de Dari hace parte de un amplio esfuerzo para integrar a los sunníes, que constituyen un quinto de la población de Iraq y que fueron la clase dominante durante el régimen de Saddam Hussein. Los líderes chiíes y kurdos que dominan la nueva asamblea nacional y están ahora luchando para formar una coalición de gobierno, dicen que parte del retraso ha sido causado por las negociaciones sobre qué ministerios debían ser entregados a los sunníes.
Ganarse la amistad de las fracciones sunníes no ha sido fácil.
Hay decenas de partidos y grupos políticos sunníes, partidarios de una amplia gama de posiciones. Los sunníes no se han unido tradicionalmente en torno a una sola figura, como el gran ayatolah chií Ali al-Sistani, cuya coalición política obtuvo una gran mayoría de los votos chiíes en las elecciones de enero.
Muchos sunníes se resisten a organizarse a lo largo de líneas sectarias. Mientras los chiíes y kurdos, que fueron brutalmente reprimidos por el gobierno laico de Hussein, descansaron en sus lealtades comunitarias, los sunníes nunca tuvieron que hacerlo, y sólo ahora empiezan a verse como una minoría distinta.
La organización que encabeza Dari, la Asociación de Clérigos Musulmanes, dice representar a 3.000 mezquitas. Se ha integrado a una iniciativa para asegurarse de que se asigne la jefatura de al menos dos de los seis ministerios más importantes en el nuevo gobierno, incluyendo el de Interior o Defensa.
Pero el nuevo gobierno es mucho menos importante para la mayoría de los líderes sunníes que la redacción de la constitución y la próxima ronda de elecciones, ambos programados para más tarde este año.
Y mientras algunas figuras laicas dicen que muchos sunníes ahora lamentan no haber participado en las elecciones y están ansiosos de contribuir a redactar la nueva constitución de Iraq, otros siguen profundamente reticentes. Ganar el apoyo de los jeques y clérigos más fanáticos, dicen funcionarios iraquíes y norteamericanos, podría ser crucial para formar un gobierno estable y aliviar la violencia.
El imperativo fue revestido repentinamente de una nueva prominencia para Dari.
Con el turbante y túnica de un jefe tribal, Dari es una presencia amenazador. Sonríe rara vez, y habla suavemente, en frase cortas y firmes.
Resistir la ocupación extranjera le corre por la sangre. Su abuelo, el jeque Dari al-Mahmoud, provocó según se dice la fase sunní de la rebelión contra los británicos en 1920 al matar a un oficial británico cerca de Faluya. Se unió a la rebelión, que habían comenzado los chiíes en el sur, y luchó hasta que fue capturado y encarcelado en 1927.
Harith al-Dari ha sido visto como un hombre peligroso por los militares norteamericanos en Iraq. Durante el último año, oficiales dijeron que sospechaban que Dari estaba implicado en fomentar la resistencia contra las tropas estadounidenses en Faluya e incluso los secuestros de occidentales. Su casa en Khan Dari, un pueblo al oeste de Bagdad, ha sido allanado repetidas veces por equipos militares norteamericanos.
El teniente general John F. Sattler, que fue hasta hace poco el principal comandante de Marina en Iraq, dijo sobre Dari: "Hasta ahora ha sido contraproductivo". Pero agregó que el jeque parecía estar reconsiderando su posición y moderando sus opiniones más extremistas.
Dari niega vehementemente que haya tenido que ver con los secuestros, excepto pedir que se liberara a los rehenes. Interrogado sobre su papel en Faluya, Dari dio fríamente una respuesta ambigua.
"Los estadounidenses dicen que tuvimos un papel de incitación en esta situación", dijo Dari. "Otros dicen que hemos hecho un buen papel y ayudamos a calmar las cosas. De todos modos, hemos actuado según nuestro deber nacional y religioso".
La autoridad de Dari se deriva en parte de su familia. En su casa ancestral, Khan Dari, miembros de su familia han sido los jefes tribales durante al menos un siglo. También enseñó derecho musulmán en la Universidad de Bagdad durante muchos años antes de abandonar Iraq en 1997 para enseñar en los Emiratos Árabes Unidos hasta la caída de Hussein en 2003. Fue solo entonces que se unió a la Asociación de Clérigos Musulmanes y alcanzó su posición actual.
Otros líderes sunníes se han irritado claramente con la repentina prominencia de Dari. "Se está comportando como si fuera el Sistani sunní", dijo Adnan Pachachi, el viejo estadista sunní de 81 años, refiriéndose al poder casi absoluto del gran ayatolah sobre la vida religiosa y política de muchos chiíes. "Pero, por supuesto, no lo es".
Pero Pachacho, un personaje laico y liberal que ha hecho esfuerzos por organizar a los dirigentes políticos sunníes de Iraq en las últimas semanas, reconocieron que la palabra de Dari tiene una enorme infuencia.
Gran parte de ese poder se deriva claramente de su reputación como un hombre que es respetado por muchos combatientes de la resistencia. "Esa percepción de él es una de las razones por la que muchos lo tienen por una persona importante", dijo Ashraf Qazi, el enviado de Naciones Unidas en Iraq, que se ha reunido varias veces con Dari.
Hay indicios de que Dari puede estar aflojando su posición. En febrero, la Asociación de Clérigos Musulmanes emitió una serie de condiciones que debían ser satisfechas antes de que aprobara la redacción de una constitución y la ronda siguiente de elecciones, especialmente la retirada norteamericana y la liberación de todos los detenidos en prisiones militares estadounidenses.
El lunes sugirió que estará contento con un calendario de la retirada norteamericana. Otros líderes sunníes de la línea dura han hecho gestos similares.
"No insistimos en que los norteamericanos se retiren de una vez, mientras se queden en sus bases y dejen de marginarnos de la vida política", dijo Ali al-Mahadani, clérigo de la mezquita de Ubn Tamymiyya en Bagdad. Algunos líderes políticos dicen incluso que los sunníes, después de mucho discutir, están empezando a dar señales de un interés común.
"Yo creo que los sunníes han empezado a unirse, como los chiíes y kurdos", dijo Sharif Ali bin Hussein, un antiguo financista y primo del último rey de iraq. "Los que tenemos más experiencia en la arena política estamos tratando de educar a los que tienen un punto de vista más militante. Lo que decimos es que no pueden continuar boicoteando el proceso político; es necesario que haya participación".
Ese punto de vista lejos de ser unánime. En una reciente conferencia en Bagdad convocada por Sherif Hussein, todos los aplausos fueron para alabar la resistencia. Algunos líderes tribales trataron de hacer callar a los que hablaban a favor de integrarse al nuevo gobierno.
En cuanto a Dari, dice que no está seguro de cómo reaccionaría la resistencia si sus exigencias de una retirada estadounidense fueran cumplidas. Pero aventuró una hipótesis.
"Creo que los líderes iraquíes podrían hablar y apelar a la resistencia", dijo. "Podrían decirles: Si queréis liberar el país, la liberación no debe producirse a cualquier precio. Así que debéis ahorrar vuestra sangre y dinero'".
Mona Mahmoud y Zaineb Obeid contribuyeron a este reportaje desde Bagdad, y Eric Schmitt desde Washington.
30 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh