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el mundo alucinante


[Osvaldo Aguirre] Una novela abierta y heterogénea de Gonzalo Celorio que da una visión cabal de las distintas facetas de la cubanidad.
Gonzalo Celorio, mexicano, suele decir que se siente mitad cubano. No le faltan razones: su madre, tres de sus hermanos y una prolífica parentela nacieron en la isla; desde muy joven adhirió a los ideales de la Revolución Cubana, estudió a sus escritores y más tarde los difundió a través de sus gestiones como editor en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Fondo de Cultura Económica. Al primer mojito, dice, se le atragantan las eses y se le licuan las erres en la boca, como un signo de persistencia de otra lengua, la lengua materna. Sin embargo, aquellos dos grandes amores no se integraron de modo armónico. Al contrario, desde el principio plantearon una contradicción, que se profundizó con el paso de los años. El conflicto estaba en la propia familia, ya que la Revolución separó a la madre de sus hermanas, tanto en la geografía como en la valoración del nuevo régimen, y ese antagonismo es el origen de Tres lindas cubanas.
La novela, sin embargo, no es aquí un ámbito para resolver contradicciones. En todo caso, sirve para desplegarlas y observarlas en todos sus matices. Para Celorio, el género se define por su carácter transgresivo. Novela, en sus términos, sería aquella narración que pone en crisis las definiciones usuales. Más bien sería otra cosa, algo a lo que sólo por falta de un nombre mejor se llama novela. Esa es la cualidad que admira en las obras que toma como referencia –Paradiso, de José Lezama Lima, El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas– y en cuya tradición aspira a situarse. Así, la autobiografía, la crónica de viajes, la correspondencia, el ensayo literario y político y la ficción convergen en su relato y lo despegan de cualquier convención. Al margen de las propias ideas del autor, esa forma parece haber sido impuesta por el poderoso impulso de la experiencia y de las voces que llevaron a la escritura: ante todo, el mandato de una tía que dejó como legado un texto, una primera versión de la historia.
Lo subversivo de esta novela surge a propósito de su estructura y sobre todo del juego con la figura del narrador y la del propio autor. El libro se desarrolla con base en la alternancia de la saga familiar, que remite a fines del siglo XIX, con la crónica de las visitas de Celorio a Cuba, a partir de 1974, realizadas como miembro de delegaciones oficiales, como escritor, como turista, como profesor, como directivo de la UNAM. La continuidad de los capítulos es interrumpida por instantáneas y anécdotas breves, que abren cursos secundarios, aunque siempre referidos al objeto principal. Al mismo tiempo, la narración trama distintas voces, como si el ejercicio de memoria propuesto despertara y encontrara descarnadamente vivos a los personajes a los que se propuso invocar.
La relación de Celorio con Cuba hace presentes además los valores de la generación y el movimiento estudiantil de los '60. En la isla "todo resultaba conmovedor, ejemplar, maravilloso", dice, a propósito de su primera visita; al saludar a Fidel en una recepción "estaba dando la mano a la historia y a la esperanza". Tanta luz no disimulaba las zonas de oscuridad: la imposibilidad de visitar a Lezama Lima, estigmatizado como "conflictivo", es entonces un indicio de la otra cara de la moneda, una cara cada vez más visible. Pero a diferencia de lo que ocurrió con otros intelectuales, no hay desencanto ni abjuración sino una actitud crítica que reconoce al mismo tiempo "los enormes beneficios y las tremendas limitaciones" del sistema socialista. En esa perspectiva, Celorio destaca la situación de los escritores que, sin adherir y aun diferenciándose del régimen, suelen ser rechazados (como demuestra un episodio protagonizado por Octavio Paz) por el hecho de permanecer en la isla o no formular una condena explícita; del mismo modo, repara en la indiferencia de la cultura oficial mexicana ante el exilio cubano, una actitud completamente distinta de la observada con los exiliados de la España franquista. El devenir de la Revolución, a la vez, aparece a través de pequeños sucesos de la vida cotidiana que pesquisa con oficio de narrador: la costumbre de abrir la heladera sólo una vez por día para que no se gaste el hule de la puerta, un elemento irreemplazable; la anécdota del tío hambriento que se comió las cáscaras de una naranja y las actitudes policiales de un funcionario de último rango son detalles mucho más reveladores y sabrosos que cualquier disquisición. Cierto olor característico e indescriptible, la incomparable sensación de fumar un puro en Cuba, un imponente Chevrolet Belair preservado inmóvil y reluciente como un objeto de culto, "los espectaculares culos" de las bailarinas del Tropicana, ciertas manías de Fidel Castro: la extraordinaria materia de la novela está hecha por datos de esta especie.
El éxodo masivo de 1980 y la situación de Reinaldo Arenas, caso testigo de la censura y la homofobia, determinan una nueva mirada sobre Cuba. Alejo Carpentier y Lezama Lima, referentes de la literatura oficial y de la marginada, son personajes centrales. En general Celorio no abre juicios de valor pero despliega su relato de manera que el lector pueda planteárselos: es significativa, en ese sentido, la oposición sugerida entre Norberto Fuentes, escritor y funcionario que cayó en desgracia, salió al exilio y denunció al régimen del que había formado parte, y Dulce María Loynaz, que permaneció en La Habana como en un mundo aparte.
Con toda la provisión de su propia experiencia y la de sus ancestros, Celorio sintió la necesidad de escribir "lo que fuera" para cumplir con ese legado. Y el resultado es un libro cargado de intensidad, que ilumina de un modo particular su asunto y recompensa al lector con múltiples historias, sugerencias y nuevas preguntas.

Libro reseñado:
Tres lindas cubanas
Gonzalo Celorio
Tusquets
384 páginas

15 de octubre de 2006
©página 12
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en el lado oscuro


[Peter Gilstrap] En sus libros sobre crímenes y novelas pornográficas, John Gilmore ilustra el lado oscuro de Los Angeles.
Desde el punto de vista del tiempo, es una tarde de domingo que pudo haber sido sacada de un Los Angeles desaparecido hace mucho tiempo: sol, intenso cielo azul, suave brisa. El aire huele bien: un toque de gas de tubo de escape de autobuses entrelazado con el Pacífico. John Gilmore, de un metro ochenta y dos y siete décadas, está parado en el centro de la Plaza de Pershing en el medio de la ciudad que ha sido el telón de fondo de todos los asesinatos y masacres y dolor y muerte que ha llevado a la vida en las páginas de sus libros.
La plaza está prácticamente vacía, incluso tranquila. Un policía, algunos turistas, una pareja de tipos durmiendo, que son o pordioseros o están cansados o las dos cosas. Nada parecido a lo que era la Plaza de Pershing cuando Gilmore llegó aquí de niño, cuando Liz Short lanzaba miradas ardientes a los marinos fuera de servicio, cuando la gente todavía sabía quién había sido Pershing.
"Había gente en todas partes", recuerda. "Los tipos gritaban y chillaban, hablaban sobre la Depresión y los sindicatos y cosas parecidas. En el centro había césped, había grandes fuentes en el medio y estaba llena de palmeras. Todavía es bonita, si miras al viejo Biltmore y la arquitectura más reciente. Es una sensación simplemente maravillosa, un sentimiento maravillosamente positivo".
Se puede decir que la mayoría de la gente no se para a leer las leyendas de los monumentos públicos, pero Gilmore quiere señalar algo, unas palabras grabadas en una pared suavemente combada de muchos metros de largo. Es un pasaje escrito en 1946 por el escritor y activista Carey McWilliams. Uno de sus pasajes dice:

En Hollywood había pasado una noche extremadamente agitada y un alma caritativa me había dejado, cuando se acercaba la mañana, en una habitación en el Hotel Biltmore. Al día siguiente salí del hotel para enfrentarme con el sol dolorosamente brillante y emprendí, cruzando la Plaza de Pershing, un inestable peregrinaje hacia mi oficina en un estado de miserable decrepitud. Frente al hotel los canillitas gritaban los titulares de la hora: recién se había descubierto en el maletero de un coche el cuerpo de un hombre asesinado; el fiscal de distrito había sido acusado de soborno; Aimee Semple McPherson había puesto a la ciudad de cabeza con una espectacular travesura; un famoso jugador de rugby de la Universidad de California del Sur había sido capturado robando un banco; se había desmantelado un burdel en Los Feliz Hills; un productor de cine había hecho una estrambótica oferta al gobierno egipcio pidiendo permiso para iluminar las pirámides y publicitar una película que sería lanzada dentro de poco; y, en los intervalos de estas revelaciones, había noticias sobre otro profeta, recién venido del desierto, que predecía el fin de la ciudad, una predicción por la que le estoy morbosamente agradecido. En el centro del parque, un poco acomplejado por mi tenida nocturna, me paré a mirar una típica diversión de la Plaza de Pershing: una desaliñada rubia entrada en años, con la falda muy por arriba de las rodillas, animada por una multitud de gesticulantes y lascivos viejos, cantaba un gospel mientras bailaba alegremente en torno a la fuente. Se me ocurrió, repentinamente, que no había ni habría nunca en ninguna parte del mundo un lugar como la Ciudad de Los Angeles...

Gilmore descubrió hace poco este pasaje, que describe su propia atracción por la perversa belleza de Los Angeles, una tierra de brillante sol y de cuerpos encontrados en maleteros.
"Un día me dirigí temprano hacia el centro porque quería eludir el tráfico, y me tomé una taza de café en la Grand", dice. "Estaba cruzando la Plaza de Pershing -recuerdo que había estado ahí de niño- y leí la leyenda en esa pared. Levanté la vista, y ahí estaban esos enormes edificios, brillando todos como botellas de termo bajo el sol de la mañana, y pensé: ‘No es como en los viejos días', y de repente me di cuenta de que la ciudad siempre cambia, ¿no es así?, y cambia y cambia y cambia y de repente surge del polvo esta cosa enorme, surge entre la vieja ciudad, y ahí está, y estás contra ella o a favor de ella. Eso es lo que sentí. Fue muy vigorizante, muy excitante".
Y esto lo dice un hombre que ha pasado la mayor parte de su vida moviéndose en este y otros países, de ciudad en ciudad, buscando un oficio, una existencia creativa que correspondiera con un tiempo y un espacio.
"He llegado a creer que el lugar donde naces y el lugar donde te crías inicialmente, de algún te marcan para siempre", dice. "Puedes vivir en otros lugares, pero todavía persiste esa lejana voz, que veces la puedes distinguir, ¿sabes?".
Una joven latina en pantalones perversamente apretados y tacos altos pasa pavoneándose. Gilmore la mira apreciativamente.
"En Los Angeles hay también otro montón de cosas".

El Los Angeles de John Gilmore está poblado por legiones de muertos. Esa es una cosa buena; son personajes por los que se siente atraído. En el curso de once libros, en gran parte autobiográficos y policiales, se ha convertido en el Boswell del cicatrizado bajo vientre de la ciudad, el cronista de la gente buena que perdió el norte, de la gente mala que se hizo peor y de las cosas que han salido muy, muy mal.
En sus 71 años ha sido actor, pintor, director, escritor de novelas baratas, periodista, bohemio desempleado. Ha sido amigo, confidente, oyente de incontables personajes de Hollywood -prominentes y del lado oscuro- y es con estas experiencias con las que escribe, ofreciendo rudas descripciones de la vida en el lado escabroso con una prosa concisa y cruda. Aparte de su libro autobiográfico ‘Laid Bare: A Memoir of Wrecked Lives and the Hollywood Death Trip', la mayoría de sus escritos son familiares artículos de novela negra: ‘Severed: The True Story of the Black Dahlia Murder', ‘The Real James Dean', ‘Manson: The Unholy Trail of Charlie and the Family'. Su revelación más reciente, ‘L.A. Despair: A Landscape of Crimes and Bad Times', presenta la distintiva visión de Gilmore sobre sucesos como los asesinatos de Wonderland, la triste implosión de Barbara Payton, la bomba de los años cincuenta, y el brutal asesinato de su esposa separada por la pequeña estrella del country, Spade Cooley. Sin embargo, Gilmore no es un vendedor zalamero ni un ex famoso vengativo venteando chismes perimidos. Es un diestro narrador de primera mano, un artista de la crónica roja capaz de humanizar leyendas y monstruos.
De ‘Laid Bare', al ver una presentación de Hank Williams a principios de los años cincuenta:

Se ha escrito que Hank doblaba las rodillas cuando cantaba, y que también las movía de lado a lado en cámara lenta, como en el Charleston, semi-doblado y casi agachado sobre la rodilla, con la cara cubierta de sudor. Mantenía la parte superior de su cuerpo tieso, como si los huesos se hubiesen fundido de algún modo, y para girar su cabeza, tenía que girar también el cuerpo. Sus ojos parecían enfadados: no le gustaba nadie de toda esa gente. En su rígida cara, la piel apenas se movía, excepto para arrugarse en los bordes, como una dura calcomanía que se suelta bajo el agua.
Yo describiría el espectáculo de Hank como desesperado, como el de un hombre arrinconado por algo. Miraba a la gente como si buscara alguna salida secreta por donde escapar a toda prisa.


De ‘L.A. Despair', una visión de John Holmes cuando se aleja a toda velocidad del baño de sangre en Wonderland Avenue:

Acurrucado en el asiento de atrás, como si estuviera solo -un hombre condenado-, Holmes pensó de repente que debía haberse suicidado. Debería haberse tragado un veneno o arrojarse desde un coche en movimiento, pero no tenía agallas. Era un hombre vacío, dado vuelta. El negro le dio una roca de cocaína, como quien arroja un cacho de arroz en el vaso de un pordiosero. Los dedos manchados de sangre de Holmes temblaron cuando trató de encender el encendedor y aspiró el gas. De su garganta salían gruñidos mientras el coche era tragado por la noche de Los Angeles.

Los libros de Gilmore han sido publicados por pequeñas editoriales marginales, como Amok, Scapegoat y Thunder's Month, y el autor evita las notas al pie de página y las bibliografías, haciendo difícil verificar citas y monólogos interiores, lo que le ha ganado algunos reproches. Pero a Gilmore le es indiferente. "Todo lo que he escrito tiene que ver de algún modo con cosas que he vivido personalmente", dice.
"‘Estoy interesado en los aspectos emocionales y psicológicos de la gente y en lo que hacen y por qué lo hacen. Yo pinto la parte sangrante de la carne. No soy morboso, oscuro, raro, pero ese es mi trabajo, eso es lo que retrato. Mis únicos criterios son si suenan verídicos, y todo eso es una opinión sobre la época en que vivimos".

Aunque ha vivido en Nueva York, Nuevo México, Arizona y, brevemente, en París, Gilmore es un genuino hijo de Los Angeles. Nació justo después de medianoche el 5 de julio de 1935, en el pabellón de indigentes del Hospital General del Condado de Los Angeles, hijo de una actriz figurante de MGM, Marguerite McFarren (que más tarde se cambió el nombre por el de LeVan) y un frustrado actor que se convertiría pronto en un agente del Departamento de Policía de Los Angeles LAPD, Robert T. Gilmore Jr.
"Tengo una fotografía de mi madre en que estaba embarazada de mí en esa pequeña casa en London con Micheltorena", dice sobre su vecindario prenatal de Silver Lake. "Creo que fue el 26 de junio. Y ahí está ella, y mi papá. Es la única foto que existe de mi familia donde estamos los tres".
Después meses de su nacimiento, el matrimonio terminó, y el hijo único fue dejado al cuidado de su abuela paterna.
"Mi madre estaba muy metida en su vida y no sabía qué hacer con un bebé, y mi padre no quería encargarse de criar a un niño, así que me dejaron con mi abuela. Pero ella no me daba lo que yo necesitaba emocionalmente como ser humano", dice Gilmore. "Así que yo estaba muy abierto emocionalmente, y absorbía todo: gente, lugares, cosas, diálogos. Puedo recordar monólogos de cuando tenía cinco años. Me he pasado la vida absorbiendo cosas".
En la época de la Segunda Guerra Mundial, Los Angeles era una espumosa placa de petri de crimen y castigo y el joven Gilmore se destetó en ella. "Cuerpos en los maleteros y asesinatos en la bañera, y atracos y golpizas y robos y violaciones y puñaladas y disparos. Yo simplemente vivía todo eso, y la guerra, y todo lo demás. No sabía que existía un tipo de vida sin guerra. Era siempre el telón de fondo de todo. Estaba siempre ahí". Todavía estaba viviendo con su abuela cuando, dice, conoció a la mujer que se convertiría en su musa -y en una figura trágicamente simbólica en los anales de la novela negra de Los Angeles.
La joven y sensual aspirante a actriz en Hollywood, Elizabeth Short, fue encontrada, en enero de 1947, el mismo año en que Gilmore aprendió a nadar en la YMCA del centro (dice que todavía conserva el diploma), cortada en pedazos en un sitio eriazo en la calle 39 con Norton y apodada desde entonces ‘la Dalia Negra'. Pero un año antes de que Short se encontrara con el destino y Gilmore desafiara el suyo, dice, pasó algo verdaderamente raro e inverosímil: Una asoleada mañana de 1946, Liz Short se dejó caer por su casa.
"Era una obsesión para mí, desde que la conocí cuando tenía once años", dice. "Se apareció con dos homosexuales que era extras de películas, aunque cuando era niño yo no sabía nada sobre los homosexuales. Uno de los tipos era un pensionista al que llamábamos Jack McCormick, y era alcohólico y estaba siempre hablando sobre los últimos asesinatos.
"El otro tipo se llamaba Ed Miller. Lo recuerdo claramente. Vivía en la calle de la playa, con su mamá. Solíamos ir a pescar allá. Llegó con esos dos porque quería hablar con la hermana de mi abuela, Sarah Short, que estaba casada con Pat Short. Ella pensaba que las dos estaban relacionados de algún modo.
"Así que llegó a mi casa y ahí estaba yo, y ella estaba vestida de negro, de pies a cabeza. De arriba abajo, todo. Y llevaba guantes negros -lo recuerdo como si fuera ayer-, llevaba esos largos, largos guantes negros, y recuerdo los pliegues de esos guantes y que ella nunca se los sacó.
"Estaba hablando con mi abuela y me miraba -porque yo la estaba mirando- y me sonreía. Finalmente la llevé a mi dormitorio. Yo tenía un gran interés en la magia y tenía un montón de carteles de magia, y ella estaba muy interesada en eso. Hablamos sobre magia unos 15 o 20 minutos. Recuerdo que había dos camas: una mía y la otra de mi hermanastro, que no estaba, y ella se sentó en esa cama, inclinándose hacia la mía. Así que tuve una buena vista de ella".

Como no es alguien que se salte los detalles licenciosos, Gilmore hace una admisión casi edípica que lleva la historia a otro nivel.

"De cierto modo, era como mi madre. Me provocaba algo sensual, como quieras llamarle, que de algún modo estaba ligado con lo materno, que estaban de algún modo asociados en mi perversa psique. Cuando se marchó, le dije a mi abuela que me casaría con ella. Ella fue mi primer amor, en serio, aparte la pequeña Geraldine que vivía más abajo en mi calle".
Aunque se desconoce el destino de Geraldine, el asesinato todavía no resuelto de la Dalia Negra ha sido la mecha de muchos libros, desde la versión novelada de James Ellroy (la base de la nueva película de Brian DePalma) hasta ‘Black Dahlia Avenger', de Steve Hodel (en la que dice que su padre cometió ese crimen) y ‘The Black Dahlia Files', de Donald H. Wolfe. Gilmore llama a los dos últimos "memeces comerciales". Su propia ‘Severed', publicada en 1994, presenta a otro posible culpable, un tal Jack Anderson, alias Arnold Smith.
"Fui lo más lejos que pude con la información sobre Smith", dice Gilmore. "Cada vez que escribía un artículo o aparecía algo sobre el asesinato, el tipo se ponía en contacto conmigo. La última vez que hablé con él, me dijo: ‘Creo que es hora de que hablemos sobre el asesinato'. Yo le dije: ‘¿Qué asesinato?' Me dijo: ‘El de ella'. Siempre decía "el de ella". Y era un caso abierto, así que tuve que ir a la policía. Se lo dije. Entiéndeme bien, este era un homicidio, estábamos hablando de algo que había sucedido de verdad, era una muerte de verdad, con sangre de verdad. Él murió poco después en el incendio de un hotel. No digo que sea el tipo que cometió ese crimen. Sólo digo que tenía información que era muy significativa. Todo eso pasó hace 59 años, man. Es un crimen no resuelto".

Para cuando fue a la Escuela Secundaria Hollywood, Gilmore sabía bastante sobre las costumbres del Hollywood de fuera de la escuela. El precoz adolescente pasaba las noches con sus amigos en lugares calientes de Sunset Strip, bebiendo ginebra y tónica. Era alto y guapo, y directores, agentes y guionistas de los dos sexos lo invitaban a beber y cenar con ellos, cortejándolo.
Cuando escribió sobre el ambiente en Ciro's y Mocambo para una clase, el maestro de inglés le sugirió que se dedicara a escribir. Lo consideró durante largo tiempo antes de decidir que quería ser actor. Inspirado por el agridulce Método de Marlon Brando y Montgomery Clift, hizo el peregrinaje hasta Nueva York para seguir clases en el Actors Studio de Lee Strasberg. Tenía 17 años. Poco después, en una droguería cerca de Times Square, un amigo lo introdujo a otro joven y ambicioso iconoclasta, James Dean. Se cayeron bien, y siguiendo siendo amigos mientras Dean se convertía en estrella y Gilmore se moría de hambre.
Después de un breve período en el ejército, Gilmore volvió a Hollywood. Se contactó nuevamente con Dean, cuya imagen cinematográfica de niño malo iba a toda máquina. Salían juntos a pasear en moto y mataban el tiempo en Googies, en el Strip, fumando y mirando y charlando hasta la madrugada mientras las plazas dormían. Gilmore viajaba entre Nueva York y Los Angeles, sobreviviendo a duras penas. Dean murió. (Años después, dice Gilmore, Jim Morrison se acercó a él, pensando que tenía las ropas ensangrentadas que llevaba Dean cuando murió. No las tenía, pero de todos modos pasó un buen rato con el Lizard King, bebiendo y tomando ácido).
Viajó a París para un papel en una película de Jean Seber que nunca se rodó, conoció a William Burroughs, Gregory Corso y otros escritores expatriados, volvió a Los Angeles, y empezó a trabajar en la tele -en un piloto de ‘The Aquanauts', el papel protagonista en ‘Lawman'. Se descubrió alejándose cada vez más del reluciente epicentro de Hollywood, convirtiéndose en un tipo de fracasado sobre los que escribiría algún día. Como con su amigo muerto, Dean, Gilmore se vio obligado a mirar cómo tíos corrientes como Dennis Hopper y Jack Nicholson tenían éxito, algo que él encontraba desconcertante.
"Me sorprendió ver que Nicholson se convirtiera en una gran estrella", dice. "Era un don nadie. La gente se reía de él. Había tenido algunas buenas actuaciones porque tiene un montón de confianza en lo que hace, pero en general no sabe hacer nada. Y tampoco tiene un atractivo sexual. ¿Sabes de quién me di cuenta que tenía sex appeal? Broderick Crawford".
Estaba cada vez más claro para Gilmore que una carrera como actor iba a significar lavar un montón de platos. "No podía hacerlo. No servía como actor", admite. "Dejé de ser actor en los años sesenta, y me dediqué a escribir, que fue muy difícil para mí durante un tiempo. Del 62 al 66 escribí un montón de novelas pornográficas. Las escribía con piloto automático. Me tomaba nueve días escribir una".
Todas esas rápidas novelitas baratas fue publicadas con nombres diferentes -‘Dark Obsession', de Mort Gilliam, ‘Hot Spot', de T.J. Howard, ‘Strange Fire' y ‘Lesbos in Panama', del prolífico Neil Egri- y son ahora objetos de colección muy codiciados. No era arte, pero era literatura y a Gilmore le daba esperanzas. También lo introdujo en el bizarro y desdeñado círculo social que incluía a travestis desgastados como el director Ed Wood Jr. Llamado alguna vez el mecanógrafo más rápido del estado de Nueva York, el alcohólico Wood producía como salchichas los mismos sórdidos productos que Gilmore.
"Ed era un tipo estupendo. Pero estaba completamente loco", recuerda. "Era raro sentarse a hablar con alguien que llevaba una blusa y los labios pintados, y sudando siempre, porque bebía mucho. Una parte de mí lo repelía, de cierto modo, pero otra parte le tenía compasión, y quería darle cariño o conocerlo y darle algo diferente a lo que tenía".
La sirena del crimen llamó a Gilmore en 1966, el año que conoció a su primer asesino. Charles Schmid había sido acusado de asesinar a dos de sus novias y a la hermana de otra y de haberse deshecho de los cuerpos en el desierto de Arizona. El autor escribe que el carismático asesino fue "el primer criminal que conocí, el primer criminal famoso que reconocería en mí una peculiar familiaridad".
"En el tribunal estaba la prensa, la mayoría de ellos hombres entrados en años, y me di cuenta de que Schmid buscaba mi mirada, quizás porque yo era joven, pero también había otra cosa", dice Gilmore. "Me interesé en Smitty, y eso duró un montón de tiempo. Sus padres me hicieron alojar en la pequeña casa donde cometió los asesinatos, y no pude dejar de pensar en ellos. No podía dormir, así que me levanté y me marché a un motel".
Publicada en 1970, ‘The Tucson Murders' fue el primer paso de Gilmore como escriba de la crónica roja y con un estilo que era parte observador objetivo y parte portavoz del malhechor, todo ello con el fin de seducir al lector hacia su visión del lado oscuro y demente del mundo. En el lenguaje de su primera formación en el Método, Gilmore describe el descubrimiento de su autor interior: "Yo no era un periodista, un cronista. Yo era un artista, y esas experiencias y encuentros eran como las pinturas, los tintes, los tonos, los contrastes y los barnices que yo utilizaba para formar una imagen vibrante que reflejara la experiencia humana".
Sus libros empezaron a llamar la atención, y obtuvieron reseñas positivas -y aunque no empezó a llegar el dinero de inmediato, había empezado a publicar literatura legítima. Las primeras entrevistas con Charles Manson, tras su detención, y con sus ‘chicas' todavía libres, Sandra Goode y Squeaky Fromme, llevaron a ‘The Garbage People', de 1971. Siguieron otros libros, entre ellos las perversas novelas eróticas y negras ‘Fetish Blonde' y la reciente ‘Crazy Streak', todas escritas con el mismo y gloriosamente inquietante tono de sus libros no literarios.
"Creo que tengo una visión muy misántropa", dice Gilmore. "Me atraen las cualidades absolutamente sombrías de la vida y la muerte... Es simplemente una especie de ley de la selva".
Mirad casi cualquier fotografía de John Gilmore -no importa si fue tomada ayer o hace cincuenta años- y la postura es la misma: la cabeza ligeramente inclinada, los ojos pesados perforando las lentes de la cámara. El demonio guapo, el personaje peligroso.
"Ese es el inconformista, el rebelde inconformista" aclara.
Su prestigio como actor puede haber vivido su ocaso hace décadas, pero la postura se le quedó, una credibilidad de vieja escuela ungida por el paso del tiempo, no por la decadencia. Para los fans del lado oscuro de Los Angeles y aquellos que se deleitan con lo desagradable, Gilmore mismo se ha entrelazado con la gente y las tradiciones y las épocas sobre las que ha escrito. Es un vínculo viviente con los muertos grandes y pequeños, un hombre que bebió con Hank Williams mientras la desperdiciada leyenda se meaba en los pantalones, un hombre que charlaba con la Delia Negra sobre magia, un hombre que besó a James Dean.
Gilmore dice que ya no está interesado en hacer crónica roja, que ‘L.A. Despair' es un canto del cisne empapado en sangre del género. "He dejado la crónica roja. Ya no me reconozco en otros criminales. No me interesa", dice. "En algún momento me gustaría escribir una historia sobre un detective de la brigada de homicidios de la LAPD que está tanteando las fronteras. Ahora mismo estoy trabajando en una gran novela sobre una reina de los bolos que viene del desierto de Mojave. Empecé este libro en 1963 cuando vivía en las Hollywood Towers. Me encantan las boleras. Yo controlaba las clavijas cuando era niño, en la bolera de Emerald Cove en Hollywood. Ahora nadie sabe qué es eso".
Una novela sobre una reina de los bolos probablemente no romperá récords de venta, pero eso no le preocupa al chico de las clavijas.
"Honestamente, creo que no he pensado nunca en mi carrera", dice Gilmore. "Cuando era joven y actor sí lo hice, porque entonces pasaba por la época en que quieres ser algo que no eres y persigues ese objetivo por todas partes: ‘¡Mi carrera, mi carrera!'. Yo me veo a mí mismo como creador, y lo que hago combina muy bien conmigo. Quiero decir, esto funciona, me da lo que ando buscando".

17 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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murió oriana fallaci


[Ian Fisher] A los 77 muere escritora y agente provocador italiana.
Roma, Italia. Oriana Fallaci, una analítica entrevistadora de los poderosos e iconoclasta periodista convertida ella misma en icono, que en los últimos años escribió furiosamente sobre la amenaza del islam, murió hoy en su ciudad natal de Florencia, informó el hospital. Tenía 77 años.
Sufría de cáncer desde hace una década. Los informes de prensa italianos dijeron que Fallaci, que vivía en Nueva York y Florencia, había ingresado la semana pasada a la clínica privada Santa Chiara en Florencia.
Se hizo famosa en los años sesenta y setenta por sus reportajes y extensas y agresivas entrevistas con gente importante. Fallaci fue llamada alguna vez "la periodista a la que prácticamente ningún personaje de altura mundial decía no". Entrevistó, entre otros, al ayatollah Ruhollah Khomeni, Yasir Arafat, Golda Meir, Indira Gandhi, Nguyen Van Thieu y Henry Kissinger.
Kissinger, ministro de relaciones exteriores del presidente Nixon, llamó a la experiencia "la conversación más desastrosa que he tenido en mi vida con alguien de la prensa". Persuadió a Nixon para que admitiera, en la cúspide de su poder y fama en 1972, que a veces se sentía como "el vaquero que dirige el vagón del tren galopando delante solo en su caballo, el vaquero que entra solo al pueblo".
Una figura elegante con pómulos sobresalientes, un caracolillo negro pintado con lápiz de ojo y siempre con un cigarrillo, Fallacoi creía que tenía el derecho a preguntar o decir todo -y es lo que hacía en artículos y otros escritos que fueron traducidos a más de veinte idiomas.
"¿Cómo se puede nadar con un chal?", le preguntó al ayatollah Khomeni en 1979, poco después de su ascenso al poder en Irán en 1979.
Ese rasgo le ganó una nueva generación de admiradores -y muchos otros detractores- después de que pusiera fin a años de silencio tras los atentados con el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. En una trilogía que empezó con ‘La rabia y el orgullo' [The Rage and the Pride] (Rizzoli, 2002) y muchas entrevistas después de los impactantes sucesos, atacó no solamente a los extremistas islámicos sino también al islam mismo, así como a un Occidente que decía que era demasiado complaciente y tolerante como para entender de modo realista la amenaza.
Diciendo que los "hijos de Alá procrean como ratas", condenó violentamente la creciente inmigración de musulmanes en Europa, incluyendo su nativa Italia.
"Europa ya no es Europa. Es ‘Eurabia', una colonia del islam, donde la invasión musulmana no transcurre sólo en un sentido físico, sino además en un sentido mental y cultural", dijo al Wall Street Journal en 2005. "El servilismo ante los invasores ha envenenado la democracia, con obvias consecuencias para la libertad de pensamiento, y para el concepto mismo de libertad".
Las advertencias de Fallaci le ganaron el afecto de los conservadores -y en 2005 obtuvo una audiencia con el Papa Benedicto XVI, aunque fue atea toda la vida-, pero también fue acusada de racismo.
Fue acusada en Suiza e Italia por violar leyes contra la denigración de religiones, y en 2003 un diario de izquierda italiano la llamó una "exhibicionista haciéndose pasar por la Juana de Arco de Occidente".
Nacida el 29 de junio de 1929 en Florencia. Su padre antifascista, Edoardo, un ebanista, la hizo actuar como vigía de la resistencia italiana a los diez años. Ese precoz contacto con la aventura y la guerra se convirtieron en una norma.
Como periodista cubrió guerras en Vietnam y en Asia Central y América del Sur. En 1968 en Ciudad de México recibió tres balazos, fue arrastrada del pelo escaleras abajo y dejada por muerta en los enfrentamientos entre la policía y estudiantes en los que fueron ultimados varios cientos de manifestantes días antes de que se realizaran aquí las Olimpíadas de Verano.
"Lamentablemente, nada dice tanto sobre el hombre como la guerra", dijo Fallaci a un entrevistador en 2001. "Nada acentúa tanto en él la belleza y la fealdad, la inteligencia y la estupidez, la brutalidad y la humanidad, el coraje y la cobardía, el enigma. Para entender al ser humano, en última instancia la guerra sirve al escritor mejor que cualquiera otra experiencia -¿o deberíamos usar la palabra aventura?"
Pero fueron sus entrevistas las que la hicieron famosa. No se casó nunca, pero se enamoró de uno de sus entrevistados, Alekos Panagoulis, el poeta y activista griego que fue condenado en 1967 por el intento de asesinato del dictador militar, George Papadopoulos. Panagoulis murió en un accidente en la carretera en 1976 y ella mantuvo siempre que se trató de un homicidio, y escribió una novela sobre él, ‘Un hombre' [A Man].
Sus otros libros incluyen una colección de sus entrevistas, ‘Entrevistas con la historia' [Interview with History] (1976); ‘Si el sol muere' [If the Sun Dies] (1966), sobre el programa espacial norteamericano; ‘Carta a un niño que no llegó a nacer' [Letter to an Child Unborn] (1976), una novela sobre la conversación de una mujer soltera con el niño que abortó; y ‘La fuerza de la razón' [The Force of Reason] (2006), sobre el islam, Europa y la furiosa reacción a su libro de después del 11 de septiembre de 2001, ‘La rabia y el orgullo'.
En los últimos años fue una figura retirada y solitaria. Trabajaba en su casa en el Upper East Side y visitaba Florencia y una casa que poseía en Toscania. La sobrevive su hermana Paola, que la acompañó en el hospital.
Para una mujer que empujaba sin piedad a sus entrevistados a hacer revelaciones sobre sí mismos, Fallaci decía que no le gustaba hablar sobre ella misma.
"Hablar sobre una misma implica desnudar tu alma, exponerte como un cuerpo al sol", le dijo a un entrevistador en 1979. "Desnudar tu alma no se parece en nada a sacarse el sujetador en una playa llena de gente".

15 de septiembre de 2006
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moby dick y otros reportajes chilenos


[Ricardo Cárcamo U.] El desconocido origen penquista de Moby Dick. El popular personaje de la célebre obra de Herman Melville está inspirado en una ballena que habitó los mares cercanos a Isla Mocha, a mediados del siglo XIX.
Moby Dick. No, Mocha Dick. Ese es el verdadero nombre de la enorme ballena (cachalote, para ser precisos) que sirvió de modelo para el personaje de la famosa novela que escribió Herman Melville en 1851, ballena que según cuenta su relato aterrorizó por 40 años a los navegantes y marinos que intentaron cazarla sin éxito.
Así es. Para sorpresa de muchos, una de las historias más famosas del mundo tiene su origen en nuestra zona. Y pese a que se han tejido las más variadas leyendas e historias alrededor de su figura, algunos antecedentes permiten creer que efectivamente esta ballena blanca, caracterizada por Melville como agresiva, indomable y que destruía todo lo que encontraba a su paso, tuvo sus orígenes y su hogar en las aguas cercanas a Isla Mocha, en la Octava Región.
¿Cómo partió todo? Según Armando Cartes, abogado y presidente de la Sociedad de Historia de Concepción, en el siglo XIX "nuestra zona era muy visitada por balleneros de Nantucket, isla de Estados Unidos que era el centro de la industria ballenera mundial. De allá venían embarcaciones con medios muy rudimentarios a Talcahuano, que en ese entonces era un gran puerto ballenero.
Cartes señaló que en 1820, un buque llamado ‘Essex' "fue atacado por una ballena y su tripulación huyó en cuatro botes.
De ellos, dos se perdieron y los otros dos fueron encontrados: uno cerca de Valparaíso y otro cerca de la Isla Santa María, luego de 93 días y con dos sobrevivientes.
Uno de ellos fue Owen Chase, el oficial de la nave, quien meses más tarde publicó el relato ‘El naufragio del ballenero Essex' que tuvo una tremenda repercusión por lo dramático y realista de la historia del cachalote blanco".

Mocha Dick Vuelve a Casa
Primero fue Owen Chase, luego vino Jeremiah Reynolds. Según contó Armando Cartes, abogado y presidente de la Sociedad de Historia de Concepción "este capitán de la Armada estadounidense publicó en 1839 un cuento en la revista ‘Knickerbocker' llamado ‘Mocha Dick', que habla de una ballena blanca que vivía cerca de las Islas Santa María y Mocha. Este relato, junto al anterior de 1820, sirvieron de base para que Melville escribiera Moby Dick".
Cartes señaló la odisea que vivió para comprar el preciado texto.
"En un viaje que hice a Estados Unidos recorrí varios ex puertos balleneros y lo encontré en la tienda de un anticuario, y tras una intensa negociación me traje de vuelta a Mocha Dick a Chile, que es donde debe estar".
Ahora el abogado tiene la firme intención de que toda la comunidad conozca el verdadero origen de Moby Dick.

Historia Real
Mario Hahn ha respirado toda su vida el aire de Isla Mocha. Hijo de un colono del lugar, ahora hace de guía para todas las personas que llegan a visitar sus bellezas naturales.
Y es por esta tradición familiar que conoce la leyenda de Moby Dick. "Siempre ha circulado esa versión, que se llamaba Mocha Dick. Creo que puede ser verdad, además acá antes estaba lleno de ballenas, y venían balleneros de otros países a las islas Mocha y Santa María a cazar en bote y chalupas como cuenta la historia de Melville".
Hahn agregó que "cuando les dices que el libro se inspiró en lo que pasó en esta zona, la mayoría te mira con curiosidad, sin creer lo que les cuentas".
Sobre si la historia es real, Hahn aseguró no tener dudas. "Es una historia verdadera, se refiere a lo que pasaba acá con las ballenas, pero obviamente Melville exageró los detalles para hacer más atractivo su relato".

14 de agosto de 2006
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sobre reposición de sospechas


Preocupa reposición de detención por sospecha. Defensoría llamó a las autoridades a analizar cuidadosamente la modificación legal.

Un llamado a las autoridades civiles y policiales a analizar cuidadosamente la modificación legal con que la comisión de Constitución, Legislación y Justicia de la Cámara Baja repone la llamada detención por sospecha, realizó el defensor regional, Pedro Casanueva Werlinger.
La iniciativa, que facultará a funcionarios de Carabineros a detener a una persona sin la necesidad de una orden judicial ni que se constate flagrancia en un delito, de ser aprobada formará parte de la agenda corta antidelincuencia.
Para Casanueva Werlinger lo anterior constituye un retroceso en materia de derechos de las personas, al poner a la libertad de las personas en manos de los policías, quienes podrán hacer valer nada más que su criterio al momento de llevar a cabo ciertos procedimientos.

Preocupación
"Es gravísimo pensar que nuestra libertad personal quedará sometida al criterio de los funcionarios policiales o cualquier otro individuo, ya que tenemos claro que todas las personas tenemos visiones dispares frente a determinados hechos, podemos coincidir en tantas conductas como en otras no. Es peligroso pensar que no existirá una línea clara para decretar la privación de libertad de alguien", puntualizó.
El defensor regional coincidió con el presidente de la comisión, el diputado Pedro Araya Ortiz, respecto de que si esta iniciativa prospera, es posible que se preste para abusos, tal como se vivió antes con la detención por sospecha.

Derechos
"Si se continúa adelante con esta idea, estaremos frente a un sistemático debilitamiento del respeto a las garantías que nos protege nuestro estado de derecho. Hasta ahora hemos ganado espacios fundamentales en materia de derechos humanos, espero que no retrocedamos", expresó el profesional.
A su juicio, desde una primera etapa la agenda corta antidelincuencia ya presentaba algunos inconvenientes en materia de respeto a las garantías de las personas, especialmente en cuanto a la aplicación de la prisión preventiva con un carácter más extensivo.
Sin embargo, a partir de la aprobación por parte de la comisión de la aplicación por ‘criterio' policial de la detención de las personas, es un tema aún más complicado.
Pese a ello, confía que lo anterior sea revertido con la discusión en las demás instancias legislativas.

14 de agosto de 2006
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peleas de gallos en antofagasta


Criadores y dueños de estas aves abrieron sus puertas y mostraron su realidad.
Cuenta el gallero Carlos Troncoso, que durante la época de la Independencia de Chile (1810-1817), las peleas de gallos eran tan populares, que incluso los más importantes personajes de la historia batían a duelos a sus aves en la "arena".
En tiempos de revolución, José Miguel Carrera y Bernardo O´Higgins no sólo sostenían luchas políticas e ideológicas, sino que con sus animales, que se batían a "picotazos" en el "ring".
"Una vez, los gallos de Carrera le ganaron a los de O´Higgins. En estos tiempos ganar una pelea significaba algo especial y daba un status especial", cuenta Troncoso. Y aclara "O´Higgins las suspendió (las peleas), no las prohibió", en referencia a una de las cuatro reformas sociales que el gobernante implantó en 1818 para poner orden en el país.
Las peleas de los ‘Caballeros' , como se les conoce internacionalmente, han estado insertas en la cultura mundial de tiempos de antaño. Según libros de historia, hace más de 3 mil años, que en Egipto, se adoraba la capacidad guerrera de estos animales. En la antigua Grecia, los generales inspiraban a sus tropas con estas prácticas que hacían sacar "la valentía del gallo de pelea".

Peleas
Este fin de semana, se desarrolló una nueva versión del encuentro internacional de Peleas de Gallos en Antofagasta. Unos cien galleros de Arica, Copiapó, Ovalle, la ‘ rla del Norte' Perú se juntaron en el sector la Chimba para dar rienda suelta a su pasión.
Galpones, como se le conoce a los equipos, de estas ciudades, trajeron a sus mejores aves.
"Siembra los choritos", "Dle en la cresta" y "¡No hay gallo mejor que el mío!" son algunos de los gritos, que se escuchan, tal cual fuera estadio de fútbol.
Al fondo unas copas y un asador, que lleva la carne correspondiente. Son más de diez horas en las que el ‘Guerrillero', el ‘Castellano', el ‘Molinor' y el ‘Barbanegra'‘salen a la guerilla para buscar al "más gallo".

Los Galleros
Carlos Troncoso es el gallero con más experiencia de Antofagasta "y uno de los más antiguos de Chile", afirma. No dice su edad, pero da indicios. "Imagínese cuanto tengo, si llevo más de cincuenta años en esto".
Llegó junto a su familia desde el sur en 1928. "Cuando arribamos (con la familia) trajimos aves. La actividad prendió de inmediato en las salitreras", cuenta.
Es uno de los precursores de la actividad y forma parte de la Agrupación de Galleros de Chile, que se fundó en tiempos de la colonia.
En Antofagasta es presidente del Club Luis Cruz Martínez, que agrupa a siete galpones. Pagan patente y asegura tienen autorización para realizar estos eventos. "Somos un club y no damos un espectáculo de entretención. Trabajamos como cualquier institución deportiva".
Existen 10 galpones que agrupan a alrededor de 30 galleros que se junta cada 15 días en La Chimba, con sus mejores aves para "seguir la tradición". Hay criadores como Troncoso, que tienen alrededor de sesenta.
Tienen distintas profesiones y no sólo hay "chilenos", sino que gitanos, que agrupados en el Galpón Nicolich, tienen una larga tradición en el cuento. Estos, son los más apasionados y en un lenguaje propio, planean las estrategias para vencer al rival.
Apuestan desde 20 mil pesos en espectáculos, que congregan hasta 22 peleas. Realizan campeonatos como el de este fin de semana, donde el ganador se llevó la suma de 90 mil pesos.
Cuidan y alimentan a sus aves, literalmente, como un entrenador de boxeo.
Bajo su responsabilidad se encuentra el control del peso, las pruebas y ejercicios de resistencia y las curaciones de las posibles heridas que presentaran.
Según cuenta Troncoso, en el último tiempo, han estado en el ojo del huracán por "falsas acusaciones" de clandestinidad.
"Pasa que nosotros tenemos los permisos, pero como nos metieron con las peleas de perros, somos acusados de maltrato animal y eso no es cierto".

Código Penal
Documentos en mano, asegura que el código penal no sanciona estas prácticas y que sólo el artículo 496 Número 35, dice que se sanciona como falta al "que se hiciere culpable de actos de crueldad o maltrato excesivo para con los animales". Esto asegura que no ocurre y está amparado por Carabineros, que en 1978, le entregó un documento que permite la actividad.
El Informe 942 del Consejo de Defensa del Estado dictado el 15 de mayo de 1992, también explica este punto: "Las riñas de gallos no aparecen cubiertas o prohibidas por la figura penal del artículo 291 bis del código penal". Sólo se sanciona el maltrato y en caso que los animales cuenten con elementos externos como navajas, lo que según Troncoso, no ocurre.
En Arica, ciudad gallera por excelencia, la actividad es normal y Carabineros llega a resguardar el orden, según cuentan periodistas de medios locales.
Incluso, los criadores son premiados con galvanos por la propia municipalidad, como ocurrió en la Duodécima Concentración de Gallos de Pelea "Mes de Arica", que se efectuó en junio.

14 de agosto de 2006
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trifulca en el hipódromo


Descomunal batahola encendió el centro hípico de Antofagasta. Cerca de 300 apostadores se tomaron la pista para reclamar por fallo arbitral. Intervino carabineros.
Una batahola que obligó a suspender la competencia se produjo ayer alrededor de las 18.30 en el Centro Hípico de Antofagasta, luego que alrededor de trescientos apostadores se tomaran la pista para protestar por una decisión, que cambió el ganador de la octava carrera.
El triunfador había resultado Farwest Way, pero los jueces decidieron dar el triunfo a Es El por ‘distanciamiento', es decir por molestar al rival.
El fallo motivó la ira de los apostadores, quienes saltaron las graderías para tomarse el recinto y generar una batahola del porte de un buque. Según se informó, estos amenazaron a los jueces, no dejaron salir a los caballos y se acercaron a las cabinas de apuestas, para exigir la devolución de su dinero.
Los ánimos lentamente se fueron caldeando, hasta que intervino Carabineros, que se encontraban en el evento. Sin embargo, los jueces decidieron suspender las carreras por falta de garantías. Las autoridades definirán en los próximos días, las medidas a tomar.

14 de agosto de 2006
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sobre gatos


[Daniel Olave] En su mes los gatos están en celo por la luz de agosto. Y mientras se pelean en los tejados en busca de mininas que acorten las noches, repasamos los felinos que la televisión y la literatura han metido en nuestras alcobas.
En el cómic o el dibujo animado abundan felinos que suelen ser mostrados como personajes vivarachos y amantes del buen vivir (Don Gato, Fritz o Garfield), casi siempre listos (Félix, Doraemon) y, claro, algunas veces obsesionados con atrapar a su presa (Silvestre, Tom), aunque en esos casos suele ser ‘la víctima' la que los supera en ingenio.
Personaje fundacional, el Gato Félix partió primero en los dibujos animados y luego pasó al cómic. Aunque aún hay disputas sobre su paternidad, se atribuye su creación a Pat Sullivan, de cuyos estudios surgieron los primeros cortos entre 1919 y 1922. Fue toda una estrella en los tiempos del cine mudo y aún continúa reapareciendo en series y películas para la TV. Todo de negro y de sonrisa fácil, se caracterizó por su estilo y aventuras cuasi surrealistas.
Si Félix era casi surrealista, Krazy Kat (o la Gata Loca) era simplemente dadá. Creada en las tiras cómicas, por el maestro George Herriman en 1910, Krazy era la mascota de una familia aparecida en la historieta ‘The Dingbat family'. De ahí fue ganando protagonismo hasta convertirse en un personaje singular, habitante de su propio y alucinante mundo. Las historias de la Gata Loca ocurrían en el pueblo imaginario de Coconino County, y giraban en torno de Krazy (animal de sexo indefinido) y su amor no correspondido por el ratón Ignatz. Las historias siempre eran igual: Ignatz le lanzaba un ladrillo a Krazy, quien pensaba que era un acto de amor.
El caso de Tom es distinto. Aunque era un gato sensible y bonachón, su vida estaba marcada por su constante persecución a Jerry. Ambos fueron creados por William Hanna y Joseph Barbera cuando trabajaban realizando cortos para los estudios de la MGM bajo la supervisión del productor Fred Quimby. Los personajes nacieron en un corto llamado ‘Puss gets the boot', estrenado en 1940, aunque Tom se llamaba Jasper. Luego de ser nominado al Oscar al mejor corto animado, Quimby le encargó a la dupla Hanna y Barbera dedicarse sólo a hacer cortos con ellos. Renombrados como Tom y Jerry, entre 1943 y 1953 ganaron siete premios de la Academia.
Máximo representante de los gatos pillos, muy, muy huamizados, es el protagonista de la serie de TV ‘Don Gato y su pandilla' (‘Top Cat'), creada por Hanna y Barbera. Fueron 30 capítulos de media hora emitidos originalmente en horario prime en 1961. Don Gato era el líder de una pandilla de gatos de callejón que vivían en Nueva York y se la pasaban tratando de engañar a alguien o de vivir de la manera más fácil posible. En su pandilla estaban Benito Bodoque, Cucho, Demóstenes, Espanto y Panza, quienes estaban siempre alerta del oficial Matute, un policía preocupado de evitar sus pillerías.
Pero si a Don Gato le gustaba pasarlo bien, el Gato Fritz era directamente un vividor. Este felino libidinoso, iconoclasta y parrandero, pertenece a la mente afiebrada del dibujante Richard Crumb, una de las grandes figuras autorales del cómic underground. Con ciertos elementos autobiográficos, Fritz se convirtió en una suerte de representante de cierta contracultura estadounidense en los años '60. Apareció por primera vez en 1965 y contaba las historias llenas de exceso, drogas y sexo de un gato muy humano. En 1972, Ralph Bakshi hizo una película que aumentó la fama de Fritz, aunque a su autor no le gustó mucho. Tanto así, que decidió matar al personaje en el cómic.
Por su parte, el Gato Cósmico o Doraemon es el felino más famoso del animé o animación japonesa. Comenzó en el cómic en 1970 creado por Fujiko F. Fujio para la revista ‘Korokoro'. Sus historietas se han recopilado en más de 45 tomos y 19 volúmenes especiales. Doraemon es un gato robot del siglo XXII, que es enviado desde el futuro para tratar de cambiar la vida del antepasado de sus dueños, el malcriado Nobita.
Resumen de todas las características humanas que se le pueden atribuir a un felino animado, Garfield es también uno de los gatos más famosos y taquilleros del mundo. Nació de la pluma de Jim Davis en una tira cómica del 19 de junio de 1978, y desde entonces se han publicado más de siete mil tiras cómicas. Actualmente se publica diariamente en más de 2.500 periódicos de 110 países. El personaje alcanzó masividad mundial gracias a la serie de TV que se realizó durante seis años. Tuvo más de una docena de especiales para la TV y dos largometrajes para el cine, con actores y acción real y con un Garfield animado digitalmente. La primera película es del año 2004 y la segunda se estrenó recientemente en Chile.

13 de agosto de 2006
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final feliz en brasil


[Monte Reel] Escritor estadounidenses descubre que su novela es un éxito de ventas.
Sao Paulo, Brasil. James C. Hunter recibió el año pasado una llamada de larga distancia, en la que le dijeron que su libro ‘The Monk and the Executive', estaba en el primer lugar en la lista de bestsellers de Brasil. Se quedó perplejo.
"Creo que se ha equivocado de persona", dijo Hunter al hombre al otro lado de la línea, que se identificó a sí mismo como su editor brasileño. "Nunca escribí un libro con ese título".
Pero en 1998, Hunter había publicado en Estados Unidos una novela titulada ‘The Servant'. Sin que él lo supiera, una editorial había traducido su libro al portugués, le había puesto otro título y presenciado el surgimiento de un fenómeno. La parábola se mantuvo en el número uno de la lista de éxitos de ventas de Brasil durante setenta semanas, y Hunter se convirtió en una especie de personaje célebre en un país sobre el que había pensado rara vez antes. Otro libro suyo -un manual motivacional para líderes empresariales- antes este año sacó a ‘El Código Da Vinci' del segundo lugar de la lista.
"Nunca soñé que un libro que escribí hace casi diez años alcanzaría allá abajo un éxito tan grande", dijo Hunter, 51, que el año pasado visitó Brasil cinco veces. "Yo sabía muy poco de Brasil -simplemente no era un país en el que pensara. Ahora, está siempre en mi mente".
No solamente es el autor cuya atención ha sido atraída hacia estas latitudes tropicales. El quinto país más grande del mundo es un enorme mercado del libro, abierto a autores que pueden haber sido pasados por alto en sus propios países pero que no han abandonado el sueño de un éxito inesperado. Brasil también atrae a autores célebres en el mundo. Esta semana, en Parati -una ciudad entre Sao Paulo y Río de Janeiro-, Toni Morrison, Edmund White, Jonathan Safran Foer y Christopher Hitchens promueven sus libros en una feria literaria.
Pero nadie ha gozado del éxito que ha tenido Hunter en Brasil.
Su novela cuenta la historia de un ejecutivo que asiste reluctantemente a un retiro en un monasterio benedictino donde sufre un cambio espiritual, por lo que finalmente se da cuenta de que el servicio y el sacrificio son las claves del éxito. Tras publicar ‘The Servant' en Estados Unidos, Hunter tuvo ventas de unos 25 mil ejemplares. En la lista de ventas de esta semana, el libro ocupaba el lugar número 6.855.
Pero en Brasil, su libro ha vendido más de un millón de ejemplares en los últimos dos años.
"Normalmente, si en Brasil se venden de un libro cien mil ejemplares, se lo considera un bestseller formidable", dice Tomás da Veiga Pereira, el editor que guió el libro de Hunter y ‘El Código Da Vinci' hacia el mercado brasileño. "Todo el mundo propone teorías para explicarlo. Es realmente fenomenal".
Pereira, que vive en Río de Janeiro, estaba buscando libros en Amazon.com, en la categoría ‘Religión y Espiritualidad' hace unos cuatro años. Tenía buenos motivos para hacer eso: Brasil tiene más católicos que cualquier país del mundo, así como un bullente movimiento evangélico, y las varias denominaciones a menudo se mezclan con los rituales africanos que han sobrevivido de la cultura de los esclavos del país.
No es una coincidencia, dijo Pereira, que los tres libros en los primeros lugares de la lista de éxitos de venta aparezcan libros sobre temas espirituales. (El número dos es ‘The Greatest Psychologist Who Ever Lived: Jesus and the Wisdom of the Soul', del psicólogo estadounidense Mark W. Baker, que aparecía esta semana en el número 98.764 en la lista de Amazon).
Pereira dijo que pensaba que la revolucionaria premisa del libro de Hunter -que los líderes deben servir a sus empleados, no al revés- sería automáticamente provocadora en un país que heredó las rígidas nociones sobre autoridad y subordinación de sus colonos portugueses.
El problema era el título, dijo. Titular el libro ‘The Servant', habría llevado a la gente a pensar que se trataba de un funcionario público, o de un político.
"Y aquí funcionarios y políticos no tienen buena reputación, así que teníamos que pensar en un título diferente", dijo Pereira.
Algunos de los críticos del libro lo califican de demasiado simplista y describen su contenido espiritual como manipulador.
"Estas cosas las aprendes en el catecismo cuando tienes seis o siete años", dijo Gutemberg B. de Macedo, un consultor comercial que reseña, de vez en vez, libros comerciales y religiosos para revistas brasileñas. "Esta es la nueva tendencia en Brasil. Están usando el nombre de Cristo para hacer dinero".
Los fans del libro no lo ven de ese modo. Incluso si el material no es novedoso, dicen, el libro simplemente destaca una verdad que la gente necesita que se la recuerde. Edson Grimello, que trabaja al otro lado del mesón en la librería Cultura, de Sao Paulo, ha visto pasar por caja un montón de ejemplares del libro de Hunter. Es ligero y se lee rápido, dijo, y los lectores a menudo lo recomiendan a sus amigos.
"Creo que la gente lo lee por la misma razón que leen los libros de Harry Potter", dice Grimello. "Lo leen porque todos los demás lo están leyendo. Es como una moda".
Entretanto, Hunter le está sacando todo el provecho. Está pensando en hacer otro viaje a Brasil este próximo mes para dictar una serie de conferencias en seminarios sobre liderazgo en todo el país.
"Cada vez que viajo allá tengo una experiencia que me cambia la vida", dijo Hunter. "Me doy cuenta de que realmente el mundo es mucho más grande de lo que parece. ¡¡Y yo pensaba antes que era bastante cosmopolita!"

11 de agosto de 2006
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muere el otro marido de anaïs nin


[Elaine Woo] El guardia forestal que sabía todo sobre el lado salvaje de Anaïs Nin.
La historia dice que su romance empezó en el momento en que se vieron, en 1947 en el ascensor de un elegante edificio de apartamentos de Manhattan. Unas semanas después, la exótica escritora y el robusto y joven actor se marcharon a California en una aventura que finalmente terminaría en boda.
Pero había un problema: Anaïs Nin, la prolífica escritora de diarios de vida que se convertiría en un heroína feminista, era casada. Rupert Pole, el actor que dejó Nueva York para convertirse en guardia forestal -y eventualmente en guardia de uno de los legados más laberínticos de la historia de la literatura- pasó años tratando de ignorar que su esposa era bígama.
"Teníamos una relación profunda y maravillosa", dijo Pole, que era 16 años más joven que Nin, al Vancouver Sun hace algunos años, "y eso era lo que contaba".
Pole, 87, encontrado muerto en su casa de Silver Lake el 15 de julio después de un reciente derrame, era el albacea literario de Nin. Tras su muerte en 1977, se encargó de la edición de cuatro tomos no corregidos de sus diarios eróticos, los que relatan con exuberantes detalles sus aventuras con hombres como el novelista Henry Miller, el psicoanalista Otto Rank y su propio padre, el compositor español Joaquín Nin. Siete tomos previos, que habían sido limpiados de gran parte del material obsceno -así como gran parte de sus referencias a sus maridos- consagraron a Nin como una figura de culto, venerada por muchas en el movimiento feminista por su adopción de la libertad sexual y exploración de la psique femenina.
De los diarios no censurados supervisados por Pole se vendieron miles de ejemplares e introdujeron la obra de Nin a un público más amplio. La escritora Erica Jong, una defensora de la libertad sexual de las mujeres, los llamó "hitos de la literatura del siglo 20". Que sea introducida en la historia literaria por un actor y guardia forestal, que más tarde enseñó ciencia durante muchos años en la Escuela Secundaria Thomas Starr King en Silver Lake, le dio a la historia un giro típico de Los Angeles.
Pole, nacido en Los Angeles, era el hijo de los actores Helen Taggart y Reginald Pole. El joven Rupert pasó su primera infancia entre indios americanos en una casa de adobe en Palm Springs, adonde su padre se había mudado para seguir un tratamiento de sus achaques respiratorios.
Tras divorciarse de su padre, Taggart se casó con Lloyd Wright, el hijo arquitecto de Frank Lloyd Wright. El joven Wright había diseñado una casa para la madre de Taggart en Griffith Park, donde Pole había vivido antes de mudarse a la casa de Lloyd Wright en Beverly Hills en 1929.
Un amante de la música que tocaba guitarra y viola, Pole estudió en la Universidad de Harvard y obtuvo su diploma en música en 1940. Estuvo casado brevemente con una prima de Wright, Jane Lloyd-Jones, y actuó en espectáculos de USO con ella.
De acuerdo al biógrafo de Nin, Noel Riley Fitch, Pole acababa de terminar una temporada en Broadway en ‘La duquesa de Malfi' y estaba trabajando como pintor cuando conoció a Nin en el ascensor. Los dos se dirigían a una fiesta como invitados de Hazel Guggenheim McKinley, una heredera de la fortuna Guggenheim.
Nin charló toda la velada con Pole, que era "asombrosamente guapo, con rasgos faciales finamente cincelados y un cuerpo delgado y musculoso de esos que se encuentran más frecuentemente en la escultura griega que en seres humanos", escribió Deirdre Bair, otra de los biógrafos de Nin. Nin no lo encontraba solamente irresistible, sino además estaba impresionada por su sensibilidad emocional y conocimiento de filosofías orientales. La noche que lo conoció, Nin, que tenía 44, él 28, escribió en su diario: "¡Peligro! Probablemente es homosexual".
Para su alivio, pronto descubrió que Pole era no solamente completamente heterosexual, sino además mucho más apto en la cama que Hugh ‘Hugo' Guiler, el banquero de Nueva York con el que se había casado en 1923. Cuando Pole, que estaba impresionado con el divorcio de Nin, le pidió que se marchara con él hacia el poniente, ella le dijo a Guiler que iba a ayudar a una amiga a trasladarse a Las Vegas. Esa ficción fue su primer paso hacia la bigamia en las dos costas.
Acompañó a Pole a Los Angeles, donde él se matriculó en la UCLA para estudiar ciencias forestales. Después de un año, se trasladó a la UC Berkeley y vivió con Nin en un apartamento de San Francisco. Tras su graduación, se incorporó al servicio forestal y fue asignado a una estación en las Montañas de San Gabriel. En contraste con su mimada vida en Nueva York, Nin vivió con Pole en una cabina en la Sierra Madre, donde fregaba el suelo, cuidaba a los niños de sus vecinos y era conocida como ‘la señora Anaïs Pole', aunque ella y Rupert no se habían casado todavía.
Sin embargo, se llamaba legalmente la señora Guiler y Nin se las arreglaba para mantener sus dos relaciones viajando entre las dos costas cada tantas semanas. Le dijo a Guiler que necesitaba pasar un tiempo en la Costa Oeste para escapar de las tensiones de Nueva York. Le dijo a Pole que tenía que viajar a Nueva York por sus compromisos editoriales.
Una vez, cuando Pole la llamó al apartamento de Nueva York que compartía con Guiler, convenció a Guiler de que Pole era un admirador trastornado.
Aparentemente, los dos hombres optaron por creer en sus mentiras, que se hicieron tan numerosas que tuvo que escribirlas en fichas y guardarlas en una caja para no olvidarlas. Se refería a la red de mentiras como su "trapecio".
A menudo dijo que su primer matrimonio era una "cárcel" y que no le apetecía meterse en una segunda. Cuando finalmente se casó con Pole en 1955, dijo que había "agotado todas las defensas que pude inventar", de acuerdo a un pasaje en un diario citado por Bair. La ceremonia tuvo lugar ante un juez de paz en el diminuto pueblo de Quartzsite, en Arizona.
"Ella pensaba que era irónico que el enorme libro que había en la mesa de ceremonias entre ella y Rupert fueran las ‘Actas criminales de Arizona' y se rió en silencio, pensando que su nombre debería estar en la primera página", escribió Bair.
Fue la señora Pole durante 11 años, hasta que empezó a temer las consecuencias legales de tener dos maridos que la reportaban como carga en los formularios de impuestos. Antes de invalidar sus matrimonios en 1966, le contó a Pole sobre Guiler, explicándole que no podía divorciarse del banquero debido a sus décadas de apoyo económico y su increíble tolerancia de sus muchas ausencias e indiscreciones.
Eric Lloyd Wright, el hermanastro de Pole y nieto de Frank Lloyd Wright, dijo que su familia nunca estuvo segura de la condición legal de la pareja. "Rupert y Anaïs eran muy discretos con nuestra familia a la hora de hablar sobre los acuerdos matrimoniales", dijo Wright, un arquitecto de Malibu, en una entrevista la semana pasada. "Al principio fue difícil... Mis padres pensaban que llevaban una vida de bohemios. Pero después de un par de años, empezamos a verla como parte de la familia".

Al final, Pole fue el hombre con el que Nin decidió pasar sus últimos años. Tras ahorrar de su salario como guardia forestal y más tarde como maestro, construyó una pequeña casa en Silver Lake que esperaba que convenciera a Nin para quedarse con él en California permanentemente.
Diseñada por Eric Lloyd Wright en 1962, tenía una planta baja abierta, con la recámara principal confundiéndose con la salita, un jardín japonés y un cajón de arena donde Nin hacía arte en arena. Cuando le diagnosticaron cáncer terminal a mediados de los años setenta, abandonó su vida de vaivén entre las dos costas y vivió exclusivamente con Pole hasta su muerte en 1977 a los 73 años.
Las versiones varían en cuanto a si alguna vez confesó su bigamia a Guiler. De acuerdo a Bair, que tuvo acceso a los diarios inéditos de Nin para su libro de 1995, ‘Anaïs Nin: Una biografía', no lo hizo. Pero Tristine Rainer, una escritora de Los Angeles que conoció a Nin y Pole, dijo que la famosa escritora de diarios le contó que finalmente se había confesado ante Guiler.
"Cuando Nin estaba muriendo", dijo Rainer, "le pidió a sus dos maridos que la perdonaran, y ellos lo hicieron".
Cuando le preguntaron una vez cómo pudo soportar una relación tan fuera de lo común durante 30 años, Pole reconoció que a menudo había sentido celos. Nin había bifurcado su vida de manera tan exitosa que su obituario en Los Angeles Times mencionaba a Pole como su marido, mientras que el New York Times mencionaba a Guiler. Sin embargo, Pole no le guardó rencor.
"Su corazón era su vida, decía ella, y era verdad. Su vida era su obra maestra, y me siento honrado de haber sido parte de ella", dijo al Vancouver Sun en 1998.
Tras la muerte de Nin, juró que publicaría las versiones no censuradas de sus diarios de vida. Aunque el hermano de Nin, el difunto Joaquín Nin-Culmell, diría lo contrario, Pole dijo que Nin quería que sus diarios se publicaran exactamente como los había escrito. Pasó él mismo sus diarios a máquina y, de acuerdo al contrato que firmó con su editor, Harcourt Brace, sólo omitió el material que había sido publicado previamente.
"El resultado de esos primeros tomos no censurados -‘Henry y June' e ‘Incesto'- fueron un escándalo, y bastante exitosos", dijo Rainer, que enseña sobre la redacción de memorias en la UCLA, "porque había muchísimos materiales que Nin había censurado de ese desenfrenado período de su vida en París" en los años treinta.
En ‘Incesto' (1992), por ejemplo, Pole incluyó las confesiones de Nin sobre la relación incestuosa con su padre y un tardío aborto de un hijo con Miller que Nin había dicho que era mortinato en su primer diario publicado en 1966. Pole preparó las ediciones no censuradas con la ayuda del agente de toda la vida de Nin, Gunther Stuhlmann.
"Juntos mantuvieron vivo su nombre", dijo Fitch sobre Pole y Stuhlmann, que murió hace algunos años. "El único aspecto de la dedicación de Pole y Stuhlmann al legado de Nin que fue perjudicial", dijo Fitch, fue "su codicia cuando exigieron grandes sumas de dinero para la reproducción de sus obras" -en particular sus ensayos sobre Miller, cuya controvertida novela ‘Trópico de Cáncer' se basaba en parte en los diarios de Nin.
Los diarios no censurados, titulados colectivamente ‘Los diarios de Anaïs Nin', recibieron reseñas contradictorias. Algunos críticos, como Katha Pollitt en una reseña de ‘Incesto' para el New York Times, poniendo en duda su fiabilidad. En una réplica pública a Pollitt, Pole negó haber manipulado el material e invitó a los escépticos a chequear los diarios originales, almacenados en una colección especial en la UCLA.
De acuerdo a Wright, Pole completó el trabajo de otro tomo no censurado -que cubre los últimos años de Nin-, pero no se preparó su publicación.
Finalmente Pole se reunió con Guiler algunos años después de la muerte de Nin. Se comunicaban periódicamente "sobre una base amistosa, reconociéndose mutuamente como maridos", dijo Wright.
Cuando murió Guiler en 1985, Pole respetó sus deseos y dispersó sus cenizas en la Bahía de Santa Mónica, no muy lejos de donde Pole había arrojado los restos de Nin ocho años antes.
Pole no dejó instrucciones para su propio funeral, pero es posible que su último lugar de reposo sea el mismo. Sus herederos -Wrigth y los hijos de este, Devon y Cory- conservarán sus cenizas hasta que se tome una decisión.

26 de julio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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vacaciones con plantas asesinas


[Michiko Kakutani] Plantas asesinas en campamento arqueológico maya en México.
Estos son los ingredientes del nuevo y ridículo guión, er, novela, de Scott Smith: una trama hecha de remiendos de Agatha Christie, Alfred Hitchcock y Stephen King; un reparto de víctimas fotogénicas que podrían haber sido sacadas de una película de horror veraniega; y un feroz malvado que hace evocar a la estrella del exitoso musical ‘La tienda de los horrores' -sí, correcto, un montón de Plantas Malvadas, que se parecen a la mortífera prole de Audrey II, la "maligna madre verde del espacio sideral" que se deleita con sabrosos pedazos de carne humana.
Sin embargo, ‘The Ruins' no es una comedia ni un musical. Parece haber sido escrita con la intención de que fuera una novela de misterio convencional, con algunas piezas de decorado tomadas de prestado del género de horror y metidas en ella para provocar algunos escalofríos adicionales: sabes, macabros primeros planos de gente a la que le muerden o comen las piernas o son estranguladas hasta la muerte por fuerzas demoníacas. Todo humor en las Crueles Plantas Parlantes de la historia parece ser enteramente involuntario.
El problema es que estas Plantas Malignas -que hablan alemán tan bien como inglés, y que pueden imitar igual de bien el timbre del teléfono que las voces humanas- son tan ridículas que eliminan todo el suspenso que Smith alcanza crear en los bien logrados capítulos iniciales de la novela. En ese sentido, convierten lo que pudo haber sido una apasionante lectura de un verano en la playa en una estúpida y sangrienta farsa.
Como en su novela debut ‘Un plan sencillo' [A Simple Plan] (Knopf, 1993), Smith está preocupado con lo que le ocurre a un grupo de gente corriente cuando son colocadas en situaciones decididamente extraordinarias. En ese primer libro, el mal resulta ser algo que acecha en lo más profundo de los codiciosos corazones de sus héroes. En ‘The Ruins' el mal es algo contra lo que se tropieza por azar en la selva.
Los cuatro personajes principales de ‘The Ruins' son turistas estadounidenses de vacaciones en México. Amy y su novio Jeff piensan entrar a la facultad de medicina en otoño; la mejor amiga de Amy, Stacy, está estudiando para convertirse en asistente social; y el novio de Stacy, Eric, ha sido contratado para enseñar inglés en un instituto privado.
Son todos diferentes. Amy es la pesimista y la llorica. Jeff es el jefe confiado, competente e ingenioso. Stacy, la atolondrada, es llamada Spacy. Y Eric es el descanso cómico, un optimista "todavía ignorante de los reveses que pueden sufrir las vidas más protegidas".
Cuando un compañero de viaje, un alemán llamado Mathias, dice que se dirige hacia el campo para buscar a su hermano desaparecido (Henrich, que ha partido hacia un remoto sitio arqueológico, donde se suponía que estaba trabajando una chica que le gustaba), Jeff anuncia que los cuatro lo acompañarán. Será una aventura, un escape, una posibilidad de salirse del trillado sendero turístico. Los cinco viajeros, más un conocido griego que dice llamarse Pablo, suben a un autobús en dirección a Cobá, luego cogen un taxi para que los lleve hasta el borde de la selva, donde un mapa dejado por Henrich indica que pueden iniciar su excursión hacia las ruinas.
El conductor trata de advertirles: "No good you go this place" [No es una buena idea que vayáis a ese lugar], dice. Los turistas no le escuchan, por supuesto, y pronto están trotando en el agobiante calor. Algunos aldeanos mayas también tratan de advertirles, blandiendo escopetas y arcos y flechas, pero, nuevamente, no prestan atención. Y entonces -con una espeluznante música a imitación de Bernard Herrmann- Amy retrocede unos pasos y cae en un montón de enredaderas y los mayas cambian repentinamente de actitud: en lugar de tratar de alejar a los desconocidos, empiezan a empujarlos hacia el campamento arqueológico en la colina.
Aunque este montaje es demasiado previsible, Smith lo hace muy bien a la hora de introducir sus personajes y en definir sus relaciones, aunque lo hizo mucho más aptamente en el guión de ‘Un plan sencillo', que en la novela. Muestra a Jeff emergiendo como el jefe de facto del grupo, a Amy ocultándose en fantasías de rescate, a Eric cada vez más neurótico.
Los viajeros se dan pronto cuenta de que su dilema no es el resultado de un malentendido estúpido: en lugar de alejarse, los mayas han levantado un campamento en torno a la base de la colina: parecen decididos a impedir que el grupo escape del sitio arqueológico. Los turistas saben que sus alimentos -tentempiés, en realidad- y el agua no durarán demasiado. Y aunque Pablo ha dejado una nota y un mapa con algunos de sus amigos, saben que la perspectiva de que llegue ayuda es cada vez menor. Entonces, para hacer las cosas todavía peor, Pablo se cae en un hoyo y se rompe la espalda, y durante un intento de rescate Eric se corta feamente la pierna.
Todo bien hasta el momento. Smith nos muestra la rapidez con que lo ordinario puede convertir en una pesadilla, la rapidez con que las cosas se pueden escapar de control. Pero cuando el lector está siendo absorbido por las penurias de los viajeros, preguntándose si acaso sus peleas entre ellos afectarán sus posibilidades de supervivencia, Smith introduce las Plantas Malignas, criaturas que se tragan literalmente todo el paisaje y lo demás, empujando la historia hacia el terreno de lo estúpidamente ridículo.
Enfrentados con semejantes enemigos, los personajes -a diferencia de sus contrapartes en ‘Un plan sencillo'- no tienen realmente demasiadas opciones. Sus personalidades, sus creencias, sus decisiones, su soberbia o su ausencia: nada de esto importa cuando el enemigo es un adversario tan implacable e inhumano como las Enredaderas Asesinas, que no sólo tratan de atrapar a los personajes de Smith, sino también logran estrangular y matar su novela.

The Ruins
Scott Smith
319 páginas
Alfred A. Knopf
$24.95

18 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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