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murió mickey spillane


[Dennis McLellan] Creador del detective Mike Hammer.
Charleston, Carolina del Sur, Estados Unidos. Mickey Spillane, cuyas novelas con detectives privados generaron, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, una tormenta de críticas literarias por su abundancia de sexo y violencia y convirtieron a Spillane en uno de los autores mejor vendidos del siglo 20, murió hoy. Tenía 88 años.
Spillane, que vivió más de cincuenta años en el pueblo de pescadores de Murrells Inlet en la costa de Carolina del Sur, murió "pacíficamente en su casa, con su familia", dijo Brian Edgerton, de Goldfinch Funeral Home.
No se reveló la causa de su muerte.
Ex escritor de cómics y veterano de la infantería de la Fuerza Aérea, Spillane, nacido en Brooklyn, llegó a la escena literaria en 1947 con la publicación de su primera novela, ‘Yo, el jurado' [I, the Jury], que introdujo a un tipo rudo, un detective privado de Nueva York.
Cuando descubre que su mejor amigo en la guerra ha muerto asesinado, como empieza la novela, Hammer jura encontrar al autor y matarlo de la misma manera como murió su amigo, con "una 45 pegada a las tripas, justo por debajo del ombligo". El libro concluye con lo que ha sido llamado el final más infame de la literatura ruda.
Tras descubrir que el asesino es una guapa y seductora mujer de la que se ha enamorado, Hammer le dispara con una 45 pegada a su vientre desnudo. Las tres líneas finales del libro son:
"¿Cómo pudiste hacerlo?", jadeó ella.
Sólo tenía un instante antes de encontrarme hablando con un cadáver, pero lo logré.
"Fue fácil", dije.
‘Yo, el jurado' fue arrasada por los críticos. Anthony Boucher, toda una autoridad de la literatura de misterio, la llamó una "viciosa glorificación de la fuerza, la crueldad y los métodos extrajudiciales". Y la revista Saturday Review denunció sus "sucesos escabrosos, personajes escabrosos, trama escabrosa, final escabroso".
Por su parte, Spillane dejó que las críticas le resbalaran, como Jack Daniels sobre cubos de hielo.
"No presté atención a esos cretinos que piensan que son críticos", proclamó en una entrevista. En otra, dijo: "Me importa un bledo lo que digan las reseñas. Lo que me gusta leer son los cheques".
Publicada primero como edición de tapas duras por E.P. Dutton, ‘Yo, el jurado' no se convirtió en un fenómeno de fama mundial sino cuando fue publicada como un libro de bolsillo de 25 centavos; para 1952, se habían vendido cuatro millones de ejemplares.
Su éxito condujo a una docena más de novelas de misterio con Mike Hammer durante varias décadas, incluyendo, en rápida sucesión, ‘My Gun Is Quick' (1950), ‘Vengeance Is Mine!' (1950), ‘One Lonely Night'(1951), ‘The Big Kill' (1951) y ‘Red siniestra' [Kiss Me, Deadly] (1952).
Con Hammer, Spillane se aseguró un lugar en el panteón de los grandes de la literatura de misterio, como Dashiel Hammett y Raymond Chandler. Pero se dice que Spillane tenía algo más que los creadores de detectives privados más aclamados por los críticos, como Sam Spade y Philip Marlowe.
Como Otto Penzler, fundador de la Mysterious Bookshop en Nueva York, le dijo al Washington Post en 2001: "Aunque Hammett y Chandler tuvieron éxito y eran bien conocidos, nunca se acercaron al tipo de éxito que tuvo Mickey en términos de lectores y de reconocimiento".
En realidad, el éxito de Spillane engendró un programa radial sobre Mike Hammer, una tira cómica (escrita por Spillane) y tres series de televisión, una de ellas con Darren McGavin como protagonista, a fines de los años cincuenta, y las otras dos con Stacy Keach como protagonista en los años ochenta y noventa.
También hubo un par de películas de televisión con Mike Hammer en los años ochenta y un puñado a largometrajes, incluyendo ‘El beso mortal' [Kiss Me, Deadly], de Robert Aldrich, el clásico del cine negro de 1955, con Ralph Meeker como protagonista, y ‘Cazadores de mujeres' [The Girl Hunters], de 1963. En esta última, Spillane se puso un impermeable y un sombrero de fieltro para convertirse en el único escritor de novelas de misterio en representar su propio detective imaginario en una película.
El achaparrado escritor de 1.77 metros, de cuello grueso y un característico corte al cero poseía un dramático don para la auto-promoción. Se representó a sí mismo como un detective contratado por el preparador de animales salvajes Clyde Beatty para resolver un misterio en un circo en la película de 1954 ‘El gran circo del terror' [Ring of Fear], e hizo de escritor famoso amenazado de muerte en un episodio de ‘Columbo', de 1974. Ocasionalmente posaba como Hammer en las cubiertas de ediciones de bolsillo de sus novelas de misterio.
Pero Spillane logró su mayor fama como icono de la cultura pop cuando hizo una parodia de sí mismo, nuevamente equipado con el tradicional traje de detective privado, en más de 110 anuncios para la cerveza Miller Lite entre 1973 y 1989.
La celebridad de Spillane le generó una sucesión de fans que lo visitaban en su casa en Murrells Inlet, justo al sur de Myrtle Beach.
Una vez apuntó con su escopeta al piloto de un helicóptero que sobrevolaba su casa para que los turistas que transportaba tuvieran una imagen más cercana de dónde vivía. "Se alejó y no volvió nunca más", contó Spillane a Los Angeles Times en 1989, riéndose del recuerdo.
Pero normalmente acogía a los fans -al menos a los que se aproximaban por tierra- y era más probable que abriera la nevera y ofreciera al huésped inoportuno una cerveza fría.
"No tengo fans", dijo Spillane al Washington Post en 1984. "¿Sabes lo que tengo? Clientes. Y los clientes son mis amigos".
A pesar de su fortuna, Spillane era un hombre de gustos sencillos, que disfrutaba pescando en su lancha de siete metros y conduciendo una camioneta Ford que llamaba su ‘Carolina Cadillac'.
Se fanfarroneaba de poseer un Jaguar XK-40 de 1956, pero fue un regalo de John Wayne por rescribir ‘El gran circo del terror', aunque sin aparecer en los créditos. El coche, recordaba el autor orgullosamente, llegó envuelto en un enorme lazo rojo y una nota que decía: "Gracias, Duke".
Spillane vivía a la altura de su colorida personalidad. Buceaba a la búsqueda de tesoros enterrados en Florida Keys, una vez acompañó a un grupo de contrabandistas de alcohol y a agentes de impuestos internos en Appalachia, condujo coches de carrera e hizo giras como el artista de trampolín con los Hermanos Ringling y con Barnum & Bailey. Incluso hizo de hombre bala.
Pero al contrario de su imagen como tipo rudo, Spillane era padre de cuatro hijos y un converso de los Testigos de Jehová que fue descrito por periodistas como de hablar suave, afable y articulado -un hombre que salpicaba sus conversaciones con frases no más ofensivas que "caray", "Dios mío" e "hijo de su madre".
"En realidad, soy blando", confesó en una entrevista de 2004 con The Times, cuando cumplía 86. "Los tipos rudos mueren jóvenes".
Hijo único de un padre bartendero católico-irlandés y una madre presbiteriana, nació como Frank Morrison Spillane en Brooklyn el 9 de marzo de 1918. Le dieron el nombre de San Miguel cuando fue bautizado en la Iglesia Católica. Desde entonces su padre le llamó Mickey.
Spillane creció en un vecindario difícil en Elizabeth, Nueva Jersey, y empezó a escribir cuando era adolescente. Dijo que se convirtió en "profesional al salir de la escuela secundaria", y empezó a escribir cuentos cortos para Collier's y otras revistas ‘elegantes', y también para revistas ‘baratas', como Dime Detective.
Después de tres años en la Universidad del Estado Fort Hays en Kansas, volvió a su lugar de nacimiento en Nueva York y finalmente consiguió un trabajo como asistente editorial y guionista en Funnies Inc., donde demostró ser el escritor más prolífico de la compañía. Mientras que a otros escritores les tomaba una semana escribir un cuento de ocho páginas, Spillane producía como salchichas historias para ‘Captain Marvel', ‘The Human Torch' y otros títulos en un solo día.
Tras incorporarse al ejército el día después del bombardeo de Pearl Harbor, Spillane sirvió como instructor de vuelo de cadetes en Florida y Mississippi y escaló al rango de capitán. En 1945 se casó con la primera de sus tres mujeres, Mary Ann, con la que tuvo cuatro hijos -Kathy, Ward, Michael y Caroline.
En 1946, con el ramo de los libros de historietas atravesando la depresión de posguerra y en necesidad de mil dólares para comprar un terreno cerca de la comunidad de Newburgh cerca del río Hudson, Nueva York, a Spillane se le ocurrió una idea para reunir el dinero: Escribir una novela.
Inspirado por Mike Danger, el detective privado que había creado para un cómic cuya publicación quedó a mitad de camino con el reclutamiento de Spillane en el ejército, empezó a escribir.
Terminó de escribir ‘Yo, el jurado' en, según las versiones, nueve, dieciséis o diecinueve días.
"Sabía que sería un éxito", dijo Spillane al Ottawa Citizen en 1999. "Había muchas reediciones de libros de bolsillo durante la guerra y vi que había un mercado para manuscritos originales. Eran todos esos soldados que volvían de la guerra. Un poco de sexo no estaría mal, y conocían la violencia. Conseguí un distribuidor que me garantizó una reedición en formato de bolsillo y me conseguí un anticipo de mil dólares de Dutton por la edición en tapas duras".
Los críticos literarios no fueron los únicos en criticar a Spillane y su estilo, acusándolo de sadismo, de odiar a las mujeres y otras cosas. Ministros y escritores de editoriales también denunciaron las novelas con Mike Hammer de Spillane, y su trabajo fue criticado en los años cincuenta en audiencias del Senado que investigaban la delincuencia juvenil.
Aunque reconoció de que sus libros eran los "chicles de la literatura estadounidense", Spillane cosechó grandes éxitos.
"Soy el escritor más traducido del mundo, detrás de Lenin, Tolstoy y Julio Verne", decía, agregando: "Y están todos muertos".
Nunca dejaba de deleitarse recordando cuando, durante los primeros años de los libros de bolsillo, "un agente literario de Nueva York" se acercó a él durante un banquete y le dijo: "Creo que es una desgracia que de los diez libros mejor vendidos de todos los tiempos, siete hayan sido escritos por usted".
Spillane replicó: "Tiene suerte de que no haya escrito más".
Como mecanógrafo de dos dedos que machacaba sus libros en una máquina de escribir manual Smith-Corona, Spillane dijo siempre que él era un "escritor", no un "autor".
"¿Cuál es la diferencia? Un escritor hace dinero", diría.
Su filosofía, según le contó al Washington Post en 1984, era "escribir sólo cuando necesito dinero. Odio el trabajo. Si tengo suficiente dinero, no escribo. ¿Cuál sería el objetivo de ganar dinero si no es para gastarlo?"
Spillane escribió en total 53 libros, de los que se dice que se vendieron más de 200 millones de ejemplares en todo el mundo, e incluyen su serie de espías Tiger Mann. También escribió unos libros infantiles, incluyendo ‘The Day the Sea Rolled Back', con el que ganó la Junior Literary Guild Award.
En 1995, Spillane recibió el premio Grand Master for Lifetime Achievement de la Asociación de Escritores de Novelas de Misterio.
Spillane se divorció de su primera mujer en 1962 y se casó más tarde con la actriz Sherri Malinou, de la que se divorció. En 1983 se casó con Jane Rodgers Johnson, una profesora de fitness 28 años más joven que fue la primera dama de honor de Miss Carolina del Sur en 1965.
No se conoce de momento a sus herederos.

17 de julio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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diario de una doctora vietnamita


[Seth Mydans] Murió en un ataque estadounidense.
Hanoi, Vietnam. Un diario de vida perdido en la guerra, de una doctora que habla de amor, soledad y muerte en el Camino de Ho Chi Minh se ha convertido en un éxito de ventas en Vietnam, haciendo revivir la guerra para una nueva generación de lectores.
El destino del diario mismo ha recibido un especial simbolismo de posguerra para la gente de aquí. Fue devuelto a la familia de la doctora recién el año pasado por un antiguo soldado estadounidense, que lo recobró después de la muerte de la doctora en el campo de batalla en 1970.
La escritora, Dang Thuy Tram, murió a los 27 años en un asalto norteamericano después de haber trabajado en una clínica en una zona de guerra durante más de tres años. Entre las entrelazadas pasiones que expresó se encuentran su nostalgia de un amante perdido y su anhelo de unirse al Partido Comunista.
Esta combinación de fervor revolucionario con las vulnerabilidades y dudas de una mujer demasiado sensible podría ser un caso de ideología con cara humana, recordando a los lectores que fueron personas como ellas, atrapadas en un momento de la historia, las que murieron por ellos.
"Más tarde, si podéis vivir en el bello amanecer con las flores del socialismo", escribió la doctora Tram, escribiendo para sí misma, "recordad los sacrificios de aquellos que dieron su sangre por una causa común".
Su historia se detiene abruptamente con una cascada de páginas en blanco de su pequeña libreta, poniendo un indeciso fin a sus pasiones y esperanzas, un aviso de que la vida puede ser más inútilmente cruel que la ficción.
Dos días antes de su muerte, Tram escribió sobre su desánimo y su deseo de que "la madre de una madre se ocupe de mí".
"Por favor, ven y cógeme de la mano cuando me sienta sola", escribió. "Quiéreme y dame fuerzas para viajar por todas las zonas difíciles del camino que me espera".
Son estos tiernos sentimientos los que atraen a los lectores, quebrantando el género de los diarios políticamente correctos que enfatizan el heroísmo pero callan sobre el pathos de la guerra.
"Ayer", escribe en un momento, "un soldado feamente herido, de 21 años, me llamó por mi nombre, esperando que yo pudiera ayudarle, pero no pude, y se me cayeron las lágrimas cuando lo vi morir en mis manos inservibles".
Cuando el diario fue publicado por entregas en los diarios el año pasado, la gente lo recortó y guardó los artículos, pasando a sus amigos las partes y leyéndolas entre ellos en voz alta. Cuando fue publicado como libro, tuvo un sensacional tiraje de 300 mil ejemplares en un país donde los libros se publican generalmente en pequeños tirajes, bastante menos que una décima parte de esa cifra.
"Realmente la admiro", dice Vu Thi Lan, que trabaja en una tienda fotográfica y dijo que tenía 38 años, "la misma edad que su hija, si hubiese tenido una".
Lan dijo que había leído todo lo ha podido encontrar sobre la doctora Tram, en diarios y en sitios en la red, y se preguntaba si, colocada en la posición de la doctora, hubiese tenido la fuerza para soportar.
"En mi generación no hemos tenido la posibilidad de vivir ese tipo de situación", dijo Lan. "Y es un diario de vida. Es real. Eso es lo que lo hace interesante. Ella no lo escribió para que lo leyera la gente. Lo escribió para calmar sus sentimientos".
Dos tercios de los 38 millones de vietnamitas nacieron después del fin de la guerra en 1975. "Así que para ellos, la Guerra de Vietnam es una historia reciente", dice Hue-Tam Ho Tai, profesora de historia vietnamita en Harvard. "Es la historia de sus padres y es más bien una historia árida, especialmente el modo en que es enseñada".
Esta versión más floja, más matizada, sugiere que el gobierno comunista, que deriva gran parte de su legitimidad de sus victorias en tiempos de guerra, "se siente suficientemente seguro de que está bien hablar de las penurias de la guerra, así como de sus glorias", dijo Tai.
En un momento, hablando de sus amigos perdidos, Tram escribe amargamente: "La guerra no respeta a nadie".
 El enorme tiraje del libro refleja una demanda real, dice Peter Zinoman, profesor de historia vietnamita en la Universidad de California en Berkeley. Pero también puede implicar un esfuerzo del gobierno de "dar más realce a esos valores antiguos".
Dijo que Tram podría ahora entrar al panteón oficial de los héroes de tiempos de guerra, que incluyen a varias valientes jóvenes mujeres.
Además del libro, se está construyendo un hospital y se erigió una estatua en su memoria en el remoto sitio de su clínica en la provincia de Quag Ngai, en Vietnam central.
Su tumba justo en las afueras de Hanoi ha atraído a cientos de visitantes, y expediciones especiales ‘Siguiendo a Dang Thuy Tram' han empezado a llevar a los turistas a los lugares mencionados en su diario.

Las visitas a Hanoi de un soldado estadounidense que rescató su diario, Fred Whitehurst, han llamado ampliamente la atención y ha sido recibido casi como un miembro de la familia por la madre de Tram, Doan Ngoc Tram, 81, y sus tres hermanas.
En una conferencia telefónica desde Carolina del Norte, Whitehurst, que es abogado ahora, dijo que había sido un interrogador militar cuyo trabajo consistía en revisar los documentos requisados y destruir los que no tenían valor táctico.
Dijo que creía que su hallazgo del diario lo vinculaba a la doctora Tram en un destino compartido, y ahora la llama "mi hermana y mi maestra".
"Estábamos allá junto a un bidón de 55 galones, quemando documentos", contó, describiendo ese momento, "cuando, a mi izquierda, Nguyen Trung Hieu, me dijo: ‘No quemes este, Fred'".
Lo que siguió después fue que Hieu, su intérprete, le leyó pasajes de la libreta con sus cubiertas de cartón marrón, y, dice Whitehurst, "de hombre a hombre, me enamoré de ella".
De acuerdo al relato de Tram, dos tomos previos desaparecieron tras un allanamiento de tropas estadounidenses, lo que significa que el diario publicado empieza tan abruptamente como termina, como si estuviera en mitad de una conversación.
El año pasado, después de tenerlo en casa durante décadas, Whitehurst donó el diario a los Archivos de Vietnam de la Universidad Tecnológicas de Texas en Lubbock. A las semanas, la familia de Tram fue localizada en Hanoi a través de redes informales de veteranos y en octubre pasado su madre y hermanas fueron traídas a Texas para conocer el diario.
"Fue como si mi propia hija estuviese frente a mí", dijo su madre, en una entrevista en su casa. "Para mí, la información que hay en el diario no es lo más importante. Lo que es importante cuando tengo el diario en mis manos, es que me siento como cogiendo el alma de mi hija".
Dijo que pudo leer el diario sólo en pequeños segmentos debido a la fuerza del relato. "Nos escribía cartas, pero nunca imaginamos que ella corría todos esos riesgos", dijo la madre.
"Hoy es mi cumpleaños", escribió Tram el 26 de noviembre de 1968, "y los cañones de los enemigos resuenan en todas direcciones. Ya estoy acostumbrada a esto, con la mochila en la espalda, corriendo y ocultándonos con los pacientes. Después de dos años de guerra, esto es nada".
Su verdadero campo de batalla, sin embargo, parece haber estado dentro de sí misma. El diario es tanto un drama de sus sentimientos como el drama de la guerra.
Desde el principio, se marchó al frente con objetivos dispares, dijo su madre: pelear contra los norteamericanos -"demonios sanguinarios", los llamaba- y seguir a un amor de su niñez, un soldado al que se refiere sólo por la inicial M.
La historia de su reencuentro fallido ha desaparecido con los dos primeros volúmenes de su diario. Los pasajes que quedan están llenos de dolor y recriminaciones sobre un amor perdido.
"¿Dónde estás, M?", escribió. "¿Estamos realmente tan lejos uno del otro, amado mío? ¿Por qué sangra todavía mi corazón?"
En las páginas del diario, escrito con una letra nítida y pequeña, la doctora Tram trata de domeñar sus agitados pensamientos y doblegar el romántico corazón de una joven mujer en la rígida disciplina de una soldado y una comunista.
"¿Entiende, señorita Testaruda?", se reprende o, utilizando más cariñosamente su apellido: "Responda la pregunta, testaruda señorita Thuy".
Es una lucha que no ganó. Tram es incapaz de distanciarse de sus penas y esperanzas, o de los pacientes a los que trata y quiere.
"¡Oh! ¿Por qué nací como una niña tan llena de sueños, amor, y pidiendo tanto de la vida?", escribió.
En una entrada datada a febrero de 1969, cuando los soldados se preparan para una batalla, trató, una vez más, de apartar sus sentimientos.
"¡Olvida todas esas ideas de amor que arden en tu corazón y presta atención a tu trabajo!", se ordena a sí misma. "¿No oyes el ruido de las armas, que marcan el inicio de la Ofensiva de Primavera?"

6 de junio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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quién mató a cristopher marlowe 3


[Stephen Greenblatt] ¿Era el teatro de Marlowe las armas de un espía, que creaba los enemigos que necesitaba la razón de estado?
‘The World of Christopher Marlowe', de David Riggs, y ‘Christopher Marlowe: Poet and Spy', de Park Honan, se ocupan primordialmente de la vida secreta de Marlowe como espía. Ninguno de los dos cuenta con demasiadas evidencias documentales que agregar a la enredada red de hechos y especulaciones tejida tan expertamente por Charless Nicholl en ‘The Reckoning'. En cuanto al puro placer de leer, el libro de Nicholl todavía no conoce rivales, pero se centra fuertemente en el asesinato de Marlowe. Tanto Riggs como Honan, en contraste, tienen un interés específico en las vidas literarias -Riggs ha escrito una excelente biografía de Ben Jonson; Honan, de Shakespeare, Jane Austen y otros- y ambos están decididos, a diferencia de Nicholl, a desentrañar la relación entre el espionaje de Marlowe y su arte. "El trabajo de Marlowe como espía", escribe Honan, "tiene que ser visto a la luz de su dedicación a su arte".
¿Pero qué significa esto exactamente? A veces es simplemente un recordatorio de que Marlowe tenía más en su mente en Cambridge que la traición de sus amigos. Conservaba su apasionada relación con la literatura, y especialmente con la literatura clásica, y probablemente empezó como estudiante en la King's School en Carterbury. Shakespeare se burla de los años en que era un "chiquillo quejicoso que, a desgana, / con cartera y radiante cara matinal, / cual caracol se arrastra hacia la escuela". Pero el encuentro de Marlowe con los clásicos, aunque debe haber incluido su parte de embotador tedio y rutinarias golpizas, transformó su vida: "Cualquiera fuera el descubrimiento que hiciera", observa Honan, "o el amor que sintiera, nada afectaba su mente y sentimientos de manera tan terrible y tan inquietante, como los escritores de la antigua Roma".
Riggs es particularmente agudo sobre el programa de estudios que un escolar isabelino corriente tenía que recorrer: la introducción de Lyly a la gramática latina, el ‘ Epitome of Schemes and Tropes', de Susenbrotus, con sus lecciones prácticas de paráfrasis, contraste, comparación, ejemplo y descripción locuaz, las ‘Progysmnasmata', de Aphthonius, con su guía para organizar ideas en un argumento continuo. De esas arideces, y de una lectura extraordinariamente intensa de Terencio y Lucrecio, Virgilio y Ovidio, formó el joven Marlowe su propia voz poética, una voz que nunca antes se había oído en inglés. "Para sus colegas", escribe Riggs, "los más grandes logros de Marlowe eran su verso blanco en inglés, que estaba a la altura de las señoriales medidas de Virgilio, y un couplet inglés rimado que reproducía la elegancia e ingenio de la poesía amatoria de Ovidio".
Sin embargo, ¿qué tiene que ver este logro literario con el espionaje y la traición? Es posible, por supuesto, que la respuesta sea: nada. Marlowe pudo haberse visto envuelto en la siniestra red de Walsingham por un sinfín de razones -pobreza, extorsión, la atracción de la aventura, incluso los celos patriótico- que pueden no haber tenido ninguna relación en absoluto con su verso blanco y su poesía amatoria. Pero esta sería una respuesta muy decepcionante para el ambicioso biógrafo literario cuyo proyecto es impulsado por el sueño de toda una vida, no de una vida en pedazos. En una vida así hay espacio para el conflicto, la contradicción, la mala fe, y los motivos torcidos, pero es difícil para un biógrafo aceptar que partes importantes de la vida de un artista permanezcan en hermético aislamiento de las otras, del mismo modo que es difícil para cualquier biógrafo aceptar que un importante logro literario tenga una génesis puramente literaria.
Está claro que Marlowe era un inspirado lector de los clásicos, pero que sus logros creativos dependieran exclusivamente de sus lecturas y no de otra cosa en la vida que llevaba, parece inverosímil. Podría reducir la biografía a un simple estudio de fuentes: dime lo que leyó, y te diré lo que escribió. Aquellos de entre nosotros que cometen el acto de la biografía literaria (o que se sienten inclinados a leer una) tienen una debilidad por ese tipo de historias. Esta o esa oscura pieza en la vida del poeta, laboriosamente sacada del archivo, da cuenta de este o ese aspecto del trabajo que nos ha atraído a su vida, en primer lugar. Así, por ejemplo, Honan analiza minuciosamente el testamento que la madre de Marlowe, Katherine, redactó en 1605, mucho tiempo después de la muerte de su talentoso hijo. Deja varios objetos a sus tres hijas casadas (dos de las cuales llevaban turbulentas vidas, entrando y saliendo constantemente de los tribunales por acusaciones de blasfemia, riñas, robos y maldiciones). El testamento menciona varios anillos de oro y plata, y una "combinación roja", y el biógrafo se echa a andar, inspirado: "El talento de su hijo para los colores y las joyas se puede trazar hasta su madre; igualmente, ella u otro adulto, puede haber estimulado su interés en el cielo nocturno".
Estas son cosas bastante pueriles, pero son boberías a las que sucumben casi todas las biografías literarias. Y si alguien le hubiese concedido importancia a una combinación roja, ningún biógrafo literario serio de Marlowe podría resistir el intento de vincular su espionaje con su escritura.
El erudito conocimiento de Marlowe del latín, francés e italiano formaba parte de ese vínculo, ya que hubiese sido imposible obtener acceso al mundo del catolicismo europeo sólo con el inglés. Obviamente también era importante ser capaz de desempeñar un papel y hacerlo convincentemente. Marlowe, escribe Honan, "como agente secreto, era torpe: provocó un rumor que significó que tuvo que ir a Rheims en persona". Pero es difícil entender cómo puede eso haber sido una metedura de pata; más bien, parece que era parte de una descripción de funciones y un homenaje a la capacidad de Marlowe para burlarse de las autoridades universitarias. Así también era su capacidad para inventar tramas, descubrir secretos, leer entre líneas, observar los matices, y eludir trampas: todas cualidades de gran utilidad tanto para el dramaturgo como para el espía.
Honan cree que él puede detectar en los escritos de Marlowe algo de los costes psíquicos, así como los beneficios, de su trabajo para el servicio secreto de Walsingham: "Había pagado un alto precio en angustia por vender su alma a Seething Lane, si entregaba cualquier nombre al azar. Sin embargo, no tenemos certeza de que haya traicionado a los hombres del Corpus, ni engañado como agente provocador, aunque un cierto desencanto se filtra en sus piezas maduras. En ‘Fausto' o incluso en ‘Tamerlán', asoma una sensación de grandeza, a veces acompañada por una desalentadora banalidad".
"Si... sin embargo... aunque'‘: en una estrafalaria danza de ambivalencias, lo que entrega una frase a medias, lo vuelve a quitar la frase a medias siguiente. La banalidad en las piezas de teatro puede ser un síntoma de desencanto, que a su vez puede ser un síntoma de angustia personal -y, otra vez, puede también no serlo. El biógrafo no puede decidir. Lo que en realidad concluye -y la conclusión sirve como el alegato central de esta biografía- es que los trabajos de Marlowe no eran meros reflejos de su sórdida vida. Después de reunir tan laboriosamente vida y trabajo, Honan se esfuerza por desenredarlos.
"Lo que extrae de las canteras del yo", dice Honan, está "vívidamente grabado en algo... que es esencialmente no autobiográfico". En esta versión, una penetrante objetividad y un elegante e impersonal control son centrales para los logros de Marlowe como escritor. "Despiadadamente analítico y distante", encontró un modo en su literatura "de distanciarse a sí mismo de sus sentimientos, y de reconvertirlos". Pero ¿cuán lejos nos hemos alejado de la vida de Marlowe? ¿No sería una gran capacidad para distanciarse de los propios sentimientos y convertirlos en algo diferente, también de enorme utilidad para un espía?
Riggs no hace ningún intento comparable para evitar la contaminación de las obras de Marlowe. "Los poetas y los agentes secretos", escribe, "tenían capacidades especiales en la codificación y decodificación de textos; compartían la habilidad de los juegos de palabras, las varias especies de alegorías y alusiones mordaces". Cuando fue reclutado en Cambridge, sugiere Riggs, la misión de Marlowe "fue crear a los enemigos que justificaban el ejercicio del poder del estado; la corona lo alentó a expresar lo que consideraba como sedición y herejía". Esta elegante formulación permite a Riggs establecer un vínculo inusualmente potente entre asuntos que parecían agudamente opuestos: el trabajo de Marlowe como agente doble y su trabajo como dramaturgo. El estudiante de teología de Cambridge daba a la gente la distintiva impresión de que era un ardiente católico; el dramaturgo profesional en Londres daba a la gente la distintiva impresión de que era un ateo. Ambas poses le ayudaron a crear los enemigos que el estado se proponía aplastar.
Temprano durante su reinado, la Reina había declarado, se decía, que ella no quería "hacer ventanas en las almas de los hombres", pero las crecientes tensiones de los años de 1580 habían hecho aumentar la vigilancia. Si su gobierno carecía de los medios tecnológicos de la República Democrática Alemana (para no decir nada de nuestro propio desatado estado de seguridad nacional), al menos mantenía un pequeño ejército de informantes, escuchas y observadores cuyos ámbitos se extendían más allá de las conspiraciones reales, hacia expresiones semi farfulladas de descontento, chistes de tabernas y fantasías recalentadas. Las piezas de Marlowe pueden ser entendidas en el trasfondo de las técnicas cada vez más sofisticadas del estado para descubrir lo que consideraba amenazas ocultas.
Su arte sacaba a la superficie peligrosos impulsos e ideas subversivas que estaban acechando mientras se formaban en la oscuridad. Así circulaban rápidamente rumores sobre inquietos artesanos cuyos sueños de rebelión se excitaban con el ascenso al poder del pastor de Tamerlán o sobre estudiantes cuyas fantasías de poderes mágicos eran alimentadas por el pacto de Fausto con el diablo. Un cierto estudiante de Cambridge, nos dice un chisme del siglo diecisiete, "se internaría por la noche en un bosque y se arrodillaría para invocar vehementemente al demonio, para que él lo pudiera ver (porque no creía que existiera el demonio)". Si no creía que el demonio existiera, ¿por qué este joven torcido se arrodillaba? Porque, dice la historia, se había "aprendido a Marlowe de memoria". La conclusión es ineludible, al menos para aquellos que ya están convencidos de que el teatro es una fuerza peligrosa y corruptora: "Marlowe lo convirtió en ateo".3
Pero si está razonablemente claro que el papel de Marlowe como agente provocador católico era parte de su trabajo en la red de espionaje, ¿quién o qué sostiene su papel como agente provocador ateo? ¿Era esto también parte de su misión, o lo escogió él mismo? Nada en los archivos sobrevivientes sugiere que alguien en el gobierno haya pensado que el dramaturgo hacía un buen servicio a la Reina por las cosas que escribía, y escribir piezas provocadoras en el Londres de esa época habría sido un inverosímil modo de hacerlo. Al contrario, cuando en 1593 alguien clavó en la pared de una iglesia de Londres una pancarta sanguinaria y sediciosa y la firmó ‘Tamerlán', los comisarios reales actuaron de inmediato contra Marlowe, como si hubiesen sospechado desde siempre que albergaba sentimientos sediciosos.
Marlowe mismo estaba lejos de Londres, sabiamente a resguardo, de momento, en la casa de campo de su mecenas, Thomas Walsingham. Pero su antiguo compañero de cuarto, el dramaturgo Thomas Kyd, fue arrestado, sus cuartos revisados, y se descubrieron algunos documentos "ateos" (o se los plantaron). Interrogado bajo tortura, Kyd dijo que los documentos eran de Marlowe. Baines, el sórdido informante, escribió un informe, presentado debidamente al Consejo Privado de la Reina, que detallaba las opiniones supuestamente "condenables" de Marlowe: que la Virgen María no era virgen, y que Jesús era un hijo ilegítimo; que San Juan y Jesús eran amantes homosexuales; que el Nuevo Testamento era un "libro vicioso" y que él, Marlowe, podía escribir algo mejor; que la religión fue inventada en primer lugar "para mantener a los hombres viviendo en el temor"; que si había alguna religión buena, sería la de los papistas, porque tenían ceremonias más refinadas y coloridas; que los protestantes eran todos "idiotas e hipócritas", etcétera. Es imposible saber si Marlowe en realidad ventilaba todas estas opiniones, que no eran consistentes en este período con el deseo de tener una vida larga. El informe tuvo el efecto que sin duda se quería que causara: los "artículos de ateísmo", informa un agente del gobierno, "fueron entregados a su alteza, que ordenó investigarlo hasta el fin".
Pocos días después Marlowe yacía muerto en la casa de la viuda de Bull, en Deptford. Riggs y Honan comparten con Nicholl la convicción de que es extremadamente improbable que esta muerte fuera causada por una pelea sobre la cuenta del almuerzo y la cena. Nicholl cree que el asesino (probablemente Frizer, actuando en complicidad con los otros dos) actuó por órdenes de alguien del círculo del poderoso Conde de Essex -no el conde mismo, sino probablemente uno de sus ambiciosas amistades- que pensaba que Marlowe se había puesto en el camino de una bizantina trama para destruir al eterno rival del conde, Sir Walter Ralegh. Nicholl es, curiosamente, tímido sobre el significado de este argumento: "No estoy tratando de decir que la muerte de Marlowe tenga algún sentido", escribe. "Mi interpretación es que su muerte es un tipo más complejo de incoherencia que las meras bravatas de una taberna" .
Honan piensa que Frizer, que esperaba progresar como el agente comercial de Thomas Walsingham, decidió matar a Marlowe porque tenía miedo de que la indeseable reputación de Marlowe fuera un obstáculo para su señor: "Como mecenas de un bien conocido, flagrante ‘ateo', Walsingham corría el riesgo de perjudicar su propia reputación, y privar así a su agente de ganancias y seguridad". Riggs, más sorprendentemente, cree que Marlowe fue asesinado por orden de la Reina Isabel misma. No era necesario que fuera explícita; unas pocas palabras ominosas, dichas en los oídos precisos, habrían sido suficientes.
¿Por qué hubiese querido Isabel, que no era por naturaleza impulsivamente homicida, la muerte de Marlowe? Sin duda, su gobierno estaba nervioso por la amenaza de un levantamiento popular, incitado por la pancarta firmada ‘Tamerlán', pero Marlowe, en la casa de campo de su mecenas, no estaba directamente implicado en esta provocación. Sin embargo, Riggs argumenta que la combinación de la pancarta con el informe del espía causaron en la Reina y sus consejeros más cercanos un "pánico moral", el temor paranoico de "una alianza emergente entre los ateos y los provocadores católicos romanos". Después de todo, los polemistas protestantes habían repetido a menudo el argumento de que el Papa era un cínico incrédulo y que la iglesia católica era la conspiración del Anticristo, lo que habían llegado a creer que era literalmente verdadero. La lista de opiniones escandalosas atribuidas a Marlowe no les pareció que fueran injurias deliberadas ni grotesca comedia; más bien, parecían ser las evidencias irrefutables que estaban esperando desde hacía tiempo. Y si alguien se hubiese molestado en observar que el ‘catolicismo' de Marlowe era su papel como agente doble y que su ‘ateísmo' el informe no verificado de un informante pagado que era un conocido mentiroso, tampoco habría importado. Las autoridades estaban espantadas de sus propias fantasías. Marlowe era su peor pesadilla.
El problema con el tentador argumento de Riggs, es que la Reina y sus severos, aunque sobrios consejeros, no se asustaban fácilmente. El argumento sólo tiene sentido, creo, a condición de una cosa: que alguien en el gobierno, quizás la Reina misma, hubiera visto las piezas de Marlowe y asesado su terrible y subversivo poder. Ese poder no reside ni en los aforismos escandalosos ni en los contornos de la trama: Fausto hace un pacto con el diablo, pero al final, como el homosexual Rey Eduardo y el judío Barrabás, paga con su vida sus pecados. Incluso el nietzscheano superhombre Tamerlán piensa que su voluntad de poder no puede superar los límites naturales de su cuerpo mortal. Nada de esto importa realmente. Lo que sucede una y otra vez en las piezas de Marlowe es que la fuerza invocatoria de sus versos liberan una energía destructiva que no puede ser contenida por ningún límite convencional.
"Renunciad a vuestro rey y uníos a mí", llora Tamerlán, "Y triunfaremos en todo el mundo. / Tengo los Hados firmemente encadenados, / Y con mi mano hago girar la Rueda de la Fortuna".
Algo electrificante pasó cuando estas palabras fueron recitadas por primera vez en el mundo londinense. También cuando Barrabás cantó por primera vez su cínico elogio del dinero, o Gaveston su encomio del amor homosexual, o Fausto su deseo de Helena: "¿Era este el rostro que echó mil naves a la mar / Y redujo a cenizas las torres de Ilium? / Dulce Helena, hacedme inmortal con un beso. / Sus labios me secan el alma. ¡Mirad dónde vuela! / Venid, Helena, devolvedme mi alma. / Pues aquí residiré, en el paraíso de esos labios. / Y salvo Helena, nada hay".
Un deseo implacable, que se burlaba de todas las jerarquías y era indiferente a las consecuencias, había sido provisto de una voz apasionada y devastadoramente elocuente.
Este deseo no era un asunto privado. Las piezas de Marlowe, éxitos comerciales en la escena pública, fueron las primeras diversiones de masa de la Inglaterra moderna. En representaciones teatrales en la corte en el invierno de 1592-1593, la Reina puede haber visto lo que enloquecía al público londinense. Hija del despiadado Enrique VIII, y una decidida sobreviviente, Isabel no era tonta: quería que este tipo de cosas pararan de una vez: había que "investigarlo hasta el fin".

Notas
[3] La historia, apuntada hacia 1640 por Henry Oxinden, fue publicada en 1935 por Mark Eccles (‘Marlowe in Kentish Tradition', en Notes and Queries, Vol. 169).

Libros reseñados
David Riggs
The World of Christopher Marlowe
Owl Books
411 pp.
$17.00

Park Honan
Christopher Marlowe: Poet and Spy
Oxford University Press
421 pp.
$32.50

6 de abril de 2006
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quién mató a christopher marlowe 2


[Stephen Greenblatt] Pero se sabe que Marlowe, en los años en la unversidad, trabajaba para el espionaje isabelino cuyo fin era erradicar la disidencia católica.
Sólo he conocido (por lo que sé) a un espía. Era un joven académico de Alemania del Este, experto en Shakespeare, al que conocí en 1996 en el Congreso Mundial sobre Shakespeare, en Berlín occidental. Era, según me dijo entonces, su primer viaje fuera de Alemania del Este, y lo felicité por su excelente dominio del inglés. "No es por mis méritos", replicó, modesto, "si no por los del sistema educativo de la República Democrática Alemana". En 1989, cuando cayó el Muro y la República Democrática Alemana se derrumbó, empecé a recibir cartas de mi joven conocido. Las cartas, elocuentes y angustiadas, expresaban su creciente desencanto tras la secuela de embarazosas revelaciones que estaban saliendo a luz sobre los lujos secretos de los líderes de Alemania del Este. Ahora soy suficientemente cínico, confieso, como para anticipar que lo que seguiría sería una petición de una carta de recomendación para una beca o una posición académica en Estados Unidos. Yo no era fuerte, pero antes de que llegara la petición, hubo una sorprendente revelación.
Los archivos de la Stasi estado siendo publicados, y en su cuarta o quinta carta mi amistad académica me escribió que tenía que admitir algo: su viaje a Berlín occidental en 1986 no era, de hecho, su primera visita a Occidente. Escribió que había sido durante unos años, un espía contra la OTAN en varias ciudades europeas. Sus motivos, me aseguró, eran completamente idealistas. No formaba parte del ejército secreto de informantes domésticos que escudriñaban las vidas privadas de prácticamente todos los ciudadanos de Alemania del Este. Más bien, pensaba que había un peligroso desequilibrio entre los bloques de Occidente y del Este y había tenido la oportunidad de contribuir con su pequeña parte a asegurar la estabilidad y paz mundiales. Me preguntaba si aun sabiendo esto, podría escribir una carta de recomendación a su nombre, una carta en la que yo debería hablar de él como académico, y no como espía. Quería continuar sus estudios renacentistas y, en particular, escribir un libro sobre Christopher Marlowe.
Le dije que me encantaría escribir una carta sobre su erudición -yo admiraba en particular un ensayo que había publicado sobre las escenas de tumultos en ‘Coriolanus'- pero tendría que mencionar que había sido un espía alemán. No me parecía que fuera inherentemente deshonroso ser espía para tu propio país, y podía escribir legítimamente, le dije, que su experiencia le podría servir de orientación en su intento de entender a Marlowe. Pero también tenía otras razones para no acceder a ningún intento de ocultar esta información. Después de todo, yo no tenía idea de lo que él pudiera haber hecho ni qué torcida ruta había seguido para llegar a esas capitales europeas donde había trabajado como espía. Después de un largo silencio, recibí otra carta.
Dijo que había decidido emprender lo que los alemanes llaman Vergangenheitsbewältigung, un ajuste de cuentas público con el pasado. Estaba obligado a hacerlo debido a la revelación de nuevos documentos que complicaban su declaración anterior de que nunca había participado en el espionaje interno. Cuando estaba siendo reclutado para el servicio de espionaje, sus superiores le pidieron que demostrara sus habilidades -como condición para ser enviado al extranjero en una importante misión- escribiendo informes sobre varios de sus compañeros y profesores en la facultad. Me dijo que le habían prometido que los informes no serían nunca utilizados; que eran simples ejercicios para probar su competencia. Pero ahora estaba consternado, profundamente acongojado de descubrir que, en realidad, habían sido usados para perjudicar las vidas de las personas sobre las que había escrito. Había, inconscientemente, por supuesto, y en toda inocencia, traicionado a sus amigos y maestros.
No respondí esta carta y nunca volví a saber de él. Un amigo que se enteró de sus andanzas me contó hace poco que estaba dictando clases de alemán en una escuela secundaria y se sentía bastante amargado de que su carrera hubiera sido arruinada, mientras que otros de la Stasi, en niveles mucho más altos que él, habían emergido ilesos en el nuevo orden mundial.
¿Cómo fue reclutado Marlowe para el espionaje isabelino? ¿Qué tuvo que hacer para probar que era competente? No lo sabemos. Pero podemos, creo, tener razonable certeza de que fuera lo que fuera, implicaba una considerable mezcla de mala fe, traición, y engaño. El hecho de que las autoridades universitarias creyeran que el estudiante de teología estaba a punto de huir a Rheims significa casi ciertamente que Marlowe había estado cultivando activamente su reputación como disidente católico, que no era solamente un apacible leal a la antigua religión, sino que estaba decidido a participar en intentos sediciosos para reinstaurarla.
Esta reputación le habría dado acceso a la comunidad clandestina de Cambridge, una asociación religiosa de jóvenes píos que adoraban los ritos romanos y temían por la condenación de sus almas, soñadores nostálgicos, santones y mártires, románticos atormentados que idealizaban a María, la reina de los escoceses, conspiradores maquiavélicos que soñaban con hacer derrumbar el estado, aventureros borrachos, visionarios, idealistas, ideólogos, intelectuales, mercenarios a la paga de España o Francia, fervientes creyentes que se aferraban testarudamente a la fe de sus ancestros. Las actividades de los espías isabelinos no eran solamente la observación cuidadosa, recordando y comunicando detalles comprometedores a las autoridades; la tarea también implicaba, normalmente hablando, la provocación. Un agente doble exitoso debía atraer a sus objetivos, alentarlos en sus tramas, apuntalar su endeble confianza, empujarles hacia derroteros más violentos. Luego saltaría la trampa, y el crédulo intrigante se encontraría en las hábiles manos de Topcliffe, el torturador de la Reina, y en camino hacia una terrible muerte en el cadalso.
Sabemos que Marlowe finalmente atravesó hasta el continente -fue detenido y acusado de falsificación de monedas en 1592, en la ciudad holandesa de Flushing, donde compartía un cuarto con Richard Baines, un siniestro espía del gobierno- pero su trabajo, como el de mi conocido alemán, tendría que haber comenzado en casa, entre sus compañeros de la universidad.

6 de abril de 2006
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quién mató a christopher marlowe 1


[Stephen Greenblatt] Marlowe fue asesinado en una taberna, pero la pesquisa judicial determinó que la casa donde fue asesinado no era ni mesón ni nada parecido.
La mañana del 30 de mayo de 1593, Christopher Marlowe, 29, se encaminó hacia una cita que tenía en Deptford, una pequeña ciudad a orillas del Támesis, a unos kilómetros río abajo desde el Puente de Londres. La cita era a las diez de la mañana en una casa que pertenecía a una viuda llamada Eleanor Bull. Allá Marlowe se unió a otros tres hombres a los que ya conocía bien: Ingram Frizer, Nicholas Skeres, y Robert Poley. Los cuatro pasaron la mañana conversando plácidamente, almorzaron juntos y más tarde pasearon un rato por el jardín de la viuda de Bull. A eso de las seis de la tarde volvieron a la casa para la cena. Aparte la mesa en la que comieron, en la habitación había una cama, sobre la que se tendió Marlowe después de cenar; los otros tres siguieron sentados juntos en una sola banca, dando la espalda a su amigo reposando.
De acuerdo a la versión oficial, empezó entonces una discusión entre Ingram Frizer y Marlowe sobre la cuenta -el ‘cálculo', como se decía entonces- de lo que habían consumido ese día. La discusión fue subiendo de tono. Repentinamente, Marlowe, furibundo, se puso de pie de un brinco y cogió el puñal que llevaba Frizer en su funda. Rodeado por Skeres y Poley e incapaz de moverse al principio, Frizer fue dos veces golpeado en la cabeza antes de que pudiera finalmente arrebatar su arma de manos de Marlowe. "Y así fue que, en ese revuelo, que el dicho Ingram, en defensa de su vida, con el puñal ya mencionado, de un valor de 12 peniques, le asestó al susodicho Christopher una puñalada mortal en su ojo derecho, de una profundidad de dos pulgadas y del ancho de una".
Algunos años después, el clérigo puritano Thomas Beard se dio el gusto de un ejercicio piadoso del tipo que, gracias a Pat Robertson y su pelaje, sigue sonando familiar a los estadounidenses. El hombre asesinado tuvo su merecido; en realidad, su fin era "un signo manifiesto del juicio de Dios". Pues aunque Marlowe había recibido una educación teológica más que adecuada en la Universidad de Cambridge, era "en la práctica un apostador y un poeta de la obscenidad", un blasfemo que ridiculizaba al Salvador y de burlaba de toda religión llamándola un embauque. Así que no fue un accidente que la puñalada mortal atravesara el cerebro de la víctima, el cerebro que había ideado blasfemias tan terribles. El edificante espectáculo del miserable fin de Marlowe, escribió Beard, debería erradicar completamente el ateísmo, actualmente tan extendido, o, al menos, "sofocarlo y controlarlo".
En la época de su muerte, Marlowe era conocido no solamente como un notorio blasfemo, sino también como el más grande dramaturgo inglés. Su espectacularmente violenta épica de dos partes, ‘Tamburlaine', sobre el surgimiento de un pastor escita que se convirtió en rey de la mitad del mundo, había revolucionado el teatro isabelino; su cínica comedia ‘El judío de Malta', había divertido a abultadas audiencias, burlándose despiadadamente de los sentimientos morales convencionales; su osada pieza histórica, ‘Eduardo II' había presentado un retrato complejo y comprensivo de un rey homosexual. Y la apasionada intensidad de su tragedia ‘Doctor Fausto', excedía todo lo que su rival contemporáneo, William Shakespeare, había escrito hasta el momento. Muchos repitieron y amplificaron la engreída satisfacción de Beard por el asesinato del joven dramaturgo, pero también se oyeron otras voces, más afligidas. El dramaturgo George Peele lamentó la pérdida, para Inglaterra, "del favorito de las musas". George Chapman celebró el "espíritu libre" de Marlowe, Michael Drayton su "delicada demencia", Thomas Nashe su disposición a despreciar su propia vida "en beneficio de la libertad de expresión".
La respuesta de Shakespeare, cuando se produjo seis años después del homicidio, fue más alusiva que elusiva: "Ah, muerto pastor", dice Febe, enferma de amor, en ‘Como gustéis', "ahora entiendo tu adagio. ¿Quién se enamora si no es de un flechazo?'" El ‘adagio' -es decir, el dicho cuyo poder Febe comprende- es un verso del poema erótico de Marlowe, ‘Hero y Leandro'. La invocación del pastor muerto, no mencionado, es tan breve que casi escapa a la atención, y Febe, el personaje menor, es tan desdeñable que es difícil tomar en serio su homenaje: sólo ahora entiende ella el ‘poder' de algo que había escrito Marlowe. Uno estaría tentado a desechar toda la alusión de Shakespeare, si no fuera porque aparece pisando los talones de otra, todavía más elusiva. "Cuando no se entienden tus versos ni responde a tu ingenio el niño precoz, entendimiento, te quedas más muerto", dice el clown Parragón, "que cuando te traen una cuenta abusiva en una humilde taberna".
Nos vemos repentinamente de vuelta, por un segundo, a la pequeña habitación en la casa de la viuda Bull, en Deptford, donde en una disputa sobre el ‘cálculo', Marlowe fue asesinado. ¿Por qué fue en 1598, cuando Shakespeare estaba escribiendo ‘Como gustéis', que la muerte de Marlowe pasó por su mente? Probablemente porque, intentando escribir una comedia pastoral -esto es, una comedia sofisticada sobre dos pastores enamorados-, Shakespeare habría pensado inevitablemente en el poema más célebre de Marlowe, ‘El pastor apasionado'. Durante años, esta lírica irresistiblemente seductora -"Ven a vivir conmigo y sé mi amor"- había sido utilizada una y otra vez en las sensibilidades isabelinas, como una inolvidable melodía que una generación entera halló imposible de exorcizar. Quizás Shakespeare, que había estado durante largo tiempo inquieto por los logros de Marlowe como poeta y dramaturgo, necesitaba recordarse a sí mismo que el "pastor apasionado" era un "pastor muerto".
Pero ¿cómo debemos interpretar la extraña observación de que cuando los versos de un poeta no son comprendidos, eso lo mata más que la abultada cuenta en una humilde taberna? ¿Por qué, en esta versión, aparece Marlowe como un enigma para sus contemporáneos, incluso para un contemporáneo tan perceptivo como Shakespeare? ¿Y por qué fue esta elusividad, esta incapacidad de entender "tu ingenio", fatal? O más bien, ¿quién en realidad mató a Christopher Marlowe y por qué?
Shakespeare repite la palabra que ha sido utilizada en la pesquisa oficial de 1593, el ‘cálculo'. Pero muy pocos contemporáneos habrían tenido la ocasión de leer el informe de esta pesquisa; en la época, gran parte de los chismes sobre la muerte de Marlowe se centraban en una escabrosa historia de amor, probablemente de amor homosexual, y violentos celos. Circulaba entonces una versión alternativa -una mortal pelea sobre la cuenta- que los versos de ‘Como gustéis' parecen endorsar y que debe haber estado basada en el informe de la autopsia. Pero el informe mismo desapareció de la vista (y el significado de la alusión de Shakespeare se perdió) hasta que un brillante académico de Harvard, Leslie Hotson, encontró el informe en 1925 y encontró también el indulto oficial otorgado poco después al asesino, Ingram Frizer. Finalmente el caso fue cerrado.
En realidad, como escribió Charles Nicholl varios años después en su impactante libro ‘The Reckoning: The Murder of Christopher Marlowe', la historia empezó a descomponerse bajo la presión de la erudición moderna.1 Esa erudición fue expuesta impresionantemente en dos importantes y nuevas biografías -‘The World of Christopher Marlowe', de David Riggs, y ‘Christopher Marlowe: Poet and Spy', de Park Honan. Tanto Riggs como Honan saben que nada es lo que parece, ni a Hotson ni a Shakespeare (al que Honan caracteriza como "nauseabundamente receloso") o a los dieciséis jurados, "hombres buenos y rectos", que fueron reunidos por el forense para la pesquisa.
La viuda de Bull, según se sabe, no llevaba una taberna; era una mujer de propiedades, con vínculos con poderosos personajes de la corte. Los tres hombres con los que Marlowe pasó el último día de su vida no era un grupo casual de bebedores; eran todos personajes profundamente involucrados en el turbio mundo del espionaje isabelino, creado en los años de 1570 y 1580 por el ingenioso Sir Francis Walsingham y dirigido en gran parte desde su residencia en Seething Lane. Robert Poley, que, como Marlowe, era un niño pobre educado en Cambridge, había sido pillado una vez distribuyendo panfletos católicos subversivos y había revelado (y, sin duda, parcialmente fomentado) peligrosas conspiraciones para matar a la Reina Isabel e instalar a su prima católica, María, Reina de los Escoceses, en el trono inglés. Nicholas Skeres, un confidente de poca monta, también se ocupaba de espiar a los conjurados católicos y transportaba cartas confidenciales desde el poderoso Conde de Essex a Walshingham. Ingram Frizer, cuyo puñal de 12 peniques atravesó el cerebro de Marlowe, era una especie de agente comercial pagado por el jefe de espías Thomas Walsingham, primo de Walsingham, que también era el mecenas de Marlowe. Y Marlowe mismo, como los sabuesos académicos han podido desentrañar, estaba inmerso en este mismo y misterioso reino.
Hijo de un zapatero de Canterbury, el talentoso Marlowe había sido enviado, a la edad de dieciséis años, al Corpus Christi College, de Cambridge, con una beca que era normalmente otorgada a los estudiantes que se preparaban para el ministerio. Recibió la beca por el tiempo máximo, seis años, como si fuera a tomar el sacramento de la ordenación y encaminarse hacia alguna parroquia de provincia, pero no fue eso lo que pasó.
Debido a que los Libros de Compras de la universidad -libros en los que se registraban los costes semanales de pensión y bebida- sobreviven para gran parte de este período, es posible seguir la carrera universitaria de Marlowe de bastante cerca, al menos en lo que concierne a su consumo de costillitas de cordero y cerveza. El patrón de costes sugiere que Marlowe estableció residencia y prosiguió firme y prudentemente sus estudios hasta 1584, cuando recibió su licenciatura. En ese momento, las cosas cambiaron: evidentemente tenía más dinero para gastar -aunque ciertamente no provenía ni de su familia ni de la beca- y, poco después de cumplir los 21, empezó a ausentarse de Cambridge por prolongados períodos de tiempo.
Los funcionarios de la universidad observaron estas ausencias y se alarmaron. Seguro que estaban familiarizados con estudiantes ricos que desaparecían periódicamente para ir de putas o de compras (o, en cuanto a eso, para participar en los interminables pleitos a los que era aficionada la elite isabelina). Pero las ausencias de Marlowe, sospechaban los funcionarios, se derivaban de un motivo más siniestro, uno que ellos también encontrarían inquietantemente familiar. Bajo Isabel I, Inglaterra era oficialmente un país protestante -era obligatorio asistir a los servicios de la iglesia anglicana y los otros credos religiosos no eran tolerados-, pero una parte substancial de la población conservaba una discreta y residual lealtad a la Iglesia Católica. Un pequeño número de esos leales a la antigua religión encontraron la situación intolerable: algunos huyeron al extranjero y entraron a diferentes órdenes religiosas, otros se incorporaron a comunidades seculares de católicos ingleses que vivían en el exilio en Francia y los Países Bajos, otros seguía en casa en secreto, para gran peligro de los sacerdotes católicos que los confesaban y administraban sacramentos.2 Todos estos intransigentes eran considerados por las autoridades inglesas protestantes como amenazas para el estado, real o potencialmente traidores, determinados a asesinar a la Reina y devolver Inglaterra a las garras del Anticristo que ocupaba el trono papal en Roma.
Durante los años de Marlowe en Cambridge, las tensiones crecían firmemente a medida que se hacían circular rumores de conspiraciones católicas e invasiones extranjeras, y los funcionarios redoblaban sus esfuerzos para detectar a los conspiradores. La tarea era exasperantemente difícil: católicos y protestantes eran iguales, compartían los mismos orígenes, y creían en general en las mismas cosas. Prácticamente todas las grandes familias, incluyendo las de los principales fiscales, tenían católicos entre sus parientes. Pero el destino de la nación parecía depender de dar solución a todo esto -y los temores no eran, después de todo, únicamente una manifestación de paranoia. El Papa había excomulgado a Isabel y alentaba los intentos de asesinarla. Se montaron conspiraciones para matar a la Reina -incluyendo la conspiración de Babington, que Poley y Skeres habían infiltrado- y en 1588 la Armada Invencible del católico Rey de España trató de invadir la isla y retornar a Inglaterra a la fe de Roma.
Cuando Christopher Marlowe solicitó su grado de maestría en 1587, las autoridades universitarias se propusieron negárselo. Había, pensaban ellos, una siniestra explicación de sus misteriosas ausencias: estaba tratando de huir al extranjero para unirse a los católicos ingleses disidentes de Rheims. Pero en ese momento intervinieron las más altas autoridades del país -Lord Tesorero Bughley, el Arzobispo Whitgift, Lord Canciller Hatton, y otros en el Consejo Privado de la Reina. Informaron a los funcionarios de la universidad que Marlowe, de hecho, había prestado a la Reina un "buen servicio" e instruyeron que se le confiriera el título en la próxima ceremonia. "No es del agrado de Su Majestad", agregaron los consejeros privados, "que alguien ocupado, como lo ha estado él, de asuntos que redundan en beneficios para su país, sea injuriado por personas ignorantes de los asuntos que le ocuparon". Aunque se han descubierto informaciones sensacionales sobre Marlowe en tiempos modernos, nosotros todavía estamos "ignorantes de los asuntos que le ocuparon". Lo más probable que actuara como espía en círculos de católicos ingleses, en casa o en el extranjero.

Notas
[1] Harcourt Brace, 1992; University of Chicago Press, 1995.
[2] La intrincada red de realistas católicos y su extraordinaria lucha para conservar su fe es vívidamente expuesta en el reciente libro de Gerard Kilroy, ‘Edmund Campion: Memory and Transcription' (Ashgate, 2005).

6 de abril de 2006
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más chicas que se confiesan


[Charles McGrath] Un tema, treinta escritoras, una tendencia.
Literatura para chicas. Crímenes verdaderos. Libros de dieta. Memorias de recuperaciones. Libros sobre Britney. La industria editorial es una convencida creyente del principio de que mucho nunca es demasiado. El último género en inundar las estanterías de las librerías en cantidades posiblemente excesivas, habrá usted observado, es la compilación, pero no del tipo que estábamos acostumbrados a llevar a clases.
Este nuevo tipo de antología reúne ensayos y confesiones en primera persona antes que, digamos, discusiones sobre servicios sanitarios e higiene personal en la Edad Media, y se reconoce fácilmente por títulos fastidiosos y una cifra que especifica el número de escritoras que desnudan sus almas sobre toda una gama de temas íntimos: ‘Maybe Baby: 28 Writers Tell the Truth About Skepticism, Infertility, Baby Lust, Childlessness, Ambivalence and How They Made the Biggest Decision of Their Lives' [Quizás, Nena: 28 Escritoras Cuentan la Verdad sobre el Escepticismo, la Esterilidad, las Ganas de Tener Hijos, el No Tener Hijos, la Ambivalencia y Cómo Tomaron las Decisiones Más Importantes de Sus Vidas]; ‘Roar Softly and Carry a Great Lipstick: 28 Women Writers on Life, Sex and Survival' [Ruge Suavemente y Lleva Contigo un Lápiz Labial Chévere: 28 Escritoras sobre la Vida, el Sexo y la Supervivencia]; ‘Because I Said So: 33 Mothers Write About Children, Sex, Men, Aging, Faith, Race and Themselves' [Porque Lo Digo Yo: 33 Madres Escriben sobre los Niños, el Sexo, los Hombres, el Envejecimiento, la Fe, la Raza y Sí Mismas].
"Si las memorias son las nuevas obras de ficción, entonces quizás las antologías son las nuevas memorias", dice Elizabeth Kaplan, la agente que ayudó a crear la tendencia en 2002 cuando vendió ‘The Bitch in the House: 26 Women Tell the Truth About Sex, Solitude, Work, Motherhood and Marriage' [Bruja en la Casa: 26 Mujeres Dicen la Verdad sobre el Sexo, la Soledad, el Trabajo, la Maternidad y el Matrimonio']. "Han empezado a explotar algo que estaba en el aire".
De vez en vez se oye hablar de hombres que escriben este tipo de confesiones. En respuesta a ‘Bitch in the House', por ejemplo, salió ‘The Bastard on the Couch: 27 Men Try Really Hard to Explain Their Feelings About Love, Loss, Fatherhood and Freedom' [Cabrón en el Sofá: 27 Hombres Tratan de Explicar Sus Sentimientos sobre el Amor, el Duelo, la Paternidad y la Libertad]. Y los hombres pueden hasta leer estas antologías en primera persona, aunque no en grandes cantidades, y rara vez en el metro y otros lugares públicos. "La mayoría de los libros destinados a los hombres, fracasan miserablemente", dice Sally Wofford-Girand, una agente que ha tenido entre sus manos varios de estos libros.
En otras palabras, el fenómeno es fundamentalmente femenino, y la mayoría de los ensayos son escritos por mujeres y para mujeres que están presuntamente en el mismo bote -tratando de ‘tenerlo todo', al mismo tiempo que alcanzan un ‘balance' en sus vidas-, sólo que sin acceso a un procesador de texto. Algunas escritoras, como Anne Lamott y Pam Houston, aparecen siempre por todas partes, escribiendo sobre una variedad de materias, pero es difícil pensar en una escritora publicada que no haya sucumbido al menos una vez a la tentación.
Hay antologías sobre dietas, el sentimiento de culpa judío, el divorcio y el rompimiento con tus amigos, y hay otros en prensa sobre el dinero, el envejecimiento y las mujeres que se portan mal. Pero los libros que causan más polémica (y generan mayores ventas) tienden, de uno u otro modo, a versar sobre la maternidad y la crianza de los niños -sobre el tener hijos, en primer lugar, y sobre quién se va a ocupar de ellos.
‘The Bitch in the House', compilado por Cathi Hanauer, fue un éxito de ventas durante un breve período, enviando a algunas de sus autoras en el programa ‘Today', y sigue siendo el libro modelo de todo el resto, aunque ninguno ha alcanzado el mismo nivel de éxito. El tema de ‘Bitch in the House' está bastante bien resumido en el título: las 26 mujeres que cuentan la verdad sobre el sexo, la soledad y el trabajo, están, en su mayor parte, más locas que las cabras.
‘The Bitch in the House' dio en el clavo, como dicen algunos en el ramo, y, más precisamente, creó una fórmula editorial que se podía repetir y engendró una mini industria. Fue seguida rápidamente por ‘The Bastard on the Couch', compilado por Daniel Jones, quien, no coincidentemente, es el marido de Hanauer (el mundo de la literatura de confesiones íntimas es pequeño) y fue luego contratado por el New York Times para dirigir la columna Modern Love en el suplemento Sunday Styles, que ha publicado fragmentos de varios artículos de las antologías en primera persona.
¿Por qué están estas mujeres tan enfadadas? Están hasta la tusa de los hombres. Los hombres que no comparten las tareas del hogar o la crianza de los niños, o los hombres -en el caso de un fanfarrón casado con una de las ensayistas- que se aventuran a hacer más de su parte. Hombres que, dice la ensayista Karen Karbo, operan solamente de modo binario: puedes pedirles que hagan algo, o decirles cómo se hace, pero no las dos cosas.
No se podría reprochar a un hombre que lea este libro que concluya, como han hecho los hombres siempre, que cuando la mujer o compañera de uno está enfadada, lo mejor es escabullirse sigilosamente de casa tan rápido y silenciosamente como sea posible. No que los hombres sean irreprochables. Algunos de los hombres que escriben en ‘The Bastard on the Couch' manejan una especie de quejumbrosa autodefensa, pero la mayoría de los 17 autores de ‘Committed: Men Tell Stories of Love, Commitment and Marriage' [Comprometidos: Hombres Cuentan Historias de Amor, Compromiso y Matrimonio], con un prefacio de Jay McInerney, el bien conocido comprometido en serie, se me antojan sublimemente despistados.
Los ensayos en este libro presentan una historia razonablemente consistente: el escritor, un imbécil redomado, después de un período de confusión (aunque disfrutando, como lo confiesa modestamente, una saludable cantidad de acción en el futón), se encuentra se repente cautivado por una chica de muerte, "esbelta" o "despampanante", de "piernas largas" y se enamora instantáneamente, sin un momento de reflexión o de remordimiento.
Como escribe David Owen, explicando su decisión de casarse bastante joven: "Si no sabes lo que estás haciendo, simplemente reunir más datos no va a alterar el resultado".
Un extraño, similar tipo de inocencia impregna ‘The May Queen: Women on Life, Love, Work and Pulling It All Together in Your 30's' [Reina de Mayo: Mujeres sobre la Vida, el Amor, el Trabajo, y Manteniendo Todo en Balance a los Treinta], una nueva antología en la que la mayoría de las escritoras, después de algunas elecciones suavemente inapropiadas, terminan encontrando al Príncipe Azul. (Para elecciones realmente inapropiadas debes consultar ‘Roar Softly': drogadictos, hombres casados, tipos que se empapan con pachulí).
A menudo, el Príncipe Azul tiene un lado profundamente espiritual. (Dato para tipos: "Déjame que te lleve paz", una excelente frase para ligar). Y a diferencia de las escritoras de la mayoría de las otras antologías, estas mujeres realmente parecen capaces de tenerlo todo, o de creer que lo tienen todo. Una cantidad sorprendente se las arregla para tener hijos justo cuando están publicando su primera novela o compilación, y los dos procesos -escribir y tener hijos- son casi indistinguibles.
La diferencia entre tener una bruja en la casa y las reinas de Mayo, está uno tentado de decir, es la edad. Las escritoras más jóvenes aún no llegan a los años de la rabia, ni se han dado cuenta de que las historias tristes se venden mejor que las alegres.
Hay un fantasma en muchos de estos libros: la madre de la escritora, que es recordada o acusada por ser demasiado perfecta, una modelo imposible, o por no preparar suficientemente a su hija para el mundo laboral. Y a veces hay una sorprendente cantidad de hostilidad hacia otras mujeres.
Algunos de los ensayos más reflexivos y más profundamente personales en ‘Maybe Baby' son aquellos en los que la autora defiende su decisión de no tener hijos y pide a los que celebran la maternidad que dejen de joderla. Otra antología, ‘Mommy Wars: Stay-at-Home and Career Moms Face Off on Their Choices, Their Lives, Their Families' [Las Guerras de Mamá: Mamás de Casa y Mamás con Carreras Frente a Sus Opciones, Sus Vidas, Sus Familias ], está llena de relatos de lo que suena como escaramuzas en el campo de batalla -en el patio de la escuela y en las reuniones de la asociación de padres y apoderados. "¿Por qué son los niños una fuerza tan divisiva?", escribe Susan Cheever. "¿Qué pasó con esos viejos buenos tiempos en que las mujeres peleaban con los hombres?"
Algunas de las contribuciones son tan crudas, tan personales, tan mal escritas que los lectores terminarán preguntándose: ¿Por qué publica la gente estas cosas? No por el dinero. A las ensayistas se les paga típicamente una tarifa plana de mil o 1.500 dólares, lo que en la mayoría de los casos significa menos de un dólar por palabra (aunque las escritoras pueden a veces ganar algo extra colocando sus artículos en diarios o revistas si el editor no se ha hecho rácanamente con los derechos).
Lo hacen porque quieren liberarse de algo o porque algunas tenían esos artículos acumulando polvo en la gaveta. O lo hacen, como yo (dos veces: en una antología sobre entrenadores y en una de próxima publicación sobre madres solas), porque algún editor persistente les torció el brazo. La vanidad también es un factor a tomar en cuenta. Un editor inteligente reunirá primero algunos nombres que suenen, y las escritoras menos conocidas se sentirán atraídas como por un imán, encantadas por la compañía.
Por su trabajo de persuasión y engatusamiento, y por pulir la prosa de las reclutas, el editor se queda con el resto del adelanto, que en el caso de una antología en estos días tiende a ser una suma de cinco cifras altas o seis bajas, para usar la jerga profesional -que no solamente no está mal como paga por el trabajo editorial, sino además es un sistema rentable y eficiente para el editor, que no tiene que hacer demasiado y puede vivir de rentas con las otras antologías.
Por supuesto, un editor también tiene que proponer ideas vendibles. En términos de calidad literaria, la mejor antología de lejos es ‘Because I Said So', compilada por Camille Peri y Kate Moses, cuyas directrices son suficientemente vagas como para incluir casi cualquier cosa si está escrita por una mujer, desde el ensayo de Margaret Talbo sobre las muñecas de American Girl, a la historia de Katherine Whitney de cuando conoció a sus suegros iraníes.
Pero las antologías que mejor se venden tienden a apretar uno o dos botones de moda, y Susanna Porter, la editora de Random House que compró ‘Mommy Wars', está preocupada de que la mayoría de las buenas ideas ya han sido usadas. "Todavía se ofrecen un montón de antologías', dice. "Pero los editores están nerviosos de que la moda está pasando. Ahora somos definitivamente más cautos. No se puede generalizar, pero creo que se están agotando las existencias de temas".
Wofford-Girand, una agente que tiene dos nuevas antologías en prensa y está preparando una tercera, se muestra más optimista.
"Claro que tiene que ser una gran idea", dice, "y tienes que ponerla en las manos de grandes escritores, pero creo que la fórmula todavía funciona. Siempre hay un elemento de voyerismo. Yo no leería trescientas páginas sobre el aborto de alguna o el divorcio de otra, pero sí podría leer un artículo sobre esos temas".

28 de mayo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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flaubert, c'est moi


[Julian Barnes] Reseña de la más reciente biografía de Flaubert, el autor que afirmaba no tener ninguna.
En 1819 Keats viajó a las oficinas de Londres de la Compañía de las Indias Orientales en Leadenhall Street a preguntar sobre cómo convertirse en doctor de un barco de la compañía. Cuando estuvo allá, visitó una exhibición del Tigre de Tippoo, la famosa bestia mecánica fabricada por el Sultán de Misora y robada por los británicos unos veinte años antes. De tamaño natural, se posaba amenazadoramente sobre su última víctima, un soldado británico en el suelo a punto de recibir el coup de grâce. Es en parte divertido, en parte aterrador; parte enorme juguete -un órgano interno produce tanto rugidos de tigre como y chillidos humanos, mientras los brazos de la víctima tratan inútilmente de alejar a la bestia-, parte rugiente evocación del intrínseco poder que el subcontinente puede conferir al impertinente hombre blanco. Keast quedó tan impresionado que lo incorporó en su poema satírico ‘The Cap and Bells': "[...] That little buzzing noise [...] / Comes from a plaything of the Emperor's choice, /From a Man-Tiger-Organ, prettiest of his toys".
Mucho más inesperado, otro visitante posterior de la Leadenhall Street fue Gustave Flaubert, de paso en Londres por la Gran Exposición de 1851. Flaubert recorría el gran bazar industrial en el Palacio de Cristal; pero como cuenta Frederick Brown, el autor de su biografía más reciente, "aparentemente nada le deleitaba más debajo de ese magnífico tejado que el Tigre de Tippoo en el Museo de la Compañía de las Indias Orientales". El novelista, que todavía no había publicado nada, había retornado hacía poco de su viaje por Egipto y Oriente Medio con Maxime Du Camp, y había expresado su deseo de llegar la siguiente vez hasta la India misma. Pero el Órgano-Tigre-Hombre también apelaba a otros cosas en él. Le gustaban las ferias y los números de circo y el deslumbramiento del teatro; más tarde escribiría un féerie -una extravagancia para teatro que depende de efectos especiales- en la que (y esta debe haber sido una de las producciones teatrales más inverosímiles que salieran de la pluma de un gran novelista) una enorme caldera alada se elevaba en el aire, sobrevolaba una ciudad y se vaciaba a sí misma de zanahorias, puerros y nabos, que quedarían suspendidos en el aire antes de convertirse en luminosas constelaciones. A Flaubert también le gustaban los monstruos y los prodigios de la naturaleza, tanto animales como humanos. "Me atrae la gente loca y los animales", escribió.
Uno de esos monstruos animales -una oveja de cinco patas- ilustra tanto los notables gustos de Flaubert, como su naturaleza obstinada y retentiva. Lo vio por vez primera cuando recorría Bretaña con Maxime du Camp en la primavera de 1847. En el parque de atracciones de Guérande observaron a un "joven fenómeno", como era publicitado -la frase deleitaba tanto a Flaubert como el animal mismo. Después de visitar a la oveja en su tienda, Flaubert y Du Camp invitaron a su dueño a cenar con ellos, y se emborracharon juntos. Siguiendo el viaje, Gustave empezó a llamar a su amigo Máxime ‘el joven fenómeno'. Más tarde, en Brest, volvieron a toparse con la oveja y su dueño, y volvieron a emborracharse juntos.
Esto habría sido suficiente para la mayoría de la gente, pero no para Flaubert. Al año siguiente, Du Camp quedó confinado en cama en sus habitaciones parisienses después de ser herido durante la Revolución de 1848. Flaubert irrumpió en la habitación y anunció a su amigo que le tenía una sorpresa. Poco después volvió con el joven fenómeno, que había descubierto en un parque y logrado, con la ayuda del director de espectáculos, hacer subir las escaleras hasta el apartamento de Du Camp. Flaubert se veía radiante y bufonesco, recuerda Du Camp en sus memorias; también estaba ansioso por impresionar a unos ancianos que estaban de visita en un cuarto adyacente. Después de quince minutos, el inválido, cansado de la atracción ambulante, despidió a la bestia y a su propietario e hizo luego barrer el cuarto para limpiarlo de excrementos ovinos. Sin embargo, Flaubert no se cansaba nunca de nada que tuviera en mente. "Esta bufonada", escribió Du Camp, "se instaló en la memoria de Flaubert como si fuera un gran acto de valor. Un año antes de morir me lo recordó, y rió de tanta buena gana como el primer día".
Lo que escribe Du Camp sobre Flaubert ha de ser tratado con algo de escepticismo. Es el único amigo íntimo de juventud de Flaubert que lo sobrevivió; y su larga relación contiene frialdades, riñas, sospechas y celos. Flaubert reprochaba a Du Camp su mundanería (no que el autor de ‘Madame Bovary' no se arreglase las plumas él mismo cuando la alta sociedad lo invitaba a sus cuarteles), de su soltura, su periodismo, su vanidad. Cuando Du Camp fue elegido a la Académie Française en febrero de 1880, Flaubert -al que sólo tres meses separaban de su muerte- escribió una típica carta de felicitaciones: "Tu alegría es la mía, pero de todos modos me asombra, sorprende, intriga, y me pregunto por qué te molestaste".
Por su parte a Du Camp le gustaba presentar a Flaubert como alguien que, desgraciadamente nunca avanzaba, que se había quedado estancado en las convicciones y proyectos de su primera madurez, y cuya testaruda lealtad a los altos ideales del arte era una especie de infantilismo e inmadurez. Du Camp atribuyó esto en parte al temperamento -una normanda pesadez, en contraste con la liviandad parisiense- y en parte a la epilepsia de Flaubert. Fue Du Camp, en sus ‘Recuerdos literarios' [Souvenirs littéraires], de 1882, quien primero reveló este secreto guardado durante tanto tiempo, y quien lo vinculó a un veredicto literario: "Estoy absolutamente convencido de que Flaubert era un escritor de grandes méritos y que si no hubiese sido atacado por esta terrible enfermedad nerviosa, habría llegado a ser un escritor genial".
¿Es el juicio estudiado y honesto de un amigo que fue el primero en preparar ‘Madame Bovary' para su publicación por entregas en la Revue de Paris y obligó a un reticente Flaubert a quitar al menos treinta páginas del original? ¿Es perversidad disfrazada de amistad ? ¿La honesta verdad, de la que Flaubert mismo se habría enorgullecido? ¿Y/o el reduccionismo médico de un tipo demasiado frecuente -el tipo de reduccionismo que alguna vez atribuyó el feminismo de George Sand a su hábito de fumar cigarrillos (antes que atribuir la adición a los cigarrillos a su feminismo)?
La epilepsia de Flaubert es uno de esos hechos en la vida de un escritor que pueden ser explicados de numerosas maneras de acuerdo al prejuicio del orador: como una explicación del estilo, como un estorbo intelectual, como una estrategia para eludir la vida (Sartre). Frederick Brown la trata como una grave crisis seguida de una permanente, prolongada amenaza -y una continuada excusa para control maternal de Madame Flaubert. En su versión incluye todos los ataques que sufrió Flaubert, observando las consecuencias sociales y médicas, pero también apuntando que la enfermedad no interfería con las horas de trabajo de Flaubert, con la colosal labor de investigación e incesante refinamiento del estilo. Ni, en cuanto a eso, con su memoria. Flaubert podía recitar de memoria poesías y prosa de libros que no había abierto en años, y poseía una memoria casi fotográfica, recordando dónde estaba en la página una frase citada.

Justo antes de pronunciar su juicio literario final de su viejo amigo, Du Camp da un ejemplo típico de la pesadez de Flaubert: "Ya en 1843 me dijo que quería escribir una historia sobre dos copistas que, tras heredar una pequeña fortuna,se apresurarían a renunciar al trabajo para retirarse a vivir en el campo. Allá fracasarían en todo intento de crearse nuevos intereses, se aburrirían hasta la muerte y, como un modo de protegerse a sí mismos, volvían a las copias, como en los días en que eran pobres, para disipar el vacío y hastío de sus vidas. Estaba escribiendo esa novela cuando lo sorprendió la muerte".
Si creemos esta versión (al menos más sobria y más plausible que el ‘recuerdo' de Du Camp, de Flaubert mirando la Segunda Catarata desde la cumbre de Djebel-Aboukir y gritando: "¡Lo encontré! ¡Eureka! ¡Eureka! La llamaré ‘Emma Bovary'"), la gestación de ‘Bouvard y Pécuchet' tomó treinta años. Pero, de cualquier modo, es una irónica constatación de las diferentes orientaciones literarias que habían tomado las vidas de Flaubert y Du Camp. Mientras el primero finalmente se puso a escribir la largamente postergada novela, un trabajo que implicaba una enciclopédica investigación -1.500 libros, aseguró- y los últimos cinco años de su vida, el último acababa de publicar su propia y enciclopédica magnum opus, ‘Paris: ses organes, ses fonctions et sa vie' (1869-1875). Aquí, en seis tomos, Du Camp describe todo el funcionamiento de una ciudad moderna en la segunda mitad del siglo diecinueve: desde sus cloacas hasta el servicio de correos y sus bibliotecas y teatros, pasando por sus cárceles y la prostitución, la guillotina y el manicomio. Poco escapa a su atención, o deja de interesarle: hay, por ejemplo, setenta páginas sobre el tabaco, su fabricación, monopolio, ventajas y desventajas. (Du Camp termina con una fantasía optimista, transmitiendo a los lectores la creencia de los tabaquistas de que los efectos perjudiciales del tabaco pueden ser contrarrestados con el café negro, que es el antídoto del tabaco). Es también un trabajo con un alto objetivo periodístico, una anatomía y una fisiología, pero también una celebración de la ciudad, y una celebración del ingenio y la imaginación humanas; sin embargo, excepto los historiadores de París, pocos son los que saben de su existencia -para no decir que lo han leído.
‘Bouvard y Pécuchet', en contraste, es un trabajo con un gran propósito artístico, una enciclopedia de la conducta humana con un lado directamente opuesto: ‘la futilidad de Baedeker', como lo llamó Cyril Connolly. La novela es una exasperada constatación de que el ingenio humano se consume usualmente en proyectos absurdos, y la imaginación humana es una excusa para una grosera autocomplacencia. Y aunque ‘Bouvard y Pécuchet' no será nunca tan popular como ‘Madame Bovary', o ‘La educación sentimental' (al menos ha superado a ‘Salambô', ahora muy anticuada), sigue leída testarudamente -y la flexible y chispeante traducción de Mark Polizzotti hará, sin duda, feliz a unos pocos más.
En realidad la obstinación impregna y envuelve esta novela. Gira sobre la obstinación -el infatigable intento de los dos retirados copistas parisinos de dominar y someter todo el conocimiento humano, una tarea en la que perseveran a pesar de los constantes fracasos y desilusiones. Representa un acto de varias décadas de duración de literaria cabezonería, un compromiso cerrado a pesar de las dudas del propio Flaubert y los sabios consejos de varios de sus amigos. Es una novela estéticamente testaruda en su constante rechazo a proporcionar a los lectores la fluidez narrativa que ansían. Y requiere un lector terco, uno que esté dispuesto a suspender las expectativas normales y sea capaz de hacer frente a los efectos repetitivos y un vomitorium de sabiduría libresca y masticada.
La cólera de un hombre joven es una condición vigorizante, purificadora, alegre, asertiva: el odio del burgués parece en realidad ser el comienzo de toda virtud. La rabia de un viejo es corrosiva y pesimista; es la incapacidad de admitir que estabas equivocado, combinada con negarse a admitir que tus mejores esfuerzos, incluso si se te permitiera persistir en ellos mil años más, probablemente no tendrán ningún impacto en la humanidad. "Pase lo que pase", comentó Flaubert cuando estalló la Guerra Franco-Prusiana, "seguiremos siendo estúpidos". Esto no era aceptación, sino persistente exasperación. Nunca podría escribir, como hizo George Sand: "Pobre, querida estupidez, que no puedo odiar, sino mirar con ojos maternales". También le dijo: "Usted se queja de la vida... Usted ama demasiado la literatura. Eso acabará con usted y usted nunca acabará con la estupidez humana."
Hay varias hipótesis contendientes sobre qué mató a Flaubert: un ataque al corazón (tesis de Brown), un último ataque de epilepsia (idea favorecida por el sucesor biográfico de Brown, Geoffrey Wall), tensiones económicas. Pero también había tensiones literarias, la monstruosa tarea de investigación y regurgitación a la que el novelista se había sometido voluntariamente. Sand tenía razón al creer que la literatura podría matarlo. Quizás la recomendación de Turgenev, enviada desde Moscú en 1874, fue igualmente médica que literaria: pensaba que ‘Bouvar y Pécuche' sería mejor tratada como Voltaire o Swift, como una penetrante ráfaga satírica. Pero este nunca fue el estilo de Flaubert.
Hay, finalmente, algo distante y señorial en torno a la sátira. A pesar de su reputación, Flaubert estaba demasiado cerca del mundo, era demasiado susceptible, lo despellejaban constantemente. También era demasiado testarudo. Sand tenía razón en sospechar que esa irritación se había convertido en "necesaria para su organización". Flaubert admitió frente a Edmond de Goncourt que la indignación era el bastón que mantenía parado al títere; mientras que a Madame Brainne le explicó, en 1872, calculando que le faltaban todavía dos o tres años más de investigación antes de que pudiera empezar a escribir la novela: "Todo esto con el único propósito de escupir a mis contemporáneos el disgusto que me inspiran. Proclamaré mis ideas, exhalaré mi resentimiento, vomitaré mi odio, toseré mi bilis, eyacularé mi cólera, chorrearé mi indignación..."
Las declaraciones de los escritores sobre obras en preparación son a menudo una floja guía y a veces no más que una indicación de dificultades y frustraciones. Lucian Freud dijo una vez que cualquier observación que él pudiera hacer sobre su arte tendría tanta relación con sus pinturas finales como el sonido que emite un jugador de tenis cuando golpea la pelota con el tiro terminado. Con los escritores, los comentarios deberían ser más relevantes, pero a menudo son un medio para liberar algo de vapor: las cartas de Flaubert muestran su frecuente exasperación con Emma Bovary, pero no permite que este sentimiento infecte la reluciente máquina que estaba en proceso de construir.
Pero entonces, la frase semi-apócrifa: "Madame Bovary, c'est moi", se entiende mejor como una broma desechable de un escritor tratando de esquivar una pregunta insistente. Más cerca de la verdad habría sido: "Bouvard y Pécuchet, c'est moi". Cuando tenía quince años, Flaubert ganó un premio en la escuela por un ensayo de 25 páginas sobre la historia de los champiñones -páginas que copió todas concienzudamente de otra fuente. El arrebatado enciclopedismo de Bouvard y Pécuchet era suyo; y lo que ellos llegan a dudar laboriosamente en el curso de la novela -la probidad de los hombres, la virtud de las mujeres, la inteligencia de los gobiernos, el buen sentido de la gente, la inocencia de los niños, la fiabilidad de la historia, el progreso de la ciencia- era lo que Flaubert mismo dudaba. Lo que era Rabbit para Updike, un clownesco y tonto alter ego, eran Bouvard y Pécuchet para Flaubert; es por esto por lo que, aunque empiezan la novela viéndose como si fueran sus blancos, terminan como trastornados héroes cómicos, sub-quijotescos fracasos en su propia búsqueda, absurda y heroica.
Flaubert está mucho más cerca de la superficie de ‘Bouvard y Pécuchet' que cualquiera de las novelas que publicó. Hay momentos en que lo que en otros lugares lo insinuaba indirectamente, aquí es entregado como el brutal juicio de autor ("El arte, en ocasiones, puede conmover a espíritus mediocres"). Hay veladas referencias a su viejo amigo Jules Cloquet, al un capitán de barco llamado Barbey (había conocido a uno en Trouville, en la década de 1830), a su propio y oficioso santo patrono, Policarpio. Pero el modo en que se muestra el autor más regularmente -lejos de estar en todas partes y nunca visible- es en la materia misma de la novela. Flaubert leyó, absorbió, destripó 1.500 libros para escribir esta novela; acumuló todos los conocimientos y seudo-conocimientos y erudiciones absurdas que pudo, las procesó y las presentó en forma de píldora, como hubiesen hecho Bouvard y Pécuchet -comprensibles a veces, incomprensibles otras -si hubiesen sido capaces de concebir un proyecto semejante para sí mismos. Los dos copistas, tal como son presentados, podrían haber intentado el trabajo de granja, el turismo de ruinas y la colección de antigüedades, pero no habrían podido intentar nunca, ni sobrevivido, un semejante proyecto de erudición sin sus diferentes orígenes personales o caracteres. La explicación de Flaubert, que su amistad reactivó sus inteligencias, es más un artilugio narrativo que una explicación psicológica convincente.
Hay una objeción pedestre, pécucheteana, pero no carente de validez. Enfrentados con continuos resúmenes de decenas de libros, no pensamos: "¿Dios mío, que irán a leer estos dos ahora?", sino: "¿Adónde conducirán sus búsquedas a Flaubert?" Cuando Bouvard lee a su amigo "una nota que ha exigido un montón de investigación de su parte", resoplamos al leer ‘su parte'. Y cuando, después de que su intento de producir un fatuo licor terminara en la explosión del alambique, "se preguntaban asombrados cuál podría ser la causa de tantas desgracias, y especialmente de esta última", el lector sabe la respuesta inmediatamente: su creador, por supuesto.
Sin embargo, la novela no es tan implacable, tan programática, tan personal, como podría parecer. Es más viva y divertida y curiosa. Es a la vez furiosamente específica y altamente improbable (cometer las torpezas de horticultura de Bouvard y Pécuchet tomaría muchas más temporadas de lo que supone Flaubert). Es rápida, aunque repita el argumento una y otra vez. No se limita a contar antes que mostrar: también insiste. Parece estrechamente relacionada con ‘Madame Bovary' (también provincial, también saturada de fracasos), y sin embargo cuando más nos recuerda esa primera novela es cuando más se desvía de su verdadero propósito y maneras.
A veces nos tienta pensar que Flaubert ha olvidado el truco. Por ejemplo, después de la Revolución de 1848, los habitantes de Chavignolles deciden plantar un árbol de la libertad. Bouvard y Pécuchet proporcionan un álamo de su granja, y frente a los vecinos, la compañía de bomberos y lo que queda de la Guardia Nacional, el cura bendice el árbol (envuelto en cintas rojas, blancas y azules) y pronuncia un discurso. Pudo haber sido una escena paralela a la de los Comicios en ‘Madame Bovary', igual de rica y grotesca. Sin embargo, Flaubert no le dedica más que una sola página, y no deja que el cura hable directamente: todo es reportado, controlado, reducido, convertido en el ejemplo 23b de una demostración flaubertiana. Puede no gustarnos, pero debemos reconocer la determinación de Flaubert de no repetir los efectos de veinte años antes.
Menos todavía pensaríamos que la narrativa tradicional necesita ayuda si la novela hubiese alcanzado su forma proyectada. ¿Podemos imaginar cómo habría sido la lectura de la Copia, que sería el doble de larga que la novela que tenemos ahora? (Hoy ciertamente podemos ‘leer' la Copia, ya que se han publicado varias versiones; pero es imposible leerla del modo en que Flaubert quería, como la obra de vida de dos tenaces y fracasados copistas. En lugar de eso, la leemos como algo ensamblado, o no exactamente ensamblado, por Flaubert). La resistencia de la novel a una lectura fácil debe haber sido parte de su atractivo para el modernismo, lo mismo que la curiosa insipidez de su tono y su radical innovación en la forma. Finalmente se permitía que la novela fuera difícil, se permitía disuadir activamente a algunos lectores, y agregar un enorme apéndice de datos y seudo-datos al final de algo que ya era mitad hiperrealismo, mitad folleto. Por eso pensaba Pound que ‘Bouvard y Pécuchet' inauguraban "una nueva forma [literaria] desconocida hasta ahora", mientras que para Cyril Connolly, ‘Bouvard y Pécuchet' era la novela favorita de Joyce.

Uno de los numerosos proyectos frustrados de Bouvard y Pécuchet es la biografía. Pécuchet propone escribir sobre el Duque de Angulema, el primogénito de Carlos X y el último delfín de Francia. "¡Pero si era un idiota!", objeta Bouvard. Pero Pécuchet tiene a mano el correcto cliché del escritor de biografías: "Los personajes secundarios tienen a veces una enorme influencia, y este podría ser una figura clave". Investigan la vida del duque (1775-1844), estudian su retrato, hacen el listado de sus logros, toman notas de sus nobles rasgos y ordenan sus dichos increíblemente banales. Parecen estar haciendo progreso hasta que se les muestra un segundo retrato de su personaje, que contradice el primero. En una representación los cabellos del duque son rizados, en el otro lisos. Esto desconcierta a Pécuchet, "pues el pelo de un individuo es la expresión de su naturaleza íntima". Bouvard está igualmente confundido por la vida emocional del duque, ya que "uno no puede conocer de verdad a un hombre sin conocer sus pasiones". Vuelven a casa para descubrir un alboroto cuyos orígenes no pueden dilucidar. "Ni siquiera sabemos lo que está pasando debajo de nuestro techo", concluye Bouvard, "¡y pensamos que podemos revelar la verdad sobre el corte de pelo y las aventuras amorosas del duque de Angulema!" Abandonan, pues, la biografía.
Esto debería ser una advertencia para futuros biógrafos, así como el odio que sentía Flaubert por los periodistas, la desconfianza de los fisgones, el miedo a los fotógrafos y la conocida declaración que hizo al inquisitivo Ernest Feydau de que "yo no tengo biografía". Frederick Brown es el último en negar esa declaración. El hecho de que su Flaubert sea la cuarta biografía substancial de los últimos dieciocho años (después de Henri Troyat, 1988, Herbert Lottman, 1989, y Geoffrey Wall, 2001) es más un tributo al renaciente prestigio del novelista -un renacimiento inspirado, más que cualquiera otra cosa, en el intento de Sartre de matar a Flaubert en 1971-1972, que como consecuencia de los nuevos y significativos materiales que se hicieron disponibles.
Frederick Brown -como se podría esperar del biógrafo de Zola- es más sólido cuando trata los trasfondos sociales y políticos de la vida de Flaubert. Su comprensión de cómo funcionaba la sociedad francesa a mitad del siglo diecinueve -y por eso de cómo era capaz Flaubert de jugar un papel dual, como manipulador iniciado y distante, desaprobador desconocido- es excelente. Esta es la biografía que nos ayudará finalmente a comprender las reacciones de Flaubert ante las incesantes tormentas políticas de su vida: del extremismo católico de Carlos X a la asombrosa carrera de Luis Napoleón -cómico fracasado un minuto, aclamado emperador al siguiente- de 1870 a 1871 y las maniobras presidenciales de Mac-Mahon y la ridícula irrealidad de la campaña del Conde de Chambord por el trono francés. Más cerca de Croisset, Brown es más lúcido en temas como la adquisición de tierras de Achille-Cléophas Flaubert (en que se basaba la vida independiente, de rentista, de su hijo); las carreras de los editores Maurice Schelesinger (musical) y Georges Charpentier (literaria); y en exactamente cómo la amiga de Flaubert, Apollonie Sabatier fue instalada como la anfitriona artística por su rico amante industrial.
Esas informaciones son siempre bienvenidas, incluso en momentos en que rayan en lo perplejo. El capítulo nueve, por ejemplo, abre con un divertido relato de un juicio realizado en Ruán, en marzo de 1846, de un joven llamado Beauvalon, que había matado a un editor de un diario en un duelo presuntamente amañado. Alejandro Dumas y Lola Montez eran los principales testigos y el caso -que terminó en absolución- era melodramáticamente fascinante. El lector podría con toda justicia preguntarse por qué este acontecimiento nunca apareció antes en las biografías flaubertianas. ¿Por qué lo ignoraron Troyat, Lottman y Wall? La respuesta se encuentra al final de la página y media que Brown dedica al caso Beauvallon: "Incluso si Flaubert hubiese querido presenciar él mismo estas audiencias judiciales, no por satisfacer su curiosidad iba a abandonar su abatido hogar. De cualquier modo, su mente estaba en otra parte, en las secuelas prácticas de las tragedias de su familia".
Esta es de lejos la única ocasión en que la transición del trasfondo al primer plano causa problemas a Brown. La larga y sanguinaria relación de Flaubert con Louisa Colet está finalmente llegando a su fin y Brown se pone a describir sus reproches, sus recriminaciones e infidelidades mutuas, cuando se detiene abruptamente y escribe: "Este conflicto privado los distrajo a ambos de las cruentas guerras en el mundo exterior. Su correspondencia sugiere que ninguno de ellos prestó demasiado atención a las noticias sobre la ocupación de Wallachia por el Zar Nicolás, ni a sus intenciones de ocupar Constantinopla, o a las tropas francesas enviadas al Mar negro en septiembre de 1854 para unirse a las tropas inglesas y turcas que asediaban una fortaleza rusa en Sebastopol, en la península de Crimea".
Es el tipo de párrafo que podría haber aparecido en la vida del Duque de Angulema, de Bouvard y Pécuchet.
Como biógrafos anteriores, Brown escribe con más autoridad sobre la segunda mitad de la vida de Flaubert que sobre la primera, donde tiende a dejarse llevar por las conjeturas de biógrafos y, posiblemente siguiendo el ejemplo de Sartre, por un freudismo que suena demasiado fácil. Pero es excelente en cuanto a la vida sexual y amorosa de Flaubert, a la división entre su atracción por la escatología y las prostitutas, y su dependencia de las ensoñaciones y la memoria fantasiosa. Flaubert no era normal en cuanto a que apenas conocía a las mujeres de sus aventuras eróticas: como dice Brown aptamente, se inclinaba "por la intimidad remota". El tiempo que pasó con Elisa Schlesinger (un encuentro en la playa que llegó a un revolcón de amor romántico en ausencia de su objeto), Eulalie Foucaud (su primera experiencia sexual autónoma como adulto ) y Kuchiuk Hanem (sexo comercial y exótico) no llega más que a unos pocos días (aunque más tarde se relacionara socialmente con Madama Schlesinger). Lo más cerca que estuvo de una intimidad prolongada fue con Luisa Colet, e incluso esa intimidad -para constante frustración de ella- fue en gran parte epistolar: él le contó una vez que cuando dos personas se querían, podrían estar años sin verse y sin sufrir por ello. ("¡Vaya una frase!", apuntó Colet al margen de esta carta). En cada uno de su clave cuarteto de relaciones diferentes, Flaubert quiso pasar rápidamente de la experiencia al recuerdo de la experiencia, de la parte compartida a la parte en que controlaba todo -el recuerdo, la historia, el uso imaginativo que hacía del encuentro.
La biografía flaubertiana se extiende inevitablemente en el tiempo: hacia atrás en los más remotos detalles por descubrir sobre los ancestros del novelista; a los lados, en las vidas y actividades de casi todo el mundo que se cruzó en el camino de Flaubert. Lo hace porque tiene que ir hacia algún lugar, y hay poco que descubrir sobre Flaubert mismo. Siguen apareciendo cartas nunca vistas antes, por supuesto, y serán debidamente reunidas el próximo año en un tomo final de la incomparable Correspondance, de la Bibliothèque de la Pléiade, editada por Yvan Leclerc. Pero el único material importante nuevo en muchos años apareció justo cuando Brown se preparaba para ir a las prensas. Hay cuatro textos breves presentados por Leclerc y Matthieu Desportes como ‘Vie et travaux de R.P. Cruchard et autres inédits'.
Los dos artículos más potentes son necrologías privadas que Flaubert escribió y luego guardó bajo sello después de la muerte de sus amigos Alfredo Le Poittevin (en 1848) y Luis Bouilhet (en 1869). El artículo sobre Bouilhet contiene una gran sorpresa biográfica: la revelación de que, tres años antes de la muerte de Bouilhet, se produjo un severo distanciamiento entre los amigos famosamente inseparables. Este asombroso enfriamiento -acusándose todos ellos de algún tipo diferente de aburguesamiento- sólo había sido insinuado antes, y entonces había sido mal comprendido; anteriormente yacía oculto por la reconciliación de poco antes de la muerte de Bouilhet. Brown, quizás debido a lo tarde del hallazgo, le dedica muy poca atención.
Todos los biógrafos tienen algo de Bouvard y Pécuchet; también los reseñadores. Así que sería ir contra el espíritu de los dos copistas no mencionar algunos errores de Brown. Aquí está describiéndonos la escena en la primera página, explicando dónde queda Ruán: "Acostada entre el Sena que serpentea hacia su desembocadura en el norte, y los empinados farallones verdes y blancos de una inmensa meseta de creta llamada el Pays des Caux..."
El río serpentea, es verdad; pero su desembocadura yace en realidad hacia el oeste de Ruán, mientras que el Pays des Caux es en realidad el Pays de Caux. En otras partes, tenemos a Flaubert dando a Luis Bouilhet el ‘apodo' de Jacinto, cuando en realidad era su segundo nombre de pila; y el novelista, oye en Croisset "el ferry de la una haciendo sonar su silbato de partida en La Bouille" (lo que es improbable, porque La Bouille está a unos doce kilómetros río abajo). Ahí están el Columbo de Mérimée (en lugar de Colombo) y Diane de Poitier (sic) y la declaración de que "no hay retratos de Flaubert entre la infancia y la edad mediana" (hay al menos tres).
Finalmente a la biografía de Brown le faltan en realidad más notas al pie de página. Después de enterarnos de que "aparentemente nada" en la Gran Exposición deleitó a Flaubert tanto como el Tigre de Tippoo en Leadenhall Street, me dirigí a las notas de Brown en búsqueda de la fuente. No se entrega ninguna: bueno, quizás se trate de un encuentro mejor conocido de lo que había asumido. Pero otras biografías tampoco dicen nada; ni las cartas de Flaubert, ni sus apuntes del viaje a Londres en 1851 (sí menciona la Leadenhall Sreet, pero no al tigre). ¿Quizás el ‘Diario Íntimo' de Goncourt (menciona a Tippoo, pero sin tigre) o en el libro de Hermia Oliver sobre Juliet Herbert o las memorias de Caroline Commanville? Otra vez, no. Acudí a un experto francés en Flaubert, pero tampoco me entregó resultados positivos. No es que dude de Brown. Simplemente creo que debería habernos dicho de dónde sacó la historia. Dejando todo lo demás de lado, nos permitiría verificar el alcance exacto de ese término de escritores de biografía que a menudo suena en realidad como un chillido de advertencia: "Aparentemente".

Libros reseñados:
Flaubert: A Biography
Frederick Brown
Little, Brown
628 pp.
$35.00

Bouvard and Pécuchet
Gustave Flaubert
traducido del francés al inglés por Mark Polizzotti, con un prefacio de Raymond Queneau
Dalkey Archive
328 pp.
$13.95

mayo de 2006
©new york review of books
©traducción mQh
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escritores a sueldo


[Motoko Rich y Dinitia Smith] Nuevo estilo en la producción literaria de libros.
Los lomos de los libros llevan nombres como Cecily von Ziegesar, Ann Brashares y, todavía más polémicamente, debido a que el domingo se la acusó de plagio, Kaavya Viswanathan. Pero en la página de derechos -y en los contratos-, hay un nombre adicional: Alloy Entertaiment.
Nadie asociado con las acusaciones de plagio está apuntando a Alloy, el creador entre bastidores de algunos de los libros más exitosos entre las publicaciones para adultos jóvenes. La señorita Viswanathan dice que sólo ella es responsable de la utilización de dos fragmentos de dos novelas de Megan McCafferty, ‘Sloppy Firsts’ y ‘Second Helpings’. Pero el incidente al menos abre una ventana a una poderosa compañía con lucrativas, aunque enredadas relaciones dentro de la industria editorial que podría tomar por sorpresa a los fans de la serie ‘The It Girl’.
En muchos casos, los editores de Alloy -conocidos como ‘ensambladores de libros’- proponen guiones a los editores y crean tramas y personajes antes de entregárselos a un escritor (o a una serie de escritores).
Las relaciones entre Alloy y los editores están tan entrelazadas que la misma editora, Claudia Gabel, es mencionada en las páginas de agradecimientos tanto de los libros de la señorita McCafferty como en ‘How Opal Mehta Got Kissed, Got Wild, and Got a Life’, de Viswanathan. Gabel fue asistente editorial del Crown Publishing Group, y luego se mudó a Alloy, donde ayudó a elaborar la idea del libro de Viswanathan. Recientemente se convirtió en editora de Knopf Delacorte Dell Young Readers Group, una filial de Crown.
Gabel no quiso hacer comentarios. Pero Stuart Applebaum, portavoz de Random House, la editorial propietaria de Crown, dijo que Gabel, que trabajó para Alloy desde la primavera de 2003 hasta noviembre pasado, había dejado la compañía "antes de terminar el trabajo editorial" sobre el libro de Viswanathan.
"Claudia nos dijo que no tocó ni una sola línea del manuscrito de Kaavya en ningún momento", dijo Applebaum, que agregó que Gabel era una de las varias personas que trabajaron en el proyecto en su fase preparatoria.
Leslie Morgenstein, presidente de Alloy, se negó a hacer comentarios. "Todavía estamos tratando de tener claridad sobre las acusaciones. No podemos hacer comentarios hasta que no tengamos más información sobre la situación actual".
Allow posee o comparte el copyright con los autores y luego divide los adelantos y las regalías con ellos. Este domingo, los libros creados por Alloy estarán en las posiciones 1, 5 y 9 de la lista de best-sellers de libros de bolsillo para niños del New York Times.
"De cierto modo, es como trabajar en un programa de televisión", dice Cindy Eagan, directora editorial de Little, Brown Books for Young Readers, una filial del editor de Viswanathan y la editora de las series ‘Clique’, ‘A-List’ y ‘Gossip Girl’. "Todos trabajamos juntos en las novelas".
Dependiendo de la serie, algunos escritores tienen más libertad que otros para desarrollar tramas y personajes. La señorita von Ziegesar, que creó el concepto, trama y personajes de los libros de ‘Gossip Girl’ cuando era editora en Alloy, escribió los primeros ocho libros de la serie. Dijo que cuando estaba en Alloy propuso paquetes cuidadosamente argumentados para otras series y contrató a escritores a quienes se les dijo que siguieran sus instrucciones estrechamente. Pero otros escritores de series diferentes recibieron bosquejos muy generales.
Viswanathan era, de cierto modo, una inusual autora de Alloy. No fue reclutada por el ensamblador sino más bien introducida a él por William Morris, el agente. En una entrevista ayer Viswanathan dijo que después de un encuentro inicial con el ensamblador del libro, "me preguntaron sobre mi vida, quién era yo". Agregó: "En lo esencial, me dijeron: ‘Envíenos un e-mail sobre usted que le parezca lo más natural".
Viswanathan contó que escribió sobre el hecho de que no tenía novio, sobre la presión que sentían sus amigos en cuanto a la elección de buenas universidades y sobre ser una chica india americana.
"Eso les gustó", dijo Viswanathan.
Alloy trabajó entonces con ella en los primeros cuatro capítulos del libro, haciendo lo que Viswanathan describió como sugerencias menores.
Una vez que Little, Brown decidió comprar el mnuscrito, Viswanathan dijo que ella había trabajado casi exclusivamente con Asya Muchnick, una editora allá.
Pero el contrato editorial que firmó Little, Brown es en realidad con Alloy, que tiene los derechos de ‘Opal’, junto con Viswanathan. Ni Little, Brown ni Allow quisieron hacer comentarios sobre los adelantos o lss rrgalías -los contratos corrientes dan un 15 por ciento del precio al público al autor- que percibirá Viswanathan.
La compañía que finalmente se convirtió en Alloy fue fundada en 1987. Tuvo su primer éxito con la serie ‘Las gemelas de Sweet Valley High’. La compañía, conocida entonces como 17th Street Productions, fue vendida en 2000 a Alloy Inc., una importante compañía de medios que posee la detallista Delia’s, orientada hacia el mercado adolescente, y cambió su nombre a Alloy Entertainment. Desde entonces se ha convertido en un fábrica de éxitos de la literatura juvenil.
Alloy trabaja para muchas de las editoriales más grandes. La serie ‘Un verano en pantlaones’ [The Sisterhood of the Traveling Pants] ha generado tres best-sellers para Delacorte Press, una editorial de Random House, mientras Simon Pulse, una editorial de Simon & Schuster, publica las series de Alloy ‘Au Pairs’ y ‘Private’.
Los ensambladores han estado aquí durante décadas, y se remontan al menos al Stratemeyer Syndicate, los creadores de las series de misterio Nancy Drew y Hardy Boys. Hoy, los ensambladores trabajan no solamente el mercado adolescente, sino todo tipo de títulos, desde libros ilustrados y series para niños hasta manuales y novelas gráficas.
Pero el mercado literario de adultos jóvenes es innegablemente un chollo para el ensamblaje de libros. Las ganancias son mucho más elevadas: Carolyn Keene, el nombre de pluma de escritores de los libros de Nancy Drew, no recibieron nunca adelantos de medio millón de dólares, como Viswanathan, según han informado The Boston Globe y otros. (Little, Brown declaró que la suma era menor).
Para editores, un beneficio es que los ensambladores se ocupan de cosas como las correcciones y el diseño de las cubiertas.
A pesar de la producción en cadena de montaje de los libros, sus autores todavía conservan muchas de las costumbres de los autores más tradicionales. Von Ziegesar dijo que su contrato con Alloy estipula que ella debe entregar "su propio material original". Agregó: "Al final el autor es realmente responsable".
Que los desenfrenados plagios en el manuscrito de Viswanathan -Crown ha citado más de 40 ejemplos- pasaran desapercibidos suena asombroso para los extraños. Pero en el género, "hay ciertamente similitudes en todo el mundo", dijo Bethany Buck, vice-presidente y directora editorial de Simon Pulse. "La experiencia adolescente es bastante universal".
Little, Brow, por ejemplo, no acusa a Alloy. "Entendemos que Kaavya escribió el libro ella misma, así que cualquier problema es enteramente el resultado de su oficio y no el resultado de la intervención del ensamblador", dijo Michael Pietsch, el editor.
Incluso empleados de Random House, la empresa matriz del editor de McCafferty, dijeron que no creen que Alloy sea responsable. "La mayoría de las relaciones con ensambladores y productores de libros han estado relativamente libres de los tipos de problemas citados en la cobertura de esta historia", dijo Applebaum, el portavoz, "y han sido beneficiosas para todos los participantes".

27 de abril de 2006
©new york times
©traducción mQh
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