presidente tóxico
8 de agosto de 2009
[Atilio A. Boron] ¿Qué pretende Uribe con su frenética gira por América? Nada menos que vender una iniciativa tóxica, para utilizar el lenguaje impuesto por la crisis capitalista: justificar la escalada de la ofensiva militar del imperio con el propósito de revertir los cambios que en los últimos años alteraron la fisonomía sociopolítica de la región. Ante esta desconcertante realidad, la táctica de la Casa Blanca ha sido abandonar la retórica belicista de Bush y ensayar un discurso igualitarista y respetuoso de la soberanía de los países del área, pero desplegando nuevas bases militares, manteniendo la Cuarta Flota y fortaleciendo sin pausa al Comando Sur.
En este sentido, Barack Obama, a quien los perpetuamente desorientados ‘progres’ europeos y latinoamericanos continúan confundiendo con Malcolm X, está siguiendo al pie de la letra los consejos de Theodore Roosevelt, el padre de la gran expansión imperialista norteamericana en el Caribe y Centroamérica, cuando dijera "speak softly and carry a big stick", es decir, "habla bajito pero lleva un gran garrote". Roosevelt fue un maestro consumado en aplicar esa máxima a la hora de construir el canal de Panamá y lograr, con la infame Enmienda Platt, la práctica anexión de Cuba a los Estados Unidos. Con su política de remilitarización forzada de la política exterior hacia América latina y el Caribe Obama se interna por el camino trazado por su predecesor.
La justificación que Uribe esgrime en apoyo de su decisión de conceder a las fuerzas armadas de Estados Unidos siete bases militares es que de esa manera se amplía la cooperación con el país del Norte para librar un eficaz combate contra el narcotráfico y el terrorismo. Excusa insostenible a la luz de la experiencia: según una agencia especializada de las Naciones Unidas los dos países donde más creció la producción y exportación de amapola y coca son Afganistán y Colombia, ambos bajo una suerte de ocupación militar norteamericana. Y si algo enseña la historia del último medio siglo de Colombia es la incapacidad para resolver el desafío planteado por las FARC por la vía militar. Pese a ello el general Freddy Padilla de León –quien gusta decir que morir en combate "es un honor sublime"– anunció días pasados en Bogotá que las siete bases estarían localizadas en Larandia y en Apiay (ambas en el Oriente colombiano); en Tolemaida y en Palanquero (en el centro de Colombia); en Malambo (sobre el Atlántico, en la costa norte); en Cartagena, sobre el Caribe colombiano y la séptima en un lugar aún no determinado de la costa del Pacífico. El Congreso de Estados Unidos ya aprobó la suma de 46 millones de dólares para instalar su personal y sus equipos bélicos y de monitoreo en estas nuevas bases con el objeto de reemplazar las instalaciones que tenía en Manta. En la actualidad ya hay en Colombia 800 hombres de las fuerzas armadas de Estados Unidos y 600 "contratistas civiles" (en realidad, mercenarios) pero los analistas coinciden en señalar que la cifra real es mucho más elevada que la oficialmente reconocida.
No hace falta ser un experto militar para comprobar que con la entrega de estas bases Venezuela queda completamente rodeada, sometida al acoso permanente de las tropas del imperio estacionadas en Colombia, amén de las nativas y los ‘paramilitares’. A ello habría que agregar el apoyo que aportan en esta ofensiva en contra de la Revolución Bolivariana las bases norteamericanas en Aruba, Curaçao y Guantánamo; la de Palmerolas, en Honduras; y la Cuarta Flota que dispone de suficientes recursos para patrullar efectivamente todo el litoral venezolano. Pero no sólo Chávez está amenazado: también Correa y Evo Morales quedan en la mira del imperio si se tiene en cuenta que Alan García en Perú arde en deseos de ofrecer ‘una prueba de amor’ al ocupante de la Casa Blanca otorgándole facilidades para sus tropas. En Paraguay, Estados Unidos se aseguró el control de la estratégica base de Mariscal Estigarribia –situada a menos de cien kilómetros de la frontera con Bolivia– y que cuenta con una de las pistas de aviación más extensas y resistentes de Sudamérica, apta para recibir los gigantescos aviones de transporte de tanques, aviones y armamento pesado de todo tipo que utiliza el Pentágono. También en ese país dispone de una enorme base en Pedro Juan Caballero, ¡localizada a 200 metros de la frontera con Brasil!, pero según Washington pertenece a la DEA y tiene como finalidad luchar contra el narcotráfico. La amenaza que representa esta expansión sin precedentes del poder militar norteamericano en Sudamérica no pasó desapercibida para Brasil, que sabe de las ambiciones que Estados Unidos guarda en relación a la Amazonía, región que puertas adentro los estrategas imperiales consideran como un territorio vacío, de libre acceso, y que será ocupado por quien tecnológicamente tenga la capacidad de hacerlo.
Ante estas amenazas los países sudamericanos tienen que reaccionar con mucha firmeza, exigiéndole a Estados Unidos archivar sus planes belicistas en Colombia, desmilitarizar América Latina y el Caribe y desactivar la Cuarta Flota. La retórica ‘dialoguista’ de Obama es incongruente con la existencia de semejantes amenazas, y si quiere lograr un mínimo de credibilidad internacional debería ya mismo dar instrucciones para dar marcha atrás con estas iniciativas. Por su parte, los gobiernos de la región nucleados en la Unasur y el Consejo Sudamericano de Defensa deberían hacer oídos sordos ante las falacias de Uribe y pasar del plano de la retórica y la indignación moral al más concreto de la política, impulsando algunos gestos bien efectivos: por ejemplo, ordenando el inmediato retiro de las misiones militares y los uniformados estacionados en nuestros países mientras no se reviertan aquellas políticas. De ese modo el mensaje de rechazo y repudio al "militarismo pentagonista" –como precozmente lo bautizara un gran latinoamericano, Juan Bosch– llegaría claro y potente a los oídos de sus destinatarios en Washington. Las súplicas y exhortaciones, en cambio, no harían sino exacerbar las ambiciones del imperialismo.
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El caso de Eugenia Jennings, de Illinois, es un ejemplo clásico de la injusticia estadounidense. A los veintitrés años, esta madre de tres hijos fue arrestada por vender poco menos de catorce gramos de pasta base de cocaína a un modisto. Debido a que el gobierno federal ha impuesto una disparidad de sentencia de 100 a 1 entre la pasta base y la cocaína en polvo, y debido a que Jennings había sido condenada anteriormente por vender pequeñas cantidades de pasta base, fue sentenciada a veintidós años de prisión en una cárcel federal. Si hubiera estado vendiendo cocaína en polvo, su sentencia habría sido la mitad.
[Bill Maher] No hay que subestimar la capacidad para arruinar cualquier cosa que puede poseer un diminuto grupo marginal formado por inútiles.
[Emir Sader] Los que tenían evaluaciones reduccionistas, asimilando Obama a Bush, tendrán que reevaluar de inmediato sus visiones equivocadas. Bastó el golpe en Honduras –la primera gran crisis latinoamericana desde que empezó el gobierno de Obama– para que se viera cómo Estados Unidos recupera capacidad de acción en un continente donde la había perdido casi por completo.
[Rafael Cárdenas] Resulta en verdad una tomadura de pelo y una falta de respeto a los telespectadores que la cientista política Ena Von Baer, integrante del programa dominical de TVN, Estado Nacional, denomine reiteradamente al sistema binominal como "un sistema electoral proporcional muy mayoritario" y que ninguno de sus colegas la ponga en su lugar.
[Atilio A. Boron] El repudio y el aislamiento universales no conmueven a los usurpadores. Todo lo contrario: confirman su visión paranoica de un mundo dominado por comunistas, subversivos y revolucionarios que conspiran sin cesar para frustrar su patriótica empresa.
Es demasiado fácil asumir lo peor sobre el ex vicepresidente Dick Cheney. Su expediente de engaños y manipulaciones hace más plausible que haya instruido impropiamente a funcionarios de inteligencia a ocultar a los comités parlamentarios informaciones pertinentes sobre un programa secreto de la era de Bush para capturar o matar a terroristas.
Cuando Estados Unidos se preparaba para invadir Iraq en 2003, el entonces secretario de Estado, Colin L. Powell, advirtió que "si lo rompes, es tuyo". De muchos modos, Estados Unidos rompió Iraq al derrocar al régimen de un cuarto de siglo de Saddam Hussein, sin asegurarse de que un gobierno estable ocupara su lugar. Eso anunció una sangrienta ocupación que en seis años se cobró la vida de más de 4.300 soldados norteamericanos y casi setecientos mil millones de dólares. Los estadounidenses llevarán siempre la responsabilidad por su guerra por elección, pero ahora, finalmente, el retiro de las tropas estadounidenses de ciudades iraquíes marca el comienzo de la devolución del país a sus propietarios legítimos -los iraquíes.