Blogia
mQh

sociedad

atacan cultivo interior de marihuana


Nuevo objetivo en la lucha contra el cultivo interior de marihuana. Autoridades antinarcóticos se concentran en firmas que venden servicios y artículos necesarios para operaciones de cultivos ilegales.
[Stuart Glascock] Tukwila, Washington, Estados Unidos. Primero observaron un fuerte aumento de las operaciones de cultivo interior de marihuana. Las autoridades de Seattle clausuraron 450 granjas de marihuana en dos años.
Luego se concentraron en la cadena de abastecimiento, persiguiendo a negocios que proveen bienes y servicios que son necesarios para cultivar marihuana en interiores.
Luego persiguieron a una compañía de crédito hipotecario que dicen que financiaba casas en las que se cultivaba marihuana.
Después de una investigación de trece meses llamada Operación Cosechador Verde [Green Reaper], un destacamento de la agencia multidisciplinaria para el Crimen Organizado y Tráfico de Drogas arrestó a más de una docena de personas, incautó quince mil plantas y desbarató una red dedicada al cultivo de marihuana.
En lugar de concentrarse en los cultivadores o fumadores, las autoridades federales del área de Seattle atacaron la semana pasada a los que consideran responsables encubiertos de la infraestructura, específicamente dos tiendas de jardinería y un agente hipotecario.
"Para nosotros es importante concentrarnos en la gente que permite que se cultive marihuana", dijo Mark Bartlett, fiscal federal en Seattle. "En el pasado no nos habíamos concentrado en eso".
Un gran jurado federal en Seattle acusó a los propietarios de Greenhouse & Garden Supply en Tukwila y de Scitek Garden Suppky en Auburn por sospechas de haber conspirado para cultivar marihuana y conspiración para operaciones de lavado de dinero.
Las acusaciones dicen que las tiendas vendían equipos utilizados para el cultivo de marihuana: tierra, macetas, fertilizantes, pesticidas, focos, ventiladores y sistemas de riego, así como artículos especializados, como equipos de desvío eléctrico y filtros de aire.
Fueron mucho más allá de la venta de "focos de alta potencia", dijo Bartlett. "Estaban proporcionando servicios de principio a fin, asesoría y materiales. Incluso proporcionaban contenedores".
Inspectores del Servicio de Impuestos Internos también revisaron los archivos de Jet City Mortgage en Kent en relación con un posible fraude hipotecario relacionado con las propiedades donde se encontraron cultivos de marihuana.
El fortalecimiento del control de fronteras puede haber llevado a traficantes de British Columbia, Canadá, a trasladar sus operaciones hacia el sur, dijeron agencias policiales.
La gente ha cultivado marihuana en sus sótanos durante años, dijo Bartlett. Pero el nivel de organización de los traficantes es algo nuevo.
"Compran casas bonitas en barrios buenos", dijo. "Colocan ahí a su propia gente y proveen todos los materiales y se encargan de la distribución".
Muchas de las ‘casas de cultivo’ se encontraron en barrios elegantes y tenían toda la apariencia de casas normales, dijo Jodie Underwood, agente especial de la Administración de Antinarcóticos [Drug Enforcement Administration]. Y las tiendas de jardinería en barrios dormitorios suburbanos parecían negocios corrientes.
Greenhouse & Garden Supply en Tukwila se encuentra en un parque de oficinas e industria ligera a una cuadra de la Interstate 5, a unos veinte kilómetros al sur de Seattle. Otros negocios en la zona comercial incluyen una panadería, una compañía de transportes y una tienda de herramientas.
Un logo verde junto al letrero de Greenhouse & Garden Supply muestra un cubo de agua, un foco y una botella de fertilizante. Había luz dentro, pero el viernes en la puerta colgaba el letrero ‘Cerrado’. Agentes federales allanaron el local antes en la semana.
Agentes de la DEA dijeron que uno de los negocios de jardinería colocaba anuncios en el diario mostrando hojas de marihuana y fotos de maquinaria para su cultivo.
De acuerdo a las declaraciones, las autoridades encontraron bolsas con tallos de marihuana y tierra de hoja en el local de Scitek Garden Supply. Dijeron que los negocios estaban conectados a unos terrenos para el cultivo interior con un total de casi quince mil plantas.
Algunas de las pesquisas de la agencia antinarcóticos se han concentrado en los proveedores de herramientas y equipos utilizados en operaciones ilegales, dijo Steve Robertson, agente especial de la DEA en Washington, D.C. En esos casos, los investigadores recogen evidencias que revelen que los sospechosos "sabían que los equipos iban a ser utilizados para propósitos ilegales".

stuart.glascock@latimes.com

31 de mayo de 2008
27 de abril de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
rss

retorno del cinturón de castidad


Cinturón de castidad abre debate sobre creciente conservadurismo en Indonesia. Dueños de salones de masaje dicen que tienen que proteger a sus trabajadoras. Críticos dicen que ofende a las mujeres.
[Paul Watson] Yakarta, Indonesia. Los cinturones de castidad, que dejaron de estar de moda en la época de los caballeros de brillantes armaduras y damiselas en desgracia, están volviendo a los salones de masaje de Java del Este.
En un intento de prevenir las relaciones sospechosas entre las masajistas y sus clientes, varios salones de masaje en la ciudad balneario en las montañas de Batu están exigiendo que las mujeres lleven candados sobre las cremalleras de sus pantalones de trabajo.
Franky Setiawan, propietario de Doghado Massage Parlor, dice que se le ocurrió la idea cuando los hombres empezaron a ‘bombardear’ a su personal con peticiones de sexo después de que las autoridades cerraran los burdeles de la ciudad. En los últimos años, valores islámicos conservadores han ganado influencia en una sociedad que ha disfrutado durante largo tiempo de libertades liberales, tales como el fácil acceso al alcohol, a los juegos de azar y al comercio sexual.
"Tuvimos momentos difíciles rechazando a este tipo de clientes porque tratan una y otra vez, y convencen con nuestras empleadas con sus peligrosas zalamerías", dijo Setiawan por teléfono desde Batu, explicando que quería que sus catorce masajistas se sintieran seguras y respetadas, al mismo tiempo que se protege a la industria del masaje.
Pero Meutia Fardia Hatta Swasono, ministro de capacitación femenina en el país musulmán más populoso del mundo, califica el retorno del cinturón de castidad como una ofensa para las mujeres.
"No es el modo correcto de impedir la promiscuidad. Insulta a las mujeres como si fueran ellas las que hacen mal", dijo este mes a periodistas. "No se trata de que nos opongamos a los intentos de la administración de mantener la moral, pero el problema es su manera de tratar a las masajistas como si todas ellas fueran prostitutas".
Una masajista de 27 años, que se identificó solamente como Sani, dijo que sabía que en el salón de Setiawan se usaban pantalones con candado cuando empezó a trabajar ahí hace dieciocho meses, así que no "es nada especial".
"Es cómodo", dijo Sani, madre de dos hijos.
Setiawan, que era modista antes de entrar al negocio de los masajes en 2000, utilizó sus talentos profesionales para crear su uniforme con condado.
Los cinturones de castidad de la Europa renacentista eran a menudo voluminosos adminículos hechos de láminas de acero, cuyos bordes eran suavizados por recubrimientos de cuero o terciopelo. Setiawan quería algo mucho más minimalista.
"Cuando diseñaba el uniforme, tomé en cuenta las tendencias de la moda", dijo.
Se conformó con unos pantalones negros con la cremallera a un lado; el candado se introduce entre dos presillas, que se cierran de un golpe cada vez que una masajista recibe a un cliente.
El uniforme incluye una blusa roja para el día a día, excepto lunes y viernes, el día festivo musulmán, cuando las empleadas llevan una falda de batik. Todas llevan las cremalleras en la parte de atrás, que está siempre cerrada, dice Setiawan.
Setiawan guarda los candados y llaves en una caja especial en el mostrador de la cajera. Cuando llega al salón un cliente para hacerse un masaje, que se da en una cabina privada detrás de una cortina, la "cajera llama a una masajista, le pide que prepare las cosas y cierra sus pantalones", dice Setiawan. "Como la masajista conoce la rutina, a menudo mea antes de eso. Y cuando el cliente está terminado, la masajista vuelve a la cajera y esta abre el candado".
De vez en vez, dice Setiawan, él mismo hace una ronda de control para asegurarse de que nadie retire las llaves para hacer copias.
Cerrar con candado los pantalones de las mujeres le pareció una solución tan elegante, que Setiawan la sugirió a otros dueños de salones de masaje para que la probaran durante un congreso de su gremio hace unos dos meses, cuando el principal punto en la agenda era "cómo tratar a los clientes pesados".
Al menos cuatro dueños accedieron a empezar a vestir a sus masajistas con uniformes similares, con candados, dijo, y otros piensan introducirlos en el futuro.
Pero informes locales han dicho que la medida es una orden de gobierno. El funcionario municipal Imam Suryono dijo que "esta nueva política está todavía en su fase de sugerencia. Pero en el futuro esperamos que se convierta en ordenanza municipal".
Colocar a las mujeres y sus pantalones bajo candado ha inflamado un acalorado debate nacional sobre el rol del gobierno a la hora de implementar la moral y a muchos les parece aquí como una burocracia que se volvió loca.
El mes pasado el parlamento indonesio aprobó una ley que convierte en delito mirar materiales violentos o pornográficos en la red. La pena máxima es de tres años de prisión.
Pronto circularon noticias de que los salones de masaje estaban restringiendo la prostitución y con toda esa publicidad repentinamente Setiawan empezó a perder clientes. Muchos de ellos no supieron nunca que eran masajeados y confortados por mujeres con cerrojo porque los condados quedaban ocultos debajo de sus largas blusas, dijo.
"No se debe a los candados, sino a que no se sienten cómodas con los periodistas" que lo escudriñan todo, dijo.
Las objeciones de Swasono, la ministro de capacitación femenina, fueron repetidas en las páginas editoriales del Jakarta Post, donde la mayoría de los veintiséis comentarios de lectores publicados un día ridiculizaron poner cerrojo a los pantalones de las mujeres.
Algunos dijeron que era un retroceso a la Edad Media, e incluso a la Edad de Piedra. Exigiendo un trato igualitario, dijo uno, "las manos de los clientes también deben ser encadenadas para impedir que acosen sexualmente a la masajista".
Otro dijo que la tecnología moderna ofrecía una mejor solución: controlar a las mujeres y sus clientes por medio en un circuito de televisión privado.
En medio de noticias de que funcionarios en la capital, Yakarta, estaban estudiando el candado como una opción para sus salones de masaje, un lector del Post escribió: "Yakarta debería considerar amarrar las manos de los políticos para impedir que los funcionarios corruptos reciban sobornos".

paul.watson@latimes.com

7 de mayo de 2008
27 de abril de 2008
©los angeles times
rss

fuera de la ley


La antiguamente tranquila Calle de Drew se ha convertido en un bastión de la delincuencia, donde los lazos familiares desbaratan campañas policiales para terminar con la violencia.
[Sam Quinones] La casa de ladrillos con la enorme parabólica negra en el camino de entrada, está ahora vacía. Sus inquilinos fueron desalojados. El edificio está vallado, sus ventanales tapados con tablones. Afuera cuelga un letrero de ‘Se Vende’.
El año pasado, el despacho del fiscal de distrito de Los Angeles, entabló una demanda para clausurar la casa en el número 3304 de la Calle de Drew, en Glassel Park, por ruidos molestos. Ahora las autoridades quieren demolerla.
Durante más de una década, la Casa de la Parabólica, como la conocen en el barrio, fue el centro de la venta de drogas en la Calle de Drew, donde vendedores de drogas y pandilleros han operado con impunidad durante años, dijo la policía.
Según documentos judiciales, en al menos dos allanamientos en la casa desde 2002, los agentes encontraron armas y drogas, así como cámaras de vigilancia, sistemas de seguridad perimetral láser, y un altar a Jesús Malverde, el héroe popular mexicano que se ha convertido en el santo patrono de los contrabandistas de drogas.
Hasta hace poco la casa fue ocupada por María ‘Chata’ León y su familia.
Inmigrante ilegal y madre de trece hijos, León tiene una larga historia de detenciones y tres condenas por delitos relacionados con las drogas -pero sin cumplir tiempo de prisión, según documentos judiciales. Se negó a ser entrevistada para este reportaje.
La policía dijo que León, 44, y su numerosa familia estaban profundamente implicados en el tráfico de drogas que ha convertido a la Calle de Drew en la más notoria de Los Angeles.
El barrio llamó la atención de la opinión pública sólo después de que el mes pasado agentes de policía encubiertos dispararan contra pandilleros que habían asesinado a un hombre en otro barrio del nordeste de Los Angeles. Pero la policía tenía a la Calle de Drew en el radar.
Es "la peor zona de la División del Nordeste", dijo el agente Steve Aguilar, del Departamento de Policía de Los Angeles, que ha patrullado la calle durante cinco años. "He trabajado en dos otras divisiones, incluso en la Centro-Sur. Pero esta es la peor".
La familia León -y los miembros de varias otras familias de inmigrantes en la Calle de Drew a las que las autoridades han acusado de una serie de delitos- viene de la ciudad de Tlalchapa, del estado de Guerrero, que tiene la reputación de ser una de las regiones más violentas de México. La policía estima que decenas de miembros de estas familias pertenecen a la pandilla Avenues.
"Ha servido como una red de seguridad para todos ellos, hermanos, primos y todo el resto", dijo el teniente de la policía de Los Angeles, Robert López. "La probabilidad de que alguien de tu familia te delate es realmente muy baja".
El contingente de Tlalchapa de la Calle de Drew empezó a llegar en los años setenta, atraídos por la promesa de trabajo en la fábrica de conservas Van de Kamp a unas cuadras de distancia, dijeron vecinos ex obreros de la fábrica.
"Allá creamos un pequeño Guerrero", dijo Robesbier Aguirre, que trabajó como capataz en la planta ahora cerrada. Aguirre y otros dijeron que su familia no tomaba parte en las actividades delictivas de la Calle de Drew y se habían marchado cuando las cosas se pusieron feas.
La pobreza empujó a muchos vecinos de Tlalchapa a buscar trabajo en Estados Unidos. Pero también llegaron la violencia que rodea el comercio de drogas y los mortíferos feudos familiares, dijeron autoridades y ex vecinos.
Un lugar donde llegó gente de Tlalchapa fue la Calle de Drew. Los primeros inmigrados vivían por lo general en paz, dijo Epifaio Serrato, alcalde de Tlalchapa, que conoció a su esposa en la Calle de Drew cuando él vivía allá a principio de los años setenta antes de volver a México.
"Los primeros que llegamos no teníamos problemas", dijo Serrato. Pero a medida que fueron aumentando, los vecinos blancos de la zona empezaron a vender sus propiedades a las inmobiliarias, dijo.
Los edificios de apartamentos se duplicaron. Archivos del ayuntamiento muestran que entre 1984 y 1992, los constructores demolieron treinta casas de familia y levantaron complejos de apartamentos en su lugar, agregando 480 unidades al barrio -entre la Autopista de Glendale y el Forest Lawn Memorial-Park- donde se sitúa la Calle de Drew.
Las condiciones de vida se empezaron a parecer a las de muchos proyectos de vivienda social, especialmente en la Calle de Drew, donde la concentración de apartamentos fue mayor. La gente pobre se hacinaba en los altos y grandes edificios, que la policía encontraba difícil de patrullar y los delincuentes utilizaban para esconderse. Los coches aparcados ocupaban las calles, proporcionando a los pandilleros una línea de defensa blindada.
Los mexicanos se mudaron a muchos de los nuevos apartamentos, dijeron ex vecinos de la Calle de Drew. Según los vecinos, las peleas, las fiestas y el alcoholismo se hicieron más corrientes. Riñas insignificantes terminaban a balazos.
"No pasaba un fin de semana sin que oyeras tiros", dijo un vecino, que compró una casa en la cuadra hace más de veinte años.
A principio de los años noventa, algunas familias de inmigrantes que llegaron inicialmente escapando de la violencia de Guerrero, empezaron a marcharse.
"La gente con ambiciones no quería seguir viviendo allá", dijo un ex vecino.
Otro vecino que se marchó fue el hermano de Aguirre, Flocelo, también ex capataz de la fábrica Van de Kamp, que temía que sus hijos terminaran muertos o en la cárcel. Se mudó con su familia a Dalton, Georgia, donde las fábricas de alfombras estaban contratando a los mexicanos de la Calle de Drew.
A medida que los mexicanos llegaban a la Calle de Drew, se fue asentando "la ley del revólver", dijo Flocelo Aguirre. "Para 1990, ya no se podía vivir más allá".

Serie de Detenciones
Sin embargo, muchos mexicanos se quedaron. Uno de ellos, dijo la policía, era María León. Tenía 21 años y estaba en la miseria cuando llegó en 1985, según dicen quienes la conocieron.
Para entonces, la fábrica Van de Kamp estaba cerrando sus puertas, así que León buscó trabajo en otras partes. Más tarde, dijo a un juez que se dedicó a vender joyas de oro de puerta en puerta.
Desde 1985 fue detenida al menos catorce veces, de acuerdo a documentos judiciales. Pero nunca pasó demasiado tiempo en la cárcel.
En 1992 León fue arrestada dos veces en la Calle de Drew por sospechas de posesión de drogas para la venta, incluyendo PCP y marihuana, según la policía. Pero no fue acusada formalmente.
En 1994 León fue arrestada por posesión de narcóticos. Su caso fue desechado. Al año siguiente, fue sentenciada a una pena de prisión y libertad condicional por vender drogas.
En esos años León tuvo trece hijos de cinco hombres diferentes, según actas judiciales. Varios de sus hijos son pandilleros. Uno de sus hijos, Daniel, murió el mes pasado en la balacera en la Calle de Drew después de que, dice la policía, disparara su AK-47 contra agentes de policía.
Los lazos familiares en la Calle de Drew, junto con la pobreza y el hacinamiento, han dificultado la labor policial, dijeron las autoridades. La policía afirma haber visto centinelas en la terraza de los edificios, observando a los polis o a pandilleros rivales, a los que delatan silbando o por teléfono.
En un allanamiento de la casa de León en 2002, la policía de Glendale arrestó a María León y encontró cocaína, marihuana, un arma de asalto Tec-9, municiones, explosivos, material de empaque y un celular que no dejaba de sonar con clientes que pedían drogas, de acuerdo a documentos judiciales. En la casa había seis niños menores de diez años, incluyendo al hijo más joven de María León, un bebé de tres meses.
Un hijo mayor, José León, se declaró culpable de posesión de drogas para vender y fue sentenciado a cuatro años de prisión.
María León se declaró culpable de conducta imprudente con respecto a niños y posesión de un arma de asalto y fue sentenciada a seis años y ocho meses por el primer delito. Fue dejada en libertad a los 259 días y entregada a las autoridades de inmigración en mayo de 2003. Fue considerada "extranjera deportable", pero no está claro si efectivamente lo fue. Una portavoz del Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos se negó a comentar el caso, mencionando las leyes de protección de la privacidad.
Uno de los hijos de León, Francisco Real, fue condenado en 2002 por tráfico de personas. Otros tres pandilleros condenados, que tienen estrechos lazos con la familia León, han sido detenidos por sospechas de tráfico de personas, dicen las autoridades.

Penetración Frustrada
Las fuerzas especiales de la policía, las redadas contra pandilleros, las detenciones -incluso una orden cautelar contra pandilleros de 2002- no han logrado romper los lazos familiares y la cultura que nutre la delincuencia de la Calle de Drew, dijeron funcionarios.
"Hemos tratado de construir una comunidad aquí", dijo el concejal Eric Garcetti, en cuyo distrito se encuentra la calle.
Pero los inquilinos de la Calle de Drew vienen y van. Los propietarios dicen que a menudo no pueden encontrar inquilinos decentes para vivir en sus viviendas.
El ayuntamiento dijo que "no se supone que debamos tolerar a las pandillas en los espacios" frente al edificio de apartamentos, de acuerdo a un propietario que pidió guardar su identidad por temor a represalias. "¿Se supone que yo debo perseguirlos? No creo".
Encontrar a un testigo dispuesto a declarar es casi imposible, dice la policía. Así, los pandilleros son rara vez acusados de crímenes violentos. Sin testigos, la policía debe depender de casos que pueda probar ella misma, normalmente por posesión de narcóticos.
Otras campañas del gobierno para terminar con la delincuencia en la Calle de Dres han terminado en el fracaso.
En 2002, el ayuntamiento construyó el Juntos Park en la calle; el parque, que costó seis millones de dólares, se ha convertido desde entonces, dicen los vecinos, en un lugar utilizado para la venta de drogas.
El año pasado, el ayuntamiento instaló cámaras de vigilancia sin cristales a prueba de balas. Los pandilleros las estropearon a balazos la primera noche.
"Ahora tenemos que instalar cámaras para supervisar la instalación de cámaras", dijo Garcetti.

Prisioneros de Sus Casas
Hoy la Calle de Drew sigue siendo un mercado de drogas, dice la policía. Pero en los últimos años ha habido algunos cambios.
En 1998, el ayuntamiento zonificó el área para impedir que se construyan más edificios de apartamentos. Se formó hace poco un grupo de vigilantes, aunque se reúnen en secreto.
María León y su familia se han mudado a una casa de dos plantas en una nueva subdivisión de Victorville. Pero la policía cree que la familia sigue dedicada a la venta de drogas en la calle.
En Tlalchapa, a 3200 kilómetros, la Calle de Drew es tan conocida que se la llama "el barrio bajo".
Cerca, algunos vecinos dicen que se sienten prisioneros en sus ordenadas casas sin pintadas que han tratado de vender sin ningún éxito.
"No dejamos que los niños jueguen aquí", dijo un vecino, que no quiso dar su nombre. Los vendedores de drogas son tan comunes que son parte del paisaje. Necesitamos algo más permanente. Aquí apenas estamos sobreviviendo".

sam.quinones@latimes.com

13 de abril de 2008
30 de marzo de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
rss


bodas de niños


Dos niños de 10 y 9 años contraen matrimonio en Arabia Saudita.
Arabia Saudí. Dos niños saudíes de diez y nueve años contraen hoy matrimonio en una zona tribal del norte del reino wahabí, informa el sitio web local ‘sabq'.
La fiesta de boda de Mohamad Marzuk y su novia, cuyo nombre no ha sido revelado, se celebrará en la aldea Al Ashqar, en la región de Haél, y a la misma están invitadas centenares de personas, incluidos miembros de ambas familias y amigos de las localidades vecinas.
Los novios no han olvidado invitar a los compañeros de clase del colegio de primaria donde estudian en el cuarto curso en Hael y durante la fiesta será organizado un concurso de poesía, en el que participarán varios poetas de las tribus de la región. Mohamad y su esposa residirán en una habitación especial en casa de la familia del novio en Al Ashqar.
La página web saudí subraya que Mohamad es uno de los menores novios que han contraído matrimonio en Haél, mientras evita referirse a la novia, dada la naturaleza conservadora de la sociedad saudí, especialmente las regiones beduinas.
En Arabia Saudí, que aplica una estricta versión de la ley islámica o sharía, no hay ninguna legislación que prohíba el matrimonio de los menores de edad y no es raro que en áreas beduinas las familias permitan el casamiento de niñas de nueve años.
Varios intelectuales y activistas pro derechos humanos saudíes han hecho repetidos llamamientos en los últimos meses para elevar la edad de casamiento en el reino árabe, si bien todavía no ha sido dado ningún paso oficial al respecto.

11 de abril de 2008
©la nación
rss

hurgando en la basura para sobrevivir


En Pasadena. Para mantener a su familia, una trabajadora sin papeles recoge objetos reciclables de los contenedores de las calles. "Lo hago por necesidad", dice.
[Anna Gorman] Todavía no dan las tres de la mañana que Juana Rivas coge su carrito de supermercado y se baja del bordillo hacia la oscuridad.
Se protege del frío con una sudadera y una chaqueta, junto con un sombrero rosado y guantes que compró en una tienda de cien pesos. Sólo el ladrido de un perro interrumpe el silencio.
Rivas llega a la primera casa, levanta la tapa del basurero y alumbra en su interior. Nada.
"No hay. No hay," dice.
Mira en otro basurero. Nada. Avanza en zigzag de un lado a otro de la calle, parándose frente a cada casa a la búsqueda de latas de aluminio, botellas de vidrio, envases de plástico, cualquier cosa que pueda cambiar por dinero en el centro de reciclaje local. Buscad dentro y sacude el contenido, atenta al tintineo de las botellas de cerveza o el hueco golpe de las cajas de leche. Nada.
Empieza a sentirse nerviosa. Su marido y cuatro hijos dependen de ella. El alquiler de 2.300 dólares de su casa en Pasadena debió haberlo pagado hace una semana. Ya pidió una prórroga para el gas. La televisión por cable y el teléfono ya fueron desconectados.
Apresura el paso. Las bolsas de plástico amarradas al carrito chocan unas con otras. Las ruedas repiquetean cuando ruedan sobre los guijarros en la calle.
Encuentra una lata vacía de Sierra Mist, algunas botellas de plástico de agua y varias botellas de cerveza Foster. Las arroja en su carrito vacío.
"Hay días malos y días buenos", dice Rivas, 48.
Mientras se acerca a la siguiente casa, dice: "Hoy va a ser un mal día".
Rivas sabe lo que piensa la gente, que ella hurga en los basureros de sus vecinos para reunir dinero para comprar drogas o alcohol. Sabe que llaman carroñera, excavadora, ladrona.
"Hay gente que me mira como diciéndome: ‘Tú no vales nada. Eres una donnadie'", dice.
Dice que lleva trece años recogiendo latas y botellas "para pagar el alquiler, mis cuentas. Lo hago por necesidad".
Ha buscado trabajos más estables, incluyendo el aseo de oficinas en la noche. Pero hoy en día las compañías piden documentos de inmigración, papeles que ella no tiene.
Además, la recolección paga bien, dice. Mientras más horas trabaje, más gana. Su prueba son las boletas del centro de reciclaje: el 22 de octubre ganó setenta dólares con 12 centavos; el 12 de diciembre, 143 dólares con ocho centavos; el 4 de enero, 134 dólares con 91 centavos. En general, en un año gana entre veinte mil y veinticinco mil dólares. Combinado con lo que gana su marido y lo que llevan a casa sus hijos, pagan el alquiler y paran la olla.
Rivas forma parte de una economía subterránea en expansión: los cientos de miles de inmigrantes que en California del Sur limpian casas, cortan el césped y lavan platos, haciendo dinero en los márgenes y pagando pocos impuestos, si acaso. Su historia refleja las contradicciones que hacen de la inmigración ilegal semejante punto álgido. Violó la ley para llegar aquí y quedándose agota recursos municipales. Sin embargo, trabaja duro, muy duro, para que sus hijos no tengan que hacer lo mismo.
Se despierta a las dos y media de la mañana todos los días de la semana, sabiendo que dormir una hora más le cuesta dinero. Camina kilómetros y kilómetros, incluso cuando llueve, incluso cuando tiene gripe.
"Si pierdo un día, me atraso", dice.
Su única compañía es Eddie Soteleo, el dejota El Piolín de la radio KSCA-FM (101.9), que habla español y la entretiene en una radio de mano que le regaló uno de sus hijos hace dos años.
Le duele la espalda y las piernas por el esfuerzo de empujar el carrito por las colinas. Tiene artritis en las manos. Esta mañana se vendó dos de sus dedos con una cinta blanca. Hace dos años tuvo que ir a urgencias para que le pusieran puntos después de que una botella rota le abriera el antebrazo. Salió de urgencias con varios puntos y una inyección de tétano. Emergency Medi-Cal pagó el tratamiento.
"No sé cuánto tiempo más podré seguir haciendo esto", dice. Sin embargo, no sabría qué otra cosa hacer. Así que sigue.
La gente a menudo la grita: "¡Vete de aquí! ¡No revises mi basura!"
Rivas no responde. Baja la cabeza y dice en su quebrado inglés: "I sorry. I sorry". Y se marcha. Sabe lo que puede pasar si no lo hace. Llamarán a la policía, y terminará con una multa.
Hace unos tres meses un agente de policía la paró cuando empujaba su carrito cerca de su casa. Le dijo que las latas pertenecían al ayuntamiento y que estaba violando una ordenanza municipal. Pero en lugar de multarla, simplemente le aconsejó que se fuera por otro rumbo.
La policía y funcionarios de obras públicas de Pasadena dijeron que perseguir a los recolectores no es una prioridad, en parte porque es bueno que los materiales sean reciclados. Pero Gerald Weber, supervisor de la mantención de las calles, dijo que el ayuntamiento pierde dinero cada vez que un recolector recoge una botella del tacho de basura de alguien. Weber calculó el desvío de los recolectores en cerca del cinco por ciento de las ganancias del ayuntamiento por el reciclaje de unos cuatrocientos mil dólares al año.
"Técnicamente, están robando", dijo. "Una vez que el tacho de basura se coloca en la acera, pertenece a la propiedad del ayuntamiento".
Rivas dice que la policía debería perseguir a los vendedores de drogas y prostitutas en lugar de ella.
"Nosotros trabajamos honestamente", dice. "No estamos robando. La policía debería dejarnos trabajar".

Rivas creció en Durango, México, y cruzó ilegalmente la frontera de Estados Unidos en 1982 con sus dos hijos mayores. Conoció a su marido Luis Ángel, y la pareja tuvo dos hijos más.
Después de años de trabajar en el aseo de casas, Rivas empezó a recoger latas en 1995. Se había separado temporalmente de su marido y necesitaba ganar dinero. Al principio, se sentía avergonzada de revisar los tachos de basura. Pero ahora dice que le gusta ser su propio patrón.
Muchos vecinos de la ruta la conocen. La saludan cuando van en dirección a sus trabajos. Una vez, para Navidad, una mujer le dio veinte dólares. A veces le pasan bolsas con sus propios reciclajes.
Cuando termina su día, a eso de las once de la noche, limpia su casa y lava la ropa. Para relajarse, mira películas en español en un pequeño televisor en la cocina. Pero rara vez duerme durante el día, excepto los fines de semana. Es el tiempo que tiene para recuperarse y prepararse para la próxima semana.
Un sábado tarde hace cocinó carne con pico de gallo para sus hijos, que se preparaban para salir con amigos. La música resonaba en el dormitorio del más pequeño. Pasó un vendedor de helados. Sus perros entraban y salían de la casa.
Mientras cortaba las verduras, Rivas hizo un listado de cosas que había encontrado en su trabajo y llevado a casa en su carrito de compras: macetas, candelabros, cestas de mimbre, una puerta de perros.
Rivas dijo que quiere que sus hijos -de edades entre los dieciséis y veinticinco- estudien. Los hijos de Rivas dijeron que apreciaban los sacrificios que hacía su madre por ellos. El mayor, que es jardinero y facilitador de préstamos, contribuye con lo que puede al alquiler de su casa de cuatro dormitorios. Y Ángel, que tiene permiso de residencia, gana unos trescientos dólares a la semana trabajando en una bodega de Food 4 Less. Pero la familia no podría sobrevivir sin los ingresos de Rivas.
Sería más barato vivir en otra parte del condado, pero Rivas dijo que ella y sus hijos prefieren Pasadena porque es seguro y tranquilo.
Ángel se preocupa, sin embargo, de que su esposa esté todavía en la calle en mitad de la noche.
"Es peligroso", dijo. "Preferiría que tuviera un trabajo estable".
También Aura Ángel, 18, teme por su madre. Cuando Rivas sale de casa en la mañana, Aura le dice: "Que Dios te bendiga, mamá. Cuídate".
Aura dijo que a veces tiene que defender a su mamá contra sus amigos cuando le preguntan por qué revuelve la basura de la gente.
"Les digo que es un trabajo como cualquier otro", dijo.
José Rivas, 20, dice que respeta lo que hace su mamá, pero que no siempre lo pensó así. Hace unos cinco años, un amigo lo llevaba a la escuela cuando pasaron junto a su mamá, con su carrito. José agachó la cabeza y no la reconoció. Todavía se siente mal.
Hace unos años, trató de hacer el mismo trabajo, pero sólo duró un día.
"Era realmente duro", dijo, mientras planchaba una camisa en la mesa de la cocina. "Llenar el carrito parecía imposible".
José Rivas dijo que le gustaría poder ganar más dinero y ayudarla más con el alquiler, para que no tuviera que trabajar tanto.
"Imagina si pudiera comprarle una casa a mamá", dijo. "Podría ir de compras, mirar telenovelas. Ese es uno de mis sueños".
Riva sigue rutas prestablecidas todos los días de la semana: las calles cerca del Rose Bowl un día, hacia el norte hacia Altadena al siguiente, y así cubriendo toda la ciudad. Sin carné de conducir ni coche, va a todas partes caminando. No sabe cuántos kilómetros camina al día, pero a veces camina siete horas seguidas.
Esta mañana, cruza las calles cercanas a su casa. Debido a que todavía no ha encontrado suficientes latas y botellas, se preocupa de que lo haya hecho otro.
Los otros son sus competidores, pero también sus amigos. La llaman supermujer.
"Dicen que camino rápido, que vuelo", dice.
Poco después de salir de casa, la suerte de Rivas empieza a cambiar, cuando encuentra botellas de Bud Lite, latas de Fanta Strawberry, ketchup y botellas de aceite de canola, botes de mantequilla de cacahuetes. A veces sujeta la linterna con la boca, para poder usar las dos manos. Otras, se inclina sobre el tacho de basura, casi levantando los pies del suelo.
Cuando por accidente arroja al suelo un certificado de ‘estudiante del mes' y un diario, los recoge y los vuelve a poner en el carrito, cerrando cuidadosamente.
"Si desordenas la basura, y la dejas desparramada en el suelo, la gente se enfada", dice.
En una casa, un papel manuscrito pegado en la parte de arriba de un contenedor azul de reciclaje dice ‘Basura'. Rivas mira dentro de todos modos.
A las seis y media de la mañana Rivas ha completado su ruta. Su carrito está lleno y cuelgan por los lados varias bolsas de plástico, pero no recogió tanto como quería.
Vuelve a casa, ahora más lentamente, y deja el carrito a un lado de su casa. El carrito lleno -un enorme y sólido carrito de tienda de abarrotes- huele a cerveza rancia, leche agria y comida podrida. Rivas no se da cuenta. Entra a su casa, se cambia la sudadera y chaqueta y debe una taza de café instantáneo.
Al otro lado de la calle, Ana González dice que respeta lo que hace su vecina para ganarse la vida, especialmente porque los alquileres en el barrio son ahora muy caros.
Algunas mañanas cuando González no puede dormir, mira por la ventana y ve a Rivas saliendo de su casa a las tres de la mañana, con el carrito.
"No sé adónde vas", dice. "Pero algunos días vuelve recién al mediodía".
Una día la topó en el supermercado y Rivas tenía bolsas con pan, jugo, leche y frijoles. González dijo que le sorprendió ver todo lo que podía comprar Rivas con sus ganancias diarias.
Unas horas después, Rivas vuelve a salir, esta vez en dirección al centro de reciclaje. Abren a las diez de la mañana, y no quiere la última de la cola.
Cuando llega, Rivas saluda a varias personas, incluyendo a un hombre que hace reciclaje para complementar su subsidio de la seguridad social y una mujer que empezó a reciclar después de empezar a ver mal y perdiera su trabajo en una fábrica.
"¿Dónde está tu carrito?", pregunta un hombre.
"Allá", responde Rivas, apuntando detrás de ella.
"¿Por qué tan poco?", dice.
"Porque no me dejaste nada", provoca.
En el centro, un cartel dice lo que valen los reciclables. Las latas de aluminio son las más valiosas (1.56 dólar por una libra), las botellas de vidrio las menos (once centavos por libra). Puede calcular lo que ganará por el número de bolsas y el peso del montón.
Si ha tenido un buen día, cruza el estacionamiento para comprar pilas, nuevos guantes, leche, frijoles o tortillas. En los días realmente buenos, compra carne o incluso un pequeño regalo para uno de sus hijos. Hace poco llevó a casa una pelota de fútbol para su hijo menor.
Sin embargo, hoy no es ninguno de esos días. Echa las latas y botellas en unos azules contenedores de basura enormes, parando para descargar los frascos de ketchup y las botellas de refrescos. Clink. Clink. Clink. Clink.
Cuando llega su turno, el empleado pesa los contenedores y sum el total. Le pasa un recibo y cincuenta dólares con treinta centavos.
"Poquito", dice, sacudiendo la cabeza.
Rivas se consuela porque en su casa tiene otro carrito lleno. Había salido la noche anterior, de seis a once de la tarde, en otro barrio.
Hará otro viaje al centro de reciclaje más tarde, con la esperanza de ganar más.
De momento, toma su dinero y lo mete en un bolsillo. Luego coge sus cosas, se despide de los demás y empuja su carrito hacia su casa.

anna.gorman@latimes.com

4 de abril de 2008
12 de marzo de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
rss


aumenta uso de cupón de alimentos


Desaparecen los empleos y aumentan los precios y el uso de cupones de alimentos.
[Erik Eckholm] Provocada por una penosa mezcla de despidos y el aumento de los precios de los alimentos y el combustible, el número de estadounidenses que reciben cupones de alimentos se cree que alcanzará 28 millones el próximo año, el nivel más alto desde que empezara el programa de ayuda en los años sesenta.
La cantidad de receptores -que deben bordear el ingreso cercano a la pobreza para acceder a beneficios de un promedio de cien dólares al mes por miembro de la familia- ha fluctuado en el tiempo según las vicisitudes económicas, requisitos, campañas de inscripción y desastres naturales como el huracán Katrina, que produjo un repentino aumento en el Sur.
Pero según funcionarios y expertos, los crecientes aumentos en muchos estados parecen ser el resultado principalmente de la desaceleración económica tanto como de la inflación en los precios de productos básicos que ponen en aprietos a muchas familias. Citando el crecimiento esperado del desempleo, la Oficina de Presupuestos del Congreso proyectó este mes un aumento sostenido del número mensual de receptores para el próximo año fiscal, a partir del 1 de octubre de 2008, de 27.8 millones en 2008 y 26.5 millones en 2007, a 28 millones.
El porcentaje de estadounidenses que reciben cupones de alimentos subió con la recesión de los años noventa, pero se espera que las cifras reales sean más altas este año.
Se proyecta que los costos federales aumentarán de 34 billones de dólares este año, a 36 billones en el año fiscal 2009.
"La gente pide cupones de alimentación cuando pierden sus trabajos, o sus salarios descienden porque trabajan menos horas", dice Stacy Dean, director de la sección de políticas para la entrega de cupones de alimento del Centro de Presupuesto y Medidas Prioritarias, de Washington, que observó que en diciembre pasado catorce estados alcanzaron cifras sin precedentes.
Un ejemplo es Michigan, donde ahora uno de cada ocho habitantes recibe cupones de alimento. "Desde 2000, nuestro trabajo se ha más que duplicado y ahora hemos alcanzado un récord", dijo Maureen Sorbet, portavoz del Departamento de Servicios Humanos de Michigan.
El aumento en receptores de cupones de alimento allá ha sido implacable, durante repuntes y recesiones, reflejando una constante pérdida de empleos industriales que ha empujado a los receptores de cupones de alimentos a nuevas alturas en Ohio e Illinois.
"Hemos tenido pobreza durante un buen tiempo", dijo Sorbet. Agregó que también contribuye al aumento que Michigan, como otros muchos estados, ha informado a trabajadores peor pagados de esta posibilidad, y el cambio de los cupones a tarjetas de débito electrónicas ha reducido el estigma.
Algunos estados han tenido aumentos más recientes. De diciembre de 2006 a diciembre de 2007, en más que cuarenta estados subió el número de receptores, y en varios -Arizona, Florida, Maryland, Nevada, North Dakota y Rhode Island- el crecimiento anual fue de diez por ciento o más.
En Rhode Island el número de receptores subió en un dieciocho por ciento en los últimos dos años, a más de 84 mil en febrero, es decir, un 8.4 por ciento de la población. Este es el total más alto en los últimos doce años o más, dijo Bob McDonough, el administrador del estado de los servicios de familia y adultos, y refleja al mismo tiempo una fuerte campaña de inscripción y el aumento del desempleo.
En Nueva York, un programa para fomentar la inscripción ya había aumentado las nóminas de los cupones de alimentos antes en la década, pero el aumento actual en solicitudes parece reflejar en parte las penurias económicas, dijo Michael Hayes, portavoz de la Oficina de Asistencia Temporal y Asistencia para Incapacitados. Los 67mil clientes adicionales agregados entre julio de 2977 y enero de este años llevó el total de receptores a 1.86 millones, o uno de cada diez neoyorquinos.
Expertos en nutrición y pobreza elogian a los cupones de alimento como una vital red de seguridad que ayudó a eliminar la grave malnutrición vista en el país incluso hasta los años sesenta. Pero también expresan su preocupación por lo que llamaron un erosión gradual de sus valores.
Los cupones de alimentos son parte de un programa de derechos en el que el Congreso define las recomendaciones sobre los requisitos de obtención y el gobierno federal pagan los subsidios mientras los estados pagan la mayor parte de los costos de administración.
Las condiciones para recibirlo son determinadas por una fórmula compleja, pero básicamente los receptores deben tener pocos recursos y el ingreso debe estar debajo del 130 por ciento de la línea de la pobreza, o menos de 27.560 dólares para una familia de cuatro.
Como parte de la población nacional, el uso de los cupones de alimentos alcanzó su récord en 1994, después de varios años de pobre crecimiento económico, con un promedio de 27.5 millones de receptores por mes de un total más bajo de habitantes. Las cifras volvieron a dispararse en los años noventa, cuando creció la economía y los inmigrantes legales mientras otros fueron excluidos.
Pero el acceso de inmigrantes legales se ha restablecido y, en la década actual, los gobiernos federal y de estado han recurrido a campañas publicitarias y otras estrategias para informar a la gente sobre las condiciones y a menudo han simplificado los procedimientos de solicitud.
Debido a que gastan la mayor parte de sus ingresos en necesidades básicas como la alimentación y el combustible, los estadounidenses de bajos ingresos han sido golpeados duramente por los desenfrenados costos de la gasolina y la calefacción, y los aumentos en los precios de mercaderías básicas, como la leche, los huevos y el pan.
Al mismo tiempo, el ingreso de la familia promedio en el quintil inferior de la población se ha estancado o descendido en los últimos años a niveles cercanos a los 15.500 dólares, dijo Jared Bernstein, economista del Instituto de Políticas Económicas en Washington.
Los niveles de subsidio, que pueden llegar a varios cientos de dólares para familias con varios hijos, son reajustados todos los años en junio, de acuerdo al precio de ‘plan de alimentos económico' básico, según es calculado por el Departamento de Agricultura. Debido a que los precios de los alimentos han aumentado en un cinco por ciento este año, los niveles de subsidios aumentarán similarmente en junio -meses después del aumento en los costos para los consumidores.
Sus partidarios se preocupan por el reducido, pero firme descenso en los subsidios reales desde 1996, cuando la ‘deducción corriente' para los costos de vida, que se resta del ingreso familiar para determinar la elegibilidad y los niveles de subsidios, fue congelada. Si esa deducción hubiese continuado aumentando con la inflación, una madre promedio con dos niños recibiría diecisiete dólares al mes, de acuerdo a la organización privada Centro de Presupuesto y Medidas Prioritarias.
Las dos cámaras del Congreso han aprobado leyes que indexarían la deducción a los costos de vida, pero las medidas forman parte de proyectos agrícolas más amplios que no es probable que sean aprobados este años debido a desacuerdos con la Casa Blanca sobre la política agraria.
Otro importante programa de nutrición federal conocido como WIC -por mujeres, bebes y niños- está pasando dificultades debido a los altos precios de la leche y el queso, y la creciente inscripción.
El programa para familias con ingresos no superiores al 185 por ciento del nivel de pobreza federal, entrega alimento sano y asesoría sobre nutrición a 8.5 millones de mujeres embarazadas, y niños hasta los cuatro años. La WIC no es un derecho, como los cupones de alimentos, y para el año fiscal que empieza en octubre, el Congreso deberá aprobar un fuerte aumento de su presupuesto actual de seis billones de dólares si los estados quieren evitar listas de espera para madres y bebés en situación de ayuda.

3 de abril de 2008
©new york times
cc traducción mQh
rss


piden moratoria sobre pena de muerte


Comisión norteamericana pide moratoria sobre pena de muerte en Estados Unidos.
[Laura MacInnis] Ginebra, Suiza. Estados Unidos deberían adoptar una moratoria sobre la pena de muerte y dejar de sentenciar a menores de edad a vivir en prisión hasta que no erradique los prejuicios raciales de su sistema judicial, declaró el viernes una comisión de Naciones Unidas.
El Comité para la Erradicación de la Discriminación Racial llamó también en Washington a terminar con los perfiles raciales de los estadounidenses de origen árabe, musulmán y del sudeste asiático, y garantizar que inmigrantes y otros extranjeros no sean maltratados.
Los dieciocho expertos independientes expresaron temores de que los adolescentes de minorías raciales en Estados Unidos sean sentenciados más que los blancos a muerte o a cadena perpetua sin libertad condicional.
Recomendaron a Estados Unidos que "cese de utilizar la pena de muerte contra personas menores de dieciocho años, y revise la situación de personas que están cumpliendo esas sentencias".
Su informe también insta a Washington a "adoptar las medidas necesarias, incluyendo una moratoria, para garantizar que la pena de muerte no se dicte como resultado de prejuicios raciales de parte de fiscales, jueces, jurados y abogados".
Una moratoria no oficial ha estado vigente desde justo después de que la Corte Suprema de Estados Unidos dijera el 25 de septiembre que deliberaría sobre la apelación en los casos de dos reclusos en el pabellón de la muerte de Kentucky alegando que el cóctel de tres químicos usados en las inyecciones letales infligían dolor y sufrimiento innecesarios.
Un asesino convicto fue ejecutado horas más tarde en Texas, pero desde entonces nadie más lo ha sido. Se espera que la corte resuelva sobre el asunto a fines de junio.
La resolución no tratará sobre si la pena de muerte o incluso la inyección letal son constitucionales, sino que se concentra en la técnica actual de inyecciones letales que usa la mayoría de los estados.
El mes pasado Estados Unidos defendió su enfoque ante la organización, que controla la implementación de un tratado internacional ratificado por Washington en 1994.
La delegación norteamericana dijo que se han dado grandes zancadas para abordar el problema de las disparidades en vivienda, educación, empleo y seguro médico en el país donde hasta mediados del siglo diecinueve los afro-americanos eran sometidos a esclavitud.
Funcionarios norteamericanos han investigado cerca de ochocientos incidentes motivados racialmente contra gente percibida como árabe, musulmán, sikh o del sudeste asiático desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington.
En sus conclusiones a Estados Unidos, el comité dice que los intentos de Estados Unidos para prevenir nuevos ataques podrían empeorar la discriminación.
"Las medidas tomadas en la guerra contra el terrorismo no deben discriminar, ni en propósito o efecto, sobre la base de la raza, el color, o el origen étnico o la nacionalidad", dice.
Los sospechosos de ser militantes son detenidos, muchos de ellos en la base militar norteamericana Bahía Guantánamo, Cuba, deben ser tratados respetando sus derechos humanos y garantías jurídicas básicas, dijo la organización.
"El comité pide además a Estados Unidos que garantice que no-ciudadanos detenidos o arrestados en el marco de la guerra contra el terrorismo sean protegidos efectivamente por las leyes nacionales, en conformidad con los derechos humanos internacionales, y las leyes de refugio y humanitarias", dice.
La organización de Naciones Unidas, cuyas conclusiones no son jurídicamente vinculantes, también pidieron a Estados Unidos que proporcione más información sobre problemas como el estatus de los refugiados, los solicitantes de asilo, los trabajadores inmigrantes indocumentados y las víctimas de tráfico humano según el derecho norteamericano.
Pide a Washington que envíe en un año un informe sobre los progresos hechos en áreas de preocupación, como el perfil racial y la pena de muerte.

También reportaron Ed Stoddard en Dallas; redacción de Myra MacDonald y John O'Callaghan.

1 de abril de 2008
7 de marzo de 2008
©reuters
cc traducción mQh
rss


vendedores de órganos humanos


[Jeffrey Fleishman y Noha El-Hennawy] En Egipto existe un floreciente mercado negro para reunir a los necesitados de dinero con los necesitados de un transplante.
El Cairo, Egipto. Espera confiado en el café de la esquina. Un reloj de oro brilla en su muñeca. Si necesitas un hígado, o quieres vender un pedazo del tuyo, coge una silla y acércate a Mustafa Hamed, un ex chofer de autobús de 24 años que terminó inesperadamente como corredor de órganos humanos.
Mohamed, el hijo de cuatro años de Hamed, se estaba muriendo de cáncer y necesitaba un transplante que costaba cinco mil dólares. El único dinero ahorrado que tenía Hamed era el que quedaría en su bolsillo al final del día.
Había otro modo, sobre el que murmuraba entre los que no tienen nada. Un hombre podía vender una parte de sí mismo, ponerse una bata de hospital, y despertar con una incisión por encima de la barriga.
Hamed vendió una parte de su hígado por algo más del precio de la operación de su hijo. El niño murió durante la operación.
Con su herida curándose, y su hijo sepultado, Hamed, cuyo conocimiento de anatomía podría escribirse en apenas una página, decidió que seguir conduciendo un autobús no era su destino. Vendió el hígado de su primer cliente hace cuatro meses. Ganó novecientos dólares. Desde entonces ha vendido cuatro más.
"Las cosas no deberían ser así, pero...", dice. "Yo vendí una parte de mi hígado para salvar a mi hijo. Tuve que hacerlo... Te cortas unos pedazos de tu cuerpo y los vendes. Pero algunos de los que se acercan a mí tampoco están tan desesperados. Podrían encontrar otras soluciones. Muchos hombres que conozco quieren vender sus órganos para comprar un departamento para casarse. No me parece que estén desesperados. Yo les aconsejo: ‘Sé paciente. No tienes para qué hacer esto'".
La paciencia y la desesperación se mueven en extrañas corrientes en El Cairo. Casi la mitad de los egipcios viven en la pobreza; la economía del país se está privatizando y creciendo, pero la inflación está aplastando a los pobres y a la clase trabajadora. El precio de los pimientos verdes subió el año pasado en un noventa por ciento.
Miles de egipcios se han mudado al Golfo Pérsico, que se encuentra en mejor situación; muchos han postergado el matrimonio, una decisión que en Egipto es el lancinante signo del fracaso masculino. Otros, como Hamed, han vendido sus riñones e hígado para pagar deudas y volver a soñar.
Historias similares se repiten en todo el planeta. Se trata en órganos humanos desde Pakistán hasta China; organizaciones dedicadas al robo de riñones han azotado los pueblos en India. Los pobres de países subdesarrollados, como Moldavia y Filipinas, han ofrecido paquetes de ‘turismo de transplantes' que se encargan del papeleo para que los interesados viajen a otros países y vendan sus órganos a pacientes ricos. Es el mercado de la desesperación y el ingenio, los médicos no hacen demasiadas preguntas y los donantes terminan a menudo enfermos, y a veces mueren.
En Egipto el negocio ha estado prosperando durante años. El país no tiene leyes sobre el asunto y apenas si cuenta con organismos que supervisen los transplantes. Las estadísticas no son fiables. Organizaciones de médicos calculan que se realizan al año unos quinientos transplantes de riñón no autorizados, aunque un legislador que está investigando la práctica indicó que la cifra real es mucho más alta.
En El Cairo, donantes y pacientes saben dónde ir. Hay cafeterías en los alrededores de las clínicas y laboratorios donde se reúnen los intermediarios, sorbiendo té y fumando, sus celulares zumbando como insectos sobre las mesas.
Aquellos en necesidad de transplantes son fáciles de detectar. Llevan radiografías y análisis de sangre debajo del brazo. Algunos son pálidos; otros, demacrados. Necesitan un transplante, y rápido. Vienen del Alto Egipto, y del Delta del Nilo, con sus billeteras y carteras hinchadas de dinero prestado, y si tienen suerte podrán contratar al cirujano de transplantes japonés que viaja hasta acá una vez al mes.
"Mi doctor me dijo que viniera a esta ciudad", dice un ingeniero agrícola del Alto Egipto que andaba buscando un riñón cerca de un laboratorio en el barrio Dokki de El Cairo, donde pasan carretas traqueteando y pan de hojaldre se enfría en la brisa.
Se niega a revelar su identidad mientras se estira su túnica planchada. "Tengo 58 años, tengo una deficiencia renal y no tengo hijos. Necesito un donante. Los riñones se están vendiendo entre veinte mil y cuarenta mil libras [ 3.600 a 7.300 dólares]. Estoy negociando, pero no puedo pagar más de treinta mil libras".
Los donantes enfrentan dificultades propias. Ayman Abdullah era contable en el Alto Egipto cuando él y su hermano decidieron coger los ahorros de sus padres y trasladarse al Cairo para abrir una tienda de celulares. En un país que es fundamentalmente desierto, El Cairo es una arenosa y atiborrada promesa de neón de minaretes y torres de bancos que atraen a los que quieren arriesgar lo poco que poseen. Otros que se marcharon del pueblo de Abdullah hicieron fortuna en la ciudad; al menos, eso es lo que contaron cuando volvieron a casa.
Abdullah y su hermano confiaron en un hombre -que se llamaba a sí mismo socio- en el que no debían confiar. Desapareció con el dinero, y repentinamente los hermanos tenían una deuda de 75 mil libras -unos 13.700 dólares.
"Tengo dos opciones: O pago mis deudas, o me encarcelan", dice Abdullah, un hombre rechoncho, de suéter, que espera en un café para negociar parte de su hígado por cuarenta mil libras. "No se me ocurre otra solución. O me opero, o pierdo mi libertad... Empecé a buscar anuncios de pacientes renales que buscaban donantes, pero me di cuenta de que el máximo que podía ganar por un riñón es veinte mil libras. Pero en el mismo diario encontré un anuncio de un paciente que buscaba un donante de hígado".
El hermano de Abdullah encontró un comprador con el tipo de sangre y tipo de tejido correspondientes. Abdullah dice que, de cierto modo, es divertido -en casa él y su hermano nunca ganaron tanto como para ser ricos, pero hicieron lo suficiente como para imaginar que podrían serlo. Pero ahora sólo quiere escapar de la vergüenza de haber sido un idiota.
"Si Dios me deja vivir después de la operación, no me quedaré en este país. Quiero trabajar como maestro o vendedor o cualquier cosa en un país del Golfo", dice Abdullah. "Después de una operación como esta, uno se siente inferior al resto del mundo. Quiero irme a un lugar con gente nueva. Quiero conocer a gente que no sepa nada sobre mí".
Mohamed Queita, miembro del parlamento egipcio y del gobernantes Partido Democrático Nacional, ha estado trabajando en los últimos doce años para hacer aprobar una ley que regule los transplantes de órganos y frene la expansión del mercado negro que atrae a pacientes de todo Oriente Medio y hasta de Europa.
"En Egipto es el peor tipo de negocio que existe. Es peor que la esclavitud", dice Queita, que no cuenta con estadísticas completas, aunque observa que una clínica de El Cairo tenía una lista de espera de mil quinientas personas dispuestas a vender sus órganos. "No quiero que los pobres se conviertan en piezas de recambio de los ricos... A Egipto viene gente de todo el mundo a comprar órganos. La mayoría son árabes del Golfo. Si eres un rico del Golfo, te vas a una clínica privada -las que tienen contactos con vendedores de órganos. Casos graves de miseria en este país están provocando un aumento en el robo y venta de órganos".
El proyecto de ley de Queita propone que los transplantes se limiten a miembros de la familia o a donantes que no acepten dinero por ello. La legislación se ha visto entorpecida por desacuerdos entre médicos y clérigos musulmanes. Los médicos apoyan la recolección de órganos de pacientes declarados con muerte cerebral, pero los clérigos consideran haram (tabú) esa práctica.
El tema es un debate jurídico y religioso sobre la definición de muerte que se remonta a la época de los faraones. La mayoría de los clérigos apoyan a Queita en que la venta de partes el cuerpo viola la ley islámica.
"Pero no hay castigo", dice el legislador. "Nadie termina en la cárcel".

Ahmed Abdel Halim era un vendedor de pescado con un cargamento de deudas cuando trató de vender partes de sí mismo. Los acreedores lo estaban cercando, pero el laboratorio le dijo a Halim que su hígado estaba lleno de grasa y no servía para un transplante. Así que se convirtió en un intermediario.
Dice que los clérigos le dijeron que su nuevo trabajo no violaría los principios islámicos si no negociaba sobre el precio. Debe aceptar lo que se le ofrece. Su primera comisión fue de novecientos dólares.
"Antes iba a los barrios pobres donde viven jóvenes con problemas económicos", dice Halim, envuelto en su cazadora mientras un camarero se apresura hacia la mesa. "Pasó unos días en un café hasta que los clientes me empiezan a conocer, a confiar en mí y a hablar conmigo. Cuando una persona me cuentasus problemas, le hablo del negocio. Algunos se asustan y se marchan; pero otros lo aceptan y me hacen preguntas sobre los detalles de la operación".
En los cinco años que lleva en el negocio, ha vendido 45 transacciones. Le pagan bien, pero su mujer lo considera un mercenario, un hombre que vive en una zona moral turbia alejado de su religión. Para satisfacerla, dice, dejó el negocio por un tiempo. Pero no pudo sobrevivir como pescadero y volvió a la venta de órganos.
"Yo soy un intermediario", dice. "Cuido los intereses del donante y garantizo el cumplimiento del compromiso de las dos partes, del donante y del paciente, porque ellos no se conocen entre sí y no se confían".
Mustafa Hamed piensa lo mismo. Cuando tenía once años su padre le enseñó el oficio del cuero. Abandonó la escuela. Empezó a curtir pieles hasta que sus manos quedaron manchadas, pero nunca ganó más de treinta libras -unos cinco dólares con cincuenta al día. Encontró trabajo como chofer de autobús, pero era analfabeto y no se presentó al examen para su permiso, así que las cosas se pusieron peligrosas. Se pone tenso cuando habla sobre su hijo; sus dedos se endurecen; baja la vista.
El dinero que le pagaron por un pedazo de su hígado ya lo gastó, pero dice que ha estado construyendo su reputación en el negocio de los órganos. La gente lo llama. Algún día podrá tener su propio bus, o abrir una tienda de celulares. Sus zapatillas están cubiertas de polvo, pero se mantiene erguido en su traje. Se considera un hombre importante.
"En vísperas de mi operación, me quedé en mi cuarto leyendo el Corán", dice. "Tenía miedo, pero no tanto como para cambiar de parecer. Incluso si me hubiera pasado algo malo en la operación, no me habría preocupado, porque el objetivo era salvar a mi hijo. Si uno da la vida por su hijo, Dios lo recompensa".

jeffrey.fleishman@latimes.com

19 de marzo de 2008
13 de marzo de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
rss