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millonario encargó su asesinato


[Tom Liddy, Murray Weiss y Dan Mangan] El asesino accedó demasiado fácilmente a los sótanos de la mansión.

Nueva York, Estados Unidos. Ayer aumentaron las sospechas de que un magnate caído en desgracia que fue encontrado muerto en su mansión en Greenwich puede haber pagado a un asesino a sueldo para que lo matara, de modo que sus hijos pudieran cobrar su póliza del seguro de vida de diez millones de dólares.
"Creo que puede haber contratado a alguien para que lo mataran", dijo una fuente familiarizada con el caso sobre Andrew Kissel, un estafador de 46 años, que el lunes fue encontrado muerto, amarrado y apuñalado, en el sótano de su mansión de Connecticut.
"Lo odiaba un montón de gente, pero ¿tanto como para matarlo de este modo? No creo".
Kissel era hermano de Robert Kissel, el banquero de Merril Lynch asesinado por su esposa en Hong Kong en 2003 en el llamado ‘asesinato del batido’.
Andrew hacía frente a un montón de pleitos de acreedores que quería recuperar millones de dólares. Su muerte podía significar que sus hijos cobraran su póliza del seguro de vida, que se cree que es superior a diez millones de dólares, sin tener que preocuparse de que su patrimonio sea apropiados por los acreedores.
Pero la póliza de seguro no se pagaría si Kissel se suicidaba, dijo la fuente.
Cuando lo mataron, Andrew Kissel corría el riesgo serio de pasar un considerable período de tiempo en la cárcel.
Este mes debía declararse culpable de varios cargos criminales federales y del estado por fraude, por un total de más de 24 millones de dólares.
Además, estaba teniendo problemas con su dependencia del alcohol, transtorno bipolar, abuso de la cocaína, transtorno de control de los impulsos, estrés post-traumática y personalidad antisocial, de acuerdo a las actas judiciales del tribunal federal.
Ayer surgieron pistas claras de que la víctima conocía probablemente a su asesino, dijo una fuente.
De acuerdo al jefe de policía de Greenwich, James Walters, "no había signos de que se forzara la puerta" ni de robo en la casa de Kissel en Dairy Road, donde su cuerpo ensangrentado fue encontrado en el sótano en la mañana por un trabajador de una empresa de mudanzas.
"No fue un hecho arbitrario", dijo Walters. "Creemos que Kissel era el blanco predeterminado de esta agresión".
La razón, agregó, es "el modo en que fue ejecutado".
Las autoridades están investigando la posibilidad de que las manos y pies Kissel fueran atados y que su camisa colocada sobre su cabeza después de ser apuñalado en un intento de ocultar cómo se cometió el asesinato. Una fuente dijo al Post que Kissel había sido encontrado maniatado con manillas plásticas -unas cintas de plástico con que los agentes de policía tienden a usar durante detenciones masivas.
Una fuente dijo: "Todo indica que conocía a su asesino".
Inclusive el padre de Kissel, William, sugirió esa idea.
"Alguien entró aquí en muy poco tiempo", dijo William Kissel sobre la enorme mansión. "Alguien tenía que saber algo".
Aunque insistiendo en que él y su esposa querían a su hijo, William Kissel agregó: "Andrew hacía cosas malas. Le quitó el dinero a un montón de gente. Lo mataron de un modo extremadamente vengativo, lo mató alguien encolerizado".
Ayer la policía drenó la piscina en la lujosa propiedad del magnate, a la búsqueda de evidencias.
La autopsia indicó que Kissel murió por causa de sus múltiples heridas con arma blanca, dijo el jefe Walters, negando un informe de que la víctima también había sido baleada.
Interrogado sobre si Kissel había sido sedado antes de su muerte, Walters dijo que los análisis toxicológicos todavía no estaban completos.
Kissel fue visto con vida por última vez el domingo por la tarde, por un conocido, dijo Walters.
Agregó que la policía ha estado en contacto con su mujer separada, Hayley Wolff Kissel, magnate, analista financiera y ex campeona mundial de ski que tuvo dos hijos con la víctima, Ruth Elizabeth, de ocho años, y Dara Charlie, de seis.
El año pasado la mujer de 43 años pidió el divorcio a Kissel. Ese caso estaba pendiente en tribunales en el momento de su muerte.
"Ha estado cooperando" con la policía, dijo Walters.
Philip Russell, abogado criminal de Kissel en los casos de estafa en tribunales federales y del estado, llamó a Hayley Kissel una "persona tranquila.
"Por lo que yo sé, no hay sospechosos, pero no es mi investigación", dijo Russell.
En febrero Hayley pidió al tribunal que desalojara a Andrew de su casa, diciendo que había "considerable tensión entre la pareja y sus hijos menores".
El abogado de Hayley, Joseph Martini, dijo que los hijos de la pareja saben que Andrew ha muerto, pero no quiso comentar sobre si les habían dicho que había sido asesinado.
"Hayley Kissel está ahora preocupada de sus hijas, tratando lo mejor que puede de ayudarlas a superar esta situación increíblemente triste", dijo Martini.
El año pasado Hayley Kissel emprendió un esfuerzo inútil por la tutoría de los tres hijos del hermano asesinado de Andrew, Robert. Su madre está cumpliendo una pena de cárcel por su muerte, que provocó envenenando su batido.
Pero Hyaley perdió el intento en diciembre, cuando otros familiares accedieron a que los hijos de la pareja quedaran a cargo de la hermana de Andrew, Jane, que vive en Washington.
El abogado para el divorcio de Andrew Kissel, Howard Graber, dijo que la acción de Hayley había empezado "a recalentarse un poco".
El 28 de febrero Hayley Kissel presentó una moción al Tribunal Superior de Stamford para desalojar a su marido de su casa en Greenwich.
Esa moción observaba que Andrew había falsificado un poder de Hayley en un pagaré de dos millones de dólares y también en una transacción inmobiliaria en Vermont.
También acusaba a Andrew de tratar de vender los capitales conjuntos de la pareja, violando las leyes de Connecticut, había dejado de pagar el alquiler de su casa (que era la pensión alimenticia de Hayley) y la quería obligar a que pagara los costes de sus abogados.
Y, observaba la moción, Andrew "tiene problemas serios con el abuso del alcohol" y ha seguido tratamientos en clínicas en Greenwich y en Rhinebeck.
La moción decía que Andrew "ha empezado a beber alcohol nuevamente, consume alcohol en la propiedad y en presencia de niños menores... El acusado se ha mostrado agresivo y discutidor, especialmente cuando está intoxicado".
Graber, el abogado de Andrew Kissel, dijo que el intento de Hayley de echar a Andrew de su casa lo había dejado perplejo.
Su moción, observó Graber, fue presentada un mes antes de que la pareja accediera con sus caseros a dejar la propiedad alquilada.
Incluso si Hayley lograba convencer a un juez antes del fin de su contrato de alquiler -lo que era improbable-, no habría vivido sola en la casa más que una semana.
"Realmente, esa moción no tiene ninguna lógica", dijo el abogado.
Graber dijo que Andres "estaba bastante nervioso" cuando se reunió con el abogado especializado en divorcios el mes pasado.
"No le pregunté por qué", dijo Graber. "Di por sentado que cualquiera que corre el riesgo de pasar diez años en la cárcel está nervioso".

Heidi Singer, Marsha Kranes, Kati Cornell Smith y Laura Italiano contribuyeron a este reportaje.

murray.weiss@nypost.com

5 de abril de 2006
©new york post
©traducción mQh
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padre modelo, violador, asesino


[Jeane MacIntosh y Todd Venezia] Padre modelo del Bronx había escapado en 1973.
Nueva York, Estados Unidos. Un brutal asesino de una niña, que pasó tres décadas prófugo de la justicia después de fugarse de la prisión en 1973, fue capturado ayer por detectives de policía en un edificio de apartamentos del Bronx -donde vivió tranquilamente durante años después de empezar una nueva vida como un padre modelo.
Amigos y vecinos se sorprendieron al enterarse de que el hombre que al que conocían como el querido papá soltero Eleuterio Rosario era en realidad José Ortiz Collaso, 67, un desalmado y despiadado delincuente sexual que fue condenado en 1968 después de ejecutar a la hija de 13 años de su novia en Coatesville, Pensilvania.
Collaso -que presuntamente violó a la niña antes de matarla- debía cumplir una sentencia de ocho a veinte años en una penitenciaría del estado.
Pero en 1973, las autoridades lo dejaron salir con un permiso, y no volvió nunca.
Desde entonces nadie vio ni nada se supo del ex trabajador de un cementerio de coches durante 32 años hasta que fue localizado ayer por detectives de la Brigada de Captura del Distrito del Sur en el complejo habitacional Marcy Baer.
Collaso se instaló allí hace quince años con su hijo de dos años entonces, Jesús, poco después de que la madre del niño abandonara a la familia y escapara a Puerto Rico.
Viviendo bajo el nombre de Eleuterio Rosario, Collaso se ganó la admiración de los vecinos por dedicarse a la crianza de su hijo, que es disminuido psíquico.
"Es un padre modelo", dijo asombrada su amiga María Delarosa, 40. "Es un padre ejemplar. Ha criado a su hijo desde que tenía dos meses. Es una persona que se preocupa de los otros".
Delarosa conoció a Collaso cuando los dos empujaban en el barrio los cochecitos de sus hijos hace quince años. Desde entonces se hicieron tan amigas que sus pequeñas familias celebraban juntas los festivos, incluyendo Navidad.
Delarosa no pensó nunca que su amigo podría ser un asesino de una niña fugitivo. Dijo que el hijo de Collaso no sabía la verdad, aunque el niño, ahora de 15, usaba el apodo de su padre.
"Estoy choqueada", dijo Delarosa, después de que se le mostraran fotos policiales de Collaso con el pelo rizado y mirada inexpresiva de los años sesenta. "Es él, pero no es el hombre que yo conozco".
El violento estallido que llevó a la destrucción de tantas vidas empezó una calurosa noche de 1967, cerca de una fundición en una mísera sección de la pequeña ciudad de Coatesville.
Collaso se había alejado de su esposa cuando empezó a salir con una mujer llamada Ella Mae Peaples, que tenía una hija de 13 llamada Verela Blakely.
De acuerdo a un informe de esa época en el Daily Local News de Chester del Oeste, Pensilvania, Collaso trabó "amistad" con la niña. Fuentes policiales dijeron al Post ayer que Collaso obligó a la niña a tener sexo con él varias veces. La mamá finalmente se enteró y lo acusó, dijeron las fuentes.
Afligido por la revelación utilizó un revólver calibre 32 para pegarle a la niña un balazo en la sien y en la nuca.
Luego se disparó a sí mismo. Se disparó dos veces en la cabeza pero, sorprendentemente, sobrevivió porque un balazo sólo lo rozó y el otro le atravesó la barbilla y la oreja sin causarle daños permanentes. De acuerdo a las ligeras instrucciones de sentencia en efecto en 1968, fue condenado a ocho y veinte años por homicidio en segundo grado.
A Collaso le faltaban tres años para pedir la libertad condicional cuando, en 1973, funcionarios de la prisión decidieron darle un permiso semanal de la penitenciaría en Dallas, Pensilvania, para visitar a familiares en Filadelfia. Fuentes policiales dijeron que aparentemente se había estado portando bien en la cárcel y no se lo consideraba un riesgo. El permiso resultó ser una mala decisión, pues Collaso se dio a la fuga de inmediato.
Evitó la captura utilizando un montón de carnés de identidad falsos, incluyendo un número de la Seguridad Social bajo el nombre de Eleuteriio Rosario, que había sido emitido en las Islas Vírgenes o en Puerto Rico en 1957.
No se sabe dónde vivió Collaso antes de que se mudara a Marcy Place hace 15 años. Pero los vecinos dijeron que durante ese tiempo apadrinó a otros dos niños, que se cree que ahora están en la treintena.
Hace unos seis meses el asesino, que venía huyendo de los detectives desde hacía tanto tiempo, empezó a correr de nuevo cuando detectives de Pensilvania lanzaron una campaña para reavivar los casos archivados.
Un detective de Wilkes-Barre finalmente indagó en los antecedentes de Collaso y un viejo conocido le dijo que el fugitivo tenía lazos con el Harlem español.
Informaron a sus colegas en Nueva York, que descubrieron un permiso de conducir sacado con el nombre del apodo de Collaso y pudieron finalmente localizarlo en una dirección en el Bronx. Ayer golpearon a su puerta a las seis de la mañana.
Al principio negó ser el asesino fugitivo, pero las fuentes dijeron que más tarde admitió quién era. Cuando se lo llevaban, gritó a sus vecinos que cuidaran a su hijo.
"Estaba llorando, suplicando: ‘Por favor, no lo entreguen a su madre, ella no lo conoce’", dijo Delarosa.
Sus amigos se mostraron desolados cuando se enteraron de los cargos.
"Esto definitivamente le hará daño a su hijo", dijo el vecino Greg Powell. "Siempre le decía a su hijo que se alejara de la calle, el niño salía siempre con su padre".
Delarosa, que está cuidando al niño, no sabía qué hacer con el joven Jesús, que es estudiante de primer año en la secundaria John F. Kennedy del Bronx. Decidió enviarlo a la escuela sin contarle lo que la había pasado a su papá.
"El niño no tiene a nadie más", dijo Alberto Álvarez, conserje del edificio donde vive la familia. "Está siempre con su padre. Es un niño tranquilo".
Los vecinos dicen que Collaso estaba en el paro y se sostenía con la asistencia pública -cobrando su Seguridad Social, el subsidio al alquiler y la ayuda médica para sus muchas afecciones, incluyendo diabetes. El fugitivo que escapó de la cárcel salía rara vez de su apartamento y áreas adyacentes. Pasaba horas con los obreros de la construcción y a veces les ayudaba en sus tareas de mantención.
Incluso después de enterarse de su pasado -y de expresar su repulsa-, los vecinos de Collaso todavía encuentran difícil pensar mal sobre el hombre.
"Nunca conocí a alguien tan afable", dijo el portero del edificio, Jerson Reyes. "Hace los mandados de todo el mundo. Si necesitas leche, él es el que va a por ella. Lo voy a echar de menos".
Ayer Collaso estaba detenido en Nueva York, esperando ser extraditado a Pensilvania.
Delarosa dijo que ella y otros amigos estaban tratando de buscar un modo de contárselo al niño.
"Nosotros somos su familia, no conoce a nadie", dijo. "Tenemos que cuidarlo".

jeane.macintosh@nypost.com

10 de marzo de 2006
©new york post
©traducción mQh
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agente jubilado trabajaba para la mafia


[William K. Rashbaum] Participó en varios asesinatos por encargo.
Cuando R. Lindley DeVecchio, 65, supervisor jubilado del FBI, compareció ayer al tribunal de Brooklyn para oír cargos de que había ayudado a su valioso informante en la mafia a cometer cuatro homicidios, la tensión se podía sentir.
A un lado de la galería, rellenando dos tercios de sus bancas de madera rubia, se encontraban casi dos docenas de hombres canosos en trajes de colores oscuros. Agentes jubilados del FBI que habían sido colegas de DeVecchio, eran ahora sus partidarios. La mayoría de ellos se tenían derechos y tiesos y hablaban poco.
Frente a ellos, en la mesa de la fiscalía en la sala del tribunal, había dos importantes fiscales del despacho del fiscal de distrito de Brooklyn, Charles J. Hynes. Después de una pesquisa de 13 meses, Hynes había anunciado cuatro horas antes el procesamiento de DeVecchio por haber ayudado a su informante a cometer cuatro asesinatos para la mafia en los años ochenta y principio de los noventa, aceptando pagos semanales por un total de más de 66 mil dólares.
En la galería también había varios fiscales y detectives que trabajaron en el caso.
Después de que el abogado de DeVecchio se declarara inocente en su lugar, uno de los fiscales, Michael F. Vecchione, jefe de la división de investigaciones del fiscal del distrito, expuso el caso de la fiscalía. Hynes había dicho que la investigación había "descubierto un inquietante patrón de filtraciones de secretos, sobornos y muerte" y dijo que el caso era el "ejemplo de corrupción oficial más asombroso que he visto en mi vida".
Vecchione, alegando contra la fianza de DeVecchio, analizó los ocho asesinatos, contando en detalle al juez de la Corte Suprema del estado, Gustin L. Reichbach lo que dijo que era el papel directo de DeVecchio y sus razones para "ordenar" a su informante, Gregory Scarpa Sr., cometer esos homicidios.
En la mayoría de los casos, incluyendo en asesinato de Mary Bari, la ex novia de otro mafioso, dijo el fiscal, fue porque las víctimas habían hablado con las autoridades y representaban una amenaza para Scarpa o sus familiares. Scarpa, que contrajo el SIDA tras una transfusión de sangre y murió en la cárcel en 1994 era capitán en la familia criminal Colombo.
Pero fue el argumento de Vecchione que de ex agentes del FBI habían tratado de intimidar a los testigos a favor de DeVecchio, y su afirmación de que una red de ex agentes que trabajaron alguna vez en el extranjero lo convirtieron en un riesgo de fuga, lo que convirtió el reñido alegato en una batalla campal con la defensa.
La afirmación de que los ex agentes ayudaron a huir a DeVecchio provocó rezongos, enfadadas quejas y algunas risas entre los agentes jubilados en la galería.
Y el abogado de DeVecchio, Douglas E. Grover, desdeñó a Vecchione, diciendo que su despacho no estaba acostumbrado a los casos sobre el crimen organizado, un cargo que Vecchione rechazó vehementemente.
DeVecchio está acusado de cuatro homicidios de segundo grado por actuar en concierto en los asesinatos y podría ser condenado hasta 25 años de cárcel.
Con una camisa gris a cuadros abotonada, con el cuello abierto y pantalones oscuros, DeVecchio no habló durante la sesión de una hora y permaneció impávido. Grover lo calificó de agente honesto que había desempeñado un papel clave en la guerra del buró contra el crimen organizado.
Finalmente, el juez Reichbach fijó una fianza de 1 millón de dólares para DeVecchio, que fue firmada por 5 de los 45 ex agentes que Grover dijo que estaban dispuestos a ofrecerse. El juez ordenó que DeVecchio entregara su pasaporte y que sus movimientos en su casa en Sarasota, Florida, fueran seguidos con un brazalete electrónico.
Uno de los otros dos acusados, John Sinagra, 38, un personaje de la mafia acusado de uno de los homicidios, se declaró inocente y le fue denegada la libertad bajo fianza hasta la vista del lunes. El otro acusado, Craig Sobel, 39, está encarcelado en Florida a la espera de su extradición.
Tras el encarnizado alegato sobre la fianza de DeVecchio, las espectaculares acusaciones en su contra siguieron resonando en la sala del tribunal, aunque algunas de las acusaciones se formularon por primera vez hace más de una década, cuando colegas agentes contaron a sus superiores sus sospechas de que estaba entregando a Scarpa informaciones secretas.
Investigaciones internas de esas acusaciones, a cargo de la Oficina de Responsabilidad Profesional del FBI y de fiscales del ministerio de Justicia -pesquisas que varios ex funcionarios federales han criticado por deficientes- fallaron a la hora de proporcionar suficientes evidencias sobre las que acusar a DeVecchio de algún crimen, o incluso imponerle medidas disciplinarias.
Hynes dijo que su investigación empezó en febrero de 2005 después de un miembro del Comité Judicial de la Cámara, William Delahunt, demócrata de Massachusetts, llamara su atención sobre acusaciones que implicaban a DeVecchio. Delahunt estaba investigando acusaciones contra agentes del FBI implicados en casos sobre el crimen organizado.

En el nuevo caso, un oficial de policía dijo que el testigo clave era Linda Schiro, compañera de Scarpio durante muchos años. Ella conocía detalles de la relación entre el gángster y la mafia porque Scarpa había confiado en ella, y ella estuvo presente durante llamadas telefónicas y reuniones entre los hombres, en las que ellos discutieron sus delitos, dijo el funcionario.
Grover la citó en su comparecencia y desechó sus declaraciones, diciendo que durante las primeras pesquisas había dicho que no sabía nada sobre los homicidios. La citó diciendo, entonces, cuando dijo que se mantenía "fuera de la cocina", una referencia al cuarto en la casa de Brooklyn de Scarpa donde DeVecchio y su informante se reunían semanalmente.
Pero otro funcionario policial dijo que Schiro había informado que durante la primera pesquisa se había sentido intimidada por otros agentes del FBI que estaba asociados con DeVecchio. Ambos agentes pudieron mantenerse anónimos porque la investigación está en curso. Grover también dijo en la comparecencia que las transcripciones de los testimonios de varios renegados de la familia Colombo en juicios durante los años noventa contradecían las teorías sobre el papel de DeVecchio en los asesinatos.
Los homicidios, contados en detalle por Vecchione, empezaron en 1984 con el asesinato de Bari, 31, ex novia de un conocido mafioso. Fue matada a balazos por Scarpa y otros en un club social de Brooklyn después de que DeVecchio lo informara de que ella estaba hablando con las autoridades y podría revelar el escondite de su ex novio, dijo Vecchione.
En 1987, dijeron los fiscales, DeVecchio entregó informaciones que llevaron al asesinato de un recluta de Colombo, Joseph DeDomenico. El agente le dijo a Scarpa que DeDomenico estaba usando drogas, haciendo cobros sin compartirlos con Scarpa y flirteando con los cristianos renacidos, deslices todos que según DeVecchio lo convertía en una amenaza, dijo el fiscal.
Dos años después, un grupo de adolescentes -entre ellos el hijo de Scarpa, Joseph, estaban festejando Halloween cuando uno de ellos disparó contra un chico de 17, Dominick Masseria, matándolo, después de una riña que empezó sobre unos huevos, de acuerdo a la acusación.
Masseria no tenía lazos con el crimen organizado y los fiscales admiten que DeVecchio no tuvo participación en su muerte. Pero cuando Patrick Porco, 18, uno de los jóvenes en el coche, fue interrogado en 1990 por la policía sobre el homicidio, DeVecchio advirtió a Scarpa que Porco representaba una amenaza para Joseph, dijo el fiscal. Porco también fue asesinado. Sinagra fue acusado ayer de ese homicidio.
El último asesinato, el 22 de mayo de 1992, fue parte de la sangrienta guerra de la época de Colombo. Vecchione dijo que DeVecchio, utilizando información que había sacado de la vigilancia de sus agentes de un rival de Scarpa, Lorenzo Lampasi, le contó a Scarpa que Lampasi bajaba del coche todas las mañanas para cerrar la puerta cuando salía de su casa, dejándolo expuesto a ataques.
Antes de la comparecencia de ayer, Chris Mattiace, 58, que trabajó con DeVecchio durante 25 años y era uno de los agentes jubilados que más tarde atiborraron la sala del tribunal, dijo: "No lo creemos. Creemos en él. Creemos que la acusación es irresponsable".
Pero miembros de la familia Masseria, que asistieron a la rueda de prensa del fiscal de distrito, opinan de otro modo. Aunque DeVecchio no fue acusado en el homicidio del joven, sugirieron que las sospechas de que el supervisor jubilado jugó un papel en el asesinato de Porco había impedido que se conociera la verdad. "Si no podemos confiar en el FBI, ¿en quién vamos a confiar?", dijo Dorothy Garuccio, una hermana de Masseria.

Janon Fisher contribuyó al reportaje para este artículo.

31 de marzo de 2006
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balzac del crimen organizado


[Alan Feuer] Testigo en juicio de ex detectives conoce la vida.
Cuando lo miras, no adivinarías nunca que Burton Kaplan dedicó 40 años a una proteica vida de crimen.
Chico, calvo, dócil, miope, Kaplan es una presencia sin pretensiones, un hombre viejo de Brooklyn con más que una vaga semejanza con los revendedores de poca monta que se reúnen todas las semanas a comer bocadillos de pastrami en ‘Broadway Danny Rose’, de Woody Allen.
Es un personaje complejo, que, durante décadas, llevó una doble vida. Por un lado, era el típico, hasta cliché ‘hombre de negocios’, que poseía una tienda de saldos de ropa y una fábrica de ropa china en Antigua. Por otro, es -o era- un inexhaustible manantial de delitos.
Los dos lados de la personalidad de Kaplan fueron expuestos esta semana en el Tribunal del Distrito Federal en Brooklyn, donde pasó tres días como el principal testigo de la fiscalía en el juicio contra Louis J. Eppolito y Stephen Caracappa, dos detectives jubilados de Nueva York, acusados de participar en al menos ocho homicidios para la mafia.
Kaplan vinculó a los ex policías al menos con una docena de asesinatos y mantuvo al tribunal hechizado por sus recortados relatos de cómo los dos acusados mataron en el pasado a un gángster en la berma de césped del Belt Parkway y, antes, habían entregado a un mafioso secuestrado a su rival, que recogió el botín en un estacionamiento de una tienda de Flatbush Toys ‘R’ Us.
En las 14 horas que estuvo en el banquillo, Kaplan, hablando suavemente y lubricando sus historias con constantes tragos de agua, demostró ser el eje del caso de la fiscalía y luego sobrevivió las primeras rondas de un interrogatorio cruzado. El jueves en la tarde, cuando el tribunal se marchó a casa, estaba claro que tenía un conocimiento enciclopédico de la mafia -que era, por decirlo así, el Balzac del crimen organizado de Brooklyn.
Era una insólita profesión para un joven criado en Bedford-Stuyvesant en la época de la Depresión, miembro de una familia trabajadora judía que poseía una tienda de electrodomésticos en la Avenida Vanderbilt. Un estudiante inepto, Kaplan asistió a la prestigiosa Escuela Técnica Superior de Brooklyn, pero abandonó un año y medio después. "Ojalá me hubiera quedado", dijo esta semana.
El Día de San Patricio en 1952, se alistó en la Marina y fue enviado a Japón, donde pasó la primera fase de la Guerra Fría descifrando y analizando códigos militares rusos. Licenciado cuatro años después, volvió a Brooklyn y al negocio de la familia: instalando lavadoras, secadoras y máquinas de aire acondicionado, como había hecho su padre.
Pero entonces, dijo al tribunal, tenía un secreto. Era un "jugador degenerado", apostaba a los caballos y jugaba "al poker en el vecindario" desde que tenía 13. "Me gustaba, y me enganché", dijo.
Las apuestas lo llevaron a endeudarse, lo que a su vez lo condujo a préstamos usureros, que a su vez lo condujeron a la mafia, dijo. Para los años sesenta estaba en la órbita de Christopher Furnari, un estrella naciente en la familia Luchese, al que, dijo Kaplan, le ofreció lealtad a través de lo que llamó "pequeños pagos".
Kaplan no fue nunca un hombre imponente (una vez, cuando estaba en la cárcel, pagó "a un mexicano", mil dólares para que le pegara en su nombre a otro recluso), aunque le gustaban los "personajes rudos", como dijo el abogado de Eppolito, Bruce Cutler. El más rudo entre ellos era sin duda el capataz de los Luchese, Anthony Casso, un hombre tan loco que una vez mató a balazos a un perro frente a un bar de gángsteres porque ladraba demasiado fuerte.
En 1985, cuando Furnari cayó preso, Kaplan - y sus "pagos"- fueron traspasados, al estilo gangsteril, a Casso, y los dos hombres empezaron a cenar juntos al menos dos veces a la semana. Para entonces, las aventuras comerciales de Kaplan se habían extendido a cualquier cosa, desde Quaaludes hechos en casa al contrabando de relojes falsos. También empezó a vender marihuana, aunque al principio, dijo, "ni siquiera sabía lo que era".
Al año siguiente, unos asesinos de la mafia trataron de matar a Casso y este pidió ayuda a Kaplan para vengarse. Kaplan declaró que el gángster sabía que él conocía a un par de policías de Brooklyn que estaban dispuestos a matar por dinero -y Casso los contrató, dijo, para llevar a cabo su venganza contra los siete participantes en el atentado contra él -todos ellos aparecieron finalmente muertos.
Fue el comienzo de un vínculo de sangre, dijo Kaplan, lo que unió al gángster con los dos detectives desde1986 hasta 1993. Fue entonces que Casso fue arrestado: en 1994 accedió a colaborar con las autoridades y Kaplan, a pesar de su mujer en Brooklyn y de su hija en Manhattan, empezó a vivir como fugitivo de la justicia.
Tenía más de sesenta, pero con ayuda de amigos, dijo, obtuvo una tarjeta de biblioteca, un carné de la AAA y una tarjeta de descuentos en Costco, todas a nombre de Barry Mayers, y usó documentos falsos para sacar un carné de identidad del estado. Viajó entre San Diego, Mexico, Oregon y finalmente Las Vegas. Allá, en un triunfo de espíritu empresarial fugitivo, abrió una tienda donde vendía trajes a ejecutivas de casinos -"Un buen traje por un buen precio", decía.
Allá, sin decirle nada a nadie, volvió a Nueva York en la primavera de 1996 -y fue detenido ese septiembre por cargos federales de narcóticos, acusándosele de vender hasta 5.900 kilos de marihuana al año.
Pasó en la cárcel los siguientes nueve años, pero entonces decidió que declararía en el juicio. Su acuerdo con el gobierno es típico de Burton Kaplan.
A cambio de su cooperación, ahora se enfrentará a una pena de prisión entre "cero a perpetua".

17 de marzo de 2006
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atrapado en su propia novela de terror


[Jessica Brilliant Keener] La vida le sonreía a Douglas Preston cuando escribía su último libro. Entonces un estúpido juez lo convirtió en parte de su propia novela de terror.
Douglas Preston, el exitoso escritor de novelas de misterio, salió en febrero de su casa en la costa de Maine para pasar las vacaciones en Italia con su familia. Dos semanas después Preston fue citado a comparecer ante el juez Giuliano Mignini, en Perugia. Le entregó este una advertencia oficial por perjurio, falso testimonio y ocultamiento de evidencias. "El juez me acusó verbalmente de plantar evidencias, y de ser cómplice de un homicidio después de cometido, lo que me dio un tremendo susto", dice, por teléfono.
Los cargos están relacionados con un libro periodístico escrito por Preston, en colaboración, sobre un asesino en serie conocido como el Monstruo de Florencia, que mató y mutiló a 14 personas en las colinas de Florencia entre 1974 y 1985. El caso es una de las investigaciones criminales más prolongadas y caras en la historia de Italia. En ‘Dolci colline di sangue’, que aparecerá en Italia el mes que viene, Preston y el co-autor italiano, el periodista de la crónica roja Mario Spezi, critican a Mignini por el modo en que está llevando la investigación del Monstruo de Florencia. De acuerdo a Preston, Mignini cree que los asesinatos fueron el trabajo de una secta satánica que se remonta a la Edad Media, que necesitaba partes de un cuerpo femenino como ofrendas para el demonio en una misa negra. Preston y Spezi creen que esta teoría es una tontería y así lo han dicho. Preston dice que Spezi, que cubrió los asesinatos durante los años ochenta, también está siendo investigado por un asesinato que la policía cree que está relacionado con el caso, como un modo de intimidarlo.
En 2004 Spezi apareció en la televisión italiana y ridiculizó la investigación de Mignini. Poco después, a las seis de la mañana del 18 de noviembre, la policía se dejó caer por el apartamento de Spezi en Florencia y se apoderaron de su ordenador y del manuscrito del libro. La orden de allanamiento, firmada por Mignini, decía que Spezi estaba siendo investigado por 18 delitos. etiquetados de "A" a "R", todos sin especificación y clasificados como "secretos". De acuerdo a Preston, a Spezi no le han dicho nunca en qué consisten esos delitos.
En respuesta, Preston contactó a PEN Internacional, una asociación de escritores cuya misión incluye la lucha contra los intentos de intimidar a los periodistas. En enero de 2005, después de una investigación de la oficina del PEN en Londres, Sara Whyatt, directora de programas del Comité de Escritores Presos del PEN, envió a Mignini y al fiscal italiano un carta de protesta a favor de Spezi. Después de eso, la policía devolvió gran parte de los materiales del co-autor, y Preston y Spezi terminaron el libro.
La editora de Preston, Ornella Robbiati, de RCS Libri, dice que no está contenta con la situación y que no quiere verse involucrada. "El periodista Spezi y el principal detective se odian", dice Robbiati, cuya editorial es la más grande de Italia. "¿Por qué? No lo sé. Es un asunto complicado, este Monstruo de Florencia. Si ellos [Preston y Spezi] creen que han descubierto algo útil para la policía y la ley, deberían decirlo sin insultar a la policía y los jueces -pero esto, en mi opinión, suena demasiado personal".
En febrero, en la sede de la policía en Italia, Preston dice que Mignini rebobinó una conversación telefónica de Preston con Spezi, que habían sostenido unos días atrás, que los detectives habían interceptado. "Me amenazó con hacerme detener si no le contaba qué estábamos haciendo como periodistas y sobre qué giraba la conversación realmente", dice Preston.
Al final del interrogatorio de tres horas, Mignini le dijo a Preston que su acusación sería suspendida temporalmente, de modo que pudiera abandonar Italia, pero que la volvería a formular más adelante.
"Yo ya había decidido no demandar ningún privilegio periodístico", dice Preston. "Una cosa es defender la libertad de prensa en Estados Unidos. Pero no tengo ganas de ir a la cárcel en Italia defendiendo ese principio".
De acuerdo a Preston, varios prominentes jueces italianos han criticado públicamente a Mignini. Sin embargo, la experiencia ha destrozado la sensación de seguridad de Preston sobre un país en el que vivió durante cuatro años y donde transcurren varias de sus novelas. "Me siento adolorido por el hecho de que no podré volver a Italia", dice. "Yo estoy seguro e ileso en Estados Unidos, pero Spezi corre grandes peligros en Italia. Yo había pensado viajar en abril para la publicación del libro. Ahora no me atrevo a poner un pie en ese país".
Desde que volvió a Maine, Preston ha pedido ayuda a la senadora estadounidense Susan Collins. Una portavoz de Collins le dijo a Preston que la senadora lo ha convertido en su más urgente prioridad y ha pedido al ministerio de Relaciones Exteriores que averigüe qué evidencias tienen las autoridades italianas contra Preston.
Preston también escribió a organizaciones literarias online y a blogueros, que han publicado la historia de su acusación en sus bitácoras.
Spezi envió su actualización desde International Thriller Writers, una asociación de 150 prominentes autores, incluyendo a Preston, a los medios de comunicación italianos. Dentro de días, dos de los más importantes diarios italianos publicaron historias sobre el interrogatorio de Preston y el apoyo que ha recibido de la comunidad de escritores online.
Entretanto, Preston está traduciendo ‘Dolci colline di sangue’ al inglés y está en contacto diario con Spezi. El libro traducido será publicado en 2007.
En un e-mail traducido por Preston, Spezi escribe que su antiguo diario La Natione, le ha prohibido escribir sobre el Monstruo de Florencia. Ha contratado a dos abogados, que dice que han sido terriblemente caros.
La semana pasada, dijo Spezi, descubrió un micrófono y un transmisor en su coche. Escribió: "Por un lado me siento como si estuviera atrapado en una película de ‘El juicio’, de Kafka, en una versión de Jerry Lewis y Dean Martin. Por otro, tengo miedo -miedo de lo que me pueda suceder mañana. Vivir con temor es una cosa fea. Estoy durmiendo muy mal y me da miedo cuando suena el timbre de la puerta".
Un empleado del despacho de Mignini dijo que Mignini no comentaría el caso. Globe solicitó entrevistar al ministro italiano del Inteior, Ispettore Castelli, pero sus peticiones no han sido respondidas.
El otro mundo de Preston -el del crimen imaginado- continúa impertérrito. Su novela más reciente, ‘The Book of the Dead’, co-escrita con su colaborador de toda la vida, Lincoln Child, será editado en junio. ¿En cuando a su identidad como escritor internacional y a la libertad que espera que acompañe ese privilegio?
"Nunca pensé que las autoridades italianas irían tan lejos", dice Preston. "Y creía, por ser estadounidense y un autor y periodista relativamente importante, que no me molestarían. Me equivoqué".

18 de marzo de 2006
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detectives interrogan a testigo


[Alan Feuer] En juicio por extorsión.
Los abogados de la defensa en el juicio por extorsión de dos detectives jubilados, Louis Eppolito y Stephen Caracappa, tuvieron hoy su primera oportunidad de examinar al principal testigo de la fiscalía.
Pero aparte de hacerle admitir que con su vida de crimen había abandonado a su hija -"Ella perdió todo el respeto que me tenía"-, apenas lo confrontaron con un poco más que una demanda civil entablada contra él por el Swiss-American Bank de Antigua, y que, en 1983 o 1984, había estado cerca de un bar de gángsteres cuando estaba en libertad bajo palabra.
El testigo, Burton Kaplan, un geriátrico vendedor de marihuana, admitió que no había presenciado todos los asesinatos en los que implicó a los dos detectives el miércoles -pero también dijo que nunca dijo que los hubiera presenciado. También confesó otros delitos, como vender pasaportes peruanos y arrojar un cadáver a un río de Connecticut -delitos que ya ha había confesado.
A veces los abogados de los dos detectives, que están acusados en Brooklyn de haber participado en al menos ocho asesinatos para la mafia, parecían pasar un tiempo difícil en el podio. Edward Hayes, el abogado de Caracappa, saltaba tan rápidamente de nombre en nombre y de tópico en tópico que Kaplan se quejó de que se estaba confundiendo.
En cuanto a Bruce Cutler, el abogado de Eppolito, prosiguió una serpenteante línea de preguntas que giraron sobre el agua potable, el fútbol en una escuela secundaria de Brooklyn y el hecho de que uno puede ver la Universidad de Bucknell desde las torres de vigilancia de la prisión federal de Lewisburg, Pensilvania, antes de que el juez Jack B. Weinstein le dijera: "Si usted continúa sus incoherencias, tendré que ponerle limitaciones".
Antes en el día, el juicio entró en su fase de Las Vegas cuando Kaplan describió cómo los dos policías retirados habían aparentemente adoptado el modo de vida del desierto. Eppolito, eternamente corto de dinero, escribía guiones en su garaje, junto a "una gran caja expositora de cuchillos", dijo el testigo. Caracappa buscaba una casa y trabajaba en un negocio para vender a George Foreman una máquina de ejercicios con un saco de arena al canal de compras en casa QVC.
Fue un discordante cambio -casi absurdamente discordante- con respecto al testimonio del miércoles, en el que el testigo, Burton Kaplan, mantuvo cautivado al jurado con sus tenebrosos relatos sobre cómo se había reunido con los dos detectives en restaurantes de carretera en Long Island y en un cementerio de Staten Island para discutir el entierro de unos muertos debajo de cemento o meterlos en un maletero y otros espeluznantes detalles de violentos homicidios cometidos por la mafia.
Por otro lado, el juicio en el Tribunal de Distrito Federal en Brooklyn, en el que los dos detectives están acusados de cometer al menos ocho asesinatos para la mafia, se ha constantemente, incluso atléticamente, superado a sí mismo -desenlazándose como un raro cruce entre una novela de detectives barata y los últimos capítulos de una biografía de Sinatra.
Kaplan declaró que él estaba en Las Vegas, "prófugo" de las autoridades, al final de una odisea criminal que empezó en su bañera en Brooklyn, pasó por una casa de seguridad en Ensenada, México, dio una vuelta por el noroeste del Pacífico y llegó a una pausa temporal en una propiedad alquilada en un condominio de Las Vegas al que se refirió -no recordando su nombre- como "Paraíso y algo".
De momento el juicio ha girado sobre la insólita relación entre los dos detectives -policías condecorados con acceso a informaciones secretas de la policía sobre la mafia- y Kaplan, un artrítico y anciano vendedor de ropa con intereses ilegales en cualquier cosa, desde crema para el pelo africana hasta pasaportes peruanos.
El miércoles Kaplan declaró que él había hecho las veces de "sitio seguro" -o enlace- entre los dos detectives jubilados y el segundo en el mando de la familia de la mafia Luchese, Anthony Casso, que contrató a Eppolito y Caracappa para robar informes policiales secretos para él y para matar a siete gángsteres rivales.
El testimonio de hoy empezó con un dramático momento del tipo que sólo existe en los juicios de mafiosos en Brooklyn. Kaplan dijo al jurado que en 1993 salió de la bañera y respondió un llamado de su abogado, Judd Burstein, envuelto en toallas. El abogado estaba llamando para decirle que Casso, detenido por agentes federales, había decidido cooperar con el gobierno -una decisión que colocaba a Kaplan y a los dos detectives en peligro de ser descubiertos.
El miércoles durante más de seis horas Kaplan asombró al tribunal con su versión. Habló de conversaciones secretas en restaurantes de carretera en Long Island. Habló de perros matados a balazos frente a bares de gángsteres. Habló de un mafioso ensangrentado que huyó de los que le querían matar escondiéndose en un congelador de carne en un restaurante de Brooklyn llamado el Golden Ox [el Buey Dorado].
Su declaración más apasionante fue la historia en la que contó cómo Eppolito, 57, y Caracappa, 64, habían participado en los asesinatos por encargo de Israel Greenwald, un vendedor de diamantes de Long Island, y Edward Lino, un capitán de la familia Gambino, y en el secuestro de James Hydell, un candidato a asesino a sueldo. Los últimos dos delitos, dijo, fueron cometidos para Casso, un hombre al que Kaplan, un viejo amigo de él, llamó un maníaco homicida.
Kaplan dijo que él era "el sitio de seguridad" -o enlace- entre el gángster y los policías, transmitiendo las órdenes de Casso a los dos detectives en reuniones secretas en su casa en Brooklyn o en un restaurante alejado en la carretera cerca de la Salida 52 de la Autopista de Long Island. A cambio de sus servicios, dijo, él les pagaba en contante: hasta 140 mil dólares, más un anticipo de 4 mil dólares al mes.
Fue extraño oír relatos tan violentos de parte de Kaplan, 72, un hombre dócil que sufre de artritis, pobre circulación y presión sanguínea alta. Está cumpliendo una pena de 27 años de prisión por tráfico de 22 mil kilos de marihuana -y sin embargo su única experiencia personal con las drogas fueron "dos pitadas" de un porrete con un amigo en 1981.
En 1986, dijo, contrató a los dos detectives para asesinar a Greenwald, después de enterarse de ellos a través de un primo de Eppolito, Frank Santora Jr., al que había conocido en la cárcel. Los dos detectives pararon a su víctima en la autopista, lo llevaron al garaje de un estacionamiento, lo amarraron de las manos y le pusieron una bolsa en su cabeza, dijo Kaplan. Luego, dijo el testigo, Santora le metió un par de balazos en la cabeza.
Lo que atrajo a Casso a los policías fue su gusto por la retribución. Ese otoño, un grupo de sicarios trató de matarlo en su Lincoln cuando esperaba frente al Golden Ox en Avenida N.
El gángster sobrevivió, y juró vengarse.
"Le dijo a Casso que el primo de mi amigo Frankie trabajaba en ese recinto y que era un buen tipo y que probablemente nos ayudaría", dijo Kaplan. Y al cabo de semanas, dijo, Casso tenía un sobre manila de la informes de la policía con los nombres y direcciones de casi todos los implicados en el intento de asesinarlo.
"Lo abrí y miré dentro", dijo Kaplan, "y había una fotografía de Jimmy Hydell"
Hydell era un hombre de 28 que vivía con su madre en su casa en Staten Island, pero los dos detectives lo encontraron en una lavandería automática en Brooklyn, dijo Kaplan. Lo metieron en su coche, y lo llevaron al mismo garaje donde habían enterrado a Greenwald, a varios metros debajo del suelo de cemento -y luego a una tienda de juguetes Toys ‘R’Us en Flatbush Avenue, donde los esperaba Casso en el estacionamiento.
El gángster tomó el coche con su víctima, dijo Kaplan -apaciguado tras una paliza-, metida en el maletero. Luego procedió a interrogar y torturar a James Hydell hasta que confesó los nombres de los otros implicados en el intento de asesinato -uno de los cuales era Edward Lino, dijo Kaplan.
Antes de morir a manos de Casso, Hydell pidió una cosa: Rogó que dejaran su cadáver en la calle. Su madre, dijo Kaplan, podría cobrar la póliza del seguro sólo si se encontraba su cadáver. Pero Casso, agregó, no fue tan gentil como para concederle ese deseo.
En cuanto a Lino, era una elegante y respetada leyenda en la mafia -un rudo soldado de la familia Gambino que había participado en el asesinato de Paul Castellano, el padrino de la familia, en 1985. Pero Casso puso precio a su cabeza -y Eppolito y Caracappa se encargaron de cobrarlo, dijo Kaplan.
En noviembre de 1990 siguieron su Mercedes en un coche sin matrícula en Belt Parkway, colocaron sus sirenas y lo hicieron parar al borde la carretera, dijo el testigo. Contó al jurado que cuando Lino se agachó en su asiento, Caracappa le pegó un balazo en la cabeza.
Pocos días después, Kaplan fue operado de los ojos en el New York Eye and Ear Infirmary en la Segunda Avenida -y a las 10 de la noche, dijo, Eppolito se deslizó en su cuarto.
"Tengo buenas noticias", dijo el detective. "Matamos a Eddie Lino". Eppolito le contó todos los detalles, y, sin embargo, dijo, aún tenía una pregunta.
"Pregunté: ‘¿Cómo es que lo mató Steve?’ Y él me dijo: ‘Steve tiene mejor puntería’".

16 de marzo de 2006
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héroe en la cárcel


[Ralph Blumenthal y Dan Frosch] Agente que es considerado un héroe debe ir a prisión.
Cloudfort, New Mexico, Estados Unidos. El sargento Billy Anders sabía que algo estaba terriblemente mal. Las frescas manchas de sangre fuera de la cabaña junto a la carretera, el coche de tres puertas con la puerta de atrás abierta y el instinto que había adquirido como poli de gran ciudad en San Antonio le dijo que debía estar alerta.
Tenía razón.
Lo que pasó en los siguientes minutos esa gélida noche de diciembre de 2004 dejaría a dos hombres muertos, una comunidad conmocionada y al sargento Anders, un apreciado sheriff local a punto de jubilarse, acusado de matar a un detenido con las manos esposadas. Una grabación de video hecha por la cámara del propio coche patrullero del sargento es el impertérrito testigo.
Que la víctima fuera un racista blanco y ex convicto, Earl Flippen, que acababa de matar a su novia en cinta y al colega del sargento Anders, y que había lanzado una ráfaga de balas junto a la hija de 3 años de su novia y no le dio al sargento Anders por una cuestión de milímetros, no viene al caso.
El sargento Anders, que fue condenado a un año de prisión después de que se declarara culpable de homicidio voluntario con arma de fuego, dice que tiene problemas para recordar lo que pasó pero que disparó para salvarse a sí mismo y a la niña.
"Recuerdo que él se estaba moviendo y yo lo consideré una amenaza", dijo en una incoherente entrevista. "No recuerdo que le haya disparado cuando estaba esposado".
Sin embargo, el sargento Anders, que fue sentenciado el 3 de marzo, con ocasión de su cumpleaños número 63, dijo: "Soy una persona razonable; no puedo discutir con ese video. Si actué mal, asumo la responsabilidad".
El sargento habló el 9 de marzo mientras se hacía camino a través de la pintoresca arcada comercial de madera de Cloudcroft, saludado por sus partidarios. [Empezó a cumplir su sentencia el 10 de marzo].
El caso ha devastado a este cerrado pueblo fronterizo de casi 2.500 metros sobre el desierto de pruebas atómicas de Alamogordo, donde los choferes dicen que no necesitan usar su señalización, porque todo el mundo sabe quién está yendo adónde.
Para muchos el sargento Anders es un héroe, y sus partidarios han reunido 50 mil dólares para pagar a sus abogados.
"En lo que a mí concierne, Billy nos hizo un favor a todos", dice Charliss Randall, que trabaja en la tienda de regalos Copper Buttlerflfy. Flippen ya había matado a su novia, observó Randall, y agregó: "¿Tenía que matar a otros más?"
Los empleados de emergencias que se apresuraron en llegar a la cabaña esa noche dicen que el sargento Anders les salvó la vida. "Estoy convencido de que si él no lo hubiera eliminado, Flippen habría empezado a atacarnos", dice Grady McRight, ex jefe de bomberos voluntario, frente a la sala del tribunal.
Pero el fiscal de distrito, Scot D. Key, dijo que no tenía alternativa: "Por supuesto, cuando tienes un video que muestra claramente una ejecución policial, eso exige un juicio".
Si el sargento Anders no hubiese accedido a declararse culpable, dijo Key, los fiscales federales, preocupados de la posibilidad de que fuese absuelto por un jurado del estado, estaban dispuestos a juzgarlo según las leyes de protección de los derechos civiles, que lo podían mandar a la cárcel para toda la vida. Su admisión de culpabilidad implicaba una sentencia por un máximo de siete años; la pena que le impuso el juez, es la menor posible.
En realidad, dijo el sargento Anders, esa noche del 18 de diciembre de 2004 él no debería haber estado de servicio. Era su onceavo aniversario de bodas, y tenía gripe estomacal. Pero cuando llegó un llamado al 911 sobre una riña y disparos que se habían oído a 16 kilómetros al este de Cloudcroft, insistió en acompañar a su colega y amigo, el alguacil Robert Hedman.
La llamada los llevó a una cabaña alquilada por Flippen, 38, un delincuente profesional cuyos tatuajes de "orgullo blanco" proclamaban que era miembro de la Hermandad Aria.
Poco antes de que se acercaran los alguaciles, Flippen había matado a balazos a su novia de 30, Deborah Rhoudes, con ocho meses de embarazo, y había envuelto su cuerpo en una alfombra para cargarla en su coche. También estaba allí Victoria, la hija de 3 años de Rhoudes.
En la entrevista del 9 de marzo, que empezó en la cabaña, ahora clausurada, el sargento Anders vio a Flippen, sin camisa, impidiéndoles la entrada a los dos agentes, explicar que las manchas de sangre que tenía eran de un venado que había matado, para luego cerrarles la puerta en las narices. El sargento Anders pidió refuerzos por radio, mientras el alguacil Hedman se acercaba a la puerta de atrás de la cabaña.
Cuando oyó un balazo en que venía de la parte de atrás, el sargento Anders corrió hacia allá. Pero Flippen, que en la oscuridad había escapado sin ser advertido por la puerta principal con Victoria, se asomó desde detrás del coche y disparó con su Magnum Peacemaker .357 contra el sorprendido sargento, que estaba apenas a unos metros de distancia.
"Sentí como si me hubieran disparado en la cara con un cañón de la Guerra Civil", dice el sargento Anders. "Pensé que me había volado la parte izquierda de mi cabeza". En realidad, la bala había traspasado su chaqueta, chamuscando su brazo izquierdo.
En sus 31 años como agente de policía, dijo, no había disparado nunca con su arma de servicio, pero entonces apretó cuatro veces el gatillo de su semi-automática Glock, impactando a Flippen en la frente y en el brazo y mano izquierda.
A partir de ese momento, los recuerdos del sargento y el video empiezan a diferir. Repitiendo lo que había dicho a los detectives, dijo que recordaba haber visto a Flippen retorciéndose en el suelo, que la Magnum estaba al alcance de su mano y que le disparó al cuerpo. Después, dijo, retiró el arma de su alcance y le puso las esposas.
Pero el video y el audio del micrófono del cuerpo del sargento cuentan otra historia. Después de derribar a Flippen, el sargento Anders le pone las esposas mientras Victoria, al que Flippen está ayudando a levantarse, gime una y otra vez: "¡No mates a mi papi!"
El sargento Anders dice: "No le voy a disparar, tesoro. Échate hacia atrás".
Le dice a Flippen: "No te muevas" y corre hacia la parte de atrás de la casa, gritando: "¡Bob! ¡Bob!" Encuentra el cuerpo de su colega -doblado sobre la verja, una bala en la cabeza- y gimotea: "¡Oh, Dios mío, Bob!"
Luego vuelve hacia Flippen, empuja a la niña hacia dentro y dispara contra Flippen, un balazo en el pecho.
El siguiente agente de policía en entrar en escena, Terry Flanigan, dijo que había encontrado al sargento Anders prácticamente catatónico en su coche. Encontró el cuerpo de Rhoudes "metido en un tacho de basura del tamaño de un armario" y a la niña, que tenía heridas menores de fragmentos de bala, llorando y diciendo que su hermanita estaba todavía en la casa. Los agentes se dieron cuenta más tarde de que se refería al bebé nonato de su madre.
Cuando los detectives mostraron el video al sargento Anders tres días después del incidente, parecía asombrado. No recordaba haber disparado contra Flippen después de haberlo esposado.
"Recuerdo que tenía miedo", dijo, de acuerdo a una transcripción de entrevistas con los detectives. "Recuerdo que estaba preocupado por Bob. Recuerdo a la niña que estaba llorando y asustada. Pero, Dios mío, eso no lo recuerdo".
Más tarde, cuando el sargento Anders fue acusado y se entregó, el sheriff del condado de Otero, John Blansett, un coloso de hombre y despreocupado, se echó a llorar.
Quince meses después del tiroteo, el caso todavía escuece a Cloudcroft, no sólo por la muerte del alguacil Hedman, sino también de preocupación por el sargento Anders y por la comprensión de las infernales circunstancias de esa noche.
Según todas las declaraciones de las vistas para la sentencia, el sargento Anders era más que un excelente agente. Era un ciudadano modelo conocido por su calidez y por usar el humor para distender situaciones peligrosas.
"Billy es uno de los polis más capaces y más compasivos que hemos tenido", dice Willie Walker, un ex colega del Departamento de Policía de San Antonio, donde el sargento Anders fue durante 23 años agente de patrulla y comandante de un equipo de operaciones especiales antes de retirarse como capitán y mudarse a Cloudcroft con su esposa, en 1998.
Cuando el sargento Anders hizo unas rondas para despedirse en Cloudcroft el 9 de marzo, los vecinos le desearon lo mejor. Un hombre con un sombrero de vaquero le dio unas palmadas en la espalda, lo abrazó fuertemente y le dijo: "Estamos contigo, hermano".

17 de marzo de 2006
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detectives de la mafia


[Alan Feuer] Según declaraciones de testigo.
Al contar su historia sobre asesinatos y corrupción en el reino de la mafia, un viejo traficante de marihuana contó hoy a los miembros del jurado de Louis J. Eppolito y Stephen Caracappa que en 1986 los dos detectives de Nueva York asesinaron en un aparcadero a un joyero corrompido y luego, años después, se jactaron sobre el asesinato en un encuentro secreto en un cementerio de Staten Island.
Fue el segundo día de testimonios del traficante, Burton Kaplan, en el juicio de los dos detectives, que están acusados de haber participado en al menos ocho asesinatos por encargo de la familia de la mafia, Luchese, de Brooklyn.
Kaplan, que está cumpliendo una sentencia de cárcel de 27 años, contó hoy una impresionante historia sobre el homicidio con arma de fuego de Israel Greenwald, un joyero que cometió el grave error de cruzarse con él en una trama para vender letras del Tesoro.
El traficante de marihuana, 72, y enfermo, habló en tono grave y medido para decir que había dado el contrato de asesinato al primo de Eppolito, Frank Santora Jr., y que el primo a su vez reclutó al detective y su colega para parar a Greenwald en la carretera, decirle que lo buscaban en relación con un accidente en que el conductor se había dado a la fuga y luego asesinarlo a sangre fría.
"El tipo iba conduciendo su coche", le informó Kaplan a Santora una vez que terminó el encargo. "Pusieron los focos y lo pararon, diciéndole que lo querían para una rueda de identificación.
"Según Frank, lo llevaron a un taller de reparaciones de un amigo de ellos".
Allá, dijeron los fiscales, amarraron a Greenwald de las manos, le metieron una bolsa de plástico en la cabeza, la ataron con su propio pañuelo y luego le dispararon dos tiros en la cabeza.

15 de marzo de 2006
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