FILIPINAS RETIRA A SUS SOLDADOS DE IRAK; LIBERAN A REHÉN - oliver teves
Manila, Filipinas. Los insurgentes iraquíes liberaron a un chofer de camiones filipino que habían secuestrado y amenazado con decapitar, dijo el sábado la secretaria de trabajo de Filipinas.El anuncio tuvo lugar pocas horas después que el portavoz de la presidenta Gloria Macapagal Arroyo manifestó que el pequeño contingente de soldados de paz filipinos emplazado en Irak regresará al país cuando termine su misión, el 20 de agosto.
Los captores de Angelo dela Cruz habían demandado que Manila retirara a su fuerza de 51 soldados en un plazo de tres días, que vencía el sábado en la noche.
"Si bien este hombre no se encuentra aún en nuestras manos, será llevado a un hotel de Badgad, donde será entregado a nuestra gente", expresó la secretaria de trabajo, Patricia Santo Tomas, quien permanecía junto con la familia del secuestrado en un hotel en la ex Base Aérea Clark de Estados Unidos. "Gracias a Dios", declaró.
"Está en buenas manos", expresó el consejero de seguridad nacional Norberto Gonzales.
Santo Tomas indicó que la presidenta Gloria Macapagal Arroyo llamó a la esposa de Angelo dela Cruz para darle la noticia.
La familia del rehén festejó el anuncio en su casa de la provincia de Pampanga, en el norte del país, donde se habían reunido parientes y amigos para realizar una vigilia.
"Me siento muy aliviado", expresó Jessie, hermano de Angelo dela Cruz. "Estamos muy felices. Nuestro pueblo está celebrando", sostuvo.
La decisión de retirar los soldados parecía ambigua. El gobierno esperaba conseguir la liberación de dela Cruz y al mismo tiempo continuar siendo uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos en la lucha mundial contra el terrorismo. Pero fue suficiente para satisfacer a los hombres efectuaron el secuestro el miércoles cerca de la convulsionada ciudad de Faluya.
Deja abierta la posibilidad de que los soldados filipinos puedan regresar a Irak como parte de una tropa de la ONU.
Antes del secuestro, las autoridades de Filipinas analizaban si extender o no el mandato del contingente de paz.
"Nuestro contingente humanitario planea regresar (a Manila) el 20 de agosto", manifestó el portavoz presidencial Ignacio Bunye.
"Nuestras acciones futuras estarán guiadas por la decisión del Consejo de Seguridad de la ONU como lo estipula la resolución 1546, que define el papel de la ONU y sus estados miembros en el futuro de Irak", declaró.
La resolución 1546 es la que estipuló la reciente entrega del poder a un gobierno interino de Irak. Especifica que ese país puede pedir "la presencia continua de una fuerza multinacional y fijar sus tareas".
Si bien la retirada representa un revés para la coalición internacional, afecta a sólo 51 soldados de paz y no menciona a otros 4.000 contratistas filipinos que son esenciales para las bases militares estadounidenses en Irak.
Arroyo había prohibido anteriormente el viaje de otros trabajadores filipinos a Irak.
12 de julio de 2004©nuevo herald
PRIMERAS SENTENCIAS A MUERTE EN LA ERA POST-SADDAM
Karbala, Iraq. Tres hombres en la ciudad sagrada de Karbala fueron condenados a muerte después de haber juzgados por crímenes que van del asesinato al incesto, dijeron funcionarios aquí hoy.Las condenas son las primeras a muerte desde la caída del régimen de Saddam Hussein.
El antiguo administrador norteamericano, Paul Bremer, suspendió la pena capital. Pero desde la transferencia de poder a un gobierno interino el mes pasado, funcionarios iraquíes han indicado que reimplantarían la pena de muerte.
Las condenas a muerte debe ser aprobadas por el presidente y el ministro de Justicia antes de que puedan llevarse a cabo.
En uno de los casos de Karbala, un hombre y su primo fueron sentenciados a muerte por el asesinato de seis miembros de su familia, incluyendo a su padre. El tercer hombre fue condenado por la violación y asesinato de su hija, dijo Rahman Mishawi, portavoz de la policía de Karbala. Las sentencias fueron dictadas el 1 de julio.
Los nombres de los condenados no fueron dados a conocer.
Saddam, que hizo su primera aparición en tribunales el 1 de julio, fue acusado de varios delitos que pueden costarle la pena de muerte si es condenado.
Mishawi declaró que los tres hombres fueron transferidos a la prisión de Abu Ghraib.
12 de julio de 2004
©scotsman ©traducción mQh
UN VECINDARIO DE BAGDAD EN ASCUAS - john daniszewski
Bagdad, Iraq. La vida cotidiana en Bagdad. Sentado en el santuario de su salida oscura, el profesor de cinematografía Sabah Mehdi Mosawi, frunce el ceño cuando piensa en los peligros que corre un día normal en este típico barrio de la capital de Iraq. "Hoy fui al mercado y estuve a punto de pisar una mina", dijo."
Riesgos como esos se han hecho cosa de todos los días en Muhallah 665, un barrio de Bagdad retratado el año pasado por The Times. También son cotidianos los atracos, robos, secuestros y otras agresiones.
Mosawi tiene una preocupación más: que su esposa polaca y sus hijos sean atacados por elementos anti-occidentales a causa de su piel más clara.
"Es asombroso lo rápido que se destruyeron las normas éticas y morales", dijo el profesor, de cara cansada y triste.
Sin embargo, en la semana en la que terminó oficialmente después de catorce meses la ocupación de Iraq liderada por Estados Unidos, asumió un gobierno interino iraquí bajo el primer ministro Iyad Allawi y Saddam Hussein fue llevado a los tribunales para ser acusado de los crímenes cometidos durante su régimen, Mosawi tenía la esperanza de que su país entrara en una nueva fase.
"Es posible que la vida vuelva a ser como antes igual de rápido", dijo. "Cuando la gente se sienta segura, vas a sentir la diferencia en cuestión de segundos".
Por fuera, Muhallah 665 y el vecindario circundante de Ghazaliya han cambiado poco. Una pátina de polvo cubre todavía las calles y los árboles, los coches son todavía viejos y destartalados, la electricidad todavía es algo que se tiene a veces. Pero desde que estallaron abiertamente las hostilidades esta primavera en Faluya y Abu Ghraib, dos ciudades dominadas por los insurgentes a lo largo de una autopista, justo al poniente, el área es decididamente menos acogedora hacia los extranjeros.
Incluso conocidos de años se muestran reluctantes a recibir visitas de extranjeros, y se sienten inquietos por la seguridad de los huéspedes.
Algunos residentes de Muhallah 665 han sido víctimas de la violencia. Incluyen a un joven jeque musulmán chií, Wisam Fawadi, que el año pasado ordenó al cuartel general del antiguo Partido Baas que construyera una mezquita en el barrio. Lo mataron a balazos una mañana de diciembre, cuando salía de las oraciones. Y un antiguo funcionario de alto rango del Partido Baas, Abdul Qadir Naass Suweidi, sufrió un colapso y murió hace algunas semanas al enterarse de que uno de sus hijos había sido asesinado, dijo una mujer vestida de luto que estaba junto a la puerta de su casa.
Mosawi, 53, se pregunta cada vez que se marcha a la universidad si volverá salvo a casa o si será víctima de algún ataque suicida masivo o de delincuentes.
"Si un hombre tiene miedo, ¿cómo no lo tendría una mujer?", se preguntó.
Hassan Naji, un vecino que se unió a la conversación en la salita, dijo que conocía a la familia del primer ministro Allawi desde hacía mucho tiempo y lo creía un buen líder. Como Mosawi, espera que el nuevo gobierno pasará a la ofensiva contra los terroristas.
"Esos son agentes pagados por los extranjeros. O les han lavado el cerebro", dijo el profesor jubilado de química orgánica, que estudió en la Universidad de Texas. "El único modo que tiene Allawi de derrotarlos es volviendo a crear el sistema de seguridad de Saddam". Por supuesto, agregó, debería ser otro personal y sin castigar a la gente de a pie.
A unos kilómetros, Sayed Abbas, un hombre de negocios que fue nombrado al consejo de la región de Ghazaliya instalado por las tropas norteamericanas el año pasado, tenía todavía más razones para tener miedo. Este año le habían disparado y herido ligeramente frente a su casa en Muhallah 665, y pocos días después recibió una carta anónima.
"Deja de ser un colaborador", decía la carta, "y de cooperar con los invasores y causando daño a los hijos de tu país. De otro modo, terminarás como terminan los traidores". Estaba firmado: "Los Destacamentos de la Guerra Santa Musulmana".
Abbas se mudó. Accedió a hablar sólo en su local en Shulla, un área predominantemente chií al norte de Ghazaliya al otro lado de un canal de desagüe fétido y lleno de basura. Mientras hablaba, sus amigos vigilaban la calle.
A pesar de las apariencias, dijo, tiene esperanzas de que el nuevo gobierno de Allawi y del presidente Ghazi Ajil Yawer comience a restaurar el orden.
Aunque el nuevo gobierno surgió de un Consejo de Gobierno nombrado por Estados Unidos y no ha sido elegido, dijo, incluso los chiís lo apoyarían si los nuevos líderes demuestran que están al mando y que son independientes de Estados Unidos.
"Ahora tenemos dudas sobre ellos y nos sentimos escépticos, porque los vemos pasar en los vehículos de nuestros enemigos", dijo. "Pero tendrán que decidirlo ellos mismos; tendrán oportunidad de retocar sus retratos y de redimirse por sus actos".
La actitud de ver-para-creer está muy extendida aquí.
Hasta el momento los residentes del barrio no han oído mucho del nuevo gobierno, excepto las noticias de que esta semana inició los primeros pasos para llevar a juicio a Hussein. Dieron las mismas respuestas contradictorias que sus compatriotas: sus detractores llamando a la venganza y sus partidarios anhelando que le dejen tranquilo.
Sin embargo, los residentes fueron prácticamente unánimes en su aprecio de la determinación de Allawi de poner a más uniformados en las calles.
"Estamos hartos de todo este baño de sangre... Lo que vemos hoy -el despliegue de una policía iraquí y sus intentos de imponer el respeto por la ley- es algo positivo", dijo Ezzuddin Sammarrai, 45, un próspero comerciante sunní que vende artículos de plástico en una tienda junto a la calle principal del barrio.
Su familia, como la mayoría aquí, ha vivido recientemente un drama, dijo el viejo residente. El sobrino de 16 años de Sammarrai, Zaid, fue secuestrado. El niño, rollizo y bien parecido, habló indecisamente sobre su terrible experiencia. Dijo que ocho delincuentes entraron a su casa, apuntaron armas de fuego contra la familia y comenzaron a llevarse los objetos de valor.
"Estábamos pasmados y mirándolos", recordó el adolescente. "Después de llevarse todo lo que quisieron, pidieron la llave del BMW estacionado en el garaje y me dijeron que me iba con ellos".
"Estuve cinco días con ellos y después de largas negociaciones mi familia pagó cinco millones de dinares [alrededor de tres mil quinientos dólares] para que me dejaran ir".
Todavía está afectado, pero se siente mejor ahora que la policía iraquí se hace cargo de la seguridad. "Cuando veo sus puestos de control y sus hombres en la calle, me siento feliz", dijo. "Los iraquíes son mejores que los norteamericanos".
Sadoun Abdul Ameer y su esposa, Sahira, pasaron los últimos meses arreglando su pequeña casa y ella dio a luz recientemente. A fines del año pasado se encontraba entre los residentes más optimistas. Como un chií que apenas si se salvó de ser condenado a muerte por protestar contra el antiguo gobierno, tenía todas las intenciones de recuperar el tiempo que había perdido durante los sietes años que pasó en las cárceles del antiguo dictador.
Fiel a su objetivo, ha estado moviéndose activamente. Conduce un taxi y trabaja a nombre de los chiís y de los ex presos. Aunque cree que el nuevo gobierno no es totalmente legítimo, también está dispuesto a darle una posibilidad -incluso si decide imponer la ley marcial.
"Queremos que imponga y cooperaremos", dijo. "La situación es crítica. Nadie se siente seguro, ni nuestras mujeres ni nuestros hijos".
Pero también tiene profundos recelos de cómo marchan las cosas.
"La mayoría de los que están en el gobierno son oportunistas. Se irán del país tan pronto como las cosas empeoren. No hay optimismo", dijo. "Lo que estoy diciendo es lo que oigo como chofer de taxi, como miembro de una tribu y como político".
A pesar del caos muchos residentes aquí dicen que serían felices si hubiera menos tropas norteamericanas en las calles -algunos, porque ven a los soldados como un imán para los ataques de los terroristas, y otros porque se sienten humillados y amenazados por los extranjeros armados.
Un batallón del ejército norteamericano que había estado asignado al área fue trasladado en enero. Antes de partir, el batallón ayudó a construir una oficina para el consejo del barrio. Sin embargo, hoy, los miembros del consejo sólo se reúnen a horas irregulares, temerosos de que ser atacados como colaboradores.
Uno de ellos, Saleh Mehdi Saleh, que prefiere ser llamado Abu Farooq, pasaba el rato ahí vestido con un traje de rayas verde, y rodeado de ocho policías armados. Dijo que estaba bien que los ahora los iraquíes tuvieran una posibilidad de abordar ellos mismos los problemas. "Démosle una chance al nuevo gobierno", dijo, "y veamos qué hace".
Raheem Salman contribuyó a este reportaje.
3 de julio de 2004
©los angeles times ©traducción mQh
¿ATACARÁ ISRAEL SIRIA E IRÁN? - conn hallinan
Santa Cruz, Cal., EU. A primera vista, el reciente apoyo del presidente George Bush a las anexiones de tierra del primer ministro de Israel, Ariel Sharon, en los territorios ocupados, no tiene demasiado sentido. El plan, según el cual Israel abandonaría la Franja de Gaza mientras anexa permanentemente la mayor parte de Cisjordania, ha sido condenado casi en todo el mundo.Con Estados Unidos tan desesperado de un paracaídas internacional en Iraq, ¿por qué haría la Casa Blanca lo imposible por enajenarse el apoyo de sus aliados? Las explicaciones más populares son la influencia de los grupos de presión pro-israelíes y la devoción por el ala cristiano-evangélica de la administración de Bush. Pero esta explicación asume que toda la política exterior gira sobre partidismo y Dios.
Pero hay una explicación más simple.
En mayo de 2001, el Grupo de Políticas de Desarrollo de la Energía Nacional del vice-presidente Dick Cheney recomendó que el presidente "haga de la seguridad del suministro de energía una prioridad de nuestra política comercial y exterior". No son los republicanos los que inventaron la idea. La reciente movida de las compañías de petróleo y del ejército norteamericano en Asia Central fue ideada por Bill Clinton, no por George W. Bush. Fue Richard Morningstar, el asesor de Clinton, y ahora un hombre punta de John Kerry, el que introdujo a Halliburton y Cheney en Asia Central. Cuando se trata del petróleo, el partidismo termina en la costa norteamericana.
La producción mundial de petróleo ha disminuido y un estudio reciente de la Universidad de Uppsala, de Suecia, sugiere que las reservas pueden ser mucho menores que las proyecciones industriales. Dado que la mayoría de los geólogos creen que hay pocos recursos no descubiertos, ese descenso puede ser permanente.
Así, el precio del petróleo -ahora 41.65 dólares el barril, un alza de 32 dólares desde 1997- puede dejar de ser temporal.
Con una proyección del consumo norteamericano de un aumento de un tercio en los próximos veinte años -dos tercios de los cuales deberán ser importados para 2020- las reservas de petróleo son un factor estratégico crítico en cualquier ecuación. El grueso de esas reservas están en Oriente Medio, que controla el 65 por ciento de las reservas mundiales, algo así como 600 billones de barriles. Estados Unidos tiene algo menos de 23 billones de barriles.
Quienquiera que controle esas reservas controla la economía mundial. Podemos considerar por un momento la idea de que podemos usar nuestro poder en Oriente Medio y en Asia Central para limitar el suministro de petróleo hacia la expansiva economía china.
Los que crean que esta idea es paranoica no deben más que volver a leer el discurso de junio de 2002 del presidente Bush en West Point, en el que afirmó claramente que Estados Unidos no tolerará a ningún "competidor igual" en el mundo. Eso es lo que quería decir el grupo de políticas energéticas de Cheney cuando hizo de la "seguridad del suministro de energía" una piedra angular de la "política comercial y exterior" de Estados Unidos.
Pero, ¿qué tiene esto que ver con Israel y los territorios ocupados?
En el gran juego de ajedrez que son las políticas petrolíferas globales hay dos piezas en el tablero que podrían poner freno a los planes norteamericanos de controlar las reservas de petróleo de Oriente Medio: Siria e Irán.
Y es aquí donde entra en escena Ariel Sharon.
La coalición gobernante de Sharon está que hierve de ganas de hacerle la guerra a Siria e Irán. Los israelíes bombardearon Siria el año pasado y miembros importantes del gobierno de Sharon amenazan rutinariamente a Irán. También lo hacen los neo-conservadores del gobierno de Bush.
De acuerdo a un periodista irlandés, Gordon Thomas, Estados Unidos tiene misiles apuntados hacia las plantas nucleares iraníes de Natanz y Arak, y un agente secreto israelí dijo al Financial Times que "habrá una carrera para ver quién aprieta primero el botón: nosotros o los norteamericanos".
Si Siria o Irán, o ambos, son sacados del tablero, la partida terminará en jaque mate.
Nosotros no podemos permitirnos otra guerra, pero los israelíes se dejarían convencer de hacerla por nosotros. ¿Está la Casa Blanca apoyando las anexiones de Sharon como una condición de un futuro ataque israelí, apoyado por Estados Unidos, sobre los dos últimos países independientes de la región?
El problema, por supuesto, es que el mundo no es una partida de ajedrez, y las piezas no siempre se mueven como uno quiere.
De momento, Estados Unidos intenta controlar la mayor parte de las reservas de petróleo del mundo, y el gobierno de Israel por un Israel más grande que incluye la eliminación de los rivales regionales. Pero si Israel se atraviesa con los intereses norteamericanos, el llamado "lobby judío" y los evangélicos se quedarán en la calle.
La crisis en Oriente Medio no es un choque de civilizaciones, menos todavía el chantaje de que es objeto la política exterior norteamericana de parte de israelíes de extrema derecha y cristianos fundamentalistas. Como siempre, no se trata más que de negocios.
2 de julio de 2004
©global beat ©traducción mQh
EL PRESIDENTE TAMBIÉN TIENE PODERES DE TIEMPOS DE GUERRA - todd s. purdum
Washington, EU. En medio del conflicto, y de una avalancha de nuevos acontecimientos en torno a la guerra de Iraq, continúan las demandas en los tribunales estadounidenses de que se permita que los combatientes enemigos tengan derechos procesales desde que se declaró el fin de la guerra. The New York Times comenta las últimas resoluciones.En el otoño de 2001 el presidente Bush justificó su decisión de tratar a algunos de los sospechosos de actos de terrorismo capturados como "combatientes enemigos" sin acceso a abogados, tribunales y otros derechos legales establecidos durante largo tiempo con la argumentación de que no podía dejar que los enemigos de Estados Unidos "usaran los foros de la libertad para destruir la libertad misma".
El lunes por la mañana, la Corte Suprema hizo suyo un buen trozo de esa lógica, y ofreció un enérgico recordatorio de que en Estados Unidos, incluso en tiempos de guerra, ningún prisionero está por debajo del respeto de la ley y ningún presidente por encima de ella.
Fue el juez Robert H. Jackson el primero en observar este mes hace 52 años, en otro verano electoral de tiempos de guerra, que un presidente no es comandante en jefe del país, sino sólo de las fuerzas armadas. El juez Jackson escribió en su opinión concordante anulando la expropiación ordenada por Harry S. Truman de la industria del acero norteamericana durante la Guerra de Corea, y el juez David H. Souter citó esas palabras aprobatoriamente en su dictamen del lunes.
El efecto de la actual resolución de la corte en los casos relacionados fue levantar una clásica barrera institucional y política a las iniciativas de Bush para impedir que algunos ciudadanos y extranjeros designados como los "combatientes enemigos" más peligrosos vean alguna vez una corte. Es precisamente el derecho a un juicio semejante, sostuvo la corte, lo que constituye la separación constitucional de lod poderes y por extensión de la doctrina de gobierno estadounidense.
Bush tratará ahora de extraer una autorización constitucional explícita para tratar a esos sospechosos de terrorismo, pero eso no debería ser una tarea insuperable para este presidente. Pero tendrá que hacerlo en un momento en que encuentra oposición en muchos frentes, incluyendo la transferencia de soberanía en un Iraq todavía peligroso, cuestiones sobre las instrucciones de su administración sobre el interrogatorio de prisioneros de guerra y encuestas que muestran un descenso del apoyo público para su manejo de la guerra contra el terrorismo y perspectivas inciertas sobre su re-elección.
"Es una clara demostración de que nuestro mecanismo de equilibrio de poderes, de separación de poderes, continúa siendo un freno efectivo de cualquiera de los poderes", dijo el historiador Robert Dallek. "Después de todo, este no es un tribunal de izquierdas, ni dominado por jueces que están a la izquierda del centro. Pero en última instancia el tribunal tiene un grado único de independencia del ejecutivo y del legislativo, lo que incluso en tiempos de grandes dificultades no se entrega ligeramente".
El juez Clarence Thomas disintió de la mayoría en el caso de Yaser Esam Hamdi, un ciudadano norteamericano capturado en Afganistán y retenido desde entonces la mayor parte del tiempo sin acceso al mundo exterior. "Los Fundadores establecieron que el presidente tiene la responsabilidad primaria -junto con el poder necesario- para proteger la seguridad nacional y dirigir las relaciones internacionales del país", escribió el juez Thomas. "Lo hicieron así principalmente porque las ventajas estructurales de un ejecutivo unitario son esenciales en estos terrenos".
La Casa Blanca optó por enfatizar los párrafos en la opinión mayoritaria en el caso de Hamdi, y otro que implicaba a detenidos extranjeros en Bahía Guantánamo, que apoyaban la autoridad del presidente para detener a "combatientes enemigos" sin juicio.
"La más solemne obligación del presidente es defender al pueblo estadounidense, y nos complace que la Corte Suprema haya confirmado la autoridad del presidente para detener a combatientes enemigos, incluyendo a ciudadanos, mientras duren las hostilidades", dijo la portavoz de la Casa Blanca, Claire Buchan. "El gobierno se ha comprometido en hacer un proceso que responda a las preocupaciones de la corte y permita al presidente continuar ejerciendo su responsabilidad constitucional como comandante en jefe para proteger al país en tiempos de guerra".
En una declaración, Mark Corallo, portavoz del departamento de Justicia, dijo que el departamento estaba complacido de que la corte "sostuviera la autoridad del presidente como comandante en jefe de las fuerzas armadas para detener a combatientes enemigos, incluyendo a ciudadanos estadounidenses". La declaración agrega que la corte "también sostuvo que los individuos detenidos por Estados Unidos como combatientes enemigos tengan algunos derechos procesales para impugnar su detención. Pero la corte reconoció que esos procedimientos deben reflejar el contexto único de la detención de los combatientes enemigos y la necesidad del ejecutivo de continuar la guerra".
Gran parte de la reacción estalló a lo largo de líneas partidarias previsibles. El senador John Kerry, de Massachussets, el candidato presidencial demócrata, elogió la resolución diciendo: "He dicho todo el tiempo con respecto a los detenidos que es vital respetar la Constitución de Estados Unidos, proteger las libertades cívicas y derechos civiles, incluso cuando protegemos a nuestro país. He propuesto muchas maneras de hacerlo, incluyendo un control judicial y diferentes tipos de estructuras de control".
En contraste, el senador John Cornyn, un republicano de Texas, y presidente del subcomité del Comité Judicial sobre la Constitución, los Derechos Civiles y de Propiedad, calificó las resoluciones "algo decepcionantes", y agregó: "Me preocupan las nuevas limitaciones impuestas por la Corte Suprema al presidente como comandante en jefe. Espero que no sean esposas".
Algunos historiadores no se asombraron de las decisiones de la corte. Alonzo Hamby, un estudioso de la presidencia de la Universidad de Ohio, observó irónicamente que "hubo una época en que no se pensaba que los presidentes tuvieran necesariamente que prestar atención a las decisiones de la Corte Suprema".
En los años de 1830, cuando la Corte Suprema declaró ilegal el desalojo forzoso de las tribus indias de sus tierras por parte del gobierno estadounidense, el presidente Andrew Jackson rechazó para la posteridad el dictamen del presidente del tribunal supremo diciendo: "John Marshall tomó una decisión. Dejemos ahora que la implemente".
Hamby dijo: "Pero en el mundo en el que vivimos hoy es literalmente imposible para un presidente ignorar una resolución de la Corte Suprema, sin importar lo equivocada o peligrosa que él crea que sea".
28 de junio de 2004
©new york times ©traducción mQh
EL JUICIO DE SADAM HUSSEIN
El juicio de Sadam Hussein, que ha sido apresurado después de haber re-instaurado la pena de muerte de Iraq, también apresuradamente, preocupa en todo el mundo a la prensa independiente. ¿Inaugurará su juicio un Iraq donde impera la ley y el estado de derecho, o volverá al régimen de venganza que caracterizó a la justicia de su época? El editorial de The New York Times hace las preguntas pertinentes.En el Iraq de Sadam Hussen los tribunales no valían nada y el temor, la muerte y la venganza eran las únicas leyes del país. Un nuevo Iraq debe construirse sobre fundamentos más sólidos: la democracia y el estado de derecho. Una de los primeros retos será llevar a Sadam Hussein a la justicia. Su juicio puede ser un importante paso hacia el imperio de la ley -o un desvío hacia el imperio de la venganza. Debería gozar de un juicio justo bajo un gobierno elegido que aplique los principios relevantes de las leyes iraquíes e internacionales.
Hussein y once de sus asociados más importantes serán acusados formalmente hoy de crímenes contra la humanidad ante un tribunal especial instalado por las autoridades de la ocupación norteamericana en diciembre pasado y presidido por Salem Chalabi, un sobrino de Ahmad Chalabi.
Juzgar a los acusados propiamente tomará muchos meses -y no sólo porque los acusados necesiten tiempo para preparar su defensa ante el tribunal. Estos juicios son una oportunidad para poner al descubierto los misterios y crímenes de la era baasista, incluyendo las fosas comunes secretas y la verdadera historia del programa de armas no convencionales, para determinar dónde reside la responsabilidad criminal en la cadena de mando.
Los juicios mismos no deberían comenzar antes de que asuma un gobierno elegido, un paso programado para enero próximo. Comenzarlos antes puede producir dividendos políticos para el gobierno iraquí interino designado y para la campaña para la re-elección de Bush, pero no servirá a la causa de la justicia ni ayudará a restaurar la reputación de Iraq en la comunidad internacional.
Los doce acusados ya no son prisioneros de guerra. Son acusados bajo la autoridad legal del gobierno interino iraquí, aunque sigan bajo custodia del ejército norteamericano por razones de seguridad. Eso es aceptable si así lo quiere Bagdad, y provisto que los acusados gocen de los derechos acordes a su nueva condición jurídica, incluyendo la posibilidad de consultar con sus abogados y protección de interrogatorios abusivos. Loablemente, el primer ministro Iyad Allawi ha prometido que los acusados serán capaces de elegir sus propios abogados y no serán obligados a declarar contra sí mismos. También sugirió que no es probable que el juicio de Hussein comience en los próximos meses. También sería el caso con los otros acusados.
Cuando el caso se presente ante el tribunal, los acusados de rango más inferior deberían ser juzgados primero. Eso ayudará a echar luces sobre la cadena de mando y en última instancia fortalecerá el caso contra Sadam Hussein mismo. La composición del tribunal especial debería ser examinada por un gobierno electo. Los nombramientos políticos, como el de Salem Chalabi, deberían ser remplazados por juristas independientes y calificados. Un panel de juristas internacionales con experiencia en otros casos de crímenes contra la humanidad debería asesorar a los jueces iraquíes.
Millones de familias iraquíes que fueron perseguidas por Hussein están impacientes de verlo pagar por sus terribles crímenes. Eso es comprensible. Crecieron durante su régimen en un Iraq donde la venganza, no la justicia, era la única ley. Sus hijos merecen crecer en un Iraq donde la ley se aplique a todos por igual.
2 de julio de 2004
©new york times ©traducción mQh
EN EL CORAZÓN DE LA RESISTENCIA SUNNÍ - nir rosen
La formación del nuevo gobierno interino, la transferencia de soberanía y sobre todo la detención de Sadam Hussein opacan la cotidiana brutalidad de la guerra. En Faluya siguen los combates. Y la ciudad debe hacer frente a divisiones internas entre los diferentes grupos de mujahedines y milicianos extranjeros mientras los fundamentalistas tratan de imponer sus leyes estrafalarias. Este informe proviene de The New Yorker.El 11 de mayo, un día después de que los marines norteamericanos se retiraran de las calles de Faluya, alrededor de quinientos clérigos, líderes tribales, hombres de negocios y militares y agentes de policía se reunieron en un polvoriento patio frente a las anchas escalinatas de piedra que llevan a la entrada del Hospital Rahma. El hospital está en construcción, y durante el sitio de la ciudad, que duró casi todo abril, sirvió como depósito de armas, medicinas y alimentos, y sacos de arena. Un improvisado atril ha sido colocado a mitad de camino en la escalinata, y lo flanquean banderas y pancartas con frases alusivas a los mártires caídos durante el asedio. Los dignatarios estaban sentados en sillas blancas de plástico debajo de una enorme tienda que les procuraba sombra durante el sol del mediodía, aplaudiendo cortésmente y bebiendo agua enlatada y botellas de agua, mientras unos poetas leían textos escritos para la ocasión. Varios poetas venían de otras ciudades de Iraq, incluyendo Najaf, y un tema recurrente esa tarde fue el vínculo entre sunníes y chiís. Desde un punto de vista religioso, Faluya es una de las ciudades más conservadoras del "triángulo sunní", pero la reciente confluencia de la insurrección chií encabezada por Moqtada Al Sadr y el sitio de Faluya por los marines creó una curiosa alianza que transcendió las diferencias religiosas. Un poeta local recitó un poema titulado La Tragedia de Faluya'. Su acento hacía que sus palabras apenas fueran inteligibles, al menos para mí, pero pude entender algunos versos: "Faluya es una alta palmera. No acepta que nadie toque sus dátiles. Arrojará flechas a los ojos de aquellos que intenten probarla. Esta es Faluya, tu novia, ¡oh Eufrates! Se enamoraría de cualquiera, menos de ustedes... Los norteamericanos cavaron en la tierra y arrancaron las raíces de la datilera".
Un niño de Najaf, con una planchada camisa blanca metida pulcramente en los vaqueros, se dirigió hacia el atril y el micrófono fue bajado para ajustarlo a su estatura. El niño alzó el brazo derecho, señalando con su índice hacia el cielo. "¡Vine aquí a elogiar a los héroes de Faluya!", gritó. Su poema terminó con llamados a Dios: "¡Ya Alá! ¡Ya Alá!", gritó. Entonces comenzó a sollozar y le apartaron, llorando. Los hombres en la primera fila lo abrazaron y besaron, y el niño volvió al atril y leyó otro poema. Esta vez, blandió un kalashnikov que era tan grande como él.
El más distinguido de los invitados en la tienda era el jeque Dhafer Al Obeidi, en sus treinta y con ojos chicos y una gruesa barba negra. Estaba sentado regiamente en primera fila, con una pañoleta blanca y un chubasquero transparente con bordes dorados que se había echado a la espalda. El clérigo más poderoso de Faluya, el jeque Abdullah Al-Janabi, había recientemente traspasado al jeque Dhafer la autoridad día-a-día de la ciudad. El jeque Dhafer era el último orador. Describió el acontecimiento como "el día de nupcias de Faluya". Los musulmanes no sentían tanta alegría, dijo, desde que Saladin liberara a Jerusalén en el siglo doce.
La visita de despedida de los marines a Faluya el día anterior había sido presentada como una patrulla conjunta con la nueva fuerza de seguridad iraquí, la Brigada de Faluya. Fue un asunto bastante rápido, que duró sólo media hora, y fue más bien un anticlímax de la Operación Vigilant Resolve, el ataque contra la ciudad lanzado el 5 de abril por la Primera Fuerza Expedicionaria de la Marina después del asesinato y mutilación de cuatro guardias de seguridad de la compañía Blackwater. Funcionarios del hospital de Faluya dicen que al menos seiscientos iraquíes murieron durante el asedio subsiguiente.
La retirada norteamericana fue un experimento polémico en autonomía iraquí. Faluya fue la única ciudad en Iraq que fue rendida a una fuerza militar local con fuertes conexiones con el régimen anterior. Esto era fundamentalmente una inversión de la política que se venía implementando desde abril pasado, cuando las tropas norteamericanas llegaron a Faluya dos semanas después de haber tomado Bagdad, cincuenta y seis kilómetros hacia el este. Pero Faluya ahora era un lugar completamente diferente a lo que había sido hace un año. Durante los primeros meses después de la caída del gobierno de Sadam la ciudad había estado razonablemente tranquila. Líderes religiosos y tribales habían elegido su propio consejo de administración antes de que llegaran los norteamericanos. En Faluya no hubo saqueos y los edificios oficiales fueron custodiados. Los estrechos vínculos tribales ayudaron a mantener el orden. A principios de la ocupación, sin embargo, una manifestación de protesta contra la ocupación norteamericana de una escuela terminó sangrientamente y comenzó un ciclo de ataques y venganzas en el que la resistencia se hizo cada vez más sofisticada. A los combatientes locales se unieron los rudos mujahedines y jihadis de otros países árabes, y, como en el resto de Iraq, la violencia y el casos aumentaron fuera de todo control.
El acuerdo entre los norteamericanos y la resistencia fue negociada por los marines, miembros de la Autoridad Provisional de la Coalición (APC)y varios grupos de iraquíes, no todos ellos con el mismo programa, aunque había áreas básicas de consenso. "Se acercó mucha gente pidiendo ser intermediarios", me dijo un miembro de la APC que pidió conservar el anonimato. "Nosotros queríamos a los tipos que mataron a los contratistas y queríamos que nos entregaran las armas pesadas, y queríamos poder entrar y salir de la ciudad. Ellos querían que se abriera el hospital y se despejara el puente viejo y cambiara el toque de queda para que pudieran orar en la mezquita por la noche. Y hablamos sobre qué hacer con los combatientes extranjeros o "huéspedes árabes", como los llaman ellos".
Los hombres que mataron a los contratistas no fueron entregados, y sólo muy pocas armas pudieron ser requisadas, pero los norteamericanos llegaron a un acuerdo de todos modos. El hecho de que la Brigada Faluya incluyera a varios antiguos baasistas y milicianos sunníes radicales a los que los marines habían visto pelear recientemente fue considerado un precio bajo que pagar a cambio de la paz. El poder fue entregado a las autoridades locales, que eran consideradas legítimas. Y los marines dijeron que ellos todavía estaban al mando. Un comunicado de prensa de la coalición observaba que "los habitantes de Faluya se despidieron de ellos agitando las manos" -de los marines- "cuando salían o entraban a la ciudad" el 10 de mayo. Esto era aparentemente una referencia a los miles de residentes que se echaron a las calles a celebrar. Los milicianos en la parte de atrás de las camionetas dispararon sus armas al aire, cantaron, y se sacrificó un cordero. Un oficial iraquí con el uniforme de la antigua Guardia Republicana repartió formularios a los hombres que hacían cola para unirse a la Brigada Faluya.
Los cuatro guardias de seguridad de Blackwater fueron asesinados en un gran cruce en la calle principal de Faluya. Se llamaba antes la calle de Habbaniya, pero se cambió su nombre al de calle del Jeque Ahmed Yassin, el co-fundador de Hamas, en marzo, después de que lo asesinaran los israelíes,. Cuando estuve ahí en mayo vi a unos peones con pañuelos para protegerse sus caras del polvo, que esperaban a ser recogidos para trabajar por el día. Había pintadas anti-norteamericanas garrapateadas en inglés en las paredes de los edificios cercanos. Unos niños que vendían bananas y Kleenex hacían las veces de un sistema de alerta precoz de la ciudad. Conocí a varios que habían sido seguidos por ellos. Los peones iban armados de palas, tubos y picos estaban a mano para implementar la ley de la calle.
Los niños se reunieron en torno a mí y los peones se sacaron sus kaffiyehs de sus caras para hablar. Varios de ellos dijeron que habían presenciado el ataque, y describieron cómo dos todoterrenos SUV se habían detenido en una luz roja y los mujahedines habían abierto fuego desde otros vehículos. Un mujahedín gritó: "¡Vengué a mi hermano asesinado por los norteamericanos!", y los atacantes se retiraron. La espantosa escena de la multitud mutilando los cuerpos, quemándolos y luego golpeándolos hasta que fueron prácticamente desmembrados, fue grabado por camarógrafos locales. (Hay una palabra para este tipo de cosas. En el dialecto iraquí, la palabra árabe sahl', que significa literalmente arrastrar a un cuerpo por la calle, ha llegado a significar ahora cualquier tipo de masacre colectiva). Las imágenes fueron emitidas una y otra vez por las televisiones árabes y occidentales.
En el barrio de Jolan, al lado noroeste de la ciudad, cerca del puente donde fueron colgados los cuerpos calcinados de dos de los guardias de seguridad de Blackwater, la gente estaba escarbando entre los escombros de sus casas. Había un hombre parado en el centro de un inmenso cráter mientras sus hijos jugaban sobre una pila de ladrillos que alguna vez fueron parte de la casa. Varios hombres me pidieron que fotografiara los destrozos, y cuando estaba en eso se acercó un sedán blanco y dos hombres con las caras cubiertas con pañuelos a cuadros pidieron saber quién era yo. Estaban preocupados por los espías, dijeron. La paranoia mujahedín estaba haciendo imposible el trabajo de los periodistas occidentales en Faluya. Yo fui capaz de evitar ser secuestrado o matado porque hablo árabe y tengo la piel cobriza y el pelo negro y, cuando me preguntan, digo que soy bosnio. No llevé mi pasaporte norteamericano a Faluya. Más importante todavía era que yo viajaba con un palestino que había ayudado a los líderes de la resistencia durante el combate. Eso tranquilizó a los hombres en el sedán blanco.
Varias personas en Jolan dijeron que los milicianos extranjeros -saudíes, tunecinos, marroquíes, yemeníes y libaneses, dirigidos por militantes sirios- habían sido cruciales para la defensa del barrio. Entre los grupos de mujahedines que rondaban por las mezquitas había hombres que a mí me parecieron árabes del Golfo. La mayoría de ellos eran oscuros, de rasgos angulares, y tenían barbas largas y bien cuidadas. Sus dishdashas eran cortas, al estilo wahhabi, y terminaban un poco arriba de la rodilla. Amigos que habían estado retenidos por los mujahedines me dijeron que habían encontrado a gente que hablaba con acento del Golfo, Siria y África del Norte.
Los mujahedines extranjeros que todavía están en Jolan impusieron estrictas normas musulmanas de conducta en el barrio. Comenzaron a hostigar a los iraquíes que fumaban cigarrillos o bebían agua con la mano izquierda, que es considerada impura. Prohibieron el alcohol, las películas occidentales, el maquillaje, los peluqueros, "comportarse como mujer" -esto es, la homosexualidad- e incluso el dominó en las cafeterías. Hombres sorprendidos en estado de ebriedad en la calle fueron castigados con latigazos, y me dijeron que una docena de hombres habían sido golpeados y encarcelados por vender drogas.
El barrio de Nazil, en la parte sur de la ciudad, también fue un campo de batalla durante el asedio y conocí ahí a Abu Muhammad, un antiguo general de brigada del ejército iraquí. Nos sentamos a mirar un telediario en el vestíbulo de su imponente mansión mientras sus tres pequeños hijos se destrozaban en el sofá. Abu Muhammad perdió su trabajo cuando Paul Bremer disolvió el ejército. Cuando la guerra terminó, dijo, "esperábamos que las cosas mejoraran, pero todo se hizo peor: la electricidad, el agua, el alcantarillado". Los oradores en las mezquitas empezaron a hablar abiertamente de guerra santa yihad. "Eso atrajo a los árabes extranjeros, que se sienten reprimidos por sus propios gobiernos", dijo Abu Muhammad, "y por supuesto había países vecinos que los apoyaban. Nadie en Faluya opuso resistencia, y llegaron muchos grupos diferentes de la resistencia. Había una gran disponibilidad de armas. El Partido Baas había repartido armas, y después de la caída del régimen de Sadam los soldados y el personal de seguridad se llevó las armas a casa. Aquí la gente se cría con armas. Son parte de nuestra personalidad".
Cuando empezó el asedio de Faluya a comienzos de abril, Abu Muhammad dijo: "Alguna gente aquí estaba vigilando los movimientos de los norteamericanos y llevaban ventaja. Tenían experiencia militar y se habían preparado para el combate". La Autopista 10, la carretera que une a Bagdad con Jordania y el occidente del país, atraviesa Faluya y había sido prácticamente clausurada. Los milicianos levantaron barricadas y comenzaron a revisar los coches a la búsqueda de extranjeros, atacaron a los convoyes militares y robaron y requisaron camiones. Abu Muhammad dijo que el cubrimiento de Al Yasira del sitio alentó la simpatía hacia la resistencia. Comparó al corresponsal de Al Yasira con un comentarista deportivo: "Alentaba a la gente a apoyar a un equipo contra el otro. Y levantó el ánimo de los combatientes". Abu Muhammad no se mostró optimista sobre el futuro de Faluya. "Es como Afganistán, donde gobiernan las bandas y las mafias y los talibanes", dijo. "Si deciden que alguien es un espía, lo matan. No hay procedimientos jurídicos. A los imanes que dejaron la ciudad durante los combates no se les permitió volver a sus mezquitas". Temía que las diferencias entre los grupos de mujahedines resultaran en más violencia.
Varios consejos, comités, partidos políticos y organizaciones religiosas estaban compitiendo por el control de Faluya, entre ellos el capítulo local de la Asociación de Estudiosos Musulmanes, una de las organizaciones sunníes más poderosas del país. Es dirigida por Harith Al Dhari, que es un líder al mismo tiempo religioso que tribal y ha sido un estridente opositor de la ocupación norteamericana. La Asociación de Estudiosos Musulmanes, que tiene su sede en la mezquita de Abdel-Azziz Al Samarrai, contó con sus propias unidades de mujahedines durante los combates. La verde cúpula de la mezquita estaba salpicada de impactos de bala y había un enorme agujero en la torre.
El principal rival de la Asociación de Estudiosos Musulmanes es el Partido Islámico Iraquí, que tiene sus oficinas en un viejo teatro al otro lado del mercado central de Faluya. El partido domina el ayuntamiento, pero sus miembros no participaron en los combates e incluso algunos de ellos abandonaron la ciudad, ganándose el desprecio de muchos residentes. Otra organización, el Consejo de la Autoridad Provisional de Faluya, de 45 miembros, estaba preocupada sobre todo por las negociaciones con los norteamericanos acerca de la reconstrucción de la ciudad. Su cuartel general, en la calle principal de Faluya, estaba rodeado de enormes vallas de cemento, empapeladas con carteles de la resistencia.
De lejos la sede de autoridad más importante de la ciudad es la mezquita de Al Hadhra Al Muhammadiya, dirigida por el jeque Dhafer. Faluya es conocida como "medinat al-masajid", la ciudad de las mezquitas, de las que tiene al menos ochenta, y la de Hadhra es pequeña y desteñida en comparación con las otras. Sin embargo, es el centro de mando y control de la ciudad. Un comité informal de líderes religiosos, tribales y políticos con base en la mezquita se reúnen a debatir sobre estrategia y asesoran al alcalde y al ayuntamiento. Durante los combates de abril un altavoz en la torre de la mezquita emitió boletines animando a la resistencia, dando noticias e instrucciones a los milicianos sobre a qué frentes dirigirse. Compré varios DVDés en Faluya que mostraban a milicianos armados con kalashnikovs, rifles de repetición y lanza-granadas congregados en la mezquita y cargando camiones con provisiones que estaban aparcados frente a ella. Se utilizan DVDés de este tipo para operaciones de reclutamiento mujahedín, y tienen bandas sonoras que normalmente comienzan con rimbombantes cantos recordando a las víctimas de las fuerzas de ocupación, acompañados con fotografías de niños iraquíes muertos o ensangrentados. Luego la música se torna más reggae y hay imágenes de mujahedines lanzando morteros y explosiones de bombas en las calles, debajo de vehículos norteamericanos. Un DVD mostraba una ametralladora pesada, pistolas, granadas, teléfonos móviles, walkie-talkies, carnés de videotecas, un itinerario de vuelo impreso desde una cuenta de correo electrónico, y billetes de avión -todos esparcidos sobre la alfombra del cuarto de invitados ("diwan") de alguien. El botín provenía de los vehículos de los cuatro guardias de Blackwater asesinados.
Los muchos poderes del jeque Dhafer incluyen dar o negar a los periodistas permisos para trabajar en la ciudad, y yo tenía que sacarle un pedazo de papel que me permitiera moverme libremente. Los periodistas que no lo hicieron terminaron en las manos de bandas armadas. La oxidada puerta de la mezquita de Hadhra estaba empapelada de anuncios, incluyendo uno de la "qaimmaqamiya" (una vieja palabra otomana para ayuntamiento) que daba instrucciones acerca de qué documentos eran necesarios para pedir una compensación por los mártires, heridos y vehículos dañados. Una alta palmera daba un poco de sombra al sendero que llevaba a la oficina de la mezquita, donde me saqué los zapatos para dejarlos junto a la puerta. La oficina tenía pocos muebles y yo me senté en un sofá viejo, bebí un vaso de agua y comí unos caramelos que me dio un celador. Había varios representantes del jeque Dhafer en la oficina y los visitantes entraban a raudales. Todos los hombres que entraban decían "assalamu aleikum" o "que la paz sea contigo" y todos se levantaban y respondían "wa aleikum salam" o "y contigo". Luego nos dábamos la mano y nos saludábamos al estilo de Iraq occidental: un beso en la mejilla seguido de tres besos en el hombro. Un niño de doce años llamado Saad fue introducido como un intrépido francotirador. Lo abrazaron y besaron y felicitaron por ser un "batal", un héroe. Saad sonrió orgullosamente. Tenía una voz ronca y adulta y se comportaba de manera insolente con los niños mayores y más grandes que había en la habitación.
Se apareció entonces por el lugar el general de división Jassim Muhammad Saleh, el antiguo oficial del ejército iraquí que fue nombrado jefe de la Brigada Faluya cuando se llegó a un acuerdo con los norteamericanos. Se veía elegante con su dishdasha y pañuelo blancos. Saludó a los presentes en la oficina cada vez más atiborrada, y les informó sobre los últimos acontecimientos políticos, vociferando bruscamente en un cortante estilo militar, con los mofletes temblándole a medida que pasaba entre los dedos las cuentas amarillas de la oración. El general Saleh es un bien conectado miembro de una importante familia de Faluya, e hizo una dramática demostración de control de la ciudad a fines de abril, pero resultó ser una desafortunada elección desde el punto de vista de los norteamericanos. Pronto se esparcieron rumores de que había sido miembro de la Guardia Republicana de Sadam y de que estuvo implicado en el aplastamiento de la insurrección kurda y chií de principios de 1991, después de la primera Guerra del Golfo. Fue remplazado pronto por Muhammad Latif, un antiguo oficial del ejército que fue encarcelado por Sadam. Latif no era de Faluya, y continuó viviendo en Bagdad, aunque sus deficiencias en términos de credibilidad local eran compensadas por el hecho de que no parecía ser un baasista reconstituido. Mi guía palestino, entre otros, dijo que Latif era sólo un testaferro, aunque oficiales del ejército norteamericano y reporteros, a los que complacía concediendo entrevistas en su jardín de Bagdad, lo retrataron como un líder poderoso. Saleh, entretanto, se reunía a menudo con el jeque Dhafer y otras autoridades en la mezquita de Hadhra.
El jeque Dhafer, además de ser el imán de la mezquita, era ahora también el director del consejo superior de la fatwa, "amana al-ulia lilifta", que fue instaurado después del derrocamiento del gobierno de Sadam. El consejo de la fatwa reside en Bagdad y es dirigido por un radical clérigo sufí. Cuando le pregunté a Dhafer si acaso él era el verdadero jefe de la ciudad, sonrió falsamente. "Sólo soy un hombre sencillo que vivió el sufrimiento de Faluya", dijo. Le dije que había oído decir que él era el arquitecto de la victoria sobre los norteamericanos, y él sonrió orgullosamente, pero susurró: "No lo menciones, por mi seguridad".
En las oraciones del viernes de esa semana, la mezquita estaba rebosante y yo cogí uno de las esterillas para orar que estaban extendidas fuera. La voz áspera y aguda del jeque Dhafer se esparció desde los altavoces. Según la costumbre, su sermón comenzó con una discusión general sobre la religión, pero pronto se volvió hacia la política. "Todos odian a Estados Unidos ahora a causa de las políticas del presidente Bush, y su propio pueblo lo condena. ¿Qué podemos hacer?", preguntó. "¿Qué es lo que no podemos decir? ¿Cuáles son los límites de nuestra respuesta?" Dhafer tocó el tema de los rudos mujahedines. "Es una vergüenza que gente que dice ser mujahedín monten controles para robar coches y secuestrar gente", dijo. "Hacen lo mismo que los norteamericanos, obligan a la gente a tenderse en el suelo, con las piernas abiertas. ¿Qué religión es ésa?" Dhafer instó a los mujahedines a ser más piadosos.
Después de que terminara la oración y el sermón del mediodía, me llovieron invitaciones a almorzar y acepté la de un hombre de negocios con conexiones con los mujahedines. Los hombres de su familia se alinearon a la entrada de su diwan para saludar con la mano y dar la bienvenida a los visitantes. Una esterilla de plástico fue extendida en el suelo para poner sobre ella cuencos con arroz y carne, rodeados de cuencos más pequeños con trozos de verduras y pollo. Unos panes redondos estaban apilados a un lado de la esterilla. Estábamos todos sentados en el suelo con las piernas cruzadas y pidieron una cuchara y un plato para el huésped occidental, por respeto hacia su supuesta incapacidad para comer del cuenco directamente con la mano, como hacen las personas civilizadas. Cuando finalmente metí mi mano en el arroz grasoso, rompiendo los trozos de carne y metiéndolos en mi boca, los hombres estallaron en demostraciones de agrado. Sacaron unos finos vasos, llenos a la mitad de azúcar y té negro. La habitación resonaba con el agudo tintineo de las cucharas al revolver al azúcar, y miramos en Al Yasira los ataques norteamericanos contra Najaf y Karbala.
Mis anfitriones me mostraron una octavilla que circula en la región. Un foto-collage borroso mostraba a una criatura gigante, como araña, junto a un par de piernas que pertenecían a un hombre con el uniforme militar norteamericano. La octavilla explicaba que la criatura circula por Faluya y ataca a los norteamericanos. Podía correr hasta cuarenta kilómetros aullando y mordiendo. Yo había oído numerosas historias fantásticas como esa. Una historia giraba sobre un rifle kalashnikov que disparaba durante cuatro horas sin recargar. Una fábrica de armas usada por los mujahedines se transformó en una cornucopia de armas. Se decía que los mujahedines muertos olían agradablemente a perfume de almizcle. "Están pasando cosas que no son naturales", me dijeron una y otra vez.
El 27 de mayo mi guía palestino me dijo que tres periodistas de la NBC habían sido secuestrados en Faluya, y nos dirigimos hacia allá, desde Bagdad, al día siguiente. Para entonces, el equipo de la NBC había sido liberado, y los marines estaban vigilando la ciudad cautelosamente desde detrás de dos barricadas y vehículos cubiertos por una malla de camuflaje. Varias decenas de miembros de la Brigada Faluya, policías y civiles, se agolparon junto a la entrada de la mezquita de Hadhra. Le pregunté a un guardia al que reconocí que me dijera qué estaba pasando, y me dijo que habían detenido a dos "espías": "Son británicos, quizás alemanes".
Taghlub al-Alusi, un viejo amable, alto y digno, de cara de rasgos muy definidos, que era el administrador de la mezquita, estaba en la oficina del jeque Dhafer con varios otros hombres. Se veía más preocupado de lo normal. Había una mujer sentada en un rincón, frente a una mesa cubierta con bolsas de poliestireno. Era muy blanca, y joven. Tenía la cara hinchada y su camisa tenía manchas de sangre. Un hombre de edad mediana salió del baño, alto y pálido, y se sentó junto a ella. Su cara estaba llena de cardenales, y hacía muecas de dolor al moverse. Sus manos temblaban. Taghlub y otro hombre estaban examinando dos pasaportes alemanes, dándolos vuelta y mirando cada página hasta quedar bizcos. El jefe de policía estaba sentado a otro lado de la mesa, mirando a los alemanes, con un trutro de pollo en la mano. Su hijo de dieciséis años, que llevaba una pistola a un lado del cinto y un walkie-talkie en el otro, estaba junto a él, frente a un hombre chico y redondo con capas de cinta adhesiva sobre la nariz. Había a su lado un hombre con cara de bebé con un traje a la medida. Era el alcalde, y estaba preparando una declaración.
El alemán se llamaba Uwe Sauermann, un periodista por cuenta propia de 25 años. La mujer era su asistente de 24 años, Manya Schöche. Habían llegado a Faluya esa mañana después de que se les dijera no acercarse a Najaf porque era demasiado peligroso. Sauermann había seguido el consejo del manager del hotel y se puso una dishdasha al entrar a la ciudad, pero alguien vio su cara cuando el coche fue parado en el cruce donde fueron asesinados los cuatro contratistas, y fueron capturados por seis hombres armados, uno de ellos con un uniforme de policía, y acusados de ser un general norteamericano con una mujer soldado. Una turba los golpeó con palas, palos y piedras. Su intérprete, un cristiano de Bagdad que llevaba una cruz, fue golpeado en la nuca con un machete y le habían quebrado la nariz. Él era el hombre chico con la cinta adhesiva en la nariz.
Justo cuando los alemanes y su intérprete iban a ser rociados con gasolina, alguien metió a Sauermann en un coche, le puso una bolsa de plástico en la cabeza y, después de más agresiones, durante las cuales se destruyó un coche policial, él y los otros dos rehenes fueron llevados a la mezquita de Hadhra, que se vio pronto rodeada de hombres con RPGés y kalashnikovs. Dentro estaban el jeque Dhafer, el general Saleh y Muhammad Latif, el jefe putativo de la Brigada Faluya, pero pensaron que la situación se estaba poniendo muy volátil y se marcharon. El "comité para la investigación del espionaje" de la mezquita determinó que Sauermann y Schöche eran en realidad periodistas alemanes, y Abu Abdullah, un líder mujahedín extranjero que entró al despacho pidiendo que le devolvieran a los que seguía llamado "espías norteamericanos", fue despedido.
El intérprete, que cruzó la habitación y se sentó junto a mí, seguía secándose la nariz, sacándose la sangre, y cuando el alcalde le dijo que comiera algo, dijo con una voz nasal: "No puedo, vomitaría". Sauermann y Schöche fueron llevados a una oficina donde encargados locales de Al Yasira y Al Arabiya se preparaban para filmar la declaración del alcalde. Estaban sentados en un sofá a cada lado del alcalde, que miraba a una cámara y explicaba que había sido un malentendido que pudo haber sido evitado si los alemanes se hubieran reportado primero a su despacho. Le dijeron a Sauermann que podía hacer una declaración. "Decidí venir cuando vi las fotografías de los ataques norteamericanos a Faluya", dijo en inglés con un fuerte acento alemán. "Alguien gritó: ¡Norteamericanos, norteamericanos!' y la gente salió y ya sabes lo que pasó después. Unos hombres armados me pusieron una bolsa en la cabeza, como hacen los norteamericanos". Dijo que era amigo del pueblo iraquí. El alcalde le dio la mano a Sauermann y le dijo que se retractara de su declaración en la que comparaba la conducta de la turba con la de los norteamericanos. "Cuando dije que usaron una bolsa de plástico no quise comparar a la gente de Faluya con los norteamericanos", dijo Sauermann. "Sólo dije que la bolsa de plástico misma me había hecho pensar en los norteamericanos".
Saad, el joven francotirador, que estaba sirviendo refrescos, me preguntó si Schöche era la hija de Sauermann. No podía entender cómo podía una mujer viajar con un hombre que no era un pariente de ella. "Dame cinco minutos a solas con ella", dijo, con una sonrisa significativa.
Sauermann y Schöche fueron subidos al coche del alcalde, y alrededor de veinte miembros de la Brigada Faluya, en camionetas, los acompañaron hasta las afueras de la ciudad. El alcalde, el jefe de policía y varios ayudantes y guardias siguieron camino hacia Bagdad, hacia la embajada alemana, un lugar parecido a una fortaleza en el elegante barrio de Mansour. El alcalde y el jefe de policía entraron con sus antiguos rehenes y yo esperé fuera, conversando con los dos ayudantes del alcalde. Estaban preocupados por la situación política de Faluya. Los milicianos extranjeros y los rudos mujahedines no respetaban la autoridad del jeque Dhafer y de los consejeros asignados a la mezquita de Hadhra. No obedecían a los líderes tribales y religiosos de Faluya y hacían lo que se les venía en gana. Los ayudantes del alcalde temían que el jeque Dhafer y sus colegas perdieran el control de la ciudad.
Volví a Faluya una vez más antes de sentir que estaba abusando de mi suerte. El 28 de mayo, cuando fueron liberados los alemanes, el jeque Janabi, que además de ser el clérigo de mayor rango era el director del Consejo Asesor Mujahedín, un grupo ad-hoc formado para controlar a los milicianos de la ciudad, advirtió en su sermón del viernes que todos los periodistas extranjeros que entraran a Faluya serían liquidados. Dos semanas después se descubrieron los cuerpos de seis transportistas chiís que habían estado llevando provisiones para la Brigada Faluya en la vecina ciudad de Ramadi. Los familiares de los choferes dijeron que habían sido brutalmente asesinados por orden del jeque Janabi, aunque este negó tener algo que ver con la matanza. Entonces el Pentágono anunció que Abu Musab Al-Zarqawi estaba usando Faluya como cuartel general, instruyendo a los asesinos y terroristas suicidas que estaban transformando la transferencia de la soberanía iraquí en un baño de sangre, y la aviación norteamericana bombardeó una casa en Faluya que era supuestamente una casa de seguridad de Zarqawi. Murieron al menos veinte personas. El 22 de junio fue decapitado Kim Sun Il, el intérprete coreano que había sido capturado cerca de Faluya, y un coche y un garaje del barrio de Jubail fueron impactados por cohetes norteamericanos. Se iniciaron finalmente las hostilidades entre los marines y las fuerzas de la resistencia, y hubo más bombardeos.
Los oradores en una manifestación callejera en Faluya negaron que Zarqawi estuviese en la ciudad. Uno de ellos, un joven clérigo dijo que ellos no necesitaban la ayuda de Zarqawi. "Faluya tiene hombres que prefieren la muerte del mismo modo que los occidentales la vida", gritó. El jeque Janabi dijo que Estados Unidos estaba usando a Zarqawi como una excusa para atacar a los iraquíes, tal como antes había usado las armas de destrucción masiva. De cualquier modo, los bombardeos indicaron que los norteamericanos habían dejado de lado gran parte de la idea de que la Brigada Faluya pudiera encargarse del trabajo policial serio entre los milicianos de la resistencia, y ciertamente de ninguna manera entre los sospechosos de terrorismo. Incluso hubo informes de que miembros de la brigada se habían unido a la resistencia cuando estallaron nuevos combates. A medida que comenzaba el traspaso de soberanía, el experimento con el auto-gobierno de Faluya comienza a verse cada vez más como una medida desesperada que se tomó demasiado tarde.
28 de junio de 2004
©new yorker ©traducción mQh
PENTÁGONO DEBE ENTREGAR DOCUMENTOS SOBRE ABU GHRAIB
Mientras declara piadosamente su determinación de desenterrar la verdad acerca de Abu Ghraib, el gobierno de Bush ha gastado casi dos meses obstruyendo las investigaciones del ejército y de miembros del Congreso. Ha alargado la investigación del ejército, retenido importantes documentos del gobierno ante un comité del Senado y se ha negado a contestar a los senadores sobre decenas de informes de la Cruz Roja que documentan los terribles maltratos de iraquíes en prisiones militares estadounidenses. Incluso el documento entregado por la Casa Blanca la semana pasada, que incluía aquellas cínicas hojas de ruta jurídicas en torno a tratados y leyes contra la tortura de prisioneros, parecía ser parte de esta campaña de ocultamiento. En ningún lugar en esos cientos páginas se explicaba qué órdenes fueron dadas por los guardias del ejército y de la CIA en Iraq, ni por quién.
Le tomó al Pentágono más de dos semanas nombrar a un reemplazante del general de división George Fay, que tuvo que ser relevado de su tarea de investigar a las unidades de la inteligencia militar en Abu Ghraib porque no tenía suficiente rango como para interrogar al teniente general Ricardo Sánchez, el comandante en Ira. El proceso señaló la incapacidad del ejército en investigarse a sí mismo a ese nivel. El Pentágono nombró a alguien de rango suficiente -justo lo suficiente. Ese oficial es un general de tres estrellas, como el general Sánchez. Tendrá que apresurarse en interrogar al general Sánchez, y el Pentágono tratará indudablemente de obstaculizar otra vez el proceso cuando el nuevo general a cargo de la investigación necesite inevitablemente llegar más arriba.
El Pentágono no ha entregado al Senado el informe completo del general de división Antonio Taguba, que condujo la investigación del ejército más amplia hasta el momento sobre los abusos de Abu Ghraib. El Pentágono aún no ha dicho nada sobre las dos mil páginas que faltan del documento de seis mil cuando le fue entregado al Comité del Senado de las Fuerzas Armadas hace más de un mes; las páginas extraviadas incluyen documentos sobre técnicas de interrogatorio en Iraq. El presidente del comité, el senador John Warner, dijo la semana pasada que el secretario de Defensa Donald Rumsfeld le había asegurado que estaba trabajando sobre el problema. La fe de Warner parece estar profundamente mal depositada.
El manejo de Rumsfeld de otro problema, el de los informes de la Cruz Roja sobre Iraq, es el ejemplo más escandaloso de la mala fe del gobierno sobre el escándalo de la prisión. El gobierno de Bush se ha referido a las políticas de confidencialidad de la Cruz Roja para explicar por qué no libera los documentos. El problema es que la Cruz Roja ha dicho repetidas veces a la administración que continúe adelante y que comparta sus descubrimientos con el Congreso siempre que se tomen medidas para impedir filtraciones.
El 7 de mayo, el panel de los servicios armados del Senado pidió a Rumsfeld esos informes sobre los extendidos abusos en las prisiones militares en Iraq; uno de los informes ya apareció en la red. Rumsfeld aseguró al comité que entregaría esos informes si la Cruz Roja accedía a ello, y sus ayudantes no han entregado esos informes, 40 en total, incluyendo 24 sobre Iraq. En las últimas semanas el Pentágono ha asegurado a senadores cada vez más irritados que estaba negociando con la Cruz Roja y luego declaró incongruentemente que todavía estaba "recolectando" esos documentos.
De hecho, la Cruz Roja Internacional dio su permiso antes de que pasaran 24 horas después de las vacías promesas de Rumsfeld, que ha repetido varias veces.
A fines de mayo, Kevin Molet, el embajador norteamericano ante las organizaciones internacionales con sede en Ginebra, invitó al director de la Cruz Roja, Jakob Kellenberg, a "expresar cualquier preocupación" de su organización sobre la entrega de documentos al Congreso. El doctor Kellenberg respondió que no habría problemas si los documentos siguen siendo confidenciales. Dado el hábito del gobierno de revelar selectivamente, sin embargo, el dr. Kellenberg insistió en que todos los informes, no solamente algunos, deben ser enviados al Congreso, íntegros. También ha pedido un inventario de lo que se comparte.
Sin embargo, el Pentágono declaró ante el comité del senador Warner que no había hallado una solución. El 15 de junio, Christophe Girod, director de la delegación de la Cruz Roja en Washington, escribió al senador Edward Kennedy, que lidera la lucha por obtener los informes sobre la prisión, que la decisión "deben tomarla las autoridades estadounidenses". Confirmó que la Cruz Roja dio permiso al Pentágono para que liberara esos documentos a principios de mayo.
El jueves pasado miembros del Comité de los Servicios Armados asistieron a una reunión a puertas cerradas del Pentágono, aparentemente sobre los informes de la Cruz Roja. Pero los participantes no entregaron los documentos; se limitaron a mostrar a los senadores informes sobre Bahía Guantánamo que no tenían relación con Iraq.
El Senado entró ahora en un receso de dos semanas. En uno de los pocos signos de vida del Capitolio sobre el problema, Warner promete resumir sus audiencias después del receso. Pero incluso la Cruz Roja en Ginebra ha entendido que el gobierno no tiene intención de colaborar. Es hora de que la mayoría republicana del Congreso deje de proteger a la Casa Blanca y obligue a la administración, por citación, a entregar todos los documentos relacionados con Abu Ghraib, comenzando con esos informes de la Cruz Roja.
30 de junio de 2004
©nyt