TORTURA Y USO DE PERROS PARA INTERROGAR A PRISIONEROS ERA AUTORIZADO
Washington, EU. La tortura, avalada por jefes del Pentágono, revela Washington Post. Soldados de EU les echaban encima a perros de guardia para asustarlos. La intimidación con perros, la tortura y degradación sexual de iraquíes en la prisión de Abu Ghraib fue autorizada por jefes del Pentágono, reveló el diario Washington Post."Un militar miembro del servicio de inteligencia que interrogó a varios prisioneros iraquíes en Abu Ghraib, dijo a los investigadores que dos soldados a cargo de los perros de guardia realizaron una competencia para ver a cuántos detenidos hacían orinar de manera involuntaria por el terror a los canes", indico el Post, dando crédito a declaraciones clasificadas de los militares que están siendo investigados por el escándalo de Abu Ghraib.
Según la información que obtuvo este periódico, fueron agentes de inteligencia del Pentágono los que ordenaron se usaran perros militares sin bozal, para intimidar e incluso atacar a los prisioneros iraquíes como parte de los métodos para obtener declaraciones de los detenidos en la prisión.
Pese a las negativas del presidente George W. Bush y del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, las investigaciones sobre el caso de la prisión de Abu Ghraib en Irak están demostrando que las violaciones a los derechos humanos de prisioneros fueron autorizadas por los más altos mandos del Pentágono.
Por todo el mundo han circulado las imágenes que evidencian las terribles violaciones de derechos humanos a las que fueron sometidos los iraquíes por parte de los soldados estadunidenses, sin embargo, Bush, Rumsfeld y varios generales del Pentágono han intentado minimizar esta situación, al asegurar que fue un caso aislado y que no es una norma de los militares para interrogar a los prisioneros en tiempos de guerra.
"Un militar de los servicios de inteligencia a cargo de la prisión de Abu Ghraib, dijo a los investigadores que el uso de perros sin bozal en los interrogatorios a prisioneros fue recomendado por dos generales", destacó el Post en su artículo de primera plana, en el que acentuó que esto es una violación a las Convención de Ginebra, en términos de la defensa de los derechos humanos.
Los documentos con las declaraciones de los militares de Abu Ghraib se unen a la larga serie de evidencias que hay en contra de los militares estadunidenses que estuvieron a cargo de la prisión.
Los sargentos Santos Cardona y Michael Smith, a cargo de dos perros militares, confesaron su participación en los interrogatorios a prisioneros iraquíes usando a los canes.
Estos dos sargentos, que por el momento no han sido acusados, aseguraron que fue el coronel Thomas Pappas, uno de los jefes militares a cargo de la prisión, quien les aseguró que el uso de los perros había sido aprobado.
Además de acusar a sus jefes por el uso de los perros para intimidar a los prisioneros, los sargentos Cardona y Smith detallaron a los investigadores los incidentes en los cuales ellos incluso dejaron que sus perros atacaran, además de intimidar con sus ladridos a los iraquíes, esposados, desnudos y con una bolsa que les cubría la cabeza y les impedía ver a sus agresores.
El escándalo de la prisión en Abu Ghraib dejó sin autoridad moral al gobierno de Estados Unidos para criticar a otros países en materia de derechos humanos, lo que también ha provocado que en el Congreso federal estadunidense se pida la renuncia de Rumsfeld.
11 junio 2004
©proceso
LEGALIZAR LA TORTURA ES INMORAL - washington post
El gobierno de Bush asegura al país, y al mundo, que está acatando leyes estadounidenses e internacionales que prohíben la tortura y el maltrato a los prisioneros. Pero, rompiendo con una práctica de transparencia que duró décadas, el tema ha sido clasificado como secreto y el presidente se niega a revelar las técnicas de interrogatorio que utiliza para interrogar a detenidos extranjeros en las cárceles norteamericanas de Bahía Guantánamo, Iraq y Afganistán. Esta es una materia de graves consecuencias, porque el uso de algunos de esos métodos que han sido reportados en la prensa es considerado tanto por expertos independientes como por algunos de los juristas del Pentágono como ilegal. La administración ha respondido que sus abogados civiles han garantizado que sus métodos son legítimos -pero se ha negado a revelar, o incluso a entregar al Congreso memoranda y opiniones en su apoyo.Esta semana, gracias otra vez a la prensa independiente, hemos comenzado a enterarnos de la inquietante verdad sobre las opiniones jurídicas que el Pentágono y el departamento de Justicia quieren mantener secretas. De acuerdo a las copias filtradas a varios periódicos, constituyen un conjunto inmoral y repugnante de justificación de la tortura. En un escrito preparado el año pasado bajo la dirección del jurista jefe del departamento de Estado, y primero publicadas en el Wall Street Journal, el presidente de Estados Unidos fue autorizado para ignorar las leyes nacionales e internacionales y ordenar la tortura de prisioneros extranjeros. Además, a los interrogadores que siguieron órdenes presidenciales se les declaró inmunes ante la justicia. La tortura misma fue re-definida cuidadosamente, de modo que las técnicas para infligir dolor físico y padecimientos mentales pudiesen ser consideradas legales. Todo esto fue hecho como un preludio a la designación de 24 técnicas de interrogatorio de detenidos extranjeros -las mismas técnicas que se utilizan ahora, que el presidente dice que son humanas pero se niega a revelar.
No hay ninguna justificación, ni legal ni moral de las declaraciones hechas por los protegidos políticos de Bush en los departamentos de Justicia y Defensa. Su lógica es la lógica de los regímenes criminales, de las dictaduras que hay en el mundo que aprueban la tortura con la justificación de la "seguridad nacional". Durante décadas el gobierno de Estados Unidos ha proseguido campañas diplomáticas contra esos gobiernos parias -desde las juntas militares en Argentina y Chile hasta las actuales teocracias de países musulmanes como Argelia y Uzbekistán- que afirman que la tortura se justifica por la lucha contra el terrorismo. Que funcionarios estadounidenses subscriban oficialmente los principios defendidos alguna vez por Augusto Pinochet constituyen una vergüenza para la democracia norteamericana, incluso si fuera verdad, como sostiene el gobierno, que sus teorías no se han puesto todavía en práctica. Incluso en el papel, los razonamientos de la administración proveerán de una buena excusa a los dictadores, especialmente a aquellos que son aliados del gobierno de Bush, para seguir torturando y matando a los detenidos.
Quizás los abogados del presidente no tienen interés en el impacto global de sus medidas -pero deberían preocuparse de cómo van a ser tratados los soldados y civiles norteamericanos en países extranjeros. Antes de que la administración de Bush asumiera el poder, las técnicas de interrogatorio del ejército -que eran secretas- establecían una prueba simple y sensata: No debe utilizarse ninguna técnica que, si la practicara un enemigo con un estadounidense sería considerada como una violación de leyes nacionales o internacionales. Ahora, imagine que un gobierno hostil obligara a un estadounidense a ingerir drogas o a soportar severas tensiones mentales que pueden provocarle daños irreversibles; o a soportar dolores que puedan causarle "paro cardíaco, deterioro de funciones corporales, o incluso la muerte". ¿Qué pasaría si el interrogador extranjero de un estadounidense "sabe que sus acciones le provocarán dolores severos" pero prosigue porque causar dolor no es su objetivo principal? ¿Qué pasaría si un líder extranjero decidiera que la tortura y muerte de un estadounidense se justifica por la seguridad de su país? ¿Lo aceptarían los estadounidenses como un acto legítimo, o incluso moralmente aceptable? Según Bush, lo harían.
9 junio 2004
©washington post ©traducción mQh
SOLUCIONES PARA LOS MALTRATOS A PRISIONEROS
El editorial de hoy del Washington Post llama al gobierno de Bush a iniciar acciones correctivas en el ejército y a iniciar procesos judiciales contra los altos mandos implicados en los asesinatos y maltratos de la cárcel de Abu Ghraib. El único modo de contener los continuados daños que causa el escándalo de los maltratos a prisioneros, es que la administración de Bush documente e informe completa y públicamente sobre las decenas de casos de homicidios y maltratos físicos en Iraq y Afganistán, procesar a todos aquellos directamente responsables y exigir responsabilidades a altos cargos civiles y del ejército cuyas decisiones y medidas condujeron al clima de anarquía. Entretanto, el presidente Bush debería reformular las técnicas de interrogatorio de modo que se ajusten a las leyes nacionales e internacionales y debería hacer públicos los nuevos métodos para que los estadounidenses y el resto del mundo confirmen su corrección.
De momento, hay pocas razones para esperar acciones correctivas fundamentales como estas. Al contrario. Hay inquietantes evidencias de que altos mandos militares estadounidenses ignoraron y encubrieron agresiones graves contra prisioneros, incluyendo homicidios, hasta que la revelación de las espeluznantes fotografías de la prisión de Abu Ghraib los obligaron a actuar, y de que la intención del Pentágono ahora es limitar las acusaciones a un pequeño número de soldados en su mayoría de bajo rango y resistir que se investigue a altos mandos o se revisen las medidas que dieron origen a los maltratos. Bush, por su parte, continúa perdiendo su credibilidad y el prestigio global de Estados Unidos al insistir en que el problema no implica más que a un puñado de soldados de una sola cárcel de Iraq -aunque se ha informado de más de 100 casos de maltratos en Iraq y Afganistán- e ignorar la necesidad de corregir esos métodos.
El Pentágono alardea de que se está investigando una media docena de casos relacionados con los maltratos a prisioneros, además de las investigaciones judiciales. Pero esas pesquisas son cerradas, están socavadas por conflictos de intereses, y dejan grandes terreros sin tocar -particularmente la posible culpabilidad de altos funcionarios. Un oficial, el general de división George R. Fay, director de la inteligencia del ejército, ha sido encargado de investigar a los interrogadores en su propia línea de mando. Es probable que recomiende acciones legales contra dos oficiales del servicio secreto, aunque no está autorizado a analizar seriamente las decisiones y medidas impuestas por él mismo o sus superiores. Una revisión incluye cifras de fuera de la línea de mando militar, aunque el panel consultivo, en el que tienen asiento dos antiguos secretarios de Defensa, goza sólo de un mandato consultivo para asesorar al secretario de Defensa, Donald H. Rumsfeld sobre las brechas existentes entre las pesquisas actuales y los posibles cambios de política administrativa, y sólo tiene dos meses para presentar su informe.
El panel consultivo podría desempeñar una importante función si le indicara a Rumsfeld lo que ya está claro para expertos externos: Que se necesitan investigaciones independentes de alto nivel y creíbles tanto de los casos judiciales como de la línea de mando. En lo que se refiere a los casos de maltratos, esto podría adoptar la forma de una corte militar dirigida por un alto oficial de fuera de la inteligencia del ejército o del Alto Mando que supervisa las operaciones en Iraq. Este panel podría llevar a cabo una nueva y fresca revisión de los casos y determinar, por ejemplo, si era correcto concluir muchas de las investigaciones sin que se hayan formulado cargos. También podría saber por qué un número de casos de muerte permanecieron sin ser reportados (sin actas de defunción y en varios casos sin autopsia) hasta después de la revelación de las fotografía de Abu Ghraib.
Se necesita una investigación independiente para determinar en qué medida las modificaciones introducidas por el gobierno de Bush alteraron los métodos de interrogatorio del ejército después de 2001 y si las nuevas medidas y métodos ayudaron a crear un clima de anarquía que imperaba claramente en varios de los centros de detención en Iraq y Afganistán. También debe investigarse la conexión entre los interrogatorios de la CIA y otras operaciones secretas y los maltratos a detenidos extranjeros. Se necesitan expertos ajenos al asunto para determinar si las nuevas técnicas secretas de interrogatorio ahora aprobadas -que supuestamente incluyen cubrir la cabeza con capuchas, obligar a los detenidos a adoptar posturas corporales incómodas, privarles de sueño e intimidarles con perros- son o no legales en el marco de las Convenciones de Ginebra o de leyes relacionadas estadounidenses.
Como la administración no se muestra dispuesta a emprender semejante reajuste, es el congreso el llamado a intervenir. El Comité de Servicios Armados del senado, bajo la presidencia del senador John W. Warner (republicano, Virginia), ha comenzado a trabajar sobre el asunto y Wagner ha prometido más comparecencias públicas. Pero se necesitan medios para sacar conclusiones, exigir responsabilidades a los oficiales comprometidos e iniciar acciones correctivas -incluyendo la reformulación y publicación de las técnicas de interrogatorio. Incluso mientras continúa la investigación del comité, Warner y otros líderes parlamentarios deberían proponer medidas sobre cómo realizar esas tareas.
7 junio 2004
©washington post ©traducción mQh
SOLDADOS ACUSADOS DE ROBAR A CIVILES IRAQUÍES
El Cairo, Egipto. El departamento de Defensa de Estados Unidos ha iniciado al menos 12 investigaciones sobre casos de soldados estadounidenses acusados de robar dinero, joyas y otras propiedades a familias iraquíes, según un importante diario norteamericano.Los robos han ocurrido durante redadas, patrullas y allanamientos, según The New York Times del 30 de mayo, que cita a altos funcionarios del Pentágono.
Los soldados estaban robando bajo pretexto de confiscar dinero a sospechosos de ser insurgentes y sus auspiciadores, dijo el Mando de Investigaciones Judiciales del ejército.
Los detectives estadounidenses están también investigando al menos seis casos en que los soldados supuestamente patearon, golpearon y agredieron a civiles iraquíes, o dispararon sus armas cerca de los iraquíes para intimidarlos, de acuerdo al diario.
"Un soldado que comete un delito daña la reputación del ejército. Para un irakí de a pie, la pregunta empieza a ser: ¿Cuál es la diferencia entre las tropas de Sadam Husein y estos soldados?'", dijo un funcionario del Pentágono.
Los casos incluyen un sumario interno preparado antes este mes por el mando de investigaciones judiciales a petición de altos funcionarios del ejército.
Subestimación
El sumario divide los abusos bajo investigación en dos grupos (18 casos de robos y 6 agresiones en Iraq), hasta el 21 de mayo de 2004.
El general de brigada Mark Kimmit, el principal portavoz de la ocupación en Iraq, reconoció a regañadientes en marzo que "un número muy, muy pequeño" de soldados había participado en esas conductas deshonrosas.
"Lamentablemente ha habido casos en que los soldados se han comportado sin observar las reglas de combate ni las reglas para el uso de la fuerza física -un número muy, muy pequeño de soldados de una fuerza de más de 150 mil hombres", dijo Kimmit.
Sin embargo, oficiales del ejército dijeron que las estadísticas y conteos de los funcionarios del Pentágono probablemente subestiman el número de abusos cometidos sobre el terreno.
Un funcionario del Pentágono reconoció que las cifras son sólo la punta del iceberg. Dijo que esperaba ahora que muchos iraquíes maltratados y robados, envalentonados por los altamente publicitados casos de Abh Ghraib, se atreverían a hacer denuncias.
Los incidentes tomaron lugar en los últimos quince meses y fueron denunciados por iraquíes y en algunos casos por soldados estadounidenses.
Con Demasiado Miedo
Oficiales del ejército dijeron que la mayoría de los iraquíes tienen demasiado miedo como para interponer una denuncia formal ante las autoridades de la ocupación.
Sus relatos fueron confirmados por Abdullah Khalil, que trabajó como intérprete para unidades de la Brigada No. 205 de la Inteligencia Militar, dijo al periódico que muchos civiles iraquíes se quejaron ante él de las tácticas agresivas y extorsiones a manos de soldados norteamericanos.
Dijo que muchos iraquíes tenían demasiado miedo como para informar sobre los abusos.
El Comité Internacional de la Cruz Roja (ICRC), en un informe que fue presentado en febrero al alto mando militar estadounidense en Bagdad, concluyó que tropas estadounidenses y de otros países de la coalición se habían "comportado de manera brutal" durante detenciones de sospechosos de ser "insurgentes", de acuerdo al diario.
En un caso, se lee en el informe, tropas de la "coalición" detuvieron a nueve iraquíes y los obligaron a arrodillarse con sus manos y caras contra el suelo.
Los soldados, entonces, les dieron patadas en la cabeza y requisaron su dinero.
Muchos iraquíes se han quejado de que los soldados estadounidenses les roban sus ahorros y otras cosas de valor durante allanamientos y en los puestos de control.
31 mayo 2004
©islam-online ©traducción mQh
SOLDADOS EN IRAQ ACUSADOS DE ASESINATOS Y PILLAJE - bradley graham
Washington, EU.Durante el último año y medio, el ejército ha iniciado investigaciones de por lo menos 91 casos de posibles malos tratos cometidos por soldados y civiles estadounidenses en Iraq y Afganistán, un total que no se conocía previamente y que señala la existencia de una gama más amplia de conductas contrarias a la ética de lo que han reconocido funcionarios del ministerio de Defensa.La cifra, dada a conocer por un alto oficial del ejército, va más allá de los publicitados maltratos a detenidos en las prisiones militares e incluye abusos a docenas de iraquíes bajo custodia estadounidense fuera de los centros de detención. Abarca no solamente casos que terminaron en muerte, sino también otras agresiones no mortales. También incluye 18 casos en que soldados estadounidenses han robado a ciudadanos iraquíes supuestamente dinero, joyas y otras propiedades.
Estadísticas previas citadas por oficiales del ejército tienden a evitar los números agregados de casos de abusos o entregan cifras más bajas de los maltratos a detenidos y civiles fuera de las instalaciones carcelarias. Los oficiales tampoco han revelado el número de investigaciones sobre los informes de casos de robo de ciudadanos iraquíes cometidos por tropas estadounidenses.
Tomados juntos, los 91 casos indican malos tratos cometidos por las tropas en una escala mucho más mayor en tipo y mayor en número que los sugeridos por los casos de maltratos a prisioneros iraquíes detenidos en la prisión de Abu Ghraib en las afueras de Bagdad. La mayoría de los casos están siendo investigados en Iraq y otros lugares no especificados en los informes.
El presidente Bush y otros altos funcionarios de la administración han tratado de explicar los maltratos en la prisión de Abu Ghraib como reflejo de las conductas aberrantes de unos pocos soldados de bajo rango en el otoño pasado, que se dieron a conocer a través de fotografías y de un informe interno del ejército el mes pasado. Pero el listado de investigaciones del ejército parece reforzar la acusación de otros, incluyendo el Comité Internacional de la Cruz Roja, de que los casos de maltratos cometidos por fuerzas estadounidenses han sido más extensos -y sus consecuencias más perjudiciales- y no pueden atribuirse a las acciones reprochables de un pequeño grupo.
Las nuevas cifras muestran que al menos 59 de las 91 investigaciones han sido completadas, y el ejército ha anunciado medidas disciplinarias contra siete soldados. De acuerdo a un alto oficial del ejército, que habló a condición de permanecer en el anonimato, los 14 casos de agresión han terminado en corte marcial y siete condenas no judiciales.
Pero el funcionario no tenía información sobre quiénes serían procesados, por qué y con qué resultados. El ejército se ha mostrado renuente en hacer públicos estos detalles a pesar de peticiones del congreso y de agencias noticiosas de entregar más informaciones específicas sobre todas las investigaciones, terminadas o no.
La ausencia de detalles sobre muchos de los casos ha hecho difícil evaluar el impacto total de las conductas abusivas reportadas. Pero los pocos detalles que han surgido acerca de algunos de casos de muerte indican la participación de un surtido de unidades del ejército y de conductas abusivas que se extienden por un largo período de tiempo, de fines de 2002 a la primavera de 2004.
Haciéndose eco de la preocupación de funcionarios del Pentágono de que la dimensión de los abusos pueda en realidad provenir de problemas más profundos con el adiestramiento, la organización y la estructura de mando, los inspectores del ejército y de los reservistas han iniciado una amplia revisión de las medidas y prácticas para el control de los detenidos. Una pesquisa separada del papel jugado por personal de la inteligencia militar está siendo realizada por un agente del servicio secreto.
Las investigaciones judiciales corren paralelas a las pesquisas administrativas. Se han intensificado tras la tormenta del escándalo de Abu Ghraib, y los investigadores examinan ahora nuevamente algunos casos de muerte que fueron inicialmente atribuidas a muertes naturales o que han extendido sin resolver durante meses.
Los informes sobre las pesquisas judiciales se han filtrado gota a gota. Portavoces del ejército dijeron la semana pasada que altos funcionarios estaban tratando de componer un esquema comprehensivo de las pesquisas.
De las 91 investigaciones, 42 giran sobre supuestos abusos en las instalaciones carcelarias y 49 con casos de abusos fuera de las prisiones, dijo un alto funcionario del ejército.
Los casos internos pueden dividirse en dos grupos. Treinta de ellos están relacionados con la muerte de 34 individuos; los otros 12 tienen que ver con agresiones (patadas, puñetazos y otras agresiones) contra un número no especificado de detenidos.
La mitad de los casos de muerte han sido atribuidas a causas naturales o a factores no determinados. Cuatro casos, sobre la muerte de ocho detenidos, fueron considerados homicidios justificados, con lo que se quiere decir que los soldados mataron en defensa personal o para impedir fugas.
Pero otros 10 homicidios no tienen ese justificación. Sólo en un caso se han impuesto medidas disciplinarias (un soldado que fue degradado y dado de baja después de disparar contra un prisionero que estaba arrojando piedras contra un centro de detención en el nordeste de Bagdad el 11 de septiembre último). Otro caso de homicidio involucra a un guardia privado en la plantilla de la CIA, ha sido trasladado al departamento de Justicia.
1 junio 2004
©boston news ©traducción mQh
LA INSURRECCIÓN - john lee anderson
Sunníes y chiís dejan a un lado sus diferencias. La persecución de Muqtada Al-Sadr que provocó la revuelta del Ejército de Mahdi, se originó en la oscura muerte de Khoei, de una importante familia de clérigos. Las autoridades de la ocupación culparon a Al-Sadr del asesinato y clausuraron su diario, provocando la unión de los milicianos chiís y sunníes.El día que, a mediados de abril, los mujahedines iraquíes ejecutaron a un guardia de seguridad italiano que había sido secuestrado cerca de Faluya, yo salí a pescar con dinamita en el Tigris. Mi anfitrión era un clérigo chií, Ayad Jamaluddin, al que había conocido en Bagdad el verano pasado. Vive a orillas del río, en una imponente casa puesta a su disposición por la Autoridad Provisional de la Coalición, con la que mantiene estrechos vínculos, aunque no tan estrechos ahora como cuando nos vimos la primera vez. Había más guardaespaldas en los alrededores de la casa de lo que yo recordaba, y un puñado de barriles de petróleo llenos de cemento. También había más coches nuevos aparcados en el complejo, la mayoría Mercedes-Benzes negros último modelo, y un Rolls-Royce azul oscuro con asientos de cuero de color crema y una parrilla dorada. Los jardineros estaban regando el césped cuidadosamente cortado. Jamaluddin me recibió en una habitación con paredes de ladrillo de color verde turquesa y calados musulmanes, y nos dirigimos al jardín en la parte de atrás de la casa, donde había un plataforma de piedras rodeada de rodapiés esculpidos en piedra. Fue construida para las oraciones sufí. El anterior inquilino de la casa, el vice-presidente de Sadam, sobre cuya cabeza cuelga ahora una recompensa de diez millones de dólares, es un sufí practicante. La plataforma no quedaba lejos del aporte más notorio de Jamaluddin al jardín, una mudhif, una casa de junco con un tejado arqueado, utilizado tradicionalmente por los árabes del pantano del sur de Iraq para sus reuniones . La mudhif de Jamaluddin es de alrededor seis metros de ancho por veinticuatro de largo y tiene quizás una altura de seis metros. El piso está cubierto de alfombras beduinas tejidas a mano, y hay cojines kilim a los pies de las paredes. La casa de junco tiene aire acondicionado, y también unos elegantes ventiladores de techo. Jamaluddin quería que fuera un centro de conferencias, me dijo el verano pasado, en el que la gente pudiera intercambiar libremente sus ideas. Sería un símbolo de la posición de Iraq como un puente entre el Este y el Occidente, y saboreaba la ironía de estar en el jardín del adjunto de Sadam: "Fue construida con los juncos de los pantanos que drenó Sadam".
Jamaluddin es un atractivo y tranquilo hombre de 42 años, con una corta y bien mantenida barba. Lleva una túnica blanca con un chaleco de gamuza marrón y un casquete de ganchillo blanco. Cruzamos el jardín por senderos protegidos por la sombra de palmeras datileras y plantados con rosas y gardenias, y salimos a un parapeto por encima del río. Una valla de metal a lo largo del río había sido cubierta con una pantalla protectora de planchas para techar onduladas, y había hombres armados en las torres de vigilancia en las esquinas del jardín. Nos sentamos en unas sillas de plástico y bebimos té. Jamaluddin se fumó un puro cubano mientras observábamos a sus guardaespaldas acarrear una bolsa de plástico hacia el río y hacer algo con ella. Jamaluddin dijo que era TNT, que estaban preparando para la expedición de pesca.
El puente de Jadiriyah se extiende por el Tigris unos cientos de metros río arriba de la casa de Jamaluddin. La vieja mansión de Tariq Aziz, que es ahora la casa de Abdulaziz al-Hakim, un miembro del Consejo de Gobierno iraquí y líder del Consejo Supremo de la Revolución Islámica de Iraq, es la siguiente junto a la cabeza del puente. Le pregunté a Jamaluddin cómo se sentía de tener a Hakim como vecino. Se rió. "Es bueno para mi seguridad", dijo. El complejo Hakim estaba lleno de guardaespaldas y pistoleros de sciris de las milicias Badr, la milicia chií más grande y organizada del país.
Un bote de pedal de plástico blanco fue amarrado a un embarcadero entre los juncos de las márgenes río abajo. Los hombres que habían estado manipulando el TNT se encaramaron al bote, y sólo entonces me di cuenta de que no íbamos a pescar nosotros mismos, sino que íbamos a mirar pescar. Los hombres pedalearon hacia el centro del río, un poco más arriba. Uno de ellos lanzó algo al agua, que sacó del bote, y se produjo una tremenda explosión y el agua se levantó, verde arriba y negra debajo. Por un momento pareció que se trataba de una enorme medusa. Pero se hundió rápidamente y los hombres en el bote pedalearon en torno al remolino por un rato y luego se dejaron llevar río abajo. Miramos el río, esperando ver a los peces aturdidos flotando arriba, pero no pasó nada. El río siguió moviéndose, marcado aquí y allá por pequeños remolinos y corrientes. El agua tenía color verde lima, con salpicaduras de rosa y gris en la tenue luz del día. A los pocos minutos aparecieron en la superficie unos diminutos peces plateados, no más grandes que un dedo.
Jamaluddin es el benjamín de un teólogo de la ciudad santa chií de Najaf y el sobrino de un famoso poeta iraquí. Participó en las protestas estudiantiles contra el gobierno a fines de los años 1970, y fue condenado a muerte cuando Sadam llegó al poder en 1979. Escapó del país. Primero se refugió en Irán, donde estudió religión y filosofía musulmanas y luego, a mediados de la década de 1990, en Dubai, que es su domicilio principal y donde vive con sus dos esposas y seis hijos. Una de sus esposas es una acaudalada iraní, la otra es de Dubai.
A fines de 2002, Jamaluddin fue abordado por funcionarios estadounidenses que se encontraban reuniendo a chiís pro occidentales con los que se pudiera contar para ayudar a estabilizar Iraq después de la próxima guerra. Fue uno de varios chiís que fueron llevados a Bagdad justo antes de la caída de Bagdad, y el verano pasado estaba lleno de planes para formar un nuevo partido político y "probando la libertad", aún sí la mayoría de los grupos chií, como los milicianos de Badr, lo consideran demasiado radical y lo han apartado del Consejo de Gobierno. Jamaluddin dice que él antes creía en una revolución islamita en Iraq al estilo de Khomeini, pero ahora es un ferviente laico. Sus ideas actuales sobre la separación de la iglesia y el estado serían consideradas como herejes por muchos musulmanes. (Cuando me reuní con él por primera vez, tenía en casa a un huésped iraní, Hussein Khomeini, el nieto del difunto ayatola, que pregonaba que Estados Unidos debía invadir Irán).
A pesar de haber sido apartado por la clase dirigente chií, durante los primeros meses de la ocupación Jamaluddin sostuvo un animado diálogo con los norteamericanos. Ahora, sin embargo, Paul Bremer y otros funcionarios le consultan mucho menos a menudo. El distanciamiento empezó a comienzos del último invierno, después de que el ayatola Sistani empezara a hacer pronunciamientos y a emitir edictos fatwas sobre elecciones directas y la constitución, y Bremer comenzara a satisfacerlo, acelerando la transición hacia un gobierno iraquí. "Le aconsejé no prestar atención a Sistani", dijo Jamaluddin. Pensaba que el compromiso mostraba debilidad. Sistani no era otro Khomeini, pero era fundamentalista, y quería que el islam jugara un papel más importante en el nuevo estado iraquí. Jamaluddin no veía cómo podía esto ser compatible con la democracia secular que se está instalando en Iraq.
Después de unos veinte minutos de dar unas vueltas infructuosamente en torno a los remolinos más abajo en el río, los hombres de Jamaluddin pedalearon de vuelta al embarcadero, y él propuso que nos retiráramos a la casa de junco a comer masgouf, el pescado a la parrilla que es el plato nacional iraquí. Jamaluddin había comprado un enorme pez antes ese día, en caso de que fracasara la pesca con dinamita.
El plan norteamericano de instalar a antiguos exiliados chiís amigos en posiciones de poder en Iraq comenzó a marchar mal muy pronto. El 10 de abril del año pasado, el día que cayó Bagdad, Abdel Majid al-Khoei, un miembro de una importante familia de clérigos, fue asesinado cerca de la mezquita del imán Alí en Najaf, uno de los santuarios chiís más sagrados. Khoei había sido llevado a Najaf a principios de abril, y Ayad Jamaluddin lo encontró ahí. Estaban alojando con las tropas norteamericanas en las afueras de la ciudad. Ahmad Chalabi, que fue el principal candidato del Pentágono para una posición de liderazgo, acampó a unos doscientos veinticinco kilómetros más al sur, en Nasiriyah, con su pequeña banda de Free Iraqui Fighters.
Hacía más de 20 años que Jamaluddin no había estado en Najaf. Khoei habido partido en 1992, durante las secuelas de la insurrección chií contra Sadam después de la Guerra del Golfo. Su padre, el gran ayatola, que fue el predecesor inmediato de Sistani, murió poco después mientras estaba bajo arresto domiciliario en Najaf. En 1994, su hermano mayor fue atropellado por un camión en el camino de Najaf a Karbala. Abdel Majid al-Khoei, su esposa y sus cuatro hijos vivieron en Londres, donde dirigía la fundación Al Khoei, una bien provista organización benéfica. Sus principales contactos norteamericanos eran de la CIA, que no confiaban en Chalabi, por creerle insostenible como futuro líder.
Jamaluddin dijo que él y Khoei se encontraron en circunstancias poco familiares y desorientadoras para dos urbanitas hijos de papá. "Era un lugar polvoriento, y cansador", dijo. "No era bueno para nosotros, pero nuestro propósito solemne al estar ahí, el momento que los dos habíamos estado esperando, era la liberación del pueblo iraquí. Era una reunión en un lugar por el que nos sentíamos muy responsables". Fueron a la casa del ayatola Sistani con una petición específica. "Mi objetivo era protegerlo, y proteger los santuarios", dijo Jamaluddin. "Me enteré después de que Abdel Majid [Khoei] estaba buscando el apoyo legal de Sistani -una fatwa- para que las tropas norteamericanas se estacionaran en Najaf". Entonces la ciudad no era de ningún modo segura, pero había algunos jóvenes guardias en la casa de Sistani, y su hijo les dijo que el ayatola estaba en otro lugar, para su propia protección. Cuando Khoei le preguntó acerca de la posición de Sistani con respecto a las tropas estadounidenses, el hijo dijo que su padre no se metía en esas cosas. De acuerdo a Jamaluddin, Khoei se enfadó muchísimo y dijo: "Entonces la gente debe buscarse un nuevo jefe espiritual", y se fue. Jamaluddin fue más comprensivo. "La ciudad entera tiene pánico", dijo. Nadie sabía con certeza si Sadam había sido derrocado o no. Jamaluddin compartía en esos tumultuosos días un cuarto con Khoei, y dice que le advirtió que había oído comentarios negativos sobre él. Hay muchas facciones entre los clérigos de Najaf, y es fácil imaginar que los clérigos locales se sintieran amenazados por los recién llegados, especialmente porque habían llegado con los soldados norteamericanos y un montón de dinero para repartir. Jamaluddin se marchó a Kuwait la noche del 8 de abril, y su hermano Qusay, que es médico, y varios de sus amigos se quedaron con Khoei. La mañana del 10, Khoei fue a la mezquita con el custodio oficial, Haidar Raifee, que no gozaba de gran simpatía porque se le sospechaba de robar del santuario y desviar fondos hacia Sadam y el Partido Baas. "Entonces la gente se puso violenta; quebraron los cristales y sacaron cuchillos", dijo Jamaluddin. Su hermano le contó que Khoei sacó un arma y disparó en el aire. "De repente, todo el mundo sacó armas -pistolas y kalashnikovs- y comenzaron a disparar". Un balazo le voló tres dedos a Khoei. "Luego lo ataron y lo llevaron a la mezquita, donde comenzaron a agredirlo, a él y a Sayyid Haidar, con cuchillos", dijo Jamaluddin. Haidar fue asesinado en la puerta de la mezquita. Khoei "llevaba un chaleco antibalas, de modo que los cuchillos no eran muy efectivos, pero estaba sangrando. A alrededor de cien metros de la mezquita, entró a una tienda y le pidió al dueño que lo matara" -para poner fin a todo. "El tendero le dijo que no podía y le dio agua. Entonces llegaron los otros y lo agarraron, y un hombre, con una espada, lo apuñaló en el cuello. Pero todavía no estaba muerto. Luego arrastraron su cuerpo unos diez metros por la calle y lo apuñalaron hasta que murió. Mi hermano me llamó desde su celular y me contó lo que estaba pasando. Estaba demasiado excitado como para describir en detalle lo que pasaba, pero lo hizo más tarde, y otro amigo que estaba ahí dijo más o menos lo mismo".
El relato de Jamaluddin coincide en general con el informe de que juez iraquí que firmó la orden de detención de Muqtada Al-Sadr, el líder extremista chií que ha estado en guerra contra las fuerzas de la coalición en las últimas semanas. Testigos oculares declararon que los hombres de Sadr mataron a Khoei. El 3 de abril de este año, casi un año después del asesinato, la coalición detuvo a Mustafa Yaqoubi, un delegado de Sadr, por complicidad.
El 5 de abril, poco más de una semana después de que clausurara su diario Al Haswa, la Autoridad Provisional de la Coalición decidió emitir ella misma una orden de detención contra Sadr por fomentar la violencia contra los norteamericanos. Al día siguiente, miles de sus seguidores se echaron a la calle para protestar contra la detención de Mustafa Taqoubi. Los partidarios de Sadr ocuparon las comisarías de policía y otros edificios oficiales en Najaf y Kufa, una ciudad a unos pocos kilómetros de distancia, donde se ubica la principal mezquita de Sadr. También ocuparon Nasiriyah y Kut, ciudades predominantemente chiís, y tomaron el mando de Ciudad Sadr, una barriada chií del norte de Bagdad. El combate ha sido a menudo feroz. Ocho soldados estadounidenses murieron en Ciudad Sadr, y muchos iraquíes murieron o fueron heridos.
La insurrección chií coincidió de manera grotesca con el choque de la coalición con los sunníes de Faluya. El domingo 14 de abril, cientos de soldados estadounidenses comenzaron a rodear Faluya ocupando posiciones para un ataque que tenía como fin arrestar a los hombres que, unos días antes, habían asesinado a cuatro guardias privados que escoltaban un convoy. Los asesinatos fueron espeluznantes, y las imágenes de sus cuerpos decapitados y calcinados colgando de un puente se divulgaron ampliamente. En combates de los días y semanas siguientes murieron decenas de estadounidenses y cientos de iraquíes. Miles de refugiados huyeron a Bagdad, donde los tanques participaron en peleas callejeras y helicópteros de guerra dispararon cohetes contra barrios chiís. La Zona Verde, donde la Autoridad Provisional de la Coalición tiene su cuartel general, operaba en estado de sitio. Luego comenzaron los secuestros y asesinatos de extranjeros. Se puso peligroso para todos los de aspecto europeo, norteamericano o asiático. La ciudad resonaba con las explosiones día y noche. Estallaban bombas a los lados de los caminos, y caían cohetes y morteros en la Zona Verde, en los convoyes militares y en los hoteles. La mayoría, si no todos los proyectos de reconstrucción fueron paralizados.
El 5 de abril me dirigí a Kadhimiya, un viejo barrio chií al noroeste de Bagdad. Ya había estado en Ciudad Sadr, donde la multitud presente en un funeral se enardeció a la vista de occidentales y mis compañeros y yo decidimos irnos. En Shula, otro distrito chií, cientos de milicianos se arremolinaban frente al edificio del partido de Sadr, fuertemente armados y con los nervios de punta. Una muchedumbre de hombres y niños brincaban al otro lado de la calle, y varios niños tropezaron con los restos carbonizados de un vehículo militar americano, gritando histéricamente. Un adolescente de aspecto particularmente odioso sujetaba un puñal entre los dientes. Una casa había sido atacada por un helicóptero y el humo todavía subía en espirales desde el techo. Nos alejamos cuando la multitud empezó a perder el control y un grupo de jóvenes empezaron a aporrear nuestro coche.
Kadhimiya es uno de los barrios más viejos y más agradables de Bagdad, con calles amplias bordeadas de chalés y palmeras. Siempre hay peregrinos en la mezquita de Kadhimiya, muchos de Irán, y los compradores atiborran las calles del viejo bazar, donde los herreros venden sus mercancías. El malecón frente a la mezquita está habitualmente lleno de familias y castas parejas y vendedores ambulantes voceando helados y refrescos. Los pequeños tenderetes venden coliflores, aceitunas, nueces, alfombras y tapices negros con inscripciones doradas del Korán y los retratos de los padres del chiísmo, los imanes Alí y Husein, entrelazados con ellas -retratos idealizados de hombres atractivos y robustos cuyos ojos se derriten de compasión.
A principios de marzo, durante el festival de Ashura, que conmemora la muerte del imán Husein, estallaron varias bombas fuera de la mezquita, matando al menos a sesenta personas. Otras nueve bombas estallaron en Karbala, donde está sepultado el imán Husein, matando a más de cien personas. Nadie sabe con certeza quién efectuó los ataques, pero se acusó a los norteamericanos de haber permitido que ocurrieran, y cuando las tropas intentaron entrar a Kadhimiya para ayudarlos, fueron rechazados por un gupo de jóvenes hostiles, que les insultaron y apedrearon. Un asesor de seguridad americano que visitó ambos sitios ese día observó en su informe a Paul Bremer que los "acontecimientos de hoy dicen que estamos sentados en un barril de pólvora".
Cuando nos unimos a los autobuses de los peregrinos cerca de la mezquita, le pedí a Salaam, mi chofer chií y ocasional traductor, que se cerciorara de si éramos bienvenidos. Volvió al rato con unos hombres con las típicas camisas y pantalones negros del Ejército de Mahdi, la milicia que organizó Sadr el verano pasado. Nos recibieron rutinariamente y nos dirigimos a través del malecón hacia una husseiniyah, un centro comunitario chií, que había sido transformado en el cuartel general local de Sadr. Otros milicianos nos checaron en la puerta. El patio interior era un tumulto de hombres y niños armados. Iban todos de negro, y la mayoría de ellos llevaba cintas de pelo verdes, indicando su disposición a combatir. Un hombre alto envuelto en una túnica negra y un turbante, aparentemente en sus treinta, se presentó a sí mismo como el jeque Raed. "Lo que ha visto aquí hoy es una demostración de apoyo a nuestro líder, Muqtada al-Sadr", dijo. "Las escuelas han cerrado y los estudiantes universitarios se han acercado a preguntarnos si pueden unirse a nosotros". Paul Bremer ha descrito recientemente a Sadr como un "fugitivo", al que los norteamericanos están dispuestos a capturar. "Es Bremer el fuera-de-la-ley", dijo Raed. "Sadr es iraquí. Bremer, no. Quizás lo agarremos". Un hombre joven, de mirada muy intensa, me miraba sentado junto a Raed. "Todos somos Muqtada al-Sadr", dijo.
El patrón de Raed, Hazem al-Araji, entró y se sentó en una esquina. Hazem, el representante de al-Sadr en Kadhimiya, había huido a Siria y luego a Irán en 1999, después del asesinato del padre de Sadr, el gran ayatola, y dos hermanos mayores, contó en un tímido inglés, con una voz aflautada y suave. Terminó viviendo en Vancouver durante dos años. El difunto gran ayatola al-Sadr fue su mentor espiritual. Hazem se levantó el pantalón negro para mostrarme el vendaje de su pierna izquierda. Se había caído y herido a sí mismo el día anterior, durante una balacera entre los hombres de Sadr y guardias de seguridad iraquíes y norteamericanos en las afueras del Hotel Bagdad, en la calle de Sadoun, cerca del Hotel Palestina, donde alojaba yo.
Nuestra conversación fue interrumpida varias veces por hombres que entraban a dar a Hazem notas o a cuchichear en su oreja, y por un montón de llamadas a su celular. Se acercaba una columna de blindados hacia Khadimiya y los hombres en la habitación especularon que los estadounidenses entrarían al barrio y los atacarían. "Tratarán de hacerlo", dijo Hazem, sonriendo y arqueando las cejas. Lo intentaron y el resultado -la tarde siguiente- fue un tiroteo en el que murió al menos un hombre del grupo de Hazem. "Algunos tipos, no de esta mezquita, dispararon a los estadounidenses y ellos abrieron el fuego y mataron a uno de los nuestros", explicó más tarde el jeque Raed.
Se decía que Muqtada al-Sadr estaba escondido en su mezquita de Kufa, y la mañana del 6 me dirigí con dos fotógrafos, Samantha Appleton y Franco Pagetti. Fuimos en dos coches. Las calles estaban llenas de peregrinos chiís que comenzaban su peregrinación -en algunos casos, desde Bagdad misma- hacia Karbala, donde, en cuatro días, el festival de Arbayeen marcaría el fin del período de cuarenta días de duelo por el imán Husein. Pasaban frente a nosotros, la mayoría de ellos de negro y agitando banderas negras. Un grupo llevaba un camello cubierto con un paño multicolor. Pequeñas tiendas y tenderetes y cocinerías al aire libre servían arroz y sopa, siguiendo la costumbre chií de brindar comida y bebida a los peregrinos. No se avistaba ningún convoy militar.
En una arbolada curva del camino en las afueras de Kufa, un montón de hombres armados del Ejército de Mahdi, la mayoría de ellos con turbantes negros y sus caras ocultas por los kaffiyehs habían levantado un puesto de control. Apuntaban a los coches con sus lanzagranadas y kalashnikovs. Varios de ellos tenían granadas amarillas -del ejército norteamericano. Habíamos estado siguiendo a siete ambulancias de la Medialuna Roja durante un rato, y cuando pasamos los milicianos del puesto de control y los choferes de las ambulancias empezaron a gritar el nombre de Sadr. Los choferes habían decidido unirse a la insurrección. Un poco más lejos, en un puente sobre el Eúfrates, un centinela llevaba un chaleco antiaéreo con la palabra "policía" en letras amarillas, en inglés, y "Ejército de Mahdi" garabateado en árabe encima. Había milicianos en toda la plaza en torno a la mezquita de Sadr, pero nos dijeron que Sadr se había marchado a Najaf. Nos fuimos hacia allá, pasando por controles en los alrededores del santuario del imán Alí, donde un ayudante de Sadr estaba dando una rueda de prensa en la sala del tribunal en el callejón que lleva a su despacho. Cuando terminó, los milicianos empezaron a danzar en círculos, gritando: "¡Abajo Estados Unidos! ¡Abajo Israel!" para beneficio de los fotógrafos y camarógrafos.
Una semana más tarde estaba en mi cuarto en el Hotel Palestina cuando Franco Pagetti me telefoneó desde la recepción para decirme que el delegado de Sadr de Khadimiya, Hazem al-Araji, había sido arrestado abajo. Había ido al hotel para entrevista con un periodista italiano y fue detenido cuando salía. Cuando llegué al vestíbulo, Hazem se encontraba en medio de una melé de gente gritando, incluyendo a varios soldados norteamericanos, que estaban tratando de llevárselo a rastras. Hazem llamaba por su celular. La escena se hacía cada vez más caótica. Un grupo de jeques con pañoletas que participaban en una reunión se metieron en la trifulca. Se hicieron camino entre la muchedumbre y gritaron que no iban a permitir que Hazem fuera detenido. Hazem se sentó e hizo varias llamadas más, pero finalmente los soldados pudieron ponerlo de pie, lo sacaron del vestíbulo y se lo llevaron en un carro de asalto blindado.
"¿Te das cuenta de lo que va a pasar ahora?", me dijeron varios amigos iraquíes, perplejos. Predijeron que habría en horas violentas manifestaciones de los chií en Ciudad Sadr y, muy posiblemente ataques contra el hotel. Arrestar a Hazem fue un error garrafal. Sobre todo porque ya antes la detención de Yaqoubi, otro delegado de Sadr, había provocado violentos disturbios. Alguien con autoridad se dio finalmente cuenta y Hazem fue liberado, pero no sin antes llevarle a la prisión militar del aeropuerto, pasarlo por un chequeo médico, leerle sus derechos y deberes como detenido y metido en una celda durante cinco horas. Finalmente, como explicó él más tarde, apareció un oficial norteamericano que le dijo que podía irse. Le pidió excusas por la detención, que, le dijo, había sido un "error". Hazem fue llevado de vuelta al Hotel Palestina, donde dio algunas entrevistas y dijo que, con todo, había sido bien tratado.
Pocos días después, en el centro cultural husseiniyah de Khadimiya, los hombres armados, los uniformes negros, y las armas habían desaparecido. Los líderes chiís habían logrado un acuerdo y los combates habían terminado casi en todas partes, excepto en Najaf, donde Sadr seguía todavía sitiado, y emitiendo declaraciones beligerantes. Dos mil quinientas tropas estadounidenses rodeaban Najaf, pero no parecía probable que atacaran, ya que el ayatola Sistani había advertido a la coalición no entrar en la ciudad santa.
La mezquita de Khadimiya había reabierto sus puertas y me fui hacia allá con Hazem y varios de sus seguidores para asistir a las oraciones del mediodía. Los custodios de la mezquita nos hicieron camino, y nos rociaron con agua de rosas. Varios miles de hombres estaban sentados esperando en el amplio patio interior. A medida que Hazem se hacía camino entre la muchedumbre, sus hombres primero, y luego todos los hombres en la multitud, empezaron a cantar: "¡Viva Muqtada, abajo Estados Unidos, abajo el Consejo de Gobierno!" y a golpear el aire con los puños. Las oraciones del viernes se transformaron en un mitin político, y, el jeque Raed primero, y luego Hazem, hablaron largamente. Varios hombres llevaban retratos de Sadr. Al otro lado del patio podía ver el ir y venir de los peregrinos iraquíes. Algunos de ellos ignoraron completamente la concentración; otros se pararon a mirar y escuchar. Terminó tres horas después, y me sacaron de la mezquita junto con la comitiva de Hazem.
Esa tarde, la milicia de Sadr se enfrentó nuevamente con los soldados de la coalición en Kufa, y varios de sus hombres perdieron la vida. Yo volví a Kadhimiya por la tarde, temiendo que el ambiente estuviera frío, pero no era así. Hazem dijo que había habido un tiroteo, pero responsabilizó a las agresivas tropas de la coalición. Seguía recibiendo llamadas en su celular, y en un momento anunció que un rehén canadiense había sido liberado en el sur. Parecía satisfecho, y le pregunté quién había secuestrado al canadiense. "Delincuentes", respondió. Dijo que los secuestros en los alrededores de Faluya los hacían también bandidos y cuando le dije que algunos de los rehenes estaban claramente siendo retenidos con objetivos políticos en mente, dijo que si era la "resistencia" la que estaba llevando a cabo esas acciones, entonces "habían cometido un error".
El grado en que la gente de Sadr y los insurgentes de Faluya estaban coordinando sus acciones está sujeto a discusión, especialmente entre los chiís, que sienten celos de Sadr y piensan que es peligroso y no muy inteligente. Algunos de ellos dijeron incluso que tenían pruebas de que las dos insurrecciones no eran coincidencia, ni el resultado de los malos cálculos de Bremer, sino que habían sido coordinadas. Me mostraron unos comunicados emitidos por los oscuros grupos de mujahedines sunníes, en que proclamaban su solidaridad con Sadr. Los hombres que estaban peleando en Faluya eran una amalgama de descontentos miembros de tribus, baasistas, viejos guardias republicanos, delincuentes -como dijo Hazem- y varios milicianos islámicos extranjeros. El día posterior a la muerte y mutilación de los guardias privados, un grupo que se hace llamar Brigadas del Mártir Ahmed Yassin declaró que los asesinatos eran una venganza por el asesinato en marzo de Yassin, el líder de Hamas, a manos de los israelíes. Al día siguiente, Sadr anunció que él era "el brazo armado en Iraq" de Hezbollah y Hamas.
El acoplamiento de la revuelta de Sadr con la de Faluya no pudo ocurrir en un momento más inoportuno para la coalición. Los militares estadounidenses, entonces apenas a tres meses de la transferencia de poder y la disolución de la Autoridad Provisional de la Coalición, se encontraban en medio de una inmensa operación de relevo de tropas, con muchos soldados nuevos y sin experiencia. Y no era probable que las fuerzas de seguridad iraquíes, adiestradas a toda prisa, mal pagadas y terriblemente desmoralizadas sirvieran de mucho. En realidad, la mayoría de ellos abandonaron sus puestos o los cedieron a la primera señal de problemas. Algunos se pasaron a los insurgentes.
A comienzos de abril envié un mensaje a James Steele, el consejero de las Fuerzas de Seguridad iraquíes de Paul Bremer, preguntándole si podíamos hablar. Me dijo: "Jon, en este momento tengo a unos cocodrilos mordiéndome el culo". Conocí a Steele en El Salvador, hace dos décadas. En esa época él era coronel del ejército, un larguirucho veterano del Vietnam, de Texas, en sus treinta. Estuvo en El Salvador de 1984 a 1986 como jefe del equipo de asesores militares que había sido enviado por la administración de Reagan para ayudar al gobierno salvadoreño en su campaña contra las guerrillas marxistas del F.M.L.N. Steele era un hombre afable, y daba la impresión de ser un tipo derecho. A fines de los 1980, durante la investigación sobre el escándalo Irán-Contra, declaró ante un comité senatorial sobre su relación con el programa de Oliver North de proveer de armas a los contras nicaragüenses utilizando la base de la Fuerza Aérea Salvadoreña en Ilopango. Trabajó con la policía panameña después de la invasión estadounidense que derrocó a Manuel Noriega y, en 1990, ayudó a desbaratar una revuelta armada de las fuerzas de seguridad panameñas. Dejó el ejército como un soldado muchas veces decorado y trabajó más tarde para Enron y otras compañías privadas.
Steele llevaba varios meses en Iraq, en su segundo período de servicio desde el fin de la guerra. El verano pasado gastó cuatro meses adiestrando a un comando de la policía iraquí para hacer frente a los terroristas y al crimen organizado. El 10 de abril, varias días antes de la sangrienta batalla de Faluya y de la revuelta de Sadr, nos encontramos a la puerta de la Zona Verde. Steele me estaba esperando al final de un inhóspito corredor de alambre de púas y barricadas llenas de sacos de arena y puestos de control del ejército norteamericano. Se veía como en 1984: todavía largirucho, y su pelo corto todavía tenía color de arena. Sus ojos parecen estar permanentemente bizcos, y es un poco encorvado, como lo son a menudo los hombres altos. Lleva botas de obrero de la construcción y vaqueros y tiene un revólver atado a su pierna. Nos dirigimos hacia el Hotel Al Rashid. Steele alojó ahí el verano pasado, pero el hotel estaba copado y él vivía ahora en un tráiler. "Soy tipo de tráilers", dijo.
Yo no había estado en el Rashid desde los comienzos de la guerra, el año pasado. Justo antes de la campaña de "impacto y pavor", después de repetidas amenazas del Pentágono de que el Hotel Rashid era un "blanco militar legítimo", los periodistas que alojaban ahí se trasladaron al Hotel Palestina, al otro lado del río. El Rashid se ve como siempre, excepto unos boquetes en los pisos superiores, donde han impactado los cohetes o estallado la metralla. Pero me di cuenta de que todos los huéspedes eran norteamericanos, y había un montón de soldados dando vueltas por ahí. El portero sudanés que estaba siempre en la entrada en su uniforme de Sinbad ya no estaba allí, ni tampoco el poco favorecedor retrato en mosaico de azulejos del primer presidente Bush, con la leyenda "Bush Es Criminal", que había sido colocado en el vestíbulo.
Entramos a la cafetería, que estaba vacía, y Steele me contó que Paul Wolfowitz, al que describe como un viejo amigo, le había pedido trabajar en Iraq. Steele tiene experiencia en el negocio de las centrales de electricidad y se sugirió que podía ser el asesor jefe de la comisión de electricidad iraquí, que estaba tratando de poner nuevamente en orden el sistema de suministro de energía. Sin embargo, cuando Steele llegó a Bagdad en mayo último, en el caótico período de posguerra, y se presentó a trabajar ante Jay Garner, que tenía inicialmente la tarea de dirigir la reconstrucción de posguerra, fue puesto a cargo del adiestramiento de los policías. "Garner sabía de mi trabajo con las fuerzas de seguridad", dijo Steele. "Eso es lo que hacía en Camboya y El Salvador y Panamá, así que me pareció bien". Volvió a casa en septiembre, pero retornó a Iraq porque "creo que aquí estamos del lado de los ángeles".
Stelle es partidario de una acción militar fuerte, "combinada con decisiones políticas correctas". "En Faluya es necesaria la mano dura", dijo. "Eso es lo único que entienden esos tipos. También en el sur. No podemos mostrarnos débiles. De otro modo, este tipo de cosas pueden volver a ocurrir". Dijo que el problema de Najaf es que es estratégicamente más importante que Faluya: "No podemos permitirnos el lujo de cometer errores de cálculo con los chií. La mayoría de ellos nos apoya y no apoyan a Sadr, y no podemos perderlos". Él esperaba que, una vez que Sadr fuera "neutralizado", su organización se derrumbaría, aunque "Sadr está manipulando el resentimiento subyacente que hay contra nosotros. Hay un montón de gente aquí que quiere que nos vayamos. De algún modo, la gente se siente orgullosa cuando ven a Sadr haciéndonos morisquetas. Piensan en secreto que está muy bien. Pero si podemos desprestigiar a Sadr, sus seguidores, muchos de los cuales son analfabetos y están en el paro, probablemente se retirarán. Por triste que sea, está gente está acostumbrada a perder".
Los policías iraquíes no se destacaron en su primera confrontación real. Incluso ha habido insinuaciones de que la policía estuvo involucrada en el asesinato de los cuatro guardias privados de Faluya. Steele había ido a Faluya antes del asedio, con la esperanza de encontrar el cuerpo del cuarto guardia y ver si los informes sobre partes de cuerpos colgando de un puente eran correctos. Había un silencio sobrecogedor en la ciudad. "He estado en Faluya varias veces y cada vez he visto que hay más odio contra nosotros", dijo. "Normalmente yo me conecto con la gente, especialmente con policías, en todas partes casi, pero es más difícil en Faluya que en cualquier otro lugar de Iraq".
Volvió a hacer el viaje de los guardias, fue al lugar donde habían sido atacados y siguió la ruta por la que habían arrastrado los cuerpos para colgarlos luego del puente y, en un caso, para enterrarlo en una fosa poco profunda. El cuarto cuerpo, se enteró, había sido recuperado por la policía la tarde anterior, y les agradeció por ello. "Los estadounidenses no abandonan al enemigo los cuerpos de sus camaradas", dijo.
Rechazó la versión del jefe de policía, fue al lugar de los sucesos de ese día y concluyó que no había pruebas de que la policía iraquí hubiese traicionado a los guardias privados. Pero "ellos no se metieron, y su respuesta fue inapropiada".
Pocos días después, Steele me invitó a acompañarle en una visita de inspección nocturna sorpresa de la principal comisaría de policía iraquí en Ciudad Sadr donde, durante los primeros días de la insurrección la milicia de Sadr ocupó la mayoría de las comisarías y atacó a los soldados estadounidenses, matando a varios de ellos. Huyeron cuando los tanques norteamericanos se dejaron ver. Nos encontramos frente al Hotel Rashid. El ayudante de Steele, el coronel de las Fuerzas Especiales James Coffman, llevaba tenida de combate y una ametralladora. Steele iba de camisa de mangas cortas y un chaleco antibalas. También me puse el mío.
Después de una ronda de varoniles abrazos y besos en la mejilla con los alrededor de 20 policías iraquíes que adiestró el verano pasado -y que aparentemente se habían ofrecido de voluntarios para acompañarnos-, Steele me llevó hacia un sedán japonés que estaba aparcado al lado exterior de las barricadas de seguridad de la Zona Verde. El coche estaba cubierto de polvo. Yo estaba agradecido de que no fuera uno de esos enormes todoterrenos, el vehículo preferido por los funcionarios de la coalición y de los guardias privados. Son vehículos como estos los que se han transformado en blancos móviles para insurgentes y asesinos y toda la gente que conozco que posee uno, lo tiene aparcado en el garaje. Steele dijo que el sedán le traía buena suerte. Señaló unos impactos de bala al lado derecho. Lo habían emboscado el otoño pasado, explicó, aunque no se dio cuenta sino hasta que las balas impactaron en el coche. Una de ellas atravesó la puerta e impactó en el respaldo del asiento del pasajero. Cree que no fue una emboscada bien organizada. "Si realmente tienen ganas de agarrarme, tendrán que hacer algo mejor. Creo que simplemente estaban ahí y yo pasé, me vieron pinta de norteamericano y me atacaron".
Una ametralladora Beretta y un kalahsnikov fueron encajados en el espacio entre los dos asientos delanteros, donde íbamos Steele y yo. Un rechoncho policía iraquí, que parecía que veía a Steele como a un dios, iba en la parte de atrás. Steele puso una sirena de policía en el capó y la conectó con un cable al encendedor hasta que la puso a funcionar y partimos, una cabalgata de patrulleros cruzando a gran velocidad las oscuras calles de Bagdad hacia Ciudad Sadr. De vez en cuando, Steele encendía el foco en el capó y hacía sonar la sirena cuando llegábamos a algún cruce. Los pocos automovilistas que había en la calle se apartaban con presteza de nosotros. Steele tenía el radio sintonizado a una cadena de las fuerzas armadas norteamericanas, que estaba tocando Let's Dance', de David Bowie.
Exploramos varias callejuelas residenciales, y estaban inundadas como por treinta centímetros de aguas residuales. "Ciudad Sadr ha tenido siempre problemas con el desagüe", murmuró Steele. Nos dirigíamos a la comisaría de policía de Al Jezaaer. Está en el borde mismo de la ciudad, separada de una mezquita por una barricada de alambre de púas y tambores de petróleo llenos de cemento. Aparcamos cerca de la barricada y cuando nos encaminábamos hacia la comisaría varios policías nos apuntaron con sus armas y nos llamaron. Entonces se dieron cuenta de quiénes éramos y nos dejaron pasar. Una vez dentro de la comisaría atiborramos el despacho del jefe de policía de Ciudad Sadr, el coronel Marouf Amran, un hombre chico y fornido, que parecía contento de ver a Steele. Marouf dijo que el orden se había restaurado en gran parte en Ciudad Sadr.
Cinco de las siete comisarías de Ciudad Sadr habían sido ocupadas, pero sólo durante aproximadamente cuatro horas, dijo Marouf. Señaló un mapa en la pared. Su comisaría fue una de las dos que no fueron ocupadas. Durante la revuelta, dijo, había ido a la comisaría que estaba en manos de la gente de Sadr. No podía hacer mucho. "Había cincuenta tipos con lanzagranadas sentados arriba, en la terraza del edificio", dijo, "así que volví y puse veinticinco agentes en nuestro techo, armados con ametralladoras pesadas. Envié más agentes a la otra comisaría, Al Karama, de modo que no cayera [en manos de los insurgentes]. Entonces llamé al ejército norteamericano. Llegaron con blindados y helicópteros, y los milicianos escaparon". Cuando terminó todo, dijo, descubrió que la comisaría había perdido ciento cuarenta rifles, pero había logrado recuperar setenta y cinco. También escapó un puñado de detenidos. Sólo había tenido una baja, un agente que había desaparecido, con su rifle.
Steele elogió a Marouf diciéndole que era un hombre valiente y que había demostrado tener cualidades de líder. Marouf sonrió y agitó sus manos en una demostración de modestia. "Yo soy hijo de esta ciudad, llevo catorce años en el cuerpo y he trabajado en todas las comisarías. Tengo buenas relaciones con la gente", dijo. "Aquí en Ciudad Sadr hay tres partidos políticos grandes: el grupo de Muqtada, el partido Dawa, y Badr" -la milicia del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq. "Y, por supuesto, están los norteamericanos, que supongo que son el cuarto partido". Todos reímos con su pequeña broma. "Eres un gran diplomático", dijo Steele.
Marouf le dijo a Steele que su problema más grande era que no tenía ni suficientes armas ni suficientes hombres. "En Ciudad Sadr hay cinco mil lanzagranadas", dijo, "y nosotros no tenemos ni uno solo. Algunos delincuentes tienen incluso morteros. Nosotros no tenemos más que quinientos policías y sólo treinta chalecos antibalas". Y una sola ametralladora pesada. Steele sonrió: "¿Me estás pidiendo morteros y lanzagranadas?" "Una buena ametralladora pesada en cada comisaría sería una buena cosa", dijo Marouf. Steele asintió y escribió una nota. Marouf dijo que también quería recomendar a cincuenta y siete agentes que se habían mantenido firmes durante la revuelta. Steele asintió y volvió a escribir una nota.
Marouf volvió a su atención a problemas de más larga duración. "La ciudad cambió un montón, y para peor, durante el régimen de Sadam", dijo. "Y, como pueden ver" -sacudió la cabeza señalando hacia la parte de atr'ss de la comisaría, donde estaban las calles llenas de aguas servidas- "necesitamos ayuda. Hay alrededor de 350 mil desempleados en Ciudad Sadr". Steele comenzó a impacientarse y lo interrumpió. "Lo que necesitas es que el ayuntamiento empiece a funcionar de nuevo", dijo. "He oído que algunos miembros han renunciado. El ayuntamiento es tu vehículo, tu llave para conseguir servicios". Eso no era lo que tenía en mente Marouf. "Hace un año que está funcionando el consejo y no se ha hecho nada", dijo. Mencionó el problema del desagüe y el hecho de que en Ciudad Sadr la electricidad llegaba apenas a las dos de la mañana. "Hemos oído que se gasta mucho dinero en nosotros, pero no hemos visto nada". Steele echó las manos al aire. Le prometió a Marouf que le llevaría el recado a Bremer, pero le recordó que su principal prioridad era la seguridad. Marouf asintió cortésmente, y Steele se levantó para despedirse.
Las limitaciones del mandato de Steele flotaban en el aire después de esta reunión, aunque había sido muy jovial. Me pregunté qué efectivo habría sido el llamado de Muqtada al-Sadr a las armas si los norteamericanos hubieran iniciado un programa de acción cívica en Ciudad Sadr. Miles de hombres pudieron haber sido empleados para pavimentar las calles, instalar una nueva red de desagüe, crear un sistema de eliminación de la basura. Si lo hubieran hecho, nadie en Ciudad Sadr habría podido decir, como lo hacen ahora, que los norteamericanos no han hecho nada por los iraquíes, excepto deshacerse de Sadam y hacer sus vidas menos seguras.
"Los seguidores de Sadr son gente sencilla", me dijo hace poco un amigo chií. "Se dejan guiar fácilmente si alguien les dice que está defendiendo sus intereses. Lo escuchan porque este último año ha habido muy pocas reformas visibles. Los iraquíes sufrieron terriblemente bajo Sadam y, sin embargo, no se ha juzgado a ninguno de los criminales de guerra de su régimen. Ninguna de las personas que han encontrado a familiares en las fosas comunes han recibido compensación. La basura en Ciudad Sadr es sintomática de las malas condiciones en que viven. Esas son la clase de cosas que hace que la gente se meta en líos".
Una tarde, en la mansión junto al río de Ayad Jamaluddin, con la entrada llena de coches caros, le pregunté Jamaluddin qué pensaba de la revuelta de Muqtada Al-Sadr. "Crear un Iraq nuevo, libre y democrático es como parir", dijo, recurriendo a un refrán. Estábamos sentados en la casa de juncos. Un negro con una túnica dishdasha gris y un pañuelo kaffiyeh enrollado flojamente en torno a la cabeza, al estilo de los beduinos, estaba sentado junto a una fogata y preparaba potes de menta y de amargo café iraquí para nosotros. Una perdiz, una bella criatura con grandes ojos y puntiagudo pico rojo, con suaves marcas doradas y blanquinegras, brincaba alrededor de la casa, mirándonos tranquilamente. Jamaluddin la había criado, y era muy mansa. Le pregunté si acaso pensaba, como decían los norteamericanos, que Sadr debería ser arrestado por su supuesta implicación en el asesinato de Khoei. "Este asunto debería ser abordado políticamente", dijo, prudente. "La orden de detención no debería efectuarse sino hasta que haya un gobierno iraquí que se pueda ocupar del asunto. Así, todas las milicias, incluyendo la suya, se desbandarían".
La disolución de las milicias iraquíes ha sido un principio central de la coalición desde el principio, y ciertamente el Ejército de Mahdi, de Sadr, que es relativamente hablando un fenómeno nuevo, no parece ser una fuerza que pueda ser utilizada en nombre de la estabilidad, pero se puede hacer un buen alegato para que las milicias vinculadas a los partidos políticos mayoritarios se transformen en una nueva fuerza de seguridad iraquí. Una propuesta de este tenor presentaron este otoño último varios miembros del Consejo de Gobierno. Ahmad Chalabi firmó la propuesta, así como Iyad Alawi, un político chií laico; los líderes kurdos Jalal Talabani y Massoud Barzani, ambos con un número considerable de curtidos milicianos peshmerga; u Abdulaziz Al-Hakim, cuyos milicianos Badr constituyen ya una fuerza de seguridad casi en todo el sur de Iraq.
Le pasé la pregunta a James Steele, que no creía que la milicia fuera a olvidar sus lealtades partidarias. Dar poder a las milicias no era la política de Estados Unidos, sino deshacerse de ellas. Por eso era que él trabajaba con la policía y asesoraba a Bremer on asuntos de seguridad en general. La mayoría de los funcionarios estadounidense consideran a grupos como la organización Badr, de Hakim, demasiado asociados a Irán y, por ende, poco confiables. Bremer ha rechazado la propuesta del Consejo de Gobierno, pero en cambio creó un batallón especial de varios cientos de iraquíes de las varias milicias, que fueron adiestradas por las Fuerzas Especiales. El batallón peleó en Faluya junto a los soldados estadounidenses. Un ayudante de Hakim que insistió en que era el único grupo militar iraquí nuevo que era de confiar. Las tropas adiestradas por la coalición carecían de "visión", dijo. Para no decir nada de experiencia. Hakim mismo me contó que él había dirigido dos mil quinientos hombres en Karbala para el festival de Arbayeen a mediados de abril, y que habían capturado a varios terroristas transportando explosivos y evitado una carnicería.
Ayad Jamaluddin rechazó la idea de que los iraquíes mismos se pudieran ocupar de las labores policiales en el futuro próximo. Creía que lo que Iraq necesitaba era un tratamiento de choque, y que era mejor que lo administraran los estadounidenses. "Los iraquíes están enfermos, sabes, y lo que necesitan es un psiquiatra", dijo. "Durante treinta y cinco años Sadam Husein no los dejó pensar. A los iraquíes se le extravió algo: el alma. Lo que necesitan es un dictador, ése es su problema. Los chií quieren su propio dictador, y también los sunníes quieren el suyo. Desafortunadamente para nosotros, el único modelo de líder que conocen es el de Sadam Husein".
Observé que sus esperanzas de la transformación radical de una psique nacional tenía pocos precedentes, al menos en la historia de la administración estadounidense moderna. Las transformaciones de posguerra en Alemania y Japón fueron posibles porque los regímenes de los dos países capitularon completamente después de los devastadores ataques bélicos. En el caso de Japón, después de las explosiones atómicas en Hiroshima y Nagasaki y después de que el Emperador Hirohito ofreciera por radio la capitulación incondicional de Japón, y la declaración de que él no era un dios. Jamaluddin sonrió: "Entonces, quizás lo que necesitemos es otro Hiroshima en Iraq. Quizás Faluya se transforme en nuestro Hiroshima. Inshallah".
Pocos días después de comenzar el sitio de Faluya, cuando cientos de personas habían ya muerto y los hospitales se desbordaban de civiles heridos, un convoy de ambulancias y camiones cargados con alimentos y medicina partió hacia Faluya desde la mezquita Madre de Todas las Batallas, en Bagdad oeste. La mezquita fue construida por Sadam para celebrar el haber sobrevivido la primera Guerra del Golfo, y sus minaretes habían sido diseñados de modo que se parecieran a misiles Scud. Hasta la última guerra, se guardaba ahí una copia del Korán escrita con lo que se suponía que era sangre de Sadam. La mezquita ha recibido el nuevo nombre de Madre de Todas las Aldeas, pero todavía es un bastión de la comunidad musulmana sunní, que en términos generales es anti-norteamericana. El verano pasado asistí a un mitin allá en el que varios clérigos sunníes importantes hablaron amargamente contra los estadounidenses. Tildaban al Consejo de Gobierno de ser una pandilla de colaboracionistas y se refirió a una arcana conspiración internacional para dividir y aplastar a la orgullosa nación iraquí -especialmente los sunníes. Unos niños habían repartido octavillas con estadísticas según las cuales los chií no eran la mayoría de la población, sino de hecho una minoría. El cálculo se alcanzaba dividiendo a la población en dos categorías principales, chiís y sunníes, en lugar de tres -los kurdos. Los kurdos son en realidad, en su mayoría, sunníes, aunque -y no es sorprendente, considerando los maltratos que han sufrido a manos de una larga sucesión de regímenes dominados por los sunníes- la mayoría de ellos se ven a sí mismos ante todo como kurdos. Las opiniones expresadas ese día me hicieron recordar cosas que había oído en Belfast, de boca de los más radicales protestantes unionistas anti-católicos del Ulster.
Ahora, a medida que nos acercábamos a la mezquita vimos un par de grandes volquetes que estaban siendo cargados con sacos de harina y cajas de aceite de cocina y bolsas de arroz. Las provisiones eran trasladadas desde pequeñas camionetas que llegaban una detrás de otra. Una de las camionetas llevaba dos banderas negras, chiís, como estandartes de batalla. Un iraquí que estaba cerca de mí me dijo, en buen inglés: "Ya lo ve, vienen de una mezquita chií". Dijo que todas las mezquitas de Bagdad estaban aceptando donaciones de la gente y las estaban llevando a Faluya. "Antes, chiís y sunníes no tenían nada en común", dijo. "Pero ahora sí. La razón es que los iraquíes están cansados de la ocupación y de la humillación que sufren de los soldados que echan abajo las puertas de sus casas y les roban y molestan a sus mujeres y les clavan sus armas en la cara". Sonrió. Nos dimos la mano. Se introdujo a sí mismo como Mouyed Al-Muslih, ingeniero jefe de las líneas aéreas iraquíes, todavía impedidas de volar. También era jefe del sindicato de pilotos e ingenieros de las aerolíneas iraquíes. Muslih me preguntó si yo era norteamericano. Le dije que sí, y me contó que en los años setenta había estudiado en la Universidad Nacional de Oklahoma. Se lo había pasado "muy bien".
Paramos para oír los disparos de una ametralladora pesada, que provenían de algún lugar en la carretera, a unos cientos de metros. "Son norteamericanos", dijo Muslih, y luego continuó hablando, sobre cosas que ya he oído de muchos iraquíes: que lo que hace Estados Unidos en Iraq es una intriga de los israelíes, los que ejercen una influencia funesta sobre el gobierno de Bush, y que Israel intentaba destruir Iraq. "Todos queríamos cambios", dijo. "Pero los norteamericanos nos han mostrado su lado malo. En la calle, si se cruzan con soldados norteamericanos se muestran tranquilos y no dicen nada, pero en sus cabezas hay un montón de odio. No se puede arrebatar la seguridad a la gente y no darles nada de vuelta".
Los iraquíes escogidos por los estadounidenses para representarlos fueron uno de los principales problemas, dijo Muslih. "Todo el mundo odia a los tipos del Consejo de Gobierno. La mayoría de ellos han vivido fuera de Ira por más de veinte o treinta años. Algunos eran ladrones que se escaparon después de cometer sus delitos, y ahora están de regreso con la CIA. Aquí viven 25 millones de personas, y muchas de ellas son buenas, gente calificada. ¿Por qué no elegir de entre ellos??" La transferencia de poder programada para el 30 de junio no es una solución. "Mientras haya aquí tropas estadounidenses, ¡todo será una mierda!"
Después de salir de la mezquita Madre de Todas las Aldeas, Salaam me llevó a una mezquita no muy lejos de su casa, en el barrio mixto sunní-chií, de Al Salaam. Estaba rodeada por una muralla de la que colgaba un cartel del jeque Ahmed Yassin, el líder de Hamas asesinado por los irraelíes en marzo. Una cartel de Muqtada Al-Sadr colgaba de otra muralla cercana. Unas camionetas frente la mezquita estaban siendo cargadas con provisiones para Faluya, y el imán, un hombre de gafas y barbudo llamado jeque Fadel Al-Gaidy, a quien me introdujo Salaam, estaba supervisándolo todo. Varios otros hombres con pañoletas estaba sentados en unas sillas a la entrada de la mezquita, vigilando. Una pancarta colgaba sobre ellos. Decía, en árabe: "Los ciudadanos de Al Salaam envían alimento, dinero y medicinas a los mujahedines de Faluya y Ramadi". "Una docena o algo así de hombres y niños se reunieron en torno a nosotros, y uno de los chicos gritó: "Los sunníes y chiís estamos juntos. Iraq es Faluya". El jeque Fadel dijo que este sentimiento era común en el barrio. "Las relaciones entre los sunníes y los chiís se han profundizado desde la caída del régimen, porque ahora tenemos un enemigo común", dijo.
"¿Es esta una yihad?", pregunté.
"Sí, es una yihad", dijo.
"¿Cuándo terminará?"
"Cuando los norteamericanos se vayan de Iraq".
3 mayo 2004
©new yorker traducción mQh
LA LÓGICA DE LA TORTURA - mark donner
1."Ahora tenemos a quince oficiales de más alto rango implicados en toda esta operación, desde el secretario de defensa hasta los generales en el mando, y nadie sabía que había problemas, nadie aprobó nada indebido, y nadie hizo nada malo. Hay una aceptación general de responsabilidad, pero no hay nadie a quien culpar, excepto a la gente del más bajo escalafón de una prisión". (Senador Mark Dayton (D-Minn.), Comité de Servicios Armados, 19 Mayo 2004).
Lo que es difícil, es separar lo que sabemos ahora de lo que sabemos desde hace mucho tiempo y que en general nos hemos negado a admitir. Aunque los sucesos y revelaciones de las últimas semanas han adquirido los rasgos típicos de un escándalo de Washington, completo con encuestas parlamentarias en traje de etiqueta, filtraciones diarias a la prensa de víctimas y de acusados por igual, y por supuesto las espectaculares y chillonas fotografías y videos de Abu Ghraib, más allá de la brillante estridencia de las revelaciones hay una zona de una no reconocida claridad. Más allá de la exótica brutalidad tan concienzudamente grabada, y las múltiples y enmarañadas líneas argumentales que se airearán en las próximas semanas y meses sobre responsabilidad, complicidad y culpabilidad, hay una verdad simple, bien conocida pero todavía no admitida públicamente por Wahsington: que desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, oficiales estadounidenses, en varias ubicaciones en todo el mundo, desde Bagram en Afganistán hasta Guantánamo, en Cuba, y Abu Ghraib, en Iraq, han estado torturando a prisioneros. Lo hicieron, en la acertada formulación del informe del general Taguba, para "sonsacarles datos útiles", y lo hicieron, en la medida en que esto sea posible, con el beneplácito institucional del gobierno de Estados Unidos, incluyendo memoranda del abogado del presidente y resoluciones promulgadas oficialmente, en el caso de Afganistán y Guantánamo, sobre la no aplicabilidad de las Convenciones de Ginebra y, en el caso de Iraq, sobre al menos tres conjuntos diferentes de políticas de interrogatorio, dos de ellas modeladas sobre la base de prácticas previas en Afganistán y Cuba.[1]
Lo hicieron bajo la mirada de los investigadores de la Cruz Roja, cuyos informes confidenciales -los que, después de apuntar que "el servicio secreto militar utiliza métodos de presión físicos y psicológicos de manera sistemática para obtener confesiones y sonsacar informaciones", describen en crudos y repugnantes detalles esos "métodos"[2]- fueron entregados a los militares y autoridades de gobierno estadounidenses sólo para "extraviarse" misteriosamente en la burocracia del ejército, sin ser tratados adecuadamente"[3]. Así lo explicaron sosamente el 19 de mayo a los senadores del comité de Servicios Armados tres de los oficiales de más alto rango. Ese mismo día, casualmente, un "alto oficial del ejército, que sirvió en Iraq" dijo a periodistas del The New York Times que de hecho el ejército sí había tratado el informe de la Cruz Roja "tratando de restringir a la organización internacional sus inspecciones in situ de la prisión".
Después de que el Comité Internacional de la Cruz Roja constata maltratos en un pabellón de la cárcel durante dos inspecciones no anunciadas en octubre y se quejara por escrito el 6 de noviembre, los militares respondieron que los inspectores debían fijar una cita antes de visitar los pabellones. Ese área era la zona de los peores abusos... La general de brigada Janis Karpinski, comandante de la Brigada No. 800 de la Policía Militar, cuyos soldados custodiaban a los prisioneros, dijo que a pesar de la gravedad de las acusaciones en el informe de la Cruz Roja, altos oficiales en Bagdad lo habían tratado "de manera frívola"[4].
¿Por qué habían esos "altos oficiales" tratado las graves acusaciones de la Cruz Roja, que son ahora materia de atención del más alto nivel, "de manera frívola"? La respuesta más plausible es que no lo hicieron porque fueran irresponsables o incompetentes o mal intencionados, sino porque estaban conscientes de que ese informe -como otros similares que había publicado la Cruz Roja, Amnistía Internacional, Human Rights Watch y otras organizaciones conocidas- no tendrían efecto alguno sobre lo que los militares estadounidenses hicieran o dejaran de hacer en Iraq.
Los oficiales sabían ciertamente que fuera lo que fuera lo que los investigadores de la Cruz Roja constataran y escribieran, las normas estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib se formulaban por preocupaciones enteramente diferentes y estaban autorizadas -a medida que los insurgentes en Iraq ganaban terreno y la demanda de "datos útiles" se hacía más urgente- por sus comandantes de más alto nivel, entre ellos el teniente general Ricardo Sánchez, el comandante general en Iraq, el que el 12 de octubre (más o menos para la época en que los investigadores de la Cruz Roja realizaban dos inspecciones no anunciadas) firmó un memorándum confidencial pidiendo a los interrogadores de Abu Ghraib que trabajaran con los guardias de la policía militar en "la manipulación de las emociones y debilidades de los detenidos" y controlaran "la luz, la calefacción... el alimento, la ropa y el abrigo" de los que fueran interrogados.[5]
Seis semanas más tarde, la general de brigada Karpinski misma escribió a los funcionarios de la Cruz Roja diciéndoles que las "necesidades bélicas" exigían el aislamiento de los prisioneros "valiosos para el servicio secreto" que no tenían derecho, afirmaba, a "las protecciones de la Convención de Ginebra", a pesar de la posición explícita de la administración de Bush de que las convenciones serían "respetadas completamente" en Iraq.[6] Ahora contamos con un montón de evidencias acerca de cómo los agentes de la policía militar en Abu Ghraib, a los que se les había ordenado (según el sargento Samuel Provance, uno de los primeros soldados de la inteligencia militar en hablar con periodistas) desnudar a los prisioneros y humillarlos como un modo de "quebrarlos"[7], intentaron, con entusiasmo o a regañadientes, cumplir estas órdenes.
2.
Podemos comenzar con la historia del prisionero todavía anónimo que, el 21 de enero de 2004, dio una declaración jurada -que obtuvo posteriormente The Washington Post- ante la División de Investigaciones Judiciales de las fuerzas armadas sobre su temporada en Abu Ghraib:
"El primer día me pusieron en un cuarto oscuro y me pegaron en la cabeza, en el estómago y en las piernas. Me hicieron mantener los brazos en alto y arrodillarme. Eso duró unas cuatro horas. Luego vino el interrogador y me miró mientras los otros me golpeaban. Luego me dejaron en ese cuarto durante cinco días, desnudo, sin ropas... Me pusieron esposas en las muñecas y me colgaron de las esposas durante siete u ocho horas. Y eso causó una ruptura de mi mano derecha; y tenía una herida que me sangraba y de la que salía pus. Me mantuvieron así el 24, 25 y 26 de octubre. Y en los días siguientes, me pusieron una bolsa en la cabeza y, por supuesto, yo estaba todo este tiempo sin ropa y sin tener dónde tenderme a dormir. Y un día de noviembre empezaron un tipo diferente de castigo, que consistió en que apareció en mi celda un policía estadounidense, me encapuchó, me esposó de las muñecas y me sacó al pasillo. Empezó a golpearme, junto con otros cinco policías estadounidenses. Yo solía podía ver sus pies, por debajo de la bolsa.
"Algunos de los policías eran mujeres, porque oí sus voces y alcancé a ver a dos de los policías que me estaban golpeando antes de que me pusieran la bolsa en la cabeza. Uno de ellos llevaba gafas. No pude leer su nombre porque había pegado una cinta sobre él. Algunas de las cosas que hizo fue hacerme sentar como si yo fuera un perro; ataron una cuerda a la bolsa y me hicieron ladrar como perro y se reían de mí... Uno de los policías me dijo que gateara en árabe, así que comencé a gatear sobre mi barriga y el policía empezó a escupirme y a golpearme... Comenzaron a pegarme en el hígado y después en el oído derecho; comencé a sangrar y perdí el conocimiento...
"Pocos días antes de que me golpearan en mi oreja, el policía estadounidense, el tipo que llevaba gafas, me puso ropa interior de mujer de color rojo en mi cabeza. Y me ató con las manos por detrás a la ventana que había en mi celda, hasta que perdí la conciencia. Y también cuando estaba en la Habitación 1 me dijeron que me tendiera boca abajo y empezaron a brincar desde la cama sobre mi espalda y mis piernas. Y los otros dos me estaban escupiendo e insultándome, y me tenían sujeto de las manos y los pies. Después de que el tipo de gafas se cansara, dos de los soldados estadounidenses me lanzaron al suelo y me ataron por las manos, boca abajo, a la puerta. Uno de los policías empezó a mear sobre mí y a reírse... Y el soldado y su amiga me dijeron en voz alta que me tendiera en el suelo, así que lo hice. Y entonces el policía empezó a abrirme las piernas, y se sentó entre mis piernas, arrodillado, y yo lo estaba mirando por debajo de la bolsa, y ellos querían follarme, porque vi que se estaba bajando la cremallera y me puse a gritar y el otro policía comenzó a darme de patadas en la cabeza y me puso el pie en la cabeza, para que no pudiera gritar... Y entonces pusieron el altavoz en la celda y cerraron la puerta y empezó a gritar en el micrófono...
"Me llevaron a los servicios y me hicieron señas de que me tendiera en el suelo. Y uno de los policías me metió en el ano una porra que siempre llevaba consigo y yo sentí que entraba unos dos centímetros aproximadamente. Y empecé a gritar y él la sacó y lo limpió con agua en la celda. Y entonces las dos chicas estadounidenses que estaban allí cuando ellos me estaban golpeando, empezaron a golpearme en la pija con una bola hecha de esponja. Y cuando me ataron en la celda, una de las chicas, la rubia, blanca, comenzó a jugar con mi pija... Y sacaron fotos de mí todo el rato".[8]
¿Qué debe pensar uno de esta dantesca pesadilla? La mera extravagancia de la brutalidad puede llevarlo a uno a pensar que esos actos, si no fantasía en sí mismos, deben ser el producto de una mente particularmente sádica, y que en realidad, como ha sostenido el ejército, lo que aquí tenemos entre manos son casos de maltratos cometidos por una media docena o algo así de personas inestables, dejadas a la buena de Dios, de temperamento tenebroso y envilecidos por las tensiones de la guerra y la nostalgia y por el poder virtualmente ilimitado que se les había conferido. Que los maltratos que conocieron muchos otros detenidos de Abu Ghraib, según sus declaraciones, y mostrados en las fotografías, sean muy similares no desmiente por supuesto el alegato del ejército de que se trata de "unas pocas manzanas podridas"; al contrario, quizás esta media docena o algo así de bellacos simplemente aterrorizaban a los prisioneros de su pabellón, imponiendo castigos aberrantes similares a quien se les antojaba.
Pero entonces topamos con el siguiente informe, escrito por el jefe del despacho de la Reuter en Bagdad y publicado en la revista Editor and Publisher, sobre el trato que se dio a tres empleados iraquíes de Reuters (dos camarógrafos y un chofer) que estaban filmando cerca del sitio donde se estrelló un helicóptero estadounidense cerca de Faluya a comienzos de febrero cuando llegaron las tropas de la División Aerotransportada No. 82:
"Cuando los soldados se acercaron ellos estaban cerca del coche, un Opel azul. Salem Uraiby (que había trabajado como camarógrafo para la Reuters durante doce años) gritó: "¡Reuters, Reuters, periodista, periodista!". Se les disparó por lo menos un tiro cerca de los pies.
"Fueron arrojados al suelo y los soldados colocaron sus armas contra sus cabezas. Revisaron el coche. Los soldados hallaron las cámaras y las tarjetas de prensa y no descubrieron armas de ningún tipo. Les esposaron por las muñecas a la espalda y fueron metidos bruscamente a un todoterreno, donde los arrojaron al piso...
"Una vez que llegaron a la base estadounidense (Volturno, cerca de Faluya), los mantuvieron en un área de detención con alrededor de otros cuarenta prisioneros en una gran sala con varias ventanas abiertas. Hacía mucho frío...
"Les ponían y sacaban las bolsas de la cabeza. La ensordecedora música que tocaban por los altavoces la conectaban directamente a sus oídos y les mandaban a bailar en la sala. A veces, cuando hacían esto los soldados les enfocaban con unas brillantes linternas directamente a los ojos y les golpeaban con ellas. Les decían que se tendieran en el suelo y que menearan sus traseros en el aire al ritmo de la música. Les hacían hacer flexiones de pecho repetidas veces y acuclillarse y levantarse nuevamente.
"Los soldados se colocaban entre ellos, murmurando cosas en sus oídos... Salem dijo que le murmuraban que querían tener sexo con él y le estaban diciendo: vamos, son sólo dos minutos'. También le dijeron que detendrían a su mujer, para que ellos pudieran acostarse con ella...
"Los soldados murmuraban: Uno, dos, tres...' y entonces gritaban muy fuerte en el oído. Esto duraba toda la noche... Ahmad dijo que él se desplomó a la mañana siguiente. Sattar dijo que se había desplomado después de Ahmad y comenzó a vomitar... Cuando se los llevaba a interrogar individualmente, eran interrogados por dos soldados estadounidenses y un intérprete árabe. Los tres le insultaron. Los acusaban de haber derribado el helicóptero. Los tres -Salem, Ahmad y Sattar- informaron que durante el primer interrogatorio les dijeron que se arrodillaran en el suelo sin tocar este con los pies y que mantuvieran las manos alzadas. Si los posaban o si dejaban caer los brazos, eran abofeteados e insultados. Ahmad dijo que él fue obligado a meterse un dedo en el culo y luego a lamerlo. También fue obligado a lamer y chupar un zapato. Durante un rato en el interrogatorio le pusieron papel de seda en la boca y tuvo dificultades para respirar y hablar. Sattar contó que a él también lo habían obligado a meterse un dedo en el ano y a lamerlo. Luego le dijeron que se metiera un dedo en la nariz durante el interrogatorio, todavía arrodillado y con el otro brazo en el aire. El intérprete árabe le dijo que parecía un elefante...
"Ahmad y Sattar dijeron ambos que les dieron unas chapas con la letra C'. No sabían lo que significaba, pero donde los llevaran en la base, si aún soldado veía su chapa, se pararía a abofetearlo o a insultarlo".[9]
Diferentes soldados, diferentes unidades, diferentes bases; y sin embargo es obvio
que mucho de lo que podríamos llamar los "contenidos temáticos" de los abusos son muy similares: la capucha, los ruidos estruendosos, las "posturas difíciles", las humillaciones sexuales, la amenaza de golpizas, y las violaciones: todo parece surgir del mismo guión, un guión tan ampliamente conocido que incluso los soldados desconocidos que los empleados de Reuters encontraban en el camino durante sus traslados en el interior de la base conocían qué parte les tocaba desempeñar. Todo esto, incluyendo la normalmente legible "chapa", sugiere que había un programa claro que había sido elaborado expresamente, y distribuido metódicamente con la intención, en palabras del general Sánchez en el memorándum del 12 de octubre, de ayudar a las tropas estadounidenses a "manipular las emociones y debilidades de los detenidos".
3.
"Creo que lo que pasó es que en Guantánamo teníamos un concepto sofisticado, donde no cabía la Convención de Ginebra... y en Iraq pusimos al mando a gente que debería estar conduciendo camiones, o haciendo alguna otra cosa en lugar de estar custodiando prisioneros. Era un desastre que se veía venir" (Senador Lindsey Graham (R-S.C.), Comité de Servicios Armados.
¿Cuál es el "concepto sofisticado" al que se refiere el senador Graham? ¿Cómo puede llamarse "conceptos sofisticados" lo que no parece ser más que estrafalaria y arbitraria brutalidad? Aunque aquí estamos limitados por lo que se conoce públicamente -mientras que el senador Graham, que puede consultar documentos secretos,, no lo está- todavía es posible detectar, en la historia de los "interrogatorios extremos" de fines de los años 1950, una tendencia general hacia técnicas más "científicas" y "asépticas", cuyos lineamientos son todos demasiado evidentes en los morbosos informes que se han dado a conocer en Iraq. La compilación más famosa de estas técnicas se encuentra en el manual de la CIA, KUBARK Counterintelligence Interrogation', publicado en 1963, y en especial en su capítulo El Interrogatorio Coercitivo de Contraespionaje de Sujetos Resistentes', que incluye la observación de que todas las técnicas coercitivas están diseñadas para inducir un estado regresivo... El resultado de las presiones externas de suficiente intensidad es la pérdida de las defensas adquiridas recientemente por el hombre civilizado... "Esas funciones pueden ser alteradas con grados relativamente pequeños de trastornos homeostásico, fatiga, dolor, una pérdida o ansiedad".[10]
El propósito de ese "trastorno homeoestásico, de acuerdo al manual de la CIA, es inducir "un estado de debilidad-dependencia-temor", provocando en el prisionero la experiencia de "reacciones emocionales y motivacionales de intenso temor y ansiedad".
"Las condiciones de detención son manipuladas para aumentar en el sujeto la sensación de que ya no cuenta con asideros conocidos y de que está siendo empujado hacia lo extraño... El control del ambiente del sujeto permite que el interrogador determine su dieta, su esquema de sueño y otras cosas básicas. Al manipularlos en estas situaciones irregulares, el sujeto se desorienta y es muy probable que desarrolle sentimientos de temor y de impotencia". [Cursivas en el original].
"Así, la capucha, la privación del sueño, las comidas irregulares e insuficientes, y la exposición alternativa a calores y fríos intensos. En una versión posterior del manual, se lee que el "interrogador"
"debe ser capaz de manipular el ambiente del sujeto, crear situaciones desagradables o intolerables, interrumpir los esquemas de sueño, de espacio y de percepción sensorial... Una vez que se logra esta disrupción, la resistencia del sujeto se encuentra seriamente dañada. Siente una especie de shock psicológico, que puede durar brevemente, pero durante el cual es mucho más probable que acceda...
Frecuentemente el sujeto se siente culpable. Si el interrogador puede intensificar estos sentimientos de culpa, aumentará la ansiedad del sujeto y su disposición a colaborar como un medio de evasión".[11] [Cursivas en el original].
Vistas contra este trasluz, la morbosas escenas de humillación descritas en las fotografías y en las declaraciones de Abu Ghraib -los hombres desfilando desnudos en el pabellón de la cárcel, encapuchados, la masturbación forzada, las actividades homosexuales obligadas y todo lo demás- comienzan a hacerse comprensibles; de hecho son montajes de óperas que giran sobre la vergüenza fingida, cuya intención es "intensificar" en el prisionero "los sentimientos de culpa, aumentar su ansiedad y su necesidad de colaborar". Aunque que muchos de estos elementos de los maltratos se encuentran en varios informes sobre Iraq, particularmente la privación sensorial y las "posturas difíciles", los métodos se parecen a los usados por los servicios de inteligencia modernos, incluyendo los israelíes y los ingleses en Irlanda del Norte; algunas de las técnicas parecen claramente diseñadas para utilizar las particulares sensibilidades de la cultura árabe, como el sentido de vergüenza, sobre todo en asuntos relacionados con la sexualidad.
Los militares estadounidenses, por supuesto, están conscientes de esas sensibilidades culturales; este otoño pasado, por ejemplo, la infantería de marina brindó a sus tropas, junto a un curso de una semana sobre las costumbres e historia de Iraq, un folleto que incluía estos consejos: "No avergüence ni humille a un hombre en público. Humillarle en público provocará en él y su familia sentimientos contra la coalición".
"El más importante calificativo de la vergüenza es que una tercera persona presencie el acto. Si debe hacer algo que causará probablemente la vergüenza de una persona, apártela de la vista de otros".
"La capucha en la cabeza es humillante. Evite esta práctica".
"Colocar a un detenido en el suelo o ponerle un pie encima implica que usted es Dios. Es uno de los peores gestos que podamos tener".
"Los árabes consideran las siguientes cosas impuras:
"Los pies o las plantas de los pies.
"Usar los servicios junto a otros. A diferencia de los marines, que están acostumbrados a los servicios al aire libre, los árabes no se duchan ni usan juntos los servicios.
"Los fluídos corporales...".[12]
Estos preceptos, cuyo propósito era ayudar a los marines a llevarse bien con los iraquíes cuyo territorio están ocupando, evitando hacer cualquier cosa, incluso involuntariamente, que pudiera ofenderlos, son justamente puestos de cabeza por los interrogadores de Abu Ghraib y otras bases estadounidenses. Los detenidos eran mantenidos encapuchados y atados; se les obligaba a gatear y arrastrarse por el suelo, a menudo entre los pies de los soldados estadounidenses; eran obligados a ponerse los zapatos en la boca. Y en todo esto, como se observa en el informe de la Cruz Roja, la naturaleza pública de la humillación es absolutamente crucial; por eso se les obligaba a desfilar desnudos, a masturbarse en frente de mujeres soldados, a observarse desnudos, a formar pirámides humanas'. Y todo esto debía tomar lugar no solamente a vista de extranjeros, hombres y mujeres, sino también de la tercera persona absoluta: la cámara digital omnipresente con su inseparable flash, llevada ahí para que el prisionero supiera que su humillación no terminaba con el acto mismo, sino que sería guardada para el futuro, para ser utilizada de un modo que el detenido no puede controlar. Cualquiera haya sido el motivo que tuvieron los que tomaron esas fotografías, para los prisioneros la cámara tenía el potencial de exhibir su humillación a su familia y amigos, y así actuaba como un "multiplicador de vergüenza", colocando en manos del interrogador un enorme poder. El prisionero debía complacer a su interrogador, de otro modo su vergüenza sería interminable.
Si, como sugiere el manual, el camino hacia un interrogatorio efectivo reside en "intensificar los sentimientos de vergüenza" y con ellos "la ansiedad del sujeto y su necesidad de colaborar como un modo de evasión", entonces las morbosas sagas de los maltratos de Abu Ghraib comienzan a aclararse, pasando lentamente de lo que parece ser una insensata letanía de sadismo y brutalidad a una serie de acciones que, por aberrantes que sean, ocultan en su interior una cierta forma de lógica. Aparte del informe de Reuters, no sabemos mucho sobre qué pasaba en las salas de interrogatorio mismas; hasta el momento, los profesionales que han trabajado en esas habitaciones se han negado a hablar.[13] Sabemos, por las declaraciones de varios policías militares, que los interrogadores les daban instrucciones específicas: "Ablándennos a este tipo. Asegúrense de que pase una mala noche. Asegúrense de que reciba el tratamiento". Cuando a uno de esos soldados, el sargento Javal S. Davis, le preguntaron por qué no había protestado contra esa conducta abusiva, respondió que él "había asumido que si ellos hubieran estado haciendo algo fuera de lo común o sin respetar las instrucciones, alguien habría dicho algo. Además, ese ala pertenece a la inteligencia militar y parecía que el personal de la Policía Militar aprobaba los maltratos". Agregó, hablando sobre uno de los policías acusados:
"Según entiendo, Graner había felicitado al staff de la Policía Militar por la manera en que estaban tratando a los presos. Algunos ejemplos son declaraciones como: "Buen trabajo, ahora se están quebrando muy rápido"; "Ahora responden a todo"; "Al fin nos están dando informaciones buenas"; y "Sigan así, es un buen trabajo", y cosas similares.[14]
Como abogado de otro de los acusados, el sargento Ivan Fredericks dijo a los periodistas:
"La idea es que no había necesariamente una orden directa. Son todos demasiado sutiles y listos para eso... De manera realista, lo que hay es una descripción de una actividad, una insinuación de que era necesario y un estímulo a hacerlo porque era exactamente lo que necesitábamos.
"Estas declaraciones fueron hechas por soldados acusados que tienen un motivo obvio para desviar la culpa de sí mismos. Aunque son pocos los militares del servicio secreto que han hablado, y tres según se sabe han apelado a las garantías de la Quinta Enmienda,[15], uno que sí habló con los periodistas, el sargento Samuel Provance, confirmó las afirmaciones de que los policías actuaron obedeciendo órdenes: "La inteligencia militar estaba al control de todo. Las preparaciones de las condiciones en que se tenían que realizar los interrogatorios eran dictadas estrictamente por la inteligencia militar. No eran quienes se ocupaban de hacerlo, sino los que mandaban a los policías militares a que despertaran a los detenidos al cambio de hora". [...] Provance dijo a los periodistas que "que oficiales del más alto rango en la prisión estaban implicados y que el ejército está tratando de desviar la atención".[16]
No se necesita depender de las afirmaciones de los acusados para saber que lo que pasó en Abu Ghraib y en otros lugares de Iraq no fue la brutalidad arbitraria de "unas pocas manzanas podridas" (las que, no sorprendentemente, resultan ser las defensas clásicas que utilizan los gobiernos en casos de tortura). No se necesita depender de ese tesoro de evidencias externas, incluyendo la visita a Abu Ghraib en el otoño pasado, del general de división Geoffrey Miller, entonces comandante de Guantánamo (y ahora comandante de Abu Ghraib), durante la cual, de acuerdo al informe de Taguba, "revisó la actual capacidad dramática para explotar rápidamente a los detenidos para obtener datos útiles"[17]; o el memorándum del 12 de octubre del teniente general Sánchez, emitido después de la visita del general Miller, que instruía a los oficiales del servicio secreto a trabajar más estrechamente con los policías militares para "manipular las emociones y debilidades de los detenidos"; o declaraciones de Thomas M. Pappas, el coronel a cargo de la inteligencia, que se sintió bajo "enorme presión", a medida que la insurgencia aumentaba la intensidad de sus ataques, para "extraer más información de los prisioneros".[18] La evidencia interna -los horribles detalles de los maltratos mismos y la clara narrativa lógica que adquieren cuando se los examina en el contexto de lo que sabemos sobre métodos de interrogatorio de las agencias de inteligencia y militares estadounidenses- es suficiente para mostrar que lo que estaba pasando en Abu Ghraib, fuera lo que fuera, no dependió del ingenio sádico de unas pocas manzanas podridas.
Esto es lo que sabemos. Como ocurre a menudo, la cuestión real ahora no es lo que sabemos sino qué es lo que podemos hacer.
4.
"¿Deberíamos habernos quedado en Argelia? Si responde sí', debe entonces aceptar todas las consecuencias necesarias". (Colonel Philippe Mathieu, The Battle of Algiers' (1965).
Cuando, como joven oficial del servicio secreto, el difunto general Paul Aussaresses llegó a una Argelia convulsionada por la guerra hace medio siglo y se encontró con su primer insurgente capturado, descubrió que los métodos de interrogatorio eran
ampliamente conocidos y bastante simples:
"Cuando le interrogué empecé preguntándole qué sabía y me indicó claramente que no iba a hablar...
"Entonces, sin dudarlo, el policía me mostró la técnica usada para los interrogatorios extremos': primero, una golpiza, que en la mayoría de los casos no es suficiente; luego los otros medios, tales como descargas eléctricas...; y finalmente agua. La tortura con descargas eléctricas fue hecha posible por los generadores utilizados para alimentar a los transmisores de radio, que eran muy comunes en Argelia. Los electrodos eran conectados a las orejas o testículos de los prisioneros, luego se aplicaban descargas eléctricas que intensidad variable. Este era un método aparentemente bien conocido..."[19].
Aussareness observa que "casi todos los soldados franceses que han servido en Argelia sabían más o menos que se estaba aplicando tortura, pero no cuestionaron los métodos porque no tenían que enfrentarse directamente al problema". Cuando como oficial responsable entrega un completo informe a su comandante sobre los métodos de interrogatorio -que entregaban, como observa él, "explicaciones muy detalladas y más delaciones, permitiéndome hacer más detenciones"-, recibe una interesante respuesta:
"¿Está seguro de que no hay otros modos de hacer que la gente hable?", me preguntó nerviosamente. "Quiero decir métodos que sean..."
"¿Más rápidos?", pregunté.
"No, no es lo que quiero decir".
"Sé lo que quiere decir, coronel. Usted está pensando en métodos más limpios. Usted cree que nada de esto se ajusta a nuestra tradición humanista".
"Sí, eso es lo que quiero decir", respondió el coronel.
"Incluso si usted estuviera de acuerdo con nosotros en llevar a cabo la misión que me ha encomendado, debo evitar pensar en términos morales y pensar solamente en lo que es más útil".
La lógica de Aussaresses es la de un soldado práctico: un ejército tradicional puede derrotar a determinados guerrilleros enemigos sólo por la superioridad de su servicio de inteligencia; esta superioridad puede ser construida a tiempo interrogando a insurgentes curtidos a los que sólo se puede interrogar mediante el uso de "técnicas extremas": tortura; por eso, para tener una posibilidad de permanecer en Argelia, el ejército francés debe emplear la tortura. No siente nada excepto desprecio por los oficiales superiores, como su coronel, que tiemblan ante la idea de "ensuciarse las manos" -para no mencionar al político que, a la menor señal de polémica sobre los métodos que se ven obligado a emplear, no dudará en dejarle caer como "una manzana podrida".
Está claro desde hace tiempo que el presidente Bush y sus oficiales de más alto rango, cuando se enfrentaron al mundo del 11 de septiembre de 2001 y los días posteriores, tomaron una serie de decisiones sobre métodos de guerra e interrogatorio que el general Aussaresses, el soldado práctico, habría entendido bien. El efecto de esas decisiones -entre otras la decisión de encarcelar indefinidamente a los capturados en Afganistán y otras partes en la guerra contra el terrorismo, la decisión de llamar a esos prisioneros "combatientes ilegales" y negarles las protecciones de la Convención de Ginebra, y finalmente la decisión de emplear "métodos de presión" para extraer "datos útiles" de ellos- fue transformar oficialmente a Estados Unidos de una nación que no torturaba, a una que sí lo hace. Y las decisiones no fueron, al menos en sus bosquejos más amplios, mantenidas en secreto. Eran conocidas por otros funcionarios de otras ramas del gobierno, y por el público.
Las consecuencias directas de esas decisiones, incluyendo detalles de los métodos de interrogatorio aplicados en Guantánamo y en la base aérea de Bagram, empezaron a emerger hace más de un año. Sin embargo, fueron las fotografías de Abu Ghraib, examinadas contra el trasfondo de violencia y de casos en una guerra cada vez más impopular, las que hicieron posible un debate público de la tortura de prisioneros a manos de los estadounidenses. Y tal como el general Aussaresses habría reconocido algunos de los métodos que los estadounidenses están usando hoy en sus salas secretas de interrogatorios -especialmente la práctica de desnudar a los prisioneros y sumergirlos en el agua hasta que están a punto de morir ahogados, que fue durante mucho tiempo un método favorito no solamente de los franceses, sino también de los argentinos, uruguayos y otros en América Latina[20]-, el general sonreiría con desdén por las contradicciones e hipocresías del actual escándalo estadounidense de Abu Ghraib: los oficiales de alto rango llenos de galones dando rodeos ante los senadores; la "repugnancia" expresada por alto funcionarios sobre lo que muestran las fotos de Abu Ghraib, y la persistente insistencia de que lo que pasó en Abu Ghraib fue sólo, como dijo al país el presidente Bush, "comportamientos vergonzosos de unas pocas tropas estadounidenses, que deshonraron nuestro país y violaron nuestros valores". El general Aussaresses sostuvo francamente la necesidad de la tortura, pero no tomó en cuenta los costes políticos de lo que, a fin de cuentas, era una guerra política. El general justificaba la tortura, como otros muchos, por aquello de la teoría de "la bomba a punto de estallar", como un medio de proteger vidas que se encuentran en inminente peligro; pero en Argelia, como ahora en Iraq, la tortura, una vez autorizada, se extiende inevitablemente; y finalmente se hace imposible sopesar los logros militares en términos de "datos útiles" y las pérdidas en el terreno político, con una población cada vez más hostil y un planeta indignado. Entonces como ahora, se trató de una opción política, no militar; y los que la tomaron ayudaron al general a perder la guerra.
Cincuenta años más tarde, Estados Unidos está envuelto en otra guerra política: no sólo la lucha contra la insurgencia en Iraq sino las iniciativas de alcance más amplio, si uno ha de dar crédito a las palabras de la administración de "transformar el Oriente Medio" de modo que "deje de producir ideologías de odio que llevan a los hombres a estrellar aviones contra edificios de Nueva York y Washington". No podemos medir en términos de inteligencia el valor de los datos extraídos por los torturadores, aunque oficiales de alto rango admitieron ante The New York Times el 27 de mayo que no habían sacado "mucho de valor sobre la insurgencia" de esos interrogatorios. Lo que está claro es que las fotografías de Abu Ghraib y las terribles historias que cuentan han causado un enorme daño a lo quedaba de la autoridad moral de Estados Unidos en el mundo, y por tanto su capacidad de inspirar esperanza antes que odio entre los musulmanes. Las fotografías "no representan a Estados Unidos", como dice el presidente, y nosotros asentimos. ¿Pero qué significa esto exactamente? Como ocurre a menudo, fue necesario un humorista, Rod Corddry en The Daily Show with Jon Stewart, para señalar la desalentadora contradicción en el asunto:
"No hay ninguna duda de que lo que pasó en esa prisión era terrible. Pero el mundo árabe tiene que darse cuenta de que Estados Unidos no debe ser juzgado por las acciones de unos... bueno, no deberíamos ser juzgados por esas conductas... Son nuestros principios los que importan, las nociones abstractas que nos inspiran. Recuerde: El hecho de que hayamos torturado a los prisioneros, no significa que sea algo que todavía haríamos".
En las próximas semanas y meses, los estadounidenses decidirán sobre cómo dar cuenta de lo que hicieron sus compatriotas en Abu Ghraib, y de lo que continúan haciendo en Bagram y Guantánamo y otras cárceles secretas. Con sus acciones decidirán si comenzarán o no a achiar la creciente brecha entre lo que los estadounidenses dicen que son y lo que en realidad hacen. Los iraquíes y otros en el mundo estarán observándonos para ver si dejamos de torturar y si castigamos o no a los verdaderos responsables. Después de todo, esto es lo que nuestro presidente no se cansa nunca de decir, que es una guerra de ideas. Ahora, como lo dejan claro las fotografías de Abu Ghraib, también se ha transformado en una lucha sobre lo que de verdad, si acaso, representa a Estados Unidos.
Notas
[1] "Solo en la prisión de Abu Ghraib, según han declarado oficiales de alto rango, había nada menos que tres conjuntos de técnicas de interrogatorio se ponían en acción en diferentes momentos -aquellos citados en los manuales del ejército, los usados por interrogadores que han trabajado anteriormente en Afganistán, y un tercer conjunto elaborado por los generales al mando en Iraq, basándose en técnicas utilizadas en la Bahía de Guantánamo", de Craig Gordon, ´High-Pressure Tactics: Critics Say Bush Policies Post 9/11Gave Interrogators Leeway to Push Beyond Normal Limits´, Newsday, 23 mayo 2004.
[2] Véase mi ´Torture and Truth´, The New York Review, 10 junio 2004, la primera parte del presente artículo, que examina en detalle el informe de la Cruz Roja.
[3] Véase Edward Epstein, ´Red Cross Reports Lost, Generals Say: 'The System Is Broken,' Army Commander Tells Senate Panel about Abu Ghraib Warnings´, San Francisco Chronicle, 20 mayo 2004.
[4] Véase Douglas Jehl y Eric Schmitt, ´Officer Says Army Tried to Curb Red Cross Visits to Prison in Iraq´, The New York Times, 19 mayo 2004.
[5] Véase R. Jeffrey Smith, ´Memo Gave Intelligence Bigger Role: Increased Pressure Sought on Prisoners´, The Washington Post, 21 mayo 2004.
[6] Véase Douglas Jehl and Neil A. Lewis, ´US Disputed Protected Status of Iraq Inmates´, The New York Times, 23 mayo 2004.
[7] Véase Josh White and Scott Higham, ´Sergeant Says Intelligence Directed Abuse´, The Washington Post, 20 mayo 2004.
[8] Véase ´Translation of Sworn Statement Provided by ________, Detainee #_______, 1430/21 Jan 04´, disponible junto con otras treinta declaraciones juradas de iraquíes en ´Sworn Statements by Abu Ghraib Detainees´, www.washingtonpost. com. El nombre fue borrado por The Washington Post porque la víctima "había sido víctima de abusos sexuales".
[9] Véase Greg Mitchell, ´´Exclusive: Shocking Details on Abuse of Reuters Staffers in Iraq´, Editor and Publisher, 19 mayo 2004, que incluye fragmentos del informe del jefe del despacho de Bagdad.
[10] Véase ´KUBARK Counterintelligence Interrogation July 196, archivado en
´Prisoner Abuse: Patterns from the Past´, National Security Archive Electronic Briefing Book No. 122, p. 83; www.gwu.edu/~nsarchiv/NSAEBB/NSAEBB122. "KUBARK" es un nombre en clave de la CIA.
[11] Véase ´Human Resource Exploitation Training Manual1983´, National Security Archive Electronic Briefing Book No. 122, ´Non-coercive Technique´; www.gwu.edu/~nsarchiv/NSAEBB/ NSAEBB122.
[12] Véase ´Semper Sensitive: From a Handout That Accompanies a Weeklong Course on Iraq's Customs and History´, Marine Division School, Harper's, Junio 2004, p. 26. Para una discusión de la vergüenza y de la ocupación estadounidense de Iraq, véase mi ´Torture and Truth´.
[13] Aunque sabemos algo de lo que ha pasado en otros centros de interrogatorios estadounidenses, por ejemplo en la base aérea de Bagram, Afganistán. Véase Don Van Natta Jr., ´Questioning Terror Suspects in a Dark and Surreal World´, The New York Times, 9 marzo 2003, y mi ´Torture and Truth´.
[14] Véase Scott Higham y Joe Stephens, ´unishment and Amusement´, The Washington Post.
[15] Richard A. Serrano, ´Three Witnesses in Abuse Case Aren't Talking: Higher-ups and a Contractor Out to Avoid Self-incrimination´, San Francisco Chronicle, 19 mayo 2004.
[16] Véase White and Higham, ´Intelligence Officers Tied to Abuses in Iraq´.
[17] Véase General Antonio M. Taguba, ´Article 15-6 Investigation of the 800th Military Police Brigade´ (The Taguba Report), página 7.
[18] Véase Douglas Jehl, ´Officers Say US Colonel at Abu Ghraib Prison Felt Intense Pressure to Get Inmates to Talk´, The New York Times, May 18, 2004.
[19] Véase Paul Aussaresses, ´The Battle of the Casbah: Terrorism and Counter-Terrorism in Algeria, 1955-1957´, traducido por Robert L. Miller (Enigma, 2002).
[20] Véase James Risen, David Johnston, y Neil A. Lewis, ´Harsh CIA Methods Cited in Top Qaeda Interrogations´, The New York Times, 13 mayo 2004.
27 mayo 2204
©new york review of books ©traducción mQh
eeuu con militares baazistas
[Robin Wright] Estados Unidos planea recontratar a antiguos miembros del partido dominante de Iraq, el Partido Baaz, y a oficiales iraquíes de alto rango despedidos después del derrocamiento de Sadam Husein, en un esfuerzo por remediar el daño causado por sus medidas más polémicas en Iraq, según personeros americanos.L. Paul Bremer, el administrador de Iraq, propuso un cambio de política y ampliar la estrategia para hacer volver al redil a la poderosa minoría suní y minar el apoyo a la insurgencia en el volátil Triángulo Suní, dos de los desafíos más persistentes de la ocupación americana, dijeron los funcionarios. Ambas medidas son esenciales para la reconciliación nacional; son cada vez más importantes a medida que la ocupación alcanza su fin.
"La minoría suní de Iraq está muy marginalizada, y mientras más gente saquemos de las listas de parias, más se involucrará la comunidad en asuntos políticos", declaró un enviado de alto rango de un país de la alianza liderada por los Estados Unidos.
La administración de Bush está dándole cuerpo a los detalles, y espera concluir esta semana. Pero los Estados Unidos, respaldados por Inglaterra, han decidido en principio, como lo expresan varios funcionarios, "ajustar" o "ablandar" las rígidas reglas que condujeron al despido de los iraquíes que eran miembros del Partido Baaz de posiciones importantes de gobierno y funciones en campos tales como la enseñanza y la medicina.
La coalición liderada por Estados Unidos está recontratando a oficiales militares de alto rango para proveer de liderazgo al frágil nuevo ejército iraquí, con el nombramiento la semana pasada en posiciones importantes de más de media docena de generales del ejército de Husein, informaron personeros americanos. El general de ejército John P. Abizaid, jefe del Comando Central, está tratando de identificar a otros comandantes que puedan ser recontratados, agregaron los funcionarios.
"Las decisiones que se tomaron hace un año han empeorado la situación en el terreno de operaciones desde entonces. Deshacer estas medidas es un triunfo de la visión en el terreno sobre políticas elaboradas originalmente en Washington, declaró un oficial americano de alto rango ocupado de la formulación de políticas sobre Iraq. Irónicamente, las dos medidas eran las primeras tomadas por Bremer, que las trajo de Washington, cuando llegó a Bagdad a asumir el liderato de la ocupación bajo mando americano el pasado mayo.
El gobierno dice que ninguna de las medidas es un retroceso, pero expertos en política internacional dijeron que a los iraquíes en la práctica eso es lo que les parece. "Estamos revisando la implementación de medidas para ver cómo equilibrar mejor el deseo de emplear el conocimiento local disponible con la necesidad de justicia", declaró Sean McCormack, portavoz del Consejo Nacional de Seguridad.
El primer paso en la revisión de la política con respecto a los viejos baazistas será rehabilitar a casi 11 mil maestros y cientos de profesores despedidos después del derrocamiento de Husein el año pasado, declararon funcionarios americanos. "Son personas que fueron tratados injustamente por el sistema. Su condición de baazistas no reflejaba su papel en el partido", dijo un funcionario de alto rango del Gobierno Provisional de la Coalición.
Pero, finalmente, el objetivo a largo plazo es reclutar a miles de otros suníes capacitados para funciones críticas en la reconstrucción de Iraq.
"Más ampliamente, [esta estrategia] está tratando de llegar a los suníes y hacerlos sentirse parte del proceso y darles parte en él sin alejar al resto de Iraq, particularmente a los chiíes y kurdos", dijo un funcionario de alto rango de la administración familiarizado con las discusiones.
Los baazistas de los cuatro primeros niveles del partido fueron despedidos y el ejército fue desmovilizado porque eran vistos como los principales instrumentos del gobierno de Husein -dominado por los suníes. La continuación de su presencia era vista como una amenaza para la transición, incluso si grandes cantidades de iraquíes se estaban incorporando para asegurarse un empleo o incluso para sobrevivir, reconocieron ahora funcionarios americanos. Se les permitió apelar para ser reincorporados al trabajo, un proceso que ha demostrado ser lento y pesado y que ha despertado la antipatía de vastas cantidades de suníes, que son el objetivo principal, dijeron funcionarios de la administración.
El gobierno está considerando un amplio rango de opciones, tales como un acercamiento más activo que identifique a otros grupos de profesionales suníes para ser reinstalados, o acelerar el proceso en curso creando una nueva comisión para tratar las peticiones. El comité encargado con la "de-baazificación" está dirigido por Ahmed Chalabi, un musulmán chií y polémico político en el Consejo de Gobierno.
La administración no ha decidido hasta dónde llegar en los cuatro niveles superiores del Partido Baaz. Pero el gobierno de la alianza liderada por los Estados Unidos sólo quiere iraquíes sin antecedentes para ser rehabilitados en posiciones de gobierno o militares, dijeron funcionarios del gobierno de la coalición.
Las dos medidas han estado bajo fuego durante meses dentro y fuera de la administración.
"Esas medidas no debieron implementarse nunca, porque no teníamos suficiente información sobre el Partido Baaz. Y la idea de desmantelar el partido fue mal concebida y basada en la ignorancia, incluso cuando estaba claro que teníamos que hacer algo. El Gobierno Provisional de la Coalición actuó de cualquier manera", dijo Timothy Carney, viejo embajador americano que ha servido en Iraq en los primeros meses después de la ocupación. "El desmantelamiento del ejército se hizo también apresuradamente".
Los crecientes enfrentamientos entre tropas americanas e insurgentes suníes en los alrededores de Faluya este último mes ha acelerado el debate dentro del gobierno, dijo un funcionario de alto rango del Departamento de Estado. El gobierno quiere contrapesar la presión militar con incentivos políticos y económicos para impedir que se profundice el alejamiento de la mayoría suní, dijo.
El problema más grande y desconocido es cómo reaccionará ante estas medidas la mayoría chií de Iraq, históricamente oprimida por la minoría suní, dijeron funcionarios de la administración. Al re-instalar a oficiales militares en sus posiciones, Estados Unidos presta atención al equilibrio entre facciones étnicas y religiosas. Los primeros tres exgenerales rehabilitados esta semana son un musulmán suní, un chií y un kurdo.
22 abril 2004
©he washington post
cc traducción mQh