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PATRULLANDO CIUDAD SADR EN UNA FURGONETA - steve fainaru


Cuatro muertes recientes ilustran vulnerabilidad de fuerzas iraquíes.
Bagdad, Iraq. El convoy se detuvo formando una sola fila: una media docena de vehículos militares blindados estadounidenses y una furgoneta gris Nissan, todos ellos matando el tiempo en un sucio sitio en Ciudad Sadr, la barriada controlada por los insurgentes.
En la furgoneta viajaban cinco miembros de la Guardia Nacional Iraquí, que descansaban un rato después de haber estado patrullando con las tropas norteamericanas. Los hombres bebieron agua bajo el ardiente sol de mediodía. Llevaban chalecos antibalas, pero sin cascos, y estaban todos en la furgoneta no blindada.
Sin aviso previo, una bola de fuego naranja envolvió el área, seguida por un ensordecedora explosión y luego una nube de humo gris que ocultó al sol. Cuando se disipó, el Nissan y los iraquíes que estaban dentro yacían acribillados con rodamientos del tamaño de canicas que habían salido impulsadas desde una bomba colocada al lado de la acera de la calle.
"¡Están muertos! ¡Están todos muertos!", gritó un soldado americano, corriendo hacia el vehículo.
"¡Asegúrate!", gritó otro. "Mira si se mueven".
"Están muertos", dijo el primero, retrocediendo. "Los mataron a todos".
Tres norteamericanos -todos artilleros cuyo trabajo exige que estén parcialmente expuestos en la escotilla de atrás de los todoterrenos blindados- fueron heridos, aunque ninguno de gravedad. Decenas de soldados norteamericanos resultaron ilesos, gracias sobre todo a sus vehículos blindados.
La explosión, presenciada por un periodista del Washington Post que viajaba en un todoterreno blindado directamente detrás del Nissan esa tarde del lunes, demostró la desigual vulnerabilidad de las fuerzas norteamericanas, que están equipadas con armas y blindaje sofisticados, y sus aliados iraquíes, que participan en las mismas batallas con equipos terriblemente inferiores.
Entre los iraquíes son frecuentes las quejas de que ellos no tienen las herramientas para hacer su trabajo. Alrededor de una docena de soldados y reclutas han muerto en la última semana en emboscadas y atentados con bomba. Con las elecciones programadas aquí para enero, el gobierno de Bush ha puesto sus esperanzas en que los iraquíes asuman una responsabilidad cada vez mayor en lo que se refiere a la seguridad.
Cuando pregunté si una furgoneta Nissan ofrecía suficiente protección en Ciudad Sadr, donde en el último mes han estallado más de 100 bombas a lo largo de las calles, el capitán Haider Yehya, comandante de los guardias nacionales iraquíes, respondió: "No son las que debe usar un ejército".
Los iraquíes que murieron eran Amar Ali, 22; Walid Younes, 28; Sabah Mujed, 25; y Thamer Ali Majed, 20, de acuerdo a Yehya. A pesar del temor inicial de los soldados estadounidenses de que todos los ocupantes de la furgoneta hubieran muerto, había un sobreviviente: el conductor del Nissan, Ahmed Khaleb, 25, que fue herido gravemente por la metralla en su cara y piernas. Khaleb se arrastró fuera de la furgoneta, empapado en sangre, y se desplomó en el suelo. Fue evacuado al Hospital de Combate norteamericano en Bagdad. No hubo más informaciones sobre su estado.
El día comenzó hacia las 11:30 horas cuando el segundo batallón de la Compañía Bravo, el segundo batallón del Regimiento de Caballería Nº8 y la primera división de Caballería se pusieron en marcha por la Avenida del Canal de Bagdad para patrullar en Ciudad Sadr, que sigue en gran parte en manos de los insurgentes leales a Moqtada al-Sadr, el clérigo chií rebelde.
Los iraquíes eran miembros del batallón 305 de la Guardia Nacional, que tiene dos compañías asignadas a la Primera División de Caballería. La compañía cuyos hombres fueron alcanzados por la explosión, la Compañía C, es apodada ‘Los leones de la libertad'.
Los vehículos se reunieron en un terraplén en la calle cerca de los límites sur de Ciudad Sadr. El convoy entró entonces a la barriada, haciéndose camino entre enormes montículos de supurante basura y a través de estrechos callejones que los soldados observaban cautelosamente como escondites potenciales para emboscadas. Retratos de Sadr cubrían los lados de los edificios.
En este tenso ambiente, los niños caminaban por la calle, observando a la patrulla. Algunos saludaron a los soldados, sonriendo; cuando el convoy se detuvo un momento, los niños rodearon a los guardias iraquíes y hablaron con ellos. Entonces, cuando el convoy se puso nuevamente en marcha, los ánimos cambiaron. Algunos niños arrojaron piedras a los vehículos.
Hacia las 2:45 el convoy regresó a un enorme terreno vacío cerca de los límites sur de Ciudad Sadr, donde fue alcanzado por otros vehículos de otras unidades que patrullaban el área. Dos tanques M1-A2 Abrams apuntaban hacia el vecindario.
El teniente Tye Graham, 23, de Pecos, Tejas, dijo que los comandantes habían decidido usar el terreno como un punto de reunión para montar un ataque contra los insurgentes que habían puesto una bomba en Ciudad Sadr, en cuya explosión dos soldados norteamericanos habían resultado heridos alrededor de dos horas antes.
Detrás del Nissan, el sargento Anthony Stewart, 31, de Sumter, Carolina del Sur, estaba sentado en su todoterreno mirando a los guardias iraquíes. Dos de ellos estaban sentados en los asientos de atrás de la furgoneta; uno de ellos estaba tomando agua con polvos hidratantes que los soldados norteamericanos le habían dado. Pero la estaba escupiendo al suelo.
"Mira a esos tipos, no saben cómo tomársela", dijo Stewart. Dijo más tarde que había pensado en bajar del todoterreno para explicarle que tenía que tragarse el agua con los polvos para que fuera efectiva.
Antes de que pudiera hacerlo, el aire se llenó con una bola de fuego de color naranja que parecía que había estallado a unos tres metros a la derecha del Nissan.
El humo de la explosión se disipó en unos 30 segundos, dejando al descubierto la carnicería.
"¡Tenemos a unos guardias heridos!", gritó Stewart en la radio. "¡Hay guardias heridos!"
La furgoneta no había ofrecido protección. El hombre que había estado bebiendo el agua estaba repatingado contra la parte de atrás del vehículo, con los ojos abiertos, y su cuerpo ensangrentado estaba inerte. El hombre junto a él también parecía haber muerto instantáneamente; su cuerpo yacía contra el lado izquierdo de la furgoneta, su mano derecha sobre sus rodillas. Sangre y partes de su cerebro y cráneo se escurrían contra la ventanilla de atrás.
Dentro del vehículo había dos muertos más; un hombre en el asiento de pasajero tenía dos rodamientos incrustados en su frente.
Khaleb, el conductor, logró abrir su puerta y dio unos pasos hacia el médico de la compañía, Justin ‘Doc' Martin, que iba en su todoterreno frente al Nissan. Pero Khaled se desplomó en el suelo y se arrastró hasta que el doctor se acercó a él.
Martin arrancó las ensangrentadas ropas del hombre y comenzó a tratarle su hemorragia arterial.
Otro soldado gritó que el artillero del todoterreno de Martin también estaba herido. El hombre, que estaba inconsciente, había sido alcanzado en la escotilla de los artilleros.
"Tuvimos que despertarlo", dijo Martin más tarde. "No sabía dónde estaba. No sabía quién era yo".
Martin se volvió hacia otro artillero que viajaba dos todoterrenos detrás del Nissan. Cortó la camisa del soldado, y observó su hombro derecho perforado.
"Mi hombro, doctor", dijo. "No siento mi hombro".
Los oficiales norteamericanos pidieron que los nombres de los tres soldados heridos por la bomba no fueran dados a conocer, debido a que sus familias aún no eran notificadas.
Entretanto, dos soldados americanos pusieron a Khaled en una camilla y lo subieron a un todoterreno.
Los comandantes norteamericanos se marcharon rápidamente del lugar, temiendo otro ataque. La furgoneta fue abandonada. Los todoterrenos salieron a toda velocidad por la parte sudeste del terreno, dejando atrás una nube de polvo. Los dos que habían dirigido y seguido al Nissan volvieron hacia la Avenida del Canal en el mismo orden, ahora sin la furgoneta.
Dentro de media milla del terreno, la llanta derecha perforada por la metralla del vehículo que iba en primer lugar, comenzó a desintegrarse. Un humo negro y el olor del caucho quemado lo envolvían, llenando el aire. Fuera de Ciudad Sadr, en un área más segura de Bagdad, los dos vehículos se detuvieron a un lado del camino. Pasó una hora antes de que los soldados pudieran levantar con un gato el pesado vehículo y remplazar la enorme llanta.
La carrocería del lado derecho de los dos vehículos estaba agujereada con hoyos del tamaño de canicas. Las ventanillas a la derecha también estaban perforadas, pero la metralla no penetró el vehículo.
El soldado de primera clase Dion Butler, 20, iba en el asiento de atrás en el todoterreno frente al Nissan. Dijo que había abierto ligeramente la puerta antes de la explosión para controlarla, porque había estado atascándose.
Un trozo de metralla entró por la estrecha apertura. Pasó a milímetros de la cabeza del sargento Jason Pries, 28, de Rochester, Nueva York, que estaba sentado en el asiento de pasajeros de delante. El rodamiento se estrelló contra el parabrisas, perforando el cristal y originando un red de ranuras a partir del punto de impacto.
"Casi me matas", bromeó Pries aliviando cuando Butler contó que había dejado la puerta abierta.
El sargento Nick Varney, de Lancaster, California, conducía el todoterreno detrás del Nissan. Llamó a Ciudad Sadr "un planeta IED", usando la abreviatura del término militar para ‘aparato explosivo improvisado' [improvised explossive device], y dijo que el ataque en el terreno había sido probable porque los tanques norteamericanos a menudo estacionan ahí. "Era sólo una cuestión de tiempo antes de que la milicia Mahdi tratara de emboscarnos", dijo.
Los vehículos llegaron de vuelta a Camp Cuervo a las 5:30, una base de operaciones a unos 10 kilómetros al sudeste de Ciudad Sadr.
"Nunca necesité tanto un cigarrillo en mi vida", dijo uno de los soldados.
"Nunca en mi vida necesité tanto soltar adrenalina", dijo otro.
El teniente coronel Florentino ‘López' Carter, el comandante del destacamento especial, dijo que mientras los iraquíes no recibieran mejores equipos él no los enviaría a Ciudad Sadr.
Antes del traspaso de autoridad política el 28 de junio a un gobierno iraquí interino, los iraquíes acompañaban a los soldados norteamericanos en sus patrullas, ocupando a menudo los asientos vacíos de los todoterrenos. Pero ahora lo hacen en sus propios vehículos -no solamente furgonetas usadas sino camiones y mini-furgonetas proporcionadas por el ministerio de Defensa del gobierno interino. Usan viejos rifles AK-47 y ametralladoras ligeras RPK.
"Todavía usan esos viejos cascos parecidos a los de la Segunda Guerra Mundial", dijo Carter. "Para decirte la verdad, estarían mejor sin ellos, porque no proporcionan la protección balística de nuestros equipos".
Carter dijo que la falta de equipos adecuados es "el mayor obstáculo" para el objetivo de integrar a los iraquíes en operaciones dirigidas por norteamericanos.
Cuando Carter hablaba, su jefe de operaciones, el mayor Hugh McGloin, entró a su oficina. Antes ese día, McGloin había sido herido en otro atentado con una bomba al lado del camino. La metralla le dio en la parte de atrás de su casco. Cuando se inclinó, dijo, sus gafas resistentes a explosiones se cayeron, y comenzaron a llenarse de sangre.
A McGloin le vendaron la cabeza. Carter le pasó un celular para que llamara a su familia, luego examinó el casco del soldado herido.
"Esto te salvó la vida, hermano", dijo Carter.

28 de septiembre de 2004
30 de septiembre de 2004
©washingtonpost
©traducción mQh

ESTUDIO EN IRAK DICE QUE ATAQUES DE LOS REBELDES SON GENERALIZADOS - james glanz y thom shanker


Los ataques de la resistencia iraquí se extienden a todas las provincias del país y ponen en cuestión la probabilidad de que se convoquen elecciones con un grado de seguridad y legitimidad suficientes. Impedirlas es uno de los objetivos de los insurgentes.
Bagdad, Iraq. En los últimos treinta días ha habido más de 2.300 ataques de los insurgentes contra objetivos civiles y militares en Iraq, en una estrategia que se viene repitiendo prácticamente en todo centro de población importante, excepto el norte kurdo, de acuerdo a informaciones reunidas por una compañía privada de seguridad que tiene acceso a informes de la inteligencia militar y por su propia red de informantes iraquíes.
El dramático alcance geográfico de los ataques, desde las provincias de Nineveh y Salahudin en el noroeste hasta Babilonia y Diyala en el centro y Basra en el sur, sugiere una resistencia más extendida que la de núcleos aislados descritos por funcionarios del gobierno iraquí.
El tipo de ataques abarca una amplia gama de acciones: atentados con coche-bomba, bombas de tiempo, ataques con lanzagranadas, con armas de fuego de bajo calibre, ataques de mortero y minas antipersonales.
"Si analizas los datos sobre los ataques y pones los incidentes en el mapa, verás que no se trata de unas pocas provincias", dijo Adam Collins, un experto en seguridad y jefe de inteligencia en Iraq de la sección de Operaciones Especiales de la Consulting Security Management Group Inc., una compañía privada de seguridad con sede en Las Vegas, que recaba y analiza esos datos como parte normal de sus operaciones en Iraq.
El número de ataques ha sufrido altos y bajos en los últimos meses. Collins dijo que el número más alto de ataques se produjo en abril, en momentos en que había importantes combates en Faluya, con un promedio de 120 ataques al día. Ahora el promedio es de 80 al día, dijo.
Pero es una indicación tanto de la confusión de la guerra y del hecho de que diferentes analistas interpretan las mismas cifras y llegan a conclusiones opuestas, que otros crean que este país es perfectamente seguro y que se puede convocar a elecciones con una clara legitimidad.
"Tengo todas las razones para creer que el pueblo iraquí será capaz de convocar a elecciones", dijo el teniente coronel William Nichols, de la Fuerza Aérea y portavoz de las fuerzas de la coalición encabezada por Estados Unidos aquí.
En realidad, ninguna compilación de estadísticas sobre la cantidad de ataques puede medir lo que es quizás la ecuación política más importante a la que hacen frente el primer ministro Ayad Allawi y los militares norteamericanos: cuánto de Iraq está bajo firme control del gobierno interino. Eso determinará la probabilidad -y calidad- de las elecciones en enero.
Por ejemplo, el número de ataques no es una medida segura del control en Faluya; aquí recientemente los ataques han disminuido, pero la ciudad es controlada por los insurgentes y es una zona ‘prohibida' para las fuerzas de seguridad iraquíes y militares norteamericanos. Es un lugar donde no se podrán sostener elecciones sin una dramática intervención política y militar.
Las estadísticas muestran que ha habido algo menos de 1.000 ataques en Bagdad este último mes: de hecho, un portavoz militar norteamericano dijo esta semana que desde abril los insurgentes han lanzado cerca de 3.000 rondas de mortero solamente en Bagdad. Pero estas cifras no hacen necesariamente imposible que se convoque a elecciones en la capital iraquí.
Funcionarios del Pentágono y oficiales militares citan una lista separada de estadísticas para contrarrestar la cuenta de los ataques, e incluyen el número de escuelas y de clínicas abiertas. Citan estadísticas que indican que un número creciente de fuerzas de seguridad iraquíes están siendo adiestradas y completamente equipadas, y observan que los solicitantes continúan haciendo cola en los centros de reclutamiento, a pesar de los atentados contra ellos.
Pero lo más importante, dicen oficiales militares, es que a pesar del aumento de los sangrientos ataques en los últimos 30 días, los insurgentes todavía no han ganado una sola batalla.
"No tenemos ninguna pérdida táctica; no hemos perdido ninguna batalla", dijo un oficial norteamericano. "Los insurgentes no han tenido ninguna victoria táctica. Pero no se trata de eso.
"Atravesamos por un momento muy crítico", agregó el oficial. "El único modo de que perdamos esta batalla es que el pueblo norteamericano decida que dejemos de luchar".
Funcionarios del gobierno norteamericano explican que las evaluaciones optimistas sobre Iraq del presidente Bush y del primer ministro Allawi pueden interpretarse como la declaración de un objetivo estratégico: que se llamará a elecciones a pesar de los ataques. Las declaraciones tienen por intención contrarrestar la estrategia de los insurgentes de colocar bombas a lo largo de los caminos y de lanzar ataques de morteros y de mostrar horripilantes decapitaciones, tácticas que tienen como fin declarar a Iraq y al resto del mundo que el país vive momentos caóticos y que esa situación impedirá elecciones democráticas en el país.
En una aparición conjunta la semana pasada en el Jardín Rosado de la Casa Blanca, Bush y Allawi ofrecieron una imagen optimista sobre la seguridad en Iraq.
Allawi dijo que de las 18 provincias iraquíes, "14 o 15 son completamente seguras". Agregó que en las otras provincias hay "núcleos de terroristas" que lanzan ataques y conspiran para realizar ataques en otras partes del país. En otras apariciones, Allawi ha afirmado que las elecciones se sostendrán en 15 de las 18 provincias.
Tanto Bush como Allawi han insistido en que Iraq sostendrá las elecciones libres programadas para enero.
"La cuestión no si hay ataques", dijo un personero del Pentágono. "Por supuesto que los hay. Pero ¿cuáles son las medidas adecuadas de los progresos?"
Las estadísticas reunidas por firmas de seguridad privadas, que incluyen los ataques contra civiles y guardias de seguridad privados, tienden a ser más abarcadoras que las cifras de los militares, que listan solamente los ataques contra las tropas extranjeras. El período cubierto por la sección de Operaciones Especiales de la compañía consultora de Las Vegas, representa un mes típico, con un promedio de 79 ataques al día en los valles entre los períodos tranquilos y los puntos más álgidos desde el inicio de la insurgencia en abril o la batalla de la milicia de Moktada al-Sadr en agosto por el control de Nayaf.
En los últimos 30 días esos ataques han totalizado 283 en Nineveh, 325 en Salahudin en el noroeste y 332 en los pedregales desérticos de la provincia de Ambar en el oeste. En el centro de Iraq, los ataques llegaron a 123 en la provincia de Diyala, 76 en Babilonia y 13 en Wasit. No ha habido ni una sola provincia donde no se haya producido un ataque en ese período de 30 días.
Sin embargo, algunos iraquíes comparten el optimismo del primer ministro cuando se trata de la probabilidad de las elecciones y un censo estrechamente relacionado afirma que las elecciones se pueden convocar con éxito a pesar de la violencia. "Estamos listos para empezar", dijo Hamid Abd Muhsen, un funcionario iraquí del ministerio de Educación que supervisa el censo en Bagdad. "Lo juro por Dios".

28 de septiembre de 2004
30 de septiembre de 2004
©newyorktimes
©traducción mQh

FRUSTRACIONES Y ESPERANZAS DE POLICÍA IRAKÍ - edward wong


La campaña de los insurgentes contra las fuerzas policiales y reclutas en Iraq ha diezmado sus filas. Pero la situación general de desempleo y abandono hace poco probable que las colas de espera de reclutas ante los centros de reclutamiento disminuyan en un futuro previsible. Se calcula que un 50 por ciento de la población no tiene recursos para sobrevivir.
Bagdad, Irak. El sedán Peugeot verde oliva estaba aparcado debajo del sol de mediodía en un sucio lote de la comisaría de policía. Era pequeño, estaba salpicado por el óxido y parecía tan peligroso como un aguacate podrido.
Pero había estado ahí sin que nadie se preocupara durante cinco horas, lo que eran cuatro horas demasiado largas para los agentes de policía.
“¿Nadie viene a reclamarlo?”, preguntó el capitán Fouad Hadi acercándose hacia los centinelas en la puerta principal. Los hombres negaron con la cabeza. El capitán gritó algunas órdenes. Varios agentes empujaron el coche hacia el otro lado del estacionamiento antes de levantar el capó y examinar el motor. “Todo depende de Dios”, dice Hadi, con un ruidoso walkie-talkie en la mano. “Todavía tenemos ganas de luchar. Los atentados nos motivan a luchar contra los matones y delincuentes”. Su colega el sargento Mushtak Hussein lo completa: “Lucharemos hasta la última gota de nuestra sangre”. En estos días los agentes de policía iraquíes gastan tanto tiempo en protegerse de criminales y terroristas como en tratar de mantenerlos fuera de las calles.
Ellos, y los jóvenes que hacen cola frente a los centros de reclutamiento, son los blancos más vulnerables de la campaña cada vez más descarada que han iniciado los insurgentes para mutilar al gobierno interino iraquí.
La avalancha de atentados kamikaze con coches-bomba ha sido implacable, y los pabellones de los hospitales están atestados de desconcertados hombres tendidos o de pie en uniformes azules empapados de sangre. Al menos 750 agentes de policía han perdido la vida entre la caída de Bagdad en abril de 2003 y junio de este año según el ministerio del Interior; cientos más han muerto desde entonces.
Y esa cuenta no incluye a los cientos de reclutas que han muerto en los atentados.
Solo la semana pasada la carnicería incluyó a 47 personas, la mayoría de ellas reclutas, matados por atentados con coches-bomba kamikaze frente a las comisarías de policía de Bagdad; una docena de policías recientemente alistados fueron matados cuando fueron atacados desde un coche en Baquba; tres agentes murieron cuando estalló un coche-bomba en un puesto de control en Bagdad central, y 19 personas murieron en otro atentado con coche-bomba frente a un centro de reclutamiento de la Guardia Nacional Iraquí en Kirkuk. Los agentes de policía y reclutas entrevistados en esos lugares y en la capital insisten en general en que la violencia no ha socavado su determinación a trabajar en el cuerpo, pero también expresaron su frustración sobre asuntos como la falta de armas de más calibre y el amplio y tácito apoyo con que cuentan los insurgentes entre los iraquíes. “Podríamos tener equipos más modernos”, dice Hussein. “Estoy hablando de vehículos y armas como ametralladoras pesadas y rifles de precisión”. La mayoría de los agentes tienen AK-47 y pistolas Glock; los insurgentes usan las mismas, pero también lanzagranadas y otras armas pesadas.
Hussein y Hadi fueron entrevistados en la puerta principal del cuartel de la Unidad del Crimen Organizado en el oeste de Bagdad.
Como testimonio de los peligros de su trabajo, entre el estacionamiento y la puerta de entrada de la comisaría se extiende todo un laberinto de barreras rellenas de arena y obstáculos de velocidad con puntas de metal.
En los últimos meses los insurgentes han montado varios ataques contra el edificio, usando morteros y coches aparcados con un amplio arsenal de explosivos –en el invierno pasado uno de esos vehículos fue cargado con torpedos. Colgados entre varias de las barreras de arena hay carteles de defunción negros, dando a conocer el martirio de los agentes que han muerto recientemente. “Siempre tenemos en mente que lo peor puede ocurrir en cualquier momento”, dijo en una rueda de prensa el general Abdul Razzaq al-Samarrai, jefe de la policía de Bagdad, este domingo.
“Ahora mismo creemos que los atentados continuarán hasta enero”, cuando el país programa convocar a elecciones generales, dijo. Las autoridades de la ocupación que han estado adiestrando a la policía han dicho que esperan tener para entonces unos 90.000 agentes en la fuerza. El general dijo que los agentes han vuelto a analizar los procedimientos después de la última ola de violencia, y que la policía está tratando de colocar más puestos de control para disuadir a los terroristas kamizake. La policía también ha reducido el número de centros de reclutamiento, dijo. Antes del atentado contra el cuartel general de Bagdad la semana pasada varias comisarías de policía dijeron a los hombres que buscaban empleo en la fuerza que debían solicitar en el cuartel general. “La policía nos dijo que viniéramos aquí. Ese era mi segundo día en la cola de espera”, dijo Abdul Amir Bashi, 30, poco después del atentado. Llevaba su solicitud en la mano y estaba parado entre trozos de metal y restos de cuerpos humanos.
“No hay trabajo. Tienes que trabajar o recogiendo basura o como agente de policía”, dice Bashi. Pero dijo que la casual indiferencia que ha mostrado la policía hacia la seguridad de los solicitantes –apiñándolos en la expuesta esquina de la calle antes que dejarles esperar en el interior del recinto de reclutamiento- ha enfriado su deseo de unirse al cuerpo. “Ahora no me uniré a la policía, porque es vista como colaboradora de las fuerzas de la coalición”, dice Bashi. Pero con una tasa de desempleo a nivel nacional de un 50 por ciento, y dado el relativamente generoso salario promedio de 300.000 dinares, el equivalente de 207 dólares, que puede ganar un agente de policía en un mes, la opinión de Bashi seguirá siendo probablemente una excepción. “Yo voy a seguir”, dice Ayad Hussein, 24, un recluta que fue herido por la metralla y llevado al Hospital Karama. “Entregué mi solicitud y estaba esperando que me dieran una entrevista. No hay otros trabajos, no hay otras oportunidades”. Si un policía es muerto en servicio, la familia recibe compensación única de 690 dólares y continúa recibiendo indefinidamente el salario del agente, dice el coronel Adnan Abdul-Rahman, portavoz del ministerio del Interior.
El ministerio también anunció recientemente que subiría los salarios al equivalente de 69 dólares al mes como una suerte de prima por riesgos, agregó.
Pero algunos agentes se quejan de que todavía no han visto este aumento. Muchos agentes dicen que las fuerzas de la ocupación han hecho una chapuza de la situación de la seguridad pública y que ahora son los iraquíes la que deben arreglarla.
En el lugar de una reciente explosión de una bomba en la berma de una carretera en Bagdad que mató a tres guardias de seguridad iraquíes, los agentes de policía llegaron a la escena de los hechos una hora antes de que los soldados de la Primera División de Caballería se dejaran ver en sus todo-terrenos.
Una monja de la cercana Casa de la Compasión observaba a los guardias que trataban de mantener alejada de los ensangrentados restos a una multitud de curiosos. “A nadie de mi familia le gusta este trabajo, y todos quieren que lo abandonemos”, dice el sargento Ahmed Abdul Ilaa, 25, con un chaleco antibalas sobre su cuerpo delgado. “Pero si yo lo hiciera y la siguiente persona también lo hiciera, ¿qué sería de nuestro país?” Junto a él, el sargento Husham Abdul Zahara miraba el cráter poco profundo que dejó la explosión de la bomba.
“Si dependemos de los norteamericanos no tendremos nunca ni seguridad ni estabilidad”, dijo.
25 de septiembre de 2004
©heraldtribune
©traducción mQh

EL FIASCO DE LA RECONSTRUCCIÓN Y EL PILLAJE DE IRAK


Queda cada vez más evidente que Estados Unidos ha iniciado un descarado pillaje de los recursos iraquíes, destinando muchos de los fondos de ese país a compañías norteamericanas cuya presencia allá es injustificada y priva a los iraquíes de su dinero y de empleo.
Las cosas han ido tan obviamente mal con la conducción estadounidense de la reconstrucción de Iraq que incluso el gobierno de Bush está ahora dispuesto a escuchar algunos consejos bien informados. Antes de la invasión, la Casa Blanca y el Pentágono ignoraron despectivamente los memoranda sobre la planificación para después de la invasión redactados por funcionarios del departamento de Estado expertos en Iraq, en el mundo árabe y en los problemas más amplios que supone la construcción de una nación. Ahora algunos de los mismos expertos del departamento de Estado están siendo llamados de vuelta discretamente para tratar de reparar el daño. Su re-emergencia es bienvenida, pero llegan tarde a la partida. Recuperar la buena voluntad y la confianza de los iraquíes de a pie supondrá, en el mejor de los casos, nadar río arriba.
Casi un año después de que el Congreso aprobara la contribución estadounidense de más de 18 billones de dólares para reconstruir Iraq, se ha gastado muy poco de este dinero. En realidad, se ha construido muy poco en el país, y la mayor parte de las cosas que sí se han hecho han sido financiadas con los propios recursos de Iraq. Esto es más que un caso vergonzoso de manejo inapropiado de la ayuda y de una contabilidad sospechosa. Ayuda a explicar por qué tantos iraquíes resienten la ocupación estadounidense, incluso aunque haya implicado el derrocamiento de un dictador odiado y terminara con 13 años de agotadoras sanciones económicas. Incluso la gente que inicialmente dio la bienvenida a la invasión están pasado por dificultades a la hora de entender o aceptar por qué 16 meses después de que las tropas norteamericanas tomaran Bagdad, la electricidad y el agua potable están sólo ocasionalmente disponibles y casi la mitad de la fuerza laboral iraquí está sin empleo.
De los 18.4 billones de dólares que aprobó el Congreso en otoño pasado, sólo unos 600 millones de dólares han sido efectivamente gastados. Billones más han sido asignados a proyectos gigantescos que están aún en sus fases de planificación. Parte de la culpa reside en la deficiente planificación del Pentágono y la reluctancia de las autoridades de la ocupación a consultar a profesionales iraquíes. Al contrario, el gobierno llevó consigo a contratistas de defensa norteamericanos que no tienen ni idea de qué es lo que se necesita con más urgencia ni cómo moverse en un clima altamente poco familiar y peligroso.
Los funcionarios de la ocupación se sienten con el derecho a usar recursos iraquíes, que son mucho menos supervisados y controlados que los fondos asignados por el Congreso. El año pasado, por ejemplo, la subsidiaria de Halliburton, la firma Kellog, Brown & Root recibió un contrato fuera de licitación que será pagado con ingresos iraquíes. En ese momento, el Congreso pudo oponerse a seguir haciendo negocios con una compañía que debe responder indagaciones sobre los precios excesivos que carga por la importación de gasolina en Iraq y sobre un contrato fuera de concurso otorgado por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército justo antes de la invasión. La semana pasada, el Washington Post informó que casi 2 billones de dólares en recursos iraquíes fueron otorgados a compañías norteamericanas.
Los expertos del departamento de Estado sugieren ahora que un giro hacia proyectos de menor escala darían resultados visibles mucho más rápidamente. También están hablando sobre una mayor implicancia iraquí en la planificación y ejecución de los proyectos de reconstrucción financiados por Estados Unidos. La implicación iraquí ampliaría la conciencia pública sobre estos proyectos, proporcionaría nuevos puestos de trabajo para los iraquíes y reduciría drásticamente los costes. La fuerza laboral iraquí en la construcción cuesta menos de una décima parte de lo que se le paga ahora a los contratistas extranjeros. Consultas más seguidas con los ministerios bagdadíes y ayuntamientos locales también daría alguna credibilidad a los alegatos de Washington de que ahora son los iraquíes los que manejan su país. A pesar de todas las cosas por las que ha tenido que pasar Iraq, el país sigue siendo una de las sociedades más avanzadas del mundo árabe, con un número considerable de expertos profesionales que podrían ser mejor utilizados.
Todo esto debió haber hecho hace un año atrás. Y todavía debe ser hecho. La necesidad de reconstruir Iraq se ha hecho más urgente y la mayor parte de esos enormes fondos siguen sin ser utilizados.

8 de septiembre de 2004
23 de septiembre de 2004
©newyorktimes
©traducción mQh

DE MOMENTO LOS COMERCIANTES SE LO APUESTAN CASI TODO AL NUEVO IRAQ - sabrina tavernise


Los comerciantes son considerados por los ocupantes norteamericanos como un pilar de la economía y de la nueva democracia iraquí. Pero los negocios marchan lentamente y los empresarios deben hacer frente a nuevos peligros. La amenaza del secuestro y los necesarios sobornos de los funcionarios son algunos de ellos.
Bagdad, Iraq. Su casa fue impactada por fuego de mortero durante la invasión norteamericana. Un coche cargado con explosivos estalló frente a su restaurante durante Noche Vieja. Más de diez de sus amigos han debido pagar miles de dólares a secuestradores.
Pero Nabil Hanna, de 41 años, que posee también una tienda de ropa, no tiene ninguna intención de abandonar Iraq, aunque podría. (Este mes viajará a Italia a comprar una nueva colección para la nueva temporada).
La transición hacia el nuevo Iraq ha sido arriesgada para los iraquíes pobres, atrapados entre el caos y los rebeldes. Pero los miembros de la clase de comerciantes de Iraq deben hacer frente a riesgos de otro tipo. Son blanco de secuestradores. Los ladrones recorren sus rutas de transporte. Sus vidas se han limitado a rápidos desplazamientos entre sus oficinas y sus casas. Muchos se preguntan si los peligros no serán demasiado grandes como para quedarse.
Sin embargo algunos empresarios como Hanna están decididos a quedarse. El caos domina sus nuevas vidas, y muchos están aprendiendo a adaptarse.
"A veces pienso en dejar mi país", dijo el miércoles pasado en su tienda de Bagdad. Pero agregó: "Soy iraquí. Aquí soy respetado. Mi sueño está aquí, no en otro país. Así que esperaré a ver qué pasa".
Los comerciantes iraquíes decayeron fuertemente bajo el régimen de Saddam Hussein a medida que el estado tomó control del comercio y las guerras consumían la mayor parte de los recursos del país. Hacia los años noventa el estado se había transformado en el empleador más grande, con más de 200 compañías en propiedad del estado.
El renacimiento de la clase empresarial es crucial para la campaña estadounidense de ayudar a Iraq a transformarse en un país estable y próspero. Ayudarán a liberalizar una economía dominada por el estado, dicen los norteamericanos. La definición de derechos legales dará a los propietarios confianza para invertir y crear un pilar de la democracia.
Pero de momento sus vidas se han torcido y adquirido extrañas formas. Abdul Wahed Hashim, un importador de Bagdad, dijo que cambiaba de coche varias veces a la semana y dormía en casas diferentes para eludir a los secuestradores.
"No es vida", dijo Hashim, de 40 años, que accedió a encontrarme en un café porque no quería que vieran a una periodista extranjera en su oficina. "Los presos permanecen al menos en un solo lugar, con un guardia afuera. Pero nosotros tenemos que trasladarnos siempre, y sólo Dios nos custodia".
Como defensa ante los secuestros los propietarios de negocios han comenzado a trasladar a sus familias a países cercanos más seguros. Hashim llevó hace tres meses a su esposa y cuatro hijos a Siria después de que su sobrino de 10 años fuera secuestrado. Fue liberado después del pago de un rescate.
Un resultado es el reverso de lo que ocurría durante el régimen de Hussein, cuando los iraquíes trataban de salir del país para obtener las divisas que necesitaban para mantener a sus familias en casa, dijo Ihsan al-Septi, que posee una joyería en el centro de Bagdad y cuya familia se mudará pronto a Siria. "Somos extranjeros en nuestro propio país", dijo Septi el martes en su atiborrada tienda. "La muerte es como nuestra sombra; vive con nosotros".
Ese movimiento puede ser visto en las cifras proporcionadas por el ministerio de Emigración de Iraq el mes pasado. El gobierno estima que 40.000 cristianos han abandonado Iraq desde que comenzara la ocupación norteamericana el año pasado. Los cristianos constituyen una pequeña fracción de la población de 25 millones de Iraq, pero la cifra tiene alguna significación porque una gran mayoría de los cristianos son propietarios.
La preocupación por la seguridad atraviesa todas sus vidas, personal y profesionalmente. El restaurante de Hanna sigue cerrado, su fachada destruida es un lúgubre recordatorio del atentado que mató a cuatro personas durante Noche Vieja. Otros restaurantes, hace algunos días en el distrito de Harthiya en Bagdad estaban, a las ocho de la tarde, prácticamente cerrados. Antes de la guerra habrían estado llenos, dijo Muhammad Farook, manager del Coconut, una hamburguesería de 200 plazas con apenas unos comensales.
Parte del problema son los frecuentes apagones, dice Omar Mufeed, dueño de un restaurante de comida rápida que compró un segundo generador. Aunque su restaurante está tan iluminado como un árbol de Navidad, las calles de acceso a su restaurante son obscuras cuando se va la luz.
"La electricidad es vida en Bagdad", dice Mufeed. Dijo que había comprado un rifle de asalto Kalashnikov para protegerse, pero que la única vez que lo usó fue para celebrar disparando el triunfo del equipo de fútbol de Iraq contra Australia durante los Juegos Olímpicos.
Sin embargo, algunos negocios -principalmente de bienes de consumo- están prosperando. Un gran número de empleados del sector público ganan hasta cien veces más que los pocos dólares que recibían mensualmente durante Hussein.
Los equipos de aire acondicionado se venden rápidamente. Coches y joyas también se venden bien. Septi dijo que ha había vendido dos veces más que antes de la guerra.
"Hace tres meses la gente comenzó a comprar", dijo, mientras dos mujeres regateaban con un vendedor por un pendiente con cadenilla de oro de 948 dólares. La compra, dijo Septi, 41, le hizo recordar los gastos que se hacían en los años setenta, que fue una época pacífica y próspera en Iraq.
Otro aspecto de la economía de Iraq que está animando a los comerciantes es el valor de la tierra y de la propiedad. Se desató una racha de compras cuando los exiliados iraquíes volvieron y estimularon un mini boom después de la caída de Hussein. El precio del metro cuadrado de espacio comercial se cuadruplicó a mil dólares, dijo Assan al-Shamari, un corredor de propiedades de Bagdad. Desde entonces ha vuelto a caer a 800 dólares.
Hanna ha cerrado temporalmente su fábrica de ropa y vendido una de sus tiendas de ropa femenina, pero no está, enfatizó, vendiendo su terreno.
Los más grandes beneficios provienen de contratos con el gobierno. Los que más beneficios obtienen son en su mayor parte las compañías más grandes y mejor conectadas, aunque las pequeñas también lo hacen, con las inusuales oportunidades y peligros de la época.
Tomemos el caso de Hashim, que poseía una pequeña empresa importadora de jabón antes de la guerra. Un momento de suerte con el ministerio de Comercio después de la caída del gobierno de Hussein le proporcionó un paquete de contratos, algunos de más de un millón de dólares, para importar alimentos, bombas de agua y otros artículos. Calcula que sus beneficios son cinco veces mayores de lo que ganaba con el negocio del jabón.
Pero el negocio utiliza convoyes de camiones de Jordania y Siria, debiendo transitar por las carreteras más peligrosas de Iraq. Hashim, un hombre compacto con profundas arrugas en su cara bronceada, hace uso de su apasionado anti-americanismo, conexiones familiares en Faluya (el baluarte de la rebelión sunní en Iraq), y la fuerza de su voluntad para pasar con sus camiones. La seguridad a lo largo de la ruta la proporcionan tres grupos y debe negociar con los nuevos proveedores cada vez para reducir las posibilidades de una emboscada.
Los convoyes han sido atacados dos veces. Una vez por ladrones (una transacción simple en la que Hashim tuvo que pagar 20 mil dólares para recuperar sus ocho camiones) y una vez por los islamitas (una negociación más compleja, para la que tuvo que recurrir a un jeque local).
Ali Abdul Karim, el propietario de una compañía de camiones, dijo que los atacantes pusieron en la frontera a un hombre que pretende ser un vendedor de refrescos. Él observa el tráfico y utiliza un teléfono celular para informar.
La mayoría de los dueños de negocios entrevistados para este reportaje sintieron alivio de que Hussein fuera derrocado. Pero también recordaron afectuosamente los días en que el apetito de sobornos entre los funcionarios estatales fue mantenido a raya por el temible sistema de control de Hussein. Abdul Karim dijo que para recuperar un cargamento de cien mil toneladas de azúcar tuvo que pagar a un funcionario del ministerio dos dólares por tonelada.
"Antes, tenían miedo", dijo. "Ahora te lo piden oficialmente".
Hanna pasa las tardes en su tienda. Los negocios marchan lentamente. Le gusta hablar de política bebiendo un café arábico. Los funcionarios del gobierno iraquí hacen parte de un gigantesco juego de ajedrez, compitiendo por los lugares más cercanos al poder. Él, por otro lado, tiene planeado abrir un centro comercial. Tiene el terreno. El centro comercial es sólo una idea.
"No invertiré nada hasta que no vea qué va a pasar", dijo. "Quiero ver a la gente volviendo a Iraq, quiero ver a extranjeros y negocios nuevos".
"No me quiero ir", agregó. "Créeme".

Zaineb Hussain y Zainab Obeid, empleados del despacho del New York Times en Bagdad contribuyeron a este artículo.
12 de septiembre de 2004
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LA CIA OCULTÓ A MÁS PRISIONEROS DE LO QUE SE HA INFORMADO - eric schmitt y douglas jehl


La Agencia Central de Inteligencia mantuvo a decenas de detenidos en la prisión de Abu Ghraib y otros centros de detención en Iraq fuera de las listas oficiales para ocultarles de las inspecciones de la Cruz Roja, mucho más de lo que ha informado previamente según dijeron hoy dos veteranos generales del ejército.
Washington, Estados Unidos. Una investigación de tres generales dio a conocer el mes pasado ocho documentos encontrados de casos de los llamados ‘detenidos fantasmas', aunque dos de los oficiales dijeron en una declaración ante el Congreso y en entrevistas posteriores que declaraciones del personal militar de la prisión sugieren que esa cifra es mucho más alta.
"La cifra se sitúa en las decenas, y quizás hasta cien casos", dijo al Comité sobre las Fuerzas Armadas del Senado el general Paul J. Kern, el alto oficial que supervisó la investigación del papel del personal de la inteligencia militar en el escándalo por los maltratos de los prisioneros. Agregó que la cifra precisa no se conocerá nunca porque de la mayoría de los detenidos de la CIA no se guardaron expedientes.
Otro investigador del ejército, el general George R. Fay, describió por primera vez en detalle cómo los oficiales de la CIA en Bagdad y en el cuartel general de la agencia en Langley, Virginia, se negaron tres veces a proporcionarle información, explicando finalmente que estaban realizando su propia investigación sobre el asunto.
Oficiales militares han declarado que la práctica de la CIA de usar las prisiones militares en Iraq para ocultar a los prisioneros que interrogaban es una violación de las reglas militares y de leyes internacionales. Los inspectores generales del departamento de Defensa y de la CIA están investigando el asunto.
Las nuevas revelaciones sobre los ‘detenidos fantasmas' marcaron el día que dos comités del Congreso se ocuparon del asunto de Abu Ghraib. Los legisladores examinaron el informe del ejército y los descubrimientos de un panel independiente sobre los maltratos de prisioneros cuestionaron también si las investigaciones habían responsabilizado en suficiente medida a los altos cargos civiles y generales por el escándalo.
Dos antiguos secretarios de Defensa dijeron que el fracaso de parte de subsecretarios de Donald H. Rumsfeld en supervisar adecuadamente el desarrollo de los métodos de interrogatorio en Iraq habían contribuido a los maltratos en la prisión de Abu Ghraib.
Los antiguos secretarios Schlesinger y Harold Brown elogiaron a Rumsfeld diciendo que se había comportado responsablemente y reiteraron enfáticamente declaraciones pasadas de que él no renunciaría por este asunto.
Pero ambos antiguos secretarios fueron más específicos que en el pasado al criticar a algunos de los ayudantes de Rumsfeld, identificando a dos de Defensa y al abogado general del Pentágono acusándoles de no conducirse responsablemente.
Brown, que sirvió bajo el presidente Jimmy Carter, acusó también más allá de Rumsfeld a los cargos más altos de la administración de Bush por lo que llamó "la responsabilidad por no tener un plan de acción para después del derrocamiento de Saddam Hussein".

9 de septiembre de 2004
12 de septiembre de 2004
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GUERRA PREVENTIVA: UNA DOCTRINA FRACASADA


La política de las guerras preventivas empleada por Bush ha empeorado la situación de seguridad de las democracias occidentales y en realidad de todo el mundo. En un editorial de hoy el New York Times califica de insensata y contraproducente la política exterior norteamericana.
Si en la política norteamericana importaran los hechos, la papeleta Bush-Cheney no basaría su campaña de re-elección en la afirmación alarmista de que la más segura defensa contra futuros ataques terroristas descansa en la fuertemente desacreditada doctrina de la guerra preventiva. El vice-presidente Dick Cheney llevó este argumento la semana pasada a un vergonzoso bajo nivel cuando sugirió que la elección de John Kerry y un regreso a los valores tradicionales de la política exterior estadounidense provocaría un nuevo y devastador ataque [terrorista].
Hasta el momento, la doctrina de la guerra preventiva ha tenido una prueba real: la invasión de Iraq. Bush ha aterrorizado a millones de norteamericanos en creer que el cambio forzado de régimen en Bagdad era el único modo de mantener los supuestos arsenales iraquíes de armas no convencionales en manos de Al Qaeda. Luego resultó que no existían tales arsenales y no había vínculos operacionales entre el régimen de Saddam Hussein y el terrorismo anti-norteamericano de Al Qaeda. Entretanto, las antiguas alianzas de Estados Unidos se han debilitado y el grueso de las tropas de combate están atadas en Iraq por lo que parece será un buen montón de años. Si eso hace que este país sea más seguro, es difícil ver cómo. La verdadera lección es que Estados Unidos está erosionando peligrosamente sus defensas militares y diplomáticas cuando ataca tontamente a enemigos hipotéticos.
Antes del fiasco de Iraq los líderes estadounidenses consideraban la guerra justamente como un último recurso, apropiado solamente cuando los intereses vitales del país se encontraban efectivamente amenazados y razonables esfuerzos diplomáticos se habían agotado. Esa visión ha sido remplazada por los ataques preventivos; Estados Unidos no tiene la obligación de sentarse a esperar si está claro que algún enemigo está realmente preparando un ataque. Pero trazaba la línea correctamente en las guerras preventivas contra enemigos potenciales que podrían o no estar pensando en hacer algo peligroso. Como demuestra la desastrosa experiencia en Iraq, ese es todavía el camino más sabio y el que mantiene a Estados Unidos más seguro en una era cada vez más peligrosa.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 inauguraron claramente una nueva era de catastróficas amenazas contra la patria. Para combatirlas más efectivamente se necesitan cambios importantes en el terreno de la seguridad nacional. Un giro hacia las guerras preventivas no es uno de esos cambios. Como lo estableció claramente el informe de la comisión del 11 de septiembre, grupos terroristas internacionales como Al Qaeda son altamente móviles, se financian a sí mismos y son en gran medida independientes de los estados tradicionales. Los gobiernos que les proporcionan refugio e instalaciones, como Afganistán bajo los talibanes, o Sudán, deben hacer frente a fuertes presiones internacionales, incluyendo ataques bélicos estadounidenses. Cualquier intento de parte del presidente y sus subordinados de poner la invasión de Afganistán en la categoría de las guerras preventivas es claramente erróneo. De hecho, la guerra de Iraq ha socavado el importante trabajo de las tropas estadounidenses en Afganistán al privarles de soldados, suministros y dinero.
Al Qaeda lleva a cabo una guerra declarada contra Estados Unidos y el país necesita combatir implacablemente [a la organización terrorista] -en Afganistán y mediante esfuerzos internacionales para capturar a los cabecillas terroristas que utilizan pasaportes y divisas falsas, casas de seguridad y células durmientes. Es por eso que Cheney se equivoca al menospreciar la cooperación policial con los aliados como una importante arma en esta guerra.
Al contrario, [Cheney] promete más guerras preventivas y ofensivas contra peligros hipotéticos como Iraq. Además de enajenar a Estados Unidos de sus principales aliados europeos y asiáticos, y de dejar a Washington haciendo el papel de agresor en gran parte del mundo árabe y musulmán, estas políticas significarán la muerte de soldados y civiles estadounidenses en los países atacados, y amenazan con inmovilizar a las divisiones del ejército y de la marina que Estados Unidos necesita tener a mano para hacer frente a amenazas reales en las peligrosas décadas que nos esperan.

12 de septiembre de 2004
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SOLDADO NORTEAMERICANO A JUICIO POR ASESINATO - jeffrey fleishman y raheem salman


Se acusa al oficial de matar a balazos a un iraquí después de que el hombre resultara herido cuando las tropas dispararon contra su coche. Los parientes de la víctima dudan de que se haya tratado de una ‘muerte piadosa'.
Hanau, Alemania. El fuego de las armas crepitaban a través de los caminos rodeados de arena y era demasiado peligroso llamar a un helicóptero de evacuación cuando un capitán del ejército estadounidense disparó contra un rebelde iraquí dejándole herido en un episodio que fue posteriormente descrito como una "muerte piadosa", según un testimonio en una corte militar aquí el miércoles.
El capitán Rogelio Maynulet ha sido acusado de asesinato y abandono de deberes por la muerte el 21 de mayo de un chofer cuyo coche era perseguido por tropas estadounidenses al sur de Iraq. El caso ofrece una mirada en los diarios y peligrosos encuentros entre soldados norteamericanos e iraquíes en una nación donde bullen los disturbios.
Maynulet, aunque es el primer oficial estadounidense acusado de asesinato en Iraq, conducía una compañía de tanques de la Primera División Blindada cerca de la ciudad de Nayaf, donde las tropas americanas buscaban en ese momento al clérigo radical chií Muqtada Sadr, con la orden de capturarlo vivo o muerto.
La unidad de Maynulet perseguí a un sedán negro cerca de la vecina ciudad de Kufa. Los soldados abrieron el fuego e hirieron al chofer y a dos pasajeros, incluyendo al jeque Mohammed Tabtabai, un ayudante de Sadr.
El coche se estrelló contra una casa y las tropas norteamericanas les rodearon, arrestando a Tabtabai y a un pasajero no identificado, y requisaron una pistola. El conductor, Karim Hassan Abid Ali Haleji, padre de siete hijos, sufrió una grave herida en la cabeza, según declararon los soldados este miércoles.
Maynulet, según las declaraciones, pensó que Haleji no sobreviviría y que solicitar su evacuación médica por helicóptero en medio del caos habría puesto en peligro la vida de sus soldados.
El capitán entonces disparó contra Haleji "a corta distancia". De acuerdo al gobierno norteamericano un avión espía no tripulado filmó la escena con una cámara de video. El metraje de diez minutos está clasificado y los periodistas fueron hechos abandonar la corte cuando fue exhibido en una pantalla mientras Maynulet, un hombre robusto en traje de faena verde, era acompañado por su esposa, una piloto de helicópteros Black Hawk.
Mientras interrogaba al teniente Colin Cremin, oficial de la compañía de blindados, el fiscal el capitán Daniel Sennott observó que el acusado había contado a Cremin que "la mitad del cerebro de Haleji colgaba fuera... y no se podía hacer nada por él" y que en ese punto el capitán Maynulet le dijo que había descendido y le había disparado en la nuca o por atrás en la cabeza".
Cuando le preguntaron si esa era una descripción adecuada, Cremin, que no presenció él mismo el incidente, respondió: "Completamente".

"No fue algo que Maynulet quisiera hacer. Fue una conducta compasiva. Creo que fue una reacción humana", declaró Cremin.
Cremin dijo que dos días después del incidente Maynulet le dijo: "No me sorprendería si me aplican algún tipo de castigo disciplinario".
Bajo la ley militar matar supuestamente por piedad a un enemigo herido es una "violación de las reglas de combate", dijo Sennott.
Ocho testigos declararon en Hanau durante los primeros tres días de las vistas para determinar si Maynulet debía o no ser llevado a una corte marcial, pero familiares de Haleji en Iraq ofrecieron una versión diferente de los hechos. Negaron que Haleji fuera un rebelde o miembro de la milicia de Al Mahdi, de Sadr. Lo describieron como un albañil cuyo BMW había llamado la atención de Tabtabai, que lo contrataba cada semana para que lo llevara de Bagdad a Nayaf y Kufa para sus oraciones y reuniones.
El hermano de Haleji, Niema, dijo que ese 21 de mayo Haleji y Tabtabai habían abandonado la mezquita de Kufa con la intención de visitar las oficinas de Sadr en Nayaf.
"Había un helicóptero sobrevolando la zona", dijo Niema. "Cuando el coche llegó a un puesto de control norteamericano fueron sorprendidos por los soldados que abrieron fuego contra el coche... Mi hermano no se detuvo. Trató de acelerar para ponerse a resguardo. Se metió a un camino no pavimentado. Los vehículos de los soldados lo persiguieron, así como el helicóptero; la balacera continuaba y el coche terminó agujereado de balas por todas partes".
Para cuando el BMW chocó contra la casa, dijo Niema, su hermano estaba herido en la pierna. Haleji se liberó de detrás del airbag del coche, dijo Niema, "y los testigos dicen que mi hermano fue matado por un oficial norteamericano de un balazo en la cabeza cuando intentaba entrar a la casa. El coche estaba entre el oficial y mi hermano. Él cayó al lado izquierdo del coche, y las manchas de sangre cubrieron el asiento del conductor".
El certificado de muerte de Haleji dice que murió a las tres de la tarde, de una herida de bala en la cabeza. Las circunstancias que llevaron a Maynulet y Haleji a encontrarse forman parte del espeluznante y confuso panorama iraquí. Muchos soldados norteamericanos, según el testimonio el miércoles, llevan armas que se atascan con frecuencia y deben ocuparse de tareas para las que no han sido adiestrados. Los 56 soldados de la compañía de blindados de Maynulet eran a menudo relegados a labores de infantería y a patrullas de a pie -tareas que se hacen más difíciles por que sólo 28 de los soldados portan rifles M-4.
Como un comandante altamente apreciado de la compañía de blindados Maynulet fue descrito como un inteligente oficial que había logrado la colaboración de líderes de vecindarios iraquíes, había ayudado a obtener fondos de la coalición por un valor de medio millón de dólares para proyectos de obras públicas y recabado datos de inteligencia que había conducido a la detención de mil rebeldes. Él y su unidad estaban acostumbrados a los combates. Habían peleado en las averiadas calles de Bagdad y luchado contra le milicia de Sadt durante seis horas en un cementerio de Nayaf.
Sin embargo, los fiscales retrataron a Maynulet como un inconformista que una vez irrumpió en una comisaría de la policía iraquí para recuperar la tarjeta de identidad de un intérprete norteamericano. Sugirieron que cuando él mató a Haleji, el conductor del coche estaba herido y no representaba un peligro.
Según declaraciones de varios soldados de la División Blindada Nº 1 -todas apoyando a Maynulet- había en la zona ese 21 de mayo un intenso intercambio de fuego. El capitán John Moore dijo que las fuerzas de Sadr habían emboscado su unidad a tres kilómetros al sur de la compañía de Maynulet. En la batalla que siguió de cinco minutos sus soldados dispararon 200 rondas de proyectiles calibre 50, 300 rondas de otras armas y tres rondas de proyectiles de 65 libras.
Cuando el abogado de Maynulet le preguntó al capitán William Helixon si habría sido conveniente que un helicóptero de evacuación médica entrara a la zona, Moore dijo: "Yo no llevaría a tropas norteamericanas a que arriesgaran sus vidas".
Helixon ha solicitado que se libere el metraje aéreo "para que el público puede evaluar la calidad de la evidencia del gobierno".
Si es encontrado culpable de asesinato Maynulet, que se crió en Illinois, puede ser condenado a cadena perpetua, con la posibilidad de obtener su libertad condicional.

9 de septiembre de 2004
12 de septiembre de 2004

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