luchador japonés de mongolia
[Bruce Wallace] El luchador sumo Asashoryu no es tan grande; ni siquiera es japonés. Pero en un deporte antiguo con una crisis moderna, es el señor del ring.
Tokio, Japón. Con apenas 140 kilos, Asashoryu no es el más grande de los barrigones que se contonean en el ring de tierra de este frío gimnasio de sumo, buscando alguien a quien zangolotear.
Pero es definitivamente el más malo.
Sus rivales parecen haber sido sacados a cincel de las montañas. Pero Asashoryu les da tirones de oreja y los obliga a doblar la rodilla. Les golpea con la palma de la mano en sus gargantas, para hacerlos retroceder. Los agarra por sus cinturones y los lanza por el aire fuera del cuadrilátero.
Juega con sus colegas luchadores como juega un gato con una pelota de playa.
El cuerpo color crema, casi impecable, de Asashoryu, es ahora el sol en rededor del cual da vueltas el deporte nacional de Japón. Apenas de 24 años y con cara de bebé, ha ganado desde 2003 seis de los últimos siete torneos más importantes, dominando el sumo del modo en que Tiger Woods dominó alguna vez el golf.
Es el único yokozuna reinante, el primero en un deporte que nunca ha tenido más de cuatro yokozunas a la vez, un luchador al que muchos califican como el mejor que ha visto Japón en la era de posguerra.
Y ni siquiera es japonés.
El verdadero nombre de Asashoryu es Dolgorsuren Dagvadorj, y es mongol. Nacido en una familia de luchadores en la capital del país central-asiático, Ulan Bator, llegó a Japón después de termina la secundaria, hace unos ocho años, un chico fuerte y de rasgos ruines que soñaba con el estrellato sumo. Adoptó el nombre de Asashoryu, que significa Dragón Azul de la Mañana', justo cuando una ola de extranjeros comenzaron a romper la barrera cultural que ha hecho del sumo durante largo tiempo el más japonés de los deportes.
La invasión extranjera está causando una revolución en el sumo, un deporte en el que se enfrentan hombres robustos en una corta explosión de violencia que termina cuando uno de ellos es arrojado fuera del ring o toca el suelo con cualquier parte del cuerpo que no sean sus pies.
El sumo puede haber tenido sus altibajos en sus 1.500 años de torneos registrados, pero han sido siempre altibajos japoneses. Según la leyenda la supremacía japonesa sobre las islas se estableció después de una lucha entre los dioses, y los rituales del deporte proporcionan vínculos con las raíces religiosas y militares de Japón.
Ahora con sus posiciones más altas ocupadas cada vez más por luchadores (rikishi) de otros país, el sumo se encuentra a la deriva. La asistencia está aflojando. No hay un luchador japonés emergente que capture el alma de los aficionados y ponga en jaque el poderío del mongol.
"Los japoneses no son buenos", dice Asashoryu despreciativamente, una mañana después de los ensayos. Se sienta a almorzar -un extenso almuerzo- con las piernas cruzadas en una colchoneta de tatami.
"La economía de Japón se ha desarrollado y la gente es más débil", dice, reflexionando mientras estira sus pulgares para estimular el sedentario hábito de jugar juegos electrónicos.
Asashoryu ríe, y lo acompañan en sus bien humorados movimientos de cabeza incluso los luchadores japoneses que están a la mesa. (El yokosuna está acostumbrado a que la gente se ría de sus chistes). En contraste, dice, los veranos que pasó en las estepas de Mongolia, durmiendo en una tienda, cuidando ovejas y montando a caballo, fueron las cosas que le dieron la dureza que exige el sumo.
"El mundo del sumo es difícil", dice, mientras los otros luchadores rellenan obedientemente sus platos de espagueti y cerdo, tofu y arroz (tres cuencos), una tortilla e innumerables tazas de té.
Los luchadores no sólo deben ganan torneos para ser reconocidos como yokosuna, sino además ser aceptado por los regentes del sumo como un hombre de carácter ejemplar. El énfasis en el ritual y conductas culturales significa que el deporte tiene claramente más en común con una ceremonia de té que con el béisbol. Un yokosuna no solamente desempeña un papel ritual en expulsar a los malos espíritus del ring antes de la pelea, sino también es el maestro de un séquito de otros rikishi.
Asashoryu no es el primer yokosuna extranjero. En 1992, el canadiense Chad Rowan, de 237 kilos, que peleó bajo el nombre de Akebono, se transformó en el primer luchador de fuera de Japón en obtener esa condición. Los logros de Akebono fue equiparados por un peso similar de Samoa, Hawai, llamado Musashimaru, conocido en su familia como Fiamalu Penitani, que se transformó en el segundo yokosuna extranjero en 1999.
Pero los primeros extranjeros eran desconocidos, renegados que treparon las murallas con actos solistas basados fundamentalmente en su abrumador tamaño. En contraste, la corriente erosión del dominio japonés ha marcado una revolución dentro del deporte que comenzó a fines de los años noventa. Enfrentado a un agudo descenso en el número de adolescentes japoneses que optan por dedicarse a sí mismos al rígido modo de vida sumo, los administradores de los gimnasios del deporte, o propietarios de clubes, enviaron delegados a Asia y Europa a buscar nuevos talentos.
Cientos de aspirantes a rikishi llegaron a Japón pare ver si sus capacidades no cultivadas y fuerza les podrían proporcionar un hueco en el único circuito profesional de sumo del mundo. Para un deporte con una identidad cada vez más global, hay un solo lugar donde actuar: en el lugar de nacimiento y hogar espiritual del sumo. Ahora hay 61 rikishi extranjeros en Japón entre los más de 700 luchadores en el ránking, incluyendo a 37 mongoles.
El reparto actual del sumo incluye lugares como Rusia, Bulgaria, China, Estonia, Tonga y Brasil. Casi una de tres posiciones en la división superior está ocupada por un luchador extranjero. Si hay alguien que amenaza el dominio de Asashoryu es Hakuho, otro mongol que, a los 19, ya se ha convertido en un favorito de multitudes en Japón.
Aficionados al sumo en Mongolia proclaman la noticia de los éxitos de su compatriota. Pero los aficionados japoneses se están apartando del sumo a favor de deportes más elegantes como el fútbol, o formas híbridas de lucha como el K-1, un carnaval de lucha extrema que funde las artes marciales con las bravuconadas callejeras. El K-1 ha incluso seducido a Akebono para sacarlo de su retiro y ponerlo de vuelta en el ring (ha perdido miserablemente todas sus seis peleas) y ha reclutado a uno de los hermanos de Asashoryu, Sumiyabazar, para mudarse a Japón y pelear bajo el nombre de Lobo Azul.
Entretanto, el recién concluido Gran Torneo Sumo del Nuevo Año, ganado nuevamente Asashoryu, que ganó 15 luchas consecutivas, se realizó en Tokio ante estadios semi vacíos. Algunos editores de revistas de sumo dicen que su tiraje es ahora la mitad de lo que era hace diez años. Dadas esas malas noticias, uno tendería a pensar que los japoneses estarían agradecidos de Asashoryu, cuyos éxitos son un recordatorio de que el sumo gira sobre técnicas, y no es solamente una cuestión de volumen. Pero Asashoryu ha pasado más dificultades tratando de ganarse el alma de los japoneses, que peleando.
Los japoneses tradicionalmente esperan que su yokosunas muestren tanta emoción como una máscara de teatro noh -en otras palabras, ninguna. Se supone que los campeones posee hinkaku': sentido de la dignidad y la elegancia. Es por eso que hay tantos murmullos sobre la muy poco japonesa exuberancia de Asashoryu en el ring y su tendencia a meterse en problemas fuera de él.
Los puristas no toman a la ligera sus celebraciones con los puños, o el modo en que mira a los árbitros, o cómo termina una pelea con un empujón extra a los rivales que ya están fuera del ring. Resienten el uso de su mano izquierda en lugar de la tradicional derecha cuando echa sal en el ring (dohyo), en el ritual de purificación antes de una pelea.
Y señalan una serie de incidentes que ha llevado a algunos de los aficionados y funcionarios de sumo a proponer abiertamente que Asashoryu sea despojado de su condición de yokosuna. (Los yokosunas no son nunca degradados. Si sus capacidades empiezan a desteñir, deben retirarse).
Hubo una notoria descalificación en 2003 en una pelea por tirar el nudo de cabeza -el pelo cuidadosamente peinado y sujeto con alfileres- de su compatriota mongol Kyokushuzan. Tres días más tarde, Asashoryu y Kyokushuzan reanudaron su pelea cuando empezaron a retarse en unos baños públicos donde habían estado bañándose juntos.
La policía debió ser llamada al gimnasio de Asashoryu el verano pasado cuando los vecinos informaron haber oído gritos de borracho muy tarde por la noche y amenazas entre el luchador y su entrenador. Los diarios informaron que sus colegas luchadores debieron sujetar a Asashoryu después de que los dos hombres empezaran a discutir sobre la división del botín obtenido con la venta de los derechos de prensa sobre el matrimonio del yokosuna.
Finalmente, la condición de extranjero de Asashoryu recibió una atención no solicitada en otoño pasado cuando tres de sus parientes mongoles que habían venido a Japón para su boda se quedaron en el país y encontraron trabajo en una fábrica sin tener permisos de trabajo. Fueron deportados después de ser detenidos en una redada policial.
La prensa japonesa se ha regocijado con los escándalos de Asashoryu. Lo apodaron Genghis Khan' y El Matón de Bator'.
"Por supuesto, la prensa hace alborotos sobre mí", dice Asashoryu, minimizando sus problemas. "Sería lo mismo si en Estados Unidos un extranjero se hiciera campión de alguno de vuestros deportes nacionales".
"Pero los japoneses son muy generosos. En el mundo de la lucha, es importante demostrar que haces lo que puedes. Yo sé que si me esfuerzo, los japoneses terminarán aceptándome".
No son ganas las que le faltan a Asashoryu. Creció en una familia donde su padre y dos hermanos mayores eran luchadores aficionados -su hermano mayor llevó la bandera de Mongolia en las ceremonias de apertura de los Juegos Olímpicos de 1996 en Atlanta- y él fue obligado a luchar desde muy joven.
"Yo era el bebé", dice Asashoryu. "Éramos pobres, y mi padre era una figura fuerte. Yo soñaba en ser como él. Mi hermano mayor es cien veces más fuerte que yo. Así que he sido siempre muy, muy competitivo".
Tan competitivo que frunce el ceño cuando ve el nuevo muñeco de Asashoryu de 25 centímetros que la Asociación Japonesa de Sumo ha puesto en el mercado como parte de una campaña de fomento de una serie de figuras de acción.
"Se parece a mí, pero la cara no muestra la seriedad cuando estoy en el ring", se queja. "Me gustaría que me pusieran una cara más agresiva".
Otros luchadores dicen que el "espíritu de lucha" de Asashoryu es lo que lo distingue del resto. Es evidente en el ceño con que sube al ring, la furia en sus ojos.
"Su personalidad no es la de un japonés, a los que se enseña a ser pacientes y no portarse mal", dice Toshiyuki Hamamura, que reclutó y entrenó a Asashoryu en el Meitoku Gijuku High School Sumo Club.
Hamamura dice que los mongoles están tratando de salirse de los rangos de una subclase económica.
"Los luchadores mongoles son diferentes a los japoneses", dice el entrenador. "No tienen nada en que apoyarse".
En realidad, el futuro del sumo puede depender de su atractivo ante adolescentes de fuera de Japón, para las que duras y austeras condiciones del modo de vida sumo siguen siendo atractivas. Por otro lado, ¿por qué deberían los adolescentes japoneses levantarse en las frías madrugadas para soportar sufrimientos y dolores en el ring, se preguntan, cuando podrían estar jugando, digamos, golf?
El sumo, a diferencia de los palos de golf, es un violento choque de huesos y músculos, acompañado de antiguos códigos de fanfarronadas y humillaciones.
En una reciente sesión de prácticas, Asashoryu se puso a la tarea de castigar a otro luchador cuya ética del trabajo era considerada insuficiente. Cuando el luchador con capas de grasa chocó con el otro en el ring, Asashoryu le dio una serie de violentos golpes con las dos manos en la parte de atrás de sus muslos, primero con un varilla de bambú, luego con una pala de metal.
El rikishi gritaba y caía adolorido con casi cada golpe, mientras los otros luchadores lo animaban a volver al ring y pelear. (¿Quién se atrevería a decirle al yokosuna que dejara la pala?) Cuando la víctima se retiró a su esquina del ring, Asashoryu se golpeó en la cabeza con la pértiga de bambú. Seis veces.
La sesión terminó con el luchador quejándose y dándose vueltas de dolor en el piso del ring.
Asashoryu lo llamó una "golpiza de amor", diciendo que el rikishi saldría más fuerte y contento de haber "superado" el dolor.
"Tienes que ser estricto para que se esfuercen más", explicó.
¿Recibió él una golpiza así?
"Siempre he tratado de hacerlo bien", dice, con firmeza.
Pero hay signos de que Asashoryu están madurando, que está ablandando su imagen para transformarse en un yokosuna que los japoneses puedan amar.
"Todavía está creciendo, pero está tratando en serio", dice Uragoro Takasago, el entrenador de Asashoryu y el objeto de su ira esa noche de verano. "Tiene un trasfondo diferente. Pero sin ese espíritu fuerte, no sería capaz de lograr lo que ha logrado con ese cuerpo tan pequeño".
Asashoryu no habla como un rebelde que está derribando las murallas de las tradiciones sumos. Desprecia al K-1 como vulgar, echando por tierra los rumores de que se uniría a su hermano en el ostentoso circuito.
"¿Qué es lo interesante de K-1?", pregunta Asashoryu. "A esos tíos sólo les interesa pegarle a otros".
Se desvía fácilmente para discutir la estética sumo, hablando de la "belleza del momento cuando los dos luchadores se colocan frente a frente y chocan".Repentinamente, Asashoryu empieza a sonar como el salvador del sumo, una esperanza de origen improbable, llegando al rescate del deporte nacional japonés.
"El sumo ha mantenido sus tradiciones durante un largo tiempo", dice. "Es un gesto. Es puro. No quiero que desaparezca".
"Puedo haber nacido en Mongolia", dice, con un gesto de boca desafiante, "pero soy un yokosuna japonés".
Hisako Ueno contribuyó a este reportajes.
18 de febrero de 2004
4 de marzo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Pero es definitivamente el más malo.
Sus rivales parecen haber sido sacados a cincel de las montañas. Pero Asashoryu les da tirones de oreja y los obliga a doblar la rodilla. Les golpea con la palma de la mano en sus gargantas, para hacerlos retroceder. Los agarra por sus cinturones y los lanza por el aire fuera del cuadrilátero.
Juega con sus colegas luchadores como juega un gato con una pelota de playa.
El cuerpo color crema, casi impecable, de Asashoryu, es ahora el sol en rededor del cual da vueltas el deporte nacional de Japón. Apenas de 24 años y con cara de bebé, ha ganado desde 2003 seis de los últimos siete torneos más importantes, dominando el sumo del modo en que Tiger Woods dominó alguna vez el golf.
Es el único yokozuna reinante, el primero en un deporte que nunca ha tenido más de cuatro yokozunas a la vez, un luchador al que muchos califican como el mejor que ha visto Japón en la era de posguerra.
Y ni siquiera es japonés.
El verdadero nombre de Asashoryu es Dolgorsuren Dagvadorj, y es mongol. Nacido en una familia de luchadores en la capital del país central-asiático, Ulan Bator, llegó a Japón después de termina la secundaria, hace unos ocho años, un chico fuerte y de rasgos ruines que soñaba con el estrellato sumo. Adoptó el nombre de Asashoryu, que significa Dragón Azul de la Mañana', justo cuando una ola de extranjeros comenzaron a romper la barrera cultural que ha hecho del sumo durante largo tiempo el más japonés de los deportes.
La invasión extranjera está causando una revolución en el sumo, un deporte en el que se enfrentan hombres robustos en una corta explosión de violencia que termina cuando uno de ellos es arrojado fuera del ring o toca el suelo con cualquier parte del cuerpo que no sean sus pies.
El sumo puede haber tenido sus altibajos en sus 1.500 años de torneos registrados, pero han sido siempre altibajos japoneses. Según la leyenda la supremacía japonesa sobre las islas se estableció después de una lucha entre los dioses, y los rituales del deporte proporcionan vínculos con las raíces religiosas y militares de Japón.
Ahora con sus posiciones más altas ocupadas cada vez más por luchadores (rikishi) de otros país, el sumo se encuentra a la deriva. La asistencia está aflojando. No hay un luchador japonés emergente que capture el alma de los aficionados y ponga en jaque el poderío del mongol.
"Los japoneses no son buenos", dice Asashoryu despreciativamente, una mañana después de los ensayos. Se sienta a almorzar -un extenso almuerzo- con las piernas cruzadas en una colchoneta de tatami.
"La economía de Japón se ha desarrollado y la gente es más débil", dice, reflexionando mientras estira sus pulgares para estimular el sedentario hábito de jugar juegos electrónicos.
Asashoryu ríe, y lo acompañan en sus bien humorados movimientos de cabeza incluso los luchadores japoneses que están a la mesa. (El yokosuna está acostumbrado a que la gente se ría de sus chistes). En contraste, dice, los veranos que pasó en las estepas de Mongolia, durmiendo en una tienda, cuidando ovejas y montando a caballo, fueron las cosas que le dieron la dureza que exige el sumo.
"El mundo del sumo es difícil", dice, mientras los otros luchadores rellenan obedientemente sus platos de espagueti y cerdo, tofu y arroz (tres cuencos), una tortilla e innumerables tazas de té.
Los luchadores no sólo deben ganan torneos para ser reconocidos como yokosuna, sino además ser aceptado por los regentes del sumo como un hombre de carácter ejemplar. El énfasis en el ritual y conductas culturales significa que el deporte tiene claramente más en común con una ceremonia de té que con el béisbol. Un yokosuna no solamente desempeña un papel ritual en expulsar a los malos espíritus del ring antes de la pelea, sino también es el maestro de un séquito de otros rikishi.
Asashoryu no es el primer yokosuna extranjero. En 1992, el canadiense Chad Rowan, de 237 kilos, que peleó bajo el nombre de Akebono, se transformó en el primer luchador de fuera de Japón en obtener esa condición. Los logros de Akebono fue equiparados por un peso similar de Samoa, Hawai, llamado Musashimaru, conocido en su familia como Fiamalu Penitani, que se transformó en el segundo yokosuna extranjero en 1999.
Pero los primeros extranjeros eran desconocidos, renegados que treparon las murallas con actos solistas basados fundamentalmente en su abrumador tamaño. En contraste, la corriente erosión del dominio japonés ha marcado una revolución dentro del deporte que comenzó a fines de los años noventa. Enfrentado a un agudo descenso en el número de adolescentes japoneses que optan por dedicarse a sí mismos al rígido modo de vida sumo, los administradores de los gimnasios del deporte, o propietarios de clubes, enviaron delegados a Asia y Europa a buscar nuevos talentos.
Cientos de aspirantes a rikishi llegaron a Japón pare ver si sus capacidades no cultivadas y fuerza les podrían proporcionar un hueco en el único circuito profesional de sumo del mundo. Para un deporte con una identidad cada vez más global, hay un solo lugar donde actuar: en el lugar de nacimiento y hogar espiritual del sumo. Ahora hay 61 rikishi extranjeros en Japón entre los más de 700 luchadores en el ránking, incluyendo a 37 mongoles.
El reparto actual del sumo incluye lugares como Rusia, Bulgaria, China, Estonia, Tonga y Brasil. Casi una de tres posiciones en la división superior está ocupada por un luchador extranjero. Si hay alguien que amenaza el dominio de Asashoryu es Hakuho, otro mongol que, a los 19, ya se ha convertido en un favorito de multitudes en Japón.
Aficionados al sumo en Mongolia proclaman la noticia de los éxitos de su compatriota. Pero los aficionados japoneses se están apartando del sumo a favor de deportes más elegantes como el fútbol, o formas híbridas de lucha como el K-1, un carnaval de lucha extrema que funde las artes marciales con las bravuconadas callejeras. El K-1 ha incluso seducido a Akebono para sacarlo de su retiro y ponerlo de vuelta en el ring (ha perdido miserablemente todas sus seis peleas) y ha reclutado a uno de los hermanos de Asashoryu, Sumiyabazar, para mudarse a Japón y pelear bajo el nombre de Lobo Azul.
Entretanto, el recién concluido Gran Torneo Sumo del Nuevo Año, ganado nuevamente Asashoryu, que ganó 15 luchas consecutivas, se realizó en Tokio ante estadios semi vacíos. Algunos editores de revistas de sumo dicen que su tiraje es ahora la mitad de lo que era hace diez años. Dadas esas malas noticias, uno tendería a pensar que los japoneses estarían agradecidos de Asashoryu, cuyos éxitos son un recordatorio de que el sumo gira sobre técnicas, y no es solamente una cuestión de volumen. Pero Asashoryu ha pasado más dificultades tratando de ganarse el alma de los japoneses, que peleando.
Los japoneses tradicionalmente esperan que su yokosunas muestren tanta emoción como una máscara de teatro noh -en otras palabras, ninguna. Se supone que los campeones posee hinkaku': sentido de la dignidad y la elegancia. Es por eso que hay tantos murmullos sobre la muy poco japonesa exuberancia de Asashoryu en el ring y su tendencia a meterse en problemas fuera de él.
Los puristas no toman a la ligera sus celebraciones con los puños, o el modo en que mira a los árbitros, o cómo termina una pelea con un empujón extra a los rivales que ya están fuera del ring. Resienten el uso de su mano izquierda en lugar de la tradicional derecha cuando echa sal en el ring (dohyo), en el ritual de purificación antes de una pelea.
Y señalan una serie de incidentes que ha llevado a algunos de los aficionados y funcionarios de sumo a proponer abiertamente que Asashoryu sea despojado de su condición de yokosuna. (Los yokosunas no son nunca degradados. Si sus capacidades empiezan a desteñir, deben retirarse).
Hubo una notoria descalificación en 2003 en una pelea por tirar el nudo de cabeza -el pelo cuidadosamente peinado y sujeto con alfileres- de su compatriota mongol Kyokushuzan. Tres días más tarde, Asashoryu y Kyokushuzan reanudaron su pelea cuando empezaron a retarse en unos baños públicos donde habían estado bañándose juntos.
La policía debió ser llamada al gimnasio de Asashoryu el verano pasado cuando los vecinos informaron haber oído gritos de borracho muy tarde por la noche y amenazas entre el luchador y su entrenador. Los diarios informaron que sus colegas luchadores debieron sujetar a Asashoryu después de que los dos hombres empezaran a discutir sobre la división del botín obtenido con la venta de los derechos de prensa sobre el matrimonio del yokosuna.
Finalmente, la condición de extranjero de Asashoryu recibió una atención no solicitada en otoño pasado cuando tres de sus parientes mongoles que habían venido a Japón para su boda se quedaron en el país y encontraron trabajo en una fábrica sin tener permisos de trabajo. Fueron deportados después de ser detenidos en una redada policial.
La prensa japonesa se ha regocijado con los escándalos de Asashoryu. Lo apodaron Genghis Khan' y El Matón de Bator'.
"Por supuesto, la prensa hace alborotos sobre mí", dice Asashoryu, minimizando sus problemas. "Sería lo mismo si en Estados Unidos un extranjero se hiciera campión de alguno de vuestros deportes nacionales".
"Pero los japoneses son muy generosos. En el mundo de la lucha, es importante demostrar que haces lo que puedes. Yo sé que si me esfuerzo, los japoneses terminarán aceptándome".
No son ganas las que le faltan a Asashoryu. Creció en una familia donde su padre y dos hermanos mayores eran luchadores aficionados -su hermano mayor llevó la bandera de Mongolia en las ceremonias de apertura de los Juegos Olímpicos de 1996 en Atlanta- y él fue obligado a luchar desde muy joven.
"Yo era el bebé", dice Asashoryu. "Éramos pobres, y mi padre era una figura fuerte. Yo soñaba en ser como él. Mi hermano mayor es cien veces más fuerte que yo. Así que he sido siempre muy, muy competitivo".
Tan competitivo que frunce el ceño cuando ve el nuevo muñeco de Asashoryu de 25 centímetros que la Asociación Japonesa de Sumo ha puesto en el mercado como parte de una campaña de fomento de una serie de figuras de acción.
"Se parece a mí, pero la cara no muestra la seriedad cuando estoy en el ring", se queja. "Me gustaría que me pusieran una cara más agresiva".
Otros luchadores dicen que el "espíritu de lucha" de Asashoryu es lo que lo distingue del resto. Es evidente en el ceño con que sube al ring, la furia en sus ojos.
"Su personalidad no es la de un japonés, a los que se enseña a ser pacientes y no portarse mal", dice Toshiyuki Hamamura, que reclutó y entrenó a Asashoryu en el Meitoku Gijuku High School Sumo Club.
Hamamura dice que los mongoles están tratando de salirse de los rangos de una subclase económica.
"Los luchadores mongoles son diferentes a los japoneses", dice el entrenador. "No tienen nada en que apoyarse".
En realidad, el futuro del sumo puede depender de su atractivo ante adolescentes de fuera de Japón, para las que duras y austeras condiciones del modo de vida sumo siguen siendo atractivas. Por otro lado, ¿por qué deberían los adolescentes japoneses levantarse en las frías madrugadas para soportar sufrimientos y dolores en el ring, se preguntan, cuando podrían estar jugando, digamos, golf?
El sumo, a diferencia de los palos de golf, es un violento choque de huesos y músculos, acompañado de antiguos códigos de fanfarronadas y humillaciones.
En una reciente sesión de prácticas, Asashoryu se puso a la tarea de castigar a otro luchador cuya ética del trabajo era considerada insuficiente. Cuando el luchador con capas de grasa chocó con el otro en el ring, Asashoryu le dio una serie de violentos golpes con las dos manos en la parte de atrás de sus muslos, primero con un varilla de bambú, luego con una pala de metal.
El rikishi gritaba y caía adolorido con casi cada golpe, mientras los otros luchadores lo animaban a volver al ring y pelear. (¿Quién se atrevería a decirle al yokosuna que dejara la pala?) Cuando la víctima se retiró a su esquina del ring, Asashoryu se golpeó en la cabeza con la pértiga de bambú. Seis veces.
La sesión terminó con el luchador quejándose y dándose vueltas de dolor en el piso del ring.
Asashoryu lo llamó una "golpiza de amor", diciendo que el rikishi saldría más fuerte y contento de haber "superado" el dolor.
"Tienes que ser estricto para que se esfuercen más", explicó.
¿Recibió él una golpiza así?
"Siempre he tratado de hacerlo bien", dice, con firmeza.
Pero hay signos de que Asashoryu están madurando, que está ablandando su imagen para transformarse en un yokosuna que los japoneses puedan amar.
"Todavía está creciendo, pero está tratando en serio", dice Uragoro Takasago, el entrenador de Asashoryu y el objeto de su ira esa noche de verano. "Tiene un trasfondo diferente. Pero sin ese espíritu fuerte, no sería capaz de lograr lo que ha logrado con ese cuerpo tan pequeño".
Asashoryu no habla como un rebelde que está derribando las murallas de las tradiciones sumos. Desprecia al K-1 como vulgar, echando por tierra los rumores de que se uniría a su hermano en el ostentoso circuito.
"¿Qué es lo interesante de K-1?", pregunta Asashoryu. "A esos tíos sólo les interesa pegarle a otros".
Se desvía fácilmente para discutir la estética sumo, hablando de la "belleza del momento cuando los dos luchadores se colocan frente a frente y chocan".Repentinamente, Asashoryu empieza a sonar como el salvador del sumo, una esperanza de origen improbable, llegando al rescate del deporte nacional japonés.
"El sumo ha mantenido sus tradiciones durante un largo tiempo", dice. "Es un gesto. Es puro. No quiero que desaparezca".
"Puedo haber nacido en Mongolia", dice, con un gesto de boca desafiante, "pero soy un yokosuna japonés".
Hisako Ueno contribuyó a este reportajes.
18 de febrero de 2004
4 de marzo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
no hay dónde esconderse
[Robert O' Harrow Jr.] Tras los bastidores de nuestra emergente sociedad vigilada.
El asistente del fiscal general Viet Dinh se sentó en el restaurante La Colline en el Capitolio y pidió una taza de café. Era uno de esos desayunos corrientes de Washington, donde los políticos, para empezar el día, combinan la cháchara y las grandes ideas.
Un activo recluta del fiscal general Ashcroft, Dinh había asumido su cargo hacía pocos meses. Quería causar una buena impresión entre los otros en la sesión y necesitaba la cafeína para mantenerse alerta. Cuando sorbía su cuarta taza y escuchaba la charla de funcionarios de la Casa Blanca y del Capitolio, un joven se acercó apresuradamente a la mesa. "Se ha estrellado un avión", dijo. "En el World Trade Center".
Dinh y el resto del voluble grupo guardó silencio. Entonces sus buscapersonas comenzaron a chirriar al unísono. En otra época, habría parecido divertido. Ahora se miraron unos a otros y salieron precipitadamente del restaurante. Eran las 9:30 de la mañana, el 11 de septiembre de 2001.
Dihn volvió rápidamente al ministerio de Justicia, donde el edificio estaba siendo evacuado. Como innumerables otros americanos, ya lo consumía el deseo de contraatacar. Sin embargo, a diferencia de la mayoría, vislumbraba cómo: haciendo todo lo que fuera necesario para fortalecer las atribuciones jurídicas del gobierno contra los terroristas.
Jim Dempsey estaba revisando su correo electrónico en su despacho en el Centro para la Democracia y la Tecnología, en la Plaza de Farragut, cuando su jefe, Jerry Berman, entró corriendo. "Enciende la televisión", dijo Berman. Dempsey cogió el mando, y las imágenes lo sobresaltaron. Un sol refrescante. Lower Manhattan destellaba. Un avión de pasajeros cruzaba el paisaje.
Dempsey era un larguirucho y cadencioso antiguo miembro del staff del Capitolio que combinaba una meticulosa atención por el detalle con un comportamiento desenfadado. Desde principio de los años noventa había sido uno de los principales observadores de los proyectos de vigilancia del FBI, un razonable y respetado defensor de las libertades civiles, llamado al Capitolio por los dos partidos políticos para que asesorara a los legisladores sobre temas de tecnología y privacidad.
Mientras miraba el humo y las llamas que envolvían al World Trade Center, supo que era el trabajo de terroristas, y era sobre todo el FBI el que estaba en su mente. "Fracasaron tan terriblemente", se dijo a sí mismo. "Con todos los poderes y recursos que tienen, deberían haber cogido a esos tipos".
Al mismo tiempo, se dio cuenta de que su trabajo -y el trabajo de muchos activistas de las libertades civiles en los últimos años para controlar el uso cada vez más agresivo de la tecnología por funcionarios policiales- estaba a punto de ser desecho.
El coche llegó a casa del senador Patrick Leahy en Virginia del Norte poco después de las nueve de la mañana. El demócrata de Vermont ocupó su lugar en el asiento delantero y, en el trayecto hacia el Potomac, leyó algunos apuntes sobre la nominación pendiente de un nuevo zar anti-narcóticos y pensó en la reunión de esa mañana en la Corte Suprema.
Medio escuchando la radio, Leahy oyó algo sobre una explosión y el World Trade Center. Le pidió al chofer que subiera el volumen, y luego llamó a algunos amigos en Nueva York. Le contaron lo que estaban viendo por la televisión. Sonaba espantoso. El coche continuó hacia la Corte Suprema a la conferencia a la que debía asistir con el presidente de la Corte Suprema William Rehnquist y los jueces de los tribunales de distritos de todo el país. Leahvy se encaminó hacia la sala de conferencias de la Corte, con sus pisos de alfombras gruesas y paredes recubiertas de roble con los retratos de los ocho primeros presidentes de la Corte Suprema. Cuando llegó, Leahy se inclinó hacia él y susurró: "Bill, antes de empezar, creo que tuvimos un terrible ataque terrorista".
Como por señal, un sonido sordo retumbó en la habitación. Empezó a subir humo al otro lado del Potomac desde el Pentágono.
Leahy presidía el Comité Judicial del Senado, lo que lo colocaba en el centro de un inevitable debate sobre cómo responder. Leahy era uno de los miembros más liberales del Congreso, un defensor de toda la vida de las libertades civiles que había trabajado siempre la impedir que el gobierno pisoteara los derechos individuales. Pero Leahy era también un antiguo fiscal, un pragmático que entendía los problemas que tenían los interrogadores en la identificación y cacería de los terroristas.
Sabía que los conservadores le exigirían más atribuciones policiales y que los defensores de las libertades civiles lo verían como su abanderado. Leahy quería mantener el equilibrio. Pero después de ver a un F-16 pasar rugiendo sobre el Mall esa tarde, resolvió que, como patriota y demócrata, haría todo lo que pudiera para proporcionar a la policía más herramientas para impedir futuros ataques.
Los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono no sólo iniciaron una ola nacional de dolor e ira. Volvieron a encender y dar nueva forma a un ardiente debate sobre el uso correcto del poder oficial para escudriñar en la vida de la gente corriente.
El argumento se reducía a esto: En una época de terrorismo de alta tecnología, ¿Cuál es el equilibrio adecuado entre la seguridad nacional y la privacidad de millones de americanos cuya información personal ya es más disponible que nunca antes? Los archivos telefónicos, correos electrónicos, mares de detalles sobre las vidas individuales -el gobierno quería tener acceso a todos ellos para detectar a los terroristas antes de que estos pudieran atacar.
Durante seis semanas ese otoño, detrás del barniz de la solidaridad nacionales y el bipartidismo, los líderes de Washington se enfrascaron en acaloradas discusiones a puertas cerradas sobre cuánto más poder debería tener el gobierno en nombre de la seguridad nacional. Tenían que vérselas no sólo con el espectro de más atentados terroristas, pero también con las escalofriantes memorias de la Guerra Fría contra los Rojos, las campañas de desprestigio de J. Edgar Hoover y las interceptaciones de Watergate.
En el centro de esta disputa había un cuerpo poco conocido de leyes y reglamentos que, en el medio siglo, definía y limitaba la capacidad del gobierno para fisgonear: El Título III de la Ley de Control de la Criminalidad y Calles Seguras regulaba el espionaje electrónico. Las reglas regulaban el uso de artefactos para trazar el origen y destino de las llamadas telefónicas. La Ley de Vigilancia de la Inteligencia Extranjera FISA, regulaba el espionaje nacional en labores de recabamiento de información sobre inteligencia extranjera.
La Casa Blanca, el ministerio de Justicia, y sus aliados en el Congreso ahora querían aligerar esas trabas, y lo querían lo más pronto posible. Aunque implementadas para proteger a los individuos y grupos políticos de abusos pasados del FBI, la CIA, y otros, las restricciones eran en parte responsables de brechas en la inteligencia sobre el 11 de septiembre, dijo el gobierno. Implícito en esa lista de deseos estaba el deseo de pinchar en esa revolución de datos. En la década anterior, el mundo ha observado un aumento extraordinario del poder de los ordenadores. Al mismo tiempo, el precio del almacenamiento de datos cayó en picado, mientras nuevos softwares permitieron a los analistas pinchar en un gigante embalse de nombres, dirección, compras y otros detalles, y estudiarlos concienzudamente. Era una especie de vigilancia que no dependía solamente de cámaras y escuchas. Era la época del perfil conductivista y al frente estaban los marketers que querían que abrieras la chequera. Ahora el gobierno quería su ayuda.
El gobierno también quería nuevas atribuciones para detener en secreto a individuos sospechosos de terrorismo e involucrar a bancos y otras compañías de servicios financieros en la investigación del financiamiento de los terroristas. Los agentes policiales querían un acceso amplio a bancos de datos comerciales con información sobre la vida de ciudadanos corrientes. Todos esos detalles podrían ayudar a los investigadores a descubrir vínculos entre los conspiradores.
Jim Dempsey y otros libertarios reconocieron que las leyes existentes estaban obsoletas, pero debido precisamente a la razón opuesta: porque esas leyes ya les proporcionaban al gobierno el acceso a inmensas cantidades de información que no era disponible hace una década. Otorgar más poder a los investigadores, advirtieron, conduciría a la invasión de la privacidad y otros abusos.
Mirando la televisión en el brillante salón de la casa de Dinh en Chevy Chase, un puñado de especialistas del ministerio de Justicia se preguntaba qué hacer. Sólo horas antes habían salido corriendo de las oficinas, encogiéndose mientras los aviones de guerra patrullaban los cielos de Washington. Ahora, mientras los telediarios retransmitían los ataques, hablaron de su amiga Barbara Olson, comentarista conservadora y esposa del procurador general Ted Olson. Ella iba a bordo del vuelo 77 de las Aerolíneas Americanas cuando se estrelló contra el Pentágono.
Dinh no podía creer que Barbara hubiera muerto. Había recién cenado con ella en casa de los Olson, hace dos noches, y la había notado rara. Estaba incontenible. Dinh pasó un libro de fotografías firmado por ella que ella le había dado a él y a otros invitados, Washington, D.C.: Then and Now'.
Era difícil superar esa muerte en medio de tanta luz. Dinh y sus colegas trataron de concentrarse en el trabajo que venía. Sabían que estaban frente a una tarea monumental, histórica: una revisión durante largo tiempo desdeñada de las leyes anti-terroristas para impedir que una cosa así volviera a ocurrir. Recibieron órdenes de marcha a la mañana siguiente, cuando deliberaban en un salón de conferencias en la suite de Dinh en las oficinas del cuarto piso del ministerio de Justicia. Ashcroft no estaba ahí: estaba escondido junto con otros funcionarios importantes del gobierno. Justo antes de la reunión, Dinh había hablado con Adam Ciongoli, asesor de Ahscroft, que transmitía los deseos del fiscal general.
"Comiencen inmediatamente", dijo Dinh a la media docena de asesores de administración y abogados, "trabajaremos en conjunto de medidas" - extensas, dramáticas, y basadas en recomendaciones de agentes del FBI y abogados del ministerio de Justicia en el terreno. "El encargo [de Ashcroft] era muy, muy claro: Todo lo que sea necesario para la ley, dentro de los límites de la Constitución, para despachar la obligación de hacer la guerra contra el terrorismo", dijo.
El entusiasmo de Dinh ante la tarea era evidente. A los 34, parecía estar siempre excitado, sonreía y a menudo y hablaba rápidamente, como si sus palabras, moduladas con el acento de su Vietnam nativo, no pudieran seguir el ritmo de sus ideas. Un graduado de la Facultad de Leyes de Harvard, se había hecho camino en Washington como asesor especial del comité Whitewater del Senado, y consejero especial del senador Pete Domenici (republicano de Nuevo México) durante el juicio para inhabilitar a Clinton. "¿De qué problemas se trata?", preguntó Dinh al grupo sentado a la mesa.
Durante las siguientes horas -en realidad, en los siguientes días- los colegas de Dinh catalogaron las quejas sobre las restricciones legales al trabajo de inteligencia y de los detectives. Algunas quejas habían estado rondando en el FBU y el ministerio de Justicia durante años. Debido a las peculiaridades de la ley, no estaba claro si los detectives podían trazar el destino y origen de un e-mail del mismo modo que podían hacerlo con una llamada telefónica. Podían obtener órdenes de allanamiento más fácilmente para colocar una máquina para interceptar teléfonos que para servicios comerciales de voz mail. Y la cantidad de información que los agentes y detectives de inteligencia podía compartir era limitada, haciendo mucho más difícil perseguir y encarcelar a los terroristas.
Todo eso, dijeron los abogados, tenía que cambiar. Ahora.
Jim Dempsey estaba inundado. Periodistas, otros activistas, personal del Congreso: todos querían su parte sobre lo lejos que irían el ministerio de Justicia y el Congreso en su reacción a los atentados. "Recibíamos cincuenta llamadas al día", dijo. Dempsey sabía que el Congreso no tendría la voluntad de resistir la tentación de atribuir nuevos y dramáticos poderes a la policía. Era una dinámica clásica: Pasa algo terrible. Los legisladores se apresuran a responder. No tienen tiempo para investigar las implicaciones de las medidas detenidamente, así que usan lo que está disponible y siguen adelante.
Eso era una pesadilla para Dempsey. Buscando signos de esperanza en que el proceso legislativo pudiera ser retrasado, si no podía ser detenido, hizo sus propias llamadas en la ciudad. "Surgió una mentalidad de crisis, y había claramente una crisis... El impulso a actuar, la apariencia de acción se convierte en algo muy grande".
A días de los atentados, un puñado de legisladores subió al estrado del Senado con leyes que habían sido propuestas y rechazadas en los últimos años por preocupaciones sobre las libertades civiles. Muchas de las propuestas originalmente no tenían nada que ver el terrorismo. Un proyecto de ley, llamada Ley para Combatir al Terrorismo, propuso extender la autoridad del gobierno para trazar las llamadas telefónicas, incluyendo el correo electrónico. Fue un legado de las iniciativas del FBI para extender los poderes de vigilancia durante el gobierno de Clinton, que había apoyado una serie de propuestas orientadas hacía la tecnología rechazadas por los defensores de las libertades civiles. Ahora fue presentada de nuevo y aprobado de cuestión de minutos.
Una de las pocas voces que pidió calma y moderación fue Patrick Leahy. No estaba claro qué sería capaz de hacer en una atmósfera tan cargada.
En toda la ciudad y en todo el país, otros defensores de las libertades civiles de abrazaron unos a otros para protegerse de las consecuencias de los atentados. Entre ellos estaba Morton Halperin, antiguo director de la oficina de Washington de la Unión de Libertades Civiles Americanas y antiguo funcionario de la seguridad nacional durante tres gobiernos. Halperin, investigador del Consejo de Relaciones Exteriores, conocía personalmente la vigilancia del gobierno.
Cuando trabajaba en el Consejo de Seguridad Nacional en el gobierno de Nixon, Halperin se hizo sospechoso de filtrar información sobre el bombardeo secreto contra Camboya de Estados Unidos. Su casa fue interceptada por el FBI y las filtraciones continuaron durante meses después de que él dejara el gobierno.
Ahora, a 24 horas de los atentados, leyó un e-mail de un miembro de un grupo online que se había formado para oponerse a un plan del gobierno de Clinton para transformar en delito la publicación de materiales clasificados. El escritor advirtió que el plan sería reconsiderado. Halperin había estado esperando este momento durante años. Hace más de una década, escribió un ensayo prediciendo que el terrorismo remplazaría al comunismo como la principal justificación de la vigilancia interna. "Miré el e-mail durante unos minutos y decidí que no podía seguir con mi trabajo normal, que tenía que ocuparme de este asunto", dijo más tarde.
Halperin garrapateó un llamado a las armas en su ordenador. "No debe haber ninguna duda de que vamos a recibir muchas llamadas en los próximos días al Congreso para aprobar leyes amplias para combatir al terrorismo", escribió en un e-mail a más de dos docenas de defensores de las libertades civiles el 12 de septiembre. "Eso incluirá no solamente la disposición secreta, sino también amplias atribuciones para realizar vigilancia electrónica y otra e investigar a los grupos políticos... No esperaremos".
A las horas, Jim Dempsey, Marc Rotenberg del Centro de Información sobre Privacidad Electrónica, y otros habían ofrecido su apoyo. Su plan: Construir a partir del llamado de Halperin a restringir la legislación, tocando una nota simpática sobre las víctimas de los atentados. Comenzaron a organizar un mitin para iniciar un manifiesto sobre las libertades civiles: En defensa de la libertad en tiempos de crisis'.
Subyacente a la discusión sobre cómo responder a los ataques terroristas estaba la investigación de mediados de los años setenta, dirigida por el senador Frank Church (demócrata de Idaho), sobre la sórdida historia del gobierno en el espionaje interior.
Capítulo 1
No Place To Hide
Free Press. 348 pp. $26
18 de febrero de 2005
2 de marzo de 2005
©washington post
©traducción mQh
Un activo recluta del fiscal general Ashcroft, Dinh había asumido su cargo hacía pocos meses. Quería causar una buena impresión entre los otros en la sesión y necesitaba la cafeína para mantenerse alerta. Cuando sorbía su cuarta taza y escuchaba la charla de funcionarios de la Casa Blanca y del Capitolio, un joven se acercó apresuradamente a la mesa. "Se ha estrellado un avión", dijo. "En el World Trade Center".
Dinh y el resto del voluble grupo guardó silencio. Entonces sus buscapersonas comenzaron a chirriar al unísono. En otra época, habría parecido divertido. Ahora se miraron unos a otros y salieron precipitadamente del restaurante. Eran las 9:30 de la mañana, el 11 de septiembre de 2001.
Dihn volvió rápidamente al ministerio de Justicia, donde el edificio estaba siendo evacuado. Como innumerables otros americanos, ya lo consumía el deseo de contraatacar. Sin embargo, a diferencia de la mayoría, vislumbraba cómo: haciendo todo lo que fuera necesario para fortalecer las atribuciones jurídicas del gobierno contra los terroristas.
Jim Dempsey estaba revisando su correo electrónico en su despacho en el Centro para la Democracia y la Tecnología, en la Plaza de Farragut, cuando su jefe, Jerry Berman, entró corriendo. "Enciende la televisión", dijo Berman. Dempsey cogió el mando, y las imágenes lo sobresaltaron. Un sol refrescante. Lower Manhattan destellaba. Un avión de pasajeros cruzaba el paisaje.
Dempsey era un larguirucho y cadencioso antiguo miembro del staff del Capitolio que combinaba una meticulosa atención por el detalle con un comportamiento desenfadado. Desde principio de los años noventa había sido uno de los principales observadores de los proyectos de vigilancia del FBI, un razonable y respetado defensor de las libertades civiles, llamado al Capitolio por los dos partidos políticos para que asesorara a los legisladores sobre temas de tecnología y privacidad.
Mientras miraba el humo y las llamas que envolvían al World Trade Center, supo que era el trabajo de terroristas, y era sobre todo el FBI el que estaba en su mente. "Fracasaron tan terriblemente", se dijo a sí mismo. "Con todos los poderes y recursos que tienen, deberían haber cogido a esos tipos".
Al mismo tiempo, se dio cuenta de que su trabajo -y el trabajo de muchos activistas de las libertades civiles en los últimos años para controlar el uso cada vez más agresivo de la tecnología por funcionarios policiales- estaba a punto de ser desecho.
El coche llegó a casa del senador Patrick Leahy en Virginia del Norte poco después de las nueve de la mañana. El demócrata de Vermont ocupó su lugar en el asiento delantero y, en el trayecto hacia el Potomac, leyó algunos apuntes sobre la nominación pendiente de un nuevo zar anti-narcóticos y pensó en la reunión de esa mañana en la Corte Suprema.
Medio escuchando la radio, Leahy oyó algo sobre una explosión y el World Trade Center. Le pidió al chofer que subiera el volumen, y luego llamó a algunos amigos en Nueva York. Le contaron lo que estaban viendo por la televisión. Sonaba espantoso. El coche continuó hacia la Corte Suprema a la conferencia a la que debía asistir con el presidente de la Corte Suprema William Rehnquist y los jueces de los tribunales de distritos de todo el país. Leahvy se encaminó hacia la sala de conferencias de la Corte, con sus pisos de alfombras gruesas y paredes recubiertas de roble con los retratos de los ocho primeros presidentes de la Corte Suprema. Cuando llegó, Leahy se inclinó hacia él y susurró: "Bill, antes de empezar, creo que tuvimos un terrible ataque terrorista".
Como por señal, un sonido sordo retumbó en la habitación. Empezó a subir humo al otro lado del Potomac desde el Pentágono.
Leahy presidía el Comité Judicial del Senado, lo que lo colocaba en el centro de un inevitable debate sobre cómo responder. Leahy era uno de los miembros más liberales del Congreso, un defensor de toda la vida de las libertades civiles que había trabajado siempre la impedir que el gobierno pisoteara los derechos individuales. Pero Leahy era también un antiguo fiscal, un pragmático que entendía los problemas que tenían los interrogadores en la identificación y cacería de los terroristas.
Sabía que los conservadores le exigirían más atribuciones policiales y que los defensores de las libertades civiles lo verían como su abanderado. Leahy quería mantener el equilibrio. Pero después de ver a un F-16 pasar rugiendo sobre el Mall esa tarde, resolvió que, como patriota y demócrata, haría todo lo que pudiera para proporcionar a la policía más herramientas para impedir futuros ataques.
Los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono no sólo iniciaron una ola nacional de dolor e ira. Volvieron a encender y dar nueva forma a un ardiente debate sobre el uso correcto del poder oficial para escudriñar en la vida de la gente corriente.
El argumento se reducía a esto: En una época de terrorismo de alta tecnología, ¿Cuál es el equilibrio adecuado entre la seguridad nacional y la privacidad de millones de americanos cuya información personal ya es más disponible que nunca antes? Los archivos telefónicos, correos electrónicos, mares de detalles sobre las vidas individuales -el gobierno quería tener acceso a todos ellos para detectar a los terroristas antes de que estos pudieran atacar.
Durante seis semanas ese otoño, detrás del barniz de la solidaridad nacionales y el bipartidismo, los líderes de Washington se enfrascaron en acaloradas discusiones a puertas cerradas sobre cuánto más poder debería tener el gobierno en nombre de la seguridad nacional. Tenían que vérselas no sólo con el espectro de más atentados terroristas, pero también con las escalofriantes memorias de la Guerra Fría contra los Rojos, las campañas de desprestigio de J. Edgar Hoover y las interceptaciones de Watergate.
En el centro de esta disputa había un cuerpo poco conocido de leyes y reglamentos que, en el medio siglo, definía y limitaba la capacidad del gobierno para fisgonear: El Título III de la Ley de Control de la Criminalidad y Calles Seguras regulaba el espionaje electrónico. Las reglas regulaban el uso de artefactos para trazar el origen y destino de las llamadas telefónicas. La Ley de Vigilancia de la Inteligencia Extranjera FISA, regulaba el espionaje nacional en labores de recabamiento de información sobre inteligencia extranjera.
La Casa Blanca, el ministerio de Justicia, y sus aliados en el Congreso ahora querían aligerar esas trabas, y lo querían lo más pronto posible. Aunque implementadas para proteger a los individuos y grupos políticos de abusos pasados del FBI, la CIA, y otros, las restricciones eran en parte responsables de brechas en la inteligencia sobre el 11 de septiembre, dijo el gobierno. Implícito en esa lista de deseos estaba el deseo de pinchar en esa revolución de datos. En la década anterior, el mundo ha observado un aumento extraordinario del poder de los ordenadores. Al mismo tiempo, el precio del almacenamiento de datos cayó en picado, mientras nuevos softwares permitieron a los analistas pinchar en un gigante embalse de nombres, dirección, compras y otros detalles, y estudiarlos concienzudamente. Era una especie de vigilancia que no dependía solamente de cámaras y escuchas. Era la época del perfil conductivista y al frente estaban los marketers que querían que abrieras la chequera. Ahora el gobierno quería su ayuda.
El gobierno también quería nuevas atribuciones para detener en secreto a individuos sospechosos de terrorismo e involucrar a bancos y otras compañías de servicios financieros en la investigación del financiamiento de los terroristas. Los agentes policiales querían un acceso amplio a bancos de datos comerciales con información sobre la vida de ciudadanos corrientes. Todos esos detalles podrían ayudar a los investigadores a descubrir vínculos entre los conspiradores.
Jim Dempsey y otros libertarios reconocieron que las leyes existentes estaban obsoletas, pero debido precisamente a la razón opuesta: porque esas leyes ya les proporcionaban al gobierno el acceso a inmensas cantidades de información que no era disponible hace una década. Otorgar más poder a los investigadores, advirtieron, conduciría a la invasión de la privacidad y otros abusos.
Mirando la televisión en el brillante salón de la casa de Dinh en Chevy Chase, un puñado de especialistas del ministerio de Justicia se preguntaba qué hacer. Sólo horas antes habían salido corriendo de las oficinas, encogiéndose mientras los aviones de guerra patrullaban los cielos de Washington. Ahora, mientras los telediarios retransmitían los ataques, hablaron de su amiga Barbara Olson, comentarista conservadora y esposa del procurador general Ted Olson. Ella iba a bordo del vuelo 77 de las Aerolíneas Americanas cuando se estrelló contra el Pentágono.
Dinh no podía creer que Barbara hubiera muerto. Había recién cenado con ella en casa de los Olson, hace dos noches, y la había notado rara. Estaba incontenible. Dinh pasó un libro de fotografías firmado por ella que ella le había dado a él y a otros invitados, Washington, D.C.: Then and Now'.
Era difícil superar esa muerte en medio de tanta luz. Dinh y sus colegas trataron de concentrarse en el trabajo que venía. Sabían que estaban frente a una tarea monumental, histórica: una revisión durante largo tiempo desdeñada de las leyes anti-terroristas para impedir que una cosa así volviera a ocurrir. Recibieron órdenes de marcha a la mañana siguiente, cuando deliberaban en un salón de conferencias en la suite de Dinh en las oficinas del cuarto piso del ministerio de Justicia. Ashcroft no estaba ahí: estaba escondido junto con otros funcionarios importantes del gobierno. Justo antes de la reunión, Dinh había hablado con Adam Ciongoli, asesor de Ahscroft, que transmitía los deseos del fiscal general.
"Comiencen inmediatamente", dijo Dinh a la media docena de asesores de administración y abogados, "trabajaremos en conjunto de medidas" - extensas, dramáticas, y basadas en recomendaciones de agentes del FBI y abogados del ministerio de Justicia en el terreno. "El encargo [de Ashcroft] era muy, muy claro: Todo lo que sea necesario para la ley, dentro de los límites de la Constitución, para despachar la obligación de hacer la guerra contra el terrorismo", dijo.
El entusiasmo de Dinh ante la tarea era evidente. A los 34, parecía estar siempre excitado, sonreía y a menudo y hablaba rápidamente, como si sus palabras, moduladas con el acento de su Vietnam nativo, no pudieran seguir el ritmo de sus ideas. Un graduado de la Facultad de Leyes de Harvard, se había hecho camino en Washington como asesor especial del comité Whitewater del Senado, y consejero especial del senador Pete Domenici (republicano de Nuevo México) durante el juicio para inhabilitar a Clinton. "¿De qué problemas se trata?", preguntó Dinh al grupo sentado a la mesa.
Durante las siguientes horas -en realidad, en los siguientes días- los colegas de Dinh catalogaron las quejas sobre las restricciones legales al trabajo de inteligencia y de los detectives. Algunas quejas habían estado rondando en el FBU y el ministerio de Justicia durante años. Debido a las peculiaridades de la ley, no estaba claro si los detectives podían trazar el destino y origen de un e-mail del mismo modo que podían hacerlo con una llamada telefónica. Podían obtener órdenes de allanamiento más fácilmente para colocar una máquina para interceptar teléfonos que para servicios comerciales de voz mail. Y la cantidad de información que los agentes y detectives de inteligencia podía compartir era limitada, haciendo mucho más difícil perseguir y encarcelar a los terroristas.
Todo eso, dijeron los abogados, tenía que cambiar. Ahora.
Jim Dempsey estaba inundado. Periodistas, otros activistas, personal del Congreso: todos querían su parte sobre lo lejos que irían el ministerio de Justicia y el Congreso en su reacción a los atentados. "Recibíamos cincuenta llamadas al día", dijo. Dempsey sabía que el Congreso no tendría la voluntad de resistir la tentación de atribuir nuevos y dramáticos poderes a la policía. Era una dinámica clásica: Pasa algo terrible. Los legisladores se apresuran a responder. No tienen tiempo para investigar las implicaciones de las medidas detenidamente, así que usan lo que está disponible y siguen adelante.
Eso era una pesadilla para Dempsey. Buscando signos de esperanza en que el proceso legislativo pudiera ser retrasado, si no podía ser detenido, hizo sus propias llamadas en la ciudad. "Surgió una mentalidad de crisis, y había claramente una crisis... El impulso a actuar, la apariencia de acción se convierte en algo muy grande".
A días de los atentados, un puñado de legisladores subió al estrado del Senado con leyes que habían sido propuestas y rechazadas en los últimos años por preocupaciones sobre las libertades civiles. Muchas de las propuestas originalmente no tenían nada que ver el terrorismo. Un proyecto de ley, llamada Ley para Combatir al Terrorismo, propuso extender la autoridad del gobierno para trazar las llamadas telefónicas, incluyendo el correo electrónico. Fue un legado de las iniciativas del FBI para extender los poderes de vigilancia durante el gobierno de Clinton, que había apoyado una serie de propuestas orientadas hacía la tecnología rechazadas por los defensores de las libertades civiles. Ahora fue presentada de nuevo y aprobado de cuestión de minutos.
Una de las pocas voces que pidió calma y moderación fue Patrick Leahy. No estaba claro qué sería capaz de hacer en una atmósfera tan cargada.
En toda la ciudad y en todo el país, otros defensores de las libertades civiles de abrazaron unos a otros para protegerse de las consecuencias de los atentados. Entre ellos estaba Morton Halperin, antiguo director de la oficina de Washington de la Unión de Libertades Civiles Americanas y antiguo funcionario de la seguridad nacional durante tres gobiernos. Halperin, investigador del Consejo de Relaciones Exteriores, conocía personalmente la vigilancia del gobierno.
Cuando trabajaba en el Consejo de Seguridad Nacional en el gobierno de Nixon, Halperin se hizo sospechoso de filtrar información sobre el bombardeo secreto contra Camboya de Estados Unidos. Su casa fue interceptada por el FBI y las filtraciones continuaron durante meses después de que él dejara el gobierno.
Ahora, a 24 horas de los atentados, leyó un e-mail de un miembro de un grupo online que se había formado para oponerse a un plan del gobierno de Clinton para transformar en delito la publicación de materiales clasificados. El escritor advirtió que el plan sería reconsiderado. Halperin había estado esperando este momento durante años. Hace más de una década, escribió un ensayo prediciendo que el terrorismo remplazaría al comunismo como la principal justificación de la vigilancia interna. "Miré el e-mail durante unos minutos y decidí que no podía seguir con mi trabajo normal, que tenía que ocuparme de este asunto", dijo más tarde.
Halperin garrapateó un llamado a las armas en su ordenador. "No debe haber ninguna duda de que vamos a recibir muchas llamadas en los próximos días al Congreso para aprobar leyes amplias para combatir al terrorismo", escribió en un e-mail a más de dos docenas de defensores de las libertades civiles el 12 de septiembre. "Eso incluirá no solamente la disposición secreta, sino también amplias atribuciones para realizar vigilancia electrónica y otra e investigar a los grupos políticos... No esperaremos".
A las horas, Jim Dempsey, Marc Rotenberg del Centro de Información sobre Privacidad Electrónica, y otros habían ofrecido su apoyo. Su plan: Construir a partir del llamado de Halperin a restringir la legislación, tocando una nota simpática sobre las víctimas de los atentados. Comenzaron a organizar un mitin para iniciar un manifiesto sobre las libertades civiles: En defensa de la libertad en tiempos de crisis'.
Subyacente a la discusión sobre cómo responder a los ataques terroristas estaba la investigación de mediados de los años setenta, dirigida por el senador Frank Church (demócrata de Idaho), sobre la sórdida historia del gobierno en el espionaje interior.
Capítulo 1
No Place To Hide
Free Press. 348 pp. $26
18 de febrero de 2005
2 de marzo de 2005
©washington post
©traducción mQh
los espías como héroes
[Peter Finn] En Rusia, KGB conquista a la cultura pop.
Moscú, Rusia. El intrépido espía ruso ha surgido del frío, diciendo que viene a salvar a la patria, si no al mundo.
Desde sus días de gloria en los años sesenta y setenta, cuando las novelas y películas de espionaje capturaron la imaginación del adolescente Vladimir Putin, que un agente secreto ruso no gozaba de un lugar de tanto prestigio en la cultura popular. Películas taquilleras, series de televisión, novelas de mejores ventas e incluso restaurantes temáticos están restaurando el lustre de la FSB, el servicio de inteligencia ruso, y de su predecesora KGB, a medida que el país excava en la actual lucha contra el terrorismo y en el pasado soviético a la búsqueda de héroes incorruptibles.
Para los críticos aquí, la re-emergencia del agente heroico es un reflejo del anhelo del Kremlin de cultivar un mayor patriotismo, uno leal al fuerte, centralizado y secreto estado que está en el centro de las ambiciones del presidente Putin para Rusia.
"La ideología corriente para muchos escritores y cineastas hoy es que las únicas instituciones limpias que heredamos de la Unión Soviética eran los servicios especiales, y que sin ellos la vida en este país se habría degradado completamente", dice Natalia Ivanova, subdirectora de Znamya', una revista literaria. "Hay una correlación entre quién llega al poder y el tipo de héroe preferido por la cultura de masas". Putin escaló hasta los rangos superiores de la KGB antes de meterse en política.
Durante gran parte de los años noventa, las películas de Hollywood y las series de televisión y los culebrones latinoamericanos dominaron aquí el mundo de las películas y de la televisión estatal. La gran mayoría de las producciones nacionales fueron sagas criminales.
"Pero el último año apareció una nueva tendencia", dice Daniil Dondurei, editor jefe de la revista Cinema Art', y "está claramente conectada con un intento de parte de las autoridades de formar conciencia patriótica en el país, especialmente con respecto al 60 aniversario de la victoria en la Segunda Guerra Mundial".
El domingo el ministro ruso de Defensa programa lanzar lo que llama un canal de "televisión patriótico". Pasará documentales de guerra y largometrajes para crear "influencias informativas e ideológicas efectivas para asegurarnos de las actividades sociales de los ciudadanos rusos", escribió el ministro de Defensa, Sergei Ivanov, en una carta citada por el diario financiero Kommersant. El mes pasado, Ivanov, quejándose de los medios de comunicación, dijo que "la imbecibilidad de la gente debe terminar".
"Cuando Putin llegó al poder, con él llegó la idea de que la KGB es el verdadero poder en la sociedad y la que garantiza la estabilidad y la seguridad", dice Victor Shenderovich, un escritor político satírico y creador de un irónico programa de títeres que dejó la NTV después de que el canal pasara a control de Gazprom Media, un brazo de la compañía estatal de gas. "Es realmente asombroso cómo todo el mundo está tratando ahora de crear leyendas y cuentos de hadas sobre los servicios de seguridad".
Series dramáticas como La capilla roja', Saboteador' y La KGB en smoking' celebran las hazañas de los servicios de inteligencia en la lucha contra la Alemania nazi y luego en la Guerra Fría. Al mismo tiempo, héroes populares ficticios de la era soviética, como el mayor Pronin, una imitación de James Bond y agente del contraespionaje, han sido resucitados. El año pasado se re-editaron cinco novelas de Pronin y se han vendido extremadamente bien, de acuerdo a Mikhail Kotomin, editor literario de Ad Marginem Press, una editorial moscovita.
"La KGB representa el mito de un pasado poderoso, y hay una tendencia a volverse hacia la historia a la búsqueda de héroes", dice Kotomin, que ha publicado recientemente una serie de novelas de espionaje de los días soviéticos que dice que se están vendiendo muy bien.
Dondurei, el editor de Cinema Art', observa que la industria filmográfica rusa continúa produciendo películas que muestran una mala imagen de los servicios de seguridad. "Esto no Corea del Norte; aquí hay pluralismo", dice, señalando películas o series como Un chofer para Vera' y Niños de Arbat'. "Todavía tenemos películas sobre monstruos de la KGB. No podemos decir que haya censura".
Son materiales de la era soviética los que ahora están nuevamente de moda, especialmente un libro, y más tarde una película, titulado El escudo y la espada", el que primero atrajo la atención de Putin hacia la KGB. Se presentó a sí mismo como un recluta potencial cuando estaba en noveno de la secundaria en Leningrado, ahora San Petersburgo, de acuerdo a Primera persona', una larga serie de conversaciones con el presidente que fue publicado en 2000.
"Mi imagen de la KGB proviene de historias románticas de espías", dijo Putin, refiriéndose en particular a El escudo y la espada' en el que un agente soviético infiltra la Alemania nazi. "Libros y películas sobre espías... dominaron mi imaginación. Lo que más me sorprendió fue cómo el esfuerzo de un solo hombre podía lograr lo que no podría un ejército".
El escudo y la espada' es también el nombre de un restaurante temático de Moscú, una especie de Planet KGB, donde los recuerdos incluyen una carta firmada por el dictador José Stalin y retratos de sus matones, incluyendo a Lavrenti Beria, un asesino, torturador y violador en serie que fue ejecutado después de la muerte de Stalin en 1953.
Las camareras llevan faldas verdes y blusas blancas con hombreras de funcionarios soviéticos, y el chef trabajaba en el Kremlin cuando estaba en el poder Leonid Brezhnev.
El comedor está dominado por una copia de la famosa estatua de Félix Dzerzhinsky, fundador de otra agencia de seguridad de la era soviética, la NKVD.
El nieto de Beria cena aquí de vez en vez, y la familia del antiguo jefe de la KGB y secretario general del Partido Comunista, Yuri Andropov, cuyo busto está en el vestíbulo, celebró el 90 aniversario de su nacimiento en el restaurante, de acuerdo al dueño, Konstantin Piskaryov, cuyo abuelo fue un coronel de la NKVD. La mayoría de los clientes, dice, trabajan actualmente en los servicios de seguridad y "disfrutan viniendo aquí".
Interrogado sobre la exhibición de retratos de personajes tan manchados de sangre como Beria, Piskaryov replica: "Mi opinión es que no importa qué tipo de gente fueran, ellos forman parte de nuestra historia. El tiempo y la historia demostrarán que hicieron lo mejor por nuestro país".
También reciben un tratamiento glorioso los actuales servicios de seguridad del país, en series de televisión como Agente de seguridad nacional', Liquidator' y La patria espera'.
Incluso una popular canción de principios de los años noventa, Contable', sobre una mujer que suspira por un marido así, ha cambiado su letras para reflejar la nueva moda. El título de la nueva versión es Agente operativo'.
Las opiniones sobre el viejo enemigo, Estados Unidos, son ambivalentes en los programas y novelas. Rusia y Estados Unidos son aliados en algunas, pero en otras un infame Estados Unidos quiere sitiar y debilitar a Rusia. En Legión blanca', de Ilya Ryasnoi, una novela de éxito de ventas con un escenario contemporáneo, las reformas de Mikhail Gorbachev son mostradas como una conspiración de la CIA y la caótica sociedad post-soviética es salvada de la ruina total gracias a una red secreta de antiguos agentes de la KGB.
"Gran parte de esta literatura es anti-liberal", dice la editora Ivanova. "No creo que estos escritores reciban algún tipo de órdenes del Kremlin. Pero sí están captando sus deseos, están sintiendo el cambio de actitud. La tendencia nos pone en guardia. Yo quiero vivir en un país libre, sin la idea de que el control de los servicios especiales es esencial para la estabilidad o de que necesitamos revivir el imperio".
Número personal', una nueva película con un presupuesto de 7 millones de dólares, lo que es alto para Rusia, dramatiza muchas de las preocupaciones domésticas y de relaciones exteriores del Kremlin, basándose en incidentes recientes, como la toma del teatro de Moscú por rebeldes chechenos en 2002.
En su historia, un magnate exiliado trabaja con terroristas chechenos y árabes, incluyendo a personajes como Osama bin Laden, para ocupar un circo en Moscú. La película se posa sobre los rostros de los niños rehenes, provocando olas de miedo en la audiencia.
Al final, los árabes traicionan a los chechenos; el magnate que había esperado derrocar al gobierno vuelve a Londres, donde se han reunido varios enemigos de Putin. La figura de Bin Laden encuentra refugio en Pankisi Gorge, en Georgia, que según Rusia ha sido largo tiempo un santuario de terroristas.
Un agente del FSB, moldeado de Bruce Willis en Duro de matar', salva el día, desbaratando una conspiración para usar un avión para detonar una bomba radioactiva sobre Roma.
"La película le da a la gente la certidumbre de que están siendo protegidos", dice Sergei Gribkov, el productor de la película. "Le da al país la oportunidad de mostrar su poder de resistencia. Y ayuda con motivación a los servicios de seguridad". El FSB y el gobierno proporcionaron los aviones de guerra, los helicópteros de combate y los transportadores blindados para contribuir a la verosimilitud de la película.
"No sólo queríamos crear una imagen positiva del FSB, queríamos que la gente entendiera que el tema más serio de nuestra época, uno que fue discutido por el presidente de Estados Unidos, es el tema de las armas de destrucción masiva en manos de terroristas", dice Gribkov. "Es un deber de todo estado ayudar a este tipo de películas".
26 de febrero de 2005
©washington post
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Desde sus días de gloria en los años sesenta y setenta, cuando las novelas y películas de espionaje capturaron la imaginación del adolescente Vladimir Putin, que un agente secreto ruso no gozaba de un lugar de tanto prestigio en la cultura popular. Películas taquilleras, series de televisión, novelas de mejores ventas e incluso restaurantes temáticos están restaurando el lustre de la FSB, el servicio de inteligencia ruso, y de su predecesora KGB, a medida que el país excava en la actual lucha contra el terrorismo y en el pasado soviético a la búsqueda de héroes incorruptibles.
Para los críticos aquí, la re-emergencia del agente heroico es un reflejo del anhelo del Kremlin de cultivar un mayor patriotismo, uno leal al fuerte, centralizado y secreto estado que está en el centro de las ambiciones del presidente Putin para Rusia.
"La ideología corriente para muchos escritores y cineastas hoy es que las únicas instituciones limpias que heredamos de la Unión Soviética eran los servicios especiales, y que sin ellos la vida en este país se habría degradado completamente", dice Natalia Ivanova, subdirectora de Znamya', una revista literaria. "Hay una correlación entre quién llega al poder y el tipo de héroe preferido por la cultura de masas". Putin escaló hasta los rangos superiores de la KGB antes de meterse en política.
Durante gran parte de los años noventa, las películas de Hollywood y las series de televisión y los culebrones latinoamericanos dominaron aquí el mundo de las películas y de la televisión estatal. La gran mayoría de las producciones nacionales fueron sagas criminales.
"Pero el último año apareció una nueva tendencia", dice Daniil Dondurei, editor jefe de la revista Cinema Art', y "está claramente conectada con un intento de parte de las autoridades de formar conciencia patriótica en el país, especialmente con respecto al 60 aniversario de la victoria en la Segunda Guerra Mundial".
El domingo el ministro ruso de Defensa programa lanzar lo que llama un canal de "televisión patriótico". Pasará documentales de guerra y largometrajes para crear "influencias informativas e ideológicas efectivas para asegurarnos de las actividades sociales de los ciudadanos rusos", escribió el ministro de Defensa, Sergei Ivanov, en una carta citada por el diario financiero Kommersant. El mes pasado, Ivanov, quejándose de los medios de comunicación, dijo que "la imbecibilidad de la gente debe terminar".
"Cuando Putin llegó al poder, con él llegó la idea de que la KGB es el verdadero poder en la sociedad y la que garantiza la estabilidad y la seguridad", dice Victor Shenderovich, un escritor político satírico y creador de un irónico programa de títeres que dejó la NTV después de que el canal pasara a control de Gazprom Media, un brazo de la compañía estatal de gas. "Es realmente asombroso cómo todo el mundo está tratando ahora de crear leyendas y cuentos de hadas sobre los servicios de seguridad".
Series dramáticas como La capilla roja', Saboteador' y La KGB en smoking' celebran las hazañas de los servicios de inteligencia en la lucha contra la Alemania nazi y luego en la Guerra Fría. Al mismo tiempo, héroes populares ficticios de la era soviética, como el mayor Pronin, una imitación de James Bond y agente del contraespionaje, han sido resucitados. El año pasado se re-editaron cinco novelas de Pronin y se han vendido extremadamente bien, de acuerdo a Mikhail Kotomin, editor literario de Ad Marginem Press, una editorial moscovita.
"La KGB representa el mito de un pasado poderoso, y hay una tendencia a volverse hacia la historia a la búsqueda de héroes", dice Kotomin, que ha publicado recientemente una serie de novelas de espionaje de los días soviéticos que dice que se están vendiendo muy bien.
Dondurei, el editor de Cinema Art', observa que la industria filmográfica rusa continúa produciendo películas que muestran una mala imagen de los servicios de seguridad. "Esto no Corea del Norte; aquí hay pluralismo", dice, señalando películas o series como Un chofer para Vera' y Niños de Arbat'. "Todavía tenemos películas sobre monstruos de la KGB. No podemos decir que haya censura".
Son materiales de la era soviética los que ahora están nuevamente de moda, especialmente un libro, y más tarde una película, titulado El escudo y la espada", el que primero atrajo la atención de Putin hacia la KGB. Se presentó a sí mismo como un recluta potencial cuando estaba en noveno de la secundaria en Leningrado, ahora San Petersburgo, de acuerdo a Primera persona', una larga serie de conversaciones con el presidente que fue publicado en 2000.
"Mi imagen de la KGB proviene de historias románticas de espías", dijo Putin, refiriéndose en particular a El escudo y la espada' en el que un agente soviético infiltra la Alemania nazi. "Libros y películas sobre espías... dominaron mi imaginación. Lo que más me sorprendió fue cómo el esfuerzo de un solo hombre podía lograr lo que no podría un ejército".
El escudo y la espada' es también el nombre de un restaurante temático de Moscú, una especie de Planet KGB, donde los recuerdos incluyen una carta firmada por el dictador José Stalin y retratos de sus matones, incluyendo a Lavrenti Beria, un asesino, torturador y violador en serie que fue ejecutado después de la muerte de Stalin en 1953.
Las camareras llevan faldas verdes y blusas blancas con hombreras de funcionarios soviéticos, y el chef trabajaba en el Kremlin cuando estaba en el poder Leonid Brezhnev.
El comedor está dominado por una copia de la famosa estatua de Félix Dzerzhinsky, fundador de otra agencia de seguridad de la era soviética, la NKVD.
El nieto de Beria cena aquí de vez en vez, y la familia del antiguo jefe de la KGB y secretario general del Partido Comunista, Yuri Andropov, cuyo busto está en el vestíbulo, celebró el 90 aniversario de su nacimiento en el restaurante, de acuerdo al dueño, Konstantin Piskaryov, cuyo abuelo fue un coronel de la NKVD. La mayoría de los clientes, dice, trabajan actualmente en los servicios de seguridad y "disfrutan viniendo aquí".
Interrogado sobre la exhibición de retratos de personajes tan manchados de sangre como Beria, Piskaryov replica: "Mi opinión es que no importa qué tipo de gente fueran, ellos forman parte de nuestra historia. El tiempo y la historia demostrarán que hicieron lo mejor por nuestro país".
También reciben un tratamiento glorioso los actuales servicios de seguridad del país, en series de televisión como Agente de seguridad nacional', Liquidator' y La patria espera'.
Incluso una popular canción de principios de los años noventa, Contable', sobre una mujer que suspira por un marido así, ha cambiado su letras para reflejar la nueva moda. El título de la nueva versión es Agente operativo'.
Las opiniones sobre el viejo enemigo, Estados Unidos, son ambivalentes en los programas y novelas. Rusia y Estados Unidos son aliados en algunas, pero en otras un infame Estados Unidos quiere sitiar y debilitar a Rusia. En Legión blanca', de Ilya Ryasnoi, una novela de éxito de ventas con un escenario contemporáneo, las reformas de Mikhail Gorbachev son mostradas como una conspiración de la CIA y la caótica sociedad post-soviética es salvada de la ruina total gracias a una red secreta de antiguos agentes de la KGB.
"Gran parte de esta literatura es anti-liberal", dice la editora Ivanova. "No creo que estos escritores reciban algún tipo de órdenes del Kremlin. Pero sí están captando sus deseos, están sintiendo el cambio de actitud. La tendencia nos pone en guardia. Yo quiero vivir en un país libre, sin la idea de que el control de los servicios especiales es esencial para la estabilidad o de que necesitamos revivir el imperio".
Número personal', una nueva película con un presupuesto de 7 millones de dólares, lo que es alto para Rusia, dramatiza muchas de las preocupaciones domésticas y de relaciones exteriores del Kremlin, basándose en incidentes recientes, como la toma del teatro de Moscú por rebeldes chechenos en 2002.
En su historia, un magnate exiliado trabaja con terroristas chechenos y árabes, incluyendo a personajes como Osama bin Laden, para ocupar un circo en Moscú. La película se posa sobre los rostros de los niños rehenes, provocando olas de miedo en la audiencia.
Al final, los árabes traicionan a los chechenos; el magnate que había esperado derrocar al gobierno vuelve a Londres, donde se han reunido varios enemigos de Putin. La figura de Bin Laden encuentra refugio en Pankisi Gorge, en Georgia, que según Rusia ha sido largo tiempo un santuario de terroristas.
Un agente del FSB, moldeado de Bruce Willis en Duro de matar', salva el día, desbaratando una conspiración para usar un avión para detonar una bomba radioactiva sobre Roma.
"La película le da a la gente la certidumbre de que están siendo protegidos", dice Sergei Gribkov, el productor de la película. "Le da al país la oportunidad de mostrar su poder de resistencia. Y ayuda con motivación a los servicios de seguridad". El FSB y el gobierno proporcionaron los aviones de guerra, los helicópteros de combate y los transportadores blindados para contribuir a la verosimilitud de la película.
"No sólo queríamos crear una imagen positiva del FSB, queríamos que la gente entendiera que el tema más serio de nuestra época, uno que fue discutido por el presidente de Estados Unidos, es el tema de las armas de destrucción masiva en manos de terroristas", dice Gribkov. "Es un deber de todo estado ayudar a este tipo de películas".
26 de febrero de 2005
©washington post
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legalizando la marihuana en usa
[Peter Carlson] El legendario cabildero de la marihuana, Keith Stroup, deja la dirección de NORML después de 34 años sin haber conseguido su objetivo: legalizarla.
Washington, Estados Unidos. Keith Stroup tiene la boca seca. Y el cerebro empañado. El más famoso cabildero de la marihuana de Estados Unidos reconoce que una poderosa droga le ha desordenado sus ideas.
Esa droga no es la marihuana, aunque él la fuma casi todos los días, por la noche. Es un medicamento frío. Tomó algo esta mañana, dice, y le hace sentirse atontado, perdido, colocado.
"No me gusta tomarlo", dice. "Pero se me caían los mocos y no hacía más que sonarme y pensé que debía tomar algo".
Con una camisa azul brillante y un traje azul oscuro, Stroup me recibe en su impecable escritorio en las ordenadas oficinas de NORML, la Organización Nacional para la Reforma de las Leyes sobre la Marihuana. Fundó NORML en 1970 y ahora, 34 años después, se retira a los 61 de su posición de director ejecutivo del grupo de presión pro-marihuana.
"Cuando cumplí 60, me miré al espejo y vi a este hombre canoso y me dije: Creo que necesitamos líderes más jóvenes'", cuenta. "Tiene que ver con que necesitamos más energía, perspectivas más frescas, ideas nuevas. No es que yo esté listo para irme a una residencia. Pero creo que necesitamos a alguien más joven para dirigir la organización".
Allen St. Pierre, 39, el subdirector de NORML durante los últimos diez años, se hará cargo. Stroup, que se casó recientemente por tercera vez, se dedicará a labores de asesoría y a dictar conferencias.
En la pared hay un foto de Stroup en vaqueros arengando a un grupo de hippies frente a la Casa Blanca en los años 70.
"Acostumbrábamos a celebrar el 4 de julio fumando porros en el Parque de Lafayette", dice. "Creo que fue una época. ¡Todo ese chusma de tíos sin camisa!"
Su archivador está decorado con pegatinas -"Di Sí a la Legalización"- y un billete gratuito para un concierto de Willie Nelson. Nelson, cuya afición a la marihuana es célebre, ha sido un partidario de NORML durante muchos años.
En los años setenta, Keith Stroup estuvo lo más cerca de la fama roquera al que puede aspirar un cabildero de Washington. Era amigo de los Allman Brothers y de Jimmy Buffet. Parrandeaba con Willie Nelson y con el hijo presidencial Chip Carter. Tenía sexo en el legendario antro de la mansión de Playboy, donde Hugh Hefner organizaba veladas para reunir fondos para NORML.
El hombre al que llamaban Mister Marihuana' creció en una granja de Illinois, se graduó por la Universidad de Illinois en 1965 y se marchó a Washington, donde se inscribió en la Facultad de Derecho de Georgetown y consiguió un trabajo de 50 dólares a la semana en el despacho del senador de Illinois, Everett Dirksen, que le hizo conocer los tejemanejes del Capitolio.
Entretanto, había empezado a fumar marihuana y a participar en manifestaciones contra la guerra, a veces simultáneamente.
Terminó sus estudios de derecho en 1968, se casó y encontró un nuevo trabajo en la recién nombrada Comisión Federal de Seguridad de Productos del Consumidor. Inspirado por el trabajo del joven y ardiente partidario del consumo de marihuana Ralph Nader, Stroup tuvo una idea: Formaría un grupo de consumidores de fumadores de marihuana, una organización para cabildear por su legalización. Era como construir con castillos en el aire y la idea flotaba en las cabezas de una multitud de fumadores de hierba, pero Stroup lo logró: obtuvo 5.000 dólares de capital inicial de la Fundación Playboy y abrió una oficina en su sótano.
Cortejando la respetabilidad, Stroup reunió un directorio que incluía a profesores de Harvard, el antiguo fiscal general el general Ramsey Clark y, más tarde, a los senadores Phil Hart y Jacob Javits. Stroup contó su historia en televisión, dictó conferencias en universidades y testificó ante el Congreso y legislaturas estatales.
Un Informe Positivo
En 1972 Stroup obtuvo una inesperada ayuda de una fuente poco probable: La Comisión Nacional sobre la Marihuana y Abuso de Drogas, nombrada por el presidente Nixon, publicó su informe final, concluyendo que la marihuana era relativamente inofensiva y que la posesión de menos de una onza debería ser legal. Nixon rechazó el informe, el que Stroup usó como un arma de su cabildeo en su campaña cada vez más exitosa para reducir la penalización por posesión de marihuana.
En 1975 cinco estados -Alaska, California, Colorado, Maine y Ohio- anularon las penas por posesión de pequeñas cantidades de hierba. En 1976, Jimmy Carter, que durante su campaña defendió la despenalización de la marihuana, fue elegido presidente. En 1977 Stroup visitó la Casa Blanca para reunirse con el asesor para políticas de drogas de Carter, Peter Bourne. Pronto NORML estaba jugando softball en la Casa Blanca.
Parecían buenos tiempos para NORML. Públicamente, Stroup predecía que la marihuana sería legal en un par de años. En privado, él y sus compinches de NORML bromeaban con la idea de formar un grupo de defensa de otra droga que habían comenzado a disfrutar: cocaína.
Luego, en octubre de 1977, aduaneros canadienses hallaron un porro en un bolsillo de Stroup y lo detuvieron. No fue demasiado malo: Canadá tenía leyes liberales sobre la marihuana, y el juez lo dejó marcharse después de pagar una multa de 100 dólares.
Expulsado de Canadá
Pero en el aeropuerto de vuelta a casa, agentes aduaneros canadienses registraron su equipaje y encontraron un porro y un frasco con restos de cocaína. Arrestado otra vez, le pusieron una multa de 300 dólares y lo expulsaron de Canadá.
De regreso en Washington, estuvo cabildeando por una ley para prohibir el financiamiento federal de un polémico programa que rociaba las plantaciones de marihuana en México con el herbicida paraquat [gramoxone],que causaba lesiones pulmonares a la gente que fumaba la hierba contaminada. Stroup pidió a Bourne, el asesor de drogas de Carter, que apoyara el proyecto de ley. Bourne se negó. Stroup se indignó. Para él, el problema era moral: ¡Los federales estaban envenenando deliberadamente a los fumadores de marihuana!
Para vengarse, Stroup filtró en 1978 un secreto al columnista Jack Anderson: Bourne había esnifado cocaína en la fiesta de Navidad de NORML en 1977. Cuando la historia salió a luz, Bourne dijo a los periodistas que él sólo había tocado la cocaína en esa fiesta, sin llegar a esnifarla. Bourne perdió su trabajo.
Pero también Stroup. A la gente de NORML no le gustaban los soplones.
"Cuando pienso en lo que ocurrió", dice Stroup, "creo que fue la cosa más estúpida que he hecho en mi vida".
Nadie "en su sana mente", agrega, pondría en peligro una relación con un importante funcionario de la Casa Blanca por una riña de poca importancia.
¿Es posible que no estuviese en su "sana mente" porque a menudo estaba demasiado colocado?
"Sí", dice. "Yo creo que es posible que mi propio uso de cocaína haya tenido algo que ver con eso".
En esos días, él, como otros muchos, pensaba que la coca era inofensiva. Ahora sabe mejor. "La cocaína es letal", dice.
Después de dejar NORML en 1979, Stroup se dedicó cuatro años a trabajar como abogado. "Todos mis clientes tenían que ver con drogas", dice. "Los únicos que habían escuchado hablar de mí eran personas detenidas por cargos de drogas".
Desafortunadamente, no eran el tipo de transgresores de la ley de drogas que a él le gustaban -gente que había sido agarrada con un poco de hierba. La mayoría eran traficantes de cocaína y, como se daría cuenta pronto, eran gángsteres.
"Así que lo dejé", dice, "y volví al trabajo de interés público".
Stroup, que se había vuelto a casar, ocupó posiciones de cabildeo y la de director ejecutivo de la Asociación Nacional de Abogados Defensores.
En 1995, NORML, dividida por luchas internas, pidió a Stroup que volviera. El movimiento para legalizar la marihuana había encallado. En los años setenta, 11 estados habían despenalizado la marihuana; en los ochenta, ninguno lo hizo. La cruzada "Dí Simplemente No", de Nancy Reagan, y la mortífera difusión del crack condujo a una represión de las drogas. NORML estuvo al borde de la quiebra, políticamente impotente y acosada por peleas internas.
Stroup salvó a NORML de la autodestrucción, dice St. Pierre, pero "no pudo volver a hacer lo que hizo en los años setenta".
NORML, se arrastra ahora con un presupuesto de apenas 750.000 dólares al año, la mayoría por concepto de subscripción de sus 12 mil miembros. No es demasiado dinero como para hacer campañas, así que NOMRL es ahora en gran parte una organización de consumidores de marihuana que proporciona datos para eludir los controles de droga y provee de asesoría legal a fumadores arrestados.
Tom Riley, portavoz oficial de zar federal de las drogas, John Walters, dice: "Keith y gente como él se han estado golpeando la cabeza contra la pared durante años diciendo: Legalicemos la marihuana'. Pero ahora están todavía más lejos de su objetivo que hace 20 años".
Un Porro Al Día
"No tengo ninguna duda de que el día en que muera, habré fumado marihuana", dice Stroup. Él fuma casi todas las noches. Tras llegar a casa se sirve un vaso de chardonnay, enciende un porro y pone el telediario. Dice que no fuma marihuana cuando tiene que trabajar o conducir
Su nueva esposa no comparte su pasión por la marihuana. Tampoco su hija de 35, que dio a luz recientemente, transformando a Stroup en abuelo. A él no le preocupa que no fumen y cree que el hecho de que él sí fume no debe preocupar a nadie.
"No hay absolutamente nada malo con fumar marihuana", dice, "y no debería preocupar al gobierno".
8 de febrero de 2005
24 de febrero de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
Washington, Estados Unidos. Keith Stroup tiene la boca seca. Y el cerebro empañado. El más famoso cabildero de la marihuana de Estados Unidos reconoce que una poderosa droga le ha desordenado sus ideas.Esa droga no es la marihuana, aunque él la fuma casi todos los días, por la noche. Es un medicamento frío. Tomó algo esta mañana, dice, y le hace sentirse atontado, perdido, colocado.
"No me gusta tomarlo", dice. "Pero se me caían los mocos y no hacía más que sonarme y pensé que debía tomar algo".
Con una camisa azul brillante y un traje azul oscuro, Stroup me recibe en su impecable escritorio en las ordenadas oficinas de NORML, la Organización Nacional para la Reforma de las Leyes sobre la Marihuana. Fundó NORML en 1970 y ahora, 34 años después, se retira a los 61 de su posición de director ejecutivo del grupo de presión pro-marihuana.
"Cuando cumplí 60, me miré al espejo y vi a este hombre canoso y me dije: Creo que necesitamos líderes más jóvenes'", cuenta. "Tiene que ver con que necesitamos más energía, perspectivas más frescas, ideas nuevas. No es que yo esté listo para irme a una residencia. Pero creo que necesitamos a alguien más joven para dirigir la organización".
Allen St. Pierre, 39, el subdirector de NORML durante los últimos diez años, se hará cargo. Stroup, que se casó recientemente por tercera vez, se dedicará a labores de asesoría y a dictar conferencias.
En la pared hay un foto de Stroup en vaqueros arengando a un grupo de hippies frente a la Casa Blanca en los años 70.
"Acostumbrábamos a celebrar el 4 de julio fumando porros en el Parque de Lafayette", dice. "Creo que fue una época. ¡Todo ese chusma de tíos sin camisa!"
Su archivador está decorado con pegatinas -"Di Sí a la Legalización"- y un billete gratuito para un concierto de Willie Nelson. Nelson, cuya afición a la marihuana es célebre, ha sido un partidario de NORML durante muchos años.
En los años setenta, Keith Stroup estuvo lo más cerca de la fama roquera al que puede aspirar un cabildero de Washington. Era amigo de los Allman Brothers y de Jimmy Buffet. Parrandeaba con Willie Nelson y con el hijo presidencial Chip Carter. Tenía sexo en el legendario antro de la mansión de Playboy, donde Hugh Hefner organizaba veladas para reunir fondos para NORML.
El hombre al que llamaban Mister Marihuana' creció en una granja de Illinois, se graduó por la Universidad de Illinois en 1965 y se marchó a Washington, donde se inscribió en la Facultad de Derecho de Georgetown y consiguió un trabajo de 50 dólares a la semana en el despacho del senador de Illinois, Everett Dirksen, que le hizo conocer los tejemanejes del Capitolio.
Entretanto, había empezado a fumar marihuana y a participar en manifestaciones contra la guerra, a veces simultáneamente.
Terminó sus estudios de derecho en 1968, se casó y encontró un nuevo trabajo en la recién nombrada Comisión Federal de Seguridad de Productos del Consumidor. Inspirado por el trabajo del joven y ardiente partidario del consumo de marihuana Ralph Nader, Stroup tuvo una idea: Formaría un grupo de consumidores de fumadores de marihuana, una organización para cabildear por su legalización. Era como construir con castillos en el aire y la idea flotaba en las cabezas de una multitud de fumadores de hierba, pero Stroup lo logró: obtuvo 5.000 dólares de capital inicial de la Fundación Playboy y abrió una oficina en su sótano.
Cortejando la respetabilidad, Stroup reunió un directorio que incluía a profesores de Harvard, el antiguo fiscal general el general Ramsey Clark y, más tarde, a los senadores Phil Hart y Jacob Javits. Stroup contó su historia en televisión, dictó conferencias en universidades y testificó ante el Congreso y legislaturas estatales.
Un Informe Positivo
En 1972 Stroup obtuvo una inesperada ayuda de una fuente poco probable: La Comisión Nacional sobre la Marihuana y Abuso de Drogas, nombrada por el presidente Nixon, publicó su informe final, concluyendo que la marihuana era relativamente inofensiva y que la posesión de menos de una onza debería ser legal. Nixon rechazó el informe, el que Stroup usó como un arma de su cabildeo en su campaña cada vez más exitosa para reducir la penalización por posesión de marihuana.
En 1975 cinco estados -Alaska, California, Colorado, Maine y Ohio- anularon las penas por posesión de pequeñas cantidades de hierba. En 1976, Jimmy Carter, que durante su campaña defendió la despenalización de la marihuana, fue elegido presidente. En 1977 Stroup visitó la Casa Blanca para reunirse con el asesor para políticas de drogas de Carter, Peter Bourne. Pronto NORML estaba jugando softball en la Casa Blanca.
Parecían buenos tiempos para NORML. Públicamente, Stroup predecía que la marihuana sería legal en un par de años. En privado, él y sus compinches de NORML bromeaban con la idea de formar un grupo de defensa de otra droga que habían comenzado a disfrutar: cocaína.
Luego, en octubre de 1977, aduaneros canadienses hallaron un porro en un bolsillo de Stroup y lo detuvieron. No fue demasiado malo: Canadá tenía leyes liberales sobre la marihuana, y el juez lo dejó marcharse después de pagar una multa de 100 dólares.
Expulsado de Canadá
Pero en el aeropuerto de vuelta a casa, agentes aduaneros canadienses registraron su equipaje y encontraron un porro y un frasco con restos de cocaína. Arrestado otra vez, le pusieron una multa de 300 dólares y lo expulsaron de Canadá.
De regreso en Washington, estuvo cabildeando por una ley para prohibir el financiamiento federal de un polémico programa que rociaba las plantaciones de marihuana en México con el herbicida paraquat [gramoxone],que causaba lesiones pulmonares a la gente que fumaba la hierba contaminada. Stroup pidió a Bourne, el asesor de drogas de Carter, que apoyara el proyecto de ley. Bourne se negó. Stroup se indignó. Para él, el problema era moral: ¡Los federales estaban envenenando deliberadamente a los fumadores de marihuana!
Para vengarse, Stroup filtró en 1978 un secreto al columnista Jack Anderson: Bourne había esnifado cocaína en la fiesta de Navidad de NORML en 1977. Cuando la historia salió a luz, Bourne dijo a los periodistas que él sólo había tocado la cocaína en esa fiesta, sin llegar a esnifarla. Bourne perdió su trabajo.
Pero también Stroup. A la gente de NORML no le gustaban los soplones.
"Cuando pienso en lo que ocurrió", dice Stroup, "creo que fue la cosa más estúpida que he hecho en mi vida".
Nadie "en su sana mente", agrega, pondría en peligro una relación con un importante funcionario de la Casa Blanca por una riña de poca importancia.
¿Es posible que no estuviese en su "sana mente" porque a menudo estaba demasiado colocado?
"Sí", dice. "Yo creo que es posible que mi propio uso de cocaína haya tenido algo que ver con eso".
En esos días, él, como otros muchos, pensaba que la coca era inofensiva. Ahora sabe mejor. "La cocaína es letal", dice.
Después de dejar NORML en 1979, Stroup se dedicó cuatro años a trabajar como abogado. "Todos mis clientes tenían que ver con drogas", dice. "Los únicos que habían escuchado hablar de mí eran personas detenidas por cargos de drogas".
Desafortunadamente, no eran el tipo de transgresores de la ley de drogas que a él le gustaban -gente que había sido agarrada con un poco de hierba. La mayoría eran traficantes de cocaína y, como se daría cuenta pronto, eran gángsteres.
"Así que lo dejé", dice, "y volví al trabajo de interés público".
Stroup, que se había vuelto a casar, ocupó posiciones de cabildeo y la de director ejecutivo de la Asociación Nacional de Abogados Defensores.
En 1995, NORML, dividida por luchas internas, pidió a Stroup que volviera. El movimiento para legalizar la marihuana había encallado. En los años setenta, 11 estados habían despenalizado la marihuana; en los ochenta, ninguno lo hizo. La cruzada "Dí Simplemente No", de Nancy Reagan, y la mortífera difusión del crack condujo a una represión de las drogas. NORML estuvo al borde de la quiebra, políticamente impotente y acosada por peleas internas.
Stroup salvó a NORML de la autodestrucción, dice St. Pierre, pero "no pudo volver a hacer lo que hizo en los años setenta".
NORML, se arrastra ahora con un presupuesto de apenas 750.000 dólares al año, la mayoría por concepto de subscripción de sus 12 mil miembros. No es demasiado dinero como para hacer campañas, así que NOMRL es ahora en gran parte una organización de consumidores de marihuana que proporciona datos para eludir los controles de droga y provee de asesoría legal a fumadores arrestados.
Tom Riley, portavoz oficial de zar federal de las drogas, John Walters, dice: "Keith y gente como él se han estado golpeando la cabeza contra la pared durante años diciendo: Legalicemos la marihuana'. Pero ahora están todavía más lejos de su objetivo que hace 20 años".
Un Porro Al Día
"No tengo ninguna duda de que el día en que muera, habré fumado marihuana", dice Stroup. Él fuma casi todas las noches. Tras llegar a casa se sirve un vaso de chardonnay, enciende un porro y pone el telediario. Dice que no fuma marihuana cuando tiene que trabajar o conducir
Su nueva esposa no comparte su pasión por la marihuana. Tampoco su hija de 35, que dio a luz recientemente, transformando a Stroup en abuelo. A él no le preocupa que no fumen y cree que el hecho de que él sí fume no debe preocupar a nadie.
"No hay absolutamente nada malo con fumar marihuana", dice, "y no debería preocupar al gobierno".
8 de febrero de 2005
24 de febrero de 2005
©chicago tribune
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última película de cabrera infante
Se trata de The Lost City', película dirigida por García, para la cual co-escribió el guión inspirándose en pasajes de su novela Tres Tristes Tigres'. Obra final de Cabrera Infante es filme con Dustin Hoffman y Andy García. La cinta se estrena en septiembre y en su elenco también figura Bill Murray. Relata una historia que transcurre en La Habana de los años '50, período añorado por el escritor cubano fallecido el lunes.
Fallecido el lunes en Londres, a causa de una septicemia, Guillermo Cabrera Infante fue un nostálgico. Sus libros de cine y sus relatos dieron cuenta, a través de los años, de una marcada debilidad por los buenos viejos tiempos y precisamente uno de sus últimos trabajos es de este calibre. Se trata del guión de la película The Lost City', filme producido, dirigido y protagonizado por el actor estadounidense de origen cubano Andy García. La película -que se estrena en septiembre en Europa y luego en Estados Unidos- se ambienta en La Habana de los años '50 y, según lo que informa la BBC, se inspira en pasajes de la novela Tres Tristes Tigres'.
Andy García hace su debut en la dirección cinematográfica -antes había realizado un documental televisivo- con esta película que literalmente le costó casi dos décadas de trabajo. Durante todo ese tiempo, García planificó, reunió fondos, realizó el casting y, lo más importante, participó en el guión junto a Cabrera Infante. Cogiendo elementos de uno de los libros fundamentales del autor exiliado, la cinta aborda una intriga que mezcla el amor, el trasfondo político y una crónica costumbrista de La Habana de los tiempos del dictador Fulgencio Batista y los primeros días del gobierno de Fidel Castro.
The Lost City' -proyecto independiente de 10 millones de dólares, con distribución de la compañía Lions Gate- se encuentra actualmente en postproducción y entre sus actores más conocidos figuran Dustin Hoffman y Bill Murray. Mientras el primero tiene un breve rol como el mafioso estadounidense Meyer Lansky -dueño de varios casinos y clubes en La Habana entre los '30 y los '50-, el actor de Perdidos en Tokio' interpreta a un escritor norteamericano que es testigo de los turbulentos tiempos inmediatamente previos a la Revolución. En el filme también hay espacio para personajes políticos centrales como Fidel Castro, el Che' Guevara y Fulgencio Batista. El elemento romántico de la historia lo aporta el personaje de Aurora -encarnada por la modelo y actriz española Inés Sastre-, objeto del deseo de uno de los protagonistas.
García y Su Club
Sin embargo, el eje central de la trama se da en torno a tres hermanos. Dos de ellos son fieles seguidores de los guerrilleros comandados por Fidel Castro: uno es descubierto y apresado por las fuerzas del dictador Batista y el otro apoya a Castro hasta que, una vez en el poder, se da cuenta de que la revolución no es lo que pensaba. El tercer hermano, en tanto, es Fico -rol que se reservó Andy García-, propietario de un club nocturno de La Habana, cuyo bienestar económico se desploma cuando Fidel asume el gobierno. Después de varias tensiones con el régimen, Fico escapa a Estados Unidos.
La cinta fue filmada en República Domicana y de su carácter anticastrista hay pocas dudas, considerando las posturas del fallecido Cabrera Infante y del propio García. De acuerdo con The New York Times, la trama sugiere que el Che' envía a matar a uno de los amigos del protagonista Fico. Según lo afirmado por García al periódico estadounidense, la cinta pretende reproducir fielmente el ambiente de bohemia y diversión de la Cuba precastrista. De acuerdo con el actor de Los Intocables', "sólo El Padrino II y Antes Que Anochezca lograron capturar ese clima".
Guillermo Cabrera Infante deja este guión escrito a cuatro manos como una de sus tantas colaboraciones en el cine, disciplina que siempre amó y defendió. Entre sus mayores aportes, como guionista, está su trabajo en la adaptación de la novela Bajo el Volcán', de Malcolm Lowry, dirigida por John Huston y protagonizada por Albert Finney y Jacqueline Bisset. Igualmente, se desempeñó durante largo tiempo como crítico de cine: en la época de Batista fue director de la Cinemateca de Cuba y editor de la revista Carteles'. Entre sus libros cinéfilos destacan Cine o Sardina', Un Oficio del Siglo Veinte' y Arcadia Todas Las Noches'.
23 de febrero de 2005
©tercera
Fallecido el lunes en Londres, a causa de una septicemia, Guillermo Cabrera Infante fue un nostálgico. Sus libros de cine y sus relatos dieron cuenta, a través de los años, de una marcada debilidad por los buenos viejos tiempos y precisamente uno de sus últimos trabajos es de este calibre. Se trata del guión de la película The Lost City', filme producido, dirigido y protagonizado por el actor estadounidense de origen cubano Andy García. La película -que se estrena en septiembre en Europa y luego en Estados Unidos- se ambienta en La Habana de los años '50 y, según lo que informa la BBC, se inspira en pasajes de la novela Tres Tristes Tigres'.Andy García hace su debut en la dirección cinematográfica -antes había realizado un documental televisivo- con esta película que literalmente le costó casi dos décadas de trabajo. Durante todo ese tiempo, García planificó, reunió fondos, realizó el casting y, lo más importante, participó en el guión junto a Cabrera Infante. Cogiendo elementos de uno de los libros fundamentales del autor exiliado, la cinta aborda una intriga que mezcla el amor, el trasfondo político y una crónica costumbrista de La Habana de los tiempos del dictador Fulgencio Batista y los primeros días del gobierno de Fidel Castro.
The Lost City' -proyecto independiente de 10 millones de dólares, con distribución de la compañía Lions Gate- se encuentra actualmente en postproducción y entre sus actores más conocidos figuran Dustin Hoffman y Bill Murray. Mientras el primero tiene un breve rol como el mafioso estadounidense Meyer Lansky -dueño de varios casinos y clubes en La Habana entre los '30 y los '50-, el actor de Perdidos en Tokio' interpreta a un escritor norteamericano que es testigo de los turbulentos tiempos inmediatamente previos a la Revolución. En el filme también hay espacio para personajes políticos centrales como Fidel Castro, el Che' Guevara y Fulgencio Batista. El elemento romántico de la historia lo aporta el personaje de Aurora -encarnada por la modelo y actriz española Inés Sastre-, objeto del deseo de uno de los protagonistas.
García y Su Club
Sin embargo, el eje central de la trama se da en torno a tres hermanos. Dos de ellos son fieles seguidores de los guerrilleros comandados por Fidel Castro: uno es descubierto y apresado por las fuerzas del dictador Batista y el otro apoya a Castro hasta que, una vez en el poder, se da cuenta de que la revolución no es lo que pensaba. El tercer hermano, en tanto, es Fico -rol que se reservó Andy García-, propietario de un club nocturno de La Habana, cuyo bienestar económico se desploma cuando Fidel asume el gobierno. Después de varias tensiones con el régimen, Fico escapa a Estados Unidos.
La cinta fue filmada en República Domicana y de su carácter anticastrista hay pocas dudas, considerando las posturas del fallecido Cabrera Infante y del propio García. De acuerdo con The New York Times, la trama sugiere que el Che' envía a matar a uno de los amigos del protagonista Fico. Según lo afirmado por García al periódico estadounidense, la cinta pretende reproducir fielmente el ambiente de bohemia y diversión de la Cuba precastrista. De acuerdo con el actor de Los Intocables', "sólo El Padrino II y Antes Que Anochezca lograron capturar ese clima".
Guillermo Cabrera Infante deja este guión escrito a cuatro manos como una de sus tantas colaboraciones en el cine, disciplina que siempre amó y defendió. Entre sus mayores aportes, como guionista, está su trabajo en la adaptación de la novela Bajo el Volcán', de Malcolm Lowry, dirigida por John Huston y protagonizada por Albert Finney y Jacqueline Bisset. Igualmente, se desempeñó durante largo tiempo como crítico de cine: en la época de Batista fue director de la Cinemateca de Cuba y editor de la revista Carteles'. Entre sus libros cinéfilos destacan Cine o Sardina', Un Oficio del Siglo Veinte' y Arcadia Todas Las Noches'.
23 de febrero de 2005
©tercera
cocaína en el hipódromo
[Michael Higgins] Debate sobre la cocaína en los caballos. Funcionarios hípicos divididos sobre dosis.
En una época de un aumento del control sobre el uso de drogas en los deportes, uno de los temas más controversiales en los hipódromos puede sorprender al aficionado casual: ¿Cuánta cocaína se debe permitir en una carrera de caballos?
Algunos aficionados a las carreras suponen que la respuesta es "nada", pero funcionarios hípicos en todo el país se debaten sobre si descalificar a caballos que presentan trazas de droga en sus cuerpos. La Junta Hípica de Illinois debe tratar el asunto en una reunión especial.
Algunos dicen que niveles bajos de cocaína no indican engaño, sino simplemente contaminación accidental -por ejemplo, cuando un empleado que usa drogas toca con sus manos el hocico del caballo en los establos.
Pero otros se muestran escépticos, diciendo que todo hallazgo de cocaína en una caballo justifica una investigación. Apoyan una política de tolerancia cero' para los domadores que pudieran utilizar estimulantes, tales como cocaína, para que los caballos corran más rápido o a toda velocidad a pesar de lesiones.
Un equipo nacional de funcionarios hípicos, representantes comerciales y veterinarios pasaron 2 años y medio estudiando problemas relacionados con el control de drogas y haciendo recomendaciones a funcionarios estatales, pero hasta el momento el grupo se ha mantenido alejado de la controversia sobre la cocaína.
"Es un tema muy difícil como para lograr un consenso", dijo Scot Waterman, veterinario y director ejecutivo de la fuerza operante de la Asociación Nacional de Caballos de Carrera de Pura Sangre para el control de drogas.
"No hay ninguna duda de que la cocaína [en algunos niveles] puede mejorar las prestaciones. Tampoco hay duda de que si las carreras de caballos son como la sociedad, los caballos inevitablemente entrarán en contacto con ella... No puedo imaginar un tópico más polémico".
En Illinois, el tema de los umbrales de droga -incluyendo niveles aceptables de cocaína- surgió el año pasado cuando tres químicos del antiguo laboratorio hípico del estado presentaron una denuncia ante el inspector general ejecutivo del estado. Un detective del estado entrevistó a dos de los químicos el mes pasado y habló con un colega el lunes, dijeron los químicos.
En la denuncia, los químicos dicen que desde 1995 hasta julio, cuando cerró el laboratorio, no se les permitía encontrar caballos positivos' en cocaína y otras drogas a menos que las drogas alcanzaran ciertos umbrales -niveles determinados solamente por funcionarios directivos del laboratorio, y no por la legislatura o la Junta Hípica de Illinois.
"Diría que hemos podido reportar dos o tres veces el número de positivos que tuvimos", dijo Stanley Merchant, un ex químico que presentó la denuncia en marzo. "Creo que era una situación que no estaba regulada, porque esos positivos no eran tomados en cuenta".
Funcionarios estatales rechazan las acusaciones, diciendo que su único objetivo era asegurarse de que todo positivo declarado pudiera ser defendido ante tribunales. Dicen que los tres químicos están resentidos porque el estado cerró su laboratorio en julio y traspasó el control de drogas a la Universidad de Illinois en Chicago. En noviembre los químicos presentaron quejas por discriminación por edad ante el Departamento estatal de Derechos Humanos.
Junta Estatal Votará sobre el Tema
Pero hay cambios en proceso. La Junta Hípica deberá votar sobre los umbrales de cocaína y otras drogas en una sesión de "reglas de emergencia".
Actualmente funcionarios hípicos de Louisiana y Ohio no castigan a los domadores si se encuentran bajos niveles de cocaína -identificado como un subproducto de la cocaína- en la orina de los caballos. Pero funcionarios en Nueva York, Kentucky y Maryland dicen que incluso concentraciones muy pequeñas de la droga son consideradas positivas'. Esa norma también se aplica a los caballos del equipo hípico de Estados Unidos.
Los dos campos están divididos en cuanto a si los bajos niveles de drogas hacen correr más rápido a los caballos, y Waterman dijo que las investigaciones recientes no han resuelto el problema."No se puede realmente hacer un estudio que reproduzca el ambiente de las carreras", dijo.
Funcionarios de Illinois controlan unos 10.000 caballos ganadores al año, buscando trazas de substancias prohibidas, desde esteroides hasta cafeína. Entre estas se incluyen drogas claramente ilegales, como cocaína, y algunas drogas de medicación, como anti-inflamatorios, que deben eliminarse de los caballos para el día de las carreras.
Se supone que los funcionarios de laboratorios deben reportar los positivos al personal de la Junta Hípica. Controladores de hipódromos -un equipo formado por empleados estatales y del hipódromo- se ocupan de la investigación. Si los domadores o propietarios violan las reglas estatales, pueden perder los premios y ser multados o suspendidos.
Las leyes de Illinois fijan umbrales aceptables para sólo dos drogas: furosemide, un medicamento para controlar las hemorragias, y fenilbutazone, un anti-inflamatorio.
El director del laboratorio Adam Negrusz dijo que su laboratorio en la Universidad de Illinois en Chicago, está en condiciones de detectar la cocaína a niveles muy bajos y ya lo está haciendo. Pero dijo que cree que esos niveles son consistentes con contaminación accidental.
Las acusaciones contra el antiguo laboratorio afecta las políticas de Shelley Kalita, que dirigió el laboratorio hípico del estado desde 1989 a 2001 antes de transformarse en abogado general de la Junta Hípica.
Merchant y dos otros químicos veteranos -Mike Artemenko y Shih-Hsien Wang- dicen que desde mediados de los años noventa, Kalita se negó a declarar positivos por cocaína a menos que los empleados del laboratorio encontraron un subproducto clave de la cocaína, bezoylecgonine, en una concentración mayor a los 100 nanogramos por milímetro de orina.
Si los chequeos iniciales sugerían una concentración más baja, la política de Kalita no era tratar de confirmar la cantidad exacta y no reportaba los hallazgos a la junta, dijeron los químicos.
"Ella miraba los datos, o simplemente no miraba, y sólo preguntaba: ¿Está bajo los cien nanogramos?'", contó en una entrevista Artemenko, químico y supervisor.
Un cuarto químico, Michael Gutt, dijo que él encontraba cocaína "sospechosa" más o menos una vez al mes desde mediados de los años noventa hasta que el laboratorio cerró en julio. "Podías saber que estaba ahí, pero era siempre debajo del umbral", dijo Gutt.
El laboratorio hípico declaró más de 50 positivos de cocaína en 1994, pero sólo siete entre 1995 y 2003, muestran archivos estatales.
Kalita defiende su política diciendo que ella y los químicos habían acordado que, como regla, el laboratorio podía defender mejor los positivos de cocaína "en unos 100 nanogramos".
"Nunca hicieron estos químicos ninguna pregunta", dijo Kalita. "Nunca dieron alguna señal de que no estaban de acuerdo con los niveles para declarar positivos de cocaína, o de alguna otra droga".
Kalita dijo que el antiguo laboratorio era uno de los más exhaustivos del país y que había declarado tantos positivos de cocaína en 1994 en parte porque hizo una prueba de control de saliva antes de las carreras.
Esos positivos de cocaína terminaron en multas de 500 dólares debido al temor de que los caballos se hubiesen contaminado inadvertidamente, dijo Kalita. Hace poco la junta paralizó las pruebas pre-carrera para ahorrar dinero.
El director ejecutivo de la Junta Hípica, Marc Laino, y el presidente de la junta, Lorna Propes, dijeron ambos que confían en el juicio de Kalita y creen que el laboratorio deportó los análisis adecuadamente.
Una portavoz de Zaldwaynaka Z' Scott, el inspector general del estado, dijo que las leyes estatales prohíben incluso que confirme la existencia de una denuncia.
Ningún director de laboratorio tiene derecho a fijar los umbrales, especialmente de cocaína, dijo Robert Baker, un investigador de la Asociación para una Agricultura Humana de St. Louis, y crítico de las prácticas de control de drogas en Illinois y otros estados. "Que alguien de un laboratorio diga: Hay menos de 100 nanogramos, debe ser el mozo de caballos', es ridículo, dijo Baker. "Deberían haber sido declarados".
Un Debate Nacional
Entretanto, la controversia sobre el control de cocaína continúa en todo el país.
En 2002, la Asociación Nacional Benéfica y de Protección de los Jinetes, un grupo gremial de propietarios y domadores, recomendó un umbral de 150 nanogramos del subproducto de cocaína, calificando a la cocaína de "contaminante ambiental". Al menos dos estados, Louisiana y Ohio, tienen esa norma en vigor.Declarar caballos positivos por bajos niveles de cocaína es una práctica "desprestigiada e irresponsable", dijo Steven A. Barker, el funcionario a cargo de los controles en Louisiana. "Terminas acusando a un montón de gente de usar drogas, mientras que no tienen ni idea de cómo apareció en sus caballos".
Barker dijo que trazas de cocaína pueden pasar de las manos de un usuario de cocaína a un caballo, a las riendas o a una baranda que el caballo puede lamer.
En Florida, los laboratorios hípicos del estado declaran positivos hasta los 10 nanogramos, dijo Cynthia Kollias-Baker, que dirige el programa de control. Pero controles positivos de menos de 100 nanogramos son punibles con sólo una multa de mil dólares. El domador no pierde los premios eventuales.
Nueva York tiene otra posición. El estado tuvo una serie de positivos de cocaína de bajo nivel en los años noventa, que los domadores atribuyeron a contaminación inevitable, dijo George Maylin, director de controles de la Junta Estatal Hípica y de Apuestas de Nueva York. Pero Maylin dijo que una vez que el estado decidió penalizar los positivos de bajo nivel, los "accidentes" habían cesado.
13 de febrero de 2005
21 de febrero de 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
En una época de un aumento del control sobre el uso de drogas en los deportes, uno de los temas más controversiales en los hipódromos puede sorprender al aficionado casual: ¿Cuánta cocaína se debe permitir en una carrera de caballos?Algunos aficionados a las carreras suponen que la respuesta es "nada", pero funcionarios hípicos en todo el país se debaten sobre si descalificar a caballos que presentan trazas de droga en sus cuerpos. La Junta Hípica de Illinois debe tratar el asunto en una reunión especial.
Algunos dicen que niveles bajos de cocaína no indican engaño, sino simplemente contaminación accidental -por ejemplo, cuando un empleado que usa drogas toca con sus manos el hocico del caballo en los establos.
Pero otros se muestran escépticos, diciendo que todo hallazgo de cocaína en una caballo justifica una investigación. Apoyan una política de tolerancia cero' para los domadores que pudieran utilizar estimulantes, tales como cocaína, para que los caballos corran más rápido o a toda velocidad a pesar de lesiones.
Un equipo nacional de funcionarios hípicos, representantes comerciales y veterinarios pasaron 2 años y medio estudiando problemas relacionados con el control de drogas y haciendo recomendaciones a funcionarios estatales, pero hasta el momento el grupo se ha mantenido alejado de la controversia sobre la cocaína.
"Es un tema muy difícil como para lograr un consenso", dijo Scot Waterman, veterinario y director ejecutivo de la fuerza operante de la Asociación Nacional de Caballos de Carrera de Pura Sangre para el control de drogas.
"No hay ninguna duda de que la cocaína [en algunos niveles] puede mejorar las prestaciones. Tampoco hay duda de que si las carreras de caballos son como la sociedad, los caballos inevitablemente entrarán en contacto con ella... No puedo imaginar un tópico más polémico".
En Illinois, el tema de los umbrales de droga -incluyendo niveles aceptables de cocaína- surgió el año pasado cuando tres químicos del antiguo laboratorio hípico del estado presentaron una denuncia ante el inspector general ejecutivo del estado. Un detective del estado entrevistó a dos de los químicos el mes pasado y habló con un colega el lunes, dijeron los químicos.
En la denuncia, los químicos dicen que desde 1995 hasta julio, cuando cerró el laboratorio, no se les permitía encontrar caballos positivos' en cocaína y otras drogas a menos que las drogas alcanzaran ciertos umbrales -niveles determinados solamente por funcionarios directivos del laboratorio, y no por la legislatura o la Junta Hípica de Illinois.
"Diría que hemos podido reportar dos o tres veces el número de positivos que tuvimos", dijo Stanley Merchant, un ex químico que presentó la denuncia en marzo. "Creo que era una situación que no estaba regulada, porque esos positivos no eran tomados en cuenta".
Funcionarios estatales rechazan las acusaciones, diciendo que su único objetivo era asegurarse de que todo positivo declarado pudiera ser defendido ante tribunales. Dicen que los tres químicos están resentidos porque el estado cerró su laboratorio en julio y traspasó el control de drogas a la Universidad de Illinois en Chicago. En noviembre los químicos presentaron quejas por discriminación por edad ante el Departamento estatal de Derechos Humanos.
Junta Estatal Votará sobre el Tema
Pero hay cambios en proceso. La Junta Hípica deberá votar sobre los umbrales de cocaína y otras drogas en una sesión de "reglas de emergencia".
Actualmente funcionarios hípicos de Louisiana y Ohio no castigan a los domadores si se encuentran bajos niveles de cocaína -identificado como un subproducto de la cocaína- en la orina de los caballos. Pero funcionarios en Nueva York, Kentucky y Maryland dicen que incluso concentraciones muy pequeñas de la droga son consideradas positivas'. Esa norma también se aplica a los caballos del equipo hípico de Estados Unidos.
Los dos campos están divididos en cuanto a si los bajos niveles de drogas hacen correr más rápido a los caballos, y Waterman dijo que las investigaciones recientes no han resuelto el problema."No se puede realmente hacer un estudio que reproduzca el ambiente de las carreras", dijo.
Funcionarios de Illinois controlan unos 10.000 caballos ganadores al año, buscando trazas de substancias prohibidas, desde esteroides hasta cafeína. Entre estas se incluyen drogas claramente ilegales, como cocaína, y algunas drogas de medicación, como anti-inflamatorios, que deben eliminarse de los caballos para el día de las carreras.
Se supone que los funcionarios de laboratorios deben reportar los positivos al personal de la Junta Hípica. Controladores de hipódromos -un equipo formado por empleados estatales y del hipódromo- se ocupan de la investigación. Si los domadores o propietarios violan las reglas estatales, pueden perder los premios y ser multados o suspendidos.
Las leyes de Illinois fijan umbrales aceptables para sólo dos drogas: furosemide, un medicamento para controlar las hemorragias, y fenilbutazone, un anti-inflamatorio.
El director del laboratorio Adam Negrusz dijo que su laboratorio en la Universidad de Illinois en Chicago, está en condiciones de detectar la cocaína a niveles muy bajos y ya lo está haciendo. Pero dijo que cree que esos niveles son consistentes con contaminación accidental.
Las acusaciones contra el antiguo laboratorio afecta las políticas de Shelley Kalita, que dirigió el laboratorio hípico del estado desde 1989 a 2001 antes de transformarse en abogado general de la Junta Hípica.
Merchant y dos otros químicos veteranos -Mike Artemenko y Shih-Hsien Wang- dicen que desde mediados de los años noventa, Kalita se negó a declarar positivos por cocaína a menos que los empleados del laboratorio encontraron un subproducto clave de la cocaína, bezoylecgonine, en una concentración mayor a los 100 nanogramos por milímetro de orina.
Si los chequeos iniciales sugerían una concentración más baja, la política de Kalita no era tratar de confirmar la cantidad exacta y no reportaba los hallazgos a la junta, dijeron los químicos.
"Ella miraba los datos, o simplemente no miraba, y sólo preguntaba: ¿Está bajo los cien nanogramos?'", contó en una entrevista Artemenko, químico y supervisor.
Un cuarto químico, Michael Gutt, dijo que él encontraba cocaína "sospechosa" más o menos una vez al mes desde mediados de los años noventa hasta que el laboratorio cerró en julio. "Podías saber que estaba ahí, pero era siempre debajo del umbral", dijo Gutt.
El laboratorio hípico declaró más de 50 positivos de cocaína en 1994, pero sólo siete entre 1995 y 2003, muestran archivos estatales.
Kalita defiende su política diciendo que ella y los químicos habían acordado que, como regla, el laboratorio podía defender mejor los positivos de cocaína "en unos 100 nanogramos".
"Nunca hicieron estos químicos ninguna pregunta", dijo Kalita. "Nunca dieron alguna señal de que no estaban de acuerdo con los niveles para declarar positivos de cocaína, o de alguna otra droga".
Kalita dijo que el antiguo laboratorio era uno de los más exhaustivos del país y que había declarado tantos positivos de cocaína en 1994 en parte porque hizo una prueba de control de saliva antes de las carreras.
Esos positivos de cocaína terminaron en multas de 500 dólares debido al temor de que los caballos se hubiesen contaminado inadvertidamente, dijo Kalita. Hace poco la junta paralizó las pruebas pre-carrera para ahorrar dinero.
El director ejecutivo de la Junta Hípica, Marc Laino, y el presidente de la junta, Lorna Propes, dijeron ambos que confían en el juicio de Kalita y creen que el laboratorio deportó los análisis adecuadamente.
Una portavoz de Zaldwaynaka Z' Scott, el inspector general del estado, dijo que las leyes estatales prohíben incluso que confirme la existencia de una denuncia.
Ningún director de laboratorio tiene derecho a fijar los umbrales, especialmente de cocaína, dijo Robert Baker, un investigador de la Asociación para una Agricultura Humana de St. Louis, y crítico de las prácticas de control de drogas en Illinois y otros estados. "Que alguien de un laboratorio diga: Hay menos de 100 nanogramos, debe ser el mozo de caballos', es ridículo, dijo Baker. "Deberían haber sido declarados".
Un Debate Nacional
Entretanto, la controversia sobre el control de cocaína continúa en todo el país.
En 2002, la Asociación Nacional Benéfica y de Protección de los Jinetes, un grupo gremial de propietarios y domadores, recomendó un umbral de 150 nanogramos del subproducto de cocaína, calificando a la cocaína de "contaminante ambiental". Al menos dos estados, Louisiana y Ohio, tienen esa norma en vigor.Declarar caballos positivos por bajos niveles de cocaína es una práctica "desprestigiada e irresponsable", dijo Steven A. Barker, el funcionario a cargo de los controles en Louisiana. "Terminas acusando a un montón de gente de usar drogas, mientras que no tienen ni idea de cómo apareció en sus caballos".
Barker dijo que trazas de cocaína pueden pasar de las manos de un usuario de cocaína a un caballo, a las riendas o a una baranda que el caballo puede lamer.
En Florida, los laboratorios hípicos del estado declaran positivos hasta los 10 nanogramos, dijo Cynthia Kollias-Baker, que dirige el programa de control. Pero controles positivos de menos de 100 nanogramos son punibles con sólo una multa de mil dólares. El domador no pierde los premios eventuales.
Nueva York tiene otra posición. El estado tuvo una serie de positivos de cocaína de bajo nivel en los años noventa, que los domadores atribuyeron a contaminación inevitable, dijo George Maylin, director de controles de la Junta Estatal Hípica y de Apuestas de Nueva York. Pero Maylin dijo que una vez que el estado decidió penalizar los positivos de bajo nivel, los "accidentes" habían cesado.
13 de febrero de 2005
21 de febrero de 2005
©chicago tribune
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robots en la guerra
[Tim Weiner] Un nuevo modelo de soldado se acerca al campo de batalla.
Los militares estadounidenses están trabajando en la producción de una nueva generación de soldados, muy diferentes de los que tiene el ejército.
"No sienten hambre", dijo Gordon Johnson del Comando Conjunto en el Pentágono. "No sienten miedo. No olvidan las órdenes. No les importa si el tío a su lado acaba de ser matado. ¿Lo harán mejor que otros seres humanos? Sí".
El robot soldado está llegando.
El Pentágono predice que los robots serán un importante componente de las fuerzas armadas norteamericanas en menos de una década, destinados a perseguir y a eliminar a enemigos en combate. Los robots constituyen una parte fundamental de los proyectos del ejército se redefinirse como una fuerza de combate del siglo 21, y el proyecto llamado Sistemas de Combate Futuros, de 127 billones de dólares, es el contrato militar más grande de la historia de Estados Unidos.
Los militares tienen la intención de invertir decenas de billones de dólares en unas fuerzas armadas autómatas. Los costes de esa transformación harán subir el presupuesto del ministerio de Defensa en casi un 20 por ciento, de los solicitados 419.3 billones de dólares para el próximo año a 503.3 billones de dólares en 2010, excluyendo los costes de guerra. Los costes anuales de las compras de nuevas armas subirán probablemente en un 52 por ciento, de 78 billones de dólares a 118.6 billones.
Los estrategas militares dicen que los robots soldados pensarán, verán y reaccionarán cada vez más como seres humanos. Al principio serán dirigidos por control remoto, y se verán y actuarán como letales camiones de juguete. Pero a medida que se desarrolle la tecnología, irán adquiriendo muchas formas. Y a medida que crezca su inteligencia, también aumentará su autonomía.
Durante 30 años el robot soldado ha sido un sueño del Pentágono. Y algunos involucrados en el proyecto dicen que puede tomar todavía 30 años para realizarlo completamente. Antes de eso, dicen, los militares deben responder difíciles preguntas sobre si quiere confiar a robots la responsabilidad de distinguir amigos de enemigos, combatientes de espectadores.
Incluso los más decididos partidarios de los autómatas dicen que la guerra será siempre algo humano, como la muerte y los desastres. Y partidarios como Robert Finkelstein, presidente de Robotic Technology en Potomac, Maryland, están diciendo al Pentágono que puede durar hasta 2035 antes de que un robot se vea, piense y actúe como un soldado. "El objetivo del Pentágono es claro", dijo, "pero no el camino".
Los robots en combate, tal como lo imaginan sus constructores, pueden parecer y moverse como seres humanos o como picaflores, tractores o tanques, cucarachas o grillos. Con el desarrollo de la nanotecnología -la ciencia de las estructuras diminutas- se pueden transformar en enjambres de "polvo inteligente". El Pentágono quiere usar a los robots para transportar municiones, reunir inteligencia, allanar o hacer explotar edificios.
Todo esto está en preparación, pero todavía no han sido enviados a terreno. Sin embargo, varios cientos de robots ya están cavando en las calles de Iraq a la búsqueda de bombas, recorriendo cavernas en Afganistán y sirviendo de centinelas armados en depósitos de armas.
Hacia abril, un versión armada de un robot de destrucción de bombas irrumpirá en Bagdad, capaz de disparar 1.000 balas en un minuto. Aunque controlado por un soldado mediante un ordenador portátil, el robot será la primera máquina pensante de su tipo en tomar posiciones de infantería de primera línea, dispuesta a matar a enemigos.
"El mundo real no es Hollywood", dijo Rodney A. Brooks, director del Laboratorio de Ciencias Informáticas e Inteligencia Artificial en el MIT y co-fundador de la iRobot Corporation. "Ahora mismo tenemos los primeros robots que serán realmente útiles para los militares".
A pesar de los obstáculo, el Congreso ordenó en 2000 que un tercio de los vehículos de terreno y un tercio de los aviones de guerra deberán ser robóticos dentro de una década. Si se cumple su mandato, hacia 2010 Estados Unidos gastará muchos billones de dólares en robots militares.
Cuando los primeros robots letales se dirigen a Iraq, el papel del robot soldado como una máquina de matar apenas si ha sido debatido. La historia de las guerras sugiere que cada nuevo avance tecnológico -el arco, el tanque, la bomba atómica- supera la estrategia y la doctrina que lo controla.
"Los abogados me dicen que no hay ninguna prohibición sobre robots que tomen decisiones de vida o muerte", dijo Johnson, que dirige el proyecto robótico en el centro de investigaciones del Comando Conjunto en Suffolk, Virginia. "Me han preguntado qué ocurre si un robot destruye un bus escolar en lugar de un tanque aparcado al lado. Nosotros no confiaremos a un robot esa decisión hasta que confirmemos que puede tomar una decisión semejante".
Confiar a robots decisiones potencialmente letales requerirá un salto de fe en la tecnología que no todo el mundo está dispuesto a hacer. Bill Joy, co-fundador de Sun Microsystemas, se ha preocupado públicamente de la robótica y la nanotecnología del siglo 21 pueden ser "tan poderosas que pueden producir toda una nueva clase de accidentes y abusos".
"A medida que las máquinas se hacen más inteligentes, la gente dejará que las máquinas tomen decisiones por ellos", escribió Joy recientemente en la revista Wired. "Finalmente se llegará a una etapa en que las decisiones que son necesarias para mantener funcionando el sistema serán tan complejas que los seres humanos serán incapaces de tomarlas por sí mismos de manera inteligente. En esa etapa, las máquinas tendrán el control efectivo".
Funcionarios del Pentágono y contratistas militares dicen que el objetivo ideal de una guerra no tripulada es el combate sin bajas. Si eso no es posible, su objetivo será entregar a los robots tantas tareas difíciles, tediosas o peligrosas como haya, conservando el bienestar psicológico y protegiendo cuerpos estadounidenses en batalla.
"Cualquiera que esté en posición de tomar decisiones no quiere poner en peligro vidas norteamericanas", dijo Brooks. "Es la misma pregunta sobre si deberían los soldados ser apertrechados con chalecos antibalas. Es una cuestión mortal. Y cuesta dinero".
De hecho, el dinero puede importar más que la moral. El Pentágono hoy debe a sus soldados 653 billones de dólares en pensiones de jubilación futuras que hoy mismo no puede pagar. Los robots, a diferencia de los viejos soldados, no se gastan. Los costes medianos de vida de un soldado es de unos 4 millones de dólares hoy y está aumentando, de acuerdo a un estudio del Pentágono. Los robots soldados costarán un décimo de eso, y quizás menos.
"Ahora es apenas algo más que un sueño", dijo Johnson. "Hoy los soldados de infantería" son el prototipo del robot militar, agregó. "Le damos un conjunto de instrucciones: si das con un enemigo, esto es lo que tienes que hacer. Le damos al soldado de infantería suficiente información como para reconocer al enemigo cuando es atacado. Es autónomo, pero opera bajo ciertos controles. Es una autonomía supervisada. Para 2015 creo que tendremos muchas misiones de infantería.
"Los militares norteamericanos tendrán ese tipo de robots. No está en cuestión que los tendrán, sino cuándo".
Entretanto, la demanda de robots armados para detectar y disponer de bombas está creciendo día a día entre los soldados en Iraq. "Esta es la primera vez que digo quiero un robot', porque sin ellos nos van a matar", dijo Bart Everett, director técnico de robótica en el Centro de Sistemas de Guerra Espaciales y Navales de San Diego.
Everett y sus colegas están inventando robots militares para guerras futuras. Lo más difícil de todo, dicen los diseñadores de robot, es construir un soldado que parezca y actúe como un ser humano, como el modelo de I, Robot' imaginado por Isaac Asimov y representado en la reciente película del mismo nombre. Sin embargo, la meta personal de Everett es crear "un robot androide que pueda operar con un soldado para realizar un montón de las tareas que llevan a cabo ahora los soldados".
Un prototipo, de 1.20m, con un ojo de cíclope y un arma por brazo derecho, estuvo en un taller del centro recientemente. Tomaba posición, apuntaba y disparaba a una lata de Pepsi, realizando tareas básicas como cazar y matar. "Es el primer robot que conozco que es capaz de detectar un blanco y atacarlo", dijo Everett.
Su colega, Jeff Grossman, habló sobre la evolución de la inteligencia en los robots soldados. "Ahora, quizás, somos mamíferos", dice. "Estamos tratando de ponernos al nivel de los primates, donde se toman decisiones inteligentes".
El cazador-asesino en el Centro de Sistemas de Guerra Espaciales y Navales de San Diego es una de las cinco amplias categorías de robots militares bajo desarrollo. Otro recorre edificios, túneles y cavernas. Un tercero transporta toneladas de armas y equipos y realiza búsquedas y labores de reconocimiento. Un cuarto es un aeroplano a control remoto; en abril pasado, un aeroplano no tripulado hizo historia militar al disparar acertadamente contra una bomba auto-dirigida en una prueba a 10 kilómetros de distancia. Un quinto tipo, diseñado originalmente como guardia de seguridad, será pronto capaz de lanzar aeroplanos para realizar labores de reconocimiento, guerra psicológica y otras misiones.
Para los cinco, la capacidad de percibir es de fundamental importancia. "Hemos tenido progresos dramáticos en el área de la percepción del robot", dijo Charles M. Shoemaker, jefe del programa de robótica del Laboratorio de Investigación del Ejército en el Campo de Pruebas de Aberdeen en Maryland. Esos progresos pueden permitir que pronto el Ejército remplace por robots a los conductores de muchos vehículos militares.
"Ha habido casi un clamor universal para la automación de las tareas de conducción", dijo. "Hemos desarrollado en el robot la capacidad de ver el mundo, de leer una hoja de ruta del ambiente circundante" y a dirigirlo de un punto a otro sin intervención humana. Dentro de 10 años, dijo, los convoyes de robots serán capaces de hacerse camino a través de bosques o ciudades densas.
Pero los resultados de las pruebas de carretera para vehículos robotizados en marzo pasado fueron vergonzosos: 15 prototipos iniciaron una carrera de 228 kilómetros por el desierto de Mojave compitiendo por un premio de 1 millón de dólares en un torneo auspiciado por el Pentágono para ver si podían desplazarse por terreno difícil. Cuatro horas más tarde, todos los vehículos se habían hecho pedazos o habían fracasado.
Todo esto plantea preguntas sobre lo realista que es el calendario del Ejército para los Sistemas de Combate Futuros, ahora en las primeras etapas de desarrollo. Esas elaboradas redes de armas, robots, aeroplanos no tripulados y ordenadores están todavía evolucionando a trancas y barrancas; una unidad típica incluirá, digamos, 2.245 soldados y 151 robots militares.
La tecnología va todavía va más rápido que las reglas de intervención de los robots. "Hay una brecha entre la tecnología y la doctrina", dijo Finkelstein, de Robotic Technology, que ha trabajado en el campo de la robótica militar en los últimos 28 años. "Si puedes invadir otros países sin derramar sangre, ¿conducirá este desarrollo a una mayor tentación de invadir?"
Colin M. Angle, 37, es el gerente ejecutivo y otro co-fundador de iRobot, una compañía privada que ayudó a empezar en la salita de su casa hace 14 años. El año pasado, tuvo ventas de más de 70 millones de dólares, con Roomba, un robot aspiradora como uno de sus productos más importantes. Dice que el cálculo entre el dinero, la moral y la lógica militar resultará en batallones de robots de combate. "El coste de un soldado en el terreno es tan alto, tanto en dinero como políticamente", dijo Angle, "que los robots harán las tareas más peligrosas" en combate en el futuro cercano.
Hace décadas Isaac Asimov propuso tres reglas para los robots: No atacar a seres humanos; obedecer a los humanos a menos que se viole la regla 1; defenderse a sí mismo a menos que se violen las reglas 1 y 2.
A Angle se le preguntó si las reglas de Asimov todavía se aplicarían en la era inicial de los robots soldados. "Todavía estamos lejos", dijo, "de crear un robot que sepa lo que eso significa".
16 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh
Los militares estadounidenses están trabajando en la producción de una nueva generación de soldados, muy diferentes de los que tiene el ejército."No sienten hambre", dijo Gordon Johnson del Comando Conjunto en el Pentágono. "No sienten miedo. No olvidan las órdenes. No les importa si el tío a su lado acaba de ser matado. ¿Lo harán mejor que otros seres humanos? Sí".
El robot soldado está llegando.
El Pentágono predice que los robots serán un importante componente de las fuerzas armadas norteamericanas en menos de una década, destinados a perseguir y a eliminar a enemigos en combate. Los robots constituyen una parte fundamental de los proyectos del ejército se redefinirse como una fuerza de combate del siglo 21, y el proyecto llamado Sistemas de Combate Futuros, de 127 billones de dólares, es el contrato militar más grande de la historia de Estados Unidos.
Los militares tienen la intención de invertir decenas de billones de dólares en unas fuerzas armadas autómatas. Los costes de esa transformación harán subir el presupuesto del ministerio de Defensa en casi un 20 por ciento, de los solicitados 419.3 billones de dólares para el próximo año a 503.3 billones de dólares en 2010, excluyendo los costes de guerra. Los costes anuales de las compras de nuevas armas subirán probablemente en un 52 por ciento, de 78 billones de dólares a 118.6 billones.
Los estrategas militares dicen que los robots soldados pensarán, verán y reaccionarán cada vez más como seres humanos. Al principio serán dirigidos por control remoto, y se verán y actuarán como letales camiones de juguete. Pero a medida que se desarrolle la tecnología, irán adquiriendo muchas formas. Y a medida que crezca su inteligencia, también aumentará su autonomía.
Durante 30 años el robot soldado ha sido un sueño del Pentágono. Y algunos involucrados en el proyecto dicen que puede tomar todavía 30 años para realizarlo completamente. Antes de eso, dicen, los militares deben responder difíciles preguntas sobre si quiere confiar a robots la responsabilidad de distinguir amigos de enemigos, combatientes de espectadores.
Incluso los más decididos partidarios de los autómatas dicen que la guerra será siempre algo humano, como la muerte y los desastres. Y partidarios como Robert Finkelstein, presidente de Robotic Technology en Potomac, Maryland, están diciendo al Pentágono que puede durar hasta 2035 antes de que un robot se vea, piense y actúe como un soldado. "El objetivo del Pentágono es claro", dijo, "pero no el camino".
Los robots en combate, tal como lo imaginan sus constructores, pueden parecer y moverse como seres humanos o como picaflores, tractores o tanques, cucarachas o grillos. Con el desarrollo de la nanotecnología -la ciencia de las estructuras diminutas- se pueden transformar en enjambres de "polvo inteligente". El Pentágono quiere usar a los robots para transportar municiones, reunir inteligencia, allanar o hacer explotar edificios.
Todo esto está en preparación, pero todavía no han sido enviados a terreno. Sin embargo, varios cientos de robots ya están cavando en las calles de Iraq a la búsqueda de bombas, recorriendo cavernas en Afganistán y sirviendo de centinelas armados en depósitos de armas.
Hacia abril, un versión armada de un robot de destrucción de bombas irrumpirá en Bagdad, capaz de disparar 1.000 balas en un minuto. Aunque controlado por un soldado mediante un ordenador portátil, el robot será la primera máquina pensante de su tipo en tomar posiciones de infantería de primera línea, dispuesta a matar a enemigos.
"El mundo real no es Hollywood", dijo Rodney A. Brooks, director del Laboratorio de Ciencias Informáticas e Inteligencia Artificial en el MIT y co-fundador de la iRobot Corporation. "Ahora mismo tenemos los primeros robots que serán realmente útiles para los militares".
A pesar de los obstáculo, el Congreso ordenó en 2000 que un tercio de los vehículos de terreno y un tercio de los aviones de guerra deberán ser robóticos dentro de una década. Si se cumple su mandato, hacia 2010 Estados Unidos gastará muchos billones de dólares en robots militares.
Cuando los primeros robots letales se dirigen a Iraq, el papel del robot soldado como una máquina de matar apenas si ha sido debatido. La historia de las guerras sugiere que cada nuevo avance tecnológico -el arco, el tanque, la bomba atómica- supera la estrategia y la doctrina que lo controla.
"Los abogados me dicen que no hay ninguna prohibición sobre robots que tomen decisiones de vida o muerte", dijo Johnson, que dirige el proyecto robótico en el centro de investigaciones del Comando Conjunto en Suffolk, Virginia. "Me han preguntado qué ocurre si un robot destruye un bus escolar en lugar de un tanque aparcado al lado. Nosotros no confiaremos a un robot esa decisión hasta que confirmemos que puede tomar una decisión semejante".
Confiar a robots decisiones potencialmente letales requerirá un salto de fe en la tecnología que no todo el mundo está dispuesto a hacer. Bill Joy, co-fundador de Sun Microsystemas, se ha preocupado públicamente de la robótica y la nanotecnología del siglo 21 pueden ser "tan poderosas que pueden producir toda una nueva clase de accidentes y abusos".
"A medida que las máquinas se hacen más inteligentes, la gente dejará que las máquinas tomen decisiones por ellos", escribió Joy recientemente en la revista Wired. "Finalmente se llegará a una etapa en que las decisiones que son necesarias para mantener funcionando el sistema serán tan complejas que los seres humanos serán incapaces de tomarlas por sí mismos de manera inteligente. En esa etapa, las máquinas tendrán el control efectivo".
Funcionarios del Pentágono y contratistas militares dicen que el objetivo ideal de una guerra no tripulada es el combate sin bajas. Si eso no es posible, su objetivo será entregar a los robots tantas tareas difíciles, tediosas o peligrosas como haya, conservando el bienestar psicológico y protegiendo cuerpos estadounidenses en batalla.
"Cualquiera que esté en posición de tomar decisiones no quiere poner en peligro vidas norteamericanas", dijo Brooks. "Es la misma pregunta sobre si deberían los soldados ser apertrechados con chalecos antibalas. Es una cuestión mortal. Y cuesta dinero".
De hecho, el dinero puede importar más que la moral. El Pentágono hoy debe a sus soldados 653 billones de dólares en pensiones de jubilación futuras que hoy mismo no puede pagar. Los robots, a diferencia de los viejos soldados, no se gastan. Los costes medianos de vida de un soldado es de unos 4 millones de dólares hoy y está aumentando, de acuerdo a un estudio del Pentágono. Los robots soldados costarán un décimo de eso, y quizás menos.
"Ahora es apenas algo más que un sueño", dijo Johnson. "Hoy los soldados de infantería" son el prototipo del robot militar, agregó. "Le damos un conjunto de instrucciones: si das con un enemigo, esto es lo que tienes que hacer. Le damos al soldado de infantería suficiente información como para reconocer al enemigo cuando es atacado. Es autónomo, pero opera bajo ciertos controles. Es una autonomía supervisada. Para 2015 creo que tendremos muchas misiones de infantería.
"Los militares norteamericanos tendrán ese tipo de robots. No está en cuestión que los tendrán, sino cuándo".
Entretanto, la demanda de robots armados para detectar y disponer de bombas está creciendo día a día entre los soldados en Iraq. "Esta es la primera vez que digo quiero un robot', porque sin ellos nos van a matar", dijo Bart Everett, director técnico de robótica en el Centro de Sistemas de Guerra Espaciales y Navales de San Diego.
Everett y sus colegas están inventando robots militares para guerras futuras. Lo más difícil de todo, dicen los diseñadores de robot, es construir un soldado que parezca y actúe como un ser humano, como el modelo de I, Robot' imaginado por Isaac Asimov y representado en la reciente película del mismo nombre. Sin embargo, la meta personal de Everett es crear "un robot androide que pueda operar con un soldado para realizar un montón de las tareas que llevan a cabo ahora los soldados".
Un prototipo, de 1.20m, con un ojo de cíclope y un arma por brazo derecho, estuvo en un taller del centro recientemente. Tomaba posición, apuntaba y disparaba a una lata de Pepsi, realizando tareas básicas como cazar y matar. "Es el primer robot que conozco que es capaz de detectar un blanco y atacarlo", dijo Everett.
Su colega, Jeff Grossman, habló sobre la evolución de la inteligencia en los robots soldados. "Ahora, quizás, somos mamíferos", dice. "Estamos tratando de ponernos al nivel de los primates, donde se toman decisiones inteligentes".
El cazador-asesino en el Centro de Sistemas de Guerra Espaciales y Navales de San Diego es una de las cinco amplias categorías de robots militares bajo desarrollo. Otro recorre edificios, túneles y cavernas. Un tercero transporta toneladas de armas y equipos y realiza búsquedas y labores de reconocimiento. Un cuarto es un aeroplano a control remoto; en abril pasado, un aeroplano no tripulado hizo historia militar al disparar acertadamente contra una bomba auto-dirigida en una prueba a 10 kilómetros de distancia. Un quinto tipo, diseñado originalmente como guardia de seguridad, será pronto capaz de lanzar aeroplanos para realizar labores de reconocimiento, guerra psicológica y otras misiones.
Para los cinco, la capacidad de percibir es de fundamental importancia. "Hemos tenido progresos dramáticos en el área de la percepción del robot", dijo Charles M. Shoemaker, jefe del programa de robótica del Laboratorio de Investigación del Ejército en el Campo de Pruebas de Aberdeen en Maryland. Esos progresos pueden permitir que pronto el Ejército remplace por robots a los conductores de muchos vehículos militares.
"Ha habido casi un clamor universal para la automación de las tareas de conducción", dijo. "Hemos desarrollado en el robot la capacidad de ver el mundo, de leer una hoja de ruta del ambiente circundante" y a dirigirlo de un punto a otro sin intervención humana. Dentro de 10 años, dijo, los convoyes de robots serán capaces de hacerse camino a través de bosques o ciudades densas.
Pero los resultados de las pruebas de carretera para vehículos robotizados en marzo pasado fueron vergonzosos: 15 prototipos iniciaron una carrera de 228 kilómetros por el desierto de Mojave compitiendo por un premio de 1 millón de dólares en un torneo auspiciado por el Pentágono para ver si podían desplazarse por terreno difícil. Cuatro horas más tarde, todos los vehículos se habían hecho pedazos o habían fracasado.
Todo esto plantea preguntas sobre lo realista que es el calendario del Ejército para los Sistemas de Combate Futuros, ahora en las primeras etapas de desarrollo. Esas elaboradas redes de armas, robots, aeroplanos no tripulados y ordenadores están todavía evolucionando a trancas y barrancas; una unidad típica incluirá, digamos, 2.245 soldados y 151 robots militares.
La tecnología va todavía va más rápido que las reglas de intervención de los robots. "Hay una brecha entre la tecnología y la doctrina", dijo Finkelstein, de Robotic Technology, que ha trabajado en el campo de la robótica militar en los últimos 28 años. "Si puedes invadir otros países sin derramar sangre, ¿conducirá este desarrollo a una mayor tentación de invadir?"
Colin M. Angle, 37, es el gerente ejecutivo y otro co-fundador de iRobot, una compañía privada que ayudó a empezar en la salita de su casa hace 14 años. El año pasado, tuvo ventas de más de 70 millones de dólares, con Roomba, un robot aspiradora como uno de sus productos más importantes. Dice que el cálculo entre el dinero, la moral y la lógica militar resultará en batallones de robots de combate. "El coste de un soldado en el terreno es tan alto, tanto en dinero como políticamente", dijo Angle, "que los robots harán las tareas más peligrosas" en combate en el futuro cercano.
Hace décadas Isaac Asimov propuso tres reglas para los robots: No atacar a seres humanos; obedecer a los humanos a menos que se viole la regla 1; defenderse a sí mismo a menos que se violen las reglas 1 y 2.
A Angle se le preguntó si las reglas de Asimov todavía se aplicarían en la era inicial de los robots soldados. "Todavía estamos lejos", dijo, "de crear un robot que sepa lo que eso significa".
16 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh
criminales nazis en el diván
[Cristóbal Peña] El libro Las entrevistas de Nüremberg' reúne las notas y conversaciones con un psiquiatra estadounidense. En 1946, el psiquiatra estadounidense Leon Goldensohn entrevistó confidencialmente a los jerarcas y funcionarios juzgados en el célebre proceso de 1945. De las declaraciones se desprende un patrón común: pese a ostentar altos cargos en el régimen de Adolf Hitler, la mayoría de estos dirigentes alega ignorancia respecto de los campos de concentración y las políticas de exterminio. Un caso clínico.
Sádicos, perversos, lunáticos. Entre los 22 jerarcas y dirigentes nazis que fueron juzgados en Nüremberg había de todo. Pero a juzgar por el block de notas del psiquiatra Leon Goldensohn, que los entrevistó a todos, campeaban los ingenuos. En esta categoría hay uno, Rudolf Höss, cuyo cinismo los supera a todos. "Personalmente no asesiné a nadie. Yo era sólo el director del programa de exterminio de Auschwitz".
La declaración fue recogida por el psiquiatra que en 1946 tuvo la misión de estudiar la salud mental de los líderes nazis que fueron juzgados por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, entre otros delitos. Una por una, con todo el tiempo del mundo, Leon Goldensohn fue sondeando las mentes de los hombres que ejecutaron o avalaron la masacre colectiva. Criminales que en la intimidad de una celda, despojados de todo poder y sin presiones, se confesaron ante la historia.
La historia, sin embargo, se tomó su tiempo. Casi 60 años después de recogidos, los archivos del doctor Leon Goldensohn salen a la luz pública con el libro Las entrevistas de Nüremberg' (2005, Taurus). El volumen contiene las transcripciones de todas las notas y entrevistas que el profesional estadounidense realizó con los inculpados y principales testigos del juicio.
Los Que Sabían Demasiado
En Nüremberg hubo nazis de toda calaña. Está dicho: Höss, el comandante a cargo de Auschwitz; Rudolf Hess, presidente del partido; Hermann Goering, coleccionista de arte y comandante de la Luftwaffe; Walter Funk, ministro de Hacienda y presidente del Reichbank; Joachim Von Ribbentrop, ideólogo antisemita; Karl Dönitz, comandante en jefe de la Marina alemana. Estuvieron ésos y varios que tuvieron altos cargos en el régimen, pero sorprendentemente, casi ninguno de ellos reconoce ante el psiquiatra haber estado enterado del exterminio racial. Es más, lo desaprueban, y como último recurso, la mayoría endosa toda la responsabilidad de los crímenes a Hitler.
"En Alemania no sabíamos nada de la persecución a los judíos", dice Franz Fritzche, jefe del Servicio de Prensa del ministerio de Propaganda, adjudicando el desconocimiento a la censura que él mismo fomentaba. "El pueblo alemán fue engañado y traicionado", le dijo al psiquiatra.
Otro que también se hizo el desentendido fue el almirante Karl Dönitz. Nombrado por Hitler como su sucesor, Dönitz vino a enterarse en Nüremberg de la existencia del Holocausto. Se mostró sorprendido con la noticia, pero no tanto: de ser ciertas, le comentó a Goldensohn, de seguro las fechorías fueron cometidas por los alemanes del sur, violentos e impulsivos, en complicidad con sus vecinos austríacos.
Por último, pensó en voz alta Dönitz, no todo fue tan funesto y hay que mirarlo en un contexto histórico. "Aquellos fueron tiempos revolucionarios, e internar en campos de concentración a unos cuantos adversarios políticos no era algo particularmente malo. Metiendo en campos a esa gente de ideas extranjeras, se salvó sangre alemana".
Después de escuchar ésta y otras declaraciones, Leon Goldensohn anotó en la ficha clínica del ex almirante: "No creo que este hombre tenga alguna noción de lo que está ocurriendo en el mundo (...) El rechaza las atrocidades, la matanza de millones de judíos, el barbarismo de la SS, el modus operandi entero del Partido Nazi. El sólo ve que fue inocente de cualquier crimen, presente o pasado, y que cualquier intento de incriminarlo a él o cualquier otro en el juicio es una conspiración política".
Casos clínicos
Pero el psiquiatra se encontró con casos peores. Algunos, sin remedio, como el de Rudolph Hess, cadáver humano, demacrado, andrajoso, incapaz de articular frases coherentes. En el juicio, el lugarteniente de Hitler creyó conveniente lanzar una advertencia: "No estoy loco, mi cabeza funciona". Pero frente al psiquiatra, a quien recibió sin levantarse de su cama, no podía recordar siquiera el nombre de sus padres. Estaba obsesionado con su estado de salud y prueba de ello es que el doctor encontró una nota en la que se leía "Comer poco. No tomar pastillas para dormir. Sólo servirá para disminuir sus efectos en el que caso de que te hagan realmente falta".
Alfred Rosenberg tampoco estaba bien de la cabeza. El autodenominado filósofo del nazismo y ministro de territorios ocupados parecía no haber caído en la cuenta de la gravedad de su situación. Seguía creyendo que estaba en lo cierto, y hasta último momento reclamó su lugar entre los grandes pensadores de la historia. "Le agradezco que tome notas", dijo en un minuto de confianza, "pero quiero que las tome fielmente y que no malinterprete mis complejas teorías y razonamientos. Después de todo, soy un filósofo y un estudioso, y mis pensamientos pueden ser complejos".
Hans Frank no sólo se mostró más sensato ante la evidencia, aceptando, después de negar el horror, "un profundo sentido de culpa". El abogado de Hitler y gobernador de Polonia en tiempos de la ocupación era un tipo astuto y sensible, y en un momento sorprendió al médico con un perfil psicológico del mismo Führer.
"Pienso que Hitler era anormal en sus necesidades sexuales", interpretó Frank. "Esta es la razón por la que necesitó tan poco del sexo opuesto (...) Estoy convencido de que un hombre que no tiene el amor de una mujer, y piensa que es capaz de renunciar a él, puede volcarse a la crueldad y el sadismo como un substituto".
Goering, el Duro
De todos los entrevistados, Hermann Goering fue el más duro e infranqueable. Nunca endilgó sus propias responsabilidades en Hitler, y hasta último minuto, con su suerte echada, se mostró desafiante. "¿Qué me importa a mí el peligro? Yo he enviado a la muerte a muchos soldados y aviadores, ¿qué puedo temer?".
Pero al igual que el resto, en una reacción común y patológica que el doctor Goldensohn no se molesta en interpretar, el aviador desconoce el exterminio racial. "Siempre que un judío me pedía ayuda, yo se la daba", dice Goering vagamente, aunque sin caer en la sobreactuación de Erich von dem Bach-Zelewski, general de la SS: "Incluso hoy, cuando miro hacia atrás, me tengo que responder que fue bueno que unos tipos decentes como yo tuviéramos influencia en las SS, porque de ese modo evitamos cosas terribles".
Lee Stivers, el Soldado Que Ayudó a Morir a Goering
John C. Wood, sargento primero del Ejército estadounidense y verdugo profesional, con 299 ejecuciones en el cuerpo hasta la madrugada del 16 de octubre de 1946, no pudo darse el gusto de su vida. Herman Goering, comandante en jefe de la Luftwaffe y número dos del régimen nazi, se había suicidado unas pocas horas antes de la hora señalada para su ejecución, ingiriendo una cápsula de cianuro de potasio que lo salvó de morir en la horca instalada en el gimnasio de la prisión de Nüremberg.
¿Cómo hizo Goering para conseguir cianuro en una prisión fuertemente custodiada? La interrogante permaneció abierta por casi 60 años y recién, a comienzos de esta semana, acaba de ser despejada. Al menos si se le cree a Herbert Lee Stivers, ex guardia estadounidense de 78 años que en 1946 tuvo la misión de custodiar al jerarca nazi, fue claro. "Yo se lo di", confesó Stivers al diario Los Angeles Times, echando por tierra las hipótesis que se habían tejido hasta entonces. Entre ellas, que se lo había dado un médico alemán, un oficial estadounidense o hasta su esposa Emmy, quien, según el mito popular, en su última visita le habría dado un beso con una pócima mortal. La investigación judicial determinó que Goering había ingresado a la cárcel con el veneno de contrabando.
La verdad, tomando como tal la confesión de Lee Stivers, es igual de fantástica que las anteriores. En el transcurso de los 10 meses que se extendieron los juicios de Nüremberg, el soldado estadounidense fue entablando una relación de amistad con Goering. "Era una persona muy agradable. Hablaba muy bien inglés. Conversábamos de deportes, de juegos de pelota. Era aviador, y hablábamos de (Charles) Lindbergh".
Según el mismo testimonio, fue a la salida de un club de oficiales que Stivers conoció a una bella alemana, identificada como Mona, quien a la vez le presentó a dos amigos suyos, Erich y Mathias. Uno de ellos le pidió al soldado que le llevara a Goering una lapicera en la que, según dijo, escondería una cápsula con medicina que el jerarca necesitaba con urgencia. El soldado, que entretanto había llevado mensajes de ida y vuelta, se tragó toda la historia. Dos semanas después de recibir la lapicera, Goering se quitaba la vida, ahorrándole el trabajo a John C. Wood.
"Supongo que me utilizó", atestigua hoy el ex soldado, quien afirma haber guardado silencio todo este tiempo por temor a ser juzgado. "Goering no parecía suicida. Jamás habría aceptado a sabiendas algo que yo pensara que iba a ser utilizado para ayudar a alguien a burlar la justicia".
El Psiquiatra de los Nazis
Hijo de padres judíos, León Goldensohn tenía 34 años cuando el Ejército estadounidense le encomendó un informe médico de los jerarcas y ex dirigentes nazis que estaban siendo juzgados en Nüremberg.
Su labor se extendió por siete meses ininterrumpidos. Durante ese período, según se constata en las grabaciones, Goldensohn rara vez perdió la paciencia. Y aunque su actitud hacia los presos era profesional y distante, logró ganarse su confianza, llegando a acumular un valuminoso archivo que pensaba publicar algunos años después. Sin embargo, demoró en hacerlo, y en 1960 un paro cardíaco acabó con su vida y condenó los apuntes y entrevistas a un armario. Recién el año pasado, su hijo y su hermana se decidieron a publicar un material que el editor, Robert Gellately, supone incompleto. Es probable, escribe Gellately en la introducción del libro, que una parte de los archivos permanezcan aún bajo custodia o se hayan extraviado para siempre.
14 de febrero de 2005
©tercera
Sádicos, perversos, lunáticos. Entre los 22 jerarcas y dirigentes nazis que fueron juzgados en Nüremberg había de todo. Pero a juzgar por el block de notas del psiquiatra Leon Goldensohn, que los entrevistó a todos, campeaban los ingenuos. En esta categoría hay uno, Rudolf Höss, cuyo cinismo los supera a todos. "Personalmente no asesiné a nadie. Yo era sólo el director del programa de exterminio de Auschwitz". La declaración fue recogida por el psiquiatra que en 1946 tuvo la misión de estudiar la salud mental de los líderes nazis que fueron juzgados por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, entre otros delitos. Una por una, con todo el tiempo del mundo, Leon Goldensohn fue sondeando las mentes de los hombres que ejecutaron o avalaron la masacre colectiva. Criminales que en la intimidad de una celda, despojados de todo poder y sin presiones, se confesaron ante la historia.
La historia, sin embargo, se tomó su tiempo. Casi 60 años después de recogidos, los archivos del doctor Leon Goldensohn salen a la luz pública con el libro Las entrevistas de Nüremberg' (2005, Taurus). El volumen contiene las transcripciones de todas las notas y entrevistas que el profesional estadounidense realizó con los inculpados y principales testigos del juicio.
Los Que Sabían Demasiado
En Nüremberg hubo nazis de toda calaña. Está dicho: Höss, el comandante a cargo de Auschwitz; Rudolf Hess, presidente del partido; Hermann Goering, coleccionista de arte y comandante de la Luftwaffe; Walter Funk, ministro de Hacienda y presidente del Reichbank; Joachim Von Ribbentrop, ideólogo antisemita; Karl Dönitz, comandante en jefe de la Marina alemana. Estuvieron ésos y varios que tuvieron altos cargos en el régimen, pero sorprendentemente, casi ninguno de ellos reconoce ante el psiquiatra haber estado enterado del exterminio racial. Es más, lo desaprueban, y como último recurso, la mayoría endosa toda la responsabilidad de los crímenes a Hitler.
"En Alemania no sabíamos nada de la persecución a los judíos", dice Franz Fritzche, jefe del Servicio de Prensa del ministerio de Propaganda, adjudicando el desconocimiento a la censura que él mismo fomentaba. "El pueblo alemán fue engañado y traicionado", le dijo al psiquiatra.
Otro que también se hizo el desentendido fue el almirante Karl Dönitz. Nombrado por Hitler como su sucesor, Dönitz vino a enterarse en Nüremberg de la existencia del Holocausto. Se mostró sorprendido con la noticia, pero no tanto: de ser ciertas, le comentó a Goldensohn, de seguro las fechorías fueron cometidas por los alemanes del sur, violentos e impulsivos, en complicidad con sus vecinos austríacos.
Por último, pensó en voz alta Dönitz, no todo fue tan funesto y hay que mirarlo en un contexto histórico. "Aquellos fueron tiempos revolucionarios, e internar en campos de concentración a unos cuantos adversarios políticos no era algo particularmente malo. Metiendo en campos a esa gente de ideas extranjeras, se salvó sangre alemana".
Después de escuchar ésta y otras declaraciones, Leon Goldensohn anotó en la ficha clínica del ex almirante: "No creo que este hombre tenga alguna noción de lo que está ocurriendo en el mundo (...) El rechaza las atrocidades, la matanza de millones de judíos, el barbarismo de la SS, el modus operandi entero del Partido Nazi. El sólo ve que fue inocente de cualquier crimen, presente o pasado, y que cualquier intento de incriminarlo a él o cualquier otro en el juicio es una conspiración política".
Casos clínicos
Pero el psiquiatra se encontró con casos peores. Algunos, sin remedio, como el de Rudolph Hess, cadáver humano, demacrado, andrajoso, incapaz de articular frases coherentes. En el juicio, el lugarteniente de Hitler creyó conveniente lanzar una advertencia: "No estoy loco, mi cabeza funciona". Pero frente al psiquiatra, a quien recibió sin levantarse de su cama, no podía recordar siquiera el nombre de sus padres. Estaba obsesionado con su estado de salud y prueba de ello es que el doctor encontró una nota en la que se leía "Comer poco. No tomar pastillas para dormir. Sólo servirá para disminuir sus efectos en el que caso de que te hagan realmente falta".
Alfred Rosenberg tampoco estaba bien de la cabeza. El autodenominado filósofo del nazismo y ministro de territorios ocupados parecía no haber caído en la cuenta de la gravedad de su situación. Seguía creyendo que estaba en lo cierto, y hasta último momento reclamó su lugar entre los grandes pensadores de la historia. "Le agradezco que tome notas", dijo en un minuto de confianza, "pero quiero que las tome fielmente y que no malinterprete mis complejas teorías y razonamientos. Después de todo, soy un filósofo y un estudioso, y mis pensamientos pueden ser complejos".
Hans Frank no sólo se mostró más sensato ante la evidencia, aceptando, después de negar el horror, "un profundo sentido de culpa". El abogado de Hitler y gobernador de Polonia en tiempos de la ocupación era un tipo astuto y sensible, y en un momento sorprendió al médico con un perfil psicológico del mismo Führer.
"Pienso que Hitler era anormal en sus necesidades sexuales", interpretó Frank. "Esta es la razón por la que necesitó tan poco del sexo opuesto (...) Estoy convencido de que un hombre que no tiene el amor de una mujer, y piensa que es capaz de renunciar a él, puede volcarse a la crueldad y el sadismo como un substituto".
Goering, el Duro
De todos los entrevistados, Hermann Goering fue el más duro e infranqueable. Nunca endilgó sus propias responsabilidades en Hitler, y hasta último minuto, con su suerte echada, se mostró desafiante. "¿Qué me importa a mí el peligro? Yo he enviado a la muerte a muchos soldados y aviadores, ¿qué puedo temer?".
Pero al igual que el resto, en una reacción común y patológica que el doctor Goldensohn no se molesta en interpretar, el aviador desconoce el exterminio racial. "Siempre que un judío me pedía ayuda, yo se la daba", dice Goering vagamente, aunque sin caer en la sobreactuación de Erich von dem Bach-Zelewski, general de la SS: "Incluso hoy, cuando miro hacia atrás, me tengo que responder que fue bueno que unos tipos decentes como yo tuviéramos influencia en las SS, porque de ese modo evitamos cosas terribles".
Lee Stivers, el Soldado Que Ayudó a Morir a Goering
John C. Wood, sargento primero del Ejército estadounidense y verdugo profesional, con 299 ejecuciones en el cuerpo hasta la madrugada del 16 de octubre de 1946, no pudo darse el gusto de su vida. Herman Goering, comandante en jefe de la Luftwaffe y número dos del régimen nazi, se había suicidado unas pocas horas antes de la hora señalada para su ejecución, ingiriendo una cápsula de cianuro de potasio que lo salvó de morir en la horca instalada en el gimnasio de la prisión de Nüremberg.
¿Cómo hizo Goering para conseguir cianuro en una prisión fuertemente custodiada? La interrogante permaneció abierta por casi 60 años y recién, a comienzos de esta semana, acaba de ser despejada. Al menos si se le cree a Herbert Lee Stivers, ex guardia estadounidense de 78 años que en 1946 tuvo la misión de custodiar al jerarca nazi, fue claro. "Yo se lo di", confesó Stivers al diario Los Angeles Times, echando por tierra las hipótesis que se habían tejido hasta entonces. Entre ellas, que se lo había dado un médico alemán, un oficial estadounidense o hasta su esposa Emmy, quien, según el mito popular, en su última visita le habría dado un beso con una pócima mortal. La investigación judicial determinó que Goering había ingresado a la cárcel con el veneno de contrabando.
La verdad, tomando como tal la confesión de Lee Stivers, es igual de fantástica que las anteriores. En el transcurso de los 10 meses que se extendieron los juicios de Nüremberg, el soldado estadounidense fue entablando una relación de amistad con Goering. "Era una persona muy agradable. Hablaba muy bien inglés. Conversábamos de deportes, de juegos de pelota. Era aviador, y hablábamos de (Charles) Lindbergh".
Según el mismo testimonio, fue a la salida de un club de oficiales que Stivers conoció a una bella alemana, identificada como Mona, quien a la vez le presentó a dos amigos suyos, Erich y Mathias. Uno de ellos le pidió al soldado que le llevara a Goering una lapicera en la que, según dijo, escondería una cápsula con medicina que el jerarca necesitaba con urgencia. El soldado, que entretanto había llevado mensajes de ida y vuelta, se tragó toda la historia. Dos semanas después de recibir la lapicera, Goering se quitaba la vida, ahorrándole el trabajo a John C. Wood.
"Supongo que me utilizó", atestigua hoy el ex soldado, quien afirma haber guardado silencio todo este tiempo por temor a ser juzgado. "Goering no parecía suicida. Jamás habría aceptado a sabiendas algo que yo pensara que iba a ser utilizado para ayudar a alguien a burlar la justicia".
El Psiquiatra de los Nazis
Hijo de padres judíos, León Goldensohn tenía 34 años cuando el Ejército estadounidense le encomendó un informe médico de los jerarcas y ex dirigentes nazis que estaban siendo juzgados en Nüremberg.
Su labor se extendió por siete meses ininterrumpidos. Durante ese período, según se constata en las grabaciones, Goldensohn rara vez perdió la paciencia. Y aunque su actitud hacia los presos era profesional y distante, logró ganarse su confianza, llegando a acumular un valuminoso archivo que pensaba publicar algunos años después. Sin embargo, demoró en hacerlo, y en 1960 un paro cardíaco acabó con su vida y condenó los apuntes y entrevistas a un armario. Recién el año pasado, su hijo y su hermana se decidieron a publicar un material que el editor, Robert Gellately, supone incompleto. Es probable, escribe Gellately en la introducción del libro, que una parte de los archivos permanezcan aún bajo custodia o se hayan extraviado para siempre.
14 de febrero de 2005
©tercera