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dudas sobre el enemigo principal


[Joshua Partlow] En el oeste de Bagdad, el enemigo número uno es el Ejército Mahdi, no al Qaeda.
Bagdad, Iraq. En Bagdad, las luces estaban encendidas. Algo estaba mal.
La semana pasada dos pelotones avanzaban lentamente por el barrio sudoeste de al-Amil pasada ya la medianoche. Los focos apagados, las lentes infrarrojas en su lugar, maniobraban sus todoterrenos Humvees y sus carros blindados Bradley por calles estrechas, posicionándose para hacer frente a cualquier sorpresa. A medida que se acercaban a las casas sospechosas de los líderes de la milicia a los que buscaban, la cobertura que brindaba la oscuridad desapareció, y los tubos fluorescentes de las casas y farolas callejeras iluminaron sus vehículos. A las tres de la mañana en una ciudad notoria por sus apagones, estas calles estaban extrañamente iluminadas.
El capitán Sean Lyons, el comandante de la compañía que dirigía la redada, dijo que sabía por qué. "Toda esta zona está completamente dominada por Jaish al-Mahdi", dijo en árabe para referirse al Ejército Mahdi, la milicia chií dirigida por el clérigo radical Moqtada al-Sáder. "Ellos controlan la electricidad aquí".
En el distrito de 26 kilómetros cuadrados de Rashid Oeste, el Ejército Mahdi controla el mercado inmobiliario, las gasolineras y la lealtad de muchos de sus residentes, de acuerdo a los soldados de la Primera División de Infantería, del Regimiento de Infantería No. 28. La milicia tenía una estructura familiar para los soldados norteamericanos: comandantes de brigada y batallones que dirigen las legiones de infantería. Sus combatientes están dispuestos y pueden de hecho atacar a los norteamericanos con bombas que perforan el blindaje, morteros, ametralladoras y granadas. Entretanto, el brazo político del movimiento de Sáder juega un desproporcionado papel en el gobierno nacional.
Rashid Oeste causa confusión en la narrativa prevaleciente entre altos oficiales norteamericanos de que el grupo rebelde al Qaeda en Iraq es el peor enemigo y la mayor fuerza disruptiva de la ciudad. Aunque hay indicios de que el grupo ha estado operando en el área, en los últimos meses el Ejército Mahdi ha modificado la composición de los barrios del distrito matando y expulsando despiadadamente a los sunníes y privando de servicios básicos a los vecinos que aún quedan. El general David H. Petraeus, el más alto jefe militar norteamericano en Iraq, describió el área como "una de las tres o cuatro zonas más difíciles de todo Bagdad".
El dominio de las milicias chiíes está asociado normalmente con lugares al este de Bagdad como Ciudad Sáder, mientras que las áreas al oeste del río Tigris y al sur de la carretera hacia el aeropuerto de Bagdad son enclaves predominantemente sunníes. No hace mucho los barrios del oeste se ajustaban claramente a esta percepción. Soldados norteamericanos estiman que hace un año los sunníes constituían casi el ochenta por ciento de la población y los chiíes sólo un veinte por ciento. Pero esas cifras se han revertido, después de un concertado esfuerzo para limpiar la zona de sunníes, de acuerdo a oficiales norteamericanos. Las pintadas en las murallas de esos barrios auguran el nuevo orden. "Toda tierra es Karbala, y todos los días, Ashura", dice un lema, exaltando la ciudad santa chií en el sur de Iraq y un importante festivo religioso chií.
Los osados ataques contra los soldados norteamericanos también parecen poner en duda la idea de que el Ejército Mahdi haya estado reduciendo sus operaciones para evitar enfrentamientos con los norteamericanos. Los combates callejeros entre el Ejército Mahdi y las fuerzas norteamericanas también han estallado hace poco en otras partes de la capital, incluyendo choques en el barrio de al-Amin el jueves, en los que se enviaron helicópteros de combate Apache para sofocar el tiroteo y los ataques con lanzagranadas contra las tropas norteamericanas. Al día siguiente, soldados norteamericanos mataron a seis agentes de la policía iraquí en un allanamiento en el que capturaron a un teniente de policía del que se cree que estaba trabajando para las milicias chiíes respaldadas por Irán.
Los soldados norteamericanos que vigilan Rashid Oeste -un distrito de unos setecientos mil habitantes que incluye los barrios de al-Amil y al-Jihad- describieron a un bien organizado y bien financiado enemigo chií que gobierna despiadadamente y distribuye los despojos de la guerra entre los vecinos pobres de la zona.
En los últimos meses los comandantes norteamericanos han dicho que el Ejército Mahdi, también conocido por sus iniciales en árabe JAM, se ha fragmentado en milicias conectadas flojamente sobre las que su líder, Sáder, ejerce un débil control sobre las distintas facciones.
Los comandantes norteamericanos atribuyen gran parte de la actual violencia a lo que llaman "grupos especiales" o "células secretas" de milicianos respaldados por Irán que pueden estar actuando independientemente, o incluso contra Sáder y sus partidarios. Pero considerados juntos, dicen, los milicianos que actúan como criminales intermediarios que buscan beneficios y los fieles a Sáder quizás más moderados constituyen un difícil desafío para los soldados que llegaron en marzo a la capital como parte de la campaña de seguridad del presidente Bush.
"Tenemos una guerra diferente que en el resto de Bagdad", dijo el capitán Jay Wink, el oficial de inteligencia del batallón. "En realidad, se trata del JAM. De algún modo, de la forma que sea, todos los que viven aquí tienen que ver con esa milicia".

Dominio del Ejército Mahdi
Para impedir el exterminio de los vecinos sunníes, el batallón ha iniciado una serie de allanamientos para capturar a los cabecillas del Ejército Mahdi. Debido a que los seguidores de Sáder controlan el ministerio de Salud y el acceso a la mayoría de los hospitales de Bagdad, los norteamericanos planean abrir un hospital para atender a los sunníes en el barrio de al-Furat. Están desarrollando un proyecto en el que un camión cisterna itinerante distribuirá gasolina a los sunníes que no pueden utilizar las gasolineras de la zona. En sus trayectos por los barrios, el teniente coronel Patrick Frank, comandante del batallón, muestra a los contratistas iraquíes que fueron contratados por los militares norteamericanos para recoger la basura, construir vallas, instalar generadores y reparar las tuberías del alcantarillado. Se han destinado 74 millones de dólares para ese tipo de contratos en las zonas controladas por el Equipo de Combate de la Brigada de Infantería No. 4.
"Tenemos que trabajar con nuestros socios de la coalición, hacer partícipe a la población mejorar los servicios básicos y los proyectos de mayor envergadura", dijo Frank. "Sabemos que podemos hacer esto directamente antes de volver" a la base del batallón en Fort Riley, Kansas. "Pero esta no es la solución para una victoria de largo plazo".
En los barrios preponderantemente chiíes, especialmente al-Amil y Bayaa, el Ejército Mahdi ha asumido las funciones del ayuntamiento, de acuerdo a soldados norteamericanos. En las calles de Rashid Oeste, los seguidores de Sáder controlan los servicios básicos, a menudo en detrimento de los vecinos sunníes.
"El Ejército Mahdi les reduce el suministro de energía", dijo el capitán Charles Turner, que supervisa proyectos de reconstrucción del batallón. "Si entras a este barrio, lo encuentras con las calles iluminadas. Más allá, está oscuro. Por lo que he visto, aquí se sigue la lógica de Tony Soprano: ‘Somos más que tú, así que vamos a hacer lo que queremos'".
En algunas calles controladas por la milicia, "los bordillos están pintados, las calles son más limpias, tienen proyectos de embellecimiento", dijo Turner. "Estaría bien si fuera algo positivo, pero no lo es".
Para financiar sus operaciones, los milicianos chiíes manejan una compleja empresa de robo de coches, tráfico de armas, secuestros y extorsión de negocios locales, dijeron soldados norteamericanos. Una de sus iniciativas más lucrativas implica expulsar a los sunníes de sus barrios, para luego alquilar sus casas, y vender sus coches y muebles a familias chiíes a precios rebajados. Una mujer sunní en el barrio de al-Jihad se quejó hace poco ante soldados norteamericanos que milicianos chiíes la habían obligado a dejar su casa y usado su patio para disparar morteros de 120 milímetros.
Los soldados también creen que el Ejército Mahdi controla las gasolineras, cobrando a los clientes chiíes un precio fijo, independientemente de la cantidad que compren, mientras que rechazan a los sunníes. Uno de los proyectos del ejército iraquí en la zona es controlar las gasolineras para impedir esa discriminación y corrupción, lo que en algunos casos implicará el cierre de las estaciones.
"De todas las operaciones, esa es la más importante", dijo Frank, el comandante del batallón. "Según nuestras fuentes, Jaish al-Mahdi está extremadamente inquieto de que estemos presionando tanto sobre las gasolineras. Es sentido común. Estamos cerrando el flujo de dinero".
Los soldados norteamericanos ofrecen recompensas a los vecinos que les informan sobre alijos de armas u otros indicios de actividades criminales, pero el Ejército Mahdi ofrece una apoyo más amplio y seguirá probablemente teniendo influencia después de que los norteamericanos se marchen.
"Es difícil combatir eso. Podemos, y hemos estado intentándolo desde que estamos aquí, pero nosotros no repartimos casas, y el JAM sí lo hace", dijo Wink, el oficial de inteligencia. "¿A quién te unirías tú: Al que te acaba de dar una casa o a los soldados norteamericanos que te dicen que no debes seguir a los insurgentes?"

Se Les Acabó la Gente para Matar
Aquí la lucha es desalentadora. Los ojos de la milicia controlan todo. La violencia que controlan las tropas norteamericanas -tiroteos, atentados con bomba, ataques de mortero y proyectiles- ha sido fluctuante en los cuatro meses que llevan en el distrito, sin tendencias claras. Las bombas improvisadas desactivadas subieron de 25 en marzo a 51 en abril, luego cayeron a 49 en mayo y subieron a 132 en junio. Los asesinatos sectarios se redujeron en junio a su nivel más bajo en los últimos cuatro meses. Pero la baja en incidentes violentos en las zonas dominadas por los chiíes no son necesariamente alentadoras, dijo Wink.
"Ahora que los sunníes se han marchado, los asesinatos han disminuido", dijo. "Otro modo de decirlo es que se les acabó gente a la que matar".
En las derruidas calles de la ciudad -algunas de tierra, algunas pavimentadas, algunas convertidas en lagos de aguas servidas- los combatientes y los terroristas parecen implacables. Hay cuadras en estos barrios en los que los todoterrenos y carros blindados norteamericanos entran solamente para hacer allanamientos precisos, normalmente de noche. Los soldados evitan las rutas principales, arrastrándose en los callejones de tierra para evitar las bombas que detonan con trozos de cobre que son capaces de penetrar los vehículos blindados.
El lunes pasado, pararon frente a una escuela con el dato de que alguien había lanzado proyectiles desde el patio interior, utilizando a los niños como escudo de modo que los norteamericanos no respondieran el fuego. El comandante de la brigada, el coronel Ricky D. Gibbs, dijo más tarde que su paciencia con esas tácticas era limitada. "Cualquier día de estos, si siguen disparando, voy a responder el fuego y voy a aplanar el barrio entero".
Cuando sus soldados saltaron ese día por la muralla de concreto, no encontraron dentro ningún indicio de nada, sólo ventanas rotas y aulas vacías y algunas personas muertas de miedo detrás de puertas cerradas. Estas tácticas de guerrilla pueden generar sospechas y desconfianza -sentimientos que son difíciles de reconciliar con una misión destinada a ganarse la confianza y lealtad de los iraquíes.
"Una de sus técnicas es simplemente reclutar a una familia -no tienes ni idea de si esos niños y la mujer son o no en realidad la esposa y los hijos del tipo", dijo Lyons, el comandante de la compañía. "Los usan como escudo todo el tiempo. Si ves a un tipo caminando y llevando a niños en sus brazos, o de la mano, es un indicador casi seguro de que no andan en nada bueno. Es triste".

16 de julio de 2007
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distorsión de amenaza terrorista


[Michael R. Gordon y Jim Rutenberg] Bush distorsiona vínculos con al Qaeda, afirman sus críticos.
Bagdad, Iraq. Al rechazar los llamados a traer las tropas en Iraq a casa, el presidente Bush empleó el jueves una lúgubre y ominosa defensa. "La misma gente que está colocando bombas contra gente inocente en Iraq", dijo, "son los que nos atacaron en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, y esa es la razón por la que lo que pase en Iraq es importante para nuestra seguridad aquí en casa".
Es un argumento que Bush ha utilizado con frecuencia en los últimos meses, a medida que crece el rechazo a la continuación de la guerra. Solamente el jueves, se refirió al menos treinta veces a al Qaeda o a su presencia en Iraq.
Pero sus referencias a al Qaeda en Mesopotamia, y sus afirmaciones de que es el mismo grupo que atacó a Estados Unidos en 2001, han simplificado enormemente la naturaleza de la resistencia en Iraq y su relación con los dirigentes de al Qaeda.
No hay duda de que el grupo es uno de los más peligrosos de Iraq. Pero los críticos de Bush alegan que ha exagerado la conexión con al Qaeda en un intento de explotar el mismo tipo de emociones de después del 11 de septiembre de 2001 que lo ayudaron a conquistar apoyo para la invasión de Iraq en primer lugar.
Al Qaeda en Mesopotamia no existía para cuando ocurrieron los atentados de ese 11 de septiembre. El grupo sunní prosperó como un imán para el reclutamiento y una fuerza para violencia debido en gran parte a la invasión norteamericana de Iraq en 2003, que llevó a la fuerza invasora norteamericana de más de cien mil soldados al corazón de Oriente Medio y condujo en Bagdad a un gobierno controlado por los chiíes.
Las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia norteamericanas caracterizan a al Qaeda en Mesopotamia como un despiadado grupo fundamentalmente extranjero que es responsable de una parte desproporcionadamente grande de los atentados suicidas con coches bomba que han atizado la violencia sectaria. El general David H. Petraeus, el más alto jefe militar norteamericano en Iraq, dijo en una entrevista que consideraba que el grupo era "en Iraq la principal amenaza a corto plazo".
Pero aunque las agencias de inteligencia norteamericanas han señalado vínculos entre cabecillas de al Qaeda en Mesopotamia e importantes jefes del grupo al Qaeda más amplio, en muchos respectos la organización militante es un fenómeno iraquí. Las agencias creen que los miembros del grupo son abrumadoramente iraquíes. Su financiamiento proviene en gran parte de secuestros y otras actividades delictivas a nivel nacional. Y muchos de sus más ardientes enemigos están en casa, especialmente las milicias chiíes y los iraníes que se supone que están detrás de esto.
"El presidente utiliza a al Qaeda porque cree que los norteamericanos entienden el peligro que representa al Qaeda", dice Bruce Riedel, experto del Saban Center for Middle East Policy y ex funcionario de la CIA. "Pero no creo que demuestre que luchar contra al Qaeda en Iraq prevenga que al Qaeda ataque a Estados Unidos mañana. Al Qaeda, tanto en Iraq como en todo el planeta, se nutre de la ocupación norteamericana".
Abu Musab al-Zarqawi, un jordano que se convirtió en cabecilla de al Qaeda en Mesopotamia, llegó a Iraq en 2002 cuando Saddam Hussein estaba todavía en el poder, pero no hay pruebas de que el gobierno de Hussein apoyara a Zarqawi y sus seguidores. Zarqawi contaba con el apoyo de algunos jefes de al Qaeda, según creen las agencias de inteligencia norteamericanas, y su organización creció en el caos que se originó tras el derrocamiento de Hussein en Iraq.
"Desde el principio hubo una relación íntima entre ellos", dice Riedel sobre al Qaeda en Mesopotamia y los jefes del grupo al Qaeda más amplio.
Pero la relación precisa entre el al Qaeda de Osama bin Laden y otros grupos que reclaman su inspiración o asociación con la organización, es turbia y opaca. Aunque los grupos comparten una ideología común, el grupo basado en Iraq ha disfrutado de considerable autonomía. Ayman al-Zawahri, el principal lugarteniente de Osama bin Laden, cuestionó la estrategia de Zarqawi de organizar atentados contra chiíes, de acuerdo a materiales incautados. Pero Zarqawi se aferró a su estrategia de montar ataques sectarios en un intento de provocar una guerra civil y hacer insostenible la ocupación norteamericana.
Se desconoce el tamaño exacto de al Qaeda en Mesopotamia. Se estima que puede variar de algunos miles a cinco mil combatientes y quizás hasta diez mil partidarios. Aunque los miembros del grupo son preponderantemente iraquíes, el papel de los extranjeros es fundamental.
Abu Ayyub al-Masri es un militante egipcio que emergió como sucesor de Zarqawi, que murió el año pasado cerca de Baquba en un ataque aéreo norteamericano. Oficiales norteamericanos dicen que cada mes llegan al grupo en Iraq entre sesenta y ochenta combatientes para luchar por el grupo y que entre el ochenta y noventa por ciento de los atentados suicidas en Iraq han sido cometidos por operativos de al Qaeda en Mesopotamia nacidos en el extranjero.
Al principio, al Qaeda en Mesopotamia recibió financiamiento de la organización al Qaeda más amplia, según han concluido las agencias de inteligencia norteamericanas. Sin embargo, ahora el grupo con base en Iraq se sostiene a sí mismo con secuestros, contrabando y actividades delictivas y algunas contribuciones externas.
Ahora que las milicias chiíes han reducido sus actividades desde que aumentaran los niveles de tropas norteamericanas y al Qaeda en Mesopotamia se ha embarcado en su propia campaña de concentración, un principal objetivo de la operación militar norteamericana es privar al grupo de sus bastiones en las áreas adyacentes de Bagdad -y restringir así su capacidad de llevar a cabo atentados espectaculares con enormes bajas en la capital iraquí.
El caldeado debate sobre Iraq también se ha pasado a al Qaeda en Mesopotamia. Bush ha utilizado al grupo, hablando sobre él como si estuviese a la par de los perpetradores de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los críticos de la guerra a menudo han minimizado la importancia del grupo, pese a su dantesco historial de atentados suicidas y su importante papel en la destrucción del santuario chií en Samarra en febrero de 2006 que empujó a Iraq en dirección a una guerra civil.
La semana pasada, Zawahri llamó a los musulmanes a viajar a Iraq, Afganistán y Somalia para luchar contra los norteamericanos y apeló a los musulmanes a apoyar al Estado Islámico de Iraq, un grupo coordinador que ha fundado al Qaeda en Mesopotamia para ganar un apoyo sunní más amplio.
El problema mayor es si Iraq es un frente central en la guerra contra al Qaeda como sostiene Bush, o una distracción que ha impedido que Estados Unidos se concentre en los santuarios de al Qaeda en Pakistán, al mismo tiempo que proporciona a los cabecillas de al Qaeda con una causa para suscitar apoyo.
Oficiales de la inteligencia militar dicen que los jefes de al Qaeda en Mesopotamia quieren extender sus atentados hacia otros países. Observaron que Zarqawi reclamó haber participado en un atentado terrorista en Jordania en 2005. Pero Bruce Hoffman, un experto en terrorismo en la Universidad de Georgetown dijo que si las tropas norteamericanas se retiraran de Iraq, la inmensa mayoría de los miembros de la organización se concentrarían probablemente en combatir a las milicias chiíes en la lucha por el predominio en Iraq que en tratar de seguir a los norteamericanos a casa.
"Al-Masri puede abrigar expectativas grandiosas, pero eso no significa que pueda convertir a al Qaeda de Iraq en una organización terrorista transnacional", dijo.

Michael R. Gordon informó desde Bagdad, y Jim Rutenberg desde Washington.

15 de julio de 2007
12 de julio de 2007
©new york times
©traducción mQh
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al_qaeda ataca poblado en irak


[Lee Keath] Extremistas sunníes atacan pueblo al norte de Bagdad. Se profundiza hostilidad sunní contra fundamentalistas.
Bagdad, Iraq. Extremistas sunníes atacaron un aislado pueblo al noroeste de Bagdad en una violenta batalla con vecinos que aparentemente ha causado decenas de muertes, dijo el martes el vice-gobernador de la provincia de Diyala en Iraq.
Los habitantes del pueblo de Sherween llamaron al vice-gobernador Auf Rahim pidiéndole ayuda, diciendo que no había unidades ni de la policía ni del ejército iraquí en las cercanías para protegerles, de acuerdo a un periodista de la Associated Press que se encontraba en la oficina de Rahim en la ciudad de Baqouba cuando este recibió la llamada.
Rahim dijo que los que llamaban le dijeron que creían que los atacantes pertenecían a al Qaeda y que el combate todavía continuaba, pero que parecía que los insurgentes habían controlado la aldea. No está claro cuántos extremistas participaron en el ataque.
Rahim dijo que los aldeanos informaron que en los combates habían muerto 25 extremistas y 18 vecinos de la localidad, con cuarenta heridos. Las cifras sobre las bajas no pudieron ser confirmadas independientemente.
Un vecino de la ciudad de Dali Abbas, vecina a Sherween, dijo a la AP que "la zona empezó a ser atacada ayer, y la gente del pueblo son los únicos que la están defendiendo". Habló a condición de que no se mencionase su nombre por temor a represalias.
Un oficial del ejército iraquí en la región de Mansouria cercana a Sherween confirmó que parecía que los insurgentes controlaban la aldea. Habló a condición de conservar el anonimato debido a que no estaba autorizado a hablar con la prensa.
Sherween -un pueblo de unos siete mil habitantes, dividido en dos mitades más o menos iguales de sunníes y chiíes- está a unos 56 kilómetros al noroeste de Baqouba, donde las tropas norteamericanas llevan tres semanas tratando de erradicar a los extremistas sunníes que utilizan la zona para lanzar ataques contra la cercana Bagdad.
Jefes militares norteamericanos dicen que están haciendo progresos en la limpieza de Baqouba, pero reconocen que muchos militantes -incluyendo a líderes de la rama de al Qaeda en Iraq- huyeron de la ciudad antes de que empezara el asalto a mediados de junio. Sin embargo, después de tres años de adiestramiento norteamericano, el ejército iraquí sigue siendo incapaz de operar por su propia cuenta, acusan oficiales norteamericanos.
Se cree que los insurgentes que han huido se dirigieron hacia el norte para continuar atacando áreas desprotegidas. El viernes un terrorista suicida atacó un pueblo kurdo chií, Zargoush, cerca de Sherween, matando a 22 personas.
A la mañana siguiente, un terrorista suicida atacó con un camión en la localidad turcomana chií de Armili, al oeste de la región, matando al menos a ciento sesenta personas. El ataque provocó un escándalo por el hecho de que las fuerzas de seguridad iraquíes no hacen lo suficiente para proteger zonas vulnerables, y llamados a que se entregue armas a los vecinos.
Bagdad ha presenciado una reducción de los atentados la semana pasada, pero la violencia en otros lugares se produce en un momento delicado. El gobierno de Bush está bajo una creciente presión para que retire las tropas mientras se espera un informe al Congreso del embajador norteamericano en Iraq y del más alto jefe militar norteamericano, que debe aparecer a mediados de julio, sobre los progresos de la ofensiva en Bagdad y alrededores y las reformas políticas que deben reconciliar a líderes sunníes, chiíes y kurdos de Iraq.
Un borrador del informe concluye que el gobierno del primer ministro Nouri al-Maliki todavía no ha logrado ninguno de sus objetivos de reformas políticas, económicas y otras, dijo un oficial norteamericano, que habló a condición de conservar el anonimato debido a que el borrador todavía está en proceso de elaboración.
Sin embargo, otro alto oficial dijo que el presidente Bush y sus asesores ya han decidido que todavía no se justifica un cambio de rumbo porque no hay suficientes evidencias de Iraq.
Líderes iraquíes advirtieron que el país podría derrumbarse si las tropas norteamericanas se retiran demasiado pronto.
"Hemos hablado con miembros del Congreso y les hemos explicado los peligros de una retirada rápida y de dejar atrás un vacío de seguridad", dijo a periodistas el ministro de Relaciones Exteriores Hoshyar Zebari. "Los peligros podrían ser una guerra civil, la división del país, guerras regionales y el colapso del estado".
Ese sentimiento fue repetido por importantes figuras políticas de la comunidad árabe sunní, el grupo que menos ha apoyado la presencia norteamericana después del derrocamiento del gobierno sunní de Saddam Hussein en 2003.
"Una retirada apresurada... provocaría una crisis que podría anular todos los aspectos positivos del despliegue de tropas norteamericanas", dijo Salim Abdullah, portavoz del más importante bloque árabe sunní en el parlamento.
El legislador sunní Adnan al-Dulaimi dijo que una retirada norteamericana demasiado rápida podría "destruir Iraq" y que la presencia norteamericana era necesaria para "mantener el equilibrio entre las sectas iraquíes" después de la ola de asesinatos en represalia chiíes-sunníes que llevó al país al borde de una guerra civil declarada el año pasado.
"Las fuerzas norteamericanas deben quedarse hasta que se forme el ejército y las fuerzas de seguridad sean capaces de alcanzar la paz en todo Iraq", dijo al-Dulaimi.
La idea de armar a fuerzas locales para luchar contra los insurgentes ha sido fomentada por los éxitos en la provincia de Anbar, donde las tribus sunníes han respaldado a Estados Unidos en su lucha contra los combatientes de al Qaeda a los que ellos también se oponen por el asesinato de civiles. En la provincia de Diyala, donde se ubica Baqouba, combatientes del grupo insurgente sunní Brigada de la Revolución de 1920 han colaborado con Estados Unidos en la lucha contra los extremistas de al Qaeda.
Los recientes atentados y críticas contra las fuerzas de seguridad iraquíes han dado alas a esos llamados. Pero comandantes norteamericanos dicen que se están considerando con cautela, conscientes del peligro de que los grupos armados se vuelvan contra las fuerzas norteamericanas o se conviertan en combatientes en un futuro conflicto doméstico.
Tropas norteamericanas y británicas también han atacado a militantes chiíes acusados de montar ataques contra las tropas de la coalición y de cometer asesinatos sectarios.
Los militares británicos dijeron el martes que el día anterior aviones de guerra habían realizado bombardeos en la sureña ciudad de al-Majar al-Kabir cerca de la frontera iraní, matando a tres militantes que ingresaban armas ilegales a Iraq. Oficiales de la policía iraquí dijeron que un helicóptero británico mató al hermano y dos guardias del clérigo y jeque radical chií Abu Jamal al-Fartousi, al que los militares británicos acusan de ser un líder de la unidad de elite Fuerza Quds de Irán, de la que se sospecha que está armando a los militantes.
Militares norteamericanos dijeron que fuerzas de operaciones especiales norteamericanas capturaron en Bagdad en un allanamiento el domingo a doce militantes que se habían retirado del Ejército Mahdi, la milicia del clérigo antinorteamericano Muqtada al-Sáder, y realizado ataques contra tropas norteamericanas e iraquíes.

Anne Flaherty y Anne Gearan en Washington contribuyeron a este reportaje.

11 de julio de 2007
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peligro de colapso en irak


[Sudarsan Raghavan y Howard Schneider] Ministro de Relaciones Exteriores de Iraq advierte que país puede colapsar si se marchan tropas norteamericanas.
Bagdad, Iraq. El ministro de Relaciones Exteriores de Iraq dijo que el país puede romperse en partes separadas y su gobierno colapsar si Estados Unidos inicia demasiado pronto la retirada de sus tropas, una advertencia expresada en momentos en que se intensifica en la Casa Blanca y el Congreso el debate sobre la conducción de la guerra.
El ministro de Relaciones Exteriores, Hoshyar Zebari, dijo en una rueda de prensa en la mañana que los personeros iraquíes "entienden la enorme presión" que se está ejerciendo en Estados Unidos a favor de la retirada de las tropas.
Pero "el peligro puede ser una guerra civil, la división del país, guerras regionales y el colapso del estado", dijo Zebari. "Nos hemos reunido con miembros del Congreso y les hemos explicado los peligros de una retirada rápida y de dejar atrás un vacío de seguridad.
"Según nuestros cálculos, hasta que las fuerzas iraquíes no estén listas, Estados Unidos tiene la responsabilidad de apoyar al gobierno iraquí a medida que se vayan construyendo esas fuerzas".
La próxima semana podría ser importante en la evolución de la política iraquí de Estados Unidos. Varios importantes senadores republicanos se han distanciado del gobierno y empezado a exigir la retirada de las tropas. El Senado empezará un debate sobre el proyecto de ley sobre el presupuesto de defensa que es probable que se transforme en una plataforma para criticar la conducción del gobierno.
El domingo el gobierno debe presentar un informe interino sobre los progresos hechos en cuanto a varios objetivos políticos y de seguridad que fueron establecidos en enero cuando el presidente Bush decidió aumentar los niveles de tropas en Iraq.
Existe un amplio reconocimiento, incluso al interior del gobierno, de que no se está cumpliendo con esos objetivos: junio fue uno de los meses más sangrientos de la guerra para las tropas norteamericanas; las negociaciones sobre proyectos de ley en torno a la repartición del poder en ámbitos sensibles en el parlamento iraquí están en un punto muerto; y los insurgentes continúan montando ataques exitosos contra la infraestructura, sitios religiosos y zonas públicas concurridas, como la explosión del sábado que mató a cerca de ciento cincuenta personas en el poblado de Amerli en el norte del país.
Cómo responder es materia de debate. Con el informe interino en el horizonte y el apoyo de los líderes republicanos erosionándose, el ministro de Defensa Robert M. Gates canceló el domingo un viaje anunciado a América Latina para participar en discusiones sobre la política iraquí norteamericana.
El fin de semana ofreció inequívocos ejemplos de los riesgos mencionados por Zebari en sus comentarios sobre la situación de seguridad en Iraq. El atentado del sábado en Amerli -uno de los más mortíferos desde la invasión norteamericana- fue seguido el domingo por un atentado suicida en la que un terrorista mató a 23 reclutas del ejército iraquí e hirió a otros 27 cuando chocó con su vehículo cargado de explosivos contra el vehículo militar cerca de Bagdad. Los atentados del fin de semana se cobraron la vida de más de doscientas personas.
La carnicería llevó a altos líderes sunníes a declarar que los iraquíes tienen derecho a tomar las armas para protegerse a sí mismos y que el gobierno debería entregar armas, dinero y adiestramiento a los ciudadanos para esas medidas de seguridad.
"Los ciudadanos deben ser protegidos por el gobierno y el aparato de seguridad... pero cuando fracasa no hay otra alternativa, no hay otra escapatoria para la gente que defenderse a sí mismos", dijo en una declaración el vicepresidente Tariq al-Hashimi, un sunní.
La violencia del fin de semana se produce después de una relativa calma en los atentados con bomba que han plagado a Bagdad y otras partes de Iraq la mayor parte de este año, pese a la importante campaña de seguridad norteamericana-iraquí destinada a doblegar a la capital y la cercana provincia de Diyala. Las operaciones, reconocen comandantes norteamericanos, ha empujado a los extremistas a zonas con menos tropas.
El domingo explotaron dos coches bomba cerca del exclusivo barrio de Karrada en Bagdad, considerado una de las zonas más seguras de la capital. El primero detonó a las diez y media de la mañana cerca de un restaurante, matando a cinco personas e hiriendo a diez, de acuerdo a la policía y a militares norteamericanos. El segundo ocurrió quince minutos después a un kilómetro y medio de distancia, matando a tres e hiriendo a dos.
Otra bomba, oculta debajo de un coche, explotó cerca del mercado de Shorja, en Bagdad, matando a tres e hiriendo a cinco, de acuerdo a boletines de prensa.
Los militares norteamericanos comunicaron el domingo la muerte de dos soldados norteamericanos, uno de ellos en un atentado suicida al oeste de Bagdad, el otro en combate el sábado en la provincia de Salahuddin.
En una declaración el domingo, el embajador norteamericano Ryan C. Crocker anunció "con una profunda tristeza y pesar" que dos empleados iraquíes de la embajada estadounidense que habían sido secuestrados en mayo, habían sido asesinados.
"Representan a la mayoría silenciosa de los iraquíes que están trabajando para construir un futuro pacífico y próspero para su país", dijo Crocker. "Ellos son el verdadero Iraq".

Saad al-Izzi contribuyó a este reportaje.

11 de julio de 2007
9 de julio de 2007
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funeral en todas las casas


[Sudarsan Raghavan] En un poblado iraquí, funerales en todas las familias. Atentado en mercado se cobra numerosas víctimas.
Bagdad, Iraq. Ahora, Khider Walli Ahmad no tiene a nadie. Perdió a su esposa, y a su hijo de cuatro años, a su padre, madre, y a su hermana. Murieron el sábado cuando un terrorista suicida hizo detonar un camión cargado de explosivos en un atiborrado mercado.
Entre los escombros de su casa de ladrillos de adobe y una pequeña tienda, Ahmad encontró pedazos de sus cuerpos. Su padre de 69 años, que vendía cigarrillos y productos lácteos, era el que estaba más cerca de la explosión.
"De mi padre sólo quedaron pedazos, que yo y unos vecinos recogimos llorando y metimos en una bolsa", dijo Ahmad, 39, el domingo, el trauma grabado en su cara. El año pasado, dijo, militantes sunníes mataron a su hermano Ali y a su sobrino durante una peregrinación a la ciudad santa chií de Karbala.
"Y hoy perdí a toda mi familia", dijo.
En el pueblo chií turcomano de Amerli, a ochenta kilómetros al sur de la rica ciudad petrolera de Kirkuk, el dolor y la indignación se mezclaban con perplejidad tras el ataque más mortífero contra iraquíes desde la invasión norteamericana de 2003. Casi todo el mundo perdió a familiares y amigos, y en algunos casos a toda la familia.
Las muertes se elevaron a más de 140, pero todavía se encuentran desaparecidas unas viente personas, dijeron funcionarios policiales el domingo. Más de 270 personas quedaron heridas, agregaron. En el atentado anterior más mortífero hasta ayer, en marzo un camión bomba mató a 152 personas en la norteña ciudad de Tall Afar.
En Amerli, muchos vecinos tratan de entender por qué su remoto y apacible pueblo fue escogido como blanco. E instintivamente culparon de la carnicería a los sunníes asociados al grupo insurgente al Qaeda en Iraq.
"¿Por qué no puede la policía o el ejército protegernos de esos matones?", preguntó Ahmad, un hombre alto, flaco y desgreñado. Llevaba una tradicional bata blanca, salpicada de sangre seca. Con voz ronca, dijo que había estado despierto toda la noche, gritando y llorando por su familia.
"Me marcharé de aquí porque ahora odio a Iraq, y la religión que permite estos asesinatos", dijo. "Que Dios los maldiga".
Un corresponsal especial del Washington Post visitó Amerli el domingo, un pueblo situado en un árido y desolado tramo entre la ciudad de Tuz Khormato y la volátil provincia de Diyala, donde las fuerzas norteamericanas han iniciado una intensa campaña para erradicar a al Qaeda en Iraq y otros extremistas árabes sunníes. El domingo, decenas de pendones negros lamentando a los muertos colgaban de paredes y casas. En los controles de seguridad, los policías llevan brazaletes negros en su brazo izquierdo y el dolor en sus caras.
"Vine a trabajar por mi propia cuenta, porque hoy es mi día libre", dijo Emad Abdul Hussein, un agente de policía, mientras se ocupaba de un puesto de control en la entrada del mercado. "Pero creo que es mi obligación ayudar a controlar esta zona arrasada".
"Perdí a un tío y a un primo, pero no nos vamos a rendir", agregó.
El comandante Khalaf Abdullah, subdirector de la policía e Amerli, dijo que la explosión destruyó más de cincuenta casas, la mayoría de ellas derrumbándose sobre sus habitantes, y destruyó 45 tiendas. También dañó seriamente veinte casas y 35 vehículos.
"Hay un funeral en todas las casas del pueblo", dijo Abdullah.
En el mercado, el camión bomba dejó un cráter de 3.6 metros de profundidad. Las tiendas y casas que no fueron reducidas a escombros quedaron feamente quemadas.
La bomba explotó durante la hora pique de la mañana, cuando la gente llega al mercado a comprar mercaderías o a coger un taxi minibús hacia la cercana Tuz Khormato o Kirkuk, dijeron oficiales el domingo.
Mohammad Rasheed Barzanjy, alcalde de Tuz Khormato, dijo que la semana pasada insurgentes de al Qaeda amenazaron con atacar la zona debido a que los vecinos apoyaban las operaciones militares en los alrededores de Baqubah, la capital de la provincia de Diyala.
"Es seguro y tranquilo y están tratando de paralizar y confundir al gobierno con estos ataques para mostrar al mundo que pueden llegar a cualquier lugar para demostrar el fracaso de la policía", dijo Barzanjy sobre los insurgentes. "Pero de hecho están mostrando al mundo lo salvajes y crueles que son atacando a civiles inocentes".
Luego pronunció los nombres de las víctimas que conocía: Qanbar Abdullah al-Bayati, que murió con su esposa y cinco hijos, dos de los cuales eran niños, y Muhsin Shaheed Akbar, que perdió a sus cuatro hijos, que estaban en su taller en el mercado.
"Esta muerte al por mayor ha devastado este pequeño y tranquilo pueblo, destruyendo la autoestima y dignidad de sus vecinos", dijo Taherr al-Bayati, juez en Kirkuk que nació en Amerli.
El domingo, organizaciones turcomanas locales se movilizaron para ayudar a entregar medicinas y víveres a las víctimas, y los funcionarios municipales prometieron reiniciar los servicios de electricidad y agua, que fueron interrumpidos por la explosión. Un grupo turcomano prometió llevar a ciento cincuenta de los heridos a la vecina Turquía para su tratamiento.
Sin embargo, la indignación y frustración eran palpables. Indignadas turbas atacaron con piedras una delegación dirigida por Hamad Hamoud Shagtti, gobernador de la provincia de Salahuddin, culpando a los funcionarios por fracasar a la hora de proteger al pueblo. La delegación fue obligada a interrumpir su visita, dijo Barzanjy, el alcalde. Muchos vecinos exigieron compensaciones.
Zainulabideen Rustum Abdullah, 58, perdió a su esposa, tres hijas, su nieto y su nuera. Sufrió quemaduras, e impacto de metralla en su cabeza.
"Nos exterminaron despiadadamente, y culpamos a los norteamericanos, al gobierno iraquí, a los criminales y a los políticos que nos trajeron esta catástrofe y destrucción", dijo. "Con su sectarismo y política han destruido todo".
Abdul Razak Taqi al-Bayati perdió un hijo, Qanbar, un taxista que estaba aparcado en el mercado. Entre los escombros Bayati desenterró primero el collar de su hijo, con su pequeño pendiente en la forma de Iraq. Luego encontró a Qanbar.
"Reconocí la mano de mi hijo, que estaba cercenada del cuerpo, por el tatuaje que llevaba", recordó Bayati, 55, de cara arrugada y que llevaba una túnica tradicional azul oscuro. "Cuando llegué a casa, estaba completamente derrumbada".
El domingo, estaba en camino hacia el hospital de Kirkuk para ver a su nieto de cuatro, Sajjad. Tenía metralla en el estómago y sus piernas estaban feamente quemadas. Horas después, los dos abordaron un avión hacia Turquía, donde recibirá tratamiento médico.
Qanbar era el padre de Sajjad.

K.I. Ibrahim en Baghdad contribuyó a este reportaje.

10 de julio de 2007
©washington post
©traducción mQh
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expulsan a cristianos en badgad


[Ned Parker] Militares norteamericanos están tratando de evitar otras limpiezas religiosas en la capital iraquí.
Bagdad, Iraq. El viernes en la mañana dos hombres llamaron a la puerta de Abu Salam. Era uno de los últimos cristianos que quedaban en la cuadra.
"Que la paz sea contigo", dijeron, y Abu Salam, en los cincuenta, repitió el saludo.
Los hombres -gordo uno, flaco el otro- se expresaron cortésmente. Ambos iban bien afeitados y llevaban pantalones flojos y camisas abotonadas.
"Usted sabe que el barrio de Muwallamin pertenece ahora al Estado Islámico de Iraq", dijo el más grande. "Tenemos tres condiciones que usted puede aceptar: Usted puede pagar un impuesto, convertirse en musulmán o mudarse, y en este último caso nosotros le ayudaremos a sacar los muebles.
"Piénselo y decida.
"Que la paz sea con usted", repitieron los hombres mientras Abu Salam los miraba alejarse.
A las horas, Abu Salam y su familia dejaron el barrio en el que habían vivido durante más de cincuenta años. Se unieron al éxodo que ha vaciado a Dora, una extensa comuna en el sur de Bagdad, de su próspera población cristiana.
Abu Salam, que habló a condición de no ser identificado enteramente, por cuestiones de seguridad, está de momento alojando en otro lugar de Bagdad.
"Si las cosas no mejoran, la gente se marchará. Es un caos", dijo. "Si no hay una solución dentro de poco, Iraq dejará de existir".
Líderes cristianos dicen que entre abril y mayo quinientas familias dejaron Dora. Los militares norteamericanos reconocen que un gran número de cristianos fueron erradicados, pero dicen que la cantidad es mucho menor. La organización para los refugiados de Naciones Unidas dijo que había contado en un lugar a cien familias cristianas que habían huido de Dora.
La huida de los cristianos de Dora es un ejemplo de cómo la fase inicial de la campaña de seguridad norteamericana aquí no logró restablecer la seguridad ni detuvo las limpiezas sectarias en los barrios de Bagdad.
Los militares norteamericanos realizaron una importante operación de limpieza en Dora en el otoño pasado, y luego se retiraron, dejando la seguridad en manos de tropas iraquíes. Los militantes árabes sunníes con lazos con al Qaeda en Iraq se restablecieron rápidamente en el lugar y a fines del año pasado empezaron a acosar a los cristianos. Una segunda barrida norteamericana a principios del invierno no logró aflojar el control de los militantes en Dora.
Cristianos desplazados describieron en entrevistas a una población civil demasiado aterrorizada de al Qaeda como para pedir ayudar a los norteamericanos. Dijeron que incluso después de que empezara la concentración de tropas en Bagdad en febrero, era rara la ocasión en que se veía en los barrios a soldados norteamericanos y a menudo no tenían ni idea qué andaban buscando.
El comandante Kirk Luedeke, portavoz de las fuerzas armadas estadounidenses en Dora, dijo que los oficiales norteamericanos fueron sorprendidos por la campaña contra los cristianos del área. "Sabíamos lo que estaba pasando, pero no sabíamos qué alcance tenía", dijo.
Un importante político cristiano iraquí, Younadam Kanna, dijo que los militares no lanzaron una ofensiva contra los militantes en Dora sino el 25 de mayo, aunque la campaña para expulsar a los cristianos de la comuna había empezado en serio a fines de abril.
"No había suficientes tropas", dijo Kanna. "Las fuerzas multinacionales están aisladas de la gente... No saben quién es quién. Las fuerzas multinacionales e incluso el gobierno mismo tienen muy poca información sobre la región".
En respuesta a los desplazamientos masivos, los militares norteamericanos han reforzado su presencia en la zona. En un intento por contener a los partidarios de al Qaeda y prevenir más purgas en los barrios, el ejército norteamericano ha levantado barreras de concreto y cerrado ciertas calles.
Las tropas allanan todas las casas, recogiendo fotografías, huellas digitales y escáneres de retina de todos los hombres en edad militar para controlar a la población en caso de que se produzca otro estallido de limpieza sectaria. Con las tropas adicionales, el ejército norteamericano dice que puede patrullar todos los barrios de Dora, incluso varias veces al día.
Los problemas de la comunidad cristiana de Dora se remontan al otoño de 2004, cuando militantes sunníes atentaron contra iglesias y secuestraron a gente. Pero la vida de los cristianos cambió irrevocablemente para peor después de que al Qaeda y otros grupos aliados declararan en octubre el Estado Islámico de Iraq.
Para enero, las proclamaciones del Estado Islámico aparecieron en murallas y circularon en octavillas. Los vecinos de Dora dijeron que algunas de las octavillas llamaban a las mujeres a cubrirse con velos; se prohibieron los pantalones cortos y los celulares.
"Emitieron leyes y decretos como un estado de verdad", dijo Wardiya Yussef, que se marchó en abril después de que asesinaran a un primo en la calle.
Los cuerpos eran arrojados regularmente a la calle principal de su barrio. A las casas llegaban notas exigiendo dinero de protección.
Mientras los partidarios de al Qaeda dejaban ver sus músculos, los iraquíes se mostraban reluctantes a dar información a los norteamericanos. Fue un amargo cambio de papeles con respecto al período del otoño pasado, cuando las barridas militares en Dora restauraron brevemente la estabilidad. También con respecto a eso, Dora se ajustaba a un esquema más amplio en el que los civiles veían ir y marcharse a los soldados norteamericanos, quedándose rara vez el tiempo suficiente como para establecer una seguridad duradera.
Esa falta de constancia ha descalabrado la campaña norteamericana en Iraq, dijo Stephen Biddle, un analista militar del Consejo de Relaciones Exteriores.
"Hasta que los civiles locales crean que te quedarás el tiempo suficiente como para protegerlos de represalias -y que eres más fuerte que los militantes mientras están los dos presentes-, no confiarán lo suficiente en ti como para correr el riesgo de ofrecerte datos e información".
Fue en este ambiente de pavor que Abu Salam observó cómo el Estado Islámico de Iraq empezó en abril a expulsar a los cristianos. Hombres armados empezaron a visitar a la gente, amenazándola. Funcionarios de la agencia para refugiados de Naciones Unidas informaron que los grupos militantes también estaban exigiendo que las mujeres cristianas se casaran con miembros de sus grupos.
El Domingo de Resurrección los militantes visitaron al vecino de Abu Salam al otro lado de la calle. Uno de los hijos del vecino, en sus veinte, estaba sentado en el jardín y llevaba pantalones cortos. Los hombres lo apresaron y se lo llevaron. Horas después, volvieron con el joven -esta vez con pantalones-, robaron el coche de su padre, saquearon la casa y rompieron las imágenes de Jesús y María.
"Los dejaron sin un centavo. Un vecino musulmán les dio algo de dinero para que pudieran pagar un taxi y escapar", dijo Abu Salam.
La siguiente agresión se produjo dos días después, cuando un vecino de sesenta años, que volvía de vacaciones, entró con su coche. Hombres armados sacaron a su hija y esposa del vehículo, y se marcharon en él. Al hombre lo tuvieron retenido durante casi dos días y exigieron rescate. Y llamaron a la mujer del hombre para maldecir a Jesús y María.
Después de que el hombre fuera dejado en libertad, la familia huyó, y los militantes instalaron a otra gente a vivir en la casa. Para celebrar las expulsiones, los militantes organizaron un desfile de victoria, conduciendo sus coches y blandiendo sus armas.
"Pensaban que eran invencibles", dijo Abu Salam.
Para cuando los combatientes visitaron a Abu Salam el primer viernes de mayo, ya habían estado en la casa de su suegro y de su hermano mayor. Abu Salam y sus parientes fueron los últimos de las diez familias cristianas que habían vivido en su calle.
Abu Salam salió de Dora a las horas, pero su suegro decidió quedarse y pagar el dinero de protección. Esa noche, los combatientes visitaron su casa. Cuando su suegro abrió la puerta, un grupo de hombres enmascarados lo empujaron dentro y exigieron saber quién se estaba ocultando en la casa. Allanaron la casa, buscando armas, y pidiendo que les entregase su oro.
Abu Salam había pensado en volver al día siguiente para recoger sus muebles, pero cuando se enteró de lo que había pasado, decidió no volver. Había entregado las llaves a una familia sunní para que custodiara sus enseres, pero pronto oyó que los militantes habían puesto a vivir en su casa a otra familia.
"Todavía están usando la casa. No tenemos armas ni grupos. Sólo Dios sabe qué harán", dijo.
"Hemos oído que los norteamericanos están cerrando el barrio. Tienen una enorme fuerza de tierra, pero si ellos no pueden hacer nada, ¿quién podrá?"

ned.parker@latimes.com

Alexandra Zavis y Wail Alhafith contribuyeron a este reportaje.

8 de julio de 2007
27 de junio de 2007
©los angeles times
©traducción mQh

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la matanza de haditha


[Tony Perry] Surgen detalles de la matanza de Haditha. Vistas y entrevistas entregan una imagen más clara de ese día en Iraq cuando los marines de Camp Pendleton mataron a 24 civiles.
Haditha, Iraq. El día en el que se produciría el caso más importante de atrocidades cometidas por tropas norteamericanas en Iraq simplemente empezó.
El 19 de noviembre de 2003, una patrulla de marines salieron antes del alba para llevar comida caliente y un aparato para cambiar códigos a una avanzada a unos kilómetros de distancia. Planeaban volver cuando el sol apenas empezara a elevarse sobre el río Eúfrates.
Los marines de la Kilo Company, Tercer Batallón, Primer Regimiento, habían llegado a Haditha seis semanas antes, desde Camp Pendleton. En ese momento, habían pocos indicios de actividad insurgente, y los marines habían allanado decenas de casas sin encontrar resistencia armada ni bajas.
Sin embargo, casi quinientos marines del batallón que los precedió habían muerto o quedado gravemente heridos en la zona que Estados Unidos llama la Tríada: Haditha, Barwanah y Haqkaniya. El año anterior, insurgentes en Haditha habían matado salvajemente a decenas de iraquíes acusados de colaborar con las tropas norteamericanas.
Dos días antes del convoy del 19 de noviembre, oficiales de inteligencia habían advertido que combatientes extranjeros que habían entrado desde Siria estaban montando una emboscada contra los marines en Haditha, a unos 130 kilómetros de la frontera, y que probablemente se ocultarían detrás de civiles.
Algunos de los doce marines en la misión de esa mañana no habían participado nunca en combate. Otros eran veteranos de los cruentos enfrentamientos casa en casa el año pasado, en Faluya.
El sargento Frank D. Wuterich, jefe de la patrulla, no había estado nunca en combate, pero había impresionado a sus superiores como un líder natural y maduro. Era aparentemente contradictorio: un hombre de 25 años con cara de niño y maneras sencillas, y ominosos tatuajes en los antebrazos.
Después de una larga sesión informativa sobre la ruta, los peligros y tácticas a emplear en caso de ataque, Wuterich dijo, simplemente: "Vamos a hacerlo, marines".
Con esa clásica orden, el convoy de cuatro vehículos dejó la Base Firme Sparta a eso de las seis de la mañana, avanzando por un ancho camino que los marines habían bautizado la Ruta de la Castaña.
Antes de que saliera el sol, un marine y 24 civiles iraquíes encontrarían la muerte. Diecinueve meses más tarde, tres reclutas rasos hacen frente a cargos de homicidio y cuatro oficiales están acusados de abandono de deberes.
En Camp Pendleton ya se han iniciado las vistas preliminares para determinar si los casos deberían o no ser referidos a corte marcial. Esas vistas y entrevistas en Haditha y Estados Unidos han sacado a la luz muchos y nuevos detalles sobre lo que ocurrió ese día.

No Veía al Cuarto Vehículo
El terreno de Haditha es ideal para la guerra de guerrillas. Sus calles escalonadas descendiendo hacia el Eúfrates proporcionan un buen punto de ventaja para francotiradores. Muchas casas tienen sólidas paredes de calicanto en el frontis y en la parte de atrás, perfectas para espiar furtivamente a los convoyes que pasan y luego ocultarse para evitar ser visto, una táctica que los marines llaman ‘fisgonear'.
Cuando los marines entraron a la ruta, escudriñaron el camino y los patios cercanos, a la búsqueda de explosivos y francotiradores. No vieron nada.
La operación transcurrió sin problemas y los marines empezaron a volver a eso de las siete de la mañana, poco después de la salida del sol. Con ellos viajaban varios soldados iraquíes que debían participar en patrullas conjuntas.
El convoy descendió lentamente hacia la Calle del Río y luego giró hacia la Ruta de la Castaña. Cerca de la intersección de la Ruta de la Castaña y el camino que los marines llaman Ruta de la Víbora, estalló una tremenda explosión debajo del último vehículo, un Humvee.
"No veo al cuarto vehículo, no veo al cuarto vehículo", chilló el cabo Justin L. Sharrat, un veterano de Faluya que tripulaba la torreta del primer vehículo.
"El cuarto vehículo ha sido impactado, T.J. esta muerto", chilló el cabo René Rodríguez.
T.J. era el cabo Miguel Terrazas, 20, un marine alegre y fanfarrón. Era de El Paso, pero sus amigos lo llamaban T.J. en referencia a los agitados momentos que habían compartido en Tijuana.
La explosión lo mató instantáneamente. Partes de su torso fueron arrojadas a cien metros del Humvee en llamas. Sus piernas cercenadas quedaron en el asiento del conductor.
El cabo James Crossan, 20, y el cabo Salvador Guzmán, 19, estaban heridos: Crossan había sido expulsado por la puerta de la derecha y estaba inmovilizado debajo de los escombros de metal. Brian Whitt, un ayudante médico de la Armada, corrió hacia él llevándole morfina.
"Ayúdame, doctor", dijo Crossan, apenas consciente. Tanto Guzmán como Crossan sobrevivirían.

Wuterich tomó el control. Llamó a Sparta para informar que los marines habían hecho "contacto con el enemigo".
En Sparta, otro grupo, llamado para formar una unidad de reacción rápida, estaba esperando, preparado para correr en ayuda de la patrulla que había salido. El teniente primero William Kallop, comandante de pelotón, formaba parte de esa unidad. Se trataba de la primera experiencia de combate de Kallop, de 24 años.
Entretanto, un sedán Opel blanco se acercó a la escena del estallido, con cinco jóvenes iraquíes en su cabina.
Los marines gritaron al coche que parara y apuntaron sus M-16 contra el parabrisas. El coche paró, y los cinco hombres descendieron.
Hasta este momento, los detalles de ese día no están en discusión. Pero a partir de este punto, surgirían muchas preguntas.
Los marines acribillaron a balazos a los cinco iraquíes. Wuterich dijo esa noche a sus superiores que los cinco habían tratado de huir. Según las reglas de combate de los marines, si algún sospechoso de terrorismo escapa de la escena de un ataque, estos pueden dispararle, incluso por la espalda.
Wuterich dijo que él y el sargento Sanick P. Dela Cruz, 23, dispararon contra los cinco porque sospechaban que eran espías o incluso los operativos responsables de la explosión.
Durante meses, Dela Cruz respaldó la declaración de Wuterich. Pero entonces fue acusado de homicidio y los fiscales le ofrecieron retirar los cargos a cambio de sus declaraciones. En una audiencia en Camp Pendleton a principios de mayo, entregó una nueva versión.
Los cinco estaban parados, sin moverse, con sus dedos entrelazados detrás de sus cuellos, cuando Wuterich empezó a disparar, dijo. "Ellos estaban simplemente parados, mirando, con las manos arriba", declaró.
Dela Cruz admitió que él había "rociado de balas" los cuerpos cuando estaban en el suelo, y entonces, en un ataque de rabia, había orinado sobre ellos. Dijo que Wuterich le dijo que mintiera y dijera que los soldados iraquíes que estaban siendo transportados por la patrulla habían matado a los cinco.
Kallop llegó minutos después del asesinato de los cinco iraquíes. No preguntó por qué los marines habían disparado.
"Estaban pasando cosas y yo no iba a decir: ‘Paren las rotativas. Cuéntenme todo paso por paso'", dijo Kallop, cuando declaró este mes a cambio de inmunidad.
Kallop dijo que Wuterich le había contado que habían sido atacados desde el sur y que dio la orden de allanar una hilera de casas a unos cien metros al otro lado de un sitio eriazo.
"Decidí que lo más probable era que estuviésemos siendo atacados desde las casas y le dije al sargento Wuterich que ‘limpiara el sur'", dijo Kallop.
Si la patrulla de Wuterich fue realmente atacada después de la explosión de la bomba, sigue siendo un misterio. Algunos marines dijeron a los investigadores que oyeron disparos, otros dijeron que no habían oído nada.
Kallop se agachó detrás de un Humvee para protegerse. Wuterich y dos veteranos de Faluya -Sharrat, 21,y el cabo Stephen B. Tatum, 24- se dirigieron hacia las casas.
"No se veía que estuviesen afligidos", dijo Kallop. "Estaban manejándose como les enseñamos a hacerlo".

¿Dónde Están los Tipos Malos?
Wuterich y Tatum contaron más tarde a sus superiores que cuando entraron a la primera casa, oyeron el sonido de una AK-47 cuando está siendo amartillada para disparar y respondieron lanzando granadas y disparando sus M-16. Dijeron que vieron pasar a un insurgente de la primera casa a la segunda, y lo atacaron con más granadas y tiros.
Quince minutos después, en su interior yacían quince civiles muertos, incluyendo a tres mujeres y siete niños.
Las piernas de un anciano fueron cercenadas por una granada. Otro hombre recibió un tiro en el ojo. Un niño murió decapitado por las balas o la explosión de una granada. Varias víctimas estaban aparentemente sentadas con su espalda contra la pared cuando fueron matadas, determinaron más tarde los investigadores.
Algunos de los niños muertos, de edades de los dos a los trece años, estaban en una cama. Las mujeres habían tratado de protegerlos con sus cuerpos. Una niña adolescente fue matada de un balazo en la cabeza.
Sólo después de que terminaran los tiros se acercó Kallop a las casas, acompañado por el cabo Héctor Salinas, miembro de la patrulla de Wuterich. Kallop declaró que se sintió consternado cuando no encontró armas en las casas y que ninguno de los hombres llevara el tipo de ropa militar que usan los rebeldes.
"Miré al cabo Salinas y le dije: ‘¿Qué mierda es esto? ¿Dónde están los tipos malos?'", dijo Kallop. "Él estaba tan sorprendido como yo".
Sin embargo, Kallop hizo pocas preguntas a Wuterich y los otros. "Quizás porque quería terminar lo que estaba haciendo y luego volver al asunto cuando tuviera oportunidad", dijo.
Entonces Wuterich, Sharratt y Salinas decidieron ‘limpiar' las casas al lado norte del cruce.
Sharratt dijo que los hombres habían sido vistos fisgoneando sobre una muralla. Eso, dijo, fue suficiente para indicar que tenían intenciones hostiles.
En la primera casa, fueron recibidos por mujeres y niños, dijo Sharratt. Pero en la segunda, dijo, oyó el sonido de una AK-47 y vio a un hombre con una AK-47 en el pasillo.
"Salté hacia atrás y choqué con el sargento Wuterich", dijo. "Después de eso, mi adiestramiento se hizo cargo de todo lo que me habían enseñado mis sargentos y jefes de patrulla".
Dijo que su ametralladora se atascó, así que sacó su pistola de 9 milímetros y empezó a disparar.
"Cuando se me acabaron las municiones, grité: ‘Me voy', y el sargento Wuterich entró al cuarto y también vació su M-16 disparando contra los hombres", dijo Sharratt.
Cuatro hermanos iraquíes yacían muertos: tres en el suelo, uno en el clóset. Los tres habían recibido impactos en la cabeza. El hermano en el clóset fue matado por disparos de un M-16.
Sharratt dijo que recogió los AK-47 que tenían los muertos y se los entregó a Tatum.
Aunque hay documentos de que dos AK-47 fueron requisados ese día cerca de la Ruta de la Castaña y de la Víbora, el marine asignado a recoger las armas capturadas declaró que él no sabía si habían sido incautadas como dijo Sharratt, o si provenían de algún otro lugar.
Los familiares de los hermanos muertos dijeron a los investigadores que vieron a los marines empujar a los cuatro en un cuarto en la parte de atrás de la casa y luego oyeron los disparos. Wuterich y Sharratt han negado su versión; Sharratt pasó un detector de mentiras sobre el tema, de acuerdo a documentos presentados en su vista preliminar.

Llega el Comandante
El teniente coronel Jeffrey Chessani, comandante del Tercer Batallón, se encontraba en su centro de mando en la Presa de Haditha, de diez pisos, a veinte kilómetros de distancia, oyendo los informes de radio desde la escena.
Sus acciones, y las de sus colegas oficiales en las próximas horas, pondrían en cuestión la posición de los comandantes marines sobre los homicidios. ¿Estaban encubriendo a sus hombres o estaban simplemente tratando de sobrevivir un día caótico y violento?
Chessani estaba en su tercer período en Iraq. Había servido como segundo comandante de batallón en el asalto de Faluya en abril de 2004 y luego como oficial de operaciones en la batalla de noviembre de 2004 en esa ciudad, ganándose en las dos ocasiones altas calificaciones de sus superiores.
Ahora Chessani tenía su propio batallón y sus tropas hacían "contacto" por primera vez en Haditha. Chessani ordenó el lanzamiento de un vehículo de vigilancia aérea no tripulado llamado Scan-Eagle.
Para cuando el vehículo estaba listo para volar, la acción en la Ruta de la Castaña y de la Víbora ya había terminado. Cuando Chessani y otros oficiales miraban el vuelo en pantallas gigantes, el Scan-Eagle envió imágenes de otro combate, una intensa balacera en un palmar a unos mil metros del cruce.
La batalla estaba indecisa. Los marines enviados como refuerzos habían sido emboscados. Los rebeldes estaban bien armados, y disparaban sus AK-47 y lanzaban granadas.
Los rebeldes corrían de un lugar a otro. Uno fue divisado cuando entraba a una casa, para volver a salir tras cambiarse ropa y con un bebé.
Los marines asintieron: un típico truco de los insurgentes, ocultarse detrás de mujeres y niños. Asumieron que los insurgentes habían utilizado la misma táctica cuando atacaron a los marines en la Ruta de la Castaña y de la Víbora después del atentado que mató a Terrazas.
Esa explosión "fue el evento catastrófico que desencadenó lo que pasó ese día", dijo el comandante Sam Carrasco, el oficial de operaciones del batallón. Los marines lo terminaron con una explosión propia: colocaron una bomba de 225 kilos en una casa en el palmar.
Chessani llegó al palmar en la tarde. Nueve de sus marines habían sido heridos en el lugar, pero ninguno fatalmente. Inspeccionó los escombros y revisó los lugares donde habían sido heridos los marines.
Pero cuando sugirió ir a las casas donde Wuterich y su patrulla habían matado a los civiles, el sargento mayor Edward Sax, el soldado raso más de más edad del batallón, observó que se estaba haciendo tarde y advirtió contra "quedarse fuera de la alambrada" después de la puesta del sol.
Además, todo lo que tenían que saber sobre el tiroteo en la Ruta de la Castaña y de la Víbora ya lo sabían, dijo Sax. Los insurgentes habían atacado y los marines respondieron el fuego. El par se marchó a Sparta y luego volvieron a los cuarteles del batallón en la presa.
Al anochecer, el análisis de Chessani estaba listo. Sus marines, decidió, habían sufrido un "ataque complejo y coordinado" que empezó con el estallido de la bomba que mató a Terrazas, el tipo de emboscada que sus oficiales de inteligencia les habían advertido que podían sufrir.
Lo que había oído de los marines hacía sentido en ese esquema: Los iraquíes en el Opel habían intentado huir, les estaban disparando desde las casas, encontraron armas en el coche y en las casas, los marines que allanaban las casas fueron atacados por insurgentes armados con AK-47.
"La investigación no hace parte de nuestro léxico", dijo el teniente primero Adam Mathes, segundo comandante de la Kilo Company. "Creemos que estábamos en una situación en que eran ellos o nosotros".
Los investigadores y fiscales finalmente declararían falsas todas las afirmaciones que Chessani había aceptado como hechos sin cuestionar nada. No se encontraron armas cerca del coche, no había cartuchos de balas de AK-47 en las casas, y no se encontraron huellas de que los insurgentes hubiesen disparado contra ellos, de acuerdo a las declaraciones.

Reviviendo el Día
En la noche, cuando los marines se reorganizaban en Sparta, los oficiales y soldados rasos de más edad se concentraron en tratar de ayudar a los marines más jóvenes a superar la violencia del incidente en el que habían participado. Algunos marines tenían lágrimas en los ojos. Otros estaban escribiendo cartas a sus familias; otros simplemente estaban sentados en silencio.
"Teníamos que prepararnos para el día siguiente, para salir nuevamente", dijo Kallop.
Tarde esa noche, Kallop se preguntó en voz alta si la orden que le había dado a Wuterich de limpiar el sur había sido interpretada en el sentido de que podían emplear las tácticas utilizadas en Faluya.
"Dijo que no sabía si cuando había dicho que limpiaran las casas... les había dado orden de matar a todo el mundo", declaró Mathes.
Los oficiales ordenaron a los marines que recogieran los cuerpos de las tres casas cerca de Ruta de la Castaña y de la Víbora a la morgue de la ciudad. Batallones previos habían dejado los cuerpos de los iraquíes que habían matado, en los lugares donde habían caído.
"Somos mejores que eso; nosotros despejamos", dijo Mathes.
Los marines que rechazaron la idea de retirar los cuerpos fueron hechos callar y volver al trabajo. Los iraquíes en la morgue vomitaron cuando vieron a los niños muertos.
Incluso antes de que los cuerpos fueran retirados, los oficiales estaban rellenando con sus superiores los informes exigidos en los cuarteles del regimiento y de la división, sobre las muertes civiles. Ninguno ofrecía una versión completa.
Un informe, con la firma de Chessani, indicaba incorrectamente que Chessani había revisado la escena de muerte de los civiles. El informe, enviado a eso de la medianoche, no mencionaba que los civiles eran miembros de una misma familia que habían muerto en su propia casa, ni mencionaba las dudas que había expresado Kallop al respecto.
El 22 de noviembre, el general de división Richard Huck, entonces comandante de la 2a División de Infantería, llegó a Haditha. Le complació que las muertes civiles estuvieran relacionadas con una situación de combate, y que las informaciones que recibió entregaran una "secuencia de eventos plausible".
Pero a fines de enero, la versión oficial estaba siendo puesta en duda, primero por el ayuntamiento de Haditha, que decía que los marines habían "ejecutado" a los civiles, y luego por un periodista de la revista Time que entrevistó a los iraquíes que habían sobrevivido.
El coronel de ejército Gregory Watt fue asignado para hacer un rápido examen. Carrasco, el oficial de operaciones del batallón, habló con Chessani y le sugirió que el Cuerpo de Marines podría considerar la realización de una investigación propia.
Chessani, que estaba sentado detrás de su escritorio, se volvió y reaccionó con una inusual enfado. "¡Mis hombres no son asesinos!", gritó. Más tarde se excusó por su estallido, pero no cambió de opinión.
A principios de marzo, Watt recomendó la intervención del Servicio de Investigaciones Criminales [NCIS] de la Armada.

Adoraba a Sus Marines
Los agentes del NCIS tomaron los pasos investigativos más simples que los marines no lograron tomar: entrevistar a los testigos iraquíes, examinar los impactos de bala, revisar los informes de las autopsias y las fotografías de los cuerpos. Pusieron en duda los informes de los marines rasos que dijeron que habían disparado en defensa propia.
Cuando el batallón volvió a Camp Pendleton un mes más tarde, Chessani, que había sido nominado para una Estrella de Bronce y parecía encaminado a convertirse en general, fue relevado del mando junto con uno de sus subordinados, el capitán Lucas M. McConnell, el comandante de la Kilo Company.
En diciembre, el Cuerpo de Marines acusó de homicidio a Wuterich, Sharratt, Tatum y Dela Cruz. Chessani; McConnell; el teniente primero Andrew A. Grayson, oficial de inteligencia; y el capitán Randy W. Stone, abogado del batallón, fueron acusados de abandono de deberes por no investigar si se había cometido un crimen de guerra.
Los cargos contra Dela Cruz fueron retirados a cambio de su testimonio. La vista por el artículo 23, similar a la vista preliminar, está en vías de ejecución en los otros casos. En cada uno de ellos, un oficial de la vista recomendará al teniente general James N. Mattis, comandante del Comando Central de la Infantería de Marines, si el caso debe o no ser llevado a corte marcial, retirado o considerado para medidas disciplinarias administrativas.
El mes pasado, los fiscales instaron a que el caso de Chessani sea llevado a juicio para demostrar que "el Cuerpo de Marines se puede investigar a sí mismo". Dicen que Chessani, ahora de 43, había reaccionado como reaccionaría un padre incapaz de creer que sus hijos hubiesen hecho algo malo.
El teniente coronel Sean Sullivan, el fiscal jefe, dijo: "El comandante del batallón estimaba tanto a sus marines, tenía tanta fe en ellos que no podía creer que habían asesinado a civiles".

tony.perry@latimes.com

8 de julio de 2007
2 de julio de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
rss

cae feudo de los fanáticos


[Alexandra Zavis] Insurgentes asociados a al Qaeda habían instalado sus propios tribunales religiosos y cárceles en Baqubah.
Baqubah, Iraq. Durante más de un año, cientos de hombres enmascarados leales a al Qaeda recorrieron la capital de su autoproclamado estado, sacando a civiles chiíes de sus casas y dejando sus cadáveres en sus sucias y polvorientas calles.
Instalaron tribunales religiosos y cárceles, policlínicas y tiendas de abarrotes. E impusieron su interpretación fundamentalista del islam a una población que era en su mayor parte demasiado pobre para huir y estaba demasiado aterrada como para resistir.

Feudo
La semana pasada soldados norteamericanos e iraquíes entraron a esta ciudad que había sido el corazón del feudo árabe sunní, en una campaña para colocar a tres barrios bajo control insurgente en manos del gobierno. Lo que encontraron fue una escalofriante indicación de la capacidad de los rebeldes árabes sunníes para instalar un estado rival, incluso en momentos en que las tropas norteamericanas se preparaban para exterminarlos.
Tropas norteamericanas e iraquíes dicen que han capturado, herido o matado al menos a ciento cincuenta militantes desde que empezara el asalto el martes pasado. Pero reconocieron el lunes que no habían encontrado a ningún líder importante de al Qaeda en Iraq y especularon que entre cien a trescientos cincuenta militantes habían huido antes de la ofensiva, en la que participaron unos diez mil soldados.
Pero el coronel del ejército norteamericano, Stephen Townsend, que dirige el Equipo de Combate de la Brigada de Infantería Blindada No. 3, de la Segunda División de Infantería, con base en Ft. Lewis, Washington, dijo que el asalto había eliminado un importante bastión de los insurgentes y ayudado a controlar esta ciudad de unos trescientos mil habitantes.
"Ya no existe la capital del Estado Islámico de Iraq", dijo Townsend a periodistas el lunes, en una base en las afueras al norte de la ciudad.
El Estado Islámico de Iraq es una floja coalición de grupos insurgentes, incluyendo a al Qaeda en Iraq, que proclama su lealtad a Osama bin Laden. Reclama autoridad sobre partes del territorio dominado por los árabes sunníes, e instaló su capital en esta enorme y caótica ciudad rodeada de tierras agrícolas y palmares a unos 56 kilómetros al nordeste de Bagdad. Abu Musab Zarqawi, líder de al Qaeda en Iraq, murió en un bombardeo aéreo norteamericano justo en las afueras de esta ciudad en junio del año pasado.
Evidencias del reinado del grupo incluyen un centro de interrogatorios con cuchillos y sierras, sus paredes salpicadas de impactos de bala y manchadas de sangre. Cerca, una casa había sido convertida en cárcel, con seis celdas numeradas y con puertas de metal y barrotes en las ventanas.
Los vecinos dijeron que vivían aterrados de ser metidos en el maletero de algún coche y llevados a alguno de esos lugares por infracciones menores, como por ejemplo fumar en público.
Una anciana envuelta en negro entregó la foto enmarcada de la boda de su hijo a los soldados y suplicó llorando por informaciones sobre su paradero. Otro hombre preguntó si acaso habían encontrado a su primo, desaparecido hacía tres días.
En un aterrador signo de lo que pudo haber sido su destino, cinco cuerpos fueron encontrados en una sepultura de poca profundidad cerca de otra casa donde había ropas ensangrentadas. Los vecinos dijeron que los insurgentes habían ejecutado a las víctimas antes de huir.
Los vecinos dijeron que los militantes empezaron a ocupar todo poco a poco el año pasado, recorriendo las calles en camiones blandiendo rifles de asalto Kalashnikov y usando megáfonos para informar a los residentes de que ahora formaban parte del Estado Islámico de Iraq.
Prohibieron fumar, cerraron las barberías y cafeterías, y exigieron que las mujeres se cubrieran con túnicas negras con sólo una rendija para las ojos. Los iraquíes que trabajaban para el gobierno de Bagdad o las fuerzas norteamericanas fueron perseguidos y asesinados, dijeron los vecinos. Incluso un viaje a Bagdad era motivo suficiente para despertar sospechas.
Los vecinos dijeron que rara vez se aventuraban fuera de sus casas por temor a llamar la atención.
"Somos como pájaros en una jaula", dijo un taxista con un sucia dishdasha blanca, parado junto a un sedán azul que no había podido usar en semanas. Dijo que habría escapado si no fuera porque tiene que mantener a su familia de dieciséis personas.
Decenas de familias musulmanas chiíes fueron obligadas a abandonar sus casas, que los insurgentes utilizaron como escondites provisionales o convirtieron en sedes de instituciones de su gobierno.
Soldados norteamericanos descubrieron un tribunal con certificados de matrimonio, archivos de disputas civiles y una bitácora de terroristas suicidas, incluyendo detalles sobre voluntarios y dónde encontrarlos.
Los vecinos dijeron que los milicianos robaban alimentos y se hacían con los paquetes de racionamiento del gobierno de los chiíes que expulsaban. En tres tiendas de abarrotes se encontraron sacos de arroz, harina, aceite de cocina y mantas. Cuando los soldados trataron de repartir el botín entre los vecinos, estos provocaron un violento incidente. Estallaron riñas a puñetazos y los soldados dijeron que dispararon al aire para ahuyentar a los vecinos.
También ubicaron tres policlínicas, una con un enorme generador, un desfibrillador y equipos quirúrgicos, dijeron los oficiales.
Los rebeldes montaron puestos de control, hacían patrullas y colocaban bombas que podían penetrar los vehículos blindados más gruesos de los militares norteamericanos. Soldados norteamericanos dijeron que encontraron más de cincuenta bombas improvisadas, veintiuna casas con trampas explosivas y 45 calentadores de agua rellenos de explosivos caseros. La mayoría fueron destruidos utilizando detonaciones controladas, proyectiles y bombas de precisión, una de las cuales erró su blanco y dejó heridas a once personas en una casa vecina, dijeron los militares.
Residentes dijeron que al menos siete civiles, incluyendo a dos mujeres, murieron en las masivas explosiones que sacudieron la ciudad en la semana. Los militares norteamericanos dijeron que habían encontrado los cuerpos de cinco civiles y que estaban investigando la causa de sus muertes.
Entre los muertos se encontraba un francotirador sospechoso de haber matado al menos a un soldado norteamericano. Cuando los norteamericanos entraron a su casa, el anciano padre del hombre dijo que había desheredado a su hijo y convencido a sus otros dos hijos menores de abandonar el movimiento. La esposa del joven dijo que había suplicado a su marido para que hiciera lo mismo.
"Le dije que ahora tenía una familia", dijo, temblando ligeramente sentada en el suelo de la cocina, meciendo a su bebé y respondiendo las preguntas de los soldados. "Haciendo las cosas que estaba haciendo sólo podía terminar muerto, y eso es lo que ocurrió".
Cuando los soldados norteamericanos entraron al cuartel de los militantes en la comuna de Khatoon antes del alba el domingo, en los tejados empezaron a ondear banderas blancas. Los vecinos, que acogieron cálidamente a los soldados con apretones de mano y bandejas con refrescos, dijeron que los militantes habían cargado sus armas en sus coches y huido días antes de la ofensiva.
Townsend dijo que las tropas estaban levantando barreras en torno a los vecindarios afectados. Dijo que esperaba contraataques en los próximos días y semanas. Y dijo que el grueso de las fuerzas insurgentes probablemente había huido a otras ciudades, entre ellas Khalis y Samarra.
"Es como el cáncer", dijo. "Si no lo cortas de raíz... empezara a regenerarse en otro lugar".

zavis@latimes.com

6 de julio de 2007
26 de junio de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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