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adiós, basora


[Raúl Sohr] Arabia Saudita ha dispuesto la formación de una nueva fuerza de seguridad, cuya única misión será velar por los pozos petrolíferos.
La nueva unidad contará con 35 mil hombres, y el primer batallón, integrado por cinco mil efectivos, ya está siendo entrenado. Es el comienzo del fin de la expedición británica en Irak. Londres abandonó sus posiciones en el centro de Basora y las replegó a un reducto próximo al aeropuerto de la ciudad. Los últimos en salir de la asediada base fueron 550 fusileros del Cuarto Grupo de Batalla, encargados de repeler ataques de último minuto. Tras haber arriado el pabellón británico e izado en su lugar el iraquí sin mayores incidentes , el alivio era visible en los rostros de los comandantes de la fuerza de ocupación. En un período no precisado, pero que no será largo, los remanentes de la fuerza expedicionaria del Reino Unido, que llegó a sumar más de 40 mil efectivos, tomarán los aviones que los llevarán de vuelta a casa. Tras cuatro años y cinco meses de campaña, el saldo para Londres es de 168 muertos y 1.321 heridos de consideración.
Para Estados Unidos, la partida de sus más estrechos aliados es un fuerte revés. A estas alturas se ha esfumado una alianza que nunca tuvo mayor amplitud. El peor escenario para Washington es que en el sur de Irak se desate una lucha entre las tres grandes milicias chiítas que se disputan el poder, y que, caso de tener que intervenir todas las fuerzas islamistas, éstas, a su vez, se vuelvan en su contra. Todos los protagonistas del drama iraquí saben que los vacíos de poder son breves.
La lucha por controlar el único puerto y principal lugar de salida del petróleo del país se libra desde hace años. Basora es un enclave de la mayor importancia estratégica y el ahorcado Sadam Hussein lo sabía bien. A tal punto le importaba ampliar la salida de su país al golfo Pérsico que fue ese el motivo por el cual atacó Irán, en septiembre de 1980. Fue el comienzo de la guerra más larga librada el siglo pasado; un conflicto que sólo concluyó ocho años más tarde, en agosto de 1988, con un desastroso balance: 367 mil muertos y 1,7 millones de heridos, además de pérdidas económicas que sumaban 500 mil millones de dólares.
Pese a la magnitud de la desdicha causada, Hussein no cejó en su intento por ganar un espacio mayor en el Golfo. En 1990 invadió Kuwait y lo anexó como una nueva provincia, tras lo cual Estados Unidos, en una alianza con otros 21 países, lo expulsó de los territorios ocupados al año siguiente, infligiéndole una formidable derrota militar. Se estima, pues no hay cifras definitivas, que unos 80 mil iraquíes habrían muerto en ese breve conflicto. Basora fue clave, una vez más, en marzo de 2003, cuando las tropas anglo-norteamericanas penetraron en Irak por este puerto, luego que Turquía les negara el acceso por el norte del país.
La interrogante que surge ahora es qué ocurrirá en Basora y las regiones aledañas. Los británicos esperan que la situación se apacigüe con su salida, al igual que los comandantes del ejército iraquí, quienes estimaban que la presencia de tropas extranjeras era como un magneto para los elementos más radicales. Irán, en todo caso, es un gran beneficiario de la partida de los británicos, con los cuales libraba una pugna sorda y clandestina. Lucha que afloraba de tanto en tanto, como ocurrió con la captura de un grupo de marineros ingleses acusados de ingresar en aguas territoriales iraníes, en marzo, o con los atentados perpetrados en territorio iraní que Teherán endosaba a Londres. Por otra parte, Irán y las milicias que le son leales podrían beneficiarse evitando el caos y demostrando así que son capaces de gobernar e imponer el tan ansiado orden en la zona. Ello repercutiría en el resto de Irak y acrecentaría en toda la región el prestigio del régimen de los ayatolás. Los iraníes serían vistos como capaces de llevar la paz y la normalidad.
El resto de la región, en todo caso, se prepara para crecientes turbulencias. Arabia Saudita ha dispuesto la formación de una nueva fuerza de seguridad, cuya única misión será velar por los pozos petrolíferos. La nueva unidad contará con 35 mil hombres, y el primer batallón, integrado por cinco mil efectivos, ya está siendo entrenado. Los sauditas temen a una variedad de circunstancias: desde ataques de Al Qaeda hasta desórdenes internos propiciados, en especial, por la minoría chiíta que reside en el norte del país. Pero la mayor preocupación es un eventual ataque occidental contra Irán, para prevenir que Teherán construya un arma atómica. En caso de una conflagración, la destrucción de los pozos sauditas sería un objetivo militar obvio para Irán. Otra opción para el régimen iraní sería impedir la navegación por el estrecho de Ormuz, con lo cual bloquearía un gran porcentaje de las exportaciones de crudo de Riad.
Anticipándose a semejante posibilidad, y en una señal decidora respecto de los conflictos que se avizoran, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Omán, Bahrein y Yemen construirán con pleno respaldo de Washington un gran oleoducto que, en caso de quedar cerrado el golfo Pérsico, les permitirá sacar el petróleo hacia el océano Índico, vía Yemen, o directamente hacia el mar Rojo. Como casi siempre ocurre en el Medio Oriente, todos esperan lo mejor, pero se preparan para lo peor.

18 de septiembre de 2007
9 de septiembre de 2007
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violencia con sentido


[Raúl Zarzuri Cortés] Reflexiones sobre el sentido de la violencia.
Chile. En el trasfondo de las fogatas, las barricadas y los enfrentamientos con la fuerza policial del pasado martes 11 en extensas zonas populares podían vislumbrarse siluetas sin rostro, casi fantasmales, reflejo de un fenómeno social que no terminamos de comprender: la violencia.
Los manifestantes, en su mayoría jóvenes, adolescentes e incluso niños, participaban de una escena dantesca o carnavalesca, dependiendo del punto de vista desde el cual se mire el asunto.
Todos quienes debieran haber previsto la situación: autoridades del gobierno, políticos y policías, quedaron perplejos ante la intensidad de la embestida. Los balbuceos audibles fueron acompañados de una mueca cercana a lo que podría leerse como miedo.
¿De dónde salieron estos jóvenes-niños destructores de bencineras, automóviles y señalética, saqueadores de tiendas y portadores de armas dispuestos a matar, como de hecho lamentablemente ocurrió?
El único consenso se ha producido en torno a las estrategias de seguridad pública y sus mecanismos de control. Sin embargo, más allá de las ‘barreras de contención' en pos de lograr ciertos niveles de seguridad, son pocas las respuestas que rascan donde pica.
La violencia juvenil es un fenómeno complejo, siempre simplificado por los medios de comunicación y las autoridades de turno.
Una primera pista para adentrarnos en esa complejidad podemos encontrarla en la exclusión, característica central de la vida de muchos jóvenes de sectores populares. Ésta se manifiesta, por ejemplo, en la baja y mala calidad de los empleos, de los ingresos y la educación, facilitando la aparición de frustraciones y rabias que saltan como la pus en aquellos ‘días de furia'. La violencia va en aumento y es el efecto de un recalentamiento social, de tensiones acumuladas que explotan mezcladas con cuestiones como el resentimiento. En esta lógica es natural llegar al desquite contra ‘el otro', que no por nada es un otro simbólicamente vinculado a la policía y a los iconos del orden económico neoliberal implementado en nuestro país. Y mientras más débil es el tejido social y asociativo en un lugar, mayor profundidad del fenómeno.
Una segunda pista es entender que la violencia es el medio más económico para visibilizarse. Esto es, llamar la atención y lograr victorias simbólicas contra el sistema establecido que se critica. Por otro lado, la utilización de la violencia permite un acceso fácil a los medios de comunicación que, precisamente, otorgan esa visibilidad. Medios que reproducen esa violencia porque también necesitan de ella para vender: un perfecto círculo vicioso.
Una tercera pista es entenderla como una instancia para construir identidad. Algunos espacios sociales se han visto permeados por una cierta cultura que podríamos llamar ‘del choro', su origen es carcelario y comienza a masificarse en las poblaciones. El individualismo y las relaciones violentas en un contexto de competencia son sus ejes centrales. En esos sectores, esta lógica aparece como la única forma válida de conferir sentido e identidad, dada la inexistencia o pérdida de hegemonía de otros modelos; la violencia dota de un lenguaje, una estética y unos valores a aquellos sujetos que la suscriben.
Por último, podemos entender la violencia como un espacio catalizador de la rabia social. Si bien para algunos la protesta es una manera de expresar sus críticas al sistema, para otros, los más, se transforma en una fiesta ritual, en un momento de diversión y de explosión catártica que puede ser vista como un acto sin sentido. Pero ojo, la violencia siempre tiene un sentido, nos guste éste o no.

El autor es profesor de la Escuela de Sociología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Director del Centro de Estudios Socio-Culturales.

16 de septiembre de 2007
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qué guerra es la de iraq


[Simon Serfaty] La mejor fecha de retirada es cuanto antes.
Las analogías están pensadas como un atajo a la realidad, pero como sabe todo el mundo, los atajos a menudo conducen a otros lugares que sus destinos intencionados. Eso ocurre con el intento del presidente Bush de relacionar nuestra difícil situación en Iraq con nuestros fracasos pasados en Vietnam. La analogía, intencionada como una advertencia contra la retirada, se deriva de una retórica injusta que evoca el "inconfundible legado" pagado por "millones de ciudadanos vietnamitas inocentes". Anteriormente, Bush había usado la analogía de Vietnam, aunque menos explícitamente, para advertir contra una escalada contra un enemigo que "no se cansa nunca, no se harta nunca, no se contenta nunca con la brutalidad de ayer".
Claramente, el presidente y sus asesores, que mostraron poco conocimiento de geografía cuando planificaron la guerra hace cinco años, podría usar lecciones de historia cuando insiste en cubrir con atuendos elegantes un presente poco atractivo. Si la guerra de Iraq fue una guerra por opción o por necesidad es algo sobre lo que se puede argumentar sobre bases morales y considerando la seguridad nacional; pero no repetir en Iraq el indisputable espectáculo de fracaso con que terminó la guerra en Vietnam responde tanto a un imperativo moral y de seguridad nacional que pueden defenderse de manera más efectiva que retornando a un pasado fracasado.
Por una vez, señor presidente, los hechos están de su lado. A diferencia de Vietnam, donde el temor al fracaso reflejaba un esquema mental que apenas tenía relación con la realidad, las previsibles consecuencias de la retirada de Iraq son reales. La guerra de Vietnam era una guerra civil que se convirtió en una guerra norteamericana; la guerra de Iraq es una guerra estadounidense que se convirtió en una guerra civil. En ese sentido, Iraq es el cenagal que Vietnam no fue. Una retirada precipitada desencadenaría en Iraq una guerra civil con campos de la muerte todavía más grandes y de vital importancia no solamente para Estados Unidos sino también para el resto de la región y más allá.
Ciertamente, la retirada norteamericana de Vietnam hace casi treinta años provocó un caos político en Estados Unidos, una crisis de autoridad en la Alianza Atlántica y un reto global soviético que parecía ganar terreno cuando Estados Unidos lo perdía. Pero algunos años fueron suficientes para calmar el caos político en casa, restaurar el liderato de Estados Unidos y sepultar la amenaza soviética en el exterior. En comparación, una retractación del poderío militar norteamericano en Iraq zambulliría al mundo en una prolongada e importante crisis política, creando en Oriente Medio condiciones casi caóticas, exacerbando peligrosas tensiones en el este de Asia y poniendo en peligro los actuales esfuerzos para contener la propagación de armas de destrucción masiva. A este respecto al menos, la historia entrega un veredicto ineludible: Independientemente de lo que se piense de una estrategia de predominio, no es tan mala como una estrategia de predominio que fracasa.
Una causa importante de la inadecuada, si no inepta conducción del Iraq de posguerra, surgió de otra analogía anterior. Algunos en el gobierno de Bush pensaron en el futuro de Iraq en términos del pasado alemán, una alusión preferida del entonces ministro de Defensa Donald Rumsfeld. Lo mejor que se puede decir de esa analogía -y lo menos que se podía saber sobre el Iraq después de Saddam- es que Iraq carecía de las dimensiones vitales de la recuperación de Alemania después de 1945: la voluntad nacional de volver a definirse, un pueblo homogéneo y un liderato nacional de inusual visión, así como una ubicación geográfica en una región que había perdido, en general, su apetito bélico. Ausentes estas condiciones, una analogía más apta para el Iraq de posguerra habría sido la Alemania (y Europa) de después de 1919, envenenada y empecinada en su redención.
Por más que podamos estar en Estados Unidos divididos, indignados, preocupados e inclusive asustados sobre por qué intervinimos en Iraq y por qué estamos allá todavía, está claro que marcharnos va a ser difícil, lento y peligroso. La retirada, que no debe confundirse con repliegue, puede empezar de una vez, y probablemente así será. Pero los más importantes candidatos presidenciales aceptan que la guerra no terminará pronto, dependiendo de una serie de factores. Iraq necesita una medida de seguridad auto-inducida que empiece progresivamente a depender de la contribución de unas fuerzas armadas (y policía) mejor preparadas, mejor equipadas y mejor motivadas; necesita una reconstrucción parcial de la infraestructura y economía del país, en paralelo con mejores condiciones de seguridad; y finalmente debería perseguir la rehabilitación del estado iraquí como la floja federación que ha recomendado el senador Joe Biden.
El futuro no contiene una fecha fija para la retirada, aunque, obviamente, será mejor retirarse cuanto antes. Pero el pasado ofrece una fecha todavía menos cierta para la redención, y volver a Vietnam como una excusa para justificar una retirada retrasada de Iraq sólo sirve para confundir una guerra que el gobierno no logró explicar cuando la empezó ni logra entender ahora que ha fracasado.

El autor tiene la Cátedra Brzezinski de la sección Seguridad y Geoestrategia Global del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales y profesor de política exterior estadounidense en la Universidad Old Dominion en Norfolk, Virginia. Su próximo libro, ‘Architects of Delusion: Europe, America, and Iraq', será publicado en otoño.

El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, CSIS, es una institución privada dedicada al estudio de temas de política internacional. Todas las interpretaciones, posiciones y conclusiones expresadas en sus publicaciones con de exclusiva responsabilidad de sus autores.

15 de septiembre de 2007
29 de agosto de 2007
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derecha chilena sin futuro


[Fernando Gaspar] La chueca derecha chilena. Sorprende que los partidos de la Alianza no sometan al candidato y se sometan a él.
Sorprende que no entiendan que con encuestas de metodologías y muestreos muy cuestionables no van a poder seguir inflando una candidatura destinada a perder. Después de los 17 años de fidelidad con la dictadura, fue normal que la derecha política chilena recibiera rotundos rechazos del electorado. En 1993, el triunfo de Eduardo Frei Ruiz-Tagle por 34% de diferencia sobre Arturo Alessandri Besa, el candidato de la UDI, fue decidor respecto de la debacle conservadora, en democracia, frente a la alternativa de la Concertación. En el 2005, el escenario parecía diferente. Si bien el gobierno laguista, compacto y consistente, elevó la evaluación del presidente saliente a niveles insospechados a la mitad de su mandato, otros factores jugaban a favor de la opción derechista: el desgaste de la coalición gobernante, los sonados casos de corrupción y negligencia concertacionista, la natural tendencia de los electorados en gobiernos democráticos hacia la alternancia. Estos y otros factores posibilitaban una victoria de Joaquín Lavín sobre una candidata mujer, ante un aparente electorado machista. Sin embargo, contra todos los pronósticos, fue al interior de la propia derecha que ocurrió la traición que imposibilitó su victoria.
Sebastián Piñera, un empresario con una ambición de poder insólita, observó con astucia que la figura de Lavín se había desgastado e intentó sacar provecho de aquello. Resulta cómico escuchar a Piñera, ahora, pidiendo a sus aliados que acepten sin chistar su opción presidencial, cuando él, en el momento que le solicitaron su adhesión en un frente común para derrotar a la Concertación luego de 16 años en el poder, hizo precisamente lo contrario. Piñera es uno de esos narcisos que abundan en la política, enamorados de sí mismos, que piden todo para ellos y no entregan nada a los otros.
La derrota aliancista se consumó y la Concertación se aseguró un cuarto gobierno consecutivo en el poder. ¿Y qué ocurrió de esa fecha a esta parte? Lejos de hacer una profunda reflexión y transformación de sus estructuras, la derecha chilena persiste en destruir sus posibilidades reales de gobernar. Sus organizaciones partidistas permanecen intactas, sobre todo en el caso de la UDI, como si su fundador, Jaime Guzmán, operara aún en el partido desde ultratumba. La democracia interna del partido sigue siendo un proyecto digno de ser reprimido desde la directiva nacional. La permanencia en sus filas de individuos como Iván Moreira, lejos de ser desincentivada, produce orgullo y conformidad. La tendencia a utilizar la descalificación personal, la ofensa pública y la denuncia sin fundamento en sus discursos desacredita cotidianamente a sus personeros más conspicuos.
Pero la lista no para ahí y, claro, Renovación Nacional pone lo suyo. Su veneración por la figura de Piñera obliga a someter al partido a una candidatura sumamente expuesta al ataque político. El sometimiento del partido hacia el empresario exhibe uno de los síntomas de la crisis en la política contemporánea, en la que los candidatos son los que eligen a los partidos según convenga a sus intereses, y no al revés.
El espectáculo cotidiano ofrendado por la derecha es lamentable. A los candidatos que vienen de su seno partidista se les traiciona y disminuye a cualquier precio, como a Pablo Longueira. A los candidatos que someten a la Alianza a un crítico predicamento y permanente conflicto se les permite todo, o casi. No se necesita estudiar ciencias políticas para darse cuenta que Piñera genera y seguramente seguirá haciéndolo un rechazo justificado y sólido entre la militancia gremialista. Quizás sea uno de los votos más duros en los próximos comicios: el voto de rechazo a uno de los empresarios más aborrecidos por sus pares.
Sorprende que los partidos de la Alianza no sometan al candidato y se sometan a él. Sorprende que no entiendan que con encuestas de metodologías y muestreos muy cuestionables no van a poder seguir inflando una candidatura destinada a perder.
Pero la derecha, principalmente la UDI, no se contenta con atacar cualquier intención de democratizar sus estructuras. También le siguen resultando incómodos los temas de derechos humanos la muerte del dictador lo evidenció-, se niega a llamar al orden a sus parlamentarios cuando persisten en sus bravuconadas, cultivan el arte de la denuncia efectista y sin fundamento, aprecian la técnica del político golpeador sin escrúpulos.
Lo ocurrido esta semana en la derecha es sólo fiel reflejo de su incapacidad para gobernarse a sí mismos, de construir verdaderos vínculos de coordinación política no gestos hacia las cámaras aparentando concordia , de proponer alternativas consistentes a las políticas instrumentadas por la Concertación. De seguir así, la derecha va camino de la inmolación, pese a los errores o faltas de los gobiernos que ellos observan con rabia e impotencia desde la vereda de enfrente.
Indispuestos para reconocer sus errores en el pasado, inútiles a la hora separarse de personeros que no construyen sino que merman, obsesivos en su rol fiscalizador y no de posible gobernante, los políticos de la derecha parecen asegurar a los chilenos del bicentenario un quinto gobierno de la Concertación. Ahora, da un poco lo mismo que el adversario sea una democratacristiana o un socialista, si es mujer u hombre. Porque, contra todas las incertidumbres del electorado, la derecha siempre va a poner de su parte para seguir manteniéndose aferrada al banco de los resentidos con la libertad y la democratización de la sociedad chilena, los nostálgicos del autoritarismo y los que aún creen que el país estará mejor si en Chile nada cambia y todo vuelve a ser como era antes. Ese antes cuando ellos sacaban beneficio de la falta de democracia.

9 de septiembre de 2007
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retirada de inmediato, y total


[Bill Richardson] Estados Unidos debe retirar todas sus tropas de Iraq, y de inmediato, según el gobernador demócrata de Nuevo México.
Hillary Clinton, Barack Obama y John Edwards han sugerido que entre nosotros hay pocas diferencias sobre Iraq. Pero no es verdad: yo soy el único candidato demócrata importante que se ha comprometido a sacar a todos nuestros soldados de Iraq y a hacerlo lo más pronto posible.
En un debate reciente, pregunté a los otros candidatos cuántas tropas pensaban dejar en Iraq y para qué. Nadie respondió. El pueblo americano necesita respuestas. Si elegimos a un presidente que piensa que las tropas deben quedarse en Iraq durante años, las tropas se quedarán durante años, lo que sería un trágico error.
Clinton, Obama y Edwards reflejan la filosofía ultra-conservadora de que una retirada completa de todas las fuerzas estadounidenses sería de algún modo ‘irresponsable'. Al contrario, los hechos sugieren que una retirada total y rápida -no un proceso prolongado, como en Vietnam- sería el curso de acción más responsable y efectivo.
Aquellos que piensan que necesitamos mantener tropas en Iraq no entienden al Medio Oriente. Yo me he reunido y he negociado exitosamente con muchos líderes regionales, incluyendo a Saddam Hussein. Estoy convencido de que sólo una retirada completa puede cambiar la política en Iraq y en países vecinos para romper el impasse que viene matando a tanta gente durante tanto tiempo.
Nuestras tropas han hecho todo lo que se les pidió, con coraje y profesionalismo, pero no pueden ganar una guerra civil ajena. Mientras haya tropas estadounidenses en Iraq, la reconciliación entre los grupos iraquíes será pospuesta. Dejar las tropas allá permite que los iraquíes posterguen tomar las medidas necesarias para poner fin a la violencia. Y nos impide usar la diplomacia para involucrar a otros países en la estabilización y reconstrucción de Iraq.
La presencia de tropas norteamericanas en Iraq nos debilita en la guerra contra al-Qaeda. Además, endorsa la propaganda anti-norteamericana de aquellos que nos retratan como invasores llegados a saquear el petróleo iraquí y reprimir a los musulmanes. El día que nos marchemos, este mito colapsará, y los iraquíes expulsarán a los yihadistas extranjeros de su país. Nuestra partida también nos permitirá concentrarnos en derrotar a los terroristas que nos atacaron el 11 de septiembre de 2001, que se han agrupado a lo largo de la frontera afgano-paquistaní -no en Iraq.
Logísticamente, sería posible retirarnos en seis a ocho meses. Enviamos a Iraq, y las retiramos a través de Kuwait, a unas 240 mil tropas en menos de tres meses con importantes rotaciones de tropas. Después de la Guerra del Golfo Pérsico, redesplegamos casi medio millón de soldados en apenas unos meses. Podríamos redesplegarnos todavía más rápidamente si negociáramos con los turcos para abrir una ruta para marcharnos por Turquía.
Cuando empiece nuestra retirada, volveremos a ganar influencia diplomática. Los iraquíes empezarán a vernos como mediadores, no como invasores. Los vecinos de Iraq se enfrentarán al hecho de que si no ayudan a la estabilización, tendrán que hacer frente a las consecuencias del derrumbe de Iraq -incluyendo flujos de refugiados todavía más numerosos hacia países vecinos y posiblemente una guerra.
Estados Unidos puede facilitar la reconciliación iraquí y la cooperación regional realizando una conferencia similar a la que llevó la paz a Bosnia. Necesitaremos negociaciones sobre la seguridad regional entre todos los vecinos de Iraq y acuerdos sobre donaciones de los países más ricos -incluyendo a los países musulmanes ricos en petróleo- para ayudar en la reconstrucción de Iraq. Nada de esto ocurrirá si no removemos el mayor obstáculo de la diplomacia: la presencia de tropas estadounidenses en Iraq.
Mi plan es realista porque:

-Es menos riesgoso. Dejar tropas atrás las hace vulnerables. ¿Tendremos que volver a enviar refuerzos para protegerlas?

-Saca a nuestras tropas del cenagal y nos fortalece para nuestros problemas reales. Es tonto pensar que 20 mil o 75 mil tropas llevarán la paz a Iraq cuando 160 mil soldados no han podido hacerlo. Tenemos que sacar a nuestros soldados del fuego cruzado en Iraq de modo que podamos derrotar a los terroristas que nos atacaron el 11 de septiembre de 2001.

-Acelerando el proceso de paz, se reduce la probabilidad de un derramamiento de sangre prolongado. El presidente Richard Nixon retiró poco a poco las fuerzas estadounidenses en Vietnam -con desastrosas consecuencias. En los siete años que tomó retirar a nuestras tropas, murieron 21 mil soldados estadounidenses más y quizás un millón más de vietnamitas, la mayoría de ellos civiles. Toda esta muerte y destrucción no lograron nada: los comunistas se hicieron con el poder tan pronto como nos marchamos.
Mi posición ha sido clara desde que entré en esta carrera: Retirar todas las tropas e impulsar esfuerzos diplomáticos en Iraq e internacionalmente para llevar estabilidad a ese país. Si el Congreso no logra poner fin a esta guerra, yo ordenaré retirar nuestras tropas sin mayores tardanzas, y sin dudas, el primer día de mi gobierno.
Dejemos de pretender que todos los planes de los demócratas son parecidos. El pueblo estadounidense merece respuestas precisas de todos los que aspiran al cargo de comandante en jefe. ¿Cuántas tropas dejaríais en Iraq? ¿Por cuánto tiempo? ¿Para hacer qué, exactamente? Y la prensa debería estar haciendo las mismas preguntas a los candidatos, antes que permitirles que continúen repitiendo: "Estamos contra la guerra..., pero por favor no leáis las letras chicas".

El autor es gobernador de Nuevo México y candidato demócrata a la nominación presidencial.

8 de septiembre de 2007
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qué dice la constitución sobre iraq


[Mario M. Cuomo] El Congreso y los tribunales deben retornar al poder legislativo la autoridad exclusiva para declarar la guerra.
Pese a que la mayoría de los estadounidenses quieren que termine, la guerra en Iraq continúa y todos los días hay allá estadounidenses que son asesinados, mutilados o heridos, cuando las mayorías demócratas en el Congreso luchan por introducir leyes que saquen a nuestras tropas del peligro. Entretanto, el presidente Bush continúa insistiendo en que como comandante en jefe, tiene la autoridad constitucional para declarar la guerra y decidir cuándo ponerle fin, unilateralmente. Al mismo tiempo, asoma otro posible desastre: Parece que Bush está sopesando un asalto militar contra Irán, de nuevo, aparentemente, sin que el Congreso declare primero la guerra.
¿Cómo llegamos a este punto y qué, si acaso, podemos hacer ahora?
La guerra ocurrió porque cuando Bush dio a conocer primero sus intenciones de declarar la guerra a Iraq, el Congreso se negó a insistir en la implementación del Artículo 1, Capítulo 8 de la Constitución. Durante más de doscientos años, este artículo ha determinado que el Congreso -no el presidente- tengan "la autoridad de declarar la guerra". Debido a que la Constitución no puede ser corregida por la evasión persistente, este mandato constitucional no fue anulado por las acciones de los tímidos congresos de después de la Segunda Guerra Mundial que permitió a presidentes ansiosos empezar guerras en Vietnam y en otros países sin una ‘declaración' del Congreso.
Tampoco fueron las débiles, post-factum declaraciones de congresistas expresando su apoyo a la invasión de Iraq -en 2001 y 2002- substitutos de la declaración de guerra formal que exigían los padres fundadores.
¿Qué se puede hacer ahora?
Primero, los demócratas deben dejar en claro que es el presidente el que impide que termine la guerra de Iraq. Incluso si el Congreso fuera capaz de aprobar una ley a prueba de vetos con respecto a la retirada, el presidente podría resistir su puesta en práctica insistiendo en que como comandante en jefe, es inmune ante decisiones del Congreso. Eso podría significar un problema constitucional para los tribunales.
Pero a juzgar por la historia de los tribunales en cuanto a los poderes constitucionales para declara la guerra, incluyendo disposiciones sobre la guerra de Iraq en la Corte de Apelaciones del Primer Circuito de Massachusetts, el poder judicial decidiría probablemente no intervenir, argumentando que el desacuerdo entre el presidente y el Congreso es un asunto político.
Sin embargo, la tesis de la cuestión política no es mencionada en ninguna parte en la Constitución, y niega al pueblo la protección de la Constitución en cuanto a la pregunta quizás más seria que debe hacerse el país: "¿Deberíamos declarar la guerra?" Esa posición debería ser rechazada por ser una abdicación del deber constitucional de los tribunales, pero la triste verdad es que la actual Corte Suprema controlada por los conservadores probablemente respaldaría a nuestro actual presidente conservador. En concreto, eso significa que solamente el presidente puede terminar o cambiar nuestra estrategia en Iraq.
Inclusive si es demasiado tarde para que el Congreso remedie su incumplimiento de la Constitución con respecto a Iraq, lo que menos pueden hacer nuestros candidatos a presidente y nuestros líderes en el Congreso es prometernos que no permitirán que este lapso resulte en más actos de guerra unilaterales -contra Irán, Pakistán u otro país- por este u otro presidente. Nuestros legisladores deben dejar en claro que en el futuro, el Congreso insistirá en el cumplimiento del Artículo I, Capítulo 8 por las acciones militares que no son consideradas una emergencia inesperada.
Es aterrador que nuestro gobierno haya permitido que esta fundamental y cara transgresión persistiera durante más de cuatro años.
Debemos hacer lo que podemos para poner fin a la guerra en Iraq y evitar una nueva tragedia en el extranjero volviendo a la estricta adherencia del presidente al imperio de la ley y a la Constitución, al Congreso y a los tribunales -especialmente con respecto a los poderes de guerra.

Mario M. Cuomo fue gobernador de Nueva York de 1983 a 1995; ahora tiene un bufete de abogados.

5 de septiembre de 2007
3 de septiembre de 2007
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más allá de maliki


[Charles Krauthammer] No ha logrado ni pacificar ni reconciliar Iraq. Y no es fiable.
El gobierno del primer ministro iraquí Nouri al-Maliki ha tenido más de quince meses para tratar de pacificar la resistencia sunní, ofreciendo acuerdos nacionales sobre compartir el petróleo, las elecciones provinciales y la desbazificación. No ha hecho nada en ninguno de estos. En lugar de eso, el general David Petraeus ha pacificado a un considerable número de tribus sunníes con reconocimiento de la autonomía local, armas y apoyo estadounidense en la lucha conjunta contra al_Qaeda.
La estrategia de Petraeus no es muy bonita. Es arriesgada. Pero ha sido efectiva.
El gobierno controlado por los chiíes en Bagdad, sin embargo, no está contento con las acciones de Petraeus. Un importante asesor de Maliki se quejó de que van a marcharse dejando a Iraq convertido en una "sociedad armada y con milicias".
¿Qué cree que es Iraq ahora? La diferencia es que muchas milicias sunníes que antes disparaban contra los norteamericanos, ahora están disparando contra al_Qaeda.
La naturaleza de la guerra está cambiando. En julio, el 73 por ciento de los ataques que causaron bajas norteamericanas en Bagdad corrieron a cuenta de militantes chiíes, no sunníes. Maliki no es tonto. Mientras más tribus sunníes sean pacificadas, puede prever el último capítulo militar de esta guerra: el considerable poder de la máquina militar norteamericana volviendo lentamente su cara, y sus armas, hacia los extremistas chiíes.
De los muchos errores cometidos en Iraq, quizás el más serio fue no haber destruido a Moqtada al-Sáder y los restos de su desarrapado ejército cuando lo teníamos arrinconado y derrotado en Nayaf en 2004. Como consecuencia, tenemos que hacerle frente de nuevo. Las tropas ya han empezado importantes y mortíferos allanamientos en los bastiones del Ejército Mahdi en Bagdad.
Sáder está en problemas. El miércoles, después de cruentos enfrentamientos entre chiíes en Karbala, llamó a un cese de toda operación militar para poder "rehabilitar" sus fuerzas cada vez más desorganizadas.
Al mismo tiempo, sin embargo, Maliki está denunciándonos por uso excesivo de fuerza en nuestros allanamientos en áreas chiíes. Se está abriendo una grieta entre Washington y Bagdad. Pero mientras Maliki esté en el poder, seguirá ensanchándose.
Ahora, Maliki no es amigo de Sáder ni de Irán. Sabe que si ellos se imponen, se lo tragarán entero. Pero Maliki es demasiado débil, temperamental y políticamente para tomar la decisión correcta en la otra dirección -hacia los moderados sunníes y chiíes- para hacer los compromisos nacionales necesarios.
Así, está afinando sus apuestas. Visita Irán y entonces, de visita en Siria responde a llamados a que el parlamento iraquí ponga fin a su gobierno, diciendo: "Los que piden eso están molestos por nuestra visita a Siria" y advirtiendo siniestramente que Iraq "puede encontrar amigos en otro lugar".
Maliki no es solamente débil; además, es poco fiable. Hay poco tiempo. Hace tiempo que deberíamos -digamos cuando el asesor de seguridad nacionales escribió su memo filtrado en noviembre pasado sobre el fracaso de Maliki- haber empezado a trabajar para remplazar a este gobierno inoperante".
Incluso el ministro francés de relaciones exteriores, tras volver de un reciente viaje de reparaciones, pidió remplazar a Maliki. (Sus excusas posteriores se pueden descontar como pro forma). Esas sugerencias son a menudo denunciadas como hipócritas y contrarias a la democracia. Absurdo. En un sistema parlamentario, un gobierno sólo sirve si continúa despertando confianza.
¿Alguien imagina a Maliki gozando de la confianza de la mayoría de los iraquíes? Si no, el parlamento, que representa al pueblo, tiene todo el derecho a emitir un voto de desconfianza y derribar su gobierno.
¿Y entonces? Antes que buscar una nueva coalición como un endeble substituto, la mejor alternativa es convocar nuevas elecciones. Y esta vez no debemos repetir el error de organizar elecciones por listas de partido, un sistema casi diseñado para producir líderes militaristas y coaliciones inestables.
El senador Lindsey Graham, que volvía de dos semanas de servicio como reservista en Iraq, observó que el receso parlamentario de agosto fue positivo porque permitió que los miembros pudieran escuchar a ciudadanos enfadados exigiendo compromiso político y paz. Pero el problema con el actual sistema es que los parlamentarios iraquíes no son elegidos por los ciudadanos, sino por los jefes de partido.
Una muestra de los países que han elegido esta absurda forma de democracia -Israel, Italia y la Alemania de Weimar- nos da una idea de la vida política balcanizada e inestable que los sistemas basados en listas de partido producen inevitablemente. Con un sistema de distritos (miembros elegidos por una entidad geográfica real), los jeques de Anbar deberían ser los que negociaran en el parlamento a favor de los sunníes -no miembros de un falso partido nacional sunní que representa muy poco.
Las nuevas elecciones no son una panacea. Tomará tiempo organizarlas -que es porque deberíamos haber empezado hace meses a trabajar en esto. Pero la reconciliación desde abajo que está ocurriendo en realidad en las provincias podría -y lógicamente, debería- hacer posible la reconciliación nacional en Bagdad. No podemos esperar a Maliki eternamente.

letters@charleskrauthammer.com

3 de septiembre de 2007
31 de agosto de 2007
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abu ghraib debajo de la alfombra


El presidente Bush debería prohibir de una vez la tortura. Ayudaría a los soldados en el frente.
Nos habría costado pensar en una coda tan convenientemente triste del mal manejo que ha hecho el gobierno de Bush de la pesadilla de Abu Ghraib, como el veredicto del martes en la corte marcial del único oficial que será juzgado por abusos, acoso sexual y tortura de prisioneros que ocurrieron allá en 2003.
El veredicto fue una mezcla de negación de la realidad y de evasión de responsabilidad que el gobierno viene utilizando para evitar la amarga verdad que hay detrás de Abu Ghraib: Los abusos surgieron de la decisión del presidente de ignorar las Convenciones de Ginebra y las leyes estadounidenses en el tratamiento de los prisioneros después del 11 de septiembre de 2001.
El hombre que está siendo juzgado, el teniente coronel Steven L. Jordan, no era un oficial de carrera. Era uno más en una multitud de reservistas enviados a toda prisa para misiones en Iraq, muchos de ellos para funciones que estaban más allá de sus experiencias y capacidades. Un jurado militar de nueve coroneles y un general de brigada decidieron que no era culpable del fracaso en cuanto al adiestramiento o supervisión de los gendarmes de Abu Ghraib y lo absolvió de todos los cargos en relación con los abusos. Sólo fue condenado por desobedecer la orden de guardar silencio sobre Abu Ghraib. Incluso esto sólo fue penado con una amonestación, de una organización en la que el coronel Jordan probablemente no tiene interés en servir.
Nuestro propósito no es criticar el veredicto. Más bien, tememos que este y los otros juicios de Abu Ghraib no han servido otro objetivo que el castigo de los once soldados de bajo rango que cometieron los despreciables actos. Ningún oficial ha sido castigado más allá de una amonestación, y hay menos reconocimiento de responsabilidades incluso a niveles más altos.
El presidente Bush, el vicepresidente Dick Cheney, el ex ministro de Defensa Donald Rumsfeld y otros altos funcionarios han dicho durante largo tiempo que los abusos de Abu Ghraib fueron los actos desconectados de un pequeño número de antisociales. Está claro que no es verdad.
Los interrogatorios abusivos, muchos de ellos prácticamente tortura, fueron desarrollados primero en Bahía Guantánamo, Cuba, después de que Bush declarara que las leyes internacionales y estadounidenses no protegían a miembros de los talibanes o al_Qaeda y ningún otro extranjero que designara como ‘enemigo combatiente ilegal'. Una vez que se envió la señal de que los prisioneros hechos en la ‘guerra contra el terrorismo' no tenían derecho a un trato decente, abogados cínicos, incluyendo a Alberto Gonzales, que era entonces abogado de la Casa Blanca, inventaron argumentos jurídicos para asegurarse de que los jefes de los gendarmes no fueran perseguidos por violarlos. Las técnicas y conductas desarrolladas en Bahía Guantánamo fueron exportadas a Afganistán y luego a Iraq.
Los funcionarios del Pentágono dicen que han aprendido las amargas lecciones de Abu Ghraib, pero sus jefes civiles claramente no se dan por enterados. La Ley de Comisiones Militares de 2006 no incluía protecciones adecuadas para los prisioneros militares, y daba a la Agencia Central de Inteligencia [CIA] carta blanca para montar cárceles en el extranjero a las que se enviaba a hombres anónimos para ser maltratados durante períodos de detención indefinidos. En julio, Bush emitió una orden presidencial reafirmando su política de ignorar las Convenciones de Ginebra cuando lo decida, y de aprobar los interrogatorios abusivos en las cárceles de la CIA.
La necesidad de ser honestos sobre Abu Ghraib y corregir los abusos en las cárceles militares y de la CIA no gira solamente sobre el respeto de la ley y los valores americanos. Gira sobre la seguridad de los soldados estadounidenses. Todo derecho que Estados Unidos niegue a sus prisioneros, podrá ser algún día negado a estadounidenses capturados en tiempos de guerra. Todo abuso que inflija Estados Unidos a sus detenidos, aumenta el riesgo de que los soldados estadounidenses sean maltratados en cárceles extranjeras.
Si la humanidad y la ley no son razones suficientes para poner fin a los maltratos de los detenidos, entonces debería hacerse en favor de la causa que Bush invoca todos los días: apoyar a las tropas.

30 de agosto de 2007
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