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columna de mérici

sobre el maltrato y muerte de mascotas


columna de mérici
Durante la manifestación frente a la municipalidad de Viña del Mar tras el hallazgo de diez cadáveres de perros en el contenedor del canil de calle 5 Oriente el jueves 27 de noviembre, una de las manifestantes me preguntó por qué creía yo que la muerte de esas mascotas -que suponemos que eran en su mayoría abandonadas- constituía delito de maltrato animal. Su pregunta me sorprendió, pese a que me la han hecho otras veces. Yo pensaba que la respuesta era evidente. Según ella, sólo la muerte con violencia o dolor constituye delito de maltrato. No estoy de acuerdo.

Todo empieza con la definición jurídica de mascota. En el Código Civil el artículo 567 define a los animales como cosa corporal mueble. Según el artículo 567, "[...] muebles son las que pueden transportarse de un lugar a otro, sea moviéndose ellas a sí mismas, como los animales (que por eso se llaman semovientes), sea que sólo se muevan por una fuerza externa, como las cosas inanimadas". El artículo 570 hace una excepción: los animales de granja son considerados bienes inmuebles si son "[...] actualmente destinados al cultivo o beneficio de una finca, con tal que hayan sido puestos en ella por el dueño de la finca".

Tengo que decir que me encanta leer el Código Civil. Siempre asombran sus elucubraciones filosóficas y lingüísticas y otras todavía peores. En relación con el tema, lo primero que asombra es que el código no contenga ni una sola vez las palabras mascota, perro, gato; tampoco las palabras dolor y tortura. Y en las leyes que acabo de citar, se asoman inesperadas posibilidades. ¿Qué serían los perros ovejeros en este contexto? Según entiendo, los perros que ayudan a los peones a arrear a las vacas o a los pastores a guiar los rebaños de corderos serían inmuebles. Pero los perros de la casa que no participan de ningún modo en faenas de la finca, no serían por eso inmuebles, sino muebles. ¿Qué quiere decir, por lo demás, actualmente"? ¿Que debe ocurrir al momento de clasificar a los animales de una finca, o que sean real y verdaderamente ocupados en beneficio de ella? En español, ‘actualmente’ significa una y otra cosa.

La ley de maltrato animal de 1984 es bastante sumaria: "Art. 291 bis El que cometiere actos de maltrato o crueldad con animales, será castigado con la pena de presidio menor en su grado mínimo y multa de uno a diez ingresos mínimos mensuales o sólo a esta última". Suele incurrirse en errores en la interpretación de esta ley. El concepto ‘ingreso mínimo mensual’ parece ser el ingreso mínimo no remuneracional, que es de 102 mil pesos. La ley no define qué es maltrato o crueldad. Supongo que todos nos referimos a lo mismo y entendemos lo mismo con estos conceptos.

En varios dictámenes de la Contraloría General de la República se ha establecido que ninguna municipalidad tiene facultades para aplicar eutanasia a perros.

Un dictamen de la Contraloría Regional de Atacama, de 2005, según me parece, determinaba que la municipalidad no tenía "[...] la facultad de disponer la muerte de animales abandonados en lugares de uso público".

El dictamen 34.751, de 2005, de la contraloría, determinaba que la posibilidad de retirar y eliminar perros de la calle correspondía únicamente a la autoridad sanitaria. "De la misma manera", continúa, "se indica que la potestad de retirar perros vagos de la vía pública y eliminarlos, corresponde acorde con el artículo 7o del citado reglamento, a la autoridad sanitaria, cuando detecte, en el territorio de su competencia, un caso de rabia o las condiciones epidemiológicas para que se produzca un brote de la enfermedad".

"La facultad para matar a los caninos", dice otro dictamen de la contraloría del 5 de septiembre de 2008, "es únicamente responsabilidad de la autoridad sanitaria, en este caso la Seremi regional, siempre y cuando se cumplan algunos parámetros, como la aparición de rabia o las condiciones epidemiológicas para que se produzca un brote de la enfermedad" (CEFU).

Yo traigo a colación estos dictámenes porque en mi opinión retirar y eliminar a un perro abandonado en la calle, y de otro modo sano, constituye delito de maltrato. La contraloría niega esa potestad a las municipalidades. Pero ¿cometen algún delito o falta las que continúan retirando y eliminando a perros de la calle? Me parece a mí que cometen delito de maltrato, aunque se los haya eliminado utilizando métodos llamados imposiblemente indoloros, porque no se tenía motivos de alguna manera válidos ni para retirarlos de las calles ni para matarlos. Por otro lado, dudo muchísimo que los perros no presientan su muerte y la angustia que ha de causarles este conocimiento, pese al presumido carácter indoloro del método de exterminio. La muerte también huele.

Yo imaginaba que la ley de maltrato implicaba obviamente que, a partir de su aprobación, caducaba toda conceptualización anterior sobre su naturaleza. La ley de 1984 deja de considerar a las mascotas, implícitamente, como cosas, muebles o inmuebles, para definirlos como seres sintientes. No logro entender para qué se habría de decretar una ley semejante sino para proteger a las mascotas contra malos tratos y torturas y otras formas de crueldad, incluyendo psicológicas, en razón de que, contrariamente a las cosas, son animales que sienten y que provocar dolor a los animales es algo tan reprochable que se lo ha definido como delito. Después de esta ley no se puede seguir considerando que las mascotas sean cosas.

Por otro lado, creo que el dolor en general, y especialmente el dolor infligido, como en golpes o torturas, es una intimación de la muerte. Golpes y torturas son amenazas de muerte y la muerte el fin interrumpido de los malos tratos. Muerte y maltrato se funden en un solo concepto. Terminar abrupta o arbitrariamente la vida natural de una mascota en razón de criterios ajenos a los de la salud pública, constituye claramente, en mi opinión, delito de maltrato con resultado de muerte y debiese ser juzgado como tal, sean sus autores particulares o autoridades.

Esta ley y los dictámenes de la contraloría también, en mi opinión, quitan a los dueños de mascotas la potestad para decidir eventualmente sobre su muerte, del mismo modo que han quitado a las autoridades municipales la potestad para decidir la muerte de perros abandonados. Simplemente no corresponde a los dueños decidir sobre la muerte de sus mascotas, como tampoco pueden los padres decidir sobre la vida de sus hijos. Algunos casos que se han hecho públicos giran, por ejemplo, sobre perros encadenados cuyos sufrimientos fueron denunciados por vecinos y transeúntes.

Por esto mismo, desde mi punto de vista, la declaración con que las municipalidades se cubren las espaldas para continuar matando perros abandonados, que hacen firmar a los solicitantes, debería ser declarada ilegal, toda vez que pretende legitimar un acto ya definido como delito desde 1984. Por tratarse de seres sintientes -vale decir, como nosotros- no pueden ser sometidos a actos de crueldad, por nadie y ciertamente de ninguna manera por sus propios dueños. Sus vidas no pueden ser terminadas arbitrariamente ni según convenga a sus dueños. No son objetos con los que sus propietarios puedan hacer lo que se les venga en gana.

Lejos de ser cosas, no dudo de que en un futuro no muy lejano las mascotas serán consideradas como miembros de la familia y podrán ser inscritas en los libros de familia, en registros municipales y en el seguro médico. Digo esto porque me parece francamente atávico que en un mundo donde las mascotas cuentan con hospitales propios y una ciencia dedicada enteramente a ellas, que pueden salir a restaurantes especializados, que son enterradas en cementerios muchas veces junto a su familia humana, que incluso trabajan en hospitales humanos y otras instituciones, digo, que en un mundo así todavía haya personas que las consideren cosas, sobre todo después de la ley de 1984.

Yo he observado, en otros casos judiciales, que muchas veces se aplican leyes disímiles de épocas diferentes. En algunos litigios o tribunales adoptan los jueces la opinión de que las mascotas son cosas, como en las leyes antiguas; en otros, que son seres sintientes. Sería bueno que la contraloría o la corte suprema se pronunciaran sobre esto, para dirimir un debate que se viene prolongando demasiado. Claramente, no se puede ser cosa y animal a la vez.

Esto fue lo que quise decirle a esa señora en la manifestación contra las matanzas en el canil de Viña del Mar.

[Foto de Pepa García]

[mérici]

algo huele mal en el canil


columna de mérici
[Y no son los perros. El martes 25 de noviembre de 2008 dos activistas animalistas lograron tomar fotos de diez cadáveres de perros en el contenedor del canil municipal de Viña del Mar. El hallazgo confirma las numerosas y prolongadas denuncias de vecinos de la ciudad de que en el canil se elimina a perros sanos y enfermos (véase el escrito de Pepa García en teleperra, encontrados en las calles, sin ninguna justificación ni legal ni desde el punto de vista de la salud pública].

Me gustaría saber qué hubiesen hecho otros si les hubiese ocurrido lo mismo que a la Sra. Aída Rerequeo: Imagínate, 13:30 de la tarde, suena el teléfono. Es un empleado anónimo que trabaja en alguna de las dependencias en torno al patio del departamento de Tránsito de la municipalidad en la calle 5 Oriente en Viña del Mar. La llama para denunciar que en el contenedor del canil los funcionarios han echado bolsas de plástico negro con cadáveres de perros. Aída y otra voluntaria acuden al lugar, toman las fotos que ya conocemos, y deciden denunciar la mortandad.

Llama a su listado de simpatizantes de la causa animalista y el jueves pasado, a las cinco de la tarde, se reúne un grupo de unas cuarenta personas en el punto álgido, frente a la municipalidad, para dar a conocer su indignación y aprovechando que, a las seis, había reunión del concejo local.

Aída también gritó. Lo sé porque yo estaba ahí. Hubo una cola que hizo la gente que se inscribió para ser mantenida al tanto y para sumarse a la protesta y esta cola llegó a estar más de una hora ahí, con dos voluntarias rellenando y ayudando a rellenar constantemente los datos solicitados. Había un enorme interés del público que pasaba. Y en algún momento empezamos a gritar: "¡Asesinos!"

Había dolor e indignación. Una señora que se acercó a mirar las fotos estuvo a punto de desmayarse cuando vio a los chuchos muertos en el contenedor y tuvo que ser sostenida por otros. Muchos pensaban que lo deseable sería que la municipalidad suspendiera momentáneamente las actividades del canil e investigara qué hacía tal cantidad de cadáveres en el contenedor. Tendría que explicar, además, desde cuándo viene ocurriendo, porque las informaciones provenientes desde dentro de esos departamentos de calle 5 Oriente, las matanzas de animales son diarias y vienen ocurriendo desde hace años. Y que al día se mata a un promedio de diez perros.

Sospechan los funcionarios que las matanzas de los últimos días se han exacerbado y que guardan relación con el propósito inconfesable de las autoridades viñamarinas de tener las calles ‘limpias de perros vagos’ -su concepto de limpieza- antes del próximo festival y otros eventos culturales.

Esos mismos informantes dicen que la camioneta del canil sale prácticamente todas las noches a recoger perros.

Y son los funcionarios, desesperados ante esas muertes injustificadas, los que han continuado llamando a Aída, para contarle las últimas perrerías de Dame Bilbao. Al día siguiente de la manifestación no autorizada, la llamaron nuevamente para informarla sobre la muerte, esa noche, de quince perros más.

Aída volvió al canil, pero no la dejaron entrar. Otros activistas fueron tras ella, con el mismo fin, pero fueron expulsados de mala manera por los matones del departamento.

Alguien tiene miedo en el canil.

Recorriendo algunos comentarios, pareciera que algunos lamentan la denuncia de Aída. O quizá los autores de los comentarios habrían hecho otra cosa en lugar de lo que hizo la tenaz activista.

¿Qué habría hecho yo? Esta pregunta es poco realista, porque no me habría llamado nadie. La llamaron a ella porque es conocida como una defensora inclaudicable de los perros. Un tótem de la Ciudad Jardín.

Pero si hubiese pasado casualmente por el lugar, hubiese visto el barullo y me hubiese acercado, habría visto esos cadáveres. Y creo que probablemente habría pensado en hacer algo similar o lo mismo que hizo Aída. Vale decir, denunciar públicamente el macabro hallazgo y pedir explicaciones a las autoridades.

En la manifestación del jueves 27 de noviembre en la calle Arlegui, algunos dijeron que el hallazgo y las fotos no demostraban que en el canil estuviesen haciendo algo malo. Estrictamente hablando, así es. Las fotos son una importante evidencia de que en el canil efectivamente se están matando perros. Sin las fotos, la municipalidad podría decir que las denuncias no tienen base. (Otras evidencias son las declaraciones de las activistas, como testigos, y las de los empleados que pidieron la ayuda de las animalistas).

Pero en realidad no sabemos por qué. Para saberlo deberíamos contar con autopsias de los perros. Lo que sí sabemos es que, según declaraciones de empleados, aparte perros atropellados, muchos son perros que se ven enteramente sanos. Si lo que dicen los demás implicados es la verdad, en la municipalidad pueden llegar a matar hasta doscientos perros al mes.

Yo no tengo motivos para dudar de las palabras de Aída y las otras activistas. Tampoco los tengo para dudar de las de los empleados municipales. Me parece elemental que es poco probable que la municipalidad misma vaya a ofrecer una explicación razonable o verosímil de lo que pensamos muchos que está pasando. El señor Patricio Moya, director de Operaciones y Servicios en Viña del Mar, en La Estrella de Valparaíso, dijo: "Los casos de eutanasias que eventualmente se realizan en la Municipalidad de Viña no se llevan a cabo como un método de control poblacional, sino que en el contexto de una medida compasiva para evitar el sufrimiento innecesario de animales enfermos irrecuperables o accidentados", lo que contradice las declaraciones de empleados municipales. Algunos en la manifestación dijeron que podía ser que todos los días morían montones de perros atropellados y otros enfermos terminales llevados al canil por sus dueños para ser eutanasiados. Pero no coincide con las declaraciones de los funcionarios de la municipalidad, que dicen que muchos de ellos llegan sanos al lugar. De cualquier modo, creo que Viña del Mar no es una ciudad tan grande (cerca de 290 mil habitantes) como para que podamos creer que mueren al día tantos perros atropellados o en otro tipo de accidentes.

Es evidente que algo huele mal en el canil.

Como digo, si un sumario interno se tiene que descartar por poco razonable, el único modo de saber qué está ocurriendo en el canil es iniciar una investigación formal e independiente. Y es justamente para eso que está el juzgado. Sin la intervención judicial, no sabremos nunca qué está pasando. Y con intervención judicial, sabremos si la veterinaria, Dame Claudia Bilbao, se dedica a matar perros por alguna inclinación propia hacia el crimen o si alguien le ha ordenado hacerlo. Y si este es el caso, por qué ha obedecido órdenes que debe saber que son ilegales.

Yo hablé con Dame Bilbao en junio. Fui al canil a buscar a un amigo al que habían castrado. A Caballo -que así llaman algunos al gran danés que vivía en Caleta Abarca y era miembro del clan de Chocolate- nos dijeron tres funcionarios municipales del canil que lo iban a matar porque era agresivo. Había una denuncia. Nunca mordió a nadie. Pero le decían Caballo por lo grande. Llegamos a un acuerdo informal: nos dieron esos empleados unos días para encontrar un hogar adoptivo para Caballo. Entretanto, lo castrarían. Luego intervino una organización animalista. (Mi impresión después de ese encuentro se encuentran aquí).

Otros padrinos de calle Valparaíso me habían dicho que, de vez en vez, los perros de la calle desaparecían misteriosamente y algunos estaban seguros de que eran capturados, secuestrados y asesinados por la veterinaria Bilbao y demás empleados del canil. Yo también he visto aparecer y desaparecer perros en ese sector. Uno de los que yo conocía fue adoptado. Pero en general los perros que desaparecen no vuelven más.

Luego nos dijeron unas señoras animalistas que las empleadas del canil amenazan a los padrinos con matar a los perros en realidad para presionarlos con el fin de que adopten uno. Esta práctica estúpida y cruel sería absolutamente inaceptable. Pero creo que cuando esos empleados (dos mujeres y un hombre) nos dijeron que se llevaban a Caballo para matarlo, ese era justamente el plan que tenían.

Las reacciones que ha provocado esta revelación están llegando a extremos inverosímiles. Hay reacciones que son de franca insolencia y ordinariez y groserías solapadas de personas de las que no sospechábamos reacciones semejantes. Los que creemos que este asunto es grave y debe ser investigado, hemos tocado una cuerda sensible. Las hay que quieren evitar esta investigación.

Dame Bilbao ha sido denunciada en el pasado por matar perros. No tengo motivos para desconfiar de esas denuncias. En un informe del 17 de marzo de 2003 de la municipalidad de Viña del Mar se confirma la participación de Bilbao en un operativo de captura y muerte de perros en un vertedero. A los perros se les "extrajo el corazón para fines de investigación científica" (el documento ha sido incorporado al ensayo de Pepa García en teleperra). Es posible que haya energúmenos que crean que este tipo de prácticas tiene alguna justificación científica. No pertenezco a ese grupo de iluminados.

Algunos dicen que la señora Bilbao es animalista y que colabora con causas animales. Pero estas personas sólo confirman que el demonio también va a misa.

Los perros sacrificados enviados por Dame Bilbao al vertedero terminan probablemente en los estómagos de las decenas de perros abandonados que viven en el lugar. Eso no la convierte precisamente en heroína del animalismo. Tampoco debe tener buenas relaciones con la salud pública. ¿No hay dudas sobre la solvencia académica de esta señora? Sus acciones deberían hacernos dudar.

Espero que en un eventual juicio se solicite para ella la inhabilitación perpetua para el ejercicio de su profesión. Y para los otros implicados la suspensión perpetua de sus derechos políticos.

Encuentro lamentable que la alcaldesa de Viña del Mar, Virginia Regginato, no haya declarado nada públicamente sobre este caso ni haya expresado su voluntad de investigar el asunto y castigar a los responsables. Tampoco quiero creer, sin más pruebas, que ella misma es la que autoriza los crímenes del canil. Pero obviamente aquí deben rodar cabezas.

En julio de 2008 visité el canil municipal e incluso hablé con Dame Bilbao (en mQh). Escribí entonces: "Hay perros retirados de las calles que no vuelven. ¿Adónde los llevan? Si no los matan, porque no tienen rabia, como dice la alcaldesa, ¿por qué no vuelven? Me han dicho algunos vecinos que perros que ellos conocían han sido retirados y no han vuelto. ¿Qué está ocurriendo? [...] Algún día lo sabremos. Ojalá que las sospechas de los vecinos sean infundadas".

Lamentablemente, las sospechas no eran infundadas. Verónica Toledo denuncia esta mañana en el foro de teleperra la eliminación injustificada de dos perros en el canil de Viña del Mar. Según declaraciones de empleados municipales de las varias dependencias oficiales que se ubican en 5 Oriente, Dame Bilbao y las empleadas del canil están ejecutando a unos diez perros al día, desde hace un buen tiempo, sin la menor justificación jurídica. Es urgente intervenir ese canil, suspender sus actividades criminales y procesar a los responsables, que son en primerísimo lugar la señora Bilbao, sus subalternas y probablemente sus jefes inmediatos. Lo menos que merecen es la cárcel.

El jueves, al término de la manifestación, Aída Rerequeo no sabía cómo proseguiría el caso. La alcaldesa la había citado el viernes a las nueve. Muchas de las que se retiraban se mostraron abatidas porque la manifestación probablemente no pondría fin a las matanzas de las nazis del canil. Pero había que seguir luchando.

[mérici]

de la necedad entre los jueces


columna de mérici
Hace un tiempo leí en la prensa un caso de extraordinario patetismo, que dejaba muy mal parado a nuestro poder judicial y cuya resolución aún se deja esperar. Según La Tercera y El Mercurio del 5 de septiembre de 2008, el ex carabinero Óscar Ramírez Contreras fue procesado por la violación de dos hermanas menores de edad, una de catorce y una de dieciocho -diecisiete, para La Cuarta- y condenado a tres años y un día, y 541 días por el segundo delito, de libertad vigilada.

La sentencia sorprendió por su liviandad. Pese a la gravedad de los delitos, el Quinto Tribunal Oral en Lo Penal de Santiago justificó la remisión de la pena en lo que se llama la irreprochable conducta anterior del acusado. Esta consideración descriteriada es la que más polémica ha causado: ¿Cómo se puede calificar a alguien como de ‘conducta irreprochable’ cuando ha cometido dos delitos de violación que necesariamente han tenido lugar en el tiempo? Si el ex carabinero hubiese cometido una sola violación, se habría justificado la calificación de conducta irreprochable. ¿Pero en una segunda violación?

Esta sentencia refleja en cierto modo una situación ideológica bastante generalizada en el país y que es que los jueces tienden o a hacer la vista gorda o a dictar sentencias que rayan en lo ridículo cuando los acusados y sentenciados son ex miembros de las fuerzas armadas o de Carabineros. Quizás es una reacción inconsciente, o una bien reflexionada decisión que se justifica en los servicios que prestan los uniformados a la sociedad y que da pie para que algunos en el poder judicial crea que merecen la indulgencia de la ley.

Muchos otros piensan que el castigo para carabineros y militares que violen la ley debiese ser mayor que el castigo para civiles por el mismo delito, en razón de que cometen el delito adicional de traicionar la confianza y responsabilidad que ha depositado la sociedad en ellos. De ninguna manera haber sido carabinero o militar podría servir como atenuante de algún delito. Además de violar su juramento y cometer un delito, el policía actúa siempre en una posición de superioridad, precisamente por su función, obligando a civiles a conductas que en este contexto son accesorios de un delito. O sea, utiliza el irracional temor del ciudadano hacia sus policías para cometer un delito.

También sorprendente es la ausencia de alguna medida cautelar usual en otros casos de este tipo, como la prohibición de acercamiento o el destierro o similares.

¿Hasta qué punto se puede creer en la candidez del tribunal? ¿Cómo han podido resolver de manera tan patentemente absurda y arbitraria? ¿Cómo puede un carabinero tener una conducta irreprochable después de violar a una segunda niña?

Esta excesiva indulgencia que se muestra hacia policías es totalmente injustificada. Los jueces -Danilo Báez, Érika Villegas y Constanza Feliú- consideraron también, aparte del hecho de ser carabinero, el hecho de que Óscar Ramírez Contreras quedó huérfano a los dieciséis años y su padre fue alcohólico y que el policía compareció voluntariamente.

Pero la guinda de la torta no es este alegato afiebrado de la defensa, sino el hecho aberrante de que la afirmación de que el acusado Óscar Ramírez Contreras era carabinero era falsa y que este individuo no fue nunca miembro de las fuerzas de orden. Nadie se dio el trabajo -ni los jueces- de verificar la historia del acusado. Declarándose ex carabinero, el violador se ganó la simpatía de los jueces, que dejaron de lado el examen de antecedentes al que se somete a otros procesados.

Óscar Ramírez Contreras no ha sido carabinero ni un solo minuto de su vida.

Francamente, los papelones de la justicia chilena son memorables. Este caso, como otros, demuestran un espantoso provincialismo en su idea de la justicia como aliada de la ley. Sólo la simpatía de los jueces puede explicar este tipo de deslices. Esto sólo es justicia en algún pueblo remoto del Sur profundo de Estados Unidos, o en los ríos profundos de los Andes, o en las mesetas de Afganistán, donde el favoritismo y el caudillismo son dignos de elogio. Esto es pura y simple necedad.

Sin embargo, antes de emitir cualquier juicio, también es necesario considerar que en la prensa realmente no se nos informa gran cosa sobre este caso, así que, por ejemplo, no sabemos si las hermanas fueron violadas o solamente abusadas, si lo fueron una o varias veces, ni si fueron violadas el mismo día, ni si se trata en realidad de violaciones reales o relaciones consentidas (porque para la ley, en las relaciones sexuales si uno de los partícipes es menor de dieciocho, se describe simplemente como violación, haciendo irrelevante el contenido preciso de la relación). Tampoco sabemos qué tipo de relación de parentesco o social tenían estas personas -si eran vecinos, colegas o parientes.

El fiscal Tufit Bufadel, de Maipú, dijo que presentaría un recurso de nulidad. Todavía no sabemos qué pasó con eso.

Con jueces como los nuestros causa asombro que el sistema todavía se sostenga en pie y no hayan empezado los ciudadanos a hacerse justicia por sí mismos y a ajustar cuentas con jueces y fiscales. Porque entrar a un tribunal es como ir a la kermes. Tanto someten al acusado a las penas más drásticas por delitos menores (más de tres años por robar un pollo -la sentencia es bastante típica de nuestro dickensiano país) como absuelven a los más descarados criminales (recuérdese la asombrosamente infame absolución del llamado Psicópata del Pincel, que golpeó, violó y enterró viva a una amiga de su novia, por falta de pruebas).

Un antiguo debate en antropología giraba sobre la irracionalidad de ciertas prácticas en sociedades nativas africanas. En una sociedad, recuerdo, lo que hacía cada uno de los vecinos de una aldea dependía de un brujo, que leía el futuro del día tirando guijarros. El debate giraba sobre si esta práctica era tan, más o menos racional que, digamos, una distribución racional de los días y el tiempo. Con racional se quería decir que el tiempo debía distribuirse de tal modo que el sujeto pudiese cumplir todos sus compromisos más establecidos (regar, sembrar, cosechar, ir de caza). El resultado era que la opción irracional era tan efectiva como la racional.

Siendo esto así, nuestros jueces podrían al menos hacer el paripé de que dictan justicia, y podrían fijar las sentencias, por ejemplo, abriendo el Código Penal a ciegas y dejando caer el dedo en un párrafo cualquiera que contendrá la sentencia, cualquiera haya sido su delito, como es costumbre en algunas regiones del mundo. Sería más honesto.

O dejar que las sentencias las dicten loros y urracas hispanohablantes.

[La imagen es una ilustración de Tomer Hanuka, que encontré en amateur illustrator].
[mérici]

por qué mataron a leonardo montes


columna de mérici
Lo que le sucedió al soldado raso colombiano Luis Esteban Montes es una escalofriante tragedia que pone al descubierto las espantosas heridas de la sociedad colombiana. Montes pertenecía al Batallón de Fusileros 31 de la Compañía Antílope, en Córdoba. Hacía tiempo que los soldados no causaban bajas enemigas y se acercaba el Día de la Madre. En la compañía, los comandantes otorgaban quince días de permiso por guerrillero muerto o capturado. Para conseguir ese permiso los soldados decidieron matar a un civil cualquiera, vestirlo con el uniforme de la guerrilla y declararlo enemigo caído en combate. Eso se llama ‘legalizar’ a un civil.

Luis Esteban Montes accedió a participar en la operación. Por la noche un día le dijeron que ya tenían en el cuartel a la víctima que reportarían después como baja en un enfrentamiento armado. Por curiosidad se acercó a hablar con él, y descubrió al poco rato que la víctima no era otro que su hermano, al que no veía hacía nueve años.1 Le contó a Leonardo las malignas intenciones de los soldados que lo habían invitado y se acercó al comandante a suplicarle que lo dejara marcharse. El comandante lo amenazó en caso de que llegase a abrir la boca.2 Esa noche, Montes sacó a su hermano del cuartel.

Días después debió acercarse a una ciudad cercana (Puerto Libertador) para tratar su malaria y se enteró que sus compañeros habían hecho un ‘falso positivo’, i.e. habían asesinado a un civil para presentarlo como guerrillero. Aparentemente los soldados lo estaban enterrando en una fosa común en el cementerio de esa ciudad cuando Montes reconoció a su hermano muerto, con varios impactos de bala en el pecho y una herida de cuchillo en la cara.3

Sus propios compañeros asesinaron a su hermano para conseguir un permiso, que finalmente no consiguieron. Montes, sin embargo, ciertamente no es mejor que los asesinos de su hermano. Si hubiese sido otro, no habría dudado en asesinarlo. Es probable que haya participado anteriormente en otras operaciones para secuestrar y asesinar arbitrariamente a civiles.4

El caso de Montes (en fwdailynews; una versión en español en mQh; la historia original del soldado Luis Esteban Montes fue publicada en la revista Semana) ha causado impacto en Colombia. Pero su caso es uno más de entre las 245 ejecuciones extrajudiciales de civiles no implicados en el conflicto denunciadas el año pasado. En lo que va del gobierno del presidente Álvaro Uribe más de mil quinientos civiles han perdido la vida de esa manera; 480 soldados están siendo juzgados por su participación en esos crímenes. Para el 31 de octubre, esas bajas reportadas ascendían a 1584.

En relación con otro escándalo, y por las numerosas denuncias de violaciones a los derechos humanos, en la primera semana de noviembre el presidente Álvaro Uribe destituyó a veintinueve altos oficiales, incluyendo a generales y coroneles, y provocando la renuncia del comandante en jefe del ejército, el general Mario Montoya. Los primeros estaban implicados en asesinatos arbitrarios de civiles para inflar las bajas enemigas y obtener recompensas o privilegios (en The Christian Science Monitor; versión en español en mQh.

En una semana se informó de nueve casos similares. Jóvenes colombianos desaparecieron de un barrio en el sureste de Bogotá y aparecieron muertos, vestidos como guerrilleros y clasificados y exhibidos como bajas enemigas en combate, en un remotísimo pueblo, a cientos de kilómetros de la capital. El motivo no es únicamente inflar las cifras. En algunos casos los comandantes pagan altas recompensas por guerrilleros muertos, lo que fomenta el asesinato de inocentes para cobrarlas.

Es difícil entender crímenes premeditados de esta naturaleza. Estos soldados no estaban matando a una población enemiga u hostil. Estaban asesinando a sus propios compatriotas e incluso a sus propios familiares. Las inclinaciones políticas de sus víctimas les eran indiferentes. Los comandantes toleran y a veces estimulan la comisión de estos asesinatos. Les conviene tener a la población atemorizada y, al mismo tiempo, justificar el estado de guerra, para seguir recibiendo los cuantiosos subsidios del gobierno del presidente Bush. La misión de las tropas colombianas del presidente Uribe es simplemente consolidar el estado de guerra.
   
Según el Christian Science Monitor (véase una versión en español en mQh) del 7 de noviembre, "la oficina del inspector general colombiano está investigando más de 930 ejecuciones extrajudiciales desde 2002, mientras que una federación de organizaciones de derechos humanos conocida como Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos contó al menos 535 ejecuciones entre enero de 2007 y julio de 2008".

En las guerras civiles suelen cometerse crímenes atroces. Pero la sistematicidad de estos asesinatos despierta sospechas. La escala de estas operaciones es alucinante: más de mil quinientas durante el gobierno de Uribe. Las víctimas suelen ser hombres jóvenes desempleados, drogadictos, homosexuales, y, según dice el New York Times (hay una traducción en mQh), vagabundos, vendedores ambulantes y artesanos "[...] que fueron clasificados [...] como subversivos o miembros de pandillas criminales y asesinados por las fuerzas armadas".

En este reportaje de Simón Romero, nos enteramos de que "[...] un estudio de los asesinatos de civiles de Amnistía Internacional y de Fellowship of Reconciliation, ambas organizaciones de derechos humanos, constató que el 47 por ciento de los casos reportados [de ejecuciones extrajudiciales] en 2007 implicaron a unidades colombianas financiadas por Estados Unidos". Casi la mitad de los informes sobre asesinato de civiles inocentes en 2007, implican a unidades de las fuerzas armadas colombianas que reciben los quinientos millones de dólares anuales por concepto de ayuda militar (New York Times; traducción en mQh).

Por eso algunos en Colombia han empezado a denunciar estas campañas como operaciones de limpieza social en las que se tolera el asesinato de personas consideradas inútiles o potencialmente peligrosas o pobres -como las operaciones de limpieza de la policía brasileña hace algunos años, en las que fueron ejecutados decenas de niños de la calle y delincuentes juveniles en secuestros y ataques financiados por negocios y tenderos. Es lo que ha denunciado Mónica Sánchez, de la Corporación Jurídica Libertad, una organización de defensa de los derechos humanos de Medellín.

El presidente Uribe aceptó la renuncia del general Montoya. Pero eso ciertamente no es suficiente para olvidar el asesinato arbitrario e inútil de más de mil quinientas personas completamente inocentes. El general Montoya ha sido acusado ya en 2000 de espantosas violaciones de derechos humanos en Medellín y en el departamento de Putumayo. El presidente debió haberlo licenciado, no ocho años después y sólo obligado por las circunstancias. "Estos últimos homicidios", dice Amnistía Internacional, "no son sino la punta de un gigantesco iceberg. Amnistía Internacional y otros grupos de derechos humanos colombianos e internacionales llevan años denunciando las ejecuciones extrajudiciales en Colombia, donde esta práctica sigue siendo generalizada y sistemática" (Amnistía Internacional). Amnistía demanda que los militares responsables sean sometidos a proceso por la comisión de esos y otros crímenes de lesa humanidad. Y el presidente haría bien en continuar su purga de las fuerzas armadas, que se han convertido en fuerzas asilvestradas que matan por dinero, por diversión y por propósitos políticos aberrantes a personas que consideran socialmente inferiores o físicamente disminuidos -motivos suficientes para marcarlos para la muerte.

¿Se puede creer en el presidente Uribe? Las medidas que tomó eran ciertamente necesarias, pero vienen demasiado tarde -después del asesinato de más de mil quinientas personas que no tenían por qué morir5- y sólo después de prolongadas denuncias de organizaciones de derechos humanos. Y la última decisión del presidente de nombrar al general Óscar González en reemplazo del general Montoya en la jefatura de las fuerzas armadas da poca esperanzas de que quiera introducir algún cambio profundo en la orientación de su guerra contra las guerrillas. El general González dirigió dos de las unidades más fuertemente denunciadas por las ejecuciones extrajudiciales (en The Christian Science Monitor).

A mediados de octubre, Human Rights Watch acusaba al presidente colombiano de obstaculizar a la justicia para impedir o entorpecer los juicios a paramilitares (en El Mercurio de Valparaíso), lo que simplemente confirma lo que sabe todo el mundo, que es que el gobierno colombiano ha colaborado en el pasado, de diversas formas, con las milicias paramilitares, una de ellas iniciada por el presidente mismo, y que trata de encubrir sus crímenes. También Amnistía  Internacional ha denunciado repetidas veces las violaciones a los derechos humanos de que se hace culpable el gobierno colombiano.

Ya en junio de 2007, un artículo en Los Angeles Times informaba que de novecientos casos de asesinatos de civiles ahora en tribunales, los jueces habían dictado condena sólo en cuatro (en Los Angeles Times; hay una traducción en mQh). En Colombia los criminales se sienten en casa.

Es impresionante la malignidad que trasuntan los actos del gobierno. Tómese en cuenta que mil quinientas víctimas inocentes en cinco años, quiere decir trescientos asesinatos al año, poco menos que uno por día. Y esto se viene repitiendo desde que Uribe asumiera el cargo.

Aunque el presidente se esfuerce en expresar su apego a las leyes, a menudo aparece mencionado en relación con esas milicias. Más de sesenta diputados están siendo juzgados por sus nexos con paramilitares, algunos de ellos implicados directamente en crímenes de sangre, y la mayoría de ellos pertenece a la coalición conservadora de Uribe. Ministros de su gabinete, jefes de policía y miembros del círculo íntimo del presidente han sido denunciados por sus lazos con los carteles de la coca y con los paramilitares, algunos de ellos implicados en atroces matanzas de civiles.

No puede ser que el presidente aparezca relacionado tan a menudo, si bien indirectamente, con esos grupos de criminales. Entonces cobra sentido los obstáculos que pone al enjuiciamiento de paramilitares y otros asesinos a sueldo. No es necesario ser paranoico para empezar a creer que hay una relación entre una cosa y la otra. Hay demasiadas y sospechosas coincidencias.

Es sorprendente la constante asociación entre la derecha política y el crimen. Es como si la derecha no fuese otra cosa que una chapa ideológica y literaria grotesca de los delitos más abyectos y absurdos que se puedan cometer. Es asombroso que haya gente que defienda y justifique los crímenes arbitrarios, las matanzas de civiles inocentes y otros delitos igualmente horrendos, cometidos contra ciudadanos. Es difícil entender la lógica de los perpetradores, para quienes la vida humana se ha reducido al valor de un permiso de salida para celebrar nota bene el Día de la Madre, privando justamente a una madre, y arbitrariamente, de su hijo. Esa lógica es la enfermiza irracionalidad del neo-nazi y del criminal de extrema derecha. Difícil entender que en su lógica ellos se atribuyen el derecho de capturar, torturar y ejecutar a civiles según capricho y a discreción de los comandantes locales. Es la lógica de los personajes de Lewis Carroll.

¿Por qué?

Los conservadores dicen a menudo cosas como ‘la guerra es así’, o ‘son cosas que pasan en toda guerra’, aparentemente para justificar ideológicamente la impunidad. ¿Qué querrá decir? ¿Es normal que un soldado viole, robe y asesine a civiles porque sí, independientemente del conflicto civil que se supone que libra? ¿Es el precio que se paga por recurrir al crimen para defender al régimen establecido, algo así como las gárgolas en una catedral? Algo así pasó con Pinochet. Le pagaron por sus crímenes, pero a partir de ese momento sus patrones se convirtieron en rehenes de su propia violencia. A mí estas cosas me parecen completamente inaceptables. ¿Por qué son para un derechista aceptables estas atrocidades? ¿Cuál es la idea? ¿No se puede ser derechista y decente al mismo tiempo? ¿Para ser derechista hay que ser cuco primero?

En el caso colombiano queda claro que, independientemente del origen de las guerrillas y del conflicto del gobierno con ellas, las autoridades tienen un gran interés en mantener la guerra viva, en exacerbarla, para obtener los subsidios norteamericanos. No son sólo soldados codiciosos e inescrupulosos los que cometen esos crímenes para recibir más recompensas o un permiso de salida. La cantidad de víctimas indica que se trata de un fenómeno generalizado y autorizado, permitido o incluso ordenado por las autoridades. Hay que mantener la guerra a todo precio; los norteamericanos deben quedar convencidos de que la guerra continúa; el dinero tiene que seguir fluyendo hacia las fuerzas armadas. Y para demostrar que hay una guerra, hay que producir, exhibir y entregar cadáveres de enemigos.

Se sabe que en los últimos años los ejércitos de campesinos han sufrido numerosas y sensibles bajas en los últimos meses y que sus reclutas se han reducido prácticamente a la mitad. Es sorprendente que este año, pese a la ausencia de acciones de los guerrilleros, el ejército haya inventado cerca de doscientas cincuenta enfrentamientos ficticios para justificar el asesinato de civiles. Este año probablemente, como en los anteriores, la mayoría de las víctimas de la guerra y de las tropas de Uribe serán civiles.

Como Leonardo, la mayoría de las víctimas civiles son hombres jóvenes pobres, desempleados, mendigos, artesanos. Son seducidos con ofertas de trabajo y trasladados a lugares remotos del país, dependiendo de dónde determinen los jefes militares que deben entregarse los partes de esas bajas. Luego una celda y un final inesperado. Son víctimas de la máquina de crímenes del gobierno colombiano.

Notas
1 Cuenta Luis Esteban Montes: "No le alcancé a ver el rostro porque no había luz ni luna. Estaba lloviznando" (‘Mi hermano fue un falso positivo’, Semana http://www.semana.com/noticias-nacion/hermano-falso-positivo/117023.aspx del 25 de octubre de 2008). Se enteró de que se trataba de su hermano cuando le preguntó por su familia.

2 Según revela el soldado, cada unidad militar colombiana tiene a su servicio a algunos asesinos a sueldo que se encargan de esas tareas. "Tampoco era difícil encontrar quién lo hiciera porque cada compañía tiene sus dos o tres sicarios, que son siempre los que hacen esas vueltas y se ganan su millón de pesos" (fuente anterior).

3 Estando en Puerto Libertador se entera que en el cementerio local están enterrando a una baja reciente de su compañía. Sospechando lo peor, se dirige hacia allá. "Cuando llegamos al lugar, el muerto ya estaba en el piso envuelto en un plástico blanco. Yo me tiré sobre él, rompí la bolsa y me di cuenta de que era mi hermano, Leonardo. El hueco ya estaba listo y dos soldados lo agarraron de los pies y de las manos y lo tiraron así, sin ataúd ni nada" (fuente anterior).

4 "Entonces se empezó a hablar de ‘legalizar’ a alguien. Es decir, de matar a una persona para hacerla pasar por guerrillero y así ganarse el permiso para salir. No me sorprendió del todo, pues las ’legalizaciones’ son un asunto cotidiano" (fuente anterior).

5 El jefe paramilitar en prisión, Ever Velosa García "[...] de manera pública, les pidió el perdón a los pueblos indígenas [por la masacre de Alto Naya en 2002, cuando asesinó de doce indígenas inocentes] y reconoció que este como el de la casi totalidad de los crímenes que ordenó y ejecutó "afectaron a personas que nada tenía que ver con el conflicto y que nunca debieron de morir" (Semana del 25 de octubre de 2008).

21 de noviembre de 2008
cc mérici

interrogatorio y confesiones falsas


columna de mérici
Hace poco, Jim Trainum, detective del Departamento de Policía Metropolitana de Washington, escribía: "He sido agente de policía durante veinticinco años, y nunca entendí por qué admitiría alguien haber cometido un crimen que no cometió. Hasta que obtuve una confesión falsa en un caso de asesinato" (en Los Angeles Times; uso la versión en español del blog mQh). Algunos de los datos que menciona el detective son impresionantes. Como por ejemplo, que "de las doscientas veinte condenas erróneas en Estados Unidos que han sido revocadas sobre la base de pruebas de ADN, casi el veinticinco por ciento se basaba en una confesión falsa o en declaraciones incriminatorias falsas". Según su experiencia, a veces una persona inocente confiesa un delito por amenazas o coerciones, pero muchas veces sólo porque quiere complacer a las autoridades o para proteger a alguien. "Algunos, en realidad", escribe, "llegan a creer que son culpables, o confiesan para pagar por algo malo que han hecho en su vida pero que no guarda relación con el caso. Algunas personas inocentes creen que recibirán una sentencia más severa -incluso la pena de muerte- si no confiesan".

El detective Trainum es partidario de filmar o grabar en video los interrogatorios porque se han reducido "[...] las sentencias erróneas basadas en confesiones falsas". Cuando se graba un interrogatorio, "[...] abogados, jueces y jurados pueden ver exactamente cómo se llega a una confesión". ¿Pero, cómo poner fin a la práctica de declararse culpable como forma de expiación de otros pecados cometidos? ¿Cómo erradicar la creencia de que el castigo divino existe? La mente humana es tremendamente intricada.

Lo más común, sin embargo, es que los interrogadores, policías o militares, extraigan confesiones falsas recurriendo a la aplicación de torturas. El interrogatorio con torturas está permanentemente en primera plana. En Chile sólo en la última semana ha habido cinco denuncias de golpizas y torturas sufridas a manos de carabineros y detectives. Pese a los derechos reconocidos de los detenidos, la policía sigue golpeando y maltratando a los detenidos que, con o sin prontuario, terminan en alguno de sus calabozos. Los maltratos no tienen siempre un objetivo socialmente aceptable sino simplemente castigar o humillar a los detenidos de los que se sospecha son culpables de algún delito. Me dijeron una vez dos amigos ex carabineros que ellos habitualmente golpeaban a los detenidos en las patrulleras en camino a la comisaría, y lo hacían porque sabiendo que estarían en libertad apenas horas después el mismo día, querían al menos que supiesen que cada vez que cayeran en sus manos se iban a llevar una buena tunda. Y parece que un cierto código previene que los abusados recurran a instancias superiores.

Fuera de Chile, el interrogatorio con aplicación de torturas se ha asociado con la privación de las garantías de las Convenciones de Ginebra a los detenidos en operaciones antiterroristas de Estados Unidos y sus aliados. Después del escándalo de las torturas en la prisión de Abu Ghraib, en Iraq, y luego de las torturas en Bahía Guantánamo, muchos expertos cuestionan la utilidad de la tortura como medio de extraer información de un prisionero. Parece probado que la mayor parte de las veces el interrogado entregará informaciones falsas o patentemente contradictorias o inconsistentes o que admitirá haber cometido crímenes que nunca cometió o pudo cometer. Eso, en el caso de que el detenido esté siendo interrogado y no meramente castigado y el interrogatorio sea una suerte de macabra farsa circense en la que las preguntas son arbitrarias y absurdas y las respuestas, obviamente, siempre erróneas.

La propuesta del detective Trainum puede también ser adaptada para otros fines. Evidentemente, un interrogatorio grabado en video impediría o reduciría los maltratos y torturas, pero sin ofrecer garantías absolutas, ya que el detenido podría ser golpeado e intimidado antes de iniciar el interrogatorio grabado. En realidad, como ya ocurre en varios países europeos, no sólo los interrogatorios deben ser pertinentemente grabados en video sino además en toda comisaría o recinto policial debe haber en todas las dependencias, incluyendo los pasillos, permanentemente cámaras de vigilancia filmándolo todo. Se garantizan así en concreto los derechos de los detenidos y se facilitan y uniformizan los procedimientos policiales.

El artículo 195 del Código Procesal Penal prohíbe "[...] todo método de investigación o de interrogación que menoscabe o coarte la libertad del imputado para declarar. En consecuencia, no podrá ser sometido a ninguna clase de coacción, amenaza o promesa [...]. Se prohíbe, en consecuencia, todo método que afecte la memoria o la capacidad de comprensión y de dirección de los actos del imputado, en especial cualquier forma de maltrato, amenaza, violencia corporal o psíquica, tortura, engaño, o la administración de psicofármacos y la hipnosis". Pero no dice nada sobre cómo dejar constancia de lo dicho durante un interrogatorio. La filmación de la entrevista pondría probablemente fin a buena parte de los abusos y las especulaciones.

"Puede ser imposible entender", escribe Trainum, "completamente por qué personas inocentes confiesan crímenes que no han cometido. Lo que es innegable es que algunas lo hacen, y que tenemos que implementar reformas para prevenir que se sigan dictando condenas erróneas y asegurarnos de que sean los culpables los que paguen por esos crímenes".

Este espeluznante caso -el inocente que confiesa un crimen que no cometió- lo estamos reviviendo ahora con las arrevesadas derivaciones del caso de María del Pilar Pérez López, la Quintrala de calle Seminario, en Providencia. Como se sabe, su ex marido, Francisco Zamorano Marfull, fue ejecutado de un tiro en la nuca junto con su pareja, Héctor Arévalo, en abril de 2008. La policía acusó a Claudio Soza Zamorano, primo del ex marido de la Quintrala y vecino y dueño de la casa que alquilaba la pareja homosexual. Según las informaciones de prensa, Claudio Soza "confesó el homicidio, atribuyéndolo a deudas y homofobia, pero luego se retractó" (en La Tercera).

Sin embargo, ya se intuía que el señor Soza, que tiene 75 años, no podía ser el autor de esos horrendos crímenes. La Tercera  de hoy (16 de noviembre) trae una entrevista con Claudio Soza en la que dice que es inocente, que no conoce a María del Pilar Pérez López, que no tenía problemas de deudas con las víctimas ni es ni ha sido homofóbico. E insiste en que Francisco Zamorano vivió doce años en su casa. En muchos diarios se especula que la pareja homosexual fue asesinada por encargo de la Quintrala Pérez, por odio hacia su ex por haberla abandonado por un hombre.

La policía tiene que explicar ahora por qué han inducido a Claudio Soza a firmar una declaración falsa en lugar de hurgar más minuciosamente en el entorno familiar de las víctimas. Si se descubre y demuestra que la Quintrala ordenó ese doble asesinato, la policía tendrá todavía más que explicar, y un motivo adicional para reformar sus procedimientos.

Esta discusión no la tendríamos si su interrogatorio hubiese sido grabado. En las cintas abogados y policías podrían haber comprobado de algún modo cómo llegó el acusado a confesar y por qué no se atendió a sus razones. La policía, además, mintió o simplemente imaginó sin tener base alguna que Soza tenía problemas de dinero con sus inquilinos, lo que el imputado niega y que, de cualquier modo, habría sido posible solucionar analizando el estado de sus cuentas bancarias. Si tuviésemos las cintas del interrogatorio, estas y otras interrogaciones y sospechas podrían ser aclaradas y podríamos determinar qué pertenece más a la imaginación policial que a lo que permitiría una interpretación sana del relato de los hechos por los acusados.

Sea que al final del día abogados y jueces puedan determinar la veracidad de los dichos de los interrogados, sea que con ello se anule la posibilidad de que se pueda torturar a los detenidos para que confiesen o admitan falsamente delitos que no han cometido, los interrogatorios deberían ser filmados en video. Más allá, quizás instalando cámaras de video en dependencias policiales podría reducir la absurda y malsana tendencia a atribuir más importancia a entregar un culpable a la opinión pública que a buscar la verdad. El interrogatorio grabado en video puede ser una importante arma en la lucha por la defensa de los derechos humanos de los detenidos.

[Ilustración de Max Hierro]

[mérici]

veintiocho gramos


columna de mérici
El 4 de noviembre Massachusetts votó la despenalización de la posesión de pequeñas cantidades de marihuana. Las personas detenidas con más de 28 gramos (una onza) serán consideradas traficantes. Las personas detenidas con menos de 28 gramos no serán procesadas, aunque sí deberán pagar una multa de cien dólares y entregar la marihuana a la policía. Pero no se les abrirá un expediente criminal, como hasta el 4 de diciembre próximo, ni se les quitará su licencia de conducir.

En Massachusetts y otros estados en Estados Unidos, una persona acusada de posesión de marihuana es procesada, y lo seguirá siendo hasta el 4 de diciembre, y sale de tribunales o de la cárcel con un expediente criminal, lo que ciertamente obstaculiza que encuentre trabajo, que pueda recibir un préstamo, acceder a una hipoteca o incluso ser incluida en lista de espera para transplantes de órganos. Se recurre a las cosas más inverosímiles para molestar y acosar a los consumidores de marihuana en lo que es una verdadera e injustificada cacería de brujas.

Sigue siendo muy injusto que se despoje al detenido de su marihuana y que, además, tenga que pagar una multa tan elevada, si se considera que cien dólares (cincuenta mil pesos) hoy en día es el precio de unos cuarenta gramos de marihuana, que es la cantidad que las autoridades asumen que es mayor a la que portaría un usuario normal (¿hasta cinco gramos?). Pero aunque el alcohol y el tabaco sean considerados drogas mucho más peligrosas que la marihuana, a nadie se persigue ni encarcela por posesión de vodka, pongamos por caso, ni a nadie llama la atención que se exhiba esa droga en los supermercados, junto a los quesos o a las pastas y que los pervertidos la consuman libremente, en todo lugar y a cualquiera hora del día. Sería un consuelo, acaso, que la posesión de marihuana fuera tratada como la posesión de bebidas alcohólicas o la posesión de tabaco. O sea.

Leyendo el artículo que les sugiero, me entero también casualmente de que existe en Massachusetts un comité por una Política Inteligente sobre la Marihuana (Committee for Sensible Marijuana Policy) -nótese la palabra ‘inteligente’-, que impulsó esta votación. En estos momentos se difunden unos espantosos y contraproducentes reclames en la televisión pública chilena, donde se tiene a los usuarios de marihuana por poco inteligentes. Es que, la verdad, hay que ser poco inteligente para decir eso, ¿no? Realmente, eso de prohibir las drogas que no te gustan y hacerte el sueco con las que te gustan, es una actitud que seguramente tuvo su origen en un estado de ebriedad.

La noticia la leí en Pocono Record  (de la Associated Press). Hay una traducción al español en mQh.

el dealer como héroe


columna de mérici
El dealer es la persona que vende drogas a nivel callejero o, en todo caso, a pequeña escala. Un dealer no es un delincuente. Los hay que tanto venden marihuana como cosas robadas o que, incluso, pueden llegar a implicarse en actos verdaderamente delictivos, como asaltar un negocio y peores. Esos son los dealers con navaja y diente de oro. Esos son los dealers que salen usualmente en los diarios, después de allanamientos y persecuciones.

La mayoría de los dealers que he conocido no son o no eran delincuentes. En todo caso, no más que otros ciudadanos. En algunos casos, rellenan el formulario de impuestos con más honestidad que el ciudadano común, porque no quieren llamar la atención. Sólo se dedican a la venta de drogas y, ciertamente, no cometen ni atracos ni otras violencias. Serían buenos ciudadanos, si hubiese buen señor. Suelen ser generosos y solidarios con la gente de las barriadas donde crecieron. Son empresarios por excelencia.

Hay dealers grandes y pequeños, los que manejan más de un kilo de cocaína y los que venden papelillos de un gramo, los que venden marihuana en paquetes de cincuenta gramos y los que venden pitos. Tenía yo una amiga que se ganaba la vida así. Tenía un círculo cerrado de unos veinte a treinta clientes, que pasaban a su casa a recoger la mercadería. No vendía jamás en la calle ni fuera de su casa. Llevaba, cuando dejé de verla, más de quince años en el oficio y no había caído nunca. Hay dealers con elegantes tarjetas de visita, que atienden las veinticuatro horas y tienen encargados.

También los hay honestos y caraduras. He leído de casos en que el dealer mezclaba o cortaba la cocaína con veneno para ratones. Otros que venden harina -la periodista Pamela Farías murió asesinada la noche en que rechazó la harina que sus visitantes, a cambio de su auto, pretendían pasarle como cocaína.

En Chile, el dealer es un personaje completamente cotidiano. Tan presente como un elemento del inmobiliario o como la nana. Las autoridades se empeñan en erradicarlos, lo que es muy difícil que logren mientras la ciudadanía no considere que el consumo de drogas, y por ende su venta y producción, sean delitos. La mayoría de los chilenos está a favor de la despenalización de algunas drogas o todo caso de suavizar el rigor que aplican los jueces a actividades que la ciudadanía incluso aprecia.

Después de la misteriosa redefinición de la marihuana como droga dura en marzo o abril de este año, los dealers corren más riesgos y, por tanto, los precios han subido considerablemente. Ahora que viene el verano, se espera que vuelvan a subir -porque con los turistas aumenta también explosivamente la demanda. También la policía ha intensificado sus controles e innovado en sus técnicas, allanando, por ejemplo, sorpresivamente, terminales de buses y vecindarios. Y los jueces dictan penas más severas. El precio de la marihuana se ha disparado.

Gracias a la persecución del gobierno, ahora el dealer es lo que más se acerca a nuestra idea de héroe. Vive al margen de la ley, sin cometer sin embargo ningún delito. Reta a las fuerzas policiales y se burla, eludiéndolas, constantemente de ellas. Corre terribles riesgos para satisfacer a sus clientes, que saben lo que pagan. Ninguno de estos querrá exponerse al riesgo de pasar varios años en la cárcel por una acción que en muchos países del mundo ni siquiera es delito. Ni enrabiarnos siempre por la patente injusticia de todo, porque un borracho meando o defecando en la calle, en completo estado de ebriedad, parece a las autoridades algo normal o incluso tolerable y ciertamente no va a ser condenado nunca por consumir drogas. Porque lo que pretenden en realidad es prohibir las drogas que prefieren las autoridades mismas o que consideran nocivas para sus negocios, y están haciendo lo que hacen para proteger sus intereses en las industrias vitivinícola o tabaquera.

¿Por qué la agencia estatal de prevención de drogas lanza una campaña sobre la marihuana, salpicada de embustes y datos torcidos, pero calla sobre la droga que causa verdaderamente terribles daños a todo el mundo: el alcohol? Esta droga, que causa el noventa por ciento de las muertes en carretera, es promovida por el gobierno y la clase política. Incluso para muchos es un motivo de orgullo por su contribución a las exportaciones del país. Exportamos vino. Sin embargo, no se supone que seamos un país de bandidos y pistoleros. En los años treinta Chile debió ser para las autoridades estadounidenses parte intrínseca del Eje del Mal de la época, porque el país se dedicaba, como hoy, a la producción de drogas.

En Estados Unidos, en los años treinta aparentemente nadie pensaba que beber alcohol fuera algo malo. Durante unos años, los traficantes de whisky fueron héroes populares, venerados y admirados. Llegaron incluso a la política, como Al Capone en Estados Unidos y, años después, como Pablo Escobar en Colombia. Otros se han convertido incluso en santos de devoción popular.

El dealer es una persona ni más ni menos respetable que otros ciudadanos. Simplemente es una persona dedicada a sus negocios, que los ciudadanos, pese a la ley, creemos legítimos. Lo que hace es ilegal porque así lo quieren las autoridades, pero no porque sea algo ilícito en sí.

En otros países el vendedor de drogas es simplemente un empresario. No es un personaje clandestino, sino sólo privado. Nadie lo persigue por sus actividades ilegales. Sus hijos van a la misma escuela que los nuestros. Somos parroquianos de los mismos bares y restaurantes. Sólo a las autoridades se les ha ocurrido que son delincuentes, no al resto del mundo, de tal modo que su represión parece tremendamente injusta e innecesaria.

Es francamente indignante que la mayor parte de los esfuerzos policiales se dirijan contra consumidores en barrios pobres. La prensa informa diariamente sobre la detención de menores sorprendidos fumando marihuana y dealers. Pero usualmente las operaciones se realizan masivamente en barrios pobres. La policía no visita los barrios ricos, donde el tráfico y consumo de drogas es todavía mayor que en los barrios pobres. Los allanamientos masivos que practica la policía, intolerables de todo punto de vista, que consisten en acordonar algunas cuadras a altas horas de la madrugada para allanar las viviendas y realizar durante varias horas controles de identidad y detenciones, no han ocurrido nunca en un barrio rico.

Estas cosas las sabemos todos. Las autoridades no podrán convencernos de que sus operaciones represivas tengan algo que ver con las drogas. Acá hay otros elementos que enturbian la pretendida objetividad de las autoridades. Si fuesen serios en cuanto a las drogas, piensan muchos, empezarían prohibiendo el alcohol.

A ojos de muchos ciudadanos, es simplemente el dominio de una clase política ilegítima, que se arroga el derecho de determinar qué consume o deja de consumir cada ciudadano sin que nadie se lo haya pedido y que en realidad actúan, las autoridades, como milicianos de la causa de las culturas ancladas en el vino y los destilados. Su guerra contra la marihuana es encarnizada y violenta porque ven su expansión como una amenaza a su modo de vida alcoholizada. Yo creo que es bastante beoda la pretensión de algunos de querer hacernos vivir como se les ocurre a ellos, según sus normas pequeñas, pacatas, pueblerinas y, sí, beodas.

Pues bien, las autoridades se dedican a perseguir y encarcelar a estas personas que venden substancias que consume gran parte de la población, incluyendo probablemente a las mismas autoridades que, en horas de trabajo, persiguen a los vendedores de drogas. Muchos policías quitan la droga a los detenidos y se la quedan ellos, para venderla en otro lugar.

Quiero decir, las autoridades no pasarán un buen rato tratarnos de explicar en qué mundo se puede fomentar el consumo de una droga peligrosísima y prohibir al mismo tiempo el consumo de una hierba medicinal. Porque pese a lo que digan nuestras desprestigiadas autoridades, la mayoría no considera que la posesión o producción de marihuana deba ser un delito. Cuando el país dé un paso adelante en su camino hacia la civilización, se verá la inmensa insensatez de estas campañas y las leyes antidrogas, la pérdida de tiempo y hasta la mera perfidia de prohibir una hierba de efectos no sólo inocentes sino muy positivos.

Entonces los dealers, desafiando tormentas y nevadas y otras calamidades e inclemencias, aparecerán ante nuestros ojos como héroes de un modo de vida donde el ciudadano y su libertad son los elementos centrales. Es la época del dealer como héroe, y de los que pagan un precio inmerecido por la libertad.

Ciertamente hay dealers delincuentes, que entre venta y venta, asaltan y atracan. Pero supongo que la proporción es igual en todo grupo como quiera que se defina, o sea que hay tantos dealers delincuentes como panaderos delincuentes y abogados delincuentes. Y los niveles de espeluznante violencia a que han llegado otros en otros países, son ciertamente inadmisibles e intolerables de todo punto de vista. Pero esto no nos debe hacer olvidar que la solución a muchas de estas secuelas es simplemente la despenalización de las drogas.

[mérici]

unos muertos más muertos que otros


columna de mérici
El Día de Todos los Santos pasado informaba El Mercurio de Antofagasta, escandalizado, sobre una "quema de ataúdes" en el Cementerio General de la ciudad. Según parece, empleados del cementerio retiraron algunos ataúdes, algunos de ellos "abruptamente", para ser luego lanzados a una fosa común y quemados (El Mercurio de Antofagasta). Con "abruptamente" quiso decir el periodista probablemente que el desalojo de los nichos e incineración en la fosa común del cementerio se llevó a cabo sin avisar previamente a las familias -como exige el reglamento sanitario- y probablemente se incluyeron nichos todavía vigentes.* El propio gobernador provincial, Jorge Arangua Coustasse, enfatizó la irregularidad del procedimiento y anunció una investigación. "Es una barbaridad", dijo, recordando que "[...] en otros cementerios es usual que sean avisados los familiares y se cumple con lo que establecen las normas vigentes para estos casos". El concejal electro Hugo Benítez lo calificó de "atentado a la salud pública". El concejal quiere terminar "con las quemas sin resguardo alguno y con evidentes riesgos tóxicos para las personas que viven en zonas aledañas al camposanto".

El 17 de octubre de 2008 el mismo diario informaba sobre una inminente exhumación en ese cementerio. "En el Cementerio General de Antofagasta está en marcha un proceso destinado a realizar 260 exhumaciones por deudas impagas", decía El Mercurio de Antofagasta. Antes de proceder al escandaloso procedimiento denunciado semanas después y que provocó la indignación de la ciudadanía antofagastina, la directora del camposanto, Claudia Páez, llegó incluso a decir que "para ello se cuenta con la resolución expresa del Servicio de Salud que autoriza tales exhumaciones".

Para informar a los familiares la directora ordenó pegar los listados de los nichos y sepulturas a exhumar cerca de los pasillos principales y sitios próximos a los estanques de agua.

Los motivos mencionados para estos desalojos son la necesidad de generar nuevos espacios, el hecho de que los familiares o deudos de los cadáveres a exhumar no han pagado el derecho correspondiente y que muchas de esas tumbas se encuentran abandonadas.**

Hace unos meses me tocó vivir una situación parecida a la que sufrieron los familiares de algunos muertos en Antofagasta. No sabía que el nicho de mi padre, que murió en 1985, no era perpetuo. Tampoco sabía que había caducado. Así que cuando este año fui al cementerio de avenida de La Paz a visitar a mi padre, no sabía si todavía se encontraría allí. Pensaba que era probable que lo hubiesen desalojado y que sus restos yacieran en una fosa común. Pese al contrato caducado, mi madre nunca recibió ninguna comunicación sobre el estado de cuentas con el cementerio.

Pues bien, ahí estaba, como siempre. Y ahí estará hasta el fin del mundo.

Los que estamos vivos miramos con horror la fosa común. Es el destino que se reserva a los más pobres, a los indigentes y, según el artículo 27 del Reglamento General de Cementerios, a los "restos humanos no reclamados", entre ellos las personas fallecidas en establecimientos asistenciales cuyos restos no son reclamados dentro del plazo establecido, los restos provenientes de necropsias, los restos de nacidos muertos en hospitales o maternidades, los cadáveres de personas fallecidas durante epidemias o víctimas de terremotos o calamidades públicas que no sean identificados -según señala el artículo 74 del reglamento general. El artículo 26 especifica que los cementerios deben destinar el diez por ciento de su espacio a fosas comunes y sepulturas gratuitas.

La fosa común provoca horror no sólo por su asociación con la pobreza, sino también con las modalidades de muerte con que está asociada. Ahí terminan no solamente los muertos en epidemias, terremotos y catástrofes, o los bebés que no llegaron a ser bautizados, sino además los que mueren violentamente -los fusilados y asesinados durante insurrecciones y dictaduras. Es evidente que la fosa común está asociada con las muertes violentas -aunque no todas las víctimas de muertes violentas terminan en la fosa común. Y está asociada, según se desprende del universal uso de la fosa común que hacen dictadores, tiranos y dementes por doquier, con el anonimato, con la ausencia de identidad, con la muerte más desnuda que se pueda imaginar -excepto las fosas clandestinas, de esas que sus excavadores esperan que nunca se descubran.

Es la muerte anónima. Porque pese a que el artículo 36 del reglamento general establece que "toda sepultura, mausoleo o nicho deberá tener una inscripción con el nombre de la o las personas o familias a cuyo nombre se encuentren registrados en el cementerio", es evidente que para la fosa común no se exige la identificación pública de quienes yacen ahí. Con el tiempo, desaparecen no solamente los muertos de la memoria de sus familias y finalmente de la de los vivos, sino también la fosa común misma, con todos sus muertos, cuyos restos, en caso de traslado, nunca se sabe dónde terminaron.

Los muertos que yacen en la fosa común están destinados al anonimato y a la nada. Por no poseer sus familias los recursos suficientes para asegurar una sepultura perpetua, y por carecer las autoridades de la piedad que debiesen exhibir, estos muertos están mucho más muertos que los otros: se les ha despojado de identidad, no tienen nombre ni apellido, ni fecha de nacimiento y muerte, y, al final, es como si no hubiesen vivido.

No encuentro yo nada que justifique esta separación entre muertos ricos y pobres. Como en la sociedad de los vivos, los muertos son organizados y separados en los cementerios entre ricos -que yacen en enormes y bellas edificaciones- y pobres, entre personajes ilustres y ciudadanos de a pie, y entre muertos con identidad y muertos anónimos, o mejor, convertidos en anónimos. Si la condición material en que se encuentran los muertos es irrelevante en relación con su condición ontológica, no se ve por qué deberíamos tolerar la existencia de muertos hechos anónimos por morosidad y la de muertos cuya muerte proclamarán sus lápidas hasta el fin de la historia.

Según veo yo las cosas, todos los muertos debiesen yacer en una tumba o urna o nicho o panteón, debidamente identificados y con sus fechas de nacimiento y defunción. O ninguno, si, como hacen algunos pueblos del planeta, en lugar de enfatizar la identidad ante la muerte, simplemente la obliterásemos, y nos hiciésemos sepultar envueltos en un sudario, pertinentemente en fosas comunes y sin indicación alguna de los nombres que se nos dieron al llegar a la vida.

Pero destinar a unos al olvido y a la nada eternos solamente por no pagar los derechos correspondientes es realmente impresentable. Las autoridades y los autores de leyes y reglamentos no tienen realmente derecho a disponer sobre el más allá de los ciudadanos. Por alguna razón cultural recóndita, en nuestra visión de la muerte y del más allá, es en una sepultura identificada donde debemos esperar el fin de todo. Erradicar del cementerio o privar de sepultura individual o familiar a los muertos es una forma de erradicarles de la historia, de negarles toda significación, en este mundo y en el otro. Y es todavía peor si el motivo es tan innoble como la falta de dinero.

La sospecha de que la fosa común es el destino de los que, según el estado, no significan nada y que son poco menos que equiparables con los animales, la confirma el artículo 147 del Código Sanitario. Según este, los fallecidos "en establecimientos hospitalarios públicos o privados, que se encuentren en establecimientos del Servicio Médico Legal, que no fueren reclamados dentro del plazo que señale el reglamento, podrán ser destinados a estudios e investigación científica, y sus órganos y tejidos, destinados a la elaboración de productos terapéuticos y a la realización de injertos". Estos muertos son los mismos mencionados en el artículo 74 del Reglamento General de Cementerios, que define qué muertos deben ir a fosa común: "[...] las personas fallecidas en establecimientos asistenciales, cuyos restos no hayan sido reclamados por sus familiares dentro de los plazos establecidos"; y también los nonatos, las víctimas no identificadas de epidemias y catástrofes, y los cadáveres desalojados de tumbas impagas o abandonadas.

Así que el estado castiga doblemente a los pobres: les priva de identidad por no tener sus familiares dinero para pagar la sepultura y utiliza sus restos con fines médicos y de lucro. Muchos cadáveres no reclamados, embriones y fetos son utilizados en todo el mundo occidental, y más allá, en la producción de derivados de la sangre, tejidos, transplante de órganos e incluso en productos de cosmética. En su blog Navegaciones, Pedro Miguel comentaba, en septiembre de 2005, un impactante reportaje de The Guardian sobre una compañía china que utilizaba la piel de los prisioneros ejecutados en la elaboración de "productos de belleza que se venden en Europa". Aparentemente, muchas empresas chinas compran restos humanos y animales en mercados internacionales para la elaboración de productos terapéuticos y cosméticos, que son luego vendidos en Occidente. En los años setenta se conoció también un espeluznante caso en África, uno de cuyos dictadores saqueaba los cementerios para vender los huesos a compañías británicas que los utilizaban en la producción de gelatinas de consumo humano.

Con los muertos pobres, el estado chileno practica un discreto festín caníbal, autorizando la utilización y venta de cadáveres de pobres, indigentes y nonatos, cuyos restos irreconocibles terminarán en los mejunjes que acostumbran muchas guapas de las clases altas.

Pues la fosa común es el coto de caza de la clase caníbal.

* En la portada de la edición online de El Mercurio de Antofagasta del 3 de noviembre de 2008, en un video se informa sobre la demanda interpuesta por Florentino Andrade Araya contra el cementerio por la exhumación ilegal de su madre.

** En su edición online del 3 de noviembre, El Mercurio de Antofagasta publica un video sobre el retiro de ataúdes en el cementerio de la ciudad.

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