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empieza juicio de pandilleros de hermandad aria


[Sonya Geis] Empieza juicio por extorsión. Cuarenta miembros de pandilla carcelaria hacen frente a cargos de homicidio y venta de drogas.
Santa Ana, Calfornia, Estados Unidos. El martes empezó el juicio por homicidio más grande en la historia de Estados Unidos con el intento de los fiscales federales de desmantelar la Hermandad Aria, una pandilla carcelaria de racistas blancos que ha sido vinculada a docenas de homicidios en todo el país.
Los fiscales han acusado a cuarenta personas de estar afiliadas a la Hermandad Aria y de haber cometido crímenes que incluyen conspiración para cometer homicidio, incitar a una guerra racial contra reclusos negros, tráfico de heroína en las cárceles, y homicidios dentro y fuera de las cárceles. Ocho pandilleros arriesgan la pena de muerte, y los fiscales pueden pedir la pena capital para ocho pandilleros más. Otros diecinueve se han declarado culpables, y uno ha muerto.
"Este caso gira fundamentalmente sobre el poder y el control de la población carcelaria del país", dijo al jurado el fiscal Michael Emmick en su declaración inicial en el primero de una serie de juicios que utilizan el cargo de extorsión para atacar a los cabecillas de la pandilla. Aunque la pandilla sólo tiene unos cien miembros, dijo, "lo que distingue a la Hermandad Aria es que sus miembros son particularmente violentos, disciplinados, temerarios, y empecinados con el control y dominio de la población carcelaria a través de asesinatos, amenazas e intimidación".
Las leyes contra la extorsión, usadas originalmente para enviar a la cárcel a mafiosos, han sido utilizadas antes contra pandillas carcelarias, dijo Gregory Jessner, ex fiscal que inició la acusación, pero que ya no hace parte de ella. "Aparte la mafia, no hay probablemente otro uso tan apropiado de las leyes contra la extorsión que aplicarlas contra las pandillas carcelarias", dijo, refiriéndose a la Ley contra el Crimen Organizado [Racketeer Influenced and Corrupt Organizations Act].
Los fiscales definieron a la Hermandad Aria como una bien organizada y astuta red de convictos más preocupados de ganar cientos de miles de dólares por medio de apuestas, venta de drogas y prostitución, que de la supremacía racial. La pandilla trató sin éxito de conseguir un contrato para un crimen con la mafia del padrino John Gotti y llegaron a ejecutar a un hombre que declaró contra ellos, de acuerdo al acta de la acusación y a documentos desclasificados del FBI.
Los miembros de la pandilla se comunicaban entre cárceles de alta seguridad utilizando elaborados mensajes cifrados y notas escritas con tinta invisible a base de jugo de limón u orina, dijeron los fiscales. "Son muy, muy astutos", dijo Jessner. "En general, se han burlado de las autoridades de las prisiones".
Tyler ‘el Armatoste’ [The Hulk] Bingham y Barry ‘el Barón’ [The Baron] Mills, condenados anteriormente por matar en 1979 a puñaladas a un recluso, son dos de los cuatro pandilleros que serán enjuiciados esta semana. Bingham y Mills están acusados de formar una ‘comisión’ de tres miembros para dirigir y supervisar las operaciones de la banda dentro del sistema penal federal. Presuntamente autorizaron más de una docena de asesinatos y dirigieron personalmente los asesinatos de dos reclusos negros de Pensilvania.
Dean Steward, el abogado de Mills, dijo en una entrevista que diferentes pandillas juegan a las apuestas y trafican drogas en todas las cárceles. Dijo que el caso de la fiscalía se basa en declaraciones de informantes que fueron alojados juntos con los acusados durante dos años para "sonsacar sus historias", y que serán recompensados con la libertad y otros privilegios por testificar. Además, los fiscales están exagerando la cantidad de dinero que se apuesta, dijo Steward. "Esos tipos apuestan una bolsa de patatas fritas y un pan de jabón", dijo. "Para ellos, cien dólares es un montón de dinero".
Steward dijo que cuando se formó el grupo en los años sesenta, perseguía proteger a los reclusos blancos de otras pandillas. "Las cárceles federales son lugares violentos y peligrosos, punto, para todos", dijo. "Estos tipos están simplemente tratando de protegerse".
En la sala del tribunal, Bingham, Mills y los acusados Christopher Gibson y Edgar Hevle, se sentaron frente al jurado ante un mesón especial diseñado para ocultar los grilletes que los encadenan al suelo. Llevaban camisas abotonadas, gruesos bigotes y gafas. Mills, de brillante calva, escudriñaba a través de sus bifocales cuando los fiscales describían los quince asesinatos que se supone que ordenó, autorizado o realizó. Gibson está acusado de ser el jefe del "departamento de seguridad" de la pandilla, y se dice que Hevle era miembro de un cuerpo de dirección inferior al de Bingham y Mills.
El juicio debe tomar unos nueve meses, y los fiscales piensan llamar a decenas de testigos, incluyendo al menos a doce ex pandilleros. Once pandilleros más de la Hermandad Aria serán juzgados en octubre en Los Angeles.
"Hemos visto que sus actividades se filtraban fuera de las cárceles cuando obtenían la libertad condicional", dijo Melissa Carr, directora de proyectos especiales de la Liga contra la Difamación, de California. "Continúan trabajando para la organización desde fuera. Eso es probablemente donde reside su mayor peligro para la comunidad".

15 de marzo de 2006
©washington post
©traducción mQh
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detención junto al cajero automático


[Murray Weiss, Joe cGurk y John Doyle] Ladrón llevaba impresionante vida de lujo.
Unos polis de paisano que estaban almorzando en un restaurante de Time Square -atraídos por un hombre elegantemente vestido que rellenaba con billetes de un cajero automático una bolsa de gimnasia- terminaron cogiendo a un importante elemento de una banda internacional de ladrones de tarjetas de crédito que ha robado ya 4 millones de dólares.
Lo que empezó como un ansiado pollo a la parrilla puede ser el clavo del ataúd de la banda que robó a incontables usuarios y bancos.
La policía federal había investigado al grupo sin demasiado éxito.
Sabían que había gente robando al banco y datos de tarjetas de crédito y números pin de consumidores en todo Estados Unidos, y retirando dinero de sus cuentas.
Incluso tenían el video de un tipo usando una tarjeta robada para sacar dinero, pero no habían podido identificarlo.
Pero el jueves se produjo un golpe de suerte, a la hora de almuerzo en el restaurante Trolley, en la calle 42 entre la Octava y Novena avenidas.
Los cuatro polis entraron y se sentaron a su mesa habitual justo después de mediodía.
Poco después que los hambrientos hombres hicieran sus comandas -dos ensaladas de pollo a la parrilla, un bocadillo especial y un plato de pollo asado-, les llamó la atención un atrayente hombre de pelo castaño.
Andrei Potupa, 29, llevaba su cara americana Hugo Boss, combinando elegantemente con vaqueros negros y zapatillas.
Pero no fueron las distinguidas ropas del hombre lo que les llamó la atención.
El inmigrante ruso estaba parado frente al cajero automático del restaurante, insertando tarjetas vacías una tras otra y retirando puñados de dinero a la vez, dijeron fuentes policiales.
"Cuando paró, se levantaron y lo cogieron en la puerta", dijo Paul Vasiliadis, un empleado del Trolley.
"Fue una sorpresa terrible para él, cuando lo agarraron a la puerta. Estaba pálido como sábana".
Los polis revisaron su bolsa y encontraron fajos de billetes de 20 dólares, dijo Vasiliadis.
En la bolsa tenía 52 tarjetas grises vacías, junto a 7504 dólares.
Con sus almuerzos envueltos, los polis detuvieron a Potupa y lo llevaron a la comisaría cercana de Midtown South -y descubrieron rápidamente que habían tropezado con un pez gordo.
"Hay que reconocer que ha sido muy observadores", dijo Vasiliadis. "Es terrible. Es una estafa que perjudica a la gente y estoy feliz de que lo hayan agarrado".
El Servicio Secreto se abalanzó sobre el asunto rápidamente y reveló que habían estado siguiendo a Potupa durante un tiempo en una pesquisa conjunta con el FBI.
Dijeron que Potupa era miembro de una banda internacional de ladrones de tarjetas de crédito y se encargarán de la investigación, dijeron fuentes.
Inicialmente Potupa dijo que había encontrado las tarjetas y que estaba simplemente verificándolas, dijeron fuentes.
Los polis escanearon las tarjetas con un ordenador del Departamento de Policía de Nueva York NYPD y dijeron que en realidad eran clones de tarjetas robadas -completas con el número de usuario legítimo y otra información codificada en las tiras magnéticas, dijeron las fuentes.
Enfrentado a información incriminatoria, Potupa cambió de historia y dijo que las había comprado online a un spammer canadiense.
Un allanamiento en casa de Potupa descubrió 105 tarjetas más, casi 70 dólares en contante, aparatos electrónicos, un contador de dinero, joyas, recibos y direcciones de bancos, dijeron las fuentes.
Y una revisión de su Porsche gris 2006 -aparcado en un estacionamiento a media manzana del restaurante- reveló una pistola eléctrica y 407 dólares adicionales.
"El tío dejaba buenas propias, cuatro o cinco dólares cada vez", recordó el dependiente del estacionamiento. "Por supuesto tiene que ser generoso. Se trata de un Porsche".
El dependiente dijo que Potupa era un cliente habitual, y se sorprendió cuando los polis llegaron a requisar el coche.
"Lo usaba para salir y volver en una hora", dijo.
La poli también confiscó el celular de Potuopa, que estaba lleno de número en el extranjero. Los polis están tratando de trazar esos números.
Potupa se quebró y confesó cuando los federales le mostraron el video, que filmaron de él cuando estaba vaciando un cajero automático, dijeron fuentes.
Los polis dijeron que Potupa se había dedicado a los cajeros automáticos en restaurantes y sucursales bancarias con información de las cuentas de víctimas inconscientes, algunas de lugares tan lejanos como el medio Oeste.
"De algún modo se las arreglaba para romper el muro de seguridad a través de un truco en el ordenador", dijo una fuente. "O alguien le vendía información desde dentro".
Potupa ha estado viviendo como un gran apostador con sus ganancias mal habidas.
Le gustaba viajar, conducir coches rápidos y rodearse de mujeres guapas.
Hace poco cambió su Porsche plateado del 2004 por un Cayenne nuevo del 2006, que le costó 69 mil dólares. Fue confiscado por la poli.
Y archivos del departamento de licencias muestra que su matrícula -POTUPA- estaba atada a un BMW de 2001 y a un BW de 2004 antes de que la actualizara a los Porsches.
"Un día Potupa y su novia empezaron a conducir coches realmente elegantes", dijo un vecino cerca de su apartamento en Bensonhurst. "Conducían los coches más elegantes del vecindario".
Otro vecino, Ozhan Tastaban, 16, dijo: "Ya me preguntaba yo de dónde sacaba esos coches bonitos. Siempre se aparecía con coches nuevos".
Sus gustos en mujeres también se inclinaban hacia el lujo.
"Tenía novias tan guapas", dijo otro vecino, que agregó que parecía completamente fiable, inteligente y educado.
Los vecinos creían que era un periodista de un canal de televisión ruso y su sitio personal en la red tiene fotos de él en localidades remotas, como Camboya, Tailandia y Turquía.
Entre los cientos de fotografías hay varias de él con animales -sosteniendo un lagarto, una tortuga, un escorpión- y otras donde aparece con un casco nazi y apoyado contra un viejo avión de guerra, en Vietnam.

Philip Messing, Lorena Mongelli,y Jennifer Fermino contribuyeron a este reportaje.

murray.weiss@nypost.com

19 de febrero de 2006
©new york post
©traducción mQh
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absolución provoca ira en india


[Somini Sengupta] Absolución en caso de flagrante asesinato confeso provoca indignación en India.

Nueva Delhi, India. El crimen mismo causó conmoción. Una modelo de alta costura fue asesinada a balazos en un bar lleno de gente elegante. El principal sospechoso era un miembro de la gente linda de la capital e hijo de un influyente político.
El veredicto resultó ser todavía más espeluznante. Después de casi siete años del asesinato de Jessica Lall en el lujoso bar Tamarind Court, y de la retractación de sus declaraciones de varios testigos famosos en el estrado, un tribunal de Delhi absolvió a los nueve acusados, incluyendo a Manu Sharma, el acusado de haber disparado. Los otros estaban acusados de haber sido sus cómplices.
La absolución hace dos semanas desencadenó una rara indignación en este país, e hizo surgir dudas sobre el desigual curso de la justicia en una sociedad cada vez más polarizada entre los ricos y el resto.
Más perceptiblemente entre la clase media urbana de India, la absolución ha desencadenado una reprimida frustración contra la burocracia de un sistema policial a menudo torpe y corrupto y un profundo descontento con los ricos y famosos que, según lo que parece, lo manipulan en beneficio propio.
"Una vez más, el concepto de justicia ha demostrado ser un estúpido cuento de cabecera para los crédulos", concluyó un editorial de The Hindustan Times, un diario en inglés.
Durante casi dos semanas, la historia de Jessica Lall ha dominado los diarios y revistas de Delhi, proporcionando una ventana al mundo de los privilegiados y una moraleja sobre los peligros de la justicia india. El último número de la revista de noticias The Week proclamaba en su cubierta: "Cómo los Ricos Quedan Impunes de un Asesinato".
El canal de noticias de 24 horas, NDTV, fue más allá de la recolección de noticias y empezó una campaña instando a los espectadores a exigir un nuevo juicio; en cuestión de días, llegaron más de 200 mil mensajes de texto por celular.
Los indios se han echado a la calle en marchas y manifestaciones, incluyendo una vigilia con velas junto al monumento más famoso de la capital, el Portal de India, que parecía la escena de una película. Eso fue porque parecía sacada de una escena de un reciente éxito de taquilla de Bollywood titulado ‘Rang de Basanti’, sobre un grupo de estudiantes universitarios indios que se levantan contra la inepta burocracia estatal.
La película incluía una escena de una vigilia con velas en el mismo lugar para protestar por el asesinato de un joven inocente.
"Es un profundo, profundo temor de que le pudiera ocurrir a tus hijos; los políticos se han vuelto locos", dijo Malvika Singh, editor de la popular revista mensual Seminar, sobre el caso Lall. "Es una ignominia. Los tribunales nos han abandonado. El gobierno no existe. La situación de ley y orden en el capital ya no existe. Ha llegado el momento de que la ciudadanía diga basta".
La indignación ha alcanzado algunos resultados instantáneos. La semana pasada la policía ordenó una investigación sobre personas no identificadas de las que se sospecha que han manipulado las evidencias. La policía no ha anunciado públicamente que iniciará un nuevo juicio, pero la presión pública parece difícil de ser pasada por alto.
"Nunca esperamos esto", dijo en una entrevista reciente la hermana de la víctima, Sabrina Lall. "Nos ha apoyado mucho".
Ram Jethmalani, un abogado que representó al principal acusado en una sesión para discutir su fianza, insistió en que no había motivos suficientes para un nuevo juicio.
En un discurso el sábado, el primer ministro Manmohan Singh, sin referirse directamente al caso Lall, dijo que era hora de "pensar" sobre si las leyes existentes son suficientes o "si necesitamos nuevas disposiciones en la ley de modo que el sistema judicial dispense justicia".

Los hechos del caso, según se informó en los medios de comunicación indios, son estos: Tarde una noche de abril de 1999, Jessica Lall, 34, estaba trabajando detrás de la barra después de horas de trabajo en el ahora cerrado restaurante Tamarind Court cuando un cliente, Manu Sharma, heredero de una fortuna de una refinadora de azúcar e hijo de un político, pidió un trago.
Lall se lo negó. Sharma fue acusado de dispararle a bocajarro. O al menos eso es lo que los testigos contaron inicialmente a la policía.
Pero se descubrió que el restaurante no tenía permiso para servir licor. El dueño dijo que era una fiesta privada. El sangriento caos que dejó el asesinato fue rápidamente limpiado, sacando evidencias cruciales de la escena del crimen. El arma homicida desapareció.
Sharma confesó a la policía, luego se retractó, lo que inexplicablemente fue aceptado sin respetar los procedimientos legales. Una vez en el tribunal, una corriente de testigos sacados derechamente de las páginas sociales dijeron que ya no recordaban lo que había ocurrido, o quién había matado a quién.
El 21 de febrero un juez de la Corte Superior de Delhi dictó su veredicto, diciendo que no había suficientes evidencias como para condenar a nadie.
El martes un grupo de 150 estudiantes universitarios inundaron la calle del Parlamento, en el centro de la capital, para protestar. "Jessica, Jessica", entonaron, alzando sus puños.
También llevaron pancartas hechas en casa. "Despertad del Demente Sueño", decía una, como si fuera un texto de mensaje de celular. "Estamos en un país donde puedes quedar impune si tu padre es un político", decía otro.
Muchos estudiantes dijeron que iban a protestar por primera vez. Algo sobre las absoluciones tocó un nervio. Pero se esforzaron por explicar que las protestas no eran solamente por la Lall, sino por todos los indios que merecían una mejor suerte. "Esto le podría pasar a cualquiera", dijo Divya Prakash, 19. "Nos identificamos con ella".
Encaramándose al vagón de Jessica, una compañía brasileña de cosmética, Surya, repartió tatuajes desechables de ‘Justicia para Jessica’. La compañía, que entró hace poco al mercado indio, también se ofreció a iniciar una página en la red llamada ‘Justicia para Jessica’, una iniciativa que les proporcionó los nombres y direcciones de miles de indios que se inscribieron para demostrar su apoyo.
Los estudiantes, los medios de comunicación y otros no estuvieron solos en su poco elogiosa opinión sobre el poder judicial. La Corte Suprema, dictando sentencia en un caso aparte la semana pasada, dejó en claro que estaba consciente de la manipulación de los tribunales. "Las leyes son como telarañas", declaró, "que pueden atrapar a muchas arañas pequeñas, pero no a las avispas ni avispones, que las rompen".
Si el veredicto en el caso de Lall indignó a todo el país, también hizo surgir el descontento. ¿Por qué en un país donde los casos de un sistema judicial corrupto, inepto y torpe son cosas por todos conocidas, estaba todo el mundo manifestándose en este caso en particular?
En la vida y en la muerte, muestra este caso, todavía importa quién eres. "Si sales a marchar así por un hombre corriente, la prensa no informará sobre ello", dijo Ravi Pathak, uno de los organizadores de la marcha estudiantil.
Junto a los estudiantes había un grupo de manifestantes, mucho más grande pero que no era enfocado por las cámaras de televisión: eran campesinos alzando pancartas denunciando las deudas en el agro.
"La historia de Jessica es esencialmente una historia de gente linda contra gente linda", escribió Vinod Mehta, editor de Outlook, en un incisivo ensayo interior. "Después de todo, Jessica fue dejada de lado por gente linda que la traicionó".
Ese aspecto, dijo Dipankar Gupta, sociólogo, fue el que nutrió el clamor entre los indios de clase media -no simplemente la rabia contra el asesino, sino también contra los que lo protegieron.
"Creo que la indignación iba dirigida contra los tipos elegantes, los tipos de la farándula, que se retractaron de sus testimonios", dijo Gupta. "Se goza mucho ajustando cuentas con ellos".

13 de marzo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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juicio de gotti es declarado nulo


[Anemona Hartocollis] Jurado tuvo problemas con afirmación de Gotti de que abandonó la mafia en 1999.
Después de que un jurado se declarara incapaz de superar un impasse, un juez de Manhattan declaró nulo esta tarde el juicio por extorsión de John A. Gotti, que dijo que había renunciado a su posición como ‘heredero’ de la familia mafiosa Gambino.
Los miembros del jurado en el juicio de tres semanas de Gotti deliberaron durante cerca de un día y medio antes de enviar al juez una nota, a la 1:25 de la tarde, salpicada de mayúsculas, diciendo que estaban haciendo "CERO progresos", que estaban "completamente EMPATADOS" y que "ningún miembro del jurado podía en conciencia cambiar de opinión, basándose en nuestra interpretación de las pruebas".
En una postdata los miembros del jurado escribieron: "Queremos dejar el caso tan pronto como sea posible".
Basándose en dos notas previas que el jurado había enviado el jueves, y nuevamente hoy, parece que el panel quedó empantanado en la pregunta sobre si Gotti había renunciado o no a la mafia en 1999, como afirmaba la defensa. Parece también, si se considera la redacción de la nota final, que más de un miembro del jurado -y no simplemente la negativa de un miembro del jurado- cree que efectivamente abandonó la mafia.
La pregunta de si había o no abandonado la vida como cabecilla de la mafia en esa época era considerada crucial en el caso, debido a la ley de prescripción de cinco años para cargos de extorsión.
El jurado había enviado al juez una nota similar casi una hora y media antes, y la juez Shira A. Scheindlin había dado al panel el encargo formal de continuar deliberando en la esperanza de llegar a un veredicto, lo que es un procedimiento normal en esos casos.
Esta vez, después de prolongadas discusiones con los fiscales, que querían inicialmente enviar al jurado a casa durante el fin de semana, la juez Scheindlin lo declaró nulo, con el consentimiento del gobierno, a eso de las dos de la tarde.
Era el segundo jurado incapaz de dictar un veredicto sobre Gotti en seis meses sobre prácticamente las mismas acusaciones. En septiembre, después de ocho días de deliberaciones, un jurado lo absolvió de conspiración para cometer fraude bursátil, y la juez Scheindlin declaró nulo un juicio sobre las acusaciones más graves de extorsión, secuestro, extorsión de la industria de la construcción y usura. En esa ocasión los apuntes sobre la hoja del veredicto indicaron que un solo miembro del jurado se había negado a emitir una condena.
Cuando salía de la sala del tribunal, un callado Gotti abrazó a sus hermanas que lo esperaban, Angel y Victoria, a su madre, también llamada Victoria, y su hermano menor, Peter, diciéndole: "Todavía nos queda otro".
Fuera del tribunal, su madre dijo a los periodistas apostados: "Vuestros hijos son los que siguen ahora. Eso es lo que estaban tratando de hacer, amenazar a mi hijo"
Los fiscales pidieron a la juez Scheindlin una "fecha cercana para otro juicio". Todavía no se ha fijado una fecha definitiva, después de que los abogados de Gotti citaran dificultades económicas, diciendo que ellos todavía tenían que ser pagados por este juicio, debido a que las propiedades de Gottu habían sido "atadas" por el gobierno, según palabras de un abogado de la defensa. La implicación es que Gotti necesita vender parte de sus propiedades para poder pagar los servicios de sus abogados.
El principal abogado de Gotti, Charles Carnesi, dijo que no era extraordinario que se tratara tres veces un caso, pero que más de tres veces sería inusual, "porque entonces estás jugando con la ley de los promedios".
Gotti fue acusado de tres actos de conspiración para cometer extorsión: el secuestro y conspiración para secuestrar a Curtis Sliwa, el presentador de un programa radial y fundador de Guardian Angels; conspiración para cometer extorsión en la industria de la construcción; y usura y conspiración para cometer usura.
Los fiscales dijeron que Gotti había ordenado la agresión contra Sliwa en junio de 1992 en venganza por usar su programa radial como un púlpito para amenazar e insultar al padre de Gotti.
Los cargos eran parte de los intentos de la fiscalía de mostrar un patrón más amplio de extorsiones que se remontan a los años ochenta, y para presentar a Gotti como el padrino interino de la familia criminal Gambino, en remplazo de su padre, John J. Gotti, después del arresto y subsecuente condena del viejo Gotti a principios de los años noventa.
El segundo juicio fue una versión más suave del primero. Fue más breve, y liberó de Gotti de la contaminación de dos cómplices. Después del juicio, el juez absolvió a uno de ellos, Michael Yannotti, acusado de disparar contra Sliwa durante su secuestro, y de intento de homicidio, por un tecnicismo. El otro, Louis Mariani, fue condenado por tres cargos de fraude bursátil.
Al tratar de probar las acusaciones, los fiscales descansaron fuertemente en dos testigos renegados, Michael DiLeonardo y Joseph D’Angelo, que definieron el juicio prestando testimonio sobre detalles íntimos de la vida de la mafia, desde el ritual de inducción de los soldados de Gambino, que incluía quemar el retrato de un santo manchado con la propia sangre del miembro prospectivo, hasta brutales asesinatos. También proporcionaron declaraciones claves que implicaban a Gotti en cargos específicos.
Sin embargo, ninguno de los asesinatos sobre los que hablaron los testigos implicó a Gotti directamente. Los fiscales no pudieron siquiera presentar cargos de intento de homicidio en el caso de Sliwa porque DiLeonardo y D’Angelo declararon que Gotti había ordenado darla a Sliwa una severa paliza "que lo enviara al hospital", y que dispararon contra Sliwa porque uno de sus atacantes se asustó y estropeó el plan.
D’Angelo, el chofer del taxi robado que recogió a Sliwa en el secuestro, declaró que su cómplica, Michael Yannotti, se puso nervioso cuando Sliwa entró inesperadamente al taxi y le disparó. Una bala le penetró las dos piernas, otra se introdujo por sus intestinos, dejándolo casi muerto, aunque más tarde se recuperó.
A diferencia de otros cargos, que dependían del testimonio de los testigos renegados, fue difícil negar que hubiese ocurrido el secuestro, y Sliwa declaró para la fiscalía.
Pero debido a que el atentado contra Sliwa ocurrió hace tanto tiempo, los fiscales tuvieron un problema. Incluso si el jurado encontraba culpable a Gotti de ese cargo, no sería suficiente como para condenarlo. Para cumplir con la ley de prescripción, el jurado debía estar convencido de que Gotti llevó a cabo al menos un acto más de conspiración para cometer extorsión dentro de los cinco años desde la acusación de julio de 2004.
Gotti construyó su defensa en torno a la afirmación de que él renunció a su vida en la mafia antes de 1999, cuando se implementó la ley de prescripción. Esta es la parte en que el segundo juicio de Gotti más divergió del primero. Aunque los abogados de Gotti también dijeron en su primer juicio que Gotti se había retirado de la mafia, no presentaron ningún testigo que lo corroborara.
Esta vez, su nuevo abogado, Carnesi, sí lo hizo. Un desfile de testigos -incluyendo a Peter, el hermano menor de Gotti, un primo, Michael DiGeorgio, e incluso a Ronald L. Kuby, el compañero de trabajo de Sliwa en la radio- subieron al estrado para apoyar la afirmación de Gotti.
"Estaba enfermo de esta vida; quería que terminara", dijo Kuby, un abogado penal y de derechos civiles, recordando lo que le había dicho Gotti en la primavera de 1998, cuando Gotti estaba pensando en declararse culpable de una acusación anterior de extorsión. "Quería volver a estar con su familia y terminar todo esto".
Desde el punto de vista del público presente, el testimonio de Kuby fue sensacional, porque adoptó una posición contra su propio colega en el programa de la radio WABC-AM, ‘Curtis y Kuby’, lo que provocó que Sliwa lo llamara "Judas" en un programa. No quedó claro si los miembros del jurado conectaron a los dos, aunque Kuby se identificó a sí mismo, en el estrado, refiriéndose al nombre del programa.
La defensa también mostró un patético video de la cárcel de Gotti hablando con su padre moribundo en 1999. El jurado pudo oír a Gotti decirle a su débil padre que tenía miedo de que el gobierno persiguiera a Peter, su hermano, a sus hijos e incluso a sus nietos. Dijo que quería darle a los fiscales su "libra de carne" y luego trasladar a su familia a "una casa en Carolina". Gotti se declaró culpable de extorsión en un caso anterior en abril de 1999.
Su abogado, Carnesi, señaló que Gotti que ha estado antes en la cárcel o bajo arresto domiciliario desde 1998, cuando fue detenido en un caso anterior, ha pasado en la cárcel más tiempo que Sammy Gravano, uno de los capataces de Gambino, que se declaró culpable de homicidio antes de convertirse en testigo de la fiscalía.
Desde los primeros alegatos del primer día, la fiscalía y la defensa presentaron imágenes muy diferentes de Gotti. Para los fiscales, era el fiel hijo y heredero de John J. Gotti, el antiguo padrino de la familia Gambino, que murió de cáncer en una cárcel federal de alta seguridad en 2002 mientras cumplía una sentencia de cadena perpetua.
Pero la defensa lo retrató como un hijo reluctante a ser el heredero del legado de la familia en el crimen organizado, alguien que en su vida había sido seducido por el legendario encanto y poder de su padre, pero que llegó a lamentar el precio que la vida en la mafia exigía de su mujer y de sus hijos.

10 de marzo de 2006

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jane doe quiere justicia


La mujer que fue agredida sexualmente por tres jóvenes, incluyendo al hijo del ex-alguacil del condado de Orange, exigió justicia hoy mientras el juez considera castigo para el trío.
"Me arrebataron lo que se supone que deben ser los mejores años de mi vida y violaron mi cuerpo de todos los modos imaginables", dijo la mujer, identificada solamente como Jane Doe.
"Estos hombres no serán castigados nunca como se merecen".
Agregó: "Una parte de mi alma se ha perdido para siempre".
Hoy en la sesión de sentencia en Santa Ana, la mujer pidió al juez a enviar a la cárcel a sus agresores. Hoy la mujer, que tenía 16 y estaba borracha e inconsciente cuando fue atacada y fue grabada con una cámara de video, permaneció tranquila en el tribunal.
Los que esperan el dictamen son Gregory Haidl, 20, hijo del alguacil del condado de Orange, y sus cómplices Kyle Nahcreiner y Keith Spann, ambos de 21. Nachreiner y Spann serán fichados como delincuentes sexuales.
La comparecencia ante el juez Francisco Briseño del Tribunal Superior del condado de Orange, es el último capítulo en un proceso de cuatro años que captó la atención nacional, dejando a un jurado en punto muerto, y centrado en un escabroso video de 21 minutos.
La víctima contó a Briseño que había sufrido acosos cuando la defensa montó una agresiva campaña para desacreditarla. Dijo que detectives privados la habían perseguido, y en su vecindario se repartieron octavillas identificándola por su nombre.
Una vez, dijo, un detective privado llevó su coche a una comisaría y sacó fotos de ella. Cuando cambió de escuela para evitar el acoso, su identidad fue nuevamente divulgada.
"¿Por qué tratan de torturarme?", dijo. "¿Una noche no fue suficiente para ellos?"
El día estaba gris y pluvioso, condiciones que el juez dijo que correspondían con el humor del procedimiento en su tribunal, que estaba casi al desborde de atiborrado.
Haidl, Nachreiner y Spann estaban sentados frente al juez llevando el uniforme naranja de la cárcel del condado, amarrados juntos.
"Lo que pasó esa noche no fue planeado y complotado", dijo Haidl, con los labios apretados y tan bajo que la gente hubo de esforzarse por oírle. "Me despierto todos los días sintiéndome mal por la gente a la que he lastimado".
Miró a Jane Doe, que esquivó su mirada, y pidió excusas. "Nunca tuve la intención de causarte dolor", dijo.
El padre de Haidl, Don, un multimillonario que renunció a su trabajo como alguacil del sheriff del condado de Orange para encargarse de los juicios de su hijo, dijo que se sentía culpable de haber dedicado tanto tiempo al trabajo. Dijo que había visto a su hijo, que lleva ya 16 meses en la cárcel, "encerrado en una caja las 24 horas del día entre la gente más loca y peligrosa de nuestra sociedad". Agregó: "Nunca fue un chico malo".
Nachreiner, hablando suavemente, también pidió excusas a Jane Doe. Dijo que la deseaba un futuro brillante.
El delito ocurrió a principio de julio de 2002, en la casa en Corona del Mar del padre de Haidl, donde Haidl, Nachreiner y Spann -todos de 17 en ese momento- se reunieron para una fiesta con alcohol con una mesonera adolescente. Los cuatro eran estudiantes de la secundaria en Rancho Cucamonga.
Haidl usó una cámara de video para grabarse a sí mismo y a sus amigos teniendo sexo con la chica, y dejó más tarde el video en una casa de alquiler de unos amigos en Newport Beach. La novia del inquilino, que pensó que la chica en el video parecía estar muerta, entró el video a un policía.
Los fiscales alegaron que la evidencia del video estaba clara: la chica se había desmayado cuando los chicos hacían turnos violando su cuerpo con una variedad de objetos, incluyendo un taco de billar y una botella de Snapple. La víctima declaró que sus recuerdos de los sucesos de esa noche llegaban hasta el momento en que bebió una cerveza, se fumó un porro y se tragó casi un cuarto de gin, todo en menos de media hora.
Los abogados de la defensa alegaron que el video, que no ha sido mostrado al público, cuentan una historia diferente. Caracterizaron a la chica, conocida públicamente como Jane Doe, como una aspirante a actriz pornográfica que había simulado estar inconsciente. Enfatizaron su promiscuidad, y encontraron a viejos amigos que contaron anécdotas sobre su inclinación a la exageración. Llamaron a un neurólogo, que dijo que sus movimientos ante la cámara demostraban que estaba consciente.
La defensa planteó suficientes dudas para que un jurado no pudiera resolver en el verano de 2004, inclinándose hacia la absolución en casi todos los cargos. La renuencia del jurado a dictar sentencia provocó escándalo y desconfianza en la opinión pública, cuando los programas de radio se inundaron de llamadas y cartas del público llovieron sobre los diarios.
En un segundo juicio en marzo, los fiscales suavizaron el caso, dejando caer la acusación de que los acusados le dieron a Jane Doe una droga "para una cita de violación" y alegaron que se había desmayado borracha. El jurado condenó a Haidl de los seis cargos de penetración sexual, a Spann de cinco, y a Nachreiner de cuatro. El jurado no pudo decidir ni votar la absolución de los cargos de agresión sexual con arma letal, penetración oral y violación.
Haidl tuvo varios encontronazos con la ley mientras esperaba el juicio, incluyendo acusaciones de posesión de marihuana, vandalismo, invasión de morada y sexo con otra chica menor de edad. Sin embargo, el juez Briseño rechazó la petición del fiscal de revocar la fianza de Haidl de agosto de 2004. El juez lo decidió tres meses después de que Haidl mezclara cerveza con barbitúricos y estuviera involucrado en un choque frontal.
Haidl puede ser condenado hasta 18 años de prisión, Spaan a 16, y Nachreiner a 14. Nachreiner y Spann han estado en la cárcel desde que fueran condenados.
En enero, un informe del despacho de libertad condicional recomendó la prisión para los tres acusados. El despacho del fiscal de distrito del condado de Orange recomendó 12 años de cárcel para Haidl, 10 para Nachreiner y seis para Spann.
El caso sacudió los más altos escalones de la policía del condado de Orange. Otro alguacil de Corona, George Jaramillo, causó la indignación del jefe de policía de Newport Beach, cuyos detectives estaban investigando el caso de Haidl. El jefe acusó a Jaramillo de desalentar a Donald Haidl para que su hijo no hablara con los detectives. Una avalancha de acusaciones no relacionadas con el caso en torno a problemas de Jaramillo, han afectado al sheriff desde entonces.
Las declaraciones de la víctima esta mañana impactaron a los presentes en la sala del tribunal.
"Recuerdo que, cuando miré el video, que la boca me empezó a arder, porque la tenía abierta de incredulidad", dijo la víctima. "No puedo, no creo que sea capaz nunca de describir lo que sentí cuando miré el video. Recuerdo que me preguntaba a mí misma: ‘¿En qué momento me convertí en un trozo de carne para estos hombres, cuando dejé de ser un ser humano? ¿Cómo puede un ser humano normal hacer una cosa así?’ Me hicieron cosas que no se harían ni siquiera con un animal salvaje".
"Me violaron de todos los modos imaginables. Cuando miré el video, recuerdo que sentí dos cosas. Recuerdo que me puse furiosa con los animales que me estaban agrediendo, porque ningún ser humano haría una cosa así. Y recuerdo que sentía que mi alma y mi ser interior estaban siendo destruidos. Estaba vacía. Me habían quitado todo lo que era yo. Ya no me sentía humana. No tenía vida y me sentía como una muñeca inerte. Lo que me hicieron que afectara toda la vida".
"Pero puedo vivir con ello si se hace justicia. Con suerte, muchos años detrás de las rejas les darán montones de tiempo para pensar en lo que hicieron y quizás empiecen a sentir algo de remordimiento por lo que hicieron".

10 de marzo de 2006

©los angeles times
©traducción mQh
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quién le disparó a jenry gonzález


[Neil Swidey] A Jenry González le dispararon en un atiborrado parque mientras jugaba al fútbol.
En la madrugada del 2 de agosto de 2004, el niño de 11 años estaba saliendo de una terrible noche en que fue operado del corazón y los pulmones. Con tubos que salían de su boca y se metían por su garganta, Jenry González no estaba en condiciones de hablar. Así que su madre, parada junto a él en una cama de hospital, le pasó un bloc de papel. "¿Me dispararon?", escribió.
Para entonces, era el único en Boston que no sabía la respuesta.
El día anterior, en una asoleada y bochornosa tarde en el Campo de Juego Carter, Jenry estaba practicando con su nuevo equipo de fútbol Pop Warner. El campo se ubica en el South End, directamente al otro lado de la calle de la comisaría de policía de la Universidad del Nordeste y a unos cuatrocientos metros de la sede de la Policía de Boston. Cuando Jenry hacía ejercicios a la orilla de la cancha, un hombre armado se acercó corriendo desde la cercana cancha de baloncesto y disparó varios balazos contra un tipo que iba en una bicicleta. El ciclista trató de eludir las balas pedaleando hacia la cancha, donde había más de ochenta jugadores de fútbol, de edades entre siete y quince años. Cuando los entrenadores oyeron la balacera, gritaron a los niños que se refugiaran en un cobertizo al otro lado de la cancha. Jenry obedeció, y corrió lo más rápido que pudo hasta que sintió que manaba sangre de su pecho y se desplomó. El tipo que debía ser matado escapó ileso en su bicicleta. Jenry fue llevado a toda prisa al hospital, la presión de su sangre cayendo en picado.
Los equipos de los canales de televisión que habían pasado la semana anterior en Boston cubriendo la Convención Nacional Demócrata, ya se habían alejado de la ciudad. Pero los periodistas locales se abalanzaron en esta historia sobre la última víctima inocente. Las autoridades de la ciudad pueden haber logrado mostrar al mundo el Nuevo Boston: limpio, seguro, elegante. Sin embargo, el tiroteo de Jenry -apenas una semana después de que el director de baloncesto William ‘Biggie’ Gaines fuera matado a balazos frente a sus jugadores en un parque a sólo dos cuadras de distancia- expuso la antigua pintura descascarada asomándose a través de la mano fresca. En los barrios pobres y étnicos de la ciudad, la gente joven está muriendo, los asesinos no son capturados y el ‘Milagro de Boston’ que rebajó la tasa de homicidio de fines de los años noventa, dejó de serlo.
Sin embargo, cuando Jenry le pasó la nota a su madre, había razones para esperar que esta historia no terminara como terminan muchos de los tiroteos en Boston: con un muerto y un asesino que no será capturado nunca. Aunque la bala había atravesado un pulmón y las paredes del corazón de Jenry, por milímetros no fue el tipo de penetración que habría sido casi ciertamente fatal. Los cirujanos del Centro Médico de Boston y los paramédicos en la escena habían una vez más hecho una proeza, y las posibilidades de recuperación de Jenry eran buenas. Más sorprendentemente, la posibilidad de que su agresor fuera capturado y llevado a justicia, eran también buenas.
El Departamento de Policía de Boston tiene una tasa de resolución de homicidios asombrosamente baja. El año pasado, arrestó o identificó a un sospechoso en apenas un 29 por ciento de los casos de homicidio. En tiroteos no fatales, la tasa era mucho peor: un cuatro por ciento. Eso significa que más de dos de cada tres homicidios y más de nueve de cada diez tiroteos, no son resueltos. Sin embargo, el caso de Jenry tenía todos los ingredientes necesarios para ser solucionado. No fue una batalla en un callejón a las 2 de la mañana entre pandillas rivales, fue a plena luz del día en un campo de deportes de barrio, con un enjambre de policías que llegaron en cuestión de minutos a la escena del delito. Y había más de cincuenta testigos potenciales, algunos de los cuales no pudieron hacer otra cosa que observar lo que había ocurrido. ¿Cómo que no se podría resolver este caso?
El día después, el alcalde y el comisario de policía se aventuraron a un centro comunitario cercano para tranquilizar a los vecinos y prometer que se haría justicia. "No vamos a dejar que unos rufianes tomen vuestra ciudad", dijo Tom Menino.
Un año y medio después, todavía no se ha hecho justicia. El fiscal de distrito del condado de Suffolk, Daniel Conley, dice que la investigación sobre el atentado contra Jenry es un ejemplo de lo que ocurre cuando los testigos viven con temor a dar la cara, y lo mencionó en su exitosa campaña para que la legislatura financiara un programa de protección de testigos.
Pero hay poco para sugerir que cualquiera de las iniciativas actuales que generan primeras planas, logre dar cuenta de los problemas fundamentales, como la brecha de desconfianza que existe entre los vecinos de barrios con altas tasas de delincuencia y la policía, o la opinión corriente de que los matones en su entorno, y no la policía, son los que controlan las calles. Es difícil ver cómo se podrá cambiar eso de manera substancial con el programa de protección de testigos, una iniciativa modesta de limitada aplicación. O con las chácharas bien intencionadas desde los púlpitos de las iglesias negras de Boston, llamando a los testigos a salir adelante y hacer lo correcto. O con la guerra santa de Menino contra las camisetas ‘Stop Snitchin’ [No Delates], que pueden haber logrado que las camisetas se convirtieran en un artículo más solicitado.
Si los testigos no cooperan, la investigación sobre el atentado contra Jenry está condenada al desastre, y el fracaso de la ley en este caso aparentemente fácil podría desalentar a testigos de futuros delitos a dar un paso adelante.
"Ahora mismo, los testigos están tomando la muy racional decisión de no cooperar", dice David Kennedy, un criminalista que ayudó a diseñar la estrategia detrás del Milagro de Boston y que ahora acusa a los funcionarios de Boston por haber permitido que muriera en medio de los egos y el abandono. "Hasta que puedan tomar una decisión racional en la otra dirección, esto no funcionará".

Jenry González está sentado en el sillón de la salita, guiando hábilmente el control de su PlayStation 2. El juego que tiene en la pantalla es Madden NFL 06, que es lo más cercano al fútbol que puede estar Jenry en estos días. Su madre no está lista como para dejar que vuelva a la cancha. Tiene 12, pero es delicado.
Le pregunto su altura.
"Eh, 1 metro 68", dice, mirando la pantalla.
Su hermana de 15, Dariana, sentada frente a él, levanta una ceja, y luego su voz: "¿Cinco?"
Se sonroja y sonríe. "Quiero decir, 1 con 38".
Jenry, que en la familia llaman ‘Henry’, tiene una cara atrayente, con el pelo marrón oscuro cortado muy corto y ojos hundidos. Tiene una marca de nacimiento debajo del párpado de su ojo izquierdo, lo que le da el aspecto de un jugador que sale del área. A pesar de su tamaño, es una atleta natural, muy veloz. Pero tiene un aire de innegable inocencia. Describiendo el desempeño de Dariana en un videojuego, dice: "Dentro de poco estará dando patadas en el culo", pero forma en silencio la última palabra. Se refiere al momento en que fue baleado como "lo que pasó".
Dariana lleva mechas rojas en su pelo castaño y pendientes de anillas dobles y un collar dorado que proclama su nombre en letras cursivas. Mientras Jenry encauza al puntero Donovan McNabb en su PlayStation, Dariana hojea un álbum de foto de su quinceañera, la elaborada fiesta del cumpleaños número 15 entre latinos. Su madre es portorriqueña, y su padre, dominicano, y vive en República Dominicana. Viven en un apartamento de cuatro dormitorios en un vecindario de viviendas sociales de Roxbury, con su madre y dos hermanas.
A Dariana le gusta tomarle el pelo a su hermano, pero adora protegerlo, y se enfada de no poder hacerlo mejor. "Esa noche en el hospital cuando vi todos esos tubos entrando por su boca, mi mamá me estaba diciendo que me calmara, pero no pude".
Está agradecida de que se haya curado, tanto de las operaciones iniciales como de una operación posterior cinco meses después para solucionar sus problemas de respiración. Pero se da cuenta de las cosas que todavía no supera. Cómo el sonido de fuegos artificiales o cuando un coche aplasta una bolsa, que lo hacen correr muerto de pánico hacia el apartamento. Cómo los telediarios nocturnos sobre la última víctima de un tiroteo, que tienden a tranquilizarlo.
"Trato de sacar esas cosas de su mente", dice. "A veces cuando tengo dinero, lo llevo a las tiendas".
Pero aparte de ir a la escuela o de matar el tiempo en casa de sus primos en el South End, su madre no se siente segura como para dejar que se aleje demasiado. Así que pasan un montón de tiempo juntos mirando televisión. "Es aburrido", dice Dariana. "Ahora la gente está simplemente tratando de evitar el día".
A veces incluso quedándose en casa no es suficiente. Dariana abre la puerta de entrada del apartamento y entra al patio de la planta baja. Unas semanas antes de sus Dulces 15 en agosto pasado, ella y Jenry y su familia extendida estaban en el patio practicando los bailes para la gran fiesta. De repente apareció un niño corriendo por la calle junto al patio, que era perseguido por otro niño que le disparaba. El sonido de la balacera competía con los ritmos latinos que salían del estereo, y los adultos empezaron a gritar a todo el mundo que se metieran al apartamento. Dentro, Jenry estaba llorando, volviendo a revivir "lo que pasó".
Dariana dice que este tiroteo en la puerta de su casa, casi exactamente un año después del del Campo Carter, realmente la afectó. "Miras a la otra gente y ves gente con el pelo canoso, y piensas: ‘¿Voy a llegar a tener canas? ¿Viviré hasta esa edad?’ No creo que viva hasta esa edad. Conoces a gente que ha muerto, y piensas: ‘Dios mío, ni él ni ella pensaba que iban a morir tan jóvenes’". Dice que no está bien que su hermano haya tenido que sufrir tantas operaciones y tenga ese temor que nunca lo deja, mientras que el tipo cuya bala atravesó el pecho de Jenry todavía está libre disfrutando de su vida.
En la cocina, su madre, Beatriz García, que lleva su pelo estirado hacia atrás de su cara redonda, está guardando las compras. Por encima del zumbido de la secadora detrás de ella y un diálogo en español que viene del televisor que hay encima de la repisa de la cocina, la mujer de 34 recuerda la escalofriante llamada telefónica la tarde del tiroteo de Jenry, después de que ella saliera de la cancha para ir a comprar a su hijo un par de zapatos con toperoles. Habla sobre lo impotente que se sintió tratando de saber qué había pasado; debido a que era un nuevo equipo de Pop Warner, en una cancha fuera de su vecindario, no conocía prácticamente a nadie de los que habían estado allí. Luego señala una silla junto a la mesa de la cocina. Tres meses después del incidente, un fiscal de distrito estuvo sentado allí y le dijo que sin una identificación de los testigos, el hombre que al que la policía había arrestado por el tiroteo de Jenry tendría que ser dejado en libertad.
"Creo que alguien debe haber visto todo lo que pasó", dice mientras termina el ciclo de la secadora y deja oír un sonoro zumbido. "Si dicen algo, quizás podamos empezar a hacer algo".

Además de la víctima, esa tarde asoleada, y los más de 150 testigos potenciales, la investigación del tiroteo de Jenry tenía otro aspecto importante. El incidente fue grabado por una cámara.
Cámaras de vigilancia, operadas por la policía de la comisaría de la Universidad del Nordeste, captaron la escena desde dos ángulos. Aunque es extremadamente difícil identificar las caras en el video de color, la calidad general es muy superior a lo que ves en la pantalla detrás del mostrador de un supermercado.
Mientras los cerca de ochenta jugadores de Pop Warner hacían ejercicios en la cancha, muchos de sus padres miraban desde las gradas o desde sus coches, que estaban aparcados en doble fila en un área al norte de la cancha de fútbol, donde hay una cancha de baloncesto y un patio con una hilera de toboganes de colores brillantes y estructuras para trepar. Un sendero de cemento comienza junto a la entrada del Campo Carter en la calle Camden, pasa entre la cancha de baloncesto y el patio, y luego gira hacia la cancha de fútbol y la recorre entera hasta llegar a la Columbus Avenue.
Justo después de las siete de la tarde, en contraste con la agitación de la cancha de fútbol, el espacio en esta parte del campo era más parecido con la relajada tgarde de un día de verano cuando el termómetro ha llegado a los 27 grados. Casi una docena de niños trepaba, resbalando y balanceándose, adolescentes y adultos dispersos a su alrededor. Un niño hacía el ocho en su bicicleta junto a la pasarela. Dos tipos que parecían veinteañeros estaban apoyados contra la barandilla. Un tipo de más o menos la misma edad, con una camiseta blanca y un pañuelo, lanzaba el balón de vez en vez, entrando y saliendo del campo de visión de la cámara para recoger una pelota. Su bicicleta estaba en el suelo al lado.
A las 7:25 de la tarde un sedán blanco se aparcó a la entrada de la calle Camden. El tipo de camiseta blanca salió abruptamente de la cancha, cogió su bicicleta y se marchó, pedaleando furiosamente por el sendero que llevaba hacia la cancha de fútbol. Al principio, nadie veía el peligro que se aproximaba. En segundos, un hombre alto saltó del lado de pasajeros del coche blanco y empezó a atacar al tipo de la bicicleta, disparando varias veces con pequeño y negro revólver. El hombre armado atacó con la determinación de un asesino profesional, pero sin su experiencia.
Mientras la gente corría para protegerse, y entre ellos un niño que no parecía tener más de cinco años que estaba apenas a metros de la línea de fuego, la víctima pedaleaba por el sendero. El tirador continuó disparando, persiguiéndolo por el sendero y hasta la Columbus Avenue. Entonces abandonó el intento, cruzó la avenida y saltó de vuelta al coche blanco que lo esperaba.
Todo no duró más de un minuto.
Jorge Días, un agente de la Policía de Boston fuera de servicio estaba en uno de los coches aparcados dobles en Columbus. Días, que viene de Cabo Verde, creció en los vecindarios municipales del South End y todavía vive ahí cerca. Cree que es su trabajo mejorar la vida de sus vecinos, incluso si a veces significa aparcar su patrullero frente al apartamento de una anciana para que ella se pueda sentir segura y salir a leer el diario a la acera.
Después pasar la tarde jugando béisbol en el Campo Carter con un grupo de niños de un proyecto local, Días se marchó a por el suyo, de 12, que estaba jugando con los Pop Warner. Estaba hablando por teléfono cuando oyó tres rápidos pistoletazos que sonaron como fuegos artificiales. Salió del coche, y para cuando oyó los siguientes tiros iba corriendo hacia la cancha buscando a su hijo. Una vez que lo localizó, llorando y asustado, Días revisó el lugar, tratando de ubicar al agresor. Fue entonces que vio a un niño en el suelo, y un par de adultos acurrucados junto a él. Días cruzó corriendo, llamando al 911 y gritando: "Soy un policía fuera de servicio. ¡Envíen ayuda!"
Un agente de la comisaría del Nordeste que salía de un internado en Columbus, corrió hacia el montón, también llamando por radio. Tomó declaraciones de dos testigos, las que más tarde entregó a la Policía de Boston. Pronto la cancha estaba llena de agentes. Mientras los paramédicos se llevaban a Jenry, la policía reunió a la gente en grupos para tratar de saber qué había pasado. Esta es la ocasión, en el fragor del momento, que los detectives a menudo tienen sus mejores posibilidades de encontrar testigos dispuestos a cooperar. Y había un montón de testigos.
Pero había problemas. Muchos padres dijeron que estaban mirando la cancha y no vieron bien al tirador. Otros testigos que tuvieron mejores vistas, dijeron no haber visto nada. Un grupo de testigos trató de marcharse y debieron ser detenidos por la policía. Los videos de vigilancia muestran cómo adelgaza el gentío a medida que pasan los minutos.
Los informes del incidente indican que al menos media docena de testigos entregaron descripciones del tirador, pero las descripciones variaban terriblemente. Mientras había consenso en que el tirador era negro, la descripción de la edad variaba de un niño a un hombre de treinta, el color de su camisa era verde o blanca, y era de un solo color o con rayas.
En el vecindario parecían saber quién era el atacado. Se trataba de un pandillero de un proyecto social de la calle Lenox el que, después de todo, escapó del tirador pedaleando derechamente hacia la cancha de fútbol, colocando a los niños en la línea de fuego. Se especulaba que este indicente debía ser el último estallido de una larga guerra de territorios entre dos pandillas vecinas del South End, la de la calle Lenox y la de 1850 -esta última debe su nombre al número de uno de los edificios de apartamentos de Grant Manor, en la calle Washington.
El detective Danny Keller quedó a cargo de la investigación. En más de una década de llevar casos de homicidios para la Policía de Boston, Keeler se ha ganado el apodo de ‘Míster Homicidio’ por su capacidad para resolver casos y consolar a las familias. Pero su reputación también ha sufrido golpes, especialmente después de que él y un colega fueran demandados por un hombre que pasó cinco años en la cárcel por un asesinato que no cometió. Un juez desechó la demanda en abril de 2004, pero calificó las acusaciones contra Keeler y su colega como "profundamente inquietantes". Keeler había sido recientemente retirado de la división de detectives y trasladado al South End. (Dice que no puede hacer comentarios sobre la investigación del tiroteo de Jenry).
La madre de Jenry dice que mientras esperaba llorando noticias sobre el estado de su hijo en el Centro Médico de Boston, Keeler se introdujo a sí mismo, le pasó su tarjeta, y le dijo que lo llamara si acaso necesitaba algo.
Entretanto, el cirujano de niños Steven Moulton, y el cirujano de corazón Oz Shapira, estaban salvando la vida de Jenry. La bala de pequeño calibre había entrado por la espalda, lacerado el ventrículo izquierdo de su corazón, destruido la parte de abajo del pulmón izquierdo causándole una fuerte hemorragia, y había salido por su pecho.
"Dependiendo de cómo lo mires", dijo Moulton, "Jenry fue muy afortunado o muy desafortunado. Desafortunado porque le llegó una bala perdida, pero afortunado porque si la bala se hubiese desviado milímetro de su trayectoria, probablemente estaría muerto".
En cuanto a los otros jugadores de Pop Warner, unos quince decidieron no volver al equipo, temiendo que podían ser las próximas víctimas. Entre ellos está el hijo de Jorge Días. Días, 42, lo explica así: "Aunque sólo una persona fue atacada, las víctimas son doscientas, porque ese día sus vidas cambiaron dramáticamente".

Durante la semana siguiente el caso ocupó el centro de la atención. Miembros de los New England Patriots se aparecieron por el parque Carter a ofrecer cascos y balones firmados a la familia de Jenry, y Menino y la comisario de policía, Kathleen O’Toole cumplieron con su promesa de reforzar las patrullas del área.
Tras bastidores, sin embargo, no había buenas noticias. La madre de Jenry dice que dejó cinco mensajes para Keeler, preguntándole sobre el caso, pero que nunca recibió respuesta. La policía no tuvo grandes problemas para identificar al que debía ser la víctima. Sin embargo, aunque las imágenes del video de vigilancia dejaban en claro que se había dado cuenta del peligro cuando el pistolero salió del coche blanco, el ciclista de camiseta blanca dijo a los detectives que no sabía que le estaban disparando a él. Lamentablemente, para Cory Flashner, 36, la fiscal de distrito encargada del caso, no fue una sorpresa.
"Si tienes un tiroteo donde tu víctima está cien por cien presente, es chocante", dice. Si una víctima es un pandillero, puede elegir no colaborar porque tiene en mente la justicia callejera. Pero otras víctimas no colaboran por temor a más correr más riesgos. Cuando la policía trabajaba en el caso, dice Flashner, podían sentir que la gente tenía miedo de decir todo lo que habían visto.
No había indicios de amenazas directas. Boston no es Baltimore, donde un chico de 17 fue secuestrado y matado a balazos en 2003 después de que apareciera su nombre como testigo en un tribunal. Sin embargo, el miedo es real. En un caso contra el agresor de un taxista en Dorchester, Flashner vio que un testigo clave colaboró durante tres comparecencias ante un gran jurado. Pero después de que el acusado llamara repetidas veces al testigo desde la cárcel, la cooperación terminó. El testigo finalmente prefirió pasar un año en la cárcel antes que testificar, y el más alto tribunal del estado resolvió que se podían usar sus primeras declaraciones.
Sin embargo, es más común el tipo de amenaza implícita que pendía sobre la investigación del tiroteo de Jenry y que parece estar siempre presente en los vecindarios con altas tasas de delincuencia de Boston.
Flashner sabe que este tipo de intimidación hace más difícil poner tras las rejas a los tipos malos. Pero la entiende. "Yo trabajo en un tribunal donde el juez aplica las reglas", dice. "Allá están los agentes del tribunal. La policía. Pero a las 2 de la mañana en una calle oscura, es otra cosa. Es difícil dar la cara. Se necesita coraje".
El 25 de agosto, tres semanas después de que Jenry fuera tiroteado, Keeler hizo una detención. El presunto agresor era Kirk P. Gordon, 23, de Mattapan, que está en libertad bajo fianza de cinco mil dólares, esperando su juicio por apuñalar a cinco hombres dos años antes. En una rueda de prensa, los funcionarios elogiaron la cooperación de los testigos. Lo que no dijeron fue que la detención se había basado en gran parte, si no enteramente, en las declaraciones de una sola persona. Flashner no comentó los detalles del testigo, excepto para decir que tenía una "implicación tangencial" y sabía cuál era el posible motivo. Dos fuentes policiales confirman ahora que el hombre dijo a la policía que él había conducido el coche con el que Gordon llegó y se marchó de la cancha.
Gordon fue detenido y se le impuso una fianza de 750 mil dólares.
"Estábamos aliviados", dice Lazar Franklin, el organizador del equipo de fútbol Pop Warner del South End. Pero, agrega: "Creo que lo detuvieron para tranquilizar a la gente".
En el vecindario se dijo que la policía podía haber detenido a la persona equivocada. No había duda de que Gordon tenía antecedentes pesados. Pero no parecía que tuviera algo que ver con la guerra de las pandillas de Lenox y 1850, que según alguna gente es lo que explica el tiroteo.
Flashner dice que la policía tenía motivos para arrestar a Gordon. Pero también sabía que para procesar a Gordon necesitaría más evidencias. Cuando presentó una acusación contra él ante un gran jurado, la policía volvió al grupo de testigos y logró persuadir a un hombre -cuyo hijo había estado ensayando para el equipo- para que declarara. El 21 de octubre ese testigo se sentó frente a un semi-espejo en un cuarto de careos en la central de policía mientras Gordon y otros hombres eran entrados, uno por uno. El testigo no fue capaz de identificar al sospechoso. Flashner dice que no vio indicios de que el testigo estuviera ocultando la verdad.
El 16 de noviembre, Flashner condujo hacia Roxbury, se sentó a la mesa de cocina en casa de Jenry y dijo a su madre que no había suficientes pruebas como para acusar a Gordon. Pronto sería dejado en libertad.
Dice Flashner: "No tengo ninguna duda de que un montón de gente en la cancha vieron lo que pasó, y saben lo que pasó".

Una bulliciosa mañana hace dos meses, activistas comunitarios y miembros del clero se congregaron en un sótano de la iglesia episcopal metodista africana AME de la calle Charles Street en Roxbury para una reunión de la Coalición de Diez Puntos de Boston, la alianza de grupos negros que fue crucial para el Milagro de Boston. Un fiscal llamado Kevin Hayden estaba instando a los presentes a ejercer presión sobre los legisladores para que aprobaran el programa federal de protección de testigos. No había que confundirlo con el costoso programa federal hecho famoso en Hollywood por trasladar a gente del Bronx a culs-de-sacs de Indiana. La modesta iniciativa de Massachusetts, crearía un fondo de 750 mil dólares que los fiscales de distrito en el estado podrían utilizar para cubrir las horas extras de las escoltas policiales, pagar el alojamiento en hoteles de los testigos durante un juicio, o instalarlos en nuevos apartamentos, probablemente en la misma ciudad.
Después de que Hayden terminara su discurso, Lisa Fliegel, que administra el Programa de Incentivos Artísticos para niñas traumatizadas, levantó su mano. Contó la experiencia de una cliente de 17, que había sido recientemente llamada a prestar declaración en un juicio relacionado con pandillas. En lugar de ofrecérsele un cuarto de testigos, la chica debió esperar en el pasillo de la sala del tribunal, donde amigos del acusado la pudieron ver. "Si tienes un testigo clave en un caso de homicidio y la expones a los pandilleros y sus familias", dijo Fliegel, "no vas a lograr que la gente quiera colaborar".
Otra mano se levantó. "¿Qué es lo que está pasando en realidad con la gente que se pone en la línea de fuego?", preguntó Laurita Crawlle, una madre de tres hijos, de Dorchester. "Yo he estado personalmente en una situación en que me quejé de algo que estaba pasando, y mi queja fue enviada directamente a las casas de los pandilleros". Muchos entre el público asintieron o dijeron: "Así es". En cuanto a presentarse como testigo, Crawlle dijo: "Yo misma no me sentiría cómoda si tuviera que hacerlo, francamente. Así que convénzanme de que estoy siendo protegida".
Poca gente ha trabajado más duramente para que se apruebe el proyecto de ley de protección de los testigos que el jefe de Hayden, Dan Conley. Y no hay dudas de que el programa de testigos será una valiosa adición. Sin embargo, Conley reconoce que, incluso sin esa protección adicional, le está pidiendo a los testigos tomar una "terrible" decisión: "¿Corro yo y mi familia algún riesgo por hacer lo correcto y coopero con la policía? ¿O dejo que la violencia y el crimen imperen mi barrio?" Sin embargo, sin la participación de los testigos, dice, la ley simplemente no puede hacer su trabajo.
Pero aquí viene eterna pregunta sobre el huevo y la gallina. Si los vecinos de barrios con altas tasas de delincuencia tuvieran más confianza en la capacidad de la ley para resolver más casos y enjuiciar a más asesinos, ¿no estarían más inclinados a hablar? De los 75 homicidios en Boston el año pasado -la tasa más alta de los últimos diez años- la policía hizo una detención, emitió una orden de detención e identificó a un sospechoso en 22 casos, o en el 29 por ciento de los casos, lo que es la tasa más baja en más de una década. El promedio nacional para los departamentos de policía es del 62 por ciento, de acuerdo al FBI. En adición, la Policía de Boston proporcionó datos para 266 de los 290 tiroteos sin resultado de muerte del año pasado; de esos, se detuvo a un sospechoso o se identificó a sospechosos en apenas diez casos, es decir, en un cuatro por ciento.
Aunque el despacho de Conley logró condenas en más del 80 por ciento de los casos de homicidio que llevó a juicio el año pasado, perdió más de la mitad de ellos el año anterior. ¿Cómo se sintieron los testigos que cooperaron en esos casos después de que se anunciaran los veredictos de no-culpabilidad? Conley ha sido el fiscal de distrito solamente desde 2002, pero al tratar de influir en los jurados, su despacho debe superar problemas de credibilidad en unas diez sentencias que han sido impugnadas en el condado de Suffolk en los últimos diez años después de que nuevas evidencias sugirieran que se había condenado a inocentes.
En barrios con menores tasas de criminalidad, los testigos están más dispuestos a colaborar, en parte porque tienen un nivel más alto de confianza en que el sistema funcionará. Incluso si no lo hace, estos testigos, que tienden a ser más ricos, tienen usualmente los recursos para protegerse a sí mismos, sea pagando a buenos abogados o a compañías de seguridad o mudándose a otras ciudades. Pero es difícil que los vecinos de barrios de alta criminalidad se muestren más dispuestos a cooperar a menos que la ley produzca resultados más positivos. (Incluso a la gente trabajadora que no le preocupan las posibles venganzas, pueden guardar silencio simplemente para no perder un día de pago para declarar en tribunales -o, más precisamente, varios días de paga, dada la desesperante indiferencia del sistema judicial por el tiempo del resto del mundo).
Para David Kennedy, la solución es dolorosamente obvia. A mediados de los años noventa, cuando era investigador en la Escuela de Administración John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, Kennedy era parte de un equipo llamado Operación Cese el Fuego. Era una reunión de muchas capas de agencias policiales locales, del estado y federales, así como del clero, la comunidad y operaciones de servicios a la juventud. Estas agencias trabajaron juntas para identificar a los delincuentes más violentos y mostrarles cómo un delito cometido por un pandillero podía acarrear que cayera todo el aparato combinado de Cese el Fuego sobre la pandilla entera. Había un seguimiento creíble detrás del lenguaje duro. Y había recursos de verdad destinados a ocuparse de las raíces de los problemas, como la escasez de trabajo.
El enfoque, por supuesto, tuvo un impresionante éxito. Después de su implementación en 1996, la tasa de homicidio de Boston se redujo a la mitad -en dos tercios entre la gente de 24 años y menos. Quizás tuvo demasiado éxito, dice Kennedy.
El financiamiento de servicios fue repentinamente más dispensable. Y a medida que el Milagro de Boston llamaba la atención de los medios nacionales, mucha gente que estaba detrás del milagro llamaron a la Casa Blanca, al Congreso y a otras ciudades para compartir sus secretos. Pero el hecho de que unos recibieran más crédito que otros, dice, puso en tensión la extraordinaria colaboración entre las agencias y privó a la iniciativa bostoniana de su ímpetu particular. "No era un milagro", dice Kennedy, que dejó Boston el año pasado para trasladarse al Instituto de Justicia Criminal John Jay, de Nueva York. "Fue un trabajo. Y mientras se hizo el trabajo, las calles se comportaron".

Es fines de enero y Beatriz García está devuelta en su cocina. Las sillas están sobre la mesa, porque quiere pasar la fregona por el suelo. Hace un año y medio, cuando el nombre de su hijo estaba en los telediarios nocturnos todos los días, un montón de gente le dio apoyo. Le prometieron ayuda para que la familia se mudara a otro proyecto habitacional subvencionado. Le prometieron que habría patrullas uniformadas en los partidos de Pop Warner. Le prometieron mantenerla al día sobre el curso de la investigación. Y, por supuesto le prometieron llevar a justicia al autor de los balazos que hirieron a su hijo.
Se apoya sobre la fregona y mira de soslayo. "Todo lo que dijeron que iban a hacer, no pasó nunca".
Pero no ve el sentido en ocuparse del tema. "Olvídalos", dice. "Todo lo que quiero es que mi hijo esté bien. Es todo lo que necesito".
Ella sabe que si más testigos colaboraran, el agresor de su hijo estaría probablemente tras las rejas. Pero no puede culparlos de mantenerse apartados. Ella vive en el mismo mundo que ellos, donde el temor de la venganza es mucho más real que la promesa de protección policial. Si ella presenciara un delito, le gustaría creer que ella daría la cara. Sin embargo, "no sé lo que haría", dice.

swidey@globe.com

26 de febrero de 2006

©boston globe
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veintiún minutos de infamia


[Christopher Goffard] La agresión sexual filmada en 21 minutos ha dejado vidas fracturadas en el condado de Orange.
Cuando hace cuatro años Gregory Haidl apretó el botón de grabación de su cámara de video manual Sony, otras vidas comenzaron a rebobinarse.
La cinta que hizo cabe fácilmente en el bolsillo de una camisa. Para la ley, lo que muestra es macabramente claro: el hijo de un sheriff del condado de Orange, y dos amigos, todos de 17, agrediendo sexualmente a una chica adolescente inconsciente en una mesa de pool en una casa de Corona del Mar. La filmación de 21 minutos llevó la ruina, directa o indirectamente, a muchas de las vidas que tocó. Nadie pudo predecir su alcance.
La denunciante cayó en las garras de la metanfetamina. La chica que dio la cinta a la policía se cambió de nombre. Tres de los agentes de policía más poderosos del condado de Orange vieron sus carreras abruptamente terminadas o estropeadas. Y el viernes, un juez del Tribunal Superior del condado de Orange los envió finalmente a la cárcel.
"Todos tienen que sufrir, y la mayor parte no es calculable, excepto que es enorme", dijo el abogado John Barnett, que representa a Kyle Nachreiner, uno de los acusados. "Esta es más o menos la definición de una tragedia griega clásica, donde nadie sale ganando. Todo el mundo pierde, y creo que es lo que pasará aquí".
Para una fiesta en julio de 2002, el flaco y lampiño Haidl se reunió con dos amigos y una mesonera de 16 de un restaurante, en el garaje en casa de su padre. La chica bebió demasiado, y de acuerdo a las descripciones del video en el tribunal, los chicos se turnaron con la chica de cuerpo flojo, utilizando un taco de pool, un cigarrillo y una botella de Snapple.
Los fiscales vieron evidencias incontrovertibles de agresión sexual, pero los abogados de la defensa argumentan que la cinta cuenta una historia totalmente diferente: la de una chica que soñaba con ser actriz pornográfica que había consentido en hacer una orgía y que simuló estar inconsciente para dar a la filmación un efecto más dramático. En el juicio, un neurólogo de la defensa analizó minuciosamente la cinta, y dijo que los movimientos de la chica demostraban que estaba consciente. Los miembros del jurado no lograron ponerse de acuerdo, diciendo que la evidencia era ambigua. En el segundo juicio, los jurados condenaron a los tres por penetración sexual, pero no por violación.
Para la denunciante, la tragedia fue desgarradora: un proceso legal de cuatro años durante el cual los abogados de la defensa escudriñaron sus hábitos sexuales, la llamaron una depredadora sexual y llevaron a sus ex amigos al banquillo para que la definieran como una mentirosa crónica.
Aunque conocida públicamente como Jane Doe, la identidad de la víctima era difícilmente un secreto en Rancho Cucamonga, donde vivían ella y los acusados. La defensa envió detectives para investigar su pasado. En el vecindario se repartieron octavillas con su nombre y pidiendo información sobre su familia.
Se vio obligada a cambiar de escuela secundaria. El abogado que la representa en una demanda civil contra los acusados, Sheldon Lodmer, de Beverly Hills, dijo que el caso destruyó su auto-estima y la llevó a las drogas, culminando con su detención en 2004 por posesión de metanfetamina.
Intentó seguir en un instituto, pero estaba demasiado trastornada como para poder continuar. "No creo que haya pasado el primer semestre", dijo Lodmer. "La violación que sufrió no es algo que pueda soportar una mujer, menos aun una niña".
Dijo que Jane Doe, ahora de 20, pasó por un programa de rehabilitación y tiene un trabajo de media jornada. Dijo que hablaría con el juez acerca de la sentencia del viernes.
Después de captar el incidente con su cámara, Haidl dejó la cinta en una casa de Newport Beach que era alquilada por amigos suyos. Lindsay Picou, 18, la novia de uno de los inquilinos, se quedó tan horrorizada con la filmación que la sacó de la casa envuelto en una toalla, la escondió en su coche y luego se la entregó a un agente de policía.
"Ellos sabían que había un problema, que no hicieron nada. No querían ser delatores", dijo el fiscal Chuck Middleton, sobre los adolescentes que miraron el video. "Pero Picou se impactó muchísimo con lo que vio y decidió hacerlo".
Picou fue luego vilipendiada por los amigos de los acusados. Se mudó de casa. Se cambió de nombre. "Mi hija fue criada en un hogar cristiano e hizo lo que se supone que tenía que hacer, y no se puede permitir que esto quede sin castigo", dijo una mujer que se identificó como la madre de Picou en una entrevista telefónica. "Han sido cuatro años espantosos".
Entretanto, los acusados -Haidl, Nachreiner y Keith Spann- se han convertido en adultos bajo los focos de los medios de comunicación nacionales, sus caras han cambiado ante millones mientras sus cuerpos rellenaban uniformes de presos. Haidl tiene 20 ahora, Nachreiner y Spann, 21.
Condenados en marzo pasado por agredir sexualmente a la chica, están ahora en la cárcel del condado de Orange. Comparecerán ante Francisco Briseño, el juez del Tribunal Superior, para oír la sentencia el viernes, donde un fiscal pedirá la cárcel para ellos y sus abogados suplicarán clemencia. Haidl puede ser condenado hasta 18 años, Spann hasta 16, y Nachreiner hasta 14.
"Esta es una etapa en sus vidas en que el crecimiento es exponencial, y eso hace todo esto más trágico y más problemático", dijo el abogado de la defensa, Barnett.
Dijo que el caso era único, porque involucraba a tres adolescente de familias relativamente corrientes, sin antecedentes criminales serios y que tuvo un tremendo impacto en la prensa nacional.
Y además el explosivo video. "Tienes un video que es explícito e inquietante, y que es el reflejo de una subcultura que realmente es poco conocida entre la clase media estadounidense", dijo Barnett.
El abogado de Haidl, Al Stokke, dijo que su cliente quiere estudiar negocios cuando salga de la cárcel. De momento, ha sido aislado de los otros reclusos.
"Es hijo de un agente de policía", dijo Stokke.
El abogado de Spann, Peter Morreale, dijo que su cliente "no tenía demasiada experiencia social" cuando se hizo el video. "Estamos hablando de un niño que no ha tenido problemas nunca", dijo. "Debido a lo que pasó cuando tenía 17, será un objetivo permanente".
El video también sacudido los niveles más altos de la policía del condado de Orange. El ayudante de sheriff Don Haidl -padre de Gregory, un millonario que reunión fondos para el sheriff Michael S. Carona- dejó su trabajo en la policía en 2004 para dedicar atención a los juicios de su hijo.
Otro ayudante de sheriff, George Jaramillo, provocó el escrutinio de los fiscales por su conducta en relación con el caso de Haidl. Días después del delito, los detectives de Newport Beach que llegaron a casa de Haidl para interrogarlo encontraron ahí a Jaramillo, en uniforme. El jefe de la policía de Newport Beach acusó a Jaramillo de alentar al padre de Haidl a no permitir que hablara con la policía, estorbando así la pesquisa.
Jaramillo volvió a llamar la atención en octubre de 2003, cuando trató de ocultar un incidente en el que los policías presuntamente capturaron a Haidl con marihuana. Finalmente, Carona despidió a Jaramillo y los fiscales lo acusaron de desfalco de fondos públicos y conflicto de intereses en un asunto no relacionado con el caso.
Carona mismo no fue perdonado. En julio de 2002, el mismo mes que Haidl hizo el video, Carona saltó al estrellato nacional en círculos republicanos después de haber perseguido y capturado al asesino de la niña de cinco años, Samantha Runnion. Desde entonces, sus perspectivas políticas han bajado debido a la publicidad negativa y una avalancha de acusaciones -incluyendo irregularidades en el financiamiento de su campaña y acoso sexual-, provocadas por los problemas de Jaramillo.
El fiscal Chuck Middleton dijo que habría sido difícil presentar cargos contra Haidl, Nachreiner y Spaan si no existiese el video. Sin él, habría sido la palabra de Jane Doe contra la de los acusados.
"Crece y crece", dijo Middleton sobre las vidas afectadas por el caso. "Para mí es increíble. Un montón se debe a la defensa. El modo en que operaron realmente destruyó vidas, a la víctima y a su familia. Ellas no serán nunca las mismas".
El pequeño video tuvo implicaciones tan importantes que pudo haber sido fácilmente escondido en una gaveta o detrás de un sillón.
"Estoy seguro de que a la defensa le habría gustado", dijo Middleton. "Pero no ocurrió así".
Pocas personas han visto el video. En el juicio, el juez Briseño se negó a que fuera visto por el público, a pesar de las súplicas de los medios. Está bajo sello en un sobre de manila en la sala del tribunal del juez de Santa Ana, entre 17 volúmenes de documentos judiciales y tres cajas de evidencias.

9 de marzo de 2006

©los angeles times
©traducción mQh
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último grito de imette


[Larry Celona, Murray Weiss y Lorena Mongelli] Empleados del bar tardaron una semana en decir la verdad sobre la desaparición de Imette, la chica que fue brutalmente asesinada.
Nueva York, Estados Unidos. Un gorila corpulento con un pasado violento discutió con la estudiante universitaria Imette St. Guillen después de echarla de una exclusiva taberna de SoHo la mañana que desapareció -y los empleados del bar oyeron más tarde un grito ahogado, dijeron ayer fuentes policiales.
Los polis creen ahora que el gorila, el ex convicto Darryl Littlejohn, 41, puede ser el sádico vicioso que asesinó a St. Guillen -cuando los investigadores revisaban su casa en Queens a la búsqueda de evidencias en caso de que haya sido asesinada allí.
Los nuevos detalles en el escalofriante caso emergieron a superficie cuando las fuentes revelaron que el dueño del bar The Falls, junto con uno de sus camareros, demoró casi una semana para decir lo que vieron el 25 de febrero temprano, el día que desapareció St. Guillen.
El dueño del bar, Michal J. Dorrian -vástago de la famosa familia tabernera neoyorquina- había contado a investigadores en numerosas ocasiones que St. Guillen bebió dos tragos antes de mirar una nota y salir del bar sola, dijeron las fuentes.
Pero las fuentes dijeron que Dorrian había admitido que al final de esa noche había en realidad ordenado a Littlejohn, el gorila de 1 metro 74 y 90 kilos: "¡Sácala de aquí!", debido a que St. Guillen estaba demasiado bebida.
Dorrian dijo a la poli que Littlejohn sacó a la menuda mujer de 25, una estudiante de ciencias forenses en el Instituto de Justicia Criminal John Jay- por una puerta lateral del edificio en el número 218 de la calle Lafayette, dijeron fuentes policiales.
Dorrian y el camarero no identificado dijeron momentos después que oyeron una discusión en un pasillo justo en la puerta del bar, dijeron las fuentes. Luego oyeron un grito que venía de la misma dirección.
El bar continuó abierto después del incidente.
Littlejohn ha protestado que es inocente, contando a los polis que escoltó a St. Guillen y ella se marchó -y que no la volvió a ver.
También dijo a los detectives que en los minutos antes de que la echara, había estado conversando con ella, dijeron las fuentes.
Dijo que había bromeado con él y le había dicho que era "una agente del FBI" -y él replicó que él era un alguacil, dijeron fuentes policiales.
Pero un detective dijo que sospecha que Littlejohn, que está con libertad condicional por robo a mano armada, puede haber visto a St. Guillen como una "presa fácil" cuando la sacó y la metió en un coche estacionado cerca.
En un momento, ella puede haber estado colocada, dijeron las fuentes.
Los detectives creen que Littlejohn trató de tener sexo con ella, y cuando ella se resistió, se asustó y la mató, posiblemente en su casa en Jamaica, Queens, dijeron las fuentes.
La poli cree que como un "preso condicional", puede haberse asustado porque si hubiera sido condenado por otro delito, como agresión sexual, le habría significado un mínimo de ocho y hasta quince años de cárcel, especularon las fuentes.
El cuerpo magullado y estrangulado de St. Guillen fue encontrado envuelto en una manta con estampado de flores barata, entre los matorrales en Belt Parkway en Brooklyn, la noche del 25 de febrero.
Sus uñas estaban parcialmente destrozadas, lo que indica que se defendió furiosamente. Su cabeza había sido envuelta en cinta de pegar, como una momia.
Entretanto, Littlejohn se presentó a trabajar esa noche a las 9:30, con un rasguño en la parte de atrás de su cuello, dijeron fuentes.
Tres días después de encontrado el cuerpo, Littlejonh volvió a presentarse al trabajo -esta vez en su día libre- y estuvo preguntando intensamente sobre la mujer desaparecida, dijeron las fuentes.
Littlejohn todavía estaba siendo interrogado por los polis ayer tarde, aunque la policía dijo que ha contratado a un abogado. No ha sido acusado de nada en conexión con el caso.
Las fuentes dijeron que los detectives fueron capaces de detenerlo durante tanto tiempo debido a que violó su régimen de libertad condicional.
La policía empezó a registrar la casa de Littlejohn en el número 153-26 de la Avenida 121 como la posible escena del crimen después de conseguir una orden judicial.
Varios investigadores tomaron moldes de pisadas en el pasto de la entrada, mientras otros usaron un martillo para entrar por una puerta trasera, y cinco polis vestidos con uniformes anti-contaminación revisaron un tacho de basura.
Un apartamento arriba no fue incluido en la orden, de acuerdo a su tía Addie Harris, que ha cuidado de la casa con Littlejohn desde que su mamá fuera internada en una institución mental.
La poli prestó particular atención a la parte de atrás de una furgoneta azul aparcada en la entrada de la casa de Littlejohn. La furgoneta, que la policía sospecha que pudo haber sido utilizada para llevar el cuerpo de St. Guillen a Brooklyn, no tiene una matrícula legal.
Fuentes policiales dijeron que otras evidencias incluyen los pelos de gato que fueron encontrados en la cinta de empaque con la que el asesino envolvió la cabeza de St. Guillen. Los pelos están siendo analizados, junto con los pelos de gato encontrados previamente en la manta en la que fue envuelto su cuerpo, para ver si correspondían con los de los dos gatos que viven en el sótano del bar, dijeron las fuentes.
Los detectives sospechan ahora que el asesino puede haber cortado parte del pelo de St. Guillen no como un trofeo después de la agresión, sino porque sabía que había dejado sus huellas digitales en la cinta de pegar donde se había pegado el pelo, e intentó ocultar las evidencias.
La poli descubrió cinta y cables similares a los encontrados en el cuerpo de St. Guillén en el sótano del bar.
Las fuentes dijeron que una posible clave vinculando a Littlejohn con el crimen es una llamada trazada a su celular hacia las 7 u 8 de l tarde de febrero 25, desde el área donde se encontró el cuerpo.
Littlejohn, que ha estado entrando y saliendo de la cárcel durante 20 años, ha usado un apodo diferente para casi todos sus delitos.
Dos nombres usados por él fueron ‘John Handsome’ y ‘Jonathan Blaze’, que es también la identidad secreta del terrible personaje ‘El motorista fantasma’ [Ghost Rider], una historieta.
Dorrian no pudo ser localizado para pedir su comentario, y su esposa se negó a hablar con periodistas en su casa.
John Kekalos, que es co-propietario de The Falls, también se negó a responder a preguntas sobre por qué los empleados del bar tardaron tanto en decir la verdad sobre la desaparición de St. Guillen.
"No estuve aquí esa noche", dijo. "Ninguno de los dueños estábamos aquí esa noche".

Jeane MacIntosh, Tom Liddy, Stefanie Cohen, Erin Calabrese, John Mazor y Leonard Greene contribuyeron a este reportaje.

larry.celona@nypost.com
7 de marzo de 2006
©new york post
©traducción mQh
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