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opinión

hirsi ali contra el mundo


El cisma religioso. Ayaan Hirsi Ali contra el Occidente.
La única razón por la que prestamos atención a Ayaan Hirsi Ali es por los maníacos musulmanes que la quieren matar. Sus puntos de vista superficiales devienen infinitamente más interesante por el hecho de que haya idiotas allá afuera que la eliminarían por exponerlos.
Ali, llamada a menudo y ridículamente la ‘defensora de Occidente', ciertamente domina uno de sus elementos centrales: el capitalismo. Ha aprendido a ganarse la vida con el hecho de su vida corre peligro. Es un sendero rentable, aunque precario, como han mostrado algunos incidentes hace poco.
Creo que la gente que ha puesto un precio a la cabeza de Ayaan Hirsi Ali son cretinos. Son un peligro para todos nosotros. Hasta a mí me cortarían la cabeza, la mía y la de todos los musulmanes progresistas que conozco.
Pero convertir a Ayaan Hirsi Ali en una heroína porque rechazamos a sus presuntos asesinos -llamarla ‘luminosa', como hacen Salman Rushdie y Sam Harris en un reciente debate en la tribuna del International Herald Tribune OpEd-, viola uno de los principios centrales de la Ilustración que defiende Ali, según reclama tan ridículamente esta gente.
El libro de Ali, ‘Infidel', cuenta la historia del escape de una mujer de la opresión a la libertad, y de su vida como refugiada y aseadora en Holanda a la de escritora y política. Es una historia genuinamente inspiradora (incluso lírica, aunque circulan rumores de que Ali contó con un escritor fantasma), hasta el punto en que Ali dice que todo el islam fue no solamente causa de su opresión, sino que es la principal causa de opresión en el mundo, y, además, que no ha sido nunca, y no podrá ser nunca, otra cosa que opresivo.
Apliquemos el principio de la razón de la Ilustración a esta historia, y hagámoslo con otra historia. Digamos que Ayaan Hirsi Ali, en lugar de acusar al islam al final de su libro, acusara a otra entidad cuyas tradiciones culturales tuvieran mucho más que ver con su dolorosa infancia. Digamos que se quiso vengar en África. Y digamos que lo hizo con la misma ponzoña y hipérbole.
¿Qué pasaría si Ali dijera que África entera vive en la oscuridad y en pecado? Mirad sus guerras civiles, su historia de líderes corruptos, sus enfermedades. Hay una sola solución: Debemos erradicar sus tradiciones e iniciar inmediatamente a sus cientos de millones de personas en otras culturas, no sea cosa que extiendan su ponzoña por el mundo. De hecho, pudo haber agregado que la invasión cultural ya empezó -¿sabe usted cuántos africanos están emigrando hacia Europa?
Por supuesto, eso llamaba a escándalo -dirigido probablemente por personas como Bono y Angelina Jolie-, y se diría: "Es una violación de la razón y de la dignidad el que una persona universalice sus experiencias y diga que todo un continente con miles de años de historia tiene la culpa".
Nadie la celebrará por ‘dejar ‘Africa', como la han celebrado a ella por renunciar al islam. Simplemente deberían llamarla ignorante y poner fin a la discusión.
En lugar de recorrer el circuito de los programas de conversación, Ayaan Hirsi Ali debería estar escribiendo sus amargos artículos para las revistas xenófobas.
Para continuar con nuestra adopción de la Ilustración, veamos una historia un poco más cerca de casa, una historia que se concentra en nuestro adorado país -que tomó los principios de la Ilustración lo suficientemente en serio como para consagrarlos en sus documentos de fundación e instituciones políticas.
En ‘Infidel', Ali cita pasajes del Corán que son violentos, y debido a que se dirige a una audiencia que no sabe más que ella o que no quiere enterarse, sugiere que esos pasajes representan todo el texto, todos los mil cuatrocientos años de historia del islam, sus miles de millones de fieles hoy en día.
Supongamos que Ali estaba hojeando la Constitución de Estados Unidos y el primer pasaje que leyó fue el que dice que la gente de su color de piel contaba tres quintos de una persona. Supongamos que Ali abrió un libro de historia estadounidense y sólo leyó el capítulo sobre el comercio de esclavos. Supongamos que los primeros estadounidenses que conoció eran racistas que durante las protestas recorrían Jena con lazos colgando de sus camiones. Supongamos que conecta los puntos de una historia: la historia del opresivo e inevitable racismo en Estados Unidos.
Pero, espere un minuto, dice usted... eso no es todo lo que dice la Constitución. Esa no es toda la historia de Estados Unidos, ni de toda la población estadounidense.
Pero ella tiene otra historia, y la está llevando al banco.
Si usted va a dejarse convencer por los principios universales de la Ilustración, entonces debería aplicarlos de manera universal e ilustrada.
A todos los que dice que Ayaan Hirsi Ali es la nueva cara de Occidente:
Si vuestro motivo ulterior es profundizar una versión con la intención de hacer que los musulmanes de Norteamérica y Europa parezcan y se sientan siempre extranjeros -desestimar la religión de continentes enteros para el futuro previsible-, le sugiero que piense más profundamente en sus principios fundamentales y en su identidad central.
Si cree que Occidente está marginando a enormes grupos de personas y difamando sus tradiciones, entonces Ayaan Hirsi Ali le está defendiendo. Si cree, como yo, que el Occidente se caracteriza por la razón y el pluralismo, entonces Ayaan Hirsi Ali está atacando su esencia.
Finalmente, y para la historia, si Ayaan Hirsi Ali pidiera la condición de refugiada en Estados Unidos y solicitara la protección del gobierno, yo apoyaría su petición y ofrecería mis contribuciones para garantizar su seguridad.
Para mi fe musulmana y mis sensibilidades de la Ilustración, me es repulsiva, pero por las mismas tradiciones no le deseo ningún mal.

Eboo Patel es fundador y presidente de Interfaith Youth Core, una organización sin fines de lucro que fomenta la cooperación interreligiosa. Su blog, The Faith Divide, explora qué aparte a las religiones y qué las une.

21 de octubre de 2007
©washington post
©traducción mQh
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raída alianza con turquía


[Graham E. Fuller] La animosidad de Ankara hacia Estados Unidos tiene sus raíces en mucho más que una moción sobre el genocidio.
Las relaciones turco-americanas están en crisis. Pero la resolución de la Cámara definiendo como genocidio las masacres de armenios durante la Primera Guerra Mundial, es sólo una de las causas. Y además es un asunto secundario. Las relaciones turco-americanas se han estado deteriorando durante años, y la principal explicación es simple y ruda: la política exterior de Washington es amplia y fundamentalmente incompatible con los intereses exteriores turcos en una serie de arenas. Ninguna cháchara de diplomático puede ocultar o cambiar esa realidad.
Contemos los modos:

Kurdos
Las políticas norteamericanas con respecto a Iraq en los últimos dieciséis años han sido un desastre para Turquía. Desde la Guerra del Golfo de 1991, los kurdos iraquíes vienen adquiriendo mayor autonomía y ahora están al borde de una independencia de facto. Esa entidad kurda en Iraq estimula el separatismo kurdo en Turquía. Además, Washington apoya a los terroristas kurdos contra Irán.

Terrorismo
Turquía ha luchado contra la violencia y el terrorismo domésticos durante más de treinta años: marxistas, socialistas, nacionalistas de extrema derecha, kurdos, musulmanes. Las políticas norteamericanas en Oriente Medio han estimulado grandemente la violencia y el radicalismo en toda la región y llevado a al Qaeda a las puertas de Turquía.

Irán
Irán es el más poderoso vecino de Turquía y una fuente vital de petróleo y gas -segundo después de Rusia- para satisfacer las necesidades de energía de Turquía. Washington presiona rudamente a Turquía para que termine sus extensas e intensas relaciones con Irán con el fin de implementar allá el régimen de sanciones norteamericanas. Aunque hay poco afecto entre Turquía e Irán, prácticamente no han habido conflictos armados graves entre los dos países durante siglos. Ankara cree que las políticas de Estados Unidos radicalizan y aíslan todavía más a Teherán, lo que es indeseable para Turquía.

Siria
Las relaciones de Ankara con Siria han girado en 180 grados en la última década, y las relaciones son florecientes. Los sirios, así como muchos otros árabes, están impresionados con la habilidad de Turquía para ser simultáneamente miembro de la OTAN, tratar de ingresar a la Unión Europea, decir no a Washington para el uso del territorio turco para invadir Iraq, restaurar el respeto por su propio legado musulmán, desarrollar nuevas relaciones con el mundo árabe y adoptar una posición genuinamente equilibrada sobre el conflicto palestino. Ankara rechaza las presiones de Washington para marginar y ahogar a Damasco.

Armenia
Ankara y Yerevan, la capital de Armenia, están en realidad en productivos contactos oficiosos, tales como la vía de comercio ‘gris' y los enlaces aéreos, y ambos les gustaría reconciliarse. Es la diáspora americana, con su intensa retórica nacionalista, la que es uno de los factores claves que inflama el ambiente contra un potencial acercamiento.

Rusia
Ha habido una revolución en las relaciones de Ankara con Moscú después de quinientos años de hostilidad. Moscú es hoy, después de Alemania, el segundo importador de artículos turcos, y Turquía ha invertido hasta doce mil millones de dólares en Rusia, en el campo de la construcción. Rusia es la principal fuente de energía de Turquía, y Ankara se orienta cada vez más hacia Eurasia como una parte clave para su futuro económico.
Los generales turcos, enfadados con Washington, incluso murmuran sobre una ‘alternativa' estratégica rusa en caso de que Occidente se ponga rudo. Aunque existe alguna rivalidad sobre el trazado de la ruta de los oleoductos de Asia Central hacia Occidente -vía Rusia o vía Irán y Turquía-, Ankara aprecia sus lazos con Moscú y se opone a los intentos norteamericanos de provocar al oso ruso en el Caúcaso y Europa del Este en cuanto a la expansión de la OTAN y el tema de los misiles.

Palestina
Los turcos se interesan en Palestina, sobre la que tuvieron jurisdicción en tiempos otomanos. Simpatizan con las penurias de los palestinos de los últimos cuarenta años de ocupación israelí. En opinión de Ankara, Hamas es un legítimo e importante elemento del espectro político palestino y trata de mediar con este. Washington dice que no. Ankara tiene buenas relaciones de trabajo con Israel, pero no elude fuertes críticas públicas contra lo que percibe como excesos israelíes.
En general, la ‘nueva' Turquía busca activamente tener buenas relaciones de vecindad con todos los estados y actores regionales. Quiere ser un participante y mediador importante en Oriente Medio -e integrar a los extremistas en la vida política tradicional mediante una diplomacia paciente -en contraste con lo que percibe como la enervante beligerancia de Washington.
Turquía tiene profundos intereses en Asia Central. Si la Organización de Cooperación de Shanghai, que es patrocinada por chinos y rusos, tratara de convertirse en la asociación geopolítica dominante en Eurasia, probablemente Turquía, como Afganistán, Irán e India, buscarían asociarse con ella. Washington se opone a ello.
Uno podría reñir sobre elementos específicos de la política exterior turca, pero existe un amplio consenso en todo el espectro político turco de que esta política exterior sirve los intereses fundamentales del país. Mientras que el Departamento de Estado habla dulcemente de "intereses vitales compartidos" en la democracia, la estabilidad y el contraterrorismo, todo eso son palabras huecas cuando las comparamos con políticas concretas que son contradictorias en tantos aspectos claves. Mejor nos acostumbramos al hecho de que Turquía, fortalecida por su popular democracia, defenderá sus propios intereses nacionales, independientemente de las presiones de Washington. Pocos turcos lo quieren de otro modo.

Graham E. Fuller fue vicepresidente del Consejo de Inteligencia Nacional, en la CIA. Su último libro, ‘The New Turkish Republic', estará en librería en diciembre.

20 de octubre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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reos mapuche son presos políticos


[Juan Guzmán] A foja cero. La lucha de los mapuches es precisamente política y, de hecho, como se hizo durante la dictadura, se fabrican delitos para criminalizarlos.
Chile. "Si hoy los mapuches no luchamos, en unos años más vamos a desaparecer. Somos presos políticos y somos el resultado de una segunda dictadura. La justicia chilena es oscura y contra el mapuche se actúa en forma siniestra". Esta declaración la formuló José Belisario Llanquileo Antileo. Él es mapuche, vocero de la comuna de Contulmo, en Arauco, y lleva once meses en la cárcel de Traiguén.
José Llanquileo pertenece a la Coordinadora Arauco-Malleco, y en febrero de 2007 fue condenado en la causa Poluco Podenco, de la Forestal Mininco, a cinco años y un día de presidio, como autor del delito de incendio terrorista.
Visité recientemente Temuco, recorriendo las distintas cárceles donde están recluidos los mapuches en las ciudades cercanas de Traiguén, Victoria, Lautaro y Angol. La realidad por la que atraviesan estos presos es inhumana. En la cárcel de mujeres de Temuco están Juana y Luisa Calfunao Paillalef, quienes durante 54 días mantuvieron una huelga de hambre como forma desesperada de presión para que las autoridades las escucharan y respetaran sus derechos. Afortunadamente, depusieron la medida.
Cuando hablamos de los hermanos mapuches privados de libertad por cometer supuestas acciones terroristas, y no delitos comunes, como en verdad lo son, recordé una frase poco certera de nuestra Presidenta, Michelle Bachelet, en su viaje a Suiza: "Nosotros no tenemos prisioneros políticos en Chile. Los mapuches son personas que buscaron la forma de solucionar las cosas de una manera que no es la democrática ni la pacífica".
Nuestra Presidenta se equivoca. La lucha de los mapuches es precisamente política y, de hecho, como se hizo durante la dictadura, se le fabrican delitos para criminalizarlos. Ellos persiguen el cumplimiento de las promesas hechas por presidentes anteriores, el reconocimiento por el Estado de los derechos que les son inherentes y su igualdad dentro de la diversidad que les es propia. Lo cierto es que durante la gestión de doña Michelle Bachelet, la represión, el hostigamiento y la persecución política contra las comunidades, sus comuneros y dirigentes se ha intensificado.
Además, han sido víctimas de la persecución policial, como también de la de los fiscales, conforme a la Ley de Conductas Terroristas. Esta legislación permitió condenar a los que hoy están recluidos, lo que implica una abierta discriminación y una manera de torcer la ley con tal de tenerlos amordazados, perpetrando así una forma de terrorismo estatal frente a actos de protesta o demanda social legítimos.
Los jueces, en algunas ocasiones, han seguido la línea dura de mantenerlos presos frente a delitos execrables, en circunstancias que estas mismas acciones punibles, en otras partes del país, se perciben en su perspectiva adecuada.
El pueblo mapuche considera que el gobierno y la institucionalidad chilena pretenden poco a poco exterminarlos o que, perdiendo su identidad, se asimilen a lo que es ‘ser chileno'. Pero eso no lo conseguirán, como lo expresa Juana Calfunao al decir: "Antes que morir doblegada es mejor morir de pie. Si yo muero, otros serán los que den la lucha".

El autor es decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Central.

14 de octubre de 2007
©la nación
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guerra de agresiones sexuales


[John Holmes] La salvaje violencia sexual que está golpeando a este agitado país exige una respuesta global.
A pesar de repetidas advertencias, nada me había realmente preparado para lo que oí el mes pasado de boca de sobrevivientes de agresiones sexuales tan brutales que dejan perpleja a la imaginación y se mofan de mis creencias sobre la decencia humana. No puedo encontrar palabras para describir lo que oí de boca de niñas y mujeres en el Hospital Panzi, ubicado en la provincia de Kivu del Sur en la República Democrática del Congo, cerca del epicentro de una de las más graves crisis humanitarias del mundo. Lo que sí sé es que ya no soy la misma persona que era cuando entré al hospital.
Como funcionario de Naciones Unidas para asuntos humanitarios, he visto a mucha gente en el planeta viviendo en circunstancias verdaderamente dramáticas. Pero el Congo es diferente. Su prolongada guerra ha sido siempre brutal, y entre 1998 y 2004 se ha cobrado la vida de casi cuatro millones de personas -el equivalente de cinco genocidios de Ruanda. Y aunque la guerra terminó formalmente hace años, ha continuado en la parte oriental del país, donde el ejército nacional está combatiendo contra milicias locales y extranjeras en una lucha que comprende conflictos étnicos no resueltos, problemas entre agencias regionales de poder y el poderoso influjo de la codicia, en la que todas las partes implicadas compiten por un trozo de los ricos recursos minerales del Congo.
Una de estas milicias es la FDLR, el grupo genocida hutu que huyó de Ruanda al Congo en 1994 y que continúa abrigando amplias ambiciones políticas. Estos grupos atacan y acosan deliberadamente a civiles en un clima de impunidad casi total.
La violencia sexual ha sido, desde el principio, una característica especialmente horrible y espantosamente corriente de la guerra en el Congo. En este ambiente predatorio, mujeres y niñas son particularmente vulnerables, y las violaciones y otras formas de abuso sexual cometidas por todas las partes implicadas a una escala asombrosa. Desde 2005, se han registrado solamente en la provincia de Kivu del Sur más de 32 mil casos de violación y violencia sexual. Pero esto es sólo una parte del total; muchos de los ataques, quizás la mayoría, no son denunciados. Las víctimas de violación son despreciadas en la sociedad congoleña y son frecuentemente aisladas o excluidas por sus familias y comunidades. El efecto dominó de estas agresiones van mucho más allá de las víctimas individuales, destruyendo los lazos familiares y comunitarios y dejando niños huérfanos o y/o seropositivos.
El Hospital Panzi ocupa unos destartalados edificios en las afueras de Bukavu, una ciudad de Kivu del Sur. De las quince mil víctimas de violencia sexual tratadas allá desde 1999, se estima que dos tercios de ellas o más son víctimas del FDLR. Un tercio de las víctimas son niñas.
En el hospital conocí a una niña de dieciséis años pero todavía determinada a contar su historia. Fue secuestrada por el FDLR y mantenida como esclava sexual durante meses de inconmensurables horrores antes de que lograra escapar, embarazada y sola. También oí las historias de otras mujeres que fueron violadas en innumerables ocasiones, a menudo frente a sus vecinos o familiares. Empleados del hospital me contaron sobre una mujer que regresaba a casa después de haber estado trabajando en sus plantaciones, cuando fue abordada por siete soldados que la violaron colectivamente. El último violador le introdujo el cañón de su pistola y jaló el gatillo, haciendo explotar literalmente sus genitales. Oímos repetidas veces relatos de doctores y otros empleados del hospital sobre incidentes similares en los que los agresores usaron bayonetas y palos y armas de fuego.
Esta violencia sexual es una afrenta no solamente para el cuerpo sino para el alma y la dignidad de cada una de las mujeres asaltadas. Es una mancha en cualquiera con influencia o autoridad en la sociedad congoleña. Sin embargo, continúa pese a todo en medio de una indiferencia generalizada y en un clima de impunidad donde el elemento más prominente es la ausencia de un sistema judicial que valga la pena nombrar. Incluso los pocos que son condenados y encarcelados, normalmente ‘escapan'. Líderes de gobiernos nacionales y provinciales, jefes militares, la Iglesia Católica y otras autoridades religiosas y personajes de los ámbitos cultural y deportivo en el Congo deben hacer mucho más para cambiar la cultura que permite que ocurran estas agresiones.
En 2001, el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia reconoció las violaciones sistemáticas en Bosnia como un crimen contra la humanidad y procesó a varios de los responsables. En el este del Congo, esos crímenes siguen sin castigo. Las Naciones Unidas están colaborando con las autoridades congoleñas para prevenir la violencia y abuso sexual de parte de las fuerzas de seguridad mediante cursillos de formación y la creación de unidades más disciplinadas y profesionales, y fortalecer los sistemas judicial y penal. También está tratando de aumentar la ayuda directa a las víctimas, de asegurarse del reclutamiento de más mujeres en las fuerzas de paz de Naciones Unidas y de fortalecer los proyectos de protección de niñas y mujeres que viven en áreas álgidas en la zona de conflicto. Las elecciones nacionales del año pasado, respaldadas por Naciones Unidas, fueron un importante paso adelante y ayudaron a poner fin a la guerra en gran parte del país, aunque no en el este. Desde 2004 el número de personas desplazadas ha disminuido a 1.2 millones -de los 3.3 millones previos.
Pero las necesidades del país son enormes. En cualquier caso, no podrá haber un futuro digno y pacífico para la sociedad congoleña mientras sus madres, abuelas, hermanas e hijas sean sometidas a estos crímenes inhumanos.
Muchas de las mujeres que conocí en el Congo me preguntaron, con razón, qué diferencia haría en sus vidas mi visita. Les dije que yo no podía prometer milagros, pero haría todo lo que estuviese en mi poder para llamar la atención sobre sus necesidades mientras exigía que se trataran las causas políticas de sus penurias. A eso me he comprometido. Pero se necesita una presión sostenida en todo el mundo para dejar en claro que este tipo de escandalosa y espeluznante violencia sexual no debe seguir siendo tolerada.

John Holmes es secretario general adjunto para asuntos humanitarios de Naciones Unidas y coordinador de la ayuda de emergencia.

12 de octubre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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refugiados sin salida


El gobierno norteamericano rechaza a la mayoría de los refugiados iraquíes. ¿Incompetencia o indiferencia?
Iraq/Estados Unidos. En el curso del último año, se han hecho abundantes declaraciones, muchas de ellas por altos personeros del gobierno de Bush, sobre el deber moral de Estados Unidos en cuanto a ayudar a los más de dos millones de refugiados que han huido de Iraq, particularmente los que se han convertido en blancos por su colaboración con los estadounidenses. La credibilidad de Estados Unidos entre la población iraquí, en Oriente Medio y en todo el mundo dependerá de si el gobierno cumple su palabra. Ahora podemos juzgar los logros del gobierno por criterios establecidos por él mismo.
El gobierno de Bush prometió otorgar refugio a siete mil iraquíes durante este año fiscal, que terminó el 30 de septiembre; pero admitió apenas a 1.608. Proyecta aceptar a doce mil en el año fiscal 2008. (Suecia, que se opuso a la guerra de Iraq, ha admitido a más y planea reasentar a 20 mil iraquíes más solamente este año).
¿Por qué los retrasos? Hay muchos tecnicismos del tipo que sugieren que la Casa Blanca no tiene ninguna prisa a la hora de llevar a puerto seguro a los iraquíes. Si se preocupara de liberar a los refugiados de su purgatorio burocrático, el presidente Bush podría empezar llamando por teléfono al departamento de Seguridad Interior. En el escritorio del secretario Michael Chertoff languidecen varias reformas propuestas, incluyendo un proyecto respaldado por el embajador norteamericano en Iraq, Ryan Crocker, y grupos de derechos humanos, para permitir que los solicitantes de asilo sean entrevistados por videoconferencia antes que en encuentros cara a cara. Bush también podría abogar por más leyes: Un buen proyecto de ley todavía pendiente en la Cámara permitiría la admisión de quince mil iraquíes al año hasta 2011 y les haría posible solicitar asilo en la embajada estadounidense en Bagdad.
En los años noventa, el presidente Clinton salvó dos veces a los refugiados con un golpe de pluma, rescatando a más de 6.600 kurdos (aliados de los norteamericanos) que estaban siendo atacados por Saddam Hussein en el norte de Iraq y trasladándolos a Guam, donde se les concedió asilo, y transportando a más de cuatro mil kosovares a Ft. Dix, Nueva Jersey, para ser reasentados aquí. Es decidor que ninguna operación semejante se esté considerando mientras discutimos.
Muchos de los refugiados iraquíes se encuentran entrampados en una persistente pesadilla. Incluso los que ha sido atacados o secuestrados no pueden pedir asilo en Bagdad. Deben viajar a otro país -si pueden- antes de que puedan pedir ayuda a Naciones Unidas, el primer paso del proceso. Sin embargo, Jordania y Siria, los abrumados vecinos de Iraq, están haciendo lo que pueden para impedir la entrada de nuevos refugiados. Y los iraquíes que están viviendo en el limbo en muchos países, ya no cuentan con visas temporales, preguntándose si entrar en la clandestinidad o volver a Iraq.
Entretanto, Damasco no otorga visas a funcionarios de la Seguridad Interior de modo que puedan entrevistar a los iraquíes en Siria, donde residen ahora más de un millón de ellos. Los funcionarios deben entrevistar a todos los solicitantes, y quieren hacerlo en persona, y no por video, para cerciorarse de que no están admitiendo terroristas. Incluso si los funcionarios no pueden entrar a Siria, Estados Unidos podría cumplir fácilmente con la cuota de este año de doce mil iraquíes, con solicitantes idóneos en Jordania. Pero eso significa que los iraquíes empantanados en Siria -incluyendo a ex empleados de Estados Unidos- no serán acogidos.
La Casa Blanca puede desear que el aumento de tropas logre sofocar la violencia de modo que los refugiados puedan volver a casa. O quizás tema que las imágenes de los transportes pueden enviar el mensaje de que Estados Unidos está "perdiendo" a Iraq, o provocar una estampida de vitales trabajadores iraquíes que Estados Unidos todavía necesita allá. Con el histórico ejemplo de los palestinos ante sus ojos, Bush debe darse cuenta de que los amargados refugiados iraquíes empantanados en todo el mundo musulmán seguramente se sentirán traicionados por Estados Unidos -y la presión sobre los países anfitriones podría empezar un nuevo ciclo de miseria en Oriente Medio. Si Bush no pone fin a su cínica, despiadada y contraproducente política de retrasos, lo debería hacer el Congreso.

10 de octubre de 2007
4 de octubre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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tortura y civilización


Estados Unidos debe dejar de torturar y volver al redil de las naciones civilizadas.
En el pasado remoto, era Estados Unidos el país que instaba al resto de los países a obedecer el espíritu y la letra de los tratados internacionales y a proteger los derechos humanos y las libertades civiles. Los presidentes estadounidenses denunciaban las cárceles secretas donde se retenía a ciudadanos sin que se les acusara de nada, para ser torturados y asesinados. Y la gente en gran parte del mundo, si no sus gobiernos, respetaban a Estados Unidos por sus valores.
El gobierno de Bush ha deshonrado esa historia y despilfarrado ese respeto. Como explicaba con inquietantes detalles un artículo en la primera plana de este diario la semana pasada, el presidente Bush y sus asesores no solamente han aprobado la tortura y los maltratos en cárceles secretas, sino que además han realizado una campaña sistemática para engañar al Congreso, al pueblo estadounidense y al mundo entero en torno a estas medidas.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Bush autorizó la creación de campos de detención extrajudiciales donde los agentes de la CIA debían extraer información de los prisioneros capturados y retenidos clandestinamente. Algunos de sus métodos -amenazas o simulacros de asfixia por inmersión, calor y frío extremos, prolongadas posturas corporales estresantes y aislamiento- han sido clasificados hace décadas como tortura por las naciones civilizadas. El gobierno lo sabía claramente; la CIA hizo suyas las técnicas utilizadas en los calabozos de Egipto, Arabia Saudí y la Unión Soviética.
La Casa Blanca nunca lo reconoció. Así que sus abogados redactaron documentos que redefinían la ‘tortura' para dejar fuera las cosas que los gendarmes estadounidenses estaban haciendo y ocultaron esos documentos al Congreso y al pueblo de Estados Unidos. Durante el mandato del fiscal general Alberto Gonzales, el leal facilitador de Bush, el ministerio de Justicia llegó incluso a declarar que esas acciones no violaban las normas mínimas de "trato cruel, inhumano o degradante".
Eso permitió a la Casa Blanca proclamar que no aprobaba la tortura, y a presionar al Congreso para que aprobara leyes que protegían a los interrogadores que maltrataban a los prisioneros, y a los hombres que les ordenaban hacerlo, ante cualquier tipo de rendición de cuentas.
Bush y sus asesores estaban todavía aferrándose a sus racionalizaciones a fines de la semana pasada. El presidente declaró que Estados Unidos no torturaba a los prisioneros y que el Congreso había sido debidamente informado sobre sus medidas de detención.
Ninguna de esas afirmaciones era verídica -al menos para lo que la Casa Blanca llamó alguna vez desdeñosamente la "comunidad basada en la realidad"- y el senador John Rockefeller, presidente del Comité de Inteligencia, tenía derecho a estar furioso. Exigió todas las "recomendaciones del ministerio de Justicia que analizan la legalidad" de las políticas de detención e interrogatorio. Los legisladores, que también han sido durante largo tiempo amenazados e intimidados por la Casa Blanca, deberían rescribir la Ley sobre el Trato de Detenidos y la Ley de Comisiones Militares para ajustarlas a las leyes y valores estadounidenses actuales.
Para el resto del país, existe una pregunta apremiante: ¿Es esto lo que somos realmente?
¿Es este el país cuyo presidente declaró: ‘Señor Gorbachev, derribe este muro', y luego logró derrumbar al comunismo con un mínimo de derramamiento de sangre y un máximo de dignidad en el crepúsculo del siglo 20? ¿O es este un país que tortura a seres humanos y luego inventa sofisticaciones jurídicas para confundir al mundo y evitar rendir cuentas antes los votantes estadounidenses?
Prohibir realmente el uso de la tortura no pondría en peligro la vida de estadounidenses; expertos en estas materias concuerdan en general en que la tortura produce falsas confesiones. Restaurar el imperio del derecho en Bahía Guantánamo no implicaría dejar en libertad a terroristas; los que son verdaderamente culpables podrían ser juzgados por sus delitos de un modo que no sea una burla de los valores de Estados Unidos.
Aferrarse a las políticas del gobierno sólo significará más abolladuras en la imagen global de Estados Unidos y de nuestro sistema judicial. También aumentará de manera inconmensurable el riesgo de todo hombre o mujer que sea capturado o capturada con el uniforme estadounidense o que sean miembros de sus unidades de inteligencia.
Y prohibir la tortura es una opción fácil.

8 de octubre de 2007
7 de octubre de 2007
©new york times
©traducción mQh
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aliados dudosos en anbar


[David Ignatius] No está mal aliarse con jeques sunníes, pero no olvidemos que se trata sobre todo de bandidos.
El gobierno de Bush se ha mostrado tan entusiasta pregonando su nueva alianza con líderes tribales sunníes en la provincia de Anbar que es fácil pasar por alto dos preguntas básicas: ¿Por qué tomó tanto tiempo lograr un acomodo con los sunníes? Y ¿es Anbar realmente un buen modelo para la estabilización del resto de Iraq?
Primero, el problema de por qué tomó tanto tiempo: El hecho es que algunos líderes tribales sunníes han estado haciendo cola durante cuatro años para tratar de cerrar el tipo de alianzas que finalmente han echado raíz en Anbar. Durante la mayor parte del tiempo, esas tentativas de acercamiento fueron rechazadas por oficiales norteamericanos que, no sin razón, consideraban a los jeques sunníes como señores de la guerra locales.
Este desdén hacia esos aliados potenciales fue un error, pero también lo es que ahora se les dore la píldora. Son rudos jefes beduinos, a veces poco más que contrabandistas y gángsteres. Estados Unidos debería cerrar alianzas tácticas con ellos, pero no debemos engañarnos. La tendencia de idealizar a nuestros aliados ha sido un error que se repite consistentemente.
Como otros periodistas que siguen los desarrollos en Iraq, yo empecé a hablar con líderes tribales sunníes en 2003. La mayoría de las reuniones tuvieron lugar en Amán, Jordania, organizadas con la ayuda de ex funcionarios del gobierno jordano que han perfeccionado el arte de pagar a los jeques. Un contacto era miembro del clan de los Kharbit que ha mantenido durante largo tiempo relaciones amistosas, aunque secretas, con los jordanos y los estadounidenses. Los Kharbit anhelaban una alianza, incluso después de que un bombardeo aéreo estadounidense matara a uno de sus jefes, Malik Kharbit, en abril de 2003. Pero los oficiales estadounidenses mantuvieron su desdén.
Durante una visita a Faluya en septiembre de 2003, me reuní con un viejo líder de la tribu Bu Issa, llamado Sheik Khamis. No quería pagas estadounidenses secretas: lo matarían, dijo. Quería dinero para reconstruir escuelas y caminos y dar trabajo a miembros de su tribu. Algunos oficiales hicieron esfuerzos esporádicos por ayudar, pero nada lo suficientemente serio como para controlar la resistencia en Faluya. Entonces, recordaréis, el gobierno de Bush subestimaba la idea de acercarse a la resistencia.
Un líder tribal sunní que insistió valientemente en una alianza con los estadounidenses fue Talal al-Gaaod, líder de una de las ramas de la tribu Dulaim. Estudiando mis notas de entonces, puede reconstruir que una serie de sus esfuerzos fueron manejados torpemente por oficiales estadounidense: En agosto de 2004, ayudó a organizar un encuentro en Amán entre comandantes marines de Anbar y líderes tribales allá que querían formar una milicia local. Otros altos oficiales estadounidenses se enteraron del encuentro no autorizado y lo cancelaron.
Gaaod lo intentó nuevamente en 2004, organizando una cumbre tribal en Amán con la bendición del gobierno de Jordania. Nuevamente, la respuesta oficial americana fue fría; ese mes, los militares estadounidenses lanzaron su segundo asalto contra Faluya, y la cumbre debió ser suspendida. En la primavera de 2005, el infatigable Gaaod empezó a idear planes para lo que llamó ‘Fuerza de Protección del Desierto', una especie de milicia tribal que lucharía contra al-Qaeda en Anbar. La propuesta fue destripada por oficiales estadounidenses en Bagdad que la ridiculizaron como una iniciativa de señores de la guerra.
Un abatido Gaaod me envió un e-mail en julio de 2005: "Créame, no hay necesidad de gastar ni un solo centavo del dinero de los contribuyentes norteamericanos ni de derramar ni una sola gota de sangre más de los chicos estadounidenses". Su desesperación despertó el interés del nuevo embajador norteamericano en Bagdad, Zalmay Khalilzad, que empezó a reunirse con Gaaod y otros sunníes iraquíes en Amán con la esperanza de lograr un acuerdo con los insurgentes. Gaaid murió de un ataque cardíaco en marzo de 2006.
Lo que pasó en Anbar finalmente fue que algunos líderes tribales sunníes -tipos rudos que poseen armas y saben cómo usarlas- empezaron a hacer frente a los matones de al-Qaeda que se estaban casando con sus mujeres y bloqueando sus rutas de contrabando. La respuesta inicial estadounidense de mediados de 2006, me dijeron, fue floja. Más señores de la guerra. Pero oficiales de la Zona Verde empezaron a darse cuenta de que esto era lo que había, y empezó un ciclo de retroalimentación positiva. La tragedia es que pudo haber ocurrido mucho antes.
Ahora los estadounidenses planean, aparentemente, propagar el modelo de Anbar y crear soluciones ‘desde las bases' en todo Iraq. Por ejemplo, me dijeron que algunos comandantes estadounidenses se reunieron hace poco con un organización política chií conocida como el Consejo Supremo Islámico Iraquí y dieron luz verde para que su milicia, la Organización Báder, controlara la seguridad en Nasiriyah y otras zonas en el sur de Iraq, para poner coto al poder la milicia Ejército Mahdi de Moqtada al-Sáder. Nos estamos interponiendo aquí en una guerra interna chií que apenas entendemos.
Estos acuerdos locales pueden ser atractivos como tácticas a corto plazo para estabilizar el país. Pero no deberíamos confundir estas alianzas tácticas con la construcción del estado. Con el tiempo, romperán a Iraq, antes que unirlo. Trabajemos con líderes tribales y de milicias, pero no olvidemos de quiénes se trata.

isdavidignatius@washpost.com

6 de octubre de 2007
20 de septiembre de 2007
©washington post
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quedarse empeoraría todo


[Rosa Brooks] Logrando la victoria, con la retirada. Quedándose en Iraq, las tropas norteamericanas no harán más que empeorar la situación.
¿Qué? ¿Queréis que nosotros dejemos de quejarnos sobre el desastre que ha causado el gobierno de Bush en Iraq y digamos por una vez algo constructivo?
¡Disparar es tan fácil! ¿Sabíais que un informe filtrado por la Oficina de Contraloría del gobierno concluye que el gobierno iraquí ha cumplido sólo tres de las dieciocho condiciones ordenadas por el Congreso?
Está bien, lo dejaré aquí.
Así que, ¿qué estamos haciendo exactamente en Iraq?
Opción uno: Estamos haciendo lo que ya estábamos haciendo: la respuesta de la Casa Blanca. El tema de la canción ‘Give War a Chance'.
Esta no es una opción viable. Albert Einstein definió la demencia como "hacer lo mismo una y otra vez, esperando resultados diferentes". Pero no tienes que ser un Einstein para darte cuenta que ese enfoque no ha resultado, que no está funcionando y que no funcionará.
Incluso si quisiéramos mantener nuestro actual nivel de tropas y la estrategia, no podemos. Las tropas no crecen de los árboles, ni lo hacen los todoterrenos blindados ni los vehículos de combate Bradley. Mientras el general Peter Pace, presidente del Estado Mayor Conjunto piensa, según se dice, advertir a Bush, corremos el riesgo de reducir el estado de preparación de militar de las fuerzas armadas y poner en peligro nuestros propios intereses de seguridad nacional si no reducimos substancialmente nuestros niveles de tropas en Iraq.
Opción dos: Hagamos algo diferente. En lugar de llamar a los últimos reservistas -los chicos y chicas de secundaria-, retiremos las tropas. (Llamádle ‘redespliegue' si os sienta mejor).
¿Queréis pormenores de quién, qué, dónde, cuándo, cómo? Para los que gustan de meter el diente en informes de laboratorios ideológicos, recomiendo ‘Cómo redesplegarse: Implementando una retirada responsable de fuerzas estadounidenses de Iraq'. Dado a conocer esta semana por el Centro para el Progreso Americano, el autor jefe del informe es Lawrence Korb, un tipo que sabe de lo que habla.
Korb, que sirvió durante el gobierno de Reagan como subsecretario de Defensa para personal, asuntos de la reserva, instalaciones y logística, recomienda redesplegar las tropas norteamericanas en un período de diez a doce meses. Ese lapso de tiempo permitiría el retiro de armamentos y equipos sensibles, sin los gastos y exposición a períodos más largos de reducción- y da a las autoridades locales y nacionales iraquíes una oportunidad razonable para prepararse para nuestra ausencia.
Cuando las tropas roten al final de sus períodos de servicio, no deberían ser reemplazadas; las tropas que se quedaran atrás serían reposicionadas en regiones periféricas más estables de Iraq y se consolidarán en Bagdad hasta que sólo quede un pequeño número de marines para proteger al personal civil de una reducida embajada estadounidense. Dos brigadas se quedarían por un año en la región kurda.
Estados Unidos continuaría teniendo una fuerte presencia militar regional con un grupo de combate y una fuerza expedicionaria de marines en el Golfo Pérsico, y mediante las bases norteamericanas existentes en los países vecinos.
Bien, decís, la Opción Dos suena como si funcionara razonablemente bien para Estados Unidos, ¿pero funciona para los iraquíes? ¿Los vamos simplemente a abandonar en un mundo de infinitos conflictos? Adiós, gracias por todos esos kebabs y suerte con la visa.
La respuesta correcta (aunque no satisfactoria) es que nadie sabe realmente que pasará cuando Estados Unidos se marche de Iraq. Es interesante ver que una encuesta en marco constató que la mayoría de los iraquíes pensaban que la situación de seguridad mejoraría inmediatamente después de la retirada norteamericana. Pero las cosas podrían empeorar, y todo aquel que diga que tiene una bola de cristal, miente.
Hace tiempo que despilfarramos toda capacidad de garantizar un final feliz para los iraquíes. Pero, como sugieren otros informes recientes del Centro para el Progreso Americano, todavía hay pasos que podemos dar para reducir la posibilidad de que la retirada norteamericana haga las cosas peores para ellos.
Primero, acompañar la reducción de tropas norteamericanas con un fuerte apoyo de una maciza presencia de Naciones Unidas en Iraq, una medida que incluso el jefe de la milicia chií, Muqtada Sáder, ha indicado que acogería.
Entonces, pongámonos serios a la hora de pedir a Irán, Siria y otras potencias regionales que participen en la estabilización de Iraq. Todos tienen mucho que perder si Iraq llegara a fragmentarse completamente.
Luego, reconozcamos que el destino de Iraq -y el persistente crecimiento del extremismo islámico y el antiamericanismo- está asociado con las actuales tensiones árabe-israelí y redupliquemos los esfuerzos para resolver este prolongado conflicto.
Finalmente, acojamos a iraquíes en Estados Unidos. Las cuotas mezquinas y las idiotas restricciones sobre dónde pueden los iraquíes pedir un visado ha significado que sólo unos doscientos iraquíes se han reasentado en Estados Unidos en los últimos diez meses. El reasentamiento de refugiados debe ser más fácil y más rápido.
Sin embargo, ¿no gustáis de ninguna de mis propuestas?
Está bien. Digamos que sigamos apoyando la política de la Casa Blanca. Los iraquíes están huyendo de su país a una tasa de cincuenta mil al mes. Si eso sigue así, en 45 años Iraq se habrá despoblado.
Esa es una manera de solucionar el problema iraquí.

rbrooks@latimescolumnists.com

24 de septiembre de 2007
31 de agosto de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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