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literatura

lovecraft, horror empalagoso


[Daniel Handler] Horror empalagoso.
Es imposible leer la obra de H.P. Lovecraft (1890-1937) sin sentir una sensación familiar. La garganta se cierra. Los labios se fruncen. Un escalofrío recorre tu cuerpo, y te llevas involuntariamente las manos a la boca. Pero toda resistencia es vana, y sucumbes -a un profundo ataque de risa tonta.
Por supuesto, esto no es el efecto al que aspira Lovecraft. "La emoción más antigua y fuerte de la humanidad", dice su famoso lema, "es el temor", y el autor quiso desde el principio mismo -su primera historia, que escribió a los 14, fue ‘La bestia en la cueva'- continuar la grandiosa tradición literaria de hacer que los adultos se pregunten si ese leve sonido chirriante no sea la garra de alguna tenebrosa bestia que se ha instalado, de algún modo baboso, digamos en el armario walk-in de mi dormitorio.
Esta es una estupenda tradición, y la sombra de Lovecraft planea pesadamente sobre ella. Pero como otras muchas influencias seminales -los practicantes modernos, desde Stephen King a Joyce Carol Oates, lo saludan como una figura crucial-, no es tan leído como admirado, y francamente no es difícil ver por qué. Tal como observó Óscar Wilde de "que uno debe tener una corazón de piedra para leer sin reír la muerte de Little Nell", es difícil aventurarse en una historia de Lovecraft sin estalalr en carcajadas, para no mencionar el castañeo de dientes. Las historias de Lovecraft son tan recargadas que dejan a Jules Verne como provinciano y a Edgar Allan Poe como un realista bien adaptado; empuja los ya extremos límites del gótico, los géneros de horror y ciencia ficción -no tanto de la manera en que John Ashbery estiró los bordes de la forma poética, sino más como un Spinal Tap estira los límites del heavy metal: subiendo el volumen a 11.
Un científico en una historia de M.R. James puede tropezar con extrañas circunstancias que se hacen cada vez más siniestras; en ‘La declaración de Randolph Carter', de Lovecraft, desciende a una cripta prohibida en mitad de la noche para localizar el origen de un fantasmagórico sonido. Un personaje de Wilkie Collins puede descubrir un curioso documento en un cajón con llave; en ‘El horror de Dunwich', de Lovecraft, el documento ha pasado por las manos de varias figuras misteriosas, todas las cuales murieron por locura o, puede parecer a veces, al revés. En una película de John Carpenter le querrías preguntar a un personaje: "¿Por qué sales de la casa en su camisón cuando sabes que hay un asesino acechando en las cercanías?" En ‘La sombra fuera del tiempo', no sabes qué decirle a Nathaniel Wingate Peaslee, que sufre de cinco años de amnesia debido a que es poseído mentalmente por seres invisibles de una dimensión sobrenatural.
Esta dimensión preternatural, convenientemente, agrega una dimensión sobrenatural al mundo de Lovecraft. Dedica bastante espacio a inventar y explorar una mitología de su propia imaginación, si mitología es en realidad el término adecuado para algo tan absolutamente alejado de la razón cotidiana. Mientras Bram Stoker y Poppy Z. Brite sacaron tajada de leyendas de la Transilvania de antaño, Lovecraft creó un mito que es puro invento -o, más exactamente, puro moho. Mi-Go es una de las atracciones más viscosas del mito de Cthulhu de Lovecraft, llamado así por Cthulhu, una especie de compuesto de dragón-pulpo-humano que merodea volviendo locos a los hombres. Mi-Go es una de las criaturas menos locas en el mundo de Cthulhu, aunque la descripción de Lovecraft es difícilmente reconfortante:
"Eran cosas de un metro y medio de largo; sus cuerpos crustáceos tenían un par de aletas dorsales o alas membranosas y varios pares de miembros articulados, y una especie de elipsoide retorcido, cubierto de montones de cortísimas antenas donde debería estar la cabeza". Los transeúntes están "absolutamente seguros de que no eran humanos, a pesar de alguna semejanza superficial en tamaño y apariencia general. Y, dijeron los testigos, no podían ser animales de Vermont".
Yo diría que no. Mientras que la idea de un mundo invisible es difícilmente exclusiva de Lovecraft -creadores de fantasías desde Coleridge a Rowling, se han divertido espiando debajo de las piedras-, uno difícilmente puede imaginar un universo más alejado del nuestro que el de Cthuhu. Biológicamente imposible, logísticamente irrealizable y lingüísticamente impronunciable, es un mundo que te hace querer echar llave a todos los roperos antes que meterte en ellos. No sorprende que los chamuscados testigos de las excursiones cthuthanas nos hablen en un lenguaje tan impronunciablemente florido como el universo que intentan describir. Los narradores de Lovecraft están desesperados de miseria, y vale la pena citar a varios de estos histéricos cuando empiezan sus historias, para acercarse al acumulado tono de tanto retorcimiento de manos:
"Condenado es aquel que recuerda las largas horas de soledad en vastos y deprimentes aposentos con lienzos marrones y enloquecedoras hileras de libros antiguos, o en sobrecogidas esperas en arboledas penumbrosas de árboles grotescos, gigantescos y rodeados de lianas que estiran silenciosamente hacia arriba sus torcidas ramas. Ese es el destino que me dieron los dioses -a mí, el atontado, el desilusionado; el estéril, el quebrado".
"De Herbert West, que era mi amigo en la universidad y en el más allá sólo puedo hablar con el más extremo terror... Ahora que no está y se ha roto el hechizo, el temor es todavía más grande. Los recuerdos y posibilidades son todavía más espantosas que las realidades".
"Le vi una noche de insomnio cuando yo caminaba desesperadamente para salvar mi alma y mi visión. Mi llegada a Nueva York fue un error; pues mientras yo había buscado el conmovedor asombro e inspiración en los rebosantes laberintos de viejas calles que serpentean infinitamente entre olvidados patios y plazas y muelles y entre plazas y muelles igualmente olvidados, y en las ciclópeas y modernas torres y pináculos que se elevan sombríos debajo de las lunas menguantes de Babilonia, sólo encontré en lugar de eso una sensación de horror y opresión que amenazaba con dominarme, paralizarme y aniquilarme".
¿Por qué no trató de buscar en Brooklyn, señor? El nivel de angustia, justo en esas pocas frases, es tan exagerado -¿una sensación de horror y opresión que amenaza con dominarte, paralizarte y aniquilarte?- que cuando llega el momento del clímax de ese horror, el narrador parece estar protestando demasiado. "Hay horrores más allá del horror", dice uno de esos miedosos, justo cuando al final está llegando la bestia, "y este fue uno de esos núcleos de todos los horrores imaginables que el cosmos salva para hacer estallar a los condenados e infelices pocos". Vamos, no pudo dejar de decir este lector. Dime primero cómo se ve el monstruo. Metido en una antología entre los capas y espadas de Bram Stoker y los voraces monstruos de Dean Koontz, Lovecraft los supera a todos en capas, espadas y monstruos voraces, pero después de cuatro o cinco de estas historias, el efecto es demoledor. Lovecraft domina, paraliza y aniquila al lector, y ahora el lector quiere un poco de Wodehouse, gracias mil.
Sin embargo, es aquí -cincuenta páginas de esta antología de más de 800- donde algo comienza a cambiar, y lo que se suponía que era sublime (pero en realidad es ridículo) se transforma en algo que se suponía que tenía que ser ridículo, pero en realidad es sublime. Parte de esto es simplemente acostumbrarse a un estilo de prosa melodramática, pero también hay innegablemente un peso emocional acumulativo. Un narrador histérico es desalentador; cuatro es un chiste; pero 22 es algo completamente diferente y en el curso de esta compilación -bien escogida por Peter Straub- el credo de Lovecraft quedan bastante claro. Podría decirse que la emoción más antigua y fuerte de la humanidad no es el temor. El primer estado emocional, en la Biblia, es la soledad. Después de un día de estar dando nombre a los animales, Adán está dispuesto para entregar una de sus nuevas costillas por un poco de compañía, y los héroes de Lovecraft están igualmente privados.
En Poe hay usualmente una joven inocente que sirve tanto como salvadora como de víctima de los horrores sueltos, pero en Lovecraft los hombres son estudiantes aislados o científicos fanáticos cuyas familias y seres queridos se han alejado en la estela de las macabras obsesiones de estos hombres -y en la cronología de Lovecraft en la contraportada del libro nos entrega una imagen similar de su creador. "Sufre otro ‘cuasi crisis nerviosa'", se lee en otro principio, cuando el autor tiene apenas 10 años. "Cultiva un interés en la Antártica". Su mirada continúa fijándose en horizontes vacíos y fríos; su salud continúa empeorando; así también su breve matrimonio con una mujer cuyo rasgo distintivo parece ser la necesidad de seguir un ‘cura de reposo'. Sus especulaciones sobre la raza y la inmigración no muestran, para decirlo ligeramente, un gran aprecio de otras culturas. A pesar de su profesado interés en las ciencias, sus personajes tienen poca fe en que allane el camino de la razón: "Las ciencias", advierte un narrador, "no nos han causado demasiado daño; pero algún día la colección de conocimientos disociados entregarán unas vistas tan terroríficas de la realidad, y de nuestra espantosa posición en ella, que nos volveremos locos ante la revelación o huiremos de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva tenebrosa era". En realidad, la gente parece estar huyendo en las historias de Lovecraft antes de que ocurra cualquier cosa antinatural. "Los viejos han desaparecido, y a los extranjeros no les gusta vivir aquí", escribe Lovecraft, definiendo la escena. "Lo han intentado los franceses canadienses, los italianos, y los polacos han venido y partido. No se debe a nada que pueda ser visto u oído o manejado, sino a algo imaginado".
Si uno gasta suficiente tiempo en los desolados paisajes de Lovecraft, uno empieza a tener miedo: no el miedo que uno tendría si se encontrara con criaturas sobrenaturales, sino el temor de no encontrar nada más. Y lo que al principio parece terriblemente exagerado, se acumula hasta transformarse en un espeluznante minimalismo. Tomado como un todo, la obra de Lovecraft exhibe un desesperado aislamiento no muy diferente al de Samuel Beckett: hombre solitarios tras hombre solitario, caminando sin objetivo a través de una ciudad de sombras o escondiéndose en el vacío rural, a la búsqueda de secretos informulables o siendo perseguido por secretos inconfesables, todo para nada y sin obtener consuelo. Hay algo divertido en todo esto -en pequeñas dosis. Pero al final de esta antología, uno no oye tantas risas tontas como los ecos de esas risas tontas a medida que se esfuman en el aire -solas, desesperadas y, sí, te ponen los pelos muy de punta.

Daniel Handler escribe novelas bajo su propio nombre y como Lemony Snicket.

19 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh

cartas inéditas de puig


A 15 años de su muerte, en Buenos Aires aparece ‘Querida familia', el primer volumen de su correspondencia. En 1956 el escritor argentino fue a estudiar cine a Europa, pero su viaje lo condujo a la literatura. El volumen I de su epistolario -de un total de tres- es un testimonio de primera mano de su transformación y del origen de su primera novela.

En su estupenda biografía de Manuel Puig, publicada en 2002 en español, la investigadora norteamericana Suzanne Jill-Levine sintetizaba las pasiones -y la trayectoria- del autor de ‘La traición de Rita Hayworth'. "Manuel quería hacer música, después películas; después, como guionista fallido, se convirtió en novelista".
Puig, "el primer novelista pop del continente", se enamoró del cine en la infancia y dio fe de ello en toda su obra. De hecho, a los 23 años se embarcó hacia Europa para estudiar en el Centro Sperimentale de Cinematografia de Roma. Y en ese viaje, el chico nacido en General Villegas descubrió su vocación de escritor.
A 15 años de su muerte aparece en Buenos Aires ‘Querida familia', el primer volumen de su correspondencia inédita, que ofrece un testimonio de primera mano de su transformación. El volumen I -de tres proyectados y sin fecha aún de llegada a Chile- ha sido compilado por la investigadora Graciela Goldchluck, y reúne las cartas que escribió a los suyos desde Europa entre 1956 y 1962.

Buenas Noticias
Nacido el 28 de diciembre de 1932, Puig tuvo una niñez solitaria y en permanente conflicto con su padre. El cine y los folletines fueron su refugio. Tras estudiar Filosofía y Letras en Bunos Aires, obtuvo una beca del gobierno italiano para aprender cine en Roma.
"Su proyecto era ser director, pero cuando ve que no lo respetan -y a él no le gusta hacerse respetar- y que tiene conflictos con la figura del poder, dice: 'Voy a escribir'. Y más cuando lo felicitan tanto por los diálogos. Diría que es el mejor escritor de diálogos de la literatura latinoamericana", afirma Graciela Goldchluck al diario Página 12.
Según ella, la correspondencia puede leerse como otra novela de Puig: un relato en primera persona sobre el crecimiento y el hallazgo de su vocación. "Cuando se va es casi un adolescente crecido, y cuando vuelve es un hombre joven, ya seguro de quién es".
Este es el período en que Puig comienza a trabajar en el gran guión sobre su infancia, que daría origen a su primera novela, ‘La traición de Rita Hayworth'.
"Tengo buenas noticias!!!!!", escribe en una carta fechada en septiembre de 1962, en Roma. "Fenelli, que es el crítico más severo, aquí muchos italianos lo llaman para mostrarle sus cosas, me obligó a que le mostrara lo que escribí, porque se ofendía, etc., yo no quería mostrarle nada porque a veces se pone insoportable a derribar todo... bueno, le pareció lo mejor que ha leído en años, una obra maestra, de llorar y (quedó) conmovido como loco y sobre todo una cosa profundamente argentina, psicologías argentinas por excelencia caladas a fondo. Bueno, yo no sé qué pensar, no creo que sea para tanto, pero de todos modos tiene que ser una cosa buena, si todos los que la leen se entusiasman".
Ni crítico ni autor se equivocaban: ‘La traición de Rita Hayworth', publicada en 1968, es una de las novela más innovadoras de la narrativa latinoamericana de los últimos 40 años.

Marlene y Sophia
"Cinemaniático" como se define, en las cartas abunda en las películas que ve y las estrellas que logra conocer. Por ejemplo, Marlene Dietrich: "Personalmente es un monstruo, para colmo está flaca escuálida, la cara es amarillo muerto y estaba sin maquillaje. Lo que no ha perdido es la voz maravillosa y la clase para hablar".
También se refiere a Sophia Loren -"pese a que tiene granos en la cara me pareció algo de no creer"-, Vivien Leigh -"justamente esta mañana la vi por la calle y estaba hecha un estropajo"- y Rita Hayworth -"insegurísima como actriz, se equivoca siempre, nada de memoria, además para comedia no sirve"-. Como si la voz que hablara fuera la de alguno de sus memorables personajes.

12 de abril de 2005
©http://www.latercera.cl/medio/articulo/0,0,3255_5700_122531911,00.html

bellow y el caos de nueva york


[Joseph Berger] Nueva York era la segunda ciudad de Saul Bellow.
Chicago fue donde creció, estudió en la universidad y finalmente se asentó. Pero como joven escritor vivió en Nueva York, y las frenéticas calles de Nueva York, sus apartamentos con bañeras en la cocina y cucarachas en la tostadora, los bancos en sus áreas verdes llenos de desocupados y viejos, los bollos de cebolla de Zabar, incluso las palomas, ejercían una poderosa y profundamente ambivalente atracción sobre él.
Luego siguió evocando a los intelectuales émigrés y los excéntricos de la ciudad, sus conjuradores y sus locos, sus mujeres complicadas y hombres titubeantes en novelas como ‘Carpe Diem', ‘Herzog' y ‘El planeta de Míster Sammler'. Bellow describe sus mundos con toda su áspera precisión. Habló de Moses Herzog, que sufre en su sofá, mientras al fondo yace "la temblorosa energía de la ciudad, el sonido y el olor de agua de río, una raya de la dramática y bella porquería con que contribuye Nueva Jersey al atardecer".
Bellow era el poeta de un edificio, el Hotel Ansonia en Broadway con la calle 73, el escenario de una gran parte de la novela corta de 1956, ‘Carpe Diem'. Lo describió como un palacio barroco, "con torres, cúpulas, enormes marejadas y burbujas de metal ahora verdes por su exposición al aire, forja en hierro y festones".
"Con los cambios del tiempo puede parecer mármol o agua marina, negro como una pizarra en la niebla, blanco como un roquerío en el sol", escribió. "Esta mañana parecía la imagen de sí mismo reflejada en aguas profundas, blanco y abultado arriba y con distorsiones cavernosas debajo".
Pero era más a menudo el poeta de un tipo particular de atormentado neoyorquino, el tipo como Herzog, que puede escribir carta tras carta a gente con poder -incluso si ya no viven- para quejarse, sabiendo que la reparación está todavía muy lejos. O podría describir a un típico estafador callejero como el doctor Tamkin en ‘Carpe Diem', un psicólogo más obsesionado con las agonías de la bolsa que con la de sus pacientes.
"Pienso en la gente, que por nada más tener unos pocos dólares para invertir, está haciendo fortunas", le dice Tamkin a Tommy Wilhelm, un patético snob que, como muchos neoyorquinos agobiados por los pagos de alimentación y un padre hostil, sueña con un asesinato. "No tienen sentido, no tienen talento, sólo tienen algo de dinero y con ese hacen todavía más dinero".
Bellow también estaba impresionado con el vigor de algunas neoyorquinas, como Ramona, la novia de Herzog, que "caminaba con rápida eficiencia, pisando con sus tacones con el energético estilo castellano".
"Herzog estaba embriagado con este traqueteo", escribió.
El doctor Norman Doidge, psiquiatra que trabó amistad con Bellow y su esposa Janice en sus últimos diez años, dijo: "Todo el mundo lo identifica con Chicago, pero había una profunda atadura con Nueva York".
"Parecía que había algo en la manía y el tumulto de la Ciudad de Nueva York la que se ajustaba a la manía y agitación de algunos de sus personajes", dijo Doidge.

El crítico Stanley Crouch especuló en una introducción de 1995 a la edición de ‘El planeta de Míster Sammler' que Bellow había escogido Nueva York como telón de fondo de la novela porque era el "lugar donde pasaban las cosas", donde su héroe podía decir cosas significativas sobre Estados Unidos.
"Mr. Sammler no habría estado en un mejor escenario para forcejear con la identidad de Estados Unidos", escribió Crouch.
Bellow llegó a Nueva York, como muchos del Midwest, con la esperanza de conquistar la ciudad, principalmente en los años cuarenta y cincuenta, cuando escribió algunas piezas para la legendaria Partisan Review, pero no vivió demasiado tiempo en Nueva York. (Él, Irving Howe y Eliezer Greenberg tradujeron ‘Gimpel, el tonto' de Isaac Bashevis Singer, del hebreo al inglés en 1952, ganándole a Singer una audiencia americana más amplia). Como escritor, Bellow encontró a Nueva York como claustrofóbica, un lugar con demasiados escritores que paralizaban su inspiración con sus chácharas de tenderos y chismes.
Pero vivió experiencias fundamentalmente neoyorquinas. Siguió una terapia reichiana, entonces de moda, con un terapeuta de Queens y, de acuerdo a su biógrafo James Atlas, se tendía desnudo en un diván tratando de purgar su cuerpo de sus defensas, "sacando la rabia y la tensión sexual, gritando, atorándose, haciendo muecas, dando golpes en el canapé". El posterior escepticismo de Bellow puede explicar por qué no pocos pacientes y ex pacientes eran aficionados de Bellow.
Bellow odiaba el apartamento donde vivió con su primera esposa, Anita, en un edificio de ladrillos rojos en Forest Hills en lo que describió en un cuento inédito como "el colosalmente sórdido barrio de Queens". Pero como válvula de escape visitaba a menudo los apartamentos atiborrados de libros de amigos en el Village, como el escritor de cuentos Delmore Schwartz, el modelo de encantadoramente loco Humboldt de ‘El legado de Humboldt". De acuerdo a Atlas, Bellow, cuyo matrimonio se estaba desmoronando tenía su propia habitación "a un lado" del Macdougal Alley.
Pero después de que retornara a Chicago, visitaba Nueva York a menudo, trabando amistad con gente como el crítico cultural Harold Rosenberg, el novelista Ralph Ellison y Saul Steinberg, el dibujante que captó el solipsismo de esta ciudad. Sus editores y su agente, Herriet Wasserman, estuvieron aquí en Nueva York, y sus novias, y él a menudo combinaba los negocios con el placer -o el placer de que puede disfrutar un hombre que a menudo estaba en guerra con las mujeres.
Bellow no fue nunca sentimental sobre Nueva York. En ‘El planeta de Míster Sammler', la historia de un viejo refugiado del Holocausto, un intelectual con maneras del Viejo Mundo, describe un dilema al que se enfrentaban muchos neoyorquinos en los días en que la ciudad estaba plagada de delincuentes. Sammler toma el autobús todos los días en la biblioteca de la calle 42 hacia su apartamento en el West Size, y con su ojo bueno se queda fascinado con un ratero al que ve regularmente. Sammler no dice nada y se pregunta si acaso ha estado "mirando viendo".
"¿Tiene que renunciar al autobús?", continúa la historia. "Sammler siempre tuvo problemas con recordar su edad, no le gustaba para nada su situación, desprotegido por posición, por privilegios de distanciamiento hechos posible por un ingreso de cincuenta mil en Nueva York -ser miembro de clubes, taxis, porteros, accesos vigilados. Para él eran los buses, o el rechinante metro, almuerzo en el automático".
Bellow describe los pensamientos de Sammler de modos que algunos críticos literarios han llamado racistas y otros dijeron que personalizaba su implacable exactitud al modelar un personaje de ficción. Pero los neoyorquinos no tenían pleitos con la precisión de Bellow al describir la reacción que recibió Sammler en un esfuerzo anterior de denunciar al ratero.
La cabina telefónica que trató de usar primero estaba rota y olía a orina, y después de que otros teléfonos pagados también fallaran y finalmente pudo salir de su apartamento, la policía no mostró gran interés. El agente le dijo a Sammler que tendría que poner su nombre en una lista de espera.

8 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
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herencia de saul bellow


El Premio Nobel de Literatura 1976 deja una notable obra narrativa. La herencia de Saul Bellow, un autor a contracorriente. El aclamado novelista de ‘Las aventuras de Augie March' y ‘Herzog', fallecido el martes en Estados Unidos, es considerado uno de los pilares de la literatura norteamericana. Con humor e inteligencia, combatió las modas intelectuales y los paternalismos culturales y se ganó el odio de hippies y feministas.
En 1965, en plena época de contracultura, experimentos artísticos y rebeldía al por mayor, Saul Bellow se reía de los iconoclastas. "¿Qué es el radicalismo de los escritores radicales de hoy? La mayor parte es bohemia de segunda mano, populismo sentimental, D.H Lawrence con agua, imitación de Sartre", decía a la prestigiosa revista Paris Review. Para Bellow, "ese radicalismo no sirve para nada... adoptar la 'pose' del radicalismo es algo fácil y banal".
Con opiniones como ésa, Bellow se forjó fama de tradicionalista y anacrónico. En realidad, el autor de ‘Herzog' era escéptico de las modas intelectuales, defensor del individualismo en días de confusión colectiva y, claro, un tipo que prefería nadar a contracorriente.
Nacido en Lachine (Montreal), en 1915, y muerto el martes en Massachussets, Bellow deja una obra notable, en la que enfrentó la ansiedad modernista norteamericana armado de inteligencia, lucidez e ironía.

Los Zulúes
"Por acuerdo general de la crítica, Saul Bellow es el novelista americano más brillante de su generación, supongo que con Norman Mailer como más próximo rival", afirma Harold Bloom.
Descendiende de judíos emigrados de San Petersburgo, Bellow creció en Chicago y su narrativa es una aguda mirada a la vida norteamerica post Segunda Guerra. Con sus primeras novelas -‘Hombre en suspenso' y ‘La víctima'- logró reconocimiento crítico, pero su despegue lo marca ‘Las aventuras de Augie March' (1953). La historia de un pícaro que intenta adaptarse a la sociedad estadounidense obtuvo el National Book Award.
Consolidó su prestigio con ‘Carpe Diem' (1956) y ‘Henderson, el rey de la lluvia' (1959), y fue catapultado a la fama tras la publicación de ‘Herzog' (1964). Considerada su mejor novela, relata la historia de un profesor fracasado que en su desesperación escribe cartas que nunca envía a todos quienes considera responsables de su infelicidad: su ex mujer, su abogado, su siquiatra, amigos y desconocidos.
Con ella Bellow ganó un nuevo National Book Award y la antipatía de mujeres, académicos y progresistas del mundo que lo calificaban de anticuado, sexista y elitista.
Para la generación de los '60, Bellow encarnaba un resabio de la vieja cultura. El decía que el amor libre siempre existió y que los hippies lo volvieron pancarta política. Y ajustó cuenta con ellos en ‘El planeta del Míster Sammler' (1970), su tercer National Book Award.
Enemigo de los mesías y los paternalismos culturales, era un defensor de la tradición literaria. "Cuando los zulúes tengan un Tolstoi, lo leeremos", dijo, irritando a las conciencias bienpensantes.
En su discurso de aceptación del Premio Nobel, en 1976, disparó también contra los intelectuales de última generación, al tiempo que explicaba su rol de aguafiestas: "El deterioro y la caída de todo son nuestro temor diario, estamos agitados en la vida privada y atormentados por las preguntas públicas".
A los 84 años, con una hija recién nacida, publicó ‘Ravelstein', una sátira sobre la vida académica. Consultado en la ocasión sobre su legado para las nuevas generaciones, fue claro: "Les enseñé a prescindir de muchas tonterías y del esnobismo. Me parece que eso que, según los parámetros de la mayoría de la gente, se llama la alta cultura intelectual, no vale la pena".

7 de abril de 2005
©tercera

escuela dos veces quemada


[Guido de Vries] Por segunda vez se provoca un incendio en una escuela musulmana turca en Uden. Grupos fascistas detrás de atentado.
Uden, Holanda. Quién toca la escuela, toca a los niños y padres y a toda la comunidad.
Es la primera frase de la carta de protesta que colgaba ayer en la puerta de la escuela básica musulmana turca Bedir, de Uden. La directora de la escuela J. van der Voort, no sabe quién es el autor, "pero él o ella sabe cómo en dar en el clavo", dice. "Podemos saber mejor que nadie el daño que causa un atentado semejante. No se trata de algunas mesas y sillas [que se quemaron] sino del daño emocional".
Van der Voort está sentada junto a la pizarra en una sala de clases de Bedir. Su escuela se ubica desde hace algunos meses en la Aldetienstraat, luego de que el antiguo edificio (en Landschrijversveld) fuera consumido por las llamas el 9 de noviembre, tras un atentado. Casi se repitió el drama cuando la noche del primer día de pascua desconocidos arrojaron contra le escuela una botella con material inflamable. "Qué tengan el coraje de volver a hacerlo, después de que la prensa de todo el mundo prestara atención al asunto", dice la directora, sacudiendo la cabeza.
El incendio de ayer fue controlado rápidamente debido a que un agente de la comisaría de policía cercana oyó la alarma de la escuela y llamó a los bomberos. El daño se limitó a una ventana rota, un par de sillas y algunas manchas de fuego, según la policía, que, según se desprendió hoy, detuvo el domingo a un joven de 17 años.
Los gozan con la violencia de este tipo, están sometidos a la bestia en sí mismos. ¡No él o ella, sino la bestia los domina!.
Es la segunda frase de la carta de protesta en la puerta de la escuela de Uden. B. Sahin ha leído la carta. Es padre de dos niños (de cinco y nueve) que siguen clases en la escuela Bedir. "No sé qué tengo que decirles a mis hijas", dice, en el pasillo de la escuela. "Después del gran incendio le dije a las niñas: ‘No temáis nada, la nueva escuela está junto a la comisaría, y los bomberos están cerca'. Esos argumentos ya no podré usarlos".
Poco después del atentado el primer día de pascua, el alcalde de Uden, J. Kersten, intentó calmar en el ayuntamiento a los padres y profesores involucrados. Estaban, según ella, "todavía más consternados" que la primera vez. "No tanto por el alcance, sino porque es la segunda vez que ocurre. Nadie pensó que podía ocurrir". La directora de la escuela Van der Voort: "Las madres turcas preguntaron a Kersten: ‘¿Qué tengo que decir mañana a mis hijos?' Ella no respondió. Intervino un agente: ‘Dígasle la verdad, cuénteles lo que ha ocurrido'. Me pareció bien".
El autor no es más que un idiota peón de su propia agresión, y no logra nada.
Es la penúltima frase de la carta de protesta en la puerta de la escuela de Ude. "En noviembre los hechores causaron más daño que un mar de llamas", dice, convencido, Sahin. "Mis dos niñas pasaron algunas noches insomnes y no se atrevían a quedarse solas en casa. Hemos debido hablar mucho".
El médico de la empresa, un pediatra y un asistente social están hace meses en negociaciones con una parte de los profesores y alumnos, dice Van der Voort. "Han tenido una experiencia muy traumática. Algunos niños se han puesto agresivos, tienen miedo del incendio y se sienten inseguros. Y algo más: ¿Cómo debemos explicar a nuestros alumnos que los sospechosos del incendio de noviembre todavía están libres?"
En enero, durante la fiesta del sacrificio, tuvo algunas esperanzas. "Invitamos a los alumnos y docentes de todas las escuelas básicas de Uden para mostrarles lo normal que era nuestra escuela. No oímos todo el día más que observaciones positivas: aquí hay niños normales, tienen los mismos libros que nosotros, y las profesoras son holandesas". Con todo, hemos estado los últimos meses "recogiendo los escombros", dice la directora de escuela. "Se estaba deteriorando y ahora pasa esto".
¿Qué hacer ahora? Van der Voort vio hace poco una emisión de ‘Zembla', sobre Uden. En el programa quedó claro que en el ayuntamiento de Brabant hace años hay tensiones entre los jóvenes. "No pueden mostrar comprensión unos de otros", dice. "Lo que ha ocurrido ahora puede volver a ocurrir mañana", teme. "Tenemos todos un gran problema". Dice que Uden debe "unirse". "Ayuntamiento, policía, escuela, padres -todos deben participar en un plan de seguridad".
Van der Voort es apoyada por Marcel, padre de uno de los tres sospechosos del atentado pirómano contra la mezquita de Uden (en la noche del 6 al 7 de noviembre) y contra una escuela, el 9 de noviembre. Marcel ("mi hijo y los otros dos no tienen nada que ver con el incendio de pascua, ¡estaban con arresto domiciliario!") dice que "en todo Holanda, en Gelderland, Brabant del Este y específicamente Uden" pasan cosas "que los padres no controlan".
Entre los jóvenes hay algunos "muy intolerantes", dice. "En nuestro ayuntamiento los grupos luchan entre sí. El enfrentamiento no es tanto entre extranjeros y nativos -en el primer incendio también había extranjeros implicados- sino entre nativos y musulmanes. En eso participan escolares de escuelas secundarias. Marcel cree que el alcalde no conoce el problema. "Tienen los atentados como incidentes. Han escrito a 200 personas, con las que quieren hablar. Le he pedido que venga alguna vez a hablar con los jóvenes implicados. Pero no lo hace, lo escabulle".
Sahin, cuyos dos hijos son alumnos de la escuela Bedir, no piensa que Uden pueda terminar con el problema. "Aquí pasa algo que no pasa en otros ayuntamientos. Algo malo. Cerremos la escuela y marchémonos", dice, junto a la puerta de la escuela. La carta de protesta ondea con el desconocido que en su última frase se dirige al autor: "No eres valiente, y no despiertas admiración".

29 de marzo de 2005
©nrc-handelsblad
©traducción mQh

el precio de una novia


[John Lancaster] Osadas mujeres indias rechazan cada vez más exigencias de parientes políticos.
Sayin, India. Ella llevaba un sari de seda roja. Él, un traje de hombre de negocios de color granate y un turbante dorado con blanco. Frente a varios cientos de invitados, se colocaron guirlandas de rosas y maravillas, luego sellaron su unión dando vueltas siete veces en torno a una fogata de madera de mango mientras un sacerdote hindú salmodiaba oraciones. Todos concordaron en que la boda fue espléndida.
Pero casi tan pronto como se apagaron las llamas, el matrimonio entre Keshav Sharma y su esposa, Pooja Pathak, se derrumbó en medio de feas recriminaciones.
Incluso aunque los Pathak habían pagado una importante dote -incluyendo una motocicleta y unos 700 dólares en rupias-, ni el novio ni su padre lo encontraron suficiente. Amar Sharma, el padre, declaró apenas dos horas después de la ceremonia el mes pasado que ellos no aceptarían a la joven en su casa a menos que llegara con una nueva televisión a colores y un reproductor de videos, de acuerdo a testigos y la policía.
Para Pooja, si no para sus padres, la exigencia rompía el compromiso.
"Si tu padre le dijera que tienes que comer estiércol de vaca, ¿lo comerías?", le gritó al avergonzado novio antes de decirle que se fuera al diablo. El padre y el hijo fueron acusados subsecuentemente de violar las leyes indias contra la dote.
Tales actos de desafío son raros en India, donde la dote y su lúgubre corolario -el asesinato de las jóvenes novias cuyas familias no logran reunir el botín necesario- sigue estando profundamente enraizada. Pero están siendo más frecuentes. El caso de Pooja fue el último en una serie de bien publicitados incidentes en los que las novias han rechazado las exigencias de dote, sugiriendo que algunas jóvenes están perdiendo la paciencia con la milenaria tradición hindú.
El más famoso de esos episodios ocurrió en 2003, cuando Nisha Sharma, una estudiante de informática de Nueva Deli, llamó a la policía a su boda después de que la familia del novio hiciera a última hora una petición de 25.000 en rupias, además del coche y los electrodomésticos que se les había prometido. La atrevida acción de Sharma le ganó la atención y el elogio mundial -entre otras cosas, inspiró un reclame de televisión para un popular producto de belleza- y prontos otras siguieron su ejemplo.
"Hay jóvenes educadas que se están levantando, y que quieren que otra gente sepa lo que están haciendo", dijo Brinda Karat, secretario general de la Asociación Democrática de Mujeres de India. "Casos como estos llaman la atención del público y causan un impacto".
Aunque la dote ha sido ilegal en India desde 1961, la lucha para erradicar la práctica ha ido cuesta arriba. A pesar de la publicidad generada por el caso de Sharma y otras como ella, la policía se muestra reticente a la hora de hacer cargos por dote, y las condenas son extremadamente raras, de acuerdo a Karat y otros expertos (el caso de Sharma está todavía en tribunales). Unas 6.000 son matadas al año -a menudo rociadas con queroseno y quemadas en "accidentes" de cocina montados- o acosadas hasta el suicidio por maridos y parientes políticos enfadados por peticiones de dote incumplidas, según datos del gobierno.
Un estudio de 2002 de la asociación de mujeres concluyó que la costumbre del pago de la novia, tradicionalmente de las castas superiores, se ha hecho dominante en India y se está extendiendo "a través de regiones, castas y comunidades", dijo Karat, que atribuye la tendencia al crecimiento del consumismo de la clase media. El estudio se basó en entrevistas con 10.000 personas en 18 de los 28 estados de India.
Excepto por su desenlace, las penurias de Pooja parecen haber seguido un esquema familiar.
Pequeña y delgada, Pooja, que está cursando su último año en la secundaria, se ve más joven que sus 18 años. Es la mayor de tres hermanos y nativa de Sayin, un pueblo agrícola de unas 200 familias justo en las afueras de la ciudad sagrada hindú de Varanasi -también conocida como Banaras-, a unos 580 kilómetros al sudeste de Nueva Deli, la capital. Su padre, Omkar Pathak, posee una pequeña tienda de areca, un estimulante suave.
Como la mayoría de los padres indios, Pathak y su esposa, Renu, consideraban que era su deber encontrar marido para sus hijas. El verano pasado, tras averiguar con amigos y parientes, encontraron un prometedor candidato en Keshav Sharma, un estudiante de ciencias políticas en la Universidad Hindú, donde su padre trabaja como jardinero.
Las familias acordaron reunirse en un templo, donde Pooja y su futuro marido pudieron hablar en privado durante unos tres minutos. "Yo pensé: ‘Es una buena persona'", contó Pooja, que no volvería a ver a Keshav sino el día de su boda, siete meses más tarde. Además, agregó: "Era guapo".
La dote figuró prominentemente en las negociaciones entre las dos familias, de acuerdo Omkar Pathak. Al principio, dijo, los Sharma pidieron unos 1.200 dólares en rupias, así como una motocicleta Honda, un reloj, un anillo de oro, una televisión a color y un reproductor de video. Finalmente las familias acordaron la suma menor de 700 dólares y una marca más barata de motocicleta, y que la televisión a color y el reproductor de video serían entregados algunos meses después de la boda, dijo Pathak.
"El padre de la chica es un inútil", dijo. "Aunque el padre no cree en la dote, tiene que inclinarse, porque tiene que pensar en la felicidad de su hija".
La noche de la boda, las cosas parecían marchar bien. Luces de colores brillaban sobre el patio de tierra fuera de la modesta casa de los Pathak, y una banda de músicos saludaba la llegada de la procesión del novio. Más tarde, unos 500 invitados cenaron estofado de lentejas y salsa de tamarindo mientras los altavoces resonaban con canciones de Bollywood. Algunos invitados se alargaron en el ritual del fuego, que duró hasta las cuatro de la mañana, cuando la novia volvió a su casa y el novio y su familia se dirigieron a un residencia comunitaria cercana.
Dos horas más tarde, Keshav y su padre volvieron a recoger a Pooja y sus pertenencias, que ella empacó en cuatro maletas en preparación de la mudanza a casa de los Sharma al otro lado de la ciudad. Los padres de la novia sirvieron un desayuno ritual de yogur y confite de melaza. Pero los ánimos se agriaron pronto, dijo Renu Pathak, cuando el viejo Sharma y su hijo dejaron claro que esperaban que se les entregara una televisión y un reproductor de video en ese momento mismo.
Los padres de la novia trataron de conciliar, dijeron ellos y testigos. Juntando las manos en el gesto hindú de sumisión, dijeron que habían dado más de lo que podían y prometieron entregar los artículos adicionales tan pronto como pudieran.
Pero los Sharma no se apaciguaron. "El hijo dijo: ‘No hemos pedido nada grande'", dijo Aparna Dwivedi, que dirige un grupo de bienestar social sin ánimos de lucro que emplea a Pooja como voluntario y había parado esa mañana en la aldea para darle los parabienes. "El padre del novio estaba parado ahí y usaba un lenguaje grosero y ofensivo".
Cuando el padre de la novia quiso subrayar su desesperación arrodillándose para tocar los pies del viejo Sharma, este le dio una patada, según el parte policial.
Pooja, que había estado escuchando desde el tejado, dijo que finalmente había decidido tomar el asunto en sus manos. Todavía con su sari matrimonial, corrió abajo a enfrentarse con su nuevo marido, que trató de culpar a su padre de la situación.
Pero Pooja no lo aceptaría. "Váyase de aquí", dijo que había declarado, amenazando con golpear a Keshav con un zapato. "Yo estaba muy enfadada", dijo. "Les habíamos dado tanto, y ellos todavía seguían con la boca abierta".
La rabia de Pooja tuvo un efecto galvanizador sobre sus padres. Incitados por sus parientes, decidieron que su hija y la dote no eran suficientemente buenas para los Sharma, entonces los dos hombres podían igualmente "tomar el aire en la cárcel", como dijo la madre de Pooja. Omkar Pathak llamó a la policía, que arrestó a los Sharma y los detuvo durante siete noches, después de lo cual fueron dejados en libertad bajo fianza.
En una entrevista reciente, Keshav, 22, dijo que los padres de la novia habían dado la motocicleta y el dinero de propia iniciativa, no como condición del matrimonio, y negó que él o su padre hubiesen insistido en los artículos adicionales. Dijo que todavía estaba perplejo sobre la causa de la discusión. "No sabemos qué pasó", dijo. "Mi padre no es un tipo al que demandarías".
El agente de policía V.K. Singh dijo que varios testigos independientes habían corroborado el relato de Pathak. El viejo Sharma, agregó, reconoció haber hecho las peticiones de dote a última hora cuando Sing habló con él la noche en que fue detenido.
A pesar de los cargos criminales que cuelgan sobre la familia, Keshav y su madre dijeron que seguían teniendo la esperanza de que Pooja se mudara a vivir con ellos. Eso parece poco probable. Por su coraje por hacer frente a la familia, ha sido festejada por grupos de mujeres, honrada por una universidad del estado y le han ofrecido un curso gratuito en un instituto de informática.
Además, dijo Pooja, "no quiero casarme ahora. Quiero terminar mis estudios".

Rama Lakshmi contribuyó a este reportaje.

29 de marzo de 2005
©washington post
©traducción mQh

cicatrices del pasado


[Anderson Tepper] Seis escritores se enfrentan al pasado.
Para los escritores de ficción, la historia puede ser una musa traicionera y exigente; algunos prefieren ignorarla, otros mueren aplastados por su peso. Sin embargo, al leer media docena de libros traducidos, me sorprendió la variedad de respuestas creativas ante ella -desde el mordaz ingenio y provocación a la tranquila aceptación y ensoñadora nostalgia. Los autores, de seis países, parecen obligados, incluso condenados a enfrentarse a los fantasmas del pasado cercano y distante. Los resultados -intimistas, instantáneas rescatadas de vidas captadas en las garras de la historia- son narrativas intelectualmente estimulantes.
Mientras algunos estadounidenses pueden ahora mirar los años noventa como una época de comparativa inocencia -una década vivida por la televisión-, Ma Jian, antiguo disidente chino que vive en Inglaterra, pasó esos años tratando de hacer sentido de la cambiante apariencia de la China post-Plaza de Tiananmen. En su irónica y mordaz colección de cuentos, ‘The Noodle Maker', Sheng, un escritor profesional, y Vlazarim, un donante de sangre profesional, reflexionan sobre sus destinos durante una alcohólica velada en el estrecho apartamento de Pekín del escritor. Sheng se lamenta de su falta de coraje como gacetillero del Partido mientras estira historias de los personajes "tristes y débiles" sobre los que sueña escribir. (El donante de sangre dice: "Me desangré a mí mismo por este país", aunque en realidad es el escritor acomodaticio y no el donante el que ha hecho eso). ¿Quiénes son los personajes de su obra maestra todavía no escrita? Ellos son los restos del naufragio de la sociedad china, estropeada por el recuerdo de la Revolución Cultural de Mao, atrapada en las contradicciones de la política de puertas abiertas de Deng: una actriz con inclinaciones suicidas que perdió sus papeles heroicos; un burócrata tenorio y su esposa arribista; un pequeño empresario que toca pistas sonoras con música pop occidental en su crematorio. "Crecimos en un vacío espiritual, aislados del resto del mundo", se lamenta Sheng. "Una generación estropeada. Cuando el país se empezó a abrir un poco, fuimos los primeros en caer... ¿Cómo puede una sociedad entumecida por la dictadura encontrar su lugar en el mundo moderno?"

El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez también despotrica contra la pobreza espiritual de una sociedad cerrada, pero para él es una guerra personal -gracias a Dios, una guerra llena de escapes sexuales. De hecho, tanto Jian como Gutiérrez hacen referencia a esa santo patrono literario de la subversión erótica: Milan Kundera; aunque en ‘Tropical Animal' de Gutiérrez, que continúa las escapadas del narrador de su ‘Dirty Havana Trilogy', Pedro Juan, hay menos erotismo intelectual y más calentura pornográfica. En la cincuentena, el bohemio y vago artista flota a la deriva en Cuba durante los días perros del período especial en los años noventa, haciendo la ruta de su percha en su tejado en La Habana al paseo del malecón. Como el escritor de Jian, Pedro Juan está escribiendo un libro en su cabeza -entre maratónicas sesiones con su novia prostituta, Gloria; una larga estadía en Suecia, donde se arrejunta con una amante europea más reprimida, Agneta; y mañanas de ocio en cama con un ajado ejemplar de ‘Immortality', de Kundera. La rebelión literaria de Pedro Juan, a diferencia de la de Sheng, es un sostenido aullido a la cara de la literatura y la sociedad. "Escribir con vísceras y entrañas", declama Pedro Juan. "Ponerlo todo en papel. Manchar las páginas con sangre y saliva, y... mocos y lágrimas".

La rabia de Gutiérrez contra la represión en la Cuba de Castro es conmovedora: cruda, chocante, lasciva. Roberto Bolaño, en ‘Distant Star', logra algo más sutil y aterrador: la pesadillesca saga de Chile tras el golpe de Augusto Pinochet en 1973, visto a través de la mítica figura de Alberto Ruiz-Tagle, aviador, poeta aéreo, sádico y simpatizante de los nazis. Bolaño, que murió en el exilio en España a los 50 en 2003, ha escrito una elaborada obra que sólo recién ha llegado a nuestra atención -su ‘By Night in Chile' se publicó aquí en 2003. ‘Distant Star' es una torcida, comprimida obra de arte: con un afiebrado ritmo, nos lleva a toda prisa por las décadas recientes en Chile: la poesía clandestina y la política izquierdista de la era de Allende; los años de Pinochet de asesinatos y tortura, silencio y olvido; la triste y solitaria dispersión de la perdida generación de Chile (gente como Bolaño y nuestro narrador) por América Latina y Europa. Somos testigos nada menos que de "la historia de Chile. Una historia de terror".

Si Bolaño busca abarcar la tragedia de todo un país, el enjuto y resonante debut de Zsuzsa Bank, ‘The Swimmer', se limita a sí mismo a una imagen más intimista. Kata e Isti son niños cuando llegan a su pueblo las noticias de la revuelta de Budapest en 1956. Más de cerca les toca la fuga de su madre hacia Occidente poco después de la represión soviética. Llevados por su depresivo padre, Kalman, en una enmarañada odisea a través del campo húngaro, los niños aprenden a crear su propio sentido de espacio y tiempo. Informes del resto del mundo -incluyendo las postales de su madre desde Alemania- causan sólo una ligera impresión, como las ondas de los lagos donde nadan en los raros momentos que comparten con su padre. "Isti y yo pasábamos el tiempo afuera, en la aldea, en los huertos, en el campo", recuerda Kata, "y quizás todavía recuerdo esas cosas porque... uno tiende a concentrarse en las pequeñas cosas cuando no puedes aguantar pensar en otras cosas más grandes que cuelgan sobre ellos".

El título de la novela de Nella Bielski, ‘The Year is ‘42' adopta un enfoque subentendido sobre los estragos de la historia. La frase inicial pone el tono: "La guerra continuó y Karl Bazinger se dio un baño todos los días". Bielski, un nativo de Ucrania que vive en París y escribe en francés, construye cuidadosamente un parca novela de la vida cotidiana en tiempos de guerra, y el lento envenenamiento de la conciencia. Karl Bazinger, un oficial liberal de la Wehrmacht que "se sofoca en el uniforme que lleva", saca el provecho que puede de sus rutinas oficiales en París ocupado, a pesar de persistentes dudas. Sin embargo, cada vez más Bazinger se entera de las insidiosas campañas en el frente del Este: oye hablar de "liquidaciones" y "purgas"; cuando lo transfieren a Kiev, tropieza con las noticias de la masacre de Babi Yar. Allá también se cruza con una enigmática rusa, una doctora que lo ayuda a curarse de sus persistentes problemas con la piel. "Las costras formaron una cresta y cayeron", escribe Bielski en uno de los pocos, claros ejemplos del simbolismo del libro. "Tiras y pedacitos de piel. Debajo había una frágil piel nueva".

Las "cicatrices del pasado" están presentes en todas partes en la notable, aunque fugaz, colección de cuentos, ‘The Bride From Odessa'. Cozarinsky -que escribe en español y divide su tiempo entre Buenos Aires, donde nació, y París- es la personificación del émigré desarraigado. Sus historias toman lugar en el Kiev y Odessa de cambio hacia el siglo 20, en las ciudades de Europa central en plena guerra -Viena, Berlín y Budapest-, en Nueva York y Londres y Buenos Aires y en las pampas argentinas. Contados con un aire nostálgico y melancólico, los cuentos de Cozarinsky son instantáneas alusivas y retratos fragmentarios de vidas en flujo e identidades en tránsito. Las dos guerras mundiales figuran prominentemente, así como la masacre de Babi Yar y la migración judía a Argentina. "Este cuento no tiene más trama que la de la historia misma", insiste Cozarinsky en ‘Christmas ‘54'. "Es apenas algo más que la impresión que deja un instante, una chispa producida por dos superficies muy dispares cuando se rozan juntas". Sin embargo, Cozarinsky ofrece miradas conmovedoras y apasionadas de las almas perdidas entre los desechos de la historia -sobrevivientes que, como la mezclada bolsa de personajes de Mi Jian, han "visto a través del rojizo polvo del mundo".

26 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh

gonzos del siglo 21


[Jack Shafer] El Nuevo Nuevo periodismo.
En las tres décadas que han pasado desde que Tom Wolfe reuniera en una antología a un grupo de escritores bajo el título de ‘Nuevo Periodismo' y los tachara de rivales de los mejores novelistas de su época, se ha empezado a formar una nueva camada. Robert S. Boynton llama a este movimiento el Nuevo Nuevo Periodismo, y entrevista en el libro del mismo título a 19 de sus más importantes practicantes.
El Nuevo Periodismo se hizo sinónimo del chisporroteo literario y reportajes de plato hondo de Wolfe, pero el padre fundador niega haber acuñado el término. "Nunca me ha gustado", escribió Wolfe en ‘The New Journalism' (1973). "Cualquier movimiento, grupo, partido, programa, filosofía o teoría que lleve la palabra ‘nuevo' en su nombre, está simplemente rogando meterse en problemas". A pesar de las dudas, clasificó a escritores tan diversos como Hunter S. Thompson, Gay Talese, Truman Capote y Norman Mailer como colegas Nuevos Periodistas.
Si el experimento literario y la ambición artística eran las tarjetas de visita del Nuevo Periodismo, la profundidad de repertorios es la característica más distintiva del Nuevo Nuevo Periodismo, insiste Boynton. Muchos Nuevos Nuevos son ultra-maratonistas que viven con los personajes de sus historias durante años, como hizo Leon Dash para escribir sobre la vida de Rosa Lee Cunningham para el Washington Post y Adrian Nicole LeBlanc para su libro ‘Random Family'. Otros puntos taxonómicos propuestos por Boynton: los Nuevos Nuevos se basan en las innovaciones literarias de sus predecesores, pero se inclinan hacia la tradición del periodismo de denuncia de Jacob Riis y Lincoln Steffens, que prefieren contar historias de los "desprivilegiados" y llevar la crónica de la "vida de todos los días" en lugar de salir a la caza de "historias extravagantes" y hacer del escritor el principal personaje del reportaje.
El escritor del New Yorker, John McPhee influyó en muchos de los Nuevos Nuevos a través tanto de su libro como de su famosa clase de ‘Literatura de Hechos' en Princeton. "El tono informal, declaratorio, casi deliberadamente tosco que uno oye en muchos de los Nuevos Nuevos Periodistas proviene directamente de McPhee", escribe Boynton, definiendo al gran anti-estilista como el anti-Wolfe.
"McPhee no enseñó a formar las palabras y frases con precisión. Nos enseñó un respeto absoluto por los hechos, y de llegar a extremos para asegurarnos de que habíamos entendido todo bien", dice Richard Preston, autor de ‘The Hot Zone'. "Yo no sería un escritor si no hubiera seguido ese curso", dice Eric Schlosser, que escribió ‘Fast Food Nation'. Aunque no son entrevistados aquí, otros logrados ‘McPhinos' (como se llaman en broma) incluyen al editor del New Yorker, David Remnick; al escritor del Washington Post, Joel Achenbach; y a Robert Wright, autor de ‘The Moral Animal'.
Si McPhee es el modelo del Nuevo Nuevo, entonces los editores del New Yorker, el New York Times Magazine, Rolling Stone y el Atlantic Monthly son sus Médicis. Las revistas de otros países publican rara vez narrativas periodísticas detalladas. Los editores de esas revistas merecen una reverencia.
Parece obvio que las distinciones entre la especie de Boynton y la de Wolfe, a la que encuentra intelectualmente resbaladiza y transparentemente interesada, son algo imaginarias. Y no puede haber mucho de Nuevo Nuevo en Gay Talese, Calvin Trillin y Jane Kramer, que han estado todos haciendo reportajes desde principios de los años sesenta.
Pruebas de que las dos escuelas se encuentran en un continuum literario compartido se encuentra en el hecho de Talese aparece tanto en el panteón de Boynton como de Wolfe. Varios de los escritores de Wolfe (Garry Wills, James Mills, Joe McGinnis) se ajustan al molde del Nuevo Nuevo Periodismo, y varios de los escritores de Boynton (escritores-reporteros como Ron Rosenbaum, Richard Ben Cramer y Michael Lewis) no serían detenidos por estar merodeando si aparecieran en una edición revisada de la antología de Wolfe. Uno sospecha que si Rosenbaum, Cramer y Lewis hubieran seguido el curso de McPhee, este los habría expulsado por tener demasiado destellos wolfeanos.
Boynton, director del programa de periodismo de revistas de la Universidad de Nueva York, quiere revelar los métodos de sus maestros modernos antes que extraer sus opiniones sobre el estado del periodismo de reportajes. Los aficionados de la entrevista del Paris Review reconocerán sus preguntas: ¿Cómo es su día ideal? ¿Cómo llega a sus historias para hacer reportajes? Esas previsibles pesquisas dan resultado. Como un contratista de la construcción entrevistando para el trabajo a carpinteros, Boynton evalúa sus sujetos basándose en qué tipos de herramientas encuentra en sus cajas de herramientas.
El Nuevo Nuevo periodista Richard Ben Cramer, cuyo libro de 1.047 páginas sobre la campaña presidencial de 1988, ‘What It Takes', salió en el punto más álgido de la campaña de 1992, ve a sus fuentes y sujetos como colaboradores, una idea gonzo cuando piensas sobre ello. "Mi objetivo es que ellos entiendan mi proyecto tanto como yo. Porque este bote lo vamos a construir juntos", dice. A menudo deja que la entrevista dure horas antes de apuntar una cita o de encender la grabadora, sólo para llamar más tarde y preguntar a la fuente que repita esa gran historia. El proceso redunda en confianza, alega Cramer. "Cuando he estado visitándolos por un tiempo, se dan cuenta de que yo no sería capaz de engañarlos".
Michael Lewis, autor de 'Liar's Poker' y 'Moneyball', se apoya también en la inmersión, preguntando a sus sujetos si puede viajar con ellos. "Los personajes son siempre mucho más interesantes cuando se mueven en el espacio que cuando están quietos", le dice a Boynton. La estrategia resulta sólo si el sujeto no sabe que Lewis tiene la intención de acompañarlo durante meses. "Nadie estaría de acuerdo, si se lo dijera francamente, con el tipo de relación que yo necesito. ¡No lo aceptaría ni yo!" Sin embargo, hacerse el pesado o siguiendo cada pista por todos los confines de la tierra no explica el éxito de un Lewis, un Schlosser o un Ted Conover. Estos escritores sacan mucho más de sus habilidades de reconocimiento, lo que les permite ver una historia y seguirla, antes que agotar sus fuentes.
En un libro que bulle de consejos para los novatos, William Langewiesche, autor de ‘American Ground', entrega el mejor. "Existe la impresión afuera de que este mundo de escribir y publicar es una especie de club cerrado", dice. "No hay barreras de acceso a este campo, no hay contraseñas para entrar". Lo único que importa, dice, es "la calidad del trabajo".
La categoría Nuevo Nuevo resulta no ser mucho más que una suelta red para atrapar al grupo de escritores que Boynton admira. Con todo, estas entrevistas profundizan nuestro conocimiento del ‘periodismo literario', una etiqueta más inclusiva que Nuevo Periodismo o Nuevo Nuevo Periodismo. ¿Sacó el Nuevo Periodismo a la novela de su pedestal, como prometía Wolfe? No realmente. Quizás Wolfe interpretó los experimentos periodísticos de novelistas como Mailer, Capote, Terry Southern y Joan Didion como defecciones que presagiaban una revolución. Aunque muchos nuevos periodistas continúan siendo leídos, no han exactamente desplazado a Bellow o Roth. Incluso Wolfe pareció aceptar la derrota cuando abandonó el género para escribir sus propias novelas.
Sin embargo, la riña entre los hechos y la ficción no ha termindo. Como lo dijo en estas páginas Michael Lewis: "Vivimos en una era en la que el novelista vive en un estado de ansiedad sobre la no-ficción. Se ve más claramente en películas libidinosas, que son capaces de poner al final de la película: ‘Esta es una historia verídica'".

20 de marzo de 2005
24 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh