TRAGEDIA EN DARFUR: HAY 50 MIL MUERTOS
El balance total de muertos en Darfur podría haber llegado ya a las 50 mil personas, indicó en Nueva York, Jan Egeland, secretario general adjunto de la ONU en cuestiones humanitarias.
Naciones Unidas. "No tenemos una cifra precisa pero sobre una población de alrededor de un millón de personas (desplazadas) se puede situar en cualquier lugar entre 30 mil y 50 mil personas", declaró en una entrevista con la Agence France Presse."La mayoría de esas muertes era evitable", agrega el diplomático noruego, y "el mayor asesino no es el fusil, sino la disentería". Según él, la temporada de lluvias favorece la propagación de enfermedades y "los niños mueren en gran número por enfermedades intestinales".
"Existe una falsa impresión de que las cosas mejoraron en Darfur", pero "la verdad es que después de que disminuyera la tasa de mortalidad, volvió a aumentar", agregó Egeland.
Darfur, provincia de Sudán fronteriza con Chad, es escenario de una grave crisis humanitaria desde febrero de 2003, cuando algunas poblaciones locales, esencialmente negras, se rebelaron contra el gobierno predominantemente árabe de Jartum, lo que desencadenó sangrientas represalias de parte de las milicias árabes janajwids, progubernamentales.
La violencia en Sudán comenzó cuando dos grupos rebeldes de tribus africanas de Darfur se alzaron en armas para disputar con agricultores árabes la posesión de tierras y de recursos naturales. Posteriormente, milicianos árabes conocidos también como "hombres de a caballo", iniciaron una letal campaña para desalojar a los africanos negros.
Alrededor de 1.2 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares en esta región en 17 meses de conflicto, de los cuales 200 mil se han refugiado en el vecino Chad. Unos 2.2 millones necesitan urgente atención médica y alimenticia.
"Seguimos sin tener recursos suficientes", destacó, e indicó que a pesar de que pronto llegarían cerca de 100 millones de dólares, la ONU necesitaba "otros 110 millones de dólares".
Egeland, quien también es coordinador de la ayuda de emergencia de la ONU, indicó asimismo que el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, se ocupó el viernes de "enviar cartas a varios países donantes europeos y del Golfo para pedirles que hicieran más" en materia de ayuda -financiera o material- a la población de Darfur.
"El gobierno sudanés no tiene todo el tiempo del mundo", insistió Annan, la semana pasada. "Se han cometido serios crímenes y un abuso sistemático y grande de los derechos humanos. Nosotros, la comunidad internacional, tenemos que intensificar los esfuerzos para proteger a los inocentes en Darfur", agregó.
La organización humanitaria Human Rights Watch afirmó recientemente que estaba en posesión de documentos que demuestran que el gobierno sudanés reclutaba, armaba y ayudaba a las milicias, lo que Jartum desmintió varias veces.
Mueren unos 10 niños diarios
Se estima que alrededor de diez niños mueren cada día en el gigantesco campo de refugiados de Mornei, uno de los más grandes de Darfur, en el oeste de Sudán, según la delegación alemana del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
Con la llegada de las lluvias, las enfermedades pulmonares, el paludismo y las diarreas son muy peligrosas para los niños, precisó en Francfort, Christian Schneider, de la asociación Unicef-Alemania, al regresar de una misión en Sudán.
Una quinta parte de los 90 mil refugiados del campo de Mornei son niños menores de cinco años. Y una quinta parte de esos niños de menos de cinco años sufre desnutrición, según la organización, que depende de las Naciones Unidas.
Las asociaciones humanitarias no tienen acceso a una tercera parte de los aproximadamente 150 campos de Darfur debido a los disturbios registrados en la región, afirmó la UNICEF en su comunicado.
Los desplazados temen regresar a sus aldeas de origen, ya que no podrán conseguir alimentos, agua ni asistencia médica, añadió Schneider.
Sudán rechaza una intervención militar
Por su parte, el gobierno sudanés anunció el domingo que rechazaba una intervención militar extranjera para prevenir una catástrofe humanitaria en Darfur, donde el balance de muertos podría haber alcanzado las 50 mil personas, según la ONU.
En declaraciones a la BBC, el ministro de Relaciones Exteriores sudanés, Mustafá Osmán Ismael, consideró que una intervención militar internacional no es necesaria porque su gobierno "hace todo lo posible para desarmar a las milicias".
"¿Por qué habríamos de precipitarnos y hablar de una intervención militar cuando la situación mejora" en Darfur?, se preguntó el canciller sudanés.El presidente sudanés Omar al-Bechir acusó después de la oración del viernes a la comunidad internacional de "tomar como blanco al Islam". Sudán se encuentra bajo fuerte presión internacional debido a la crisis en Darfur.
El Congreso Nacional (CN), el partido en el poder en Sudán, ya advirtió de que se opondría por la fuerza a cualquier intervención extranjera y llamó a la movilización general.
Desde el viernes aumentan las presiones internacionales y muchos países ya han mencionado abiertamente la posibilidad de una intervención militar para hacer frente al desastre humanitario en el Darfur.
Gran Bretaña anunció que estaba dispuesta a enviar 5 mil hombres al Darfur, según el general Michael Jackson, mientras Australia examinaba un envío de tropas dentro de una posible misión de paz de la ONU.
Bush pidió poner fin a la violencia
El presidente estadounidense George W. Bush exigió el viernes que Sudán ponga fin a la violencia de las milicias y facilite el acceso de las asociaciones humanitarias a la región.
En lo que parece un gesto de buena voluntad del gobierno sudanés, una organización próxima al ejecutivo anunció el viernes que un tribunal de excepción había condenado a muerte a miembros de las milicias pro-gubernamentales de los janajwid, declaradas culpables de los crímenes en el Darfur.
El canciller sudanés insistió en que su país había "comenzado a aplicar" un acuerdo alcanzado hace tres semanas con el secretario general de la ONU, Kofi Annan.
Lo cierto es que ya se encuentra bajo amenaza de sanciones, después de que Estados Unidos presentara una resolución ante el Consejo de seguridad de la ONU exigiendo que se detenga y juzgue a los jefes de los janajwid.
Mientras en Bruselas, los ministros de Asuntos Exteriores de la UE analizan el lunes, cómo poner fin a la grave situación de violencia y crisis humanitaria en la provincia sudanesa de Darfur, informaron fuentes europeas.
El Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad de la UE, Javier Solana, informará a los ministros sobre la entrevista que mantuvo el pasado viernes con el responsable de Exteriores de Sudán.
El ministro sudanés viajó a Bruselas para convencer a la UE de que su gobierno intenta poner fin a las violaciones de los Derechos Humanos en Darfur.
La ministra austriaca de Asuntos Exteriores, Benita Ferrero-Waldner, dijo el lunes, a la entrada de la reunión ministerial de la UE, que habrá que discutir "muy cuidadosamente" las medidas o, en su caso sanciones, si Sudán no cumple con sus compromisos para acabar con la violencia en la región de Darfur.
Los responsables de Exteriores de la UE reiterarán su "grave preocupación" por la violencia en esa región sudanesa, que ha provocado la muerte de entre 10 mil y 50 mil civiles y la huida de más de un millón de personas.
"Es casi seguro que la comunidad internacional adoptará ulteriores medidas si la situación no mejora", dijo el sábado en la noche el canciller holandés Ben Bot.
Por otro lado, el ministro de Relaciones de Exteriores de Alemania, Joschka Fischer, respaldó la amenaza de sanciones propuesta por las Naciones Unidas a menos que Sudán desarme a las milicias árabes responsables por los asesinatos en Darfur, una advertencia que formuló por primera vez la semana pasada el secretario de Estado estadounidense Colin Powell.
"El gobierno de Sudán tiene el deber de garantizar la seguridad del pueblo y la responsabilidad de llevar a los milicianos ante los tribunales y quitarles las armas para poner fin a la violencia", dijo Fischer el domingo a la emisora de televisión ZDF luego de hablar por teléfono con Powell.
"Cada vez se muere más gente"
El secretario de Estado Powell pidió una acción internacional el jueves recordando desde Nueva York que "está muriendo cada vez más gente" en la "catástrofe" de Darfur.
Después, el Congreso de Estados Unidos aprobó por unanimidad una resolución en la que calificaba de genocidio la situación en Darfur y pedía al presidente Bush que interviniera.
Países como Estados Unidos y Reino Unido han amenazado con imponer sanciones y enviar tropas si el Gobierno de Sudán no desarma a las milicias árabes "yanyawid".
Powell presentó ante el Consejo de Seguridad de la ONU un nuevo proyecto de resolución que podría amenazar con sanciones a Jartum. Esa resolución establecería una serie de etapas para devolver la calma a Darfur en un plazo breve.
El proyecto exige que el gobierno sudanés detenga y juzgue a los jefes de los janajwid, acusados de cometer atrocidades contra la población autóctona, esencialmente negra.
Mientras, la ministra austriaca consideró que "hay que ser muy estrictos" sobre lo que la comunidad internacional tiene que hacer en el futuro si continúa la grave situación en Darfur.
Además, indicó que hay que esperar a conocer los informes que elaborará la misión que ha enviado la Unión Africana a Darfur para conocer "lo que realmente está pasando en el terreno" y consideró que se trata de una situación "muy, muy difícil".
Solana pidió al responsable sudanés que su Gobierno proceda al desarme de esas milicias y al arresto de sus líderes como "primer paso significativo" para poner fin a la situación.
La comunidad internacional empezó a movilizarse desde la semana pasada para tratar de evitar una mayor catástrofe humanitaria en Darfur.
Por su parte, el canciller francés Michel Barnier se disponía a salir hacia esa zona fronteriza con Chad, donde es esperado el martes 27 de julio.
Francia anunció que financia con 2 millones de euros las rotaciones por un periodo de tres meses de un avión de transporte que se pondrá a disposición del Programa Alimentario Mundial (PAM).
Londres también enviará a su canciller Jack Straw a Sudán a finales de agosto pero ya está estudiando la manera de que sus militares participen en operaciones de asistencia en esa zona de difícil acceso.
El Papa está "muy preocupado"
El papa Juan Pablo II, "muy preocupado" por la suerte de la población de Darfur, envió allí el jueves al arzobispo alemán Monseñor Paul Cordes, que coordina la actividad asistencial de la Iglesia Católica en todo el mundo.
El domingo, el Papa hizo un llamamiento a la comunidad internacional y a los responsables políticos nacionales para que se ponga fin al trágico conflicto que padece Uganda desde hace 18 años y a la situación en la región sudanesa de Darfur, donde han muerto en 20 años miles de personas.
Juan Pablo II, que hizo el llamamiento durante el rezo del Angelus desde su residencia de verano de Castel Gandolfo, a una treintena de kilómetros al sur de Roma, dijo que "no se puede permanecer indiferente" ante las "dramáticas condiciones" en las que viven algunos países "del amado continente africano".
El Pontífice, que rezó el ángelus bajo una incesante lluvia, dijo que desde hace más de 18 años el norte de Uganda está afectado por un "inhumano conflicto", que implica a millones de personas, sobre todo niños, "que viven bajo el miedo, están privados de cualquier futuro y se ven obligados a hacer de soldados".
"Me dirijo a la Comunidad Internacional y a los responsables políticos nacionales para que se ponga fin a ese trágico conflicto y se ofrezca una real perspectiva de paz a toda la nación ugandesa", afirmó el anciano Pontífice, de 84 años.
El Papa Wojtyla añadió que también está muy preocupado por la situación de la población de Darfur, en la región occidental de Sudán que linda con Chad.
"La guerra, intensificada en estos meses, lleva con sí cada vez más pobreza, desesperación y muerte. Veinte años de duros enfrentamientos ha dejado en Sudán un ingente número de muertos, de refugiados y evacuados. No podemos permanecer indiferentes", dijo el Pontífice con la misma firmeza que cuando habló de Uganda.
De nuevo hizo un "apremiante llamamiento" a los responsables políticos y a las organizaciones internacionales "para que no olviden a estos nuestros hermanos tan duramente afectados".
Juan Pablo II manifestó que la comunidad cristiana está comprometida en ayudar a esas poblaciones para que alcancen la reconciliación y en la distribución de las ayudas a las personas en dificultades.
Para el caso de Darfur, el Papa recordó que ha enviado a esa región sudanesa al arzobispo Paul Cordese, presidente del Consejo Pontificio Cor Unum, para que lleve a la población "la solidaridad espiritual y material" de la Santa Sede.
Cuando el Vaticano anunció el envío del emisario papal, precisó que Juan Pablo II "desea que la voz de los pueblos de la región de Darfur sea escuchada y tomada en consideración y que sus derechos humanos fundamentales sean respetados".
El Vaticano considera lo que sucede en Darfur como una "verdadera limpieza étnica".
28 de julio de 2004
©univision
BLOQUEAN EN CHINA CIENTOS DE PÁGINAS PORNOGRÁFICAS
Las crecientes medidas de control impuestas por las autoridades chinas a las comunicaciones por la red preocupan a los observadores. Las medidas incluyen la exclusión de páginas pornográficas y el control de la identidad de los usuarios. Tres notas sobre el tema.
Pekín, China. Es a raíz de una campaña que lleva a cabo el Gobierno chino para acabar con las web con contenidos considerados como "indecentes e inmorales".El popular buscador Google ha sufrido bloqueos intermitentes durante esta semana, así como cientos de sitios de información muy visitados e influyentes con "contenidos pornográficos o indecentes para atraer al público".
Al menos 13 personas fueron detenidas en Pekín sospechosas de poner en funcionamiento páginas con contenidos pornográficos, según el Diario de la Juventud de Pekín'.
De acuerdo con esta campaña, las páginas eróticas tendrán que enmendarse antes de septiembre o perderán su licencia, y de momento 500 web han sido cerradas por contener películas y vídeos eróticos.
Las autoridades han bloqueado otras 67 web locales por considerar sus contenidos inmorales, pornográficos o "antipatrióticos", desde que el ministerio chino de Seguridad Pública iniciara la campaña el pasado 6 de julio.
"Los recientes esfuerzos del gobierno contra la pornografía en internet demuestran la necesidad de crear una legislación más severa, en especial contra los suministradores extranjeros de pornografía en internet", señala hoy el rotativo en su página web.
La operación, que incluía también la Región Administrativa Especial (RAE) de Hong Kong, ex colonia británica y un enclave único de libertades, duró 15 días y la policía recibió 10.660 avisos del público chino.
La mayoría de los avisos consistían en quejas sobre contenidos sexuales inapropiados tanto en internet como en el envío de mensajes cortos de telefonía móvil, sobre la que las autoridades también han lanzado una campaña de vigilancia.
Cyberpolicías
El ministerio puso en marcha un equipo de "ciberpolicías", una página web (www.cyberpolice.com) y líneas telefónicas para iniciar una "guerra popular" contra la pornografía en la red que la sociedad china, de carácter conservador, está siguiendo con entusiasmo.
"La pornografía está aumentando en el país y ha dañado las buenas costumbres, contaminado el ambiente social y perjudicado la salud mental de los jóvenes", declaró Zhou Yong, supervisor de la campaña cuyo objetivo es preservar los valores morales de 329 millones de jóvenes chinos para los que el sexo está de moda.
Según los analistas extranjeros, además de su valor moral, el objetivo de la campaña es controlar el potencial subversivo de internet, como demuestra una campaña reciente en la que se prohibieron los foros sobre política en la red.
Los ciudadanos chinos no tienen acceso a páginas web de la disidencia o a aquellas que desde el extranjero tratan temas molestos para Pekín, como el conflicto con Taiwán, Tíbet, Xinjiang, derechos humanos y la matanza de estudiantes de Tiananmen en 1989.
Según los últimos datos, China es el segundo país con mayor número de internautas, 87 millones, después de EEUU (150), pero también el que ejerce mayor censura en la red, ya que mantiene encarcelados a por lo menos 62 ciberdisidentes, según Reporteros Sin Fronteras.
27 de julio de 2004
©infobae
EN CHINA HAY 87 MILLONES DE USUARIOS DE LA RED
El número de usuarios de Internet en China alcanzó los 87 millones hasta finales de junio, lo que supone un incremento de 19 millones con respecto al primer semestre de 2003, informó hoy, miércoles, el Centro Chino de Información de Internet.
China es el segundo país del mundo en número de usuarios por detrás de Estados Unidos, con 150 millones, al que superará a finales de 2005 al alcanzar los 200 millones, según la web Asia Media.
Según los datos del Centro, seis de cada 10 usuarios son hombres, mientras que un 54.1 por ciento son jóvenes menores de 24 años, el 55.3 por ciento gana menos de 206 dólares al mes y un 67 por ciento se conecta a la red desde sus hogares.
La mayor parte de los usuarios vive en las áreas urbanas, mientras que el 65.8 por ciento gasta menos de 20 dólares al mes en conexión a Internet y el envío de correos electrónicos sigue siendo el servicio más usado.
"Hemos observado cambios con respecto a estudios anteriores, aunque no se suelen ver grandes sorpresas en China en un semestre a no ser que haya una política gubernamental para promover un servicio", señaló Wang Enhai, subdirector del departamento de información del Centro.
Las novedades son el cambio de hábitos en el uso de Internet, ya que cada vez más usuarios conversan en chats en la red, participan en juegos o realizan sus compras y operaciones bancarias a través de Internet.
Según Wang, en dos o tres años se verán cambios más evidentes en el uso de Internet, y prevé que los servicios de búsqueda, un campo de batalla que hoy se disputan Google y Yahoo en el país asiático, serán los más usados.
El auge de Internet en China encuentra su límite en el control ejercido por las autoridades, con unos 30 mil ciberpolicías" controlando contenidos molestos e "ilegales", según denunció recientemente Reporteros Sin Fronteras, que calificó a China como el régimen más duro del mundo en cuanto a censura en la red.
Diversas organizaciones de derechos humanos se han manifestado por el excesivo control que ejerce el gobierno chino hacia sus internautas, estableciendo que la libertad de expresión es un derecho con sagrado de la humanidad.
Se espera que con el crecimiento en Internet estos controles disminuyan.
27 de julio de 2004
©cronica
CHINA CONTROLA LA RED - howard w. french
Hanghai, China.Un tribunal chino anunció recientemente que un activista pro democracia en la red acusado de subversión recibirá una sentencia de libertad condicional en lugar de una pena de prisión. El caso ha sido criticado por grupos de derechos humanos y sirve como llamamiento del creciente número de comentaristas online.
En China y en el extranjero algunos comentaristas celebraron apresuradamente lo que parece ser una demostración de indulgencia hacia el acusado, Du Daobin, un prolífico autor de ensayos online sobre la democracia y la libertad de expresión.
Pero muchos entre el grupo en rápido crecimiento de comentaristas de la red advierten que lo que parece ser magnanimidad gubernamental en este caso altamente publicitado, oculta un intento tranquilo pero decidido de fortalecer los controles de la red y la vigilancia de sus usuarios, incluso aunque las restricciones chinas sobre el medio se hallan entre las más amplias e invasivas del mundo.
Los usuarios de la red en cafés en China están sometidos a un extraordinario rango de controles. Incluyen cámaras colocadas discretamente en los establecimientos para seguir e identificar a usuarios y web-masters, y dueños de cafeterías cibernéticos que vigilan a los usuarios, electrónicamente o vigilando el establecimiento.
Entretanto, el usuario medio de internet, ni ve ni sospecha en muchos casos las actividades de una fuerza calculada en alrededor de treinta mil agente de policías de la red. Expertos en la red china dicen que los agentes están constantemente ocupados jugando al gato y al ratón con resueltos usuarios de la red, bloqueando páginas que el gobierno considera políticamente incorrectas, controlando a los usuarios que visitan otras páginas conflictivas y terminando los debates en los foros de la red. El gobierno chino ha abierto también una página donde la gente puede delatar a otros usuarios de la red por sospechas o conducta asocial.
Un usuario de la red que trata de entrar a una página bloqueada por el gobierno recibe un mensaje que anuncia que la página no está accesible, o sus ordenadores simplemente se quedan colgando, o son re-dirigidos a páginas no relacionadas. Similarmente, a la gente que participa en foros basados en la red sobre algunos temas se le advierte que para entrar a un grupo de discusión deben usarse nombres verdaderos con cuentas electrónicas válidas e incluso número de teléfono.
Como primera línea de defensa contra lo que en otra era la jefatura comunista de China habrían llamado polución ideológica, Pekín controla la red insistiendo en que todo el tráfico en la red debe pasar por servidores controlados por el gobierno. Ahora, además de esas medidas, que se aplican a nivel nacional, los gobiernos provinciales de China se introducen al espectáculo introduciendo reglas propias que según los críticos vulnera la intimidad y la libertad de expresión.
Hace unas semanas Shangai, la ciudad china más populosa y conectada a la red, introdujo silenciosamente una serie de controles, probablemente los más severos hasta ahora, y los críticos temen que sea un modelo que será usado finalmente a nivel nacional. Descrito por funcionarios del ayuntamiento como una medida destinada a combatir la pornografía y a impedir la entrada de menores a bares de la red, las reglas de Shangai exigen que los usuarios usen una tarjeta automática que permite a los encargados u otros controlar su número de identidad y trazar sus visitas en la red.
Las reglas han desencadenado un pequeño debate público aquí en parte debido a que han recibido poca publicidad durante la planificación. Pero en la red han aparecido furiosas protestas de usuarios activos de la red que interpretan las nuevas regulaciones como una extensión del estado policial.
"Mantendremos ruedas de prensa para cada fase de la implementación, y el público podrá expresar sus propias opiniones y los media podrán discutirla y cuestionarla", dijo un funcionario del Departamento Municipal de Shangai de Cultura, Radio, Cine y Televisión, que habló a condición de mantener el anonimato. "Y una de nuestras prioridades es asegurarnos de que nuestras acciones no sean ilegales. Eso es fundamental".
Al preguntársele si se limitaría la intimidad de los usuarios de internet, el funcionario dijo que el gobierno de Shangai ha tomado nota del asunto, pero agregó que "los bares de la red son áreas públicas, y algunos expertos dicen que lo que uno dice en un área pública no debería ser considerado privado".
En una entrevista un comentarista online rechazó de plano la idea de que los invasivos controles de la red tengan alguna legitimidad.
"En el área de la ley China está progresando muy lentamente", dijo Su Zhenghua, un economista que publica sus ensayos frecuentemente en la red. "Es una situación que lamento, y espero que el gobierno chino respete el espíritu de la Constitución y proteja la libertad de expresión y los derechos del individuo a la intimidad".
Algunos expertos de la censura de la red en China dicen que al poner en libertad recientemente a Du, el gobierno ha hecho una sutil reverencia a su propia opinión pública, como se expresó en un debate en la red.
Analistas internacionales que siguen de cerca la escena china de la red dicen que el gobierno se ha desconcertado ante la explosión de una nueva forma de comunicación online en la red en China: el weblog, o la bitácora. Comenzó el año pasado con el célebre caso de una mujer que comenzó a llevar un diario de su propia vida sexual. Ahora cientos de miles han adoptado con entusiasmo esta nueva forma de comunicación.
En realidad, el señor Du mismo se ganó la ira del gobierno de esta manera cuando escribió condenando el encarcelamiento el año pasado de otro conocido comentarista de la red, Liu Di, cuyo moniker online era "ratón de acero inoxidable". A su vez, al menos mil personas han firmado una petición en apoyo de Du, pidiendo al gobierno que deje de utilizar las leyes anti-subversivas para limitar la libertad de expresión.
De acuerdo a los analistas, los censores del país, siempre ansiosos de contener las oleadas de opinión pública antes de que se descontrolen, particularmente en materias políticas, se han alarmado porque a pesar de sus intensos esfuerzos, la tecnología de internet está logrando hacer muy difícil limitar la libertad de expresión en la red.
"Con el caso de Du, el gobierno dice: Miren, nuestras acciones son más agradables que en el pasado, pero lo que pensamos sobre el delito sigue siendo lo mismo, así que no se engañen, también podemos ser duros", dijo Xiao Qiang, director del Proyecto Internet China de la Universidad de California, en Berkeley. "No importa lo mucho que traten, es un hecho que el volumen de información online está aumentando rápidamente y el gobierno no puede hacer nada sobre ello. Tú puedes controlar cientos de foros, pero controlar cientos de miles de bloggers es muy diferente".
27 de junio de 2004
26 de julio de 2004
©traducción mQh
©newyorktimes
CHINA: TRABAJAR DURO CAMINO AL CIELO - john m. glionna
Durante siglos los cargadores han sido admirados por su aguante han llevado provisiones a la cumbre sagrada de Tai Shan, China. En estos día, no gozan de tanto respeto.
Se los conoce como tiaofu, o cargadores de la montaña. Pero les gusta llamarse a sí mismos "bueyes viejos". Sea durante el agobiante calor de julio, o el cortante frío de enero, recorren los miles de anchos y elevados escalones de piedra de Tai Shan; sus cuerpos se doblan bajo el esfuerzo, las largas pértigas cavan surcos en sus espaldas callosas y quemadas por el sol.
Trabajan en equipos o solos, y son doscientos los cargadores que llevan provisiones a las más de tres docenas de congelados templos, hoteles, restaurantes y tiendas a lo largo de la cima de la vía de la montaña conocida como la Calle del Cielo. Por cada viaje de ida-y-vuelta de tres horas ganan 15 yuanes, menos de dos dólares. En un buen día, cuando se sienten fuertes, pueden hacer tres viajes.
Durante 2000 años los cargadores han llevado a sus espaldas ese tipo de cargas al pináculo de la montaña donde los emperadores ofrecían sacrificios, se inspiraban los filósofos y los fieles hacían peregrinaciones a lo que era considerado el altar más alto en el Reino Medio, un sitio de solitaria belleza cerca de las estrellas.
Tai Shan, o Gran Montaña, uno de los cinco picos más sagrados del taoísmo, se encuentra entre las destinaciones turísticas más populares de China -su cima ofrece una impresionante vista de la pradera del norte de China. Todos los días cientos de miles de turistas pisan sus faldas boscosas, entre tabletas esculpidas en piedra y puntos históricos con nombres tan poéticos como la Fuente Donde Medita el Dragón, la Cumbre Donde los Caballos Titubean y el Puente Donde Se Saluda a las Hadas Madrinas.
Los cargadores son considerados centrales en la cultura de Tai Shan, admirados por su fuerza y aguante, y una fuente de inspiración de canciones e historias. Pero para estos hombres chicos, nervudos, esta montaña sagrada es definitivamente el escenario mundano de un trabajo que entumece los músculos.
Por la noche, un día duro tras otro, los hombres vuelven a cuchitriles en la precordillera hechos de rocas, tierra y madera descartada a cocinar magras raciones en una fogata. El más viejo, en sus sesenta, dice que a menudo sus cuerpos les duelen tanto que no pueden dormir.
"Este trabajo es demasiado pasado, demasiado insignificante", dijo Han Shitai, que ha estado cargando fardos que a menudo excedían su propio peso durante veinte años.
Los cargadores se encuentran entre los trabajadores más explotados en un país notorio por sus rigurosas condiciones de trabajo. Incluso ahora que China ingresa en una nueva era tecnológica, trabajos como este recuerdan su fuerza bruta del pasado, cuando los músculos de hombres eran la forma más barata de trabajo y transporte.
Activistas laborales en todo el mundo insisten en que el poderío industrial de la China de hoy se basa en la explotación de los trabajadores; en China se ignoran las leyes laborales sobre salario mínimo, se prohíben las huelgas y se encarcela a los organizadores. Sindicatos norteamericanos dicen que son las violaciones masivas de los derechos humanos las que permiten a China reducir los costes de producción y vender más barato que las compañías norteamericanas, una tendencia que es parcialmente responsable de la pérdida de 760 mil dólares en puestos de trabajo en la industria, dicen.
La AFL-CIO presentó una queja por competencia desigual ante la administración de Bush en marzo, pidiendo la imposición de una serie de aranceles punitivos para parar lo que llamó la continuada violación por parte de China de derechos de los trabajadores reconocidos internacionalmente. Funcionarios chinos consideran a los sindicatos autónomos como una amenaza y sólo permiten uniones de trabajadores manejadas por el partido, al mismo tiempo que dejan que las compañías operen sin respetar ninguna norma con respecto a salarios, horas de trabajo o condiciones de seguridad laboral, se lee en la queja.
Funcionarios del gobierno de Bush rechazaron la demanda, diciendo que los aranceles sólo impondrían una barrera comercial más empinada y pondría en peligro los crecientes intereses de las exportaciones norteamericanas a China.
En Tai Shan, los cargadores se consideran a sí mismos los más débiles de todos cuando se trata de los derechos de los trabajadores. Aunque no pertenecen a la rama industrial, su trabajo aprovisiona a los templos taoístas y a la industria turística que atrae casi treinta mil visitantes al día.
Los cargadores quieren formar un sindicato, pero saben que a menudo tales deseos provocan una rápida y dura respuesta del gobierno.
"El gobierno no obtiene ningún beneficio por hacer más humanas nuestras vidas, así que no les interesa", dijo Zhao Pingjian, 54, antiguo médico rural y contable que maneja al equipo de cargadores de la montaña.
"Nuestras preocupaciones caen en oídos sordos".
Zhao podría tener problemas por tratar su problema con un extranjero. Pero su preocupación sobre condiciones de trabajo que son inadecuadas para muchos animales, dijo, lo obligan a hablar, "¿Qué más nos pueden quitar?", preguntó. "No nos han dejado nada".
Han Shitai sabe cómo se construyeron la Gran Muralla y otros edificios antiguos: por un ejército de hombres que sufrieron fatigas para trasladar objetos aplastantes a alturas increíbles.
El cargador, 45, ha subido por la llamada Calle del Cielo de Tai Shan una infinidad de veces, acarreando estatuas de bronce, camas de hotel, pollos vivos, cajas de refrescos, bidones de aceite. Una vez ayudó a un equipo de cien cargadores a jalar una caldera de hierro de dos toneladas, un trabajo que tomó todo un día.
Como otros cargadores, Han es un granjero que respondió a un anuncio para unirse a esta empresa aprobada por el estado. El objetivo del programa de los cargadores, dicen funcionarios, no es sacar beneficios sino ayudar a resolver el problema de la fuerza de trabajo excedente en la cercana ciudad de Taian y en las pequeñas granjas de subsistencia, que no proporcionan trabajo todo el año.
El grupo de Zhao busca trabajo y determina tarifas con los dueños de los negocios y administradores del templo en la cima. Cuando hay que llevar cargas -en los meses de verano la necesidad de cargadores es constante- los hombres dejan sus granjas por una semana para vivir y trabajar en la montaña.
Las ganancias se dividen al fin de cada día. Han y los otros dicen que aunque sus salarios son bajos y las condiciones de vida pobres ganan lo mismo con dos viajes a la cumbre de la montaña que trabajando todo un día en las obras locales.
Aunque no han logrado convencer a los comerciantes a que paguen más por su trabajo, ni a los funcionarios de gobierno para que mejoren sus viviendas, los cargadores saben que son hombres humildes que tienen suerte de contar con ese trabajo. Si lo rechazan, hay muchos otros dispuestos a ocupar su lugar.
Muchos cargadores dicen que sus padres hicieron el mismo trabajo. Sin embargo, ninguno quiere que sus hijos siga sus huellas. Durante cuatro años, Han gastó todos sus diez mil yuanes, o el ingreso anual de este cargador de mil doscientos dólares para pagar los estudios universitarios en ingeniería. El resto de la familia ha vivido de las cosechas de trigo y batatas en una granja cercana y de las ganancias de la venta de unos cerdos.
Han, un hombre de tono aflautado y suave: "Por lo menos mi hijo vive en el mundo moderno".
Hace poco Han trabajó con un equipo de cinco hombres para subir a un bidón lleno de aceite de la Puerta del Medio a la Calle del Cielo. La subida de 600 metros era normalmente un trabajo para ocho, pero los cargadores saben que pueden ganar más si usan menos hombres.
Cientos de cargadores por cuenta propia que no pertenecen al equipo de Zhao alzan cargas más livianas a lo largo de todo el camino de ocho kilómetros desde el centro de Taian al pico de la montaña de 1,500 metros. Pero el grupo de Zhao transporta las cargas más abultadas y pesadas por la sección más escarpada, de tres kilómetros y cuatro mil escalones desde la Puerta del Medio hasta la cima. La carga es llevada hasta la precordillera por camión -ahí termina el camino.
Al subir la primera vez -de las dos de ese día- pasaron a un grupo de gente joven sana y mujeres que llevaban bastones para ayudarse a subir. Gruñeron contra la gente lenta, turistas cargando sus cámaras que ha menudo se quedan mirando como si los cargadores les arruinaran las instantáneas.
Los cargadores aguantan la falta de respeto silenciosamente. Chao Jing Sun, 48, que ha sido cargador desde fines de los años setenta, dijo que los turistas ignoran sus peticiones de que no le tomen fotos sin su permiso. También está cansado de que le hagan mil veces la misma pregunta una y otra vez: "¿Cuánto ganas? Yo no lo haría ni por mil yuanes".
Pero algunos muestran su admiración hacia estos cargadores cuyos ancestros han acarreado gente y cosas por lo que se ha llamado el camino más viejo de China. Como dice un viejo refrán, los cuerpos de los hombres son "tan firmes como el Monte Tai", el equivalente chino de la frase inglesa "tan sólido como el Peñón de Gibraltar".
Muchas generaciones atrás, cuando eran conocidos como los "tigres trepadores de la montaña", los cargadores levantaban cargas pesadas a medida que varios emperadores, entronizados en sillas de manos con dosel, dirigían sus caballeros con coraza y mandarines con túnicas de seda hacia la montaña al clamor de tambores y gongs.
Los cargadores acompañaron a Confucio -que nació no muy lejos de ahí- cuando subió Tai Shan y proclamó que el mundo era pequeño, dicen los historiadores. También estuvieron aquí más tarde cuando Mao Tse-tung subió las escaleras. Mao, sin embargo, caminó hasta la cima, y los comunistas más tarde prohibieron el uso de la silla de manos por ser degradante para los cargadores.
En estos días, hay historias sobre los cargadores en los silabarios de la escuela y hay una miniserie de televisión. Un periodista escribió hace poco cómo la capacidad de aguante de los cargadores le hicieron experimentar "lo sublime del trabajo".
A medida que dirigía a un grupo hacia abajo por la escalinata de la montaña, la guía turística Liu Yan dijo que los cargadores recuerdan a una cultura china cada vez más sedentaria el valor del trabajo duro. "Te muestran cómo hacerte un hombre fuerte", dijo. "Aguantando el peso del mundo sobre sus espaldas, se mueven fluidamente, unidos. E incluso más rápido que los turistas, que no cargan nada".
Cerca, un hombre sólo podía sacudir la cabeza a medida que pasaban los cargadores, sudando profusamente debajo del peso del barril de aceite. "Es un milagro", dijo.
Sin embargo, subieron, a través de un bosque de viejos cipreses y paredes en la roca chata, inscritas con caligrafías antiguas. Su ruta da la vuelta a innumerables lugares sagrados con gárgolas listas para atacar desde los aleros, a lo largo de 18 tortuosas curvas en ruta a la Puerta Sur del Cielo.
En el camino, pasaron a un leproso con una taza en su mano estirada, una vagabunda de dedos nudosos y vendedores ambulantes usando sus celulares y ordenadores portátiles. Pasaron a un cargador que llevaba una carga de verduras y cerveza a la espalda, moviendo un brazo libre para mantener el equilibrio. Cerca de la cima, justo antes del Pabellón Que Toca el Cielo, la escalera se hace repentinamente muy escarpada. Pero los cargadores no pararon a descansar ni incluso a beber algo.
En la cima, la niebla se extendía por las murallas del templo y los turistas se pusieron sus chaquetas al oír el sonido de un gong sonando a través de la neblina. Sólo entonces se detuvieron Han y los otros.
Dentro de una hora, los cargadores han preparado un abultado generador para el viaje de vuelta.
Aunque ayudados por la gravedad, el camino de descenso es incluso más peligroso, dicen los cargadores. Muchos resbalan en las rocas sueltas. Y con las cargas pesadas parecen un tren de carga humano, incapaz de parar repentinamente.
Una mujer se arrodilla en medio de la escalera, enfocando su cámara. "¡Hai huh!", gritan los hombres, pero ella no oye. Sin embargo, no pudieron parar. Finalmente, un compañero la empujó a un lado antes de que la aplastaran.
Los cargadores saben que ese trabajo les puede acortar la vida en años. Muchos tienen las rodillas malas, espasmos de espalda y otros dolores crónicos. Zhao, su jefe, guarda una bolsa de plástico llena de analgésicos y hierbas medicinales chinas para los casos más urgentes.
Los auto-proclamados "bueyes viejos" dicen que incluso esos animales ya no trabajan en los campos. El veterano cargador Li Hongping dijo: "Ahora nuestras vidas son peores incluso que la de ellos".
Hace quince años, Tai Shan montó un teleférico para subir a los turistas a la cima de la montaña en minutos. También se construyó un segundo elevador de carga, pero a menudo hay lista de espera. Muchos comerciantes prefieren a los cargadores por su rapidez.
Aunque creen que les pagan mal, los cargadores se muestran reluctantes a subir las tarifas, temerosos de que los comerciantes se pasen a la góndola de carga, para darles una lección.
Pero Zhao dijo que los administradores de Tai Shan podrían hacer más fácil la vida de los cargadores. Cada uno de los cientos de miles de visitantes que vienen a la montaña al año pagan una entrada de 100 yuanes -doce dólares-, que es más de lo que ganaron sus seis hombres con llevar el bidón de aceite a la cima.
Funcionarios de gobierno han construido viviendas para los trabajadores, pero en una localidad distante, de modo que muchos deciden no dormir allá.
Aunque los cargadores reciben colectivamente una paga de diez mil yuanes al año de los comerciantes, la mayoría de los hombres duermen en chozas con pisos de tierra, que se transforman en ríos de lodo en las noches pluviosas.
Los cargadores contribuyen con el 15 por ciento de la paga en un fondo de seguros, en caso de alguno se hiera y no pueda trabajar. Es un coste al que según creen deberían contribuir los comerciantes.
Lu Guilan, propietario del restaurante Huevos de Campo, en la Calle del Cielo, no se mostró amable cuando preguntó: "Si al gobierno no le interesa, ¿por qué debería interesarnos a nosotros?"
Un portavoz de gobierno hizo mofa de las peticiones de los cargadores. "¿Sabes cuánta gente vive aquí?", preguntó Du Guanghua. "Son granjeros. Vienen a trabajar".
Un cargador no estará aquí para cuando cambien las cosas en Tai Shan. Después de 33 años, dijo Cui Qisheng, está demasiado débil como para seguir.
"Quiero jubilar", dijo el hombre, de 59 años. "Lo haré el próximo año".
Luego recogió su pesada carga, quejándose del peso, y volvió a su tarea en la montaña.
Suspiró. Sólo quedaban tres mil escalones que cubrir.
26 de julio de 2004
©traducción mQh©losangelestimes
EL NIÑO QUE SE QUIERE DIVORCIAR DE SU PADRE - patti hartigan
Se vive una intensa polémica en Estados Unidos por el caso de un niño que ha pedido cortar los lazos parentales con su padre. Si se acepta, su única familia será la de adopción. Es la historia de Patrick Holland, que tenía ocho años cuando su padre mató a su madre.
Esta es la historia de un hijo y su padre.Los padres del niño se peleaban cuando él era un niño. Su padre se había puesto violento. Su madre había pedido el divorcio. Y le impusieron al padre una orden de alejamiento. Ella llamó a la policía. Pero había un niño. Eso hacía que la separación fuera más complicada. Cuando el niño tenía ocho años, su padre asesinó a su madre en la casa de la familia, en Quincy. Le disparó ocho veces en el dormitorio principal cuando el niño dormía. A la mañana siguiente, el niño encontró su cadáver en un charco de sangre. "¡Pasa algo malo con mi mamá!", gritó, y se echó a correr hacia la calle, en calzoncillos, buscando ayuda, pero en realidad en búsqueda de una nueva vida.
La encontró en los brazos de los mejores amigos de su madre. Lo recogieron y lo vieron crecer como si fuera su propio hijo, y cuando se hizo adolescente, pensaron que al fin estaba recuperando su vida. Pero entonces llegó la petición.
Su padre, en la cárcel, quería saber cómo estaba su hijo, quería ver sus cartillas de notas.
Es ahí que Patrick Holland se hizo hombre. A los 14, estaba tratando de hacer lo que su madre hubiera esperado que hiciera, lo que le pudo haber salvado la vida: separarse de Daniel Holland.
Si estornudas, seguro que pasas de largo por el centro de Sandown, New Hampshire, 5,381 habitantes. En la carretera hacia la ciudad, uno pasa frente a varios garajes y Sandown Materials, que vende rocas, gravilla y marga. La Iglesia Metodista Unificada de San Matías está más abajo, cerca de los bomberos, de la comisaría de policía y del ayuntamiento.
Esta es la ciudad que Patrick Holland ha llamado su casa desde febrero de 1999, cuando se mudó a vivir con los que se transformarían en sus tutores legales, Ron y Rita Lazisky. Su casa victoriana tiene un techo de hojalata en el salón de recibo, y la moldura original de metal todavía adorna la chimenea. Los Lazisky han vivido en esta casa desde hace unos siete años. Es su segundo matrimonio para ambos, y tiene cada uno dos niños ya grandes de sus primeros matrimonios.
Patrick se un poco cansado la primera vez que nos vemos, un frío día de marzo. Hace unas semanas un juez del Norfolk County Probate y del Tribunal de Relaciones Familiares rechazó su petición de cortar lazos con los derechos de su padre. El caso se había estado estirando silenciosamente durante un año y medio, pero después de la resolución del juez Robert W. Langlois, Patrick se transformó en una causa célebre. Cuando nos reunimos la primera vez, Patrick acababa de volver de Nueva York, donde había contado su historia a Court TV, a CNN, y en el programa Good Morning America'. Luego, en abril, Langlois se corrigió a sí mismo, desencadenando otra ronda de apariciones en televisión de Patrick.
Como otros chicos de 14, se relaja lentamente. Le pregunto sobre la escuela y me habla de los macarrones de poliestireno y del queso de la cafetería, pero no de las clases. Ron Lazisky es quien mantiene la conversación al principio. Hay una relación fácil entre los dos, aunque admiten que pelean como cualquier otro padre e hijo adolescente.
Lazisky dice que poco después de que el niño llegara a vivir con ellos, Patrick se preguntaba abiertamente sobre su violento padre. "¿Por qué no me mató a mí?", se preguntaba. Patrick juguetea con los cordones rojos de sus zapatillas Converse Chuck Taylors cuando Ron Lazisky cuenta la historia. "Yo lo miré -diciéndome a mí mismo que no estaba capacitado para hacerlo- y lo único que pude decir fue que él no estaba enojado contigo, estaba enojado con su madre".
Suena el teléfono. Es el Departamento de Servicios Sociales DSS de Massachusetts. El departamento no estuvo originalmente involucrado en el caso de terminación parental de Patrick. El comisario del DSS Harry Spence accedió a subirse a bordo y a Patrick le plació. El teléfono volvió a sonar. Es un productor del programa Chronicle', de la WCVB-TV. También The National Enquirer' quería cubrir la historia, y Oprah' ha mostrado interés.
El humo está llenando la habitación. Ron Lazisky había dejado de fumar, pero dice que empezó de nuevo desde que comenzó a verse el caso en los tribunales. Patrick se preocupa cuando yo empiezo a toser. "¿Quieres un té?", me pregunta. "¿Puedo abrir las ventanas?" Me ofrece un té medicinal cuando rechazo la cafeína, porque estoy amamantando. Lleva una camisa planchada pulcramente y tejanos tiesos, pero se suelta un poco cuando asume su papel de anfitrión atento. Quiere mostrarme las fotografías de su madre, y también los videos de sus apariciones en la televisión. Ya se habla de un documental y de una película de televisión. Lazisky, un ingeniero químico que dice que está tomando libre para concentrarse en el caso, ha contratado a un abogado del mundo del espectáculo para estudiar las ofertas. ¿Quién le gustaría a Patrick que lo representara en la televisión? "George Clooney", dice Patrick. No ríe, pero sus ojos parecen decir: "Tanto me da".
Elizabeth Peral McCrocklin nació el 28 de noviembre de 1066, en Concord, Massachusetts, la hija del medio. Su padre, Robert A. McCrocklin, era militar, y estuvo destacado en la Base Aérea de Hanscom. La familia vivió en Florida y Okinawa antes de asentarse en el Virginia del Norte. Después de que sus padres se divorciaran cuando era todavía muy pequeña, Elizabeth vivió con su padre en Virginia, mientras su madre, Peggy Leonard, se mudó a Las Vegas. Liz' era menuda, pero no endeble. Cuando quería dar más fuerza a sus argumentos ante su padre, se subía a una silla para poder miraralo directamente a los ojos.
Conoció a Daniel Leo Holland en Virginia después de terminar la secundaria, cuando estaba trabajando como azafata en un hotel de la localidad. Él era un barman que se había criado en Massachusetts. Su madre recuerda que Liz estaba loca por Danny, pero a su padre no le gustaba. "Nunca me dio una respuesta directa", recuerda Robert McCroncklin. "Le podías hacer una pregunta para que respondiera con un sí o un no, y quizás te decía: A lo mejor'. Nunca pudo explicar cómo había llegado hasta aquí desde Massachusetts".
Pero finalmente McCronklin se enteraría del pasado de Daniel Holland. Nació en el seno de una familia de South Shore el 13 de diciembre de 1964. De acuerdos a informes publicados, comenzó a beber y a fumar marihuana cuando tenía alrededor de trece años, abandonó la escuela y tuvo problemas con el Departamento de Servicios Juveniles del estado. Vivió durante un tiempo con su abuela, luego con amigos, acumulando un largo historial policial que incluía cargos por posesión de drogas, por conducir bajo los efectos del alcohol, por alteración del orden público, y por agresión sexual y lesiones a un agente de policía. Vivía con una tía en Virginia cuando conoció a su futura esposa.
Liza esperó a cumplir los 21 antes de dejar la casa de su padre. Ella y su padre habían peleado acerca del préstamo para un coche, y su relación se echó a perder. Ella y Danny se mudaron a Massachusetts para estar más cerca de la familia, y se instalaron en un edificio de tres pisos, sin ascensor, en el sur de Boston. Se casaron en Portland, Maine, en julio de 1989. Patrick nació en diciembre. El embarazo fue complicado; una ecografía reveló que Patrick tenía sólo un riñón. Pero Liz tuvo un parto natural, Danny grabó el nacimiento en video, y el bebé nació perfecto. Peggy Leonard viajó desde el este de Las Vegas para ayudar a su nieto. "Nadie se excitaba tanto con ellos al ver mear al bebé", recuerda Leonard. Como toda madre primeriza, Liz era aprehensiva. "Se volvía loca con el bebé", recuerda su madre.
Sin embargo, las cosas eran diferentes cuando Leonard volvió a visitarlos dos años más tarde. La pareja había comprado recién una casa en la calle de Dysart, en Quincy, y la relación parecía tensa. Leonard dice que Liz se ocupaba de Patrick mientras su marido miraba televisión.
Liz trabajaba como ayudante de enfermería en el Centro de Rehabilitación y Hogar de Ancianos Colonial, de Weymouth, ocupándose de las bacinillas y los baños. Rita Lazisky empezó a trabajar ahí pocos meses después de Liz. "Me puso bajo su protección de inmediato, y dijo: Ven, amiga, vamos a trabajar juntas'", dice Lazisky. Los dos se hicieron amigas íntimas. Patrick estaba en la guardería en el mismo edificio, así que las mujeres almorzaban con él la mayor parte de los días. Entretanto, Daniel Holland había comenzado a trabajar en la compañía de teléfonos, ahora Verizon, en Burlington.
Si estaba siendo maltratada en casa, Liz no lo mostró en el trabajo, dice Rita Lazisky. Liz parecía siempre segura y fuerte, y poco después de que empezara a trabajar se inscribió en unos cursos universitarios, mientras que todavía trabajaba a jornada completa.
Lazisky dice que ella empezó a tener dudas sobre el matrimonio de su amiga cuando Liz se cortó su larga y rizada cabellera. "Una de las cosas que le gustaba hacer a Daniel", dice Lazisky que ella se enteraría más tarde, "era agarrarla y jalarla por el pelo".
Entonces, un día de febrero de 1993, Liz se rezagó en el trabajo después de que su turno hubiera terminado. Le dijo a Lazisky: "No puedo volver a casa. Si voy, me matará".
No estaba siendo melodramática. Los maltratos se habían hecho peores. Ron y Rita Lazisky convencieron a Liz de que pidiera una orden de alejamiento, y la policía de Quincy sacó a Daniel Holland de su casa en la calle de Dysart. Liz y Patrick alojaron con los Lazisky las tres semanas siguientes. Entretanto, Daniel Holland trató de ganar el control en los tribunales. Pidió el divorcio, acusando a su mujer de "conducta cruel y abusiva". También pidió la tutoría de Patrick, diciendo que su familia le ayudaría a cuidar del niño, mientras que Liz no tenía una familia extensa en la región. Finalmente la pareja se reconcilió y buscó asistencia psicológica, pero sólo duró hasta que Daniel Holland dejó de asistir.
Patrick no recuerda mucho de este período. Como otros muchos adolescentes, ve su infancia a través del prisma de la cultura pop. Recuerda ser "bueno en Power Rangers y Tortugas Ninya". Dice que su primer recuerdo es el de su padre encerrándolo en el armario cuando tenía cuatro o cinco años. Daniel Holland grabó en video la puerta del armario, registrando también el sordo sonido de su hijo gritando. Patrick no recuerda mucho más de su padre. "Cuando no estaba, todo marchaba bien; cuando estaba, todo era un caos", dice Patrick.
Finalmente, Liz se cansó. Pidió una segunda orden de alejamiento en febrero de 1998. En la orden escribió que su marido "me arrojó al suelo, me arrastró por el pelo cuando traté de levantarme, me gritó obscenidades y amenazó con matarme si acaso hacía algo estúpido'". El maltrato ocurrió, escribió, en presencia de Patrick.
Pidió el divorcio. Daniel Holland no apareció a tiempo en los tribunales y presentó una serie de denuncias sin fundamento contra Liz y su padre. Liz dijo a las autoridades que Daniel, después de las visitas, volvía desnutrido. Había rapado al niño contra su voluntad, dijo. Dejó un arma en la casa de la calle de Dysart. En la primavera de 1998 fue acusado de violar la orden de alejamiento y perdió los derechos de visita en agosto de ese año. Para entonces, Liz hacía planes para volver con Patrick a Virginia, pero quería terminar los trámites del divorcio antes de marcharse. "Patrick era su vida", me dice su abogado Edward J. Fleming. "Las razones que tuvo para hacer lo que hizo, fueron asegurar que Patrick llevara una buena vida".
Pero parecía haber intuido su propio destino. "Pronto estaré en los titulares", le dijo a sus amigos. La violación de la orden de alejamiento de Holland continuó arrastrándose en tribunales durante el verano de 1998, el juez Charles E. Black, del Tribunal de Distrito de Quincy, ahora jubilado, lo dejó en libertad y fijó la fecha del juicio para el 7 de diciembre. Liz Holland fue asesinada el 13 de octubre.
Vamos en dirección a un restaurante italiano en Salem, New Hampshire, y Patrick se acomoda amablemente entre los juguetes en el asiento de pasajeros del coche. Admira la colección, diciéndome que espera adoptar a un niño algún día.
En el restaurante, Ron Lazisky presenta a Patrick al anfitrión como "el niño que se quiere divorciar de su padre". El hombre lo mira lelo, pero termina mostrándose complaciente. Más tarde, nos ofrecerá café gratuito. Rita Lazisky hizo una entrada impresionante. Como una representante de servicios al cliente de una compañía de seguros, es una mujer tímida de hablar tan suave como agresivo y gregario su marido. Seis años después del asesinato de su amiga, todavía está tratando de superar la pérdida y dice que se sentía culpable de remplazar a la madre de Patrick, especialmente en las prácticas de béisbol. "Me sentaba en el coche", recuerda. "Y me ponía a llorar pensando que no era yo quien debía estar aquí. Liz debía estar ahí".
Patrick nunca escuchó esta historia antes. Recuerda una época en que culpó a los Lazisky por no haber salvado a su madre. También se culpaba a sí mismo; a veces todavía lo hacen. "Me digo que yo no podía haber hecho nada", dice. "Pero siempre me siento culpable".
Se extiende en ser amable durante la cena, diciendo "lo siento" tantas veces que se transforma en un chiste, y recordándoles a sus tutores que lo más fuerte que bebo yo es agua de seltz. Se queda tranquilo cuando Rita cuenta la historia. Es una entrevista rara para ella, y él quiere que ella diga lo que tiene que decir. Pero también trata de consolarla cuando ella se agita. "La gente dice: Tu padre nunca te enseñó nada'", le dice Patrick. "Lo hizo. Me enseñó qué no ser".
Cuando finalmente hablamos sobre el asesinato, Patrick se refiere a un episodio' en sus clases extra-curriculares antes de que madre fuera matada. Por alguna razón, dice, "se asustó", porque otro chico lo había asustado. "Me puse a llorar y a gritar. Pensé que me iba a pegar o algo así. No sé por qué pensé eso. Fue raro".
Esa noche se calmó y miró uno de sus programas de televisión favoritos, Hey Arnold!', antes de darle un beso de buenas noches a su madre por última vez. Recuerda un sueño largo y confuso. Primero, un oso polar perseguía a un hombre a través de un laberinto gigante. Luego un caballero custodiaba un paso elevado, sacando su espada y mirando río abajo. El resto es borroso, hay gritos, sirenas, y lágrimas.
El Departamento de Policía de Quincy tiene un programa contra la violencia intra-familiar reconocido nacionalmente, pero no puede parar a cualquiera ni en todas partes. "Este es uno de los casos en que el departamento no funcionó", admite el comisario del distrito Anthony DiBona. "Fracasó. Nada es cien por ciento".
Patrick no recuerda haber oído nada en casa esa noche del 13 de octubre de 1998. Los terapeutas han dicho que está probablemente bloqueado. La calle de Dysart está en un barrio tranquilo, con casas juntas. Después del asesinato, algunos vecinos dijeron que habían oído ruidos de cristales rotos y estallidos. Pero nadie llamó a la policía. Patrick pasó la mayor parte del día siguiente en la comisaría de policía, respondiendo las mismas preguntas una y otra vez. Lo subieron a la parte de atrás de un patrullero y dio indicaciones para llegar al apartamento de su padre en Dorchester. Daniel Holland fue detenido esa noche en Lawrence.
El hijo de Ron Lazisky, Joshua, entonces de 17, estaba solo en casa el día después del asesinato cuando recibió una llamada de Sandown, New Hampshire, de la policía, que andaban buscando a sus padres. Localizaron a Rita en la consulta de su doctor y a Ron en Massachusetts. La familia fue trasladada a un hotel de Salem, New Hampshire, y colocada bajo protección policial hasta la captura de Holland.
Fue entonces que comenzó una nueva discusión sobre quién se quedaría con Patrick.
En Virginia, Robert McCrocklin recibió una llamada de la policía de Quincy sobre el asesinato de su hija. Comenzó inmediatamente a tratar de obtener la custodia. Los padres de Daniel Holland, Joseph y Edna Holland, también pidieron la custodia. En los papeles que presentaron los Holland, Edna escribió: "Me gustaría que el niño estuviera conmigo para poder consolarlo y asegurar que se satisfacen sus necesidades emocionales. Tengo los recursos financieros y el espacio para él en mi casa de Hingham". Los Holland rechazaron varias peticiones de una entrevista.
La madre de Liz, Peggy Leonard, también pidió la custodia, aunque sus circunstancias se empeoraron en los meses que siguieron al asesinato. Leonard dice que murió su segundo marido y que un nieto fue asesinado.
Los Lazisky fueron los primeros, aparte de los policías y abogados en ver a Patrick después del asesinato de su madre. Patrick dice que pidió inmediatamente vivir con ellos. "No quería decir sí o no porque yo pensaba que le darían la custodia al abuelo", recuerda Rita Lazisky. "El pobrecillo ha tenido que vivir un montón de cosas. No quería decir: Sí, puedes venirte con nosotros'".
Finalmente se unieron al caso de custodia. Ron Lazisky no es un extraño en tribunales de relaciones familiares. Pasó por un divorcio engorroso él mismo, con acusaciones de maltratos de lado y lado. Después de diez años, obtuvo en 1991 la tutoría única de sus dos hijos biológicos.
Mientras los adultos se peleaban por la tutoría de Patrick, el niño siguió en un internado. DSS finalmente optó por ponerlo en una casa de acogida, época en que se mudó a casa de los Lazisky. Era por el Día de San Valentín, en 1999. Finalmente se transformarían en sus tutores legales.
Pero las malas relaciones persisten. Patrick está cercano a su abuela materna, aunque dejó de visitar a los Holland hace tres años. No ha hablado con su abuelo materno, McCroncklin, desde que pelearon cuando él estaba en el internado. Patrick dice que estaba enfadado porque McCrocklin había hecho quemar el cuerpo de su madre y conservaba las cenizas. Patrick quiere una parte de los restos para el monumento que está construyendo. McCroncklin encuentra de mal gusto la idea de dividir las cenizas.
Y también está Daniel Hollad. Como parte del acuerdo sobre la tutoría, se le permitió contratar a un árbitro de un tribunal familiar dos veces al año para solicitar una actualización escrita de los avances de su hijo. Lo hizo una vez, desencadenando la batalla en los tribunales. Un amigo de prisión de Holland, dice que cuando se enteró de los deseos de su hijo, nunca volvió a pedir los informes.
Busqué a Holland para entrevistarlo, pero se negó a concederme una entrevista por consejo de su abogado. Sin embargo, sí me envió una carta. "Independientemente de todo lo que se diga y contrariamente a lo que se cree, yo quiero a Patrick más de lo que soy capaz de expresar", escribió. "Mi única preocupación es su salud física y su recuperación psicológica. Lo llevo en mi corazón y en mi mente en todo momento, y eso no cambiará nunca".
El domingo de Ramos, temprano por la mañana, el reverendo Steve Murray empieza a despertar a los fieles en la Iglesia Metodista Unificada de San Matías, en Sandown. "¡Jesucristo vive!", grita. La sala retumba con el coro de amenes'. Patrick llega después del servicio; se olvidó del cambio de horario. Abraza y saluda a todo el mundo.
No es demasiado tarde como para asistir a la catequesis de Lee Elliot. Elliot es un activo hombre que es como el tío favorito de todos. La materia de hoy es el trabajo misional. Un fornido joven llamado Bubba quiere ir a Corea. No quiere quedarse toda la vida en Sandown. Elliot pide al grupo que explique porqué es tan importante el trabajo de las misiones. "Estuve buscando la palabra humildad'", dice Patrick. "Yo quiero ser humilde".
Después de la catequesis (y de unos abrazos más), se marcha a casa de su amiga Ronnie Guitard, donde están patinando en las ramblas de la entrada y tienen bocadillos en la nevera. Otro amigo, Andrew Ryan, se encuentra ahí también. Los niños todavía ríen de las bromas del Día de los Inocentes que hicieron en la escuela. A un maestro le dejaron una nota del ayuntamiento diciéndole que su coche se lo había llevado la grúa.
Ronnie quiere ser director de cine. Dice que me mostraría el video que hizo de su equipo de monopatinadores, el Federal Offense, pero su padre no le deja entrar a su cuarto si no lo asea. Patrick y Andrew empezaron un grupo de música, con Patrick a la guitarra y Andrew en los tambores. Lo llamarán Good Question.
Estos dos niños acogieron a Patrick cuando era el chico nuevo del barrio seis años atrás. Les contó su secreto. "Pensé que era terrible", dice Andrew. Patrick cree que sus amigos, que se ríen de películas de terror "estúpidas", como Dawn of the Dead', se sienten incómodos al tratar un asesinato de verdad. Cambia de tema. "No quiero aburrirlos", dice.
El caso de la Comunidad contra Daniel Holland parecía que iba a ser tan abierto como cerrado. El asesinato fue descrito como "salvaje, bestial, y atroz" por el fiscal Jeffrey Locke. Holland, se dice, compró un rifle calibre 22 en un Wal-Mart y planificó el asesinato durante semanas. Hizo declaraciones inculpatorias ante su novia, Brenda Hewey.
Pero pasaron dos años antes de que Holland fuera sentenciado a cadena perpetua, sin posibilidad de libertad provisional. Rechazó a dos abogados nombrados por el tribunal.
Trató de casarse con Hewey mientras estaba en prisión, pero resultó que ella estaba ya casada con otra persona. Rechazó someterse a un test psicológico, pero más tarde pidió exámenes para probar que tenía el cerebro dañado. Insultó al juez Thomas E. Connelly del Tribunal Superior de Norfolk, y a la fiscal Julie Lavin, se negó a abandonar su celda para asistir a las audiencias, arremetió con su cabeza contra las paredes de la celda y tuvo que ser arrastrado una vez más por las escalinatas del tribunal.
El juicio comenzó en mayo de 2001. Patrick no asistió, pero me dice que quería estar ahí. "Todo este asunto del juicio fue muy estresante", dice. "Realmente quería testificar, realmente".
Holland tuvo que llevar grilletes en los tobillos. El testimonio fue interrumpido dos veces cuando dijo que estaba enfermo. Su defensa arguyó que Holland no tenía responsabilidad penal por el asesinato debido al abuso de alcohol y drogas. Después de un juicio de tres semanas, el 1 de junio de 2001 le tomó al jurado seis horas para condenarlo por asesinato en primer grado y allanamiento de morada con violencia.
En Massachusetts hay un recurso automático para los condenados por asesinato en primer grado. Sin embargo, Holland no ha recurrido. Pero sí ha estado activo en terminar el caso de Patrick. "Pelear está en su naturaleza", dice Robert George, el abogado de Boston que representó a Holland en el juicio por el asesinato. "No dejará de luchar hasta que crea que eso pueda perjudicar a su hijo".
Patrick, al contrario, parece crecer con el combate. Ha escrito una carta a su padre que fue publicada en la red (lizhollandmemorial.com). "Preferiría tener a cualquier vago de la calle como padre que a ti", le escribió en enero.
Patrick Holland está haciéndose camino a través de los atiborrados pasillos de la Escuela Secundaria Regional de Timberlane, Plaistow, New Hampshire. A la velocidad con que va, no aprobará matemáticas. Le gusta dar esos grandes y amistosos abrazos, pero sus maestros le recuerdan constantemente que semejantes demostraciones de afecto en público están prohibidas en la escuela. Este es un chico que nunca entra al aula tranquilamente. Pasa por los pasillos como un político en un desfile de vacaciones. Quizás es por eso que lo eligieron para representar el papel de alcalde en la última producción teatral del año, The Music Man'. Puede que no tenga la pinta para el papel protagónico de Harold Hill, pero es conocido por sus maestros y amigotes como un cabecilla con un espíritu pícaro y un sentido anticuado de la moda.
En el otoño, los maestros de la última clase de Patrick fueron informados del asesinato de su madre. Pero Patrick parecía bien adaptado, incluso feliz. Era un estudiante que siempre tenía una palabra amable para el chico solo en la cafetería. Era un estudiante atento, que sabía todas las respuestas a las preguntas cuando hacía sus deberes, el tipo de niño que se libra con bromas de buena fe porque es tan condenadamente honesto.
Al principio, en noviembre, los maestros se alarmaron cuando se pegaron unas octavillas en la escuela anunciando la puesta de la primera piedra del Liz Holland Memorial de San Matías, Sandown. Patrick no había mencionado nunca su madre a los maestros. Se descubrió que Patrick había colocado los anuncios. "A la mayoría de los chicos en la escuela usualmente no les gusta hablar de cosas como el divorcio y de lo mal que están las cosas", dice la profesora de arte e idiomas Tina Johnson. "Fue un choque para nosotros descubrir lo que le pasaba".
Sus maestros, que no pueden dejar de reír cuando hablan de este chico brillante, dicen que obtiene notas buenas con un mínimo de trabajo externo, pero podía sacar dieces con algo más de esfuerzo. Cuando no saca buenas notas, "se siente como si te defraudara", dice su profesor de ciencias sociales, Vin Lombard.
Y es difícil de olvidar. "Todos los años, cuando llega una nueva camada estudiantes, hay una tendencia en ese grupo de cien o ciento diez niños a recordar a un puñado de ellos por algo", dice Lombard. "Incluso si no fuera por las circunstancias que lo trajeron aquí al centro del candelero, Patrick sería uno de esos chicos que recuerdas. Tiene sentido del humor, y es un personaje del que no te olvidas".
En un caso histórico de 1992, Gregory Kingsley, entonces de 11 años, se presentó a un tribunal en Florida para cortar los vínculos con su madre biológica y ser adoptado por George y Lizabeth Russ, sus padres adoptivos. George Russ, abogado, presentó la primera petición a nombre de Gregory. Ganaron, pero la decisión fue anulada durante el recurso. Los derechos de la madre fueron terminados, pero la adopción fue considerada prematura. (Fue aprobada más tarde).
Todavía es inusual para un niño iniciar un caso de terminación [de derechos parentales], pero ha habido otros casos publicitados modelados en el de Kingsley. Para nombrar sólo uno, en 1993 Russ defendió a Kimberly Mays, un niña de Florida, de 15 años, que quería quedarse con el hombre que la había criado como padre antes que volver a sus padres biológicos. Ganó, pero más tarde se marchó a vivir con ellos.
Hoy, George Russ participa activamente en un grupo pro derechos de los niños que ha redactado una enmienda constitucional que garantizará a los niños el derecho a un proceso debido. Los jefes del movimiento pro derechos de los niños han oído montones de historias terribles, pero ¿un asesino con derechos parentales? "Charlie Manson tendría los mismos derechos", dice el juez del Tribunal Superior de Connecticut, Charles D. Gill, el co-fundador del Destacamento Nacional para los Derechos Constitucionales de los Niños. "¿Te puedes imaginar eso? Podría decir: Quiero tener derecho de visita. Quiero ver su cartilla de notas'".
Cinco estados -Florida, Luisiana, New Hampshire, Tennessee y Virginia- terminan los derechos parentales cuando un padre es condenado por el asesinato de otro. Patrick Holland y los Lazisky no sabían nada de las leyes de New Hampshire cuando comenzaron su batalla en la corte. Pero ahora sí lo saben. Ron Lazisky dice que ganar el caso de terminación de Patrick en Massachusetts podría conducir a que se aprobara aquí una ley similar. Quiere llamarla "la Ley de Patrick".
Pero muchos juristas y profesionales de servicios psicológicos sostienen que dar un estatuto jurídico a los niños no es la mejor manera de protegerlos. Algunos dicen que tales casos desvían la atención de los problemas más urgentes de violencia doméstica y servicios sociales insuficientes. También se preguntan si un niño se está comportando autónomamente o si está siendo manipulado por adultos con objetivos propios.
Otros sostienen que la atención sensacionalista de los medios de comunicación pueden causar más mal que bien a un niño. Uno de los jueces del tribunal de apelación en el caso de Kingsley acusó a los abogados de Gregory Kingsley de buscar "taquilla", diciendo que "una terminación normal de terminación de derechos parentales fue transformada en una causa célebre por su representación artificiosa y el brillo de los focos". La historia fue llevada a una película de televisión. Los medios de comunicación ciertamente han tenido un papel clave en esta historia. Cada vez que hablo con Patrick o Ron Lazisky, me cuenta de alguna entrevista.
El joven se desenvuelve en todo esto con soltura. Cuando está rodeado de cinco reporteras en un encuentro rutinario en Sandown, habla con cariño sobre su madre y devora atención. "Obviamente, yo debo ser la persona más atractiva aquí", dice con una sonrisa.
Los camarógrafos bajaron cuando el 27 de abril el juez Robert Langlois revisó su decisión y fijó el 26 de julio como la fecha para el juicio. Patrick no estará presente en las vistas, pero Ron Lazisky agradece a los abogados y al juez, y a los media. Más tarde, Patrick me dice: "Es terrible. Tengo bastante optimismo". Hará otra ronda de entrevistas y apariciones en televisión. La historia fue primera plana en Australia. Otros tres productores de Hollywood llamaron por teléfono. La historia del "niño que se quiere divorciar de su padre" ha adquirido vida propia.
Patrick acepta el apodo, aunque no es legalmente correcto y apenas si describe la ruta para un superviviente tan joven. De momento, se está preparando para la escuela, que comienza en otoño. Y para el juicio. Si gana, dice, podrá tener lo que quiere.
Pero también hay que terminar el monumento, pensar en la película, y en el libro que está siendo escrito por la hermana de Ron Lazisky. Surge una pregunta: ¿Es este un modo de canalizar -o de evitar- la tristeza? Ron Lazisky se sorprende con mi pregunta. Nunca se le ocurrió la idea. "Supongo que es mi manera de enfrentarme al asunto", dice. "Ella está viva en nuestros corazones".
Patrick no duda. "Creo que es terapéutico", dice. "Me alivia".
Lazisky está hablando con políticos de Massachusetts sobre la Ley de Patrick, y le gustaría presentar una ley que fije la fianza de alguien acusado de violar una orden de alejamiento en diez mil dólares.
Rita Lazisky, entretanto, se contentaría con no tener que entrar nunca más a un tribunal. "No termina nunca", dice. "Ese es el problema. Mientras no termine para Patrick, no terminará para ninguno de nosotros".
11 de julio de 2004
24 de julio de 2004
©traducción mQh
©bostonnews
ÁFRICA: VIVIR EN UN CUARTO DE BARRO - davan maharaj
El cuarto reportaje sobre la miseria en África publicada por Los Angeles Times, en la serie Viviendo con Menos de un Dólar al Día', describiendo el increíble desamparo de los pobres del continente.
Bolsas de plástico, amarradas y combadas, vuelan a través de la barriada en la noche.
Chocan contra los tejados de hojalata, revientan contra las paredes de barro remendadas con latas de aluminio y caen colina abajo, por donde emergen de tanto en tanto como plantas de plástico. En la mañana, están apachurradas en el suelo.
Después de 33 años en este villa miseria conocida como Deep Sea, Cecilia Wahu ya ni ve las bolsas. Las llaman los retretes volantes', y como nadie tiene aquí un cuarto de baño, todos han arrojado alguno alguna vez.
"Mi sueño, antes de morir, es vivir en una casa permanente, no en una choza", dice Wahu, 66, que tiene ojos catarrosos y le faltan dientes. "Puede ser chica, pero tiene que tener una cocina bonita, una cama de verdad y su propio baño".
Ese es su sueño. Su realidad es una choza de barro de dos metros por dos.
Sobrevivir en Deep Sea es un asunto de mantenerse por encima en una marea interminable de barro y desechos. Todo lo que separa a Wahu de la basura es un piso de tierra, puertas de tablones delgados y una testaruda voluntad que incluso este lugar sea un vecindario.
Alrededor de 1,500 personas viven apelotonadas en este escarpado y traicionero laberinto de ciento cincuenta metros. Viven por menos de un dólar al día, y este es el mejor refugio que pueden permitirse.
Hay un grifo de agua, un retrete y no hay electricidad. Las casas son revoltijos de hojalata, ladrillos cocidos rojos y palos que apenas impiden que se derrumben en el fétido río Gitathuru abajo.
Las lluvias tropicales carcomen las murallas. Bandas errantes de matones amenazan con derrumbar las casas a menos que se les pague dinero de protección. Los vecinos ricos al otro lado del río le piden al gobierno que desaloje las laderas.
El futuro de África está atado a esos lugares.
La gente del campo que busca trabajo, salud y un futuro mejor están invadiendo las ciudades del África sub-sahariana. Se cuentan entre las ciudades de más rápido crecimiento del mundo. Naciones Unidas calcula que para 2020, esas áreas urbanas alojarán a 550 millones de personas.
Las barriadas de Nairobi, donde vive más de la mitad de los tres millones de personas vive en un cinco por ciento de la tierra, son la primera parada de los recién llegados. A pesar de las miserables condiciones, la mayoría de ellos paga por vivir aquí. A medida que la villa crece y se hace más pobre, la tierra se hace más cara. Una red de líderes tribales, funcionarios de gobierno y otros barones de los barrios bajos sacan provecho hábilmente.
De acuerdo a una encuesta de Naciones Unidas, un 57 por ciento de las viviendas de un barrio de los suburbios de Nairobi es propiedad de políticos y funcionarios, y las chozas son las áreas más rentables de la ciudad. Un barón de la villa que paga 160 dólares por una choza de dos por tres metros puede recuperar toda la inversión en meses.
"La gente peleará, hasta matará por este lugar", dice Wahu. "Es un techo sobre tu cabeza. Y todo el mundo quiere tener uno".
Más allá del humo de los cientos de cacerolas calentadas con carbón en Deep Sea, los barrios más exclusivos de la capital keniata relucen a otro lado del río. Se llama Mathaiga, y es donde viven embajadores, empresarios y el presidente de Kenia, Mwai Kibaki.
Ritmos del congolés lingala suenan a todo volumen en las chozas de Deep Sea y flota sobre el río para irrumpir en el esplendor y soledad de los ricos.
"Sólo meten bulla y hacen problemas", dice el propietario de mucho tiempo de una casa de Muthaiga. "Los vamos a sacar de ahí..., cueste lo que cueste".
Pero por más que se quejen, los vecinos de Muthaiga necesitan a Deep Sea por los trabajadores baratos que suministra.
Desde las cocinas y jardines de Muthaiga donde trabajan, los habitantes de las barriadas ven onduladas plantaciones de café, lujuriantes selvas y monos brincando por encima de las verjas para entrar a los patios.
Es un crudo contraste con Deep Sea, desprovisto de vegetación y salpicado de basura.
Wahu y su familia llegaron a Nairobi en 1970 y se instalaron aquí en tierras que nadie quería. Un familiar los había expulsado de una parcela en un distrito de producción de café a unos 50 kilómetros.
Una mañana, el marido de Wahu salió a buscar trabajo y nunca volvió, dejándola sola con cinco niños. Encontró trabajo como cocinera, tres veces al día, para una pareja india, y cuidando de sus hijos y del aseo. La paga era de cinco dólares al mes.
Wahu y sus vecinos llamaron a su colección de chozas, Muchathaini' o cosa amarga' en kikuyu, después de haber arrancado y comido una planta del suelo. Varios años después, después de que un niño cayera por la ladera y se ahogara en el río, la rebautizaron como Deep Sea.
Desde entonces la villa la componen unas 550 chozas tan juntas unas a otras que parecen sólo una. Wahu, ahora demasiado vieja como para trabajar como criada o nana, gana alrededor de 20 centavos al día lavando patatas o desvainando judías en el mercado cercano.
Wahu ha visto a muchas familias llegar y partir a través de los años. Unas pocas ganan lo suficiente para como mudarse a algún barrio mejor. Otros, derrotados por los alquileres y los delincuentes, vuelven al campo. Muchos simplemente se quedan, como ella.
A unas puertas de la choza de Wahu, Joseph Mutua se ata los cordones de los zapatos, preparándose para salir a patrullar por el vecindario. Una iglesia local le paga 35 dólares al mes para mantener a los matones a raya.
Mutua, 49, paga diez dólares mes por una choza de nueve metros cuadrados, un tamaño típico en Deep Sea. Vive ahí con su esposa Stella y sus siete hijos. La choza es miserable, pero cuando le pagan, Mutua paga inmediatamente el alquiler. Sabe que un pago parcial o moroso puede significar un desalojo rápido y violento.
"El patrón te echa en menos que canta un gallo, porque hay muchos otros esperando la casa", dice Mutua.
Por la noche, Mutua, su esposa y su bebé Benson, que duerme sobre un pedazo de gomaespuma desechada en un rincón del cuarto. Los otros niños duermen hombro a hombro sobre cajas de cartón. En las paredes de barro de la choza hay pegadas fotos de la estrella del rap Eminem, del jugador brasileño de fútbol Ronaldo y de Jesús. Cuando llueve, el agua inunda el cuarto.
En comparación con sus vecinos, los Mutua tienen un buen pasar. Joseph, que gana más de la media de los vecinos, les pide a veces a sus hijos no ir a la escuela y que se busquen la vida. El resultado en que en algunos meses son capaces de ahorrar un dólar para entrar al único retrete que una parroquia católica ha instalado recientemente cerca de la entrada de Deep Sea.
Muchos de sus vecinos, incapaces de pagar la entrada al retrete, pagan a los vendedores ambulantes de agua el equivalente de ocho centavos de dólar por un galón de cinco litros. Eso es alrededor de veinte veces lo que cobra el ayuntamiento por el agua corriente en los mejores vecindarios, de acuerdo a un estudio reciente de Naciones Unidas.
Para usar el retrete Mutua paga a la iglesia un dólar al mes.
El retrete está en una pequeña estructura de madera en la cumbre de la colina. La construcción, que tiene piso de cemento y paredes pintadas verde lima, es la más sólida de Deep Sea.
Pero cuando los Mutua no pueden pagarlo, y si está oscuro y tienen miedo de subir la colina, dice Mutua, el también recurre al retrete volante.
La práctica se ha hecho tan escandalosa que varios grupos sin fines de lucro han lanzado una campaña llamada Alto a los Retretes Volantes'. Han adoptado un logo con alas y auspician carreras con conocidos atletas keniatas para que propaguen la palabra.
"Tenemos que parar la epidemia de enfermedades que surgen cuando el desagüe es tu propio patio, la calle, o incluso tu propia casa", dice Risper Radula, de la Fundación Africana de Investigaciones Médicas, que trata a los residentes de las barriadas contra el cólera y las enfermedades respiratorias.
Las enfermedades son sólo uno de los peligros de Deep Sea. Los matones merodean en los callejones. Acechan a las jóvenes por la noche y, como los patrones y los funcionarios de gobierno, las extorsionan.
Wahu guarda algunos chelines keniatas en una lata vacía de leche condensada debajo de su cama para pagar 15 centavos a la semana por protección. También ahorra para pagar a su wazee wa viriji', "agentes del jefe" en suajili. Actúan a nombre del administrador local, que ajusta el alquiler cuando los inquilinos hacen reparaciones o mejoran sus casas.
Wahu dice que los hombres del jefe se lleva su puerta o la golpean cuando no paga. Cuando ven su Biblia, se ríen de ella, como diciéndole que su Dios es débil: "Si eres cristiana, ¿cómo es que vives como perro?"
Incluso así, la vida es mejor que antes.
Cuando Wahu llegó aquí, el techo estaba hecho de bolsas de plástico. Hoy, es de hojalata. En los viejos tiempos tenían que acarrear agua desde un tubo a un kilómetro y medio de distancia. Ahora, el retrete de la iglesia está a tiro de piedra.
En la colina, arriba, un desvencijado cartel que cuelga del frontis del Hotel Deep Sea, proclama orgullosamente: "Nueva Administración". Es una choza de barro como todas las demás, pero la llaman "hotel", acorde la tradición británica de usar ese título para un local donde se expenden refrescos.
La propietaria, Margaret Wambugu, almacena algunos refrescos, pan y unas matas de verduras marchitas, recogidas de la basura de un mercado al por mayor cercano.
"¡Karibu!", le dice a sus clientes. Bienvenidos.
Al otro lado del callejón de barro, un establecimiento sin nombre vende changaa, una amarga infusión de maíz a menudo aumentada con ácido de batería Una pareja baila lentamente una canción de Percy Sledge que sale de un pequeño radiocasete portátil. Peter Wanjohi, el barman, saluda a los nuevos clientes sacudiendo por lo alto una botella verde.
"¿Kumi-kumi?", dice Wanjohi, usando la jerga suajili para trago. Se lo llama "10-10" porque una dosis generosa cuesta diez chelines. "Un trago te deja bien para todo el día".
Abajo en la colina hay una clínica que trata a los niños de piojos, sarna y enfermedades respiratorias, comunes aquí debido a que todo el mundo respira el polvo fecal. En la Iglesia de la Consolación de Nairobi, que instaló el retrete en 2002, ha construido una escuela y un taller donde algunos vecinos hacen zapatos y ropa para vender.
"Llegaron para quedarse", dice Peter Ndungu, uno de los asistentes sociales de la iglesia. "Tenemos que trabajar para mejorar sus vidas".
Los vecinos han empezado a defender su territorio. Hace dos años el administrador local dio permiso a los patrones para construir más chozas en un pequeño terreno arriba de Deep Sea que fue durante años un patio de recreo.
Wahu, Mutua y otros se unieron para oponerse a la propuesta y a algunos desalojos. Alrededor de 150 vecinos reunieron 500 dólares y aproximaron a una organización de caridad que da ayuda jurídica a los habitantes de las villas miseria. Lucharon contra los patrones durante meses. Hicieron peticiones al gobierno y organizaron mítines. Montaron una manifestación en la oficina del administrador local.
Al final, los patrones no pudieron construir y salvaron el patio de recreo.
El terreno tiene justo el tamaño de una cancha de babi-fútbol. La tierra rojiza está sembrada de rocas. En la temporada seca el viento levanta el polvo en pequeños remolinos, que obligan a los niños a toser y a restregarse los ojos. Y cuando llueve, el agua corre colina abajo por Deep Sea, arrastrando lodo y basura contra las chozas abajo.
25 de julio de 2004
©traducción mQh
©losangelestimes
SE VENDE, BARATO: ROPA DE BLANCOS MUERTOS - davan maharaj
En África, la ropa desechada de Occidente es de rigor, y no una humillación. Casi todos tienen que comprar ropa usada. Este es el tercer reportaje de Los Angeles Times sobre la vida cotidiana en África y lo difícil que es vivir con menos de un dólar al día.
Okech Anorue rasga la envoltura de plástico del fardo que compró por 95 dólares y se zambulle en él. Seguro que hay alguna piedra preciosa ahí, como la cazadora de cuero descolorida que fue alguna vez de Tiffany, del Liceo de Costa Mesa. El precio cuelga ahora de la percha de ropas de primera calidad en su tenderete de metro y medio por metro y medio con una etiqueta de 25 dólares.
"Esa ropa hace que los sueños de la gente se vuelvan verdad", dice Anorue, presidente de la asociación de vendedores del mercado de Yaba. "Las usa todo el mundo, desde las agentes de compañías de seguros hasta los vendedores, gente pobre y parlamentarios. Cuando la llevas, no puedes distinguir a un rico de un pobre".
La mayor parte del África estuvo alguna vez envuelta en telas de vistosos colores y modelos, productos de la industria local y un reflejo del orgullo cultural. Pero con la mitad de su gente sobreviviendo con menos de un dólar al día, el continente se ha transformado en un cubo de reciclaje. La gente se pelea por calzoncillos de diez centavos, camisetas de veinte centavos y tejanos de un dólar, descartados por occidentales.
Un joven en la selva congoleña lleva una camiseta que dice: "Alúmbrame, Scotty". En un cabaret de Lagos, una chica cándida de Nigeria se pasea en un salto de cama rojo sobre un sujetador ardientemente rosado usados. Un joven miliciano liberiano con un AK-47 lleva un curtido albornoz como si fuera un impermeable.
En Togo, la ropa usada es llamada "ropa de blancos muertos". Poca gente en este país de África occidental cree que una persona viva arroje estas cosas buenas a la basura. Los clientes en Uganda, Kenya y Tanzania llaman a la ropa usada, mitumba, la palabra swahili para bala de ropa.
"Sin mitumba, la mayoría de los ugandeses andarían hoy desnudos en el campo", se lamentaba un editorial en el principal diario del país, The Monitor'.
La insaciable demanda de las tiendas de los pueblos y crecientes mercados urbanos han transformado la ropa usada de Occidente en una industria que genera cientos de millones de dólares al año. La ropa es sólo el ejemplo más visible. Neveras y máquinas de aire acondicionado contaminantes, medicinas caducadas y colchones viejos son también normalmente importados y vendidos aquí. Vehículos usados importados de Japón salpican los caminos africanos. Anticuados ordenadores de segunda mano permiten funcionar a muchos gobiernos africanos.
El comercio en prensas de segunda mano proporciona a millones de africanos otro medio para hacer frente a la lucha diaria con la pobreza. Los clientes tienen ropa más barata, y legiones de vendedores se ganan la vida a duras penas, una camisa usada a la vez.
La mera supervivencia tiene un coste. El continente está perdiendo su capacidad de fabricar su propia ropa. Aunque el trabajo es barato, los africanos no pueden producir una camiseta que cueste menos que una usada. Todas las fábricas textiles de Zambia han cerrado. De las 200 fábricas de Nigeria, quedan 40. También ha cerrado la gran mayoría de las fábricas textiles de Uganda, Kenia, Nigeria y Malawi. Miles de trabajadores han comenzado a perder sus trabajos.
"Estamos cavando nuestras propias tumbas", dice Chris Kirubi, un industrial que culpó a la ropa usada de la desaparición de su fábrica de textiles. "Cuando haces tus propias ropas, empleas a granjeros para que cultiven algodón, gente para que trabaje en la fábrica de textiles y más gente para los talleres de ropa. Cuando importas ropa de segunda mano, te transformas en un vertedero".
La ropa usada comienza a menudo en Estados Unidos. Organizaciones de caridad como Goodwill y el Ejército de Salvación venden ropa donada por kilo a comerciantes mayoristas, que la clasifican. Las ropas en mejor estado terminan en boutiques en Estados Unidos, Europa o América Latina. La ropa de menos categoría, mucha de la cual está desteñida o descolorida, es etiquetada África A y África B.
Una vez en África, las balas de ropa pasan a lo largo de una cadena de comerciantes al mayoreo hasta que son descargadas de un camión en un mercado.
Varios países, incluyendo a Nigeria, han tratado de prohibir la importación de ropa usada; otros están tratando de cobrar aranceles por la importación. Pero incluso en Nigeria, que gana billones de dólares en exportaciones de petróleo, la demanda de ropa de segunda mano es alta y los vendedores son creativos.
Así, todas las mañanas antes del amanecer, el mercado de Yaba es un carnaval que estalla con los sonidos de los vendedores del día. Cargan sus mercaderías en carretillas y carromatos hechos en casa, aunque en realidad la mayoría las carga a la espalda, arrojándolas al suelo para un refrigerio rápido de una de las mujeres que calientan jarras de té y avena en unos carbones ardientes.
El mercado se extiende durante kilómetros, desparramándose desde una desordenada colección de tenderetes y edificios de acero oxidado. Yaba ni siquiera es uno de los cinco mercados más grandes de las afueras de Lagos, de 20 millones de habitantes.
"Algunos vendedores vienen aquí a hacer chanchullos", dice Anorue. "Pero los buenos vendedores saben que si tratas bien a tus clientes, que ellos volverán".
En una esquina, los vendedores de ropa se han reunido en torno a los rieles del ferrocarril. Hay 20 mil de ellos. Mientras los vagones se acercan -a veces varias veces al día- los vendedores corren a sacar sus tenderetes improvisados de las vías.
Muchos tienen especialidades. Izuka Aptazi, 23, opera el Pie de Atleta de Yaba. Todos los días Aptazi, que se pavonea con un jersey de Allen Iverson, de los Philadelphia 76, recorre el mercado buscando zapatos deportivos y jerseyes con los nombres de estrellas del deporte internacional. Algunos vendedores le venden jerseyes a precio de coste, directamente de las balas. Gana casi 30 dólares al mes.
Un jersey Shaquille O'Neal que le cuesta tres dólares puede ser vendido hasta por ocho. En Nigeria, donde enloquecen por el fútbol, incluso los fanáticos pobres pueden reunir unos dólares para comprarse una camiseta de la estrella francesa Thierry Henry, el delantero senegalés El Hadji Diouf o el antiguo súper estrella David Beckham del Manchester United.
Water Eoji, 26, vende mantales de mesa y cortinas a cerca de dos dólares la yarda. A menudo golpea a la puerta de los hoteles, ofreciéndose para adornar las habitaciones con cortinas que alguna vez estuvieron en hogares norteamericanos.
Junto a la pila se reúnen los vendedores de ropa interior usada, como Teresa Williams, cuyo negocio es a menudo citado por los africanos como prueba de lo bajo que han caído. ¿Cómo fue que la gente llegó a estar tan desesperada, se preguntan, como para comprar bragas usadas de otra gente? Debajo de un paraguas multicolor junto a las vías del ferrocarril, William se ocupa melancólicamente de sus pilas de bragas, a 25 centavos, y sujetadores, a 50 centavos. Vocea sus productos para animar a clientes potenciales. Pero William reconoce, avergonzándose, que ella no usaría nada de lo que vende.
Tres jóvenes matones pasan pavoneándose, mirando desdeñosamente sus arrugadas pilas de prendas. Cuando están a alguna distancia, William explota: "Te apuesto a que llevan calzoncillos usados debajo de los pantalones". Y estalla en risas.
Minutos más tarde, cuatro chicas de Surulere, un vecindario cercano conocido como la capital del cine de Nigeria, se paran y hurgan en la pila. Se deciden por media docena de bragas rosadas y negras.
Los nigerianos llaman estos lugares "boutiques agachadas", porque los clientes a menudo tienen que agacharse para ver la mercadería. Pero a nadie le importa agacharse si el precio vale la pena. Y el precio siempre se puede negociar.
John Muriamo, un maestro de 45 años y padre de cuatro adolescentes, llega dispuesto a negociar.
Tiene el equivalente de veinte dólares en el bolsillo del pantalón. Lleva una de las dos camisas blancas de manga larga que posee. Las dos están raídas. Tiene que sostener a su familia de seis con un salario de 325 dólares al año -algo menos de un dólar por día. Sin embargo, como a muchos africanos, a menudo le pagan tarde, si es que le pagan.
Con el sudor corriéndole por la cara debajo del sol tropical, Muriamo se para frente al tenderete de Precious Okoyo. Elige una camiseta amarilla de los Lakers y una camisa a cuadros para sus dos hijos mayores, y vaqueros anchos para los dos menores, de 14 y 15. Finalmente, elige para sí mismo una camisa de manga larga Ives Saint Laurent, de color blanco azucena que, incluso sin corbata, impone respeto entre los estudiantes.
Okoyo hace algunos cálculos mentales y le dice que le debe 4,200 naira, el equivelante de 28 dólares.
"Te daré 1,800 naira", propone Muriamo, elevando la voz por encima del bullicio del mercado.
No hay respuesta.
"Mire, señorita Precious, yo siempre le compro a usted", suplica. "¿No soy acaso su mejor cliente?"
Finalmente dice: "Todos tenemos que vivir".
"Maestro, dame 2,700 naira y seguiremos siendo amigos", dice Okoyo. "Pero recuerda, la próxima vez es mi turno".
Muriamo le entrega el dinero, coge la mercadería y agradece a Okoyo con un elaborado apretón de manos. Tiene una prenda de ropa para cada uno de sus hijos, una nueva camisa de trabajo, y le quedan dos dólares. Sus hijos se pondrán felices, y su familia comerá esta noche.
Como otros nigerianos, Muriamo usaba la colorida y cómoda agbada nigeriana en ocasiones especiales, o cuando él y su familia asistían a los servicios dominicales de la iglesia evangélica. No recuerda cuándo compró por última vez una de esos atuendos tradicionales. Ahora con sus veinte dólares compraría sólo una yarda o dos de artículos locales.
"Deberíamos obtener mejores tratos porque todo el mundo está tratando de hacer negocios", dice Muriamo sobre el mercado.
Una razón es la política de comercio exterior. Mientras que los textiles nigerianos se han hecho escasos y más caros, las reformas exigidas por los financistas internacionales han eliminado los enorme aranceles africanos sobre la importación de ropa, bajando así los precios.
Después de una década de usar ropa usada de Occidente, muchos africanos piensan que la necesidad se ha transformado en virtud. Sus niños ya no quieren usar otra cosa.
"Se quieran ver como estrellas del rap o del deporte, no podemos competir", dice J.P. Olarewaju, que encabeza una asociación de fabricantes de textiles de Lagos. "Los niños quieren llevar pantalones anchos y verse como héroes".
"El día que se prohíba la venta de ropa de segunda mano en este país será el más feliz de mi vida", dice Olarewuja, que lleva un traje floral africano, verde. Reconoce que no ha sido capaz de evitar que sus propios hijos hagan compras en las "boutiques agachadas".
Los comerciantes al por mayor eluden la prohibición embarcando las mercaderías hacia el vecino Benin, donde una mordida a los aduaneros garantiza su pasaje a Nigeria -y estimula la economía local. Quince por ciento de los ingresos de Benin proviene de las llamadas re-exportaciones.
Antes en Nigeria la ropa pasaba por una cadena de intermediarios antes de llegar a los ajetreados mercados con millones de clientes ansiosos. Incluso cuando el feroz sol de mediodía de África cae en picada sobre ellos, los vendedores y compradores sólo toman pausa.
En el mercado de Yaba, los compradores buscan los lugares más frescos; los comerciantes hacen pausa. La vendedoras corren con cacerolas sobre sus cabezas, ofreciendo avena, verduras y carne.
En frente de un tenderete engalanado con un cartel hecho en casa que dice: "Mano de Dios: Vendedores de Toda Clase de Pantalones, tales como Chinos, tejanos y Electrónica", unos jóvenes tocan tambores y calabazas de percusión. La música atrae a vendedores y clientes. Algunos bailan hasta que entran en trance con el frenético ritmo. Sus cuerpos sudorosos se contraen como los de los fieles en una reunión evangélica.
"Dios mío", cantan los jóvenes vendedores, con sus caras torcidas en lo que no se sabe si es dolor o éxtasis. "Deja que nos pasen cosas buenas".
La vida depende -para todos los vendedores- de una bala de ropa.
Hoy, Anorue, que comercia exclusivamente faldas y trajes para mujeres profesionales, está sonriendo. Su bala incluía tres trajes DKNY, dos trajes de Ann Taylor y algunas marcas italianas que él no conocía.
"Mis clientes son muy exigentes", dice. "Se van a poner contentos".
La próxima bala puede ser diferente. Pero la ropa no será desechada.
"Es como nuestro negocio de aceite de palma", dice Anorue, refiriéndose al lucrativo comercio del aceite de cocina de las palmas. "No se desaprovecha nada, ni las cascarillas".
22 de julio de 2004
©losangelestimes ©traducción mQh
IMAGINA QUE TE MATAN - rick loomis
Ese día pudo haber contado con su cámara lo que había pasado en Faluya, pero a veces hasta un fotógrafo debe usar las palabras. Rick Loomis, un fotógrafo que sobrevivió una emboscada en Faluya, contó a Los Angeles Times su espantosa historia.Finalmente traté de lavar la sangre del marine de mis pantalones. Habían pasado nueve días desde la batalla, y capas diarias de polvo y tierra ocultaban lo que yo sabía que había debajo. Desde la relativa comodidad de Dreamland, una base norteamericana razonablemente protegida justo en las afueras de Faluya, escurrí mis pantalones en un recipiente de metal, cuadrado, que contenía diez centímetros de precioso agua. El agua se volvía cada vez más marrón con cada escurrida. Pronto puede ver la sangre del sargento Josué Magaña, las manchas intactas en el agua agitada. Así comenzaron mis recuerdos de esa mañana.
Abril 26. Cinco de la mañana. Los marines de la Compañía Echo debían tomar por asalto dos casas en el barrio de Jolan al noroeste de Faluya, el corazón del sonado Triángulo Sunní y base de la resistencia a la ocupación norteamericana. No había pasado ni siquiera un mes de la horrenda muerte de cuatro guardias extranjeros [sudafricanos] allá.
En su marcha inicial sobre Faluya, los marines habían combatido por ganar un punto de apoyo ahí y ese, para la Compañía Echo, consistía de tres casas abandonadas y una escuela, todas a unos 300 metros unas de otras. Habían fortificado sus posiciones con sacos de arena, alambradas y francotiradores. Montaban guardia las 24 horas del día. Cuando llegué ahí el 22 de abril, era el barrio de una ciudad fantasma. La mayoría de los residentes había huido, excepto un iraquí ciego al que un traductor kurdo que trabajaba para los marines daba cariñosamente de comer.
En las casas, y en la escuela, los marines habían dispersado sus pertrechos en todos los cuartos. Había rifles M-16 delicadamente posados contra las puertas de cristal de la alacena con la platería más fina de la familia. Los marines más afortunados ocuparon los sofás; el resto se repartía en los otros pisos cada noche.
Las paredes que alguna vez separaron la casa de los vecinos fueron demolidas para permitir un acceso casa-a-casa más fácil. En el tejado había ametralladoras M-240, una ametralladora mayor de calibre 50, un lanzagranadas Mark 19 y bazucas. En las paredes habían perforado "cuevas de ratón" para que los francotiradores pudieran disparar contra blancos distantes.
Desde los nidos de los francotiradores se podía ver un coche lleno de agujeros de bala abandonado en mitad de la calle. Había profundos cráteres donde antes hubo una calle. Los cables del tendido eléctrico serpenteaban por el suelo de un lado a otro de la calle. También había el hedor de vacas pudriéndose y de perros que murieron en el fuego cruzado.
También a la vista de los nidos de francotiradores estaban los objetivos A y B. Las casas, justo al otro lado del cementerio, estaban siendo vigiladas desde hacía semanas y los comandantes norteamericanos las veían como una amenaza.
En la mañana del 26 de abril un pelotón de marines se arrastró por las calles oscuras. A la distancia se oía un lamento, el llamado a la oración de los musulmanes. Como mi cámara era inútil en la oscuridad, traté torpemente de grabar el lamento con una grabadora digital. Pero estaba demasiado oscuro para ver los botones, así que lo dejé de lado.
Más adelante, dos pelotones se hacían brecha en las casas, rompiendo puertas para checar los edificios. Los marines ocuparon los objetivos A y B, tomaron posiciones defensivas, con un par de ojos en guardia en casi todas las ventanas. Se acercaba el amanecer y comenzó a aclarar.
Estaba comenzando a parecer demasiado fácil cuando una granada RPG hizo pedazos el frente de la casa con un estrépito espantoso. Las paredes temblaron. Los marines devolvieron el fuego con sus M-16 y luego todo quedó en silencio.
Las posiciones defensivas adquirieron una nueva urgencia. Se pusieron los colchones para arriba para colocarlos contra las ventanas, sacos de arroz en el vano de las puertas abiertas para reducir la velocidad de las balas. Se hicieron hoyos en las paredes para los francotiradores. Y luego, nada. Estar sentado. Esperar. Descansar. Beber. Comer. Nada. Ningún disparo. Ningún enemigo a la vista. Nada.
Habían pasado cinco horas desde el comienzo de la misión y los marines estaban dispersos por el piso, durmiendo cuando podían. Visité brevemente el tejado para mirar las posiciones de los francotiradores, luego bajé a planta baja donde estaban durmiendo los marines. Al volver al primer piso traté de fotografiar el reflejo de un marine en un espejo agujereado de balas. Yo también me aburría.
Los marines que dormían se agitaban un poco cuando sonaban disparos en la distancia. Se decía que había siete insurgentes, me corrijo, seis insurgentes (por el radio dijeron que uno de ellos había sido matado por un francotirador norteamericano) en el área de la mezquita. Una ronda de tiros de mortero impactó en una casa vecina, provocando un incendio.
Los comandantes de los marines decidieron que un pelotón, de alrededor de doce hombres, barrerían el área de la mezquita. No se advertía ningún movimiento ni hubo disparos cuando los marines se acercaron a ella a través del cementerio. Afuera estaba brillante, caliente y tranquilo; dentro, vacío. Mientras los marines rastreaban a los insurgentes miré alrededor pero no encontré ningún casco de bala. Sólo un edificio había sido dañado parcialmente. La brisa movió las cortinas. Comencé a preguntarme si alguna vez había vivido alguien ahí.
Los hombres trotaron de regreso por el cementerio y me sentí mucho menos expuesto que cuando los había seguido antes, corriendo alrededor y por encima de las tumbas. Correr por un cementerio creaba la sensación de estar violando la paz de los que descansaban en la tierra. Me sentí aliviado cuando volvimos a las casas.
Fue justo en ese momento -cuando me sentía completamente seguro- que se armó la de Dios. Comenzó repentinamente. Los insurgentes había ocupado posiciones que cubrían todos los lados de la casa, excepto donde acabábamos de entrar. Soltaron una ronda interminable contra la casa. Los marines se pusieron rápidamente de pie para hacer frente a la emboscada. "Roger, estamos recibiendo fuego pesado. Tienes que orientarte hacia el este, hacia la mezquita", transmitió el comandante por el radio, fríamente.
The estruendo de las ametralladoras y el chasquido de las rondas de los AK-47 contra el edificio resonaban en mis tímpanos. En el cuarto de al lado un marine disparaba con su ametralladora desde la ventana del segundo piso. Comencé a fotografiar la seriedad de su expresión mientras se defendía del ataque. En ese momento un flujo de un furioso naranja envolvió el cuarto. Una RPG había impactado a la altura de la cabeza del marine que estaba disparando. La pared le salvó la vida. El ataque fue tan repentino y violento que sólo tengo una foto borrosa como recuerdo. El soldado estaba gritando cuando cayó al suelo, anonadado por la sacudida y el estruendo ensordecedor de la granada.
No le tomó nada recuperar la compostura. Estaba claramente cabreado. Volvió a la ventana y comenzó a disparar con incluso más determinación. No pasó mucho tiempo antes de que otra granada impactara en la misma pared. Las milicias insurgentes estaban decididas a dejar algún muerto. En el cuarto, las rápidas rondas sucesivas de fuego calentaron tanto los cañones de las ametralladoras M-249 que estas se derritieron y fundieron.
En el tejado se libraba otra batalla. Los marines estaban tan cerca de los insurgentes que ambos se lanzaban granadas de un lado a otro. Una ronda de metralla barrió todo el techo, alcanzando a los marines. Un soldado que estaba en el segundo piso gritó: "¡Me dieron!" Una de las varias miles de rondas que se dispararon en los primeros treinta minutos de la batalla había dado en el blanco. Lanzó un angustioso grito y volvió a gritar que estaba herido.
Momentos más tarde el sargento Josué Magaña era jalado por el tirador de su chaleco antibalas hacia el cuarto donde estaba yo, agachado. Le habían dado en la espalda y tenía fuertes dolores. Mientras sus compañeros examinaban su herida, me di cuenta de que comenzaba a perder la conciencia. Su mirada se volvió vacía y comenzó a cerrar los ojos. Murmuró algo sobre una carta a su hija, y tuve miedo de que se estaba dejando ir.
Le tomé de la mano y le aseguré que volvería a ver a su hija. Lo miré directamente a los ojos, diciéndole que me mirara y me apretara la mano para que yo supiera que todavía me estaba siguiendo.
Me sentí atrapado entre ser un periodista objetivo y responder como ser humano. Pedí excusas al equipo de noticias que estaba tratando de filmar la escena cuando me di cuenta de que estaba fuera de lugar, que no me estaba comportando como un fotógrafo. "Primero tengo que ser humano", me oí decir torpemente. Era una lección que había aprendido de un profesor de fotografía que tuvo un profundo efecto sobre mi vida.
Sólo tomé unas fotos para describir la escena, algunas cuando Magaña estaba siendo arrastrado hacia el cuarto y luego cuando se estabilizó. Me sentí contento de haber hecho mi trabajo y de haber hecho lo que era correcto. Los disparos hacían impacto por todos lados en el edificio y un segundo marine herido entró por la puerta. Todo comenzaba a desenmarañarse. Aquí había un grupo de hombres, 37 en total, a los que yo veía como soldados con coraje, bien adiestrados y bien equipados, y estaban siendo abatidos frente a mí unos tras otros. Empecé a sorprenderme. ¿Esto era? ¿Qué si nada más que por la cantidad y la intensa voluntad de los que se les oponían, estos marines y yo fuéramos matados a tiros ahora mismo? Me pregunté si los marines en la planta baja estaban disparando sus últimos tiros.
Por un instante imaginé lo siguiente: Mientras atisbo desde la entrada los insurgentes suben las escaleras corriendo, y disparan contra los que están tratando de reanimar a Magaña. Serían tres muertes fáciles. ¿Qué haría yo? ¿Me acobardaría y gritaría: "¡Sahafi, sahafi!" ("¡Periodista, periodista!) para distanciarme de los marines? ¿Me vería a mí mismo con el cañón de una pistola contra el cuerpo rogando por mi vida? ¿Me matarían de inmediato, sin hacer distinciones, con una lluvia de balas? ¿O agarraría yo un arma y pelearía por mi vida y la de los que estaban conmigo?
Esas decisiones son guturales, instintivas. Cada opción parece ser analizada en un proceso que dura décimas de segundo. Mientras seguía la batalla yo estaba tomando decisiones basadas en salvar mi vida y hacer mi trabajo, en ese orden.
Pero en ese momento yo sabía que fotografiar un tiroteo puede ser lo mismo que fotografiar un triplete de béisbol. Mientras que es ciertamente un momento dramático, una fotografía no siempre puede capturar la esencia de lo que estás presenciando. Las fotografías de los hombres disparando por las ventanas en el cuarto adyacente transmitían poco de la intensidad de vida o muerte del momento, el sonido de los disparos, el olor, la envolvente realización de tu condición mortal. En lo que a ellos se refería, podían haber estado ensayando puntería con una latas en un callejón.
Así, ¿me iba a transformar en blanco cuando al menos dos de los hombres estaban heridos de bala y las granadas rebotaban en las paredes con igual rapidez con que los atacantes recargaban sus armas? La escueta respuesta fue no, yo no lo arriesgaría todo por una foto. En ese momento pensé en mi mamá, y lo terrible que sería para ella recibir esa llamada que ninguna madre quiere recibir. Sería temprano por la mañana en esa diminuta ciudad del norte de Michigan. El teléfono sonaría cuando mi madre se preparara para ir al trabajo. Ninguna foto valía todo eso.
Nada más estar en este país como periodista es un gran riesgo, me dije. Y aquí me sentía más expuesto al peligro que nunca en toda mi carrera. Tuve una serie momentánea de pensamientos, contemplé mi futuro inmediato y el de los que estaban ahí, y volví a la realidad.
La casa todavía recibía un intenso castigo, había heridos en los dos edificios y los insurgentes continuaban su feroz ataque. Luego oí el familiar, reconfortante y sordo resonar de dos tanques que se acercaban por el callejón. Me asomé por la ventana para tomarles una foto. Eran nuestra salvación. Pero había algo raro. El principal cañón de uno de los tanques estaba dirigido directamente hacia nuestra ventana. Por una décima de segundo pensé: "¡Oh, no, creen que nosotros somos los insurgentes y van a dispararnos!"
El fuego amigo es uno de los hechos tristes de las guerras, y nunca creí que fuera posible hasta lo que vi con mis propios ojos durante la marcha hacia Kuwait hace trece meses. Me pregunté si los tanques sabían que los que los estaban mirando desde la ventana de arriba eran "amigos". Retrocedí, lo que era totalmente inútil ya que una ronda de disparos de un tanque seguramente nos haría polvo a todos sin importar dónde estuvieras en la habitación.
"Okey, vamos a retirarnos ahora mismo, y vamos a retirarnos a balazos!", gritó uno de los comandantes. Los tanques nos estaba dando el tiempo y la cobertura de fuego necesaria para correr de vuelta por el mismo callejón por el que nos habíamos arrastrado en las primeras horas de la madrugada de ese mismo día".
Todos debíamos bajar la planta baja. Al mismo tiempo, los heridos del edificio al norte estaban llegando poco a poco a nuestro patio. Cuatro marines llevaban el cuerpo inerte del soldado de primera clase Aaron Austin. Aparecería en el parte del día como "muerto en combate". Su heroísmo le ganaría el reconocimiento oficial por sus acciones, póstumamente. Austin recibió varios impactos en el pecho cuando trataba de lanzar una granada de mano de un techo a otro. Magaña estaba tendido sobre una puerta rota en el segundo piso. Los marines la usaron como camilla para llevarlo abajo. La escalera crujía tanto que parecía que iba a quebrarse, pero llegaron a la planta baja.
El foyer donde se reunían los hombres ofrecía un espectáculo sangriento. Magaña estaba tendido en la puerta, y miraba con miedo. El soldado de primera clase Lucas Sieltstad, 18, un enjuto aunque rudo marine en todo respecto, tenía las vendas de su brazo derecho empapadas de sangre. Sus pantalones habían sido desprendidos de la piel con tijeras médicas desde la cintura hacia abajo para tratar una herida de metralla en su pierna, y sus labios sangraban. Parecía cansado y sorprendido.
Otro marine bajó desde el tejado con un trapo envuelto desordenadamente en torno a la cabeza, que le sangraba. Tenía heridas en otras partes del cuerpo. Sin embargo, estaba tranquilo y alerta, y un poco entristecido de no poder terminar la batalla.
Llegó la orden de evacuar y salimos apresuradamente al patio. Por un momento me sentí como un paracaidista de caída libre saltando por primera vez desde la puertas del avión. Me sentí tan vulnerable que deseé que volviera la oscuridad que nos había protegido antes esa mañana.
El patio estaba rodeado de paredes de cinco metros que nos protegían de la vista de cualquiera en las calles. Pero los marines eran un blanco fácil para los francotiradores en el segundo piso o en los tejados de las casas del sector. Teníamos que agacharnos y desplazarnos cerca de la muralla, pero mi instinto me decía que me echara a correr, que me separara de todos esos marines que iban saliendo en formación. Sentí que el tiempo era esencial.
Me pareció que pasaron horas antes de que me llegara el turno, pero en realidad no fueron dos minutos. Yo no sabía exactamente de dónde venía el fuego, o cuánto fuego entraba o salía. Sólo sabía que era fuego pesado y quería volver a un lugar más seguro.
Me acerqué a la puerta que daba a la calle. Mi equipo que se me hacía pesado y me estorbaba. Me pidieron que llevara varias rondas de granadas 203 en una bolsa empapada de sangre que había retirado de un marine herido. Cuando los dos marines que estaba frente a mí finalmente se pusieron en movimiento, salté detrás de ellos.
Corrimos pegados a la muralla afuera. A mitad de la cuadra había una brecha de un metro que ofrecía una clara vista de nosotros. Una escena de la película Enemy at the Gates' me pasó por la cabeza, aquella en la que el célebre francotirador ruso Vassili Zaitsev de la Segunda Guerra Mundial, derriba a sus blancos a voluntad.
No sé por qué se me vino a la memoria esta escena. Lo que sí sé es que cuando me tocó a mí exponerme durante ese medio segundo, dudé, aunque que hubiera un francotirador esperando hacer un tiro perfecto era producto de mi imaginación. Estábamos casi en casa. Podía ver la escuela a menos de doscientos metros.
Cuando crucé la calle, tres marines acarreaban a un compañero herido. Uno de ellos me dijo con señas que me acercara, y disminuí mi velocidad. Me pidió que lo ayudara. Por un segundo pensé: "Estás loco, mi trabajo ahora mismo es salir de aquí corriendo a todo dar de modo que pueda vivir para otro día más y hacer mi trabajo".
Ese segundo pasó cuando estaba sujetando al marine que había sido herido en el brazo y hombro derechos. Corrimos a la escuela, una estructura razonablemente fortificada. Traté de entrarlo por la puerta, pero desde el otro lado lo estaban jalando muy fuerte. Se nos escapó de las manos, a mí y al soldado que lo sostenía por el otro brazo. Su cabeza golpeó contra el escalón de concreto. Fue un sonido sordo.
Varios marines más entraron a la escuela. Las ametralladoras en el tejado estaban abandonadas. Con todos los marines de vuelta en el edificio, sus puntos de mira estaban despejados y disparaban a todo lo que se veía. Varias RPGés más impactaron en la escuela, y disparos de AKs-47.
La escena en la planta baja era un pandemonio, más parecido a un nido de hormigas después de haber sido derruido. Un marine estaba disparando órdenes: "¡Necesitamos más rondas de M-16 en el segundo piso!" Otro marine sufría una conmoción nerviosa; se había sacado el casco y apoyaba la cabeza entre las manos. Varios otros heridos estaban esperando un todoterreno para salir de allí. Contuve la respiración. Hice un repaso de lo que había pasado. La adrenalina bombeaba mis venas desde hacía dos horas y mi cuerpo necesitaba un descaso.
Los heridos, quince en total, fueron llevados a un hospital de emergencia a un kilómetro o algo así de distancia, que estaba casi superado por el volumen. Los comandantes comenzaron a poner orden en la escuela. Su principal misión era mantener sus ametralladoras tronando y parar cualquier avance de los insurgentes.
Cuando los soldados del pelotón que estaba apostado en una casa a trescientos metros más allá se reunieron a la entrada de la escuela para correr de vuelta, me uní a ellos. Una última carrera hacia la seguridad.
Cuando nos acercábamos a nuestra base me di cuenta de que algo faltaba. Me había servido de punto de referencia en mi paisaje durante la semana que estuve en Faluya. El minarete, el mismo que se levantaba imponente por encima de nuestras cabezas cuando corríamos esa mañana por el cementerio, ya no estaba ahí.
Me contaron más tarde que fue destruida por el cañonazo de un tanque cuando los marines vieron a un francotirador en la torre. El grupo que estaba en la casa no era el mismo cuadro optimista que había visto el día anterior. Habían visto morir a uno de los suyos. Había tenido una muerte brutal, con su cuerpo destrozado y lleno de sangre. Se habían mirado unos a otros cuando una granada enemiga arrancó el brazo de un compañero. Yo sabía que esos hombres eran rudos y preparados para todo, pero eso les llegó a los huesos. Los había cambiado.
Para mí no era algo nuevo acompañar a tropas en una zona de combate. Desde el 11 de septiembre he pasado casi una tercera parte de mi trabajo en zonas conflictivas como Afganistán, Israel y los territorios palestinos, Haití e Iraq. He estado rondando por las montañas de Afganistán con las unidades antiterroristas norteamericanas y viajé con los marines cuando avanzaron hacia Bagdad desde Kuwait. Me sentía seguro con los soldados norteamericanos y relajado por la relativa seguridad de estar rodeado por un montón de hombretones fuertemente armados y adiestrados.
Hubo momentos de peligro. Recuerdo la primera vez que me dispararon, en Afganistán, y era demasiado novato como para darme cuenta. Un intérprete alerta me informó que yo era el blanco. Me cayó muy mal que alguien me disparara sin saber siquiera quién era yo.
Desde ese primer disparo he sobrevivido innumerable balas, morteros, misiles y explosiones. He sobrevivido los disparos de balas de acero recubiertas de caucho y bombas de gases lacrimógenos de soldados israelíes en Nablús, el caos de haitianos escapando aterrados de los balazos que alcanzaban a la multitud al azar en los días que precedieron la destitución del presidente Aristide, y el chillido de los misiles pasando por sobre nuestras cabezas cuando los soldados iraquíes dispararon contra los marines usando un lanzacohetes múltiple.
Todo digno de recuerdo, pero nada parecido a lo que me hizo la batalla de Faluya ese día.
A medida que las nuevas de la batalla se fueron haciendo conocidas esa tarde, un capellán de la Armada pasó a visitar a los hombres de la Compañía Echo. Las caras solemnes de más de 50 hombres llenaron el cuarto; en el centro había un montículo de tierra. Cuando el capellán terminó sus palabras de consuelo, los marines pusieron cada uno una vela en el montículo. Pronto el frío y húmedo cuarto se llenó de velas y los hombres se retiraron a serenarse.
Días después llamé a Magaña a su cuarto de hospital en Bethesda, Michigan. Hablaba susurrando y sonaba débil. Estaba seguro de que no recordaba que yo lo hubiera agarrado de la mano o hablado de su hija, pero parecía apreciar que alguien lo llamara desde Iraq. Me pidió que le dijera a sus compañeros que él rezaba por ellos todos los días. Le dije que lo haría.
Hablé con la madre de soldado de primera clase Austin. Me tomó un tiempo armarme de valor para llamar a la señora Miller a su casa en Lovington, Nuevo México. No había nada que yo pudiera hacer para que su hijo volviera a casa. ¿Le molestaría que la llamara alguien de la prensa? Lo único que le podía llevar era una foto de su hijo leyendo las cartas de casa que le había tomado el día anterior a su muerte. Pensé que ella podría querer tenerlas, como recuerdo de su hijo en un lugar que ella sólo podía imaginar.
Aceptó mi llamada y mi poco pulido discurso sobre su hijo. "Buenos días, señora", le dije. "Yo estaba con su hijo el día que murió". Me dijo que estaba orgullosa de él, y comencé a quebrarme cuando me dijo que si ella hubiera estado allí ese día habría sacado el cuerpo inerte de su hijo de esa casa ella misma. Quería cualquier foto de él que yo tuviera, cualquiera brizna de información, lo que se decía sobre él en conversaciones, cualquier cosa a la que pudiera aferrarse. Era su único hijo.
Los marines que sobrevivieron la batalla no fueron los únicos en cambiar. Yo quiero que mis objetivos como periodista coincidan con el modo en que vivo mi vida.
Quiero estar cerca del abismo y mirar, pero no cruzarlo. Cuando me arrodillé junto al recipiente de agua y escurrí enérgicamente las manchas de sangre, pensé en lo fácil que puede ser tropezar, y caer en él.
11 de julio de 2004©los angeles times ©traducción mQh
ANTIGUO SOLDADO SE REENCUENTRA CON ESPOSA JAPONESA - richard c. paddock y barbara demick
Yakarta, Indonesia. Charles Robert Jenkins, un ex soldado norteamericano y supuestamente desertor que vivió durante casi cuarenta años en la aislada Corea del Norte, llegó aquí el viernes con sus dos hijas y se reencontró en una emotiva reunión con su esposa japonesa.Al entrar al Hotel Intercontinental, la familia fue saludada por dos docenas de cámaras de televisión y cientos de periodistas. Jenkins, 64, dijo a la multitud que estaba "feliz" pero eludió toda pregunta sobre las décadas que pasó en el norte.
Se cree que es el primer viaje al exterior del soldado nacido en Carolina del Norte desde 1965, cuando abandonó su unidad del ejército norteamericano en Corea del Sur y cruzó la zona desmilitarizada en el momento más álgido de la Guerra Fría.
La historia de la mujer de Jenkins, Hitomi Soga, es igualmente extraña. Ahora de 45, fue secuestrada en 1978 cuando era una colegiala por agentes norcoreanos que la llevaron a Pyongyang, la capital, para que enseñara japonés a los espías.
A ella se le permitió regresar al Japón hace casi dos años; Jenkins permaneció en Corea del Norte con sus hijas, aparentemente por miedo a ser extraditado a Estados Unidos y acusado de deserción.
El encuentro del viernes fue preparado por el gobierno japonés, que escogió Indonesia para realizarlo debido a que ese país no tiene tratado de extradición con Estados Unidos.
El primer ministro japonés Junichiro Koizumi trató de sacar a Jenkins de Corea del Norte durante su viaje allá en mayo, pero él se negó a acompañarlo.
Soga, que llevó a Yakarta el jueves, saludó a su marido en el aeropuerto con un gran beso mientras sus hijas Mika, 21, y Belinda, 18, miraban conmocionadas.
El primer encuentro de la familia con el mundo fuera de Corea del Norte incluyó también atascarse en uno de los legendarios embotellamientos de Yakarta. Incluso con una escolta policial, atravesar las 15 millas que hay entre el aeropuerto y el hotel les tomó casi dos horas.
En el hotel, las hijas parecían emocionadas y avergonzadas de la atención que recibían. Entraron al vestíbulo con la cabeza gacha y aceptaron nerviosamente ramos de flores que les entregaron unos colegiales en una breve ceremonia de bienvenida.
El caso de la familia ha generado enorme interés en Japón. Un funcionario de la embajada japonesa dijo que 2000 periodistas japoneses habían viajado a Yakarta para cubrir el encuentro de Soga con su marido e hijas, a los que no vio durante 21 meses. El aterrizaje del avión el viernes fue transmitido en directo por tres cadenas nacionales de Japón.
Muchos japoneses consideran a Jenkins un personaje difícil cuya ansiedad acerca de la extradición alargó innecesariamente la separación de su familia. Pero Soga es un personaje querido en su país. Se ha transformado en una celebridad y los poemas que brotan de su pena han sido ampliamente publicados.
Soga salió de Pyongyang en octubre de 2000 con otros cuatro secuestrados en medio de una iniciativa diplomática de Corea del Norte y Japón para mejorar sus relaciones largo tiempo hostiles.
"Lo que más me preocupa es que haremos después de nuestro encuentro", dijo Soga a periodistas en Japón. "Lo que realmente quiero hacer después de que termine todo esto es quedarnos a vivir aquí en Japón, como una familia".
A causa del interés público en la que ha sido llamada en Japón "la historia de amor del año", el gobierno de Koizumi hizo una rara petición a Estados Unidos para que le concediera amnistía, de modo que la familia pueda volver a vivir junta.
El inusual caso planteó un dilema al gobierno de Estados Unidos, que debió elegir entre rechazar una petición de alto nivel de un aliado clave o establecer el precedente de perdonar a un soldado que supuestamente desertó de su puesto para pasarse al enemigo.
La semana pasada en Yakarta, en una reunión de ministros extranjeros, el secretario de estado Colin L. Powell señaló que Estados Unidos no perseguirá al antiguo soldado, pero dijo: "El sargento Jenkins por supuesto es un desertor del ejército norteamericano y las acusaciones siguen en pie".
En Carolina del Norte, los familiares de Jenkins dijeron que la familia seguía ansiosamente las noticias del encuentro familiar, pero nadie pensaba en viajar a Indonesia.
"Para nosotros han pasado cuarenta años, así que podemos esperar un poco más. La reunión se hizo para que la familia resolviera algunas cosas y pensara en cómo vivir aquí juntos en Japón", dijo Shir-Lee Hyman, la sobrina política de Jenkins.
Jenkins tenía 24 años cuando desapareció el 5 de enero de 1965. Dirigía una patrulla en la zona desmilitarizada y le dijo a sus hombres que quería investigar un ruido. Nunca volvió.
Poco después, se oyó su voz a través de los altavoces diciendo que había encontrado el paraíso socialista de Corea del Norte.
Más tarde participó en campañas de propaganda anti-norteamericana de Corea del Norte, posando para fotografías de un panfleto y haciendo de malvado oficial norteamericano en una serie de televisión. Se cree que Jenkins, que enseñó inglés en el país, conoció a Soga en 1980 cuando ella era una de sus estudiantes.
Durante todos esos años Jenkins no tuvo contacto con su familia en Estados Unidos.
"Para la familia fue una cosa terrible. Que tu hijo se pasara a los comunistas era peor que muriera en combate", dijo Michael Cooke, un amigo de la familia, en una entrevista este año. Cooke dijo que había visitado periódicamente a la madre de Jenkins, Pattie Casper, en un hogar de ancianos y que todavía tenía fotos de Jenkins en uniforme en su mesita de noche junto a la cama.
Algunos miembros de la familia han sugerido que Jenkins pudo haber sido secuestrado, pero no se ha descubierto evidencia de juego sucio.
Jenkins, que abandonó la escuela, proviene de una familia pobre. Perdió a su padre cuando era niño. Antes de ingresar al ejército se ganaba la vida lavando coches a cambio de la propina.
En Pyongyang vivía aparentemente como un miembro de la elite, yéndole mucho mejor que a los norcoreanos de a pie en uno de los países más pobres del mundo. Se dijo que sus hijas asistían al prestigioso instituto de lenguas extranjeras.
"Soy un ciudadano norcoreano", dijo Jenkins en una poco habitual entrevista con una revista japonesa a fines de 2002. "Gracias al general Kim Jong Il [el presidente de Corea del Norte] nuestras hijas estudian gratis en esa escuela. Mi país me dio un coche. Estamos viviendo sin zozobras".
Se cree que otros tres marines que desertaron durante la Guerra Fría todavía viven en Corea del Norte.
Paddock reportó desde Yakarta y Demick desde Seúl. Bruce Wallace contribuyó en Tokio a este reportaje.
11 de julio de 2004
©los angeles times ©traducción mQh