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rick y los bailes eróticos


[Steve Rosenbloom] Por qué no se negocian los bailes eróticos.
Hecho: Mi amigo El Rick se acercaba a los 40 y no había entrado nunca a un club de striptease. Tampoco había visto un baile a la mesa. Tampoco un baile en el regazo. Nunca había estado frente a un escenario donde se desnudan mujeres jóvenes de nombres extraordinarios, como Tanya, Sapphire y Destiny.
Mi plan era visitar todos los clubes de striptease de Chicago. Pero era un mal plan, y es porque es muy caro. Aquí, sabes, la primera regla en los clubes es que debes llevar dinero. La entrada varía entre 10 a 15 dólares, las bebidas cuestan o tres veces más de a lo que estás habituado y, eh, los bailes de las mujeres casi completamente desnudas cuestan normalmente 20 dólares.
Así que elegimos un club y el Rick se puso nervioso.
"No sé qué hacer", dice. "¿No hay un video con instrucciones que pueda mirar?"
Buena idea, pero no. Felizmente para el Rick, iríamos a un club llamado Sherpa.
Caminamos hacia ese local que se llamaba antes Crazy Horse Too y se llama ahora VIPs, y puede llevar otro nombre la semana que viene. Como quiera que sea, pagamos 20 dólares cada uno. Un tipo con smoking nos preguntó si queríamos sentarnos a una mesa o cerca del escenario. Tomamos una mesa cerca del escenario de modo que el Rick todavía pudiera ver a las mujeres girando en torno a las barras mientras pedíamos bailes individuales a nuestra mesa.
Y así empezó la educación del Rick.
Música estridente. Focos con luces de colores. Espejos, terciopelo rojo y montones de mujeres -topless o a punto.
Nos desplomamos cerca del escenario donde una chica está girando a medias. Ni siquiera hemos pedido bebidas, y una despampanante chica envuelto en satén llamada Bambi o Diamond o Heaven me pregunta si quiero un baile. Esto es una constante en un club de striptease: "¿Quieres un baile?" Tú eres un gil. Ellos son tiburones. Vive con ello.
"No", digo, "pero mi amigo sí quiere. No ha estado nunca en un club de caballeros".
Bueno, eso era todo lo que Roxy o Jasmine o Paris necesitaban oír antes de dejar caer su lencería y empezar a bailar.
Es hora de explicar un par de cosas. Hay dos tipos de baile: a la mesa y de regazo. Es exactamente lo que piensas. Una mujer se saca la ropa mientras baila junto a tu mesa, y eso es, o una mujer se saca la ropa y presiona su cuerpo contra tu regazo. El precio es el mismo. Es lo que permita el club o los mandamases de la ciudad.
No tienes que elegir. Las reglas son reglas. Pregunta al entrar. Pero de un modo u otro, no olvides esta regla: No tocar. Las manos en casa. Se refieren a ti.
Si lo intentas un tipo al fondo del local, cargado de bíceps, y rodeado de otros cuatro parientes, querrá hablar contigo, y la palabra se llama ‘dolor'.
Otra cosa: Chicago tiene una regla para los clubes de striptease con respecto al alcohol. Si un local sirve alcohol, las mujeres llevan tangas y sólo se pueden sacar el sujetador, e incluso entonces deben cubrirse los pezones con látex. Si el local sirve jugos, las mujeres se pueden sacar toda la ropa. De todos modos, termina la canción y con ella nuestras fantasías. Chantal o Platinum o Nirvana se viste. Le metes 20 dólares en su tanga.
A menos que el Rick quiera que Lucky vuelva a bailar. Asombrado por sus dotes naturales que contradice la habitual pinta quirúrgica, el Rick no le está pasando a Lucky los 20 dólares acordados.
"Si le pago", dice, "se irá".
Sí. Es verdad. Pero si no le pagas, esas neveras con brazos en la parte de atrás del local te estrujarán la cabeza y la convertirán en una pepa.
Le paga a Lucky. Salimos. Mientras recorremos las calles de Chicago, el Rick intentará una segunda lección. Son las 2 de la mañana. El amor no se puede comprar. Aunque sí se puede pagar por él.

Se puede escribir al autor a: srosenbloom@tribune.com

10 de junio de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh


ricos y pobres en el cine


[Charles McGrath] La ficción tiene una larga historia de fijación en la brecha social.
En la televisión y en las películas, e incluso en páginas de novelas, la gente tiende a vivir en el País del Nunca Jamás americano, homogéneo y sin clases. Este lugar es una actualización, aunque no tan drástica, del viejo vecindario donde vivían Beaver, Ozzie y Harriet, y Donna Reed; es una de esas manzanas de edificios yupificados donde tenían sus apartamentos los amigos de ‘Friends' y la banda de ‘Seinfeld', o en la versión actual más elegante, es parte del mismo viejo suburbio que One Tree Hill y Wisteria Lane -esos suburbios pintados con vaporizador donde mata el tiempo la gente divina y donde la jerarquía del sexo y la pinta ha remplazado la vieja jerarquía del trabajo y el dinero.
Este es un progreso particular, que es también represión, ya que implica que la cultura popular ha logrado en gran medida ocultar algo que estaba a la vista de todos. En los viejos días, cuando estábamos más preocupados por la clase social, éramos también más honestos.
Hay un secreto a-americano en el corazón de la cultura americana: durante un largo tiempo, estuvo preocupada con la clase. Esa preocupación ha disminuido algo -o ha sido sublimada- en los últimos años a medida que nos hemos incorporado a la versión para todo uso para el mercado de masas del sueño americano, pero no ha desaparecido completamente. El tema es un poco como el pariente bueno-para-nada; es a veces un vergonzoso recordatorio, a veces reconocido abiertamente, pero siempre, incluso, o especialmente, cuando no se menciona nunca.
Esto fue particularmente así en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando no se podía ir a ver una película o llegar demasiado lejos en una novela sin ser recordados que la nuestra era una sociedad donde algunos estaban mucho mejor que otros, y donde la división de clase -especialmente la brecha que separa la media de la alta- era un hecho ineludible de la vida. El deseo de achicar la brecha es evocado más persistente y románticamente, por supuesto, en Fitzgerald, en personajes como el viejo Jay Gatz, de Nowhere, Dakota del Norte, mirando al otro lado de Long Island Sound esa distante luz verde, y todos esos soñadores haciendo la cola de los solteros en el club de campo, esperando ser vistos por las chicas ricas.
Pero también hay una versión más sombría, la que aparece en ‘Una tragedia americana', 1925, de Dreiser, por ejemplo, donde la envidia de clase -el deseo de vivir como su rico tío magnate -lleva a Clyde Griffiths a su desesperadamente proletaria novia, y donde la imposibilidad de transcender su destino lo conduce inexorablemente a la silla eléctrica. (En el elegante barrio Lycurgus, en Nueva York, donde ocurre la historia, Dreiser nos recuerda que la "línea de separación y estratificación entre ricos y pobres... era tan marcada como si se hubiera cortado con un cuchillo o separada por una alta muralla").
Algunas novelas usan la ansiedad de clase para evocar no el sueño de mejoramiento, sino de la gran pesadilla americana: el temor a despertar un día y encontrarse en el fondo. Este temor encuentra una seria y moralizadora expresión en libros tempranos como la novela ‘The Little Ragged Ten Thousand, or, Scenes of Actual Life Among the Lowly in New York', 1853, de P.H. Skinner, cuyo título lo dice casi todo. Con el cambio de siglo, sin embargo, en trabajos como ‘Maggie, una chica de la calle', de Stephen Crane, y ‘McTeague', de Frank Norris, sobre un dentista de San Francisco que, desenmascarado como un impostor, se hunde en una vida de crimen y degradación, el tratamiento se había convertido en macabro e impávido.
Estos libros tenían la intención franca de choquear a sus lectores de clase media -asustarlos en serio-, aunque se aprovechan de sus simpatías. Sugirieron que lo peor que le podía pasar posiblemente a un americano era caer de su percha en la jerarquía social, como le ocurre al pobre Hurstwood, en ‘Nuestra hermana Carrie', de Dreiser. En su enamorada persecución de Carrie (la que entretanto usa su belleza y encanto para ascender de su pensión de Chicago a las brillantes luces de Broadway), pierde todo y se derrumba desde los días de prosperidad como dueño de un restaurante a romper una huelga para trabajar como conductor de trole.
Sin embargo, en el gran florecimiento artístico de la novela americana al final del siglo pasado los pobres están notoriamente ausentes en obras de escritores como Henry James, William Dean Howells y Edith Wharton, que estaban casi exclusivamente preocupados de los ricos o de las ambiciosas clases medias: sus matrimonios, sus casas, su dinero y sus cosas. No es accidental que estas novelas coincidieran con la Edad Dorada americana, la era de las fortunas rápidas y el gasto conspicuo de después de la Guerra Civil.
De cierta medida, James, Wharton y los demás estaban simplemente escribiendo sobre el mundo que veían a su alrededor, aunque en James hay a veces un dejo de esnobismo estético, la idea de que la literatura refinada requería un tema refinado. (En ‘Los embajadores', por ejemplo, explica que los Newsomes hicieron su fortuna en la manufactura, pero no se puede obligar a ser tan vulgar como para decirnos qué era lo que hacían exactamente). Por otro lado, en Wharton y Howells, hay un frecuente dejo de sátira, y a veces uno con estruendos sísmicos.
Los vivaces personajes de Wharton no son los aristócratas, los hijos e hijas de las grandes familias de Nueva York, que eran todos un poco fríos y sexualmente deficientes, sino gente como Lily Bart, cuyo estilo de vida supera su chequera y termina con una caída a pique. Y luego están los arribistas y los nouveaus, gente como Undine Spragg, en ‘La costumbre del país', que llega a Nueva York desde la provincial Apex City, Kansas, determinada a surgir en la sociedad a la manera tradicional -casándose, lo que hace no una sino tres veces, si contamos el matrimonio que se suponía que era un secreto. Uno de los mensajes de la novela es que en Estados Unidos el dinero nuevo adquiere muy rápidamente, en una generación o menos, la pátina de la antigüedad; otro es que la estructura de clase está necesariamente apuntalada por el engaño y la doble moral.
Pero para una generación de escritores después de Wharton esa estructura -la vida y mores de los ricos, los bien nacidos y los escaladores- demostró ser infinitamente divertida. Las historias sobre hombres y mujeres jóvenes todavía, y gente más vieja, tratando ansiosamente de subir de posición, atestan todo un librero de la literatura estadounidense.
John O'Hara, por ejemplo, que hizo toda una carrera haciendo la crónica de las clases altas y medias altas de antes de la Primera Guerra Mundial hasta después de la Segunda, y que observó más astutamente que nadie las pequeñas señas que indicaban precisamente dónde estaba quién en la escala social: los clubes y las fraternidades, loa zapatos, las colleras. J.P. Marquand recorría más o menos el mismo territorio y, como O'Hara, tuvo un popular y crítico éxito. De vez en cuando un libro picante sobre la vida de las clases bajas -‘Tobacco Road', por ejemplo- cautivaría la atención del público, pero durante un período sorprendentemente largo la literatura culta de Estados Unidos giró sobre la vida de la clase media alta.
¿Dónde estaba el atractivo? En parte era voyerismo. (No hizo mal a las ventas de O'Hara que viera como parte de su misión informarnos de que la gente de clase alta tenía activas vidas sexuales). Entonces la ficción tenía una especie de función documental; era uno de los lugares donde los americanos iban a aprender cómo vivían otros americanos. Con el tiempo, las novelas dejaron de ser tan informativas y, además, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la clase media en Estados Unidos creció en números e importancia, el mundo de la capa superior perdió algo de su glamour e importancia.
Todavía se escriben novelas sobre clases del viejo tipo: sobre querer y tratar de subir en la escala aprendiendo el código de la clase alta. ‘Prep', una de las primeras novelas de Curtis Sittenfeld, sobre una ambiciosa becaria que termina media loca, derritiéndose de resentimiento de clase, en una escuela que se parece mucho a Groton, se transformó hace poco en un éxito de ventas inesperado. Pero más a menudo la clase alta en retratada en estos días como una clase sitiada que está simplemente tratando de sobrevivir, como los miembros de esa familia de Nueva Inglaterra en la novela de 2003 de Nancy Clark, ‘The Hills at Home', todos fracasados de una u otra manera, que se han retirado a la finca ancestral, o como los abogados y hombres de negocios waspy de Louis Auchincloss, que se ven como los últimos representantes de una raza.
En otras partes del paisaje narrativo, varios escritores jóvenes -especialmente escritores de cuentos- están todavía trabajando en el resplandor de lo que en el pasado fue un tórrido romance literario con el mundo de los Wal-Marts y playas de casas-remolques, evocado tan vívidamente en los escritos de Raymond Carver, Bobbie Ann Mason y Frederick Barthelme, entre otros. Pero en gran medida en estos días las novelas ocurren en una América de clase media para todo uso en vecindarios que podrían ser de cualquier parte, y donde las cargas son más psíquicas que económicas, con gente demasiado ocupada con el cultivo de sus vacilantes relaciones como para prestar atención a mantenerse a la altura de los vecinos
Es un lugar donde todo el mundo está más o menos bien adaptado, pero donde, si miras bien, nadie se siente realmente cómodo. Nuestro último gran héroe de la clase media, alguien que realmente disfrutaba de sus vacaciones y su club de campo, fue Rabbit Angstrom, de John Updike, y murió prematuramente. Hoy sorprende encontrarse con escritores como Richard Russo, Russell Banks o Richard Price, con una anticuada visión casi dickensiana de la vida de los pobres y de las clases trabajadoras; parecen exploradores que han vuelto de algún país lejano.
Leer novelas es un pasatiempo de la clase media, lo que es otra razón por la que las novelas se han centrado a menudo en las clases medias y altas. La entretención de masas es otro asunto y cuando Hollywood cogió el tema de las clases, lo que hizo en los años treinta, hizo un ajuste crucial. Durante la Depresión, los estudios, que eran en general gestionados por inmigrantes judíos, se volvió hacia una serie de fantasías rígidas sobre la vida en la capa superior entre los paganos.
Esas películas eran esencialmente variaciones gemelas sobre un solo tema: sea que un joven rico se enamora de una trabajadora, como, digamos, en ‘Una chica afortunada', para no mencionar más que un ejemplo, o una heredera se enamora de un joven que tiene que trabajar para ganarse la vida (en varios casos es un periodista, que era la idea que tenía Hollywood de una profesión realmente indecente).
Joan Crawford transformó los roles de chica trabajadora en su especialidad en películas como ‘Así ama la mujer' y ‘Alma de bailarina' y también hizo de heredera en ‘Love on the Run' y ‘Yo vivo mi vida'. Pero el mejor ejemplo de este género es ‘Sucedió una noche', con Claudette Colbert y Clark Gable, que se hizo famoso por no usar camiseta.
‘Sucedió una noche' respondía implícitamente a la pregunta de qué obtiene a cambio una mujer de clase alta que se casa: más sexo. En otras versiones de la historia la persona de clase alta simplemente se derrite y humaniza con la más pobre, pero en todos los casos el intercambio es visto como justo y equitativo, con el personaje de clase baja dando tanto como lo que recibe. A diferencia de las novelas de clase, con sus ansiedades y sentimientos de brechas infranqueables, estas son historias de armonía e inclusión, y se sumaban a lo que fue un perdurable giro de la visión americana de la clase: la idea de que la riqueza y los privilegios son de algún modo condiciones lisiantes: si no hacen de ti un completo imbécil, te dejan tieso, tímido y emocionalmente vacío mientras no sean bendecido con un poco de la calidez y compasión de la clase baja.
La fórmula persistió hasta películas como ‘Historia de amor' y ‘Pretty Woman', aunque ahora no se usa que las películas, como las novelas, se ambienten en la América elegante y bien vestida donde los wasps sean una lastimosa especie en peligro de extinción. Como los cuñados de ‘Los padres de él' y ‘Mi gran boda griega', son todavía convencionales, pero ya no son ricos.
La televisión estuvo fascinada con la vida de la clase trabajadora, en programas como ‘The Honeymooners', ‘All in the Family', ‘Sanford and Son' y ‘Roseanne', pero últimamente ha volcado su atención en otros lugares. La única gente que trabaja en la televisión ahora son polis, doctores y abogados, y están demasiado ocupados como para llegar a casa. Un vestigio de la vieja curiosidad sobre cómo vive la otra gente se encuentra ahora en la llamada reality television, cuando Paris Hilton y Nicole Richie caen por tipos incultos en ‘The Simple Life', o cuando familias de clase media y alta cambian madres en ‘Intercambio de esposas' y viven una semana de choque cultural.
Pero la mayor parte de la reality television es una fantasía, basada en la vieja fórmula de juego: la idea de que puedes ser sacado de la vida corriente y ungida la nueva supermodelo, la nueva diva, el nuevo superviviente, el nuevo asistente de Donald Trump. Recibes una infusión instantánea de riqueza y eres simultáneamente investido de algo mucho más valioso: la celebridad, que se ha transformado en una especie de super clase en Estados Unidos, y una clase que transforma en irrelevantes las viejas categorías.
Las celebridades, de hecho, han heredado gran parte del glamour y sensualidad con que se rodeaba la aristocracia. Si Gatsby volviera hoy, volvería como Donald Trump, y no saldría con Daisy, sino con Britney. Y si Edith Wharton estuviera todavía escribiendo, ¿cómo podría dejar de lado a los deslumbrantes magnates del hip hop?
Pero si los márgenes se han movido, y si por ejemplo la fama ahora cuenta mucho más que la educación, lo que persiste es el gran tema americano del deseo, de querer siempre más, o ser diferente de lo que eras cuando naciste: el deseo no tanto de ascender en la escala de clases sino apenas ser un poco elegante. Si crees que las novelas de digamos Dickens o Thackeray, la gente que se siente en casa en Gran Bretaña son las que conocen su sitio, y en este país se ha dado rara vez el caso de que las barreras de clase sean lo suficientemente elusivas y permeables como para justificar tanto el temor de caer como el sueño del escape.

10 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh

no todos se hicieron ricos


[Shaila Dewan] En condado que se enriqueció gracias al golf, hay condados que se quedaron atrás.
Pinewhurst, Carolina del Norte, Estados Unidos. El golf ha hecho de Moore un condado rico. Hay gimnasios, clubes de campo y casas nuevas de 2 millones de dólares. Se espera que el United States Open, que se celebrará más adelante este mes en una de las canchas de golf más famosas del país, recaude 124 millones de dólares para el estado.
Pero mientras los urbanistas se apresuran a proporcionar comodidades de ‘calidad de balneario', algunos barrios han sido dejados atrás -sin alcantarillado, policía, servicio de recogida de basura y, en algunos casos, sin agua potable.

Esos enclaves, Jackson Hamlet, Midway y Waynor Road, son prácticamente todos negros. Están empalmados contra, o a veces incluso completamente rodeados, por pueblos ricos cuyos habitantes son en su mayoría blancos: Pinehurts, Aberdenn y Southern Pine.
Los 500 habitantes de estos enclaves no incorporados están bastante cerca para indicar los tubos del desagüe que pasan a lo largo de sus propiedades en ruta hacia nuevas urbanizaciones, o mirar pasar a los camiones de la basura, que no paran.
Aunque los pueblos no han anexado a estos villorrios a unos 96 kilómetros al sudoeste de Raleigh, y sus residente no pueden votar en las elecciones municipales, están sujetos a las leyes de uso y zonificación de los pueblos en lo que se llama ‘jurisdicción extraterritorial'.
Interrogados sobre la extensión de servicios básicos, los funcionarios del ayuntamiento dicen que deben preocuparse de los que viven dentro de los confines existentes antes de incorporar nuevos barrios. El condado, por otro lado, dice que muchos de sus constituyentes rurales no tienen los servicios que piden los enclaves y que los problemas de estas áreas más densamente pobladas pueden ser mejor servidos por ciudades.
Excluir las áreas fuertemente minoritarias en los límites de las ciudades es una práctica común, pero poco conocida, especialmente en pequeños pueblos en el sur, dicen activistas de derechos civiles y geógrafos. Con el U.S. Open que empieza el 16 de junio en la cancha de golf Pinehurst Nº2, los residentes de los tres barrios negros y sus defensores se están preparando concertadamente por primera vez para obtener más servicios, organizando ruedas de presa y excursiones.
Históricamente, son la misma gente que ha proporcionado gran parte del trabajo para construir los hoteles en Sandhills, como se conoce el área, cuidaron el césped de las canchas de golf o trabajaron en los equipos de caddies sólo negros, hace tiempo remplazados por carros eléctricos.

Ida Mae Murchison vive en Jackson Hamlet, un sombreado vecindario de caminos de tierra encerrado entre Aberdeen y Pinehurst, pero no reclamado por nadie. En una esquina sobresale un nuevo complejo de apartamentos; fue anexado por Pinehurst, que se expande a menudo para incluir áreas donde un urbanista ya ha pagado la infraestructura. En la parte de atrás, un lugar conocido como Buckety Ford, donde los niños de Jackson Hamlet recogen agua, ha sido condenado para crear un lago de 80 hectáreas rodeado de casas, también parte de Pinehurst.
"Tengo la sensación de que simplemente nos olvidaron, nos pusieron en la estantería o nos dejaron para más tarde o algo parecido", dijo Murchison. "Pero yo digo, no quiero molestar a nadie. No quiero causar problemas".
Murchison fue la primera camarera del Carolina Inn, el lujoso centro del balneario de 110 años de historia de Pinehurst, donde trabajó durante casi 50 años. Ahora de 84 y jubilada, vive sola, preocupada porque no hay agentes de policía a los que llamar en caso de problemas. A pesar de dos fuerzas policiales municipales en las cercanía, su vecindario es responsabilidad del sheriff del condado -cuyos alguaciles, dice, tardan al menos 10 minutos en aparecer.
En Midway, una comunidad negra casi completamente rodeada por Aberdeen, los patios están rebosantes de flores, vides, estatuas y pilas para pájaros. Pero el lánguido perfume de la madreselva es puntuado por el igualmente pesado hedor de las aguas residuales no tratadas.
Randy Thomas, encargado de alimentación del Departamento Correccional, que acaba de adoptar a cuatro niños, dijo que tenía que acarrear arena cada dos meses para cubrir las filtraciones del sistema séptico que se escurre en su entrada.
El vecino de Thomas, James McDougal, dijo que su madre se tuvo que marchar de su casa más abajo en la calle cuando la vejez le impidió usar el excusado fuera. El condado no permite un tanque séptico porque el terreno es demasiado pequeño, dijo McDougal.
Michael Holden, comisario del condado, dice que la petición de servicios de los residentes coloca al condado en una "situación delicada", en parte porque hay demandas concurrentes sobre los recursos.
"Reconozco que el condado de Moore esperó demasiado tiempo y debería haber hecho esto hace 20, 25 años atrás", dijo Holden, señalando que en los últimos 10 años el condado ha usado subvenciones para extender los servicios de alcantarillado o agua potable a algunas comunidades de minorías. Pero, agregó: "Se trata de morderlas poco a poco, tragar los cachos y seguir avanzando".
En 2000, el estado asignó una subvención federal de desarrollo para financiar líneas de agua y alcantarillado hacia el enclave negro llamado Monroe Town. Allí todos los pozos eran deficientes; funcionarios del condado encontraron una vez una zarigüeya muerta. Pero Monroe Town, que está dentro de la subdivisión que rodea la cancha de Pinehurst Nº6, sigue estando no incorporado y carece de otros servicios, como la recogida de basura.
Sin una subvención, el condado no se siente inclinado a pagar la infraestructura que necesitan los enclaves. Los que buscan esos servicios se apresuran a señalar que el condado ocupa la posición 18 del listado de 100 en el estado con ingresos medios, incluso sin tener un centro urbano importante, y que su carga fiscal es baja, con una tasa en el 10 por ciento más abajo. En los últimos 10 años, los impuestos a la propiedad del condado se han duplicado, y terminó el año fiscal de 2004 con un excedente de 9.3 millones de dólares.
Interrogado sobre si el condado podría pagar los tubos y otros elementos (un cálculo es que instalar servicios de alcantarillado en Jackson Hamlet costaría entre 1.5 y 1.75 millones de dólares), Holden dijo: "¿Dónde paras?"
Funcionarios también dicen que estos enclaves se han mostrado desconfiados de la anexión en el pasado, por miedo a los impuestos más altos que tendrían que pagar por ser parte de la municipalidad o a la potencial destrucción de sus comunidades por los urbanistas.
"Algunos de los que están pidiendo todo esto, no tienen a todo el mundo detrás, como les gustaría", dijo Bill Zell, administrador municipal de Aberdeen.
Una vez instalados, los costes parecen modestos. Una familia en Jackson Hamlet que paga ahora 270.96 dólares en impuestos a la propiedad, por una casa de 50.000 dólares, pagaría 382.56 si fuera anexada por Pinehurst, y 452.64 dólares si fuera anexada por Aberdeen. De acuerdo a cifras proporcionadas por el Centro de Derechos Civiles de la Universidad de Carolina del Norte, que está ayudando a las comunidades negras, el coste real de esas familias disminuiría porque ya no tendrían que pagar por la mantención del tanque séptico, la recolección de basura y otros gastos que son cubiertos por sus impuestos municipales.
Andy Wilkison, administradora municipal de Pinehurst, dijo que Jackson Hamlet y Monroe Town rechazaron la anexión en 1990 y 1991, respectivamente, en parte para evitar los impuestos más altos. "Sé cómo se ven los mapas", dijo Wilkison, "pero las anexiones han sido en gran parte lugares donde la gente ha venido a nosotros a pedir que los anexemos".
Waynor Road, que no tiene ni alcantarillado ni agua, está pidiendo ser anexado por Southern Pines, y el pueblo está estudiando los costes de la iniciativa. Para los funcionarios, los límites del pueblo no son un asunto de raza, sino de dinero. Las parcelas son anexadas después de que un urbanista paga por el alcantarillado y las conexiones del agua o si la base fiscal del área puede generar previsiblemente suficientes ingresos para pagarlos ella misma.
Cuando Frank Quis, el alcalde de Southern Pines, fue interrogado sobre la exclusión racial, dijo: "¿Me esta diciendo que todos en Waynor Road son de una raza? Quiero decir, eso sería raro".
Pero Anita S. Earls, abogado del Centro de Derechos Civiles de la Universidad de Carolina del Norte, dijo que aunque los funcionarios no estén motivados por el racismo, las desigualdades raciales históricas eran parte del axioma. "No hemos encontrado un terreno pequeño, densamente poblado, de una comunidad de blancos pobres en las lindes del pueblo", dijo Earls.
La exclusión de los vecindarios minoritarios, a veces llamada segregación, es algo que ocurre en todo el condado. En Modesto, California, los hispanos han intercambiado visitas con los vecinos del condado de Moore y están exigiendo servicios. En 2003, una comunidad negra en las afueras de Zanesville, Ohio, obtuvo agua potable después de presentar una demanda por derechos civiles. Pero activistas de derechos civiles dicen que está más extendido en pequeños pueblos en el Sur.
"No creo que ocurra en las ciudades más grandes de Carolina del Norte porque la dinámica política es muy diferente", dijo Allan Parnell, vice-presidente del Instituto de Comunidades Sostenibles Cedar Grove, en Mebane, Carolina del Norte, que hizo un estudio sobre la exclusión racial en pueblos de Carolina del Norte. "En los pueblos más grandes hay una población negra más abundante que tiene algo que decir en la gestión de la comunidad".
La segregación niega poder político a los negros mientras los deja a merced de políticos que no quieren representarlos, dijo Earls. Todos los comisarios del condado de Moore, en general elegidos, son blancos, y los funcionarios negros, elegidos o nombrados, son escasos en los tres condados.
Varios funcionarios elegidos dijeron que la falta de diversidad en el gobierno no era un problema porque ellos tratan igual a sus constituyentes.
"Cariño, yo trabajo con negros y me gusta trabajar con negros", dijo Virginia Saunders, que lleva 10 años como comisaria del condado. "Me gustaría que hablara con alguna gente negra a la que he ayudado".
Pero Maurice B. Holland Sr., que vive en Midway y es el único miembro negro de la comisión de planificación de Aberdeen, tenía una opinión diferente.
"No hay nadie en el poder que se aboque a los problemas de la comunidad negra", dijo Holland. "La actitud parece ser: ‘Nosotros sabemos lo que es bueno para ti'".

8 de junio de 2005
2 de junio de 2005
©http://www.nytimes.com/2005/06/07/national/07pinehurst.html?hp
©traducción mQh

los mamíferos también ríen


[Peter Gorner] Científicos dicen que los animales también se ríen.
Como empresa científica, hacerle cosquillas a las ratas para hacerlas chillar de placer puede parecer frívolo, pero entender la risa en los animales puede conducir a tratamientos revolucionarios de enfermedades emocionales, dicen investigadores.
El placer y la risa, dicen, no son rasgos únicamente humanos.

Cuando ríen, los chimpancés emiten típicos jadeos de excitación, su versión del ‘ja-ja-ja' limitada sólo por su anatomía y ausencia de control de la respiración, dicen investigadores.
Los perros tienen sus propios sonidos para espolear a otros perros a jugar, y grabaciones del sonido puede reducir drásticamente los niveles de estrés en refugios y perreras, de acuerdo al científico que lo constató.
Incluso ratas de laboratorio chillan de placer por encima del rango del oído humano cuando pelean entre sí o un celador les hace cosquillas -las mismas vocalizaciones que emiten antes de recibir morfina o tener sexo.
Estudiar los sonidos de placer puede ayudarnos a entender la evolución de las emociones humanas y la química del cerebro que subyace a problemas emocionales como el autismo y los desórdenes de déficit de atención e hiperactividad, dijo Jaak Panksepp, un pionero neurólogo que describió la risa de las ratas.
Panksepp, de la Universidad Bowling Green del Estado de Ohio, resume los últimos estudios, que califica de "espectaculares", en la edición de esta semana de la revista Science con la esperanza de alertar a colegas sobre los resultados. La investigación sugiere que el estudio de las emociones animales, en el pasado un tabú científico, está siendo rápidamente aceptado.
"Es muy, muy difícil encontrar un escéptico en estos días. El estudio de las emociones de los animales ha madurado. Las cosas han cambiado completamente desde hace cinco años", dijo Mark Bekoff, un experto en conducta de juegos de los perros y profesor de biología en la Universidad de Colorado, en Boulder.
Los biólogos sugieren que la naturaleza aparentemente considera los sonidos de bienestar lo suficientemente importantes como para haberlos conservado durante el proceso evolutivo.
"Los circuitos nerviosos de la risa existen en regiones muy antiguas del cerebro", dijo Panksepp, "y formas ancestrales de juego y risa existieron en otros animales eones antes de que llegáramos los humanos".
La investigación en el terreno "es sólo el inicio de una ola del futuro", dijo el etólogo comparativo Gordon Burghardt, de la Universidad de Tennessee, que estudia la evolución del juego. "Nos permitirá acortar la brecha con otras especies".
Nuevas técnicas de investigación a menudo descansan en brujería de alta tecnología, pero la herramienta más importante de los científicos en este campo es mucho más simple.
"Las cosquillas son la clave", dijo Panksepp. "Abren un mundo previamente oculto".
Panksepp ha estudiado durante años las vocalizaciones de juego en los animales años antes de que pensara que podría haber alguna forma ancestral de la risa.
"Luego me fui al laboratorio y le hice cosquillas a algunas ratas. Les hice cosquillas gentilmente en la nuca. ¡Guau!"
Las cosquillas hicieron que las ratas chillaran alegremente -"mientras al animal se muestre amistoso contigo", dijo. "Si no, no chillan, como un niño que desconfía de un adulto".
Las ratas a las que se les hizo cosquillas repetidas veces crearon vínculos sociales con los investigadores y buscaban las cosquillas. Los investigadores descubrieron también que a las ratas les gusta pasar el tiempo con ratas que chillan un montón.
Durante la risa humana, se encienden los circuitos de recompensa de dopamina. Cuando los investigadores provocaron cosquillas neuroquímicamente en esas mismas áreas en los cerebros de ratas, las ratas chillaron.
El humor de las ratas debe ser investigado todavía, pero si existe, un importante componente serán las payasadas, especuló Panksepp. "En especial las ratas jóvenes tienen un maravilloso sentido del humor".
Panksepp dijo que la risa, al menos en respuesta a estímulos físicos directos como las cosquillas, puede ser un rasgo común compartido por todos los mamíferos.El psicólogo y neurólogo Robert Provine, autor de ‘Laughter: A Scientific Investigation', hizo cosquillas y jugó con chimpancés en el Centro Primate Regional Yerkes en Atlanta mientras investigaba el origen de la risa humana.
Las risa en los chimpancés, nuestros parientes genéticos más cercanos, está asociada con juegos rudos y cosquillas, descubrió Provine. Eso no fue una sorpresa.
"Es como la conducta de los niños", dijo Provine, de la Universidad del Condado de Maryland Baltimore. "Unas cosquillas y risa son los primeros medios de comunicación entre una madre y su bebé, de modo que la risa aparece unos cuatro meses después del nacimiento".
La importancia de esa temprana conducta es evidente.
"Estamos hablando de vida y muerte, de los vínculos y supervivencia de los bebés", dijo Provine.
Cuando los chimpancés ríen, emiten jadeos característicos, desde los apenas audibles hasta fuertes gruñidos, con cada respiración.
"Los humanos reímos cuando expulsamos el aire. Cuando decimos ‘ja-ja-ja', cortamos la expulsión de aire", dijo Provine. "Los chimpancés no pueden hacer eso. Ellos hacen un sonido al tomar aire y al expulsarlo. No tiene control de la respiración... para producir la tradicional risa humana".
El gran paso adelante en el estudio de la risa de los perros lo dio la investigadora de la Universidad de Nevada, Reno, Patricia Simonet, mientras trabajaba con estudiantes en el Sierra Nevada College, en Lake Tahoe.
Después de realizar extensas investigaciones sobre los chimpancés, Simonet estaba abierta a la idea de las emociones animales, pero el sonido de la risa que descubrió en los perros fue inesperado: una "exhalación jadeante, pronunciada, forzada" que suena al oído no acostumbrado como el jadeo normal de un perro".
Pero una espectrógrafo mostró estallidos de frecuencias, algunas más allá del oído humano. El jadeo es más simple, y se limita a pocas frecuencias.
Al oír una grabación de la risa de un perro, los animales buscan sus juguetes y juegan solos, dijo Simonet. Nunca inició respuestas agresivas.
"Si quieres invitar a tu perro a jugar usando la risa canina, di "he, he, he", sin pronunciar la e", dijo Simontet. "Expulsa el aire en un estallido, como si estuvieras recibiendo la maniobra de Heimlich".
Cuando hizo escuchar la grabación de la risa de un perro en un refugio animal, Simonet descubrió que incluso los cachorros de 8 semanas reaccionaban empezando a jugar, algo que no habían hecho cuando fueron expuestos a otros sonidos caninos.
"Algunos sonidos, como los gruñidos, confundieron a los cachorros. Pero la risa de perro causó alegría y disminuyó inmediatamente los niveles de estrés en el refugio".

6 de junio de 2005
3 de abril de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
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ricos en vaqueros


[Jennifer Steinhauer] Clases sociales, consumo y objetos del deseo.
Breachwood, Ohio. Eran las cuatro y media de la tarde, la dulce hora de las oportunidades en el centro comercial de Beachwood.
Los compradores entraban a las tiendas a la hora pique de antes de la cena, y las dependientas, como si manejasen una clave, empezaron el ritual de la venta al detalle: tratar de distinguir a los compradores de los mirones, los clientes con tarjeta de crédito platino de los que apenas pueden pagar sus mensualidades mínimas.

No es siempre fácil. Ellyn Lebby, una dependienta de Saks Fifth Avenue, dijo que tenía un cliente que compraba normalmente trajes de 3.000 dólares pero que "se ve como si hubiera estado parado fuera pidiendo limosna con una taza".
En Oh How Cute [Ah Qué Encantador], una boutique para niños, la propietaria, Kira Alexander, se fija en las uñas de los clientes. Una buena manicura es usualmente un signo de dinero. "Pero", concede Alexander, "yo no me hago las uñas y puedo comprar todo lo que quiero".
En la chocolatería Godiva, más abajo en el centro comercial, Mark Fiorilli, el administrador, ni siquiera se preocupa de saber quién tiene dinero. En el curso de unas horas, sus clientes fueron una joven con un anillo de diamantes gigante y un ex inspector de aviones que vive de una pensión de invalidez.
"No se puede presuponer", dijo Fiorilli.
Las clases sociales, que antes eran fáciles de detectar por el coche en la calle o el bolso en el brazo, se han hecho más difíciles de observar en las cosas que compran los norteamericanos. Ingresos en aumento, precios bajos y créditos fácilmente accesibles han dado a tantos americanos acceso a una gama tan amplia de artículos caros que los marcadores tradicionales de condición social han perdido gran parte de su significado.
Una familia firmemente anclada en la clase media puede poseer una televisión de pantalla plana, conducir un BMW y permitirse los chocolates caros.
Una familia rica sólo puede empañar la imagen algo más comprando vino en Costco y toallas de baño en Target, que durante años ha llenado sus estanterías con artículos de alta calidad.
Entretanto, todos parecen estar fundiéndose en una masa sin clase, desechando la ropa elegante más vistosa y llevando informales vaqueros y chandales. Cuando el vice-presidente Dick Cheney, un hombre rico por derecho propio, asistió a una ceremonia en enero en Polonia para conmemorar la liberación de los campos de exterminio nazis, llevaba una parka.
Pero los símbolos de status no han desaparecido. A medida que el lujo se hace más popular, el mercado se ha hecho simplemente mejor, ofreciendo artículos cada vez más caros y lanzándolos a los cada vez más altaneros ricos. Este es un Estados Unidos de Hummers de 130.000 dólares y conjuntos de brazaletes de tenis con diamantes para madre e hijo de 12.000 dólares, de vaqueros de 600 dólares, cortes de pelo de 800 dólares y resbaladizas revistas nuevas con anuncios de botellas de vino a 400 dólares.
Luego existen las nuevas etiquetas de consumo de calidad que puede ser menos conspicuas pero no menos potentes. Cada vez más los más ricos del país gastan su dinero en servicios personales o experiencias exclusivas y se aíslan de las masas de modos que van más allá de edificios amurallados.
Estos estadounidenses emplean a unos 9.000 chefs personales, de unos 400 hace 10 años, de acuerdo a la Asociación Americana de Chefs Personales. Están reservando los destinos de vacaciones más exóticos, a menudo en aviones privados. Visitan a los cirujanos plásticos y dermatólogos para caras y frecuentes intervenciones cosméticas. Y están enviando a sus niños a clases particulares de matemáticas a 400 dólares la hora, campamentos de verano en castillos franceses y cursos intensivos sobre el manejo del dinero.
"Si alguien tiene o no una televisión con pantalla plana te dirá menos que si observas los servicios de los que hacen uso, dónde viven y el control que tienen sobre el trabajo de otras personas, de los que trabajan para ellos", dijo Dalton Conley, autor y sociólogo de la Universidad de Nueva York.
Los bienes y servicios han sido siempre instrumentos para medir la condición social. Thorstein Veblen, un economista político que acuñó la frase "consumo conspicuo" a principios del siglo pasado, observó que era la rica "clase ociosa", por su "manera de vivir y valores", la que fijaba las normas para todos los demás.
"La observación de esas normas", escribió Veblen, "en algún grado de aproximación, se impone sobre todas las clases más abajo en la escala".
Así es hoy. En un sondeo reciente del New York Times, un 81 por ciento de los norteamericanos dijeron que habían sentido la presión social para comprar artículos más caros.
Pero lo que Veblen no pudo anticipar es de dónde proviene alguna de esa presión, dice Juliet B. Schor, profesora de sociología del Boston College que ha escrito ampliamente sobre la cultura del consumidor. Mientras los ricos pueden haber fijado siempre las normas, dijo la profesora Schor, la competencia social real tomaba lugar en gran parte a nivel de vecindario, entre gente más o menos de la misma clase.
Sin embargo, dijo que en los últimos 30 años, a medida que la gente empezaba a aislarse cada vez más de sus vecindarios, un bombardeo de revistas y programas de televisión celebrando los juguetes y símbolos de los ricos han fomentado todo un nuevo nivel de deseos a través de las clases sociales. El "deseo horizontal", codiciar las cosas de un vecino, ha sido remplazado por el "deseo vertical", ansiando las cosas de los ricos y los poderosos vistos por televisión, dijo la profesora Schor.
"El viejo sistema era mantenerse a la altura de los Jones", dijo. "El nuevo sistema es mantenerse al día con los Gates".
Por supuesto, sólo otros multimillonarios lo pueden hacer. La mayoría de los norteamericanos están observando del otro lado de una creciente brecha de ingresos entre ellos y los muy ricos, haciendo los deseos verticales todavía menos realistas. "Hay una brecha más grande entre la persona promedio y sus ambiciones", dijo la profesora Schor.
Pero otros que estudian la conducta de los consumidores dicen que querer y obtener bienes materiales no es solamente un ejercicio en competitividad. En esta visión, los americanos se preocupan menos de imitar a las primeras filas que simplemente tener una parte justa de la riqueza y una posibilidad de hacerse un lugar en la sociedad.

"A la gente le gusta tener cosas, y las cosas son buenas para la gente", dijo Thomas O'Guinn, profesor de publicidad en la Universidad de Illinois, que ha escrito libros de texto sobre márketing y consumo. "Una cosa que trajo la modernidad fueron todo tipo de identidades, la capacidad de la gente para elegir lo que quiere ser, cómo presentarse a sí mismos, qué tipo de estilo de vida te gusta. Y lo que consumes no se puede separar de eso".

Precios Más Bajos, Deudas Más Altas
En todo el centro comercial de este suburbio de clase alta de Cleveland, los artículos caros seguían: monos de algodón por 80 dólares, velas aromatizadas por 40 dólares en Bigelow Pharmacy. Y en todas partes se oía el sonido de los celulares, uno con su musiquilla de salsa, otro con acordes de Brahms.
Pocos artículos de consumo ilustran mejor la democratización del lujo que el celular, inmortalizado alguna vez como el juguete supremo de la exclusividad por Michael Douglas cuando daba vueltas en la película ‘Wall Street', de 1987, gritando en uno del tamaño de un cojín.
Ahora uno de dos americanos usa un celular; el año pasado, había 176 millones de subscriptores, casi ocho veces más que los usuarios de hace una década, de acuerdo a la firma de investigaciones de mercado IDC. La cantidad ha subido enormemente debido a que los precios correspondientemente han bajado en picado, a un octavo de lo que costaban hace 10 años.
El patrón es familiar en los aparatos electrónicos. Lo que comienza como un producto caro -un ordenador portátil, un reproductor de DVD- pasa poco a poco al mercado masivo a medida que bajan los precios y sube la producción, en gran parte debido a los baratos costes de trabajo en los países en desarrollo que fabrican crecientemente estos artículos.
Esa especie de "encargo global" ha tenido un impacto similar en todo el mercado norteamericano. Los precios de la ropa, por ejemplo, apenas han subido en la última década, mientras los precios en los grandes almacenes cayeron en general un 10 por ciento entre 1994 y 2004, dice el gobierno federal.
Incluso en lugares donde los precios de los artículos de lujo siguen siendo prohibitivamente altos, algunos fabricantes han desarrollado estrategias para incluir a más clientes, apuntando hacia los consumidores de clase media, cuyos ingresos generalmente han subido en los últimos años; el ingreso familiar medio en Estados Unidos creció un 17.6 por ciento entre 1983 y 2003, cuando fue reajustado con la inflación.
Un modo en que los fabricantes de coches de lujo explotaron este mercado fue introduciendo versiones más baratas de sus coches, tratando de atraer a los compradores jóvenes y menos prósperos con la esperanza de que puedan acceder a modelos más prestigiosos a medida que aumentan sus ingresos.
Mercedes-Benz, BMW y Audi ya están ofreciendo coches a 30.000 dólares y ahora piensan introducir modelos que se venderán por unos 25.000 dólares. Los coches de lujo son el segmento de más rápido crecimiento de la industria.
"La nueva gran tendencia que se está desarrollando en Estados Unidos es el coche ‘sublujoso'", dijo David Thomas, editor de Autoblog, una guía de coches online. "El verdadero reto ahora es bajar un peldaño más, pero los fabricantes de coches no dirán nunca un peldaño más ‘abajo'".
La industria de los coches de lujo es solamente una de las que hecho sus productos más accesibles a la clase media. La industria de los cruceros, en el pasado asociada con la capa superior, es otra.
"La rama de los cruceros ha evolucionado totalmente", dijo Oivind Mathisen, editor del boletín Cruise Industry News, "y se convirtió en un negocio que satisface a los ingresos moderados". El fragmento lujoso sólo comprende un 10 por ciento del mercado de cruceros ahora, dijo Mathisen.
Sin embargo, los viajes en crucero de hoy continúan haciendo sus negocios sobre los vestigios de su mística de clase alta, incluso cuando ofrece entretenciones como patinaje sobre hielo a bordo y escalada. Aunque la cena con el capitán son cosas del pasado, los buques todavía miman a los pasajeros con gimnasio, boutiques y sofisticados restaurantes.
Todo eso se puede obtener por un promedio de 1.500 dólares por persona por semana, un precio que casi no ha cambiado en los últimos 15 años, dijo Mathisen. La industria ha mantenido los precios bajos en parte comprando barcos más grandes para acomodar a una clientela más amplia.
Pero los precios accesibles no son la única razón por la que el mercado está empañado. Los americanos se han cargado de juguetes caros en gran parte gracias a préstamos y tarjeta de crédito. Ahora tienen una deuda de unos 750 billones de dólares, de acuerdo a la Reserva Federal, seis veces más que hace dos décadas.
Ese gran salto se puede trazar en parte al explosivo crecimiento de la industria del crédito. En los últimos 20 años, la industria se ha mostrado cada vez más indulgente sobre a quién prestar dinero, más sofisticada a la hora de evaluar los riesgos de crédito y cada vez más generosa sobre cuánto prestar a la gente, mientras esos clientes estuvieran dispuestos a pagar tarifas más altas y a correr el riesgo de vivir endeudados.
Como resultado, para tomar un ejemplo, millones de americanos que no podrían haber soñado con comprar una casa propia hace dos décadas, lo están haciendo ahora en números nunca visto antes debido a un agudo descenso de las tasas de interés hipotecario y la creación de una industria prestamista de segunda calidad, que otorga crédito a altos costes a gente de bajos ingresos.
"Los acreedores adoran el término ‘democratización del crédito'", dijo Travis B. Plunkett, el director legislativo de la Federación de Consumidores de América, un grupo de defensa de los consumidores. "En general, ciertamente ha tenido un efecto positivo. Muchas familias que nunca tuvieron crédito antes, lo tiene ahora. El problema es que ahora hay una avalancha de créditos disponibles para muchas familias económicamente vulnerables y extendidos de una manera imprudente y agresiva en muchos casos sin pensar en las implicaciones. Los acreedores dicen que ha empujado a la economía hacia adelante, y ayudado a muchas familias a mejorar su situación económica, pero omiten hablar sobre la otra mitad de la ecuación".

La Respuesta de los Comerciantes
Los marketers han tenido que ajustar sus estrategias en este fluido mundo del consumo. Donde antes apuntaban sus anuncios principalmente hacia un grupo básico de clientes -hombres que ganaban entre 35.000 y 50.000 dólares al año, digamos-, ahora están cada vez más refinando sus esfuerzos, tratando de identificar los intereses y gustos y nivel de ingreso de clientes potenciales.

"La dinámica del mercado ha cambiado", dijo Idris Mootee, un experto en márketing de Boston. "Normalmente estaba claramente definido cuánto podías gastar. Antes, si pertenecías a algún grupo, tú comprabas en el Wal-Mart y comprabas el café más barato y las zapatillas más baratas. Ahora, la gente puede comprar las marcas más baratas de artículos de consumo, pero todavía quieren café Starbucks y un iPod".
Los comerciantes, por ejemplo, pueden estar mirando dos tipos de golfistas, uno de clase media baja, el otro rico, y saber que leen la misma revista de golf, ven los mismos anuncios y posiblemente compran un controlador de la misma calidad. La diferencia es que el primero estará derrochando y luego jugará en un club público mientras el otro no pestaña ante el precio y toma té en un club de campo privado.
Similarmente, una gerente de oficina de ingresos medios puede ahorrar su dinero para comprar un solo artículos de lujo, como una chaqueta de Chanel, la misma que lleva una ama de casa rica que tiene una docenas de otras parecidas en su casa de 2.5 millones de dólares.
Los marketers también saben que los compradores de hoy tienen prioridades imprevisibles. Robert Gross, que estaba paseando por el centro comercial de Beachwood con su hijo David, dijo que no podría vivir sin su crucero anual. Gross, 65, también aprecia sus dos anillos de diamantes en el meñique, sus perchas con suéteres de cachemir y su Mercedes CLK 430. "Mi matrícula dice BENZABOB", dijo. "¿Te dice eso que tipo de persona soy?"
Pero la predilección por las cosas lujosas no detuvieron a Gross, contable, de burlarse de que David pagara 30 dólares por una caja de chocolates Godiva para su esposa. El viejo Gross había ido a un fabricante de chocolates local. "Fui a Malley's", dijo, "y compré mi chocolate a mitad de precio".
Sin embargo, prácticamente ninguna compañía que se haya construido una reputación como distribuidora de artículos de lujo querrá perder su posición en ese territorio, incluso si baja los precios de algunos artículos y vende a una audiencia más amplia. Si un producto caro se ha deslizado en el mercado masivo, otro nuevo tomará su lugar en la cima.
Hasta principios de los años noventa, Godiva vendía solamente en Neiman Marcus y otras pocas tiendas elegantes. Hoy es una de esas compañías cuyos clientes provienen de todos los puntos del espectro económico. Sus caramelos se pueden encontrar ahora en 2.500 puntos de venta, incluyendo las tiendas de postales Hallmark y grandes almacenes en el mercado medio como Dillard's.
"La gente quiere participar en nuestra marca porque somos un lujo accesible", dijo Gene Dunkin, presidente de Godiva North America, una unidad de la Compañía de Sopas Campbell. "Entre 1 y 350 dólares, con un increíble surtido de lujo, damos la impresión de ser un producto muy caro".
Pero la compañía está tratando simultáneamente de aferrarse al verdadero mercado de lujo, que ha sido crecientemente seducido por artesanos chocolateros pequeños y caros, muchos de Europa, que se están instalando en el país. Hace dos años, Godiva introdujo su línea más cara, ‘G', chocolates hechos a mano que se venden a 100 dólares el medio kilo. Hoy está disponible solamente durante la temporada de vacaciones y sólo en tiendas selectas.

Nuevos Símbolos de Posición
Mientras el resto de Estados Unidos parece estar poniéndose al día con los Jones, los Jones ricos ya se han mudado.
Algunos han desaparecido de la vista, comprando casas más grandes y más lujosas en vecindarios cada vez más aislados del resto de los norteamericanos. Pero la verdadera medida de la clase alta hoy está en los servicios personales con que se consienten.
El profesor Conley, sociólogo de la Universidad de Nueva York, se refiere a estas etiquetas menos tangibles de posición social como "bienes posicionales". Por ejemplo, una pareja que contrata a un niñeras para recoger a los niños de la escuela porque los dos trabajan, dijo. Su posición sería en general más baja que la pareja que recoge ella misma a los niños, porque la segunda pareja tendría suficiente poder adquisitivo para permitir que un padre se quede en casa mientras el otro trabajo.
Pero la segunda pareja ocuparía en realidad el segundo peldaño en esta jerarquía de después de la escuela. "En el grupo, encima de todos están los padres que tienen una nana", dijo Conley.
La posición social entre la gente de las capas superiores, dijo, "es el tiempo que se gasta en esperarlos, en ser atendido en las manicuras, es cuánta gente trabaja para ellos". Desde 1997 hasta 2002, los ingresos por servicios de cuidado del pelo, uñas y piel saltaron un 42 por ciento en todo el país, muestran datos de la Oficina de Censos. Los ingresos descritos por la oficina como "otros servicios personales" aumentaron en un 74 por ciento.
En realidad, en algunos casos, los servicios y experiencias han remplazado a los objetos como verdaderos símbolos de una alta posición. "Cualquiera puede comprar un coche caro fuera de serie", dijo Paul Nunes, que escribió ‘Mass Affluence' con Brian Johnson, un libro sobre estrategias de mercado. "Pero ahora la gente compite más por los estilos de vida. Se trata de qué campos deportivos son visitados por tus niños y cuán a menudo, dónde sales de vacaciones, incluso lo a menudo que haces cosas como trabajar para Habitat for Humanity, que es un gasto caritativo por el que la gente puede competir".
En las ciudades más grandes del país, servicios de otro modo prosaicos se han transformado en símbolos de posición social debido simplemente a la etiqueta del precio. El año pasado en Nueva York un salón de belleza introdujo un corte de pelo de 800 dólares, y una restaurante japonés, Masa, inauguró un menú fijo de 350 dólares (sin incluir impuestos, propinas y bebidas). La experiencia no trata de una buena cena, ni incluso de una cena exquisita; se trata de un encuentro transformador en un ambiente tipo Zen, con un chef que decide qué comer y a qué ritmo. Y se trata finalmente de exclusividad: hay sólo 26 sillas. Hoy, uno de los símbolos de status más anhelados en Nueva York es una reservación en Masa.
Y así es como funciona el mercado, dice Conley. Por cada objeto de deseo, pronto aparecerá otro al lado, haciendo subir incluso más las aspiraciones.
"La clase ahora es realmente como un juego de carteta", dijo. "En el momento en que el aspirante de posición baja piensa que ha encontrado la nuez debajo de la cáscara, en realidad la nuez se ha deslizado y se da cuenta de que ha llegado demasiado tarde".
new york times
5 de junio de 2005
29 de mayo de 2005
©
©traducción mQh

ceniciento en el ring


[Stephen Hunter] ‘Cinderella Man' suena a verdad hasta el último round.
En todo excepto una cosa, ‘Cinderella Man' es tan cuadrado que podrías jugar al billar en su cabeza. Es la historia directa, honesta e inspiradora de un tipo directo, honesto e inspirador -y lo que estás pensando en estos momentos es: ¿cómo es que esperaron tanto tiempo para llevarla al cine?
Y, a diferencia de la última colaboración de Ron Howard con Russell Crowe, ‘Una mente maravillosa', está casi enteramente libre de trucos. No hay una cámara oculta subjetiva con la que pensamos que estamos viendo el mundo que es considerado realidad, cuando de hecho estamos dentro de una mente enferma. En esta, lo que vemos es todo lo que hay.
Y lo que hay es el arco de triunfo profesional de Jim Braddock, un peso pesado de Nueva Jersey en su treintena, de corazón grande, puño firme y manos frágiles. Después de quebrarse la derecha, cayó en desgracia con los barones del ring -la película los representa como pomposos fumadores de cigarros en trajes de tres piezas, sentados en una sala de reuniones con paneles. Perdió su permiso neoyorquino, no pudo conseguir peleas, así que se fue a trabajar como estibador en el muelle de Hoboken para mantener a su adorada esposa y tres hijos. Era lo peor de la Depresión y pronto le despidieron de su trabajo de jornada completa; la familia apenas pudo sobrevivir con su trabajo parcial, con el subsidio del paro y acurrucándose en las frías noches de Jersey en un apartamento destartalado y sin electricidad.
Finalmente Jim tuvo otra oportunidad. Después de estar casi un año sin pelear, un boxeador muy apreciado canceló de un match y le pidieron a Braddock que lo remplazara; sin estar en forma, acosado por la desazón de su esposa, pero desesperado por la paga, decidió intentarlo. Y ganó. En lugar de ser alguien que pudo ser un pretendiente, repentinamente se vio convertido en un contendiente. Volvió a ganar. Y volvió ganar. Repentinamente, después de cuatro peleas de su segunda oportunidad, estaba peleando con Max Baer, el titular de peso pesado del mundo.
La historia cuenta que durante su período en el muelle, había favorecido su izquierda por sobre su quebrada derecha, transformándolo en un violento pistón de puñetazos, que no tenía antes. Curiosamente, su desdicha lo hizo un mejor boxeador de lo que pudo llegar a ser de otra manera.
Hay que agradecer a Howard y Crowe por no ceder ante la tendencia en la biografía moderna de descubrir y explotar las vidas secretas de los grandes hombres (¡e incluso de los que no somos tan grandes!). Algunos biógrafos inventarán incluso alguna bonita y sabrosa vida secreta por la sucia ambición, tal como el tipo que decía que Errol Flynn era un espía nazi o el otro que decía que J. Edgar Hoover iba a sus fiestas vestido de mujer. Pero Howard y Crowe nunca se rebajan, y Braddock, que Dios bendiga, impide esas tentaciones: Parece que no se emborrachó nunca, ni era faldero, ni gritaba ni peleaba fuera del ring. Era un sólido hombre de familia, tan humilde como heroico y tan heroico como noble. Era simplemente un caballero del ring, con la determinación de propósito de un Parsifal, que se encontró a sí mismo dentro de una combinación uno-dos en el cálice del boxeo.
En manos menos expertas, seguramente esa virtud se habría transformado a mitad de camino del Rollo 2. Pero Crowe logra mantenerla disfrutable gracias a la honestidad: No se lo siente pavoneándose ni posando, no hay pretensión ni timidez. Nos entrega la imagen de un buen hombre que no sabe que es bueno y por esa razón no deriva ningún placer de su virtud, que simplemente es y hace lo hace sin fanfarria. Particularmente ahora, cuando estamos habituados a ver atletas con el narcicismo y egolatría de una prima ballerina, rodeados de recaderos, aduladores y vecinos, para no mencionar los diamantes, visones y lencería de seda -¡estoy hablando de los atletas, no de sus novias!-, causa enorme sorpresa ver a un tipo de familia cuya idea de pasar un buen rato es leer cuentos para dormir a sus hijos, y luego sentarse junto a la chimenea con su esposa, Mae (representada bastante bien, aunque de vez en vez con un titubeante acento de Jersey, por Renee Zellweger). Estamos en una zona casi libre de ironía, donde todo es exactamente como se ve, y sin subtextos para fanáticos.
Por ejemplo, Howard y el guionista Cliff Hollingsworth evitan en gran parte la tentación que los creadores de esa otra inspiradora historia de un atleta de los años treinta, aunque cuadrúpedo, no pudieron: El último hizo de Seabiscuit un símbolo del New Deal de Roosevelt, de una naciente esperanza que dio a millones de desempleados la certeza de que les esperaban tiempos mejores. Tú pensabas: ¿Qué es esto, un poni veloz o algún tipo de máquina de salvación nacional?
En contraste, el púgil es solamente un púgil, de pe a pa, y siempre. Crowe lo mantiene anclado en la realidad y Howard, que adora la recargada pobreza de los gimnasios de boxeo de los viejos tiempos, alejados de la cinematografía comercial de Lincoln Continental que también fastidiaba a ‘Seabiscuit'. La Depresión de Howard es costrosa y fría, llena de villas miseria (nada menos que en Central Park) y legiones de condenados; el director de reparto de Howard pasó un buen tiempo buscando caras que podrían haber sido sacadas de las fotos de las tormentas de polvo de Walker Evans.
Hasta la coreografía del boxeo es buena, y fotografiada tan brillantemente que recuerda el trabajo que hizo el cineasta James Wong Howe en la que es probablemente la mejor película de boxeo de todos los tiempos, ‘Body and Soul', de Robert Rossen, de 1947. No es la simplificación de estilo, como en ‘Rocky', ni las estilizaciones de Scorsese en ‘Toro salvaje'. El simplemente el deporte, el batacazo de puños envueltos en cuero estrellándose contra otro cuerpo, de puñetazos al cuerpo, de golpes cortos, de combinaciones uno-dos.
¿Con tantas cosas en juego, debemos preguntarnos, por qué no lo cuentan derechamente?
En otras palabras, ¿por qué se sienten compelidos a crear un Max Baer completamente falaz para que el virtuoso Jim pelee en el reconocidamente convincente clímax de un torneo? Yo entiendo las exigencias melodramáticas de la narrativa: Para mostrar la bondad de Jim, Howard y Hollingsworth pensaron que tenían que crear un retrato igualmente exagerado del mal, de modo que las líneas entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo decente y lo profano se hicieran incluso más marcadas, de modo que el match no es tanto entre boxeadores como entre sistemas morales.
Pero era entre boxeadores. Estos significados que imponen los extraños -Schemling es un semi dios ario que tenía que ser derribado por el recto Louis; Griffith como un noble icono gay destruyendo al intolerante Paret; Clay como un gamberro presuntuoso que tenía que ser corregido por Papa Liston (cuya carrera como matón de la mafia era convenientemente olvidado); Smokin' Joe poniendo en su lugar al mismo gamberro presuntuoso, ahora llamado Alí; luego Alí, un icono de la identidad negra, recuperando el título contra el mismo Joe- no tienen realidad en el ring, donde no hay nada más que puñetazos, voluntad y umbral de dolor.
‘Cinderella Man' construye toda una nueva personalidad para Baer, convirtiéndolo en un psicópata con cara de loco y libertino, con dos rameras al brazo o dando vueltas en el cuarto de su hotel, en satén, un cretino que se fanfarronea de matar a hombres en el ring y hace crudos avances sexuales a Mae. Craig Bierko es el campeón, como un cruce de Al Capone con Atila el Huno. ¿Cree que es su camino hacia el Oscar? ¿Quiere ser el siguiente Mr. T?
No es correcto. De hecho, Baer fue tan querido como cualquier peso pesado de la historia, era considerado como un tipo de personalidad amistosa y bufonesca, y cuando un boxeador murió después de una pelea con él, se transtornó tanto que dejó el boxeo durante varios meses. Cuando volvió, fue necesaria la intervención de Jack Dempsey y un curso intensivo en golpes cortos para ponerlo en
la pista. Hizo una gran pelea -contra Schmeling. Como lo dice el gran escritor deportivo Jimmy Cannon, "Baer estaba hecho para ser un gran púgil, pero su corazón no pertenecía a ese inmenso y vibrante cuerpo. Era el corazón de un payaso. Un corazón que tiene que haber sufrido temor y terror en los años en que Baer fue obligado a pretender que era un boxeador".
No es suficiente para arruinar la película, pero te queda un dejo amargo en la boca. Quizás, como en un acto de contrición, Crowe y Howard deberían colaborar en una última película biográfica: ‘Clown Man: The Max Baer Story'.

3 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh

después del viagra


[Carey Goldberg] Dando cuenta de otro tabú sexual.
Algunos especialistas lo llaman el último tabú desde el inicio de la era del Viagra. Incluso ahora que la impotencia es un tema de dominio público, la nueva sinceridad no termina con los temores a la mera mención de un problema sexual masculino más corriente: la eyaculación precoz.
Pero eso puede estar a punto de cambiar. Con prometedoras píldoras para combatir el mal en el horizonte, el dinero de las compañías farmacéuticas sostiene a toda una gama de investigaciones sobre la eyaculación precoz.
Los especialistas en medicina sexual, que calculan que entre un 20 y 30 por ciento de los hombres de todas las edades sufren de la condición, se esfuerzan para definirla de un modo científicamente más riguroso, refinando los tratamientos existentes en el uso de antidepresivos, y probando nuevas medicinas.
"La nueva ola de investigación no gira solamente sobre el desarrollo de medicamentos", dijo Stanley Althof, profesor de psicología de la Facultad de Medicina de la Universidad de la Reserva Occidental de Case. "También se trata de entender cuál es el origen de estos problemas y desarrollar tratamientos novedosos y mejores".
Pasarán meses antes de la Administración de Alimentos y Medicinas decida aprobar la medicina que va más lejos, un compuesto de Johnson and Johnson llamado dapoxetina, que es similar a antidepresivos como el Prozac -que a menudo causan retrasos en el orgasmo. Pero la nueva medicina actúa con más rapidez, y sus efectos desaparecen mucho más rápidamente. Pfizer están también trabajando en una píldora, así como varias otras compañías más pequeñas, dicen investigadores.
Importantes preguntas siguen abiertas: ¿Serán la dapoxetina y otras drogas aprobadas? Y si la respuesta es sí, ¿qué populares serán, considerando que los estudios muestran que la eyaculación precoz normalmente preocupa menos a los hombres que la impotencia?
Sin embargo, algunos especialistas pronostican un futuro no muy distante en que la eyaculación precoz se transforme en parte del discurso público, como la disfunción eréctil cuando apareció el Viagra a fines de los años noventa, acompañado por anuncios con prominentes pacientes como Bob Dole y una afluencia de hombres en consultorios médicos pidiendo la píldora azul.
En el signo más reciente de crecientes investigaciones sobre la eyaculación precoz, el Journal of Sexual Medicine describe este mes un estudio en el que cientos de esposas usaron un cronómetro para medir el tiempo de sus maridos en la cama. El estudio, el más grande en su especie, buscaba definir los límites entre la eyaculación normal y precoz.
Auspiciado por Johnson and Johnson, el estudio concluyó que la duración promedio de un paciente con eyaculación precoz duraba unos dos minutos, mientras la eyaculación promedio duraba unos 7 minutos.
También sorprendió a los investigadores descubrir que entre los hombres cuyas eyaculaciones duraban menos de 3 minutos, las respuestas emocionales variaban grandemente, dijo Althof, uno de sus autores. Algunos sienten ansiedad y falta de control, elementos claves para un diagnóstico de eyaculación precoz; a otros no les importaba.
Más tarde este mes, en el congreso anual de la Asociación Americana de Urología, los investigadores presentarán una media docena de artículos sobre la dapoxetina auspiciados por Johnson and Johnson, y sobre varios otros aspectos de la eyaculación precoz.
Las ponencias incluyen un informe de una prueba clínica que, de acuerdo al resumen en el sitio en la red de la asociación, concluyó que la medicina puede agregar un par de minutos a la duración de un paciente de eyaculación precoz. Eso no suena impresionante de buenas a primeras, pero de hecho significa duplicar o triplicar tiempos que originalmente duraban en promedio alrededor de 1 minuto.
Johnson and Johnson no ha probado la dapoxetina en hombres sin eyaculación precoz porque no se ha desarrollado para ellos, dijo Usman Azam, el vice-presidente de la sección de Investigación y Desarrollo de Urología de la compañía.
Pero los especialistas en medicina sexual dicen que los antidepresivos de la generación-Prozac a menudo retrasan el orgasmo incluso en gente con una duración normal, de modo que es probable que la dapoxetina, que está estrechamente relacionada, provoque lo mismo.
Eso no significa, advierten, que la demanda de medicinas para combatir la eyaculación precoz no se extenderá necesariamente más allá de los pacientes que realmente la necesitan, a las legiones de hombres que quisieran ocasionalmente que sus erecciones duraran más tiempo.
Si los efectos secundarios de la medicina se parecen a los de los antidepresivos, podrán ser bastante amplios, desde náuseas a, irónicamente, la pérdida del deseo sexual. El resumen de la prueba clínica informa que cuando los hombres tomaban una dosis mediana de dapoxetina, un 20 por ciento sintió náuseas y casi un 7 por ciento tuvo dolores de cabeza. No mencionaron pérdida del deseo.
Algunos incluso se preguntaron cuántos hombres que sufren claramente de eyaculación precoz querrán usar la medicina.
"Si utilizamos los estudios demográficos que dicen que hay más hombres con eyaculación precoz que con disfunción eréctil, la gente de Wall Street dirá: ‘Este es un mercado de un billón de dólares al año, no es un moco de pavo", dijo el doctor James Barada, del Centro de Salud Sexual de Albany, que ha trabajado en pruebas clínicas tanto de la dapoxetina como de Pfizer.
"Pero la realidad es que un montón de gente no se siente mal", dijo.
Datos del censo de 1992 sobre la sexualidad estadounidense indica que la eyaculación precoz afecta a los hombres de manera muy diferente a la impotencia. A diferencia de los hombres impotentes, los con eyaculación precoz no muestran una disminución significativa de su felicidad general o satisfacción física en sus relaciones, de acuerdo al Censo Nacional de Salud y Vida Social, un estudio de más de 3.4000 adultos americanos.
"Tenemos esta cruda medición de la felicidad general y el hecho de que no afecta al placer físico: para mí estas son indicaciones de que simplemente no sacude el maderamen del modo que lo hace la disfunción eréctil", dijo Edward Laumann, el profesor de sociología de la Universidad de Chicago que dirigió el estudio.
Por supuesto, observó Laumann, una vez que aparezca una medicina para la eyaculación precoz, y un hombre pueda "hacer algo sobre ello ahora, estará bajo mayores expectativas sociales de hacerlo".
El doctor Irwin Goldstein, un especialista en medicina sexual, dijo que cuando un hombre sufre de eyaculación precoz, a menudo es su pareja la más afectada. "Este es realmente un trastorno de pareja", dijo. "Es un problema de la pareja -el tipo, porque eyacula, no necesariamente lo ve como un problema".
Sin embargo, para algunos hombres la eyaculación precoz es de hecho un problema serio, y los que la sufren pueden sacar ventajas de las nuevas medicinas, dicen especialistas.
Ian Kerner, un terapeuta sexual de Manhattan que habla abiertamente de su propio problema de eyaculación precoz, dice que se sintió durante largo tiempo un "lisiado sexual". Entre sus pacientes, dijo, hay hombres solteros que han dejado de salir con mujeres debido al problema.
En la era freudiana, observó Kerner, los psiquiatras atribuían la eyaculación precoz a temores inconscientes de castración y otros complejos psicológicos. Luego llegó la era de Masters y Johnson, cuando los psicólogos enfatizaban técnicas para la pareja.
Ahora, dijo, la comprensión de la eyaculación precoz es más biológica: sus causas están claramente relacionados con la acción de mensajeros cerebrales, como la serotonina y dopamina, y las medicina pueden ayudar en ese nivel. Dijo que en los últimos años, a pesar de los efectos secundarios, el tratamiento más efectivo ha sido lo que se conoce como "sin etiqueta", prescripciones de antidepresivos, cuando la medicina no se usa para su propósito original.
Pero las soluciones químicas deben combinarse con la comunicación entre las parejas sexuales, enfatizaron él y otros especialistas. "Lo que no me gustaría ver es una era en que, del mismo modo que sacas una píldora para tener una erección, te tragas otra para que dure más tiempo", dijo Kerner. "No se trata simplemente de tomar una píldora, se trata de participar en un diálogo significativo sobre tu vida íntima".
La Asociación Americana de Urología ha estado trabajando para difundir la comprensión de la eyaculación precoz. El año pasado, publicó instrucciones para los médicos sobre su tratamiento con antidepresivos y anestesia tópica, observando que ese uso no había sido aprobado oficialmente por la Administración de Alimentos y Medicinas, pero que ayudaba.
Todavía tendremos que esperar para ver lo grande que será el paso hacia la dapoxetina y sus concurrentes.
"¿Es una terapia efectiva, si se la compara con el placebo? Sí", dijo Barada, del Centro de Salud Sexual de Albany. "¿Ayudará a los que padecen el mal? Sí. ¿Será una cura universal de la eyaculación precoz? No creo que haya medicinas para curas universales".

A Carey Goldberg se le puede escribir a: goldberg@globe.com.

8 de mayo de 2005
©boston globe
©traducción mQh

putas en el museo


[Kirk Johnson] Días oscuros para recordar el salvaje, Salvaje Oeste de Montana.
Butte, Montana. Hace algunos años, Rudy Giecek encontró el cuerpo momificado de un canario. Había sido envuelto en papel de diario, dijo, luego colocado en una lata de estaño y finalmente metido en un pequeño bolso de mujer antes de ser escondido -probablemente hacia 1910, supuso, si se consideran las marcas de la lata- detrás de los ladrillos de una chimenea en uno de los burdeles más antiguos de Butte, el Dumas.
"Un montón de las chicas tenían canarios", dijo Giecek.
El canario en el deshilachado bolso de mujer, con su carga de dolor personal, fue exhibido en una caja expositora en el Museo del Burdel Dumas. También se exhibieron otros artefactos de los días de Butte como una de las capitales del vicio en el más salvaje salvaje oeste: una pistola pequeña, que Giecek cree que llevaba una de las madamas alrededor del cuello, botellas de opio, calendarios, ceniceros de décadas de antigüedad llenos de colillas de cigarrillos manchadas de lápiz labial.
Esta semana el canario desapareció en manos de un ladrón nocturno, junto con gran parte del resto de la ecléctica y según Giecek de-ninguna-manera-valiosa colección del museo, menos todavía para ladrones.
"Un montón de cosas sólo tienen sentido aquí", dijo. "En otro lugar mirarán al pájaro y se dirán: ‘¿Qué diablos es esto?' y lo arrojarán a la basura".
Para Giecek, 62, y para el Museo del Burdel Dumas, el robo fue el segundo puñetazo del clásico uno-dos. Decidió antes este mes que la frágil integridad estructural del edificio de ladrillos de 115 años, que compró en 1989 en un antojo de algunos miles de dólares, y su propia incierta salud -ha tenido tres derrames- hicieron imposible reabrirlo para la temporada turística de este año. Había estado tratando de vender el museo y esperaba vender artefactos en eBay para reunir dinero para reparaciones de la hundida pared de atrás. Ninguno de los objetos estaba asegurado, dijo.
"Me siento enfermo", dijo mientras recorría las habitaciones saqueadas la mañana después del robo.
La prostitución en los campos mineros del viejo Oeste ha sido romantizada, vilipendiada, tratada como una broma de mal gusto y a veces incluso elogiada en el curso de los años por su contribución a la civilización en los asentamientos fronterizos.
Si debe conmemorarse de alguna manera en un lugar como Butte, donde la minería a escala industrial iba de la mano con un bullente comercio sexual para atender a la población compuesta en gran parte por hombres solteros, es otra cuestión. Giecek piensa que mucha gente en la ciudad podría olvidar rápidamente que alguna vez existieron lugares como el Dumas.
El senador Steve Gallus, un demócrata que representa a Butt en la legislatura del estado, estuvo de acuerdo.
"Hay un malestar conservador con la idea de lo que representa ese edificio", dijo Gallus en una entrevista en una pausa de café en la cafetería Venus Rising -un edificio en el centro de la ciudad que dijo que también había albergado a un burdel en sus primeros días.
Gallus está trabajando para rescatar a Dumas, que dijo que representa un importante, si bien polémico capítulo de la historia social de la ciudad. "Si no fuera por otra cosa, la comunidad estaba más unida", dijo.
Otros residentes dicen que el problema es simplemente falta de dinero. Butte fue construida por el cobre, que alcanzó su cúspide hacia la Primera Guerra Mundial, cuando aquí vivían unas 100.000 personas. Y cuando Butte casi desapareció tras la decadencia del cobre. La mina a tajo abierto en las afueras de la ciudad, llamada Berkeley Pit, cerró en 1982 -el mismo año que la última madama cerró el Dumas. Los buenos tiempos no volvieron.
"Cada vez que pensamos que tocamos fondo, descubrimos que hay otro fondo más", dijo Ellen Crain, directora de los Archivos Públicos de Butte-Silver Bow.
Pero Giecek también confiesa que ha cometido algunos errores en el camino que pueden no haber favorecido su causa. A fines de los años noventa se hizo socio de un grupo llamado Fundación Internacional de las Trabajadoras Sexuales para el Arte, la Cultura y la Educación, que anunció sus planes de organizar un festival anual de la trabajadora sexual en Butte llamado Campamento de Putas. Eso asustó a los residentes de la localidad, que pensaron que la prostitución podía volver.
"Traer de vuelta la prostitución no estuvo nunca en nuestro programa", dijo Norma Jean Almodóvar, fundadora y presidente del grupo y durante mucho tiempo defensora de los derechos de las prostitutas. "Llegó un grupo de puritanos que dijeron: ‘No queremos celebrar esto, ni recordar que Butte tuvo un barrio rojo tan grande ni que ha jugado un papel tan importante en la historia de la ciudad".
Giecek y Almodóvar tuvieron una riña sobre el financiamiento del museo.
La disputa no ha sido superada.
Almodóvar dijo en una entrevista telefónica que creía que la mayoría de los artefactos que estaban siendo exhibidos en el museo no eran realmente parte de la historia del Dumas, sino fueron comprados o encontrados por Giecek en otro lugar.
"Es un fraude", dijo.
Giecek insiste en que todo lo que estaba siendo expuesto en el Dumas fue encontrado allá, la mayor parte en el sótano o en uno de los cuartos que él y su hijo descubrieron detrás de una pared -aparentemente clausurada durante la represión de los años 40.
"Si yo iba a llenarlo de antigüedades falsas, podría haberlo hecho mejor todavía que algunas botellas y latas viejas", dijo. "Creo que la estrella de Norma Jean se está extinguiendo y usa esto para seguir en las noticias".
Giecek, que creció en Butte -su padre era un minero del cobre y activista sindical hasta que perdió la vista en un accidente de la mina en los años cincuenta-, finalmente después de revisar el Dumas concluyó que los daños causados por el robo pudieron haber sido peores.
Los ladrones fueron aparentemente sorprendidos por algo y escaparon, dejando atrás bombillas, pomos y otros objetos en el suelo, en cajas. Quizás, dijo, fue el fantasma de Elinore Knott el que se apareció para asustar a los ladrones.
Knott se suicidó en un cuarto del primer piso en el Dumas en 1955. La versión de los diarios locales que Giecek colgó en el museo -que los ladrones no tocaron- decía que Knott fue sacada del burdel por su amante. Se mató, con las bolsas hechas y ya junto a la puerta, cuando él no se apareció.

2 de junio de 2005
30 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh