en la seguridad social
[John Leland y Jodi Wilgoren] Pequeños sueños y redes de seguridad.
Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos. Barbara Amberg utilizaba sus cheques de la seguridad social para volar a Nueva Yorkk y ver Gates' de Christo en Central Park. Shirley Malone vive en su casa del sector social, y lava a veces la ropa con lavavajillas para ahorrar dinero.
Para Joseph Cohen, un empresario que perdió su empresa, la Seguridad Social es la red de seguridad que nunca que pensó que llegaría a necesitar. "Estamos hablando de un tipo afortunado que tenía ahorros", dijo Cohen. "Pero sin la Seguridad Social no sé dónde estaría ahora".
Mientras los republicanos en el Congreso se esfuerzan por romper el impasse sobre los planes del presidente Bush de redefinir la Seguridad Social y apuntalar sus finanzas, 32 millones de adultos americanos están viviendo las realidades del programa social más importante del país.
Los cambios no afectarán a gente como Amberg, Malone o Cohen, que ya están recibiendo sus prestaciones. Pero en los detalles de sus vidas cotidianas, relatadas en entrevistas en profundidad, estos residentes de Grand Rapids se permiten un modelo de Seguridad Social relativamente efectivo -los choques que amortigua y los que no, los sueños que alimenta o pone fuera de su alcance. Para muchos, es la base de su existencia.
Los americanos parecen sobrestimar el dinero que creen poder apartar para la jubilación. Un sondeo del New York Times/CBS News halló que sólo 20 por ciento de los americanos que no han jubilado todavía esperan que la Seguridad Social sea su principal fuente de ingresos cuando dejen de trabajar. Pero un 39 por ciento de los jubilados, en el mismo sondeo, dijeron que la Seguridad Social era su principal fuente de ingresos.
Casi todos los estadounidenses mayores de 65 reciben prestaciones sociales. La Autoridad de la Seguridad Social dice que cerca de un tercio dependen de la Seguridad Social en un 90 por ciento de sus ingresos; otro tercio recibe entre la mitad y un 90 por ciento de su dinero, del programa; y un tercio depende en menos de la mitad. Sin la Seguridad Social, unos 13 millones serían clasificados por debajo de la línea de pobreza, a menos que encontrasen otras fuentes.
Cada una de estas situaciones se dan en Grand Rapids, una ciudad costera de 197.000 habitantes con mansiones construidas por la elite industrial holandesa de la ciudad que miran al otro lado de la ciudad los enrejados de concreto de las viviendas sociales.
En diferentes barrios, la Seguridad Social es un programa contra la pobreza, una pensión de clase media, una prestación de viudez, un cheque de incapacidad. Para algunos, la jubilación les ha proporcionado hogares maravillosos y donaciones a la beneficencia; para otros, bañeras reparadas con cinta adhesiva y recetas no compradas por falta de dinero.
Dos hermanos, los Ward, captan el rango de prestaciones. Norman, un ex heroinómano que se arrastraba entre trabajos mal pagados, recibe 502 dólares al mes, mientras Luther y su esposa, que tenían carreras estables en la escuela del distrito, reciben juntos 2.400 dólares.
Tambaleándose con los despidos y cierres de plantas, y con una fuerte inclinación cristiana evangélica, Grand Rapids es un territorio político incierto en cuanto a las opiniones sobre los planes del presidente Bush de dar a los americanos más participación en cómo se invierten algunas de sus prestaciones de la Seguridad Social -con la posibilidad de beneficios y riesgos más altos.
Alguna gente, como Bill Post, que ayudó a inventar el Pop-Tart [tartas tostadas] y ahorró cumplidoramente, apoya las propuestas de Bush de crear cuentas de inversión individuales dentro de la Seguridad Social. "No es un gran riesgo", dijo Post. "Es una buena oportunidad".
Pero otros, como James Townsend, que trabajaba como operador de carretillas elevadoras, defiende el programa tradicional. "Sin la Seguridad Social, yo no habría ahorrado ese dinero", dijo. "Si yo tuviera dinero extra, lo habría gastado. No tendría nada en absoluto".
Aquí, como en otros lugares, la Seguridad Social paga más generosamente a unos que a otros. Creada para proteger a los más vulnerables, redistribuye el dinero de ricos a pobres, y de hombres a mujeres, que a menudo no tienen pensiones ni capital.
Pero mientras cambian las estructuras familiares del modelo nuclear con un solo trabajador de los años treinta, el programa se ha desfasado. Recompensa a las parejas casadas más que a los solteros, y a las parejas con una esposa ama-de-casa que a aquellas en las que trabajan los dos.
Grupos con esperanzas de vida más breves, como los afro-americanos, reciben menos prestaciones que los que viven más tiempo. Los economistas describen la jubilación como una silla de tres patas que se apoya en los ahorros, la pensión y la Seguridad Social. Pero a medida que las compañías se apartan de las pensiones tradicionales, y más americanos se acercan a la edad de jubilación con ahorros insuficientes, muchos como Townsend, están agregando una cuarta pata: el trabajo.
Hace 4 décadas, 3 de cada 10 americanos mayores de 65 años vivían en la pobreza; después de cambios en las prestaciones de la Seguridad Social, esa cifra es ahora menos de 1 en 10, por debajo de la tasa de pobreza para la población general. El Instituto Urbano, un grupo de investigación, concluyó hace poco que las parejas que tienen ingresos promedios, si jubilaran hoy, recibirían prestaciones equivalentes a 439.000 dólares en un plan 401(k), más del doble de lo que habrían recibido en 1960, contando la inflación.
Pero los jubilados aquí no miden sus prestaciones con esos cálculos. La Seguridad Social es la mensualidad del coche, la televisión por cable, el diezmo, la libertad de trabajar de voluntario en la ciudad, la dignidad de una cuenta de ahorro.
Contando los Centavos
Casi un tercio de los americanos que reciben prestaciones de la Seguridad Social son mujeres. Muchas, como Shirley Malone, que es divorciada y vive en una vivienda social detrás de un centro comercial, caería en la miseria sin esa prestación.
Una mujer corpulenta que se mueve dificultosamente tras un accidente en coche hace dos décadas, Malone, 69, recibe 700 dólares al mes de la Seguridad Social y 212 dólares como estipendio de un programa de voluntarios para personas de la tercera edad para ayudar en las escuelas. No tiene ahorros.
"Cuando era joven oía todas esas historias sobre los años dorados", dijo. "¿Qué pasó con ellos?"
Todos los meses, cuando llega su cheque de la Seguridad Social, Malone reúne sus cuentas. Paga 40 dólares al mes por el seguro del coche, más de 100 dólares en recetas médicas, 52 dólares por el paquete básico de televisión por cable, 122 dólares para el complemento del seguro médico, más el alquiler, que ha sido fijado en un 30 por ciento de sus ingresos.
Cuando termina de escribir los cheques, dijo, no le queda dinero. Tuvo que aplazar su tratamiento dental y la compra de audífonos porque no puede pagarlos.
"Todos los meses pienso en renunciar a la televisión por cable, ¿pero qué otra cosa puedo hacer entonces?", dijo. "Yo no sé lo que es el derroche. Ni siquiera puedo comprar regalos para mis nietos".
Nada de esto fue planificado.
"Mi cabeza era más joven que el resto de mí", dijo. "Siempre pensé que sería capaz de trabajar".
Malone se casó antes de los 18 y no trabajó hasta que sus hijos fueron adolescentes. Cuando terminó su matrimonio, dijo, descubrió que sólo tenía a sus hijos. Había terminado la educación secundaria y no tenía experiencia de trabajo. Encontró un trabajo como cajera en un túnel de lavado, donde debía estar parada a veces hasta 10 horas seguidas. Cuando se jubiló a los 62, después de 11 años, se sentía perdida.
"Lo peor fue que no tenía mucho que hacer", dijo. "De repente me encontré sola. Mis nietos habían crecido y ya no me necesitaban".
Agregó: "Nunca pensé que llegaría a sentirme tan completamente inútil".
Aunque todavía tiene sus días "malos", trabajar con niños la hace útil.
La Seguridad Social ha sido para Malone un laberinto burocrático y un salvavidas. Durante años no supo que podía recibir una prestación antes de cumplir los 65, o que podía recibir las prestaciones de su marido.
Tiene una variedad de problemas de salud, incluyendo una obstrucción pulmonar crónica y permanentes dolores en todo su cuerpo, que sólo soporta el Tylenol, que no la alivia. La osteoporosis, dijo, la está reduciendo a la nada.
Sin embargo, parece más feliz ahora de lo que era cuando sus hijos eran jóvenes. El ingreso de la Seguridad Social y el estipendio por su trabajo voluntario, son seguros, aunque pequeños. También siente que así ha merecido las prestaciones.
"No estamos recibiendo nada que no merezcamos por nuestro trabajo", dijo. "Hay un montón de gente como yo".
Pero, principalmente, son los niños de la Knapp Charter Academy, los que la llaman Grandma Shirley, los que llenan su vida. En su escritorio de su recibidor, sonríe cuando entrega prgsinas o ayuda a un alumno con sus ejercicios de lectura.
"No tenía suficiente dinero para empezar nada, así que no siento que me haya caído de alguna parte", dijo Malone.
En la escuela, llevaba una abultada camiseta promoviendo el programa de voluntarios. Ha resistido las súplicas de su hijo para que se mude a vivir con él.
"El cheque es un salvavidas", dijo sobre el estipendio que le permite vivir independiente. Pero si el programa dejara de ser financiado y no pudieran pagarle, dijo, de todos modos trabajaría en la escuela. "Ellos son mi terapia", dijo. "No hay nada como sentirse útil".
Un Horario Lleno
Barbara Amberg, que nació rica y se casó con pedigrí, representa el otro lado de la Seguridad Social. Como 1 de cada 10 de los receptores del programa, depende de él en menos de un quinto de sus ingresos, que son de entre 50.000 a 100.000 dólares al año.
Su jubilación es cómoda y puede elegir sin pensar en los costes, como se puede ver en sus álbumes que rebosan de fotografías y recuerdos de una ajetreada viajera.
Están su peregrinación anual del verano al Festival de Shakespeare de Stratford en Canadá, y las visitas anuales para ver a sus hijos en San Antonio, Pensilvania y Los Angeles. Viajes en grupo a museos de arte en Chicago y Detroit. Un tour de 4 días, de 1.850 dólares, para ver The Gates', en febrero.
Todo cortesía de la Seguridad Social.
"Paga las cosas extras", dijo Amber, una viuda que acaba de cumplir 80, sobre el cheque mensual de 924 dólares. "La mayor parte la uso para viajes".
Si Amberg no necesita exactamente a la Seguridad Social, la Seguridad Social ha necesitado siempre a gente como ella. Los arquitectos originales del programa en la era de la Depresión se ganaron el crucial apoyo de los más pudientes, convenciéndoles de que era un amplio programa de seguros más que un estipendio para los pobres.
En realidad, cuando se le preguntó qué pensaba de reducir las prestaciones de los receptores más ricos para poder seguir pagando a los pobres, Amberg se mostró ambivalente, diciendo: "De algún modo tengo la sensación de que cuando recibo algo en mi cuenta, que es algo que estoy recibiendo de vuelta".
Está dispuesta a subir el límite de ingresos de 90.000 dólares sujetos a impuestos sobre el salario, o la edad de elegibilidad. Pero a pesar de su propia inesperada suerte con las acciones de Wal-Mart y Eli Lilly, se sigue mostrando escéptica sobre los deseos de Bush de desviar algo de la Seguridad Social a cuentas individuales.
"Sé que tiene que ser remendado, pero no creo que deban cambiar el concepto", dijo. "¿Que a lo mejor pueden hacer dinero en el mercado? Pienso que es una idea idiota".
Amberg, que lleva 15 años trabajando a tiempo parcial a 7 dólares la hora en la librería para niños Pooh's Corner, ha usado siempre los dividendos de los fondos fiduciarios de su familia para pagar los gastos fijos, como un semanal lavado y secado de 20 dólares en el salón de belleza y 45 dólares al mes por su inscripción en un centro de ejercicios.
Aunque no gasta de manera extravagante -"No soy de las personas que gastarían 500 dólares en un vestido"-, tampoco necesita preocuparse del precio del billete para su sinfonía en Grand Rapids, la ópera y dos teatros importantes. Posee aquí un espacioso condominio y una casa de campo de cuatro dormitorios en el Lago de Michigan. Ha dado a sus cuatro nietos casi medio millón de dólares en legados libres de impuestos desde 1991, y dona unos 5.000 dólares al año en acciones a alguna iglesia.
Y sigue siendo miembro, por 342 dólares al mes, del Club de Campo de Kent, donde ella y su hija celebraron sus bodas, aunque sus tres operaciones a la cadera ya no la dejan jugar golf. "Creo que me sentiría perdida sin el club", dijo.
Amberg y su difunto marido, David, un abogado, descienden ambos de viejas familias de Grand Rapids cuya casas se cuentan entre las gemas del histórico distrito de Heritage Hill, un enclave construido entre 1848 y 1920 por los barones madereros y magnates de los muebles de la ciudad. Sus ahorros se asentaban en herencias, que permitieron que sus hijos fueran enviados a Princeton, Tufts y la Universidad de Boston. Nunca se sintieron presionados a ahorrar.
Con el pelo peinado, el lápiz labial fresco y las orejas adornadas con oro, Amberg tiene un rostro amable mientras sorbe un vaso de chardonnay antes de la cena un fin de semana en la victoriana mansión del Club de Mujeres, del que fueron miembros, antes que ella, su madre y su abuela.
Creció en el recinto de una familia -"como los Kennedy"- con un edificio neo-clásico en el centro, que alberga una cancha de squash y una piscina de entrenamiento de 15 metros. La familia de su marido participó en la colonización de Grand Rapids en 1834.
Los días de Amberg rebosan de actividad: dos grupos de lectura, tres cuartetos de bridge, charlas, leer en una radio para los ciegos, servir como tesorera del centro de alumnos del local Instituto Smith. Una semana en abril tuvo que salir todas las noches.
"Creo que tienes que esforzarte cuando eres sola", dijo. "Realmente no estás esperando que la gente te llame o que haga las cosas por ti. Tú tienes que esforzarte por hacer algo". Entre sus amigas íntimas hay varias viudas, pero Amberg guarda el cuidado de salir con parejas. "Así que si quieres recibir, todavía puedes encontrar a algunos hombres que vengan a tu fiesta", dijo. "Pero si tienes una recepción, son ellos los que no pueden estar parados. Los hombres no se pueden tener en pie".
No ella. Visita el gimnasio todos los miércoles en la mañana para sesiones de aerobics para la tercera edad, trotando con una banda sonora de Sinatra, aunque se retira cuando empiezan los estiramientos. "No me puedo agacharme y levantarme de nuevo, así que me marcho", dijo.
Aunque lleva en estos días un ritmo más lento, todavía lo tiene. En mayo visitó Fallingwater, la obra de arte de Frank Lloyd Wright al oeste de Pensilvania. Para celebrar su cumpleaños número 80, su familia se unió a ella durante un fin de semana en Nueva York.
Hay cheques de la Seguridad Social que gastar, álbumes fotográficos que llenar.
Volviendo a Trabajar a los 74
Con la Seguridad Social y una pequeña pensión, James Townsend pensaba que tenía suficiente para jubilar.
Pero 10 años después de empezar a cobrar sus prestaciones, acogió una reciente y asoleada tarde de primavera con un ritual familiar: se puso el uniforme y se fue a su trabajo. De 4 de la tarde a medianoche, ocho días al mes, Townsend, 74, trabaja como guardia de seguridad en una comunidad de jubilados casi en las afueras de la ciudad.
Mientras hacía sus rondas esa noche, Townsend miró detrás del horno y recorrió los solitarios y extensos pasillos alfombrados, vacíos excepto por una mujer que estaba saliendo del área de ejercicios. "He tenido suerte. Nunca he visto a ningún extraño", dijo.
Townsend no pensó que tendría que trabajar a esta edad. Cuando se jubiló a los 64 de su trabajo como operador de carretillas elevadoras en una planta de repuestos de coches, creía que podría vivir con su pensión de unos 200 dólares al mes y con los cheques suyos y de su esposa de la Seguridad Social, que juntos sumaban casi 1.100 dólares.
Terminó de pagar su casa aquí, un ordenado rancho en un vecindario que llama "el centro, pero no el gueto", y Townsend pensó que podría reducir algunas de sus pocas actividades o diversiones. "Simplemente quería dejar de trabajar en una fábrica, dejar de levantarme todas las mañanas al romper el alba", dijo. "He trabajado bastante en la fábrica. Dejar de trabajar fue un alivio".
Pero para los Townsend, dos pequeños cambios fueron suficientes para trastornar sus planes. El viejo coche de Townsend se echó a perder y compró un Dodge Intrepid 1999 nuevo, con mensualidades de 327.55 dólares. Al mismo tiempo, su doctor encontró que tenía altos niveles de colesterol. Las medicinas subieron a 99 dólares al mes.
"En ese momento las cosas se pusieron malas", dijo. "Tuve que reducir los gastos en todo, incluso mi diezmo y las donaciones de la iglesia".
Así que Townsend empezó a buscar trabajo otra vez. Casi cinco millones de estadounidenses mayores de 65 trabajaron el año pasado, de menos de 3 millones hace dos décadas. El aumento contrarresta una tendencia de medio siglo hacia una jubilación más temprana. En 1950, trabajaba casi la mitad de los hombres mayores de 65. Para 2000, sólo un 17 por ciento.
Algunos jubilados echan de menos el trabajo; otros necesitan el dinero. Townsend tenía un pie en las dos categoría. Necesitaba el dinero, pero también tenía pasatiempos que ocupaban sus horas; el trabajo, dijo, lo mantenía activo.
Nativo de Carbondale, Illinois, Townsend se mudó a trabajar en fábricas de Grand Rapids, y sus finanzas se adaptaron a los inciertos ritmos de producción: buenas en los años de bonanza, frágiles cuando disminuía la demanda de repuestos o muebles de oficina. En sus primeros siete años aquí, sólo tuvo trabajo nueve meses cada año.
Su casa, en la que ha vivido durante 40 años, está en un desgastado bloque de casas en una sección predominantemente afro-americana al sudeste del centro. Cuando sale de noche, es a un bar en un vecindario mixto al norte. "Pero mi pastor no lo sabe", dijo.
Cuando las mensualidades de su coche lo pusieron en aprietos, llamó a sus amigos, que le dijeron que había una colocación a tiempo parcial en una comunidad de jubilados. El ingresos adicional de unos 340 dólares cada dos semanas cubrieron las mensualidades del coche y los gastos de medicinas para el colesterol.
Con su trabajo parcial y su pensión, los Townsend ganan más de 2.000 dólares al mes, casi lo mismo que ganaban antes de la jubilación, y sin la amenaza de perder sus ingresos de una vez por despidos o huelgas. La Seguridad Social, que proporciona la parte más grande de sus ingresos, ofrece a la vez estabilidad y libertad.
"Ahora me gusta trabajar", dijo. "Trabajo 4 días y luego tengo 10 horas libres. ¿Qué tipo de trabajo es este? No se parece en nada al otro. En la fábrica tenía que correr".
Con su trabajo, dijo, tiene suficiente dinero para sacar a comer fuera a su esposa. Está buscando un modo de pagar un suplemento del seguro médico, que costará 200 o más dólares al mes, para protegerse de catástrofes médicas.
Espera que la Seguridad Social continúe siendo lo que es. Duda que le hubiera resultado tan bien si él hubiera manejado su propia jubilación. "Ahora tengo la sensación de que quieren asustarnos", agregó. "Si el gobierno dejara de usar ese dinero para cosas como esta guerra, el sistema podría continuar indefinidamente".
Una Buena Vida con Pop-Tart
Con 75.000 dólares de pensión, la Seguridad Social, ahorros y una serie de inversiones inmobiliarias, Bill Post podría ser el modelo de un plan de jubilación anticipada en la era del pre-401(k).
Hijo de inmigrantes holandeses a los que la gente pobre llamaba pobres, Post empezó a trabajar en una fábrica de Keebler a sus 16, metiendo cazuelas a los hornos por 38 centavos la hora, y dejó la compañía 41 años después, como vice-presidente, con un salario de 92.000 dólares. Se embarcó entonces en una segunda carrera de 30.000 dólares al año como asesor de Kellogg, la compañía para la que ayudó a desarrollar la Pop-Tart.
Ahora esculpe estatuillas de San Nicolás en un taller subterráneo debajo de un viejo letrero que dice: "Nooitgedacht" -"Nunca lo hubiera pensado", en holandés, dice Post.
Nunca pensó que tendría un Jaguar arándano convertible en su garaje. Difícilmente habría imaginado que se retiraría a los 57 con una casa fabulosa, que vendió luego por 1.1 millón de dólares. "Nunca pensé que llevaríamos una vida tan buena", dijo Post, 77.
Tampoco pensó nunca en depender de la Seguridad Social.
Él y su esposa de 57, Florence, evitaba las deudas gastando frugalmente, pensando en el futuro. Cuando la compañía proporcionó a los ejecutivos un asesor financiero como un extra, recordó Post, "volvió y me dijo: Nunca conocí a un tipo como usted: está viviendo por debajo de sus ingresos'".
Los Post son unos de los 7.5 millones de jubilados de hoy, un 29 por ciento, que reciben pensiones privadas, un elemento básico de la clase media que está desapareciendo rápidamente. También tienen ingresos de obligaciones y pagos de interés de dos préstamos privados, pero las únicas acciones que poseen son las que recibió de Kellogg como bonos.
"No juego", explicó Post. "No puedo entender las reducciones; trabajé demasiado por nuestro dinero".
Es gente como Post la que en futuras generaciones, bajo las propuestas de Bush, podría recibir beneficios mucho menos generosos que los actuales. "Estaría dispuesto a recibir menos prestaciones", dijo Post, si eso redundará en mejorar el seguro médico. Igualmente, apoya el plan de Bush de cuentas individuales, diciendo: "Sé que el dinero se puede invertir de mejor manera que ahora".
Post, que abandonó el instituto para convertirse en gerente de personal de la panadería de Keebler en Grand Rapids a los 21, estaba dirigiendo la fábrica en 1963 cuando Kellogg empezó a buscar un socio para desarrollar un tostador de masa. Aprobó rápidamente la idea, a pesar del reto de montar una enorme maquinaria para crear la capa superior y adaptar un embrague de aire para expulsar los pegotes del relleno.
"Yo fui el tipo que dije que lo lograríamos", dijo Post, que todavía rellena sus masas con su sabor favorito, fresas glaseadas.
Mientras subía en la escala, de obrero de galletas a empleado ejecutivo, la mayor bendición de Post fue la propiedad inmobiliaria.
En 1971 los Post compraron un terreno de 300 metros en Glen Lake, al norte de Michigan, por 16.000 dólares, y construyeron un bungalow de dos aguas para pasar ahí los fines de semana. La vendieron por el doble para comprar propiedades más caras en el lago, y después de 18 años de vivir en su casa de ensueño, la vendieron para comprar una casa de 465 metros cuadrados, de 415.000 dólares, en un suburbio de Grand Rapids donde Post creció pensando que era el lugar "donde vivía la gente importante".
Es a la vez un homenaje a su afluencia y orígenes humildes. Agregaron una inmensa suite y la amoblaron con una mesita de noche de madera antigua, cama y tocador que compraron por 10 dólares. La señora Post entreteje retazos de alfombrillas; la pareja come con vajilla con el sello francés de Quimper Faïence que se remonta a 1690, y se vende a 95 dólares por plato.
"¿Qué es suficiente?", preguntó Post una tarde, en el enorme salón. "¿Sabes lo que es suficiente? Un poco más de lo que tienes".
Sin embargo, más que deleitarse en sus recompensas, los Post, que leen la Biblia en voz alta después del desayuno, se vanaglorian de donar su dinero: 1.400 al mes a la Thornapple Covenant Church (más un extra de 1.000 dólares para el Día de Acción de Gracias y Pascuas); 2.500 dólares al año a Gideon, los distribuidores de Biblias; hace poco 5.000 dólares para una escuela de adultos incapacitados; 2.000 dólares aquí y 2.000 allá para trabajo misionero en Tailandia o India. "Nos ha abierto las puertas del cielo", dijo Post, refiriéndose a la promesa de Dios en el Nuevo Testamento a los que pagan el diezmo. "Dimos, y Él abrió las puertas para nosotros, y damos más".
Sin una calculadora, la señora Post maneja sus tres chequeras: una para sus cheques de 2.000 dólares al mes de la Seguridad Social, que incluye las prestaciones de su esposa; las otras dos son para la pensión y los intereses. Una tarde pasó horas estancada en un error de 2.000 dólares que había cometido a su favor.
A la mañana siguiente, un recaudador de una radio evangélica se acercó a los Post a pedirles contribuciones de hasta 10.000 dólares.
Post se rió entre dientes al ver las cifras, observando: "Fui un obrero de galletas toda mi vida". Él y su esposa habían acordado la noche anterior donar 500 dólares y antes del desayuno subieron la cifra a 1.000 dólares. Cuando la señora Post sacó la chequera, sin embargo, susurró: "¿Qué te parece 2.000 dólares?", y eso es lo que escribió.
"El error que hice", explicó más tarde. "Sentí que el Señor me estaba diciendo que si tenía dinero extra, que tenía que donarlo".
Ahorros Esfumados
Joseph Cohen, 89, millonario en el pasado, con acciones en una empresa familiar de ropa y con intenciones de trabajar toda la vida. Cuando la compañía quebró en 1980, Cohen, que tenía entonces 64, tenía pocas inversiones fuera, una casa y un recurso que nunca pensó que necesitaría usar: la Seguridad Social.
Una fresca mañana de Michigan, Cohen estaba tomando café y dónuts con otros jubilados en el complejo de apartamentos donde ahora vive solo, cerca de un cordón de tiendas en el aeropuerto. Tiene una corona de pelo cano, un metálico acento de Chicago y maneras que son a la vez amables y estrafalarias. Cuando tenía su negocio, dijo, nunca pensó en la Seguridad Social o en la jubilación. "Pensé que tomaría un mes libre y nos iríamos a Florida. Antes lo hacíamos".
Cohen pertenece a una no contabilizada pero substancial población de americanos que llegan a la jubilación con menos dinero del que pensaban, dependientes de la Seguridad Social de modos que nadie esperaba.
"La gente que termina con menos recursos de los que pensaba -somos casi todos nosotros", dijo Alicia H. Munnell, directora del Centro de Investigación de la Jubilación, del Boston College, que trabajó en el ministerio de Hacienda durante el gobierno de Clinton.
"La gente tiene reveses en los negocios, o pierden dinero en la bolsa, o tienen gastos médicos que no pueden pagar. Cualquiera que haya trabajado para Enron o WorldCom sabe qué se siente cuando miras tu cuenta para la jubilación y descubres que no hay nada".
Cohen vive ahora en gran parte de los 1.800 dólares que recibe cada mes de la Seguridad Social, más el ingreso de las obligaciones que compró después de vender su casa -unos 1.000 a 1.200 dólares por mes. No posee acciones, ni casa ni seguro de vida.
Comparado con la mayoría de los jubilados, a Cohen le va bien. Viaja en primera clase para ver a sus hijos en Nueva Jersey y Seattle, todavía tiene piezas de arte valiosas en su salón y ha contribuido con dinero para la educación de sus nietos. Debido a que no tenía que trabajar, se ofreció de voluntario en su sinagoga, en escuelas públicas y en el movimiento de derechos civiles local. Según entiende, sólo jubiló el año pasado, cuando un pequeño derrame lo obligó a abandonar el trabajo voluntario.
Pero el año pasado, cuando una de las obligaciones de Cohen se hizo pagadera, y la remplazó con una que paga dividendos de unos 100 dólares menos al mes, sintió la pérdida. "Fue un desastre", dijo. "No parece mucho, pero significa que tienes 25 dólares menos a la semana".
Cohen se opone a las cuentas de inversión individuales debido a la inestabilidad de la bolsa y al coste de manejo de las cuentas.
"Estamos viviendo en una sociedad con un grupo de edad que no conoció la Depresión y no saben lo que puede pasar", dijo. "¿Cómo sabes que no volverá a ocurrir mañana? A veces me pregunto que habrá pasado con toda esa gente que trabajó para mí".
Cohen dijo que había gastado un montón de sus ahorros para la jubilación en la salud de su esposa, que murió en 1993, y en su hijo Robert, que murió de una lesión cerebral en 2001. Su esposa visitó doctor tras doctor -"todos estúpidos", dijo Cohen- antes de que le diagnosticaran amiloidosis, una enfermedad de las células del plasma. Murió después de 3 años de tratamiento en la Clínica Mayo en Minnesota.
El seguro pagó parte de los cuidados, pero no todos. "Nunca he vuelto a ver cuánto costó la Clínica Mayo", dijo. "Palabra de honor, nunca me paré a mirar los gastos y a pensar qué tratamiento hacer. Simplemente lo hice".
En los últimos tiempos su propia salud le está causando problemas. En abril, mientras pasaba las Pascuas con su hija en Nueva Jersey, se hizo un escáner para el dolor de espalda, y le diagnosticaron la ruptura de un disco. No ha vuelto a Grand Rapids.
Cohen recuerda cuando era como muchos trabajadores jóvenes de hoy, que no cree que habrá Seguridad Social cuando ellos se jubilen. Cuando se implementó el programa, el mismo año que terminó la escuela secundaria, tenía poca fe en él.
"Fue introducido sin que la gente supiera lo que estaba pasando", dijo. "Si alguien hubiera dicho: Aquí está el programa que se ocupará de vosotros', yo habría dicho: ¿En serio?', y habría esperado a ver qué pasaba".
Ahora es el ancla de una jubilación que Cohen ha tenido que aceptar. "No es tanto como me gustaría", dijo, "pero no estoy preocupado".
Hermanos, Lado a Lado Otra Vez
La Seguridad Social nunca fue pensada como una iniciativa de reunificación familiar, pero Luther y Norman Ward muestran lo mucho que se puede estirar la red.
Durante años, Luther, empleado de la limpieza e inspector de escuela, no hablaba casi nunca con su hermano Norman, un heroinómano, porque "cuando venía a verme era porque necesitaba dinero". Ahora se sientan juntos los domingos en la iglesia.
El cheque de la Seguridad Social que deja que Norman, por primera vez en su vida, mantenga una pequeña cuenta de ahorros, también permite a Luther comprar muebles de segunda mano y la ocasional fuente de porcelana sin preocuparse de que las necesidades de su hermano abrumen las suyas propias.
Del mismo modo que la Seguridad Social libera a los baby boomers del peso financiero y emocional de padres dependientes, ha construido un puente entre esos hermanos alejados en el pasado, que pasaron una tarde reciente alimentando a los patos en el Grand River, como niños.
"Ahorro todos los meses; me niego a declararme en ruina", dijo Norman, 77. "Quiero a mi hermano y no quiero hacerle daño".
Los Ward, dos de los seis hijos de un obrero metalúrgico y una lavandera, personifican la identidad dual de la Seguridad Social, como un dividendo de una inversión de gente como Luther, 71, que vivió según las reglas, y como un seguro que mantiene incluso a los que han llevado vidas en gran parte improductivas, alejados de la calle.
Para Luther y su esposa, Diane, un maestra jubilada, la Seguridad Social es un componente de una jubilación relajada -sus cheques mensuales llegan a unos 2.400 dólares, que equivalen al 36 por ciento de sus ingresos; el resto lo forman sus sólidas pensiones de la escuela del distrito. Sin la Seguridad Social, dijo Luther, "probablemente tendría que buscar trabajo parcial".
Para Norman, que recibe 502 dólares más 96 dólares en suplementos federales y estatales para los receptores, la Seguridad Social es una salvación -su único otro ingreso es el ocasional botín cuando uno de sus seis números aparece en el Daily Pick Tree de Michigan. Sin eso, dijo Norman, "ahora estaría probablemente muerto".
Durante décadas Luther trabajó como empleado de limpieza e inspector, y crió a cinco hijos en dos matrimonios.
Tomó el segundo trabajo en la escuela del distrito para pagar la alimentación de sus cuatro hijos de su primer matrimonio, y terminó con un salario combinado de 60.000 dólares. Después de vender sus fondos mutuos hace unos años, mantiene sus ahorros, unos 14.000 dólares, en la cooperativa de créditos, con lo que gana el 2 por ciento, y se oponen resueltamente al plan de Bush de traspasar una parte de la Seguridad Social a cuentas individuales.
"A mi edad, no creo que la bolsa se recupere en los próximos 10 años", dijo sobre el mercado de valores.
Norman, que nunca pasó el décimo, se enganchó a la heroína en el ejército. De vuelta en casa, bebiendo jarabe para la tos cuando no podía comprar heroína, perdía todos sus trabajos -en General Motors, en Steelcase, en una fábrica de carretillas elevadoras, en un frigorífico, y, su favorito, como botones del viejo Hotel Rowe, en el centro de la ciudad, por 12 dólares a la semana más propinas. Estuvo dos veces en prisión, en 1961 y en 1991, después de declararse culpable de posesión de drogas, y se inscribió él mismo una media docena de veces en programas de rehabilitación.
Cuidó de sus padres hasta sus últimos años y heredó su casa, pero los 56.000 dólares que recibió por su venta los gastó rápidamente en drogas.
"Cuando desperdicié ese dinero, me asusté", recuerda Norman. "Me quedaba debajo de las sábanas y me cubría la cabeza, porque odiaba ver la luz del día".
Hoy, en su apartamento de un cuarto en las Torres Ransom en el centro de la ciudad, Norman se ha duchado e hizo su cama a las 7 de la mañana, aunque pasa la mayor parte del día mirando horas de programas de tribunales desde un raído sofá.
Paga 170 dólares de alquiler, 45 dólares por la televisión por cable, 25 dólares por el teléfono, 20 dólares para la iglesia y 13 dólares por el aire acondicionado de las semanas de verano, que paga por adelantado. Cupones de alimentos, 112 dólares al mes, llenan su alacena con verduras enlatadas y Special K. Las nueve píldoras que traga cada día para la diabetes y la presión le cuestan 3 dólares, si las compra con marca, y 1 dólar si la compra en Medicaid. Un Magic Shaving Power, 1.25 dólares la lata, mantiene su cabeza calva.
Sin embargo, tiene suficiente dinero y a veces es como un cajero automático, repartiendo billetes de 10 y 20 dólares a varios vecinos los domingos antes de salir hacia la iglesia. "No quiero que me expliques nada, sólo quiero que me los devuelvas", dijo sobre su enfoque -préstamos sin intereses y sin explicación. "Si me lo piden, es que lo necesitan".
Al otro lado de la ciudad, Luther dijo que él y Diane "nunca pedimos un préstamo que no podamos pagar en un año", de modo que apartan 1.000 dólares todos los meses para cubrir el crédito hipotecario de 11.000 dólares con el que están pagando la remodelación de su cocina este verano. Viajan año por medio para ir a ver a sus familiares en Holanda o a su hijo, un oficial de la Fuerza Aérea estacionado en Bélgica, y el sótano está lleno de los carteles de los musicales a los que han ido aquí y en Toronto. Para el 70 cumpleaños de Luther, Diane reservó una suite en el Bellagio, en Las Vegas.
Hace 7 u 8 años, Norman le pidió a Luther que lo recogiera en camino a la Iglesia Cristiana Reformada de la Gracia. Al domingo siguiente se lo volvió a pedir. "Entonces dijo: No quiero volver a llamar, pero sí quiero que pases a recogerme todos los domingos'", recordó Luther, que es diácono. "Conocía al nuevo pastor porque le había pedido dinero prestado".
Los martes, también, Luther pasa por el edificio de Norman para su viaje semanal al supermercado para abastecer la despensa de la iglesia.
"La primera vez en mi vida que he disfrutado trabajando", dijo Norman, mientras apilaba patatas y apartaba una caja de galletas con chocolate para él, olvidado de la diabetes. "Hacer algo sin esperar que te paguen".
29 de junio de 2005
19 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos. Barbara Amberg utilizaba sus cheques de la seguridad social para volar a Nueva Yorkk y ver Gates' de Christo en Central Park. Shirley Malone vive en su casa del sector social, y lava a veces la ropa con lavavajillas para ahorrar dinero.Para Joseph Cohen, un empresario que perdió su empresa, la Seguridad Social es la red de seguridad que nunca que pensó que llegaría a necesitar. "Estamos hablando de un tipo afortunado que tenía ahorros", dijo Cohen. "Pero sin la Seguridad Social no sé dónde estaría ahora".
Mientras los republicanos en el Congreso se esfuerzan por romper el impasse sobre los planes del presidente Bush de redefinir la Seguridad Social y apuntalar sus finanzas, 32 millones de adultos americanos están viviendo las realidades del programa social más importante del país.
Los cambios no afectarán a gente como Amberg, Malone o Cohen, que ya están recibiendo sus prestaciones. Pero en los detalles de sus vidas cotidianas, relatadas en entrevistas en profundidad, estos residentes de Grand Rapids se permiten un modelo de Seguridad Social relativamente efectivo -los choques que amortigua y los que no, los sueños que alimenta o pone fuera de su alcance. Para muchos, es la base de su existencia.
Los americanos parecen sobrestimar el dinero que creen poder apartar para la jubilación. Un sondeo del New York Times/CBS News halló que sólo 20 por ciento de los americanos que no han jubilado todavía esperan que la Seguridad Social sea su principal fuente de ingresos cuando dejen de trabajar. Pero un 39 por ciento de los jubilados, en el mismo sondeo, dijeron que la Seguridad Social era su principal fuente de ingresos.
Casi todos los estadounidenses mayores de 65 reciben prestaciones sociales. La Autoridad de la Seguridad Social dice que cerca de un tercio dependen de la Seguridad Social en un 90 por ciento de sus ingresos; otro tercio recibe entre la mitad y un 90 por ciento de su dinero, del programa; y un tercio depende en menos de la mitad. Sin la Seguridad Social, unos 13 millones serían clasificados por debajo de la línea de pobreza, a menos que encontrasen otras fuentes.
Cada una de estas situaciones se dan en Grand Rapids, una ciudad costera de 197.000 habitantes con mansiones construidas por la elite industrial holandesa de la ciudad que miran al otro lado de la ciudad los enrejados de concreto de las viviendas sociales.
En diferentes barrios, la Seguridad Social es un programa contra la pobreza, una pensión de clase media, una prestación de viudez, un cheque de incapacidad. Para algunos, la jubilación les ha proporcionado hogares maravillosos y donaciones a la beneficencia; para otros, bañeras reparadas con cinta adhesiva y recetas no compradas por falta de dinero.
Dos hermanos, los Ward, captan el rango de prestaciones. Norman, un ex heroinómano que se arrastraba entre trabajos mal pagados, recibe 502 dólares al mes, mientras Luther y su esposa, que tenían carreras estables en la escuela del distrito, reciben juntos 2.400 dólares.
Tambaleándose con los despidos y cierres de plantas, y con una fuerte inclinación cristiana evangélica, Grand Rapids es un territorio político incierto en cuanto a las opiniones sobre los planes del presidente Bush de dar a los americanos más participación en cómo se invierten algunas de sus prestaciones de la Seguridad Social -con la posibilidad de beneficios y riesgos más altos.
Alguna gente, como Bill Post, que ayudó a inventar el Pop-Tart [tartas tostadas] y ahorró cumplidoramente, apoya las propuestas de Bush de crear cuentas de inversión individuales dentro de la Seguridad Social. "No es un gran riesgo", dijo Post. "Es una buena oportunidad".
Pero otros, como James Townsend, que trabajaba como operador de carretillas elevadoras, defiende el programa tradicional. "Sin la Seguridad Social, yo no habría ahorrado ese dinero", dijo. "Si yo tuviera dinero extra, lo habría gastado. No tendría nada en absoluto".
Aquí, como en otros lugares, la Seguridad Social paga más generosamente a unos que a otros. Creada para proteger a los más vulnerables, redistribuye el dinero de ricos a pobres, y de hombres a mujeres, que a menudo no tienen pensiones ni capital.
Pero mientras cambian las estructuras familiares del modelo nuclear con un solo trabajador de los años treinta, el programa se ha desfasado. Recompensa a las parejas casadas más que a los solteros, y a las parejas con una esposa ama-de-casa que a aquellas en las que trabajan los dos.
Grupos con esperanzas de vida más breves, como los afro-americanos, reciben menos prestaciones que los que viven más tiempo. Los economistas describen la jubilación como una silla de tres patas que se apoya en los ahorros, la pensión y la Seguridad Social. Pero a medida que las compañías se apartan de las pensiones tradicionales, y más americanos se acercan a la edad de jubilación con ahorros insuficientes, muchos como Townsend, están agregando una cuarta pata: el trabajo.
Hace 4 décadas, 3 de cada 10 americanos mayores de 65 años vivían en la pobreza; después de cambios en las prestaciones de la Seguridad Social, esa cifra es ahora menos de 1 en 10, por debajo de la tasa de pobreza para la población general. El Instituto Urbano, un grupo de investigación, concluyó hace poco que las parejas que tienen ingresos promedios, si jubilaran hoy, recibirían prestaciones equivalentes a 439.000 dólares en un plan 401(k), más del doble de lo que habrían recibido en 1960, contando la inflación.
Pero los jubilados aquí no miden sus prestaciones con esos cálculos. La Seguridad Social es la mensualidad del coche, la televisión por cable, el diezmo, la libertad de trabajar de voluntario en la ciudad, la dignidad de una cuenta de ahorro.
Contando los Centavos
Casi un tercio de los americanos que reciben prestaciones de la Seguridad Social son mujeres. Muchas, como Shirley Malone, que es divorciada y vive en una vivienda social detrás de un centro comercial, caería en la miseria sin esa prestación.
Una mujer corpulenta que se mueve dificultosamente tras un accidente en coche hace dos décadas, Malone, 69, recibe 700 dólares al mes de la Seguridad Social y 212 dólares como estipendio de un programa de voluntarios para personas de la tercera edad para ayudar en las escuelas. No tiene ahorros.
"Cuando era joven oía todas esas historias sobre los años dorados", dijo. "¿Qué pasó con ellos?"
Todos los meses, cuando llega su cheque de la Seguridad Social, Malone reúne sus cuentas. Paga 40 dólares al mes por el seguro del coche, más de 100 dólares en recetas médicas, 52 dólares por el paquete básico de televisión por cable, 122 dólares para el complemento del seguro médico, más el alquiler, que ha sido fijado en un 30 por ciento de sus ingresos.
Cuando termina de escribir los cheques, dijo, no le queda dinero. Tuvo que aplazar su tratamiento dental y la compra de audífonos porque no puede pagarlos.
"Todos los meses pienso en renunciar a la televisión por cable, ¿pero qué otra cosa puedo hacer entonces?", dijo. "Yo no sé lo que es el derroche. Ni siquiera puedo comprar regalos para mis nietos".
Nada de esto fue planificado.
"Mi cabeza era más joven que el resto de mí", dijo. "Siempre pensé que sería capaz de trabajar".
Malone se casó antes de los 18 y no trabajó hasta que sus hijos fueron adolescentes. Cuando terminó su matrimonio, dijo, descubrió que sólo tenía a sus hijos. Había terminado la educación secundaria y no tenía experiencia de trabajo. Encontró un trabajo como cajera en un túnel de lavado, donde debía estar parada a veces hasta 10 horas seguidas. Cuando se jubiló a los 62, después de 11 años, se sentía perdida.
"Lo peor fue que no tenía mucho que hacer", dijo. "De repente me encontré sola. Mis nietos habían crecido y ya no me necesitaban".
Agregó: "Nunca pensé que llegaría a sentirme tan completamente inútil".
Aunque todavía tiene sus días "malos", trabajar con niños la hace útil.
La Seguridad Social ha sido para Malone un laberinto burocrático y un salvavidas. Durante años no supo que podía recibir una prestación antes de cumplir los 65, o que podía recibir las prestaciones de su marido.
Tiene una variedad de problemas de salud, incluyendo una obstrucción pulmonar crónica y permanentes dolores en todo su cuerpo, que sólo soporta el Tylenol, que no la alivia. La osteoporosis, dijo, la está reduciendo a la nada.
Sin embargo, parece más feliz ahora de lo que era cuando sus hijos eran jóvenes. El ingreso de la Seguridad Social y el estipendio por su trabajo voluntario, son seguros, aunque pequeños. También siente que así ha merecido las prestaciones.
"No estamos recibiendo nada que no merezcamos por nuestro trabajo", dijo. "Hay un montón de gente como yo".
Pero, principalmente, son los niños de la Knapp Charter Academy, los que la llaman Grandma Shirley, los que llenan su vida. En su escritorio de su recibidor, sonríe cuando entrega prgsinas o ayuda a un alumno con sus ejercicios de lectura.
"No tenía suficiente dinero para empezar nada, así que no siento que me haya caído de alguna parte", dijo Malone.
En la escuela, llevaba una abultada camiseta promoviendo el programa de voluntarios. Ha resistido las súplicas de su hijo para que se mude a vivir con él.
"El cheque es un salvavidas", dijo sobre el estipendio que le permite vivir independiente. Pero si el programa dejara de ser financiado y no pudieran pagarle, dijo, de todos modos trabajaría en la escuela. "Ellos son mi terapia", dijo. "No hay nada como sentirse útil".
Un Horario Lleno
Barbara Amberg, que nació rica y se casó con pedigrí, representa el otro lado de la Seguridad Social. Como 1 de cada 10 de los receptores del programa, depende de él en menos de un quinto de sus ingresos, que son de entre 50.000 a 100.000 dólares al año.
Su jubilación es cómoda y puede elegir sin pensar en los costes, como se puede ver en sus álbumes que rebosan de fotografías y recuerdos de una ajetreada viajera.
Están su peregrinación anual del verano al Festival de Shakespeare de Stratford en Canadá, y las visitas anuales para ver a sus hijos en San Antonio, Pensilvania y Los Angeles. Viajes en grupo a museos de arte en Chicago y Detroit. Un tour de 4 días, de 1.850 dólares, para ver The Gates', en febrero.
Todo cortesía de la Seguridad Social.
"Paga las cosas extras", dijo Amber, una viuda que acaba de cumplir 80, sobre el cheque mensual de 924 dólares. "La mayor parte la uso para viajes".
Si Amberg no necesita exactamente a la Seguridad Social, la Seguridad Social ha necesitado siempre a gente como ella. Los arquitectos originales del programa en la era de la Depresión se ganaron el crucial apoyo de los más pudientes, convenciéndoles de que era un amplio programa de seguros más que un estipendio para los pobres.
En realidad, cuando se le preguntó qué pensaba de reducir las prestaciones de los receptores más ricos para poder seguir pagando a los pobres, Amberg se mostró ambivalente, diciendo: "De algún modo tengo la sensación de que cuando recibo algo en mi cuenta, que es algo que estoy recibiendo de vuelta".
Está dispuesta a subir el límite de ingresos de 90.000 dólares sujetos a impuestos sobre el salario, o la edad de elegibilidad. Pero a pesar de su propia inesperada suerte con las acciones de Wal-Mart y Eli Lilly, se sigue mostrando escéptica sobre los deseos de Bush de desviar algo de la Seguridad Social a cuentas individuales.
"Sé que tiene que ser remendado, pero no creo que deban cambiar el concepto", dijo. "¿Que a lo mejor pueden hacer dinero en el mercado? Pienso que es una idea idiota".
Amberg, que lleva 15 años trabajando a tiempo parcial a 7 dólares la hora en la librería para niños Pooh's Corner, ha usado siempre los dividendos de los fondos fiduciarios de su familia para pagar los gastos fijos, como un semanal lavado y secado de 20 dólares en el salón de belleza y 45 dólares al mes por su inscripción en un centro de ejercicios.
Aunque no gasta de manera extravagante -"No soy de las personas que gastarían 500 dólares en un vestido"-, tampoco necesita preocuparse del precio del billete para su sinfonía en Grand Rapids, la ópera y dos teatros importantes. Posee aquí un espacioso condominio y una casa de campo de cuatro dormitorios en el Lago de Michigan. Ha dado a sus cuatro nietos casi medio millón de dólares en legados libres de impuestos desde 1991, y dona unos 5.000 dólares al año en acciones a alguna iglesia.
Y sigue siendo miembro, por 342 dólares al mes, del Club de Campo de Kent, donde ella y su hija celebraron sus bodas, aunque sus tres operaciones a la cadera ya no la dejan jugar golf. "Creo que me sentiría perdida sin el club", dijo.
Amberg y su difunto marido, David, un abogado, descienden ambos de viejas familias de Grand Rapids cuya casas se cuentan entre las gemas del histórico distrito de Heritage Hill, un enclave construido entre 1848 y 1920 por los barones madereros y magnates de los muebles de la ciudad. Sus ahorros se asentaban en herencias, que permitieron que sus hijos fueran enviados a Princeton, Tufts y la Universidad de Boston. Nunca se sintieron presionados a ahorrar.
Con el pelo peinado, el lápiz labial fresco y las orejas adornadas con oro, Amberg tiene un rostro amable mientras sorbe un vaso de chardonnay antes de la cena un fin de semana en la victoriana mansión del Club de Mujeres, del que fueron miembros, antes que ella, su madre y su abuela.
Creció en el recinto de una familia -"como los Kennedy"- con un edificio neo-clásico en el centro, que alberga una cancha de squash y una piscina de entrenamiento de 15 metros. La familia de su marido participó en la colonización de Grand Rapids en 1834.
Los días de Amberg rebosan de actividad: dos grupos de lectura, tres cuartetos de bridge, charlas, leer en una radio para los ciegos, servir como tesorera del centro de alumnos del local Instituto Smith. Una semana en abril tuvo que salir todas las noches.
"Creo que tienes que esforzarte cuando eres sola", dijo. "Realmente no estás esperando que la gente te llame o que haga las cosas por ti. Tú tienes que esforzarte por hacer algo". Entre sus amigas íntimas hay varias viudas, pero Amberg guarda el cuidado de salir con parejas. "Así que si quieres recibir, todavía puedes encontrar a algunos hombres que vengan a tu fiesta", dijo. "Pero si tienes una recepción, son ellos los que no pueden estar parados. Los hombres no se pueden tener en pie".
No ella. Visita el gimnasio todos los miércoles en la mañana para sesiones de aerobics para la tercera edad, trotando con una banda sonora de Sinatra, aunque se retira cuando empiezan los estiramientos. "No me puedo agacharme y levantarme de nuevo, así que me marcho", dijo.
Aunque lleva en estos días un ritmo más lento, todavía lo tiene. En mayo visitó Fallingwater, la obra de arte de Frank Lloyd Wright al oeste de Pensilvania. Para celebrar su cumpleaños número 80, su familia se unió a ella durante un fin de semana en Nueva York.
Hay cheques de la Seguridad Social que gastar, álbumes fotográficos que llenar.
Volviendo a Trabajar a los 74
Con la Seguridad Social y una pequeña pensión, James Townsend pensaba que tenía suficiente para jubilar.
Pero 10 años después de empezar a cobrar sus prestaciones, acogió una reciente y asoleada tarde de primavera con un ritual familiar: se puso el uniforme y se fue a su trabajo. De 4 de la tarde a medianoche, ocho días al mes, Townsend, 74, trabaja como guardia de seguridad en una comunidad de jubilados casi en las afueras de la ciudad.
Mientras hacía sus rondas esa noche, Townsend miró detrás del horno y recorrió los solitarios y extensos pasillos alfombrados, vacíos excepto por una mujer que estaba saliendo del área de ejercicios. "He tenido suerte. Nunca he visto a ningún extraño", dijo.
Townsend no pensó que tendría que trabajar a esta edad. Cuando se jubiló a los 64 de su trabajo como operador de carretillas elevadoras en una planta de repuestos de coches, creía que podría vivir con su pensión de unos 200 dólares al mes y con los cheques suyos y de su esposa de la Seguridad Social, que juntos sumaban casi 1.100 dólares.
Terminó de pagar su casa aquí, un ordenado rancho en un vecindario que llama "el centro, pero no el gueto", y Townsend pensó que podría reducir algunas de sus pocas actividades o diversiones. "Simplemente quería dejar de trabajar en una fábrica, dejar de levantarme todas las mañanas al romper el alba", dijo. "He trabajado bastante en la fábrica. Dejar de trabajar fue un alivio".
Pero para los Townsend, dos pequeños cambios fueron suficientes para trastornar sus planes. El viejo coche de Townsend se echó a perder y compró un Dodge Intrepid 1999 nuevo, con mensualidades de 327.55 dólares. Al mismo tiempo, su doctor encontró que tenía altos niveles de colesterol. Las medicinas subieron a 99 dólares al mes.
"En ese momento las cosas se pusieron malas", dijo. "Tuve que reducir los gastos en todo, incluso mi diezmo y las donaciones de la iglesia".
Así que Townsend empezó a buscar trabajo otra vez. Casi cinco millones de estadounidenses mayores de 65 trabajaron el año pasado, de menos de 3 millones hace dos décadas. El aumento contrarresta una tendencia de medio siglo hacia una jubilación más temprana. En 1950, trabajaba casi la mitad de los hombres mayores de 65. Para 2000, sólo un 17 por ciento.
Algunos jubilados echan de menos el trabajo; otros necesitan el dinero. Townsend tenía un pie en las dos categoría. Necesitaba el dinero, pero también tenía pasatiempos que ocupaban sus horas; el trabajo, dijo, lo mantenía activo.
Nativo de Carbondale, Illinois, Townsend se mudó a trabajar en fábricas de Grand Rapids, y sus finanzas se adaptaron a los inciertos ritmos de producción: buenas en los años de bonanza, frágiles cuando disminuía la demanda de repuestos o muebles de oficina. En sus primeros siete años aquí, sólo tuvo trabajo nueve meses cada año.
Su casa, en la que ha vivido durante 40 años, está en un desgastado bloque de casas en una sección predominantemente afro-americana al sudeste del centro. Cuando sale de noche, es a un bar en un vecindario mixto al norte. "Pero mi pastor no lo sabe", dijo.
Cuando las mensualidades de su coche lo pusieron en aprietos, llamó a sus amigos, que le dijeron que había una colocación a tiempo parcial en una comunidad de jubilados. El ingresos adicional de unos 340 dólares cada dos semanas cubrieron las mensualidades del coche y los gastos de medicinas para el colesterol.
Con su trabajo parcial y su pensión, los Townsend ganan más de 2.000 dólares al mes, casi lo mismo que ganaban antes de la jubilación, y sin la amenaza de perder sus ingresos de una vez por despidos o huelgas. La Seguridad Social, que proporciona la parte más grande de sus ingresos, ofrece a la vez estabilidad y libertad.
"Ahora me gusta trabajar", dijo. "Trabajo 4 días y luego tengo 10 horas libres. ¿Qué tipo de trabajo es este? No se parece en nada al otro. En la fábrica tenía que correr".
Con su trabajo, dijo, tiene suficiente dinero para sacar a comer fuera a su esposa. Está buscando un modo de pagar un suplemento del seguro médico, que costará 200 o más dólares al mes, para protegerse de catástrofes médicas.
Espera que la Seguridad Social continúe siendo lo que es. Duda que le hubiera resultado tan bien si él hubiera manejado su propia jubilación. "Ahora tengo la sensación de que quieren asustarnos", agregó. "Si el gobierno dejara de usar ese dinero para cosas como esta guerra, el sistema podría continuar indefinidamente".
Una Buena Vida con Pop-Tart
Con 75.000 dólares de pensión, la Seguridad Social, ahorros y una serie de inversiones inmobiliarias, Bill Post podría ser el modelo de un plan de jubilación anticipada en la era del pre-401(k).
Hijo de inmigrantes holandeses a los que la gente pobre llamaba pobres, Post empezó a trabajar en una fábrica de Keebler a sus 16, metiendo cazuelas a los hornos por 38 centavos la hora, y dejó la compañía 41 años después, como vice-presidente, con un salario de 92.000 dólares. Se embarcó entonces en una segunda carrera de 30.000 dólares al año como asesor de Kellogg, la compañía para la que ayudó a desarrollar la Pop-Tart.
Ahora esculpe estatuillas de San Nicolás en un taller subterráneo debajo de un viejo letrero que dice: "Nooitgedacht" -"Nunca lo hubiera pensado", en holandés, dice Post.
Nunca pensó que tendría un Jaguar arándano convertible en su garaje. Difícilmente habría imaginado que se retiraría a los 57 con una casa fabulosa, que vendió luego por 1.1 millón de dólares. "Nunca pensé que llevaríamos una vida tan buena", dijo Post, 77.
Tampoco pensó nunca en depender de la Seguridad Social.
Él y su esposa de 57, Florence, evitaba las deudas gastando frugalmente, pensando en el futuro. Cuando la compañía proporcionó a los ejecutivos un asesor financiero como un extra, recordó Post, "volvió y me dijo: Nunca conocí a un tipo como usted: está viviendo por debajo de sus ingresos'".
Los Post son unos de los 7.5 millones de jubilados de hoy, un 29 por ciento, que reciben pensiones privadas, un elemento básico de la clase media que está desapareciendo rápidamente. También tienen ingresos de obligaciones y pagos de interés de dos préstamos privados, pero las únicas acciones que poseen son las que recibió de Kellogg como bonos.
"No juego", explicó Post. "No puedo entender las reducciones; trabajé demasiado por nuestro dinero".
Es gente como Post la que en futuras generaciones, bajo las propuestas de Bush, podría recibir beneficios mucho menos generosos que los actuales. "Estaría dispuesto a recibir menos prestaciones", dijo Post, si eso redundará en mejorar el seguro médico. Igualmente, apoya el plan de Bush de cuentas individuales, diciendo: "Sé que el dinero se puede invertir de mejor manera que ahora".
Post, que abandonó el instituto para convertirse en gerente de personal de la panadería de Keebler en Grand Rapids a los 21, estaba dirigiendo la fábrica en 1963 cuando Kellogg empezó a buscar un socio para desarrollar un tostador de masa. Aprobó rápidamente la idea, a pesar del reto de montar una enorme maquinaria para crear la capa superior y adaptar un embrague de aire para expulsar los pegotes del relleno.
"Yo fui el tipo que dije que lo lograríamos", dijo Post, que todavía rellena sus masas con su sabor favorito, fresas glaseadas.
Mientras subía en la escala, de obrero de galletas a empleado ejecutivo, la mayor bendición de Post fue la propiedad inmobiliaria.
En 1971 los Post compraron un terreno de 300 metros en Glen Lake, al norte de Michigan, por 16.000 dólares, y construyeron un bungalow de dos aguas para pasar ahí los fines de semana. La vendieron por el doble para comprar propiedades más caras en el lago, y después de 18 años de vivir en su casa de ensueño, la vendieron para comprar una casa de 465 metros cuadrados, de 415.000 dólares, en un suburbio de Grand Rapids donde Post creció pensando que era el lugar "donde vivía la gente importante".
Es a la vez un homenaje a su afluencia y orígenes humildes. Agregaron una inmensa suite y la amoblaron con una mesita de noche de madera antigua, cama y tocador que compraron por 10 dólares. La señora Post entreteje retazos de alfombrillas; la pareja come con vajilla con el sello francés de Quimper Faïence que se remonta a 1690, y se vende a 95 dólares por plato.
"¿Qué es suficiente?", preguntó Post una tarde, en el enorme salón. "¿Sabes lo que es suficiente? Un poco más de lo que tienes".
Sin embargo, más que deleitarse en sus recompensas, los Post, que leen la Biblia en voz alta después del desayuno, se vanaglorian de donar su dinero: 1.400 al mes a la Thornapple Covenant Church (más un extra de 1.000 dólares para el Día de Acción de Gracias y Pascuas); 2.500 dólares al año a Gideon, los distribuidores de Biblias; hace poco 5.000 dólares para una escuela de adultos incapacitados; 2.000 dólares aquí y 2.000 allá para trabajo misionero en Tailandia o India. "Nos ha abierto las puertas del cielo", dijo Post, refiriéndose a la promesa de Dios en el Nuevo Testamento a los que pagan el diezmo. "Dimos, y Él abrió las puertas para nosotros, y damos más".
Sin una calculadora, la señora Post maneja sus tres chequeras: una para sus cheques de 2.000 dólares al mes de la Seguridad Social, que incluye las prestaciones de su esposa; las otras dos son para la pensión y los intereses. Una tarde pasó horas estancada en un error de 2.000 dólares que había cometido a su favor.
A la mañana siguiente, un recaudador de una radio evangélica se acercó a los Post a pedirles contribuciones de hasta 10.000 dólares.
Post se rió entre dientes al ver las cifras, observando: "Fui un obrero de galletas toda mi vida". Él y su esposa habían acordado la noche anterior donar 500 dólares y antes del desayuno subieron la cifra a 1.000 dólares. Cuando la señora Post sacó la chequera, sin embargo, susurró: "¿Qué te parece 2.000 dólares?", y eso es lo que escribió.
"El error que hice", explicó más tarde. "Sentí que el Señor me estaba diciendo que si tenía dinero extra, que tenía que donarlo".
Ahorros Esfumados
Joseph Cohen, 89, millonario en el pasado, con acciones en una empresa familiar de ropa y con intenciones de trabajar toda la vida. Cuando la compañía quebró en 1980, Cohen, que tenía entonces 64, tenía pocas inversiones fuera, una casa y un recurso que nunca pensó que necesitaría usar: la Seguridad Social.
Una fresca mañana de Michigan, Cohen estaba tomando café y dónuts con otros jubilados en el complejo de apartamentos donde ahora vive solo, cerca de un cordón de tiendas en el aeropuerto. Tiene una corona de pelo cano, un metálico acento de Chicago y maneras que son a la vez amables y estrafalarias. Cuando tenía su negocio, dijo, nunca pensó en la Seguridad Social o en la jubilación. "Pensé que tomaría un mes libre y nos iríamos a Florida. Antes lo hacíamos".
Cohen pertenece a una no contabilizada pero substancial población de americanos que llegan a la jubilación con menos dinero del que pensaban, dependientes de la Seguridad Social de modos que nadie esperaba.
"La gente que termina con menos recursos de los que pensaba -somos casi todos nosotros", dijo Alicia H. Munnell, directora del Centro de Investigación de la Jubilación, del Boston College, que trabajó en el ministerio de Hacienda durante el gobierno de Clinton.
"La gente tiene reveses en los negocios, o pierden dinero en la bolsa, o tienen gastos médicos que no pueden pagar. Cualquiera que haya trabajado para Enron o WorldCom sabe qué se siente cuando miras tu cuenta para la jubilación y descubres que no hay nada".
Cohen vive ahora en gran parte de los 1.800 dólares que recibe cada mes de la Seguridad Social, más el ingreso de las obligaciones que compró después de vender su casa -unos 1.000 a 1.200 dólares por mes. No posee acciones, ni casa ni seguro de vida.
Comparado con la mayoría de los jubilados, a Cohen le va bien. Viaja en primera clase para ver a sus hijos en Nueva Jersey y Seattle, todavía tiene piezas de arte valiosas en su salón y ha contribuido con dinero para la educación de sus nietos. Debido a que no tenía que trabajar, se ofreció de voluntario en su sinagoga, en escuelas públicas y en el movimiento de derechos civiles local. Según entiende, sólo jubiló el año pasado, cuando un pequeño derrame lo obligó a abandonar el trabajo voluntario.
Pero el año pasado, cuando una de las obligaciones de Cohen se hizo pagadera, y la remplazó con una que paga dividendos de unos 100 dólares menos al mes, sintió la pérdida. "Fue un desastre", dijo. "No parece mucho, pero significa que tienes 25 dólares menos a la semana".
Cohen se opone a las cuentas de inversión individuales debido a la inestabilidad de la bolsa y al coste de manejo de las cuentas.
"Estamos viviendo en una sociedad con un grupo de edad que no conoció la Depresión y no saben lo que puede pasar", dijo. "¿Cómo sabes que no volverá a ocurrir mañana? A veces me pregunto que habrá pasado con toda esa gente que trabajó para mí".
Cohen dijo que había gastado un montón de sus ahorros para la jubilación en la salud de su esposa, que murió en 1993, y en su hijo Robert, que murió de una lesión cerebral en 2001. Su esposa visitó doctor tras doctor -"todos estúpidos", dijo Cohen- antes de que le diagnosticaran amiloidosis, una enfermedad de las células del plasma. Murió después de 3 años de tratamiento en la Clínica Mayo en Minnesota.
El seguro pagó parte de los cuidados, pero no todos. "Nunca he vuelto a ver cuánto costó la Clínica Mayo", dijo. "Palabra de honor, nunca me paré a mirar los gastos y a pensar qué tratamiento hacer. Simplemente lo hice".
En los últimos tiempos su propia salud le está causando problemas. En abril, mientras pasaba las Pascuas con su hija en Nueva Jersey, se hizo un escáner para el dolor de espalda, y le diagnosticaron la ruptura de un disco. No ha vuelto a Grand Rapids.
Cohen recuerda cuando era como muchos trabajadores jóvenes de hoy, que no cree que habrá Seguridad Social cuando ellos se jubilen. Cuando se implementó el programa, el mismo año que terminó la escuela secundaria, tenía poca fe en él.
"Fue introducido sin que la gente supiera lo que estaba pasando", dijo. "Si alguien hubiera dicho: Aquí está el programa que se ocupará de vosotros', yo habría dicho: ¿En serio?', y habría esperado a ver qué pasaba".
Ahora es el ancla de una jubilación que Cohen ha tenido que aceptar. "No es tanto como me gustaría", dijo, "pero no estoy preocupado".
Hermanos, Lado a Lado Otra Vez
La Seguridad Social nunca fue pensada como una iniciativa de reunificación familiar, pero Luther y Norman Ward muestran lo mucho que se puede estirar la red.
Durante años, Luther, empleado de la limpieza e inspector de escuela, no hablaba casi nunca con su hermano Norman, un heroinómano, porque "cuando venía a verme era porque necesitaba dinero". Ahora se sientan juntos los domingos en la iglesia.
El cheque de la Seguridad Social que deja que Norman, por primera vez en su vida, mantenga una pequeña cuenta de ahorros, también permite a Luther comprar muebles de segunda mano y la ocasional fuente de porcelana sin preocuparse de que las necesidades de su hermano abrumen las suyas propias.
Del mismo modo que la Seguridad Social libera a los baby boomers del peso financiero y emocional de padres dependientes, ha construido un puente entre esos hermanos alejados en el pasado, que pasaron una tarde reciente alimentando a los patos en el Grand River, como niños.
"Ahorro todos los meses; me niego a declararme en ruina", dijo Norman, 77. "Quiero a mi hermano y no quiero hacerle daño".
Los Ward, dos de los seis hijos de un obrero metalúrgico y una lavandera, personifican la identidad dual de la Seguridad Social, como un dividendo de una inversión de gente como Luther, 71, que vivió según las reglas, y como un seguro que mantiene incluso a los que han llevado vidas en gran parte improductivas, alejados de la calle.
Para Luther y su esposa, Diane, un maestra jubilada, la Seguridad Social es un componente de una jubilación relajada -sus cheques mensuales llegan a unos 2.400 dólares, que equivalen al 36 por ciento de sus ingresos; el resto lo forman sus sólidas pensiones de la escuela del distrito. Sin la Seguridad Social, dijo Luther, "probablemente tendría que buscar trabajo parcial".
Para Norman, que recibe 502 dólares más 96 dólares en suplementos federales y estatales para los receptores, la Seguridad Social es una salvación -su único otro ingreso es el ocasional botín cuando uno de sus seis números aparece en el Daily Pick Tree de Michigan. Sin eso, dijo Norman, "ahora estaría probablemente muerto".
Durante décadas Luther trabajó como empleado de limpieza e inspector, y crió a cinco hijos en dos matrimonios.
Tomó el segundo trabajo en la escuela del distrito para pagar la alimentación de sus cuatro hijos de su primer matrimonio, y terminó con un salario combinado de 60.000 dólares. Después de vender sus fondos mutuos hace unos años, mantiene sus ahorros, unos 14.000 dólares, en la cooperativa de créditos, con lo que gana el 2 por ciento, y se oponen resueltamente al plan de Bush de traspasar una parte de la Seguridad Social a cuentas individuales.
"A mi edad, no creo que la bolsa se recupere en los próximos 10 años", dijo sobre el mercado de valores.
Norman, que nunca pasó el décimo, se enganchó a la heroína en el ejército. De vuelta en casa, bebiendo jarabe para la tos cuando no podía comprar heroína, perdía todos sus trabajos -en General Motors, en Steelcase, en una fábrica de carretillas elevadoras, en un frigorífico, y, su favorito, como botones del viejo Hotel Rowe, en el centro de la ciudad, por 12 dólares a la semana más propinas. Estuvo dos veces en prisión, en 1961 y en 1991, después de declararse culpable de posesión de drogas, y se inscribió él mismo una media docena de veces en programas de rehabilitación.
Cuidó de sus padres hasta sus últimos años y heredó su casa, pero los 56.000 dólares que recibió por su venta los gastó rápidamente en drogas.
"Cuando desperdicié ese dinero, me asusté", recuerda Norman. "Me quedaba debajo de las sábanas y me cubría la cabeza, porque odiaba ver la luz del día".
Hoy, en su apartamento de un cuarto en las Torres Ransom en el centro de la ciudad, Norman se ha duchado e hizo su cama a las 7 de la mañana, aunque pasa la mayor parte del día mirando horas de programas de tribunales desde un raído sofá.
Paga 170 dólares de alquiler, 45 dólares por la televisión por cable, 25 dólares por el teléfono, 20 dólares para la iglesia y 13 dólares por el aire acondicionado de las semanas de verano, que paga por adelantado. Cupones de alimentos, 112 dólares al mes, llenan su alacena con verduras enlatadas y Special K. Las nueve píldoras que traga cada día para la diabetes y la presión le cuestan 3 dólares, si las compra con marca, y 1 dólar si la compra en Medicaid. Un Magic Shaving Power, 1.25 dólares la lata, mantiene su cabeza calva.
Sin embargo, tiene suficiente dinero y a veces es como un cajero automático, repartiendo billetes de 10 y 20 dólares a varios vecinos los domingos antes de salir hacia la iglesia. "No quiero que me expliques nada, sólo quiero que me los devuelvas", dijo sobre su enfoque -préstamos sin intereses y sin explicación. "Si me lo piden, es que lo necesitan".
Al otro lado de la ciudad, Luther dijo que él y Diane "nunca pedimos un préstamo que no podamos pagar en un año", de modo que apartan 1.000 dólares todos los meses para cubrir el crédito hipotecario de 11.000 dólares con el que están pagando la remodelación de su cocina este verano. Viajan año por medio para ir a ver a sus familiares en Holanda o a su hijo, un oficial de la Fuerza Aérea estacionado en Bélgica, y el sótano está lleno de los carteles de los musicales a los que han ido aquí y en Toronto. Para el 70 cumpleaños de Luther, Diane reservó una suite en el Bellagio, en Las Vegas.
Hace 7 u 8 años, Norman le pidió a Luther que lo recogiera en camino a la Iglesia Cristiana Reformada de la Gracia. Al domingo siguiente se lo volvió a pedir. "Entonces dijo: No quiero volver a llamar, pero sí quiero que pases a recogerme todos los domingos'", recordó Luther, que es diácono. "Conocía al nuevo pastor porque le había pedido dinero prestado".
Los martes, también, Luther pasa por el edificio de Norman para su viaje semanal al supermercado para abastecer la despensa de la iglesia.
"La primera vez en mi vida que he disfrutado trabajando", dijo Norman, mientras apilaba patatas y apartaba una caja de galletas con chocolate para él, olvidado de la diabetes. "Hacer algo sin esperar que te paguen".
29 de junio de 2005
19 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
brigada de homicidios
[Jill Leovy] Un niño que fue a comprar. Hubo disparos. El asesinato lo resolvió la brigada de Homicidios.
[Miércoles] El detective de homicidios de Los Angeles, John Zambos, estaba parado en la esquina de la calle 101 y Figueroa, escudriñando un Chevrolet Suburban verde de coronas plateadas.
En el asiento del conductor había un hombre con pantalones de trabajo azul oscuro, una camiseta gris Southpole y un pendiente de lentejuelas. Su cabeza estaba echada hacia atrás, la boca entreabierta. Tenía las manos con las palmas hacia arriba sobre sus rodillas, como si se hubiese quedado dormido recién.
Zambos miró su cara: las mejillas redondas, como las de un niño, y la barba de varios días. La única herida visible era un diminuto agujero en la sien. Gotas de sangre, todavía húmedas, brillaban en su camiseta. En el asiento del pasajero había una caja de comida para llevar.
Eran casi las 8:30 del 1 de diciembre, una mañana fría y soleada. Algunas personas se habían acercado. Una brisa sacudió las páginas de la libreta de Zambos, que estaba abierta sobre el capó de su Buick Mercury.
Zambos, 47, casi se agarró a golpes con los paramédicos cuando trataron de cubrir con una manta el cuerpo de la víctima. Zambos los ahuyentó. Estaba decidido a proteger las huellas digitales y cualquier otra evidencia.
Por una vez, Zambos había sido el primero en llegar al lugar del crimen. Esta investigación sería perfecta.
Zambos era uno de los 12 detectives de Homicidios que trabajaban en Watts y vecindarios circundantes para la División Sur del Departamento de Policía de Los Angeles LAPD.
La brigada manejaba la mayor cantidad de casos de la ciudad, pero los asesinatos rara vez llegaban a primera plana. A veces a Zambos y a sus colegas les parecía que si a ellos no les importaba, no le importaría a nadie. Mientras atención recibían sus casos, más esfuerzos ponían.
Zambos se apoyó contra su coche, agitando un boli en una mano. "Una bala en la sien, otra en el cuerpo", dijo con brusquedad en un móvil. "Afroamericano, creo que en la treintena".
Al otro lado, en la comisaría, estaba el detective Sal LaBarbera, su jefe. LaBarbera, 45, tenía el pelo negro, y era un transplantado del Bronx conocido por trabajar las 24 horas del día. Su móvil estaba siempre sonando, y se aparecía a casi todos los llamados de homicidios, a veces a las 3 de la mañana.
LaBarbera gritó a sus detectives: "¡101 y Figueroa!"
De dos en dos, los colegas de Zambos se subieron a sedanes sin matrícula. LaBarbera avanzó a grandes zancadas hacia los testigos acurrucados debajo del toldo del puesto de hamburguesas Tam, resuelto a no dejar escapar a nadie.
Zambos era el segundo en el mando de la brigada de Homicidios del sudeste. Pero no era realmente un administrador y tendía a olvidarlo todo, excepto el caso que tenía entre manos. Eso dejaba a LaBarbera inquieto sobre los problemas de la unidad: cómo impedir que sus detectives se quemaran, cómo reclutar a más agentes para la brigada de Homicidios.
Pero LaBarbera se preocupaba sobre todo de los casos no resueltos.
En un remolque detrás de la comisaría del Sudeste, los detectives de LaBarbera habían construido un archivo para los viejos casos. Casi 700 asesinatos no resueltos, algunos de los cuales se remontaban a 1978, atiborraban los libreros caseros.
El remolque acosaba a LaBarbera -700 familias afligidas, los asesinos todavía libres.
Ahora, en el lugar de los hechos del homicidio número 71 del año para la comisaría del Sudeste, se apoyó en un coche, leyendo tarjetas de entrevistas rellenadas por agentes uniformados. Cada una tenía nombre y dirección garabateadas a toda prisa.
A las 9:43 de la mañana llegó la furgoneta del juez de instrucción. "¿Algún dato sospechoso?", preguntó un detective del juez.
"Hombre, negro", respondió LaBarbera, secamente.
Alguien estalló en carcajadas. "Bueno, eso sí que nos ahorra trabajo", dijo uno de los hombres del juez.
Un detective se puso guantes y recogió restos de pólvora de las manos del muerto. Mientras trabajaba, sonó el móvil. Sus ojos viajaron por el cuerpo de la víctima antes de encontrarlo entre sus ropas.
"¿Alguien quiere responder?", preguntó a los detectives.
Ahora el sol estaba más arriba. En la hamburguesería Tam, la gente hacía cola para el desayuno.
LaBarbera dio un golpecito a su reloj. "Queremos que las cosas sigan moviéndose", dijo.
Este asesinato no terminaría en el remolque de los casos no resueltos.
Los detectives se reagruparon detrás de la comisaría del Sudeste -conocida como "calle 108" por su ubicación en la esquina de la calle 108 con las calles principales-, un edificio de ladrillos, de dos pisos, al este de la Autopista del Puerto de Los Angeles.
La brigada de homicidios de LaBarbera -ocho detectives y tres aprendices- trabajaban en el fondo de una enorme oficina sin ventanas en la planta baja.
La comisaría había sido remodelada ese otoño. Habían desaparecido los escritorios de madera y las pizarras de corcho. El nuevo aspecto era más moderno: coberturas de cristal en los escritorios, y cubículos.
LaBarbera lo odiaba. Las particiones a mitad de cadera hacían difícil la conversación entre los detectives. Peor, la remodelación no incluía un cuarto de interrogatorios con equipos de interceptación y espejo transparente.
Los detectives tenían que entrevistar a la gente en las despensas, en sus escritorios o en un pequeño cuarto sin ventanas y mala acústica.
El LAPD tenía algunos de los equipos más avanzados del mundo. Pero los detectives competían por ordenadores y coches escasos, y pagaban de su bolsillo los móviles y las grabadoras. Trataban de engañar a los sospechosos haciéndoles creer que podían mejorar las tomas de video de las cámaras de seguridad, como en las películas, o realizar rápidos análisis de ADN. La verdad era que a menudo tenían que esperar durante meses por los resultados.
A diferencia de LaBarbera, Zambos adoraba la nueva oficina porque era limpia. Siguió insistiendo ante todos para mantenerla ordenada. Rociando con una botella de Windex, declaraba: "Una oficina limpia es una oficina feliz".
Sus colegas detectives le llamaban Zambos el Griego' o Zorba, el Loco', a causa de sus excentricidades -una risa rompe-tímpanos, cambios repentinos de ánimo y sus neurosis sobre la limpieza. Pero nadie cuestionaba sus capacidades.
Zambos creía en un principio sagrado: No dejes papeles en tu escritorio. De otro modo, decía, "con tantos casos, te abrumarán".
Con los años, empezó a perder el control su obsesión. Lo ayudó a terminar con su matrimonio. Ni siquiera soportaba un tenedor en el fregadero.
Volviendo del lugar de los hechos, LaBarbera y su brigada tomaron prestada una oficina de la brigada de anti-pandillas del Sudeste. Los detectives se sentaron en torno a la mesa.
En el Tam habían hablado con gente que presenció el tiroteo desde diferentes ángulos. Un testigo vio a un coche meterse a un callejón a una calle del Tam, dijo un detective. "El mío dijo que el coche era un Crown Vic", dijo otro. "Estaba seguro. Azul oscuro".
Dos personas saltaron del maletero del Crown Victoria y sacaron un arma. Luego uno de ellos se metió por callejón hacia el puesto de hamburguesas.
"Era de 1 metro 61", dijo el detective. "Delgado, con una capucha negra. Volvió muy excitado, corriendo, con una pistola en la mano".
Zambos dijo que el muerto era Jerry Lee Wesley Jr. Tenía 35 años.
"Está metido en alguna pendejada", dijo. "Tenía tarjetas de crédito platino, bonos de Black Angus".
Otro detective completó la idea. "La gente dice que lo veían en diferentes coches. Elegantes. Un Lexus".
Tendrían que preguntarle a los familiares de Wesley sobre su historia. Pero primero tenían que decirles que estaba muerto.
Con metro 95, el detective John Skaggs sobrepasaba casi a todo el mundo en la oficina de la brigada. Su pelo rojo se estaba desvaneciendo en un gris rubio, y sus ojos azules tenían una expresión infinitamente agradable.
Su gesto característico era un lento asentimiento, acompañado de un tranquilo "está bien" o "bueno", y era como tener a alguien abrazándote. Un colega llamó a Skaggs "el detective que quiere la gente". Las ganas de derramar sangre desaparecían ante él.El colega de toda la vida de Skaggs, el detective Chris Barling, tenía una cara juvenil que enrojecía con facilidad, y parecía estar siempre en movimiento, saliéndose de la silla o haciendo ansiosamente clic en un boli.
Barling era la conciencia de la brigada, su moralista residente. Los colegas se preguntaban cómo podía Skaggs aguantar los frecuentes sermones de Barling, que interrumpía golpeando el aire con las manos.
El tema favorito de Barling era el rechazo en las elecciones de noviembre de la ley para subir los impuestos a la venta para contratar a más policías. Fue rechazada en parte porque los votantes negros de Los Angeles Sur no la apoyaban; de hecho, la detestaban. Sin embargo, creía que entendía su cinismo.
A los negros "los han engañado demasiado", decía. "Promesas y más promesas".
Skaags y Barling han asignados para adiestrar a Mark Arenas, que se había pasado a Homicidios después de estar en la brigada de pandillas apenas un mes antes. LaBarbera llamó a Arenas "algo picante, un poco arrogante -pero vale la pena" y lo entregó a su mejor equipo.
Arenas, 34, quería apasionadamente entrar a la brigada de Homicidios, pero tuvo que luchar. Su primer caso se estancó. Había peleado con Barling. Encima de todo, a la brigada le faltaba un ordenador, así que andaba siempre buscando un escritorio libre.
Después de la reunión de los detectives sobre el asesinato de Wesley, Skaggs llamó a Arenas y los dos se subieron a un sedan plateado sin matrícula.
Conducía Skaggs. "¿Has hecho alguna vez una notificación?", preguntó.
Arenas dijo que sí, y trató de hacer una broma sobre ello.
Pero Skaggs no dijo nada. Arenas echó marcha atrás: "Estaba tratando de ser insensible", dijo, débilmente.
Era casi mediodía, unas horas después de la muerte de Wesley. El sol había disipado la neblina de la mañana.
Doblaron por una calle angosta, cruzando hacia el oeste, alejándose de la División Sudeste y entrando en otra parte de Los Angeles Sur.
El muerto no aparecía en la base de datos de pandilleros del estado. "Pero quizás era un vendedor de coca", dijo Skaggs.
Miró a Arenas. Se estaban acercando a la casa.
"¿Te sientes cómodo con esto?", preguntó. "¿Quieres que lo haga?"
Arenas respondió sin dudar. "Quiero que lo hagas".
Aparcaron frente a una pequeña casa estucada, protegida por una fronda de palmeras. Un hombre mayor de pelo cano y brillantes zapatos negros estaba parado junto a la puerta abierta.
Skaggs subió al porche. "¿Quién es usted?", preguntó.
El hombre dijo su nombre: Jerry Lee Wesley Sr.
"Le tengo malas noticias", dice Skaggs, tranquilo. "Hubo un tiroteo. Su hijo Jerry fue asesinado".
El padre tropezó hacia atrás, como si se lo hubiera llevado un fuerte viento.
"Dios mío. ¿Muerto? Que Dios tenga piedad de nosotros".
Desapareció en la casa. Los detectives lo siguieron.
Entraron a una inmaculada salita -una brillante alfombra roja, otra blanca como la nieve debajo de una mesita de café de cristal. En la televisión pasaban un episodio de I Love Lucy'
Wesley Sr., 70, se había retirado a sentarse en una silla en la cocina. Se reclinó en el mueble de cocina, apoyando su frente en su mano abierta. "Oh, maldición", murmuró. "Se fue a recoger mi desayuno".
Skaggs se sentó en una silla frente a él. "Lo lamento mucho", dijo.
"Está bien", dijo el padre, y exhaló un suspiro. "Está bien".
El cuarto tenía cortinas de gasa y mobiliario blanco. Había un pececillo de color nadando en una pecera y un oso peluche blanco en una silla. En la mesita de café había una placa grabada de cristal que decía: "Señor, transfórmame en un instrumento de la paz".
De repente, el padre se levantó de la silla y golpeó el mueble de cocina con su puño. Luego se derrumbó en la silla y escondió su cabeza con sus brazos. "Oh, Señor, ten piedad de nosotros", sollozó. "Oh, Dios mío".
Levantó la vista. Una mirada de embarazo cruzó por su cara. Le recompuso.
"Estoy bien", dijo a los detectives.
Se pasó una mano por su cara y preguntó de nuevo: "¿Está muerto?"
"Sí, señor", dijo Skaggs. Arenas se quedó atrás, observando.Skaggs hizo algunas preguntas, sobre el trabajo de su hijo en el Pep Boys, sus novias, sus coches.
El padre no se concentraba, y sus respuestas eran fragmentarias. "Suf", dijo, como tratando de respirar. "Oh, Dios mío".
Skaggs guardó silencio, luego se levantó para marcharse. "Lamento traerle malas noticias", dijo.
El padre se jaló una gorra de béisbol hasta las cejas y se levantó. Agradeció a los detectives y los acompañó hasta el porche.
Skaggs se volvió y empezó a decir: "Si hay algo que pueda hacer..."
El viejo Wesley no parecía estar escuchándole. "Está muerto", repitió el padre.
En el coche, Skaggs suspiró; llevaba una mano al volante, y la otra asomando por la ventanilla, tamborileando ociosamente en la puerta del coche.
"Recién había salido de su casa a comprar comida", Skaggs.
La División Sudeste tiene su propio pueblo, que va desde el sur por la Avenida Manchester, a lo largo de la Autopista del Puerto.
Es de unos 26 kilómetros, y alberga pequeñas casas estucadas, canaletas garrapateadas con graffiti y proyectos de viviendas públicas hechos famosos en canciones de rap: Jordan Downs, Imperial Courts.
En el pasado, el área era casi enteramente negra -la mayoría descendientes de refugiados de la Luisiana de Jim Crow y del este de Texas. Ahora estaban siendo remplazados por inmigrantes de México y El Salvador.
Agentes de policía nuevos en la división a menudo observaban lo diferente que se veía el Sudeste. Dijeron que habían pocos negocios a lo largo de los bulevares y la gente trataba sus barrios como si fuera su enorme sala de estar, sacando sus muebles a la calle y transitando en piyama y chancletas. Se maravillaban de lo bien que parecían los vecinos estar al tanto de los negocios unos de otros, y cómo las familias parecían estar formadas por extensas redes de "tías", "niñas mamás" y hermanas "de juego".
El trabajo de detective en el Sudeste tenía sus propias reglas no escritas.
Los detectives sabían que un buen contacto en la calle valía más que un número de teléfono, debido a que mucha gente usaba subscripciones de móviles que expiraban al mes. Sabían que los complejos lazos de parentesco eran la solución de muchos casos.
El Sudeste tenía la tasa de homicidio más alta de la ciudad, y la mayoría de los asesinatos estaban relacionados con las pandillas. Pero mirando con más atención, muchos estaban enraizados en conflictos anticuados -asesinatos de castigo porque un tipo se torció, los llamaba Barling.
Un hijo vengaba el asesinato de su padre. Un amante mataba a su rival. Había asesinatos por peleas en juegos de dados, asesinatos por 5 dólares, asesinatos por un cigarrillo.
Había cosas misteriosas. El obstáculo era normalmente que los testigos no colaboraban. Tenían terror a la venganza de las pandillas o de mostrarse muy hostiles con el LAPD.
Para empeorar las cosas, los jefes del LAPD cambiaban de trabajo con frecuencia, y el número de agentes de Los Angeles Sur fluctuaba, haciendo difícil concentrar la atención en algún caso o problema determinado.
Fuera del LAPD había escaso interés en los homicidios. Los detectives veían a los medios como decepcionantemente caprichosos.
Una semana, los órganos de prensa se concentran en un estallido de violencia en las escuelas, a la siguiente en fiestas ilegales. A veces los detectives son jalados de un caso para otro que atrae más la atención de las primeras planas -pero rara vez en el Sudeste.
A la 1:40 de la tarde, unas cinco horas después del asesinato de Jerry Wesley, Zambos estaba parado junto a su escritorio, bramando por teléfono: "¡Eso es! ¡De eso se trata!"
Había pasado las últimas horas telefoneando a parientes de Wesley de fuera de la ciudad, tratando de formarse una imagen de su vida, sus relaciones amorosas, sus finanzas. Los familiares dijeron que Wesley había peleado hace poco con el amante de su ex novia. Quizás este amigo había matado a Wesley -o pedido a alguien que lo hiciera por él.
Zambos dio un porrazo del auricular; parecía satisfecho de su teoría.
"¡Ustedes, mujeres!", gritó a la mujer más cercana que tuvo en la oficina. "¡Malditas mujeres!"
Chasqueó los dedos y tamborileó en el tabique. "No tengo ninguna duda de que esto va por ese lado", dijo. "¡Tengo todo el presentimiento!"Zambos y Skaggs volvieron a visitar a la familia. Los detectives pensaban que ahora, con el tiempo que había pasado para que se habituaran a la noticia, podían contar algo más sobre la vida de Jerry.
En el coche, Zambos volvió a su teoría del triángulo romántico. "Me gusta", dijo. "Tenemos un amante. Lo estaba esperando. ¡Eso es pena de muerte!"
Pararon frente a la casa. Había tres personas esperando en la ordenada salida rojiblanca.
El padre de Jerry, un obrero panadero jubilado, estaba sentado, encogido, con sus dedos entrelazados. Su esposa Dorothy, 59, estaba sentada frente a él, jugando con sus manos. Era la madrastra de Jerry, pero ella lo consideraba como un hijo.
Muriel Bryant-Manolesakis, 42, hermana de la víctima, estaba acurrucada en una esquina del sofá, los ojos llorosos.
Los detectives empezaron suavemente. ¿Tenía Jerry enemigos?
Los familiares parecían perplejos. Él no peleaba con nadie, dijo Dorothy. "Jerry era la alegría misma".
Le preguntaron sobre el trabajo. "Siempre lo llamaban de Pep Boys", dijo el padre de Jerry, con orgullo. "Allá lo querían".
Wesley Jr., que había terminado la Escuela Secundaria Washington, tenía una pasión consumidora: los coches. Había usado las ganancias de la venta de una casa para comprar su Lexus, dijo la familia.
Zambos describió el asesinato con su característica franqueza: Alguien se había acercado al Suburban de Jerry y le había disparado. Dorothy se torcía las manos. "Dios mío", dijo. "Oh, Dios mío".
"Empezará a oír cosas", dijo Zambos. "La gente descubrirá quién lo hizo y empezaron a hablar con usted. Esa es la clave".
Dorothy miró hacia afuera y exhaló un largo aliento.
Zambos le pasó su tarjeta de visita. "Llame al 24-7", le dijo.
De vuelta en el coche, Skaggs y Zambos miraron hacia adelante.
Zambos rompió el silencio. "¡Maldición!", dijo. "¡Es una familia decente!"
Skaggs asintió. "Sí", dijo. "Mamá simpática. Mama simpática. Hermana simpática".
Hubo un momento de silencio. "Estaba metido en algo que ellos no saben", dijo Zambos.
"Sí", dijo Skaggs. "No te levantas y matas a alguien de esa manera. Eso no lo haría ni siquiera un pandillero rival".
Zambos se golpeó un pierna. "Alguien sabe qué estaba haciendo".
En el trayecto hacia el norte no cruzaron palabra; luego doblaron hacia el oeste. Pendones ondeaban al viento en el Century Boulevard. "Qué bello día", dijo Skaggs.
La conversación giró hacia lo que pasaba en la oficina de la brigada. Estaban preocupados de que estuvieran ejerciendo demasiado presión sobre Arenas."Le dijimos: Si no resuelves tu primer caso, mejor te largas de Homicidios", dijo Skaggs.
Todos decían lo mismo a los detectives jóvenes. Para que no se relajen, le dijo Zambos a Skaggs -"¡A la unidad de Homicidios 77!"
La División de la Calle 77 era la otra comisaría de mayor violencia del LAPD, adyacente al Sudeste e igualmente agobiada de trabajo. El año anterior, la 77 se había quejado la falta de detectives, así que la brigada del Sudeste les envió una cesta con productos para bebés: pañales y chupetes.
"¡Tenemos que meternos allá y escribirles algo en la pizarra!", dijo Skaggs. "Sabes, la 77 de Homicidios: ¡Solucionan apenas el 2 por ciento de los casos!"
Zambos se rió a carcajadas.
Pararon frente al Pep Boys de La Brea, al sur de Manchester. Eran casi las 3 de la tarde y la tienda estaba casi vacía.
Los detectives se dirigieron a un hombre con uniforme de Pep Boys con un mostacho recortado y de paso enérgico. "Humberto, encargado", decía el nombre en la chapa.
Humberto Sánchez, 47, escoltó a los detectives hacia su oficina, que dominaba la sala de ventas.
¿Cómo murió Wesley?, preguntó.
"¿Conoces el Tam?", dijo Zambos. "Acaba de entrar alguien".
Sánchez maldijo en voz baja.
Los detectives lo interrogaron, tratando de saber qué aspecto de la vida de Wesley puede haber provocado una pelea violenta.
Wesley tenía una pelea por alimentación con una ex amante después de descubrir que el bebé no era suyo, dijo Sánchez. Había estado tratando de recuperar los pagos de alimentación.
"¿Cuánto?", preguntó Skaggs.
"Ochenta mil dólares", dijo Sánchez.
Skaggs se balaceó sobre los talones, mirando la exposición de altavoces y asientos envolventes.
"Jerry era uno de mis mejores empleados", dijo Sánchez.
Los detectives asintieron y trataron de pasar a otro tema, pero Sánchez insistió.
"Era un tipo muy bueno. Mucho", dijo. "Era un tipo muy inteligente".
En ese momento cristalizaban en su mente las impresiones del día:
Jerry Wesley no era un gángster. Sus pantalones azules eran parte de su uniforme de Pep Boys, donde ganaba 11 dólares por hora. La bolsa de la hamburguesería Tam era el desayuno para un padre que estaba orgulloso de él. El móvil chillando era la llamada de su padre.
"Era bueno", repitió Sánchez cuando los detectives se alejaban. "Era listo".
De vuelta en el coche, Skaggs y Zambos se pusieron a rumiar sobre el tema.
"¡Ochenta mil!", dijo Zambos.
"Ese es un motivo", dijo Skaggs, asintiendo.
"Jee, motivo suficiente", dijo Zambos. "¡Hasta yo le pegaría a alguien por esa pasta!"
Entonces pensó en otra cosa.
"¡Lo voy a hacer en la 77!", dijo. "¡Así no me agarrarán nunca!"
[Jueves]
En la mañana LaBarbera pegó una cita en su escritorio. Era de uno de los libros de una de sus hijas, del Dr. Seuss, Si yo dirigiera el Zoológico'.
"Si quieres encontrar animales salvajes que no ves todos los días, tienes que ir a lugares poco corrientes. Tienes que ir a lugares donde los demás no pueden ir. Tienes que pasar frío y tienes que mojarte".
LaBarbera dijo que daba en el corazón de la ética de su brigada: trabajo en la calle para todos.
A la brigada de Homicidios la apodaban La Milla Verde' por las papeletas verdes de horas extras. Su carga de casos era el doble del de su colegas de Valley y Westside, y sin embargo desafiaban todas las dificultades, alcanzando porcentajes de detención mayor que varias brigadas con cargas de caso menos pesadas.
Tenía un precio. El movimiento de personal era alto y el reclutamiento prácticamente imposible. Antes, trabajar en Homicidios era prestigioso; pero en estos días nadie en el LAPD quería el trabajo.
Años de horas irregulares habían confundido el sueño de LaBarbera. Tenía tan poco tiempo para ver a sus hijas, de 8 y 11, que ellas le dejaban mensajes en la pizarra de marcadores.
"¿Por qué tiene esto que arruinar mi vida?", dijo LaBarbera una tarde. "Tengo dos niñas en casa. Debería estar con ellas".
Se acababa de enterar que el departamento no podía asignarle detectives para supervisar una interceptación de una cárcel a otro caso.
Para LaBarbera, a veces las prioridades del LAPD parecían absurdas. Estaba irritado, por ejemplo, por la intensa atención que se prestaba a los baleos de perros por agentes de policía. Hasta hace poco, el departamento envió dos veces más detectives a escenas de baleos de perros que a la mayoría de los homicidios -un efecto secundario de los esfuerzos por cumplir con el acuerdo de divorcio.
Sacó un cigarrillo. Entonces dijo: "¿Renunciar? Por supuesto que no. No me podría mirar al espejo".
Barling, el colega de Skaggs, también se inquietaba sobre estos problemas: los asesinatos en la ciudad y su bajo prestigio a ojos del público.
Durante una reunión de la plana directiva la semana anterior, Barling había pedido que el director del LAPD, Earl Paysinger, transfiriera más detectives a Homicidios.
"Pero si sacas a un detective de la sección de robos, ¿qué pasa entonces con la sección?", preguntó Paysinger.
Barling enrojeció.
"Cuando ocurre un homicidio, ¡eso desgarra la fibra moral de la comunidad!", dijo, golpeando las manos en el aire. "La víctima de un asalto puede vivir sin solucionar el caso. Pero la familia de las víctimas de homicidio..."
Paysinger interrumpió: "¿Le puedes decir eso a las víctimas de asalto?"
Ese era el dilema del LAPD. Más agentes para terminar con los asesinatos en Watts significaba menos agentes para combatir el robo de autos en Granada Hills o Venice.Los Angeles está compuesta de dos ciudades: Una, que va del Valle de San Fernando y Westside, tampoco tiene suficientes agentes para delitos contra la propiedad; la otra, Los Angeles Sur tiene menos policías para crímenes violentos.
En las cuatro divisiones del LAPD de Los Angeles West, había casi dos veces más agentes para cada crimen violento que los que había en Los Angeles Sur.
La preocupación de Barling provocaba choques con su aprendiz, Arenas.
"En esta división la gente asume responsabilidades por todo. ¡Por todo!", dijo Arenas. "Detienes a un niño, y su madre te mira y dice: Usted miente. Usted le plantó esto a mi hijo...' Este es un vicioso círculo de violencia. De algún modo, la comunidad tiene el coraje de torcerlo como si fuera mi culpa".
Barling se defendió hablando del racismo en la historia.
"No deberían tener rabia con la comunidad", dijo. "Si voy a acusar a alguien de mi angustia y frustración, acusaría a algunas de las personas en el poder".
Zambos estaba en su escritorio a mitad de mañana, considerando su siguiente paso en el caso de Wesley. Quería seguir concentrándose en la investigación.
La brigada había reunido los relatos de media docena de testigos. Era mucho mejor que tener muy pocos. Pero Zambos también sabía que demasiados testigos podían confundir a los miembros del jurado en un juicio por asesinato.
"Sólo se necesita un par de testigos", le dijo a su colega, Gerry Pantoja.
Pantoja, 38, había terminado en Homicidios después de estar en la unidad de pandillas tras romperse una rodilla en una persecución callejera.
Con su cabeza rapada y loca risa, Pantoja era el comediante de la brigada -el perfecto complemento de Zambos. Los colegas llamaban payaso a Pantoja, y Pantoja había en realidad trabajado como payaso antes de incorporarse al LAPD. Él y Zambos pasaban los días contándose vulgaridades.
Ahora Pantoja aceitó su pistola, asintiendo mientras escuchaba. Lo había oído antes -que a Zambos le gustaba tener las carpetas de asesinatos delgadas y ordenadas.
Pantoja y Zambos había localizado a la ex novia de Wesley, y la llamaron para una entrevista.
Ella llegó a la comisaría del Sudeste más tarde esa mañana, vestida de negro. Zambos pensado entrevistarla en el clóset vacío que hacía de cuarto de interrogatorios. Pero la noche anterior, los agentes anti-pandillas la habían llenado de archivos.
Así que Zambos la entrevistó en su escritorio. Ella se sentó en una silla giratoria. Zambos le preguntó cuándo había hablado con Wesley por última vez.
"No tuve nada que ver con eso", dijo ella. "Me marché a casa, y me contaron que Jerry estaba muerto y mi corazón empezó a dar saltos".
Le preguntó si tenía un móvil -quizás los archivos telefónicos la vincularan con el crimen. Dijo que no.
Zambos miró su bolso abierto en el suelo, estiró la mano y sacó un móvil.
¿Qué es esto?, preguntó.
Zambos la convenció de someterse a un detector de mentiras, y ella lloró durante todo el trayecto hacia el Parker Center, el cuartel general en el centro del LAPD.
La prueba no fue concluyente.
Más tarde ese día llamaron al detective Donovan Nickerson.
Nickerson, 40, era un ciclista y buzo que se había licenciado en microbiología en la Universidad de Howard, en Washington D.C. Era uno de los dos miembros negros de la brigada de Homicidios del Sudeste. La mayoría de los detectives hacía todos los días el trayecto desde el condado de Orange, pero Nickerson vivía en el Sudeste, en el mismo vecindario donde había crecido.
Ninguno de los otros miembros de la brigada tenía los contactos o relaciones de Nickerson con los vecinos. Usaba los dos para resolver casos, pero la ventaja tenía un precio. Ser del Sudeste, ser negro, dijo, "hacía que viviera de manera más emocional las cosas que pasan aquí".
Nickerson a menudo se mordía la lengua cuando los agentes del Sudeste hablaban insensiblemente. Muchas, si no la mayoría, de las víctimas de homicidio en el Sudeste eran delincuentes o pandilleros.
Los agentes llamaban a esos asesinatos: No Humanos Implicados.
Sus opiniones causaban problema a Nickerson. "No lo veo como un asesinato entre pandilleros", dijo. "Es una persona que fue asesinada. Un joven negro".
En sus horas libres aconsejaba a jóvenes con problemas. Unas semanas antes, una mujer se conoció en su juicio le pidió ayuda para con su hijo de 13. Nickerson había hablado de llevar al niño a un partido de pelota. La madre llamó y dejó un mensaje.
Nickerson no había tenido tiempo de llamarla.
Ahora, el jueves tarde, llamó uno de sus contactos en el vecindario.
La persona sabía algo sobre el asesinato de Wesley. Le dio a Nickerson un nombre: Will Carter, un supuesto pandillero. También le dio otra pista: un apodo de pandilla, posiblemente el del asesino.
Nickerson llamó a Zambos para pasarle el dato.
Pantoja conocía a Carter desde sus años en la unidad de pandillas. Él y Zambos se encaminaron hacia la casa de Carter.
Esa tarde, Zambos y Pantoja irrumpieron en la oficina de la brigada del Sudeste.
Zambos arrojó el cuaderno sobre su escritorio.
"¿Dónde está Sal?", preguntó. "Benny, Mark -¡Benny! ¡Deja ese teléfono! ¡Ahora! ¡Ahora!"
Arenas y Ben Pérez, otro aprendiz, se acercaron. Zambos se daba vueltas dando zancadas en el cuarto. Asombrados, los aprendices lo siguieron.
Los condujo al clóset. Apenas había espacio para estar de pie.
Zambos les dijo que él y Pantoja habían ido a la casa de Carter. En la entrada habían visto un Crown Victoria azul, el mismo tipo y modelo que los testigos dijeron que habían visto cerca de la hamburguesería Tam poco antes de que Wesley fuera asesinado.
Antes de que pudieran detener a Carter, tenían que vigilar la casa y obtener una orden de detención. Pérez y Arenas empezarían temprano a la mañana siguiente, con la ayuda de la brigada anti-pandillas.
"¡No se lo digas a nadie!", dijo Zambos. Quería decir: No se lo contéis a agentes uniformados. Podrían pasar frente a la casa, por curiosidad, y delatarlos ante Carter.
Esa noche, los 12 agentes se reunieron en el Hobbit, un elegante restaurante del condado de Orange. Habían estado ahorrando dinero durante todo el año para esta elegante cena de vacaciones.
Trabajaban codo a codo, a veces hasta 15 horas al día. Pero la cena empezó con dificultad. La conversación se había estancando. Finalmente aterrizaron en los habituales chistes verdes y bromas idiotas de Zambos y Pantoja.
Barling se remordía en silencio. Este aspecto de vestuario de la cultura del LAPD lo estaba matando. Pero Zambos estallaba en rugidos con cada frase soez.
Cuando sirvieron el vino, LaBarbera, el jefe, alzó su vaso y las carcajadas amainaron.
LaBarbera estaba solemne, mirando a las caras en torno a la mesa. "Gracias', dijo, "por su dedicación".
Los vasos sonaron. LaBarbera tomó un sorbo y puso el vaso en la mesa. Entonces sonó su móvil.
Un rayo de energía cruzó la mesa. LaBarbera había pedido a la brigada de Homicidios de la División del Puerto que cubrieran la noche, y estaban reportando otro homicidio en el Sudeste.
Había dos muertos: dos niños, uno de 14 y uno de 17.
Terminaron de cenar. Los asesinatos no llegaban a primera plana.
[Viernes]
En la mañana Zambos y Pantoja llevaron una pistola al laboratorio de análisis balístico del LAPD.
Mientras la brigada cenaba, los agentes de las pandillas del Sudeste habían detenido a un joven cerca de la casa de Carter. Resultó ser un primo de Carter. Llevaba una semiautomática calibre 45 cargada con el mismo calibre y tipo de bala que había matado a Wesley.
Era un día brillante. Los dos se dirigieron hacia el laboratorio en el nordeste de Los Angeles. Zambos estaba de buen humor. Normalmente, los detectives habrían esperado una semana o más para probar un arma requisada. Pero el laboratorio le estaba haciendo un favor a Zambos.
Veinticuatro horas antes, la presa de Zambos era un sicario desconocido relacionado con una ex amante. Ahora buscaba a un pandillero. "Siempre tienes que ser capaz de cambiar", le dijo a Pantoja,.
Arenas y Pérez, vestidos informalmente para hacer vigilancia, habían empezado temprano esa mañana. Habían planeado coordinar con los agentes de la brigada de pandillas para vigilar la casa de Carter. Pero los agentes no se aparecieron.
Así que Arenas se subió a un helicóptero para mirar la casa. Desde el aire, vio cómo el Crown Victoria entraba a la casa. Después de aterrizar, corrió a la casa, con Pérez. El coche todavía estaba allí.
Arenas llamó a Pantoja por el móvil.
Zambos y Pantoja estaban parados junto a un escritorio del laboratorio de balística para entregar la pistola.Pantoja le dijo a Zambos que el Crown Victoria estaba de vuelta.
"¡Párenlo! Si avanza, lo paramos. ¡Los quiero a todos!", dijo Zambos.
Al otro lado de Los Angeles, Arenas cerró su móvil. Mientras él y Pérez observaban desde su sedan sin matrícula, Carter y tres amigos salieron de la casa y se subieron al Crown Victoria.
Arenas y Pérez los siguieron. Después de conducir una corta distancia, Carter vio a los jóvenes detectives que lo seguían y paró. Carter reconoció a Pérez, que lo había arrestado en el pasado.
Los dos detectives saltaron fuera del coche y se dieron cuenta de que no estaban preparados para detener a Carter y sus compañeros.
Sólo tenían un par de esposas.
Arenas llamó: "¡Necesitamos una unidad adicional!"
Pérez conversó con Carter, tratando de matar el tiempo. El tiempo pasaba nerviosamente. Finalmente llegó ayuda -pero no de los colegas de su patrulla. Quienes llegaron fueron Barling y otros miembros de la brigada de Homicidios. Barling estaba furioso. ¿Por qué no habían respondido los agentes uniformados?
Zambos y Pantoja llegaron a la comisaría del Sudeste, y el Crown Victoria de Carter estaba aparcado fuera.
Era justo antes de las 10 de la mañana. Arenas y Pérez estaban cerca, mirando aliviados y un poco cansados.
"¡Buen trabajo!", dijo Zambos. Recibió el coche como a una mascota perdida. "¡Mi coche!"
En la oficina de la brigada, Zambos cantaba. Cogió un ramillete de rojo regaliz y mostró una amplia sonrisa.
Zambos estaba ansioso de proporcionar a Arenas una posibilidad de lucirse. Así que dejó, a él y a Pérez, los dos aprendices, el siguiente y crucial paso: interrogar a los sospechosos.
Arenas y Pérez empezaron con una adolescente que había sido detenida junto con Carter. Su descripción correspondía con la de la chica que había sido vista en el Crown Victoria el día del asesinato de Wesley.
La llevaron a la pequeña oficina sin ventanas, que tenía una mesa redonda, pero ninguna silla.
Arenas trató de robar una de otra oficina. Pero se resistió en sus manos. Estaba encadenada al escritorio -y tenía una nota de enfado pegada en el respaldo, previniendo a los ladrones. Corrió a buscar otra.
La chica era flaca, llevaba una camiseta con una capucha en la cabeza; las trenzas asomaban por debajo de la capucha.
"Estamos aquí para entrevistarte sobre el tiroteo en Century", empezó Pérez. "Creo que tú sabes sobre eso..."
"¿Cómo sabes que yo sé algo?", interrumpió ella, riendo.
Pérez continuó. "Si no colaboras, te podemos encerrar", dijo.
"¡Te lo dije!", dijo. "¡Me escogió a mí!"
La chica miró de lado hacia Pérez, flirteando.
Mientras hablaban, ella se retorcía, sonreía, se frotaba los ojos soñolienta y se reía bobamente.
Daban vueltas y vueltas; Pérez quería más detalles.
"Estábamos fumando", le dijo la chica.
Arenas esperó, moviendo los pies, moviéndose en la silla.
Pérez salió del cuarto y Arenas se levantó de un brinco. Se agachó sobre la niña. Ella lo miró, asustada.
"No tienes ni idea de lo que estás haciendo", dijo Arenas. "¡Estás mintiendo, y te vamos a encerrar por asesinato!"
En un bloc amarillo, Arenas garabateó unos apuntes. Tomó las primeras páginas entre el pulgar y el índice. "¿Sabes lo que son?", preguntó, sacudiéndolas ante ella. "¡Son tres páginas de conspiración para cometer un asesinato!"
Una lágrima rodó por las mejillas de la niña.
Después de la entrevista, Arenas volvió a su escritorio. Dos detectives de Homicidios estaban todavía vigilando la casa de Carter en caso de que la pistola en el laboratorio no saliera positiva. El arma usada en el asesinato podría estar todavía en la casa. Pero los detectives no se podían quedar por mucho más tiempo.
Barling se volvió hacia Arenas. "¿Para qué vigilar la casa?", preguntó.
Arenas explicó que había tenido que pedirle a sus colegas que hicieran el trabajo porque los agentes de la brigada de pandillas no tenían tiempo.
Entonces tenías que haberlo hablado con alguno de tus superiores, dijo Barling.
Esto siempre molestaba a Barling -la incapacidad de la brigada para considerar prioritarios los homicidios, el no poder contar con los agentes de patrullas. "Es siempre una cuestión de compromiso. ¡Siempre haciendo compromisos!", dijo Barling.
Quería que Arenas se diera cuenta de lo injusto que era -injusto para las víctimas, para Watts, para los negros.
Arenas lo miró, rojo.
"Mira", dijo Arenas. "¡No me gusta estar en el medio!"
Entonces pasó Zambos dando zancadas. Se dio cuenta de la situación: Barling y Arenas otra vez riñéndose.
"¡Suelta esa casa!", dijo Zambos, y siguió hacia su escritorio.
Una hora más tarde, Zambos hablaba por teléfono con el analista de armas.
"Gracias", dijo Zambos, tranquilo.
Dejó caer el auricular y echó la silla hacia atrás, hasta que tocó la pared detrás de él. Echó la cabeza hacia atrás y miró el techo.
"No es el arma".
Carter tenía los ojos grandes y cansados, y una cola de caballo con pelos sueltos. Un delgada trenza colgaba de su barbilla.
Estaba sentado en el cuarto improvisado de interrogatorios, dando la espalda de Pérez y Arenas.
Pérez le empezó a leer sus derechos. "Ya sé todo eso", dijo Carter.
"Tengo que leértelos de todos modos", le dijo Pérez.
Pérez empezó monótono: Los detectives creían que Carter era el conductor. Necesitaban encontrar al asesino.
"No creo que seas el más malo", dijo Pérez. "Te daré la oportunidad de que la libres".
Carter no lo miró. "Man, quizás paré ahí", dijo. "No sé de qué estás hablando".
Se puso emocional rápidamente, y su cara adquirió una cara de tristeza cuando habló de las pandillas.
"¡Se están matando entre vecinos!", dijo. "¡Tienen un arma en la mano y matan a cualquiera! Me tienen aburrido. Tengo 30 años. Me tratan como si fuera el chico del vecindario, pero mi hijo tiene 8 y es Navidad y ni siquiera he estado en casa. ¡Ni siquiera una vez!"
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pérez le pasó un pañuelo.
Carter lo miró por primera vez: "¡No tiene a nadie!", dijo. "¡Nadie! ¡No puedes nombrar a nadie!
"Todos los días estoy tratando de salirme. Tengo una familia. Mi mujer está embarazada. Pero es como si tú trabajaras 15 años en el cuerpo y quisieras renunciar. ¡No podrías hacerlo!"
Carter ofreció un alibi, luego otro. Pérez lo dejó hablar, luego le dijo que los testigos contradecían su versión. Cada vez que Carter se enfrentaba a una contradicción, retrocedía un poco y cambiaba su historia.
Finalmente confesó que esa mañana había recogido a un amigo -y que habían llegado hasta la boca del callejón, parado y abierto el maletero.
Era un avance; Carter se había puesto en escena.
Pérez le dijo que tenía una opción: Dar el nombre del pistolero o ser acusado como el principal sospechoso de un asesinato.
"Son tus vecinos, o tus hijos", dijo Pérez.
Carter se metió las manos a los bolsillos, miró a la mesa, llorando silenciosamente. "¿Qué posibilidades tengo de salir de esto?", le preguntó finalmente a Carter.
Pérez suspiró. "Depende de lo que ayudes".
Carter arrugó el ceño, mirando hacia el suelo.
Arenas intervino: "Tu primo también está metido en esto", dijo.
Carter miró hacia el techo y se mordió los labios.
En cuanto a sus propios actos, dijo: "No hay nada que yo pueda hacer. Puedo aceptarlo. Pero mi primo... no tiene nada que ver con esto".
Arenas y Pérez salieron del cuarto de interrogatorios a las 4:30 de la tarde, y la brigada se reunión en torno a ellos, acribillándolos a preguntas.
No lo tenían todo, pero Carter había confirmado los elementos claves de las versiones de los testigos.
Arenas, casi siempre frustrado desde que se incorporó a la brigada, era ahora el centro de atención. Señaló a Pérez. "¡Fue Benny!", dijo.
Zambos se apoyó en la pared mientras Arenas recontaba el interrogatorio. "¡Chévere!", dijo Zambos.
Los detectives tenían más trabajo por hacer. Chequearon a los testigos y recogieron nuevos detalles.Hacia las 5 de la tarde tenían una versión completa del asesinato, más una descripción del pistolero y dos de sus apodos.
Pantoja se inclinó sobre su ordenador, buscando en la base de datos del estado sobre pandilleros. Cantaba suavemente mientras tipeaba en el tablero.
Pantoja hizo un clic en una foto. Los nombres correspondían, pero este gángster tenía casi 30.
Ese no es, dijo Zambos. Estamos buscando a un adolescente.
Pantoja volvió a tipear.
Un momento después, se levantó de un brinco. Esta vez, todo coincidía: nombres en la pandilla, descripción física, nombre, domicilio.
"¡Es él!", dijo Pantoja. Miró la pantalla detenidamente. "Un bebé. Vamos a detener a un bebé".
"¿Qué edad tiene?", preguntó Zambos.
"Trece".
[Lunes]
El pistolero sospechoso era el mismo niño al que el detective Nickerson había prometido llevarlo a un partido de pelota -el niño cuya madre había dejado un mensaje en el móvil que Nickerson no había respondido. Fue detenido en la escalera de un edificio de apartamentos no lejos de la comisaría del Sudeste.
Hacia las 8 de la tarde estaba sentado en un silla giratoria al fondo de la oficina de la brigada, su delgado cuello sobresaliendo de una enorme camiseta negra con capucha.
Tenía los ojos grandes y castaños y una delgada cicatriz en el puente de su nariz.
Zambos lo miró mientras se acercaba. El niño estaba echado hacia atrás en la silla giratoria, apático.
"Siéntate", dijo Zambos.
El niño se estiró.
"¿Por qué me dijiste que estabas en Carson cuando tu madre me dijo que habías salido a dar una vuelta en bicicleta?", preguntó Zambos. Los ojos del niño se agrandaron.
"No, señor", protestó. "Me olvidé". Empezó a discutir. Zambos lo hizo callar.
"Espero que tengas suerte", le dijo Zambos, y volvió a su escritorio.
El niño empezó a mecerse en la silla, jugando con los cordones de la capucha de su camiseta mientras lo ingresaban como sospechoso de haber cometido un asesinato.
Los detectives compusieron su versión del asesinato: Carter recogió al niño justo antes del tiroteo. Cuando se acercaban a Tam, Wesley estaba junto a ventana del restaurante, pidiendo un desayuno. Uno de los ocupantes del coche señaló a Wesley y preguntó si era de una pandilla rival.
"Creo que sí", dijo alguien. Carter condujo entonces hacia el callejón. El niño corrió hacia el Suburban de Wesley.
La adolescente que esperaba en el Victoria Crown subió la música, para cubrir el sonido de los balazos.
La policía cree que el niño disparó contra Wesley como parte de un rito de iniciación en la pandilla, confundiendo al vendedor de Pep Boys por un pandillero rival.
La ex novia de Wesley no estaba implicada, dijo Zambos. Nunca se enteró por qué le había mentido diciéndole que no tenía un móvil.
Tampoco encontró la policía el arma homicida.
Zambos fue capaz de cerrar el caso y mantener su libreta de homicidios como le gustaba: limpia, libre de detalles excesivos.
Carter fue acusado de asesinato, por conducir el coche, y el niño, de haber disparado los balazos fatales contra Wesley. Los dos esperan juicio.
Entretanto, la brigada de Homicidios cometió un atraco para Arenas: Le robaron el ordenador a la patrulla, lo escondieron en el clóset hasta que pasó el escándalo, y luego lo instalaron en su escritorio.
[Jueves]
Estaba nublado, oscuro y hacía frío cuando Zambos y Pantoja salieron de la oficina. El tiempo estaba cambiando y no hacía más que llover torrencialmente. Zambos sintonizó unos villancicos de Navidad en la radio y se puso a cantar. Pantoja aceleró.
Los dos estaban contándose chistes idiotas -Pantoja se reía con su risa ahogada, Zambos se atoraba. Zambos había esperado este momento. Le encantaba llevar noticias de detenciones a las familias de las víctimas.
Mientras se acercaban a la puerta de los Wesley, Zambos jugueteaba con las llaves.Estaban de vuelta en la salita con la alfombra blanca.
Padre, madre y hermana estaban sentados formando un círculo en torno a ellos. "Hemos detenidos a dos de ellos: un adulto y un menor de edad", dijo Zambos.
Explicó el asesinato en frases recortadas: "Relacionados con pandillas... Hay una guerra en el norte de Century".
La madrastra de Wesley, Dorothy, miraba el suelo, cubriéndose la boca con las manos. Dejó caer las manos sobre sus rodillas y levantó la vista. "Dios mío", susurró.
Jerry Wesley Sr. estaba encorvado en el sofá.
Zambos les habló del sospechoso. "Tiene sólo 13 años", dijo.
"¡Bebés!", dijo Dorothy, y se golpeó la frente con una palma.
Zambos abrió un libro de fotos de rufianes y la pareja se inclinó a mirar. "¿Él lo hizo?", preguntó el padre. "¿Él disparó?"
Dorothy se volvió hacia Pantoja. "Pobre familia", dijo, sacudiendo la cabeza. "El sufrimiento de su familia. El sufrimiento de nuestra familia. ¡Todas las familias que sufren por esto!"
Zambos habló, tratando de explicar el inminente juicio. La madre asintió, con aire ausente, moviendo las gafas entre sus manos.
"¿Lo mató la primera bala?", preguntó. "¿Sufrió?"
Cuando Zambos y Pantoja se levantaron para marcharse, el padre se quedó en el sofá, agachado, frotándose la cara.
Dorothy y Muriel, la hermana de la víctima, abrazó y agradeció a los detectives.
"¡Nadie me puede decir que la policía no ha hecho algo por nosotros!", dijo Dorothy.
Entonces empezó a divagar.
"Es un ciclo", dijo. "No dejamos de quejarnos. Pero entonces tuvimos esa ley para tener más polis, pero no la aprobaron. Es simplemente una puerta giratoria".
Se interrumpió, dejó caer la cabeza en sus manos y se echó a llorar.
En el coche Zambos volvió a sintonizar los villancicos. Condujeron en silencio mientras arriba se amontonaban una nubes cargadas de lluvia.
28 de junio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
[Miércoles] El detective de homicidios de Los Angeles, John Zambos, estaba parado en la esquina de la calle 101 y Figueroa, escudriñando un Chevrolet Suburban verde de coronas plateadas.En el asiento del conductor había un hombre con pantalones de trabajo azul oscuro, una camiseta gris Southpole y un pendiente de lentejuelas. Su cabeza estaba echada hacia atrás, la boca entreabierta. Tenía las manos con las palmas hacia arriba sobre sus rodillas, como si se hubiese quedado dormido recién.
Zambos miró su cara: las mejillas redondas, como las de un niño, y la barba de varios días. La única herida visible era un diminuto agujero en la sien. Gotas de sangre, todavía húmedas, brillaban en su camiseta. En el asiento del pasajero había una caja de comida para llevar.
Eran casi las 8:30 del 1 de diciembre, una mañana fría y soleada. Algunas personas se habían acercado. Una brisa sacudió las páginas de la libreta de Zambos, que estaba abierta sobre el capó de su Buick Mercury.
Zambos, 47, casi se agarró a golpes con los paramédicos cuando trataron de cubrir con una manta el cuerpo de la víctima. Zambos los ahuyentó. Estaba decidido a proteger las huellas digitales y cualquier otra evidencia.
Por una vez, Zambos había sido el primero en llegar al lugar del crimen. Esta investigación sería perfecta.
Zambos era uno de los 12 detectives de Homicidios que trabajaban en Watts y vecindarios circundantes para la División Sur del Departamento de Policía de Los Angeles LAPD.
La brigada manejaba la mayor cantidad de casos de la ciudad, pero los asesinatos rara vez llegaban a primera plana. A veces a Zambos y a sus colegas les parecía que si a ellos no les importaba, no le importaría a nadie. Mientras atención recibían sus casos, más esfuerzos ponían.
Zambos se apoyó contra su coche, agitando un boli en una mano. "Una bala en la sien, otra en el cuerpo", dijo con brusquedad en un móvil. "Afroamericano, creo que en la treintena".
Al otro lado, en la comisaría, estaba el detective Sal LaBarbera, su jefe. LaBarbera, 45, tenía el pelo negro, y era un transplantado del Bronx conocido por trabajar las 24 horas del día. Su móvil estaba siempre sonando, y se aparecía a casi todos los llamados de homicidios, a veces a las 3 de la mañana.
LaBarbera gritó a sus detectives: "¡101 y Figueroa!"
De dos en dos, los colegas de Zambos se subieron a sedanes sin matrícula. LaBarbera avanzó a grandes zancadas hacia los testigos acurrucados debajo del toldo del puesto de hamburguesas Tam, resuelto a no dejar escapar a nadie.
Zambos era el segundo en el mando de la brigada de Homicidios del sudeste. Pero no era realmente un administrador y tendía a olvidarlo todo, excepto el caso que tenía entre manos. Eso dejaba a LaBarbera inquieto sobre los problemas de la unidad: cómo impedir que sus detectives se quemaran, cómo reclutar a más agentes para la brigada de Homicidios.
Pero LaBarbera se preocupaba sobre todo de los casos no resueltos.
En un remolque detrás de la comisaría del Sudeste, los detectives de LaBarbera habían construido un archivo para los viejos casos. Casi 700 asesinatos no resueltos, algunos de los cuales se remontaban a 1978, atiborraban los libreros caseros.
El remolque acosaba a LaBarbera -700 familias afligidas, los asesinos todavía libres.
Ahora, en el lugar de los hechos del homicidio número 71 del año para la comisaría del Sudeste, se apoyó en un coche, leyendo tarjetas de entrevistas rellenadas por agentes uniformados. Cada una tenía nombre y dirección garabateadas a toda prisa.
A las 9:43 de la mañana llegó la furgoneta del juez de instrucción. "¿Algún dato sospechoso?", preguntó un detective del juez.
"Hombre, negro", respondió LaBarbera, secamente.
Alguien estalló en carcajadas. "Bueno, eso sí que nos ahorra trabajo", dijo uno de los hombres del juez.
Un detective se puso guantes y recogió restos de pólvora de las manos del muerto. Mientras trabajaba, sonó el móvil. Sus ojos viajaron por el cuerpo de la víctima antes de encontrarlo entre sus ropas.
"¿Alguien quiere responder?", preguntó a los detectives.
Ahora el sol estaba más arriba. En la hamburguesería Tam, la gente hacía cola para el desayuno.
LaBarbera dio un golpecito a su reloj. "Queremos que las cosas sigan moviéndose", dijo.
Este asesinato no terminaría en el remolque de los casos no resueltos.
Los detectives se reagruparon detrás de la comisaría del Sudeste -conocida como "calle 108" por su ubicación en la esquina de la calle 108 con las calles principales-, un edificio de ladrillos, de dos pisos, al este de la Autopista del Puerto de Los Angeles.
La brigada de homicidios de LaBarbera -ocho detectives y tres aprendices- trabajaban en el fondo de una enorme oficina sin ventanas en la planta baja.
La comisaría había sido remodelada ese otoño. Habían desaparecido los escritorios de madera y las pizarras de corcho. El nuevo aspecto era más moderno: coberturas de cristal en los escritorios, y cubículos.
LaBarbera lo odiaba. Las particiones a mitad de cadera hacían difícil la conversación entre los detectives. Peor, la remodelación no incluía un cuarto de interrogatorios con equipos de interceptación y espejo transparente.
Los detectives tenían que entrevistar a la gente en las despensas, en sus escritorios o en un pequeño cuarto sin ventanas y mala acústica.
El LAPD tenía algunos de los equipos más avanzados del mundo. Pero los detectives competían por ordenadores y coches escasos, y pagaban de su bolsillo los móviles y las grabadoras. Trataban de engañar a los sospechosos haciéndoles creer que podían mejorar las tomas de video de las cámaras de seguridad, como en las películas, o realizar rápidos análisis de ADN. La verdad era que a menudo tenían que esperar durante meses por los resultados.
A diferencia de LaBarbera, Zambos adoraba la nueva oficina porque era limpia. Siguió insistiendo ante todos para mantenerla ordenada. Rociando con una botella de Windex, declaraba: "Una oficina limpia es una oficina feliz".
Sus colegas detectives le llamaban Zambos el Griego' o Zorba, el Loco', a causa de sus excentricidades -una risa rompe-tímpanos, cambios repentinos de ánimo y sus neurosis sobre la limpieza. Pero nadie cuestionaba sus capacidades.
Zambos creía en un principio sagrado: No dejes papeles en tu escritorio. De otro modo, decía, "con tantos casos, te abrumarán".
Con los años, empezó a perder el control su obsesión. Lo ayudó a terminar con su matrimonio. Ni siquiera soportaba un tenedor en el fregadero.
Volviendo del lugar de los hechos, LaBarbera y su brigada tomaron prestada una oficina de la brigada de anti-pandillas del Sudeste. Los detectives se sentaron en torno a la mesa.
En el Tam habían hablado con gente que presenció el tiroteo desde diferentes ángulos. Un testigo vio a un coche meterse a un callejón a una calle del Tam, dijo un detective. "El mío dijo que el coche era un Crown Vic", dijo otro. "Estaba seguro. Azul oscuro".
Dos personas saltaron del maletero del Crown Victoria y sacaron un arma. Luego uno de ellos se metió por callejón hacia el puesto de hamburguesas.
"Era de 1 metro 61", dijo el detective. "Delgado, con una capucha negra. Volvió muy excitado, corriendo, con una pistola en la mano".
Zambos dijo que el muerto era Jerry Lee Wesley Jr. Tenía 35 años.
"Está metido en alguna pendejada", dijo. "Tenía tarjetas de crédito platino, bonos de Black Angus".
Otro detective completó la idea. "La gente dice que lo veían en diferentes coches. Elegantes. Un Lexus".
Tendrían que preguntarle a los familiares de Wesley sobre su historia. Pero primero tenían que decirles que estaba muerto.
Con metro 95, el detective John Skaggs sobrepasaba casi a todo el mundo en la oficina de la brigada. Su pelo rojo se estaba desvaneciendo en un gris rubio, y sus ojos azules tenían una expresión infinitamente agradable.
Su gesto característico era un lento asentimiento, acompañado de un tranquilo "está bien" o "bueno", y era como tener a alguien abrazándote. Un colega llamó a Skaggs "el detective que quiere la gente". Las ganas de derramar sangre desaparecían ante él.El colega de toda la vida de Skaggs, el detective Chris Barling, tenía una cara juvenil que enrojecía con facilidad, y parecía estar siempre en movimiento, saliéndose de la silla o haciendo ansiosamente clic en un boli.
Barling era la conciencia de la brigada, su moralista residente. Los colegas se preguntaban cómo podía Skaggs aguantar los frecuentes sermones de Barling, que interrumpía golpeando el aire con las manos.
El tema favorito de Barling era el rechazo en las elecciones de noviembre de la ley para subir los impuestos a la venta para contratar a más policías. Fue rechazada en parte porque los votantes negros de Los Angeles Sur no la apoyaban; de hecho, la detestaban. Sin embargo, creía que entendía su cinismo.
A los negros "los han engañado demasiado", decía. "Promesas y más promesas".
Skaags y Barling han asignados para adiestrar a Mark Arenas, que se había pasado a Homicidios después de estar en la brigada de pandillas apenas un mes antes. LaBarbera llamó a Arenas "algo picante, un poco arrogante -pero vale la pena" y lo entregó a su mejor equipo.
Arenas, 34, quería apasionadamente entrar a la brigada de Homicidios, pero tuvo que luchar. Su primer caso se estancó. Había peleado con Barling. Encima de todo, a la brigada le faltaba un ordenador, así que andaba siempre buscando un escritorio libre.
Después de la reunión de los detectives sobre el asesinato de Wesley, Skaggs llamó a Arenas y los dos se subieron a un sedan plateado sin matrícula.
Conducía Skaggs. "¿Has hecho alguna vez una notificación?", preguntó.
Arenas dijo que sí, y trató de hacer una broma sobre ello.
Pero Skaggs no dijo nada. Arenas echó marcha atrás: "Estaba tratando de ser insensible", dijo, débilmente.
Era casi mediodía, unas horas después de la muerte de Wesley. El sol había disipado la neblina de la mañana.
Doblaron por una calle angosta, cruzando hacia el oeste, alejándose de la División Sudeste y entrando en otra parte de Los Angeles Sur.
El muerto no aparecía en la base de datos de pandilleros del estado. "Pero quizás era un vendedor de coca", dijo Skaggs.
Miró a Arenas. Se estaban acercando a la casa.
"¿Te sientes cómodo con esto?", preguntó. "¿Quieres que lo haga?"
Arenas respondió sin dudar. "Quiero que lo hagas".
Aparcaron frente a una pequeña casa estucada, protegida por una fronda de palmeras. Un hombre mayor de pelo cano y brillantes zapatos negros estaba parado junto a la puerta abierta.
Skaggs subió al porche. "¿Quién es usted?", preguntó.
El hombre dijo su nombre: Jerry Lee Wesley Sr.
"Le tengo malas noticias", dice Skaggs, tranquilo. "Hubo un tiroteo. Su hijo Jerry fue asesinado".
El padre tropezó hacia atrás, como si se lo hubiera llevado un fuerte viento.
"Dios mío. ¿Muerto? Que Dios tenga piedad de nosotros".
Desapareció en la casa. Los detectives lo siguieron.
Entraron a una inmaculada salita -una brillante alfombra roja, otra blanca como la nieve debajo de una mesita de café de cristal. En la televisión pasaban un episodio de I Love Lucy'
Wesley Sr., 70, se había retirado a sentarse en una silla en la cocina. Se reclinó en el mueble de cocina, apoyando su frente en su mano abierta. "Oh, maldición", murmuró. "Se fue a recoger mi desayuno".
Skaggs se sentó en una silla frente a él. "Lo lamento mucho", dijo.
"Está bien", dijo el padre, y exhaló un suspiro. "Está bien".
El cuarto tenía cortinas de gasa y mobiliario blanco. Había un pececillo de color nadando en una pecera y un oso peluche blanco en una silla. En la mesita de café había una placa grabada de cristal que decía: "Señor, transfórmame en un instrumento de la paz".
De repente, el padre se levantó de la silla y golpeó el mueble de cocina con su puño. Luego se derrumbó en la silla y escondió su cabeza con sus brazos. "Oh, Señor, ten piedad de nosotros", sollozó. "Oh, Dios mío".
Levantó la vista. Una mirada de embarazo cruzó por su cara. Le recompuso.
"Estoy bien", dijo a los detectives.
Se pasó una mano por su cara y preguntó de nuevo: "¿Está muerto?"
"Sí, señor", dijo Skaggs. Arenas se quedó atrás, observando.Skaggs hizo algunas preguntas, sobre el trabajo de su hijo en el Pep Boys, sus novias, sus coches.
El padre no se concentraba, y sus respuestas eran fragmentarias. "Suf", dijo, como tratando de respirar. "Oh, Dios mío".
Skaggs guardó silencio, luego se levantó para marcharse. "Lamento traerle malas noticias", dijo.
El padre se jaló una gorra de béisbol hasta las cejas y se levantó. Agradeció a los detectives y los acompañó hasta el porche.
Skaggs se volvió y empezó a decir: "Si hay algo que pueda hacer..."
El viejo Wesley no parecía estar escuchándole. "Está muerto", repitió el padre.
En el coche, Skaggs suspiró; llevaba una mano al volante, y la otra asomando por la ventanilla, tamborileando ociosamente en la puerta del coche.
"Recién había salido de su casa a comprar comida", Skaggs.
La División Sudeste tiene su propio pueblo, que va desde el sur por la Avenida Manchester, a lo largo de la Autopista del Puerto.
Es de unos 26 kilómetros, y alberga pequeñas casas estucadas, canaletas garrapateadas con graffiti y proyectos de viviendas públicas hechos famosos en canciones de rap: Jordan Downs, Imperial Courts.
En el pasado, el área era casi enteramente negra -la mayoría descendientes de refugiados de la Luisiana de Jim Crow y del este de Texas. Ahora estaban siendo remplazados por inmigrantes de México y El Salvador.
Agentes de policía nuevos en la división a menudo observaban lo diferente que se veía el Sudeste. Dijeron que habían pocos negocios a lo largo de los bulevares y la gente trataba sus barrios como si fuera su enorme sala de estar, sacando sus muebles a la calle y transitando en piyama y chancletas. Se maravillaban de lo bien que parecían los vecinos estar al tanto de los negocios unos de otros, y cómo las familias parecían estar formadas por extensas redes de "tías", "niñas mamás" y hermanas "de juego".
El trabajo de detective en el Sudeste tenía sus propias reglas no escritas.
Los detectives sabían que un buen contacto en la calle valía más que un número de teléfono, debido a que mucha gente usaba subscripciones de móviles que expiraban al mes. Sabían que los complejos lazos de parentesco eran la solución de muchos casos.
El Sudeste tenía la tasa de homicidio más alta de la ciudad, y la mayoría de los asesinatos estaban relacionados con las pandillas. Pero mirando con más atención, muchos estaban enraizados en conflictos anticuados -asesinatos de castigo porque un tipo se torció, los llamaba Barling.
Un hijo vengaba el asesinato de su padre. Un amante mataba a su rival. Había asesinatos por peleas en juegos de dados, asesinatos por 5 dólares, asesinatos por un cigarrillo.
Había cosas misteriosas. El obstáculo era normalmente que los testigos no colaboraban. Tenían terror a la venganza de las pandillas o de mostrarse muy hostiles con el LAPD.
Para empeorar las cosas, los jefes del LAPD cambiaban de trabajo con frecuencia, y el número de agentes de Los Angeles Sur fluctuaba, haciendo difícil concentrar la atención en algún caso o problema determinado.
Fuera del LAPD había escaso interés en los homicidios. Los detectives veían a los medios como decepcionantemente caprichosos.
Una semana, los órganos de prensa se concentran en un estallido de violencia en las escuelas, a la siguiente en fiestas ilegales. A veces los detectives son jalados de un caso para otro que atrae más la atención de las primeras planas -pero rara vez en el Sudeste.
A la 1:40 de la tarde, unas cinco horas después del asesinato de Jerry Wesley, Zambos estaba parado junto a su escritorio, bramando por teléfono: "¡Eso es! ¡De eso se trata!"
Había pasado las últimas horas telefoneando a parientes de Wesley de fuera de la ciudad, tratando de formarse una imagen de su vida, sus relaciones amorosas, sus finanzas. Los familiares dijeron que Wesley había peleado hace poco con el amante de su ex novia. Quizás este amigo había matado a Wesley -o pedido a alguien que lo hiciera por él.
Zambos dio un porrazo del auricular; parecía satisfecho de su teoría.
"¡Ustedes, mujeres!", gritó a la mujer más cercana que tuvo en la oficina. "¡Malditas mujeres!"
Chasqueó los dedos y tamborileó en el tabique. "No tengo ninguna duda de que esto va por ese lado", dijo. "¡Tengo todo el presentimiento!"Zambos y Skaggs volvieron a visitar a la familia. Los detectives pensaban que ahora, con el tiempo que había pasado para que se habituaran a la noticia, podían contar algo más sobre la vida de Jerry.
En el coche, Zambos volvió a su teoría del triángulo romántico. "Me gusta", dijo. "Tenemos un amante. Lo estaba esperando. ¡Eso es pena de muerte!"
Pararon frente a la casa. Había tres personas esperando en la ordenada salida rojiblanca.
El padre de Jerry, un obrero panadero jubilado, estaba sentado, encogido, con sus dedos entrelazados. Su esposa Dorothy, 59, estaba sentada frente a él, jugando con sus manos. Era la madrastra de Jerry, pero ella lo consideraba como un hijo.
Muriel Bryant-Manolesakis, 42, hermana de la víctima, estaba acurrucada en una esquina del sofá, los ojos llorosos.
Los detectives empezaron suavemente. ¿Tenía Jerry enemigos?
Los familiares parecían perplejos. Él no peleaba con nadie, dijo Dorothy. "Jerry era la alegría misma".
Le preguntaron sobre el trabajo. "Siempre lo llamaban de Pep Boys", dijo el padre de Jerry, con orgullo. "Allá lo querían".
Wesley Jr., que había terminado la Escuela Secundaria Washington, tenía una pasión consumidora: los coches. Había usado las ganancias de la venta de una casa para comprar su Lexus, dijo la familia.
Zambos describió el asesinato con su característica franqueza: Alguien se había acercado al Suburban de Jerry y le había disparado. Dorothy se torcía las manos. "Dios mío", dijo. "Oh, Dios mío".
"Empezará a oír cosas", dijo Zambos. "La gente descubrirá quién lo hizo y empezaron a hablar con usted. Esa es la clave".
Dorothy miró hacia afuera y exhaló un largo aliento.
Zambos le pasó su tarjeta de visita. "Llame al 24-7", le dijo.
De vuelta en el coche, Skaggs y Zambos miraron hacia adelante.
Zambos rompió el silencio. "¡Maldición!", dijo. "¡Es una familia decente!"
Skaggs asintió. "Sí", dijo. "Mamá simpática. Mama simpática. Hermana simpática".
Hubo un momento de silencio. "Estaba metido en algo que ellos no saben", dijo Zambos.
"Sí", dijo Skaggs. "No te levantas y matas a alguien de esa manera. Eso no lo haría ni siquiera un pandillero rival".
Zambos se golpeó un pierna. "Alguien sabe qué estaba haciendo".
En el trayecto hacia el norte no cruzaron palabra; luego doblaron hacia el oeste. Pendones ondeaban al viento en el Century Boulevard. "Qué bello día", dijo Skaggs.
La conversación giró hacia lo que pasaba en la oficina de la brigada. Estaban preocupados de que estuvieran ejerciendo demasiado presión sobre Arenas."Le dijimos: Si no resuelves tu primer caso, mejor te largas de Homicidios", dijo Skaggs.
Todos decían lo mismo a los detectives jóvenes. Para que no se relajen, le dijo Zambos a Skaggs -"¡A la unidad de Homicidios 77!"
La División de la Calle 77 era la otra comisaría de mayor violencia del LAPD, adyacente al Sudeste e igualmente agobiada de trabajo. El año anterior, la 77 se había quejado la falta de detectives, así que la brigada del Sudeste les envió una cesta con productos para bebés: pañales y chupetes.
"¡Tenemos que meternos allá y escribirles algo en la pizarra!", dijo Skaggs. "Sabes, la 77 de Homicidios: ¡Solucionan apenas el 2 por ciento de los casos!"
Zambos se rió a carcajadas.
Pararon frente al Pep Boys de La Brea, al sur de Manchester. Eran casi las 3 de la tarde y la tienda estaba casi vacía.
Los detectives se dirigieron a un hombre con uniforme de Pep Boys con un mostacho recortado y de paso enérgico. "Humberto, encargado", decía el nombre en la chapa.
Humberto Sánchez, 47, escoltó a los detectives hacia su oficina, que dominaba la sala de ventas.
¿Cómo murió Wesley?, preguntó.
"¿Conoces el Tam?", dijo Zambos. "Acaba de entrar alguien".
Sánchez maldijo en voz baja.
Los detectives lo interrogaron, tratando de saber qué aspecto de la vida de Wesley puede haber provocado una pelea violenta.
Wesley tenía una pelea por alimentación con una ex amante después de descubrir que el bebé no era suyo, dijo Sánchez. Había estado tratando de recuperar los pagos de alimentación.
"¿Cuánto?", preguntó Skaggs.
"Ochenta mil dólares", dijo Sánchez.
Skaggs se balaceó sobre los talones, mirando la exposición de altavoces y asientos envolventes.
"Jerry era uno de mis mejores empleados", dijo Sánchez.
Los detectives asintieron y trataron de pasar a otro tema, pero Sánchez insistió.
"Era un tipo muy bueno. Mucho", dijo. "Era un tipo muy inteligente".
En ese momento cristalizaban en su mente las impresiones del día:
Jerry Wesley no era un gángster. Sus pantalones azules eran parte de su uniforme de Pep Boys, donde ganaba 11 dólares por hora. La bolsa de la hamburguesería Tam era el desayuno para un padre que estaba orgulloso de él. El móvil chillando era la llamada de su padre.
"Era bueno", repitió Sánchez cuando los detectives se alejaban. "Era listo".
De vuelta en el coche, Skaggs y Zambos se pusieron a rumiar sobre el tema.
"¡Ochenta mil!", dijo Zambos.
"Ese es un motivo", dijo Skaggs, asintiendo.
"Jee, motivo suficiente", dijo Zambos. "¡Hasta yo le pegaría a alguien por esa pasta!"
Entonces pensó en otra cosa.
"¡Lo voy a hacer en la 77!", dijo. "¡Así no me agarrarán nunca!"
[Jueves]
En la mañana LaBarbera pegó una cita en su escritorio. Era de uno de los libros de una de sus hijas, del Dr. Seuss, Si yo dirigiera el Zoológico'.
"Si quieres encontrar animales salvajes que no ves todos los días, tienes que ir a lugares poco corrientes. Tienes que ir a lugares donde los demás no pueden ir. Tienes que pasar frío y tienes que mojarte".
LaBarbera dijo que daba en el corazón de la ética de su brigada: trabajo en la calle para todos.
A la brigada de Homicidios la apodaban La Milla Verde' por las papeletas verdes de horas extras. Su carga de casos era el doble del de su colegas de Valley y Westside, y sin embargo desafiaban todas las dificultades, alcanzando porcentajes de detención mayor que varias brigadas con cargas de caso menos pesadas.
Tenía un precio. El movimiento de personal era alto y el reclutamiento prácticamente imposible. Antes, trabajar en Homicidios era prestigioso; pero en estos días nadie en el LAPD quería el trabajo.
Años de horas irregulares habían confundido el sueño de LaBarbera. Tenía tan poco tiempo para ver a sus hijas, de 8 y 11, que ellas le dejaban mensajes en la pizarra de marcadores.
"¿Por qué tiene esto que arruinar mi vida?", dijo LaBarbera una tarde. "Tengo dos niñas en casa. Debería estar con ellas".
Se acababa de enterar que el departamento no podía asignarle detectives para supervisar una interceptación de una cárcel a otro caso.
Para LaBarbera, a veces las prioridades del LAPD parecían absurdas. Estaba irritado, por ejemplo, por la intensa atención que se prestaba a los baleos de perros por agentes de policía. Hasta hace poco, el departamento envió dos veces más detectives a escenas de baleos de perros que a la mayoría de los homicidios -un efecto secundario de los esfuerzos por cumplir con el acuerdo de divorcio.
Sacó un cigarrillo. Entonces dijo: "¿Renunciar? Por supuesto que no. No me podría mirar al espejo".
Barling, el colega de Skaggs, también se inquietaba sobre estos problemas: los asesinatos en la ciudad y su bajo prestigio a ojos del público.
Durante una reunión de la plana directiva la semana anterior, Barling había pedido que el director del LAPD, Earl Paysinger, transfiriera más detectives a Homicidios.
"Pero si sacas a un detective de la sección de robos, ¿qué pasa entonces con la sección?", preguntó Paysinger.
Barling enrojeció.
"Cuando ocurre un homicidio, ¡eso desgarra la fibra moral de la comunidad!", dijo, golpeando las manos en el aire. "La víctima de un asalto puede vivir sin solucionar el caso. Pero la familia de las víctimas de homicidio..."
Paysinger interrumpió: "¿Le puedes decir eso a las víctimas de asalto?"
Ese era el dilema del LAPD. Más agentes para terminar con los asesinatos en Watts significaba menos agentes para combatir el robo de autos en Granada Hills o Venice.Los Angeles está compuesta de dos ciudades: Una, que va del Valle de San Fernando y Westside, tampoco tiene suficientes agentes para delitos contra la propiedad; la otra, Los Angeles Sur tiene menos policías para crímenes violentos.
En las cuatro divisiones del LAPD de Los Angeles West, había casi dos veces más agentes para cada crimen violento que los que había en Los Angeles Sur.
La preocupación de Barling provocaba choques con su aprendiz, Arenas.
"En esta división la gente asume responsabilidades por todo. ¡Por todo!", dijo Arenas. "Detienes a un niño, y su madre te mira y dice: Usted miente. Usted le plantó esto a mi hijo...' Este es un vicioso círculo de violencia. De algún modo, la comunidad tiene el coraje de torcerlo como si fuera mi culpa".
Barling se defendió hablando del racismo en la historia.
"No deberían tener rabia con la comunidad", dijo. "Si voy a acusar a alguien de mi angustia y frustración, acusaría a algunas de las personas en el poder".
Zambos estaba en su escritorio a mitad de mañana, considerando su siguiente paso en el caso de Wesley. Quería seguir concentrándose en la investigación.
La brigada había reunido los relatos de media docena de testigos. Era mucho mejor que tener muy pocos. Pero Zambos también sabía que demasiados testigos podían confundir a los miembros del jurado en un juicio por asesinato.
"Sólo se necesita un par de testigos", le dijo a su colega, Gerry Pantoja.
Pantoja, 38, había terminado en Homicidios después de estar en la unidad de pandillas tras romperse una rodilla en una persecución callejera.
Con su cabeza rapada y loca risa, Pantoja era el comediante de la brigada -el perfecto complemento de Zambos. Los colegas llamaban payaso a Pantoja, y Pantoja había en realidad trabajado como payaso antes de incorporarse al LAPD. Él y Zambos pasaban los días contándose vulgaridades.
Ahora Pantoja aceitó su pistola, asintiendo mientras escuchaba. Lo había oído antes -que a Zambos le gustaba tener las carpetas de asesinatos delgadas y ordenadas.
Pantoja y Zambos había localizado a la ex novia de Wesley, y la llamaron para una entrevista.
Ella llegó a la comisaría del Sudeste más tarde esa mañana, vestida de negro. Zambos pensado entrevistarla en el clóset vacío que hacía de cuarto de interrogatorios. Pero la noche anterior, los agentes anti-pandillas la habían llenado de archivos.
Así que Zambos la entrevistó en su escritorio. Ella se sentó en una silla giratoria. Zambos le preguntó cuándo había hablado con Wesley por última vez.
"No tuve nada que ver con eso", dijo ella. "Me marché a casa, y me contaron que Jerry estaba muerto y mi corazón empezó a dar saltos".
Le preguntó si tenía un móvil -quizás los archivos telefónicos la vincularan con el crimen. Dijo que no.
Zambos miró su bolso abierto en el suelo, estiró la mano y sacó un móvil.
¿Qué es esto?, preguntó.
Zambos la convenció de someterse a un detector de mentiras, y ella lloró durante todo el trayecto hacia el Parker Center, el cuartel general en el centro del LAPD.
La prueba no fue concluyente.
Más tarde ese día llamaron al detective Donovan Nickerson.
Nickerson, 40, era un ciclista y buzo que se había licenciado en microbiología en la Universidad de Howard, en Washington D.C. Era uno de los dos miembros negros de la brigada de Homicidios del Sudeste. La mayoría de los detectives hacía todos los días el trayecto desde el condado de Orange, pero Nickerson vivía en el Sudeste, en el mismo vecindario donde había crecido.
Ninguno de los otros miembros de la brigada tenía los contactos o relaciones de Nickerson con los vecinos. Usaba los dos para resolver casos, pero la ventaja tenía un precio. Ser del Sudeste, ser negro, dijo, "hacía que viviera de manera más emocional las cosas que pasan aquí".
Nickerson a menudo se mordía la lengua cuando los agentes del Sudeste hablaban insensiblemente. Muchas, si no la mayoría, de las víctimas de homicidio en el Sudeste eran delincuentes o pandilleros.
Los agentes llamaban a esos asesinatos: No Humanos Implicados.
Sus opiniones causaban problema a Nickerson. "No lo veo como un asesinato entre pandilleros", dijo. "Es una persona que fue asesinada. Un joven negro".
En sus horas libres aconsejaba a jóvenes con problemas. Unas semanas antes, una mujer se conoció en su juicio le pidió ayuda para con su hijo de 13. Nickerson había hablado de llevar al niño a un partido de pelota. La madre llamó y dejó un mensaje.
Nickerson no había tenido tiempo de llamarla.
Ahora, el jueves tarde, llamó uno de sus contactos en el vecindario.
La persona sabía algo sobre el asesinato de Wesley. Le dio a Nickerson un nombre: Will Carter, un supuesto pandillero. También le dio otra pista: un apodo de pandilla, posiblemente el del asesino.
Nickerson llamó a Zambos para pasarle el dato.
Pantoja conocía a Carter desde sus años en la unidad de pandillas. Él y Zambos se encaminaron hacia la casa de Carter.
Esa tarde, Zambos y Pantoja irrumpieron en la oficina de la brigada del Sudeste.
Zambos arrojó el cuaderno sobre su escritorio.
"¿Dónde está Sal?", preguntó. "Benny, Mark -¡Benny! ¡Deja ese teléfono! ¡Ahora! ¡Ahora!"
Arenas y Ben Pérez, otro aprendiz, se acercaron. Zambos se daba vueltas dando zancadas en el cuarto. Asombrados, los aprendices lo siguieron.
Los condujo al clóset. Apenas había espacio para estar de pie.
Zambos les dijo que él y Pantoja habían ido a la casa de Carter. En la entrada habían visto un Crown Victoria azul, el mismo tipo y modelo que los testigos dijeron que habían visto cerca de la hamburguesería Tam poco antes de que Wesley fuera asesinado.
Antes de que pudieran detener a Carter, tenían que vigilar la casa y obtener una orden de detención. Pérez y Arenas empezarían temprano a la mañana siguiente, con la ayuda de la brigada anti-pandillas.
"¡No se lo digas a nadie!", dijo Zambos. Quería decir: No se lo contéis a agentes uniformados. Podrían pasar frente a la casa, por curiosidad, y delatarlos ante Carter.
Esa noche, los 12 agentes se reunieron en el Hobbit, un elegante restaurante del condado de Orange. Habían estado ahorrando dinero durante todo el año para esta elegante cena de vacaciones.
Trabajaban codo a codo, a veces hasta 15 horas al día. Pero la cena empezó con dificultad. La conversación se había estancando. Finalmente aterrizaron en los habituales chistes verdes y bromas idiotas de Zambos y Pantoja.
Barling se remordía en silencio. Este aspecto de vestuario de la cultura del LAPD lo estaba matando. Pero Zambos estallaba en rugidos con cada frase soez.
Cuando sirvieron el vino, LaBarbera, el jefe, alzó su vaso y las carcajadas amainaron.
LaBarbera estaba solemne, mirando a las caras en torno a la mesa. "Gracias', dijo, "por su dedicación".
Los vasos sonaron. LaBarbera tomó un sorbo y puso el vaso en la mesa. Entonces sonó su móvil.
Un rayo de energía cruzó la mesa. LaBarbera había pedido a la brigada de Homicidios de la División del Puerto que cubrieran la noche, y estaban reportando otro homicidio en el Sudeste.
Había dos muertos: dos niños, uno de 14 y uno de 17.
Terminaron de cenar. Los asesinatos no llegaban a primera plana.
[Viernes]
En la mañana Zambos y Pantoja llevaron una pistola al laboratorio de análisis balístico del LAPD.
Mientras la brigada cenaba, los agentes de las pandillas del Sudeste habían detenido a un joven cerca de la casa de Carter. Resultó ser un primo de Carter. Llevaba una semiautomática calibre 45 cargada con el mismo calibre y tipo de bala que había matado a Wesley.
Era un día brillante. Los dos se dirigieron hacia el laboratorio en el nordeste de Los Angeles. Zambos estaba de buen humor. Normalmente, los detectives habrían esperado una semana o más para probar un arma requisada. Pero el laboratorio le estaba haciendo un favor a Zambos.
Veinticuatro horas antes, la presa de Zambos era un sicario desconocido relacionado con una ex amante. Ahora buscaba a un pandillero. "Siempre tienes que ser capaz de cambiar", le dijo a Pantoja,.
Arenas y Pérez, vestidos informalmente para hacer vigilancia, habían empezado temprano esa mañana. Habían planeado coordinar con los agentes de la brigada de pandillas para vigilar la casa de Carter. Pero los agentes no se aparecieron.
Así que Arenas se subió a un helicóptero para mirar la casa. Desde el aire, vio cómo el Crown Victoria entraba a la casa. Después de aterrizar, corrió a la casa, con Pérez. El coche todavía estaba allí.
Arenas llamó a Pantoja por el móvil.
Zambos y Pantoja estaban parados junto a un escritorio del laboratorio de balística para entregar la pistola.Pantoja le dijo a Zambos que el Crown Victoria estaba de vuelta.
"¡Párenlo! Si avanza, lo paramos. ¡Los quiero a todos!", dijo Zambos.
Al otro lado de Los Angeles, Arenas cerró su móvil. Mientras él y Pérez observaban desde su sedan sin matrícula, Carter y tres amigos salieron de la casa y se subieron al Crown Victoria.
Arenas y Pérez los siguieron. Después de conducir una corta distancia, Carter vio a los jóvenes detectives que lo seguían y paró. Carter reconoció a Pérez, que lo había arrestado en el pasado.
Los dos detectives saltaron fuera del coche y se dieron cuenta de que no estaban preparados para detener a Carter y sus compañeros.
Sólo tenían un par de esposas.
Arenas llamó: "¡Necesitamos una unidad adicional!"
Pérez conversó con Carter, tratando de matar el tiempo. El tiempo pasaba nerviosamente. Finalmente llegó ayuda -pero no de los colegas de su patrulla. Quienes llegaron fueron Barling y otros miembros de la brigada de Homicidios. Barling estaba furioso. ¿Por qué no habían respondido los agentes uniformados?
Zambos y Pantoja llegaron a la comisaría del Sudeste, y el Crown Victoria de Carter estaba aparcado fuera.
Era justo antes de las 10 de la mañana. Arenas y Pérez estaban cerca, mirando aliviados y un poco cansados.
"¡Buen trabajo!", dijo Zambos. Recibió el coche como a una mascota perdida. "¡Mi coche!"
En la oficina de la brigada, Zambos cantaba. Cogió un ramillete de rojo regaliz y mostró una amplia sonrisa.
Zambos estaba ansioso de proporcionar a Arenas una posibilidad de lucirse. Así que dejó, a él y a Pérez, los dos aprendices, el siguiente y crucial paso: interrogar a los sospechosos.
Arenas y Pérez empezaron con una adolescente que había sido detenida junto con Carter. Su descripción correspondía con la de la chica que había sido vista en el Crown Victoria el día del asesinato de Wesley.
La llevaron a la pequeña oficina sin ventanas, que tenía una mesa redonda, pero ninguna silla.
Arenas trató de robar una de otra oficina. Pero se resistió en sus manos. Estaba encadenada al escritorio -y tenía una nota de enfado pegada en el respaldo, previniendo a los ladrones. Corrió a buscar otra.
La chica era flaca, llevaba una camiseta con una capucha en la cabeza; las trenzas asomaban por debajo de la capucha.
"Estamos aquí para entrevistarte sobre el tiroteo en Century", empezó Pérez. "Creo que tú sabes sobre eso..."
"¿Cómo sabes que yo sé algo?", interrumpió ella, riendo.
Pérez continuó. "Si no colaboras, te podemos encerrar", dijo.
"¡Te lo dije!", dijo. "¡Me escogió a mí!"
La chica miró de lado hacia Pérez, flirteando.
Mientras hablaban, ella se retorcía, sonreía, se frotaba los ojos soñolienta y se reía bobamente.
Daban vueltas y vueltas; Pérez quería más detalles.
"Estábamos fumando", le dijo la chica.
Arenas esperó, moviendo los pies, moviéndose en la silla.
Pérez salió del cuarto y Arenas se levantó de un brinco. Se agachó sobre la niña. Ella lo miró, asustada.
"No tienes ni idea de lo que estás haciendo", dijo Arenas. "¡Estás mintiendo, y te vamos a encerrar por asesinato!"
En un bloc amarillo, Arenas garabateó unos apuntes. Tomó las primeras páginas entre el pulgar y el índice. "¿Sabes lo que son?", preguntó, sacudiéndolas ante ella. "¡Son tres páginas de conspiración para cometer un asesinato!"
Una lágrima rodó por las mejillas de la niña.
Después de la entrevista, Arenas volvió a su escritorio. Dos detectives de Homicidios estaban todavía vigilando la casa de Carter en caso de que la pistola en el laboratorio no saliera positiva. El arma usada en el asesinato podría estar todavía en la casa. Pero los detectives no se podían quedar por mucho más tiempo.
Barling se volvió hacia Arenas. "¿Para qué vigilar la casa?", preguntó.
Arenas explicó que había tenido que pedirle a sus colegas que hicieran el trabajo porque los agentes de la brigada de pandillas no tenían tiempo.
Entonces tenías que haberlo hablado con alguno de tus superiores, dijo Barling.
Esto siempre molestaba a Barling -la incapacidad de la brigada para considerar prioritarios los homicidios, el no poder contar con los agentes de patrullas. "Es siempre una cuestión de compromiso. ¡Siempre haciendo compromisos!", dijo Barling.
Quería que Arenas se diera cuenta de lo injusto que era -injusto para las víctimas, para Watts, para los negros.
Arenas lo miró, rojo.
"Mira", dijo Arenas. "¡No me gusta estar en el medio!"
Entonces pasó Zambos dando zancadas. Se dio cuenta de la situación: Barling y Arenas otra vez riñéndose.
"¡Suelta esa casa!", dijo Zambos, y siguió hacia su escritorio.
Una hora más tarde, Zambos hablaba por teléfono con el analista de armas.
"Gracias", dijo Zambos, tranquilo.
Dejó caer el auricular y echó la silla hacia atrás, hasta que tocó la pared detrás de él. Echó la cabeza hacia atrás y miró el techo.
"No es el arma".
Carter tenía los ojos grandes y cansados, y una cola de caballo con pelos sueltos. Un delgada trenza colgaba de su barbilla.
Estaba sentado en el cuarto improvisado de interrogatorios, dando la espalda de Pérez y Arenas.
Pérez le empezó a leer sus derechos. "Ya sé todo eso", dijo Carter.
"Tengo que leértelos de todos modos", le dijo Pérez.
Pérez empezó monótono: Los detectives creían que Carter era el conductor. Necesitaban encontrar al asesino.
"No creo que seas el más malo", dijo Pérez. "Te daré la oportunidad de que la libres".
Carter no lo miró. "Man, quizás paré ahí", dijo. "No sé de qué estás hablando".
Se puso emocional rápidamente, y su cara adquirió una cara de tristeza cuando habló de las pandillas.
"¡Se están matando entre vecinos!", dijo. "¡Tienen un arma en la mano y matan a cualquiera! Me tienen aburrido. Tengo 30 años. Me tratan como si fuera el chico del vecindario, pero mi hijo tiene 8 y es Navidad y ni siquiera he estado en casa. ¡Ni siquiera una vez!"
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pérez le pasó un pañuelo.
Carter lo miró por primera vez: "¡No tiene a nadie!", dijo. "¡Nadie! ¡No puedes nombrar a nadie!
"Todos los días estoy tratando de salirme. Tengo una familia. Mi mujer está embarazada. Pero es como si tú trabajaras 15 años en el cuerpo y quisieras renunciar. ¡No podrías hacerlo!"
Carter ofreció un alibi, luego otro. Pérez lo dejó hablar, luego le dijo que los testigos contradecían su versión. Cada vez que Carter se enfrentaba a una contradicción, retrocedía un poco y cambiaba su historia.
Finalmente confesó que esa mañana había recogido a un amigo -y que habían llegado hasta la boca del callejón, parado y abierto el maletero.
Era un avance; Carter se había puesto en escena.
Pérez le dijo que tenía una opción: Dar el nombre del pistolero o ser acusado como el principal sospechoso de un asesinato.
"Son tus vecinos, o tus hijos", dijo Pérez.
Carter se metió las manos a los bolsillos, miró a la mesa, llorando silenciosamente. "¿Qué posibilidades tengo de salir de esto?", le preguntó finalmente a Carter.
Pérez suspiró. "Depende de lo que ayudes".
Carter arrugó el ceño, mirando hacia el suelo.
Arenas intervino: "Tu primo también está metido en esto", dijo.
Carter miró hacia el techo y se mordió los labios.
En cuanto a sus propios actos, dijo: "No hay nada que yo pueda hacer. Puedo aceptarlo. Pero mi primo... no tiene nada que ver con esto".
Arenas y Pérez salieron del cuarto de interrogatorios a las 4:30 de la tarde, y la brigada se reunión en torno a ellos, acribillándolos a preguntas.
No lo tenían todo, pero Carter había confirmado los elementos claves de las versiones de los testigos.
Arenas, casi siempre frustrado desde que se incorporó a la brigada, era ahora el centro de atención. Señaló a Pérez. "¡Fue Benny!", dijo.
Zambos se apoyó en la pared mientras Arenas recontaba el interrogatorio. "¡Chévere!", dijo Zambos.
Los detectives tenían más trabajo por hacer. Chequearon a los testigos y recogieron nuevos detalles.Hacia las 5 de la tarde tenían una versión completa del asesinato, más una descripción del pistolero y dos de sus apodos.
Pantoja se inclinó sobre su ordenador, buscando en la base de datos del estado sobre pandilleros. Cantaba suavemente mientras tipeaba en el tablero.
Pantoja hizo un clic en una foto. Los nombres correspondían, pero este gángster tenía casi 30.
Ese no es, dijo Zambos. Estamos buscando a un adolescente.
Pantoja volvió a tipear.
Un momento después, se levantó de un brinco. Esta vez, todo coincidía: nombres en la pandilla, descripción física, nombre, domicilio.
"¡Es él!", dijo Pantoja. Miró la pantalla detenidamente. "Un bebé. Vamos a detener a un bebé".
"¿Qué edad tiene?", preguntó Zambos.
"Trece".
[Lunes]
El pistolero sospechoso era el mismo niño al que el detective Nickerson había prometido llevarlo a un partido de pelota -el niño cuya madre había dejado un mensaje en el móvil que Nickerson no había respondido. Fue detenido en la escalera de un edificio de apartamentos no lejos de la comisaría del Sudeste.
Hacia las 8 de la tarde estaba sentado en un silla giratoria al fondo de la oficina de la brigada, su delgado cuello sobresaliendo de una enorme camiseta negra con capucha.
Tenía los ojos grandes y castaños y una delgada cicatriz en el puente de su nariz.
Zambos lo miró mientras se acercaba. El niño estaba echado hacia atrás en la silla giratoria, apático.
"Siéntate", dijo Zambos.
El niño se estiró.
"¿Por qué me dijiste que estabas en Carson cuando tu madre me dijo que habías salido a dar una vuelta en bicicleta?", preguntó Zambos. Los ojos del niño se agrandaron.
"No, señor", protestó. "Me olvidé". Empezó a discutir. Zambos lo hizo callar.
"Espero que tengas suerte", le dijo Zambos, y volvió a su escritorio.
El niño empezó a mecerse en la silla, jugando con los cordones de la capucha de su camiseta mientras lo ingresaban como sospechoso de haber cometido un asesinato.
Los detectives compusieron su versión del asesinato: Carter recogió al niño justo antes del tiroteo. Cuando se acercaban a Tam, Wesley estaba junto a ventana del restaurante, pidiendo un desayuno. Uno de los ocupantes del coche señaló a Wesley y preguntó si era de una pandilla rival.
"Creo que sí", dijo alguien. Carter condujo entonces hacia el callejón. El niño corrió hacia el Suburban de Wesley.
La adolescente que esperaba en el Victoria Crown subió la música, para cubrir el sonido de los balazos.
La policía cree que el niño disparó contra Wesley como parte de un rito de iniciación en la pandilla, confundiendo al vendedor de Pep Boys por un pandillero rival.
La ex novia de Wesley no estaba implicada, dijo Zambos. Nunca se enteró por qué le había mentido diciéndole que no tenía un móvil.
Tampoco encontró la policía el arma homicida.
Zambos fue capaz de cerrar el caso y mantener su libreta de homicidios como le gustaba: limpia, libre de detalles excesivos.
Carter fue acusado de asesinato, por conducir el coche, y el niño, de haber disparado los balazos fatales contra Wesley. Los dos esperan juicio.
Entretanto, la brigada de Homicidios cometió un atraco para Arenas: Le robaron el ordenador a la patrulla, lo escondieron en el clóset hasta que pasó el escándalo, y luego lo instalaron en su escritorio.
[Jueves]
Estaba nublado, oscuro y hacía frío cuando Zambos y Pantoja salieron de la oficina. El tiempo estaba cambiando y no hacía más que llover torrencialmente. Zambos sintonizó unos villancicos de Navidad en la radio y se puso a cantar. Pantoja aceleró.
Los dos estaban contándose chistes idiotas -Pantoja se reía con su risa ahogada, Zambos se atoraba. Zambos había esperado este momento. Le encantaba llevar noticias de detenciones a las familias de las víctimas.
Mientras se acercaban a la puerta de los Wesley, Zambos jugueteaba con las llaves.Estaban de vuelta en la salita con la alfombra blanca.
Padre, madre y hermana estaban sentados formando un círculo en torno a ellos. "Hemos detenidos a dos de ellos: un adulto y un menor de edad", dijo Zambos.
Explicó el asesinato en frases recortadas: "Relacionados con pandillas... Hay una guerra en el norte de Century".
La madrastra de Wesley, Dorothy, miraba el suelo, cubriéndose la boca con las manos. Dejó caer las manos sobre sus rodillas y levantó la vista. "Dios mío", susurró.
Jerry Wesley Sr. estaba encorvado en el sofá.
Zambos les habló del sospechoso. "Tiene sólo 13 años", dijo.
"¡Bebés!", dijo Dorothy, y se golpeó la frente con una palma.
Zambos abrió un libro de fotos de rufianes y la pareja se inclinó a mirar. "¿Él lo hizo?", preguntó el padre. "¿Él disparó?"
Dorothy se volvió hacia Pantoja. "Pobre familia", dijo, sacudiendo la cabeza. "El sufrimiento de su familia. El sufrimiento de nuestra familia. ¡Todas las familias que sufren por esto!"
Zambos habló, tratando de explicar el inminente juicio. La madre asintió, con aire ausente, moviendo las gafas entre sus manos.
"¿Lo mató la primera bala?", preguntó. "¿Sufrió?"
Cuando Zambos y Pantoja se levantaron para marcharse, el padre se quedó en el sofá, agachado, frotándose la cara.
Dorothy y Muriel, la hermana de la víctima, abrazó y agradeció a los detectives.
"¡Nadie me puede decir que la policía no ha hecho algo por nosotros!", dijo Dorothy.
Entonces empezó a divagar.
"Es un ciclo", dijo. "No dejamos de quejarnos. Pero entonces tuvimos esa ley para tener más polis, pero no la aprobaron. Es simplemente una puerta giratoria".
Se interrumpió, dejó caer la cabeza en sus manos y se echó a llorar.
En el coche Zambos volvió a sintonizar los villancicos. Condujeron en silencio mientras arriba se amontonaban una nubes cargadas de lluvia.
28 de junio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
esquivando el servicio
[Steven Lee Myers] En Rusia, el sueño de un joven: cómo evitar el servicio militar obligatorio.
San Petersburgo, Rusia. Los diagnósticos del hospital, de muchos años, son parte del plan de Fyodor Sozontov. Con los papeles puede probar que padece de algo.
Lee lentamente las descripciones médicas demasiado difíciles de pronunciar: osteochondrosis, arachnoiditis y angiodistonia cerebral. Sin embargo, la comisión de reclutamiento se mostró escéptica. Durante el primer examen, obligatorio para todos los estudiantes secundarios, los oficiales lo declararon apto para el servicio militar.
"Pero eso fue un examen superficial", dijo. "Prácticamente no examinaron nada".
Fyodor, 17, de voz suave y atlético, está empezando un rito de pasaje de los jóvenes de la Rusia actual: evitar el servicio militar.
La experiencia moldea casi toda en su vida actual. Está entrando en la adultez con el deseo de estudiar en la universidad, a pesar de no tener ninguna meta académica concreta, o, si eso fracasa, de convencer a las autoridades -y a veces a sí mismo- de que está enfermo.
"Sería mejor", dijo, "que el ejército estuviera formado por gente que quiere la carrera militar".
En teoría todos los rusos de 18 a 27 años deben servir dos años en las fuerzas armadas. En la práctica, caso el 90 por ciento lo evita. La mayoría lo logra sacando provecho de diferentes tipos de aplazamientos, incluyendo uno por estudiar en la universidad y por no aprobar el examen médico.
En teoría los dos se pueden obtener con sobornos -algo por lo que Fyodor no tiene ninguna inclinación ni, evidentemente, podría pagar.
"Dicen que sirves a tu país, que lo defiendes", dijo. "Pero es una pregunta difícil. Tendrías que vivir aquí para entenderlo".
Fyodor es sólo algo mayor de la nueva Rusia que emergió de la Unión Soviética. Nació en 1987 en Checoslovaquia, donde sus padres trabajaron brevemente -su padre como ingeniero de una base militar soviética cercana. Dos años después volvió con ellos a Leningrado, como se llamaba entones San Petersburgo, cuando el dominio soviético de Europa del Este empezó a derrumbarse con el sistema soviético.
Creció en la época en que su país adoptó, todavía torpemente, la libertad, la democracia y el capitalismo. Sus padres sienten nostalgia por la época soviética. Él ciertamente no. Pero lo que ha estado ocurriendo en Rusia con el presidente Vladimir V. Putin le da pocas esperanzas o inspiración. De hecho, lo desalienta.
"No pensamos que sea mejor que la Unión Soviética", dijo. "Lo que tenemos ahora es su legado".
La corrupción y el soborno infectan las escuelas, el sistema médico, la policía. Él no es excesivamente político, pero Fyodor se queja de que el sistema hace poco por terminar con la pobreza, el hambre y las desigualdades sociales. Lo peor, dijo, es que la sociedad ahora está dominada por un frío individualismo.
"Al gobierno no le importa", dijo. "Quizás Putin está tratando de hacer algo, pero para la mayoría de la gente lo importante es sacar algo, meterse algo en el bolsillo. Sólo piensan en sí mismos".
Pudo comparar a Rusia cuando hizo su primer viaje al extranjero.
Un profesor de su escuela organizó un viaje en bus para pasar dos semanas en la República Checa. Le encantaba.
"Aquí es más limpio", dijo. "La gente de la República Checa es más amistosa. Y entienden mejor por qué trabajan, por qué ganan dinero.
"En Rusia en realidad tenemos una bardak", agregó, usando una jerga para burdel y que significa barullo.
En muchos sentidos, Fyodor es un típico adolescente ruso; en otros, no lo es. No bebe alcohol -algo que hace regularmente el 40 por ciento de los colegiales rusos, de acuerdo a cálculos recientes. No usa drogas. No fuma. Y resiste testarudamente la presión de sus amigos para que lo haga.
"Algunos de mis amigos dicen que no quieren morir sanos", dijo.
Vive en Kupchino, un vecindario de sombríos edificios de la era soviética, lejos del bello casco histórico de San Petersburgo. El patio de su edificio de apartamentos es un lugar de miedo, un punto de encuentro de alcohólicos y matones y "de gente de cara muy triste".
Fyodor hace lo posible por evitarlos, así como evita a los cabezas rapadas, la perniciosa subcultura de la juventud rusa, especialmente en San Petersburgo.
Sería difícil encontrar a alguien tan diferente de ellos. Él es delgado, con el pelo ondulado y largo, a menudo con una coleta. Aborrece la agresión que dice que está profundamente enraizada en la cultura rusa. En casa, toca la guitarra, rasgueando canciones de grupos como Depeche Mode y Nirvana, con Igor, su hermano menor.
Es de cuerpo fino, pero en muy buenas condiciones. Eso es el resultado de su pasión por el wushu, el arte marcial chino que enfatiza la defensa personal, los movimientos físicos precisos y una intensa disciplina mental. Practica cuatro veces a la semana.
Lamenta la calidad de la educación de las escuelas rusas, pero según sus propias confesiones, es un estudiante promedio. De hecho, no está claro si pensaría en estudiar en la universidad si no fuera un modo de evitar el servicio militar. Lo calificó de ser el mayor estimulante de la educación superior.
Las razones de Fyodor para no querer hacer el servicio son comunes. Desprecia la autoridad, por ejemplo, especialmente la de los militares. "Simplemente no aguanto las órdenes", dijo.
"Si alguien me ordenara limpiar un retrete, mi respuesta sería: Hazlo tú mismo'".
Otras razones incluyen la desgastante guerra en Chechenia, el brutal sistema de iniciación entre los reclutas y notorios casos de maltratos a los conscriptos por parte de oficiales".
La mejor esperanza de Fyodor para evitar el servicio militar sigue siendo la universidad, pero a medida que rinde los exámenes finales de la secundaria este mes, no ha ganado ninguna medalla de oro ni de plata por prestación académica, que facilitaría su camino hacia la admisión en la universidad.
En el primero de cinco exámenes sacó la nota más alta -un 5-, pero en el segundo sólo un 4. "No está mal", dijo, "pero no es excelente". Todavía no tiene los resultados del tercero, y debe terminar dos más antes de la graduación el 21 de junio. Los exámenes de admisión en la universidad serán tomados más tarde este verano.
Los próximos meses son cruciales para determinar su futuro, que es por lo que su familia ha recolectado los viejos diagnósticos médicos.
Cuando se le pregunta qué es precisamente lo que tiene, da respuestas vagas. De niño se cayó, dice. Cuando tenía 10, dice, se golpeó la cabeza con la esquina de la cama. También ofreció una lista de otros males. "No puedo estar en clases demasiado tiempo", dijo. "Me sangra la nariz. Me duele la cabeza". También mencionó una presión alta y una "mala adaptación a la sociedad".
Sus planes de futuro son igualmente vagos. Después de la universidad dijo que le gustaría convertirse en maestro de wushu, y enseñarlo a otros. El wushu, dijo, le había enseñado una filosofía básica.
"El mejor guerrero", dijo, "sabe que lo mejor es evitar el combate".
11 de junio de 2005
©hnew york times
©traducción mQh
San Petersburgo, Rusia. Los diagnósticos del hospital, de muchos años, son parte del plan de Fyodor Sozontov. Con los papeles puede probar que padece de algo.Lee lentamente las descripciones médicas demasiado difíciles de pronunciar: osteochondrosis, arachnoiditis y angiodistonia cerebral. Sin embargo, la comisión de reclutamiento se mostró escéptica. Durante el primer examen, obligatorio para todos los estudiantes secundarios, los oficiales lo declararon apto para el servicio militar.
"Pero eso fue un examen superficial", dijo. "Prácticamente no examinaron nada".
Fyodor, 17, de voz suave y atlético, está empezando un rito de pasaje de los jóvenes de la Rusia actual: evitar el servicio militar.
La experiencia moldea casi toda en su vida actual. Está entrando en la adultez con el deseo de estudiar en la universidad, a pesar de no tener ninguna meta académica concreta, o, si eso fracasa, de convencer a las autoridades -y a veces a sí mismo- de que está enfermo.
"Sería mejor", dijo, "que el ejército estuviera formado por gente que quiere la carrera militar".
En teoría todos los rusos de 18 a 27 años deben servir dos años en las fuerzas armadas. En la práctica, caso el 90 por ciento lo evita. La mayoría lo logra sacando provecho de diferentes tipos de aplazamientos, incluyendo uno por estudiar en la universidad y por no aprobar el examen médico.
En teoría los dos se pueden obtener con sobornos -algo por lo que Fyodor no tiene ninguna inclinación ni, evidentemente, podría pagar.
"Dicen que sirves a tu país, que lo defiendes", dijo. "Pero es una pregunta difícil. Tendrías que vivir aquí para entenderlo".
Fyodor es sólo algo mayor de la nueva Rusia que emergió de la Unión Soviética. Nació en 1987 en Checoslovaquia, donde sus padres trabajaron brevemente -su padre como ingeniero de una base militar soviética cercana. Dos años después volvió con ellos a Leningrado, como se llamaba entones San Petersburgo, cuando el dominio soviético de Europa del Este empezó a derrumbarse con el sistema soviético.
Creció en la época en que su país adoptó, todavía torpemente, la libertad, la democracia y el capitalismo. Sus padres sienten nostalgia por la época soviética. Él ciertamente no. Pero lo que ha estado ocurriendo en Rusia con el presidente Vladimir V. Putin le da pocas esperanzas o inspiración. De hecho, lo desalienta.
"No pensamos que sea mejor que la Unión Soviética", dijo. "Lo que tenemos ahora es su legado".
La corrupción y el soborno infectan las escuelas, el sistema médico, la policía. Él no es excesivamente político, pero Fyodor se queja de que el sistema hace poco por terminar con la pobreza, el hambre y las desigualdades sociales. Lo peor, dijo, es que la sociedad ahora está dominada por un frío individualismo.
"Al gobierno no le importa", dijo. "Quizás Putin está tratando de hacer algo, pero para la mayoría de la gente lo importante es sacar algo, meterse algo en el bolsillo. Sólo piensan en sí mismos".
Pudo comparar a Rusia cuando hizo su primer viaje al extranjero.
Un profesor de su escuela organizó un viaje en bus para pasar dos semanas en la República Checa. Le encantaba.
"Aquí es más limpio", dijo. "La gente de la República Checa es más amistosa. Y entienden mejor por qué trabajan, por qué ganan dinero.
"En Rusia en realidad tenemos una bardak", agregó, usando una jerga para burdel y que significa barullo.
En muchos sentidos, Fyodor es un típico adolescente ruso; en otros, no lo es. No bebe alcohol -algo que hace regularmente el 40 por ciento de los colegiales rusos, de acuerdo a cálculos recientes. No usa drogas. No fuma. Y resiste testarudamente la presión de sus amigos para que lo haga.
"Algunos de mis amigos dicen que no quieren morir sanos", dijo.
Vive en Kupchino, un vecindario de sombríos edificios de la era soviética, lejos del bello casco histórico de San Petersburgo. El patio de su edificio de apartamentos es un lugar de miedo, un punto de encuentro de alcohólicos y matones y "de gente de cara muy triste".
Fyodor hace lo posible por evitarlos, así como evita a los cabezas rapadas, la perniciosa subcultura de la juventud rusa, especialmente en San Petersburgo.
Sería difícil encontrar a alguien tan diferente de ellos. Él es delgado, con el pelo ondulado y largo, a menudo con una coleta. Aborrece la agresión que dice que está profundamente enraizada en la cultura rusa. En casa, toca la guitarra, rasgueando canciones de grupos como Depeche Mode y Nirvana, con Igor, su hermano menor.
Es de cuerpo fino, pero en muy buenas condiciones. Eso es el resultado de su pasión por el wushu, el arte marcial chino que enfatiza la defensa personal, los movimientos físicos precisos y una intensa disciplina mental. Practica cuatro veces a la semana.
Lamenta la calidad de la educación de las escuelas rusas, pero según sus propias confesiones, es un estudiante promedio. De hecho, no está claro si pensaría en estudiar en la universidad si no fuera un modo de evitar el servicio militar. Lo calificó de ser el mayor estimulante de la educación superior.
Las razones de Fyodor para no querer hacer el servicio son comunes. Desprecia la autoridad, por ejemplo, especialmente la de los militares. "Simplemente no aguanto las órdenes", dijo.
"Si alguien me ordenara limpiar un retrete, mi respuesta sería: Hazlo tú mismo'".
Otras razones incluyen la desgastante guerra en Chechenia, el brutal sistema de iniciación entre los reclutas y notorios casos de maltratos a los conscriptos por parte de oficiales".
La mejor esperanza de Fyodor para evitar el servicio militar sigue siendo la universidad, pero a medida que rinde los exámenes finales de la secundaria este mes, no ha ganado ninguna medalla de oro ni de plata por prestación académica, que facilitaría su camino hacia la admisión en la universidad.
En el primero de cinco exámenes sacó la nota más alta -un 5-, pero en el segundo sólo un 4. "No está mal", dijo, "pero no es excelente". Todavía no tiene los resultados del tercero, y debe terminar dos más antes de la graduación el 21 de junio. Los exámenes de admisión en la universidad serán tomados más tarde este verano.
Los próximos meses son cruciales para determinar su futuro, que es por lo que su familia ha recolectado los viejos diagnósticos médicos.
Cuando se le pregunta qué es precisamente lo que tiene, da respuestas vagas. De niño se cayó, dice. Cuando tenía 10, dice, se golpeó la cabeza con la esquina de la cama. También ofreció una lista de otros males. "No puedo estar en clases demasiado tiempo", dijo. "Me sangra la nariz. Me duele la cabeza". También mencionó una presión alta y una "mala adaptación a la sociedad".
Sus planes de futuro son igualmente vagos. Después de la universidad dijo que le gustaría convertirse en maestro de wushu, y enseñarlo a otros. El wushu, dijo, le había enseñado una filosofía básica.
"El mejor guerrero", dijo, "sabe que lo mejor es evitar el combate".
11 de junio de 2005
©hnew york times
©traducción mQh
por una sopa de tiburón
[Keith Bradsher] Disneyland en China ofrece una sopa y termina cocinado.
Hong Kong, China. El Pato Donald y sus amigos están siendo involucrados en una inusual confrontación entre la sensibilidad occidental y las tradiciones chinas, encendiendo un debate que tiene zumbando a esta ciudad.
Todo comenzó cuando Hong Kong Disneyland, un nuevo parque temático cuya inauguración se programa para el 12 de septiembre, anunció que serviría sopa de aletas de tiburón -un plato pegajoso, vigoroso y escaso, que ha sido un favorito de los chinos durante dos siglos.
Pero los planes para esta delicia culinaria, que serían servidos en banquetes de bodas, han provocado una airada respuesta de activistas ambientalistas. Dicen que tantos tiburones terminan flotando en esta sopa en estos días que temen que no queden suficientes nadando en los océanos del planeta.
Evitando verse como el americano feo en China, la Walt Disney Company ha tomado cuidadosas medidas para mostrar su aprecio por las tradiciones chinas, diciendo que está simplemente adoptando normas locales.
"El plato es considerado una parte integral de un banquete de bodas chino", dijo Esther Wong, portavoz de la compañía. "Desde que HongKong Disneyland se estableció en Asia nos creímos en la obligación de ofrecer una opción".
Aunque todavía no ha servido ni un solo plato de sopa de aleta de tiburón, la prominente imagen de Disney la transforma en un blanco natural. En esta prolongada riña sobre qué tiburones comer, un grupo, la She Shepherd Conservation Society, ha hecho imprimir camisetas con el Ratón Micky y el Pato Donald blandiendo cuchillos y mirando sádicamente a tres tiburones desangrándose tras perder sus aletas.
"Ellos dicen que es cultural. ¿Significa eso que Disneyland en Japón va ahora a vender hamburguesas de ballena?", preguntó el viernes Paul Watson, fundador y presidente de la sociedad de protección animal, en Harbor, Washington.
Otro grupo, la Animals Asia Foundation, ha aprovechado el tema para subrayar su preocupación de que la creciente riqueza de China ha conducido a un creciente apetito por las especies raras. Comer crías de leopardo, serpientes exóticas y osos hormigueros escamosos conocidos como pangolins, tanto por el prestigio que otorga y los supuestos beneficios para la salud, se ha hecho tan popular que los defensores de los animales temen que se ponga en peligro a especies enteras.
Las autoridades de Hong Kong han interceptado 1.800 pingüinos congelados en una playa que estaban siendo contrabandeados hacia restaurantes chinos continentales.
Empleados de Disney mantienen su posición, diciendo que la sopa de aleta de tiburón seguirá en el menú aquí para los banquetes de bodas, un lucrativo negocio para los parques temáticos de la compañía en todo el mundo.
Pero, reconociendo las críticas, Disney también dice que cualquiera que pida una sopa de aleta de tiburón en el banquete de bodas recibirá un folleto señalando la reducción del número de tiburones. Wong dijo que Disney sugerirá platos alternativos, pero seguirá sirviendo sopa de aleta de tiburón a los clientes que la pidan.
La sopa en el Disneyland de Hong Kong no será preparada con las aletas de tres especies de tiburones protegidas por un acuerdo internacional que restringe el comercio en especies amenazadas o en peligro de extinción, dijo Wong. Las aletas de las tres especies -los tiburones blancos, los peregrinos y las ballenas- no pueden ser comercializados internacionalmente sin permisos especiales.
Esas garantías formales no han impedido a escolares aquí de firmar juramentos para boicotear al Disneyland de Hong Kong. Los grupos ambientalistas de aquí y en Estados Unidos están organizando peticiones online llamando a la compañía a cambiar de curso.
Sharon Chan, un alumno de noveno que ayudó a organizar el boicot contra Disney de aquí, dice que "si siguen matando tiburones para hacer sopa de aletas, los tiburones se extinguirán y seguramente morirán".
Científicos marinos dicen que no es probable que desaparezcan como especie. Pero las poblaciones de algunas de las especies más grandes y más cazadas se han reducido considerablemente. Investigadores de la Universidad de Dalhousie en Halifax, Nova Scotia, constató una reducción de 89 por ciento en la población del Atlántico Norte de una especie favorita de dibujantes, el pez martillo.
La industria del catering de Hong Kong y los comerciantes de tiburones de Sai Ying Poon, una conejera de callejones que es el centro del comercio mundial en aletas de tiburón, temen que las críticas a Disney no sean más que la primera ola de una amenaza más grande a uno de los platos más lucrativos de la hostelería. Alarmados por artículos en primera plana en diarios locales sobre la controversia, acusan a los críticos de Disney de "imperialismo cultural" y falta de respeto por las tradiciones chinas.
Cheung Yu-yan, miembro del parlamento de Hong Kong, elegido por los hosteleros de la ciudad, dijo que los chefs no hacían más que servir lo que quería el público.
"Es siempre popular -no puedes hacer dinero con tus clientes si no tienes sopa de aleta de tiburón", dijo Cheung. La sopa, dijo, puede costar hasta 150 dólares en los mejores restaurantes, y bromeó sobre que si los tiburones no fueran comidos, podrían estar acechando cerca de las playas.
Una mañana reciente en Sai Ying Poon, Leung Siu-leung estaba poniendo a secar colas de tiburón azul en esteras de juncos. Leung acusó a los occidentales incitar las objeciones contra el consumo de aletas de tiburón.
"Es una diferencia cultural", dijo. "Ellos no lo comen, así que lo ven diferente".
A pesar de la vigorosa defensa, hay algunos indicios de que aquí las normas están cambiando. Un personaje de caricaturas que es un tiburón aquí en Hong Kong, James Fin H20, es una mascota del Ocean Park, un parque de diversiones y conservación marina que fomenta el respeto por los tiburones. Ocean Park ha sacado la sopa de aleta de tiburón del menú de los banquetes de bodas que se celebran aquí.
Pero Ocean Park se opone a una antigua tradición. Ho Pui-yin, profesor de historia de la Universidad China de Hong Kong, dijo que los pueblos costeños de China conocen una tradición centenaria de servir pescados valiosos en los banquetes de bodas y en otras ocasiones importantes.
Las aletas de tiburón, asociadas con el peligro y la juventud, se hicieron populares a fines del siglo 18 y principios del 19 cuando empezaron a mejorar las condiciones de vida. La demanda se disparó a fines del siglo 20, cuando también se dispararon los ingresos.
En los últimos cinco años han habido signos de preocupaciones ambientales sobre el consumo de aletas de tiburón en Hong Kong, Taiwán e incluso en China, dijo el profesor Ho.
El presidente de Taiwán, Chen Shui-bian, anunció hace cuatro años que no se serviría sopa de aleta de pescado en las bodas de su hija. En su lugar se sirvieron exquisiteces locales, como testículos de pollo, que se parecen ligeramente a granos de arroz y se cocinan en vino para un plato que se cree que aumenta la virilidad.
Alan Lee, propietario de la Kwam Yi Trading Company, donde hace poco el olor a pescado seco provenía de enormes sacos blancos llenos de aletas, se quejó de que ahora muchos restaurantes elegantes compran menos de una décima parte de lo que compraban a principios de los años ochenta.
La parte más estrafalia de la controversia sobre la aleta de pescado es que incluso los aficionados reconocen que las aletas mismas prácticamente no tienen sabor. El sabor viene de la sopa, mientras que las aletas son apreciadas por su textura.
"Si se siente pegajosa en la boca y en la lengua", dijo Lee, "es que está bien".
17 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Hong Kong, China. El Pato Donald y sus amigos están siendo involucrados en una inusual confrontación entre la sensibilidad occidental y las tradiciones chinas, encendiendo un debate que tiene zumbando a esta ciudad.Todo comenzó cuando Hong Kong Disneyland, un nuevo parque temático cuya inauguración se programa para el 12 de septiembre, anunció que serviría sopa de aletas de tiburón -un plato pegajoso, vigoroso y escaso, que ha sido un favorito de los chinos durante dos siglos.
Pero los planes para esta delicia culinaria, que serían servidos en banquetes de bodas, han provocado una airada respuesta de activistas ambientalistas. Dicen que tantos tiburones terminan flotando en esta sopa en estos días que temen que no queden suficientes nadando en los océanos del planeta.
Evitando verse como el americano feo en China, la Walt Disney Company ha tomado cuidadosas medidas para mostrar su aprecio por las tradiciones chinas, diciendo que está simplemente adoptando normas locales.
"El plato es considerado una parte integral de un banquete de bodas chino", dijo Esther Wong, portavoz de la compañía. "Desde que HongKong Disneyland se estableció en Asia nos creímos en la obligación de ofrecer una opción".
Aunque todavía no ha servido ni un solo plato de sopa de aleta de tiburón, la prominente imagen de Disney la transforma en un blanco natural. En esta prolongada riña sobre qué tiburones comer, un grupo, la She Shepherd Conservation Society, ha hecho imprimir camisetas con el Ratón Micky y el Pato Donald blandiendo cuchillos y mirando sádicamente a tres tiburones desangrándose tras perder sus aletas.
"Ellos dicen que es cultural. ¿Significa eso que Disneyland en Japón va ahora a vender hamburguesas de ballena?", preguntó el viernes Paul Watson, fundador y presidente de la sociedad de protección animal, en Harbor, Washington.
Otro grupo, la Animals Asia Foundation, ha aprovechado el tema para subrayar su preocupación de que la creciente riqueza de China ha conducido a un creciente apetito por las especies raras. Comer crías de leopardo, serpientes exóticas y osos hormigueros escamosos conocidos como pangolins, tanto por el prestigio que otorga y los supuestos beneficios para la salud, se ha hecho tan popular que los defensores de los animales temen que se ponga en peligro a especies enteras.
Las autoridades de Hong Kong han interceptado 1.800 pingüinos congelados en una playa que estaban siendo contrabandeados hacia restaurantes chinos continentales.
Empleados de Disney mantienen su posición, diciendo que la sopa de aleta de tiburón seguirá en el menú aquí para los banquetes de bodas, un lucrativo negocio para los parques temáticos de la compañía en todo el mundo.
Pero, reconociendo las críticas, Disney también dice que cualquiera que pida una sopa de aleta de tiburón en el banquete de bodas recibirá un folleto señalando la reducción del número de tiburones. Wong dijo que Disney sugerirá platos alternativos, pero seguirá sirviendo sopa de aleta de tiburón a los clientes que la pidan.
La sopa en el Disneyland de Hong Kong no será preparada con las aletas de tres especies de tiburones protegidas por un acuerdo internacional que restringe el comercio en especies amenazadas o en peligro de extinción, dijo Wong. Las aletas de las tres especies -los tiburones blancos, los peregrinos y las ballenas- no pueden ser comercializados internacionalmente sin permisos especiales.
Esas garantías formales no han impedido a escolares aquí de firmar juramentos para boicotear al Disneyland de Hong Kong. Los grupos ambientalistas de aquí y en Estados Unidos están organizando peticiones online llamando a la compañía a cambiar de curso.
Sharon Chan, un alumno de noveno que ayudó a organizar el boicot contra Disney de aquí, dice que "si siguen matando tiburones para hacer sopa de aletas, los tiburones se extinguirán y seguramente morirán".
Científicos marinos dicen que no es probable que desaparezcan como especie. Pero las poblaciones de algunas de las especies más grandes y más cazadas se han reducido considerablemente. Investigadores de la Universidad de Dalhousie en Halifax, Nova Scotia, constató una reducción de 89 por ciento en la población del Atlántico Norte de una especie favorita de dibujantes, el pez martillo.
La industria del catering de Hong Kong y los comerciantes de tiburones de Sai Ying Poon, una conejera de callejones que es el centro del comercio mundial en aletas de tiburón, temen que las críticas a Disney no sean más que la primera ola de una amenaza más grande a uno de los platos más lucrativos de la hostelería. Alarmados por artículos en primera plana en diarios locales sobre la controversia, acusan a los críticos de Disney de "imperialismo cultural" y falta de respeto por las tradiciones chinas.
Cheung Yu-yan, miembro del parlamento de Hong Kong, elegido por los hosteleros de la ciudad, dijo que los chefs no hacían más que servir lo que quería el público.
"Es siempre popular -no puedes hacer dinero con tus clientes si no tienes sopa de aleta de tiburón", dijo Cheung. La sopa, dijo, puede costar hasta 150 dólares en los mejores restaurantes, y bromeó sobre que si los tiburones no fueran comidos, podrían estar acechando cerca de las playas.
Una mañana reciente en Sai Ying Poon, Leung Siu-leung estaba poniendo a secar colas de tiburón azul en esteras de juncos. Leung acusó a los occidentales incitar las objeciones contra el consumo de aletas de tiburón.
"Es una diferencia cultural", dijo. "Ellos no lo comen, así que lo ven diferente".
A pesar de la vigorosa defensa, hay algunos indicios de que aquí las normas están cambiando. Un personaje de caricaturas que es un tiburón aquí en Hong Kong, James Fin H20, es una mascota del Ocean Park, un parque de diversiones y conservación marina que fomenta el respeto por los tiburones. Ocean Park ha sacado la sopa de aleta de tiburón del menú de los banquetes de bodas que se celebran aquí.
Pero Ocean Park se opone a una antigua tradición. Ho Pui-yin, profesor de historia de la Universidad China de Hong Kong, dijo que los pueblos costeños de China conocen una tradición centenaria de servir pescados valiosos en los banquetes de bodas y en otras ocasiones importantes.
Las aletas de tiburón, asociadas con el peligro y la juventud, se hicieron populares a fines del siglo 18 y principios del 19 cuando empezaron a mejorar las condiciones de vida. La demanda se disparó a fines del siglo 20, cuando también se dispararon los ingresos.
En los últimos cinco años han habido signos de preocupaciones ambientales sobre el consumo de aletas de tiburón en Hong Kong, Taiwán e incluso en China, dijo el profesor Ho.
El presidente de Taiwán, Chen Shui-bian, anunció hace cuatro años que no se serviría sopa de aleta de pescado en las bodas de su hija. En su lugar se sirvieron exquisiteces locales, como testículos de pollo, que se parecen ligeramente a granos de arroz y se cocinan en vino para un plato que se cree que aumenta la virilidad.
Alan Lee, propietario de la Kwam Yi Trading Company, donde hace poco el olor a pescado seco provenía de enormes sacos blancos llenos de aletas, se quejó de que ahora muchos restaurantes elegantes compran menos de una décima parte de lo que compraban a principios de los años ochenta.
La parte más estrafalia de la controversia sobre la aleta de pescado es que incluso los aficionados reconocen que las aletas mismas prácticamente no tienen sabor. El sabor viene de la sopa, mientras que las aletas son apreciadas por su textura.
"Si se siente pegajosa en la boca y en la lengua", dijo Lee, "es que está bien".
17 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
sin diploma
[Timothy Egan] Sin diploma, y sin poder volver a la clase media.
Spokane, Washington, Estados Unidos. Durante su vida adulta, Jeff Martinelli se ha casado tres veces y enterrado a una, víctima de un cáncer. Ha tenido un hijo y lo ha visto criar al suyo propio. En todo esto, una cosa era constante: un trabajo en una fábrica que era su billete de entrada a la clase media.
No fue sino hasta que desapareció su trabajo y que trató de encontrar otra cosa -cualquier cosa- para mantenerse cercano a la seguridad de su vida anterior que Martinelli se dio cuenta abruptamente del destino que espera a un trabajador sin diploma universitario en la América del siglo 21.
Su trabajo consistía en operar maquinarias pesadas, manejando un guiso de bauxita fundida en Kaiser Aluminium, que era en el pasado uno de los trabajos mejor pagados en esta ciudad de 200.000 habitantes. Su salud está bien. No carece de ambición. Pero para gente como Martinelli, el mundo ha cambiado.
"Para un tipo como yo, sin educación universitaria, allá fuera se ha vuelto muy poco prometedor", dijo Martinelli, 50, que pasa por los altibajos de la vida con un resignado encogimiento de hombros.
Su hijo Caleb ya sabe cómo es allá fuera. Desde que terminara la secundaria, Caleb ha tenido seis trabajos, ninguno de ellos muy promisorio. Ahora de 28, puede no acceder nunca a la clase media, dijo. Pero para su padre y otros de una generación que pudo contar con una vida confortable sin tener un diploma, la caída de la clase media es un shock. Habían estado congelados en otra época, en la que los obreros de Kaiser podían comprar coches nuevos, disfrutar de vacaciones decentes y contar con los beneficios de un seguro de salud completo.
Han visto puertas de fábricas cerradas, y no abren. Han seguido cursos de re-adiestramiento para trabajos donde ganarían la mitad de sus antiguos salarios. Y mientras van de trabajo en trabajo, se les recuerda constantemente una cosa que destaca en sus currículos: la educación terminó con el diploma de la secundaria.
No se trata solamente de que la economía norteamericana haya perdido seis millones de empleos en la manufactura en las últimas tres décadas; es que el valor de mercado de lo que se quedan sin trabajo, gente como Jeff Martinelli, ha bajado considerablemente en sus vidas, abriendo una brecha que deja a millones de trabajadores de cuello azul en los márgenes de la clase media.
Y los cambios van más allá del taller en la fábrica. Mark McClellan entró a Kaiser y ascendió de los hornos a la dirección. Lo hizo trabajando turnos extras y aprendiendo todo lo que pudo sobre el negocio del aluminio.
Sin embargo, cuando Kaiser cerró en 2001, McClellan descubrió que el mercado laboral no otorgaba tanto valor a sus habilidades como a cuatro años de universidad. Tenía la experiencia, construida en toda una vida, pero no el diploma. Y por eso, dijo, era un hombre marcado.
Todavía vive en una magnífica casa en uno de los barrios más bonitos de la ciudad, y conduce un enorme Jeep blanco. Pero no es más que fachada.
"Me veo como si fuera de clase media", dijo McClellan, 45, con una cara cuadrada y honesta, y un barril como pecho. "Pero no soy de clase media. Mi bote se está hundiendo a toda velocidad".
Para cuando estos dos hombres de Kaiser se quedaron sin trabajo, un hombre en la cincuentena con un diploma universitario podía esperar ganar un 81 por ciento más que un hombre de la misma edad pero apenas con la escuela secundaria. Cuando empezaron a trabajar, la brecha era de sólo un 52 por ciento. Otros estudios muestran cifras diferentes, pero la misma tendencia -la enorme disparidad que surgió en sus vidas.
Martinelli se niega a compadecerse a sí mismo. Ahora tiene un trabajo en el control de plagas, matando hormigas y arañas en las casas de la gente, ganando apenas la mitad del dinero que ganaba como fundidor de Kaiser, donde un trabajador con su experiencia podía ganar unos 60.000 dólares al año, en salario y beneficios.
"Por lo menos tengo trabajo", dijo. "Algunos de los tipos con los que trabajé no han encontrado nada todavía. Algunos perdieron sus casas".
Martinelli y otros ex obreros dicen que, con el tiempo, han llegado a temer que la caída de la clase media se transforme en permanente. Sus nuevas vidas -las frustrantes entrevistas de trabajo, las facturas que llegan con avisos escritos en rojo en el sobre- son consecuencias de una decisión tomada a los 18.
El veterano de la gerencia, McClellan, hijo de un médico, había terminado la secundaria cuando decidió que no necesitaba ir más lejos que la enorme fábrica en los bordes de la ciudad. Pensó en ir a la universidad. Pero cuando llegó a Kaiser, pensó que lo tenía todo.
Su padre, un médico general ahora muerto, le dio su bendición, e incluso el apoyó en su elección, dijo McClellan.
En esa época, la decisión de no ir a la universidad no era rara, incluso para un chico de clase media. A pesar de la carencia de formación o educación de McClellan, había una buena razón para creer que la fábrica de aluminio lo pondría en la seguridad de la clase media más rápidamente que un diploma de licenciado, dijo.
A los 22, era el capataz de un grupo. A los 28, supervisor. A los 32, estaba en la gerencia. Antes de su cumpleaños número 40, McClellan alcanzó la cúspide, y ganaba 100.000 dólares al año en bonos.
Sus amigos, gente con diplomas universitarios, ni se acercaban a lo que ganaba él, dijo McClellan.
"Tenía una casa con piscina, coches nuevos", dijo. "Mi esposa no tuvo que trabajar nunca. Estaba en el centro de la América de clase media. Lo sabía y me encantaba".
Martinelli, hombre de sindicato, apreciaba la vida de clase media todavía más debido a la distancia que tuvo que cubrir para llegar a ella. Recuerda cómo su estómago gruñía de noche cuando era niño, la humillación de la seguridad social, arrastrando mercaderías a casa en medio de la nieve en un pequeño carrito porque la familia no tenía coche.
"Me daba vergüenza", dijo.
Él era un estudiante C, sin demasiado futuro, recién salido de la secundaria, cuando tuvo su oportunidad: el trabajo en los talleres de la fábrica Kaiser. Dentro, eran turnos largos en torno a calientes hornos. Fuera, era el príncipe de Spokane.
Estudiantes universitarios trabajaban en la fábrica los veranos, y algunos nunca volvieron a las aulas.
"Sabías de gente que se iba de aquí a la universidad que tenían trabajos mejores, pero tenías un buen trabajo y estaba bien", dijo Mike Lacy, un amigo íntimo de Martinelli y trabajador de Kaiser.
El trabajo duró casi 30 años. Kaiser, agobiada por una serie de iniciativas fracasadas de la gerencia y una larga huelga, cerró la planta en 2001 y vendió la fábrica como chatarra.
McClellan tiene que encontrar trabajo todavía, y está viviendo de sus menguantes ahorros e inversiones de sus años en Kaiser, aunque sigue con planes de abrir su propio túnel de lavado de coches. Paga 900 dólares al mes por una póliza básica de salud -esencial para mantener viva a su esposa, Vicky, que padece de una rara enfermedad cerebral. Paga 500 dólares adicionales al mes en medicamentos. Él es tanto marido como enfermera.
"¿Estoy asustado?", dijo. "Sí, lo estoy".
Juró que su hijo David no tendría que hacer nunca el tipo de especulaciones que él. Incluso a los 16, David sabe lo que quiere: ir a la universidad y estudiar medicina. Dijo que su padre, al que ha visto luchar para balancear las tareas de enfermero residente y el pago de las facturas, se había transformado en un héroe a sus ojos.
Dijo que él no tomaría la misma decisión que su padre hace 27 años. "Aquí no hay nada que se parezca a la fábrica Kaiser", dijo.
McClellan está de acuerdo. Tiene una conclusión firme, después de haberse elevado de los talleres de la fábrica sólo para ser empujado abajo: "Ahora ya no puedes subir trabajando".
16 de junio de 2005
24 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Spokane, Washington, Estados Unidos. Durante su vida adulta, Jeff Martinelli se ha casado tres veces y enterrado a una, víctima de un cáncer. Ha tenido un hijo y lo ha visto criar al suyo propio. En todo esto, una cosa era constante: un trabajo en una fábrica que era su billete de entrada a la clase media.No fue sino hasta que desapareció su trabajo y que trató de encontrar otra cosa -cualquier cosa- para mantenerse cercano a la seguridad de su vida anterior que Martinelli se dio cuenta abruptamente del destino que espera a un trabajador sin diploma universitario en la América del siglo 21.
Su trabajo consistía en operar maquinarias pesadas, manejando un guiso de bauxita fundida en Kaiser Aluminium, que era en el pasado uno de los trabajos mejor pagados en esta ciudad de 200.000 habitantes. Su salud está bien. No carece de ambición. Pero para gente como Martinelli, el mundo ha cambiado.
"Para un tipo como yo, sin educación universitaria, allá fuera se ha vuelto muy poco prometedor", dijo Martinelli, 50, que pasa por los altibajos de la vida con un resignado encogimiento de hombros.
Su hijo Caleb ya sabe cómo es allá fuera. Desde que terminara la secundaria, Caleb ha tenido seis trabajos, ninguno de ellos muy promisorio. Ahora de 28, puede no acceder nunca a la clase media, dijo. Pero para su padre y otros de una generación que pudo contar con una vida confortable sin tener un diploma, la caída de la clase media es un shock. Habían estado congelados en otra época, en la que los obreros de Kaiser podían comprar coches nuevos, disfrutar de vacaciones decentes y contar con los beneficios de un seguro de salud completo.
Han visto puertas de fábricas cerradas, y no abren. Han seguido cursos de re-adiestramiento para trabajos donde ganarían la mitad de sus antiguos salarios. Y mientras van de trabajo en trabajo, se les recuerda constantemente una cosa que destaca en sus currículos: la educación terminó con el diploma de la secundaria.
No se trata solamente de que la economía norteamericana haya perdido seis millones de empleos en la manufactura en las últimas tres décadas; es que el valor de mercado de lo que se quedan sin trabajo, gente como Jeff Martinelli, ha bajado considerablemente en sus vidas, abriendo una brecha que deja a millones de trabajadores de cuello azul en los márgenes de la clase media.
Y los cambios van más allá del taller en la fábrica. Mark McClellan entró a Kaiser y ascendió de los hornos a la dirección. Lo hizo trabajando turnos extras y aprendiendo todo lo que pudo sobre el negocio del aluminio.
Sin embargo, cuando Kaiser cerró en 2001, McClellan descubrió que el mercado laboral no otorgaba tanto valor a sus habilidades como a cuatro años de universidad. Tenía la experiencia, construida en toda una vida, pero no el diploma. Y por eso, dijo, era un hombre marcado.
Todavía vive en una magnífica casa en uno de los barrios más bonitos de la ciudad, y conduce un enorme Jeep blanco. Pero no es más que fachada.
"Me veo como si fuera de clase media", dijo McClellan, 45, con una cara cuadrada y honesta, y un barril como pecho. "Pero no soy de clase media. Mi bote se está hundiendo a toda velocidad".
Para cuando estos dos hombres de Kaiser se quedaron sin trabajo, un hombre en la cincuentena con un diploma universitario podía esperar ganar un 81 por ciento más que un hombre de la misma edad pero apenas con la escuela secundaria. Cuando empezaron a trabajar, la brecha era de sólo un 52 por ciento. Otros estudios muestran cifras diferentes, pero la misma tendencia -la enorme disparidad que surgió en sus vidas.
Martinelli se niega a compadecerse a sí mismo. Ahora tiene un trabajo en el control de plagas, matando hormigas y arañas en las casas de la gente, ganando apenas la mitad del dinero que ganaba como fundidor de Kaiser, donde un trabajador con su experiencia podía ganar unos 60.000 dólares al año, en salario y beneficios.
"Por lo menos tengo trabajo", dijo. "Algunos de los tipos con los que trabajé no han encontrado nada todavía. Algunos perdieron sus casas".
Martinelli y otros ex obreros dicen que, con el tiempo, han llegado a temer que la caída de la clase media se transforme en permanente. Sus nuevas vidas -las frustrantes entrevistas de trabajo, las facturas que llegan con avisos escritos en rojo en el sobre- son consecuencias de una decisión tomada a los 18.
El veterano de la gerencia, McClellan, hijo de un médico, había terminado la secundaria cuando decidió que no necesitaba ir más lejos que la enorme fábrica en los bordes de la ciudad. Pensó en ir a la universidad. Pero cuando llegó a Kaiser, pensó que lo tenía todo.
Su padre, un médico general ahora muerto, le dio su bendición, e incluso el apoyó en su elección, dijo McClellan.
En esa época, la decisión de no ir a la universidad no era rara, incluso para un chico de clase media. A pesar de la carencia de formación o educación de McClellan, había una buena razón para creer que la fábrica de aluminio lo pondría en la seguridad de la clase media más rápidamente que un diploma de licenciado, dijo.
A los 22, era el capataz de un grupo. A los 28, supervisor. A los 32, estaba en la gerencia. Antes de su cumpleaños número 40, McClellan alcanzó la cúspide, y ganaba 100.000 dólares al año en bonos.
Sus amigos, gente con diplomas universitarios, ni se acercaban a lo que ganaba él, dijo McClellan.
"Tenía una casa con piscina, coches nuevos", dijo. "Mi esposa no tuvo que trabajar nunca. Estaba en el centro de la América de clase media. Lo sabía y me encantaba".
Martinelli, hombre de sindicato, apreciaba la vida de clase media todavía más debido a la distancia que tuvo que cubrir para llegar a ella. Recuerda cómo su estómago gruñía de noche cuando era niño, la humillación de la seguridad social, arrastrando mercaderías a casa en medio de la nieve en un pequeño carrito porque la familia no tenía coche.
"Me daba vergüenza", dijo.
Él era un estudiante C, sin demasiado futuro, recién salido de la secundaria, cuando tuvo su oportunidad: el trabajo en los talleres de la fábrica Kaiser. Dentro, eran turnos largos en torno a calientes hornos. Fuera, era el príncipe de Spokane.
Estudiantes universitarios trabajaban en la fábrica los veranos, y algunos nunca volvieron a las aulas.
"Sabías de gente que se iba de aquí a la universidad que tenían trabajos mejores, pero tenías un buen trabajo y estaba bien", dijo Mike Lacy, un amigo íntimo de Martinelli y trabajador de Kaiser.
El trabajo duró casi 30 años. Kaiser, agobiada por una serie de iniciativas fracasadas de la gerencia y una larga huelga, cerró la planta en 2001 y vendió la fábrica como chatarra.
McClellan tiene que encontrar trabajo todavía, y está viviendo de sus menguantes ahorros e inversiones de sus años en Kaiser, aunque sigue con planes de abrir su propio túnel de lavado de coches. Paga 900 dólares al mes por una póliza básica de salud -esencial para mantener viva a su esposa, Vicky, que padece de una rara enfermedad cerebral. Paga 500 dólares adicionales al mes en medicamentos. Él es tanto marido como enfermera.
"¿Estoy asustado?", dijo. "Sí, lo estoy".
Juró que su hijo David no tendría que hacer nunca el tipo de especulaciones que él. Incluso a los 16, David sabe lo que quiere: ir a la universidad y estudiar medicina. Dijo que su padre, al que ha visto luchar para balancear las tareas de enfermero residente y el pago de las facturas, se había transformado en un héroe a sus ojos.
Dijo que él no tomaría la misma decisión que su padre hace 27 años. "Aquí no hay nada que se parezca a la fábrica Kaiser", dijo.
McClellan está de acuerdo. Tiene una conclusión firme, después de haberse elevado de los talleres de la fábrica sólo para ser empujado abajo: "Ahora ya no puedes subir trabajando".
16 de junio de 2005
24 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
quién está loco
[Benedict Carey] El miedo obsesivo a las serpientes, melancolía, y una guerra en psiquiatría.
Un estudiante universitario se obsesiona tanto con el aseo de su dormitorio que se empieza a dejar ver en sus notas. Un ejecutivo de Nueva York le tiene un pánico mortal a las serpientes pero vive en Manhattan y sale rara vez de la ciudad donde podría toparse con alguna. Un técnico informático, profundamente ansioso con los extraños evita las reuniones sociales y compañía y es pasado por alto en los ascensos.
¿Sufren estas personas de enfermedades mentales?
En un informe dado a conocer la semana pasada, investigadores calcularon que más de la mitad de los estadounidenses desarrollarán desórdenes mentales en sus vidas, planteando preguntas sobre dónde termina la salud mental y dónde empieza la enfermedad.
De hecho, los psiquiatras no tienen una buena respuesta, y los límites entre la enfermedad mental y lo normal se ha transformado en una línea de batalla que divide a la profesión en dos campos visceralmente opuestos.
A un lado están los médicos que dicen que la definición de enfermedad mental debería ser lo suficientemente amplia como para incluir condiciones leves, que pueden hacer que la gente se sienta miserable y a menudo conduce posteriormente a problemas más graves.
Al otro están los expertos que dicen que las definiciones actuales deberían ser precisadas para asegurarse de que recursos limitados se destinen a los que más necesidad tienen de ellos y preservar la credibilidad de la profesión ante un público que a menudo se burla de aseveraciones de que muchos americanos sufren de desórdenes mentales.
La cuestión no es solamente filosófica: dónde tracen los psiquiatras la línea puede determinar no solamente la disposición de los aseguradores a pagar por los servicios, sino también el futuro de la investigación sobre desórdenes mentales moderados y ligeros. Directa e indirectamente, también moldeará las decisiones de millones de personas que agonizan sobre si ellos o sus seres queridos tienen necesidad de compañía, son meramente excéntricos o sufren la estrés de las luchas del día a día.
"Este argumento se está recalentando", dijo el doctor Darrel Regier, director de investigación de la Asociación Americana de Psiquiatría, "porque estamos en el proceso de revisar el manual de diagnósticos", el catálogo de desórdenes mentales sobre el que se basan la investigación, el tratamiento y la profesión misma.
Se espera que la próxima edición del manual aparezca en 2010 o 2011 "y hay un continuo debate en la comunidad científica sobre cuáles es la definición de la enfermedad clínica", dijo Regier.
Durante más de un siglo los psiquiatras han estado buscando en vano durante más de un siglo algún marcados biológico de la enfermedad mental. Aunque existe un promisorio trabajo en genética y resonancia cerebral, no es probable que los investigadores consigan nada parecido a un análisis de sangre de la enfermedad mental, dejándoles con lo que han tenido siempre: observaciones de la conducta, y respuestas de pacientes a preguntas sobre cómo se sienten y qué severa es su condición.
La gravedad está en el centro del debate. ¿Son los bajones de ánimo suficientemente fuertes como para que alguien no vaya a su trabajo? ¿Interrumpe la ansiedad en situaciones sociales la amistad y desbarata las relaciones amorosas?
Los aseguradores han desde hace tiempo incorporado medidas de severidad en decisiones sobre qué cubrir. El doctor Alex Rodríguez, el oficial médico de salud mental de los Servicios de Salud Magellan, el asegurador de enfermedades mentales más grande del país, dijo que Magellan usaba diferentes tests estandarizados para medir en cuánto un problema estaba interfiriendo con la vida de uno. La compañía está relacionando su propia escala para determinar el funcionamiento de la gente. "Es una herramienta que permitirá que el terapeuta supervise el progreso del paciente de sesión en sesión", dijo.
Aunque la edición actual del catálogo de desórdenes mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría incluye la severidad de condición como parte del diagnóstico, algunos especialistas dicen que estas medidas no son suficientemente duras ni suficientemente específicas.
El doctor Stuart Kirk, profesor de bienestar social en la Universidad de California, Los Angeles, que ha criticado el manual, da ejemplos de qué podrían clasificarse como un desorden mental bajo las actuales guías de diagnósticos: un estudiante universitario que cada mes o algo así bebe tanta cerveza el domingo por la noche que pierde las clases de química a las 8 de la mañana del lunes, bajando sus notas; o un profesional de edad mediana que se fuma un porrete de vez en cuando y luego conduce hacia un restaurante, corriendo el riesgo de ser detenido.
"Aunque quizás representa un mal juicio", escribió Kirk en un correo electrónico, esos casos "la mayoría de la gente no los consideraría enfermedad mental, y no deberían serlo, porque no representan un estado interno subyacente de patología mental".
Separando a los serios de los leves -preguntando, digamos: "¿Vas alguna vez al doctor a hablar sobre tu problema, has hablado con alguien sobre esto?"- tiene un efecto significativo sobre quién puede ser considerado mentalmente incapacitado.
Después de que los investigadores informaran en un gran sondeo nacional en 1994 de que un 30 por ciento de los adultos americanos sufrían de una enfermedad mental el año pasado, Regier y otros volvieron a estudiar los datos, tomando en cuenta si la gente habían comunicado sus problemas mentales a un terapeuta o a un amigo había recibido tratamiento o habían tomado otras medidas.
Hallaron que el número de gente que puede ser calificada en un diagnóstico de enfermedad mental el año previo bajó en picado en un 20 por ciento; las tasas de desorden mental se redujeron entre un tercio y la mitad.
Pero limitar la cuenta solamente a los que han tomado alguna medida no entrega una imagen precisa del alcance de la enfermedad, dicen otros investigadores, que han criticado duramente los intentos de ignorar las estimaciones de frecuencia.
El doctor Robert Spitzer, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia y el principal arquitecto de la tercera edición del manual de diagnósticos, escribió en una carta a The Archives of Psychiatry que "muchos desórdenes físicos son a menudo transitorios y leves y no requieren tratamiento (por ejemplo, agudas infecciones virales o ciática). Sería absurdo reconocer esas condiciones sólo cuando tuvieron tratamiento".
Agregó: "No debemos revisar criterios de diagnóstico que nos ayudan a hacer diagnósticos estandarizados clínicamente válidos para hacer que los datos de frecuencia en la comunidad sean más fáciles para justificarse ante un público escéptico".
El doctor Ronald Kessler, profesor de políticas de salud de Harvard y principal autor de un sondeo de 1994 y el sondeo nacional publicado la semana pasada, dijo que estrujar los diagnósticos para que muchos casos leves no aparezcan, podría dejar ciega a la profesión ante un grupo de gente que debería gozar de más atención, no de menos.
"Sabemos que hay migrañas, estado que coloca a la gente en un estado de riesgo más alto, como la hipertensión para las enfermedades cardíacas, que tratan los médicos", dijo. "Puedes llamar a estas condiciones mentales más leves como quieras, y puedes decidir tratarlas o no, pero si no las identificas, desaparecen del radar, y no sabes casi nada sobre ellas".
En un sondeo dado a conocer la semana pasada, Kessler y sus colegas hallaron que la mitad de los desórdenes empezaron a los 14 años, y tres cuartos a los 24. "Esta gente que a los 25 o después son alcohólicos deprimidos, quizás tienen problemas con la ley, han perdido sus relaciones y, desde mi perspectiva, necesitamos investigar y descubrir que está pasando antes de que lleguen a ese estado de desesperación", dijo Kessler.
Una condición cuya frecuencia estimada ha rebotado como una pelota de pingpong en este debate es la fobia social, una extrema ansiedad en situaciones sociales. En un sondeo de 1984, los investigadores identificaron la fobia social principalmente preguntando sobre el temor excesivo de hablar en público. En un año encontraron una tasa de frecuencia de 1.7 por ciento.
Pero los psiquiatras concluyeron pronto que otros tipos de miedos, incluyendo el de comer en público o de usar los servicios públicos, eran variaciones de la fobia social. Cuando en 1994 estas y otras cuestiones fueron incluidas, la tasa de frecuencia subió al 7.4 por ciento.
Regier revaluó los datos usando un criterio diferente de severidad y encontraron una tasa mucho más baja: 3.2 por ciento. La semana pasada, Kessler informó de una tasa de 6.8 por ciento.
"Puedes ver por qué la gente no cree en estas cifras, porque cambian dependiendo de cómo analizas los datos", dijo el doctor David Mechanic, director del Instituto de Salud, Cuidado Médico e Investigación Geriátrica de la Universidad de Rutgers.
Sin embargo, el alcance de la severidad de la enfermedad tienen consecuencias reales en la vida de gente como Paul Pusateri, 48, un analista comercial de Baltimore.
Pusateri dijo que estaba terminando en la universidad cuando, en su veintena, tuvo un ataque de pánico cuando estaba preparando un discurso. Logró construir una carrera y familia a pesar de ataques de ansiedad antes de discursos y reuniones. Pero finalmente, después de dos décadas tras los primeros síntomas, llegó a un punto en que temía incluso las reuniones pequeñas o de persona a persona con familiares o colegas.
"Es muy bizarro; la única manera en que puedo describir el sentimiento es: imagina que vas caminando por la calle en la noche y alguien pone una pistola en tu cara y amenaza con matarte -vivir ese estado de terror antes de una reunión de trabajo rutinaria", dijo.
Pusatari dijo que, quizás inconscientemente, aplicó varios criterios de severidad a sus propias crecientes problemas mentales. Dijo que fijó demasiado arriba el umbral: sólo cuando empezó a estropear sus presentaciones en el trabajo, y luego temiendo perderlo, le contó a su esposa que pensaba que tenía problemas. Su esposa había mirado a un psicólogo sobre la fobia social en televisión, y pronto recibió ayuda.
Se considera afortunado de haber encontrado un diagnóstico, para no decir nada del terapeuta. "En ese momento yo estaba desesperado, mi vida estaba en peligro", dijo.
Sin embargo, a pesar de las diferencias exteriores, y según algunas definiciones estrictas, pudo no haber sido clasificado como una persona con un desorden hasta que no emprendió hacer algo.
En los próximos años la oficina de Regier será responsables de aclarar los umbrales de la enfermedad para el siguiente manual de diagnóstico, para identificar de alguna manera casos difíciles como este, mientras se sigue conservando la credibilidad ante los aseguradores y el público en general.
Después de una prolongada controversia el año pasado sobre el uso de antidepresivos en los niños, la mayoría de los expertos dicen que lo último que necesita la psiquiatría ahora es que este proceso se transforme en una lucha pública sobre quién está enfermo y quién no.
Pero esta guerra puede ser difícil de evitar. Los dos lados están demasiado apartes, los debates sobre el manual de diagnóstico son tradicionalmente polémicos y a pesar de una creciente apertura sobre las enfermedades mentales, el público tiende a mostrarse escéptico sobre cualquier cifra de frecuencia de unos pocos puntos.
"Ese es el problema", dijo Regier. "La gente oye hablar de estas tasas de frecuencia más altas y empiezan a pensar inmediatamente sobre la esquizofrenia severa incapacitante. Pero sabemos que los sondeos incluyen un montón de casos ligeros, y tenemos que preguntarnos qué importancia tienen".
14 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Un estudiante universitario se obsesiona tanto con el aseo de su dormitorio que se empieza a dejar ver en sus notas. Un ejecutivo de Nueva York le tiene un pánico mortal a las serpientes pero vive en Manhattan y sale rara vez de la ciudad donde podría toparse con alguna. Un técnico informático, profundamente ansioso con los extraños evita las reuniones sociales y compañía y es pasado por alto en los ascensos.¿Sufren estas personas de enfermedades mentales?
En un informe dado a conocer la semana pasada, investigadores calcularon que más de la mitad de los estadounidenses desarrollarán desórdenes mentales en sus vidas, planteando preguntas sobre dónde termina la salud mental y dónde empieza la enfermedad.
De hecho, los psiquiatras no tienen una buena respuesta, y los límites entre la enfermedad mental y lo normal se ha transformado en una línea de batalla que divide a la profesión en dos campos visceralmente opuestos.
A un lado están los médicos que dicen que la definición de enfermedad mental debería ser lo suficientemente amplia como para incluir condiciones leves, que pueden hacer que la gente se sienta miserable y a menudo conduce posteriormente a problemas más graves.
Al otro están los expertos que dicen que las definiciones actuales deberían ser precisadas para asegurarse de que recursos limitados se destinen a los que más necesidad tienen de ellos y preservar la credibilidad de la profesión ante un público que a menudo se burla de aseveraciones de que muchos americanos sufren de desórdenes mentales.
La cuestión no es solamente filosófica: dónde tracen los psiquiatras la línea puede determinar no solamente la disposición de los aseguradores a pagar por los servicios, sino también el futuro de la investigación sobre desórdenes mentales moderados y ligeros. Directa e indirectamente, también moldeará las decisiones de millones de personas que agonizan sobre si ellos o sus seres queridos tienen necesidad de compañía, son meramente excéntricos o sufren la estrés de las luchas del día a día.
"Este argumento se está recalentando", dijo el doctor Darrel Regier, director de investigación de la Asociación Americana de Psiquiatría, "porque estamos en el proceso de revisar el manual de diagnósticos", el catálogo de desórdenes mentales sobre el que se basan la investigación, el tratamiento y la profesión misma.
Se espera que la próxima edición del manual aparezca en 2010 o 2011 "y hay un continuo debate en la comunidad científica sobre cuáles es la definición de la enfermedad clínica", dijo Regier.
Durante más de un siglo los psiquiatras han estado buscando en vano durante más de un siglo algún marcados biológico de la enfermedad mental. Aunque existe un promisorio trabajo en genética y resonancia cerebral, no es probable que los investigadores consigan nada parecido a un análisis de sangre de la enfermedad mental, dejándoles con lo que han tenido siempre: observaciones de la conducta, y respuestas de pacientes a preguntas sobre cómo se sienten y qué severa es su condición.
La gravedad está en el centro del debate. ¿Son los bajones de ánimo suficientemente fuertes como para que alguien no vaya a su trabajo? ¿Interrumpe la ansiedad en situaciones sociales la amistad y desbarata las relaciones amorosas?
Los aseguradores han desde hace tiempo incorporado medidas de severidad en decisiones sobre qué cubrir. El doctor Alex Rodríguez, el oficial médico de salud mental de los Servicios de Salud Magellan, el asegurador de enfermedades mentales más grande del país, dijo que Magellan usaba diferentes tests estandarizados para medir en cuánto un problema estaba interfiriendo con la vida de uno. La compañía está relacionando su propia escala para determinar el funcionamiento de la gente. "Es una herramienta que permitirá que el terapeuta supervise el progreso del paciente de sesión en sesión", dijo.
Aunque la edición actual del catálogo de desórdenes mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría incluye la severidad de condición como parte del diagnóstico, algunos especialistas dicen que estas medidas no son suficientemente duras ni suficientemente específicas.
El doctor Stuart Kirk, profesor de bienestar social en la Universidad de California, Los Angeles, que ha criticado el manual, da ejemplos de qué podrían clasificarse como un desorden mental bajo las actuales guías de diagnósticos: un estudiante universitario que cada mes o algo así bebe tanta cerveza el domingo por la noche que pierde las clases de química a las 8 de la mañana del lunes, bajando sus notas; o un profesional de edad mediana que se fuma un porrete de vez en cuando y luego conduce hacia un restaurante, corriendo el riesgo de ser detenido.
"Aunque quizás representa un mal juicio", escribió Kirk en un correo electrónico, esos casos "la mayoría de la gente no los consideraría enfermedad mental, y no deberían serlo, porque no representan un estado interno subyacente de patología mental".
Separando a los serios de los leves -preguntando, digamos: "¿Vas alguna vez al doctor a hablar sobre tu problema, has hablado con alguien sobre esto?"- tiene un efecto significativo sobre quién puede ser considerado mentalmente incapacitado.
Después de que los investigadores informaran en un gran sondeo nacional en 1994 de que un 30 por ciento de los adultos americanos sufrían de una enfermedad mental el año pasado, Regier y otros volvieron a estudiar los datos, tomando en cuenta si la gente habían comunicado sus problemas mentales a un terapeuta o a un amigo había recibido tratamiento o habían tomado otras medidas.
Hallaron que el número de gente que puede ser calificada en un diagnóstico de enfermedad mental el año previo bajó en picado en un 20 por ciento; las tasas de desorden mental se redujeron entre un tercio y la mitad.
Pero limitar la cuenta solamente a los que han tomado alguna medida no entrega una imagen precisa del alcance de la enfermedad, dicen otros investigadores, que han criticado duramente los intentos de ignorar las estimaciones de frecuencia.
El doctor Robert Spitzer, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia y el principal arquitecto de la tercera edición del manual de diagnósticos, escribió en una carta a The Archives of Psychiatry que "muchos desórdenes físicos son a menudo transitorios y leves y no requieren tratamiento (por ejemplo, agudas infecciones virales o ciática). Sería absurdo reconocer esas condiciones sólo cuando tuvieron tratamiento".
Agregó: "No debemos revisar criterios de diagnóstico que nos ayudan a hacer diagnósticos estandarizados clínicamente válidos para hacer que los datos de frecuencia en la comunidad sean más fáciles para justificarse ante un público escéptico".
El doctor Ronald Kessler, profesor de políticas de salud de Harvard y principal autor de un sondeo de 1994 y el sondeo nacional publicado la semana pasada, dijo que estrujar los diagnósticos para que muchos casos leves no aparezcan, podría dejar ciega a la profesión ante un grupo de gente que debería gozar de más atención, no de menos.
"Sabemos que hay migrañas, estado que coloca a la gente en un estado de riesgo más alto, como la hipertensión para las enfermedades cardíacas, que tratan los médicos", dijo. "Puedes llamar a estas condiciones mentales más leves como quieras, y puedes decidir tratarlas o no, pero si no las identificas, desaparecen del radar, y no sabes casi nada sobre ellas".
En un sondeo dado a conocer la semana pasada, Kessler y sus colegas hallaron que la mitad de los desórdenes empezaron a los 14 años, y tres cuartos a los 24. "Esta gente que a los 25 o después son alcohólicos deprimidos, quizás tienen problemas con la ley, han perdido sus relaciones y, desde mi perspectiva, necesitamos investigar y descubrir que está pasando antes de que lleguen a ese estado de desesperación", dijo Kessler.
Una condición cuya frecuencia estimada ha rebotado como una pelota de pingpong en este debate es la fobia social, una extrema ansiedad en situaciones sociales. En un sondeo de 1984, los investigadores identificaron la fobia social principalmente preguntando sobre el temor excesivo de hablar en público. En un año encontraron una tasa de frecuencia de 1.7 por ciento.
Pero los psiquiatras concluyeron pronto que otros tipos de miedos, incluyendo el de comer en público o de usar los servicios públicos, eran variaciones de la fobia social. Cuando en 1994 estas y otras cuestiones fueron incluidas, la tasa de frecuencia subió al 7.4 por ciento.
Regier revaluó los datos usando un criterio diferente de severidad y encontraron una tasa mucho más baja: 3.2 por ciento. La semana pasada, Kessler informó de una tasa de 6.8 por ciento.
"Puedes ver por qué la gente no cree en estas cifras, porque cambian dependiendo de cómo analizas los datos", dijo el doctor David Mechanic, director del Instituto de Salud, Cuidado Médico e Investigación Geriátrica de la Universidad de Rutgers.
Sin embargo, el alcance de la severidad de la enfermedad tienen consecuencias reales en la vida de gente como Paul Pusateri, 48, un analista comercial de Baltimore.
Pusateri dijo que estaba terminando en la universidad cuando, en su veintena, tuvo un ataque de pánico cuando estaba preparando un discurso. Logró construir una carrera y familia a pesar de ataques de ansiedad antes de discursos y reuniones. Pero finalmente, después de dos décadas tras los primeros síntomas, llegó a un punto en que temía incluso las reuniones pequeñas o de persona a persona con familiares o colegas.
"Es muy bizarro; la única manera en que puedo describir el sentimiento es: imagina que vas caminando por la calle en la noche y alguien pone una pistola en tu cara y amenaza con matarte -vivir ese estado de terror antes de una reunión de trabajo rutinaria", dijo.
Pusatari dijo que, quizás inconscientemente, aplicó varios criterios de severidad a sus propias crecientes problemas mentales. Dijo que fijó demasiado arriba el umbral: sólo cuando empezó a estropear sus presentaciones en el trabajo, y luego temiendo perderlo, le contó a su esposa que pensaba que tenía problemas. Su esposa había mirado a un psicólogo sobre la fobia social en televisión, y pronto recibió ayuda.
Se considera afortunado de haber encontrado un diagnóstico, para no decir nada del terapeuta. "En ese momento yo estaba desesperado, mi vida estaba en peligro", dijo.
Sin embargo, a pesar de las diferencias exteriores, y según algunas definiciones estrictas, pudo no haber sido clasificado como una persona con un desorden hasta que no emprendió hacer algo.
En los próximos años la oficina de Regier será responsables de aclarar los umbrales de la enfermedad para el siguiente manual de diagnóstico, para identificar de alguna manera casos difíciles como este, mientras se sigue conservando la credibilidad ante los aseguradores y el público en general.
Después de una prolongada controversia el año pasado sobre el uso de antidepresivos en los niños, la mayoría de los expertos dicen que lo último que necesita la psiquiatría ahora es que este proceso se transforme en una lucha pública sobre quién está enfermo y quién no.
Pero esta guerra puede ser difícil de evitar. Los dos lados están demasiado apartes, los debates sobre el manual de diagnóstico son tradicionalmente polémicos y a pesar de una creciente apertura sobre las enfermedades mentales, el público tiende a mostrarse escéptico sobre cualquier cifra de frecuencia de unos pocos puntos.
"Ese es el problema", dijo Regier. "La gente oye hablar de estas tasas de frecuencia más altas y empiezan a pensar inmediatamente sobre la esquizofrenia severa incapacitante. Pero sabemos que los sondeos incluyen un montón de casos ligeros, y tenemos que preguntarnos qué importancia tienen".
14 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
niños soldados en nepal
[John Lancaster] Intocables son usados por los rebeldes en violenta guerra.
Birmuni, Nepal. Suraj Damai, 14, estaba jugando voleibol en el patio de la escuela cuando cinco guerrilleros maoístas emergieron de los bosques que rodean este miserable pueblo montañés. Blandiendo bombas caseras, anunciaron que había llegado la hora de que Damai "hiciera algo por la revolución", dijo. "Tenía mucho miedo".
Pero Damai pronto identificó a sus secuestradores. Raptado con cuatro amigos esa tarde hace 13 meses, fue asignado a la troupe cultural como cantante, indoctrinado en la guerra de clases y le enseñaron a manejar un rifle de cerrojo. El comandante local, cuyo nombre de guerra era Sky, se transformó en una especie de padre. "Yo lo quería", dijo.
La historia de la breve carrera de Damai como guerrillero, que terminó con su captura por el ejército el verano pasado, arroja luces sobre uno de los aspectos más inquietantes de la oscura pero escalante guerra entre insurgentes maoístas y el gobierno del rey Gyanendra -el uso rutinario y aparentemente extendido de niños soldados, muchos de los cuales son secuestrados de sus aldeas contra su voluntad.
Como en el caso de Damia, los maoístas a menudo concentran sus esfuerzos de reclutamiento de "intocables", que según algunos cálculos constituyen casi un quinto de los 27 millones de habitantes de Nepal y ocupan el escalón más bajo del rígido sistema de castas. Como resultado, fuerzas de seguridad tienden a tratar con desconfianza a la mayoría de los intocables, o dalits, aumentando su vulnerabilidad a varias formas de discriminación y abuso, de acuerdo a grupos de derechos humanos.
Aunque no hay datos concretos sobre el número de niños soldados en Nepal, evidencias anecdóticas sugiere que el fenómeno ha aumentado desde el colapso de la tregua en 2003, de acuerdo a Watchlist, un grupo de Nueva York no-gubernamental que supervisa la utilización de niños en conflictos armados.
La organización también ha acusado a las fuerzas de seguridad nepalesas por usar niños como espías o informantes; Damai, por ejemplo, debió identificar a sus antiguos compañeros antes de ser finalmente dejado en libertad después de dos meses de estar bajo custodia en el ejército, dijeron él y su padre.
Una comisión de Naciones Unidas sobre derechos de los niños dijo este mes que era "altamente alarmada" de la cantidad de niños que han muerto en el conflicto y acusó a los maoístas de "secuestro y conscripción forzada de niños... para su adoctrinamiento político y su uso como combatientes, informantes, cocineros o cargadores, y como escudos humanos".
En una señal de creciente preocupación internacional, la oficina de UNICEF en Katmandú, la capital, está desarrollando un sistema de supervisión para trazar el uso de niños soldados y está también sentando las bases para programas de rehabilitación de milicianos menores de edad -una opción que de momento es inexistente en el país, de acuerdo a Noriko Izumi, operador de proyectos de la agencia.
El uso de niños soldados es parte de un mosaico más amplio de abusos por parte de los dos lados en una guerra que está destruyendo a este aislado y misterioso país de desesperante pobreza y picos del Himalaya. Desde 1996, cuando los maoístas lanzaron su anacrónica "guerra popular" contra la monarquía de 237 años de antigüedad, el conflicto se ha cobrado la vida de unas 12.000 personas, muchas de ellas no combatientes, de acuerdo a grupos de derechos humanos.
Según la mayoría de los informes, la situación se ha deteriorado desde el 1 de febrero, cuando Gyanendra, respaldado por el ejército real, despidió al gobierno, ordenó la detención de los opositores políticos, periodistas y activistas de derechos humanos e inició una amplia represión de la libertad de prensa y otras libertades civiles.
Gyanendra defendió las medidas sobre la base de que le permitiría tener las manos más libres para vérselas con los maoístas, pero de momento hay pocas evidencias de progreso. La semana pasada, los guerrilleros maoístas detonaron una mina debajo de un autobús con pasajeros al sur en Nepal, matando a 36 personas en uno de los más mortíferos atentados contra civiles de la guerra; el líder maoísta Pushpa
Kamal Dahal, que se hace llamar Prachanda, calificó el atentado con bomba de error.
"En la insurgencia no hay una solución rápida", reconoció en una entrevista el general de división Dipak Gurung, portavoz del ejército real. Atacamos algún lugar, los neutralizamos y aparecen en otra parte. No tenemos suficientes fuerzas como para erradicarlos completamente".
Damai, que tenía 13 cuando fue secuestrado por los maoístas el año pasado, es de mucho modos ejemplar de los jóvenes guerrilleros de casta baja que pueblan las filas de los insurgentes.
Un niño de ojos rasgados y tristes de maneras esquivas y unas greñas de pelo negro que se ve como si lo hubieran recortado con un machete, vivía con sus padres y tres hermanos en esta mezclada comunidad de dalits y indios de casta superior en las colinas de las nevadas cordilleras de Anapurna, a unos 200 kilómetros al noroeste de Katmandú.
Envuelta en los olores del humo de madera y estiércol, la aldea de casas de barro y piedras y diminutas terrazas agrícolas es un lugar de estrictas reglas no escritas, donde un dalit que toque accidentalmente la bomba de agua comunitaria cuando un aldeano de casta superior está rellenando sus jarras corre el riesgo de una regañina pública o incluso peor. Incluso ahora, Damia sigue estando consciente de su condición y cuando un extranjero le ofrece un paquete de patatitas, sacude su cabeza en señal de rechazo, no sea que contamine el contenido; las patatitas que recibió con la mano las engulló con hambre.
Hijo de un albañil, Damai abandonó la escuela poco después del segundo y, según su padre, desarrolló una veta rebelde. Hasta el día de hoy, Khadka Damai, 49, dijo que no estaba seguro de si su hijo había sido secuestrado por los maoístas o si se fue con ellos voluntariamente. Todo lo que sabe con seguridad es que envió a su hijo al bosque a cortar pasto para alimentar al búfalo de agua de la familia y no lo volvió a ver en cinco meses.
Cuando Damai siguió con la historia, dijo que no había nada voluntario en su partida, que ocurrió después de que hubiera terminado de cortar el pasto y se dirigiera hacia el patio de la escuela a jugar. Los cinco maoístas que lo secuestraron lo trataron "duramente pero sin decir nada", excepto que él y sus amigos serían "parte de nuestro equipo", dijo Damai.
Después de caminar durante dos días, llegó a una aldea que servía como base de unos 500 maoístas, muchos de ellos dalits y quizás 200 de ellos niños, calculó.
Interrogado sobre cómo quería contribuir a la revolución, "les dije que quería cantar", dijo Damai. Los maoístas lo asignaron a una troupe cultural de 16 personas, que cantaba y bailaba todas las noches para los cuadros. En el día, dijo Damai, "cortaba leña en el bosque" para la cocina.
Cada tres o cuatro días los nuevos reclutas eran instruidos en los rudimentos de la lucha de clases, con especial énfasis en las penurias de los intocables de Nepal y el papel de los maoístas en su liberación. Parcialmente como resultado, dijo Damai, "nunca traté de escapar de los maoístas. Aprendí que somos dalits y que todos nos discriminan, así que pensé que ser maoísta era bueno".
Todavía tiene cariñosos recuerdos del comandante maoísta, un hombre de unos 40 años que era uno de los pocos guerrilleros en el grupo con un rifle de asalto Kalashnikov. "Pensé que era un buen hombre", dijo.
Dejando de lado el adoctrinamiento político, los maoístas también lo prepararon para el combate. Le entregaron dos bombas -granadas improvisadas hechas de codos de tubos de hierro llamados enchufes- y un rifle de un solo tiro, aunque sin balas, con el que practicaba todos los días.
Pero Damai nunca pudo probar sus habilidades. Durante una balacera entre maoístas y el ejército el verano pasado, el niño y uno de sus colegas cantantes fueron hechos prisioneros. Los soldados los trasladaron a unas barracas del ejército en Beni, una bullente ciudad comercial a unas dos horas de su aldea.
Aunque Damai dijo que los soldados lo trataron bien, también lo obligaron a actuar como informante, asignándolo a un puesto de control del ejército de diez de la mañana a 6 de la tarde para que identificara a antiguos camaradas. Damai dijo que no llegó a hacerlo; después de dos meses, el ejército envió una carta a su padre informándole sobre el paradero de su hijo y pidiéndole que lo llevara a casa.
Lo entregaron a su padre con una escalofriante aviso. "Si su hijo vuelve con los maoístas", dijo uno de los soldados, según Damai, "lo mataremos".
14 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh
"
Birmuni, Nepal. Suraj Damai, 14, estaba jugando voleibol en el patio de la escuela cuando cinco guerrilleros maoístas emergieron de los bosques que rodean este miserable pueblo montañés. Blandiendo bombas caseras, anunciaron que había llegado la hora de que Damai "hiciera algo por la revolución", dijo. "Tenía mucho miedo".Pero Damai pronto identificó a sus secuestradores. Raptado con cuatro amigos esa tarde hace 13 meses, fue asignado a la troupe cultural como cantante, indoctrinado en la guerra de clases y le enseñaron a manejar un rifle de cerrojo. El comandante local, cuyo nombre de guerra era Sky, se transformó en una especie de padre. "Yo lo quería", dijo.
La historia de la breve carrera de Damai como guerrillero, que terminó con su captura por el ejército el verano pasado, arroja luces sobre uno de los aspectos más inquietantes de la oscura pero escalante guerra entre insurgentes maoístas y el gobierno del rey Gyanendra -el uso rutinario y aparentemente extendido de niños soldados, muchos de los cuales son secuestrados de sus aldeas contra su voluntad.
Como en el caso de Damia, los maoístas a menudo concentran sus esfuerzos de reclutamiento de "intocables", que según algunos cálculos constituyen casi un quinto de los 27 millones de habitantes de Nepal y ocupan el escalón más bajo del rígido sistema de castas. Como resultado, fuerzas de seguridad tienden a tratar con desconfianza a la mayoría de los intocables, o dalits, aumentando su vulnerabilidad a varias formas de discriminación y abuso, de acuerdo a grupos de derechos humanos.
Aunque no hay datos concretos sobre el número de niños soldados en Nepal, evidencias anecdóticas sugiere que el fenómeno ha aumentado desde el colapso de la tregua en 2003, de acuerdo a Watchlist, un grupo de Nueva York no-gubernamental que supervisa la utilización de niños en conflictos armados.
La organización también ha acusado a las fuerzas de seguridad nepalesas por usar niños como espías o informantes; Damai, por ejemplo, debió identificar a sus antiguos compañeros antes de ser finalmente dejado en libertad después de dos meses de estar bajo custodia en el ejército, dijeron él y su padre.
Una comisión de Naciones Unidas sobre derechos de los niños dijo este mes que era "altamente alarmada" de la cantidad de niños que han muerto en el conflicto y acusó a los maoístas de "secuestro y conscripción forzada de niños... para su adoctrinamiento político y su uso como combatientes, informantes, cocineros o cargadores, y como escudos humanos".
En una señal de creciente preocupación internacional, la oficina de UNICEF en Katmandú, la capital, está desarrollando un sistema de supervisión para trazar el uso de niños soldados y está también sentando las bases para programas de rehabilitación de milicianos menores de edad -una opción que de momento es inexistente en el país, de acuerdo a Noriko Izumi, operador de proyectos de la agencia.
El uso de niños soldados es parte de un mosaico más amplio de abusos por parte de los dos lados en una guerra que está destruyendo a este aislado y misterioso país de desesperante pobreza y picos del Himalaya. Desde 1996, cuando los maoístas lanzaron su anacrónica "guerra popular" contra la monarquía de 237 años de antigüedad, el conflicto se ha cobrado la vida de unas 12.000 personas, muchas de ellas no combatientes, de acuerdo a grupos de derechos humanos.
Según la mayoría de los informes, la situación se ha deteriorado desde el 1 de febrero, cuando Gyanendra, respaldado por el ejército real, despidió al gobierno, ordenó la detención de los opositores políticos, periodistas y activistas de derechos humanos e inició una amplia represión de la libertad de prensa y otras libertades civiles.
Gyanendra defendió las medidas sobre la base de que le permitiría tener las manos más libres para vérselas con los maoístas, pero de momento hay pocas evidencias de progreso. La semana pasada, los guerrilleros maoístas detonaron una mina debajo de un autobús con pasajeros al sur en Nepal, matando a 36 personas en uno de los más mortíferos atentados contra civiles de la guerra; el líder maoísta Pushpa
Kamal Dahal, que se hace llamar Prachanda, calificó el atentado con bomba de error.
"En la insurgencia no hay una solución rápida", reconoció en una entrevista el general de división Dipak Gurung, portavoz del ejército real. Atacamos algún lugar, los neutralizamos y aparecen en otra parte. No tenemos suficientes fuerzas como para erradicarlos completamente".
Damai, que tenía 13 cuando fue secuestrado por los maoístas el año pasado, es de mucho modos ejemplar de los jóvenes guerrilleros de casta baja que pueblan las filas de los insurgentes.
Un niño de ojos rasgados y tristes de maneras esquivas y unas greñas de pelo negro que se ve como si lo hubieran recortado con un machete, vivía con sus padres y tres hermanos en esta mezclada comunidad de dalits y indios de casta superior en las colinas de las nevadas cordilleras de Anapurna, a unos 200 kilómetros al noroeste de Katmandú.
Envuelta en los olores del humo de madera y estiércol, la aldea de casas de barro y piedras y diminutas terrazas agrícolas es un lugar de estrictas reglas no escritas, donde un dalit que toque accidentalmente la bomba de agua comunitaria cuando un aldeano de casta superior está rellenando sus jarras corre el riesgo de una regañina pública o incluso peor. Incluso ahora, Damia sigue estando consciente de su condición y cuando un extranjero le ofrece un paquete de patatitas, sacude su cabeza en señal de rechazo, no sea que contamine el contenido; las patatitas que recibió con la mano las engulló con hambre.
Hijo de un albañil, Damai abandonó la escuela poco después del segundo y, según su padre, desarrolló una veta rebelde. Hasta el día de hoy, Khadka Damai, 49, dijo que no estaba seguro de si su hijo había sido secuestrado por los maoístas o si se fue con ellos voluntariamente. Todo lo que sabe con seguridad es que envió a su hijo al bosque a cortar pasto para alimentar al búfalo de agua de la familia y no lo volvió a ver en cinco meses.
Cuando Damai siguió con la historia, dijo que no había nada voluntario en su partida, que ocurrió después de que hubiera terminado de cortar el pasto y se dirigiera hacia el patio de la escuela a jugar. Los cinco maoístas que lo secuestraron lo trataron "duramente pero sin decir nada", excepto que él y sus amigos serían "parte de nuestro equipo", dijo Damai.
Después de caminar durante dos días, llegó a una aldea que servía como base de unos 500 maoístas, muchos de ellos dalits y quizás 200 de ellos niños, calculó.
Interrogado sobre cómo quería contribuir a la revolución, "les dije que quería cantar", dijo Damai. Los maoístas lo asignaron a una troupe cultural de 16 personas, que cantaba y bailaba todas las noches para los cuadros. En el día, dijo Damai, "cortaba leña en el bosque" para la cocina.
Cada tres o cuatro días los nuevos reclutas eran instruidos en los rudimentos de la lucha de clases, con especial énfasis en las penurias de los intocables de Nepal y el papel de los maoístas en su liberación. Parcialmente como resultado, dijo Damai, "nunca traté de escapar de los maoístas. Aprendí que somos dalits y que todos nos discriminan, así que pensé que ser maoísta era bueno".
Todavía tiene cariñosos recuerdos del comandante maoísta, un hombre de unos 40 años que era uno de los pocos guerrilleros en el grupo con un rifle de asalto Kalashnikov. "Pensé que era un buen hombre", dijo.
Dejando de lado el adoctrinamiento político, los maoístas también lo prepararon para el combate. Le entregaron dos bombas -granadas improvisadas hechas de codos de tubos de hierro llamados enchufes- y un rifle de un solo tiro, aunque sin balas, con el que practicaba todos los días.
Pero Damai nunca pudo probar sus habilidades. Durante una balacera entre maoístas y el ejército el verano pasado, el niño y uno de sus colegas cantantes fueron hechos prisioneros. Los soldados los trasladaron a unas barracas del ejército en Beni, una bullente ciudad comercial a unas dos horas de su aldea.
Aunque Damai dijo que los soldados lo trataron bien, también lo obligaron a actuar como informante, asignándolo a un puesto de control del ejército de diez de la mañana a 6 de la tarde para que identificara a antiguos camaradas. Damai dijo que no llegó a hacerlo; después de dos meses, el ejército envió una carta a su padre informándole sobre el paradero de su hijo y pidiéndole que lo llevara a casa.
Lo entregaron a su padre con una escalofriante aviso. "Si su hijo vuelve con los maoístas", dijo uno de los soldados, según Damai, "lo mataremos".
14 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh
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garantía de trabajo
[Rama Lakshmi] Con millones de sus habitantes todavía en la pobreza, India considera una garantía de trabajo.
Jejuri, India. Kailash Jagtap, productor de mijo en el occidente de India, gasta siete horas al día excavando la tierra con una pala y colocándola en una plancha, que su esposa entonces carga en su cabeza. Otras veinte personas trabajan con ellos bajo el abrasante sol. Su misión es construir un estanque para almacenar agua de lluvia para revivir su reseca aldea.
En el proceso, también se ganan una vida al mínimo -7 kilos de trigo 50 centavos de dólar por día- en un programa oficial de obras públicas que garantiza trabajo manual a todos los que quieran en el estado de Maharashtra. El programa ha tenido tanto éxito que el gobierno espera reproducirlo a nivel nacional.
"La sequía de los dos últimos años ha estropeado nuestras vidas", dijo Jagtap, 38, que posee dos resecas acres y ha ayudado a construir varios otros estanques y caminos de tierra en los últimos dos años. "Mi granja está yerma y vendí todos mis búfalos y vacas. Este trabajo como excavador es todo lo que tengo, y ha impedido que mi familia pase hambre".
El programa de trabajo de Maharashtra, que ha estado en operación desde que una severa sequía afectara al estado en 1972, ha sido un salvavidas virtual para los pobres, permitiendo a los aldeanos pedir trabajo al gobierno si no pueden encontrar otros medios de vida.
Ahora el gobierno del Partido del Congreso en Nueva Delhi espera lanzar una garantía de trabajo en todo el país. Después de la promesa de las elecciones de 2004 de proporcionar un trabajo a cada familia en el campo, el gobierno introdujo al parlamento en diciembre la Ley de Garantía de Empleo Rural Nacional. Para comenzar, la ley garantiza 100 días de empleo por año a los campesinos más pobres.
"El objetivo es proveer de medios de vida a millones de familias pobres. Es una red de seguridad", dijo Prithviraj Chavan, un funcionario del despacho del primer ministro. La ley, que ahora estudia el parlamento, será probablemente aprobada en los próximos dos meses. "Esto pondrá algo de dinero en manos de los más pobres en los difíciles meses secos, de modo que no tengan que pelearse por el alimento. También permitirá la construcción de recursos rurales como caminos, canales y estructuras de almacenamiento de agua", dijo Chavan.
El programa, que garantizará por primera vez en toda India un "derecho al trabajo", puede costar unos 5.4 billones de dólares el primer año.
Muchos economistas han criticado la iniciativa, calificándola de limosna de bienestar populista que drenará los recursos del país. Dicen que la mejor manera de crear empleos es extendiendo el programa de reformas económicas que empezó en 1991, y lograr un crecimiento más alto.
La economía india ha crecido a un impresionante promedio de 8 por ciento en los últimos dos años y la proporción de la población que vive en pobreza absoluta se ha reducido al 27 por ciento. Sin embargo, los votantes en las elecciones nacionales de 2004, identificaron el desempleo como su principal preocupación.
Desde que India abriera su economía a la inversión extranjera en 1991 y empezara a quitar las reglamentaciones de la industria nacional, se han creado millones de trabajos en la industria privada, con enormes crecimientos en la rama de la tecnología de la información. Pero los cambios no hicieran mella en la tasa nacional de desempleo, que oficialmente es de algo más de 9 por ciento. En los hogares rurales, sin embargo, la tasa de desempleo es de 12 por ciento.
Casi un 60 por ciento del algo más de un billón de habitantes de este país todavía dependen de la agricultura para vivir, aunque casi 70 por ciento de granjas indias dependen solamente de la errática pluviosidad anual.
Hace dos años, cuando las precipitaciones estaban por debajo de los niveles normales en algunos distritos de Maharashtra, Jagtap y su mujer en inscribieron con el operador de desarrollo de la aldea para hacer trabajos manuales. El operador diseñó un plan para ensanchar los caminos, cavar zanjas y estanques, y en Jejuri plantar árboles frutales.
De acuerdo a una ley del estado, cuando 50 campesinos se reúnen y piden trabajo, el gobierno está legalmente obligado a presentar un proyecto de obras públicas dentro de 15 días.
"Los salarios no son muy altos, pero menos no tuvimos que emigrar a la ciudad a buscar trabajo", dijo Chaya, 34, la esposa de Jagtap, una mujer tímida con un sari estampado de flores.
En las últimas tres décadas, el gobierno de Maharashtra ha creado más de 4 billones de días de trabajo, y gastado unos 2 billones de dólares en el programa.
Pero como la mayoría de las cosas en India, acusaciones de una implementación defectuosa y corrupción persiguen al programa.
"Es trabajar por trabajar. La mayoría de los caminos de tierra desaparecen con las lluvias. Se construyen estructuras de almacenamiento de agua sin ningún estudio científico", dijo H.M. Desarda, un economista agrícola que presentó una petición ante la Corte Suprema de Bombay en 2003, pidiendo una revisión del programa. "Definitivamente ha sido beneficiosa para la gente pobre. Pero en muchos lugares el programa se ha reducido simplemente a hacer un hoyo y volver a rellenar".
Surjit Bhalla, consultora económica en el Banco Mundial, llama el programa nacional propuesto un "plan maestro para alentar la corrupción". En varios casos en Maharashtra, funcionarios y políticos a nivel local corruptos han agregado nombres de trabajadores inexistentes y obras públicas en los planos, y luego quedándose con el dinero.
"La gran mayoría de los indios desempleados poseen unos años de educación y poco probable que se presenten para hacer trabajos de excavación", dijo Bhalla.
Pero la sequía es un gran nivelador, de acuerdo a Jagtap.
"Puedes ser dueño de tierras, puedes ser educado. Pero cuando no llueve, todos en la aldea somos iguales", dijo mientras otros en el sitio de excavación asentían. "Finalmente terminas trabajando en un estanque con una pala y un pico en las manos".
14 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh
Jejuri, India. Kailash Jagtap, productor de mijo en el occidente de India, gasta siete horas al día excavando la tierra con una pala y colocándola en una plancha, que su esposa entonces carga en su cabeza. Otras veinte personas trabajan con ellos bajo el abrasante sol. Su misión es construir un estanque para almacenar agua de lluvia para revivir su reseca aldea.En el proceso, también se ganan una vida al mínimo -7 kilos de trigo 50 centavos de dólar por día- en un programa oficial de obras públicas que garantiza trabajo manual a todos los que quieran en el estado de Maharashtra. El programa ha tenido tanto éxito que el gobierno espera reproducirlo a nivel nacional.
"La sequía de los dos últimos años ha estropeado nuestras vidas", dijo Jagtap, 38, que posee dos resecas acres y ha ayudado a construir varios otros estanques y caminos de tierra en los últimos dos años. "Mi granja está yerma y vendí todos mis búfalos y vacas. Este trabajo como excavador es todo lo que tengo, y ha impedido que mi familia pase hambre".
El programa de trabajo de Maharashtra, que ha estado en operación desde que una severa sequía afectara al estado en 1972, ha sido un salvavidas virtual para los pobres, permitiendo a los aldeanos pedir trabajo al gobierno si no pueden encontrar otros medios de vida.
Ahora el gobierno del Partido del Congreso en Nueva Delhi espera lanzar una garantía de trabajo en todo el país. Después de la promesa de las elecciones de 2004 de proporcionar un trabajo a cada familia en el campo, el gobierno introdujo al parlamento en diciembre la Ley de Garantía de Empleo Rural Nacional. Para comenzar, la ley garantiza 100 días de empleo por año a los campesinos más pobres.
"El objetivo es proveer de medios de vida a millones de familias pobres. Es una red de seguridad", dijo Prithviraj Chavan, un funcionario del despacho del primer ministro. La ley, que ahora estudia el parlamento, será probablemente aprobada en los próximos dos meses. "Esto pondrá algo de dinero en manos de los más pobres en los difíciles meses secos, de modo que no tengan que pelearse por el alimento. También permitirá la construcción de recursos rurales como caminos, canales y estructuras de almacenamiento de agua", dijo Chavan.
El programa, que garantizará por primera vez en toda India un "derecho al trabajo", puede costar unos 5.4 billones de dólares el primer año.
Muchos economistas han criticado la iniciativa, calificándola de limosna de bienestar populista que drenará los recursos del país. Dicen que la mejor manera de crear empleos es extendiendo el programa de reformas económicas que empezó en 1991, y lograr un crecimiento más alto.
La economía india ha crecido a un impresionante promedio de 8 por ciento en los últimos dos años y la proporción de la población que vive en pobreza absoluta se ha reducido al 27 por ciento. Sin embargo, los votantes en las elecciones nacionales de 2004, identificaron el desempleo como su principal preocupación.
Desde que India abriera su economía a la inversión extranjera en 1991 y empezara a quitar las reglamentaciones de la industria nacional, se han creado millones de trabajos en la industria privada, con enormes crecimientos en la rama de la tecnología de la información. Pero los cambios no hicieran mella en la tasa nacional de desempleo, que oficialmente es de algo más de 9 por ciento. En los hogares rurales, sin embargo, la tasa de desempleo es de 12 por ciento.
Casi un 60 por ciento del algo más de un billón de habitantes de este país todavía dependen de la agricultura para vivir, aunque casi 70 por ciento de granjas indias dependen solamente de la errática pluviosidad anual.
Hace dos años, cuando las precipitaciones estaban por debajo de los niveles normales en algunos distritos de Maharashtra, Jagtap y su mujer en inscribieron con el operador de desarrollo de la aldea para hacer trabajos manuales. El operador diseñó un plan para ensanchar los caminos, cavar zanjas y estanques, y en Jejuri plantar árboles frutales.
De acuerdo a una ley del estado, cuando 50 campesinos se reúnen y piden trabajo, el gobierno está legalmente obligado a presentar un proyecto de obras públicas dentro de 15 días.
"Los salarios no son muy altos, pero menos no tuvimos que emigrar a la ciudad a buscar trabajo", dijo Chaya, 34, la esposa de Jagtap, una mujer tímida con un sari estampado de flores.
En las últimas tres décadas, el gobierno de Maharashtra ha creado más de 4 billones de días de trabajo, y gastado unos 2 billones de dólares en el programa.
Pero como la mayoría de las cosas en India, acusaciones de una implementación defectuosa y corrupción persiguen al programa.
"Es trabajar por trabajar. La mayoría de los caminos de tierra desaparecen con las lluvias. Se construyen estructuras de almacenamiento de agua sin ningún estudio científico", dijo H.M. Desarda, un economista agrícola que presentó una petición ante la Corte Suprema de Bombay en 2003, pidiendo una revisión del programa. "Definitivamente ha sido beneficiosa para la gente pobre. Pero en muchos lugares el programa se ha reducido simplemente a hacer un hoyo y volver a rellenar".
Surjit Bhalla, consultora económica en el Banco Mundial, llama el programa nacional propuesto un "plan maestro para alentar la corrupción". En varios casos en Maharashtra, funcionarios y políticos a nivel local corruptos han agregado nombres de trabajadores inexistentes y obras públicas en los planos, y luego quedándose con el dinero.
"La gran mayoría de los indios desempleados poseen unos años de educación y poco probable que se presenten para hacer trabajos de excavación", dijo Bhalla.
Pero la sequía es un gran nivelador, de acuerdo a Jagtap.
"Puedes ser dueño de tierras, puedes ser educado. Pero cuando no llueve, todos en la aldea somos iguales", dijo mientras otros en el sitio de excavación asentían. "Finalmente terminas trabajando en un estanque con una pala y un pico en las manos".
14 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh